CARTA ENCÍCLICA
EVANGELIUM VITAE
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS
A LOS SACERDOTES Y DIÁCONOS
A LOS RELIGIOSOS Y RELIGIOSAS
A LOS FIELES LAICOS
Y A TODAS
LAS PERSONAS DE BUENA VOLUNTAD
SOBRE
EL VALOR Y EL CARÁCTER INVIOLABLE
DE LA VIDA HUMANA
INTRODUCCIÓN
1. El Evangelio de la vida está en el centro del mensaje de Jesús.
Acogido con amor cada día por la Iglesia, es anunciado con intrépida fidelidad
como buena noticia a los hombres de todas las épocas y culturas.
En la aurora de la salvación, el nacimiento de un niño es proclamado
como gozosa noticia: « Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el
pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo
Señor » (Lc 2, 10-11). El nacimiento del Salvador produce ciertamente
esta « gran alegría »; pero la Navidad pone también de manifiesto el sentido
profundo de todo nacimiento humano, y la alegría mesiánica constituye así el
fundamento y realización de la alegría por cada niño que nace (cf. Jn 16,
21).
Presentando el núcleo central de su misión redentora, Jesús dice:
« Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia » (Jn 10,
10). Se refiere a aquella vida « nueva » y « eterna », que consiste en la comunión
con el Padre, a la que todo hombre está llamado gratuitamente en el Hijo por
obra del Espíritu Santificador. Pero es precisamente en esa « vida » donde encuentran
pleno significado todos los aspectos y momentos de la vida del hombre.
Valor incomparable de la persona humana
2. El hombre está llamado a una plenitud de vida que va más allá
de las dimensiones de su existencia terrena, ya que consiste en la participación
de la vida misma de Dios. Lo sublime de esta vocación sobrenatural manifiesta
la grandeza y el valor de la vida humana incluso en su fase temporal.
En efecto, la vida en el tiempo es condición básica, momento inicial y parte
integrante de todo el proceso unitario de la vida humana. Un proceso que, inesperada
e inmerecidamente, es iluminado por la promesa y renovado por el don de la vida
divina, que alcanzará su plena realización en la eternidad (cf. 1 Jn 3,
1-2). Al mismo tiempo, esta llamada sobrenatural subraya precisamente el carácter
relativo de la vida terrena del hombre y de la mujer. En verdad, esa no
es realidad « última », sino « penúltima »; es realidad sagrada, que
se nos confía para que la custodiemos con sentido de responsabilidad y la llevemos
a perfección en el amor y en el don de nosotros mismos a Dios y a los hermanos.
La Iglesia sabe que este Evangelio de la vida, recibido
de su Señor,(1) tiene un eco profundo y persuasivo en el corazón de cada persona,
creyente e incluso no creyente, porque, superando infinitamente sus expectativas,
se ajusta a ella de modo sorprendente. Todo hombre abierto sinceramente a la
verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la
razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en
la ley natural escrita en su corazón (cf. Rm 2, 14-15) el valor sagrado
de la vida humana desde su inicio hasta su término, y afirmar el derecho de
cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo. En el reconocimiento
de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política.
Los creyentes en Cristo deben, de modo particular, defender y
promover este derecho, conscientes de la maravillosa verdad recordada por el
Concilio Vaticano II: « El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en
cierto modo, con todo hombre ».(2) En efecto, en este acontecimiento salvífico
se revela a la humanidad no sólo el amor infinito de Dios que « tanto amó al
mundo que dio a su Hijo único » (Jn 3, 16), sino también el valor
incomparable de cada persona humana.
La Iglesia, escrutando asiduamente el misterio de la Redención,
descubre con renovado asombro este valor(3) y se siente llamada a anunciar a
los hombres de todos los tiempos este « evangelio », fuente de esperanza inquebrantable
y de verdadera alegría para cada época de la historia. El Evangelio del amor
de Dios al hombre, el Evangelio de la dignidad de la persona y el Evangelio
de la vida son un único e indivisible Evangelio.
Por ello el hombre, el hombre viviente, constituye el camino primero
y fundamental de la Iglesia.(4)
Nuevas amenazas a la vida humana
3. Cada persona, precisamente en virtud del misterio del Verbo
de Dios hecho carne (cf. Jn 1, 14), es confiada a la solicitud materna
de la Iglesia. Por eso, toda amenaza a la dignidad y a la vida del hombre repercute
en el corazón mismo de la Iglesia, afecta al núcleo de su fe en la encarnación
redentora del Hijo de Dios, la compromete en su misión de anunciar el Evangelio
de la vida por todo el mundo y a cada criatura (cf. Mc 16, 15).
Hoy este anuncio es particularmente urgente ante la impresionante
multiplicación y agudización de las amenazas a la vida de las personas y de
los pueblos, especialmente cuando ésta es débil e indefensa. A las tradicionales
y dolorosas plagas del hambre, las enfermedades endémicas, la violencia y las
guerras, se añaden otras, con nuevas facetas y dimensiones inquietantes.
Ya el Concilio Vaticano II, en una página de dramática actualidad,
denunció con fuerza los numerosos delitos y atentados contra la vida humana.
A treinta años de distancia, haciendo mías las palabras de la asamblea conciliar,
una vez más y con idéntica firmeza los deploro en nombre de la Iglesia entera,
con la certeza de interpretar el sentimiento auténtico de cada conciencia recta:
« Todo lo que se opone a la vida, como los homicidios de cualquier género, los
genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario; todo lo
que viola la integridad de la persona humana, como las mutilaciones, las torturas
corporales y mentales, incluso los intentos de coacción psicológica; todo lo
que ofende a la dignidad humana, como las condiciones infrahumanas de vida,
los encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución,
la trata de blancas y de jóvenes; también las condiciones ignominiosas de trabajo
en las que los obreros son tratados como meros instrumentos de lucro, no como
personas libres y responsables; todas estas cosas y otras semejantes son ciertamente
oprobios que, al corromper la civilización humana, deshonran más a quienes los
practican que a quienes padecen la injusticia y son totalmente contrarios al
honor debido al Creador ».(5)
4. Por desgracia, este alarmante panorama, en vez de disminuir,
se va más bien agrandando. Con las nuevas perspectivas abiertas por el progreso
científico y tecnológico surgen nuevas formas de agresión contra la dignidad
del ser humano, a la vez que se va delineando y consolidando una nueva situación
cultural, que confiere a los atentados contra la vida un aspecto inédito
y podría decirse aún más inicuo ocasionando ulteriores y graves preocupaciones:
amplios sectores de la opinión pública justifican algunos atentados contra la
vida en nombre de los derechos de la libertad individual, y sobre este presupuesto
pretenden no sólo la impunidad, sino incluso la autorización por parte del Estado,
con el fin de practicarlos con absoluta libertad y además con la intervención
gratuita de las estructuras sanitarias.
En la actualidad, todo esto provoca un cambio profundo en el modo
de entender la vida y las relaciones entre los hombres. El hecho de que las
legislaciones de muchos países, alejándose tal vez de los mismos principios
fundamentales de sus Constituciones, hayan consentido no penar o incluso reconocer
la plena legitimidad de estas prácticas contra la vida es, al mismo tiempo,
un síntoma preocupante y causa no marginal de un grave deterioro moral. Opciones,
antes consideradas unánimemente como delictivas y rechazadas por el común sentido
moral, llegan a ser poco a poco socialmente respetables. La misma medicina,
que por su vocación está ordenada a la defensa y cuidado de la vida humana,
se presta cada vez más en algunos de sus sectores a realizar estos actos contra
la persona, deformando así su rostro, contradiciéndose a sí misma y degradando
la dignidad de quienes la ejercen. En este contexto cultural y legal, incluso
los graves problemas demográficos, sociales y familiares, que pesan sobre numerosos
pueblos del mundo y exigen una atención responsable y activa por parte de las
comunidades nacionales y de las internacionales, se encuentran expuestos a soluciones
falsas e ilusorias, en contraste con la verdad y el bien de las personas y de
las naciones.
El resultado al que se llega es dramático: si es muy grave y preocupante
el fenómeno de la eliminación de tantas vidas humanas incipientes o próximas
a su ocaso, no menos grave e inquietante es el hecho de que a la conciencia
misma, casi oscurecida por condicionamientos tan grandes, le cueste cada vez
más percibir la distinción entre el bien y el mal en lo referente al valor fundamental
mismo de la vida humana.
En comunión con todos los Obispos del mundo
5. El Consistorio extraordinario de Cardenales, celebrado
en Roma del 4 al 7 de abril de 1991, se dedicó al problema de las amenazas a
la vida humana en nuestro tiempo. Después de un amplio y profundo debate sobre
el tema y sobre los desafíos presentados a toda la familia humana y, en particular,
a la comunidad cristiana, los Cardenales, con voto unánime, me pidieron ratificar,
con la autoridad del Sucesor de Pedro, el valor de la vida humana y su carácter
inviolable, con relación a las circunstancias actuales y a los atentados que
hoy la amenazan.
Acogiendo esta petición, escribí en Pentecostés de 1991 una
carta personal a cada Hermano en el Episcopado para que, en el espíritu
de colegialidad episcopal, me ofreciera su colaboración para redactar un documento
al respecto.(6) Estoy profundamente agradecido a todos los Obispos que contestaron,
enviándome valiosas informaciones, sugerencias y propuestas. Ellos testimoniaron
así su unánime y convencida participación en la misión doctrinal y pastoral
de la Iglesia sobre el Evangelio de la vida.
En la misma carta, a pocos días de la celebración del centenario
de la Encíclica Rerum novarum, llamaba la atención de todos sobre esta
singular analogía: « Así como hace un siglo la clase obrera estaba oprimida
en sus derechos fundamentales, y la Iglesia tomó su defensa con gran valentía,
proclamando los derechos sacrosantos de la persona del trabajador, así ahora,
cuando otra categoría de personas está oprimida en su derecho fundamental a
la vida, la Iglesia siente el deber de dar voz, con la misma valentía, a quien
no tiene voz. El suyo es el clamor evangélico en defensa de los pobres del mundo
y de quienes son amenazados, despreciados y oprimidos en sus derechos humanos
».(7)
Hoy una gran multitud de seres humanos débiles e indefensos, como
son, concretamente, los niños aún no nacidos, está siendo aplastada en su derecho
fundamental a la vida. Si la Iglesia, al final del siglo pasado, no podía callar
ante los abusos entonces existentes, menos aún puede callar hoy, cuando a las
injusticias sociales del pasado, tristemente no superadas todavía, se añaden
en tantas partes del mundo injusticias y opresiones incluso más graves, consideradas
tal vez como elementos de progreso de cara a la organización de un nuevo orden
mundial.
La presente Encíclica, fruto de la colaboración del Episcopado
de todos los Países del mundo, quiere ser pues una confirmación precisa y
firme del valor de la vida humana y de su carácter inviolable, y, al mismo
tiempo, una acuciante llamada a todos y a cada uno, en nombre de Dios: ¡respeta,
defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana! ¡Sólo siguiendo este
camino encontrarás justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y felicidad!
¡Que estas palabras lleguen a todos los hijos e hijas de la Iglesia!
¡Que lleguen a todas las personas de buena voluntad, interesadas por el bien
de cada hombre y mujer y por el destino de toda la sociedad!
6. En comunión profunda con cada uno de los hermanos y hermanas
en la fe, y animado por una amistad sincera hacia todos, quiero meditar de
nuevo y anunciar el Evangelio de la vida, esplendor de la verdad que ilumina
las conciencias, luz diáfana que sana la mirada oscurecida, fuente inagotable
de constancia y valor para afrontar los desafíos siempre nuevos que encontramos
en nuestro camino.
Al recordar la rica experiencia vivida durante el Año de la Familia,
como completando idealmente la Carta dirigida por mí « a cada familia
de cualquier región de la tierra »,(8) miro con confianza renovada a todas las
comunidades domésticas, y deseo que resurja o se refuerce a cada nivel el compromiso
de todos por sostener la familia, para que también hoy aun en medio de numerosas
dificultades y de graves amenazas ella se mantenga siempre, según el designio
de Dios, como « santuario de la vida ».(9)
A todos los miembros de la Iglesia, pueblo de la vida y para
la vida, dirijo mi más apremiante invitación para que, juntos, podamos ofrecer
a este mundo nuestro nuevos signos de esperanza, trabajando para que aumenten
la justicia y la solidaridad y se afiance una nueva cultura de la vida humana,
para la edificación de una auténtica civilización de la verdad y del amor.
CAPÍTULO I
LA SANGRE DE TU HERMANO CLAMA A MÍ DESDE EL SUELO
ACTUALES AMENAZAS A LA VIDA HUMANA
« Caín se lanzó contra su hermano Abel y lo mató » (Gn
4, 8): raíz de la violencia contra la vida
7. « No fue Dios quien hizo la muerte ni se recrea en la destrucción
de los vivientes; él todo lo creó para que subsistiera... Porque Dios creó
al hombre para la incorruptibilidad, le hizo imagen de su misma naturaleza;
mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan
los que le pertenecen » (Sb 1, 13-14; 2, 23-24).
El Evangelio de la vida, proclamado al principio con la
creación del hombre a imagen de Dios para un destino de vida plena y perfecta
(cf. Gn 2, 7; Sb 9, 2-3), está como en contradicción con la experiencia
lacerante de la muerte que entra en el mundo y oscurece el sentido de
toda la existencia humana. La muerte entra por la envidia del diablo (cf. Gn
3, 1.4-5) y por el pecado de los primeros padres (cf. Gn 2, 17; 3,
17-19). Y entra de un modo violento, a través de la muerte de Abel causada
por su hermano Caín: « Cuando estaban en el campo, se lanzó Caín contra
su hermano Abel y lo mató » (Gn 4, 8).
Esta primera muerte es presentada con una singular elocuencia
en una página emblemática del libro del Génesis. Una página que cada día se
vuelve a escribir, sin tregua y con degradante repetición, en el libro de la
historia de los pueblos.
Releamos juntos esta página bíblica, que, a pesar de su carácter
arcaico y de su extrema simplicidad, se presenta muy rica de enseñanzas.
« Fue Abel pastor de ovejas y Caín labrador. Pasó algún tiempo,
y Caín hizo al Señor una oblación de los frutos del suelo. También Abel hizo
una oblación de los primogénitos de su rebaño, y de la grasa de los mismos.
El Señor miró propicio a Abel y su oblación, mas no miró propicio a Caín y su
oblación, por lo cual se irritó Caín en gran manera y se abatió su rostro. El
Señor dijo a Caín: "¿Por qué andas irritado, y por qué se ha abatido tu
rostro? ¿No es cierto que si obras bien podrás alzarlo? Mas, si no obras bien,
a la puerta está el pecado acechando como fiera que te codicia, y a quien tienes
que dominar".
Caín dijo a su hermano Abel: "Vamos afuera". Y cuando
estaban en el campo, se lanzó Caín contra su hermano Abel y lo mató.
El Señor dijo a Caín: "¿Dónde está tu hermano Abel?".
Contestó: "No sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?". Replicó
el Señor: "¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde
el suelo. Pues bien: maldito seas, lejos de este suelo que abrió su boca para
recibir de tu mano la sangre de tu hermano. Aunque labres el suelo, no te dará
más fruto. Vagabundo y errante serás en la tierra".
Entonces dijo Caín al Señor: "Mi culpa es demasiado grande
para soportarla. Es decir que hoy me echas de este suelo y he de esconderme
de tu presencia, convertido en vagabundo errante por la tierra, y cualquiera
que me encuentre me matará".
El Señor le respondió: "Al contrario, quienquiera que
matare a Caín, lo pagará siete veces". Y el Señor puso una señal a Caín
para que nadie que lo encontrase le atacara. Caín salió de la presencia del
Señor, y se estableció en el país de Nod, al oriente de Edén » (Gn 4,
2-16).
8. Caín se « irritó en gran manera » y su rostro se « abatió »
porque el Señor « miró propicio a Abel y su oblación » (Gn 4, 4). El
texto bíblico no dice el motivo por el que Dios prefirió el sacrificio de Abel
al de Caín; sin embargo, indica con claridad que, aun prefiriendo la oblación
de Abel, no interrumpió su diálogo con Caín. Le reprende recordándole
su libertad frente al mal: el hombre no está predestinado al mal. Ciertamente,
igual que Adán, es tentado por el poder maléfico del pecado que, como bestia
feroz, está acechando a la puerta de su corazón, esperando lanzarse sobre la
presa. Pero Caín es libre frente al pecado. Lo puede y lo debe dominar: « Como
fiera que te codicia, y a quien tienes que dominar » (Gn 4, 7).
Los celos y la ira prevalecen sobre la advertencia del
Señor, y así Caín se lanza contra su hermano y lo mata. Como leemos en el Catecismo
de la Iglesia Católica, « la Escritura, en el relato de la muerte de Abel
a manos de su hermano Caín, revela, desde los comienzos de la historia humana,
la presencia en el hombre de la ira y la codicia, consecuencia del pecado original.
El hombre se convirtió en el enemigo de sus semejantes ».(10)
El hermano mata a su hermano. Como en el primer fratricidio,
en cada homicidio se viola el parentesco « espiritual » que agrupa a los hombres
en una única gran familia(11) donde todos participan del mismo bien fundamental:
la idéntica dignidad personal. Además, no pocas veces se viola también el parentesco
« de carne y sangre », por ejemplo, cuando las amenazas a la vida se producen
en la relación entre padres e hijos, como sucede con el aborto o cuando, en
un contexto familiar o de parentesco más amplio, se favorece o se procura la
eutanasia.
En la raíz de cada violencia contra el prójimo se cede a la
lógica del maligno, es decir, de aquél que « era homicida desde el principio
» (Jn 8, 44), como nos recuerda el apóstol Juan: « Pues este es el mensaje
que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros. No como Caín,
que, siendo del maligno, mató a su hermano » (1 Jn 3, 11-12). Así, esta
muerte del hermano al comienzo de la historia es el triste testimonio de cómo
el mal avanza con rapidez impresionante: a la rebelión del hombre contra Dios
en el paraíso terrenal se añade la lucha mortal del hombre contra el hombre.
Después del delito, Dios interviene para vengar al asesinado.
Caín, frente a Dios, que le pregunta sobre el paradero de Abel, lejos de sentirse
avergonzado y excusarse, elude la pregunta con arrogancia: « No sé. ¿Soy yo
acaso el guarda de mi hermano? » (Gn 4, 9). « No sé ». Con la
mentira Caín trata de ocultar su delito. Así ha sucedido con frecuencia y sigue
sucediendo cuando las ideologías más diversas sirven para justificar y encubrir
los atentados más atroces contra la persona. « ¿Soy yo acaso el guarda de
mi hermano? »: Caín no quiere pensar en su hermano y rechaza asumir aquella
responsabilidad que cada hombre tiene en relación con los demás. Esto hace pensar
espontáneamente en las tendencias actuales de ausencia de responsabilidad del
hombre hacia sus semejantes, cuyos síntomas son, entre otros, la falta de solidaridad
con los miembros más débiles de la sociedad es decir, ancianos, enfermos, inmigrantes
y niños y la indiferencia que con frecuencia se observa en la relación entre
los pueblos, incluso cuando están en juego valores fundamentales como la supervivencia,
la libertad y la paz.
9. Dios no puede dejar impune el delito: desde el suelo
sobre el que fue derramada, la sangre del asesinado clama justicia a Dios (cf.
Gn 37, 26; Is 26, 21; Ez 24, 7-8). De este texto la Iglesia
ha sacado la denominación de « pecados que claman venganza ante la presencia
de Dios » y entre ellos ha incluido, en primer lugar, el homicidio voluntario(12)
Para los hebreos, como para otros muchos pueblos de la antigüedad, en la sangre
se encuentra la vida, mejor aún, « la sangre es la vida » (Dt 12, 23)
y la vida, especialmente la humana, pertenece sólo a Dios: por eso quien
atenta contra la vida del hombre, de alguna manera atenta contra Dios mismo.
Caín es maldecido por Dios y también por la tierra, que
le negará sus frutos (cf. Gn 4, 11-12). Y es castigado: tendrá
que habitar en la estepa y en el desierto. La violencia homicida cambia profundamente
el ambiente de vida del hombre. La tierra de « jardín de Edén » (Gn 2,
15), lugar de abundancia, de serenas relaciones interpersonales y de amistad
con Dios, pasa a ser « país de Nod » (Gn 4, 16), lugar de « miseria »,
de soledad y de lejanía de Dios. Caín será « vagabundo errante por la tierra
» (Gn 4, 14): la inseguridad y la falta de estabilidad lo acompañarán
siempre.
Pero Dios, siempre misericordioso incluso cuando castiga, «
puso una señal a Caín para que nadie que le encontrase le atacara » (Gn
4, 15). Le da, por tanto, una señal de reconocimiento, que tiene como objetivo
no condenarlo a la execración de los demás hombres, sino protegerlo y defenderlo
frente a quienes querrán matarlo para vengar así la muerte de Abel. Ni siquiera
el homicida pierde su dignidad personal y Dios mismo se hace su garante.
Es justamente aquí donde se manifiesta el misterio paradójico de la justicia
misericordiosa de Dios, como escribió san Ambrosio: « Porque se había cometido
un fratricidio, esto es, el más grande de los crímenes, en el momento mismo
en que se introdujo el pecado, se debió desplegar la ley de la misericordia
divina; ya que, si el castigo hubiera golpeado inmediatamente al culpable, no
sucedería que los hombres, al castigar, usen cierta tolerancia o suavidad, sino
que entregarían inmediatamente al castigo a los culpables. (...) Dios expulsó
a Caín de su presencia y, renegado por sus padres, lo desterró como al exilio
de una habitación separada, por el hecho de que había pasado de la humana benignidad
a la ferocidad bestial. Sin embargo, Dios no quiso castigar al homicida con
el homicidio, ya que quiere el arrepentimiento del pecador y no su muerte ».(13)
« ¿Qué has hecho? » (Gn 4, 10): eclipse del valor
de la vida
10. El Señor dice a Caín: « ¿Qué has hecho? Se oye la sangre de
tu hermano clamar a mí desde el suelo » (Gn 4, 10). La voz de la sangre
derramada por los hombres no cesa de clamar, de generación en generación,
adquiriendo tonos y acentos diversos y siempre nuevos.
La pregunta del Señor « ¿Qué has hecho? », que Caín no puede esquivar,
se dirige también al hombre contemporáneo para que tome conciencia de la amplitud
y gravedad de los atentados contra la vida, que siguen marcando la historia
de la humanidad; para que busque las múltiples causas que los generan y alimentan;
reflexione con extrema seriedad sobre las consecuencias que derivan de estos
mismos atentados para la vida de las personas y de los pueblos.
Hay amenazas que proceden de la naturaleza misma, y que se agravan
por la desidia culpable y la negligencia de los hombres que, no pocas veces,
podrían remediarlas. Otras, sin embargo, son fruto de situaciones de violencia,
odio, intereses contrapuestos, que inducen a los hombres a agredirse entre sí
con homicidios, guerras, matanzas y genocidios.
¿Cómo no pensar también en la violencia contra la vida de millones
de seres humanos, especialmente niños, forzados a la miseria, a la desnutrición,
y al hambre, a causa de una inicua distribución de las riquezas entre los pueblos
y las clases sociales? ¿o en la violencia derivada, incluso antes que de las
guerras, de un comercio escandaloso de armas, que favorece la espiral de tantos
conflictos armados que ensangrientan el mundo? ¿o en la siembra de muerte que
se realiza con el temerario desajuste de los equilibrios ecológicos, con la
criminal difusión de la droga, o con el fomento de modelos de práctica de la
sexualidad que, además de ser moralmente inaceptables, son también portadores
de graves riesgos para la vida? Es imposible enumerar completamente la vasta
gama de amenazas contra la vida humana, ¡son tantas sus formas, manifiestas
o encubiertas, en nuestro tiempo!
11. Pero nuestra atención quiere concentrarse, en particular,
en otro género de atentados, relativos a la vida naciente y terminal,
que presentan caracteres nuevos respecto al pasado y suscitan problemas de
gravedad singular, por el hecho de que tienden a perder, en la conciencia
colectiva, el carácter de « delito » y a asumir paradójicamente el de « derecho
», hasta el punto de pretender con ello un verdadero y propio reconocimiento
legal por parte del Estado y la sucesiva ejecución mediante la intervención
gratuita de los mismos agentes sanitarios. Estos atentados golpean la vida
humana en situaciones de máxima precariedad, cuando está privada de toda capacidad
de defensa. Más grave aún es el hecho de que, en gran medida, se produzcan precisamente
dentro y por obra de la familia, que constitutivamente está llamada a ser, sin
embargo, « santuario de la vida ».
¿Cómo se ha podido llegar a una situación semejante? Se deben
tomar en consideración múltiples factores. En el fondo hay una profunda crisis
de la cultura, que engendra escepticismo en los fundamentos mismos del saber
y de la ética, haciendo cada vez más difícil ver con claridad el sentido del
hombre, de sus derechos y deberes. A esto se añaden las más diversas dificultades
existenciales y relacionales, agravadas por la realidad de una sociedad compleja,
en la que las personas, los matrimonios y las familias se quedan con frecuencia
solas con sus problemas. No faltan además situaciones de particular pobreza,
angustia o exasperación, en las que la prueba de la supervivencia, el dolor
hasta el límite de lo soportable, y las violencias sufridas, especialmente aquellas
contra la mujer, hacen que las opciones por la defensa y promoción de la vida
sean exigentes, a veces incluso hasta el heroísmo.
Todo esto explica, al menos en parte, cómo el valor de la vida
pueda hoy sufrir una especie de « eclipse », aun cuando la conciencia no deje
de señalarlo como valor sagrado e intangible, como demuestra el hecho mismo
de que se tienda a disimular algunos delitos contra la vida naciente o terminal
con expresiones de tipo sanitario, que distraen la atención del hecho de estar
en juego el derecho a la existencia de una persona humana concreta.
12. En efecto, si muchos y graves aspectos de la actual problemática
social pueden explicar en cierto modo el clima de extendida incertidumbre moral
y atenuar a veces en las personas la responsabilidad objetiva, no es menos cierto
que estamos frente a una realidad más amplia, que se puede considerar como una
verdadera y auténtica estructura de pecado, caracterizada por la difusión
de una cultura contraria a la solidaridad, que en muchos casos se configura
como verdadera « cultura de muerte ». Esta estructura está activamente promovida
por fuertes corrientes culturales, económicas y políticas, portadoras de una
concepción de la sociedad basada en la eficiencia. Mirando las cosas desde este
punto de vista, se puede hablar, en cierto sentido, de una guerra de los
poderosos contra los débiles. La vida que exigiría más acogida, amor y cuidado
es tenida por inútil, o considerada como un peso insoportable y, por tanto,
despreciada de muchos modos. Quien, con su enfermedad, con su minusvalidez o,
más simplemente, con su misma presencia pone en discusión el bienestar y el
estilo de vida de los más aventajados, tiende a ser visto como un enemigo del
que hay que defenderse o a quien eliminar. Se desencadena así una especie de
« conjura contra la vida », que afecta no sólo a las personas concretas
en sus relaciones individuales, familiares o de grupo, sino que va más allá
llegando a perjudicar y alterar, a nivel mundial, las relaciones entre los pueblos
y los Estados.
13. Para facilitar la difusión del aborto, se han invertido
y se siguen invirtiendo ingentes sumas destinadas a la obtención de productos
farmacéuticos, que hacen posible la muerte del feto en el seno materno, sin
necesidad de recurrir a la ayuda del médico. La misma investigación científica
sobre este punto parece preocupada casi exclusivamente por obtener productos
cada vez más simples y eficaces contra la vida y, al mismo tiempo, capaces de
sustraer el aborto a toda forma de control y responsabilidad social.
Se afirma con frecuencia que la anticoncepción, segura
y asequible a todos, es el remedio más eficaz contra el aborto. Se acusa además
a la Iglesia católica de favorecer de hecho el aborto al continuar obstinadamente
enseñando la ilicitud moral de la anticoncepción. La objeción, mirándolo bien,
se revela en realidad falaz. En efecto, puede ser que muchos recurran a los
anticonceptivos incluso para evitar después la tentación del aborto. Pero los
contravalores inherentes a la « mentalidad anticonceptiva » bien diversa del
ejercicio responsable de la paternidad y maternidad, respetando el significado
pleno del acto conyugal son tales que hacen precisamente más fuerte esta tentación,
ante la eventual concepción de una vida no deseada. De hecho, la cultura abortista
está particularmente desarrollada justo en los ambientes que rechazan la enseñanza
de la Iglesia sobre la anticoncepción. Es cierto que anticoncepción y aborto,
desde el punto de vista moral, son males específicamente distintos: la
primera contradice la verdad plena del acto sexual como expresión propia del
amor conyugal, el segundo destruye la vida de un ser humano; la anticoncepción
se opone a la virtud de la castidad matrimonial, el aborto se opone a la virtud
de la justicia y viola directamente el precepto divino « no matarás ».
A pesar de su diversa naturaleza y peso moral, muy a menudo están
íntimamente relacionados, como frutos de una misma planta. Es cierto que no
faltan casos en los que se llega a la anticoncepción y al mismo aborto bajo
la presión de múltiples dificultades existenciales, que sin embargo nunca pueden
eximir del esfuerzo por observar plenamente la Ley de Dios. Pero en muchísimos
otros casos estas prácticas tienen sus raíces en una mentalidad hedonista e
irresponsable respecto a la sexualidad y presuponen un concepto egoísta de libertad
que ve en la procreación un obstáculo al desarrollo de la propia personalidad.
Así, la vida que podría brotar del encuentro sexual se convierte en enemigo
a evitar absolutamente, y el aborto en la única respuesta posible frente a una
anticoncepción frustrada.
Lamentablemente la estrecha conexión que, como mentalidad, existe
entre la práctica de la anticoncepción y la del aborto se manifiesta cada vez
más y lo demuestra de modo alarmante también la preparación de productos químicos,
dispositivos intrauterinos y « vacunas » que, distribuidos con la misma facilidad
que los anticonceptivos, actúan en realidad como abortivos en las primerísimas
fases de desarrollo de la vida del nuevo ser humano.
14. También las distintas técnicas de reproducción artificial,
que parecerían puestas al servicio de la vida y que son practicadas no pocas
veces con esta intención, en realidad dan pie a nuevos atentados contra la vida.
Más allá del hecho de que son moralmente inaceptables desde el momento en que
separan la procreación del contexto integralmente humano del acto conyugal,(14)
estas técnicas registran altos porcentajes de fracaso. Este afecta no tanto
a la fecundación como al desarrollo posterior del embrión, expuesto al riesgo
de muerte por lo general en brevísimo tiempo. Además, se producen con frecuencia
embriones en número superior al necesario para su implantación en el seno de
la mujer, y estos así llamados « embriones supernumerarios » son posteriormente
suprimidos o utilizados para investigaciones que, bajo el pretexto del progreso
científico o médico, reducen en realidad la vida humana a simple « material
biológico » del que se puede disponer libremente.
Los diagnósticos prenatales, que no presentan dificultades
morales si se realizan para determinar eventuales cuidados necesarios para el
niño aún no nacido, con mucha frecuencia son ocasión para proponer o practicar
el aborto. Es el aborto eugenésico, cuya legitimación en la opinión pública
procede de una mentalidad equivocadamente considerada acorde con las exigencias
de la « terapéutica » que acoge la vida sólo en determinadas condiciones, rechazando
la limitación, la minusvalidez, la enfermedad.
Siguiendo esta misma lógica, se ha llegado a negar los cuidados
ordinarios más elementales, y hasta la alimentación, a niños nacidos con graves
deficiencias o enfermedades. Además, el panorama actual resulta aún más desconcertante
debido a las propuestas, hechas en varios lugares, de legitimar, en la misma
línea del derecho al aborto, incluso el infanticidio, retornando así
a una época de barbarie que se creía superada para siempre.
15. Amenazas no menos graves afectan también a los enfermos
incurables y a los terminales, en un contexto social y cultural que,
haciendo más difícil afrontar y soportar el sufrimiento, agudiza la tentación
de resolver el problema del sufrimiento eliminándolo en su raíz, anticipando
la muerte al momento considerado como más oportuno.
En una decisión así confluyen con frecuencia elementos diversos,
lamentablemente convergentes en este terrible final. Puede ser decisivo, en
el enfermo, el sentimiento de angustia, exasperación, e incluso desesperación,
provocado por una experiencia de dolor intenso y prolongado. Esto supone una
dura prueba para el equilibrio a veces ya inestable de la vida familiar y personal,
de modo que, por una parte, el enfermo no obstante la ayuda cada vez más eficaz
de la asistencia médica y social, corre el riesgo de sentirse abatido por la
propia fragilidad; por otra, en las personas vinculadas afectivamente con el
enfermo, puede surgir un sentimiento de comprensible aunque equivocada piedad.
Todo esto se ve agravado por un ambiente cultural que no ve en el sufrimiento
ningún significado o valor, es más, lo considera el mal por excelencia, que
debe eliminar a toda costa. Esto acontece especialmente cuando no se tiene una
visión religiosa que ayude a comprender positivamente el misterio del dolor.
Además, en el conjunto del horizonte cultural no deja de influir
también una especie de actitud prometeica del hombre que, de este modo, se cree
señor de la vida y de la muerte porque decide sobre ellas, cuando en realidad
es derrotado y aplastado por una muerte cerrada irremediablemente a toda perspectiva
de sentido y esperanza. Encontramos una trágica expresión de todo esto en la
difusión de la eutanasia, encubierta y subrepticia, practicada abiertamente
o incluso legalizada. Esta, más que por una presunta piedad ante el dolor del
paciente, es justificada a veces por razones utilitarias, de cara a evitar gastos
innecesarios demasiado costosos para la sociedad. Se propone así la eliminación
de los recién nacidos malformados, de los minusválidos graves, de los impedidos,
de los ancianos, sobre todo si no son autosuficientes, y de los enfermos terminales.
No nos es lícito callar ante otras formas más engañosas, pero no menos graves
o reales, de eutanasia. Estas podrían producirse cuando, por ejemplo, para aumentar
la disponibilidad de órganos para trasplante, se procede a la extracción de
los órganos sin respetar los criterios objetivos y adecuados que certifican
la muerte del donante.
16. Otro fenómeno actual, en el que confluyen frecuentemente
amenazas y atentados contra la vida, es el demográfico. Este presenta
modalidades diversas en las diferentes partes del mundo: en los Países ricos
y desarrollados se registra una preocupante reducción o caída de los nacimientos;
los Países pobres, por el contrario, presentan en general una elevada tasa de
aumento de la población, difícilmente soportable en un contexto de menor desarrollo
económico y social, o incluso de grave subdesarrollo. Ante la superpoblación
de los Países pobres faltan, a nivel internacional, medidas globales serias
políticas familiares y sociales, programas de desarrollo cultural y de justa
producción y distribución de los recursos mientras se continúan realizando
políticas antinatalistas.
La anticoncepción, la esterilización y el aborto están ciertamente
entre las causas que contribuyen a crear situaciones de fuerte descenso de la
natalidad. Puede ser fácil la tentación de recurrir también a los mismos métodos
y atentados contra la vida en las situaciones de « explosión demográfica ».
El antiguo Faraón, viendo como una pesadilla la presencia y aumento
de los hijos de Israel, los sometió a toda forma de opresión y ordenó que fueran
asesinados todos los recién nacidos varones de las mujeres hebreas (cf. Ex
1, 7-22). Del mismo modo se comportan hoy no pocos poderosos de la tierra.
Estos consideran también como una pesadilla el crecimiento demográfico actual
y temen que los pueblos más prolíficos y más pobres representen una amenaza
para el bienestar y la tranquilidad de sus Países. Por consiguiente, antes que
querer afrontar y resolver estos graves problemas respetando la dignidad de
las personas y de las familias, y el derecho inviolable de todo hombre a la
vida, prefieren promover e imponer por cualquier medio una masiva planificación
de los nacimientos. Las mismas ayudas económicas, que estarían dispuestos a
dar, se condicionan injustamente a la aceptación de una política antinatalista.
17. La humanidad de hoy nos ofrece un espectáculo verdaderamente
alarmante, si consideramos no sólo los diversos ámbitos en los que se producen
los atentados contra la vida, sino también su singular proporción numérica,
junto con el múltiple y poderoso apoyo que reciben de una vasta opinión pública,
de un frecuente reconocimiento legal y de la implicación de una parte del personal
sanitario.
Como afirmé con fuerza en Denver, con ocasión de la VIII Jornada
Mundial de la Juventud: « Con el tiempo, las amenazas contra la vida no disminuyen.
Al contrario, adquieren dimensiones enormes. No se trata sólo de amenazas procedentes
del exterior, de las fuerzas de la naturaleza o de los "Caínes" que
asesinan a los "Abeles"; no, se trata de amenazas programadas de
manera científica y sistemática. El siglo XX será considerado una época
de ataques masivos contra la vida, una serie interminable de guerras y una destrucción
permanente de vidas humanas inocentes. Los falsos profetas y los falsos maestros
han logrado el mayor éxito posible ».(15) Más allá de las intenciones, que pueden
ser diversas y presentar tal vez aspectos convincentes incluso en nombre de
la solidaridad, estamos en realidad ante una objetiva « conjura contra la
vida », que ve implicadas incluso a Instituciones internacionales, dedicadas
a alentar y programar auténticas campañas de difusión de la anticoncepción,
la esterilización y el aborto. Finalmente, no se puede negar que los medios
de comunicación social son con frecuencia cómplices de esta conjura, creando
en la opinión pública una cultura que presenta el recurso a la anticoncepción,
la esterilización, el aborto y la misma eutanasia como un signo de progreso
y conquista de libertad, mientras muestran como enemigas de la libertad y del
progreso las posiciones incondicionales a favor de la vida.
« ¿Soy acaso yo el guarda de mi hermano? » (Gn 4,
9): una idea perversa de libertad
18. El panorama descrito debe considerarse atendiendo no sólo
a los fenómenos de muerte que lo caracterizan, sino también a lasmúltiples
causas que lo determinan. La pregunta del Señor: « ¿Qué has hecho? » (Gn
4, 10) parece como una invitación a Caín para ir más allá de la materialidad
de su gesto homicida, y comprender toda su gravedad en las motivaciones que
estaban en su origen y en las consecuencias que se derivan.
Las opciones contra la vida proceden, a veces, de situaciones
difíciles o incluso dramáticas de profundo sufrimiento, soledad, falta total
de perspectivas económicas, depresión y angustia por el futuro. Estas circunstancias
pueden atenuar incluso notablemente la responsabilidad subjetiva y la consiguiente
culpabilidad de quienes hacen estas opciones en sí mismas moralmente malas.
Sin embargo, hoy el problema va bastante más allá del obligado reconocimiento
de estas situaciones personales. Está también en el plano cultural, social y
político, donde presenta su aspecto más subversivo e inquietante en la tendencia,
cada vez más frecuente, a interpretar estos delitos contra la vida como legítimas
expresiones de la libertad individual, que deben reconocerse y ser protegidas
como verdaderos y propios derechos.
De este modo se produce un cambio de trágicas consecuencias en
el largo proceso histórico, que después de descubrir la idea de los « derechos
humanos » como derechos inherentes a cada persona y previos a toda Constitución
y legislación de los Estados incurre hoy en una sorprendente contradicción:
justo en una época en la que se proclaman solemnemente los derechos inviolables
de la persona y se afirma públicamente el valor de la vida, el derecho mismo
a la vida queda prácticamente negado y conculcado, en particular en los momentos
más emblemáticos de la existencia, como son el nacimiento y la muerte.
Por una parte, las varias declaraciones universales de los derechos
del hombre y las múltiples iniciativas que se inspiran en ellas, afirman a nivel
mundial una sensibilidad moral más atenta a reconocer el valor y la dignidad
de todo ser humano en cuanto tal, sin distinción de raza, nacionalidad, religión,
opinión política o clase social.
Por otra parte, a estas nobles declaraciones se contrapone lamentablemente
en la realidad su trágica negación. Esta es aún más desconcertante y hasta escandalosa,
precisamente por producirse en una sociedad que hace de la afirmación y de la
tutela de los derechos humanos su objetivo principal y al mismo tiempo su motivo
de orgullo. ¿Cómo poner de acuerdo estas repetidas afirmaciones de principios
con la multiplicación continua y la difundida legitimación de los atentados
contra la vida humana? ¿Cómo conciliar estas declaraciones con el rechazo del
más débil, del más necesitado, del anciano y del recién concebido? Estos atentados
van en una dirección exactamente contraria a la del respeto a la vida, y representan
una amenaza frontal a toda la cultura de los derechos del hombre. Es
una amenaza capaz, al límite, de poner en peligro el significado mismo de la
convivencia democrática: nuestras ciudades corren el riesgo de pasar de ser
sociedades de « con-vivientes » a sociedades de excluidos, marginados, rechazados
y eliminados. Si además se dirige la mirada al horizonte mundial, ¿cómo no pensar
que la afirmación misma de los derechos de las personas y de los pueblos se
reduce a un ejercicio retórico estéril, como sucede en las altas reuniones internacionales,
si no se desenmascara el egoísmo de los Países ricos que cierran el acceso al
desarrollo de los Países pobres, o lo condicionan a absurdas prohibiciones de
procreación, oponiendo el desarrollo al hombre? ¿No convendría quizá revisar
los mismos modelos económicos, adoptados a menudo por los Estados incluso por
influencias y condicionamientos de carácter internacional, que producen y favorecen
situaciones de injusticia y violencia en las que se degrada y vulnera la vida
humana de poblaciones enteras?
19. ¿Dónde están las raíces de una contradicción tan sorprendente?
Podemos encontrarlas en valoraciones generales de orden cultural
o moral, comenzando por aquella mentalidad que, tergiversando e incluso deformando
el concepto de subjetividad, sólo reconoce como titular de derechos a quien
se presenta con plena o, al menos, incipiente autonomía y sale de situaciones
de total dependencia de los demás. Pero, ¿cómo conciliar esta postura con la
exaltación del hombre como ser « indisponible »? La teoría de los derechos
humanos se fundamenta precisamente en la consideración del hecho que el hombre,
a diferencia de los animales y de las cosas, no puede ser sometido al dominio
de nadie. También se debe señalar aquella lógica que tiende a identificar
la dignidad personal con la capacidad de comunicación verbal y explícita y,
en todo caso, experimentable. Está claro que, con estos presupuestos, no hay
espacio en el mundo para quien, como el que ha de nacer o el moribundo, es un
sujeto constitutivamente débil, que parece sometido en todo al cuidado de otras
personas, dependiendo radicalmente de ellas, y que sólo sabe comunicarse mediante
el lenguaje mudo de una profunda simbiosis de afectos. Es, por tanto, la fuerza
que se hace criterio de opción y acción en las relaciones interpersonales y
en la convivencia social. Pero esto es exactamente lo contrario de cuanto ha
querido afirmar históricamente el Estado de derecho, como comunidad en la que
a las « razones de la fuerza » sustituye la « fuerza de la razón ».
A otro nivel, el origen de la contradicción entre la solemne afirmación
de los derechos del hombre y su trágica negación en la práctica, está en un
concepto de libertad que exalta de modo absoluto al individuo, y no lo
dispone a la solidaridad, a la plena acogida y al servicio del otro. Si es cierto
que, a veces, la eliminación de la vida naciente o terminal se enmascara también
bajo una forma malentendida de altruismo y piedad humana, no se puede negar
que semejante cultura de muerte, en su conjunto, manifiesta una visión de la
libertad muy individualista, que acaba por ser la libertad de los « más fuertes
» contra los débiles destinados a sucumbir.
Precisamente en este sentido se puede interpretar la respuesta
de Caín a la pregunta del Señor « ¿Dónde está tu hermano Abel? »: « No sé. ¿Soy
yo acaso el guarda de mi hermano? » (Gn 4, 9). Sí, cada hombre es
« guarda de su hermano », porque Dios confía el hombre al hombre. Y es también
en vista de este encargo que Dios da a cada hombre la libertad, que posee una
esencial dimensión relacional. Es un gran don del Creador, puesta al
servicio de la persona y de su realización mediante el don de sí misma y la
acogida del otro. Sin embargo, cuando la libertad es absolutizada en clave individualista,
se vacía de su contenido original y se contradice en su misma vocación y dignidad.
Hay un aspecto aún más profundo que acentuar: la libertad reniega
de sí misma, se autodestruye y se dispone a la eliminación del otro cuando no
reconoce ni respeta su vínculo constitutivo con la verdad. Cada vez que
la libertad, queriendo emanciparse de cualquier tradición y autoridad, se cierra
a las evidencias primarias de una verdad objetiva y común, fundamento de la
vida personal y social, la persona acaba por asumir como única e indiscutible
referencia para sus propias decisiones no ya la verdad sobre el bien o el mal,
sino sólo su opinión subjetiva y mudable o, incluso, su interés egoísta y su
capricho.
20. Con esta concepción de la libertad, la convivencia social
se deteriora profundamente. Si la promoción del propio yo se entiende en
términos de autonomía absoluta, se llega inevitablemente a la negación del otro,
considerado como enemigo de quien defenderse. De este modo la sociedad se convierte
en un conjunto de individuos colocados unos junto a otros, pero sin vínculos
recíprocos: cada cual quiere afirmarse independientemente de los demás, incluso
haciendo prevalecer sus intereses. Sin embargo, frente a los intereses análogos
de los otros, se ve obligado a buscar cualquier forma de compromiso, si se quiere
garantizar a cada uno el máximo posible de libertad en la sociedad. Así, desaparece
toda referencia a valores comunes y a una verdad absoluta para todos; la vida
social se adentra en las arenas movedizas de un relativismo absoluto. Entonces
todo es pactable, todo es negociable: incluso el primero de los derechos
fundamentales, el de la vida.
Es lo que de hecho sucede también en el ámbito más propiamente
político o estatal: el derecho originario e inalienable a la vida se pone en
discusión o se niega sobre la base de un voto parlamentario o de la voluntad
de una parte aunque sea mayoritaria de la población. Es el resultado nefasto
de un relativismo que predomina incontrovertible: el « derecho » deja de ser
tal porque no está ya fundamentado sólidamente en la inviolable dignidad de
la persona, sino que queda sometido a la voluntad del más fuerte. De este modo
la democracia, a pesar de sus reglas, va por un camino de totalitarismo fundamental.
El Estado deja de ser la « casa común » donde todos pueden vivir según los principios
de igualdad fundamental, y se transforma en Estado tirano, que presume
de poder disponer de la vida de los más débiles e indefensos, desde el niño
aún no nacido hasta el anciano, en nombre de una utilidad pública que no es
otra cosa, en realidad, que el interés de algunos. Parece que todo acontece
en el más firme respeto de la legalidad, al menos cuando las leyes que permiten
el aborto o la eutanasia son votadas según las, así llamadas, reglas democráticas.
Pero en realidad estamos sólo ante una trágica apariencia de legalidad, donde
el ideal democrático, que es verdaderamente tal cuando reconoce y tutela la
dignidad de toda persona humana, es traicionado en sus mismas bases: «
¿Cómo es posible hablar todavía de dignidad de toda persona humana, cuando se
permite matar a la más débil e inocente? ¿En nombre de qué justicia se realiza
la más injusta de las discriminaciones entre las personas, declarando a algunas
dignas de ser defendidas, mientras a otras se niega esta dignidad? ».(16) Cuando
se verifican estas condiciones, se han introducido ya los dinamismos que llevan
a la disolución de una auténtica convivencia humana y a la disgregación de la
misma realidad establecida.
Reivindicar el derecho al aborto, al infanticidio, a la eutanasia,
y reconocerlo legalmente, significa atribuir a la libertad humana un significado
perverso e inicuo: el de un poder absoluto sobre los demás y contra los
demás. Pero ésta es la muerte de la verdadera libertad: « En verdad, en
verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo » (Jn 8, 34).
« He de esconderme de tu presencia » (Gn 4, 14):
eclipse del sentido de Dios y del hombre
21. En la búsqueda de las raíces más profundas de la lucha entre
la « cultura de la vida » y la « cultura de la muerte », no basta detenerse
en la idea perversa de libertad anteriormente señalada. Es necesario llegar
al centro del drama vivido por el hombre contemporáneo: el eclipse del sentido
de Dios y del hombre, característico del contexto social y cultural dominado
por el secularismo, que con sus tentáculos penetrantes no deja de poner a prueba,
a veces, a las mismas comunidades cristianas. Quien se deja contagiar por esta
atmósfera, entra fácilmente en el torbellino de un terrible círculo vicioso:
perdiendo el sentido de Dios, se tiende a perder también el sentido del hombre,
de su dignidad y de su vida. A su vez, la violación sistemática de la ley
moral, especialmente en el grave campo del respeto de la vida humana y su dignidad,
produce una especie de progresiva ofuscación de la capacidad de percibir la
presencia vivificante y salvadora de Dios.
Una vez más podemos inspirarnos en el relato del asesinato de
Abel por parte de su hermano. Después de la maldición impuesta por Dios, Caín
se dirige así al Señor: « Mi culpa es demasiado grande para soportarla. Es decir
que hoy me echas de este suelo y he de esconderme de tu presencia, convertido
en vagabundo errante por la tierra, y cualquiera que me encuentre me matará
» (Gn 4, 13-14). Caín considera que su pecado no podrá ser perdonado
por el Señor y que su destino inevitable será tener que « esconderse de su presencia
». Si Caín confiesa que su culpa es « demasiado grande », es porque sabe que
se encuentra ante Dios y su justo juicio. En realidad, sólo delante del Señor
el hombre puede reconocer su pecado y percibir toda su gravedad. Esta es la
experiencia de David, que después de « haber pecado contra el Señor », reprendido
por el profeta Natán (cf. 2 Sam 11-12), exclama: « Mi delito yo lo reconozco,
mi pecado sin cesar está ante mí; contra ti, contra ti sólo he pecado, lo malo
a tus ojos cometí » (Sal 5150, 5-6).
22. Por esto, cuando se pierde el sentido de Dios, también el
sentido del hombre queda amenazado y contaminado, como afirma lapidariamente
el Concilio Vaticano II: « La criatura sin el Creador desaparece... Más aún,
por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida ».(17) El hombre no
puede ya entenderse como « misteriosamente otro » respecto a las demás criaturas
terrenas; se considera como uno de tantos seres vivientes, como un organismo
que, a lo sumo, ha alcanzado un estadio de perfección muy elevado. Encerrado
en el restringido horizonte de su materialidad, se reduce de este modo a « una
cosa », y ya no percibe el carácter trascendente de su « existir como hombre
». No considera ya la vida como un don espléndido de Dios, una realidad « sagrada
» confiada a su responsabilidad y, por tanto, a su custodia amorosa, a su «
veneración ». La vida llega a ser simplemente « una cosa », que el hombre reivindica
como su propiedad exclusiva, totalmente dominable y manipulable.
Así, ante la vida que nace y la vida que muere, el hombre ya no
es capaz de dejarse interrogar sobre el sentido más auténtico de su existencia,
asumiendo con verdadera libertad estos momentos cruciales de su propio « existir
». Se preocupa sólo del « hacer » y, recurriendo a cualquier forma de tecnología,
se afana por programar, controlar y dominar el nacimiento y la muerte. Estas,
de experiencias originarias que requieren ser « vividas », pasan a ser cosas
que simplemente se pretenden « poseer » o « rechazar ».
Por otra parte, una vez excluida la referencia a Dios, no sorprende
que el sentido de todas las cosas resulte profundamente deformado, y la misma
naturaleza, que ya no es « mater », quede reducida a « material » disponible
a todas las manipulaciones. A esto parece conducir una cierta racionalidad técnico-científica,
dominante en la cultura contemporánea, que niega la idea misma de una verdad
de la creación que hay que reconocer o de un designio de Dios sobre la vida
que hay que respetar. Esto no es menos verdad, cuando la angustia por los resultados
de esta « libertad sin ley » lleva a algunos a la postura opuesta de una « ley
sin libertad », como sucede, por ejemplo, en ideologías que contestan la legitimidad
de cualquier intervención sobre la naturaleza, como en nombre de una « divinización
» suya, que una vez más desconoce su dependencia del designio del Creador.
En realidad, viviendo « como si Dios no existiera », el hombre
pierde no sólo el misterio de Dios, sino también el del mundo y el de su propio
ser.
23. El eclipse del sentido de Dios y del hombre conduce inevitablemente
al materialismo práctico, en el que proliferan el individualismo, el
utilitarismo y el hedonismo. Se manifiesta también aquí la perenne validez de
lo que escribió el Apóstol: « Como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento
de Dios, Dios los entregó a su mente insensata, para que hicieran lo que no
conviene » (Rm 1, 28). Así, los valores del ser son sustituidos
por los del tener. El único fin que cuenta es la consecución del propio
bienestar material. La llamada « calidad de vida » se interpreta principal o
exclusivamente como eficiencia económica, consumismo desordenado, belleza y
goce de la vida física, olvidando las dimensiones más profundas relacionales,
espirituales y religiosas de la existencia.
En semejante contexto el sufrimiento, elemento inevitable
de la existencia humana, aunque también factor de posible crecimiento personal,
es « censurado », rechazado como inútil, más aún, combatido como mal que debe
evitarse siempre y de cualquier modo. Cuando no es posible evitarlo y la perspectiva
de un bienestar al menos futuro se desvanece, entonces parece que la vida ha
perdido ya todo sentido y aumenta en el hombre la tentación de reivindicar el
derecho a su supresión.
Siempre en el mismo horizonte cultural, el cuerpo ya no
se considera como realidad típicamente personal, signo y lugar de las relaciones
con los demás, con Dios y con el mundo. Se reduce a pura materialidad: está
simplemente compuesto de órganos, funciones y energías que hay que usar según
criterios de mero goce y eficiencia. Por consiguiente, también la sexualidad
se despersonaliza e instrumentaliza: de signo, lugar y lenguaje del amor,
es decir, del don de sí mismo y de la acogida del otro según toda la riqueza
de la persona, pasa a ser cada vez más ocasión e instrumento de afirmación del
propio yo y de satisfacción egoísta de los propios deseos e instintos. Así se
deforma y falsifica el contenido originario de la sexualidad humana, y los dos
significados, unitivo y procreativo, innatos a la naturaleza misma del acto
conyugal, son separados artificialmente. De este modo, se traiciona la unión
y la fecundidad se somete al arbitrio del hombre y de la mujer. La procreación
se convierte entonces en el « enemigo » a evitar en la práctica de la sexualidad.
Cuando se acepta, es sólo porque manifiesta el propio deseo, o incluso la propia
voluntad, de tener un hijo « a toda costa », y no, en cambio, por expresar la
total acogida del otro y, por tanto, la apertura a la riqueza de vida de la
que el hijo es portador.
En la perspectiva materialista expuesta hasta aquí, las relaciones
interpersonales experimentan un grave empobrecimiento. Los primeros que
sufren sus consecuencias negativas son la mujer, el niño, el enfermo o el que
sufre y el anciano. El criterio propio de la dignidad personal el del respeto,
la gratuidad y el servicio se sustituye por el criterio de la eficiencia, la
funcionalidad y la utilidad. Se aprecia al otro no por lo que « es », sino por
lo que « tiene, hace o produce ». Es la supremacía del más fuerte sobre el más
débil.
24. En lo íntimo de la conciencia moral se produce el eclipse
del sentido de Dios y del hombre, con todas sus múltiples y funestas consecuencias
para la vida. Se pone en duda, sobre todo, la conciencia de cada persona,
que en su unicidad e irrepetibilidad se encuentra sola ante Dios.(18) Pero
también se cuestiona, en cierto sentido, la « conciencia moral » de la sociedad.
Esta es de algún modo responsable, no sólo porque tolera o favorece comportamientos
contrarios a la vida, sino también porque alimenta la « cultura de la muerte
», llegando a crear y consolidar verdaderas y auténticas « estructuras de pecado
» contra la vida. La conciencia moral, tanto individual como social, está hoy
sometida, a causa también del fuerte influjo de muchos medios de comunicación
social, a un peligro gravísimo y mortal, el de la confusión entre
el bien y el mal en relación con el mismo derecho fundamental a la vida.
Lamentablemente, una gran parte de la sociedad actual se asemeja a la que Pablo
describe en la Carta a los Romanos. Está formada « de hombres que aprisionan
la verdad en la injusticia » (1, 18): habiendo renegado de Dios y creyendo poder
construir la ciudad terrena sin necesidad de El, « se ofuscaron en sus razonamientos
» de modo que « su insensato corazón se entenebreció » (1, 21); « jactándose
de sabios se volvieron estúpidos » (1, 22), se hicieron autores de obras dignas
de muerte y « no solamente las practican, sino que aprueban a los que las cometen
» (1, 32). Cuando la conciencia, este luminoso ojo del alma (cf. Mt 6,
22-23), llama « al mal bien y al bien mal » (Is 5, 20), camina ya hacia
su degradación más inquietante y hacia la más tenebrosa ceguera moral.
Sin embargo, todos los condicionamientos y esfuerzos por imponer
el silencio no logran sofocar la voz del Señor que resuena en la conciencia
de cada hombre. De este íntimo santuario de la conciencia puede empezar un nuevo
camino de amor, de acogida y de servicio a la vida humana.
« Os habéis acercado a la sangre de la aspersión » (cf.
Hb 12, 22.24): signos de esperanza y llamada al compromiso
25. « Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo
» (Gn 4, 10). No es sólo la sangre de Abel, el primer inocente asesinado,
que clama a Dios, fuente y defensor de la vida. También la sangre de todo hombre
asesinado después de Abel es un clamor que se eleva al Señor. De una forma absolutamente
única, clama a Dios la sangre de Cristo, de quien Abel en su inocencia
es figura profética, como nos recuerda el autor de la Carta a los Hebreos: «
Vosotros, en cambio, os habéis acercado al monte Sión, a la ciudad del Dios
vivo... al mediador de una Nueva Alianza, y a la aspersión purificadora de una
sangre que habla mejor que la de Abel » (12, 22.24).
Es la sangre de la aspersión. De ella había sido símbolo
y signo anticipador la sangre de los sacrificios de la Antigua Alianza, con
los que Dios manifestaba la voluntad de comunicar su vida a los hombres, purificándolos
y consagrándolos (cf. Ex 24, 8; Lv 17, 11). Ahora, todo esto se
cumple y verifica en Cristo: la suya es la sangre de la aspersión que redime,
purifica y salva; es la sangre del mediador de la Nueva Alianza « derramada
por muchos para perdón de los pecados » (Mt 26, 28). Esta sangre, que
brota del costado abierto de Cristo en la cruz (cf. Jn 19, 34), « habla
mejor que la de Abel »; en efecto, expresa y exige una « justicia » más profunda,
pero sobre todo implora misericordia,(19) se hace ante el Padre intercesora
por los hermanos (cf. Hb 7, 25), es fuente de redención perfecta y don
de vida nueva.
La sangre de Cristo, mientras revela la grandeza del amor del
Padre, manifiesta qué precioso es el hombre a los ojos de Dios y qué inestimable
es el valor de su vida. Nos lo recuerda el apóstol Pedro: « Sabéis que habéis
sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo
caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha
y sin mancilla, Cristo » (1 Pe 1, 18-19). Precisamente contemplando la
sangre preciosa de Cristo, signo de su entrega de amor (cf. Jn 13, 1),
el creyente aprende a reconocer y apreciar la dignidad casi divina de todo hombre
y puede exclamar con nuevo y grato estupor: « ¡Qué valor debe tener el hombre
a los ojos del Creador, si ha "merecido tener tan gran Redentor" (Himno
Exsultet de la Vigilia pascual), si "Dios ha dado a su Hijo",
a fin de que él, el hombre, "no muera sino que tenga la vida eterna"
(cf. Jn 3, 16)! ».(20)
Además, la sangre de Cristo manifiesta al hombre que su grandeza,
y por tanto su vocación, consiste en el don sincero de sí mismo. Precisamente
porque se derrama como don de vida, la sangre de Cristo ya no es signo de muerte,
de separación definitiva de los hermanos, sino instrumento de una comunión que
es riqueza de vida para todos. Quien bebe esta sangre en el sacramento de la
Eucaristía y permanece en Jesús (cf. Jn 6, 56) queda comprometido en
su mismo dinamismo de amor y de entrega de la vida, para llevar a plenitud la
vocación originaria al amor, propia de todo hombre (cf. Jn 1, 27; 2,
18-24).
Es en la sangre de Cristo donde todos los hombres encuentran
la fuerza para comprometerse en favor de la vida. Esta sangre es justamente
el motivo más grande de esperanza, más aún, es el fundamento de la absoluta
certeza de que según el designio divino la vida vencerá. « No habrá ya muerte
», exclama la voz potente que sale del trono de Dios en la Jerusalén celestial
(Ap 21, 4). Y san Pablo nos asegura que la victoria actual sobre el pecado
es signo y anticipo de la victoria definitiva sobre la muerte, cuando « se cumplirá
la palabra que está escrita: "La muerte ha sido devorada en la victoria.
¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?"
» (1 Cor 15, 54-55).
26. En realidad, no faltan signos que anticipan esta victoria
en nuestras sociedades y culturas, a pesar de estar fuertemente marcadas por
la « cultura de la muerte ». Se daría, por tanto, una imagen unilateral, que
podría inducir a un estéril desánimo, si junto con la denuncia de las amenazas
contra la vida no se presentan los signos positivos que se dan en la
situación actual de la humanidad.
Desgraciadamente, estos signos positivos encuentran a menudo dificultad
para manifestarse y ser reconocidos, tal vez también porque no encuentran una
adecuada atención en los medios de comunicación social. Pero, ¡cuántas iniciativas
de ayuda y apoyo a las personas más débiles e indefensas han surgido y continúan
surgiendo en la comunidad cristiana y en la sociedad civil, a nivel local, nacional
e internacional, promovidas por individuos, grupos, movimientos y organizaciones
diversas!
Son todavía muchos los esposos que, con generosa responsabilidad,
saben acoger a los hijos como « el don más excelente del matrimonio ».(21) No
faltan familias que, además de su servicio cotidiano a la vida, acogen
a niños abandonados, a muchachos y jóvenes en dificultad, a personas minusválidas,
a ancianos solos. No pocos centros de ayuda a la vida, o instituciones
análogas, están promovidos por personas y grupos que, con admirable dedicación
y sacrificio, ofrecen un apoyo moral y material a madres en dificultad, tentadas
de recurrir al aborto. También surgen y se difunden grupos de voluntarios
dedicados a dar hospitalidad a quienes no tienen familia, se encuentran en condiciones
de particular penuria o tienen necesidad de hallar un ambiente educativo que
les ayude a superar comportamientos destructivos y a recuperar el sentido de
la vida.
La medicina, impulsada con gran dedicación por investigadores
y profesionales, persiste en su empeño por encontrar remedios cada vez más eficaces:
resultados que hace un tiempo eran del todo impensables y capaces de abrir prometedoras
perspectivas se obtienen hoy para la vida naciente, para las personas que sufren
y los enfermos en fase aguda o terminal. Distintos entes y organizaciones se
movilizan para llevar, incluso a los países más afectados por la miseria y las
enfermedades endémicas, los beneficios de la medicina más avanzada. Así, asociaciones
nacionales e internacionales de médicos se mueven oportunamente para socorrer
a las poblaciones probadas por calamidades naturales, epidemias o guerras. Aunque
una verdadera justicia internacional en la distribución de los recursos médicos
está aún lejos de su plena realización, ¿cómo no reconocer en los pasos dados
hasta ahora el signo de una creciente solidaridad entre los pueblos, de una
apreciable sensibilidad humana y moral y de un mayor respeto por la vida?
27. Frente a legislaciones que han permitido el aborto y a tentativas,
surgidas aquí y allá, de legalizar la eutanasia, han aparecido en todo el mundo
movimientos e iniciativas de sensibilización social en favor de la vida.
Cuando, conforme a su auténtica inspiración, actúan con determinada firmeza
pero sin recurrir a la violencia, estos movimientos favorecen una toma de conciencia
más difundida y profunda del valor de la vida, solicitando y realizando un compromiso
más decisivo por su defensa.
¿Cómo no recordar, además, todos estos gestos cotidianos de
acogida, sacrificio y cuidado desinteresado que un número incalculable de
personas realiza con amor en las familias, hospitales, orfanatos, residencias
de ancianos y en otros centros o comunidades, en defensa de la vida? La Iglesia,
dejándose guiar por el ejemplo de Jesús « buen samaritano » (cf. Lc 10,
29-37) y sostenida por su fuerza, siempre ha estado en la primera línea de la
caridad: tantos de sus hijos e hijas, especialmente religiosas y religiosos,
con formas antiguas y siempre nuevas, han consagrado y continúan consagrando
su vida a Dios ofreciéndola por amor al prójimo más débil y necesitado. Estos
gestos construyen en lo profundo la « civilización del amor y de la vida »,
sin la cual la existencia de las personas y de la sociedad pierde su significado
más auténticamente humano. Aunque nadie los advierta y permanezcan escondidos
a la mayoría, la fe asegura que el Padre, « que ve en lo secreto » (Mt 6,
4), no sólo sabrá recompensarlos, sino que ya desde ahora los hace fecundos
con frutos duraderos para todos.
Entre los signos de esperanza se da también el incremento, en
muchos estratos de la opinión pública, de una nueva sensibilidad cada vez
más contraria a la guerra como instrumento de solución de los conflictos
entre los pueblos, y orientada cada vez más a la búsqueda de medios eficaces,
pero « no violentos », para frenar la agresión armada. Además, en este mismo
horizonte se da la aversión cada vez más difundida en la opinión pública
a la pena de muerte, incluso como instrumento de « legítima defensa » social,
al considerar las posibilidades con las que cuenta una sociedad moderna para
reprimir eficazmente el crimen de modo que, neutralizando a quien lo ha cometido,
no se le prive definitivamente de la posibilidad de redimirse.
También se debe considerar positivamente una mayor atención a
la calidad de vida y a la ecología, que se registra sobre todo
en las sociedades más desarrolladas, en las que las expectativas de las personas
no se centran tanto en los problemas de la supervivencia cuanto más bien en
la búsqueda de una mejora global de las condiciones de vida. Particularmente
significativo es el despertar de una reflexión ética sobre la vida. Con el nacimiento
y desarrollo cada vez más extendido de la bioética se favorece la reflexión
y el diálogo entre creyentes y no creyentes, así como entre creyentes de diversas
religiones sobre problemas éticos, incluso fundamentales, que afectan a la
vida del hombre.
28. Este horizonte de luces y sombras debe hacernos a todos plenamente
conscientes de que estamos ante un enorme y dramático choque entre el bien y
el mal, la muerte y la vida, la « cultura de la muerte » y la « cultura de la
vida ». Estamos no sólo « ante », sino necesariamente « en medio » de este conflicto:
todos nos vemos implicados y obligados a participar, con la responsabilidad
ineludible de elegir incondicionalmente en favor de la vida.
También para nosotros resuena clara y fuerte la invitación a Moisés:
« Mira, yo pongo hoy ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia...; te pongo
delante vida o muerte, bendición o maldición. Escoge la vida, para que vivas,
tú y tu descendencia » (Dt 30, 15.19). Es una invitación válida también
para nosotros, llamados cada día a tener que decidir entre la « cultura de la
vida » y la « cultura de la muerte ». Pero la llamada del Deuteronomio es aún
más profunda, porque nos apremia a una opción propiamente religiosa y moral.
Se trata de dar a la propia existencia una orientación fundamental y vivir en
fidelidad y coherencia con la Ley del Señor: « Yo te prescribo hoy que ames
al Señor tu Dios, que sigas sus caminos y guardes sus mandamientos,
preceptos y normas... Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia,
amando al Señor tu Dios, escuchando su voz, viviendo unido a él; pues en
eso está tu vida, así como la prolongación de tus días » (30, 16.19-20).
La opción incondicional en favor de la vida alcanza plenamente
su significado religioso y moral cuando nace, viene plasmada y es alimentada
por la fe en Cristo. Nada ayuda tanto a afrontar positivamente el conflicto
entre la muerte y la vida, en el que estamos inmersos, como la fe en el Hijo
de Dios que se ha hecho hombre y ha venido entre los hombres « para que tengan
vida y la tengan en abundancia » (Jn 10, 10): es la fe en el Resucitado,
que ha vencido la muerte; es la fe en la sangre de Cristo « que habla mejor
que la de Abel » (Hb 12, 24).
Por tanto, a la luz y con la fuerza de esta fe, y ante los desafíos
de la situación actual, la Iglesia toma más viva conciencia de la gracia y de
la responsabilidad que recibe de su Señor para anunciar, celebrar y servir al
Evangelio de la vida.
CAPÍTULO II
HE VENIDO PARA QUE TENGAN VIDA
MENSAJE CRISTIANO SOBRE LA VIDA
« La Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto » (1 Jn 1,
2): la mirada dirigida a Cristo, « Palabra de vida »
29. Ante las innumerables y graves amenazas contra la vida en
el mundo contemporáneo, podríamos sentirnos como abrumados por una sensación
de impotencia insuperable: ¡el bien nunca podrá tener la fuerza suficiente para
vencer el mal!
Este es el momento en que el Pueblo de Dios, y en él cada creyente,
está llamado a profesar, con humildad y valentía, la propia fe en Jesucristo,
« Palabra de vida » (1 Jn 1, 1). En realidad, el Evangelio de la vida
no es una mera reflexión, aunque original y profunda, sobre la vida humana;
ni sólo un mandamiento destinado a sensibilizar la conciencia y a causar cambios
significativos en la sociedad; menos aún una promesa ilusoria de un futuro mejor.
El Evangelio de la vida es una realidad concreta y personal, porque consiste
en el anuncio dela persona misma de Jesús, el cual se presenta al apóstol
Tomás, y en él a todo hombre, con estas palabras: « Yo soy el Camino, la Verdad
y la Vida » (Jn 14, 6). Es la misma identidad manifestada a Marta, la
hermana de Lázaro: « Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque
muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás » (Jn 11,
25-26). Jesús es el Hijo que desde la eternidad recibe la vida del Padre (cf.
Jn 5, 26) y que ha venido a los hombres para hacerles partícipes de este
don: « Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia » (Jn
10, 10).
Así, por la palabra, la acción y la persona misma de Jesús se
da al hombre la posibilidad de « conocer » toda la verdad sobre el valor
de la vida humana. De esa « fuente » recibe, en particular, la capacidad de
« obrar » perfectamente esa verdad (cf. Jn 3, 21), es decir, asumir y
realizar en plenitud la responsabilidad de amar y servir, defender y promover
la vida humana.
En efecto, en Cristo se anuncia definitivamente y se da plenamente
aquel Evangelio de la vida que, anticipado ya en la Revelación del Antiguo
Testamento y, más aún, escrito de algún modo en el corazón mismo de cada hombre
y mujer, resuena en cada conciencia « desde el principio », o sea, desde la
misma creación, de modo que, a pesar de los condicionamientos negativos del
pecado, también puede ser conocido por la razón humana en sus aspectos esenciales.
Como dice el Concilio Vaticano II, Cristo « con su presencia y manifestación,
con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa
resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda
la revelación y la confirma con testimonio divino; a saber, que Dios está con
nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y la muerte y para hacernos
resucitar a una vida eterna ».(22)
30. Por tanto, con la mirada fija en el Señor Jesús queremos volver
a escuchar de El « las palabras de Dios » (Jn 3, 34) y meditar de nuevo
el Evangelio de la vida. El sentido más profundo y original de esta meditación
del mensaje revelado sobre la vida humana ha sido expuesto por el apóstol Juan,
al comienzo de su Primera Carta: « Lo que existía desde el principio, lo que
hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron
nuestras manos acerca de la Palabra de vida pues la Vida se manifestó, y nosotros
la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna, que estaba
vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó lo que hemos visto y oído, os
lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros » (1,
1-3).
En Jesús, « Palabra de vida », se anuncia y comunica la vida divina
y eterna. Gracias a este anuncio y a este don, la vida física y espiritual del
hombre, incluida su etapa terrena, encuentra plenitud de valor y significado:
en efecto, la vida divina y eterna es el fin al que está orientado y llamado
el hombre que vive en este mundo. El Evangelio de la vida abarca así
todo lo que la misma experiencia y la razón humana dicen sobre el valor de la
vida, lo acoge, lo eleva y lo lleva a término.
« Mi fortaleza y mi canción es el Señor. El es mi salvación
» (Ex 15, 2): la vida es siempre un bien
31. En realidad, la plenitud evangélica del mensaje sobre la vida
fue ya preparada en el Antiguo Testamento. Es sobre todo en las vicisitudes
del Exodo, fundamento de la experiencia de fe del Antiguo Testamento, donde
Israel descubre el valor de la vida a los ojos de Dios. Cuando parece ya abocado
al exterminio, porque la amenaza de muerte se extiende a todos sus recién nacidos
varones (cf. Ex 1, 15-22), el Señor se le revela como salvador, capaz
de asegurar un futuro a quien está sin esperanza. Nace así en Israel una clara
conciencia: su vida no está a merced de un faraón que puede usarla con
arbitrio despótico; al contrario, es objeto de un tierno y fuerte amor por
parte de Dios.
La liberación de la esclavitud es el don de una identidad, el
reconocimiento de una dignidad indeleble y el inicio de una historia nueva,
en la que van unidos el descubrimiento de Dios y de sí mismo. La experiencia
del Exodo es original y ejemplar. Israel aprende de ella que, cada vez que es
amenazado en su existencia, sólo tiene que acudir a Dios con confianza renovada
para encontrar en él asistencia eficaz: « Eres mi siervo, Israel. ¡Yo te he
formado, tú eres mi siervo, Israel, yo no te olvido! » (Is 44, 21).
De este modo, mientras Israel reconoce el valor de su propia existencia
como pueblo, avanza también en la percepción del sentido y valor de la vida
en cuanto tal. Es una reflexión que se desarrolla de modo particular en
los libros sapienciales, partiendo de la experiencia cotidiana de la precariedad
de la vida y de la conciencia de las amenazas que la acechan. Ante las contradicciones
de la existencia, la fe está llamada a ofrecer una respuesta.
El problema del dolor acosa sobre todo a la fe y la pone a prueba.
¿Cómo no oír el gemido universal del hombre en la meditación del libro de Job?
El inocente aplastado por el sufrimiento se pregunta comprensiblemente: « ¿Para
qué dar la luz a un desdichado, la vida a los que tienen amargada el alma, a
los que ansían la muerte que no llega y excavan en su búsqueda más que por un
tesoro? » (3, 20-21). Pero también en la más densa oscuridad la fe orienta hacia
el reconocimiento confiado y adorador del « misterio »: « Sé que eres todopoderoso:
ningún proyecto te es irrealizable » (Jb 42, 2).
Progresivamente la Revelación lleva a descubrir con mayor claridad
el germen de vida inmortal puesto por el Creador en el corazón de los hombres:
« El ha hecho todas las cosas apropiadas a su tiempo; también ha puesto el mundo
en sus corazones » (Ecl 3, 11). Este germen de totalidad y plenitud
espera manifestarse en el amor, y realizarse, por don gratuito de Dios,
en la participación en su vida eterna.
« El nombre de Jesús ha restablecido a este hombre » (cf.
Hch 3, 16): en la precariedad de la existencia humana Jesús lleva
a término el sentido de la vida
32. La experiencia del pueblo de la Alianza se repite en la de
todos los « pobres » que encuentran a Jesús de Nazaret. Así como el Dios « amante
de la vida » (cf. Sb 11, 26) había confortado a Israel en medio de los
peligros, así ahora el Hijo de Dios anuncia, a cuantos se sienten amenazados
e impedidos en su existencia, que sus vidas también son un bien al cual el amor
del Padre da sentido y valor.
« Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios,
los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva
» (Lc 7, 22). Con estas palabras del profeta Isaías (35, 5-6; 61, 1),
Jesús presenta el significado de su propia misión. Así, quienes sufren a causa
de una existencia de algún modo « disminuida », escuchan de El la buena nueva
de que Dios se interesa por ellos, y tienen la certeza de que también su
vida es un don celosamente custodiado en las manos del Padre (cf. Mt 6,
25-34).
Los « pobres » son interpelados particularmente por la predicación
y las obras de Jesús. La multitud de enfermos y marginados, que lo siguen y
lo buscan (cf. Mt 4, 23-25), encuentran en su palabra y en sus gestos
la revelación del gran valor que tiene su vida y del fundamento de sus esperanzas
de salvación.
Lo mismo sucede en la misión de la Iglesia desde sus comienzos.
Ella, que anuncia a Jesús como aquél que « pasó haciendo el bien y curando a
todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él » (Hch 10,
38), es portadora de un mensaje de salvación que resuena con toda su novedad
precisamente en las situaciones de miseria y pobreza de la vida del hombre.
Así hace Pedro en la curación del tullido, al que ponían todos los días junto
a la puerta « Hermosa » del templo de Jerusalén para pedir limosna: « No tengo
plata ni oro; pero lo que tengo, te doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno,
ponte a andar » (Hch 3, 6). Por la fe en Jesús, « autor de la vida »
(cf. Hch 3, 15), la vida que yace abandonada y suplicante vuelve a ser
consciente de sí misma y de su plena dignidad.
La palabra y las acciones de Jesús y de su Iglesia no se dirigen
sólo a quienes padecen enfermedad, sufrimiento o diversas formas de marginación
social, sino que conciernen más profundamente al sentido mismo de la vida
de cada hombre en sus dimensiones morales y espirituales. Sólo quien reconoce
que su propia vida está marcada por la enfermedad del pecado, puede redescubrir,
en el encuentro con Jesús Salvador, la verdad y autenticidad de su existencia,
según sus mismas palabras: « No necesitan médico los que están sanos, sino los
que están mal. No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores
» (Lc 5, 31-32).
En cambio, quien cree que puede asegurar su vida mediante la acumulación
de bienes materiales, como el rico agricultor de la parábola evangélica, en
realidad se engaña. La vida se le está escapando, y muy pronto se verá privado
de ella sin haber logrado percibir su verdadero significado: « ¡Necio! Esta
misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?
» (Lc 12, 20).
33. En la vida misma de Jesús, desde el principio al fin, se da
esta singular « dialéctica » entre la experiencia de la precariedad de la vida
humana y la afirmación de su valor. En efecto, la precariedad marca la vida
de Jesús desde su nacimiento. Ciertamente encuentra acogida en los justos,
que se unieron al « sí » decidido y gozoso de María (cf. Lc 1, 38). Pero
también siente, en seguida, el rechazo de un mundo que se hace hostil
y busca al niño « para matarle » (Mt 2, 13), o que permanece indiferente
y distraído ante el cumplimiento del misterio de esta vida que entra en el mundo:
« no tenían sitio en el alojamiento » (Lc 2, 7). Del contraste entre
las amenazas y las inseguridades, por una parte, y la fuerza del don de Dios,
por otra, brilla con mayor intensidad la gloria que se irradia desde la casa
de Nazaret y del pesebre de Belén: esta vida que nace es salvación para toda
la humanidad (cf. Lc 2, 11).
Jesús asume plenamente las contradicciones y los riesgos de la
vida: « siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais
con su pobreza » (2 Cor 8, 9). La pobreza de la que habla Pablo no es
sólo despojarse de privilegios divinos, sino también compartir las condiciones
más humildes y precarias de la vida humana (cf. Flp 2, 6-7). Jesús vive
esta pobreza durante toda su vida, hasta el momento culminante de la cruz: «
se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo
cual Dios le exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre » (Flp
2, 8-9). Es precisamente en su muerte donde Jesús revela toda
la grandeza y el valor de la vida, ya que su entrega en la cruz es fuente
de vida nueva para todos los hombres (cf. Jn 12, 32). En este peregrinar
en medio de las contradicciones y en la misma pérdida de la vida, Jesús es guiado
por la certeza de que está en las manos del Padre. Por eso puede decirle en
la cruz: « Padre, en tus manos pongo mi espíritu » (Lc 23, 46), esto
es, mi vida. ¡Qué grande es el valor de la vida humana si el Hijo de Dios la
ha asumido y ha hecho de ella el lugar donde se realiza la salvación para toda
la humanidad!
« Llamados... a reproducir la imagen de su Hijo » (Rm
8, 28-29): la gloria de Dios resplandece en el rostro del hombre
34. La vida es siempre un bien. Esta es una intuición o, más bien,
un dato de experiencia, cuya razón profunda el hombre está llamado a comprender.
¿Por qué la vida es un bien? La pregunta recorre toda la
Biblia, y ya desde sus primeras páginas encuentra una respuesta eficaz y admirable.
La vida que Dios da al hombre es original y diversa de la de las demás criaturas
vivientes, ya que el hombre, aunque proveniente del polvo de la tierra (cf.
Gn 2, 7; 3, 19; Jb 34, 15; Sal 103102, 14; 104103, 29),
es manifestación de Dios en el mundo, signo de su presencia, resplandor de su
gloria (cf. Gn 1, 26-27; Sal 8, 6). Es lo que quiso acentuar también
san Ireneo de Lyon con su célebre definición: « el hombre que vive es la gloria
de Dios».(23) Al hombre se le ha dado una altísima dignidad, que tiene
sus raíces en el vínculo íntimo que lo une a su Creador: en el hombre se refleja
la realidad misma de Dios.
Lo afirma el libro del Génesis en el primer relato de la creación,
poniendo al hombre en el vértice de la actividad creadora de Dios, como su culmen,
al término de un proceso que va desde el caos informe hasta la criatura más
perfecta. Toda la creación está ordenada al hombre y todo se somete a él:
« Henchid la tierra y sometedla; mandad... en todo animal que serpea sobre
la tierra » (1, 28), ordena Dios al hombre y a la mujer. Un mensaje semejante
aparece también en el otro relato de la creación: « Tomó, pues, el Señor Dios
al hombre y le dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase » (Gn
2, 15). Así se reafirma la primacía del hombre sobre las cosas, las cuales
están destinadas a él y confiadas a su responsabilidad, mientras que por ningún
motivo el hombre puede ser sometido a sus semejantes y reducido al rango de
cosa.
En el relato bíblico, la distinción entre el hombre y las demás
criaturas se manifiesta sobre todo en el hecho de que sólo su creación se presenta
como fruto de una especial decisión por parte de Dios, de una deliberación que
establece un vínculo particular y específico con el Creador: « Hagamos
al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra » (Gn 1, 26).
La vida que Dios ofrece al hombre es un don con el que Dios comparte
algo de sí mismo con la criatura.
Israel se peguntará durante mucho tiempo sobre el sentido de este
vínculo particular y específico del hombre con Dios. También el libro del Eclesiástico
reconoce que Dios al crear a los hombres « los revistió de una fuerza como la
suya, y los hizo a su imagen » (17, 3). Con esto el autor sagrado manifiesta
no sólo su dominio sobre el mundo, sino también las facultades espirituales
más características del hombre, como la razón, el discernimiento del bien
y del mal, la voluntad libre: « De saber e inteligencia los llenó, les enseñó
el bien y el mal » (Si 17, 6). La capacidad de conocer la verdad y
la libertad son prerrogativas del hombre en cuanto creado a imagen de su
Creador, el Dios verdadero y justo (cf. Dt 32, 4). Sólo el hombre, entre
todas las criaturas visibles, tiene « capacidad para conocer y amar a su Creador
».(24) La vida que Dios da al hombre es mucho más que un existir en el tiempo.
Es tensión hacia una plenitud de vida, es germen de un existencia que supera
los mismos límites del tiempo: « Porque Dios creó al hombre para la incorruptibilidad,
le hizo imagen de su misma naturaleza » (Sb 2, 23).
35. El relato yahvista de la creación expresa también la misma
convicción. En efecto, esta antigua narración habla de un soplo divino que
es infundido en el hombre para que tenga vida: « El Señor Dios formó
al hombre con polvo del suelo, sopló en sus narices un aliento de vida, y resultó
el hombre un ser viviente » (Gn 2, 7).
El origen divino de este espíritu de vida explica la perenne insatisfacción
que acompaña al hombre durante su existencia. Creado por Dios, llevando en sí
mismo una huella indeleble de Dios, el hombre tiende naturalmente a El. Al experimentar
la aspiración profunda de su corazón, todo hombre hace suya la verdad expresada
por san Agustín: « Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto
hasta que descanse en ti ».(25)
Qué elocuente es la insatisfacción de la que es víctima la vida
del hombre en el Edén, cuando su única referencia es el mundo vegetal y animal
(cf. Gn 2, 20). Sólo la aparición de la mujer, es decir, de un ser que
es hueso de sus huesos y carne de su carne (cf. Gn 2, 23), y en quien
vive igualmente el espíritu de Dios creador, puede satisfacer la exigencia de
diálogo interpersonal que es vital para la existencia humana. En el otro, hombre
o mujer, se refleja Dios mismo, meta definitiva y satisfactoria de toda persona.
« ¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, el hijo de Adán
para que de él te cuides? », se pregunta el Salmista (Sal 8, 5). Ante
la inmensidad del universo es muy poca cosa, pero precisamente este contraste
descubre su grandeza: « Apenas inferior a los ángeles le hiciste (también se
podría traducir: « apenas inferior a Dios »), coronándole de gloria y de esplendor
» (Sal 8, 6). La gloria de Dios resplandece en el rostro del hombre.
En él encuentra el Creador su descanso, como comenta asombrado y conmovido
san Ambrosio: « Finalizó el sexto día y se concluyó la creación del mundo con
la formación de aquella obra maestra que es el hombre, el cual ejerce su dominio
sobre todos los seres vivientes y es como el culmen del universo y la belleza
suprema de todo ser creado. Verdaderamente deberíamos mantener un reverente
silencio, porque el Señor descansó de toda obra en el mundo. Descansó al final
en lo íntimo del hombre, descansó en su mente y en su pensamiento; en efecto,
había creado al hombre dotado de razón, capaz de imitarle, émulo de sus virtudes,
anhelante de las gracias celestes. En estas dotes suyas descansa el Dios que
dijo: "¿En quién encontraré reposo, si no es en el humilde y contrito,
que tiembla a mi palabra" (cf. Is 66, 1-2). Doy gracias al Señor
nuestro Dios por haber creado una obra tan maravillosa donde encontrar su descanso
».(26)
36. Lamentablemente, el magnífico proyecto de Dios se oscurece
por la irrupción del pecado en la historia. Con el pecado el hombre se rebela
contra el Creador, acabando por idolatrar a las criaturas: « Cambiaron
la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en vez
del Creador » (Rm 1, 25). De este modo, el ser humano no sólo desfigura
en sí mismo la imagen de Dios, sino que está tentado de ofenderla también en
los demás, sustituyendo las relaciones de comunión por actitudes de desconfianza,
indiferencia, enemistad, llegando al odio homicida. Cuando no se reconoce a
Dios como Dios, se traiciona el sentido profundo del hombre y se perjudica
la comunión entre los hombres.
En la vida del hombre la imagen de Dios vuelve a resplandecer
y se manifiesta en toda su plenitud con la venida del Hijo de Dios en carne
humana: « El es Imagen de Dios invisible » (Col 1, 15), « resplandor
de su gloria e impronta de su sustancia » (Hb 1, 3). El es la imagen
perfecta del Padre.
El proyecto de vida confiado al primer Adán encuentra finalmente
su cumplimiento en Cristo. Mientras la desobediencia de Adán deteriora y desfigura
el designio de Dios sobre la vida del hombre, introduciendo la muerte en el
mundo, la obediencia redentora de Cristo es fuente de gracia que se derrama
sobre los hombres abriendo de par en par a todos las puertas del reino de la
vida (cf. Rm 5, 12-21). Afirma el apóstol Pablo: « Fue hecho el primer
hombre, Adán, alma viviente; el último Adán, espíritu que da vida » (1 Cor
15, 45).
La plenitud de la vida se da a cuantos aceptan seguir a Cristo.
En ellos la imagen divina es restaurada, renovada y llevada a perfección. Este
es el designio de Dios sobre los seres humanos: que « reproduzcan la imagen
de su Hijo » (Rm 8, 29). Sólo así, con el esplendor de esta imagen, el
hombre puede ser liberado de la esclavitud de la idolatría, puede reconstruir
la fraternidad rota y reencontrar su propia identidad.
« Todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás » (Jn
11, 26): el don de la vida eterna
37. La vida que el Hijo de Dios ha venido a dar a los hombres
no se reduce a la mera existencia en el tiempo. La vida, que desde siempre está
« en él » y es « la luz de los hombres » (Jn 1, 4), consiste en ser
engendrados por Dios y participar de la plenitud de su amor: « A todos los
que lo recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en
su nombre; el cual no nació de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de
hombre, sino que nació de Dios » (Jn 1, 12-13).
A veces Jesús llama esta vida, que El ha venido a dar, simplemente
así: « la vida »; y presenta la generación por parte de Dios como condición
necesaria para poder alcanzar el fin para el cual Dios ha creado al hombre:
« El que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios » (Jn 3, 3).
El don de esta vida es el objetivo específico de la misión de Jesús: él « es
el que baja del cielo y da la vida al mundo » (Jn 6, 33), de modo que
puede afirmar con toda verdad: « El que me siga... tendrá la luz de la vida
» (Jn 8, 12).
Otras veces Jesús habla de « vida eterna », donde el adjetivo
no se refiere sólo a una perspectiva supratemporal. « Eterna » es la vida que
Jesús promete y da, porque es participación plena de la vida del « Eterno ».
Todo el que cree en Jesús y entra en comunión con El tiene la vida eterna (cf.
Jn 3, 15; 6, 40), ya que escucha de El las únicas palabras que revelan
e infunden plenitud de vida en su existencia; son las « palabras de vida eterna
» que Pedro reconoce en su confesión de fe: « Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú
tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el
Santo de Dios » (Jn 6, 68-69). Jesús mismo explica después en qué consiste
la vida eterna, dirigiéndose al Padre en la gran oración sacerdotal: « Esta
es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú
has enviado, Jesucristo » (Jn 17, 3). Conocer a Dios y a su Hijo es acoger
el misterio de la comunión de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo
en la propia vida, que ya desde ahora se abre a la vida eterna por la
participación en la vida divina.
38. Por tanto, la vida eterna es la vida misma de Dios y a la
vez la vida de los hijos de Dios. Un nuevo estupor y una gratitud sin
límites se apoderan necesariamente del creyente ante esta inesperada e inefable
verdad que nos viene de Dios en Cristo. El creyente hace suyas las palabras
del apóstol Juan: « Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos
de Dios, pues ¡lo somos!... Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se
ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes
a él, porque le veremos tal cual es » (1 Jn 3, 1-2).
Así alcanza su culmen la verdad cristiana sobre la vida. Su
dignidad no sólo está ligada a sus orígenes, a su procedencia divina, sino también
a su fin, a su destino de comunión con Dios en su conocimiento y amor. A la
luz de esta verdad san Ireneo precisa y completa su exaltación del hombre: «
el hombre que vive » es « gloria de Dios », pero « la vida del hombre consiste
en la visión de Dios ».(27)
De aquí derivan unas consecuencias inmediatas para la vida humana
en su misma condición terrena, en la que ya ha germinado y está creciendo
la vida eterna. Si el hombre ama instintivamente la vida porque es un bien,
este amor encuentra ulterior motivación y fuerza, nueva extensión y profundidad
en las dimensiones divinas de este bien. En esta perspectiva, el amor que todo
ser humano tiene por la vida no se reduce a la simple búsqueda de un espacio
donde pueda realizarse a sí mismo y entrar en relación con los demás, sino que
se desarrolla en la gozosa conciencia de poder hacer de la propia existencia
el « lugar » de la manifestación de Dios, del encuentro y de la comunión con
El. La vida que Jesús nos da no disminuye nuestra existencia en el tiempo, sino
que la asume y conduce a su destino último: « Yo soy la resurrección y la vida...;
todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás » (Jn 11, 25.26).
« A cada uno pediré cuentas de la vida de su hermano » (Gn
9, 5): veneración y amor por la vida de todos
39. La vida del hombre proviene de Dios, es su don, su imagen
e impronta, participación de su soplo vital. Por tanto, Dios es el único
señor de esta vida: el hombre no puede disponer de ella. Dios mismo lo afirma
a Noé después del diluvio: « Os prometo reclamar vuestra propia sangre: la reclamaré
a todo animal y al hombre: a todos y a cada uno reclamaré el alma humana » (Gn
9, 5). El texto bíblico se preocupa de subrayar cómo la sacralidad de la
vida tiene su fundamento en Dios y en su acción creadora: « Porque a imagen
de Dios hizo El al hombre » (Gn 9, 6).
La vida y la muerte del hombre están, pues, en las manos de Dios,
en su poder: « El, que tiene en su mano el alma de todo ser viviente y el soplo
de toda carne de hombre », exclama Job (12, 10). « El Señor da muerte y vida,
hace bajar al Seol y retornar » (1 S 2, 6). Sólo El puede decir: « Yo
doy la muerte y doy la vida » (Dt 32, 39).
Sin embargo, Dios no ejerce este poder como voluntad amenazante,
sino como cuidado y solicitud amorosa hacia sus criaturas. Si es cierto
que la vida del hombre está en las manos de Dios, no lo es menos que sus manos
son cariñosas como las de una madre que acoge, alimenta y cuida a su niño: «
Mantengo mi alma en paz y silencio como niño destetado en el regazo de su madre.
¡Como niño destetado está mi alma en mí! » (Sal 131130, 2; cf. Is
49, 15; 66, 12-13; Os 11, 4). Así Israel ve en las vicisitudes de
los pueblos y en la suerte de los individuos no el fruto de una mera casualidad
o de un destino ciego, sino el resultado de un designio de amor con el que Dios
concentra todas las potencialidades de vida y se opone a las fuerzas de muerte
que nacen del pecado: « No fue Dios quien hizo la muerte, ni se recrea en la
destrucción de los vivientes; él todo lo creó para que subsistiera » (Sb
1, 13-14).
40. De la sacralidad de la vida deriva su carácter inviolable,
inscrito desde el principio en el corazón del hombre, en su conciencia.
La pregunta « ¿Qué has hecho? » (Gn 4, 10), con la que Dios se dirige
a Caín después de que éste hubiera matado a su hermano Abel, presenta la experiencia
de cada hombre: en lo profundo de su conciencia siempre es llamado a respetar
el carácter inviolable de la vida la suya y la de los demás, como realidad
que no le pertenece, porque es propiedad y don de Dios Creador y Padre.
El mandamiento relativo al carácter inviolable de la vida humana
ocupa el centro de las « diez palabras » de la alianza del Sinaí (cf.
Ex 34, 28). Prohíbe, ante todo, el homicidio: « No matarás » (Ex 20,
13); « No quites la vida al inocente y justo » (Ex 23, 7); pero también
condena como se explicita en la legislación posterior de Israel cualquier
daño causado a otro (cf. Ex 21, 12-27). Ciertamente, se debe reconocer
que en el Antiguo Testamento esta sensibilidad por el valor de la vida, aunque
ya muy marcada, no alcanza todavía la delicadeza del Sermón de la Montaña, como
se puede ver en algunos aspectos de la legislación entonces vigente, que establecía
penas corporales no leves e incluso la pena de muerte. Pero el mensaje global,
que corresponde al Nuevo Testamento llevar a perfección, es una fuerte llamada
a respetar el carácter inviolable de la vida física y la integridad personal,
y tiene su culmen en el mandamiento positivo que obliga a hacerse cargo del
prójimo como de sí mismo: « Amarás a tu prójimo como a ti mismo » (Lv 19,
18).
41. El mandamiento « no matarás », incluido y profundizado en
el precepto positivo del amor al prójimo, es confirmado por el Señor Jesús
en toda su validez. Al joven rico que le pregunta: « Maestro, ¿qué he de
hacer de bueno para conseguir vida eterna? », responde: « Si quieres entrar
en la vida, guarda los mandamientos » (Mt 19, 16.17). Y cita, como primero,
el « no matarás » (v. 18). En el Sermón de la Montaña, Jesús exige de los discípulos
una justicia superior a la de los escribas y fariseos también en el campo
del respeto a la vida: « Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás;
y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que
se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal » (Mt 5, 21-22).
Jesús explicita posteriormente con su palabra y sus obras las
exigencias positivas del mandamiento sobre el carácter inviolable de la vida.
Estas estaban ya presentes en el Antiguo Testamento, cuya legislación se preocupaba
de garantizar y salvaguardar a las personas en situaciones de vida débil y amenazada:
el extranjero, la viuda, el huérfano, el enfermo, el pobre en general, la vida
misma antes del nacimiento (cf. Ex 21, 22; 22, 20-26). Con Jesús estas
exigencias positivas adquieren vigor e impulso nuevos y se manifiestan en toda
su amplitud y profundidad: van desde cuidar la vida del hermano (familiar,
perteneciente al mismo pueblo, extranjero que vive en la tierra de Israel),
a hacerse cargo delforastero, hasta amar al enemigo.
No existe el forastero para quien debe hacerse prójimo del
necesitado, incluso asumiendo la responsabilidad de su vida, como enseña de
modo elocuente e incisivo la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10,
25-37). También el enemigo deja de serlo para quien está obligado a amarlo (cf.
Mt 5, 38-48; Lc 6, 27-35) y « hacerle el bien » (cf. Lc 6,
27.33.35), socorriendo las necesidades de su vida con prontitud y sentido de
gratuidad (cf. Lc 6, 34-35). Culmen de este amor es la oración por el
enemigo, mediante la cual sintonizamos con el amor providente de Dios: « Pues
yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que
seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y
buenos, y llover sobre justos e injustos » (Mt 5, 44-45; cf. Lc 6,
28.35).
De este modo, el mandamiento de Dios para salvaguardar la vida
del hombre tiene su aspecto más profundo en la exigencia de veneración y
amor hacia cada persona y su vida. Esta es la enseñanza que el apóstol Pablo,
haciéndose eco de la palabra de Jesús (cf. Mt 19, 17-18), dirige a los
cristianos de Roma: « En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás,
no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás
a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad
es, por tanto, la ley en su plenitud » (Rm 13, 9-10).
« Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla
» (Gn 1, 28): responsabilidades del hombre ante la vida
42. Defender y promover, respetar y amar la vida es una tarea
que Dios confía a cada hombre, llamándolo, como imagen palpitante suya, a participar
de la soberanía que El tiene sobre el mundo: « Y Dios los bendijo, y les dijo
Dios: "Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla; mandad
en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea
sobre la tierra" » (Gn 1, 28).
El texto bíblico evidencia la amplitud y profundidad de la soberanía
que Dios da al hombre. Se trata, sobre todo, del dominio sobre la tierra
y sobre cada ser vivo, como recuerda el libro de la Sabiduría: « Dios de
los Padres, Señor de la misericordia... con tu Sabiduría formaste al hombre
para que dominase sobre los seres por ti creados, y administrase el mundo con
santidad y justicia » (9, 1.2-3). También el Salmista exalta el dominio del
hombre como signo de la gloria y del honor recibidos del Creador: « Le hiciste
señor de las obras de tus manos, todo fue puesto por ti bajo sus pies: ovejas
y bueyes, todos juntos, y aun las bestias del campo, y las aves del cielo, y
los peces del mar, que surcan las sendas de las aguas » (Sal 8, 7-9).
El hombre, llamado a cultivar y custodiar el jardín del mundo
(cf. Gn 2, 15), tiene una responsabilidad específica sobre elambiente
de vida, o sea, sobre la creación que Dios puso al servicio de su dignidad
personal, de su vida: respecto no sólo al presente, sino también a las generaciones
futuras. Es la cuestión ecológica desde la preservación del « habitat
» natural de las diversas especies animales y formas de vida, hasta la « ecología
humana » propiamente dicha(28) que encuentra en la Biblia una luminosa y fuerte
indicación ética para una solución respetuosa del gran bien de la vida, de toda
vida. En realidad, « el dominio confiado al hombre por el Creador no es un poder
absoluto, ni se puede hablar de libertad de "usar y abusar", o de
disponer de las cosas como mejor parezca. La limitación impuesta por el mismo
Creador desde el principio, y expresada simbólicamente con la prohibición de
"comer del fruto del árbol" (cf. Gn 2, 16-17), muestra claramente
que, ante la naturaleza visible, estamos sometidos a las leyes no sólo biológicas
sino también morales, cuya transgresión no queda impune ».(29)
43. Una cierta participación del hombre en la soberanía de Dios
se manifiesta también en la responsabilidad específica que le es confiada
en relación con la vida propiamente humana. Es una responsabilidad que
alcanza su vértice en el don de la vidamediante la procreación por parte
del hombre y la mujer en el matrimonio, como nos recuerda el Concilio Vaticano
II: « El mismo Dios, que dijo « no es bueno que el hombre esté solo » (Gn
2, 18) y que « hizo desde el principio al hombre, varón y mujer » (Mt
19, 4), queriendo comunicarle cierta participación especial en su propia obra
creadora, bendijo al varón y a la mujer diciendo: « Creced y multiplicaos »
(Gn 1, 28) ».(30)
Hablando de una « cierta participación especial » del hombre y
de la mujer en la « obra creadora » de Dios, el Concilio quiere destacar cómo
la generación de un hijo es un acontecimiento profundamente humano y altamente
religioso, en cuanto implica a los cónyuges que forman « una sola carne » (Gn
2, 24) y también a Dios mismo que se hace presente. Como he escrito en la
Carta a las Familias, « cuando de la unión conyugal de los dos nace un
nuevo hombre, éste trae consigo al mundo una particular imagen y semejanza de
Dios mismo: en la biología de la generación está inscrita la genealogía de
la persona. Al afirmar que los esposos, en cuanto padres, son colaboradores
de Dios Creador en la concepción y generación de un nuevo ser humano, no nos
referimos sólo al aspecto biológico; queremos subrayar más bien que en la
paternidad y maternidad humanas Dios mismo está presente de un modo diverso
de como lo está en cualquier otra generación "sobre la tierra". En
efecto, solamente de Dios puede provenir aquella "imagen y semejanza",
propia del ser humano, como sucedió en la creación. La generación es, por consiguiente,
la continuación de la creación ».(31)
Esto lo enseña, con lenguaje inmediato y elocuente, el texto sagrado
refiriendo la exclamación gozosa de la primera mujer, « la madre de todos los
vivientes » (Gn 3, 20). Consciente de la intervención de Dios, Eva dice:
« He adquirido un varón con el favor del Señor » (Gn 4, 1). Por tanto,
en la procreación, al comunicar los padres la vida al hijo, se transmite la
imagen y la semejanza de Dios mismo, por la creación del alma inmortal.(32)
En este sentido se expresa el comienzo del « libro de la genealogía de Adán
»: « El día en que Dios creó a Adán, le hizo a imagen de Dios. Los creó varón
y hembra, los bendijo, y los llamó "Hombre" en el día de su creación.
Tenía Adán ciento treinta años cuando engendró un hijo a su semejanza, según
su imagen, a quien puso por nombre Set » (Gn 5, 1-3). Precisamente en
esta función suya como colaboradores de Dios que transmiten su imagen a la
nueva criatura, está la grandeza de los esposos dispuestos « a cooperar
con el amor del Creador y Salvador, que por medio de ellos aumenta y enriquece
su propia familia cada día más ».(33) En este sentido el obispo Anfiloquio exaltaba
el « matrimonio santo, elegido y elevado por encima de todos los dones terrenos
» como « generador de la humanidad, artífice de imágenes de Dios ».(34)
Así, el hombre y la mujer unidos en matrimonio son asociados a
una obra divina: mediante el acto de la procreación, se acoge el don de Dios
y se abre al futuro una nueva vida.
Sin embargo, más allá de la misión específica de los padres,
el deber de acoger y servir la vida incumbe a todos y ha de manifestarse principalmente
con la vida que se encuentra en condiciones de mayor debilidad. Es el mismo
Cristo quien nos lo recuerda, pidiendo ser amado y servido en los hermanos probados
por cualquier tipo de sufrimiento: hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos,
enfermos, encarcelados... Todo lo que se hace a uno de ellos se hace a Cristo
mismo (cf. Mt 25, 31-46).
« Porque tú mis vísceras has formado » (Sal 139
138, 13): la dignidad del niño aún no nacido
44. La vida humana se encuentra en una situación muy precaria
cuando viene al mundo y cuando sale del tiempo para llegar a la eternidad. Están
muy presentes en la Palabra de Dios sobre todo en relación con la existencia
marcada por la enfermedad y la vejez las exhortaciones al cuidado y al respeto.
Si faltan llamadas directas y explícitas a salvaguardar la vida humana en sus
orígenes, especialmente la vida aún no nacida, como también la que está cercana
a su fin, ello se explica fácilmente por el hecho de que la sola posibilidad
de ofender, agredir o, incluso, negar la vida en estas condiciones se sale del
horizonte religioso y cultural del pueblo de Dios.
En el Antiguo Testamento la esterilidad es temida como una maldición,
mientras que la prole numerosa es considerada como una bendición: « La herencia
del Señor son los hijos, recompensa el fruto de las entrañas » (Sal 127126,
3; cf. Sal 128127, 3-4). Influye también en esta convicción la conciencia
que tiene Israel de ser el pueblo de la Alianza, llamado a multiplicarse según
la promesa hecha a Abraham: « Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes
contarlas... así será tu descendencia » (Gn 5, 15). Pero es sobre todo
palpable la certeza de que la vida transmitida por los padres tiene su origen
en Dios, como atestiguan tantas páginas bíblicas que con respeto y amor hablan
de la concepción, de la formación de la vida en el seno materno, del nacimiento
y del estrecho vínculo que hay entre el momento inicial de la existencia y la
acción del Dios Creador.
« Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía,
y antes que nacieses, te tenía consagrado » (Jr 1, 5): la existencia
de cada individuo, desde su origen, está en el designio divino. Job, desde
lo profundo de su dolor, se detiene a contemplar la obra de Dios en la formación
milagrosa de su cuerpo en el seno materno, encontrando en ello un motivo de
confianza y manifestando la certeza de la existencia de un proyecto divino sobre
su vida: « Tus manos me formaron, me plasmaron, y luego, en arrebato, me quieres
destruir! Recuerda que me hiciste como se amasa el barro, y que al polvo has
de devolverme. ¿No me vertiste como leche y me cuajaste como queso? De piel
y de carne me vestiste y me tejiste de huesos y de nervios. Luego con la vida
me agraciaste y tu solicitud cuidó mi aliento » (10, 8-12). Acentos de reverente
estupor ante la intervención de Dios sobre la vida en formación resuenan también
en los Salmos.(35)
¿Cómo se puede pensar que uno solo de los momentos de este maravilloso
proceso de formación de la vida pueda ser sustraído de la sabia y amorosa acción
del Creador y dejado a merced del arbitrio del hombre? Ciertamente no lo pensó
así la madre de los siete hermanos, que profesó su fe en Dios, principio y garantía
de la vida desde su concepción, y al mismo tiempo fundamento de la esperanza
en la nueva vida más allá de la muerte: « Yo no sé cómo aparecisteis en mis
entrañas, ni fui yo quien os regaló el espíritu y la vida, ni tampoco organicé
yo los elementos de cada uno. Pues así el Creador del mundo, el que modeló al
hombre en su nacimiento y proyectó el origen de todas las cosas, os devolverá
el espíritu y la vida con misericordia, porque ahora no miráis por vosotros
mismos a causa de sus leyes » (2 M 7, 22-23).
45. La revelación del Nuevo Testamento confirma el reconocimiento
indiscutible del valor de la vida desde sus comienzos. La exaltación de
la fecundidad y la espera diligente de la vida resuenan en las palabras con
las que Isabel se alegra por su embarazo: « El Señor... se dignó quitar mi oprobio
entre los hombres » (Lc 1, 25). El valor de la persona desde su concepción
es celebrado más vivamente aún en el encuentro entre la Virgen María e Isabel,
y entre los dos niños que llevan en su seno. Son precisamente ellos, los niños,
quienes revelan la llegada de la era mesiánica: en su encuentro comienza a actuar
la fuerza redentora de la presencia del Hijo de Dios entre los hombres. « Bien
pronto escribe san Ambrosio se manifiestan los beneficios de la llegada de
María y de la presencia del Señor... Isabel fue la primera en oír la voz, pero
Juan fue el primero en experimentar la gracia, porque Isabel escuchó según las
facultades de la naturaleza, pero Juan, en cambio, se alegró a causa del misterio.
Isabel sintió la proximidad de María, Juan la del Señor; la mujer oyó la salutación
de la mujer, el hijo sintió la presencia del Hijo; ellas proclaman la gracia,
ellos, viviéndola interiormente, logran que sus madres se aprovechen de este
don hasta tal punto que, con un doble milagro, ambas empiezan a profetizar por
inspiración de sus propios hijos. El niño saltó de gozo y la madre fue llena
del Espíritu Santo, pero no fue enriquecida la madre antes que el hijo, sino
que, después que fue repleto el hijo, quedó también colmada la madre ».(36)
« ¡Tengo fe, aún cuando digo: "Muy desdichado soy"!
» (Sal 116115, 10): la vida en la vejez y en el sufrimiento
46. También en lo relativo a los últimos momentos de la existencia,
sería anacrónico esperar de la revelación bíblica una referencia expresa a la
problemática actual del respeto de las personas ancianas y enfermas, y una condena
explícita de los intentos de anticipar violentamente su fin. En efecto, estamos
en un contexto cultural y religioso que no está afectado por estas tentaciones,
sino que, en lo concerniente al anciano, reconoce en su sabiduría y experiencia
una riqueza insustituible para la familia y la sociedad.
La vejez está marcada por el prestigio y rodeada de veneración
(cf. 2 M 6, 23). El justo no pide ser privado de la ancianidad y de su
peso, al contrario, reza así: « Pues tú eres mi esperanza, Señor, mi confianza
desde mi juventud... Y ahora que llega la vejez y las canas, ¡oh Dios, no me
abandones!, para que anuncie yo tu brazo a todas las edades venideras » (Sal
7170, 5.18). El tiempo mesiánico ideal es presentado como aquél en el que
« no habrá jamás... viejo que no llene sus días » (Is 65, 20).
Sin embargo, ¿cómo afrontar en la vejez el declive inevitable
de la vida? ¿Qué actitud tomar ante la muerte? El creyente sabe que su vida
está en las manos de Dios: « Señor, en tus manos está mi vida » (cf. Sal
1615, 5), y que de El acepta también el morir: « Esta sentencia viene del
Señor sobre toda carne, ¿por qué desaprobar el agrado del Altísimo? » (Si
41, 4). El hombre, que no es dueño de la vida, tampoco lo es de la muerte;
en su vida, como en su muerte, debe confiarse totalmente al « agrado del Altísimo
», a su designio de amor.
Incluso en el momento de la enfermedad, el hombre está
llamado a vivir con la misma seguridad en el Señor y a renovar su confianza
fundamental en El, que « cura todas las enfermedades » (cf. Sal 103102,
3). Cuando parece que toda expectativa de curación se cierra ante el hombre
hasta moverlo a gritar: « Mis días son como la sombra que declina, y yo me
seco como el heno » (Sal 102101, 12), también entonces el creyente está
animado por la fe inquebrantable en el poder vivificante de Dios. La enfermedad
no lo empuja a la desesperación y a la búsqueda de la muerte, sino a la invocación
llena de esperanza: « ¡Tengo fe, aún cuando digo: "Muy desdichado soy"!
» (Sal 116115, 10); « Señor, Dios mío, clamé a ti y me sanaste. Tú has
sacado, Señor, mi alma del Seol, me has recobrado de entre los que bajan a la
fosa » (Sal 3029, 3-4).
47. La misión de Jesús, con las numerosas curaciones realizadas,
manifiesta cómo Dios se preocupa también de la vida corporal del hombre.
« Médico de la carne y del espíritu »,(37) Jesús fue enviado por el Padre
a anunciar la buena nueva a los pobres y a sanar los corazones quebrantados
(cf. Lc 4, 18; Is 61, 1). Al enviar después a sus discípulos por
el mundo, les confía una misión en la que la curación de los enfermos acompaña
al anuncio del Evangelio: « Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca.
Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios » (Mt
10, 7-8; cf. Mc 6, 13; 16, 18).
Ciertamente, la vida del cuerpo en su condición terrena no
es un valor absoluto para el creyente, sino que se le puede pedir que la
ofrezca por un bien superior; como dice Jesús, « quien quiera salvar su vida,
la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará
» (Mc 8, 35). A este propósito, los testimonios del Nuevo Testamento
son diversos. Jesús no vacila en sacrificarse a sí mismo y, libremente, hace
de su vida una ofrenda al Padre (cf. Jn 10, 17) y a los suyos (cf. Jn
10, 15). También la muerte de Juan el Bautista, precursor del Salvador,
manifiesta que la existencia terrena no es un bien absoluto; es más importante
la fidelidad a la palabra del Señor, aunque pueda poner en peligro la vida (cf.
Mc 6, 17-29). Y Esteban, mientras era privado de la vida temporal por
testimoniar fielmente la resurrección del Señor, sigue las huellas del Maestro
y responde a quienes le apedrean con palabras de perdón (cf. Hch 7, 59-60),
abriendo el camino a innumerables mártires, venerados por la Iglesia desde su
comienzo.
Sin embargo, ningún hombre puede decidir arbitrariamente entre
vivir o morir. En efecto, sólo es dueño absoluto de esta decisión el Creador,
en quien « vivimos, nos movemos y existimos » (Hch 17, 28).
« Todos los que la guardan alcanzarán la vida » (Ba
4, 1): de la Ley del Sinaí al don del Espíritu
48. La vida lleva escrita en sí misma de un modo indeleble su
verdad. El hombre, acogiendo el don de Dios, debe comprometerse a mantener
la vida en esta verdad, que le es esencial. Distanciarse de ella equivale
a condenarse a sí mismo a la falta de sentido y a la infelicidad, con la consecuencia
de poder ser también una amenaza para la existencia de los demás, una vez rotas
las barreras que garantizan el respeto y la defensa de la vida en cada situación.
La verdad de la vida es revelada por el mandamiento de Dios.
La palabra del Señor indica concretamente qué dirección debe seguir la vida
para poder respetar su propia verdad y salvaguardar su propia dignidad. No sólo
el específico mandamiento « no matarás » (Ex 20, 13; Dt 5, 17)
asegura la protección de la vida, sino que toda la Ley del Señor está
al servicio de esta protección, porque revela aquella verdad en la que la vida
encuentra su pleno significado.
Por tanto, no sorprende que la Alianza de Dios con su pueblo esté
tan fuertemente ligada a la perspectiva de la vida, incluso en su dimensión
corpórea. El mandamiento se presenta en ella como camino de vida:
« Yo pongo hoy ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia. Si escuchas
los mandamientos del Señor tu Dios que yo te prescribo hoy, si amas al Señor
tu Dios, si sigues sus caminos y guardas sus mandamientos, preceptos y normas,
vivirás y te multiplicarás; el Señor tu Dios te bendecirá en la tierra a la
que vas a entrar para tomarla en posesión » (Dt 30, 15-16). Está en juego
no sólo la tierra de Canaán y la existencia del pueblo de Israel, sino el mundo
de hoy y del futuro, así como la existencia de toda la humanidad. En efecto,
es absolutamente imposible que la vida se conserve auténtica y plena alejándose
del bien; y, a su vez, el bien está esencialmente vinculado a los mandamientos
del Señor, es decir, a la « ley de vida » (Si 17, 9). El bien que hay
que cumplir no se superpone a la vida como un peso que carga sobre ella, ya
que la razón misma de la vida es precisamente el bien, y la vida se realiza
sólo mediante el cumplimiento del bien.
El conjunto de la Ley es, pues, lo que salvaguarda plenamente
la vida del hombre. Esto explica lo difícil que es mantenerse fiel al « no matarás
» cuando no se observan las otras « palabras de vida » (Hch 7, 38), relacionadas
con este mandamiento. Fuera de este horizonte, el mandamiento acaba por convertirse
en una simple obligación extrínseca, de la que muy pronto se querrán ver límites
y se buscarán atenuaciones o excepciones. Sólo si nos abrimos a la plenitud
de la verdad sobre Dios, el hombre y la historia, la palabra « no matarás »
volverá a brillar como un bien para el hombre en todas sus dimensiones y relaciones.
En este sentido podemos comprender la plenitud de la verdad contenida en el
pasaje del libro del Deuteronomio, citado por Jesús en su respuesta a la primera
tentación: « No sólo de pan vive el hombre, sino... de todo lo que sale de la
boca del Señor » (8, 3; cf. Mt 4, 4).
Sólo escuchando la palabra del Señor el hombre puede vivir con
dignidad y justicia; observando la Ley de Dios el hombre puede dar frutos de
vida y felicidad: « todos los que la guardan alcanzarán la vida, mas los que
la abandonan morirán » (Ba 4, 1).
49. La historia de Israel muestra lo difícil que es mantener
la fidelidad a la ley de la vida, que Dios ha inscrito en el corazón de
los hombres y ha entregado en el Sinaí al pueblo de la Alianza. Ante la búsqueda
de proyectos de vida alternativos al plan de Dios, los Profetas reivindican
con fuerza que sólo el Señor es la fuente auténtica de la vida. Así escribe
Jeremías: « Doble mal ha hecho mi pueblo: a mí me dejaron, Manantial de aguas
vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que el agua no retienen
» (2, 13). Los Profetas señalan con el dedo acusador a quienes desprecian la
vida y violan los derechos de las personas: « Pisan contra el polvo de la tierra
la cabeza de los débiles » (Am 2, 7); « Han llenado este lugar de sangre
de inocentes » (Jr 19, 4). Entre ellos el profeta Ezequiel censura varias
veces a la ciudad de Jerusalén, llamándola « la ciudad sanguinaria » (22, 2;
24, 6.9), « ciudad que derramas sangre en medio de ti » (22, 3).
Pero los Profetas, mientras denuncian las ofensas contra la vida,
se preocupan sobre todo de suscitar la espera de un nuevo principio de vida,
capaz de fundar una nueva relación con Dios y con los hermanos abriendo
posibilidades inéditas y extraordinarias para comprender y realizar todas las
exigencias propias del Evangelio de la vida. Esto será posible únicamente
gracias al don de Dios, que purifica y renueva: « Os rociaré con agua pura y
quedaréis purificados; de todas vuestras impurezas y de todas vuestras basuras
os purificaré. Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu
nuevo » (Ez 36, 25-26; cf. Jr 31, 31-34). Gracias a este « corazón
nuevo » se puede comprender y llevar a cabo el sentido más verdadero y profundo
de la vida: ser un don que se realiza al darse. Este es el mensaje esclarecedor
que sobre el valor de la vida nos da la figura del Siervo del Señor: « Si se
da a sí mismo en expiación, verá descendencia, alargará sus días... Por las
fatigas de su alma, verá luz » (Is 53, 10.11).
En Jesús de Nazaret se cumple la Ley y se da un corazón nuevo
mediante su Espíritu. En efecto, Jesús no reniega de la Ley, sino que la lleva
a su cumplimiento (cf. Mt 5, 17): la Ley y los Profetas se resumen en
la regla de oro del amor recíproco (cf. Mt 7, 12). En El la Ley se hace
definitivamente « evangelio », buena noticia de la soberanía de Dios sobre el
mundo, que reconduce toda la existencia a sus raíces y a sus perspectivas originarias.
Es la Ley Nueva, « la ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús
» (Rm 8, 2), cuya expresión fundamental, a semejanza del Señor que da
la vida por sus amigos (cf. Jn 15, 13), es el don de sí mismo en el
amor a los hermanos: « Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte al
vida, porque amamos a los hermanos » (1 Jn 3, 14). Es ley de libertad,
de alegría y de bienaventuranza.
« Mirarán al que atravesaron » (Jn 19, 37): en
el árbol de la Cruz se cumple el Evangelio de la vida
50. Al final de este capítulo, en el que hemos meditado el mensaje
cristiano sobre la vida, quisiera detenerme con cada uno de vosotros a contemplar
a Aquél que atravesaron y que atrae a todos hacia sí (cf. Jn 19,
37; 12, 32). Mirando « el espectáculo » de la cruz (cf. Lc 23, 48) podremos
descubrir en este árbol glorioso el cumplimiento y la plena revelación de todo
el Evangelio de la vida.
En las primeras horas de la tarde del viernes santo, « al eclipsarse
el sol, hubo oscuridad sobre toda la tierra... El velo del Santuario se rasgó
por medio » (Lc 23, 44.45). Es símbolo de una gran alteración cósmica
y de una inmensa lucha entre las fuerzas del bien y las fuerzas del mal, entre
la vida y la muerte. Hoy nosotros nos encontramos también en medio de una lucha
dramática entre la « cultura de la muerte » y la « cultura de la vida ». Sin
embargo, esta oscuridad no eclipsa el resplandor de la Cruz; al contrario, resalta
aún más nítida y luminosa y se manifiesta como centro, sentido y fin de toda
la historia y de cada vida humana.
Jesús es clavado en la cruz y elevado sobre la tierra. Vive el
momento de su máxima « impotencia », y su vida parece abandonada totalmente
al escarnio de sus adversarios y en manos de sus asesinos: es ridiculizado,
insultado, ultrajado (cf. Mc 15, 24-36). Sin embargo, ante todo esto
el centurión romano, viendo « que había expirado de esa manera », exclama: «
Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios » (Mc 15, 39). Así, en el
momento de su debilidad extrema se revela la identidad del Hijo de Dios:
¡en la Cruz se manifiesta su gloria!
Con su muerte, Jesús ilumina el sentido de la vida y de la muerte
de todo ser humano. Antes de morir, Jesús ora al Padre implorando el perdón
para sus perseguidores (cf. Lc 23, 34) y dice al malhechor que le pide
que se acuerde de él en su reino: « Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el
paraíso » (Lc 23, 43). Después de su muerte « se abrieron los sepulcros,
y muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron » (Mt 27, 52). La salvación
realizada por Jesús es don de vida y de resurrección. A lo largo de su existencia,
Jesús había dado también la salvación sanando y haciendo el bien a todos (cf.
Hch 10, 38). Pero los milagros, las curaciones y las mismas resurrecciones
eran signo de otra salvación, consistente en el perdón de los pecados, es decir,
en liberar al hombre de su enfermedad más profunda, elevándolo a la vida misma
de Dios.
En la Cruz se renueva y realiza en su plena y definitiva perfección
el prodigio de la serpiente levantada por Moisés en el desierto (cf. Jn 3,
14-15; Nm 21, 8-9). También hoy, dirigiendo la mirada a Aquél que atravesaron,
todo hombre amenazado en su existencia encuentra la esperanza segura de liberación
y redención.
51. Existe todavía otro hecho concreto que llama mi atención y
me hace meditar con emoción: « Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: "Todo
está cumplido". E inclinando la cabeza entregó el espíritu ». (Jn 19,
30). Y el soldado romano « le atravesó el costado con una lanza y al instante
salió sangre y agua » (Jn 19, 34).
Todo ha alcanzado ya su pleno cumplimiento. La « entrega del espíritu
» presenta la muerte de Jesús semejante a la de cualquier otro ser humano, pero
parece aludir también al « don del Espíritu », con el que nos rescata de la
muerte y nos abre a una vida nueva.
El hombre participa de la misma vida de Dios. Es la vida que,
mediante los sacramentos de la Iglesia de los que son símbolo la sangre y el
agua manados del costado de Cristo, se comunica continuamente a los hijos de
Dios, constituidos así como pueblo de la nueva alianza. De la Cruz, fuente
de vida, nace y se propaga el « pueblo de la vida ».
La contemplación de la Cruz nos lleva, de este modo, a las raíces
más profundas de cuanto ha sucedido. Jesús, que entrando en el mundo había dicho:
« He aquí que vengo, Señor, a hacer tu voluntad » (cf. Hb 10, 9), se
hizo en todo obediente al Padre y, « habiendo amado a los suyos que estaban
en el mundo, los amó hasta el extremo » (Jn 13, 1), se entregó a sí mismo
por ellos.
El, que no había « venido a ser servido, sino a servir y a dar
su vida como rescate por muchos » (Mc 10, 45), alcanza en la Cruz la
plenitud del amor. « Nadie tiene mayor amor, que el que da su vida por sus amigos
» (Jn 15, 13). Y El murió por nosotros siendo todavía nosotros pecadores
(cf. Rm 5, 8).
De este modo proclama que la vida encuentra su centro, su sentido
y su plenitud cuando se entrega.
En este punto la meditación se hace alabanza y agradecimiento
y, al mismo tiempo, nos invita a imitar a Jesús y a seguir sus huellas (cf.
1 P 2, 21).
También nosotros estamos llamados a dar nuestra vida por los hermanos,
realizando de este modo en plenitud de verdad el sentido y el destino de nuestra
existencia.
Lo podremos hacer porque Tú, Señor, nos has dado ejemplo y nos
has comunicado la fuerza de tu Espíritu. Lo podremos hacer si cada día, contigo
y como Tú, somos obedientes al Padre y cumplimos su voluntad.
Por ello, concédenos escuchar con corazón dócil y generoso toda
palabra que sale de la boca de Dios. Así aprenderemos no sólo a « no matar »
la vida del hombre, sino a venerarla, amarla y promoverla.
CAPÍTULO III
NO MATARÁS
LA LEY SANTA DE DIOS
« Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos » (Mt
19, 17): Evangelio y mandamiento
52. « En esto se le acercó uno y le dijo: "Maestro, ¿qué
he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?" » (Mt 19, 16).
Jesús responde: « Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos » (Mt
19, 17). El Maestro habla de la vida eterna, es decir, de la participación
en la vida misma de Dios. A esta vida se llega por la observancia de los mandamientos
del Señor, incluido también el mandamiento « no matarás ». Precisamente éste
es el primer precepto del Decálogo que Jesús recuerda al joven que pregunta
qué mandamientos debe observar: « Jesús dijo: "No matarás, no cometerás
adulterio, no robarás..." » (Mt 19, 18).
El mandamiento de Dios no está nunca separado de su amor; es
siempre un don para el crecimiento y la alegría del hombre. Como tal, constituye
un aspecto esencial y un elemento irrenunciable del Evangelio, más aún, es presentado
como « evangelio », esto es, buena y gozosa noticia. También el Evangelio
de la vida es un gran don de Dios y, al mismo tiempo, una tarea que compromete
al hombre. Suscita asombro y gratitud en la persona libre, y requiere ser aceptado,
observado y estimado con gran responsabilidad: al darle la vida, Dios exige
al hombre que la ame, la respete y la promueva. De este modo, el don
se hace mandamiento, y el mandamiento mismo es un don.
El hombre, imagen viva de Dios, es querido por su Creador como
rey y señor. « Dios creó al hombre escribe san Gregorio de Nisa de modo tal
que pudiera desempeñar su función de rey de la tierra... El hombre fue creado
a imagen de Aquél que gobierna el universo. Todo demuestra que, desde el principio,
su naturaleza está marcada por la realeza... También el hombre es rey. Creado
para dominar el mundo, recibió la semejanza con el rey universal, es la imagen
viva que participa con su dignidad en la perfección del modelo divino ».(38)
Llamado a ser fecundo y a multiplicarse, a someter la tierra y a dominar sobre
todos los seres inferiores a él (cf. Gn 1, 28), el hombre es rey y señor
no sólo de las cosas, sino también y sobre todo de sí mismo(39) y, en cierto
sentido, de la vida que le ha sido dada y que puede transmitir por medio de
la generación, realizada en el amor y respeto del designio divino. Sin embargo,
no se trata de un señorío absoluto, sino ministerial, reflejo
real del señorío único e infinito de Dios. Por eso, el hombre debe vivirlo con
sabiduría y amor, participando de la sabiduría y del amor inconmensurables
de Dios. Esto se lleva a cabo mediante la obediencia a su santa Ley: una obediencia
libre y gozosa (cf. Sal 119118), que nace y crece siendo conscientes
de que los preceptos del Señor son un don gratuito confiado al hombre siempre
y sólo para su bien, para la tutela de su dignidad personal y para la consecución
de su felicidad.
Como sucede con las cosas, y más aún con la vida, el hombre no
es dueño absoluto y árbitro incensurable, sino y aquí radica su grandeza sin
par que es « administrador del plan establecido por el Creador ».(40)
La vida se confía al hombre como un tesoro que no se debe malgastar,
como un talento a negociar. El hombre debe rendir cuentas de ella a su Señor
(cf. Mt 25, 14-30; Lc 19, 12-27).
« Pediré cuentas de la vida del hombre al hombre » (cf.
Gn 9, 5): la vida humana es sagrada e inviolable
53. « La vida humana es sagrada porque desde su inicio comporta
"la acción creadora de Dios" y permanece siempre en una especial relación
con el Creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo
hasta su término: nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho
de matar de modo directo a un ser humano inocente ».(41) Con estas palabras
la Instrucción Donum vitae expone el contenido central de la revelación
de Dios sobre el carácter sagrado e inviolable de la vida humana.
En efecto, la Sagrada Escritura impone al hombre el precepto
« no matarás » como mandamiento divino (Ex 20, 13; Dt 5, 17).
Este precepto como ya he indicado se encuentra en el Decálogo, en el núcleo
de la Alianza que el Señor establece con el pueblo elegido; pero estaba ya incluido
en la alianza originaria de Dios con la humanidad después del castigo purificador
del diluvio, provocado por la propagación del pecado y de la violencia (cf.
Gn 9, 5-6).
Dios se proclama Señor absoluto de la vida del hombre, creado
a su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26-28). Por tanto, la vida humana
tiene un carácter sagrado e inviolable, en el que se refleja la inviolabilidad
misma del Creador. Precisamente por esto, Dios se hace juez severo de toda violación
del mandamiento « no matarás », que está en la base de la convivencia social.
Dios es el defensor del inocente (cf. Gn 4, 9-15; Is 41, 14; Jr
50, 34; Sal 1918, 15). También de este modo, Dios demuestra que « no
se recrea en la destrucción de los vivientes » (Sb 1, 13). Sólo Satanás
puede gozar con ella: por su envidia la muerte entró en el mundo (cf. Sb
2, 24). Satanás, que es « homicida desde el principio », y también « mentiroso
y padre de la mentira » (Jn 8, 44), engañando al hombre, lo conduce a
los confines del pecado y de la muerte, presentados como logros o frutos de
vida.
54. Explícitamente, el precepto « no matarás » tiene un fuerte
contenido negativo: indica el límite que nunca puede ser transgredido. Implícitamente,
sin embargo, conduce a una actitud positiva de respeto absoluto por la vida,
ayudando a promoverla y a progresar por el camino del amor que se da, acoge
y sirve. El pueblo de la Alianza, aun con lentitud y contradicciones, fue madurando
progresivamente en esta dirección, preparándose así al gran anuncio de Jesús:
el amor al prójimo es un mandamiento semejante al del amor a Dios; « de estos
dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas » (cf. Mt 22, 36-40).
« Lo de... no matarás... y todos los demás preceptos señala san Pablo se resumen
en esta fórmula: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" » (Rm 13,
9; cf. Ga 5, 14). El precepto « no matarás », asumido y llevado a plenitud
en la Nueva Ley, es condición irrenunciable para poder « entrar en la vida »
(cf. Mt 19, 16-19). En esta misma perspectiva, son apremiantes también
las palabras del apóstol Juan: « Todo el que aborrece a su hermano es un asesino;
y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él » (1 Jn 3,
15).
Desde sus inicios, la Tradición viva de la Iglesia como
atestigua la Didaché, el más antiguo escrito cristiano no bíblico repite
de forma categórica el mandamiento « no matarás »: « Dos caminos hay, uno de
la vida y otro de la muerte; pero grande es la diferencia que hay entre estos
caminos... Segundo mandamiento de la doctrina: No matarás... no matarás al hijo
en el seno de su madre, ni quitarás la vida al recién nacido... Mas el camino
de la muerte es éste:... que no se compadecen del pobre, no sufren por el atribulado,
no conocen a su Criador, matadores de sus hijos, corruptores de la imagen de
Dios; los que rechazan al necesitado, oprimen al atribulado, abogados de los
ricos, jueces injustos de los pobres, pecadores en todo. ¡Ojalá os veáis libres,
hijos, de todos estos pecados! ».(42)
A lo largo del tiempo, la Tradición de la Iglesia siempre ha enseñado
unánimemente el valor absoluto y permanente del mandamiento « no matarás ».
Es sabido que en los primeros siglos el homicidio se consideraba entre los tres
pecados más graves junto con la apostasía y el adulterio y se exigía una penitencia
pública particularmente dura y larga antes que al homicida arrepentido se le
concediese el perdón y la readmisión en la comunión eclesial.
55. No debe sorprendernos: matar un ser humano, en el que está
presente la imagen de Dios, es un pecado particularmente grave. ¡Sólo Dios
es dueño de la vida! Desde siempre, sin embargo, ante las múltiples y a
menudo dramáticas situaciones que la vida individual y social presenta, la reflexión
de los creyentes ha tratado de conocer de forma más completa y profunda lo que
prohíbe y prescribe el mandamiento de Dios.(43) En efecto, hay situaciones en
las que aparecen como una verdadera paradoja los valores propuestos por la Ley
de Dios. Es el caso, por ejemplo, de la legítima defensa, en que el derecho
a proteger la propia vida y el deber de no dañar la del otro resultan, en concreto,
difícilmente conciliables. Sin duda alguna, el valor intrínseco de la vida y
el deber de amarse a sí mismo no menos que a los demás son la base de un
verdadero derecho a la propia defensa. El mismo precepto exigente del amor
al prójimo, formulado en el Antiguo Testamento y confirmado por Jesús, supone
el amor por uno mismo como uno de los términos de la comparación: « Amarás a
tu prójimo como a ti mismo » (Mc 12, 31). Por tanto, nadie podría
renunciar al derecho a defenderse por amar poco la vida o a sí mismo, sino sólo
movido por un amor heroico, que profundiza y transforma el amor por uno mismo,
según el espíritu de las bienaventuranzas evangélicas (cf. Mt 5, 38-48)
en la radicalidad oblativa cuyo ejemplo sublime es el mismo Señor Jesús.
Por otra parte, « la legítima defensa puede ser no solamente un
derecho, sino un deber grave, para el que es responsable de la vida de otro,
del bien común de la familia o de la sociedad ».(44) Por desgracia sucede que
la necesidad de evitar que el agresor cause daño conlleva a veces su eliminación.
En esta hipótesis el resultado mortal se ha de atribuir al mismo agresor que
se ha expuesto con su acción, incluso en el caso que no fuese moralmente responsable
por falta del uso de razón.(45)
56. En este horizonte se sitúa también el problema de la pena
de muerte, respecto a la cual hay, tanto en la Iglesia como en la sociedad
civil, una tendencia progresiva a pedir una aplicación muy limitada e, incluso,
su total abolición. El problema se enmarca en la óptica de una justicia penal
que sea cada vez más conforme con la dignidad del hombre y por tanto, en último
término, con el designio de Dios sobre el hombre y la sociedad. En efecto, la
pena que la sociedad impone « tiene como primer efecto el de compensar el desorden
introducido por la falta ».(46) La autoridad pública debe reparar la violación
de los derechos personales y sociales mediante la imposición al reo de una adecuada
expiación del crimen, como condición para ser readmitido al ejercicio de la
propia libertad. De este modo la autoridad alcanza también el objetivo de preservar
el orden público y la seguridad de las personas, no sin ofrecer al mismo reo
un estímulo y una ayuda para corregirse y enmendarse.(47)
Es evidente que, precisamente para conseguir todas estas finalidades,
la medida y la calidad de la pena deben ser valoradas y decididas atentamente,
sin que se deba llegar a la medida extrema de la eliminación del reo salvo en
casos de absoluta necesidad, es decir, cuando la defensa de la sociedad no sea
posible de otro modo. Hoy, sin embargo, gracias a la organización cada vez más
adecuada de la institución penal, estos casos son ya muy raros, por no decir
prácticamente inexistentes.
De todos modos, permanece válido el principio indicado por el
nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, según el cual « si los medios
incruentos bastan para defender las vidas humanas contra el agresor y para proteger
de él el orden público y la seguridad de las personas, en tal caso la autoridad
se limitará a emplear sólo esos medios, porque ellos corresponden mejor a las
condiciones concretas del bien común y son más conformes con la dignidad de
la persona humana ».(48)
57. Si se pone tan gran atención al respeto de toda vida, incluida
la del reo y la del agresor injusto, el mandamiento « no matarás » tiene un
valor absoluto cuando se refiere a la persona inocente. Tanto más si
se trata de un ser humano débil e indefenso, que sólo en la fuerza absoluta
del mandamiento de Dios encuentra su defensa radical frente al arbitrio y a
la prepotencia ajena.
En efecto, el absoluto carácter inviolable de la vida humana inocente
es una verdad moral explícitamente enseñada en la Sagrada Escritura, mantenida
constantemente en la Tradición de la Iglesia y propuesta de forma unánime por
su Magisterio. Esta unanimidad es fruto evidente de aquel « sentido sobrenatural
de la fe » que, suscitado y sostenido por el Espíritu Santo, preserva de error
al pueblo de Dios, cuando « muestra estar totalmente de acuerdo en cuestiones
de fe y de moral ».(49)
Ante la progresiva pérdida de conciencia en los individuos y en
la sociedad sobre la absoluta y grave ilicitud moral de la eliminación directa
de toda vida humana inocente, especialmente en su inicio y en su término, el
Magisterio de la Iglesia ha intensificado sus intervenciones en defensa
del carácter sagrado e inviolable de la vida humana. Al Magisterio pontificio,
especialmente insistente, se ha unido siempre el episcopal, por medio de numerosos
y amplios documentos doctrinales y pastorales, tanto de Conferencias Episcopales
como de Obispos en particular. Tampoco ha faltado, fuerte e incisiva en su brevedad,
la intervención del Concilio Vaticano II.(50)
Por tanto, con la autoridad conferida por Cristo a Pedro y a sus
Sucesores, en comunión con los Obispos de la Iglesia católica, confirmo que
la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente es siempre gravemente
inmoral. Esta doctrina, fundamentada en aquella ley no escrita que cada
hombre, a la luz de la razón, encuentra en el propio corazón (cf. Rm
2, 14-15), es corroborada por la Sagrada Escritura, transmitida por la Tradición
de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal.(51)
La decisión deliberada de privar a un ser humano inocente de su
vida es siempre mala desde el punto de vista moral y nunca puede ser lícita
ni como fin, ni como medio para un fin bueno. En efecto, es una desobediencia
grave a la ley moral, más aún, a Dios mismo, su autor y garante; y contradice
las virtudes fundamentales de la justicia y de la caridad. « Nada ni nadie puede
autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto,
anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie además puede pedir este gesto
homicida para sí mismo o para otros confiados a su responsabilidad ni puede
consentirlo explícita o implícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente
imponerlo ni permitirlo ».(52)
Cada ser humano inocente es absolutamente igual a todos los demás
en el derecho a la vida. Esta igualdad es la base de toda auténtica relación
social que, para ser verdadera, debe fundamentarse sobre la verdad y la justicia,
reconociendo y tutelando a cada hombre y a cada mujer como persona y no como
una cosa de la que se puede disponer. Ante la norma moral que prohíbe la eliminación
directa de un ser humano inocente « no hay privilegios ni excepciones para
nadie. No hay ninguna diferencia entre ser el dueño del mundo o el último
de los miserables de la tierra: ante las exigencias morales somos todos absolutamente
iguales ».(53)
« Mi embrión tus ojos lo veían » (Sal 139138, 16):
el delito abominable del aborto
58. Entre todos los delitos que el hombre puede cometer contra
la vida, el aborto procurado presenta características que lo hacen particularmente
grave e ignominioso. El Concilio Vaticano II lo define, junto con el infanticidio,
como « crímenes nefandos ».(54)
Hoy, sin embargo, la percepción de su gravedad se ha ido debilitando
progresivamente en la conciencia de muchos. La aceptación del aborto en la mentalidad,
en las costumbres y en la misma ley es señal evidente de una peligrosísima crisis
del sentido moral, que es cada vez más incapaz de distinguir entre el bien y
el mal, incluso cuando está en juego el derecho fundamental a la vida. Ante
una situación tan grave, se requiere más que nunca el valor de mirar de frente
a la verdad y de llamar a las cosas por su nombre, sin ceder a compromisos
de conveniencia o a la tentación de autoengaño. A este propósito resuena categórico
el reproche del Profeta: « ¡Ay, los que llaman al mal bien, y al bien mal!;
que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad » (Is 5, 20). Precisamente
en el caso del aborto se percibe la difusión de una terminología ambigua, como
la de « interrupción del embarazo », que tiende a ocultar su verdadera naturaleza
y a atenuar su gravedad en la opinión pública. Quizás este mismo fenómeno lingüístico
sea síntoma de un malestar de las conciencias. Pero ninguna palabra puede cambiar
la realidad de las cosas: el aborto procurado es la eliminación deliberada
y directa, como quiera que se realice, de un ser humano en la fase inicial de
su existencia, que va de la concepción al nacimiento.
La gravedad moral del aborto procurado se manifiesta en toda su
verdad si se reconoce que se trata de un homicidio y, en particular, si se consideran
las circunstancias específicas que lo cualifican. Quien se elimina es un ser
humano que comienza a vivir, es decir, lo más inocente en absoluto que
se pueda imaginar: ¡jamás podrá ser considerado un agresor, y menos aún un agresor
injusto! Es débil, inerme, hasta el punto de estar privado incluso de
aquella mínima forma de defensa que constituye la fuerza implorante de los gemidos
y del llanto del recién nacido. Se halla totalmente confiado a la protección
y al cuidado de la mujer que lo lleva en su seno. Sin embargo, a veces, es precisamente
ella, la madre, quien decide y pide su eliminación, e incluso la procura.
Es cierto que en muchas ocasiones la opción del aborto tiene para
la madre un carácter dramático y doloroso, en cuanto que la decisión de deshacerse
del fruto de la concepción no se toma por razones puramente egoístas o de conveniencia,
sino porque se quisieran preservar algunos bienes importantes, como la propia
salud o un nivel de vida digno para los demás miembros de la familia. A veces
se temen para el que ha de nacer tales condiciones de existencia que hacen pensar
que para él lo mejor sería no nacer. Sin embargo, estas y otras razones semejantes,
aun siendo graves y dramáticas, jamás pueden justificar la eliminación deliberada
de un ser humano inocente.
59. En la decisión sobre la muerte del niño aún no nacido, además
de la madre, intervienen con frecuencia otras personas. Ante todo, puede ser
culpable el padre del niño, no sólo cuando induce expresamente a la mujer al
aborto, sino también cuando favorece de modo indirecto esta decisión suya al
dejarla sola ante los problemas del embarazo:(55) de esta forma se hiere mortalmente
a la familia y se profana su naturaleza de comunidad de amor y su vocación de
ser « santuario de la vida ». No se pueden olvidar las presiones que a veces
provienen de un contexto más amplio de familiares y amigos. No raramente la
mujer está sometida a presiones tan fuertes que se siente psicológicamente obligada
a ceder al aborto: no hay duda de que en este caso la responsabilidad moral
afecta particularmente a quienes directa o indirectamente la han forzado a abortar.
También son responsables los médicos y el personal sanitario cuando ponen al
servicio de la muerte la competencia adquirida para promover la vida.
Pero la responsabilidad implica también a los legisladores que
han promovido y aprobado leyes que amparan el aborto y, en la medida en que
haya dependido de ellos, los administradores de las estructuras sanitarias utilizadas
para practicar abortos. Una responsabilidad general no menos grave afecta tanto
a los que han favorecido la difusión de una mentalidad de permisivismo sexual
y de menosprecio de la maternidad, como a quienes debieron haber asegurado y
no lo han hecho políticas familiares y sociales válidas en apoyo de las familias,
especialmente de las numerosas o con particulares dificultades económicas y
educativas. Finalmente, no se puede minimizar el entramado de complicidades
que llega a abarcar incluso a instituciones internacionales, fundaciones y asociaciones
que luchan sistemáticamente por la legalización y la difusión del aborto en
el mundo. En este sentido, el aborto va más allá de la responsabilidad de las
personas concretas y del daño que se les provoca, asumiendo una dimensión fuertemente
social: es una herida gravísima causada a la sociedad y a su cultura
por quienes deberían ser sus constructores y defensores. Como he escrito en
mi Carta a las Familias, « nos encontramos ante una enorme amenaza contra
la vida: no sólo la de cada individuo, sino también la de toda la civilización
».(56) Estamos ante lo que puede definirse como una « estructura de pecado
» contra la vida humana aún no nacida.
60. Algunos intentan justificar el aborto sosteniendo que el fruto
de la concepción, al menos hasta un cierto número de días, no puede ser todavía
considerado una vida humana personal. En realidad, « desde el momento en que
el óvulo es fecundado, se inaugura una nueva vida que no es la del padre ni
la de la madre, sino la de un nuevo ser humano que se desarrolla por sí mismo.
Jamás llegará a ser humano si no lo ha sido desde entonces. A esta evidencia
de siempre... la genética moderna otorga una preciosa confirmación. Muestra
que desde el primer instante se encuentra fijado el programa de lo que será
ese viviente: una persona, un individuo con sus características ya bien determinadas.
Con la fecundación inicia la aventura de una vida humana, cuyas principales
capacidades requieren un tiempo para desarrollarse y poder actuar ».(57) Aunque
la presencia de un alma espiritual no puede deducirse de la observación de ningún
dato experimental, las mismas conclusiones de la ciencia sobre el embrión humano
ofrecen « una indicación preciosa para discernir racionalmente una presencia
personal desde este primer surgir de la vida humana: ¿cómo un individuo humano
podría no ser persona humana? ».(58)
Por lo demás, está en juego algo tan importante que, desde el
punto de vista de la obligación moral, bastaría la sola probabilidad de encontrarse
ante una persona para justificar la más rotunda prohibición de cualquier intervención
destinada a eliminar un embrión humano. Precisamente por esto, más allá de los
debates científicos y de las mismas afirmaciones filosóficas en las que el Magisterio
no se ha comprometido expresamente, la Iglesia siempre ha enseñado, y sigue
enseñando, que al fruto de la generación humana, desde el primer momento de
su existencia, se ha de garantizar el respeto incondicional que moralmente se
le debe al ser humano en su totalidad y unidad corporal y espiritual: « El
ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su
concepción y, por eso, a partir de ese mismo momento se le deben reconocer
los derechos de la persona, principalmente el derecho inviolable de todo ser
humano inocente a la vida ».(59)
61. Los textos de la Sagrada Escritura, que nunca hablan
del aborto voluntario y, por tanto, no contienen condenas directas y específicas
al respecto, presentan de tal modo al ser humano en el seno materno, que exigen
lógicamente que se extienda también a este caso el mandamiento divino « no matarás
».
La vida humana es sagrada e inviolable en cada momento de su existencia,
también en el inicial que precede al nacimiento. El hombre, desde el seno materno,
pertenece a Dios que lo escruta y conoce todo, que lo forma y lo plasma con
sus manos, que lo ve mientras es todavía un pequeño embrión informe y que en
él entrevé el adulto de mañana, cuyos días están contados y cuya vocación está
ya escrita en el « libro de la vida » (cf. Sal 139138, 1. 13-16). Incluso
cuando está todavía en el seno materno, como testimonian numerosos textos bíblicos
(60) el hombre es término personalísimo de la amorosa y paterna providencia
divina.
La Tradición cristiana como bien señala la Declaración
emitida al respecto por la Congregación para la Doctrina de la Fe (61)
es clara y unánime, desde los orígenes hasta nuestros días, en considerar el
aborto como desorden moral particularmente grave. Desde que entró en contacto
con el mundo greco-romano, en el que estaba difundida la práctica del aborto
y del infanticidio, la primera comunidad cristiana se opuso radicalmente, con
su doctrina y praxis, a las costumbres difundidas en aquella sociedad, como
bien demuestra la ya citada Didaché.(62) Entre los escritores eclesiásticos
del área griega, Atenágoras recuerda que los cristianos consideran como homicidas
a las mujeres que recurren a medicinas abortivas, porque los niños, aun estando
en el seno de la madre, son ya « objeto, por ende, de la providencia de Dios
».(63) Entre los latinos, Tertuliano afirma: « Es un homicidio anticipado impedir
el nacimiento; poco importa que se suprima el alma ya nacida o que se la haga
desaparecer en el nacimiento. Es ya un hombre aquél que lo será ».(64)
A lo largo de su historia bimilenaria, esta misma doctrina ha
sido enseñada constantemente por los Padres de la Iglesia, por sus Pastores
y Doctores. Incluso las discusiones de carácter científico y filosófico sobre
el momento preciso de la infusión del alma espiritual, nunca han provocado la
mínima duda sobre la condena moral del aborto.
62. El Magisterio pontificio más reciente ha reafirmado
con gran vigor esta doctrina común. En particular, Pío XI en la Encíclica Casti
connubii rechazó las pretendidas justificaciones del aborto;(65) Pío XII
excluyó todo aborto directo, o sea, todo acto que tienda directamente a destruir
la vida humana aún no nacida, « tanto si tal destrucción se entiende como fin
o sólo como medio para el fin »;(66) Juan XXIII reafirmó que la vida humana
es sagrada, porque « desde que aflora, ella implica directamente la acción creadora
de Dios ».(67) El Concilio Vaticano II, como ya he recordado, condenó con gran
severidad el aborto: « se ha de proteger la vida con el máximo cuidado desde
la concepción; tanto el aborto como el infanticidio son crímenes nefandos ».(68)
La disciplina canónica de la Iglesia, desde los primeros
siglos, ha castigado con sanciones penales a quienes se manchaban con la culpa
del aborto y esta praxis, con penas más o menos graves, ha sido ratificada en
los diversos períodos históricos. El Código de Derecho Canónico de 1917
establecía para el aborto la pena de excomunión.(69) También la nueva legislación
canónica se sitúa en esta dirección cuando sanciona que « quien procura el aborto,
si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae »,(70) es
decir, automática. La excomunión afecta a todos los que cometen este delito
conociendo la pena, incluidos también aquellos cómplices sin cuya cooperación
el delito no se hubiera producido:(71) con esta reiterada sanción, la Iglesia
señala este delito como uno de los más graves y peligrosos, alentando así a
quien lo comete a buscar solícitamente el camino de la conversión. En efecto,
en la Iglesia la pena de excomunión tiene como fin hacer plenamente conscientes
de la gravedad de un cierto pecado y favorecer, por tanto, una adecuada conversión
y penitencia.
Ante semejante unanimidad en la tradición doctrinal y disciplinar
de la Iglesia, Pablo VI pudo declarar que esta enseñanza no había cambiado y
que era inmutable.(72) Por tanto, con la autoridad que Cristo confirió a Pedro
y a sus Sucesores, en comunión con todos los Obispos que en varias ocasiones
han condenado el aborto y que en la consulta citada anteriormente, aunque dispersos
por el mundo, han concordado unánimemente sobre esta doctrina, declaro que
el aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden
moral grave, en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente.
Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita;
es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario
y universal.(73)
Ninguna circunstancia, ninguna finalidad, ninguna ley del mundo
podrá jamás hacer lícito un acto que es intrínsecamente ilícito, por ser contrario
a la Ley de Dios, escrita en el corazón de cada hombre, reconocible por la misma
razón, y proclamada por la Iglesia.
63. La valoración moral del aborto se debe aplicar también a las
recientes formas de intervención sobre los embriones humanos que, aun
buscando fines en sí mismos legítimos, comportan inevitablemente su destrucción.
Es el caso de los experimentos con embriones, en creciente expansión
en el campo de la investigación biomédica y legalmente admitida por algunos
Estados. Si « son lícitas las intervenciones sobre el embrión humano siempre
que respeten la vida y la integridad del embrión, que no lo expongan a riesgos
desproporcionados, que tengan como fin su curación, la mejora de sus condiciones
de salud o su supervivencia individual »,(74) se debe afirmar, sin embargo,
que el uso de embriones o fetos humanos como objeto de experimentación constituye
un delito en consideración a su dignidad de seres humanos, que tienen derecho
al mismo respeto debido al niño ya nacido y a toda persona.(75)
La misma condena moral concierne también al procedimiento que
utiliza los embriones y fetos humanos todavía vivos a veces « producidos »
expresamente para este fin mediante la fecundación in vitro sea como « material
biológico » para ser utilizado, sea como abastecedores de órganos o tejidos
para trasplantar en el tratamiento de algunas enfermedades. En verdad, la
eliminación de criaturas humanas inocentes, aun cuando beneficie a otras, constituye
un acto absolutamente inaceptable.
Una atención especial merece la valoración moral de las técnicas
de diagnóstico prenatal, que permiten identificar precozmente eventuales
anomalías del niño por nacer. En efecto, por la complejidad de estas técnicas,
esta valoración debe hacerse muy cuidadosa y articuladamente. Estas técnicas
son moralmente lícitas cuando están exentas de riesgos desproporcionados para
el niño o la madre, y están orientadas a posibilitar una terapia precoz o también
a favorecer una serena y consciente aceptación del niño por nacer. Pero, dado
que las posibilidades de curación antes del nacimiento son hoy todavía escasas,
sucede no pocas veces que estas técnicas se ponen al servicio de una mentalidad
eugenésica, que acepta el aborto selectivo para impedir el nacimiento de niños
afectados por varios tipos de anomalías. Semejante mentalidad es ignominiosa
y totalmente reprobable, porque pretende medir el valor de una vida humana siguiendo
sólo parámetros de « normalidad » y de bienestar físico, abriendo así el camino
a la legitimación incluso del infanticidio y de la eutanasia.
En realidad, precisamente el valor y la serenidad con que tantos
hermanos nuestros, afectados por graves formas de minusvalidez, viven su existencia
cuando son aceptados y amados por nosotros, constituyen un testimonio particularmente
eficaz de los auténticos valores que caracterizan la vida y que la hacen, incluso
en condiciones difíciles, preciosa para sí y para los demás. La Iglesia está
cercana a aquellos esposos que, con gran ansia y sufrimiento, acogen a sus hijos
gravemente afectados de incapacidades, así como agradece a todas las familias
que, por medio de la adopción, amparan a quienes han sido abandonados por sus
padres, debido a formas de minusvalidez o enfermedades.
« Yo doy la muerte y doy la vida » (Dt 32, 39):
el drama de la eutanasia
64. En el otro extremo de la existencia, el hombre se encuentra
ante el misterio de la muerte. Hoy, debido a los progresos de la medicina y
en un contexto cultural con frecuencia cerrado a la trascendencia, la experiencia
de la muerte se presenta con algunas características nuevas. En efecto, cuando
prevalece la tendencia a apreciar la vida sólo en la medida en que da placer
y bienestar, el sufrimiento aparece como una amenaza insoportable, de la que
es preciso librarse a toda costa. La muerte, considerada « absurda » cuando
interrumpe por sorpresa una vida todavía abierta a un futuro rico de posibles
experiencias interesantes, se convierte por el contrario en una « liberación
reivindicada » cuando se considera que la existencia carece ya de sentido por
estar sumergida en el dolor e inexorablemente condenada a un sufrimiento posterior
más agudo.
Además, el hombre, rechazando u olvidando su relación fundamental
con Dios, cree ser criterio y norma de sí mismo y piensa tener el derecho de
pedir incluso a la sociedad que le garantice posibilidades y modos de decidir
sobre la propia vida en plena y total autonomía. Es particularmente el hombre
que vive en países desarrollados quien se comporta así: se siente también movido
a ello por los continuos progresos de la medicina y por sus técnicas cada vez
más avanzadas. Mediante sistemas y aparatos extremadamente sofisticados, la
ciencia y la práctica médica son hoy capaces no sólo de resolver casos antes
sin solución y de mitigar o eliminar el dolor, sino también de sostener y prolongar
la vida incluso en situaciones de extrema debilidad, de reanimar artificialmente
a personas que perdieron de modo repentino sus funciones biológicas elementales,
de intervenir para disponer de órganos para trasplantes.
En semejante contexto es cada vez más fuerte la tentación de la
eutanasia, esto es, adueñarse de la muerte, procurándola de modo anticipado
y poniendo así fin « dulcemente » a la propia vida o a la de otros. En realidad,
lo que podría parecer lógico y humano, al considerarlo en profundidad se presenta
absurdo e inhumano. Estamos aquí ante uno de los síntomas más alarmantes
de la « cultura de la muerte », que avanza sobre todo en las sociedades del
bienestar, caracterizadas por una mentalidad eficientista que presenta el creciente
número de personas ancianas y debilitadas como algo demasiado gravoso e insoportable.
Muy a menudo, éstas se ven aisladas por la familia y la sociedad, organizadas
casi exclusivamente sobre la base de criterios de eficiencia productiva, según
los cuales una vida irremediablemente inhábil no tiene ya valor alguno.
65. Para un correcto juicio moral sobre la eutanasia, es necesario
ante todo definirla con claridad. Por eutanasia en sentido verdadero y propio
se debe entender una acción o una omisión que por su naturaleza y en la
intención causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor. « La eutanasia
se sitúa, pues, en el nivel de las intenciones o de los métodos usados ».(76)
De ella debe distinguirse la decisión de renunciar al llamado
« ensañamiento terapéutico », o sea, ciertas intervenciones médicas ya
no adecuadas a la situación real del enfermo, por ser desproporcionadas a los
resultados que se podrían esperar o, bien, por ser demasiado gravosas para él
o su familia. En estas situaciones, cuando la muerte se prevé inminente e inevitable,
se puede en conciencia « renunciar a unos tratamientos que procurarían únicamente
una prolongación precaria y penosa de la existencia, sin interrumpir sin embargo
las curas normales debidas al enfermo en casos similares ».(77) Ciertamente
existe la obligación moral de curarse y hacerse curar, pero esta obligación
se debe valorar según las situaciones concretas; es decir, hay que examinar
si los medios terapéuticos a disposición son objetivamente proporcionados a
las perspectivas de mejoría. La renuncia a medios extraordinarios o desproporcionados
no equivale al suicidio o a la eutanasia; expresa más bien la aceptación de
la condición humana ante al muerte.(78)
En la medicina moderna van teniendo auge los llamados « cuidados
paliativos », destinados a hacer más soportable el sufrimiento en la fase
final de la enfermedad y, al mismo tiempo, asegurar al paciente un acompañamiento
humano adecuado. En este contexto aparece, entre otros, el problema de la licitud
del recurso a los diversos tipos de analgésicos y sedantes para aliviar el dolor
del enfermo, cuando esto comporta el riesgo de acortarle la vida. En efecto,
si puede ser digno de elogio quien acepta voluntariamente sufrir renunciando
a tratamientos contra el dolor para conservar la plena lucidez y participar,
si es creyente, de manera consciente en la pasión del Señor, tal comportamiento
« heroico » no debe considerarse obligatorio para todos. Ya Pío XII afirmó que
es lícito suprimir el dolor por medio de narcóticos, a pesar de tener como consecuencia
limitar la conciencia y abreviar la vida, « si no hay otros medios y si, en
tales circunstancias, ello no impide el cumplimiento de otros deberes religiosos
y morales ».(79) En efecto, en este caso no se quiere ni se busca la muerte,
aunque por motivos razonables se corra ese riesgo. Simplemente se pretende mitigar
el dolor de manera eficaz, recurriendo a los analgésicos puestos a disposición
por la medicina. Sin embargo, « no es lícito privar al moribundo de la conciencia
propia sin grave motivo »: (80) acercándose a la muerte, los hombres deben estar
en condiciones de poder cumplir sus obligaciones morales y familiares y, sobre
todo, deben poderse preparar con plena conciencia al encuentro definitivo con
Dios.
Hechas estas distinciones, de acuerdo con el Magisterio de mis
Predecesores(81) y en comunión con los Obispos de la Iglesia católica, confirmo
que la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto eliminación
deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana. Esta doctrina se
fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida
por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal.(82)
Semejante práctica conlleva, según las circunstancias, la malicia
propia del suicidio o del homicidio.
66. Ahora bien, el suicidio es siempre moralmente inaceptable,
al igual que el homicidio. La tradición de la Iglesia siempre lo ha rechazado
como decisión gravemente mala.(83) Aunque determinados condicionamientos psicológicos,
culturales y sociales puedan llevar a realizar un gesto que contradice tan radicalmente
la inclinación innata de cada uno a la vida, atenuando o anulando la responsabilidad
subjetiva, el suicidio, bajo el punto de vista objetivo, es un acto gravemente
inmoral, porque comporta el rechazo del amor a sí mismo y la renuncia a los
deberes de justicia y de caridad para con el prójimo, para con las distintas
comunidades de las que se forma parte y para la sociedad en general.(84) En
su realidad más profunda, constituye un rechazo de la soberanía absoluta de
Dios sobre la vida y sobre la muerte, proclamada así en la oración del antiguo
sabio de Israel: « Tú tienes el poder sobre la vida y sobre la muerte, haces
bajar a las puertas del Hades y de allí subir » (Sb 16, 13; cf. Tb
13, 2).
Compartir la intención suicida de otro y ayudarle a realizarla
mediante el llamado « suicidio asistido » significa hacerse colaborador, y algunas
veces autor en primera persona, de una injusticia que nunca tiene justificación,
ni siquiera cuando es solicitada. « No es lícito escribe con sorprendente actualidad
san Agustín matar a otro, aunque éste lo pida y lo quiera y no pueda ya vivir...
para librar, con un golpe, el alma de aquellos dolores, que luchaba con las
ligaduras del cuerpo y quería desasirse ».(85) La eutanasia, aunque no esté
motivada por el rechazo egoísta de hacerse cargo de la existencia del que sufre,
debe considerarse como una falsa piedad, más aún, como una preocupante
« perversión » de la misma. En efecto, la verdadera « compasión » hace solidarios
con el dolor de los demás, y no elimina a la persona cuyo sufrimiento no se
puede soportar. El gesto de la eutanasia aparece aún más perverso si es realizado
por quienes como los familiares deberían asistir con paciencia y amor a su
allegado, o por cuantos como los médicos, por su profesión específica, deberían
cuidar al enfermo incluso en las condiciones terminales más penosas.
La opción de la eutanasia es más grave cuando se configura como
un homicidio que otros practican en una persona que no la pidió de ningún
modo y que nunca dio su consentimiento. Se llega además al colmo del arbitrio
y de la injusticia cuando algunos, médicos o legisladores, se arrogan el poder
de decidir sobre quién debe vivir o morir. Así, se presenta de nuevo la tentación
del Edén: ser como Dios « conocedores del bien y del mal » (Gn 3, 5).
Sin embargo, sólo Dios tiene el poder sobre el morir y el vivir: « Yo doy la
muerte y doy la vida » (Dt 32, 39; cf. 2 R 5, 7; 1 S 2,
6). El ejerce su poder siempre y sólo según su designio de sabiduría y de amor.
Cuando el hombre usurpa este poder, dominado por una lógica de necedad y de
egoísmo, lo usa fatalmente para la injusticia y la muerte. De este modo, la
vida del más débil queda en manos del más fuerte; se pierde el sentido de la
justicia en la sociedad y se mina en su misma raíz la confianza recíproca, fundamento
de toda relación auténtica entre las personas.
67. Bien diverso es, en cambio, el camino del amor y de la
verdadera piedad, al que nos obliga nuestra común condición humana y que
la fe en Cristo Redentor, muerto y resucitado, ilumina con nuevo sentido. El
deseo que brota del corazón del hombre ante el supremo encuentro con el sufrimiento
y la muerte, especialmente cuando siente la tentación de caer en la desesperación
y casi de abatirse en ella, es sobre todo aspiración de compañía, de solidaridad
y de apoyo en la prueba. Es petición de ayuda para seguir esperando, cuando
todas las esperanzas humanas se desvanecen. Como recuerda el Concilio Vaticano
II, « ante la muerte, el enigma de la condición humana alcanza su culmen » para
el hombre; y sin embargo « juzga certeramente por instinto de su corazón cuando
aborrece y rechaza la ruina total y la desaparición definitiva de su persona.
La semilla de eternidad que lleva en sí, al ser irreductible a la sola materia,
se rebela contra la muerte ».(86)
Esta repugnancia natural a la muerte es iluminada por la fe cristiana
y este germen de esperanza en la inmortalidad alcanza su realización por la
misma fe, que promete y ofrece la participación en la victoria de Cristo Resucitado:
es la victoria de Aquél que, mediante su muerte redentora, ha liberado al hombre
de la muerte, « salario del pecado » (Rm 6, 23), y le ha dado el Espíritu,
prenda de resurrección y de vida (cf. Rm 8, 11). La certeza de la inmortalidad
futura y la esperanza en la resurrección prometida proyectan una nueva
luz sobre el misterio del sufrimiento y de la muerte, e infunden en el creyente
una fuerza extraordinaria para abandonarse al plan de Dios.
El apóstol Pablo expresó esta novedad como una pertenencia total
al Señor que abarca cualquier condición humana: « Ninguno de nosotros vive para
sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo. Si vivimos, para el Señor
vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos,
del Señor somos » (Rm 14, 7-8). Morir para el Señor significa
vivir la propia muerte como acto supremo de obediencia al Padre (cf. Flp
2, 8), aceptando encontrarla en la « hora » querida y escogida por El (cf.
Jn 13, 1), que es el único que puede decir cuándo el camino terreno se
ha concluido. Vivir para el Señor significa también reconocer que el
sufrimiento, aun siendo en sí mismo un mal y una prueba, puede siempre llegar
a ser fuente de bien. Llega a serlo si se vive con amor y por amor, participando,
por don gratuito de Dios y por libre decisión personal, en el sufrimiento mismo
de Cristo crucificado. De este modo, quien vive su sufrimiento en el Señor se
configura más plenamente a El (cf. Flp 3, 10; 1 P 2, 21) y se
asocia más íntimamente a su obra redentora en favor de la Iglesia y de la humanidad.(87)
Esta es la experiencia del Apóstol, que toda persona que sufre está también
llamada a revivir: « Me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros,
y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor
de su Cuerpo, que es la Iglesia » (Col 1, 24).
« Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres » (Hch
5, 29): ley civil y ley moral
68. Una de las características propias de los atentados actuales
contra la vida humana como ya se ha dicho consiste en la tendencia a exigir
su legitimación jurídica, como si fuesen derechos que el Estado, al menos
en ciertas condiciones, debe reconocer a los ciudadanos y, por consiguiente,
la tendencia a pretender su realización con la asistencia segura y gratuita
de médicos y agentes sanitarios.
No pocas veces se considera que la vida de quien aún no ha nacido
o está gravemente debilitado es un bien sólo relativo: según una lógica proporcionalista
o de puro cálculo, deberá ser cotejada y sopesada con otros bienes. Y se piensa
también que solamente quien se encuentra en esa situación concreta y está personalmente
afectado puede hacer una ponderación justa de los bienes en juego; en consecuencia,
sólo él podría juzgar la moralidad de su decisión. El Estado, por tanto, en
interés de la convivencia civil y de la armonía social, debería respetar esta
decisión, llegando incluso a admitir el aborto y la eutanasia.
Otras veces se cree que la ley civil no puede exigir que todos
los ciudadanos vivan de acuerdo con un nivel de moralidad más elevado que el
que ellos mismos aceptan y comparten. Por esto, la ley debería siempre manifestar
la opinión y la voluntad de la mayoría de los ciudadanos y reconcerles también,
al menos en ciertos casos extremos, el derecho al aborto y a la eutanasia. Por
otra parte, la prohibición y el castigo del aborto y de la eutanasia en estos
casos llevaría inevitablemente así se dice a un aumento de prácticas ilegales,
que, sin embargo, no estarían sujetas al necesario control social y se efectuarían
sin la debida seguridad médica. Se plantea, además, si sostener una ley no aplicable
concretamente no significaría, al final, minar también la autoridad de las demás
leyes.
Finalmente, las opiniones más radicales llegan a sostener que,
en una sociedad moderna y pluralista, se debería reconocer a cada persona una
plena autonomía para disponer de su propia vida y de la vida de quien aún no
ha nacido. En efecto, no correspondería a la ley elegir entre las diversas opciones
morales y, menos aún, pretender imponer una opción particular en detrimento
de las demás.
69. De todos modos, en la cultura democrática de nuestro tiempo
se ha difundido ampliamente la opinión de que el ordenamiento jurídico de una
sociedad debería limitarse a percibir y asumir las convicciones de la mayoría
y, por tanto, basarse sólo sobre lo que la mayoría misma reconoce y vive como
moral. Si además se considera incluso que una verdad común y objetiva es inaccesible
de hecho, el respeto de la libertad de los ciudadanos que en un régimen democrático
son considerados como los verdaderos soberanos exigiría que, a nivel legislativo,
se reconozca la autonomía de cada conciencia individual y que, por tanto, al
establecer las normas que en cada caso son necesarias para la convivencia social,
éstas se adecuen exclusivamente a la voluntad de la mayoría, cualquiera que
sea. De este modo, todo político, en su actividad, debería distinguir netamente
entre el ámbito de la conciencia privada y el del comportamiento público.
Por consiguiente, se perciben dos tendencias diametralmente opuestas
en apariencia. Por un lado, los individuos reivindican para sí la autonomía
moral más completa de elección y piden que el Estado no asuma ni imponga ninguna
concepción ética, sino que trate de garantizar el espacio más amplio posible
para la libertad de cada uno, con el único límite externo de no restringir el
espacio de autonomía al que los demás ciudadanos también tienen derecho. Por
otro lado, se considera que, en el ejercicio de las funciones públicas y profesionales,
el respeto de la libertad de elección de los demás obliga a cada uno a prescindir
de sus propias convicciones para ponerse al servicio de cualquier petición de
los ciudadanos, que las leyes reconocen y tutelan, aceptando como único criterio
moral para el ejercicio de las propias funciones lo establecido por las mismas
leyes. De este modo, la responsabilidad de la persona se delega a la ley civil,
abdicando de la propia conciencia moral al menos en el ámbito de la acción pública.
70. La raíz común de todas estas tendencias es el relativismo
ético que caracteriza muchos aspectos de la cultura contemporánea. No falta
quien considera este relativismo como una condición de la democracia, ya que
sólo él garantizaría la tolerancia, el respeto recíproco entre las personas
y la adhesión a las decisiones de la mayoría, mientras que las normas morales,
consideradas objetivas y vinculantes, llevarían al autoritarismo y a la intolerancia.
Sin embargo, es precisamente la problemática del respeto de la
vida la que muestra los equívocos y contradicciones, con sus terribles resultados
prácticos, que se encubren en esta postura.
Es cierto que en la historia ha habido casos en los que se han
cometido crímenes en nombre de la « verdad ». Pero crímenes no menos graves
y radicales negaciones de la libertad se han cometido y se siguen cometiendo
también en nombre del « relativismo ético ». Cuando una mayoría parlamentaria
o social decreta la legitimidad de la eliminación de la vida humana aún no nacida,
inclusive con ciertas condiciones, ¿acaso no adopta una decisión « tiránica
» respecto al ser humano más débil e indefenso? La conciencia universal reacciona
justamente ante los crímenes contra la humanidad, de los que nuestro siglo ha
tenido tristes experiencias. ¿Acaso estos crímenes dejarían de serlo si, en
vez de haber sido cometidos por tiranos sin escrúpulo, hubieran estado legitimados
por el consenso popular?
En realidad, la democracia no puede mitificarse convirtiéndola
en un sustitutivo de la moralidad o en una panacea de la inmoralidad. Fundamentalmente,
es un « ordenamiento » y, como tal, un instrumento y no un fin. Su carácter
« moral » no es automático, sino que depende de su conformidad con la ley moral
a la que, como cualquier otro comportamiento humano, debe someterse; esto es,
depende de la moralidad de los fines que persigue y de los medios de que se
sirve. Si hoy se percibe un consenso casi universal sobre el valor de la democracia,
esto se considera un positivo « signo de los tiempos », como también el Magisterio
de la Iglesia ha puesto de relieve varias veces.(88) Pero el valor de la democracia
se mantiene o cae con los valores que encarna y promueve: fundamentales e imprescindibles
son ciertamente la dignidad de cada persona humana, el respeto de sus derechos
inviolables e inalienables, así como considerar el « bien común » como fin y
criterio regulador de la vida política.
En la base de estos valores no pueden estar provisionales y volubles
« mayorías » de opinión, sino sólo el reconocimiento de una ley moral objetiva
que, en cuanto « ley natural » inscrita en el corazón del hombre, es punto de
referencia normativa de la misma ley civil. Si, por una trágica ofuscación de
la conciencia colectiva, el escepticismo llegara a poner en duda hasta los principios
fundamentales de la ley moral, el mismo ordenamiento democrático se tambalearía
en sus fundamentos, reduciéndose a un puro mecanismo de regulación empírica
de intereses diversos y contrapuestos.(89)
Alguien podría pensar que semejante función, a falta de algo mejor,
es también válida para los fines de la paz social. Aun reconociendo un cierto
aspecto de verdad en esta valoración, es difícil no ver cómo, sin una base moral
objetiva, ni siquiera la democracia puede asegurar una paz estable, tanto más
que la paz no fundamentada sobre los valores de la dignidad humana y de la solidaridad
entre todos los hombres, es a menudo ilusoria. En efecto, en los mismos regímenes
participativos la regulación de los intereses se produce con frecuencia en beneficio
de los más fuertes, que tienen mayor capacidad para maniobrar no sólo las palancas
del poder, sino incluso la formación del consenso. En un situación así, la democracia
se convierte fácilmente en una palabra vacía.
71. Para el futuro de la sociedad y el desarrollo de una sana
democracia, urge pues descubrir de nuevo la existencia de valores humanos y
morales esenciales y originarios, que derivan de la verdad misma del ser humano
y expresan y tutelan la dignidad de la persona. Son valores, por tanto, que
ningún individuo, ninguna mayoría y ningún Estado nunca pueden crear, modificar
o destruir, sino que deben sólo reconocer, respetar y promover.
En este sentido, es necesario tener en cuenta los elementos
fundamentales del conjunto de las relaciones entre ley civil y ley moral, tal
como son propuestos por la Iglesia, pero que forman parte también del patrimonio
de las grandes tradiciones jurídicas de la humanidad.
Ciertamente, el cometido de la ley civil es diverso y de
ámbito más limitado que el de la ley moral. Sin embargo, « en ningún ámbito
de la vida la ley civil puede sustituir a la conciencia ni dictar normas que
excedan la propia competencia »,(90) que es la de asegurar el bien común de
las personas, mediante el reconocimiento y la defensa de sus derechos fundamentales,
la promoción de la paz y de la moralidad pública.(91) En efecto, la función
de la ley civil consiste en garantizar una ordenada convivencia social en la
verdadera justicia, para que todos « podamos vivir una vida tranquila y apacible
con toda piedad y dignidad » (1 Tm 2, 2). Precisamente por esto, la ley
civil debe asegurar a todos los miembros de la sociedad el respeto de algunos
derechos fundamentales, que pertenecen originariamente a la persona y que toda
ley positiva debe reconocer y garantizar. Entre ellos el primero y fundamental
es el derecho inviolable de cada ser humano inocente a la vida. Si la autoridad
pública puede, a veces, renunciar a reprimir aquello que provocaría, de estar
prohibido, un daño más grave,(92) sin embargo, nunca puede aceptar legitimar,
como derecho de los individuos aunque éstos fueran la mayoría de los miembros
de la sociedad, la ofensa infligida a otras personas mediante la negación de
un derecho suyo tan fundamental como el de la vida. La tolerancia legal del
aborto o de la eutanasia no puede de ningún modo invocar el respeto de la conciencia
de los demás, precisamente porque la sociedad tiene el derecho y el deber de
protegerse de los abusos que se pueden dar en nombre de la conciencia y bajo
el pretexto de la libertad.(93)
A este propósito, Juan XXIII recordó en la Encíclica Pacem
in terris: « En la época moderna se considera realizado el bien común cuando
se han salvado los derechos y los deberes de la persona humana. De ahí que los
deberes fundamentales de los poderes públicos consisten sobre todo en reconocer,
respetar, armonizar, tutelar y promover aquellos derechos, y en contribuir por
consiguiente a hacer más fácil el cumplimiento de los respectivos deberes. "Tutelar
el intangible campo de los derechos de la persona humana y hacer fácil el cumplimiento
de sus obligaciones, tal es el deber esencial de los poderes públicos".
Por esta razón, aquellos magistrados que no reconozcan los derechos del hombre
o los atropellen, no sólo faltan ellos mismos a su deber, sino que carece de
obligatoriedad lo que ellos prescriban ».(94)
72. En continuidad con toda la tradición de la Iglesia se encuentra
también la doctrina sobre la necesaria conformidad de la ley civil con la
ley moral, tal y como se recoge, una vez más, en la citada encíclica de
Juan XXIII: « La autoridad es postulada por el orden moral y deriva de Dios.
Por lo tanto, si las leyes o preceptos de los gobernantes estuvieran en contradicción
con aquel orden y, consiguientemente, en contradicción con la voluntad de Dios,
no tendrían fuerza para obligar en conciencia...; más aún, en tal caso, la autoridad
dejaría de ser tal y degeneraría en abuso ».(95) Esta es una clara enseñanza
de santo Tomás de Aquino, que entre otras cosas escribe: « La ley humana es
tal en cuanto está conforme con la recta razón y, por tanto, deriva de la ley
eterna. En cambio, cuando una ley está en contraste con la razón, se la denomina
ley inicua; sin embargo, en este caso deja de ser ley y se convierte más bien
en un acto de violencia ».(96) Y añade: « Toda ley puesta por los hombres tiene
razón de ley en cuanto deriva de la ley natural. Por el contrario, si contradice
en cualquier cosa a la ley natural, entonces no será ley sino corrupción de
la ley ».(97)
La primera y más inmediata aplicación de esta doctrina hace referencia
a la ley humana que niega el derecho fundamental y originario a la vida, derecho
propio de todo hombre. Así, las leyes que, como el aborto y la eutanasia, legitiman
la eliminación directa de seres humanos inocentes están en total e insuperable
contradicción con el derecho inviolable a la vida inherente a todos los hombres,
y niegan, por tanto, la igualdad de todos ante la ley. Se podría objetar que
éste no es el caso de la eutanasia, cuando es pedida por el sujeto interesado
con plena conciencia. Pero un Estado que legitimase una petición de este tipo
y autorizase a llevarla a cabo, estaría legalizando un caso de suicidio-homicidio,
contra los principios fundamentales de que no se puede disponer de la vida y
de la tutela de toda vida inocente. De este modo se favorece una disminución
del respeto a la vida y se abre camino a comportamientos destructivos de la
confianza en las relaciones sociales.
Por tanto, las leyes que autorizan y favorecen el aborto y la
eutanasia se oponen radicalmente no sólo al bien del individuo, sino también
al bien común y, por consiguiente, están privadas totalmente de auténtica validez
jurídica. En efecto, la negación del derecho a la vida, precisamente porque
lleva a eliminar la persona en cuyo servicio tiene la sociedad su razón de existir,
es lo que se contrapone más directa e irreparablemente a la posibilidad de realizar
el bien común. De esto se sigue que, cuando una ley civil legitima el aborto
o la eutanasia deja de ser, por ello mismo, una verdadera ley civil moralmente
vinculante.
73. Así pues, el aborto y la eutanasia son crímenes que ninguna
ley humana puede pretender legitimar. Leyes de este tipo no sólo no crean ninguna
obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave
y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia.
Desde los orígenes de la Iglesia, la predicación apostólica inculcó a los
cristianos el deber de obedecer a las autoridades públicas legítimamente constituidas
(cf. Rm 13, 1-7, 1 P 2, 13-14), pero al mismo tiempo enseñó firmemente
que « hay que obedecer a Dios antes que a los hombres » (Hch 5, 29).
Ya en el Antiguo Testamento, precisamente en relación a las amenazas contra
la vida, encontramos un ejemplo significativo de resistencia a la orden injusta
de la autoridad. Las comadronas de los hebreos se opusieron al faraón, que había
ordenado matar a todo recién nacido varón. Ellas « no hicieron lo que les había
mandado el rey de Egipto, sino que dejaban con vida a los niños » (Ex 1,
17). Pero es necesario señalar el motivo profundo de su comportamiento: « Las
parteras temían a Dios » (ivi). Es precisamente de la obediencia
a Dios a quien sólo se debe aquel temor que es reconocimiento de su absoluta
soberanía de donde nacen la fuerza y el valor para resistir a las leyes injustas
de los hombres. Es la fuerza y el valor de quien está dispuesto incluso a ir
a prisión o a morir a espada, en la certeza de que « aquí se requiere la paciencia
y la fe de los santos » (Ap 13, 10).
En el caso pues de una ley intrínsecamente injusta, como es la
que admite el aborto o la eutanasia, nunca es lícito someterse a ella, « ni
participar en una campaña de opinión a favor de una ley semejante, ni darle
el sufragio del propio voto ».(98)
Un problema concreto de conciencia podría darse en los casos en
que un voto parlamentario resultase determinante para favorecer una ley más
restrictiva, es decir, dirigida a restringir el número de abortos autorizados,
como alternativa a otra ley más permisiva ya en vigor o en fase de votación.
No son raros semejantes casos. En efecto, se constata el dato de que mientras
en algunas partes del mundo continúan las campañas para la introducción de leyes
a favor del aborto, apoyadas no pocas veces por poderosos organismos internacionales,
en otras Naciones particularmente aquéllas que han tenido ya la experiencia
amarga de tales legislaciones permisivas van apareciendo señales de revisión.
En el caso expuesto, cuando no sea posible evitar o abrogar completamente una
ley abortista, un parlamentario, cuya absoluta oposición personal al aborto
sea clara y notoria a todos, puede lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas
encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos
negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública. En efecto, obrando
de este modo no se presta una colaboración ilícita a una ley injusta; antes
bien se realiza un intento legítimo y obligado de limitar sus aspectos inicuos.
74. La introducción de legislaciones injustas pone con frecuencia
a los hombres moralmente rectos ante difíciles problemas de conciencia en materia
de colaboración, debido a la obligatoria afirmación del propio derecho a no
ser forzados a participar en acciones moralmente malas. A veces las opciones
que se imponen son dolorosas y pueden exigir el sacrificio de posiciones profesionales
consolidadas o la renuncia a perspectivas legítimas de avance en la carrera.
En otros casos, puede suceder que el cumplimiento de algunas acciones en sí
mismas indiferentes, o incluso positivas, previstas en el articulado de legislaciones
globalmente injustas, permita la salvaguarda de vidas humanas amenazadas. Por
otra parte, sin embargo, se puede temer justamente que la disponibilidad a cumplir
tales acciones no sólo conlleve escándalo y favorezca el debilitamiento de la
necesaria oposición a los atentados contra la vida, sino que lleve insensiblemente
a ir cediendo cada vez más a una lógica permisiva.
Para iluminar esta difícil cuestión moral es necesario tener en
cuenta los principios generales sobre la cooperación en acciones moralmente
malas. Los cristianos, como todos los hombres de buena voluntad, están llamados,
por un grave deber de conciencia, a no prestar su colaboración formal a aquellas
prácticas que, aun permitidas por la legislación civil, se oponen a la Ley de
Dios. En efecto, desde el punto de vista moral, nunca es lícito cooperar formalmente
en el mal. Esta cooperación se produce cuando la acción realizada, o por su
misma naturaleza o por la configuración que asume en un contexto concreto, se
califica como colaboración directa en un acto contra la vida humana inocente
o como participación en la intención inmoral del agente principal. Esta cooperación
nunca puede justificarse invocando el respeto de la libertad de los demás, ni
apoyarse en el hecho de que la ley civil la prevea y exija. En efecto, los actos
que cada uno realiza personalmente tienen una responsabilidad moral, a la que
nadie puede nunca substraerse y sobre la cual cada uno será juzgado por Dios
mismo (cf. Rm 2, 6; 14, 12).
El rechazo a participar en la ejecución de una injusticia no sólo
es un deber moral, sino también un derecho humano fundamental. Si no fuera así,
se obligaría a la persona humana a realizar una acción intrínsecamente incompatible
con su dignidad y, de este modo, su misma libertad, cuyo sentido y fin auténticos
residen en su orientación a la verdad y al bien, quedaría radicalmente comprometida.
Se trata, por tanto, de un derecho esencial que, como tal, debería estar previsto
y protegido por la misma ley civil. En este sentido, la posibilidad de rechazar
la participación en la fase consultiva, preparatoria y ejecutiva de semejantes
actos contra la vida debería asegurarse a los médicos, a los agentes sanitarios
y a los responsables de las instituciones hospitalarias, de las clínicas y casas
de salud. Quien recurre a la objeción de conciencia debe estar a salvo no sólo
de sanciones penales, sino también de cualquier daño en el plano legal, disciplinar,
económico y profesional.
« Amarás a tu prójimo como a ti mismo » (Lc 10,
27): « promueve » la vida
75. Los mandamientos de Dios nos enseñan el camino de la vida.
Los preceptos morales negativos, es decir, los que declaran moralmente
inaceptable la elección de una determinada acción, tienen un valor absoluto
para la libertad humana: obligan siempre y en toda circunstancia, sin excepción.
Indican que la elección de determinados comportamientos es radicalmente incompatible
con el amor a Dios y la dignidad de la persona, creada a su imagen. Por eso,
esta elección no puede justificarse por la bondad de ninguna intención o consecuencia,
está en contraste insalvable con la comunión entre las personas, contradice
la decisión fundamental de orientar la propia vida a Dios.(99)
Ya en este sentido los preceptos morales negativos tienen una
importantísima función positiva: el « no » que exigen incondicionalmente marca
el límite infranqueable más allá del cual el hombre libre no puede pasar y,
al mismo tiempo, indica el mínimo que debe respetar y del que debe partir para
pronunciar innumerables « sí », capaces de abarcar progresivamente el horizonte
completo del bien (cf. Mt 5, 48). Los mandamientos, en particular
los preceptos morales negativos, son el inicio y la primera etapa necesaria
del camino hacia la libertad: « La primera libertad escribe san Agustín es
no tener delitos... como homicidio, adulterio, alguna inmundicia de fornicación,
hurto, fraude, sacrilegio y otros parecidos. Cuando el hombre empieza a no tener
tales delitos (el cristiano no debe tenerlos), comienza a levantar la cabeza
hacia la libertad; pero ésta es una libertad incoada, no es perfecta ».(100)
76. El mandamiento « no matarás » establece, por tanto, el punto
de partida de un camino de verdadera libertad, que nos lleva a promover activamente
la vida y a desarrollar determinadas actitudes y comportamientos a su servicio.
Obrando así, ejercitamos nuestra responsabilidad hacia las personas que nos
han sido confiadas y manifestamos, con las obras y según la verdad, nuestro
reconocimiento a Dios por el gran don de la vida (cf. Sal 139138, 13-14).
El Creador ha confiado la vida del hombre a su cuidado responsable,
no para que disponga de ella de modo arbitrario, sino para que la custodie con
sabiduría y la administre con amorosa fidelidad. El Dios de la Alianza ha confiado
la vida de cada hombre a otro hombre hermano suyo, según la ley de la reciprocidad
del dar y del recibir, del don de sí mismo y de la acogida del otro. En la plenitud
de los tiempos, el Hijo de Dios, encarnándose y dando su vida por el hombre,
ha demostrado a qué altura y profundidad puede llegar esta ley de la reciprocidad.
Cristo, con el don de su Espíritu, da contenidos y significados nuevos a la
ley de la reciprocidad, a la entrega del hombre al hombre. El Espíritu, que
es artífice de comunión en el amor, crea entre los hombres una nueva fraternidad
y solidaridad, reflejo verdadero del misterio de recíproca entrega y acogida
propio de la Santísima Trinidad. El mismo Espíritu llega a ser la ley nueva,
que da la fuerza a los creyentes y apela a su responsabilidad para vivir con
reciprocidad el don de sí mismos y la acogida del otro, participando del amor
mismo de Jesucristo según su medida.
77. En esta ley nueva se inspira y plasma el mandamiento « no
matarás ». Por tanto, para el cristiano implica en definitiva el imperativo
de respetar, amar y promover la vida de cada hermano, según las exigencias y
las dimensiones del amor de Dios en Jesucristo. « El dio su vida por nosotros.
También nosotros debemos dar la vida por los hermanos » (1 Jn 3, 16).
El mandamiento « no matarás », incluso en sus contenidos más positivos
de respeto, amor y promoción de la vida humana, obliga a todo hombre. En efecto,
resuena en la conciencia moral de cada uno como un eco permanente de la alianza
original de Dios creador con el hombre; puede ser conocido por todos a la luz
de la razón y puede ser observado gracias a la acción misteriosa del Espíritu
que, soplando donde quiere (cf. Jn 3, 8), alcanza y compromete a cada
hombre que vive en este mundo.
Por tanto, lo que todos debemos asegurar a nuestro prójimo es
un servicio de amor, para que siempre se defienda y promueva su vida, especialmente
cuando es más débil o está amenazada. Es una exigencia no sólo personal sino
también social, que todos debemos cultivar, poniendo el respeto incondicional
de la vida humana como fundamento de una sociedad renovada.
Se nos pide amar y respetar la vida de cada hombre y de cada mujer
y trabajar con constancia y valor, para que se instaure finalmente en nuestro
tiempo, marcado por tantos signos de muerte, una cultura nueva de la vida, fruto
de la cultura de la verdad y del amor.
CAPÍTULO IV
A MÍ ME LO HICISTEIS
POR UNA NUEVA CULTURA DE LA VIDA HUMANA
« Vosotros sois el pueblo adquirido por Dios para anunciar
sus alabanzas » (cf. 1 P 2, 9): el pueblo de la vida y para la
vida
78. La Iglesia ha recibido el Evangelio como anuncio y fuente
de gozo y salvación. Lo ha recibido como don de Jesús, enviado del Padre « para
anunciar a los pobres la Buena Nueva » (Lc 4, 18). Lo ha recibido a través
de los Apóstoles, enviados por El a todo el mundo (cf. Mc 16, 15; Mt
28, 19-20). La Iglesia, nacida de esta acción evangelizadora, siente resonar
en sí misma cada día la exclamación del Apóstol: « ¡Ay de mí si no predicara
el Evangelio! » (1 Cor 9, 16). En efecto, « evangelizar como
escribía Pablo VI constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su
identidad más profunda. Ella existe para evangelizar ».(101)
La evangelización es una acción global y dinámica, que compromete
a la Iglesia a participar en la misión profética, sacerdotal y real del Señor
Jesús. Por tanto, conlleva inseparablemente las dimensiones del anuncio,
de la celebración y del servicio de la caridad. Es un acto profundamente
eclesial, que exige la cooperación de todos los operarios del Evangelio,
cada uno según su propio carisma y ministerio.
Así sucede también cuando se trata de anunciar el Evangelio
de la vida, parte integrante del Evangelio que es Jesucristo. Nosotros estamos
al servicio de este Evangelio, apoyados por la certeza de haberlo recibido como
don y de haber sido enviados a proclamarlo a toda la humanidad « hasta los confines
de la tierra » (Hch 1, 8). Mantengamos, por ello, la conciencia humilde
y agradecida de ser el pueblo de la vida y para la vida y presentémonos
de este modo ante todos.
79. Somos el pueblo de la vida porque Dios, en su amor
gratuito, nos ha dado el Evangelio de la vida y hemos sido transformados
y salvados por este mismo Evangelio. Hemos sido redimidos por el « autor de
la vida » (Hch 3, 15) a precio de su preciosa sangre (cf. 1 Cor 6,
20; 7, 23; 1 P 1, 19) y mediante el baño bautismal hemos sido injertados
en El (cf. Rm 6, 4-5; Col 2, 12), como ramas que reciben savia
y fecundidad del árbol único (cf. Jn 15, 5). Renovados interiormente
por la gracia del Espíritu, « que es Señor y da la vida », hemos llegado a ser
un pueblo para la vida y estamos llamados a comportarnos como tal.
Somos enviados: estar al servicio de la vida no es para
nosotros una vanagloria, sino un deber, que nace de la conciencia de ser el
pueblo adquirido por Dios para anunciar sus alabanzas (cf. 1 P 2, 9).
En nuestro camino nos guía y sostiene la ley del amor: el amor cuya fuente
y modelo es el Hijo de Dios hecho hombre, que « muriendo ha dado la vida al
mundo ».(102)
Somos enviados como pueblo. El compromiso al servicio de
la vida obliga a todos y cada uno. Es una responsabilidad propiamente « eclesial
», que exige la acción concertada y generosa de todos los miembros y de todas
las estructuras de la comunidad cristiana. Sin embargo, la misión comunitaria
no elimina ni disminuye la responsabilidad de cada persona, a la cual
se dirige el mandato del Señor de « hacerse prójimo » de cada hombre: « Vete
y haz tú lo mismo » (Lc 10, 37).
Todos juntos sentimos el deber de anunciar el Evangelio de
la vida, de celebrarlo en la liturgia y en toda la existencia, de
servirlo con las diversas iniciativas y estructuras de apoyo y promoción.
« Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos » (1 Jn
1, 3): anunciar el Evangelio de la vida
80. « Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo
que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos
acerca de la Palabra de la vida... os lo anunciamos, para que también vosotros
estéis en comunión con nosotros » (1 Jn 1, 1. 3). Jesús es el único
Evangelio: no tenemos otra cosa que decir y testimoniar.
Precisamente el anuncio de Jesús es anuncio de la vida. En
efecto, El es « la Palabra de vida » (1 Jn 1, 1). En El « la vida se
manifestó » (1 Jn 1, 2); más aún, él mismo es « la vida eterna, que estaba
vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó » (ivi). Esta misma vida,
gracias al don del Espíritu, ha sido comunicada al hombre. La vida terrena de
cada uno, ordenada a la vida en plenitud, a la « vida eterna », adquiere también
pleno sentido.
Iluminados por este Evangelio de la vida, sentimos la necesidad
de proclamarlo y testimoniarlo por la novedad sorprendente que lo caracteriza.
Este Evangelio, al identificarse con el mismo Jesús, portador de toda novedad
(103) y vencedor de la « vejez » causada por el pecado y que lleva a la muerte,(104)
supera toda expectativa del hombre y descubre la sublime altura a la que, por
gracia, es elevada la dignidad de la persona. Así la contempla san Gregorio
de Nisa: « El hombre que, entre los seres, no cuenta nada, que es polvo, hierba,
vanidad, cuando es adoptado por el Dios del universo como hijo, llega a ser
familiar de este Ser, cuya excelencia y grandeza nadie puede ver, escuchar y
comprender. ¿Con qué palabra, pensamiento o impulso del espíritu se podrá exaltar
la sobreabundancia de esta gracia? El hombre sobrepasa su naturaleza: de mortal
se hace inmortal, de perecedero imperecedero, de efímero eterno, de hombre se
hace dios ».(105)
El agradecimiento y la alegría por la dignidad inconmensurable
del hombre nos mueve a hacer a todos partícipes de este mensaje: « Lo que hemos
visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión
con nosotros » (1 Jn 1, 3). Es necesario hacer llegar el Evangelio
de la vida al corazón de cada hombre y mujer e introducirlo en lo más recóndito
de toda la sociedad.
81. Ante todo se trata de anunciar el núcleo de este Evangelio.
Es anuncio de un Dios vivo y cercano, que nos llama a una profunda comunión
con El y nos abre a la esperanza segura de la vida eterna; es afirmación del
vínculo indivisible que fluye entre la persona, su vida y su corporeidad; es
presentación de la vida humana como vida de relación, don de Dios, fruto y signo
de su amor; es proclamación de la extraordinaria relación de Jesús con cada
hombre, que permite reconocer en cada rostro humano el rostro de Cristo; es
manifestación del « don sincero de sí mismo » como tarea y lugar de realización
plena de la propia libertad.
Al mismo tiempo, se trata se señalar todas las consecuencias
de este mismo Evangelio, que se pueden resumir así: la vida humana, don precioso
de Dios, es sagrada e inviolable, y por esto, en particular, son absolutamente
inaceptables el aborto procurado y la eutanasia; la vida del hombre no sólo
no debe ser suprimida, sino que debe ser protegida con todo cuidado amoroso;
la vida encuentra su sentido en el amor recibido y dado, en cuyo horizonte hallan
su plena verdad la sexualidad y la procreación humana; en este amor incluso
el sufrimiento y la muerte tienen un sentido y, aun permaneciendo el misterio
que los envuelve, pueden llegar a ser acontecimientos de salvación; el respeto
de la vida exige que la ciencia y la técnica estén siempre ordenadas al hombre
y a su desarrollo integral; toda la sociedad debe respetar, defender y promover
la dignidad de cada persona humana, en todo momento y condición de su vida.
82. Para ser verdaderamente un pueblo al servicio de la vida debemos,
con constancia y valentía, proponer estos contenidos desde el primer anuncio
del Evangelio y, posteriormente, en la catequesis y en las diversas formas
de predicación, en el diálogo personal y en cada actividad educativa. A
los educadores, profesores, catequistas y teólogos corresponde la tarea de poner
de relieve las razones antropológicas que fundamentan y sostienen el
respeto de cada vida humana. De este modo, haciendo resplandecer la novedad
original del Evangelio de la vida, podremos ayudar a todos a descubrir,
también a la luz de la razón y de la experiencia, cómo el mensaje cristiano
ilumina plenamente el hombre y el significado de su ser y de su existencia;
hallaremos preciosos puntos de encuentro y de diálogo incluso con los no creyentes,
comprometidos todos juntos en hacer surgir una nueva cultura de la vida.
En medio de las voces más dispares, cuando muchos rechazan la
sana doctrina sobre la vida del hombre, sentimos como dirigida también a nosotros
la exhortación de Pablo a Timoteo: « Proclama la Palabra, insiste a tiempo y
a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina » (2
Tm 4, 2). Esta exhortación debe encontrar un fuerte eco en el corazón de
cuantos, en la Iglesia, participan más directamente, con diverso título, en
su misión de « maestra » de la verdad. Que resuene ante todo para nosotros Obispos:
somos los primeros a quienes se pide ser anunciadores incansables del Evangelio
de la vida; a nosotros se nos confía también la misión de vigilar sobre
la trasmisión íntegra y fiel de la enseñanza propuesta en esta Encíclica y adoptar
las medidas más oportunas para que los fieles sean preservados de toda doctrina
contraria a la misma. Debemos poner una atención especial para que en las facultades
teológicas, en los seminarios y en las diversas instituciones católicas se difunda,
se ilustre y se profundice el conocimiento de la sana doctrina.(106) Que la
exhortación de Pablo resuene para todos los teólogos, para los pastores
y para todos los que desarrollan tareas de enseñanza, catequesis y formación
de las conciencias: conscientes del papel que les pertenece, no asuman nunca
la grave responsabilidad de traicionar la verdad y su misma misión exponiendo
ideas personales contrarias al Evangelio de la vida como lo propone e
interpreta fielmente el Magisterio.
Al anunciar este Evangelio, no debemos temer la hostilidad y la
impopularidad, rechazando todo compromiso y ambigüedad que nos conformaría a
la mentalidad de este mundo (cf. Rm 12, 2). Debemos estar en el mundo,
pero no ser del mundo (cf. Jn 15, 19; 17, 16), con la fuerza
que nos viene de Cristo, que con su muerte y resurrección ha vencido el mundo
(cf. Jn 16, 33).
« Te doy gracias por tantas maravillas: prodigio soy » (Sal
139138, 14): celebrar el Evangelio de la vida
83. Enviados al mundo como « pueblo para la vida », nuestro anuncio
debe ser también una celebración verdadera y genuina del Evangelio de la
vida. Más aún, esta celebración, con la fuerza evocadora de sus gestos,
símbolos y ritos, debe convertirse en lugar precioso y significativo para transmitir
la belleza y grandeza de este Evangelio.
Con este fin, urge ante todo cultivar, en nosotros y en
los demás, una mirada contemplativa.(107) Esta nace de la fe en el Dios
de la vida, que ha creado a cada hombre haciéndolo como un prodigio (cf. Sal
139138, 14). Es la mirada de quien ve la vida en su profundidad, percibiendo
sus dimensiones de gratuidad, belleza, invitación a la libertad y a la responsabilidad.
Es la mirada de quien no pretende apoderarse de la realidad, sino que la acoge
como un don, descubriendo en cada cosa el reflejo del Creador y en cada persona
su imagen viviente (cf. Gn 1, 27; Sal 8, 6). Esta mirada no se
rinde desconfiada ante quien está enfermo, sufriendo, marginado o a las puertas
de la muerte; sino que se deja interpelar por todas estas situaciones para buscar
un sentido y, precisamente en estas circunstancias, encuentra en el rostro de
cada persona una llamada a la mutua consideración, al diálogo y a la solidaridad.
Es el momento de asumir todos esta mirada, volviendo a ser capaces,
con el ánimo lleno de religiosa admiración, de venerar y respetar a todo
hombre, como nos invitaba a hacer Pablo VI en uno de sus primeros mensajes
de Navidad.(108) El pueblo nuevo de los redimidos, animado por esta mirada contemplativa,
prorrumpe en himnos de alegría, alabanza y agradecimiento por el don inestimable
de la vida, por el misterio de la llamada de todo hombre a participar en
Cristo de la vida de gracia, y a una existencia de comunión sin fin con Dios
Creador y Padre.
84. Celebrar el Evangelio de la vida significa celebrar el
Dios de la vida, el Dios que da la vida: « Celebremos ahora la Vida eterna,
fuente de toda vida. Desde ella y por ella se extiende a todos los seres que
de algún modo participan de la vida, y de modo conveniente a cada uno de ellos.
La Vida divina es por sí vivificadora y creadora de la vida. Toda vida y toda
moción vital proceden de la Vida, que está sobre toda vida y sobre el principio
de ella. De esta Vida les viene a las almas el ser inmortales, y gracias a ella
vive todo ser viviente, plantas y animales hasta el grado ínfimo de vida. Además,
da a los hombres, a pesar de ser compuestos, una vida similar, en lo posible,
a la de los ángeles. Por la abundancia de su bondad, a nosotros, que estamos
separados, nos atrae y dirige. Y lo que es todavía más maravilloso: promete
que nos trasladará íntegramente, es decir, en alma y cuerpo, a la vida perfecta
e inmortal. No basta decir que esta Vida está viviente, que es Principio de
vida, Causa y Fundamento único de la vida. Conviene, pues, a toda vida el contemplarla
y alabarla: es Vida que vivifica toda vida ».(109)
Como el Salmista también nosotros, en la oración cotidiana,
individual y comunitaria, alabamos y bendecimos a Dios nuestro Padre, que nos
ha tejido en el seno materno y nos ha visto y amado cuando todavía éramos informes
(cf. Sal 139138, 13. 15-16), y exclamamos con incontenible alegría: «
Yo te doy gracias por tantas maravillas: prodigio soy, prodigios son tus obras.
Mi alma conocías cabalmente » (Sal 139138, 14). Sí, « esta vida mortal,
a pesar de sus tribulaciones, de sus oscuros misterios, sus sufrimientos, su
fatal caducidad, es un hecho bellísimo, un prodigio siempre original y conmovedor,
un acontecimiento digno de ser cantado con júbilo y gloria ».(110) Más aún,
el hombre y su vida no se nos presentan sólo como uno de los prodigios más grandes
de la creación: Dios ha dado al hombre una dignidad casi divina (cf. Sal
8, 6-7). En cada niño que nace y en cada hombre que vive y que muere reconocemos
la imagen de la gloria de Dios, gloria que celebramos en cada hombre, signo
del Dios vivo, icono de Jesucristo.
Estamos llamados a expresar admiración y gratitud por la vida
recibida como don, y a acoger, gustar y comunicar el Evangelio de la vida
no sólo con la oración personal y comunitaria, sino sobre todo con las celebraciones
del año litúrgico. Se deben recordar aquí particularmente los Sacramentos,
signos eficaces de la presencia y de la acción salvífica del Señor Jesús
en la existencia cristiana. Ellos hacen a los hombres partícipes de la vida
divina, asegurándoles la energía espiritual necesaria para realizar verdaderamente
el significado de vivir, sufrir y morir. Gracias a un nuevo y genuino descubrimiento
del significado de los ritos y a su adecuada valoración, las celebraciones litúrgicas,
sobre todo las sacramentales, serán cada vez más capaces de expresar la verdad
plena sobre el nacimiento, la vida, el sufrimiento y la muerte, ayudando a vivir
estas realidades como participación en el misterio pascual de Cristo muerto
y resucitado.
85. En la celebración del Evangelio de la vida es preciso
saber apreciar y valorar también los gestos y los símbolos, de los que son
ricas las diversas tradiciones y costumbres culturales y populares. Son
momentos y formas de encuentro con las que, en los diversos Países y culturas,
se manifiestan el gozo por una vida que nace, el respeto y la defensa de toda
existencia humana, el cuidado del que sufre o está necesitado, la cercanía al
anciano o al moribundo, la participación del dolor de quien está de luto, la
esperanza y el deseo de inmortalidad.
En esta perspectiva, acogiendo también la sugerencia de los Cardenales
en el Consistorio de 1991, propongo que se celebre cada año en las distintas
Naciones una Jornada por la Vida, como ya tiene lugar por iniciativa
de algunas Conferencias Episcopales. Es necesario que esta Jornada se prepare
y se celebre con la participación activa de todos los miembros de la Iglesia
local. Su fin fundamental es suscitar en las conciencias, en las familias, en
la Iglesia y en la sociedad civil, el reconocimiento del sentido y del valor
de la vida humana en todos sus momentos y condiciones, centrando particularmente
la atención sobre la gravedad del aborto y de la eutanasia, sin olvidar tampoco
los demás momentos y aspectos de la vida, que merecen ser objeto de atenta consideración,
según sugiera la evolución de la situación histórica.
86. Respecto al culto espiritual agradable a Dios (cf. Rm 12,
1), la celebración del Evangelio de la vida debe realizarse sobre todo
en la existencia cotidiana, vivida en el amor por los demás y en la entrega
de uno mismo. Así, toda nuestra existencia se hará acogida auténtica y responsable
del don de la vida y alabanza sincera y reconocida a Dios que nos ha hecho este
don. Es lo que ya sucede en tantísimos gestos de entrega, con frecuencia humilde
y escondida, realizados por hombres y mujeres, niños y adultos, jóvenes y ancianos,
sanos y enfermos.
En este contexto, rico en humanidad y amor, es donde surgen también
los gestos heroicos. Estos son la celebración más solemne del Evangelio
de la vida, porque lo proclaman con la entrega total de sí mismos; son
la elocuente manifestación del grado más elevado del amor, que es dar la vida
por la persona amada (cf. Jn 15, 13); son la participación en el misterio
de la Cruz, en la que Jesús revela cuánto vale para El la vida de cada hombre
y cómo ésta se realiza plenamente en la entrega sincera de sí mismo. Más allá
de casos clamorosos, está el heroísmo cotidiano, hecho de pequeños o grandes
gestos de solidaridad que alimentan una auténtica cultura de la vida. Entre
ellos merece especial reconocimiento la donación de órganos, realizada según
criterios éticamente aceptables, para ofrecer una posibilidad de curación e
incluso de vida, a enfermos tal vez sin esperanzas.
A este heroísmo cotidiano pertenece el testimonio silencioso,
pero a la vez fecundo y elocuente, de « todas las madres valientes, que se dedican
sin reservas a su familia, que sufren al dar a luz a sus hijos, y luego están
dispuestas a soportar cualquier esfuerzo, a afrontar cualquier sacrificio, para
transmitirles lo mejor de sí mismas ».(111) Al desarrollar su misión « no siempre
estas madres heroicas encuentran apoyo en su ambiente. Es más, los modelos de
civilización, a menudo promovidos y propagados por los medios de comunicación,
no favorecen la maternidad. En nombre del progreso y la modernidad, se presentan
como superados ya los valores de la fidelidad, la castidad y el sacrificio,
en los que se han distinguido y siguen distinguiéndose innumerables esposas
y madres cristianas... Os damos las gracias, madres heroicas, por vuestro amor
invencible. Os damos las gracias por la intrépida confianza en Dios y en su
amor. Os damos las gracias por el sacrificio de vuestra vida... Cristo, en el
misterio pascual, os devuelve el don que le habéis hecho, pues tiene el poder
de devolveros la vida que le habéis dado como ofrenda ».(112) « ¿De qué sirve,
hermanos míos, que alguien diga: "Tengo fe", si no tiene obras? »
(St 2, 14): servir el Evangelio de la vida
87. En virtud de la participación en la misión real de Cristo,
el apoyo y la promoción de la vida humana deben realizarse mediante el servicio
de la caridad, que se manifiesta en el testimonio personal, en las diversas
formas de voluntariado, en la animación social y en el compromiso político.
Esta es una exigencia particularmente apremiante en el momento actual, en
que la « cultura de la muerte » se contrapone tan fuertemente a la « cultura
de la vida » y con frecuencia parece que la supera. Sin embargo, es ante todo
una exigencia que nace de la « fe que actúa por la caridad » (Gal 5,
6), como nos exhorta la Carta de Santiago: « ¿De qué sirve, hermanos míos, que
alguien diga: "Tengo fe", si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle
la fe? Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario,
y algunos de vosotros les dice: "Idos en paz, calentaos y hartaos",
pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la
fe, si no tiene obras, está realmente muerta » (2, 14-17).
En el servicio de la caridad, hay una actitud que debe animarnos
y distinguirnos: hemos de hacernos cargo del otro como persona confiada
por Dios a nuestra responsabilidad. Como discípulos de Jesús, estamos llamados
a hacernos prójimos de cada hombre (cf. Lc 10, 29-37), teniendo una preferencia
especial por quien es más pobre, está sólo y necesitado. Precisamente mediante
la ayuda al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al
encarcelado como también al niño aún no nacido, al anciano que sufre o cercano
a la muerte tenemos la posibilidad de servir a Jesús, como El mismo dijo: «
Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis
» (Mt 25, 40). Por eso, nos sentimos interpelados y juzgados por las
palabras siempre actuales de san Juan Crisóstomo: « ¿Queréis de verdad honrar
el cuerpo de Cristo? No consintáis que esté desnudo. No le honréis aquí en el
templo con vestidos de seda y fuera le dejéis perecer de frío y desnudez ».(113)
El servicio de la caridad a la vida debe ser profundamente
unitario: no se pueden tolerar unilateralismos y discriminaciones, porque
la vida humana es sagrada e inviolable en todas sus fases y situaciones. Es
un bien indivisible. Por tanto, se trata de « hacerse cargo » de toda la
vida y de la vida de todos. Más aún, se trata de llegar a las raíces mismas
de la vida y del amor.
Partiendo precisamente de un amor profundo por cada hombre y mujer,
se ha desarrollado a lo largo de los siglos una extraordinaria historia de
caridad, que ha introducido en la vida eclesial y civil numerosas estructuras
de servicio a la vida, que suscitan la admiración de todo observador sin prejuicios.
Es una historia que cada comunidad cristiana, con nuevo sentido de responsabilidad,
debe continuar escribiendo a través de una acción pastoral y social múltiple.
En este sentido, se deben poner en práctica formas discretas y eficaces de acompañamiento
de la vida naciente, con una especial cercanía a aquellas madres que, incluso
sin el apoyo del padre, no tienen miedo de traer al mundo su hijo y educarlo.
Una atención análoga debe prestarse a la vida que se encuentra en la marginación
o en el sufrimiento, especialmente en sus fases finales.
88. Todo esto supone una paciente y valiente obra educativa
que apremie a todos y cada uno a hacerse cargo del peso de los demás (cf. Gal
6, 2); exige una continua promoción de vocaciones al servicio, particularmente
entre los jóvenes; implica la realización de proyectos e iniciativas concretas,
estables e inspiradas en el Evangelio.
Múltiples son los medios para valorar con competencia y
serio propósito. Respecto a los inicios de la vida, los centros de métodos
naturales de regulación de la fertilidad han de ser promovidos como una
valiosa ayuda para la paternidad y maternidad responsables, en la que cada persona,
comenzando por el hijo, es reconocida y respetada por sí misma, y cada decisión
es animada y guiada por el criterio de la entrega sincera de sí. También los
consultorios matrimoniales y familiares, mediante su acción específica de
consulta y prevención, desarrollada a la luz de una antropología coherente con
la visión cristiana de la persona, de la pareja y de la sexualidad, constituyen
un servicio precioso para profundizar en el sentido del amor y de la vida y
para sostener y acompañar cada familia en su misión como « santuario de la vida
». Al servicio de la vida naciente están también los centros de ayuda a la
vida y las casas o centros de acogida de la vida. Gracias a su labor muchas
madres solteras y parejas en dificultad hallan razones y convicciones, y encuentran
asistencia y apoyo para superar las molestias y miedos de acoger una vida naciente
o recién dada a luz.
Ante condiciones de dificultad, extravío, enfermedad y marginación
en la vida, otros medios como las comunidades de recuperación de drogadictos,
las residencias para menores o enfermos mentales, los centros de atención y
acogida para enfermos de SIDA, y las cooperativas de solidaridad sobre todo
para incapacitados son expresiones elocuentes de lo que la caridad sabe
inventar para dar a cada uno razones nuevas de esperanza y posibilidades concretas
de vida.
Cuando la existencia terrena llega a su fin, de nuevo la caridad
encuentra los medios más oportunos para que los ancianos, especialmente
si no son autosuficientes, y los llamados enfermos terminales puedan
gozar de una asistencia verdaderamente humana y recibir cuidados adecuados a
sus exigencias, en particular a su angustia y soledad. En estos casos es insustituible
el papel de las familias; pero pueden encontrar gran ayuda en las estructuras
sociales de asistencia y, si es necesario, recurriendo a los cuidados paliativos,
utilizando los adecuados servicios sanitarios y sociales, presentes tanto
en los centros de hospitalización y tratamiento públicos como a domicilio.
En particular, se debe revisar la función de los hospitales,
de las clínicas y de las casas de salud: su verdadera identidad
no es sólo la de estructuras en las que se atiende a los enfermos y moribundos,
sino ante todo la de ambientes en los que el sufrimiento, el dolor y la muerte
son considerados e interpretados en su significado humano y específicamente
cristiano. De modo especial esta identidad debe ser clara y eficaz en los institutos
regidos por religiosos o relacionados de alguna manera con la Iglesia.
89. Estas estructuras y centros de servicio a la vida, y todas
las demás iniciativas de apoyo y solidaridad que las circunstancias puedan aconsejar
según los casos, tienen necesidad de ser animadas por personas generosamente
disponibles y profundamente conscientes de lo fundamental que es el Evangelio
de la vida para el bien del individuo y de la sociedad.
Es peculiar la responsabilidad confiada a todo el personal
sanitario: médicos, farmacéuticos, enfermeros, capellanes, religiosos y religiosas,
personal administrativo y voluntarios. Su profesión les exige ser custodios
y servidores de la vida humana. En el contexto cultural y social actual, en
que la ciencia y la medicina corren el riesgo de perder su dimensión ética original,
ellos pueden estar a veces fuertemente tentados de convertirse en manipuladores
de la vida o incluso en agentes de muerte. Ante esta tentación, su responsabilidad
ha crecido hoy enormemente y encuentra su inspiración más profunda y su apoyo
más fuerte precisamente en la intrínseca e imprescindible dimensión ética de
la profesión sanitaria, como ya reconocía el antiguo y siempre actual juramento
de Hipócrates, según el cual se exige a cada médico el compromiso de respetar
absolutamente la vida humana y su carácter sagrado.
El respeto absoluto de toda vida humana inocente exige tambiénejercer
la objeción de conciencia ante el aborto procurado y la eutanasia. El «
hacer morir » nunca puede considerarse un tratamiento médico, ni siquiera cuando
la intención fuera sólo la de secundar una petición del paciente: es más bien
la negación de la profesión sanitaria que debe ser un apasionado y tenaz « sí
» a la vida. También la investigación biomédica, campo fascinante y prometedor
de nuevos y grandes beneficios para la humanidad, debe rechazar siempre los
experimentos, descubrimientos o aplicaciones que, al ignorar la dignidad inviolable
del ser humano, dejan de estar al servicio de los hombres y se transforman en
realidades que, aparentando socorrerlos, los oprimen.
90. Un papel específico están llamadas a desempeñar las personas
comprometidas en el voluntariado: ofrecen una aportación preciosa al servicio
de la vida, cuando saben conjugar la capacidad profesional con el amor generoso
y gratuito. El Evangelio de la vida las mueve a elevar los sentimientos
de simple filantropía a la altura de la caridad de Cristo; a reconquistar cada
día, entre fatigas y cansancios, la conciencia de la dignidad de cada hombre;
a salir al encuentro de las necesidades de las personas iniciando si es preciso
nuevos caminos allí donde más urgentes son las necesidades y más escasas las
atenciones y el apoyo.
El realismo tenaz de la caridad exige que al Evangelio de la
vida se le sirva también mediante formas de animación social y de compromiso
político, defendiendo y proponiendo el valor de la vida en nuestras sociedades
cada vez más complejas y pluralistas. Los individuos, las familias, los grupos
y las asociaciones tienen una responsabilidad, aunque a título y en modos
diversos, en la animación social y en la elaboración de proyectos culturales,
económicos, políticos y legislativos que, respetando a todos y según la lógica
de la convivencia democrática, contribuyan a edificar una sociedad en la que
se reconozca y tutele la dignidad de cada persona, y se defienda y promueva
la vida de todos.
Esta tarea corresponde en particular a los responsables de
la vida pública. Llamados a servir al hombre y al bien común, tienen el
deber de tomar decisiones valientes en favor de la vida, especialmente en el
campo de las disposiciones legislativas. En un régimen democrático, donde
las leyes y decisiones se adoptan sobre la base del consenso de muchos, puede
atenuarse el sentido de la responsabilidad personal en la conciencia de los
individuos investidos de autoridad. Pero nadie puede abdicar jamás de esta responsabilidad,
sobre todo cuando se tiene un mandato legislativo o ejecutivo, que llama a responder
ante Dios, ante la propia conciencia y ante la sociedad entera de decisiones
eventualmente contrarias al verdadero bien común. Si las leyes no son el único
instrumento para defender la vida humana, sin embargo desempeñan un papel muy
importante y a veces determinante en la promoción de una mentalidad y de unas
costumbres. Repito una vez más que una norma que viola el derecho natural a
la vida de un inocente es injusta y, como tal, no puede tener valor de ley.
Por eso renuevo con fuerza mi llamada a todos los políticos para que no promulguen
leyes que, ignorando la dignidad de la persona, minen las raíces de la misma
convivencia ciudadana.
La Iglesia sabe que, en el contexto de las democracias pluralistas,
es difícil realizar una eficaz defensa legal de la vida por la presencia de
fuertes corrientes culturales de diversa orientación. Sin embargo, movida por
la certeza de que la verdad moral encuentra un eco en la intimidad de cada conciencia,
anima a los políticos, comenzando por los cristianos, a no resignarse y a adoptar
aquellas decisiones que, teniendo en cuenta las posibilidades concretas, lleven
a restablecer un orden justo en la afirmación y promoción del valor de la vida.
En esta perspectiva, es necesario poner de relieve que no basta con eliminar
las leyes inicuas. Hay que eliminar las causas que favorecen los atentados contra
la vida, asegurando sobre todo el apoyo debido a la familia y a la maternidad:
la política familiar debe ser eje y motor de todas las políticas sociales.
Por tanto, es necesario promover iniciativas sociales y legislativas capaces
de garantizar condiciones de auténtica libertad en la decisión sobre la paternidad
y la maternidad; además, es necesario replantear las políticas laborales, urbanísticas,
de vivienda y de servicios para que se puedan conciliar entre sí los horarios
de trabajo y los de la familia, y sea efectivamente posible la atención a los
niños y a los ancianos.
91. La problemática demográfica constituye hoy un capítulo
importante de la política sobre la vida. Las autoridades públicas tienen ciertamente
la responsabilidad de « intervenir para orientar la demografía de la población
»;(114) pero estas iniciativas deben siempre presuponer y respetar la responsabilidad
primaria e inalienable de los esposos y de las familias, y no pueden recurrir
a métodos no respetuosos de la persona y de sus derechos fundamentales, comenzando
por el derecho a la vida de todo ser humano inocente. Por tanto, es moralmente
inaceptable que, para regular la natalidad, se favorezca o se imponga el uso
de medios como la anticoncepción, la esterilización y el aborto.
Los caminos para resolver el problema demográfico son otros: los
Gobiernos y las distintas instituciones internacionales deben mirar ante todo
a la creación de las condiciones económicas, sociales, médico-sanitarias y culturales
que permitan a los esposos tomar sus opciones procreativas con plena libertad
y con verdadera responsabilidad; deben además esforzarse en « aumentar los medios
y distribuir con mayor justicia la riqueza para que todos puedan participar
equitativamente de los bienes de la creación. Hay que buscar soluciones a nivel
mundial, instaurando una verdadera economía de comunión y de participación
de bienes, tanto en el orden internacional como nacional ».(115) Este es
el único camino que respeta la dignidad de las personas y de las familias, además
de ser el auténtico patrimonio cultural de los pueblos.
El servicio al Evangelio de la vida es, pues, vasto y complejo.
Se nos presenta cada vez más como un ámbito privilegiado y favorable para una
colaboración activa con los hermanos de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales,
en la línea de aquel ecumenismo de las obras que el Concilio Vaticano
II autorizadamente impulsó.(116) Además, se presenta como espacio providencial
para el diálogo y la colaboración con los fieles de otras religiones y con todos
los hombres de buena voluntad: la defensa y la promoción de la vida no son
monopolio de nadie, sino deber y responsabilidad de todos. El desafío que
tenemos ante nosotros, a las puertas del tercer milenio, es arduo. Sólo la cooperación
concorde de cuantos creen en el valor de la vida podrá evitar una derrota de
la civilización de consecuencias imprevisibles.
« La herencia del Señor son los hijos, recompensa el fruto
de las entrañas » (Sal 127126, 3): la familia « santuario de la
vida »
92. Dentro del « pueblo de la vida y para la vida », es decisiva
la responsabilidad de la familia: es una responsabilidad que brota de su
propia naturaleza la de ser comunidad de vida y de amor, fundada sobre el matrimonio
y de su misión de « custodiar, revelar y comunicar el amor ».(117) Se trata
del amor mismo de Dios, cuyos colaboradores y como intérpretes en la transmisión
de la vida y en su educación según el designio del Padre son los padres.(118)
Es, pues, el amor que se hace gratuidad, acogida, entrega: en la familia cada
uno es reconocido, respetado y honrado por ser persona y, si hay alguno más
necesitado, la atención hacia él es más intensa y viva.
La familia está llamada a esto a lo largo de la vida de sus miembros,
desde el nacimiento hasta la muerte. La familia es verdaderamente « el santuario
de la vida..., el ámbito donde la vida, don de Dios, puede ser acogida y
protegida de manera adecuada contra los múltiples ataques a que está expuesta,
y puede desarrollarse según las exigencias de un auténtico crecimiento humano
».(119) Por esto, el papel de la familia en la edificación de la cultura de
la vida es determinante e insustituible.
Como iglesia doméstica, la familia está llamada a anunciar,
celebrar y servir el Evangelio de la vida. Es una tarea que corresponde
principalmente a los esposos, llamados a transmitir la vida, siendo cada vez
más conscientes del significado de la procreación, como acontecimiento
privilegiado en el cual se manifiesta que la vida humana es un don recibido
para ser a su vez dado. En la procreación de una nueva vida los padres descubren
que el hijo, « si es fruto de su recíproca donación de amor, es a su vez un
don para ambos: un don que brota del don ».(120)
Es principalmente mediante la educación de los hijos como
la familia cumple su misión de anunciar el Evangelio de la vida. Con
la palabra y el ejemplo, en las relaciones y decisiones cotidianas, y mediante
gestos y expresiones concretas, los padres inician a sus hijos en la auténtica
libertad, que se realiza en la entrega sincera de sí, y cultivan en ellos el
respeto del otro, el sentido de la justicia, la acogida cordial, el diálogo,
el servicio generoso, la solidaridad y los demás valores que ayudan a vivir
la vida como un don. La tarea educadora de los padres cristianos debe ser un
servicio a la fe de los hijos y una ayuda para que ellos cumplan la vocación
recibida de Dios. Pertenece a la misión educativa de los padres enseñar y testimoniar
a los hijos el sentido verdadero del sufrimiento y de la muerte. Lo podrán hacer
si saben estar atentos a cada sufrimiento que encuentren a su alrededor y, principalmente,
si saben desarrollar actitudes de cercanía, asistencia y participación hacia
los enfermos y ancianos dentro del ámbito familiar.
93. Además, la familia celebra el Evangelio de la vida con
la oración cotidiana, individual y familiar: con ella alaba y da gracias
al Señor por el don de la vida e implora luz y fuerza para afrontar los momentos
de dificultad y de sufrimiento, sin perder nunca la esperanza. Pero la celebración
que da significado a cualquier otra forma de oración y de culto es la que se
expresa en la vida cotidiana de la familia, si es una vida hecha de amor
y entrega.
De este modo la celebración se transforma en un servicio al
Evangelio de la vida, que se expresa por medio de la solidaridad,
experimentada dentro y alrededor de la familia como atención solícita, vigilante
y cordial en las pequeñas y humildes cosas de cada día. Una expresión particularmente
significativa de solidaridad entre las familias es la disponibilidad a la adopción
o a la acogida temporal de niños abandonados por sus padres o en situaciones
de grave dificultad. El verdadero amor paterno y materno va más allá de los
vínculos de carne y sangre acogiendo incluso a niños de otras familias, ofreciéndoles
todo lo necesario para su vida y pleno desarrollo. Entre las formas de adopción,
merece ser considerada también la adopción a distancia, preferible en
los casos en los que el abandono tiene como único motivo las condiciones de
grave pobreza de una familia. En efecto, con esta forma de adopción se ofrecen
a los padres las ayudas necesarias para mantener y educar a los propios hijos,
sin tener que desarraigarlos de su ambiente natural.
La solidaridad, entendida como « determinación firme y perseverante
de empeñarse por el bien común »,(121) requiere también ser llevada a cabo mediante
formas de participación social y política. En consecuencia, servir el
Evangelio de la vida supone que las familias, participando especialmente
en asociaciones familiares, trabajen para que las leyes e instituciones del
Estado no violen de ningún modo el derecho a la vida, desde la concepción hasta
la muerte natural, sino que la defiendan y promuevan.
94. Una atención particular debe prestarse a los ancianos.
Mientras en algunas culturas las personas de edad más avanzada permanecen dentro
de la familia con un papel activo importante, por el contrario, en otras culturas
el viejo es considerado como un peso inútil y es abandonado a su propia suerte.
En semejante situación puede surgir con mayor facilidad la tentación de recurrir
a la eutanasia.
La marginación o incluso el rechazo de los ancianos son intolerables.
Su presencia en la familia o al menos la cercanía de la misma a ellos, cuando
no sea posible por la estrechez de la vivienda u otros motivos, son de importancia
fundamental para crear un clima de intercambio recíproco y de comunicación enriquecedora
entre las distintas generaciones. Por ello, es importante que se conserve, o
se restablezca donde se ha perdido, una especie de « pacto » entre las generaciones,
de modo que los padres ancianos, llegados al término de su camino, puedan encontrar
en sus hijos la acogida y la solidaridad que ellos les dieron cuando nacieron:
lo exige la obediencia al mandamiento divino de honrar al padre y a la madre
(cf. Ex 20, 12; Lv 19, 3). Pero hay algo más. El anciano no se
debe considerar sólo como objeto de atención, cercanía y servicio. También él
tiene que ofrecer una valiosa aportación al Evangelio de la vida. Gracias
al rico patrimonio de experiencias adquirido a lo largo de los años, puede y
debe ser transmisor de sabiduría, testigo de esperanza y de caridad.
Si es cierto que « el futuro de la humanidad se fragua en la familia
»,(122) se debe reconocer que las actuales condiciones sociales, económicas
y culturales hacen con frecuencia más ardua y difícil la misión de la familia
al servicio de la vida. Para que pueda realizar su vocación de « santuario de
la vida », como célula de una sociedad que ama y acoge la vida, es necesario
y urgente que la familia misma sea ayudada y apoyada. Las sociedades
y los Estados deben asegurarle todo el apoyo, incluso económico, que es necesario
para que las familias puedan responder de un modo más humano a sus propios problemas.
Por su parte, la Iglesia debe promover incansablemente una pastoral familiar
que ayude a cada familia a redescubrir y vivir con alegría y valor su misión
en relación con el Evangelio de la vida.
« Vivid como hijos de la luz » (Ef 5, 8): para
realizar un cambio cultural
95. « Vivid como hijos de la luz... Examinad qué es lo que agrada
al Señor, y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas » (Ef
5, 8.10-11). En el contexto social actual, marcado por una lucha dramática
entre la « cultura de la vida » y la « cultura de la muerte », debe madurar
un fuerte sentido crítico, capaz de discernir los verdaderos valores y las
auténticas exigencias.
Es urgente una movilización general de las conciencias y
uncomún esfuerzo ético, para poner en práctica una gran estrategia
en favor de la vida. Todos juntos debemos construir una nueva cultura de la
vida: nueva, para que sea capaz de afrontar y resolver los problemas propios
de hoy sobre la vida del hombre; nueva, para que sea asumida con una convicción
más firme y activa por todos los cristianos; nueva, para que pueda suscitar
un encuentro cultural serio y valiente con todos. La urgencia de este cambio
cultural está relacionada con la situación histórica que estamos atravesando,
pero tiene su raíz en la misma misión evangelizadora, propia de la Iglesia.
En efecto, el Evangelio pretende « transformar desde dentro, renovar la misma
humanidad »;(123) es como la levadura que fermenta toda la masa (cf. Mt 13,
33) y, como tal, está destinado a impregnar todas las culturas y a animarlas
desde dentro,(124) para que expresen la verdad plena sobre el hombre y sobre
su vida.
Se debe comenzar por la renovación de la cultura de la vida
dentro de las mismas comunidades cristianas. Muy a menudo los creyentes,
incluso quienes participan activamente en la vida eclesial, caen en una especie
de separación entre la fe cristiana y sus exigencias éticas con respecto a la
vida, llegando así al subjetivismo moral y a ciertos comportamientos inaceptables.
Ante esto debemos preguntarnos, con gran lucidez y valentía, qué cultura de
la vida se difunde hoy entre los cristianos, las familias, los grupos y las
comunidades de nuestras Diócesis. Con la misma claridad y decisión, debemos
determinar qué pasos hemos de dar para servir a la vida según la plenitud de
su verdad. Al mismo tiempo, debemos promover un diálogo serio y profundo con
todos, incluidos los no creyentes, sobre los problemas fundamentales de la vida
humana, tanto en los lugares de elaboración del pensamiento, como en los diversos
ámbitos profesionales y allí donde se desenvuelve cotidianamente la existencia
de cada uno.
96. El primer paso fundamental para realizar este cambio cultural
consiste en la formación de la conciencia moral sobre el valor inconmensurable
e inviolable de toda vida humana. Es de suma importancia redescubrir el nexo
inseparable entre vida y libertad. Son bienes inseparables: donde se viola
uno, el otro acaba también por ser violado. No hay libertad verdadera donde
no se acoge y ama la vida; y no hay vida plena sino en la libertad. Ambas realidades
guardan además una relación innata y peculiar, que las vincula indisolublemente:
la vocación al amor. Este amor, como don sincero de sí,(125) es el sentido más
verdadero de la vida y de la libertad de la persona.
No menos decisivo en la formación de la conciencia es eldescubrimiento
del vínculo constitutivo entre la libertad y la verdad. Como he repetido
otras veces, separar la libertad de la verdad objetiva hace imposible fundamentar
los derechos de la persona sobre una sólida base racional y pone las premisas
para que se afirme en la sociedad el arbitrio ingobernable de los individuos
y el totalitarismo del poder público causante de la muerte.(126)
Es esencial pues que el hombre reconozca la evidencia original
de su condición de criatura, que recibe de Dios el ser y la vida como don y
tarea. Sólo admitiendo esta dependencia innata en su ser, el hombre puede desarrollar
plenamente su libertad y su vida y, al mismo tiempo, respetar en profundidad
la vida y libertad de las demás personas. Aquí se manifiesta ante todo que «
el punto central de toda cultura lo ocupa la actitud que el hombre asume ante
el misterio más grande: el misterio de Dios ».(127) Cuando se niega a Dios y
se vive como si no existiera, o no se toman en cuenta sus mandamientos, se acaba
fácilmente por negar o comprometer también la dignidad de la persona humana
y el carácter inviolable de su vida.
97. A la formación de la conciencia está vinculada estrechamente
la labor educativa, que ayuda al hombre a ser cada vez más hombre, lo
introduce siempre más profundamente en la verdad, lo orienta hacia un respeto
creciente por la vida, lo forma en las justas relaciones entre las personas.
En particular, es necesario educar en el valor de la vida comenzando
por sus mismas raíces. Es una ilusión pensar que se puede construir una
verdadera cultura de la vida humana, si no se ayuda a los jóvenes a comprender
y vivir la sexualidad, el amor y toda la existencia según su verdadero significado
y en su íntima correlación. La sexualidad, riqueza de toda la persona, « manifiesta
su significado íntimo al llevar a la persona hacia el don de sí misma en el
amor ».(128) La banalización de la sexualidad es uno de los factores principales
que están en la raíz del desprecio por la vida naciente: sólo un amor verdadero
sabe custodiar la vida. Por tanto, no se nos puede eximir de ofrecer sobre todo
a los adolescentes y a los jóvenes la auténtica educación de la sexualidad
y del amor, una educación que implica la formación de la castidad, como
virtud que favorece la madurez de la persona y la capacita para respetar el
significado « esponsal » del cuerpo.
La labor de educación para la vida requiere la formación de
los esposos para la procreación responsable. Esta exige, en su verdadero
significado, que los esposos sean dóciles a la llamada del Señor y actúen como
fieles intérpretes de su designio: esto se realiza abriendo generosamente la
familia a nuevas vidas y, en todo caso, permaneciendo en actitud de apertura
y servicio a la vida incluso cuando, por motivos serios y respetando la ley
moral, los esposos optan por evitar temporalmente o a tiempo indeterminado un
nuevo nacimiento. La ley moral les obliga de todos modos a encauzar las tendencias
del instinto y de las pasiones y a respetar las leyes biológicas inscritas en
sus personas. Precisamente este respeto legitima, al servicio de la responsabilidad
en la procreación, el recurso a los métodos naturales de regulación de la
fertilidad: éstos han sido precisados cada vez mejor desde el punto de vista
científico y ofrecen posibilidades concretas para adoptar decisiones en armonía
con los valores morales. Una consideración honesta de los resultados alcanzados
debería eliminar prejuicios todavía muy difundidos y convencer a los esposos,
y también a los agentes sanitarios y sociales, de la importancia de una adecuada
formación al respecto. La Iglesia está agradecida a quienes con sacrificio personal
y dedicación con frecuencia ignorada trabajan en la investigación y difusión
de estos métodos, promoviendo al mismo tiempo una educación en los valores morales
que su uso supone.
La labor educativa debe tener en cuenta también el sufrimiento
y la muerte. En realidad forman parte de la experiencia humana, y es vano,
además de equivocado, tratar de ocultarlos o descartarlos. Al contrario, se
debe ayudar a cada uno a comprender, en la realidad concreta y difícil, su misterio
profundo. El dolor y el sufrimiento tienen también un sentido y un valor, cuando
se viven en estrecha relación con el amor recibido y entregado. En este sentido
he querido que se celebre cada año la Jornada Mundial del Enfermo, destacando
« el carácter salvífico del ofrecimiento del sacrificio que, vivido en comunión
con Cristo, pertenece a la esencia misma de la redención ».(129) Por otra parte,
incluso la muerte es algo más que una aventura sin esperanza: es la puerta de
la existencia que se proyecta hacia la eternidad y, para quienes la viven en
Cristo, es experiencia de participación en su misterio de muerte y resurrección.
98. En síntesis, podemos decir que el cambio cultural deseado
aquí exige a todos el valor de asumir un nuevo estilo de vida que se
manifieste en poner como fundamento de las decisiones concretas a nivel personal,
familiar, social e internacional la justa escala de valores: la primacía
del ser sobre el tener,(130) de la persona sobre las cosas.(131)
Este nuevo estilo de vida implica también pasar de la indiferencia al interés
por el otro y del rechazo a su acogida: los demás no son contrincantes
de quienes hay que defenderse, sino hermanos y hermanas con quienes se ha de
ser solidarios; hay que amarlos por sí mismos; nos enriquecen con su misma presencia.
En la movilización por una nueva cultura de la vida nadie se debe
sentir excluido: todos tienen un papel importante que desempeñar. La
misión de los profesores y de los educadores es, junto con la
de las familias, particularmente importante. De ellos dependerá mucho que los
jóvenes, formados en una auténtica libertad, sepan custodiar interiormente y
difundir a su alrededor ideales verdaderos de vida, y que sepan crecer en el
respeto y servicio a cada persona, en la familia y en la sociedad.
También los intelectuales pueden hacer mucho en la construcción
de una nueva cultura de la vida humana. Una tarea particular corresponde a los
intelectuales católicos, llamados a estar presentes activamente en los
círculos privilegiados de elaboración cultural, en el mundo de la escuela y
de la universidad, en los ambientes de investigación científica y técnica, en
los puntos de creación artística y de la reflexión humanística. Alimentando
su ingenio y su acción en las claras fuentes del Evangelio, deben entregarse
al servicio de una nueva cultura de la vida con aportaciones serias, documentadas,
capaces de ganarse por su valor el respeto e interés de todos. Precisamente
en esta perspectiva he instituido la Pontificia Academia para la Vida con
el fin de « estudiar, informar y formar en lo que atañe a las principales cuestiones
de biomedicina y derecho, relativas a la promoción y a la defensa de la vida,
sobre todo en las que guardan mayor relación con la moral cristiana y las directrices
del Magisterio de la Iglesia ».(132) Una aportación específica deben dar también
las Universidades, particularmente las católicas, y los Centros,
Institutos y Comités de bioética.
Grande y grave es la responsabilidad de los responsables de
los medios de comunicación social, llamados a trabajar para que la transmisión
eficaz de los mensajes contribuya a la cultura de la vida. Deben, por tanto,
presentar ejemplos de vida elevados y nobles, dando espacio a testimonios positivos
y a veces heroicos de amor al hombre; proponiendo con gran respeto los valores
de la sexualidad y del amor, sin enmascarar lo que deshonra y envilece la dignidad
del hombre. En la lectura de la realidad, deben negarse a poner de relieve lo
que pueda insinuar o acrecentar sentimientos o actitudes de indiferencia, desprecio
o rechazo ante la vida. En la escrupulosa fidelidad a la verdad de los hechos,
están llamados a conjugar al mismo tiempo la libertad de información, el respeto
a cada persona y un sentido profundo de humanidad.
99. En el cambio cultural en favor de la vida las mujeres
tienen un campo de pensamiento y de acción singular y sin duda determinante:
les corresponde ser promotoras de un « nuevo feminismo » que, sin caer en la
tentación de seguir modelos « machistas », sepa reconocer y expresar el verdadero
espíritu femenino en todas las manifestaciones de la convivencia ciudadana,
trabajando por la superación de toda forma de discriminación, de violencia y
de explotación.
Recordando las palabras del mensaje conclusivo del Concilio Vaticano
II, dirijo también yo a las mujeres una llamada apremiante: « Reconciliad
a los hombres con la vida ».(133) Vosotras estáis llamadas a testimoniar
el significado del amor auténtico, de aquel don de uno mismo y de la acogida
del otro que se realizan de modo específico en la relación conyugal, pero que
deben ser el alma de cualquier relación interpersonal. La experiencia de la
maternidad favorece en vosotras una aguda sensibilidad hacia las demás personas
y, al mismo tiempo, os confiere una misión particular: « La maternidad conlleva
una comunión especial con el misterio de la vida que madura en el seno de la
mujer... Este modo único de contacto con el nuevo hombre que se está formando
crea a su vez una actitud hacia el hombre no sólo hacia el propio hijo, sino
hacia el hombre en general, que caracteriza profundamente toda la personalidad
de la mujer ».(134) En efecto, la madre acoge y lleva consigo a otro ser, le
permite crecer en su seno, le ofrece el espacio necesario, respetándolo en su
alteridad. Así, la mujer percibe y enseña que las relaciones humanas son auténticas
si se abren a la acogida de la otra persona, reconocida y amada por la dignidad
que tiene por el hecho de ser persona y no de otros factores, como la utilidad,
la fuerza, la inteligencia, la belleza o la salud. Esta es la aportación fundamental
que la Iglesia y la humanidad esperan de las mujeres. Y es la premisa insustituible
para un auténtico cambio cultural.
Una reflexión especial quisiera tener para vosotras, mujeres
que habéis recurrido al aborto. La Iglesia sabe cuántos condicionamientos
pueden haber influido en vuestra decisión, y no duda de que en muchos casos
se ha tratado de una decisión dolorosa e incluso dramática. Probablemente la
herida aún no ha cicatrizado en vuestro interior. Es verdad que lo sucedido
fue y sigue siendo profundamente injusto. Sin embargo, no os dejéis vencer por
el desánimo y no abandonéis la esperanza. Antes bien, comprended lo ocurrido
e interpretadlo en su verdad. Si aún no lo habéis hecho, abríos con humildad
y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia os espera para
ofreceros su perdón y su paz en el sacramento de la Reconciliación. Os daréis
cuenta de que nada está perdido y podréis pedir perdón también a vuestro hijo
que ahora vive en el Señor. Ayudadas por el consejo y la cercanía de personas
amigas y competentes, podréis estar con vuestro doloroso testimonio entre los
defensores más elocuentes del derecho de todos a la vida. Por medio de vuestro
compromiso por la vida, coronado eventualmente con el nacimiento de nuevas criaturas
y expresado con la acogida y la atención hacia quien está más necesitado de
cercanía, seréis artífices de un nuevo modo de mirar la vida del hombre.
100. En este gran esfuerzo por una nueva cultura de la vida estamos
sostenidos y animados por la confianza de quien sabe que el Evangelio
de la vida, como el Reino de Dios, crece y produce frutos abundantes (cf.
Mc 4, 26-29). Es ciertamente enorme la desproporción que existe entre
los medios, numerosos y potentes, con que cuentan quienes trabajan al servicio
de la « cultura de la muerte » y los de que disponen los promotores de una «
cultura de la vida y del amor ». Pero nosotros sabemos que podemos confiar en
la ayuda de Dios, para quien nada es imposible (cf. Mt 19, 26).
Con esta profunda certeza, y movido por la firme solicitud por
cada hombre y mujer, repito hoy a todos cuanto he dicho a las familias comprometidas
en sus difíciles tareas en medio de las insidias que las amenazan:(135) es
urgente una gran oración por la vida, que abarque al mundo entero. Que desde
cada comunidad cristiana, desde cada grupo o asociación, desde cada familia
y desde el corazón de cada creyente, con iniciativas extraordinarias y con la
oración habitual, se eleve una súplica apasionada a Dios, Creador y amante de
la vida. Jesús mismo nos ha mostrado con su ejemplo que la oración y el ayuno
son las armas principales y más eficaces contra las fuerzas del mal (cf.
Mt 4, 1-11) y ha enseñado a sus discípulos que algunos demonios sólo se
expulsan de este modo (cf. Mc 9, 29). Por tanto, tengamos la humildad
y la valentía de orar y ayunar para conseguir que la fuerza que viene
de lo alto haga caer los muros del engaño y de la mentira, que esconden a los
ojos de tantos hermanos y hermanas nuestros la naturaleza perversa de comportamientos
y de leyes hostiles a la vida, y abra sus corazones a propósitos e intenciones
inspirados en la civilización de la vida y del amor.
« Os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo » (1
Jn 1, 4): el Evangelio de la vida es para la ciudad de los hombres
101. « Os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo »
(1 Jn 1, 4). La revelación del Evangelio de la vida se nos da
como un bien que hay que comunicar a todos: para que todos los hombres estén
en comunión con nosotros y con la Trinidad (cf. 1 Jn 1, 3). No podremos
tener alegría plena si no comunicamos este Evangelio a los demás, si sólo lo
guardamos para nosotros mismos.
El Evangelio de la vida no es exclusivamente para los creyentes:
es para todos. El tema de la vida y de su defensa y promoción no es prerrogativa
única de los cristianos. Aunque de la fe recibe luz y fuerza extraordinarias,
pertenece a toda conciencia humana que aspira a la verdad y está atenta y preocupada
por la suerte de la humanidad. En la vida hay seguramente un valor sagrado y
religioso, pero de ningún modo interpela sólo a los creyentes: en efecto, se
trata de un valor que cada ser humano puede comprender también a la luz de la
razón y que, por tanto, afecta necesariamente a todos.
Por esto, nuestra acción de « pueblo de la vida y para la vida
» debe ser interpretada de modo justo y acogida con simpatía. Cuando la Iglesia
declara que el respeto incondicional del derecho a la vida de toda persona inocente
desde la concepción a su muerte natural es uno de los pilares sobre los que
se basa toda sociedad civil, « quiere simplemente promover un Estado humano.
Un Estado que reconozca, como su deber primario, la defensa de los derechos
fundamentales de la persona humana, especialmente de la más débil ».(136)
El Evangelio de la vida es para la ciudad de los hombres.
Trabajar en favor de la vida es contribuir a la renovación de la sociedad
mediante la edificación del bien común. En efecto, no es posible construir
el bien común sin reconocer y tutelar el derecho a la vida, sobre el que se
fundamentan y desarrollan todos los demás derechos inalienables del ser humano.
Ni puede tener bases sólidas una sociedad que mientras afirma valores como
la dignidad de la persona, la justicia y la paz se contradice radicalmente
aceptando o tolerando las formas más diversas de desprecio y violación de la
vida humana sobre todo si es débil y marginada. Sólo el respeto de la vida puede
fundamentar y garantizar los bienes más preciosos y necesarios de la sociedad,
como la democracia y la paz.
En efecto, no puede haber verdadera democracia, si no se
reconoce la dignidad de cada persona y no se respetan sus derechos.
No puede haber siquiera verdadera paz, si no se defiende
y promueve la vida, como recordaba Pablo VI: « Todo delito contra la vida
es un atentado contra la paz, especialmente si hace mella en la conducta del
pueblo..., por el contrario, donde los derechos del hombre son profesados realmente
y reconocidos y defendidos públicamente, la paz se convierte en la atmósfera
alegre y operante de la convivencia social ».(137)
El « pueblo de la vida » se alegra de poder compartir con otros
muchos su tarea, de modo que sea cada vez más numeroso el « pueblo para la vida
» y la nueva cultura del amor y de la solidaridad pueda crecer para el verdadero
bien de la ciudad de los hombres.
CONCLUSIÓN
102. Al final de esta Encíclica, la mirada vuelve espontáneamente
al Señor Jesús, « el Niño nacido para nosotros » (cf. Is 9, 5), para
contemplar en El « la Vida » que « se manifestó » (1 Jn 1, 2). En el
misterio de este nacimiento se realiza el encuentro de Dios con el hombre y
comienza el camino del Hijo de Dios sobre la tierra, camino que culminará con
la entrega de su vida en la Cruz: con su muerte vencerá la muerte y será para
la humanidad entera principio de vida nueva.
Quien acogió « la Vida » en nombre de todos y para bien de todos
fue María, la Virgen Madre, la cual tiene por tanto una relación personal estrechísima
con el Evangelio de la vida. El consentimiento de María en la Anunciación
y su maternidad son el origen mismo del misterio de la vida que Cristo vino
a dar a los hombres (cf. Jn 10, 10). A través de su acogida y cuidado
solícito de la vida del Verbo hecho carne, la vida del hombre ha sido liberada
de la condena de la muerte definitiva y eterna.
Por esto María, « como la Iglesia de la que es figura, es madre
de todos los que renacen a la vida. Es, en efecto, madre de aquella Vida por
la que todos viven, pues, al dar a luz esta Vida, regeneró, en cierto modo,
a todos los que debían vivir por ella ».(138)
Al contemplar la maternidad de María, la Iglesia descubre el sentido
de su propia maternidad y el modo con que está llamada a manifestarla. Al mismo
tiempo, la experiencia maternal de la Iglesia muestra la perspectiva más profunda
para comprender la experiencia de María como modelo incomparable de acogida
y cuidado de la vida.
« Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer vestida del
sol » (Ap 12, 1): la maternidad de María y de la Iglesia
103. La relación recíproca entre el misterio de la Iglesia y María
se manifiesta con claridad en la « gran señal » descrita en el Apocalipsis:
« Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer vestida del sol, con la luna
bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza » (12, 1). En
esta señal la Iglesia ve una imagen de su propio misterio: inmersa en la historia,
es consciente de que la transciende, ya que es en la tierra el « germen y el
comienzo » del Reino de Dios.(139) La Iglesia ve este misterio realizado de
modo pleno y ejemplar en María. Ella es la mujer gloriosa, en la que el designio
de Dios se pudo llevar a cabo con total perfección.
La « Mujer vestida del sol » pone de relieve el Libro del Apocalipsis
« está encinta » (12, 2). La Iglesia es plenamente consciente de llevar consigo
al Salvador del mundo, Cristo el Señor, y de estar llamada a darlo al mundo,
regenerando a los hombres a la vida misma de Dios. Pero no puede olvidar que
esta misión ha sido posible gracias a la maternidad de María, que concibió y
dio a luz al que es « Dios de Dios », « Dios verdadero de Dios verdadero ».
María es verdaderamente Madre de Dios, la Theotokos, en cuya maternidad
viene exaltada al máximo la vocación a la maternidad inscrita por Dios en cada
mujer. Así María se pone como modelo para la Iglesia, llamada a ser la « nueva
Eva », madre de los creyentes, madre de los « vivientes » (cf. Gn 3,
20).
La maternidad espiritual de la Iglesia sólo se realiza también
de esto la Iglesia es consciente en medio de « los dolores y del tormento de
dar a luz » (Ap 12, 2), es decir, en la perenne tensión con las fuerzas
del mal, que continúan atravesando el mundo y marcando el corazón de los hombres,
haciendo resistencia a Cristo: « En El estaba la vida y la vida era la luz de
los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron
» (Jn 1, 4-5).
Como la Iglesia, también María tuvo que vivir su maternidad bajo
el signo del sufrimiento: « Este está puesto... para ser señal de contradicción
¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! a fin de que queden al descubierto
las intenciones de muchos corazones » (Lc 2, 34-35). En las palabras
que, al inicio de la vida terrena del Salvador, Simeón dirige a María está sintéticamente
representado el rechazo hacia Jesús, y con El hacia María, que alcanzará su
culmen en el Calvario. « Junto a la cruz de Jesús » (Jn 19, 25), María
participa de la entrega que el Hijo hace de sí mismo: ofrece a Jesús, lo da,
lo engendra definitivamente para nosotros. El « sí » de la Anunciación madura
plenamente en la Cruz, cuando llega para María el tiempo de acoger y engendrar
como hijo a cada hombre que se hace discípulo, derramando sobre él el amor redentor
del Hijo: « Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba,
dice a su madre: "Mujer, ahí tienes a tu hijo" » (Jn 19, 26).
« El Dragón se detuvo delante de la Mujer... para devorar a
su Hijo en cuanto lo diera a luz » (Ap 12, 4): la vida amenazada
por las fuerzas del mal
104. En el Libro del Apocalipsis la « gran señal » de la « Mujer
» (12, 1) es acompañada por « otra señal en el cielo » : se trata de « un gran
Dragón rojo » (12, 3), que simboliza a Satanás, potencia personal maléfica,
y al mismo tiempo a todas las fuerzas del mal que intervienen en la historia
y dificultan la misión de la Iglesia.
También en esto María ilumina a la Comunidad de los creyentes.
En efecto, la hostilidad de las fuerzas del mal es una oposición encubierta
que, antes de afectar a los discípulos de Jesús, va contra su Madre. Para salvar
la vida del Hijo de cuantos lo temen como una amenaza peligrosa, María debe
huir con José y el Niño a Egipto (cf. Mt 2, 13-15).
María ayuda así a la Iglesia a tomar conciencia de que la vida
está siempre en el centro de una gran lucha entre el bien y el mal, entre
la luz y las tinieblas. El Dragón quiere devorar al niño recién nacido (cf.
Ap 12, 4), figura de Cristo, al que María engendra en la « plenitud de
los tiempos » (Gal 4, 4) y que la Iglesia debe presentar continuamente
a los hombres de las diversas épocas de la historia. Pero en cierto modo es
también figura de cada hombre, de cada niño, especialmente de cada criatura
débil y amenazada, porque como recuerda el Concilio « el Hijo de Dios, con
su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre ».(140) Precisamente
en la « carne » de cada hombre, Cristo continúa revelándose y entrando en comunión
con nosotros, de modo que el rechazo de la vida del hombre, en sus diversas
formas, es realmente rechazo de Cristo. Esta es la verdad fascinante,
y al mismo tiempo exigente, que Cristo nos descubre y que su Iglesia continúa
presentando incansablemente: « El que reciba a un niño como éste en mi nombre,
a mí me recibe » (Mt 18, 5); « En verdad os digo que cuanto hicisteis
a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis » (Mt 25,
40).
« No habrá ya muerte » (Ap 21, 4): esplendor
de la resurrección
105. La anunciación del ángel a María se encuentra entre estas
confortadoras palabras: « No temas, María » y « Ninguna cosa es imposible para
Dios » (Lc 1, 30.37). En verdad, toda la existencia de la Virgen Madre
está marcada por la certeza de que Dios está a su lado y la acompaña con su
providencia benévola. Esta es también la existencia de la Iglesia, que encuentra
« un lugar » (Ap 12, 6) en el desierto, lugar de la prueba, pero también
de la manifestación del amor de Dios hacia su pueblo (cf. Os 2, 16).
María es la palabra viva de consuelo para la Iglesia en su lucha contra la muerte.
Mostrándonos a su Hijo, nos asegura que las fuerzas de la muerte han sido ya
derrotadas en El: « Lucharon vida y muerte en singular batalla, y, muerto el
que es la Vida, triunfante se levanta».(141)
El Cordero inmolado vive con las señales de la pasión en
el esplendor de la resurrección. Sólo El domina todos los acontecimientos de
la historia: desata sus « sellos » (cf. Ap 5, 1-10) y afirma, en el tiempo
y más allá del tiempo, el poder de la vida sobre la muerte. En la « nueva
Jerusalén », es decir, en el mundo nuevo, hacia el que tiende la historia de
los hombres, « no habrá ya muerte, ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas,
porque el mundo viejo ha pasado » (Ap 21, 4).
Y mientras, como pueblo peregrino, pueblo de la vida y para la
vida, caminamos confiados hacia « un cielo nuevo y una tierra nueva » (Ap
21, 1), dirigimos la mirada a aquélla que es para nosotros « señal de esperanza
cierta y de consuelo ».(142)
Oh María,
aurora del mundo nuevo,
Madre de los vivientes,
a Ti confiamos la causa de la vida:
mira, Madre, el número inmenso
de niños a quienes se impide nacer,
de pobres a quienes se hace difícil vivir,
de hombres y mujeres víctimas
de violencia inhumana,
de ancianos y enfermos muertos
a causa de la indiferencia
o de una presunta piedad.
Haz que quienes creen en tu Hijo
sepan anunciar con firmeza y amor
a los hombres de nuestro tiempo
el Evangelio de la vida.
Alcánzales la gracia de acogerlo
como don siempre nuevo,
la alegría de celebrarlo con gratitud
durante toda su existencia
y la valentía de testimoniarlo
con solícita constancia, para construir,
junto con todos los hombres de buena voluntad,
la civilización de la verdad y del amor,
para alabanza y gloria de Dios Creador
y amante de la vida.
Dado en Roma, junto a san Pedro, el 25 de marzo, solemnidad
de la Anunciación del Señor, del año 1995, decimoséptimo de mi Pontificado.
Notas
1. En realidad, la expresion « Evangelio de la vida » no se encuentra como
tal en la Sagrada Escritura. Sin embargo, expresa bien un aspecto esencial del
mensaje biblico.
2. Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual,
22.
3. Cf. Carta enc. Redemptor hominis (4 marzo 1979), 10: AAS 71
( 1979), 275.
4. Cf. Ibid, 14: l.c., 285.
5. Const. past, Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual,
27.
6. Cf. Carta a todos los Obispos de la Iglesia sobre la intangibilidad de la
vida humana inocente (19 mayo 1991): Insegnamenti XIV, 1 (1991), 1293-1296.
7. Ibid., l.c., 1294.
8. Carta a las Familias Gratissimam sane (2 febrero 1994), 4: AAS
86 ( 1994), 871.
9. Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 39: AAS 83 (1991),
842.
10. N. 2259.
11. Cf. S. Ambrosio, De Noe, 26, 94-96: CSEL 32, 480-481.
12. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1867 y 2268.
13. De Cain et Abel, II, 10, 38: CSEL 32, 408.
14. Cf. Congregación para la Doctrian de la Fe, Instr. Donum vitae,
sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación:
AAS 80 (1988), 70-102.
15. Discurso durante la Vigilia de oración en la VIII Jornada Mundial de la
Juventud (14 agosto 1993), II, 3: AAS 86 (1994), 419.
16. Discurso a los participantes en el Convenio de estudio sobre «El derecho
a la vida y Europa» (18 diciembre 1987): Insegnamenti X, 3 (1987), 1446-1447.
17. Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual,
36.
18. Cf. ibid., 16.
19. Cf. S. Gregorio Magno, Moralia in Job, 13, 23: CCL 143 A, 683.
20. Carta enc. Redemptor hominis (4 marzo 1979), 10: AAS 71 (
1979), 274.
21. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia
en el mundo actual, 50.
22. Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina Revelación, 4.
23. « Gloria Dei vivens homo »: Contra las herejías, IV, 20, 7:
SCh 100/2, 648-649.
24. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia
en el mundo actual, 12.
25. Confesiones, I, 1: CCL 27, 1.
26 Exameron, VI, 75-76: CSEL 32, 260-261.
27. « Vita autem hominis visio Dei »: Contra las herejías, IV,
20, 7. SCh 100/2, 648-649.
28. Cf. Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 38; AAS (
1991), 840-841.
29. Carta enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciembre 1987), 34:
AAS 80 ( 1988), 560.
30. Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual,
50.
31. Carta a las Familias Gratissimam sane (2 febrero 1994), 9: AAS
86 ( 1994), 878; cf. Pío XII, Carta enc. Humani generis (12 agosto 1950):
AAS 42 (1950), 574.
32. « Animas enim a Deo immediate creari catholica fides nos retinere iubet
»: Pío XII, Carta enc. Humani generis (12 agosto 1950): AAS 42
( 1950), 575.
33. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes,
sobre la Iglesia en el mundo actual, 50; cf. Exhort, ap, Familiaris consortio
(22 noviembre 1981 ), 28: AAS 74 (1982), 114.
34. Homilías, II, 1; CCSG 3, 39.
35. Véanse, por ejemplo, los Salmos 22/21, 10-11; 71/70, 6; 139/138,
13-14.
36. Expositio Evangelii secundum Lucam, II, 22-23:
CCL 14, 40-41.
37. S. Ignacio de Antioquía, Carta a los Efesios, 7, 2;
Patres Apostolici, ed. F.X. Funk, II, 82.
38. La creación del hombre, 4: PG 44, 136.
39. Cf. S. Juan Damasceno, La fe recta, 2, 12: PG
94, 920.922, citado en S. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I-II, Prol.
40. Pablo VI, Carta enc. Humanae vitae (25 julio 1968),
13: AAS 60 ( 1968), 489.
41. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae,
sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación
(22 febrero 1987), Introd., 5: AAS 80 (1988), 76-77; cf. Catecismo
de la Iglesia Católica, 2258.
42. Didaché, I, 1; II, 1-2; V, 1 y 3: Patres Apostolici,
ed. F.X. Funk, I, 2-3, 6-9, 14-17; cf. Carta del Pseudo-Bernabé, XIX,
5: l.c., 90-93.
43. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2263-2269; cf,
Catecismo del Concilio de Trento III, 327-332.
44. Catecismo de la Iglesia Católica, 2265.
45. Cf. S. 'I'omás de Aquino, Summa Theologiae, II-II,
q. 6-1, a. 7; S. Alfonso de Ligorio, Theologia moralis, I. III, tr. 4,
C. 1 dub. 3.
46. Catecismo de la Iglesia Católica, 2266.
47. Cf. Ibid.
48. N. 2267.
49. Conc, Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre
la Iglesia, 12.
50. Cf. Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia
en el mundo actual, 27.
51. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 25.
52. Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Iura et
bona, sobre la eutanasia (5 mayo 1980), II: AAS 72 ( 1980), 546.
53. Carta enc, Veritatis splendor (6 agosto 1993), 96:
AAS 85 ( 1993 ), 1209.
54. Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el
mundo actual, 51: « Abortus necnon infanticidium nefanda sunt crimina ».
55. Cf. Carta ap. Mulieris dignitatem (15 agosto 1988),14:
AAS 80 (1988), 1686.
56. N. 21: AAS 86 (1994), 920.
57. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración sobre
el aborto procurado (18 noviembre 1974), 12-13: AAS 66 (1974), 738.
58. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae,
sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación
(22 febrero 1987), I, 1: AAS 80 (1988), 78-79.
59. Ibid., l.c., 79.
60. Así el profeta Jeremías: « Me fue dirigida la palabra del
Señor en estos términos: "Antes de haberte formado yo en el seno materno,
te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones
te constituí" » (1, 4-5). El Salmista, por su parte, se dirige de este
modo al Señor: « En ti tengo mi apoyo desde el seno, tú mi porción desde las
entrañas de mi madre » (Sal 71/70, 6; cf. Is 46, 3; Jb
10, 8-12; Sal 22/21, 10-11). También el evangelista Lucas -en el magnífico
episodio del encuentro de las dos madres, Isabel y María, y de los hijos, Juan
el Bautista y Jesús, ocultos todavía en el seno materno (cf. 1, 39-45)- señala
cómo el niño advierte la venida del Niño y exulta de alegría.
61. cf. Declaración sobre el aborto procurado (18 noviembre
1974). AAS 66 (1974), 740-747.
62. « No matarás al hijo en el seno de su madre, ni quitarás la
vida al recién nacido »: V, 2, Patres Apostolici, ed. F.X. Funk, I,
17.
63. Legación en favor de los cristianos, 35: PG
6, 969.
64. Apologeticum, IX, 8; CSEL 69, 24.
65. Cf. Carta enc. Casti connubii (31 diciembre 1930),
II: AAS 22 (1930), 562-592.
66. Discurso a la Unión médico-biológica «S. Lucas» (12 noviembre
1944): Discorsi e radiomessaggi, VI, (1944-1945),191; cf, Discurso a
la Unión Católica Italiana de Comadronas (29 octubre 1951), 2: AAS 43
(1951), 838.
67. Carta enc. Mater et Magistra (15 mayo 1961), 3: AAS
53 ( 1961 ), 447.
68. Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el
mundo actual, 51.
69. Cf. Can. 2350, § 1.
70. Código de Derecho Canónico, can. 1398; cf. Código
de los Cánones de las Iglesias Orientales, can. 1450 ~ 2.
71. Cf. Ibid., can.1329; Código de los Cánones de las
Iglesias Orientales, can. 1417.
72. Cf. Discurso al Congreso de la Asociación de Juristas Católicos
Italianos (9 diciembre 1972): AAS 64 (1972), 777; Carta enc. Humanae
vitae (25 julio 1968), 14: AAS 60 ( 1968), 490.
73. Cf. Conc Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 25.
74. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae,
sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación
(22 febrero 1987), I, 3: AAS 80 (1988), 80.
75. Cf. Carta de los derechos de la familia (22 octubre
1983), art. 4b, Tipografía Políglota Vaticana, 1983,
76. Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Iura et bona,
sobre la eutanasia (5 mayo 1980), II: AAS 72 (1980), 546.
77. Ibid., IV, l.c., 551.
78. Cf. Ibid.
79. Discurso a un grupo internacional de médicos (24 febrero 1957),
III; AAS 49 (1957), 147; Cf.. Congregación para la Doctrina de la Fe,
Decl. Iura et bona, sobre la eutanasia, III: AAS 72 (1980), 547-548.
80. Pío XII, Discurso a un grupo internacional de médicos (24
febrero 1957), III: AAS 49 (1957), 145.
81. Cf. Pío XII, Discurso a un grupo internacional de médicos
(24 febrero 1957): AAS 49 (1957), 129-147; Congregación del San Oficio,
Decretum de directa insontium occisione (2 diciembre 1940): AAS
32 ( 1940), 553-554; Pablo VI, Mensaje a la televisión francesa: « Toda vida
es sagrada » (27 enero 1971): Insegnamenti IX 1971 ), 57-58; Discurso
al International College of Surgeons (1 junio 1972): AAS 64 (1972),
432-436; Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la
Iglesia en el mundo actual, 27.
82. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 25.
83. Cf. S. Agustín, De Civitate Dei I, 20: CCL 47,
22; S. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 6, a. 5.
84. Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Iura
et bona, sobre la eutanasia (5 mayo 1980), I: AAS 72 (1980), 545;
Catecismo de la Iglesia Católica, 2281-2283.
85. Epistula 204, 5: CSEL 57, 320.
86. Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el
mundo actual, 18.
87. Cf. Carta ap. Salvifici doloris (11 febrero 1984),
14-24: AAS 76 ( 1984 ), 214-234.
88. Cf, Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 46:
AAS 83 (1991), 850; Pío XII, Radiomensaje de Navidad (24 diciembre 1944):
AAS 37 (1945), 10-20.
89. Cf. Carta enc, Veritatis splendor (6 agosto 1993),
97 y 99: AAS 85 ( 1993 ), 1209-1211.
90. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae,
sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación
(22 febrero 1987), III; AAS 80 (1988), 98.
91. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Dignitatis humanae,
sobre la libertad religiosa, 7.
92. Cf. S. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I-II, q.
96, a. 2.
93. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Dignitatis humanae,
sobre la libertad religiosa, 7.
94 Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963 ), II:
AAS 55 ( 1963 ), 273-274; la cita interna está tomada del Radiomensaje de
Pentecostés 1941 (1 junio 1941 ) de Pío XII: AAS 33 ( 1941 ), 200. Sobre
este tema la Encíclica hace referencia en nota a: Pío XI, Carta enc. Mit
brennender Sorge (14 marzo 1937): AAS 29 (1937), 159; Carta enc.
Divini Redemptoris (19 marzo 1937), III: AAS 29 (1937), 79;
Pío XII, Radiomensaje de Navidad (24 diciembre 1942): AAS 35 (1943),
9-24.
95. Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963), l.c.,
271.
96. Summa Theologiae, I-II, q. 93, a. 3, ad 2um.
97. Ibid., I-II, q. 95, a. 2. El Aquinate cita a S.. Agustín:
«Non videtur esse lex, quae insta non fuerit», De libero arbitrio, I,
5, 11: PL 32, 1227.
98. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración
sobre el aborto procurado (18 noviembre 1974), 22: AAS 66 (1974),
744.
99. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica,1753-1755; Carta
enc. Veritatis splendor (6 agosto 1993), 81-82; AAS 85 (1993),
1198-1199.
100. In Iohannis Evangelium Tractatus, 41,10: CCL
36, 363; cf. Carta enc. Veritatis splendor (6 agosto 1993), 13: AAS
85 (1993), 1144.
101. Exhort, ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975),14:
AAS 68 (1976), 13,
102. Cf. Misal romano, Oración del celebrante antes de
la comunión.
103. Cf. S. Ireneo: « Omnem novitatem attulit, semetipsum afferens,
qui fuerat annuntiatus », Contra las herejías, IV, 34, 1: SCh
100/2, 846-847.
104. Cf. S. Tomás de Aquino « Peccator inveterascit, recedens
a novitate Christi », In Psalmos Davidis lectura, 6, 5.
105. Sobre las bienaventuranzas, Sermón VII: PG
44, 1280.
106. Cf. Carta enc. Veritatis splendor (6 agosto 1993),
116: AAS 85 ( 1993 ), 1224.
107. Cf. Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 37:
AAS 83 ( 1991 ), 840.
108. Cf. Mensaje con ocasión de la Navidad de 1967: AAS
60 ( 1968), 40.
109. Pseudo-Dionisio Areopagita, Sobre los nombres divinos,
6, 1-3: PG 3, 856-857.
110. Pablo VI, Pensamiento sobre la muerte, Instituto
Pablo VI, Brescia 1988, 24.
111. Homilía para la beatificación de Isidoro Bakanja, Elisabetta
Canori Mora y Gianna Beretta Molla (24 abril 1994): L'Osservatore Romano,
ed. semanal en lengua española, 29 abril 1994, 2.
112. Ibid.
113. Homilías sobre Mateo, L, 3: PG 58, 508.
114. Catecismo de la Iglesia Católica, 2372.
115. Discurso a la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano
en Santo Domingo (12 octubre 1992), 15: AAS 85 (1993), 819.
116. Cf. Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo,
l2; Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual,
90.
117. Exhort. ap. Familiaris consortio (22 noviembre 1981),
17: AAS 74 (1982), 100.
118. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes,
sobre la Iglesia en el mundo actual, 50.
119. Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 39: AAS
83 (1991), 842.
120. Discurso a los participantes en el VII Simposio de Obispos
europeos sobre el tema «Las actitudes contemporáneas ante el nacimiento y la
muerte: un desafío para la evangelización» (17 octubre 1989), 5: Insegnamenti
XII, 2 (1989), 945. La tradición bíblica presenta a los hijos precisamente como
un don de Dios (cf. Sal 127/126, 3); y como un signo de su bendición
al hombre que camina por los caminos del Señor (cf. Sal 128/127, 3-4).
121. Cart enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciembre 1987),
38: AAS 80 (1988), 565-566.
122. Exhort. ap. Familiaris consortio (22 noviembre
1981), 86: AAS 74 (1982), 188.
123. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre
1975), 18: AAS 68 (1976), 17.
124. Cf. Ibid., 20, l.c., 18.
125. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes,
sobre la Iglesia en el mundo actual, 24.
126. Cf. Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991),
17: AAS 83 (1991), 814; Carta enc. Veritatis splendor (6 agosto
1993), 95-101: AAS 85 (1993), 1208-1213.
127. Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 24: AAS
83 (1991), 822.
128. Exhort. ap. Familiaris consortio (22 noviembre 1981),
37: AAS 74 (1982), 128.
129. Carta con que se instituye la Jornada Mundial del Enfermo
(13 mayo 1992), 2: Insegnamenti XV, 1 (1992), 1440.
130. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes,
sobre la Iglesia en el mundo actual, 35; Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio
(26 marzo 1967), 15: AAS 59 (1967), 265.
131. Cf. Carta a las Familias Gratissimam sane (2 febrero
1994), 13: AAS 86 (1994), 892.
132. Motu proprio Vitae mysterium (11 febrero 1994), 4:
AAS 86 (1994), 386-387.
133. Mensajes del Concilio a la humanidad (8 diciembre
1965): A las mujeres.
134. Carta ap. Mulieris dignitatem (15 agosto 1988), 18:
AAS 80 (1988), 1696.
135. Cf. Carta a las Familias Gratissimam sane (2 febrero
1994), 5: AAS 86 (1994), 872
136. Discurso a los participantes en la reunión de estudio sobre
el tema «El derecho a la vida y Europa» (18 diciembre 1987): Insegnamenti
X, 3 (1987), 1446.
137. Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1977: AAS
68 (1976), 711-712.
138. Bto. Guerrico D'Igny, In Assumptione B. Mariae, sermo
I, 2: PL, 185, 188.
139. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre
la Iglesia, 5.
140. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes,
sobre la Iglesia en el mundo actual, 22.
141. Misal romano, Secuencia del domingo de Pascua de Resurrección.
142. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre
la Iglesia, 68.