EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
POST-SINODAL
CHRISTIFIDELES
LAICI
DE SU SANTIDAD
JUAN PABLO II
SOBRE VOCACIÓN Y
MISIÓN DE LOS LAICOS
EN LA IGLESIA Y EN EL MUNDO
A los Obispos
A los sacerdotes y diáconos
A los
religiosos y religiosas
A todos los fieles laicos
INTRODUCCIÓN
1. LOS FIELES LAICOS (Christifideles laici), cuya «vocación
y misión en la Iglesia y en el mundo a los veinte años
del Concilio Vaticano II» ha sido el tema del Sínodo de
los Obispos de 1987, pertenecen a aquel Pueblo de Dios representado
en los obreros de la viña, de los que habla el Evangelio de
Mateo: «El Reino de los Cielos es semejante a un propietario,
que salió a primera hora de la mañana a contratar
obreros para su viña. Habiéndose ajustado con los
obreros en un denario al día, los envió a su viña»
(Mt 20, 1-2).
La parábola evangélica despliega ante nuestra mirada
la inmensidad de la viña del Señor y la multitud de
personas, hombres y mujeres, que son llamadas por Él y
enviadas para que tengan trabajo en ella. La viña es el mundo
entero (cf. Mt 13, 38), que debe ser transformado según el
designio divino en vista de la venida definitiva del Reino de Dios.
Id también vosotros a mi viña
2. «Salió luego hacia las nueve de la mañana,
vió otros que estaban en la plaza desocupados y les dijo: "Id
también vosotros a mi viña"» (Mt 20, 3-4).
El llamamiento del Señor Jesús «Id también
vosotros a mi viña» no cesa de resonar en el curso de la
historia desde aquel lejano día: se dirige a cada hombre que
viene a este mundo.
En nuestro tiempo, en la renovada efusión del Espíritu
de Pentecostés que tuvo lugar con el Concilio Vaticano II, la
Iglesia ha madurado una conciencia más viva de su naturaleza
misionera y ha escuchado de nuevo la voz de su Señor que la
envía al mundo como «sacramento universal de
salvación».(1)
Id también vosotros. La llamada no se dirige sólo a
los Pastores, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, sino
que se extiende a todos: también los fieles laicos son
llamados personalmente por el Señor, de quien reciben una
misión en favor de la Iglesia y del mundo. Lo recuerda San
Gregorio Magno quien, predicando al pueblo, comenta de este modo la
parábola de los obreros de la viña: «Fijaos en
vuestro modo de vivir, queridísimos hermanos, y comprobad si
ya sois obreros del Señor. Examine cada uno lo que hace y
considere si trabaja en la viña del Señor».(2)
De modo particular, el Concilio, con su riquísimo
patrimonio doctrinal, espiritual y pastoral, ha reservado páginas
verdaderamente espléndidas sobre la naturaleza, dignidad,
espiritualidad, misión y responsabilidad de los fieles laicos.
Y los Padres conciliares, haciendo eco al llamamiento de Cristo, han
convocado a todos los fieles laicos, hombres y mujeres, a trabajar en
la viña: «Este Sacrosanto Concilio ruega en el Señor
a todos los laicos que respondan con ánimo generoso y
prontitud de corazón a la voz de Cristo, que en esta hora
invita a todos con mayor insistencia, y a los impulsos del Espíritu
Santo. Sientan los jóvenes que esta llamada va dirigida a
ellos de manera especialísima; recíbanla con entusiasmo
y magnanimidad. El mismo Señor, en efecto, invita de nuevo a
todos los laicos, por medio de este santo Concilio, a que se le unan
cada día más íntimamente y a que, haciendo
propio todo lo suyo (cf. Flp 2, 5), se asocien a su misión
salvadora; de nuevo los envía a todas las ciudades y lugares
adonde Él está por venir (cf. Lc 10, 1».(3)
Id también vosotros a mi viña. Estas palabras han
resonado espiritualmente, una vez más, durante la celebración
del Sínodo de los Obispos, que ha tenido lugar en Roma entre
el 1º y el 30 de octubre de 1987. Colocándose en los
senderos del Concilio y abriéndose a la luz de las
experiencias personales y comunitarias de toda la Iglesia, los
Padres, enriquecidos por los Sínodos precedentes, han
afrontado de modo específico y amplio el tema de la vocación
y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo.
En esta Asamblea episcopal no ha faltado una cualificada
representación de fieles laicos, hombres y mujeres, que han
aportado una valiosa contribución a los trabajos del Sínodo,
como ha sido públicamente reconocido en la homilía
conclusiva: «Damos gracias por el hecho de que en el curso del
Sínodo hemos podido contar con la participación de los
laicos (auditores y auditrices), pero más aún porque el
desarrollo de las discusiones sinodales nos ha permitido escuchar la
voz de los invitados, los representantes del laicado provenientes de
todas las partes del mundo, de los diversos Países, y nos ha
dado ocasión de aprovechar sus experiencias, sus consejos, las
sugerencias que proceden de su amor a la causa común».(4)
Dirigiendo la mirada al posconcilio, los Padres sinodales han
podido comprobar cómo el Espíritu Santo ha seguido
rejuveneciendo la Iglesia, suscitando nuevas energías de
santidad y de participación en tantos fieles laicos. Ello
queda testificado, entre otras cosas, por el nuevo estilo de
colaboración entre sacerdotes, religiosos y fieles laicos; por
la participación activa en la liturgia, en el anuncio de la
Palabra de Dios y en la catequesis; por los múltiples
servicios y tareas confiados a los fieles laicos y asumidos por
ellos; por el lozano florecer de grupos, asociaciones y movimientos
de espiritualidad y de compromiso laicales; por la participación
más amplia y significativa de la mujer en la vida de la
Iglesia y en el desarrollo de la sociedad.
Al mismo tiempo, el Sínodo ha notado que el camino
posconciliar de los fieles laicos no ha estado exento de dificultades
y de peligros. En particular, se pueden recordar dos tentaciones a
las que no siempre han sabido sustraerse: la tentación de
reservar un interés tan marcado por los servicios y las tareas
eclesiales, de tal modo que frecuentemente se ha llegado a una
práctica dejación de sus responsabilidades específicas
en el mundo profesional, social, económico, cultural y
político; y la tentación de legitimar la indebida
separación entre fe y vida, entre la acogida del Evangelio y
la acción concreta en las más diversas realidades
temporales y terrenas.
En el curso de sus trabajos, el Sínodo ha hecho referencia
constantemente al Concilio Vaticano II, cuyo magisterio sobre el
laicado, a veinte años de distancia, se ha manifestado de
sorprendente actualidad y tal vez de alcance profético: tal
magisterio es capaz de iluminar y de guiar las respuestas que se
deben dar hoy a los nuevos problemas. En realidad, el desafío
que los Padres sinodales han afrontado ha sido el de individuar las
vías concretas para lograr que la espléndida «teoría»
sobre el laicado expresada por el Concilio llegue a ser una auténtica
«praxis» eclesial. Además, algunos problemas se
imponen por una cierta «novedad» suya, tanto que se los
puede llamar posconciliares, al menos en sentido cronológico:
a ellos los Padres sinodales han reservado con razón una
particular atención en el curso de sus discusiones y
reflexiones. Entre estos problemas se deben recordar los relativos a
los ministerios y servicios eclesiales confiados o por confiar a los
fieles laicos, la difusión y el desarrollo de nuevos
«movimientos» junto a otras formas de agregación
de los laicos, el puesto y el papel de la mujer tanto en la Iglesia
como en la sociedad.
Los Padres sinodales, al término de sus trabajos, llevados
a cabo con gran empeño, competencia y generosidad, me han
manifestado su deseo y me han pedido que, a su debido tiempo,
ofreciese a la Iglesia universal un documento conclusivo sobre los
fieles laicos.(5)
Esta Exhortación Apostólica post-sinodal quiere dar
todo su valor a la entera riqueza de los trabajos sinodales: desde
los Lineamenta hasta el Instrumentum laboris; desde la relación
introductoria hasta las intervenciones de cada uno de los obispos y
de los laicos y la relación de síntesis al final de las
sesiones en el aula; desde los trabajos y relaciones de los «círculos
menores» hasta las «proposiciones» finales y el
Mensaje final. Por eso el presente documento no es paralelo al
Sínodo, sino que constituye su fiel y coherente expresión;
es fruto de un trabajo colegial, a cuyo resultado final el Consejo de
la Secretaría General del Sínodo y la misma Secretaría
han sumado su propia aportación.
El objetivo que la Exhortación quiere alcanzar es suscitar
y alimentar una más decidida toma de conciencia del don y de
la responsabilidad que todos los fieles laicos —y cada uno de
ellos en particular— tienen en la comunión y en la
misión de la Iglesia.
Las actuales cuestiones urgentes del mundo: ¿Porqué
estáis aquí ociosos todo el día?
3. El significado fundamental de este Sínodo, y por tanto
el fruto más valioso deseado por él, es la acogida por
parte de los fieles laicos del llamamiento de Cristo a trabajar en su
viña, a tomar parte activa, consciente y responsable en la
misión de la Iglesia en esta magnífica y dramática
hora de la historia, ante la llegada inminente del tercer milenio.
Nuevas situaciones, tanto eclesiales como sociales, económicas,
políticas y culturales, reclaman hoy, con fuerza muy
particular, la acción de los fieles laicos. Si el no
comprometerse ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo
hace aún más culpable. A nadie le es lícito
permanecer ocioso.
Reemprendamos la lectura de la parábola evangélica:
«Todavía salió a eso de las cinco de la tarde,
vió otros que estaban allí, y les dijo: "¿Por
qué estáis aquí todo el día parados?"
Le respondieron: "Es que nadie nos ha contratado". Y él
les dijo: "Id también vosotros a mi viña"»
(Mt 20, 6-7).
No hay lugar para el ocio: tanto es el trabajo que a todos espera
en la viña del Señor. El «dueño de casa»
repite con más fuerza su invitación: «Id vosotros
también a mi viña».
La voz del Señor resuena ciertamente en lo más
íntimo del ser mismo de cada cristiano que, mediante la fe y
los sacramentos de la iniciación cristiana, ha sido
configurado con Cristo, ha sido injertado como miembro vivo en la
Iglesia y es sujeto activo de su misión de salvación.
Pero la voz del Señor también pasa a través de
las vicisitudes históricas de la Iglesia y de la humanidad,
como nos lo recuerda el Concilio: «El Pueblo de Dios, movido
por la fe que le impulsa a creer que quien le conduce es el Espíritu
del Señor que llena el universo, procura discernir en los
acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa
juntamente con sus contemporáneos, los signos verdaderos de la
presencia o del designio de Dios. En efecto, la fe todo lo ilumina
con nueva luz, y manifiesta el plan divino sobre la entera vocación
del hombre. Por ello orienta la mente hacia soluciones plenamente
humanas».(6)
Es necesario entonces mirar cara a cara este mundo nuestro con sus
valores y problemas, sus inquietudes y esperanzas, sus conquistas y
derrotas: un mundo cuyas situaciones económicas, sociales,
políticas y culturales presentan problemas y dificultades más
graves respecto a aquél que describía el Concilio en la
Constitución pastoral Gaudium et spes.(7) De todas formas, es
ésta la viña, y es éste el campo en que los
fieles laicos están llamados a vivir su misión. Jesús
les quiere, como a todos sus discípulos, sal de la tierra y
luz del mundo (cf. Mt 5, 13-14). Pero ¿cuál es el
rostro actual de la «tierra» y del «mundo» en
el que los cristianos han de ser «sal» y «luz»?
Es muy grande la diversidad de situaciones y problemas que hoy
existen en el mundo, y que además están caracterizadas
por la creciente aceleración del cambio. Por esto es
absolutamente necesario guardarse de las generalizaciones y
simplificaciones indebidas. Sin embargo, es posible advertir algunas
líneas de tendencia que sobresalen en la sociedad actual. Así
como en el campo evangélico crecen juntamente la cizaña
y el buen grano, también en la historia, teatro cotidiano de
un ejercicio a menudo contradictorio de la libertad humana, se
encuentran, arrimados el uno al otro y a veces profundamente
entrelazados, el mal y el bien, la injusticia y la justicia, la
angustia y la esperanza.
Secularismo y necesidad de lo religioso
4. ¿Cómo no hemos de pensar en la persistente
difusión de la indiferencia religiosa y del ateismo en sus más
diversas formas, particularmente en aquella —hoy quizás
más difundida— del secularismo? Embriagado por las
prodigiosas conquistas de un irrefrenable desarrollo
científico-técnico, y fascinado sobre todo por la más
antigua y siempre nueva tentación de querer llegar a ser como
Dios (cf. Gn 3, 5) mediante el uso de una libertad sin límites,
el hombre arranca las raíces religiosas que están en su
corazón: se olvida de Dios, lo considera sin significado para
su propia existencia, lo rechaza poniéndose a adorar los más
diversos «ídolos».
Es verdaderamente grave el fenómeno actual del secularismo;
y no sólo afecta a los individuos, sino que en cierto modo
afecta también a comunidades enteras, como ya observó
el Concilio: «Crecientes multitudes se alejan prácticamente
de la religión».(8) Varias veces yo mismo he recordado
el fenómeno de la descristianización que aflige los
pueblos de antigua tradición cristiana y que reclama, sin
dilación alguna, una nueva evangelización.
Y sin embargo la aspiración y la necesidad de lo religioso
no pueden ser suprimidos totalmente. La conciencia de cada hombre,
cuando tiene el coraje de afrontar los interrogantes más
graves de la existencia humana, y en particular el del sentido de la
vida, del sufrimiento y de la muerte, no puede dejar de hacer propia
aquella palabra de verdad proclamada a voces por San Agustín:
«Nos has hecho, Señor, para Ti, y nuestro corazón
está inquieto hasta que no descansa en Ti».(9) Así
también, el mundo actual testifica, siempre de manera más
amplia y viva, la apertura a una visión espiritual y
trascendente de la vida, el despertar de una búsqueda
religiosa, el retorno al sentido de lo sacro y a la oración,
la voluntad de ser libres en el invocar el Nombre del Señor.
La persona humana: una dignidad despreciada y exaltada
5. Pensamos, además, en las múltiples violaciones a
las que hoy está sometida la persona humana. Cuando no es
reconocido y amado en su dignidad de imagen viviente de Dios (cf. Gn
1, 26), el ser humano queda expuesto a las formas más
humillantes y aberrantes de «instrumentalización»,
que lo convierten miserablemente en esclavo del más fuerte. Y
«el más fuerte» puede asumir diversos nombres:
ideología, poder económico, sistemas políticos
inhumanos, tecnocracia científica, avasallamiento por parte de
los mass-media. De nuevo nos encontramos frente a una multitud de
personas, hermanos y hermanas nuestras, cuyos derechos fundamentales
son violados, también como consecuencia de la excesiva
tolerancia y hasta de la patente injusticia de ciertas leyes civiles:
el derecho a la vida y a la integridad física, el derecho a la
casa y al trabajo, el derecho a la familia y a la procreación
responsable, el derecho a la participación en la vida pública
y política, el derecho a la libertad de conciencia y de
profesión de fe religiosa.
¿Quién puede contar los niños que no han
nacido porque han sido matados en el seno de sus madres, los niños
abandonados y maltratados por sus mismos padres, los niños que
crecen sin afecto ni educación? En algunos países,
poblaciones enteras se encuentran desprovistas de casa y de trabajo;
les faltan los medios más indispensables para llevar una vida
digna del ser humano; y algunas carecen hasta de lo necesario para su
propia subsistencia. Tremendos recintos de pobreza y de miseria,
física y moral a la vez, se han vuelto ya anodinos y como
normales en la periferia de las grandes ciudades, mientras afligen
mortalmente a enteros grupos humanos.
Pero la sacralidad de la persona no puede ser aniquilada, por más
que sea despreciada y violada tan a menudo. Al tener su
indestructible fundamento en Dios Creador y Padre, la sacralidad de
la persona vuelve a imponerse, de nuevo y siempre.
De aquí el extenderse cada vez más y el afirmarse
siempre con mayor fuerza del sentido de la dignidad personal de cada
ser humano. Una beneficiosa corriente atraviesa y penetra ya todos
los pueblos de la tierra, cada vez más conscientes de la
dignidad del hombre: éste no es una «cosa» o un
«objeto» del cual servirse; sino que es siempre y sólo
un «sujeto», dotado de conciencia y de libertad, llamado
a vivir responsablemente en la sociedad y en la historia, ordenado a
valores espirituales y religiosos.
Se ha dicho que el nuestro es el tiempo de los «humanismos».
Si algunos, por su matriz atea y secularista, acaban paradójicamente
por humillar y anular al hombre; otros, en cambio, lo exaltan hasta
el punto de llegar a una verdadera y propia idolatría; y
otros, finalmente, reconocen según la verdad la grandeza y la
miseria del hombre, manifestando, sosteniendo y favoreciendo su
dignidad total.
Signo y fruto de estas corrientes humanistas es la creciente
necesidad de participación. Indudablemente es éste uno
de los rasgos característicos de la humanidad actual, un
auténtico «signo de los tiempos» que madura en
diversos campos y en diversas direcciones: sobre todo en lo relativo
a la mujer y al mundo juvenil, y en la dirección de la vida no
sólo familiar y escolar, sino también cultural,
económica, social y política. El ser protagonistas,
creadores de algún modo de una nueva cultura humanista, es una
exigencia universal e individual.(10)
Conflictividad y paz
6. Por último, no podemos dejar de recordar otro fenómeno
que caracteriza la presente humanidad. Quizás como nunca en su
historia, la humanidad es cotidiana y profundamente atacada y
desquiciada por la conflictividad. Es éste un fenómeno
pluriforme, que se distingue del legítimo pluralismo de las
mentalidades y de las iniciativas, y que se manifiesta en el nefasto
enfrentamiento entre personas, grupos, categorías, naciones y
bloques de naciones. Es un antagonismo que asume formas de violencia,
de terrorismo, de guerra. Una vez más, pero en proporciones
mucho más amplias, diversos sectores de la humanidad
contemporánea, queriendo demostrar su «omnipotencia»,
renuevan la necia experiencia de la construcción de la «torre
de Babel» (cf. Gn 11, 1-9), que, sin embargo, hace proliferar
la confusión, la lucha, la disgregación y la opresión.
La familia humana se en cuentra así dramáticamente
turbada y desgarrada en sí misma.
Por otra parte, es completamente insuprimible la aspiración
de los individuos y de los pueblos al inestimable bien de la paz en
la justicia. La bienaventuranza evangélica: «dichosos
los que obran la paz» (Mt 5, 9) encuentra en los hombres de
nuestro tiempo una nueva y significativa resonancia: para que vengan
la paz y la justicia, enteras poblaciones viven, sufren y trabajan.
La participación de tantas personas y grupos en la vida social
es hoy el camino más recorrido para que la paz anhelada se
haga realidad. En este camino encontramos a tantos fieles laicos que
se han empeñado generosamente en el campo social y político,
y de los modos más diversos, sean institucionales o bien de
asistencia voluntaria y de servicio a los necesitados.
Jesucristo, la esperanza de la humanidad
7. Este es el campo inmenso y apesadumbrado que está ante
los obreros enviados por el «dueño de casa» para
trabajar en su viña.
En este campo está eficazmente presente la Iglesia, todos
nosotros, pastores y fieles, sacerdotes, religiosos y laicos. Las
situaciones que acabamos de recordar afectan profundamente a la
Iglesia; por ellas está en parte condicionada, pero no
dominada ni muchos menos aplastada, porque el Espíritu Santo,
que es su alma, la sostiene en su misión.
La Iglesia sabe que todos los esfuerzos que va realizando la
humanidad para llegar a la comunión y a la participación,
a pesar de todas las dificultades, retrasos y contradicciones
causadas por las limitaciones humanas, por el pecado y por el
Maligno, encuentran una respuesta plena en Jesucristo, Redentor del
hombre y del mundo.
La Iglesia sabe que es enviada por Él como «signo e
instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad
de todo el género humano».(11)
En conclusión, a pesar de todo, la humanidad puede esperar,
debe esperar. El Evangelio vivo y personal, Jesucristo mismo, es la
«noticia» nueva y portadora de alegría que la
Iglesia testifica y anuncia cada día a todos los hombres.
En este anuncio y en este testimonio los fieles laicos tienen un
puesto original e irreemplazable: por medio de ellos la Iglesia de
Cristo está presente en los más variados sectores del
mundo, como signo y fuente de esperanza y de amor.
CAPÍTULO I
YO SOY LA VID, VOSOTROS LOS SARMIENTOS
La dignidad de los
fieles laicos en la Iglesia-Misterio
El misterio de la viña
8. La imagen de la viña se usa en la Biblia de muchas
maneras y con significados diversos; de modo particular, sirve para
expresar el misterio del Pueblo de Dios. Desde este punto de vista
más interior, los fieles laicos no son simplemente los obreros
que trabajan en la viña, sino que forman parte de la viña
misma: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos» (Jn 15,
5), dice Jesús.
Ya en el Antiguo Testamento los profetas recurrieron a la imagen
de la viña para hablar del pueblo elegido. Israel es la viña
de Dios, la obra del Señor, la alegría de su corazón:
«Yo te había plantado de la cepa selecta» (Jr 2,
21); «Tu madre era como una vid plantada a orillas de las
aguas. Era lozana y frondosa, por la abundancia de agua (...)»
(Ez 19, 10); «Una viña tenía mi amado en una
fértil colina. La cavó y despedregó, y la plantó
de cepa exquisita (...)» (Is 5, 1-2).
Jesús retoma el símbolo de la viña y lo usa
para revelar algunos aspectos del Reino de Dios: «Un hombre
plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó
un lagar, edificó una torre; la arrendó a unos
viñadores y se marchó lejos» (Mc 12, 1; cf. Mt
21, 28ss.).
El evangelista Juan nos invita a calar en profundidad y nos lleva
a descubrir el misterio de la viña. Ella es el símbolo
y la figura, no sólo del Pueblo de Dios, sino de Jesús
mismo. Él es la vid y nosotros, sus discípulos, somos
los sarmientos; Él es la «vid verdadera» a la que
los sarmientos están vitalmente unidos (cf. Jn 15, 1 ss.).
El Concilio Vaticano II, haciendo referencia a las diversas
imágenes bíblicas que iluminan el misterio de la
Iglesia, vuelve a presentar la imagen de la vid y de los sarmientos:
«Cristo es la verdadera vid, que comunica vida y fecundidad a
los sarmientos, que somos nosotros, que permanecemos en Él por
medio de la Iglesia, y sin Él nada podemos hacer (Jn 15,
1-5)».(12) La Iglesia misma es, por tanto, la viña
evangélica. Es misterio porque el amor y la vida del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo son el don absolutamente
gratuito que se ofrece a cuantos han nacido del agua y del Espíritu
(cf. Jn 3, 5), llamados a revivir la misma comunión de Dios y
a manifestarla y comunicarla en la historia (misión): «Aquel
día —dice Jesús— comprenderéis que
Yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros»
(Jn 14, 20).
Sólo dentro de la Iglesia como misterio de comunión
se revela la «identidad» de los fieles laicos, su
original dignidad. Y sólo dentro de esta dignidad se pueden
definir su vocación y misión en la Iglesia y en el
mundo.
Quiénes son los fieles laicos
9. Los Padres sinodales han señalado con justa razón
la necesidad de individuar y de proponer una descripción
positiva de la vocación y de la misión de los fieles
laicos, profundizando en el estudio de la doctrina del Concilio
Vaticano II, a la luz de los recientes documentos del Magisterio y de
la experiencia de la vida misma de la Iglesia guiada por el Espíritu
Santo.(13)
Al dar una respuesta al interrogante «quiénes son los
fieles laicos», el Concilio, superando interpretaciones
precedentes y prevalentemente negativas, se abrió a una visión
decididamente positiva, y ha manifestado su intención
fundamental al afirmar la plena pertenencia de los fieles laicos a la
Iglesia y a su misterio, y el carácter peculiar de su
vocación, que tiene en modo especial la finalidad de «buscar
el Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas
según Dios».(14) «Con el nombre de laicos —así
los describe la Constitución Lumen gentium— se designan
aquí todos los fieles cristianos a excepción de los
miembros del orden sagrado y los del estado religioso sancionado por
la Iglesia; es decir, los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo
por el Bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes
a su modo del oficio sacerdotal, profético y real de Cristo,
ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el
pueblo cristiano en la parte que a ellos les corresponde».(15)
Ya Pío XII decía: «Los fieles, y más
precisamente los laicos, se encuentran en la línea más
avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el
principio vital de la sociedad humana. Por tanto ellos, ellos
especialmente, deben tener conciencia, cada vez más clara, no
sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia; es
decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra bajo la guía
del Jefe común, el Papa, y de los Obispos en comunión
con él. Ellos son la Iglesia (...)».(16)
Según la imagen bíblica de la viña, los
fieles laicos —al igual que todos los miembros de la Iglesia—
son sarmientos radicados en Cristo, la verdadera vid, convertidos por
Él en una realidad viva y vivificante.
Es la inserción en Cristo por medio de la fe y de los
sacramentos de la iniciación cristiana, la raíz primera
que origina la nueva condición del cristiano en el misterio de
la Iglesia, la que constituye su más profunda «fisonomía»,
la que está en la base de todas las vocaciones y del dinamismo
de la vida cristiana de los fieles laicos. En Cristo Jesús,
muerto y resucitado, el bautizado llega a ser una «nueva
creación» (Ga 6, 15; 2 Co 5, 17), una creación
purificada del pecado y vivificada por la gracia.
De este modo, sólo captando la misteriosa riqueza que Dios
dona al cristiano en el santo Bautismo es posible delinear la
«figura» del fiel laico.
El Bautismo y la novedad cristiana
10. No es exagerado decir que toda la existencia del fiel laico
tiene como objetivo el llevarlo a conocer la radical novedad
cristiana que deriva del Bautismo, sacramento de la fe, con el fin de
que pueda vivir sus compromisos bautismales según la vocación
que ha recibido de Dios. Para describir la «figura» del
fiel laico consideraremos ahora de modo directo y explícito
—entre otros— estos tres aspectos fundamentales: el
Bautismo nos regenera a la vida de loshijos de Dios; nos une a
Jesucristo y a su Cuerpo que es la Iglesia; nos unge en el Espíritu
Santo constituyéndonos en templos espirituales.
Hijos en el Hijo
11. Recordamos las palabras de Jesús a Nicodemo: «En
verdad, en verdad te digo, el que no nazca de agua y de Espíritu
no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3, 5). El santo
Bautismo es, por tanto, un nuevo nacimiento, es una regeneración.
Pensando precisamente en este aspecto del don bautismal, el
apóstol Pedro irrumpe en este canto: «Bendito sea el
Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien, por su gran
misericordia nos ha regenerado, mediante la Resurrección de
Jesucristo de entre los muertos, para una esperanza viva, para una
herencia que no se corrompe, no se mancha y no se marchita» (1
P 1, 3-4). Y designa a los cristianos como aquellos que «no han
sido reengendrados de un germen corruptible, sino incorruptible, por
medio de la Palabra de Dios viva y permanente» (1 P 1, 23).
Por el santo Bautismo somos hechos hijos de Dios en su Unigénito
Hijo, Cristo Jesús. Al salir de las aguas de la sagrada
fuente, cada cristiano vuelve a escuchar la voz que un día fue
oída a orillas del río Jordán: «Tú
eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Lc 3, 22); y entiende
que ha sido asociado al Hijo predilecto, llegando a ser hijo adoptivo
(cf. Ga 4, 4-7) y hermano de Cristo. Se cumple así en la
historia de cada uno el eterno designio del Padre: «a los que
de antemano conoció, también los predestinó a
reproducir la imagen de su Hijo, para que Él fuera el
primogénito entre muchos hermanos» (cf. Rm 8; 29).
El Espíritu Santo es quien constituye a los bautizados en
hijos de Dios y, al mismo tiempo, en miembros del Cuerpo de Cristo.
Lo recuerda Pablo a los cristianos de Corinto: «En un solo
Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más
que un cuerpo» (1 Co 12, 13); de modo tal que el apóstol
puede decir a los fieles laicos: «Ahora bien, vosotros sois el
Cuerpo de Cristo y sus miembros, cada uno por su parte» (1 Co
12, 27); «La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a
nuestros corazones el Espíritu de su Hijo» (Ga 4, 6; cf.
Rm 8, 15-16).
Un solo cuerpo en Cristo
12. Regenerados como «hijos en el Hijo», los
bautizados son inseparablemente «miembros de Cristo y miembros
del cuerpo de la Iglesia», como enseña el Concilio de
Florencia.(17)
El Bautismo significa y produce una incorporación mística
pero real al cuerpo crucificado y glorioso de Jesús. Mediante
este sacramento, Jesús une al bautizado con su muerte para
unirlo a su resurrección (cf. Rm 6, 3-5); lo despoja del
«hombre viejo» y lo reviste del «hombre nuevo»,
es decir, de Sí mismo: «Todos los que habéis sido
bautizados en Cristo —proclama el apóstol Pablo—
os habéis revestido de Cristo» (Ga 3, 27; cf. Ef 4,
22-24; Col 3, 9-10). De ello resulta que «nosotros, siendo
muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo»
(Rm 12, 5).
Volvemos a encontrar en las palabras de Pablo el eco fiel de las
enseñanzas del mismo Jesús, que nos ha revelado la
misteriosa unidad de sus discípulos con Él y entre sí,
presentándola como imagen y prolongación de aquella
arcana comunión que liga el Padre al Hijo y el Hijo al Padre
en el vínculo amoroso del Espíritu (cf. Jn 17, 21). Es
la misma unidad de la que habla Jesús con la imagen de la vid
y de los sarmientos: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos»
(Jn 15, 5); imagen que da luz no sólo para comprender la
profunda intimidad de los discípulos con Jesús, sino
también la comunión vital de los discípulos
entre sí: todos son sarmientos de la única Vid.
Templos
vivos y santos del Espíritu
13. Con otra imagen —aquélla del edificio— el
apóstol Pedro define a los bautizados como «piedras
vivas» cimentadas en Cristo, la «piedra angular», y
destinadas a la «construcción de un edificio espiritual»
(1 P 2, 5 ss.). La imagen nos introduce en otro aspecto de la novedad
bautismal, que el Concilio Vaticano II presentaba de este modo: «Por
la regeneración y la unción del Espíritu Santo,
los bautizados son consagrados como casa espiritual».(18)
El Espíritu Santo «unge» al bautizado, le
imprime su sello indeleble (cf. 2 Co 1, 21-22), y lo constituye en
templo espiritual; es decir, le llena de la santa presencia de Dios
gracias a la unión y conformación con Cristo.
Con esta «unción» espiritual, el cristiano
puede, a su modo, repetir las palabras de Jesús: «El
Espíritu del Señor está sobre mí; por lo
cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado a
proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los
ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, y a proclamar el año
de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19; cf. Is 61, 1-2). De
esta manera, mediante la efusión bautismal y crismal, el
bautizado participa en la misma misión de Jesús el
Cristo, el Mesías Salvador.
Partícipes del oficio sacerdotal, profético y real
de Jesucristo
14. Dirigiéndose a los bautizados como a «niños
recién nacidos», el apóstol Pedro escribe:
«Acercándoos a Él, piedra viva, desechada por los
hombres, pero elegida y preciosa ante Dios, también vosotros,
cual piedras vivas, sois utilizados en la construcción de un
edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer
sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de
Jesucristo (...). Pero vosotros sois el linaje elegido, el sacerdocio
real, la nación santa, el pueblo que Dios se ha adquirido para
que proclame los prodigios de Aquel que os ha llamado de las
tinieblas a su admirable luz (...)» (1 P 2, 4-5. 9).
He aquí un nuevo aspecto de la gracia y de la dignidad
bautismal: los fieles laicos participan, según el modo que les
es propio, en el triple oficio —sacerdotal, profético y
real— de Jesucristo. Es este un aspecto que nunca ha sido
olvidado por la tradición viva de la Iglesia, como se
desprende, por ejemplo, de la explicación que nos ofrece San
Agustín del Salmo 26. Escribe así: «David fué
ungido rey. En aquel tiempo, se ungía sólo al rey y al
sacerdote. En estas dos personas se encontraba prefigurado el futuro
único rey y sacerdote, Cristo (y por esto "Cristo"
viene de "crisma"). Pero no sólo ha sido ungida
nuestra Cabeza, sino que también hemos sido ungidos nosotros,
su Cuerpo (...). Por ello, la unción es propia de todos los
cristianos; mientras que en el tiempo del Antiguo Testamento
pertenecía sólo a dos personas. Está claro que
somos el Cuerpo de Cristo, ya que todos hemos sido ungidos, y en Él
somos cristos y Cristo, porque en cierta manera la cabeza y el cuerpo
forman el Cristo en su integridad».(19)
Siguiendo el rumbo indicado por el Concilio Vaticano II,(20) ya
desde el inicio de mi servicio pastoral, he querido exaltar la
dignidad sacerdotal, profética y real de todo el Pueblo de
Dios diciendo: «Aquél que ha nacido de la Virgen María,
el Hijo del carpintero —como se lo consideraba—, el Hijo
de Dios vivo —como ha confesado Pedro— ha venido para
hacer de todos nosotros "un reino de sacerdotes". El
Concilio Vaticano II nos ha recordado el misterio de esta potestad y
el hecho de que la misión de Cristo —Sacerdote,
Profeta-Maestro, Rey— continúa en la Iglesia. Todos,
todo el Pueblo de Dios es partícipe de esta triple
misión».(21)
Con la presente Exhortación deseo invitar nuevamente a
todos los fieles laicos a releer, a meditar y a asimilar, con
inteligencia y con amor, el rico y fecundo magisterio del Concilio
sobre su participación en el triple oficio de Cristo.(22) He
aquí entonces, sintéticamente, los elementos esenciales
de estas enseñanzas.
Los fieles laicos participan en el oficio sacerdotal, por el que
Jesús se ha ofrecido a sí mismo en la Cruz y se ofrece
continuamente en la celebración eucarística por la
salvación de la humanidad para gloria del Padre. Incorporados
a Jesucristo, los bautizados están unidos a Él y a su
sacrificio en el ofrecimiento de sí mismos y de todas sus
actividades (cf. Rm 12, 1-2). Dice el Concilio hablando de los fieles
laicos: «Todas sus obras, sus oraciones e iniciativas
apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo
cotidiano, el descanso espiritual y corporal, si son hechos en el
Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se
sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales
aceptables a Dios por Jesucristo (cf. 1 P 2, 5), que en la
celebración de la Eucaristía se ofrecen
piadosísimamente al Padre junto con la oblación del
Cuerpo del Señor. De este modo también los laicos, como
adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran a
Dios el mundo mismo».(23)
La participación en el oficio profético de Cristo,
«que proclamó el Reino del Padre con el testimonio de la
vida y con el poder de la palabra»,(24) habilita y compromete a
los fieles laicos a acoger con fe el Evangelio y a anunciarlo con la
palabra y con las obras, sin vacilar en denunciar el mal con
valentía. Unidos a Cristo, el «gran Profeta» (Lc
7, 16), y constituidos en el Espíritu «testigos»
de Cristo Resucitado, los fieles laicos son hechos partícipes
tanto del sobrenatural sentido de fe de la Iglesia, que «no
puede equivocarse cuando cree»,(25) cuanto de la gracia de la
palabra (cf. Hch 2, 17-18;Ap 19, 10). Son igualmente llamados a hacer
que resplandezca la novedad y la fuerza del Evangelio en su vida
cotidiana, familiar y social, como a expresar, con paciencia y
valentía, en medio de las contradicciones de la época
presente, su esperanza en la gloria «también a través
de las estructuras de la vida secular».(26)
Por su pertenencia a Cristo, Señor y Rey del universo, los
fieles laicos participan en su oficio real y son llamados por Él
para servir al Reino de Dios y difundirlo en la historia. Viven la
realeza cristiana, antes que nada, mediante la lucha espiritual para
vencer en sí mismos el reino del pecado (cf. Rm 6, 12); y
después en la propia entrega para servir, en la justicia y en
la caridad, al mismo Jesús presente en todos sus hermanos,
especialmente en los más pequeños (cf. Mt 25, 40).
Pero los fieles laicos están llamados de modo particular
para dar de nuevo a la entera creación todo su valor
originario. Cuando mediante una actividad sostenida por la vida de la
gracia, ordenan lo creado al verdadero bien del hombre, participan en
el ejercicio de aquel poder, con el que Jesucristo Resucitado atrae a
sí todas las cosas y las somete, junto consigo mismo, al
Padre, de manera que Dios sea todo en todos (cf. Jn 12, 32; 1 Co 15,
28).
La participación de los fieles laicos en el triple oficio
de Cristo Sacerdote, Profeta y Rey tiene su raíz primera en la
unción del Bautismo, su desarrollo en la Confirmación,
y su cumplimiento y dinámica sustentación en la
Eucaristía. Se trata de una participación donada a cada
uno de los fieles laicos individualmente; pero les es dada en cuanto
que forman parte del único Cuerpo del Señor. En efecto,
Jesús enriquece con sus dones a la misma Iglesia en cuanto que
es su Cuerpo y su Esposa. De este modo, cada fiel participa en el
triple oficio de Cristo porque es miembro de la Iglesia; tal como
enseña claramente el apóstol Pedro, el cual define a
los bautizados como «el linaje elegido, el sacerdocio real, la
nación santa, el pueblo que Dios se ha adquirido» (1 P
2, 9). Precisamente porque deriva de la comunión eclesial, la
participación de los fieles laicos en el triple oficio de
Cristo exige ser vivida y actuada en la comunión y para
acrecentar esta comunión. Escribía San Agustín:
«Así como llamamos a todos cristianos en virtud del
místico crisma, así también llamamos a todos
sacerdotes porque son miembros del único sacerdote».(27)
Los fieles laicos y la índole secular
15. La novedad cristiana es el fundamento y el título de la
igualdad de todos los bautizados en Cristo, de todos los miembros del
Pueblo de Dios: «común es la dignidad de los miembros
por su regeneración en Cristo, común la gracia de
hijos, común la vocación a la perfección, una
sola salvación, una sola esperanza e indivisa caridad».(28)
En razón de la común dignidad bautismal, el fiel laico
es corresponsable, junto con los ministros ordenados y con los
religiosos y las religiosas, de la misión de la Iglesia.
Pero la común dignidad bautismal asume en el fiel laico una
modalidad que lo distingue, sin separarlo, del presbítero, del
religioso y de la religiosa. El Concilio Vaticano II ha señalado
esta modalidad en la índole secular: «El carácter
secular es propio y peculiar de los laicos».(29)
Precisamente para poder captar completa, adecuada y
específicamente la condición eclesial del fiel laico es
necesario profundizar el alcance teológico del concepto de la
índole secular a la luz del designio salvífico de Dios
y del misterio de la Iglesia.
Como decía Pablo VI, la Iglesia «tiene una auténtica
dimensión secular, inherente a su íntima naturaleza y a
su misión, que hunde su raíz en el misterio del Verbo
Encarnado, y se realiza de formas diversas en todos sus
miembros».(30)
La Iglesia, en efecto, vive en el mundo, aunque no es del mundo
(cf. Jn 17, 16) y es enviada a continuar la obra redentora de
Jesucristo; la cual, «al mismo tiempo que mira de suyo a la
salvación de los hombres, abarca también la
restauración de todo el orden temporal».(31)
Ciertamente, todos los miembros de la Iglesia son partícipes
de su dimensión secular; pero lo son de formas diversas. En
particular, la participación de los fieles laicos tiene una
modalidad propia de actuación y de función, que, según
el Concilio, «es propia y peculiar» de ellos. Tal
modalidad se designa con la expresión «índole
secular».(32)
En realidad el Concilio describe la condición secular de
los fieles laicos indicándola, primero, como el lugar en que
les es dirigida la llamada de Dios: «Allí son llamados
por Dios».(33) Se trata de un «lugar» que viene
presentado en términos dinámicos: los fieles laicos
«viven en el mundo, esto es, implicados en todas y cada una de
las ocupaciones y trabajos del mundo y en las condiciones ordinarias
de la vida familiar y social, de la que su existencia se encuentra
como entretejida».(34) Ellos son personas que viven la vida
normal en el mundo, estudian, trabajan, entablan relaciones de
amistad, sociales, profesionales, culturales, etc. El Concilio
considera su condición no como un dato exterior y ambiental,
sino como una realidad destinada a obtener en Jesucristo la plenitud
de su significado.(35) Es más, afirma que «el mismo
Verbo encarnado quiso participar de la convivencia humana (...).
Santificó los vínculos humanos, en primer lugar los
familiares, donde tienen su origen las relaciones sociales,
sometiéndose voluntariamente a las leyes de su patria. Quiso
llevar la vida de un trabajador de su tiempo y de su región».(36)
De este modo, el «mundo» se convierte en el ámbito
y el medio de la vocación cristiana de los fieles laicos,
porque él mismo está destinado a dar gloria a Dios
Padre en Cristo. El Concilio puede indicar entonces cuál es el
sentido propio y peculiar de la vocación divina dirigida a los
fieles laicos. No han sido llamados a abandonar el lugar que ocupan
en el mundo. El Bautismo no los quita del mundo, tal como lo señala
el apóstol Pablo: «Hermanos, permanezca cada cual ante
Dios en la condición en que se encontraba cuando fué
llamado» (1 Co 7, 24); sino que les confía una vocación
que afecta precisamente a su situación intramundana. En
efecto, los fieles laicos, «son llamados por Dios para
contribuir, desde dentro a modo de fermento, a la santificación
del mundo mediante el ejercicio de sus propias tareas, guiados por el
espíritu evangélico, y así manifiestan a Cristo
ante los demás, principalmente con el testimonio de su vida y
con el fulgor de su fe, esperanza y caridad».(37) De este modo,
el ser y el actuar en el mundo son para los fieles laicos no sólo
una realidad antropológica y sociológica, sino también,
y específicamente, una realidad teológica y eclesial.
En efecto, Dios les manifiesta su designio en su situación
intramundana, y les comunica la particular vocación de «buscar
el Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas
según Dios».(38)
Precisamente en esta perspectiva los Padres Sinodales han afirmado
lo siguiente: «La índole secular del fiel laico no debe
ser definida solamente en sentido sociológico, sino sobre todo
en sentido teológico. El carácter secular debe ser
entendido a la luz del acto creador y redentor de Dios, que ha
confiado el mundo a los hombres y a las mujeres, para que participen
en la obra de la creación, la liberen del influjo del pecado y
se santifiquen en el matrimonio o en el celibato, en la familia, en
la profesión y en las diversas actividades sociales».(39)
La condición eclesial de los fieles laicos se encuentra
radicalmente definida por su novedad cristiana y caracterizada por su
índole secular.(40)
Las imágenes evangélicas de la sal, de la luz y de
la levadura, aunque se refieren indistintamente a todos los
discípulos de Jesús, tienen también una
aplicación específica a los fieles laicos. Se trata de
imágenes espléndidamente significativas, porque no sólo
expresan la plena participación y la profunda inserción
de los fieles laicos en la tierra, en el mundo, en la comunidad
humana; sino que también, y sobre todo, expresan la novedad y
la originalidad de esta inserción y de esta participación,
destinadas como están a la difusión del Evangelio que
salva.
Llamados a la santidad
16. La dignidad de los fieles laicos se nos revela en plenitud
cuando consideramos esa primera y fundamental vocación, que el
Padre dirige a todos ellos en Jesucristo por medio del Espíritu:
la vocación a la santidad, o sea a la perfección de la
caridad. El santo es el testimonio más espléndido de la
dignidad conferida al discípulo de Cristo.
El Concilio Vaticano II ha pronunciado palabras altamente
luminosas sobre la vocación universal a la santidad. Se puede
decir que precisamente esta llamada ha sido la consigna fundamental
confiada a todos los hijos e hijas de la Iglesia, por un Concilio
convocado para la renovación evangélica de la vida
cristiana.(41) Esta consigna no es una simple exhortación
moral, sino una insuprimible exigencia del misterio de la Iglesia.
Ella es la Viña elegida, por medio de la cual los sarmientos
viven y crecen con la misma linfa santa y santificante de Cristo; es
el Cuerpo místico, cuyos miembros participan de la misma vida
de santidad de su Cabeza, que es Cristo; es la Esposa amada del Señor
Jesús, por quien Él se ha entregado para santificarla
(cf. Ef 5, 25 ss.). El Espíritu que santificó la
naturaleza humana de Jesús en el seno virginal de María
(cf. Lc 1, 35), es el mismo Espíritu que vive y obra en la
Iglesia, con el fin de comunicarle la santidad del Hijo de Dios hecho
hombre.
Es urgente, hoy más que nunca, que todos los cristianos
vuelvan a emprender el camino de la renovación evangélica,
acogiendo generosamente la invitación del apóstol a ser
«santos en toda la conducta» (1 P 1, 15). El Sínodo
Extraordinario de 1985, a los veinte años de la conclusión
del Concilio, ha insistido muy oportunamente en esta urgencia:
«Puesto que la Iglesia es en Cristo un misterio, debe ser
considerada como signo e instrumento de santidad (...).
Los santos y las santas han sido siempre fuente y origen de
renovación en las circunstancias más difíciles
de toda la historia de la Iglesia. Hoy tenemos una gran necesidad de
santos, que hemos de implorar asiduamente a Dios».(42)
Todos en la Iglesia, precisamente por ser miembros de ella,
reciben y, por tanto, comparten la común vocación a la
santidad. Los fieles laicos están llamados, a pleno título,
a esta común vocación, sin ninguna diferencia respecto
de los demás miembros de la Iglesia: «Todos los fieles
de cualquier estado y condición están llamados a la
plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la
caridad»;(43) «todos los fieles están invitados y
deben tender a la santidad y a la perfección en el propio
estado».(44)
La vocación a la santidad hunde sus raíces en el
Bautismo y se pone de nuevo ante nuestros ojos en los demás
sacramentos, principalmente en la Eucaristía. Revestidos de
Jesucristo y saciados por su Espíritu, los cristianos son
«santos», y por eso quedan capacitados y comprometidos a
manifestar la santidad de su ser en la santidad de todo su obrar. El
apóstol Pablo no se cansa de amonestar a todos los cristianos
para que vivan «como conviene a los santos» (Ef 5, 3).
La vida según el Espíritu, cuyo fruto es la
santificación (cf. Rm 6, 22; Ga 5, 22), suscita y exige de
todos y de cada uno de los bautizados el seguimiento y la imitación
de Jesucristo, en la recepción de sus Bienaventuranzas, en el
escuchar y meditar la Palabra de Dios, en la participación
consciente y activa en la vida litúrgica y sacramental de la
Iglesia, en la oración individual, familiar y comunitaria, en
el hambre y sed de justicia, en el llevar a la práctica el
mandamiento del amor en todas las circunstancias de la vida y en el
servicio a los hermanos, especialmente si se trata de los más
pequeños, de los pobres y de los que sufren.
Santificarse en el mundo
17. La vocación de los fieles laicos a la santidad implica
que la vida según el Espíritu se exprese
particularmente en su inserción en las realidades temporales y
en su participación en las actividades terrenas. De nuevo el
apóstol nos amonesta diciendo: «Todo cuanto hagáis,
de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor
Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre» (Col 3,
17). Refiriendo estas palabras del apóstol a los fieles
laicos, el Concilio afirma categóricamente: «Ni la
atención de la familia, ni los otros deberes seculares deben
ser algo ajeno a la orientación espiritual de la vida».(45)
A su vez los Padres sinodales han dicho: «La unidad de vida de
los fieles laicos tiene una gran importancia. Ellos, en efecto, deben
santificarse en la vida profesional y social ordinaria. Por tanto,
para que puedan responder a su vocación, los fieles laicos
deben considerar las actividades de la vida cotidiana como ocasión
de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así
como también de servicio a los demás hombres,
llevándoles a la comunión con Dios en Cristo».(46)
Los fieles laicos han de considerar la vocación a la
santidad, antes que como una obligación exigente e
irrenunciable, como un signo luminoso del infinito amor del Padre que
les ha regenerado a su vida de santidad. Tal vocación, por
tanto, constituye una componente esencial e inseparable de la nueva
vida bautismal, y, en consecuencia, un elemento constitutivo de su
dignidad. Al mismo tiempo, la vocación a la santidad está
ligada íntimamente a la misión y a la responsabilidad
confiadas a los fieles laicos en la Iglesia y en el mundo. En efecto,
la misma santidad vivida, que deriva de la participación en la
vida de santidad de la Iglesia, representa ya la aportación
primera y fundamental a la edificación de la misma Iglesia en
cuanto «Comunión de los Santos». Ante la mirada
iluminada por la fe se descubre un grandioso panorama: el de tantos y
tantos fieles laicos —a menudo inadvertidos o incluso
incomprendidos; desconocidos por los grandes de la tierra, pero
mirados con amor por el Padre—, hombres y mujeres que,
precisamente en la vida y actividades de cada jornada, son los
obreros incansables que trabajan en la viña del Señor;
son los humildes y grandes artífices —por la potencia de
la gracia de Dios, ciertamente— del crecimiento del Reino de
Dios en la historia.
Además se ha de decir que la santidad es un presupuesto
fundamental y una condición insustituible para realizar la
misión salvífica de la Iglesia. La santidad de la
Iglesia es el secreto manantial y la medida infalible de su
laboriosidad apostólica y de su ímpetu misionero. Sólo
en la medida en que la Iglesia, Esposa de Cristo, se deja amar por Él
y Le corresponde, llega a ser una Madre llena de fecundidad en el
Espíritu.
Volvamos de nuevo a la imagen bíblica: el brotar y el
expanderse de los sarmientos depende de su inserción en la
vid. «Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí
mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no
permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los
sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése
da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada»
(Jn 15, 4-5).
Es natural recordar aquí la solemne proclamación de
algunos fieles laicos, hombres y mujeres, como beatos y santos,
durante el mes en el que se celebró el Sínodo. Todo el
Pueblo de Dios, y los fieles laicos en particular, pueden encontrar
ahora nuevos modelos de santidad y nuevos testimonios de virtudes
heroicas vividas en las condiciones comunes y ordinarias de la
existencia humana. Como han dicho los Padres sinodales: «Las
Iglesias locales, y sobre todo las llamadas Iglesias jóvenes,
deben reconocer atentamente entre los propios miembros, aquellos
hombres y mujeres que ofrecieron en estas condiciones (las
condiciones ordinarias de vida en el mundo y el estado conyugal) el
testimonio de una vida santa, y que pueden ser ejemplo para los
demás, con objeto de que, si se diera el caso, los propongan
para la beatificación y canonización».(47)
Al final de estas reflexiones, dirigidas a definir la condición
eclesial del fiel laico, retorna a la mente la célebre
exhortación de San León Magno: «Agnosce, o
Christiane, dignitatem tuam».(48) Es la misma admonición
que San Máximo, Obispo de Turín, dirigió a
quienes habían recibido la unción del santo Bautismo:
«¡Considerad el honor que se os hace en este
misterio!».(49) Todos los bautizados están invitados a
escuchar de nuevo estas palabras de San Agustín: «¡Alegrémonos
y demos gracias: hemos sido hechos no solamente cristianos, sino
Cristo (...). Pasmaos y alegraos: hemos sido hechos Cristo!».(50)
La dignidad cristiana, fuente de la igualdad de todos los miembros
de la Iglesia, garantiza y promueve el espíritu de comunión
y de fraternidad y, al mismo tiempo, se convierte en el secreto y la
fuerza del dinamismo apostólico y misionero de los fieles
laicos. Es una dignidad exigente; es la dignidad de los obreros
llamados por el Señor a trabajar en su viña. «Grava
sobre todos los laicos —leemos en el Concilio— la
gloriosa carga de trabajar para que el designio divino de salvación
alcance cada día más a todos los hombres de todos los
tiempos y de toda la tierra».(51)
CAPÍTULO II
SARMIENTOS TODOS DE LA ÚNICA VID
La participación
de los fieles laicos en la vida de la Iglesia-Comunión
El misterio de la Iglesia-Comunión
18. Oigamos de nuevo las palabras de Jesús: «Yo soy
la vid verdadera, y mi Padre es el viñador (...). Permaneced
en mí, y yo en vosotros» (Jn 15, 1-4).
Con estas sencillas palabras nos es revelada la misteriosa
comunión que vincula en unidad al Señor con los
discípulos, a Cristo con los bautizados; una comunión
viva y vivificante, por la cual los cristianos ya no se pertenecen a
sí mismos, sino que son propiedad de Cristo, como los
sarmientos unidos a la vid.
La comunión de los cristianos con Jesús tiene como
modelo, fuente y meta la misma comunión del Hijo con el Padre
en el don del Espíritu Santo: los cristianos se unen al Padre
al unirse al Hijo en el vínculo amoroso del Espíritu.
Jesús continúa: «Yo soy la vid; vosotros los
sarmientos» (Jn 15, 5). La comunión de los cristianos
entre sí nace de su comunión con Cristo: todos somos
sarmientos de la única Vid, que es Cristo. El Señor
Jesús nos indica que esta comunión fraterna es el
reflejo maravilloso y la misteriosa participación en la vida
íntima de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo. Por ella Jesús pide: «Que todos sean uno. Como
tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también
sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has
enviado» (Jn 17, 21).
Esta comunión es el mismo misterio de la Iglesia, como lo
recuerda el Concilio Vaticano II, con la célebre expresión
de San Cipriano: «La Iglesia universal se presenta como "un
pueblo congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo"».(52) Al inicio de la celebración
eucarística, cuando el sacerdote nos acoge con el saludo del
apóstol Pablo: «La gracia de nuestro Señor
Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu
Santo estén con todos vosotros» (2 Co 13, 13), se nos
recuerda habitualmente este misterio de la Iglesia-Comunión.
Después de haber delineado la «figura» de los
fieles laicos en el marco de la dignidad que les es propia, debemos
reflexionar ahora sobre su misión y responsabilidad en la
Iglesia y en el mundo. Sin embargo, sólo podremos
comprenderlas adecuadamente si nos situamos en el contexto vivo de la
Iglesia-Comunión.
El Concilio y la eclesiología de comunión
19. Es ésta la idea central que, en el Concilio Vaticano
II, la Iglesia ha vuelto a proponer de sí misma. Nos lo ha
recordado el Sínodo extraordinario de 1985, celebrado a los
veinte años del evento conciliar: «La eclesiología
de comunión es la idea central y fundamental de los documentos
del Concilio. La koinonia-comunión, fundada en la Sagrada
Escritura, ha sido muy apreciada en la Iglesia antigua, y en las
Iglesias orientales hasta nuestros días. Por esto el Concilio
Vaticano II ha realizado un gran esfuerzo para que la Iglesia en
cuanto comunión fuese comprendida con mayor claridad y
concretamente traducida en la vida práctica. ¿Qué
significa la compleja palabra "comunión"? Se trata
fundamentalmente de la comunión con Dios por medio de
Jesucristo, en el Espíritu Santo. Esta comunión tiene
lugar en la palabra de Dios y en los sacramentos. El Bautismo es la
puerta y el fundamento de la comunión en la Iglesia. La
Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida cristiana (cf.
Lumen gentium, 11). La comunión del cuerpo eucarístico
de Cristo significa y produce, es decir edifica, la íntima
comunión de todos los fieles en el cuerpo de Cristo que es la
Iglesia (cf. 1 Co 10, 16 s.)».(53)
Poco después del Concilio, Pablo VI se dirigía a los
fieles con estas palabras: «La Iglesia es una comunión.
¿Qué quiere decir en este caso comunión? Nos os
remitimos al parágrafo del catecismo que habla sobre la
sanctorum communionem, la comunión de los santos. Iglesia
quiere decir comunión de los santos. Y comunión de los
santos quiere decir una doble participación vital: la
incorporación de los cristianos a la vida de Cristo, y la
circulación de una idéntica caridad en todos los
fieles, en este y en el otro mundo. Unión a Cristo y en
Cristo; y unión entre los cristianos dentro la Iglesia».(54)
Las imágenes bíblicas con las que el Concilio ha
querido introducirnos en la contemplación del misterio de la
Iglesia, iluminan la realidad de la Iglesia-Comunión en su
inseparable dimensión de comunión de los cristianos con
Cristo, y de comunión de los cristianos entre sí. Son
las imágenes del ovil, de la grey, de la vid, del edificio
espiritual, de la ciudad santa.(55) Sobre todo es la imagen del
cuerpo tal y como la presenta el apóstol Pablo, cuya doctrina
reverbera fresca y atrayente en numerosas páginas del
Concilio.(56) Éste, a su vez, inicia considerando la entera
historia de la salvación, y vuelve a presentar la Iglesia como
Pueblo de Dios: «Ha querido Dios santificar y salvar a los
hombres no individualmente y sin ninguna relación entre ellos,
sino constituyendo con ellos un pueblo que lo reconociese en la
verdad y le sirviera santamente».(57) Ya en sus primeras
líneas, la constitución Lumen gentium compendia
maravillosamente esta doctrina diciendo: «La Iglesia es en
Cristo como un sacramento, es decir, signo e instrumento de la íntima
unión del hombre con Dios y de la unidad de todo el género
humano».(58)
La realidad de la Iglesia-Comunión es entonces parte
integrante, más aún, representa el contenido central
del «misterio» o sea del designio divino de salvación
de la humanidad. Por esto la comunión eclesial no puede ser
captada adecuadamente cuando se la entiende como una simple realidad
sociológica y psicológica. La Iglesia-Comunión
es el pueblo «nuevo», el pueblo «mesiánico»,
el pueblo que «tiene a Cristo por Cabeza (...) como condición
la dignidad y libertad de los hijos de Dios (...) por ley el nuevo
precepto de amar como el mismo Cristo nos ha amado (...) por fin el
Reino de Dios (...) (y es) constituido por Cristo en comunión
de vida, de caridad y de verdad».(59) Los vínculos que
unen a los miembros del nuevo Pueblo entre sí —y antes
aún, con Cristo— no son aquellos de la «carne»
y de la «sangre», sino aquellos del espíritu; más
precisamente, aquellos del Espíritu Santo, que reciben todos
los bautizados (cf. Jl 3, 1).
En efecto, aquel Espíritu que desde la eternidad abraza la
única e indivisa Trinidad, aquel Espíritu que «en
la plenitud de los tiempos» (Ga 4, 4) unió
indisolublemente la carne humana al Hijo de Dios, aquel mismo e
idéntico Espíritu es, a lo largo de todas las
generaciones cristianas, el inagotable manantial del que brota sin
cesar la comunión en la Iglesia y de la Iglesia.
Una comunión orgánica: diversidad y
complementariedad
20. La comunión eclesial se configura, más
precisamente, como comunión «orgánica»,
análoga a la de un cuerpo vivo y operante. En efecto, está
caracterizada por la simultánea presencia de la diversidad y
de la complementariedad de las vocaciones y condiciones de vida, de
los ministerios, de los carismas y de las responsabilidades. Gracias
a esta diversidad y complementariedad, cada fiel laico se encuentra
en relación con todo el cuerpo y le ofrece su propia
aportación.
El apóstol Pablo insiste particularmente en la comunión
orgánica del Cuerpo místico de Cristo. Podemos escuchar
de nuevo sus ricas enseñanzas en la síntesis trazada
por el Concilio. Jesucristo —leemos en la constitución
Lumen gentium— «comunicando su Espíritu,
constituye místicamente como cuerpo suyo a sus hermanos,
llamados de entre todas las gentes. En ese cuerpo, la vida de Cristo
se derrama en los creyentes (...). Como todos los miembros del cuerpo
humano, aunque numerosos, forman un solo cuerpo, así también
los fieles en Cristo (cf. 1 Co 12, 12). También en la
edificación del cuerpo de Cristo vige la diversidad de
miembros y funciones. Uno es el Espíritu que, para la utilidad
de la Iglesia, distribuye sus múltiples dones con
magnificencia proporcionada a su riqueza y a las necesidades de los
servicios (cf. 1 Co 12, 1-11). Entre estos dones ocupa el primer
puesto la gracia de los Apóstoles, a cuya autoridad el mismo
Espíritu somete incluso los carismáticos (cf. 1 Co 14).
Y es también el mismo Espíritu que, con su fuerza y
mediante la íntima conexión de los miembros, produce y
estimula la caridad entre todos los fieles. Y por tanto, si un
miembro sufre, sufren con él todos los demás miembros;
si a un miembro lo honoran, de ello se gozan con él todos los
demás miembros (cf. 1 Co 12, 26)».(60)
Es siempre el único e idéntico Espíritu el
principio dinámico de la variedad y de la unidad en la Iglesia
y de la Iglesia. Leemos nuevamente en la constitución Lumen
gentium: «Para que nos renovásemos continuamente en Él
(Cristo) (cf. Ef 4, 23), nos ha dado su Espíritu, el cual,
único e idéntico en la Cabeza y en los miembros, da
vida, unidad y movimiento a todo el cuerpo, de manera que los santos
Padres pudieron paragonar su función con la que ejerce el
principio vital, es decir el alma, en el cuerpo humano».(61) En
otro texto, particularmente denso y valioso para captar la
«organicidad» propia de la comunión eclesial,
también en su aspecto de crecimiento incesante hacia la
comunión perfecta, el Concilio escribe: «El Espíritu
habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles como en un
templo (cf. 1 Co 3, 16; 6, 19), y en ellos ora y da testimonio de la
adopción filial (cf. Ga 4, 6; Rm 8, 15-16. 26). Él guía
la Iglesia hacia la completa verdad (cf .Jn 16, 13 ), la unifica en
la comunión y en el servicio, la instruye y dirige con
diversos dones jerárquicos y carismáticos, la embellece
con sus frutos (cf. Ef 4, 11-12; 1 Co 12, 4; Ga 5, 22). Hace
rejuvenecer la Iglesia con la fuerza del Evangelio, la renueva
constantemente y la conduce a la perfecta unión con su Esposo.
Porque el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús:
¡"Ven"! (cf. Ap 22, 17)».(62)
La comunión eclesial es, por tanto, un don; un gran don del
Espíritu Santo, que los fieles laicos están llamados a
acoger con gratitud y, al mismo tiempo, a vivir con profundo sentido
de responsabilidad. El modo concreto de actuarlo es a través
de la participación en la vida y misión de la Iglesia,
a cuyo servicio los fieles laicos contribuyen con sus diversas y
complementarias funciones y carismas.
El fiel laico «no puede jamás cerrarse sobre sí
mismo, aislándose espiritualmente de la comunidad; sino que
debe vivir en un continuo intercambio con los demás, con un
vivo sentido de fraternidad, en el gozo de una igual dignidad y en el
empeño por hacer fructificar, junto con los demás, el
inmenso tesoro recibido en herencia. El Espíritu del Señor
le confiere, como también a los demás, múltiples
carismas; le invita a tomar parte en diferentes ministerios y
encargos; le recuerda, como también recuerda a los otros en
relación con él, que todo aquello que le distingue no
significa una mayor dignidad, sino una especial y complementaria
habilitación al servicio (...). De esta manera, los carismas,
los ministerios, los encargos y los servicios del fiel laico existen
en la comunión y para la comunión. Son riquezas que se
complementan entre sí en favor de todos, bajo la guía
prudente de los Pastores».(63)
Los ministerios y los carismas, dones del Espíritu a la
Iglesia
21. El Concilio Vaticano II presenta los ministerios y los
carismas como dones del Espíritu Santo para la edificación
del Cuerpo de Cristo y para el cumplimiento de su misión
salvadora en el mundo.(64) La Iglesia, en efecto, es dirigida y
guiada por el Espíritu, que generosamente distribuye diversos
dones jerárquicos y carismáticos entre todos los
bautizados, llamándolos a ser —cada uno a su modo—
activos y corresponsables.
Consideremos ahora los ministerios y los carismas con directa
referencia a los fieles laicos y a su participación en la vida
de la Iglesia-Comunión.
Los ministerios, oficios y funciones
Los ministerios presentes y operantes en la Iglesia, si bien con
modalidades diversas, son todos una participación en el
ministerio de Jesucristo, el Buen Pastor que da la vida por sus
ovejas (cf. Jn 10, 11), el siervo humilde y totalmente sacrificado
por la salvación de todos (cf. Mc 10, 45). Pablo es
completamente claro al hablar de la constitución ministerial
de las Iglesias apostólicas. En la Primera Carta a los
Corintios escribe: «A algunos Dios los ha puesto en la Iglesia,
en primer lugar como apóstoles, en segundo lugar como
profetas, en tercer lugar como maestros (...)» (1 Co 12, 28).
En la Carta a los Efesios leemos: «A cada uno de nosotros nos
ha sido dada la gracia según la medida del don de Cristo
(...). Es él quien, por una parte, ha dado a los apóstoles,
por otra, a los profetas, los evangelistas, los pastores y los
maestros, para hacer idóneos los hermanos para la realización
del ministerio, con el fin de edificar el cuerpo de Cristo, hasta que
lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de
Dios, al estado de hombre perfecto, según la medida que
corresponde a la plena madurez de Cristo» (Ef 4, 7.11-13; cf.
Rm 12, 4-8). Como resulta de estos y de otros textos del Nuevo
Testamento, son múltiples y diversos los ministerios, como
también los dones y las tareas eclesiales.
Los ministerios que derivan del Orden
22. En la Iglesia encontramos, en primer lugar, los ministerios
ordenados; es decir, los ministerios que derivan del sacramento del
Orden. En efecto, el Señor Jesús escogió y
constituyó los Apóstoles —germen del Pueblo de la
nueva Alianza y origen de la sagrada Jerarquía(65)— con
el mandato de convertir en discípulos todas las naciones (cf.
Mt 28, 19), de formar y de regir el pueblo sacerdotal. La misión
de los Apóstoles, que el Señor Jesús continúa
confiando a los pastores de su pueblo, es un verdadero servicio,
llamado significativamente «diakonia» en la Sagrada
Escritura; esto es, servicio, ministerio. Los ministros —en la
ininterrumpida sucesión apostólica— reciben de
Cristo Resucitado el carisma del Espíritu Santo, mediante el
sacramento del Orden; reciben así la autoridad y el poder
sacro para servir a la Iglesia «in persona Christi capitis»
(personificando a Cristo Cabeza),(66) y para congregarla en el
Espíritu Santo por medio del Evangelio y de los Sacramentos.
Los ministerios ordenados —antes que para las personas que
los reciben— son una gracia para la Iglesia entera. Expresan y
llevan a cabo una participación en el sacerdocio de Jesucristo
que es distinta, non sólo por grado sino por esencia, de la
participación otorgada con el Bautismo y con la Confirmación
a todos los fieles. Por otra parte, el sacerdocio ministerial, como
ha recordado el Concilio Vaticano II, está esencialmente
finalizado al sacerdocio real de todos los fieles y a éste
ordenado.(67)
Por esto, para asegurar y acrecentar la comunión en la
Iglesia, y concretamente en el ámbito de los distintos y
complementarios ministerios, los pastores deben reconocer que su
ministerio está radicalmente ordenado al servicio de todo el
Pueblo de Dios (cf. Hb 5, 1); y los fieles laicos han de reconocer, a
su vez, que el sacerdocio ministerial es enteramente necesario para
su vida y para su participación en la misión de la
Iglesia.(68)
Ministerios, oficios y funciones de los laicos
23. La misión salvífica de la Iglesia en el mundo es
llevada a cabo no sólo por los ministros en virtud del
sacramento del Orden, sino también por todos los fieles
laicos. En efecto, éstos, en virtud de su condición
bautismal y de su específica vocación, participan en el
oficio sacerdotal, profético y real de Jesucristo, cada uno en
su propia medida.
Los pastores, por tanto, han de reconocer y promover los
ministerios, oficios y funciones de los fieles laicos, que tienen su
fundamento sacramental en el Bautismo y en la Confirmación, y
para muchos de ellos, además en el Matrimonio.
Después, cuando la necesidad o la utilidad de la Iglesia lo
exija, los pastores —según las normas establecidas por
el derecho universal— pueden confiar a los fieles laicos
algunas tareas que, si bien están conectadas a su propio
ministerio de pastores, no exigen, sin embargo, el carácter
del Orden. El Código de Derecho Canónico escribe:
«Donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia y no haya
ministros, pueden también los laicos, aunque no sean lectores
ni acólitos, suplirles en algunas de sus funciones, es decir,
ejercitar el ministerio de la palabra, presidir oraciones litúrgicas,
administrar el bautismo y dar la sagrada Comunión, según
las prescripciones del derecho».(69) Sin embargo, el ejercicio
de estas tareas no hace del fiel laico un pastor. En realidad, no es
la tarea lo que constituye el ministerio, sino la ordenación
sacramental. Sólo el sacramento del Orden atribuye al
ministerio ordenado una peculiar participación en el oficio de
Cristo Cabeza y Pastor y en su sacerdocio eterno.(70) La tarea
realizada en calidad de suplente tiene su legitimación —formal
e inmediatamente— en el encargo oficial hecho por los pastores,
y depende, en su concreto ejercicio, de la dirección de la
autoridad eclesiástica.(71)
La reciente Asamblea sinodal ha trazado un amplio y significativo
panorama de la situación eclesial acerca de los ministerios,
los oficios y las funciones de los bautizados. Los Padres han
apreciado vivamente la aportación apostólica de los
fieles laicos, hombres y mujeres, en favor de la evangelización,
de la santificación y de la animación cristiana de las
realidades temporales, como también su generosa disponibilidad
a la suplencia en situaciones de emergencia y de necesidad
crónica.(72)
Como consecuencia de la renovación litúrgica
promovida por el Concilio, los mismos fieles laicos han tomado una
más viva conciencia de las tareas que les corresponden en la
asamblea litúrgica y en su preparación, y se han
manifestado ampliamente dispuestos a desempeñarlas. En efecto,
la celebración litúrgica es una acción sacra no
sólo del clero, sino de toda la asamblea. Por tanto, es
natural que las tareas no propias de los ministros ordenados sean
desempeñadas por los fieles laicos.(73) Después, ha
sido espontáneo el paso de una efectiva implicación de
los fieles laicos en la acción litúrgica a aquélla
en el anuncio de la Palabra de Dios y en la cura pastoral.(74)
En la misma Asamblea sinodal no han faltado, sin embargo, junto a
los positivos, otros juicios críticos sobre el uso
indiscriminado del término «ministerio», la
confusión y tal vez la igualación entre el sacerdocio
común y el sacerdocio ministerial, la escasa observancia de
ciertas leyes y normas eclesiásticas, la interpretación
arbitraria del concepto de «suplencia», la tendencia a la
«clericalización» de los fieles laicos y el riesgo
de crear de hecho una estructura eclesial de servicio paralela a la
fundada en el sacramento del Orden.
Precisamente para superar estos peligros, los Padres sinodales han
insistido en la necesidad de que se expresen con claridad
—sirviéndose también de una terminología
más precisa—,(75) tanto la unidad de misión de la
Iglesia, en la que participan todos los bautizados, como la
sustancial diversidad del ministerio de los pastores, que tiene su
raíz en el sacramento del Orden, respecto de los otros
ministerios, oficios y funciones eclesiales, que tienen su raíz
en los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación.
Es necesario pues, en primer lugar, que los pastores, al reconocer
y al conferir a los fieles laicos los varios ministerios, oficios y
funciones, pongan el máximo cuidado en instruirles acerca de
la raíz bautismal de estas tareas. Es necesario también
que los pastores estén vigilantes para que se evite un fácil
y abusivo recurso a presuntas «situaciones de emergencia»
o de «necesaria suplencia», allí donde no se dan
objetivamente o donde es posible remediarlo con una programación
pastoral más racional.
Los diversos ministerios, oficios y funciones que los fieles
laicos pueden desempeñar legítimamente en la liturgia,
en la transmisión de la fe y en las estructuras pastorales de
la Iglesia, deberán ser ejercitados en conformidad con su
específica vocación laical, distinta de aquélla
de los sagrados ministros. En este sentido, la exhortación
Evangelii nuntiandi, que tanta y tan beneficiosa parte ha tenido en
el estimular la diversificada colaboración de los fieles
laicos en la vida y en la misión evangelizadora de la Iglesia,
recuerda que «el campo propio de su actividad evangelizadora es
el dilatado y complejo mundo de la política, de la realidad
social, de la economía; así como también de la
cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de
los órganos de comunicación social; y también de
otras realidades particularmente abiertas a la evangelización,
como el amor, la familia, la educación de los niños y
de los adolescentes, el trabajo profesional, el sufrimiento. Cuantos
más laicos haya compenetrados con el espíritu
evangélico, responsables de estas realidades y explícitamente
comprometidos en ellas, competentes en su promoción y
conscientes de tener que desarrollar toda su capacidad cristiana, a
menudo ocultada y sofocada, tanto más se encontrarán
estas realidades al servicio del Reino de Dios —y por tanto de
la salvación en Jesucristo—, sin perder ni sacrificar
nada de su coeficiente humano, sino manifestando una dimensión
trascendente a menudo desconocida».(76)
Durante los trabajos del Sínodo, los Padres han prestado no
poca atención al Lectorado y al Acolitado. Mientras en el
pasado existían en la Iglesia Latina sólo como etapas
espirituales del itinerario hacia los ministerios ordenados, con el
Motu proprio de Pablo VI Ministeria quaedam (15 Agosto 1972) han
recibido una autonomía y estabilidad propias, como también
una posible destinación a los mismos fieles laicos, si bien
sólo a los varones. En el mismo sentido se ha expresado el
nuevo Código de Derecho Canónico.(77) Los Padres
sinodales han manifestado ahora el deseo de que «el Motu
proprio "Ministeria quaedam" sea revisado, teniendo en
cuenta el uso de las Iglesias locales e indicando, sobre todo, los
criterios según los cuales han de ser elegidos los
destinatarios de cada ministerio».(78)
A tal fin ha sido constituida expresamente una Comisión, no
sólo para responder a este deseo manifestado por los Padres
sinodales, sino también, y sobre todo, para estudiar en
profundidad los diversos problemas teológicos, litúrgicos,
jurídicos y pastorales surgidos a partir del gran
florecimiento actual de los ministerios confiados a los fieles
laicos.
Para que la praxis eclesial de estos ministerios confiados a los
fieles laicos resulte ordenada y fructuosa, en tanto la Comisión
concluye su estudio, deberán ser fielmente respetados por
todas las Iglesias particulares los principios teológicos
arriba recordados, en particular la diferencia esencial entre el
sacerdocio ministerial y el sacerdocio común y, por
consiguiente, la diferencia entre los ministerios derivantes del
Orden y los ministerios que derivan de los sacramentos del Bautismo y
de la Confirmación.
Los carismas
24. El Espíritu Santo no sólo confía diversos
ministerios a la Iglesia-Comunión, sino que también la
enriquece con otros dones e impulsos particulares, llamados carismas.
Estos pueden asumir las más diversas formas, sea en cuanto
expresiones de la absoluta libertad del Espíritu que los dona,
sea como respuesta a las múltiples exigencias de la historia
de la Iglesia. La descripción y clasificación que los
textos neotestamentarios hacen de estos dones, es una muestra de su
gran variedad: «A cada cual se le otorga la manifestación
del Espíritu para la utilidad común. Porque a uno le es
dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro,
palabra de ciencia por medio del mismo Espíritu; a otro, fe,
en el mismo Espíritu; a otro, carisma de curaciones, en el
único Espíritu; a otro, poder de milagros; a otro, el
don de profecía; a otro, el don de discernir los espíritus;
a otro, diversidad de lenguas; a otro, finalmente, el don de
interpretarlas» (1 Co 12, 7-10; cf. 1 Co 12, 4-6.28-31; Rm 12,
6-8; 1 P 4, 10-11).
Sean extraordinarios, sean simples y sencillos, los carismas son
siempre gracias del Espíritu Santo que tienen, directa o
indirectamente, una utilidad eclesial, ya que están ordenados
a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las
necesidades del mundo.
Incluso en nuestros días, no falta el florecimiento de
diversos carismas entre los fieles laicos, hombres y mujeres. Los
carismas se conceden a la persona concreta; pero pueden ser
participados también por otros y, de este modo, se continúan
en el tiempo como viva y preciosa herencia, que genera una particular
afinidad espiritual entre las personas. Refiriéndose
precisamente al apostolado de los laicos, el Concilio Vaticano II
escribe: «Para el ejercicio de este apostolado el Espíritu
Santo, que obra la santificación del Pueblo de Dios por medio
del ministerio y de los sacramentos, otorga también a los
fieles dones particulares (cf. 1 Co 12, 7), "distribuyendo a
cada uno según quiere" (cf. 1 Co 12, 11), para que
"poniendo cada uno la gracia recibida al servicio de los demás",
contribuyan también ellos "como buenos dispensadores de
la multiforme gracia recibida de Dios" (1 P 4, 10), a la
edificación de todo el cuerpo en la caridad (cf. Ef
4,16)».(79)
Los dones del Espíritu Santo exigen —según la
lógica de la originaria donación de la que proceden—
que cuantos los han recibido, los ejerzan para el crecimiento de toda
la Iglesia, como lo recuerda el Concilio.(80)
Los carismas han de ser acogidos con gratitud, tanto por parte de
quien los recibe, como por parte de todos en la Iglesia. Son, en
efecto, una singular riqueza de gracia para la vitalidad apostólica
y para la santidad del entero Cuerpo de Cristo, con tal que sean
dones que verdaderamente provengan del Espíritu, y sean
ejercidos en plena conformidad con los auténticos impulsos del
Espíritu. En este sentido siempre es necesario el
discernimiento de los carismas. En realidad, como han dicho los
Padres sinodales, «la acción del Espíritu Santo,
que sopla donde quiere, no siempre es fácil de reconocer y de
acoger. Sabemos que Dios actúa en todos los fieles cristianos
y somos conscientes de los beneficios que provienen de los carismas,
tanto para los individuos como para toda la comunidad cristiana. Sin
embargo, somos también conscientes de la potencia del pecado y
de sus esfuerzos tendientes a turbar y confundir la vida de los
fieles y de la comunidad».(81)
Por tanto, ningún carisma dispensa de la relación y
sumisión a los Pastores de la Iglesia. El Concilio dice
claramente: «El juicio sobre su autenticidad (de los carismas)
y sobre su ordenado ejercicio pertenece a aquellos que presiden en la
Iglesia, a quienes especialmente corresponde no extinguir el
Espíritu, sino examinarlo todo y retener lo que es bueno (cf.
1 Ts 5, 12.19-21)»,(82) con el fin de que todos los carismas
cooperen, en su diversidad y complementariedad, al bien común.(83)
La participación de los fieles laicos en la vida de la
Iglesia
25. Los fieles laicos participan en la vida de la Iglesia no sólo
llevando a cabo sus funciones y ejercitando sus carismas, sino
también de otros muchos modos.
Tal participación encuentra su primera y necesaria
expresión en la vida y misión de las Iglesias
particulares, de las diócesis, en las que «verdaderamente
está presente y actúa la Iglesia de Cristo, una, santa,
católica y apostólica».(84)
Iglesias particulares e Iglesia universal
Para poder participar adecuadamente en la vida eclesial es del
todo urgente que los fieles laicos posean una visión clara y
precisa de la Iglesia particular en su relación originaria con
la Iglesia universal. La Iglesia particular no nace a partir de una
especie de fragmentación de la Iglesia universal, ni la
Iglesia universal se constituye con la simple agregación de
las Iglesias particulares; sino que hay un vínculo vivo,
esencial y constante que las une entre sí, en cuanto que la
Iglesia universal existe y se manifiesta en las Iglesias
particulares. Por esto dice el Concilio que las Iglesias particulares
están «formadas a imagen de la Iglesia universal, en las
cuales y a partir de las cuales existe una sola y única
Iglesia católica».(85)
El mismo Concilio anima a los fieles laicos para que vivan
activamente su pertenencia a la Iglesia particular, asumiendo al
mismo tiempo una amplitud de miras cada vez más «católica».
«Cultiven constantemente —leemos en el Decreto sobre el
apostolado de los laicos— el sentido de la diócesis, de
la cual es la parroquia como una célula, siempre dispuestos,
cuando sean invitados por su Pastor, a unir sus propias fuerzas a las
iniciativas diocesanas. Es más, para responder a las
necesidades de la ciudad y de las zonas rurales, no deben limitar su
cooperación a los confines de la parroquia o de la diócesis,
sino que han de procurar ampliarla al ámbito interparroquial,
interdiocesano, nacional o internacional; tanto más cuando los
crecientes desplazamientos demográficos, el desarrollo de las
mutuas relaciones y la facilidad de las comunicaciones no consienten
ya a ningún sector de la sociedad permanecer cerrado en sí
mismo. Tengan así presente las necesidades del Pueblo de Dios
esparcido por toda la tierra».(86)
En este sentido, el reciente Sínodo ha solicitado que se
favorezca la creación de los Consejos Pastorales diocesanos, a
los que se pueda recurrir según las ocasiones. Ellos son la
principal forma de colaboración y de diálogo, como
también de discernimiento, a nivel diocesano. La participación
de los fieles laicos en estos Consejos podrá ampliar el
recurso a la consultación, y hará que el principio de
colaboración —que en determinados casos es también
de decisión— sea aplicado de un modo más fuerte y
extenso.(87)
Está prevista en el Código de Derecho Canónico
la participación de los fieles laicos en los Sínodos
diocesanos y en los Concilios particulares, provinciales o
plenarios.(88) Esta participación podrá contribuir a la
comunión y misión eclesial de la Iglesia particular,
tanto en su ámbito propio, como en relación con las
demás Iglesias particulares de la provincia eclesiástica
o de la Conferencia Episcopal.
Las Conferencias Episcopales quedan invitadas a estudiar el modo
más oportuno de desarrollar, a nivel nacional o regional, la
consultación y colaboración de los fieles laicos,
hombres y mujeres. Así, los problemas comunes podrán
ser bien sopesados y se manifestará mejor la comunión
eclesial de todos.(89)
La parroquia
26. La comunión eclesial, aún conservando siempre su
dimensión universal, encuentra su expresión más
visible e inmediata en la parroquia. Ella es la última
localización de la Iglesia; es, en cierto sentido, la misma
Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas.(90)
Es necesario que todos volvamos a descubrir, por la fe, el
verdadero rostro de la parroquia; o sea, el «misterio»
mismo de la Iglesia presente y operante en ella. Aunque a veces le
falten las personas y los medios necesarios, aunque otras veces se
encuentre desperdigada en dilatados territorios o casi perdida en
medio de populosos y caóticos barrios modernos, la parroquia
no es principalmente una estructura, un territorio, un edificio; ella
es «la familia de Dios, como una fraternidad animada por el
Espíritu de unidad»,(91) es «una casa de familia,
fraterna y acogedora»,(92) es la «comunidad de los
fieles».(93) En definitiva, la parroquia está fundada
sobre una realidad teológica, porque ella es una comunidad
eucarística.(94) Esto significa que es una comunidad idónea
para celebrar la Eucaristía, en la que se encuentran la raíz
viva de su edificación y el vínculo sacramental de su
existir en plena comunión con toda la Iglesia. Tal idoneidad
radica en el hecho de ser la parroquia una comunidad de fe y una
comunidad orgánica, es decir, constituida por los ministros
ordenados y por los demás cristianos, en la que el párroco
—que representa al Obispo diocesano(95)— es el vínculo
jerárquico con toda la Iglesia particular.
Ciertamente es inmensa la tarea que ha de realizar la Iglesia en
nuestros días; y para llevarla a cabo no basta la parroquia
sola. Por ésto, el Código de Derecho Canónico
prevé formas de colaboración entre parroquias en el
ámbito del territorio(96) y recomienda al Obispo el cuidado
pastoral de todas las categorías de fieles, también de
aquéllas a las que no llega la cura pastoral ordinaria.(97) En
efecto, son necesarios muchos lugares y formas de presencia y de
acción, para poder llevar la palabra y la gracia del Evangelio
a las múltiples y variadas condiciones de vida de los hombres
de hoy. Igualmente, otras muchas funciones de irradiación
religiosa y de apostolado de ambiente en el campo cultural, social,
educativo, profesional, etc., no pueden tener como centro o punto de
partida la parroquia. Y sin embargo, también en nuestros días
la parroquia está conociendo una época nueva y
prometedora. Como decía Pablo VI, al inicio de su pontificado,
dirigiéndose al Clero romano: «Creemos simplemente que
la antigua y venerada estructura de la Parroquia tiene una misión
indispensable y de gran actualidad; a ella corresponde crear la
primera comunidad del pueblo cristiano; iniciar y congregar al pueblo
en la normal expresión de la vida litúrgica; conservar
y reavivar la fe en la gente de hoy; suministrarle la doctrina
salvadora de Cristo; practicar en el sentimiento y en las obras la
caridad sencilla de las obras buenas y fraternas».(98)
Por su parte, los Padres sinodales han considerado atentamente la
situación actual de muchas parroquias, solicitando una
decidida renovación de las mismas: «Muchas parroquias,
sea en regiones urbanas, sea en tierras de misión, no pueden
funcionar con plenitud efectiva debido a la falta de medios
materiales o de ministros ordenados, o también a causa de la
excesiva extensión geográfica y por la condición
especial de algunos cristianos (como, por ejemplo, los exiliados y
los emigrantes). Para que todas estas parroquias sean verdaderamente
comunidades cristianas, las autoridades locales deben favorecer: a)
la adaptación de las estructuras parroquiales con la amplia
flexibilidad que concede el Derecho Canónico, sobre todo
promoviendo la participación de los laicos en las
responsabilidades pastorales; b) las pequeñas comunidades
eclesiales de base, también llamadas comunidades vivas, donde
los fieles pueden comunicarse mutuamente la Palabra de Dios y
manifestarse en el recíproco servicio y en el amor; estas
comunidades son verdaderas expresiones de la comunión eclesial
y centros de evangelización, en comunión con sus
Pastores».(99) Para la renovación de las parroquias y
para asegurar mejor su eficacia operativa, también se deben
favorecer formas institucionales de cooperación entre las
diversas parroquias de un mismo territorio.
El compromiso apostólico en la parroquia
27. Ahora es necesario considerar más de cerca la comunión
y la participación de los fieles laicos en la vida de la
parroquia. En este sentido, se debe llamar la atención de
todos los fieles laicos, hombres y mujeres, sobre una expresión
muy cierta, significativa y estimulante del Concilio: «Dentro
de las comunidades de la Iglesia —leemos en el Decreto sobre el
apostolado de los laicos— su acción es tan necesaria,
que sin ella, el mismo apostolado de los Pastores no podría
alcanzar, la mayor parte de las veces, su plena eficacia».(100)
Esta afirmación radical se debe entender, evidentemente, a la
luz de la «eclesiología de comunión»:
siendo distintos y complementarios, los ministerios y los carismas
son necesarios para el crecimiento de la Iglesia, cada uno según
su propia modalidad.
Los fieles laicos deben estar cada vez más convencidos del
particular significado que asume el compromiso apostólico en
su parroquia. Es de nuevo el Concilio quien lo pone de relieve
autorizadamente: «La parroquia ofrece un ejemplo luminoso de
apostolado comunitario, fundiendo en la unidad todas las diferencias
humanas que allí se dan e insertándolas en la
universalidad de la Iglesia. Los laicos han de habituarse a trabajar
en la parroquia en íntima unión con sus sacerdotes, a
exponer a la comunidad eclesial sus problemas y los del mundo y las
cuestiones que se refieren a la salvación de los hombres, para
que sean examinados y resueltos con la colaboración de todos;
a dar, según sus propias posibilidades, su personal
contribución en las iniciativas apostólicas y
misioneras de su propia familia eclesiástica».(101)
La indicación conciliar respecto al examen y solución
de los problemas pastorales «con la colaboración de
todos», debe encontrar un desarrollo adecuado y estructurado en
la valorización más convencida, amplia y decidida de
los Consejos pastorales parroquiales, en los que han insistido, con
justa razón, los Padres sinodales.(102)
En las circunstancias actuales, los fieles laicos pueden y deben
prestar una gran ayuda al crecimiento de una autentica comunión
eclesial en sus respectivas parroquias, y en el dar nueva vida al
afán misionero dirigido hacia los no creyentes y hacia los
mismos creyentes que han abandonado o limitado la práctica de
la vida cristiana.
Si la parroquia es la Iglesia que se encuentra entre las casas de
los hombres, ella vive y obra entonces profundamente injertada en la
sociedad humana e íntimamente solidaria con sus aspiraciones y
dramas. A menudo el contexto social, sobre todo en ciertos países
y ambientes, está sacudido violentamente por fuerzas de
disgregación y deshumanización. El hombre se encuentra
perdido y desorientado; pero en su corazón permanece siempre
el deseo de poder experimentar y cultivar unas relaciones más
fraternas y humanas. La respuesta a este deseo puede encontrarse en
la parroquia, cuando ésta, con la participación viva de
los fieles laicos, permanece fiel a su originaria vocación y
misión: ser en el mundo el «lugar» de la comunión
de los creyentes y, a la vez, «signo e instrumento» de la
común vocación a la comunión; en una palabra ser
la casa abierta a todos y al servicio de todos, o, como prefería
llamarla el Papa Juan XXIII, ser la fuente de la aldea, a la que
todos acuden para calmar su sed.
Formas de participación en la vida de la Iglesia
28. Los fieles laicos, juntamente con los sacerdotes, religiosos y
religiosas, constituyen el único Pueblo de Dios y Cuerpo de
Cristo.
El ser miembros de la Iglesia no suprime el hecho de que cada
cristiano sea un ser «único e irrepetible», sino
que garantiza y promueve el sentido más profundo de su
unicidad e irrepetibilidad, en cuanto fuente de variedad y de riqueza
para toda la Iglesia. En tal sentido, Dios llama a cada uno en Cristo
por su nombre propio e inconfundible. El llamamiento del Señor:
«Id también vosotros a mi viña», se dirige
a cada uno personalmente; y entonces resuena de este modo en la
conciencia: «¡Ven también tú a mi viña!».
De esta manera cada uno, en su unicidad e irrepetibilidad, con su
ser y con su obrar, se pone al servicio del crecimiento de la
comunión eclesial; así como, por otra parte, recibe
personalmente y hace suya la riqueza común de toda la Iglesia.
Ésta es la «Comunión de los Santos» que
profesamos en el Credo; el bien de todos se convierte en el bien de
cada uno, y el bien de cada uno se convierte en el bien de todos. «En
la Santa Iglesia —escribe San Gregorio Magno— cada uno
sostiene a los demás y los demás le sostienen a
él».(103)
Formas personales de participación
Es absolutamente necesario que cada fiel laico tenga siempre una
viva conciencia de ser un «miembro de la Iglesia», a
quien se le ha confiado una tarea original, insustituible e
indelegable, que debe llevar a cabo para el bien de todos. En esta
perspectiva asume todo su significado la afirmación del
Concilio sobre la absoluta necesidad del apostolado de cada persona
singular: «El apostolado que cada uno debe realizar, y que
fluye con abundancia de la fuente de una vida auténticamente
cristiana (cf. Jn 4, 14), es la forma primordial y la condición
de todo el apostolado de los laicos, incluso del asociado, y nada
puede sustituirlo. A este apostolado, siempre y en todas partes
provechoso, y en ciertas circunstancias el único apto y
posible, están llamados y obligados todos los laicos,
cualquiera que sea su condición, aunque no tengan ocasión
o posibilidad de colaborar en las asociaciones».(104)
En el apostolado personal existen grandes riquezas que reclaman
ser descubiertas, en vista de una intensificación del
dinamismo misionero de cada uno de los fieles laicos. A través
de esta forma de apostolado, la irradiación del Evangelio
puede hacerse extremadamente capilar, llegando a tantos lugares y
ambientes como son aquéllos ligados a la vida cotidiana y
concreta de los laicos. Se trata, además, de una irradiación
constante, pues es inseparable de la continua coherencia de la vida
personal con la fe; y se configura también como una forma de
apostolado particularmente incisiva, ya que al compartir plenamente
las condiciones de vida y de trabajo, las dificultades y esperanzas
de sus hermanos, los fieles laicos pueden llegar al corazón de
sus vecinos, amigos o colegas, abriéndolo al horizonte total,
al sentido pleno de la existencia humana: la comunión con Dios
y entre los hombres.
Formas agregativas de participación
29. La comunión eclesial, ya presente y operante en la
acción personal de cada uno, encuentra una manifestación
específica en el actuar asociado de los fieles laicos; es
decir, en la acción solidaria que ellos llevan a cabo
participando responsablemente en la vida y misión de la
Iglesia.
En estos últimos años, el fenómeno asociativo
laical se ha caracterizado por una particular variedad y vivacidad.
La asociación de los fieles siempre ha representado una línea
en cierto modo constante en la historia de la Iglesia, como lo
testifican, hasta nuestros días, las variadas
confraternidades, las terceras órdenes y los diversos
sodalicios. Sin embargo, en los tiempos modernos este fenómeno
ha experimentado un singular impulso, y se han visto nacer y
difundirse múltiples formas agregativas: asociaciones, grupos,
comunidades, movimientos. Podemos hablar de una nueva época
asociativa de los fieles laicos. En efecto, «junto al
asociacionismo tradicional, y a veces desde sus mismas raíces,
han germinado movimientos y asociaciones nuevas, con fisonomías
y finalidades específicas. Tanta es la riqueza y versatilidad
de los recursos que el Espíritu alimenta en el tejido
eclesial; y tanta es la capacidad de iniciativa y la generosidad de
nuestro laicado».(105)
Estas asociaciones de laicos se presentan a menudo muy
diferenciadas unas de otras en diversos aspectos, como en su
configuración externa, en los caminos y métodos
educativos y en los campos operativos. Sin embargo, se puede
encontrar una amplia y profunda convergencia en la finalidad que las
anima: la de participar responsablemente en la misión que
tiene la Iglesia de llevar a todos el Evangelio de Cristo como
manantial de esperanza para el hombre y de renovación para la
sociedad.
El asociarse de los fieles laicos por razones espirituales y
apostólicas nace de diversas fuentes y responde a variadas
exigencias. Expresa, efectivamente, la naturaleza social de la
persona, y obedece a instancias de una más dilatada e incisiva
eficacia operativa. En realidad, la incidencia «cultural»,
que es fuente y estímulo, pero también fruto y signo de
cualquier transformación del ambiente y de la sociedad, puede
realizarse, no tanto con la labor de un individuo, cuanto con la de
un «sujeto social», o sea, de un grupo, de una comunidad,
de una asociación, de un movimiento. Esto resulta
particularmente cierto en el contexto de una sociedad pluralista y
fraccionada —como es la actual en tantas partes del mundo—,
y cuando se está frente a problemas enormemente complejos y
difíciles. Por otra parte, sobre todo en un mundo
secularizado, las diversas formas asociadas pueden representar, para
muchos, una preciosa ayuda para llevar una vida cristiana coherente
con las exigencias del Evangelio y para comprometerse en una acción
misionera y apostólica.
Más allá de estos motivos, la razón profunda
que justifica y exige la asociación de los fieles laicos es de
orden teológico, es una razón eclesiológica,
como abiertamente reconoce el Concilio Vaticano II, cuando ve en el
apostolado asociado un «signo de la comunión y de la
unidad de la Iglesia en Cristo».(106)
Es un «signo» que debe manifestarse en las relaciones
de «comunión», tanto dentro como fuera de las
diversas formas asociativas, en el contexto más amplio de la
comunidad cristiana. Precisamente la razón eclesiológica
indicada explica, por una parte, el «derecho» de
asociación que es propio de los fieles laicos; y, por otra, la
necesidad de unos «criterios» de discernimiento acerca de
la autenticidad eclesial de esas formas de asociarse.
Ante todo debe reconocerse la libertad de asociación de los
fieles laicos en la Iglesia. Tal libertad es un verdadero y propio
derecho que no proviene de una especie de «concesión»
de la autoridad, sino que deriva del Bautismo, en cuanto sacramento
que llama a todos los fieles laicos a participar activamente en la
comunión y misión de la Iglesia. El Concilio es del
todo claro a este respecto: «Guardada la debida relación
con la autoridad eclesiástica, los laicos tienen el derecho de
fundar y dirigir asociaciones y de inscribirse en aquellas
fundadas».(107) Y el reciente Código afirma
textualmente: «Los fieles tienen derecho a fundar y dirigir
libremente asociaciones para fines de caridad o piedad, o para
fomentar la vocación cristiana en el mundo; y también a
reunirse para procurar en común esos mismos fines».(108)
Se trata de una libertad reconocida y garantizada por la autoridad
eclesiástica y que debe ser ejercida siempre y sólo en
la comunión de la Iglesia. En este sentido, el derecho a
asociarse de los fieles laicos es algo esencialmente relativo a la
vida de comunión y a la misión de la misma Iglesia.
Criterios de eclesialidad para las asociaciones laicales
30. La necesidad de unos criterios claros y precisos de
discernimiento y reconocimiento de las asociaciones laicales, también
llamados «criterios de eclesialidad», es algo que se
comprende siempre en la perspectiva de la comunión y misión
de la Iglesia, y no, por tanto, en contraste con la libertad de
asociación.
Como criterios fundamentales para el discernimiento de todas y
cada una de las asociaciones de fieles laicos en la Iglesia se pueden
considerar, unitariamente, los siguientes:
— El primado que se da a la vocación de cada
cristiano a la santidad, y que se manifiesta «en los frutos de
gracia que el Espíritu Santo produce en los fieles»(109)
como crecimiento hacia la plenitud de la vida cristiana y a la
perfección en la caridad.(110)
En este sentido, todas las asociaciones de fieles laicos, y cada
una de ellas, están llamadas a ser —cada vez más—
instrumento de santidad en la Iglesia, favoreciendo y alentando «una
unidad más íntima entre la vida práctica y la fe
de sus miembros».(111)
— La responsabilidad de confesar la fe católica,
acogiendo y proclamando la verdad sobre Cristo, sobre la Iglesia y
sobre el hombre, en la obediencia al Magisterio de la Iglesia, que la
interpreta auténticamente. Por esta razón, cada
asociación de fieles laicos debe ser un lugar en el que se
anuncia y se propone la fe, y en el que se educa para practicarla en
todo su contenido.
— El testimonio de una comunión firme y convencida en
filial relación con el Papa, centro perpetuo y visible de
unidad en la Iglesia universal,(112) y con el Obispo «principio
y fundamento visible de unidad»(113) en la Iglesia particular,
y en la «mutua estima entre todas las formas de apostolado en
la Iglesia».(114)
La comunión con el Papa y con el Obispo está llamada
a expresarse en la leal disponibilidad para acoger sus enseñanzas
doctrinales y sus orientaciones pastorales. La comunión
eclesial exige, además, el reconocimiento de la legítima
pluralidad de las diversas formas asociadas de los fieles laicos en
la Iglesia, y, al mismo tiempo, la disponibilidad a la recíproca
colaboración.
— La conformidad y la participación en el «fin
apostólico de la Iglesia», que es «la
evangelización y santificación de los hombres y la
formación cristiana de su conciencia, de modo que consigan
impregnar con el espíritu evangélico las diversas
comunidades y ambientes».(115)
Desde este punto de vista, a todas las formas asociadas de fieles
laicos, y a cada una de ellas, se les pide un decidido ímpetu
misionero que les lleve a ser, cada vez más, sujetos de una
nueva evangelización.
—El comprometerse en una presencia en la sociedad humana,
que, a la luz de la doctrina social de la Iglesia, se ponga al
servicio de la dignidad integral del hombre.
En este sentido, las asociaciones de los fieles laicos deben ser
corrientes vivas de participación y de solidaridad, para crear
unas condiciones más justas y fraternas en la sociedad.
Los criterios fundamentales que han sido enumerados, se comprueban
en los frutos concretos que acompañan la vida y las obras de
las diversas formas asociadas; como son el renovado gusto por la
oración, la contemplación, la vida litúrgica y
sacramental; el estímulo para que florezcan vocaciones al
matrimonio cristiano, al sacerdocio ministerial y a la vida
consagrada; la disponibilidad a participar en los programas y
actividades de la Iglesia sea a nivel local, sea a nivel nacional o
internacional; el empeño catequético y la capacidad
pedagógica para formar a los cristianos; el impulsar a una
presencia cristiana en los diversos ambientes de la vida social, y el
crear y animar obras caritativas, culturales y espirituales; el
espíritu de desprendimiento y de pobreza evangélica que
lleva a desarrollar una generosa caridad para con todos; la
conversión a la vida cristiana y el retorno a la comunión
de los bautizados «alejados».
El servicio de los Pastores a la comunión
31. Los Pastores en la Iglesia no pueden renunciar al servicio de
su autoridad, incluso ante posibles y comprensibles dificultades de
algunas formas asociativas y ante el afianzamiento de otras nuevas,
no sólo por el bien de la Iglesia, sino además por el
bien de las mismas asociaciones laicales. Así, habrán
de acompañar la labor de discernimiento con la guía y,
sobre todo, con el estímulo a un crecimiento de las
asociaciones de los fieles laicos en la comunión y misión
de la Iglesia.
Es del todo oportuno que algunas nuevas asociaciones y
movimientos, por su difusión nacional e incluso internacional,
tengan a bien recibir un reconocimiento oficial, una aprobación
explícita de la autoridad eclesiástica competente. El
Concilio ya había afirmado lo siguiente en este sentido: «El
apostolado de los laicos admite varios tipos de relaciones con la
Jerarquía, según las diferentes formas y objetos de
dicho apostolado (...). La Jerarquía reconoce explícitamente,
de distintas maneras, algunas formas de apostolado laical. Puede,
además, la autoridad eclesiástica, por exigencias del
bien común de la Iglesia, elegir de entre las asociaciones y
obras apostólicas que tienden inmediatamente a un fin
espiritual, algunas de ellas, y promoverlas de modo peculiar,
asumiendo respecto de ellas una responsabilidad especial».(116)
Entre las diversas formas apostólicas de los laicos que
tienen una particular relación con la Jerarquía, los
Padres sinodales han recordado explícitamente diversos
movimientos y asociaciones de Acción Católica, en los
cuales «los laicos se asocian libremente de modo orgánico
y estable, bajo el impulso del Espíritu Santo, en comunión
con el Obispo y con los sacerdotes, para poder servir, con fidelidad
y laboriosidad, según el modo que es propio a su vocación
y con un método particular, al incremento de toda la comunidad
cristiana, a los proyectos pastorales y a la animación
evangélica de todos los ámbitos de la vida».(117)
El Pontificio Consejo para los Laicos está encargado de
preparar un elenco de las asociaciones que tienen la aprobación
oficial de la Santa Sede, y de definir, juntamente con el Pontificio
Consejo para la Unión de los Cristianos, las condiciones en
base a las cuales puede ser aprobada una asociación ecuménica
con mayoría católica y minoría no católica,
estableciendo también los casos en los que no podrá
llegarse a un juicio positivo.(118)
Todos, Pastores y fieles, estamos obligados a favorecer y
alimentar continuamente vínculos y relaciones fraternas de
estima, cordialidad y colaboración entre las diversas formas
asociativas de los laicos. Solamente así las riquezas de los
dones y carismas que el Señor nos ofrece puede dar su fecunda
y armónica contribución a la edificación de la
casa común. «Para edificar solidariamente la casa común
es necesario, además, que sea depuesto todo espíritu de
antagonismo y de contienda y que se compita más bien en la
estimación mutua (cf. Rm 12, 10), en el adelantarse en el
recíproco afecto y en la voluntad de colaborar, con la
paciencia, la clarividencia y la disponibilidad al sacrificio que
ésto a veces pueda comportar».(119)
Volvemos una vez más a las palabras de Jesús: «Yo
soy la vid, vosotros los sarmientos» (Jn 15, 5), para dar
gracias a Dios por el gran don de la comunión eclesial,
reflejo en el tiempo de la eterna e inefable comunión de amor
de Dios Uno y Trino. La conciencia de este don debe ir acompañada
de un fuerte sentido de responsabilidad. Es, en efecto, un don que,
como el talento evangélico, exige ser negociado en una vida de
creciente comunión.
Ser responsables del don de la comunión significa, antes
que nada, estar decididos a vencer toda tentación de división
y de contraposición que insidie la vida y el empeño
apostólico de los cristianos. El lamento de dolor y de
desconcierto del apóstol Pablo: «Me refiero a que cada
uno de vosotros dice: ¡"Yo soy de Pablo", "yo en
cambio de Apolo", "yo de Cefas", "yo de Cristo"!
¿Está acaso dividido Cristo?» (1 Co 1, 12-13),
continúa oyéndose hoy como reproche por las
«laceraciones al Cuerpo de Cristo». Resuenen, en cambio,
como persuasiva llamada, estas otras palabras del apóstol: «Os
conjuro, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo,
a que tengáis todos un mismo sentir, y no haya entre vosotros
disensiones; antes bien, viváis bien unidos en un mismo pensar
y en un mismo sentir» (1 Co 1, 10).
La vida de comunión eclesial será así un
signo para el mundo y una fuerza atractiva que conduce a creer en
Cristo: «Como tú Padre, en mí y yo en ti, que
ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que
tú me has enviado» (Jn 17, 21). De este modo la comunión
se abre a la misión, haciéndose ella misma misión.
CAPíTULO III
OS HE DESTINADO PARA QUE VAYÁIS Y DEIS FRUTO
La
corresponsabilidad de los fieles laicos en la Iglesia-Misión
Comunión misionera
32. Volvamos una vez más a la imagen bíblica de la
vid y los sarmientos. Ella nos introduce, de modo inmediato y
natural, a la consideración de la fecundidad y de la vida.
Enraizados y vivificados por la vid, los sarmientos son llamados a
dar fruto: «Yo soy la vid, vosotros, los sarmientos. El que
permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto»
(Jn 15, 5). Dar fruto es una exigencia esencial de la vida cristiana
y eclesial. El que no da fruto no permanece en la comunión:
«Todo sarmiento que en mí no da fruto, (mi Padre) lo
corta» (Jn 15, 2).
La comunión con Jesús, de la cual deriva la comunión
de los cristianos entre sí, es condición absolutamente
indispensable para dar fruto: «Separados de mí no podéis
hacer nada» (Jn 15, 5). Y la comunión con los otros es
el fruto más hermoso que los sarmientos pueden dar: es don de
Cristo y de su Espíritu.
Ahora bien, la comunión genera comunión, y
esencialmente se configura como comunión misionera. En efecto,
Jesús dice a sus discípulos: «No me habéis
elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y
os he destinado a que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto
permanezca» (Jn 15, 16).
La comunión y la misión están profundamente
unidas entre sí, se compenetran y se implican mutuamente,
hasta tal punto que la comunión representa a la vez la fuente
y el fruto de la misión: la comunión es misionera y la
misión es para la comunión. Siempre es el único
e idéntico Espíritu el que convoca y une la Iglesia y
el que la envía a predicar el Evangelio «hasta los
confines de la tierra» (Hch 1, 8). Por su parte, la Iglesia
sabe que la comunión, que le ha sido entregada como don, tiene
una destinación universal. De esta manera la Iglesia se siente
deudora, respecto de la humanidad entera y de cada hombre, del don
recibido del Espíritu que derrama en los corazones de los
creyentes la caridad de Jesucristo, fuerza prodigiosa de cohesión
interna y, a la vez, de expansión externa. La misión de
la Iglesia deriva de su misma naturaleza, tal como Cristo la ha
querido: la de ser «signo e instrumento (...) de unidad de todo
el género humano».(120) Tal misión tiene como
finalidad dar a conocer a todos y llevarles a vivir la«nueva»
comunión que en el Hijo de Dios hecho hombre ha entrado en la
historia del mundo. En tal sentido, el testimonio del evangelista
Juan define —y ahora de modo irrevocable— ese fin que
llena de gozo, y al que se dirige la entera misión de la
Iglesia: «Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos,
para que también vosotros estéis en comunión con
nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su
Hijo, Jesucristo» (1 Jn 1, 3).
En el contexto de la misión de la Iglesia el Señor
confía a los fieles laicos, en comunión con todos los
demás miembros del Pueblo de Dios, una gran parte de
responsabilidad. Los Padres del Concilio Vaticano II eran plenamente
conscientes de esta realidad: «Los sagrados Pastores saben muy
bien cuánto contribuyen los laicos al bien de toda la Iglesia.
Saben que no han sido constituidos por Cristo para asumir ellos solos
toda la misión de salvación que la Iglesia ha recibido
con respecto al mundo, sino que su magnífico encargo consiste
en apacentar los fieles y reconocer sus servicios y carismas, de modo
que todos, en la medida de sus posibilidades, cooperen de manera
concorde en la obra común».(121) Esa misma convicción
se ha hecho después presente, con renovada claridad y
acrecentado vigor, en todos los trabajos del Sínodo.
Anunciar el Evangelio
33. Los fieles laicos, precisamente por ser miembros de la
Iglesia, tienen la vocación y misión de ser
anunciadores del Evangelio: son habilitados y comprometidos en esta
tarea por los sacramentos de la iniciación cristiana y por los
dones del Espíritu Santo.
Leemos en un texto límpido y denso de significado del
Concilio Vaticano II: «Como partícipes del oficio de
Cristo sacerdote, profeta y rey, los laicos tienen su parte activa en
la vida y en la acción de la Iglesia (...). Alimentados por la
activa participación en la vida litúrgica de la propia
comunidad, participan con diligencia en las obras apostólicas
de la misma; conducen a la Iglesia a los hombres que quizás
viven alejados de Ella; cooperan con empeño en comunicar la
palabra de Dios, especialmente mediante la enseñanza del
catecismo; poniendo a disposición su competencia, hacen más
eficaz la cura de almas y también la administración de
los bienes de la Iglesia».(122)
Es en la evangelización donde se concentra y se despliega
la entera misión de la Iglesia, cuyo caminar en la historia
avanza movido por la gracia y el mandato de Jesucristo: «Id por
todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación»
(Mc 16, 15); «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días
hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). «Evangelizar —ha
escrito Pablo VI— es la gracia y la vocación propia de
la Iglesia, su identidad más profunda».(123)
Por la evangelización la Iglesia es construida y plasmada
como comunidad de fe; más precisamente, como comunidad de una
fe confesada en la adhesión a la Palabra de Dios, celebrada en
los sacramentos, vivida en la caridad como alma de la existencia
moral cristiana. En efecto, la «buena nueva» tiende a
suscitar en el corazón y en la vida del hombre la conversión
y la adhesión personal a Jesucristo Salvador y Señor;
dispone al Bautismo y a la Eucaristía y se consolida en el
propósito y en la realización de la nueva vida según
el Espíritu.
En verdad, el imperativo de Jesús: «Id y predicad el
Evangelio» mantiene siempre vivo su valor, y está
cargado de una urgencia que no puede decaer. Sin embargo, la actual
situación, no sólo del mundo, sino también de
tantas partes de la Iglesia, exige absolutamente que la palabra de
Cristo reciba una obediencia más rápida y generosa.
Cada discípulo es llamado en primera persona; ningún
discípulo puede escamotear su propia respuesta: «¡Ay
de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Co 9, 16).
Ha llegado la hora de emprender una nueva evangelización
34. Enteros países y naciones, en los que en un tiempo la
religión y la vida cristiana fueron florecientes y capaces de
dar origen a comunidades de fe viva y operativa, están ahora
sometidos a dura prueba e incluso alguna que otra vez son
radicalmente transformados por el continuo difundirse del
indiferentismo, del secularismo y del ateismo. Se trata, en concreto,
de países y naciones del llamado Primer Mundo, en el que el
bienestar económico y el consumismo —si bien
entremezclado con espantosas situaciones de pobreza y miseria—
inspiran y sostienen una existencia vivida «como si no hubiera
Dios». Ahora bien, el indiferentismo religioso y la total
irrelevancia práctica de Dios para resolver los problemas,
incluso graves, de la vida, no son menos preocupantes y desoladores
que el ateismo declarado. Y también la fe cristiana —aunque
sobrevive en algunas manifestaciones tradicionales y ceremoniales—
tiende a ser arrancada de cuajo de los momentos más
significativos de la existencia humana, como son los momentos del
nacer, del sufrir y del morir. De ahí proviene el afianzarse
de interrogantes y de grandes enigmas, que, al quedar sin respuesta,
exponen al hombre contemporáneo a inconsolables decepciones, o
a la tentación de suprimir la misma vida humana que plantea
esos problemas.
En cambio, en otras regiones o naciones todavía se
conservan muy vivas las tradiciones de piedad y de religiosidad
popular cristiana; pero este patrimonio moral y espiritual corre hoy
el riesgo de ser desperdigado bajo el impacto de múltiples
procesos, entre los que destacan la secularización y la
difusión de las sectas. Sólo una nueva evangelización
puede asegurar el crecimiento de una fe límpida y profunda,
capaz de hacer de estas tradiciones una fuerza de auténtica
libertad.
Ciertamente urge en todas partes rehacer el entramado cristiano de
la sociedad humana. Pero la condición es que se rehaga la
cristiana trabazón de las mismas comunidades eclesiales que
viven en estos países o naciones.
Los fieles laicos —debido a su participación en el
oficio profético de Cristo— están plenamente
implicados en esta tarea de la Iglesia. En concreto, les corresponde
testificar cómo la fe cristiana —más o menos
conscientemente percibida e invocada por todos— constituye la
única respuesta plenamente válida a los problemas y
expectativas que la vida plantea a cada hombre y a cada sociedad.
Esto será posible si los fieles laicos saben superar en ellos
mismos la fractura entre el Evangelio y la vida, recomponiendo en su
vida familiar cotidiana, en el trabajo y en la sociedad, esa unidad
de vida que en el Evangelio encuentra inspiración y fuerza
para realizarse en plenitud.
Repito, una vez más, a todos los hombres contemporáneos
el grito apasionado con el que inicié mi servicio pastoral:
«¡No tengáis miedo! ¡Abrid, abrid de par en
par las puertas a Cristo! Abrid a su potestad salvadora los confines
de los Estados, los sistemas tanto económicos como políticos,
los dilatados campos de la cultura, de la civilización, del
desarrollo. ¡No tengáis miedo! Cristo sabe lo que hay
dentro del hombre. ¡Solo Él lo sabe! Tantas veces hoy el
hombre no sabe qué lleva dentro, en lo profundo de su alma, de
su corazón. Tan a menudo se muestra incierto ante el sentido
de su vida sobre esta tierra. Está invadido por la duda que se
convierte en desesperación. Permitid, por tanto —os
ruego, os imploro con humildad y con confianza— permitid a
Cristo que hable al hombre. Solo Él tiene palabras de vida,
¡sí! de vida eterna».(124)
Abrir de par en par las puertas a Cristo, acogerlo en el ámbito
de la propia humanidad no es en absoluto una amenaza para el hombre,
sino que es, más bien, el único camino a recorrer si se
quiere reconocer al hombre en su entera verdad y exaltarlo en sus
valores.
La síntesis vital entre el Evangelio y los deberes
cotidianos de la vida que los fieles laicos sabrán plasmar,
será el más espléndido y convincente testimonio
de que, no el miedo, sino la búsqueda y la adhesión a
Cristo son el factor determinante para que el hombre viva y crezca, y
para que se configuren nuevos modos de vida más conformes a la
dignidad humana.
¡El hombre es amado por Dios! Este es el simplicísimo
y sorprendente anuncio del que la Iglesia es deudora respecto del
hombre. La palabra y la vida de cada cristiano pueden y deben hacer
resonar este anuncio: ¡Dios te ama, Cristo ha venido por ti;
para ti Cristo es «el Camino, la Verdad, y la Vida!» (Jn
14, 6).
Esta nueva evangelización —dirigida no sólo a
cada una de las personas, sino también a enteros grupos de
poblaciones en sus más variadas situaciones, ambientes y
culturas— está destinada a la formación de
comunidades eclesiales maduras, en las cuales la fe consiga liberar y
realizar todo su originario significado de adhesión a la
persona de Cristo y a su Evangelio, de encuentro y de comunión
sacramental con Él, de existencia vivida en la caridad y en el
servicio.
Los fieles laicos tienen su parte que cumplir en la formación
de tales comunidades eclesiales, no sólo con una participación
activa y responsable en la vida comunitaria y, por tanto, con su
insustituible testimonio, sino también con el empuje y la
acción misionera entre quienes todavía no creen o ya no
viven la fe recibida con el Bautismo.
En relación con la nuevas generaciones, los fieles laicos
deben ofrecer una preciosa contribución, más necesaria
que nunca, con una sistemática labor de catequesis. Los Padres
sinodales han acogido con gratitud el trabajo de los catequistas,
reconociendo que éstos «tienen una tarea de gran peso en
la animación de las comunidades eclesiales».(125) Los
padres cristianos son, desde luego, los primeros e insustituibles
catequistas de sus hijos, habilitados para ello por el sacramento del
Matrimonio; pero, al mismo tiempo, todos debemos ser conscientes del
«derecho» que todo bautizado tiene de ser instruido,
educado, acompañado en la fe y en la vida cristiana.
Id por todo el mundo
35. La Iglesia, mientras advierte y vive la actual urgencia de una
nueva evangelización, no puede sustraerse a la perenne misión
de llevar el Evangelio a cuantos —y son millones y millones de
hombres y mujeres— no conocen todavía a Cristo Redentor
del hombre. Ésta es la responsabilidad más
específicamente misionera que Jesús ha confiado y
diariamente vuelve a confiar a su Iglesia.
La acción de los fieles laicos —que, por otra parte,
nunca ha faltado en este ámbito— se revela hoy cada vez
más necesaria y valiosa. En realidad, el mandato del Señor
«Id por todo el mundo» sigue encontrando muchos laicos
generosos, dispuestos a abandonar su ambiente de vida, su trabajo, su
región o patria, para trasladarse, al menos por un determinado
tiempo, en zona de misiones. Se dan también matrimonios
cristianos que, a imitación de Aquila y Priscila (cf. Hch 18;
Rm 16 3 s.), están ofreciendo un confortante testimonio de
amor apasionado a Cristo y a la Iglesia, mediante su presencia activa
en tierras de misión. Auténtica presencia misionera es
también la de quienes, viviendo por diversos motivos en países
o ambientes donde aún no está establecida la Iglesia,
dan testimonio de su fe.
Pero el problema misionero se presenta actualmente a la Iglesia
con una amplitud y con una gravedad tales, que sólo una
solidaria asunción de responsabilidades por parte de todos los
miembros de la Iglesia —tanto personal como comunitariamente—
puede hacer esperar una respuesta más eficaz.
La invitación que el Concilio Vaticano II ha dirigido a las
Iglesias particulares conserva todo su valor; es más, exige
hoy una acogida más generalizada y más decidida: «La
Iglesia particular, debiendo representar en el modo más
perfecto la Iglesia universal, ha de tener la plena conciencia de
haber sido también enviada a los que no creen en Cristo».(126)
La Iglesia tiene que dar hoy un gran paso adelante en su
evangelización; debe entrar en una nueva etapa histórica
de su dinamismo misionero. En un mundo que, con la desaparición
de las distancias, se hace cada vez más pequeño, las
comunidades eclesiales deben relacionarse entre sí,
intercambiarse energías y medios, comprometerse a una en la
única y común misión de anunciar y de vivir el
Evangelio. «Las llamadas Iglesias más jóvenes
—han dicho los Padres sinodales— necesitan la fuerza de
las antiguas, mientras que éstas tienen necesidad del
testimonio y del empuje de las más jóvenes, de tal modo
que cada Iglesia se beneficie de las riquezas de las otras
Iglesias».(127)
En esta nueva etapa, la formación no sólo del clero
local, sino también de un laicado maduro y responsable, se
presenta en las jóvenes Iglesias como elemento esencial e
irrenunciable de la plantatio Ecclesiae.(128) De este modo, las
mismas comunidades evangelizadas se lanzan hacia nuevos rincones del
mundo, para responder ellas también a la misión de
anunciar y testificar el Evangelio de Cristo.
Los fieles laicos, con el ejemplo de su vida y con la propia
acción, pueden favorecer la mejora de las relaciones entre los
seguidores de las diversas religiones, como oportunamente han
subrayado los Padres sinodales: «Hoy la Iglesia vive por todas
partes en medio de hombres de distintas religiones (...). Todos los
fieles, especialmente los laicos que viven en medio de pueblos de
otras religiones, tanto en las regiones de origen como en tierras de
emigración, han de ser para éstos un signo del Señor
y de su Iglesia, en modo adecuado a las circunstancias de vida de
cada lugar. El diálogo entre las religiones tiene una
importancia preeminente, porque conduce al amor y al respeto
recíprocos, elimina, o al menos disminuye, prejuicios entre
los seguidores de las distintas religiones, y promueve la unidad y
amistad entre los pueblos».(129)
Para la evangelización del mundo hacen falta, sobre todo,
evangelizadores. Por eso, todos, comenzando desde las familias
cristianas, debemos sentir la responsabilidad de favorecer el surgir
y madurar de vocaciones específicamente misioneras, ya
sacerdotales y religiosas, ya laicales, recurriendo a todo medio
oportuno, sin abandonar jamás el medio privilegiado de la
oración, según las mismas palabras del Señor
Jesús: «La mies es mucha y los obreros pocos. Pues,
¡rogad al dueño de la mies que envíe obreros a su
mies!» (Mt 9, 37-38).
Vivir el Evangelio sirviendo a la persona y a la sociedad
36. Acogiendo y anunciando el Evangelio con la fuerza del
Espíritu, la Iglesia se constituye en comunidad evangelizada y
evangelizadora y, precisamente por esto, se hace sierva de los
hombres. En ella los fieles laicos participan en la misión de
servir a las personas y a la sociedad. Es cierto que la Iglesia tiene
como fin supremo el Reino de Dios, del que «constituye en la
tierra el germen e inicio»,(130) y está, por tanto,
totalmente consagrada a la glorificación del Padre. Pero el
Reino es fuente de plena liberación y de salvación
total para los hombres: con éstos, pues, la Iglesia camina y
vive, realmente y enteramente solidaria con su historia.
Habiendo recibido el encargo de manifestar al mundo el misterio de
Dios que resplandece en Cristo Jesús, al mismo tiempo la
Iglesia revela el hombre al hombre, le hace conocer el sentido de su
existencia, le abre a la entera verdad sobre él y sobre su
destino.(131) Desde esta perspectiva la Iglesia está llamada,
a causa de su misma misión evangelizadora, a servir al hombre.
Tal servicio se enraiza primariamente en el hecho prodigioso y
sorprendente de que, «con la encarnación, el Hijo de
Dios se ha unido en cierto modo a cada hombre».(132)
Por eso el hombre «es el primer camino que la Iglesia debe
recorrer en el cumplimiento de su misión: él es la
primera vía fundamental de la Iglesia, vía trazada por
el mismo Cristo, vía que inalterablemente pasa a través
de la Encarnación y de la Redención».(133)
Precisamente en este sentido se había expresado,
repetidamente y con singular claridad y fuerza, el Concilio Vaticano
II en sus diversos documentos. Volvamos a leer un texto
—especialmente clarificador— de la Constitución
Gaudium et spes: «Ciertamente la Iglesia, persiguiendo su
propio fin salvífico, no sólo comunica al hombre la
vida divina, sino que, en cierto modo, también difunde el
reflejo de su luz sobre el universo mundo, sobre todo por el hecho de
que sana y eleva la dignidad humana, consolida la cohesión de
la sociedad, y llena de más profundo sentido la actividad
cotidiana de los hombres. Cree la Iglesia que de esta manera, por
medio de sus hijos y por medio de su entera comunidad, puede ofrecer
una gran ayuda para hacer más humana la familia de los hombres
y su historia».(134)
En esta contribución a la familia humana de la que es
responsable la Iglesia entera, los fieles laicos ocupan un puesto
concreto, a causa de su «índole secular», que les
compromete, con modos propios e insustituibles, en la animación
cristiana del orden temporal.
Promover la dignidad de la persona
37. Redescubrir y hacer redescubrir la dignidad inviolable de cada
persona humana constituye una tarea esencial; es más, en
cierto sentido es la tarea central y unificante del servicio que la
Iglesia, y en ella los fieles laicos, están llamados a prestar
a la familia humana.
Entre todas las criaturas de la tierra, sólo el hombre es
«persona», sujeto consciente y libre y, precisamente por
eso, «centro y vértice» de todo lo que existe
sobre la tierra.(135)
La dignidad personal es el bien más precioso que el hombre
posee, gracias al cual supera en valor a todo el mundo material. Las
palabras de Jesús: «¿De qué le sirve al
hombre ganar el mundo entero, si después pierde su alma?»
(Mc 8, 36) contienen una luminosa y estimulante afirmación
antropológica: el hombre vale no por lo que «tiene»
—¡aunque poseyera el mundo entero!—, sino por lo
que «es». No cuentan tanto los bienes de la tierra,
cuanto el bien de la persona, el bien que es la persona misma.
La dignidad de la persona manifiesta todo su fulgor cuando se
consideran su origen y su destino. Creado por Dios a su imagen y
semejanza, y redimido por la preciosísima sangre de Cristo, el
hombre está llamado a ser «hijo en el Hijo» y
templo vivo del Espíritu; y está destinado a esa eterna
vida de comunión con Dios, que le llena de gozo. Por eso toda
violación de la dignidad personal del ser humano grita
venganza delante de Dios, y se configura como ofensa al Creador del
hombre.
A causa de su dignidad personal, el ser humano es siempre un valor
en sí mismo y por sí mismo y como tal exige ser
considerado y tratado. Y al contrario, jamás puede ser tratado
y considerado como un objeto utilizable, un instrumento, una cosa.
La dignidad personal constituye el fundamento de la igualdad de
todos los hombres entre sí. De aquí que sean
absolutamente inaceptables las más variadas formas de
discriminación que, por desgracia, continúan dividiendo
y humillando la familia humana: desde las raciales y económicas
a las sociales y culturales, desde las políticas a las
geográficas, etc. Toda discriminación constituye una
injusticia completamente intolerable, no tanto por las tensiones y
conflictos que puede acarrear a la sociedad, cuanto por el deshonor
que se inflige a la dignidad de la persona; y no sólo a la
dignidad de quien es víctima de la injusticia, sino todavía
más a la de quien comete la injusticia.
Fundamento de la igualdad de todos los hombres, la dignidad
personal es también el fundamento de la participación y
la solidaridad de los hombres entre sí: el diálogo y la
comunión radican, en última instancia, en lo que los
hombres «son», antes y mucho más que en lo que
ellos «tienen».
La dignidad personal es propiedad indestructible de todo ser
humano. Es fundamental captar todo el penetrante vigor de esta
afirmación, que se basa en la unicidad y en la irrepetibilidad
de cada persona. En consecuencia, el individuo nunca puede quedar
reducido a todo aquello que lo querría aplastar y anular en el
anonimato de la colectividad, de las instituciones, de las
estructuras, del sistema. En su individualidad, la persona no es un
número, no es un eslabón más de una cadena, ni
un engranaje del sistema. La afirmación que exalta más
radicalmente el valor de todo ser humano la ha hecho el Hijo de Dios
encarnándose en el seno de una mujer. También de esto
continúa hablándonos la Navidad cristiana.(136)
Venerar el inviolable derecho a la vida
38. El efectivo reconocimiento de la dignidad personal de todo ser
humano exige el respeto, la defensa y la promoción de los
derechos de la persona humana. Se trata de derechos naturales,
universales e inviolables. Nadie, ni la persona singular, ni el
grupo, ni la autoridad, ni el Estado pueden modificarlos y mucho
menos eliminarlos, porque tales derechos provienen de Dios mismo.
La inviolabilidad de la persona, reflejo de la absoluta
inviolabilidad del mismo Dios, encuentra su primera y fundamental
expresión en la inviolabilidad de la vida humana. Se ha hecho
habitual hablar, y con razón, sobre los derechos humanos; como
por ejemplo sobre el derecho a la salud, a la casa, al trabajo, a la
familia y a la cultura. De todos modos, esa preocupación
resulta falsa e ilusoria si no se defiende con la máxima
determinación el derecho a la vida como el derecho primero y
fontal, condición de todos los otros derechos de la persona.
La Iglesia no se ha dado nunca por vencida frente a todas las
violaciones que el derecho a la vida, propio de todo ser humano, ha
recibido y continúa recibiendo por parte tanto de los
individuos como de las mismas autoridades. El titular de tal derecho
es el ser humano, en cada fase de su desarrollo, desde el momento de
la concepción hasta la muerte natural; y cualquiera que sea su
condición, ya sea de salud que de enfermedad, de integridad
física o de minusvalidez, de riqueza o de miseria. El Concilio
Vaticano II proclama abiertamente: «Cuanto atenta contra la
vida —homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto,
eutanasia y el mismo suicidio deliberado—; cuanto viola la
integridad de la persona humana, como, por ejemplo, las mutilaciones,
las torturas morales o físicas, los conatos sistemáticos
para dominar la mente ajena; cuanto ofende a la dignidad humana, como
son las condiciones infrahumanas de vida, las detenciones
arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución,
la trata de blancas y de jóvenes; o las condiciones laborales
degradantes, que reducen al operario al rango de mero instrumento de
lucro, sin respeto a la libertad y a la responsabilidad de la persona
humana: todas estas prácticas y otras parecidas son en sí
mismas infamantes, degradan la civilización humana, deshonran
más a sus autores que a sus víctimas y son totalmente
contrarias al honor debido al Creador».(137)
Si bien la misión y la responsabilidad de reconocer la
dignidad personal de todo ser humano y de defender el derecho a la
vida es tarea de todos, algunos fieles laicos son llamados a ello por
un motivo particular. Se trata de los padres, los educadores, los que
trabajan en el campo de la medicina y de la salud, y los que detentan
el poder económico y político.
En la aceptación amorosa y generosa de toda vida humana,
sobre todo si es débil o enferma, la Iglesia vive hoy un
momento fundamental de su misión, tanto más necesaria
cuanto más dominante se hace una «cultura de muerte».
En efecto, «la Iglesia cree firmemente que la vida humana,
aunque débil y enferma, es siempre un don espléndido
del Dios de la bondad. Contra el pesimismo y el egoísmo, que
ofuscan el mundo, la Iglesia está en favor de la vida: y en
cada vida humana sabe descubrir el esplendor de aquel "Sí",
de aquel "Amén" que es Cristo mismo (cf. 2 Co 1, 19;
Ap 3, 14). Frente al "no" que invade y aflige al mundo,
pone este "Sí" viviente, defendiendo de este modo al
hombre y al mundo de cuantos acechan y rebajan la vida»,(138)
Corresponde a los fieles laicos que más directamente o por
vocación o profesión están implicados en acoger
la vida, el hacer concreto y eficaz el "sí" de la
Iglesia a la vida humana.
Con el enorme desarrollo de las ciencias biológicas y
médicas, junto al sorprendente poder tecnológico, se
han abierto en nuestros días nuevas posibilidades y
responsabilidades en la frontera de la vida humana. En efecto, el
hombre se ha hecho capaz no sólo de «observar»,
sino también de «manipular» la vida humana en su
mismo inicio o en sus primeras etapas de desarrollo.
La conciencia moral de la humanidad no puede permanecer extraña
o indiferente frente a los pasos gigantescos realizados por una
potencia tecnológica, que adquiere un dominio cada vez más
dilatado y profundo sobre los dinamismos que rigen la procreación
y las primeras fases de desarrollo de la vida humana. En este campo y
quizás nunca como hoy, la sabiduría se presenta como la
única tabla de salvación, para que el hombre, tanto en
la investigación científica teórica como en la
aplicada, pueda actuar siempre con inteligencia y con amor; es decir,
respetando, todavía más, venerando la inviolable
dignidad personal de todo ser humano, desde el primer momento de su
existencia. Esto ocurre cuando la ciencia y la técnica se
comprometen, con medios lícitos, en la defensa de la vida y en
la curación de las enfermedades desde los comienzos,
rechazando en cambio —por la dignidad misma de la
investigación— intervenciones que resultan alteradoras
del patrimonio genético del individuo y de la generación
humana.(139)
Los fieles laicos, comprometidos por motivos varios y a diverso
nivel en el campo de la ciencia y de la técnica, como también
en el ámbito médico, social, legislativo y económico
deben aceptar valientemente los «desafíos»
planteados por los nuevos problemas de la bioética. Como han
dicho los Padres sinodales, «Los cristianos han de ejercitar su
responsabilidad como dueños de la ciencia y de la tecnología,
no como siervos de ella (...). Ante la perspectiva de esos "desafíos"
morales, que están a punto de ser provocados por la nueva e
inmensa potencia tecnológica, y que ponen en peligro no sólo
los derechos fundamentales de los hombres sino la misma esencia
biológica de la especie humana, es de máxima
importancia que los laicos cristianos —con la ayuda de toda la
Iglesia— asuman la responsabilidad de hacer volver la cultura a
los principios de un auténtico humanismo, con el fin de que la
promoción y la defensa de los derechos humanos puedan
encontrar fundamento dinámico y seguro en la misma esencia del
hombre, aquella esencia que la predicación evangélica
ha revelado a los hombres».(140)
Urge hoy la máxima vigilancia por parte de todos ante el
fenómeno de la concentración del poder, y en primer
lugar del poder tecnológico. Tal concentración, en
efecto, tiende a manipular no sólo la esencia biológica,
sino también el contenido de la misma conciencia de los
hombres y sus modelos de vida, agravando así la discriminación
y la marginación de pueblos enteros.
Libres para invocar el Nombre del Señor
39. El respeto de la dignidad personal, que comporta la defensa y
promoción de los derechos humanos, exige el reconocimiento de
la dimensión religiosa del hombre. No es ésta una
exigencia simplemente «confesional», sino más bien
una exigencia que encuentra su raíz inextirpable en la
realidad misma del hombre. En efecto, la relación con Dios es
elemento constitutivo del mismo «ser» y «existir»
del hombre: es en Dios donde nosotros «vivimos, nos movemos y
existimos» (Hch 17, 28). Si no todos creen en esa verdad, los
que están convencidos de ella tienen el derecho a ser
respetados en la fe y en la elección de vida, individual o
comunitaria, que de ella derivan. Esto es el derecho a la libertad de
conciencia y a la libertad religiosa, cuyo reconocimiento efectivo
está entre los bienes más altos y los deberes más
graves de todo pueblo que verdaderamente quiera asegurar el bien de
la persona y de la sociedad. «La libertad religiosa, exigencia
insuprimible de la dignidad de todo hombre, es piedra angular del
edificio de los derechos humanos y, por tanto, es un factor
insustituible del bien de la persona y de toda la sociedad, así
como de la propia realización de cada uno. De ello resulta que
la libertad, de los individuos y de las comunidades, de profesar y
practicar la propia religión es un elemento esencial de la
pacífica convivencia de los hombres (...). El derecho civil y
social a la libertad religiosa, en cuanto alcanza la esfera más
íntima del espíritu, se revela punto de referencia y,
en cierto modo, se convierte en medida de los otros derechos
fundamentales».(141)
El Sínodo no ha olvidado a tantos hermanos y hermanas que
todavía no gozan de tal derecho y que deben afrontar
contradicciones, marginación, sufrimientos, persecuciones, y
tal vez la muerte a causa de la confesión de la fe. En su
mayoría son hermanos y hermanas del laicado cristiano. El
anuncio del Evangelio y el testimonio cristiano de la vida en el
sufrimiento y en el martirio constituyen el ápice del
apostolado de los discípulos de Cristo, de modo análogo
a como el amor a Jesucristo hasta la entrega de la propia vida
constituye un manantial de extraordinaria fecundidad para la
edificación de la Iglesia. La mística vid corrobora así
su lozanía, tal como ya hacía notar San Agustín:
«Pero aquella vid, como había sido preanunciado por los
Profetas y por el mismo Señor, que esparcía por todo el
mundo sus fructuosos sarmientos, tanto más se hacía
lozana cuanto más era irrigada por la mucha sangre de los
mártires».(142)
Toda la Iglesia está profundamente agradecida por este
ejemplo y por este don. En estos hijos suyos encuentra motivo para
renovar su brío de vida santa y apostólica. En este
sentido los Padres sinodales han considerado como un especial deber
«dar las gracias a los laicos que viven como incansables
testigos de la fe, en fiel unión con la Sede Apostólica,
a pesar de las restricciones de la libertad y de estar privados de
ministros sagrados. Ellos se lo juegan todo, incluso la vida. De este
modo, los laicos testifican una propiedad esencial de la Iglesia: la
Iglesia de Dios nace de la gracia de Dios, y esto se manifiesta del
modo más sublime en el martirio».(143)
Todo lo que hemos dicho hasta ahora sobre el respeto a la dignidad
personal y sobre el reconocimiento de los derechos humanos afecta sin
duda a la responsabilidad de cada cristiano, de cada hombre. Pero
inmediatamente hemos de hacer notar cómo este problema reviste
hoy una dimensión mundial. En efecto, es una cuestión
que ahora atañe a enteros grupos humanos; más aún,
a pueblos enteros que son violentamente vilipendiados en sus derechos
fundamentales. De aquí la existencia de esas formas de
desigualdad de desarrollo entre los diversos Mundos, que han sido
abiertamente denunciados en la reciente Encíclica Sollicitudo
rei socialis.
El respeto a la persona humana va más allá de la
exigencia de una moral individual y se coloca como criterio base,
como pilar fundamental para la estructuración de la misma
sociedad, estando la sociedad enteramente dirigida hacia la persona.
Así, íntimamente unida a la responsabilidad de
servir a la persona, está la responsabilidad de servir a la
sociedad como responsabilidad general de aquella animación
cristiana del orden temporal, a la que son llamados los fieles laicos
según sus propias y específicas modalidades.
La familia, primer campo en el compromiso social
40. La persona humana tiene una nativa y estructural dimensión
social en cuanto que es llamada, desde lo más íntimo de
sí, a la comunión con los demás y a la entrega a
los demás: «Dios, que cuida de todos con paterna
solicitud, ha querido que los hombres constituyan una sola familia y
se traten entre sí con espíritu de hermanos».(144)
Y así, la sociedad, fruto y señal de la sociabilidad
del hombre, revela su plena verdad en el ser una comunidad de
personas.
Se da así una interdependencia y reciprocidad entre las
personas y la sociedad: todo lo que se realiza en favor de la persona
es también un servicio prestado a la sociedad, y todo lo que
se realiza en favor de la sociedad acaba siendo en beneficio de la
persona. Por eso, el trabajo apostólico de los fieles laicos
en el orden temporal reviste siempre e inseparablemente el
significado del servicio al individuo en su unicidad e
irrepetibilidad, y del servicio a todos los hombres.
Ahora bien, la expresión primera y originaria de la
dimensión social de la persona es el matrimonio y la familia:
«Pero Dios no creó al hombre en solitario. Desde el
principio "los hizo hombre y mujer" (Gn 1, 27), y esta
sociedad de hombre y mujer es la expresión primera de la
comunión entre personas humanas».(145) Jesús se
ha preocupado de restituir al matrimonio su entera dignidad y a la
familia su solidez (cf. Mt 19, 3-9); y San Pablo ha mostrado la
profunda relación del matrimonio con el misterio de Cristo y
de la Iglesia (cf. Ef 5, 22-6, 4; Col 3, 18-21; 1 P 3, 1-7).
El matrimonio y la familia constituyen el primer campo para el
compromiso social de los fieles laicos. Es un compromiso que sólo
puede llevarse a cabo adecuadamente teniendo la convicción del
valor único e insustituible de la familia para el desarrollo
de la sociedad y de la misma Iglesia.
La familia es la célula fundamental de la sociedad, cuna de
la vida y del amor en la que el hombre «nace» y «crece».
Se ha de reservar a esta comunidad una solicitud privilegiada, sobre
todo cada vez que el egoísmo humano, las campañas
antinatalistas, las políticas totalitarias, y también
las situaciones de pobreza y de miseria física, cultural y
moral, además de la mentalidad hedonista y consumista, hacen
cegar las fuentes de la vida, mientras las ideologías y los
diversos sistemas, junto a formas de desinterés y desamor,
atentan contra la función educativa propia de la familia.
Urge, por tanto, una labor amplia, profunda y sistemática,
sostenida no sólo por la cultura sino también por
medios económicos e instrumentos legislativos, dirigida a
asegurar a la familia su papel de lugar primario de «humanización»
de la persona y de la sociedad.
El compromiso apostólico de los fieles laicos con la
familia es ante todo el de convencer a la misma familia de su
identidad de primer núcleo social de base y de su original
papel en la sociedad, para que se convierta cada vez más en
protagonista activa y responsable del propio crecimiento y de la
propia participación en la vida social. De este modo, la
familia podrá y deberá exigir a todos —comenzando
por las autoridades públicas— el respeto a los derechos
que, salvando la familia, salvan la misma sociedad.
Todo lo que está escrito en la Exhortación
Familiaris consortio sobre la participación de la familia en
el desarrollo de la sociedad (146) y todo lo que la Santa Sede, a
invitación del Sínodo de los Obispos de 1980, ha
formulado con la «Carta de los Derechos de la Familia»,
representa un programa operativo, completo y orgánico para
todos aquellos fieles laicos que, por distintos motivos, están
implicados en la promoción de los valores y exigencias de la
familia; un programa cuya ejecución ha de urgirse con tanto
mayor sentido de oportunidad y decisión, cuanto más
graves se hacen las amenazas a la estabilidad y fecundidad de la
familia, y cuanto más presiona y más sistemático
se hace el intento de marginar la familia y de quitar importancia a
su peso social.
Como demuestra la experiencia, la civilización y la
cohesión de los pueblos depende sobre todo de la calidad
humana de sus familias. Por eso, el compromiso apostólico
orientado en favor de la familia adquiere un incomparable valor
social. Por su parte, la Iglesia está profundamente convencida
de ello, sabiendo perfectamente que «el futuro de la humanidad
pasa a través de la familia».(147)
La caridad, alma y apoyo de la solidaridad
41. El servicio a la sociedad se manifiesta y se realiza de modos
diversos: desde los libres e informales hasta los institucionales,
desde la ayuda ofrecida al individuo a la dirigida a grupos diversos
y comunidades de personas.
Toda la Iglesia como tal está directamente llamada al
servicio de la caridad: «La Santa Iglesia, como en sus
orígenes, uniendo el "ágape" con la Cena
Eucarística se manifestaba unida con el vínculo de la
caridad en torno a Cristo, así, en nuestros días, se
reconoce por este distintivo de la caridad y, mientras goza con las
iniciativas de los demás, reivindica las obras de caridad como
su deber y derecho inalienable. Por eso la misericordia con los
pobres y enfermos, así como las llamadas obras de caridad y de
ayuda mutua, dirigidas a aliviar las necesidades humanas de todo
género, la Iglesia las considera un especial honor».(148)
La caridad con el prójimo, en las formas antiguas y siempre
nuevas de las obras de misericordia corporal y espiritual, representa
el contenido más inmediato, común y habitual de aquella
animación cristiana del orden temporal, que constituye el
compromiso específico de los fieles laicos.
Con la caridad hacia el prójimo, los fieles laicos viven y
manifiestan su participación en la realeza de Jesucristo, esto
es, en el poder del Hijo del hombre que «no ha venido a ser
servido, sino a servir» (Mc 10, 45). Ellos viven y manifiestan
tal realeza del modo más simple, posible a todos y siempre, y
a la vez del modo más engrandecedor, porque la caridad es el
más alto don que el Espíritu ofrece para la edificación
de la Iglesia (cf. 1 Co 13, 13) y para el bien de la humanidad. La
caridad, en efecto, anima y sostiene una activa solidaridad, atenta a
todas las necesidades del ser humano.
Tal caridad, ejercitada no sólo por las personas en
singular sino también solidariamente por los grupos y
comunidades, es y será siempre necesaria. Nada ni nadie la
puede ni podrá sustituir; ni siquiera las múltiples
instituciones e iniciativas públicas, que también se
esfuerzan en dar respuesta a las necesidades —a menudo, tan
graves y difundidas en nuestros días— de una población.
Paradójicamente esta caridad se hace más necesaria,
cuanto más las instituciones, volviéndose complejas en
su organización y pretendiendo gestionar toda área a
disposición, terminan por ser abatidas por el funcionalismo
impersonal, por la exagerada burocracia, por los injustos intereses
privados, por el fácil y generalizado encogerse de hombros.
Precisamente en este contexto continúan surgiendo y
difundiéndose, en concreto en las sociedades organizadas,
distintas formas de voluntariado, que actúan en una
multiplicidad de servicios y obras. El voluntariado, si se vive en su
verdad de servicio desinteresado al bien de las personas,
especialmente de las más necesitadas y las más
olvidadas por los mismos servicios sociales, debe considerarse una
importante manifestación de apostolado, en el que los fieles
laicos, hombres y mujeres, desempeñan un papel de primera
importancia.
Todos destinatarios y protagonistas de la política
42. La caridad que ama y sirve a la persona no puede jamás
ser separada de la justicia: una y otra, cada una a su modo, exigen
el efectivo reconocimiento pleno de los derechos de la persona, a la
que está ordenada la sociedad con todas sus estructuras e
instituciones.(149)
Para animar cristianamente el orden temporal —en el sentido
señalado de servir a la persona y a la sociedad— los
fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la
participación en la «política»; es decir,
de la multiforme y variada acción económica, social,
legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica
e institucionalmente el bien común. Como repetidamente han
afirmado los Padres sinodales, todos y cada uno tienen el derecho y
el deber de participar en la política, si bien con diversidad
y complementariedad de formas, niveles, tareas y responsabilidades.
Las acusaciones de arribismo, de idolatría del poder, de
egoísmo y corrupción que con frecuencia son dirigidas a
los hombres del gobierno, del parlamento, de la clase dominante, del
partido político, como también la difundida opinión
de que la política sea un lugar de necesario peligro moral, no
justifican lo más mínimo ni la ausencia ni el
escepticismo de los cristianos en relación con la cosa
pública.
Son, en cambio, más que significativas estas palabras del
Concilio Vaticano II: «La Iglesia alaba y estima la labor de
quienes, al servicio del hombre, se consagran al bien de la cosa
pública y aceptan el peso de las correspondientes
responsabilidades».(150)
Una política para la persona y para la sociedad encuentra
su criterio básico en la consecución del bien común,
como bien de todos los hombres y de todo el hombre, correctamente
ofrecido y garantizado a la libre y responsable aceptación de
las personas, individualmente o asociadas. «La comunidad
política —leemos en la Constitución Gaudium et
spes— existe precisamente en función de ese bien común,
en el que encuentra su justificación plena y su sentido, y del
que deriva su legitimidad primigenia y propia. El bien común
abarca el conjunto de aquellas condiciones de vida social con las
cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con
mayor plenitud y facilidad su propia perfección».(151)
Además, una política para la persona y para la
sociedad encuentra su rumbo constante de camino en la defensa y
promoción de la justicia, entendida como «virtud»
a la que todos deben ser educados, y como «fuerza» moral
que sostiene el empeño por favorecer los derechos y deberes de
todos y cada uno, sobre la base de la dignidad personal del ser
humano.
En el ejercicio del poder político es fundamental aquel
espíritu de servicio, que, unido a la necesaria competencia y
eficiencia, es el único capaz de hacer «transparente»
o «limpia» la actividad de los hombres políticos,
como justamente, además, la gente exige. Esto urge la lucha
abierta y la decidida superación de algunas tentaciones, como
el recurso a la deslealtad y a la mentira, el despilfarro de la
hacienda pública para que redunde en provecho de unos pocos y
con intención de crear una masa de gente dependiente, el uso
de medios equívocos o ilícitos para conquistar,
mantener y aumentar el poder a cualquier precio.
Los fieles laicos que trabajan en la política, han de
respetar, desde luego, la autonomía de las realidades terrenas
rectamente entendida. Tal como leemos en la Constitución
Gaudium et spes, «es de suma importancia, sobre todo allí
donde existe una sociedad pluralística, tener un recto
concepto de las relaciones entre la comunidad política y la
Iglesia y distinguir netamente entre la acción que los
cristianos, aislada o asociadamente, llevan a cabo a título
personal, como ciudadanos de acuerdo con su conciencia cristiana, y
la acción que realizan, en nombre de la Iglesia, en comunión
con sus pastores. La Iglesia, que por razón de su misión
y de su competencia no se confunde en modo alguno con la comunidad
política ni está ligada a sistema político
alguno, es a la vez signo y salvaguardia del carácter
trascendente de la persona humana»,(152) Al mismo tiempo —y
ésto se advierte hoy como una urgencia y una responsabilidad—
los fieles laicos han de testificar aquellos valores humanos y
evangélicos, que están íntimamente relacionados
con la misma actividad política; como son la libertad y la
justicia, la solidaridad, la dedicación leal y desinteresada
al bien de todos, el sencillo estilo de vida, el amor preferencial
por los pobres y los últimos. Esto exige que los fieles laicos
estén cada vez más animados de una real participación
en la vida de la Iglesia e iluminados por su doctrina social. En ésto
podrán ser acompañados y ayudados por el afecto y la
comprensión de la comunidad cristiana y de sus Pastores.(153)
La solidaridad es el estilo y el medio para la realización
de una política que quiera mirar al verdadero desarrollo
humano. Esta reclama la participación activa y responsable de
todos en la vida política, desde cada uno de los ciudadanos a
los diversos grupos, desde los sindicatos a los partidos. Juntamente,
todos y cada uno, somos destinatarios y protagonistas de la política.
En este ámbito, como he escrito en la Encíclica
Sollicitudo rei socialis, la solidaridad «no es un sentimiento
de vaga compasión o de superficial enternecimiento por los
males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la
determinación firme y perseverante de empeñarse por el
bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para
que todos seamos verdaderamente responsables de todos».(154)
La solidaridad política exige hoy un horizonte de actuación
que, superando la nación o el bloque de naciones, se configure
como continental y mundial.
El fruto de la actividad política solidaria —tan
deseado por todos y, sin embargo, siempre tan inmaduro— es la
paz. Los fieles laicos no pueden permanecer indiferentes, extraños
o perezosos ante todo lo que es negación o puesta en peligro
de la paz: violencia y guerra, tortura y terrorismo, campos de
concentración, militarización de la política,
carrera de armamentos, amenaza nuclear. Al contrario, como discípulos
de Jesucristo «Príncipe de la paz» (Is 9, 5) y
«Nuestra paz» (Ef 2, 14), los fieles laicos han de asumir
la tarea de ser «sembradores de paz» (Mt 5, 9), tanto
mediante la conversión del «corazón», como
mediante la acción en favor de la verdad, de la libertad, de
la justicia y de la caridad, que son los fundamentos irrenunciables
de la paz.(155)
Colaborando con todos aquellos que verdaderamente buscan la paz y
sirviéndose de los específicos organismos e
instituciones nacionales e internacionales, los fieles laicos deben
promover una labor educativa capilar, destinada a derrotar la
imperante cultura del egoísmo, del odio, de la venganza y de
la enemistad, y a desarrollar a todos los niveles la cultura de la
solidaridad. Efectivamente, tal solidaridad «es camino hacia la
paz y, a la vez, hacia el desarrollo».(156) Desde esta
perspectiva, los Padres sinodales han invitado a los cristianos a
rechazar formas inaceptables de violencia, a promover actitudes de
diálogo y de paz, y a comprometerse en instaurar un justo
orden social e internacional.(157)
Situar al hombre en el centro de la vida económico-social
43. El servicio a la sociedad por parte de los fieles laicos
encuentra su momento esencial en la cuestión económico-social,
que tiene por clave la organización del trabajo.
La gravedad actual de los problemas que implica tal cuestión,
considerada bajo el punto de vista del desarrollo y según la
solución propuesta por la doctrina social de la Iglesia, ha
sido recordada recientemente en la Encíclica Sollicitudo rei
socialis, a la que remito encarecidamente a todos, especialmente a
los fieles laicos.
Entre los baluartes de la doctrina social de la Iglesia está
el principio de la destinación universal de los bienes. Los
bienes de la tierra se ofrecen, en el designio divino, a todos los
hombres y a cada hombre como medio para el desarrollo de una vida
auténticamente humana. Al servicio de esta destinación
se encuentra la propiedad privada, que —precisamente por esto—
posee una intrínseca función social. Concretamente el
trabajo del hombre y de la mujer representa el instrumento más
común e inmediato para el desarrollo de la vida económica,
instrumento, que, al mismo tiempo, constituye un derecho y un deber
de cada hombre.
Todo este campo viene a formar parte, en modo particular, de la
misión de los fieles laicos. El fin y el criterio de su
presencia y de su acción han sido formulados en términos
generales por el Concilio Vaticano II: «También enla
vida económico-social deben respetarse y promoverse la
dignidad de la persona humana, su entera vocación y el bien de
toda la sociedad. Porque el hombre es el autor, el centro y el fin de
toda la vida económico-social».(158)
En el contexto de las perturbadoras transformaciones que hoy se
dan en el mundo de la economía y del trabajo, los fieles
laicos han de comprometerse, en primera fila, a resolver los
gravísimos problemas de la creciente desocupación, a
pelear por la más tempestiva superación de numerosas
injusticias provenientes de deformadas organizaciones del trabajo, a
convertir el lugar de trabajo en una comunidad de personas respetadas
en su subjetividad y en su derecho a la participación, a
desarrollar nuevas formas de solidaridad entre quienes participan en
el trabajo común, a suscitar nuevas formas de iniciativa
empresarial y a revisar los sistemas de comercio, de financiación
y de intercambios tecnológicos.
Con ese fin, los fieles laicos han de cumplir su trabajo con
competencia profesional, con honestidad humana, con espíritu
cristiano, como camino de la propia santificación,(159) según
la explícita invitación del Concilio: «Con el
trabajo, el hombre provee ordinariamente a la propia vida y a la de
sus familiares; se une a sus hermanos los hombres y les hace un
servicio; puede practicar la verdadera caridad y cooperar con la
propia actividad al perfeccionamiento de la creación divina.
No sólo esto. Sabemos que, con la oblación de su
trabajo a Dios, los hombres se asocian a la propia obra redentora de
Jesucristo, quien dió al trabajo una dignidad sobreeminente,
laborando con sus propias manos en Nazaret».(160)
En relación con la vida económico-social y con el
trabajo, se plantea hoy, de modo cada vez más agudo, la
llamada cuestión «ecológica». Es cierto que
el hombre ha recibido de Dios mismo el encargo de «dominar»
las cosas creadas y de «cultivar el jardín» del
mundo; pero ésta es una tarea que el hombre ha de llevar a
cabo respetando la imagen divina recibida, y, por tanto, con
inteligencia y amor: debe sentirse responsable de los dones que Dios
le ha concedido y continuamente le concede. El hombre tiene en sus
manos un don que debe pasar —y, si fuera posible, incluso
mejorado— a las futuras generaciones, que también son
destinatarias de los dones del Señor. «El dominio
confiado al hombre por el Creador (...) no es un poder absoluto, ni
se puede hablar de libertad de "usar y abusar", o de
disponer de las cosas como mejor parezca. La limitación
impuesta por el mismo Creador desde el principio, y expresada
simbólicamente con la prohibición de "comer del
fruto del árbol" (cf. Gn 2, 16-17), muestra claramente
que, ante la naturaleza visible (...), estamos sometidos a las leyes
no sólo biológicas sino también morales, cuya
transgresión no queda impune. Una justa concepción del
desarrollo no puede prescindir de estas consideraciones, relativas al
uso de los elementos de la naturaleza, a la renovabilidad de los
recursos y a las consecuencias de una industrialización
desordenada; las cuales ponen ante nuestra conciencia la dimensión
moral, que debe distinguir el desarrollo».(161)
Evangelizar la cultura y las culturas del hombre
44. El servicio a la persona y a la sociedad humana se manifiesta
y se actúa a través de la creación y la
transmisión de la cultura, que especialmente en nuestros días
constituye una de las más graves responsabilidades de la
convivencia humana y de la evolución social. A la luz del
Concilio, entendemos por «cultura» todos aquellos «medios
con los que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades
espirituales y corporales; procura someter el mismo orbe terrestre
con su conocimiento y trabajo; hace más humana la vida social,
tanto en la familia como en la sociedad civil, mediante el progreso
de las costumbres e instituciones; finalmente, a lo largo del tiempo,
expresa, comunica y conserva en sus obras grandes experiencias
espirituales y aspiraciones, para que sirvan al progreso de muchos, e
incluso de todo el género humano».(162) En este sentido,
la cultura debe considerarse como el bien común de cada
pueblo, la expresión de su dignidad, libertad y creatividad,
el testimonio de su camino histórico. En concreto, sólo
desde dentro y a través de la cultura, la fe cristiana llega a
hacerse histórica y creadora de historia.
Frente al desarrollo de una cultura que se configura como
escindida, no sólo de la fe cristiana, sino incluso de los
mismos valores humanos,(163) como también frente a una cierta
cultura científica y tecnológica, impotente para dar
respuesta a la apremiante exigencia de verdad y de bien que arde en
el corazón de los hombres, la Iglesia es plenamente consciente
de la urgencia pastoral de reservar a la cultura una especialísima
atención.
Por eso la Iglesia pide que los fieles laicos estén
presentes, con la insignia de la valentía y de la creatividad
intelectual, en los puestos privilegiados de la cultura, como son el
mundo de la escuela y de la universidad, los ambientes de
investigación científica y técnica, los lugares
de la creación artística y de la reflexión
humanista. Tal presencia está destinada no sólo al
reconocimiento y a la eventual purificación de los elementos
de la cultura existente críticamente ponderados, sino también
a su elevación mediante las riquezas originales del Evangelio
y de la fe cristiana. Lo que el Concilio Vaticano II escribe sobre
las relaciones entre el Evangelio y la cultura representa un hecho
histórico constante y, a la vez, un ideal práctico de
singular actualidad y urgencia; es un programa exigente consignado a
la responsabilidad pastoral de la Iglesia entera y, dentro de ella, a
la específica responsabilidad de los fieles laicos: «La
grata noticia de Cristo renueva constantemente la vida y la cultura
del hombre caído, combate y elimina los errores y males que
provienen de la seducción permanente del pecado. Purifica y
eleva incesantemente la moral de los pueblos (...). Así, la
Iglesia, cumpliendo su misión propia, contribuye, por este
mismo hecho, a la cultura humana y la impulsa, y con su actividad
—incluso litúrgica— educa al hombre en la libertad
interior».(164)
Merecen volver a ser consideradas aquí algunas frases
particularmente significativas de la Exhortación Evangelii
nuntiandi de Pablo VI: «La Iglesia evangeliza siempre que, en
virtud de la sola potencia divina del Mensaje que proclama (cf. Rm 1,
16; 1 Co 1, 18, 2, 4), intenta convertir la conciencia personal y a
la vez colectiva de los hombres, las actividades en las que trabajan,
su vida y ambiente concreto. Estratos de la sociedad que se
transforman: para la Iglesia no se trata sólo de predicar el
Evangelio en zonas geográficas siempre más amplias o a
poblaciones cada vez más extendidas, sino también de
alcanzar y casi trastornar mediante la fuerza del Evangelio los
criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de
interés, la línea de pensamiento, las fuentes
inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad que están
en contraste con la Palabra de Dios y con su plan de salvación.
Se podría expresar todo ésto del siguiente modo: es
necesario evangelizar —no decorativamente, a manera de un
barniz superficial, sino en modo vital, en profundidad y hasta las
raíces— la cultura y las culturas del hombre (...). La
ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda el drama de nuestra
época, como también lo fue de otras. Es necesario, por
tanto, hacer todos los esfuerzos en pro de una generosa
evangelización de la cultura, más exactamente, de las
culturas».(165)
Actualmente el camino privilegiado para la creación y para
la transmisión de la cultura son los instrumentos de
comunicación social.(166) También el mundo de los
mass-media, como consecuencia del acelerado desarrollo innovador y
del influjo, a la vez planetario y capilar, sobre la formación
de la mentalidad y de las costumbres, representa una nueva frontera
de la misión de la Iglesia. En particular, la responsabilidad
profesional de los fieles laicos en este campo, ejercitada bien a
título personal bien mediante iniciativas e instituciones
comunitarias, exige ser reconocida en todo su valor y sostenida con
los más adecuados recursos materiales, intelectuales y
pastorales.
En el uso y recepción de los instrumentos de comunicación
urge tanto una labor educativa del sentido crítico animado por
la pasión por la verdad, como una labor de defensa de la
libertad, del respeto a la dignidad personal, de la elevación
de la auténtica cultura de los pueblos, mediante el rechazo
firme y valiente de toda forma de monopolización y
manipulación.
Tampoco en esta acción de defensa termina la
responsabilidad apostólica de los fieles laicos. En todos los
caminos del mundo, también en aquellos principales de la
prensa, del cine, de la radio, de la televisión y del teatro,
debe ser anunciado el Evangelio que salva.
CAPÍTULO IV
LOS OBREROS DE LA VIÑA DEL SEÑOR
Buenos
administradores de la multiforme gracia de Dios
La variedad de las vocaciones
45. Según la parábola evangélica, el «dueño
de casa» llama a los obreros a su viña a distintas horas
de la jornada: a algunos al alba, a otros hacia las nueve de la
mañana, todavía a otros al mediodía y a las
tres, a los últimos hacia las cinco (cf. Mt 20, 1 ss.). En el
comentario a esta página del Evangelio, San Gregorio Magno
interpreta las diversas horas de la llamada poniéndolas en
relación con las edades de la vida. «Es posible
—escribe— aplicar la diversidad de las horas a las
diversas edades del hombre. En esta interpretación nuestra, la
mañana puede representar ciertamente la infancia. Después,
la tercera hora se puede entender como la adolescencia: el sol sube
hacia lo alto del cielo, es decir crece el ardor de la edad. La sexta
hora es la juventud: el sol está como en el medio del cielo,
esto es, en esta edad se refuerza la plenitud del vigor. La
ancianidad representa la hora novena, porque como el sol declina
desde lo alto de su eje, así comienza a perder esta edad el
ardor de la juventud. La hora undécima es la edad de aquéllos
muy avanzados en los años (...). Los obreros, por tanto, son
llamados a la viña a distintas horas, como para indicar que a
la vida santa uno es conducido durante la infancia, otro en la
juventud, otro en la ancianidad y otro en la edad más
avanzada».(167) Podemos asumir y ampliar el comentario de San
Gregorio Magno en relación a la extraordinaria variedad de
personas presentes en la Iglesia, todas y cada una llamadas a
trabajar por el advenimiento del Reino de Dios, según la
diversidad de vocaciones y situaciones, carismas y funciones. Es una
variedad ligada no sólo a la edad, sino también a las
diferencias de sexo y a la diversidad de dotes, a las vocaciones y
condiciones de vida; es una variedad que hace más viva y
concreta la riqueza de la Iglesia.
Jóvenes, niños, ancianos
Los jóvenes, esperanza de la Iglesia
46. El Sínodo ha querido dedicar una particular atención
a los jóvenes. Y con toda razón. En tantos países
del mundo, ellos representan la mitad de la entera población
y, a menudo, la mitad numérica del mismo Pueblo de Dios que
vive en esos países. Ya bajo este aspecto los jóvenes
constituyen una fuerza excepcional y son un gran desafío para
el futuro de la Iglesia. En efecto, en los jóvenes la Iglesia
percibe su caminar hacia el futuro que le espera y encuentra la
imagen y la llamada de aquella alegre juventud, con la que el
Espíritu de Cristo incesantemente la enriquece. En este
sentido el Concilio ha definido a los jóvenes como «la
esperanza de la Iglesia».(168)
Leemos en la carta dirigida a los jóvenes del mundo el 31
de marzo de 1985: «La Iglesia mira a los jóvenes; es
más, la Iglesia de manera especial se mira a sí misma
en los jóvenes, en todos vosotros y, a la vez, en cada una y
en cada uno de vosotros. Así ha sido desde el principio, desde
los tiempos apostólicos. Las palabras de San Juan en su
Primera Carta pueden ser un singular testimonio: "Os escribo,
jóvenes, porque habéis vencido al maligno. Os escribo a
vosotros, hijos míos, porque habéis conocido al Padre
(...). Os escribo, jóvenes, porque sois fuertes y la palabra
de Dios habita en vosotros" (1 Jn 2, 13 ss.) (...). En nuestra
generación, al final del segundo Milenio después de
Cristo, también la Iglesia se mira a sí misma en los
jóvenes».(169)
Los jóvenes no deben considerarse simplemente como objeto
de la solicitud pastoral de la Iglesia; son de hecho —y deben
ser incitados a serlo— sujetos activos, protagonistas de la
evangelización y artífices de la renovación
social.(170) La juventud es el tiempo de un descubrimiento
particularmente intenso del propio «yo» y del propio
«proyecto de vida»; es el tiempo de un crecimiento que ha
de realizarse «en sabiduría, en edad y en gracia ante
Dios y ante los hombres» (Lc 2, 52).
Como han dicho los Padres sinodales, «la sensibilidad de la
juventud percibe profundamente los valores de la justicia, de la no
violencia y de la paz. Su corazón está abierto a la
fraternidad, a la amistad y a la solidaridad. Se movilizan al máximo
por las causas que afectan a la calidad de vida y a la conservación
de la naturaleza. Pero también están llenos de
inquietudes, de desilusiones, de angustias y miedo del mundo, además
de las tentaciones propias de su estado».(171)
La Iglesia ha de revivir el amor de predilección que Jesús
ha manifestado por el joven del Evangelio: «Jesús,
fijando en él su mirada, le amó» (Mc 10, 21). Por
eso la Iglesia no se cansa de anunciar a Jesucristo, de proclamar su
Evangelio como la única y sobreabundante respuesta a las más
radicales aspiraciones de los jóvenes, como la propuesta
fuerte y enaltecedora de un seguimiento personal («ven y
sígueme» [Mc 10, 21]), que supone compartir el amor
filial de Jesús por el Padre y la participación en su
misión de salvación de la humanidad.
La Iglesia tiene tantas cosas que decir a los jóvenes, y
los jóvenes tienen tantas cosas que decir a la Iglesia. Este
recíproco diálogo —que se ha de llevar a cabo con
gran cordialidad, claridad y valentía— favorecerá
el encuentro y el intercambio entre generaciones, y será
fuente de riqueza y de juventud para la Iglesia y para la sociedad
civil. Dice el Concilio en su mensaje a los jóvenes: «La
Iglesia os mira con confianza y con amor (...). Ella es la verdadera
juventud del mundo (...) miradla y encontraréis en ella el
rostro de Cristo».(172)
Los niños y el Reino de los cielos
47. Los niños son, desde luego, el término del amor
delicado y generoso de Nuestro Señor Jesucristo: a ellos
reserva su bendición y, más aún, les asegura el
Reino de los cielos (cf. Mt 19, 13-15; Mc 10, 14). En particular,
Jesús exalta el papel activo que tienen los pequeños en
el Reino de Dios: son el símbolo elocuente y la espléndida
imagen de aquellas condiciones morales y espirituales, que son
esenciales para entrar en el Reino de Dios y para vivir la lógica
del total abandono en el Señor: «Yo os aseguro: si no
cambiáis y os hacéis como los niños, no
entraréis en el Reino de los Cielos. Así pues, quien se
haga pequeño como este niño, ése es el mayor en
el Reino de los Cielos. Y el que reciba incluso a uno solo de estos
niños en mi nombre, a mí me recibe» (Mt 18, 3-5;
cf. Lc 9, 48).
La niñez nos recuerda que la fecundidad misionera de la
Iglesia tiene su raíz vivificante, no en los medios y méritos
humanos, sino en el don absolutamente gratuito de Dios. La vida de
inocencia y de gracia de los niños, como también los
sufrimientos que injustamente les son infligidos, en virtud de la
Cruz de Cristo, obtienen un enriquecimiento espiritual para ellos y
para toda la Iglesia. Todos debemos tomar de esto una conciencia más
viva y agradecida.
Además, se ha de reconocer que también en la edad de
la infancia y de la niñez se abren valiosas posibilidades de
acción tanto para la edificación de la Iglesia como
para la humanización de la sociedad. Lo que el Concilio dice
de la presencia benéfica y constructiva de los hijos en la
familia «Iglesia doméstica»: «Los hijos,
como miembros vivos de la familia, contribuyen, a su manera, a la
santificación de los padres»,(173) se ha de repetir de
los niños en relación con la Iglesia particular y
universal. Ya lo hacía notar Juan Gersón, teólogo
y educador del siglo xv, para quien «los niños y los
adolescentes no son, ciertamente, una parte de la Iglesia que se
pueda descuidar».(174)
Los ancianos y el don de la sabiduría
48. A las personas ancianas —muchas veces injustamente
consideradas inútiles, cuando no incluso como carga
insoportable— recuerdo que la Iglesia pide y espera que sepan
continuar esa misión apostólica y misionera, que no
sólo es posible y obligada también a esa edad, sino que
esa misma edad la convierte, en cierto modo, en específica y
original.
La Biblia siente una particular preferencia en presentar al
anciano como el símbolo de la persona rica en sabiduría
y llena de respeto a Dios (cf. Si 25, 4-6). En este mismo sentido, el
«don» del anciano podría calificarse como el de
ser, en la Iglesia y en la sociedad, el testigo de la tradición
de fe (cf. Sal 44, 2; Ex 12, 26-27), el maestro de vida (cf. Si 6,
34; 8, 11-12), el que obra con caridad.
El acrecentado número de personas ancianas en diversos
países del mundo, y la cesación anticipada de la
actividad profesional y laboral, abren un espacio nuevo a la tarea
apostólica de los ancianos. Es un deber que hay que asumir,
por un lado, superando decididamente la tentación de
refugiarse nostálgicamente en un pasado que no volverá
más, o de renunciar a comprometerse en el presente por las
dificultades halladas en un mundo de continuas novedades; y, por otra
parte, tomando conciencia cada vez más clara de que su propio
papel en la Iglesia y en la sociedad de ningún modo conoce
interrupciones debidas a la edad, sino que conoce sólo nuevos
modos. Como dice el salmista: «Todavía en la vejez darán
frutos, serán frescos y lozanos, para anunciar lo recto que es
Yahvéh» (Sal 92, 15-16). Repito lo que dije durante la
celebración del Jubileo de los Ancianos: «La entrada en
la tercera edad ha de considerarse como un privilegio; y no sólo
porque no todos tienen la suerte de alcanzar esta meta, sino también
y sobre todo porque éste es el período de las
posibilidades concretas de volver a considerar mejor el pasado, de
conocer y de vivir más profundamente el misterio pascual, de
convertirse en ejemplo en la Iglesia para todo el Pueblo de Dios
(...). No obstante la complejidad de los problemas que debéis
resolver y el progresivo debilitamiento de las fuerzas, y a pesar de
las insuficiencias de las organizaciones sociales, los retrasos de la
legislación oficial, las incomprensiones de una sociedad
egoísta, vosotros no sois ni debéis sentiros al margen
de la vida de la Iglesia, elementos pasivos de un mundo en excesivo
movimiento, sino sujetos activos de un período humana y
espiritualmente fecundo de la existencia humana. Tenéis
todavía una misión que cumplir, una ayuda que dar.
Según el designio divino, cada uno de los seres humanos es una
vida en crecimiento, desde la primera chispa de la existencia hasta
el último respiro».(175)
Mujeres y hombres
49. Los Padres sinodales han dedicado una atención
particular a la condición y al papel de la mujer, con una
doble intención: reconocer, e invitar a reconocer por parte de
todos y una vez más, la indispensable contribución de
la mujer a la edificación de la Iglesia y al desarrollo de la
sociedad; y además, analizar más específicamente
la participación de la mujer en la vida y en la misión
de la Iglesia.
Refiriéndose a Juan XXIII, que vió un signo de
nuestro tiempo en la conciencia que tiene la mujer de su propia
dignidad y en el ingreso de la mujer en la vida pública,(176)
los Padres sinodales —frente a las más variadas formas
de discriminación y de marginación a las que está
sometida por el simple hecho de ser mujer— han afirmado
repetidamente y con fuerza la urgencia de defender y promover la
dignidad personal de la mujer y, por tanto, su igualdad con el varon.
Si es éste un deber de todos en la Iglesia y en la
sociedad, lo es de modo particular de las mujeres, las cuales deben
sentirse comprometidas como protagonistas en primera línea.
Todavía queda mucho por hacer en bastantes partes del mundo y
en diversos ámbitos, para destruir aquella injusta y
demoledora mentalidad que considera al ser humano como una cosa, como
un objeto de compraventa, como un instrumento del interés
egoísta o del solo placer; tanto más cuanto la mujer
misma es precisamente la primera víctima de tal mentalidad. Al
contrario, sólo el abierto reconocimiento de la dignidad
personal de la mujer constituye el primer paso a realizar para
promover su plena participación tanto en la vida eclesial como
en aquella social y pública. Se debe dar más amplia y
decisiva respuesta a la petición hecha por la Exhortación
Familiares consortio en relación con las múltiples
discriminaciones de las que son víctimas las mujeres: «que
por parte de todos se desarrolle una acción pastoral
específica, más enérgica e incisiva, a fin de
que estas situaciones sean vencidas definitivamente, de tal modo que
se alcance la plena estima de la imagen de Dios que se refleja en
todos los seres humanos sin excepción alguna».(177) En
la misma línea han afirmado los Padres sinodales: «La
Iglesia, como expresión de su misión, debe oponerse con
firmeza a todas las formas de discriminación y de abuso de la
mujer»,(178) y también señalaron que «la
dignidad de la mujer —gravemente vulnerada en la opinión
pública— debe ser recuperada mediante el efectivo
respeto de los derechos de la persona humana y por medio de la
práctica de la doctrina de la Iglesia».(179)
Concretamente, y en relación con la participación
activa y responsable en la vida y en la misión de la Iglesia,
se ha de hacer notar que ya el Concilio Vaticano II fue muy explícito
en demandarla: «Ya que en nuestros días las mujeres
toman cada vez más parte activa en toda la vida de la
sociedad, es de gran importancia una mayor participación suya
también en los varios campos del apostolado de la
Iglesia».(180)
La conciencia de que la mujer —con sus dones y
responsabilidades propias— tiene una específica
vocación, ha ido creciendo y haciéndose más
profunda en el período posconciliar, volviendo a encontrar su
inspiración más original en el Evangelio y en la
historia de la Iglesia. En efecto, para el creyente, el Evangelio —o
sea, la palabra y el ejemplo de Jesucristo— permanece como el
necesario y decisivo punto de referencia, y es fecundo e innovador al
máximo, también en el actual momento histórico.
Aunque no hayan sido llamadas al apostolado de los Doce y por
tanto al sacerdocio ministerial, muchas mujeres acompañan a
Jesús en su ministerio y asisten al grupo de los Apóstoles
(cf. Lc 8, 2-3 ); están presentes al pie de la Cruz (cf. Lc
23, 49); ayudan al entierro de Jesús (cf. Lc 23, 55) y la
mañana de Pascua reciben y transmiten el anuncio de la
resurrección (cf. Lc 24, 1-10); rezan con los Apóstoles
en el Cenáculo a la espera de Pentecostés (cf. Hch 1,
14).
Siguiendo el rumbo trazado por el Evangelio, la Iglesia de los
orígenes se separa de la cultura de la época y llama a
la mujer a desempeñar tareas conectadas con la evangelización.
En sus Cartas, Pablo recuerda, también por su propio nombre, a
numerosas mujeres por sus varias funciones dentro y al servicio de
las primeras comunidades eclesiales (cf. Rm 16, 1-15; Flp 4, 2-3; Col
4, 15; 1 Co 11, 5; 1 Tm 5, 16). «Si el testimonio de los
Apóstoles funda la Iglesia —ha dicho Pablo VI—, el
de las mujeres contribuye en gran manera a nutrir la fe de las
comunidades cristianas».(181)
Y, como en los orígenes, así también en su
desarrollo sucesivo la Iglesia siempre ha conocido —si bien en
modos diversos y con distintos acentos— mujeres que han
desempeñado un papel quizá decisivo y que han ejercido
funciones de considerable valor para la misma Iglesia. Es una
historia de inmensa laboriosidad, humilde y escondida la mayor parte
de las veces, pero no por eso menos decisiva para el crecimiento y
para la santidad de la Iglesia. Es necesario que esta historia se
continúe, es más que se amplíe e intensifique
ante la acrecentada y universal conciencia de la dignidad personal de
la mujer y de su vocación, y ante la urgencia de una «nueva
evangelización» y de una mayor «humanización»
de las relaciones sociales.
Recogiendo la consigna del Concilio Vaticano II —en la que
se refleja el mensaje del Evangelio y de la historia de la Iglesia—,
los Padres del Sínodo han formulado, entre otras, esta precisa
«recomendación»: «Para su vida y su misión,
es necesario que la Iglesia reconozca todos los dones de las mujeres
y de los hombres, y los traduzca en vida concreta».(182) Y más
adelante agregaron: «Este Sínodo proclama que la Iglesia
exige el reconocimiento y la utilización de estos dones,
experiencias y aptitudes de los hombres y de las mujeres, para que su
misión se haga más eficaz (cf. Congregación para
la Doctrina de la Fe, Instructio de libertate christiana et
liberatione, 72)».(183)
Fundamentos antropológicos y teológicos
50. La condición para asegurar la justa presencia de la
mujer en la Iglesia y en la sociedad es una más penetrante y
cuidadosa consideración de los fundamentos antropológicos
de la condición masculina y femenina, destinada a precisar la
identidad personal propia de la mujer en su relación de
diversidad y de recíproca complementariedad con el hombre, no
sólo por lo que se refiere a los papeles a asumir y las
funciones a desempeñar, sino también, y más
profundamente, por lo que se refiere a su estructura y a su
significado personal. Los Padres sinodales han sentido vivamente esta
exigencia, afirmando que «los fundamentos antropológicos
y teológicos tienen necesidad de profundos estudios para
resolver los problemas relativos al verdadero significado y a la
dignidad de los dos sexos».(184)
Empeñándose en la reflexión sobre los
fundamentos antropológicos y teológicos de la condición
femenina, la Iglesia se hace presente en el proceso histórico
de los distintos movimientos de promoción de la mujer y,
calando en las raíces mismas del ser personal de la mujer,
aporta a ese proceso su más valiosa contribución. Pero
antes, y más todavía, la Iglesia quiere obedecer a
Dios, quien, creando al hombre «a imagen suya», «varón
y mujer los creó» (Gn 1, 27); así como también
quiere acoger la llamada de Dios a conocer, a admirar y a vivir su
designio. Es un designio que «al principio» ha sido
impreso de modo indeleble en el mismo ser de la persona humana —varón
y mujer— y, por tanto, en sus estructuras significativas y en
sus profundos dinamismos. Precisamente este designio, sapientísimo
y amoroso, exige ser explorado en toda la riqueza de su contenido: es
la riqueza que desde el «principio» se ha ido
manifestando progresivamente y realizando a lo largo de la entera
historia de la salvación, y ha culminado en la «plenitud
del tiempo», cuando «Dios mandó su Hijo, nacido de
mujer» (Ga 4, 4). Aquella «plenitud» continúa
en la historia: la lectura del designio de Dios acerca de la mujer se
realiza incesantemente y se ha de llevar a cabo en la fe de la
Iglesia, también gracias a la existencia concreta de tantas
mujeres cristianas; sin olvidar la ayuda que pueda provenir de las
diversas ciencias humanas y de las distintas culturas. Éstas,
gracias a un luminoso discernimiento, podrán ayudar a captar y
precisar los valores y exigencias que pertenecen a la esencia perenne
de la mujer, y aquéllos que están ligados a la
evolución histórica de las mismas culturas. Como nos
recuerda el Concilio Vaticano II, «la Iglesia afirma que, bajo
todos los cambios, hay muchas cosas que no cambian; éstas
encuentran su fundamento último en Cristo, que es siempre el
mismo: ayer, hoy y para siempre (cf. Hb 13, 8)».(185)
La Carta Apostólica sobre la dignidad y la vocación
de la mujer se detiene en los fundamentos antropológicos y
teológicos de la dignidad personal de la mujer. El documento
—que vuelve a asumir, proseguir y especificar las reflexiones
de la catequesis de los miércoles dedicada por largo tiempo a
la «teología del cuerpo»— quiere ser, a la
vez, el cumplimiento de una promesa hecha en la Encíclica
Redemptoris Mater(186) y también la respuesta a la petición
de los Padres sinodales.
La lectura de la Carta Mulieris dignitatem, también por su
carácter de meditación bíblicoteológica,
podrá estimular a todos, hombres y mujeres, y en particular a
los cultores de las ciencias humanas y de las disciplinas teológicas,
a que prosigan el estudio crítico, de modo que profundicen
siempre mejor —sobre la base de la dignidad personal del varón
y de la mujer y de su recíproca relación— los
valores y las dotes específicas de la femineidad y de la
masculinidad, no sólo en el ámbito del vivir social,
sino también y sobre todo en el de la existencia cristiana y
eclesial.
La meditación sobre los fundamentos antropológicos y
teológicos de la mujer debe iluminar y guiar la respuesta
cristiana a la pregunta, tan frecuente, y a veces tan aguda, acerca
del espacio que la mujer puede y debe ocupar en la Iglesia y en la
sociedad.
De la palabra y de la actitud de Jesús —que son
normativos para la Iglesia— resulta con gran claridad que no
existe ninguna discriminación en el plano de la relación
con Cristo, en quien «no existe más varón y
mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús»
(Ga 3, 28); ni tampoco en el plano de la participación en la
vida y en la santidad de la Iglesia, como testifica espléndidamente
la profecía de Joel, que se cumplió en Pentecostés:
«Yo derramaré mi espíritu sobre cada hombre y
vuestros hijos y vuestras hijas se convertirán en profetas»
(Jl 3, 1; cf. Hch 2, 17 ss.). Como se lee en la Carta Apostólica
sobre la dignidad y la vocación de la mujer, «uno y otro
—tanto la mujer como el varón— (...) son capaces,
en igual medida, de recibir el don de la verdad divina y del amor en
el Espíritu Santo. Los dos acogen sus "visitaciones"
salvíficas y santificantes».(187)
Misión en la Iglesia y en el mundo
51. Después, acerca de la participación en la misión
apostólica de la Iglesia, es indudable que —en virtud
del Bautismo y de la Confirmación— la mujer, lo mismo
que el varón, es hecha partícipe del triple oficio de
Jesucristo Sacerdote, Profeta, Rey; y, por tanto, está
habilitada y comprometida en el apostolado fundamental de la Iglesia:
la evangelización. Por otra parte, precisamente en la
realización de este apostolado, la mujer está llamada a
ejercitar sus propios «dones»: en primer lugar, el don de
su misma dignidad personal, mediante la palabra y el testimonio de
vida; y después los dones relacionados con su vocación
femenina.
En la participación en la vida y en la misión de la
Iglesia, la mujer no puede recibir el sacramento del Orden; ni, por
tanto, puede realizar las funciones propias del sacerdocio
ministerial. Es ésta una disposición que la Iglesia ha
comprobado siempre en la voluntad precisa —totalmente libre y
soberana— de Jesucristo, el cual ha llamado solamente a varones
para ser sus apóstoles;(188) una disposición que puede
ser iluminada desde la relación entre Cristo Esposo y la
Iglesia Esposa.(189) Nos encontramos en el ámbito de la
función, no de la dignidad ni de la santidad.
En realidad, se debe afirmar que, «aunque la Iglesia posee
una estructura "jerárquica", sin embargo esta
estructura está totalmente ordenada a la santidad de los
miembros de Cristo».(190)
Pero, como ya decía Pablo VI, si «nosotros no podemos
cambiar el comportamiento de nuestro Señor ni la llamada por
Él dirigida a las mujeres, sin embargo debemos reconocer y
promover el papel de la mujer en la misión evangelizadora y en
la vida de la comunidad cristiana».(191)
Es del todo necesario, entonces, pasar del reconocimiento teórico
de la presencia activa y responsable de la mujer en la Iglesia a la
realización práctica. Y en este preciso sentido debe
leerse la presente Exhortación, la cual se dirige a los fieles
laicos con deliberada y repetida especificación «hombres
y mujeres». Además, el nuevo Código de Derecho
Canónico contiene múltiples disposiciones acerca de la
participación de la mujer en la vida y en la misión de
la Iglesia. Son disposiciones que exigen ser más ampliamente
conocidas, y puestas en práctica con mayor tempestividad y
determinación, si bien teniendo en cuenta las diversas
sensibilidades culturales y oportunidades pastorales.
Ha de pensarse, por ejemplo, en la participación de las
mujeres en los Consejos pastorales diocesanos y parroquiales, como
también en los Sínodos diocesanos y en los Concilios
particulares. En este sentido, los Padres sinodales han escrito:
«Participen las mujeres en la vida de la Iglesia sin ninguna
discriminación, también en las consultaciones y en la
elaboración de las decisiones».(192. Y además han
dicho: «Las mujeres—las cuales tienen ya una gran
importancia en la transmisión de la fe y en la prestación
de servicios de todo tipo en la vida de la Iglesia— deben ser
asociadas a la preparación de los documentos pastorales y de
las iniciativas misioneras, y deben ser reconocidas como cooperadoras
de la misión de la Iglesia en la familia, en la profesión
y en la comunidad civil».(193)
En el ámbito más específico de la
evangelización y de la catequesis hay que promover con más
fuerza la responsabilidad particular que tiene la mujer en la
transmisión de la fe, no sólo en la familia sino
también en los más diversos lugares educativos y, en
términos más amplios, en todo aquello que se refiere a
la recepción de la Palabra de Dios, su comprensión y su
comunicación, también mediante el estudio, la
investigación y la docencia teológica.
Mientras lleve a cabo su compromiso de evangelizar, la mujer
sentirá más vivamente la necesidad de ser evangelizada.
Así, con los ojos iluminados por la fe (cf. Ef 1, 18), la
mujer podrá distinguir lo que verdaderamente responde a su
dignidad personal y a su vocación, de todo aquello que —quizás
con el pretexto de esta «dignidad» y en nombre de la
«libertad» y del «progreso»— hace que
la mujer no sirva a la consolidación de los verdaderos
valores, sino que, al contrario, se haga responsable de la
degradación moral de las personas, de los ambientes y de la
sociedad. Llevar a cabo un «discernimiento» semejante es
una urgencia histórica impostergable; y, al mismo tiempo, es
una posibilidad y una exigencia que derivan de la participación,
por parte de la mujer cristiana, en el oficio profético de
Cristo y de su Iglesia. El «discernimiento», del que
habla muchas veces el apóstol Pablo, no consiste sólo
en la ponderación de las realidades y de los acontecimientos a
la luz de la fe; es también decisión concreta y
compromiso operativo, no sólo en el ámbito de la
Iglesia, sino también en aquél otro de la sociedad
humana.
Se puede decir que todos los problemas del mundo actual —de
los que ya hablaba la segunda parte de la Constitución
conciliar Gaudium et spes, y que el tiempo no ha resuelto en
absoluto, ni los ha atenuado— deben ver a las mujeres presentes
y comprometidas, y precisamente con su aportación típica
e insustituible.
En particular, dos grandes tareas confiadas a la mujer merecen ser
propuestas a la atención de todos.
En primer lugar, la responsabilidad de dar plena dignidad a la
vida matrimonial y a la maternidad. Nuevas posibilidades se abren hoy
a la mujer en orden a una comprensión más profunda y a
una más rica realización de los valores humanos y
cristianos implicados en la vida conyugal y en la experiencia de la
maternidad. El mismo varón _el marido y el padre_ puede
superar formas de ausencia o presencia episódica y parcial, es
más, puede involucrarse en nuevas y significativas relaciones
de comunión interpersonal, gracias precisamente al hacer
inteligente, amoroso y decisivo de la mujer.
Después, la tarea de asegurar la dimensión moral de
la cultura, esto es, de una cultura digna del hombre, de su vida
personal y social. El Concilio Vaticano II parece relacionar la
dimensión moral de la cultura con la participación de
los laicos en la misión real de Cristo. «Los laicos
—dice—, también asociando fuerzas, purifiquen las
instituciones y las condiciones de vida en el mundo, si se dieran
aquéllas que empujan las costumbres al pecado, de modo que
todas sean hechas conformes con las normas de la justicia y, en vez
de obstaculizar, favorezcan el ejercicio de las virtudes. Obrando de
este modo, impregnarán de valor moral la cultura y los
trabajos del hombre».(194)
A medida que la mujer participa activa y responsablemente en la
función de aquellas instituciones de las que depende la
salvaguardia del primado que se ha de dar a los valores humanos en la
vida de las comunidades políticas, las palabras recién
citadas del Concilio señalan un importante campo de apostolado
femenino. En todas las dimensiones de la vida de estas comunidades,
desde la dimensión socioeconómica a la socio-política,
deben ser respetadas y promovidas la dignidad personal de la mujer y
su específica vocación: no sólo en el ámbito
individual, sino también en el comunitario; no sólo en
las formas dejadas a la libertad responsable de las personas, sino
también en las formas garantizadas por las justas leyes
civiles.
«No es bueno que el hombre esté solo; quiero hacerle
una ayuda semejante a él» (Gn 2, 18). Dios creador ha
confiado el hombre a la mujer. Es cierto que el hombre ha sido
confiado a cada hombre, pero lo ha sido en modo particular a la
mujer, porque precisamente la mujer parece tener una específica
sensibilidad —gracias a su especial experiencia de su
maternidad— por el hombre y por todo aquello que constituye su
verdadero bien, comenzando por el valor fundamental de la vida. ¡Qué
grandes son las posibilidades y las responsabilidades de la mujer en
este campo!; especialmente en una época en la que el
desarrollo de la ciencia y de la técnica no está
siempre inspirado ni medido por la verdadera sabiduría, con el
riesgo inevitable de «deshumanizar» la vida humana, sobre
todo cuando ella está exigiendo un amor más intenso y
una más generosa acogida.
La participación de la mujer en la vida de la Iglesia y de
la sociedad, mediante sus dones, constituye el camino necesario de su
realización personal —sobre la que hoy tanto se insiste
con justa razón— y, a la vez, la aportación
original de la mujer al enriquecimiento de la comunión
eclesial y al dinamismo apostólico del Pueblo de Dios.
En esta perspectiva se debe considerar también la presencia
del varón, junto con la mujer.
Copresencia y colaboración de los hombres y de las mujeres
52. En el aula sinodal no ha faltado la voz de los que han
expresado el temor de que una excesiva insistencia centrada sobre la
condición y el papel de las mujeres pudiera desembocar en un
inaceptable olvido: el referente a los hombres. En realidad, diversas
situaciones eclesiales tienen que lamentar la ausencia o escasísima
presencia de los hombres, de los que una parte abdica de las propias
responsabilidades eclesiales, déjando que sean asumidas sólo
por las mujeres, como, por ejemplo, la participación en la
oración litúrgica en la iglesia, la educación y
concretamente la catequesis de los propios hijos y de otros niños,
la presencia en encuentros religiosos y culturales, la colaboración
en iniciativas caritativas y misioneras.
Se ha de urgir pastoralmente la presencia coordinada de los
hombres y de las mujeres para hacer más completa, armónica
y rica la participación de los fieles laicos en la misión
salvífica de la Iglesia.
La razón fundamental que exige y explica la simultánea
presencia y la colaboración de los hombres y de las mujeres no
es sólo, como se ha hecho notar, la mayor significatividad y
eficacia de la acción pastoral de la Iglesia; ni mucho menos
el simple dato sociológico de una convivencia humana, que está
naturalmente hecha de hombres y de mujeres. Es, más bien, el
designio originario del Creador que desde el «principio»
ha querido al ser humano como «unidad de los dos»; ha
querido al hombre y a la mujer como primera comunidad de personas,
raíz de cualquier otra comunidad y, al mismo tiempo, como
«signo» de aquella comunión interpersonal de amor
que constituye la misteriosa vida íntima de Dios Uno y Trino.
Precisamente por esto, el modo más común y capilar,
y al mismo tiempo fundamental, para asegurar esta presencia
coordinada y armónica de hombres y mujeres en la vida y en la
misión de la Iglesia, es el ejercicio de los deberes y
responsabilidades del matrimonio y de la familia cristiana, en el que
se transparenta y comunica la variedad de las diversas formas de amor
y de vida: la forma conyugal, paterna y materna, filial y fraterna.
Leemos en la Exhortación Familiaris consortio: «Si la
familia cristiana es esa comunidad cuyos vínculos son
renovados por Cristo mediante la fe y los sacramentos, su
participación en la misión de la Iglesia debe
realizarse según una modalidad comunitaria. Juntos, por tanto,
los cónyuges en cuanto matrimonio, y los padres e hijos en
cuanto familia, han de vivir su servicio a la Iglesia y al mundo
(...). La familia cristiana edifica además el Reino de Dios en
la historia mediante esas mismas realidades cotidianas que hacen
relación y singularizan su condición de vida. Es
entonces en el amor conyugal y familiar —vivido en su
extraordinaria riqueza de valores y exigencias de totalidad,
unicidad, fidelidad y fecundidad— donde se expresa y realiza la
participación de la familia cristiana en la misión
profética, sacerdotal y real de Jesucristo y de su
Iglesia».(195)
Situándose en esta perspectiva, los Padres sinodales han
reafirmado el significado que el sacramento del Matrimonio debe
asumir en la Iglesia y en la sociedad, para iluminar e inspirar todas
las relaciones entre el hombre y la mujer. En tal sentido, han
afirmado «la urgente necesidad de que cada cristiano viva y
anuncie el mensaje de esperanza contenido en la relación entre
hombre y mujer. El sacramento del Matrimonio, que consagra esta
relación en su forma conyugal y la revela como signo de la
relación de Cristo con su Iglesia, contiene una enseñanza
de gran importancia para la vida de la Iglesia. Esta enseñanza
debe llegar por medio de la Iglesia al mundo de hoy; todas las
relaciones entre el hombre y la mujer han de inspirarse en este
espíritu. La Iglesia debe utilizar esta riqueza todavía
más plenamente».(196) Los mismos Padres sinodales han
hecho notar justamente que «han de ser recuperadas la estima de
la virginidad y el respeto por la maternidad»:(197) una vez
más, para el desarrollo de vocaciones diversas y
complementarias en el contexto vivo de la comunión eclesial y
al servicio de su continuo crecimiento.
Los enfermos y los que sufren
53. El hombre está llamado a la alegría, pero
experimenta diariamente tantísimas formas de sufrimiento y de
dolor. En su Mensaje final, los Padres sinodales se han dirigido con
estas palabras a los hombres y mujeres afectados de las más
diversas formas de sufrimiento y de dolor, con estas palabras:
«Vosotros, los abandonados y marginados por nuestra sociedad
consumista; vosotros, enfermos, minusválidos, pobres,
hambrientos, emigrantes, prófugos, prisioneros, desocupados,
ancianos, niños abandonados y personas solas; vosotros,
víctimas de la guerra y de toda violencia que emana de nuestra
sociedad permisiva: la Iglesia participa de vuestro sufrimiento que
conduce al Señor, el cual os asocia a su Pasión
redentora y os hace vivir a la luz de su Redención. Contamos
con vosotros para enseñar al mundo entero qué es el
amor. Haremos todo lo posible para que encontréis el lugar al
que tenéis derecho en la sociedad y en la Iglesia».(198)
En el contexto de un mundo sin confines, como es el del
sufrimiento humano, dirijamos ahora la atención a los
aquejados por la enfermedad en sus más diversas formas. Los
enfermos, en efecto, son la expresión más frecuente y
más común del sufrir humano.
A todos y a cada uno se dirige el llamamiento del Señor:
también los enfermos son enviados como obreros a su viña.
El peso que oprime los miembros del cuerpo y menoscaba la serenidad
del alma, lejos de retraerles del trabajar en la viña, los
llama a vivir su vocación humana y cristiana y a participar en
el crecimiento del Reino de Dios con nuevas modalidades, incluso más
valiosas. Las palabras del apóstol Pablo han de convertirse en
su programa de vida y, antes todavía, son luz que hace
resplandecer a sus ojos el significado de gracia de su misma
situación: «Completo en mi carne lo que falta a las
tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia»
(Col 1, 24). Precisamente haciendo este descubrimiento, el apóstol
arribó a la alegría: «Ahora me alegro por los
padecimientos que soporto por vosotros» (Col 1, 24). Del mismo
modo, muchos enfermos pueden convertirse en portadores del «gozo
del Espíritu Santo en medio de muchas tribulaciones» (1
Ts 1, 6) y ser testigos de la Resurrección de Jesús.
Como ha manifestado un minusválido en su intervención
en el aula sinodal, «es de gran importancia aclarar el hecho de
que los cristianos que viven en situaciones de enfermedad, de dolor y
de vejez, no están invitados por Dios solamente a unir su
dolor a la Pasión de Cristo, sino también a acoger ya
ahora en sí mismos y a transmitir a los demás la fuerza
de la renovación y la alegría de Cristo resucitado (cf.
2 Co 4, 10-11; 1 P 4, 13; Rm 8, 18 ss.)».(199)
Por su parte —como se lee en la Carta Apostólica
Salvifici doloris— «la Iglesia que nace del misterio de
la redención en la Cruz de Cristo, está obligada a
buscar el encuentro con el hombre, de modo particular, en el camino
de su sufrimiento. En un encuentro de tal índole el hombre
"constituye el camino de la Iglesia", y es éste uno
de los caminos más importantes».(200) El hombre que
sufre es camino de la Iglesia porque, antes que nada, es camino del
mismo Cristo, el buen Samaritano que «no pasó de largo»,
sino que «tuvo compasión y acercándose, vendó
sus heridas (...) y cuidó de él» (Lc 10, 32-34).
A lo largo de los siglos, la comunidad cristiana ha vuelto a
copiar la parábola evangélica del buen Samaritano en la
inmensa multitud de personas enfermas y que sufren, revelando y
comunicando el amor de curación y consolación de
Jesucristo. Esto ha tenidó lugar mediante el testimonio de la
vida religiosa consagrada al servicio de los enfermos y mediante el
infatigable esfuerzo de todo el personal sanitario. Además
hoy, incluso en los mismos hospitales y nosocomios católicos,
se hace cada vez más numerosa, y quizá también
total y exclusiva, la presencia de fieles laicos, hombres y mujeres.
Precisamente ellos, médicos, enfermeros, otros miembros del
personal sanitario, voluntarios, están llamados a ser la
imagen viva de Cristo y de su Iglesia en el amor a los enfermos y los
que sufren.
Acción pastoral renovada
54. Es necesario que esta preciosísima herencia, que la
Iglesia ha recibido de Jesucristo «médico de la carne y
del espíritu»,(201) no sólo no disminuya jamás,
sino que sea valorizada y enriquecida cada vez más mediante
una recuperación y un decidido relanzamiento de la acción
pastoral para y con los enfermos y los que sufren. Ha de ser una
acción capaz de sostener y de promover atención,
cercanía, presencia, escucha, diálogo, participación
y ayuda concreta para con el hombre, en momentos en los que la
enfermedad y el sufrimiento ponen a dura prueba, no sólo su
confianza en la vida, sino también su misma fe en Dios y en su
amor de Padre. Este relanzamiento pastoral tiene su expresión
más significativa en la celebración sacramental con y
para los enfermos, como fortaleza en el dolor y en la debilidad, como
esperanza en la desesperación, como lugar de encuentro y de
fiesta.
Uno de los objetivos fundamentales de esta renovada e
intensificada acción pastoral —que no puede dejar de
implicar coordinadamente a todos los componentes de la comunidad
eclesial— es considerar al enfermo, al minusválido, al
que sufre, no simplemente como término del amor y del servicio
de la Iglesia, sino más bien como sujeto activo y responsable
de la obra de evangelización y de salvación. Desde este
punto de vista, la Iglesia tiene un buen mensaje que hacer resonar
dentro de la sociedad y de las culturas que, habiendo perdido el
sentido del sufrir humano, silencian cualquier forma de hablar sobre
esta dura realidad de la vida. Y la buena nueva está en el
anuncio de que el sufrir puede tener también un significado
positivo para el hombre y para la misma sociedad, llamado como esta a
convertirse en una forma de participación en el sufrimiento
salvador de Cristo y en su alegría de resucitado, y, por
tanto, una fuerza de santificación y edificación de la
Iglesia.
El anuncio de esta buena nueva resulta convincente cuando no
resuena simplemente en los labios, sino que pasa a través del
testimonio de vida, tanto de los que cuidan con amor a los enfermos,
los minusválidos y los que sufren, como de estos mismos,
hechos cada vez más conscientes y responsables de su lugar y
tarea en la Iglesia y por la Iglesia.
Para que la «civilización del amor» pueda
florecer y fructificar en el inmenso mundo del dolor humano, podrá
ser de gran utilidad la frecuente meditación de la Carta
Apostólica Salvifici doloris, de la que recordamos las líneas
finales: «Es necesario, por tanto, que a los pies de la Cruz
del Calvario acudan espiritualmente todos los que sufren y creen en
Cristo y, en concreto, los que sufren a causa de su fe en el
Crucificado y Resucitado, para que el ofrecimiento de sus
sufrimientos acelere el cumplimiento de la oración del mismo
Salvador por la unidad de todos (cf. Jn 17, 11. 21-22). Acudan
también allí los hombres de buena voluntad, porque en
la Cruz está el "Redentor del hombre", el Varón
de dolores, que ha asumido para sí los sufrimientos físicos
y morales de los hombres de todos los tiempos, para que en el amor
puedan encontrar el sentido salvífico de su dolor y respuestas
válidas a todos sus interrogantes. Junto a María, Madre
de Cristo, que estaba al pie de la Cruz (cf. Jn 19, 25), nos
detenemos junto a todas las cruces del hombre de hoy (...). Y a todos
vosotros, los que sufrís, os pedimos que nos sostengáis.
Precisamente a vosotros que sois débiles, os pedimos que os
convirtáis en fuente de fuerza para la Iglesia y para la
humanidad. ¡En el terrible combate entre las fuerzas del bien y
del mal, que nuestro mundo contemporáneo nos ofrece de
espectáculo, venza vuestro sufrimiento en unión con la
Cruz de Cristo!».(202)
Estados de vida y vocaciones
55. Obreros de la viña son todos los miembros del Pueblo de
Dios: los sacerdotes, los religiosos y religiosas, los fieles laicos,
todos a la vez objeto y sujeto de la comunión de la Iglesia y
de la participación en su misión de salvación.
Todos y cada uno trabajamos en la única y común viña
del Señor con carismas y ministerios diversos y
complementarios.
Ya en el plano del ser, antes todavía que en el del obrar,
los cristianos son sarmientos de la única vid fecunda que es
Cristo; son miembros vivos del único Cuerpo del Señor
edificado en la fuerza del Espíritu. En el plano del ser: no
significa sólo mediante la vida de gracia y santidad, que es
la primera y más lozana fuente de fecundidad apostólica
y misionera de la Santa Madre Iglesia; sino que significa también
el estado de vida que caracteriza a los sacerdotes y los diáconos,
los religiosos y religiosas, los miembros de institutos seculares,
los fieles laicos.
En la Iglesia-Comunión los estados de vida están de
tal modo relacionados entre sí que están ordenados el
uno al otro. Ciertamente es común —mejor dicho, único—
su profundo significado: el de ser modalidad según la cual se
vive la igual dignidad cristiana y la universal vocación a la
santidad en la perfección del amor. Son modalidades a la vez
diversas y complementarias, de modo que cada una de ellas tiene su
original e inconfundible fisionomía, y al mismo tiempo cada
una de ellas está en relación con las otras y a su
servicio.
Así el estado de vida laical tiene en la índole
secular su especificidad y realiza un servicio eclesial testificando
y volviendo a hacer presente, a su modo, a los sacerdotes, a los
religiosos y a las religiosas, el significado que tienen las
realidades terrenas y temporales en el designio salvífico de
Dios. A su vez, el sacerdocio ministerial representa la garantía
permanente de la presencia sacramental de Cristo Redentor en los
diversos tiempos y lugares. El estado religioso testifica la índole
escatológica de la Iglesia, es decir, su tensión hacia
el Reino de Dios, que viene prefigurado y, de algún modo,
anticipado y pregustado por los votos de castidad, pobreza y
obediencia.
Todos los estados de vida, ya sea en su totalidad como cada uno de
ellos en relación con los otros, están al servicio del
crecimiento de la Iglesia; son modalidades distintas que se unifican
profundamente en el «misterio de comunión» de la
Iglesia y que se coordinan dinámicamente en su única
misión.
De este modo, el único e idéntico misterio de la
Iglesia revela y revive, en la diversidad de estados de vida y en la
variedad de vocaciones, la infinita riqueza del misterio de
Jesucristo. Como gusta repetir a los Padres, la Iglesia es como un
campo de fascinante y maravillosa variedad de hierbas, plantas,
flores y frutos. San Ambrosio escribe: «Un campo produce muchos
frutos, pero es mejor el que abunda en frutos y en flores. Ahora
bien, el campo de la santa Iglesia es fecundo en unos y otras. Aquí
puedes ver florecer las gemas de la virginidad, allá la viudez
dominar austera como los bosques en la llanura; más allá
la rica cosecha de las bodas bendecidas por la Iglesia colmar de mies
abundante los grandes graneros del mundo, y los lagares del Señor
Jesús sobreabundar de los frutos de vid lozana, frutos de los
cuales están llenos los matrimonios cristianos».(203)
Las diversas vocaciones laicales
56. La rica variedad de la Iglesia encuentra su ulterior
manifestación dentro de cada uno de los estados de vida. Así,
dentro del estado de vida laical se dan diversas «vocaciones»,
o sea, diversos caminos espirituales y apostólicos que afectan
a cada uno de los fieles laicos. En el álveo de una vocación
laical «común» florecen vocaciones laicales
«particulares». En este campo podemos recordar también
la experiencia espiritual que ha madurado recientemente en la Iglesia
con el florecer de diversas formas de Institutos seculares. A los
fieles laicos, y también a los mismos sacerdotes, está
abierta la posibilidad de profesar los consejos evangélicos de
pobreza, castidad y obediencia a través de los votos o las
promesas, conservando plenamente la propia condición laical o
clerical.(204) Como han puesto de manifiesto los Padres sinodales,
«el Espíritu Santo promueve también otras formas
de entrega de sí mismo a las que se dedican personas que
permanecen plenamente en la vida laical».(205)
Podemos concluir releyendo una hermosa página de San
Francisco de Sales, que tanto ha promovido la espiritualidad de los
laicos.(206) Hablando de la «devoción», es decir
de la perfección cristiana o «vida según el
Espíritu», presenta de manera simple y espléndida
la vocación de todos los cristianos a la santidad y, al mismo
tiempo, el modo específico con que cada cristiano la realiza:
«En la Creación Dios mandó a las plantas producir
sus frutos, cada una "según su especie" (Gn 1, 11).
El mismo mandamiento dirige a los cristianos, que son plantas vivas
de su Iglesia, para que produzcan frutos de devoción, cada uno
según su estado y condición. La devoción debe
ser practicada en modo diverso por el hidalgo, por el artesano, por
el sirviente, por el príncipe, por la viuda, por la mujer
soltera y por la casada. Pero esto no basta; es necesario además
conciliar la práctica de la devoción con las fuerzas,
con las obligaciones y deberes de cada persona (...). Es un error
—mejor dicho, una herejía— pretender excluir el
ejercicio de la devoción del ambiente militar, del taller de
los artesanos, de la corte de los príncipes, de los hogares de
los casados. Es verdad, Filotea, que la devoción puramente
contemplativa, monástica y religiosa sólo puede ser
vivida en estos estados, pero además de estos tres tipos de
devoción, hay muchos otros capaces de hacer perfectos a
quienes viven en condiciones seculares. Por eso, en cualquier lugar
que nos encontremos, podemos y debemos aspirar a la vida
perfecta».(207)
Colocándose en esa misma línea, el Concilio Vaticano
II escribe: «Este comportamiento espiritual de los laicos debe
asumir una peculiar característica del estado de matrimonio y
familia, de celibato o de viudez, de la condición de
enfermedad, de la actividad profesional y social. No dejen, por
tanto, de cultivar constantemente las cualidades y las dotes
otorgadas correspondientes a tales condiciones, y de servirse de los
propios dones recibidos del Espíritu Santo».(208)
Lo que vale para las vocaciones espirituales vale también,
y en cierto sentido con mayor motivo, para las infinitas diversas
modalidades según las cuales todos y cada uno de los miembros
de la Iglesia son obreros que trabajan en la viña del Señor,
edificando el Cuerpo místico de Cristo. En verdad, cada uno es
llamado por su nombre, en la unicidad e irrepetibilidad de su
historia personal, a aportar su propia contribución al
advenimiento del Reino de Dios. Ningún talento, ni siquiera el
más pequeño, puede ser escondido o quedar inutilizado
(cf. Mt 25, 24-27).
El apóstol Pedro nos advierte: «Que cada cual ponga
al servicio de los demás la gracia que ha recibido, como
buenos administradores de las diversas gracias de Dios» (1 P 4,
10).
CAPÍTULO V
PARA QUE DÉIS MÁS FRUTO
La formación de
los fieles laicos
Madurar continuamente
57. La imagen evangélica de la vid y los sarmientos nos
revela otro aspecto fundamental de la vida y de la misión de
los fieles laicos: La llamada a crecer, a madurar continuamente, a
dar siempre más fruto.
Como diligente viñador, el Padre cuida de su viña.
La presencia solícita de Dios es invocada ardientemente por
Israel, que reza así: «¡Oh Dios Sebaot, vuélvete
ya, / desde los cielos mira y ve, / visita esta viña, cuídala,
/ a ella, la que plantó tu diestra» (Sal 80, 15-16). El
mismo Jesús habla del trabajo del Padre: «Yo soy la vid
verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí
no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo poda para que dé
más fruto» (Jn 15, 1-2).
La vitalidad de los sarmientos está unida a su permanecer
radicados en la vid, que es Jesucristo: «El que permanece en mí
como yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de
mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5).
El hombre es interpelado en su libertad por la llamada de Dios a
crecer, a madurar, a dar fruto. No puede dejar de responder; no puede
dejar de asumir su personal responsabilidad. A esta responsabilidad,
tremenda y enaltecedora, aluden las palabras graves de Jesús:
«Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como
el sarmiento, y se seca; luego lo recogen, lo echan al fuego y lo
queman» (Jn 15, 6).
En este diálogo entre Dios que llama y la persona
interpelada en su responsabilidad se sitúa la posibilidad —es
más, la necesidad— de una formación integral y
permanente de los fieles laicos, a la que los Padres sinodales han
reservado justamente una buena parte de su trabajo. En concreto,
después de haber descrito la formación cristiana como
«un continuo proceso personal de maduración en la fe y
de configuración con Cristo, según la voluntad del
Padre, con la guía del Espíritu Santo», han
afirmado claramente que «la formación de los fieles
laicos se ha de colocar entre las prioridades de la diócesis y
se ha de incluir en los programas de acción pastoral de modo
que todos los esfuerzos de la comunidad (sacerdotes, laicos y
religiosos) concurran a este fin».(209)
Descubrir y vivir la propia vocación y misión
58. La formación de los fieles laicos tiene como objetivo
fundamental el descubrimiento cada vez más claro de la propia
vocación y la disponibilidad siempre mayor para vivirla en el
cumplimiento de la propia misión.
Dios me llama y me envía como obrero a su viña; me
llama y me envía a trabajar para el advenimiento de su Reino
en la historia. Esta vocación y misión personal define
la dignidad y la responsabilidad de cada fiel laico y constituye el
punto de apoyo de toda la obra formativa, ordenada al reconocimiento
gozoso y agradecido de tal dignidad y al desempeño fiel y
generoso de tal responsabilidad.
En efecto, Dios ha pensado en nosotros desde la eternidad y nos ha
amado como personas únicas e irrepetibles, llamándonos
a cada uno por nuestro nombre, como el Buen Pastor que «a sus
ovejas las llama a cada una por su nombre» (Jn 10, 3). Pero el
eterno plan de Dios se nos revela a cada uno sólo a través
del desarrollo histórico de nuestra vida y de sus
acontecimientos, y, por tanto, sólo gradualmente: en cierto
sentido, de día en día.
Y para descubrir la concreta voluntad del Señor sobre
nuestra vida son siempre indispensables la escucha pronta y dócil
de la palabra de Dios y de la Iglesia, la oración filial y
constante, la referencia a una sabia y amorosa dirección
espiritual, la percepción en la fe de los dones y talentos
recibidos y al mismo tiempo de las diversas situaciones sociales e
históricas en las que se está inmerso.
En la vida de cada fiel laico hay además momentos
particularmente significativos y decisivos para discernir la llamada
de Dios y para acoger la misión que Él confía.
Entre ellos están los momentos de la adolescencia y de la
juventud. Sin embargo, nadie puede olvidar que el Señor, como
el dueño con los obreros de la viña, llama —en el
sentido de hacer concreta y precisa su santa voluntad— a todas
las horas de la vida: por eso la vigilancia, como atención
solícita a la voz de Dios, es una actitud fundamental y
permanente del discípulo.
De todos modos, no se trata sólo de saber lo que Dios
quiere de nosotros, de cada uno de nosotros en las diversas
situaciones de la vida. Es necesario hacer lo que Dios quiere: así
como nos lo recuerdan las palabras de María, la Madre de
Jesús, dirigiéndose a los sirvientes de Caná:
«Haced lo que Él os diga» (Jn 2, 5). Y para actuar
con fidelidad a la voluntad de Dios hay que ser capaz y hacerse cada
vez más capaz. Desde luego, con la gracia del Señor,
que no falta nunca, como dice San León Magno: «¡Dará
la fuerza quien ha conferido la dignidad!»;(210) pero también
con la libre y responsable colaboración de cada uno de
nosotros.
Esta es la tarea maravillosa y esforzada que espera a todos los
fieles laicos, a todos los cristianos, sin pausa alguna: conocer cada
vez más las riquezas de la fe y del Bautismo y vivirlas en
creciente plenitud. El apóstol Pedro hablando del nacimento y
crecimiento como de dos etapas de la vida cristiana, nos exhorta:
«Como niños recién nacidos, desead la leche
espiritual pura, a fin de que, por ella, crezcáis para la
salvación» (1 P 2, 2).
Una formación integral para vivir en la unidad
59. En el descubrir y vivir la propia vocación y misión,
los fieles laicos han de ser formados para vivir aquella unidad con
la que está marcado su mismo ser de miembros de la Iglesia y
de ciudadanos de la sociedad humana.
En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una
parte, la denominada vida «espiritual», con sus valores y
exigencias; y por otra, la denominada vida «secular», es
decir, la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales,
del compromiso político y de la cultura. El sarmiento
arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de su
actividad y de su existencia. En efecto, todos los distintos campos
de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como
el «lugar histórico» del revelarse y realizarse de
la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los
hermanos. Toda actividad, toda situación, todo esfuerzo
concreto —como por ejemplo, la competencia profesional y la
solidaridad en el trabajo, el amor y la entrega a la familia y a la
educación de los hijos, el servicio social y político,
la propuesta de la verdad en el ámbito de la cultura—
son ocasiones providenciales para un «continuo ejercicio de la
fe, de la esperanza y de la caridad».(211)
El Concilio Vaticano II ha invitado a todos los fieles laicos a
esta unidad de vida, denunciando con fuerza la gravedad de la
fractura entre fe y vida, entre Evangelio y cultura: «El
Concilio exhorta a los cristianos, ciudadanos de una y otra ciudad, a
esforzarse por cumplir fielmente sus deberes temporales, guiados
siempre por el espíritu evangélico. Se equivocan los
cristianos que, sabiendo que no tenemos aquí ciudad
permanente, pues buscamos la futura, consideran por esto que pueden
descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta de que la propia fe
es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de
todas ellas según la vocación personal de cada uno
(...). La separación entre la fe y la vida diaria de muchos
debe ser considerada como uno de los más graves errores de
nuestra época».(212) Por eso he afirmado que una fe que
no se hace cultura, es una fe «no plenamente acogida, no
enteramente pensada, no fielmente vivida».(212)
Aspectos de la formación
60. Dentro de esta síntesis de vida se sitúan los
múltiples y coordinados aspectos de la formación
integral de los fieles laicos.
Sin duda la formación espiritual ha de ocupar un puesto
privilegiado en la vida de cada uno, llamado como está a
crecer ininterrumpidamente en la intimidad con Jesús, en la
conformidad con la voluntad del Padre, en la entrega a los hermanos
en la caridad y en la justicia. Escribe el Concilio: «Esta vida
de íntima unión con Cristo se alimenta en la Iglesia
con las ayudas espirituales que son comunes a todos los fieles, sobre
todo con la participación activa en la sagrada liturgia; y los
laicos deben usar estas ayudas de manera que, mientras cumplen con
rectitud los mismos deberes del mundo en su ordinaria condición
de vida, no separen de la propia vida la unión con Cristo,
sino que crezcan en ella desempeñando su propia actividad de
acuerdo con el querer divino».(214)
Se revela hoy cada vez más urgente la formación
doctrinal de los fieles laicos, no sólo por el natural
dinamismo de profundización de su fe, sino también por
la exigencia de «dar razón de la esperanza» que
hay en ellos, frente al mundo y sus graves y complejos problemas. Se
hacen así absolutamente necesarias una sistemática
acción de catequesis, que se graduará según las
edades y las diversas situaciones de vida, y una más decidida
promoción cristiana de la cultura, como respuesta a los
eternos interrogantes que agitan al hombre y a la sociedad de hoy.
En concreto, es absolutamente indispensable —sobre todo para
los fieles laicos comprometidos de diversos modos en el campo social
y político— un conocimiento más exacto de la
doctrina social de la Iglesia, como repetidamente los Padres
sinodales han solicitado en sus intervenciones. Hablando de la
participación política de los fieles laicos, se han
expresado del siguiente modo: «Para que los laicos puedan
realizar activamente este noble propósito en la política
(es decir, el propósito de hacer reconocer y estimar los
valores humanos y cristianos), no bastan las exhortaciones, sino que
es necesario ofrecerles la debida formación de la conciencia
social, especialmente en la doctrina social de la Iglesia, la cual
contiene principios de reflexión, criterios de juicio y
directrices prácticas (cf. Congregación para la
Doctrina de la Fe, Instr. sobre libertad cristiana y liberación,
72). Tal doctrina ya debe estar presente en la instrucción
catequética general, en las reuniones especializadas y en las
escuelas y universidades. Esta doctrina social de la Iglesia es, sin
embargo, dinámica, es decir adaptada a las circunstancias de
los tiempos y lugares. Es un derecho y deber de los pastores proponer
los principios morales también sobre el orden social, y deber
de todos los cristianos dedicarse a la defensa de los derechos
humanos; sin embargo, la participación activa en los partidos
políticos está reservada a los laicos».(215)
Finalmente, en el contexto de la formación integral y
unitaria de los fieles laicos es particularmente significativo, por
su acción misionera y apostólica, el crecimiento
personal en los valores humanos. Precisamente en este sentido el
Concilio ha escrito: «(los laicos) tengan también muy en
cuenta la competencia profesional, el sentido de la familia y el
sentido cívico, y aquellas virtudes relativas a las relaciones
sociales, es decir, la probidad, el espíritu de justicia, la
sinceridad, la cortesía, la fortaleza de ánimo, sin las
cuales ni siquiera puede haber verdadera vida cristiana».(216)
Los fieles laicos, al madurar la síntesis orgánica
de su vida —que es a la vez expresión de la unidad de su
ser y condición para el eficaz cumplimiento de su misión—,
serán interiormente guiados y sostenidos por el Espíritu
Santo, como Espíritu de unidad y de plenitud de vida.
Colaboradores de Dios educador
61. ¿Cuáles son los lugares y los medios de la
formación cristiana de los fieles laicos? ¿Cuáles
son las personas y las comunidades llamadas a asumir la tarea de la
formación integral y unitaria de los fieles laicos?
Del mismo modo que la acción educativa humana está
íntimamente unida a la paternidad y maternidad, así
también la formación cristiana encuentra su raíz
y su fuerza en Dios, el Padre que ama y educa a sus hijos. Sí,
Dios es el primer y gran educador de su Pueblo, como dice el
magnífico pasaje del Canto de Moisés: «En tierra
desierta le encuentra, / en el rugiente caos del desierto. / Y le
envuelve, le sustenta, le cuida, como a la niña de sus ojos. /
Como un águila incita a su nidada, / revolotea sobre sus
polluelos, así él despliega sus alas y le toma, / y le
lleva sobre su plumaje. / Sólo Yavéh le guía a
su destino, / no había con él ningún Dios
extranjero» (Dt 32, 10-12; cf. 8, 5).
La obra educadora de Dios se revela y cumple en Jesús, el
Maestro, y toca desde dentro el corazón de cada hombre gracias
a la presencia dinámica del Espíritu. La Iglesia madre
está llamada a tomar parte en la acción educadora
divina, bien en sí misma, bien en sus distintas articulaciones
y manifestaciones. Así es como los fieles laicos son formados
por la Iglesia y en la Iglesia, en una recíproca comunión
y colaboración de todos sus miembros: sacerdotes, religiosos y
fieles laicos.
Así la entera comunidad eclesial, en su diversos miembros,
recibe la fecundidad del Espíritu y coopera con ella
activamente. En tal sentido Metodio de Olimpo escribía: «Los
imperfectos (...) son llevados y formados, como en las entrañas
de una madre, por los más perfectos hasta que sean engendrados
y alumbrados a la grandeza y belleza de la virtud»;(217) como
ocurrió con Pablo, llevado e introducido en la Iglesia por los
perfectos (en la persona de Ananías), y después
convertido a su vez en perfecto y fecundo en tantos hijos.
Educadora es, sobre todo, la Iglesia universal, en la que el Papa
desempeña el papel de primer formador de los fieles laicos. A
él, como sucesor de Pedro, le compete el ministerio de
«confirmar en la fe a los hermanos», enseñando a
todos los creyentes los contenidos esenciales de la vocación y
misión cristiana y eclesial. No sólo su palabra directa
pide una atención dócil y amorosa por parte de los
fieles laicos, sino también su palabra transmitida a través
de los documentos de los diversos Dicasterios de la Santa Sede.
La Iglesia una y universal está presente en las diversas
partes del mundo a través de las Iglesias particulares. En
cada una de ellas el Obispo tiene una responsabilidad personal con
respecto a los fieles laicos, a los que debe formar mediante el
anuncio de la Palabra, la celebración de la Eucaristía
y de los sacramentos, la animación y guía de su vida
cristiana.
Dentro de la Iglesia particular o diócesis se encuentra y
actúa la parroquia, a la que corresponde desempeñar una
tarea esencial en la formación más inmediata y personal
de los fieles laicos. En efecto, con unas relaciones que pueden
llegar más fácilmente a cada persona y a cada grupo, la
parroquia está llamada a educar a sus miembros en la recepción
de la Palabra, en el diálogo litúrgico y personal con
Dios, en la vida de caridad fraterna, haciendo palpar de modo más
directo y concreto el sentido de la comunión eclesial y de la
responsabilidad misionera.
Además, dentro de algunas parroquias, sobre todo si son
extensas y dispersas, las pequeñas comunidades eclesiales
presentes pueden ser una ayuda notable en la formación de los
cristianos, pudiendo hacer más capilar e incisiva la
conciencia y la experiencia de la comunión y de la misión
eclesial. Puede servir de ayuda también, como han dicho los
Padres sinodales, una catequesis postbautismal a modo de
catecumenado, que vuelva a proponer algunos elementos del «Ritual
de la Iniciación Cristiana de Adultos», destinados a
hacer captar y vivir las inmensas riquezas del Bautismo ya
recibido.(218)
En la formación que los fieles laicos reciben en la
diócesis y en la parroquia, por lo que se refiere en concreto
al sentido de comunión y de misión, es particularmente
importante la ayuda que recíprocamente se prestan los diversos
miembros de la Iglesia: es una ayuda que revela y opera a la vez el
misterio de la Iglesia, Madre y Educadora. Los sacerdotes y los
religiosos deben ayudar a los fieles laicos en su formación.
En este sentido los Padres del Sínodo han invitado a los
presbíteros y a los candidatos a las sagradas Órdenes a
«prepararse cuidadosamente para ser capaces de favorecer la
vocación y misión de los laicos».(219) A su vez,
los mismos fieles laicos pueden y deben ayudar a los sacerdotes y
religiosos en su camino espiritual y pastoral.
Otros ambientes educativos
62. También la familia cristiana, en cuanto «Iglesia
doméstica», constituye la escuela primigenia y
fundamental para la formación de la fe. El padre y la madre
reciben en el sacramento del Matrimonio la gracia y la
responsabilidad de la educación cristiana en relación
con los hijos, a los que testifican y transmiten a la vez los valores
humanos y religiosos. Aprendiendo las primeras palabras, los hijos
aprenden también a alabar a Dios, al que sienten cercano como
Padre amoroso y providente; aprendiendo los primeros gestos de amor,
los hijos aprenden también a abrirse a los otros, captando en
la propia entrega el sentido del humano vivir. La misma vida
cotidiana de una familia auténticamente cristiana constituye
la primera «experiencia de Iglesia», destinada a ser
corroborada y desarrollada en la gradual inserción activa y
responsable de los hijos en la más amplia comunidad eclesial y
en la sociedad civil. Cuanto más crezca en los esposos y
padres cristianos la conciencia de que su «iglesia doméstica»
es partícipe de la vida y de la misión de la Iglesia
universal, tanto más podrán ser formados los hijos en
el «sentido de la Iglesia» y sentirán toda la
belleza de dedicar sus energías al servicio del Reino de Dios.
También son lugares importantes de formación las
escuelas y universidades católicas, como también los
centros de renovación espiritual que hoy se van difundiendo
cada vez más. Como han hecho notar los Padres sinodales, en el
actual contexto social e histórico, marcado por un profundo
cambio cultural, ya no basta la participación —por otra
parte siempre necesaria e insustituible— de los padres
cristianos en la vida de la escuela; hay que preparar fieles laicos
que se dediquen a la acción educativa como a una verdadera y
propia misión eclesial; es necesario constituir y desarrollar
«comunidades educativas», formadas a la vez por padres,
docentes, sacerdotes, religiosos y religiosas, representantes de los
jóvenes. Y para que la escuela pueda desarrollar dignamente su
función de formación, los fieles laicos han de sentirse
comprometidos a exigir de todos y a promover para todos una verdadera
libertad de educación, incluso mediante una adecuada
legislación civil.(220)
Los Padres sinodales han tenido palabras de aprecio y de aliento
hacia todos aquellos fieles laicos, hombres y mujeres, que con
espíritu cívico y cristiano desarrollan una tarea
educativa en la escuela y en los institutos de formación.
También han puesto de relieve la urgente necesidad de que los
fieles laicos maestros y profesores en las diversas escuelas,
católicas o no, sean verdaderos testigos del Evangelio,
mediante el ejemplo de vida, la competencia y rectitud profesional,
la inspiración cristiana de la enseñanza, salvando
siempre —como es evidente— la autonomía de las
diversas ciencias y disciplinas. Es de particular importancia que la
investigación científica y técnica llevada a
cabo por los fieles laicos esté regida por el criterio del
servicio al hombre en la totalidad de sus valores y de sus
exigencias. A estos fieles laicos la Iglesia les confía la
tarea de hacer más comprensible a todos el íntimo
vínculo que existe entre la fe y la ciencia, entre el
Evangelio y la cultura humana.(221)
«Este Sínodo —leemos en una proposición—
hace un llamamiento al papel profético de las escuelas y
universidades católicas, y alaba la dedicación de los
maestros y educadores —hoy, en su gran mayoría, laicos—
para que en los institutos de educación católica puedan
formar hombres y mujeres en los que se encarne el "mandamiento
nuevo". La presencia contemporánea de sacerdotes y
laicos, y también de religiosos y religiosas, ofrece a los
alumnos una imagen viva de la Iglesia y hace más fácil
el conocimiento de sus riquezas (cf. Congregación para la
Educación Católica, El laico educador, testigo de la fe
en la escuela)».(222)
También los grupos, las asociaciones y los movimientos
tienen su lugar en la formación de los fieles laicos. Tienen,
en efecto, la posibilidad, cada uno con sus propios métodos,
de ofrecer una formación profundamente injertada en la misma
experiencia de vida apostólica, como también la
oportunidad de completar, concretar y especificar la formación
que sus miembros reciben de otras personas y comunidades.
La formación recibida y dada recíprocamente por
todos
63. La formación no es el privilegio de algunos, sino un
derecho y un deber de todos. Al respecto, los Padres sinodales han
dicho: «Se ofrezca a todos la posibilidad de la formación,
sobre todo a los pobres, los cuales pueden ser —ellos mismos—
fuente de formación para todos», y han añadido:
«Para la formación empléense medios adecuados que
ayuden a cada uno a realizar la plena vocación humana y
cristiana».(223)
Para que se dé una pastoral verdaderamente incisiva y
eficaz hay que desarrollar la formación de los formadores,
poniendo en funcionamiento los cursos oportunos o escuelas para tal
fin. Formar a los que, a su vez, deberán empeñarse en
la formación de los fieles laicos, constituye una exigencia
primaria para asegurar la formación general y capilar de todos
los fieles laicos.
En la labor formativa se deberá reservar una atención
especial a la cultura local, según la explícita
invitación de los Padres sinodales: «La formación
de los cristianos tendrá máximamente en cuenta la
cultura humana del lugar, que contribuye a la misma formación,
y que ayudará a juzgar tanto el valor que se encierra en la
cultura tradicional, como aquel otro propuesto en la cultura moderna.
Se preste también la debida atención a las diversas
culturas que pueden coexistir en un mismo pueblo y en una misma
nación. La Iglesia, Madre y Maestra de los pueblos, se
esforzará por salvar, donde sea el caso, la cultura de las
minorías que viven en grandes naciones.
Algunas convicciones se revelan especialmente necesarias y
fecundas en la labor formativa. Antes que nada, la convicción
de que no se da formación verdadera y eficaz si cada uno no
asume y no desarrolla por sí mismo la responsabilidad de la
formación. En efecto, ésta se configura esencialmente
como «auto-formación».
Además está la convicción de que cada uno de
nosotros es el término y a la vez el principio de la
formación. Cuanto más nos formamos, más sentimos
la exigencia de proseguir y profundizar tal formación; como
también cuanto más somos formados, más nos
hacemos capaces de formar a los demás.
Es de particular importancia la conciencia de que la labor
formativa, al tiempo que recurre inteligentemente a los medios y
métodos de las ciencias humanas, es tanto más eficaz
cuanto más se deja llevar por la acción de Dios: sólo
el sarmiento que no teme dejarse podar por el viñador, da más
fruto para sí y para los demás.
Llamamiento y oración
64. Como conclusión de este documento post-sinodal vuelvo a
dirigiros, una vez más, la invitación del «dueño
de casa» del que nos habla el Evangelio: Id también
vosotros a mi viña. Se puede decir que el significado del
Sínodo sobre la vocación y misión de los laicos
está precisamente en este llamamiento de Nuestro Señor
Jesucristo dirigido a todos, y, en particular, a los fieles laicos,
hombres y mujeres.
Los trabajos sinodales han constituido para todos los
participantes una gran experiencia espiritual: la de una Iglesia
atenta —en la luz y en la fuerza del Espíritu—
para discernir y acoger el renovado llamamiento de su Señor; y
esto para volver a presentar al mundo de hoy el misterio de su
comunión y el dinamismo de su misión de salvación,
captando en particular el puesto y papel específico de los
fieles laicos. El fruto del Sínodo —que esta Exhortación
tiene intención de urgir como el más abundante posible
en todas las Iglesias esparcidas por el mundo— estará en
función de la efectiva acogida que el llamamiento del Señor
recibirá por parte del entero Pueblo de Dios y, dentro de él,
por parte de los fieles laicos.
Por eso os exhorto vivamente a todos y a cada uno, Pastores y
fieles, a no cansaros nunca de mantener vigilante, más aún,
de arraigar cada vez más —en la mente, en el corazón
y en la vida— la conciencia eclesial; es decir, la conciencia
de ser miembros de la Iglesia de Jesucristo, partícipes de su
misterio de comunión y de su energía apostólica
y misionera.
Es particularmente importante que todos los cristianos sean
conscientes de la extraordinarta dignidad que les ha sido otorgada
mediante el santo Bautismo. Por gracia estamos llamados a ser hijos
amados del Padre, miembros incorporados a Jesucristo y a su Iglesia,
templos vivos y santos del Espíritu. Volvamos a escuchar,
emocionados y agradecidos, las palabras de Juan el Evangelista:
«¡Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para
llamarnos hijos de Dios, y lo somos realmente!» (1 Jn 3, 1).
Esta «novedad cristiana» otorgada a los miembros de la
Iglesia, mientras constituye para todos la raíz de su
participación al oficio sacerdotal, profético y real de
Cristo y de su vocación a la santidad en el amor, se
manifiesta y se actúa en los fieles laicos según la
«índole secular» que es «propia y peculiar»
de ellos.
La conciencia eclesial comporta, junto con el sentido de la común
dignidad cristiana, el sentido de pertenecer al misterio de la
Iglesia Comunión. Es éste un aspecto fundamental y
decisivo para la vida y para la misión de la Iglesia. La
ardiente oración de Jesús en la última Cena: «Ut
unum sint!», ha de convertirse para todos y cada uno, todos los
días, en un exigente e irrenunciable programa de vida y de
acción.
El vivo sentido de la comunión eclesial, don del Espíritu
Santo que urge nuestra libre respuesta, tendrá como fruto
precioso la valoración armónica, en la Iglesia «una
y católica», de la rica variedad de vocaciones y
condiciones de vida, de carismas, de ministerios y de tareas y
responsabilidades, como también una más convencida y
decidida colaboración de los grupos, de las asociaciones y de
los movimientos de fieles laicos en el solidario cumplimiento de la
común misión salvadora de la misma Iglesia. Esta
comunión ya es en sí misma el primer gran signo de la
presencia de Cristo Salvador en el mundo; y, al mismo tiempo,
favorece y estimula la directa acción apostólica y
misionera de la Iglesia.
En los umbrales del tercer milenio, toda la Iglesia, Pastores y
fieles, ha de sentir con más fuerza su responsabilidad de
obedecer al mandato de Cristo: «Id por todo el mundo y
proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16,
15), renovando su empuje misionero. Una grande, comprometedora y
magnífica empresa ha sido confiada a la Iglesia: la de una
nueva evangelización, de la que el mundo actual tiene una gran
necesidad. Los fieles laicos han de sentirse parte viva y responsable
de esta empresa, llamados como están a anunciar y a vivir el
Evangelio en el servicio a los valores y a las exigencias de las
personas y de la sociedad.
El Sínodo de los Obispos, celebrado en el mes de octubre
durante el Año Mariano, ha confiado sus trabajos, de modo muy
especial, a la intercesión de María Santísima,
Madre del Redentor. Y ahora confío a la misma intercesión
la fecundidad espiritual de los frutos del Sínodo. Al término
de este documento postsinodal me dirijo a la Virgen, en unión
con los Padres y fieles laicos presentes en el Sínodo y con
todos los demás miembros del Pueblo de Dios. La llamada se
hace oración:
Oh Virgen santísima
Madre de Cristo y Madre de la
Iglesia,
con alegría y admiración
nos unimos a tu
Magnificat,
a tu canto de amor agradecido.
Contigo damos gracias a Dios,
«cuya misericordia se
extiende
de generación en generación»,
por
la espléndida vocación
y por la multiforme
misión
confiada a los fieles laicos,
por su nombre
llamados por Dios
a vivir en comunión de amor
y de
santidad con Él
y a estar fraternalmente unidos
en la
gran familia de los hijos de Dios,
enviados a irradiar la luz de
Cristo
y a comunicar el fuego del Espíritu
por medio de
su vida evangélica
en todo el mundo.
Virgen del Magnificat,
llena sus corazones
de reconocimiento
y entusiasmo
por esta vocación y por esta misión.
Tú que has sido,
con humildad y magnanimidad,
«la
esclava del Señor»,
danos tu misma
disponibilidad
para el servicio de Dios
y para la salvación
del mundo.
Abre nuestros corazones
a las inmensas
perspectivas
del Reino de Dios
y del anuncío del
Evangelio
a toda criatura.
En tu corazón de madre
están siempre presentes
los muchos peligros
y los muchos males
que aplastan a los
hombres y mujeres
de nuestro tiempo.
Pero también están
presentes
tantas iniciativas de bien,
las grandes aspiraciones
a los valores,
los progresos realizados
en el producir frutos
abundantes de salvación.
Virgen valiente,
inspira en nosotros fortaleza de ánimo
y
confianza en Dios,
para que sepamos superar
todos los
obstáculos que encontremos
en el cumplimiento de nuestra
misión.
Enséñanos a tratar las realidades del
mundo
con un vivo sentido de responsabilidad cristiana
y en la
gozosa esperanza
de la venida del Reino de Dios,
de los nuevos
cielos y de la nueva tierra.
Tú que junto a los Apóstoles
has estado en
oración
en el Cenáculo
esperando la venida del
Espíritu de Pentecostés,
invoca su renovada
efusión
sobre todos los fieles laicos, hombres y
mujeres,
para que correspondan plenamente
a su vocación
y misión,
como sarmientos de la verdadera vid,
llamados
a dar mucho fruto
para la vida del mundo.
Virgen Madre,
guíanos y sosténnos para que
vivamos siempre
como auténticos hijos
e hijas de la
Iglesia de tu Hijo
y podamos contribuir a establecer sobre la
tierra
la civilización de la verdad y del amor,
según
el deseo de Dios
y para su gloria.
Amén.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 30 de diciembre,
fiesta de la sagrada Familia de Jesús, María y José,
del año 1988, undécimo de mi Pontificado.