CARTA
ENCÍCLICA
REDEMPTORIS MISSIO
DEL SUMO
PONTÍFICE
JUAN PABLO II
SOBRE LA PERMANENTE VALIDEZ
DEL
MANDATO MISIONERO
Venerables Hermanos y amadísimos
Hijos:
¡Salud y Bendición Apostólica!
INTRODUCCIÓN
1. La misión de Cristo Redentor,
confiada a la Iglesia, está aún lejos de cumplirse. A
finales del segundo milenio después de su venida, una mirada
global a la humanidad demuestra que esta misión se halla
todavía en los comienzos y que debemos comprometernos con
todas nuestras energías en su servicio. Es el Espíritu
Santo quien impulsa a anunciar las grandes obras de Dios: «
Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de
gloria; es más bien un deber que me incumbe: Y ¡ay de mi
si no predicara el Evangelio! »(1 Cor 9, 16).
En nombre de toda la Iglesia, siento
imperioso el deber de repetir este grito de san Pablo. Desde el
comienzo de mi pontificado he tomado la decisión de viajar
hasta los últimos confines de la tierra para poner de
manifiesto la solicitud misionera; y precisamente el contacto directo
con los pueblos que desconocen a Cristo me ha convencido aún
más de la urgencia de tal actividad a la cual dedico la
presente Encíclica.
El Concilio Vaticano II ha querido
renovar la vida y la actividad de la Iglesia según las
necesidades del mundo contemporáneo; ha subrayado su «
índole misionera », basándola dinámicamente
en la misma misión trinitaria. El impulso misionero pertenece,
pues, a la naturaleza íntima de la vida cristiana e inspira
también el ecumenismo: « Que todos sean uno ... para que
el mundo crea que tú me has enviado » (Jn 17,
21).
2. Muchos son ya los frutos misioneros
del Concilio: se han multiplicado las Iglesias locales provistas de
Obispo, clero y personal apostólico propios; se va logrando
una inserción más profunda de las comunidades
cristianas en la vida de los pueblos; la comunión entre las
Iglesias lleva a un intercambio eficaz de bienes y dones
espirituales; la labor evangelizadora de los laicos está
cambiando la vida eclesial; las Iglesias particulares se muestran
abiertas al encuentro, al diálogo y a la colaboración
con los miembros de otras Iglesias cristianas y de otras religiones.
Sobre todo, se está afianzando una conciencia nueva: la
misión atañe a todos los cristianos, a todas las
diócesis y parroquias, a las instituciones y asociaciones
eclesiales.
No obstante, en esta « nueva
primaveras del cristianismo no se puede dejar oculta una tendencia
negativa, que este Documento quiere contribuir a superar: la misión
específica ad gentes parece que se va parando, no
ciertamente en sintonía con las indicaciones del Concilio y
del Magisterio posterior. Dificultades internas y externas han
debilitado el impulso misionero de la Iglesia hacia los no
cristianos, lo cual es un hecho que debe preocupar a todos los
creyentes en Cristo. En efecto, en la historia de la Iglesia, este
impulso misionero ha sido siempre signo de vitalidad , así
como su disminución es signo de una crisis de fe.(1)
A los veinticinco años de la
clausura del Concilio y de la publicación del Decreto sobre la
actividad misionera Ad gentes y a los quince de la Exhortación
apostólica Evangelii nuntiandi, del Papa Pablo VI,
quiero invitar a la Iglesia a un renovado compromiso misionero,
siguiendo al respecto el Magisterio de mis predecesores.(2) El
presente Documento se propone una finalidad interna: la renovación
de la fe y de la vida cristiana. En efecto, la misión renueva
la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo
entusiasmo y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece
dándola! La nueva evangelización de los pueblos
cristianos hallará inspiración y apoyo en el compromiso
por la misión universal.
Pero lo que más me mueve a
proclamar la urgencia de la evangelización misionera es que
ésta constituye el primer servicio que la Iglesia puede
prestar a cada hombre y a la humanidad entera en el mundo actual, el
cual está conociendo grandes conquistas, pero parece haber
perdido el sentido de las realidades últimas y de la misma
existencia. « Cristo Redentor —he escrito en mi primera
Encíclica— revela plenamente el hombre al mismo hombre.
El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo
... debe ... acercarse a Cristo. La Redención llevada a cabo
por medio de la cruz ha vuelto a dar definitivamente al hombre la
dignidad y el sentido de su existencia en el mundo ».(3)
No faltan tampoco otras motivaciones y
finalidades, como responder a las numerosas peticiones de un
documento de esta índole; disipar dudas y ambigüedades
sobre la misión ad gentes, confirmando así en su
entrega a los beneméritos hombres y mujeres dedicados a la
actividad misionera y a cuantos les ayudan; promover las vocaciones
misioneras; animar a los teólogos a profundizar y exponer
sistemáticamente los diversos aspectos de la misión;
dar nuevo impulso a la misión propiamente dicha,
comprometiendo a las Iglesias particulares, especialmente las
jóvenes, a mandar y recibir misioneros; asegurar a los no
cristianos y, de manera especial, a las autoridades de los países
a los que se dirige la actividad misionera, que ésta tiene
como único fin servir al hombre, revelándole el amor de
Dios que se ha manifestado en Jesucristo.
3. ¡Pueblos todos, abrid las
puertas a Cristo! Su Evangelio no resta nada a la libertad
humana, al debido respeto de las culturas, a cuanto hay de bueno en
cada religión. Al acoger a Cristo, os abrís a la
Palabra definitiva de Dios, a aquel en quien Dios se ha dado a
conocer plenamente y a quien el mismo Dios nos ha indicado como
camino para llegar hasta él.
El número de los que aún
no conocen a Cristo ni forman parte de la Iglesia aumenta
constantemente; más aún, desde el final del Concilio,
casi se ha duplicado. Para esta humanidad inmensa, tan amada por el
Padre que por ella envió a su propio Hijo, es patente la
urgencia de la misión.
Por otra parte, nuestra época
ofrece en este campo nuevas ocasiones a la Iglesia: la caída
de ideologías y sistemas políticos opresores; la
apertura de fronteras y la configuración de un mundo más
unido, merced al incremento de los medios de comunicación; el
afianzarse en los pueblos los valores evangélicos que Jesús
encarnó en su vida (paz, justicia, fraternidad, dedicación
a los más necesitados); un tipo de desarrollo económico
y técnico falto de alma que, no obstante, apremia a buscar la
verdad sobre Dios, sobre el hombre y sobre el sentido de la vida.
Dios abre a la Iglesia horizontes de
una humanidad más preparada para la siembra evangélica.
Preveo que ha llegado el momento de dedicar todas las fuerzas
eclesiales a la nueva evangelización y a la misión ad
gentes. Ningún creyente en Cristo, ninguna institución
de la Iglesia puede eludir este deber supremo: anunciar a Cristo a
todos los pueblos.
CAPÍTULO I
JESUCRISTO ÚNICO SALVADOR
4. El cometido fundamental de la
Iglesia en todas las épocas y particularmente en la nuestra
—como recordaba en mi primera Encíclica programática—
es « dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la
experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo ».(4)
La misión universal de la
Iglesia nace de la fe en Jesucristo, tal como se expresa en la
profesión de fe trinitaria: « Creo en un solo Señor,
Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de
todos los siglos... Por nosotros, los hombres, y por nuestra
salvación bajó del cielo y, por obra del Espíritu
Santo, se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre
».(5) En el hecho de la Redención está la
salvación de todos, « porque cada uno ha sido
comprendido en el misterio de la Redención y con cada uno
Cristo se ha unido, para siempre, por medio de este misterio ».(6)
Sólo en la fe se comprende y se fundamenta la misión.
No obstante, debido también a
los cambios modernos y a la difusión de nuevas concepciones
teológicas, algunos se preguntan: ¿Es válida aún
la misión entre los no cristianos? ¿No ha sido
sustituida quizás por el diálogo interreligioso? ¿No
es un objetivo suficiente la promoción humana? El respeto de
la conciencia y de la libertad ¿no excluye toda propuesta de
conversión? ¿No puede uno salvarse en cualquier
religión? ¿Para qué, entonces, la misión?
« Nadie va al Padre sino por mí
» (Jn 14, 6)
5. Remontándonos a los orígenes
de la Iglesia, vemos afirmado claramente que Cristo es el único
Salvador de la humanidad, el único en condiciones de revelar a
Dios y de guiar hacia Dios. A las autoridades religiosas judías
que interrogan a los Apóstoles sobre la curación del
tullido realizada por Pedro, éste responde: « Por el
nombre de Jesucristo, el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y
a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su nombre y no
por ningún otro se presenta éste aquí sano
delante de vosotros... Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a
los hombres por el que nosotros debamos salvarnos » (Act
4, 10. 12). Esta afirmación, dirigida al Sanedrín,
asume un valor universal, ya que para todos —judíos y
gentiles— la salvación no puede venir más que de
Jesucristo.
La universalidad de esta salvación
en Cristo es afirmada en todo el Nuevo Testamento San Pablo reconoce
en Cristo resucitado al Señor: « Pues —escribe él—
aun cuando se les dé el nombre de dioses, bien en el cielo,
bien en la tierra, de forma que hay multitud de dioses y señores,
para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual
proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor,
Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos
nosotros » (1 Cor 8, 5-6). Se confiesa a un único
Dios y a un único Señor en contraste con la multitud de
« dioses » y « señores » que el pueblo
admitía. Pablo reacciona contra el politeísmo del
ambiente religioso de su tiempo y pone de relieve la característica
de la fe cristiana: fe en un solo Dios y en un solo Señor,
enviado por Dios.
En el Evangelio de san Juan esta
universalidad salvífica de Cristo abarca los aspectos de su
misión de gracia, de verdad y de revelación: « La
Palabra es la luz verdadera que ilumina a todo hombre » (cf. Jn
1, 9). Y añade: « A Dios nadie lo ha visto jamás;
el Hijo único, que está en el seno del Padre, él
lo ha revelado » (Jn 1, 18; cf. Mt 11, 27). La
revelación de Dios se hace definitiva y completa por medio de
su Hijo unigénito: « Muchas veces y de muchos modos
habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los
Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio
del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también
hizo los mundos » (Heb 1, 1-2; cf. Jn 14, 6). En
esta Palabra definitiva de su revelación, Dios se ha dado a
conocer del modo más completo; ha dicho a la humanidad quién
es. Esta autorrevelación definitiva de Dios es el motivo
fundamental por el que la Iglesia es misionera por naturaleza. Ella
no puede dejar de proclamar el Evangelio, es decir, la plenitud de la
verdad que Dios nos ha dado a conocer sobre sí mismo.
Cristo es el único mediador
entre Dios y los hombres: « Porque hay un solo Dios, y también
un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús,
hombre también, que se entregó a sí mismo como
rescate por todos. Este es el testimonio dado en el tiempo oportuno,
y de este testimonio —digo la verdad, no miento— yo he
sido constituido heraldo y apóstol, maestro de los gentiles en
la fe y en la verdad » (1 Tim 2, 5-7; cf. Heb 4,
14-16). Los hombres, pues, no pueden entrar en comunión con
Dios, si no es por medio de Cristo y bajo la acción del
Espíritu. Esta mediación suya única y universal,
lejos de ser obstáculo en el camino hacia Dios, es la via
establecida por Dios mismo, y de ello Cristo tiene plena conciencia.
Aun cuando no se excluyan mediaciones parciales, de cualquier tipo y
orden, éstas sin embargo cobran significado y valor únicamente
por la mediación de Cristo y no pueden ser entendidas como
paralelas y complementarias
6. Es contrario a la fe cristiana
introducir cualquier separación entre el Verbo y Jesucristo.
San Juan afirma claramente que el Verbo, que « estaba en el
principio con Dios », es el mismo que « se hizo carne »
(Jn 1, 2.14). Jesús es el Verbo encarnado, una sola
persona e inseparable: no se puede separar a Jesús de Cristo,
ni hablar de un « Jesús de la historia », que
sería distinto del « Cristo de la fe ». La Iglesia
conoce y confiesa a Jesús como « el Cristo, el Hijo de
Dios vivo » (Mt 16, 16). Cristo no es sino Jesús
de Nazaret, y éste es el Verbo de Dios hecho hombre para la
salvación de todos. En Cristo « reside toda la plenitud
de la divinidad corporalmente » (Col 2, 9) y « de
su plenitud hemos recibido todos » (Jn 1, 16). El «
Hijo único, que está en el seno del Padre » (Jn
1, 18), es el « Hijo de su amor, en quien tenemos la redención.
Pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la plenitud, y
reconciliar por él y para él todas las cosas,
pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y
en los cielos » (Col 1, 13-14.19-20). Es
precisamente esta singularidad única de Cristo la que le
confiere un significado absoluto y universal, por lo cual, mientras
está en la historia, es el centro y el fin de la misma: (7) «
Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el
Principio y el Fin » (Ap 22, 13).
Si, pues, es lícito y útil
considerar los diversos aspectos del misterio de Cristo, no se debe
perder nunca de vista su unidad. Mientras vamos descubriendo y
valorando los dones de todas clases, sobre todo las riquezas
espirituales, que Dios ha concedido a cada pueblo, no podemos
disociarlos de Jesucristo, centro del plan divino de salvación.
Así como « el Hijo de Dios con su encarnación se
ha unido, en cierto modo, con todo hombre », así también
« debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la
posibilidad de que, en forma sólo de Dios conocida, se asocien
a este misterio pascual ».(8) El designio divino es «
hacer que todo tenga a Cristo por cabeza, lo que está en los
cielos y lo que está en la tierra » (Ef 1, 10).
La fe en Cristo es una propuesta a la
libertad del hombre
7. La urgencia de la actividad
misionera brota de la radical novedad de vida, traída
por Cristo y vivida por sus discípulos. Esta nueva vida es un
don de Dios, y al hombre se le pide que lo acoja y desarrolle, si
quiere realizarse según su vocación integral, en
conformidad con Cristo. El Nuevo Testamento es un himno a la vida
nueva para quien cree en Cristo y vive en su Iglesia. La salvación
en Cristo, atestiguada y anunciada por la Iglesia, es
autocomunicación de Dios: « Es el amor, que no sólo
crea el bien, sino que hace participar en la misma vida de Dios:
Padre, Hijo y Espíritu Santo. En efecto, el que ama desea
darse a sí mismo ».(9)
Dios ofrece al hombre esta vida nueva:
¿Se puede rechazar a Cristo y todo lo que él ha traído
a la historia del hombre? Ciertamente es posible. El hombre es libre.
El hombre puede decir no a Dios. El hombre puede decir no a Cristo.
Pero sigue en pie la pregunta fundamental. ¿Es licito hacer
esto? ¿Con qué fundamento es licito? ».(10)
8. En el mundo moderno hay tendencia a
reducir el hombre a una mera dimensión horizontal. Pero ¿en
qué se convierte el hombre sin apertura al Absoluto? La
respuesta se halla no sólo en la experiencia de cada hombre,
sino también en la historia de la humanidad con la sangre
derramada en nombre de ideologías y de regímenes
políticos que han querido construir una « nueva
humanidad » sin Dios.(11)
Por lo demás, a cuantos están
preocupados por salvar la libertad de conciencia, dice el Concilio
Vaticano II: « La persona humana tiene derecho a la libertad
religiosa ... todos los hombres han de estar inmunes de coacción
por parte de personas particulares, como de grupos sociales y de
cualquier potestad humana, y esto de tal manera que en materia
religiosa ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia ni se le
impida que actúe conforme a ella en privado y en público,
solo o asociado con otros dentro de los limites debidos ».(12)
El anuncio y el testimonio de Cristo,
cuando se llevan a cabo respetando las conciencias, no violan la
libertad. La fe exige la libre adhesión del hombre, pero debe
ser propuesta, pues « las multitudes tienen derecho a conocer
la riqueza del misterio de Cristo, dentro del cual creemos que toda
la humanidad puede encontrar, con insospechada plenitud , todo lo que
busca a tientas acerca de Dios, del hombre y de su destino, de la
vida y de la muerte, de la verdad. Por eso, la Iglesia mantiene vivo
su empuje misionero e incluso desea intensificarlo en un momento
histórico como el nuestro ».(13) Hay que decir también
con palabras del Concilio que: « Todos los hombres, conforme a
su dignidad, por ser personas, es decir, dotados de razón y de
voluntad libre y, por tanto, enaltecidos con una responsabilidad
personal, tienen la obligación moral de buscar la verdad,
sobre todo la que se refiere a la religión. Están
obligados, asimismo, a adherirse a la verdad conocida y a ordenar
toda su vida según las exigencias de la verdad ».(14)
La Iglesia, signo e instrumento de
salvación
9. La primera beneficiaria de la
salvación es la Iglesia. Cristo la ha adquirido con su sangre
(cf. Act 20, 28) y la ha hecho su colaboradora en la obra de
la salvación universal. En efecto, Cristo vive en ella; es su
esposo; fomenta su crecimiento; por medio de ella cumple su misión.
El Concilio ha reclamado ampliamente el
papel de la Iglesia para la salvación de la humanidad. A la
par que reconoce que Dios ama a todos los hombres y les concede la
posibilidad de salvarse (cf. 1 Tim 2, 4),(15) la Iglesia
profesa que Dios ha constituido a Cristo como único mediador y
que ella misma ha sido constituida como sacramento universal de
salvación.(16) « Todos los hombres son llamados a esta
unidad católica del Pueblo de Dios, y a ella pertenecen o se
ordenan de diversos modos, sea los fieles católicos, sea los
demás creyentes en Cristo, sea también todos los
hombres en general llamados a la salvación por la gracia de
Dios ».(17) Es necesario, pues, mantener unidas estas dos
verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación en Cristo
para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta
misma salvación. Ambas favorecen la comprensión del
único misterio salvífico, de manera que se pueda
experimentar la misericordia de Dios y nuestra responsabilidad. La
salvación, que siempre es don del Espíritu, exige la
colaboración del hombre para salvarse tanto a sí mismo
como a los demás. Así lo ha querido Dios, y para esto
ha establecido y asociado a la Iglesia a su plan de salvación:
« Ese pueblo mesiánico —afirma el Concilio—
constituido por Cristo en orden a la comunión de vida, de
caridad y de verdad, es empleado también por él como
instrumento de la redención universal y es enviado a todo el
mundo como luz del mundo y sal de la tierra ».(18)
La salvación es ofrecida a todos
los hombres
10. La universalidad de la salvación
no significa que se conceda solamente a los que, de modo explícito,
creen en Cristo y han entrado en la Iglesia. Si es destinada a todos,
la salvación debe estar en verdad a disposición de
todos. Pero es evidente que, tanto hoy como en el pasado, muchos
hombres no tienen la posibilidad de conocer o aceptar la revelación
del Evangelio y de entrar en la Iglesia. Viven en condiciones
socioculturales que no se lo permiten y, en muchos casos, han sido
educados en otras tradiciones religiosas. Para ellos, la salvación
de Cristo es accesible en virtud de la gracia que, aun teniendo una
misteriosa relación con la Iglesia, no les introduce
formalmente en ella, sino que los ilumina de manera adecuada en su
situación interior y ambiental Esta gracia proviene de Cristo;
es fruto de su sacrificio y es comunicada por el Espíritu
Santo: ella permite a cada uno llegar a la salvación
mediante su libre colaboración.
Por esto mismo, el Concilio, después
de haber afirmado la centralidad del misterio pascual, afirma: «
Esto vale no solamente para los cristianos, sino también para
todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la
gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la
vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir,
divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo
ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios
conocida, se asocien a este misterio pascual ».(19)
« Nosotros no podemos menos de
hablar » (Act 4, 20)
11. ¿Qué decir, pues, de
las objeciones ya mencionadas sobre la misión ad gentes?
Con pleno respeto de todas las creencias y sensibilidades, ante
todo debemos afirmar con sencillez nuestra fe en Cristo, único
salvador del hombre; fe recibida como un don que proviene de lo Alto,
sin mérito por nuestra parte. Decimos con san Pablo: «
No me avergüenzo del Evangelio, que es una fuerza de Dios para
la salvación de todo el que cree » (Rom 1, 16).
Los mártires cristianos de todas las épocas —también
los de la nuestra— han dado y siguen dando la vida por
testimoniar ante los hombres esta fe, convencidos de que cada hombre
tiene necesidad de Jesucristo, que ha vencido el pecado y la muerte,
y ha reconciliado a los hombres con Dios.
Cristo se ha proclamado Hijo de Dios,
íntimamente unido al Padre, y, como tal, ha sido reconocido
por los discípulos, confirmando sus palabras con los milagros
y su resurrección. La Iglesia ofrece a los hombres el
Evangelio, documento profético, que responde a las exigencias
y aspiraciones del corazón humano y que es siempre «
Buena Nueva ». La Iglesia no puede dejar de proclamar que
Jesús, vino a revelar el rostro de Dios y alcanzar, mediante
la cruz y la resurrección, la salvación para todos los
hombres.
A la pregunta ¿Para qué
la misión? respondemos con la fe y la esperanza de la
Iglesia: abrirse al amor de Dios es la verdadera liberación.
En él, sólo en él, somos liberados de toda forma
de alienación y extravío, de la esclavitud del poder
del pecado y de la muerte. Cristo es verdaderamente « nuestra
paz » (Ef 2, 14), y « el amor de Cristo nos
apremia » (2 Cor 5, 14), dando sentido y alegría
a nuestra vida. La misión es un problema de fe, es el
índice exacto de nuestra fe en Cristo y en su amor por
nosotros.
La tentación actual es la de
reducir el cristianismo a una sabiduría meramente humanas,
casi como una ciencia del vivir bien. En un mundo fuertemente
secularizado, se ha dado una « gradual secularización de
la salvación », debido a lo cual se lucha ciertamente en
favor del hombre, pero de un hombre a medias, reducido a la mera
dimensión horizontal. En cambio, nosotros sabemos que Jesús
vino a traer la salvación integral, que abarca al hombre
entero y a todos los hombres, abriéndoles a los admirables
horizontes de la filiación divina.
¿Por qué la misión?
Porque a nosotros, como a san Pablo, « se nos ha concedido
la gracia de anunciar a los gentiles las inescrutables riquezas de
Cristo » (Ef 3, 8). La novedad de vida en él es
la « Buena Nueva » para el hombre de todo tiempo: a ella
han sido llamados y destinados todos los hombres. De hecho, todos la
buscan, aunque a veces de manera confusa, y tienen el derecho a
conocer el valor de este don y la posibilidad de alcanzarlo. La
Iglesia y, en ella, todo cristiano, no puede esconder ni conservar
para sí esta novedad y riqueza, recibidas de la divina bondad
para ser comunicadas a todos los hombres.
He ahí por qué la misión,
además de provenir del mandato formal del Señor, deriva
de la exigencia profunda de la vida de Dios en nosotros. Quienes han
sido incorporados a la Iglesia han de considerarse privilegiados y,
por ello, mayormente comprometidos en testimoniar la fe y la vida
cristiana como servicio a los hermanos y respuesta debida a Dios,
recordando que « su excelente condición no deben
atribuirla a los méritos propios sino a una gracia singular de
Cristo, no respondiendo a la cual con pensamiento, palabra y obra,
lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad ».(20)
CAPÍTULO II
EL REINO DE DIOS
12. « Dios rico en misericordia
es el que Jesucristo nos ha revelado como Padre; cabalmente su Hijo,
en sí mismo, nos lo ha manifestado y nos lo ha hecho conocer
».(21) Escribía esto al comienzo de la Encíclica
Dives in Misericordia, mostrando cómo Cristo es la
revelación y la encarnación de la misericordia del
Padre. La salvación consiste en creer y acoger el misterio del
Padre y de su amor, que se manifiesta y se da en Jesús
mediante el Espíritu. Así se cumple el Reino de Dios,
preparado ya por la Antigua Alianza, llevado a cabo por Cristo y en
Cristo, y anunciado a todas las gentes por la Iglesia, que se
esfuerza y ora para que llegue a su plenitud de modo perfecto y
definitivo.
El Antiguo Testamento atestigua que
Dios ha escogido y formado un pueblo para revelar y llevar a cabo su
designio de amor. Pero, al mismo tiempo, Dios es Creador y Padre de
todos los hombres se cuida de todos, a todos extiende su bendición
(cf. Gén 12, 3) y con todos hace una alianza -Gén
9, 1-17). Israel tiene experiencia de un Dios personal y salvador
(cf. Dt 4, 37; 7, 6-8; Is 43, 1-7), del cual se
convierte en testigo y portavoz en medio de las naciones. A lo largo
de la propia historia, Israel adquiere conciencia de que su elección
tiene un significado universal (cf. por ejemplo Is 2, 2-5;
6-8; 60, 1-6; Jer 3, 17; 16, 19.
Cristo hace presente el Reino
13. Jesús de Nazaret lleva a
cumplimiento el plan de Dios. Después de haber recibido el
Espíritu Santo en el bautismo, manifiesta su vocación
mesiánica: recorre Galilea proclamando « la Buena Nueva
de Dios: "El tiempo se ha cumplido y el Reino está cerca;
convertíos y creed en la Buena Nueva" » (Mc
1, 14-15; cf. Mt 4, 17; Lc 4, 43). La proclamación
y la instauración del Reino de Dios son el objeto de su
misión: « Porque a esto he sido enviado » (Lc
4, 43). Pero hay algo más: Jesús en persona es la «
Buena Nueva », como él mismo afirma al comienzo de su
misión en la sinagoga de Nazaret, aplicándose las
palabras de Isaías relativas al Ungido, enviado por el
Espíritu del Señor (cf. Lc. 4, 14-21). Al ser él
la « Buena Nueva », existe en Cristo plena identidad
entre mensaje y mensajero, entre el decir, el actuar y el ser. Su
fuerza, el secreto de la eficacia de su acción consiste en la
identificación total con el mensaje que anuncia; proclama la «
Buena Nueva » no sólo con lo que dice o hace, sino
también con lo que es.
El ministerio de Jesús se
describe en el contexto de los viajes por su tierra. La perspectiva
de la misión antes de la Pascua se centra en Israel; sin
embargo, Jesús nos ofrece un elemento nuevo de capital
importancia. La realidad escatológica no se aplaza hasta un
fin remoto del mundo, sino que se hace próxima y comienza a
cumplirse. « El Reino de Dios está cerca » (Mc
1, 15); se ora para que venga (cf. Mt 6, 10); la fe lo
ve ya presente en los signos, como los milagros (cf. Mt 11,
4-5), los exorcismos (cf. Mt 12, 25-28), la elección de
los Doce (cf. Mc 3, 13-19), el anuncio de la Buena Nueva a los
pobres (cf. Lc 4, 18). En los encuentros de Jesús con
los paganos se ve con claridad que la entrada en el Reino acaece
mediante la fe y la conversión (cf. Mc 1, 15) Y no por
la mera pertenencia étnica.
El Reino que inaugura Jesús es
el Reino de Dios; él mismo nos revela quién es este
Dios al que llama con el término familiar « Abba »,
Padre (Mc 14, 36). El Dios revelado sobre todo en las
parábolas (cf. Lc 15, 3-32; Mt 20, 1-16) es
sensible a las necesidades, a los sufrimientos de todo hombre; es un
Padre amoroso y lleno de compasión, que perdona y concede
gratuitamente las gracias pedidas.
San Juan nos dice que « Dios es
Amor » (1 Jn 4, 8. 16). Todo hombre, por tanto, es
invitado a « convertirse » y « creer » en el
amor misericordioso de Dios por él; el Reino crecerá en
a medida en que cada hombre aprenda a dirigirse a Dios como a un
Padre en la intimidad de la oración (cf. Lc 11, 2; Mt
23, 9), y se esfuerce en cumplir su voluntad (cf. Mt 7,
21).
Características y exigencias del
Reino
14. Jesús revela progresivamente
las características y exigencias del Reino mediante sus
palabras, sus obras y su persona.
El Reino está destinado a todos
los hombres, dado que todos son llamados a ser sus miembros. Para
subrayar este aspecto, Jesús se ha acercado sobre todo a
aquellos que estaban al margen de la sociedad, dándoles su
preferencia, cuando anuncia la « Buena Nueva ». Al
comienzo de su ministerio proclama que ha sido « enviado a
anunciar a los pobres la Buena Nueva » (Lc 4, 18). A
todas las víctimas del rechazo y del desprecio Jesús
les dice: « Bienaventurados los pobres » (Lc 6,
20). Además, hace vivir ya a estos marginados una experiencia
de liberación, estando con ellos y yendo a comer con ellos
(cf. Lc 5, 30; 15, 2), tratándoles como a iguales y
amigos (cf. Lc 7, 34), haciéndolos sentirse amados por
Dios y manifestando así su inmensa ternura hacia los
necesitados y los pecadores (cf. Lc 15, 1-32).
La liberación y la salvación
que el Reino de Dios trae consigo alcanzan a la persona humana en su
dimensión tanto física como espiritual. Dos gestos
caracterizan la misión de Jesús: curar y perdonar. Las
numerosas curaciones demuestran su gran compasión ante la
miseria humana, pero significan también que en el Reino ya no
habrá enfermedades ni sufrimientos y que su misión,
desde el principio, tiende a liberar de todo ello a las personas. En
la perspectiva de Jesús, las curaciones son también
signo de salvación espiritual, de liberación del
pecado. Mientras cura, Jesús invita a la fe, a la conversión,
al deseo de perdón (cf. Lc 5, 24). Recibida la fe, la
curación anima a ir más lejos: introduce en la
salvación (cf. Lc 18, 42-43). Los gestos liberadores de
la posesión del demonio, mal supremo y símbolo del
pecado y de la rebelión contra Dios, son signos de que «
ha llegado a vosotros el Reino de Dios » (Mt 12, 28).
15. El Reino tiende a transformar las
relaciones humanas y se realiza progresivamente, a medida que los
hombres aprenden a amarse, a perdonarse y a servirse mutuamente.
Jesús se refiere a toda la ley, centrándola en el
mandamiento del amor (cf. Mt 22, 34-40); Lc 10, 25-28).
Antes de dejar a los suyos les da un « mandamiento nuevo »:
« Que os améis los unos a los otros como yo os he amado
» (Jn 15, 12; cf. 13, 34). El amor con el que Jesús
ha amado al mundo halla su expresión suprema en el don de su
vida por los hombres (cf. Jn 15, 13), manifestando así
el amor que el Padre tiene por el mundo (cf. Jn 3, 16). Por
tanto la naturaleza del Reino es la comunión de todos los
seres humanos entre sí y con Dios.
El Reino interesa a todos: a las
personas, a sociedad, al mundo entero. Trabajar por el Reino quiere
decir reconocer y favorecer el dinamismo divino, que está
presente en la historia humana y la transforma. Construir el Reino
significa trabajar por la liberación del mal en todas sus
formas. En resumen, el Reino de Dios es la manifestación y la
realización de su designio de salvación en toda su
plenitud.
En el Resucitado, llega a su
cumplimiento y es proclamado el Reino de Dios
16. Al resucitar Jesús de entre
los muertos Dios ha vencido la muerte y en él ha inaugurado
definitivamente su Reino. Durante su vida terrena Jesús es el
profeta del Reino y, después de su pasión, resurrección
y ascensión al cielo, participa del poder de Dios y de su
dominio sobre el mundo (cf. Mt 28, 18; Act 2, 36; Ef
1, 18-31). La resurrección confiere un alcance universal
al mensaje de Cristo, a su acción y a toda su misión.
Los discípulos se percatan de que el Reino ya está
presente en la persona de Jesús y se va instaurando
paulatinamente en el hombre y en el mundo a través de un
vínculo misterioso con él.
En efecto, después de la
resurrección ellos predicaban el Reino, anunciando a Jesús
muerto y resucitado. Felipe anunciaba en Samaría « la
Buena Nueva del Reino de Dios y el nombre de Jesucristo » (Act
8, 12). Pablo predicaba en Roma el Reino de Dios y enseñaba lo
referente al Señor Jesucristo (cf. Act 28, 31).
También los primeros cristianos
anunciaban « el Reino de Cristo y de Dios » (Ef 5,
5; cf. Ap 11, 15; 12, 10) o bien « el Reino eterno de
nuestro Señor Jesucristo » (2 Pe 1,
11). Es en el anuncio de Jesucristo, con el que el Reino se
identifica, donde se centra la predicación de la Iglesia
primitiva. Al igual que entonces, hoy también es necesario
unir el anuncio del Reino de Dios (el contenido del «
kerigma » de Jesús) y la proclamación del
evento de Jesucristo (que es el « kerigma » de los
Apóstoles). Los dos anuncios se completan y se iluminan
mutuamente.
El Reino con relación a Cristo y
a la Iglesia
17. Hoy se habla mucho del Reino, pero
no siempre en sintonía con el sentir de la Iglesia. En efecto,
se dan concepciones de la salvación y de la misión que
podemos llamar « antropocéntricas », en el sentido
reductivo del término, al estar centradas en torno a las
necesidades terrenas del hombre. En esta perspectiva el Reino tiende
a convertirse en una realidad plenamente humana y secularizada, en la
que sólo cuentan los programas y luchas por la liberación
socioeconómica, política y también cultural,
pero con unos horizontes cerrados a lo trascendente. Aun no negando
que también a ese nivel haya valores por promover, sin embargo
tal concepción se reduce a los confines de un reino del
hombre, amputado en sus dimensiones auténticas y profundas, y
se traduce fácilmente en una de las ideologías que
miran a un progreso meramente terreno. El Reino de Dios, en cambio, «
no es de este mundo, no es de aquí » (Jn 18, 36).
Se dan además determinadas
concepciones que, intencionadamente, ponen el acento sobre el Reino y
se presentan como « reinocéntricas », las cuales
dan relieve a la imagen de una Iglesia que no piensa en si misma,
sino que se dedica a testimoniar y servir al Reino. Es una «
Iglesia para los demás », —se dice— como «
Cristo es el hombre para los demás ». Se describe el
cometido de la Iglesia, como si debiera proceder en una doble
dirección; por un lado, promoviendo los llamados «
valores del Reino », cuales son la paz, la justicia, la
libertad, la fraternidad; por otro, favoreciendo el diálogo
entre los pueblos, las culturas, las religiones, para que,
enriqueciéndose mutuamente, ayuden al mundo a renovarse y a
caminar cada vez más hacia el Reino.
Junto a unos aspectos positivos, estas
concepciones manifiestan a menudo otros negativos. Ante todo, dejan
en silencio a Cristo: el Reino, del que hablan, se basa en un «
teocentrismo », porque Cristo —dicen— no puede ser
comprendido por quien no profesa la fe cristiana, mientras que
pueblos, culturas y religiones diversas pueden coincidir en la única
realidad divina, cualquiera que sea su nombre. Por el mismo motivo,
conceden privilegio al misterio de la creación, que se refleja
en la diversidad de culturas y creencias, pero no dicen nada sobre el
misterio de la redención. Además el Reino, tal como lo
entienden, termina por marginar o menospreciar a la Iglesia, como
reacción a un supuesto « eclesiocentrismo » del
pasado y porque consideran a la Iglesia misma sólo un signo,
por lo demás no exento de ambigüedad.
18. Ahora bien, no es éste el
Reino de Dios que conocemos por la Revelación, el cual no
puede ser separado ni de Cristo ni de la Iglesia.
Como ya queda dicho, Cristo no sólo
ha anunciado el Reino, sino que en él el Reino mismo se ha
hecho presente y ha llegado a su cumplimiento: « Sobre todo, el
Reino se manifiesta en la persona misma de Cristo, Hijo de Dios e
Hijo del hombre, quien vino "a servir y a dar su vida para la
redención de muchos" (Mc 10, 45) ».(22) El
Reino de Dios no es un concepto, una doctrina o un programa sujeto a
libre elaboración, sino que es ante todo una persona que
tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret, imagen del
Dios invisible.(23) Si se separa el Reino de la persona de Jesús,
no existe ya el reino de Dios revelado por él, y se termina
por distorsionar tanto el significado del Reino —que corre
el riesgo de transformarse en un objetivo puramente humano o
ideológico— como la identidad de Cristo, que no aparece
ya como el Señor, al cual debe someterse todo (cf. 1
Cor l5,27).
Asimismo, el Reino no puede ser
separado de la Iglesia. Ciertamente, ésta no es fin para sí
misma, ya que está ordenada al Reino de Dios, del cual es
germen, signo e instrumento. Sin embargo, a la vez que se distingue
de Cristo y del Reino, está indisolublemente unida a ambos.
Cristo ha dotado a la Iglesia, su Cuerpo, de la plenitud de los
bienes y medios de salvación; el Espíritu Santo mora en
ella, la vivifica con sus dones y carismas, la santifica, la guía
y la renueva sin cesar.(24) De ahí deriva una relación
singular y única que, aunque no excluya la obra de Cristo y
del Espíritu Santo fuera de los confines visibles de la
Iglesia, le confiere un papel específico y necesario. De ahí
también el vínculo especial de la Iglesia con el Reino
de Dios y de Cristo, dado que tiene « la misión de
anunciarlo e instaurarlo en todos los pueblos ».(25)
19. Es en esta visión de
conjunto donde se comprende la realidad del Reino. Ciertamente, éste
exige la promoción de los bienes humanos y de los valores que
bien pueden llamarse « evangélicos », porque están
íntimamente unidos a la Buena Nueva. Pero esta promoción,
que la Iglesia siente también muy dentro de sí, no debe
separarse ni contraponerse a los otros cometidos fundamentales, como
son el anuncio de Cristo y de su Evangelio, la fundación y el
desarrollo de comunidades que actúan entre los hombres la
imagen viva del Reino. Con esto no hay que tener miedo a caer en una
forma de « eclesiocentrismo ». Pablo VI, que afirmó
la existencia de « un vínculo profundo entre Cristo, la
Iglesia y la evangelización »,(26) dijo también
que la Iglesia « no es fin para sí misma, sino
fervientemente solícita de ser toda de Cristo, en Cristo y
para Cristo, y toda igualmente de los hombres, entre los hombres y
para los hombres ».(27)
La Iglesia al servicio del Reino
20. La Iglesia está efectiva y
concretamente al servicio del Reino. Lo está, ante todo,
mediante el anuncio que llama a la conversión; éste es
el primer y fundamental servicio a la venida del Reino en las
personas y en la sociedad humana. La salvación escatológica
empieza, ya desde ahora, con la novedad de vida en Cristo: « A
todos los que la recibieron les dio el poder de hacerse hijos de
Dios, a los que creen en su nombre » (Jn 1, 12).
La Iglesia, pues, sirve al Reino,
fundando comunidades e instituyendo Iglesias particulares,
llevándolas a la madurez de la fe y de la caridad, mediante la
apertura a los demás, con el servicio a la persona y a la
sociedad, por la comprensión y estima de las instituciones
humanas.
La Iglesia, además, sirve al
Reino difundiendo en el mundo los « valores evangélicos
», que son expresión de ese Reino y ayudan a los hombres
a acoger el designio de Dios. Es verdad, pues, que la realidad
incipiente del Reino puede hallarse también fuera de los
confines de la Iglesia, en la humanidad entera, siempre que ésta
viva los « valores evangélicos » y esté
abierta a la acción del Espíritu que. sopla donde y
como quiere (cf. Jn 3, 8); pero además hay que decir
que esta dimensión temporal del Reino es incompleta, si no
está en coordinación con el Reino de Cristo, presente
en la Iglesia y en tensión hacia la plenitud escatológica.(28)
Las múltiples perspectivas del
Reino de Dios (29) no debilitan los fundamentos y las finalidades de
la actividad misionera, sino que los refuerzan y propagan. La
Iglesia, es sacramento de salvación para toda la humanidad y
su acción no se limita a los que aceptan su mensaje. Es fuerza
dinámica en el camino de la humanidad hacia el Reino
escatológico; es signo y a la vez promotora de los valores
evangélicos entre los hombres.(30) La Iglesia contribuye a
este itinerario de conversión al proyecto de Dios, con su
testimonio y su actividad, como son el diálogo, la promoción
humana, el compromiso por la justicia y la paz, la educación,
el cuidado de los enfermos, la asistencia a los pobres y a los
pequeños, salvaguardando siempre la prioridad de las
realidades trascendentes y espirituales, que son premisas de la
salvación escatológica.
La Iglesia, finalmente, sirve también
al Reino con su intercesión, al ser éste por su
naturaleza don y obra de Dios, como recuerdan las parábolas
del Evangelio y la misma oración enseñada por Jesús.
Nosotros debemos pedirlo, acogerlo, hacerlo crecer dentro de
nosotros; pero también debemos cooperar para que el Reino sea
acogido y crezca entre los hombres, hasta que Cristo « entregue
a Dios Padre el Reino » y « Dios sea todo en todo »
(1 Cor 15, 24.28).
CAPÍTULO III
EL ESPÍRITU SANTO PROTAGONISTA DE LA MISIÓN
21. « En el momento culminante de
la misión mesiánica de Jesús, el Espíritu
Santo se hace presente en el misterio pascual con toda su
subjetividad divina: como el que debe continuar la obra salvífica,
basada en el sacrificio de la cruz. Sin duda esta obra es encomendada
por Jesús a los hombres: a los Apóstoles y a la
Iglesia. Sin embargo, en estos hombres y por medio de ellos, el
Espíritu Santo sigue siendo el protagonista trascendente de la
realización de esta obra en el espíritu del hombre y en
la historia del mundo ».(31)
El Espíritu Santo es en verdad
el protagonista de toda la misión eclesial; su obra
resplandece de modo eminente en la misión ad gentes, como se
ve en la Iglesia primitiva por la conversión de Cornelio (cf.
Act 10), por las decisiones sobre los problemas que surgían
(cf. Act 15), por la elección de los territorios
y de los pueblos (cf. Act 16, 6 ss). El Espíritu actúa
por medio de los Apóstoles, pero al mismo tiempo actúa
también en los oyentes: « Mediante su acción, la
Buena Nueva toma cuerpo en las conciencias y en los corazones humanos
y se difunde en la historia. En todo está el Espíritu
Santo que da la vida » (32)
El envío « hasta los
confines de la tierra » (Act1, 8)
22. Todos los evangelistas, al narrar
el encuentro del Resucitado con los Apóstoles, concluyen con
el mandato misional: « Me ha sido dado todo poder en el cielo y
en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes.
Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin
del mundo » (Mt 28, 18-20; cf. Mc 16, 15-18; Lc
24, 46-49; Jn 20, 21-23).
Este envío es envío en
el Espíritu, como aparece claramente en el texto de san
Juan: Cristo envía a los suyos al mundo, al igual que el Padre
le ha enviado a él y por esto les da el Espíritu. A su
vez, Lucas relaciona estrictamente el testimonio que los Apóstoles
deberán dar de Cristo con la acción del Espíritu,
que les hará capaces de llevar a cabo el mandato recibido.
23. Las diversas formas del «
mandato misionero » tienen puntos comunes y también
acentuaciones características. Dos elementos, sin embargo, se
hallan en todas las versiones. Ante todo, la dimensión
universal de la tarea confiada a los Apóstoles: « A
todas las gentes » (Mt 28, 19); « por todo el
mundo ... a toda la creación » (Mc 16, 15);
« a todas las naciones » (Act 1, 8). En
segundo lugar, la certeza dada por el Señor de que en esa
tarea ellos no estarán solos, sino que recibirán la
fuerza y los medios para desarrollar su misión. En esto está
la presencia y el poder del Espíritu, y la asistencia de
Jesús: « Ellos salieron a predicar por todas partes,
colaborando el Señor con ellos » (Mc 16, 20).
En cuanto a las diferencias de
acentuación en el mandato, Marcos presenta la misión
como proclamación o Kerigma: « Proclaman la Buena
Nueva » (Mc 16, 15). Objetivo del evangelista es guiar a
sus lectores a repetir la confesión de Pedro: « Tú
eres el Cristo » (Mc 8, 29) y proclamar, como el
Centurión romano delante de Jesús muerto en la cruz: «
Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios » (Mc 15,
39). En Mateo el acento misional está puesto en la fundación
de la Iglesia y en su enseñanza (cf. Mt 28, 19-20; 16,
18). En él, pues, este mandato pone de relieve que la
proclamación del Evangelio debe ser completada por una
específica catequesis de orden eclesial y sacramental. En
Lucas, la misión se presenta como testimonio (cf. Lc 24,
48; Act 1, 8), cuyo objeto ante todo es la resurrección
(cf. Act 1, 22). El misionero es invitado a creer en la
fuerza transformadora del Evangelio y a anunciar lo que tan bien
describe Lucas, a saber, la conversión al amor y a la
misericordia de Dios, la experiencia de una liberación total
hasta la raíz de todo mal, el pecado.
Juan es el único que habla
explícitamente de « mandato » —palabra que
equivale a « misión »— relacionando
directamente la misión que Jesús confía a sus
discípulos con la que él mismo ha recibido del Padre: «
Como el Padre me envió, también yo os envío »
(Jn 20, 21). Jesús dice, dirigiéndose al Padre:
« Como tú me has enviado al mundo, yo también los
he enviado al mundo » (Jn 17, 18). Todo el sentido
misionero del Evangelio de Juan está expresado en la «
oración sacerdotal »: « Esta es la vida eterna:
que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tu has
enviado Jesucristo » (Jn 17, 3). Fin último de la
misión es hacer participes de la comunión que existe
entre el Padre y el Hijo: los discípulos deben vivir la unidad
entre sí , permaneciendo en el Padre y en el Hijo, para que el
mundo conozca y crea (cf. Jn 17, 21-23). Es éste un
significativo texto misionero que nos hace entender que se es
misionero ante todo por lo que se es, en cuanto Iglesia que
vive profundamente la unidad en el amor, antes de serlo por lo que
se dice o se hace.
Por tanto, los cuatro evangelios, en la
unidad fundamental de la misma misión, testimonian un cierto
pluralismo que refleja experiencias y situaciones diversas de las
primeras comunidades cristianas; este pluralismo es también
fruto del empuje dinámico del mismo Espíritu; invita a
estar atentos a los diversos carismas misioneros y a las distintas
condiciones ambientales y humanas. Sin embargo, todos los
evangelistas subrayan que la misión de los discípulos
es colaboración con la de Cristo: « Sabed que yo estoy
con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt
28, 20) La misión, por consiguiente , no se basa en las
capacidades humanas, sino en el poder del Resucitado.
El Espíritu guía la
misión
24. La misión de la Iglesia, al
igual que la de Jesús, es obra de Dios o, como dice a menudo
Lucas, obra del Espíritu. Después de la resurrección
y ascensión de Jesús, los Apóstoles viven una
profunda experiencia que los transforma: Pentecostés. La
venida del Espíritu Santo los convierte en testigos o
profetas (cf. Act 1, 8; 2, 17-18), infundiéndoles
una serena audacia que les impulsa a transmitir a los demás su
experiencia de Jesús y la esperanza que los anima. El Espíritu
les da la capacidad de testimoniar a Jesús con « toda
libertad ».(33)
Cuando los evangelizadores salen de
Jerusalén, el Espíritu asume aún más la
función de « guía » tanto en la elección
de las personas como de los caminos de la misión. Su acción
se manifiesta de modo especial en el impulso dado a la misión
que de hecho, según palabras de Cristo, se extiende desde
Jerusalén a toda Judea y Samaria, hasta los últimos
confines de la tierra.
Los Hechos recogen seis síntesis
de los « discursos misioneros » dirigidos a los judíos
el los comienzos de la Iglesia (cf. Act 2, 22-39; 3, 12-26; 4,
9-12; 5, 29-32; 10, 34-43; 13, 16-41). Estos discursos-modelo,
pronunciados por Pedro y por Pablo, anuncian a Jesús e invitan
a la « conversión », es decir, a acoger a Jesús
por la fe y a dejarse transformar en él por el Espíritu.
Pablo y Bernabé se sienten
empujados por el Espíritu hacia los paganos (cf. Act 13
46-48), lo cual no sucede sin tensiones y problemas. ¿Cómo
deben vivir su fe en Jesús los gentiles convertidos? ¿Están
ellos vinculados a las tradiciones judías y a la ley de la
circuncisión? En el primer Concilio, que reúne en
Jerusalén a miembros de diversas Iglesias alrededor de los
Apóstoles, se toma una decisión reconocida como
proveniente del Espíritu: para hacerse cristiano no es
necesario que un gentil se someta a la ley judía (cf. Act
15, 5-11.28). Desde aquel momento la Iglesia abre sus puertas y
se convierte en la casa donde todos pueden entrar y sentirse a gusto,
conservando la propia cultura y las propias tradiciones, siempre que
no estén en contraste con el Evangelio.
25. Los misioneros han procedido según
esta línea, teniendo muy presentes las expectativas y
esperanzas) las angustias y sufrimientos la cultura de la gente para
anunciar la salvación en Cristo. Los discursos de Listra y
Atenas (cf. Act 14, 11-17; 17, 22-31) son considerados
como modelos para la evangelización de los paganos. En ellos
Pablo « entra en diálogo » con los valores
culturales y religiosos de los diversos pueblos. A los habitantes de
Licaonia, que practicaban una religión de tipo cósmico,
les recuerda experiencias religiosas que se refieren al cosmos; con
los griegos discute sobre filosofía y cita a sus poetas (cf.
Act 17, 18.26-28). El Dios al que quiere revelar está
ya presente en su vida; es él, en efecto, quien los ha creado
y el que dirige misteriosamente los pueblos y la historia. Sin
embargo, para reconocer al Dios verdadero, es necesario que abandonen
los falsos dioses que ellos mismos han fabricado y abrirse a aquel a
quien Dios ha enviado para colmar su ignorancia y satisfacer la
espera de sus corazones (cf. Act 17, 27-30). Son discursos que
ofrecen un ejemplo de inculturación del Evangelio.
Bajo la acción del Espíritu,
la fe cristiana se abre decisivamente a las a gentes » y el
testimonio de Cristo se extiende a los centros más importantes
del Mediterráneo oriental para llegar posteriormente a Roma y
al extremo occidente. Es el Espíritu quien impulsa a ir cada
vez mas lejos, no sólo en sentido geográfico, sino
también más allá de las barreras étnicas
y religiosas, para una misión verdaderamente universal.
El Espíritu hace misionera a
toda la Iglesia
26. El Espíritu mueve al grupo
de los creyentes a « hacer comunidad », a ser Iglesia.
Tras el primer anuncio de Pedro, el día de Pentecostés,
y las conversiones que se dieron a continuación, se forma la
primera comunidad (cf. Act 2, 42-47; 4, 32-35).
En efecto, uno de los objetivos
centrales de la misión es reunir al pueblo para la escucha del
Evangelio, en la comunión fraterna, en la oración y la
Eucaristía. Vivir « la comunión fraterna »
(koinonía) significa tener « un solo corazón y
una sola alma » (Act 4, 32), instaurando una comunión
bajo todos los aspectos: humano, espiritual y material. De hecho, la
verdadera comunidad cristiana, se compromete también a
distribuir los bienes terrenos para que no haya indigentes y todos
puedan tener acceso a los bienes « según su necesidad »
(Act 2, 45; 4, 35). Las primeras comunidades, en las que
reinaba « la alegría y sencillez de corazón »
(Act 2, 46) eran dinámicamente abiertas y misioneras y
« gozaban de la simpatía de todo el pueblo » (Act
2, 47). Aun antes de ser acción, la misión es
testimonio e irradiación.(34)
27. Los Hechos indican que la
misión, dirigida primero a Israel y luego a las gentes, se
desarrolla a muchos niveles. Ante todo, existe el grupo de los Doce
que, como un único cuerpo guiado por Pedro, proclama la Buena
Nueva. Está luego la comunidad de los creyentes que, con su
modo de vivir y actuar, da testimonio del Señor y convierte a
los paganos (cf. Act 2, 46-47). Están también
los enviados especiales, destinados a anunciar el Evangelio. Y así,
la comunidad cristiana de Antioquía envía sus miembros
a misionar: después de haber ayunado, rezado y celebrado la
Eucaristía, esta comunidad percibe que el Espíritu
Santo ha elegido a Pablo y Bernabé para ser enviados (cf. Act
13, 1-4). En sus orígenes, por tanto, la misión es
considerada como un compromiso comunitario y una responsabilidad de
la Iglesia local, que tiene necesidad precisamente de «
misioneros » para lanzarse hacia nuevas fronteras. Junto a
aquellos enviados había otros que atestiguaban espontáneamente
la novedad que había transformado sus vidas y luego ponían
en conexión las comunidades en formación con la Iglesia
apostólica.
La lectura de los Hechos nos
hace entender que, al comienzo de la Iglesia, la misión ad
gentes, aun contando ya con misioneros « de por vida »,
entregados a ella por una vocación especial, de hecho era
considerada como un fruto normal de la vida cristiana, un compromiso
para todo creyente mediante el testimonio personal y el anuncio
explícito, cuando era posible.
El Espíritu está presente
operante en todo tiempo y lugar
28. El Espíritu se manifiesta de
modo particular en la Iglesia y en sus miembros; sin embargo, su
presencia y acción son universales, sin límite alguno
ni de espacio ni de tiempo.(35) El Concilio Vaticano II recuerda la
acción del Espíritu en el corazón del hombre,
mediante las « semillas de la Palabra », incluso en las
iniciativas religiosas, en los esfuerzos de la actividad humana
encaminados a la verdad, al bien y a Dios.(36)
El Espíritu ofrece al hombre «
su luz y su fuerza ... a fin de que pueda responder a su máxima
vocación »; mediante el Espíritu « el
hombre llega por la fe a contemplar y saborear el misterio del plan
divino »; más aún, « debemos creer que el
Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la
forma que sólo Dios conoce, se asocien a este misterio pascual
».(37) En todo caso, la Iglesia « sabe también que
el hombre, atraído sin cesar por el Espíritu de Dios,
nunca jamás será del todo indiferente ante el problema
religioso » y « siempre deseará ... saber, al
menos confusamente, el sentido de su vida, de su acción y de
su muerte ».(38) El Espíritu, pues, está en el
origen mismo de la pregunta existencial y religiosa del hombre, la
cual surge no sólo de situaciones contingentes, sino de la
estructura misma de su ser.(39)
La presencia y la actividad del
Espíritu no afectan únicamente a los individuos, sino
también a la sociedad, a la historia, a los pueblos, a las
culturas y a las religiones. En efecto, el Espíritu se halla
en el origen de los nobles ideales y de las iniciativas de bien de la
humanidad en camino; « con admirable providencia guía el
curso de los tiempos y renueva la faz de la tierra ».(40)
Cristo resucitado « obra ya por la virtud de su Espíritu
en el corazón del hombre, no sólo despertando el anhelo
del siglo futuro, sino también, por eso mismo, alentando,
purificando y corroborando los generosos propósitos con que la
familia humana intenta hacer más llevadera su vida y someter
la tierra a este fin ».(41) Es también el Espíritu
quien esparce « las semillas de la Palabra » presentes en
los ritos y culturas, y los prepara para su madurez en Cristo.(42)
29. Así el Espíritu que «
sopla donde quiere » (Jn 3, 8) y « obraba ya en el
mundo aun antes de que Cristo fuera glorificado »,(43) que «
llena el mundo y todo lo mantiene unido, que sabe todo cuanto se
habla » (Sab 1, 7), nos lleva a abrir más nuestra
mirada para considerar su acción presente en todo tiempo y
lugar.(44) Es una llamada que yo mismo he hecho repetidamente y que
me ha guiado en mis encuentros con los pueblos más diversos.
La relación de la Iglesia con las demás religiones está
guiada por un doble respeto: « Respeto por el hombre en su
búsqueda de respuesta a las preguntas más profundas de
la vida, y respeto por la acción del Espíritu en el
hombre ».(45) El encuentro interreligioso de Asís,
excluida toda interpretación equívoca, ha querido
reafirmar mi convicción de que « toda auténtica
plegaria está movida por el Espíritu Santo, que está
presente misteriosamente en el corazón de cada persona.(46)
Este Espíritu es el mismo que se
ha hecho presente en la encarnación, en la vida, muerte y
resurrección de Jesús y que actúa en la Iglesia.
No es, por consiguiente, algo alternativo a Cristo, ni viene a llenar
una especie de vacío, como a veces se da por hipótesis
que exista entre Cristo y el Logos. Todo lo que el Espíritu
obra en los hombres y en la historia de los pueblos, así como
en las culturas y religiones tiene un papel de preparación
evangélica,(47) y no puede menos de referirse a Cristo, Verbo
encarnado por obra del Espíritu, « para que, hombre
perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas ».(48)
La acción universal del Espíritu
no hay que separarla tampoco de la peculiar acción que
despliega en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. En efecto, es
siempre el Espíritu quien actúa, ya sea cuando vivifica
la Iglesia y la impulsa a anunciar a Cristo, ya sea cuando siembra y
desarrolla sus dones en todos los hombres y pueblos, guiando a la
Iglesia a descubrirlos, promoverlos y recibirlos mediante el diálogo.
Toda clase de presencia del Espíritu ha de ser acogida con
estima y gratitud; pero el discernirla compete a la Iglesia, a la
cual Cristo ha dado su Espíritu para guiarla hasta la verdad
completa (cf. Jn 16, 13).
La actividad misionera está aún
en sus comienzos
30. Nuestra época, con la
humanidad en movimiento y búsqueda, exige un nuevo impulso
en la actividad misionera de la Iglesia. Los horizontes y las
posibilidades de la misión se ensanchan, y nosotros los
cristianos estamos llamados a la valentía apostólica,
basada en la confianza en el Espíritu ¡El es el
protagonista de la misión!
En la historia de la humanidad son
numerosos los cambios periódicos que favorecen el dinamismo
misionero. La Iglesia, guiada por el Espíritu, ha respondido
siempre a ellos con generosidad y previsión. Los frutos no han
faltado. Hace poco se ha celebrado el milenario de la evangelización
de la Rus' y de los pueblos eslavos y se está acercando la
celebración del V Centenario de la evangelización de
América. Asimismo se han conmemorado recientemente los
centenarios de las primeras misiones en diversos Países de
Asia, África y Oceanía. Hoy la Iglesia debe afrontar
otros desafíos, proyectándose hacia nuevas fronteras,
tanto en la primera misión ad gentes, como en la nueva
evangelización de pueblos que han recibido ya el anuncio de
Cristo. Hoy se pide a todos los cristianos, a las Iglesias
particulares y a la Iglesia universal la misma valentía que
movió a los misioneros del pasado y la misma disponibilidad
para escuchar la voz del Espíritu.
CAPÍTULO IV
LOS INMENSOS HORIZONTES DE LA MISIÓN
AD GENTES
31. El Señor Jesús envió
a sus Apóstoles a todas las personas y pueblos, y a todos los
lugares de la tierra. Por medio de los Apóstoles la Iglesia
recibió una misión universal, que no conoce confines y
concierne a la salvación en toda su integridad, de conformidad
con la plenitud de vida que Cristo vino a traer (cf. Jn 10,10);
ha sido enviada « para manifestar y comunicar la caridad de
Dios a todos los hombres y pueblos ».(49)
Esta misión es única, al
tener el mismo origen y finalidad; pero en el interior de la Iglesia
hay tareas y actividades diversas. Ante todo, se da la actividad
misionera que vamos a llamar misión ad gentes, con
referencia al Decreto conciliar: se trata de una actividad primaria
de la Iglesia, esencial y nunca concluida. En efecto, la Iglesia «
no puede sustraerse a la perenne misión de llevar el
Evangelio a cuantos —y son millones de hombres y mujeres—
no conocen todavía a Cristo Redentor del hombre. Esta es la
responsabilidad más específicamente misionera que Jesús
ha confiado y diariamente vuelve a confiar a su Iglesia ».(50)
Un marco religioso, complejo y en
movimiento
32. Hoy nos encontramos ante una
situación religiosa bastante diversificada y cambiante; los
pueblos están en movimiento; realidades sociales y religiosas,
que tiempo atrás eran claras y definidas, hoy día se
transforman en situaciones complejas. Baste pensar en algunos
fenómenos, como el urbanismo, las migraciones masivas, el
movimiento de prófugos, la descristianización de países
de antigua cristiandad, el influjo pujante del Evangelio y de sus
valores en naciones de grandísima mayoría no cristiana,
el pulular de mesianismos y sectas religiosas. Es un trastocamiento
tal de situaciones religiosas y sociales, que resulta difícil
aplicar concretamente determinadas distinciones y categorías
eclesiales a las que ya estábamos acostumbrados. Antes del
Concilio ya se decía de algunas metrópolis o tierras
cristianas que se habían convertido en « países
de misión »; ciertamente la situación no ha
mejorado en los años sucesivos.
Por otra parte, la actividad misionera
ha dado ya abundantes frutos en todas las partes del mundo, debido a
lo cual hay ya Iglesias establecidas, a veces tan sólidas y
maduras que proveen adecuadamente a las necesidades de las propias
comunidades y envían también personal para la
evangelización a otras Iglesias y territorios. Surge de aquí
el contraste con áreas de antigua cristiandad, que es
necesario reevangelizar. Tanto es así que algunos se preguntan
si aún se puede hablar de actividad misionera específica
o de ámbitos precisos de la misma, o más bien se
debe admitir que existe una situación misionera única,
no habiendo en consecuencia más que una sola misión,
igual por todas partes. La dificultad de interpretar esta realidad
compleja y mudable respecto al mandato de evangelización, se
manifiesta ya en el mismo « vocabulario misionero »; por
ejemplo, existe una cierta duda en usar los términos «
misiones » y « misioneros », por considerarlos
superados y cargados de resonancias históricas negativas. Se
prefiere emplear el substantivo « misión » en
singular y el adjetivo « misionero », para calificar toda
actividad de la Iglesia.
Tal entorpecimiento esta indicando un
cambio real que tiene aspectos positivos. La llamada vuelta o «
repatriación » de las misiones a la misión
de la Iglesia, la confluencia de la misionología en
la eclesiología y la inserción de ambas en el
designio trinitario de salvación, han dado un nuevo respiro a
la misma actividad misionera, concebida no ya como una tarea al
margen de la Iglesia, sino inserta en el centro de su vida, como
compromiso básico de todo el Pueblo de Dios. Hay que
precaverse, sin embargo, contra el riesgo de igualar situaciones muy
distintas y de reducir, si no hacer desaparecer, la misión y
los misioneros ad gentes. Afirmar que toda la Iglesia es
misionera no excluye que haya una específica misión ad
gentes; al igual que decir que todos los católicos deben
ser misioneros, no excluye que haya « misioneros ad gentes
y de por vida », por vocación específica.
La misión « ad gentes »
conserva su valor
33. Las diferencias en cuanto a la
actividad dentro de esta misión de la Iglesia, nacen no
de razones intrínsecas a la misión misma, sino de las
diversas circunstancias en las que ésta se desarrolla.(51)
Mirando al mundo actual, desde el punto de vista de la
evangelización, se pueden distinguir tres situaciones.
En primer lugar, aquella a la cual se
dirige la actividad misionera de la Iglesia: pueblos, grupos humanos,
contextos socioculturales donde Cristo y su Evangelio no son
conocidos, o donde faltan comunidades cristianas suficientemente
maduras como para poder encarnar la fe en el propio ambiente y
anunciarla a otros grupos. Esta es propiamente la misión ad
gentes.(52)
Hay también comunidades
cristianas con estructuras eclesiales adecuadas y sólidas;
tienen un gran fervor de fe y de vida; irradian el testimonio del
Evangelio en su ambiente y sienten el compromiso de la misión
universal. En ellas se desarrolla la actividad o atención
pastoral de la Iglesia.
Se da, por último, una situación
intermedia, especialmente en los países de antigua
cristiandad, pero a veces también en las Iglesias más
jóvenes, donde grupos enteros de bautizados han perdido el
sentido vivo de la fe o incluso no se reconocen ya como miembros de
la Iglesia, llevando una existencia alejada de Cristo y de su
Evangelio. En este caso es necesaria una « nueva evangelización
» o « reevangelización ».
34. La actividad misionera específica,
o misión ad gentes, tiene como destinatarios « a
los pueblos o grupos humanos que todavía no creen en Cristo »,
« a los que están alejados de Cristo », entre los
cuales la Iglesia « no ha arraigado todavía »,(53)
y cuya cultura no ha sido influenciada aún por el
Evangelio.(54) Esta actividad se distingue de las demás
actividades eclesiales, porque se dirige a grupos y ambientes no
cristianos, debido a la ausencia o insuficiencia del anuncio
evangélico y de la presencia eclesial. Por tanto, se
caracteriza como tarea de anunciar a Cristo y a su Evangelio, de
edificación de la Iglesia local, de promoción de los
valores del Reino. La peculiaridad de esta misión ad gentes
está en el hecho de que se dirige a los « no
cristianos ». Por tanto, hay que evitar que esta «
responsabilidad más específicamente misionera que Jesús
ha confiado y diariamente vuelve a confiar a su Iglesia »,(55)
se vuelva una flaca realidad dentro de la misión global del
Pueblo de Dios y, consiguientemente, descuidada u olvidada.
Por lo demás, no es fácil
definir los confines entre atención pastoral a los fieles,
nueva evangelización y actividad misionera específica,
y no es pensable crear entre ellos barreras o recintos
estancados. No obstante, es necesario mantener viva la solicitud por
el anuncio y por la fundación de nuevas Iglesias en los
pueblos y grupos humanos donde no existen, porque ésta es la
tarea primordial de la Iglesia, que ha sido enviada a todos los
pueblos, hasta los confines dela tierra. Sin la misión ad
gentes, la misma dimensión misionera de la Iglesia estaría
privada de su significado fundamental y de su actuación
ejemplar.
Hay que subrayar, además, una
real y creciente interdependencia entre las diversas
actividades salvíficas de la Iglesia: cada una influye en la
otra, la estimula y la ayuda. El dinamismo misionero crea intercambio
entre las Iglesias y las orienta hacia el mundo exterior, influyendo
positivamente en todos los sentidos. Las Iglesias de antigua
cristiandad, por ejemplo, ante la dramática tarea de la nueva
evangelización, comprenden mejor que no pueden ser misioneras
respecto a los no cristianos de otros países o continentes, si
antes no se preocupan seriamente de los no cristianos en su propia
casa. La misión ad intra es signo creíble y
estímulo para la misión ad extra, y viceversa.
A todos los pueblos, no obstante las
dificultades
35. La misión ad gentes tiene
ante sí una tarea inmensa que de ningún modo está
en vías de extinción. Al contrario, bien sea bajo el
punto de vista numérico por el aumento demográfico, o
bien bajo el punto de vista sociocultural por el surgir de nuevas
relaciones, comunicaciones y cambios de situaciones, parece destinada
hacia horizontes todavía más amplios. La tarea de
anunciar a Jesucristo a todos los pueblos se presenta inmensa y
desproporcionada respecto a las fuerzas humanas de la Iglesia.
Las dificultades parecen
insuperables y podrían desanimar, si se tratara de una obra
meramente humana. En algunos países está prohibida la
entrada de misioneros; en otros, está prohibida no sólo
la evangelización, sino también la conversión e
incluso el culto cristiano. En otros lugares los obstáculos
son de tipo cultural: la transmisión del mensaje evangélico
resulta insignificante o incomprensible, y la conversión está
considerada como un abandono del propio pueblo y cultura.
36. No faltan tampoco dificultades
internas al Pueblo de Dios, las cuales son ciertamente las más
dolorosas. Mi predecesor Pablo VI señalaba, en primer lugar, «
la falta de fervor, tanto más grave cuanto que viene de
dentro. Dicha falta de fervor se manifiesta en la fatiga y
desilusión, en la acomodación al ambiente y en el
desinterés, y sobre todo en la falta de alegría y de
esperanza ».(56) Grandes obstáculos para la actividad
misionera de la Iglesia son también las divisiones pasadas y
presentes entre los cristianos,(57) la descristianización de
países cristianos, la disminución de las vocaciones al
apostolado, los antitestimonios de fieles que en su vida no siguen el
ejemplo de Cristo. Pero una de las razones más graves del
escaso interés por el compromiso misionero es la mentalidad
indiferentista, ampliamente difundida, por desgracia, incluso entre
los cristianos, enraizada a menudo en concepciones teológicas
no correctas y marcada por un relativismo religioso que termina por
pensar que « una religión vale la otra ». Podemos
añadir —como decía el mismo Pontífice—
que no faltan tampoco « pretextos que parecen oponerse a la
evangelización. Los más insidiosos son ciertamente
aquellos para cuya justificación se quieren emplear ciertas
enseñanzas del Concilio ».(58)
A este respecto, recomiendo vivamente a
los teólogos y a los profesionales de la prensa cristiana que
intensifiquen su propio servicio a la misión, para encontrar
el sentido profundo de su importante labor, siguiendo la recta vía
del sentire cum Ecclesia.
Las dificultades internas y externas no
deben hacernos pesimistas o inactivos. Lo que cuenta —aquí
como en todo sector de la vida cristiana— es la confianza que
brota de la fe, o sea, de la certeza de que no somos nosotros los
protagonistas de la misión , sino Jesucristo y su Espíritu.
Nosotros únicamente somos colaboradores y, cuando hayamos
hecho todo lo que hemos podido, debemos decir: « Siervos
inútiles somos; hemos hecho lo que debíamos hacer »
(Lc 17, 10).
Ámbitos de la misión «
ad gentes »
37. La misión ad gentes en
virtud del mandato universal de Cristo no conoce confines. Sin
embargo, se pueden delinear varios ámbitos en los que se
realiza, de modo que se pueda tener una visión real de la
situación.
a) Ámbitos territoriales. La
actividad misionera ha sido definida normalmente en relación
con territorios concretos. El Concilio Vaticano II ha reconocido la
dimensión territorial de la misión ad gentes,(59)
que también hoy es importante, en orden a determinar
responsabilidades, competencias y límites geográficos
de acción. Es verdad que a una misión universal debe
corresponder una perspectiva universal. En efecto, la Iglesia no
puede aceptar que límites geográficos o dificultades de
índole política sean obstáculo para su presencia
misionera. Pero también es verdad que la actividad misionera
ad gentes, al ser diferente de la atención pastoral a
los fieles y de la nueva evangelización de los no
practicantes, se ejerce en territorios y entre grupos humanos bien
definidos.
El multiplicarse de las jóvenes
Iglesias en tiempos recientes no debe crear ilusiones. En los
territorios confiados a estas Iglesias, especialmente en Asia, pero
también en África, América Latina y Oceanía,
hay vastas zonas sin evangelizar; a pueblos enteros y áreas
culturales de gran importancia en no pocas naciones no ha llegado aún
el anuncio evangélico y la presencia de la Iglesia local.(60)
Incluso en países tradicionalmente cristianos hay regiones
confiadas al régimen especial de la misión ad gentes
grupos y áreas no evangelizadas. Se impone pues, incluso
en estos países, no sólo una nueva evangelización
sino también, en algunos casos, una primera
evangelización.(61)
Las situaciones, con todo, no son
homogéneas. Aun reconociendo que las afirmaciones sobre la
responsabilidad misionera de la Iglesia no son creíbles, si no
están respaldadas por un serio esfuerzo de nueva
evangelización en los países de antigua cristiandad, no
parece justo equiparar la situación de un pueblo que no ha
conocido nunca a Jesucristo con la de otro que lo ha conocido, lo ha
aceptado y después lo ha rechazado, aunque haya seguido
viviendo en una cultura que ha asimilado en gran parte los principios
y valores evangélicos. Con respecto a la fe, son dos
situaciones sustancialmente distintas. De ahí que, el criterio
geográfico, aunque no muy preciso y siempre provisional, sigue
siendo válido todavía para indicar las fronteras hacia
las que debe dirigirse la actividad misionera. Hay países,
áreas geográficas y culturales en que faltan
comunidades cristianas autóctonas; en otros lugares éstas
son tan pequeñas, que no son un signo claro de la presencia
cristiana; o bien estas comunidades carecen de dinamismo para
evangelizar su sociedad o pertenecen a poblaciones minoritarias, no
insertadas en la cultura nacional dominante. En el Continente
asiático, en particular, hacia el que debería
orientarse principalmente la misión ad gentes, los
cristianos son una pequeña minoría, por más que
a veces se den movimientos significativos de conversión y
modos ejemplares de presencia cristiana.
b) Mundos y fenómenos
sociales nuevos. Las rápidas y profundas transformaciones
que caracterizan el mundo actual, en particular el Sur, influyen
grandemente en el campo misionero: donde antes existían
situaciones humanas y sociales estables, hoy día todo está
cambiado. Piénsese, por ejemplo, en la urbanización y
en el incremento masivo de las ciudades, sobre todo donde es más
fuerte la presión demográfica. Ahora mismo, en no pocos
países, más de la mitad de la población vive en
algunas megalópolis, donde los problemas humanos a menudo se
agravan incluso por el anonimato en que se ven sumergidas las masas
humanas.
En los tiempos modernos la actividad
misionera se ha desarrollado sobre todo en regiones aisladas,
distantes de los centros civilizados e inaccesibles por la
dificultades de comunicación, de lengua y de clima. Hoy la
imagen de la misión ad gentes quizá está
cambiando: lugares privilegiados deberían ser las grandes
ciudades, donde surgen nuevas costumbres y modelos de vida, nuevas
formas de cultura, que luego influyen sobre la población. Es
verdad que la « opción por los últimos »
debe llevar a no olvidar los grupos humanos más marginados y
aislados, pero también es verdad que no se pueden evangelizar
las personas o los pequeños grupos descuidando, por así
decir, los centros donde nace una humanidad nueva con nuevos modelos
de desarrollo. El futuro de las jóvenes naciones se está
formando en las ciudades.
Hablando del futuro no se puede olvidar
a los jóvenes, que en numerosos países representan ya
más de la mitad de la población. ¿Cómo
hacer llegar el mensaje de Cristo a los jóvenes no cristianos,
que son el futuro de Continentes enteros? Evidentemente ya no bastan
los medios ordinarios de la pastoral; hacen falta asociaciones e
instituciones, grupos y centros apropiados, iniciativas culturales y
sociales para los jóvenes. He ahí un campo en el que
los movimientos eclesiales modernos tienen amplio espacio para
trabajar con empeño.
Entre los grandes cambios del mundo
contemporáneo, las migraciones han producido un fenómeno
nuevo: los no cristianos llegan en gran número a los países
de antigua cristiandad, creando nuevas ocasiones de comunicación
e intercambios culturales, lo cual exige a la Iglesia la acogida, el
diálogo, la ayuda y, en una palabra, la fraternidad. Entre los
emigrantes, los refugiados ocupan un lugar destacado y merecen la
máxima atención. Estos son ya muchos millones en el
mundo y no cesan de aumentar; han huido de condiciones de opresión
política y de miseria inhumana, de carestías y sequías
de dimensiones catastróficas. La Iglesia debe acogerlos en el
ámbito de su solicitud apostólica.
Finalmente, se deben recordar las
situaciones de pobreza, a menudo intolerable, que se dan en no pocos
países y que, con frecuencia, son el origen de las migraciones
de masa. La comunidad de los creyentes en Cristo se ve interpelada
por estas situaciones inhumanas: el anuncio de Cristo y del Reino de
Dios debe llegar a ser instrumento de rescate humano para estas
poblaciones.
c) Áreas culturales o
areópagos modernos. Pablo, después de haber
predicado en numerosos lugares, una vez llegado a Atenas se dirige al
areópago donde anuncia el Evangelio usando un lenguaje
adecuado y comprensible en aquel ambiente (cf. Act 17, 22-31).
El areópago representaba entonces el centro de la cultura del
docto pueblo ateniense, y hoy puede ser tomado como símbolo de
los nuevos ambientes donde debe proclamarse el Evangelio.
El primer areópago del tiempo
moderno es el mundo de la comunicación, que está
unificando a la humanidad y transformándola —como suele
decirse— en una « aldea global ». Los medios de
comunicación social han alcanzado tal importancia que para
muchos son el principal instrumento informativo y formativo, de
orientación e inspiración para los comportamientos
individuales, familiares y sociales. Las nuevas generaciones, sobre
todo, crecen en un mundo condicionado por estos medios. Quizás
se ha descuidado un poco este areópago: generalmente se
privilegian otros instrumentos para el anuncio evangélico y
para la formación cristiana, mientras los medios de
comunicación social se dejan a la iniciativa de individuos o
de pequeños grupos, y entran en la programación
pastoral sólo a nivel secundario. El trabajo en estos medios,
sin embargo, no tiene solamente el objetivo de multiplicar el
anuncio. Se trata de un hecho más profundo, porque la
evangelización misma de la cultura moderna depende en gran
parte de su influjo. No basta, pues, usarlos para difundir el mensaje
cristiano y el Magisterio de la Iglesia, sino que conviene integrar
el mensaje mismo en esta « nueva cultura » creada por la
comunicación moderna. Es un problema complejo, ya que esta
cultura nace, aun antes que de los contenidos, del hecho mismo de que
existen nuevos modos de comunicar con nuevos lenguajes, nuevas
técnicas, nuevos comportamientos sicológicos. Mi
predecesor Pablo VI decía que: « la ruptura entre
Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo
»;(62) y el campo de la comunicación actual confirma
plenamente este juicio.
Existen otros muchos areópagos
del mundo moderno hacia los cuales debe orientarse la actividad
misionera de la Iglesia. Por ejemplo, el compromiso por la paz, el
desarrollo y la liberación de los pueblos; los derechos del
hombre y de los pueblos, sobre todo los de las minorías; la
promoción de la mujer y del niño; la salvaguardia de la
creación, son otros tantos sectores que han de ser iluminados
con la luz del Evangelio.
Hay que recordar, además, el
vastísimo areópago de la cultura, de la investigación
científica, de las relaciones internacionales que favorecen el
diálogo y conducen a nuevos proyectos de vida. Conviene estar
atentos y comprometidos con estas instancias modernas. Los hombres se
sienten como navegantes en el mar tempestuoso de la vida, llamados
siempre a una mayor unidad y solidaridad: las soluciones a los
problemas existenciales deben ser estudiadas, discutidas y
experimentadas con la colaboración de todos. Por esto los
organismos y encuentros internacionales se demuestran cada vez más
importantes en muchos sectores de la vida humana, desde la cultura a
la política, desde la economía a la investigación.
Los cristianos, que viven y trabajan en esta dimensión
internacional, deben recordar siempre su deber de dar testimonio del
Evangelio.
38. Nuestro tiempo es dramático
y al mismo tiempo fascinador. Mientras por un lado los hombres dan la
impresión de ir detrás de la prosperidad material y de
sumergirse cada vez más en el materialismo consumístico,
por otro, manifiestan la angustiosa búsqueda de sentido, la
necesidad de interioridad , el deseo de aprender nuevas formas y
modos de concentración y de oración. No sólo en
las culturas impregnadas de religiosidad, sino también en las
sociedades secularizadas, se busca la dimensión espiritual de
la vida como antídoto a la deshumanización. Este
fenómeno así llamado del « retorno religioso »
no carece de ambigüedad, pero también encierra una
invitación. La Iglesia tiene un inmenso patrimonio espiritual
para ofrecer a la humanidad: en Cristo, que se proclama « el
Camino, la Verdad y la Vida » (Jn 14, 6).Es la vía
cristiana para el encuentro con Dios, para la oración, la
ascesis, el descubrimiento del sentido de la vida. También
éste es un areópago que hay que evangelizar.
Fidelidad a Cristo y promoción
de la libertad del hombre
39. Todas las formas de la actividad
misionera están marcadas por la conciencia de promover la
libertad del hombre, anunciándole a Jesucristo. La Iglesia
debe ser fiel a Cristo, del cual es el Cuerpo y continuadora de su
misión. Es necesario que ella camine « por el mismo
sendero que Cristo; es decir, por el sendero de la pobreza, la
obediencia, el servicio y la inmolación propia hasta la
muerte, de la que surgió victorioso por su resurrección
».(63) La Iglesia, pues, tiene el deber de hacer todo lo
posible para desarrollar su misión en el mundo y llegar a
todos los pueblos; tiene también el derecho que le ha dado
Dios para realizar su plan. La libertad religiosa, a veces todavía
limitada o coartada, es la premisa y la garantía de todas las
libertades que aseguran el bien común de las personas y de los
pueblos. Es de desear que la auténtica libertad religiosa sea
concedida a todos en todo lugar; ya con este fin la Iglesia despliega
su labor en los diferentes países, especialmente en los de
mayoría católica, donde tiene un mayor peso. No se
trata de un problema de religión de mayoría o de
minoría, sino más bien de un derecho inalienable de
toda persona humana.
Por otra parte, la Iglesia se dirige al
hombre en el pleno respeto de su libertad.(64) La misión no
coarta la libertad, sino más bien la favorece. La Iglesia
propone, no impone nada: respeta las personas y las culturas, y
se detiene ante el sagrario de la conciencia. A quienes se oponen con
los pretextos más variados a la actividad misionera de la
Iglesia; ella va repitiendo: ¡Abrid las puertas a Cristo!
Me dirijo a todas las Iglesias
particulares, jóvenes y antiguas. El mundo va unificándose
cada vez más, el espíritu evangélico debe llevar
a la superación de las barreras culturales y nacionalísticas,
evitando toda cerrazón. Benedicto XV ya amonestaba a los
misioneros de su tiempo a que, si acaso « se olvidaban de la
propia dignidad, pensasen en su patria terrestre más que en la
del cielo ».(65) La misma amonestación vale hoy para las
Iglesias particulares: ¡Abrid las puertas a los misioneros!, ya
que « una Iglesia particular que se desgajara voluntariamente
de la Iglesia universal perdería su referencia al designio de
Dios y se empobrecería en su dimensión eclesial ».(66)
Dirigir la atención hacia el Sur
y hacia el Oriente
40. La actividad misionera representa
aún hoy día el mayor desafío para la Iglesia.
Mientras se aproxima el final del segundo milenio de la Redención,
es cada vez más evidente que las gentes que todavía no
han recibido el primer anuncio de Cristo son la mayoría de la
humanidad. EL balance de la actividad misionera en los tiempos
modernos es ciertamente positivo: la Iglesia ha sido fundada en todos
los Continentes; es más, hoy la mayoría de los fieles y
de las Iglesias particulares ya no están en la vieja Europa
sino en los Continentes que los misioneros han abierto a la fe.
Sin embargo, se da el caso de que «
los confines de la tierra », a los que debe llegar el
Evangelio, se alejan cada vez más, y la sentencia de
Tertuliano, según la cual « el Evangelio ha sido
anunciado en toda la tierra y a todos los pueblos » (67)
está muy lejos de su realización concreta: la
misión ad gentes está todavía en los
comienzos. Nuevos pueblos comparecen en la escena mundial y también
ellos tienen el derecho a recibir el anuncio de la salvación.
El crecimiento demográfico del Sur y de Oriente, en países
no cristianos, hace aumentar continuamente el número de
personas que ignoran la redención de Cristo.
Hay que dirigir, pues, la atención
misionera hacia aquellas áreas geográficas y aquellos
ambientes culturales que han quedado fuera del influjo evangélico.
Todos los creyentes en Cristo deben sentir como parte integrante de
su fe la solicitud apostólica de transmitir a otros su alegría
y su luz. Esta solicitud debe convertirse, por así decirlo, en
hambre y sed de dar a conocer al Señor, cuando se mira
abiertamente hacia los inmensos horizontes del mundo no cristiano.
CAPÍTULO V
LOS CAMINOS DE LA MISIÓN
41. « La actividad misionera es,
en última instancia, la manifestación del propósito
de Dios, o epifanía, y su realización en el mundo y en
la historia, en la que Dios, por medio de la misión,
perfecciona abiertamente la historia de la salvación ».(68)
¿Qué camino sigue la Iglesia para conseguir este
resultado?
La misión es una realidad
unitaria, pero compleja, y se desarrolla de diversas maneras, entre
las cuales algunas son de particular importancia en la presente
situación de la Iglesia y del mundo.
La primera forma de evangelización
es el testimonio
42. El hombre contemporáneo cree
más a los testigos que a los maestros;(69) cree más en
la experiencia que en la doctrina, en la vida y los hechos que en las
teorías. El testimonio de vida cristiana es la primera e
insustituible forma de la misión: Cristo, de cuya misión
somos continuadores, es el « Testigo » por excelencia (Ap
1, 5; 3, 14) y el modelo del testimonio cristiano. El Espíritu
Santo acompaña el camino de la Iglesia y la asocia al
testimonio que él da de Cristo (cf. Jn 15, 26-27).
La primera forma de testimonio es la
vida misma del misionero, la de la familia cristiana y de la
comunidad eclesial, que hace visible un nuevo modo de
comportarse. El misionero que, aun con todos los límites y
defectos humanos, vive con sencillez según el modelo de
Cristo, es un signo de Dios y de las realidades trascendentales. Pero
todos en la Iglesia, esforzándose por imitar al divino
Maestro, pueden y deben dar este testimonio,(70) que en muchos casos
es el único modo posible de ser misioneros.
El testimonio evangélico, al que
el mundo es más sensible, es el de la atención a las
personas y el de la caridad para con los pobres y los pequeños,
con los que sufren. La gratuidad de esta actitud y de estas acciones,
que contrastan profundamente con el egoísmo presente en el
hombre, hace surgir unas preguntas precisas que orientan hacia Dios y
el Evangelio. Incluso el trabajar por la paz, la justicia, los
derechos del hombre, la promoción humana, es un testimonio del
Evangelio, si es un signo de atención a las personas y está
ordenado al desarrollo integral del hombre.(71)
43. EL cristiano y las comunidades
cristianas viven profundamente insertados en la vida de sus pueblos
respectivos y son signo del Evangelio incluso por la fidelidad a su
patria, a su pueblo, a la cultura nacional, pero siempre con la
libertad que Cristo ha traído. El cristianismo está
abierto a la fraternidad universal, porque todos los hombres son
hijos del mismo Padre y hermanos en Cristo.
La Iglesia está llamada a dar su
testimonio de Cristo, asumiendo posiciones valientes y proféticas
ante la corrupción del poder político o económico;
no buscando la gloria o bienes materiales; usando sus bienes para el
servicio de los más pobres e imitando la sencillez de vida de
Cristo. La Iglesia y los misioneros deben dar también
testimonio de humildad, ante todo en sí mismos, lo cual se
traduce en la capacidad de un examen de conciencia, a nivel personal
y comunitario, para corregir en los propios comportamientos lo que es
antievangélico y desfigura el rostro de Cristo.
El primer anuncio de Cristo Salvador
44. EL anuncio tiene la prioridad
permanente en la misión: la Iglesia no puede substraerse al
mandato explícito de Cristo; no puede privar a los hombres de
la « Buena Nueva » de que son amados y salvados por Dios.
« La evangelización también debe contener siempre
—como base, centro y a la vez culmen de su dinamismo— una
clara proclamación de que en Jesucristo, se ofrece la
salvación a todos los hombres, como don de la gracia y de la
misericordia de Dios ».(72) Todas las formas de la actividad
misionera están orientadas hacia esta proclamación que
revela e introduce el misterio escondido en los siglos y revelado en
Cristo (cf. Ef 3, 3-9; Col 1, 25-29), el cual es el
centro de la misión y de la vida de la Iglesia, como base de
toda la evangelización.
En la compleja realidad de la misión,
el primer anuncio tiene una función central e insustituible,
porque introduce « en el misterio del amor de Dios, quien lo
llama a iniciar una comunicación personal con él en
Cristo »(73) y abre la vía para la conversión. La
fe nace del anuncio, y toda comunidad eclesial tiene su origen y vida
en la respuesta de cada fiel a este anuncio.(74) Como la economía
salvífica está centrada en Cristo, así la
actividad misionera tiende a la proclamación de su misterio.
EL anuncio tiene por objeto a Cristo
crucificado, muerto y resucitado: en él se realiza la plena y
auténtica liberación del mal, del pecado y de la
muerte; por él, Dios da la « nueva vida », divina
y eterna. Esta es la « Buena Nueva » que cambia al hombre
y la historia de la humanidad, y que todos los pueblos tienen el
derecho a conocer. Este anuncio se hace en el contexto de la vida del
hombre y de los pueblos que lo reciben. Debe hacerse además
con una actitud de amor y de estima hacia quien escucha, con un
lenguaje concreto y adaptado a las circunstancias. En este anuncio el
Espíritu actúa e instaura una comunión entre el
misionero y los oyentes, posible en la medida en que uno y otros
entran en comunión, por Cristo, con el Padre.(75)
45. Al hacerse en unión con toda
la comunidad eclesial, el anuncio nunca es un hecho personal. El
misionero está presente y actúa en virtud de un mandato
recibido y, aunque se encuentre solo , está unido por vínculos
invisibles, pero profundos, a la actividad evangelizadora de toda la
Iglesia.(76) Los oyentes, pronto o más tarde, vislumbran a
través de él la comunidad que lo ha enviado y lo
sostiene.
El anuncio está animado por la
fe, que suscita entusiasmo y fervor en el misionero. Como ya se ha
dicho, los Hechos de los Apóstoles expresan esta
actitud con la palabra parresía, que significa hablar
con franqueza y valentía; este término se encuentra
también en san Pablo: « Confiados en nuestro Dios,
tuvimos la valentía de predicaros el Evangelio de Dios entre
frecuentes luchas » (1 Tes 2, 2). « Orando ...
también por mí, para que me sea dada la Palabra al
abrir mi boca y pueda dar a conocer con valentía el misterio
del Evangelio, del cual soy embajador entre cadenas, y pueda hablar
de él valientemente como conviene » (Ef 6,
19-20).
Al anunciar a Cristo a los no
cristianos, el misionero está convencido de que existe ya en
las personas y en los pueblos, por la acción del Espíritu,
una espera, aunque sea inconsciente, por conocer la verdad sobre
Dios, sobre el hombre, sobre el camino que lleva a la liberación
del pecado y de la muerte. El entusiasmo por anunciar a Cristo deriva
de la convicción de responder a esta esperanza, de modo que el
misionero no se desalienta ni desiste de su testimonio, incluso
cuando es llamado a manifestar su fe en un ambiente hostil o
indiferente. Sabe que el Espíritu del Padre habla en él
(cf. Mt 10, 17-20; Lc 12, 11-12) y puede repetir con
los Apóstoles: « Nosotros somos testigos de estas cosas,
y también el Espíritu Santo » (Act 5, 32).
Sabe que no anuncia una verdad humana, sino la « Palabra de
Dios », la cual tiene una fuerza intrínseca y misteriosa
(cf. Rom 1, 16).
La prueba suprema es el don de la vida,
hasta aceptar la muerte para testimoniar la fe en Jesucristo. Como
siempre en la historia cristiana, los « mártires »,
es decir, los testigos, son numerosos e indispensables para el camino
del Evangelio. También en nuestra época hay muchos:
obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, así como laicos;
a veces héroes desconocidos que dan la vida como testimonio de
la fe. Ellos son los anunciadores y los testigos por excelencia.
Conversión y bautismo
46. El anuncio de la Palabra de Dios
tiende a la conversión cristiana, es decir, a la
adhesión plena y sincera a Cristo y a su Evangelio mediante la
fe. La conversión es un don de Dios, obra de la Trinidad; es
el Espíritu que abre las puertas de los corazones, a fin de
que los hombres puedan creer en el Señor y « confesarlo
» (cf. 1 Cor 12, 3). De quien se acerca a él por
la fe, Jesús dice: « Nadie puede venir a mí, si
el Padre que me ha enviado no lo atrae » (Jn 6, 44).
La conversión se expresa desde
el principio con una fe total y radical, que no pone límites
ni obstáculos al don de Dios. Al mismo tiempo, sin embargo,
determina un proceso dinámico y permanente que dura toda la
existencia, exigiendo un esfuerzo continuo por pasar de la vida «
según la carne » a la « vida según el
Espíritu (cf. Rom 8, 3-13). La conversión
significa aceptar, con decisión personal, la soberanía
de Cristo y hacerse discípulos suyos.
La Iglesia llama a todos a esta
conversión, siguiendo el ejemplo de Juan Bautista que
preparaba los caminos hacia Cristo, « proclamando un bautismo
de conversión para perdón de los pecados » (Mc
1, 4), y los caminos de Cristo mismo, el cual, « después
que Juan fue entregado, marchó ... a Galilea y proclamaba la
Buena Nueva de Dios: "El tiempo se ha cumplido y el Reino de
Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena
Nueva" » (Mc 1, 14-15).
Hoy la llamada a la conversión,
que los misioneros dirigen a los no cristianos, se pone en tela de
juicio o pasa en silencio. Se ve en ella un acto de «
proselitismo »; se dice que basta ayudar a los hombres a ser
más hombres o más fieles a la propia religión;
que basta formar comunidades capaces de trabajar por la justicia, la
libertad, la paz, la solidaridad. Pero se olvida que toda persona
tiene el derecho a escuchar la « Buena Nueva » de Dios
que se revela y se da en Cristo, para realizar en plenitud la propia
vocación. La grandeza de este acontecimiento resuena en las
palabras de Jesús a la Samaritana: « Si conocieras el
don de Dios » y en el deseo inconsciente, pero ardiente de la
mujer: « Señor, dame de esa agua, para que no tenga más
sed » (Jn 4,10.15).
47. Los Apóstoles, movidos por
el Espíritu Santo, invitaban a todos a cambiar de vida, a
convertirse y a recibir el bautismo. Inmediatamente después
del acontecimiento de Pentecostés, Pedro habla a la multitud
de manera persuasiva « Al oír esto, dijeron con el
corazón compungido a Pedro y a los demás Apóstoles:
"¿Qué hemos de hacer, hermanos?" Pedro les
contestó: "Convertíos y que cada uno de
vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo para remisión
de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu
Santo" » (Act 2, 37-38). Y bautizó aquel día
cerca de tres mil personas. Pedro mismo, después de la
curación del tullido, habla a la multitud y repite: «
Arrepentíos, pues, y convertíos, para que
vuestros pecados sean borrados » (Act 3, 19).
La conversión a Cristo está
relacionada con el bautismo, no sólo por la praxis de la
Iglesia, sino por voluntad del mismo Cristo, que envió a hacer
discípulos a todas las gentes y a bautizarlas (cf. Mt 28,
19); está relacionada también por la exigencia
intrínseca de recibir la plenitud de la nueva vida en él:
« En verdad, en verdad te digo: —dice Jesús a
Nicodemo— el que no nazca del agua y del Espíritu, no
puede entrar en el Reino de Dios » (Jn 3, 5). En efecto,
el bautismo nos regenera a la vida de los hijos de Dios, nos une a
Jesucristo y nos unge en el Espíritu Santo: no es un mero
sello de la conversión, como un signo exterior que la
demuestra y la certifica, sino que es un sacramento que significa y
lleva a cabo este nuevo nacimiento por el Espíritu; instaura
vínculos reales e inseparables con la Trinidad; hace miembros
del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.
Todo esto hay que recordarlo, porque no
pocos, precisamente donde se desarrolla la misión ad
gentes, tienden a separar la conversión a Cristo del
bautismo, considerándolo como no necesario. Es verdad que en
ciertos ambientes se advierten aspectos sociológicos relativos
al bautismo que oscurecen su genuino significado de fe y su valor
eclesial. Esto se debe a diversos factores históricos y
culturales, que es necesario remover donde todavía subsisten,
a fin de que el sacramento de la regeneración espiritual
aparezca en todo su valor. A este cometido deben dedicarse las
comunidades eclesiales locales. También es verdad que no pocas
personas afirman que están interiormente comprometidas con
Cristo y con su mensaje, pero no quieren estarlo sacramentalmente,
porque, a causa de sus prejuicios o de las culpas de los cristianos,
no llegan a percibir la verdadera naturaleza de la Iglesia, misterio
de fe y de amor.(77) Deseo alentar, pues, a estas personas a abrirse
plenamente a Cristo, recordándoles que, si sienten el
atractivo de Cristo, él mismo ha querido a la Iglesia como «
lugar » donde pueden encontrarlo realmente. Al mismo tiempo,
invito a los fieles y a las comunidades cristianas a dar auténtico
testimonio de Cristo con su nueva vida.
Ciertamente, cada convertido es un don
hecho a la Iglesia y comporta una grave responsabilidad para ella, no
sólo porque debe ser preparado para el bautismo con el
catecumenado y continuar luego con la instrucción religiosa,
sino porque, especialmente si es adulto, lleva consigo, como una
energía nueva, el entusiasmo de la fe, el deseo de encontrar
en la Iglesia el Evangelio vivido. Sería una desilusión
para él, si después de ingresar en la comunidad
eclesial encontrase en la misma una vida que carece de fervor y sin
signos de renovación. No podemos predicar la conversión,
si no nos convertimos nosotros mismos cada día.
Formación de Iglesias locales
48. La conversión y el bautismo
introducen en la Iglesia, donde ya existe, o requieren la
constitución de nuevas comunidades que confiesen a Jesús
Salvador y Señor. Esto forma parte del designio de Dios, al
cual plugo « llamar a los hombres a participar de su vida no
sólo individualmente, sin mutua conexión alguna entre
ellos, sino constituirlos en un pueblo en el que sus hijos, que
estaban dispersos, se congreguen en unidad ».(78)
La misión ad gentes tiene
este objetivo: fundar comunidades cristianas, hacer crecer las
Iglesias hasta su completa