CARTA ENCÍCLICA
CENTESIMUS ANNUS
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
A SUS HERMANOS EN
EL EPISCOPADO
AL CLERO
A LAS FAMILIAS RELIGIOSAS
A LOS FIELES DE
LA IGLESIA CATÓLICA
Y A TODOS LOS HOMBRES
DE BUENA VOLUNTAD
EN EL CENTENARIO DE LA
RERUM NOVARUM
Venerables hermanos,
amadísimos hijos e hijas:
¡Salud y bendición apostólica!
INTRODUCCIÓN
1. El centenario de la promulgación de la encíclica de mi predecesor León XIII,
de venerada memoria, que comienza con las palabras Rerum novarum (1), marca
una fecha de relevante importancia en la historia reciente de la Iglesia y también
en mi pontificado. A ella, en efecto, le ha cabido el privilegio de ser conmemorada,
con solemnes documentos, por los Sumos Pontífices, a partir de su cuadragésimo
aniversario hasta el nonagésimo: se puede decir que su íter histórico ha sido
recordado con otros escritos que, al mismo tiempo, la actualizaban(2).
Al hacer yo otro tanto para su primer centenario, a petición de numerosos obispos,
instituciones eclesiales, centros de estudios, empresarios y trabajadores, bien
sea a título personal, bien en cuanto miembros de asociaciones, deseo ante todo
satisfacer la deuda de gratitud que la Iglesia entera ha contraído con el gran
Papa y con su «inmortal documento»(3). Es también mi deseo mostrar cómo la rica
savia, que sube desde aquella raíz, no se ha agotado con el paso de los años,
sino que, por el contrario, se ha hecho más fecunda. Dan testimonio de ello
las iniciativas de diversa índole que han precedido, las que acompañan y las
que seguirán a esta celebración; iniciativas promovidas por las Conferencias
episcopales, por organismos internacionales, universidades e institutos académicos,
asociaciones profesionales, así como por otras instituciones y personas en tantas
partes del mundo.
2. La presente encíclica se sitúa en el marco de estas celebraciones para dar
gracias a Dios, del cual «desciende todo don excelente y toda donación perfecta»
(St 1, 17), porque se ha valido de un documento, emanado hace ahora cien años
por la Sede de Pedro, el cual había de dar tantos beneficios a la Iglesia y
al mundo y difundir tanta luz. La conmemoración que aquí se hace se refiere
a la encíclica leoniana y también a las encíclicas y demás escritos de mis predecesores,
que han contribuido a hacerla actual y operante en el tiempo, constituyendo
así la que iba a ser llamada «doctrina social», «enseñanza social» o también
«magisterio social» de la Iglesia.
A la validez de tal enseñanza se refieren ya dos encíclicas que he publicado
en los años de mi pontificado: la Laborem exercens sobre el trabajo humano,
y la Sollicitudo rei socialis sobre los problemas actuales del desarrollo de
los hombres y de los pueblos(4).
3. Quiero proponer ahora una «relectura» de la encíclica leoniana, invitando
a «echar una mirada retrospectiva» a su propio texto, para descubrir nuevamente
la riqueza de los principios fundamentales formulados en ella, en orden a la
solución de la cuestión obrera. Invito además a «mirar alrededor», a las «cosas
nuevas» que nos rodean y en las que, por así decirlo, nos hallamos inmersos,
tan diversas de las «cosas nuevas» que caracterizaron el último decenio del
siglo pasado. Invito, en fin, a «mirar al futuro», cuando ya se vislumbra el
tercer milenio de la era cristiana, cargado de incógnitas, pero también de promesas.
Incógnitas y promesas que interpelan nuestra imaginación y creatividad, a la
vez que estimulan nuestra responsabilidad, como discípulos del único maestro,
Cristo (cf. Mt 23, 8), con miras a indicar el camino a proclamar la verdad y
a comunicar la vida que es él mismo (cf. Jn 14, 6).
De este modo, no sólo se confirmará el valor permanente de tales enseñanzas,
sino que se manifestará también el verdadero sentido de la Tradición de la Iglesia,
la cual, siempre viva y siempre vital, edifica sobre el fundamento puesto por
nuestros padres en la fe y, singularmente, sobre el que ha sido «transmitido
por los Apóstoles a la Iglesia»(5), en nombre de Jesucristo, el fundamento que
nadie puede sustituir (cf. 1 Co 3, 11).
Consciente de su misión como sucesor de Pedro, León XIII se propuso hablar,
y esta misma conciencia es la que anima hoy a su sucesor. Al igual que él y
otros Pontífices anteriores y posteriores a él, me voy a inspirar en la imagen
evangélica del «escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los cielos»,
del cual dice el Señor que «es como el amo de casa que saca de su tesoro cosas
nuevas y cosas viejas» (Mt 13, 52). Este tesoro es la gran corriente de la Tradición
de la Iglesia, que contiene las «cosas viejas», recibidas y transmitidas desde
siempre, y que permite descubrir las «cosas nuevas», en medio de las cuales
transcurre la vida de la Iglesia y del mundo.
De tales cosas que, incorporándose a la Tradición, se hacen antiguas, ofreciendo
así ocasiones y material para enriquecimiento de la misma y de la vida de fe,
forma parte también la actividad fecunda de millones y millones de hombres,
quienes a impulsos del magisterio social se han esforzado por inspirarse en
él con miras al propio compromiso con el mundo. Actuando individualmente o bien
coordinados en grupos, asociaciones y organizaciones, ellos han constituido
como un gran movimiento para la defensa de la persona humana y para la tutela
de su dignidad, lo cual, en las alternantes vicisitudes de la historia, ha contribuido
a construir una sociedad más justa o, al menos, a poner barreras y límites a
la injusticia.
La presente encíclica trata de poner en evidencia la fecundidad de los principios
expresados por León XIII, los cuales pertenecen al patrimonio doctrinal de la
Iglesia y, por ello, implican la autoridad del Magisterio. Pero la solicitud
pastoral me ha movido además a proponer el análisis de algunos acontecimientos
de la historia reciente. Es superfluo subrayar que la consideración atenta del
curso de los acontecimientos, para discernir las nuevas exigencias de la evangelización,
forma parte del deber de los pastores. Tal examen sin embargo no pretende dar
juicios definitivos, ya que de por sí no atañe al ámbito específico del Magisterio.
I. RASGOS CARACTERÍSTICOS DE LA RERUM NOVARUM
4. A finales del siglo pasado la Iglesia se encontró ante un proceso histórico,
presente ya desde hacía tiempo, pero que alcanzaba entonces su punto álgido.
Factor determinante de tal proceso lo constituyó un conjunto de cambios radicales
ocurridos en el campo político, económico y social, e incluso en el ámbito científico
y técnico, aparte el múltiple influjo de las ideologías dominantes. Resultado
de todos estos cambios había sido, en el campo político, una nueva concepción
de la sociedad, del Estado y, como consecuencia, de la autoridad. Una sociedad
tradicional se iba extinguiendo, mientras comenzaba a formarse otra cargada
con la esperanza de nuevas libertades, pero al mismo tiempo con los peligros
de nuevas formas de injusticia y de esclavitud.
En el campo económico, donde confluían los descubrimientos científicos y sus
aplicaciones, se había llegado progresivamente a nuevas estructuras en la producción
de bienes de consumo. Había aparecido una nueva forma de propiedad, el capital,
y una nueva forma de trabajo, el trabajo asalariado, caracterizado por gravosos
ritmos de producción, sin la debida consideración para con el sexo, la edad
o la situación familiar, y determinado únicamente por la eficiencia con vistas
al incremento de los beneficios.
El trabajo se convertía de este modo en mercancía, que podía comprarse y venderse
libremente en el mercado y cuyo precio era regulado por la ley de la oferta
y la demanda, sin tener en cuenta el mínimo vital necesario para el sustento
de la persona y de su familia. Además, el trabajador ni siquiera tenía la seguridad
de llegar a vender la «propia mercancía», al estar continuamente amenazado por
el desempleo, el cual, a falta de previsión social, significaba el espectro
de la muerte por hambre.
Consecuencia de esta transformación era «la división de la sociedad en dos
clases separadas por un abismo profundo»(6). Tal situación se entrelazaba con
el acentuado cambio político. Y así, la teoría política entonces dominante trataba
de promover la total libertad económica con leyes adecuadas o, al contrario,
con una deliberada ausencia de cualquier clase de intervención. Al mismo tiempo
comenzaba a surgir de forma organizada, no pocas veces violenta, otra concepción
de la propiedad y de la vida económica que implicaba una nueva organización
política y social.
En el momento culminante de esta contraposición, cuando ya se veía claramente
la gravísima injusticia de la realidad social, que se daba en muchas partes,
y el peligro de una revolución favorecida por las concepciones llamadas entonces
«socialistas», León XIII intervino con un documento que afrontaba de manera
orgánica la «cuestión obrera». A esta encíclica habían precedido otras dedicadas
preferentemente a enseñanzas de carácter político; más adelante irían apareciendo
otras(7). En este contexto hay que recordar en particular la encíclica Libertas
praestantissimum, en la que se ponía de relieve la relación intrínseca de la
libertad humana con la verdad, de manera que una libertad que rechazara vincularse
con la verdad caería en el arbitrio y acabaría por someterse a las pasiones
más viles y destruirse a sí misma. En efecto, ¿de dónde derivan todos los males
frente a los cuales quiere reaccionar la Rerum novarum, sino de una libertad
que, en la esfera de la actividad económica y social, se separa de la verdad
del hombre?
El Pontífice se inspiraba, además, en las enseñanzas de sus predecesores, en
muchos documentos episcopales, en estudios científicos promovidos por seglares,
en la acción de movimientos y asociaciones católicas, así como en las realizaciones
concretas en campo social, que caracterizaron la vida de la Iglesia en la segunda
mitad del siglo XIX.
5. Las «cosas nuevas», que el Papa tenía ante sí, no eran ni mucho menos positivas
todas ellas. Al contrario, el primer párrafo de la encíclica describe las «cosas
nuevas», que le han dado el nombre, con duras palabras: «Despertada el ansia
de novedades que desde hace ya tiempo agita a los pueblos, era de esperar que
las ganas de cambiarlo todo llegara un día a pasarse del campo de la política
al terreno, con él colindante, de la economía. En efecto, los adelantos de la
industria y de las profesiones, que caminan por nuevos derroteros; el cambio
operado en las relaciones mutuas entre patronos y obreros; la acumulación de
las riquezas en manos de unos pocos y la pobreza de la inmensa mayoría; la mayor
confianza de los obreros en sí mismos y la más estrecha cohesión entre ellos,
juntamente con la relajación de la moral, han determinado el planteamiento del
conflicto»(8).
El Papa, y con él la Iglesia, lo mismo que la sociedad civil, se encontraban
ante una sociedad dividida por un conflicto, tanto más duro e inhumano en cuanto
que no conocía reglas ni normas. Se trataba del conflicto entre el capital y
el trabajo, o como lo llamaba la encíclica la cuestión obrera, sobre la cual
precisamente, y en los términos críticos en que entonces se planteaba, no dudó
en hablar el Papa.
Nos hallamos aquí ante la primera reflexión, que la encíclica nos sugiere hoy.
Ante un conflicto que contraponía, como si fueran «lobos», un hombre a otro
hombre, incluso en el plano de la subsistencia física de unos y la opulencia
de otros, el Papa sintió el deber de intervenir en virtud de su «ministerio
apostólico»(9), esto es, de la misión recibida de Jesucristo mismo de «apacentar
los corderos y las ovejas» (cf. Jn 21, 15-17) y de «atar y desatar» en la tierra
por el Reino de los cielos (cf. Mt 16, 19). Su intención era ciertamente la
de restablecer la paz, razón por la cual el lector contemporáneo no puede menos
de advertir la severa condena de la lucha de clases, que el Papa pronunciaba
sin ambages(10). Pero era consciente de que la paz se edifica sobre el fundamento
de la justicia: contenido esencial de la encíclica fue precisamente proclamar
las condiciones fundamentales de la justicia en la coyuntura económica y social
de entonces(11).
De esta manera León XIII, siguiendo las huellas de sus predecesores, establecía
un paradigma permanente para la Iglesia. Ésta, en efecto, hace oír su voz ante
determinadas situaciones humanas, individuales y comunitarias, nacionales e
internacionales, para las cuales formula una verdadera doctrina, un corpus,
que le permite analizar las realidades sociales, pronunciarse sobre ellas y
dar orientaciones para la justa solución de los problemas derivados de las mismas.
En tiempos de León XIII semejante concepción del derecho-deber de la Iglesia
estaba muy lejos de ser admitido comúnmente. En efecto, prevalecía una doble
tendencia: una, orientada hacia este mundo y esta vida, a la que debía permanecer
extraña la fe; la otra, dirigida hacia una salvación puramente ultraterrena,
pero que no iluminaba ni orientaba su presencia en la tierra. La actitud del
Papa al publicar la Rerum novarum confiere a la Iglesia una especie de «carta
de ciudadanía» respecto a las realidades cambiantes de la vida pública, y esto
se corroboraría aún más posteriormente. En efecto, para la Iglesia enseñar y
difundir la doctrina social pertenece a su misión evangelizadora y forma parte
esencial del mensaje cristiano, ya que esta doctrina expone sus consecuencias
directas en la vida de la sociedad y encuadra incluso el trabajo cotidiano y
las luchas por la justicia en el testimonio a Cristo Salvador. Asimismo viene
a ser una fuente de unidad y de paz frente a los conflictos que surgen inevitablemente
en el sector socioeconómico. De esta manera se pueden vivir las nuevas situaciones,
sin degradar la dignidad trascendente de la persona humana ni en sí mismos ni
en los adversarios, y orientarlas hacia una recta solución.
La validez de esta orientación, a cien años de distancia, me ofrece la oportunidad
de contribuir al desarrollo de la «doctrina social cristiana». La «nueva evangelización»,
de la que el mundo moderno tiene urgente necesidad y sobre la cual he insistido
en más de una ocasión, debe incluir entre sus elementos esenciales el anuncio
de la doctrina social de la Iglesia, que, como en tiempos de León XIII, sigue
siendo idónea para indicar el recto camino a la hora de dar respuesta a los
grandes desafíos de la edad contemporánea, mientras crece el descrédito de las
ideologías. Como entonces, hay que repetir que no existe verdadera solución
para la «cuestión social» fuera del Evangelio y que, por otra parte, las «cosas
nuevas» pueden hallar en él su propio espacio de verdad y el debido planteamiento
moral.
6. Con el propósito de esclarecer el conflicto que se había creado entre capital
y trabajo, León XIII defendía los derechos fundamentales de los trabajadores.
De ahí que la clave de lectura del texto leoniano sea la dignidad del trabajador
en cuanto tal y, por esto mismo, la dignidad del trabajo, definido como «la
actividad ordenada a proveer a las necesidades de la vida, y en concreto a su
conservación»(12). El Pontífice califica el trabajo como «personal», ya que
«la fuerza activa es inherente a la persona y totalmente propia de quien la
desarrolla y en cuyo beneficio ha sido dada»(13). El trabajo pertenece, por
tanto, a la vocación de toda persona; es más, el hombre se expresa y se realiza
mediante su actividad laboral. Al mismo tiempo, el trabajo tiene una dimensión
social, por su íntima relación bien sea con la familia, bien sea con el bien
común, «porque se puede afirmar con verdad que el trabajo de los obreros es
el que produce la riqueza de los Estados»(14). Todo esto ha quedado recogido
y desarrollado en mi encíclica Laborem exercens(15).
Otro principio importante es sin duda el del derecho a la «propiedad privada»(16).
El espacio que la encíclica le dedica revela ya la importancia que se le atribuye.
El Papa es consciente de que la propiedad privada no es un valor absoluto, por
lo cual no deja de proclamar los principios que necesariamente lo complementan,
como el del destino universal de los bienes de la tierra(17).
Por otra parte, no cabe duda de que el tipo de propiedad privada que León XIII
considera principalmente, es el de la propiedad de la tierra(18). Sin embargo,
esto no quita que todavía hoy conserven su valor las razones aducidas para tutelar
la propiedad privada, esto es, para afirmar el derecho a poseer lo necesario
para el desarrollo personal y el de la propia familia, sea cual sea la forma
concreta que este derecho pueda asumir. Esto hay que seguir sosteniéndolo hoy
día, tanto frente a los cambios de los que somos testigos, acaecidos en los
sistemas donde imperaba la propiedad colectiva de los medios de producción,
como frente a los crecientes fenómenos de pobreza o, más exactamente, a los
obstáculos a la propiedad privada, que se dan en tantas partes del mundo, incluidas
aquellas donde predominan los sistemas que consideran como punto de apoyo la
afirmación del derecho a la propiedad privada. Como consecuencia de estos cambios
y de la persistente pobreza, se hace necesario un análisis más profundo del
problema, como se verá más adelante.
7. En estrecha relación con el derecho de propiedad, la encíclica de León XIII
afirma también otros derechos, como propios e inalienables de la persona humana.
Entre éstos destaca, dado el espacio que el Papa le dedica y la importancia
que le atribuye, el «derecho natural del hombre» a formar asociaciones privadas;
lo cual significa ante todo el derecho a crear asociaciones profesionales de
empresarios y obreros, o de obreros solamente(19). Ésta es la razón por la cual
la Iglesia defiende y aprueba la creación de los llamados sindicatos, no ciertamente
por prejuicios ideológicos, ni tampoco por ceder a una mentalidad de clase,
sino porque se trata precisamente de un «derecho natural» del ser humano y,
por consiguiente, anterior a su integración en la sociedad política. En efecto,
«el Estado no puede prohibir su formación», porque «el Estado debe tutelar los
derechos naturales, no destruirlos. Prohibiendo tales asociaciones, se contradiría
a sí mismo»(20).
Junto con este derecho, que el Papa es obligado subrayarlo reconoce explícitamente
a los obreros o, según su vocabulario, a los «proletarios», se afirma con igual
claridad el derecho a la «limitación de las horas de trabajo», al legítimo descanso
y a un trato diverso a los niños y a las mujeres(21) en lo relativo al tipo
de trabajo y a la duración del mismo.
Si se tiene presente lo que dice la historia a propósito de los procedimientos
consentidos, o al menos no excluidos legalmente, en orden a la contratación
sin garantía alguna en lo referente a las horas de trabajo, ni a las condiciones
higiénicas del ambiente, más aún, sin reparo para con la edad y el sexo de los
candidatos al empleo, se comprende muy bien la severa afirmación del Papa: «No
es justo ni humano exigir al hombre tanto trabajo que termine por embotarse
su mente y debilitarse su cuerpo». Y con mayor precisión, refiriéndose al contrato,
entendido en el sentido de hacer entrar en vigor tales «relaciones de trabajo»,
afirma: «En toda convención estipulada entre patronos y obreros, va incluida
siempre la condición expresa o tácita» de que se provea convenientemente al
descanso, en proporción con la «cantidad de energías consumidas en el trabajo».
Y después concluye: «un pacto contrario sería inmoral»(22).
8. A continuación el Papa enuncia otro derecho del obrero como persona. Se
trata del derecho al «salario justo», que no puede dejarse «al libre acuerdo
entre las partes, ya que, según eso, pagado el salario convenido, parece como
si el patrono hubiera cumplido ya con su deber y no debiera nada más»(23). El
Estado, se decía entonces, no tiene poder para intervenir en la determinación
de estos contratos, sino para asegurar el cumplimiento de cuanto se ha pactado
explícitamente. Semejante concepción de las relaciones entre patronos y obreros,
puramente pragmática e inspirada en un riguroso individualismo, es criticada
severamente en la encíclica como contraria a la doble naturaleza del trabajo,
en cuanto factor personal y necesario. Si el trabajo, en cuanto es personal,
pertenece a la disponibilidad que cada uno posee de las propias facultades y
energías, en cuanto es necesario está regulado por la grave obligación que tiene
cada uno de «conservar su vida»; de ahí «la necesaria consecuencia concluye
el Papa del derecho a buscarse cuanto sirve al sustento de la vida, cosa que
para la gente pobre se reduce al salario ganado con su propio trabajo»(24).
El salario debe ser, pues, suficiente para el sustento del obrero y de su familia.
Si el trabajador, «obligado por la necesidad o acosado por el miedo de un mal
mayor, acepta, aun no queriéndola, una condición más dura, porque se la imponen
el patrono o el empresario, esto es ciertamente soportar una violencia, contra
la cual clama la justicia»(25).
Ojalá que estas palabras, escritas cuando avanzaba el llamado «capitalismo
salvaje», no deban repetirse hoy día con la misma severidad. Por desgracia,
hoy todavía se dan casos de contratos entre patronos y obreros, en los que se
ignora la más elemental justicia en materia de trabajo de los menores o de las
mujeres, de horarios de trabajo, estado higiénico de los locales y legítima
retribución. Y esto a pesar de las Declaraciones y Convenciones internacionales
al respecto(26) y no obstante las leyes internas de los Estados. El Papa atribuía
a la «autoridad pública» el «deber estricto» de prestar la debida atención al
bienestar de los trabajadores, porque lo contrario sería ofender a la justicia;
es más, no dudaba en hablar de «justicia distributiva»(27).
9. Refiriéndose siempre a la condición obrera, a estos derechos León XIII añade
otro, que considero necesario recordar por su importancia: el derecho a cumplir
libremente los propios deberes religiosos. El Papa lo proclama en el contexto
de los demás derechos y deberes de los obreros, no obstante el clima general
que, incluso en su tiempo, consideraba ciertas cuestiones como pertinentes exclusivamente
a la esfera privada. Él ratifica la necesidad del descanso festivo, para que
el hombre eleve su pensamiento hacia los bienes de arriba y rinda el culto debido
a la majestad divina(28). De este derecho, basado en un mandamiento, nadie puede
privar al hombre: «a nadie es lícito violar impunemente la dignidad del hombre,
de quien Dios mismo dispone con gran respeto». En consecuencia, el Estado debe
asegurar al obrero el ejercicio de esta libertad(29).
No se equivocaría quien viese en esta nítida afirmación el germen del principio
del derecho a la libertad religiosa, que posteriormente ha sido objeto de muchas
y solemnes Declaraciones y Convenciones internacionales(30), así como de la
conocida Declaración conciliar y de mis constantes enseñanzas(31). A este respecto
hemos de preguntarnos si los ordenamientos legales vigentes y la praxis de las
sociedades industrializadas aseguran hoy efectivamente el cumplimiento de este
derecho elemental al descanso festivo.
10. Otra nota importante, rica de enseñanzas para nuestros días, es la concepción
de las relaciones entre el Estado y los ciudadanos. La Rerum novarum critica
los dos sistemas sociales y económicos: el socialismo y el liberalismo. Al primero
está dedicada la parte inicial, en la cual se reafirma el derecho a la propiedad
privada; al segundo no se le dedica una sección especial, sino que y esto merece
mucha atención se le reservan críticas, a la hora de afrontar el tema de los
deberes del Estado(32), el cual no puede limitarse a «favorecer a una parte
de los ciudadanos», esto es, a la rica y próspera, y «descuidar a la otra»,
que representa indudablemente la gran mayoría del cuerpo social; de lo contrario
se viola la justicia, que manda dar a cada uno lo suyo. Sin embargo, «en la
tutela de estos derechos de los individuos, se debe tener especial consideración
para con los débiles y pobres. La clase rica, poderosa ya de por sí, tiene menos
necesidad de ser protegida por los poderes públicos; en cambio, la clase proletaria,
al carecer de un propio apoyo tiene necesidad específica de buscarlo en la protección
del Estado. Por tanto es a los obreros, en su mayoría débiles y necesitados,
a quienes el Estado debe dirigir sus preferencias y sus cuidados»(33).
Todos estos pasos conservan hoy su validez, sobre todo frente a las nuevas
formas de pobreza existentes en el mundo; y además porque tales afirmaciones
no dependen de una determinada concepción del Estado, ni de una particular teoría
política. El Papa insiste sobre un principio elemental de sana organización
política, a saber, que los individuos, cuanto más indefensos están en una sociedad,
tanto más necesitan el apoyo y el cuidado de los demás, en particular, la intervención
de la autoridad pública.
De esta manera el principio que hoy llamamos de solidaridad y cuya validez,
ya sea en el orden interno de cada nación, ya sea en el orden internacional,
he recordado en la Sollicitudo rei socialis(34), se demuestra como uno de los
principios básicos de la concepción cristiana de la organización social y política.
León XIII lo enuncia varias veces con el nombre de «amistad», que encontramos
ya en la filosofía griega; por Pío XI es designado con la expresión no menos
significativa de «caridad social», mientras que Pablo VI, ampliando el concepto,
de conformidad con las actuales y múltiples dimensiones de la cuestión social,
hablaba de «civilización del amor(35).
11. La relectura de aquella encíclica, a la luz de las realidades contemporáneas,
nos permite apreciar la constante preocupación y dedicación de la Iglesia por
aquellas personas que son objeto de predilección por parte de Jesús, nuestro
Señor. El contenido del texto es un testimonio excelente de la continuidad,
dentro de la Iglesia, de lo que ahora se llama «opción preferencial por los
pobres»; opción que en la Sollicitudo rei socialis es definida como una «forma
especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana»(36). La encíclica
sobre la «cuestión obrera» es, pues, una encíclica sobre los pobres y sobre
la terrible condición a la que el nuevo y con frecuencia violento proceso de
industrialización había reducido a grandes multitudes. También hoy, en gran
parte del mundo, semejantes procesos de transformación económica, social y política
originan los mismos males.
Si León XIII se apela al Estado para poner un remedio justo a la condición
de los pobres, lo hace también porque reconoce oportunamente que el Estado tiene
la incumbencia de velar por el bien común y cuidar que todas las esferas de
la vida social, sin excluir la económica, contribuyan a promoverlo, naturalmente
dentro del respeto debido a la justa autonomía de cada una de ellas. Esto, sin
embargo, no autoriza a pensar que según el Papa toda solución de la cuestión
social deba provenir del Estado. Al contrario, él insiste varias veces sobre
los necesarios límites de la intervención del Estado y sobre su carácter instrumental,
ya que el individuo, la familia y la sociedad son anteriores a él y el Estado
mismo existe para tutelar los derechos de aquél y de éstas, y no para sofocarlos(37).
A nadie se le escapa la actualidad de estas reflexiones. Sobre el tema tan
importante de las limitaciones inherentes a la naturaleza del Estado, convendrá
volver más adelante. Mientras tanto, los puntos subrayados ciertamente no los
únicos de la encíclica están en la línea de continuidad con el magisterio social
de la Iglesia y a la luz de una sana concepción de la propiedad privada, del
trabajo, del proceso económico de la realidad del Estado y, sobre todo, del
hombre mismo. Otros temas serán mencionados más adelante, al examinar algunos
aspectos de la realidad contemporánea. Pero hay que tener presente desde ahora
que lo que constituye la trama y en cierto modo la guía de la encíclica y, en
verdad, de toda la doctrina social de la Iglesia, es la correcta concepción
de la persona humana y de su valor único, porque «el hombre... en la tierra
es la sola criatura que Dios ha querido por sí misma»(38). En él ha impreso
su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26), confiriéndole una dignidad incomparable,
sobre la que insiste repetidamente la encíclica. En efecto, aparte de los derechos
que el hombre adquiere con su propio trabajo, hay otros derechos que no proceden
de ninguna obra realizada por él, sino de su dignidad esencial de persona.
II. HACIA LAS "COSAS NUEVAS" DE HOY
12. La conmemoración de la Rerum novarum no sería apropiada sin echar una mirada
a la situación actual. Por su contenido, el documento se presta a tal consideración,
ya que su marco histórico y las previsiones en él apuntadas se revelan sorprendentemente
justas, a la luz de cuanto sucedió después.
Esto mismo queda confirmado, en particular, por los acontecimientos de los
últimos meses del año 1989 y primeros del 1990. Tales acontecimientos y las
posteriores transformaciones radicales no se explican si no es a la luz de las
situaciones anteriores, que en cierta medida habían cristalizado o institucionalizado
las previsiones de León XIII y las señales, cada vez más inquietantes, vislumbradas
por sus sucesores. En efecto, el Papa previó las consecuencias negativas bajo
todos los aspectos, político, social, y económico de un ordenamiento de la
sociedad tal como lo proponía el «socialismo», que entonces se hallaba todavía
en el estadio de filosofía social y de movimiento más o menos estructurado.
Algunos se podrían sorprender de que el Papa criticara las soluciones que se
daban a la «cuestión obrera» comenzando por el socialismo, cuando éste aún no
se presentaba como sucedió más tarde bajo la forma de un Estado fuerte y poderoso,
con todos los recursos a su disposición. Sin embargo, él supo valorar justamente
el peligro que representaba para las masas ofrecerles el atractivo de una solución
tan simple como radical de la cuestión obrera de entonces. Esto resulta más
verdadero aún, si lo comparamos con la terrible condición de injusticia en que
versaban las masas proletarias de las naciones recién industrializadas.
Es necesario subrayar aquí dos cosas: por una parte, la gran lucidez en percibir,
en toda su crudeza, la verdadera condición de los proletarios, hombres, mujeres
y niños; por otra, la no menor claridad en intuir los males de una solución
que, bajo la apariencia de una inversión de posiciones entre pobres y ricos,
en realidad perjudicaba a quienes se proponía ayudar. De este modo el remedio
venía a ser peor que el mal. Al poner de manifiesto que la naturaleza del socialismo
de su tiempo estaba en la supresión de la propiedad privada, León XIII llegaba
de veras al núcleo de la cuestión.
Merecen ser leídas con atención sus palabras: «Para solucionar este mal (la
injusta distribución de las riquezas junto con la miseria de los proletarios)
los socialistas instigan a los pobres al odio contra los ricos y tratan de acabar
con la propiedad privada estimando mejor que, en su lugar, todos los bienes
sean comunes...; pero esta teoría es tan inadecuada para resolver la cuestión,
que incluso llega a perjudicar a las propias clases obreras; y es además sumamente
injusta, pues ejerce violencia contra los legítimos poseedores, altera la misión
del Estado y perturba fundamentalmente todo el orden social(39). No se podían
indicar mejor los males acarreados por la instauración de este tipo de socialismo
como sistema de Estado, que sería llamado más adelante «socialismo real».
13. Ahondando ahora en esta reflexión y haciendo referencia a lo que ya se
ha dicho en las encíclicas Laborem exercens y Sollicitudo rei socialis, hay
que añadir aquí que el error fundamental del socialismo es de carácter antropológico.
Efectivamente, considera a todo hombre como un simple elemento y una molécula
del organismo social, de manera que el bien del individuo se subordina al funcionamiento
del mecanismo económico-social. Por otra parte, considera que este mismo bien
puede ser alcanzado al margen de su opción autónoma, de su responsabilidad asumida,
única y exclusiva, ante el bien o el mal. El hombre queda reducido así a una
serie de relaciones sociales, desapareciendo el concepto de persona como sujeto
autónomo de decisión moral, que es quien edifica el orden social, mediante tal
decisión. De esta errónea concepción de la persona provienen la distorsión del
derecho, que define el ámbito del ejercicio de la libertad, y la oposición a
la propiedad privada. El hombre, en efecto, cuando carece de algo que pueda
llamar «suyo» y no tiene posibilidad de ganar para vivir por su propia iniciativa,
pasa a depender de la máquina social y de quienes la controlan, lo cual le crea
dificultades mayores para reconocer su dignidad de persona y entorpece su camino
para la constitución de una auténtica comunidad humana.
Por el contrario, de la concepción cristiana de la persona se sigue necesariamente
una justa visión de la sociedad. Según la Rerum novarum y la doctrina social
de la Iglesia, la socialidad del hombre no se agota en el Estado, sino que se
realiza en diversos grupos intermedios, comenzando por la familia y siguiendo
por los grupos económicos, sociales, políticos y culturales, los cuales, como
provienen de la misma naturaleza humana, tienen su propia autonomía, sin salirse
del ámbito del bien común. Es a esto a lo que he llamado «subjetividad de la
sociedad» la cual, junto con la subjetividad del individuo, ha sido anulada
por el socialismo real(40).
Si luego nos preguntamos dónde nace esa errónea concepción de la naturaleza
de la persona y de la «subjetividad» de la sociedad, hay que responder que su
causa principal es el ateísmo. Precisamente en la respuesta a la llamada de
Dios, implícita en el ser de las cosas, es donde el hombre se hace consciente
de su trascendente dignidad. Todo hombre ha de dar esta respuesta, en la que
consiste el culmen de su humanidad y que ningún mecanismo social o sujeto colectivo
puede sustituir. La negación de Dios priva de su fundamento a la persona y,
consiguientemente, la induce a organizar el orden social prescindiendo de la
dignidad y responsabilidad de la persona.
El ateísmo del que aquí se habla tiene estrecha relación con el racionalismo
iluminista, que concibe la realidad humana y social del hombre de manera mecanicista.
Se niega de este modo la intuición última acerca de la verdadera grandeza del
hombre, su trascendencia respecto al mundo material, la contradicción que él
siente en su corazón entre el deseo de una plenitud de bien y la propia incapacidad
para conseguirlo y, sobre todo, la necesidad de salvación que de ahí se deriva.
14. De la misma raíz atea brota también la elección de los medios de acción
propia del socialismo, condenado en la Rerum novarum. Se trata de la lucha de
clases. El Papa, ciertamente, no pretende condenar todas y cada una de las formas
de conflictividad social. La Iglesia sabe muy bien que, a lo largo de la historia,
surgen inevitablemente los conflictos de intereses entre diversos grupos sociales
y que frente a ellos el cristiano no pocas veces debe pronunciarse con coherencia
y decisión. Por lo demás, la encíclica Laborem exercens ha reconocido claramente
el papel positivo del conflicto cuando se configura como «lucha por la justicia
social»(41). Ya en la Quadragesimo anno se decía: «En efecto, cuando la lucha
de clases se abstiene de los actos de violencia y del odio recíproco, se transforma
poco a poco en una discusión honesta, fundada en la búsqueda de la justicia»(42).
Lo que se condena en la lucha de clases es la idea de un conflicto que no está
limitado por consideraciones de carácter ético o jurídico, que se niega a respetar
la dignidad de la persona en el otro y por tanto en sí mismo, que excluye, en
definitiva, un acuerdo razonable y persigue no ya el bien general de la sociedad,
sino más bien un interés de parte que suplanta al bien común y aspira a destruir
lo que se le opone. Se trata, en una palabra, de presentar de nuevo en el terreno
de la confrontación interna entre los grupos sociales la doctrina de la «guerra
total», que el militarismo y el imperialismo de aquella época imponían en el
ámbito de las relaciones internacionales. Tal doctrina, que buscaba el justo
equilibrio entre los intereses de las diversas naciones, sustituía a la del
absoluto predominio de la propia parte, mediante la destrucción del poder de
resistencia del adversario, llevada a cabo por todos los medios, sin excluir
el uso de la mentira, el terror contra las personas civiles, las armas destructivas
de masa, que precisamente en aquellos años comenzaban a proyectarse. La lucha
de clases en sentido marxista y el militarismo tienen, pues, las mismas raíces:
el ateísmo y el desprecio de la persona humana, que hacen prevalecer el principio
de la fuerza sobre el de la razón y del derecho.
15. La Rerum novarum se opone a la estatalización de los medios de producción,
que reduciría a todo ciudadano a una «pieza» en el engranaje de la máquina estatal.
Con no menor decisión critica una concepción del Estado que deja la esfera de
la economía totalmente fuera del propio campo de interés y de acción. Existe
ciertamente una legítima esfera de autonomía de la actividad económica, donde
no debe intervenir el Estado. A éste, sin embargo, le corresponde determinar
el marco jurídico dentro del cual se desarrollan las relaciones económicas y
salvaguardar así las condiciones fundamentales de una economía libre, que presupone
una cierta igualdad entre las partes, no sea que una de ellas supere talmente
en poder a la otra que la pueda reducir prácticamente a esclavitud(43).
A este respecto, la Rerum novarum señala la vía de las justas reformas, que
devuelven al trabajo su dignidad de libre actividad del hombre. Son reformas
que suponen, por parte de la sociedad y del Estado, asumirse las responsabilidades
en orden a defender al trabajador contra el íncubo del desempleo. Históricamente
esto se ha logrado de dos modos convergentes: con políticas económicas, dirigidas
a asegurar el crecimiento equilibrado y la condición de pleno empleo; con seguros
contra el desempleo obrero y con políticas de cualificación profesional, capaces
de facilitar a los trabajadores el paso de sectores en crisis a otros en desarrollo.
Por otra parte, la sociedad y el Estado deben asegurar unos niveles salariales
adecuados al mantenimiento del trabajador y de su familia, incluso con una cierta
capacidad de ahorro. Esto requiere esfuerzos para dar a los trabajadores conocimientos
y aptitudes cada vez más amplios, capacitándolos así para un trabajo más cualificado
y productivo; pero requiere también una asidua vigilancia y las convenientes
medidas legislativas para acabar con fenómenos vergonzosos de explotación, sobre
todo en perjuicio de los trabajadores más débiles, inmigrados o marginales.
En este sector es decisivo el papel de los sindicatos que contratan los mínimos
salariales y las condiciones de trabajo.
En fin, hay que garantizar el respeto por horarios «humanos» de trabajo y de
descanso, y el derecho a expresar la propia personalidad en el lugar de trabajo,
sin ser conculcados de ningún modo en la propia conciencia o en la propia dignidad.
Hay que mencionar aquí de nuevo el papel de los sindicatos no sólo como instrumentos
de negociación, sino también como «lugares» donde se expresa la personalidad
de los trabajadores: sus servicios contribuyen al desarrollo de una auténtica
cultura del trabajo y ayudan a participar de manera plenamente humana en la
vida de la empresa(44).
Para conseguir estos fines el Estado debe participar directa o indirectamente.
Indirectamente y según el principio de subsidiariedad, creando las condiciones
favorables al libre ejercicio de la actividad económica, encauzada hacia una
oferta abundante de oportunidades de trabajo y de fuentes de riqueza. Directamente
y según el principio de solidaridad, poniendo, en defensa de los más débiles,
algunos límites a la autonomía de las partes que deciden las condiciones de
trabajo, y asegurando en todo caso un mínimo vital al trabajador en paro(45).
La encíclica y el magisterio social, con ella relacionado, tuvieron una notable
influencia entre los últimos años del siglo XIX y primeros del XX. Este influjo
quedó reflejado en numerosas reformas introducidas en los sectores de la previsión
social, las pensiones, los seguros de enfermedad y de accidentes; todo ello
en el marco de un mayor respeto de los derechos de los trabajadores(46).
16. Las reformas fueron realizadas en parte por los Estados; pero en la lucha
por conseguirlas tuvo un papel importante la acción del Movimiento obrero. Nacido
como reacción de la conciencia moral contra situaciones de injusticia y de daño,
desarrolló una vasta actividad sindical, reformista, lejos de las nieblas de
la ideología y más cercana a las necesidades diarias de los trabajadores. En
este ámbito, sus esfuerzos se sumaron con frecuencia a los de los cristianos
para conseguir mejores condiciones de vida para los trabajadores. Después, este
Movimiento estuvo dominado, en cierto modo, precisamente por la ideología marxista
contra la que se dirigía la Rerum novarum.
Las mismas reformas fueron también el resultado de un libre proceso de auto-organización
de la sociedad, con la aplicación de instrumentos eficaces de solidaridad, idóneos
para sostener un crecimiento económico más respetuoso de los valores de la persona.
Hay que recordar aquí su múltiple actividad, con una notable aportación de los
cristianos, en la fundación de cooperativas de producción, consumo y crédito,
en promover la enseñanza pública y la formación profesional, en la experimentación
de diversas formas de participación en la vida de la empresa y, en general,
de la sociedad.
Si mirando al pasado tenemos motivos para dar gracias a Dios porque la gran
encíclica no ha quedado sin resonancia en los corazones y ha servido de impulso
a una operante generosidad, sin embargo hay que reconocer que el anuncio profético
que lleva consigo no fue acogido plenamente por los hombres de aquel tiempo,
lo cual precisamente ha dado lugar a no pocas y graves desgracias.
17. Leyendo la encíclica en relación con todo el rico magisterio leoniano(47),
se nota que, en el fondo, está señalando las consecuencias de un error de mayor
alcance en el campo económico-social. Es el error que, como ya se ha dicho,
consiste en una concepción de la libertad humana que la aparta de la obediencia
de la verdad y, por tanto, también del deber de respetar los derechos de los
demás hombres. El contenido de la libertad se transforma entonces en amor propio,
con desprecio de Dios y del prójimo; amor que conduce al afianzamiento ilimitado
del propio interés y que no se deja limitar por ninguna obligación de justicia(48).
Este error precisamente llega a sus extremas consecuencias durante el trágico
ciclo de las guerras que sacudieron Europa y el mundo entre 1914 y 1945. Fueron
guerras originadas por el militarismo, por el nacionalismo exasperado, por las
formas de totalitarismo relacionado con ellas, así como por guerras derivadas
de la lucha de clases, de guerras civiles e ideológicas. Sin la terrible carga
de odio y rencor, acumulada a causa de tantas injusticias, bien sea a nivel
internacional bien sea dentro de cada Estado, no hubieran sido posibles guerras
de tanta crueldad en las que se invirtieron las energías de grandes naciones;
en las que no se dudó ante la violación de los derechos humanos más sagrados;
en las que fue planificado y llevado a cabo el exterminio de pueblos y grupos
sociales enteros. Recordamos aquí singularmente al pueblo hebreo, cuyo terrible
destino se ha convertido en símbolo de las aberraciones adonde puede llegar
el hombre cuando se vuelve contra Dios.
Sin embargo, el odio y la injusticia se apoderan de naciones enteras, impulsándolas
a la acción, sólo cuando son legitimados y organizados por ideologías que se
fundan sobre ellos en vez de hacerlo sobre la verdad del hombre(49). La Rerum
novarum combatía las ideologías que llevan al odio e indicaba la vía para vencer
la violencia y el rencor mediante la justicia. Ojalá el recuerdo de tan terribles
acontecimientos guíe las acciones de todos los hombres, en particular las de
los gobernantes de los pueblos, en estos tiempos nuestros en que otras injusticias
alimentan nuevos odios y se perfilan en el horizonte nuevas ideologías que exal-
tan la violencia.
18. Es verdad que desde 1945 las armas están calladas en el continente europeo;
sin embargo, la verdadera paz recordémoslo no es el resultado de la victoria
militar, sino algo que implica la superación de las causas de la guerra y la
auténtica reconciliación entre los pueblos. Por muchos años, sin embargo, ha
habido en Europa y en el mundo una situación de no- guerra, más que de paz auténtica.
Mitad del continente cae bajo el dominio de la dictadura comunista, mientras
la otra mitad se organiza para defenderse contra tal peligro. Muchos pueblos
pierden el poder de autogobernarse, encerrados en los confines opresores de
un imperio, mientras se trata de destruir su memoria histórica y la raíz secular
de su cultura. Como consecuencia de esta división violenta, masas enormes de
hombres son obligadas a abandonar su tierra y deportadas forzosamente.
Una carrera desenfrenada a los armamentos absorbe los recursos necesarios para
el desarrollo de las economías internas y para ayudar a las naciones menos favorecidas.
El progreso científico y tecnológico, que debiera contribuir al bienestar del
hombre, se transforma en instrumento de guerra: ciencia y técnica son utilizadas
para producir armas cada vez más perfeccionadas y destructivas; contemporáneamente,
a una ideología que es perversión de la auténtica filosofía se le pide dar justificaciones
doctrinales para la nueva guerra. Ésta no sólo es esperada y preparada, sino
que es también combatida con enorme derramamiento de sangre en varias partes
del mundo. La lógica de los bloques o imperios, denunciada en los documentos
de la Iglesia y más recientemente en la encíclica Sollicitudo rei socialis (50),
hace que las controversias y discordias que surgen en los países del Tercer
Mundo sean sistemáticamente incrementadas y explotadas para crear dificultades
al adversario.
Los grupos extremistas, que tratan de resolver tales controversias por medio
de las armas, encuentran fácilmente apoyos políticos y militares, son armados
y adiestrados para la guerra, mientras que quienes se esfuerzan por encontrar
soluciones pacíficas y humanas, respetuosas para con los legítimos intereses
de todas las partes, permanecen aislados y caen a menudo víctima de sus adversarios.
Incluso la militarización de tantos países del Tercer Mundo y las luchas fratricidas
que los han atormentado, la difusión del terrorismo y de medios cada vez más
crueles de lucha político-militar tienen una de sus causas principales en la
precariedad de la paz que ha seguido a la segunda guerra mundial. En definitiva,
sobre todo el mundo se cierne la amenaza de una guerra atómica, capaz de acabar
con la humanidad. La ciencia utilizada para fines militares pone a disposición
del odio, fomentado por las ideologías, el instrumento decisivo. Pero la guerra
puede terminar, sin vencedores ni vencidos, en un suicidio de la humanidad;
por lo cual hay que repudiar la lógica que conduce a ella, la idea de que la
lucha por la destrucción del adversario, la contradicción y la guerra misma
sean factores de progreso y de avance de la historia(51). Cuando se comprende
la necesidad de este rechazo, deben entrar forzosamente en crisis tanto la lógica
de la «guerra total», como la de la «lucha de clases».
19. Al final de la segunda guerra mundial, este proceso se está formando todavía
en las conciencias; pero el dato que se ofrece a la vista es la extensión del
totalitarismo comunista a más de la mitad de Europa y a gran parte del mundo.
La guerra, que tendría que haber devuelto la libertad y haber restaurado el
derecho de las gentes, se concluye sin haber conseguido estos fines; más aún,
se concluye en un modo abiertamente contradictorio para muchos pueblos, especialmente
para aquellos que más habían sufrido. Se puede decir que la situación creada
ha dado lugar a diversas respuestas.
En algunos países y bajo ciertos aspectos, después de las destrucciones de
la guerra, se asiste a un esfuerzo positivo por reconstruir una sociedad democrática
inspirada en la justicia social, que priva al comunismo de su potencial revolucionario,
constituido por muchedumbres explotadas y oprimidas. Estas iniciativas tratan,
en general, de mantener los mecanismos de libre mercado, asegurando, mediante
la estabilidad monetaria y la seguridad de las relaciones sociales, las condiciones
para un crecimiento económico estable y sano, dentro del cual los hombres, gracias
a su trabajo, puedan construirse un futuro mejor para sí y para sus hijos. Al
mismo tiempo, se trata de evitar que los mecanismos de mercado sean el único
punto de referencia de la vida social y tienden a someterlos a un control público
que haga valer el principio del destino común de los bienes de la tierra. Una
cierta abundancia de ofertas de trabajo, un sólido sistema de seguridad social
y de capacitación profesional, la libertad de asociación y la acción incisiva
del sindicato, la previsión social en caso de desempleo, los instrumentos de
participación democrática en la vida social, dentro de este contexto deberían
preservar el trabajo de la condición de «mercancía» y garantizar la posibilidad
de realizarlo dignamente.
Existen, además, otras fuerzas sociales y movimientos ideales que se oponen
al marxismo con la cons- trucción de sistemas de «seguridad nacional», que tratan
de controlar capilarmente toda la sociedad para imposibilitar la infiltración
marxista. Se proponen preservar del comunismo a sus pueblos exaltando e incrementando
el poder del Estado, pero con esto corren el grave riesgo de destruir la libertad
y los valores de la persona, en nombre de los cuales hay que oponerse al comunismo.
Otra forma de respuesta práctica, finalmente, está representada por la sociedad
del bienestar o sociedad de consumo. Ésta tiende a derrotar al marxismo en el
terreno del puro materialismo, mostrando cómo una sociedad de libre mercado
es capaz de satisfacer las necesidades materiales humanas más plenamente de
lo que aseguraba el comunismo y excluyendo también los valores espirituales.
En realidad, si bien por un lado es cierto que este modelo social muestra el
fracaso del marxismo para construir una sociedad nueva y mejor, por otro, al
negar su existencia autónoma y su valor a la moral y al derecho, así como a
la cultura y a la religión, coincide con el marxismo en reducir totalmente al
hombre a la esfera de lo económico y a la satisfacción de las necesidades materiales.
20. En el mismo período se va desarrollando un grandioso proceso de «descolonización»,
en virtud del cual numerosos países consiguen o recuperan la independencia y
el derecho a disponer libremente de sí mismos. No obstante, con la reconquista
formal de su soberanía estatal, estos países en muchos casos están comenzando
apenas el camino de la construcción de una auténtica independencia. En efecto,
sectores decisivos de la economía siguen todavía en manos de grandes empresas
de fuera, las cuales no aceptan un compromiso duradero que las vincule al desarrollo
del país que las recibe. En ocasiones, la vida política está sujeta también
al control de fuerzas extranjeras, mientras que dentro de las fronteras del
Estado conviven a veces grupos tribales, no amalgamados todavía en una auténtica
comunidad nacional. Falta, además, un núcleo de profesionales competentes, capaces
de hacer funcionar, de manera honesta y regular, el aparato administrativo del
Estado, y faltan también equipos de personas especializadas para una eficiente
y responsable gestión de la economía.
Ante esta situación, a muchos les parece que el marxismo puede proporcionar
como un atajo para la edificación de la nación y del Estado; de ahí nacen diversas
variantes del socialismo con un carácter nacional específico. Se mezclan así
en muchas ideologías, que se van formando de manera cada vez más diversa, legítimas
exigencias de liberación nacional, formas de nacionalismo y hasta de militarismo,
principios sacados de antiguas tradiciones populares, en sintonía a veces con
la doctrina social cristiana, y conceptos del marxismo-leninismo.
21. Hay que recordar, por último, que después de la segunda guerra mundial,
y en parte como reacción a sus horrores, se ha ido difundiendo un sentimiento
más vivo de los derechos humanos, que ha sido reconocido en diversos documentos
internacionales(52), y en la elaboración, podría decirse, de un nuevo «derecho
de gentes», al que la Santa Sede ha dado una constante aportación. La pieza
clave de esta evolución ha sido la Organización de la Naciones Unidas. No sólo
ha crecido la conciencia del derecho de los individuos, sino también la de los
derechos de las naciones, mientras se advierte mejor la necesidad de actuar
para corregir los graves desequilibrios existentes entre las diversas áreas
geográficas del mundo que, en cierto sentido, han desplazado el centro de la
cuestión social del ámbito nacional al plano internacional(53).
Al constatar con satisfacción todo este proceso, no se puede sin embargo soslayar
el hecho de que el balance global de las diversas políticas de ayuda al desarrollo
no siempre es positivo. Por otra parte, las Naciones Unidas no han logrado hasta
ahora poner en pie instrumentos eficaces para la solución de los conflictos
internacionales como alternativa a la guerra, lo cual parece ser el problema
más urgente que la comunidad internacional debe aún resolver.
III. EL AÑO 1989
22. Partiendo de la situación mundial apenas descrita, y ya expuesta con amplitud
en la encíclica Sollicitudo rei socialis, se comprende el alcance inesperado
y prometedor de los acontecimientos ocurridos en los últimos años. Su culminación
es ciertamente lo ocurrido el año 1989 en los países de Europa central y oriental;
pero abarcan un arco de tiempo y un horizonte geográfico más amplios. A lo largo
de los años ochenta van cayendo poco a poco en algunos países de América Latina,
e incluso de África y de Asia, ciertos regímenes dictatoriales y opresores;
en otros casos da comienzo un camino de transición, difícil pero fecundo, hacia
formas políticas más justas y de mayor participación. Una ayuda importante e
incluso decisiva la ha dado la Iglesia, con su compromiso en favor de la defensa
y promoción de los derechos del hombre. En ambientes intensamente ideologizados,
donde posturas partidistas ofuscaban la conciencia de la común dignidad humana,
la Iglesia ha afirmado con sencillez y energía que todo hombre sean cuales
sean sus convicciones personales lleva dentro de sí la imagen de Dios y, por
tanto, merece respeto. En esta afirmación se ha identificado con frecuencia
la gran mayoría del pueblo, lo cual ha llevado a buscar formas de lucha y soluciones
políticas más respetuosas para con la dignidad de la persona humana.
De este proceso histórico han surgido nuevas formas de democracia, que ofrecen
esperanzas de un cambio en las frágiles estructuras políticas y sociales, gravadas
por la hipoteca de una dolorosa serie de injusticias y rencores, aparte de una
economía arruinada y de graves conflictos sociales. Mientras en unión con toda
la Iglesia doy gracias a Dios por el testimonio, en ocasiones heroico, que han
dado no pocos pastores, comunidades cristianas enteras, fieles en particular
y hombres de buena voluntad en tan difíciles circunstancias, le pido que sostenga
los esfuerzos de todos para construir un futuro mejor. Es ésta una responsabilidad
no sólo de los ciudadanos de aquellos países, sino también de todos los cristianos
y de los hombres de buena voluntad. Se trata de mostrar cómo los complejos problemas
de aquellos pueblos se pueden resolver por medio del diálogo y de la solidaridad,
en vez de la lucha para destruir al adversario y en vez de la guerra.
23. Entre los numerosos factores de la caída de los regímenes opresores, algunos
merecen ser recordados de modo especial. El factor decisivo que ha puesto en
marcha los cambios es sin duda alguna la violación de los derechos del trabajador.
No se puede olvidar que la crisis fundamental de los sistemas que pretenden
ser expresión del gobierno y, lo que es más, de la dictadura del proletariado
da comienzo con las grandes revueltas habidas en Polonia en nombre de la solidaridad.
Son las muchedumbres de los trabajadores las que desautorizan la ideología,
que pretende ser su voz; son ellas las que encuentran y como si descubrieran
de nuevo expresiones y principios de la doctrina social de la Iglesia, partiendo
de la experiencia, vivida y difícil, del trabajo y de la opresión.
Merece ser subrayado también el hecho de que casi en todas partes se haya llegado
a la caída de semejante «bloque» o imperio a través de una lucha pacífica, que
emplea solamente las armas de la verdad y de la justicia. Mientras el marxismo
consideraba que únicamente llevando hasta el extremo las contradicciones sociales
era posible darles solución por medio del choque violento, las luchas que han
conducido a la caída del marxismo insisten tenazmente en intentar todas las
vías de la negociación, del diálogo, del testimonio de la verdad, apelando a
la conciencia del adversario y tratando de despertar en éste el sentido de la
común dignidad humana.
Parecía como si el orden europeo, surgido de la segunda guerra mundial y consagrado
por los Acuerdos de Yalta, ya no pudiese ser alterado más que por otra guerra.
Y sin embargo, ha sido superado por el compromiso no violento de hombres que,
resistiéndose siempre a ceder al poder de la fuerza, han sabido encontrar, una
y otra vez, formas eficaces para dar testimonio de la verdad. Esta actitud ha
desarmado al adversario, ya que la violencia tiene siempre necesidad de justificarse
con la mentira y de asumir, aunque sea falsamente, el aspecto de la defensa
de un derecho o de respuesta a una amenaza ajena(54). Doy también gracias a
Dios por haber mantenido firme el corazón de los hombres durante aquella difícil
prueba, pidiéndole que este ejemplo pueda servir en otros lugares y en otras
circunstancias. ¡Ojalá los hombres aprendan a luchar por la justicia sin violencia,
renunciando a la lucha de clases en las controversias internas, así como a la
guerra en las internacionales!
24. El segundo factor de crisis es, en verdad, la ineficiencia del sistema
económico, lo cual no ha de considerarse como un problema puramente técnico,
sino más bien como consecuencia de la violación de los derechos humanos a la
iniciativa, a la propiedad y a la libertad en el sector de la economía. A este
aspecto hay que asociar en un segundo momento la dimensión cultural y la nacional.
No es posible comprender al hombre, considerándolo unilateralmente a partir
del sector de la economía, ni es posible definirlo simplemente tomando como
base su pertenencia a una clase social. Al hombre se le comprende de manera
más exhaustiva si es visto en la esfera de la cultura a través de la lengua,
la historia y las actitudes que asume ante los acontecimientos fundamentales
de la existencia, como son nacer, amar, trabajar, morir. El punto central de
toda cultura lo ocupa la actitud que el hombre asume ante el misterio más grande:
el misterio de Dios. Las culturas de las diversas naciones son, en el fondo,
otras tantas maneras diversas de plantear la pregunta acerca del sentido de
la existencia personal. Cuando esta pregunta es eliminada, se corrompen la cultura
y la vida moral de las naciones. Por esto, la lucha por la defensa del trabajo
se ha unido espontáneamente a la lucha por la cultura y por los derechos nacionales.
La verdadera causa de las «novedades», sin embargo, es el vacío espiritual
provocado por el ateísmo, el cual ha dejado sin orientación a las jóvenes generaciones
y en no pocos casos las ha inducido, en la insoslayable búsqueda de la propia
identidad y del sentido de la vida, a descubrir las raíces religiosas de la
cultura de sus naciones y la persona misma de Cristo, como respuesta existencialmente
adecuada al deseo de bien, de verdad y de vida que hay en el corazón de todo
hombre. Esta búsqueda ha sido confortada por el testimonio de cuantos, en circunstancias
difíciles y en medio de la persecución, han permanecido fieles a Dios. El marxismo
había prometido desenraizar del corazón humano la necesidad de Dios; pero los
resultados han demostrado que no es posible lograrlo sin trastocar ese mismo
corazón.
25. Los acontecimientos del año 1989 ofrecen un ejemplo de éxito de la voluntad
de negociación y del espíritu evangélico contra un adversario decidido a no
dejarse condicionar por principios morales: son una amonestación para cuantos,
en nombre del realismo político, quieren eliminar del ruedo de la política el
derecho y la moral. Ciertamente la lucha que ha desem- bocado en los cambios
del 1989 ha exigido lucidez, moderación, sufrimientos y sacrificios; en cierto
sentido, ha nacido de la oración y hubiera sido impensable sin una ilimitada
confianza en Dios, Señor de la historia, que tiene en sus manos el corazón de
los hombres. Uniendo el propio sufrimiento por la verdad y por la libertad al
de Cristo en la cruz, es así como el hombre puede hacer el milagro de la paz
y ponerse en condiciones de acertar con el sendero a veces estrecho entre la
mezquindad que cede al mal y la violencia que, creyendo ilusoriamente combatirlo,
lo agrava.
Sin embargo, no se pueden ignorar los innumerables condicionamientos, en medio
de los cuales viene a encontrarse la libertad individual a la hora de actuar:
de hecho la influencian, pero no la determinan; facilitan más o menos su ejercicio,
pero no pueden destruirla. No sólo no es lícito desatender desde el punto de
vista ético la naturaleza del hombre que ha sido creado para la libertad, sino
que esto ni siquiera es posible en la práctica. Donde la sociedad se organiza
reduciendo de manera arbitraria o incluso eliminando el ámbito en que se ejercita
legítimamente la libertad, el resultado es la desorganización y la decadencia
progresiva de la vida social.
Por otra parte, el hombre creado para la libertad lleva dentro de sí la herida
del pecado original que lo empuja continuamente hacia el mal y hace que necesite
la redención. Esta doctrina no sólo es parte integrante de la revelación cristiana,
sino que tiene también un gran valor hermenéutico en cuanto ayuda a comprender
la realidad humana. El hombre tiende hacia el bien, pero es también capaz del
mal; puede trascender su interés inmediato y, sin embargo, permanece vinculado
a él. El orden social será tanto más sólido cuanto más tenga en cuenta este
hecho y no oponga el interés individual al de la sociedad en su conjunto, sino
que busque más bien los modos de su fructuosa coordinación. De hecho, donde
el interés individual es suprimido violentamente, queda sustituido por un oneroso
y opresivo sistema de control burocrático que esteriliza toda iniciativa y creatividad.
Cuando los hombres se creen en posesión del secreto de una organización social
perfecta que hace imposible el mal, piensan también que pueden usar todos los
medios, incluso la violencia o la mentira, para realizarla. La política se convierte
entonces en una «religión secular», que cree ilusoriamente que puede construir
el paraíso en este mundo. De ahí que cualquier sociedad política, que tiene
su propia autonomía y sus propias leyes(55), nunca podrá confundirse con el
Reino de Dios. La parábola evangélica de la buena semilla y la cizaña (cf. Mt
13, 24-30; 36-43) nos enseña que corresponde solamente a Dios separar a los
seguidores del Reino y a los seguidores del Maligno, y que este juicio tendrá
lugar al final de los tiempos. Pretendiendo anticipar el juicio ya desde ahora,
el hombre trata de suplantar a Dios y se opone a su paciencia.
Gracias al sacrificio de Cristo en la cruz, la victoria del Reino de Dios ha
sido conquistada de una vez para siempre; sin embargo, la condición cristiana
exige la lucha contra las tentaciones y las fuerzas del mal. Solamente al final
de los tiempos, volverá el Señor en su gloria para el juicio final (cf. Mt 25,
31) instaurando los cielos nuevos y la tierra nueva (cf. 2 Pe 3, 13; Ap 21,
1), pero, mientras tanto, la lucha entre el bien y el mal continúa incluso en
el corazón del hombre.
Lo que la Sagrada Escritura nos enseña respecto de los destinos del Reino de
Dios tiene sus consecuencias en la vida de la sociedad temporal, la cual como
indica la palabra misma pertenece a la realidad del tiempo con todo lo que
conlleva de imperfecto y provisional. El Reino de Dios, presente en el mundo
sin ser del mundo, ilumina el orden de la sociedad humana, mientras que las
energías de la gracia lo penetran y vivifican. Así se perciben mejor las exigencias
de una sociedad digna del hombre; se corrigen las desviaciones y se corrobora
el ánimo para obrar el bien. A esta labor de animación evangélica de las realidades
humanas están llamados, junto con todos los hombres de buena voluntad, todos
los cristianos y de manera especial los seglares(56).
26. Los acontecimientos del año 1989 han tenido lugar principalmente en los
países de Europa oriental y central; sin embargo, revisten importancia universal,
ya que de ellos se desprenden consecuencias positivas y negativas que afectan
a toda la familia humana. Tales consecuencias no se dan de forma mecánica o
fatalista, sino que son más bien ocasiones que se ofrecen a la libertad humana
para colaborar con el designio misericordioso de Dios que actúa en la historia.
La primera consecuencia ha sido, en algunos países, el encuentro entre la Iglesia
y el Movimiento obrero, nacido como una reacción de orden ético y concretamente
cristiano contra una vasta situación de injusticia. Durante casi un siglo dicho
Movimiento en gran parte había caído bajo la hegemonía del marxismo, no sin
la convicción de que los proletarios, para luchar eficazmente contra la opresión,
debían asumir las teorías materialistas y economicistas.
En la crisis del marxismo brotan de nuevo las formas espontáneas de la conciencia
obrera, que ponen de manifiesto una exigencia de justicia y de reconocimiento
de la dignidad del trabajo, conforme a la doctrina social de la Iglesia(57).
El Movimiento obrero desemboca en un movimiento más general de los trabajadores
y de los hombres de buena voluntad, orientado a la liberación de la persona
humana y a la consolidación de sus derechos; hoy día está presente en muchos
países y, lejos de contraponerse a la Iglesia católica, la mira con interés.
La crisis del marxismo no elimina en el mundo las situaciones de injusticia
y de opresión existentes, de las que se alimentaba el marxismo mismo, instrumentalizándolas.
A quienes hoy día buscan una nueva y auténtica teoría y praxis de liberación,
la Iglesia ofrece no sólo la doctrina social y, en general, sus enseñanzas sobre
la persona redimida por Cristo, sino también su compromiso concreto de ayuda
para combatir la marginación y el sufrimiento.
En el pasado reciente, el deseo sincero de ponerse de parte de los oprimidos
y de no quedarse fuera del curso de la historia ha inducido a muchos creyentes
a buscar por diversos caminos un compromiso imposible entre marxismo y cristianismo.
El tiempo presente, a la vez que ha superado todo lo que había de caduco en
estos intentos, lleva a reafirmar la positividad de una auténtica teología de
la liberación humana integral(58). Considerados desde este punto de vista, los
acontecimientos de 1989 vienen a ser importantes incluso para los países del
llamado Tercer Mundo, que están buscando la vía de su desarrollo, lo mismo que
lo han sido para los de Europa central y oriental.
27. La segunda consecuencia afecta a los pueblos de Europa. En los años en
que dominaba el comunismo, y también antes, se cometieron muchas injusticias
individuales y sociales, regionales y nacionales; se acumularon muchos odios
y rencores. Y sigue siendo real el peligro de que vuelvan a explotar, después
de la caída de la dictadura, provocando graves conflictos y muertes, si disminuyen
a su vez la tensión moral y la firmeza consciente en dar testimonio de la verdad,
que han animado los esfuerzos del tiempo pasado. Es de esperar que el odio y
la violencia no triunfen en los corazones, sobre todo de quienes luchan en favor
de la justicia, sino que crezca en todos el espíritu de paz y de perdón.
Sin embargo, es necesario a este respecto que se den pasos concretos para crear
o consolidar estructuras internacionales, capaces de intervenir, para el conveniente
arbitraje, en los conflictos que surjan entre las naciones, de manera que cada
una de ellas pueda hacer valer los propios derechos, alcanzando el justo acuerdo
y la pacífica conciliación con los derechos de los demás. Todo esto es particularmente
necesario para las naciones europeas, íntimamente unidas entre sí por los vínculos
de una cultura común y de una historia milenaria. En efecto, hace falta un gran
esfuerzo para la reconstrucción moral y económica en los países que han abandonado
el comunismo. Durante mucho tiempo las relaciones económicas más elementales
han sido distorsionadas y han sido zaheridas virtudes relacionadas con el sector
de la economía, como la veracidad, la fiabilidad, la laboriosidad. Se siente
la necesidad de una paciente reconstrucción material y moral, mientras los pueblos
extenuados por largas privaciones piden a sus gobernantes logros de bienestar
tangibles e inmediatos y una adecuada satisfacción de sus legítimas aspiraciones.
Naturalmente, la caída del marxismo ha tenido consecuencias de gran alcance
por lo que se refiere a la repartición de la tierra en mundos incomunicados
unos con otros y en recelosa competencia entre sí; por otra parte, ha puesto
más de manifiesto el hecho de la interdependencia, así como que el trabajo humano
está destinado por su naturaleza a unir a los pueblos y no a dividirlos. Efectivamente,
la paz y la prosperidad son bienes que pertenecen a todo el género humano, de
manera que no es posible gozar de ellos correcta y duraderamente si son obtenidos
y mantenidos en perjuicio de otros pueblos y naciones, violando sus derechos
o excluyéndolos de las fuentes del bienestar.
28. Para algunos países de Europa comienza ahora, en cierto sentido, la verdadera
postguerra. La radical reestructuración de las economías, hasta ayer colectivizadas,
comporta problemas y sacrificios, comparables con los que tuvieron que imponerse
los países occidentales del continente para su reconstrucción después del segundo
conflicto mundial. Es justo que en las presentes dificultades los países excomunistas
sean ayudados por el esfuerzo solidario de las otras naciones: obviamente, han
de ser ellos los primeros artífices de su propio desarrollo; pero se les ha
de dar una razonable oportunidad para realizarlo, y esto no puede lograrse sin
la ayuda de los otros países. Por lo demás, las actuales condiciones de dificultad
y penuria son la consecuencia de un proceso histórico, del que los países excomunistas
han sido a veces objeto y no sujeto; por tanto, si se hallan en esas condiciones
no es por propia elección o a causa de errores cometidos, sino como consecuencia
de trágicos acontecimientos históricos impuestos por la violencia, que les han
impedido proseguir por el camino del desarrollo económico y civil.
La ayuda de otros países, sobre todo europeos, que han tenido parte en la misma
historia y de la que son responsables, corresponde a una deuda de justicia.
Pero corresponde también al interés y al bien general de Europa, la cual no
podrá vivir en paz, si los conflictos de diversa índole, que surgen como consecuencia
del pasado, se van agravando a causa de una situación de desorden económico,
de espiritual insatisfacción y desesperación.
Esta exigencia, sin embargo, no debe inducir a frenar los esfuerzos para prestar
apoyo y ayuda a los países del Tercer Mundo, que sufren a veces condiciones
de insuficiencia y de pobreza bastante más graves(59). Será necesario un esfuerzo
extraordinario para movilizar los recursos, de los que el mundo en su conjunto
no carece, hacia objetivos de crecimiento económico y de desarrollo común, fijando
de nuevo las prioridades y las escalas de valores, sobre cuya base se deciden
las opciones económicas y políticas. Pueden hacerse disponibles ingentes recursos
con el desarme de los enormes aparatos militares, creados para el conflicto
entre Este y Oeste. Éstos podrán resultar aún mayores, si se logra establecer
procedimientos fiables para la solución de los conflictos, alternativas a la
guerra, y extender, por tanto, el principio del control y de la reducción de
los armamentos incluso en los países del Tercer Mundo, adoptando oportunas medidas
contra su comercio(60). Sobre todo será necesario abandonar una mentalidad que
considera a los pobres personas y pueblos como un fardo o como molestos e
importunos, ávidos de consumir lo que otros han producido. Los pobres exigen
el derecho de participar y gozar de los bienes materiales y de hacer fructificar
su capacidad de trabajo, creando así un mundo más justo y más próspero para
todos. La promoción de los pobres es una gran ocasión para el crecimiento moral,
cultural e incluso económico de la humanidad entera.
29. En fin, el desarrollo no debe ser entendido de manera exclusivamente económica,
sino bajo una dimensión humana integral(61). No se trata solamente de elevar
a todos los pueblos al nivel del que gozan hoy los países más ricos, sino de
fundar sobre el trabajo solidario una vida más digna, hacer crecer efectivamente
la dignidad y la creatividad de toda persona, su capacidad de responder a la
propia vocación y, por tanto, a la llamada de Dios. El punto culminante del
desarrollo conlleva el ejercicio del derecho-deber de buscar a Dios, conocerlo
y vivir según tal conocimiento(62). En los regímenes totalitarios y autoritarios
se ha extremado el principio de la primacía de la fuerza sobre la razón. El
hombre se ha visto obligado a sufrir una concepción de la realidad impuesta
por la fuerza, y no conseguida mediante el esfuerzo de la propia razón y el
ejercicio de la propia libertad. Hay que invertir los términos de ese principio
y reconocer íntegramente los derechos de la conciencia humana, vinculada solamente
a la verdad natural y revelada. En el reconocimiento de estos derechos consiste
el fundamento primario de todo ordenamiento político auténticamente libre(63).
Es importante reafirmar este principio por varios motivos:
a) porque las antiguas formas de totalitarismo y de autoritarismo todavía no
han sido superadas completamente y existe aún el riesgo de que recobren vigor:
esto exige un renovado esfuerzo de colaboración y de solidaridad entre todos
los países;
b) porque en los países desarrollados se hace a veces excesiva propaganda de
los valores puramente utilitarios, al provocar de manera desenfrenada los instintos
y las tendencias al goce inmediato, lo cual hace difícil el reconocimiento y
el respeto de la jerarquía de los verdaderos valores de la existencia humana;
c) porque en algunos países surgen nuevas formas de fundamentalismo religioso
que, velada o también abiertamente, niegan a los ciudadanos de credos diversos
de los de la mayoría el pleno ejercicio de sus derechos civiles y religiosos,
les impiden participar en el debate cultural, restringen el derecho de la Iglesia
a predicar el Evangelio y el derecho de los hombres que escuchan tal predicación
a acogerla y convertirse a Cristo. No es posible ningún progreso auténtico sin
el respeto del derecho natural y originario a conocer la verdad y vivir según
la misma. A este derecho va unido, para su ejercicio y profundización, el derecho
a descubrir y acoger libremente a Jesucristo, que es el verdadero bien del hombre(64).
IV. LA PROPIEDAD PRIVADA
Y EL DESTINO UNIVERSAL DE LOS BIENES
30. En la Rerum novarum León XIII afirmaba enérgicamente y con varios argumentos
el carácter natural del derecho a la propiedad privada, en contra del socialismo
de su tiempo(65). Este derecho, fundamental en toda persona para su autonomía
y su desarrollo, ha sido defendido siempre por la Iglesia hasta nuestros días.
Asimismo, la Iglesia enseña que la propiedad de los bienes no es un derecho
absoluto, ya que en su naturaleza de derecho humano lleva inscrita la propia
limitación.
A la vez que proclamaba con fuerza el derecho a la propiedad privada, el Pontífice
afirmaba con igual claridad que el «uso» de los bienes, confiado a la propia
libertad, está subordinado al destino primigenio y común de los bienes creados
y también a la voluntad de Jesucristo, manifestada en el Evangelio. Escribía
a este respecto: «Así pues los afortunados quedan avisados...; los ricos deben
temer las tremendas amenazas de Jesucristo, ya que más pronto o más tarde habrán
de dar cuenta severísima al divino Juez del uso de las riquezas»; y, citando
a santo Tomás de Aquino, añadía: «Si se pregunta cómo debe ser el uso de los
bienes, la Iglesia responderá sin vacilación alguna: "a este respecto el
hombre no debe considerar los bienes externos como propios, sino como comunes"...
porque "por encima de las leyes y de los juicios de los hombres está la
ley, el juicio de Cristo"(66).
Los sucesores de León XIII han repetido esta doble afirmación: la necesidad
y, por tanto, la licitud de la propiedad privada, así como los límites que pesan
sobre ella(67). También el Concilio Vaticano II ha propuesto de nuevo la doctrina
tradicional con palabras que merecen ser citadas aquí textualmente: «El hombre,
usando estos bienes, no debe considerar las cosas exteriores que legítimamente
posee como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de
que no le aprovechen a él solamente, sino también a los demás». Y un poco más
adelante: «La propiedad privada o un cierto dominio sobre los bienes externos
aseguran a cada cual una zona absolutamente necesaria de autonomía personal
y familiar, y deben ser considerados como una ampliación de la libertad humana...
La propiedad privada, por su misma naturaleza, tiene también una índole social,
cuyo fundamento reside en el destino común de los bienes»(68). La misma doctrina
social ha sido objeto de consideración por mi parte, primeramente en el discurso
a la III Conferencia del Episcopado latinoamericano en Puebla y posteriormente
en las encíclicas Laborem exercens y Sollicitudo rei socialis(69).
31. Releyendo estas enseñanzas sobre el derecho a la propiedad y el destino
común de los bienes en relación con nuestro tiempo, se puede plantear la cuestión
acerca del origen de los bienes que sustentan la vida del hombre, que satisfacen
sus necesidades y son objeto de sus derechos.
El origen primigenio de todo lo que es un bien es el acto mismo de Dios que
ha creado el mundo y el hombre, y que ha dado a éste la tierra para que la domine
con su trabajo y goce de sus frutos (cf. Gn 1, 28-29). Dios ha dado la tierra
a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir
a nadie ni privilegiar a ninguno. He ahí, pues, la raíz primera del destino
universal de los bienes de la tierra. Ésta, por su misma fecundidad y capacidad
de satisfacer las necesidades del hombre, es el primer don de Dios para el sustento
de la vida humana. Ahora bien, la tierra no da sus frutos sin una peculiar respuesta
del hombre al don de Dios, es decir, sin el trabajo. Mediante el trabajo, el
hombre, usando su inteligencia y su libertad, logra dominarla y hacer de ella
su digna morada. De este modo, se apropia una parte de la tierra, la que se
ha conquistado con su trabajo: he ahí el origen de la propiedad individual.
Obviamente le incumbe también la responsabilidad de no impedir que otros hombres
obtengan su parte del don de Dios, es más, debe cooperar con ellos para dominar
juntos toda la tierra.
A lo largo de la historia, en los comienzos de toda sociedad humana, encontramos
siempre estos dos factores, el trabajo y la tierra; en cambio, no siempre hay
entre ellos la misma relación. En otros tiempos la natural fecundidad de la
tierra aparecía, y era de hecho, como el factor principal de riqueza, mientras
que el trabajo servía de ayuda y favorecía tal fecundidad. En nuestro tiempo
es cada vez más importante el papel del trabajo humano en cuanto factor productivo
de las riquezas inmateriales y materiales; por otra parte, es evidente que el
trabajo de un hombre se conecta naturalmente con el de otros hombres. Hoy más
que nunca, trabajar es trabajar con otros y trabajar para otros: es hacer algo
para alguien. El trabajo es tanto más fecundo y productivo, cuanto el hombre
se hace más capaz de conocer las potencialidades productivas de la tierra y
ver en profundidad las necesidades de los otros hombres, para quienes se trabaja.
32. Existe otra forma de propiedad, concretamente en nuestro tiempo, que tiene
una importancia no inferior a la de la tierra: es la propiedad del conocimiento,
de la técnica y del saber. En este tipo de propiedad, mucho más que en los recursos
naturales, se funda la riqueza de las naciones industrializadas.
Se ha aludido al hecho de que el hombre trabaja con los otros hombres, tomando
parte en un «trabajo social» que abarca círculos progresivamente más amplios.
Quien produce una cosa lo hace generalmente aparte del uso personal que de
ella pueda hacer para que otros puedan disfrutar de la misma, después de haber
pagado el justo precio, establecido de común acuerdo mediante una libre negociación.
Precisamente la capacidad de conocer oportunamente las necesidades de los demás
hombres y el conjunto de los factores productivos más apropiados para satisfacerlas
es otra fuente importante de riqueza en una sociedad moderna. Por lo demás,
muchos bienes no pueden ser producidos de manera adecuada por un solo individuo,
sino que exigen la colaboración de muchos. Organizar ese esfuerzo productivo,
programar su duración en el tiempo, procurar que corresponda de manera positiva
a las necesidades que debe satisfacer, asumiendo los riesgos necesarios: todo
esto es también una fuente de riqueza en la sociedad actual. Así se hace cada
vez más evidente y determinante el papel del trabajo humano, disciplinado y
creativo, y el de las capacidades de iniciativa y de espíritu emprendedor, como
parte esencial del mismo trabajo(70).
Dicho proceso, que pone concretamente de manifiesto una verdad sobre la persona,
afirmada sin cesar por el cristianismo, debe ser mirado con atención y positivamente.
En efecto, el principal recurso del hombre es, junto con la tierra, el hombre
mismo. Es su inteligencia la que descubre las potencialidades productivas de
la tierra y las múltiples modalidades con que se pueden satisfacer las necesidades
humanas. Es su trabajo disciplinado, en solidaria colaboración, el que permite
la creación de comunidades de trabajo cada vez más amplias y seguras para llevar
a cabo la transformación del ambiente natural y la del mismo ambiente humano.
En este proceso están comprometidas importantes virtudes, como son la diligencia,
la laboriosidad, la prudencia en asumir los riesgos razonables, la fiabilidad
y la lealtad en las relaciones interpersonales, la resolución de ánimo en la
ejecución de decisiones difíciles y dolorosas, pero necesarias para el trabajo
común de la empresa y para hacer frente a los eventuales reveses de fortuna.
La moderna economía de empresa comporta aspectos positivos, cuya raíz es la
libertad de la persona, que se expresa en el campo económico y en otros campos.
En efecto, la economía es un sector de la múltiple actividad humana y en ella,
como en todos los demás campos, es tan válido el derecho a la libertad como
el deber de hacer uso responsable del mismo. Hay, además, diferencias específicas
entre estas tendencias de la sociedad moderna y las del pasado incluso reciente.
Si en otros tiempos el factor decisivo de la producción era la tierra y luego
lo fue el capital, entendido como conjunto masivo de maquinaria y de bienes
instrumentales, hoy día el factor decisivo es cada vez más el hombre mismo,
es decir, su capacidad de conocimiento, que se pone de manifiesto mediante el
saber científico, y su capacidad de organización solidaria, así como la de intuir
y satisfacer las necesidades de los demás.
33. Sin embargo, es necesario descubrir y hacer presentes los riesgos y los
problemas relacionados con este tipo de proceso. De hecho, hoy muchos hombres,
quizá la gran mayoría, no disponen de medios que les permitan entrar de manera
efectiva y humanamente digna en un sistema de empresa, donde el trabajo ocupa
una posición realmente central. No tienen posibilidad de adquirir los conocimientos
básicos, que les ayuden a expresar su creatividad y desarrollar sus capacidades.
No consiguen entrar en la red de conocimientos y de intercomunicaciones que
les permitiría ver apreciadas y utilizadas sus cualidades. Ellos, aunque no
explotados propiamente, son marginados ampliamente y el desarrollo económico
se realiza, por así decirlo, por encima de su alcance, limitando incluso los
espacios ya reducidos de sus antiguas economías de subsistencia. Esos hombres,
impotentes para resistir a la competencia de mercancías producidas con métodos
nuevos y que satisfacen necesidades que anteriormente ellos solían afrontar
con sus formas organizativas tradicionales, ofuscados por el esplendor de una
ostentosa opulencia, inalcanzable para ellos, coartados a su vez por la necesidad,
esos hombres forman verdaderas aglomeraciones en las ciudades del Tercer Mundo,
donde a menudo se ven desarraigados culturalmente, en medio de situaciones de
violencia y sin posibilidad de integración. No se les reconoce, de hecho, su
dignidad y, en ocasiones, se trata de eliminarlos de la historia mediante formas
coactivas de control demográfico, contrarias a la dignidad humana.
Otros muchos hombres, aun no estando marginados del todo, viven en ambientes
donde la lucha por lo necesario es absolutamente prioritaria y donde están vigentes
todavía las reglas del capitalismo primitivo, junto con una despiadada situación
que no tiene nada que envidiar a la de los momentos más oscuros de la primera
fase de industrialización. En otros casos sigue siendo la tierra el elemento
principal del proceso económico, con lo cual quienes la cultivan, al ser excluidos
de su propiedad, se ven reducidos a condiciones de semi-esclavitud(71). Ante
estos casos, se puede hablar hoy día, como en tiempos de la Rerum novarum, de
una explotación inhumana. A pesar de los grandes cambios acaecidos en las sociedades
más avanzadas, las carencias humanas del capitalismo, con el consiguiente dominio
de las cosas sobre los hombres, están lejos de haber desaparecido; es más, para
los pobres, a la falta de bienes materiales se ha añadido la del saber y de
conocimientos, que les impide salir del estado de humillante dependencia.
Por desgracia, la gran mayoría de los habitantes del Tercer Mundo vive aún
en esas condiciones. Sería, sin embargo, un error entender este mundo en sentido
solamente geográfico. En algunas regiones y en sectores sociales del mismo se
han emprendido procesos de desarrollo orientados no tanto a la valoración de
los recursos materiales, cuanto a la del «recurso humano».
En años recientes se ha afirmado que el desarrollo de los países más pobres
dependía del aislamiento del mercado mundial, así como de su confianza exclusiva
en las propias fuerzas. La historia reciente ha puesto de manifiesto que los
países que se han marginado han experimentado un estancamiento y retroceso;
en cambio, han experimentado un desarrollo los países que han logrado introducirse
en la interrelación general de las actividades económicas a nivel internacional.
Parece, pues, que el mayor problema está en conseguir un acceso equitativo al
mercado internacional, fundado no sobre el principio unilateral de la explotación
de los recursos naturales, sino sobre la valoración de los recursos humanos(72).
Con todo, aspectos típicos del Tercer Mundo se dan también en los países desarrollados,
donde la transformación incesante de los modos de producción y de consumo devalúa
ciertos conocimientos ya adquiridos y profesionalidades consolidadas, exigiendo
un esfuerzo continuo de recalificación y de puesta al día. Los que no logran
ir al compás de los tiempos pueden quedar fácilmente marginados, y junto con
ellos, lo son también los ancianos, los jóvenes incapaces de inserirse en la
vida social y, en general, las personas más débiles y el llamado Cuarto Mundo.
La situación de la mujer en estas condiciones no es nada fácil.
34. Da la impresión de que, tanto a nivel de naciones, como de relaciones internacionales,
el libre mercado es el instrumento más eficaz para colocar los recursos y responder
eficazmente a las necesidades. Sin embargo, esto vale sólo para aquellas necesidades
que son «solventables», con poder adquisitivo, y para aquellos recursos que
son «vendibles», esto es, capaces de alcanzar un precio conveniente. Pero existen
numerosas necesidades humanas que no tienen salida en el mercado. Es un estricto
deber de justicia y de verdad impedir que queden sin satisfacer las necesidades
humanas fundamentales y que perezcan los hombres oprimidos por ellas. Además,
es preciso que se ayude a estos hombres necesitados a conseguir los conocimientos,
a entrar en el círculo de las interrelaciones, a desarrollar sus aptitudes para
poder valorar mejor sus capacidades y recursos. Por encima de la lógica de los
intercambios a base de los parámetros y de sus formas justas, existe algo que
es debido al hombre porque es hombre, en virtud de su eminente dignidad. Este
algo debido conlleva inseparablemente la posibilidad de sobrevivir y de participar
activamente en el bien común de la humanidad.
En el contexto del Tercer Mundo conservan toda su validez y en ciertos casos
son todavía una meta por alcanzar los objetivos indicados por la Rerum novarum,
para evitar que el trabajo del hombre y el hombre mismo se reduzcan al nivel
de simple mercancía: el salario suficiente para la vida de familia, los seguros
sociales para la vejez y el desempleo, la adecuada tutela de las condiciones
de trabajo.
35. Se abre aquí un vasto y fecundo campo de acción y de lucha, en nombre de
la justicia, para los sindicatos y demás organizaciones de los trabajadores,
que defienden sus derechos y tutelan su persona, desempeñando al mismo tiempo
una función esencial de carácter cultural, para hacerles participar de manera
más plena y digna en la vida de la nación y ayudarles en la vía del desarrollo.
En este sentido se puede hablar justamente de lucha contra un sistema económico,
entendido como método que asegura el predominio absoluto del capital, la posesión
de los medios de producción y la tierra, respecto a la libre subjetividad del
trabajo del hombre(73). En la lucha contra este sistema no se pone, como modelo
alternativo, el sistema socialista, que de hecho es un capitalismo de Estado,
sino una sociedad basada en el trabajo libre, en la empresa y en la participación.
Esta sociedad tampoco se opone al mercado, sino que exige que éste sea controlado
oportunamente por las fuerzas sociales y por el Estado, de manera que se garantice
la satisfacción de las exigencias fundamentales de toda la sociedad.
La Iglesia reconoce la justa función de los beneficios, como índice de la buena
marcha de la empresa. Cuando una empresa da beneficios significa que los factores
productivos han sido utilizados adecuadamente y que las correspondientes necesidades
humanas han sido satisfechas debidamente. Sin embargo, los beneficios no son
el único índice de las condiciones de la empresa. Es posible que los balances
económicos sean correctos y que al mismo tiempo los hombres, que constituyen
el patrimonio más valioso de la empresa, sean humillados y ofendidos en su dignidad.
Además de ser moralmente inadmisible, esto no puede menos de tener reflejos
negativos para el futuro, hasta para la eficiencia económica de la empresa.
En efecto, finalidad de la empresa no es simplemente la producción de beneficios,
sino más bien la existencia misma de la empresa como comunidad de hombres que,
de diversas maneras, buscan la satisfacción de sus necesidades fundamentales
y constituyen un grupo particular al servicio de la sociedad entera. Los beneficios
son un elemento regulador de la vida de la empresa, pero no el único; junto
con ellos hay que considerar otros factores humanos y morales que, a largo plazo,
son por lo menos igualmente esenciales para la vida de la empresa.
Queda mostrado cuán inaceptable es la afirmación de que la derrota del socialismo
deja al capitalismo como único modelo de organización económica. Hay que romper
las barreras y los monopolios que colocan a tantos pueblos al margen del desarrollo,
y asegurar a todos individuos y naciones las condiciones básicas que permitan
participar en dicho desarrollo. Este objetivo exige esfuerzos programados y
responsables por parte de toda la comunidad internacional. Es necesario que
las naciones más fuertes sepan ofrecer a las más débiles oportunidades de inserción
en la vida internacional; que las más débiles sepan aceptar estas oportunidades,
haciendo los esfuerzos y los sacrificios necesarios para ello, asegurando la
estabilidad del marco político y económico, la certeza de perspectivas para
el futuro, el desarrollo de las capacidades de los propios trabajadores, la
formación de empresarios eficientes y conscientes de sus responsabilidades(74).
Actualmente, sobre los esfuerzos positivos que se han llevado a cabo en este
sentido grava el problema, todavía no resuelto en gran parte, de la deuda exterior
de los países más pobres. Es ciertamente justo el principio de que las deudas
deben ser pagadas. No es lícito, en cambio, exigir o pretender su pago, cuando
éste vendría a imponer de hecho opciones políticas tales que llevaran al hambre
y a la desesperación a poblaciones enteras. No se puede pretender que las deudas
contraídas sean pagadas con sacrificios insoportables. En estos casos es necesario
como, por lo demás, está ocurriendo en parte encontrar modalidades de reducción,
dilación o extinción de la deuda, compatibles con el derecho fundamental de
los pueblos a la subsistencia y al progreso.
36. Conviene ahora dirigir la atención a los problemas específicos y a las
amenazas, que surgen dentro de las economías más avanzadas y en relación con
sus peculiares características. En las precedentes fases de desarrollo, el hombre
ha vivido siempre condicionado bajo el peso de la necesidad. Las cosas necesarias
eran pocas, ya fijadas de alguna manera por las estructuras objetivas de su
constitución corpórea, y la actividad económica estaba orientada a satisfacerlas.
Está claro, sin embargo, que hoy el problema no es sólo ofrecer una cantidad
de bienes suficientes, sino el de responder a un demanda de calidad: calidad
de la mercancía que se produce y se consume; calidad de los servicios que se
disfrutan; calidad del ambiente y de la vida en general.
La demanda de una existencia cualitativamente más satisfactoria y más rica
es algo en sí legítimo; sin embargo hay que poner de relieve las nuevas responsabilidades
y peligros anejos a esta fase histórica. En el mundo, donde surgen y se delimitan
nuevas necesidades, se da siempre una concepción más o menos adecuada del hombre
y de su verdadero bien. A través de las opciones de producción y de consumo
se pone de manifiesto una determinada cultura, como concepción global de la
vida. De ahí nace el fenómeno del consumismo. Al descubrir nuevas necesidades
y nuevas modalidades para su satisfacción, es necesario dejarse guiar por una
imagen integral del hombre, que respete todas las dimensiones de su ser y que
subordine las materiales e instintivas a las interiores y espirituales. Por
el contrario, al dirigirse directamente a sus instintos, prescindiendo en uno
u otro modo de su realidad personal, consciente y libre, se pueden crear hábitos
de consumo y estilos de vida objetivamente ilícitos y con frecuencia incluso
perjudiciales para su salud física y espiritual. El sistema económico no posee
en sí mismo criterios que permitan distinguir correctamente las nuevas y más
elevadas formas de satisfacción de las nuevas necesidades humanas, que son un
obstáculo para la formación de una personalidad madura. Es, pues, necesaria
y urgente una gran obra educativa y cultural, que comprenda la educación de
los consumidores para un uso responsable de su capacidad de elección, la formación
de un profundo sentido de responsabilidad en los productores y sobre todo en
los profesionales de los medios de comunicación social, además de la necesaria
intervención de las autoridades públicas.
Un ejemplo llamativo de consumismo, contrario a la salud y a la dignidad del
hombre y que ciertamente no es fácil controlar, es el de la droga. Su difusión
es índice de una grave disfunción del sistema social, que supone una visión
materialista y, en cierto sentido, destructiva de las necesidades humanas. De
este modo la capacidad innovadora de la economía libre termina por realizarse
de manera unilateral e inadecuada. La droga, así como la pornografía y otras
formas de consumismo, al explotar la fragilidad de los débiles, pretenden llenar
el vacío espiritual que se ha venido a crear.
No es malo el deseo de vivir mejor, pero es equivocado el estilo de vida que
se presume como mejor, cuando está orientado a tener y no a ser, y que quiere
tener más no para ser más, sino para consumir la existencia en un goce que se
propone como fin en sí mismo(75). Por esto, es necesario esforzarse por implantar
estilos de vida, a tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza
y del bien, así como la comunión con los demás hombres para un crecimiento común
sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de los ahorros y
de las inversiones. A este respecto, no puedo limitarme a recordar el deber
de la caridad, esto es, el deber de ayudar con lo propio «superfluo» y, a veces,
incluso con lo propio «necesario», para dar al pobre lo indispensable para vivir.
Me refiero al hecho de que también la opción de invertir en un lugar y no en
otro, en un sector productivo en vez de otro, es siempre una opción moral y
cultural. Dadas ciertas condiciones económicas y de estabilidad política absolutamente
imprescindibles, la decisión de invertir, esto es, de ofrecer a un pueblo la
ocasión de dar valor al propio trabajo, está asimismo determinada por una actitud
de querer ayudar y por la confianza en la Providencia, lo cual muestra las cualidades
humanas de quien decide.
37. Es asimismo preocupante, junto con el problema del consumismo y estrictamente
vinculado con él, la cuestión ecológica. El hombre, impulsado por el deseo de
tener y gozar, más que de ser y de crecer, consume de manera excesiva y desordenada
los recursos de la tierra y su misma vida. En la raíz de la insensata destrucción
del ambiente natural hay un error antropológico, por desgracia muy difundido
en nuestro tiempo. El hombre, que descubre su capacidad de transformar y, en
cierto sentido, de «crear» el mundo con el propio trabajo, olvida que éste se
desarrolla siempre sobre la base de la primera y originaria donación de las
cosas por parte de Dios. Cree que puede disponer arbitrariamente de la tierra,
sometiéndola sin reservas a su voluntad como si ella no tuviese una fisonomía
propia y un destino anterior dados por Dios, y que el hombre puede desarrollar
ciertamente, pero que no debe traicionar. En vez de desempeñar su papel de colaborador
de Dios en la obra de la creación, el hombre suplanta a Dios y con ello provoca
la rebelión de la naturaleza, más bien tiranizada que gobernada por él(76).
Esto demuestra, sobre todo, mezquindad o estrechez de miras del hombre, animado
por el deseo de poseer las cosas en vez de relacionarlas con la verdad, y falto
de aquella actitud desinteresada, gratuita, estética que nace del asombro por
el ser y por la belleza que permite leer en las cosas visibles el mensaje de
Dios invisible que las ha creado. A este respecto, la humanidad de hoy debe
ser consciente de sus deberes y de su cometido para con las generaciones futuras.
38. Además de la destrucción irracional del ambiente natural hay que recordar
aquí la más grave aún del ambiente humano, al que, sin embargo, se está lejos
de prestar la necesaria atención. Mientras nos preocupamos justamente, aunque
mucho menos de lo necesario, de preservar los «habitat» naturales de las diversas
especies animales amenazadas de extinción, porque nos damos cuenta de que cada
una de ellas aporta su propia contribución al equilibrio general de la tierra,
nos esforzamos muy poco por salvaguardar las condiciones morales de una auténtica
«ecología humana». No sólo la tierra ha sido dada por Dios al hombre, el cual
debe usarla respetando la intención originaria de que es un bien, según la cual
le ha sido dada; incluso el hombre es para sí mismo un don de Dios y, por tanto,
debe respetar la estructura natural y moral de la que ha sido dotado. Hay que
mencionar en este contexto los graves problemas de la moderna urbanización,
la necesidad de un urbanismo preocupado por la vida de las personas, así como
la debida atención a una «ecología social» del trabajo.
El hombre recibe de Dios su dignidad esencial y con ella la capacidad de trascender
todo ordenamiento de la sociedad hacia la verdad y el bien. Sin embargo, está
condicionado por la estructura social en que vive, por la educación recibida
y por el ambiente. Estos elementos pueden facilitar u obstaculizar su vivir
según la verdad. Las decisiones, gracias a las cuales se constituye un ambiente
humano, pueden crear estructuras concretas de pecado, impidiendo la plena realización
de quienes son oprimidos de diversas maneras por las mismas. Demoler tales estructuras
y sustituirlas con formas más auténticas de convivencia es un cometido que exige
valentía y paciencia(77).
39. La primera estructura fundamental a favor de la «ecología humana» es la
familia, en cuyo seno el hombre recibe las primeras nociones sobre la verdad
y el bien; aprende qué quiere decir amar y ser amado, y por consiguiente qué
quiere decir en concreto ser una persona. Se entiende aquí la familia fundada
en el matrimonio, en el que el don recíproco de sí por parte del hombre y de
la mujer crea un ambiente de vida en el cual el niño puede nacer y desarrollar
sus potencialidades, hacerse consciente de su dignidad y prepararse a afrontar
su destino único e irrepetible. En cambio, sucede con frecuencia que el hombre
se siente desanimado a realizar las condiciones auténticas de la reproducción
humana y se ve inducido a considerar la propia vida y a sí mismo como un conjunto
de sensaciones que hay que experimentar más bien que como una obra a realizar.
De aquí nace una falta de libertad que le hace renunciar al compromiso de vincularse
de manera estable con otra persona y engendrar hijos, o bien le mueve a considerar
a éstos como una de tantas «cosas» que es posible tener o no tener, según los
propios gustos, y que se presentan como otras opciones.
Hay que volver a considerar la familia como el santuario de la vida. En efecto,
es sagrada: es el ámbito donde la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida
de manera adecuada contra los múltiples ataques a que está expuesta, y puede
desarrollarse según las exigencias de un auténtico crecimiento humano. Contra
la llamada cultura de la muerte, la familia constituye la sede de la cultura
de la vida.
El ingenio del hombre parece orientarse, en este campo, a limitar, suprimir
o anular las fuentes de la vida, recurriendo incluso al aborto, tan extendido
por desgracia en el mundo, más que a defender y abrir las posibilidades a la
vida misma. En la encíclica Sollicitudo rei socialis han sido denunciadas las
campañas sistemáticas contra la natalidad, que, sobre la base de una concepción
deformada del problema demográfico y en un clima de «absoluta falta de respeto
por la libertad de decisión de las personas interesadas», las someten frecuentemente
a «intolerables presiones... para plegarlas a esta forma nueva de opresión»(78).
Se trata de políticas que con técnicas nuevas extienden su radio de acción hasta
llegar, como en una «guerra química», a envenenar la vida de millones de seres
humanos indefensos.
Estas críticas van dirigidas no tanto contra un sistema económico, cuanto contra
un sistema ético-cultural. En efecto, la economía es sólo un aspecto y una dimensión
de la compleja actividad humana. Si es absolutizada, si la producción y el consumo
de las mercancías ocupan el centro de la vida social y se convierten en el único
valor de la sociedad, no subordinado a ningún otro, la causa hay que buscarla
no sólo y no tanto en el sistema económico mismo, cuanto en el hecho de que
todo el sistema sociocultural, al ignorar la dimensión ética y religiosa, se
ha debilitado, limitándose únicamente a la producción de bienes y servicios(79).
Todo esto se puede resumir afirmando una vez más que la libertad económica
es solamente un elemento de la libertad humana. Cuando aquella se vuelve autónoma,
es decir, cuando el hombre es considerado más como un productor o un consumidor
de bienes que como un sujeto que produce y consume para vivir, entonces pierde
su necesaria relación con la persona humana y termina por alienarla y oprimirla(80).
40. Es deber del Estado proveer a la defensa y tutela de los bienes colectivos,
como son el ambiente natural y el ambiente humano, cuya salvaguardia no puede
estar asegurada por los simples mecanismos de mercado. Así como en tiempos del
viejo capitalismo el Estado tenía el deber de defender los derechos fundamentales
del trabajo, así ahora con el nuevo capitalismo el Estado y la sociedad tienen
el deber de defender los bienes colectivos que, entre otras cosas, constituyen
el único marco dentro del cual es posible para cada uno conseguir legítimamente
sus fines individuales.
He ahí un nuevo límite del mercado: existen necesidades colectivas y cualitativas
que no pueden ser satisfechas mediante sus mecanismos; hay exigencias humanas
importantes que escapan a su lógica; hay bienes que, por su naturaleza, no se
pueden ni se deben vender o comprar. Ciertamente, los mecanismos de mercado
ofrecen ventajas seguras; ayudan, entre otras cosas, a utilizar mejor los recursos;
favorecen el intercambio de los productos y, sobre todo, dan la prima- cía a
la voluntad y a las preferencias de la persona, que, en el contrato, se confrontan
con las de otras personas. No obstante, conllevan el riesgo de una «idolatría»
del mercado, que ignora la existencia de bienes que, por su naturaleza, no son
ni pueden ser simples mercancías.
41. El marxismo ha criticado las sociedades burguesas y capitalistas, reprochándoles
la mercantilización y la alienación de la existencia humana. Ciertamente, este
reproche está basado sobre una concepción equivocada e inadecuada de la alienación,
según la cual ésta depende únicamente de la esfera de las relaciones de producción
y propiedad, esto es, atribuyéndole un fundamento materialista y negando, además,
la legitimidad y la positividad de las relaciones de mercado incluso en su propio
ámbito. El marxismo acaba afirmando así que sólo en una sociedad de tipo colectivista
podría erradicarse la alienación. Ahora bien, la experiencia histórica de los
países socialistas ha demostrado tristemente que el colectivismo no acaba con
la alienación, sino que más bien la incrementa, al añadirle la penuria de las
cosas necesarias y la ineficacia económica.
La experiencia histórica de Occidente, por su parte, demuestra que, si bien
el análisis y el fundamento marxista de la alienación son falsas, sin embargo
la alienación, junto con la pérdida del sentido auténtico de la existencia,
es una realidad incluso en las sociedades occidentales. En efecto, la alienación
se verifica en el consumo, cuando el hombre se ve implicado en una red de satisfacciones
falsas y superficiales, en vez de ser ayudado a experimentar su personalidad
auténtica y concreta. La alienación se verifica también en el trabajo, cuando
se organiza de manera tal que «maximaliza» solamente sus frutos y ganancias
y no se preocupa de que el trabajador, mediante el propio trabajo, se realice
como hombre, según que aumente su participación en una auténtica comunidad solidaria,
o bien su aislamiento en un complejo de relaciones de exacerbada competencia
y de recíproca exclusión, en la cual es considerado sólo como un medio y no
como un fin.
Es necesario iluminar, desde la concepción cristiana, el concepto de alienación,
descubriendo en él la inversión entre los medios y los fines: el hombre, cuando
no reconoce el valor y la grandeza de la persona en sí mismo y en el otro, se
priva de hecho de la posibilidad de gozar de la propia humanidad y de establecer
una relación de solidaridad y comunión con los demás hombres, para lo cual fue
creado por Dios. En efecto, es mediante la propia donación libre como el hombre
se realiza auténticamente a sí mismo(81), y esta donación es posible gracias
a la esencial «capacidad de trascendencia» de la persona humana. El hombre no
puede darse a un proyecto solamente humano de la realidad, a un ideal abstracto,
ni a falsas utopías. En cuanto persona, puede darse a otra persona o a otras
personas y, por último, a Dios, que es el autor de su ser y el único que puede
acoger plenamente su donación(82). Se aliena el hombre que rechaza trascenderse
a sí mismo y vivir la experiencia de la autodonación y de la formación de una
auténtica comunidad humana, orientada a su destino último que es Dios. Está
alienada una sociedad que, en sus formas de organización social, de producción
y consumo, hace más difícil la realización de esta donación y la formación de
esa solidaridad interhumana.
En la sociedad occidental se ha superado la explotación, al menos en las formas
anal