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Hans Urs von Baltahsar:
«¿Por qué me hice sacerdote?»


Hans Urs von Balthasar, uno de los grandes teólogos del s. XX, nació en Lucerna en 1905. En 1927 asistió en Whylen (cerca de Basilea), a los ejercicios ignacianos (30 días), que dirigió el jesuita Friedrich Kronseder. Estos ejercicios fueron los que dieron un giro decisivo en su vida, pues anteriormente no había pensado nunca en el sacerdocio y tampoco en ser jesuita. El 1 de Noviembre de 1929 empieza el noviciado como jesuita en la provincia de la Alemania.

Su decisión de entrar en la Compañía es fruto de estos ejercicios. Von Balthasar nos da un impresionante relato de su vocación. Aquí va, espero que os ayude.




“¿Por qué me hice sacerdote? No sabría decirlo. Yo no quería en realidad hacerme sacerdote. Ha salido así.

En las instrucciones para la elección de estado, san Ignacio distingue «tres tiempos para hacer sana y buena elección»: «el primero es, cuando Dios nuestro Señor así mueve y atrae la voluntad que, sin dudar ni poder dudar, la tal ánima devota sigue a lo que es mostrado, así como san Pablo y san Mateo lo hicieron en seguir a Cristo nuestro Señor».

Ahora se ha difundido, no sé cómo, la opinión de que ese «primer tiempo» es algo que sólo se da a las «almas superiores», mientras que las almas ordinarias deben contentarse con el segundo o más bien con el tercero donde todo depende de leves consolaciones o simplemente de reflexiones racionales.

Pero se pueden también considerar las cosas de otra manera, y esto es lo que hace el mismo san Pablo cuando rechaza toda participación en el mérito de su vocación apostólica: «El hecho de predicar no es para mí motivo de soberbia. No tengo más remedio y ¡ay de mí si no anuncio el evangelio! Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga. Pero si lo hago a pesar mío es que me han encargado este oficio. Entonces, ¿cuál es la paga? Precisamente dar a conocer el evangelio, anunciándolo de balde» (1 Cor 9, 16-18).

El que elige el sacerdocio según el «tercer tiempo», lo ha elegido por sí mismo y ha podido considerar las razones por las cuales lo hace: ha medido por adelantado la altura de los valores a conseguir, la hondura de su propia dignidad, el carácter urgente de la llamada y la gracia que le atrae. Ha llegado a las puertas del seminario tras una evolución que le ha llevado interiormente a cierta madurez, a cierto conocimiento experiencial.

Pero Leví, al levantarse de su mesa de recaudador, a la señal del Señor, es ignorante como un recién nacido. No sabe qué le ocurre. Y el sabio rabino a quien derribó del caballo el rayo de la gracia, reconoce su ignorancia: «Señor, ¿qué quieres que haga?». Y así podría parecer que el «primero tiempo» es precisamente para los tontos del todo, desde luego para aquellos a quienes les va mejor no examinar nada de antemano ni gloriarse por ninguna actuación propia.

Ambos autores, Mateo y Pablo, adquirirán después mucha «gloria» por sus acciones, pero para empezar ha habido en ellos una radical humillación. De la nada no sale nada. Esta escueta experiencia personal de Pablo ha terminado por constituir toda su doctrina, por lo que toca a obras y gracia, ley y evangelio; y análoga fue también la experiencia de Mateo, que le permitió confrontar Antiguo y Nuevo Testamento con inexorable y afilada claridad.

Hoy, al cabo de treinta años, podría volver a encontrar, en aquella vereda intrincada de un bosque, en la Selva Negra, cerca de Basilea, el árbol junto al cual sentí como un relámpago. Era yo estudiante de germanística y seguía un curso de ejercicios de mes para estudiantes seglares. En aquel ambiente se consideraba realmente como una desgracia que alguien desertara para ponerse a estudiar teología. Pero no fue la teología ni el sacerdocio lo que me entró por los ojos, sino simplemente esto: no tienes nada que elegir, has sido elegido; no necesitas nada, se te necesita; no tienes que hacer planes, eres una piedrecita en un mosaico ya existente.

Sólo tenía que «dejarlo todo y seguir», sin intenciones, deseos, expectaciones; sencillamente quedarme quieto, esperando a ver en qué me usaban. Y así ha sido desde entonces.

Pero si pensara que Dios me ha instalado en una seguridad, dotándome de una misión especial, en cualquier momento podría hacerse evidente que él es libre para cambiarlo todo de arriba abajo, aun contra la opinión y costumbres de su instrumento. Lo único sorprendente es que esta ley de vida, que rompe y rompiendo cura (como el hueso de la pierna de san Ignacio), se me presentara tan inmediatamente como consigna invisible de vida. Posiblemente lo mismo le pasaría al impaciente Saulo.

¿Qué tiene que ver todo esto con el sacerdocio? Quizá nada, y quizá mucho. Quizá nada, porque si entonces hubiera conocido la vida de los institutos seculares, acaso hubiera considerado posible la solución dentro del trabajo secular. Pero quizá mucho, porque hay una Providencia que me llevó derecho al sacerdocio. Y que al para la ordenación sacerdotal me hizo comprender que el sacerdocio era exactamente esa manera de estar disponible, esta prontitud para dejarme llevar en cualquier modo al servicio de Dios y de su Iglesia. Y así se me ocurrió poner atrevidamente en el recordatorio de mi primera misa estas palabras del canon romano (comprensibles para pocos lectores, y durante mucho tiempo escasamente transparentes para mí mismo con sus consecuencias): «Benedixit, fregit, deditque» (bendijo, partió, dio). Entonces me pareció un modo discreto de asumir la parte de criado en la cena del Señor, sin que nadie tuviera que fijarse en mí.”

(Tomado del libro ¿Por qué me hice sacerdote?, Salamanca7 1992, 13-15.)

 

Gentileza del Blog Saber esperar
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