La verdadera felicidad

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AÑO 403

Aunque la desgracia es compañera inseparable de la maldad, los hombres perversos no sólo quieren ser malvados sin ser infelices –lo cual es imposible-, sino que además quieren ser malvados para no ser infelices.

¿Cómo se entiende que quieran ser malvados para no ser Infelices? Considerad esto un poquito en todos los hombres que obran el mal y veréis que siempre quieren ser felices (...), aunque en realidad lo que consiguen con su maldad es ser todavía más desgraciados.

Por evitar la desgracia y conseguir la felicidad ejecutan todos los hombres lo bueno o lo malo: siempre, en efecto, quieren ser felices. Vivan mal o vivan bien, desean ser felices; pero no todos logran su deseo: porque todos quieren ser felices, pero solo llegarán a serlo los que quieran ser justos.

Pongamos que un individuo quiere ser feliz obrando mal. ¿Qué hará? Pondrá su felicidad en el dinero, la plata y el oro, la hacienda, las fincas, las casas, los esclavos, la pompa mundana, los honores vanos y perecederos. Teniendo cosas quiere ser feliz. Tú, en cambio, busca lo que es necesario para alcanzar la felicidad. Siendo feliz estarás, sin duda, mejor que siendo desgraciado, pero no puede suceder que cosas peores que tú te hagan mejor. Eres un hombre: todo lo que deseas, todas esas cosas con las que pretendes ser feliz, son peores que tú; el oro, la plata, y cualquier otro objeto material de ésos que tanto anhelas adquirir, poseer y gozar son inferiores a ti. Tú eres mejor, tú eres preferible; y sin embargo tú mismo quieres ser mejor de lo que eres, puesto que te sientes desgraciado y deseas ser feliz.

Ser feliz es mejor que ser desgraciado. Pero tú quieres ser mejor de lo que eres por medio de cosas que son peores que tú, ésas que buscas trabajosamente aunque todo lo que busques en la tierra es peor que tú (...).

En tu alma está lo que buscas. Si quieres ser feliz, busca en tu propia alma lo que es mejor. Tú mismo eres alma y cuerpo, y de estas dos cosas la mejor es el alma; tu cuerpo puede hacerse mejor por medio de ella, pues no en vano está sujeto al alma. De modo que, si tu alma ha actuado con justicia, después será inmortal también tu cuerpo: por la iluminación de tu alma, en efecto, merecerá la incorrupción tu cuerpo; y así, gracias a lo que es mejor, también lo inferior será restaurado.

Luego si tu alma es el bien de tu cuerpo -porque es mejor que tu cuerpo- cuando buscas tu bien, busca aquello que es mejor que tu alma. Primero, piensa: ¿qué es tu alma? Atiende, no sea que despreciando tu alma y juzgándola no se sabe qué cosa vil y abyecta, busques cosas más despreciables que ella para hacerla feliz. En tu alma se halla la imagen de Dios: la mente del hombre la contiene; la recibió, pero inclinándose al pecado la deterioró. El mismo que antes fue su formador vino a ella como reformador, porque por el Verbo fueron hechas todas las cosas, y por Él fue impresa esta imagen. Vino el mismo Verbo, como hemos oído del Apóstol: transformaos con la renovación de vuestra mente (Rm 12,2). Luego ya sólo resta que busques lo que es mejor que tu alma. ¿Y qué será, sino es tu Dios? No encontrarás algo mejor para tu alma porque, cuando tu naturaleza sea perfecta, se igualará a los ángeles. Por encima no hay nada, salvo el Creador.

Elévate a Él. No desesperes. No digas: dista mucho de mí. Mucho más dista el oro que tal vez pretendes conseguir. Pues aunque anheles el oro, quizá no lo adquirirás. Pero cuando anheles a Dios, le tendrás. Porque, incluso antes de que le quisieras, vino a ti; aunque tu voluntad se oponía a Él, te llamó; cuando te convertiste, te llenó de temor; y al confesarle atemorizado, te consoló. Quien te dio todas las cosas, quien te llamó a la existencia, quien ofrece incluso a los malvados el sol, la lluvia, los frutos, las fuentes, la salud y la vida y tan innumerables consuelos, reserva para ti algo que no da a otros, sino a ti solo. ¿Y qué es lo que te reserva? A sí mismo. Pide otra cosa mejor, si puedes encontrarla; Dios se reserva para ti. Avaro, ¿por qué ambicionas el cielo y la tierra? Mejor es el que hizo el cielo y la tierra. A Él le verás, a Él mismo poseerás(...).

Así pues, desead lo que está en vuestras manos conseguir; y entonces seréis al fin felices. Sólo de este modo seréis felices, si os hacéis mejores con lo que es mejor que vosotros. Dios, repito, es mejor que tú, Dios que te ha creado.

Bienaventurado el pueblo que tiene a Dios como Señor (Ps 32,12). Ámalo, poséelo; si lo quieres, lo tendrás, y lo tendrás gratuitamente (...). ¡Es nuestro Dios! ¿De quién, en efecto, no es Dios? Pero no es de todos de la misma manera. Es más nuestro, porque vivimos de Él como de nuestro pan. Es nuestra heredad, nuestra posesión. ¿O es que quizá hablamos de modo temerario diciendo que Dios es nuestra posesión, siendo Él Señor y Creador? No es temeridad: es impulso del deseo y dulzura de la esperanza. Diga el alma, del todo segura diga: Tú eres mi Dios.

 

 

San Agustín de Hipona - Enarrationes in Psalmos, 32, II.
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