CARTA ENCÍCLICA
EVANGELIUM VITAE
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS
A LOS SACERDOTES Y DIÁCONOS
A LOS RELIGIOSOS Y RELIGIOSAS
A LOS FIELES LAICOS
Y A TODAS
LAS PERSONAS DE BUENA VOLUNTAD
SOBRE
EL VALOR Y EL CARÁCTER INVIOLABLE
DE LA VIDA HUMANA
INTRODUCCIÓN
1. El Evangelio de la vida está en el centro del mensaje de Jesús.
Acogido con amor cada día por la Iglesia, es anunciado con intrépida fidelidad
como buena noticia a los hombres de todas las épocas y culturas.
En la aurora de la salvación, el nacimiento de un niño es proclamado
como gozosa noticia: « Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el
pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo
Señor » (Lc 2, 10-11). El nacimiento del Salvador produce ciertamente
esta « gran alegría »; pero la Navidad pone también de manifiesto el sentido
profundo de todo nacimiento humano, y la alegría mesiánica constituye así el
fundamento y realización de la alegría por cada niño que nace (cf. Jn 16,
21).
Presentando el núcleo central de su misión redentora, Jesús dice:
« Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia » (Jn 10,
10). Se refiere a aquella vida « nueva » y « eterna », que consiste en la comunión
con el Padre, a la que todo hombre está llamado gratuitamente en el Hijo por
obra del Espíritu Santificador. Pero es precisamente en esa « vida » donde encuentran
pleno significado todos los aspectos y momentos de la vida del hombre.
Valor incomparable de la persona humana
2. El hombre está llamado a una plenitud de vida que va más allá
de las dimensiones de su existencia terrena, ya que consiste en la participación
de la vida misma de Dios. Lo sublime de esta vocación sobrenatural manifiesta
la grandeza y el valor de la vida humana incluso en su fase temporal.
En efecto, la vida en el tiempo es condición básica, momento inicial y parte
integrante de todo el proceso unitario de la vida humana. Un proceso que, inesperada
e inmerecidamente, es iluminado por la promesa y renovado por el don de la vida
divina, que alcanzará su plena realización en la eternidad (cf. 1 Jn 3,
1-2). Al mismo tiempo, esta llamada sobrenatural subraya precisamente el carácter
relativo de la vida terrena del hombre y de la mujer. En verdad, esa no
es realidad « última », sino « penúltima »; es realidad sagrada, que
se nos confía para que la custodiemos con sentido de responsabilidad y la llevemos
a perfección en el amor y en el don de nosotros mismos a Dios y a los hermanos.
La Iglesia sabe que este Evangelio de la vida, recibido
de su Señor,(1) tiene un eco profundo y persuasivo en el corazón de cada persona,
creyente e incluso no creyente, porque, superando infinitamente sus expectativas,
se ajusta a ella de modo sorprendente. Todo hombre abierto sinceramente a la
verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la
razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en
la ley natural escrita en su corazón (cf. Rm 2, 14-15) el valor sagrado
de la vida humana desde su inicio hasta su término, y afirmar el derecho de
cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo. En el reconocimiento
de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política.
Los creyentes en Cristo deben, de modo particular, defender y
promover este derecho, conscientes de la maravillosa verdad recordada por el
Concilio Vaticano II: « El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en
cierto modo, con todo hombre ».(2) En efecto, en este acontecimiento salvífico
se revela a la humanidad no sólo el amor infinito de Dios que « tanto amó al
mundo que dio a su Hijo único » (Jn 3, 16), sino también el valor
incomparable de cada persona humana.
La Iglesia, escrutando asiduamente el misterio de la Redención,
descubre con renovado asombro este valor(3) y se siente llamada a anunciar a
los hombres de todos los tiempos este « evangelio », fuente de esperanza inquebrantable
y de verdadera alegría para cada época de la historia. El Evangelio del amor
de Dios al hombre, el Evangelio de la dignidad de la persona y el Evangelio
de la vida son un único e indivisible Evangelio.
Por ello el hombre, el hombre viviente, constituye el camino primero
y fundamental de la Iglesia.(4)
Nuevas amenazas a la vida humana
3. Cada persona, precisamente en virtud del misterio del Verbo
de Dios hecho carne (cf. Jn 1, 14), es confiada a la solicitud materna
de la Iglesia. Por eso, toda amenaza a la dignidad y a la vida del hombre repercute
en el corazón mismo de la Iglesia, afecta al núcleo de su fe en la encarnación
redentora del Hijo de Dios, la compromete en su misión de anunciar el Evangelio
de la vida por todo el mundo y a cada criatura (cf. Mc 16, 15).
Hoy este anuncio es particularmente urgente ante la impresionante
multiplicación y agudización de las amenazas a la vida de las personas y de
los pueblos, especialmente cuando ésta es débil e indefensa. A las tradicionales
y dolorosas plagas del hambre, las enfermedades endémicas, la violencia y las
guerras, se añaden otras, con nuevas facetas y dimensiones inquietantes.
Ya el Concilio Vaticano II, en una página de dramática actualidad,
denunció con fuerza los numerosos delitos y atentados contra la vida humana.
A treinta años de distancia, haciendo mías las palabras de la asamblea conciliar,
una vez más y con idéntica firmeza los deploro en nombre de la Iglesia entera,
con la certeza de interpretar el sentimiento auténtico de cada conciencia recta:
« Todo lo que se opone a la vida, como los homicidios de cualquier género, los
genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario; todo lo
que viola la integridad de la persona humana, como las mutilaciones, las torturas
corporales y mentales, incluso los intentos de coacción psicológica; todo lo
que ofende a la dignidad humana, como las condiciones infrahumanas de vida,
los encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución,
la trata de blancas y de jóvenes; también las condiciones ignominiosas de trabajo
en las que los obreros son tratados como meros instrumentos de lucro, no como
personas libres y responsables; todas estas cosas y otras semejantes son ciertamente
oprobios que, al corromper la civilización humana, deshonran más a quienes los
practican que a quienes padecen la injusticia y son totalmente contrarios al
honor debido al Creador ».(5)
4. Por desgracia, este alarmante panorama, en vez de disminuir,
se va más bien agrandando. Con las nuevas perspectivas abiertas por el progreso
científico y tecnológico surgen nuevas formas de agresión contra la dignidad
del ser humano, a la vez que se va delineando y consolidando una nueva situación
cultural, que confiere a los atentados contra la vida un aspecto inédito
y podría decirse aún más inicuo ocasionando ulteriores y graves preocupaciones:
amplios sectores de la opinión pública justifican algunos atentados contra la
vida en nombre de los derechos de la libertad individual, y sobre este presupuesto
pretenden no sólo la impunidad, sino incluso la autorización por parte del Estado,
con el fin de practicarlos con absoluta libertad y además con la intervención
gratuita de las estructuras sanitarias.
En la actualidad, todo esto provoca un cambio profundo en el modo
de entender la vida y las relaciones entre los hombres. El hecho de que las
legislaciones de muchos países, alejándose tal vez de los mismos principios
fundamentales de sus Constituciones, hayan consentido no penar o incluso reconocer
la plena legitimidad de estas prácticas contra la vida es, al mismo tiempo,
un síntoma preocupante y causa no marginal de un grave deterioro moral. Opciones,
antes consideradas unánimemente como delictivas y rechazadas por el común sentido
moral, llegan a ser poco a poco socialmente respetables. La misma medicina,
que por su vocación está ordenada a la defensa y cuidado de la vida humana,
se presta cada vez más en algunos de sus sectores a realizar estos actos contra
la persona, deformando así su rostro, contradiciéndose a sí misma y degradando
la dignidad de quienes la ejercen. En este contexto cultural y legal, incluso
los graves problemas demográficos, sociales y familiares, que pesan sobre numerosos
pueblos del mundo y exigen una atención responsable y activa por parte de las
comunidades nacionales y de las internacionales, se encuentran expuestos a soluciones
falsas e ilusorias, en contraste con la verdad y el bien de las personas y de
las naciones.
El resultado al que se llega es dramático: si es muy grave y preocupante
el fenómeno de la eliminación de tantas vidas humanas incipientes o próximas
a su ocaso, no menos grave e inquietante es el hecho de que a la conciencia
misma, casi oscurecida por condicionamientos tan grandes, le cueste cada vez
más percibir la distinción entre el bien y el mal en lo referente al valor fundamental
mismo de la vida humana.
En comunión con todos los Obispos del mundo
5. El Consistorio extraordinario de Cardenales, celebrado
en Roma del 4 al 7 de abril de 1991, se dedicó al problema de las amenazas a
la vida humana en nuestro tiempo. Después de un amplio y profundo debate sobre
el tema y sobre los desafíos presentados a toda la familia humana y, en particular,
a la comunidad cristiana, los Cardenales, con voto unánime, me pidieron ratificar,
con la autoridad del Sucesor de Pedro, el valor de la vida humana y su carácter
inviolable, con relación a las circunstancias actuales y a los atentados que
hoy la amenazan.
Acogiendo esta petición, escribí en Pentecostés de 1991 una
carta personal a cada Hermano en el Episcopado para que, en el espíritu
de colegialidad episcopal, me ofreciera su colaboración para redactar un documento
al respecto.(6) Estoy profundamente agradecido a todos los Obispos que contestaron,
enviándome valiosas informaciones, sugerencias y propuestas. Ellos testimoniaron
así su unánime y convencida participación en la misión doctrinal y pastoral
de la Iglesia sobre el Evangelio de la vida.
En la misma carta, a pocos días de la celebración del centenario
de la Encíclica Rerum novarum, llamaba la atención de todos sobre esta
singular analogía: « Así como hace un siglo la clase obrera estaba oprimida
en sus derechos fundamentales, y la Iglesia tomó su defensa con gran valentía,
proclamando los derechos sacrosantos de la persona del trabajador, así ahora,
cuando otra categoría de personas está oprimida en su derecho fundamental a
la vida, la Iglesia siente el deber de dar voz, con la misma valentía, a quien
no tiene voz. El suyo es el clamor evangélico en defensa de los pobres del mundo
y de quienes son amenazados, despreciados y oprimidos en sus derechos humanos
».(7)
Hoy una gran multitud de seres humanos débiles e indefensos, como
son, concretamente, los niños aún no nacidos, está siendo aplastada en su derecho
fundamental a la vida. Si la Iglesia, al final del siglo pasado, no podía callar
ante los abusos entonces existentes, menos aún puede callar hoy, cuando a las
injusticias sociales del pasado, tristemente no superadas todavía, se añaden
en tantas partes del mundo injusticias y opresiones incluso más graves, consideradas
tal vez como elementos de progreso de cara a la organización de un nuevo orden
mundial.
La presente Encíclica, fruto de la colaboración del Episcopado
de todos los Países del mundo, quiere ser pues una confirmación precisa y
firme del valor de la vida humana y de su carácter inviolable, y, al mismo
tiempo, una acuciante llamada a todos y a cada uno, en nombre de Dios: ¡respeta,
defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana! ¡Sólo siguiendo este
camino encontrarás justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y felicidad!
¡Que estas palabras lleguen a todos los hijos e hijas de la Iglesia!
¡Que lleguen a todas las personas de buena voluntad, interesadas por el bien
de cada hombre y mujer y por el destino de toda la sociedad!
6. En comunión profunda con cada uno de los hermanos y hermanas
en la fe, y animado por una amistad sincera hacia todos, quiero meditar de
nuevo y anunciar el Evangelio de la vida, esplendor de la verdad que ilumina
las conciencias, luz diáfana que sana la mirada oscurecida, fuente inagotable
de constancia y valor para afrontar los desafíos siempre nuevos que encontramos
en nuestro camino.
Al recordar la rica experiencia vivida durante el Año de la Familia,
como completando idealmente la Carta dirigida por mí « a cada familia
de cualquier región de la tierra »,(8) miro con confianza renovada a todas las
comunidades domésticas, y deseo que resurja o se refuerce a cada nivel el compromiso
de todos por sostener la familia, para que también hoy aun en medio de numerosas
dificultades y de graves amenazas ella se mantenga siempre, según el designio
de Dios, como « santuario de la vida ».(9)
A todos los miembros de la Iglesia, pueblo de la vida y para
la vida, dirijo mi más apremiante invitación para que, juntos, podamos ofrecer
a este mundo nuestro nuevos signos de esperanza, trabajando para que aumenten
la justicia y la solidaridad y se afiance una nueva cultura de la vida humana,
para la edificación de una auténtica civilización de la verdad y del amor.
CAPÍTULO I
LA SANGRE DE TU HERMANO CLAMA A MÍ DESDE EL SUELO
ACTUALES AMENAZAS A LA VIDA HUMANA
« Caín se lanzó contra su hermano Abel y lo mató » (Gn
4, 8): raíz de la violencia contra la vida
7. « No fue Dios quien hizo la muerte ni se recrea en la destrucción
de los vivientes; él todo lo creó para que subsistiera... Porque Dios creó
al hombre para la incorruptibilidad, le hizo imagen de su misma naturaleza;
mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan
los que le pertenecen » (Sb 1, 13-14; 2, 23-24).
El Evangelio de la vida, proclamado al principio con la
creación del hombre a imagen de Dios para un destino de vida plena y perfecta
(cf. Gn 2, 7; Sb 9, 2-3), está como en contradicción con la experiencia
lacerante de la muerte que entra en el mundo y oscurece el sentido de
toda la existencia humana. La muerte entra por la envidia del diablo (cf. Gn
3, 1.4-5) y por el pecado de los primeros padres (cf. Gn 2, 17; 3,
17-19). Y entra de un modo violento, a través de la muerte de Abel causada
por su hermano Caín: « Cuando estaban en el campo, se lanzó Caín contra
su hermano Abel y lo mató » (Gn 4, 8).
Esta primera muerte es presentada con una singular elocuencia
en una página emblemática del libro del Génesis. Una página que cada día se
vuelve a escribir, sin tregua y con degradante repetición, en el libro de la
historia de los pueblos.
Releamos juntos esta página bíblica, que, a pesar de su carácter
arcaico y de su extrema simplicidad, se presenta muy rica de enseñanzas.
« Fue Abel pastor de ovejas y Caín labrador. Pasó algún tiempo,
y Caín hizo al Señor una oblación de los frutos del suelo. También Abel hizo
una oblación de los primogénitos de su rebaño, y de la grasa de los mismos.
El Señor miró propicio a Abel y su oblación, mas no miró propicio a Caín y su
oblación, por lo cual se irritó Caín en gran manera y se abatió su rostro. El
Señor dijo a Caín: "¿Por qué andas irritado, y por qué se ha abatido tu
rostro? ¿No es cierto que si obras bien podrás alzarlo? Mas, si no obras bien,
a la puerta está el pecado acechando como fiera que te codicia, y a quien tienes
que dominar".
Caín dijo a su hermano Abel: "Vamos afuera". Y cuando
estaban en el campo, se lanzó Caín contra su hermano Abel y lo mató.
El Señor dijo a Caín: "¿Dónde está tu hermano Abel?".
Contestó: "No sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?". Replicó
el Señor: "¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde
el suelo. Pues bien: maldito seas, lejos de este suelo que abrió su boca para
recibir de tu mano la sangre de tu hermano. Aunque labres el suelo, no te dará
más fruto. Vagabundo y errante serás en la tierra".
Entonces dijo Caín al Señor: "Mi culpa es demasiado grande
para soportarla. Es decir que hoy me echas de este suelo y he de esconderme
de tu presencia, convertido en vagabundo errante por la tierra, y cualquiera
que me encuentre me matará".
El Señor le respondió: "Al contrario, quienquiera que
matare a Caín, lo pagará siete veces". Y el Señor puso una señal a Caín
para que nadie que lo encontrase le atacara. Caín salió de la presencia del
Señor, y se estableció en el país de Nod, al oriente de Edén » (Gn 4,
2-16).
8. Caín se « irritó en gran manera » y su rostro se « abatió »
porque el Señor « miró propicio a Abel y su oblación » (Gn 4, 4). El
texto bíblico no dice el motivo por el que Dios prefirió el sacrificio de Abel
al de Caín; sin embargo, indica con claridad que, aun prefiriendo la oblación
de Abel, no interrumpió su diálogo con Caín. Le reprende recordándole
su libertad frente al mal: el hombre no está predestinado al mal. Ciertamente,
igual que Adán, es tentado por el poder maléfico del pecado que, como bestia
feroz, está acechando a la puerta de su corazón, esperando lanzarse sobre la
presa. Pero Caín es libre frente al pecado. Lo puede y lo debe dominar: « Como
fiera que te codicia, y a quien tienes que dominar » (Gn 4, 7).
Los celos y la ira prevalecen sobre la advertencia del
Señor, y así Caín se lanza contra su hermano y lo mata. Como leemos en el Catecismo
de la Iglesia Católica, « la Escritura, en el relato de la muerte de Abel
a manos de su hermano Caín, revela, desde los comienzos de la historia humana,
la presencia en el hombre de la ira y la codicia, consecuencia del pecado original.
El hombre se convirtió en el enemigo de sus semejantes ».(10)
El hermano mata a su hermano. Como en el primer fratricidio,
en cada homicidio se viola el parentesco « espiritual » que agrupa a los hombres
en una única gran familia(11) donde todos participan del mismo bien fundamental:
la idéntica dignidad personal. Además, no pocas veces se viola también el parentesco
« de carne y sangre », por ejemplo, cuando las amenazas a la vida se producen
en la relación entre padres e hijos, como sucede con el aborto o cuando, en
un contexto familiar o de parentesco más amplio, se favorece o se procura la
eutanasia.
En la raíz de cada violencia contra el prójimo se cede a la
lógica del maligno, es decir, de aquél que « era homicida desde el principio
» (Jn 8, 44), como nos recuerda el apóstol Juan: « Pues este es el mensaje
que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros. No como Caín,
que, siendo del maligno, mató a su hermano » (1 Jn 3, 11-12). Así, esta
muerte del hermano al comienzo de la historia es el triste testimonio de cómo
el mal avanza con rapidez impresionante: a la rebelión del hombre contra Dios
en el paraíso terrenal se añade la lucha mortal del hombre contra el hombre.
Después del delito, Dios interviene para vengar al asesinado.
Caín, frente a Dios, que le pregunta sobre el paradero de Abel, lejos de sentirse
avergonzado y excusarse, elude la pregunta con arrogancia: « No sé. ¿Soy yo
acaso el guarda de mi hermano? » (Gn 4, 9). « No sé ». Con la
mentira Caín trata de ocultar su delito. Así ha sucedido con frecuencia y sigue
sucediendo cuando las ideologías más diversas sirven para justificar y encubrir
los atentados más atroces contra la persona. « ¿Soy yo acaso el guarda de
mi hermano? »: Caín no quiere pensar en su hermano y rechaza asumir aquella
responsabilidad que cada hombre tiene en relación con los demás. Esto hace pensar
espontáneamente en las tendencias actuales de ausencia de responsabilidad del
hombre hacia sus semejantes, cuyos síntomas son, entre otros, la falta de solidaridad
con los miembros más débiles de la sociedad es decir, ancianos, enfermos, inmigrantes
y niños y la indiferencia que con frecuencia se observa en la relación entre
los pueblos, incluso cuando están en juego valores fundamentales como la supervivencia,
la libertad y la paz.
9. Dios no puede dejar impune el delito: desde el suelo
sobre el que fue derramada, la sangre del asesinado clama justicia a Dios (cf.
Gn 37, 26; Is 26, 21; Ez 24, 7-8). De este texto la Iglesia
ha sacado la denominación de « pecados que claman venganza ante la presencia
de Dios » y entre ellos ha incluido, en primer lugar, el homicidio voluntario(12)
Para los hebreos, como para otros muchos pueblos de la antigüedad, en la sangre
se encuentra la vida, mejor aún, « la sangre es la vida » (Dt 12, 23)
y la vida, especialmente la humana, pertenece sólo a Dios: por eso quien
atenta contra la vida del hombre, de alguna manera atenta contra Dios mismo.
Caín es maldecido por Dios y también por la tierra, que
le negará sus frutos (cf. Gn 4, 11-12). Y es castigado: tendrá
que habitar en la estepa y en el desierto. La violencia homicida cambia profundamente
el ambiente de vida del hombre. La tierra de « jardín de Edén » (Gn 2,
15), lugar de abundancia, de serenas relaciones interpersonales y de amistad
con Dios, pasa a ser « país de Nod » (Gn 4, 16), lugar de « miseria »,
de soledad y de lejanía de Dios. Caín será « vagabundo errante por la tierra
» (Gn 4, 14): la inseguridad y la falta de estabilidad lo acompañarán
siempre.
Pero Dios, siempre misericordioso incluso cuando castiga, «
puso una señal a Caín para que nadie que le encontrase le atacara » (Gn
4, 15). Le da, por tanto, una señal de reconocimiento, que tiene como objetivo
no condenarlo a la execración de los demás hombres, sino protegerlo y defenderlo
frente a quienes querrán matarlo para vengar así la muerte de Abel. Ni siquiera
el homicida pierde su dignidad personal y Dios mismo se hace su garante.
Es justamente aquí donde se manifiesta el misterio paradójico de la justicia
misericordiosa de Dios, como escribió san Ambrosio: « Porque se había cometido
un fratricidio, esto es, el más grande de los crímenes, en el momento mismo
en que se introdujo el pecado, se debió desplegar la ley de la misericordia
divina; ya que, si el castigo hubiera golpeado inmediatamente al culpable, no
sucedería que los hombres, al castigar, usen cierta tolerancia o suavidad, sino
que entregarían inmediatamente al castigo a los culpables. (...) Dios expulsó
a Caín de su presencia y, renegado por sus padres, lo desterró como al exilio
de una habitación separada, por el hecho de que había pasado de la humana benignidad
a la ferocidad bestial. Sin embargo, Dios no quiso castigar al homicida con
el homicidio, ya que quiere el arrepentimiento del pecador y no su muerte ».(13)
« ¿Qué has hecho? » (Gn 4, 10): eclipse del valor
de la vida
10. El Señor dice a Caín: « ¿Qué has hecho? Se oye la sangre de
tu hermano clamar a mí desde el suelo » (Gn 4, 10). La voz de la sangre
derramada por los hombres no cesa de clamar, de generación en generación,
adquiriendo tonos y acentos diversos y siempre nuevos.
La pregunta del Señor « ¿Qué has hecho? », que Caín no puede esquivar,
se dirige también al hombre contemporáneo para que tome conciencia de la amplitud
y gravedad de los atentados contra la vida, que siguen marcando la historia
de la humanidad; para que busque las múltiples causas que los generan y alimentan;
reflexione con extrema seriedad sobre las consecuencias que derivan de estos
mismos atentados para la vida de las personas y de los pueblos.
Hay amenazas que proceden de la naturaleza misma, y que se agravan
por la desidia culpable y la negligencia de los hombres que, no pocas veces,
podrían remediarlas. Otras, sin embargo, son fruto de situaciones de violencia,
odio, intereses contrapuestos, que inducen a los hombres a agredirse entre sí
con homicidios, guerras, matanzas y genocidios.
¿Cómo no pensar también en la violencia contra la vida de millones
de seres humanos, especialmente niños, forzados a la miseria, a la desnutrición,
y al hambre, a causa de una inicua distribución de las riquezas entre los pueblos
y las clases sociales? ¿o en la violencia derivada, incluso antes que de las
guerras, de un comercio escandaloso de armas, que favorece la espiral de tantos
conflictos armados que ensangrientan el mundo? ¿o en la siembra de muerte que
se realiza con el temerario desajuste de los equilibrios ecológicos, con la
criminal difusión de la droga, o con el fomento de modelos de práctica de la
sexualidad que, además de ser moralmente inaceptables, son también portadores
de graves riesgos para la vida? Es imposible enumerar completamente la vasta
gama de amenazas contra la vida humana, ¡son tantas sus formas, manifiestas
o encubiertas, en nuestro tiempo!
11. Pero nuestra atención quiere concentrarse, en particular,
en otro género de atentados, relativos a la vida naciente y terminal,
que presentan caracteres nuevos respecto al pasado y suscitan problemas de
gravedad singular, por el hecho de que tienden a perder, en la conciencia
colectiva, el carácter de « delito » y a asumir paradójicamente el de « derecho
», hasta el punto de pretender con ello un verdadero y propio reconocimiento
legal por parte del Estado y la sucesiva ejecución mediante la intervención
gratuita de los mismos agentes sanitarios. Estos atentados golpean la vida
humana en situaciones de máxima precariedad, cuando está privada de toda capacidad
de defensa. Más grave aún es el hecho de que, en gran medida, se produzcan precisamente
dentro y por obra de la familia, que constitutivamente está llamada a ser, sin
embargo, « santuario de la vida ».
¿Cómo se ha podido llegar a una situación semejante? Se deben
tomar en consideración múltiples factores. En el fondo hay una profunda crisis
de la cultura, que engendra escepticismo en los fundamentos mismos del saber
y de la ética, haciendo cada vez más difícil ver con claridad el sentido del
hombre, de sus derechos y deberes. A esto se añaden las más diversas dificultades
existenciales y relacionales, agravadas por la realidad de una sociedad compleja,
en la que las personas, los matrimonios y las familias se quedan con frecuencia
solas con sus problemas. No faltan además situaciones de particular pobreza,
angustia o exasperación, en las que la prueba de la supervivencia, el dolor
hasta el límite de lo soportable, y las violencias sufridas, especialmente aquellas
contra la mujer, hacen que las opciones por la defensa y promoción de la vida
sean exigentes, a veces incluso hasta el heroísmo.
Todo esto explica, al menos en parte, cómo el valor de la vida
pueda hoy sufrir una especie de « eclipse », aun cuando la conciencia no deje
de señalarlo como valor sagrado e intangible, como demuestra el hecho mismo
de que se tienda a disimular algunos delitos contra la vida naciente o terminal
con expresiones de tipo sanitario, que distraen la atención del hecho de estar
en juego el derecho a la existencia de una persona humana concreta.
12. En efecto, si muchos y graves aspectos de la actual problemática
social pueden explicar en cierto modo el clima de extendida incertidumbre moral
y atenuar a veces en las personas la responsabilidad objetiva, no es menos cierto
que estamos frente a una realidad más amplia, que se puede considerar como una
verdadera y auténtica estructura de pecado, caracterizada por la difusión
de una cultura contraria a la solidaridad, que en muchos casos se configura
como verdadera « cultura de muerte ». Esta estructura está activamente promovida
por fuertes corrientes culturales, económicas y políticas, portadoras de una
concepción de la sociedad basada en la eficiencia. Mirando las cosas desde este
punto de vista, se puede hablar, en cierto sentido, de una guerra de los
poderosos contra los débiles. La vida que exigiría más acogida, amor y cuidado
es tenida por inútil, o considerada como un peso insoportable y, por tanto,
despreciada de muchos modos. Quien, con su enfermedad, con su minusvalidez o,
más simplemente, con su misma presencia pone en discusión el bienestar y el
estilo de vida de los más aventajados, tiende a ser visto como un enemigo del
que hay que defenderse o a quien eliminar. Se desencadena así una especie de
« conjura contra la vida », que afecta no sólo a las personas concretas
en sus relaciones individuales, familiares o de grupo, sino que va más allá
llegando a perjudicar y alterar, a nivel mundial, las relaciones entre los pueblos
y los Estados.
13. Para facilitar la difusión del aborto, se han invertido
y se siguen invirtiendo ingentes sumas destinadas a la obtención de productos
farmacéuticos, que hacen posible la muerte del feto en el seno materno, sin
necesidad de recurrir a la ayuda del médico. La misma investigación científica
sobre este punto parece preocupada casi exclusivamente por obtener productos
cada vez más simples y eficaces contra la vida y, al mismo tiempo, capaces de
sustraer el aborto a toda forma de control y responsabilidad social.
Se afirma con frecuencia que la anticoncepción, segura
y asequible a todos, es el remedio más eficaz contra el aborto. Se acusa además
a la Iglesia católica de favorecer de hecho el aborto al continuar obstinadamente
enseñando la ilicitud moral de la anticoncepción. La objeción, mirándolo bien,
se revela en realidad falaz. En efecto, puede ser que muchos recurran a los
anticonceptivos incluso para evitar después la tentación del aborto. Pero los
contravalores inherentes a la « mentalidad anticonceptiva » bien diversa del
ejercicio responsable de la paternidad y maternidad, respetando el significado
pleno del acto conyugal son tales que hacen precisamente más fuerte esta tentación,
ante la eventual concepción de una vida no deseada. De hecho, la cultura abortista
está particularmente desarrollada justo en los ambientes que rechazan la enseñanza
de la Iglesia sobre la anticoncepción. Es cierto que anticoncepción y aborto,
desde el punto de vista moral, son males específicamente distintos: la
primera contradice la verdad plena del acto sexual como expresión propia del
amor conyugal, el segundo destruye la vida de un ser humano; la anticoncepción
se opone a la virtud de la castidad matrimonial, el aborto se opone a la virtud
de la justicia y viola directamente el precepto divino « no matarás ».
A pesar de su diversa naturaleza y peso moral, muy a menudo están
íntimamente relacionados, como frutos de una misma planta. Es cierto que no
faltan casos en los que se llega a la anticoncepción y al mismo aborto bajo
la presión de múltiples dificultades existenciales, que sin embargo nunca pueden
eximir del esfuerzo por observar plenamente la Ley de Dios. Pero en muchísimos
otros casos estas prácticas tienen sus raíces en una mentalidad hedonista e
irresponsable respecto a la sexualidad y presuponen un concepto egoísta de libertad
que ve en la procreación un obstáculo al desarrollo de la propia personalidad.
Así, la vida que podría brotar del encuentro sexual se convierte en enemigo
a evitar absolutamente, y el aborto en la única respuesta posible frente a una
anticoncepción frustrada.
Lamentablemente la estrecha conexión que, como mentalidad, existe
entre la práctica de la anticoncepción y la del aborto se manifiesta cada vez
más y lo demuestra de modo alarmante también la preparación de productos químicos,
dispositivos intrauterinos y « vacunas » que, distribuidos con la misma facilidad
que los anticonceptivos, actúan en realidad como abortivos en las primerísimas
fases de desarrollo de la vida del nuevo ser humano.
14. También las distintas técnicas de reproducción artificial,
que parecerían puestas al servicio de la vida y que son practicadas no pocas
veces con esta intención, en realidad dan pie a nuevos atentados contra la vida.
Más allá del hecho de que son moralmente inaceptables desde el momento en que
separan la procreación del contexto integralmente humano del acto conyugal,(14)
estas técnicas registran altos porcentajes de fracaso. Este afecta no tanto
a la fecundación como al desarrollo posterior del embrión, expuesto al riesgo
de muerte por lo general en brevísimo tiempo. Además, se producen con frecuencia
embriones en número superior al necesario para su implantación en el seno de
la mujer, y estos así llamados « embriones supernumerarios » son posteriormente
suprimidos o utilizados para investigaciones que, bajo el pretexto del progreso
científico o médico, reducen en realidad la vida humana a simple « material
biológico » del que se puede disponer libremente.
Los diagnósticos prenatales, que no presentan dificultades
morales si se realizan para determinar eventuales cuidados necesarios para el
niño aún no nacido, con mucha frecuencia son ocasión para proponer o practicar
el aborto. Es el aborto eugenésico, cuya legitimación en la opinión pública
procede de una mentalidad equivocadamente considerada acorde con las exigencias
de la « terapéutica » que acoge la vida sólo en determinadas condiciones, rechazando
la limitación, la minusvalidez, la enfermedad.
Siguiendo esta misma lógica, se ha llegado a negar los cuidados
ordinarios más elementales, y hasta la alimentación, a niños nacidos con graves
deficiencias o enfermedades. Además, el panorama actual resulta aún más desconcertante
debido a las propuestas, hechas en varios lugares, de legitimar, en la misma
línea del derecho al aborto, incluso el infanticidio, retornando así
a una época de barbarie que se creía superada para siempre.
15. Amenazas no menos graves afectan también a los enfermos
incurables y a los terminales, en un contexto social y cultural que,
haciendo más difícil afrontar y soportar el sufrimiento, agudiza la tentación
de resolver el problema del sufrimiento eliminándolo en su raíz, anticipando
la muerte al momento considerado como más oportuno.
En una decisión así confluyen con frecuencia elementos diversos,
lamentablemente convergentes en este terrible final. Puede ser decisivo, en
el enfermo, el sentimiento de angustia, exasperación, e incluso desesperación,
provocado por una experiencia de dolor intenso y prolongado. Esto supone una
dura prueba para el equilibrio a veces ya inestable de la vida familiar y personal,
de modo que, por una parte, el enfermo no obstante la ayuda cada vez más eficaz
de la asistencia médica y social, corre el riesgo de sentirse abatido por la
propia fragilidad; por otra, en las personas vinculadas afectivamente con el
enfermo, puede surgir un sentimiento de comprensible aunque equivocada piedad.
Todo esto se ve agravado por un ambiente cultural que no ve en el sufrimiento
ningún significado o valor, es más, lo considera el mal por excelencia, que
debe eliminar a toda costa. Esto acontece especialmente cuando no se tiene una
visión religiosa que ayude a comprender positivamente el misterio del dolor.
Además, en el conjunto del horizonte cultural no deja de influir
también una especie de actitud prometeica del hombre que, de este modo, se cree
señor de la vida y de la muerte porque decide sobre ellas, cuando en realidad
es derrotado y aplastado por una muerte cerrada irremediablemente a toda perspectiva
de sentido y esperanza. Encontramos una trágica expresión de todo esto en la
difusión de la eutanasia, encubierta y subrepticia, practicada abiertamente
o incluso legalizada. Esta, más que por una presunta piedad ante el dolor del
paciente, es justificada a veces por razones utilitarias, de cara a evitar gastos
innecesarios demasiado costosos para la sociedad. Se propone así la eliminación
de los recién nacidos malformados, de los minusválidos graves, de los impedidos,
de los ancianos, sobre todo si no son autosuficientes, y de los enfermos terminales.
No nos es lícito callar ante otras formas más engañosas, pero no menos graves
o reales, de eutanasia. Estas podrían producirse cuando, por ejemplo, para aumentar
la disponibilidad de órganos para trasplante, se procede a la extracción de
los órganos sin respetar los criterios objetivos y adecuados que certifican
la muerte del donante.
16. Otro fenómeno actual, en el que confluyen frecuentemente
amenazas y atentados contra la vida, es el demográfico. Este presenta
modalidades diversas en las diferentes partes del mundo: en los Países ricos
y desarrollados se registra una preocupante reducción o caída de los nacimientos;
los Países pobres, por el contrario, presentan en general una elevada tasa de
aumento de la población, difícilmente soportable en un contexto de menor desarrollo
económico y social, o incluso de grave subdesarrollo. Ante la superpoblación
de los Países pobres faltan, a nivel internacional, medidas globales serias
políticas familiares y sociales, programas de desarrollo cultural y de justa
producción y distribución de los recursos mientras se continúan realizando
políticas antinatalistas.
La anticoncepción, la esterilización y el aborto están ciertamente
entre las causas que contribuyen a crear situaciones de fuerte descenso de la
natalidad. Puede ser fácil la tentación de recurrir también a los mismos métodos
y atentados contra la vida en las situaciones de « explosión demográfica ».
El antiguo Faraón, viendo como una pesadilla la presencia y aumento
de los hijos de Israel, los sometió a toda forma de opresión y ordenó que fueran
asesinados todos los recién nacidos varones de las mujeres hebreas (cf. Ex
1, 7-22). Del mismo modo se comportan hoy no pocos poderosos de la tierra.
Estos consideran también como una pesadilla el crecimiento demográfico actual
y temen que los pueblos más prolíficos y más pobres representen una amenaza
para el bienestar y la tranquilidad de sus Países. Por consiguiente, antes que
querer afrontar y resolver estos graves problemas respetando la dignidad de
las personas y de las familias, y el derecho inviolable de todo hombre a la
vida, prefieren promover e imponer por cualquier medio una masiva planificación
de los nacimientos. Las mismas ayudas económicas, que estarían dispuestos a
dar, se condicionan injustamente a la aceptación de una política antinatalista.
17. La humanidad de hoy nos ofrece un espectáculo verdaderamente
alarmante, si consideramos no sólo los diversos ámbitos en los que se producen
los atentados contra la vida, sino también su singular proporción numérica,
junto con el múltiple y poderoso apoyo que reciben de una vasta opinión pública,
de un frecuente reconocimiento legal y de la implicación de una parte del personal
sanitario.
Como afirmé con fuerza en Denver, con ocasión de la VIII Jornada
Mundial de la Juventud: « Con el tiempo, las amenazas contra la vida no disminuyen.
Al contrario, adquieren dimensiones enormes. No se trata sólo de amenazas procedentes
del exterior, de las fuerzas de la naturaleza o de los "Caínes" que
asesinan a los "Abeles"; no, se trata de amenazas programadas de
manera científica y sistemática. El siglo XX será considerado una época
de ataques masivos contra la vida, una serie interminable de guerras y una destrucción
permanente de vidas humanas inocentes. Los falsos profetas y los falsos maestros
han logrado el mayor éxito posible ».(15) Más allá de las intenciones, que pueden
ser diversas y presentar tal vez aspectos convincentes incluso en nombre de
la solidaridad, estamos en realidad ante una objetiva « conjura contra la
vida », que ve implicadas incluso a Instituciones internacionales, dedicadas
a alentar y programar auténticas campañas de difusión de la anticoncepción,
la esterilización y el aborto. Finalmente, no se puede negar que los medios
de comunicación social son con frecuencia cómplices de esta conjura, creando
en la opinión pública una cultura que presenta el recurso a la anticoncepción,
la esterilización, el aborto y la misma eutanasia como un signo de progreso
y conquista de libertad, mientras muestran como enemigas de la libertad y del
progreso las posiciones incondicionales a favor de la vida.
« ¿Soy acaso yo el guarda de mi hermano? » (Gn 4,
9): una idea perversa de libertad
18. El panorama descrito debe considerarse atendiendo no sólo
a los fenómenos de muerte que lo caracterizan, sino también a lasmúltiples
causas que lo determinan. La pregunta del Señor: « ¿Qué has hecho? » (Gn
4, 10) parece como una invitación a Caín para ir más allá de la materialidad
de su gesto homicida, y comprender toda su gravedad en las motivaciones que
estaban en su origen y en las consecuencias que se derivan.
Las opciones contra la vida proceden, a veces, de situaciones
difíciles o incluso dramáticas de profundo sufrimiento, soledad, falta total
de perspectivas económicas, depresión y angustia por el futuro. Estas circunstancias
pueden atenuar incluso notablemente la responsabilidad subjetiva y la consiguiente
culpabilidad de quienes hacen estas opciones en sí mismas moralmente malas.
Sin embargo, hoy el problema va bastante más allá del obligado reconocimiento
de estas situaciones personales. Está también en el plano cultural, social y
político, donde presenta su aspecto más subversivo e inquietante en la tendencia,
cada vez más frecuente, a interpretar estos delitos contra la vida como legítimas
expresiones de la libertad individual, que deben reconocerse y ser protegidas
como verdaderos y propios derechos.
De este modo se produce un cambio de trágicas consecuencias en
el largo proceso histórico, que después de descubrir la idea de los « derechos
humanos » como derechos inherentes a cada persona y previos a toda Constitución
y legislación de los Estados incurre hoy en una sorprendente contradicción:
justo en una época en la que se proclaman solemnemente los derechos inviolables
de la persona y se afirma públicamente el valor de la vida, el derecho mismo
a la vida queda prácticamente negado y conculcado, en particular en los momentos
más emblemáticos de la existencia, como son el nacimiento y la muerte.
Por una parte, las varias declaraciones universales de los derechos
del hombre y las múltiples iniciativas que se inspiran en ellas, afirman a nivel
mundial una sensibilidad moral más atenta a reconocer el valor y la dignidad
de todo ser humano en cuanto tal, sin distinción de raza, nacionalidad, religión,
opinión política o clase social.
Por otra parte, a estas nobles declaraciones se contrapone lamentablemente
en la realidad su trágica negación. Esta es aún más desconcertante y hasta escandalosa,
precisamente por producirse en una sociedad que hace de la afirmación y de la
tutela de los derechos humanos su objetivo principal y al mismo tiempo su motivo
de orgullo. ¿Cómo poner de acuerdo estas repetidas afirmaciones de principios
con la multiplicación continua y la difundida legitimación de los atentados
contra la vida humana? ¿Cómo conciliar estas declaraciones con el rechazo del
más débil, del más necesitado, del anciano y del recién concebido? Estos atentados
van en una dirección exactamente contraria a la del respeto a la vida, y representan
una amenaza frontal a toda la cultura de los derechos del hombre. Es
una amenaza capaz, al límite, de poner en peligro el significado mismo de la
convivencia democrática: nuestras ciudades corren el riesgo de pasar de ser
sociedades de « con-vivientes » a sociedades de excluidos, marginados, rechazados
y eliminados. Si además se dirige la mirada al horizonte mundial, ¿cómo no pensar
que la afirmación misma de los derechos de las personas y de los pueblos se
reduce a un ejercicio retórico estéril, como sucede en las altas reuniones internacionales,
si no se desenmascara el egoísmo de los Países ricos que cierran el acceso al
desarrollo de los Países pobres, o lo condicionan a absurdas prohibiciones de
procreación, oponiendo el desarrollo al hombre? ¿No convendría quizá revisar
los mismos modelos económicos, adoptados a menudo por los Estados incluso por
influencias y condicionamientos de carácter internacional, que producen y favorecen
situaciones de injusticia y violencia en las que se degrada y vulnera la vida
humana de poblaciones enteras?
19. ¿Dónde están las raíces de una contradicción tan sorprendente?
Podemos encontrarlas en valoraciones generales de orden cultural
o moral, comenzando por aquella mentalidad que, tergiversando e incluso deformando
el concepto de subjetividad, sólo reconoce como titular de derechos a quien
se presenta con plena o, al menos, incipiente autonomía y sale de situaciones
de total dependencia de los demás. Pero, ¿cómo conciliar esta postura con la
exaltación del hombre como ser « indisponible »? La teoría de los derechos
humanos se fundamenta precisamente en la consideración del hecho que el hombre,
a diferencia de los animales y de las cosas, no puede ser sometido al dominio
de nadie. También se debe señalar aquella lógica que tiende a identificar
la dignidad personal con la capacidad de comunicación verbal y explícita y,
en todo caso, experimentable. Está claro que, con estos presupuestos, no hay
espacio en el mundo para quien, como el que ha de nacer o el moribundo, es un
sujeto constitutivamente débil, que parece sometido en todo al cuidado de otras
personas, dependiendo radicalmente de ellas, y que sólo sabe comunicarse mediante
el lenguaje mudo de una profunda simbiosis de afectos. Es, por tanto, la fuerza
que se hace criterio de opción y acción en las relaciones interpersonales y
en la convivencia social. Pero esto es exactamente lo contrario de cuanto ha
querido afirmar históricamente el Estado de derecho, como comunidad en la que
a las « razones de la fuerza » sustituye la « fuerza de la razón ».
A otro nivel, el origen de la contradicción entre la solemne afirmación
de los derechos del hombre y su trágica negación en la práctica, está en un
concepto de libertad que exalta de modo absoluto al individuo, y no lo
dispone a la solidaridad, a la plena acogida y al servicio del otro. Si es cierto
que, a veces, la eliminación de la vida naciente o terminal se enmascara también
bajo una forma malentendida de altruismo y piedad humana, no se puede negar
que semejante cultura de muerte, en su conjunto, manifiesta una visión de la
libertad muy individualista, que acaba por ser la libertad de los « más fuertes
» contra los débiles destinados a sucumbir.
Precisamente en este sentido se puede interpretar la respuesta
de Caín a la pregunta del Señor « ¿Dónde está tu hermano Abel? »: « No sé. ¿Soy
yo acaso el guarda de mi hermano? » (Gn 4, 9). Sí, cada hombre es
« guarda de su hermano », porque Dios confía el hombre al hombre. Y es también
en vista de este encargo que Dios da a cada hombre la libertad, que posee una
esencial dimensión relacional. Es un gran don del Creador, puesta al
servicio de la persona y de su realización mediante el don de sí misma y la
acogida del otro. Sin embargo, cuando la libertad es absolutizada en clave individualista,
se vacía de su contenido original y se contradice en su misma vocación y dignidad.
Hay un aspecto aún más profundo que acentuar: la libertad reniega
de sí misma, se autodestruye y se dispone a la eliminación del otro cuando no
reconoce ni respeta su vínculo constitutivo con la verdad. Cada vez que
la libertad, queriendo emanciparse de cualquier tradición y autoridad, se cierra
a las evidencias primarias de una verdad objetiva y común, fundamento de la
vida personal y social, la persona acaba por asumir como única e indiscutible
referencia para sus propias decisiones no ya la verdad sobre el bien o el mal,
sino sólo su opinión subjetiva y mudable o, incluso, su interés egoísta y su
capricho.
20. Con esta concepción de la libertad, la convivencia social
se deteriora profundamente. Si la promoción del propio yo se entiende en
términos de autonomía absoluta, se llega inevitablemente a la negación del otro,
considerado como enemigo de quien defenderse. De este modo la sociedad se convierte
en un conjunto de individuos colocados unos junto a otros, pero sin vínculos
recíprocos: cada cual quiere afirmarse independientemente de los demás, incluso
haciendo prevalecer sus intereses. Sin embargo, frente a los intereses análogos
de los otros, se ve obligado a buscar cualquier forma de compromiso, si se quiere
garantizar a cada uno el máximo posible de libertad en la sociedad. Así, desaparece
toda referencia a valores comunes y a una verdad absoluta para todos; la vida
social se adentra en las arenas movedizas de un relativismo absoluto. Entonces
todo es pactable, todo es negociable: incluso el primero de los derechos
fundamentales, el de la vida.
Es lo que de hecho sucede también en el ámbito más propiamente
político o estatal: el derecho originario e inalienable a la vida se pone en
discusión o se niega sobre la base de un voto parlamentario o de la voluntad
de una parte aunque sea mayoritaria de la población. Es el resultado nefasto
de un relativismo que predomina incontrovertible: el « derecho » deja de ser
tal porque no está ya fundamentado sólidamente en la inviolable dignidad de
la persona, sino que queda sometido a la voluntad del más fuerte. De este modo
la democracia, a pesar de sus reglas, va por un camino de totalitarismo fundamental.
El Estado deja de ser la « casa común » donde todos pueden vivir según los principios
de igualdad fundamental, y se transforma en Estado tirano, que presume
de poder disponer de la vida de los más débiles e indefensos, desde el niño
aún no nacido hasta el anciano, en nombre de una utilidad pública que no es
otra cosa, en realidad, que el interés de algunos. Parece que todo acontece
en el más firme respeto de la legalidad, al menos cuando las leyes que permiten
el aborto o la eutanasia son votadas según las, así llamadas, reglas democráticas.
Pero en realidad estamos sólo ante una trágica apariencia de legalidad, donde
el ideal democrático, que es verdaderamente tal cuando reconoce y tutela la
dignidad de toda persona humana, es traicionado en sus mismas bases: «
¿Cómo es posible hablar todavía de dignidad de toda persona humana, cuando se
permite matar a la más débil e inocente? ¿En nombre de qué justicia se realiza
la más injusta de las discriminaciones entre las personas, declarando a algunas
dignas de ser defendidas, mientras a otras se niega esta dignidad? ».(16) Cuando
se verifican estas condiciones, se han introducido ya los dinamismos que llevan
a la disolución de una auténtica convivencia humana y a la disgregación de la
misma realidad establecida.
Reivindicar el derecho al aborto, al infanticidio, a la eutanasia,
y reconocerlo legalmente, significa atribuir a la libertad humana un significado
perverso e inicuo: el de un poder absoluto sobre los demás y contra los
demás. Pero ésta es la muerte de la verdadera libertad: « En verdad, en
verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo » (Jn 8, 34).
« He de esconderme de tu presencia » (Gn 4, 14):
eclipse del sentido de Dios y del hombre
21. En la búsqueda de las raíces más profundas de la lucha entre
la « cultura de la vida » y la « cultura de la muerte », no basta detenerse
en la idea perversa de libertad anteriormente señalada. Es necesario llegar
al centro del drama vivido por el hombre contemporáneo: el eclipse del sentido
de Dios y del hombre, característico del contexto social y cultural dominado
por el secularismo, que con sus tentáculos penetrantes no deja de poner a prueba,
a veces, a las mismas comunidades cristianas. Quien se deja contagiar por esta
atmósfera, entra fácilmente en el torbellino de un terrible círculo vicioso:
perdiendo el sentido de Dios, se tiende a perder también el sentido del hombre,
de su dignidad y de su vida. A su vez, la violación sistemática de la ley
moral, especialmente en el grave campo del respeto de la vida humana y su dignidad,
produce una especie de progresiva ofuscación de la capacidad de percibir la
presencia vivificante y salvadora de Dios.
Una vez más podemos inspirarnos en el relato del asesinato de
Abel por parte de su hermano. Después de la maldición impuesta por Dios, Caín
se dirige así al Señor: « Mi culpa es demasiado grande para soportarla. Es decir
que hoy me echas de este suelo y he de esconderme de tu presencia, convertido
en vagabundo errante por la tierra, y cualquiera que me encuentre me matará
» (Gn 4, 13-14). Caín considera que su pecado no podrá ser perdonado
por el Señor y que su destino inevitable será tener que « esconderse de su presencia
». Si Caín confiesa que su culpa es « demasiado grande », es porque sabe que
se encuentra ante Dios y su justo juicio. En realidad, sólo delante del Señor
el hombre puede reconocer su pecado y percibir toda su gravedad. Esta es la
experiencia de David, que después de « haber pecado contra el Señor », reprendido
por el profeta Natán (cf. 2 Sam 11-12), exclama: « Mi delito yo lo reconozco,
mi pecado sin cesar está ante mí; contra ti, contra ti sólo he pecado, lo malo
a tus ojos cometí » (Sal 5150, 5-6).
22. Por esto, cuando se pierde el sentido de Dios, también el
sentido del hombre queda amenazado y contaminado, como afirma lapidariamente
el Concilio Vaticano II: « La criatura sin el Creador desaparece... Más aún,
por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida ».(17) El hombre no
puede ya entenderse como « misteriosamente otro » respecto a las demás criaturas
terrenas; se considera como uno de tantos seres vivientes, como un organismo
que, a lo sumo, ha alcanzado un estadio de perfección muy elevado. Encerrado
en el restringido horizonte de su materialidad, se reduce de este modo a « una
cosa », y ya no percibe el carácter trascendente de su « existir como hombre
». No considera ya la vida como un don espléndido de Dios, una realidad « sagrada
» confiada a su responsabilidad y, por tanto, a su custodia amorosa, a su «
veneración ». La vida llega a ser simplemente « una cosa », que el hombre reivindica
como su propiedad exclusiva, totalmente dominable y manipulable.
Así, ante la vida que nace y la vida que muere, el hombre ya no
es capaz de dejarse interrogar sobre el sentido más auténtico de su existencia,
asumiendo con verdadera libertad estos momentos cruciales de su propio « existir
». Se preocupa sólo del « hacer » y, recurriendo a cualquier forma de tecnología,
se afana por programar, controlar y dominar el nacimiento y la muerte. Estas,
de experiencias originarias que requieren ser « vividas », pasan a ser cosas
que simplemente se pretenden « poseer » o « rechazar ».
Por otra parte, una vez excluida la referencia a Dios, no sorprende
que el sentido de todas las cosas resulte profundamente deformado, y la misma
naturaleza, que ya no es « mater », quede reducida a « material » disponible
a todas las manipulaciones. A esto parece conducir una cierta racionalidad técnico-científica,
dominante en la cultura contemporánea, que niega la idea misma de una verdad
de la creación que hay que reconocer o de un designio de Dios sobre la vida
que hay que respetar. Esto no es menos verdad, cuando la angustia por los resultados
de esta « libertad sin ley » lleva a algunos a la postura opuesta de una « ley
sin libertad », como sucede, por ejemplo, en ideologías que contestan la legitimidad
de cualquier intervención sobre la naturaleza, como en nombre de una « divinización
» suya, que una vez más desconoce su dependencia del designio del Creador.
En realidad, viviendo « como si Dios no existiera », el hombre
pierde no sólo el misterio de Dios, sino también el del mundo y el de su propio
ser.
23. El eclipse del sentido de Dios y del hombre conduce inevitablemente
al materialismo práctico, en el que proliferan el individualismo, el
utilitarismo y el hedonismo. Se manifiesta también aquí la perenne validez de
lo que escribió el Apóstol: « Como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento
de Dios, Dios los entregó a su mente insensata, para que hicieran lo que no
conviene » (Rm 1, 28). Así, los valores del ser son sustituidos
por los del tener. El único fin que cuenta es la consecución del propio
bienestar material. La llamada « calidad de vida » se interpreta principal o
exclusivamente como eficiencia económica, consumismo desordenado, belleza y
goce de la vida física, olvidando las dimensiones más profundas relacionales,
espirituales y religiosas de la existencia.
En semejante contexto el sufrimiento, elemento inevitable
de la existencia humana, aunque también factor de posible crecimiento personal,
es « censurado », rechazado como inútil, más aún, combatido como mal que debe
evitarse siempre y de cualquier modo. Cuando no es posible evitarlo y la perspectiva
de un bienestar al menos futuro se desvanece, entonces parece que la vida ha
perdido ya todo sentido y aumenta en el hombre la tentación de reivindicar el
derecho a su supresión.
Siempre en el mismo horizonte cultural, el cuerpo ya no
se considera como realidad típicamente personal, signo y lugar de las relaciones
con los demás, con Dios y con el mundo. Se reduce a pura materialidad: está
simplemente compuesto de órganos, funciones y energías que hay que usar según
criterios de mero goce y eficiencia. Por consiguiente, también la sexualidad
se despersonaliza e instrumentaliza: de signo, lugar y lenguaje del amor,
es decir, del don de sí mismo y de la acogida del otro según toda la riqueza
de la persona, pasa a ser cada vez más ocasión e instrumento de afirmación del
propio yo y de satisfacción egoísta de los propios deseos e instintos. Así se
deforma y falsifica el contenido originario de la sexualidad humana, y los dos
significados, unitivo y procreativo, innatos a la naturaleza misma del acto
conyugal, son separados artificialmente. De este modo, se traiciona la unión
y la fecundidad se somete al arbitrio del hombre y de la mujer. La procreación
se convierte entonces en el « enemigo » a evitar en la práctica de la sexualidad.
Cuando se acepta, es sólo porque manifiesta el propio deseo, o incluso la propia
voluntad, de tener un hijo « a toda costa », y no, en cambio, por expresar la
total acogida del otro y, por tanto, la apertura a la riqueza de vida de la
que el hijo es portador.
En la perspectiva materialista expuesta hasta aquí, las relaciones
interpersonales experimentan un grave empobrecimiento. Los primeros que
sufren sus consecuencias negativas son la mujer, el niño, el enfermo o el que
sufre y el anciano. El criterio propio de la dignidad personal el del respeto,
la gratuidad y el servicio se sustituye por el criterio de la eficiencia, la
funcionalidad y la utilidad. Se aprecia al otro no por lo que « es », sino por
lo que « tiene, hace o produce ». Es la supremacía del más fuerte sobre el más
débil.
24. En lo íntimo de la conciencia moral se produce el eclipse
del sentido de Dios y del hombre, con todas sus múltiples y funestas consecuencias
para la vida. Se pone en duda, sobre todo, la conciencia de cada persona,
que en su unicidad e irrepetibilidad se encuentra sola ante Dios.(18) Pero
también se cuestiona, en cierto sentido, la « conciencia moral » de la sociedad.
Esta es de algún modo responsable, no sólo porque tolera o favorece comportamientos
contrarios a la vida, sino también porque alimenta la « cultura de la muerte
», llegando a crear y consolidar verdaderas y auténticas « estructuras de pecado
» contra la vida. La conciencia moral, tanto individual como social, está hoy
sometida, a causa también del fuerte influjo de muchos medios de comunicación
social, a un peligro gravísimo y mortal, el de la confusión entre
el bien y el mal en relación con el mismo derecho fundamental a la vida.
Lamentablemente, una gran parte de la sociedad actual se asemeja a la que Pablo
describe en la Carta a los Romanos. Está formada « de hombres que aprisionan
la verdad en la injusticia » (1, 18): habiendo renegado de Dios y creyendo poder
construir la ciudad terrena sin necesidad de El, « se ofuscaron en sus razonamientos
» de modo que « su insensato corazón se entenebreció » (1, 21); « jactándose
de sabios se volvieron estúpidos » (1, 22), se hicieron autores de obras dignas
de muerte y « no solamente las practican, sino que aprueban a los que las cometen
» (1, 32). Cuando la conciencia, este luminoso ojo del alma (cf. Mt 6,
22-23), llama « al mal bien y al bien mal » (Is 5, 20), camina ya hacia
su degradación más inquietante y hacia la más tenebrosa ceguera moral.
Sin embargo, todos los condicionamientos y esfuerzos por imponer
el silencio no logran sofocar la voz del Señor que resuena en la conciencia
de cada hombre. De este íntimo santuario de la conciencia puede empezar un nuevo
camino de amor, de acogida y de servicio a la vida humana.
« Os habéis acercado a la sangre de la aspersión » (cf.
Hb 12, 22.24): signos de esperanza y llamada al compromiso
25. « Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo
» (Gn 4, 10). No es sólo la sangre de Abel, el primer inocente asesinado,
que clama a Dios, fuente y defensor de la vida. También la sangre de todo hombre
asesinado después de Abel es un clamor que se eleva al Señor. De una forma absolutamente
única, clama a Dios la sangre de Cristo, de quien Abel en su inocencia
es figura profética, como nos recuerda el autor de la Carta a los Hebreos: «
Vosotros, en cambio, os habéis acercado al monte Sión, a la ciudad del Dios
vivo... al mediador de una Nueva Alianza, y a la aspersión purificadora de una
sangre que habla mejor que la de Abel » (12, 22.24).
Es la sangre de la aspersión. De ella había sido símbolo
y signo anticipador la sangre de los sacrificios de la Antigua Alianza, con
los que Dios manifestaba la voluntad de comunicar su vida a los hombres, purificándolos
y consagrándolos (cf. Ex 24, 8; Lv 17, 11). Ahora, todo esto se
cumple y verifica en Cristo: la suya es la sangre de la aspersión que redime,
purifica y salva; es la sangre del mediador de la Nueva Alianza « derramada
por muchos para perdón de los pecados » (Mt 26, 28). Esta sangre, que
brota del costado abierto de Cristo en la cruz (cf. Jn 19, 34), « habla
mejor que la de Abel »; en efecto, expresa y exige una « justicia » más profunda,
pero sobre todo implora misericordia,(19) se hace ante el Padre intercesora
por los hermanos (cf. Hb 7, 25), es fuente de redención perfecta y don
de vida nueva.
La sangre de Cristo, mientras revela la grandeza del amor del
Padre, manifiesta qué precioso es el hombre a los ojos de Dios y qué inestimable
es el valor de su vida. Nos lo recuerda el apóstol Pedro: « Sabéis que habéis
sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo
caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha
y sin mancilla, Cristo » (1 Pe 1, 18-19). Precisamente contemplando la
sangre preciosa de Cristo, signo de su entrega de amor (cf. Jn 13, 1),
el creyente aprende a reconocer y apreciar la dignidad casi divina de todo hombre
y puede exclamar con nuevo y grato estupor: « ¡Qué valor debe tener el hombre
a los ojos del Creador, si ha "merecido tener tan gran Redentor" (Himno
Exsultet de la Vigilia pascual), si "Dios ha dado a su Hijo",
a fin de que él, el hombre, "no muera sino que tenga la vida eterna"
(cf. Jn 3, 16)! ».(20)
Además, la sangre de Cristo manifiesta al hombre que su grandeza,
y por tanto su vocación, consiste en el don sincero de sí mismo. Precisamente
porque se derrama como don de vida, la sangre de Cristo ya no es signo de muerte,
de separación definitiva de los hermanos, sino instrumento de una comunión que
es riqueza de vida para todos. Quien bebe esta sangre en el sacramento de la
Eucaristía y permanece en Jesús (cf. Jn 6, 56) queda comprometido en
su mismo dinamismo de amor y de entrega de la vida, para llevar a plenitud la
vocación originaria al amor, propia de todo hombre (cf. Jn 1, 27; 2,
18-24).
Es en la sangre de Cristo donde todos los hombres encuentran
la fuerza para comprometerse en favor de la vida. Esta sangre es justamente
el motivo más grande de esperanza, más aún, es el fundamento de la absoluta
certeza de que según el designio divino la vida vencerá. « No habrá ya muerte
», exclama la voz potente que sale del trono de Dios en la Jerusalén celestial
(Ap 21, 4). Y san Pablo nos asegura que la victoria actual sobre el pecado
es signo y anticipo de la victoria definitiva sobre la muerte, cuando « se cumplirá
la palabra que está escrita: "La muerte ha sido devorada en la victoria.
¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?"
» (1 Cor 15, 54-55).
26. En realidad, no faltan signos que anticipan esta victoria
en nuestras sociedades y culturas, a pesar de estar fuertemente marcadas por
la « cultura de la muerte ». Se daría, por tanto, una imagen unilateral, que
podría inducir a un estéril desánimo, si junto con la denuncia de las amenazas
contra la vida no se presentan los signos positivos que se dan en la
situación actual de la humanidad.
Desgraciadamente, estos signos positivos encuentran a menudo dificultad
para manifestarse y ser reconocidos, tal vez también porque no encuentran una
adecuada atención en los medios de comunicación social. Pero, ¡cuántas iniciativas
de ayuda y apoyo a las personas más débiles e indefensas han surgido y continúan
surgiendo en la comunidad cristiana y en la sociedad civil, a nivel local, nacional
e internacional, promovidas por individuos, grupos, movimientos y organizaciones
diversas!
Son todavía muchos los esposos que, con generosa responsabilidad,
saben acoger a los hijos como « el don más excelente del matrimonio ».(21) No
faltan familias que, además de su servicio cotidiano a la vida, acogen
a niños abandonados, a muchachos y jóvenes en dificultad, a personas minusválidas,
a ancianos solos. No pocos centros de ayuda a la vida, o instituciones
análogas, están promovidos por personas y grupos que, con admirable dedicación
y sacrificio, ofrecen un apoyo moral y material a madres en dificultad, tentadas
de recurrir al aborto. También surgen y se difunden grupos de voluntarios
dedicados a dar hospitalidad a quienes no tienen familia, se encuentran en condiciones
de particular penuria o tienen necesidad de hallar un ambiente educativo que
les ayude a superar comportamientos destructivos y a recuperar el sentido de
la vida.
La medicina, impulsada con gran dedicación por investigadores
y profesionales, persiste en su empeño por encontrar remedios cada vez más eficaces:
resultados que hace un tiempo eran del todo impensables y capaces de abrir prometedoras
perspectivas se obtienen hoy para la vida naciente, para las personas que sufren
y los enfermos en fase aguda o terminal. Distintos entes y organizaciones se
movilizan para llevar, incluso a los países más afectados por la miseria y las
enfermedades endémicas, los beneficios de la medicina más avanzada. Así, asociaciones
nacionales e internacionales de médicos se mueven oportunamente para socorrer
a las poblaciones probadas por calamidades naturales, epidemias o guerras. Aunque
una verdadera justicia internacional en la distribución de los recursos médicos
está aún lejos de su plena realización, ¿cómo no reconocer en los pasos dados
hasta ahora el signo de una creciente solidaridad entre los pueblos, de una
apreciable sensibilidad humana y moral y de un mayor respeto por la vida?
27. Frente a legislaciones que han permitido el aborto y a tentativas,
surgidas aquí y allá, de legalizar la eutanasia, han aparecido en todo el mundo
movimientos e iniciativas de sensibilización social en favor de la vida.
Cuando, conforme a su auténtica inspiración, actúan con determinada firmeza
pero sin recurrir a la violencia, estos movimientos favorecen una toma de conciencia
más difundida y profunda del valor de la vida, solicitando y realizando un compromiso
más decisivo por su defensa.
¿Cómo no recordar, además, todos estos gestos cotidianos de
acogida, sacrificio y cuidado desinteresado que un número incalculable de
personas realiza con amor en las familias, hospitales, orfanatos, residencias
de ancianos y en otros centros o comunidades, en defensa de la vida? La Iglesia,
dejándose guiar por el ejemplo de Jesús « buen samaritano » (cf. Lc 10,
29-37) y sostenida por su fuerza, siempre ha estado en la primera línea de la
caridad: tantos de sus hijos e hijas, especialmente religiosas y religiosos,
con formas antiguas y siempre nuevas, han consagrado y continúan consagrando
su vida a Dios ofreciéndola por amor al prójimo más débil y necesitado. Estos
gestos construyen en lo profundo la « civilización del amor y de la vida »,
sin la cual la existencia de las personas y de la sociedad pierde su significado
más auténticamente humano. Aunque nadie los advierta y permanezcan escondidos
a la mayoría, la fe asegura que el Padre, « que ve en lo secreto » (Mt 6,
4), no sólo sabrá recompensarlos, sino que ya desde ahora los hace fecundos
con frutos duraderos para todos.
Entre los signos de esperanza se da también el incremento, en
muchos estratos de la opinión pública, de una nueva sensibilidad cada vez
más contraria a la guerra como instrumento de solución de los conflictos
entre los pueblos, y orientada cada vez más a la búsqueda de medios eficaces,
pero « no violentos », para frenar la agresión armada. Además, en este mismo
horizonte se da la aversión cada vez más difundida en la opinión pública
a la pena de muerte, incluso como instrumento de « legítima defensa » social,
al considerar las posibilidades con las que cuenta una sociedad moderna para
reprimir eficazmente el crimen de modo que, neutralizando a quien lo ha cometido,
no se le prive definitivamente de la posibilidad de redimirse.
También se debe considerar positivamente una mayor atención a
la calidad de vida y a la ecología, que se registra sobre todo
en las sociedades más desarrolladas, en las que las expectativas de las personas
no se centran tanto en los problemas de la supervivencia cuanto más bien en
la búsqueda de una mejora global de las condiciones de vida. Particularmente
significativo es el despertar de una reflexión ética sobre la vida. Con el nacimiento
y desarrollo cada vez más extendido de la bioética se favorece la reflexión
y el diálogo entre creyentes y no creyentes, así como entre creyentes de diversas
religiones sobre problemas éticos, incluso fundamentales, que afectan a la
vida del hombre.
28. Este horizonte de luces y sombras debe hacernos a todos plenamente
conscientes de que estamos ante un enorme y dramático choque entre el bien y
el mal, la muerte y la vida, la « cultura de la muerte » y la « cultura de la
vida ». Estamos no sólo « ante », sino necesariamente « en medio » de este conflicto:
todos nos vemos implicados y obligados a participar, con la responsabilidad
ineludible de elegir incondicionalmente en favor de la vida.
También para nosotros resuena clara y fuerte la invitación a Moisés:
« Mira, yo pongo hoy ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia...; te pongo
delante vida o muerte, bendición o maldición. Escoge la vida, para que vivas,
tú y tu descendencia » (Dt 30, 15.19). Es una invitación válida también
para nosotros, llamados cada día a tener que decidir entre la « cultura de la
vida » y la « cultura de la muerte ». Pero la llamada del Deuteronomio es aún
más profunda, porque nos apremia a una opción propiamente religiosa y moral.
Se trata de dar a la propia existencia una orientación fundamental y vivir en
fidelidad y coherencia con la Ley del Señor: « Yo te prescribo hoy que ames
al Señor tu Dios, que sigas sus caminos y guardes sus mandamientos,
preceptos y normas... Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia,
amando al Señor tu Dios, escuchando su voz, viviendo unido a él; pues en
eso está tu vida, así como la prolongación de tus días » (30, 16.19-20).
La opción incondicional en favor de la vida alcanza plenamente
su significado religioso y moral cuando nace, viene plasmada y es alimentada
por la fe en Cristo. Nada ayuda tanto a afrontar positivamente el conflicto
entre la muerte y la vida, en el que estamos inmersos, como la fe en el Hijo
de Dios que se ha hecho hombre y ha venido entre los hombres « para que tengan
vida y la tengan en abundancia » (Jn 10, 10): es la fe en el Resucitado,
que ha vencido la muerte; es la fe en la sangre de Cristo « que habla mejor
que la de Abel » (Hb 12, 24).
Por tanto, a la luz y con la fuerza de esta fe, y ante los desafíos
de la situación actual, la Iglesia toma más viva conciencia de la gracia y de
la responsabilidad que recibe de su Señor para anunciar, celebrar y servir al
Evangelio de la vida.
CAPÍTULO II
HE VENIDO PARA QUE TENGAN VIDA
MENSAJE CRISTIANO SOBRE LA VIDA
« La Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto » (1 Jn 1,
2): la mirada dirigida a Cristo, « Palabra de vida »
29. Ante las innumerables y graves amenazas contra la vida en
el mundo contemporáneo, podríamos sentirnos como abrumados por una sensación
de impotencia insuperable: ¡el bien nunca podrá tener la fuerza suficiente para
vencer el mal!
Este es el momento en que el Pueblo de Dios, y en él cada creyente,
está llamado a profesar, con humildad y valentía, la propia fe en Jesucristo,
« Palabra de vida » (1 Jn 1, 1). En realidad, el Evangelio de la vida
no es una mera reflexión, aunque original y profunda, sobre la vida humana;
ni sólo un mandamiento destinado a sensibilizar la conciencia y a causar cambios
significativos en la sociedad; menos aún una promesa ilusoria de un futuro mejor.
El Evangelio de la vida es una realidad concreta y personal, porque consiste
en el anuncio dela persona misma de Jesús, el cual se presenta al apóstol
Tomás, y en él a todo hombre, con estas palabras: « Yo soy el Camino, la Verdad
y la Vida » (Jn 14, 6). Es la misma identidad manifestada a Marta, la
hermana de Lázaro: « Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque
muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás » (Jn 11,
25-26). Jesús es el Hijo que desde la eternidad recibe la vida del Padre (cf.
Jn 5, 26) y que ha venido a los hombres para hacerles partícipes de este
don: « Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia » (Jn
10, 10).
Así, por la palabra, la acción y la persona misma de Jesús se
da al hombre la posibilidad de « conocer » toda la verdad sobre el valor
de la vida humana. De esa « fuente » recibe, en particular, la capacidad de
« obrar » perfectamente esa verdad (cf. Jn 3, 21), es decir, asumir y
realizar en plenitud la responsabilidad de amar y servir, defender y promover
la vida humana.
En efecto, en Cristo se anuncia definitivamente y se da plenamente
aquel Evangelio de la vida que, anticipado ya en la Revelación del Antiguo
Testamento y, más aún, escrito de algún modo en el corazón mismo de cada hombre
y mujer, resuena en cada conciencia « desde el principio », o sea, desde la
misma creación, de modo que, a pesar de los condicionamientos negativos del
pecado, también puede ser conocido por la razón humana en sus aspectos esenciales.
Como dice el Concilio Vaticano II, Cristo « con su presencia y manifestación,
con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa
resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda
la revelación y la confirma con testimonio divino; a saber, que Dios está con
nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y la muerte y para hacernos
resucitar a una vida eterna ».(22)
30. Por tanto, con la mirada fija en el Señor Jesús queremos volver
a escuchar de El « las palabras de Dios » (Jn 3, 34) y meditar de nuevo
el Evangelio de la vida. El sentido más profundo y original de esta meditación
del mensaje revelado sobre la vida humana ha sido expuesto por el apóstol Juan,
al comienzo de su Primera Carta: « Lo que existía desde el principio, lo que
hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron
nuestras manos acerca de la Palabra de vida pues la Vida se manifestó, y nosotros
la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna, que estaba
vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó lo que hemos visto y oído, os
lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros » (1,
1-3).
En Jesús, « Palabra de vida », se anuncia y comunica la vida divina
y eterna. Gracias a este anuncio y a este don, la vida física y espiritual del
hombre, incluida su etapa terrena, encuentra plenitud de valor y significado:
en efecto, la vida divina y eterna es el fin al que está orientado y llamado
el hombre que vive en este mundo. El Evangelio de la vida abarca así
todo lo que la misma experiencia y la razón humana dicen sobre el valor de la
vida, lo acoge, lo eleva y lo lleva a término.
« Mi fortaleza y mi canción es el Señor. El es mi salvación
» (Ex 15, 2): la vida es siempre un bien
31. En realidad, la plenitud evangélica del mensaje sobre la vida
fue ya preparada en el Antiguo Testamento. Es sobre todo en las vicisitudes
del Exodo, fundamento de la experiencia de fe del Antiguo Testamento, donde
Israel descubre el valor de la vida a los ojos de Dios. Cuando parece ya abocado
al exterminio, porque la amenaza de muerte se extiende a todos sus recién nacidos
varones (cf. Ex 1, 15-22), el Señor se le revela como salvador, capaz
de asegurar un futuro a quien está sin esperanza. Nace así en Israel una clara
conciencia: su vida no está a merced de un faraón que puede usarla con
arbitrio despótico; al contrario, es objeto de un tierno y fuerte amor por
parte de Dios.
La liberación de la esclavitud es el don de una identidad, el
reconocimiento de una dignidad indeleble y el inicio de una historia nueva,
en la que van unidos el descubrimiento de Dios y de sí mismo. La experiencia
del Exodo es original y ejemplar. Israel aprende de ella que, cada vez que es
amenazado en su existencia, sólo tiene que acudir a Dios con confianza renovada
para encontrar en él asistencia eficaz: « Eres mi siervo, Israel. ¡Yo te he
formado, tú eres mi siervo, Israel, yo no te olvido! » (Is 44, 21).
De este modo, mientras Israel reconoce el valor de su propia existencia
como pueblo, avanza también en la percepción del sentido y valor de la vida
en cuanto tal. Es una reflexión que se desarrolla de modo particular en
los libros sapienciales, partiendo de la experiencia cotidiana de la precariedad
de la vida y de la conciencia de las amenazas que la acechan. Ante las contradicciones
de la existencia, la fe está llamada a ofrecer una respuesta.
El problema del dolor acosa sobre todo a la fe y la pone a prueba.
¿Cómo no oír el gemido universal del hombre en la meditación del libro de Job?
El inocente aplastado por el sufrimiento se pregunta comprensiblemente: « ¿Para
qué dar la luz a un desdichado, la vida a los que tienen amargada el alma, a
los que ansían la muerte que no llega y excavan en su búsqueda más que por un
tesoro? » (3, 20-21). Pero también en la más densa oscuridad la fe orienta hacia
el reconocimiento confiado y adorador del « misterio »: « Sé que eres todopoderoso:
ningún proyecto te es irrealizable » (Jb 42, 2).
Progresivamente la Revelación lleva a descubrir con mayor claridad
el germen de vida inmortal puesto por el Creador en el corazón de los hombres:
« El ha hecho todas las cosas apropiadas a su tiempo; también ha puesto el mundo
en sus corazones » (Ecl 3, 11). Este germen de totalidad y plenitud
espera manifestarse en el amor, y realizarse, por don gratuito de Dios,
en la participación en su vida eterna.
« El nombre de Jesús ha restablecido a este hombre » (cf.
Hch 3, 16): en la precariedad de la existencia humana Jesús lleva
a término el sentido de la vida
32. La experiencia del pueblo de la Alianza se repite en la de
todos los « pobres » que encuentran a Jesús de Nazaret. Así como el Dios « amante
de la vida » (cf. Sb 11, 26) había confortado a Israel en medio de los
peligros, así ahora el Hijo de Dios anuncia, a cuantos se sienten amenazados
e impedidos en su existencia, que sus vidas también son un bien al cual el amor
del Padre da sentido y valor.
« Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios,
los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva
» (Lc 7, 22). Con estas palabras del profeta Isaías (35, 5-6; 61, 1),
Jesús presenta el significado de su propia misión. Así, quienes sufren a causa
de una existencia de algún modo « disminuida », escuchan de El la buena nueva
de que Dios se interesa por ellos, y tienen la certeza de que también su
vida es un don celosamente custodiado en las manos del Padre (cf. Mt 6,
25-34).
Los « pobres » son interpelados particularmente por la predicación
y las obras de Jesús. La multitud de enfermos y marginados, que lo siguen y
lo buscan (cf. Mt 4, 23-25), encuentran en su palabra y en sus gestos
la revelación del gran valor que tiene su vida y del fundamento de sus esperanzas
de salvación.
Lo mismo sucede en la misión de la Iglesia desde sus comienzos.
Ella, que anuncia a Jesús como aquél que « pasó haciendo el bien y curando a
todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él » (Hch 10,
38), es portadora de un mensaje de salvación que resuena con toda su novedad
precisamente en las situaciones de miseria y pobreza de la vida del hombre.
Así hace Pedro en la curación del tullido, al que ponían todos los días junto
a la puerta « Hermosa » del templo de Jerusalén para pedir limosna: « No tengo
plata ni oro; pero lo que tengo, te doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno,
ponte a andar » (Hch 3, 6). Por la fe en Jesús, « autor de la vida »
(cf. Hch 3, 15), la vida que yace abandonada y suplicante vuelve a ser
consciente de sí misma y de su plena dignidad.
La palabra y las acciones de Jesús y de su Iglesia no se dirigen
sólo a quienes padecen enfermedad, sufrimiento o diversas formas de marginación
social, sino que conciernen más profundamente al sentido mismo de la vida
de cada hombre en sus dimensiones morales y espirituales. Sólo quien reconoce
que su propia vida está marcada por la enfermedad del pecado, puede redescubrir,
en el encuentro con Jesús Salvador, la verdad y autenticidad de su existencia,
según sus mismas palabras: « No necesitan médico los que están sanos, sino los
que están mal. No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores
» (Lc 5, 31-32).
En cambio, quien cree que puede asegurar su vida mediante la acumulación
de bienes materiales, como el rico agricultor de la parábola evangélica, en
realidad se engaña. La vida se le está escapando, y muy pronto se verá privado
de ella sin haber logrado percibir su verdadero significado: « ¡Necio! Esta
misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?
» (Lc 12, 20).
33. En la vida misma de Jesús, desde el principio al fin, se da
esta singular « dialéctica » entre la experiencia de la precariedad de la vida
humana y la afirmación de su valor. En efecto, la precariedad marca la vida
de Jesús desde su nacimiento. Ciertamente encuentra acogida en los justos,
que se unieron al « sí » decidido y gozoso de María (cf. Lc 1, 38). Pero
también siente, en seguida, el rechazo de un mundo que se hace hostil
y busca al niño « para matarle » (Mt 2, 13), o que permanece indiferente
y distraído ante el cumplimiento del misterio de esta vida que entra en el mundo:
« no tenían sitio en el alojamiento » (Lc 2, 7). Del contraste entre
las amenazas y las inseguridades, por una parte, y la fuerza del don de Dios,
por otra, brilla con mayor intensidad la gloria que se irradia desde la casa
de Nazaret y del pesebre de Belén: esta vida que nace es salvación para toda
la humanidad (cf. Lc 2, 11).
Jesús asume plenamente las contradicciones y los riesgos de la
vida: « siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais
con su pobreza » (2 Cor 8, 9). La pobreza de la que habla Pablo no es
sólo despojarse de privilegios divinos, sino también compartir las condiciones
más humildes y precarias de la vida humana (cf. Flp 2, 6-7). Jesús vive
esta pobreza durante toda su vida, hasta el momento culminante de la cruz: «
se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo
cual Dios le exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre » (Flp
2, 8-9). Es precisamente en su muerte donde Jesús revela toda
la grandeza y el valor de la vida, ya que su entrega en la cruz es fuente
de vida nueva para todos los hombres (cf. Jn 12, 32). En este peregrinar
en medio de las contradicciones y en la misma pérdida de la vida, Jesús es guiado
por la certeza de que está en las manos del Padre. Por eso puede decirle en
la cruz: « Padre, en tus manos pongo mi espíritu » (Lc 23, 46), esto
es, mi vida. ¡Qué grande es el valor de la vida humana si el Hijo de Dios la
ha asumido y ha hecho de ella el lugar donde se realiza la salvación para toda
la humanidad!
« Llamados... a reproducir la imagen de su Hijo » (Rm
8, 28-29): la gloria de Dios resplandece en el rostro del hombre
34. La vida es siempre un bien. Esta es una intuición o, más bien,
un dato de experiencia, cuya razón profunda el hombre está llamado a comprender.
¿Por qué la vida es un bien? La pregunta recorre toda la
Biblia, y ya desde sus primeras páginas encuentra una respuesta eficaz y admirable.
La vida que Dios da al hombre es original y diversa de la de las demás criaturas
vivientes, ya que el hombre, aunque proveniente del polvo de la tierra (cf.
Gn 2, 7; 3, 19; Jb 34, 15; Sal 103102, 14; 104103, 29),
es manifestación de Dios en el mundo, signo de su presencia, resplandor de su
gloria (cf. Gn 1, 26-27; Sal 8, 6). Es lo que quiso acentuar también
san Ireneo de Lyon con su célebre definición: « el hombre que vive es la gloria
de Dios».(23) Al hombre se le ha dado una altísima dignidad, que tiene
sus raíces en el vínculo íntimo que lo une a su Creador: en el hombre se refleja
la realidad misma de Dios.
Lo afirma el libro del Génesis en el primer relato de la creación,
poniendo al hombre en el vértice de la actividad creadora de Dios, como su culmen,
al término de un proceso que va desde el caos informe hasta la criatura más
perfecta. Toda la creación está ordenada al hombre y todo se somete a él:
« Henchid la tierra y sometedla; mandad... en todo animal que serpea sobre
la tierra » (1, 28), ordena Dios al hombre y a la mujer. Un mensaje semejante
aparece también en el otro relato de la creación: « Tomó, pues, el Señor Dios
al hombre y le dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase » (Gn
2, 15). Así se reafirma la primacía del hombre sobre las cosas, las cuales
están destinadas a él y confiadas a su responsabilidad, mientras que por ningún
motivo el hombre puede ser sometido a sus semejantes y reducido al rango de
cosa.
En el relato bíblico, la distinción entre el hombre y las demás
criaturas se manifiesta sobre todo en el hecho de que sólo su creación se presenta
como fruto de una especial decisión por parte de Dios, de una deliberación que
establece un vínculo particular y específico con el Creador: « Hagamos
al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra » (Gn 1, 26).
La vida que Dios ofrece al hombre es un don con el que Dios comparte
algo de sí mismo con la criatura.
Israel se peguntará durante mucho tiempo sobre el sentido de este
vínculo particular y específico del hombre con Dios. También el libro del Eclesiástico
reconoce que Dios al crear a los hombres « los revistió de una fuerza como la
suya, y los hizo a su imagen » (17, 3). Con esto el autor sagrado manifiesta
no sólo su dominio sobre el mundo, sino también las facultades espirituales
más características del hombre, como la razón, el discernimiento del bien
y del mal, la voluntad libre: « De saber e inteligencia los llenó, les enseñó
el bien y el mal » (Si 17, 6). La capacidad de conocer la verdad y
la libertad son prerrogativas del hombre en cuanto creado a imagen de su
Creador, el Dios verdadero y justo (cf. Dt 32, 4). Sólo el hombre, entre
todas las criaturas visibles, tiene « capacidad para conocer y amar a su Creador
».(24) La vida que Dios da al hombre es mucho más que un existir en el tiempo.
Es tensión hacia una plenitud de vida, es germen de un existencia que supera
los mismos límites del tiempo: « Porque Dios creó al hombre para la incorruptibilidad,
le hizo imagen de su misma naturaleza » (Sb 2, 23).
35. El relato yahvista de la creación expresa también la misma
convicción. En efecto, esta antigua narración habla de un soplo divino que
es infundido en el hombre para que tenga vida: « El Señor Dios formó
al hombre con polvo del suelo, sopló en sus narices un aliento de vida, y resultó
el hombre un ser viviente » (Gn 2, 7).
El origen divino de este espíritu de vida explica la perenne insatisfacción
que acompaña al hombre durante su existencia. Creado por Dios, llevando en sí
mismo una huella indeleble de Dios, el hombre tiende naturalmente a El. Al experimentar
la aspiración profunda de su corazón, todo hombre hace suya la verdad expresada
por san Agustín: « Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto
hasta que descanse en ti ».(25)
Qué elocuente es la insatisfacción de la que es víctima la vida
del hombre en el Edén, cuando su única referencia es el mundo vegetal y animal
(cf. Gn 2, 20). Sólo la aparición de la mujer, es decir, de un ser que
es hueso de sus huesos y carne de su carne (cf. Gn 2, 23), y en quien
vive igualmente el espíritu de Dios creador, puede satisfacer la exigencia de
diálogo interpersonal que es vital para la existencia humana. En el otro, hombre
o mujer, se refleja Dios mismo, meta definitiva y satisfactoria de toda persona.
« ¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, el hijo de Adán
para que de él te cuides? », se pregunta el Salmista (Sal 8, 5). Ante
la inmensidad del universo es muy poca cosa, pero precisamente este contraste
descubre su grandeza: « Apenas inferior a los ángeles le hiciste (también se
podría traducir: « apenas inferior a Dios »), coronándole de gloria y de esplendor
» (Sal 8, 6). La gloria de Dios resplandece en el rostro del hombre.
En él encuentra el Creador su descanso, como comenta asombrado y conmovido
san Ambrosio: « Finalizó el sexto día y se concluyó la creación del mundo con
la formación de aquella obra maestra que es el hombre, el cual ejerce su dominio
sobre todos los seres vivientes y es como el culmen del universo y la belleza
suprema de todo ser creado. Verdaderamente deberíamos mantener un reverente
silencio, porque el Señor descansó de toda obra en el mundo. Descansó al final
en lo íntimo del hombre, descansó en su mente y en su pensamiento; en efecto,
había creado al hombre dotado de razón, capaz de imitarle, émulo de sus virtudes,
anhelante de las gracias celestes. En estas dotes suyas descansa el Dios que
dijo: "¿En quién encontraré reposo, si no es en el humilde y contrito,
que tiembla a mi palabra" (cf. Is 66, 1-2). Doy gracias al Señor
nuestro Dios por haber creado una obra tan maravillosa donde encontrar su descanso
».(26)
36. Lamentablemente, el magnífico proyecto de Dios se oscurece
por la irrupción del pecado en la historia. Con el pecado el hombre se rebela
contra el Creador, acabando por idolatrar a las criaturas: « Cambiaron
la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en vez
del Creador » (Rm 1, 25). De este modo, el ser humano no sólo desfigura
en sí mismo la imagen de Dios, sino que está tentado de ofenderla también en
los demás, sustituyendo las relaciones de comunión por actitudes de desconfianza,
indiferencia, enemistad, llegando al odio homicida. Cuando no se reconoce a
Dios como Dios, se traiciona el sentido profundo del hombre y se perjudica
la comunión entre los hombres.
En la vida del hombre la imagen de Dios vuelve a resplandecer
y se manifiesta en toda su plenitud con la venida del Hijo de Dios en carne
humana: « El es Imagen de Dios invisible » (Col 1, 15), « resplandor
de su gloria e impronta de su sustancia » (Hb 1, 3). El es la imagen
perfecta del Padre.
El proyecto de vida confiado al primer Adán encuentra finalmente
su cumplimiento en Cristo. Mientras la desobediencia de Adán deteriora y desfigura
el designio de Dios sobre la vida del hombre, introduciendo la muerte en el
mundo, la obediencia redentora de Cristo es fuente de gracia que se derrama
sobre los hombres abriendo de par en par a todos las puertas del reino de la
vida (cf. Rm 5, 12-21). Afirma el apóstol Pablo: « Fue hecho el primer
hombre, Adán, alma viviente; el último Adán, espíritu que da vida » (1 Cor
15, 45).
La plenitud de la vida se da a cuantos aceptan seguir a Cristo.
En ellos la imagen divina es restaurada, renovada y llevada a perfección. Este
es el designio de Dios sobre los seres humanos: que « reproduzcan la imagen
de su Hijo » (Rm 8, 29). Sólo así, con el esplendor de esta imagen, el
hombre puede ser liberado de la esclavitud de la idolatría, puede reconstruir
la fraternidad rota y reencontrar su propia identidad.
« Todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás » (Jn
11, 26): el don de la vida eterna
37. La vida que el Hijo de Dios ha venido a dar a los hombres
no se reduce a la mera existencia en el tiempo. La vida, que desde siempre está
« en él » y es « la luz de los hombres » (Jn 1, 4), consiste en ser
engendrados por Dios y participar de la plenitud de su amor: « A todos los
que lo recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en
su nombre; el cual no nació de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de
hombre, sino que nació de Dios » (Jn 1, 12-13).
A veces Jesús llama esta vida, que El ha venido a dar, simplemente
así: « la vida »; y presenta la generación por parte de Dios como condición
necesaria para poder alcanzar el fin para el cual Dios ha creado al hombre:
« El que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios » (Jn 3, 3).
El don de esta vida es el objetivo específico de la misión de Jesús: él « es
el que baja del cielo y da la vida al mundo » (Jn 6, 33), de modo que
puede afirmar con toda verdad: « El que me siga... tendrá la luz de la vida
» (Jn 8, 12).
Otras veces Jesús habla de « vida eterna », donde el adjetivo
no se refiere sólo a una perspectiva supratemporal. « Eterna » es la vida que
Jesús promete y da, porque es participación plena de la vida del « Eterno ».
Todo el que cree en Jesús y entra en comunión con El tiene la vida eterna (cf.
Jn 3, 15; 6, 40), ya que escucha de El las únicas palabras que revelan
e infunden plenitud de vida en su existencia; son las « palabras de vida eterna
» que Pedro reconoce en su confesión de fe: « Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú
tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el
Santo de Dios » (Jn 6, 68-69). Jesús mismo explica después en qué consiste
la vida eterna, dirigiéndose al Padre en la gran oración sacerdotal: « Esta
es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú
has enviado, Jesucristo » (Jn 17, 3). Conocer a Dios y a su Hijo es acoger
el misterio de la comunión de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo
en la propia vida, que ya desde ahora se abre a la vida eterna por la
participación en la vida divina.
38. Por tanto, la vida eterna es la vida misma de Dios y a la
vez la vida de los hijos de Dios. Un nuevo estupor y una gratitud sin
límites se apoderan necesariamente del creyente ante esta inesperada e inefable
verdad que nos viene de Dios en Cristo. El creyente hace suyas las palabras
del apóstol Juan: « Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos
de Dios, pues ¡lo somos!... Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se
ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes
a él, porque le veremos tal cual es » (1 Jn 3, 1-2).
Así alcanza su culmen la verdad cristiana sobre la vida. Su
dignidad no sólo está ligada a sus orígenes, a su procedencia divina, sino también
a su fin, a su destino de comunión con Dios en su conocimiento y amor. A la
luz de esta verdad san Ireneo precisa y completa su exaltación del hombre: «
el hombre que vive » es « gloria de Dios », pero « la vida del hombre consiste
en la visión de Dios ».(27)
De aquí derivan unas consecuencias inmediatas para la vida humana
en su misma condición terrena, en la que ya ha germinado y está creciendo
la vida eterna. Si el hombre ama instintivamente la vida porque es un bien,
este amor encuentra ulterior motivación y fuerza, nueva extensión y profundidad
en las dimensiones divinas de este bien. En esta perspectiva, el amor que todo
ser humano tiene por la vida no se reduce a la simple búsqueda de un espacio
donde pueda realizarse a sí mismo y entrar en relación con los demás, sino que
se desarrolla en la gozosa conciencia de poder hacer de la propia existencia
el « lugar » de la manifestación de Dios, del encuentro y de la comunión con
El. La vida que Jesús nos da no disminuye nuestra existencia en el tiempo, sino
que la asume y conduce a su destino último: « Yo soy la resurrección y la vida...;
todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás » (Jn 11, 25.26).
« A cada uno pediré cuentas de la vida de su hermano » (Gn
9, 5): veneración y amor por la vida de todos
39. La vida del hombre proviene de Dios, es su don, su imagen
e impronta, participación de su soplo vital. Por tanto, Dios es el único
señor de esta vida: el hombre no puede disponer de ella. Dios mismo lo afirma
a Noé después del diluvio: « Os prometo reclamar vuestra propia sangre: la reclamaré
a todo animal y al hombre: a todos y a cada uno reclamaré el alma humana » (Gn
9, 5). El texto bíblico se preocupa de subrayar cómo la sacralidad de la
vida tiene su fundamento en Dios y en su acción creadora: « Porque a imagen
de Dios hizo El al hombre » (Gn 9, 6).
La vida y la muerte del hombre están, pues, en las manos de Dios,
en su poder: « El, que tiene en su mano el alma de todo ser viviente y el soplo
de toda carne de hombre », exclama Job (12, 10). « El Señor da muerte y vida,
hace bajar al Seol y retornar » (1 S 2, 6). Sólo El puede decir: « Yo
doy la muerte y doy la vida » (Dt 32, 39).
Sin embargo, Dios no ejerce este poder como voluntad amenazante,
sino como cuidado y solicitud amorosa hacia sus criaturas. Si es cierto
que la vida del hombre está en las manos de Dios, no lo es menos que sus manos
son cariñosas como las de una madre que acoge, alimenta y cuida a su niño: «
Mantengo mi alma en paz y silencio como niño destetado en el regazo de su madre.
¡Como niño destetado está mi alma en mí! » (Sal 131130, 2; cf. Is
49, 15; 66, 12-13; Os 11, 4). Así Israel ve en las vicisitudes de
los pueblos y en la suerte de los individuos no el fruto de una mera casualidad
o de un destino ciego, sino el resultado de un designio de amor con el que Dios
concentra todas las potencialidades de vida y se opone a las fuerzas de muerte
que nacen del pecado: « No fue Dios quien hizo la muerte, ni se recrea en la
destrucción de los vivientes; él todo lo creó para que subsistiera » (Sb
1, 13-14).
40. De la sacralidad de la vida deriva su carácter inviolable,
inscrito desde el principio en el corazón del hombre, en su conciencia.
La pregunta « ¿Qué has hecho? » (Gn 4, 10), con la que Dios se dirige
a Caín después de que éste hubiera matado a su hermano Abel, presenta la experiencia
de cada hombre: en lo profundo de su conciencia siempre es llamado a respetar
el carácter inviolable de la vida la suya y la de los demás, como realidad
que no le pertenece, porque es propiedad y don de Dios Creador y Padre.
El mandamiento relativo al carácter inviolable de la vida humana
ocupa el centro de las « diez palabras » de la alianza del Sinaí (cf.
Ex 34, 28). Prohíbe, ante todo, el homicidio: « No matarás » (Ex 20,
13); « No quites la vida al inocente y justo » (Ex 23, 7); pero también
condena como se explicita en la legislación posterior de Israel cualquier
daño causado a otro (cf. Ex 21, 12-27). Ciertamente, se debe reconocer
que en el Antiguo Testamento esta sensibilidad por el valor de la vida, aunque
ya muy marcada, no alcanza todavía la delicadeza del Sermón de la Montaña, como
se puede ver en algunos aspectos de la legislación entonces vigente, que establecía
penas corporales no leves e incluso la pena de muerte. Pero el mensaje global,
que corresponde al Nuevo Testamento llevar a perfección, es una fuerte llamada
a respetar el carácter inviolable de la vida física y la integridad personal,
y tiene su culmen en el mandamiento positivo que obliga a hacerse cargo del
prójimo como de sí mismo: « Amarás a tu prójimo como a ti mismo » (Lv 19,
18).
41. El mandamiento « no matarás », incluido y profundizado en
el precepto positivo del amor al prójimo, es confirmado por el Señor Jesús
en toda su validez. Al joven rico que le pregunta: « Maestro, ¿qué he de
hacer de bueno para conseguir vida eterna? », responde: « Si quieres entrar
en la vida, guarda los mandamientos » (Mt 19, 16.17). Y cita, como primero,
el « no matarás » (v. 18). En el Sermón de la Montaña, Jesús exige de los discípulos
una justicia superior a la de los escribas y fariseos también en el campo
del respeto a la vida: « Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás;
y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que
se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal » (Mt 5, 21-22).
Jesús explicita posteriormente con su palabra y sus obras las
exigencias positivas del mandamiento sobre el carácter inviolable de la vida.
Estas estaban ya presentes en el Antiguo Testamento, cuya legislación se preocupaba
de garantizar y salvaguardar a las personas en situaciones de vida débil y amenazada:
el extranjero, la viuda, el huérfano, el enfermo, el pobre en general, la vida
misma antes del nacimiento (cf. Ex 21, 22; 22, 20-26). Con Jesús estas
exigencias positivas adquieren vigor e impulso nuevos y se manifiestan en toda
su amplitud y profundidad: van desde cuidar la vida del hermano (familiar,
perteneciente al mismo pueblo, extranjero que vive en la tierra de Israel),
a hacerse cargo delforastero, hasta amar al enemigo.
No existe el forastero para quien debe hacerse prójimo del
necesitado, incluso asumiendo la responsabilidad de su vida, como enseña de
modo elocuente e incisivo la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10,
25-37). También el enemigo deja de serlo para quien está obligado a amarlo (cf.
Mt 5, 38-48; Lc 6, 27-35) y « hacerle el bien » (cf. Lc 6,
27.33.35), socorriendo las necesidades de su vida con prontitud y sentido de
gratuidad (cf. Lc 6, 34-35). Culmen de este amor es la oración por el
enemigo, mediante la cual sintonizamos con el amor providente de Dios: « Pues
yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que
seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y
buenos, y llover sobre justos e injustos » (Mt 5, 44-45; cf. Lc 6,
28.35).
De este modo, el mandamiento de Dios para salvaguardar la vida
del hombre tiene su aspecto más profundo en la exigencia de veneración y
amor hacia cada persona y su vida. Esta es la enseñanza que el apóstol Pablo,
haciéndose eco de la palabra de Jesús (cf. Mt 19, 17-18), dirige a los
cristianos de Roma: « En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás,
no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás
a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad
es, por tanto, la ley en su plenitud » (Rm 13, 9-10).
« Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla
» (Gn 1, 28): responsabilidades del hombre ante la vida
42. Defender y promover, respetar y amar la vida es una tarea
que Dios confía a cada hombre, llamándolo, como imagen palpitante suya, a participar
de la soberanía que El tiene sobre el mundo: « Y Dios los bendijo, y les dijo
Dios: "Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla; mandad
en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea
sobre la tierra" » (Gn 1, 28).
El texto bíblico evidencia la amplitud y profundidad de la soberanía
que Dios da al hombre. Se trata, sobre todo, del dominio sobre la tierra
y sobre cada ser vivo, como recuerda el libro de la Sabiduría: « Dios de
los Padres, Señor de la misericordia... con tu Sabiduría formaste al hombre
para que dominase sobre los seres por ti creados, y administrase el mundo con
santidad y justicia » (9, 1.2-3). También el Salmista exalta el dominio del
hombre como signo de la gloria y del honor recibidos del Creador: « Le hiciste
señor de las obras de tus manos, todo fue puesto por ti bajo sus pies: ovejas
y bueyes, todos juntos, y aun las bestias del campo, y las aves del cielo, y
los peces del mar, que surcan las sendas de las aguas » (Sal 8, 7-9).
El hombre, llamado a cultivar y custodiar el jardín del mundo
(cf. Gn 2, 15), tiene una responsabilidad específica sobre elambiente
de vida, o sea, sobre la creación que Dios puso al servicio de su dignidad
personal, de su vida: respecto no sólo al presente, sino también a las generaciones
futuras. Es la cuestión ecológica desde la preservación del « habitat
» natural de las diversas especies animales y formas de vida, hasta la « ecología
humana » propiamente dicha(28) que encuentra en la Biblia una luminosa y fuerte
indicación ética para una solución respetuosa del gran bien de la vida, de toda
vida. En realidad, « el dominio confiado al hombre por el Creador no es un poder
absoluto, ni se puede hablar de libertad de "usar y abusar", o de
disponer de las cosas como mejor parezca. La limitación impuesta por el mismo
Creador desde el principio, y expresada simbólicamente con la prohibición de
"comer del fruto del árbol" (cf. Gn 2, 16-17), muestra claramente
que, ante la naturaleza visible, estamos sometidos a las leyes no sólo biológicas
sino también morales, cuya transgresión no queda impune ».(29)
43. Una cierta participación del hombre en la soberanía de Dios
se manifiesta también en la responsabilidad específica que le es confiada
en relación con la vida propiamente humana. Es una responsabilidad que
alcanza su vértice en el don de la vidamediante la procreación por parte
del hombre y la mujer en el matrimonio, como nos recuerda el Concilio Vaticano
II: « El mismo Dios, que dijo « no es bueno que el hombre esté solo » (Gn
2, 18) y que « hizo desde el principio al hombre, varón y mujer » (Mt
19, 4), queriendo comunicarle cierta participación especial en su propia obra
creadora, bendijo al varón y a la mujer diciendo: « Creced y multiplicaos »
(Gn 1, 28) ».(30)
Hablando de una « cierta participación especial » del hombre y
de la mujer en la « obra creadora » de Dios, el Concilio quiere destacar cómo
la generación de un hijo es un acontecimiento profundamente humano y altamente
religioso, en cuanto implica a los cónyuges que forman « una sola carne » (Gn
2, 24) y también a Dios mismo que se hace presente. Como he escrito en la
Carta a las Familias, « cuando de la unión conyugal de los dos nace un
nuevo hombre, éste trae consigo al mundo una particular imagen y semejanza de
Dios mismo: en la biología de la generación está inscrita la genealogía de
la persona. Al afirmar que los esposos, en cuanto padres, son colaboradores
de Dios