Vida dura o vida blanda
El mayor bienestar de que goza la sociedad contemporánea como consecuencia del progreso técnico, una mejor distribución de alguno de los bienes materiales y de la cultura, que se manifiesta en una mayor comodidad en las condiciones de vida -en la vivienda, alimentación y transporte- y la relativa paz en que se desarrolla la vida de buena parte de los países del mundo occidental, han hecho olvidar la dureza de la vida de las generaciones anteriores: incomodidades, penuria, sufrimiento.
Antaño era corriente que las dificultades de la vida se afrontasen con dos actitudes, que a veces se daban juntas, a veces alternativamente: la de adaptarse porque no había más remedio y luchar para suavizarlas, y la de encontrar el sentido trascendente, recordando que el signo de la cruz marca la vida cristiana y que el sacrificio es redentor.
Hoy en día sucede que aquellas asperezas de la existencia han menguado. Sin embargo, la gente que las encuentra, muchas veces las rechaza porque las ve como absurdas en sí mismas o porque piensa que sólo tienen significado desde una perspectiva cristiana y se consideran lejos de ella.
Pero no se debería olvidar que estas cosas que, de maneras diversas y en diferentes grados, nos hacen participar del sufrimiento o del dolor tienen un valor humano, que también merece ser apreciado como tal.
Basta ojear cualquier página de un diario para darse cuenta de que el dolor es inseparable de la vida humana: en el mundo físico - enfermedades, accidentes que son consecuencia de las fuerzas de la naturaleza o de una mala utilización de la técnica -; y en el orden moral - persecuciones, fracasos, envidias, traiciones e infidelidades de que se es víctima.
En la naturaleza, el nacimiento de toda nueva vida suele estar ligado al dolor de quien la da a luz, y normalmente éste también acompaña la muerte y todo lo que la precede. El crecimiento hacia la edad adulta se hace a través de una serie de crisis -de tirones del cuerpo y del espíritu- que afectan a quienes los experimentan y de alguna manera a los que les rodean.
La consecución de hitos en el desarrollo cultural depende de la exigencia personal para sacrificar horas de trabajo, que se hubiesen podido utilizar en pasatiempos más agradables. Y en el terreno deportivo, para superar una marca, hace falta someterse a una disciplina en los entrenamientos y en la alimentación.
Alexis Carrel (1873-1944), el autor de «L"homme, cet inconnu» (La incógnita del hombre), premio Nobel de Medicina (1912), en sus «Reflexiones sobre la conducta de la vida», señala que en los seres vivos la repetición del esfuerzo hace crecer la vitalidad de todos los sistemas orgánicos, y subraya que, «por esta razón, el individuo, para alcanzar su desarrollo óptimo, ha de estar en lucha constante contra el medio»; y corona la consideración con otra afirmación: «la dureza de las condiciones de la vida es función indispensable de la ascensión de la persona humana».
Por estas razones, y otras, la exigencia personal, el esfuerzo, el dolor no los aprecian sólo los que han aprendido a hacer consideraciones espirituales y a captar el mensaje del Crucificado: «quien quiera venir conmigo, que cargue su cruz de cada día y me siga» (Mt 16,24). Son realidades valiosas para todo el mundo. En todo caso, ayuda a descubrirlo el ejemplo de aquel -el Hombre Dios- que tiene la plenitud en todo, también en el sufrimiento, que es fructífero y redentor.
Y esto vale para los momentos en que, aunque no haya cataclismos cósmicos o desgracias espectaculares, surgen contrariedades menores durante la jornada: un pequeño accidente de tráfico, una avería del coche, un corte en el suministro de la energía eléctrica, el chaparrón que lo encuentra a uno sin paraguas. Ante todas estas cosas hay que poner buena cara, y todas contribuyen a formar el carácter y a extraer experiencia.
Una vez más se hace presente en el fondo el viejo aforismo de la filosofía cristiana, según el cual la gracia no destruye la naturaleza sino que la eleva o bien la perfecciona. Y se tendría que recordar que a la explicable tristeza producida por el sufrimiento ha de seguir la alegría, de manera parecida a como, después de la humillación de la Pasión y Muerte, viene el triunfo de la Resurrección.
Como ha dicho un alma egregia, la alegría tiene raíces en forma de cruz. Y añadamos que si ésta no viene se ha de ir a buscar. También nos lo confirmaría el autor nombrado más arriba y nos apuntaría un camino, cuando dice que «la oposición que existe entre la libertad humana y las exigencias de las leyes naturales hace necesaria la práctica de la ascesis», y concluye sentenciosamente: «el sacrificio es una ley de la vida».