MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA CUARESMA 2002
«Han recibido gratuitamente, den también
gratuitamente» (Mt. 10,8)
Queridos hermanos y hermanas:
1. Nos disponemos a recorrer de nuevo el camino cuaresmal, que nos conducirá
a las solemnes celebraciones del misterio central de la fe, el misterio de la
pasión, muerte y resurrección de Cristo. Nos preparamos para vivir
el tiempo apropiado que la Iglesia ofrece a los creyentes para meditar sobre
la obra de la salvación realizada por el Señor en la Cruz. El
designio salvífico del Padre celestial se ha cumplido en la entrega libre
y total del Hijo unigénito a los hombres. "Nadie me quita la vida:
sino que la doy por mí mismo", dice Jesús (cf. Jn 10,18),
resaltando que Él sacrifica su propia vida, de manera voluntaria, por
la salvación del mundo. Como confirmación de don tan grande de
amor, el Redentor añade: "No hay amor más grande que dar
la vida por los amigos" (Jn. 15,13).
La Cuaresma, que es una ocasión providencial de conversión, nos
ayuda a contemplar este estupendo misterio de amor. Es como un retorno a las
raíces de la fe, porque meditando sobre el don de gracia inconmensurable
que es la Redención, nos damos cuenta de que todo ha sido dado por amorosa
iniciativa divina. Precisamente para meditar sobre este aspecto del misterio
salvífico, he elegido como tema del mensaje cuaresmal de este año
las palabras del Señor: "Han recibido gratuitamente, den también
gratuitamente" (Mt. 10,18).
2. Dios nos ha dado libremente a su Hijo: ¿quién ha podido o puede
merecer un privilegio semejante? San Pablo dice: "Todos han pecado y están
privados de la gloria de Dios, pero son justificados gratuitamente por su gracia"
(Rom 3, 23-24). Dios nos ha amado con infinita misericordia, sin detenerse ante
la condición de grave ruptura ocasionada por el pecado en la persona
humana. Se ha inclinado con benevolencia sobre nuestra enfermedad, haciendo
de ella la ocasión para una nueva y más maravillosa efusión
de su amor. La Iglesia no deja de proclamar este misterio de infinita bondad,
exaltando la libre elección divina y su deseo de no condenar, sino de
admitir de nuevo al hombre a la comunión consigo.
"Han recibido gratuitamente, den también gratuitamente". Que
estas palabras del Evangelio resuenen en el corazón de toda comunidad
cristiana en la peregrinación penitencial hacia la Pascua. Que la Cuaresma,
llamando la atención sobre el misterio de la muerte y resurrección
del Hijo de Dios, lleve a todo cristiano a asombrarse profundamente ante la
grandeza de semejante don. ¡Sí! Gratis hemos recibido. ¿Acaso
no está toda nuestra existencia marcada por la benevolencia de Dios?
Es un don el florecer de la vida y su prodigioso desarrollo. Precisamente por
ser un don, la existencia no puede ser considerada una posesión o una
propiedad privada, por más que las posibilidades que hoy tenemos de mejorar
la calidad de vida podrían hacernos pensar que el hombre es su "dueño".
Efectivamente, las conquistas de la medicina y la biotecnología pueden
en ocasiones inducir al hombre a creerse creador de sí mismo y a caer
en la tentación de manipular "el árbol de la vida" (Gn.
3, 24).
Conviene recordar también a este propósito que no todo lo que
es técnicamente posible es también moralmente lícito. Aunque
resulte admirable el esfuerzo de la ciencia para asegurar una calidad de vida
más conforme a la dignidad del hombre, eso nunca debe hacer olvidar que
la vida humana es un don, y que sigue teniendo valor aun cuando esté
sometida a sufrimientos o limitaciones. Es un don que siempre se ha de acoger:
recibido gratis y gratuitamente puesto al servicio de los demás.
3. La Cuaresma, proponiendo de nuevo el ejemplo de Cristo que se inmola por
nosotros en el Calvario, nos ayuda de manera especial a entender que la vida
ha sido redimida en Él. Por medio del Espíritu Santo, Él
renueva nuestra vida y nos hace partícipes de esa misma vida divina que
nos introduce en la intimidad de Dios y nos hace experimentar su amor por nosotros.
Se trata de un regalo sublime, que el cristiano no puede dejar de proclamar
con alegría. San Juan escribe en su Evangelio: "Esta es la Vida
eterna: que te reconozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado,
Jesucristo" (Jn 17, 3). Esta vida, que se nos ha comunicado con el Bautismo,
hemos de alimentarla continuamente con una respuesta fiel, individual y comunitaria,
mediante la oración, la celebración de los Sacramentos y el testimonio
evangélico.
En efecto, habiendo recibido gratis la vida, debemos, por nuestra parte, darla
a los hermanos de manera gratuita. Así lo pide Jesús a los discípulos,
al enviarlos como testigos suyos en el mundo; "Han recibido gratuitamente,
den también gratuitamente". Y el primer don que hemos de dar es
el de una vida santa, que dé testimonio del amor gratuito de Dios. Que
el itinerario cuaresmal sea por todos los creyentes una llamada constante a
profundizar en esta peculiar vocación nuestra. Como creyentes, hemos
de abrirnos a una existencia que se distinga por la "gratuidad", entregándonos
a nosotros mismos, sin reservas, a Dios y al prójimo.
4. "¿Qué tienes advierte San Pablo que no lo
hayas recibido? (I Co 4,7). Amar a los hermanos, dedicarse a ellos, es una exigencia
que proviene de esta constatación. Cuanto mayor es la necesidad de los
otros, más urgente es para el creyente la tarea de servirlos. ¿Acaso
no permite Dios que haya condiciones de necesidad para que, ayudando a los demás,
aprendamos a liberarnos de nuestro egoísmo y a vivir el auténtico
amor evangélico? Las palabras de Jesús son muy claras: "Si
ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen?
¿No hacen lo mismo los publicanos?" (Mt. 5, 46). El mundo valora
las relaciones con los otros en función del interés y el provecho
propio, dando lugar a una visión egocéntrica de la existencia,
en la que demasiado a menudo no queda lugar para los pobres y los débiles.
Por el contrario, toda persona, incluso la menos dotada, ha de ser acogida y
amada por sí misma, más allá de sus cualidades y defectos.
Más aún, cuanto mayor es la dificultad en que se encuentra, más
ha de ser objeto de nuestro amor concreto. Éste es el amor del que la
Iglesia da testimonio a través de innumerables instituciones, haciéndose
cargo de enfermos, marginados, pobres y oprimidos. De este modo, los cristianos
se convierten en apóstoles de esperanza y constructores de la civilización
del amor.
Es muy significativo que Jesús pronuncie las palabras: "Han recibido
gratuitamente, den también gratuitamente", precisamente antes de
enviar a los apóstoles a difundir el Evangelio de la salvación,
el primero y principal don que Él ha dado a la humanidad. Él quiere
que su Reino, ya cercano (cf. Mt. 10, Sss), se propague mediante gestos de amor
gratuito por parte de sus discípulos. Así hicieron los apóstoles
en el comienzo del cristianismo, y quienes los encontraban, los reconocían
como portadores de un mensaje más grande que ellos mismos. Como entonces,
también hoy el bien realizado por los creyentes se convierte en un signo
y, con frecuencia, en una invitación a creer. También cuando el
cristiano se hace cargo de las necesidades del prójimo, como en el caso
del buen samaritano, nunca se trata de una ayuda meramente material. Es también
anuncio del Reino, que comunica el pleno sentido de la vida, de la esperanza,
del amor.
5. ¡Queridos hermanos y hermanas! Que sea éste el estilo con el
que nos preparamos a vivir la Cuaresma: la generosidad afectiva hacia los hermanos
más pobres. Abriéndoles el corazón, nos hacemos cada vez
más conscientes de que nuestra entrega a los demás es una respuesta
a los numerosos dones que Dios continúa haciéndonos. Gratis los
hemos recibido, ¡démoslo gratis!
¿Qué momento más oportuno que el tiempo de Cuaresma para
dar este testimonio de gratuidad que tanto necesita el mundo? El mismo amor
que Dios nos tiene lleva en sí mismo la llamada a darnos, por nuestra
parte, gratuitamente a los otros. Doy gracias a todos los que laicos,
religiosos, sacerdotes dan este testimonio de caridad en cada rincón
del mundo. Que sea así para cada cristiano, en cualquier situación
en que se encuentre.
Que María, la Virgen y Madre del buen Amor y de la Esperanza, sea guía
y sustento de este itinerario cuaresmal. Aseguro a todos, con afecto, mis oraciones,
a la vez que les imparto complacido, especialmente a quienes trabajan cotidianamente
en las múltiples fronteras de la caridad, una especial Bendición
Apostólica.
Vaticano, 4 de octubre de 2001, fiesta de San Francisco de Asís.