CARTA
ENCÍCLICA
REDEMPTORIS MISSIO
DEL SUMO
PONTÍFICE
JUAN PABLO II
SOBRE LA PERMANENTE VALIDEZ
DEL
MANDATO MISIONERO
Venerables Hermanos y amadísimos
Hijos:
¡Salud y Bendición Apostólica!
INTRODUCCIÓN
1. La misión de Cristo Redentor,
confiada a la Iglesia, está aún lejos de cumplirse. A
finales del segundo milenio después de su venida, una mirada
global a la humanidad demuestra que esta misión se halla
todavía en los comienzos y que debemos comprometernos con
todas nuestras energías en su servicio. Es el Espíritu
Santo quien impulsa a anunciar las grandes obras de Dios: «
Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de
gloria; es más bien un deber que me incumbe: Y ¡ay de mi
si no predicara el Evangelio! »(1 Cor 9, 16).
En nombre de toda la Iglesia, siento
imperioso el deber de repetir este grito de san Pablo. Desde el
comienzo de mi pontificado he tomado la decisión de viajar
hasta los últimos confines de la tierra para poner de
manifiesto la solicitud misionera; y precisamente el contacto directo
con los pueblos que desconocen a Cristo me ha convencido aún
más de la urgencia de tal actividad a la cual dedico la
presente Encíclica.
El Concilio Vaticano II ha querido
renovar la vida y la actividad de la Iglesia según las
necesidades del mundo contemporáneo; ha subrayado su «
índole misionera », basándola dinámicamente
en la misma misión trinitaria. El impulso misionero pertenece,
pues, a la naturaleza íntima de la vida cristiana e inspira
también el ecumenismo: « Que todos sean uno ... para que
el mundo crea que tú me has enviado » (Jn 17,
21).
2. Muchos son ya los frutos misioneros
del Concilio: se han multiplicado las Iglesias locales provistas de
Obispo, clero y personal apostólico propios; se va logrando
una inserción más profunda de las comunidades
cristianas en la vida de los pueblos; la comunión entre las
Iglesias lleva a un intercambio eficaz de bienes y dones
espirituales; la labor evangelizadora de los laicos está
cambiando la vida eclesial; las Iglesias particulares se muestran
abiertas al encuentro, al diálogo y a la colaboración
con los miembros de otras Iglesias cristianas y de otras religiones.
Sobre todo, se está afianzando una conciencia nueva: la
misión atañe a todos los cristianos, a todas las
diócesis y parroquias, a las instituciones y asociaciones
eclesiales.
No obstante, en esta « nueva
primaveras del cristianismo no se puede dejar oculta una tendencia
negativa, que este Documento quiere contribuir a superar: la misión
específica ad gentes parece que se va parando, no
ciertamente en sintonía con las indicaciones del Concilio y
del Magisterio posterior. Dificultades internas y externas han
debilitado el impulso misionero de la Iglesia hacia los no
cristianos, lo cual es un hecho que debe preocupar a todos los
creyentes en Cristo. En efecto, en la historia de la Iglesia, este
impulso misionero ha sido siempre signo de vitalidad , así
como su disminución es signo de una crisis de fe.(1)
A los veinticinco años de la
clausura del Concilio y de la publicación del Decreto sobre la
actividad misionera Ad gentes y a los quince de la Exhortación
apostólica Evangelii nuntiandi, del Papa Pablo VI,
quiero invitar a la Iglesia a un renovado compromiso misionero,
siguiendo al respecto el Magisterio de mis predecesores.(2) El
presente Documento se propone una finalidad interna: la renovación
de la fe y de la vida cristiana. En efecto, la misión renueva
la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo
entusiasmo y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece
dándola! La nueva evangelización de los pueblos
cristianos hallará inspiración y apoyo en el compromiso
por la misión universal.
Pero lo que más me mueve a
proclamar la urgencia de la evangelización misionera es que
ésta constituye el primer servicio que la Iglesia puede
prestar a cada hombre y a la humanidad entera en el mundo actual, el
cual está conociendo grandes conquistas, pero parece haber
perdido el sentido de las realidades últimas y de la misma
existencia. « Cristo Redentor —he escrito en mi primera
Encíclica— revela plenamente el hombre al mismo hombre.
El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo
... debe ... acercarse a Cristo. La Redención llevada a cabo
por medio de la cruz ha vuelto a dar definitivamente al hombre la
dignidad y el sentido de su existencia en el mundo ».(3)
No faltan tampoco otras motivaciones y
finalidades, como responder a las numerosas peticiones de un
documento de esta índole; disipar dudas y ambigüedades
sobre la misión ad gentes, confirmando así en su
entrega a los beneméritos hombres y mujeres dedicados a la
actividad misionera y a cuantos les ayudan; promover las vocaciones
misioneras; animar a los teólogos a profundizar y exponer
sistemáticamente los diversos aspectos de la misión;
dar nuevo impulso a la misión propiamente dicha,
comprometiendo a las Iglesias particulares, especialmente las
jóvenes, a mandar y recibir misioneros; asegurar a los no
cristianos y, de manera especial, a las autoridades de los países
a los que se dirige la actividad misionera, que ésta tiene
como único fin servir al hombre, revelándole el amor de
Dios que se ha manifestado en Jesucristo.
3. ¡Pueblos todos, abrid las
puertas a Cristo! Su Evangelio no resta nada a la libertad
humana, al debido respeto de las culturas, a cuanto hay de bueno en
cada religión. Al acoger a Cristo, os abrís a la
Palabra definitiva de Dios, a aquel en quien Dios se ha dado a
conocer plenamente y a quien el mismo Dios nos ha indicado como
camino para llegar hasta él.
El número de los que aún
no conocen a Cristo ni forman parte de la Iglesia aumenta
constantemente; más aún, desde el final del Concilio,
casi se ha duplicado. Para esta humanidad inmensa, tan amada por el
Padre que por ella envió a su propio Hijo, es patente la
urgencia de la misión.
Por otra parte, nuestra época
ofrece en este campo nuevas ocasiones a la Iglesia: la caída
de ideologías y sistemas políticos opresores; la
apertura de fronteras y la configuración de un mundo más
unido, merced al incremento de los medios de comunicación; el
afianzarse en los pueblos los valores evangélicos que Jesús
encarnó en su vida (paz, justicia, fraternidad, dedicación
a los más necesitados); un tipo de desarrollo económico
y técnico falto de alma que, no obstante, apremia a buscar la
verdad sobre Dios, sobre el hombre y sobre el sentido de la vida.
Dios abre a la Iglesia horizontes de
una humanidad más preparada para la siembra evangélica.
Preveo que ha llegado el momento de dedicar todas las fuerzas
eclesiales a la nueva evangelización y a la misión ad
gentes. Ningún creyente en Cristo, ninguna institución
de la Iglesia puede eludir este deber supremo: anunciar a Cristo a
todos los pueblos.
CAPÍTULO I
JESUCRISTO ÚNICO SALVADOR
4. El cometido fundamental de la
Iglesia en todas las épocas y particularmente en la nuestra
—como recordaba en mi primera Encíclica programática—
es « dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la
experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo ».(4)
La misión universal de la
Iglesia nace de la fe en Jesucristo, tal como se expresa en la
profesión de fe trinitaria: « Creo en un solo Señor,
Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de
todos los siglos... Por nosotros, los hombres, y por nuestra
salvación bajó del cielo y, por obra del Espíritu
Santo, se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre
».(5) En el hecho de la Redención está la
salvación de todos, « porque cada uno ha sido
comprendido en el misterio de la Redención y con cada uno
Cristo se ha unido, para siempre, por medio de este misterio ».(6)
Sólo en la fe se comprende y se fundamenta la misión.
No obstante, debido también a
los cambios modernos y a la difusión de nuevas concepciones
teológicas, algunos se preguntan: ¿Es válida aún
la misión entre los no cristianos? ¿No ha sido
sustituida quizás por el diálogo interreligioso? ¿No
es un objetivo suficiente la promoción humana? El respeto de
la conciencia y de la libertad ¿no excluye toda propuesta de
conversión? ¿No puede uno salvarse en cualquier
religión? ¿Para qué, entonces, la misión?
« Nadie va al Padre sino por mí
» (Jn 14, 6)
5. Remontándonos a los orígenes
de la Iglesia, vemos afirmado claramente que Cristo es el único
Salvador de la humanidad, el único en condiciones de revelar a
Dios y de guiar hacia Dios. A las autoridades religiosas judías
que interrogan a los Apóstoles sobre la curación del
tullido realizada por Pedro, éste responde: « Por el
nombre de Jesucristo, el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y
a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su nombre y no
por ningún otro se presenta éste aquí sano
delante de vosotros... Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a
los hombres por el que nosotros debamos salvarnos » (Act
4, 10. 12). Esta afirmación, dirigida al Sanedrín,
asume un valor universal, ya que para todos —judíos y
gentiles— la salvación no puede venir más que de
Jesucristo.
La universalidad de esta salvación
en Cristo es afirmada en todo el Nuevo Testamento San Pablo reconoce
en Cristo resucitado al Señor: « Pues —escribe él—
aun cuando se les dé el nombre de dioses, bien en el cielo,
bien en la tierra, de forma que hay multitud de dioses y señores,
para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual
proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor,
Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos
nosotros » (1 Cor 8, 5-6). Se confiesa a un único
Dios y a un único Señor en contraste con la multitud de
« dioses » y « señores » que el pueblo
admitía. Pablo reacciona contra el politeísmo del
ambiente religioso de su tiempo y pone de relieve la característica
de la fe cristiana: fe en un solo Dios y en un solo Señor,
enviado por Dios.
En el Evangelio de san Juan esta
universalidad salvífica de Cristo abarca los aspectos de su
misión de gracia, de verdad y de revelación: « La
Palabra es la luz verdadera que ilumina a todo hombre » (cf. Jn
1, 9). Y añade: « A Dios nadie lo ha visto jamás;
el Hijo único, que está en el seno del Padre, él
lo ha revelado » (Jn 1, 18; cf. Mt 11, 27). La
revelación de Dios se hace definitiva y completa por medio de
su Hijo unigénito: « Muchas veces y de muchos modos
habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los
Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio
del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también
hizo los mundos » (Heb 1, 1-2; cf. Jn 14, 6). En
esta Palabra definitiva de su revelación, Dios se ha dado a
conocer del modo más completo; ha dicho a la humanidad quién
es. Esta autorrevelación definitiva de Dios es el motivo
fundamental por el que la Iglesia es misionera por naturaleza. Ella
no puede dejar de proclamar el Evangelio, es decir, la plenitud de la
verdad que Dios nos ha dado a conocer sobre sí mismo.
Cristo es el único mediador
entre Dios y los hombres: « Porque hay un solo Dios, y también
un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús,
hombre también, que se entregó a sí mismo como
rescate por todos. Este es el testimonio dado en el tiempo oportuno,
y de este testimonio —digo la verdad, no miento— yo he
sido constituido heraldo y apóstol, maestro de los gentiles en
la fe y en la verdad » (1 Tim 2, 5-7; cf. Heb 4,
14-16). Los hombres, pues, no pueden entrar en comunión con
Dios, si no es por medio de Cristo y bajo la acción del
Espíritu. Esta mediación suya única y universal,
lejos de ser obstáculo en el camino hacia Dios, es la via
establecida por Dios mismo, y de ello Cristo tiene plena conciencia.
Aun cuando no se excluyan mediaciones parciales, de cualquier tipo y
orden, éstas sin embargo cobran significado y valor únicamente
por la mediación de Cristo y no pueden ser entendidas como
paralelas y complementarias
6. Es contrario a la fe cristiana
introducir cualquier separación entre el Verbo y Jesucristo.
San Juan afirma claramente que el Verbo, que « estaba en el
principio con Dios », es el mismo que « se hizo carne »
(Jn 1, 2.14). Jesús es el Verbo encarnado, una sola
persona e inseparable: no se puede separar a Jesús de Cristo,
ni hablar de un « Jesús de la historia », que
sería distinto del « Cristo de la fe ». La Iglesia
conoce y confiesa a Jesús como « el Cristo, el Hijo de
Dios vivo » (Mt 16, 16). Cristo no es sino Jesús
de Nazaret, y éste es el Verbo de Dios hecho hombre para la
salvación de todos. En Cristo « reside toda la plenitud
de la divinidad corporalmente » (Col 2, 9) y « de
su plenitud hemos recibido todos » (Jn 1, 16). El «
Hijo único, que está en el seno del Padre » (Jn
1, 18), es el « Hijo de su amor, en quien tenemos la redención.
Pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la plenitud, y
reconciliar por él y para él todas las cosas,
pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y
en los cielos » (Col 1, 13-14.19-20). Es
precisamente esta singularidad única de Cristo la que le
confiere un significado absoluto y universal, por lo cual, mientras
está en la historia, es el centro y el fin de la misma: (7) «
Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el
Principio y el Fin » (Ap 22, 13).
Si, pues, es lícito y útil
considerar los diversos aspectos del misterio de Cristo, no se debe
perder nunca de vista su unidad. Mientras vamos descubriendo y
valorando los dones de todas clases, sobre todo las riquezas
espirituales, que Dios ha concedido a cada pueblo, no podemos
disociarlos de Jesucristo, centro del plan divino de salvación.
Así como « el Hijo de Dios con su encarnación se
ha unido, en cierto modo, con todo hombre », así también
« debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la
posibilidad de que, en forma sólo de Dios conocida, se asocien
a este misterio pascual ».(8) El designio divino es «
hacer que todo tenga a Cristo por cabeza, lo que está en los
cielos y lo que está en la tierra » (Ef 1, 10).
La fe en Cristo es una propuesta a la
libertad del hombre
7. La urgencia de la actividad
misionera brota de la radical novedad de vida, traída
por Cristo y vivida por sus discípulos. Esta nueva vida es un
don de Dios, y al hombre se le pide que lo acoja y desarrolle, si
quiere realizarse según su vocación integral, en
conformidad con Cristo. El Nuevo Testamento es un himno a la vida
nueva para quien cree en Cristo y vive en su Iglesia. La salvación
en Cristo, atestiguada y anunciada por la Iglesia, es
autocomunicación de Dios: « Es el amor, que no sólo
crea el bien, sino que hace participar en la misma vida de Dios:
Padre, Hijo y Espíritu Santo. En efecto, el que ama desea
darse a sí mismo ».(9)
Dios ofrece al hombre esta vida nueva:
¿Se puede rechazar a Cristo y todo lo que él ha traído
a la historia del hombre? Ciertamente es posible. El hombre es libre.
El hombre puede decir no a Dios. El hombre puede decir no a Cristo.
Pero sigue en pie la pregunta fundamental. ¿Es licito hacer
esto? ¿Con qué fundamento es licito? ».(10)
8. En el mundo moderno hay tendencia a
reducir el hombre a una mera dimensión horizontal. Pero ¿en
qué se convierte el hombre sin apertura al Absoluto? La
respuesta se halla no sólo en la experiencia de cada hombre,
sino también en la historia de la humanidad con la sangre
derramada en nombre de ideologías y de regímenes
políticos que han querido construir una « nueva
humanidad » sin Dios.(11)
Por lo demás, a cuantos están
preocupados por salvar la libertad de conciencia, dice el Concilio
Vaticano II: « La persona humana tiene derecho a la libertad
religiosa ... todos los hombres han de estar inmunes de coacción
por parte de personas particulares, como de grupos sociales y de
cualquier potestad humana, y esto de tal manera que en materia
religiosa ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia ni se le
impida que actúe conforme a ella en privado y en público,
solo o asociado con otros dentro de los limites debidos ».(12)
El anuncio y el testimonio de Cristo,
cuando se llevan a cabo respetando las conciencias, no violan la
libertad. La fe exige la libre adhesión del hombre, pero debe
ser propuesta, pues « las multitudes tienen derecho a conocer
la riqueza del misterio de Cristo, dentro del cual creemos que toda
la humanidad puede encontrar, con insospechada plenitud , todo lo que
busca a tientas acerca de Dios, del hombre y de su destino, de la
vida y de la muerte, de la verdad. Por eso, la Iglesia mantiene vivo
su empuje misionero e incluso desea intensificarlo en un momento
histórico como el nuestro ».(13) Hay que decir también
con palabras del Concilio que: « Todos los hombres, conforme a
su dignidad, por ser personas, es decir, dotados de razón y de
voluntad libre y, por tanto, enaltecidos con una responsabilidad
personal, tienen la obligación moral de buscar la verdad,
sobre todo la que se refiere a la religión. Están
obligados, asimismo, a adherirse a la verdad conocida y a ordenar
toda su vida según las exigencias de la verdad ».(14)
La Iglesia, signo e instrumento de
salvación
9. La primera beneficiaria de la
salvación es la Iglesia. Cristo la ha adquirido con su sangre
(cf. Act 20, 28) y la ha hecho su colaboradora en la obra de
la salvación universal. En efecto, Cristo vive en ella; es su
esposo; fomenta su crecimiento; por medio de ella cumple su misión.
El Concilio ha reclamado ampliamente el
papel de la Iglesia para la salvación de la humanidad. A la
par que reconoce que Dios ama a todos los hombres y les concede la
posibilidad de salvarse (cf. 1 Tim 2, 4),(15) la Iglesia
profesa que Dios ha constituido a Cristo como único mediador y
que ella misma ha sido constituida como sacramento universal de
salvación.(16) « Todos los hombres son llamados a esta
unidad católica del Pueblo de Dios, y a ella pertenecen o se
ordenan de diversos modos, sea los fieles católicos, sea los
demás creyentes en Cristo, sea también todos los
hombres en general llamados a la salvación por la gracia de
Dios ».(17) Es necesario, pues, mantener unidas estas dos
verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación en Cristo
para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta
misma salvación. Ambas favorecen la comprensión del
único misterio salvífico, de manera que se pueda
experimentar la misericordia de Dios y nuestra responsabilidad. La
salvación, que siempre es don del Espíritu, exige la
colaboración del hombre para salvarse tanto a sí mismo
como a los demás. Así lo ha querido Dios, y para esto
ha establecido y asociado a la Iglesia a su plan de salvación:
« Ese pueblo mesiánico —afirma el Concilio—
constituido por Cristo en orden a la comunión de vida, de
caridad y de verdad, es empleado también por él como
instrumento de la redención universal y es enviado a todo el
mundo como luz del mundo y sal de la tierra ».(18)
La salvación es ofrecida a todos
los hombres
10. La universalidad de la salvación
no significa que se conceda solamente a los que, de modo explícito,
creen en Cristo y han entrado en la Iglesia. Si es destinada a todos,
la salvación debe estar en verdad a disposición de
todos. Pero es evidente que, tanto hoy como en el pasado, muchos
hombres no tienen la posibilidad de conocer o aceptar la revelación
del Evangelio y de entrar en la Iglesia. Viven en condiciones
socioculturales que no se lo permiten y, en muchos casos, han sido
educados en otras tradiciones religiosas. Para ellos, la salvación
de Cristo es accesible en virtud de la gracia que, aun teniendo una
misteriosa relación con la Iglesia, no les introduce
formalmente en ella, sino que los ilumina de manera adecuada en su
situación interior y ambiental Esta gracia proviene de Cristo;
es fruto de su sacrificio y es comunicada por el Espíritu
Santo: ella permite a cada uno llegar a la salvación
mediante su libre colaboración.
Por esto mismo, el Concilio, después
de haber afirmado la centralidad del misterio pascual, afirma: «
Esto vale no solamente para los cristianos, sino también para
todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la
gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la
vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir,
divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo
ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios
conocida, se asocien a este misterio pascual ».(19)
« Nosotros no podemos menos de
hablar » (Act 4, 20)
11. ¿Qué decir, pues, de
las objeciones ya mencionadas sobre la misión ad gentes?
Con pleno respeto de todas las creencias y sensibilidades, ante
todo debemos afirmar con sencillez nuestra fe en Cristo, único
salvador del hombre; fe recibida como un don que proviene de lo Alto,
sin mérito por nuestra parte. Decimos con san Pablo: «
No me avergüenzo del Evangelio, que es una fuerza de Dios para
la salvación de todo el que cree » (Rom 1, 16).
Los mártires cristianos de todas las épocas —también
los de la nuestra— han dado y siguen dando la vida por
testimoniar ante los hombres esta fe, convencidos de que cada hombre
tiene necesidad de Jesucristo, que ha vencido el pecado y la muerte,
y ha reconciliado a los hombres con Dios.
Cristo se ha proclamado Hijo de Dios,
íntimamente unido al Padre, y, como tal, ha sido reconocido
por los discípulos, confirmando sus palabras con los milagros
y su resurrección. La Iglesia ofrece a los hombres el
Evangelio, documento profético, que responde a las exigencias
y aspiraciones del corazón humano y que es siempre «
Buena Nueva ». La Iglesia no puede dejar de proclamar que
Jesús, vino a revelar el rostro de Dios y alcanzar, mediante
la cruz y la resurrección, la salvación para todos los
hombres.
A la pregunta ¿Para qué
la misión? respondemos con la fe y la esperanza de la
Iglesia: abrirse al amor de Dios es la verdadera liberación.
En él, sólo en él, somos liberados de toda forma
de alienación y extravío, de la esclavitud del poder
del pecado y de la muerte. Cristo es verdaderamente « nuestra
paz » (Ef 2, 14), y « el amor de Cristo nos
apremia » (2 Cor 5, 14), dando sentido y alegría
a nuestra vida. La misión es un problema de fe, es el
índice exacto de nuestra fe en Cristo y en su amor por
nosotros.
La tentación actual es la de
reducir el cristianismo a una sabiduría meramente humanas,
casi como una ciencia del vivir bien. En un mundo fuertemente
secularizado, se ha dado una « gradual secularización de
la salvación », debido a lo cual se lucha ciertamente en
favor del hombre, pero de un hombre a medias, reducido a la mera
dimensión horizontal. En cambio, nosotros sabemos que Jesús
vino a traer la salvación integral, que abarca al hombre
entero y a todos los hombres, abriéndoles a los admirables
horizontes de la filiación divina.
¿Por qué la misión?
Porque a nosotros, como a san Pablo, « se nos ha concedido
la gracia de anunciar a los gentiles las inescrutables riquezas de
Cristo » (Ef 3, 8). La novedad de vida en él es
la « Buena Nueva » para el hombre de todo tiempo: a ella
han sido llamados y destinados todos los hombres. De hecho, todos la
buscan, aunque a veces de manera confusa, y tienen el derecho a
conocer el valor de este don y la posibilidad de alcanzarlo. La
Iglesia y, en ella, todo cristiano, no puede esconder ni conservar
para sí esta novedad y riqueza, recibidas de la divina bondad
para ser comunicadas a todos los hombres.
He ahí por qué la misión,
además de provenir del mandato formal del Señor, deriva
de la exigencia profunda de la vida de Dios en nosotros. Quienes han
sido incorporados a la Iglesia han de considerarse privilegiados y,
por ello, mayormente comprometidos en testimoniar la fe y la vida
cristiana como servicio a los hermanos y respuesta debida a Dios,
recordando que « su excelente condición no deben
atribuirla a los méritos propios sino a una gracia singular de
Cristo, no respondiendo a la cual con pensamiento, palabra y obra,
lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad ».(20)
CAPÍTULO II
EL REINO DE DIOS
12. « Dios rico en misericordia
es el que Jesucristo nos ha revelado como Padre; cabalmente su Hijo,
en sí mismo, nos lo ha manifestado y nos lo ha hecho conocer
».(21) Escribía esto al comienzo de la Encíclica
Dives in Misericordia, mostrando cómo Cristo es la
revelación y la encarnación de la misericordia del
Padre. La salvación consiste en creer y acoger el misterio del
Padre y de su amor, que se manifiesta y se da en Jesús
mediante el Espíritu. Así se cumple el Reino de Dios,
preparado ya por la Antigua Alianza, llevado a cabo por Cristo y en
Cristo, y anunciado a todas las gentes por la Iglesia, que se
esfuerza y ora para que llegue a su plenitud de modo perfecto y
definitivo.
El Antiguo Testamento atestigua que
Dios ha escogido y formado un pueblo para revelar y llevar a cabo su
designio de amor. Pero, al mismo tiempo, Dios es Creador y Padre de
todos los hombres se cuida de todos, a todos extiende su bendición
(cf. Gén 12, 3) y con todos hace una alianza -Gén
9, 1-17). Israel tiene experiencia de un Dios personal y salvador
(cf. Dt 4, 37; 7, 6-8; Is 43, 1-7), del cual se
convierte en testigo y portavoz en medio de las naciones. A lo largo
de la propia historia, Israel adquiere conciencia de que su elección
tiene un significado universal (cf. por ejemplo Is 2, 2-5;
6-8; 60, 1-6; Jer 3, 17; 16, 19.
Cristo hace presente el Reino
13. Jesús de Nazaret lleva a
cumplimiento el plan de Dios. Después de haber recibido el
Espíritu Santo en el bautismo, manifiesta su vocación
mesiánica: recorre Galilea proclamando « la Buena Nueva
de Dios: "El tiempo se ha cumplido y el Reino está cerca;
convertíos y creed en la Buena Nueva" » (Mc
1, 14-15; cf. Mt 4, 17; Lc 4, 43). La proclamación
y la instauración del Reino de Dios son el objeto de su
misión: « Porque a esto he sido enviado » (Lc
4, 43). Pero hay algo más: Jesús en persona es la «
Buena Nueva », como él mismo afirma al comienzo de su
misión en la sinagoga de Nazaret, aplicándose las
palabras de Isaías relativas al Ungido, enviado por el
Espíritu del Señor (cf. Lc. 4, 14-21). Al ser él
la « Buena Nueva », existe en Cristo plena identidad
entre mensaje y mensajero, entre el decir, el actuar y el ser. Su
fuerza, el secreto de la eficacia de su acción consiste en la
identificación total con el mensaje que anuncia; proclama la «
Buena Nueva » no sólo con lo que dice o hace, sino
también con lo que es.
El ministerio de Jesús se
describe en el contexto de los viajes por su tierra. La perspectiva
de la misión antes de la Pascua se centra en Israel; sin
embargo, Jesús nos ofrece un elemento nuevo de capital
importancia. La realidad escatológica no se aplaza hasta un
fin remoto del mundo, sino que se hace próxima y comienza a
cumplirse. « El Reino de Dios está cerca » (Mc
1, 15); se ora para que venga (cf. Mt 6, 10); la fe lo
ve ya presente en los signos, como los milagros (cf. Mt 11,
4-5), los exorcismos (cf. Mt 12, 25-28), la elección de
los Doce (cf. Mc 3, 13-19), el anuncio de la Buena Nueva a los
pobres (cf. Lc 4, 18). En los encuentros de Jesús con
los paganos se ve con claridad que la entrada en el Reino acaece
mediante la fe y la conversión (cf. Mc 1, 15) Y no por
la mera pertenencia étnica.
El Reino que inaugura Jesús es
el Reino de Dios; él mismo nos revela quién es este
Dios al que llama con el término familiar « Abba »,
Padre (Mc 14, 36). El Dios revelado sobre todo en las
parábolas (cf. Lc 15, 3-32; Mt 20, 1-16) es
sensible a las necesidades, a los sufrimientos de todo hombre; es un
Padre amoroso y lleno de compasión, que perdona y concede
gratuitamente las gracias pedidas.
San Juan nos dice que « Dios es
Amor » (1 Jn 4, 8. 16). Todo hombre, por tanto, es
invitado a « convertirse » y « creer » en el
amor misericordioso de Dios por él; el Reino crecerá en
a medida en que cada hombre aprenda a dirigirse a Dios como a un
Padre en la intimidad de la oración (cf. Lc 11, 2; Mt
23, 9), y se esfuerce en cumplir su voluntad (cf. Mt 7,
21).
Características y exigencias del
Reino
14. Jesús revela progresivamente
las características y exigencias del Reino mediante sus
palabras, sus obras y su persona.
El Reino está destinado a todos
los hombres, dado que todos son llamados a ser sus miembros. Para
subrayar este aspecto, Jesús se ha acercado sobre todo a
aquellos que estaban al margen de la sociedad, dándoles su
preferencia, cuando anuncia la « Buena Nueva ». Al
comienzo de su ministerio proclama que ha sido « enviado a
anunciar a los pobres la Buena Nueva » (Lc 4, 18). A
todas las víctimas del rechazo y del desprecio Jesús
les dice: « Bienaventurados los pobres » (Lc 6,
20). Además, hace vivir ya a estos marginados una experiencia
de liberación, estando con ellos y yendo a comer con ellos
(cf. Lc 5, 30; 15, 2), tratándoles como a iguales y
amigos (cf. Lc 7, 34), haciéndolos sentirse amados por
Dios y manifestando así su inmensa ternura hacia los
necesitados y los pecadores (cf. Lc 15, 1-32).
La liberación y la salvación
que el Reino de Dios trae consigo alcanzan a la persona humana en su
dimensión tanto física como espiritual. Dos gestos
caracterizan la misión de Jesús: curar y perdonar. Las
numerosas curaciones demuestran su gran compasión ante la
miseria humana, pero significan también que en el Reino ya no
habrá enfermedades ni sufrimientos y que su misión,
desde el principio, tiende a liberar de todo ello a las personas. En
la perspectiva de Jesús, las curaciones son también
signo de salvación espiritual, de liberación del
pecado. Mientras cura, Jesús invita a la fe, a la conversión,
al deseo de perdón (cf. Lc 5, 24). Recibida la fe, la
curación anima a ir más lejos: introduce en la
salvación (cf. Lc 18, 42-43). Los gestos liberadores de
la posesión del demonio, mal supremo y símbolo del
pecado y de la rebelión contra Dios, son signos de que «
ha llegado a vosotros el Reino de Dios » (Mt 12, 28).
15. El Reino tiende a transformar las
relaciones humanas y se realiza progresivamente, a medida que los
hombres aprenden a amarse, a perdonarse y a servirse mutuamente.
Jesús se refiere a toda la ley, centrándola en el
mandamiento del amor (cf. Mt 22, 34-40); Lc 10, 25-28).
Antes de dejar a los suyos les da un « mandamiento nuevo »:
« Que os améis los unos a los otros como yo os he amado
» (Jn 15, 12; cf. 13, 34). El amor con el que Jesús
ha amado al mundo halla su expresión suprema en el don de su
vida por los hombres (cf. Jn 15, 13), manifestando así
el amor que el Padre tiene por el mundo (cf. Jn 3, 16). Por
tanto la naturaleza del Reino es la comunión de todos los
seres humanos entre sí y con Dios.
El Reino interesa a todos: a las
personas, a sociedad, al mundo entero. Trabajar por el Reino quiere
decir reconocer y favorecer el dinamismo divino, que está
presente en la historia humana y la transforma. Construir el Reino
significa trabajar por la liberación del mal en todas sus
formas. En resumen, el Reino de Dios es la manifestación y la
realización de su designio de salvación en toda su
plenitud.
En el Resucitado, llega a su
cumplimiento y es proclamado el Reino de Dios
16. Al resucitar Jesús de entre
los muertos Dios ha vencido la muerte y en él ha inaugurado
definitivamente su Reino. Durante su vida terrena Jesús es el
profeta del Reino y, después de su pasión, resurrección
y ascensión al cielo, participa del poder de Dios y de su
dominio sobre el mundo (cf. Mt 28, 18; Act 2, 36; Ef
1, 18-31). La resurrección confiere un alcance universal
al mensaje de Cristo, a su acción y a toda su misión.
Los discípulos se percatan de que el Reino ya está
presente en la persona de Jesús y se va instaurando
paulatinamente en el hombre y en el mundo a través de un
vínculo misterioso con él.
En efecto, después de la
resurrección ellos predicaban el Reino, anunciando a Jesús
muerto y resucitado. Felipe anunciaba en Samaría « la
Buena Nueva del Reino de Dios y el nombre de Jesucristo » (Act
8, 12). Pablo predicaba en Roma el Reino de Dios y enseñaba lo
referente al Señor Jesucristo (cf. Act 28, 31).
También los primeros cristianos
anunciaban « el Reino de Cristo y de Dios » (Ef 5,
5; cf. Ap 11, 15; 12, 10) o bien « el Reino eterno de
nuestro Señor Jesucristo » (2 Pe 1,
11). Es en el anuncio de Jesucristo, con el que el Reino se
identifica, donde se centra la predicación de la Iglesia
primitiva. Al igual que entonces, hoy también es necesario
unir el anuncio del Reino de Dios (el contenido del «
kerigma » de Jesús) y la proclamación del
evento de Jesucristo (que es el « kerigma » de los
Apóstoles). Los dos anuncios se completan y se iluminan
mutuamente.
El Reino con relación a Cristo y
a la Iglesia
17. Hoy se habla mucho del Reino, pero
no siempre en sintonía con el sentir de la Iglesia. En efecto,
se dan concepciones de la salvación y de la misión que
podemos llamar « antropocéntricas », en el sentido
reductivo del término, al estar centradas en torno a las
necesidades terrenas del hombre. En esta perspectiva el Reino tiende
a convertirse en una realidad plenamente humana y secularizada, en la
que sólo cuentan los programas y luchas por la liberación
socioeconómica, política y también cultural,
pero con unos horizontes cerrados a lo trascendente. Aun no negando
que también a ese nivel haya valores por promover, sin embargo
tal concepción se reduce a los confines de un reino del
hombre, amputado en sus dimensiones auténticas y profundas, y
se traduce fácilmente en una de las ideologías que
miran a un progreso meramente terreno. El Reino de Dios, en cambio, «
no es de este mundo, no es de aquí » (Jn 18, 36).
Se dan además determinadas
concepciones que, intencionadamente, ponen el acento sobre el Reino y
se presentan como « reinocéntricas », las cuales
dan relieve a la imagen de una Iglesia que no piensa en si misma,
sino que se dedica a testimoniar y servir al Reino. Es una «
Iglesia para los demás », —se dice— como «
Cristo es el hombre para los demás ». Se describe el
cometido de la Iglesia, como si debiera proceder en una doble
dirección; por un lado, promoviendo los llamados «
valores del Reino », cuales son la paz, la justicia, la
libertad, la fraternidad; por otro, favoreciendo el diálogo
entre los pueblos, las culturas, las religiones, para que,
enriqueciéndose mutuamente, ayuden al mundo a renovarse y a
caminar cada vez más hacia el Reino.
Junto a unos aspectos positivos, estas
concepciones manifiestan a menudo otros negativos. Ante todo, dejan
en silencio a Cristo: el Reino, del que hablan, se basa en un «
teocentrismo », porque Cristo —dicen— no puede ser
comprendido por quien no profesa la fe cristiana, mientras que
pueblos, culturas y religiones diversas pueden coincidir en la única
realidad divina, cualquiera que sea su nombre. Por el mismo motivo,
conceden privilegio al misterio de la creación, que se refleja
en la diversidad de culturas y creencias, pero no dicen nada sobre el
misterio de la redención. Además el Reino, tal como lo
entienden, termina por marginar o menospreciar a la Iglesia, como
reacción a un supuesto « eclesiocentrismo » del
pasado y porque consideran a la Iglesia misma sólo un signo,
por lo demás no exento de ambigüedad.
18. Ahora bien, no es éste el
Reino de Dios que conocemos por la Revelación, el cual no
puede ser separado ni de Cristo ni de la Iglesia.
Como ya queda dicho, Cristo no sólo
ha anunciado el Reino, sino que en él el Reino mismo se ha
hecho presente y ha llegado a su cumplimiento: « Sobre todo, el
Reino se manifiesta en la persona misma de Cristo, Hijo de Dios e
Hijo del hombre, quien vino "a servir y a dar su vida para la
redención de muchos" (Mc 10, 45) ».(22) El
Reino de Dios no es un concepto, una doctrina o un programa sujeto a
libre elaboración, sino que es ante todo una persona que
tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret, imagen del
Dios invisible.(23) Si se separa el Reino de la persona de Jesús,
no existe ya el reino de Dios revelado por él, y se termina
por distorsionar tanto el significado del Reino —que corre
el riesgo de transformarse en un objetivo puramente humano o
ideológico— como la identidad de Cristo, que no aparece
ya como el Señor, al cual debe someterse todo (cf. 1
Cor l5,27).
Asimismo, el Reino no puede ser
separado de la Iglesia. Ciertamente, ésta no es fin para sí
misma, ya que está ordenada al Reino de Dios, del cual es
germen, signo e instrumento. Sin embargo, a la vez que se distingue
de Cristo y del Reino, está indisolublemente unida a ambos.
Cristo ha dotado a la Iglesia, su Cuerpo, de la plenitud de los
bienes y medios de salvación; el Espíritu Santo mora en
ella, la vivifica con sus dones y carismas, la santifica, la guía
y la renueva sin cesar.(24) De ahí deriva una relación
singular y única que, aunque no excluya la obra de Cristo y
del Espíritu Santo fuera de los confines visibles de la
Iglesia, le confiere un papel específico y necesario. De ahí
también el vínculo especial de la Iglesia con el Reino
de Dios y de Cristo, dado que tiene « la misión de
anunciarlo e instaurarlo en todos los pueblos ».(25)
19. Es en esta visión de
conjunto donde se comprende la realidad del Reino. Ciertamente, éste
exige la promoción de los bienes humanos y de los valores que
bien pueden llamarse « evangélicos », porque están
íntimamente unidos a la Buena Nueva. Pero esta promoción,
que la Iglesia siente también muy dentro de sí, no debe
separarse ni contraponerse a los otros cometidos fundamentales, como
son el anuncio de Cristo y de su Evangelio, la fundación y el
desarrollo de comunidades que actúan entre los hombres la
imagen viva del Reino. Con esto no hay que tener miedo a caer en una
forma de « eclesiocentrismo ». Pablo VI, que afirmó
la existencia de « un vínculo profundo entre Cristo, la
Iglesia y la evangelización »,(26) dijo también
que la Iglesia « no es fin para sí misma, sino
fervientemente solícita de ser toda de Cristo, en Cristo y
para Cristo, y toda igualmente de los hombres, entre los hombres y
para los hombres ».(27)
La Iglesia al servicio del Reino
20. La Iglesia está efectiva y
concretamente al servicio del Reino. Lo está, ante todo,
mediante el anuncio que llama a la conversión; éste es
el primer y fundamental servicio a la venida del Reino en las
personas y en la sociedad humana. La salvación escatológica
empieza, ya desde ahora, con la novedad de vida en Cristo: « A
todos los que la recibieron les dio el poder de hacerse hijos de
Dios, a los que creen en su nombre » (Jn 1, 12).
La Iglesia, pues, sirve al Reino,
fundando comunidades e instituyendo Iglesias particulares,
llevándolas a la madurez de la fe y de la caridad, mediante la
apertura a los demás, con el servicio a la persona y a la
sociedad, por la comprensión y estima de las instituciones
humanas.
La Iglesia, además, sirve al
Reino difundiendo en el mundo los « valores evangélicos
», que son expresión de ese Reino y ayudan a los hombres
a acoger el designio de Dios. Es verdad, pues, que la realidad
incipiente del Reino puede hallarse también fuera de los
confines de la Iglesia, en la humanidad entera, siempre que ésta
viva los « valores evangélicos » y esté
abierta a la acción del Espíritu que. sopla donde y
como quiere (cf. Jn 3, 8); pero además hay que decir
que esta dimensión temporal del Reino es incompleta, si no
está en coordinación con el Reino de Cristo, presente
en la Iglesia y en tensión hacia la plenitud escatológica.(28)
Las múltiples perspectivas del
Reino de Dios (29) no debilitan los fundamentos y las finalidades de
la actividad misionera, sino que los refuerzan y propagan. La
Iglesia, es sacramento de salvación para toda la humanidad y
su acción no se limita a los que aceptan su mensaje. Es fuerza
dinámica en el camino de la humanidad hacia el Reino
escatológico; es signo y a la vez promotora de los valores
evangélicos entre los hombres.(30) La Iglesia contribuye a
este itinerario de conversión al proyecto de Dios, con su
testimonio y su actividad, como son el diálogo, la promoción
humana, el compromiso por la justicia y la paz, la educación,
el cuidado de los enfermos, la asistencia a los pobres y a los
pequeños, salvaguardando siempre la prioridad de las
realidades trascendentes y espirituales, que son premisas de la
salvación escatológica.
La Iglesia, finalmente, sirve también
al Reino con su intercesión, al ser éste por su
naturaleza don y obra de Dios, como recuerdan las parábolas
del Evangelio y la misma oración enseñada por Jesús.
Nosotros debemos pedirlo, acogerlo, hacerlo crecer dentro de
nosotros; pero también debemos cooperar para que el Reino sea
acogido y crezca entre los hombres, hasta que Cristo « entregue
a Dios Padre el Reino » y « Dios sea todo en todo »
(1 Cor 15, 24.28).
CAPÍTULO III
EL ESPÍRITU SANTO PROTAGONISTA DE LA MISIÓN
21. « En el momento culminante de
la misión mesiánica de Jesús, el Espíritu
Santo se hace presente en el misterio pascual con toda su
subjetividad divina: como el que debe continuar la obra salvífica,
basada en el sacrificio de la cruz. Sin duda esta obra es encomendada
por Jesús a los hombres: a los Apóstoles y a la
Iglesia. Sin embargo, en estos hombres y por medio de ellos, el
Espíritu Santo sigue siendo el protagonista trascendente de la
realización de esta obra en el espíritu del hombre y en
la historia del mundo ».(31)
El Espíritu Santo es en verdad
el protagonista de toda la misión eclesial; su obra
resplandece de modo eminente en la misión ad gentes, como se
ve en la Iglesia primitiva por la conversión de Cornelio (cf.
Act 10), por las decisiones sobre los problemas que surgían
(cf. Act 15), por la elección de los territorios
y de los pueblos (cf. Act 16, 6 ss). El Espíritu actúa
por medio de los Apóstoles, pero al mismo tiempo actúa
también en los oyentes: « Mediante su acción, la
Buena Nueva toma cuerpo en las conciencias y en los corazones humanos
y se difunde en la historia. En todo está el Espíritu
Santo que da la vida » (32)
El envío « hasta los
confines de la tierra » (Act1, 8)
22. Todos los evangelistas, al narrar
el encuentro del Resucitado con los Apóstoles, concluyen con
el mandato misional: « Me ha sido dado todo poder en el cielo y
en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes.
Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin
del mundo » (Mt 28, 18-20; cf. Mc 16, 15-18; Lc
24, 46-49; Jn 20, 21-23).
Este envío es envío en
el Espíritu, como aparece claramente en el texto de san
Juan: Cristo envía a los suyos al mundo, al igual que el Padre
le ha enviado a él y por esto les da el Espíritu. A su
vez, Lucas relaciona estrictamente el testimonio que los Apóstoles
deberán dar de Cristo con la acción del Espíritu,
que les hará capaces de llevar a cabo el mandato recibido.
23. Las diversas formas del «
mandato misionero » tienen puntos comunes y también
acentuaciones características. Dos elementos, sin embargo, se
hallan en todas las versiones. Ante todo, la dimensión
universal de la tarea confiada a los Apóstoles: « A
todas las gentes » (Mt 28, 19); « por todo el
mundo ... a toda la creación » (Mc 16, 15);
« a todas las naciones » (Act 1, 8). En
segundo lugar, la certeza dada por el Señor de que en esa
tarea ellos no estarán solos, sino que recibirán la
fuerza y los medios para desarrollar su misión. En esto está
la presencia y el poder del Espíritu, y la asistencia de
Jesús: « Ellos salieron a predicar por todas partes,
colaborando el Señor con ellos » (Mc 16, 20).
En cuanto a las diferencias de
acentuación en el mandato, Marcos presenta la misión
como proclamación o Kerigma: « Proclaman la Buena
Nueva » (Mc 16, 15). Objetivo del evangelista es guiar a
sus lectores a repetir la confesión de Pedro: « Tú
eres el Cristo » (Mc 8, 29) y proclamar, como el
Centurión romano delante de Jesús muerto en la cruz: «
Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios » (Mc 15,
39). En Mateo el acento misional está puesto en la fundación
de la Iglesia y en su enseñanza (cf. Mt 28, 19-20; 16,
18). En él, pues, este mandato pone de relieve que la
proclamación del Evangelio debe ser completada por una
específica catequesis de orden eclesial y sacramental. En
Lucas, la misión se presenta como testimonio (cf. Lc 24,
48; Act 1, 8), cuyo objeto ante todo es la resurrección
(cf. Act 1, 22). El misionero es invitado a creer en la
fuerza transformadora del Evangelio y a anunciar lo que tan bien
describe Lucas, a saber, la conversión al amor y a la
misericordia de Dios, la experiencia de una liberación total
hasta la raíz de todo mal, el pecado.
Juan es el único que habla
explícitamente de « mandato » —palabra que
equivale a « misión »— relacionando
directamente la misión que Jesús confía a sus
discípulos con la que él mismo ha recibido del Padre: «
Como el Padre me envió, también yo os envío »
(Jn 20, 21). Jesús dice, dirigiéndose al Padre:
« Como tú me has enviado al mundo, yo también los
he enviado al mundo » (Jn 17, 18). Todo el sentido
misionero del Evangelio de Juan está expresado en la «
oración sacerdotal »: « Esta es la vida eterna:
que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tu has
enviado Jesucristo » (Jn 17, 3). Fin último de la
misión es hacer participes de la comunión que existe
entre el Padre y el Hijo: los discípulos deben vivir la unidad
entre sí , permaneciendo en el Padre y en el Hijo, para que el
mundo conozca y crea (cf. Jn 17, 21-23). Es éste un
significativo texto misionero que nos hace entender que se es
misionero ante todo por lo que se es, en cuanto Iglesia que
vive profundamente la unidad en el amor, antes de serlo por lo que
se dice o se hace.
Por tanto, los cuatro evangelios, en la
unidad fundamental de la misma misión, testimonian un cierto
pluralismo que refleja experiencias y situaciones diversas de las
primeras comunidades cristianas; este pluralismo es también
fruto del empuje dinámico del mismo Espíritu; invita a
estar atentos a los diversos carismas misioneros y a las distintas
condiciones ambientales y humanas. Sin embargo, todos los
evangelistas subrayan que la misión de los discípulos
es colaboración con la de Cristo: « Sabed que yo estoy
con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt
28, 20) La misión, por consiguiente , no se basa en las
capacidades humanas, sino en el poder del Resucitado.
El Espíritu guía la
misión
24. La misión de la Iglesia, al
igual que la de Jesús, es obra de Dios o, como dice a menudo
Lucas, obra del Espíritu. Después de la resurrección
y ascensión de Jesús, los Apóstoles viven una
profunda experiencia que los transforma: Pentecostés. La
venida del Espíritu Santo los convierte en testigos o
profetas (cf. Act 1, 8; 2, 17-18), infundiéndoles
una serena audacia que les impulsa a transmitir a los demás su
experiencia de Jesús y la esperanza que los anima. El Espíritu
les da la capacidad de testimoniar a Jesús con « toda
libertad ».(33)
Cuando los evangelizadores salen de
Jerusalén, el Espíritu asume aún más la
función de « guía » tanto en la elección
de las personas como de los caminos de la misión. Su acción
se manifiesta de modo especial en el impulso dado a la misión
que de hecho, según palabras de Cristo, se extiende desde
Jerusalén a toda Judea y Samaria, hasta los últimos
confines de la tierra.
Los Hechos recogen seis síntesis
de los « discursos misioneros » dirigidos a los judíos
el los comienzos de la Iglesia (cf. Act 2, 22-39; 3, 12-26; 4,
9-12; 5, 29-32; 10, 34-43; 13, 16-41). Estos discursos-modelo,
pronunciados por Pedro y por Pablo, anuncian a Jesús e invitan
a la « conversión », es decir, a acoger a Jesús
por la fe y a dejarse transformar en él por el Espíritu.
Pablo y Bernabé se sienten
empujados por el Espíritu hacia los paganos (cf. Act 13
46-48), lo cual no sucede sin tensiones y problemas. ¿Cómo
deben vivir su fe en Jesús los gentiles convertidos? ¿Están
ellos vinculados a las tradiciones judías y a la ley de la
circuncisión? En el primer Concilio, que reúne en
Jerusalén a miembros de diversas Iglesias alrededor de los
Apóstoles, se toma una decisión reconocida como
proveniente del Espíritu: para hacerse cristiano no es
necesario que un gentil se someta a la ley judía (cf. Act
15, 5-11.28). Desde aquel momento la Iglesia abre sus puertas y
se convierte en la casa donde todos pueden entrar y sentirse a gusto,
conservando la propia cultura y las propias tradiciones, siempre que
no estén en contraste con el Evangelio.
25. Los misioneros han procedido según
esta línea, teniendo muy presentes las expectativas y
esperanzas) las angustias y sufrimientos la cultura de la gente para
anunciar la salvación en Cristo. Los discursos de Listra y
Atenas (cf. Act 14, 11-17; 17, 22-31) son considerados
como modelos para la evangelización de los paganos. En ellos
Pablo « entra en diálogo » con los valores
culturales y religiosos de los diversos pueblos. A los habitantes de
Licaonia, que practicaban una religión de tipo cósmico,
les recuerda experiencias religiosas que se refieren al cosmos; con
los griegos discute sobre filosofía y cita a sus poetas (cf.
Act 17, 18.26-28). El Dios al que quiere revelar está
ya presente en su vida; es él, en efecto, quien los ha creado
y el que dirige misteriosamente los pueblos y la historia. Sin
embargo, para reconocer al Dios verdadero, es necesario que abandonen
los falsos dioses que ellos mismos han fabricado y abrirse a aquel a
quien Dios ha enviado para colmar su ignorancia y satisfacer la
espera de sus corazones (cf. Act 17, 27-30). Son discursos que
ofrecen un ejemplo de inculturación del Evangelio.
Bajo la acción del Espíritu,
la fe cristiana se abre decisivamente a las a gentes » y el
testimonio de Cristo se extiende a los centros más importantes
del Mediterráneo oriental para llegar posteriormente a Roma y
al extremo occidente. Es el Espíritu quien impulsa a ir cada
vez mas lejos, no sólo en sentido geográfico, sino
también más allá de las barreras étnicas
y religiosas, para una misión verdaderamente universal.
El Espíritu hace misionera a
toda la Iglesia
26. El Espíritu mueve al grupo
de los creyentes a « hacer comunidad », a ser Iglesia.
Tras el primer anuncio de Pedro, el día de Pentecostés,
y las conversiones que se dieron a continuación, se forma la
primera comunidad (cf. Act 2, 42-47; 4, 32-35).
En efecto, uno de los objetivos
centrales de la misión es reunir al pueblo para la escucha del
Evangelio, en la comunión fraterna, en la oración y la
Eucaristía. Vivir « la comunión fraterna »
(koinonía) significa tener « un solo corazón y
una sola alma » (Act 4, 32), instaurando una comunión
bajo todos los aspectos: humano, espiritual y material. De hecho, la
verdadera comunidad cristiana, se compromete también a
distribuir los bienes terrenos para que no haya indigentes y todos
puedan tener acceso a los bienes « según su necesidad »
(Act 2, 45; 4, 35). Las primeras comunidades, en las que
reinaba « la alegría y sencillez de corazón »
(Act 2, 46) eran dinámicamente abiertas y misioneras y
« gozaban de la simpatía de todo el pueblo » (Act
2, 47). Aun antes de ser acción, la misión es
testimonio e irradiación.(34)
27. Los Hechos indican que la
misión, dirigida primero a Israel y luego a las gentes, se
desarrolla a muchos niveles. Ante todo, existe el grupo de los Doce
que, como un único cuerpo guiado por Pedro, proclama la Buena
Nueva. Está luego la comunidad de los creyentes que, con su
modo de vivir y actuar, da testimonio del Señor y convierte a
los paganos (cf. Act 2, 46-47). Están también
los enviados especiales, destinados a anunciar el Evangelio. Y así,
la comunidad cristiana de Antioquía envía sus miembros
a misionar: después de haber ayunado, rezado y celebrado la
Eucaristía, esta comunidad percibe que el Espíritu
Santo ha elegido a Pablo y Bernabé para ser enviados (cf. Act
13, 1-4). En sus orígenes, por tanto, la misión es
considerada como un compromiso comunitario y una responsabilidad de
la Iglesia local, que tiene necesidad precisamente de «
misioneros » para lanzarse hacia nuevas fronteras. Junto a
aquellos enviados había otros que atestiguaban espontáneamente
la novedad que había transformado sus vidas y luego ponían
en conexión las comunidades en formación con la Iglesia
apostólica.
La lectura de los Hechos nos
hace entender que, al comienzo de la Iglesia, la misión ad
gentes, aun contando ya con misioneros « de por vida »,
entregados a ella por una vocación especial, de hecho era
considerada como un fruto normal de la vida cristiana, un compromiso
para todo creyente mediante el testimonio personal y el anuncio
explícito, cuando era posible.
El Espíritu está presente
operante en todo tiempo y lugar
28. El Espíritu se manifiesta de
modo particular en la Iglesia y en sus miembros; sin embargo, su
presencia y acción son universales, sin límite alguno
ni de espacio ni de tiempo.(35) El Concilio Vaticano II recuerda la
acción del Espíritu en el corazón del hombre,
mediante las « semillas de la Palabra », incluso en las
iniciativas religiosas, en los esfuerzos de la actividad humana
encaminados a la verdad, al bien y a Dios.(36)
El Espíritu ofrece al hombre «
su luz y su fuerza ... a fin de que pueda responder a su máxima
vocación »; mediante el Espíritu « el
hombre llega por la fe a contemplar y saborear el misterio del plan
divino »; más aún, « debemos creer que el
Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la
forma que sólo Dios conoce, se asocien a este misterio pascual
».(37) En todo caso, la Iglesia « sabe también que
el hombre, atraído sin cesar por el Espíritu de Dios,
nunca jamás será del todo indiferente ante el problema
religioso » y « siempre deseará ... saber, al
menos confusamente, el sentido de su vida, de su acción y de
su muerte ».(38) El Espíritu, pues, está en el
origen mismo de la pregunta existencial y religiosa del hombre, la
cual surge no sólo de situaciones contingentes, sino de la
estructura misma de su ser.(39)
La presencia y la actividad del
Espíritu no afectan únicamente a los individuos, sino
también a la sociedad, a la historia, a los pueblos, a las
culturas y a las religiones. En efecto, el Espíritu se halla
en el origen de los nobles ideales y de las iniciativas de bien de la
humanidad en camino; « con admirable providencia guía el
curso de los tiempos y renueva la faz de la tierra ».(40)
Cristo resucitado « obra ya por la virtud de su Espíritu
en el corazón del hombre, no sólo despertando el anhelo
del siglo futuro, sino también, por eso mismo, alentando,
purificando y corroborando los generosos propósitos con que la
familia humana intenta hacer más llevadera su vida y someter
la tierra a este fin ».(41) Es también el Espíritu
quien esparce « las semillas de la Palabra » presentes en
los ritos y culturas, y los prepara para su madurez en Cristo.(42)
29. Así el Espíritu que «
sopla donde quiere » (Jn 3, 8) y « obraba ya en el
mundo aun antes de que Cristo fuera glorificado »,(43) que «
llena el mundo y todo lo mantiene unido, que sabe todo cuanto se
habla » (Sab 1, 7), nos lleva a abrir más nuestra
mirada para considerar su acción presente en todo tiempo y
lugar.(44) Es una llamada que yo mismo he hecho repetidamente y que
me ha guiado en mis encuentros con los pueblos más diversos.
La relación de la Iglesia con las demás religiones está
guiada por un doble respeto: « Respeto por el hombre en su
búsqueda de respuesta a las preguntas más profundas de
la vida, y respeto por la acción del Espíritu en el
hombre ».(45) El encuentro interreligioso de Asís,
excluida toda interpretación equívoca, ha querido
reafirmar mi convicción de que « toda auténtica
plegaria está movida por el Espíritu Santo, que está
presente misteriosamente en el corazón de cada persona.(46)
Este Espíritu es el mismo que se
ha hecho presente en la encarnación, en la vida, muerte y
resurrección de Jesús y que actúa en la Iglesia.
No es, por consiguiente, algo alternativo a Cristo, ni viene a llenar
una especie de vacío, como a veces se da por hipótesis
que exista entre Cristo y el Logos. Todo lo que el Espíritu
obra en los hombres y en la historia de los pueblos, así como
en las culturas y religiones tiene un papel de preparación
evangélica,(47) y no puede menos de referirse a Cristo, Verbo
encarnado por obra del Espíritu, « para que, hombre
perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas ».(48)
La acción universal del Espíritu
no hay que separarla tampoco de la peculiar acción que
despliega en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. En efecto, es
siempre el Espíritu quien actúa, ya sea cuando vivifica
la Iglesia y la impulsa a anunciar a Cristo, ya sea cuando siembra y
desarrolla sus dones en todos los hombres y pueblos, guiando a la
Iglesia a descubrirlos, promoverlos y recibirlos mediante el diálogo.
Toda clase de presencia del Espíritu ha de ser acogida con
estima y gratitud; pero el discernirla compete a la Iglesia, a la
cual Cristo ha dado su Espíritu para guiarla hasta la verdad
completa (cf. Jn 16, 13).
La actividad misionera está aún
en sus comienzos
30. Nuestra época, con la
humanidad en movimiento y búsqueda, exige un nuevo impulso
en la actividad misionera de la Iglesia. Los horizontes y las
posibilidades de la misión se ensanchan, y nosotros los
cristianos estamos llamados a la valentía apostólica,
basada en la confianza en el Espíritu ¡El es el
protagonista de la misión!
En la historia de la humanidad son
numerosos los cambios periódicos que favorecen el dinamismo
misionero. La Iglesia, guiada por el Espíritu, ha respondido
siempre a ellos con generosidad y previsión. Los frutos no han
faltado. Hace poco se ha celebrado el milenario de la evangelización
de la Rus' y de los pueblos eslavos y se está acercando la
celebración del V Centenario de la evangelización de
América. Asimismo se han conmemorado recientemente los
centenarios de las primeras misiones en diversos Países de
Asia, África y Oceanía. Hoy la Iglesia debe afrontar
otros desafíos, proyectándose hacia nuevas fronteras,
tanto en la primera misión ad gentes, como en la nueva
evangelización de pueblos que han recibido ya el anuncio de
Cristo. Hoy se pide a todos los cristianos, a las Iglesias
particulares y a la Iglesia universal la misma valentía que
movió a los misioneros del pasado y la misma disponibilidad
para escuchar la voz del Espíritu.
CAPÍTULO IV
LOS INMENSOS HORIZONTES DE LA MISIÓN
AD GENTES
31. El Señor Jesús envió
a sus Apóstoles a todas las personas y pueblos, y a todos los
lugares de la tierra. Por medio de los Apóstoles la Iglesia
recibió una misión universal, que no conoce confines y
concierne a la salvación en toda su integridad, de conformidad
con la plenitud de vida que Cristo vino a traer (cf. Jn 10,10);
ha sido enviada « para manifestar y comunicar la caridad de
Dios a todos los hombres y pueblos ».(49)
Esta misión es única, al
tener el mismo origen y finalidad; pero en el interior de la Iglesia
hay tareas y actividades diversas. Ante todo, se da la actividad
misionera que vamos a llamar misión ad gentes, con
referencia al Decreto conciliar: se trata de una actividad primaria
de la Iglesia, esencial y nunca concluida. En efecto, la Iglesia «
no puede sustraerse a la perenne misión de llevar el
Evangelio a cuantos —y son millones de hombres y mujeres—
no conocen todavía a Cristo Redentor del hombre. Esta es la
responsabilidad más específicamente misionera que Jesús
ha confiado y diariamente vuelve a confiar a su Iglesia ».(50)
Un marco religioso, complejo y en
movimiento
32. Hoy nos encontramos ante una
situación religiosa bastante diversificada y cambiante; los
pueblos están en movimiento; realidades sociales y religiosas,
que tiempo atrás eran claras y definidas, hoy día se
transforman en situaciones complejas. Baste pensar en algunos
fenómenos, como el urbanismo, las migraciones masivas, el
movimiento de prófugos, la descristianización de países
de antigua cristiandad, el influjo pujante del Evangelio y de sus
valores en naciones de grandísima mayoría no cristiana,
el pulular de mesianismos y sectas religiosas. Es un trastocamiento
tal de situaciones religiosas y sociales, que resulta difícil
aplicar concretamente determinadas distinciones y categorías
eclesiales a las que ya estábamos acostumbrados. Antes del
Concilio ya se decía de algunas metrópolis o tierras
cristianas que se habían convertido en « países
de misión »; ciertamente la situación no ha
mejorado en los años sucesivos.
Por otra parte, la actividad misionera
ha dado ya abundantes frutos en todas las partes del mundo, debido a
lo cual hay ya Iglesias establecidas, a veces tan sólidas y
maduras que proveen adecuadamente a las necesidades de las propias
comunidades y envían también personal para la
evangelización a otras Iglesias y territorios. Surge de aquí
el contraste con áreas de antigua cristiandad, que es
necesario reevangelizar. Tanto es así que algunos se preguntan
si aún se puede hablar de actividad misionera específica
o de ámbitos precisos de la misma, o más bien se
debe admitir que existe una situación misionera única,
no habiendo en consecuencia más que una sola misión,
igual por todas partes. La dificultad de interpretar esta realidad
compleja y mudable respecto al mandato de evangelización, se
manifiesta ya en el mismo « vocabulario misionero »; por
ejemplo, existe una cierta duda en usar los términos «
misiones » y « misioneros », por considerarlos
superados y cargados de resonancias históricas negativas. Se
prefiere emplear el substantivo « misión » en
singular y el adjetivo « misionero », para calificar toda
actividad de la Iglesia.
Tal entorpecimiento esta indicando un
cambio real que tiene aspectos positivos. La llamada vuelta o «
repatriación » de las misiones a la misión
de la Iglesia, la confluencia de la misionología en
la eclesiología y la inserción de ambas en el
designio trinitario de salvación, han dado un nuevo respiro a
la misma actividad misionera, concebida no ya como una tarea al
margen de la Iglesia, sino inserta en el centro de su vida, como
compromiso básico de todo el Pueblo de Dios. Hay que
precaverse, sin embargo, contra el riesgo de igualar situaciones muy
distintas y de reducir, si no hacer desaparecer, la misión y
los misioneros ad gentes. Afirmar que toda la Iglesia es
misionera no excluye que haya una específica misión ad
gentes; al igual que decir que todos los católicos deben
ser misioneros, no excluye que haya « misioneros ad gentes
y de por vida », por vocación específica.
La misión « ad gentes »
conserva su valor
33. Las diferencias en cuanto a la
actividad dentro de esta misión de la Iglesia, nacen no
de razones intrínsecas a la misión misma, sino de las
diversas circunstancias en las que ésta se desarrolla.(51)
Mirando al mundo actual, desde el punto de vista de la
evangelización, se pueden distinguir tres situaciones.
En primer lugar, aquella a la cual se
dirige la actividad misionera de la Iglesia: pueblos, grupos humanos,
contextos socioculturales donde Cristo y su Evangelio no son
conocidos, o donde faltan comunidades cristianas suficientemente
maduras como para poder encarnar la fe en el propio ambiente y
anunciarla a otros grupos. Esta es propiamente la misión ad
gentes.(52)
Hay también comunidades
cristianas con estructuras eclesiales adecuadas y sólidas;
tienen un gran fervor de fe y de vida; irradian el testimonio del
Evangelio en su ambiente y sienten el compromiso de la misión
universal. En ellas se desarrolla la actividad o atención
pastoral de la Iglesia.
Se da, por último, una situación
intermedia, especialmente en los países de antigua
cristiandad, pero a veces también en las Iglesias más
jóvenes, donde grupos enteros de bautizados han perdido el
sentido vivo de la fe o incluso no se reconocen ya como miembros de
la Iglesia, llevando una existencia alejada de Cristo y de su
Evangelio. En este caso es necesaria una « nueva evangelización
» o « reevangelización ».
34. La actividad misionera específica,
o misión ad gentes, tiene como destinatarios « a
los pueblos o grupos humanos que todavía no creen en Cristo »,
« a los que están alejados de Cristo », entre los
cuales la Iglesia « no ha arraigado todavía »,(53)
y cuya cultura no ha sido influenciada aún por el
Evangelio.(54) Esta actividad se distingue de las demás
actividades eclesiales, porque se dirige a grupos y ambientes no
cristianos, debido a la ausencia o insuficiencia del anuncio
evangélico y de la presencia eclesial. Por tanto, se
caracteriza como tarea de anunciar a Cristo y a su Evangelio, de
edificación de la Iglesia local, de promoción de los
valores del Reino. La peculiaridad de esta misión ad gentes
está en el hecho de que se dirige a los « no
cristianos ». Por tanto, hay que evitar que esta «
responsabilidad más específicamente misionera que Jesús
ha confiado y diariamente vuelve a confiar a su Iglesia »,(55)
se vuelva una flaca realidad dentro de la misión global del
Pueblo de Dios y, consiguientemente, descuidada u olvidada.
Por lo demás, no es fácil
definir los confines entre atención pastoral a los fieles,
nueva evangelización y actividad misionera específica,
y no es pensable crear entre ellos barreras o recintos
estancados. No obstante, es necesario mantener viva la solicitud por
el anuncio y por la fundación de nuevas Iglesias en los
pueblos y grupos humanos donde no existen, porque ésta es la
tarea primordial de la Iglesia, que ha sido enviada a todos los
pueblos, hasta los confines dela tierra. Sin la misión ad
gentes, la misma dimensión misionera de la Iglesia estaría
privada de su significado fundamental y de su actuación
ejemplar.
Hay que subrayar, además, una
real y creciente interdependencia entre las diversas
actividades salvíficas de la Iglesia: cada una influye en la
otra, la estimula y la ayuda. El dinamismo misionero crea intercambio
entre las Iglesias y las orienta hacia el mundo exterior, influyendo
positivamente en todos los sentidos. Las Iglesias de antigua
cristiandad, por ejemplo, ante la dramática tarea de la nueva
evangelización, comprenden mejor que no pueden ser misioneras
respecto a los no cristianos de otros países o continentes, si
antes no se preocupan seriamente de los no cristianos en su propia
casa. La misión ad intra es signo creíble y
estímulo para la misión ad extra, y viceversa.
A todos los pueblos, no obstante las
dificultades
35. La misión ad gentes tiene
ante sí una tarea inmensa que de ningún modo está
en vías de extinción. Al contrario, bien sea bajo el
punto de vista numérico por el aumento demográfico, o
bien bajo el punto de vista sociocultural por el surgir de nuevas
relaciones, comunicaciones y cambios de situaciones, parece destinada
hacia horizontes todavía más amplios. La tarea de
anunciar a Jesucristo a todos los pueblos se presenta inmensa y
desproporcionada respecto a las fuerzas humanas de la Iglesia.
Las dificultades parecen
insuperables y podrían desanimar, si se tratara de una obra
meramente humana. En algunos países está prohibida la
entrada de misioneros; en otros, está prohibida no sólo
la evangelización, sino también la conversión e
incluso el culto cristiano. En otros lugares los obstáculos
son de tipo cultural: la transmisión del mensaje evangélico
resulta insignificante o incomprensible, y la conversión está
considerada como un abandono del propio pueblo y cultura.
36. No faltan tampoco dificultades
internas al Pueblo de Dios, las cuales son ciertamente las más
dolorosas. Mi predecesor Pablo VI señalaba, en primer lugar, «
la falta de fervor, tanto más grave cuanto que viene de
dentro. Dicha falta de fervor se manifiesta en la fatiga y
desilusión, en la acomodación al ambiente y en el
desinterés, y sobre todo en la falta de alegría y de
esperanza ».(56) Grandes obstáculos para la actividad
misionera de la Iglesia son también las divisiones pasadas y
presentes entre los cristianos,(57) la descristianización de
países cristianos, la disminución de las vocaciones al
apostolado, los antitestimonios de fieles que en su vida no siguen el
ejemplo de Cristo. Pero una de las razones más graves del
escaso interés por el compromiso misionero es la mentalidad
indiferentista, ampliamente difundida, por desgracia, incluso entre
los cristianos, enraizada a menudo en concepciones teológicas
no correctas y marcada por un relativismo religioso que termina por
pensar que « una religión vale la otra ». Podemos
añadir —como decía el mismo Pontífice—
que no faltan tampoco « pretextos que parecen oponerse a la
evangelización. Los más insidiosos son ciertamente
aquellos para cuya justificación se quieren emplear ciertas
enseñanzas del Concilio ».(58)
A este respecto, recomiendo vivamente a
los teólogos y a los profesionales de la prensa cristiana que
intensifiquen su propio servicio a la misión, para encontrar
el sentido profundo de su importante labor, siguiendo la recta vía
del sentire cum Ecclesia.
Las dificultades internas y externas no
deben hacernos pesimistas o inactivos. Lo que cuenta —aquí
como en todo sector de la vida cristiana— es la confianza que
brota de la fe, o sea, de la certeza de que no somos nosotros los
protagonistas de la misión , sino Jesucristo y su Espíritu.
Nosotros únicamente somos colaboradores y, cuando hayamos
hecho todo lo que hemos podido, debemos decir: « Siervos
inútiles somos; hemos hecho lo que debíamos hacer »
(Lc 17, 10).
Ámbitos de la misión «
ad gentes »
37. La misión ad gentes en
virtud del mandato universal de Cristo no conoce confines. Sin
embargo, se pueden delinear varios ámbitos en los que se
realiza, de modo que se pueda tener una visión real de la
situación.
a) Ámbitos territoriales. La
actividad misionera ha sido definida normalmente en relación
con territorios concretos. El Concilio Vaticano II ha reconocido la
dimensión territorial de la misión ad gentes,(59)
que también hoy es importante, en orden a determinar
responsabilidades, competencias y límites geográficos
de acción. Es verdad que a una misión universal debe
corresponder una perspectiva universal. En efecto, la Iglesia no
puede aceptar que límites geográficos o dificultades de
índole política sean obstáculo para su presencia
misionera. Pero también es verdad que la actividad misionera
ad gentes, al ser diferente de la atención pastoral a
los fieles y de la nueva evangelización de los no
practicantes, se ejerce en territorios y entre grupos humanos bien
definidos.
El multiplicarse de las jóvenes
Iglesias en tiempos recientes no debe crear ilusiones. En los
territorios confiados a estas Iglesias, especialmente en Asia, pero
también en África, América Latina y Oceanía,
hay vastas zonas sin evangelizar; a pueblos enteros y áreas
culturales de gran importancia en no pocas naciones no ha llegado aún
el anuncio evangélico y la presencia de la Iglesia local.(60)
Incluso en países tradicionalmente cristianos hay regiones
confiadas al régimen especial de la misión ad gentes
grupos y áreas no evangelizadas. Se impone pues, incluso
en estos países, no sólo una nueva evangelización
sino también, en algunos casos, una primera
evangelización.(61)
Las situaciones, con todo, no son
homogéneas. Aun reconociendo que las afirmaciones sobre la
responsabilidad misionera de la Iglesia no son creíbles, si no
están respaldadas por un serio esfuerzo de nueva
evangelización en los países de antigua cristiandad, no
parece justo equiparar la situación de un pueblo que no ha
conocido nunca a Jesucristo con la de otro que lo ha conocido, lo ha
aceptado y después lo ha rechazado, aunque haya seguido
viviendo en una cultura que ha asimilado en gran parte los principios
y valores evangélicos. Con respecto a la fe, son dos
situaciones sustancialmente distintas. De ahí que, el criterio
geográfico, aunque no muy preciso y siempre provisional, sigue
siendo válido todavía para indicar las fronteras hacia
las que debe dirigirse la actividad misionera. Hay países,
áreas geográficas y culturales en que faltan
comunidades cristianas autóctonas; en otros lugares éstas
son tan pequeñas, que no son un signo claro de la presencia
cristiana; o bien estas comunidades carecen de dinamismo para
evangelizar su sociedad o pertenecen a poblaciones minoritarias, no
insertadas en la cultura nacional dominante. En el Continente
asiático, en particular, hacia el que debería
orientarse principalmente la misión ad gentes, los
cristianos son una pequeña minoría, por más que
a veces se den movimientos significativos de conversión y
modos ejemplares de presencia cristiana.
b) Mundos y fenómenos
sociales nuevos. Las rápidas y profundas transformaciones
que caracterizan el mundo actual, en particular el Sur, influyen
grandemente en el campo misionero: donde antes existían
situaciones humanas y sociales estables, hoy día todo está
cambiado. Piénsese, por ejemplo, en la urbanización y
en el incremento masivo de las ciudades, sobre todo donde es más
fuerte la presión demográfica. Ahora mismo, en no pocos
países, más de la mitad de la población vive en
algunas megalópolis, donde los problemas humanos a menudo se
agravan incluso por el anonimato en que se ven sumergidas las masas
humanas.
En los tiempos modernos la actividad
misionera se ha desarrollado sobre todo en regiones aisladas,
distantes de los centros civilizados e inaccesibles por la
dificultades de comunicación, de lengua y de clima. Hoy la
imagen de la misión ad gentes quizá está
cambiando: lugares privilegiados deberían ser las grandes
ciudades, donde surgen nuevas costumbres y modelos de vida, nuevas
formas de cultura, que luego influyen sobre la población. Es
verdad que la « opción por los últimos »
debe llevar a no olvidar los grupos humanos más marginados y
aislados, pero también es verdad que no se pueden evangelizar
las personas o los pequeños grupos descuidando, por así
decir, los centros donde nace una humanidad nueva con nuevos modelos
de desarrollo. El futuro de las jóvenes naciones se está
formando en las ciudades.
Hablando del futuro no se puede olvidar
a los jóvenes, que en numerosos países representan ya
más de la mitad de la población. ¿Cómo
hacer llegar el mensaje de Cristo a los jóvenes no cristianos,
que son el futuro de Continentes enteros? Evidentemente ya no bastan
los medios ordinarios de la pastoral; hacen falta asociaciones e
instituciones, grupos y centros apropiados, iniciativas culturales y
sociales para los jóvenes. He ahí un campo en el que
los movimientos eclesiales modernos tienen amplio espacio para
trabajar con empeño.
Entre los grandes cambios del mundo
contemporáneo, las migraciones han producido un fenómeno
nuevo: los no cristianos llegan en gran número a los países
de antigua cristiandad, creando nuevas ocasiones de comunicación
e intercambios culturales, lo cual exige a la Iglesia la acogida, el
diálogo, la ayuda y, en una palabra, la fraternidad. Entre los
emigrantes, los refugiados ocupan un lugar destacado y merecen la
máxima atención. Estos son ya muchos millones en el
mundo y no cesan de aumentar; han huido de condiciones de opresión
política y de miseria inhumana, de carestías y sequías
de dimensiones catastróficas. La Iglesia debe acogerlos en el
ámbito de su solicitud apostólica.
Finalmente, se deben recordar las
situaciones de pobreza, a menudo intolerable, que se dan en no pocos
países y que, con frecuencia, son el origen de las migraciones
de masa. La comunidad de los creyentes en Cristo se ve interpelada
por estas situaciones inhumanas: el anuncio de Cristo y del Reino de
Dios debe llegar a ser instrumento de rescate humano para estas
poblaciones.
c) Áreas culturales o
areópagos modernos. Pablo, después de haber
predicado en numerosos lugares, una vez llegado a Atenas se dirige al
areópago donde anuncia el Evangelio usando un lenguaje
adecuado y comprensible en aquel ambiente (cf. Act 17, 22-31).
El areópago representaba entonces el centro de la cultura del
docto pueblo ateniense, y hoy puede ser tomado como símbolo de
los nuevos ambientes donde debe proclamarse el Evangelio.
El primer areópago del tiempo
moderno es el mundo de la comunicación, que está
unificando a la humanidad y transformándola —como suele
decirse— en una « aldea global ». Los medios de
comunicación social han alcanzado tal importancia que para
muchos son el principal instrumento informativo y formativo, de
orientación e inspiración para los comportamientos
individuales, familiares y sociales. Las nuevas generaciones, sobre
todo, crecen en un mundo condicionado por estos medios. Quizás
se ha descuidado un poco este areópago: generalmente se
privilegian otros instrumentos para el anuncio evangélico y
para la formación cristiana, mientras los medios de
comunicación social se dejan a la iniciativa de individuos o
de pequeños grupos, y entran en la programación
pastoral sólo a nivel secundario. El trabajo en estos medios,
sin embargo, no tiene solamente el objetivo de multiplicar el
anuncio. Se trata de un hecho más profundo, porque la
evangelización misma de la cultura moderna depende en gran
parte de su influjo. No basta, pues, usarlos para difundir el mensaje
cristiano y el Magisterio de la Iglesia, sino que conviene integrar
el mensaje mismo en esta « nueva cultura » creada por la
comunicación moderna. Es un problema complejo, ya que esta
cultura nace, aun antes que de los contenidos, del hecho mismo de que
existen nuevos modos de comunicar con nuevos lenguajes, nuevas
técnicas, nuevos comportamientos sicológicos. Mi
predecesor Pablo VI decía que: « la ruptura entre
Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo
»;(62) y el campo de la comunicación actual confirma
plenamente este juicio.
Existen otros muchos areópagos
del mundo moderno hacia los cuales debe orientarse la actividad
misionera de la Iglesia. Por ejemplo, el compromiso por la paz, el
desarrollo y la liberación de los pueblos; los derechos del
hombre y de los pueblos, sobre todo los de las minorías; la
promoción de la mujer y del niño; la salvaguardia de la
creación, son otros tantos sectores que han de ser iluminados
con la luz del Evangelio.
Hay que recordar, además, el
vastísimo areópago de la cultura, de la investigación
científica, de las relaciones internacionales que favorecen el
diálogo y conducen a nuevos proyectos de vida. Conviene estar
atentos y comprometidos con estas instancias modernas. Los hombres se
sienten como navegantes en el mar tempestuoso de la vida, llamados
siempre a una mayor unidad y solidaridad: las soluciones a los
problemas existenciales deben ser estudiadas, discutidas y
experimentadas con la colaboración de todos. Por esto los
organismos y encuentros internacionales se demuestran cada vez más
importantes en muchos sectores de la vida humana, desde la cultura a
la política, desde la economía a la investigación.
Los cristianos, que viven y trabajan en esta dimensión
internacional, deben recordar siempre su deber de dar testimonio del
Evangelio.
38. Nuestro tiempo es dramático
y al mismo tiempo fascinador. Mientras por un lado los hombres dan la
impresión de ir detrás de la prosperidad material y de
sumergirse cada vez más en el materialismo consumístico,
por otro, manifiestan la angustiosa búsqueda de sentido, la
necesidad de interioridad , el deseo de aprender nuevas formas y
modos de concentración y de oración. No sólo en
las culturas impregnadas de religiosidad, sino también en las
sociedades secularizadas, se busca la dimensión espiritual de
la vida como antídoto a la deshumanización. Este
fenómeno así llamado del « retorno religioso »
no carece de ambigüedad, pero también encierra una
invitación. La Iglesia tiene un inmenso patrimonio espiritual
para ofrecer a la humanidad: en Cristo, que se proclama « el
Camino, la Verdad y la Vida » (Jn 14, 6).Es la vía
cristiana para el encuentro con Dios, para la oración, la
ascesis, el descubrimiento del sentido de la vida. También
éste es un areópago que hay que evangelizar.
Fidelidad a Cristo y promoción
de la libertad del hombre
39. Todas las formas de la actividad
misionera están marcadas por la conciencia de promover la
libertad del hombre, anunciándole a Jesucristo. La Iglesia
debe ser fiel a Cristo, del cual es el Cuerpo y continuadora de su
misión. Es necesario que ella camine « por el mismo
sendero que Cristo; es decir, por el sendero de la pobreza, la
obediencia, el servicio y la inmolación propia hasta la
muerte, de la que surgió victorioso por su resurrección
».(63) La Iglesia, pues, tiene el deber de hacer todo lo
posible para desarrollar su misión en el mundo y llegar a
todos los pueblos; tiene también el derecho que le ha dado
Dios para realizar su plan. La libertad religiosa, a veces todavía
limitada o coartada, es la premisa y la garantía de todas las
libertades que aseguran el bien común de las personas y de los
pueblos. Es de desear que la auténtica libertad religiosa sea
concedida a todos en todo lugar; ya con este fin la Iglesia despliega
su labor en los diferentes países, especialmente en los de
mayoría católica, donde tiene un mayor peso. No se
trata de un problema de religión de mayoría o de
minoría, sino más bien de un derecho inalienable de
toda persona humana.
Por otra parte, la Iglesia se dirige al
hombre en el pleno respeto de su libertad.(64) La misión no
coarta la libertad, sino más bien la favorece. La Iglesia
propone, no impone nada: respeta las personas y las culturas, y
se detiene ante el sagrario de la conciencia. A quienes se oponen con
los pretextos más variados a la actividad misionera de la
Iglesia; ella va repitiendo: ¡Abrid las puertas a Cristo!
Me dirijo a todas las Iglesias
particulares, jóvenes y antiguas. El mundo va unificándose
cada vez más, el espíritu evangélico debe llevar
a la superación de las barreras culturales y nacionalísticas,
evitando toda cerrazón. Benedicto XV ya amonestaba a los
misioneros de su tiempo a que, si acaso « se olvidaban de la
propia dignidad, pensasen en su patria terrestre más que en la
del cielo ».(65) La misma amonestación vale hoy para las
Iglesias particulares: ¡Abrid las puertas a los misioneros!, ya
que « una Iglesia particular que se desgajara voluntariamente
de la Iglesia universal perdería su referencia al designio de
Dios y se empobrecería en su dimensión eclesial ».(66)
Dirigir la atención hacia el Sur
y hacia el Oriente
40. La actividad misionera representa
aún hoy día el mayor desafío para la Iglesia.
Mientras se aproxima el final del segundo milenio de la Redención,
es cada vez más evidente que las gentes que todavía no
han recibido el primer anuncio de Cristo son la mayoría de la
humanidad. EL balance de la actividad misionera en los tiempos
modernos es ciertamente positivo: la Iglesia ha sido fundada en todos
los Continentes; es más, hoy la mayoría de los fieles y
de las Iglesias particulares ya no están en la vieja Europa
sino en los Continentes que los misioneros han abierto a la fe.
Sin embargo, se da el caso de que «
los confines de la tierra », a los que debe llegar el
Evangelio, se alejan cada vez más, y la sentencia de
Tertuliano, según la cual « el Evangelio ha sido
anunciado en toda la tierra y a todos los pueblos » (67)
está muy lejos de su realización concreta: la
misión ad gentes está todavía en los
comienzos. Nuevos pueblos comparecen en la escena mundial y también
ellos tienen el derecho a recibir el anuncio de la salvación.
El crecimiento demográfico del Sur y de Oriente, en países
no cristianos, hace aumentar continuamente el número de
personas que ignoran la redención de Cristo.
Hay que dirigir, pues, la atención
misionera hacia aquellas áreas geográficas y aquellos
ambientes culturales que han quedado fuera del influjo evangélico.
Todos los creyentes en Cristo deben sentir como parte integrante de
su fe la solicitud apostólica de transmitir a otros su alegría
y su luz. Esta solicitud debe convertirse, por así decirlo, en
hambre y sed de dar a conocer al Señor, cuando se mira
abiertamente hacia los inmensos horizontes del mundo no cristiano.
CAPÍTULO V
LOS CAMINOS DE LA MISIÓN
41. « La actividad misionera es,
en última instancia, la manifestación del propósito
de Dios, o epifanía, y su realización en el mundo y en
la historia, en la que Dios, por medio de la misión,
perfecciona abiertamente la historia de la salvación ».(68)
¿Qué camino sigue la Iglesia para conseguir este
resultado?
La misión es una realidad
unitaria, pero compleja, y se desarrolla de diversas maneras, entre
las cuales algunas son de particular importancia en la presente
situación de la Iglesia y del mundo.
La primera forma de evangelización
es el testimonio
42. El hombre contemporáneo cree
más a los testigos que a los maestros;(69) cree más en
la experiencia que en la doctrina, en la vida y los hechos que en las
teorías. El testimonio de vida cristiana es la primera e
insustituible forma de la misión: Cristo, de cuya misión
somos continuadores, es el « Testigo » por excelencia (Ap
1, 5; 3, 14) y el modelo del testimonio cristiano. El Espíritu
Santo acompaña el camino de la Iglesia y la asocia al
testimonio que él da de Cristo (cf. Jn 15, 26-27).
La primera forma de testimonio es la
vida misma del misionero, la de la familia cristiana y de la
comunidad eclesial, que hace visible un nuevo modo de
comportarse. El misionero que, aun con todos los límites y
defectos humanos, vive con sencillez según el modelo de
Cristo, es un signo de Dios y de las realidades trascendentales. Pero
todos en la Iglesia, esforzándose por imitar al divino
Maestro, pueden y deben dar este testimonio,(70) que en muchos casos
es el único modo posible de ser misioneros.
El testimonio evangélico, al que
el mundo es más sensible, es el de la atención a las
personas y el de la caridad para con los pobres y los pequeños,
con los que sufren. La gratuidad de esta actitud y de estas acciones,
que contrastan profundamente con el egoísmo presente en el
hombre, hace surgir unas preguntas precisas que orientan hacia Dios y
el Evangelio. Incluso el trabajar por la paz, la justicia, los
derechos del hombre, la promoción humana, es un testimonio del
Evangelio, si es un signo de atención a las personas y está
ordenado al desarrollo integral del hombre.(71)
43. EL cristiano y las comunidades
cristianas viven profundamente insertados en la vida de sus pueblos
respectivos y son signo del Evangelio incluso por la fidelidad a su
patria, a su pueblo, a la cultura nacional, pero siempre con la
libertad que Cristo ha traído. El cristianismo está
abierto a la fraternidad universal, porque todos los hombres son
hijos del mismo Padre y hermanos en Cristo.
La Iglesia está llamada a dar su
testimonio de Cristo, asumiendo posiciones valientes y proféticas
ante la corrupción del poder político o económico;
no buscando la gloria o bienes materiales; usando sus bienes para el
servicio de los más pobres e imitando la sencillez de vida de
Cristo. La Iglesia y los misioneros deben dar también
testimonio de humildad, ante todo en sí mismos, lo cual se
traduce en la capacidad de un examen de conciencia, a nivel personal
y comunitario, para corregir en los propios comportamientos lo que es
antievangélico y desfigura el rostro de Cristo.
El primer anuncio de Cristo Salvador
44. EL anuncio tiene la prioridad
permanente en la misión: la Iglesia no puede substraerse al
mandato explícito de Cristo; no puede privar a los hombres de
la « Buena Nueva » de que son amados y salvados por Dios.
« La evangelización también debe contener siempre
—como base, centro y a la vez culmen de su dinamismo— una
clara proclamación de que en Jesucristo, se ofrece la
salvación a todos los hombres, como don de la gracia y de la
misericordia de Dios ».(72) Todas las formas de la actividad
misionera están orientadas hacia esta proclamación que
revela e introduce el misterio escondido en los siglos y revelado en
Cristo (cf. Ef 3, 3-9; Col 1, 25-29), el cual es el
centro de la misión y de la vida de la Iglesia, como base de
toda la evangelización.
En la compleja realidad de la misión,
el primer anuncio tiene una función central e insustituible,
porque introduce « en el misterio del amor de Dios, quien lo
llama a iniciar una comunicación personal con él en
Cristo »(73) y abre la vía para la conversión. La
fe nace del anuncio, y toda comunidad eclesial tiene su origen y vida
en la respuesta de cada fiel a este anuncio.(74) Como la economía
salvífica está centrada en Cristo, así la
actividad misionera tiende a la proclamación de su misterio.
EL anuncio tiene por objeto a Cristo
crucificado, muerto y resucitado: en él se realiza la plena y
auténtica liberación del mal, del pecado y de la
muerte; por él, Dios da la « nueva vida », divina
y eterna. Esta es la « Buena Nueva » que cambia al hombre
y la historia de la humanidad, y que todos los pueblos tienen el
derecho a conocer. Este anuncio se hace en el contexto de la vida del
hombre y de los pueblos que lo reciben. Debe hacerse además
con una actitud de amor y de estima hacia quien escucha, con un
lenguaje concreto y adaptado a las circunstancias. En este anuncio el
Espíritu actúa e instaura una comunión entre el
misionero y los oyentes, posible en la medida en que uno y otros
entran en comunión, por Cristo, con el Padre.(75)
45. Al hacerse en unión con toda
la comunidad eclesial, el anuncio nunca es un hecho personal. El
misionero está presente y actúa en virtud de un mandato
recibido y, aunque se encuentre solo , está unido por vínculos
invisibles, pero profundos, a la actividad evangelizadora de toda la
Iglesia.(76) Los oyentes, pronto o más tarde, vislumbran a
través de él la comunidad que lo ha enviado y lo
sostiene.
El anuncio está animado por la
fe, que suscita entusiasmo y fervor en el misionero. Como ya se ha
dicho, los Hechos de los Apóstoles expresan esta
actitud con la palabra parresía, que significa hablar
con franqueza y valentía; este término se encuentra
también en san Pablo: « Confiados en nuestro Dios,
tuvimos la valentía de predicaros el Evangelio de Dios entre
frecuentes luchas » (1 Tes 2, 2). « Orando ...
también por mí, para que me sea dada la Palabra al
abrir mi boca y pueda dar a conocer con valentía el misterio
del Evangelio, del cual soy embajador entre cadenas, y pueda hablar
de él valientemente como conviene » (Ef 6,
19-20).
Al anunciar a Cristo a los no
cristianos, el misionero está convencido de que existe ya en
las personas y en los pueblos, por la acción del Espíritu,
una espera, aunque sea inconsciente, por conocer la verdad sobre
Dios, sobre el hombre, sobre el camino que lleva a la liberación
del pecado y de la muerte. El entusiasmo por anunciar a Cristo deriva
de la convicción de responder a esta esperanza, de modo que el
misionero no se desalienta ni desiste de su testimonio, incluso
cuando es llamado a manifestar su fe en un ambiente hostil o
indiferente. Sabe que el Espíritu del Padre habla en él
(cf. Mt 10, 17-20; Lc 12, 11-12) y puede repetir con
los Apóstoles: « Nosotros somos testigos de estas cosas,
y también el Espíritu Santo » (Act 5, 32).
Sabe que no anuncia una verdad humana, sino la « Palabra de
Dios », la cual tiene una fuerza intrínseca y misteriosa
(cf. Rom 1, 16).
La prueba suprema es el don de la vida,
hasta aceptar la muerte para testimoniar la fe en Jesucristo. Como
siempre en la historia cristiana, los « mártires »,
es decir, los testigos, son numerosos e indispensables para el camino
del Evangelio. También en nuestra época hay muchos:
obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, así como laicos;
a veces héroes desconocidos que dan la vida como testimonio de
la fe. Ellos son los anunciadores y los testigos por excelencia.
Conversión y bautismo
46. El anuncio de la Palabra de Dios
tiende a la conversión cristiana, es decir, a la
adhesión plena y sincera a Cristo y a su Evangelio mediante la
fe. La conversión es un don de Dios, obra de la Trinidad; es
el Espíritu que abre las puertas de los corazones, a fin de
que los hombres puedan creer en el Señor y « confesarlo
» (cf. 1 Cor 12, 3). De quien se acerca a él por
la fe, Jesús dice: « Nadie puede venir a mí, si
el Padre que me ha enviado no lo atrae » (Jn 6, 44).
La conversión se expresa desde
el principio con una fe total y radical, que no pone límites
ni obstáculos al don de Dios. Al mismo tiempo, sin embargo,
determina un proceso dinámico y permanente que dura toda la
existencia, exigiendo un esfuerzo continuo por pasar de la vida «
según la carne » a la « vida según el
Espíritu (cf. Rom 8, 3-13). La conversión
significa aceptar, con decisión personal, la soberanía
de Cristo y hacerse discípulos suyos.
La Iglesia llama a todos a esta
conversión, siguiendo el ejemplo de Juan Bautista que
preparaba los caminos hacia Cristo, « proclamando un bautismo
de conversión para perdón de los pecados » (Mc
1, 4), y los caminos de Cristo mismo, el cual, « después
que Juan fue entregado, marchó ... a Galilea y proclamaba la
Buena Nueva de Dios: "El tiempo se ha cumplido y el Reino de
Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena
Nueva" » (Mc 1, 14-15).
Hoy la llamada a la conversión,
que los misioneros dirigen a los no cristianos, se pone en tela de
juicio o pasa en silencio. Se ve en ella un acto de «
proselitismo »; se dice que basta ayudar a los hombres a ser
más hombres o más fieles a la propia religión;
que basta formar comunidades capaces de trabajar por la justicia, la
libertad, la paz, la solidaridad. Pero se olvida que toda persona
tiene el derecho a escuchar la « Buena Nueva » de Dios
que se revela y se da en Cristo, para realizar en plenitud la propia
vocación. La grandeza de este acontecimiento resuena en las
palabras de Jesús a la Samaritana: « Si conocieras el
don de Dios » y en el deseo inconsciente, pero ardiente de la
mujer: « Señor, dame de esa agua, para que no tenga más
sed » (Jn 4,10.15).
47. Los Apóstoles, movidos por
el Espíritu Santo, invitaban a todos a cambiar de vida, a
convertirse y a recibir el bautismo. Inmediatamente después
del acontecimiento de Pentecostés, Pedro habla a la multitud
de manera persuasiva « Al oír esto, dijeron con el
corazón compungido a Pedro y a los demás Apóstoles:
"¿Qué hemos de hacer, hermanos?" Pedro les
contestó: "Convertíos y que cada uno de
vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo para remisión
de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu
Santo" » (Act 2, 37-38). Y bautizó aquel día
cerca de tres mil personas. Pedro mismo, después de la
curación del tullido, habla a la multitud y repite: «
Arrepentíos, pues, y convertíos, para que
vuestros pecados sean borrados » (Act 3, 19).
La conversión a Cristo está
relacionada con el bautismo, no sólo por la praxis de la
Iglesia, sino por voluntad del mismo Cristo, que envió a hacer
discípulos a todas las gentes y a bautizarlas (cf. Mt 28,
19); está relacionada también por la exigencia
intrínseca de recibir la plenitud de la nueva vida en él:
« En verdad, en verdad te digo: —dice Jesús a
Nicodemo— el que no nazca del agua y del Espíritu, no
puede entrar en el Reino de Dios » (Jn 3, 5). En efecto,
el bautismo nos regenera a la vida de los hijos de Dios, nos une a
Jesucristo y nos unge en el Espíritu Santo: no es un mero
sello de la conversión, como un signo exterior que la
demuestra y la certifica, sino que es un sacramento que significa y
lleva a cabo este nuevo nacimiento por el Espíritu; instaura
vínculos reales e inseparables con la Trinidad; hace miembros
del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.
Todo esto hay que recordarlo, porque no
pocos, precisamente donde se desarrolla la misión ad
gentes, tienden a separar la conversión a Cristo del
bautismo, considerándolo como no necesario. Es verdad que en
ciertos ambientes se advierten aspectos sociológicos relativos
al bautismo que oscurecen su genuino significado de fe y su valor
eclesial. Esto se debe a diversos factores históricos y
culturales, que es necesario remover donde todavía subsisten,
a fin de que el sacramento de la regeneración espiritual
aparezca en todo su valor. A este cometido deben dedicarse las
comunidades eclesiales locales. También es verdad que no pocas
personas afirman que están interiormente comprometidas con
Cristo y con su mensaje, pero no quieren estarlo sacramentalmente,
porque, a causa de sus prejuicios o de las culpas de los cristianos,
no llegan a percibir la verdadera naturaleza de la Iglesia, misterio
de fe y de amor.(77) Deseo alentar, pues, a estas personas a abrirse
plenamente a Cristo, recordándoles que, si sienten el
atractivo de Cristo, él mismo ha querido a la Iglesia como «
lugar » donde pueden encontrarlo realmente. Al mismo tiempo,
invito a los fieles y a las comunidades cristianas a dar auténtico
testimonio de Cristo con su nueva vida.
Ciertamente, cada convertido es un don
hecho a la Iglesia y comporta una grave responsabilidad para ella, no
sólo porque debe ser preparado para el bautismo con el
catecumenado y continuar luego con la instrucción religiosa,
sino porque, especialmente si es adulto, lleva consigo, como una
energía nueva, el entusiasmo de la fe, el deseo de encontrar
en la Iglesia el Evangelio vivido. Sería una desilusión
para él, si después de ingresar en la comunidad
eclesial encontrase en la misma una vida que carece de fervor y sin
signos de renovación. No podemos predicar la conversión,
si no nos convertimos nosotros mismos cada día.
Formación de Iglesias locales
48. La conversión y el bautismo
introducen en la Iglesia, donde ya existe, o requieren la
constitución de nuevas comunidades que confiesen a Jesús
Salvador y Señor. Esto forma parte del designio de Dios, al
cual plugo « llamar a los hombres a participar de su vida no
sólo individualmente, sin mutua conexión alguna entre
ellos, sino constituirlos en un pueblo en el que sus hijos, que
estaban dispersos, se congreguen en unidad ».(78)
La misión ad gentes tiene
este objetivo: fundar comunidades cristianas, hacer crecer las
Iglesias hasta su completa madurez. Esta es una meta central y
específica de la actividad misionera, hasta el punto de que
ésta no puede considerarse desarrollada, mientras no consiga
edificar una nueva Iglesia particular, que funcione normalmente en el
ambiente local. De esto habla ampliamente el Decreto Ad
gentes.(79) Después del Concilio se ha ido desarrollando
una línea teológica para subrayar que todo el misterio
de la Iglesia está contenido en cada Iglesia particular, con
tal de que ésta no se aísle, sino que permanezca en
comunión con la Iglesia universal y, a su vez, se haga
misionera. Se trata de un trabajo considerable y largo, del cual es
difícil indicar las etapas precisas, con las que se termina la
acción propiamente misionera y se pasa a la actividad
pastoral. No obstante, algunos puntos deben quedar claros.
49. Es necesario, ante todo, tratar de
establecer en cada lugar comunidades cristianas que sean un «
exponente de la presencia de Dios en el mundo » (80) y crezcan
hasta llegar a ser Iglesias. A pesar del gran número de
diócesis, existen todavía grandes áreas en que
las Iglesias locales o no existen en absoluto o son insuficientes con
respecto a la extensión del territorio y a la densidad y
variedad de la población; queda por realizar un gran trabajo
de implantación y desarrollo de la Iglesia. Esta fase de la
historia eclesial, llamada plantatio Ecclesiae, no está
terminada; es más, en muchos agrupamientos humanos debe
empezar aún.
La responsabilidad de este cometido
recae sobre la Iglesia universal y sobre las Iglesias particulares,
sobre el pueblo de Dios entero y sobre todas las fuerzas misioneras.
Cada Iglesia, incluso la formada por neoconvertidos, es misionera por
naturaleza, es evangelizada y evangelizadora, y la fe siempre debe
ser presentada como un don de Dios para vivirlo en comunidad
(familias, parroquias, asociaciones) y para irradiarlo fuera, sea con
el testimonio de vida, sea con la palabra. La acción
evangelizadora de la comunidad cristiana, primero en su propio
territorio y luego en otras partes, como participación en la
misión universal, es el signo más claro de madurez en
la fe. Es necesaria una radical conversión de la mentalidad
para hacerse misioneros, y esto vale tanto para las personas, como
para las comunidades. El Señor llama siempre a salir de uno
mismo, a compartir con los demás los bienes que tenemos,
empezando por el más precioso que es la fe. A la luz de este
imperativo misionero se deberá medir la validez de los
organismos, movimientos, parroquias u obras de apostolado de la
Iglesia. Sólo haciéndose misionera la comunidad
cristiana podrá superar las divisiones y tensiones internas y
recobrar su unidad y su vigor de fe.
Las fuerzas misioneras provenientes de
otras Iglesias y países deben actuar en comunión con
las Iglesias locales para el desarrollo de la comunidad cristiana. En
particular, concierne a ellas —siguiendo siempre las
directrices de los Obispos y en colaboración con los
responsables del lugar— promover la difusión de la fe y
la expansión de la Iglesia en los ambientes y grupos no
cristianos; y animar en sentido misionero a las Iglesias locales, de
manera que la preocupación pastoral vaya unida siempre a la
preocupación por la misión ad gentes. Cada
Iglesia hará propia, entonces, la solicitud de Cristo, Buen
Pastor, que se entrega a su grey y al mismo tiempo, se preocupa de
las « otras ovejas que no son de este redil » (Jn
10, 15).
50. Esta solicitud constituirá
un motivo y un estímulo para una renovada acción
ecuménica. Los vínculos existentes entre actividad
ecuménica y actividad misionera hacen necesario
considerar dos factores concomitantes. Por una parte se debe
reconocer que « la división de los cristianos perjudica
a la causa santísima de la predicación del Evangelio a
toda criatura y cierra a muchos las puertas de la fe ».(81) El
hecho de que la Buena Nueva de la reconciliación sea predicada
por los cristianos divididos entre sí debilita su testimonio,
y por esto es urgente trabajar por la unidad de los cristianos, a fin
de que la actividad misionera sea más incisiva. Al mismo
tiempo, no debemos olvidar que los mismos esfuerzos por la unidad
constituyen de por sí un signo de la obra de reconciliación
que Dios realiza en medio de nosotros.
Por otra parte, es verdad que todos los
que han recibido el bautismo en Cristo están en una cierta
comunión entre sí, aunque no perfecta. Sobre esta base
se funda la orientación dada por el Concilio: « En
cuanto lo permitan las condiciones religiosas, promuévase la
acción ecuménica de forma que, excluida toda especie
tanto de indiferentismo y confusionismo como de emulación
insensata, los católicos colaboren fraternalmente con los
hermanos separados, según las normas del Decreto sobre el
Ecumenismo mediante la profesión común, en cuanto sea
posible, de la fe en Dios y en Jesucristo delante de las naciones y
den vida a la cooperación en asuntos sociales y técnicos,
culturales y religiosos ».(82)
La actividad ecuménica y el
testimonio concorde de Jesucristo, por parte de los cristianos
pertenecientes a diferentes Iglesias y comunidades eclesiales, ha
dado ya abundantes frutos. Es cada vez más urgente que ellos
colaboren y den testimonio unidos, en este tiempo en el que sectas
cristianas y paracristianas siembran confusión con su acción.
La expansión de estas sectas constituye una amenaza para la
Iglesia católica y para todas las comunidades eclesiales con
las que ella mantiene un diálogo. Donde sea posible y según
las circunstancias locales, la respuesta de los cristianos deberá
ser también ecuménica.
Las « comunidades eclesiales de
base » fuerza evangelizadora
51. Un fenómeno de rápida
expansión en las jóvenes Iglesias, promovido, a veces,
por los Obispos y sus Conferencias como opción prioritaria de
la pastoral, lo constituyen las « comunidades eclesiales de
base » (conocidas también con otros nombres), que están
dando prueba positiva como centros de formación cristiana y de
irradiación misionera. Se trata de grupos de cristianos a
nivel familiar o de ámbito restringido, los cuales se reúnen
para la oración, la lectura de la Escritura, la catequesis,
para compartir problemas humanos y eclesiales de cara a un compromiso
común. Son un signo de vitalidad de la Iglesia, instrumento de
formación y de evangelización un punto de partida
válido para una nueva sociedad fundada sobre la «
civilización del Amor ».
Estas comunidades descentralizan y
articulan la comunidad parroquial a la que permanecen siempre unidas;
se enraízan en ambientes populares y rurales, convirtiéndose
en fermento de vida cristiana, de atención a los últimos,
de compromiso en pos de la transformación de la sociedad. En
ellas cada cristiano hace una experiencia comunitaria, gracias a la
cual también él se siente un elemento activo,
estimulado a ofrecer su colaboración en las tareas de todos.
De este modo, las mismas comunidades son instrumento de
evangelización y de primer anuncio, así como fuente de
nuevos ministerios, a la vez que, animadas por la caridad de Cristo,
ofrecen también una orientación sobre el modo de
superar divisiones, tribalismos y racismos.
En efecto, toda comunidad, para ser
cristiana, debe formarse y vivir en Cristo, en la escucha de la
Palabra de Dios, en la oración centra da en la Eucaristía,
en la comunión expresada en la unión de corazones y
espíritus, así como en el compartir según las
necesidades de los miembros (cf. Act 2, 42-47). Cada comunidad
—recordaba Pablo VI— debe vivir unida a la Iglesia
particular y universal, en sincera comunión con los Pastores y
el Magisterio, comprometida en la irradiación misionera y
evitando toda forma de cerrazón y de instrumentalización
ideológica.(83) Y el Sínodo de los Obispos ha afirmado:
« Porque la Iglesia es comunión, las así llamadas
nuevas comunidades de base, si verdaderamente viven en la unidad con
la Iglesia, son verdadera expresión de comunión e
instrumento para edificar una comunión más profunda.
Por ello, dan una gran esperanza para la vida de la Iglesia.(84)
Encarnar el Evangelio en las culturas
de los pueblos
52. Al desarrollar su actividad
misionera entre las gentes, la Iglesia encuentra diversas culturas y
se ve comprometida en el proceso de inculturación. Es ésta
una exigencia que ha marcado todo su camino histórico, pero
hoy es particularmente aguda y urgente.
El proceso de inserción de la
Iglesia en las culturas de los pueblos requiere largo tiempo: no se
trata de una mera adaptación externa, ya que la inculturación
« significa una íntima transformación de los
auténticos valores culturales mediante su integración
en el cristianismo y la radicación del cristianismo en las
diversas culturas ».(85) Es, pues, un proceso profundo y global
que abarca tanto el mensaje cristiano, como la reflexión y la
praxis de la Iglesia. Pero es también un proceso difícil,
porque no debe comprometer en ningún modo las características
y la integridad de la fe cristiana.
Por medio de la inculturación la
Iglesia encarna el Evangelio en las diversas culturas y, al mismo
tiempo, introduce a los pueblos con sus culturas en su misma
comunidad; (86) transmite a las mismas sus propios valores, asumiendo
lo que hay de bueno en ellas y renovándolas desde dentro.(87)
Por su parte, con la inculturación, la Iglesia se hace signo
más comprensible de lo que es e instrumento más apto
para la misión.
Gracias a esta acción en las
Iglesias locales, la misma Iglesia universal se enriquece con
expresiones y valores en los diferentes sectores de la vida
cristiana, como la evangelización, el culto, la teología,
la caridad; conoce y expresa aún mejor el misterio de Cristo,
a la vez que es alentada a una continua renovación. Estos
temas, presentes en el Concilio y en el Magisterio posterior, los he
afrontado repetidas veces en mis visitas pastorales a las Iglesias
jóvenes.(88)
La inculturación es un camino
lento que acompaña toda la vida misionera y requiere la
aportación de los diversos colaboradores de la misión
ad gentes, la de las comunidades cristianas a medida que se
desarrollan, la de los Pastores que tienen la responsabilidad de
discernir y fomentar su actuación.(89)
53. Los misioneros, provenientes de
otras Iglesias y países, deben insertarse en el mundo
sociocultural de aquellos a quienes son enviados, superando los
condicionamientos del propio ambiente de origen. Así, deben
aprender la lengua de la región donde trabajan, conocer las
expresiones más significativas de aquella cultura,
descubriendo sus valores por experiencia directa. Solamente con este
conocimiento los misioneros podrán llevar a los pueblos de
manera creíble y fructífera el conocimiento del
misterio escondido (cf. Rom 16, 25-27; Ef 3, 5).
Para ellos no se trata ciertamente de renegar a la propia identidad
cultural, sino de comprender, apreciar, promover y evangelizar la del
ambiente donde actúan y, por consiguiente, estar en
condiciones de comunicar realmente con él, asumiendo un estilo
de vida que sea signo de testimonio evangélico y de
solidaridad con la gente.
Las comunidades eclesiales que se están
formando, inspiradas en el Evangelio, podrán manifestar
progresivamente la propia experiencia cristiana en manera y forma
originales, conformes con las propias tradiciones culturales, con tal
de que estén siempre en sintonía con las exigencias
objetivas de la misma fe. A este respecto, especialmente en relación
con los sectores de inculturación más delicados, las
Iglesias particulares del mismo territorio deberán actuar en
comunión entre si (90) y con toda la Iglesia, convencidas de
que sólo la atención tanto a la Iglesia universal como
a las Iglesias particulares las harán capaces de traducir el
tesoro de la fe en la legitima variedad de sus expresiones.(91) Por
esto, los grupos evangelizados ofrecerán los elementos para
una « traducción » del mensaje evangélico
(92) teniendo presente las aportaciones positivas recibidas a través
de los siglos gracias al contacto del cristianismo con las diversas
culturas, sin olvidar los peligros de alteraciones que a veces se han
verificado.(93)
54. A este respecto, son fundamentales
algunas indicaciones. La inculturación, en su recto proceso
debe estar dirigida por dos principios: « la compatibilidad con
el Evangelio de las varias culturas a asumir y la comunión con
la Iglesia universal ».(94) Los Obispos, guardianes del «
depósito de la fe » se cuidarán de la fidelidad
y, sobre todo, del discernimiento,(95) para lo cual es necesario un
profundo equilibrio; en efecto, existe el riesgo de pasar
acríticamente de una especie de alienación de la
cultura a una supervaloración de la misma, que es un producto
del hombre, en consecuencia, marcada por el pecado. También
ella debe ser « purificada, elevada y perfeccionada ».(96)
Este proceso necesita una gradualidad,
para que sea verdaderamente expresión de la experiencia
cristiana de la comunidad: « Será necesaria una
incubación del misterio cristiano en el seno de vuestro pueblo
—decía Pablo VI en Kampala—, para que su voz
nativa, más límpida y franca, se levante armoniosa en
el coro de las voces de la Iglesia universal ».(97) Finalmente,
la inculturación debe implicar a todo el pueblo de Dios, no
sólo a algunos expertos, ya que se sabe que el pueblo
reflexiona sobre el genuino sentido de la fe que nunca conviene
perder de vista. Esta inculturación debe ser dirigida y
estimulada, pero no forzada, para no suscitar reacciones negativas en
los cristianos: debe ser expresión de la vida comunitaria, es
decir, debe madurar en el seno de la comunidad, y no ser fruto
exclusivo de investigaciones eruditas. La salvaguardia de los valores
tradicionales es efecto de una fe madura.
El diálogo con los hermanos de
otras religiones
55. El diálogo interreligioso
forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia.
Entendido como método y medio para un conocimiento y
enriquecimiento recíproco , no está en contraposición
con la misión ad gentes; es más, tiene vínculos
especiales con ella y es una de sus expresiones. En efecto, esta
misión tiene como destinatarios a los hombres que no conocen a
Cristo y su Evangelio, y que en su gran mayoría pertenecen a
otras religiones. Dios llama a sí a todas las gentes en
Cristo, queriendo comunicarles la plenitud de su revelación y
de su amor; y no deja de hacerse presente de muchas maneras, no sólo
en cada individuo sino también en los pueblos mediante sus
riquezas espirituales, cuya expresión principal y esencial son
las religiones, aunque contengan « lagunas, insuficiencias y
errores ».(98) Todo ello ha sido subrayado ampliamente por el
Concilio Vaticano II y por el Magisterio posterior, defendiendo
siempre que la salvación viene de Cristo y que el diálogo
no dispensa de la evangelización.(99)
A la luz de la economía de la
salvación, la Iglesia no ve un contraste entre el anuncio de
Cristo y el diálogo interreligioso; sin embargo siente la
necesidad de compaginarlos en el ámbito de su misión ad
gentes. En efecto, conviene que estos dos elementos mantengan su
vinculación íntima y, al mismo tiempo, su distinción,
por lo cual no deben ser confundidos, ni instrumentalizados, ni
tampoco considerados equivalentes, como si fueran intercambiables.
Recientemente he escrito a los Obispos
de Asia: « Aunque la Iglesia reconoce con gusto cuanto hay de
verdadero y de santo en las tradiciones religiosas del Budismo, del
Hinduismo y del Islam —reflejos de aquella verdad que ilumina a
todos los hombres—, sigue en pie su deber y su determinación
de proclamar sin titubeos a Jesucristo, que es "el camino, la
verdad y la vida"... El hecho de que los seguidores de otras
religiones puedan recibir la gracia de Dios y ser salvados por Cristo
independientemente de los medios ordinarios que él ha
establecido, no quita la llamada a la fe y al bautismo que Dios
quiere para todos los pueblos ».(100) En efecto, Cristo mismo,
« al inculcar con palabras explícitas la necesidad de la
fe y el bautismo... confirmó al mismo tiempo la necesidad
de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como
por una puerta ».(101) El diálogo debe ser conducido y
llevado a término con la convicción de que la
Iglesia es el camino ordinario de salvación y que
sólo ella posee la plenitud de los medios de
salvación.(102)
56. El diálogo no nace de una
táctica o de un interés, sino que es una actividad con
motivaciones, exigencias y dignidad propias: es exigido por el
profundo respeto hacia todo lo que en el hombre ha obrado el
Espíritu, que « sopla donde quiere » (Jn 3,
8).(103) Con ello la Iglesia trata de descubrir las « semillas
de la Palabra » (104) el « destello de aquella Verdad que
ilumina a todos los hombres »,(105) semillas y destellos que se
encuentran en las personas y en las tradiciones religiosas de la
humanidad. El diálogo se funda en la esperanza y la caridad, y
dará frutos en el Espíritu. Las otras religiones
constituyen un desafío positivo para la Iglesia de hoy; en
efecto, la estimulan tanto a descubrir y a conocer los signos de la
presencia de Cristo y de la acción del Espíritu, como a
profundizar la propia identidad y a testimoniar la integridad de la
Revelación, de la que es depositaria para el bien de todos.
De aquí deriva el espíritu
que debe animar este diálogo en el ámbito de la misión.
EL interlocutor debe ser coherente con las propias tradiciones y
convicciones religiosas y abierto para comprender las del otro, sin
disimular o cerrarse, sino con una actitud de verdad, humildad y
lealtad, sabiendo que el diálogo puede enriquecer a cada uno.
No debe darse ningún tipo de abdicación ni de irenismo,
sino el testimonio recíproco para un progreso común en
el camino de búsqueda y experiencia religiosa y, al mismo
tiempo, para superar prejuicios, intolerancias y malentendidos. El
diálogo tiende a la purificación y conversión
interior que, si se alcanza con docilidad al Espíritu, será
espiritualmente fructífero.
57. Un vasto campo se le abre al
diálogo, pudiendo asumir múltiples formas y
expresiones, desde los intercambios entre expertos de las tradiciones
religiosas o representantes oficiales de las mismas, hasta la
colaboración para el desarrollo integral y la salvaguardia de
los valores religiosos; desde la comunicación de las
respectivas experiencias espirituales hasta el llamado «
diálogo de vida », por el cual los creyentes de las
diversas religiones atestiguan unos a otros en la existencia
cotidiana los propios valores humanos y espirituales, y se ayudan a
vivirlos para edificar una sociedad más justa y fraterna.
Todos los fieles y las comunidades
cristianas están llamados a practicar el diálogo,
aunque no al mismo nivel y de la misma forma. Para ello es
indispensable la aportación de los laicos que « con el
ejemplo de su vida y con la propia acción, pueden favorecer la
mejora de las relaciones entre los seguidores de las diversas
religiones »,(106) mientras algunos de ellos podrán
también ofrecer una aportación de búsqueda y de
estudio.(107)
Sabiendo que no pocos misioneros y
comunidades cristianas encuentran en ese camino difícil y a
menudo incomprensible del diálogo la única manera de
dar sincero testimonio de Cristo y un generoso servicio al hombre,
deseo alentarlos a perseverar con fe y caridad, incluso allí
donde sus esfuerzos no encuentran acogida y respuesta. El diálogo
es un camino para el Reino y seguramente dará sus frutos,
aunque los tiempos y momentos los tiene fijados el Padre (cf. Act
1, 7).
Promover el desarrollo, educando las
conciencias
58. La misión ad gentes se
despliega aun hoy día, mayormente, en aquellas regiones del
Sur del mundo donde es más urgente la acción para el
desarrollo integral y la liberación de toda opresión.
La Iglesia siempre ha sabido suscitar, en las poblaciones que ha
evangelizado, un impulso hacia el progreso, y ahora mismo los
misioneros, más que en el pasado, son conocidos también
como promotores de desarrollo por gobiernos y expertos
internacionales, los cuales se maravillan del hecho de que se
consigan notables resultados con escasos medios.
En la Encíclica Sollicitudo
rei socialis he afirmado que « la Iglesia no tiene
soluciones técnicas que ofrecer al problema del subdesarrollo
en cuanto tal », sino que « da su primera contribución
a la solución del problema urgente del desarrollo cuando
proclama la verdad sobre Cristo, sobre sí misma y sobre el
hombre, aplicándola a una situación concreta ».(108)
La Conferencia de los Obispos latinoamericanos en Puebla afirmó
que « el mejor servicio al hermano es la evangelización,
que lo prepara a realizarse como hijo de Dios, lo libera de las
injusticias y lo promueve integralmente ».(109) La misión
de la Iglesia no es actuar directamente en el plano económico,
técnico, político o contribuir materialmente al
desarrollo, sino que consiste esencialmente en ofrecer a los pueblos
no un « tener más », sino un « ser más
», despertando las conciencias con el Evangelio. El desarrollo
humano auténtico debe echar sus raíces en una
evangelización cada vez más profunda ».(110)
La Iglesia y los misioneros son también
promotores de desarrollo con sus escuelas, hospitales, tipografías,
universidades, granjas agrícolas experimentales. Pero el
desarrollo de un pueblo no deriva primariamente ni del dinero, ni de
las ayudas materiales, ni de las estructuras técnicas, sino
más bien de la formación de las conciencias, de la
madurez de la mentalidad y de las costumbres. Es el hombre el
protagonista del desarrollo, no el dinero ni la técnica.
La Iglesia educa las conciencias revelando a los pueblos al Dios que
buscan, pero que no conocen; la grandeza del hombre creado a imagen
de Dios y amado por él; la igualdad de todos los hombres como
hijos de Dios; el dominio sobre la naturaleza creada y puesta al
servicio del hombre; el deber de trabajar para el desarrollo del
hombre entero y de todos los hombres.
59. Con el mensaje evangélico la
Iglesia ofrece una fuerza liberadora y promotora de desarrollo,
precisamente porque lleva a la conversión del corazón y
de la mentalidad; ayuda a reconocer la dignidad de cada persona;
dispone a la solidaridad, al compromiso, al servicio de los hermanos;
inserta al hombre en el proyecto de Dios, que es la construcción
del Reino de paz y de justicia, a partir ya de esta vida. Es la
perspectiva bíblica de los « nuevos cielos y nueva
tierra » (cf. Is 65, 17; 2 Pe 3, 13; Ap
21, 1), la que ha introducido en la historia el estímulo y la
meta para el progreso de la humanidad. El desarrollo del hombre viene
de Dios, del modelo de Jesús Dios y hombre, y debe llevar a
Dios.(111) He ahí por qué entre el anuncio evangélico
y promoción del hombre hay una estrecha conexión.
La aportación de la Iglesia y de
su obra evangelizadora al desarrollo de los pueblos abarca no sólo
el Sur del mundo, para combatir la miseria y el subdesarrollo, sino
también el Norte, que está expuesto a la miseria moral
y espiritual causada por el « superdesarrollo ».(112) Una
cierta modernidad arreligiosa, dominante en algunas partes del mundo,
se basa sobre la idea de que, para hacer al hombre más hombre,
baste enriquecerse y perseguir el crecimiento técnico-económico.
Pero un desarrollo sin alma no puede bastar al hombre, y el exceso de
opulencia es nocivo para él, como lo es el exceso de pobreza.
El Norte del mundo ha construido un « modelo de desarrollo »
y lo difunde en el Sur, donde el espíritu religioso y los
valores humanos, allí presentes, corren el riesgo de ser
inundados por la ola del consumismo. « Contra el hambre cambia
la vida » es el lema surgido en ambientes eclesiales, que
indica a los pueblos ricos el camino para convertirse en hermanos de
los pobres; es necesario volver a una vida más austera que
favorezca un nuevo modelo de desarrollo, atento a los valores éticos
y religiosos. La actividad misionera lleva a los pobres luz y
aliento para un verdadero desarrollo, mientras que la nueva
evangelización debe crear en los ricos, entre otras cosas,
la conciencia de que ha llegado el momento de hacerse realmente
hermanos de los pobres en la común conversión hacia el
« desarrollo integral », abierto al Absoluto.(113)
La Caridad, fuente y criterio de la
misión
60. « La Iglesia en todo el mundo
—dije en mi primera visita pastoral al Brasil— quiere ser
la Iglesia de los pobres... quiere extraer toda la verdad contenida
en las bienaventuranzas de Cristo y sobre todo en esta primera:
"Bienaventurados los pobres de espíritu...". Quiere
enseñar esta verdad y quiere ponerla en práctica, igual
que Jesús vino a hacer y enseñar ».(114)
Las jóvenes Iglesias que en su
mayoría viven entre pueblos afligidos por una pobreza muy
difundida, expresan a menudo esta preocupación como parte
integrante de su misión. La III Conferencia General del
Episcopado Latinoamericano en Puebla, después de haber
recordado el ejemplo de Jesús, escribe que « los pobres
merecen una atención preferencial, cualquiera que sea la
situación moral o personal en que se encuentren. Hechos a
imagen y semejanza de Dios para ser sus hijos, esta imagen está
ensombrecida y aun escarnecida. Por eso, Dios toma su defensa y los
ama. Es así como los pobres son los primeros destinatarios de
la misión y su evangelización es por excelencia señal
y prueba de la misión de Jesús ».(115)
Fiel al espíritu de las
bienaventuranzas, la Iglesia está llamada a compartir con los
pobres y los oprimidos de todo tipo. Por esto, exhorto a todos los
discípulos de Cristo y a las comunidades cristianas, desde las
familias a las diócesis, desde las parroquias a los Institutos
religiosos, a hacer una sincera revisión de la propia vida en
el sentido de la solidaridad con los pobres. Al mismo tiempo, doy
gracias a los misioneros quienes, con su presencia amorosa y su
humilde servicio, trabajan por el desarrollo integral de la persona y
de la sociedad por medio de escuelas, centros sanitarios,
leproserías, casas de asistencia para minusválidos y
ancianos, iniciativas para la promoción de la mujer y otras
similares. Doy gracias a los sacerdotes, a los religiosos, a las
religiosas y a los laicos por su entrega. También aliento a
los voluntarios de Organizaciones no gubernamentales, cada día
más numerosos, los cuales se dedican a estas obras de caridad
y de promoción humana.
En efecto, son estas numerosas «
obras de caridad » las que atestiguan el espíritu de
toda la actividad misionera: El amor, que es y sigue siendo la
fuerza de la misión, y es también « el
único criterio según el cual todo debe hacerse y no
hacerse, cambiarse y no cambiarse. Es el principio que debe dirigir
toda acción y el fin al que debe tender. Actuando con caridad
o inspirados por la caridad, nada es disconforme y todo es bueno
».(116)
CAPÍTULO VI
RESPONSABLES Y AGENTES DE LA PASTORAL
MISIONERA
61. No se da testimonio sin testigos,
como no existe misión sin misioneros. Para que colaboren en su
misión y continúen su obra salvífica, Jesús
escoge y envía a unas personas como testigos suyos y
Apóstoles: « Seréis mis testigos en Jerusalén,
en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra »
(Act 1, 8).
Los Doce son los primeros agentes de la
misión universal: constituyen un « sujeto colegial »
de la misión, al haber sido escogidos por Jesús para
estar con él y ser enviados « a las ovejas perdidas de
la casa de Israel » (Mt 10, 6). Esta colegialidad
no impide que en el grupo se distingan figuras singularmente, como
Santiago, Juan y, por encima de todos, Pedro, cuya persona asume
tanto relieve que justifica la expresión: « Pedro y los
demás Apóstoles » (Act 2, 14. 37). Gracias
a él se abren los horizontes de la misión universal en
la que posteriormente destacará Pablo, quien por voluntad
divina fue llamado y enviado a los gentiles (cf. Gál 1,
15-16).
En la expansión misionera de los
orígenes junto a los Apóstoles encontramos a otros
agentes menos conocidos que no deben olvidarse: son personas, grupos,
comunidades. Un típico ejemplo de Iglesia local es la
comunidad de Antioquía que de evangelizada, pasa a ser
evangelizadora y envía sus misioneros a los gentiles (cf. Act
13, 2-3). La Iglesia primitiva vive la misión como tarea
comunitaria, aun reconociendo en su seno a « enviados
especiales » o « misioneros consagrados a los gentiles »,
como lo son Pablo y Bernabé.
62. Lo que se hizo al principio del
cristianismo para la misión universal, también sigue
siendo válido y urgente hoy. La Iglesia es misionera por su
propia naturaleza ya que el mandato de Cristo no es algo
contingente y externo, sino que alcanza al corazón mismo de la
Iglesia. Por esto, toda la Iglesia y cada Iglesia es enviada a las
gentes. Las mismas Iglesias más jóvenes, precisamente «
para que ese celo misionero florezca en los miembros de su patria »,
deben participar « cuanto antes y de hecho en la misión
universal de la Iglesia, enviando también ellas misioneros a
predicar por todas las partes del mundo el Evangelio, aunque sufran
escasez de clero ».(117) Muchas ya actúan así, y
yo las aliento vivamente a continuar.
En este vínculo esencial de
comunión entre la Iglesia universal y las Iglesias
particulares se desarrolla la auténtica y plena condición
misionera. « En un mundo que, con la desaparición de las
distancias, se hace cada vez más pequeño, las
comunidades eclesiales deben relacionarse entre sí,
intercambiarse energías y medios, comprometerse aunadamente en
la única y común misión de anunciar y de vivir
el Evangelio... Las llamadas Iglesias más jóvenes...
necesitan la fuerza de las antiguas, mientras que éstas tienen
necesidad del testimonio y del empuje de las más jóvenes,
de tal modo que cada Iglesia se beneficie de las riquezas de las
otras Iglesias ».(118)
Los primeros responsables de la
actividad misionera
63. Así como el Señor
resucitado confirió al Colegio apostólico encabezado
por Pedro el mandato de la misión universal, así esta
responsabilidad incumbe al Colegio episcopal encabezado por el
Sucesor de Pedro.(119) Consciente de esta responsabilidad, en los
encuentros con los Obispos siento el deber de compartirla, con miras
tanto a la nueva evangelización como a la misión
universal. Me he puesto en marcha por los caminos del mundo «
para anunciar el Evangelio, para "confirmar a los hermanos"
en la, fe, para consolar a la Iglesia, para encontrar al hombre. Son
viajes de fe... Son otras tantas ocasiones de catequesis itinerante,
de anuncio evangélico para la prolongación, en todas
las latitudes, del Evangelio y del Magisterio apostólico
dilatado a las actuales esferas planetarias ».(120)
Mis hermanos Obispos son directamente
responsables conmigo de la evangelización del mundo, ya sea
como miembros del Colegio episcopal, ya sea como pastores de las
Iglesias particulares. El Concilio Vaticano II dice al respecto: «
El cuidado de anunciar el Evangelio en todo el mundo pertenece al
Cuerpo de los Pastores, ya que a todos ellos, en común, dio
Cristo el mandato ».(121) El Concilio afirma también que
los Obispos « han sido consagrados no sólo para la
salvación de todo el mundo ».(122) Esta responsabilidad
colegial tiene consecuencias prácticas. Asimismo, « el
Sínodo de los Obispos, ... entre los asuntos de importancia
general, había de considerar especialmente la actividad
misionera, deber supremo y santísimo de la Iglesia ».(123)
La misma responsabilidad se refleja, en diversa medida, en las
Conferencias Episcopales y en sus organismos a nivel continental, que
por ello tienen que ofrecer su propia contribución a la causa
misionera. (124)
Amplio es también el deber
misionero de cada Obispo, como pastor de una Iglesia particular.
Compete a él, « como rector y centro de la unidad en el
apostolado diocesano, promover; dirigir y coordinar la actividad
misionera... Procure, además, que la actividad apostólica
no se limite sólo a los convertidos, sino que se destine una
parte conveniente de operarios y de recursos a la evangelización
de los no cristianos ».(125)
64. Toda Iglesia particular debe
abrirse generosamente a las necesidades de las demás. La
colaboración entre las Iglesias, por medio de una reciprocidad
real que las prepare a dar y a recibir, es también fuente de
enriquecimiento para todas y abarca varios sectores de la vida
eclesial. A este respecto, es ejemplar la declaración de los
Obispos en Puebla: « Finalmente, ha llegado para América
Latina la hora ... de proyectarse más allá de sus
propias fronteras, ad gentes. Es verdad que nosotros mismos
necesitamos misioneros. Pero debemos dar desde nuestra pobreza
».(126)
Con este espíritu invito a los
Obispos y a las Conferencias Episcopales a poner generosamente en
práctica todo lo que ha sido previsto en las Normas
directivas, que la Congregación para el Clero emanó
para la colaboración entre las Iglesias particulares y,
especialmente, para la mejor distribución del clero en el
mundo.(127)
La misión de la Iglesia es más
vasta que la « comunión entre las Iglesias »:
ésta, además de la ayuda para la nueva evangelización,
debe tener sobre todo una orientación con miras a la
especifica índole misionera. Hago una llamada a todas las
Iglesias, jóvenes y antiguas, para que compartan esta
preocupación conmigo, favoreciendo el incremento de las
vocaciones misioneras y tratando de superar las diversas
dificultades.
Misioneros e Institutos « ad
gentes »
65. Entre los agentes de la pastoral
misionera, ocupan aún hoy, como en el pasado, un puesto de
fundamental importancia aquellas personas e instituciones a las que
el Decreto Ad gentes dedica el capítulo del título:
« Los misioneros ».(128) A este respecto, se
impone ante todo, una profunda reflexión, para los misioneros
mismos, que debido a los cambios de la misión pueden sentirse
inclinados a no comprender ya el sentido de su vocación, a no
saber ya qué espera precisamente hoy de ellos la Iglesia.
Punto de referencia son estas palabras
del Concilio: « Aunque a todo discípulo de Cristo
incumbe la tarea de propagar la fe según su condición,
Cristo Señor, de entre los discípulos, llama siempre a
los que quiere, para que lo acompañen y para enviarlos a
predicar a las gentes. Por lo cual, por medio del Espíritu
Santo, que distribuye los carismas según quiere para común
utilidad, inspira la vocación misionera en el corazón
de cada uno y suscita al mismo tiempo en la Iglesia institutos que
asuman como misión propia el deber de la evangelización,
que pertenece a toda la Iglesia ».(129)
Se trata, pues, de una « vocación
especial », que tiene como modelo la de los Apóstoles:
se manifiesta en el compromiso total al servicio de la
evangelización; se trata de una entrega que abarca a toda la
persona y toda la vida del misionero, exigiendo de él una
donación sin límites de fuerzas y de tiempo. Quienes
están dotados de tal vocación, « enviados por la
autoridad legítima, se dirigen por la fe y obediencia a los
que están alejados de Cristo, segregados para la obra a que
han sido llamados, como ministros del Evangelio ».(130) Los
misioneros deben meditar siempre sobre la correspondencia que
requiere el don recibido por ellos y ponerse al día en lo
relativo a su formación doctrinal y apostólica.
66. Los Institutos misioneros, pues,
deben emplear todos los recursos necesarios, poniendo a disposición
su experiencia y creatividad con fidelidad al carisma originario,
para preparar adecuadamente a los candidatos y asegurar el relevo de
las energías espirituales, morales y físicas de sus
miembros.(131) Que éstos se sientan parte activa de la
comunidad eclesial y que actúen en comunión con la
misma. De hecho, « todos los Institutos religiosos han nacido
por la Iglesia y para ella; obligación de los mismos es
enriquecerla con sus propias características en conformidad
con su espíritu peculiar y su misión específica
» y los mismos Obispos son custodios de esta fidelidad al
carisma originarlo.(132)
Los Institutos misioneros generalmente
han nacido en las Iglesias de antigua cristiandad e históricamente
han sido instrumentos de la Congregación de Propaganda Fide
para la difusión de la fe y la fundación de nuevas
Iglesias. Ellos acogen hoy de manera creciente candidatos
provenientes de las jóvenes Iglesias que han fundado, mientras
nuevos Institutos han surgido precisamente en los países que
antes recibían solamente misioneros y que hoy los envían.
Es de alabar esta doble tendencia que demuestra la validez y la
actualidad de la vocación misionera específica de estos
Institutos, que todavía « continúan siendo muy
necesarios »,(133) no sólo para la actividad misionera
ad gentes, como es su tradición, sino también
para la animación misionera tanto en las Iglesias de antigua
cristiandad, como en las más jóvenes.
La vocación especial de los
misioneros ad vitam conserva toda su validez: representa el
paradigma del compromiso misionero de la Iglesia, que siempre
necesita donaciones radicales y totales, impulsos nuevos y valientes
Que los misioneros y misioneras, que han con sagrado toda la vida
para dar testimonio del Resucitado entre las gentes, no se dejen
atemorizar por dudas, incomprensiones, rechazos, persecuciones.
Aviven la gracia de su carisma especifico y emprendan de nuevo con
valentía su camino, prefiriendo —con espíritu de
fe obediencia y comunión con los propios Pastores— los
lugares más humildes y difíciles.
Sacerdotes diocesanos para la misión
universal
67. Colaboradores del Obispo, los
presbíteros, en virtud del sacramento del Orden, están
llamados a compartir la solicitud por la misión: « El
don espiritual que los presbíteros recibieron en la ordenación
no los prepara a una misión limitada y restringida, sino a la
misión universal y amplísima de salvación "hasta
los confines de la tierra", pues cualquier ministerio sacerdotal
participa de la misma amplitud universal de la misión confiada
por Cristo a los Apóstoles ».(134) Por esto, la misma
formación de los candidatos al sacerdocio debe tender a darles
« un espíritu genuinamente católico que
les habitúe a mirar más allá de los limites de
la propia diócesis, nación, rito y lanzarse en ayuda de
las necesidades de toda la Iglesia con ánimo dispuesto para
predicar el Evangelio en todas partes ».(135) Todos los
sacerdotes deben de tener corazón y mentalidad misioneros,
estar abiertos a las necesidades de la Iglesia y del mundo, atentos a
los más alejados y, sobre todo, a los grupos no cristianos del
propio ambiente. Que en la oración y, particularmente, en el
sacrificio eucarístico sientan la solicitud de toda la Iglesia
por la humanidad entera.
Especialmente los sacerdotes que se
encuentran en áreas de minoría cristiana deben sentirse
movidos por un celo especial y el compromiso misionero. El Señor
les confía no sólo el cuidado pastoral de la comunidad
cristiana, sino también y sobre todo la evangelización
de sus compatriotas que no forman parte de su grey. Los sacerdotes «
no dejarán además de estar concretamente disponibles al
Espíritu Santo y al Obispo, para ser enviados a predicar el
Evangelio más allá de los confines del propio país.
Esto exigirá en ellos no sólo madurez en la vocación,
sino también una capacidad no común de desprendimiento
de la propia patria, grupo étnico y familia, y una particular
idoneidad para insertarse en otras culturas, con inteligencia y
respeto ». (136)
68 En la Encíclica Fidei
donum, Pío XII con intuición profética,
alentó a los Obispos a ofrecer algunos de sus sacerdotes para
un servicio temporal a las Iglesias de África, aprobando las
iniciativas ya existentes al respecto. A veinticinco años de
distancia, quise subrayar la gran novedad de aquel Documento, que ha
hecho superar « la dimensión territorial del servicio
sacerdotal para ponerlo a disposición de toda la Iglesia
».(137) Hoy se ven confirmadas la validez y los frutos de esta
experiencia; en efecto, los presbíteros llamados Fidei
donum ponen en evidencia de manera singular el vínculo de
comunión entre las Iglesias, ofrecen una aportación
valiosa al crecimiento de comunidades eclesiales necesitadas,
mientras encuentran en ellas frescor y vitalidad de fe. Es necesario,
ciertamente, que el servicio misionero del sacerdote diocesano
responda a algunos criterios y condiciones. Se deben enviar
sacerdotes escogidos entre los mejores, idóneos y debidamente
preparados para el trabajo peculiar que les espera.(138) Deberán
insertarse en el nuevo ambiente de la Iglesia que los recibe con
ánimo abierto y fraterno, y constituirán un único
presbiterio con los sacerdotes del lugar, bajo la autoridad del
Obispo.(139) Mi deseo es que el espíritu de servicio aumente
en el presbiterio de las Iglesias antiguas y que sea promovido en el
presbiterio de las Iglesias más jóvenes.
Fecundidad misionera de la consagración
69. En la inagotable y multiforme
riqueza del Espíritu se sitúan las vocaciones de los
Institutos de vida consagrada, cuyos miembros, « dado
que por su misma consagración se dedican al servicio de la
Iglesia ... están obligados a contribuir de modo especial a la
tarea misional, según el modo propio de su Instituto ».(140)
La historia da testimonio de los grandes méritos de las
Familias religiosas en la propagación de la fe y en la
formación de nuevas Iglesias: desde las antiguas Instituciones
monásticas, las Ordenes medievales y hasta las Congregaciones
modernas.
a) Siguiendo el Concilio, invito
a los Institutos de vida contemplativa a establecer
comunidades en las jóvenes Iglesias, para dar « preclaro
testimonio entre los no cristianos de la majestad y de la caridad de
Dios, así como de unión en Cristo ».(141) Esta
presencia es beneficiosa por doquiera en el mundo no cristiano,
especial mente en aquellas regiones donde las religiones tienen en
gran estima la vida contemplativa por medio de la ascesis y la
búsqueda del Absoluto.
b) A los Institutos de vida
activa indico los inmensos espacios para la caridad, el anuncio
evangélico, la educación cristiana, la cultura y la
solidaridad con los pobres , los discriminados, los marginados y
oprimidos. Estos Institutos, persigan o no un fin estrictamente
misionero, se deben plantear la posibilidad y disponibilidad a
extender su propia actividad para la expansión del Reino de
Dios. Esta petición ha sido acogida en tiempos más
recientes por no pocos Institutos, pero quisiera que se considerase
mejor y se actuase con vistas a un auténtico servicio. La
Iglesia debe dar a conocer los grandes valores evangélicos de
que es portadora; y nadie los atestigua más eficazmente que
quienes hacen profesión de vida consagrada en la castidad,
pobreza y obediencia, con una donación total a Dios y con
plena disponibilidad a servir al hombre y a la sociedad, siguiendo el
ejemplo de Cristo.(142)
70. Quiero dirigir unas palabras de
especial gratitud a las religiosas misioneras, en quienes la
virginidad por el Reino se traduce en múltiples frutos de
maternidad según el espíritu. Precisamente la misión
ad gentes les ofrece un campo vastísimo para «
entregarse por amor de un modo total e indiviso ».(143) El
ejemplo y la laboriosidad de la mujer virgen, consagrada a la caridad
hacia Dios y el prójimo, especialmente el más pobre,
son indispensables como signo evangélico entre aquellos
pueblos y culturas en que la mujer debe realizar todavía un
largo camino en orden a su promoción humana y a su liberación.
Es de desear que muchas jóvenes mujeres cristianas sientan el
atractivo de entregarse a Cristo con generosidad, encontrando en su
consagración la fuerza y la alegría para dar testimonio
de él entre los pueblos que aún no lo conocen.
Todos los laicos son misioneros en
virtud del bautismo
71. Los Pontífices de la época
más reciente han insistido mucho sobre la importancia del
papel de los laicos en la actividad misionera.(144) En la Exhortación
Apostólica Christifideles laici, también yo me
he ocupado explícitamente de la « perenne misión
de llevar el Evangelio a cuantos —y son millones y millones de
hombres y mujeres— no conocen todavía a Cristo Redentor
del hombre,(145) y de la correspondiente responsabilidad de los
fieles laicos. La misión es de todo el pueblo de Dios: aunque
la fundación de una nueva Iglesia requiere la Eucaristía
y, consiguientemente, el ministerio sacerdotal, sin embargo la
misión, que se desarrolla de diversas formas, es tarea de
todos los fieles.
La participación de los laicos
en la expansión de la fe aparece claramente, desde los
primeros tiempos del cristianismo, por obra de los fieles y familias,
y también de toda la comunidad. Esto lo recordaba ya el Papa
Pío XII, refiriéndose a las vicisitudes de las
misiones, en la primera Encíclica misionera sobre la historia
de las misiones laicales.(146) En los tiempos modernos no ha faltado
la participación activa de los misioneros laicos y de las
misioneras laicas. ¿Cómo no recordar el importante
papel desempeñado por éstas, su trabajo en las
familias, en las escuelas, en la vida política, social y
cultural y, en particular, su enseñanza de la doctrina
cristiana? Es más, hay que reconocer —y esto es un
motivo de gloria— que algunas Iglesias han tenido su origen,
gracias a la actividad de los laicos y de las laicas misioneros.
El Concilio Vaticano II ha confirmado
esta tradición, poniendo de relieve el carácter
misionero de todo el Pueblo de Dios, concretamente el apostolado de
los laicos,(147) y subrayando la contribución específica
que éstos están llamados a dar en la actividad
misionera.(148) La necesidad de que todos los fieles compartan tal
responsabilidad no es sólo cuestión de eficacia
apostólica, sino de un deber-derecho basado en la dignidad
bautismal, por la cual « los fieles laicos participan, según
el modo que les es propio, en el triple oficio —sacerdotal,
profético y real— de Jesucristo ».(149) Ellos, por
consiguiente, « tienen la obligación general, y gozan
del derecho, tanto personal como asociadamente, de trabajar para que
el mensaje divino de salvación sea conocido y recibido por
todos los hombres en todo el mundo; obligación que les apremia
todavía más en aquellas circunstancias en las que sólo
a través de ellos pueden los hombres oír el Evangelio y
conocer a Jesucristo ».(150) Además, dada su propia
índole secular, tienen la vocación específica de
« buscar el Reino de Dios tratando los asuntos temporales y
ordenándolos según Dios ».(151)
72. Los sectores de presencia y de
acción misionera de los laicos son muy amplios. « El
campo propio ... es el mundo vasto y complejo de la política,
de lo social, de la economía ... »(152) a nivel local,
nacional e internacional. Dentro de la Iglesia se presentan diversos
tipos de servicios, funciones, ministerios y formas de animación
de la vida cristiana. Recuerdo, como novedad surgida recientemente en
no pocas Iglesias, el gran desarrollo de los « Movimientos
eclesiales », dotados de dinamismo misionero. Cuando se
integran con humildad en la vida de las Iglesias locales y son
acogidos cordialmente por Obispos y sacerdotes en las estructuras
diocesanas y parroquiales, los Movimientos representan un verdadero
don de Dios para la nueva evangelización y para la actividad
misionera propiamente dicha. Por tanto, recomiendo difundirlos y
valerse de ellos para dar nuevo vigor, sobre todo entre los jóvenes,
a la vida cristiana y a la evangelización, con una visión
pluralista de los modos de asociarse y de expresarse.
En la actividad misionera hay que
revalorar las varias agrupaciones del laicado, respetando su índole
y finalidades: asociaciones del laicado misionero, organismos
cristianos y hermandades de diverso tipo; que todos se entreguen a la
misión ad gentes y la colaboración con las
Iglesias locales. De este modo se favorecerá el crecimiento de
un laicado maduro y responsable, cuya « formación ... se
presenta en las jóvenes Iglesias como elemento esencial e
irrenunciable de la plantatio Ecclesiae.(153)
La obra de los catequistas y la
variedad de los ministerios
73. Entre los laicos que se hacen
evangelizadores se encuentran en primera línea los
catequistas. El Decreto conciliar misionero los define como «
esa legión tan benemérita de la, obra de las misiones
entre los gentiles », los cuales, « llenos de espíritu
apostólico, prestan con grandes sacrificios una ayuda singular
y enteramente necesaria para la expansión de la fe y de la
Iglesia ».(154) No sin razón las Iglesias más
antiguas, al entregarse a una nueva evangelización, han
incrementado el número de catequistas e intensificado la
catequesis. « El título de "catequista" se
aplica por excelencia a los catequistas de tierras de misión
... Sin ellos no se habrían edificado Iglesias hoy día
florecientes ».(155)
Aunque ha habido un incremento de los,
servicios eclesiales y extraeclesiales, el ministerio de los
catequistas continúa siendo siempre necesario y tiene unas
características peculiares: los catequistas son agentes
especializados, testigos directos, evangelizadores insustituibles,
que representan la fuerza básica de las comunidades
cristianas, especialmente en las Iglesias jóvenes, como varias
veces he afirmado y constatado en mis viajes misioneros. El nuevo
Código de Derecho Canónico reconoce sus cometidos,
cualidades y requisitos.(156)
Pero no se puede olvidar que el trabajo
de los catequistas resulta cada vez más difícil y
exigente debido a los cambios eclesiales y culturales en curso. Es
válido también en nuestros días lo que el
Concilio mismo sugería: una preparación doctrinal y
pedagógica más cuidada, la constante renovación
espiritual y apostólica. La necesidad de « procurar ...
una condición de vida decorosa y la seguridad social » a
los catequistas.(157) Igualmente, es importante favorecer la creación
y el potenciamiento de las escuelas para catequistas, que, aprobadas
por las Conferencias Episcopales, otorguen títulos
oficialmente reconocidos por éstas últimas.(158)
74. Además de los catequistas,
hay que recordar las demás formas de servicio a la vida de la
Iglesia y a la misión, así como otros agentes:
animadores de la oración, del canto y de la liturgia;
responsables de comunidades eclesiales de base y de grupos bíblicos;
encargados de las obras caritativas; administradores de los bienes de
la Iglesia; dirigentes de los diversos grupos y asociaciones
apostólicas; profesores de religión en las escuelas.
Todos los fieles laicos deben dedicar a la Iglesia parte de su
tiempo, viviendo con coherencia la propia fe.
Congregación para la
Evangelización de los Pueblos y otras estructuras para la
actividad misionera
75. Los responsables y los agentes de
la pastoral misionera deben sentirse unidos en la comunión que
caracteriza al Cuerpo místico. Por ello Cristo pidió en
la última cena: « Como tú, Padre, en mí y
yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el
mundo crea que tú me has enviado » (Jn 17, 21).
En esta comunión está el fundamento de la fecundidad de
la misión.
Pero la Iglesia es también una
comunión visible y orgánica, y por esto la misión
requiere igualmente una unión externa y ordenada entre las
diversas responsabilidades y funciones, de manera que todos los
miembros « dediquen sus esfuerzos con unanimidad a la
edificación de la Iglesia ».(159)
Corresponde al Dicasterio misional «
dirigir y coordinar en todo el mundo la obra de evangelización
de los pueblos y la cooperación misionera, salvo la
competencia de la Congregación para las Iglesias Orientales
».(160) Por ello es de su competencia el que « forme y
distribuya a los misioneros según las necesidades más
urgentes de las regiones..., haga la planificación, dicte
normas, directrices y principios para la adecuada evangelización
y dé impulsos ».(161) No puedo sino confirmar estas
sabias disposiciones: para impulsar la misión ad gentes es
necesario un centro de promoción, dirección y
coordinación como es la Congregación para la
Evangelización de los Pueblos. Invito, pues, a las
Conferencias Episcopales y a sus organismos, a los Superiores Mayores
de las Ordenes, Congregaciones e Institutos, a los organismos
laicales comprometidos en la actividad misionera, a colaborar
fielmente con dicha Congregación, que tiene la autoridad
necesaria para programar y dirigir la actividad y la cooperación
misionera a nivel universal.
La misma Congregación, que
cuenta con una larga y gloriosa experiencia está llamada a
desempeñar un papel de primera importancia a nivel de
reflexión, de programas operativos, de los cuales tiene
necesidad la Iglesia para orientarse más decididamente hacia
la misión en sus diversas formas. Para conseguir este fin, la
Congregación debe mantener una estrecha relación con
los otros Dicasterios de la Santa Sede, con las Iglesias particulares
y con las fuerzas misioneras. En una eclesiología de comunión,
en la que la Iglesia es toda ella misionera, pero al mismo tiempo se
ven siempre como indispensables las vocaciones e instituciones
específicas para la labor ad gentes, sigue siendo muy
importante el papel de guía y coordinación del
Dicasterio misional para afrontar conjuntamente las grandes
cuestiones de interés común, salvo las competencias
propias de cada autoridad y estructura.
76. Para la orientación y
coordinación de la actividad misionera a nivel nacional y
regional, son de gran importancia las Conferencias Episcopales y sus
diversas agrupaciones. A ellas les pide el Concilio que «
traten ..., de común acuerdo, los asuntos más graves y
los problemas más urgentes, pero sin descuidar las diferencias
locales »,(162) así como el problema de la
inculturación. De hecho, existe ya una amplia y continuada
acción en este campo y los frutos son visibles. Es una acción
que debe ser intensificada y mejor concertada con la de otros
organismos de las mismas Conferencias, de manera que la solicitud
misionera no quede reducida a la dirección de un determinado
sector u organismo, sino que sea compartida por todos.
Que los mismos organismos e
instituciones que se ocupan de la actividad misionera aúnen
oportunamente esfuerzos e iniciativas. Que las Conferencias de los
Superiores Mayores tengan también este mismo objetivo en su
ámbito, en contacto con las Conferencias Episcopales, según
las indicaciones y normas establecidas,(163) recurriendo incluso a
comisiones mixtas.(164) De modo análogo, finalmente, hay que
promover encuentros y formas de colaboración entre las
diferentes instituciones misioneras, ya sea para la formación
y el estudio,(165) ya sea para la acción apostólica que
hay que desarrollar.
CAPÍTULO VII
LA COOPERACIÓN EN LA ACTIVIDAD
MISIONERA
77. Miembros de la Iglesia en virtud
del bautismo, todos los cristianos son corresponsables de la
actividad misionera. La participación de las comunidades y de
cada fiel en este derecho-deber se llama « cooperación
misionera ».
Tal cooperación se fundamenta y
se vive, ante todo, mediante la unión personal con Cristo:
sólo si se está unido a él, como el sarmiento a
la viña (cf. Jn 15, 5), se pueden producir buenos
frutos. La santidad de vida permite a cada cristiano ser fecundo en
la misión de la Iglesia: « El Concilio invita a todos a
una profunda renovación interior, a fin de que, teniendo viva
conciencia de la propia responsabilidad en la difusión del
Evangelio, acepten su participación en la obra misionera entre
los gentiles ».(166)
La participación en la misión
universal no se reduce, pues, a algunas actividades particulares,
sino que es signo de la madurez de la fe y de una vida cristiana que
produce frutos. De esta manera el creyente amplía los confines
de su caridad, manifestando la solicitud por quienes están
lejos y por quienes están cerca: ruega por las misiones y por
las vocaciones misioneras, ayuda a los misioneros, sigue sus
actividades con interés y, cuando regresan, los acoge con
aquella alegría con la que las primeras comunidades cristianas
escuchaban de los Apóstoles las maravillas que Dios había
obrado mediante su predicación (cf. Act 14, 27).
Oración y sacrificios por los
misioneros
78. Entre las formas de participación,
el primer lugar corresponde a la cooperación espiritual:
oración, sacrificios, testimonio de vida cristiana. La oración
debe acompañar el camino de los misioneros, para que el
anuncio de la Palabra resulte eficaz por medio de la gracia divina.
San Pablo, en sus Cartas, pide a menudo a los fieles que recen
por él, para que pueda anunciar el Evangelio con confianza y
franqueza.
A la oración es necesario unir
el sacrificio. El valor salvífico de todo sufrimiento,
aceptado y ofrecido a Dios con amor, deriva del sacrificio de Cristo,
que llama a los miembros de su Cuerpo místico a unirse a sus
padecimientos y completarlos en la propia carne (cf. Col 1,
24). El sacrificio del misionero debe ser compartido y sostenido por
el de todos los fieles. Por esto, recomiendo a quienes ejercen su
ministerio pastoral entre los enfermos, que los instruyan sobre el
valor del sufrimiento, animándoles a ofrecerlo a Dios por los
misioneros. Con tal ofrecimiento los enfermos se hacen también
misioneros, como lo subrayan algunos movimientos surgidos entre ellos
y para ellos. Incluso la misma solemnidad de Pentecostés,
inicio de la misión de la Iglesia, es celebrada en algunas
comunidades como « Jornada del sufrimiento por las Misiones ».
« Heme aquí, Señor,
estoy dispuesto, envíame » (cf. Is 6, 8)
79. La cooperación se manifiesta
además en el promover las vocaciones misioneras. A este
respecto, hay que reconocer la validez de las diversas formas de
actividad misionera; pero, al mismo tiempo, es necesario reafirmar la
prioridad de la donación total y perpetua a la obra de las
misiones, especialmente en los Institutos y Congregaciones
misioneras, masculinas y femeninas. La promoción de estas
vocaciones es el corazón de la cooperación: el anuncio
del Evangelio requiere anunciadores, la mies necesita obreros, la
misión se hace, sobre todo, con hombres y mujeres consagrados
de por vida a la obra del Evangelio, dispuestos a ir por todo el
mundo para llevar la salvación.
Deseo, por tanto, recordar y alentar
esta solicitud por las vocaciones misioneras. Conscientes de
la responsabilidad universal de los pueblos cristianos en contribuir
a la obra misional y al desarrollo de los pueblos pobres, debemos
preguntarnos por qué en varias naciones, mientras aumentan los
donativos, se corre el peligro de que desaparezcan las vocaciones
misioneras, las cuales reflejan la verdadera dimensión de la
entrega a los hermanos. Las vocaciones al sacerdocio y a la vida
consagrada son un signo seguro de la vitalidad de una Iglesia.
80. Pensando en este grave problema,
dirijo mi llamada, con particular confianza y afecto, a las familias
y a los jóvenes. Las familias y, sobre todo, los padres han de
ser conscientes de que deben dar « una contribución
particular a la causa misionera de la Iglesia, cultivando las
vocaciones misioneras entre sus hijos e hijas ».(167)
Una vida de oración intensa, un
sentido real del servicio al prójimo y una generosa
participación en las actividades eclesiales ofrecen a las
familias las condiciones favorables para la vocación de los
jóvenes. Cuando los padres están dispuestos a consentir
que uno de sus hijos marche para la misión, cuando han pedido
al Señor esta gracia, él los recompensará, con
gozo, el día en que un hijo suyo o hija escuche su llamada.
A los mismos jóvenes ruego que
escuchen la palabra de Cristo que les dice, igual que a Simón
Pedro y Andrés en la orilla del lago: « Venid conmigo, y
os haré pescadores de hombres » (Mt 4, 19).
Que los jóvenes tengan la valentía de responder, igual
que Isaías: « Heme aquí, Señor, estoy
dispuesto, envíame » (cf. Is 6, 8). Ellos tendrán
ante sí una vida atrayente y experimentarán la
verdadera satisfacción de anunciar la « Buena Nueva »
a los hermanos y hermanas, a quienes guiarán por el camino de
la salvación.
« Mayor felicidad hay en dar que
en recibir » (Act 20, 35)
81. Son muchas las necesidades
materiales y económicas de las misiones; no sólo para
fundar la Iglesia con estructuras mínimas (capillas, escuelas
para catequistas y seminaristas, viviendas), sino también para
sostener las obras de caridad, de educación y promoción
humana, campo inmenso de acción, especialmente en los países
pobres. La Iglesia misionera da lo que recibe; distribuye a los
pobres lo que sus hijos más pudientes en recursos materiales
ponen generosamente a su disposición. A este respecto, deseo
dar las gracias a todos aquellos que dan con sacrificio para la obra
misionera; sus renuncias y su participación son indispensables
para construir la Iglesia y testimoniar la caridad.
Respecto a las ayudas materiales es
importante comprobar el espíritu con el que se da. Para ello,
es necesario revisar el propio estilo de vida: las misiones no piden
solamente ayuda, sino compartir el anuncio y la caridad para con los
pobres. Todo lo que hemos recibido de Dios —tanto la vida como
los bienes materiales— no es nuestro sino que nos ha sido dado
para usarlo. La generosidad en el dar debe estar siempre iluminada e
inspirada por la fe: entonces sí que hay más alegría
en dar que en recibir.
La Jornada Misionera Mundial,
orientada a sensibilizar sobre el problema misionero, así
como a recoger donativos, es una cita importante en la vida de la
Iglesia, porque enseña cómo se ha de dar: en la
celebración eucarística, esto es, como ofrenda a
Dios, y para todas las misiones del mundo.
Nuevas formas de cooperación
misionera
82. La cooperación se abre hoy a
nuevas formas, incluyendo no sólo la ayuda económica
sino también la participación directa. Nuevas
situaciones relacionadas con el fenómeno de la movilidad
humana exigen a los cristianos un auténtico espíritu
misionero.
El turismo a escala internacional es ya
un fenómeno de masas positivo, si se practica con actitud
respetuosa en orden a un mutuo enriquecimiento cultural, evitando
ostentaciones y derroches, y buscando la comunicación humana.
Pero a los cristianos se les exige sobre todo la conciencia de deber
ser siempre testigos de la fe y de la caridad en Cristo. También
el conocimiento directo de la vida misionera y de las comunidades
cristianas puede enriquecer y dar vigor a la fe. Son encomiables las
visitas a las misiones, sobre todo por parte de los jóvenes,
que van para prestar un servicio y tener una experiencia fuerte de
vida cristiana
Las exigencias del trabajo llevan hoy a
numerosos cristianos de jóvenes comunidades a regiones donde
el cristianismo es desconocido y, a veces, proscrito o perseguido.
Esto pasa también con los fieles de países de antigua
tradición cristiana, que trabajan temporalmente en países
no cristianos. Estas circunstancias son ciertamente una ocasión
para vivir y testimoniar la fe. Durante los primeros siglos, el
cristianismo se difundió sobre todo porque los cristianos,
viajando o estableciéndose en regiones donde Cristo no había
sido anunciado, testimoniaban con valentía su fe y fundaban
allí las primeras comunidades.
Más numerosos son los ciudadanos
de países de misión y los que pertenecen a regiones no
cristianas, que van a establecerse en otras naciones por motivos de
trabajo, de estudio, o bien obligados por las condiciones políticas
o económicas de sus lugares de origen. La presencia de estos
hermanos en los países de antigua tradición cristiana
es un desafío para las comunidades eclesiales, animándolas
a la acogida, al diálogo, al servicio, a compartir, al
testimonio y al anuncio directo. De hecho, también en los
países cristianos se forman grupos humanos y culturales que
exigen la misión ad gentes. Las Iglesias locales, con
la ayuda de personas provenientes de los países de los
emigrantes y de misioneros que hayan regresado, deben ocuparse
generosamente de estas situaciones.
La cooperación puede implicar
también a los responsables de la política, de la
economía de la cultura, del periodismo, además de los
expertos de los diversos Organismos internacionales. En el mundo
moderno es cada vez más difícil trazar líneas de
demarcación geográfica y cultural; se da una creciente
interdependencia entre los pueblos, lo cual es un estímulo
para el testimonio cristiano y para la evangelización.
Animación y formación del
Pueblo de Dios
83. La formación misionera del
Pueblo de Dios es obra de la Iglesia local con la ayuda de los
misioneros y de sus Institutos, así como de los miembros de
las Iglesias jóvenes. Esta labor ha de ser entendida no como
algo marginal, sino central en la vida cristiana. Para la misma «
nueva evangelización » de los pueblos cristianos, el
tema misionero puede ser de gran ayuda: en efecto, el testimonio de
los misioneros conserva su atractivo incluso para los alejados y los
no creyentes, y es transmisor de valores cristianos. Las Iglesias
locales, por consiguiente, han de incluir la animación
misionera como elemento primordial de su pastoral ordinaria en las
parroquias, asociaciones y grupos, especialmente los juveniles.
Para conseguir este fin, es valiosa
ante todo la información mediante la prensa misionera y los
diversos medios audiovisuales. Su papel es de gran importancia en
cuanto ayudan a conocer la vida de la Iglesia universal, las voces y
la experiencia de los misioneros y de las Iglesias locales donde
ellos trabajan. Conviene que en las Iglesias más jóvenes,
que no están aún en condiciones de poseer una prensa y
otros instrumentos, los Institutos misioneros destinen personal y
medios para estas iniciativas.
Para esta formación están
llamados los sacerdotes y sus colaboradores, los educadores y
profesores, los teólogos, particularmente los que enseñan
en los seminarios y en los centros para laicos. La enseñanza
teológica no puede ni debe prescindir de la misión
universal de la Iglesia, del ecumenismo, del estudio de las grandes
religiones y de la misionología. Recomiendo que sobre todo en
los Seminarios y en las Casas de formación para religiosos y
religiosas se lleven a cabo tales estudios, procurando que algunos
sacerdotes, o alumnos y alumnas, se especialicen en los diversos
campos de las ciencias misionológicas.
Las actividades de animación
deben orientarse siempre hacia sus fines específicos: informar
y formar al Pueblo de Dios para la misión universal de la
Iglesia; promover vocaciones ad gentes; suscitar
cooperación para la evangelización. En efecto, no se
puede dar una imagen reductiva de la actividad misionera, como si
fuera principalmente ayuda a los pobres, contribución a la
liberación de los oprimidos, promoción del desarrollo,
defensa de los derechos humanos. La Iglesia misionera está
comprometida también en estos frentes, pero su cometido
primario es otro: los pobres tienen hambre de Dios, y no sólo
de pan y libertad; la actividad misionera ante todo ha de testimoniar
y anunciar la salvación en Cristo, fundando las Iglesias
locales que son luego instrumento de liberación en todos los
sentidos.
La responsabilidad primaria de las
Obras Misionales Pontificias
84. En esta obra de animación el
cometido primario corresponde a las Obras Misionales Pontificias,
como he afirmado varias veces en los Mensajes para la Jornada
Mundial de las Misiones. Las cuatro Obras —Propagación
de la Fe, San Pedro Apóstol, Santa Infancia y Unión
Misional— tienen en común el objetivo de promover el
espíritu misionero universal en el Pueblo de Dios. La Unión
Misional tiene como fin inmediato y específico la
sensibilización y formación misionera de los
sacerdotes, religiosos y religiosas que, a su vez, deben cultivarla
en las comunidades cristianas; además, trata de promover otras
Obras, de las que ella es el alma.(168) « La consigna ha de ser
ésta: Todas las Iglesias para la conversión de todo el
mundo ».(169) Estas Obras, por ser del Papa y del Colegio
Episcopal, incluso en el ámbito de las Iglesias particulares,
« deben ocupar con todo derecho el primer lugar, pues son
medios para difundir entre los católicos, desde la infancia,
el sentido verdaderamente universal y misionero, y para estimular la
recogida eficaz de subsidios en favor de todas las misiones , según
las necesidades de cada una ».(170) Otro objetivo de las Obras
Misionales es suscitar vocaciones ad gentes y de por vida,
tanto en las Iglesias antiguas como en las más jóvenes.
Recomiendo vivamente que se oriente cada vez más a este fin su
servicio de animación.
En el ejercicio de sus actividades,
estas Obras dependen, a nivel universal, de la Congregación
para la Evangelización de los Pueblos y, a nivel local, de las
Conferencias Episcopales y de los Obispos en cada Iglesia particular,
colaborando con los centros de animación existentes: ellas
llevan al mundo católico el espíritu de universalidad y
de servicio a la misión, sin el cual no existe auténtica
cooperación.
No sólo dar a la misión,
sino también recibir
85. Cooperar con las misiones quiere
decir no sólo dar, sino también saber recibir: todas
las Iglesias particulares, jóvenes o antiguas, están
llamadas a dar y a recibir en favor de la misión universal y
ninguna deberá encerrarse en sí misma: « En
virtud de esta catolicidad —dice el Concilio—, cada una
de las partes colabora con sus dones propios con las restantes partes
y con toda la Iglesia, de tal modo que el todo y cada una de las
partes aumenten a causa de todos los que mutuamente se comunican y
tienden a la plenitud en la unidad ... De aquí se derivan...
entre las diversas partes de la Iglesia, unos vínculos de
íntima comunión en lo que respecta a riquezas
espirituales, obreros apostólicos y ayudas temporales ».(171)
Exhorto a todas las Iglesias, a los
Pastores, sacerdotes, religiosos y fieles a abrirse a la
universalidad de la Iglesia, evitando cualquier forma de
particularismo, exclusivismo o sentimiento de autosuficiencia. Las
Iglesias locales, aunque arraigadas en su pueblo y en su cultura, sin
embargo deben mantener concretamente este sentido universal de la fe,
es decir, dando y recibiendo de las otras Iglesias dones
espirituales, experiencias pastorales del primer anuncio y de
evangelización, personal apostólico y medios
materiales.
En efecto, la tendencia a cerrarse
puede ser fuerte: las Iglesias antiguas, comprometidas en la nueva
evangelización, piensan que la misión han de realizarla
en su propia casa, y corren el riesgo de frenar el impulso hacia el
mundo no cristiano, concediendo no de buena gana las vocaciones a los
Institutos misioneros, a las Congregaciones religiosas y a las demás
Iglesias. Sin embargo, es dando generosamente de lo nuestro como
recibiremos; y ya hoy las Iglesias jóvenes —no pocas de
las cuales experimentan un prodigioso florecimiento de vocaciones—
son capaces de enviar sacerdotes, religiosos y religiosas a las
antiguas.
Por otra parte, estas Iglesias jóvenes
sienten el problema de la propia identidad, de la inculturación,
de la libertad de crecer sin influencias externas, con la posible
consecuencia de cerrar las puertas a los misioneros. A estas Iglesias
les digo: lejos de aislaros, acoged abiertamente a misioneros y
medios de las otras Iglesias y enviadlos también vosotras
mismas al mundo. Precisamente por los problemas que os angustian
tenéis necesidad de manteneros en continua comunicación
con los hermanos y hermanas en la fe. Haced valer por todos los
medios legítimos las libertades a las que tenéis
derecho, acordándoos de que los discípulos de Cristo
tienen el deber de « obedecer a Dios antes que a los hombres »
(Act 5, 29).
Dios prepara una nueva primavera del
Evangelio
86. Si se mira superficialmente a
nuestro mundo, impresionan no pocos hechos negativos que pueden
llevar al pesimismo. Mas éste es un sentimiento injustificado:
tenemos fe en Dios Padre y Señor, en su bondad y misericordia.
En la proximidad del tercer milenio de la Redención, Dios está
preparando una gran primavera cristiana, de la que ya se vislumbra su
comienzo. En efecto, tanto en el mundo no cristiano como en el de
antigua tradición cristiana, existe un progresivo acercamiento
de los pueblos a los ideales y a los valores evangélicos, que
la Iglesia se esfuerza en favorecer. Hoy se manifiesta una nueva
convergencia de los pueblos hacia estos valores: el rechazo de la
violencia y de la guerra; el respeto de la persona humana y de sus
derechos; el deseo de libertad, de justicia y de fraternidad; la
tendencia a superar los racismos y nacionalismos; el afianzamiento de
la dignidad y la valoración de la mujer.
La esperanza cristiana nos sostiene en
nuestro compromiso a fondo para la nueva evangelización y para
la misión universal, y nos lleva a pedir como Jesús nos
ha enseñado: « Venga tu reino, hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo » (Mt 6, 10).
Los hombres que esperan a Cristo son
todavía un número inmenso: los ámbitos humanos y
culturales, que aún no han recibido el anuncio evangélico
o en los cuales la Iglesia esta escasamente presente, son tan vastos,
que requieren la unidad de todas las fuerzas. Al prepararse a
celebrar el jubileo del año dos mil, toda la Iglesia está
comprometida todavía más en el nuevo adviento
misionero. Hemos de fomentar en nosotros el afán apostólico
por transmitir a los demás la luz y la gloria de la fe, y para
este ideal debemos educar a todo el Pueblo de Dios.
No podemos permanecer tranquilos si
pensamos en los millones de hermanos y hermanas nuestros, redimidos
también por la sangre de Cristo, que viven sin conocer el amor
de Dios. Para el creyente, en singular, lo mismo que para toda la
Iglesia, la causa misionera debe ser la primera, porque concierne al
destino eterno de los hombres y responde al designio misterioso y
misericordioso de Dios.
CAPÍTULO VIII
ESPIRITUALIDAD MISIONERA
87. La actividad misionera exige una
espiritualidad específica, que concierne particularmente a
quienes Dios ha llamado a ser misioneros.
Dejarse guiar por el Espíritu
Esta espiritualidad se expresa, ante
todo , viviendo con plena docilidad al Espíritu; ella
compromete a dejarse plasmar interiormente por él, para
hacerse cada vez más semejantes a Cristo. No se puede dar
testimonio de Cristo sin reflejar su imagen, la cual se hace viva en
nosotros por la gracia y por obra del Espíritu. La docilidad
al Espíritu compromete además a acoger los dones de
fortaleza y discernimiento, que son rasgos esenciales de la
espiritualidad misionera.
Es emblemático el caso de los
Apóstoles , quienes durante la vida pública del
Maestro, no obstante su amor por él y la generosidad de la
respuesta a su llamada, se mostraron incapaces de comprender sus
palabras y fueron reacios a seguirle en el camino del sufrimiento y
de la humillación. El Espíritu los transformará
en testigos valientes de Cristo y preclaros anunciadores de su
palabra: será el Espíritu quien los conducirá
por los caminos arduos y nuevos de la misión, siguiendo sus
decisiones.
También la misión sigue
siendo difícil y compleja como en el pasado y exige igualmente
la valentía y la luz del Espíritu. Vivimos
frecuentemente el drama de la primera comunidad cristiana, que veía
cómo fuerzas incrédulas y hostiles se aliaban «
contra el Señor y contra su Ungido » (Act 4, 26).
Como entonces, hoy conviene orar para que Dios nos conceda la
libertad de proclamar el Evangelio; conviene escrutar las vías
misteriosas del Espíritu y dejarse guiar por él hasta
la verdad completa (cf. Jn 16, 13) .
Vivir el misterio de Cristo «
enviado »
88. Nota esencial de la espiritualidad
misionera es la comunión íntima con Cristo: no se puede
comprender y vivir la misión si no es con referencia a Cristo,
en cuanto enviado a evangelizar. Pablo describe sus actitudes: «
Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo: El cual,
siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser
igual a Dios. Sino que se despojó de si mismo tomando la
condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres
y apareciendo en su porte como un hombre; y se humilló a si
mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz » (Flp 2,
5-8).
Se describe aquí el misterio de
la Encarnación y de la Redención, como despojamiento
total de sí, que lleva a Cristo a vivir plenamente la
condición humana y a obedecer hasta el final el designio del
Padre. Se trata de un anonadamiento que, no obstante, está
impregnado de amor y expresa el amor. La misión recorre este
mismo camino y tiene su punto de llegada a los pies de la cruz.
Al misionero se le pide «
renunciarse a sí mismo y a todo lo que tuvo hasta entonces y a
hacerse todo para todos »: (172) en la pobreza que lo deja
libre para el Evangelio; en el desapego de personas y bienes del
propio ambiente, para hacerse así hermano de aquellos a
quienes es enviado y llevarles a Cristo Salvador. A esto se orienta
la espiritualidad del misionero: « Me he hecho débil con
los débiles ... Me he hecho todo para todos, para salvar a
toda costa a algunos. Y todo esto lo hago por el Evangelio » (1
Cor 9, 22-23).
Precisamente porque es « enviado
», el misionero experimenta la presencia consoladora de Cristo,
que lo acompaña en todo momento de su vida. « No tengas
miedo ... porque yo estoy contigo » (Act 18, 9-10).
Cristo lo espera en el corazón de cada hombre.
Amar a la Iglesia y a los hombres como
Jesús los ha amado
89. La espiritualidad misionera se
caracteriza además, por la caridad apostólica; la de
Cristo que vino « para reunir en uno a los hijos de Dios que
estaban dispersos » (Jn 11, 52); Cristo, Buen Pastor que
conoce sus ovejas, las busca y ofrece su vida por ellas (cf. Jn
10). Quien tiene espíritu misionero siente el ardor de
Cristo por las almas y ama a la Iglesia, como Cristo.
El misionero se mueve a impulsos del «
celo por las almas », que se inspira en la caridad misma de
Cristo y que está hecha de atención, ternura,
compasión, acogida, disponibilidad, interés por los
problemas de la gente. El amor de Jesús es muy profundo: él,
que « conocía lo que hay en el hombre » (Jn
2, 25), amaba a todos ofreciéndoles la redención, y
sufría cuando ésta era rechazada.
El misionero es el hombre de la
caridad: para poder anunciar a todo hombre que es amado por Dios y
que él mismo puede amar, debe dar testimonio de caridad para
con todos, gastando la vida por el prójimo. EL misionero es el
« hermano universal »; lleva consigo el espíritu
de la Iglesia, su apertura y atención a todos los pueblos y a
todos los hombres, particularmente a los más pequeños y
pobres. En cuanto tal, supera las fronteras y las divisiones de raza,
casta e ideología: es signo del amor de Dios en el mundo, que
es amor sin exclusión ni preferencia.
Por último, lo mismo que Cristo,
él debe amar a la Iglesia: « Cristo amó a la
Iglesia y se entregó a si mismo por ella » (Ef 5,
25). Este amor, hasta dar la vida, es para el misionero un punto de
referencia. Sólo un amor profundo por la Iglesia puede
sostener el celo del misionero; su preocupación cotidiana
—como dice san Pablo— es « la solicitud por todas
las Iglesias » (2 Cor 11, 28). Para todo misionero y
toda comunidad « la fidelidad a Cristo no puede separarse de la
fidelidad a la Iglesia ».(173)
El verdadero misionero es el santo
90. La llamada a la misión
deriva de por sí de la llamada a la santidad. Cada misionero,
lo es auténticamente si se esfuerza en el camino de la
santidad: « La santidad es un presupuesto fundamental y una
condición insustituible para realizar la misión
salvífica de la Iglesia ».(174)
La vocación universal a la
santidad está estrechamente unida a la vocación
universal a la misión. Todo fiel está llamado a la
santidad y a la misión. Esta ha sido la ferviente voluntad del
Concilio al desear, « con la claridad de Cristo, que
resplandece sobre la faz de la Iglesia, iluminar a todos los hombres,
anunciando el Evangelio a toda criatura ».(175) La
espiritualidad misionera de la Iglesia es un camino hacia la
santidad.
El renovado impulso hacia la misión
ad gentes exige misioneros santos. No basta renovar los
métodos pastorales, ni organizar y coordinar mejor las fuerzas
eclesiales, ni explorar con mayor agudeza los fundamentos bíblicos
y teológicos de la fe: es necesario suscitar un nuevo «
anhelo de santidad » entre los misioneros y en toda la
comunidad cristiana, particularmente entre aquellos que son los
colaboradores más íntimos de los misioneros.(176)
Pensemos, queridos hermanos y hermanas,
en el empuje misionero de las primeras comunidades cristianas. A
pesar de la escasez de medios de transporte y de comunicación
de entonces, el anuncio evangélico llegó en breve
tiempo a los confines del mundo. Y se trataba de la religión
de un hombre muerto en cruz, « escándalo para los
judíos, necedad para los gentiles » (1 Cor 1,
23). En la base de este dinamismo misionero estaba la santidad de los
primeros cristianos y de las primeras comunidades.
91. Me dirijo, por tanto, a los
bautizados de las comunidades jóvenes y de las Iglesias
jóvenes. Hoy sois vosotros la esperanza de nuestra Iglesia,
que tiene dos mil años: siendo jóvenes en la fe, debéis
ser como los primeros cristianos e irradiar entusiasmo y valentía,
con generosa entrega a Dios y al prójimo; en una palabra,
debéis tomar el camino de la santidad. Sólo de esta
manera podréis ser signos de Dios en el mundo y revivir en
vuestros países la epopeya misionera de la Iglesia primitiva.
Y seréis también fermento de espíritu misionero
para las Iglesias más antiguas.
Por su parte, los misioneros
reflexionen sobre el deber de ser santos, que el don de la vocación
les pide, renovando constantemente su espíritu y actualizando
también su formación doctrinal y pastoral. El misionero
ha de ser un « contemplativo en acción ». El halla
respuesta a los problemas a la luz de la Palabra de Dios y con la
oración personal y comunitaria. El contacto con los
representantes de las tradiciones espirituales no cristianas, en
particular, las de Asia, me ha corroborado que el futuro de la misión
depende en gran parte de la contemplación. El misionero, sino
es contemplativo, no puede anunciar a Cristo de modo creíble.
El misionero es un testigo de la experiencia de Dios y debe poder
decir como los Apóstoles: « Lo que contemplamos ...
acerca de la Palabra de vida ..., os lo anunciamos » (1 Jn
1, 1-3).
El misionero es el hombre de las
Bienaventuranzas. Jesús instruye a los Doce, antes de
mandarlos a evangelizar, indicándoles los caminos de la
misión: pobreza, mansedumbre, aceptación de los
sufrimientos y persecuciones, deseo de justicia y de paz, caridad; es
decir, les indica precisamente las Bienaventuranzas, practicadas en
la vida apostólica (cf. Mt 5, 1-12). Viviendo las
Bienaventuranzas el misionero experimenta y demuestra concretamente
que el Reino de Dios ya ha venido y que él lo ha acogido. La
característica de toda vida misionera auténtica es la
alegría interior, que viene de la fe. En un mundo angustiado y
oprimido por tantos problemas, que tiende al pesimismo, el anunciador
de la « Buena Nueva » ha de ser un hombre que ha
encontrado en Cristo la verdadera esperanza.
CONCLUSIÓN
92. Nunca como hoy la Iglesia ha tenido
la oportunidad de hacer llegar el Evangelio, con el testimonio y la
palabra, a todos los hombres y a todos los pueblos. Veo amanecer una
nueva época misionera, que llegará a ser un día
radiante y rica en frutos, si todos los cristianos y, en particular,
los misioneros y las jóvenes Iglesias responden con
generosidad y santidad a las solicitaciones y desafíos de
nuestro tiempo. Como los Apóstoles después de la
Ascensión de Cristo, la Iglesia debe reunirse en el Cenáculo
con « María, la madre de Jesús » (Act 1,
14), para implorar el Espíritu y obtener fuerza y valor para
cumplir el mandato misionero. También nosotros, mucho más
que los Apóstoles, tenemos necesidad de ser transformados y
guiados por el Espíritu.
En vísperas del tercer milenio,
toda la Iglesia es invitada a vivir más profundamente el
misterio de Cristo, colaborando con gratitud en la obra de la
salvación. Esto lo hace con María y como María,
su madre y modelo: es ella, María, el ejemplo de aquel amor
maternal que es necesario que estén animados todos aquellos
que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a
la regeneración de los hombres. Por esto, « la Iglesia,
confortada por la presencia de Cristo, camina en el tiempo hacia la
consumación de los siglos y va al encuentro del Señor
que llega. Pero en este camino ... procede recorriendo de nuevo el
itinerario realizado por la Virgen María ».(177)
A la « mediación de María,
orientada plenamente hacia Cristo y encaminada a la revelación
de su poder salvífico »,(178) confío la Iglesia
y, en particular, aquellos que se dedican a cumplir el mandato
misionero en el mundo de hoy. Como Cristo envió a sus
Apóstoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo, así, mientras renuevo el mismo mandato, imparto a todos
vosotros la Bendición Apostólica, en el nombre de la
Santísima Trinidad. Amén.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día
7 de diciembre, XXV aniversario del Decreto conciliar Ad gentes, del
año 1990, decimotercero de mi Pontificado.
(1) Cf. Pablo VI, Mensaje para la
Jornada Misionera Mundial 72: « ¡Cuántas tensiones
internas, que debilitan y desgarran a algunas Iglesias e
Instituciones locales , se desvanecerían ante la convicción
firme de que la salvación de las comunidades locales se logra
con la cooperación a la obra misionera en la universalidad del
mundo! » Insegnamenti X (1972), 522.
(2) Cf. Benedicto XV, Cart. Ap. Maximum
illud (30 de noviembre de 1919): AAS 11 (1919), pp. 440-445; Pío
XI, Enc. Rerum Ecclesiae (28 de febrero de 1926): AAS 18 (1926), pp.
65-83; Pío XII , Enc. Evangelii praecones (2 de junio de
1951): AAS 43 (1951) pp. 497-528; Enc. Fidei donum (21 de abril de
1957): AAS 49 (1957): pp. 225-248; Juan XXIII, Enc. Princeps Pastorum
(28 de noviembre de 1959) AAS 5l (1959), 833-864.
(3) Enc. Redemptor hominis (4 de marzo
de 1979), n. 10: AAS 71 (1979), 274 s.
(4) Ibid., l.c., 275.
(5) Credo niceno-constantinopolitano:
Ds 150.
(6) Enc. Redemptor hominis, n. 13:
l.c., 283.
(7) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
past. Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual, 2.
(8) Ibid., 22.
(9) Enc. Dives in misericordia (30 de
noviernbre 1980), 7: AAS 72 (1980), 1202.
(10) Homilía de la celebración
eucarística en Cracovia, (10 de junio de 1919): AAS 71 (1979),
873.
(11) Cf. Juan XXIII, Enc. Mater et
magistra (15 de mayo de 1961), IV: AAS 53 (1961), 451-453.
(12) Declar. Dignitatis humamae ,sobre
la libertad religiosa, 2
(13) Pablo VI, Exh. Ap. Evangelii
nuntiandi (8 de diciembre de 1975), 53: AAS 68 (1976), 42.
(14) Declar. Dignitatis humanae, sobre
la libertad religiosa, 2.
(15) Cf. Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 14-17; Decr. Ad gentes, sobre la Actividad
misionera de la Iglesia, 3.
(16) Cf. Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 48, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia
en el mundo Actual, 43; Decr. Ad gentes, sobre la Actividad misionera
de la Iglesia, 7. 21.
(17) Const. dogm. Lumen gentium, sobre
la Iglesia, 13.
(18) Ibid., 9.
(19) Const. past. Gaudium et spes,
sobre la Iglesia en el mundo actual, 22.
(20) Conc. Ecum. Vat. II. Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 14.
(21) Enc. Dives in misericordia, 1:
l.c., 1177.
(22) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 5.
(23) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
past. Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual, 22.
(24) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
dogm. Lumen gentium , sobre la Iglesia, 4.
(25) Ibid.,5.
(26) Exh. Ap. Evangelii nuntiandi, 16.
l.c., 15.
(27) Discurso en la apertura de la III
sesión del Conc. Ecum. Vat. II, 14 de septiembre de 1964: AAS
56 (1964), 810.
(28) Pablo VI, Exh. Ap. Evangelii
nuntiandi, 34: l.c, 28.
(29) Cf. Comisión Teológica
Internacional, Temas selectos de eclesiología en el XX
aniversario de la clausura del Conc. Ecum. Vat. II (7 de octubre de
1985), 10: « Indole escatológica de la Iglesia: Reino de
Dios e Iglesia ».
(30) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 39.
(31) Enc. Dominum et Vivificantem (18
de mayo de 1986), 42: AAS 78 (1986), 857.
(32) Ibid., 64: l.c., 892.
(33) Este término corresponde al
griego « parresía » que significa también
entusiasmo, vigor; cf. Act 2, 29; 4, 13. 29. 31; 9, 27. 28; 13, 46;
14, 3; 18, 26; 19, 8. 26; 28, 31.
(34) Cf. Pablo VI, Exh. Ap. Evangelii
nuntiandi, 41-42: l.c., 31-33.
(35) Cf. Enc. Dominum et Vivificantem,
53: l.c., 874 s.
(36) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad
gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 3. 11. 15; Const.
past. Gudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 10-11. 22.
26. 38. 41. 92-93.
(37) Conc Ecum. Vat. II, Const. past.
Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 10. 15. 22.
(38) Ibid., 41.
(39) Cf. Enc. Dominum et Vivificantem,
54: l.c., 875-876 s.
(40) Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.
Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 26.
(41) Ibid., 38; cf. 93.
(42) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 17; Decr. Ad gentes, sobre la
actividad misionera de la Iglesia, 3. 15.
(43) Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad
gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 4.
(44) Cf. Enc. Dominum et Vivificantern,
53: l.c., 874.
(45) Discurso a los representantes de
las religiones no cristianas en Madrás, 5 de febrero de 1986:
AAS 78 (1986), 767; cf. Mensaje a los Pueblos de Asia en Manila, 21
de febrero de 1981, 2-4: AAS 73 (1981), 392 s.; Discurso a los
representantes de las religiones no cristianas en Tokyo, 24 de
febrero de 1981, 3-4: Insegnamenti IV/1 (1981), 507 s.
(46) Discurso a los Cardenales y
Prelados de la Curia Romana, 22 de diciembre de 1986, 11: AAS 79
(1987), 1089.
(47) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 16.
(48) Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.
Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 45; cf. Enc.
Dominum et Vivificantem, 54: l.c., 876.
(49) Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad
gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 10.
(50) Exh. Ap. postsinodal
Christifideles laici (30 de diciembre de1988, 35: AAS 81 (1989), 457.
(51) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad
gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 6
(52) Cf. ibid.
(53) Ibid., 6. 23. 27.
(54) Cf. Pablo VI, Exh. Ap. Evangelii
nuntiandi, 18-20: l.c., 17-19.
(55) Exh. Ap. postsinodal
Christifideles laci, 35: l.c., 457.
(56) Exh. ap. Evangelii nuntindi, 80:
l.c., 73.
(57) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad
gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia,6.
(58) Exh. Ap. Evangelii nuntiandi, 80:
l.c., 73.
(59) Cf. Decr. Ad gentes, sobre la
actividad misionera de la Iglesia, 6.
(60) Cf. ibid., 20.
(61) Cf. Discurso a los miembros del
Simposio del Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa, 11de
octubrede1985: AAS 78 (1986), 178-189.
(62) Exh. Ap. Evangelii nuntiandi, 20:
l.c., 19.
(63) Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad
gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 5: cf. Const.
dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 8.
(64) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl.
Dignitatis humanae, sobre La libertad religiosa, 3-4; Pablo VI, Exh.
Ap. Evangelii nuntiandi, 79-80: l.c., 71-75; Juan Pablo II, Enc.
Redemptor hominis, 12: l.c., 278-281.
(65) Cart. Ap. Maximum illud: l.c.,
446.
(66) Pablo VI, Exh. Ap. Evangelii
nuntiandi, 62: l.c., 52.
(67) Cf. De praescriptione
haereticorum, XX: CCL I, 201 s.
(68) Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad
gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 9; cf. nn. 10-18.
(69) Cf.Pablo VI, Exh. Ap. Evangelii
nuntiandi, 41: l.c., 31-32.
(70) Cf. Conc Ecum. Vat. II, Const.
dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 28. 35. 38; Const. past.
Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 43; Decr. Ad
gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 11-12
(71) Cf. Pablo VI, Enc. Populorum
progressio (26 de marzo de 1967), 21. 42: AAS 59 (1967), pp. 267 s.,
278.
(72) Pablo VI, Exh. Ap. Evagelii
nuntiandi, 27: l.c., 23.
(73) Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad
gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 13.
(74) Cf. Pablo VI, Exh. Ap. Evangelii
nuntiandi, 15: l.c., 13-15; Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes,
sobre la actividad misionera de la Iglesia, 13-14.
(75) Cf. Enc. Dominum et Vivificantem,
42. 64: l.c.,857-859, 892-894.
(76) Cf. Pablo VI, Exh. Ap. Evangelii
nuntiandi, 60: l.c., 50-51.
(77) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 6-9.
(78) Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad.
gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 2; cf. Const.
dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 9.
(79) Cf. Decr. Ad gentes, sobre la
actividad misionera de la Iglesia, 19-22.
(80) Conc. ecum . Vat. II, Decr. Ad
gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 15.
(81) Ibid., 6.
(82) Ibid., 15; cf. Decr. Unitatis
redintegratio sobre el ecumenismo, 3.
(83) Cf. Exh. Ap. Evangelii nuntiandi,
58: l.c., 46-49.
(84) Asamblea extraordinaria del 1985,
Relación final, II, C, 6.
(85) Ibid. II, D, 4.
(86) Cf. Exh. Ap. Catechesi tradendae
(16 de octubre 1979), 53: AAS 71 (1979), 1320; Ep. Enc. Slavorum
apostoli (2 de junio de 1985), 21: AAS 77 (1985), pp. 802 s.
(87) Cf. Pablo VI, Exh. Ap. Evangelii
nuntiandi, 20: l.c., 18.
(88) Cf. Discurso a los Obispos
delZaire en Kinsasa, 3 de mayo de 1980, 4-6: AAS 72 (1980), 432-435;
Discurso a los Obispos de Kenya en Nairobi, 7 de rnayo de 1980, 6:
AAS 72 (1980), 497; Discurso a los Obispos de la India en Delhi, 1 de
febrero de 1986, 5: AAS 78 (1986), 748 s.; Homilía en
Cartagena (Colombia), 6 de julio de 1986, 7-8: AAS 79 (1987), 105 s.;
cf. también Ep. Enc. Slavorum apostoli, 21-22: l.c. 802-804.
(89) Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad
gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 22.
(90) Cf. ibid.
(91) Cf. Pablo VI, Exh. Ap. Evangelii
nuntiandi, 64: l.c., 55.
(92) Las Iglesias particulares «
tienen la función de asimilar lo esencial del mensaje
evangélico, de trasvasarlo, sin la menor traición a su
verdad esencial, al lenguaje que esos hombres comprenden, y, después,
de anunciarlo con ese mismo lenguaje... El lenguaje debe entenderse
aquí no tanto a nivel semántico o literario cuanto al
que podría llamarse antropológico y cultural »
(Ibid., 63: l.c., 53)
(93) Cf. Discurso en la Audiencia
general del 13 abril de 1988: Insegnamenti XI/1 (1988), 877-881.
(94) Exh. Ap. Familiaris consortio (22
de noviembre de 1981), 10, en la que se trata de la inculturación
« en el ámbito del matrimonio y de la familia »:
AAS 74 (1982), 91.
(95) Cf. Pablo VI, Exh. Ap. Evangelii
nuntiandii, 63-65: l.c., 53-56.
(96) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 17.
(97) Discurso a los participantes en el
Simposio de los Obispos de Africa, en Kampala, 31 de julio de 1969,
2: AAS 61 (1969), 577.
(98) Pablo VI, Discurso en la apertura
de la II sesión del Conc. Ecum. Vat. II, 29 de septiembre de
1963: AAS 55 (1963), 858; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra
aetate, sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no
cristianas, 2; Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 16;
Decr. Ad gentes, sobre la actividad misionera de la lglesia, 9; Pablo
VI, Exh. Ap. Evangelii nuntiandi, 53: l.c., 41 s.
(99) Cf. Pablo VI, Enc. Ecclesiam suam
(6 de agosto de 1964) AAS 56 (1964), 609-659; Conc. Ecum. Vat. II,
Decr. Ad gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 11. 41;
Secretariado para los no cristianos. La actitud de la Iglesia frente
a los seguidores de otras religiones. Reflexión y
orientaciones sobre diálogo y misión (4 de septiembre
de l954): AAS 76 (1984), 816-828.
(100) Carta a los Obispos de Asia con
ocasión de la V Asamblea Plenaria de la Federación de
sus Conferencias Episcopales (23 de junio de 1990), 4: L'Osservatore
Romano, ed. en lengua española, 19 de agosto de 1990.
(101) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 14; cf. Decr. Ad gentes, sobre la
actividad misionera de la Iglesia, 7.
(102) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 3; Decr. Ad gentes,
sobre la actividad misionera de la Iglesia, 7.
(103) Cf. Enc. Redemptor hominis, 12:
l.c., 279.
(104) Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad
gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 11. 15.
(105) Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra
aetate, sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no
cristianas, 2.
(106) Exh. Ap. postsinodal
Christifideles laici 35: l.c., 458.
(107) Cf. Conc. Ecum. Vat. II. Decr. Ad
gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 41.
(108) Enc. Sollicitudo rei socialis (30
de diciembre de 1987), 41: AAS 80 (1988), 570 s.
(109) Documentos de la III Conferencia
General del Episcopado Latinoamericano en Puebla, México,
(1979), 3760 (1145).
(110) Discurso a los obispos,
sacerdotes, religiosos y religiosas, en Yakartas, Indonesia, 10 de
octubre de 1989, 5: L'Osservatore Romano, ed. en lengua española,
22 de octubre de 1989.
(111) Cf. Pablo VI, Enc. Populorum
progressio, 14-21; 40-42: l.c., 264-268, 277 s.; Juan Pablo II, Enc.
Sollicitudo rei socialis, 27-41: l.c., 547-572.
(112) Cf. Enc. Sollicitudo rei
socialis, 28 : l.c., 548-550.
(113) Cf. ibid., cap. IV, 27-34: l.c.,
547-560; Pablo VI, Enc. Populorum progressio, 19-21. 41-42: l.c.,
266-268, 277 s.
(114) Discurso a los habitantes de la «
Favela Vidigal » era Río de Janeiro, 2 de julio de 1980,
4: AAS 72 (1980), 854.
(115) Documentos de la III Conferencia
General del Episcopado Latinoamericano en Puebla, México, 3757
(1142).
(116) Isaac de Stella, Sermón
31: PL 194, 1793.
(117) Conc. Ecum. Vat II. Decr. Ad
gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia. 20.
(118) Exh. Ap. postsinodal
Christifideles laici , 35: l.c., 458.
(119) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad
gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 38.
(120) Discurso a los Cardenales y a los
colaboradores de la Curia Romana, de la Ciudad del Vaticano y del
Vicariato de Roma, 28 de junio de 1980, Insegnamenti III/1 (1980),
1887.
(121) Const. dogm. Lumen gentium, sobre
la Iglesia, 23.
(122) Decr. Ad gentes, sobre la
actividad misionera de la Iglesia, 38.
(123) Ibid., 29.
(124) Cf. ibid., 38.
(125) Ibid., 30.
(126) Documentos de la Conferenda
General delEpiscopado Latinoamericano en Puebla, México, 2941
(368).
(127) Cf. Normas directivas para la
colaboradón de las Iglesias particulares y especialmente para
una mejor distribución del clero en el mundo, Postquam
Apostoli (25 de marzo de 1980): AAS 72 (1980), 343-364.
(128) Cf. Decr. Ad gentes, sobre la
acuvidad misionera de la Iglesia, 23-27.
(129) Ibid., 23.
(130) Ibid.
(131) Cf. ibid., 23. 27.
(132) Cf. S. Congregación para
los Religiosos y los Institutos Seculares y S. Congregación
para los Obispos, Criterios para la relación entre los Obispos
y los Religiosos en la Iglesia, Mutuae relationes (14 de mayo de
1978), 14 b: AAS 70 (1978), 482; cf. 28: l.c., 490.
(133) Conc . Ecum. Vat. II, Decr. Ad
gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 27.
(134) Conc. Ecum. Vat. II. Decr.
Presbyterorum ordinis, 10; cf. Decr. Ad gentes, sobre la actividad
misionera de la Iglesia, 39.
(135) Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Optatam totius, sobre la forrnación sacerdotal, 20; cf. «
Guide de vie pastoral pour les prêtres diocésains des
Eglises qui dépendent de la Congrégation pour
l'Evangélisation des Peuples », Roma, 1989.
(136) Discurso a los participantes en
la Plenaria de la Congregación para la Evangelizadón de
los Pueblos, 14 de abril de 1989, 4: AAS 81 (1989), 1140.
(137) Mensaje para la Jornada Misionera
Mundial de 1982: Insegnamenti V/2 (1982), 1879.
(138) Cf. Conc. Ecum. Vat. II. Decr. Ad
gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 38; S.
Congregación para el Clero, Normas directivas Postquam
Apostoli, 24-25: l.c., 361.
(139) Cf. S. Congregación para
el Clero, Normas directivas Postquam Apostoli, 29: l.c., 362 s.;
Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes sobre la actividad misionera de
la Iglesia, 20.
(140) C.I.C., cán. 783.
(141) Decr. Ad gentes, sobre la
actividad misionera de la Iglesia, 40.
(142) Cf. Pablo VI, Exh. Ap. Evangelii
nuntiandi, 69: l.c., 58 s.
(143) Cart. Ap. Mulieris dignitatem (15
de agosto de 1988), 20: AAS 80 (1988), 1703.
(144) Cf. Pío XII, Enc.
Evangelii praecones: l.c., 510 s.; Enc. Fidei donum: l.c., 228 ss.;
Juan XXIII, Enc. Princeps Pastorum: l.c., 855 ss.; Pablo VI, Exh. Ap.
Evangelii nuntiandi, 70-73: l.c., 59-63.
(145) Exh. Ap. postsinodal
Chistifideles laici, 35: l.c., 457.
(146) Cf. Enc. Evangelii praecones:
l.c., 510-514.
(147) Cf. Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 17. 33 ss.
(148) Cf. Decr. Ad gentes, sobre la
actividad misionera de la Iglesia, 35-36. 41.
(149) Exh. Ap. postsinodal
Christifideles laici, 14: l.c. , 410.
(150) C.I.C., cán. 225, 1; cf.
Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Apostolicam actuositatem, sobre el
apostolado de los seglares, 6. 13.
(151) Conc. Ecum. Vat II, Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 31; cf. C.I.C., cán. 225, 2.
(152) Pablo VI, Exh. Ap. Evangelii
nuntiandi, 70: l.c. 60.
(153) Exh. Ap. postsinodal
Christifideles laici, 35: l.c., 458.
(154) Conc. Ecum. Vat II, Decr. Ad
gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 17.
(155) Exh. Ap. Catechesi tradendae, 66:
l.c., 1331.
(156) Cf. cán 785, 1.
(157) Decr. Ad gentes, sobre la
actividad rnisionera de la Iglesia, 17.
(158) Cf. Asamblea Plenaria de la S.
Congregación para la Evangelización de los Pueblos de
1969, sobre los catequistas y la relativa « Instrucción
» de abril de 1970 Bibliografía misionera 34 (1970),
197-212, y S.C. de Propaganda Fide Memoria Rerum, III/2 (1976),
821-831.
(159) Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad
gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 28.
(160) Const. Ap. Pastor Bonus, sobre la
Curia Romana (28 de junio de 1988), 85: AAS 80 (1988), 881; cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, sobre la actividad misionera de la
Iglesia, 29.
(161) Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad
gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 29; cf. Juan
Pablo II, Const. Ap. Pastor Bonus, sobre la Curia Romana, 86: l.c.,
882.
(162) Decr. Ad gentes, sobre la
actividad misionera de la Iglesia, 31.
(163) Cf. ibid., 33.
(164) Cf. Pablo VI, Cart. Ap. motu
proprio data Ecclesiae Sanctae (6 de agosto de 1966), II, 43: AAS 58
(1966), 782.
(165) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad
gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 34; Pablo Vl,
Motu proprio Ecclesiae sanctae, III, n. 22: l.c., 787.
(166) Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad
gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 35; cf. C.I.C.
cánn. 211. 781.
(167) Exh. Ap.Familiaris consortio, 54:
l.c., 147.
(168) Cf. Pablo VI, Cart. Ap. Graves et
increscentes (5 de septiembre de 1966): AAS 58 (1966), 750-756.
(169) P. Manna, Le nostre «
Chiese » e la propagazione del Vangelo, Trentola Ducenta,
1952(2) p. 35.
(170) Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad
gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 38.
(171) Const. dogm. Lumen gentium, sobre
la Iglesia, 13.
(172) Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad
gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 24.
(173) Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Presbyterotum ordinis, sobre el ministerio y vida de los presbíteros,
14.
(174) Exh. Ap. postsinodal
Christifideles laici, 17: l.c., 419.
(175) Const. dogm. Lumen gentium, sobre
la Iglesia.
(176) Cf. Discurso a la Asamblea del
CELAM en Puerto Príncipe, Haití, 9 marzo de 1983: AAS
75 (1983), 771-779; Homilía en Santo Domingo, República
Dominicana, para la apertura de la « novena de años »,
promovida por el CELAM, 12 de octubre de 1984: Insegnamenti VII/2
(1984), 885-897.
(177) Enc. Redemptoris Mater (25 de
marzo de 1987), 2: AAS 79 (1987), 362 s.
(178) Ibid., 22: l.c., 390.