INTRODUCCIÓN
1. La Iglesia en América, llena de gozo por la fe recibida
y dando gracias a Cristo por este inmenso don, ha celebrado hace poco
el quinto centenario del comienzo de la predicación del
Evangelio en sus tierras. Esta conmemoración ayudó a
los católicos americanos a ser más conscientes del
deseo de Cristo de encontrarse con los habitantes del llamado Nuevo
Mundo para incorporarlos a su Iglesia y hacerse presente de este modo
en la historia del Continente. La evangelización de América
no es sólo un don del Señor, sino también fuente
de nuevas responsabilidades. Gracias a la acción de los
evangelizadores a lo largo y ancho de todo el Continente han nacido
de la Iglesia y del Espíritu innumerables hijos.(1) En sus
corazones, tanto en el pasado como en el presente, continúan
resonando las palabras del Apóstol: « Predicar el
Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más
bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no
predicara el Evangelio! » (1 Co 9, 16). Este deber se funda en
el mandato del Señor resucitado a los Apóstoles antes
de su Ascensión al cielo: « Proclamad la Buena Nueva a
toda la creación » (Mc 16, 15).
Este mandato se dirige a la Iglesia entera, y la Iglesia en
América, en este preciso momento de su historia, está
llamada a acogerlo y responder con amorosa generosidad a su misión
fundamental evangelizadora. Lo subrayaba en Bogotá mi
predecesor Pablo VI, el primer Papa que visitó América:
« Corresponderá a nosotros, en cuanto representantes
tuyos, [Señor Jesús] y administradores de tus divinos
misterios (cf. 1 Co 4, 1; 1 P 4, 10), difundir los tesoros de tu
palabra, de tu gracia, de tus ejemplos entre los hombres ».(2)
El deber de la evangelización es una urgencia de caridad para
el discípulo de Cristo: « El amor de Cristo nos apremia
» (2 Co 5, 14), afirma el apóstol Pablo, recordando lo
que el Hijo de Dios hizo por nosotros con su sacrificio redentor: «
Uno murió por todos [...], para que ya no vivan para sí
los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por
ellos » (2 Co 5, 14-15).
La conmemoración de ciertas fechas especialmente evocadoras
del amor de Cristo por nosotros suscita en el ánimo, junto con
el agradecimiento, la necesidad de « anunciar las maravillas de
Dios », es decir, la necesidad de evangelizar. Así, el
recuerdo de la reciente celebración de los quinientos años
de la llegada del mensaje evangélico a América, esto
es, del momento en que Cristo llamó a América a la fe,
y el cercano Jubileo con que la Iglesia celebrará los 2000
años de la Encarnación del Hijo de Dios, son ocasiones
privilegiadas en las que, de manera espontánea, brota del
corazón con más fuerza nuestra gratitud hacia el Señor.
Consciente de la grandeza de estos dones recibidos, la Iglesia
peregrina en América desea hacer partícipe de las
riquezas de la fe y de la comunión en Cristo a toda la
sociedad y a cada uno de los hombres y mujeres que habitan en el
suelo americano.
La idea de celebrar esta Asamblea sinodal
2. Precisamente el mismo día en que se cumplían los
quinientos años del comienzo de la evangelización de
América, el 12 de octubre de 1992, con el deseo de abrir
nuevos horizontes y dar renovado impulso a la evangelización,
en la alocución con la que inauguré los trabajos de la
IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Santo
Domingo, hice la propuesta de un encuentro sinodal « en orden a
incrementar la cooperación entre las diversas Iglesias
particulares » para afrontar juntas, dentro del marco de la
nueva evangelización y como expresión de comunión
episcopal, « los problemas relativos a la justicia y la
solidaridad entre todas las Naciones de América ».(3) La
acogida positiva que los Episcopados de América dieron a esta
propuesta, me permitió anunciar en la Carta apostólica
Tertio millennio adveniente el propósito de convocar una
asamblea sinodal « sobre la problemática de la nueva
evangelización en las dos partes del mismo Continente, tan
diversas entre sí por su origen y su historia, y sobre la
cuestión de la justicia y de las relaciones económicas
internacionales, considerando la enorme desigualdad entre el Norte y
el Sur ».(4) Entonces se iniciaron los trabajos preparatorios
propiamente dichos, hasta llegar a la Asamblea Especial del Sínodo
de los Obispos para América, celebrada en el Vaticano del 16
de noviembre al 12 de diciembre de 1997.
El tema de la Asamblea
3. En coherencia con la idea inicial, y oídas las
sugerencias del Consejo presinodal, viva expresión del sentir
de muchos Pastores del pueblo de Dios en el Continente americano,
enuncié el tema de la Asamblea Especial del Sínodo para
América en los siguientes términos: « Encuentro
con Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión
y la solidaridad en América ». El tema así
formulado expresa claramente la centralidad de la persona de
Jesucristo resucitado, presente en la vida de la Iglesia, que invita
a la conversión, a la comunión y a la solidaridad. El
punto de partida de este programa evangelizador es ciertamente el
encuentro con el Señor. El Espíritu Santo, don de
Cristo en el misterio pascual, nos guía hacia las metas
pastorales que la Iglesia en América ha de alcanzar en el
tercer milenio cristiano.
La celebración de la Asamblea como experiencia de encuentro
4. La experiencia vivida durante la Asamblea tuvo, sin duda, el
carácter de un encuentro con el Señor. Recuerdo
gustoso, de modo especial, las dos concelebraciones solemnes que
presidí en la Basílica de San Pedro para la
inauguración y para la clausura de los trabajos de la
Asamblea. El encuentro con el Señor resucitado, verdadera,
real y substancialmente presente en la Eucaristía, constituyó
el clima espiritual que permitió que todos los Obispos de la
Asamblea sinodal se reconocieran, no sólo como hermanos en el
Señor, sino también como miembros del Colegio
episcopal, deseosos de seguir, presididos por el Sucesor de Pedro,
las huellas del Buen Pastor, sirviendo a la Iglesia que peregrina en
todas las regiones del Continente. Fue evidente para todos la alegría
de cuantos participaron en la Asamblea, al descubrir en ella una
ocasión excepcional de encuentro con el Señor, con el
Vicario de Cristo, con tantos Obispos, sacerdotes, consagrados y
laicos venidos de todas las partes del Continente.
Sin duda, ciertos factores previos contribuyeron, de modo mediato
pero eficaz, a asegurar este clima de encuentro fraterno en la
Asamblea sinodal. En primer lugar, deben señalarse las
experiencias de comunión vividas anteriormente en las
Asambleas Generales del Episcopado Latinoamericano en Río de
Janeiro (1955), Medellín (1968), Puebla (1979) y Santo Domingo
(1992). En ellas los Pastores de la Iglesia en América Latina
reflexionaron juntos como hermanos sobre las cuestiones pastorales
más apremiantes en esa región del Continente. A estas
Asambleas deben añadirse las reuniones periódicas
interamericanas de Obispos, en las cuales los participantes tienen la
posibilidad de abrirse al horizonte de todo el Continente, dialogando
sobre los problemas y desafíos comunes que afectan a la
Iglesia en los países americanos.
Contribuir a la unidad del Continente
5. En la primera propuesta que hice en Santo Domingo, sobre la
posibilidad de celebrar una Asamblea Especial del Sínodo,
señalé que « la Iglesia, ya a las puertas del
tercer milenio cristiano y en unos tiempos en que han caído
muchas barreras y fronteras ideológicas, siente como un deber
ineludible unir espiritualmente aún más a todos los
pueblos que forman este gran Continente y, a la vez, desde la misión
religiosa que le es propia, impulsar un espíritu solidario
entre todos ellos ».(5) Los elementos comunes a todos los
pueblos de América, entre los que sobresale una misma
identidad cristiana así como también una auténtica
búsqueda del fortalecimiento de los lazos de solidaridad y
comunión entre las diversas expresiones del rico patrimonio
cultural del Continente, son el motivo decisivo por el que quise que
la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos dedicara sus
reflexiones a América como una realidad única. La
opción de usar la palabra en singular quería expresar
no sólo la unidad ya existente bajo ciertos aspectos, sino
también aquel vínculo más estrecho al que
aspiran los pueblos del Continente y que la Iglesia desea favorecer,
dentro del campo de su propia misión dirigida a promover la
comunión de todos en el Señor.
En el contexto de la nueva evangelización
6. En la perspectiva del Gran Jubileo del año 2000 he
querido que tuviera lugar una Asamblea Especial del Sínodo de
los Obispos para cada uno de los cinco Continentes: tras las
dedicadas a África (1994), América (1997), Asia (1998)
y, muy recientemente, Oceanía (1998), en este año de
1999 con la ayuda del Señor se celebrará una nueva
Asamblea Especial para Europa. De este modo, durante el año
jubilar, será posible una Asamblea General Ordinaria que
sintetice y saque las conclusiones de los ricos materiales que las
diversas Asambleas continentales han ido aportando. Esto será
posible por el hecho de que en todos estos Sínodos ha habido
preocupaciones semejantes y centros comunes de interés. En
este sentido, refiriéndome a esta serie de Asambleas
sinodales, he señalado cómo en todas « el tema de
fondo es el de la evangelización, mejor todavía, el de
la nueva evangelización, cuyas bases fueron fijadas por la
Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi de Pablo VI
».(6) Por ello, tanto en mi primera indicación sobre la
celebración de esta Asamblea Especial del Sínodo como
más tarde en su anuncio explícito, una vez que todos
los Episcopados de América hicieron suya la idea, indiqué
que sus deliberaciones habrían de discurrir « dentro del
marco de la nueva evangelización »,(7) afrontando los
problemas sobresalientes de la misma.(8)
Esta preocupación era más obvia ya que yo mismo
había formulado el primer programa de una nueva evangelización
en suelo americano. En efecto, cuando la Iglesia en toda América
se preparaba para recordar los quinientos años del comienzo de
la primera evangelización del Continente, hablando al Consejo
Episcopal Latinoamericano (CELAM) en Puerto Príncipe (Haití)
afirmé: « La conmemoración del medio milenio de
evangelización tendrá su significación plena si
es un compromiso vuestro como Obispos, junto con vuestro presbiterio
y fieles; compromiso, no de reevangelización, pero sí
de una evangelización nueva. Nueva en su ardor, en sus
métodos, en su expresión ».(9) Más tarde
invité a toda la Iglesia a llevar a cabo esta exhortación,
aunque el programa evangelizador, al extenderse a la gran diversidad
que presenta hoy el mundo entero, debe diversificarse según
dos situaciones claramente diferentes: la de los países muy
afectados por el secularismo y la de aquellos otros donde «
todavía se conservan muy vivas las tradiciones de piedad y de
religiosidad popular cristiana ».(10) Se trata, sin duda, de
dos situaciones presentes, en grado diverso, en diferentes países
o, quizás mejor, en diversos ambientes concretos dentro de los
países del Continente americano.
Con la presencia y la ayuda del Señor
7. El mandato de evangelizar, que el Señor resucitado dejó
a su Iglesia, va acompañado por la seguridad, basada en su
promesa, de que Él sigue viviendo y actuando entre nosotros: «
He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta
el fin del mundo » (Mt 28, 20). Esta presencia misteriosa de
Cristo en su Iglesia es la garantía de su éxito en la
realización de la misión que le ha sido confiada. Al
mismo tiempo, esa presencia hace también posible nuestro
encuentro con Él, como Hijo enviado por el Padre, como Señor
de la Vida que nos comunica su Espíritu. Un encuentro renovado
con Jesucristo hará conscientes a todos los miembros de la
Iglesia en América de que están llamados a continuar la
misión del Redentor en esas tierras.
El encuentro personal con el Señor, si es auténtico,
llevará también consigo la renovación eclesial:
las Iglesias particulares del Continente, como Iglesias hermanas y
cercanas entre sí, acrecentarán los vínculos de
cooperación y solidaridad para prolongar y hacer más
viva la obra salvadora de Cristo en la historia de América. En
una actitud de apertura a la unidad, fruto de una verdadera comunión
con el Señor resucitado, las Iglesias particulares, y en ellas
cada uno de sus miembros, descubrirán, a través de la
propia experiencia espiritual que el « encuentro con Jesucristo
vivo » es « camino para la conversión, la comunión
y la solidaridad ». Y, en la medida en que estas metas vayan
siendo alcanzadas, será posible una dedicación cada vez
mayor a la nueva evangelización de América.
CAPÍTULO I
EL ENCUENTRO CON JESUCRISTO VIVO
« Hemos encontrado al Mesías » (Jn 1, 41)
Los encuentros con el Señor en el Nuevo Testamento
8. Los Evangelios relatan numerosos encuentros de Jesús con
hombres y mujeres de su tiempo. Una característica común
a todos estos episodios es la fuerza transformadora que tienen y
manifiestan los encuentros con Jesús, ya que « abren un
auténtico proceso de conversión, comunión y
solidaridad ».(11) Entre los más significativos está
el de la mujer samaritana (cf. Jn 4, 5-42). Jesús la llama
para saciar su sed, que no era sólo material, pues, en
realidad, « el que pedía beber, tenía sed de la
fe de la misma mujer ».(12) Al decirle, « dame de beber »
(Jn 4, 7), y al hablarle del agua viva, el Señor suscita en la
samaritana una pregunta, casi una oración, cuyo alcance real
supera lo que ella podía comprender en aquel momento: «
Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed »
(Jn 4, 15). La samaritana, aunque « todavía no entendía
»,(13) en realidad estaba pidiendo el agua viva de que le
hablaba su divino interlocutor. Al revelarle Jesús su
mesianidad (cf. Jn 4, 26), la samaritana se siente impulsada a
anunciar a sus conciudadanos que ha descubierto el Mesías (cf.
Jn 4, 28-30). Así mismo, cuando Jesús encuentra a
Zaqueo (cf. Lc 19, 1-10) el fruto más preciado es su
conversión: éste, consciente de las injusticias que ha
cometido, decide devolver con creces —« el cuádruple
»— a quienes había defraudado. Además,
asume una actitud de desprendimiento de las cosas materiales y de
caridad hacia los necesitados, que lo lleva a dar a los pobres la
mitad de sus bienes.
Una mención especial merecen los encuentros con Cristo
resucitado narrados en el Nuevo Testamento. Gracias a su encuentro
con el Resucitado, María Magdalena supera el desaliento y la
tristeza causados por la muerte del Maestro (cf. Jn 20, 11-18). En su
nueva dimensión pascual, Jesús la envía a
anunciar a los discípulos que Él ha resucitado (cf. Jn
20, 17). Por este hecho se ha llamado a María Magdalena «
la apóstol de los apóstoles ».(14) Por su parte,
los discípulos de Emaús, después de encontrar y
reconocer al Señor resucitado, vuelven a Jerusalén para
contar a los apóstoles y a los demás discípulos
lo que les había sucedido (cf. Lc 24, 13-35). Jesús,
«empezando por Moisés y continuando por todos los
profetas, les explicó lo que había sobre él en
todas las Escrituras» (Lc 24, 27). Los dos discípulos
reconocerían más tarde que su corazón ardía
mientras el Señor les hablaba en el camino explicándoles
las Escrituras (cf. Lc 24, 32). No hay duda de que san Lucas al
narrar este episodio, especialmente el momento decisivo en que los
dos discípulos reconocen a Jesús, hace una alusión
explícita a los relatos de la institución de la
Eucaristía, es decir, al modo como Jesús actuó
en la Última Cena (cf. Lc 24, 30). El evangelista, para
relatar lo que los discípulos de Emaús cuentan a los
Once, utiliza una expresión que en la Iglesia naciente tenía
un significado eucarístico preciso: « Le habían
conocido en la fracción del pan » (Lc 24, 35).
Entre los encuentros con el Señor resucitado, uno de los
que han tenido un influjo decisivo en la historia del cristianismo
es, sin duda, la conversión de Saulo, el futuro Pablo y
apóstol de los gentiles, en el camino de Damasco. Allí
tuvo lugar el cambio radical de su existencia, de perseguidor a
apóstol (cf. Hch 9, 3-30; 22, 6-11; 26, 12-18). El mismo Pablo
habla de esta extraordinaria experiencia como de una revelación
del Hijo de Dios « para que le anunciase entre los gentiles »
(Ga 1, 16).
La invitación del Señor respeta siempre la libertad
de los que llama. Hay casos en que el hombre, al encontrarse con
Jesús, se cierra al cambio de vida al que Él lo invita.
Fueron numerosos los casos de contemporáneos de Jesús
que lo vieron y oyeron, y, sin embargo, no se abrieron a su palabra.
El Evangelio de san Juan señala el pecado como la causa que
impide al ser humano abrirse a la luz que es Cristo: « Vino la
luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la
luz, porque sus obras eran malas » (Jn 3, 19). Los textos
evangélicos enseñan que el apego a las riquezas es un
obstáculo para acoger el llamado a un seguimiento generoso y
pleno de Jesús. Típico es, a este respecto, el caso del
joven rico (cf. Mt 19, 16-22; Mc 10, 17-22; Lc 18, 18-23).
Encuentros personales y encuentros comunitarios
9. Algunos encuentros con Jesús, narrados en los
Evangelios, son claramente personales como, por ejemplo, las llamadas
vocacionales (cf. Mt 4, 19; 9, 9; Mc 10, 21; Lc 9, 59). En ellos
Jesús trata con intimidad a sus interlocutores: « Rabbí
—que quiere decir “Maestro”— ¿dónde
vives? » [...] « Venid y lo veréis » (Jn 1,
38-39). Otras veces, en cambio, los encuentros tienen un carácter
comunitario. Así son, en concreto, los encuentros con los
Apóstoles, que tienen una importancia fundamental para la
constitución de la Iglesia. En efecto, los Apóstoles,
elegidos por Jesús de entre un grupo más amplio de
discípulos (cf. Mc 3, 13-19; Lc 6, 12-16), son objeto de una
formación especial y de una comunicación más
íntima. A la multitud Jesús le habla en parábolas
que sólo explica a los Doce: « Es que a vosotros se os
ha dado a conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos
no » (Mt 13, 11). Los Apóstoles están llamados a
ser los anunciadores de la Buena Nueva y a desarrollar una misión
especial para edificar la Iglesia con la gracia de los Sacramentos.
Para este fin, reciben la potestad necesaria: les da el poder de
perdonar los pecados apelando a la plenitud de ese mismo poder en el
cielo y en la tierra que el Padre le ha dado (cf. Mt 28, 18). Ellos
serán los primeros en recibir el don del Espíritu Santo
(cf. Hch 2, 1-4), don que recibirán más tarde quienes
se incorporen a la Iglesia por los sacramentos de la iniciación
cristiana (cf. Hch 2, 38).
El encuentro con Cristo en el tiempo de la Iglesia
10. La Iglesia es el lugar donde los hombres, encontrando a Jesús,
pueden descubrir el amor del Padre: en efecto, el que ha visto a
Jesús ha visto al Padre (cf. Jn 14, 9). Jesús, después
de su ascensión al cielo, actúa mediante la acción
poderosa del Paráclito (cf. Jn 16, 7), que transforma a los
creyentes dándoles la nueva vida. De este modo ellos llegan a
ser capaces de amar con el mismo amor de Dios, « que ha sido
derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se
nos ha dado » (Rm 5, 5). La gracia divina prepara, además,
a los cristianos a ser agentes de la transformación del mundo,
instaurando en él una nueva civilización, que mi
predecesor Pablo VI llamó justamente « civilización
del amor ».(15)
En efecto, « el Verbo de Dios, asumiendo en todo la
naturaleza humana menos en el pecado (cf. Hb 4, 11), manifiesta el
plan del Padre, de revelar a la persona humana el modo de llegar a la
plenitud de su propia vocación [...] Así, Jesús
no sólo reconcilia al hombre con Dios, sino que lo reconcilia
también consigo mismo, revelándole su propia naturaleza
».(16) Con estas palabras los Padres sinodales, en la línea
del Concilio Vaticano II, han reafirmado que Jesús es el
camino a seguir para llegar a la plena realización personal,
que culmina en el encuentro definitivo y eterno con Dios. « Yo
soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí
» (Jn 14, 6). Dios nos « predestinó a reproducir
la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito
entre muchos hermanos » (Rm 8, 29). Jesucristo es, pues, la
respuesta definitiva a la pregunta sobre el sentido de la vida y a
los interrogantes fundamentales que asedian también hoy a
tantos hombres y mujeres del continente americano.
Por medio de María encontramos a Jesús
11. Cuando nació Jesús, los magos de Oriente
acudieron a Belén y « vieron al Niño con María
su Madre » (Mt 2, 11). Al inicio de la vida pública, en
las bodas de Caná, cuando el Hijo de Dios realizó el
primero de sus signos, suscitando la fe de los discípulos (Jn
2, 11), es María la que interviene y orienta a los servidores
hacia su Hijo con estas palabras: « Haced lo que él os
diga » (Jn 2, 5). A este respecto, he escrito en otra ocasión:
« La Madre de Cristo se presenta ante los hombres como portavoz
de la voluntad del Hijo, indicadora de aquellas exigencias que deben
cumplirse para que pueda manifestarse el poder salvífico del
Mesías ».(17) Por eso, María es un camino seguro
para encontrar a Cristo. La piedad hacia la Madre del Señor,
cuando es auténtica, anima siempre a orientar la propia vida
según el espíritu y los valores del Evangelio.
¿Cómo no poner de relieve el papel que la Virgen
tiene respecto a la Iglesia peregrina en América, en camino al
encuentro con el Señor? En efecto, la Santísima Virgen,
« de manera especial, está ligada al nacimiento de la
Iglesia en la historia de [...] los pueblos de América, que
por María llegaron al encuentro con el Señor ».(18)
En todas las partes del Continente la presencia de la Madre de
Dios ha sido muy intensa desde los días de la primera
evangelización, gracias a la labor de los misioneros. En su
predicación, « el Evangelio ha sido anunciado
presentando a la Virgen María como su realización más
alta. Desde los orígenes —en su advocación de
Guadalupe— María constituyó el gran signo, de
rostro maternal y misericordioso, de la cercanía del Padre y
de Cristo, con quienes ella nos invita a entrar en comunión
».(19)
La aparición de María al indio Juan Diego en la
colina del Tepeyac, el año 1531, tuvo una repercusión
decisiva para la evangelización.(20) Este influjo va más
allá de los confines de la nación mexicana, alcanzando
todo el Continente. Y América, que históricamente ha
sido y es crisol de pueblos, ha reconocido « en el rostro
mestizo de la Virgen del Tepeyac, [...] en Santa María de
Guadalupe, [...] un gran ejemplo de evangelización
perfectamente inculturada ».(21) Por eso, no sólo en el
Centro y en el Sur, sino también en el Norte del Continente,
la Virgen de Guadalupe es venerada como Reina de toda América.(22)
A lo largo del tiempo ha ido creciendo cada vez más en los
Pastores y fieles la conciencia del papel desarrollado por la Virgen
en la evangelización del Continente. En la oración
compuesta para la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos
para América, María Santísima de Guadalupe es
invocada como « Patrona de toda América y Estrella de la
primera y de la nueva evangelización ». En este sentido,
acojo gozoso la propuesta de los Padres sinodales de que el día
12 de diciembre se celebre en todo el Continente la fiesta de Nuestra
Señora de Guadalupe, Madre y Evangelizadora de América.(23)
Abrigo en mi corazón la firme esperanza de que ella, a cuya
intercesión se debe el fortalecimiento de la fe de los
primeros discípulos (cf. Jn 2, 11), guíe con su
intercesión maternal a la Iglesia en este Continente,
alcanzándole la efusión del Espíritu Santo como
en la Iglesia naciente (cf. Hch 1, 14), para que la nueva
evangelización produzca un espléndido florecimiento de
vida cristiana.
Lugares de encuentro con Cristo
12. Contando con el auxilio de María, la Iglesia en América
desea conducir a los hombres y mujeres de este Continente al
encuentro con Cristo, punto de partida para una auténtica
conversión y para una renovada comunión y solidaridad.
Este encuentro contribuirá eficazmente a consolidar la fe de
muchos católicos, haciendo que madure en fe convencida, viva y
operante.
Para que la búsqueda de Cristo presente en su Iglesia no se
reduzca a algo meramente abstracto, es necesario mostrar los lugares
y momentos concretos en los que, dentro de la Iglesia, es posible
encontrarlo. La reflexión de los Padres sinodales a este
respecto ha sido rica en sugerencias y observaciones.
Ellos han señalado, en primer lugar, « la Sagrada
Escritura leída a la luz de la Tradición, de los Padres
y del Magisterio, profundizada en la meditación y la oración
».(24) Se ha recomendado fomentar el conocimiento de los
Evangelios, en los que se proclama, con palabras fácilmente
accesibles a todos, el modo como Jesús vivió entre los
hombres. La lectura de estos textos sagrados, cuando se escucha con
la misma atención con que las multitudes escuchaban a Jesús
en la ladera del monte de las Bienaventuranzas o en la orilla del
lago de Tiberíades mientras predicaba desde la barca, produce
verdaderos frutos de conversión del corazón.
Un segundo lugar para el encuentro con Jesús es la sagrada
Liturgia.(25) Al Concilio Vaticano II debemos una riquísima
exposición de las múltiples presencias de Cristo en la
Liturgia, cuya importancia debe llevar a hacer de ello objeto de una
constante predicación: Cristo está presente en el
celebrante que renueva en el altar el mismo y único sacrificio
de la Cruz; está presente en los Sacramentos en los que actúa
su fuerza eficaz. Cuando se proclama su palabra, es Él mismo
quien nos habla. Está presente además en la comunidad,
en virtud de su promesa: « Donde están dos o tres
reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos »
(Mt 18, 20). Está presente « sobre todo bajo las
especies eucarísticas ».(26) Mi predecesor Pablo VI
creyó necesario explicar la singularidad de la presencia real
de Cristo en la Eucaristía, que « se llama “real”
no por exclusión, como si las otras presencias no fueran
“reales”, sino por antonomasia, porque es substancial
».(27) Bajo las especies de pan y vino, « Cristo todo
entero está presente en su “realidad física”
aún corporalmente ».(28)
La Escritura y la Eucaristía, como lugares de encuentro con
Cristo, están sugeridas en el relato de la aparición
del Resucitado a los dos discípulos de Emaús. Además,
el texto del Evangelio sobre el juicio final (cf. Mt 25, 31-46), en
el que se afirma que seremos juzgados sobre el amor a los
necesitados, en quienes misteriosamente está presente el Señor
Jesús, indica que no se debe descuidar un tercer lugar de
encuentro con Cristo: « Las personas, especialmente los pobres,
con los que Cristo se identifica ».(29) Como recordaba el Papa
Pablo VI, al clausurar el Concilio Vaticano II, « en el rostro
de cada hombre, especialmente si se ha hecho transparente por sus
lágrimas y por sus dolores, podemos y debemos reconocer el
rostro de Cristo (cf. Mt 25, 40), el Hijo del hombre ».(30)
CAPITULO II
EL ENCUENTRO CON JESUCRISTO
EN EL HOY DE AMERICA
« A quien se le dio mucho, se le reclamará mucho »
(Lc 12, 48)
Situación de los hombres y mujeres de América
y
su encuentro con el Señor
13. En los Evangelios se narran encuentros con Cristo de personas
en situaciones muy diferentes. A veces se trata de situaciones de
pecado, que dejan entrever la necesidad de la conversión y del
perdón del Señor. En otras circunstancias se dan
actitudes positivas de búsqueda de la verdad, de auténtica
confianza en Jesús, que llevan a establecer una relación
de amistad con Él, y que estimulan el deseo de imitarlo. No
pueden olvidarse tampoco los dones con los que el Señor
prepara a algunos para un encuentro posterior. Así Dios,
haciendo a María « llena de gracia » (Lc 1, 28)
desde el primer momento, la preparó para que en ella tuviera
lugar el más importante encuentro divino con la naturaleza
humana: el misterio inefable de la Encarnación.
Como los pecados y las virtudes sociales no existen en abstracto,
sino que son el resultado de actos personales,(31) es necesario tener
presente que América es hoy una realidad compleja, fruto de
las tendencias y modos de proceder de los hombres y mujeres que lo
habitan. En esta situación real y concreta es donde ellos han
de encontrarse con Jesús.
Identidad cristiana de América
14. El mayor don que América ha recibido del Señor
es la fe, que ha ido forjando su identidad cristiana. Hace ya más
de quinientos años que el nombre de Cristo comenzó a
ser anunciado en el Continente. Fruto de la evangelización,
que ha acompañado los movimientos migratorios desde Europa, es
la fisonomía religiosa americana, impregnada de los valores
morales que, si bien no siempre se han vivido coherentemente y en
ocasiones se han puesto en discusión, pueden considerarse en
cierto modo patrimonio de todos los habitantes de América,
incluso de quienes no se identifican con ellos. Es claro que la
identidad cristiana de América no puede considerarse como
sinónimo de identidad católica. La presencia de otras
confesiones cristianas en grado mayor o menor en diferentes partes de
América, hace especialmente urgente el compromiso ecuménico,
para buscar la unidad entre todos los creyentes en Cristo.(32)
Frutos de santidad
15. La expresión y los mejores frutos de la identidad
cristiana de América son sus santos. En ellos, el encuentro
con Cristo vivo « es tan profundo y comprometido [...] que se
convierte en fuego que lo consume todo, e impulsa a construir su
Reino, a hacer que Él y la nueva alianza sean el sentido y el
alma de [...] la vida personal y comunitaria ».(33) América
ha visto florecer los frutos de la santidad desde los comienzos de su
evangelización. Este es el caso de santa Rosa de Lima
(1586-1617), « la primera flor de santidad en el Nuevo Mundo »,
proclamada patrona principal de América en 1670 por el Papa
Clemente X.(34) Después de ella, el santoral americano se ha
ido incrementando hasta alcanzar su amplitud actual.(35) Las
beatificaciones y canonizaciones, con las que no pocos hijos e hijas
del Continente han sido elevados al honor de los altares, ofrecen
modelos heroicos de vida cristiana en la diversidad de estados de
vida y de ambientes sociales. La Iglesia, al beatificarlos o
canonizarlos, ve en ellos a poderosos intercesores unidos a
Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote, mediador entre Dios y los
hombres. Los Beatos y Santos de América acompañan con
solicitud fraterna a los hombres y mujeres de su tierra que, entre
gozos y sufrimientos, caminan hacia el encuentro definitivo con el
Señor.(36) Para fomentar cada vez más su imitación
y para que los fieles recurran de una manera más frecuente y
fructuosa a su intercesión, considero muy oportuna la
propuesta de los Padres sinodales de preparar « una colección
de breves biografías de los Santos y Beatos americanos. Esto
puede iluminar y estimular en América la respuesta a la
vocación universal a la santidad ».(37)
Entre sus Santos, « la historia de la evangelización
de América reconoce numerosos mártires, varones y
mujeres, tanto Obispos, como presbíteros, religiosos y laicos,
que con su sangre regaron [...] [estas] naciones. Ellos, como nube de
testigos (cf. Hb 12, 1), nos estimulan para que asumamos hoy, sin
temor y ardorosamente, la nueva evangelización ».(38) Es
necesario que sus ejemplos de entrega sin límites a la causa
del Evangelio sean no sólo preservados del olvido, sino más
conocidos y difundidos entre los fieles del Continente. Al respecto,
escribía en la Tertio millennio adveniente: « Las
Iglesias locales hagan todo lo posible por no perder el recuerdo de
quienes han sufrido el martirio, recogiendo para ello la
documentación necesaria ».(39)
La piedad popular
16. Una característica peculiar de América es la
existencia de una piedad popular profundamente enraizada en sus
diversas naciones. Está presente en todos los niveles y
sectores sociales, revistiendo una especial importancia como lugar de
encuentro con Cristo para todos aquellos que con espíritu de
pobreza y humildad de corazón buscan sinceramente a Dios (cf.
Mt 11, 25). Las expresiones de esta piedad son numerosas: « Las
peregrinaciones a los santuarios de Cristo, de la Santísima
Virgen y de los santos, la oración por las almas del
purgatorio, el uso de sacramentales (agua, aceite, cirios...). Éstas
y tantas otras expresiones de la piedad popular ofrecen oportunidad
para que los fieles encuentren a Cristo viviente ».(40) Los
Padres sinodales han subrayado la urgencia de descubrir, en las
manifestaciones de la religiosidad popular, los verdaderos valores
espirituales, para enriquecerlos con los elementos de la genuina
doctrina católica, a fin de que esta religiosidad lleve a un
compromiso sincero de conversión y a una experiencia concreta
de caridad.(41) La piedad popular, si está orientada
convenientemente, contribuye también a acrecentar en los
fieles la conciencia de pertenecer a la Iglesia, alimentando su
fervor y ofreciendo así una respuesta válida a los
actuales desafíos de la secularización.(42)
Ya que en América la piedad popular es expresión de
la inculturación de la fe católica y muchas de sus
manifestaciones han asumido formas religiosas autóctonas, es
oportuno destacar la posibilidad de sacar de ellas, con clarividente
prudencia, indicaciones válidas para una mayor inculturación
del Evangelio.(43) Ello es especialmente importante entre las
poblaciones indígenas, para que « las semillas del Verbo
» presentes en sus culturas lleguen a su plenitud en
Cristo.(44) Lo mismo debe decirse de los americanos de origen
africano. La Iglesia « reconoce que tiene la obligación
de acercarse a estos americanos a partir de su cultura, considerando
seriamente las riquezas espirituales y humanas de esta cultura que
marca su modo de celebrar el culto, su sentido de alegría y de
solidaridad, su lengua y sus tradiciones ».(45)
Presencia católico-oriental en América
17. La inmigración a América es casi una constante
de su historia desde los comienzos de la evangelización hasta
nuestros días. Dentro de este complejo fenómeno debe
señalarse que, en los últimos tiempos, diversas
regiones de América han acogido a numerosos miembros de las
Iglesias católicas orientales que, por diversas causas, han
abandonado sus territorios de origen. Un primer movimiento migratorio
procedía, sobre todo, de Ucrania occidental; posteriormente se
ha extendido a las naciones del Medio Oriente. De este modo, ha sido
necesaria pastoralmente la creación de una jerarquía
católica oriental para estos fieles inmigrantes y para sus
descendientes. Las normas emanadas por el Concilio Vaticano II, que
los Padres sinodales han recordado, reconocen que las Iglesias
orientales « tienen derecho y obligación de regirse
según sus respectivas disciplinas peculiares », ya que
tienen la misión de dar testimonio de una antiquísima
tradición doctrinal, litúrgica y monástica. Por
otra parte, dichas Iglesias deben conservar sus propias disciplinas,
ya que éstas « son más adaptadas a las costumbres
de sus fieles y resultan más adecuadas para procurar el bien
de las almas ».(46) Si la Comunidad eclesial universal necesita
la sinergia entre las Iglesias particulares de Oriente y de Occidente
para poder respirar con sus dos pulmones, en la esperanza de lograr
hacerlo plenamente a través de la perfecta comunión
entre la Iglesia católica y las orientales separadas,(47) hay
que alegrarse por la reciente implantación de Iglesias
orientales junto a las latinas, establecidas allí desde el
principio, porque de este modo puede manifestarse mejor la
catolicidad de la Iglesia del Señor.(48)
La Iglesia en el campo de la educación y de la acción
social
18. Entre los factores que favorecen la influencia de la Iglesia
en la formación cristiana de los americanos, debe señalarse
su amplia presencia en el campo de la educación y, de modo
especial, en el mundo universitario. Las numerosas Universidades
católicas diseminadas por el Continente son un rasgo
característico de la vida eclesial en América. Así
mismo, en la enseñanza primaria y secundaria el alto número
de escuelas católicas ofrece la posibilidad de una acción
evangelizadora de alcance muy amplio, siempre que vaya acompañada
por una decidida voluntad de impartir una educación
verdaderamente cristiana.(49)
Otro campo importante en el que la Iglesia está presente en
toda América es el de la asistencia caritativa y social. Las
múltiples iniciativas para la atención de los ancianos,
los enfermos y de cuantos están necesitados de auxilio en
asilos, hospitales, dispensarios, comedores gratuitos y otros centros
sociales, son testimonio palpable del amor preferencial por los
pobres que la Iglesia en América lleva adelante movida por el
amor a su Señor y consciente de que « Jesús se ha
identificado con ellos (cf. Mt 25, 31-46) ».(50) En esta tarea,
que no conoce fronteras, la Iglesia ha sabido crear una conciencia de
solidaridad concreta entre las diversas comunidades del Continente y
del mundo entero, manifestando así la fraternidad que debe
caracterizar a los cristianos de todo tiempo y lugar.
El servicio a los pobres, para que sea evangélico y
evangelizador, ha de ser fiel reflejo de la actitud de Jesús,
que vino « para anunciar a los pobres la Buena Nueva »
(Lc 4, 18). Realizado con este espíritu, llega a ser
manifestación del amor infinito de Dios por todos los hombres
y un modo elocuente de transmitir la esperanza de salvación
que Cristo ha traído al mundo, y que resplandece de manera
particular cuando es comunicada a los abandonados y desechados de la
sociedad.
Esta constante dedicación a los pobres y desheredados se
refleja en el Magisterio social de la Iglesia, que no se cansa de
invitar a la comunidad cristiana a comprometerse en la superación
de toda forma de explotación y opresión. En efecto, se
trata no sólo de aliviar las necesidades más graves y
urgentes mediante acciones individuales y esporádicas, sino de
poner de relieve las raíces del mal, proponiendo
intervenciones que den a las estructuras sociales, políticas y
económicas una configuración más justa y
solidaria.
Creciente respeto de los derechos humanos
19. En el ámbito civil, pero con implicaciones morales
inmediatas, debe señalarse entre los aspectos positivos de la
América actual la creciente implantación en todo el
Continente de sistemas políticos democráticos y la
progresiva reducción de regímenes dictatoriales. La
Iglesia ve con agrado esta evolución, en la medida en que esto
favorezca cada vez más un evidente respeto de los derechos de
cada uno, incluidos los del procesado y del reo, respecto a los
cuales no es legítimo el recurso a métodos de detención
y de interrogatorio —pienso concretamente en la tortura—
lesivos de la dignidad humana. En efecto, « el Estado de
Derecho es la condición necesaria para establecer una
verdadera democracia ».(51)
Por otra parte, la existencia de un Estado de Derecho implica en
los ciudadanos y, más aún, en la clase dirigente el
convencimiento de que la libertad no puede estar desvinculada de la
verdad.(52) En efecto, « los graves problemas que amenazan la
dignidad de la persona humana, la familia, el matrimonio, la
educación, la economía y las condiciones de trabajo, la
calidad de la vida y la vida misma, proponen la cuestión del
Derecho ».(53) Los Padres sinodales han subrayado con razón
que « los derechos fundamentales de la persona humana están
inscritos en su misma naturaleza, son queridos por Dios y, por tanto,
exigen su observancia y aceptación universal. Ninguna
autoridad humana puede transgredirlos apelando a la mayoría o
a los consensos políticos, con el pretexto de que así
se respetan el pluralismo y la democracia. Por ello, la Iglesia debe
comprometerse en formar y acompañar a los laicos que están
presentes en los órganos legislativos, en el gobierno y en la
administración de la justicia, para que las leyes expresen
siempre los principios y los valores morales que sean conformes con
una sana antropología y que tengan presente el bien común
».(54)
El fenómeno de la globalización
20. Una característica del mundo actual es la tendencia a
la globalización, fenómeno que, aun no siendo
exclusivamente americano, es más perceptible y tiene mayores
repercusiones en América. Se trata de un proceso que se impone
debido a la mayor comunicación entre las diversas partes del
mundo, llevando prácticamente a la superación de las
distancias, con efectos evidentes en campos muy diversos.
Desde el punto de vista ético, puede tener una valoración
positiva o negativa. En realidad, hay una globalización
económica que trae consigo ciertas consecuencias positivas,
como el fomento de la eficiencia y el incremento de la producción,
y que, con el desarrollo de las relaciones entre los diversos países
en lo económico, puede fortalecer el proceso de unidad de los
pueblos y realizar mejor el servicio a la familia humana. Sin
embargo, si la globalización se rige por las meras leyes del
mercado aplicadas según las conveniencias de los poderosos,
lleva a consecuencias negativas. Tales son, por ejemplo, la
atribución de un valor absoluto a la economía, el
desempleo, la disminución y el deterioro de ciertos servicios
públicos, la destrucción del ambiente y de la
naturaleza, el aumento de las diferencias entre ricos y pobres, y la
competencia injusta que coloca a las naciones pobres en una situación
de inferioridad cada vez más acentuada.(55) La Iglesia, aunque
reconoce los valores positivos que la globalización comporta,
mira con inquietud los aspectos negativos derivados de ella.
¿Y qué decir de la globalización cultural
producida por la fuerza de los medios de comunicación social?
Éstos imponen nuevas escalas de valores por doquier, a menudo
arbitrarios y en el fondo materialistas, frente a los cuales es muy
difícil mantener viva la adhesión a los valores del
Evangelio.
La urbanización creciente
21. El fenómeno de la urbanización continúa
creciendo también en América. Desde hace algunos
lustros el Continente está viviendo un éxodo constante
del campo a la ciudad. Se trata de un fenómeno complejo, ya
descrito por mi predecesor Pablo VI.(56) Las causas de este fenómeno
son varias, pero entre ellas sobresale principalmente la pobreza y el
subdesarrollo de las zonas rurales, donde con frecuencia faltan los
servicios, las comunicaciones, las estructuras educativas y
sanitarias. La ciudad, además, con las características
de diversión y bienestar con que no pocas veces la presentan
los medios de comunicación social, ejerce un atractivo
especial para las gentes sencillas del campo.
La frecuente falta de planificación en este proceso acarrea
muchos males. Como han señalado los Padres sinodales, «
en ciertos casos, algunas partes de las ciudades son como islas en
las que se acumula la violencia, la delincuencia juvenil y la
atmósfera de desesperación ».(57) El fenómeno
de la urbanización presenta asimismo grandes desafíos a
la acción pastoral de la Iglesia, que ha de hacer frente al
desarraigo cultural, la pérdida de costumbres familiares y al
alejamiento de las propias tradiciones religiosas, que no pocas veces
lleva al naufragio de la fe, privada de aquellas manifestaciones que
contribuían a sostenerla.
Evangelizar la cultura urbana es, pues, un reto apremiante para la
Iglesia, que así como supo evangelizar la cultura rural
durante siglos, está hoy llamada a llevar a cabo una
evangelización urbana metódica y capilar mediante la
catequesis, la liturgia y las propias estructuras pastorales.(58)
El peso de la deuda externa
22. Los Padres sinodales han manifestado su preocupación
por la deuda externa que afecta a muchas naciones americanas,
expresando de este modo su solidaridad con las mismas. Ellos llaman
justamente la atención de la opinión pública
sobre la complejidad del tema, reconociendo « que la deuda es
frecuentemente fruto de la corrupción y de la mala
administración ».(59) En el espíritu de la
reflexión sinodal, este reconocimiento no pretende concentrar
en un sólo polo las responsabilidades de un fenómeno
que es sumamente complejo en su origen y en sus soluciones.(60)
En efecto, entre las múltiples causas que han llevado a una
deuda externa abrumadora deben señalarse no sólo los
elevados intereses, fruto de políticas financieras
especulativas, sino también la irresponsabilidad de algunos
gobernantes que, al contraer la deuda, no reflexionaron
suficientemente sobre las posibilidades reales de pago, con el
agravante de que sumas ingentes obtenidas mediante préstamos
internacionales se han destinado a veces al enriquecimiento de
personas concretas, en vez de ser dedicadas a sostener los cambios
necesarios para el desarrollo del país. Por otra parte, sería
injusto que las consecuencias de estas decisiones irresponsables
pesaran sobre quienes no las tomaron. La gravedad de la situación
es aún más comprensible, si se tiene en cuenta que «
ya el mero pago de los intereses es un peso sobre la economía
de las naciones pobres, que quita a las autoridades la disponibilidad
del dinero necesario para el desarrollo social, la educación,
la sanidad y la institución de un depósito para crear
trabajo ».(61)
La corrupción
23. La corrupción, frecuentemente presente entre las causas
de la agobiante deuda externa, es un problema grave que debe ser
considerado atentamente. La corrupción « sin guardar
límites, afecta a las personas, a las estructuras públicas
y privadas de poder y a las clases dirigentes ». Se trata de
una situación que « favorece la impunidad y el
enriquecimiento ilícito, la falta de confianza con respecto a
las instituciones políticas, sobre todo en la administración
de la justicia y en la inversión pública, no siempre
clara, igual y eficaz para todos ».(62)
A este propósito, deseo recordar cuanto escribí en
el Mensaje para la Jornada mundial de la Paz de 1998, que la lacra de
la corrupción ha de ser denunciada y combatida con valentía
por quienes detentan la autoridad y con la « colaboración
generosa de todos los ciudadanos, sostenidos por una fuerte
conciencia moral ».(63) Los adecuados organismos de control y
la transparencia de las transacciones económicas y financieras
previenen ulteriormente y evitan en muchos casos que se extienda la
corrupción, cuyas consecuencias nefastas recaen principalmente
sobre los más pobres y desvalidos. Son además los
pobres los primeros en sufrir los retrasos, la ineficiencia, la
ausencia de una defensa adecuada y las carencias estructurales,
cuando la administración de la justicia es corrupta.
Comercio y consumo de drogas
24. El comercio y el consumo de drogas son una seria amenaza para
las estructuras sociales de las naciones en América. Esto «
contribuye a los crímenes y a la violencia, a la destrucción
de la vida familiar, a la destrucción física y
emocional de muchos individuos y comunidades, sobre todo entre los
jóvenes. Corroe la dimensión ética del trabajo y
contribuye a aumentar el número de personas en las cárceles,
en una palabra, a la degradación de la persona en cuanto
creada a imagen de Dios ».(64) Este nefasto comercio lleva
también « a destruir gobiernos, corroyendo la seguridad
económica y la estabilidad de las naciones ».(65)
Estamos ante uno de los desafíos más apremiantes a los
que deben enfrentarse muchas naciones del mundo. En efecto, es un
desafío que hipoteca gran parte de los logros obtenidos en los
últimos tiempos para el progreso de la humanidad. Para algunas
naciones de América, la producción, el tráfico y
el consumo de drogas son factores que comprometen su prestigio
internacional, porque limitan su credibilidad y dificultan la deseada
colaboración con otros países, tan necesaria en
nuestros días para el desarrollo armónico de cada
pueblo.
Preocupación por la ecología
25. « Y vio Dios que estaba bien » (Gn 1, 25). Estas
palabras que leemos en el primer capítulo del Libro del
Génesis, muestran el sentido de la obra realizada por Él.
El Creador confía al hombre, coronación de toda la obra
de la creación, el cuidado de la tierra (cf. Gn 2, 15). De
aquí surgen obligaciones muy concretas para cada persona
relativas a la ecología. Su cumplimiento supone la apertura a
una perspectiva espiritual y ética, que supere las actitudes y
« los estilos de vida conducidos por el egoísmo que
llevan al agotamiento de los recursos naturales ».(66)
Incluso en este sector, hoy tan actual, es muy importante la
intervención de los creyentes. Es necesaria la colaboración
de todos los hombres de buena voluntad con las instancias
legislativas y de gobierno para conseguir una protección
eficaz del medio ambiente, considerado como don de Dios. ¡Cuántos
abusos y daños ecológicos se dan también en
muchas regiones americanas! Baste pensar en la emisión
incontrolada de gases nocivos o en el dramático fenómeno
de los incendios forestales, provocados a veces intencionadamente por
personas movidas por intereses egoístas. Estas devastaciones
pueden conducir a una verdadera desertización de no pocas
zonas de América, con las inevitables secuelas de hambre y
miseria. El problema se plantea, con especial intensidad, en la selva
amazónica, inmenso territorio que abarca varias naciones: del
Brasil a la Guayana, a Surinam, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú
y Bolivia.(67) Es uno de los espacios naturales más apreciados
en el mundo por su diversidad biológica, siendo vital para el
equilibrio ambiental de todo el planeta.
CAPÍTULO III
CAMINO DE CONVERSIÓN
« Arrepentíos, pues, y convertíos » (Hch
3, 19)
Urgencia del llamado a la conversión
26. « El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está
cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva » (Mc 1,
15). Estas palabras de Jesús, con las que comenzó su
ministerio en Galilea, deben seguir resonando en los oídos de
los Obispos, presbíteros, diáconos, personas
consagradas y fieles laicos de toda América. Tanto la reciente
celebración del V Centenario del comienzo de la evangelización
de América, como la conmemoración de los 2000 años
del Nacimiento de Jesús, el gran Jubileo que nos disponemos a
celebrar, son una llamada a profundizar en la propia vocación
cristiana. La grandeza del acontecimiento de la Encarnación y
la gratitud por el don del primer anuncio del Evangelio en América
invitan a responder con prontitud a Cristo con una conversión
personal más decidida y, al mismo tiempo, estimulan a una
fidelidad evangélica cada vez más generosa. La
exhortación de Cristo a convertirse resuena también en
la del Apóstol: « Es ya hora de levantaros del sueño,
que la salvación está más cerca de nosotros que
cuando abrazamos la fe » (Rm 13, 11). El encuentro con Jesús
vivo, mueve a la conversión.
Para hablar de conversión, el Nuevo Testamento utiliza la
palabra metanoia, que quiere decir cambio de mentalidad. No se trata
sólo de un modo distinto de pensar a nivel intelectual, sino
de la revisión del propio modo de actuar a la luz de los
criterios evangélicos. A este respecto, san Pablo habla de «
la fe que actúa por la caridad » (Ga 5, 6). Por ello, la
auténtica conversión debe prepararse y cultivarse con
la lectura orante de la Sagrada Escritura y la recepción de
los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía.
La conversión conduce a la comunión fraterna, porque
ayuda a comprender que Cristo es la cabeza de la Iglesia, su Cuerpo
místico; mueve a la solidaridad, porque nos hace conscientes
de que lo que hacemos a los demás, especialmente a los más
necesitados, se lo hacemos a Cristo. La conversión favorece,
por tanto, una vida nueva, en la que no haya separación entre
la fe y las obras en la respuesta cotidiana a la universal llamada a
la santidad. Superar la división entre fe y vida es
indispensable para que se pueda hablar seriamente de conversión.
En efecto, cuando existe esta división, el cristianismo es
sólo nominal. Para ser verdadero discípulo del Señor,
el creyente ha de ser testigo de la propia fe, pues « el
testigo no da sólo testimonio con las palabras, sino con su
vida ».(68) Hemos de tener presentes las palabras de Jesús:
« No todo el que me diga: “Señor, Señor”,
entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la
voluntad de mi Padre celestial » (Mt 7, 21). La apertura a la
voluntad del Padre supone una disponibilidad total, que no excluye ni
siquiera la entrega de la propia vida: « El máximo
testimonio es el martirio ».(69)
Dimensión social de la conversión
27. La conversión no es completa si falta la conciencia de
las exigencias de la vida cristiana y no se pone esfuerzo en
llevarlas a cabo. A este respecto, los Padres sinodales han señalado
que, por desgracia, « existen grandes carencias de orden
personal y comunitario con respecto a una conversión más
profunda y con respecto a las relaciones entre los ambientes, las
instituciones y los grupos en la Iglesia ».(70) « Quien
no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve »
(1 Jn 4, 20).
La caridad fraterna implica una preocupación por todas las
necesidades del prójimo. « Si alguno que posee bienes de
la tierra, ve a su hermano padecer necesidad y le cierra su corazón,
¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? »
(1 Jn 3, 17). Por ello, convertirse al Evangelio para el Pueblo
cristiano que vive en América, significa revisar « todos
los ambientes y dimensiones de su vida, especialmente todo lo que
pertenece al orden social y a la obtención del bien común
».(71) De modo particular convendrá « atender a la
creciente conciencia social de la dignidad de cada persona y, por
ello, hay que fomentar en la comunidad la solicitud por la obligación
de participar en la acción política según el
Evangelio ».(72) No obstante, será necesario tener
presente que la actividad en el ámbito político forma
parte de la vocación y acción de los fieles laicos.(73)
A este propósito, sin embargo, es de suma importancia,
sobre todo en una sociedad pluralista, tener un recto concepto de las
relaciones entre la comunidad política y la Iglesia, y
distinguir claramente entre las acciones que los fieles, aislada o
asociadamente, llevan a cabo a título personal, como
ciudadanos, de acuerdo con su conciencia cristiana, y las acciones
que realizan en nombre de la Iglesia, en comunión con sus
Pastores. « La Iglesia, que por razón de su misión
y de su competencia no se confunde en modo alguno con la comunidad
política ni está ligada a sistema político
alguno, es a la vez signo y salvaguardia del carácter
trascendente de la persona humana ».(74)
Conversión permanente
28. La conversión en esta tierra nunca es una meta
plenamente alcanzada: en el camino que el discípulo está
llamado a recorrer siguiendo a Jesús, la conversión es
un empeño que abarca toda la vida. Por otro lado, mientras
estamos en este mundo, nuestro propósito de conversión
se ve constantemente amenazado por las tentaciones. Desde el momento
en que « nadie puede servir a dos señores » (Mt 6,
24), el cambio de mentalidad (metanoia) consiste en el esfuerzo de
asimilar los valores evangélicos que contrasta con las
tendencias dominantes en el mundo. Es necesario, pues, renovar
constantemente « el encuentro con Jesucristo vivo »,
camino que, como han señalado los Padres sinodales, «
nos conduce a la conversión permanente ».(75)
El llamado universal a la conversión adquiere matices
particulares para la Iglesia en América, comprometida también
en la renovación de la propia fe. Los Padres sinodales han
formulado así esta tarea concreta y exigente: « Esta
conversión exige especialmente de nosotros Obispos una
auténtica identificación con el estilo personal de
Jesucristo, que nos lleva a la sencillez, a la pobreza, a la
cercanía, a la carencia de ventajas, para que, como Él,
sin colocar nuestra confianza en los medios humanos, saquemos, de la
fuerza del Espíritu, y de la Palabra, toda la eficacia del
Evangelio, permaneciendo primariamente abiertos a aquellos que están
sumamente lejanos y excluidos ».(76) Para ser Pastores según
el corazón de Dios (cf. Jr 3, 15), es indispensable asumir un
modo de vivir que nos asemeje a Aquél que dijo de sí
mismo: « Yo soy el buen pastor » (Jn 10, 11), y que san
Pablo evoca al escribir: « Sed mis imitadores, como lo soy de
Cristo » (1 Co 11, 1).
Guiados por el Espíritu Santo hacia nuevo estilo de vida
29. La propuesta de un nuevo estilo de vida no es sólo para
los Pastores, sino más bien para todos los cristianos que
viven en América. A todos se les pide que profundicen y asuman
la auténtica espiritualidad cristiana. « En efecto,
espiritualidad es un estilo o forma de vivir según las
exigencias cristianas, la cual es “la vida en Cristo” y
“en el Espíritu”, que se acepta por la fe, se
expresa por el amor y, en esperanza, es conducida a la vida dentro de
la comunidad eclesial ».(77) En este sentido, por
espiritualidad, que es la meta a la que conduce la conversión,
se entiende no « una parte de la vida, sino la vida toda guiada
por el Espíritu Santo ».(78) Entre los elementos de
espiritualidad que todo cristiano tiene que hacer suyos sobresale la
oración. Ésta lo « conducirá poco a poco a
adquirir una mirada contemplativa de la realidad, que le permitirá
reconocer a Dios siempre y en todas las cosas; contemplarlo en todas
las personas; buscar su voluntad en los acontecimientos ».(79)
La oración tanto personal como litúrgica es un deber
de todo cristiano. « Jesucristo, evangelio del Padre, nos
advierte que sin Él no podemos hacer nada (cf. Jn 15, 5). Él
mismo en los momentos decisivos de su vida, antes de actuar, se
retiraba a un lugar solitario para entregarse a la oración y
la contemplación, y pidió a los Apóstoles que
hicieran lo mismo ».(80) A sus discípulos, sin
excepción, el Señor recuerda: « Entra en tu
aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que
está allí, en lo secreto » (Mt 6, 6). Esta vida
intensa de oración debe adaptarse a la capacidad y condición
de cada cristiano, de modo que en las diversas situaciones de su vida
pueda volver siempre « a la fuente de su encuentro con
Jesucristo para beber el único Espíritu (1 Co 12, 13)
».(81) En este sentido, la dimensión contemplativa no es
un privilegio de unos cuantos en la Iglesia; al contrario, en las
parroquias, en las comunidades y en los movimientos se ha de promover
una espiritualidad abierta y orientada a la contemplación de
las verdades fundamentales de la fe: los misterios de la Trinidad, de
la Encarnación del Verbo, de la Redención de los
hombres, y las otras grandes obras salvíficas de Dios.(82)
Los hombres y mujeres dedicados exclusivamente a la contemplación
tienen una misión fundamental en la Iglesia que está en
América. Ellos son, según expresión del Concilio
Vaticano II, « honor de la Iglesia y hontanar de gracias
celestes ».(83) Por ello, los monasterios, diseminados a lo
largo y ancho del Continente, han de ser « objeto de peculiar
amor por parte de los Pastores, los cuales estén plenamente
persuadidos de que las almas entregadas a la vida contemplativa
obtienen gracia abundante por la oración, la penitencia y la
contemplación, a las que consagran su vida. Los contemplativos
deben ser conscientes de que están integrados en la misión
de la Iglesia en el tiempo presente y que, con el testimonio de la
propia vida, cooperan al bien espiritual de los fieles, ayudando así
para que busquen el rostro de Dios en la vida diaria ».(84)
La espiritualidad cristiana se alimenta ante todo de una vida
sacramental asidua, por ser los Sacramentos raíz y fuente
inagotable de la gracia de Dios, necesaria para sostener al creyente
en su peregrinación terrena. Esta vida ha de estar integrada
con los valores de su piedad popular, los cuales a su vez se verán
enriquecidos por la práctica sacramental y libres del peligro
de degenerar en mera rutina. Por otra parte, la espiritualidad no se
contrapone a la dimensión social del compromiso cristiano. Al
contrario, el creyente, a través de un camino de oración,
se hace más consciente de las exigencias del Evangelio y de
sus obligaciones con los hermanos, alcanzando la fuerza de la gracia
indispensable para perseverar en el bien. Para madurar
espiritualmente, el cristiano debe recurrir al consejo de los
ministros sagrados o de otras personas expertas en este campo
mediante la dirección espiritual, práctica
tradicionalmente presente en la Iglesia. Los Padres sinodales han
creído necesario recomendar a los sacerdotes este ministerio
de tanta importancia.(85)
Vocación universal a la santidad
30. « Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios,
soy santo » (Lv 19, 2). La Asamblea Especial del Sínodo
de los Obispos para América ha querido recordar con vigor a
todos los cristianos la importancia de la doctrina de la vocación
universal a la santidad en la Iglesia.(86) Se trata de uno de los
puntos centrales de la Constitución dogmática sobre la
Iglesia del Concilio Vaticano II.(87) La santidad es la meta del
camino de conversión, pues ésta « no es fin en sí
misma, sino proceso hacia Dios, que es santo. Ser santos es imitar a
Dios y glorificar su nombre en las obras que realizamos en nuestra
vida (cf. Mt 5, 16) ».(88) En el camino de la santidad
Jesucristo es el punto de referencia y el modelo a imitar: Él
es « el Santo de Dios y fue reconocido como tal (cf. Mc 1, 24).
Él mismo nos enseña que el corazón de la
santidad es el amor, que conduce incluso a dar la vida por los otros
(cf. Jn 15, 13). Por ello, imitar la santidad de Dios, tal y como se
ha manifestado en Jesucristo, su Hijo, no es otra cosa que prolongar
su amor en la historia, especialmente con respecto a los pobres,
enfermos e indigentes (cf. Lc 10, 25ss) ».(89)
Jesús, el único camino para la santidad
31. « Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida » (Jn 14,
6). Con estas palabras Jesús se presenta como el único
camino que conduce a la santidad. Pero el conocimiento concreto de
este itinerario se obtiene principalmente mediante la Palabra de Dios
que la Iglesia anuncia con su predicación. Por ello, la
Iglesia en América « debe conceder una gran prioridad a
la reflexión orante sobre la Sagrada Escritura, realizada por
todos los fieles ».(90) Esta lectura de la Biblia, acompañada
de la oración, se conoce en la tradición de la Iglesia
con el nombre de Lectio divina, práctica que se ha de fomentar
entre todos los cristianos. Para los presbíteros, debe
constituir un elemento fundamental en la preparación de sus
homilías, especialmente las dominicales.(91)
Penitencia y reconciliación
32. La conversión (metanoia), a la que cada ser humano está
llamado, lleva a aceptar y hacer propia la nueva mentalidad propuesta
por el Evangelio. Esto supone el abandono de la forma de pensar y
actuar del mundo, que tantas veces condiciona fuertemente la
existencia. Como recuerda la Sagrada Escritura, es necesario que
muera el hombre viejo y nazca el hombre nuevo, es decir, que todo el
ser humano se renueve « hasta alcanzar un conocimiento perfecto
según la imagen de su creador » (Col 3, 10). En ese
camino de conversión y búsqueda de la santidad «
deben fomentarse los medios ascéticos que existieron siempre
en la práctica de la Iglesia, y que alcanzan la cima en el
sacramento del perdón, recibido y celebrado con las debidas
disposiciones ».(92) Sólo quien se reconcilia con Dios
es protagonista de una auténtica reconciliación con y
entre los hermanos.
La crisis actual del sacramento de la Penitencia, de la cual no
está exenta la Iglesia en América, y sobre la que he
expresado mi preocupación desde los comienzos mismos de mi
pontificado,(93) podrá superarse por la acción pastoral
continuada y paciente.
A este respecto, los Padres sinodales piden justamente « que
los sacerdotes dediquen el tiempo debido a la celebración del
sacramento de la Penitencia, y que inviten insistente y vigorosamente
a los fieles para que lo reciban, sin que los pastores descuiden su
propia confesión frecuente ».(94) Los Obispos y los
sacerdotes experimentan personalmente el misterioso encuentro con
Cristo que perdona en el sacramento de la Penitencia, y son testigos
privilegiados de su amor misericordioso.
La Iglesia católica, que abarca a hombres y mujeres «
de toda nación, razas, pueblos y lenguas » (Ap 7, 9),
está llamada a ser, « en un mundo señalado por
las divisiones ideológicas, étnicas, económicas
y culturales », el « signo vivo de la unidad de la
familia humana ».(95) América, tanto en la compleja
realidad de cada nación y la variedad de sus grupos étnicos,
como en los rasgos que caracterizan todo el Continente, presenta
muchas diversidades que no se han de ignorar y a las que se debe
prestar atención. Gracias a un eficaz trabajo de integración
entre todos los miembros del pueblo de Dios en cada país y
entre los miembros de las Iglesias particulares de las diversas
naciones, las diferencias de hoy podrán ser fuente de mutuo
enriquecimiento. Como afirman justamente los Padres sinodales, «
es de gran importancia que la Iglesia en toda América sea
signo vivo de una comunión reconciliada y un llamado
permanente a la solidaridad, un testimonio siempre presente en
nuestros diversos sistemas políticos, económicos y
sociales ».(96) Ésta es una aportación
significativa que los creyentes pueden ofrecer a la unidad del
Continente americano.
CAPÍTULO IV
CAMINO PARA LA COMUNIÓN
« Como tú, Padre, en mí y yo en ti,
que
ellos también sean uno en nosotros » (Jn 17, 21)
La Iglesia, sacramento de comunión
33. « Ante un mundo roto y deseoso de unidad es necesario
proclamar con gozo y fe firme que Dios es comunión, Padre,
Hijo y Espíritu Santo, unidad en la distinción, el cual
llama a todos los hombres a que participen de la misma comunión
trinitaria. Es necesario proclamar que esta comunión es el
proyecto magnífico de Dios [Padre]; que Jesucristo, que se ha
hecho hombre, es el punto central de la misma comunión, y que
el Espíritu Santo trabaja constantemente para crear la
comunión y restaurarla cuando se hubiera roto. Es necesario
proclamar que la Iglesia es signo e instrumento de la comunión
querida por Dios, iniciada en el tiempo y dirigida a su perfección
en la plenitud del Reino ».(97) La Iglesia es signo de comunión
porque sus miembros, como sarmientos, participan de la misma vida de
Cristo, la verdadera vid (cf. Jn 15, 5). En efecto, por la comunión
con Cristo, Cabeza del Cuerpo místico, entramos en comunión
viva con todos los creyentes.
Esta comunión, existente en la Iglesia y esencial a su
naturaleza,(98) debe manifestarse a través de signos
concretos, « como podrían ser: la oración en
común de unos por otros, el impulso a las relaciones entre las
Conferencias Episcopales, los vínculos entre Obispo y Obispo,
las relaciones de hermandad entre las diócesis y las
parroquias, y la mutua comunicación de agentes pastorales para
acciones misionales específicas ».(99) La comunión
eclesial implica conservar el depósito de la fe en su pureza e
integridad, así como también la unidad de todo el
Colegio de los Obispos bajo la autoridad del Sucesor de Pedro. En
este contexto, los Padres sinodales han señalado que «
el fortalecimiento del oficio petrino es fundamental para la
preservación de la unidad de la Iglesia », y que «
el ejercicio pleno del primado de Pedro es fundamental para la
identidad y la vitalidad de la Iglesia en América ».
(100) Por encargo del Señor, a Pedro y a sus Sucesores
corresponde el oficio de confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc
22, 32) y de pastorear toda la grey de Cristo (cf. Jn 21, 15-17).
Asimismo, el Sucesor del príncipe de los Apóstoles está
llamado a ser la piedra sobre la que la Iglesia está
edificada, y a ejercer el ministerio derivado de ser el depositario
de las llaves del Reino (cf. Mt 16, 18-19). El Vicario de Cristo es,
pues, « el perpetuo principio de [...] unidad y el fundamento
visible » de la Iglesia. (101)
Iniciación cristiana y comunión
34. La comunión de vida en la Iglesia se obtiene por los
sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación
y Eucaristía. El Bautismo es « la puerta de la vida
espiritual: pues por él nos hacemos miembros de Cristo, y del
cuerpo de la Iglesia ». (102) Los bautizados, al recibir la
Confirmación « se vinculan más estrechamente a la
Iglesia, se enriquecen con una fuerza especial del Espíritu
Santo, y con ello quedan obligados más estrictamente a
difundir y defender la fe, como verdaderos testigos de Cristo, por la
palabra juntamente con las obras ». (103) El proceso de la
iniciación cristiana se perfecciona y culmina con la recepción
de la Eucaristía, por la cual el bautizado se inserta
plenamente en el Cuerpo de Cristo. (104)
« Estos sacramentos son una excelente oportunidad para una
buena evangelización y catequesis, cuando su preparación
se hace por agentes dotados de fe y competencia ». (105) Aunque
en las diversas diócesis de América se ha avanzado
mucho en la preparación para los sacramentos de la iniciación
cristiana, los Padres sinodales se lamentaban de que todavía «
son muchos los que los reciben sin la suficiente formación ».
(106) En el caso del bautismo de niños no debe omitirse un
esfuerzo catequizador de cara a los padres y padrinos.
La Eucaristía, centro de comunión con Dios y con los
hermanos
35. La realidad de la Eucaristía no se agota en el hecho de
ser el sacramento con el que se culmina la iniciación
cristiana. Mientras el Bautismo y la Confirmación tienen la
función de iniciar e introducir en la vida propia de la
Iglesia, no siendo repetibles, (107) la Eucaristía continúa
siendo el centro vivo permanente en torno al cual se congrega toda la
comunidad eclesial. (108) Los diversos aspectos de este sacramento
muestran su inagotable riqueza: es, al mismo tiempo,
sacramento-sacrificio, sacramento-comunión,
sacramento-presencia. (109)
La Eucaristía es el lugar privilegiado para el encuentro
con Cristo vivo. Por ello los Pastores del pueblo de Dios en América,
a través de la predicación y la catequesis, deben
esforzarse en « dar a la celebración eucarística
dominical una nueva fuerza, como fuente y culminación de la
vida de la Iglesia, prenda de su comunión en el Cuerpo de
Cristo e invitación a la solidaridad como expresión del
mandato del Señor: « que os améis los unos a los
otros, como yo os he amado » (Jn 13, 34) ». (110) Como
sugieren los Padres sinodales, dicho esfuerzo debe tener en cuenta
varias dimensiones fundamentales. Ante todo, es necesario que los
fieles sean conscientes de que la Eucaristía es un inmenso
don, a fin de que hagan todo lo posible para participar activa y
dignamente en ella, al menos los domingos y días festivos. Al
mismo tiempo, se han de promover « todos los esfuerzos de los
sacerdotes para hacer más fácil esa participación
y posibilitarla en las comunidades lejanas ». (111) Habrá
que recordar a los fieles que « la participación plena
en ella, consciente y activa, aunque es esencialmente distinta del
oficio del sacerdote ordenado, es una actuación del sacerdocio
común recibido en el Bautismo ». (112)
La necesidad de que los fieles participen en la Eucaristía
y las dificultades que surgen por la escasez de sacerdotes, hacen
patente la urgencia de fomentar las vocaciones sacerdotales. (113) Es
también necesario recordar a toda la Iglesia en América
« el lazo existente entre la Eucaristía y la caridad »,
(114) lazo que la Iglesia primitiva expresaba uniendo el ágape
con la Cena eucarística. (115) La participación en la
Eucaristía debe llevar a una acción caritativa más
intensa como fruto de la gracia recibida en este sacramento.
Los Obispos, promotores de comunión
36. La comunión en la Iglesia, precisamente porque es un
signo de vida, debe crecer continuamente. En consecuencia, los
Obispos, recordando que « son, individualmente, el principio y
fundamento visible de unidad en sus Iglesias particulares »,
(116) deben sentirse llamados a promover la comunión en su
propia diócesis para que sea más eficaz el esfuerzo por
la nueva evangelización de América. El esfuerzo
comunitario se ve facilitado por los organismos previstos por el
Concilio Vaticano II como apoyo de la actividad del Obispo diocesano,
los cuales han sido definidos más detalladamente por la
legislación postconciliar. (117) « Corresponde al
Obispo, con la cooperación de los sacerdotes, los diáconos,
los consagrados y los laicos [...] realizar un plan de acción
pastoral de conjunto, que sea orgánico y participativo, que
llegue a todos los miembros de la Iglesia y suscite su conciencia
misionera ». (118)
Cada Ordinario debe promover en los sacerdotes y fieles la
conciencia de que la diócesis es la expresión visible
de la comunión eclesial, que se forma en la mesa de la Palabra
y de la Eucaristía en torno al Obispo, unido con el Colegio
episcopal y bajo su Cabeza, el Romano Pontífice. Ella en
cuanto Iglesia particular tiene la misión de empezar y
fomentar el encuentro de todos los miembros del pueblo de Dios con
Jesucristo, (119) en el respeto y promoción de la pluralidad y
de la diversidad que no obstaculizan la unidad, sino que le confieren
el carácter de comunión. (120) Un conocimiento más
profundo de lo que es la Iglesia particular favorecerá
ciertamente el espíritu de participación y
corresponsabilidad en la vida de los organismos diocesanos. (121)
Una comunión más intensa entre las Iglesias
particulares
37. La Asamblea especial para América del Sínodo de
los Obispos, la primera en la historia que ha reunido a Obispos de
todo el Continente, ha sido percibida por todos como una gracia
especial del Señor a la Iglesia que peregrina en América.
Esta Asamblea ha reforzado la comunión que debe existir entre
las Comunidades eclesiales del Continente, haciendo ver a todos la
necesidad de incrementarla ulteriormente. Las experiencias de
comunión episcopal, frecuentes sobre todo después del
Concilio Vaticano II por la consolidación y difusión de
las Conferencias Episcopales, deben entenderse como encuentros con
Cristo vivo, presente en los hermanos que están reunidos en su
nombre (cf. Mt 18, 20).
La experiencia sinodal ha enseñado también las
riquezas de una comunión que se extiende más allá
de los límites de cada Conferencia Episcopal. Aunque ya
existen formas de diálogo que superan tales confines, los
Padres sinodales sugieren la conveniencia de fortalecer las reuniones
interamericanas, promovidas ya por las Conferencias Episcopales de
las diversas Naciones americanas, como expresión de
solidaridad efectiva y lugar de encuentro y de estudio de los
desafíos comunes para la evangelización de América.
(122) Será igualmente oportuno definir con exactitud el
carácter de tales encuentros, de modo que lleguen a ser, cada
vez más, expresión de comunión entre todos los
Pastores. Aparte de estas reuniones más amplias, puede ser
útil, cuando las circunstancias lo requieran, crear comisiones
específicas para profundizar los temas comunes que afectan a
toda América. Campos en los que parece especialmente necesario
« que se dé un impulso a la cooperación, son las
comunicaciones pastorales mutuas, la cooperación misional, la
educación, las migraciones, el ecumenismo ». (123)
Los Obispos, que tienen el deber de impulsar la comunión
entre las Iglesias particulares, alentarán a los fieles a
vivir más intensamente la dimensión comunitaria,
asumiendo « la responsabilidad de desarrollar los lazos de
comunión con las Iglesias locales en otras partes de América
por la educación, la mutua comunicación, la unión
fraterna entre parroquias y diócesis, planes de cooperación,
y defensas unidas en temas de mayor importancia, sobre todo los que
afectan a los pobres ». (124)
Comunión fraterna con las Iglesias católicas
orientales
38. El fenómeno reciente de la implantación y
desarrollo en América de Iglesias particulares católicas
orientales, dotadas de jerarquía propia, ha merecido una
especial atención por parte de algunos Padres sinodales. Un
sincero deseo de abrazar cordial y eficazmente a estos hermanos en la
fe y en la comunión jerárquica bajo el Sucesor de
Pedro, ha llevado a la Asamblea sinodal a proponer sugerencias
concretas de ayuda fraterna por parte de las Iglesias particulares
latinas a las Iglesias católicas orientales existentes en el
Continente. Así, por ejemplo, se propone que sacerdotes de
rito latino, sobre todo de origen oriental, puedan ofrecer su
colaboración litúrgica a las comunidades orientales
carentes de un número suficiente de presbíteros.
Igualmente, respecto a los edificios religiosos, los fieles
orientales podrán usar, en los casos que sea conveniente, las
iglesias de rito latino.
En este espíritu de comunión son dignas de
consideración varias propuestas de los Padres sinodales: que
allí donde sea necesario exista, en las Conferencias
Episcopales nacionales y en los organismos internacionales de
cooperación episcopal, una comisión mixta encargada de
estudiar los problemas pastorales comunes; que la catequesis y la
formación teológica para los laicos y seminaristas de
la Iglesia latina, incluyan el conocimiento de la tradición
viva del Oriente cristiano; que los Obispos de las Iglesias católicas
orientales participen en las Conferencias Episcopales latinas de las
respectivas Naciones. (125) No puede dudarse de que esta cooperación
fraterna, a la vez que prestará una ayuda preciosa a las
Iglesias orientales, de reciente implantación en América,
permitirá a las Iglesias particulares latinas enriquecerse con
el patrimonio espiritual de la tradición del Oriente
cristiano.
El presbítero, signo de unidad
39. « Como miembro de una Iglesia particular, todo sacerdote
debe ser signo de comunión con el Obispo en cuanto que es su
inmediato colaborador, unido a sus hermanos en el presbiterio. Ejerce
su ministerio con caridad pastoral, principalmente en la comunidad
que le ha sido confiada, y la conduce al encuentro con Jesucristo
Buen Pastor. Su vocación exige que sea signo de unidad. Por
ello debe evitar cualquier participación en política
partidista que dividiría a la comunidad ». (126) Es
deseo de los Padres sinodales que se « desarrolle una acción
pastoral a favor del clero diocesano que haga más sólida
su espiritualidad, su misión y su identidad, la cual tiene su
centro en el seguimiento de Cristo que, sumo y eterno Sacerdote,
buscó siempre cumplir la voluntad del Padre. Él es el
ejemplo de la entrega generosa, de la vida austera y del servicio
hasta la muerte. El sacerdote sea consciente de que, por la recepción
del sacramento del Orden, es portador de gracia que distribuye a sus
hermanos en los sacramentos. Él mismo se santifica en el
ejercicio del ministerio ». (127)
El campo en que se desarrolla la actividad de los sacerdotes es
inmenso. Conviene, por ello, « que coloquen como centro de su
actividad lo que es esencial en su ministerio: dejarse configurar a
Cristo Cabeza y Pastor, fuente de la caridad pastoral, ofreciéndose
a sí mismos cada día con Cristo en la Eucaristía,
para ayudar a los fieles a que tengan un encuentro personal y
comunitario con Jesucristo vivo ». (128) Como testigos y
discípulos de Cristo misericordioso, los sacerdotes están
llamados a ser instrumentos de perdón y de reconciliación,
comprometiéndose generosamente al servicio de los fieles según
el espíritu del Evangelio.
Los presbíteros, en cuanto pastores del pueblo de Dios en
América, deben además estar atentos a los desafíos
del mundo actual y ser sensibles a las angustias y esperanzas de sus
gentes, compartiendo sus vicisitudes y, sobre todo, asumiendo una
actitud de solidaridad con los pobres. Procurarán discernir
los carismas y las cualidades de los fieles que puedan contribuir a
la animación de la comunidad, escuchándolos y
dialogando con ellos, para impulsar así su participación
y corresponsabilidad. Ello favorecerá una mejor distribución
de las tareas que les permita « consagrarse a lo que está
más estrechamente conexo con el encuentro y el anuncio de
Jesucristo, de modo que signifiquen mejor, en el seno de la
comunidad, la presencia de Jesús que congrega a su pueblo ».
(129)
El trabajo de discernimiento de los carismas particulares debe
llevar también a valorizar aquellos sacerdotes que se
consideren adecuados para realizar ministerios particulares. A todos
los sacerdotes, además, se les pide que presten su ayuda
fraterna en el presbiterio y que recurran al mismo con confianza en
caso de necesidad.
Ante la espléndida realidad de tantos sacerdotes en América
que, con la gracia de Dios, se esfuerzan por hacer frente a un
quehacer tan grande, hago mío el deseo de los Padres sinodales
de reconocer y alabar « la inagotable entrega de los
sacerdotes, como pastores, evangelizadores y animadores de la
comunión eclesial, expresando gratitud y dando ánimos a
los sacerdotes de toda América que dan su vida al servicio del
Evangelio ». (130)
Fomentar la pastoral vocacional
40. El papel indispensable del sacerdote en la comunidad ha de
hacer conscientes a todos los hijos de la Iglesia en América
de la importancia de la pastoral vocacional. El Continente americano
cuenta con una juventud numerosa, rica en valores humanos y
religiosos. Por ello, se han de cultivar los ambientes en que nacen
las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada e invitar a las
familias cristianas para que ayuden a sus hijos cuando se sientan
llamados a seguir este camino. (131) En efecto, las vocaciones «
son un don de Dios » y « surgen en las comunidades de fe,
ante todo, en la familia, en la parroquia, en las escuelas católicas
y en otras organizaciones de la Iglesia. Los Obispos y presbíteros
tienen la especial responsabilidad de estimular tales vocaciones
mediante la invitación personal, y principalmente por el
testimonio de una vida de fidelidad, alegría, entusiasmo y
santidad. La responsabilidad para reunir vocaciones al sacerdocio
pertenece a todo el pueblo de Dios y encuentra su mayor cumplimiento
en la oración continua y humilde por las vocaciones ».
(132)
Los seminarios, como lugares de acogida y formación de los
llamados al sacerdocio, han de preparar a los futuros ministros de la
Iglesia para que « vivan en una sólida espiritualidad de
comunión con Cristo Pastor y de docilidad a la acción
del Espíritu, que los hará especialmente capaces de
discernir las expectativas del pueblo de Dios y los diversos
carismas, y de trabajar en común ». (133) Por ello, en
los seminarios « se ha de insistir especialmente en la
formación específicamente espiritual, de modo que por
la conversión continua, la actitud de oración, la
recepción de los sacramentos de la Eucaristía y la
penitencia, los candidatos se formen al encuentro con el Señor
y se preocupen de fortificarse para la generosa entrega pastoral ».
(134) Los formadores han de preocuparse de acompañar y guiar a
los seminaristas hacia una madurez afectiva que los haga aptos para
abrazar el celibato sacerdotal y capaces de vivir en comunión
con sus hermanos en la vocación sacerdotal. Han de promover
también en ellos la capacidad de observación crítica
de la realidad circundante que les permita discernir sus valores y
contravalores, pues esto es un requisito indispensable para entablar
un diálogo constructivo con el mundo de hoy.
Una atención particular se debe dar a las vocaciones
nacidas entre los indígenas; conviene proporcionar una
formación inculturada en sus ambientes. Estos candidatos al
sacerdocio, mientras reciben la adecuada formación teológica
y espiritual para su futuro ministerio, no deben perder las raíces
de su propia cultura. (13)
Los Padres sinodales han querido agradecer y bendecir a todos los
que consagran su vida a la formación de los futuros
presbíteros en los seminarios. Así mismo, han invitado
a los Obispos a destinar para dicha tarea a sus sacerdotes más
aptos, después de haberlos preparado mediante una formación
específica que los capacite para una misión tan
delicada. (136)
Renovar la institución parroquial
41. La parroquia es un lugar privilegiado en que los fieles pueden
tener una experiencia concreta de la Iglesia. (137) Hoy en América,
como en otras partes del mundo, la parroquia encuentra a veces
dificultades en el cumplimiento de su misión. La parroquia
debe renovarse continuamente, partiendo del principio fundamental de
que « la parroquia tiene que seguir siendo primariamente
comunidad eucarística ». (138) Este principio implica
que « las parroquias están llamadas a ser receptivas y
solidarias, lugar de la iniciación cristiana, de la educación
y la celebración de la fe, abiertas a la diversidad de
carismas, servicios y ministerios, organizadas de modo comunitario y
responsable, integradoras de los movimientos de apostolado ya
existentes, atentas a la diversidad cultural de sus habitantes,
abiertas a los proyectos pastorales y superparroquiales y a las
realidades circunstantes ». (139)
Una atención especial merecen, por sus problemáticas
específicas, las parroquias en los grandes núcleos
urbanos, donde las dificultades son tan grandes que las estructuras
pastorales normales resultan inadecuadas y las posibilidades de
acción apostólica notablemente reducidas. No obstante,
la institución parroquial conserva su importancia y se ha de
mantener. Para lograr este objetivo hay que « continuar la
búsqueda de medios con los que la parroquia y sus estructuras
pastorales lleguen a ser más eficaces en los espacios urbanos
». (140) Una clave de renovación parroquial,
especialmente urgente en las parroquias de las grandes ciudades,
puede encontrarse quizás considerando la parroquia como
comunidad de comunidades y de movimientos. (141) Parece por tanto
oportuno la formación de comunidades y grupos eclesiales de
tales dimensiones que favorezcan verdaderas relaciones humanas. Esto
permitirá vivir más intensamente la comunión,
procurando cultivarla no sólo « ad intra », sino
también con la comunidad parroquial a la que pertenecen estos
grupos y con toda la Iglesia diocesana y universal. En este contexto
humano será también más fácil escuchar la
Palabra de Dios, para reflexionar a su luz sobre los diversos
problemas humanos y madurar opciones responsables inspiradas en el
amor universal de Cristo.(142) La institución parroquial así
renovada « puede suscitar una gran esperanza. Puede formar a la
gente en comunidades, ofrecer auxilio a la vida de familia, superar
el estado de anonimato, acoger y ayudar a que las personas se
inserten en la vida de sus vecinos y en la sociedad ». (143) De
este modo, cada parroquia hoy, y particularmente las de ámbito
urbano, podrá fomentar una evangelización más
personal, y al mismo tiempo acrecentar las relaciones positivas con
los otros agentes sociales, educativos y comunitarios. (144)
Además, « este tipo de parroquia renovada supone la
figura de un pastor que, en primer lugar, tenga una profunda
experiencia de Cristo vivo, espíritu misional, corazón
paterno, que sea animador de la vida espiritual y evangelizador capaz
de promover la participación. La parroquia renovada requiere
la cooperación de los laicos, un animador de la acción
pastoral y la capacidad del pastor para trabajar con otros. Las
parroquias en América deben señalarse por su impulso
misional que haga que extiendan su acción a los alejados ».
(145)
Los diáconos permanentes
42. Por motivos pastorales y teológicos serios, el Concilio
Vaticano II determinó restablecer el diaconado como grado
permanente de la jerarquía en la Iglesia latina, dejando a las
Conferencias Episcopales, con la aprobación del Sumo
Pontífice, valorar la oportunidad de instituir los diáconos
permanentes y en qué sitios. (146) Se trata de una experiencia
muy diferente no sólo en las distintas partes de América,
sino incluso entre las diócesis de una misma región. «
Algunas diócesis han formado y ordenado no pocos diáconos,
y están plenamente contentas de su incorporación y
ministerio ». (147) Aquí se ve con gozo cómo los
diáconos, « confortados con la gracia sacramental, en
comunión con el Obispo y su presbiterio, sirven al pueblo de
Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad
». (148) Otras diócesis no han emprendido este camino,
mientras en otras partes existen dificultades en la integración
de los diáconos permanentes en la estructura jerárquica.
Quedando a salvo la libertad de las Iglesias particulares para
restablecer o no, consintiéndolo el Sumo Pontífice, el
diaconado como grado permanente, está claro que el acierto de
esta restauración implica un diligente proceso de selección,
una formación seria y una atención cuidadosa a los
candidatos, así como también un acompañamiento
solícito no sólo de estos ministros sagrados, sino
también, en el caso de los diáconos casados, de su
familia, esposa e hijos. (149)
La vida consagrada
43. La historia de la evangelización de América es
un elocuente testimonio del ingente esfuerzo misional realizado por
tantas personas consagradas, las cuales, desde el comienzo,
anunciaron el Evangelio, defendieron los derechos de los indígenas
y, con amor heroico a Cristo, se entregaron al servicio del pueblo de
Dios en el Continente.(150) La aportación de las personas
consagradas al anuncio del Evangelio en América sigue siendo
de suma importancia; se trata de una aportación diversa según
los carismas propios de cada grupo: « los Institutos de vida
contemplativa que testifican lo absoluto de Dios, los Institutos
apostólicos y misionales que hacen a Cristo presente en los
muy diversos campos de la vida humana, los Institutos seculares que
ayudan a resolver la tensión entre apertura real a los valores
del mundo moderno y profunda entrega de corazón a Dios. Nacen
también nuevos Institutos y nuevas formas de vida consagrada
que requieren discreción evangélica ». (151)
Ya que « el futuro de la nueva evangelización [...]
es impensable sin una renovada aportación de las mujeres,
especialmente de las mujeres consagradas », (152) urge
favorecer su participación en diversos sectores de la vida
eclesial, incluidos los procesos en que se elaboran las decisiones,
especialmente en los asuntos que les conciernen directamente. (153)
« También hoy el testimonio de la vida plenamente
consagrada a Dios es una elocuente proclamación de que Él
basta para llenar la vida de cualquier persona ». (154) Esta
consagración al Señor ha de prolongarse en una generosa
entrega a la difusión del Reino de Dios. Por ello, a las
puertas del tercer milenio se ha de procurar « que la vida
consagrada sea más estimada y promovida por los Obispos,
sacerdotes y comunidades cristianas. Y que los consagrados,
conscientes del gozo y de la responsabilidad de su vocación,
se integren plenamente en la Iglesia particular a la que pertenecen y
fomenten la comunión y la mutua colaboración ».
(155)
Los fieles laicos y la renovación de la Iglesia
44. « La doctrina del Concilio Vaticano II sobre la unidad
de la Iglesia, como pueblo de Dios congregado en la unidad del Padre
y del Hijo y del Espíritu Santo, subraya que son comunes a la
dignidad de todos los bautizados la imitación y el seguimiento
de Cristo, la comunión mutua y el mandato misional ».
(156) Es necesario, por tanto, que los fieles laicos sean conscientes
de su dignidad de bautizados. Por su parte, los Pastores han de
estimar profundamente « el testimonio y la acción
evangelizadora de los laicos que integrados en el pueblo de Dios con
espiritualidad de comunión conducen a sus hermanos al
encuentro con Jesucristo vivo. La renovación de la Iglesia en
América no será posible sin la presencia activa de los
laicos. Por eso, en gran parte, recae en ellos la responsabilidad del
futuro de la Iglesia ». (157)
Los ámbitos en los que se realiza la vocación de los
fieles laicos son dos. El primero, y más propio de su
condición laical, es el de las realidades temporales, que
están llamados a ordenar según la voluntad de Dios.
(158) En efecto, « con su peculiar modo de obrar, el Evangelio
es llevado dentro de las estructuras del mundo y obrando en todas
partes santamente consagran el mismo mundo a Dios ». (159)
Gracias a los fieles laicos, « la presencia y la misión
de la Iglesia en el mundo se realiza, de modo especial, en la
diversidad de carismas y ministerios que posee el laicado. La
secularidad es la nota característica y propia del laico y de
su espiritualidad que lo lleva a actuar en la vida familiar, social,
laboral, cultural y política, a cuya evangelización es
llamado. En un Continente en el que aparecen la emulación y la
propensión a agredir, la inmoderación en el consumo y
la corrupción, los laicos están llamados a encarnar
valores profundamente evangélicos como la misericordia, el
perdón, la honradez, la transparencia de corazón y la
paciencia en las condiciones difíciles. Se espera de los
laicos una gran fuerza creativa en gestos y obras que expresen una
vida coherente con el Evangelio ». (160)
América necesita laicos cristianos que puedan asumir
responsabilidades directivas en la sociedad. Es urgente formar
hombres y mujeres capaces de actuar, según su propia vocación,
en la vida pública, orientándola al bien común.
En el ejercicio de la política, vista en su sentido más
noble y auténtico como administración del bien común,
ellos pueden encontrar también el camino de la propia
santificación. Para ello es necesario que sean formados tanto
en los principios y valores de la Doctrina social de la Iglesia, como
en nociones fundamentales de la teología del laicado. El
conocimiento profundo de los principios éticos y de los
valores morales cristianos les permitirá hacerse promotores en
su ambiente, proclamándolos también ante la llamada «
neutralidad del Estado ». (161)
Hay un segundo ámbito en el que muchos fieles laicos están
llamados a trabajar, y que puede llamarse « intraeclesial ».
Muchos laicos en América sienten el legítimo deseo de
aportar sus talentos y carismas a « la construcción de
la comunidad eclesial como delegados de la Palabra, catequistas,
visitadores de enfermos o de encarcelados, animadores de grupos etc.
». (162) Los Padres sinodales han manifestado el deseo de que
la Iglesia reconozca algunas de estas tareas como ministerios
laicales, fundados en los sacramentos del Bautismo y la Confirmación,
dejando a salvo el carácter específico de los
ministerios propios del sacramento del Orden. Se trata de un tema
vasto y complejo para cuyo estudio constituí, hace ya algún
tiempo, una Comisión especial (163) y sobre el que los
organismos de la Santa Sede han ido señalando paulatinamente
algunas pautas directivas. (164) Se ha de fomentar la provechosa
cooperación de fieles laicos bien preparados, hombres y
mujeres, en diversas actividades dentro de la Iglesia, evitando, sin
embargo, una posible confusión con los ministerios ordenados y
con las actividades propias del sacramento del Orden, a fin de
distinguir bien el sacerdocio común de los fieles del
sacerdocio ministerial.
A este respecto, los Padres sinodales han sugerido que las tareas
confiadas a los laicos sean bien « distintas de aquellas que
son etapas para el ministerio ordenado » (165) y que los
candidatos al sacerdocio reciben antes del presbiterado. Igualmente
se ha observado que estas tareas laicales « no deben conferirse
sino a personas, varones y mujeres, que hayan adquirido la formación
exigida, según criterios determinados: una cierta permanencia,
una real disponibilidad con respecto a un determinado grupo de
personas, la obligación de dar cuenta a su propio Pastor ».
(166) De todos modos, aunque el apostolado intraeclesial de los
laicos tiene que ser estimulado, hay que procurar que este apostolado
coexista con la actividad propia de los laicos, en la que no pueden
ser suplidos por los sacerdotes: el ámbito de la realidades
temporales.
Dignidad de la mujer
45. Merece una especial atención la vocación de la
mujer. Ya en otras ocasiones he querido expresar mi aprecio por la
aportación específica de la mujer al progreso de la
humanidad y reconocer sus legítimas aspiraciones a participar
plenamente en la vida eclesial, cultural, social y económica.
(167) Sin esta aportación se perderían algunas riquezas
que sólo el « genio de la mujer » (168) puede
aportar a la vida de la Iglesia y de la sociedad misma. No
reconocerlo sería una injusticia histórica
especialmente en América, si se tiene en cuenta la
contribución de las mujeres al desarrollo material y cultural
del Continente, como también a la transmisión y
conservación de la fe. En efecto, « su papel fue
decisivo sobre todo en la vida consagrada, en la educación, en
el cuidado de la salud ». (169)
En varias regiones del Continente americano, lamentablemente, la
mujer es todavía objeto de discriminaciones. Por eso se puede
decir que el rostro de los pobres en América es también
el rostro de muchas mujeres. En este sentido, los Padres sinodales
han hablado de un « aspecto femenino de la pobreza ».
(170) La Iglesia se siente obligada a insistir sobre la dignidad
humana, común a todas las personas. Ella « denuncia la
discriminación, el abuso sexual y la prepotencia masculina
como acciones contrarias al plan de Dios ». (171) En
particular, deplora como abominable la esterilización, a veces
programada, de las mujeres, sobre todo de las más pobres y
marginadas, que es practicada a menudo de manera engañosa, sin
saberlo las interesadas; esto es mucho más grave cuando se
hacer para conseguir ayudas económicas a nivel internacional.
La Iglesia en el Continente se siente comprometida a intensificar
su preocupación por la mujeres y a defenderlas « de modo
que la sociedad en América ayude más a la vida familiar
fundada en el matrimonio, proteja más la maternidad y respete
más la dignidad de todas las mujeres ». (172) Se debe
ayudar a las mujeres americanas a tomar parte activa y responsable en
la vida y misión de la Iglesia, (173) como también se
ha de reconocer la necesidad de la sabiduría y cooperación
de las mujeres en las tareas directivas de la sociedad americana.
Los desafíos para la familia cristiana
46. Dios Creador, formando al primer varón y a la primera
mujer, y mandando « sed fecundos y multiplicaos » (Gn 1,
28), estableció definitivamente la familia. De este santuario
nace la vida y es aceptada como don de Dios. La Palabra, leída
asiduamente en la familia, la construye poco a poco como iglesia
doméstica y la hace fecunda en humanismo y virtudes
cristianas; allí se constituye la fuente de las vocaciones. La
vida de oración de la familia en torno a alguna imagen de la
Virgen hará que permanezca siempre unida en torno a la Madre,
como los discípulos de Jesús (cf. Hch 1, 14) ».
(174) Son muchas las insidias que amenazan la solidez de la
institución familiar en la mayor parte de los países de
América, siendo, a la vez, desafíos para los
cristianos. Se deben mencionar, entre otros, el aumento de los
divorcios, la difusión del aborto, del infanticidio y de la
mentalidad contraceptiva. Ante esta situación hay que subrayar
« que el fundamento de la vida humana es la relación
nupcial entre el marido y la esposa, la cual entre los cristianos es
sacramental ». (175)
Es urgente, pues, una amplia catequización sobre el ideal
cristiano de la comunión conyugal y de la vida familiar, que
incluya una espiritualidad de la paternidad y la maternidad. Es
necesario prestar mayor atención pastoral al papel de los
hombres como maridos y padres, así como a la responsabilidad
que comparten con sus esposas respecto al matrimonio, la familia y la
educación de los hijos. No debe omitirse una seria preparación
de los jóvenes antes del matrimonio, en la que se presente con
claridad la doctrina católica, a nivel teológico,
espiritual y antropológico sobre este sacramento. En un
Continente caracterizado por un considerable desarrollo demográfico,
como es América, deben incrementarse continuamente las
iniciativas pastorales dirigidas a las familias.
Para que la familia cristiana sea verdaderamente « iglesia
doméstica », (176) está llamada a ser el ámbito
en que los padres transmiten la fe, pues ellos « deben ser para
sus hijos los primeros predicadores de la fe, mediante la palabra y
el ejemplo ». (177) En la familia tampoco puede faltar la
práctica de la oración en la que se encuentren unidos
tanto los cónyuges entre sí, como con sus hijos. A este
respecto, se han de fomentar momentos de vida espiritual en común:
la participación en la Eucaristía los días
festivos, la práctica del sacramento de la Reconciliación,
la oración cotidiana en familia y obras concretas de caridad.
Así se consolidará la fidelidad en el matrimonio y la
unidad de la familia. En un ambiente familiar con estas
características no será difícil que los hijos
sepan descubrir su vocación al servicio de la comunidad y de
la Iglesia y que aprendan, especialmente con el ejemplo de sus
padres, que la vida familiar es un camino para realizar la vocación
universal a la santidad. (178)
Los jóvenes, esperanza del futuro
47. Los jóvenes son una gran fuerza social y
evangelizadora. « Constituyen una parte numerosísima de
la población en muchas naciones de América. En el
encuentro de ellos con Cristo vivo se fundan la esperanza y la
expectativas de un futuro de mayor comunión y solidaridad para
la Iglesia y las sociedades de América ». (179) Son
evidentes los esfuerzos que las Iglesias particulares realizan en el
Continente para acompañar a los adolescentes en el proceso
catequético antes de la Confirmación y de otras formas
de acompañamiento que les ofrecen para que crezcan en su
encuentro con Cristo y en el conocimiento del Evangelio. El proceso
de formación de los jóvenes debe ser constante y
dinámico, adecuado para ayudarles a encontrar su lugar en la
Iglesia y en el mundo. Por tanto, la pastoral juvenil ha de ocupar un
puesto privilegiado entre las preocupaciones de los Pastores y de las
comunidades.
En realidad, son muchos los jóvenes americanos que buscan
el sentido verdadero de su vida y que tienen sed de Dios, pero muchas
veces faltan las condiciones idóneas para realizar sus
capacidades y lograr sus aspiraciones. Lamentablemente, la falta de
trabajo y de esperanzas de futuro los lleva en algunas ocasiones a la
marginación y a la violencia. La sensación de
frustración que experimentan por todo ello, los hace abandonar
frecuentemente la búsqueda de Dios. Ante esta situación
tan compleja, « la Iglesia se compromete a mantener su opción
pastoral y misionera por los jóvenes para que puedan hoy
encontrar a Cristo vivo ». (180)
La acción pastoral de la Iglesia llega a muchos de estos
adolescentes y jóvenes mediante la animación cristiana
de la familia, la catequesis, las instituciones educativas católicas
y la vida comunitaria de la parroquia. Pero hay otros muchos,
especialmente entre los que sufren diversas formas de pobreza, que
quedan fuera del campo de la actividad eclesial. Deben ser los
jóvenes cristianos, formados con una conciencia misionera
madura, los apóstoles de sus coetáneos. Es necesaria
una acción pastoral que llegue a los jóvenes en sus
propios ambientes, como el colegio, la universidad, el mundo del
trabajo o el ambiente rural, con una atención apropiada a su
sensibilidad. En el ámbito parroquial y diocesano será
oportuno desarrollar también una acción pastoral de la
juventud que tenga en cuenta la evolución del mundo de los
jóvenes, que busque el diálogo con ellos, que no deje
pasar las ocasiones propicias para encuentros más amplios, que
aliente las iniciativas locales y aproveche también lo que ya
se realiza en el ámbito interdiocesano e internacional.
Y, ¿qué hacer ante los jóvenes que
manifiestan comportamientos adolescentes de una cierta inconstancia y
dificultad para asumir compromisos serios para siempre? Ante esta
carencia de madurez es necesario invitar a los jóvenes a ser
valientes, ayudándoles a apreciar el valor del compromiso para
toda la vida, como es el caso del sacerdocio, de la vida consagrada y
del matrimonio cristiano. (181)
Acompañar al niño en su encuentro con Cristo
48. Los niños son don y signo de la presencia de Dios. «
Hay que acompañar al niño en su encuentro con Cristo,
desde su bautismo hasta su primera comunión, ya que forma
parte de la comunidad viviente de fe, esperanza y caridad ».
(182) La Iglesia agradece la labor de los padres, maestros, agentes
pastorales, sociales y sanitarios, y de todos aquellos que sirven a
la familia y a los niños con la misma actitud de Jesucristo
que dijo: « Dejad que los niños vengan a mí, y no
se lo impidáis porque de los que son como éstos es el
Reino de los Cielos » (Mt 19, 14).
Con razón los Padres sinodales lamentan y condenan la
condición dolorosa de muchos niños en toda América,
privados de la dignidad y la inocencia e incluso de la vida. «
Esta condición incluye la violencia, la pobreza, la carencia
de casa, la falta de un adecuado cuidado de sanidad y educación,
los daños de las drogas y del alcohol, y otros estados de
abandono y de abuso ». (183) A este respecto, en el Sínodo
se hizo mención especial de la problemática del abuso
sexual de los niños y de la prostitución infantil, y
los Padres lanzaron un urgente llamado « a todos los que están
en posiciones de autoridad en la sociedad, para que realicen, como
cosa prioritaria, todo lo que está en su poder, para aliviar
el dolor de los niños en América ». (184)
Elementos de comunión con las otras Iglesias y Comunidades
eclesiales
49. Entre la Iglesia católica y las otras Iglesias y
Comunidades eclesiales existe un esfuerzo de comunión que
tiene su raíz en el Bautismo administrado en cada una de
ellas. (185) Este esfuerzo se alimenta mediante la oración, el
diálogo y la acción común. Los Padres sinodales
han querido expresar una voluntad especial de « cooperación
al diálogo ya comenzado con la Iglesia ortodoxa, con la que
tenemos en común muchos elementos de fe, de vida sacramental y
de piedad ». (186) Las propuestas concretas de la Asamblea
sinodal sobre el conjunto de las Iglesias y Comunidades eclesiales
cristianas no católicas son múltiples. Se propone, en
primer lugar, « que los cristianos católicos, Pastores y
fieles, fomenten el encuentro de los cristianos de las diversas
confesiones, en la cooperación, en nombre del Evangelio, para
responder al clamor de los pobres, con la promoción de la
justicia, la oración común por la unidad y la
participación en la Palabra de Dios y la experiencia de la fe
en Cristo vivo ». (187) Deben también alentarse, cuando
sea oportuno y conveniente, las reuniones de expertos de las diversas
Iglesias y Comunidades eclesiales para facilitar el diálogo
ecuménico. El ecumenismo ha de ser objeto de reflexión
y de comunicación de experiencias entre las diversas
Conferencias Episcopales católicas del Continente.
Si bien el Concilio Vaticano II se refiere a todos los bautizados
y creyentes en Cristo « como hermanos en el Señor »,
(188) es necesario distinguir con claridad las comunidades
cristianas, con las cuales es posible establecer relaciones
inspiradas en el espíritu del ecumenismo, de las sectas,
cultos y otros movimientos pseudoreligiosos.
Relación de la Iglesia con las comunidades judías
50. En la sociedad americana existen también comunidades
judías con las que la Iglesia ha llevado a cabo en estos
últimos años una colaboración creciente. (189)
En la historia de la salvación es evidente nuestra especial
relación con el pueblo judío. De ese pueblo nació
Jesús, quien dio comienzo a su Iglesia dentro de la Nación
judía. Gran parte de la Sagrada Escritura que los cristianos
leemos como palabra de Dios, constituye un patrimonio espiritual
común con los judíos. (190) Se ha de evitar, pues, toda
actitud negativa hacia ellos, ya que « para bendecir al mundo
es necesario que los judíos y los cristianos sean previamente
bendición los unos para los otros ». (191)
Religiones no cristianas
51. Respecto a las religiones no cristianas, la Iglesia católica
no rechaza nada de lo que en ellas hay de verdadero y santo. (192)
Por ello, con respecto a las otras religiones, los católicos
quieren subrayar los elementos de verdad dondequiera que puedan
encontrarse, pero a la vez testifican fuertemente la novedad de la
revelación de Cristo, custodiada en su integridad por la
Iglesia. (193) En coherencia con esta actitud, los católicos
rechazan como extraña al espíritu de Cristo toda
discriminación o persecución contra las personas por
motivos de raza, color, condición de vida o religión.
La diferencia de religión nunca debe ser causa de violencia o
de guerra. Al contrario, las personas de creencias diversas deben
sentirse movidas, precisamente por su adhesión a las mismas, a
trabajar juntas por la paz y la justicia.
« Los musulmanes, como los cristianos y los judíos,
llaman a Abraham, padre suyo. Este hecho debe asegurar que en toda
América estas tres comunidades vivan armónicamente y
trabajen juntas por el bien común. Igualmente, la Iglesia en
América debe esforzarse por aumentar el mutuo respeto y las
buenas relaciones con las religiones nativas americanas ».
(194) La misma actitud debe tenerse con los grupos hinduistas y
budistas o de otras religiones que las recientes inmigraciones,
procedentes de países orientales, han llevado al suelo
americano.
CAPÍTULO V
CAMINO PARA LA SOLIDARIDAD
« En esto conocerán todos que sois discípulos
míos:
si os tenéis amor los unos a los otros »
(Jn 13, 35)
La solidaridad, fruto de la comunión
52. « En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos
hermanos míos más pequeños, a mí me lo
hicisteis » (Mt 25, 40; cf. 25, 45). La conciencia de la
comunión con Jesucristo y con los hermanos, que es, a su vez,
fruto de la conversión, lleva a servir al prójimo en
todas sus necesidades, tanto materiales como espirituales, para que
en cada hombre resplandezca el rostro de Cristo. Por eso, « la
solidaridad es fruto de la comunión que se funda en el
misterio de Dios uno y trino, y en el Hijo de Dios encarnado y muerto
por todos. Se expresa en el amor del cristiano que busca el bien de
los otros, especialmente de los más necesitados ». (195)
De aquí deriva para las Iglesias particulares del
Continente americano el deber de la recíproca solidaridad y de
compartir sus dones espirituales y los bienes materiales con que Dios
las ha bendecido, favoreciendo la disponibilidad de las personas para
trabajar donde sea necesario. Partiendo del Evangelio se ha de
promover una cultura de la solidaridad que incentive oportunas
iniciativas de ayuda a los pobres y a los marginados, de modo
especial a los refugiados, los cuales se ven forzados a dejar sus
pueblos y tierras para huir de la violencia. La Iglesia en América
ha de alentar también a los organismos internacionales del
Continente con el fin de establecer un orden económico en el
que no domine sólo el criterio del lucro, sino también
el de la búsqueda del bien común nacional e
internacional, la distribución equitativa de los bienes y la
promoción integral de los pueblos. (196)
La doctrina de la Iglesia, expresión de las exigencias de
la conversión
53. Mientras el relativismo y el subjetivismo se difunden de modo
preocupante en el campo de la doctrina moral, la Iglesia en América
está llamada a anunciar con renovada fuerza que la conversión
consiste en la adhesión a la persona de Jesucristo, con todas
las implicaciones teológicas y morales ilustradas por el
Magisterio eclesial. Hay que reconocer, « el papel que
realizan, en esta línea, los teólogos, los catequistas
y los profesores de religión que, exponiendo la doctrina de la
Iglesia con fidelidad al Magisterio, cooperan directamente en la
recta formación de la conciencia de los fieles ». (197)
Si creemos que Jesús es la Verdad (cf. Jn 14, 6) desearemos
ardientemente ser sus testigos para acercar a nuestros hermanos a la
verdad plena que está en el Hijo de Dios hecho hombre, muerto
y resucitado por la salvación del género humano. «
De este modo podremos ser, en este mundo, lámparas vivas de
fe, esperanza y caridad ». (198)
Doctrina social de la Iglesia
54. Ante los graves problemas de orden social que, con
características diversas, existen en toda América, el
católico sabe que puede encontrar en la doctrina social de la
Iglesia la respuesta de la que partir para buscar soluciones
concretas. Difundir esta doctrina constituye, pues, una verdadera
prioridad pastoral. Para ello es importante « que en América
los agentes de evangelización (Obispos, sacerdotes,
profesores, animadores pastorales, etc.) asimilen este tesoro que es
la doctrina social de la Iglesia, e, iluminados por ella, se hagan
capaces de leer la realidad actual y de buscar vías para la
acción ». (199) A este respecto, hay que fomentar la
formación de fieles laicos capaces de trabajar, en nombre de
la fe en Cristo, para la transformación de las realidades
terrenas. Además, será oportuno promover y apoyar el
estudio de esta doctrina en todos los ámbitos de las Iglesias
particulares de América y, sobre todo, en el universitario,
para que sea conocida con mayor profundidad y aplicada en la sociedad
americana.
Para alcanzar este objetivo sería muy útil un
compendio o síntesis autorizada de la doctrina social
católica, incluso un « catecismo », que muestre la
relación existente entre ella y la nueva evangelización.
La parte que el Catecismo de la Iglesia Católica dedica a esta
materia, a propósito del séptimo mandamiento del
Decálogo, podría ser el punto de partida de este «
Catecismo de doctrina social católica ». Naturalmente,
como ha sucedido con el Catecismo de la Iglesia Católica, se
limitaría a formular los principios generales, dejando a
aplicaciones posteriores el tratar sobre los problemas relacionados
con las diversas situaciones locales. (200)
En la doctrina social de la Iglesia ocupa un lugar importante el
derecho a un trabajo digno. Por esto, ante las altas tasas de
desempleo que afectan a muchos países americanos y ante las
duras condiciones en que se encuentran no pocos trabajadores en la
industria y en el campo, « es necesario valorar el trabajo como
dimensión de realización y de dignidad de la persona
humana. Es una responsabilidad ética de una sociedad
organizada promover y apoyar una cultura del trabajo ». (201)
Globalización de la solidaridad
55. El complejo fenómeno de la globalización, como
he recordado más arriba, es una de las características
del mundo actual, perceptible especialmente en América. Dentro
de esta realidad polifacética, tiene gran importancia el
aspecto económico. Con su doctrina social, la Iglesia ofrece
una valiosa contribución a la problemática que presenta
la actual economía globalizada. Su visión moral en esta
materia « se apoya en las tres piedras angulares fundamentales
de la dignidad humana, la solidaridad y la subsidiariedad ».
(202) La economía globalizada debe ser analizada a la luz de
los principios de la justicia social, respetando la opción
preferencial por los pobres, que han de ser capacitados para
protegerse en una economía globalizada, y ante las exigencias
del bien común internacional. En realidad, « la doctrina
social de la Iglesia es la visión moral que intenta asistir a
los gobiernos, a las instituciones y las organizaciones privadas para
que configuren un futuro congruente con la dignidad de cada persona.
A través de este prisma se pueden valorar las cuestiones que
se refieren a la deuda externa de las naciones, a la corrupción
política interna y a la discriminación dentro [de la
propia nación] y entre las naciones ». (203)
La Iglesia en América está llamada no sólo a
promover una mayor integración entre las naciones,
contribuyendo de este modo a crear una verdadera cultura globalizada
de la solidaridad, (204) sino también a colaborar con los
medios legítimos en la reducción de los efectos
negativos de la globalización, como son el dominio de los más
fuertes sobre los más débiles, especialmente en el
campo económico, y la pérdida de los valores de las
culturas locales en favor de una mal entendida homogeneización.
Pecados sociales que claman al cielo
56. A la luz de la doctrina social de la Iglesia se aprecia
también, más claramente, la gravedad de « los
pecados sociales que claman al cielo, porque generan violencia,
rompen la paz y la armonía entre las comunidades de una misma
nación, entre las naciones y entre las diversas partes del
Continente ». (205) Entre estos pecados se deben recordar, «
el comercio de drogas, el lavado de las ganancias ilícitas, la
corrupción en cualquier ambiente, el terror de la violencia,
el armamentismo, la discriminación racial, las desigualdades
entre los grupos sociales, la irrazonable destrucción de la
naturaleza ». (206) Estos pecados manifiestan una profunda
crisis debido a la pérdida del sentido de Dios y a la ausencia
de los principios morales que deben regir la vida de todo hombre. Sin
una referencia moral se cae en un afán ilimitado de riqueza y
de poder, que ofusca toda visión evangélica de la
realidad social.
No pocas veces, esto provoca que algunas instancias públicas
se despreocupen de la situación social. Cada vez más,
en muchos países americanos impera un sistema conocido como «
neoliberalismo »; sistema que haciendo referencia a una
concepción economicista del hombre, considera las ganancias y
las leyes del mercado como parámetros absolutos en detrimento
de la dignidad y del respeto de las personas y los pueblos. Dicho
sistema se ha convertido, a veces, en una justificación
ideológica de algunas actitudes y modos de obrar en el campo
social y político, que causan la marginación de los más
débiles. De hecho, los pobres son cada vez más
numerosos, víctimas de determinadas políticas y de
estructuras frecuentemente injustas. (207)
La mejor respuesta, desde el Evangelio, a esta dramática
situación es la promoción de la solidaridad y de la
paz, que hagan efectivamente realidad la justicia. Para esto se ha de
alentar y ayudar a aquellos que son ejemplo de honradez en la
administración del erario público y de la justicia.
Igualmente se ha de apoyar el proceso de democratización que
está en marcha en América, (208) ya que en un sistema
democrático son mayores las posibilidades de control que
permiten evitar los abusos.
« El Estado de Derecho es la condición necesaria para
establecer una verdadera democracia ». (209) Para que ésta
se pueda desarrollar, se precisa la educación cívica
así como la promoción del orden público y de la
paz en la convivencia civil. En efecto, « no hay una democracia
verdadera y estable sin justicia social. Para esto es necesario que
la Iglesia preste mayor atención a la formación de la
conciencia, prepare dirigentes sociales para la vida publica en todos
los niveles, promueva la educación ética, la
observancia de la ley y de los derechos humanos y emplee un mayor
esfuerzo en la formación ética de la clase política
». (210)
El fundamento último de los derechos humanos
57. Conviene recordar que el fundamento sobre el que se basan
todos los derechos humanos es la dignidad de la persona. En efecto, «
la mayor obra divina, el hombre, es imagen y semejanza de Dios. Jesús
asumió nuestra naturaleza menos el pecado; promovió y
defendió la dignidad de toda persona humana sin excepción
alguna; murió por la libertad de todos. El Evangelio nos
muestra cómo Jesucristo subrayó la centralidad de la
persona humana en el orden natural (cf. Lc 12, 22-29), en el orden
social y en el orden religioso, incluso respecto a la Ley (cf. Mc 2,
27); defendiendo el hombre y también la mujer (cf. Jn 8, 11) y
los niños (cf. Mt 19, 13-15), que en su tiempo y en su cultura
ocupaban un lugar secundario en la sociedad. De la dignidad del
hombre en cuanto hijo de Dios nacen los derechos humanos y las
obligaciones ». (211) Por esta razón, « todo
atropello a la dignidad del hombre es atropello al mismo Dios, de
quien es imagen ». (212) Esta dignidad es común a todos
los hombres sin excepción, ya que todos han sido creados a
imagen de Dios (cf. Gn 1, 26). La respuesta de Jesús a la
pregunta « ¿Quién es mi prójimo? »
(Lc 10, 29) exige de cada uno una actitud de respeto por la dignidad
del otro y de cuidado solícito hacia él, aunque se
trate de un extranjero o un enemigo (cf. Lc 10, 30-37). En toda
América la conciencia de la necesidad de respetar los derechos
humanos ha ido creciendo en estos últimos tiempos, sin embargo
todavía queda mucho por hacer, si se consideran las
violaciones de los derechos de personas y de grupos sociales que aún
se dan en el Continente.
Amor preferencial por los pobres y marginados
58. « La Iglesia en América debe encarnar en sus
iniciativas pastorales la solidaridad de la Iglesia universal hacia
los pobres y marginados de todo género. Su actitud debe
incluir la asistencia, promoción, liberación y
aceptación fraterna. La Iglesia pretende que no haya en
absoluto marginados ». (213) El recuerdo de los capítulos
oscuros de la historia de América relativos a la existencia de
la esclavitud y de otras situaciones de discriminación social,
ha de suscitar un sincero deseo de conversión que lleve a la
reconciliación y a la comunión.
La atención a los más necesitados surge de la opción
de amar de manera preferencial a los pobres. Se trata de un amor que
no es exclusivo y no puede ser pues interpretado como signo de
particularismo o de sectarismo; (214) amando a los pobres el
cristiano imita las actitudes del Señor, que en su vida
terrena se dedicó con sentimientos de compasión a las
necesidades de las personas espiritual y materialmente indigentes.
La actividad de la Iglesia en favor de los pobres en todas las
partes del Continente es importante; no obstante hay que seguir
trabajando para que esta línea de acción pastoral sea
cada vez más un camino para el encuentro con Cristo, el cual,
siendo rico, por nosotros se hizo pobre a fin de enriquecernos con su
pobreza (cf. 2 Co 8, 9). Se debe intensificar y ampliar cuanto se
hace ya en este campo, intentando llegar al mayor número
posible de pobres. La Sagrada Escritura nos recuerda que Dios escucha
el clamor de los pobres (cf. Sal 34 [33],7) y la Iglesia ha de estar
atenta al clamor de los más necesitados. Escuchando su voz, «
la Iglesia debe vivir con los pobres y participar de sus dolores.
[...] Debe finalmente testificar por su estilo de vida que sus
prioridades, sus palabras y sus acciones, y ella misma está en
comunión y solidaridad con ellos ». (215)
La deuda externa
59. La existencia de una deuda externa que asfixia a muchos
pueblos del Continente americano es un problema complejo. Aun sin
entrar en sus numerosos aspectos, la Iglesia en su solicitud pastoral
no puede ignorar este problema, ya que afecta a la vida de tantas
personas. Por eso, diversas Conferencias Episcopales de América,
conscientes de su gravedad, han organizado estudios sobre el mismo y
publicado documentos para buscar soluciones eficaces. (216) Yo he
expresado también varias veces mi preocupación por esta
situación, que en algunos casos se ha hecho insostenible. En
la perspectiva del ya próximo Gran Jubileo del año 2000
y recordando el sentido social que los Jubileos tenían en el
Antiguo Testamento, escribí: « Así, en el
espíritu del Libro del Levítico (25, 8-12), los
cristianos deberán hacerse voz de todos los pobres del mundo,
proponiendo el Jubileo como un tiempo oportuno para pensar entre
otras cosas en una notable reducción, si no en una total
condonación, de la deuda internacional que grava sobre el
destino de muchas naciones ». (217)
Reitero mi deseo, hecho propio por los Padres sinodales, de que el
Pontificio Consejo « Justicia y Paz », junto con otros
organismos competentes, como es la sección para las Relaciones
con los Estados de la Secretaría de Estado, « busque, en
el estudio y el diálogo con representantes del Primer Mundo y
con responsables del Banco Mundial y del Fondo Monetario
Internacional, vías de solución para el problema de la
deuda externa y normas que impidan la repetición de tales
situaciones con ocasión de futuros préstamos ».
(218) Al nivel más amplio posible, sería oportuno que «
expertos en economía y cuestiones monetarias, de fama
internacional, procedieran a un análisis crítico del
orden económico mundial, en sus aspectos positivos y
negativos, de modo que se corrija el orden actual, y propongan un
sistema y mecanismos capaces de promover el desarrollo integral y
solidario de las personas y los pueblos ». (219)
Lucha contra la corrupción
60. En América el fenómeno de la corrupción
está también ampliamente extendido. La Iglesia puede
contribuir eficazmente a erradicar este mal de la sociedad civil con
« una mayor presencia de cristianos laicos cualificados que,
por su origen familiar, escolar y parroquial, promuevan la práctica
de valores como la verdad, la honradez, la laboriosidad y el servicio
del bien común ». (220) Para lograr este objetivo y
también para iluminar a todos los hombres de buena voluntad,
deseosos de poner fin a los males derivados de la corrupción,
hay que enseñar y difundir lo más posible la parte que
corresponde a este tema en el Catecismo de la Iglesia Católica,
promoviendo al mismo tiempo entre los católicos de cada Nación
el conocimiento de los documentos publicados al respecto por las
Conferencias Episcopales de las otras Naciones. (221) Los cristianos
así formados contribuirán significativamente a la
solución de este problema, esforzándose en llevar a la
práctica la doctrina social de la Iglesia en todos los
aspectos que afecten a sus vidas y en aquellos otros a los que pueda
llegar su influjo.
El problema de las drogas
61. En relación con el grave problema del comercio de
drogas, la Iglesia en América puede colaborar eficazmente con
los responsables de las Naciones, los directivos de empresas
privadas, las organizaciones no gubernamentales y las instancias
internacionales para desarrollar proyectos que eliminen este comercio
que amenaza la integridad de los pueblos en América. (222)
Esta colaboración debe extenderse a los órganos
legislativos, apoyando las iniciativas que impidan el «
blanqueo de dinero », favorezcan el control de los bienes de
quienes están implicados en este tráfico y vigilen que
la producción y comercio de las sustancias químicas
para la elaboración de drogas se realicen según las
normas legales. La urgencia y gravedad del problema hacen apremiante
un llamado a los diversos ambientes y grupos de la sociedad civil
para luchar unidos contra el comercio de la droga. (223) Por lo que
respecta específicamente a los Obispos, es necesario —según
una sugerencia de los Padres sinodales— que ellos mismos, como
Pastores del pueblo de Dios, denuncien con valentía y con
fuerza el hedonismo, el materialismo y los estilos de vida que llevan
fácilmente a la droga. (224)
Hay que tener también presente que se debe ayudar a los
agricultores pobres para que no caigan en la tentación del
dinero fácil obtenible con el cultivo de las plantas de las
que se extraen las drogas. A este respecto, las Organizaciones
internacionales pueden prestar una colaboración preciosa a los
Gobiernos nacionales favoreciendo, con incentivos diversos, las
producciones agrícolas alternativas. Se ha de alentar también
la acción de quienes se esfuerzan en sacar de la droga a los
que la usan, dedicando una atención pastoral a las víctimas
de la tóxicodependencia. Tiene una importancia fundamental
ofrecer el verdadero « sentido de la vida » a las nuevas
generaciones, que por carencia del mismo acaban por caer
frecuentemente en la espiral perversa de los estupefacientes. Este
trabajo de recuperación y rehabilitación social puede
ser también una verdadera y propia tarea de evangelización.
(225)
La carrera de armamentos
62. Un factor que paraliza gravemente el progreso de no pocas
naciones de América es la carrera de armamentos. Desde las
Iglesias particulares de América debe alzarse una voz
profética que denuncie tanto el armamentismo como el
escandaloso comercio de armas de guerra, el cual emplea sumas
ingentes de dinero que deberían, en cambio, destinarse a
combatir la miseria y a promover el desarrollo. (226) Por otra parte,
la acumulación de armamentos es un factor de inestabilidad y
una amenaza para la paz. (227) Por esto, la Iglesia está
vigilante ante el riesgo de conflictos armados, incluso, entre
naciones hermanas. Ella, como signo e instrumento de reconciliación
y paz, ha de procurar « por todos los medios posibles, también
por el camino de la mediación y del arbitraje, actuar en favor
de la paz y de la fraternidad entre los pueblos ». (228)
Cultura de la muerte y sociedad dominada por los poderosos
63. Hoy en América, como en otras partes del mundo, parece
perfilarse un modelo de sociedad en la que dominan los poderosos,
marginando e incluso eliminando a los débiles. Pienso ahora en
los niños no nacidos, víctimas indefensas del aborto;
en los ancianos y enfermos incurables, objeto a veces de la
eutanasia; y en tantos otros seres humanos marginados por el
consumismo y el materialismo. No puedo ignorar el recurso no
necesario a la pena de muerte cuando otros « medios incruentos
bastan para defender y proteger la seguridad de las personas contra
el agresor [...] En efecto, hoy, teniendo en cuenta las posibilidades
de que dispone el Estado para reprimir eficazmente el crimen dejando
inofensivo a quien lo ha cometido, sin quitarle definitivamente la
posibilidad de arrepentirse, los casos de absoluta necesidad de
eliminar al reo “son ya muy raros, por no decir prácticamente
inexistentes” ». (229) Semejante modelo de sociedad se
caracteriza por la cultura de la muerte y, por tanto, en contraste
con el mensaje evangélico. Ante esta desoladora realidad, la
Comunidad eclesial trata de comprometerse cada vez más en
defender la cultura de la vida.
Por ello, los Padres sinodales, haciéndose eco de los
recientes documentos del Magisterio de la Iglesia, han subrayado con
vigor la incondicionada reverencia y la total entrega a favor de la
vida humana desde el momento de la concepción hasta el momento
de la muerte natural, y expresan la condena de males como el aborto y
la eutanasia. Para mantener estas doctrinas de la ley divina y
natural, es esencial promover el conocimiento de la doctrina social
de la Iglesia, y comprometerse para que los valores de la vida y de
la familia sean reconocidos y defendidos en el ámbito social y
en la legislación del Estado. (230) Además de la
defensa de la vida, se ha de intensificar, a través de
múltiples instituciones pastorales, una activa promoción
de las adopciones y una constante asistencia a las mujeres con
problemas por su embarazo, tanto antes como después del
nacimiento del hijo. Se ha de dedicar además una especial
atención pastoral a las mujeres que han padecido o procurado
activamente el aborto. (231)
Doy gracias a Dios y manifiesto mi vivo aprecio a los hermanos y
hermanas en la fe que en América, unidos a otros cristianos y
a innumerables personas de buena voluntad, están comprometidos
a defender con los medios legales la vida y a proteger al no nacido,
al enfermo incurable y a los discapacitados. Su acción es aún
más laudable si se consideran la indiferencia de muchos, las
insidias eugenésicas y los atentados contra la vida y la
dignidad humana, que diariamente se cometen por todas partes. (232)
Esta misma solicitud se ha de tener con los ancianos, a veces
descuidados y abandonados. Ellos deben ser respetados como personas.
Es importante poner en práctica para ellos iniciativas de
acogida y asistencia que promuevan sus derechos y aseguren, en la
medida de lo posible, su bienestar físico y espiritual. Los
ancianos deben ser protegidos de las situaciones y presiones que
podrían empujarlos al suicidio; en particular han de ser
sostenidos contra la tentación del suicidio asistido y de la
eutanasia.
Junto con los Pastores del pueblo de Dios en América,
dirijo un llamado a « los católicos que trabajan en el
campo médico-sanitario y a quienes ejercen cargos públicos,
así como a los que se dedican a la enseñanza, para que
hagan todo lo posible por defender las vidas que corren más
peligro, actuando con una conciencia rectamente formada según
la doctrina católica. Los Obispos y los presbíteros
tienen, en este sentido, la especial responsabilidad de dar
testimonio incansable en favor del Evangelio de la vida y de exhortar
a los fieles para que actúen en consecuencia ». (233) Al
mismo tiempo, es preciso que la Iglesia en América ilumine con
oportunas intervenciones la toma de decisiones de los cuerpos
legislativos, animando a los ciudadanos, tanto a los católicos
como a los demás hombres de buena voluntad, a crear
organizaciones para promover buenos proyectos de ley y así se
impidan aquellos otros que amenazan a la familia y la vida, que son
dos realidades inseparables. En nuestros días hay que tener
especialmente presente todo lo que se refiere a la investigación
embrionaria, para que de ningún modo se vulnere la dignidad
humana.
Los pueblos indígenas y los americanos de origen africano
64. Si la Iglesia en América, fiel al Evangelio de Cristo,
desea recorre el camino de la solidaridad, debe dedicar una especial
atención a aquellas etnias que todavía hoy son objeto
de discriminaciones injustas. En efecto, hay que erradicar todo
intento de marginación contra las poblaciones indígenas.
Ello implica, en primer lugar, que se deben respetar sus tierras y
los pactos contraídos con ellos; igualmente, hay que atender a
sus legítimas necesidades sociales, sanitarias y culturales.
Habrá que recordar la necesidad de reconciliación entre
los pueblos indígenas y las sociedades en las que viven.
Quiero recordar ahora que los americanos de origen africano siguen
sufriendo también, en algunas partes, prejuicios étnicos,
que son un obstáculo importante para su encuentro con Cristo.
Ya que todas las personas, de cualquier raza y condición, han
sido creadas por Dios a su imagen, conviene promover programas
concretos, en los que no debe faltar la oración en común,
los cuales favorezcan la comprensión y reconciliación
entre pueblos diversos, tendiendo puentes de amor cristiano, de paz y
de justicia entre todos los hombres. (234)
Para lograr estos objetivos es indispensable formar agentes
pastorales competentes, capaces de usar métodos ya «
inculturados » legítimamente en la catequesis y en la
liturgia. Así también, se conseguirá mejor un
número adecuado de pastores que desarrollen sus actividades
entre los indígenas, si se promueven las vocaciones al
sacerdocio y a la vida consagrada entre dichos pueblos. (235)
La problemática de los inmigrados
65. El Continente americano ha conocido en su historia muchos
movimientos de inmigración, que llevaron multitud de hombres y
mujeres a las diversas regiones con la esperanza de un futuro mejor.
El fenómeno continúa también hoy y afecta
concretamente a numerosas personas y familias procedentes de Naciones
latinoamericanas del Continente, que se han instalado en las regiones
del Norte, constituyendo en algunos casos una parte considerable de
la población. A menudo llevan consigo un patrimonio cultural y
religioso, rico de significativos elementos cristianos. La Iglesia es
consciente de los problemas provocados por esta situación y se
esfuerza en desarrollar una verdadera atención pastoral entre
dichos inmigrados, para favorecer su asentamiento en el territorio y
para suscitar, al mismo tiempo, una actitud de acogida por parte de
las poblaciones locales, convencida de que la mutua apertura será
un enriquecimiento para todos.
Las comunidades eclesiales procurarán ver en este fenómeno
un llamado específico a vivir el valor evangélico de la
fraternidad y a la vez una invitación a dar un renovado
impulso a la propia religiosidad para una acción
evangelizadora más incisiva. En este sentido, los Padres
sinodales consideran que « la Iglesia en América debe
ser abogada vigilante que proteja, contra todas las restricciones
injustas, el derecho natural de cada persona a moverse libremente
dentro de su propia nación y de una nación a otra. Hay
que estar atentos a los derechos de los emigrantes y de sus familias,
y al respeto de su dignidad humana, también en los casos de
inmigraciones no legales ». (236)
Con respecto a los inmigrantes, es necesaria una actitud
hospitalaria y acogedora, que los aliente a integrarse en la vida
eclesial, salvaguardando siempre su libertad y su peculiar identidad
cultural. A este fin es muy importante la colaboración entre
las diócesis de las que proceden y aquellas en las que son
acogidos, también mediante las específicas estructuras
pastorales previstas en la legislación y en la praxis de la
Iglesia. (237) Se puede asegurar así la atención
pastoral más adecuada posible e integral. La Iglesia en
América debe estar impulsada por la constante solicitud de que
no falte una eficaz evangelización a los que han llegado
recientemente y no conocen todavía a Cristo. (238)
CAPÍTULO VI
LA MISIÓN DE LA IGLESIA
HOY EN AMÉRICA:
LA
NUEVA EVANGELIZACIÓN
« Como el Padre me envió, también yo os envío
» (Jn 20, 21)
Enviados por Cristo
66. Cristo resucitado, antes de su ascensión al cielo,
envió a los Apóstoles a anunciar el Evangelio al mundo
entero (cf. Mc 16, 15), confiriéndoles los poderes necesarios
para realizar esta misión. Es significativo que, antes de
darles el último mandato misionero, Jesús se refiriera
al poder universal recibido del Padre (cf. Mt 28, 18). En efecto,
Cristo transmitió a los Apóstoles la misión
recibida del Padre (cf. Jn 20, 21), haciéndolos así
partícipes de sus poderes. Pero también « los
fieles laicos, precisamente por ser miembros de la Iglesia, tienen la
vocación y misión de ser anunciadores del Evangelio:
son habilitados y comprometidos en esta tarea por los sacramentos de
la iniciación cristiana y por los dones del Espíritu
Santo ». (239) En efecto, ellos han sido « hechos
partícipes, a su modo, de la función sacerdotal,
profética y real de Cristo ». (240) Por consiguiente, «
los fieles laicos —por su participación en el oficio
profético de Cristo— están plenamente implicados
en esta tarea de la Iglesia », (241) y por ello deben sentirse
llamados y enviados a proclamar la Buena Nueva del Reino. Las
palabras de Jesús: « Id también vosotros a mi
viña » (Mt 20, 4), 242 deben considerarse dirigidas no
sólo a los Apóstoles, sino a todos los que desean ser
verdaderos discípulos del Señor.
La tarea fundamental a la que Jesús envía a sus
discípulos es el anuncio de la Buena Nueva, es decir, la
evangelización (cf. Mc 16, 15-18). De ahí que, «
evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia
de la Iglesia, su identidad más profunda ». (243) Como
he manifestado en otras ocasiones, la singularidad y novedad de la
situación en la que el mundo y la Iglesia se encuentran, a las
puertas del Tercer milenio, y las exigencias que de ello se derivan,
hacen que la misión evangelizadora requiera hoy un programa
también nuevo que puede definirse en su conjunto como «
nueva evangelización ». (244) Como Pastor supremo de la
Iglesia deseo fervientemente invitar a todos los miembros del pueblo
de Dios, y particularmente a los que viven en el Continente americano
—donde por vez primera hice un llamado a un compromiso nuevo «
en su ardor, en sus métodos, en su expresión »
(245)— a asumir este proyecto y a colaborar en él. Al
aceptar esta misión, todos deben recordar que el núcleo
vital de la nueva evangelización ha de ser el anuncio claro e
inequívoco de la persona de Jesucristo, es decir, el anuncio
de su nombre, de su doctrina, de su vida, de sus promesas y del Reino
que Él nos ha conquistado a través de su misterio
pascual. (246)
Jesucristo, « buena nueva » y primer evangelizador
67. Jesucristo es la « buena nueva » de la salvación
comunicada a los hombres de ayer, de hoy y de siempre; pero al mismo
tiempo es también el primer y supremo evangelizador. (247) La
Iglesia debe centrar su atención pastoral y su acción
evangelizadora en Jesucristo crucificado y resucitado. « Todo
lo que se proyecte en el campo eclesial ha de partir de Cristo y de
su Evangelio ». (248) Por lo cual, « la Iglesia en
América debe hablar cada vez más de Jesucristo, rostro
humano de Dios y rostro divino del hombre. Este anuncio es el que
realmente sacude a los hombres, despierta y transforma los ánimos,
es decir, convierte. Cristo ha de ser anunciado con gozo y con
fuerza, pero principalmente con el testimonio de la propia vida ».
(249)
Cada cristiano podrá llevar a cabo eficazmente su misión
en la medida en que asuma la vida del Hijo de Dios hecho hombre como
el modelo perfecto de su acción evangelizadora. La sencillez
de su estilo y sus opciones han de ser normativas para todos en la
tarea de la evangelización. En esta perspectiva, los pobres
han de ser considerados ciertamente entre los primeros destinatarios
de la evangelización, a semejanza de Jesús, que decía
de sí mismo: « El Espíritu del Señor [...]
me ha ungido. Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva »
(Lc 4, 18). (250)
Como ya he indicado antes, el amor por los pobres ha de ser
preferencial, pero no excluyente. El haber descuidado —como
señalaron los Padres sinodales— la atención
pastoral de los ambientes dirigentes de la sociedad, con el
consiguiente alejamiento de la Iglesia de no pocos de ellos, (251) se
debe, en parte, a un planteamiento del cuidado pastoral de los pobres
con un cierto exclusivismo. Los daños derivados de la difusión
del secularismo en dichos ambientes, tanto políticos, como
económicos, sindicales, militares, sociales o culturales,
muestran la urgencia de una evangelización de los mismos, la
cual debe ser alentada y guiada por los Pastores, llamados por Dios
para atender a todos. Es necesario evangelizar a los dirigentes,
hombres y mujeres, con renovado ardor y nuevos métodos,
insistiendo principalmente en la formación de sus conciencias
mediante la doctrina social de la Iglesia. Esta formación será
el mejor antídoto frente a tantos casos de incoherencia y, a
veces, de corrupción que afectan a las estructuras
sociopolíticas. Por el contrario, si se descuida esta
evangelización de los dirigentes, no debe sorprender que
muchos de ellos sigan criterios ajenos al Evangelio y, a veces,
abiertamente contrarios a él. A pesar de todo, y en claro
contraste con quienes carecen de una mentalidad cristiana, hay que
reconocer « los intentos de no pocos [...] dirigentes por
construir una sociedad justa y solidaria ». (252)
El encuentro con Cristo lleva a evangelizar
68. El encuentro con el Señor produce una profunda
transformación de quienes no se cierran a Él. El primer
impulso que surge de esta transformación es comunicar a los
demás la riqueza adquirida en la experiencia de este
encuentro. No se trata sólo de enseñar lo que hemos
conocido, sino también, como la mujer samaritana, de hacer que
los demás encuentren personalmente a Jesús: «
Venid a ver » (Jn 4, 29). El resultado será el mismo que
se verificó en el corazón de los samaritanos, que
decían a la mujer: « Ya no creemos por tus palabras; que
nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es
verdaderamente el Salvador del mundo » (Jn 4, 42). La Iglesia,
que vive de la presencia permanente y misteriosa de su Señor
resucitado, tiene como centro de su misión « llevar a
todos los hombres al encuentro con Jesucristo ». (253)
Ella está llamada a anunciar que Cristo vive realmente, es
decir, que el Hijo de Dios, que se hizo hombre, murió y
resucitó, es el único Salvador de todos los hombres y
de todo el hombre, y que como Señor de la historia continúa
operante en la Iglesia y en el mundo por medio de su Espíritu
hasta la consumación de los siglos. La presencia del
Resucitado en la Iglesia hace posible nuestro encuentro con Él,
gracias a la acción invisible de su Espíritu
vivificante. Este encuentro se realiza en la fe recibida y vivida en
la Iglesia, cuerpo místico de Cristo. Este encuentro, pues,
tiene esencialmente una dimensión eclesial y lleva a un
compromiso de vida. En efecto, « encontrar a Cristo vivo es
aceptar su amor primero, optar por Él, adherir libremente a su
persona y proyecto, que es el anuncio y la realización del
Reino de Dios ». (254)
El llamado suscita la búsqueda de Jesús: «
Rabbí —que quiere decir, “Maestro”—
¿dónde vives? Les respondió: “Venid y lo
veréis”. Fueron, pues, vieron dónde vivía
y se quedaron con él aquel día » (Jn 1, 38-39). «
Ese quedarse no se reduce al día de la vocación, sino
que se extiende a toda la vida. Seguirle es vivir como Él
vivió, aceptar su mensaje, asumir sus criterios, abrazar su
suerte, participar su propósito que es el plan del Padre:
invitar a todos a la comunión trinitaria y a la comunión
con los hermanos en una sociedad justa y solidaria ». (255) El
ardiente deseo de invitar a los demás a encontrar a Aquél
a quien nosotros hemos encontrado, está en la raíz de
la misión evangelizadora que incumbe a toda la Iglesia, pero
que se hace especialmente urgente hoy en América, después
de haber celebrado los 500 años de la primera evangelización
y mientras nos disponemos a conmemorar agradecidos los 2000 años
de la venida del Hijo unigénito de Dios al mundo.
Importancia de la catequesis
69. La nueva evangelización, en la que todo el Continente
está comprometido, indica que la fe no puede darse por
supuesta, sino que debe ser presentada explícitamente en toda
su amplitud y riqueza. Este es el objetivo principal de la
catequesis, la cual, por su misma naturaleza, es una dimensión
esencial de la nueva evangelización. « La catequesis es
un proceso de formación en la fe, la esperanza y la caridad
que informa la mente y toca el corazón, llevando a la persona
a abrazar a Cristo de modo pleno y completo. Introduce más
plenamente al creyente en la experiencia de la vida cristiana que
incluye la celebración litúrgica del misterio de la
redención y el servicio cristiano a los otros ». (256)
Conociendo bien la necesidad de una catequización completa,
hice mía la propuesta de los Padres de la Asamblea
extraordinaria del Sínodo de los Obispos de 1985, de elaborar
« un catecismo o compendio de toda la doctrina católica,
tanto sobre fe como sobre moral », el cual pudiera ser «
punto de referencia para los catecismos y compendios que se redacten
en las diversas regiones ». (257) Esta propuesta se ha visto
realizada con la publicación de la edición típica
del Catechismus Catholicae Ecclesiae. (258) Además del texto
oficial del Catecismo, y para un mejor aprovechamiento de sus
contenidos, he querido que se elaborara y publicara también un
Directorio general para la Catequesis. (259) Recomiendo vivamente el
uso de estos dos instrumentos de valor universal a cuantos en América
se dedican a la catequesis. Es deseable que ambos documentos se
utilicen « en la preparación y revisión de todos
los programas parroquiales y diocesanos para la catequesis, teniendo
ante los ojos que la situación religiosa de los jóvenes
y de los adultos requiere una catequesis más kerigmática
y más orgánica en su presentación de los
contenidos de la fe ». (260)
Es necesario reconocer y alentar la valiosa misión que
desarrollan tantos catequistas en todo el Continente americano, como
verdaderos mensajeros del Reino: « Su fe y su testimonio de
vida son partes integrantes de la catequesis ». (261) Deseo
alentar cada vez más a los fieles para que asuman con valentía
y amor al Señor este servicio a la Iglesia, dedicando
generosamente su tiempo y sus talentos. Por su parte, los Obispos
procuren ofrecer a los catequistas una adecuada formación para
que puedan desarrollar esta tarea tan indispensable en la vida de la
Iglesia.
En la catequesis será conveniente tener presente, sobre
todo en un Continente como América, donde la cuestión
social constituye un aspecto relevante, que « el crecimiento en
la comprensión de la fe y su manifestación práctica
en la vida social están en íntima correlación.
Conviene que las fuerzas que se gastan en nutrir el encuentro con
Cristo, redunden en promover el bien común en una sociedad
justa ». (262)
Evangelización de la cultura
70. Mi predecesor Pablo VI, con sabia inspiración,
consideraba que « la ruptura entre Evangelio y cultura es sin
duda alguna el drama de nuestro tiempo ». (263) Por ello, los
Padres sinodales han considerado justamente que « la nueva
evangelización pide un esfuerzo lúcido, serio y
ordenado para evangelizar la cultura ».(264) El Hijo de Dios,
al asumir la naturaleza humana, se encarnó en un determinado
pueblo, aunque su muerte redentora trajo la salvación a todos
los hombres, de cualquier cultura, raza y condición. El don de
su Espíritu y su amor van dirigidos a todos y cada uno de los
pueblos y culturas para unirlos entre sí a semejanza de la
perfecta unidad que hay en Dios uno y trino. Para que esto sea
posible es necesario inculturar la predicación, de modo que el
Evangelio sea anunciado en el lenguaje y la cultura de aquellos que
lo oyen. (265) Sin embargo, al mismo tiempo no debe olvidarse que
sólo el misterio pascual de Cristo, suprema manifestación
del Dios infinito en la finitud de la historia, puede ser el punto de
referencia válido para toda la humanidad peregrina en busca de
unidad y paz verdaderas.
El rostro mestizo de la Virgen de Guadalupe fue ya desde el inicio
en el Continente un símbolo de la inculturación de la
evangelización, de la cual ha sido la estrella y guía.
Con su intercesión poderosa la evangelización podrá
penetrar el corazón de los hombres y mujeres de América,
e impregnar sus culturas transformándolas desde dentro. (266)
Evangelizar los centros educativos
71. El mundo de la educación es un campo privilegiado para
promover la inculturación del Evangelio. Sin embargo, los
centros educativos católicos y aquéllos que, aun no
siendo confesionales, tienen una clara inspiración católica,
sólo podrán desarrollar una acción de verdadera
evangelización si en todos sus niveles, incluido el
universitario, se mantiene con nitidez su orientación
católica. Los contenidos del proyecto educativo deben hacer
referencia constante a Jesucristo y a su mensaje, tal como lo
presenta la Iglesia en su enseñanza dogmática y moral.
Sólo así se podrán formar dirigentes
auténticamente cristianos en los diversos campos de la
actividad humana y de la sociedad, especialmente en la política,
la economía, la ciencia, el arte y la reflexión
filosófica. (267) En este sentido, « es esencial que la
Universidad Católica sea, a la vez, verdadera y realmente
ambas cosas: Universidad y Católica. [...] La índole
católica es un elemento constitutivo de la Universidad en
cuanto institución y no una mera decisión de los
individuos que dirigen la Universidad en un tiempo concreto ».
(268) Por eso, la labor pastoral en las Universidades Católicas
ha de ser objeto de particular atención en orden a fomentar el
compromiso apostólico de los estudiantes para que ellos mismos
lleguen a ser los evangelizadores del mundo universitario. (269)
Además, « debe estimularse la cooperación entre
las Universidades Católicas de toda América para que se
enriquezcan mutuamente », (270) contribuyendo de este modo a
que el principio de solidaridad e intercambio entre los pueblos de
todo el Continente se realice también a nivel universitario.
Algo semejante se ha de decir también a propósito de
las escuelas católicas, en particular de la enseñanza
secundaria: « Debe hacerse un esfuerzo especial para fortificar
la identidad católica de las escuelas, las cuales fundan su
naturaleza específica en un proyecto educativo que tiene su
origen en la persona de Cristo y su raíz en la doctrina del
Evangelio. Las escuelas católicas deben buscar no sólo
impartir una educación que sea competente desde el punto de
vista técnico y profesional, sino especialmente proveer una
formación integral de la persona humana ». (271) Dada la
importancia de la tarea que los educadores católicos
desarrollan, me uno a los Padres sinodales en su deseo de alentar,
con ánimo agradecido, a todos los que se dedican a la
enseñanza en las escuelas católicas: sacerdotes,
hombres y mujeres consagrados, y laicos comprometidos, « para
que perseveren en su misión de tanta importancia ».
(272) Ha de procurarse que el influjo de estos centros de enseñanza
llegue a todos los sectores de la sociedad sin distinciones ni
exclusivismos. Es indispensable que se realicen todos los esfuerzos
posibles para que las escuelas católicas, a pesar de las
dificultades económicas, continúen « impartiendo
la educación católica a los pobres y a los marginados
en la sociedad ». (273) Nunca será posible liberar a los
indigentes de su pobreza si antes no se los libera de la miseria
debida a la carencia de una educación digna.
En el proyecto global de la nueva evangelización, el campo
de la educación ocupa un lugar privilegiado. Por ello, ha de
alentarse la actividad de todos los docentes católicos,
incluso de los que enseñan en escuelas no confesionales. Así
mismo, dirijo un llamado urgente a los consagrados y consagradas para
que no abandonen un campo tan importante para la nueva
evangelización. (274)
Como fruto y expresión de la comunión entre todas
las Iglesias particulares de América, reforzada ciertamente
por la experiencia espiritual de la Asamblea sinodal, se procurará
promover congresos para los educadores católicos en ámbito
nacional y continental, tratando de ordenar e incrementar la acción
pastoral educativa en todos los ambientes. (275)
La Iglesia en América, para cumplir todos estos objetivos,
necesita un espacio de libertad en el campo de la enseñanza,
lo cual no debe entenderse como un privilegio, sino como un derecho,
en virtud de la misión evangelizadora confiada por el Señor.
Además, los padres tienen el derecho fundamental y primario de
decidir sobre la educación de sus hijos y, por este motivo,
los padres católicos han de tener la posibilidad de elegir una
educación de acuerdo con sus convicciones religiosas. La
función del Estado en este campo es subsidiaria. El Estado
tiene la obligación de « garantizar a todos la educación
y la obligación de respetar y defender la libertad de
enseñanza. Debe denunciarse el monopolio del Estado como una
forma de totalitarismo que vulnera los derechos fundamentales que
debe defender, especialmente el derecho de los padres de familia a la
educación religiosa de sus hijos. La familia es el primer
espacio educativo de la persona ». (276)
Evangelizar con los medios de comunicación social
72. Es fundamental para la eficacia de la nueva evangelización
un profundo conocimiento de la cultura actual, en la cual los medios
de comunicación social tienen gran influencia. Es por tanto
indispensable conocer y usar estos medios, tanto en sus formas
tradicionales como en las más recientes introducidas por el
progreso tecnológico. Esta realidad requiere que se domine el
lenguaje, naturaleza y características de dichos medios. Con
el uso correcto y competente de los mismos se puede llevar a cabo una
verdadera inculturación del Evangelio. Por otra parte, los
mismos medios contribuyen a modelar la cultura y mentalidad de los
hombres y mujeres de nuestro tiempo, razón por la cual quienes
trabajan en el campo de los medios de comunicación social han
de ser destinatarios de una especial acción pastoral (277)
A este respecto, los Padres sinodales indicaron numerosas
iniciativas concretas para una presencia eficaz del Evangelio en el
mundo de los medios de comunicación social: la formación
de agentes pastorales para este campo; el fomento de centros de
producción cualificada; el uso prudente y acertado de
satélites y de nuevas tecnologías; la formación
de los fieles para que sean destinatarios críticos; la unión
de esfuerzos en la adquisición y consiguiente gestión
en común de nuevas emisoras y redes de radio y televisión,
y la coordinación de las que ya existen. Por otra parte, las
publicaciones católicas merecen ser sostenidas y necesitan
alcanzar un deseado desarrollo cualitativo.
Hay que alentar a los empresarios para que respalden
económicamente producciones de calidad que promueven los
valores humanos y cristianos. (278) Sin embargo, un programa tan
amplio supera con creces las posibilidades de cada Iglesia particular
del Continente americano. Por ello, los mismos Padres sinodales
propusieron la coordinación de las actividades en materia de
medios de comunicación social a nivel interamericano, para
fomentar el conocimiento recíproco y la cooperación en
las realizaciones que ya existen en este campo. (279)
El desafío de las sectas
73. La acción proselitista, que las sectas y nuevos grupos
religiosos desarrollan en no pocas partes de América, es un
grave obstáculo para el esfuerzo evangelizador. La palabra «
proselitismo » tiene un sentido negativo cuando refleja un modo
de ganar adeptos no respetuoso de la libertad de aquellos a quienes
se dirige una determinada propaganda religiosa. (280) La Iglesia
católica en América censura el proselitismo de las
sectas y, por esta misma razón, en su acción
evangelizadora excluye el recurso a semejantes métodos. Al
proponer el Evangelio de Cristo en toda su integridad, la actividad
evangelizadora ha de respetar el santuario de la conciencia de cada
individuo, en el que se desarrolla el diálogo decisivo,
absolutamente personal, entre la gracia y la libertad del hombre.
Ello ha de tenerse en cuenta especialmente respecto a los hermanos
cristianos de Iglesias y Comunidades eclesiales separadas de la
Iglesia católica, establecidas desde hace mucho tiempo en
determinadas regiones. Los lazos de verdadera comunión, aunque
imperfecta, que, según la doctrina del Concilio Vaticano II,
(281) tienen esas comunidades con la Iglesia católica, deben
iluminar las actitudes de ésta y de todos sus miembros
respecto a aquéllas. (282) Sin embargo, estas actitudes no han
de poner en duda la firme convicción de que sólo en la
Iglesia católica se encuentra la plenitud de los medios de
salvación establecidos por Jesucristo.(283)
Los avances proselitistas de las sectas y de los nuevos grupos
religiosos en América no pueden contemplarse con indiferencia.
Exigen de la Iglesia en este Continente un profundo estudio, que se
ha de realizar en cada nación y también a nivel
internacional, para descubrir los motivos por los que no pocos
católicos abandonan la Iglesia. A la luz de sus conclusiones
será oportuno hacer una revisión de los métodos
pastorales empleados, de modo que cada Iglesia particular ofrezca a
los fieles una atención religiosa más personalizada,
consolide las estructuras de comunión y misión, y use
las posibilidades evangelizadoras que ofrece una religiosidad popular
purificada, a fin de hacer más viva la fe de todos los
católicos en Jesucristo, por la oración y la meditación
de la palabra de Dios. (284)
A nadie se le oculta la urgencia de una acción
evangelizadora apropiada en relación con aquellos sectores del
Pueblo de Dios que están más expuestos al proselitismo
de las sectas, como son los emigrantes, los barrios periféricos
de las ciudades o las aldeas campesinas carentes de una presencia
sistemática del sacerdote y, por tanto, caracterizadas por una
ignorancia religiosa difusa, así como las familias de la gente
sencilla afectadas por dificultades materiales de diverso tipo.
También desde este punto de vista se demuestran sumamente
útiles las comunidades de base, los movimientos, los grupos de
familias y otras formas asociativas, en las cuales resulta más
fácil cultivar las relaciones interpersonales de mutuo apoyo,
tanto espiritual como económico.
Por otra parte, como señalaron algunos Padres sinodales,
hay que preguntarse si una pastoral orientada de modo casi exclusivo
a las necesidades materiales de los destinatarios no haya terminado
por defraudar el hambre de Dios que tienen esos pueblos, dejándolos
así en una situación vulnerable ante cualquier oferta
supuestamente espiritual. Por eso, « es indispensable que todos
tengan contacto con Cristo mediante el anuncio kerigmático
gozoso y transformante, especialmente mediante la predicación
en la liturgia ». (285) Una Iglesia que viva intensamente la
dimensión espiritual y contemplativa, y que se entregue
generosamente al servicio de la caridad, será de manera cada
vez más elocuente testigo creíble de Dios para los
hombres y mujeres en su búsqueda de un sentido para la propia
vida. (286) Para ello es necesario que los fieles pasen de una fe
rutinaria, quizás mantenida sólo por el ambiente, a una
fe consciente vivida personalmente. La renovación en la fe
será siempre el mejor camino para conducir a todos a la Verdad
que es Cristo.
Para que la respuesta al desafío de las sectas sea eficaz,
se requiere una adecuada coordinación de las iniciativas a
nivel supradiocesano, con el objeto de realizar una cooperación
mediante proyectos comunes que puedan dar mayores frutos. (287)
La misión « ad gentes »
74. Jesucristo confió a su Iglesia la misión de
evangelizar a todas las naciones: « Id, pues, y haced
discípulos a todas las gentes bautizándolas en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y
enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado »
(Mt 28, 19-20). La conciencia de la universalidad de la misión
evangelizadora que la Iglesia ha recibido debe permanecer viva, como
lo ha demostrado siempre la historia del pueblo de Dios que peregrina
en América. La evangelización se hace más
urgente respecto a aquéllos que viviendo en este Continente
aún no conocen el nombre de Jesús, el único
nombre dado a los hombres para su salvación (cf. Hch 4, 12).
Lamentablemente, este nombre es desconocido todavía en gran
parte de la humanidad y en muchos ambientes de la sociedad americana.
Baste pensar en las etnias indígenas aún no
cristianizadas o en la presencia de religiones no cristianas, como el
Islam, el Budismo o el Hinduismo, sobre todo en los inmigrantes
provenientes de Asia.
Ello obliga a la Iglesia universal, y en particular a la Iglesia
en América, a permanecer abierta a la misión ad gentes.
(288) El programa de una nueva evangelización en el
Continente, objetivo de muchos proyectos pastorales, no puede
limitarse a revitalizar la fe de los creyentes rutinarios, sino que
ha de buscar también anunciar a Cristo en los ambientes donde
es desconocido.
Además, las Iglesias particulares de América están
llamadas a extender su impulso evangelizador más allá
de sus fronteras continentales. No pueden guardar para sí las
inmensas riquezas de su patrimonio cristiano. Han de llevarlo al
mundo entero y comunicarlo a aquéllos que todavía lo
desconocen. Se trata de muchos millones de hombres y mujeres que, sin
la fe, padecen la más grave de las pobrezas. Ante esta pobreza
sería erróneo no favorecer una actividad evangelizadora
fuera del Continente con el pretexto de que todavía queda
mucho por hacer en América o en la espera de llegar antes a
una situación, en el fondo utópica, de plena
realización de la Iglesia en América.
Con el deseo de que el Continente americano participe, de acuerdo
con su vitalidad cristiana, en la gran tarea de la misión ad
gentes, hago mías las propuestas concretas que los Padres
sinodales presentaron en orden a « fomentar una mayor
cooperación entre las Iglesias hermanas; enviar misioneros
(sacerdotes, consagrados y fieles laicos) dentro y fuera del
Continente; fortalecer o crear Institutos misionales; favorecer la
dimensión misionera de la vida consagrada y contemplativa; dar
un mayor impulso a la animación, formación y
organización misional ». (289) Estoy seguro de que el
celo pastoral de los Obispos y de los demás hijos de la
Iglesia en toda América sabrá encontrar iniciativas
concretas, incluso a nivel internacional, que lleven a la práctica,
con gran dinamismo y creatividad, estos propósitos misionales.
CONCLUSIÓN
Con esperanza y gratitud
75. « He aquí que yo estoy con vosotros todos los
días hasta el fin del mundo » (Mt 28, 20). Confiando en
esta promesa del Señor, la Iglesia que peregrina en el
Continente americano se dispone con entusiasmo a afrontar los
desafíos del mundo actual y los que el futuro pueda deparar.
En el Evangelio la buena noticia de la resurrección del Señor
va acompañada de la invitación a no temer (cf. Mt 28,
5.10). La Iglesia en América quiere caminar en la esperanza,
como expresaron los Padres sinodales: « Con una confianza
serena en el Señor de la historia, la Iglesia se dispone a
traspasar el umbral del Tercer milenio sin prejuicios ni
pusilanimidad, sin egoísmo, sin temor ni dudas, persuadida del
servicio primordial que debe prestar en testimonio de fidelidad a
Dios y a los hombres y mujeres del Continente ». (290)
Además, la Iglesia en América se siente
particularmente impulsada a caminar en la fe respondiendo con
gratitud al amor de Jesús, « manifestación
encarnada del amor misericordioso de Dios (cf. Jn 3, 16) ».
(291) La celebración del inicio del Tercer milenio cristiano
puede ser una ocasión oportuna para que el pueblo de Dios en
América renueve « su gratitud por el gran don de la fe
», (292) que comenzó a recibir hace cinco siglos. El año
1492, más allá de los aspectos históricos y
políticos, fue el gran año de gracia por la fe recibida
en América, una fe que anuncia el supremo beneficio de la
Encarnación del Hijo de Dios, que tuvo lugar hace 2000 años,
como recordaremos solemnemente en el Gran Jubileo tan cercano.
Este doble sentimiento de esperanza y gratitud ha de acompañar
toda la acción pastoral de la Iglesia en el Continente,
impregnando de espíritu jubilar las diversas iniciativas de
las diócesis, parroquias, comunidades de vida consagrada,
movimientos eclesiales, así como las actividades que puedan
organizarse a nivel regional y continental. (293)
Oración a Jesucristo por las familias de América
76. Por tanto, invito a todos los católicos de América
a tomar parte activa en las iniciativas evangelizadoras que el
Espíritu Santo vaya suscitando a lo largo y ancho de este
inmenso Continente, tan lleno de posibilidades y de esperanzas para
el futuro. De modo especial invito a las familias católicas a
ser « iglesias domésticas », (294) donde se vive y
se transmite a las nuevas generaciones la fe cristiana como un
tesoro, y donde se ora en común. Si las familias católicas
realizan en sí mismas el ideal al que están llamadas
por voluntad de Dios, se convertirán en verdaderos focos de
evangelización.
Al concluir esta Exhortación Apostólica, con la que
he recogido las propuestas de los Padres sinodales, acojo gustoso su
sugerencia de redactar una oración por las familias en
América. (295) Invito a cada uno, a las comunidades y grupos
eclesiales, donde dos o más se reúnen en nombre del
Señor, para que a través de la oración se
refuerce el lazo espiritual de unión entre todos los católicos
americanos. Que todos se unan a la súplica del Sucesor de
Pedro, invocando a Jesucristo, « camino para la conversión,
la comunión y la solidaridad en América »:
Señor Jesucristo, te agradecemos
que el Evangelio del
Amor del Padre,
con el que Tú viniste a salvar al
mundo,
haya sido proclamado ampliamente en América
como
don del Espíritu Santo
que hace florecer nuestra alegría.
Te damos gracias por la ofrenda de tu vida,
que nos
entregaste amándonos hasta el extremo,
y nos hace hijos de
Dios
y hermanos entre nosotros.
Aumenta, Señor,
nuestra fe y amor a ti,
que estás presente
en tantos
sagrarios del Continente.
Concédenos ser fieles testigos de tu Resurrección
ante las nuevas generaciones de América,
para que
conociéndote te sigan
y encuentren en ti su paz y su
alegría.
Sólo así podrán sentirse
hermanos
de todos los hijos de Dios dispersos por el mundo.
Tú, que al hacerte hombre
quisiste ser miembro de una
familia humana,
enseña a las familias
las virtudes que
resplandecieron
en la casa de Nazaret.
Haz que permanezcan
unidas,
como Tú y el Padre sois Uno,
y sean vivo
testimonio de amor,
de justicia y solidaridad;
que sean
escuela de respeto,
de perdón y mutua ayuda,
para que
el mundo crea;
que sean fuente de vocaciones
al sacerdocio,
a la vida consagrada
y a las demás formas
de
intenso compromiso cristiano.
Protege a tu Iglesia y al Sucesor de Pedro,
a quien Tú,
Buen Pastor, has confiado
la misión de apacentar todo tu
rebaño.
Haz que tu Iglesia florezca en América
y
multiplique sus frutos de santidad.
Enséñanos a amar a tu Madre, María,
como
la amaste Tú.
Danos fuerza para anunciar con valentía
tu Palabra
en la tarea de la nueva evangelización,
para
corroborar la esperanza en el mundo.
¡Nuestra Señora de Guadalupe, Madre de América,
ruega por nosotros!
Dado en Ciudad de México, el 22 de enero del año
1999, vigésimo primero de mi Pontificado.
ÍNDICE
Introducción [n. 1]
La idea de celebrar esta Asamblea sinodal [n. 2]
El tema de la Asamblea [n. 3]
La celebración de la Asamblea como experiencia de encuentro
[n. 4]
Contribuir a la unidad del Continente [n. 5]
En el contexto de la nueva evangelización [n. 6]
Con la presencia y la ayuda del Señor [n. 7]
CAPÍTULO I
EL ENCUENTRO CON JESUCRISTO VIVO
Los encuentros con el Señor en el Nuevo Testamento [n. 8]
Encuentros personales y encuentros comunitarios [n. 9]
El encuentro con Cristo en el tiempo de la Iglesia [n. 10]
Por medio de María encontramos a Jesús [n. 11]
Lugares de encuentro con Cristo [n. 12]
CAPÍTULO II
EL ENCUENTRO CON JESUCRISTO EN EL HOY DE AMÉRICA
Situación de los hombres y mujeres de América, y su
encuentro con el Señor [n. 13]
Identidad cristiana de América [n. 14]
Frutos de santidad [n. 15]
La piedad popular [n. 16]
Presencia católica oriental [n. 17]
La Iglesia en el campo de la educación y de la acción
social [n. 18]
Creciente respeto de los derechos humanos [n. 19]
El fenómeno de la globalización [n. 20]
La urbanización creciente [n. 21]
El peso de la deuda externa [n. 22]
La corrupción [n. 23]
Comercio y consumo de drogas [n. 24]
Preocupación por la ecología [n. 25]
CAPÍTULO III
CAMINO DE CONVERSIÓN
Urgencia del llamado a la conversión [n. 26]
Dimensión social de la conversión [n. 27]
Conversión permanente [n. 28]
Guiados por el Espíritu Santo hacia un nuevo estilo de vida
[n. 29]
Vocación universal a la santidad [n. 30]
Jesús, el único camino para la santidad [n. 31
Penitencia y reconciliación [n. 32]
CAPÍTULO IV
CAMINO PARA LA COMUNIÓN
La Iglesia, sacramento de comunión [n. 33]
Iniciación cristiana y comunión [n. 34]
La Eucaristía, centro de comunión con Dios y con los
hermanos [n. 35]
Los Obispos, promotores de comunión [n. 36]
Una comunión más intensa entre las Iglesias
particulares [n. 37]
Comunión fraterna con las Iglesias católicas
orientales [n. 38]
El presbítero, signo de unidad [n. 39]
Fomentar la pastoral vocacional [n. 40]
Renovar la institución parroquial [n. 41]
Los diáconos permanentes [n. 42]
La vida consagrada [n. 43]
Los fieles laicos y la renovación de la Iglesia [n. 44]
Dignidad de la mujer [n. 45]
Los desafíos para la familia cristiana [n. 46]
Los jóvenes, esperanza de futuro [n. 47]
Acompañar al niño en su encuentro con Cristo [n. 48]
Elementos de comunión con las otras Iglesias y Comunidades
eclesiales [n. 49]
Relación de la Iglesia con las comunidades judías
[n. 50]
Religiones no cristianas [n. 51]
CAPÍTULO V
CAMINO PARA LA SOLIDARIDAD
La solidaridad, fruto de la comunión [n. 52]
La doctrina de la Iglesia, expresión de las exigencias de
la conversión [n. 53]
Doctrina social de la Iglesia [n. 54]
Globalización de la solidaridad [n. 55]
Pecados sociales que claman al cielo [n. 56]
El fundamento último de los derechos humanos [n. 57]
Amor preferencial por los pobres y marginados [n. 58]
La deuda externa [n. 59]
Lucha contra la corrupción [n. 60]
El problema de las drogas [n. 61]
La carrera de armamentos [n. 62]
Cultura de la muerte y sociedad dominada por los poderosos [n. 63]
Los pueblos indígenos y los americanos de origen africano
[n. 64]
La problemática de los inmigrados [n. 65]
CAPÍTULO VI
LA MISIÓN DE LA IGLESIA HOY EN AMÉRICA:
LA NUEVA
EVANGELIZACIÓN
Enviados por Cristo [n. 66]
Jesucristo, « buena nueva » y primer evangelizador [n.
67]
El encuentro con Cristo lleva a evangelizar [n. 68]
Importancia de la catequesis [n. 69]
Evangelización de la cultura [n. 70]
Evangelizar los centros educativos [n. 71]
Evangelizar con los medios de comunicación social [n. 72]
0El desafío de las sectas [n. 73]
La misión ad gentes [n. 74]
CONCLUSIÓN
Con esperanza y gratitud [n. 75]
Oración a Jesucristo por las familias de América [n.
76]
NOTAS
(1) Al respecto, es elocuente la antigua inscripción en el
baptisterio de San Juan de Letrán: « Virgineo foetu
Genitrix Ecclesia natos quos spirante Deo concipit amne parit »
(E. Diehl, Inscriptiones latinae christianae veteres, n. 1513, I. I:
Berolini 1925, p. 289).
(2) Homilía en la Ordenación de diáconos y
presbíteros en Bogotá (22 de agosto de 1968): AAS 60
(1968), 614-615.
(3) N. 17: AAS 85 (1993), 820.
(4) N. 38: AAS 87 (1995), 30.
(5) Discurso de apertura de la IV Conferencia General del
Episcopado Latinoamericano (12 de octubre de 1992), 17: AAS 85
(1993), 820-821.
(6) Carta ap. Tertio millennio adveniente (10 de noviembre de
1994), 21: AAS 87 (1995), 17.
(7) Discurso de apertura de la IV Conferencia General del
Episcopado Latinoamericano (12 de octubre de 1992), 17: AAS 85
(1993), 820.
(8) Cf. Carta ap. Tertio millennio adveniente (10 de noviembre de
1994), 38: AAS 87 (1995), 30.
(9) Discurso a la Asamblea del CELAM (9 de marzo de 1983), III:
AAS 75 (1983), 778.
(10) Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 de diciembre
de 1988), 34: AAS 81 (1989), 454.
(11) Propositio 3.
(12) S. Agustín, Tract. in Joh., 15, 11: CCL 36, 154.
(13) Ibíd., 15, 17: l.c., 156.
(14) « Salvator... ascensionis suae eam (Mariam Magdalenam)
ad apostolos instituit apostolam ». Rábano Mauro, De
vita beatae Mariae Magdalenae, 27: PL 112, 1574. Cf. S. Pedro Damián,
Sermo 56: PL 144, 820; Hugo de Cluny, Commonitorium: PL 159, 952; S.
Tomás de Aquino, In Joh. Evang. expositio, 20, 3.
(15) Discurso en la clausura del Año Santo (25 de diciembre
de 1975): AAS 68 (1976), 145.
(16) Propositio 9; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium
et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 22.
(17) Enc. Redemptoris Mater (25 de marzo de 1987), 21: AAS 79
(1987), 369.
(18) Propositio 5.
(19) III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano,
Mensaje a los pueblos de América Latina, Puebla, febrero de
1997, 282. Para los Estados Unidos de América, cf. National
Conference of Catholic Bishops, Behold Your Mother Woman of Faith,
Washington 1973, 53-55.
(20) Cf. Propositio 6.
(21) Juan Pablo II, Discurso inaugural de la IV Conferencia
General del Episcopado Latinoamericano, Santo Domingo (12 de octubre
de 1992), 24: AAS 85 (1993), 826.
(22) Cf. National Conference of Catholic Bishops, Behold Your
Mother Woman of Faith, Washington 1973, 37.
(23) Cf. Propositio 6.
(24) Propositio 4.
(25) Cf. ibíd.
(26) Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la
sagrada liturgia, 7.
(27) Enc. Mysterium fidei (3 de septiembre de 1965): AAS 57
(1965), 764.
(28) Ibíd., l.c., 766.
(29) Propositio 4.
(30) Discurso en la última sesión pública del
Concilio Vaticano II (7 de diciembre de 1965): AAS 58 (1966), 58.
(31) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. Reconciliatio et paenitentia
(2 de diciembre de 1984), 16: AAS 77 (1985), 214-217.
(32) Cf. Propositio 61.
(33) Propositio 29.
(34) Cf. Bula Sacrosancti apostolatus cura (11 de agosto de 1670),
§ 3: Bullarium Romanum, 26/VII, 42.
(35) Entre otros pueden citarse: los mártires Juan de
Brebeuf y sus siete compañeros, Roque González y sus
dos compañeros; los santos Elizabeth Ann Seton, Margarita
Bourgeoys, Pedro Claver, Juan del Castillo, Rosa Philippine Duchesne,
Margarita d'Youville, Francisco Febres Cordero, Teresa Fernández
Solar de los Andes, Juan Macías, Toribio de Mogrovejo,
Ezequiel Moreno Díaz, Juan Nepomuceno Neumann, María
Ana de Jesús Paredes Flores, Martín de Porres, Alfonso
Rodríguez, Francisco Solano, Francisca Xavier Cabrini; los
beatos José de Anchieta, Pedro de San José Betancurt,
Juan Diego, Katherine Drexel, María Encarnación Rosal,
Rafael Guízar Valencia, Dina Bélanger, Alberto Hurtado
Cruchaga, Elías del Socorro Nieves, María Francisca de
Jesús Rubatto, Mercedes de Jesús Molina, Narcisa de
Jesús Martillo Morán, Miguel Agustín Pro, María
de San José Alvarado Cardozo, Junípero Serra, Kateri
Tekawitha, Laura Vicuña, Antônio de Sant'Anna Galvâo
y tantos otros beatos que son invocados con fe y devoción por
los pueblos de América (cf. Instrumentum laboris, 17).
(36) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la
Iglesia, 50.
(37) Propositio 31.
(38) Propositio 30.
(39) N. 37: AAS 87 (1995), 29; cf. Propositio 31.
(40) Propositio 21.
(41) Cf. ibíd.
(42) Cf. ibíd.
(43) Cf. ibíd.
(44) Cf. Propositio 18.
(45) Propositio 19.
(46) Decr. Orientalium Ecclesiarum, sobre las Iglesias orientales
católicas, 5; cf. Código de los Cánones de las
Iglesias Orientales, can. 28; Propositio 60.
(47) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater (25 de marzo de
1987), 34: AAS 79 (1987), 406; Sínodo de los Obispos, Asamblea
Especial para Europa, Decl. Ut testes simus Christi qui nos liberavit
(13 de diciembre de 1991), III, 7: Ench. Vat. 13, 647-652.
(48) Cf. Propositio 60.
(49) Cf. Propositiones 23 y 24.
(50) Propositio 73.
(51) Propositio 72; cf. Juan Pablo II, Enc. Centesimus annus (1 de
mayo de 1991), 46: AAS 83 (1991), 850.
(52) Cf. Sínodo de los Obispos, Asamblea especial para
Europa, Decl. Ut testes simus Christi qui nos liberavit (13 de
diciembre de 1991), I, 1; II, 4; IV, 10: Ench. Vat. 13, nn. 613-615;
627-633; 660-669.
(53) Propositio 72.
(54) Ibíd.
(55) Cf. Propositio 74.
(56) Carta ap. Octogesima adveniens (14 de mayo de 1971), 8-9: AAS
63 (1971), 406-408.
(57) Propositio 35.
(58) Cf. ibíd.
(59) Propositio 75.
(60) Cf. Pontificia Comisión « Iustitia et Pax »,
Al servicio de la comunidad humana: una consideración ética
de la deuda internacional (27 de diciembre de 1986): Ench. Vat. 10,
1045-1128.
(61) Propositio 75.
(62) Propositio 37.
(63) N. 5: AAS 90 (1998), 152.
(64) Propositio 38.
(65) Ibíd.
(66) Propositio 36.
(67) Cf. ibíd.
(68) Sínodo de los Obispos, Segunda Asamblea general
extraordinaria, Relación final Ecclesia sub Verbo Dei mysteria
Christi celebrans pro salute mundi (7 de diciembre de 1985), II, B,
a, 2: Ench. Vat. 9, 1795.
(69) Propositio 30.
(70) Propositio 34.
(71) Ibíd.
(72) Ibíd.
(73) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la
Iglesia, 31.
(74) Cf. id., Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el
mundo actual, 76; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Christifideles laici (30 de diciembre de 1988), 42: AAS 81 (1989),
472-474.
(75) Propositio 26.
(76) Ibíd.
(77) Propositio 28.
(78) Ibíd.
(79) Ibíd.
(80) Propositio 27.
(81) Ibíd.
(82) Cf. ibíd.
(83) Decr. Perfectae caritatis, sobre la adecuada renovación
de la vida religiosa, 7; cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Vita consecrata (25 de marzo de 1996), 8: AAS 88 (1996), 382.
(84) Propositio 27.
(85) Cf. Propositio 28.
(86) Cf. Propositio 29.
(87) Cf. Lumen gentium, V; cf. Sínodo de los Obispos,
Segunda Asamblea general extraordinaria, Relación final
Ecclesia sub Verbo Dei mysteria Christi celebrans pro salute mundi (7
de diciembre de 1985), II, A, 4-5: Ench. Vat. 9, 1791-1793.
(88) Propositio 29.
(89) Ibíd.
(90) Propositio 32.
(91) Cf. Juan Pablo II, Carta ap. Dies Domini (31 de mayo de
1998), 40: AAS 90 (1998), 738.
(92) Propositio 33.
(93) Cf. Enc. Redemptor hominis (4 de marzo de 1979), 20: AAS 71
(1979), 309-316.
(94) Propositio 33.
(95) Ibíd.
(96) Ibíd.
(97) Propositio 40; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen
gentium, sobre la Iglesia, 2.
(98) Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta
Communionis notio, a los Obispos de la Iglesia católica sobre
algunos aspectos de la Iglesia considerada como comunión (28
de mayo de 1992), 3-6: AAS 85 (1993), 839-841.
(99) Propositio 40.
(100) Ibíd.
(101) Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm. Pastor aeternus, sobre la
Iglesia de Cristo, Prólogo: DS 3051.
(102) Conc. Ecum. de Florencia, Bula de unión Exultate Deo
(22 de noviembre de 1439): DS 1314.
(103) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la
Iglesia, 11.
(104) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Presbyterorum Ordinis,
sobre el ministerio y vida de los presbíteros, 5.
(105) Propositio 41.
(106) Ibíd.
(107) Cf. Conc. Ecum. de Trento, Ses. VII, Decreto sobre los
sacramentos en general, can. 9: DS 1609.
(108) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre
la Iglesia, 26.
(109) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptor hominis (4 de marzo de
1979), 20: AAS 71 (1979), 309-316.
(110) Propositio 42; cf. Juan Pablo II, Carta ap. Dies Domini (31
de mayo de 1998), 69: AAS 90 (1998), 755-756.
(111) Propositio 41.
(112) Propositio 42; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum
Concilium, sobre la sagrada liturgia, 14; Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 10.
(113) Cf. Propositio 42.
(114) Propositio 41.
(115) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Apostolicam actuositatem,
sobre el apostolado de los laicos, 8.
(116) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la
Iglesia, 23.
(117) Cf. Decreto Christus Dominus, sobre la función
pastoral de los Obispos, 27; Decreto Presbyterorum Ordinis, sobre el
ministerio y vida de los presbíteros, 7; Pablo VI, Motu
proprio Ecclesiae sanctae (6 de agosto de 1966) I, 15-17: AAS 58
(1966), 766-767; Código de Derecho Canónico, cc. 495,
502 y 511; Código de los Cánones de las Iglesias
Orientales, cc. 264, 271 y 272.
(118) Propositio 43.
(119) Cf. Propositio 45.
(120) Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta
Communionis notio, a los Obispos de la Iglesia católica sobre
algunos aspectos de la Iglesia considerada como comunión (28
de mayo de 1992), 15-16: AAS 85 (1993), 847-848.
(121) Cf. ibíd.
(122) Cf. Propositio 44.
(123) Ibíd.
(124) Ibíd.
(125) Cf. Propositio 60.
(126) Propositio 49.
(127) Ibíd.
(128) Ibíd.; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Presbyterorum
Ordinis, sobre el ministerio y vida de los presbíteros, 14.
(129) Propositio 49.
(130) Ibíd.
(131) Cf. Propositio 51.
(132) Propositio 48.
(133) Propositio 51.
(134) Propositio 52.
(135) Cf. ibíd.
(136) Cf. ibíd.
(137) Cf. Propositio 46.
(138) Ibíd.
(139) Ibíd.
(140) Propositio 35.
(141) Cf. IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano,
Santo Domingo, octubre de 1992, Nueva evangelización,
promoción humana y cultura cristiana, 58.
(142) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio (7 de diciembre
de 1990), 51: AAS 83 (1991), 298-299.
(143) Propositio 35.
(144) Cf. Propositio 46.
(145) Ibíd.
(146) Cf. Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 29; Pablo
VI, Motu proprio Sacrum Diaconatus Ordinem (18 de junio de 1967), I,
1: AAS 59 (1967), 599.
(147) Propositio 50.
(148) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la
Iglesia, 29.
(149) Cf. Propositio 50; Congr. para la Educación Católica
y Congr. para el Clero, Instr. Ratio fundamentalis institutionis
diaconorum permanentium y Directorium pro ministerio et vita
diaconorum permanentium (22 de febrero de 1998): AAS 90 (1998),
843-926.
(150) Cf. Propositio 53.
(151) Ibíd.; cf. III Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano, Mensaje a los pueblos de América Latina,
Puebla 1979, n. 775.
(152) Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata (25
de marzo de 1996), 57: AAS 88 (1996), 429-430.
(153) Cf. ibíd., 58: l.c., 430.
(154) Propositio 53.
(155) Ibíd.
(156) Propositio 54.
(157) Ibíd.
(158) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre
la Iglesia, 31.
(159) Propositio 55; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen
gentium, sobre la Iglesia, 34.
(160) Propositio 55.
(161) Cf. ibíd.
(162) Propositio 56.
(163) Cf. Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 de
diciembre de 1988), 23: AAS 81 (1989), 429-433.
(164) Cf. Congregación para el Clero y otras, Instruc.
Ecclesiae de mysterio (15 de agosto de 1997): AAS 89 (1997), 852-877.
(165) Propositio 56.
(166) Ibíd.
(167) Cf. Carta ap. Mulieris dignitatem (15 de agosto de 1988):
AAS 80 (1988), 1653-1729 y Carta a las mujeres (29 de junio de 1995):
AAS 87 (1995), 803-812; Propositio 11.
(168) Cf. Carta ap. Mulieris dignitatem (15 de agosto de 1988),
31: AAS 80 (1988), 1728.
(169) Propositio 11.
(170) Ibíd.
(171) Ibíd..
(172) Ibíd.
(173) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles
laici (30 de diciembre de 1988), 49: AAS 81 (1989), 486-489.
(174) Propositio 12.
(175) Ibíd.
(176) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre
la Iglesia, 11.
(177) Ibíd.
(178) Cf. Propositio 12.
(179) Propositio 14.
(180) Ibíd.
(181) Ibíd.
(182) Propositio 15.
(183) Ibíd.
(184) Ibíd.
(185) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre
el ecumenismo, 3.
(186) Propositio 61.
(187) Ibíd.
(188) Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 3.
(189) Cf. Propositio 62.
(190) Cf. Sínodo de los Obispos, Asamblea Especial para
Europa, Decl. Ut testes simus Christi qui nos liberavit (13 de
diciembre de 1991), III, 8: Ench. Vat. 13, 653-655.
(191) Propositio 62.
(192) Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra aetate, sobre las
relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, 2.
(193) Cf. Propositio 63.
(194) Ibíd.
(195) Propositio 67.
(196) Cf. ibíd.
(197) Propositio 68.
(198) Ibíd.
(199) Propositio 69.
(200) Cf. Sínodo de los Obispos, Segunda Asamblea general
extraordinaria, Relación final Ecclesia sub verbo Dei mysteria
Christi celebrans pro salute mundi (7 de diciembre de 1985), II, B,
a, 4: Ench. Vat. 9, 1797; Juan Pablo II, Const. ap. Fidei depositum
(11 de octubre de 1992): AAS 86 (1994), 117; Catecismo de la Iglesia
Católica, 24.
(201) Propositio 69.
(202) Propositio 74.
(203) Ibíd.
(204) Cf. Propositio 67.
(205) Propositio 70.
(206) Ibíd.
(207) Cf. Propositio 73.
(208) Cf. Propositio 70.
(209) Propositio 72.
(210) Ibíd.
(211) Ibíd.
(212) III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano,
Mensaje a los pueblos de América Latina, Puebla 1979, n. 306.
(213) Propositio 73.
(214) Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr.
Libertatis conscientia (22 de marzo de 1986), 68: AAS 79 (1987),
583-584.
(215) Propositio 73.
(216) Cf. Propositio 75.
(217) Carta ap. Tertio millennio adveniente (10 de noviembre de
1994), 51: AAS 87 (1995), 36.
(218) Propositio 75.
(219) Ibíd.
(220) Propositio 37.
(221) Cf. ibíd. Sobre la publicación de estos
documentos, cf. Juan Pablo II, Motu proprio Apostolos suos (21 de
mayo de 1998), IV: AAS 90 (1998), 657.
(222) Cf. Propositio 38.
(223) Cf. ibíd.
(224) Cf. ibíd.
(225) Cf. ibíd.
(226) Cf. Pontificio Consejo « Justicia y Paz », El
Comercio Internacional de Armas. Una reflexión ética (1
de mayo de 1994): Ench. Vat. 14, 1071-1154.
(227) Cf. Propositio 76.
(228) Ibíd.
(229) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2267, que cita a
Juan Pablo II, Enc. Evangelium vitae (25 de marzo de 1995), 56: AAS
87 (1995), 463-464.
(230) Cf. Propositio 13.
(231) Cf. ibíd.
(232) Cf. ibíd.
(233) Ibíd.
(234) Cf. Propositio 19.
(235) Cf. Propositio 18.
(236) Propositio 20.
(237) Cf. Congregación para los Obispos, Instr. Nemo est
(22 de agosto de 1969), 16: AAS 61 (1969), 621-622; Código de
Derecho Canónico, cc. 294 y 518; Código de los Cánones
de las Iglesias Orientales, c. 280 § 1.
(238) Cf. ibíd.
(239) Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici
(30 de diciembre de 1988), 33: AAS 81 (1989), 453.
(240) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la
Iglesia, 31.
(241) Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici
(30 de diciembre de 1988), 34: AAS 81 (1989), 455.
(242) Cf. ibíd., 2, l.c., 394-397.
(243) Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 de diciembre de
1975), 14: AAS 68 (1976), 13.
(244) Cf. Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 de
diciembre de 1988), 34: AAS 81 (1989), 455.
(245) Discurso a la Asamblea del CELAM (9 de marzo de 1983), III:
AAS 75 (1983), 778.
(246) Cf. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 de
diciembre de 1975), 22: AAS 68 (1976), 20.
(247) Cf. ibíd., 7, l.c., 9-10.
(248) Juan Pablo II, Mensaje al CELAM (14 de septiembre de 1997),
6: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 3 de
octubre de 1997, p. 20.
(249) Propositio 8.
(250) Cf. Propositio 57.
(251) Cf. Propositio 16.
(252) Ibíd.
(253) Propositio 2.
(254) Ibíd.
(255) Ibíd.
(256) Propositio 10.
(257) Sínodo de los Obispos, Segunda Asamblea general
extraordinaria, Relación final Ecclesia sub Verbo Dei mysteria
Christi celebrans pro salute mundi (7 de diciembre de 1985), II, B,
a, 4: Ench. Vat. 9, 1797.
(258) Cf. Carta ap. Laetamur magnopere (15 de agosto de 1997): AAS
89 (1997), 819-821.
(259) Congr. para el Clero, Directorio general para la catequesis
(15 de agosto de 1997), Libreria Editrice Vaticana, 1997.
(260) Propositio 10.
(261) Ibíd.
(262) Ibíd.
(263) Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 de diciembre de 1975),
20: AAS 68 (1976), 19.
(264) Propositio 17.
(265) Cf. ibíd.
(266) Cf. ibíd.
(267) Cf. Propositio 22.
(268) Propositio 23.
(269) Cf. ibíd.
(270) Ibíd.
(271) Propositio 24.
(272) Ibíd.
(273) Ibíd.
(274) Cf. Propositio 22.
(275) Cf. ibíd.
(276) Ibíd.
(277) Cf. Propositio 25.
(278) Cf. ibíd.
(279) Cf. ibíd.
(280) Cf. Instrumentum laboris, 45.
(281) Cf. Decreto Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 3.
(282) Cf. Propositio 64.
(283) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Unitatis redintegratio,
sobre el ecumenismo, 3.
(284) Cf. Propositio 65.
(285) Ibíd.
(286) Cf. IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano,
Santo Domingo, octubre de 1992, Nueva evangelización,
promoción humana y cultura cristiana, 58.
(287) Cf. Propositio 65.
(288) Cf. Propositio 66.
(289) Ibíd.
(290) Propositio 58.
(291) Ibíd.
(292) Ibíd.
(293) Cf. ibíd.
(294) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la
Iglesia, 11.
(295) Cf. Propositio 12.