INTRODUCCIÓN
1. La Iglesia en América, llena de gozo por la fe recibida
y dando gracias a Cristo por este inmenso don, ha celebrado hace poco
el quinto centenario del comienzo de la predicación del
Evangelio en sus tierras. Esta conmemoración ayudó a
los católicos americanos a ser más conscientes del
deseo de Cristo de encontrarse con los habitantes del llamado Nuevo
Mundo para incorporarlos a su Iglesia y hacerse presente de este modo
en la historia del Continente. La evangelización de América
no es sólo un don del Señor, sino también fuente
de nuevas responsabilidades. Gracias a la acción de los
evangelizadores a lo largo y ancho de todo el Continente han nacido
de la Iglesia y del Espíritu innumerables hijos.(1) En sus
corazones, tanto en el pasado como en el presente, continúan
resonando las palabras del Apóstol: « Predicar el
Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más
bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no
predicara el Evangelio! » (1 Co 9, 16). Este deber se funda en
el mandato del Señor resucitado a los Apóstoles antes
de su Ascensión al cielo: « Proclamad la Buena Nueva a
toda la creación » (Mc 16, 15).
Este mandato se dirige a la Iglesia entera, y la Iglesia en
América, en este preciso momento de su historia, está
llamada a acogerlo y responder con amorosa generosidad a su misión
fundamental evangelizadora. Lo subrayaba en Bogotá mi
predecesor Pablo VI, el primer Papa que visitó América:
« Corresponderá a nosotros, en cuanto representantes
tuyos, [Señor Jesús] y administradores de tus divinos
misterios (cf. 1 Co 4, 1; 1 P 4, 10), difundir los tesoros de tu
palabra, de tu gracia, de tus ejemplos entre los hombres ».(2)
El deber de la evangelización es una urgencia de caridad para
el discípulo de Cristo: « El amor de Cristo nos apremia
» (2 Co 5, 14), afirma el apóstol Pablo, recordando lo
que el Hijo de Dios hizo por nosotros con su sacrificio redentor: «
Uno murió por todos [...], para que ya no vivan para sí
los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por
ellos » (2 Co 5, 14-15).
La conmemoración de ciertas fechas especialmente evocadoras
del amor de Cristo por nosotros suscita en el ánimo, junto con
el agradecimiento, la necesidad de « anunciar las maravillas de
Dios », es decir, la necesidad de evangelizar. Así, el
recuerdo de la reciente celebración de los quinientos años
de la llegada del mensaje evangélico a América, esto
es, del momento en que Cristo llamó a América a la fe,
y el cercano Jubileo con que la Iglesia celebrará los 2000
años de la Encarnación del Hijo de Dios, son ocasiones
privilegiadas en las que, de manera espontánea, brota del
corazón con más fuerza nuestra gratitud hacia el Señor.
Consciente de la grandeza de estos dones recibidos, la Iglesia
peregrina en América desea hacer partícipe de las
riquezas de la fe y de la comunión en Cristo a toda la
sociedad y a cada uno de los hombres y mujeres que habitan en el
suelo americano.
La idea de celebrar esta Asamblea sinodal
2. Precisamente el mismo día en que se cumplían los
quinientos años del comienzo de la evangelización de
América, el 12 de octubre de 1992, con el deseo de abrir
nuevos horizontes y dar renovado impulso a la evangelización,
en la alocución con la que inauguré los trabajos de la
IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Santo
Domingo, hice la propuesta de un encuentro sinodal « en orden a
incrementar la cooperación entre las diversas Iglesias
particulares » para afrontar juntas, dentro del marco de la
nueva evangelización y como expresión de comunión
episcopal, « los problemas relativos a la justicia y la
solidaridad entre todas las Naciones de América ».(3) La
acogida positiva que los Episcopados de América dieron a esta
propuesta, me permitió anunciar en la Carta apostólica
Tertio millennio adveniente el propósito de convocar una
asamblea sinodal « sobre la problemática de la nueva
evangelización en las dos partes del mismo Continente, tan
diversas entre sí por su origen y su historia, y sobre la
cuestión de la justicia y de las relaciones económicas
internacionales, considerando la enorme desigualdad entre el Norte y
el Sur ».(4) Entonces se iniciaron los trabajos preparatorios
propiamente dichos, hasta llegar a la Asamblea Especial del Sínodo
de los Obispos para América, celebrada en el Vaticano del 16
de noviembre al 12 de diciembre de 1997.
El tema de la Asamblea
3. En coherencia con la idea inicial, y oídas las
sugerencias del Consejo presinodal, viva expresión del sentir
de muchos Pastores del pueblo de Dios en el Continente americano,
enuncié el tema de la Asamblea Especial del Sínodo para
América en los siguientes términos: « Encuentro
con Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión
y la solidaridad en América ». El tema así
formulado expresa claramente la centralidad de la persona de
Jesucristo resucitado, presente en la vida de la Iglesia, que invita
a la conversión, a la comunión y a la solidaridad. El
punto de partida de este programa evangelizador es ciertamente el
encuentro con el Señor. El Espíritu Santo, don de
Cristo en el misterio pascual, nos guía hacia las metas
pastorales que la Iglesia en América ha de alcanzar en el
tercer milenio cristiano.
La celebración de la Asamblea como experiencia de encuentro
4. La experiencia vivida durante la Asamblea tuvo, sin duda, el
carácter de un encuentro con el Señor. Recuerdo
gustoso, de modo especial, las dos concelebraciones solemnes que
presidí en la Basílica de San Pedro para la
inauguración y para la clausura de los trabajos de la
Asamblea. El encuentro con el Señor resucitado, verdadera,
real y substancialmente presente en la Eucaristía, constituyó
el clima espiritual que permitió que todos los Obispos de la
Asamblea sinodal se reconocieran, no sólo como hermanos en el
Señor, sino también como miembros del Colegio
episcopal, deseosos de seguir, presididos por el Sucesor de Pedro,
las huellas del Buen Pastor, sirviendo a la Iglesia que peregrina en
todas las regiones del Continente. Fue evidente para todos la alegría
de cuantos participaron en la Asamblea, al descubrir en ella una
ocasión excepcional de encuentro con el Señor, con el
Vicario de Cristo, con tantos Obispos, sacerdotes, consagrados y
laicos venidos de todas las partes del Continente.
Sin duda, ciertos factores previos contribuyeron, de modo mediato
pero eficaz, a asegurar este clima de encuentro fraterno en la
Asamblea sinodal. En primer lugar, deben señalarse las
experiencias de comunión vividas anteriormente en las
Asambleas Generales del Episcopado Latinoamericano en Río de
Janeiro (1955), Medellín (1968), Puebla (1979) y Santo Domingo
(1992). En ellas los Pastores de la Iglesia en América Latina
reflexionaron juntos como hermanos sobre las cuestiones pastorales
más apremiantes en esa región del Continente. A estas
Asambleas deben añadirse las reuniones periódicas
interamericanas de Obispos, en las cuales los participantes tienen la
posibilidad de abrirse al horizonte de todo el Continente, dialogando
sobre los problemas y desafíos comunes que afectan a la
Iglesia en los países americanos.
Contribuir a la unidad del Continente
5. En la primera propuesta que hice en Santo Domingo, sobre la
posibilidad de celebrar una Asamblea Especial del Sínodo,
señalé que « la Iglesia, ya a las puertas del
tercer milenio cristiano y en unos tiempos en que han caído
muchas barreras y fronteras ideológicas, siente como un deber
ineludible unir espiritualmente aún más a todos los
pueblos que forman este gran Continente y, a la vez, desde la misión
religiosa que le es propia, impulsar un espíritu solidario
entre todos ellos ».(5) Los elementos comunes a todos los
pueblos de América, entre los que sobresale una misma
identidad cristiana así como también una auténtica
búsqueda del fortalecimiento de los lazos de solidaridad y
comunión entre las diversas expresiones del rico patrimonio
cultural del Continente, son el motivo decisivo por el que quise que
la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos dedicara sus
reflexiones a América como una realidad única. La
opción de usar la palabra en singular quería expresar
no sólo la unidad ya existente bajo ciertos aspectos, sino
también aquel vínculo más estrecho al que
aspiran los pueblos del Continente y que la Iglesia desea favorecer,
dentro del campo de su propia misión dirigida a promover la
comunión de todos en el Señor.
En el contexto de la nueva evangelización
6. En la perspectiva del Gran Jubileo del año 2000 he
querido que tuviera lugar una Asamblea Especial del Sínodo de
los Obispos para cada uno de los cinco Continentes: tras las
dedicadas a África (1994), América (1997), Asia (1998)
y, muy recientemente, Oceanía (1998), en este año de
1999 con la ayuda del Señor se celebrará una nueva
Asamblea Especial para Europa. De este modo, durante el año
jubilar, será posible una Asamblea General Ordinaria que
sintetice y saque las conclusiones de los ricos materiales que las
diversas Asambleas continentales han ido aportando. Esto será
posible por el hecho de que en todos estos Sínodos ha habido
preocupaciones semejantes y centros comunes de interés. En
este sentido, refiriéndome a esta serie de Asambleas
sinodales, he señalado cómo en todas « el tema de
fondo es el de la evangelización, mejor todavía, el de
la nueva evangelización, cuyas bases fueron fijadas por la
Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi de Pablo VI
».(6) Por ello, tanto en mi primera indicación sobre la
celebración de esta Asamblea Especial del Sínodo como
más tarde en su anuncio explícito, una vez que todos
los Episcopados de América hicieron suya la idea, indiqué
que sus deliberaciones habrían de discurrir « dentro del
marco de la nueva evangelización »,(7) afrontando los
problemas sobresalientes de la misma.(8)
Esta preocupación era más obvia ya que yo mismo
había formulado el primer programa de una nueva evangelización
en suelo americano. En efecto, cuando la Iglesia en toda América
se preparaba para recordar los quinientos años del comienzo de
la primera evangelización del Continente, hablando al Consejo
Episcopal Latinoamericano (CELAM) en Puerto Príncipe (Haití)
afirmé: « La conmemoración del medio milenio de
evangelización tendrá su significación plena si
es un compromiso vuestro como Obispos, junto con vuestro presbiterio
y fieles; compromiso, no de reevangelización, pero sí
de una evangelización nueva. Nueva en su ardor, en sus
métodos, en su expresión ».(9) Más tarde
invité a toda la Iglesia a llevar a cabo esta exhortación,
aunque el programa evangelizador, al extenderse a la gran diversidad
que presenta hoy el mundo entero, debe diversificarse según
dos situaciones claramente diferentes: la de los países muy
afectados por el secularismo y la de aquellos otros donde «
todavía se conservan muy vivas las tradiciones de piedad y de
religiosidad popular cristiana ».(10) Se trata, sin duda, de
dos situaciones presentes, en grado diverso, en diferentes países
o, quizás mejor, en diversos ambientes concretos dentro de los
países del Continente americano.
Con la presencia y la ayuda del Señor
7. El mandato de evangelizar, que el Señor resucitado dejó
a su Iglesia, va acompañado por la seguridad, basada en su
promesa, de que Él sigue viviendo y actuando entre nosotros: «
He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta
el fin del mundo » (Mt 28, 20). Esta presencia misteriosa de
Cristo en su Iglesia es la garantía de su éxito en la
realización de la misión que le ha sido confiada. Al
mismo tiempo, esa presencia hace también posible nuestro
encuentro con Él, como Hijo enviado por el Padre, como Señor
de la Vida que nos comunica su Espíritu. Un encuentro renovado
con Jesucristo hará conscientes a todos los miembros de la
Iglesia en América de que están llamados a continuar la
misión del Redentor en esas tierras.
El encuentro personal con el Señor, si es auténtico,
llevará también consigo la renovación eclesial:
las Iglesias particulares del Continente, como Iglesias hermanas y
cercanas entre sí, acrecentarán los vínculos de
cooperación y solidaridad para prolongar y hacer más
viva la obra salvadora de Cristo en la historia de América. En
una actitud de apertura a la unidad, fruto de una verdadera comunión
con el Señor resucitado, las Iglesias particulares, y en ellas
cada uno de sus miembros, descubrirán, a través de la
propia experiencia espiritual que el « encuentro con Jesucristo
vivo » es « camino para la conversión, la comunión
y la solidaridad ». Y, en la medida en que estas metas vayan
siendo alcanzadas, será posible una dedicación cada vez
mayor a la nueva evangelización de América.
CAPÍTULO I
EL ENCUENTRO CON JESUCRISTO VIVO
« Hemos encontrado al Mesías » (Jn 1, 41)
Los encuentros con el Señor en el Nuevo Testamento
8. Los Evangelios relatan numerosos encuentros de Jesús con
hombres y mujeres de su tiempo. Una característica común
a todos estos episodios es la fuerza transformadora que tienen y
manifiestan los encuentros con Jesús, ya que « abren un
auténtico proceso de conversión, comunión y
solidaridad ».(11) Entre los más significativos está
el de la mujer samaritana (cf. Jn 4, 5-42). Jesús la llama
para saciar su sed, que no era sólo material, pues, en
realidad, « el que pedía beber, tenía sed de la
fe de la misma mujer ».(12) Al decirle, « dame de beber »
(Jn 4, 7), y al hablarle del agua viva, el Señor suscita en la
samaritana una pregunta, casi una oración, cuyo alcance real
supera lo que ella podía comprender en aquel momento: «
Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed »
(Jn 4, 15). La samaritana, aunque « todavía no entendía
»,(13) en realidad estaba pidiendo el agua viva de que le
hablaba su divino interlocutor. Al revelarle Jesús su
mesianidad (cf. Jn 4, 26), la samaritana se siente impulsada a
anunciar a sus conciudadanos que ha descubierto el Mesías (cf.
Jn 4, 28-30). Así mismo, cuando Jesús encuentra a
Zaqueo (cf. Lc 19, 1-10) el fruto más preciado es su
conversión: éste, consciente de las injusticias que ha
cometido, decide devolver con creces —« el cuádruple
»— a quienes había defraudado. Además,
asume una actitud de desprendimiento de las cosas materiales y de
caridad hacia los necesitados, que lo lleva a dar a los pobres la
mitad de sus bienes.
Una mención especial merecen los encuentros con Cristo
resucitado narrados en el Nuevo Testamento. Gracias a su encuentro
con el Resucitado, María Magdalena supera el desaliento y la
tristeza causados por la muerte del Maestro (cf. Jn 20, 11-18). En su
nueva dimensión pascual, Jesús la envía a
anunciar a los discípulos que Él ha resucitado (cf. Jn
20, 17). Por este hecho se ha llamado a María Magdalena «
la apóstol de los apóstoles ».(14) Por su parte,
los discípulos de Emaús, después de encontrar y
reconocer al Señor resucitado, vuelven a Jerusalén para
contar a los apóstoles y a los demás discípulos
lo que les había sucedido (cf. Lc 24, 13-35). Jesús,
«empezando por Moisés y continuando por todos los
profetas, les explicó lo que había sobre él en
todas las Escrituras» (Lc 24, 27). Los dos discípulos
reconocerían más tarde que su corazón ardía
mientras el Señor les hablaba en el camino explicándoles
las Escrituras (cf. Lc 24, 32). No hay duda de que san Lucas al
narrar este episodio, especialmente el momento decisivo en que los
dos discípulos reconocen a Jesús, hace una alusión
explícita a los relatos de la institución de la
Eucaristía, es decir, al modo como Jesús actuó
en la Última Cena (cf. Lc 24, 30). El evangelista, para
relatar lo que los discípulos de Emaús cuentan a los
Once, utiliza una expresión que en la Iglesia naciente tenía
un significado eucarístico preciso: « Le habían
conocido en la fracción del pan » (Lc 24, 35).
Entre los encuentros con el Señor resucitado, uno de los
que han tenido un influjo decisivo en la historia del cristianismo
es, sin duda, la conversión de Saulo, el futuro Pablo y
apóstol de los gentiles, en el camino de Damasco. Allí
tuvo lugar el cambio radical de su existencia, de perseguidor a
apóstol (cf. Hch 9, 3-30; 22, 6-11; 26, 12-18). El mismo Pablo
habla de esta extraordinaria experiencia como de una revelación
del Hijo de Dios « para que le anunciase entre los gentiles »
(Ga 1, 16).
La invitación del Señor respeta siempre la libertad
de los que llama. Hay casos en que el hombre, al encontrarse con
Jesús, se cierra al cambio de vida al que Él lo invita.
Fueron numerosos los casos de contemporáneos de Jesús
que lo vieron y oyeron, y, sin embargo, no se abrieron a su palabra.
El Evangelio de san Juan señala el pecado como la causa que
impide al ser humano abrirse a la luz que es Cristo: « Vino la
luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la
luz, porque sus obras eran malas » (Jn 3, 19). Los textos
evangélicos enseñan que el apego a las riquezas es un
obstáculo para acoger el llamado a un seguimiento generoso y
pleno de Jesús. Típico es, a este respecto, el caso del
joven rico (cf. Mt 19, 16-22; Mc 10, 17-22; Lc 18, 18-23).
Encuentros personales y encuentros comunitarios
9. Algunos encuentros con Jesús, narrados en los
Evangelios, son claramente personales como, por ejemplo, las llamadas
vocacionales (cf. Mt 4, 19; 9, 9; Mc 10, 21; Lc 9, 59). En ellos
Jesús trata con intimidad a sus interlocutores: « Rabbí
—que quiere decir “Maestro”— ¿dónde
vives? » [...] « Venid y lo veréis » (Jn 1,
38-39). Otras veces, en cambio, los encuentros tienen un carácter
comunitario. Así son, en concreto, los encuentros con los
Apóstoles, que tienen una importancia fundamental para la
constitución de la Iglesia. En efecto, los Apóstoles,
elegidos por Jesús de entre un grupo más amplio de
discípulos (cf. Mc 3, 13-19; Lc 6, 12-16), son objeto de una
formación especial y de una comunicación más
íntima. A la multitud Jesús le habla en parábolas
que sólo explica a los Doce: « Es que a vosotros se os
ha dado a conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos
no » (Mt 13, 11). Los Apóstoles están llamados a
ser los anunciadores de la Buena Nueva y a desarrollar una misión
especial para edificar la Iglesia con la gracia de los Sacramentos.
Para este fin, reciben la potestad necesaria: les da el poder de
perdonar los pecados apelando a la plenitud de ese mismo poder en el
cielo y en la tierra que el Padre le ha dado (cf. Mt 28, 18). Ellos
serán los primeros en recibir el don del Espíritu Santo
(cf. Hch 2, 1-4), don que recibirán más tarde quienes
se incorporen a la Iglesia por los sacramentos de la iniciación
cristiana (cf. Hch 2, 38).
El encuentro con Cristo en el tiempo de la Iglesia
10. La Iglesia es el lugar donde los hombres, encontrando a Jesús,
pueden descubrir el amor del Padre: en efecto, el que ha visto a
Jesús ha visto al Padre (cf. Jn 14, 9). Jesús, después
de su ascensión al cielo, actúa mediante la acción
poderosa del Paráclito (cf. Jn 16, 7), que transforma a los
creyentes dándoles la nueva vida. De este modo ellos llegan a
ser capaces de amar con el mismo amor de Dios, « que ha sido
derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se
nos ha dado » (Rm 5, 5). La gracia divina prepara, además,
a los cristianos a ser agentes de la transformación del mundo,
instaurando en él una nueva civilización, que mi
predecesor Pablo VI llamó justamente « civilización
del amor ».(15)
En efecto, « el Verbo de Dios, asumiendo en todo la
naturaleza humana menos en el pecado (cf. Hb 4, 11), manifiesta el
plan del Padre, de revelar a la persona humana el modo de llegar a la
plenitud de su propia vocación [...] Así, Jesús
no sólo reconcilia al hombre con Dios, sino que lo reconcilia
también consigo mismo, revelándole su propia naturaleza
».(16) Con estas palabras los Padres sinodales, en la línea
del Concilio Vaticano II, han reafirmado que Jesús es el
camino a seguir para llegar a la plena realización personal,
que culmina en el encuentro definitivo y eterno con Dios. « Yo
soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí
» (Jn 14, 6). Dios nos « predestinó a reproducir
la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito
entre muchos hermanos » (Rm 8, 29). Jesucristo es, pues, la
respuesta definitiva a la pregunta sobre el sentido de la vida y a
los interrogantes fundamentales que asedian también hoy a
tantos hombres y mujeres del continente americano.
Por medio de María encontramos a Jesús
11. Cuando nació Jesús, los magos de Oriente
acudieron a Belén y « vieron al Niño con María
su Madre » (Mt 2, 11). Al inicio de la vida pública, en
las bodas de Caná, cuando el Hijo de Dios realizó el
primero de sus signos, suscitando la fe de los discípulos (Jn
2, 11), es María la que interviene y orienta a los servidores
hacia su Hijo con estas palabras: « Haced lo que él os
diga » (Jn 2, 5). A este respecto, he escrito en otra ocasión:
« La Madre de Cristo se presenta ante los hombres como portavoz
de la voluntad del Hijo, indicadora de aquellas exigencias que deben
cumplirse para que pueda manifestarse el poder salvífico del
Mesías ».(17) Por eso, María es un camino seguro
para encontrar a Cristo. La piedad hacia la Madre del Señor,
cuando es auténtica, anima siempre a orientar la propia vida
según el espíritu y los valores del Evangelio.
¿Cómo no poner de relieve el papel que la Virgen
tiene respecto a la Iglesia peregrina en América, en camino al
encuentro con el Señor? En efecto, la Santísima Virgen,
« de manera especial, está ligada al nacimiento de la
Iglesia en la historia de [...] los pueblos de América, que
por María llegaron al encuentro con el Señor ».(18)
En todas las partes del Continente la presencia de la Madre de
Dios ha sido muy intensa desde los días de la primera
evangelización, gracias a la labor de los misioneros. En su
predicación, « el Evangelio ha sido anunciado
presentando a la Virgen María como su realización más
alta. Desde los orígenes —en su advocación de
Guadalupe— María constituyó el gran signo, de
rostro maternal y misericordioso, de la cercanía del Padre y
de Cristo, con quienes ella nos invita a entrar en comunión
».(19)
La aparición de María al indio Juan Diego en la
colina del Tepeyac, el año 1531, tuvo una repercusión
decisiva para la evangelización.(20) Este influjo va más
allá de los confines de la nación mexicana, alcanzando
todo el Continente. Y América, que históricamente ha
sido y es crisol de pueblos, ha reconocido « en el rostro
mestizo de la Virgen del Tepeyac, [...] en Santa María de
Guadalupe, [...] un gran ejemplo de evangelización
perfectamente inculturada ».(21) Por eso, no sólo en el
Centro y en el Sur, sino también en el Norte del Continente,
la Virgen de Guadalupe es venerada como Reina de toda América.(22)
A lo largo del tiempo ha ido creciendo cada vez más en los
Pastores y fieles la conciencia del papel desarrollado por la Virgen
en la evangelización del Continente. En la oración
compuesta para la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos
para América, María Santísima de Guadalupe es
invocada como « Patrona de toda América y Estrella de la
primera y de la nueva evangelización ». En este sentido,
acojo gozoso la propuesta de los Padres sinodales de que el día
12 de diciembre se celebre en todo el Continente la fiesta de Nuestra
Señora de Guadalupe, Madre y Evangelizadora de América.(23)
Abrigo en mi corazón la firme esperanza de que ella, a cuya
intercesión se debe el fortalecimiento de la fe de los
primeros discípulos (cf. Jn 2, 11), guíe con su
intercesión maternal a la Iglesia en este Continente,
alcanzándole la efusión del Espíritu Santo como
en la Iglesia naciente (cf. Hch 1, 14), para que la nueva
evangelización produzca un espléndido florecimiento de
vida cristiana.
Lugares de encuentro con Cristo
12. Contando con el auxilio de María, la Iglesia en América
desea conducir a los hombres y mujeres de este Continente al
encuentro con Cristo, punto de partida para una auténtica
conversión y para una renovada comunión y solidaridad.
Este encuentro contribuirá eficazmente a consolidar la fe de
muchos católicos, haciendo que madure en fe convencida, viva y
operante.
Para que la búsqueda de Cristo presente en su Iglesia no se
reduzca a algo meramente abstracto, es necesario mostrar los lugares
y momentos concretos en los que, dentro de la Iglesia, es posible
encontrarlo. La reflexión de los Padres sinodales a este
respecto ha sido rica en sugerencias y observaciones.
Ellos han señalado, en primer lugar, « la Sagrada
Escritura leída a la luz de la Tradición, de los Padres
y del Magisterio, profundizada en la meditación y la oración
».(24) Se ha recomendado fomentar el conocimiento de los
Evangelios, en los que se proclama, con palabras fácilmente
accesibles a todos, el modo como Jesús vivió entre los
hombres. La lectura de estos textos sagrados, cuando se escucha con
la misma atención con que las multitudes escuchaban a Jesús
en la ladera del monte de las Bienaventuranzas o en la orilla del
lago de Tiberíades mientras predicaba desde la barca, produce
verdaderos frutos de conversión del corazón.
Un segundo lugar para el encuentro con Jesús es la sagrada
Liturgia.(25) Al Concilio Vaticano II debemos una riquísima
exposición de las múltiples presencias de Cristo en la
Liturgia, cuya importancia debe llevar a hacer de ello objeto de una
constante predicación: Cristo está presente en el
celebrante que renueva en el altar el mismo y único sacrificio
de la Cruz; está presente en los Sacramentos en los que actúa
su fuerza eficaz. Cuando se proclama su palabra, es Él mismo
quien nos habla. Está presente además en la comunidad,
en virtud de su promesa: « Donde están dos o tres
reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos »
(Mt 18, 20). Está presente « sobre todo bajo las
especies eucarísticas ».(26) Mi predecesor Pablo VI
creyó necesario explicar la singularidad de la presencia real
de Cristo en la Eucaristía, que « se llama “real”
no por exclusión, como si las otras presencias no fueran
“reales”, sino por antonomasia, porque es substancial
».(27) Bajo las especies de pan y vino, « Cristo todo
entero está presente en su “realidad física”
aún corporalmente ».(28)
La Escritura y la Eucaristía, como lugares de encuentro con
Cristo, están sugeridas en el relato de la aparición
del Resucitado a los dos discípulos de Emaús. Además,
el texto del Evangelio sobre el juicio final (cf. Mt 25, 31-46), en
el que se afirma que seremos juzgados sobre el amor a los
necesitados, en quienes misteriosamente está presente el Señor
Jesús, indica que no se debe descuidar un tercer lugar de
encuentro con Cristo: « Las personas, especialmente los pobres,
con los que Cristo se identifica ».(29) Como recordaba el Papa
Pablo VI, al clausurar el Concilio Vaticano II, « en el rostro
de cada hombre, especialmente si se ha hecho transparente por sus
lágrimas y por sus dolores, podemos y debemos reconocer el
rostro de Cristo (cf. Mt 25, 40), el Hijo del hombre ».(30)
CAPITULO II
EL ENCUENTRO CON JESUCRISTO
EN EL HOY DE AMERICA
« A quien se le dio mucho, se le reclamará mucho »
(Lc 12, 48)
Situación de los hombres y mujeres de América
y
su encuentro con el Señor
13. En los Evangelios se narran encuentros con Cristo de personas
en situaciones muy diferentes. A veces se trata de situaciones de
pecado, que dejan entrever la necesidad de la conversión y del
perdón del Señor. En otras circunstancias se dan
actitudes positivas de búsqueda de la verdad, de auténtica
confianza en Jesús, que llevan a establecer una relación
de amistad con Él, y que estimulan el deseo de imitarlo. No
pueden olvidarse tampoco los dones con los que el Señor
prepara a algunos para un encuentro posterior. Así Dios,
haciendo a María « llena de gracia » (Lc 1, 28)
desde el primer momento, la preparó para que en ella tuviera
lugar el más importante encuentro divino con la naturaleza
humana: el misterio inefable de la Encarnación.
Como los pecados y las virtudes sociales no existen en abstracto,
sino que son el resultado de actos personales,(31) es necesario tener
presente que América es hoy una realidad compleja, fruto de
las tendencias y modos de proceder de los hombres y mujeres que lo
habitan. En esta situación real y concreta es donde ellos han
de encontrarse con Jesús.
Identidad cristiana de América
14. El mayor don que América ha recibido del Señor
es la fe, que ha ido forjando su identidad cristiana. Hace ya más
de quinientos años que el nombre de Cristo comenzó a
ser anunciado en el Continente. Fruto de la evangelización,
que ha acompañado los movimientos migratorios desde Europa, es
la fisonomía religiosa americana, impregnada de los valores
morales que, si bien no siempre se han vivido coherentemente y en
ocasiones se han puesto en discusión, pueden considerarse en
cierto modo patrimonio de todos los habitantes de América,
incluso de quienes no se identifican con ellos. Es claro que la
identidad cristiana de América no puede considerarse como
sinónimo de identidad católica. La presencia de otras
confesiones cristianas en grado mayor o menor en diferentes partes de
América, hace especialmente urgente el compromiso ecuménico,
para buscar la unidad entre todos los creyentes en Cristo.(32)
Frutos de santidad
15. La expresión y los mejores frutos de la identidad
cristiana de América son sus santos. En ellos, el encuentro
con Cristo vivo « es tan profundo y comprometido [...] que se
convierte en fuego que lo consume todo, e impulsa a construir su
Reino, a hacer que Él y la nueva alianza sean el sentido y el
alma de [...] la vida personal y comunitaria ».(33) América
ha visto florecer los frutos de la santidad desde los comienzos de su
evangelización. Este es el caso de santa Rosa de Lima
(1586-1617), « la primera flor de santidad en el Nuevo Mundo »,
proclamada patrona principal de América en 1670 por el Papa
Clemente X.(34) Después de ella, el santoral americano se ha
ido incrementando hasta alcanzar su amplitud actual.(35) Las
beatificaciones y canonizaciones, con las que no pocos hijos e hijas
del Continente han sido elevados al honor de los altares, ofrecen
modelos heroicos de vida cristiana en la diversidad de estados de
vida y de ambientes sociales. La Iglesia, al beatificarlos o
canonizarlos, ve en ellos a poderosos intercesores unidos a
Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote, mediador entre Dios y los
hombres. Los Beatos y Santos de América acompañan con
solicitud fraterna a los hombres y mujeres de su tierra que, entre
gozos y sufrimientos, caminan hacia el encuentro definitivo con el
Señor.(36) Para fomentar cada vez más su imitación
y para que los fieles recurran de una manera más frecuente y
fructuosa a su intercesión, considero muy oportuna la
propuesta de los Padres sinodales de preparar « una colección
de breves biografías de los Santos y Beatos americanos. Esto
puede iluminar y estimular en América la respuesta a la
vocación universal a la santidad ».(37)
Entre sus Santos, « la historia de la evangelización
de América reconoce numerosos mártires, varones y
mujeres, tanto Obispos, como presbíteros, religiosos y laicos,
que con su sangre regaron [...] [estas] naciones. Ellos, como nube de
testigos (cf. Hb 12, 1), nos estimulan para que asumamos hoy, sin
temor y ardorosamente, la nueva evangelización ».(38) Es
necesario que sus ejemplos de entrega sin límites a la causa
del Evangelio sean no sólo preservados del olvido, sino más
conocidos y difundidos entre los fieles del Continente. Al respecto,
escribía en la Tertio millennio adveniente: « Las
Iglesias locales hagan todo lo posible por no perder el recuerdo de
quienes han sufrido el martirio, recogiendo para ello la
documentación necesaria ».(39)
La piedad popular
16. Una característica peculiar de América es la
existencia de una piedad popular profundamente enraizada en sus
diversas naciones. Está presente en todos los niveles y
sectores sociales, revistiendo una especial importancia como lugar de
encuentro con Cristo para todos aquellos que con espíritu de
pobreza y humildad de corazón buscan sinceramente a Dios (cf.
Mt 11, 25). Las expresiones de esta piedad son numerosas: « Las
peregrinaciones a los santuarios de Cristo, de la Santísima
Virgen y de los santos, la oración por las almas del
purgatorio, el uso de sacramentales (agua, aceite, cirios...). Éstas
y tantas otras expresiones de la piedad popular ofrecen oportunidad
para que los fieles encuentren a Cristo viviente ».(40) Los
Padres sinodales han subrayado la urgencia de descubrir, en las
manifestaciones de la religiosidad popular, los verdaderos valores
espirituales, para enriquecerlos con los elementos de la genuina
doctrina católica, a fin de que esta religiosidad lleve a un
compromiso sincero de conversión y a una experiencia concreta
de caridad.(41) La piedad popular, si está orientada
convenientemente, contribuye también a acrecentar en los
fieles la conciencia de pertenecer a la Iglesia, alimentando su
fervor y ofreciendo así una respuesta válida a los
actuales desafíos de la secularización.(42)
Ya que en América la piedad popular es expresión de
la inculturación de la fe católica y muchas de sus
manifestaciones han asumido formas religiosas autóctonas, es
oportuno destacar la posibilidad de sacar de ellas, con clarividente
prudencia, indicaciones válidas para una mayor inculturación
del Evangelio.(43) Ello es especialmente importante entre las
poblaciones indígenas, para que « las semillas del Verbo
» presentes en sus culturas lleguen a su plenitud en
Cristo.(44) Lo mismo debe decirse de los americanos de origen
africano. La Iglesia « reconoce que tiene la obligación
de acercarse a estos americanos a partir de su cultura, considerando
seriamente las riquezas espirituales y humanas de esta cultura que
marca su modo de celebrar el culto, su sentido de alegría y de
solidaridad, su lengua y sus tradiciones ».(45)
Presencia católico-oriental en América
17. La inmigración a América es casi una constante
de su historia desde los comienzos de la evangelización hasta
nuestros días. Dentro de este complejo fenómeno debe
señalarse que, en los últimos tiempos, diversas
regiones de América han acogido a numerosos miembros de las
Iglesias católicas orientales que, por diversas causas, han
abandonado sus territorios de origen. Un primer movimiento migratorio
procedía, sobre todo, de Ucrania occidental; posteriormente se
ha extendido a las naciones del Medio Oriente. De este modo, ha sido
necesaria pastoralmente la creación de una jerarquía
católica oriental para estos fieles inmigrantes y para sus
descendientes. Las normas emanadas por el Concilio Vaticano II, que
los Padres sinodales han recordado, reconocen que las Iglesias
orientales « tienen derecho y obligación de regirse
según sus respectivas disciplinas peculiares », ya que
tienen la misión de dar testimonio de una antiquísima
tradición doctrinal, litúrgica y monástica. Por
otra parte, dichas Iglesias deben conservar sus propias disciplinas,
ya que éstas « son más adaptadas a las costumbres
de sus fieles y resultan más adecuadas para procurar el bien
de las almas ».(46) Si la Comunidad eclesial universal necesita
la sinergia entre las Iglesias particulares de Oriente y de Occidente
para poder respirar con sus dos pulmones, en la esperanza de lograr
hacerlo plenamente a través de la perfecta comunión
entre la Iglesia católica y las orientales separadas,(47) hay
que alegrarse por la reciente implantación de Iglesias
orientales junto a las latinas, establecidas allí desde el
principio, porque de este modo puede manifestarse mejor la
catolicidad de la Iglesia del Señor.(48)
La Iglesia en el campo de la educación y de la acción
social
18. Entre los factores que favorecen la influencia de la Iglesia
en la formación cristiana de los americanos, debe señalarse
su amplia presencia en el campo de la educación y, de modo
especial, en el mundo universitario. Las numerosas Universidades
católicas diseminadas por el Continente son un rasgo
característico de la vida eclesial en América. Así
mismo, en la enseñanza primaria y secundaria el alto número
de escuelas católicas ofrece la posibilidad de una acción
evangelizadora de alcance muy amplio, siempre que vaya acompañada
por una decidida voluntad de impartir una educación
verdaderamente cristiana.(49)
Otro campo importante en el que la Iglesia está presente en
toda América es el de la asistencia caritativa y social. Las
múltiples iniciativas para la atención de los ancianos,
los enfermos y de cuantos están necesitados de auxilio en
asilos, hospitales, dispensarios, comedores gratuitos y otros centros
sociales, son testimonio palpable del amor preferencial por los
pobres que la Iglesia en América lleva adelante movida por el
amor a su Señor y consciente de que « Jesús se ha
identificado con ellos (cf. Mt 25, 31-46) ».(50) En esta tarea,
que no conoce fronteras, la Iglesia ha sabido crear una conciencia de
solidaridad concreta entre las diversas comunidades del Continente y
del mundo entero, manifestando así la fraternidad que debe
caracterizar a los cristianos de todo tiempo y lugar.
El servicio a los pobres, para que sea evangélico y
evangelizador, ha de ser fiel reflejo de la actitud de Jesús,
que vino « para anunciar a los pobres la Buena Nueva »
(Lc 4, 18). Realizado con este espíritu, llega a ser
manifestación del amor infinito de Dios por todos los hombres
y un modo elocuente de transmitir la esperanza de salvación
que Cristo ha traído al mundo, y que resplandece de manera
particular cuando es comunicada a los abandonados y desechados de la
sociedad.
Esta constante dedicación a los pobres y desheredados se
refleja en el Magisterio social de la Iglesia, que no se cansa de
invitar a la comunidad cristiana a comprometerse en la superación
de toda forma de explotación y opresión. En efecto, se
trata no sólo de aliviar las necesidades más graves y
urgentes mediante acciones individuales y esporádicas, sino de
poner de relieve las raíces del mal, proponiendo
intervenciones que den a las estructuras sociales, políticas y
económicas una configuración más justa y
solidaria.
Creciente respeto de los derechos humanos
19. En el ámbito civil, pero con implicaciones morales
inmediatas, debe señalarse entre los aspectos positivos de la
América actual la creciente implantación en todo el
Continente de sistemas políticos democráticos y la
progresiva reducción de regímenes dictatoriales. La
Iglesia ve con agrado esta evolución, en la medida en que esto
favorezca cada vez más un evidente respeto de los derechos de
cada uno, incluidos los del procesado y del reo, respecto a los
cuales no es legítimo el recurso a métodos de detención
y de interrogatorio —pienso concretamente en la tortura—
lesivos de la dignidad humana. En efecto, « el Estado de
Derecho es la condición necesaria para establecer una
verdadera democracia ».(51)
Por otra parte, la existencia de un Estado de Derecho implica en
los ciudadanos y, más aún, en la clase dirigente el
convencimiento de que la libertad no puede estar desvinculada de la
verdad.(52) En efecto, « los graves problemas que amenazan la
dignidad de la persona humana, la familia, el matrimonio, la
educación, la economía y las condiciones de trabajo, la
calidad de la vida y la vida misma, proponen la cuestión del
Derecho ».(53) Los Padres sinodales han subrayado con razón
que « los derechos fundamentales de la persona humana están
inscritos en su misma naturaleza, son queridos por Dios y, por tanto,
exigen su observancia y aceptación universal. Ninguna
autoridad humana puede transgredirlos apelando a la mayoría o
a los consensos políticos, con el pretexto de que así
se respetan el pluralismo y la democracia. Por ello, la Iglesia debe
comprometerse en formar y acompañar a los laicos que están
presentes en los órganos legislativos, en el gobierno y en la
administración de la justicia, para que las leyes expresen
siempre los principios y los valores morales que sean conformes con
una sana antropología y que tengan presente el bien común
».(54)
El fenómeno de la globalización
20. Una característica del mundo actual es la tendencia a
la globalización, fenómeno que, aun no siendo
exclusivamente americano, es más perceptible y tiene mayores
repercusiones en América. Se trata de un proceso que se impone
debido a la mayor comunicación entre las diversas partes del
mundo, llevando prácticamente a la superación de las
distancias, con efectos evidentes en campos muy diversos.
Desde el punto de vista ético, puede tener una valoración
positiva o negativa. En realidad, hay una globalización
económica que trae consigo ciertas consecuencias positivas,
como el fomento de la eficiencia y el incremento de la producción,
y que, con el desarrollo de las relaciones entre los diversos países
en lo económico, puede fortalecer el proceso de unidad de los
pueblos y realizar mejor el servicio a la familia humana. Sin
embargo, si la globalización se rige por las meras leyes del
mercado aplicadas según las conveniencias de los poderosos,
lleva a consecuencias negativas. Tales son, por ejemplo, la
atribución de un valor absoluto a la economía, el
desempleo, la disminución y el deterioro de ciertos servicios
públicos, la destrucción del ambiente y de la
naturaleza, el aumento de las diferencias entre ricos y pobres, y la
competencia injusta que coloca a las naciones pobres en una situación
de inferioridad cada vez más acentuada.(55) La Iglesia, aunque
reconoce los valores positivos que la globalización comporta,
mira con inquietud los aspectos negativos derivados de ella.
¿Y qué decir de la globalización cultural
producida por la fuerza de los medios de comunicación social?
Éstos imponen nuevas escalas de valores por doquier, a menudo
arbitrarios y en el fondo materialistas, frente a los cuales es muy
difícil mantener viva la adhesión a los valores del
Evangelio.
La urbanización creciente
21. El fenómeno de la urbanización continúa
creciendo también en América. Desde hace algunos
lustros el Continente está viviendo un éxodo constante
del campo a la ciudad. Se trata de un fenómeno complejo, ya
descrito por mi predecesor Pablo VI.(56) Las causas de este fenómeno
son varias, pero entre ellas sobresale principalmente la pobreza y el
subdesarrollo de las zonas rurales, donde con frecuencia faltan los
servicios, las comunicaciones, las estructuras educativas y
sanitarias. La ciudad, además, con las características
de diversión y bienestar con que no pocas veces la presentan
los medios de comunicación social, ejerce un atractivo
especial para las gentes sencillas del campo.
La frecuente falta de planificación en este proceso acarrea
muchos males. Como han señalado los Padres sinodales, «
en ciertos casos, algunas partes de las ciudades son como islas en
las que se acumula la violencia, la delincuencia juvenil y la
atmósfera de desesperación ».(57) El fenómeno
de la urbanización presenta asimismo grandes desafíos a
la acción pastoral de la Iglesia, que ha de hacer frente al
desarraigo cultural, la pérdida de costumbres familiares y al
alejamiento de las propias tradiciones religiosas, que no pocas veces
lleva al naufragio de la fe, privada de aquellas manifestaciones que
contribuían a sostenerla.
Evangelizar la cultura urbana es, pues, un reto apremiante para la
Iglesia, que así como supo evangelizar la cultura rural
durante siglos, está hoy llamada a llevar a cabo una
evangelización urbana metódica y capilar mediante la
catequesis, la liturgia y las propias estructuras pastorales.(58)
El peso de la deuda externa
22. Los Padres sinodales han manifestado su preocupación
por la deuda externa que afecta a muchas naciones americanas,
expresando de este modo su solidaridad con las mismas. Ellos llaman
justamente la atención de la opinión pública
sobre la complejidad del tema, reconociendo « que la deuda es
frecuentemente fruto de la corrupción y de la mala
administración ».(59) En el espíritu de la
reflexión sinodal, este reconocimiento no pretende concentrar
en un sólo polo las responsabilidades de un fenómeno
que es sumamente complejo en su origen y en sus soluciones.(60)
En efecto, entre las múltiples causas que han llevado a una
deuda externa abrumadora deben señalarse no sólo los
elevados intereses, fruto de políticas financieras
especulativas, sino también la irresponsabilidad de algunos
gobernantes que, al contraer la deuda, no reflexionaron
suficientemente sobre las posibilidades reales de pago, con el
agravante de que sumas ingentes obtenidas mediante préstamos
internacionales se han destinado a veces al enriquecimiento de
personas concretas, en vez de ser dedicadas a sostener los cambios
necesarios para el desarrollo del país. Por otra parte, sería
injusto que las consecuencias de estas decisiones irresponsables
pesaran sobre quienes no las tomaron. La gravedad de la situación
es aún más comprensible, si se tiene en cuenta que «
ya el mero pago de los intereses es un peso sobre la economía
de las naciones pobres, que quita a las autoridades la disponibilidad
del dinero necesario para el desarrollo social, la educación,
la sanidad y la institución de un depósito para crear
trabajo ».(61)
La corrupción
23. La corrupción, frecuentemente presente entre las causas
de la agobiante deuda externa, es un problema grave que debe ser
considerado atentamente. La corrupción « sin guardar
límites, afecta a las personas, a las estructuras públicas
y privadas de poder y a las clases dirigentes ». Se trata de
una situación que « favorece la impunidad y el
enriquecimiento ilícito, la falta de confianza con respecto a
las instituciones políticas, sobre todo en la administración
de la justicia y en la inversión pública, no siempre
clara, igual y eficaz para todos ».(62)
A este propósito, deseo recordar cuanto escribí en
el Mensaje para la Jornada mundial de la Paz de 1998, que la lacra de
la corrupción ha de ser denunciada y combatida con valentía
por quienes detentan la autoridad y con la « colaboración
generosa de todos los ciudadanos, sostenidos por una fuerte
conciencia moral ».(63) Los adecuados organismos de control y
la transparencia de las transacciones económicas y financieras
previenen ulteriormente y evitan en muchos casos que se extienda la
corrupción, cuyas consecuencias nefastas recaen principalmente
sobre los más pobres y desvalidos. Son además los
pobres los primeros en sufrir los retrasos, la ineficiencia, la
ausencia de una defensa adecuada y las carencias estructurales,
cuando la administración de la justicia es corrupta.
Comercio y consumo de drogas
24. El comercio y el consumo de drogas son una seria amenaza para
las estructuras sociales de las naciones en América. Esto «
contribuye a los crímenes y a la violencia, a la destrucción
de la vida familiar, a la destrucción física y
emocional de muchos individuos y comunidades, sobre todo entre los
jóvenes. Corroe la dimensión ética del trabajo y
contribuye a aumentar el número de personas en las cárceles,
en una palabra, a la degradación de la persona en cuanto
creada a imagen de Dios ».(64) Este nefasto comercio lleva
también « a destruir gobiernos, corroyendo la seguridad
económica y la estabilidad de las naciones ».(65)
Estamos ante uno de los desafíos más apremiantes a los
que deben enfrentarse muchas naciones del mundo. En efecto, es un
desafío que hipoteca gran parte de los logros obtenidos en los
últimos tiempos para el progreso de la humanidad. Para algunas
naciones de América, la producción, el tráfico y
el consumo de drogas son factores que comprometen su prestigio
internacional, porque limitan su credibilidad y dificultan la deseada
colaboración con otros países, tan necesaria en
nuestros días para el desarrollo armónico de cada
pueblo.
Preocupación por la ecología
25. « Y vio Dios que estaba bien » (Gn 1, 25). Estas
palabras que leemos en el primer capítulo del Libro del
Génesis, muestran el sentido de la obra realizada por Él.
El Creador confía al hombre, coronación de toda la obra
de la creación, el cuidado de la tierra (cf. Gn 2, 15). De
aquí surgen obligaciones muy concretas para cada persona
relativas a la ecología. Su cumplimiento supone la apertura a
una perspectiva espiritual y ética, que supere las actitudes y
« los estilos de vida conducidos por el egoísmo que
llevan al agotamiento de los recursos naturales ».(66)
Incluso en este sector, hoy tan actual, es muy importante la
intervención de los creyentes. Es necesaria la colaboración
de todos los hombres de buena voluntad con las instancias
legislativas y de gobierno para conseguir una protección
eficaz del medio ambiente, considerado como don de Dios. ¡Cuántos
abusos y daños ecológicos se dan también en
muchas regiones americanas! Baste pensar en la emisión
incontrolada de gases nocivos o en el dramático fenómeno
de los incendios forestales, provocados a veces intencionadamente por
personas movidas por intereses egoístas. Estas devastaciones
pueden conducir a una verdadera desertización de no pocas
zonas de América, con las inevitables secuelas de hambre y
miseria. El problema se plantea, con especial intensidad, en la selva
amazónica, inmenso territorio que abarca varias naciones: del
Brasil a la Guayana, a Surinam, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú
y Bolivia.(67) Es uno de los espacios naturales más apreciados
en el mundo por su diversidad biológica, siendo vital para el
equilibrio ambiental de todo el planeta.
CAPÍTULO III
CAMINO DE CONVERSIÓN
« Arrepentíos, pues, y convertíos » (Hch
3, 19)
Urgencia del llamado a la conversión
26. « El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está
cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva » (Mc 1,
15). Estas palabras de Jesús, con las que comenzó su
ministerio en Galilea, deben seguir resonando en los oídos de
los Obispos, presbíteros, diáconos, personas
consagradas y fieles laicos de toda América. Tanto la reciente
celebración del V Centenario del comienzo de la evangelización
de América, como la conmemoración de los 2000 años
del Nacimiento de Jesús, el gran Jubileo que nos disponemos a
celebrar, son una llamada a profundizar en la propia vocación
cristiana. La grandeza del acontecimiento de la Encarnación y
la gratitud por el don del primer anuncio del Evangelio en América
invitan a responder con prontitud a Cristo con una conversión
personal más decidida y, al mismo tiempo, estimulan a una
fidelidad evangélica cada vez más generosa. La
exhortación de Cristo a convertirse resuena también en
la del Apóstol: « Es ya hora de levantaros del sueño,
que la salvación está más cerca de nosotros que
cuando abrazamos la fe » (Rm 13, 11). El encuentro con Jesús
vivo, mueve a la conversión.
Para hablar de conversión, el Nuevo Testamento utiliza la
palabra metanoia, que quiere decir cambio de mentalidad. No se trata
sólo de un modo distinto de pensar a nivel intelectual, sino
de la revisión del propio modo de actuar a la luz de los
criterios evangélicos. A este respecto, san Pablo habla de «
la fe que actúa por la caridad » (Ga 5, 6). Por ello, la
auténtica conversión debe prepararse y cultivarse con
la lectura orante de la Sagrada Escritura y la recepción de
los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía.
La conversión conduce a la comunión fraterna, porque
ayuda a comprender que Cristo es la cabeza de la Iglesia, su Cuerpo
místico; mueve a la solidaridad, porque nos hace conscientes
de que lo que hacemos a los demás, especialmente a los más
necesitados, se lo hacemos a Cristo. La conversión favorece,
por tanto, una vida nueva, en la que no haya separación entre
la fe y las obras en la respuesta cotidiana a la universal llamada a
la santidad. Superar la división entre fe y vida es
indispensable para que se pueda hablar seriamente de conversión.
En efecto, cuando existe esta división, el cristianismo es
sólo nominal. Para ser verdadero discípulo del Señor,
el creyente ha de ser testigo de la propia fe, pues « el
testigo no da sólo testimonio con las palabras, sino con su
vida ».(68) Hemos de tener presentes las palabras de Jesús:
« No todo el que me diga: “Señor, Señor”,
entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la
voluntad de mi Padre celestial » (Mt 7, 21). La apertura a la
voluntad del Padre supone una disponibilidad total, que no excluye ni
siquiera la entrega de la propia vida: « El máximo
testimonio es el martirio ».(69)
Dimensión social de la conversión
27. La conversión no es completa si falta la conciencia de
las exigencias de la vida cristiana y no se pone esfuerzo en
llevarlas a cabo. A este respecto, los Padres sinodales han señalado
que, por desgracia, « existen grandes carencias de orden
personal y comunitario con respecto a una conversión más
profunda y con respecto a las relaciones entre los ambientes, las
instituciones y los grupos en la Iglesia ».(70) « Quien
no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve »
(1 Jn 4, 20).
La caridad fraterna implica una preocupación por todas las
necesidades del prójimo. « Si alguno que posee bienes de
la tierra, ve a su hermano padecer necesidad y le cierra su corazón,
¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? »
(1 Jn 3, 17). Por ello, convertirse al Evangelio para el Pueblo
cristiano que vive en América, significa revisar « todos
los ambientes y dimensiones de su vida, especialmente todo lo que
pertenece al orden social y a la obtención del bien común
».(71) De modo particular convendrá « atender a la
creciente conciencia social de la dignidad de cada persona y, por
ello, hay que fomentar en la comunidad la solicitud por la obligación
de participar en la acción política según el
Evangelio ».(72) No obstante, será necesario tener
presente que la actividad en el ámbito político forma
parte de la vocación y acción de los fieles laicos.(73)
A este propósito, sin embargo, es de suma importancia,
sobre todo en una sociedad pluralista, tener un recto concepto de las
relaciones entre la comunidad política y la Iglesia, y
distinguir claramente entre las acciones que los fieles, aislada o
asociadamente, llevan a cabo a título personal, como
ciudadanos, de acuerdo con su conciencia cristiana, y las acciones
que realizan en nombre de la Iglesia, en comunión con sus
Pastores. « La Iglesia, que por razón de su misión
y de su competencia no se confunde en modo alguno con la comunidad
política ni está ligada a sistema político
alguno, es a la vez signo y salvaguardia del carácter
trascendente de la persona humana ».(74)
Conversión permanente
28. La conversión en esta tierra nunca es una meta
plenamente alcanzada: en el camino que el discípulo está
llamado a recorrer siguiendo a Jesús, la conversión es
un empeño que abarca toda la vida. Por otro lado, mientras
estamos en este mundo, nuestro propósito de conversión
se ve constantemente amenazado por las tentaciones. Desde el momento
en que « nadie puede servir a dos señores » (Mt 6,
24), el cambio de mentalidad (metanoia) consiste en el esfuerzo de
asimilar los valores evangélicos que contrasta con las
tendencias dominantes en el mundo. Es necesario, pues, renovar
constantemente « el encuentro con Jesucristo vivo »,
camino que, como han señalado los Padres sinodales, «
nos conduce a la conversión permanente ».(75)
El llamado universal a la conversión adquiere matices
particulares para la Iglesia en América, comprometida también
en la renovación de la propia fe. Los Padres sinodales han
formulado así esta tarea concreta y exigente: « Esta
conversión exige especialmente de nosotros Obispos una
auténtica identificación con el estilo personal de
Jesucristo, que nos lleva a la sencillez, a la pobreza, a la
cercanía, a la carencia de ventajas, para que, como Él,
sin colocar nuestra confianza en los medios humanos, saquemos, de la
fuerza del Espíritu, y de la Palabra, toda la eficacia del
Evangelio, permaneciendo primariamente abiertos a aquellos que están
sumamente lejanos y excluidos ».(76) Para ser Pastores según
el corazón de Dios (cf. Jr 3, 15), es indispensable asumir un
modo de vivir que nos asemeje a Aquél que dijo de sí
mismo: « Yo soy el buen pastor » (Jn 10, 11), y que san
Pablo evoca al escribir: « Sed mis imitadores, como lo soy de
Cristo » (1 Co 11, 1).
Guiados por el Espíritu Santo hacia nuevo estilo de vida
29. La propuesta de un nuevo estilo de vida no es sólo para
los Pastores, sino más bien para todos los cristianos que
viven en América. A todos se les pide que profundicen y asuman
la auténtica espiritualidad cristiana. « En efecto,
espiritualidad es un estilo o forma de vivir según las
exigencias cristianas, la cual es “la vida en Cristo” y
“en el Espíritu”, que se acepta por la fe, se
expresa por el amor y, en esperanza, es conducida a la vida dentro de
la comunidad eclesial ».(77) En este sentido, por
espiritualidad, que es la meta a la que conduce la conversión,
se entiende no « una parte de la vida, sino la vida toda guiada
por el Espíritu Santo ».(78) Entre los elementos de
espiritualidad que todo cristiano tiene que hacer suyos sobresale la
oración. Ésta lo « conducirá poco a poco a
adquirir una mirada contemplativa de la realidad, que le permitirá
reconocer a Dios siempre y en todas las cosas; contemplarlo en todas
las personas; buscar su voluntad en los acontecimientos ».(79)
La oración tanto personal como litúrgica es un deber
de todo cristiano. « Jesucristo, evangelio del Padre, nos
advierte que sin Él no podemos hacer nada (cf. Jn 15, 5). Él
mismo en los momentos decisivos de su vida, antes de actuar, se
retiraba a un lugar solitario para entregarse a la oración y
la contemplación, y pidió a los Apóstoles que
hicieran lo mismo ».(80) A sus discípulos, sin
excepción, el Señor recuerda: « Entra en tu
aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que
está allí, en lo secreto » (Mt 6, 6). Esta vida
intensa de oración debe adaptarse a la capacidad y condición
de cada cristiano, de modo que en las diversas situaciones de su vida
pueda volver siempre « a la fuente de su encuentro con
Jesucristo para beber el único Espíritu (1 Co 12, 13)
».(81) En este sentido, la dimensión contemplativa no es
un privilegio de unos cuantos en la Iglesia; al contrario, en las
parroquias, en las comunidades y en los movimientos se ha de promover
una espiritualidad abierta y orientada a la contemplación de
las verdades fundamentales de la fe: los misterios de la Trinidad, de
la Encarnación del Verbo, de la Redención de los
hombres, y las otras grandes obras salvíficas de Dios.(82)
Los hombres y mujeres dedicados exclusivamente a la contemplación
tienen una misión fundamental en la Iglesia que está en
América. Ellos son, según expresión del Concilio
Vaticano II, « honor de la Iglesia y hontanar de gracias
celestes ».(83) Por ello, los monasterios, diseminados a lo
largo y ancho del Continente, han de ser « objeto de peculiar
amor por parte de los Pastores, los cuales estén plenamente
persuadidos de que las almas entregadas a la vida contemplativa
obtienen gracia abundante por la oración, la penitencia y la
contemplación, a las que consagran su vida. Los contemplativos
deben ser conscientes de que están integrados en la misión
de la Iglesia en el tiempo presente y que, con el testimonio de la
propia vida, cooperan al bien espiritual de los fieles, ayudando así
para que busquen el rostro de Dios en la vida diaria ».(84)
La espiritualidad cristiana se alimenta ante todo de una vida
sacramental asidua, por ser los Sacramentos raíz y fuente
inagotable de la gracia de Dios, necesaria para sostener al creyente
en su peregrinación terrena. Esta vida ha de estar integrada
con los valores de su piedad popular, los cuales a su vez se verán
enriquecidos por la práctica sacramental y libres del peligro
de degenerar en mera rutina. Por otra parte, la espiritualidad no se
contrapone a la dimensión social del compromiso cristiano. Al
contrario, el creyente, a través de un camino de oración,
se hace más consciente de las exigencias del Evangelio y de
sus obligaciones con los hermanos, alcanzando la fuerza de la gracia
indispensable para perseverar en el bien. Para madurar
espiritualmente, el cristiano debe recurrir al consejo de los
ministros sagrados o de otras personas expertas en este campo
mediante la dirección espiritual, práctica
tradicionalmente presente en la Iglesia. Los Padres sinodales han
creído necesario recomendar a los sacerdotes este ministerio
de tanta importancia.(85)
Vocación universal a la santidad
30. « Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios,
soy santo » (Lv 19, 2). La Asamblea Especial del Sínodo
de los Obispos para América ha querido recordar con vigor a
todos los cristianos la importancia de la doctrina de la vocación
universal a la santidad en la Iglesia.(86) Se trata de uno de los
puntos centrales de la Constitución dogmática sobre la
Iglesia del Concilio Vaticano II.(87) La santidad es la meta del
camino de conversión, pues ésta « no es fin en sí
misma, sino proceso hacia Dios, que es santo. Ser santos es imitar a
Dios y glorificar su nombre en las obras que realizamos en nuestra
vida (cf. Mt 5, 16) ».(88) En el camino de la santidad
Jesucristo es el punto de referencia y el modelo a imitar: Él
es « el Santo de Dios y fue reconocido como tal (cf. Mc 1, 24).
Él mismo nos enseña que el corazón de la
santidad es el amor, que conduce incluso a dar la vida por los otros
(cf. Jn 15, 13). Por ello, imitar la santidad de Dios, tal y como se
ha manifestado en Jesucristo, su Hijo, no es otra cosa que prolongar
su amor en la historia, especialmente con respecto a los pobres,
enfermos e indigentes (cf. Lc 10, 25ss) ».(89)
Jesús, el único camino para la santidad
31. « Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida » (Jn 14,
6). Con estas palabras Jesús se presenta como el único
camino que conduce a la santidad. Pero el conocimiento concreto de
este itinerario se obtiene principalmente mediante la Palabra de Dios
que la Iglesia anuncia con su predicación. Por ello, la
Iglesia en América « debe conceder una gran prioridad a
la reflexión orante sobre la Sagrada Escritura, realizada por
todos los fieles ».(90) Esta lectura de la Biblia, acompañada
de la oración, se conoce en la tradición de la Iglesia
con el nombre de Lectio divina, práctica que se ha de fomentar
entre todos los cristianos. Para los presbíteros, debe
constituir un elemento fundamental en la preparación de sus
homilías, especialmente las dominicales.(91)
Penitencia y reconciliación
32. La conversión (metanoia), a la que cada ser humano está
llamado, lleva a aceptar y hacer propia la nueva mentalidad propuesta
por el Evangelio. Esto supone el abandono de la forma de pensar y
actuar del mundo, que tantas veces condiciona fuertemente la
existencia. Como recuerda la Sagrada Escritura, es necesario que
muera el hombre viejo y nazca el hombre nuevo, es decir, que todo el
ser humano se renueve « hasta alcanzar un conocimiento perfecto
según la imagen de su creador » (Col 3, 10). En ese
camino de conversión y búsqueda de la santidad «
deben fomentarse los medios ascéticos que existieron siempre
en la práctica de la Iglesia, y que alcanzan la cima en el
sacramento del perdón, recibido y celebrado con las debidas
disposiciones ».(92) Sólo quien se reconcilia con Dios
es protagonista de una auténtica reconciliación con y
entre los hermanos.
La crisis actual del sacramento de la Penitencia, de la cual no
está exenta la Iglesia en América, y sobre la que he
expresado mi preocupación desde los comienzos mismos de mi
pontificado,(93) podrá superarse por la acción pastoral
continuada y paciente.
A este respecto, los Padres sinodales piden justamente « que
los sacerdotes dediquen el tiempo debido a la celebración del
sacramento de la Penitencia, y que inviten insistente y vigorosamente
a los fieles para que lo reciban, sin que los pastores descuiden su
propia confesión frecuente ».(94) Los Obispos y los
sacerdotes experimentan personalmente el misterioso encuentro con
Cristo que perdona en el sacramento de la Penitencia, y son testigos
privilegiados de su amor misericordioso.
La Iglesia católica, que abarca a hombres y mujeres «
de toda nación, razas, pueblos y lenguas » (Ap 7, 9),
está llamada a ser, « en un mundo señalado por
las divisiones ideológicas, étnicas, económicas
y culturales », el « signo vivo de la unidad de la
familia humana ».(95) América, tanto en la compleja
realidad de cada nación y la variedad de sus grupos étnicos,
como en los rasgos que caracterizan todo el Continente, presenta
muchas diversidades que no se han de ignorar y a las que se debe
prestar atención. Gracias a un eficaz trabajo de integración
entre todos los miembros del pueblo de Dios en cada país y
entre los miembros de las Iglesias particulares de las diversas
naciones, las diferencias de hoy podrán ser fuente de mutuo
enriquecimiento. Como afirman justamente los Padres sinodales, «
es de gran importancia que la Iglesia en toda América sea
signo vivo de una comunión reconciliada y un llamado
permanente a la solidaridad, un testimonio siempre presente en
nuestros diversos sistemas políticos, económicos y
sociales ».(96) Ésta es una aportación
significativa que los creyentes pueden ofrecer a la unidad del
Continente americano.
CAPÍTULO IV
CAMINO PARA LA COMUNIÓN
« Como tú, Padre, en mí y yo en ti,
que
ellos también sean uno en nosotros » (Jn 17, 21)
La Iglesia, sacramento de comunión
33. « Ante un mundo roto y deseoso de unidad es necesario
proclamar con gozo y fe firme que Dios es comunión, Padre,
Hijo y Espíritu Santo, unidad en la distinción, el cual
llama a todos los hombres a que participen de la misma comunión
trinitaria. Es necesario proclamar que esta comunión es el
proyecto magnífico de Dios [Padre]; que Jesucristo, que se ha
hecho hombre, es el punto central de la misma comunión, y que
el Espíritu Santo trabaja constantemente para crear la
comunión y restaurarla cuando se hubiera roto. Es necesario
proclamar que la Iglesia es signo e instrumento de la comunión
querida por Dios, iniciada en el tiempo y dirigida a su perfección
en la plenitud del Reino ».(97) La Iglesia es signo de comunión
porque sus miembros, como sarmientos, participan de la misma vida de
Cristo, la verdadera vid (cf. Jn 15, 5). En efecto, por la comunión
con Cristo, Cabeza del Cuerpo místico, entramos en comunión
viva con todos los creyentes.
Esta comunión, existente en la Iglesia y esencial a su
naturaleza,(98) debe manifestarse a través de signos
concretos, « como podrían ser: la oración en
común de unos por otros, el impulso a las relaciones entre las
Conferencias Episcopales, los vínculos entre Obispo y Obispo,
las relaciones de hermandad entre las diócesis y las
parroquias, y la mutua comunicación de agentes pastorales para
acciones misionales específicas ».(99) La comunión
eclesial implica conservar el depósito de la fe en su pureza e
integridad, así como también la unidad de todo el
Colegio de los Obispos bajo la autoridad del Sucesor de Pedro. En
este contexto, los Padres sinodales han señalado que «
el fortalecimiento del oficio petrino es fundamental para la
preservación de la unidad de la Iglesia », y que «
el ejercicio pleno del primado de Pedro es fundamental para la
identidad y la vitalidad de la Iglesia en América ».
(100) Por encargo del Señor, a Pedro y a sus Sucesores
corresponde el oficio de confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc
22, 32) y de pastorear toda la grey de Cristo (cf. Jn 21, 15-17).
Asimismo, el Sucesor del príncipe de los Apóstoles está
llamado a ser la piedra sobre la que la Iglesia está
edificada, y a ejercer el ministerio derivado de ser el depositario
de las llaves del Reino (cf. Mt 16, 18-19). El Vicario de Cristo es,
pues, « el perpetuo principio de [...] unidad y el fundamento
visible » de la Iglesia. (101)
Iniciación cristiana y comunión
34. La comunión de vida en la Iglesia se obtiene por los
sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación
y Eucaristía. El Bautismo es « la puerta de la vida
espiritual: pues por él nos hacemos miembros de Cristo, y del
cuerpo de la Iglesia ». (102) Los bautizados, al recibir la
Confirmación « se vinculan más estrechamente a la
Iglesia, se enriquecen con una fuerza especial del Espíritu
Santo, y con ello quedan obligados más estrictamente a
difundir y defender la fe, como verdaderos testigos de Cristo, por la
palabra juntamente con las obras ». (103) El proceso de la
iniciación cristiana se perfecciona y culmina con la recepción
de la Eucaristía, por la cual el bautizado se inserta
plenamente en el Cuerpo de Cristo. (104)
« Estos sacramentos son una excelente oportunidad para una
buena evangelización y catequesis, cuando su preparación
se hace por agentes dotados de fe y competencia ». (105) Aunque
en las diversas diócesis de América se ha avanzado
mucho en la preparación para los sacramentos de la iniciación
cristiana, los Padres sinodales se lamentaban de que todavía «
son muchos los que los reciben sin la suficiente formación ».
(106) En el caso del bautismo de niños no debe omitirse un
esfuerzo catequizador de cara a los padres y padrinos.
La Eucaristía, centro de comunión con Dios y con los
hermanos
35. La realidad de la Eucaristía no se agota en el hecho de
ser el sacramento con el que se culmina la iniciación
cristiana. Mientras el Bautismo y la Confirmación tienen la
función de iniciar e introducir en la vida propia de la
Iglesia, no siendo repetibles, (107) la Eucaristía continúa
siendo el centro vivo permanente en torno al cual se congrega toda la
comunidad eclesial. (108) Los diversos aspectos de este sacramento
muestran su inagotable riqueza: es, al mismo tiempo,
sacramento-sacrificio, sacramento-comunión,
sacramento-presencia. (109)
La Eucaristía es el lugar privilegiado para el encuentro
con Cristo vivo. Por ello los Pastores del pueblo de Dios en América,
a través de la predicación y la catequesis, deben
esforzarse en « dar a la celebración eucarística
dominical una nueva fuerza, como fuente y culminación de la
vida de la Iglesia, prenda de su comunión en el Cuerpo de
Cristo e invitación a la solidaridad como expresión del
mandato del Señor: « que os améis los unos a los
otros, como yo os he amado » (Jn 13, 34) ». (110) Como
sugieren los Padres sinodales, dicho esfuerzo debe tener en cuenta
varias dimensiones fundamentales. Ante todo, es necesario que los
fieles sean conscientes de que la Eucaristía es un inmenso
don, a fin de que hagan todo lo posible para participar activa y
dignamente en ella, al menos los domingos y días festivos. Al
mismo tiempo, se han de promover « todos los esfuerzos de los
sacerdotes para hacer más fácil esa participación
y posibilitarla en las comunidades lejanas ». (111) Habrá
que recordar a los fieles que « la participación plena
en ella, consciente y activa, aunque es esencialmente distinta del
oficio del sacerdote ordenado, es una actuación del sacerdocio
común recibido en el Bautismo ». (112)
La necesidad de que los fieles participen en la Eucaristía
y las dificultades que surgen por la escasez de sacerdotes, hacen
patente la urgencia de fomentar las vocaciones sacerdotales. (113) Es
también necesario recordar a toda la Iglesia en América
« el lazo existente entre la Eucaristía y la caridad »,
(114) lazo que la Iglesia primitiva expresaba uniendo el ágape
con la Cena eucarística. (115) La participación en la
Eucaristía debe llevar a una acción caritativa más
intensa como fruto de la gracia recibida en este sacramento.
Los Obispos, promotores de comunión
36. La comunión en la Iglesia, precisamente porque es un
signo de vida, debe crecer continuamente. En consecuencia, los
Obispos, recordando que « son, individualmente, el principio y
fundamento visible de unidad en sus Iglesias particulares »,
(116) deben sentirse llamados a promover la comunión en su
propia diócesis para que sea más eficaz el esfuerzo por
la nueva evangelización de América. El esfuerzo
comunitario se ve facilitado por los organismos previstos por el
Concilio Vaticano II como apoyo de la actividad del Obispo diocesano,
los cuales han sido definidos más detalladamente por la
legislación postconciliar. (117) « Corresponde al
Obispo, con la cooperación de los sacerdotes, los diáconos,
los consagrados y los laicos [...] realizar un plan de acción
pastoral de conjunto, que sea orgánico y participativo, que
llegue a todos los miembros de la Iglesia y suscite su conciencia
misionera ». (118)
Cada Ordinario debe promover en los sacerdotes y fieles la
conciencia de que la diócesis es la expresión visible
de la comunión eclesial, que se forma en la mesa de la Palabra
y de la Eucaristía en torno al Obispo, unido con el Colegio
episcopal y bajo su Cabeza, el Romano Pontífice. Ella en
cuanto Iglesia particular tiene la misión de empezar y
fomentar el encuentro de todos los miembros del pueblo de Dios con
Jesucristo, (119) en el respeto y promoción de la pluralidad y
de la diversidad que no obstaculizan la unidad, sino que le confieren
el carácter de comunión. (120) Un conocimiento más
profundo de lo que es la Iglesia particular favorecerá
ciertamente el espíritu de participación y
corresponsabilidad en la vida de los organismos diocesanos. (121)
Una comunión más intensa entre las Iglesias
particulares
37. La Asamblea especial para América del Sínodo de
los Obispos, la primera en la historia que ha reunido a Obispos de
todo el Continente, ha sido percibida por todos como una gracia
especial del Señor a la Iglesia que peregrina en América.
Esta Asamblea ha reforzado la comunión que debe existir entre
las Comunidades eclesiales del Continente, haciendo ver a todos la
necesidad de incrementarla ulteriormente. Las experiencias de
comunión episcopal, frecuentes sobre todo después del
Concilio Vaticano II por la consolidación y difusión de
las Conferencias Episcopales, deben entenderse como encuentros con
Cristo vivo, presente en los hermanos que están reunidos en su
nombre (cf. Mt 18, 20).
La experiencia sinodal ha enseñado también las
riquezas de una comunión que se extiende más allá
de los límites de cada Conferencia Episcopal. Aunque ya
existen formas de diálogo que superan tales confines, los
Padres sinodales sugieren la conveniencia de fortalecer las reuniones
interamericanas, promovidas ya por las Conferencias Episcopales de
las diversas Naciones americanas, como expresión de
solidaridad efectiva y lugar de encuentro y de estudio de los
desafíos comunes para la evangelización de América.
(122) Será igualmente oportuno definir con exactitud el
carácter de tales encuentros, de modo que lleguen a ser, cada
vez más, expresión de comunión entre todos los
Pastores. Aparte de estas reuniones más amplias, puede ser
útil, cuando las circunstancias lo requieran, crear comisiones
específicas para profundizar los temas comunes que afectan a
toda América. Campos en los que parece especialmente necesario
« que se dé un impulso a la cooperación, son las
comunicaciones pastorales mutuas, la cooperación misional, la
educación, las migraciones, el ecumenismo ». (123)
Los Obispos, que tienen el deber de impulsar la comunión
entre las Iglesias particulares, alentarán a los fieles a
vivir más intensamente la dimensión comunitaria,
asumiendo « la responsabilidad de desarrollar los lazos de
comunión con las Iglesias locales en otras partes de América
por la educación, la mutua comunicación, la unión
fraterna entre parroquias y diócesis, planes de cooperación,
y defensas unidas en temas de mayor importancia, sobre todo los que
afectan a los pobres ». (124)
Comunión fraterna con las Iglesias católicas
orientales
38. El fenómeno reciente de la implantación y
desarrollo en América de Iglesias particulares católicas
orientales, dotadas de jerarquía propia, ha merecido una
especial atención por parte de algunos Padres sinodales. Un
sincero deseo de abrazar cordial y eficazmente a estos hermanos en la
fe y en la comunión jerárquica bajo el Sucesor de
Pedro, ha llevado a la Asamblea sinodal a proponer sugerencias
concretas de ayuda fraterna por parte de las Iglesias particulares
latinas a las Iglesias católicas orientales existentes en el
Continente. Así, por ejemplo, se propone que sacerdotes de
rito latino, sobre todo de origen oriental, puedan ofrecer su
colaboración litúrgica a las comunidades orientales
carentes de un número suficiente de presbíteros.
Igualmente, respecto a los edificios religiosos, los fieles
orientales podrán usar, en los casos que sea conveniente, las
iglesias de rito latino.
En este espíritu de comunión son dignas de
consideración varias propuestas de los Padres sinodales: que
allí donde sea necesario exista, en las Conferencias
Episcopales nacionales y en los organismos internacionales de
cooperación episcopal, una comisión mixta encargada de
estudiar los problemas pastorales comunes; que la catequesis y la
formación teológica para los laicos y seminaristas de
la Iglesia latina, incluyan el conocimiento de la tradición
viva del Oriente cristiano; que los Obispos de las Iglesias católicas
orientales participen en las Conferencias Episcopales latinas de las
respectivas Naciones. (125) No puede dudarse de que esta cooperación
fraterna, a la vez que prestará una ayuda preciosa a las
Iglesias orientales, de reciente implantación en América,
permitirá a las Iglesias particulares latinas enriquecerse con
el patrimonio espiritual de la tradición del Oriente
cristiano.
El presbítero, signo de unidad
39. « Como miembro de una Iglesia particular, todo sacerdote
debe ser signo de comunión con el Obispo en cuanto que es su
inmediato colaborador, unido a sus hermanos en el presbiterio. Ejerce
su ministerio con caridad pastoral, principalmente en la comunidad
que le ha sido confiada, y la conduce al encuentro con Jesucristo
Buen Pastor. Su vocación exige que sea signo de unidad. Por
ello debe evitar cualquier participación en política
partidista que dividiría a la comunidad ». (126) Es
deseo de los Padres sinodales que se « desarrolle una acción
pastoral a favor del clero diocesano que haga más sólida
su espiritualidad, su misión y su identidad, la cual tiene su
centro en el seguimiento de Cristo que, sumo y eterno Sacerdote,
buscó siempre cumplir la voluntad del Padre. Él es el
ejemplo de la entrega generosa, de la vida austera y del servicio
hasta la muerte. El sacerdote sea consciente de que, por la recepción
del sacramento del Orden, es portador de gracia que distribuye a sus
hermanos en los sacramentos. Él mismo se santifica en el
ejercicio del ministerio ». (127)
El campo en que se desarrolla la actividad de los sacerdotes es
inmenso. Conviene, por ello, « que coloquen como centro de su
actividad lo que es esencial en su ministerio: dejarse configurar a
Cristo Cabeza y Pastor, fuente de la caridad pastoral, ofreciéndose
a sí mismos cada día con Cristo en la Eucaristía,
para ayudar a los fieles a que tengan un encuentro personal y
comunitario con Jesucristo vivo ». (128) Como testigos y
discípulos de Cristo misericordioso, los sacerdotes están
llamados a ser instrumentos de perdón y de reconciliación,
comprometiéndose generosamente al servicio de los fieles según
el espíritu del Evangelio.
Los presbíteros, en cuanto pastores del pueblo de Dios en
América, deben además estar atentos a los desafíos
del mundo actual y ser sensibles a las angustias y esperanzas de sus
gentes, compartiendo sus vicisitudes y, sobre todo, asumiendo una
actitud de solidaridad con los pobres. Procurarán discernir
los carismas y las cualidades de los fieles que puedan contribuir a
la animación de la comunidad, escuchándolos y
dialogando con ellos, para impulsar así su participación
y corresponsabilidad. Ello favorecerá una mejor distribución
de las tareas que les permita « consagrarse a lo que está
más estrechamente conexo con el encuentro y el anuncio de
Jesucristo, de modo que signifiquen mejor, en el seno de la
comunidad, la presencia de Jesús que congrega a su pueblo ».
(129)
El trabajo de discernimiento de los carismas particulares debe
llevar también a valorizar aquellos sacerdotes que se
consideren adecuados para realizar ministerios particulares. A todos
los sacerdotes, además, se les pide que presten su ayuda
fraterna en el presbiterio y que recurran al mismo con confianza en
caso de necesidad.
Ante la espléndida realidad de tantos sacerdotes en América
que, con la gracia de Dios, se esfuerzan por hacer frente a un
quehacer tan grande, hago mío el deseo de los Padres sinodales
de reconocer y alabar « la inagotable entrega de los
sacerdotes, como pastores, evangelizadores y animadores de la
comunión eclesial, expresando gratitud y dando ánimos a
los sacerdotes de toda América que dan su vida al servicio del
Evangelio ». (130)
Fomentar la pastoral vocacional
40. El papel indispensable del sacerdote en la comunidad ha de
hacer conscientes a todos los hijos de la Iglesia en América
de la importancia de la pastoral vocacional. El Continente americano
cuenta con una juventud numerosa, rica en valores humanos y
religiosos. Por ello, se han de cultivar los ambientes en que nacen
las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada e invitar a las
familias cristianas para que ayuden a sus hijos cuando se sientan
llamados a seguir este camino. (131) En efecto, las vocaciones «
son un don de Dios » y « surgen en las comunidades de fe,
ante todo, en la familia, en la parroquia, en las escuelas católicas
y en otras organizaciones de la Iglesia. Los Obispos y presbíteros
tienen la especial responsabilidad de estimular tales vocaciones
mediante la invitación personal, y principalmente por el
testimonio de una vida de fidelidad, alegría, entusiasmo y
santidad. La responsabilidad para reunir vocaciones al sacerdocio
pertenece a todo el pueblo de Dios y encuentra su mayor cumplimiento
en la oración continua y humilde por las vocaciones ».
(132)
Los seminarios, como lugares de acogida y formación de los
llamados al sacerdocio, han de preparar a los futuros ministros de la
Iglesia para que « vivan en una sólida espiritualidad de
comunión con Cristo Pastor y de docilidad a la acción
del Espíritu, que los hará especialmente capaces de
discernir las expectativas del pueblo de Dios y los diversos
carismas, y de trabajar en común ». (133) Por ello, en
los seminarios « se ha de insistir especialmente en la
formación específicamente espiritual, de modo que por
la conversión continua, la actitud de oración, la
recepción de los sacramentos de la Eucaristía y la
penitencia, los candidatos se formen al encuentro con el Señor
y se preocupen de fortificarse para la generosa entrega pastoral ».
(134) Los formadores han de preocuparse de acompañar y guiar a
los seminaristas hacia una madurez afectiva que los haga aptos para
abrazar el celibato sacerdotal y capaces de vivir en comunión
con sus hermanos en la vocación sacerdotal. Han de promover
también en ellos la capacidad de observación crítica
de la realidad circundante que les permita discernir sus valores y
contravalores, pues esto es un requisito indispensable para entablar
un diálogo constructivo con el mundo de hoy.
Una atención particular se debe dar a las vocaciones
nacidas entre los indígenas; conviene proporcionar una
formación inculturada en sus ambientes. Estos candidatos al
sacerdocio, mientras reciben la adecuada formación teológica
y espiritual para su futuro ministerio, no deben perder las raíces
de su propia cultura. (13)
Los Padres sinodales han querido agradecer y bendecir a todos los
que consagran su vida a la formación de los futuros
presbíteros en los seminarios. Así mismo, han invitado
a los Obispos a destinar para dicha tarea a sus sacerdotes más
aptos, después de haberlos preparado mediante una formación
específica que los capacite para una misión tan
delicada. (136)
Renovar la institución parroquial
41. La parroquia es un lugar privilegiado en que los fieles pueden
tener una experiencia concreta de la Iglesia. (137) Hoy en América,
como en otras partes del mundo, la parroquia encuentra a veces
dificultades en el cumplimiento de su misión. La parroquia
debe renovarse continuamente, partiendo del principio fundamental de
que « la parroquia tiene que seguir siendo primariamente
comunidad eucarística ». (138) Este principio implica
que « las parroquias están llamadas a ser receptivas y
solidarias, lugar de la iniciación cristiana, de la educación
y la celebración de la fe, abiertas a la diversidad de
carismas, servicios y ministerios, organizadas de modo comunitario y
responsable, integradoras de los movimientos de apostolado ya
existentes, atentas a la diversidad cultural de sus habitantes,
abiertas a los proyectos pastorales y superparroquiales y a las
realidades circunstantes ». (139)
Una atención especial merecen, por sus problemáticas
específicas, las parroquias en los grandes núcleos
urbanos, donde las dificultades son tan grandes que las estructuras
pastorales normales resultan inadecuadas y las posibilidades de
acción apostólica notablemente reducidas. No obstante,
la institución parroquial conserva su importancia y se ha de
mantener. Para lograr este objetivo hay que « continuar la
búsqueda de medios con los que la parroquia y sus estructuras
pastorales lleguen a ser más eficaces en los espacios urbanos
». (140) Una clave de renovación parroquial,
especialmente urgente en las parroquias de las grandes ciudades,
puede encontrarse quizás considerando la parroquia como
comunidad de comunidades y de movimientos. (141) Parece por tanto
oportuno la formación de comunidades y grupos eclesiales de
tales dimensiones que favorezcan verdaderas relaciones humanas. Esto
permitirá vivir más intensamente la comunión,
procurando cultivarla no sólo « ad intra », sino
también con la comunidad parroquial a la que pertenecen estos
grupos y con toda la Iglesia diocesana y universal. En este contexto
humano será también más fácil escuchar la
Palabra de Dios, para reflexionar a su luz sobre los diversos
problemas humanos y madurar opciones responsables inspiradas en el
amor universal de Cristo.(142) La institución parroquial así
renovada « puede suscitar una gran esperanza. Puede formar a la
gente en comunidades, ofrecer auxilio a la vida de familia, superar
el estado de anonimato, acoger y ayudar a que las personas se
inserten en la vida de sus vecinos y en la sociedad ». (143) De
este modo, cada parroquia hoy, y particularmente las de ámbito
urbano, podrá fomentar una evangelización más
personal, y al mismo tiempo acrecentar las relaciones positivas con
los otros agentes sociales, educativos y comunitarios. (144)
Además, « este tipo de parroquia renovada supone la
figura de un pastor que, en primer lugar, tenga una profunda
experiencia de Cristo vivo, espíritu misional, corazón
paterno, que sea animador de la vida espiritual y evangelizador capaz
de promover la participación. La parroquia renovada requiere
la cooperación de los laicos, un animador de la acción
pastoral y la capacidad del pastor para trabajar con otros. Las
parroquias en América deben señalarse por su impulso
misional que haga que extiendan su acción a los alejados ».
(145)
Los diáconos permanentes
42. Por motivos pastorales y teológicos serios, el Concilio
Vaticano II determinó restablecer el diaconado como grado
permanente de la jerarquía en la Iglesia latina, dejando a las
Conferencias Episcopales, con la aprobación del Sumo
Pontífice, valorar la oportunidad de instituir los diáconos
permanentes y en qué sitios. (146) Se trata de una experiencia
muy diferente no sólo en las distintas partes de América,
sino incluso entre las diócesis de una misma región. «
Algunas diócesis han formado y ordenado no pocos diáconos,
y están plenamente contentas de su incorporación y
ministerio ». (147) Aquí se ve con gozo cómo los
diáconos, « confortados con la gracia sacramental, en
comunión con el Obispo y su presbiterio, sirven al pueblo de
Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad
». (148) Otras diócesis no han emprendido este camino,
mientras en otras partes existen dificultades en la integración
de los diáconos permanentes en la estructura jerárquica.
Quedando a salvo la libertad de las Iglesias particulares para
restablecer o no, consintiéndolo el Sumo Pontífice, el
diaconado como grado permanente, está claro que el acierto de
esta restauración implica un diligente proceso de selección,
una formación seria y una atención cuidadosa a los
candidatos, así como también un acompañamiento
solícito no sólo de estos ministros sagrados, sino
también, en el caso de los diáconos casados, de su
familia, esposa e hijos. (149)
La vida consagrada
43. La historia de la evangelización de América es
un elocuente testimonio del ingente esfuerzo misional realizado por
tantas personas consagradas, las cuales, desde el comienzo,
anunciaron el Evangelio, defendieron los derechos de los indígenas
y, con amor heroico a Cristo, se entregaron al servicio del pueblo de
Dios en el Continente.(150) La aportación de las personas
consagradas al anuncio del Evangelio en América sigue siendo
de suma importancia; se trata de una aportación diversa según
los carismas propios de cada grupo: « los Institutos de vida
contemplativa que testifican lo absoluto de Dios, los Institutos
apostólicos y misionales que hacen a Cristo presente en los
muy diversos campos de la vida humana, los Institutos seculares que
ayudan a resolver la tensión entre apertura real a los valores
del mundo moderno y profunda entrega de corazón a Dios. Nacen
también nuevos Institutos y nuevas formas de vida consagrada
que requieren discreción evangélica ». (151)
Ya que « el futuro de la nueva evangelización [...]
es impensable sin una renovada aportación de las mujeres,
especialmente de las mujeres consagradas », (152) urge
favorecer su participación en diversos sectores de la vida
eclesial, incluidos los procesos en que se elaboran las decisiones,
especialmente en los asuntos que les conciernen directamente. (153)
« También hoy el testimonio de la vida plenamente
consagrada a Dios es una elocuente proclamación de que Él
basta para llenar la vida de cualquier persona ». (154) Esta
consagración al Señor ha de prolongarse en una generosa
entrega a la difusión del Reino de Dios. Por ello, a las
puertas del tercer milenio se ha de procurar « que la vida
consagrada sea más estimada y promovida por los Obispos,
sacerdotes y comunidades cristianas. Y que los consagrados,
conscientes del gozo y de la responsabilidad de su vocación,
se integren plenamente en la Iglesia particular a la que pertenecen y
fomenten la comunión y la mutua colaboración ».
(155)
Los fieles laicos y la renovación de la Iglesia
44. « La doctrina del Concilio Vaticano II sobre la unidad
de la Iglesia, como pueblo de Dios congregado en la unidad del Padre
y del Hijo y del Espíritu Santo, subraya que son comunes a la
dignidad de todos los bautizados la imitación y el seguimiento
de Cristo, la comunión mutua y el mandato misional ».
(156) Es necesario, por tanto, que los fieles laicos sean conscientes
de su dignidad de bautizados. Por su parte, los Pastores han de
estimar profundamente « el testimonio y la acción
evangelizadora de los laicos que integrados en el pueblo de Dios con
espiritualidad de comunión conducen a sus hermanos al
encuentro con Jesucristo vivo. La renovación de la Iglesia en
América no será posible sin la presencia activa de los
laicos. Por eso, en gran parte, recae en ellos la responsabilidad del
futuro de la Iglesia ». (157)
Los ámbitos en los que se realiza la vocación de los
fieles laicos son dos. El primero, y más propio de su
condición laical, es el de las realidades temporales, que
están llamados a ordenar según la voluntad de Dios.
(158) En efecto, « con su peculiar modo de obrar, el Evangelio
es llevado dentro de las estructuras del mundo y obrando en todas
partes santamente consagran el mismo mundo a Dios ». (159)
Gracias a los fieles laicos, « la presencia y la misión
de la Iglesia en el mundo se realiza, de modo especial, en la
diversidad de carismas y ministerios que posee el laicado. La
secularidad es la nota característica y propia del laico y de
su espiritualidad que lo lleva a actuar en la vida familiar, social,
laboral, cultural y política, a cuya evangelización es
llamado. En un Continente en el que aparecen la emulación y la
propensión a agredir, la inmoderación en el consumo y
la corrupción, los laicos están llamados a encarnar
valores profundamente evangélicos como la misericordia, el
perdón, la honradez, la transparencia de corazón y la
paciencia en las condiciones difíciles. Se espera de los
laicos una gran fuerza creativa en gestos y obras que expresen una
vida coherente con el Evangelio ». (160)
América necesita laicos cristianos que puedan asumir
responsabilidades directivas en la sociedad. Es urgente formar
hombres y mujeres capaces de actuar, según su propia vocación,
en la vida pública, orientándola al bien común.
En el ejercicio de la política, vista en su sentido más
noble y auténtico como administración del bien común,
ellos pueden encontrar también el camino de la propia
santificación. Para ello es necesario que sean formados tanto
en los principios y valores de la Doctrina social de la Iglesia, como
en nociones fundamentales de la teología del laicado. El
conocimiento profundo de los principios éticos y de los
valores morales cristianos les permitirá hacerse promotores en
su ambiente, proclamándolos también ante la llamada «
neutralidad del Estado ». (161)
Hay un segundo ámbito en el que muchos fieles laicos están
llamados a trabajar, y que puede llamarse « intraeclesial ».
Muchos laicos en América sienten el legítimo deseo de
aportar sus talentos y carismas a « la construcción de
la comunidad eclesial como delegados de la Palabra, catequistas,
visitadores de enfermos o de encarcelados, animadores de grupos etc.
». (162) Los Padres sinodales han manifestado el deseo de que
la Iglesia reconozca algunas de estas tareas como ministerios
laicales, fundados en los sacramentos del Bautismo y la Confirmación,
dejando a salvo el carácter específico de los
ministerios propios del sacramento del Orden. Se trata de un tema
vasto y complejo para cuyo estudio constituí, hace ya algún
tiempo, una Comisión especial (163) y sobre el que los
organismos de la Santa Sede han ido señalando paulatinamente
algunas pautas directivas. (164) Se ha de fomentar la provechosa
cooperación de fieles laicos bien preparados, hombres y
mujeres, en diversas actividades dentro de la Iglesia, evitando, sin
embargo, una posible confusión con los ministerios ordenados y
con las actividades propias del sacramento del Orden, a fin de
distinguir bien el sacerdocio común de los fieles del
sacerdocio ministerial.
A este respecto, los Padres sinodales han sugerido que las tareas
confiadas a los laicos sean bien « distintas de aquellas que
son etapas para el ministerio ordenado » (165) y que los
candidatos al sacerdocio reciben antes del presbiterado. Igualmente
se ha observado que estas tareas laicales « no deben conferirse
sino a personas, varones y mujeres, que hayan adquirido la formación
exigida, según criterios determinados: una cierta permanencia,
una real disponibilidad con respecto a un determinado grupo de
personas, la obligación de dar cuenta a su propio Pastor ».
(166) De todos modos, aunque el apostolado intraeclesial de los
laicos tiene que ser estimulado, hay que procurar que este apostolado
coexista con la actividad propia de los laicos, en la que no pueden
ser suplidos por los sacerdotes: el ámbito de la realidades
temporales.
Dignidad de la mujer
45. Merece una especial atención la vocación de la
mujer. Ya en otras ocasiones he querido expresar mi aprecio por la
aportación específica de la mujer al progreso de la
humanidad y reconocer sus legítimas aspiraciones a participar
plenamente en la vida eclesial, cultural, social y económica.
(167) Sin esta aportación se perderían algunas riquezas
que sólo el « genio de la mujer » (168) puede
aportar a la vida de la Iglesia y de la sociedad misma. No
reconocerlo sería una injusticia histórica
especialmente en América, si se tiene en cuenta la
contribución de las mujeres al desarrollo material y cultural
del Continente, como también a la transmisión y
conservación de la fe. En efecto, « su papel fue
decisivo sobre todo en la vida consagrada, en la educación, en
el cuidado de la salud ». (169)
En varias regiones del Continente americano, lamentablemente, la
mujer es todavía objeto de discriminaciones. Por eso se puede
decir que el rostro de los pobres en América es también
el rostro de muchas mujeres. En este sentido, los Padres sinodales
han hablado de un « aspecto femenino de la pobreza ».
(170) La Iglesia se siente obligada a insistir sobre la dignidad
humana, común a todas las personas. Ella « denuncia la
discriminación, el abuso sexual y la prepotencia masculina
como acciones contrarias al plan de Dios ». (171) En
particular, deplora como abominable la esterilización, a veces
programada, de las mujeres, sobre todo de las más pobres y
marginadas, que es practicada a menudo de manera engañosa, sin
saberlo las interesadas; esto es mucho más grave cuando se
hacer para conseguir ayudas económicas a nivel internacional.
La Iglesia en el Continente se siente comprometida a intensificar
su preocupación por la mujeres y a defenderlas « de modo
que la sociedad en América ayude más a la vida familiar
fundada en el matrimonio, proteja más la maternidad y respete
más la dignidad de todas las mujeres ». (172) Se debe
ayudar a las mujeres americanas a tomar parte activa y responsable en
la vida y misión de la Iglesia, (173) como también se
ha de reconocer la necesidad de la sabiduría y cooperación
de las mujeres en las tareas directivas de la sociedad americana.
Los desafíos para la familia cristiana
46. Dios Creador, formando al primer varón y a la primera
mujer, y mandando « sed fecundos y multiplicaos » (Gn 1,
28), estableció definitivamente la familia. De este santuario
nace la vida y es aceptada como don de Dios. La Palabra, leída
asiduamente en la familia, la construye poco a poco como iglesia
doméstica y la hace fecunda en humanismo y virtudes
cristianas; allí se constituye la fuente de las vocaciones. La
vida de oración de la familia en torno a alguna imagen de la
Virgen hará que permanezca siempre unida en torno a la Madre,
como los discípulos de Jesús (cf. Hch 1, 14) ».
(174) Son muchas las insidias que amenazan la solidez de la
institución familiar en la mayor parte de los países de
América, siendo, a la vez, desafíos para los
cristianos. Se deben mencionar, entre otros, el aumento de los
divorcios, la difusión del aborto, del infanticidio y de la
mentalidad contraceptiva. Ante esta situación hay que subrayar
« que el fundamento de la vida humana es la relación
nupcial entre el marido y la esposa, la cual entre los cristianos es
sacramental ». (175)
Es urgente, pues, una amplia catequización sobre el ideal
cristiano de la comunión conyugal y de la vida familiar, que
incluya una espiritualidad de la paternidad y la maternidad. Es
necesario prestar mayor atención pastoral al papel de los
hombres como maridos y padres, así como a la responsabilidad
que comparten con sus esposas respecto al matrimonio, la familia y la
educación de los hijos. No debe omitirse una seria preparación
de los jóvenes antes del matrimonio, en la que se presente con
claridad la doctrina católica, a nivel teológico,
espiritual y antropológico sobre este sacramento. En un
Continente caracterizado por un considerable desarrollo demográfico,
como es América, deben incrementarse continuamente las
iniciativas pastorales dirigidas a las familias.
Para que la familia cristiana sea ver