CARTA ENCÍCLICA
REDEMPTOR
HOMINIS
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
A
LOS VENERABLES HERMANOS
EN EL EPISCOPADO
A LOS SACERDOTES
A
LAS FAMILIAS RELIGIOSAS
A LOS HIJOS E HIJAS DE LA IGLESIA
Y A
TODOS LOS HOMBRES
DE BUENA VOLUNTAD
AL PRINCIPIO
DE SU
MINISTERIO PONTIFICAL
Venerables Hermanos y Hermanas,
Amadisimos Hijos e Hijas:
Salud y Bendición Apostólica
I
HERENCIA
1. A finales del segundo Milenio
EL REDENTOR DEL HOMBRE, Jesucristo, es
el centro del cosmos y de la historia. A Él se vuelven mi
pensamiento y mi corazón en esta hora solemne que está
viviendo la Iglesia y la entera familia humana contemporánea.
En efecto, este tiempo en el que, después del amado Predecesor
Juan Pablo I, Dios me ha confiado por misterioso designio el servicio
universal vinculado con la Cátedra de San Pedro en Roma, está
ya muy cercano al año dos mil. Es difícil decir en
estos momentos lo que ese año indicará en el cuadrante
de la historia humana y cómo será para cada uno de los
pueblos, naciones, países y continentes, por más que ya
desde ahora se trate de prever algunos acontecimientos. Para la
Iglesia, para el Pueblo de Dios que se ha extendido —aunque de
manera desigual— hasta los más lejanos confines de la
tierra, aquel año será el año de un gran
Jubileo. Nos estamos acercando ya a tal fecha que —aun
respetando todas las correcciones debidas a la exactitud cronológica—
nos hará recordar y renovar de manera particular la conciencia
de la verdad-clave de la fe, expresada por San Juan al principio de
su evangelio: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre
nosotros»,(1) y en otro pasaje: «Porque tanto amó
Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el
que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna».(2)
También nosotros estamos, en
cierto modo, en el tiempo de un nuevo Adviento, que es tiempo de
espera: «Muchas veces y en muchas maneras habló Dios en
otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas;
últimamente, en estos días, nos habló por su
Hijo...»,(3) por medio del Hijo-Verbo, que se hizo hombre y
nació de la Virgen María. En este acto redentor, la
historia del hombre ha alcanzado su cumbre en el designio de amor de
Dios. Dios ha entrado en la historia de la humanidad y en cuanto
hombre se ha convertido en sujeto suyo, uno de los millones y
millones, y al mismo tiempo Único. A través de la
Encarnación, Dios ha dado a la vida humana la dimensión
que quería dar al hombre desde sus comienzos y la ha dado de
manera definitiva —de modo peculiar a él solo, según
su eterno amor y su misericordia, con toda la libertad divina—
y a la vez con una magnificencia que, frente al pecado original y a
toda la historia de los pecados de la humanidad, frente a los errores
del entendimiento, de la voluntad y del corazón humano, nos
permite repetir con estupor las palabras de la Sagrada Liturgia:
«¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!».(4)
2. Primeras palabras del nuevo
Pontificado
A Cristo Redentor he elevado mis
sentimientos y mi pensamiento el día 16 de octubre del año
pasado, cuando después de la elección canónica,
me fue hecha la pregunta: «¿Aceptas?». Respondí
entonces: «En obediencia de fe a Cristo, mi Señor,
confiando en la Madre de Cristo y de la Iglesia, no obstante las
graves dificultades, acepto». Quiero hacer conocer públicamente
esta mi respuesta a todos sin excepción, para poner así
de manifiesto que con esa verdad primordial y fundamental de la
Encarnación, ya recordada, está vinculado el
ministerio, que con la aceptación de la elección a
Obispo de Roma y Sucesor del Apóstol Pedro, se ha convertido
en mi deber específico en su misma Cátedra.
He escogido los mismos nombres que
había escogido mi amadísimo Predecesor Juan Pablo I. En
efecto, ya el día 26 de agosto de 1978, cuando él
declaró al Sacro Colegio que quería llamarse Juan Pablo
—un binomio de este género no tenía precedentes
en la historia del Papado— divisé en ello un auspicio
elocuente de la gracia para el nuevo pontificado. Dado que aquel
pontificado duró apenas 33 días, me toca a mí no
sólo continuarlo sino también, en cierto modo, asumirlo
desde su mismo punto de partida. Esto precisamente quedó
corroborado por mi elección de aquellos dos nombres. Con esta
elección, siguiendo el ejemplo de mi venerado Predecesor,
deseo al igual que él expresar mi amor por la singular
herencia dejada a la Iglesia por los Pontífices Juan XXIII y
Pablo VI y al mismo tiempo mi personal disponibilidad a desarrollarla
con la ayuda de Dios.
A través de estos dos nombres y
dos pontificados conecto con toda la tradición de esta Sede
Apostólica, con todos los Predecesores del siglo xx y de los
siglos anteriores, enlazando sucesivamente, a lo largo de las
distintas épocas hasta las más remotas, con la línea
de la misión y del ministerio que confiere a la Sede de Pedro
un puesto absolutamente singular en la Iglesia. Juan XXIII y Pablo VI
constituyen una etapa, a la que deseo referirme directamente como a
umbral, a partir del cual quiero, en cierto modo en unión con
Juan Pablo I, proseguir hacia el futuro, dejándome guiar por
la confianza ilimitada y por la obediencia al Espíritu que
Cristo ha prometido y enviado a su Iglesia. Decía Él,
en efecto, a los Apóstoles la víspera de su Pasión:
«Os conviene que yo me vaya. Porque, si no me fuere, el Abogado
no vendrá a vosotros; pero, si me fuere, os lo enviaré».(5)
«Cuando venga el Abogado que yo os enviaré de parte del
Padre, el Espíritu de verdad, que procede del Padre, él
dará testimonio de mí, y vosotros daréis también
testimonio, porque desde el principio estáis conmigo».(6)
«Pero cuando viniere aquél, el Espíritu de
verdad, os guiará hacia la verdad completa, porque no hablará
de sí mismo, sino que hablará lo que oyere y os
comunicará las cosas venideras».(7)
3. Confianza en el Espíritu de
Verdad y de Amor
Con plena confianza en el Espíritu
de Verdad entro pues en la rica herencia de los recientes
pontificados. Esta herencia está vigorosamente enraizada en la
conciencia de la Iglesia de un modo totalmente nuevo, jamás
conocido anteriormente, gracias al Concilio Vaticano II, convocado e
inaugurado por Juan XXIII y, después, felizmente concluido y
actuado con perseverancia por Pablo VI, cuya actividad he podido
observar de cerca. Me maravillaron siempre su profunda prudencia y
valentía, así como su constancia y paciencia en el
difícil período posconciliar de su pontificado. Como
timonel de la Iglesia, barca de Pedro, sabía conservar una
tranquilidad y un equilibrio providencial incluso en los momentos más
críticos, cuando parecía que ella era sacudida desde
dentro, manteniendo una esperanza inconmovible en su compactibilidad.
Lo que, efectivamente, el Espíritu dijo a la Iglesia mediante
el Concilio de nuestro tiempo, lo que en esta Iglesia dice a todas
las Iglesias(8) no puede —a pesar de inquietudes momentáneas—
servir más que para una mayor cohesión de todo el
Pueblo de Dios, consciente de su misión salvífica.
Precisamente de esta conciencia
contemporánea de la Iglesia, Pablo VI hizo el tema primero de
su fundamental Encíclica que comienza con las palabras
Ecclesiam suam; a esta Encíclica séame
permitido, ante todo, referirme en este primero y, por así
decirlo, documento inaugural del actual pontificado. Iluminada y
sostenida por el Espíritu Santo, la Iglesia tiene una
conciencia cada vez más profunda, sea respecto de su misterio
divino, sea respecto de su misión humana, sea finalmente
respecto de sus mismas debilidades humanas: es precisamente esta
conciencia la que debe seguir siendo la fuente principal del amor de
esta Iglesia, al igual que el amor por su parte contribuye a
consolidar y profundizar esa conciencia. Pablo VI nos ha dejado el
testimonio de esa profundísima conciencia de Iglesia. A través
de los múltiples y frecuentemente dolorosos acontecimientos de
su pontificado, nos ha enseñado el amor intrépido a la
Iglesia, la cual, como enseña el Concilio, es «sacramento,
o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y
de la unidad de todo el género humano».(9)
4. En relación con la primera
Encíclica de Pablo VI
Precisamente por esta razón, la
conciencia de la Iglesia debe ir unida con una apertura universal, a
fin de que todos puedan encontrar en ella «la insondable
riqueza de Cristo»,(10) de que habla el Apóstol de las
gentes. Tal apertura, orgánicamente unida con la conciencia de
la propia naturaleza, con la certeza de la propia verdad, de la que
dijo Cristo: «no es mía, sino del Padre que me ha
enviado»,(11) determina el dinamismo apostólico, es
decir, misionero de la Iglesia, profesando y proclamando íntegramente
toda la verdad transmitida por Cristo. Ella debe conducir, al mismo
tiempo, a aquel diálogo que Pablo VI en la Encíclica
Ecclesiam suam llamó «diálogo de la
salvación», distinguiendo con precisión los
diversos ámbitos dentro de los cuales debe ser llevado a
cabo.(12) Cuando hoy me refiero a este documento programático
del pontificado de Pablo VI, no ceso de dar gracias a Dios, porque
este gran Predecesor mío y al mismo tiempo verdadero padre, no
obstante las diversas debilidades internas que han afectado a la
Iglesia en el período posconciliar, ha sabido presentar «ad
extra», al exterior, su auténtico rostro. De este modo,
también una gran parte de la familia humana, en los distintos
ámbitos de su múltiple existencia, se ha hecho, a mi
parecer, más consciente de cómo sea verdaderamente
necesaria para ella la Iglesia de Cristo, su misión y su
servicio. Esta conciencia se ha demostrado a veces más fuerte
que las diversas orientaciones críticas, que atacaban «ab
intra», desde dentro, a la Iglesia, a sus instituciones y
estructuras, a los hombres de la Iglesia y a su actividad. Tal
crítica creciente ha tenido sin duda causas diversas y estamos
seguro, por otra parte, de que no ha estado siempre privado de un
sincero amor a la Iglesia. Indudablemente, se ha manifestado en él,
entre otras cosas, la tendencia a superar el así llamado
triunfalismo, del que se discutía frecuentemente en el
Concilio. Pero si es justo que la Iglesia, siguiendo el ejemplo de su
Maestro que era «humilde de corazón»,(13) esté
fundada asimismo en la humildad, que tenga el sentido crítico
respecto a todo lo que constituye su carácter y su actividad
humana, que sea siempre muy exigente consigo misma, del mismo modo el
criticismo debe tener también sus justos límites. En
caso contrario, deja de ser constructivo, no revela la verdad, el
amor y la gratitud por la gracia, de la que nos hacemos principal y
plenamente partícipes en la Iglesia y mediante la Iglesia.
Además el espíritu crítico no sería
expresión de la actitud de servicio, sino más bien de
la voluntad de dirigir la opinión de los demás según
la opinión propia, divulgada a veces de manera demasiado
desconsiderada.
Se debe gratitud a Pablo VI porque,
respetando toda partícula de verdad contenida en las diversas
opiniones humanas, ha conservado igualmente el equilibrio
providencial del timonel de la Barca.(14) La Iglesia que —a
través de Juan Pablo I— me ha sido confiada casi
inmediatamente después de él, no está
ciertamente exenta de dificultades y de tensiones internas. Pero al
mismo tiempo se siente interiormente más inmunizada contra los
excesos del autocriticismo: se podría decir que es más
crítica frente a las diversas críticas desconsideradas,
que es más resistente respecto a las variadas «novedades»,
más madura en el espíritu de discernimiento, más
idónea a extraer de su perenne tesoro «cosas nuevas y
cosas viejas»,(15) más centrada en el propio misterio y,
gracias a todo esto, más disponible para la misión de
la salvación de todos: «Dios quiere que todos los
hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad».(16)
5. Colegialidad y apostolado
Esta Iglesia está —contra
todas las apariencias— mucho más unida en la comunión
de servicio y en la conciencia del apostolado. Tal unión brota
de aquel principio de colegialidad, recordado por el Concilio
Vaticano II, que Cristo mismo injertó en el Colegio apostólico
de los Doce con Pedro a la cabeza y que renueva continuamente en el
Colegio de los Obispos, que crece cada vez más en toda la
tierra, permaneciendo unido con el Sucesor de San Pedro y bajo su
guía. El Concilio no sólo ha recordado este principio
de colegialidad de los Obispos, sino que lo ha vivificado
inmensamente, entre otras cosas propiciando la institución de
un organismo permanente que Pablo VI estableció al crear el
Sínodo de los Obispos, cuya actividad no sólo ha dado
una nueva dimensión a su pontificado, sino que se ha reflejado
claramente después, desde los primeros días, en el
pontificado de Juan Pablo I y en el de su indigno Sucesor.
El principio de colegialidad se ha
demostrado particularmente actual en el difícil período
posconciliar, cuando la postura común y unánime del
Colegio de los Obispos —la cual, sobre todo a través del
Sínodo, ha manifestado su unión con el Sucesor de
Pedro— contribuía a disipar dudas e indicaba al mismo
tiempo los caminos justos para la renovación de la Iglesia, en
su dimensión universal. Del Sínodo ha brotado, entre
otras cosas, ese impulso esencial para la evangelización que
ha encontrado su expresión en la Exhortación apostólica
Evangelii nuntiandi,(17) acogida con tanta alegría como
programa de renovación de carácter apostólico y
también pastoral. La misma línea se ha seguido en los
trabajos de la última sesión ordinaria del Sínodo
de los Obispos, que tuvo lugar casi un año antes de la
desaparición del Pontífice Pablo VI y que fue dedicada
—como es sabido— a la catequesis. Los resultados de
aquellos trabajos requieren aún una sistematización y
un enunciado por parte de la Sede Apostólica.
Dado que estamos tratando del evidente
desarrollo de la forma en que se expresa la colegialidad episcopal,
hay que recordar al menos el proceso de consolidación de las
Conferencias Episcopales Nacionales en toda la Iglesia y de otras
estructuras colegiales de carácter internacional o
continental. Refiriéndonos por otra parte a la tradición
secular de la Iglesia, conviene subrayar la actividad de los diversos
Sínodos locales.
Fue en efecto idea del Concilio,
coherentemente ejecutada por Pablo VI, que las estructuras de este
tipo, experimentadas desde hace siglos por la Iglesia, así
como otras formas de colaboración colegial de los Obispos, por
ejemplo, la provincia eclesiástica, por no hablar ya de cada
una de las diócesis, pulsasen con plena conciencia de la
propia identidad y a la vez de la propia originalidad, en la unidad
universal de la Iglesia. El mismo espíritu de colaboración
y de corresponsabilidad se está difundiendo también
entre los sacerdotes, lo cual se confirma por los numerosos Consejos
Presbiterales que han surgido después del Concilio. Este
espíritu se ha extendido asimismo entre los laicos,
confirmando no sólo las organizaciones de apostolado seglar ya
existentes, sino también creando otras nuevas con perfil
muchas veces distinto y con un dinamismo excepcional. Por otra parte,
los laicos, conscientes de su responsabilidad en la Iglesia, se han
empeñado de buen grado en la colaboración con los
Pastores, con los representantes de los Institutos de vida consagrada
en el ámbito de los Sínodos diocesanos o de los
Consejos pastorales en las parroquias y en las diócesis.
Me es necesario tener en la mente todo
esto al comienzo de mi pontificado, para dar gracias a Dios, para dar
nuevos ánimos a todos los Hermanos y Hermanas y para recordar
además con viva gratitud la obra del Concilio Vaticano II y a
mis grandes Predecesores que han puesto en marcha esta nueva «ola»
de la vida de la Iglesia, movimiento mucho más potente que los
síntomas de duda, de derrumbamiento y de crisis.
6. Hacia la unión de los
cristianos
Y ¿qué decir de todas las
iniciativas brotadas de la nueva orientación ecuménica?
El inolvidable Papa Juan XXIII, con claridad evangélica,
planteó el problema de la unión de los cristianos como
simple consecuencia de la voluntad del mismo Jesucristo, nuestro
Maestro, afirmada varias veces y expresada de manera particular en la
oración del Cenáculo, la víspera de su muerte:
«para que todos sean uno, como tú, Padre, estás
en mí y yo en ti».(18) El Concilio Vaticano II respondió
a esta exigencia de manera concisa con el Decreto sobre el
ecumenismo. El Papa Pablo VI, valiéndose de la actividad del
Secretariado para la unión de los Cristianos inició los
primeros pasos difíciles por el camino de la consecución
de tal unión. ¿Hemos ido lejos por este camino? Sin
querer dar una respuesta concreta podemos decir que hemos conseguido
unos progresos verdaderos e importantes. Una cosa es cierta: hemos
trabajado con perseverancia, coherencia y valentía, y con
nosotros se han empeñado también los representantes de
otras Iglesias y de otras Comunidades cristianas, por lo cual les
estamos sinceramente reconocidos. Es cierto además que, en la
presente situación histórica de la cristiandad y del
mundo, no se ve otra posibilidad de cumplir la misión
universal de la Iglesia, en lo concerniente a los problemas
ecuménicos, que la de buscar lealmente, con perseverancia,
humildad y con valentía, las vías de acercamiento y de
unión, tal como nos ha dado ejemplo personal el Papa Pablo VI.
Debemos por tanto buscar la unión sin desanimarnos frente a
las dificultades que pueden presentarse o acumularse a lo largo de
este camino; de otra manera no seremos fieles a la palabra de Cristo,
no cumpliremos su testamento. ¿Es lícito correr este
riesgo?
Hay personas que, encontrándose
frente a las dificultades o también juzgando negativos los
resultados de los trabajos iniciales ecuménicos, hubieran
preferido echarse atrás. Algunos incluso expresan la opinión
de que estos esfuerzos son dañosos para la causa del
evangelio, conducen a una ulterior ruptura de la Iglesia, provocan
confusión de ideas en las cuestiones de la fe y de la moral,
abocan a un específico indiferentismo. Posiblemente será
bueno que los portavoces de tales opiniones expresen sus temores; no
obstante, también en este aspecto hay que mantener los justos
límites. Es obvio que esta nueva etapa de la vida de la
Iglesia exije de nosotros una fe particularmente consciente, profunda
y responsable. La verdadera actividad ecuménica significa
apertura, acercamiento, disponibilidad al diálogo, búsqueda
común de la verdad en el pleno sentido evangélico y
cristiano; pero de ningún modo significa ni puede significar
renunciar o causar perjuicio de alguna manera a los tesoros de la
verdad divina, constantemente confesada y enseñada por la
Iglesia. A todos aquellos que por cualquier motivo quisieran disuadir
a la Iglesia de la búsqueda de la unidad universal de los
cristianos hay que decirles una vez más: ¿Nos es lícito
no hacerlo? ¿Podemos no tener confianza —no obstante
toda la debilidad humana, todas las deficiencias acumuladas a lo
largo de los siglos pasados— en la gracia de nuestro Señor,
tal cual se ha revelado en los últimos tiempos a través
de la palabra del Espíritu Santo, que hemos escuchado durante
el Concilio? Obrando así, negaríamos la verdad que
concierne a nosotros mismos y que el Apóstol ha expresado de
modo tan elocuente: «Mas por gracia de Dios soy lo que soy, y
la gracia que me confirió no resultó vana».(19)
Aunque de modo distinto y con las
debidas diferencias, hay que aplicar lo que se ha dicho a la
actividad que tiende al acercamiento con los representantes de las
religiones no cristianas, y que se expresa a través del
diálogo, los contactos, la oración comunitaria, la
búsqueda de los tesoros de la espiritualidad humana que —como
bien sabemos— no faltan tampoco a los miembros de estas
religiones. ¿No sucede quizá a veces que la creencia
firme de los seguidores de las religiones no cristianas, —creencia
que es efecto también del Espíritu de verdad, que actúa
más allá de los confines visibles del Cuerpo Místico—
haga quedar cunfundidos a los cristianos, muchas veces tan dispuestos
a dudar en las verdades reveladas por Dios y proclamadas por la
Iglesia, tan propensos al relajamiento de los principios de la moral
y a abrir el camino al permisivismo ético? Es cosa noble estar
predispuestos a comprender a todo hombre, a analizar todo sistema, a
dar razón a todo lo que es justo; esto no significa
absolutamente perder la certeza de la propia fe,(20) o debilitar los
principios de la moral, cuya falta se hará sentir bien pronto
en la vida de sociedades enteras, determinando entre otras cosas
consecuencias deplorables.
II
EL MISTERIO DE LA REDENCIÓN
7. En el Misterio de Cristo
Si las vías por las que el
Concilio de nuestro siglo ha encaminado a la Iglesia —vías
indicadas en su primera Encíclica por el llorado Papa Pablo
VI— permanecen por largo tiempo las vías que todos
nosotros debemos seguir, a la vez, en esta nueva etapa podemos
justamente preguntarnos: ¿Cómo? ¿De qué
modo hay que proseguir? ¿Qué hay que hacer a fin de que
este nuevo adviento de la Iglesia, próximo ya al final del
segundo milenio, nos acerque a Aquel que la Sagrada Escritura llama:
«Padre sempiterno», Pater futuri saeculi?(21) Esta
es la pregunta fundamental que el nuevo Pontífice debe
plantearse, cuando, en espíritu de obediencia de fe, acepta la
llamada según el mandato de Cristo dirigido más de una
vez a Pedro: «Apacienta mis corderos»,(22) que quiere
decir: Sé pastor de mi rebaño; y después: «...
una vez convertido, confirma a tus hermanos». (23)
Es precisamente aquí, carísimos
Hermanos, Hijos e Hijas, donde se impone una respuesta fundamental y
esencial, es decir, la única orientación del espíritu,
la única dirección del entendimiento, de la voluntad y
del corazón es para nosotros ésta: hacia Cristo,
Redentor del hombre; hacia Cristo, Redentor del mundo. A Él
nosotros queremos mirar, porque sólo en Él, Hijo de
Dios, hay salvación, renovando la afirmación de Pedro
«Señor, ¿a quién iríamos? Tú
tienes palabras de vida eterna».(24)
A través de la conciencia de la
Iglesia, tan desarrollada por el Concilio, a todos los niveles de
esta conciencia y a través también de todos los campos
de la actividad en que la Iglesia se expresa, se encuentra y se
confirma, debemos tender constantemente a Aquel «que es la
cabeza»,(25) a Aquel «de quien todo procede y para quien
somos nosotros»,(26) a Aquel que es al mismo tiempo «el
camino, la verdad»(27) y «la resurrección y la
vida»,(28) a Aquel que viéndolo nos muestra al
Padre,(29) a Aquel que debía irse de nosotros(30) —se
refiere a la muerte en Cruz y después a la Ascensión al
cielo— para que el Abogado viniese a nosotros y siga viniendo
constantemente como Espíritu de verdad.(31) En Él están
escondidos «todos los tesoros de la sabiduría y de la
ciencia»,(32) y la Iglesia es su Cuerpo.(33) La Iglesia es en
Cristo como un «sacramento, o signo e instrumento de la íntima
unión con Dios y de la unidad de todo el género
humano»(34) y de esto es Él la fuente. ¡Él
mismo! ¡Él, el Redentor!
La Iglesia no cesa de escuchar sus
palabras, las vuelve a leer continuamente, reconstruye con la máxima
devoción todo detalle particular de su vida. Estas palabras
son escuchadas también por los no cristianos. La vida de
Cristo habla al mismo tiempo a tantos hombres que no están aún
en condiciones de repetir con Pedro: «Tú eres el Mesías,
el Hijo de Dios vivo».(35) Él, Hijo de Dios vivo, habla
a los hombres también como Hombre: es su misma vida la que
habla, su humanidad, su fidelidad a la verdad, su amor que abarca a
todos. Habla además su muerte en Cruz, esto es, la insondable
profundidad de su sufrimiento y de su abandono. La Iglesia no cesa
jamás de revivir su muerte en Cruz y su Resurrección,
que constituyen el contenido de la vida cotidiana de la Iglesia. En
efecto, por mandato del mismo Cristo, su Maestro, la Iglesia celebra
incesantemente la Eucaristía, encontrando en ella la «fuente
de la vida y de la santidad»,(36) el signo eficaz de la gracia
y de la reconciliación con Dios, la prenda de la vida eterna.
La Iglesia vive su misterio, lo alcanza sin cansarse nunca y busca
continuamente los caminos para acercar este misterio de su Maestro y
Señor al género humano: a los pueblos, a las naciones,
a las generaciones que se van sucediendo, a todo hombre en
particular, como si repitiese siempre a ejemplo del Apóstol:
«que nunca entre vosotros me precié de saber cosa
alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado».(37) La
Iglesia permanece en la esfera del misterio de la Redención
que ha llegado a ser precisamente el principio fundamental de su vida
y de su misión
8. Redención: creación
renovada
¡Redentor del mundo! En Él
se ha revelado de un modo nuevo y más admirable la verdad
fundamental sobre la creación que testimonia el Libro del
Génesis cuando repite varias veces: «Y vio Dios ser
bueno».(38) El bien tiene su fuente en la Sabiduría y en
el Amor. En Jesucristo, el mundo visible, creado por Dios para el
hombre(39) —el mundo que, entrando el pecado está sujeto
a la vanidad— (40) adquiere nuevamente el vínculo
original con la misma fuente divina de la Sabiduría y del
Amor. En efecto, «amó Dios tanto al mundo, que le dio su
unigénito Hijo».(41) Así como en el hombre-Adán
este vínculo quedó roto, así en el Hombre-Cristo
ha quedado unido de nuevo.(42) ¿ Es posible que no nos
convenzan, a nosotros hombres del siglo XX, las palabras del Apóstol
de las gentes, pronunciadas con arrebatadora elocuencia, acerca de
«la creación entera que hasta ahora gime y siente
dolores de parto»(43) y «está esperando la
manifestación de los hijos de Dios»,(44) acerca de la
creación que está sujeta a la vanidad? El inmenso
progreso, jamás conocido, que se ha verificado particularmente
durante este nuestro siglo, en el campo de dominación del
mundo por parte del hombre, ¿no revela quizá el mismo,
y por lo demás en un grado jamás antes alcanzado, esa
multiforme sumisión «a la vanidad»? Baste recordar
aquí algunos fenómenos como la amenaza de contaminación
del ambiente natural en los lugares de rápida
industrialización, o también los conflictos armados que
explotan y se repiten continuamente, o las perspectivas de
autodestrucción a través del uso de las armas atómicas:
al hidrógeno, al neutrón y similares, la falta de
respeto a la vida de los no-nacidos. El mundo de la nueva época,
el mundo de los vuelos cósmicos, el mundo de las conquistas
científicas y técnicas, jamás logradas
anteriormente, ¿no es al mismo tiempo que «gime y
sufre»(45) y «está esperando la manifestación
de los hijos de Dios»?(46)
El Concilio Vaticano II, en su análisis
penetrante «del mundo contemporáneo», llegaba al
punto más importante del mundo visible: el hombre bajando
—como Cristo— a lo profundo de las conciencias humanas,
tocando el misterio interior del hombre, que en el lenguaje bíblico,
y no bíblico también, se expresa con la palabra
«corazón». Cristo, Redentor del mundo, es Aquel
que ha penetrado, de modo único e irrepetible, en el misterio
del hombre y ha entrado en su «corazón».
Justamente pues enseña el Concilio Vaticano II: «En
realidad el misterio del hombre sólo se esclarece en el
misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre,
era figura del que había de venir (Rom 5, 14), es
decir, Cristo nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en
la misma revelación del misterio del Padre y de su amor,
manifiesta plenamente al propio hombre y le descubre la
sublimidad de su vocación». Y más adelante: «Él,
que es imagen de Dios invisible (Col 1, 15), es también
el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán
la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él la
naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también
en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios, con su
encarnación, se ha unido en cierto modo con todo hombre.
Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia
de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la
Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros,
semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado».(47) ¡Él,
el Redentor del hombre!
9. Dimensión divina del misterio
de la Redención
Al reflexionar nuevamente sobre este
texto maravilloso del Magisterio conciliar, no olvidamos ni por un
momento que Jesucristo, Hijo de Dios vivo, se ha convertido en
nuestra reconciliación ante el Padre.(48) Precisamente Él,
solamente Él ha dado satisfacción al amor eterno del
Padre, a la paternidad que desde el principio se manifestó en
la creación del mundo, en la donación al hombre de toda
la riqueza de la creación, en hacerlo «poco menor que
Dios»,(49) en cuanto creado «a imagen y semejanza de
Dios»;(50) e igualmente ha dado satisfacción a la
paternidad de Dios y al amor, en cierto modo rechazado por el hombre
con la ruptura de la primera Alianza(51) y de las posteriores que
Dios «ha ofrecido en diversas ocasiones a los hombres».(52)
La redención del mundo —ese misterio tremendo del amor,
en el que la creación es renovada(53)— es en su raíz
más profunda «la plenitud de la justicia en un Corazón
humano: en el Corazón del Hijo Primogénito, para que
pueda hacerse justicia de los corazones de muchos hombres, los
cuales, precisamente en el Hijo Primogénito, han sido
predestinados desde la eternidad a ser hijos de Dios(54) y llamados a
la gracia, llamados al amor. La Cruz sobre el Calvario, por medio de
la cual Jesucristo —Hombre, Hijo de María Virgen, hijo
putativo de José de Nazaret— «deja» este
mundo, es al mismo tiempo una nueva manifestación de la eterna
paternidad de Dios, el cual se acerca de nuevo en Él a la
humanidad, a todo hombre, dándole el tres veces santo
«Espíritu de verdad».(55)
Con esta revelación del Padre y
con la efusión del Espíritu Santo, que marcan un sello
imborrable en el misterio de la Redención, se explica el
sentido de la cruz y de la muerte de Cristo. El Dios de la creación
se revela como Dios de la redención, como Dios que es fiel a
sí mismo,(56) fiel a su amor al hombre y al mundo, ya revelado
el día de la creación. El suyo es amor que no retrocede
ante nada de lo que en él mismo exige la justicia. Y por esto
al Hijo «a quien no conoció el pecado le hizo pecado por
nosotros para que en Él fuéramos justicia de Dios».(57)
Si «trató como pecado» a Aquel que estaba
absolutamente sin pecado alguno, lo hizo para revelar el amor que es
siempre más grande que todo lo creado, el amor que es Él
mismo, porque «Dios es amor».(58) Y sobre todo el amor es
más grande que el pecado, que la debilidad, que la «vanidad
de la creación»,(59) más fuerte que la muerte; es
amor siempre dispuesto a aliviar y a perdonar, siempre dispuesto a ir
al encuentro con el hijo pródigo,(60) siempre a la búsqueda
de la «manifestación de los hijos de Dios»,(61)
que están llamados a la gloria.(62) Esta revelación del
amor es definida también misericordia,(63) y tal revelación
del amor y de la misericordia tiene en la historia del hombre una
forma y un nombre: se llama Jesucristo.
10. Dimensión humana del
misterio de la Redención
El hombre no puede vivir sin amor. Él
permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está
privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con
el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él
vivamente. Por esto precisamente, Cristo Redentor, como se ha dicho
anteriormente, revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es
—si se puede expresar así— la dimensión
humana del misterio de la Redención. En esta dimensión
el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor
propios de su humanidad. En el misterio de la Redención el
hombre es «confirmado» y en cierto modo es nuevamente
creado. ¡Él es creado de nuevo! «Ya no es judío
ni griego: ya no es esclavo ni libre; no es ni hombre ni mujer,
porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús».(64) El
hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo —no
solamente según criterios y medidas del propio ser inmediatos,
parciales, a veces superficiales e incluso aparentes— debe, con
su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y
pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe,
por decirlo así, entrar en Él con todo su ser, debe
«apropiarse» y asimilar toda la realidad de la
Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí
mismo. Si se actúa en él este hondo proceso, entonces
él da frutos no sólo de adoración a Dios, sino
también de profunda maravilla de sí mismo. ¡Qué
valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha «merecido
tener tan grande Redentor»,(65) si «Dios ha dado a su
Hijo», a fin de que él, el hombre, «no muera sino
que tenga la vida eterna»!(66)
En realidad, ese profundo estupor
respecto al valor y a la dignidad del hombre se llama Evangelio, es
decir, Buena Nueva. Se llama también cristianismo. Este
estupor justifica la misión de la Iglesia en el mundo,
incluso, y quizá aún más, «en el mundo
contemporáneo». Este estupor y al mismo tiempo
persuasión y certeza que en su raíz profunda es la
certeza de la fe, pero que de modo escondido y misterioso vivifica
todo aspecto del humanismo auténtico, está
estrechamente vinculado con Cristo. Él determina también
su puesto, su —por así decirlo— particular derecho
de ciudadanía en la historia del hombre y de la humanidad. La
Iglesia que no cesa de contemplar el conjunto del misterio de Cristo,
sabe con toda la certeza de la fe que la Redención llevada a
cabo por medio de la Cruz, ha vuelto a dar definitivamente al hombre
la dignidad y el sentido de su existencia en el mundo, sentido que
había perdido en gran medida a causa del pecado. Por esta
razón la Redención se ha cumplido en el misterio
pascual que a través de la cruz y la muerte conduce a la
resurrección.
El cometido fundamental de la Iglesia
en todas las épocas y particularmente en la nuestra es dirigir
la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia de toda
la humanidad hacia el misterio de Cristo, ayudar a todos los hombres
a tener familiaridad con la profundidad de la Redención, que
se realiza en Cristo Jesús. Contemporáneamente, se toca
también la más profunda obra del hombre, la esfera
—queremos decir— de los corazones humanos, de las
conciencias humanas y de las vicisitudes humanas.
11. El Misterio de Cristo en la base de
la misión de la Iglesia y del cristianismo
El Concilio Vaticano II ha llevado a
cabo un trabajo inmenso para formar la conciencia plena y universal
de la Iglesia, a la que se refería el Papa Pablo VI en su
primera Encíclica. Tal conciencia —o más bien,
autoconciencia de la Iglesia— se forma «en el diálogo»,
el cual, antes de hacerse coloquio, debe dirigir la propia atención
al «otro», es decir, a aquél con el cual queremos
hablar. El Concilio ecuménico ha dado un impulso fundamental
para formar la autoconciencia de la Iglesia, dándonos, de
manera tan adecuada y competente, la visión del orbe terrestre
como de un «mapa» de varias religiones. Además, ha
demostrado cómo a este mapa de las religiones del mundo se
sobrepone en estratos —antes nunca conocidos y característicos
de nuestro tiempo— el fenómeno del ateísmo en sus
diversas formas, comenzando por el ateísmo programado,
organizado y estructurado en un sistema político.
Por lo que se refiere a la religión,
se trata ante todo de la religión como fenómeno
universal, unido a la historia del hombre desde el principio;
seguidamente de las diversas religiones no cristianas y finalmente
del mismo cristianismo. El documento conciliar dedicado a las
religiones no cristianas está particularmente lleno de
profunda estima por los grandes valores espirituales, es más,
por la primacía de lo que es espiritual y que en la vida de la
humanidad encuentra su expresión en la religión y
después en la moralidad que refleja en toda la cultura.
Justamente los Padres de la Iglesia veían en las distintas
religiones como otros tantos reflejos de una única verdad
«como gérmenes del Verbo»,(67) los cuales
testimonian que, aunque por diversos caminos, está dirigida
sin embargo en una única dirección la más
profunda aspiración del espíritu humano, tal como se
expresa en la búsqueda de Dios y al mismo tiempo en la
búsqueda, mediante la tensión hacia Dios, de la plena
dimensión de la humanidad, es decir, del pleno sentido de la
vida humana. El Concilio ha dedicado una atención especial a
la religión judía, recordando el gran patrimonio
espiritual y común a los cristianos y a los judíos, y
ha expresado su estima hacia los creyentes del Islam, cuya fe se
refiere también a Abrahán. Es sabido por otra parte que
la religión de Israel tiene un pasado en común con la
historia del cristianismo: el pasado relativo a la Antigua
Alianza.(68)
Con la apertura realizada por el
Concilio Vaticano II, la Iglesia y todos los cristianos han podido
alcanzar una conciencia más completa del misterio de Cristo,
«misterio escondido desde los siglos»(69) en Dios, para
ser revelado en el tiempo: en el Hombre Jesucristo, y para revelarse
continuamente, en todos los tiempos. En Cristo y por Cristo, Dios se
ha revelado plenamente a la humanidad y se ha acercado
definitivamente a ella y, al mismo tiempo, en Cristo y por Cristo, el
hombre ha conseguido plena conciencia de su dignidad, de su
elevación, del valor transcendental de la propia humanidad,
del sentido de su existencia.
Es necesario por tanto que todos
nosotros, cuantos somos seguidores de Cristo, nos encontremos y nos
unamos en torno a Él mismo. Esta unión, en los diversos
sectores de la vida, de la tradición, de las estructuras y
disciplinas de cada una de las Iglesias y Comunidades eclesiales, no
puede actuarse sin un valioso trabajo que tienda al conocimiento
recíproco y a la remoción de los obstáculos en
el camino de una perfecta unidad. No obstante podemos y debemos, ya
desde ahora, alcanzar y manifestar al mundo nuestra unidad: en el
anuncio del misterio de Cristo, en la revelación de la
dimensión divina y humana también de la Redención,
en la lucha con perseverancia incansable en favor de esta dignidad
que todo hombre ha alcanzado y puede alcanzar continuamente en
Cristo, que es la dignidad de la gracia de adopción divina y
también dignidad de la verdad interior de la humanidad, la
cual —si ha alcanzado en la conciencia común del mundo
contemporáneo un relieve tan fundamental— sobresale aún
más para nosotros a la luz de la realidad que es él:
Cristo Jesús.
Jesucristo es principio estable y
centro permanente de la misión que Dios mismo ha confiado al
hombre. En esta misión debemos participar todos, en ella
debemos concentrar todas nuestras fuerzas, siendo ella necesaria más
que nunca al hombre de nuestro tiempo. Y si tal misión parece
encontrar en nuestra época oposiciones más grandes que
en cualquier otro tiempo, tal circunstancia demuestra también
que es en nuestra época aún más necesaria y —no
obstante las oposiciones— es más esperada que nunca.
Aquí tocamos indirectamente el misterio de la economía
divina que ha unido la salvación y la gracia con la Cruz. No
en vano Jesucristo dijo que el «reino de los cielos está
en tensión, y los esforzados lo arrebatan»;(70) y además
que «los hijos de este siglo son más avisados... que los
hijos de la luz».(71) Aceptamos gustosamente este reproche para
ser como aquellos «violentos de Dios» que hemos visto
tantas veces en la historia de la Iglesia y que descubrimos todavía
hoy para unirnos conscientemente a la gran misión, es decir:
revelar a Cristo al mundo, ayudar a todo hombre para que se encuentre
a sí mismo en él, ayudar a las generaciones
contemporáneas de nuestros hermanos y hermanas, pueblos,
naciones, estados, humanidad, países en vías de
desarrollo y países de la opulencia, a todos en definitiva, a
conocer las «insondables riquezas de Cristo»,(72) porque
éstas son para todo hombre y constituyen el bien de cada uno.
12. Misión de la Iglesia y
libertad del hombre
En esta unión la misión,
de la que decide sobre todo Cristo mismo, todos los cristianos deben
descubrir lo que les une, incluso antes de que se realice su plena
comunión. Esta es la unión apostólica y
misionera, misionera y apostólica. Gracias a esta unión
podemos acercarnos juntos al magnífico patrimonio del espíritu
humano, que se ha manifestado en todas las religiones, como dice la
Declaración del Concilio Vaticano II Nostra aetate.(73)
Gracias a ella, nos acercamos igualmente a todas las culturas, a
todas las concepciones ideológicas, a todos los hombres de
buena voluntad. Nos aproximamos con aquella estima, respeto y
discernimiento que, desde los tiempos de los Apóstoles,
distinguía la actitud misionera y del misionero.
Basta recordar a San Pablo y, por ejemplo, su discurso en el Areópago
de Atenas.(74) La actitud misionera comienza siempre con un
sentimiento de profunda estima frente a lo que «en el hombre
había»,(75) por lo que él mismo, en lo íntimo
de su espíritu, ha elaborado respecto a los problemas más
profundos e importantes; se trata de respeto por todo lo que en él
ha obrado el Espíritu, que «sopla donde quiere».(76)
La misión no es nunca una destrucción, sino una
purificación y una nueva construcción por más
que en la práctica no siempre haya habido una plena
correspondencia con un ideal tan elevado. La conversión que de
ella ha de tomar comienzo, sabemos bien que es obra de la gracia, en
la que el hombre debe hallarse plenamente a sí mismo.
Por esto la Iglesia de nuestro tiempo
da gran importancia a todo lo que el Concilio Vaticano II ha expuesto
en la Declaración sobre la libertad religiosa, tanto en
la primera como en la segunda parte del documento.(77) Sentimos
profundamente el carácter empeñativo de la verdad que
Dios nos ha revelado. Advertimos en particular el gran sentido de
responsabilidad ante esta verdad. La Iglesia, por institución
de Cristo, es su custodia y maestra, estando precisamente dotada de
una singular asistencia del Espíritu Santo para que pueda
custodiarla fielmente y enseñarla en su más exacta
integridad.(78) Cumpliendo esta misión, miramos a Cristo
mismo, que es el primer evangelizador(79) y miramos también a
los Apóstoles, Mártires y Confesores. La Declaración
sobre la libertad religiosa nos muestra de manera convincente
cómo Cristo y, después sus Apóstoles, al
anunciar la verdad que no proviene de los hombres sino de Dios («mi
doctrina no es mía, sino del que me ha enviado»,(80)
esto es, del Padre), incluso actuando con toda la fuerza del
espíritu, conservan una profunda estima por el hombre, por su
entendimiento, su voluntad, su conciencia y su libertad.(81) De este
modo, la misma dignidad de la persona humana se hace contenido de
aquel anuncio, incluso sin palabras, a través del
comportamiento respecto de ella. Tal comportamiento parece
corresponder a las necesidades particulares de nuestro tiempo. Dado
que no en todo aquello que los diversos sistemas, y también
los hombres en particular, ven y propagan como libertad está
la verdadera libertad del hombre, tanto más la Iglesia, en
virtud de su misión divina, se hace custodia de esta libertad
que es condición y base de la verdadera dignidad de la persona
humana.
Jesucristo sale al encuentro del hombre
de toda época, también de nuestra época, con las
mismas palabras: «Conoceréis la verdad y la verdad os
librará».(82) Estas palabras encierran una exigencia
fundamental y al mismo tiempo una advertencia: la exigencia de una
relación honesta con respecto a la verdad, como condición
de una auténtica libertad; y la advertencia, además, de
que se evite cualquier libertad aparente, cualquier libertad
superficial y unilateral, cualquier libertad que no profundiza en
toda la verdad sobre el hombre y sobre el mundo. También hoy,
después de dos mil años, Cristo aparece a nosotros como
Aquel que trae al hombre la libertad basada sobre la verdad, como
Aquel que libera al hombre de lo que limita, disminuye y casi
destruye esta libertad en sus mismas raíces, en el alma del
hombre, en su corazón, en su conciencia. ¡Qué
confirmación tan estupenda de lo que han dado y no cesan de
dar aquellos que, gracias a Cristo y en Cristo, han alcanzado la
verdadera libertad y la han manifestado hasta en condiciones de
constricción exterior!
Jesucristo mismo, cuando compareció
como prisionero ante el tribunal de Pilatos y fue preguntado por él
acerca de la acusación hecha contra él por los
representantes del Sanedrín, ¿no respondió
acaso: «Yo para esto he venido al mundo, para dar testimonio de
la verdad»?(83) Con estas palabras pronunciadas ante el juez,
en el momento decisivo, era como si confirmase, una vez más,
la frase ya dicha anteriormente: «Conoced la verdad y la verdad
os hará libres». En el curso de tantos siglos y de
tantas generaciones, comenzando por los tiempos de los Apóstoles,
¿no es acaso Jesucristo mismo el que tantas veces ha
comparecido junto a hombres juzgados a causa de la verdad y no ha ido
quizá a la muerte con hombres condenados a causa de la verdad?
¿Acaso cesa el de ser continuamente portavoz y abogado del
hombre que vive «en espíritu y en verdad»?(84) Del
mismo modo que no cesa de serlo ante el Padre, así lo es
también con respecto a la historia del hombre. La Iglesia a su
vez, no obstante todas las debilidades que forman parte de la
historia humana, no cesa de seguir a Aquel que dijo: «ya llega
la hora y es ésta, cuando los verdaderos adoradores adorarán
al Padre en espíritu y en verdad, pues tales son los
adoradores que el Padre busca. Dios es espíritu, y los que le
adoran han de adorarle en espíritu y en verdad».(85)
III
EL HOMBRE REDIMIDO Y SU SITUACIÓN
EN EL MUNDO CONTEMPORÁNEO
13. Cristo se ha unido a todo hombre
Cuando, a través de la
experiencia de la familia humana que aumenta continuamente a ritmo
acelerado, penetramos en el misterio de Jesucristo, comprendemos con
mayor claridad que, en la base de todos estos caminos a lo largo de
los cuales en conformidad con las sabias indicaciones del Pontífice
Pablo VI (86) debe proseguir la Iglesia de nuestro tiempo, hay un
solo camino: es el camino experimentado desde hace siglos y es al
mismo tiempo el camino del futuro. Cristo Señor ha indicado
estos caminos sobre todo cuando —como enseña el
Concilio— «mediante la encarnación el Hijo de Dios
se ha unido en cierto modo a todo hombre».(87) La
Iglesia divisa por tanto su cometido fundamental en lograr que tal
unión pueda actuarse y renovarse continuamente. La Iglesia
desea servir a este único fin: que todo hombre pueda encontrar
a Cristo, para que Cristo pueda recorrer con cada uno el camino de la
vida, con la potencia de la verdad acerca del hombre y del mundo,
contenida en el misterio de la Encarnación y de la Redención,
con la potencia del amor que irradia de ella. En el trasfondo de
procesos siempre crecientes en la historia, que en nuestra época
parecen fructificar de manera particular en el ámbito de
varios sistemas, concepciones ideológicas del mundo y
regímenes, Jesucristo se hace en cierto modo nuevamente
presente, a pesar de todas sus aparentes ausencias, a pesar de todas
las limitaciones de la presencia o de la actividad institucional de
la Iglesia. Jesucristo se hace presente con la potencia de la verdad
y del amor, que se han manifestado en Él como plenitud única
e irrepetible, por más que su vida en la tierra fuese breve y
más breve aún su actividad pública.
Jesucristo es el camino principal de la
Iglesia. Él mismo es nuestro camino «hacia la casa del
Padre»(88) y es también el camino hacia cada hombre. En
este camino que conduce de Cristo al hombre, en este camino por el
que Cristo se une a todo hombre, la Iglesia no puede ser detenida por
nadie. Esta es la exigencia del bien temporal y del bien eterno del
hombre. La Iglesia, en consideración de Cristo y en razón
del misterio, que constituye la vida de la Iglesia misma, no puede
permanecer insensible a todo lo que sirve al verdadero bien del
hombre, como tampoco puede permanecer indiferente a lo que lo
amenaza. El Concilio Vaticano II, en diversos pasajes de sus
documentos, ha expresado esta solicitud fundamental de la Iglesia, a
fin de que «la vida en el mundo (sea) más conforme a la
eminente dignidad del hombre»,(89) en todos sus aspectos, para
hacerla «cada vez más humana».(90) Esta es la
solicitud del mismo Cristo, el buen Pastor de todos los hombres. En
nombre de tal solicitud, como leemos en la Constitución
pastoral del Concilio, «la Iglesia que por razón de su
ministerio y de su competencia, de ninguna manera se confunde con la
comunidad política y no está vinculada a ningún
sistema político, es al mismo tiempo el signo y la
salvaguardia del carácter trascendente de la persona
humana».(91)
Aquí se trata por tanto del
hombre en toda su verdad, en su plena dimensión. No se trata
del hombre «abstracto» sino real, del hombre «concreto»,
«histórico». Se trata de «cada»
hombre, porque cada uno ha sido comprendido en el misterio de la
Redención y con cada uno se ha unido Cristo, para siempre, por
medio de este ministerio. Todo hombre viene al mundo concebido en el
seno materno, naciendo de madre y es precisamente por razón
del misterio de la Redención por lo que es confiado a la
solicitud de la Iglesia. Tal solicitud afecta al hombre entero y está
centrada sobre él de manera del todo particular. El objeto de
esta premura es el hombre en su única e irrepetible realidad
humana, en la que permanece intacta la imagen y semejanza con Dios
mismo.(92) El Concilio indica esto precisamente, cuando, hablando de
tal semejanza, recuerda que «el hombre es en la tierra la única
criatura que Dios ha querido por sí misma».(93) El
hombre tal como ha sido «querido» por Dios, tal como Él
lo ha «elegido» eternamente, llamado, destinado a la
gracia y a la gloria, tal es precisamente «cada» hombre,
el hombre «más concreto», el «más
real»; éste es el hombre, en toda la plenitud del
misterio, del que se ha hecho partícipe en Jesucristo,
misterio del cual se hace partícipe cada uno de los cuatro mil
millones de hombres vivientes sobre nuestro planeta, desde el momento
en que es concebido en el seno de la madre.
14. Todos los caminos de la Iglesia
conducen al hombre
La Iglesia no puede abandonar al
hombre, cuya «suerte», es decir, la elección, la
llamada, el nacimiento y la muerte, la salvación o la
perdición, están tan estrecha e indisolublemente unidas
a Cristo. Y se trata precisamente de cada hombre de este planeta, en
esta tierra que el Creador entregó al primer hombre, diciendo
al hombre y a la mujer: «henchid la tierra; sometedla»;(94)
todo hombre, en toda su irrepetible realidad del ser y del obrar, del
entendimiento y de la voluntad, de la conciencia y del corazón.
El hombre en su realidad singular (porque es «persona»),
tiene una historia propia de su vida y sobre todo una historia propia
de su alma. El hombre que conforme a la apertura interior de su
espíritu y al mismo tiempo a tantas y tan diversas necesidades
de su cuerpo, de su existencia temporal, escribe esta historia suya
personal por medio de numerosos lazos, contactos, situaciones,
estructuras sociales que lo unen a otros hombres; y esto lo hace
desde el primer momento de su existencia sobre la tierra, desde el
momento de su concepción y de su nacimiento. El hombre en la
plena verdad de su existencia, de su ser personal y a la vez de su
ser comunitario y social —en el ámbito de la propia
familia, en el ámbito de la sociedad y de contextos tan
diversos, en el ámbito de la propia nación, o pueblo (y
posiblemente sólo aún del clan o tribu), en el ámbito
de toda la humanidad— este hombre es el primer camino
que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión,
él es el camino primero y fundamental de la Iglesia, camino
trazado por Cristo mismo, vía que inmutablemente conduce a
través del misterio de la Encarnación y de la
Redención.
A este hombre precisamente en toda la
verdad de su vida, en su conciencia, en su continua inclinación
al pecado y a la vez en su continua aspiración a la verdad, al
bien, a la belleza, a la justicia, al amor, a este hombre tenía
ante sus ojos el Concilio Vaticano II cuando, al delinear su
situación en el mundo contemporáneo, se trasladaba
siempre de los elementos externos que componen esta situación
a la verdad inmanente de la humanidad: «Son muchos los
elementos que se combaten en el propio interior del hombre. A fuer de
criatura, el hombre experimenta múltiples limitaciones; se
siente sin embargo ilimitado en sus deseos y llamado a una vida
superior. Atraido por muchas solicitaciones, tiene que elegir y
renunciar. Más aún, como enfermo y pecador, no
raramente hace lo que no quiere hacer y deja de hacer lo que quería
llevar a cabo. Por ello siente en sí mismo la división
que tantas y tan graves discordias provocan en la sociedad».(95)
Este hombre es el camino de la Iglesia,
camino que conduce en cierto modo al origen de todos aquellos caminos
por los que debe caminar la Iglesia, porque el hombre —todo
hombre sin excepción alguna— ha sido redimido por
Cristo, porque con el hombre —cada hombre sin excepción
alguna— se ha unido Cristo de algún modo, incluso cuando
ese hombre no es consciente de ello, «Cristo, muerto y
resucitado por todos, da siempre al hombre» —a todo
hombre y a todos los hombres— «... su luz y su fuerza
para que pueda responder a su máxima vocación».(96)
Siendo pues este hombre el camino de la
Iglesia, camino de su vida y experiencia cotidianas, de su misión
y de su fatiga, la Iglesia de nuestro tiempo debe ser, de manera
siempre nueva, consciente de la «situación» de él.
Es decir, debe ser consciente de sus posibilidades, que toman siempre
nueva orientación y de este modo se manifiestan; la Iglesia,
al mismo tiempo, debe ser consciente de las amenazas que se presentan
al hombre. Debe ser consciente también de todo lo que parece
ser contrario al esfuerzo para que «la vida humana sea cada vez
más humana»,(97) para que todo lo que compone esta vida
responda a la verdadera dignidad del hombre. En una palabra, debe ser
consciente de todo lo que es contrario a aquel proceso.
15. De qué tiene miedo el hombre
contemporáneo
Conservando pues viva en la memoria la
imagen que de modo perspicaz y autorizado ha trazado el Concilio
Vaticano II, trataremos una vez más de adaptar este cuadro a
los «signos de los tiempos», así como a las
exigencias de la situación que cambia continuamente y se
desenvuelve en determinadas direcciones.
El hombre actual parece estar siempre
amenazado por lo que produce, es decir, por el resultado del trabajo
de sus manos y más aún por el trabajo de su
entendimiento, de las tendencias de su voluntad. Los frutos de esta
múltiple actividad del hombre se traducen muy pronto y de
manera a veces imprevisible en objeto de «alienación»,
es decir, son pura y simplemente arrebatados a quien los ha
producido; pero, al menos parcialmente, en la línea indirecta
de sus efectos, esos frutos se vuelven contra el mismo hombre; ellos
están dirigidos o pueden ser dirigidos contra él. En
esto parece consistir el capítulo principal del drama de la
existencia humana contemporánea en su dimensión más
amplia y universal. El hombre por tanto vive cada vez más en
el miedo. Teme que sus productos, naturalmente no todos y no la mayor
parte sino algunos y precisamente los que contienen una parte
especial de su genialidad y de su iniciativa, puedan ser dirigidos de
manera radical contra él mismo; teme que puedan convertirse en
medios e instrumentos de una autodestrucción inimaginable,
frente a la cual todos los cataclismos y las catástrofes de la
historia que conocemos parecen palidecer. Debe nacer pues un
interrogante: ¿por qué razón este poder, dado al
hombre desde el principio —poder por medio del cual debía
él dominar la tierra(98)— se dirige contra sí
mismo, provocando un comprensible estado de inquietud, de miedo
consciente o inconsciente, de amenaza que de varios modos se comunica
a toda la familia humana contemporánea y se manifiesta bajo
diversos aspectos?
Este estado de amenaza para el hombre,
por parte de sus productos, tiene varias direcciones y varios grados
de intensidad. Parece que somos cada vez más conscientes del
hecho de que la explotación de la tierra, del planeta sobre el
cual vivimos, exige una planificación racional y honesta. Al
mismo tiempo, tal explotación para fines no solamente
industriales, sino también militares, el desarrollo de la
técnica no controlado ni encuadrado en un plan a radio
universal y auténticamente humanístico, llevan muchas
veces consigo la amenaza del ambiente natural del hombre, lo enajenan
en sus relaciones con la naturaleza y lo apartan de ella. El hombre
parece, a veces, no percibir otros significados de su ambiente
natural, sino solamente aquellos que sirven a los fines de un uso
inmediato y consumo. En cambio era voluntad del Creador que el hombre
se pusiera en contacto con la naturaleza como «dueño»
y «custodio» inteligente y noble, y no como «explotador»
y «destructor» sin ningún reparo.
El progreso de la técnica y el
desarrollo de la civilización de nuestro tiempo, que está
marcado por el dominio de la técnica, exigen un desarrollo
proporcional de la moral y de la ética. Mientras tanto, éste
último parece, por desgracia, haberse quedado atrás.
Por esto, este progreso, por lo demás tan maravilloso en el
que es difícil no descubrir también auténticos
signos de la grandeza del hombre que nos han sido revelados en sus
gérmenes creativos en las páginas del Libro del
Génesis, en la descripción de la creación,(99)
no puede menos de engendrar múltiples inquietudes. La primera
inquietud se refiere a la cuestión esencial y fundamental:
¿este progreso, cuyo autor y fautor es el hombre, hace la vida
del hombre sobre la tierra, en todos sus aspectos, «más
humana»?; ¿la hace más «digna del hombre»?
No puede dudarse de que, bajos muchos aspectos, la haga así.
No obstante esta pregunta vuelve a plantearse obstinadamente por lo
que se refiere a lo verdaderamente esencial: si el hombre, en cuanto
hombre, en el contexto de este progreso, se hace de veras mejor, es
decir, más maduro espiritualmente, más consciente de la
dignidad de su humanidad, más responsable, más abierto
a los demás, particularmente a los más necesitados y a
los más débiles, más disponible a dar y prestar
ayuda a todos.
Esta es la pregunta que deben hacerse
los cristianos, precisamente porque Jesucristo les ha sensibilizado
así universalmente en torno al problema del hombre. La misma
pregunta deben formularse además todos los hombres,
especialmente los que pertenecen a los ambientes sociales que se
dedican activamente al desarrollo y al progreso en nuestros tiempos.
Observando estos procesos y tomando parte en ellos, no podemos
dejarnos llevar solamente por la euforia ni por un entusiasmo
unilateral por nuestras conquistas, sino que todos debemos
plantearnos, con absoluta lealtad, objetividad y sentido de
responsabilidad moral, los interrogantes esenciales que afectan a la
situación del hombre hoy y en el mañana. Todas las
conquistas, hasta ahora logradas y las proyectadas por la técnica
para el futuro ¿van de acuerdo con el progreso moral y
espiritual del hombre? En este contexto, el hombre en cuanto hombre,
¿se desarrolla y progresa, o por el contrario retrocede y se
degrada en su humanidad? ¿Prevalece entre los hombres, «en
el mundo del hombre» que es en sí mismo un mundo de bien
y de mal moral, el bien sobre el mal? ¿Crecen de veras en los
hombres, entre los hombres, el amor social, el respeto de los
derechos de los demás —para todo hombre, nación o
pueblo—, o por el contrario crecen los egoísmos de
varias dimensiones, los nacionalismos exagerados, al puesto del
auténtico amor de patria, y también la tendencia a
dominar a los otros más allá de los propios derechos y
méritos legítimos, y la tendencia a explotar todo el
progreso material y técnico-productivo exclusivamente con
finalidad de dominar sobre los demás o en favor de tal o cual
imperialismo?
He ahí los interrogantes
esenciales que la Iglesia no puede menos de plantearse, porque de
manera más o menos explícita se los plantean millones y
millones de hombres que viven hoy en el mundo. El tema del desarrollo
y del progreso está en boca de todos y aparece en las columnas
de periódicos y publicaciones, en casi todas las lenguas del
mundo contemporáneo. No olvidemos sin embargo que este tema no
contiene solamente afirmaciones o certezas, sino también
preguntas e inquietudes angustiosas. Estas últimas no son
menos importantes que las primeras. Responden a la naturaleza del
conocimiento humano y más aún responden a la necesidad
fundamental de la solicitud del hombre por el hombre, por la misma
humanidad, por el futuro de los hombres sobre la tierra. La Iglesia,
que está animada por la fe escatológica, considera esta
solicitud por el hombre, por su humanidad, por el futuro de los
hombres sobre la tierra y, consiguientemente, también por la
orientación de todo el desarrollo y del progreso, como un
elemento esencial de su misión, indisolublemente unido con
ella. Y encuentra el principio de esta solicitud en Jesucristo mismo,
como atestiguan los Evangelios. Y por esta razón desea
acrecentarla continuamente en él, «redescubriendo»
la situación del hombre en el mundo contemporáneo,
según los más importantes signos de nuestro tiempo.
16. ¿Progreso o amenaza?
Consiguientemente, si nuestro tiempo,
el tiempo de nuestra generación, el tiempo que se está
acercando al final del segundo Milenio de nuestra era cristiana, se
nos revela como tiempo de gran progreso, aparece también como
tiempo de múltiples amenazas para el hombre, de las que la
Iglesia debe hablar a todos los hombres de buena voluntad y en torno
a las cuales debe mantener siempre un diálogo con ellos. En
efecto, la situación del hombre en el mundo contemporáneo
parece distante tanto de las exigencias objetivas del orden moral,
como de las exigencias de la justicia o aún más del
amor social. No se trata aquí más que de aquello que ha
encontrado su expresión en el primer mensaje del Creador,
dirigido al hombre en el momento en que le daba la tierra para que la
«sometiese».(100) Este primer mensaje quedó
confirmado, en el misterio de la Redención, por Cristo Señor.
Esto está expresado por el Concilio Vaticano II en los
bellísimos capítulos de sus enseñanzas sobre la
«realeza» del hombre, es decir, sobre su vocación
a participar en el ministerio regio —munus regale—
de Cristo mismo.(101) El sentido esencial de esta «realeza»
y de este «dominio» del hombre sobre el mundo visible,
asignado a él como cometido por el mismo Creador, consiste en
la prioridad de la ética sobre la técnica, en el
primado de la persona sobre las cosas, en la superioridad del
espíritu sobre la materia.
Por esto es necesario seguir
atentamente todas las fases del progreso actual: es necesario hacer,
por decirlo así, la radiografía de cada una de las
etapas, precisamente desde este punto de vista. Se trata del
desarrollo de las personas y no solamente de la multiplicación
de las cosas, de las que los hombres pueden servirse. Se trata —como
ha dicho un filósofo contemporáneo y como ha afirmado
el Concilio— no tanto de «tener más» cuanto
de «ser más».(102) En efecto, existe ya un peligro
real y perceptible de que, mientras avanza enormemente el dominio por
parte del hombre sobre el mundo de las cosas; de este dominio suyo
pierda los hilos esenciales, y de diversos modos su humanidad esté
sometida a ese mundo, y él mismo se haga objeto de múltiple
manipulación, aunque a veces no directamente perceptible, a
través de toda la organización de la vida comunitaria,
a través del sistema de producción, a través de
la presión de los medios de comunicación social. El
hombre no puede renunciar a sí mismo, ni al puesto que le es
propio en el mundo visible, no puede hacerse esclavo de las cosas, de
los sistemas económicos, de la producción y de sus
propios productos. Una civilización con perfil puramente
materialista condena al hombre a tal esclavitud, por más que
tal vez, indudablemente, esto suceda contra las intenciones y las
premisas de sus pioneros. En la raíz de la actual solicitud
por el hombre está sin duda este problema. No se trata aquí
solamente de dar una respuesta abstracta a la pregunta: quién
es el hombre; sino que se trata de todo el dinamismo de la vida y de
la civilización. Se trata del sentido de las diversas
iniciativas de la vida cotidiana y al mismo tiempo de las premisas
para numerosos programas de civilización, programas políticos,
económicos, sociales, estatales y otros muchos.
Si nos atrevemos a definir la situación
del hombre en el mundo contemporáneo como distante de las
exigencias objetivas del orden moral, distante de las exigencias de
justicia y, más aún, del amor social, es porque esto
está comfirmado por hechos bien conocidos y confrontaciones
que más de una vez han hallado eco en las páginas de
las formulaciones pontificias, conciliares y sinodales.(103) La
situación del hombre en nuestra época no es ciertamente
uniforme, sino diferenciada de múltiples modos. Estas
diferencias tienen sus causas históricas, pero tienen también
una gran resonancia ética propia. En efecto, es bien conocido
el cuadro de la civilización consumística, que consiste
en un cierto exceso de bienes necesarios al hombre, a las sociedades
enteras —y aquí se trata precisamente de las sociedades
ricas y muy desarrolladas— mientras las demás, al menos
amplios estratos de las mismas, sufren el hambre, y muchas personas
mueren a diario por inedia y desnutrición. Asimismo se da
entre algunos un cierto abuso de la libertad, que va unido
precisamente a un comportamiento consumístico no controlado
por la moral, lo cual limita contemporáneamente la libertad de
los demás, es decir, de aquellos que sufren deficiencias
relevantes y son empujados hacia condiciones de ulterior miseria e
indigencia.
Esta confrontación,
universalmente conocida, y el contraste al que se han remitido en los
documentos de su magisterio los Pontífices de nuestro siglo,
más recientemente Juan XXIII como también Pablo
VI,(104) representan como el gigantesco desarrollo de la parábola
bíblica del rico epulón y del pobre Lázaro.(105)
La amplitud del fenómeno pone en
tela de juicio las estructuras y los mecanismos financieros,
monetarios, productivos y comerciales que, apoyados en diversas
presiones políticas, rigen la economía mundial: ellos
se revelan casi incapaces de absorber las injustas situaciones
sociales heredadas del pasado y de enfrentarse a los urgentes
desafíos y a las exigencias éticas. Sometiendo al
hombre a las tensiones creadas por él mismo, dilapidando a
ritmo acelerado los recursos materiales y energéticos,
comprometiendo el ambiente geofísico, estas estructuras hacen
extenderse continuamente las zonas de miseria y con ella la angustia,
frustración y amargura.(106)
Nos encontramos ante un grave drama que
no puede dejarnos indiferentes: el sujeto que, por un lado, trata de
sacar el máximo provecho y el que, por otro lado, sufre los
daños y las injurias es siempre el hombre. Drama exacerbado
aún más por la proximidad de grupos sociales
privilegiados y de los de países ricos que acumulan de manera
excesiva los bienes cuya riqueza se convierte de modo abusivo, en
causa de diversos males. Añádanse la fiebre de la
inflación y la plaga del paro; son otros tantos síntomas
de este desorden moral, que se hace notar en la situación
mundial y que reclama por ello innovaciones audaces y creadoras, de
acuerdo con la auténtica dignidad del hombre.(107)
La tarea no es imposible. El principio
de solidaridad, en sentido amplio, debe inspirar la búsqueda
eficaz de instituciones y de mecanismos adecuados, tanto en el orden
de los intercambios, donde hay que dejarse guiar por las leyes de una
sana competición, como en el orden de una más amplia y
más inmediata repartición de las riquezas y de los
controles sobre las mismas, para que los pueblos en vías de
desarrollo económico puedan no sólo colmar sus
exigencias esenciales, sino también avanzar gradual y
eficazmente.
No se avanzará en este camino
difícil de las indispensables transformaciones de las
estructuras de la vida económica, si no se realiza una
verdadera conversión de las mentalidades y de los corazones.
La tarea requiere el compromiso decidido de hombres y de pueblos
libres y solidarios. Demasiado frecuentemente se confunde la libertad
con el instinto del interés —individual o colectivo—,
o incluso con el instinto de lucha y de dominio, cualesquiera sean
los colores ideológicos que revisten. Es obvio que tales
instintos existen y operan, pero no habrá economía
humana si no son asumidos, orientados y dominados por las fuerzas más
profundas que se encuentran en el hombre y que deciden la verdadera
cultura de los pueblos. Precisamente de estas fuentes debe nacer el
esfuerzo con el que se expresará la verdadera libertad humana,
y que será capaz de asegurarla también en el campo de
la economía. El desarrollo económico, con todo lo que
forma parte de su adecuado funcionamiento, debe ser constantemente
programado y realizado en una perspectiva de desarrollo universal y
solidario de los hombres y de los pueblos, como lo recordaba de
manera convincente mi predecesor Pablo VI en la Encíclica
Populorum progressio. Sin ello la mera categoría del
«progreso» económico se convierte en una categoría
superior que subordina el conjunto de la existencia humana a sus
exigencias parciales, sofoca al hombre, disgrega la sociedad y acaba
por ahogarse en sus propias tensiones y en sus mismos excesos.
Es posible asumir este deber; lo
atestiguan hechos ciertos y resultados, que es difícil
enumerar aquí analíticamente. Una cosa es cierta: en la
base de este gigantesco campo hay que establecer, aceptar y
profundizar el sentido de la responsabilidad moral, que debe asumir
el hombre. Una vez más y siempre, el hombre.
Para nosotros los cristianos esta
responsabilidad se hace particularmente evidente, cuando recordamos
—y debemos recordarlo siempre— la escena del juicio
final, según las palabras de Cristo transmitidas en el
evangelio de San Mateo.(108)
Esta escena escatológica debe
ser aplicada siempre a la historia del hombre, debe ser
siempre «medida» de los actos humanos como un esquema
esencial de un examen de conciencia para cada uno y para todos: «tuve
hambre, y no me disteis de comer; ... estuve desnudo, y no me
vestisteis; ... en la cárcel, y no me visitasteis».(109)
Estas palabras adquieren una mayor carga amonestadora, si pensamos
que, en vez del pan y de la ayuda cultural a los nuevos estados y
naciones que se están despertando a la vida independiente, se
les ofrece a veces en abundancia armas modernas y medios de
destrucción, puestos al servicio de conflictos armados y de
guerras que no son tanto una exigencia de la defensa de sus justos
derechos y de su soberanía sino más bien una forma de
«patriotería», de imperialismo, de neocolonialismo
de distinto tipo. Todos sabemos bien que las zonas de miseria o de
hambre que existen en nuestro globo, hubieran podido ser
«fertilizadas» en breve tiempo, si las gigantescas
inversiones de armamentos que sirven a la guerra y a la destrucción,
hubieran sido cambiadas en inversiones para el alimento que sirvan a
la vida.
Es posible que esta consideración
quede parcialmente «abstracta», es posible que ofrezca la
ocasión a una y otra parte para acusarse recíprocamente,
olvidando cada una las propias culpas. Es posible que provoque
también nuevas acusaciones contra la Iglesia. Esta, en cambio,
no disponiendo de otras armas, sino las del espíritu, de la
palabra y del amor, no puede renunciar a anunciar «la
palabra... a tiempo y a destiempo».(110) Por esto no cesa de
pedir a cada una de las dos partes, y de pedir a todos en nombre de
Dios y en nombre del hombre: ¡no matéis! ¡No
preparéis a los hombres destrucciones y exterminio! ¡Pensad
en vuestros hermanos que sufren hambre y miseria! ¡Respetad la
dignidad y la libertad de cada uno!
17. Derechos del hombre: "letra"
o "espíritu"
Nuestro siglo ha sido hasta ahora un
siglo de grandes calamidades para el hombre, de grandes devastaciones
no sólo materiales, sino también morales, más
aún, quizá sobre todo morales. Ciertamente, no es fácil
comparar bajo este aspecto, épocas y siglos, porque esto
depende de los criterios históricos que cambian. No obstante,
sin aplicar estas comparaciones, es necesario constatar que hasta
ahora este siglo ha sido un siglo en el que los hombres se han
preparado a sí mismos muchas injusticias y sufrimientos. ¿Ha
sido frenado decididamente este proceso? En todo caso no se puede
menos de recordar aquí, con estima y profunda esperanza para
el futuro, el magnífico esfuerzo llevado a cabo para dar vida
a la Organización de las Naciones Unidas, un esfuerzo que
tiende a definir y establecer los derechos objetivos e inviolables
del hombre, obligándose recíprocamente los Estados
miembros a una observancia rigurosa de los mismos. Este empeño
ha sido aceptado y ratificado por casi todos los Estados de nuestro
tiempo y esto debería constituir una garantía para que
los derechos del hombre lleguen a ser en todo el mundo, principio
fundamental del esfuerzo por el bien del hombre.
La Iglesia no tiene necesidad de
confirmar cuán estrechamente vinculado está este
problema con su misión en el mundo contemporáneo. En
efecto, él está en las bases mismas de la paz social e
internacional, como han declarado al respecto Juan XXIII, el Concilio
Vaticano II y posteriormente Pablo VI en documentos específicos.
En definitiva, la paz se reduce al respeto de los derechos
inviolables del hombre, —«opus iustitiae pax»—,
mientras la guerra nace de la violación de estos derechos y
lleva consigo aún más graves violaciones de los mismos.
Si los derechos humanos son violados en tiempo de paz, esto es
particularmente doloroso y, desde el punto de vista del progreso,
representa un fenómeno incomprensible de la lucha contra el
hombre, que no puede concordarse de ningún modo con cualquier
programa que se defina «humanístico». Y ¿qué
tipo de programa social, económico, político, cultural
podría renunciar a esta definición? Nutrimos la
profunda convicción de que no hay en el mundo ningún
programa en el que, incluso sobre la plataforma de ideologías
opuestas acerca de la concepción del mundo, no se ponga
siempre en primer plano al hombre.
Ahora bien, si a pesar de tales
premisas, los derechos del hombre son violados de distintos modos, si
en práctica somos testigos de los campos de concentración,
de la violencia, de la tortura, del terrorismo o de múltiples
discriminaciones, esto debe ser una consecuencia de otras premisas
que minan, o a veces anulan casi toda la eficacia de las premisas
humanísticas de aquellos programas y sistemas modernos. Se
impone entonces necesariamente el deber de someter los mismos
programas a una continua revisión desde el punto de vista de
los derechos objetivos e inviolables del hombre.
La Declaración de estos
derechos, junto con la institución de la Organización
de las Naciones Unidas, no tenía ciertamente sólo el
fin de separarse de las horribles experiencias de la última
guerra mundial, sino el de crear una base para una continua revisión
de los programas, de los sistemas, de los regímenes, y
precisamente desde este único punto de vista fundamental que
es el bien del hombre —digamos de la persona en la comunidad—
y que como factor fundamental del bien común debe constituir
el criterio esencial de todos los programas, sistemas, regímenes.
En caso contrario, la vida humana, incluso en tiempo de paz, está
condenada a distintos sufrimientos y al mismo tiempo, junto con ellos
se desarrollan varias formas de dominio totalitario, neocolonialismo,
imperialismo, que amenazan también la convivencia entre las
naciones. En verdad, es un hecho significativo y confirmado repetidas
veces por las experiencias de la historia, cómo la violación
de los derechos del hombre va acompañada de la violación
de los derechos de la nación, con la que el hombre está
unido por vínculos orgánicos como a una familia más
grande.
Ya desde la primera mitad de este
siglo, en el período en que se estaban desarrollando varios
totalitarismos de Estado, los cuales —como es sabido—
llevaron a la horrible catástrofe bélica, la Iglesia
había delineado claramente su postura frente a estos regímenes
que en apariencia actuaban por un bien superior, como es el bien del
Estado, mientras la historia demostraría en cambio que se
trataba solamente del bien de un partido, identificado con el
estado.(111) En realidad aquellos regímenes habían
coartado los derechos de los ciudadanos, negándoles el
reconocimiento debido de los inviolables derechos del hombre que,
hacia la mitad de nuestro siglo, han obtenido su formulación
en sede internacional. Al compartir la alegría de esta
conquista con todos los hombres de buena voluntad, con todos los
hombres que aman de veras la justicia y la paz, la Iglesia,
consciente de que la sola «letra» puede matar, mientras
solamente «el espíritu da vida»,(112) debe
preguntarse continuamente junto con estos hombres de buena voluntad
si la Declaración de los derechos del hombre y la aceptación
de su «letra» significan también por todas partes
la realización de su «espíritu». Surgen en
efecto temores fundados de que muchas veces estamos aún lejos
de esta realización y que tal vez el espíritu de la
vida social y pública se halla en una dolorosa oposición
con la declarada «letra» de los derechos del hombre. Este
estado de cosas, gravoso para las respectivas sociedades, haría
particularmente responsable, frente a estas sociedades y a la
historia del hombre, a aquellos que contribuyen a determinarlo.
El sentido esencial del Estado como
comunidad política, consiste en el hecho de que la sociedad y
quien la compone el pueblo, es soberano de la propia suerte. Este
sentido no llega a realizarse, si en vez del ejercicio del poder
mediante la participación moral de la sociedad o del pueblo,
asistimos a la imposición del poder por parte de un
determinado grupo a todos los demás miembros de esta sociedad.
Estas cosas son esenciales en nuestra época en que ha crecido
enormemente la conciencia social de los hombres y con ella la
necesidad de una correcta participación de los ciudadanos en
la vida política de la comunidad, teniendo en cuenta las
condiciones de cada pueblo y del vigor necesario de la autoridad
pública.(113) Estos son, pues, problemas de primordial
importancia desde el punto de vista del progreso del hombre mismo y
del desarrollo global de su humanidad.
La Iglesia ha enseñado siempre
el deber de actuar por el bien común y, al hacer esto, ha
educado también buenos ciudadanos para cada Estado. Ella,
además, ha enseñado siempre que el deber fundamental
del poder es la solicitud por el bien común de la sociedad; de
aquí derivan sus derechos fundamentales. Precisamente en
nombre de estas premisas concernientes al orden ético
objetivo, los derechos del poder no pueden ser entendidos de otro
modo más que en base al respeto de los derechos objetivos e
inviolables del hombre. El bien común al que la autoridad
sirve en el Estado se realiza plenamente sólo cuando todos los
ciudadanos están seguros de sus derechos. Sin esto se llega a
la destrucción de la sociedad, a la oposición de los
ciudadanos a la autoridad, o también a una situación de
opresión, de intimidación, de violencia, de terrorismo,
de los que nos han dado bastantes ejemplos los totalitarismos de
nuestro siglo. Es así como el principio de los derechos del
hombre toca profundamente el sector de la justicia social y se
convierte en medida para su verificación fundamental en la
vida de los Organismos políticos.
Entre estos derechos se incluye, y
justamente, el derecho a la libertad religiosa junto al derecho de la
libertad de conciencia. El Concilio Vaticano II ha considerado
particularmente necesaria la elaboración de una Declaración
más amplia sobre este tema. Es el documento que se titula
Dignitatis humanae,(114) en el cual se expresa no sólo
la concepción teológica del problema, sino también
la concepción desde el punto de vista del derecho natural, es
decir, de la postura «puramente humana», sobre la base de
las premisas dictadas por la misma experiencia del hombre, por su
razón y por el sentido de su dignidad. Ciertamente, la
limitación de la libertad religiosa de las personas o de las
comunidades no es sólo una experiencia dolorosa, sino que
ofende sobre todo a la dignidad misma del hombre, independientemente
de la religión profesada o de la concepción que ellas
tengan del mundo. La limitación de la libertad religiosa y su
violación contrastan con la dignidad del hombre y con sus
derechos objetivos. El mencionado Documento conciliar dice bastante
claramente lo que es tal limitación y violación de la
libertad religiosa, Indudablemente, nos encontramos en este caso
frente a una injusticia radical respecto a lo que es particularmente
profundo en el hombre, respecto a lo que es auténticamente
humano. De hecho, hasta el mismo fenómeno de la incredulidad,
arreligiosidad y ateísmo, como fenómeno humano, se
comprende solamente en relación con el fenómeno de la
religión y de la fe. Es por tanto difícil, incluso
desde un punto de vista «puramente humano», aceptar una
postura según la cual sólo el ateísmo tiene
derecho de ciudadanía en la vida pública y social,
mientras los hombres creyentes, casi por principio, son apenas
tolerados, o también tratados como ciudadanos de «categoría
inferior», e incluso —cosa que ya ha ocurrido— son
privados totalmente de los derechos de ciudadanía.
Hay que tratar también, aunque
sea brevemente, este tema porque entra dentro del complejo de
situaciones del hombre en el mundo actual, porque da testimonio de
cuánto se ha agravado esta situación debido a
prejuicios e injusticias de distinto orden. Prescindiendo de entrar
en detalles precisamente en este campo, en el que tendríamos
un especial derecho y deber de hacerlo, es sobre todo porque,
juntamente con todos los que sufren los tormentos de la
discriminación y de la persecución por el nombre de
Dios, estamos guiados por la fe en la fuerza redentora de la cruz de
Cristo. Sin embargo, en el ejercicio de mi ministerio específico,
deseo, en nombre de todos los hombres creyentes del mundo entero,
dirigirme a aquellos de quienes, de algún modo, depende la
organización de la vida social y pública, pidiéndoles
ardientemente que respeten los derechos de la religión y de la
actividad de la Iglesia. No se trata de pedir ningún
privilegio, sino el respeto de un derecho fundamental. La actuación
de este derecho es una de las verificaciones fundamentales del
auténtico progreso del hombre en todo régimen, en toda
sociedad sistema o ambiente.
IV
LA MISIÓN DE LA IGLESIA Y LA
SUERTE DEL HOMBRE
18. La Iglesia solícita por la
vocación del hombre en Cristo
Esta mirada, necesariamente sumaria, a
la situación del hombre en el mundo contemporáneo nos
hace dirigir aún más nuestros pensamientos y nuestros
corazones a Jesucristo, hacia el misterio de la Redención,
donde el problema del hombre está inscrito con una fuerza
especial de verdad y de amor. Si Cristo «se ha unido en cierto
modo a todo hombre»,(115) la Iglesia, penetrando en lo íntimo
de este misterio, en su lenguaje rico y universal, vive también
más profundamente la propia naturaleza y misión. No en
vano el Apóstol habla del Cuerpo de Cristo, que es la
Iglesia.(116) Si este Cuerpo Místico es Pueblo de Dios —como
dirá enseguida el Concilio Vaticano II, basándose en
toda la tradición bíblica y patrística—
esto significa que todo hombre está penetrado por aquel soplo
de vida que proviene de Cristo. De este modo, también el
fijarse en el hombre, en sus problemas reales, en sus esperanzas y
sufrimientos, conquistas y caídas, hace que la Iglesia misma
como cuerpo, como organismo, como unidad social perciba los mismos
impulsos divinos, las luces y las fuerzas del Espíritu que
provienen de Cristo crucificado y resucitado, y es así como
ella vive su vida. La Iglesia no tiene otra vida fuera de aquella que
le da su Esposo y Señor. En efecto, precisamente porque Cristo
en su misterio de Redención se ha unido a ella, la Iglesia
debe estar fuertemente unida con todo hombre.
Esta unión de Cristo con el
hombre es en sí misma un misterio, del que nace el «hombre
nuevo»,(117) llamado a participar en la vida de Dios, creado
nuevamente en Cristo, en la plenitud de la gracia y verdad.(118) La
unión de Cristo con el hombre es la fuerza y la fuente de la
fuerza, según la incisiva expresión de San Juan en el
prólogo de su Evangelio: «Dios dioles poder de venir a
ser hijos».(119) Esta es la fuerza que transforma interiormente
al hombre, como principio de una vida nueva que no se desvanece y no
pasa, sino que dura hasta la vida eterna.(120) Esta vida prometida y
dada a cada hombre por el Padre en Jesucristo, Hijo eterno y
unigénito, encarnado y nacido «al llegar la plenitud de
los tiempos»(121) de la Virgen María, es el final
cumplimiento de la vocación del hombre. Es de algún
modo cumplimiento de la «suerte» que desde la eternidad
Dios le ha preparado. Esta «suerte divina» se hace
camino, por encima de todos los enigmas, incógnitas,
tortuosidades, curvas de la «suerte humana» en el mundo
temporal. En efecto, si todo esto lleva, aun con toda la riqueza de
la vida temporal, por inevitable necesidad a la frontera de la muerte
y a la meta de la destrucción del cuerpo humano, Cristo se nos
aparece más allá de esta meta: «Yo soy la
resurrección y la vida; el que cree en mí ... no morirá
para siempre».(122) En Jesucristo crucificado, depositado en el
sepulcro y después resucitado, «brilla para nosotros la
esperanza de la feliz resurrección ..., la promesa de la
futura inmortalidad»,(123) hacia la cual el hombre, a través
de la muerte del cuerpo, va compartiendo con todo lo creado visible
esta necesidad a la que está sujeta la materia. Entendemos y
tratamos de profundizar cada vez más el lenguaje de esta
verdad que el Redentor del hombre ha encerrado en la frase: «El
Espíritu es el que da vida, la carne no aprovecha para
nada».(124) Estas palabras, no obstante las apariencias,
expresan la más alta afirmación del hombre: la
afirmación del cuerpo, al que vivifica el espíritu.
La Iglesia vive esta realidad, vive de
esta verdad sobre el hombre, que le permite atravesar las fronteras
de la temporalidad y, al mismo tiempo, pensar con particular amor y
solicitud en todo aquello que, en las dimensiones de esta
temporalidad, incide sobre la vida del hombre, sobre la vida del
espíritu humano, en el que se manifiesta aquella perenne
inquietud de que hablaba San Agustín: «Nos has hecho,
Señor, para ti e inquieto está nuestro corazón
hasta que descanse en ti».(125) En esta inquietud creadora bate
y pulsa lo que es más profundamente humano: la búsqueda
de la verdad, la insaciable necesidad del bien, el hambre de la
libertad, la nostalgia de lo bello, la voz de la conciencia. La
Iglesia, tratando de mirar al hombre como con «los ojos de
Cristo mismo», se hace cada vez más consciente de ser la
custodia de un gran tesoro, que no le es lícito estropear,
sino que debe crecer continuamente. En efecto, el Señor Jesús
dijo: «El que no está conmigo, está contra
mí».(126) El tesoro de la humanidad, enriquecido por el
inefable misterio de la filiación divina,(127) de la gracia de
«adopción»(128) en el Unigénito Hijo de
Dios, mediante el cual decimos a Dios «¡Abbá!,
¡Padre!»,(129) es también una fuerza poderosa que
unifica a la Iglesia, sobre todo desde dentro, y da sentido a toda su
actividad. Por esta fuerza, la Iglesia se une con el Espíritu
de Cristo, con el Espíritu Santo que el Redentor había
prometido, que comunica constantemente y cuya venida, revelada el día
de Pentecostés, perdura siempre. De este modo en los hombres
se revelan las fuerzas del Espíritu,(130) los dones del
Espíritu,(131) los frutos del Espíritu Santo.(132) La
Iglesia de nuestro tiempo parece repetir con fervor cada vez mayor y
con santa insistencia: ¡Ven, Espíritu Santo! ¡Ven!
¡Ven! Riega la tierra en sequía! ¡sana el corazón
enfermo! ¡Lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo!
¡Doma el espíritu indómito, guía al que
tuerce el sendero!».(133)
Esta súplica al Espíritu,
dirigida precisamente a obtener el Espíritu, es la respuesta a
todos «los materialismos» de nuestra época. Son
ellos los que hacen nacer tantas formas de insaciabilidad del corazón
humano. Esta súplica se hace sentir en diversas partes y
parece que fructifica también de modos diversos. ¿Se
puede decir que en esta súplica la Iglesia no está
sola? Sí, se puede decir porque «la necesidad» de
lo que es espiritual es manifestada también por personas que
se encuentran fuera de los confines visibles de la Iglesia.(134) ¿No
lo confirma quizá esto aquella verdad sobre la Iglesia, puesta
en evidencia con tanta agudeza por el reciente Concilio en la
Constitución dogmática Lumen gentium, allí
donde enseña que la Iglesia es «sacramento» o
signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la
unidad de todo el género humano?».(135) Esta invocación
al Espíritu y por el Espíritu no es más que un
constante introducirse en la plena dimensión del misterio de
la Redención, en que Cristo unido al Padre y con todo hombre
nos comunica continuamente el Espíritu que infunde en nosotros
los sentimientos del Hijo y nos orienta al Padre.(136) Por esta razón
la Iglesia de nuestro tiempo —época particularmente
hambrienta de Espíritu, porque está hambrienta de
justicia, de paz, de amor, de bondad, de fortaleza, de
responsabilidad, de dignidad humana— debe concentrarse y
reunirse en torno a ese misterio, encontrando en él la luz y
la fuerza indispensables para la propria misión. Si, en
efecto, —como se dijo anteriormente— el hombre es el
camino de vida cotidiana de la Iglesia, es necesario que la misma
Iglesia sea siempre consciente de la dignidad de la adopción
divina que obtiene el hombre en Cristo, por la gracia del Espíritu
Santo(137) y de la destinación a la gracia y a la gloria.(138)
Reflexionando siempre de nuevo sobre todo esto, aceptándolo
con una fe cada vez más consciente y con un amor cada vez más
firme, la Iglesia se hace al mismo tiempo más idónea al
servicio del hombre, al que Cristo Señor la llama cuando dice:
«El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a
servir».(139) La Iglesia cumple este ministerio suyo,
participando en el «triple oficio» que es propio de su
mismo Maestro y Redentor. Esta doctrina, con su fundamento bíblico,
ha sido expuesta con plena claridad, ha sido sacada a la luz de nuevo
por el Concilio Vaticano II, con gran ventaja para la vida de la
Iglesia. Cuando, efectivamente, nos hacemos conscientes de la
participación en la triple misión de Cristo, en su
triple oficio —sacerdotal, profético y real—,
(140) nos hacemos también más conscientes de aquello a
lo que debe servir toda la Iglesia, como sociedad y comunidad del
Pueblo de Dios sobre la tierra, comprendiendo asimismo cuál
debe ser la participación de cada uno de nosotros en esta
misión y servicio.
19. La Iglesia responsable de la verdad
Así, a la luz de la sagrada
doctrina del Concilio Vaticano II, la Iglesia se presenta ante
nosotros como sujeto social de la responsabiIidad de la verdad
divina. Con profunda emoción escuchamos a Cristo mismo cuando
dice: «La palabra que oís no es mía, sino del
Padre, que me ha enviado».(141) En esta afirmación de
nuestro Maestro, ¿no se advierte quizás la
responsabilidad por la verdad revelada, que es «propiedad»
de Dios mismo, si incluso Él, «Hijo unigénito»
que vive «en el seno del Padre»,(142) cuando la transmite
como profeta y maestro, siente la necesidad de subrayar que actúa
en fidelidad plena a su divina fuente? La misma fidelidad debe ser
una cualidad constitutiva de la fe de la Iglesia, ya sea cuando
enseña, ya sea cuando la profesa. La fe, como virtud
sobrenatural específica infundida en el espíritu
humano, nos hace partícipes del conocimiento de Dios, como
respuesta a su Palabra revelada. Por esto se exige de la Iglesia,
cuando profesa y enseña la fe, esté intimamente unida a
la verdad divina (143) y la traduzca en conductas vividas de
«rationabile obsequium»,(144) obsequio conforme con la
razón. Cristo mismo, para garantizar la fidelidad a la verdad
divina, prometió a la Iglesia la asistencia especial del
Espíritu de verdad, dio el don de la infalibilidad (145) a
aquellos a quienes ha confiado el mandato de transmitir esta verdad y
de enseñarla (146) —como había definido ya
claramente el Concilio Vaticano I (147) y, después, repitió
el Concilio Vaticano II (148)— y dotó, además, a
todo el Pueblo de Dios de un especial sentido de la fe.(149)
Por consiguiente, hemos sido hechos
partícipes de esta misión de Cristo, profeta, y en
virtud de la misma misión, junto con Él servimos la
verdad divina en la Iglesia. La responsabilidad de esta verdad
significa también amarla y buscar su comprensión más
exacta, para hacerla más cercana a nosotros mismos y a los
demás en toda su fuerza salvífica, en su esplendor, en
su profundidad y sencillez juntamente. Este amor y esta aspiración
a comprender la verdad deben ir juntas, como demuestran las vidas de
los Santos de la Iglesia. Ellos estaban iluminados por la auténtica
luz que aclara la verdad divina, porque se aproximaban a esta verdad
con veneración y amor: amor sobre todo a Cristo, Verbo
viviente de la verdad divina y, luego, amor a su expresión
humana en el Evangelio, en la tradición y en la teología.
También hoy son necesarias, ante todo, esta comprensión
y esta interpretación de la Palabra divina; es necesaria esta
teología. La teología tuvo siempre y continúa
teniendo una gran importancia, para que la Iglesia, Pueblo de Dios,
pueda de manera creativa y fecunda participar en la misión
profética de Cristo. Por esto, los teólogos, como
servidores de la verdad divina, dedican sus estudios y trabajos a una
comprensión siempre más penetrante de la misma, no
pueden nunca perder de vista el significado de su servicio en la
Iglesia, incluido en el concepto del «intellectus fidei».
Este concepto funciona, por así decirlo, con ritmo bilateral,
según la expresión de S. Agustín: «intellege,
ut credas; crede, ut intellegas»,(150) y funciona de manera
correcta cuando ellos buscan servir al Magisterio, confiado en la
Iglesia a los Obispos, unidos con el vínculo de la comunión
jerárquica con el Sucesor de Pedro, y cuando ponen al servicio
su solicitud en la enseñanza y en la pastoral, como también
cuando se ponen al servicio de los compromisos apostólicos de
todo el Pueblo de Dios.
Como en las épocas anteriores,
así también hoy —y quizás todavía
más— los teólogos y todos los hombres de ciencia
en la Iglesia están llamados a unir la fe con la ciencia y la
sabiduría, para contribuir a su recíproca
compenetración, como leemos en la oración litúrgica
en la fiesta de San Alberto, doctor de la Iglesia. Este compromiso
hoy se ha ampliado enormemente por el progreso de la ciencia humana,
de sus métodos y de sus conquistas en el conocimiento del
mundo y del hombre. Esto se refiere tanto a las ciencias exactas,
como a las ciencias humanas, así como también a la
filosofía, cuya estrecha trabazón con la teología
ha sido recordada por el Concilio Vaticano II.(151)
En este campo del conocimiento humano,
que continuamente se amplía y al mismo tiempo se diferencia,
también la fe debe profundizarse constantemente, manifestando
la dimensión del misterio revelado y tendiendo a la
comprensión de la verdad, que tiene en Dios la única
fuente suprema. Si es lícito —y es necesario incluso
desearlo— que el enorme trabajo por desarrollar en este sentido
tome en consideración un cierto pluralismo de métodos,
sin embargo dicho trabajo no puede alejarse de la unidad fundamental
en la enseñanza de la Fe y de la Moral, como fin que le es
propio. Es, por tanto, indispensable una estrecha colaboración
de la teología con el Magisterio. Cada teólogo debe ser
particularmente consciente de lo que Cristo mismo expresó,
cuando dijo: «La palabra que oís no es mía, sino
del Padre, que me ha enviado».(152) Nadie, pues, puede hacer de
la teología una especie de colección de los propios
conceptos personales; sino que cada uno debe ser consciente de
permanecer en estrecha unión con esta misión de enseñar
la verdad, de la que es responsable la Iglesia.
La participación en la misión
profética de Cristo mismo forja la vida de toda la Iglesia, en
su dimensión fundamental. Una participación particular
en esta misión compete a los Pastores de la Iglesia, los
cuales enseñan y, sin interrupción y de diversos modos,
anuncian y transmiten la doctrina de la fe y de la moral cristiana.
Esta enseñanza, tanto bajo el aspecto misionero como bajo el
ordinario, contribuye a reunir al Pueblo de Dios en torno a Cristo,
prepara a la participación en la Eucaristía, indica los
caminos de la vida sacramental. El Sínodo de los Obispos, en
1977, dedicó una atención especial a la catequesis en
el mundo contemporáneo, y el fruto maduro de sus
deliberaciones, experiencias y sugerencias encontrará, dentro
de poco, su concreción —según la propuesta de los
participantes en el Sínodo— en un expreso Documento
pontificio. La catequesis constituye, ciertamente, una forma perenne
y al mismo tiempo fundamental de la actividad de la Iglesia, en la
que se manifiesta su carisma profético: testimonio y enseñanza
van unidos. Y aunque aquí se habla en primer lugar de los
Sacerdotes, no es posible no recordar también el gran número
de Religiosos y Religiosas, que se dedican a la actividad
catequística por amor al divino Maestro. Sería, en fin,
difícil no mencionar a tantos laicos, que en esta actividad
encuentran la expresión de su fe y de la responsabilidad
apostólica.
Además, es cada vez más
necesario procurar que las distintas formas de catequesis y sus
diversos campos —empezando por la forma fundamental, que es la
catequesis «familiar», es decir, la catequesis de los
padres a sus propios hijos— atestigüen la participación
universal de todo el Pueblo de Dios en el oficio profético de
Cristo mismo. Conviene que, unida a este hecho, la responsabilidad de
la Iglesia por la verdad divina sea cada vez más, y de
distintos modos, compartida por todos. ¿Y qué decir
aquí de los especialistas en las distintas materias, de los
representantes de las ciencias naturales, de las letras, de los
médicos, de los juristas, de los hombres del arte y de la
técnica, de los profesores de los distintos grados y
especializaciones? Todos ellos —como miembros del Pueblo de
Dios— tienen su propia parte en la misión profética
de Cristo, en su servicio a la verdad divina, incluso mediante la
actitud honesta respecto a la verdad, en cualquier campo que ésta
pertenezca, mientras educan a los otros en la verdad y los enseñan
a madurar en el amor y la justicia. Así, pues, el sentido de
responsabilidad por la verdad es uno de los puntos fundamentales de
encuentro de la Iglesia con cada hombre, y es igualmente una de las
exigencias fundamenales, que determinan la vocación del hombre
en la comunidad de la Iglesia. La Iglesia de nuestros tiempos, guiada
por el sentido de responsabilidad por la verdad, debe perseverar en
la fidelidad a su propia naturaleza, a la cual toca la misión
profética que procede de Cristo mismo: «Como me envió
mi Padre, así os envio yo ... Recibid el Espíritu
Santo».(153)
20. Eucaristía y penitencia
En el misterio de la Redención,
es decir, de la acción salvífica realizada por
Jesucristo, la Iglesia participa en el Evangelio de su Maestro no
s