Solemnidad de San José

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FIESTA:19 DE MARZO

Las principales fuentes históricas que tenemos sobre San José son los Evangelios, en particular los primeros capítulos de Mateo y Lucas.

 

Existe además una amplia literatura apócrifa que narra muchos detalles de la vida del Santo Patriarca, como "El Evangelio de Santiago", el "Pseudo-Mateo", el "Evangelio de la Natividad de la Virgen María", "La Historia de José el Carpintero".

Sabemos que era un carpintero, un trabajador. José no era rico, puesto que cuando llevó a Jesús al templo para ser circuncidado y a María para ser purificada ofreció el sacrificio de dos tórtolas o un par de palomas, permitido sólo a aquellos que no podían pagar un carnero.

No obstante su humilde trabajo y lo escaso de sus medios de subsistencia, José provenía de un linaje real. Lucas y Mateo discrepan acerca de los detalles de su genealogía, pero ambos subrayan su descendencia directa de David, el más grande rey de Israel (Mateo 1,1-16 y Lucas 3,23-28). De hecho el Ángel que le anuncia el milagro de la Encarnación a José le llama "Hijo de David," un título real usado también para Jesús.

Sabemos que José fue un hombre de profundo silencio y visión sobrenatural para percibir la acción de Dios. Debido a que él no aparece durante la vida pública de Jesús, hasta su muerte y resurrección, muchos historiadores creen que José murió antes que Jesús comenzara su ministerio público.

Hay muchísimas cosas que quisiéramos saber sobre San José, pero las Escrituras nos han dejado el dato más importante: que José era un "hombre justo" (Mateo 1,18).

En verdad era un hombre justo. Pero este calificativo significa más que simplemente bueno, honrado, equitativo, comprometido con la ley. San José es, ante todo, el varón que fue fiel a la promesa de Dios, más allá de las seguridades y los miedos.

José es una de las personas más cercanas a ese misterio excepcional que es la familia de Nazareth. Esa familia que refleja verdaderamente el Amor de la Santísima Trinidad.

Dios quiso que su Hijo tuviera como padre adoptivo, custodio y sustento terrenal a un hombre común, pecador, como cualquiera de nosotros. Pero quiso darle un lugar único en la Sagrada Familia y, desde luego, también en la Iglesia. Esta vida en el silencio, en la sombra, tan desconocida (muchas veces olvidada entre nuestras devociones), nos puede llegar a echar verdadera luz en varios aspectos de nuestras vidas.

San José, como nadie, ha experimentado la ansiedad. No sólo al enterarse que su prometida había quedado encinta por voluntad de Dios, sino también después de haber recibido el anuncio del ángel en sueños. Y ese sentimiento seguramente continuó al aceptar a su esposa virgen sin tener ninguna certeza de cómo iba a poder él llevar adelante esa tarea tan extraordinaria: la de educar al Rey de reyes.

Pero José no dejó de confiar.

Tuvo que aceptar quizás con tristeza el hecho de no poder darle al Hijo de Dios una cuna verdadera, un lugar limpio y digno para nacer. Seguramente su verguenza fue grande al tener que decirle a la dulce María que se recostara en esa cueva de animales para dar a luz. Y cómo se apenó con la perdida del pequeño, ya adolescente, en Jersusalén. Lo había estado buscando toda la noche y el día y se había sentido muy responsable de no haberse dado cuenta que faltaba en la caravana. Pero, poco a poco, fue vislumbrando el porqué. Poco a poco fue dándose cuenta que todo eso que acontecía era parte de su misión.

Esta confianza se fue dando, gracias a la vida de contemplación que compartía con María y Jesús. Debe haber sido muy contagiosa la piedad y la alegría de esas dos personas que vivían con él. Y por esto, su manera de ver las cosas, en medio de la pobreza y las carencias, debe haber sido realista y esperanzadora.

Lo maravilloso en San José es que en él se cumple una promesa del Señor: toda su vida es cumplimiento. A pesar del dolor de no saber, tuvo el cariño fraternal de la Virgen, incondicional aliento; las charlas y las miradas de Jesús que le hacían ver un poco más claro ese desierto.

El trabajo de San José había sido, seguramente, una tarea mal remunerada. Sin embargo, ese era el único medio para llevar adelante la casa y lo haría de la mejor manera. Sobretodo porque su Niño lo miraría permanentemente y aprendería la perfección del oficio que como hijo de carpintero le correspondía adquirir de pequeño.

Y en medio de ese trabajo, lo aquejaría el cansancio y la tentación a hacerlo rápidamente, sin atención. Pero era en eso donde se cumplía también la promesa de Dios.

Ansiedad, incertidumbre, cansancio, tristeza: son sólo algunos de los sentimientos que José experimentó a lo largo de su oculta vida, como nosotros lo vivenciamos también ahora. Y es justamente esto lo que nos sigue maravillando y alentado de este Glorioso Patriarca: su debilidad natural por ser hombre y la grandeza de la que el Señor lo hizo capaz.

Las virtudes heroicas de José son incontables. Pero su lugar en la Historia de Salvación es fundamental y también lo es para nuestra fe. Por que así como podemos reconocer nuestra cruz en estos dolores comunes de la humanidad, es posible descubrir también muchos gozos, muchas alegrías que él supo vivir plenamente.

Vayamos a José. No sólo tenemos que acudir a él para que nos enseñe a querer y tratar más familiarmente a Jesús y María. También tenemos que tenerlo presente en nuestro trabajo diario, en los conflictos y las buenas nuevas personales, en la fidelidad a la vocación que el Señor ha pensado especialmente para nosotros.

Llevemos la intercesión de San José a todas nuestras relaciones sociales, desde las más casuales hasta las más comprometidas.

San José es el patrono de la Buena Muerte, porque expiró aquí en la tierra rodeado de la Virgen y Cristo: un adelanto del Cielo. Es especial protector de todos los padres de familia y los novios: porque él supo de manera excelente tratar a la mujer más perfecta del mundo. Y aprendió a ser delicado y tierno con ella, siempre fiel a su promesa de castidad. También, como célibe, supo dar los más grandes frutos por medio de su paternidad espiritual y nutricia, llevando el mensaje del reino de los Cielos en su propia vida, conociendo las primicias caseras del Evangelio.

Miremos a San José. Hay mucho que aprender de esta vida tan callada y tan profunda a la vez.

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