CARTA ENCÍCLICA
FIDES ET RATIO
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN
PABLO II
A LOS OBISPOS
DE LA IGLESIA CATÓLICA
SOBRE
LAS RELACIONES
ENTRE FE Y RAZÓN
Venerables Hermanos en el
Episcopado,
salud y Bendición Apostólica
La fe y la razón
(Fides et ratio) son como las dos alas con las cuales el
espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la
verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de
conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para
que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también
la plena verdad sobre sí mismo (cf. Ex 33, 18; Sal
27 [26], 8-9; 63 [62], 2-3; Jn 14, 8; 1 Jn 3, 2).
INTRODUCCIÓN
« CONÓCETE A TI MISMO »
1. Tanto en Oriente como en Occidente
es posible distinguir un camino que, a lo largo de los siglos, ha
llevado a la humanidad a encontrarse progresivamente con la verdad y
a confrontarse con ella. Es un camino que se ha desarrollado —
no podía ser de otro modo — dentro del horizonte de la
autoconciencia personal: el hombre cuanto más conoce la
realidad y el mundo y más se conoce a sí mismo en su
unicidad, le resulta más urgente el interrogante sobre el
sentido de las cosas y sobre su propia existencia. Todo lo que se
presenta como objeto de nuestro conocimiento se convierte por ello en
parte de nuestra vida. La exhortación Conócete a ti
mismo estaba esculpida sobre el dintel del templo de Delfos, para
testimoniar una verdad fundamental que debe ser asumida como la regla
mínima por todo hombre deseoso de distinguirse, en medio de
toda la creación, calificándose como « hombre »
precisamente en cuanto « conocedor de sí mismo ».
Por lo demás, una simple mirada
a la historia antigua muestra con claridad como en distintas partes
de la tierra, marcadas por culturas diferentes, brotan al mismo
tiempo las preguntas de fondo que caracterizan el recorrido de la
existencia humana: ¿quién soy? ¿de
dónde vengo y a dónde voy? ¿por qué
existe el mal? ¿qué hay después de esta
vida? Estas mismas preguntas las encontramos en los escritos
sagrados de Israel, pero aparecen también en los Veda y en los
Avesta; las encontramos en los escritos de Confucio e Lao-Tze y en la
predicación de los Tirthankara y de Buda; asimismo se
encuentran en los poemas de Homero y en las tragedias de Eurípides
y Sófocles, así como en los tratados filosóficos
de Platón y Aristóteles. Son preguntas que tienen su
origen común en la necesidad de sentido que desde siempre
acucia el corazón del hombre: de la respuesta que se dé
a tales preguntas, en efecto, depende la orientación que se dé
a la existencia.
2. La Iglesia no es ajena, ni puede
serlo, a este camino de búsqueda. Desde que, en el Misterio
Pascual, ha recibido como don la verdad última sobre la vida
del hombre, se ha hecho peregrina por los caminos del mundo para
anunciar que Jesucristo es « el camino, la verdad y la vida »
(Jn 14, 6). Entre los diversos servicios que la Iglesia ha de
ofrecer a la humanidad, hay uno del cual es responsable de un modo
muy particular: la diaconía de la verdad.(1) Por una
parte, esta misión hace a la comunidad creyente partícipe
del esfuerzo común que la humanidad lleva a cabo para alcanzar
la verdad; (2) y por otra, la obliga a responsabilizarse del anuncio
de las certezas adquiridas, incluso desde la conciencia de que toda
verdad alcanzada es sólo una etapa hacia aquella verdad total
que se manifestará en la revelación última de
Dios: « Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos
cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré
como soy conocido » (1 Co 13, 12).
3. El hombre tiene muchos medios para
progresar en el conocimiento de la verdad, de modo que puede hacer
cada vez más humana la propia existencia. Entre estos destaca
la filosofía, que contribuye directamente a formular la
pregunta sobre el sentido de la vida y a trazar la respuesta: ésta,
en efecto, se configura como una de las tareas más nobles de
la humanidad. El término filosofía según la
etimología griega significa « amor a la sabiduría
». De hecho, la filosofía nació y se desarrolló
desde el momento en que el hombre empezó a interrogarse sobre
el por qué de las cosas y su finalidad. De modos y formas
diversas, muestra que el deseo de verdad pertenece a la naturaleza
misma del hombre. El interrogarse sobre el por qué de las
cosas es inherente a su razón, aunque las respuestas que se
han ido dando se enmarcan en un horizonte que pone en evidencia la
complementariedad de las diferentes culturas en las que vive el
hombre.
La gran incidencia que la filosofía
ha tenido en la formación y en el desarrollo de las culturas
en Occidente no debe hacernos olvidar el influjo que ha ejercido en
los modos de concebir la existencia también en Oriente. En
efecto, cada pueblo, posee una sabiduría originaria y
autóctona que, como auténtica riqueza de las culturas,
tiende a expresarse y a madurar incluso en formas puramente
filosóficas. Que esto es verdad lo demuestra el hecho de que
una forma básica del saber filosófico, presente hasta
nuestros días, es verificable incluso en los postulados en los
que se inspiran las diversas legislaciones nacionales e
internacionales para regular la vida social.
4. De todos modos, se ha de destacar
que detrás de cada término se esconden significados
diversos. Por tanto, es necesaria una explicitación
preliminar. Movido por el deseo de descubrir la verdad última
sobre la existencia, el hombre trata de adquirir los conocimientos
universales que le permiten comprenderse mejor y progresar en la
realización de sí mismo. Los conocimientos
fundamentales derivan del asombro suscitado en él por
la contemplación de la creación: el ser humano se
sorprende al descubrirse inmerso en el mundo, en relación con
sus semejantes con los cuales comparte el destino. De aquí
arranca el camino que lo llevará al descubrimiento de
horizontes de conocimientos siempre nuevos. Sin el asombro el hombre
caería en la repetitividad y, poco a poco, sería
incapaz de vivir una existencia verdaderamente personal.
La capacidad especulativa, que es
propia de la inteligencia humana, lleva a elaborar, a través
de la actividad filosófica, una forma de pensamiento riguroso
y a construir así, con la coherencia lógica de las
afirmaciones y el carácter orgánico de los contenidos,
un saber sistemático. Gracias a este proceso, en diferentes
contextos culturales y en diversas épocas, se han alcanzado
resultados que han llevado a la elaboración de verdaderos
sistemas de pensamiento. Históricamente esto ha provocado a
menudo la tentación de identificar una sola corriente con todo
el pensamiento filosófico. Pero es evidente que, en estos
casos, entra en juego una cierta « soberbia filosófica »
que pretende erigir la propia perspectiva incompleta en lectura
universal. En realidad, todo sistema filosófico, aun
con respeto siempre de su integridad sin instrumentalizaciones, debe
reconocer la prioridad del pensar filosófico, en el
cual tiene su origen y al cual debe servir de forma coherente.
En este sentido es posible reconocer, a
pesar del cambio de los tiempos y de los progresos del saber, un
núcleo de conocimientos filosóficos cuya presencia es
constante en la historia del pensamiento. Piénsese, por
ejemplo, en los principios de no contradicción, de finalidad,
de causalidad, como también en la concepción de la
persona como sujeto libre e inteligente y en su capacidad de conocer
a Dios, la verdad y el bien; piénsese, además, en
algunas normas morales fundamentales que son comúnmente
aceptadas. Estos y otros temas indican que, prescindiendo de las
corrientes de pensamiento, existe un conjunto de conocimientos en los
cuales es posible reconocer una especie de patrimonio espiritual de
la humanidad. Es como si nos encontrásemos ante una filosofía
implícita por la cual cada uno cree conocer estos
principios, aunque de forma genérica y no refleja. Estos
conocimientos, precisamente porque son compartidos en cierto modo por
todos, deberían ser como un punto de referencia para las
diversas escuelas filosóficas. Cuando la razón logra
intuir y formular los principios primeros y universales del ser y
sacar correctamente de ellos conclusiones coherentes de orden lógico
y deontológico, entonces puede considerarse una razón
recta o, como la llamaban los antiguos, orthòs logos, recta
ratio.
5. La Iglesia, por su parte, aprecia el
esfuerzo de la razón por alcanzar los objetivos que hagan cada
vez más digna la existencia personal. Ella ve en la filosofía
el camino para conocer verdades fundamentales relativas a la
existencia del hombre. Al mismo tiempo, considera a la filosofía
como una ayuda indispensable para profundizar la inteligencia de la
fe y comunicar la verdad del Evangelio a cuantos aún no la
conocen.
Teniendo en cuenta iniciativas análogas
de mis Predecesores, deseo yo también dirigir la mirada hacia
esta peculiar actividad de la razón. Me impulsa a ello el
hecho de que, sobre todo en nuestro tiempo, la búsqueda de la
verdad última parece a menudo oscurecida. Sin duda la
filosofía moderna tiene el gran mérito de haber
concentrado su atención en el hombre. A partir de aquí,
una razón llena de interrogantes ha desarrollado sucesivamente
su deseo de conocer cada vez más y más profundamente.
Se han construido sistemas de pensamiento complejos, que han
producido sus frutos en los diversos ámbitos del saber,
favoreciendo el desarrollo de la cultura y de la historia. La
antropología, la lógica, las ciencias naturales, la
historia, el lenguaje..., de alguna manera se ha abarcado todas las
ramas del saber. Sin embargo, los resultados positivos alcanzados no
deben llevar a descuidar el hecho de que la razón misma,
movida a indagar de forma unilateral sobre el hombre como sujeto,
parece haber olvidado que éste está también
llamado a orientarse hacia una verdad que lo transciende. Sin esta
referencia, cada uno queda a merced del arbitrio y su condición
de persona acaba por ser valorada con criterios pragmáticos
basados esencialmente en el dato experimental, en el convencimiento
erróneo de que todo debe ser dominado por la técnica.
Así ha sucedido que, en lugar de expresar mejor la tendencia
hacia la verdad, bajo tanto peso la razón saber se ha
doblegado sobre sí misma haciéndose, día tras
día, incapaz de levantar la mirada hacia lo alto para
atreverse a alcanzar la verdad del ser. La filosofía moderna,
dejando de orientar su investigación sobre el ser, ha
concentrado la propia búsqueda sobre el conocimiento humano.
En lugar de apoyarse sobre la capacidad que tiene el hombre para
conocer la verdad, ha preferido destacar sus límites y
condicionamientos.
Ello ha derivado en varias formas de
agnosticismo y de relativismo, que han llevado la investigación
filosófica a perderse en las arenas movedizas de un
escepticismo general. Recientemente han adquirido cierto relieve
diversas doctrinas que tienden a infravalorar incluso las verdades
que el hombre estaba seguro de haber alcanzado. La legítima
pluralidad de posiciones ha dado paso a un pluralismo indiferenciado,
basado en el convencimiento de que todas las posiciones son
igualmente válidas. Este es uno de los síntomas más
difundidos de la desconfianza en la verdad que es posible encontrar
en el contexto actual. No se substraen a esta prevención ni
siquiera algunas concepciones de vida provenientes de Oriente; en
ellas, en efecto, se niega a la verdad su carácter exclusivo,
partiendo del presupuesto de que se manifiesta de igual manera en
diversas doctrinas, incluso contradictorias entre sí. En esta
perspectiva, todo se reduce a opinión. Se tiene la impresión
de que se trata de un movimiento ondulante: mientras por una parte la
reflexión filosófica ha logrado situarse en el camino
que la hace cada vez más cercana a la existencia humana y a su
modo de expresarse, por otra tiende a hacer consideraciones
existenciales, hermenéuticas o lingüísticas que
prescinden de la cuestión radical sobre la verdad de la vida
personal, del ser y de Dios. En consecuencia han surgido en el hombre
contemporáneo, y no sólo entre algunos filósofos,
actitudes de difusa desconfianza respecto de los grandes recursos
cognoscitivos del ser humano. Con falsa modestia, se conforman con
verdades parciales y provisionales, sin intentar hacer preguntas
radicales sobre el sentido y el fundamento último de la vida
humana, personal y social. Ha decaído, en definitiva, la
esperanza de poder recibir de la filosofía respuestas
definitivas a tales preguntas.
6. La Iglesia, convencida de la
competencia que le incumbe por ser depositaria de la Revelación
de Jesucristo, quiere reafirmar la necesidad de reflexionar sobre la
verdad. Por este motivo he decidido dirigirme a vosotros, queridos
Hermanos en el Episcopado, con los cuales comparto la misión
de anunciar « abiertamente la verdad » (2 Co 4,
2), como también a los teólogos y filósofos a
los que corresponde el deber de investigar sobre los diversos
aspectos de la verdad, y asimismo a las personas que la buscan, para
exponer algunas reflexiones sobre la vía que conduce a la
verdadera sabiduría, a fin de que quien sienta el amor por
ella pueda emprender el camino adecuado para alcanzarla y encontrar
en la misma descanso a su fatiga y gozo espiritual.
Me mueve a esta iniciativa, ante todo,
la convicción que expresan las palabras del Concilio Vaticano
II, cuando afirma que los Obispos son « testigos de la verdad
divina y católica ».(3) Testimoniar la verdad es, pues,
una tarea confiada a nosotros, los Obispos; no podemos renunciar a la
misma sin descuidar el ministerio que hemos recibido. Reafirmando la
verdad de la fe podemos devolver al hombre contemporáneo la
auténtica confianza en sus capacidades cognoscitivas y ofrecer
a la filosofía un estímulo para que pueda recuperar y
desarrollar su plena dignidad.
Hay también otro motivo que me
induce a desarrollar estas reflexiones. En la Encíclica
Veritatis splendor he llamado la atención sobre «
algunas verdades fundamentales de la doctrina católica, que en
el contexto actual corren el riesgo de ser deformadas o negadas ».(4)
Con la presente Encíclica deseo continuar aquella reflexión
centrando la atención sobre el tema de la verdad y de
su fundamento en relación con la fe. No se puede
negar, en efecto, que este período de rápidos y
complejos cambios expone especialmente a las nuevas generaciones, a
las cuales pertenece y de las cuales depende el futuro, a la
sensación de que se ven privadas de auténticos puntos
de referencia. La exigencia de una base sobre la cual construir la
existencia personal y social se siente de modo notable sobre todo
cuando se está obligado a constatar el carácter parcial
de propuestas que elevan lo efímero al rango de valor, creando
ilusiones sobre la posibilidad de alcanzar el verdadero sentido de la
existencia. Sucede de ese modo que muchos llevan una vida casi hasta
el límite de la ruina, sin saber bien lo que les espera. Esto
depende también del hecho de que, a veces, quien por vocación
estaba llamado a expresar en formas culturales el resultado de la
propia especulación, ha desviado la mirada de la verdad,
prefiriendo el éxito inmediato en lugar del esfuerzo de la
investigación paciente sobre lo que merece ser vivido. La
filosofía, que tiene la gran responsabilidad de formar el
pensamiento y la cultura por medio de la llamada continua a la
búsqueda de lo verdadero, debe recuperar con fuerza su
vocación originaria. Por eso he sentido no sólo la
exigencia, sino incluso el deber de intervenir en este tema, para que
la humanidad, en el umbral del tercer milenio de la era cristiana,
tome conciencia cada vez más clara de los grandes recursos que
le han sido dados y se comprometa con renovado ardor en llevar a cabo
el plan de salvación en el cual está inmersa su
historia.
CAPÍTULO I
LA REVELACIÓN
DE LA
SABIDURÍA DE DIOS
Jesús revela al Padre
7. En la base de toda la reflexión
que la Iglesia lleva a cabo está la conciencia de ser
depositaria de un mensaje que tiene su origen en Dios mismo (cf. 2
Co 4, 1-2). El conocimiento que ella propone al hombre no
proviene de su propia especulación, aunque fuese la más
alta, sino del hecho de haber acogido en la fe la palabra de Dios
(cf. 1 Ts 2, 13). En el origen de nuestro ser como creyentes
hay un encuentro, único en su género, en el que se
manifiesta un misterio oculto en los siglos (cf. 1 Co 2, 7; Rm
16, 25-26), pero ahora revelado. « Quiso Dios, con su
bondad y sabiduría, revelarse a sí mismo y manifestar
el misterio de su voluntad (cf. Ef 1, 9): por Cristo, la
Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden los
hombres llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina
».(5) Ésta es una iniciativa totalmente gratuita, que
viene de Dios para alcanzar a la humanidad y salvarla. Dios, como
fuente de amor, desea darse a conocer, y el conocimiento que el
hombre tiene de Él culmina cualquier otro conocimiento
verdadero sobre el sentido de la propia existencia que su mente es
capaz de alcanzar.
8. Tomando casi al pie de la letra las
enseñanzas de la Constitución Dei Filius del
Concilio Vaticano I y teniendo en cuenta los principios propuestos
por el Concilio Tridentino, la Constitución Dei Verbum del
Vaticano II ha continuado el secular camino de la inteligencia de
la fe, reflexionando sobre la Revelación a la luz de las
enseñanzas bíblicas y de toda la tradición
patrística. En el Primer Concilio Vaticano, los Padres habían
puesto en evidencia el carácter sobrenatural de la revelación
de Dios. La crítica racionalista, que en aquel período
atacaba la fe sobre la base de tesis erróneas y muy
difundidas, consistía en negar todo conocimiento que no fuese
fruto de las capacidades naturales de la razón. Este hecho
obligó al Concilio a sostener con fuerza que, además
del conocimiento propio de la razón humana, capaz por su
naturaleza de llegar hasta el Creador, existe un conocimiento que es
peculiar de la fe. Este conocimiento expresa una verdad que se basa
en el hecho mismo de que Dios se revela, y es una verdad muy cierta
porque Dios ni engaña ni quiere engañar.(6)
9. El Concilio Vaticano I enseña,
pues, que la verdad alcanzada a través de la reflexión
filosófica y la verdad que proviene de la Revelación no
se confunden, ni una hace superflua la otra: « Hay un doble
orden de conocimiento, distinto no sólo por su principio, sino
también por su objeto; por su principio, primeramente, porque
en uno conocemos por razón natural, y en otro por fe divina;
por su objeto también porque aparte aquellas cosas que la
razón natural puede alcanzar, se nos proponen para creer
misterios escondidos en Dios de los que, a no haber sido divinamente
revelados, no se pudiera tener noticia ».(7) La fe, que se
funda en el testimonio de Dios y cuenta con la ayuda sobrenatural de
la gracia, pertenece efectivamente a un orden diverso del
conocimiento filosófico. Éste, en efecto, se apoya
sobre la percepción de los sentidos y la experiencia, y se
mueve a la luz de la sola inteligencia. La filosofía y las
ciencias tienen su puesto en el orden de la razón natural,
mientras que la fe, iluminada y guiada por el Espíritu,
reconoce en el mensaje de la salvación la « plenitud de
gracia y de verdad » (cf. Jn 1, 14) que Dios ha querido
revelar en la historia y de modo definitivo por medio de su Hijo
Jesucristo (cf. 1 Jn 5, 9: Jn 5, 31-32).
10. En el Concilio Vaticano II los
Padres, dirigiendo su mirada a Jesús revelador, han ilustrado
el carácter salvífico de la revelación de Dios
en la historia y han expresado su naturaleza del modo siguiente: «
En esta revelación, Dios invisible (cf. Col 1, 15; 1
Tm 1, 17), movido de amor, habla a los hombres como amigos (cf.
Ex 33, 11; Jn 15, 14-15), trata con ellos (cf. Ba 3,
38) para invitarlos y recibirlos en su compañía. El
plan de la revelación se realiza por obras y palabras
intrínsecamente ligadas; las obras que Dios realiza en la
historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y
las realidades que las palabras significan; a su vez, las palabras
proclaman las obras y explican su misterio. La verdad profunda de
Dios y de la salvación del hombre que transmite dicha
revelación, resplandece en Cristo, mediador y plenitud de toda
la revelación ».(8)
11. La revelación de Dios se
inserta, pues, en el tiempo y la historia, más aún, la
encarnación de Jesucristo, tiene lugar en la « plenitud
de los tiempos » (Ga 4, 4). A dos mil años de
distancia de aquel acontecimiento, siento el deber de reafirmar con
fuerza que « en el cristianismo el tiempo tiene una importancia
fundamental ».(9) En él tiene lugar toda la obra de la
creación y de la salvación y, sobre todo destaca el
hecho de que con la encarnación del Hijo de Dios vivimos y
anticipamos ya desde ahora lo que será la plenitud del tiempo
(cf. Hb 1, 2).
La verdad que Dios ha comunicado al
hombre sobre sí mismo y sobre su vida se inserta, pues, en el
tiempo y en la historia. Es verdad que ha sido pronunciada de una vez
para siempre en el misterio de Jesús de Nazaret. Lo dice con
palabras elocuentes la Constitución Dei Verbum: «
Dios habló a nuestros padres en distintas ocasiones y de
muchas maneras por los profetas. « Ahora en esta etapa final
nos ha hablado por el Hijo » (Hb 1, 1-2). Pues envió
a su Hijo, la Palabra eterna, que alumbra a todo hombre, para que
habitara entre los hombres y les contara la intimidad de Dios (cf. Jn
1, 1-18). Jesucristo, Palabra hecha carne, « hombre enviado
a los hombres », habla las palabras de Dios (Jn 3, 34) y
realiza la obra de la salvación que el Padre le encargó
(cf. Jn 5, 36; 17, 4). Por eso, quien ve a Jesucristo, ve al
Padre (cf. Jn 14, 9); él, con su presencia y
manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros,
sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección, con el envío
del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación
».(10)
La historia, pues, es para el Pueblo de
Dios un camino que hay que recorrer por entero, de forma que la
verdad revelada exprese en plenitud sus contenidos gracias a la
acción incesante del Espíritu Santo (cf. Jn 16,
13). Lo enseña asimismo la Constitución Dei Verbum
cuando afirma que « la Iglesia camina a través de
los siglos hacia la plenitud de la verdad, hasta que se cumplan en
ella plenamente las palabras de Dios ».(11)
12. Así pues, la historia es el
lugar donde podemos constatar la acción de Dios en favor de la
humanidad. Él se nos manifiesta en lo que para nosotros es más
familiar y fácil de verificar, porque pertenece a nuestro
contexto cotidiano, sin el cual no llegaríamos a
comprendernos.
La encarnación del Hijo de Dios
permite ver realizada la síntesis definitiva que la mente
humana, partiendo de sí misma, ni tan siquiera hubiera podido
imaginar: el Eterno entra en el tiempo, el Todo se esconde en la
parte y Dios asume el rostro del hombre. La verdad expresada en la
revelación de Cristo no puede encerrarse en un restringido
ámbito territorial y cultural, sino que se abre a todo hombre
y mujer que quiera acogerla como palabra definitivamente válida
para dar sentido a la existencia. Ahora todos tienen en Cristo acceso
al Padre; en efecto, con su muerte y resurrección, Él
ha dado la vida divina que el primer Adán había
rechazado (cf. Rm 5, 12-15). Con esta Revelación se
ofrece al hombre la verdad última sobre su propia vida y sobre
el destino de la historia: « Realmente, el misterio del hombre
sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado »,
afirma la Constitución Gaudium et spes.(12) Fuera de
esta perspectiva, el misterio de la existencia personal resulta un
enigma insoluble. ¿Dónde podría el hombre buscar
la respuesta a las cuestiones dramáticas como el dolor, el
sufrimiento de los inocentes y la muerte, sino no en la luz que brota
del misterio de la pasión, muerte y resurrección de
Cristo?
La razón ante el misterio
13. De todos modos no hay que olvidar
que la Revelación está llena de misterio. Es verdad que
con toda su vida, Jesús revela el rostro del Padre, ya que ha
venido para explicar los secretos de Dios; (13) sin embargo, el
conocimiento que nosotros tenemos de ese rostro se caracteriza por el
aspecto fragmentario y por el límite de nuestro entendimiento.
Sólo la fe permite penetrar en el misterio, favoreciendo su
comprensión coherente.
El Concilio enseña que «
cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con la fe ».(14)
Con esta afirmación breve pero densa, se indica una verdad
fundamental del cristianismo. Se dice, ante todo, que la fe es la
respuesta de obediencia a Dios. Ello conlleva reconocerle en su
divinidad, trascendencia y libertad suprema. El Dios, que se da a
conocer desde la autoridad de su absoluta trascendencia, lleva
consigo la credibilidad de aquello que revela. Desde la fe el hombre
da su asentimiento a ese testimonio divino. Ello quiere decir
que reconoce plena e integralmente la verdad de lo revelado, porque
Dios mismo es su garante. Esta verdad, ofrecida al hombre y que él
no puede exigir, se inserta en el horizonte de la comunicación
interpersonal e impulsa a la razón a abrirse a la misma y a
acoger su sentido profundo. Por esto el acto con el que uno confía
en Dios siempre ha sido considerado por la Iglesia como un momento de
elección fundamental, en la cual está implicada toda la
persona. Inteligencia y voluntad desarrollan al máximo su
naturaleza espiritual para permitir que el sujeto cumpla un acto en
el cual la libertad personal se vive de modo pleno.(15) En la fe,
pues, la libertad no sólo está presente, sino que es
necesaria. Más aún, la fe es la que permite a cada uno
expresar mejor la propia libertad. Dicho con otras palabras, la
libertad no se realiza en las opciones contra Dios. En efecto, ¿cómo
podría considerarse un uso auténtico de la libertad la
negación a abrirse hacia lo que permite la realización
de sí mismo? La persona al creer lleva a cabo el acto más
significativo de la propia existencia; en él, en efecto, la
libertad alcanza la certeza de la verdad y decide vivir en la misma.
Para ayudar a la razón, que
busca la comprensión del misterio, están también
los signos contenidos en la Revelación. Estos sirven para
profundizar más la búsqueda de la verdad y permitir que
la mente pueda indagar de forma autónoma incluso dentro del
misterio. Estos signos si por una parte dan mayor fuerza a la razón,
porque le permiten investigar en el misterio con sus propios medios,
de los cuales está justamente celosa, por otra parte la
empujan a ir más allá de su misma realidad de signos,
para descubrir el significado ulterior del cual son portadores. En
ellos, por lo tanto, está presente una verdad escondida a la
que la mente debe dirigirse y de la cual no puede prescindir sin
destruir el signo mismo que se le propone.
Podemos fijarnos, en cierto modo, en el
horizonte sacramental de la Revelación y, en
particular, en el signo eucarístico donde la unidad
inseparable entre la realidad y su significado permite captar la
profundidad del misterio. Cristo en la Eucaristía está
verdaderamente presente y vivo, y actúa con su Espíritu,
pero como acertadamente decía Santo Tomás, « lo
que no comprendes y no ves, lo atestigua una fe viva, fuera de todo
el orden de la naturaleza. Lo que aparece es un signo: esconde en el
misterio realidades sublimes ».(16) A este respecto escribe el
filósofo Pascal: « Como Jesucristo permaneció
desconocido entre los hombres, del mismo modo su verdad permanece,
entre las opiniones comunes, sin diferencia exterior. Así
queda la Eucaristía entre el pan común ».(17)
El conocimiento de fe, en definitiva,
no anula el misterio; sólo lo hace más evidente y lo
manifiesta como hecho esencial para la vida del hombre: Cristo, el
Señor, « en la misma revelación del misterio del
Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre
y le descubre la grandeza de su vocación »,(18) que es
participar en el misterio de la vida trinitaria de Dios.(19)
14. La enseñanza de los dos
Concilios Vaticanos abre también un verdadero horizonte de
novedad para el saber filosófico. La Revelación
introduce en la historia un punto de referencia del cual el hombre no
puede prescindir, si quiere llegar a comprender el misterio de su
existencia; pero, por otra parte, este conocimiento remite
constantemente al misterio de Dios que la mente humana no puede
agotar, sino sólo recibir y acoger en la fe. En estos dos
pasos, la razón posee su propio espacio característico
que le permite indagar y comprender, sin ser limitada por otra cosa
que su finitud ante el misterio infinito de Dios.
Así pues, la Revelación
introduce en nuestra historia una verdad universal y última
que induce a la mente del hombre a no pararse nunca; más bien
la empuja a ampliar continuamente el campo del propio saber hasta que
no se dé cuenta de que no ha realizado todo lo que podía,
sin descuidar nada. Nos ayuda en esta tarea una de las inteligencias
más fecundas y significativas de la historia de la humanidad,
a la cual justamente se refieren tanto la filosofía como la
teología: San Anselmo. En su Proslogion, el arzobispo
de Canterbury se expresa así: « Dirigiendo
frecuentemente y con fuerza mi pensamiento a este problema, a veces
me parecía poder alcanzar lo que buscaba; otras veces, sin
embargo, se escapaba completamente de mi pensamiento; hasta que, al
final, desconfiando de poderlo encontrar, quise dejar de buscar algo
que era imposible encontrar. Pero cuando quise alejar de mí
ese pensamiento porque, ocupando mi mente, no me distrajese de otros
problemas de los cuales pudiera sacar algún provecho, entonces
comenzó a presentarse con mayor importunación [...].
Pero, pobre de mí, uno de los pobres hijos de Eva, lejano de
Dios, ¿qué he empezado a hacer y qué he logrado?
¿qué buscaba y qué he logrado? ¿a qué
aspiraba y por qué suspiro? [...]. Oh Señor, tú
no eres solamente aquel de quien no se puede pensar nada mayor (non
solum es quo maius cogitari nequit), sino que eres más
grande de todo lo que se pueda pensar (quiddam maius quam cogitari
possit) [...]. Si tu no fueses así, se podría
pensar alguna cosa más grande que tú, pero esto no
puede ser ».(20)
15. La verdad de la Revelación
cristiana, que se manifiesta en Jesús de Nazaret, permite a
todos acoger el « misterio » de la propia vida. Como
verdad suprema, a la vez que respeta la autonomía de la
criatura y su libertad, la obliga a abrirse a la trascendencia. Aquí
la relación entre libertad y verdad llega al máximo y
se comprende en su totalidad la palabra del Señor: «
Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres »
(Jn 8, 32).
La Revelación cristiana es la
verdadera estrella que orienta al hombre que avanza entre los
condicionamientos de la mentalidad inmanentista y las estrecheces de
una lógica tecnocrática; es la última
posibilidad que Dios ofrece para encontrar en plenitud el proyecto
originario de amor iniciado con la creación. El hombre deseoso
de conocer lo verdadero, si aún es capaz de mirar más
allá de sí mismo y de levantar la mirada por encima de
los propios proyectos, recibe la posibilidad de recuperar la relación
auténtica con su vida, siguiendo el camino de la verdad. Las
palabras del Deuteronomio se pueden aplicar a esta situación:
« Porque estos mandamientos que yo te prescribo hoy no son
superiores a tus fuerzas, ni están fuera de tu alcance. No
están en el cielo, para que no hayas de decir: ¿Quién
subirá por nosotros al cielo a buscarlos para que los oigamos
y los pongamos en práctica? Ni están al otro lado del
mar, para que no hayas de decir ¿Quién irá por
nosotros al otro lado del mar a buscarlos para que los oigamos y los
pongamos en práctica? Sino que la palabra está bien
cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que
la pongas en práctica » (30, 11-14). A este texto se
refiere la famosa frase del santo filósofo y teólogo
Agustín: « Noli foras ire, in te ipsum redi. In
interiore homine habitat veritas ».(21) A la luz de estas
consideraciones, se impone una primera conclusión: la verdad
que la Revelación nos hace conocer no es el fruto maduro o el
punto culminante de un pensamiento elaborado por la razón. Por
el contrario, ésta se presenta con la característica de
la gratuidad, genera pensamiento y exige ser acogida como expresión
de amor. Esta verdad relevada es anticipación, en nuestra
historia, de la visión última y definitiva de Dios que
está reservada a los que creen en Él o lo buscan con
corazón sincero. El fin último de la existencia
personal, pues, es objeto de estudio tanto de la filosofía
como de la teología. Ambas, aunque con medios y contenidos
diversos, miran hacia este « sendero de la vida » (Sal
16 [15], 11), que, como nos dice la fe, tiene su meta última
en el gozo pleno y duradero de la contemplación del Dios Uno y
Trino.
CAPÍTULO II
CREDO UT INTELLEGAM
« La sabiduría todo
lo sabe y entiende » (Sb 9, 11)
16. La Sagrada Escritura nos presenta
con sorprendente claridad el vínculo tan profundo que hay
entre el conocimiento de fe y el de la razón. Lo atestiguan
sobre todo los Libros sapienciales. Lo que llama la atención
en la lectura, hecha sin prejuicios, de estas páginas de la
Escritura, es el hecho de que en estos textos se contenga no
solamente la fe de Israel, sino también la riqueza de
civilizaciones y culturas ya desaparecidas. Casi por un designio
particular, Egipto y Mesopotamia hacen oír de nuevo su voz y
algunos rasgos comunes de las culturas del antiguo Oriente reviven en
estas páginas ricas de intuiciones muy profundas.
No es casual que, en el momento en el
que el autor sagrado quiere describir al hombre sabio, lo presente
como el que ama y busca la verdad: « Feliz el hombre que se
ejercita en la sabiduría, y que en su inteligencia reflexiona,
que medita sus caminos en su corazón, y sus secretos
considera. Sale en su busca como el que sigue su rastro, y en sus
caminos se pone al acecho. Se asoma a sus ventanas y a sus puertas
escucha. Acampa muy cerca de su casa y clava la clavija en sus muros.
Monta su tienda junto a ella, y se alberga en su albergue dichoso.
Pone sus hijos a su abrigo y bajo sus ramas se cobija. Por ella es
protegido del calor y en su gloria se alberga » (Si 14,
20-27).
Como se puede ver, para el autor
inspirado el deseo de conocer es una característica común
a todos los hombres. Gracias a la inteligencia se da a todos, tanto
creyentes como no creyentes, la posibilidad de alcanzar el «
agua profunda » (cf. Pr 20, 5). Es verdad que en el
antiguo Israel el conocimiento del mundo y de sus fenómenos no
se alcanzaba por el camino de la abstracción, como para el
filósofo jónico o el sabio egipcio. Menos aún,
el buen israelita concebía el conocimiento con los parámetros
propios de la época moderna, orientada principalmente a la
división del saber. Sin embargo, el mundo bíblico ha
hecho desembocar en el gran mar de la teoría del conocimiento
su aportación original.
¿Cuál es ésta? La
peculiaridad que distingue el texto bíblico consiste en la
convicción de que hay una profunda e inseparable unidad entre
el conocimiento de la razón y el de la fe. El mundo y todo lo
que sucede en él, como también la historia y las
diversas vicisitudes del pueblo, son realidades que se han de ver,
analizar y juzgar con los medios propios de la razón, pero sin
que la fe sea extraña en este proceso. Ésta no
interviene para menospreciar la autonomía de la razón o
para limitar su espacio de acción, sino sólo para hacer
comprender al hombre que el Dios de Israel se hace visible y actúa
en estos acontecimientos. Así mismo, conocer a fondo el mundo
y los acontecimientos de la historia no es posible sin confesar al
mismo tiempo la fe en Dios que actúa en ellos. La fe agudiza
la mirada interior abriendo la mente para que descubra, en el
sucederse de los acontecimientos, la presencia operante de la
Providencia. Una expresión del libro de los Proverbios es
significativa a este respecto: « El corazón del hombre
medita su camino, pero es el Señor quien asegura sus pasos »
(16, 9). Es decir, el hombre con la luz de la razón sabe
reconocer su camino, pero lo puede recorrer de forma libre, sin
obstáculos y hasta el final, si con ánimo sincero fija
su búsqueda en el horizonte de la fe. La razón y la fe,
por tanto, no se pueden separar sin que se reduzca la posibilidad del
hombre de conocer de modo adecuado a sí mismo, al mundo y a
Dios.
17. No hay, pues, motivo de
competitividad alguna entre la razón y la fe: una está
dentro de la otra, y cada una tiene su propio espacio de realización.
El libro de los Proverbios nos sigue orientando en esta dirección
al exclamar: « Es gloria de Dios ocultar una cosa, y gloria de
los reyes escrutarla » (25, 2). Dios y el hombre, cada uno en
su respectivo mundo, se encuentran así en una relación
única. En Dios está el origen de cada cosa, en Él
se encuentra la plenitud del misterio, y ésta es su gloria; al
hombre le corresponde la misión de investigar con su razón
la verdad, y en esto consiste su grandeza. Una ulterior tesela a este
mosaico es puesta por el Salmista cuando ora diciendo: « Mas
para mí, ¡qué arduos son tus pensamientos, oh
Dios, qué incontable su suma! ¡Son más, si los
recuento, que la arena, y al terminar, todavía estoy contigo!
» (139 [138], 17-18). El deseo de conocer es tan grande y
supone tal dinamismo que el corazón del hombre, incluso desde
la experiencia de su límite insuperable, suspira hacia la
infinita riqueza que está más allá, porque
intuye que en ella está guardada la respuesta satisfactoria
para cada pregunta aún no resuelta.
18. Podemos decir, pues, que Israel con
su reflexión ha sabido abrir a la razón el camino hacia
el misterio. En la revelación de Dios ha podido sondear en
profundidad lo que la razón pretendía alcanzar sin
lograrlo. A partir de esta forma de conocimiento más profunda,
el pueblo elegido ha entendido que la razón debe respetar
algunas reglas de fondo para expresar mejor su propia naturaleza. Una
primera regla consiste en tener en cuenta el hecho de que el
conocimiento del hombre es un camino que no tiene descanso; la
segunda nace de la conciencia de que dicho camino no se puede
recorrer con el orgullo de quien piense que todo es fruto de una
conquista personal; una tercera se funda en el « temor de Dios
», del cual la razón debe reconocer a la vez su
trascendencia soberana y su amor providente en el gobierno del mundo.
Cuando se aleja de estas reglas, el
hombre se expone al riesgo del fracaso y acaba por encontrarse en la
situación del « necio ». Para la Biblia, en esta
necedad hay una amenaza para la vida. En efecto, el necio se engaña
pensando que conoce muchas cosas, pero en realidad no es capaz de
fijar la mirada sobre las esenciales. Ello le impide poner orden en
su mente (cf. Pr 1, 7) y asumir una actitud adecuada para
consigo mismo y para con el ambiente que le rodea. Cuando llega a
afirmar: « Dios no existe » (cf. Sal 14 [13], 1),
muestra con claridad definitiva lo deficiente de su conocimiento y lo
lejos que está de la verdad plena sobre las cosas, sobre su
origen y su destino.
19. El libro de la Sabiduría
tiene algunos textos importantes que aportan más luz a este
tema. En ellos el autor sagrado habla de Dios, que se da a conocer
también por medio de la naturaleza. Para los antiguos el
estudio de las ciencias naturales coincidía en gran parte con
el saber filosófico. Después de haber afirmado que con
su inteligencia el hombre está en condiciones « de
conocer la estructura del mundo y la actividad de los elementos
[...], los ciclos del año y la posición de las
estrellas, la naturaleza de los animales y los instintos de las
fieras » (Sb 7, 17.19-20), en una palabra, que es capaz
de filosofar, el texto sagrado da un paso más de gran
importancia. Recuperando el pensamiento de la filosofía
griega, a la cual parece referirse en este contexto, el autor afirma
que, precisamente razonando sobre la naturaleza, se puede llegar
hasta el Creador: « de la grandeza y hermosura de las
criaturas, se llega, por analogía, a contemplar a su Autor »
(Sb 13, 5). Se reconoce así un primer paso de la
Revelación divina, constituido por el maravilloso «
libro de la naturaleza », con cuya lectura, mediante los
instrumentos propios de la razón humana, se puede llegar al
conocimiento del Creador. Si el hombre con su inteligencia no llega a
reconocer a Dios como creador de todo, no se debe tanto a la falta de
un medio adecuado, cuanto sobre todo al impedimento puesto por su
voluntad libre y su pecado.
20. En esta perspectiva la razón
es valorizada, pero no sobrevalorada. En efecto, lo que ella alcanza
puede ser verdadero, pero adquiere significado pleno solamente si su
contenido se sitúa en un horizonte más amplio, que es
el de la fe: « Del Señor dependen los pasos del hombre:
¿cómo puede el hombre conocer su camino? » (Pr
20, 24). Para el Antiguo Testamento, pues, la fe libera la razón
en cuanto le permite alcanzar coherentemente su objeto de
conocimiento y colocarlo en el orden supremo en el cual todo adquiere
sentido. En definitiva, el hombre con la razón alcanza la
verdad, porque iluminado por la fe descubre el sentido profundo de
cada cosa y, en particular, de la propia existencia. Por tanto, con
razón, el autor sagrado fundamenta el verdadero conocimiento
precisamente en el temor de Dios: « El temor del Señor
es el principio de la sabiduría » (Pr 1, 7; cf.
Si 1, 14).
« Adquiere la sabiduría,
adquiere la inteligencia » (Pr 4, 5)
21. Para el Antiguo Testamento el
conocimiento no se fundamenta solamente en una observación
atenta del hombre, del mundo y de la historia, sino que supone
también una indispensable relación con la fe y con los
contenidos de la Revelación. En esto consisten los desafíos
que el pueblo elegido ha tenido que afrontar y a los cuales ha dado
respuesta. Reflexionando sobre esta condición, el hombre
bíblico ha descubierto que no puede comprenderse sino como «
ser en relación »: con sí mismo, con el pueblo,
con el mundo y con Dios. Esta apertura al misterio, que le viene de
la Revelación, ha sido al final para él la fuente de un
verdadero conocimiento, que ha consentido a su razón entrar en
el ámbito de lo infinito, recibiendo así posibilidades
de compresión hasta entonces insospechadas.
Para el autor sagrado el esfuerzo de la
búsqueda no estaba exento de la dificultad que supone
enfrentarse con los límites de la razón. Ello se
advierte, por ejemplo, en las palabras con las que el Libro de los
Proverbios denota el cansancio debido a los intentos de comprender
los misteriosos designios de Dios (cf. 30, 1.6). Sin embargo, a pesar
de la dificultad, el creyente no se rinde. La fuerza para continuar
su camino hacia la verdad le viene de la certeza de que Dios lo ha
creado como un « explorador » (cf. Qo 1, 13), cuya
misión es no dejar nada sin probar a pesar del continuo
chantaje de la duda. Apoyándose en Dios, se dirige, siempre y
en todas partes, hacia lo que es bello, bueno y verdadero.
22. San Pablo, en el primer capítulo
de su Carta a los Romanos nos ayuda a apreciar mejor lo incisiva que
es la reflexión de los Libros Sapienciales. Desarrollando una
argumentación filosófica con lenguaje popular, el
Apóstol expresa una profunda verdad: a través de la
creación los « ojos de la mente » pueden llegar a
conocer a Dios. En efecto, mediante las criaturas Él hace que
la razón intuya su « potencia » y su «
divinidad » (cf. Rm 1, 20). Así pues, se reconoce
a la razón del hombre una capacidad que parece superar casi
sus mismos límites naturales: no sólo no está
limitada al conocimiento sensorial, desde el momento que puede
reflexionar críticamente sobre ello, sino que argumentando
sobre los datos de los sentidos puede incluso alcanzar la causa que
da lugar a toda realidad sensible. Con terminología filosófica
podríamos decir que en este importante texto paulino se afirma
la capacidad metafísica del hombre.
Según el Apóstol, en el
proyecto originario de la creación, la razón tenía
la capacidad de superar fácilmente el dato sensible para
alcanzar el origen mismo de todo: el Creador. Debido a la
desobediencia con la cual el hombre eligió situarse en plena y
absoluta autonomía respecto a Aquel que lo había
creado, quedó mermada esta facilidad de acceso a Dios creador.
El Libro del Génesis describe de
modo plástico esta condición del hombre cuando narra
que Dios lo puso en el jardín del Edén, en cuyo centro
estaba situado el « árbol de la ciencia del bien y del
mal » (2, 17). El símbolo es claro: el hombre no era
capaz de discernir y decidir por sí mismo lo que era bueno y
lo que era malo, sino que debía apelarse a un principio
superior. La ceguera del orgullo hizo creer a nuestros primeros
padres que eran soberanos y autónomos, y que podían
prescindir del conocimiento que deriva de Dios. En su desobediencia
originaria ellos involucraron a cada hombre y a cada mujer,
produciendo en la razón heridas que a partir de entonces
obstaculizarían el camino hacia la plena verdad. La capacidad
humana de conocer la verdad quedó ofuscada por la aversión
hacia Aquel que es fuente y origen de la verdad. El Apóstol
sigue mostrando cómo los pensamientos de los hombres, a causa
del pecado, fueron « vanos » y los razonamientos
distorsionados y orientados hacia lo falso (cf. Rm 1, 21-22).
Los ojos de la mente no eran ya capaces de ver con claridad:
progresivamente la razón se ha quedado prisionera de sí
misma. La venida de Cristo ha sido el acontecimiento de salvación
que ha redimido a la razón de su debilidad, librándola
de los cepos en los que ella misma se había encadenado.
23. La relación del cristiano
con la filosofía, pues, requiere un discernimiento radical. En
el Nuevo Testamento, especialmente en las Cartas de san Pablo, hay un
dato que sobresale con mucha claridad: la contraposición entre
« la sabiduría de este mundo » y la de Dios
revelada en Jesucristo. La profundidad de la sabiduría
revelada rompe nuestros esquemas habituales de reflexión, que
no son capaces de expresarla de manera adecuada.
El comienzo de la Primera Carta a los
Corintios presenta este dilema con radicalidad. El Hijo de Dios
crucificado es el acontecimiento histórico contra el cual se
estrella todo intento de la mente de construir sobre argumentaciones
solamente humanas una justificación suficiente del sentido de
la existencia. El verdadero punto central, que desafía toda
filosofía, es la muerte de Jesucristo en la cruz. En este
punto todo intento de reducir el plan salvador del Padre a pura
lógica humana está destinado al fracaso. « ¿Dónde
está el sabio? ¿Dónde el docto? ¿Dónde
el sofista de este mundo? ¿Acaso no entonteció Dios la
sabiduría del mundo? » (1 Co 1, 20) se pregunta
con énfasis el Apóstol. Para lo que Dios quiere llevar
a cabo ya no es posible la mera sabiduría del hombre sabio,
sino que se requiere dar un paso decisivo para acoger una novedad
radical: « Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo
para confundir a los sabios [...]. lo plebeyo y despreciable del
mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que
es » (1 Co 1, 27-28). La sabiduría del hombre
rehúsa ver en la propia debilidad el presupuesto de su fuerza;
pero san Pablo no duda en afirmar: « pues, cuando estoy débil,
entonces es cuando soy fuerte » (2 Co 12, 10). El hombre
no logra comprender cómo la muerte pueda ser fuente de vida y
de amor, pero Dios ha elegido para revelar el misterio de su designio
de salvación precisamente lo que la razón considera «
locura » y « escándalo ». Hablando el
lenguaje de los filósofos contemporáneos suyos, Pablo
alcanza el culmen de su enseñanza y de la paradoja que quiere
expresar: « Dios ha elegido en el mundo lo que es nada para
convertir en nada las cosas que son » (1 Co 1, 28). Para
poner de relieve la naturaleza de la gratuidad del amor revelado en
la Cruz de Cristo, el Apóstol no tiene miedo de usar el
lenguaje más radical que los filósofos empleaban en sus
reflexiones sobre Dios. La razón no puede vaciar el misterio
de amor que la Cruz representa, mientras que ésta puede dar a
la razón la respuesta última que busca. No es la
sabiduría de las palabras, sino la Palabra de la Sabiduría
lo que san Pablo pone como criterio de verdad, y a la vez, de
salvación.
La sabiduría de la Cruz, pues,
supera todo límite cultural que se le quiera imponer y obliga
a abrirse a la universalidad de la verdad, de la que es portadora.
¡Qué desafío más grande se le presenta a
nuestra razón y qué provecho obtiene si no se rinde! La
filosofía, que por sí misma es capaz de reconocer el
incesante transcenderse del hombre hacia la verdad, ayudada por la fe
puede abrirse a acoger en la « locura » de la Cruz la
auténtica crítica de los que creen poseer la verdad,
aprisionándola entre los recovecos de su sistema. La relación
entre fe y filosofía encuentra en la predicación de
Cristo crucificado y resucitado el escollo contra el cual puede
naufragar, pero por encima del cual puede desembocar en el océano
sin límites de la verdad. Aquí se evidencia la frontera
entre la razón y la fe, pero se aclara también el
espacio en el cual ambas pueden encontrarse.
CAPÍTULO III
INTELLEGO UT CREDAM
Caminando en busca de la verdad
24. Cuenta el evangelista Lucas en los
Hechos de los Apóstoles que, en sus viajes misioneros, Pablo
llegó a Atenas. La ciudad de los filósofos estaba llena
de estatuas que representaban diversos ídolos. Le llamó
la atención un altar y aprovechó enseguida la
oportunidad para ofrecer una base común sobre la cual iniciar
el anuncio del kerigma: « Atenienses —dijo—, veo
que vosotros sois, por todos los conceptos, los más
respetuosos de la divinidad. Pues al pasar y contemplar vuestros
monumentos sagrados, he encontrado también un altar en el que
estaba grabada esta inscripción: “Al Dios desconocido”.
Pues bien, lo que adoráis sin conocer, eso os vengo yo a
anunciar » (Hch 17, 22-23). A partir de este momento,
san Pablo habla de Dios como creador, como Aquél que
transciende todas las cosas y que ha dado la vida a todo. Continua
después su discurso de este modo: « El creó, de
un sólo principio, todo el linaje humano, para que habitase
sobre toda la faz de la tierra fijando los tiempos determinados y los
límites del lugar donde habían de habitar, con el fin
de que buscasen la divinidad, para ver si a tientas la buscaban y la
hallaban; por más que no se encuentra lejos de cada uno de
nosotros » (Hch 17, 26-27).
El Apóstol pone de relieve una
verdad que la Iglesia ha conservado siempre: en lo más
profundo del corazón del hombre está el deseo y la
nostalgia de Dios. Lo recuerda con énfasis también la
liturgia del Viernes Santo cuando, invitando a orar por los que no
creen, nos hace decir: « Dios todopoderoso y eterno, que
creaste a todos los hombres para que te busquen, y cuando te
encuentren, descansen en ti ».(22) Existe, pues, un camino que
el hombre, si quiere, puede recorrer; inicia con la capacidad de la
razón de levantarse más allá de lo contingente
para ir hacia lo infinito.
De diferentes modos y en diversos
tiempos el hombre ha demostrado que sabe expresar este deseo íntimo.
La literatura, la música, la pintura, la escultura, la
arquitectura y cualquier otro fruto de su inteligencia creadora se
convierten en cauces a través de los cuales puede manifestar
su afán de búsqueda. La filosofía ha asumido de
manera peculiar este movimiento y ha expresado, con sus medios y
según sus propias modalidades científicas, este deseo
universal del hombre.
25. « Todos los hombres desean
saber » (23) y la verdad es el objeto propio de este deseo.
Incluso la vida diaria muestra cuán interesado está
cada uno en descubrir, más allá de lo conocido de
oídas, cómo están verdaderamente las cosas. El
hombre es el único ser en toda la creación visible que
no sólo es capaz de saber, sino que sabe también que
sabe, y por eso se interesa por la verdad real de lo que se le
presenta. Nadie puede permanecer sinceramente indiferente a la verdad
de su saber. Si descubre que es falso, lo rechaza; en cambio, si
puede confirmar su verdad, se siente satisfecho. Es la lección
de san Agustín cuando escribe: « He encontrado muchos
que querían engañar, pero ninguno que quisiera dejarse
engañar ».(24) Con razón se considera que una
persona ha alcanzado la edad adulta cuando puede discernir, con los
propios medios, entre lo que es verdadero y lo que es falso,
formándose un juicio propio sobre la realidad objetiva de las
cosas. Este es el motivo de tantas investigaciones, particularmente
en el campo de las ciencias, que han llevado en los últimos
siglos a resultados tan significativos, favoreciendo un auténtico
progreso de toda la humanidad.
No menos importante que la
investigación en el ámbito teórico es la que se
lleva a cabo en el ámbito práctico: quiero aludir a la
búsqueda de la verdad en relación con el bien que hay
que realizar. En efecto, con el propio obrar ético la persona
actuando según su libre y recto querer, toma el camino de la
felicidad y tiende a la perfección. También en este
caso se trata de la verdad. He reafirmado esta convicción en
la Encíclica Veritatis splendor: « No existe
moral sin libertad [...]. Si existe el derecho de ser respetados en
el propio camino de búsqueda de la verdad, existe aún
antes la obligación moral, grave para cada uno, de buscar la
verdad y seguirla una vez conocida ».(25)
Es, pues, necesario que los valores
elegidos y que se persiguen con la propia vida sean verdaderos,
porque solamente los valores verdaderos pueden perfeccionar a la
persona realizando su naturaleza. El hombre encuentra esta verdad de
los valores no encerrándose en sí mismo, sino
abriéndose para acogerla incluso en las dimensiones que lo
transcienden. Ésta es una condición necesaria para que
cada uno llegue a ser sí mismo y crezca como persona adulta y
madura.
26. La verdad se presenta inicialmente
al hombre como un interrogante: ¿tiene sentido la vida?
¿hacia dónde se dirige? A primera vista, la
existencia personal podría presentarse como radicalmente
carente de sentido. No es necesario recurrir a los filósofos
del absurdo ni a las preguntas provocadoras que se encuentran en el
libro de Job para dudar del sentido de la vida. La experiencia diaria
del sufrimiento, propio y ajeno, la vista de tantos hechos que a la
luz de la razón parecen inexplicables, son suficientes para
hacer ineludible una pregunta tan dramática como la pregunta
sobre el sentido.(26) A esto se debe añadir que la primera
verdad absolutamente cierta de nuestra existencia, además del
hecho de que existimos, es lo inevitable de nuestra muerte. Frente a
este dato desconcertante se impone la búsqueda de una
respuesta exhaustiva. Cada uno quiere —y debe— conocer la
verdad sobre el propio fin. Quiere saber si la muerte será el
término definitivo de su existencia o si hay algo que
sobrepasa la muerte: si le está permitido esperar en una vida
posterior o no. Es significativo que el pensamiento filosófico
haya recibido una orientación decisiva de la muerte de
Sócrates que lo ha marcado desde hace más de dos
milenios. No es en absoluto casual, pues, que los filósofos
ante el hecho de la muerte se hayan planteado de nuevo este problema
junto con el del sentido de la vida y de la inmortalidad.
27. Nadie, ni el filósofo ni el
hombre corriente, puede substraerse a estas preguntas. De la
respuesta que se dé a las mismas depende una etapa decisiva de
la investigación: si es posible o no alcanzar una verdad
universal y absoluta. De por sí, toda verdad, incluso parcial,
si es realmente verdad, se presenta como universal. Lo que es verdad,
debe ser verdad para todos y siempre. Además de esta
universalidad, sin embargo, el hombre busca un absoluto que sea capaz
de dar respuesta y sentido a toda su búsqueda. Algo que sea
último y fundamento de todo lo demás. En otras
palabras, busca una explicación definitiva, un valor supremo,
más allá del cual no haya ni pueda haber interrogantes
o instancias posteriores. Las hipótesis pueden ser
fascinantes, pero no satisfacen. Para todos llega el momento en el
que, se quiera o no, es necesario enraizar la propia existencia en
una verdad reconocida como definitiva, que dé una certeza no
sometida ya a la duda.
Los filósofos, a lo largo de los
siglos, han tratado de descubrir y expresar esta verdad, dando vida a
un sistema o una escuela de pensamiento. Más allá de
los sistemas filosóficos, sin embargo, hay otras expresiones
en las cuales el hombre busca dar forma a una propia «
filosofía ». Se trata de convicciones o experiencias
personales, de tradiciones familiares o culturales o de itinerarios
existenciales en los cuales se confía en la autoridad de un
maestro. En cada una de estas manifestaciones lo que permanece es el
deseo de alcanzar la certeza de la verdad y de su valor absoluto.
Diversas facetas de la verdad en el
hombre
28. Es necesario reconocer que no
siempre la búsqueda de la verdad se presenta con esa
trasparencia ni de manera consecuente. El límite originario de
la razón y la inconstancia del corazón oscurecen a
menudo y desvían la búsqueda personal. Otros intereses
de diverso orden pueden condicionar la verdad. Más aún,
el hombre también la evita a veces en cuanto comienza a
divisarla, porque teme sus exigencias. Pero, a pesar de esto, incluso
cuando la evita, siempre es la verdad la que influencia su
existencia; en efecto, él nunca podría fundar la propia
vida sobre la duda, la incertidumbre o la mentira; tal existencia
estaría continuamente amenazada por el miedo y la angustia. Se
puede definir, pues, al hombre como aquél que busca la
verdad.
29. No se puede pensar que una búsqueda
tan profundamente enraizada en la naturaleza humana sea del todo
inútil y vana. La capacidad misma de buscar la verdad y de
plantear preguntas implica ya una primera respuesta. El hombre no
comenzaría a buscar lo que desconociese del todo o considerase
absolutamente inalcanzable. Sólo la perspectiva de poder
alcanzar una respuesta puede inducirlo a dar el primer paso. De hecho
esto es lo que sucede normalmente en la investigación
científica. Cuando un científico, siguiendo una
intuición suya, se pone a la búsqueda de la explicación
lógica y verificable de un fenómeno determinado, confía
desde el principio que encontrará una respuesta, y no se
detiene ante los fracasos. No considera inútil la intuición
originaria sólo porque no ha alcanzado el objetivo; más
bien dirá con razón que no ha encontrado aún la
respuesta adecuada.
Esto mismo es válido también
para la investigación de la verdad en el ámbito de las
cuestiones últimas. La sed de verdad está tan radicada
en el corazón del hombre que tener que prescindir de ella
comprometería la existencia. Es suficiente, en definitiva,
observar la vida cotidiana para constatar cómo cada uno de
nosotros lleva en sí mismo la urgencia de algunas preguntas
esenciales y a la vez abriga en su interior al menos un atisbo de las
correspondientes respuestas. Son respuestas de cuya verdad se está
convencido, incluso porque se experimenta que, en sustancia, no se
diferencian de las respuestas a las que han llegado otros muchos. Es
cierto que no toda verdad alcanzada posee el mismo valor. Del
conjunto de los resultados logrados, sin embargo, se confirma la
capacidad que el ser humano tiene de llegar, en línea de
máxima, a la verdad.
30. En este momento puede ser útil
hacer una rápida referencia a estas diversas formas de verdad.
Las más numerosas son las que se apoyan sobre evidencias
inmediatas o confirmadas experimentalmente. Éste es el orden
de verdad propio de la vida diaria y de la investigación
científica. En otro nivel se encuentran las verdades de
carácter filosófico, a las que el hombre llega mediante
la capacidad especulativa de su intelecto. En fin están las
verdades religiosas, que en cierta medida hunden sus raíces
también en la filosofía. Éstas están
contenidas en las respuestas que las diversas religiones ofrecen en
sus tradiciones a las cuestiones últimas.(27)
En cuanto a las verdades filosóficas,
hay que precisar que no se limitan a las meras doctrinas, algunas
veces efímeras, de los filósofos de profesión.
Cada hombre, como ya he dicho, es, en cierto modo, filósofo y
posee concepciones filosóficas propias con las cuales orienta
su vida. De un modo u otro, se forma una visión global y una
respuesta sobre el sentido de la propia existencia. Con esta luz
interpreta sus vicisitudes personales y regula su comportamiento. Es
aquí donde debería plantearse la pregunta sobre la
relación entre las verdades filosófico-religiosas y la
verdad revelada en Jesucristo. Antes de contestar a esta cuestión
es oportuno valorar otro dato más de la filosofía.
31. El hombre no ha sido creado para
vivir solo. Nace y crece en una familia para insertarse más
tarde con su trabajo en la sociedad. Desde el nacimiento, pues, está
inmerso en varias tradiciones, de las cuales recibe no sólo el
lenguaje y la formación cultural, sino también muchas
verdades en las que, casi instintivamente, cree. De todos modos el
crecimiento y la maduración personal implican que estas mismas
verdades puedan ser puestas en duda y discutidas por medio de la
peculiar actividad crítica del pensamiento. Esto no quita que,
tras este paso, las mismas verdades sean « recuperadas »
sobre la base de la experiencia llevada que se ha tenido o en virtud
de un razonamiento sucesivo. A pesar de ello, en la vida de un hombre
las verdades simplemente creídas son mucho más
numerosas que las adquiridas mediante la constatación
personal. En efecto, ¿quién sería capaz de
discutir críticamente los innumerables resultados de las
ciencias sobre las que se basa la vida moderna? ¿quién
podría controlar por su cuenta el flujo de informaciones que
día a día se reciben de todas las partes del mundo y
que se aceptan en línea de máxima como verdaderas?
Finalmente, ¿quién podría reconstruir los
procesos de experiencia y de pensamiento por los cuales se han
acumulado los tesoros de la sabiduría y de religiosidad de la
humanidad? El hombre, ser que busca la verdad, es pues también
aquél que vive de creencias.
32. Cada uno, al creer, confía
en los conocimientos adquiridos por otras personas. En ello se puede
percibir una tensión significativa: por una parte el
conocimiento a través de una creencia parece una forma
imperfecta de conocimiento, que debe perfeccionarse progresivamente
mediante la evidencia lograda personalmente; por otra, la creencia
con frecuencia resulta más rica desde el punto de vista humano
que la simple evidencia, porque incluye una relación
interpersonal y pone en juego no sólo las posibilidades
cognoscitivas, sino también la capacidad más radical de
confiar en otras personas, entrando así en una relación
más estable e íntima con ellas.
Se ha de destacar que las verdades
buscadas en esta relación interpersonal no pertenecen
primariamente al orden fáctico o filosófico. Lo que se
pretende, más que nada, es la verdad misma de la persona: lo
que ella es y lo que manifiesta de su propio interior. En efecto, la
perfección del hombre no está en la mera adquisición
del conocimiento abstracto de la verdad, sino que consiste también
en una relación viva de entrega y fidelidad hacia el otro. En
esta fidelidad que sabe darse, el hombre encuentra plena certeza y
seguridad. Al mismo tiempo, el conocimiento por creencia, que se
funda sobre la confianza interpersonal, está en relación
con la verdad: el hombre, creyendo, confía en la verdad que el
otro le manifiesta.
¡Cuántos ejemplos se
podrían poner para ilustrar este dato! Pienso ante todo en el
testimonio de los mártires. El mártir, en efecto, es el
testigo más auténtico de la verdad sobre la existencia.
Él sabe que ha hallado en el encuentro con Jesucristo la
verdad sobre su vida y nada ni nadie podrá arrebatarle jamás
esta certeza. Ni el sufrimiento ni la muerte violenta lo harán
apartar de la adhesión a la verdad que ha descubierto en su
encuentro con Cristo. Por eso el testimonio de los mártires
atrae, es aceptado, escuchado y seguido hasta en nuestros días.
Ésta es la razón por la cual nos fiamos de su palabra:
se percibe en ellos la evidencia de un amor que no tiene necesidad de
largas argumentaciones para convencer, desde el momento en que habla
a cada uno de lo que él ya percibe en su interior como
verdadero y buscado desde tanto tiempo. En definitiva, el mártir
suscita en nosotros una gran confianza, porque dice lo que nosotros
ya sentimos y hace evidente lo que también quisiéramos
tener la fuerza de expresar.
33. Se puede ver así que los
términos del problema van completándose
progresivamente. El hombre, por su naturaleza, busca la verdad. Esta
búsqueda no está destinada sólo a la conquista
de verdades parciales, factuales o científicas; no busca sólo
el verdadero bien para cada una de sus decisiones. Su búsqueda
tiende hacia una verdad ulterior que pueda explicar el sentido de la
vida; por eso es una búsqueda que no puede encontrar solución
si no es en el absoluto.(28) Gracias a la capacidad del pensamiento,
el hombre puede encontrar y reconocer esta verdad. En cuanto vital y
esencial para su existencia, esta verdad se logra no sólo por
vía racional, sino también mediante el abandono
confiado en otras personas, que pueden garantizar la certeza y la
autenticidad de la verdad misma. La capacidad y la opción de
confiarse uno mismo y la propia vida a otra persona constituyen
ciertamente uno de los actos antropológicamente más
significativos y expresivos.
No se ha de olvidar que también
la razón necesita ser sostenida en su búsqueda por un
diálogo confiado y una amistad sincera. El clima de sospecha y
de desconfianza, que a veces rodea la investigación
especulativa, olvida la enseñanza de los filósofos
antiguos, quienes consideraban la amistad como uno de los contextos
más adecuados para el buen filosofar.
De todo lo que he dicho hasta aquí
resulta que el hombre se encuentra en un camino de búsqueda,
humanamente interminable: búsqueda de verdad y búsqueda
de una persona de quien fiarse. La fe cristiana le ayuda ofreciéndole
la posibilidad concreta de ver realizado el objetivo de esta
búsqueda. En efecto, superando el estadio de la simple
creencia la fe cristiana coloca al hombre en ese orden de gracia que
le permite participar en el misterio de Cristo, en el cual se le
ofrece el conocimiento verdadero y coherente de Dios Uno y Trino.
Así, en Jesucristo, que es la Verdad, la fe reconoce la
llamada última dirigida a la humanidad para que pueda llevar a
cabo lo que experimenta como deseo y nostalgia.
34. Esta verdad, que Dios nos revela en
Jesucristo, no está en contraste con las verdades que se
alcanzan filosofando. Más bien los dos órdenes de
conocimiento conducen a la verdad en su plenitud. La unidad de la
verdad es ya un postulado fundamental de la razón humana,
expresado en el principio de no contradicción. La Revelación
da la certeza de esta unidad, mostrando que el Dios creador es
también el Dios de la historia de la salvación. El
mismo e idéntico Dios, que fundamenta y garantiza que sea
inteligible y racional el orden natural de las cosas sobre las que se
apoyan los científicos confiados,(29) es el mismo que se
revela como Padre de nuestro Señor Jesucristo. Esta unidad de
la verdad, natural y revelada, tiene su identificación viva y
personal en Cristo, como nos recuerda el Apóstol: «
Habéis sido enseñados conforme a la verdad de Jesús
» (Ef 4, 21; cf. Col 1, 15-20). Él es la
Palabra eterna, en quien todo ha sido creado, y a la vez es la
Palabra encarnada, que en toda su persona (30) revela al Padre
(cf. Jn 1, 14.18). Lo que la razón humana busca «
sin conocerlo » (Hch 17, 23), puede ser encontrado sólo
por medio de Cristo: lo que en Él se revela, en efecto, es la
« plena verdad » (cf. Jn 1, 14-16) de todo ser que
en Él y por Él ha sido creado y después
encuentra en Él su plenitud (cf. Col 1, 17).
35. Sobre la base de estas
consideraciones generales, es necesario examinar ahora de modo más
directo la relación entre la verdad revelada y la filosofía.
Esta relación impone una doble consideración, en cuanto
que la verdad que nos llega por la Revelación es, al mismo
tiempo, una verdad que debe ser comprendida a la luz de la razón.
Sólo en esta doble acepción, en efecto, es posible
precisar la justa relación de la verdad revelada con el saber
filosófico. Consideramos, por tanto, en primer lugar la
relación entre la fe y la filosofía en el curso de la
historia. Desde aquí será posible indicar algunos
principios, que constituyen los puntos de referencia en los que
basarse para establecer la correcta relación entre los dos
órdenes de conocimiento.
CAPÍTULO IV
RELACIÓN
ENTRE LA FE Y LA
RAZÓN
Etapas más significativas en el
encuentro entre la fe y la razón
36. Según el testimonio de los
Hechos de los Apóstoles, el anuncio cristiano tuvo que
confrontarse desde el inicio con las corrientes filosóficas de
la época. El mismo libro narra la discusión que san
Pablo tuvo en Atenas con « algunos filósofos epicúreos
y estoicos » (17, 18). El análisis exegético del
discurso en el Areópago ha puesto de relieve repetidas
alusiones a convicciones populares sobre todo de origen estoico.
Ciertamente esto no era casual. Los primeros cristianos para hacerse
comprender por los paganos no podían referirse sólo a «
Moisés y los profetas »; debían también
apoyarse en el conocimiento natural de Dios y en la voz de la
conciencia moral de cada hombre (cf. Rm 1, 19-21; 2, 14-15;
Hch 14, 16-17). Sin embargo, como este conocimiento natural
había degenerado en idolatría en la religión
pagana (cf. Rm 1, 21-32), el Apóstol considera más
oportuno relacionar su argumentación con el pensamiento de los
filósofos, que desde siempre habían opuesto a los mitos
y a los cultos mistéricos conceptos más respetuosos de
la trascendencia divina.
En efecto, uno de los mayores esfuerzos
realizados por los filósofos del pensamiento clásico
fue purificar de formas mitológicas la concepción que
los hombres tenían de Dios. Como sabemos, también la
religión griega, al igual que gran parte de las religiones
cósmicas, era politeísta, llegando incluso a divinizar
objetos y fenómenos de la naturaleza. Los intentos del hombre
por comprender el origen de los dioses y, en ellos, del universo
encontraron su primera expresión en la poesía. Las
teogonías permanecen hasta hoy como el primer testimonio de
esta búsqueda del hombre. Fue tarea de los padres de la
filosofía mostrar el vínculo entre la razón y la
religión. Dirigiendo la mirada hacia los principios
universales, no se contentaron con los mitos antiguos, sino que
quisieron dar fundamento racional a su creencia en la divinidad. Se
inició así un camino que, abandonando las tradiciones
antiguas particulares, se abría a un proceso más
conforme a las exigencias de la razón universal. El objetivo
que dicho proceso buscaba era la conciencia crítica de aquello
en lo que se creía. El concepto de la divinidad fue el primero
que se benefició de este camino. Las supersticiones fueron
reconocidas como tales y la religión se purificó, al
menos en parte, mediante el análisis racional. Sobre esta base
los Padres de la Iglesia comenzaron un diálogo fecundo con los
filósofos antiguos, abriendo el camino al anuncio y a la
comprensión del Dios de Jesucristo.
37. Al referirme a este movimiento de
acercamiento de los cristianos a la filosofía, es obligado
recordar también la actitud de cautela que suscitaban en ellos
otros elementos del mundo cultural pagano, como por ejemplo la
gnosis. La filosofía, en cuanto sabiduría práctica
y escuela de vida, podía ser confundida fácilmente con
un conocimiento de tipo superior, esotérico, reservado a unos
pocos perfectos. En este tipo de especulaciones esotéricas
piensa sin duda san Pablo cuando pone en guardia a los Colosenses: «
Mirad que nadie os esclavice mediante la vana falacia de una
filosofía, fundada en tradiciones humanas, según los
elementos del mundo y no según Cristo » (2, 8). Qué
actuales son las palabras del Apóstol si las referimos a las
diversas formas de esoterismo que se difunden hoy incluso entre
algunos creyentes, carentes del debido sentido crítico.
Siguiendo las huellas de san Pablo, otros escritores de los primeros
siglos, en particular san Ireneo y Tertuliano, manifiestan a su vez
ciertas reservas frente a una visión cultural que pretendía
subordinar la verdad de la Revelación a las interpretaciones
de los filósofos.
38. El encuentro del cristianismo con
la filosofía no fue pues inmediato ni fácil. La
práctica de la filosofía y la asistencia a sus escuelas
eran para los primeros cristianos más un inconveniente que una
ayuda. Para ellos, la primera y más urgente tarea era el
anuncio de Cristo resucitado mediante un encuentro personal capaz de
llevar al interlocutor a la conversión del corazón y a
la petición del Bautismo. Sin embargo, esto no quiere decir
que ignorasen el deber de profundizar la comprensión de la fe
y sus motivaciones. Todo lo contrario. Resulta injusta e infundada la
crítica de Celso, que acusa a los cristianos de ser gente «
iletrada y ruda ».(31) La explicación de su desinterés
inicial hay que buscarla en otra parte. En realidad, el encuentro con
el Evangelio ofrecía una respuesta tan satisfactoria a la
cuestión, hasta entonces no resulta, sobre el sentido de la
vida, que el seguimiento de los filósofos les parecía
como algo lejano y, en ciertos aspectos, superado.
Esto resulta hoy aún más
claro si se piensa en la aportación del cristianismo que
afirma el derecho universal de acceso a la verdad. Abatidas las
barreras raciales, sociales y sexuales, el cristianismo había
anunciado desde sus inicios la igualdad de todos los hombres ante
Dios. La primera consecuencia de esta concepción se aplicaba
al tema de la verdad. Quedaba completamente superado el carácter
elitista que su búsqueda tenía entre los antiguos, ya
que siendo el acceso a la verdad un bien que permite llegar a Dios,
todos deben poder recorrer este camino. Las vías para alcanzar
la verdad siguen siendo muchas; sin embargo, como la verdad cristiana
tiene un valor salvífico, cualquiera de estas vías
puede seguirse con tal de que conduzca a la meta final, es decir, a
la revelación de Jesucristo.
Un pionero del encuentro positivo con
el pensamiento filosófico, aunque bajo el signo de un cauto
discernimiento, fue san Justino, quien, conservando después de
la conversión una gran estima por la filosofía griega,
afirmaba con fuerza y claridad que en el cristianismo había
encontrado « la única filosofía segura y
provechosa ».(32) De modo parecido, Clemente de Alejandría
llamaba al Evangelio « la verdadera filosofía »,(33)
e interpretaba la filosofía en analogía con la ley
mosaica como una instrucción propedéutica a la fe
cristiana (34) y una preparación para el Evangelio.(35) Puesto
que « esta es la sabiduría que desea la filosofía;
la rectitud del alma, la de la razón y la pureza de la vida.
La filosofía está en una actitud de amor ardoroso a la
sabiduría y no perdona esfuerzo por obtenerla. Entre nosotros
se llaman filósofos los que aman la sabiduría del
Creador y Maestro universal, es decir, el conocimiento del Hijo de
Dios ».(36) La filosofía griega, para este autor, no
tiene como primer objetivo completar o reforzar la verdad cristiana;
su cometido es, más bien, la defensa de la fe: « La
enseñanza del Salvador es perfecta y nada le falta, por que es
fuerza y sabiduría de Dios; en cambio, la filosofía
griega con su tributo no hace más sólida la verdad;
pero haciendo impotente el ataque de la sofística e impidiendo
las emboscadas fraudulentas de la verdad, se dice que es con
propiedad empalizada y muro de la viña ».(37)
39. En la historia de este proceso es
posible verificar la recepción crítica del pensamiento
filosófico por parte de los pensadores cristianos. Entre los
primeros ejemplos que se pueden encontrar, es ciertamente
significativa la figura de Orígenes. Contra los ataques
lanzados por el filósofo Celso, Orígenes asume la
filosofía platónica para argumentar y responderle.
Refiriéndose a no pocos elementos del pensamiento platónico,
comienza a elaborar una primera forma de teología cristiana.
En efecto, tanto el nombre mismo como la idea de teología en
cuanto reflexión racional sobre Dios estaban ligados todavía
hasta ese momento a su origen griego. En la filosofía
aristotélica, por ejemplo, con este nombre se referían
a la parte más noble y al verdadero culmen de la reflexión
filosófica. Sin embargo, a la luz de la Revelación
cristiana lo que anteriormente designaba una doctrina genérica
sobre la divinidad adquirió un significado del todo nuevo, en
cuanto definía la reflexión que el creyente realizaba
para expresar la verdadera doctrina sobre Dios. Este nuevo
pensamiento cristiano que se estaba desarrollando hacía uso de
la filosofía, pero al mismo tiempo tendía a
distinguirse claramente de ella. La historia muestra cómo
hasta el mismo pensamiento platónico asumido en la teología
sufrió profundas transformaciones, en particular por lo que se
refiere a conceptos como la inmortalidad del alma, la divinización
del hombre y el origen del mal.
40. En esta obra de cristianización
del pensamiento platónico y neoplatónico, merecen una
mención particular los Padres Capadocios, Dionisio el
Areopagita y, sobre todo, san Agustín. El gran Doctor
occidental había tenido contactos con diversas escuelas
filosóficas, pero todas le habían decepcionado. Cuando
se encontró con la verdad de la fe cristiana, tuvo la fuerza
de realizar aquella conversión radical a la que los filósofos
frecuentados anteriormente no habían conseguido encaminarlo.
El motivo lo cuenta él mismo: « Sin embargo, desde esta
época empecé ya a dar preferencia a la doctrina
católica, porque me parecía que aquí se mandaba
con más modestia, y de ningún modo falazmente, creer lo
que no se demostraba —fuese porque, aunque existiesen las
pruebas, no había sujeto capaz de ellas, fuese porque no
existiesen—, que no allí, en donde se despreciaba la fe
y se prometía con temeraria arrogancia la ciencia y luego se
obligaba a creer una infinidad de fábulas absurdísimas
que no podían demostrar ».(38) A los mismos platónicos,
a quienes mencionaba de modo privilegiado, Agustín reprochaba
que, aun habiendo conocido la meta hacia la que tender, habían
ignorado sin embargo el camino que conduce a ella: el Verbo
encarnado.(39) El Obispo de Hipona consiguió hacer la primera
gran síntesis del pensamiento filosófico y teológico
en la que confluían las corrientes del pensamiento griego y
latino. En él además la gran unidad del saber, que
encontraba su fundamento en el pensamiento bíblico, fue
confirmada y sostenida por la profundidad del pensamiento
especulativo. La síntesis llevada a cabo por san Agustín
sería durante siglos la forma más elevada de
especulación filosófica y teológica que el
Occidente haya conocido. Gracias a su historia personal y ayudado por
una admirable santidad de vida, fue capaz de introducir en sus obras
multitud de datos que, haciendo referencia a la experiencia,
anunciaban futuros desarrollos de algunas corrientes filosóficas.
41. Varias han sido pues las formas con
que los Padres de Oriente y de Occidente han entrado en contacto con
las escuelas filosóficas. Esto no significa que hayan
identificado el contenido de su mensaje con los sistemas a que hacían
referencia. La pregunta de Tertuliano: « ¿Qué
tienen en común Atenas y Jerusalén? ¿La Academia
y la Iglesia? »,(40) es claro indicio de la conciencia crítica
con que los pensadores cristianos, desde el principio, afrontaron el
problema de la relación entre la fe y la filosofía,
considerándolo globalmente en sus aspectos positivos y en sus
límites. No eran pensadores ingenuos. Precisamente porque
vivían con intensidad el contenido de la fe, sabían
llegar a las formas más profundas de la especulación.
Por consiguiente, es injusto y reductivo limitar su obra a la sola
transposición de las verdades de la fe en categorías
filosóficas. Hicieron mucho más. En efecto, fueron
capaces de sacar a la luz plenamente lo que todavía permanecía
implícito y propedéutico en el pensamiento de los
grandes filósofos antiguos.(41) Estos, como ya he dicho,
habían mostrado cómo la razón, liberada de las
ataduras externas, podía salir del callejón ciego de
los mitos, para abrirse de forma más adecuada a la
trascendencia. Así pues, una razón purificada y recta
era capaz de llegar a los niveles más altos de la reflexión,
dando un fundamento sólido a la percepción del ser, de
lo trascendente y de lo absoluto.
Justamente aquí está la
novedad alcanzada por los Padres. Ellos acogieron plenamente la razón
abierta a lo absoluto y en ella incorporaron la riqueza de la
Revelación. El encuentro no fue sólo entre culturas,
donde tal vez una es seducida por el atractivo de otra, sino que tuvo
lugar en lo profundo de los espíritus, siendo un encuentro
entre la criatura y el Creador. Sobrepasando el fin mismo hacia el
que inconscientemente tendía por su naturaleza, la razón
pudo alcanzar el bien sumo y la verdad suprema en la persona del
Verbo encarnado. Ante las filosofías, los Padres no tuvieron
miedo, sin embargo, de reconocer tanto los elementos comunes como las
diferencias que presentaban con la Revelación. Ser conscientes
de las convergencias no ofuscaba en ellos el reconocimiento de las
diferencias.
42. En la teología escolástica
el papel de la razón educada filosóficamente llega a
ser aún más visible bajo el empuje de la interpretación
anselmiana del intellectus fidei. Para el santo Arzobispo de
Canterbury la prioridad de la fe no es incompatible con la búsqueda
propia de la razón. En efecto, ésta no está
llamada a expresar un juicio sobre los contenidos de la fe, siendo
incapaz de hacerlo por no ser idónea para ello. Su tarea, más
bien, es saber encontrar un sentido y descubrir las razones que
permitan a todos entender los contenidos de la fe. San Anselmo
acentúa el hecho de que el intelecto debe ir en búsqueda
de lo que ama: cuanto más ama, más desea conocer. Quien
vive para la verdad tiende hacia una forma de conocimiento que se
inflama cada vez más de amor por lo que conoce, aun debiendo
admitir que no ha hecho todavía todo lo que desearía: «
Ad te videndum factus sum; et nondum feci propter quod factus sum
».(42) El deseo de la verdad mueve, pues, a la razón a
ir siempre más allá; queda incluso como abrumada al
constatar que su capacidad es siempre mayor que lo que alcanza. En
este punto, sin embargo, la razón es capaz de descubrir dónde
está el final de su camino: « Yo creo que basta a aquel
que somete a un examen reflexivo un principio incomprensible alcanzar
por el raciocinio su certidumbre inquebrantable, aunque no pueda por
el pensamiento concebir el cómo de su existencia [...]. Ahora
bien, ¿qué puede haber de más incomprensible, de
más inefable que lo que está por encima de todas las
cosas? Por lo cual, si todo lo que hemos establecido hasta este
momento sobre la esencia suprema está apoyado con razones
necesarias, aunque el espíritu no pueda comprenderlo, hasta el
punto de explicarlo fácilmente con palabras simples, no por
eso, sin embargo, sufre quebranto la sólida base de esta
certidumbre. En efecto, si una reflexión precedente ha
comprendido de modo racional que es incomprensible (rationabiliter
comprehendit incomprehensibile esse) » el modo en que la
suprema sabiduría sabe lo que ha hecho [...], ¿quién
puede explicar cómo se conoce y se llama ella misma, de la
cual el hombre no puede saber nada o casi nada ».(43)
Se confirma una vez más la
armonía fundamental del conocimiento filosófico y el de
la fe: la fe requiere que su objeto sea comprendido con la ayuda de
la razón; la razón, en el culmen de su búsqueda,
admite como necesario lo que la fe le presenta.
Novedad perenne del pensamiento de
santo Tomás de Aquino
43. Un puesto singular en este largo
camino corresponde a santo Tomás, no sólo por el
contenido de su doctrina, sino también por la relación
dialogal que supo establecer con el pensamiento árabe y hebreo
de su tiempo. En una época en la que los pensadores cristianos
descubrieron los tesoros de la filosofía antigua, y más
concretamente aristotélica, tuvo el gran mérito de
destacar la armonía que existe entre la razón y la fe.
Argumentaba que la luz de la razón y la luz de la fe proceden
ambas de Dios; por tanto, no pueden contradecirse entre sí.(44)
Más radicalmente, Tomás
reconoce que la naturaleza, objeto propio de la filosofía,
puede contribuir a la comprensión de la revelación
divina. La fe, por tanto, no teme la razón, sino que la busca
y confía en ella. Como la gracia supone la naturaleza y la
perfecciona,(45) así la fe supone y perfecciona la razón.
Esta última, iluminada por la fe, es liberada de la fragilidad
y de los límites que derivan de la desobediencia del pecado y
encuentra la fuerza necesaria para elevarse al conocimiento del
misterio de Dios Uno y Trino. Aun señalando con fuerza el
carácter sobrenatural de la fe, el Doctor Angélico no
ha olvidado el valor de su carácter racional; sino que ha
sabido profundizar y precisar este sentido. En efecto, la fe es de
algún modo « ejercicio del pensamiento »; la razón
del hombre no queda anulada ni se envilece dando su asentimiento a
los contenidos de la fe, que en todo caso se alcanzan mediante una
opción libre y consciente.(46)
Precisamente por este motivo la Iglesia
ha propuesto siempre a santo Tomás como maestro de pensamiento
y modelo del modo correcto de hacer teología. En este
contexto, deseo recordar lo que escribió mi predecesor, el
siervo de Dios Pablo VI, con ocasión del séptimo
centenario de la muerte del Doctor Angélico: « No cabe
duda que santo Tomás poseyó en grado eximio audacia
para la búsqueda de la verdad, libertad de espíritu
para afrontar problemas nuevos y la honradez intelectual propia de
quien, no tolerando que el cristianismo se contamine con la filosofía
pagana, sin embargo no rechaza a priori esta filosofía. Por
eso ha pasado a la historia del pensamiento cristiano como precursor
del nuevo rumbo de la filosofía y de la cultura universal. El
punto capital y como el meollo de la solución casi profética
a la nueva confrontación entre la razón y la fe,
consiste en conciliar la secularidad del mundo con las exigencias
radicales del Evangelio, sustrayéndose así a la
tendencia innatural de despreciar el mundo y sus valores, pero sin
eludir las exigencias supremas e inflexibles del orden sobrenatural
».(47)
44. Una de las grandes intuiciones de
santo Tomás es la que se refiere al papel que el Espíritu
Santo realiza haciendo madurar en sabiduría la ciencia humana.
Desde las primeras páginas de su Summa Theologiae (48)
el Aquinate quiere mostrar la primacía de aquella sabiduría
que es don del Espíritu Santo e introduce en el conocimiento
de las realidades divinas. Su teología permite comprender la
peculiaridad de la sabiduría en su estrecho vínculo con
la fe y el conocimiento de lo divino. Ella conoce por connaturalidad,
presupone la fe y formula su recto juicio a partir de la verdad de la
fe misma: « La sabiduría, don del Espíritu Santo,
difiere de la que es virtud intelectual adquirida. Pues ésta
se adquiere con esfuerzo humano, y aquélla viene de arriba,
como Santiago dice. De la misma manera difiere también de la
fe, porque la fe asiente a la verdad divina por sí misma; mas
el juicio conforme con la verdad divina pertenece al don de la
sabiduría ».(49)
La prioridad reconocida a esta
sabiduría no hace olvidar, sin embargo, al Doctor Angélico
la presencia de otras dos formas de sabiduría complementarias:
la filosófica, basada en la capacidad del intelecto
para indagar la realidad dentro de sus límites connaturales, y
la teológica, fundamentada en la Revelación y
que examina los contenidos de la fe, llegando al misterio mismo de
Dios.
Convencido profundamente de que «
omne verum a quocumque dicatur a Spiritu Sancto est »,(50)
santo Tomás amó de manera desinteresada la verdad. La
buscó allí donde pudiera manifestarse, poniendo de
relieve al máximo su universalidad. El Magisterio de la
Iglesia ha visto y apreciado en él la pasión por la
verdad; su pensamiento, al mantenerse siempre en el horizonte de la
verdad universal, objetiva y trascendente, alcanzó «
cotas que la inteligencia humana jamás podría haber
pensado ».(51) Con razón, pues, se le puede llamar «
apóstol de la verdad ».(52) Precisamente porque la
buscaba sin reservas, supo reconocer en su realismo la objetividad de
la verdad. Su filosofía es verdaderamente la filosofía
del ser y no del simple parecer.
El drama de la separación entre
fe y razón
45. Con la aparición de las
primeras universidades, la teología se confrontaba más
directamente con otras formas de investigación y del saber
científico. San Alberto Magno y santo Tomás, aun
manteniendo un vínculo orgánico entre la teología
y la filosofía, fueron los primeros que reconocieron la
necesaria autonomía que la filosofía y las ciencias
necesitan para dedicarse eficazmente a sus respectivos campos de
investigación. Sin embargo, a partir de la baja Edad Media la
legítima distinción entre los dos saberes se transformó
progresivamente en una nefasta separación. Debido al excesivo
espíritu racionalista de algunos pensadores, se radicalizaron
las posturas, llegándose de hecho a una filosofía
separada y absolutamente autónoma respecto a los contenidos de
la fe. Entre las consecuencias de esta separación está
el recelo cada vez mayor hacia la razón misma. Algunos
comenzaron a profesar una desconfianza general, escéptica y
agnóstica, bien para reservar mayor espacio a la fe, o bien
para desacreditar cualquier referencia racional posible a la misma.
En resumen, lo que el pensamiento
patrístico y medieval había concebido y realizado como
unidad profunda, generadora de un conocimiento capaz de llegar a las
formas más altas de la especulación, fue destruido de
hecho por los sistemas que asumieron la posición de un
conocimiento racional separado de la fe o alternativo a ella.
46. Las radicalizaciones más
influyentes son conocidas y bien visibles, sobre todo en la historia
de Occidente. No es exagerado afirmar que buena parte del pensamiento
filosófico moderno se ha desarrollado alejándose
progresivamente de la Revelación cristiana, hasta llegar a
contraposiciones explícitas. En el siglo pasado, este
movimiento alcanzó su culmen. Algunos representantes del
idealismo intentaron de diversos modos transformar la fe y sus
contenidos, incluso el misterio de la muerte y resurrección de
Jesucristo, en estructuras dialécticas concebibles
racionalmente. A este pensamiento se opusieron diferentes formas de
humanismo ateo, elaboradas filosóficamente, que presentaron la
fe como nociva y alienante para el desarrollo de la plena
racionalidad. No tuvieron reparo en presentarse como nuevas
religiones creando la base de proyectos que, en el plano político
y social, desembocaron en sistemas totalitarios traumáticos
para la humanidad.
En el ámbito de la investigación
científica se ha ido imponiendo una mentalidad positivista
que, no sólo se ha alejado de cualquier referencia a la visión
cristiana del mundo, sino que, y principalmente, ha olvidado toda
relación con la visión metafísica y moral.
Consecuencia de esto es que algunos científicos, carentes de
toda referencia ética, tienen el peligro de no poner ya en el
centro de su interés la persona y la globalidad de su vida.
Más aún, algunos de ellos, conscientes de las
potencialidades inherentes al progreso técnico, parece que
ceden, no sólo a la lógica del mercado, sino también
a la tentación de un poder demiúrgico sobre la
naturaleza y sobre el ser humano mismo.
Además, como consecuencia de la
crisis del racionalismo, ha cobrado entidad el nihilismo. Como
filosofía de la nada, logra tener cierto atractivo entre
nuestros contemporáneos. Sus seguidores teorizan sobre la
investigación como fin en sí misma, sin esperanza ni
posibilidad alguna de alcanzar la meta de la verdad. En la
interpretación nihilista la existencia es sólo una
oportunidad para sensaciones y experiencias en las que tiene la
primacía lo efímero. El nihilismo está en el
origen de la difundida mentalidad según la cual no se debe
asumir ningún compromiso definitivo, ya que todo es fugaz y
provisional.
47. Por otra parte, no debe olvidarse
que en la cultura moderna ha cambiado el papel mismo de la filosofía.
De sabiduría y saber universal, se ha ido reduciendo
progresivamente a una de tantas parcelas del saber humano; más
aún, en algunos aspectos se la ha limitado a un papel del todo
marginal. Mientras, otras formas de racionalidad se han ido afirmando
cada vez con mayor relieve, destacando el carácter marginal
del saber filosófico. Estas formas de racionalidad, en vez de
tender a la contemplación de la verdad y a la búsqueda
del fin último y del sentido de la vida, están
orientadas —o, al menos, pueden orientarse— como «
razón instrumental » al servicio de fines utilitaristas,
de placer o de poder.
Desde mi primera Encíclica he
señalado el peligro de absolutizar este camino, al afirmar: «
El hombre actual parece estar siempre amenazado por lo que produce,
es decir, por el resultado del trabajo de sus manos y más aún
por el trabajo de su entendimiento, de las tendencias de su voluntad.
Los frutos de esta múltiple actividad del hombre se traducen
muy pronto y de manera a veces imprevisible en objeto de
“alienación”, es decir, son pura y simplemente
arrebatados a quien los ha producido; pero, al menos parcialmente, en
la línea indirecta de sus efectos, esos frutos se vuelven
contra el mismo hombre; ellos están dirigidos o pueden ser
dirigidos contra él. En esto parece consistir el capítulo
principal del drama de la existencia humana contemporánea en
su dimensión más amplia y universal. El hombre por
tanto vive cada vez más en el miedo. Teme que sus productos,
naturalmente no todos y no la mayor parte, sino algunos y
precisamente los que contienen una parte especial de su genialidad y
de su iniciativa, puedan ser dirigidos de manera radical contra él
mismo ».(53)
En la línea de estas
transformaciones culturales, algunos filósofos, abandonando la
búsqueda de la verdad por sí misma, han adoptado como
único objetivo el lograr la certeza subjetiva o la utilidad
práctica. De aquí se desprende como consecuencia el
ofuscamiento de la auténtica dignidad de la razón, que
ya no es capaz de conocer lo verdadero y de buscar lo absoluto.
48. En este último período
de la historia de la filosofía se constata, pues, una
progresiva separación entre la fe y la razón
filosófica. Es cierto que, si se observa atentamente, incluso
en la reflexión filosófica de aquellos que han
contribuido a aumentar la distancia entre fe y razón aparecen
a veces gérmenes preciosos de pensamiento que, profundizados y
desarrollados con rectitud de mente y corazón, pueden ayudar a
descubrir el camino de la verdad. Estos gérmenes de
pensamiento se encuentran, por ejemplo, en los análisis
profundos sobre la percepción y la experiencia, lo imaginario
y el inconsciente, la personalidad y la intersubjetividad, la
libertad y los valores, el tiempo y la historia; incluso el tema de
la muerte puede llegar a ser para todo pensador una seria llamada a
buscar dentro de sí mismo el sentido auténtico de la
propia existencia. Sin embargo, esto no quita que la relación
actual entre la fe y la razón exija un atento esfuerzo de
discernimiento, ya que tanto la fe como la razón se han
empobrecido y debilitado una ante la otra. La razón, privada
de la aportación de la Revelación, ha recorrido caminos
secundarios que tienen el peligro de hacerle perder de vista su meta
final. La fe, privada de la razón, ha subrayado el sentimiento
y la experiencia, corriendo el riesgo de dejar de ser una propuesta
universal. Es ilusorio pensar que la fe, ante una razón débil,
tenga mayor incisividad; al contrario, cae en el grave peligro de ser
reducida a mito o superstición. Del mismo modo, una razón
que no tenga ante sí una fe adulta no se siente motivada a
dirigir la mirada hacia la novedad y radicalidad del ser.
No es inoportuna, por tanto, mi llamada
fuerte e incisiva para que la fe y la filosofía recuperen la
unidad profunda que les hace capaces de ser coherentes con su
naturaleza en el respeto de la recíproca autonomía. A
la parresía de la fe debe corresponder la audacia de la
razón.
CAPÍTULO V
INTERVENCIONES DEL MAGISTERIO
EN
CUESTIONES FILOSÓFICAS
El discernimiento del Magisterio como
diaconía de la verdad
49. La Iglesia no propone una filosofía
propia ni canoniza una filosofía en particular con menoscabo
de otras.(54) El motivo profundo de esta cautela está en el
hecho de que la filosofía, incluso cuando se relaciona con la
teología, debe proceder según sus métodos y sus
reglas; de otro modo, no habría garantías de que
permanezca orientada hacia la verdad, tendiendo a ella con un
procedimiento racionalmente controlable. De poca ayuda sería
una filosofía que no procediese a la luz de la razón
según sus propios principios y metodologías
específicas. En el fondo, la raíz de la autonomía
de la que goza la filosofía radica en el hecho de que la razón
está por naturaleza orientada a la verdad y cuenta en sí
misma con los medios necesarios para alcanzarla. Una filosofía
consciente de este « estatuto constitutivo » suyo respeta
necesariamente también las exigencias y las evidencias propias
de la verdad revelada.
La historia ha mostrado, sin embargo,
las desviaciones y los errores en los que no pocas veces ha incurrido
el pensamiento filosófico, sobre todo moderno. No es tarea ni
competencia del Magisterio intervenir para colmar las lagunas de un
razonamiento filosófico incompleto. Por el contrario, es un
deber suyo reaccionar de forma clara y firme cuando tesis filosóficas
discutibles amenazan la comprensión correcta del dato revelado
y cuando se difunden teorías falsas y parciales que siembran
graves errores, confundiendo la simplicidad y la pureza de la fe del
pueblo de Dios.
50. El Magisterio eclesiástico
puede y debe, por tanto, ejercer con autoridad, a la luz de la fe, su
propio discernimiento crítico en relación con las
filosofías y las afirmaciones que se contraponen a la doctrina
cristiana.(55) Corresponde al Magisterio indicar, ante todo, los
presupuestos y conclusiones filosóficas que fueran
incompatibles con la verdad revelada, formulando así las
exigencias que desde el punto de vista de la fe se imponen a la
filosofía. Además, en el desarrollo del saber
filosófico han surgido diversas escuelas de pensamiento. Este
pluralismo sitúa también al Magisterio ante la
responsabilidad de expresar su juicio sobre la compatibilidad o no de
las concepciones de fondo sobre las que estas escuelas se basan con
las exigencias propias de la palabra de Dios y de la reflexión
teológica.
La Iglesia tiene el deber de indicar lo
que en un sistema filosófico puede ser incompatible con su fe.
En efecto, muchos contenidos filosóficos, como los temas de
Dios, del hombre, de su libertad y su obrar ético, la emplazan
directamente porque afectan a la verdad revelada que ella custodia.
Cuando nosotros los Obispos ejercemos este discernimiento tenemos la
misión de ser « testigos de la verdad » en el
cumplimiento de una diaconía humilde pero tenaz, que todos los
filósofos deberían apreciar, en favor de la recta
ratio, o sea, de la razón que reflexiona correctamente
sobre la verdad.
51. Este discernimiento no debe
entenderse en primer término de forma negativa, como si la
intención del Magisterio fuera eliminar o reducir cualquier
posible mediación. Al contrario, sus intervenciones se dirigen
en primer lugar a estimular, promover y animar el pensamiento
filosófico. Por otra parte, los filósofos son los
primeros que comprenden la exigencia de la autocrítica, de la
corrección de posible errores y de la necesidad de superar los
límites demasiado estrechos en los que se enmarca su
reflexión. Se debe considerar, de modo particular, que la
verdad es una, aunque sus expresiones lleven la impronta de la
historia y, aún más, sean obra de una razón
humana herida y debilitada por el pecado. De esto resulta que ninguna
forma histórica de filosofía puede legítimamente
pretender abarcar toda la verdad, ni ser la explicación plena
del ser humano, del mundo y de la relación del hombre con
Dios.
Hoy además, ante la pluralidad
de sistemas, métodos, conceptos y argumentos filosóficos,
con frecuencia extremamente particularizados, se impone con mayor
urgencia un discernimiento crítico a la luz de la fe. Este
discernimiento no es fácil, porque si ya es difícil
reconocer las capacidades propias e inalienables de la razón
con sus límites constitutivos e históricos, más
problemático aún puede resultar a veces discernir, en
las propuestas filosóficas concretas, lo que desde el punto de
vista de la fe ofrecen como válido y fecundo en comparación
con lo que, en cambio, presentan como erróneo y peligroso. De
todos modos, la Iglesia sabe que « los tesoros de la sabiduría
y de la ciencia » están ocultos en Cristo (Col 2,
3); por esto interviene animando la reflexión filosófica,
para que no se cierre el camino que conduce al reconocimiento del
misterio.
52. Las intervenciones del Magisterio
de la Iglesia para expresar su pensamiento en relación con
determinadas doctrinas filosóficas no son sólo
recientes. Como ejemplo baste recordar, a lo largo de los siglos, los
pronunciamientos sobre las teorías que sostenían la
preexistencia de las almas,(56) como también sobre las
diversas formas de idolatría y de esoterismo supersticioso
contenidas en tesis astrológicas; (57) sin olvidar los textos
más sistemáticos contra algunas tesis del averroísmo
latino, incompatibles con la fe cristiana.(58)
Si la palabra del Magisterio se ha
hecho oír más frecuentemente a partir de la mitad del
siglo pasado ha sido porque en aquel período muchos católicos
sintieron el deber de contraponer una filosofía propia a las
diversas corrientes del pensamiento moderno. Por este motivo, el
Magisterio de la Iglesia se vio obligado a vigilar que estas
filosofías no se desviasen, a su vez, hacia formas erróneas
y negativas. Fueron así censurados al mismo tiempo, por una
parte, el fideísmo (59) y el tradicionalismo
radical,(60) por su desconfianza en las capacidades naturales de
la razón; y por otra, el racionalismo (61) y el
ontologismo,(62) porque atribuían a la razón
natural lo que es cognoscible sólo a la luz de la fe. Los
contenidos positivos de este debate se formalizaron en la
Constitución dogmática Dei Filius, con la que
por primera vez un Concilio ecuménico, el Vaticano I,
intervenía solemnemente sobre las relaciones entre la razón
y la fe. La enseñanza contenida en este texto influyó
con fuerza y de forma positiva en la investigación filosófica
de muchos creyentes y es todavía hoy un punto de referencia
normativo para una correcta y coherente reflexión cristiana en
este ámbito particular.
53. Las intervenciones del Magisterio
se han ocupado no tanto de tesis filosóficas concretas, como
de la necesidad del conocimiento racional y, por tanto, filosófico
para la inteligencia de la fe. El Concilio Vaticano I, sintetizando y
afirmando de forma solemne las enseñanzas que de forma
ordinaria y constante el Magisterio pontificio había propuesto
a los fieles, puso de relieve lo inseparables y al mismo tiempo
irreducibles que son el conocimiento natural de Dios y la Revelación,
la razón y la fe. El Concilio partía de la exigencia
fundamental, presupuesta por la Revelación misma, de la
cognoscibilidad natural de la existencia de Dios, principio y fin de
todas las cosas,(63) y concluía con la afirmación
solemne ya citada: « Hay un doble orden de conocimiento,
distinto no sólo por su principio, sino también por su
objeto ».(64) Era pues necesario afirmar, contra toda forma de
racionalismo, la distinción entre los misterios de la fe y los
hallazgos filosóficos, así como la trascendencia y
precedencia de aquéllos respecto a éstos; por otra
parte, frente a las tentaciones fideístas, era preciso
recalcar la unidad de la verdad y, por consiguiente también,
la aportación positiva que el conocimiento racional puede y
debe dar al conocimiento de la fe: « Pero, aunque la fe esté
por encima de la razón; sin embargo, ninguna verdadera
disensión puede jamás darse entre la fe y la razón,
como quiera que el mismo Dios que revela los misterios e infunde la
fe, puso dentro del alma humana la luz de la razón, y Dios no
puede negarse a sí mismo ni la verdad contradecir jamás
a la verdad ».(65)
54. También en nuestro siglo el
Magisterio ha vuelto sobre el tema en varias ocasiones llamando la
atención contra la tentación racionalista. En este
marco se deben situar las intervenciones del Papa san Pío X,
que puso de relieve cómo en la base del modernismo se hallan
aserciones filosóficas de orientación fenoménica,
agnóstica e inmanentista.(66) Tampoco se puede olvidar la
importancia que tuvo el rechazo católico de la filosofía
marxista y del comunismo ateo.(67)
Posteriormente el Papa Pío XII
hizo oír su voz cuando, en la Encíclica Humani
generis, llamó la atención sobre las
interpretaciones erróneas relacionadas con las tesis del
evolucionismo, del existencialismo y del historicismo. Precisaba que
estas tesis habían sido elaboradas y eran propuestas no por
teólogos, sino que tenían su origen « fuera del
redil de Cristo »; (68) así mismo, añadía
que estas desviaciones debían ser no sólo rechazadas,
sino además examinadas críticamente: « Ahora
bien, a los teólogos y filósofos católicos, a
quienes incumbe el grave cargo de defender la verdad divina y humana
y sembrarla en las almas de los hombres, no les es lícito ni
ignorar ni descuidar esas opiniones que se apartan más o menos
del recto camino. Más aún, es menester que las conozcan
a fondo, primero porque no se curan bien las enfermedades si no son
de antemano debidamente conocidas; luego, porque alguna vez en esos
mismos falsos sistemas se esconde algo de verdad; y, finalmente,
porque estimulan la mente a investigar y ponderar con más
diligencia algunas verdades filosóficas y teológicas
».(69)
Por último, también la
Congregación para la Doctrina de la Fe, en cumplimiento de su
específica tarea al servicio del magisterio universal del
Romano Pontífice,(70) ha debido intervenir para señalar
el peligro que comporta asumir acríticamente, por parte de
algunos teólogos de la liberación, tesis y metodologías
derivadas del marxismo.(71)
Así pues, en el pasado el
Magisterio ha ejercido repetidamente y bajo diversas modalidades el
discernimiento en materia filosófica. Todo lo que mis
Venerados Predecesores han enseñado es una preciosa
contribución que no se puede olvidar.
55. Si consideramos nuestra situación
actual, vemos que vuelven los problemas del pasado, pero con nuevas
peculiaridades. No se trata ahora sólo de cuestiones que
interesan a personas o grupos concretos, sino de convicciones tan
difundidas en el ambiente que llegan a ser en cierto modo mentalidad
común. Tal es, por ejemplo, la desconfianza radical en la
razón que manifiestan las exposiciones más recientes de
muchos estudios filosóficos. Al respecto, desde varios
sectores se ha hablado del « final de la metafísica »:
se pretende que la filosofía se contente con objetivos más
modestos, como la simple interpretación del hecho o la mera
investigación sobre determinados campos del saber humano o
sobre sus estructuras.
En la teología misma vuelven a
aparecer las tentaciones del pasado. Por ejemplo, en algunas
teologías contemporáneas se abre camino nuevamente un
cierto racionalismo, sobre todo cuando se toman como norma
para la investigación filosófica afirmaciones
consideradas filosóficamente fundadas. Esto sucede
principalmente cuando el teólogo, por falta de competencia
filosófica, se deja condicionar de forma acrítica por
afirmaciones que han entrado ya en el lenguaje y en la cultura
corriente, pero que no tienen suficiente base racional.(72)
Tampoco faltan rebrotes peligrosos de
fideísmo, que no acepta la importancia del conocimiento
racional y de la reflexión filosófica para la
inteligencia de la fe y, más aún, para la posibilidad
misma de creer en Dios. Una expresión de esta tendencia
fideísta difundida hoy es el « biblicismo », que
tiende a hacer de la lectura de la Sagrada Escritura o de su exégesis
el único punto de referencia para la verdad. Sucede así
que se identifica la palabra de Dios solamente con la Sagrada
Escritura, vaciando así de sentido la doctrina de la Iglesia
confirmada expresamente por el Concilio Ecuménico Vaticano II.
La Constitución Dei Verbum, después de recordar
que la palabra de Dios está presente tanto en los textos
sagrados como en la Tradición,(73) afirma claramente: «
La Tradición y la Escritura constituyen el depósito
sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia. Fiel a dicho
depósito, el pueblo cristiano entero, unido a sus pastores,
persevera siempre en la doctrina apostólica ».(74) La
Sagrada Escritura, por tanto, no es solamente punto de referencia
para la Iglesia. En efecto, la « suprema norma de su fe »
(75) proviene de la unidad que el Espíritu ha puesto entre la
Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la
Iglesia en una reciprocidad tal que los tres no pueden subsistir de
forma independiente.(76)
No hay que infravalorar, además,
el peligro de la aplicación de una sola metodología
para llegar a la verdad de la Sagrada Escritura, olvidando la
necesidad de una exégesis más amplia que permita
comprender, junto con toda la Iglesia, el sentido pleno de los
textos. Cuantos se dedican al estudio de las Sagradas Escrituras
deben tener siempre presente que las diversas metodologías
hermenéuticas se apoyan en una determinada concepción
filosófica. Por ello, es preciso analizarla con discernimiento
antes de aplicarla a los textos sagrados.
Otras formas latentes de fideísmo
se pueden reconocer en la escasa consideración que se da a la
teología especulativa, como también en el desprecio de
la filosofía clásica, de cuyas nociones han extraído
sus términos tanto la inteligencia de la fe como las mismas
formulaciones dogmáticas. El Papa Pío XII, de venerada
memoria, llamó la atención sobre este olvido de la
tradición filosófica y sobre el abandono de las
terminologías tradicionales.(77)
56. En definitiva, se nota una
difundida desconfianza hacia las afirmaciones globales y absolutas,
sobre todo por parte de quienes consideran que la verdad es el
resultado del consenso y no de la adecuación del intelecto a
la realidad objetiva. Ciertamente es comprensible que, en un mundo
dividido en muchos campos de especialización, resulte difícil
reconocer el sentido total y último de la vida que la
filosofía ha buscado tradicionalmente. No obstante, a la luz
de la fe que reconoce en Jesucristo este sentido último, debo
animar a los filósofos, cristianos o no, a confiar en la
capacidad de la razón humana y a no fijarse metas demasiado
modestas en su filosofar. La lección de la historia del
milenio que estamos concluyendo testimonia que éste es el
camino a seguir: es preciso no perder la pasión por la verdad
última y el anhelo por su búsqueda, junto con la
audacia de descubrir nuevos rumbos. La fe mueve a la razón a
salir de todo aislamiento y a apostar de buen grado por lo que es
bello, bueno y verdadero. Así, la fe se hace abogada
convencida y convincente de la razón.
El interés de la Iglesia por la
filosofía
57. El Magisterio no se ha limitado
sólo a mostrar los errores y las desviaciones de las doctrinas
filosóficas. Con la misma atención ha querido reafirmar
los principios fundamentales para una genuina renovación del
pensamiento filosófico, indicando también las vías
concretas a seguir. En este sentido, el Papa León XIII con su
Encíclica Æterni Patris dio un paso de gran
alcance histórico para la vida de la Iglesia. Este texto ha
sido hasta hoy el único documento pontificio de esa categoría
dedicado íntegramente a la filosofía. El gran Pontífice
recogió y desarrolló las enseñanzas del Concilio
Vaticano I sobre la relación entre fe y razón,
mostrando cómo el pensamiento filosófico es una
aportación fundamental para la fe y la ciencia teológica.(78)
Más de un siglo después, muchas indicaciones de aquel
texto no han perdido nada de su interés tanto desde el punto
de vista práctico como pedagógico; sobre todo, lo
relativo al valor incomparable de la filosofía de santo Tomás.
El proponer de nuevo el pensamiento del Doctor Angélico era
para el Papa León XIII el mejor camino para recuperar un uso
de la filosofía conforme a las exigencias de la fe. Afirmaba
que santo Tomás, « distinguiendo muy bien la razón
de la fe, como es justo, pero asociándolas amigablemente,
conservó los derechos de una y otra, y proveyó a su
dignidad ».(79)
58. Son conocidas las numerosas y
oportunas consecuencias de aquella propuesta pontificia. Los estudios
sobre el pensamiento de santo Tomás y de otros autores
escolásticos recibieron nuevo impulso. Se dio un vigoroso
empuje a los estudios históricos, con el consiguiente
descubrimiento de las riquezas del pensamiento medieval, muy
desconocidas hasta aquel momento, y se formaron nuevas escuelas
tomistas. Con la aplicación de la metodología
histórica, el conocimiento de la obra de santo Tomás
experimentó grandes avances y fueron numerosos los estudiosos
que con audacia llevaron la tradición tomista a la discusión
de los problemas filosóficos y teológicos de aquel
momento. Los teólogos católicos más influyentes
de este siglo, a cuya reflexión e investigación debe
mucho el Concilio Vaticano II, son hijos de esta renovación de
la filosofía tomista. La Iglesia ha podido así
disponer, a lo largo del siglo XX, de un número notable de
pensadores formados en la escuela del Doctor Angélico.
59. La renovación tomista y
neotomista no ha sido el único signo de restablecimiento del
pensamiento filosófico en la cultura de inspiración
cristiana. Ya antes, y paralelamente a la propuesta de León
XIII, habían surgido no pocos filósofos católicos
que elaboraron obras filosóficas de gran influjo y de valor
perdurable, enlazando con corrientes de pensamiento más
recientes, de acuerdo con una metodología propia. Hubo quienes
lograron síntesis de tan alto nivel que no tienen nada que
envidiar a los grandes sistemas del idealismo; quienes, además,
pusieron las bases epistemológicas para una nueva reflexión
sobre la fe a la luz de una renovada comprensión de la
conciencia moral; quienes, además, crearon una filosofía
que, partiendo del análisis de la inmanencia, abría el
camino hacia la trascendencia; y quienes, por último,
intentaron conjugar las exigencias de la fe en el horizonte de la
metodología fenomenológica. En definitiva, desde
diversas perspectivas se han seguido elaborando formas de
especulación filosófica que han buscado mantener viva
la gran tradición del pensamiento cristiano en la unidad de la
fe y la razón.
60. El Concilio Ecuménico
Vaticano II, por su parte, presenta una enseñanza muy rica y
fecunda en relación con la filosofía. No puedo olvidar,
sobre todo en el contexto de esta Encíclica, que un capítulo
de la Constitución Gaudium et spes es casi un compendio
de antropología bíblica, fuente de inspiración
también para la filosofía. En aquellas páginas
se trata del valor de la persona humana creada a imagen de Dios, se
fundamenta su dignidad y superioridad sobre el resto de la creación
y se muestra la capacidad trascendente de su razón.(80)
También el problema del ateísmo es considerado en la
Gaudium et spes, exponiendo bien los errores de esta visión
filosófica, sobre todo en relación con la dignidad
inalienable de la persona y de su libertad.(81) Ciertamente tiene
también un profundo significado filosófico la expresión
culminante de aquellas páginas, que he citado en mi primera
Encíclica Redemptor hominis y que representa uno de los
puntos de referencia constante de mi enseñanza: «
Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el
misterio del Verbo encarnado. Pues Adán, el primer hombre, era
figura del que había de venir, es decir, de Cristo, el Señor.
Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del
misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al
propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación ».(82)
El Concilio se ha ocupado también
del estudio de la filosofía, al que deben dedicarse los
candidatos al sacerdocio; se trata de recomendaciones extensibles más
en general a la enseñanza cristiana en su conjunto. Afirma el
Concilio: « Las asignaturas filosóficas deben ser
enseñadas de tal manera que los alumnos lleguen, ante todo, a
adquirir un conocimiento fundado y coherente del hombre, del mundo y
de Dios, basados en el patrimonio filosófico válido
para siempre, teniendo en cuenta también las investigaciones
filosóficas de cada tiempo ».(83)
Estas directrices han sido confirmadas
y especificadas en otros documentos magisteriales con el fin de
garantizar una sólida formación filosófica,
sobre todo para quienes se preparan a los estudios teológicos.
Por mi parte, en varias ocasiones he señalado la importancia
de esta formación filosófica para los que deberán
un día, en la vida pastoral, enfrentarse a las exigencias del
mundo contemporáneo y examinar las causas de ciertos
comportamientos para darles una respuesta adecuada.(84)
61. Si en diversas circunstancias ha
sido necesario intervenir sobre este tema, reiterando el valor de las
intuiciones del Doctor Angélico e insistiendo en el
conocimiento de su pensamiento, se ha debido a que las directrices
del Magisterio no han sido observadas siempre con la deseable
disponibilidad. En muchas escuelas católicas, en los años
que siguieron al Concilio Vaticano II, se pudo observar al respecto
una cierta decadencia debido a una menor estima, no sólo de la
filosofía escolástica, sino más en general del
mismo estudio de la filosofía. Con sorpresa y pena debo
constatar que no pocos teólogos comparten este desinterés
por el estudio de la filosofía.
Varios son los motivos de esta poca
estima. En primer lugar, debe tenerse en cuenta la desconfianza en la
razón que manifiesta gran parte de la filosofía
contemporánea, abandonando ampliamente la búsqueda
metafísica sobre las preguntas últimas del hombre, para
concentrar su atención en los problemas particulares y
regionales, a veces incluso puramente formales. Se debe añadir
además el equívoco que se ha creado sobre todo en
relación con las « ciencias humanas ». El Concilio
Vaticano II ha remarcado varias veces el valor positivo de la
investigación científica para un conocimiento más
profundo del misterio del hombre.(85) La invitación a los
teólogos para que conozcan estas ciencias y, si es menester,
las apliquen correctamente en su investigación no debe, sin
embargo, ser interpretada como una autorización implícita
a marginar la filosofía o a sustituirla en la formación
pastoral y en la praeparatio fidei. No se puede olvidar, por
último, el renovado interés por la inculturación
de la fe. De modo particular, la vida de las Iglesias jóvenes
ha permitido descubrir, junto a elevadas formas de pensamiento, la
presencia de múltiples expresiones de sabiduría
popular. Esto es un patrimonio real de cultura y de tradiciones. Sin
embargo, el estudio de las usanzas tradicionales debe ir de acuerdo
con la investigación filosófica. Ésta permitirá
sacar a luz los aspectos positivos de la sabiduría popular,
creando su necesaria relación con el anuncio del
Evangelio.(86)
62. Deseo reafirmar decididamente que
el estudio de la filosofía tiene un carácter
fundamental e imprescindible en la estructura de los estudios
teológicos y en la formación de los candidatos al
sacerdocio. No es casual que el curriculum de los estudios
teológicos vaya precedido por un período de tiempo en
el cual está previsto una especial dedicación al
estudio de la filosofía. Esta opción, confirmada por el
Concilio Laterano V,(87) tiene sus raíces en la experiencia
madurada durante la Edad Media, cuando se puso en evidencia la
importancia de una armonía constructiva entre el saber
filosófico y el teológico. Esta ordenación de
los estudios ha influido, facilitado y promovido, incluso de forma
indirecta, una buena parte del desarrollo de la filosofía
moderna. Un ejemplo significativo es la influencia ejercida por las
Disputationes metaphysicae de Francisco Suárez, que
tuvieron eco hasta en las universidades luteranas alemanas. Por el
contrario, la desaparición de esta metodología causó
graves carencias tanto en la formación sacerdotal como en la
investigación teológica. Téngase en cuenta, por
ejemplo, en la falta de interés por el pensamiento y la
cultura moderna, que ha llevado al rechazo de cualquier forma de
diálogo o a la acogida indiscriminada de cualquier filosofía.
Espero firmemente que estas
dificultades se superen con una inteligente formación
filosófica y teológica, que nunca debe faltar en la
Iglesia.
63. Apoyado en las razones señaladas,
me ha parecido urgente poner de relieve con esta Encíclica el
gran interés que la Iglesia tiene por la filosofía; más
aún, el vínculo íntimo que une el trabajo
teológico con la búsqueda filosófica de la
verdad. De aquí deriva el deber que tiene el Magisterio de
discernir y estimular un pensamiento filosófico que no sea
discordante con la fe. Mi objetivo es proponer algunos principios y
puntos de referencia que considero necesarios para instaurar una
relación armoniosa y eficaz entre la teología y la
filosofía. A su luz será posible discernir con mayor
claridad la relación que la teología debe establecer
con los diversos sistemas y afirmaciones filosóficas, que
presenta el mundo actual.
CAPÍTULO VI
INTERACCIÓN
ENTRE TEOLOGÍA
Y FILOSOFÍA
La ciencia de la fe y las exigencias de
la razón filosófica
64. La palabra de Dios se dirige a cada
hombre, en todos los tiempos y lugares de la tierra; y el hombre es
naturalmente filósofo. Por su parte, la teología, en
cuanto elaboración refleja y científica de la
inteligencia de esta palabra a la luz de la fe, no puede prescindir
de relacionarse con las filosofías elaboradas de hecho a lo
largo de la historia, tanto para algunos de sus procedimientos como
también para lograr sus tareas específicas. Sin querer
indicar a los teólogos metodologías particulares, cosa
que no atañe al Magisterio, deseo más bien recordar
algunos cometidos propios de la teología, en las que el
recurso al pensamiento filosófico se impone por la naturaleza
misma de la Palabra revelada.
65. La teología se organiza como
ciencia de la fe a la luz de un doble principio metodológico:
el auditus fidei y el intellectus fidei. Con el
primero, asume los contenidos de la Revelación tal y como han
sido explicitados progresivamente en la Sagrada Tradición, la
Sagrada Escritura y el Magisterio vivo de la Iglesia.(88) Con el
segundo, la teología quiere responder a las exigencias propias
del pensamiento mediante la reflexión especulativa.
En cuanto a la preparación de un
correcto auditus fidei, la filosofía ofrece a la
teología su peculiar aportación al tratar sobre la
estructura del conocimiento y de la comunicación personal y,
en particular, sobre las diversas formas y funciones del lenguaje.
Igualmente es importante la aportación de la filosofía
para una comprensión más coherente de la Tradición
eclesial, de los pronunciamientos del Magisterio y de las sentencias
de los grandes maestros de la teología. En efecto, estos se
expresan con frecuencia usando conceptos y formas de pensamiento
tomados de una determinada tradición filosófica. En
este caso, el teólogo debe no sólo exponer los
conceptos y términos con los que la Iglesia reflexiona y
elabora su enseñanza, sino también conocer a fondo los
sistemas filosóficos que han influido eventualmente tanto en
las nociones como en la terminología, para llegar así a
interpretaciones correctas y coherentes.
66. En relación con el
intellectus fidei, se debe considerar ante todo que la Verdad
divina, « como se nos propone en las Escrituras interpretadas
según la sana doctrina de la Iglesia »,(89) goza de una
inteligibilidad propia con tanta coherencia lógica que se
propone como un saber auténtico. El intellectus fidei
explicita esta verdad, no sólo asumiendo las estructuras
lógicas y conceptuales de las proposiciones en las que se
articula la enseñanza de la Iglesia, sino también, y
primariamente, mostrando el significado de salvación que estas
proposiciones contienen para el individuo y la humanidad. Gracias al
conjunto de estas proposiciones el creyente llega a conocer la
historia de la salvación, que culmina en la persona de
Jesucristo y en su misterio pascual. En este misterio participa con
su asentimiento de fe.
Por su parte, la teología
dogmática debe ser capaz de articular el sentido universal
del misterio de Dios Uno y Trino y de la economía de la
salvación tanto de forma narrativa, como sobre todo de forma
argumentativa. Esto es, debe hacerlo mediante expresiones
conceptuales, formuladas de modo crítico y comunicables
universalmente. En efecto, sin la aportación de la filosofía
no se podrían ilustrar contenidos teológicos como, por
ejemplo, el lenguaje sobre Dios, las relaciones personales dentro de
la Trinidad, la acción creadora de Dios en el mundo, la
relación entre Dios y el hombre, y la identidad de Cristo que
es verdadero Dios y verdadero hombre. Las mismas consideraciones
valen para diversos temas de la teología moral, donde es
inmediato el recurso a conceptos como ley moral, conciencia,
libertad, responsabilidad personal, culpa, etc., que son definidos
por la ética filosófica.
Es necesario, por tanto, que la razón
del creyente tenga un conocimiento natural, verdadero y coherente de
las cosas creadas, del mundo y del hombre, que son también
objeto de la revelación divina; más todavía,
debe ser capaz de articular dicho conocimiento de forma conceptual y
argumentativa. La teología dogmática especulativa, por
tanto, presupone e implica una filosofía del hombre, del mundo
y, más radicalmente, del ser, fundada sobre la verdad
objetiva.
67. La teología fundamental,
por su carácter propio de disciplina que tiene la misión
de dar razón de la fe (cf. 1 Pe 3, 15), debe encargarse
de justificar y explicitar la relación entre la fe y la
reflexión filosófica. Ya el Concilio Vaticano I,
recordando la enseñanza paulina (cf. Rm 1, 19-20),
había llamado la atención sobre el hecho de que existen
verdades cognoscibles naturalmente y, por consiguiente,
filosóficamente. Su conocimiento constituye un presupuesto
necesario para acoger la revelación de Dios. Al estudiar la
Revelación y su credibilidad, junto con el correspondiente
acto de fe, la teología fundamental debe mostrar cómo,
a la luz de lo conocido por la fe, emergen algunas verdades que la
razón ya posee en su camino autónomo de búsqueda.
La Revelación les da pleno sentido, orientándolas hacia
la riqueza del misterio revelado, en el cual encuentran su fin
último. Piénsese, por ejemplo, en el conocimiento
natural de Dios, en la posibilidad de discernir la revelación
divina de otros fenómenos, en el reconocimiento de su
credibilidad, en la aptitud del lenguaje humano para hablar de forma
significativa y verdadera incluso de lo que supera toda experiencia
humana. La razón es llevada por todas estas verdades a
reconocer la existencia de una vía realmente propedéutica
a la fe, que puede desembocar en la acogida de la Revelación,
sin menoscabar en nada sus propios principios y su autonomía.(90)
Del mismo modo, la teología
fundamental debe mostrar la íntima compatibilidad entre la fe
y su exigencia fundamental de ser explicitada mediante una razón
capaz de dar su asentimiento en plena libertad. Así, la fe
sabrá mostrar « plenamente el camino a una razón
que busca sinceramente la verdad. De este modo, la fe, don de Dios, a
pesar de no fundarse en la razón, ciertamente no puede
prescindir de ella; al mismo tiempo, la razón necesita
fortalecerse mediante la fe, para descubrir los horizontes a los que
no podría llegar por sí misma ».(91)
68. La teología moral
necesita aún más la aportación filosófica.
En efecto, en la Nueva Alianza la vida humana está mucho menos
reglamentada por prescripciones que en la Antigua. La vida en el
Espíritu lleva a los creyentes a una libertad y
responsabilidad que van más allá de la Ley misma. El
Evangelio y los escritos apostólicos proponen tanto principios
generales de conducta cristiana como enseñanzas y preceptos
concretos. Para aplicarlos a las circunstancias particulares de la
vida individual y social, el cristiano debe ser capaz de emplear a
fondo su conciencia y la fuerza de su razonamiento. Con otras
palabras, esto significa que la teología moral debe acudir a
una visión filosófica correcta tanto de la naturaleza
humana y de la sociedad como de los principios generales de una
decisión ética.
69. Se puede tal vez objetar que en la
situación actual el teólogo debería acudir, más
que a la filosofía, a la ayuda de otras formas del saber
humano, como la historia y sobre todo las ciencias, cuyos recientes y
extraordinarios progresos son admirados por todos. Algunos sostienen,
en sintonía con la difundida sensibilidad sobre la relación
entre fe y culturas, que la teología debería dirigirse
preferentemente a las sabidurías tradicionales, más que
a una filosofía de origen griego y de carácter
eurocéntrico. Otros, partiendo de una concepción
errónea del pluralismo de las culturas, niegan simplemente el
valor universal del patrimonio filosófico asumido por la
Iglesia.
Estas observaciones, presentes ya en
las enseñanzas conciliares,(92) tienen una parte de verdad. La
referencia a las ciencias, útil en muchos casos porque permite
un conocimiento más completo del objeto de estudio, no debe
sin embargo hacer olvidar la necesaria mediación de una
reflexión típicamente filosófica, crítica
y dirigida a lo universal, exigida además por un intercambio
fecundo entre las culturas. Debo subrayar que no hay que limitarse al
caso individual y concreto, olvidando la tarea primaria de manifestar
el carácter universal del contenido de fe. Además, no
hay que olvidar que la aportación peculiar del pensamiento
filosófico permite discernir, tanto en las diversas
concepciones de la vida como en las culturas, « no lo que
piensan los hombres, sino cuál es la verdad objetiva ».(93)
Sólo la verdad, y no las diferentes opiniones humanas, puede
servir de ayuda a la teología.
70. El tema de la relación con
las culturas merece una reflexión específica, aunque no
pueda ser exhaustiva, debido a sus implicaciones en el campo
filosófico y teológico. El proceso de encuentro y
confrontación con las culturas es una experiencia que la
Iglesia ha vivido desde los comienzos de la predicación del
Evangelio. El mandato de Cristo a los discípulos de ir a todas
partes « hasta los confines de la tierra » (Hch,
1, 8) para transmitir la verdad por Él revelada, permitió
a la comunidad cristiana verificar bien pronto la universalidad del
anuncio y los obstáculos derivados de la diversidad de las
culturas. Un pasaje de la Carta de san Pablo a los cristianos de
Éfeso ofrece una valiosa ayuda para comprender cómo la
comunidad primitiva afrontó este problema. Escribe el Apóstol:
« Mas ahora, en Cristo Jesús, vosotros, los que en otro
tiempo estabais lejos, habéis llegado a estar cerca por la
sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz: el que de los dos
pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba » (2,
13-14).
A la luz de este texto nuestra
reflexión considera también la transformación
que se dio en los Gentiles cuando llegaron a la fe. Ante la riqueza
de la salvación realizada por Cristo, caen las barreras que
separan las diversas culturas. La promesa de Dios en Cristo llega a
ser, ahora, una oferta universal, no ya limitada a un pueblo
concreto, con su lengua y costumbres, sino extendida a todos como un
patrimonio del que cada uno puede libremente participar. Desde
lugares y tradiciones diferentes todos están llamados en
Cristo a participar en la unidad de la familia de los hijos de Dios.
Cristo permite a los dos pueblos llegar a ser « uno ».
Aquellos que eran « los alejados » se hicieron «
los cercanos » gracias a la novedad realizada por el misterio
pascual. Jesús derriba los muros de la división y
realiza la unificación de forma original y suprema mediante la
participación en su misterio. Esta unidad es tan profunda que
la Iglesia puede decir con san Pablo: « Ya no sois extraños
ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios
» (Ef 2, 19).
En una expresión tan simple está
descrita una gran verdad: el encuentro de la fe con las diversas
culturas de hecho ha dado vida a una realidad nueva. Las culturas,
cuando están profundamente enraizadas en lo humano, llevan
consigo el testimonio de la apertura típica del hombre a lo
universal y a la trascendencia. Por ello, ofrecen modos diversos de
acercamiento a la verdad, que son de indudable utilidad para el
hombre al que sugieren valores capaces de hacer cada vez más
humana su existencia.(94) Como además las culturas evocan los
valores de las tradiciones antiguas, llevan consigo —aunque de
manera implícita, pero no por ello menos real— la
referencia a la manifestación de Dios en la naturaleza, como
se ha visto precedentemente hablando de los textos sapienciales y de
las enseñanzas de san Pablo.
71. Las culturas, estando en estrecha
relación con los hombres y con su historia, comparten el
dinamismo propio del tiempo humano. Se aprecian en consecuencia
transformaciones y progresos debidos a los encuentros entre los
hombres y a los intercambios recíprocos de sus modelos de
vida. Las culturas se alimentan de la comunicación de valores,
y su vitalidad y subsistencia proceden de su capacidad de permanecer
abiertas a la acogida de lo nuevo. ¿Cuál es la
explicación de este dinamismo? Cada hombre está inmerso
en una cultura, de ella depende y sobre ella influye. Él es al
mismo tiempo hijo y padre de la cultura a la que pertenece. En cada
expresión de su vida, lleva consigo algo que lo diferencia del
resto de la creación: su constante apertura al misterio y su
inagotable deseo de conocer. En consecuencia, toda cultura lleva
impresa y deja entrever la tensión hacia una plenitud. Se
puede decir, pues, que la cultura tiene en sí misma la
posibilidad de acoger la revelación divina.
La forma en la que los cristianos viven
la fe está también impregnada por la cultura del
ambiente circundante y contribuye, a su vez, a modelar
progresivamente sus características. Los cristianos aportan a
cada cultura la verdad inmutable de Dios, revelada por Él en
la historia y en la cultura de un pueblo. A lo largo de los siglos se
sigue produciendo el acontecimiento del que fueron testigos los
peregrinos presentes en Jerusalén el día de
Pentecostés. Escuchando a los Apóstoles se preguntaban:
« ¿Es que no son galileos todos estos que están
hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos
en nuestra propia lengua nativa? Partos, medos y elamitas; habitantes
de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia,
Egipto, la parte de Libia fronteriza con Cirene, forasteros romanos,
judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos
les oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios »
(Hch 2, 7-11). El anuncio del Evangelio en las diversas
culturas, aunque exige de cada destinatario la adhesión de la
fe, no les impide conservar una identidad cultural propia. Ello no
crea división alguna, porque el pueblo de los bautizados se
distingue por una universalidad que sabe acoger cada cultura,
favoreciendo el progreso de lo que en ella hay de implícito
hacia su plena explicitación en la verdad.
De esto deriva que una cultura nunca
puede ser criterio de juicio y menos aún criterio último
de verdad en relación con la revelación de Dios. El
Evangelio no es contrario a una u otra cultura como si, entrando en
contacto con ella, quisiera privarla de lo que le pertenece
obligándola a asumir formas extrínsecas no conformes a
la misma. Al contrario, el anuncio que el creyente lleva al mundo y a
las culturas es una forma real de liberación de los desórdenes
introducidos por el pecado y, al mismo tiempo, una llamada a la
verdad plena. En este encuentro, las culturas no sólo no se
ven privadas de nada, sino que por el contrario son animadas a
abrirse a la novedad de la verdad evangélica recibiendo
incentivos para ulteriores desarrollos.
72. El hecho de que la misión
evangelizadora haya encontrado en su camino primero a la filosofía
griega, no significa en modo alguno que excluya otras aportaciones.
Hoy, a medida que el Evangelio entra en contacto con áreas
culturales que han permanecido hasta ahora fuera del ámbito de
irradiación del cristianismo, se abren nuevos cometidos a la
inculturación. Se presentan a nuestra generación
problemas análogos a los que la Iglesia tuvo que afrontar en
los primeros siglos.
Mi pensamiento se dirige
espontáneamente a las tierras del Oriente, ricas de
tradiciones religiosas y filosóficas muy antiguas. Entre
ellas, la India ocupa un lugar particular. Un gran movimiento
espiritual lleva el pensamiento indio a la búsqueda de una
experiencia que, liberando el espíritu de los
condicionamientos del tiempo y del espacio, tenga valor absoluto. En
el dinamismo de esta búsqueda de liberación se sitúan
grandes sistemas metafísicos.
Corresponde a los cristianos de hoy,
sobre todo a los de la India, sacar de este rico patrimonio los
elementos compatibles con su fe de modo que enriquezcan el
pensamiento cristiano. Para esta obra de discernimiento, que
encuentra su inspiración en la Declaración conciliar
Nostra aetate, tendrán en cuenta varios criterios. El
primero es el de la universalidad del espíritu humano, cuyas
exigencias fundamentales son idénticas en las culturas más
diversas. El segundo, derivado del primero, consiste en que cuando la
Iglesia entra en contacto con grandes culturas a las que
anteriormente no había llegado, no puede olvidar lo que ha
adquirido en la inculturación en el pensamiento grecolatino.
Rechazar esta herencia sería ir en contra del designio
providencial de Dios, que conduce su Iglesia por los caminos del
tiempo y de la historia. Este criterio, además, vale para la
Iglesia de cada época, también para la del mañana,
que se sentirá enriquecida por los logros alcanzados en el
actual contacto con las culturas orientales y encontrará en
este patrimonio nuevas indicaciones para entrar en diálogo
fructuoso con las culturas que la humanidad hará florecer en
su camino hacia el futuro. En tercer lugar, hay que evitar confundir
la legítima reivindicación de lo específico y
original del pensamiento indio con la idea de que una tradición
cultural deba encerrarse en su diferencia y afirmarse en su oposición
a otras tradiciones, lo cual es contrario a la naturaleza misma del
espíritu humano.
Lo que se ha dicho aquí de la
India vale también para el patrimonio de las grandes culturas
de la China, el Japón y de los demás países de
Asia, así como para las riquezas de las culturas tradicionales
de África, transmitidas sobre todo por vía oral.
73. A la luz de estas consideraciones,
la relación que ha de instaurarse oportunamente entre la
teología y la filosofía debe estar marcada por la
circularidad. Para la teología, el punto de partida y la
fuente original debe ser siempre la palabra de Dios revelada en la
historia, mientras que el objetivo final no puede ser otro que la
inteligencia de ésta, profundizada progresivamente a través
de las generaciones. Por otra parte, ya que la palabra de Dios es
Verdad (cf. Jn 17, 17), favorecerá su mejor comprensión
la búsqueda humana de la verdad, o sea el filosofar,
desarrollado en el respeto de sus propias leyes. No se trata
simplemente de utilizar, en la reflexión teológica, uno
u otro concepto o aspecto de un sistema filosófico, sino que
es decisivo que la razón del creyente emplee sus capacidades
de reflexión en la búsqueda de la verdad dentro de un
proceso en el que, partiendo de la palabra de Dios, se esfuerza por
alcanzar su mejor comprensión. Es claro además que,
moviéndose entre estos dos polos —la palabra de Dios y
su mejor conocimiento—, la razón está como
alertada, y en cierto modo guiada, para evitar caminos que la podrían
conducir fuera de la Verdad revelada y, en definitiva, fuera de la
verdad pura y simple; más aún, es animada a explorar
vías que por sí sola no habría siquiera
sospechado poder recorrer. De esta relación de circularidad
con la palabra de Dios la filosofía sale enriquecida, porque
la razón descubre nuevos e inesperados horizontes.
74. La fecundidad de semejante relación
se confirma con las vicisitudes personales de grandes teólogos
cristianos que destacaron también como grandes filósofos,
dejando escritos de tan alto valor especulativo que justifica
ponerlos junto a los maestros de la filosofía antigua. Esto
vale tanto para los Padres de la Iglesia, entre los que es preciso
citar al menos los nombres de san Gregorio Nacianceno y san Agustín,
como para los Doctores medievales, entre los cuales destaca la gran
tríada de san Anselmo, san Buenaventura y santo Tomás
de Aquino. La fecunda relación entre filosofía y
palabra de Dios se manifiesta también en la decidida búsqueda
realizada por pensadores más recientes, entre los cuales deseo
mencionar, por lo que se refiere al ámbito occidental, a
personalidades como John Henry Newman, Antonio Rosmini, Jacques
Maritain, Étienne Gilson, Edith Stein y, por lo que atañe
al oriental, a estudiosos de la categoría de Vladimir S.
Soloviov, Pavel A. Florenskij, Petr J. Caadaev, Vladimir N. Losskij.
Obviamente, al referirnos a estos autores, junto a los cuales podrían
citarse otros nombres, no trato de avalar ningún aspecto de su
pensamiento, sino sólo proponer ejemplos significativos de un
camino de búsqueda filosófica que ha obtenido
considerables beneficios de la confrontación con los datos de
la fe. Una cosa es cierta: prestar atención al itinerario
espiritual de estos maestros ayudará, sin duda alguna, al
progreso en la búsqueda de la verdad y en la aplicación
de los resultados alcanzados al servicio del hombre. Es de esperar
que esta gran tradición filosófico-teológica
encuentre hoy y en el futuro continuadores y cultivadores para el
bien de la Iglesia y de la humanidad.
Diferentes estados de la filosofía
75. Como se desprende de la historia de
las relaciones entre fe y filosofía, señalada antes
brevemente, se pueden distinguir diversas posiciones de la filosofía
respecto a la fe cristiana. Una primera es la de la filosofía
totalmente independiente de la revelación evangélica.
Es la posición de la filosofía tal como se ha
desarrollado históricamente en las épocas precedentes
al nacimiento del Redentor y, después en las regiones donde
aún no se conoce el Evangelio. En esta situación, la
filosofía manifiesta su legítima aspiración a
ser un proyecto autónomo, que procede de acuerdo con
sus propias leyes, sirviéndose de la sola fuerza de la razón.
Siendo consciente de los graves límites debidos a la debilidad
congénita de la razón humana, esta aspiración ha
de ser sostenida y reforzada. En efecto, el empeño filosófico,
como búsqueda de la verdad en el ámbito natural,
permanece al menos implícitamente abierto a lo sobrenatural.
Más aún, incluso cuando
la misma reflexión teológica se sirve de conceptos y
argumentos filosóficos, debe respetarse la exigencia de la
correcta autonomía del pensamiento. En efecto, la
argumentación elaborada siguiendo rigurosos criterios
racionales es garantía para lograr resultados universalmente
válidos. Se confirma también aquí el principio
según el cual la gracia no destruye la naturaleza, sino que la
perfecciona: el asentimiento de fe, que compromete el intelecto y la
voluntad, no destruye sino que perfecciona el libre arbitrio de cada
creyente que acoge el dato revelado.
La teoría de la llamada
filosofía « separada », seguida por numerosos
filósofos modernos, está muy lejos de esta correcta
exigencia. Más que afirmar la justa autonomía del
filosofar, dicha filosofía reivindica una autosuficiencia del
pensamiento que se demuestra claramente ilegítima. En efecto,
rechazar las aportaciones de verdad que derivan de la revelación
divina significa cerrar el paso a un conocimiento más profundo
de la verdad, dañando la misma filosofía.
76. Una segunda posición de la
filosofía es la que muchos designan con la expresión
filosofía cristiana. La denominación es en sí
misma legítima, pero no debe ser mal interpretada: con ella no
se pretende aludir a una filosofía oficial de la Iglesia,
puesto que la fe como tal no es una filosofía. Con este
apelativo se quiere indicar más bien un modo de filosofar
cristiano, una especulación filosófica concebida en
unión vital con la fe. No se hace referencia simplemente,
pues, a una filosofía hecha por filósofos cristianos,
que en su investigación no han querido contradecir su fe.
Hablando de filosofía cristiana se pretende abarcar todos los
progresos importantes del pensamiento filosófico que no se
hubieran realizado sin la aportación, directa o indirecta, de
la fe cristiana.
Dos son, por tanto, los aspectos de la
filosofía cristiana: uno subjetivo, que consiste en la
purificación de la razón por parte de la fe. Como
virtud teologal, la fe libera la razón de la presunción,
tentación típica a la que los filósofos están
fácilmente sometidos. Ya san Pablo y los Padres de la Iglesia
y, más cercanos a nuestros días, filósofos como
Pascal y Kierkegaard la han estigmatizado. Con la humildad, el
filósofo adquiere también el valor de afrontar algunas
cuestiones que difícilmente podría resolver sin
considerar los datos recibidos de la Revelación. Piénsese,
por ejemplo, en los problemas del mal y del sufrimiento, en la
identidad personal de Dios y en la pregunta sobre el sentido de la
vida o, más directamente, en la pregunta metafísica
radical: « ¿Por qué existe algo? »
Además está el aspecto
objetivo, que afecta a los contenidos. La Revelación propone
claramente algunas verdades que, aun no siendo por naturaleza
inaccesibles a la razón, tal vez no hubieran sido nunca
descubiertas por ella, si se la hubiera dejado sola. En este
horizonte se sitúan cuestiones como el concepto de un Dios
personal, libre y creador, que tanta importancia ha tenido para el
desarrollo del pensamiento filosófico y, en particular, para
la filosofía del ser. A este ámbito pertenece también
la realidad del pecado, tal y como aparece a la luz de la fe, la cual
ayuda a plantear filosóficamente de modo adecuado el problema
del mal. Incluso la concepción de la persona como ser
espiritual es una originalidad peculiar de la fe. El anuncio
cristiano de la dignidad, de la igualdad y de la libertad de los
hombres ha influido ciertamente en la reflexión filosófica
que los modernos han llevado a cabo. Se puede mencionar, como más
cercano a nosotros, el descubrimiento de la importancia que tiene
también para la filosofía el hecho histórico,
centro de la Revelación cristiana. No es casualidad que el
hecho histórico haya llegado a ser eje de una filosofía
de la historia, que se presenta como un nuevo capítulo de la
búsqueda humana de la verdad.
Entre los elementos objetivos de la
filosofía cristiana está también la necesidad de
explorar el carácter racional de algunas verdades expresadas
por la Sagrada Escritura, como la posibilidad de una vocación
sobrenatural del hombre e incluso el mismo pecado original. Son
tareas que llevan a la razón a reconocer que lo verdadero
racional supera los estrechos confines dentro de los que ella
tendería a encerrarse. Estos temas amplían de hecho el
ámbito de lo racional.
Al especular sobre estos contenidos,
los filósofos no se ha convertido en teólogos, ya que
no han buscado comprender e ilustrar la verdad de la fe a partir de
la Revelación. Han trabajado en su propio campo y con su
propia metodología puramente racional, pero ampliando su
investigación a nuevos ámbitos de la verdad. Se puede
afirmar que, sin este influjo estimulante de la Palabra de Dios,
buena parte de la filosofía moderna y contemporánea no
existiría. Este dato conserva toda su importancia, incluso
ante la constatación decepcionante del abandono de la
ortodoxia cristiana por parte de no pocos pensadores de estos últimos
siglos.
77. Otra posición significativa
de la filosofía se da cuando la teología misma
recurre a la filosofía. En realidad, la teología ha
tenido siempre y continúa teniendo necesidad de la aportación
filosófica. Siendo obra de la razón crítica a la
luz de la fe, el trabajo teológico presupone y exige en toda
su investigación una razón educada y formada conceptual
y argumentativamente. Además, la teología necesita de
la filosofía como interlocutora para verificar la
inteligibilidad y la verdad universal de sus aserciones. No es casual
que los Padres de la Iglesia y los teólogos medievales
adoptaron filosofías no cristianas para dicha función.
Este hecho histórico indica el valor de la autonomía
que la filosofía conserva también en este tercer
estado, pero al mismo tiempo muestra las transformaciones necesarias
y profundas que debe afrontar.
Precisamente por ser una aportación
indispensable y noble, la filosofía ya desde la edad
patrística, fue llamada ancilla theologiae. El título
no fue aplicado para indicar una sumisión servil o un papel
puramente funcional de la filosofía en relación con la
teología. Se utilizó más bien en el sentido con
que Aristóteles llamaba a las ciencias experimentales como «
siervas » de la « filosofía primera ». La
expresión, hoy difícilmente utilizable debido a los
principios de autonomía mencionados, ha servido a lo largo de
la historia para indicar la necesidad de la relación entre las
dos ciencias y la imposibilidad de su separación.
Si el teólogo rechazase la ayuda
de la filosofía, correría el riesgo de hacer filosofía
sin darse cuenta y de encerrarse en estructuras de pensamiento poco
adecuadas para la inteligencia de la fe. Por su parte, si el filósofo
excluyese todo contacto con la teología, debería llegar
por su propia cuenta a los contenidos de la fe cristiana, como ha
ocurrido con algunos filósofos modernos. Tanto en un caso como
en otro, se perfila el peligro de la destrucción de los
principios basilares de autonomía que toda ciencia quiere
justamente que sean garantizados.
La posición de la filosofía
aquí considerada, por las implicaciones que comporta para la
comprensión de la Revelación, está junto con la
teología más directamente bajo la autoridad del
Magisterio y de su discernimiento, como he expuesto anteriormente. En
efecto, de las verdades de fe derivan determinadas exigencias que la
filosofía debe respetar desde el momento en que entra en
relación con la teología.
78. A la luz de estas reflexiones, se
comprende bien por qué el Magisterio ha elogiado repetidamente
los méritos del pensamiento de santo Tomás y lo ha
puesto como guía y modelo de los estudios teológicos.
Lo que interesaba no era tomar posiciones sobre cuestiones
propiamente filosóficas, ni imponer la adhesión a tesis
particulares. La intención del Magisterio era, y continúa
siendo, la de mostrar cómo santo Tomás es un auténtico
modelo para cuantos buscan la verdad. En efecto, en su reflexión
la exigencia de la razón y la fuerza de la fe han encontrado
la síntesis más alta que el pensamiento haya alcanzado
jamás, ya que supo defender la radical novedad aportada por la
Revelación sin menospreciar nunca el camino propio de la
razón.
79. Al explicitar ahora los contenidos
del Magisterio precedente, quiero señalar en esta última
parte algunas condiciones que la teología —y aún
antes la palabra de Dios— pone hoy al pensamiento filosófico
y a las filosofías actuales. Como ya he indicado, el filósofo
debe proceder según sus propias reglas y ha de basarse en sus
propios principios; la verdad, sin embargo, no es más que una
sola. La Revelación, con sus contenidos, nunca puede
menospreciar a la razón en sus descubrimientos y en su
legítima autonomía; por su parte, sin embargo, la razón
no debe jamás perder su capacidad de interrogarse y de
interrogar, siendo consciente de que no puede erigirse en valor
absoluto y exclusivo. La verdad revelada, al ofrecer plena luz sobre
el ser a partir del esplendor que proviene del mismo Ser subsistente,
iluminará el camino de la reflexión filosófica.
En definitiva, la Revelación cristiana llega a ser el
verdadero punto de referencia y de confrontación entre el
pensamiento filosófico y el teológico en su recíproca
relación. Es deseable pues que los teólogos y los
filósofos se dejen guiar por la única autoridad de la
verdad, de modo que se elabore una filosofía en consonancia
con la Palabra de Dios. Esta filosofía ha de ser el punto de
encuentro entre las culturas y la fe cristiana, el lugar de
entendimiento entre creyentes y no creyentes. Ha de servir de ayuda
para que los creyentes se convenzan firmemente de que la profundidad
y autenticidad de la fe se favorece cuando está unida al
pensamiento y no renuncia a él. Una vez más, la
enseñanza de los Padres de la Iglesia nos afianza en esta
convicción: « El mismo acto de fe no es otra cosa que el
pensar con el asentimiento de la voluntad [...] Todo el que cree,
piensa; piensa creyendo y cree pensando [...] Porque la fe, si lo que
se cree no se piensa, es nula ».(95) Además: « Sin
asentimiento no hay fe, porque sin asentimiento no se puede creer
nada ».(96)
CAPÍTULO VII
EXIGENCIAS
Y COMETIDOS ACTUALES
Exigencias irrenunciables de la palabra
de Dios
80. La Sagrada Escritura contiene, de
manera explícita o implícita, una serie de elementos
que permiten obtener una visión del hombre y del mundo de gran
valor filosófico. Los cristianos han tomado conciencia
progresivamente de la riqueza contenida en aquellas páginas
sagradas. De ellas se deduce que la realidad que experimentamos no es
el absoluto; no es increada ni se ha autoengendrado. Sólo Dios
es el Absoluto. De las páginas de la Biblia se desprende,
además, una visión del hombre como imago Dei,
que contiene indicaciones precisas sobre su ser, su libertad y la
inmortalidad de su espíritu. Puesto que el mundo creado no es
autosuficiente, toda ilusión de autonomía que ignore la
dependencia esencial de Dios de toda criatura —incluido el
hombre— lleva a situaciones dramáticas que destruyen la
búsqueda racional de la armonía y del sentido de la
existencia humana.
Incluso el problema del mal moral —la
forma más trágica de mal— es afrontado en la
Biblia, la cual nos enseña que éste no se puede reducir
a una cierta deficiencia debida a la materia, sino que es una herida
causada por una manifestación desordenada de la libertad
humana. En fin, la palabra de Dios plantea el problema del sentido de
la existencia y ofrece su respuesta orientando al hombre hacia
Jesucristo, el Verbo de Dios, que realiza en plenitud la existencia
humana. De la lectura del texto sagrado se podrían explicitar
también otros aspectos; de todos modos, lo que sobresale es el
rechazo de toda forma de relativismo, de materialismo y de panteísmo.
La convicción fundamental de
esta « filosofía » contenida en la Biblia es que
la vida humana y el mundo tienen un sentido y están orientados
hacia su cumplimiento, que se realiza en Jesucristo. El misterio de
la Encarnación será siempre el punto de referencia para
comprender el enigma de la existencia humana, del mundo creado y de
Dios mismo. En este misterio los retos para la filosofía son
radicales, porque la razón está llamada a asumir una
lógica que derriba los muros dentro de los cuales corre el
riesgo de quedar encerrada. Sin embargo, sólo aquí
alcanza su culmen el sentido de la existencia. En efecto, se hace
inteligible la esencia íntima de Dios y del hombre. En el
misterio del Verbo encarnado se salvaguardan la naturaleza divina y
la naturaleza humana, con su respectiva autonomía, y a la vez
se manifiesta el vínculo único que las pone en
recíproca relación sin confusión.(97)
81. Se ha de tener presente que uno de
los elementos más importantes de nuestra condición
actual es la « crisis del sentido ». Los puntos de vista,
a menudo de carácter científico, sobre la vida y sobre
el mundo se han multiplicado de tal forma que podemos constatar como
se produce el fenómeno de la fragmentariedad del saber.
Precisamente esto hace difícil y a menudo vana la búsqueda
de un sentido. Y, lo que es aún más dramático,
en medio de esta baraúnda de datos y de hechos entre los que
se vive y que parecen formar la trama misma de la existencia, muchos
se preguntan si todavía tiene sentido plantearse la cuestión
del sentido. La pluralidad de las teorías que se disputan la
respuesta, o los diversos modos de ver y de interpretar el mundo y la
vida del hombre, no hacen más que agudizar esta duda radical,
que fácilmente desemboca en un estado de escepticismo y de
indiferencia o en las diversas manifestaciones del nihilismo.
La consecuencia de esto es que a menudo
el espíritu humano está sujeto a una forma de
pensamiento ambiguo, que lo lleva a encerrarse todavía más
en sí mismo, dentro de los límites de su propia
inmanencia, sin ninguna referencia a lo trascendente. Una filosofía
carente de la cuestión sobre el sentido de la existencia
incurriría en el grave peligro de degradar la razón a
funciones meramente instrumentales, sin ninguna auténtica
pasión por la búsqueda de la verdad.
Para estar en consonancia con la
palabra de Dios es necesario, ante todo, que la filosofía
encuentre de nuevo su dimensión sapiencial de búsqueda
del sentido último y global de la vida. Esta primera
exigencia, pensándolo bien, es para la filosofía un
estímulo utilísimo para adecuarse a su misma
naturaleza. En efecto, haciéndolo así, la filosofía
no sólo será la instancia crítica decisiva que
señala a las diversas ramas del saber científico su
fundamento y su límite, sino que se pondrá también
como última instancia de unificación del saber y del
obrar humano, impulsándolos a avanzar hacia un objetivo y un
sentido definitivos. Esta dimensión sapiencial se hace hoy más
indispensable en la medida en que el crecimiento inmenso del poder
técnico de la humanidad requiere una conciencia renovada y
aguda de los valores últimos. Si a estos medios técnicos
les faltara la ordenación hacia un fin no meramente
utilitarista, pronto podrían revelarse inhumanos, e incluso
transformarse en potenciales destructores del género
humano.(98)
La palabra de Dios revela el fin último
del hombre y da un sentido global a su obrar en el mundo. Por esto
invita a la filosofía a esforzarse en buscar el fundamento
natural de este sentido, que es la religiosidad constitutiva de toda
persona. Una filosofía que quisiera negar la posibilidad de un
sentido último y global sería no sólo
inadecuada, sino errónea.
82. Por otro lado, esta función
sapiencial no podría ser desarrollada por una filosofía
que no fuese un saber auténtico y verdadero, es decir, que
atañe no sólo a aspectos particulares y relativos de lo
real —sean éstos funcionales, formales o útiles—,
sino a su verdad total y definitiva, o sea, al ser mismo del objeto
de conocimiento. Ésta es, pues, una segunda exigencia:
verificar la capacidad del hombre de llegar al conocimiento de la
verdad; un conocimiento, además, que alcance la verdad
objetiva, mediante aquella adaequatio rei et intellectus a la
que se refieren los Doctores de la Escolástica.(99) Esta
exigencia, propia de la fe, ha sido reafirmada por el Concilio
Vaticano II: « La inteligencia no se limita sólo a los
fenómenos, sino que es capaz de alcanzar con verdadera certeza
la realidad inteligible, aunque a consecuencia del pecado se
encuentre parcialmente oscurecida y debilitada ». (100)
Una filosofía radicalmente
fenoménica o relativista sería inadecuada para ayudar a
profundizar en la riqueza de la palabra de Dios. En efecto, la
Sagrada Escritura presupone siempre que el hombre, aunque culpable de
doblez y de engaño, es capaz de conocer y de comprender la
verdad límpida y pura. En los Libros sagrados, concretamente
en el Nuevo Testamento, hay textos y afirmaciones de alcance
propiamente ontológico. En efecto, los autores inspirados han
querido formular verdaderas afirmaciones que expresan la realidad
objetiva. No se puede decir que la tradición católica
haya cometido un error al interpretar algunos textos de san Juan y de
san Pablo como afirmaciones sobre el ser de Cristo. La teología,
cuando se dedica a comprender y explicar estas afirmaciones, necesita
la aportación de una filosofía que no renuncie a la
posibilidad de un conocimiento objetivamente verdadero, aunque
siempre perfectible. Lo dicho es válido también para
los juicios de la conciencia moral, que la Sagrada Escritura supone
que pueden ser objetivamente verdaderos. (101)
83. Las dos exigencias mencionadas
conllevan una tercera: es necesaria una filosofía de alcance
auténticamente metafísico, capaz de trascender
los datos empíricos para llegar, en su búsqueda de la
verdad, a algo absoluto, último y fundamental. Esta es una
exigencia implícita tanto en el conocimiento de tipo
sapiencial como en el de tipo analítico; concretamente, es una
exigencia propia del conocimiento del bien moral cuyo fundamento
último es el sumo Bien, Dios mismo. No quiero hablar aquí
de la metafísica como si fuera una escuela específica o
una corriente histórica particular. Sólo deseo afirmar
que la realidad y la verdad transcienden lo fáctico y lo
empírico, y reivindicar la capacidad que el hombre tiene de
conocer esta dimensión trascendente y metafísica de
manera verdadera y cierta, aunque imperfecta y analógica. En
este sentido, la metafísica no se ha de considerar como
alternativa a la antropología, ya que la metafísica
permite precisamente dar un fundamento al concepto de dignidad de la
persona por su condición espiritual. La persona, en
particular, es el ámbito privilegiado para el encuentro con el
ser y, por tanto, con la reflexión metafísica.
Dondequiera que el hombre descubra una
referencia a lo absoluto y a lo trascendente, se le abre un resquicio
de la dimensión metafísica de la realidad: en la
verdad, en la belleza, en los valores morales, en las demás
personas, en el ser mismo y en Dios. Un gran reto que tenemos al
final de este milenio es el de saber realizar el paso, tan necesario
como urgente, del fenómeno al fundamento. No es
posible detenerse en la sola experiencia; incluso cuando ésta
expresa y pone de manifiesto la interioridad del hombre y su
espiritualidad, es necesario que la reflexión especulativa
llegue hasta su naturaleza espiritual y el fundamento en que se
apoya. Por lo cual, un pensamiento filosófico que rechazase
cualquier apertura metafísica sería radicalmente
inadecuado para desempeñar un papel de mediación en la
comprensión de la Revelación.
La palabra de Dios se refiere
continuamente a lo que supera la experiencia e incluso el pensamiento
del hombre; pero este « misterio » no podría ser
revelado, ni la teología podría hacerlo inteligible de
modo alguno, (102) si el conocimiento humano estuviera rigurosamente
limitado al mundo de la experiencia sensible. Por lo cual, la
metafísica es una mediación privilegiada en la búsqueda
teológica. Una teología sin un horizonte metafísico
no conseguiría ir más allá del análisis
de la experiencia religiosa y no permitiría al intellectus
fidei expresar con coherencia el valor universal y trascendente
de la verdad revelada.
Si insisto tanto en el elemento
metafísico es porque estoy convencido de que es el camino
obligado para superar la situación de crisis que afecta hoy a
grandes sectores de la filosofía y para corregir así
algunos comportamientos erróneos difundidos en nuestra
sociedad.
84. La importancia de la instancia
metafísica se hace aún más evidente si se
considera el desarrollo que hoy tienen las ciencias hermenéuticas
y los diversos análisis del lenguaje. Los resultados a los que
llegan estos estudios pueden ser muy útiles para la
comprensión de la fe, ya que ponen de manifiesto la estructura
de nuestro modo de pensar y de hablar y el sentido contenido en el
lenguaje. Sin embargo, hay estudiosos de estas ciencias que en sus
investigaciones tienden a detenerse en el modo cómo se
comprende y se expresa la realidad, sin verificar las posibilidades
que tiene la razón para descubrir su esencia. ¿Cómo
no descubrir en dicha actitud una prueba de la crisis de confianza,
que atraviesa nuestro tiempo, sobre la capacidad de la razón?
Además, cuando en algunas afirmaciones apriorísticas
estas tesis tienden a ofuscar los contenidos de la fe o negar su
validez universal, no sólo humillan la razón, sino que
se descalifican a sí mismas. En efecto, la fe presupone con
claridad que el lenguaje humano es capaz de expresar de manera
universal —aunque en términos analógicos, pero no
por ello menos significativos— la realidad divina y
trascendente. (103) Si no fuera así, la palabra de Dios, que
es siempre palabra divina en lenguaje humano, no sería capaz
de expresar nada sobre Dios. La interpretación de esta Palabra
no puede llevarnos de interpretación en interpretación,
sin llegar nunca a descubrir una afirmación simplemente
verdadera; de otro modo no habría revelación de Dios,
sino solamente la expresión de conceptos humanos sobre Él
y sobre lo que presumiblemente piensa de nosotros.
85. Sé bien que estas
exigencias, puestas a la filosofía por la palabra de Dios,
pueden parecer arduas a muchos que afrontan la situación
actual de la investigación filosófica. Precisamente por
esto, asumiendo lo que los Sumos Pontífices desde algún
tiempo no dejan de enseñar y el mismo Concilio Ecuménico
Vaticano II ha afirmado, deseo expresar firmemente la convicción
de que el hombre es capaz de llegar a una visión unitaria y
orgánica del saber. Éste es uno de los cometidos que el
pensamiento cristiano deberá afrontar a lo largo del próximo
milenio de la era cristiana. El aspecto sectorial del saber, en la
medida en que comporta un acercamiento parcial a la verdad con la
consiguiente fragmentación del sentido, impide la unidad
interior del hombre contemporáneo. ¿Cómo podría
no preocuparse la Iglesia? Este cometido sapiencial llega a sus
Pastores directamente desde el Evangelio y ellos no pueden eludir el
deber de llevarlo a cabo.
Considero que quienes tratan hoy de
responder como filósofos a las exigencias que la palabra de
Dios plantea al pensamiento humano, deberían elaborar su
razonamiento basándose en estos postulados y en coherente
continuidad con la gran tradición que, empezando por los
antiguos, pasa por los Padres de la Iglesia y los maestros de la
escolástica, y llega hasta los descubrimientos fundamentales
del pensamiento moderno y contemporáneo. Si el filósofo
sabe aprender de esta tradición e inspirarse en ella, no
dejará de mostrarse fiel a la exigencia de autonomía
del pensamiento filosófico.
En este sentido, es muy significativo
que, en el contexto actual, algunos filósofos sean promotores
del descubrimiento del papel determinante de la tradición para
una forma correcta de conocimiento. En efecto, la referencia a la
tradición no es un mero recuerdo del pasado, sino que más
bien constituye el reconocimiento de un patrimonio cultural de toda
la humanidad. Es más, se podría decir que nosotros
pertenecemos a la tradición y no podemos disponer de ella como
queramos. Precisamente el tener las raíces en la tradición
es lo que nos permite hoy poder expresar un pensamiento original,
nuevo y proyectado hacia el futuro. Esta misma referencia es válida
también sobre todo para la teología. No sólo
porque tiene la Tradición viva de la Iglesia como fuente
originaria, (104) sino también porque, gracias a esto, debe
ser capaz de recuperar tanto la profunda tradición teológica
que ha marcado las épocas anteriores, como la perenne
tradición de aquella filosofía que ha sabido superar
por su verdadera sabiduría los límites del espacio y
del tiempo.
86. La insistencia en la necesidad de
una estrecha relación de continuidad de la reflexión
filosófica contemporánea con la elaborada en la
tradición cristiana intenta prevenir el peligro que se esconde
en algunas corrientes de pensamiento, hoy tan difundidas. Considero
oportuno detenerme en ellas, aunque brevemente, para poner de relieve
sus errores y los consiguientes riesgos para la actividad filosófica.
La primera es el eclecticismo,
término que designa la actitud de quien, en la investigación,
en la enseñanza y en la argumentación, incluso
teológica, suele adoptar ideas derivadas de diferentes
filosofías, sin fijarse en su coherencia o conexión
sistemática ni en su contexto histórico. De este modo,
no es capaz de discernir la parte de verdad de un pensamiento de lo
que pueda tener de erróneo o inadecuado. Una forma extrema de
eclecticismo se percibe también en el abuso retórico de
los términos filosóficos al que se abandona a veces
algún teólogo. Esta instrumentalización no ayuda
a la búsqueda de la verdad y no educa la razón —tanto
teológica como filosófica— para argumentar de
manera seria y científica. El estudio riguroso y profundo de
las doctrinas filosóficas, de su lenguaje peculiar y del
contexto en que han surgido, ayuda a superar los riesgos del
eclecticismo y permite su adecuada integración en la
argumentación teológica.
87. El eclecticismo es un error de
método, pero podría ocultar también las tesis
propias del historicismo. Para comprender de manera correcta
una doctrina del pasado, es necesario considerarla en su contexto
histórico y cultural. En cambio, la tesis fundamental del
historicismo consiste en establecer la verdad de una filosofía
sobre la base de su adecuación a un determinado período
y a un determinado objetivo histórico. De este modo, al menos
implícitamente, se niega la validez perenne de la verdad. Lo
que era verdad en una época, sostiene el historicista, puede
no serlo ya en otra. En fin, la historia del pensamiento es para él
poco más que una pieza arqueológica a la que se recurre
para poner de relieve posiciones del pasado en gran parte ya
superadas y carentes de significado para el presente. Por el
contrario, se debe considerar además que, aunque la
formulación esté en cierto modo vinculada al tiempo y a
la cultura, la verdad o el error expresados en ellas se pueden
reconocer y valorar como tales en todo caso, no obstante la distancia
espacio-temporal.
En la reflexión teológica,
el historicismo tiende a presentarse muchas veces bajo una forma de «
modernismo ». Con la justa preocupación de actualizar la
temática teológica y hacerla asequible a los
contemporáneos, se recurre sólo a las afirmaciones y
jerga filosófica más recientes, descuidando las
observaciones críticas que se deberían hacer
eventualmente a la luz de la tradición. Esta forma de
modernismo, por el hecho de sustituir la actualidad por la verdad, se
muestra incapaz de satisfacer las exigencias de verdad a la que la
teología debe dar respuesta.
88. Otro peligro considerable es el
cientificismo. Esta corriente filosófica no admite como
válidas otras formas de conocimiento que no sean las propias
de las ciencias positivas, relegando al ámbito de la mera
imaginación tanto el conocimiento religioso y teológico,
como el saber ético y estético. En el pasado, esta
misma idea se expresaba en el positivismo y en el neopositivismo, que
consideraban sin sentido las afirmaciones de carácter
metafísico. La crítica epistemológica ha
desacreditado esta postura, que, no obstante, vuelve a surgir bajo la
nueva forma del cientificismo. En esta perspectiva, los valores
quedan relegados a meros productos de la emotividad y la noción
de ser es marginada para dar lugar a lo puro y simplemente fáctico.
La ciencia se prepara a dominar todos los aspectos de la existencia
humana a través del progreso tecnológico. Los éxitos
innegables de la investigación científica y de la
tecnología contemporánea han contribuido a difundir la
mentalidad cientificista, que parece no encontrar límites,
teniendo en cuenta como ha penetrado en las diversas culturas y como
ha aportado en ellas cambios radicales.
Se debe constatar lamentablemente que
lo relativo a la cuestión sobre el sentido de la vida es
considerado por el cientificismo como algo que pertenece al campo de
lo irracional o de lo imaginario. No menos desalentador es el modo en
que esta corriente de pensamiento trata otros grandes problemas de la
filosofía que, o son ignorados o se afrontan con análisis
basados en analogías superficiales, sin fundamento racional.
Esto lleva al empobrecimiento de la reflexión humana, que se
ve privada de los problemas de fondo que el animal rationale se
ha planteado constantemente, desde el inicio de su existencia
terrena. En esta perspectiva, al marginar la crítica
proveniente de la valoración ética, la mentalidad
cientificista ha conseguido que muchos acepten la idea según
la cual lo que es técnicamente realizable llega a ser por ello
moralmente admisible.
89. No menores peligros conlleva el
pragmatismo, actitud mental propia de quien, al hacer sus
opciones, excluye el recurso a reflexiones teoréticas o a
valoraciones basadas en principios éticos. Las consecuencias
derivadas de esta corriente de pensamiento son notables. En
particular, se ha ido afirmando un concepto de democracia que no
contempla la referencia a fundamentos de orden axiológico y
por tanto inmutables. La admisibilidad o no de un determinado
comportamiento se decide con el voto de la mayoría
parlamentaria. (105) Las consecuencias de semejante planteamiento son
evidentes: las grandes decisiones morales del hombre se subordinan,
de hecho, a las deliberaciones tomadas cada vez por los órganos
institucionales. Más aún, la misma antropología
está fuertemente condicionada por una visión
unidimensional del ser humano, ajena a los grandes dilemas éticos
y a los análisis existenciales sobre el sentido del
sufrimiento y del sacrificio, de la vida y de la muerte.
90. Las tesis examinadas hasta aquí
llevan, a su vez, a una concepción más general, que
actualmente parece constituir el horizonte común para muchas
filosofías que se han alejado del sentido del ser. Me estoy
refiriendo a la postura nihilista, que rechaza todo fundamento a la
vez que niega toda verdad objetiva. El nihilismo, aun antes de
estar en contraste con las exigencias y los contenidos de la palabra
de Dios, niega la humanidad del hombre y su misma identidad. En
efecto, se ha de tener en cuenta que la negación del ser
comporta inevitablemente la pérdida de contacto con la verdad
objetiva y, por consiguiente, con el fundamento de la dignidad
humana. De este modo se hace posible borrar del rostro del hombre los
rasgos que manifiestan su semejanza con Dios, para llevarlo
progresivamente o a una destructiva voluntad de poder o a la
desesperación de la soledad. Una vez que se ha quitado la
verdad al hombre, es pura ilusión pretender hacerlo libre. En
efecto, verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen
miserablemente. (106)
91. Al comentar las corrientes de
pensamiento apenas mencionadas no ha sido mi intención
presentar un cuadro completo de la situación actual de la
filosofía, que, por otra parte, sería difícil de
englobar en una visión unitaria. Quiero subrayar, de hecho,
que la herencia del saber y de la sabiduría se ha enriquecido
en diversos campos. Basta citar la lógica, la filosofía
del lenguaje, la epistemología, la filosofía de la
naturaleza, la antropología, el análisis profundo de
las vías afectivas del conocimiento, el acercamiento
existencial al análisis de la libertad. Por otra parte, la
afirmación del principio de inmanencia, que es el centro de la
postura racionalista, suscitó, a partir del siglo pasado,
reacciones que han llevado a un planteamiento radical de los
postulados considerados indiscutibles. Nacieron así corrientes
irracionalistas, mientras la crítica ponía de
manifiesto la inutilidad de la exigencia de autofundación
absoluta de la razón.
Nuestra época ha sido calificada
por ciertos pensadores como la época de la «
postmodernidad ». Este término, utilizado frecuentemente
en contextos muy diferentes unos de otros, designa la aparición
de un conjunto de factores nuevos, que por su difusión y
eficacia han sido capaces de determinar cambios significativos y
duraderos. Así, el término se ha empleado primero a
propósito de fenómenos de orden estético, social
y tecnológico. Sucesivamente ha pasado al ámbito
filosófico, quedando caracterizado no obstante por una cierta
ambigüedad, tanto porque el juicio sobre lo que se llama «
postmoderno » es unas veces positivo y otras negativo, como
porque falta consenso sobre el delicado problema de la delimitación
de las diferentes épocas históricas. Sin embargo, no
hay duda de que las corrientes de pensamiento relacionadas con la
postmodernidad merecen una adecuada atención. En efecto, según
algunas de ellas el tiempo de las certezas ha pasado
irremediablemente; el hombre debería ya aprender a vivir en
una perspectiva de carencia total de sentido, caracterizada por lo
provisional y fugaz. Muchos autores, en su crítica demoledora
de toda certeza e ignorando las distinciones necesarias, contestan
incluso la certeza de la fe.
Este nihilismo encuentra una cierta
confirmación en la terrible experiencia del mal que ha marcado
nuestra época. Ante esta experiencia dramática, el
optimismo racionalista que veía en la historia el avance
victorioso de la razón, fuente de felicidad y de libertad, no
ha podido mantenerse en pie, hasta el punto de que una de las mayores
amenazas en este fin de siglo es la tentación de la
desesperación.
Sin embargo es verdad que una cierta
mentalidad positivista sigue alimentando la ilusión de que,
gracias a las conquistas científicas y técnicas, el
hombre, como demiurgo, pueda llegar por sí solo a conseguir el
pleno dominio de su destino.
Cometidos actuales de la teología
92. Como inteligencia de la Revelación,
la teología en las diversas épocas históricas ha
debido afrontar siempre las exigencias de las diferentes culturas
para luego conciliar en ellas el contenido de la fe con una
conceptualización coherente. Hoy tiene también un doble
cometido. En efecto, por una parte debe desarrollar la labor que el
Concilio Vaticano II le encomendó en su momento: renovar las
propias metodologías para un servicio más eficaz a la
evangelización. En esta perspectiva, ¿cómo no
recordar las palabras pronunciadas por el Sumo Pontífice Juan
XXIII en la apertura del Concilio? Decía entonces: « Es
necesario, además, como lo desean ardientemente todos los que
promueven sinceramente el espíritu cristiano, católico
y apostólico, conocer con mayor amplitud y profundidad esta
doctrina que debe impregnar las conciencias. Esta doctrina es, sin
duda, verdadera e inmutable, y el fiel debe prestarle obediencia,
pero hay que investigarla y exponerla según las exigencias de
nuestro tiempo ». (107)
Por otra parte, la teología debe
mirar hacia la verdad última que recibe con la Revelación,
sin darse por satisfecha con las fases intermedias. Es conveniente
que el teólogo recuerde que su trabajo corresponde « al
dinamismo presente en la fe misma » y que el objeto propio de
su investigación es « la Verdad, el Dios vivo y su
designio de salvación revelado en Jesucristo ». (108)
Este cometido, que afecta en primer lugar a la teología, atañe
igualmente a la filosofía. En efecto, los numerosos problemas
actuales exigen un trabajo común, aunque realizado con
metodologías diversas, para que la verdad sea nuevamente
conocida y expresada. La Verdad, que es Cristo, se impone como
autoridad universal que dirige, estimula y hacer crecer (cf. Ef 4,
15) tanto la teología como la filosofía.
Creer en la posibilidad de conocer una
verdad universalmente válida no es en modo alguno fuente de
intolerancia; al contrario, es una condición necesaria para un
diálogo sincero y auténtico entre las personas. Sólo
bajo esta condición es posible superar las divisiones y
recorrer juntos el camino hacia la verdad completa, siguiendo los
senderos que sólo conoce el Espíritu del Señor
resucitado. (109) Deseo indicar ahora cómo la exigencia de
unidad se presenta concretamente hoy ante las tareas actuales de la
teología.
93. El objetivo fundamental al que
tiende la teología consiste en presentar la inteligencia de
la Revelación y el contenido de la fe. Por tanto, el
verdadero centro de su reflexión será la contemplación
del misterio mismo de Dios Trino. A Él se llega reflexionando
sobre el misterio de la encarnación del Hijo de Dios: sobre su
hacerse hombre y el consiguiente caminar hacia la pasión y
muerte, misterio que desembocará en su gloriosa resurrección
y ascensión a la derecha del Padre, de donde enviará el
Espíritu de la verdad para constituir y animar a su Iglesia.
En este horizonte, un objetivo primario de la teología es la
comprensión de la kenosis de Dios, verdadero gran
misterio para la mente humana, a la cual resulta inaceptable que el
sufrimiento y la muerte puedan expresar el amor que se da sin pedir
nada a cambio. En esta perspectiva se impone como exigencia básica
y urgente un análisis atento de los textos. En primer lugar,
los textos escriturísticos; después, los de la
Tradición viva de la Iglesia. A este respecto, se plantean hoy
algunos problemas, sólo nuevos en parte, cuya solución
coherente no se podrá encontrar prescindiendo de la aportación
de la filosofía.
94. Un primer aspecto problemático
es la relación entre el significado y la verdad. Como
cualquier otro texto, también las fuentes que el teólogo
interpreta transmiten ante todo un significado, que se ha de
descubrir y exponer. Ahora bien, este significado se presenta como la
verdad sobre Dios, que es comunicada por Él mismo a través
del texto sagrado. En el lenguaje humano, pues, toma cuerpo el
lenguaje de Dios, que comunica la propia verdad con la admirable «
condescendencia » que refleja la lógica de la
Encarnación. (110) Al interpretar las fuentes de la Revelación
es necesario, por tanto, que el teólogo se pregunte cuál
es la verdad profunda y genuina que los textos quieren comunicar, a
pesar de los límites del lenguaje.
En cuanto a los textos bíblicos,
y a los Evangelios en particular, su verdad no se reduce ciertamente
a la narración de meros acontecimientos históricos o a
la revelación de hechos neutrales, como postula el positivismo
historicista. (111) Al contrario, estos textos presentan
acontecimientos cuya verdad va más allá de las
vicisitudes históricas: su significado está en y
para la historia de la salvación. Esta verdad tiene su
plena explicitación en la lectura constante que la Iglesia
hace de dichos textos a lo largo de los siglos, manteniendo inmutable
su significado originario. Es urgente, pues, interrogarse incluso
filosóficamente sobre la relación que hay entre el
hecho y su significado; relación que constituye el sentido
específico de la historia.
95. La palabra de Dios no se dirige a
un solo pueblo y a una sola época. Igualmente, los enunciados
dogmáticos, aun reflejando a veces la cultura del período
en que se formulan, presentan una verdad estable y definitiva. Surge,
pues, la pregunta sobre cómo se puede conciliar el carácter
absoluto y universal de la verdad con el inevitable condicionamiento
histórico y cultural de las fórmulas en que se expresa.
Como he dicho anteriormente, las tesis del historicismo no son
defendibles. En cambio, la aplicación de una hermenéutica
abierta a la instancia metafísica permite mostrar cómo,
a partir de las circunstancias históricas y contingentes en
que han madurado los textos, se llega a la verdad expresada en ellos,
que va más allá de dichos condicionamientos.
Con su lenguaje histórico y
circunscrito el hombre puede expresar unas verdades que transcienden
el fenómeno lingüístico. En efecto, la verdad
jamás puede ser limitada por el tiempo y la cultura; se conoce
en la historia, pero supera la historia misma.
96. Esta consideración permite
entrever la solución de otro problema: el de la perenne
validez del lenguaje conceptual usado en las definiciones
conciliares. Mi predecesor Pío XII ya afrontó esta
cuestión en la Encíclica Humani generis. (112)
Reflexionar sobre este tema no es
fácil, porque se debe tener en cuenta seriamente el
significado que adquieren las palabras en las diversas culturas y en
épocas diferentes. De todos modos, la historia del pensamiento
enseña que a través de la evolución y la
variedad de las culturas ciertos conceptos básicos mantienen
su valor cognoscitivo universal y, por tanto, la verdad de las
proposiciones que los expresan. (113) Si no fuera así, la
filosofía y las ciencias no podrían comunicarse entre
ellas, ni podrían ser asumidas por culturas distintas de
aquellas en que han sido pensadas y elaboradas. El problema
hermenéutico, por tanto, existe, pero tiene solución.
Por otra parte, el valor objetivo de muchos conceptos no excluye que
a menudo su significado sea imperfecto. La especulación
filosófica podría ayudar mucho en este campo. Por
tanto, es de desear un esfuerzo particular para profundizar la
relación entre lenguaje conceptual y verdad, para proponer
vías adecuadas para su correcta comprensión.
97. Si un cometido importante de la
teología es la interpretación de las fuentes, un paso
ulterior e incluso más delicado y exigente es la comprensión
de la verdad revelada, o sea, la elaboración del
intellectus fidei. Como ya he dicho, el intellectus fidei
necesita la aportación de una filosofía del ser,
que permita ante todo a la teología dogmática
desarrollar de manera adecuada sus funciones. El pragmatismo
dogmático de principios de este siglo, según el cual
las verdades de fe no serían más que reglas de
comportamiento, ha sido ya descartado y rechazado; (114) a pesar de
esto, queda siempre la tentación de comprender estas verdades
de manera puramente funcional. En este caso, se caería en un
esquema inadecuado, reductivo y desprovisto de la necesaria
incisividad especulativa. Por ejemplo, una cristología que se
estructurara unilateralmente « desde abajo », como hoy
suele decirse, o una eclesiología elaborada únicamente
sobre el modelo de la sociedad civil, difícilmente podrían
evitar el peligro de tal reduccionismo.
Si el intellectus fidei quiere
incorporar toda la riqueza de la tradición teológica,
debe recurrir a la filosofía del ser. Ésta debe poder
replantear el problema del ser según las exigencias y las
aportaciones de toda la tradición filosófica, incluida
la más reciente, evitando caer en inútiles repeticiones
de esquemas anticuados. En el marco de la tradición metafísica
cristiana, la filosofía del ser es una filosofía
dinámica que ve la realidad en sus estructuras ontológicas,
causales y comunicativas. Ella tiene fuerza y perenne validez por
estar fundamentada en el hecho mismo del ser, que permite la apertura
plena y global hacia la realidad entera, superando cualquier límite
hasta llegar a Aquél que lo perfecciona todo. (115) En la
teología, que recibe sus principios de la Revelación
como nueva fuente de conocimiento, se confirma esta perspectiva según
la íntima relación entre fe y racionalidad metafísica.
98. Consideraciones análogas se
pueden hacer también por lo que se refiere a la teología
moral. La recuperación de la filosofía es urgente
asimismo para la comprensión de la fe, relativa a la actuación
de los creyentes. Ante los retos contemporáneos en el campo
social, económico, político y científico, la
conciencia ética del hombre está desorientada. En la
Encíclica Veritatis splendor he puesto de relieve que
muchos de los problemas que tiene el mundo actual derivan de una «
crisis en torno a la verdad. Abandonada la idea de una verdad
universal sobre el bien, que la razón humana pueda conocer, ha
cambiado también inevitablemente la concepción misma de
la conciencia: a ésta ya no se la considera en su realidad
originaria, o sea, como acto de la inteligencia de la persona, que
debe aplicar el conocimiento universal del bien en una determinada
situación y expresar así un juicio sobre la conducta
recta que hay que elegir aquí y ahora; sino que más
bien se está orientando a conceder a la conciencia del
individuo el privilegio de fijar, de modo autónomo, los
criterios del bien y del mal, y actuar en consecuencia. Esta visión
coincide con una ética individualista, para la cual cada uno
se encuentra ante su verdad, diversa de la verdad de los demás
». (116)
En toda la Encíclica he
subrayado claramente el papel fundamental que corresponde a la verdad
en el campo moral. Esta verdad, respecto a la mayor parte de los
problemas éticos más urgentes, exige, por parte de la
teología moral, una atenta reflexión que ponga bien de
relieve su arraigo en la palabra de Dios. Para cumplir esta misión
propia, la teología moral debe recurrir a una ética
filosófica orientada a la verdad del bien; a una ética,
pues, que no sea subjetivista ni utilitarista. Esta ética
implica y presupone una antropología filosófica y una
metafísica del bien. Gracias a esta visión unitaria,
vinculada necesariamente a la santidad cristiana y al ejercicio de
las virtudes humanas y sobrenaturales, la teología moral será
capaz de afrontar los diversos problemas de su competencia —como
la paz, la justicia social, la familia, la defensa de la vida y del
ambiente natural— del modo más adecuado y eficaz.
99. La labor teológica en la
Iglesia está ante todo al servicio del anuncio de la fe y de
la catequesis. (117) El anuncio o kerigma llama a la conversión,
proponiendo la verdad de Cristo que culmina en su Misterio pascual.
En efecto, sólo en Cristo es posible conocer la plenitud de la
verdad que nos salva (cf. Hch 4, 12; 1 Tm 2, 4-6).
En este contexto se comprende bien por
qué, además de la teología, tiene también
un notable interés la referencia a la catequesis, pues
conlleva implicaciones filosóficas que deben estudiarse a la
luz de la fe. La enseñanza dada en la catequesis tiene un
efecto formativo para la persona. La catequesis, que es también
comunicación lingüística, debe presentar la
doctrina de la Iglesia en su integridad, (118) mostrando su relación
con la vida de los creyentes. (119) Se da así una unión
especial entre enseñanza y vida, que es imposible alcanzar de
otro modo. En efecto, lo que se comunica en la catequesis no es un
conjunto de verdades conceptuales, sino el misterio del Dios vivo.
(120)
La reflexión filosófica
puede contribuir mucho a clarificar la relación entre verdad y
vida, entre acontecimiento y verdad doctrinal y, sobre todo, la
relación entre verdad trascendente y lenguaje humanamente
inteligible. (121) La reciprocidad que hay entre las materias
teológicas y los objetivos alcanzados por las diferentes
corrientes filosóficas puede manifestar, pues, una fecundidad
concreta de cara a la comunicación de la fe y de su
comprensión más profunda.
CONCLUSIÓN
100. Pasados más cien años
de la publicación de la Encíclica Æterni
Patris de León XIII, a la que me he referido varias veces
en estas páginas, me ha parecido necesario acometer de nuevo y
de modo más sistemático el argumento sobre la relación
entre fe y filosofía. Es evidente la importancia que el
pensamiento filosófico tiene en el desarrollo de las culturas
y en la orientación de los comportamientos personales y
sociales. Dicho pensamiento ejerce una gran influencia, incluso sobre
la teología y sobre sus diversas ramas, que no siempre se
percibe de manera explícita. Por esto, he considerado justo y
necesario subrayar el valor que la filosofía tiene para la
comprensión de la fe y las limitaciones a las que se ve
sometida cuando olvida o rechaza las verdades de la Revelación.
En efecto, la Iglesia está profundamente convencida de que fe
y razón « se ayudan mutuamente », (122) ejerciendo
recíprocamente una función tanto de examen crítico
y purificador, como de estímulo para progresar en la búsqueda
y en la profundización.
101. Cuando nuestra consideración
se centra en la historia del pensamiento, sobre todo en Occidente, es
fácil ver la riqueza que ha significado para el progreso de la
humanidad el encuentro entre filosofía y teología, y el
intercambio de sus respectivos resultados. La teología, que ha
recibido como don una apertura y una originalidad que le permiten
existir como ciencia de la fe, ha estimulado ciertamente la razón
a permanecer abierta a la novedad radical que comporta la revelación
de Dios. Esto ha sido una ventaja indudable para la filosofía,
que así ha visto abrirse nuevos horizontes de significados
inéditos que la razón está llamada a estudiar.
Precisamente a la luz de esta
constatación, de la misma manera que he reafirmado la
necesidad de que la teología recupere su legítima
relación con la filosofía, también me siento en
el deber de subrayar la oportunidad de que la filosofía, por
el bien y el progreso del pensamiento, recupere su relación
con la teología. En ésta la filosofía no
encontrará la reflexión de un único individuo
que, aunque profunda y rica, lleva siempre consigo los límites
propios de la capacidad de pensamiento de uno solo, sino la riqueza
de una reflexión común. En efecto, en la reflexión
sobre la verdad la teología está apoyada, por su misma
naturaleza, en la nota de la eclesialidad (123) y en la
tradición del Pueblo de Dios con su pluralidad de saberes y
culturas en la unidad de la fe.
102. La Iglesia, al insistir sobre la
importancia y las verdaderas dimensiones del pensamiento filosófico,
promueve a la vez tanto la defensa de la dignidad del hombre como el
anuncio del mensaje evangélico. Ante tales cometidos, lo más
urgente hoy es llevar a los hombres a descubrir su capacidad de
conocer la verdad (124) y su anhelo de un sentido último y
definitivo de la existencia. En la perspectiva de estas profundas
exigencias, inscritas por Dios en la naturaleza humana, se ve incluso
más clara el significado humano y humanizador de la palabra de
Dios. Gracias a la mediación de una filosofía que ha
llegado a ser también verdadera sabiduría, el hombre
contemporáneo llegará así a reconocer que será
tanto más hombre cuanto, entregándose al Evangelio, más
se abra a Cristo.
103. La filosofía, además,
es como el espejo en el que se refleja la cultura de los pueblos. Una
filosofía que, impulsada por las exigencias de la teología,
se desarrolla en coherencia con la fe, forma parte de la «
evangelización de la cultura » que Pablo VI propuso como
uno de los objetivos fundamentales de la evangelización. (125)
A la vez que no me canso de recordar la urgencia de una nueva
evangelización, me dirijo a los filósofos para que
profundicen en las dimensiones de la verdad, del bien y de la
belleza, a las que conduce la palabra de Dios. Esto es más
urgente aún si se consideran los retos que el nuevo milenio
trae consigo y que afectan de modo particular a las regiones y
culturas de antigua tradición cristiana. Esta atención
debe considerarse también como una aportación
fundamental y original en el camino de la nueva evangelización.
104. El pensamiento filosófico
es a menudo el único ámbito de entendimiento y de
diálogo con quienes no comparten nuestra fe. El movimiento
filosófico contemporáneo exige el esfuerzo atento y
competente de filósofos creyentes capaces de asumir las
esperanzas, nuevas perspectivas y problemáticas de este
momento histórico. El filósofo cristiano, al argumentar
a la luz de la razón y según sus reglas, aunque guiado
siempre por la inteligencia que le viene de la palabra de Dios, puede
desarrollar una reflexión que será comprensible y
sensata incluso para quien no percibe aún la verdad plena que
manifiesta la divina Revelación. Este ámbito de
entendimiento y de diálogo es hoy muy importante ya que los
problemas que se presentan con más urgencia a la humanidad
—como el problema ecológico, el de la paz o el de la
convivencia de las razas y de las culturas— encuentran una
posible solución a la luz de una clara y honesta colaboración
de los cristianos con los fieles de otras religiones y con quienes,
aún no compartiendo una creencia religiosa, buscan la
renovación de la humanidad. Lo afirma el Concilio Vaticano II:
« El deseo de que este diálogo sea conducido sólo
por el amor a la verdad, guardando siempre la debida prudencia, no
excluye por nuestra parte a nadie, ni a aquellos que cultivan los
bienes preclaros del espíritu humano, pero no reconocen
todavía a su Autor, ni a aquéllos que se oponen a la
Iglesia y la persiguen de diferentes maneras ». (126) Una
filosofía en la que resplandezca algo de la verdad de Cristo,
única respuesta definitiva a los problemas del hombre, (127)
será una ayuda eficaz para la ética verdadera y a la
vez planetaria que necesita hoy la humanidad.
105. Al concluir esta Encíclica
quiero dirigir una ulterior llamada ante todo a los teólogos,
a fin de que dediquen particular atención a las implicaciones
filosóficas de la palabra de Dios y realicen una reflexión
de la que emerja la dimensión especulativa y práctica
de la ciencia teológica. Deseo agradecerles su servicio
eclesial. La relación íntima entre la sabiduría
teológica y el saber filosófico es una de las riquezas
más originales de la tradición cristiana en la
profundización de la verdad revelada. Por esto, los exhorto a
recuperar y subrayar más la dimensión metafísica
de la verdad para entrar así en diálogo crítico
y exigente tanto el con pensamiento filosófico contemporáneo
como con toda la tradición filosófica, ya esté
en sintonía o en contraposición con la palabra de Dios.
Que tengan siempre presente la indicación de san Buenaventura,
gran maestro del pensamiento y de la espiritualidad, el cual al
introducir al lector en su Itinerarium mentis in Deum lo
invitaba a darse cuenta de que « no es suficiente la lectura
sin el arrepentimiento, el conocimiento sin la devoción, la
búsqueda sin el impulso de la sorpresa, la prudencia sin la
capacidad de abandonarse a la alegría, la actividad disociada
de la religiosidad, el saber separado de la caridad, la inteligencia
sin la humildad, el estudio no sostenido por la divina gracia, la
reflexión sin la sabiduría inspirada por Dios ».
(128)
Me dirijo también a quienes
tienen la responsabilidad de la formación sacerdotal,
tanto académica como pastoral, para que cuiden con particular
atención la preparación filosófica de los que
habrán de anunciar el Evangelio al hombre de hoy y, sobre
todo, de quienes se dedicarán al estudio y la enseñanza
de la teología. Que se esfuercen en realizar su labor a la luz
de las prescripciones del Concilio Vaticano II (129) y de las
disposiciones posteriores, las cuales presentan el inderogable y
urgente cometido, al que todos estamos llamados, de contribuir a una
auténtica y profunda comunicación de las verdades de la
fe. Que no se olvide la grave responsabilidad de una previa y
adecuada preparación de los profesores destinados a la
enseñanza de la filosofía en los Seminarios y en las
Facultades eclesiásticas. (130) Es necesario que esta
enseñanza esté acompañada de la conveniente
preparación científica, que se ofrezca de manera
sistemática proponiendo el gran patrimonio de la tradición
cristiana y que se realice con el debido discernimiento ante las
exigencias actuales de la Iglesia y del mundo.
106. Mi llamada se dirige, además,
a los filósofos y a los profesores de filosofía,
para que tengan la valentía de recuperar, siguiendo una
tradición filosófica perennemente válida, las
dimensiones de auténtica sabiduría y de verdad, incluso
metafísica, del pensamiento filosófico. Que se dejen
interpelar por las exigencias que provienen de la palabra de Dios y
estén dispuestos a realizar su razonamiento y argumentación
como respuesta a las mismas. Que se orienten siempre hacia la verdad
y estén atentos al bien que ella contiene. De este modo podrán
formular la ética auténtica que la humanidad necesita
con urgencia, particularmente en estos años. La Iglesia sigue
con atención y simpatía sus investigaciones; pueden
estar seguros, pues, del respeto que ella tiene por la justa
autonomía de su ciencia. De modo particular, deseo alentar a
los creyentes que trabajan en el campo de la filosofía, a fin
de que iluminen los diversos ámbitos de la actividad humana
con el ejercicio de una razón que es más segura y
perspicaz por la ayuda que recibe de la fe.
Finalmente, dirijo también unas
palabras a los científicos, que con sus investigaciones
nos ofrecen un progresivo conocimiento del universo en su conjunto y
de la variedad increíblemente rica de sus elementos, animados
e inanimados, con sus complejas estructuras atómicas y
moleculares. El camino realizado por ellos ha alcanzado,
especialmente en este siglo, metas que siguen asombrándonos.
Al expresar mi admiración y mi aliento hacia estos valiosos
pioneros de la investigación científica, a los cuales
la humanidad debe tanto de su desarrollo actual, siento el deber de
exhortarlos a continuar en sus esfuerzos permaneciendo siempre en el
horizonte sapiencial en el cual los logros científicos
y tecnológicos están acompañados por los valores
filosóficos y éticos, que son una manifestación
característica e imprescindible de la persona humana. El
científico es muy consciente de que « la búsqueda
de la verdad, incluso cuando atañe a una realidad limitada del
mundo o del hombre, no termina nunca, remite siempre a algo que está
por encima del objeto inmediato de los estudios, a los interrogantes
que abren el acceso al Misterio ». (131)
107. Pido a todos que fijen su
atención en el hombre, que Cristo salvó en el misterio
de su amor, y en su permanente búsqueda de verdad y de
sentido. Diversos sistemas filosóficos, engañándolo,
lo han convencido de que es dueño absoluto de sí mismo,
que puede decidir autónomamente sobre su propio destino y su
futuro confiando sólo en sí mismo y en sus propias
fuerzas. La grandeza del hombre jamás consistirá en
esto. Sólo la opción de insertarse en la verdad, al
amparo de la Sabiduría y en coherencia con ella, será
determinante para su realización. Solamente en este horizonte
de la verdad comprenderá la realización plena de su
libertad y su llamada al amor y al conocimiento de Dios como
realización suprema de sí mismo.
108. Mi último pensamiento se
dirige a Aquélla que la oración de la Iglesia invoca
como Trono de la Sabiduría. Su misma vida es una
verdadera parábola capaz de iluminar las reflexiones que he
expuesto. En efecto, se puede entrever una gran correlación
entre la vocación de la Santísima Virgen y la de la
auténtica filosofía. Igual que la Virgen fue llamada a
ofrecer toda su humanidad y femineidad a fin de que el Verbo de Dios
pudiera encarnarse y hacerse uno de nosotros, así la filosofía
está llamada a prestar su aportación, racional y
crítica, para que la teología, como comprensión
de la fe, sea fecunda y eficaz. Al igual que María, en el
consentimiento dado al anuncio de Gabriel, nada perdió de su
verdadera humanidad y libertad, así el pensamiento filosófico,
cuando acoge el requerimiento que procede de la verdad del Evangelio,
nada pierde de su autonomía, sino que siente como su búsqueda
es impulsada hacia su más alta realización. Esta verdad
la habían comprendido muy bien los santos monjes de la
antigüedad cristiana, cuando llamaban a María « la
mesa intelectual de la fe ». (132) En ella veían la
imagen coherente de la verdadera filosofía y estaban
convencidos de que debían philosophari in Maria.
Que el Trono de la Sabiduría sea
puerto seguro para quienes hacen de su vida la búsqueda de la
sabiduría. Que el camino hacia ella, último y auténtico
fin de todo verdadero saber, se vea libre de cualquier obstáculo
por la intercesión de Aquella que, engendrando la Verdad y
conservándola en su corazón, la ha compartido con toda
la humanidad para siempre.
Dado en Roma, junto a san Pedro, el 14
de septiembre, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, del
año 1998, vigésimo de mi Pontificado.
(1) Ya lo escribí en mi primera
Encíclica Redemptor hominis: « hemos sido hechos
partícipes de esta misión de Cristo-profeta, y en
virtud de la misma misión, junto con Él servimos la
misión divina en la Iglesia. La responsabilidad de esta verdad
significa también amarla y buscar su comprensión más
exacta, para hacerla más cercana a nosotros mismos y a los
demás en toda su fuerza salvífica, en su esplendor, en
su profundidad y sencillez juntamente », 19: AAS 71
(1979), 306.
(2) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual,
16.
(3) Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 25.
(4) N. 4: AAS 85 (1993), 1136.
(5) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Dei Verbum, sobre la divina Revelación, 2.
(6) Cf. Const. dogm. Dei Filius,
sobre la fe católica, III: DS 3008.
(7) Ibíd., cap. IV: DS
3015; citado también en Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.
Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 59.
(8) Const. dogm. Dei Verbum,
sobre la divina Revelación, 2.
(9) Cart. ap. Tertio millennio
adveniente (10 de noviembre de 1994), 10: AAS 87 (1995),
11.
(10) N. 4.
(11) N. 8.
(12) N. 22.
(13) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
dogm. Dei Verbum, sobre la divina Revelación, 4.
(14) Ibíd., 5.
(15) El Concilio Vaticano I, al cual se
refiere la afirmación mencionada, enseña que la
obediencia de la fe exige el compromiso de la inteligencia y de la
voluntad: « Dependiendo el hombre totalmente de Dios como de su
creador y señor, y estando la razón humana enteramente
sujeta a la Verdad increada; cuando Dios revela, estamos obligados a
prestarle por la fe plena obediencia de entendimiento y voluntad »
(Const. dogm. Dei Filius, sobre la fe católica, III; DS
3008).
(16) Secuencia de la solemnidad
del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.
(17) Pensées, 789 (ed. L.
Brunschvicg).
(18) Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.
Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual, 22.
(19) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
dogm. Dei Verbum, sobre la divina Revelación, 2.
(20) Proemio y nn 1. 15: PL 158,
223-224.226; 235.
(21) De vera religione, XXXIX,
72: CCL 32, 234.
(22) « Ut te semper desiderando
quaererent et inveniendo quiescerent »: Missale Romanum.
(23) Aristóteles, Metafísica,
I, 1.
(24) Confesiones, X, 23, 33: CCL
27, 173.
(25) N. 34: AAS 85 (1993), 1161.
(26) Cf. Carta ap. Salvifici doloris
(11 de febrero de 1984), 9: AAS 76 (1984), 209-210.
(27) Cf. Conc. Ecum. Vat. II,
Declaración Nostra aetate, sobre las relaciones de la
Iglesia con las religiones no cristianas, 2.
(28) Este es un argumento que sigo
desde hace mucho tiempo y que he expuesto en diversas ocasiones: «
¿Qué es el hombre y de qué sirve? ¿qué
tiene de bueno y qué de malo? (Si 18, 8) [...]. Estos
interrogantes están en el corazón de cada hombre, como
lo demuestra muy bien el genio poético de todos los tiempos y
de todos los pueblos, el cual, como profecía de la humanidad
propone continuamente la “pregunta seria” que hace al
hombre verdaderamente tal. Esos interrogantes expresan la urgencia de
encontrar un por qué a la existencia, a cada uno de sus
instantes, a las etapas importantes y decisivas, así como a
sus momentos más comunes. En estas cuestiones aparece un
testimonio de la racionalidad profunda del existir humano, puesto que
la inteligencia y la voluntad del hombre se ven solicitadas en ellas
a buscar libremente la solución capaz de ofrecer un sentido
pleno a la vida. Por tanto, estos interrogantes son la expresión
más alta de la naturaleza del hombre: en consecuencia, la
respuesta a ellos expresa la profundidad de su compromiso con la
propia existencia. Especialmente, cuando se indaga el “por qué
de las cosas” con totalidad en la búsqueda de la
respuesta última y más exhaustiva, entonces la razón
humana toca su culmen y se abre a la religiosidad. En efecto, la
religiosidad representa la expresión más elevada de la
persona humana, porque es el culmen de su naturaleza racional. Brota
de la aspiración profunda del hombre a la verdad y está
en la base de la búsqueda libre y personal que el hombre
realiza sobre lo divino »: Audiencia General, 19 de octubre de
1983, 1-2: Insegnamenti VI, 2 (1983), 814-815.
(29) « [Galileo] declaró
explícitamente que las dos verdades, la de la fe y la de la
ciencia, no pueden contradecirse jamás. “La Escritura
santa y la naturaleza, al provenir ambas del Verbo divino, la primera
en cuanto dictada por el Espíritu Santo, y la segunda en
cuanto ejecutora fidelísima de las órdenes de Dios”,
según escribió en la carta al P. Benedetto Castelli el
21 de diciembre de 1613. El Concilio Vaticano II no se expresa de
modo diferente; incluso emplea expresiones semejantes cuando enseña:
“La investigación metódica en todos los campos
del saber, si está realizada de forma auténticamente
científica y conforme a las normas morales, nunca será
realmente contraria a la fe, porque las realidades profanas y las de
la fe tienen origen en un mismo Dios” (Gaudium et spes,
36). En su investigación científica Galileo siente la
presencia del Creador que le estimula, prepara y ayuda a sus
intuiciones, actuando en lo más hondo de su espíritu ».
Juan Pablo II, Discurso a la Pontificia Academia de las Ciencias,
10 de noviembre de 1979: Insegnamenti, II, 2 (1979),
1111-1112.
(30) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
dogm. Dei Verbum, sobre la divina Revelación, 4.
(31) Orígenes, Contra Celso,
3, 55: SC 136, 130.
(32) Diálogo con Trifón,
8, 1: PG 6, 492.
(33) Stromata I, 18, 90,1: SC
30, 115.
(34) Cf. ibíd., I, 16,
80, 5: SC 30, 108.
(35) Ibíd., I, 5, 28, 1:
SC 30, 65.
(36) Ibíd., VI, 7, 55,
1-2: PG 9, 277.
(37) Ibíd., I, 20, 100,
1: SC 30, 124.
(38) S. Agustín, Confesiones
VI, 5, 7: CCL 27, 77-78.
(39) Cf. ibíd., VII, 9,
13-14: CCL 27, 101-102.
(40) De praescriptione haereticorum,
VII, 9: SC 46, 98. « Quid ergo Athenis et Hierosolymis?
Quid academiae et ecclesiae? ».
(41) Cf. Congregación para la
Educación Católica, Instr. sobre el estudio de los
Padres de la Iglesia en la formación sacerdotal (10 de
noviembre de 1989), 25: AAS 82 (1990), 617-618.
(42) S. Anselmo, Prosologio, 1:
PL 158, 226.
(43) Id., Monologio, 64: PL
158, 210.
(44) Cf. Summa contra Gentiles,
I, VII.
(45) Cf. Summa Theologiae, I, 1,
8 ad 2: « Cum enim gratia non tollat naturam sed perficiat ».
(46) Cf. Discurso a los
participantes en el IX Congreso Tomista Internacional (29 de
septiembre de 1990): Insegnamenti, XIII, 2 (1990), 770-771.
(47) Carta ap. Lumen Ecclesiae (20
noviembre 1974), 8: AAS 66 (1974), 680.
(48) Cf. I, 1, 6: « Praeterea,
haec doctrina per studium acquiritur. Sapientia autem per infusionem
habetur, unde inter septem dona Spiritus Sancti connumeratur ».
(49) Ibíd., II, II, 45, 1
ad 2; cf. también II, II, 45, 2.
(50) Ibíd., I, II, 109, 1
ad 1, que retoma la conocida expresión del Ambrosiastro,
In prima Cor 12,3 : PL 17, 258.
(51) León XIII, Enc. Æterni
Patris (4 de agosto de 1879): ASS 11 (1878-1879), 109.
(52) Pablo VI, Carta ap. Lumen
Ecclesiae (20 de noviembre de 1974), 8: AAS 66 (1974),
683.
(53) Enc. Redemptor hominis (4
de marzo de 1979), 15: AAS 71 (1979), 286.
(54) Cf. Pío XII, Enc. Humani
generis (12 de agosto de 1950): AAS 42 (1950), 566.
(55) Cf. Conc. Ecum Vat. I, Const.
dogm. Pastor Aeternus, sobre la Iglesia de Cristo, DS 3070;
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la
Iglesia, 25 c.
(56) Cf. Sínodo de
Constantinopla, DS 403.
(57) Cf. Concilio de Toledo I, DS
205; Concilio de Braga I, DS 459-460; Sixto V, Bula Coeli
et terrae Creator (5 de enero de 1586): Bullarium Romanum 4/4,
Romae 1747, 176-179; Urbano VIII, Inscrutabilis iudiciorum (1
de abril de 1631): Bullarium Romanum 6/1, Romae 1758, 268-270.
(58) Cf. Conc. Ecum. Vienense, Decr.
Fidei catholicae, DS 902; Conc. Ecum. Laterano V, Bula
Apostolici regiminis, DS 1440.
(59) Cf. Theses a Ludovico Eugenio
Bautain iussu sui Episcopi subscriptae (8 de septiembre de 1840),
DS 2751-2756; Theses a Ludovico Eugenio Bautain ex mandato
S. Cong. Episcoporum et Religiosorum subscriptae (26 de abril de
1844), DS 2765-2769.
(60) Cf. S. Congr. Indicis, Decr.
Theses contra traditionalismum Augustini Bonnetty (11 de junio
de 1855), DS 2811-2814.
(61) Cf. Pío IX, Breve Eximiam
tuam (15 de junio de 1857), DS 2828-2831; Breve
Gravissimas inter (11 de diciembre de 1862), DS 2850-2861.
(62) Cf. S. Congr. del Santo Oficio,
Decr. Errores ontologistarum (18 de septiembre de 1861), DS
2841-2847.
(63) Cf. Conc. Ecum. Vat. I, Const.
dogm. Dei Filius, sobre la fe católica, II: DS 3004;
y can. 2.1: DS 3026.
(64) Ibíd., IV: DS
3015; citado en Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et
spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 59.
(65) Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm.
Dei Filius, sobre la fe católica, IV: DS 3017.
(66) Cf. Enc. Pascendi dominici
gregis (8 de septiembre de 1907): AAS 40 (1907), 596-597.
(67) Cf. Pío XI, Enc. Divini
Redemptoris (19 de marzo de 1937): AAS 29 (1937), 65-106.
(68) Enc. Humani generis (12 de
agosto de 1950): AAS 42 (1950), 562-563.
(69) Ibíd., l.c.,
563-564.
(70) Cf. Const. ap. Pastor Bonus,
(28 de junio de 1988, art. 48-49:AAS 80 (1988), 873; Congr.
para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum veritatis, sobre la
vocación eclesial del teólogo (24 de mayo de 1990), 18:
AAS 82 (1990), 1558.
(71) Cf. Instr. Libertatis nuntius,
sobre algunos aspectos de la « teología de la liberación
» (6 de agosto de 1984), VII-X: AAS 76 (1984), 890-903.
(72) El Concilio Vaticano I con
palabras claras y firmes había ya condenado estos errores,
afirmando de una parte que « esta fe [...] la Iglesia católica
profesa que es una virtud sobrenatural por la que, con inspiración
y ayuda de la gracia de Dios, creemos ser verdadero lo que por Él
ha sido revelado, no por la intrínseca verdad de las cosas,
percibida por la luz natural de la razón, sino por la
autoridad del mismo Dios que revela, el cual no puede ni engañarse
ni engañarnos »: Const. dogm. Dei Filius, sobre
la fe católica, III: DS 3008, y can. 3,2: DS 3032.
Por otra parte, el Concilio declaraba que la razón nunca «
se vuelve idónea para entender (los misterios) totalmente, a
la manera de las verdades que constituyen su propio objeto »:
ibíd., IV: DS 3016. De aquí sacaba la
conclusión práctica: « No sólo se prohibe
a todos los fieles cristianos defender como legítimas
conclusiones de la ciencia las opiniones que se reconocen como
contrarias a la doctrina de la fe, sobre todo si han sido reprobadas
por la Iglesia, sino que están absolutamente obligados a
tenerlas más bien por errores que ostentan la falaz apariencia
de la verdad »: ibíd., IV: DS 3018.
(73) Cf. nn. 9-10.
(74) Ibíd., 10.
(75) Ibíd., 21.
(76) Cf. ibíd., 10.
(77) Cf. Enc. Humani generis (12
de agosto de 1950): AAS 42 (1950), 565-567; 571-573.
(78) Cf. Enc. Æterni Patris (4
de agosto de 1879): ASS 11 (1878-1879), 97-115.
(79) Ibíd., l.c.,
109.
(80) Cf. nn. 14-15.
(81) Cf. ibíd., 20-21.
(82) Ibíd., 22; cf. Enc.
Redemptor hominis (4 de marzo de 1979), 8: AAS 71
(1979), 271-272.
(83) Decr. Optatam totius, sobre
la formación sacerdotal, 15.
(84) Cf. Const. ap. Sapientia
christiana (15 de abril de 1979), arts. 79-80: AAS 71
(1979), 495-496; Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25
de marzo de 1992), 52: AAS 84 (1992), 750-751. Véanse
también algunos comentarios sobre la filosofía de Santo
Tomás: Discurso al Pontificio Ateneo Internacional
Angelicum (17 de noviembre de 1979): Insegnamenti II, 2
(1979), 1177-1189; Discurso a los participantes en el VIII
Congreso Tomista Internacional (13 de septiembre de 1980):
Insegnamenti III, 2 (1980), 604-615; Discurso a los
participantes en el Congreso Internacional de la Sociedad «
Santo Tomás » sobre la doctrina del alma en S. Tomás
(4 de enero de 1986): Insegnamenti IX, 1 (1986), 18-24.
Además, S. Congr. para la Educación Católica,
Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis (6 de enero de
1970), 70-75: AAS 62 (1970), 366-368; Decr. Sacra Theologia
(20 de enero de 1972): AAS 64 (1972), 583-586.
(85) Cf. Const. past. Gaudium et
spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 57 y 62.
(86) Cf. ibíd., 44.
(87) Cf. Conc. Ecum. Lateranense V,
Bula Apostolici regimini sollicitudo, Sesión: VIII,
Conc. Oecum. Decreta, 1991, 605-606.
(88) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
dogm. Dei Verbum, sobre la divina Revelación, 10.
(89) S. Tomás de Aquino, Summa
Theologiae, II-II, 5, 3 ad 2.
(90) « La búsqueda de las
condiciones en las que el hombre se plantea a sí mismo sus
primeros interrogantes fundamentales sobre el sentido de la vida,
sobre el fin que quiere darle y sobre lo que le espera después
de la muerte, constituye para la teología fundamental el
preámbulo necesario para que, también hoy, la fe
muestre plenamente el camino a una razón que busca
sinceramente la verdad ». Juan Pablo II, Carta a los
participantes en el Congreso internacional de Teología
Fundamental a 125 años de la « Dei Filius » (30
de septiembre de 1995), 4: L'Osservatore Romano, ed. semanal
en lengua española, 13 de octubre de 1995, p. 2.
(91) Ibíd.
(92) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual,
15; Decr. Ad gentes, sobre la actividad misionera de la
Iglesia, 22.
(93) S. Tomás de Aquino, De
Caelo, 1, 22.
(94) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual,
53-59.
(95) S. Agustín, De
praedestinatione sanctorum, 2, 5: PL 44, 963.
(96) Id., De fide, spe et caritate,
7: CCL 64, 61.
(97) Cf. Conc. Ecum. Calcedonense,
Symbolum, Definitio: DS 302.
(98) Cf. Enc. Redemptor hominis (4
de marzo de 1979), 15: AAS 71 (1979), 286-289.
(99) Cf. por ejemplo S. Tomás de
Aquino, Summa Theologiae, I, 16,1; S. Buenaventura, Coll.
in Hex., 3, 8, 1.
(100) Const. past. Gaudium et spes,
sobre la Iglesia en el mundo actual, 15.
(101) Enc. Veritatis splendor (6
de agosto de 1993), 57-61: AAS 85 (1993), 1179-1182.
(102) Cf. Conc. Ecum. Vat. I, Const.
dogm. Dei Filius, sobre la fe católica, IV: DS 3016.
(103) Cf. Conc. Ecum. Lateranense IV,
De errore abbatis Ioachim, II: DS 806.
(104) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
dogm. Dei Verbum, sobre la divina Revelación, 24; Decr.
Optatam totius, sobre la formación sacerdotal, 16.
(105) Cf. Enc. Evangelium vitae (25
de marzo de 1995), 69: AAS 87 (1995), 481.
(106) En este mismo sentido escribía
en mi primera Encíclica, comentando la expresión de san
Juan: « « Conoceréis la verdad y la verdad os hará
libres » (8, 32). Estas palabras encierran una exigencia
fundamental y al mismo tiempo una advertencia: la exigencia de una
relación honesta con respecto a la verdad, como condición
de una auténtica libertad; y la advertencia, además, de
que se evite cualquier libertad aparente, cualquier libertad
superficial y unilateral, cualquier libertad que no profundiza en
toda la verdad sobre el hombre y sobre el mundo. También hoy,
después de dos mil años, Cristo aparece a nosotros como
Aquél que trae al hombre la libertad basada sobre la verdad,
como Aquél que libera al hombre de lo que limita, disminuye y
casi destruye esta libertad en sus mismas raíces, en el alma
del hombre, en su corazón, en su conciencia »: Redemptor
hominis, (4 de marzo de 1979), 12: AAS 71 (1979), 280-281.
(107) Discurso en la inauguración
del Concilio (11 de octubre de 1962): AAS 54 (1962), 792.
(108) Congr. para la Doctrina de la Fe,
Instr. Donum veritatis, sobre la vocación eclesial del
teólogo (24 de mayo de 1990), 7-8: AAS 82 (1990),
1552-1553.
(109) He escrito en la Encíclica
Dominum et vivificantem, comentando Jn 16, 12-13: «
Jesús presenta el Paráclito, el Espíritu de la
verdad, como el que “enseñará” y
“recordará”, como el que “dará
testimonio” de él; luego dice: “Os guiará
hasta la verdad completa”. Este “guiar hasta la verdad
completa”, con referencia a lo que dice a los apóstoles
“pero ahora no podéis con ello”, está
necesariamente relacionado con el anonadamiento de Cristo por
medio de la pasión y muerte de Cruz, que entonces, cuando
pronunciaba estas palabras, era inminente. Después, sin
embargo, resulta claro que aquel “guiar hasta la verdad
completa” se refiere también, además del
escándalo de la cruz, a todo lo que Cristo “hizo
y enseñó” (Hch 1, 1). En efecto, el
misterio de Cristo en su globalidad exige la fe, ya que ésta
introduce oportunamente al hombre en la realidad del misterio
revelado. El “guiar hasta la verdad completa” se realiza,
pues, en la fe y mediante la fe, lo cual es obra del Espíritu
de la verdad y fruto de su acción en el hombre. El Espíritu
Santo debe ser en esto la guía suprema del hombre y la luz del
espíritu humano », 6: AAS 78 (1986), 815-816.
(110) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
dogm. Dei Verbum, sobre la divina Revelación, 13.
(111) Cf. Pontificia Comisión
Bíblica, Instr. sobre la verdad histórica de los
Evangelios (21 de abril de 1964): AAS 56 (1964), 713.
(112) « Es evidente que la
Iglesia no puede ligarse a ningún sistema filosófico
efímero; pero las nociones y los términos que los
doctores católicos, con general aprobación, han ido
reuniendo durante varios siglos para llegar a obtener algún
conocimiento del dogma, no se fundan, sin duda en cimientos
deleznables. Se fundan realmente en principios y nociones deducidas
del verdadero conocimiento de las cosas creadas; deducción
realizada a la luz de la verdad revelada, que, por medio de la
Iglesia, iluminaba, como una estrella, la mente humana. Pero no hay
que extrañarse que algunas de estas nociones hayan sido no
sólo empleadas, sino también aprobadas por los
concilios ecuménicos, de tal suerte que no es lícito
apartarse de ellas »: Enc. Humani generis (12 de agosto
de 1950): AAS 42 (1950), 566-567; cf. Comisión
Teológica Internacional, Doc. Interpretationis problema
(octubre 1989): Ench. Vat. 11, nn. 2717-2811.
(113) « En cuanto al significado
mismo de las fórmulas dogmáticas, éste es
siempre verdadero y coherente en la Iglesia, incluso cuando es
principalmente aclarado y comprendido mejor. Por tanto, los fieles
deben evitar la opinión que considera que las fórmulas
dogmáticas (o cualquier tipo de ellas) no pueden manifestar la
verdad de manera determinada, sino sólo sus aproximaciones
cambiantes que son, en cierto modo, deformaciones y alteraciones de
la misma »: S. Congr. para la Doctrina de la Fe, Decl.
Mysterium Ecclesiae, acerca de la defensa de la doctrina sobre
la Iglesia, (24 de junio de 1973), 5: AAS 65 (1973), 403.
(114) Cf. Congr. S. Officii, Decr.
Lamentabili (3 de julio de 1907), 26: ASS 40 (1907),
473.
(115) Cf. Discurso al Pontificio
Ateneo « Angelicum » (17 de noviembre de 1979), 6:
Insegnamenti, II, 2 (1979), 1183-1185.
(116) N. 32: AAS 85 (1993),
1159-1160.
(117) Cf. Exhort. ap. Catechesi
tradendae (16 de octubre de 1979), 30: AAS 71 (1979),
1302-1303; Congr. para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum
veritatis, sobre la vocación eclesial del teólogo
(24 de mayo de 1990), 7: AAS 82 (1990), 1552-1553.
(118) Cf. Exhort. ap. Catechesi
tradendae (16 de octubre de 1979), 30: AAS 71 (1979),
1302-1303.
(119) Cf. ibíd., 22,
l.c., 1295-1296.
(120) Cf. ibíd., 7, l.c.,
1282.
(121) Cf. ibíd., 59,
l.c., 1325.
(122) Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm.
Dei Filius sobre la fe católica, IV: DS 3019.
(123) « Nadie, pues, puede hacer
de la teología una especie de colección de los propios
conceptos personales; sino que cada uno debe ser consciente de
permanecer en estrecha unión con esta misión de enseñar
la verdad, de la que es responsable la Iglesia ». Enc.
Redemptor hominis (4 de marzo de 1979), 19: AAS 71
(1979), 308.
(124) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl.
Dignitatis humanae, sobre la libertad religiosa, 1-3.
(125) Cf. Exhort. ap. Evangelii
nuntiandi (8 de diciembre de 1975), 20: AAS 68 (1976),
18-19.
(126) Const. past. Gaudium et spes,
sobre la Iglesia en el mundo actual, 92.
(127) Cf. ibíd., 10.
(128) Prologus, 4: Opera omnia,
Florencia 1981, t. V, 296.
(129) Cf. Decr. Optatam totius,
sobre la formación sacerdotal, 15.
(130) Cf. Const. ap. Sapientia
christiana (15 de abril de 1979), art. 67-68: ASS 71
(1979), 491-492.
(131) Discurso con ocasión
del VI centenario de fundación de la Universidad Jaguellónica
(8 de junio de 1997), 4: L'Osservatore Romano, Ed. semanal
en lengua española, 27 de junio de 1997, 10-11.
(132) « 'e noerà tes
pìsteos tràpeza »: Homilía en honor de
Santa María Madre de Dios, del pseudo Epifanio: PG 43,
493.