EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
POST-SINODAL
CHRISTIFIDELES
LAICI
DE SU SANTIDAD
JUAN PABLO II
SOBRE VOCACIÓN Y
MISIÓN DE LOS LAICOS
EN LA IGLESIA Y EN EL MUNDO
A los Obispos
A los sacerdotes y diáconos
A los
religiosos y religiosas
A todos los fieles laicos
INTRODUCCIÓN
1. LOS FIELES LAICOS (Christifideles laici), cuya «vocación
y misión en la Iglesia y en el mundo a los veinte años
del Concilio Vaticano II» ha sido el tema del Sínodo de
los Obispos de 1987, pertenecen a aquel Pueblo de Dios representado
en los obreros de la viña, de los que habla el Evangelio de
Mateo: «El Reino de los Cielos es semejante a un propietario,
que salió a primera hora de la mañana a contratar
obreros para su viña. Habiéndose ajustado con los
obreros en un denario al día, los envió a su viña»
(Mt 20, 1-2).
La parábola evangélica despliega ante nuestra mirada
la inmensidad de la viña del Señor y la multitud de
personas, hombres y mujeres, que son llamadas por Él y
enviadas para que tengan trabajo en ella. La viña es el mundo
entero (cf. Mt 13, 38), que debe ser transformado según el
designio divino en vista de la venida definitiva del Reino de Dios.
Id también vosotros a mi viña
2. «Salió luego hacia las nueve de la mañana,
vió otros que estaban en la plaza desocupados y les dijo: "Id
también vosotros a mi viña"» (Mt 20, 3-4).
El llamamiento del Señor Jesús «Id también
vosotros a mi viña» no cesa de resonar en el curso de la
historia desde aquel lejano día: se dirige a cada hombre que
viene a este mundo.
En nuestro tiempo, en la renovada efusión del Espíritu
de Pentecostés que tuvo lugar con el Concilio Vaticano II, la
Iglesia ha madurado una conciencia más viva de su naturaleza
misionera y ha escuchado de nuevo la voz de su Señor que la
envía al mundo como «sacramento universal de
salvación».(1)
Id también vosotros. La llamada no se dirige sólo a
los Pastores, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, sino
que se extiende a todos: también los fieles laicos son
llamados personalmente por el Señor, de quien reciben una
misión en favor de la Iglesia y del mundo. Lo recuerda San
Gregorio Magno quien, predicando al pueblo, comenta de este modo la
parábola de los obreros de la viña: «Fijaos en
vuestro modo de vivir, queridísimos hermanos, y comprobad si
ya sois obreros del Señor. Examine cada uno lo que hace y
considere si trabaja en la viña del Señor».(2)
De modo particular, el Concilio, con su riquísimo
patrimonio doctrinal, espiritual y pastoral, ha reservado páginas
verdaderamente espléndidas sobre la naturaleza, dignidad,
espiritualidad, misión y responsabilidad de los fieles laicos.
Y los Padres conciliares, haciendo eco al llamamiento de Cristo, han
convocado a todos los fieles laicos, hombres y mujeres, a trabajar en
la viña: «Este Sacrosanto Concilio ruega en el Señor
a todos los laicos que respondan con ánimo generoso y
prontitud de corazón a la voz de Cristo, que en esta hora
invita a todos con mayor insistencia, y a los impulsos del Espíritu
Santo. Sientan los jóvenes que esta llamada va dirigida a
ellos de manera especialísima; recíbanla con entusiasmo
y magnanimidad. El mismo Señor, en efecto, invita de nuevo a
todos los laicos, por medio de este santo Concilio, a que se le unan
cada día más íntimamente y a que, haciendo
propio todo lo suyo (cf. Flp 2, 5), se asocien a su misión
salvadora; de nuevo los envía a todas las ciudades y lugares
adonde Él está por venir (cf. Lc 10, 1».(3)
Id también vosotros a mi viña. Estas palabras han
resonado espiritualmente, una vez más, durante la celebración
del Sínodo de los Obispos, que ha tenido lugar en Roma entre
el 1º y el 30 de octubre de 1987. Colocándose en los
senderos del Concilio y abriéndose a la luz de las
experiencias personales y comunitarias de toda la Iglesia, los
Padres, enriquecidos por los Sínodos precedentes, han
afrontado de modo específico y amplio el tema de la vocación
y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo.
En esta Asamblea episcopal no ha faltado una cualificada
representación de fieles laicos, hombres y mujeres, que han
aportado una valiosa contribución a los trabajos del Sínodo,
como ha sido públicamente reconocido en la homilía
conclusiva: «Damos gracias por el hecho de que en el curso del
Sínodo hemos podido contar con la participación de los
laicos (auditores y auditrices), pero más aún porque el
desarrollo de las discusiones sinodales nos ha permitido escuchar la
voz de los invitados, los representantes del laicado provenientes de
todas las partes del mundo, de los diversos Países, y nos ha
dado ocasión de aprovechar sus experiencias, sus consejos, las
sugerencias que proceden de su amor a la causa común».(4)
Dirigiendo la mirada al posconcilio, los Padres sinodales han
podido comprobar cómo el Espíritu Santo ha seguido
rejuveneciendo la Iglesia, suscitando nuevas energías de
santidad y de participación en tantos fieles laicos. Ello
queda testificado, entre otras cosas, por el nuevo estilo de
colaboración entre sacerdotes, religiosos y fieles laicos; por
la participación activa en la liturgia, en el anuncio de la
Palabra de Dios y en la catequesis; por los múltiples
servicios y tareas confiados a los fieles laicos y asumidos por
ellos; por el lozano florecer de grupos, asociaciones y movimientos
de espiritualidad y de compromiso laicales; por la participación
más amplia y significativa de la mujer en la vida de la
Iglesia y en el desarrollo de la sociedad.
Al mismo tiempo, el Sínodo ha notado que el camino
posconciliar de los fieles laicos no ha estado exento de dificultades
y de peligros. En particular, se pueden recordar dos tentaciones a
las que no siempre han sabido sustraerse: la tentación de
reservar un interés tan marcado por los servicios y las tareas
eclesiales, de tal modo que frecuentemente se ha llegado a una
práctica dejación de sus responsabilidades específicas
en el mundo profesional, social, económico, cultural y
político; y la tentación de legitimar la indebida
separación entre fe y vida, entre la acogida del Evangelio y
la acción concreta en las más diversas realidades
temporales y terrenas.
En el curso de sus trabajos, el Sínodo ha hecho referencia
constantemente al Concilio Vaticano II, cuyo magisterio sobre el
laicado, a veinte años de distancia, se ha manifestado de
sorprendente actualidad y tal vez de alcance profético: tal
magisterio es capaz de iluminar y de guiar las respuestas que se
deben dar hoy a los nuevos problemas. En realidad, el desafío
que los Padres sinodales han afrontado ha sido el de individuar las
vías concretas para lograr que la espléndida «teoría»
sobre el laicado expresada por el Concilio llegue a ser una auténtica
«praxis» eclesial. Además, algunos problemas se
imponen por una cierta «novedad» suya, tanto que se los
puede llamar posconciliares, al menos en sentido cronológico:
a ellos los Padres sinodales han reservado con razón una
particular atención en el curso de sus discusiones y
reflexiones. Entre estos problemas se deben recordar los relativos a
los ministerios y servicios eclesiales confiados o por confiar a los
fieles laicos, la difusión y el desarrollo de nuevos
«movimientos» junto a otras formas de agregación
de los laicos, el puesto y el papel de la mujer tanto en la Iglesia
como en la sociedad.
Los Padres sinodales, al término de sus trabajos, llevados
a cabo con gran empeño, competencia y generosidad, me han
manifestado su deseo y me han pedido que, a su debido tiempo,
ofreciese a la Iglesia universal un documento conclusivo sobre los
fieles laicos.(5)
Esta Exhortación Apostólica post-sinodal quiere dar
todo su valor a la entera riqueza de los trabajos sinodales: desde
los Lineamenta hasta el Instrumentum laboris; desde la relación
introductoria hasta las intervenciones de cada uno de los obispos y
de los laicos y la relación de síntesis al final de las
sesiones en el aula; desde los trabajos y relaciones de los «círculos
menores» hasta las «proposiciones» finales y el
Mensaje final. Por eso el presente documento no es paralelo al
Sínodo, sino que constituye su fiel y coherente expresión;
es fruto de un trabajo colegial, a cuyo resultado final el Consejo de
la Secretaría General del Sínodo y la misma Secretaría
han sumado su propia aportación.
El objetivo que la Exhortación quiere alcanzar es suscitar
y alimentar una más decidida toma de conciencia del don y de
la responsabilidad que todos los fieles laicos —y cada uno de
ellos en particular— tienen en la comunión y en la
misión de la Iglesia.
Las actuales cuestiones urgentes del mundo: ¿Porqué
estáis aquí ociosos todo el día?
3. El significado fundamental de este Sínodo, y por tanto
el fruto más valioso deseado por él, es la acogida por
parte de los fieles laicos del llamamiento de Cristo a trabajar en su
viña, a tomar parte activa, consciente y responsable en la
misión de la Iglesia en esta magnífica y dramática
hora de la historia, ante la llegada inminente del tercer milenio.
Nuevas situaciones, tanto eclesiales como sociales, económicas,
políticas y culturales, reclaman hoy, con fuerza muy
particular, la acción de los fieles laicos. Si el no
comprometerse ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo
hace aún más culpable. A nadie le es lícito
permanecer ocioso.
Reemprendamos la lectura de la parábola evangélica:
«Todavía salió a eso de las cinco de la tarde,
vió otros que estaban allí, y les dijo: "¿Por
qué estáis aquí todo el día parados?"
Le respondieron: "Es que nadie nos ha contratado". Y él
les dijo: "Id también vosotros a mi viña"»
(Mt 20, 6-7).
No hay lugar para el ocio: tanto es el trabajo que a todos espera
en la viña del Señor. El «dueño de casa»
repite con más fuerza su invitación: «Id vosotros
también a mi viña».
La voz del Señor resuena ciertamente en lo más
íntimo del ser mismo de cada cristiano que, mediante la fe y
los sacramentos de la iniciación cristiana, ha sido
configurado con Cristo, ha sido injertado como miembro vivo en la
Iglesia y es sujeto activo de su misión de salvación.
Pero la voz del Señor también pasa a través de
las vicisitudes históricas de la Iglesia y de la humanidad,
como nos lo recuerda el Concilio: «El Pueblo de Dios, movido
por la fe que le impulsa a creer que quien le conduce es el Espíritu
del Señor que llena el universo, procura discernir en los
acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa
juntamente con sus contemporáneos, los signos verdaderos de la
presencia o del designio de Dios. En efecto, la fe todo lo ilumina
con nueva luz, y manifiesta el plan divino sobre la entera vocación
del hombre. Por ello orienta la mente hacia soluciones plenamente
humanas».(6)
Es necesario entonces mirar cara a cara este mundo nuestro con sus
valores y problemas, sus inquietudes y esperanzas, sus conquistas y
derrotas: un mundo cuyas situaciones económicas, sociales,
políticas y culturales presentan problemas y dificultades más
graves respecto a aquél que describía el Concilio en la
Constitución pastoral Gaudium et spes.(7) De todas formas, es
ésta la viña, y es éste el campo en que los
fieles laicos están llamados a vivir su misión. Jesús
les quiere, como a todos sus discípulos, sal de la tierra y
luz del mundo (cf. Mt 5, 13-14). Pero ¿cuál es el
rostro actual de la «tierra» y del «mundo» en
el que los cristianos han de ser «sal» y «luz»?
Es muy grande la diversidad de situaciones y problemas que hoy
existen en el mundo, y que además están caracterizadas
por la creciente aceleración del cambio. Por esto es
absolutamente necesario guardarse de las generalizaciones y
simplificaciones indebidas. Sin embargo, es posible advertir algunas
líneas de tendencia que sobresalen en la sociedad actual. Así
como en el campo evangélico crecen juntamente la cizaña
y el buen grano, también en la historia, teatro cotidiano de
un ejercicio a menudo contradictorio de la libertad humana, se
encuentran, arrimados el uno al otro y a veces profundamente
entrelazados, el mal y el bien, la injusticia y la justicia, la
angustia y la esperanza.
Secularismo y necesidad de lo religioso
4. ¿Cómo no hemos de pensar en la persistente
difusión de la indiferencia religiosa y del ateismo en sus más
diversas formas, particularmente en aquella —hoy quizás
más difundida— del secularismo? Embriagado por las
prodigiosas conquistas de un irrefrenable desarrollo
científico-técnico, y fascinado sobre todo por la más
antigua y siempre nueva tentación de querer llegar a ser como
Dios (cf. Gn 3, 5) mediante el uso de una libertad sin límites,
el hombre arranca las raíces religiosas que están en su
corazón: se olvida de Dios, lo considera sin significado para
su propia existencia, lo rechaza poniéndose a adorar los más
diversos «ídolos».
Es verdaderamente grave el fenómeno actual del secularismo;
y no sólo afecta a los individuos, sino que en cierto modo
afecta también a comunidades enteras, como ya observó
el Concilio: «Crecientes multitudes se alejan prácticamente
de la religión».(8) Varias veces yo mismo he recordado
el fenómeno de la descristianización que aflige los
pueblos de antigua tradición cristiana y que reclama, sin
dilación alguna, una nueva evangelización.
Y sin embargo la aspiración y la necesidad de lo religioso
no pueden ser suprimidos totalmente. La conciencia de cada hombre,
cuando tiene el coraje de afrontar los interrogantes más
graves de la existencia humana, y en particular el del sentido de la
vida, del sufrimiento y de la muerte, no puede dejar de hacer propia
aquella palabra de verdad proclamada a voces por San Agustín:
«Nos has hecho, Señor, para Ti, y nuestro corazón
está inquieto hasta que no descansa en Ti».(9) Así
también, el mundo actual testifica, siempre de manera más
amplia y viva, la apertura a una visión espiritual y
trascendente de la vida, el despertar de una búsqueda
religiosa, el retorno al sentido de lo sacro y a la oración,
la voluntad de ser libres en el invocar el Nombre del Señor.
La persona humana: una dignidad despreciada y exaltada
5. Pensamos, además, en las múltiples violaciones a
las que hoy está sometida la persona humana. Cuando no es
reconocido y amado en su dignidad de imagen viviente de Dios (cf. Gn
1, 26), el ser humano queda expuesto a las formas más
humillantes y aberrantes de «instrumentalización»,
que lo convierten miserablemente en esclavo del más fuerte. Y
«el más fuerte» puede asumir diversos nombres:
ideología, poder económico, sistemas políticos
inhumanos, tecnocracia científica, avasallamiento por parte de
los mass-media. De nuevo nos encontramos frente a una multitud de
personas, hermanos y hermanas nuestras, cuyos derechos fundamentales
son violados, también como consecuencia de la excesiva
tolerancia y hasta de la patente injusticia de ciertas leyes civiles:
el derecho a la vida y a la integridad física, el derecho a la
casa y al trabajo, el derecho a la familia y a la procreación
responsable, el derecho a la participación en la vida pública
y política, el derecho a la libertad de conciencia y de
profesión de fe religiosa.
¿Quién puede contar los niños que no han
nacido porque han sido matados en el seno de sus madres, los niños
abandonados y maltratados por sus mismos padres, los niños que
crecen sin afecto ni educación? En algunos países,
poblaciones enteras se encuentran desprovistas de casa y de trabajo;
les faltan los medios más indispensables para llevar una vida
digna del ser humano; y algunas carecen hasta de lo necesario para su
propia subsistencia. Tremendos recintos de pobreza y de miseria,
física y moral a la vez, se han vuelto ya anodinos y como
normales en la periferia de las grandes ciudades, mientras afligen
mortalmente a enteros grupos humanos.
Pero la sacralidad de la persona no puede ser aniquilada, por más
que sea despreciada y violada tan a menudo. Al tener su
indestructible fundamento en Dios Creador y Padre, la sacralidad de
la persona vuelve a imponerse, de nuevo y siempre.
De aquí el extenderse cada vez más y el afirmarse
siempre con mayor fuerza del sentido de la dignidad personal de cada
ser humano. Una beneficiosa corriente atraviesa y penetra ya todos
los pueblos de la tierra, cada vez más conscientes de la
dignidad del hombre: éste no es una «cosa» o un
«objeto» del cual servirse; sino que es siempre y sólo
un «sujeto», dotado de conciencia y de libertad, llamado
a vivir responsablemente en la sociedad y en la historia, ordenado a
valores espirituales y religiosos.
Se ha dicho que el nuestro es el tiempo de los «humanismos».
Si algunos, por su matriz atea y secularista, acaban paradójicamente
por humillar y anular al hombre; otros, en cambio, lo exaltan hasta
el punto de llegar a una verdadera y propia idolatría; y
otros, finalmente, reconocen según la verdad la grandeza y la
miseria del hombre, manifestando, sosteniendo y favoreciendo su
dignidad total.
Signo y fruto de estas corrientes humanistas es la creciente
necesidad de participación. Indudablemente es éste uno
de los rasgos característicos de la humanidad actual, un
auténtico «signo de los tiempos» que madura en
diversos campos y en diversas direcciones: sobre todo en lo relativo
a la mujer y al mundo juvenil, y en la dirección de la vida no
sólo familiar y escolar, sino también cultural,
económica, social y política. El ser protagonistas,
creadores de algún modo de una nueva cultura humanista, es una
exigencia universal e individual.(10)
Conflictividad y paz
6. Por último, no podemos dejar de recordar otro fenómeno
que caracteriza la presente humanidad. Quizás como nunca en su
historia, la humanidad es cotidiana y profundamente atacada y
desquiciada por la conflictividad. Es éste un fenómeno
pluriforme, que se distingue del legítimo pluralismo de las
mentalidades y de las iniciativas, y que se manifiesta en el nefasto
enfrentamiento entre personas, grupos, categorías, naciones y
bloques de naciones. Es un antagonismo que asume formas de violencia,
de terrorismo, de guerra. Una vez más, pero en proporciones
mucho más amplias, diversos sectores de la humanidad
contemporánea, queriendo demostrar su «omnipotencia»,
renuevan la necia experiencia de la construcción de la «torre
de Babel» (cf. Gn 11, 1-9), que, sin embargo, hace proliferar
la confusión, la lucha, la disgregación y la opresión.
La familia humana se en cuentra así dramáticamente
turbada y desgarrada en sí misma.
Por otra parte, es completamente insuprimible la aspiración
de los individuos y de los pueblos al inestimable bien de la paz en
la justicia. La bienaventuranza evangélica: «dichosos
los que obran la paz» (Mt 5, 9) encuentra en los hombres de
nuestro tiempo una nueva y significativa resonancia: para que vengan
la paz y la justicia, enteras poblaciones viven, sufren y trabajan.
La participación de tantas personas y grupos en la vida social
es hoy el camino más recorrido para que la paz anhelada se
haga realidad. En este camino encontramos a tantos fieles laicos que
se han empeñado generosamente en el campo social y político,
y de los modos más diversos, sean institucionales o bien de
asistencia voluntaria y de servicio a los necesitados.
Jesucristo, la esperanza de la humanidad
7. Este es el campo inmenso y apesadumbrado que está ante
los obreros enviados por el «dueño de casa» para
trabajar en su viña.
En este campo está eficazmente presente la Iglesia, todos
nosotros, pastores y fieles, sacerdotes, religiosos y laicos. Las
situaciones que acabamos de recordar afectan profundamente a la
Iglesia; por ellas está en parte condicionada, pero no
dominada ni muchos menos aplastada, porque el Espíritu Santo,
que es su alma, la sostiene en su misión.
La Iglesia sabe que todos los esfuerzos que va realizando la
humanidad para llegar a la comunión y a la participación,
a pesar de todas las dificultades, retrasos y contradicciones
causadas por las limitaciones humanas, por el pecado y por el
Maligno, encuentran una respuesta plena en Jesucristo, Redentor del
hombre y del mundo.
La Iglesia sabe que es enviada por Él como «signo e
instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad
de todo el género humano».(11)
En conclusión, a pesar de todo, la humanidad puede esperar,
debe esperar. El Evangelio vivo y personal, Jesucristo mismo, es la
«noticia» nueva y portadora de alegría que la
Iglesia testifica y anuncia cada día a todos los hombres.
En este anuncio y en este testimonio los fieles laicos tienen un
puesto original e irreemplazable: por medio de ellos la Iglesia de
Cristo está presente en los más variados sectores del
mundo, como signo y fuente de esperanza y de amor.
CAPÍTULO I
YO SOY LA VID, VOSOTROS LOS SARMIENTOS
La dignidad de los
fieles laicos en la Iglesia-Misterio
El misterio de la viña
8. La imagen de la viña se usa en la Biblia de muchas
maneras y con significados diversos; de modo particular, sirve para
expresar el misterio del Pueblo de Dios. Desde este punto de vista
más interior, los fieles laicos no son simplemente los obreros
que trabajan en la viña, sino que forman parte de la viña
misma: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos» (Jn 15,
5), dice Jesús.
Ya en el Antiguo Testamento los profetas recurrieron a la imagen
de la viña para hablar del pueblo elegido. Israel es la viña
de Dios, la obra del Señor, la alegría de su corazón:
«Yo te había plantado de la cepa selecta» (Jr 2,
21); «Tu madre era como una vid plantada a orillas de las
aguas. Era lozana y frondosa, por la abundancia de agua (...)»
(Ez 19, 10); «Una viña tenía mi amado en una
fértil colina. La cavó y despedregó, y la plantó
de cepa exquisita (...)» (Is 5, 1-2).
Jesús retoma el símbolo de la viña y lo usa
para revelar algunos aspectos del Reino de Dios: «Un hombre
plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó
un lagar, edificó una torre; la arrendó a unos
viñadores y se marchó lejos» (Mc 12, 1; cf. Mt
21, 28ss.).
El evangelista Juan nos invita a calar en profundidad y nos lleva
a descubrir el misterio de la viña. Ella es el símbolo
y la figura, no sólo del Pueblo de Dios, sino de Jesús
mismo. Él es la vid y nosotros, sus discípulos, somos
los sarmientos; Él es la «vid verdadera» a la que
los sarmientos están vitalmente unidos (cf. Jn 15, 1 ss.).
El Concilio Vaticano II, haciendo referencia a las diversas
imágenes bíblicas que iluminan el misterio de la
Iglesia, vuelve a presentar la imagen de la vid y de los sarmientos:
«Cristo es la verdadera vid, que comunica vida y fecundidad a
los sarmientos, que somos nosotros, que permanecemos en Él por
medio de la Iglesia, y sin Él nada podemos hacer (Jn 15,
1-5)».(12) La Iglesia misma es, por tanto, la viña
evangélica. Es misterio porque el amor y la vida del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo son el don absolutamente
gratuito que se ofrece a cuantos han nacido del agua y del Espíritu
(cf. Jn 3, 5), llamados a revivir la misma comunión de Dios y
a manifestarla y comunicarla en la historia (misión): «Aquel
día —dice Jesús— comprenderéis que
Yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros»
(Jn 14, 20).
Sólo dentro de la Iglesia como misterio de comunión
se revela la «identidad» de los fieles laicos, su
original dignidad. Y sólo dentro de esta dignidad se pueden
definir su vocación y misión en la Iglesia y en el
mundo.
Quiénes son los fieles laicos
9. Los Padres sinodales han señalado con justa razón
la necesidad de individuar y de proponer una descripción
positiva de la vocación y de la misión de los fieles
laicos, profundizando en el estudio de la doctrina del Concilio
Vaticano II, a la luz de los recientes documentos del Magisterio y de
la experiencia de la vida misma de la Iglesia guiada por el Espíritu
Santo.(13)
Al dar una respuesta al interrogante «quiénes son los
fieles laicos», el Concilio, superando interpretaciones
precedentes y prevalentemente negativas, se abrió a una visión
decididamente positiva, y ha manifestado su intención
fundamental al afirmar la plena pertenencia de los fieles laicos a la
Iglesia y a su misterio, y el carácter peculiar de su
vocación, que tiene en modo especial la finalidad de «buscar
el Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas
según Dios».(14) «Con el nombre de laicos —así
los describe la Constitución Lumen gentium— se designan
aquí todos los fieles cristianos a excepción de los
miembros del orden sagrado y los del estado religioso sancionado por
la Iglesia; es decir, los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo
por el Bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes
a su modo del oficio sacerdotal, profético y real de Cristo,
ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el
pueblo cristiano en la parte que a ellos les corresponde».(15)
Ya Pío XII decía: «Los fieles, y más
precisamente los laicos, se encuentran en la línea más
avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el
principio vital de la sociedad humana. Por tanto ellos, ellos
especialmente, deben tener conciencia, cada vez más clara, no
sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia; es
decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra bajo la guía
del Jefe común, el Papa, y de los Obispos en comunión
con él. Ellos son la Iglesia (...)».(16)
Según la imagen bíblica de la viña, los
fieles laicos —al igual que todos los miembros de la Iglesia—
son sarmientos radicados en Cristo, la verdadera vid, convertidos por
Él en una realidad viva y vivificante.
Es la inserción en Cristo por medio de la fe y de los
sacramentos de la iniciación cristiana, la raíz primera
que origina la nueva condición del cristiano en el misterio de
la Iglesia, la que constituye su más profunda «fisonomía»,
la que está en la base de todas las vocaciones y del dinamismo
de la vida cristiana de los fieles laicos. En Cristo Jesús,
muerto y resucitado, el bautizado llega a ser una «nueva
creación» (Ga 6, 15; 2 Co 5, 17), una creación
purificada del pecado y vivificada por la gracia.
De este modo, sólo captando la misteriosa riqueza que Dios
dona al cristiano en el santo Bautismo es posible delinear la
«figura» del fiel laico.
El Bautismo y la novedad cristiana
10. No es exagerado decir que toda la existencia del fiel laico
tiene como objetivo el llevarlo a conocer la radical novedad
cristiana que deriva del Bautismo, sacramento de la fe, con el fin de
que pueda vivir sus compromisos bautismales según la vocación
que ha recibido de Dios. Para describir la «figura» del
fiel laico consideraremos ahora de modo directo y explícito
—entre otros— estos tres aspectos fundamentales: el
Bautismo nos regenera a la vida de loshijos de Dios; nos une a
Jesucristo y a su Cuerpo que es la Iglesia; nos unge en el Espíritu
Santo constituyéndonos en templos espirituales.
Hijos en el Hijo
11. Recordamos las palabras de Jesús a Nicodemo: «En
verdad, en verdad te digo, el que no nazca de agua y de Espíritu
no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3, 5). El santo
Bautismo es, por tanto, un nuevo nacimiento, es una regeneración.
Pensando precisamente en este aspecto del don bautismal, el
apóstol Pedro irrumpe en este canto: «Bendito sea el
Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien, por su gran
misericordia nos ha regenerado, mediante la Resurrección de
Jesucristo de entre los muertos, para una esperanza viva, para una
herencia que no se corrompe, no se mancha y no se marchita» (1
P 1, 3-4). Y designa a los cristianos como aquellos que «no han
sido reengendrados de un germen corruptible, sino incorruptible, por
medio de la Palabra de Dios viva y permanente» (1 P 1, 23).
Por el santo Bautismo somos hechos hijos de Dios en su Unigénito
Hijo, Cristo Jesús. Al salir de las aguas de la sagrada
fuente, cada cristiano vuelve a escuchar la voz que un día fue
oída a orillas del río Jordán: «Tú
eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Lc 3, 22); y entiende
que ha sido asociado al Hijo predilecto, llegando a ser hijo adoptivo
(cf. Ga 4, 4-7) y hermano de Cristo. Se cumple así en la
historia de cada uno el eterno designio del Padre: «a los que
de antemano conoció, también los predestinó a
reproducir la imagen de su Hijo, para que Él fuera el
primogénito entre muchos hermanos» (cf. Rm 8; 29).
El Espíritu Santo es quien constituye a los bautizados en
hijos de Dios y, al mismo tiempo, en miembros del Cuerpo de Cristo.
Lo recuerda Pablo a los cristianos de Corinto: «En un solo
Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más
que un cuerpo» (1 Co 12, 13); de modo tal que el apóstol
puede decir a los fieles laicos: «Ahora bien, vosotros sois el
Cuerpo de Cristo y sus miembros, cada uno por su parte» (1 Co
12, 27); «La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a
nuestros corazones el Espíritu de su Hijo» (Ga 4, 6; cf.
Rm 8, 15-16).
Un solo cuerpo en Cristo
12. Regenerados como «hijos en el Hijo», los
bautizados son inseparablemente «miembros de Cristo y miembros
del cuerpo de la Iglesia», como enseña el Concilio de
Florencia.(17)
El Bautismo significa y produce una incorporación mística
pero real al cuerpo crucificado y glorioso de Jesús. Mediante
este sacramento, Jesús une al bautizado con su muerte para
unirlo a su resurrección (cf. Rm 6, 3-5); lo despoja del
«hombre viejo» y lo reviste del «hombre nuevo»,
es decir, de Sí mismo: «Todos los que habéis sido
bautizados en Cristo —proclama el apóstol Pablo—
os habéis revestido de Cristo» (Ga 3, 27; cf. Ef 4,
22-24; Col 3, 9-10). De ello resulta que «nosotros, siendo
muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo»
(Rm 12, 5).
Volvemos a encontrar en las palabras de Pablo el eco fiel de las
enseñanzas del mismo Jesús, que nos ha revelado la
misteriosa unidad de sus discípulos con Él y entre sí,
presentándola como imagen y prolongación de aquella
arcana comunión que liga el Padre al Hijo y el Hijo al Padre
en el vínculo amoroso del Espíritu (cf. Jn 17, 21). Es
la misma unidad de la que habla Jesús con la imagen de la vid
y de los sarmientos: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos»
(Jn 15, 5); imagen que da luz no sólo para comprender la
profunda intimidad de los discípulos con Jesús, sino
también la comunión vital de los discípulos
entre sí: todos son sarmientos de la única Vid.
Templos
vivos y santos del Espíritu
13. Con otra imagen —aquélla del edificio— el
apóstol Pedro define a los bautizados como «piedras
vivas» cimentadas en Cristo, la «piedra angular», y
destinadas a la «construcción de un edificio espiritual»
(1 P 2, 5 ss.). La imagen nos introduce en otro aspecto de la novedad
bautismal, que el Concilio Vaticano II presentaba de este modo: «Por
la regeneración y la unción del Espíritu Santo,
los bautizados son consagrados como casa espiritual».(18)
El Espíritu Santo «unge» al bautizado, le
imprime su sello indeleble (cf. 2 Co 1, 21-22), y lo constituye en
templo espiritual; es decir, le llena de la santa presencia de Dios
gracias a la unión y conformación con Cristo.
Con esta «unción» espiritual, el cristiano
puede, a su modo, repetir las palabras de Jesús: «El
Espíritu del Señor está sobre mí; por lo
cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado a
proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los
ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, y a proclamar el año
de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19; cf. Is 61, 1-2). De
esta manera, mediante la efusión bautismal y crismal, el
bautizado participa en la misma misión de Jesús el
Cristo, el Mesías Salvador.
Partícipes del oficio sacerdotal, profético y real
de Jesucristo
14. Dirigiéndose a los bautizados como a «niños
recién nacidos», el apóstol Pedro escribe:
«Acercándoos a Él, piedra viva, desechada por los
hombres, pero elegida y preciosa ante Dios, también vosotros,
cual piedras vivas, sois utilizados en la construcción de un
edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer
sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de
Jesucristo (...). Pero vosotros sois el linaje elegido, el sacerdocio
real, la nación santa, el pueblo que Dios se ha adquirido para
que proclame los prodigios de Aquel que os ha llamado de las
tinieblas a su admirable luz (...)» (1 P 2, 4-5. 9).
He aquí un nuevo aspecto de la gracia y de la dignidad
bautismal: los fieles laicos participan, según el modo que les
es propio, en el triple oficio —sacerdotal, profético y
real— de Jesucristo. Es este un aspecto que nunca ha sido
olvidado por la tradición viva de la Iglesia, como se
desprende, por ejemplo, de la explicación que nos ofrece San
Agustín del Salmo 26. Escribe así: «David fué
ungido rey. En aquel tiempo, se ungía sólo al rey y al
sacerdote. En estas dos personas se encontraba prefigurado el futuro
único rey y sacerdote, Cristo (y por esto "Cristo"
viene de "crisma"). Pero no sólo ha sido ungida
nuestra Cabeza, sino que también hemos sido ungidos nosotros,
su Cuerpo (...). Por ello, la unción es propia de todos los
cristianos; mientras que en el tiempo del Antiguo Testamento
pertenecía sólo a dos personas. Está claro que
somos el Cuerpo de Cristo, ya que todos hemos sido ungidos, y en Él
somos cristos y Cristo, porque en cierta manera la cabeza y el cuerpo
forman el Cristo en su integridad».(19)
Siguiendo el rumbo indicado por el Concilio Vaticano II,(20) ya
desde el inicio de mi servicio pastoral, he querido exaltar la
dignidad sacerdotal, profética y real de todo el Pueblo de
Dios diciendo: «Aquél que ha nacido de la Virgen María,
el Hijo del carpintero —como se lo consideraba—, el Hijo
de Dios vivo —como ha confesado Pedro— ha venido para
hacer de todos nosotros "un reino de sacerdotes". El
Concilio Vaticano II nos ha recordado el misterio de esta potestad y
el hecho de que la misión de Cristo —Sacerdote,
Profeta-Maestro, Rey— continúa en la Iglesia. Todos,
todo el Pueblo de Dios es partícipe de esta triple
misión».(21)
Con la presente Exhortación deseo invitar nuevamente a
todos los fieles laicos a releer, a meditar y a asimilar, con
inteligencia y con amor, el rico y fecundo magisterio del Concilio
sobre su participación en el triple oficio de Cristo.(22) He
aquí entonces, sintéticamente, los elementos esenciales
de estas enseñanzas.
Los fieles laicos participan en el oficio sacerdotal, por el que
Jesús se ha ofrecido a sí mismo en la Cruz y se ofrece
continuamente en la celebración eucarística por la
salvación de la humanidad para gloria del Padre. Incorporados
a Jesucristo, los bautizados están unidos a Él y a su
sacrificio en el ofrecimiento de sí mismos y de todas sus
actividades (cf. Rm 12, 1-2). Dice el Concilio hablando de los fieles
laicos: «Todas sus obras, sus oraciones e iniciativas
apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo
cotidiano, el descanso espiritual y corporal, si son hechos en el
Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se
sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales
aceptables a Dios por Jesucristo (cf. 1 P 2, 5), que en la
celebración de la Eucaristía se ofrecen
piadosísimamente al Padre junto con la oblación del
Cuerpo del Señor. De este modo también los laicos, como
adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran a
Dios el mundo mismo».(23)
La participación en el oficio profético de Cristo,
«que proclamó el Reino del Padre con el testimonio de la
vida y con el poder de la palabra»,(24) habilita y compromete a
los fieles laicos a acoger con fe el Evangelio y a anunciarlo con la
palabra y con las obras, sin vacilar en denunciar el mal con
valentía. Unidos a Cristo, el «gran Profeta» (Lc
7, 16), y constituidos en el Espíritu «testigos»
de Cristo Resucitado, los fieles laicos son hechos partícipes
tanto del sobrenatural sentido de fe de la Iglesia, que «no
puede equivocarse cuando cree»,(25) cuanto de la gracia de la
palabra (cf. Hch 2, 17-18;Ap 19, 10). Son igualmente llamados a hacer
que resplandezca la novedad y la fuerza del Evangelio en su vida
cotidiana, familiar y social, como a expresar, con paciencia y
valentía, en medio de las contradicciones de la época
presente, su esperanza en la gloria «también a través
de las estructuras de la vida secular».(26)
Por su pertenencia a Cristo, Señor y Rey del universo, los
fieles laicos participan en su oficio real y son llamados por Él
para servir al Reino de Dios y difundirlo en la historia. Viven la
realeza cristiana, antes que nada, mediante la lucha espiritual para
vencer en sí mismos el reino del pecado (cf. Rm 6, 12); y
después en la propia entrega para servir, en la justicia y en
la caridad, al mismo Jesús presente en todos sus hermanos,
especialmente en los más pequeños (cf. Mt 25, 40).
Pero los fieles laicos están llamados de modo particular
para dar de nuevo a la entera creación todo su valor
originario. Cuando mediante una actividad sostenida por la vida de la
gracia, ordenan lo creado al verdadero bien del hombre, participan en
el ejercicio de aquel poder, con el que Jesucristo Resucitado atrae a
sí todas las cosas y las somete, junto consigo mismo, al
Padre, de manera que Dios sea todo en todos (cf. Jn 12, 32; 1 Co 15,
28).
La participación de los fieles laicos en el triple oficio
de Cristo Sacerdote, Profeta y Rey tiene su raíz primera en la
unción del Bautismo, su desarrollo en la Confirmación,
y su cumplimiento y dinámica sustentación en la
Eucaristía. Se trata de una participación donada a cada
uno de los fieles laicos individualmente; pero les es dada en cuanto
que forman parte del único Cuerpo del Señor. En efecto,
Jesús enriquece con sus dones a la misma Iglesia en cuanto que
es su Cuerpo y su Esposa. De este modo, cada fiel participa en el
triple oficio de Cristo porque es miembro de la Iglesia; tal como
enseña claramente el apóstol Pedro, el cual define a
los bautizados como «el linaje elegido, el sacerdocio real, la
nación santa, el pueblo que Dios se ha adquirido» (1 P
2, 9). Precisamente porque deriva de la comunión eclesial, la
participación de los fieles laicos en el triple oficio de
Cristo exige ser vivida y actuada en la comunión y para
acrecentar esta comunión. Escribía San Agustín:
«Así como llamamos a todos cristianos en virtud del
místico crisma, así también llamamos a todos
sacerdotes porque son miembros del único sacerdote».(27)
Los fieles laicos y la índole secular
15. La novedad cristiana es el fundamento y el título de la
igualdad de todos los bautizados en Cristo, de todos los miembros del
Pueblo de Dios: «común es la dignidad de los miembros
por su regeneración en Cristo, común la gracia de
hijos, común la vocación a la perfección, una
sola salvación, una sola esperanza e indivisa caridad».(28)
En razón de la común dignidad bautismal, el fiel laico
es corresponsable, junto con los ministros ordenados y con los
religiosos y las religiosas, de la misión de la Iglesia.
Pero la común dignidad bautismal asume en el fiel laico una
modalidad que lo distingue, sin separarlo, del presbítero, del
religioso y de la religiosa. El Concilio Vaticano II ha señalado
esta modalidad en la índole secular: «El carácter
secular es propio y peculiar de los laicos».(29)
Precisamente para poder captar completa, adecuada y
específicamente la condición eclesial del fiel laico es
necesario profundizar el alcance teológico del concepto de la
índole secular a la luz del designio salvífico de Dios
y del misterio de la Iglesia.
Como decía Pablo VI, la Iglesia «tiene una auténtica
dimensión secular, inherente a su íntima naturaleza y a
su misión, que hunde su raíz en el misterio del Verbo
Encarnado, y se realiza de formas diversas en todos sus
miembros».(30)
La Iglesia, en efecto, vive en el mundo, aunque no es del mundo
(cf. Jn 17, 16) y es enviada a continuar la obra redentora de
Jesucristo; la cual, «al mismo tiempo que mira de suyo a la
salvación de los hombres, abarca también la
restauración de todo el orden temporal».(31)
Ciertamente, todos los miembros de la Iglesia son partícipes
de su dimensión secular; pero lo son de formas diversas. En
particular, la participación de los fieles laicos tiene una
modalidad propia de actuación y de función, que, según
el Concilio, «es propia y peculiar» de ellos. Tal
modalidad se designa con la expresión «índole
secular».(32)
En realidad el Concilio describe la condición secular de
los fieles laicos indicándola, primero, como el lugar en que
les es dirigida la llamada de Dios: «Allí son llamados
por Dios».(33) Se trata de un «lugar» que viene
presentado en términos dinámicos: los fieles laicos
«viven en el mundo, esto es, implicados en todas y cada una de
las ocupaciones y trabajos del mundo y en las condiciones ordinarias
de la vida familiar y social, de la que su existencia se encuentra
como entretejida».(34) Ellos son personas que viven la vida
normal en el mundo, estudian, trabajan, entablan relaciones de
amistad, sociales, profesionales, culturales, etc. El Concilio
considera su condición no como un dato exterior y ambiental,
sino como una realidad destinada a obtener en Jesucristo la plenitud
de su significado.(35) Es más, afirma que «el mismo
Verbo encarnado quiso participar de la convivencia humana (...).
Santificó los vínculos humanos, en primer lugar los
familiares, donde tienen su origen las relaciones sociales,
sometiéndose voluntariamente a las leyes de su patria. Quiso
llevar la vida de un trabajador de su tiempo y de su región».(36)
De este modo, el «mundo» se convierte en el ámbito
y el medio de la vocación cristiana de los fieles laicos,
porque él mismo está destinado a dar gloria a Dios
Padre en Cristo. El Concilio puede indicar entonces cuál es el
sentido propio y peculiar de la vocación divina dirigida a los
fieles laicos. No han sido llamados a abandonar el lugar que ocupan
en el mundo. El Bautismo no los quita del mundo, tal como lo señala
el apóstol Pablo: «Hermanos, permanezca cada cual ante
Dios en la condición en que se encontraba cuando fué
llamado» (1 Co 7, 24); sino que les confía una vocación
que afecta precisamente a su situación intramundana. En
efecto, los fieles laicos, «son llamados por Dios para
contribuir, desde dentro a modo de fermento, a la santificación
del mundo mediante el ejercicio de sus propias tareas, guiados por el
espíritu evangélico, y así manifiestan a Cristo
ante los demás, principalmente con el testimonio de su vida y
con el fulgor de su fe, esperanza y caridad».(37) De este modo,
el ser y el actuar en el mundo son para los fieles laicos no sólo
una realidad antropológica y sociológica, sino también,
y específicamente, una realidad teológica y eclesial.
En efecto, Dios les manifiesta su designio en su situación
intramundana, y les comunica la particular vocación de «buscar
el Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas
según Dios».(38)
Precisamente en esta perspectiva los Padres Sinodales han afirmado
lo siguiente: «La índole secular del fiel laico no debe
ser definida solamente en sentido sociológico, sino sobre todo
en sentido teológico. El carácter secular debe ser
entendido a la luz del acto creador y redentor de Dios, que ha
confiado el mundo a los hombres y a las mujeres, para que participen
en la obra de la creación, la liberen del influjo del pecado y
se santifiquen en el matrimonio o en el celibato, en la familia, en
la profesión y en las diversas actividades sociales».(39)
La condición eclesial de los fieles laicos se encuentra
radicalmente definida por su novedad cristiana y caracterizada por su
índole secular.(40)
Las imágenes evangélicas de la sal, de la luz y de
la levadura, aunque se refieren indistintamente a todos los
discípulos de Jesús, tienen también una
aplicación específica a los fieles laicos. Se trata de
imágenes espléndidamente significativas, porque no sólo
expresan la plena participación y la profunda inserción
de los fieles laicos en la tierra, en el mundo, en la comunidad
humana; sino que también, y sobre todo, expresan la novedad y
la originalidad de esta inserción y de esta participación,
destinadas como están a la difusión del Evangelio que
salva.
Llamados a la santidad
16. La dignidad de los fieles laicos se nos revela en plenitud
cuando consideramos esa primera y fundamental vocación, que el
Padre dirige a todos ellos en Jesucristo por medio del Espíritu:
la vocación a la santidad, o sea a la perfección de la
caridad. El santo es el testimonio más espléndido de la
dignidad conferida al discípulo de Cristo.
El Concilio Vaticano II ha pronunciado palabras altamente
luminosas sobre la vocación universal a la santidad. Se puede
decir que precisamente esta llamada ha sido la consigna fundamental
confiada a todos los hijos e hijas de la Iglesia, por un Concilio
convocado para la renovación evangélica de la vida
cristiana.(41) Esta consigna no es una simple exhortación
moral, sino una insuprimible exigencia del misterio de la Iglesia.
Ella es la Viña elegida, por medio de la cual los sarmientos
viven y crecen con la misma linfa santa y santificante de Cristo; es
el Cuerpo místico, cuyos miembros participan de la misma vida
de santidad de su Cabeza, que es Cristo; es la Esposa amada del Señor
Jesús, por quien Él se ha entregado para santificarla
(cf. Ef 5, 25 ss.). El Espíritu que santificó la
naturaleza humana de Jesús en el seno virginal de María
(cf. Lc 1, 35), es el mismo Espíritu que vive y obra en la
Iglesia, con el fin de comunicarle la santidad del Hijo de Dios hecho
hombre.
Es urgente, hoy más que nunca, que todos los cristianos
vuelvan a emprender el camino de la renovación evangélica,
acogiendo generosamente la invitación del apóstol a ser
«santos en toda la conducta» (1 P 1, 15). El Sínodo
Extraordinario de 1985, a los veinte años de la conclusión
del Concilio, ha insistido muy oportunamente en esta urgencia:
«Puesto que la Iglesia es en Cristo un misterio, debe ser
considerada como signo e instrumento de santidad (...).
Los santos y las santas han sido siempre fuente y origen de
renovación en las circunstancias más difíciles
de toda la historia de la Iglesia. Hoy tenemos una gran necesidad de
santos, que hemos de implorar asiduamente a Dios».(42)
Todos en la Iglesia, precisamente por ser miembros de ella,
reciben y, por tanto, comparten la común vocación a la
santidad. Los fieles laicos están llamados, a pleno título,
a esta común vocación, sin ninguna diferencia respecto
de los demás miembros de la Iglesia: «Todos los fieles
de cualquier estado y condición están llamados a la
plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la
caridad»;(43) «todos los fieles están invitados y
deben tender a la santidad y a la perfección en el propio
estado».(44)
La vocación a la santidad hunde sus raíces en el
Bautismo y se pone de nuevo ante nuestros ojos en los demás
sacramentos, principalmente en la Eucaristía. Revestidos de
Jesucristo y saciados por su Espíritu, los cristianos son
«santos», y por eso quedan capacitados y comprometidos a
manifestar la santidad de su ser en la santidad de todo su obrar. El
apóstol Pablo no se cansa de amonestar a todos los cristianos
para que vivan «como conviene a los santos» (Ef 5, 3).
La vida según el Espíritu, cuyo fruto es la
santificación (cf. Rm 6, 22; Ga 5, 22), suscita y exige de
todos y de cada uno de los bautizados el seguimiento y la imitación
de Jesucristo, en la recepción de sus Bienaventuranzas, en el
escuchar y meditar la Palabra de Dios, en la participación
consciente y activa en la vida litúrgica y sacramental de la
Iglesia, en la oración individual, familiar y comunitaria, en
el hambre y sed de justicia, en el llevar a la práctica el
mandamiento del amor en todas las circunstancias de la vida y en el
servicio a los hermanos, especialmente si se trata de los más
pequeños, de los pobres y de los que sufren.
Santificarse en el mundo
17. La vocación de los fieles laicos a la santidad implica
que la vida según el Espíritu se exprese
particularmente en su inserción en las realidades temporales y
en su participación en las actividades terrenas. De nuevo el
apóstol nos amonesta diciendo: «Todo cuanto hagáis,
de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor
Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre» (Col 3,
17). Refiriendo estas palabras del apóstol a los fieles
laicos, el Concilio afirma categóricamente: «Ni la
atención de la familia, ni los otros deberes seculares deben
ser algo ajeno a la orientación espiritual de la vida».(45)
A su vez los Padres sinodales han dicho: «La unidad de vida de
los fieles laicos tiene una gran importancia. Ellos, en efecto, deben
santificarse en la vida profesional y social ordinaria. Por tanto,
para que puedan responder a su vocación, los fieles laicos
deben considerar las actividades de la vida cotidiana como ocasión
de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así
como también de servicio a los demás hombres,
llevándoles a la comunión con Dios en Cristo».(46)
Los fieles laicos han de considerar la vocación a la
santidad, antes que como una obligación exigente e
irrenunciable, como un signo luminoso del infinito amor del Padre que
les ha regenerado a su vida de santidad. Tal vocación, por
tanto, constituye una componente esencial e inseparable de la nueva
vida bautismal, y, en consecuencia, un elemento constitutivo de su
dignidad. Al mismo tiempo, la vocación a la santidad está
ligada íntimamente a la misión y a la responsabilidad
confiadas a los fieles laicos en la Iglesia y en el mundo. En efecto,
la misma santidad vivida, que deriva de la participación en la
vida de santidad de la Iglesia, representa ya la aportación
primera y fundamental a la edificación de la misma Iglesia en
cuanto «Comunión de los Santos». Ante la mirada
iluminada por la fe se descubre un grandioso panorama: el de tantos y
tantos fieles laicos —a menudo inadvertidos o incluso
incomprendidos; desconocidos por los grandes de la tierra, pero
mirados con amor por el Padre—, hombres y mujeres que,
precisamente en la vida y actividades de cada jornada, son los
obreros incansables que trabajan en la viña del Señor;
son los humildes y grandes artífices —por la potencia de
la gracia de Dios, ciertamente— del crecimiento del Reino de
Dios en la historia.
Además se ha de decir que la santidad es un presupuesto
fundamental y una condición insustituible para realizar la
misión salvífica de la Iglesia. La santidad de la
Iglesia es el secreto manantial y la medida infalible de su
laboriosidad apostólica y de su ímpetu misionero. Sólo
en la medida en que la Iglesia, Esposa de Cristo, se deja amar por Él
y Le corresponde, llega a ser una Madre llena de fecundidad en el
Espíritu.
Volvamos de nuevo a la imagen bíblica: el brotar y el
expanderse de los sarmientos depende de su inserción en la
vid. «Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí
mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no
permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los
sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése
da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada»
(Jn 15, 4-5).
Es natural recordar aquí la solemne proclamación de
algunos fieles laicos, hombres y mujeres, como beatos y santos,
durante el mes en el que se celebró el Sínodo. Todo el
Pueblo de Dios, y los fieles laicos en particular, pueden encontrar
ahora nuevos modelos de santidad y nuevos testimonios de virtudes
heroicas vividas en las condiciones comunes y ordinarias de la
existencia humana. Como han dicho los Padres sinodales: «Las
Iglesias locales, y sobre todo las llamadas Iglesias jóvenes,
deben reconocer atentamente entre los propios miembros, aquellos
hombres y mujeres que ofrecieron en estas condiciones (las
condiciones ordinarias de vida en el mundo y el estado conyugal) el
testimonio de una vida santa, y que pueden ser ejemplo para los
demás, con objeto de que, si se diera el caso, los propongan
para la beatificación y canonización».(47)
Al final de estas reflexiones, dirigidas a definir la condición
eclesial del fiel laico, retorna a la mente la célebre
exhortación de San León Magno: «Agnosce, o
Christiane, dignitatem tuam».(48) Es la misma admonición
que San Máximo, Obispo de Turín, dirigió a
quienes habían recibido la unción del santo Bautismo:
«¡Considerad el honor que se os hace en este
misterio!».(49) Todos los bautizados están invitados a
escuchar de nuevo estas palabras de San Agustín: «¡Alegrémonos
y demos gracias: hemos sido hechos no solamente cristianos, sino
Cristo (...). Pasmaos y alegraos: hemos sido hechos Cristo!».(50)
La dignidad cristiana, fuente de la igualdad de todos los miembros
de la Iglesia, garantiza y promueve el espíritu de comunión
y de fraternidad y, al mismo tiempo, se convierte en el secreto y la
fuerza del dinamismo apostólico y misionero de los fieles
laicos. Es una dignidad exigente; es la dignidad de los obreros
llamados por el Señor a trabajar en su viña. «Grava
sobre todos los laicos —leemos en el Concilio— la
gloriosa carga de trabajar para que el designio divino de salvación
alcance cada día más a todos los hombres de todos los
tiempos y de toda la tierra».(51)
CAPÍTULO II
SARMIENTOS TODOS DE LA ÚNICA VID
La participación
de los fieles laicos en la vida de la Iglesia-Comunión
El misterio de la Iglesia-Comunión
18. Oigamos de nuevo las palabras de Jesús: «Yo soy
la vid verdadera, y mi Padre es el viñador (...). Permaneced
en mí, y yo en vosotros» (Jn 15, 1-4).
Con estas sencillas palabras nos es revelada la misteriosa
comunión que vincula en unidad al Señor con los
discípulos, a Cristo con los bautizados; una comunión
viva y vivificante, por la cual los cristianos ya no se pertenecen a
sí mismos, sino que son propiedad de Cristo, como los
sarmientos unidos a la vid.
La comunión de los cristianos con Jesús tiene como
modelo, fuente y meta la misma comunión del Hijo con el Padre
en el don del Espíritu Santo: los cristianos se unen al Padre
al unirse al Hijo en el vínculo amoroso del Espíritu.
Jesús continúa: «Yo soy la vid; vosotros los
sarmientos» (Jn 15, 5). La comunión de los cristianos
entre sí nace de su comunión con Cristo: todos somos
sarmientos de la única Vid, que es Cristo. El Señor
Jesús nos indica que esta comunión fraterna es el
reflejo maravilloso y la misteriosa participación en la vida
íntima de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo. Por ella Jesús pide: «Que todos sean uno. Como
tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también
sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has
enviado» (Jn 17, 21).
Esta comunión es el mismo misterio de la Iglesia, como lo
recuerda el Concilio Vaticano II, con la célebre expresión
de San Cipriano: «La Iglesia universal se presenta como "un
pueblo congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo"».(52) Al inicio de la celebración
eucarística, cuando el sacerdote nos acoge con el saludo del
apóstol Pablo: «La gracia de nuestro Señor
Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu
Santo estén con todos vosotros» (2 Co 13, 13), se nos
recuerda habitualmente este misterio de la Iglesia-Comunión.
Después de haber delineado la «figura» de los
fieles laicos en el marco de la dignidad que les es propia, debemos
reflexionar ahora sobre su misión y responsabilidad en la
Iglesia y en el mundo. Sin embargo, sólo podremos
comprenderlas adecuadamente si nos situamos en el contexto vivo de la
Iglesia-Comunión.
El Concilio y la eclesiología de comunión
19. Es ésta la idea central que, en el Concilio Vaticano
II, la Iglesia ha vuelto a proponer de sí misma. Nos lo ha
recordado el Sínodo extraordinario de 1985, celebrado a los
veinte años del evento conciliar: «La eclesiología
de comunión es la idea central y fundamental de los documentos
del Concilio. La koinonia-comunión, fundada en la Sagrada
Escritura, ha sido muy apreciada en la Iglesia antigua, y en las
Iglesias orientales hasta nuestros días. Por esto el Concilio
Vaticano II ha realizado un gran esfuerzo para que la Iglesia en
cuanto comunión fuese comprendida con mayor claridad y
concretamente traducida en la vida práctica. ¿Qué
significa la compleja palabra "comunión"? Se trata
fundamentalmente de la comunión con Dios por medio de
Jesucristo, en el Espíritu Santo. Esta comunión tiene
lugar en la palabra de Dios y en los sacramentos. El Bautismo es la
puerta y el fundamento de la comunión en la Iglesia. La
Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida cristiana (cf.
Lumen gentium, 11). La comunión del cuerpo eucarístico
de Cristo significa y produce, es decir edifica, la íntima
comunión de todos los fieles en el cuerpo de Cristo que es la
Iglesia (cf. 1 Co 10, 16 s.)».(53)
Poco después del Concilio, Pablo VI se dirigía a los
fieles con estas palabras: «La Iglesia es una comunión.
¿Qué quiere decir en este caso comunión? Nos os
remitimos al parágrafo del catecismo que habla sobre la
sanctorum communionem, la comunión de los santos. Iglesia
quiere decir comunión de los santos. Y comunión de los
santos quiere decir una doble participación vital: la
incorporación de los cristianos a la vida de Cristo, y la
circulación de una idéntica caridad en todos los
fieles, en este y en el otro mundo. Unión a Cristo y en
Cristo; y unión entre los cristianos dentro la Iglesia».(54)
Las imágenes bíblicas con las que el Concilio ha
querido introducirnos en la contemplación del misterio de la
Iglesia, iluminan la realidad de la Iglesia-Comunión en su
inseparable dimensión de comunión de los cristianos con
Cristo, y de comunión de los cristianos entre sí. Son
las imágenes del ovil, de la grey, de la vid, del edificio
espiritual, de la ciudad santa.(55) Sobre todo es la imagen del
cuerpo tal y como la presenta el apóstol Pablo, cuya doctrina
reverbera fresca y atrayente en numerosas páginas del
Concilio.(56) Éste, a su vez, inicia considerando la entera
historia de la salvación, y vuelve a presentar la Iglesia como
Pueblo de Dios: «Ha querido Dios santificar y salvar a los
hombres no individualmente y sin ninguna relación entre ellos,
sino constituyendo con ellos un pueblo que lo reconociese en la
verdad y le sirviera santamente».(57) Ya en sus primeras
líneas, la constitución Lumen gentium compendia
maravillosamente esta doctrina diciendo: «La Iglesia es en
Cristo como un sacramento, es decir, signo e instrumento de la íntima
unión del hombre con Dios y de la unidad de todo el género
humano».(58)
La realidad de la Iglesia-Comunión es entonces parte
integrante, más aún, representa el contenido central
del «misterio» o sea del designio divino de salvación
de la humanidad. Por esto la comunión eclesial no puede ser
captada adecuadamente cuando se la entiende como una simple realidad
sociológica y psicológica. La Iglesia-Comunión
es el pueblo «nuevo», el pueblo «mesiánico»,
el pueblo que «tiene a Cristo por Cabeza (...) como condición
la dignidad y libertad de los hijos de Dios (...) por ley el nuevo
precepto de amar como el mismo Cristo nos ha amado (...) por fin el
Reino de Dios (...) (y es) constituido por Cristo en comunión
de vida, de caridad y de verdad».(59) Los vínculos que
unen a los miembros del nuevo Pueblo entre sí —y antes
aún, con Cristo— no son aquellos de la «carne»
y de la «sangre», sino aquellos del espíritu; más
precisamente, aquellos del Espíritu Santo, que reciben todos
los bautizados (cf. Jl 3, 1).
En efecto, aquel Espíritu que desde la eternidad abraza la
única e indivisa Trinidad, aquel Espíritu que «en
la plenitud de los tiempos» (Ga 4, 4) unió
indisolublemente la carne humana al Hijo de Dios, aquel mismo e
idéntico Espíritu es, a lo largo de todas las
generaciones cristianas, el inagotable manantial del que brota sin
cesar la comunión en la Iglesia y de la Iglesia.
Una comunión orgánica: diversidad y
complementariedad
20. La comunión eclesial se configura, más
precisamente, como comunión «orgánica»,
análoga a la de un cuerpo vivo y operante. En efecto, está
caracterizada por la simultánea presencia de la diversidad y
de la complementariedad de las vocaciones y condiciones de vida, de
los ministerios, de los carismas y de las responsabilidades. Gracias
a esta diversidad y complementariedad, cada fiel laico se encuentra
en relación con todo el cuerpo y le ofrece su propia
aportación.
El apóstol Pablo insiste particularmente en la comunión
orgánica del Cuerpo místico de Cristo. Podemos escuchar
de nuevo sus ricas enseñanzas en la síntesis trazada
por el Concilio. Jesucristo —leemos en la constitución
Lumen gentium— «comunicando su Espíritu,
constituye místicamente como cuerpo suyo a sus hermanos,
llamados de entre todas las gentes. En ese cuerpo, la vida de Cristo
se derrama en los creyentes (...). Como todos los miembros del cuerpo
humano, aunque numerosos, forman un solo cuerpo, así también
los fieles en Cristo (cf. 1 Co 12, 12). También en la
edificación del cuerpo de Cristo vige la diversidad de
miembros y funciones. Uno es el Espíritu que, para la utilidad
de la Iglesia, distribuye sus múltiples dones con
magnificencia proporcionada a su riqueza y a las necesidades de los
servicios (cf. 1 Co 12, 1-11). Entre estos dones ocupa el primer
puesto la gracia de los Apóstoles, a cuya autoridad el mismo
Espíritu somete incluso los carismáticos (cf. 1 Co 14).
Y es también el mismo Espíritu que, con su fuerza y
mediante la íntima conexión de los miembros, produce y
estimula la caridad entre todos los fieles. Y por tanto, si un
miembro sufre, sufren con él todos los demás miembros;
si a un miembro lo honoran, de ello se gozan con él todos los
demás miembros (cf. 1 Co 12, 26)».(60)
Es siempre el único e idéntico Espíritu el
principio dinámico de la variedad y de la unidad en la Iglesia
y de la Iglesia. Leemos nuevamente en la constitución Lumen
gentium: «Para que nos renovásemos continuamente en Él
(Cristo) (cf. Ef 4, 23), nos ha dado su Espíritu, el cual,
único e idéntico en la Cabeza y en los miembros, da
vida, unidad y movimiento a todo el cuerpo, de manera que los santos
Padres pudieron paragonar su función con la que ejerce el
principio vital, es decir el alma, en el cuerpo humano».(61) En
otro texto, particularmente denso y valioso para captar la
«organicidad» propia de la comunión eclesial,
también en su aspecto de crecimiento incesante hacia la
comunión perfecta, el Concilio escribe: «El Espíritu
habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles como en un
templo (cf. 1 Co 3, 16; 6, 19), y en ellos ora y da testimonio de la
adopción filial (cf. Ga 4, 6; Rm 8, 15-16. 26). Él guía
la Iglesia hacia la completa verdad (cf .Jn 16, 13 ), la unifica en
la comunión y en el servicio, la instruye y dirige con
diversos dones jerárquicos y carismáticos, la embellece
con sus frutos (cf. Ef 4, 11-12; 1 Co 12, 4; Ga 5, 22). Hace
rejuvenecer la Iglesia con la fuerza del Evangelio, la renueva
constantemente y la conduce a la perfecta unión con su Esposo.
Porque el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús:
¡"Ven"! (cf. Ap 22, 17)».(62)
La comunión eclesial es, por tanto, un don; un gran don del
Espíritu Santo, que los fieles laicos están llamados a
acoger con gratitud y, al mismo tiempo, a vivir con profundo sentido
de responsabilidad. El modo concreto de actuarlo es a través
de la participación en la vida y misión de la Iglesia,
a cuyo servicio los fieles laicos contribuyen con sus diversas y
complementarias funciones y carismas.
El fiel laico «no puede jamás cerrarse sobre sí
mismo, aislándose espiritualmente de la comunidad; sino que
debe vivir en un continuo intercambio con los demás, con un
vivo sentido de fraternidad, en el gozo de una igual dignidad y en el
empeño por hacer fructificar, junto con los demás, el
inmenso tesoro recibido en herencia. El Espíritu del Señor
le confiere, como también a los demás, múltiples
carismas; le invita a tomar parte en diferentes ministerios y
encargos; le recuerda, como también recuerda a los otros en
relación con él, que todo aquello que le distingue no
significa una mayor dignidad, sino una especial y complementaria
habilitación al servicio (...). De esta manera, los carismas,
los ministerios, los encargos y los servicios del fiel laico existen
en la comunión y para la comunión. Son riquezas que se
complementan entre sí en favor de todos, bajo la guía
prudente de los Pastores».(63)
Los ministerios y los carismas, dones del Espíritu a la
Iglesia
21. El Concilio Vaticano II presenta los ministerios y los
carismas como dones del Espíritu Santo para la edificación
del Cuerpo de Cristo y para el cumplimiento de su misión
salvadora en el mundo.(64) La Iglesia, en efecto, es dirigida y
guiada por el Espíritu, que generosamente distribuye diversos
dones jerárquicos y carismáticos entre todos los
bautizados, llamándolos a ser —cada uno a su modo—
activos y corresponsables.
Consideremos ahora los ministerios y los carismas con directa
referencia a los fieles laicos y a su participación en la vida
de la Iglesia-Comunión.
Los ministerios, oficios y funciones
Los ministerios presentes y operantes en la Iglesia, si bien con
modalidades diversas, son todos una participación en el
ministerio de Jesucristo, el Buen Pastor que da la vida por sus
ovejas (cf. Jn 10, 11), el siervo humilde y totalmente sacrificado
por la salvación de todos (cf. Mc 10, 45). Pablo es
completamente claro al hablar de la constitución ministerial
de las Iglesias apostólicas. En la Primera Carta a los
Corintios escribe: «A algunos Dios los ha puesto en la Iglesia,
en primer lugar como apóstoles, en segundo lugar como
profetas, en tercer lugar como maestros (...)» (1 Co 12, 28).
En la Carta a los Efesios leemos: «A cada uno de nosotros nos
ha sido dada la gracia según la medida del don de Cristo
(...). Es él quien, por una parte, ha dado a los apóstoles,
por otra, a los profetas, los evangelistas, los pastores y los
maestros, para hacer idóneos los hermanos para la realización
del ministerio, con el fin de edificar el cuerpo de Cristo, hasta que
lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de
Dios, al estado de hombre perfecto, según la medida que
corresponde a la plena madurez de Cristo» (Ef 4, 7.11-13; cf.
Rm 12, 4-8). Como resulta de estos y de otros textos del Nuevo
Testamento, son múltiples y diversos los ministerios, como
también los dones y las tareas eclesiales.
Los ministerios que derivan del Orden
22. En la Iglesia encontramos, en primer lugar, los ministerios
ordenados; es decir, los ministerios que derivan del sacramento del
Orden. En efecto, el Señor Jesús escogió y
constituyó los Apóstoles —germen del Pueblo de la
nueva Alianza y origen de la sagrada Jerarquía(65)— con
el mandato de convertir en discípulos todas las naciones (cf.
Mt 28, 19), de formar y de regir el pueblo sacerdotal. La misión
de los Apóstoles, que el Señor Jesús continúa
confiando a los pastores de su pueblo, es un verdadero servicio,
llamado significativamente «diakonia» en la Sagrada
Escritura; esto es, servicio, ministerio. Los ministros —en la
ininterrumpida sucesión apostólica— reciben de
Cristo Resucitado el carisma del Espíritu Santo, mediante el
sacramento del Orden; reciben así la autoridad y el poder
sacro para servir a la Iglesia «in persona Christi capitis»
(personificando a Cristo Cabeza),(66) y para congregarla en el
Espíritu Santo por medio del Evangelio y de los Sacramentos.
Los ministerios ordenados —antes que para las personas que
los reciben— son una gracia para la Iglesia entera. Expresan y
llevan a cabo una participación en el sacerdocio de Jesucristo
que es distinta, non sólo por grado sino por esencia, de la
participación otorgada con el Bautismo y con la Confirmación
a todos los fieles. Por otra parte, el sacerdocio ministerial, como
ha recordado el Concilio Vaticano II, está esencialmente
finalizado al sacerdocio real de todos los fieles y a éste
ordenado.(67)
Por esto, para asegurar y acrecentar la comunión en la
Iglesia, y concretamente en el ámbito de los distintos y
complementarios ministerios, los pastores deben reconocer que su
ministerio está radicalmente ordenado al servicio de todo el
Pueblo de Dios (cf. Hb 5, 1); y los fieles laicos han de reconocer, a
su vez, que el sacerdocio ministerial es enteramente necesario para
su vida y para su participación en la misión de la
Iglesia.(68)
Ministerios, oficios y funciones de los laicos
23. La misión salvífica de la Iglesia en el mundo es
llevada a cabo no sólo por los ministros en virtud del
sacramento del Orden, sino también por todos los fieles
laicos. En efecto, éstos, en virtud de su condición
bautismal y de su específica vocación, participan en el
oficio sacerdotal, profético y real de Jesucristo, cada uno en
su propia medida.
Los pastores, por tanto, han de reconocer y promover los
ministerios, oficios y funciones de los fieles laicos, que tienen su
fundamento sacramental en el Bautismo y en la Confirmación, y
para muchos de ellos, además en el Matrimonio.
Después, cuando la necesidad o la utilidad de la Iglesia lo
exija, los pastores —según las normas establecidas por
el derecho universal— pueden confiar a los fieles laicos
algunas tareas que, si bien están conectadas a su propio
ministerio de pastores, no exigen, sin embargo, el carácter
del Orden. El Código de Derecho Canónico escribe:
«Donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia y no haya
ministros, pueden también los laicos, aunque no sean lectores
ni acólitos, suplirles en algunas de sus funciones, es decir,
ejercitar el ministerio de la palabra, presidir oraciones litúrgicas,
administrar el bautismo y dar la sagrada Comunión, según
las prescripciones del derecho».(69) Sin embargo, el ejercicio
de estas tareas no hace del fiel laico un pastor. En realidad, no es
la tarea lo que constituye el ministerio, sino la ordenación
sacramental. Sólo el sacramento del Orden atribuye al
ministerio ordenado una peculiar participación en el oficio de
Cristo Cabeza y Pastor y en su sacerdocio eterno.(70) La tarea
realizada en calidad de suplente tiene su legitimación —formal
e inmediatamente— en el encargo oficial hecho por los pastores,
y depende, en su concreto ejercicio, de la dirección de la
autoridad eclesiástica.(71)
La reciente Asamblea sinodal ha trazado un amplio y significativo
panorama de la situación eclesial acerca de los ministerios,
los oficios y las funciones de los bautizados. Los Padres han
apreciado vivamente la aportación apostólica de los
fieles laicos, hombres y mujeres, en favor de la evangelización,
de la santificación y de la animación cristiana de las
realidades temporales, como también su generosa disponibilidad
a la suplencia en situaciones de emergencia y de necesidad
crónica.(72)
Como consecuencia de la renovación litúrgica
promovida por el Concilio, los mismos fieles laicos han tomado una
más viva conciencia de las tareas que les corresponden en la
asamblea litúrgica y en su preparación, y se han
manifestado ampliamente dispuestos a desempeñarlas. En efecto,
la celebración litúrgica es una acción sacra no
sólo del clero, sino de toda la asamblea. Por tanto, es
natural que las tareas no propias de los ministros ordenados sean
desempeñadas por los fieles laicos.(73) Después, ha
sido espontáneo el paso de una efectiva implicación de
los fieles laicos en la acción litúrgica a aquélla
en el anuncio de la Palabra de Dios y en la cura pastoral.(74)
En la misma Asamblea sinodal no han faltado, sin embargo, junto a
los positivos, otros juicios críticos sobre el uso
indiscriminado del término «ministerio», la
confusión y tal vez la igualación entre el sacerdocio
común y el sacerdocio ministerial, la escasa observancia de
ciertas leyes y normas eclesiásticas, la interpretación
arbitraria del concepto de «suplencia», la tendencia a la
«clericalización» de los fieles laicos y el riesgo
de crear de hecho una estructura eclesial de servicio paralela a la
fundada en el sacramento del Orden.
Precisamente para superar estos peligros, los Padres sinodales han
insistido en la necesidad de que se expresen con claridad
—sirviéndose también de una terminología
más precisa—,(75) tanto la unidad de misión de la
Iglesia, en la que participan todos los bautizados, como la
sustancial diversidad del ministerio de los pastores, que tiene su
raíz en el sacramento del Orden, respecto de los otros
ministerios, oficios y funciones eclesiales, que tienen su raíz
en los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación.
Es necesario pues, en primer lugar, que los pastores, al reconocer
y al conferir a los fieles laicos los varios ministerios, oficios y
funciones, pongan el máximo cuidado en instruirles acerca de
la raíz bautismal de estas tareas. Es necesario también
que los pastores estén vigilantes para que se evite un fácil
y abusivo recurso a presuntas «situaciones de emergencia»
o de «necesaria suplencia», allí donde no se dan
objetivamente o donde es posible remediarlo con una programación
pastoral más racional.
Los diversos ministerios, oficios y funciones que los fieles
laicos pueden desempeñar legítimamente en la liturgia,
en la transmisión de la fe y en las estructuras pastorales de
la Iglesia, deberán ser ejercitados en conformidad con su
específica vocación laical, distinta de aquélla
de los sagrados ministros. En este sentido, la exhortación
Evangelii nuntiandi, que tanta y tan beneficiosa parte ha tenido en
el estimular la diversificada colaboración de los fieles
laicos en la vida y en la misión evangelizadora de la Iglesia,
recuerda que «el campo propio de su actividad evangelizadora es
el dilatado y complejo mundo de la política, de la realidad
social, de la economía; así como también de la
cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de
los órganos de comunicación social; y también de
otras realidades particularmente abiertas a la evangelización,
como el amor, la familia, la educación de los niños y
de los adolescentes, el trabajo profesional, el sufrimiento. Cuantos
más laicos haya compenetrados con el espíritu
evangélico, responsables de estas realidades y explícitamente
comprometidos en ellas, competentes en su promoción y
conscientes de tener que desarrollar toda su capacidad cristiana, a
menudo ocultada y sofocada, tanto más se encontrarán
estas realidades al servicio del Reino de Dios —y por tanto de
la salvación en Jesucristo—, sin perder ni sacrificar
nada de su coeficiente humano, sino manifestando una dimensión
trascendente a menudo desconocida».(76)
Durante los trabajos del Sínodo, los Padres han prestado no
poca atención al Lectorado y al Acolitado. Mientras en el
pasado existían en la Iglesia Latina sólo como etapas
espirituales del itinerario hacia los ministerios ordenados, con el
Motu proprio de Pablo VI Ministeria quaedam (15 Agosto 1972) han
recibido una autonomía y estabilidad propias, como también
una posible destinación a los mismos fieles laicos, si bien
sólo a los varones. En el mismo sentido se ha expresado el
nuevo Código de Derecho Canónico.(77) Los Padres
sinodales han manifestado ahora el deseo de que «el Motu
proprio "Ministeria quaedam" sea revisado, teniendo en
cuenta el uso de las Iglesias locales e indicando, sobre todo, los
criterios según los cuales han de ser elegidos los
destinatarios de cada ministerio».(78)
A tal fin ha sido constituida expresamente una Comisión, no
sólo para responder a este deseo manifestado por los Padres
sinodales, sino también, y sobre todo, para estudiar en
profundidad los diversos problemas teológicos, litúrgicos,
jurídicos y pastorales surgidos a partir del gran
florecimiento actual de los ministerios confiados a los fieles
laicos.
Para que la praxis eclesial de estos ministerios confiados a los
fieles laicos resulte ordenada y fructuosa, en tanto la Comisión
concluye su estudio, deberán ser fielmente respetados por
todas las Iglesias particulares los principios teológicos
arriba recordados, en particular la diferencia esencial entre el
sacerdocio ministerial y el sacerdocio común y, por
consiguiente, la diferencia entre los ministerios derivantes del
Orden y los ministerios que derivan de los sacramentos del Bautismo y
de la Confirmación.
Los carismas
24. El Espíritu Santo no sólo confía diversos
ministerios a la Iglesia-Comunión, sino que también la
enriquece con otros dones e impulsos particulares, llamados carismas.
Estos pueden asumir las más diversas formas, sea en cuanto
expresiones de la absoluta libertad del Espíritu que los dona,
sea como respuesta a las múltiples exigencias de la historia
de la Iglesia. La descripción y clasificación que los
textos neotestamentarios hacen de estos dones, es una muestra de su
gran variedad: «A cada cual se le otorga la manifestación
del Espíritu para la utilidad común. Porque a uno le es
dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro,
palabra de ciencia por medio del mismo Espíritu; a otro, fe,
en el mismo Espíritu; a otro, carisma de curaciones, en el
único Espíritu; a otro, poder de milagros; a otro, el
don de profecía; a otro, el don de discernir los espíritus;
a otro, diversidad de lenguas; a otro, finalmente, el don de
interpretarlas» (1 Co 12, 7-10; cf. 1 Co 12, 4-6.28-31; Rm 12,
6-8; 1 P 4, 10-11).
Sean extraordinarios, sean simples y sencillos, los carismas son
siempre gracias del Espíritu Santo que tienen, directa o
indirectamente, una utilidad eclesial, ya que están ordenados
a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las
necesidades del mundo.
Incluso en nuestros días, no falta el florecimiento de
diversos carismas entre los fieles laicos, hombres y mujeres. Los
carismas se conceden a la persona concreta; pero pueden ser
participados también por otros y, de este modo, se continúan
en el tiempo como viva y preciosa herencia, que genera una particular
afinidad espiritual entre las personas. Refiriéndose
precisamente al apostolado de los laicos, el Concilio Vaticano II
escribe: «Para el ejercicio de este apostolado el Espíritu
Santo, que obra la santificación del Pueblo de Dios por medio
del ministerio y de los sacramentos, otorga también a los
fieles dones particulares (cf. 1 Co 12, 7), "distribuyendo a
cada uno según quiere" (cf. 1 Co 12, 11), para que
"poniendo cada uno la gracia recibida al servicio de los demás",
contribuyan también ellos "como buenos dispensadores de
la multiforme gracia recibida de Dios" (1 P 4, 10), a la
edificación de todo el cuerpo en la caridad (cf. Ef
4,16)».(79)
Los dones del Espíritu Santo exigen —según la
lógica de la originaria donación de la que proceden—
que cuantos los han recibido, los ejerzan para el crecimiento de toda
la Iglesia, como lo recuerda el Concilio.(80)
Los carismas han de ser acogidos con gratitud, tanto por parte de
quien los recibe, como por parte de todos en la Iglesia. Son, en
efecto, una singular riqueza de gracia para la vitalidad apostólica
y para la santidad del entero Cuerpo de Cristo, con tal que sean
dones que verdaderamente provengan del Espíritu, y sean
ejercidos en plena conformidad con los auténticos impulsos del
Espíritu. En este sentido siempre es necesario el
discernimiento de los carismas. En realidad, como han dicho los
Padres sinodales, «la acción del Espíritu Santo,
que sopla donde quiere, no siempre es fácil de reconocer y de
acoger. Sabemos que Dios actúa en todos los fieles cristianos
y somos conscientes de los beneficios que provienen de los carismas,
tanto para los individuos como para toda la comunidad cristiana. Sin
embargo, somos también conscientes de la potencia del pecado y
de sus esfuerzos tendientes a turbar y confundir la vida de los
fieles y de la comunidad».(81)
Por tanto, ningún carisma dispensa de la relación y
sumisión a los Pastores de la Iglesia. El Concilio dice
claramente: «El juicio sobre su autenticidad (de los carismas)
y sobre su ordenado ejercicio pertenece a aquellos que presiden en la
Iglesia, a quienes especialmente corresponde no extinguir el
Espíritu, sino examinarlo todo y retener lo que es bueno (cf.
1 Ts 5, 12.19-21)»,(82) con el fin de que todos los carismas
cooperen, en su diversidad y complementariedad, al bien común.(83)
La participación de los fieles laicos en la vida de la
Iglesia
25. Los fieles laicos participan en la vida de la Iglesia no sólo
llevando a cabo sus funciones y ejercitando sus carismas, sino
también de otros muchos modos.
Tal participación encuentra su primera y necesaria
expresión en la vida y misión de las Iglesias
particulares, de las diócesis, en las que «verdaderamente
está presente y actúa la Iglesia de Cristo, una, santa,
católica y apostólica».(84)
Iglesias particulares e Iglesia universal
Para poder participar adecuadamente en la vida eclesial es del
todo urgente que los fieles laicos posean una visión clara y
precisa de la Iglesia particular en su relación originaria con
la Iglesia universal. La Iglesia particular no nace a partir de una
especie de fragmentación de la Iglesia universal, ni la
Iglesia universal se constituye con la simple agregación de
las Iglesias particulares; sino que hay un vínculo vivo,
esencial y constante que las une entre sí, en cuanto que la
Iglesia universal existe y se manifiesta en las Iglesias
particulares. Por esto dice el Concilio que las Iglesias particulares
están «formadas a imagen de la Iglesia universal, en las
cuales y a partir de las cuales existe una sola y única
Iglesia católica».(85)
El mismo Concilio anima a los fieles laicos para que vivan
activamente su pertenencia a la Iglesia particular, asumiendo al
mismo tiempo una amplitud de miras cada vez más «católica».
«Cultiven constantemente —leemos en el Decreto sobre el
apostolado de los laicos— el sentido de la diócesis, de
la cual es la parroquia como una célula, siempre dispuestos,
cuando sean invitados por su Pastor, a unir sus propias fuerzas a las
iniciativas diocesanas. Es más, para responder a las
necesidades de la ciudad y de las zonas rurales, no deben limitar su
cooperación a los confines de la parroquia o de la diócesis,
sino que han de procurar ampliarla al ámbito interparroquial,
interdiocesano, nacional o internacional; tanto más cuando los
crecientes desplazamientos demográficos, el desarrollo de las
mutuas relaciones y la facilidad de las comunicaciones no consienten
ya a ningún sector de la sociedad permanecer cerrado en sí
mismo. Tengan así presente las necesidades del Pueblo de Dios
esparcido por toda la tierra».(86)
En este sentido, el reciente Sínodo ha solicitado que se
favorezca la creación de los Consejos Pastorales diocesanos, a
los que se pueda recurrir según las ocasiones. Ellos son la
principal forma de colaboración y de diálogo, como
también de discernimiento, a nivel diocesano. La participación
de los fieles laicos en estos Consejos podrá ampliar el
recurso a la consultación, y hará que el principio de
colaboración —que en determinados casos es también
de decisión— sea aplicado de un modo más fuerte y
extenso.(87)
Está prevista en el Código de Derecho Canónico
la participación de los fieles laicos en los Sínodos
diocesanos y en los Concilios particulares, provinciales o
plenarios.(88) Esta participación podrá contribuir a la
comunión y misión eclesial de la Iglesia particular,
tanto en su ámbito propio, como en relación con las
demás Iglesias particulares de la provincia eclesiástica
o de la Conferencia Episcopal.
Las Conferencias Episcopales quedan invitadas a estudiar el modo
más oportuno de desarrollar, a nivel nacional o regional, la
consultación y colaboración de los fieles laicos,
hombres y mujeres. Así, los problemas comunes podrán
ser bien sopesados y se manifestará mejor la comunión
eclesial de todos.(89)
La parroquia
26. La comunión eclesial, aún conservando siempre su
dimensión universal, encuentra su expresión más
visible e inmediata en la parroquia. Ella es la última
localización de la Iglesia; es, en cierto sentido, la misma
Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas.(90)
Es necesario que todos volvamos a descubrir, por la fe, el
verdadero rostro de la parroquia; o sea, el «misterio»
mismo de la Iglesia presente y operante en ella. Aunque a veces le
falten las personas y los medios necesarios, aunque otras veces se
encuentre desperdigada en dilatados territorios o casi perdida en
medio de populosos y caóticos barrios modernos, la parroquia
no es principalmente una estructura, un territorio, un edificio; ella
es «la familia de Dios, como una fraternidad animada por el
Espíritu de unidad»,(91) es «una casa de familia,
fraterna y acogedora»,(92) es la «comunidad de los
fieles».(93) En definitiva, la parroquia está fundada
sobre una realidad teológica, porque ella es una comunidad
eucarística.(94) Esto significa que es una comunidad idónea
para celebrar la Eucaristía, en la que se encuentran la raíz
viva de su edificación y el vínculo sacramental de su
existir en plena comunión con toda la Iglesia. Tal idoneidad
radica en el hecho de ser la parroquia una comunidad de fe y una
comunidad orgánica, es decir, constituida por los ministros
ordenados y por los demás cristianos, en la que el párroco
—que representa al Obispo diocesano(95)— es el vínculo
jerárquico con toda la Iglesia particular.
Ciertamente es inmensa la tarea que ha de realizar la Iglesia en
nuestros días; y para llevarla a cabo no basta la parroquia
sola. Por ésto, el Código de Derecho Canónico
prevé formas de colaboración entre parroquias en el
ámbito del territorio(96) y recomienda al Obispo el cuidado
pastoral de todas las categorías de fieles, también de
aquéllas a las que no llega la cura pastoral ordinaria.(97) En
efecto, son necesarios muchos lugares y formas de presencia y de
acción, para poder llevar la palabra y la gracia del Evangelio
a las múltiples y variadas condiciones de vida de los hombres
de hoy. Igualmente, otras muchas funciones de irradiación
religiosa y de apostolado de ambiente en el campo cultural, social,
educativo, profesional, etc., no pueden tener como centro o punto de
partida la parroquia. Y sin embargo, también en nuestros días
la parroquia está conociendo una época nueva y
prometedora. Como decía Pablo VI, al inicio de su pontificado,
dirigiéndose al Clero romano: «Creemos simplemente que
la antigua y venerada estructura de la Parroquia tiene una misión
indispensable y de gran actualidad; a ella corresponde crear la
primera comunidad del pueblo cristiano; iniciar y congregar al pueblo
en la normal expresión de la vida litúrgica; conservar
y reavivar la fe en la gente de hoy; suministrarle la doctrina
salvadora de Cristo; practicar en el sentimiento y en las obras la
caridad sencilla de las obras buenas y fraternas».(98)
Por su parte, los Padres sinodales han considerado atentamente la
situación actual de muchas parroquias, solicitando una
decidida renovación de las mismas: «Muchas parroquias,
sea en regiones urbanas, sea en tierras de misión, no pueden
funcionar con plenitud efectiva debido a la falta de medios
materiales o de ministros ordenados, o también a causa de la
excesiva extensión geográfica y por la condición
especial de algunos cristianos (como, por ejemplo, los exiliados y
los emigrantes). Para que todas estas parroquias sean verdaderamente
comunidades cristianas, las autoridades locales deben favorecer: a)
la adaptación de las estructuras parroquiales con la amplia
flexibilidad que concede el Derecho Canónico, sobre todo
promoviendo la participación de los laicos en las
responsabilidades pastorales; b) las pequeñas comunidades
eclesiales de base, también llamadas comunidades vivas, donde
los fieles pueden comunicarse mutuamente la Palabra de Dios y
manifestarse en el recíproco servicio y en el amor; estas
comunidades son verdaderas expresiones de la comunión eclesial
y centros de evangelización, en comunión con sus
Pastores».(99) Para la renovación de las parroquias y
para asegurar mejor su eficacia operativa, también se deben
favorecer formas institucionales de cooperación entre las
diversas parroquias de un mismo territorio.
El compromiso apostólico en la parroquia
27. Ahora es necesario considerar más de cerca la comunión
y la participación de los fieles laicos en la vida de la
parroquia. En este sentido, se debe llamar la atención de
todos los fieles laicos, hombres y mujeres, sobre una expresión
muy cierta, significativa y estimulante del Concilio: «Dentro
de las comunidades de la Iglesia —leemos en el Decreto sobre el
apostolado de los laicos— su acción es tan necesaria,
que sin ella, el mismo apostolado de los Pastores no podría
alcanzar, la mayor parte de las veces, su plena eficacia».(100)
Esta afirmación radical se debe entender, evidentemente, a la
luz de la «eclesiología de comunión»:
siendo distintos y complementarios, los ministerios y los carismas
son necesarios para el crecimiento de la Iglesia, cada uno según
su propia modalidad.
Los fieles laicos deben estar cada vez más convencidos del
particular significado que asume el compromiso apostólico en
su parroquia. Es de nuevo el Concilio quien lo pone de relieve
autorizadamente: «La parroquia ofrece un ejemplo luminoso de
apostolado comunitario, fundiendo en la unidad todas las diferencias
humanas que allí se dan e insertándolas en la
universalidad de la Iglesia. Los laicos han de habituarse a trabajar
en la parroquia en íntima unión con sus sacerdotes, a
exponer a la comunidad eclesial sus problemas y los del mundo y las
cuestiones que se refieren a la salvación de los hombres, para
que sean examinados y resueltos con la colaboración de todos;
a dar, según sus propias posibilidades, su personal
contribución en las iniciativas apostólicas y
misioneras de su propia familia eclesiástica».(101)
La indicación conciliar respecto al examen y solución
de los problemas pastorales «con la colaboración de
todos», debe encontrar un desarrollo adecuado y estructurado en
la valorización más convencida, amplia y decidida de
los Consejos pastorales parroquiales, en los que han insistido, con
justa razón, los Padres sinodales.(102)
En las circunstancias actuales, los fieles laicos pueden y deben
prestar una gran ayuda al crecimiento de una autentica comunión
eclesial en sus respectivas parroquias, y en el dar nueva vida al
afán misionero dirigido hacia los no creyentes y hacia los
mismos creyentes que han abandonado o limitado la práctica de
la vida cristiana.
Si la parroquia es la Iglesia que se encuentra entre las casas de
los hombres, ella vive y obra entonces profundamente injertada en la
sociedad humana e íntimamente solidaria con sus aspiraciones y
dramas. A menudo el contexto social, sobre todo en ciertos países
y ambientes, está sacudido violentamente por fuerzas de
disgregación y deshumanización. El hombre se encuentra
perdido y desorientado; pero en su corazón permanece siempre
el deseo de poder experimentar y cultivar unas relaciones más
fraternas y humanas. La respuesta a este deseo puede encontrarse en
la parroquia, cuando ésta, con la participación viva de
los fieles laicos, permanece fiel a su originaria vocación y
misión: ser en el mundo el «lugar» de la comunión
de los creyentes y, a la vez, «signo e instrumento» de la
común vocación a la comunión; en una palabra ser
la casa abierta a todos y al servicio de todos, o, como prefería
llamarla el Papa Juan XXIII, ser la fuente de la aldea, a la que
todos acuden para calmar su sed.
Formas de participación en la vida de la Iglesia
28. Los fieles laicos, juntamente con los sacerdotes, religiosos y
religiosas, constituyen el único Pueblo de Dios y Cuerpo de
Cristo.
El ser miembros de la Iglesia no suprime el hecho de que cada
cristiano sea un ser «único e irrepetible», sino
que garantiza y promueve el sentido más profundo de su
unicidad e irrepetibilidad, en cuanto fuente de variedad y de riqueza
para toda la Iglesia. En tal sentido, Dios llama a cada uno en Cristo
por su nombre propio e inconfundible. El llamamiento del Señor:
«Id también vosotros a mi viña», se dirige
a cada uno personalmente; y entonces resuena de este modo en la
conciencia: «¡Ven también tú a mi viña!».
De esta manera cada uno, en su unicidad e irrepetibilidad, con su
ser y con su obrar, se pone al servicio del crecimiento de la
comunión eclesial; así como, por otra parte, recibe
personalmente y hace suya la riqueza común de toda la Iglesia.
Ésta es la «Comunión de los Santos» que
profesamos en el Credo; el bien de todos se convierte en el bien de
cada uno, y el bien de cada uno se convierte en el bien de todos. «En
la Santa Iglesia —escribe San Gregorio Magno— cada uno
sostiene a los demás y los demás le sostienen a
él».(103)
Formas personales de participación
Es absolutamente necesario que cada fiel laico tenga siempre una
viva conciencia de ser un «miembro de la Iglesia», a
quien se le ha confiado una tarea original, insustituible e
indelegable, que debe llevar a cabo para el bien de todos. En esta
perspectiva asume todo su significado la afirmación del
Concilio sobre la absoluta necesidad del apostolado de cada persona
singular: «El apostolado que cada uno debe realizar, y que
fluye con abundancia de la fuente de una vida auténticamente
cristiana (cf. Jn 4, 14), es la forma primordial y la condición
de todo el apostolado de los laicos, incluso del asociado, y nada
puede sustituirlo. A este apostolado, siempre y en todas partes
provechoso, y en ciertas circunstancias el único apto y
posible, están llamados y obligados todos los laicos,
cualquiera que sea su condición, aunque no tengan ocasión
o posibilidad de colaborar en las asociaciones».(104)
En el apostolado personal existen grandes riquezas que reclaman
ser descubiertas, en vista de una intensificación del
dinamismo misionero de cada uno de los fieles laicos. A través
de esta forma de apostolado, la irradiación del Evangelio
puede hacerse extremadamente capilar, llegando a tantos lugares y
ambientes como son aquéllos ligados a la vida cotidiana y
concreta de los laicos. Se trata, además, de una irradiación
constante, pues es inseparable de la continua coherencia de la vida
personal con la fe; y se configura también como una forma de
apostolado particularmente incisiva, ya que al compartir plenamente
las condiciones de vida y de trabajo, las dificultades y esperanzas
de sus hermanos, los fieles laicos pueden llegar al corazón de
sus vecinos, amigos o colegas, abriéndolo al horizonte total,
al sentido pleno de la existencia humana: la comunión con Dios
y entre los hombres.
Formas agregativas de participación
29. La comunión eclesial, ya presente y operante en la
acción personal de cada uno, encuentra una manifestación
específica en el actuar asociado de los fieles laicos; es
decir, en la acción solidaria que ellos llevan a cabo
participando responsablemente en la vida y misión de la
Iglesia.
En estos últimos años, el fenómeno asociativo
laical se ha caracterizado por una particular variedad y vivacidad.
La asociación de los fieles siempre ha representado una línea
en cierto modo constante en la historia de la Iglesia, como lo
testifican, hasta nuestros días, las variadas
confraternidades, las terceras órdenes y los diversos
sodalicios. Sin embargo, en los tiempos modernos este fenómeno
ha experimentado un singular impulso, y se han visto nacer y
difundirse múltiples formas agregativas: asociaciones, grupos,
comunidades, movimientos. Podemos hablar de una nueva época
asociativa de los fieles laicos. En efecto, «junto al
asociacionismo tradicional, y a veces desde sus mismas raíces,
han germinado movimientos y asociaciones nuevas, con fisonomías
y finalidades específicas. Tanta es la riqueza y versatilidad
de los recursos que el Espíritu alimenta en el tejido
eclesial; y tanta es la capacidad de iniciativa y la generosidad de
nuestro laicado».(105)
Estas asociaciones de laicos se presentan a menudo muy
diferenciadas unas de otras en diversos aspectos, como en su
configuración externa, en los caminos y métodos
educativos y en los campos operativos. Sin embargo, se puede
encontrar una amplia y profunda convergencia en la finalidad que las
anima: la de participar responsablemente en la misión que
tiene la Iglesia de llevar a todos el Evangelio de Cristo como
manantial de esperanza para el hombre y de renovación para la
sociedad.
El asociarse de los fieles laicos por razones espirituales y
apostólicas nace de diversas fuentes y responde a variadas
exigencias. Expresa, efectivamente, la naturaleza social de la
persona, y obedece a instancias de una más dilatada e incisiva
eficacia operativa. En realidad, la incidencia «cultural»,
que es fuente y estímulo, pero también fruto y signo de
cualquier transformación del ambiente y de la sociedad, puede
realizarse, no tanto con la labor de un individuo, cuanto con la de
un «sujeto social», o sea, de un grupo, de una comunidad,
de una asociación, de un movimiento. Esto resulta
particularmente cierto en el contexto de una sociedad pluralista y
fraccionada —como es la actual en tantas partes del mundo—,
y cuando se está frente a problemas enormemente complejos y
difíciles. Por otra parte, sobre todo en un mundo
secularizado, las diversas formas asociadas pueden representar, para
muchos, una preciosa ayuda para llevar una vida cristiana coherente
con las exigencias del Evangelio y para comprometerse en una acción
misionera y apostólica.
Más allá de estos motivos, la razón profunda
que justifica y exige la asociación de los fieles laicos es de
orden teológico, es una razón eclesiológica,
como abiertamente reconoce el Concilio Vaticano II, cuando ve en el
apostolado asociado un «signo de la comunión y de la
unidad de la Iglesia en Cristo».(106)
Es un «signo» que debe manifestarse en las relaciones
de «comunión», tanto dentro como fuera de las
diversas formas asociativas, en el contexto más amplio de la
comunidad cristiana. Precisamente la razón eclesiológica
indicada explica, por una parte, el «derecho» de
asociación que es propio de los fieles laicos; y, por otra, la
necesidad de unos «criterios» de discernimiento acerca de
la autenticidad eclesial de esas formas de asociarse.
Ante todo debe reconocerse la libertad de asociación de los
fieles laicos en la Iglesia. Tal libertad es un verdadero y propio
derecho que no proviene de una especie de «concesión»
de la autoridad, sino que deriva del Bautismo, en cuanto sacramento
que llama a todos los fieles laicos a participar activamente en la
comunión y misión de la Iglesia. El Concilio es del
todo claro a este respecto: «Guardada la debida relación
con la autoridad eclesiástica, los laicos tienen el derecho de
fundar y dirigir asociaciones y de inscribirse en aquellas
fundadas».(107) Y el reciente Código afirma
textualmente: «Los fieles tienen derecho a fundar y dirigir
libremente asociaciones para fines de caridad o piedad, o para
fomentar la vocación cristiana en el mundo; y también a
reunirse para procurar en común esos mismos fines».(108)
Se trata de una libertad reconocida y garantizada por la autoridad
eclesiástica y que debe ser ejercida siempre y sólo en
la comunión de la Iglesia. En este sentido, el derecho a
asociarse de los fieles laicos es algo esencialmente relativo a la
vida de comunión y a la misión de la misma Iglesia.
Criterios de eclesialidad para las asociaciones laicales
30. La necesidad de unos criterios claros y precisos de
discernimiento y reconocimiento de las asociaciones laicales, también
llamados «criterios de eclesialidad», es algo que se
comprende siempre en la perspectiva de la comunión y misión
de la Iglesia, y no, por tanto, en contraste con la libertad