CARTA
ENCÍCLICA
REDEMPTORIS MATER
DEL SUMO
PONTÍFICE
JUAN PABLO II
SOBRE LA BIENAVENTURADA
VIRGEN
MARIA
EN LA VIDA
DE LA IGLESIA PEREGRINA
Venerables Hermanos
amadísimos
hijos e hijas:
¡Salud y Bendición Apostólica!
INTRODUCCIÓN
1. La Madre del Redentor tiene un lugar
preciso en el plan de la salvación, porque « al llegar
la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de
mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo
la ley, para que recibieran la filiación adoptiva. La prueba
de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el
Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! »
(Gál 4, 4-6).
Con estas palabras del apóstol
Pablo, que el Concilio Vaticano II cita al comienzo de la exposición
sobre la bienaventurada Virgen María,(1) deseo iniciar también
mi reflexión sobre el significado que María tiene en el
misterio de Cristo y sobre su presencia activa y ejemplar en la vida
de la Iglesia. Pues, son palabras que celebran conjuntamente el amor
del Padre, la misión del Hijo, el don del Espíritu, la
mujer de la que nació el Redentor, nuestra filiación
divina, en el misterio de la « plenitud de los tiempos ».(2)
Esta plenitud delimita el momento,
fijado desde toda la eternidad, en el cual el Padre envió a su
Hijo « para que todo el que crea en él no perezca sino
que tenga vida eterna » (Jn 3, 16). Esta plenitud señala
el momento feliz en el que « la Palabra que estaba con Dios ...
se hizo carne, y puso su morada entre nosotros » (Jn 1,
1. 14), haciéndose nuestro hermano. Esta misma plenitud señala
el momento en que el Espíritu Santo, que ya había
infundido la plenitud de gracia en María de Nazaret, plasmó
en su seno virginal la naturaleza humana de Cristo. Esta plenitud
define el instante en el que, por la entrada del eterno en el tiempo,
el tiempo mismo es redimido y, llenándose del misterio de
Cristo, se convierte definitivamente en « tiempo de salvación
». Designa, finalmente, el comienzo arcano del camino de la
Iglesia. En la liturgia, en efecto, la Iglesia saluda a María
de Nazaret como a su exordio,(3) ya que en la Concepción
inmaculada ve la proyección, anticipada en su miembro más
noble, de la gracia salvadora de la Pascua y, sobre todo, porque en
el hecho de la Encarnación encuentra unidos indisolublemente a
Cristo y a María: al que es su Señor y su Cabeza y a la
que, pronunciando el primer fiat de la Nueva Alianza,
prefigura su condición de esposa y madre.
2. La Iglesia, confortada por la
presencia de Cristo (cf. Mt 28, 20), camina en el
tiempo hacia la consumación de los siglos y va al encuentro
del Señor que llega. Pero en este camino —deseo
destacarlo enseguida— procede recorriendo de nuevo el
itinerario realizado por la Virgen María, que «
avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo
fielmente la unión con su Hijo hasta la Cruz ».(4)
Tomo estas palabras tan densas y evocadoras de la Constitución
Lumen gentium, que en su parte final traza una síntesis
eficaz de la doctrina de la Iglesia sobre el tema de la Madre de
Cristo, venerada por ella como madre suya amantísima y como su
figura en la fe, en la esperanza y en la caridad.
Poco después del Concilio, mi
gran predecesor Pablo VI quiso volver a hablar de la Virgen
Santísima, exponiendo en la Carta Encíclica Christi
Matri y más tarde en las Exhortaciones Apostólicas
Signum magnum y Marialis cultus (5) los fundamentos y
criterios de aquella singular veneración que la Madre de
Cristo recibe en la Iglesia, así como las diferentes formas de
devoción mariana —litúrgicas, populares y
privadas— correspondientes al espíritu de la fe.
3. La circunstancia que ahora me empuja
a volver sobre este tema es la perspectiva del año dos mil,
ya cercano, en el que el Jubileo bimilenario del nacimiento de
Jesucristo orienta, al mismo tiempo, nuestra mirada hacia su Madre.
En los últimos años se han alzado varias voces para
exponer la oportunidad de hacer preceder tal conmemoración por
un análogo Jubileo, dedicado a la celebración del
nacimiento de María.
En realidad, aunque no sea posible
establecer un preciso punto cronológico para fijar la
fecha del nacimiento de María, es constante por parte de la
Iglesia la conciencia de que María apareció antes de
Cristo en el horizonte de la historia de la salvación.(6)
Es un hecho que, mientras se acercaba definitivamente « la
plenitud de los tiempos », o sea el acontecimiento salvífico
del Emmanuel, la que había sido destinada desde la eternidad
para ser su Madre ya existía en la tierra. Este «
preceder » suyo a la venida de Cristo se refleja cada año
en la liturgia de Adviento. Por consiguiente, si los años
que se acercan a la conclusión del segundo Milenio después
de Cristo y al comienzo del tercero se refieren a aquella antigua
espera histórica del Salvador, es plenamente comprensible que
en este período deseemos dirigirnos de modo particular a la
que, en la « noche » de la espera de Adviento, comenzó
a resplandecer como una verdadera « estrella de la mañana
» (Stella matutina). En efecto, igual que
esta estrella junto con la « aurora » precede la salida
del sol, así María desde su concepción
inmaculada ha precedido la venida del Salvador, la salida del «
sol de justicia » en la historia del género humano.(7)
Su presencia en medio de Israel —tan
discreta que pasó casi inobservada a los ojos de sus
contemporáneos— resplandecía claramente ante el
Eterno, el cual había asociado a esta escondida « hija
de Sión » (cf. So 3, 14; Za 2, 14) al plan
salvífico que abarcaba toda la historia de la humanidad. Con
razón pues, al término del segundo Milenio, nosotros
los cristianos, que sabemos como el plan providencial de la Santísima
Trinidad sea la realidad central de la revelación y de la
fe, sentimos la necesidad de poner de relieve la presencia
singular de la Madre de Cristo en la historia, especialmente durante
estos últimos años anteriores al dos mil.
4. Nos prepara a esto el Concilio
Vaticano II, presentando en su magisterio a la Madre de Dios en el
misterio de Cristo y de la Iglesia. En efecto, si es verdad que «
el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del
Verbo encarnado » —como proclama el mismo Concilio (8)—,
es necesario aplicar este principio de modo muy particular a aquella
excepcional « hija de las generaciones humanas », a
aquella « mujer » extraordinaria que llegó a ser
Madre de Cristo. Sólo en el misterio de Cristo se esclarece
plenamente su misterio. Así, por lo demás,
ha intentado leerlo la Iglesia desde el comienzo. El misterio de la
Encarnación le ha permitido penetrar y esclarecer cada vez
mejor el misterio de la Madre del Verbo encarnado. En este
profundizar tuvo particular importancia el Concilio de Éfeso
(a. 431) durante el cual, con gran gozo de los cristianos, la verdad
sobre la maternidad divina de María fue confirmada
solemnemente como verdad de fe de la Iglesia. María es la
Madre de Dios (Theotókos), ya que por obra del
Espíritu Santo concibió en su seno virginal y dio al
mundo a Jesucristo, el Hijo de Dios consubstancial al Padre.(9) «
El Hijo de Dios... nacido de la Virgen María... se hizo
verdaderamente uno de los nuestros... »,(10) se hizo hombre.
Así pues, mediante el misterio de Cristo, en el horizonte de
la fe de la Iglesia resplandece plenamente el misterio de su Madre. A
su vez, el dogma de la maternidad divina de María fue para el
Concilio de Éfeso y es para la Iglesia como un sello del dogma
de la Encarnación, en la que el Verbo asume realmente en la
unidad de su persona la naturaleza humana sin anularla.
5. El Concilio Vaticano II, presentando
a María en el misterio de Cristo, encuentra también, de
este modo, el camino para profundizar en el conocimiento del misterio
de la Iglesia. En efecto, María, como Madre de Cristo, está
unida de modo particular a la Iglesia, « que el Señor
constituyó como su Cuerpo ».(11) El texto conciliar
acerca significativamente esta verdad sobre la Iglesia como cuerpo de
Cristo (según la enseñanza de las Cartas paulinas)
a la verdad de que el Hijo de Dios « por obra del Espíritu
Santo nació de María Virgen ». La realidad de la
Encarnación encuentra casi su prolongación en el
misterio de la Iglesia-cuerpo de Cristo. Y no puede pensarse en
la realidad misma de la Encarnación sin hacer referencia a
María, Madre del Verbo encarnado.
En las presentes reflexiones, sin
embargo, quiero hacer referencia sobre todo a aquella «
peregrinación de la fe », en la que « la Santísima
Virgen avanzó », manteniendo fielmente su unión
con Cristo.(12) De esta manera aquel doble vínculo, que
une la Madre de Dios a Cristo y a la Iglesia, adquiere un
significado histórico. No se trata aquí sólo de
la historia de la Virgen Madre, de su personal camino de fe y de la «
parte mejor » que ella tiene en el misterio de la salvación,
sino además de la historia de todo el Pueblo de Dios, de
todos los que toman parte en la misma peregrinación de
la fe.
Esto lo expresa el Concilio constatando
en otro pasaje que María « precedió »,
convirtiéndose en « tipo de la Iglesia ... en el orden
de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo
».(13) Este « preceder » suyo como tipo,
o modelo, se refiere al mismo misterio íntimo de la
Iglesia, la cual realiza su misión salvífica uniendo en
sí —como María— las cualidades de madre
y virgen. Es virgen que « guarda pura e íntegramente
la fe prometida al Esposo » y que « se hace también
madre ... pues ... engendra a una vida nueva e inmortal a los hijos
concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios
».(14)
6. Todo esto se realiza en un gran
proceso histórico y, por así decir, « en un
camino ». La peregrinación de la fe indica la
historia interior, es decir la historia de las almas. Pero ésta
es también la historia de los hombres, sometidos en esta
tierra a la transitoriedad y comprendidos en la dimensión de
la historia. En las siguientes reflexiones deseamos concentrarnos
ante todo en la fase actual, que de por sí no es aún
historia, y sin embargo la plasma sin cesar, incluso en el sentido de
historia de la salvación. Aquí se abre un amplio
espacio, dentro del cual la bienaventurada Virgen María
sigue « precediendo » al Pueblo de Dios. Su
excepcional peregrinación de la fe representa un punto de
referencia constante para la Iglesia, para los individuos y
comunidades, para los pueblos y naciones, y, en cierto modo, para
toda la humanidad. De veras es difícil abarcar y medir su
radio de acción.
El Concilio subraya que la Madre de
Dios es ya el cumplimiento escatológico de la Iglesia: «
La Iglesia ha alcanzado en la Santísima Virgen la perfección,
en virtud de la cual no tiene mancha ni arruga (cf. Ef 5, 27)
» y al mismo tiempo que « los fieles luchan
todavía por crecer en santidad, venciendo enteramente al
pecado, y por eso levantan sus ojos a María, que
resplandece como modelo de virtudes para toda la comunidad de los
elegidos ».(15) La peregrinación de la fe ya no
pertenece a la Madre del Hijo de Dios; glorificada junto al Hijo en
los cielos, María ha superado ya el umbral entre la fe y la
visión « cara a cara » (1 Cor 13,
12). Al mismo tiempo, sin embargo, en este cumplimiento escatológico
no deja de ser la « Estrella del mar » (Maris
Stella) (16) para todos los que aún siguen el
camino de la fe. Si alzan los ojos hacia ella en los diversos lugares
de la existencia terrena lo hacen porque ella « dio a luz al
Hijo, a quien Dios constituyó primogénito entre muchos
hermanos (cf. Rom 8, 29) »,(17) y también porque
a la « generación y educación » de estos
hermanos y hermanas « coopera con amor materno ».(18)
I PARTE
MARÍA EN EL MISTERIO DE CRISTO
1. Llena de gracia
7. « Bendito sea el Dios y Padre
de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda
clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo »
(Ef 1, 3). Estas palabras de la Carta a los Efesios
revelan el eterno designio de Dios Padre, su plan de salvación
del hombre en Cristo. Es un plan universal, que comprende a todos los
hombres creados a imagen y semejanza de Dios (cf. Gén 1,
26). Todos, así como están incluidos « al
comienzo » en la obra creadora de Dios, también están
incluidos eternamente en el plan divino de la salvación, que
se debe revelar completamente, en la « plenitud de los tiempos
», con la venida de Cristo. En efecto, Dios, que es «
Padre de nuestro Señor Jesucristo, —son las palabras
sucesivas de la misma Carta— « nos ha elegido
en él antes de la fundación del mundo, para ser
santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos
de antemano para ser sus « hijos adoptivos por medio de
Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para
alabanza de la gloria de su gracia, con la que nos agració en
el Amado. En él tenemos por medio de su sangre la
redención, el perdón de los delitos, según la
riqueza de su gracia » (Ef 1, 4-7).
El plan divino de la salvación,
que nos ha sido revelado plenamente con la venida de Cristo, es
eterno. Está también —según la enseñanza
contenida en aquella Carta y en otras Cartas paulinas—
eternamente unido a Cristo. Abarca a todos los hombres,
pero reserva un lugar particular a la « mujer » que
es la Madre de aquel, al cual el Padre ha confiado la obra de la
salvación.(19) Como escribe el Concilio Vaticano II, «
ella misma es insinuada proféticamente en la promesa dada a
nuestros primeros padres caídos en pecado », según
el libro del Génesis (cf. 3, 15). « Así
también, ella es la Virgen que concebirá y dará
a luz un Hijo cuyo nombre será Emmanuel », según
las palabras de Isaías (cf. 7, 14).(20) De este modo el
Antiguo Testamento prepara aquella « plenitud de los tiempos »,
en que Dios « envió a su Hijo, nacido de mujer, ... para
que recibiéramos la filiación adoptiva ». La
venida del Hijo de Dios al mundo es el acontecimiento narrado en los
primeros capítulos de los Evangelios según Lucas y
Mateo.
8. María es introducida
definitivamente en el misterio de Cristo a través de
este acontecimiento: la anunciación del ángel.
Acontece en Nazaret, en circunstancias concretas de la historia de
Israel, el primer pueblo destinatario de las promesas de Dios. El
mensajero divino dice a la Virgen: « Alégrate, llena de
gracia, el Señor está contigo » (Lc 1,
28). María « se conturbó por estas
palabras, y discurría qué significaría aquel
saludo » (Lc 1, 29). Qué significarían
aquellas extraordinarias palabras y, en concreto, la expresión
« llena de gracia » (Kejaritoméne).(21)
Si queremos meditar junto a María
sobre estas palabras y, especialmente sobre la expresión «
llena de gracia », podemos encontrar una verificación
significativa precisamente en el pasaje anteriormente citado de la
Carta a los Efesios. Si, después del anuncio del
mensajero celestial, la Virgen de Nazaret es llamada también «
bendita entre las mujeres » (cf. Lc 1, 42), esto se
explica por aquella bendición de la que « Dios Padre »
nos ha colmado « en los cielos, en Cristo ». Es una
bendición espiritual, que se refiere a todos los
hombres, y lleva consigo la plenitud y la universalidad (« toda
bendición »), que brota del amor que, en el Espíritu
Santo, une al Padre el Hijo consubstancial. Al mismo tiempo, es una
bendición derramada por obra de Jesucristo en la historia del
hombre desde el comienzo hasta el final: a todos los hombres. Sin
embargo, esta bendición se refiere a María de modo
especial y excepcional; en efecto, fue saludada por Isabel como «
bendita entre las mujeres ».
La razón de este doble saludo
es, pues, que en el alma de esta « hija de Sión »
se ha manifestado, en cierto sentido, toda la « gloria de su
gracia », aquella con la que el Padre « nos agració
en el Amado ». El mensajero saluda, en efecto, a María
como « llena de gracia »; la llama así, como si
éste fuera su verdadero nombre. No llama a su interlocutora
con el nombre que le es propio en el registro civil: « Miryam »
(María), sino con este nombre nuevo: «llena de
gracia ». ¿Qué significa este nombre? ¿Porqué
el arcángel llama así a la Virgen de Nazaret?
En el lenguaje de la Biblia «
gracia » significa un don especial que, según el Nuevo
Testamento, tiene la propia fuente en la vida trinitaria de Dios
mismo, de Dios que es amor (cf. 1 Jn 4, 8). Fruto de este amor
es la elección, de la que habla la Carta a los
Efesios. Por parte de Dios esta elección es la eterna
voluntad de salvar al hombre a través de la participación
de su misma vida en Cristo (cf. 2 P 1, 4): es la salvación
en la participación de la vida sobrenatural. El efecto de este
don eterno, de esta gracia de la elección del hombre, es como
un germen de santidad, o como una fuente que brota en el alma
como don de Dios mismo, que mediante la gracia vivifica y santifica a
los elegidos. De este modo tiene lugar, es decir, se hace realidad
aquella bendición del hombre « con toda clase de
bendiciones espirituales », aquel « ser sus hijos
adoptivos ... en Cristo » o sea en aquel que es eternamente el
« Amado » del Padre.
Cuando leemos que el mensajero dice a
María « llena de gracia », el contexto evangélico,
en el que confluyen revelaciones y promesas antiguas, nos da a
entender que se trata de una bendición singular entre todas
las « bendiciones espirituales en Cristo ». En el
misterio de Cristo María está presente ya «
antes de la creación del mundo » como aquella que el
Padre « ha elegido » como Madre de su Hijo en la
Encarnación, y junto con el Padre la ha elegido el Hijo,
confiándola eternamente al Espíritu de santidad. María
está unida a Cristo de un modo totalmente especial y
excepcional, e igualmente es amada en este « Amado
»eternamente, en este Hijo consubstancial al Padre, en
el que se concentra toda « la gloria de la gracia ». A la
vez, ella está y sigue abierta perfectamente a este «
don de lo alto » (cf. St 1, 17). Como enseña el
Concilio, María « sobresale entre los humildes y pobres
del Señor, que de El esperan con confianza la salvación
».(22)
9. Si el saludo y el nombre «
llena de gracia » significan todo esto, en el contexto del
anuncio del ángel se refieren ante todo a la elección
de María como Madre del Hijo de Dios. Pero, al mismo
tiempo, la plenitud de gracia indica la dádiva sobrenatural,
de la que se beneficia María porque ha sido elegida y
destinada a ser Madre de Cristo. Si esta elección es
fundamental para el cumplimiento de los designios salvíficos
de Dios respecto a la humanidad, si la elección eterna en
Cristo y la destinación a la dignidad de hijos adoptivos se
refieren a todos los hombres, la elección de María es
del todo excepcional y única. De aquí, la singularidad
y unicidad de su lugar en el misterio de Cristo.
El mensajero divino le dice: « No
temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a
concebir en el seno y vas a dar a luz un Hijo, a quien pondrás
por nombre Jesús. El será grande y será llamado
Hijo del Altísimo » (Lc 1, 30-32). Y cuando la
Virgen, turbada por aquel saludo extraordinario, pregunta: «
¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?
», recibe del ángel la confirmación y la
explicación de las palabras precedentes. Gabriel le dice: «
El Espíritu Santo vendrá sobre ti yel poder del
Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de
nacer será santo y será llamado Hijo de Dios »
(Lc 1, 35).
Por consiguiente, la Anunciación
es la revelación del misterio de la Encarnación al
comienzo mismo de su cumplimiento en la tierra. El donarse salvífico
que Dios hace de sí mismo y de su vida en cierto modo a toda
la creación, y directamente al hombre, alcanza en el
misterio de la Encarnación uno de sus vértices. En
efecto, este es un vértice entre todas las donaciones de
gracia en la historia del hombre y del cosmos. María es «
llena de gracia », porque la Encarnación del Verbo, la
unión hipostática del Hijo de Dios con la naturaleza
humana, se realiza y cumple precisamente en ella. Como afirma el
Concilio, María es « Madre de Dios Hijo y, por tanto, la
hija predilecta del Padre y el sagrario del Espíritu Santo;
con un don de gracia tan eximia, antecede con mucho a todas las
criaturas celestiales y terrenas ».(23)
10. La Carta a los Efesios, al
hablar de la « historia de la gracia » que « Dios
Padre ... nos agració en el Amado », añade: «
En él tenemos por medio de su sangre la redención »
(Ef 1, 7). Según la doctrina, formulada en documentos
solemnes de la Iglesia, esta « gloria de la gracia » se
ha manifestado en la Madre de Dios por el hecho de que ha sido
redimida « de un modo eminente ».(24) En virtud de la
riqueza de la gracia del Amado, en razón de los méritos
redentores del que sería su Hijo, María ha sido
preservada de la herencia del pecado original.(25) De esta
manera, desde el primer instante de su concepción, es decir de
su existencia, es de Cristo, participa de la gracia salvífica
y santificante y de aquel amor que tiene su inicio en el «
Amado », el Hijo del eterno Padre, que mediante la Encarnación
se ha convertido en su propio Hijo. Por eso, por obra del Espíritu
Santo, en el orden de la gracia, o sea de la participación en
la naturaleza divina, María recibe la vida de aquel al que
ella misma dio la vida como madre, en el orden de la generación
terrena. La liturgia no duda en llamarla « madre de su
Progenitor » (26) y en saludarla con las palabras que Dante
Alighieri pone en boca de San Bernardo: « hija de tu Hijo
».(27) Y dado que esta « nueva vida » María
la recibe con una plenitud que corresponde al amor del Hijo a la
Madre y, por consiguiente, a la dignidad de la maternidad divina, en
la anunciación el ángel la llama « llena de
gracia ».
11. En el designio salvífico de
la Santísima Trinidad el misterio de la Encarnación
constituye el cumplimiento sobreabundante de la promesa
hecha por Dios a los hombres, después del pecado
original, después de aquel primer pecado cuyos efectos
pesan sobre toda la historia del hombre en la tierra (cf. Gén
3, 15). Viene al mundo un Hijo, el « linaje de la mujer »
que derrotará el mal del pecado en su misma raíz: «
aplastará la cabeza de la serpiente ». Como resulta de
las palabras del protoevangelio, la victoria del Hijo de la mujer no
sucederá sin una dura lucha, que penetrará toda la
historia humana. « La enemistad », anunciada al comienzo,
es confirmada en el Apocalipsis, libro de las realidades últimas
de la Iglesia y del mundo, donde vuelve de nuevo la señal de
la « mujer », esta vez « vestida del sol »
(Ap 12, 1).
María, Madre del Verbo
encarnado, está situada en el centro mismo de aquella «
enemistad », de aquella lucha que acompaña la
historia de la humanidad en la tierra y la historia misma de la
salvación. En este lugar ella, que pertenece a los «
humildes y pobres del Señor », lleva en sí, como
ningún otro entre los seres humanos, aquella « gloria de
la gracia » que el Padre « nos agració en el Amado
», y esta gracia determina la extraordinaria grandeza y
belleza de todo su ser. María permanece así ante
Dios, y también ante la humanidad entera, como el signo
inmutable e inviolable de la elección por parte de Dios, de la
que habla la Carta paulina: « Nos ha elegido en él
(Cristo) antes de la fundación del mundo, ... eligiéndonos
de antemano para ser sus hijos adoptivos » (Ef 1, 4.5).
Esta elección es más fuerte que toda experiencia del
mal y del pecado, de toda aquella « enemistad » con la
que ha sido marcada la historia del hombre. En esta historia María
sigue siendo una señal de esperanza segura.
2. Feliz la que ha creído
12. Poco después de la narración
de la anunciación, el evangelista Lucas nos guía tras
los pasos de la Virgen de Nazaret hacia « una ciudad de Judá
» (Lc 1, 39). Según los estudiosos esta ciudad debería
ser la actual Ain-Karim, situada entre las montañas, no
distante de Jerusalén. María llegó allí «
con prontitud » para visitar a Isabel su pariente. El
motivo de la visita se halla también en el hecho de que,
durante la anunciación, Gabriel había nombrado de modo
significativo a Isabel, que en edad avanzada había concebido
de su marido Zacarías un hijo, por el poder de Dios: «
Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su
vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril,
porque ninguna cosa es imposible a Dios »(Lc 1,
36-37). El mensajero divino se había referido a cuanto había
acontecido en Isabel, para responder a la pregunta de María: «
¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?
» (Lc 1, 34). Esto sucederá precisamente
por el « poder del Altísimo », como y más
aún que en el caso de Isabel.
Así pues María, movida
por la caridad, se dirige a la casa de su pariente. Cuando entra,
Isabel, al responder a su saludo y sintiendo saltar de gozo al niño
en su seno, « llena de Espíritu Santo », a su vez
saluda a María en alta voz: « Bendita tú
entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno » (cf. Lc 1,
40-42). Esta exclamación o aclamación de Isabel
entraría posteriormente en el Ave María, como
una continuación del saludo del ángel, convirtiéndose
así en una de las plegarias más frecuentes de la
Iglesia. Pero más significativas son todavía las
palabras de Isabel en la pregunta que sigue: « ¿de donde
a mí que la madre de mi Señor venga a mí?
»(Lc 1, 43). Isabel da testimonio de María:
reconoce y proclama que ante ella está la Madre del Señor,
la Madre del Mesías. De este testimonio participa también
el hijo que Isabel lleva en su seno: « saltó de gozo el
niño en su seno » (Lc 1, 44). EL niño
es el futuro Juan el Bautista, que en el Jordán señalará
en Jesús al Mesías.
En el saludo de Isabel cada palabra
está llena de sentido y, sin embargo, parece ser de
importancia fundamental lo que dice al final: «¡Feliz
la que ha creído que se cumplirían las cosas que le
fueron dichas de parte del Señor! » (Lc 1,
45).(28) Estas palabras se pueden poner junto al apelativo «
llena de gracia » del saludo del ángel. En ambos textos
se revela un contenido mariológico esencial, o sea, la verdad
sobre María, que ha llegado a estar realmente presente en el
misterio de Cristo precisamente porque « ha creído ».
La plenitud de gracia, anunciada por el ángel,
significa el don de Dios mismo; la fe de María, proclamada
por Isabel en la visitación, indica como la Virgen de
Nazaret ha respondido a este don.
13. « Cuando Dios revela hay que
prestarle la obediencia de la fe » (Rom 16, 26;
cf. Rom 1, 5; 2 Cor 10, 5-6), por la que el hombre se
confía libre y totalmente a Dios, como enseña el
Concilio.(29) Esta descripción de la fe encontró una
realización perfecta en María. El momento «
decisivo » fue la anunciación, y las mismas palabras de
Isabel « Feliz la que ha creído » se refieren en
primer lugar a este instante.(30)
En efecto, en la Anunciación
María se ha abandonado en Dios completamente,
manifestando « la obediencia de la fe » a aquel que le
hablaba a través de su mensajero y prestando « el
homenaje del entendimiento y de la voluntad ».(31) Ha
respondido, por tanto, con todo su « yo »
humano, femenino, y en esta respuesta de fe estaban contenidas
una cooperación perfecta con « la gracia de Dios que
previene y socorre » y una disponibilidad perfecta a la acción
del Espíritu Santo, que, « perfecciona constantemente la
fe por medio de sus dones ».(32)
La palabra del Dios viviente, anunciada
a María por el ángel, se refería a ella misma «
vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo » (Lc
1, 31). Acogiendo este anuncio, María se convertiría en
la « Madre del Señor » y en ella se realizaría
el misterio divino de la Encarnación: « El Padre de las
misericordias quiso que precediera a la encarnación la
aceptación de parte de la Madre predestinada ».(33) Y
María da este consentimiento, después de haber
escuchado todas las palabras del mensajero. Dice: « He aquí
la esclava del Señor; hágase en mí según
tu palabra » (Lc 1, 38). Este fiat de María
—« hágase en mí »— ha decidido,
desde el punto de vista humano, la realización del misterio
divino. Se da una plena consonancia con las palabras del Hijo que,
según la Carta a los Hebreos, al venir al mundo dice al
Padre: « Sacrificio y oblación no quisiste; pero me
has formado un cuerpo ... He aquí que vengo ... a hacer,
oh Dios, tu voluntad » (Hb 10, 5-7). El misterio de la
Encarnación se ha realizado en el momento en el cual María
ha pronunciado su fiat: « hágase en mí
según tu palabra », haciendo posible, en cuanto
concernía a ella según el designio divino, el
cumplimiento del deseo de su Hijo. María ha pronunciado este
fiat por medio de la fe. Por medio de la fe se confió a
Dios sin reservas y « se consagró totalmente a sí
misma, cual esclava del Señor, a la persona y a la obra de su
Hijo ».(34) Y este Hijo —como enseñan los Padres—
lo ha concebido en la mente antes que en el seno: precisamente por
medio de la fe.(35) Justamente, por ello, Isabel alaba a María:
« ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían
las cosas que le fueron dichas por parte del Señor! ».
Estas palabras ya se han realizado. María de Nazaret se
presenta en el umbral de la casa de Isabel y Zacarías como
Madre del Hijo de Dios. Es el descubrimiento gozoso de Isabel: «
¿de donde a mí que la Madre de mi Señor venga a
mí? ».
14. Por lo tanto, la fe de María
puede parangonarse también a la de Abraham, llamado
por el Apóstol « nuestro padre en la fe » (cf. Rom
4, 12). En la economía salvífica de la revelación
divina la fe de Abraham constituye el comienzo de la Antigua Alianza;
la fe de María en la anunciación da comienzo a la Nueva
Alianza. Como Abraham « esperando contra toda esperanza,
creyó y fue hecho padre de muchas naciones » (cf.
Rom 4, 18), así María, en el instante de la
anunciación, después de haber manifestado su condición
de virgen (« ¿cómo será esto, puesto que
no conozco varón? »), creyó que por el
poder del Altísimo, por obra del Espíritu Santo, se
convertiría en la Madre del Hijo de Dios según la
revelación del ángel: « el que ha de nacer será
santo y será llamado Hijo de Dios » (Lc 1, 35).
Sin embargo las palabras de Isabel «
Feliz la que ha creído » no se aplican únicamente
a aquel momento concreto de la anunciación. Ciertamente la
anunciación representa el momento culminante de la fe de María
a la espera de Cristo, pero es además el punto de partida, de
donde inicia todo su « camino hacia Dios », todo su
camino de fe. Y sobre esta vía, de modo eminente y realmente
heroico —es mas, con un heroísmo de fe cada vez mayor—
se efectuará la « obediencia » profesada por ella
a la palabra de la divina revelación. Y esta «
obediencia de la fe » por parte de María a lo largo de
todo su camino tendrá analogías sorprendentes con la fe
de Abraham. Como el patriarca del Pueblo de Dios, así también
María, a través del camino de su fiat filial y
maternal, « esperando contra esperanza, creyó ».
De modo especial a lo largo de algunas etapas de este camino la
bendición concedida a « la que ha creído »
se revelará con particular evidencia. Creer quiere decir «
abandonarse » en la verdad misma de la palabra del Dios
viviente, sabiendo y reconociendo humildemente « ¡cuan
insondables son sus designios e inescrutables sus caminos! »
(Rom 11, 33). María, que por la eterna voluntad del
Altísimo se ha encontrado, puede decirse, en el centro mismo
de aquellos « inescrutables caminos » y de los «
insondables designios » de Dios, se conforma a ellos en la
penumbra de la fe, aceptando plenamente y con corazón abierto
todo lo que está dispuesto en el designio divino.
15. María, cuando en la
anunciación siente hablar del Hijo del que será madre y
al que « pondrá por nombre Jesús »
(Salvador), llega a conocer también que a el mismo « el
Señor Dios le dará el trono de David, su padre »
y que « reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y
su reino no tendrá fin » (Lc 1, 32-33) En esta
dirección se encaminaba la esperanza de todo el pueblo de
Israel. EL Mesías prometido debe ser « grande », e
incluso el mensajero celestial anuncia que « será
grande », grande tanto por el nombre de Hijo del
Altísimo como por asumir la herencia de David. Por
lo tanto, debe ser rey, debe reinar « en la casa de Jacob ».
María ha crecido en medio de esta expectativa de su pueblo,
podía intuir, en el momento de la anunciación ¿qué
significado preciso tenían las palabras del ángel?
¿Cómo conviene entender aquel « reino » que
no « tendrá fin »?
Aunque por medio de la fe se haya
sentido en aquel instante Madre del « Mesías-rey »,
sin embargo responde: « He aquí la esclava del Señor;
hágase en mí según tu palabra » (Lc
1, 38 ). Desde el primer momento, María profesa sobre todo «
la obediencia de la fe », abandonándose al significado
que, a las palabras de la anunciación, daba aquel del cual
provenían: Dios mismo.
16. Siempre a través de este
camino de la « obediencia de la fe » María oye
algo más tarde otras palabras; las pronunciadas por
Simeón en el templo de Jerusalén. Cuarenta días
después del nacimiento de Jesús, según lo
prescrito por la Ley de Moisés, María y José «
llevaron al niño a Jerusalén para presentarle al Señor
» (Lc 2, 22) El nacimiento se había dado en una
situación de extrema pobreza. Sabemos, pues, por Lucas que,
con ocasión del censo de la población ordenado por las
autoridades romanas, María se dirigió con José a
Belén; no habiendo encontrado « sitio en el alojamiento
», dio a luz a su hijo en un establo y «le acostó
en un pesebre » (cf. Lc 2, 7).
Un hombre justo y piadoso, llamado
Simeón, aparece al comienzo del « itinerario » de
la fe de María. Sus palabras, sugeridas por el Espíritu
Santo (cf. Lc 2, 25-27), confirman la verdad de la
anunciación. Leemos, en efecto, que « tomó en
brazos » al niño, al que —según la orden
del ángel— « se le dio el nombre de Jesús »
(cf. Lc 2, 21). El discurso de Simeón es conforme al
significado de este nombre, que quiere decir Salvador: « Dios
es la salvación ». Vuelto al Señor, dice lo
siguiente: « Porque han visto mis ojos tu salvación, la
que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para
iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel » (Lc 2,
30-32). Al mismo tiempo, sin embargo, Simeón se dirige a María
con estas palabras: « Este está puesto para caída
y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de
contradicción ... a fin de que queden al descubierto las
intenciones de muchos corazones »; y añade con
referencia directa a María: « y a ti misma una espada te
atravesará el alma (Lc 2, 34-35). Las palabras de
Simeón dan nueva luz al anuncio que María ha oído
del ángel: Jesús es el Salvador, es « luz para
iluminar » a los hombres. ¿No es aquel que se
manifestó, en cierto modo, en la Nochebuena, cuando los
pastores fueron al establo? ¿No es aquel que debía
manifestarse todavía más con la llegada de los Magos
del Oriente? (cf. Mt 2, 1-12). Al mismo tiempo, sin
embargo, ya al comienzo de su vida, el Hijo de María —y
con él su Madre— experimentarán en sí
mismos la verdad de las restantes palabras de Simeón: «
Señal de contradicción » (Lc 2, 34). El anuncio
de Simeón parece como un segundo anuncio a María,
dado que le indica la concreta dimensión histórica
en la cual el Hijo cumplirá su misión, es decir en la
incomprensión y en el dolor. Si por un lado, este anuncio
confirma su fe en el cumplimiento de las promesas divinas de la
salvación, por otro, le revela también que deberá
vivir en el sufrimiento su obediencia de fe al lado del Salvador que
sufre, y que su maternidad será oscura y dolorosa. En efecto,
después de la visita de los Magos, después de su
homenaje (« postrándose le adoraron »), después
de ofrecer unos dones (cf. Mt 2, 11), María con el niño
debe huir a Egipto bajo la protección diligente de
José, porque « Herodes buscaba al niño para
matarlo » (cf. Mt 2, 13). Y hasta la muerte de Herodes
tendrán que permanecer en Egipto (cf. Mt 2, 15).
17. Después de la muerte de
Herodes, cuando la sagrada familia regresa a Nazaret, comienza el
largo período de la vida oculta. La que « ha
creído que se cumplirán las cosas que le fueron dichas
de parte del Señor » (Lc 1, 45) vive cada día
el contenido de estas palabras. Diariamente junto a ella está
el Hijo a quien ha puesto por nombre Jesús; por
consiguiente, en la relación con él usa ciertamente
este nombre, que por lo demás no podía maravillar a
nadie, usándose desde hacía mucho tiempo en Israel. Sin
embargo, María sabe que el que lleva por nombre Jesús
ha sido llamado por el ángel « Hijo del
Altísimo » (cf. Lc 1, 32). María sabe
que lo ha concebido y dado a luz « sin conocer varón »,
por obra del Espíritu Santo, con el poder del Altísimo
que ha extendido su sombra sobre ella (cf. Lc 1, 35), así
como la nube velaba la presencia de Dios en tiempos de Moisés
y de los padres (cf. Ex 24, 16; 40, 34-35; 1 Rom 8,
10-12). Por lo tanto, María sabe que el Hijo dado a luz
virginalmente, es precisamente aquel « Santo », el «
Hijo de Dios », del que le ha hablado el ángel.
A lo largo de la vida oculta de Jesús
en la casa de Nazaret, también la vida de María está
« oculta con Cristo en Dios » (cf. Col 3,
3), por medio de la fe. Pues la fe es un contacto con el
misterio de Dios. María constantemente y diariamente está
en contacto con el misterio inefable de Dios que se ha hecho hombre,
misterio que supera todo lo que ha sido revelado en la Antigua
Alianza. Desde el momento de la anunciación, la mente de la
Virgen-Madre ha sido introducida en la radical « novedad »
de la autorrevelación de Dios y ha tomado conciencia del
misterio. Es la primera de aquellos « pequeños »,
de los que Jesús dirá: « Padre ... has ocultado
estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños
» (Mt 11, 25). Pues « nadie conoce bien al Hijo
sino el Padre » (Mt 11, 27). ¿Cómo puede,
pues, María « conocer al Hijo »? Ciertamente no lo
conoce como el Padre; sin embargo, es la primera entre aquellos a
quienes el Padre « lo ha querido revelar »
(cf. Mt 11, 26-27; 1 Cor 2, 11). Pero si desde
el momento de la anunciación le ha sido revelado el Hijo, que
sólo el Padre conoce plenamente, como aquel que lo engendra en
el eterno « hoy » (cf. Sal 2, 7), María, la
Madre, está en contacto con la verdad de su Hijo únicamente
en la fe y por la fe. Es, por tanto, bienaventurada, porque «
ha creído » y cree cada día en medio de
todas las pruebas y contrariedades del período de la infancia
de Jesús y luego durante los años de su vida oculta en
Nazaret, donde « vivía sujeto a ellos » (Lc
2, 51): sujeto a María y también a José, porque
éste hacía las veces de padre ante los hombres; de ahí
que el Hijo de María era considerado también por las
gentes como « el hijo del carpintero » (Mt 13,
55).
La Madre de aquel Hijo, por
consiguiente, recordando cuanto le ha sido dicho en la anunciación
y en los acontecimientos sucesivos, lleva consigo la radical «
novedad » de la fe: el inicio de la Nueva Alianza. Esto
es el comienzo del Evangelio, o sea de la buena y agradable nueva. No
es difícil, pues, notar en este inicio una particular
fatiga del corazón, unida a una especie de a noche de la
fe » —usando una expresión de San Juan de la
Cruz—, como un « velo » a través del cual
hay que acercarse al Invisible y vivir en intimidad con el
misterio.(36) Pues de este modo María, durante muchos años,
permaneció en intimidad con el misterio de su Hijo, y
avanzaba en su itinerario de fe, a medida que Jesús «
progresaba en sabiduría ... en gracia ante Dios y ante los
hombres » (Lc 2, 52). Se manifestaba cada vez más
ante los ojos de los hombres la predilección que Dios sentía
por él. La primera entre estas criaturas humanas admitidas al
descubrimiento de Cristo era María , que con José vivía
en la casa de Nazaret.
Pero, cuando, después del
encuentro en el templo, a la pregunta de la Madre: « ¿por
qué has hecho esto? », Jesús, que tenía
doce años, responde « ¿No sabíais que
yo debía estar en la casa de mi Padre? », y el
evangelista añade: « Pero ellos (José y
María) no comprendieron la respuesta que les dio »
(Lc 2, 48-50) Por lo tanto, Jesús tenía
conciencia de que « nadie conoce bien al Hijo sino el Padre »
(cf. Mt 11, 27), tanto que aun aquella, a la cual había
sido revelado más profundamente el misterio de su filiación
divina, su Madre, vivía en la intimidad con este misterio sólo
por medio de la fe. Hallándose al lado del hijo, bajo un mismo
techo y « manteniendo fielmente la unión con su Hijo »,
« avanzaba en la peregrinación de la fe »,como
subraya el Concilio.(37) Y así sucedió a lo largo de la
vida pública de Cristo (cf. Mc 3, 21,35); de donde, día
tras día, se cumplía en ella la bendición
pronunciada por Isabel en la visitación: « Feliz la que
ha creído ».
18. Esta bendición alcanza su
pleno significado, cuando María está junto a la Cruz
de su Hijo (cf. Jn 19, 25). El Concilio afirma que esto
sucedió « no sin designio divino »: « se
condolió vehementemente con su Unigénito y se asoció
con corazón maternal a su sacrificio, consintiendo con amor en
la inmolación de la víctima engendrada por Ella misma
»; de este modo María « mantuvo fielmente la unión
con su Hijo hasta la Cruz »: (38) la unión por medio de
la fe, la misma fe con la que había acogido la revelación
del ángel en el momento de la anunciación. Entonces
había escuchado las palabras: « El será grande
... el Señor Dios le dará el trono de David, su
padre ... reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su
reino no tendrá fin » (Lc 1, 32-33).
Y he aquí que, estando junto a
la Cruz, María es testigo, humanamente hablando, de un
completo desmentido de estas palabras. Su Hijo agoniza sobre
aquel madero como un condenado. « Despreciable y desecho de
hombres, varón de dolores ... despreciable y no le tuvimos en
cuenta »: casi anonadado (cf. Is 53, 35) ¡Cuan
grande, cuan heroica en esos momentos la obediencia de la fe
demostrada por María ante los « insondables
designios » de Dios! ¡Cómo se « abandona en
Dios » sin reservas, « prestando el homenaje del
entendimiento y de la voluntad » (39) a aquel, cuyos «
caminos son inescrutables »! (cf. Rom 11, 33). Y a la
vez ¡cuan poderosa es la acción de la gracia en su alma,
cuan penetrante es la influencia del Espíritu Santo, de su luz
y de su fuerza!
Por medio de esta fe María
está unida perfectamente a Cristo en su despojamiento. En
efecto, « Cristo, ... siendo de condición divina, no
retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó
de sí mismo, tomando la condición de siervo, haciéndose
semejante a los hombres »; concretamente en el Gólgota «
se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y
muerte de cruz » (cf. Flp 2, 5-8). A los pies de
la Cruz María participa por medio de la fe en el
desconcertante misterio de este despojamiento. Es ésta tal vez
la más profunda « kénosis » de la fe en la
historia de la humanidad. Por medio de la fe la Madre participa en la
muerte del Hijo, en su muerte redentora; pero a diferencia de la de
los discípulos que huían, era una fe mucho más
iluminada. Jesús en el Gólgota, a través de la
Cruz, ha confirmado definitivamente ser el « signo de
contradicción », predicho por Simeón. Al mismo
tiempo, se han cumplido las palabras dirigidas por él a María:
« ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!
».(40)
19. ¡Sí, verdaderamente «
feliz la que ha creído »! Estas palabras, pronunciadas
por Isabel después de la anunciación, aquí, a
los pies de la Cruz, parecen resonar con una elocuencia suprema y se
hace penetrante la fuerza contenida en ellas. Desde la Cruz, es
decir, desde el interior mismo del misterio de la redención,
se extiende el radio de acción y se dilata la perspectiva de
aquella bendición de fe. Se remonta « hasta el comienzo
» y, como participación en el sacrificio de Cristo,
nuevo Adán, en cierto sentido, se convierte en el contrapeso
de la desobediencia y de la incredulidad contenidas en el pecado
de los primeros padres. Así enseñan los Padres de la
Iglesia y, de modo especial, San Ireneo, citado por la Constitución
Lumen gentium: « El nudo de la desobediencia de Eva fue
desatado por la obediencia de María; lo que ató la
virgen Eva por la incredulidad, la Virgen María lo desató
por la fe »,(41) A la luz de esta comparación con
Eva los Padres —como recuerda todavía el Concilio—
llaman a María « Madre de los vivientes » y
afirman a menudo: a la muerte vino por Eva, por María la vida
».(42)
Con razón, pues, en la expresión
« feliz la que ha creído » podemos encontrar como
una clave que nos abre a la realidad íntima de María,
a la que el ángel ha saludado como « llena de gracia ».
Si como a llena de gracia » ha estado presente eternamente en
el misterio de Cristo, por la fe se convertía en partícipe
en toda la extensión de su itinerario terreno: « avanzó
en la peregrinación de la fe » y al mismo tiempo, de
modo discreto pero directo y eficaz, hacía presente a los
hombres el misterio de Cristo. Y sigue haciéndolo
todavía. Y por el misterio de Cristo está presente
entre los hombres. Así, mediante el misterio del Hijo, se
aclara también el misterio de la Madre.
3. Ahí tienes a tu madre
20. El evangelio de Lucas recoge el
momento en el que « alzó la voz una mujer de entre la
gente, y dijo, dirigiéndose a Jesús: « ¡Dichoso
el seno que te llevó y los pechos que te criaron! »
(Lc 11, 27). Estas palabras constituían una alabanza para
María como madre de Jesús, según la carne. La
Madre de Jesús quizás no era conocida personalmente por
esta mujer. En efecto, cuando Jesús comenzó su
actividad mesiánica, María no le acompañaba y
seguía permaneciendo en Nazaret. Se diría que las
palabras de aquella mujer desconocida le hayan hecho salir, en cierto
modo, de su escondimiento.
A través de aquellas palabras ha
pasado rápidamente por la mente de la muchedumbre, al menos
por un instante, el evangelio de la infancia de Jesús. Es el
evangelio en que María está presente como la madre que
concibe a Jesús en su seno, le da a luz y le amamanta
maternalmente: la madre-nodriza, a la que se refiere aquella mujer
del pueblo. Gracias a esta maternidad Jesús —Hijo
del Altísimo (cf. Lc 1, 32)— es un verdadero hijo
del hombre. Es «carne », como todo hombre: es «
el Verbo (que) se hizo carne » (cf. Jn 1, 14). Es carne
y sangre de María.(43)
Pero a la bendición proclamada
por aquella mujer respecto a su madre según la carne, Jesús
responde de manera significativa: « Dichosos más bien
los que oyen la Palabra de Dios y la guardan » (cf. Lc
11, 28). Quiere quitar la atención de la maternidad
entendida sólo como un vínculo de la carne, para
orientarla hacia aquel misterioso vínculo del espíritu,
que se forma en la escucha y en la observancia de la palabra de Dios.
El mismo paso a la esfera de los
valores espirituales se delinea aun más claramente en otra
respuesta de Jesús, recogida por todos los Sinópticos.
Al ser anunciado a Jesús que su « madre y sus hermanos
están fuera y quieren verle », responde: «
Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la
cumplen » (cf. Lc 8, 20-21). Esto dijo
« mirando en torno a los que estaban sentados en corro »,
como leemos en Marcos (3, 34) o, según Mateo (12, 49) «
extendiendo su mano hacia sus discípulos ».
Estas expresiones parecen estar en la
línea de lo que Jesús, a la edad de doce años,
respondió a María y a José, al ser
encontrado después de tres días en el templo de
Jerusalén.
Así pues, cuando Jesús se
marchó de Nazaret y dio comienzo a su vida pública en
Palestina, ya estaba completa y exclusivamente «
ocupado en las cosas del Padre » (cf. Lc 2, 49).
Anunciaba el Reino: « Reino de Dios » y « cosas del
Padre », que dan también una dimensión nueva y un
sentido nuevo a todo lo que es humano y, por tanto, a toda relación
humana, respecto a las finalidades y tareas asignadas a cada hombre.
En esta dimensión nueva un vínculo, como el de la «
fraternidad », significa también una cosa distinta de la
« fraternidad según la carne », que deriva del
origen común de los mismos padres. Y aun la « maternidad
», en la dimensión del reino de Dios, en la esfera de
la paternidad de Dios mismo, adquiere un significado diverso. Con
las palabras recogidas por Lucas Jesús enseña
precisamente este nuevo sentido de la maternidad.
¿Se aleja con esto de la que ha
sido su madre según la carne? ¿Quiere tal vez dejarla
en la sombra del escondimiento, que ella misma ha elegido? Si así
puede parecer en base al significado de aquellas palabras, se debe
constatar, sin embargo, que la maternidad nueva y distinta, de la que
Jesús habla a sus discípulos, concierne concretamente a
María de un modo especialísimo. ¿No es tal vez
María la primera entre «aquellos que escuchan
la Palabra de Dios y la cumplen »? Y por consiguiente ¿no
se refiere sobre todo a ella aquella bendición pronunciada por
Jesús en respuesta a las palabras de la mujer anónima?
Sin lugar a dudas, María es digna de bendición por el
hecho de haber sido para Jesús Madre según la carne («
¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te
criaron! »), pero también y sobre todo porque ya en el
instante de la anunciación ha acogido la palabra de Dios,
porque ha creído, porque fue obediente a Dios, porque «
guardaba » la palabra y « la conservaba cuidadosamente en
su corazón » (cf. Lc 1, 38.45; 2, 19. 51 ) y la
cumplía totalmente en su vida. Podemos afirmar, por lo tanto,
que el elogio pronunciado por Jesús no se contrapone, a pesar
de las apariencias, al formulado por la mujer desconocida, sino que
viene a coincidir con ella en la persona de esta Madre-Virgen, que se
ha llamado solamente « esclava del Señor » (Lc
1, 38). Sies cierto que « todas las generaciones la
llamarán bienaventurada » (cf. Lc 1, 48),
se puede decir que aquella mujer anónima ha sido la primera en
confirmar inconscientemente aquel versículo profético
del Magníficat de María y dar comienzo al
Magníficat de los siglos.
Si por medio de la fe María
se ha convertido en la Madre del Hijo que le ha sido dado por el
Padre con el poder del Espíritu Santo, conservando íntegra
su virginidad, en la misma fe ha descubierto y acogido la otra
dimensión de la maternidad, revelada por Jesús
durante su misión mesiánica. Se puede afirmar que esta
dimensión de la maternidad pertenece a María desde el
comienzo, o sea desde el momento de la concepción y del
nacimiento del Hijo. Desde entonces era « la que ha creído
». A medida que se esclarecía ante sus ojos y ante su
espíritu la misión del Hijo, ella misma como Madre se
abría cada vez más a aquella « novedad
»de la maternidad, que debía constituir su «
papel » junto al Hijo. ¿No había dicho desde el
comienzo: « He aquí la esclava del Señor; hágase
en mí según tu palabra »? (Lc 1, 38).
Por medio de la fe María seguía oyendo y meditando
aquella palabra, en la que se hacía cada vez más
transparente, de un modo « que excede todo conocimiento »
(Ef 3, 19), la autorrevelación del Dios viviente. María
madre se convertía así, en cierto sentido, en la
primera « discípula » de su Hijo, la
primera a la cual parecía decir: « Sígueme »
antes aún de dirigir esa llamada a los apóstoles o a
cualquier otra persona (cf. Jn 1, 43).
21. Bajo este punto de vista, es
particularmente significativo el texto del Evangelio de Juan, que
nos presenta a María en las bodas de Caná. María
aparece allí como Madre de Jesús al comienzo de su vida
pública: « Se celebraba una boda en Caná de
Galilea y estaba allí la Madre de Jesús. Fue
invitado también a la boda Jesús con sus discípulos
(Jn 2, 1-2). Según el texto resultaría que Jesús
y sus discípulos fueron invitados junto con María, dada
su presencia en aquella fiesta: el Hijo parece que fue invitado en
razón de la madre. Es conocida la continuación de los
acontecimientos concatenados con aquella invitación, aquel «
comienzo de las señales » hechas por Jesús —el
agua convertida en vino—, que hace decir al evangelista: Jesús
« manifestó su gloria, y creyeron en él sus
discípulos » (Jn 2, 11).
María está presente en
Caná de Galilea como Madre de Jesús, y de modo
significativo contribuye a aquel « comienzo de las
señales », que revelan el poder mesiánico de su
Hijo. He aquí que: « como faltaba vino, le dice a Jesús
su Madre: "no tienen vino". Jesús le responde: «
¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha
llegado mi hora » (Jn 2, 3-4). En el Evangelio de
Juan aquella « hora » significa el momento determinado
por el Padre, en el que el Hijo realiza su obra y debe ser
glorificado (cf. Jn 7, 30; 8, 20; 12, 23. 27; 13, 1; 17, 1;
19, 27). Aunque la respuesta de Jesús a su madre
parezca como un rechazo (sobre todo si se mira, más que a la
pregunta, a aquella decidida afirmación: « Todavía
no ha llegado mi hora »), a pesar de esto María se
dirige a los criados y les dice: « Haced lo que él os
diga » (Jn 2, 5). Entonces Jesús ordena a los
criados llenar de agua las tinajas, y el agua se convierte en vino,
mejor del que se había servido antes a los invitados al
banquete nupcial.
¿Qué entendimiento
profundo se ha dado entre Jesús y su Madre? ¿Cómo
explorar el misterio de su íntima unión espiritual? De
todos modos el hecho es elocuente. Es evidente que en aquel hecho se
delinea ya con bastante claridad la nueva dimensión, el
nuevo sentido de la maternidad de María. Tiene un
significado que no está contenido exclusivamente en las
palabras de Jesús y en los diferentes episodios citados por
los Sinópticos (Lc 11, 27-28; 8, 19-21; Mt 12,
46-50; Mc 3, 31-35). En estos textos Jesús intenta
contraponer sobre todo la maternidad, resultante del hecho mismo del
nacimiento, a lo que esta « maternidad » (al igual que la
« fraternidad ») debe ser en la dimensión del
Reino de Dios, en el campo salvífico de la paternidad de Dios.
En el texto joánico, por el contrario, se delinea en la
descripción del hecho de Caná lo que concretamente se
manifiesta como nueva maternidad según el espíritu y no
únicamente según la carne, o sea la solicitud de
María por los hombres, el ir a su encuentro en toda la
gama de sus necesidades. En Caná de Galilea se muestra sólo
un aspecto concreto de la indigencia humana, aparentemente pequeño
y de poca importancia « No tienen vino »). Pero esto
tiene un valor simbólico. El ir al encuentro de las
necesidades del hombre significa, al mismo tiempo, su introducción
en el radio de acción de la misión mesiánica y
del poder salvífico de Cristo. Por consiguiente, se da una
mediación: María se pone entre su Hijo y los hombres en
la realidad de sus privaciones, indigencias y sufrimientos. Se
pone « en medio », o sea hace de mediadora
no como una persona extraña, sino en su papel de madre,
consciente de que como tal puede —más bien «
tiene el derecho de »— hacer presente al Hijo las
necesidades de los hombres. Su mediación, por lo tanto, tiene
un carácter de intercesión: María «
intercede » por los hombres. No sólo: como Madre desea
también que se manifieste el poder mesiánico del
Hijo, es decir su poder salvífico encaminado a socorrer la
desventura humana, a liberar al hombre del mal que bajo diversas
formas y medidas pesa sobre su vida. Precisamente como había
predicho del Mesías el Profeta Isaías en el conocido
texto, al que Jesús se ha referido ante sus conciudadanos de
Nazaret « Para anunciar a los pobres la Buena Nueva, para
proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos
... » (cf. Lc 4, 18).
Otro elemento esencial de esta función
materna de María se encuentra en las palabras dirigidas a los
criados: « Haced lo que él os diga ». La Madre
de Cristo se presenta ante los hombres como portavoz de la
voluntad del Hijo, indicadora de aquellas exigencias que deben
cumplirse. para que pueda manifestarse el poder salvífico del
Mesías. En Caná, merced a la intercesión de
María y a la obediencia de los criados, Jesús da
comienzo a « su hora ». En Caná María
aparece como la que cree en Jesús; su fe provoca
la primera « señal » y contribuye a suscitar la fe
de los discípulos.
22. Podemos decir, por tanto, que en
esta página del Evangelio de Juan encontramos como un primer
indicio de la verdad sobre la solicitud materna de María. Esta
verdad ha encontrado su expresión en el magisterio del
último Concilio. Es importante señalar cómo
la función materna de María es ilustrada en su relación
con la mediación de Cristo. En efecto, leemos lo siguiente: «
La misión maternal de María hacia los hombres de
ninguna manera oscurece ni disminuye esta única mediación
de Cristo, sino más bien muestra su eficacia », porque «
hay un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús,
hombre también » (1 Tm 2, 5). Esta función
materna brota, según el beneplácito de Dios, « de
la superabundancia de los méritos de Cristo... de ella depende
totalmente y de la misma saca toda su virtud ».(44) Y
precisamente en este sentido el hecho de Caná de Galilea, nos
ofrece como una predicción de la mediación de María,
orientada plenamente hacia Cristo y encaminada a la revelación
de su poder salvífico.
Por el texto joánico parece que
se trata de una mediación maternal. Como proclama el Concilio:
María « es nuestra Madre en el orden de la gracia ».
Esta maternidad en el orden de la gracia ha surgido de su misma
maternidad divina, porque siendo, por disposición de la divina
providencia, madre-nodriza del divino Redentor se ha convertido de «
forma singular en la generosa colaboradora entre todas las creaturas
y la humilde esclava del Señor » y que « cooperó
... por la obediencia, la fe, la esperanza y la encendida caridad, en
la restauración de la vida sobrenatural de las almas ».(45)
« Y esta maternidad de María perdura sin cesar en
la economía de la gracia ... hasta la consumación
de todos los elegidos ».(46)
23. Si el pasaje del Evangelio de Juan
sobre el hecho de Caná presenta la maternidad solícita
de María al comienzo de la actividad mesiánica de
Cristo, otro pasaje del mismo Evangelio confirma esta maternidad de
María en la economía salvífica de la gracia en
su momento culminante, es decir cuando se realiza el sacrificio de la
Cruz de Cristo, su misterio pascual. La descripción de Juan es
concisa: « Junto a la cruz de Jesús estaban su Madre
y la hermana de su madre. María, mujer de Cleofás, y
María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a
ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: Mujer, ahí
tienes a tu hijo". Luego dice al discípulo: "Ahí
tienes a tu madre". Y desde aquella hora el discípulo la
acogió en su casa » (Jn 19, 25-27).
Sin lugar a dudas se percibe en este
hecho una expresión de la particular atención del Hijo
por la Madre, que dejaba con tan grande dolor. Sin embargo, sobre el
significado de esta atención el « testamento de la Cruz
» de Cristo dice aún más. Jesús ponía
en evidencia un nuevo vínculo entre Madre e Hijo, del que
confirma solemnemente toda la verdad y realidad. Se puede decir que,
si la maternidad de María respecto de los hombres ya había
sido delineada precedentemente, ahora es precisada y establecida
claramente; ella emerge de la definitiva maduración del
misterio pascual del Redentor. La Madre de Cristo, encontrándose
en el campo directo de este misterio que abarca al hombre —a
cada uno y a todos—, es entregada al hombre —a cada uno y
a todos— como madre. Este hombre junto a la cruz es Juan, «
el discípulo que él amaba ».(47) Pero no está
él solo. Siguiendo la tradición, el Concilio no duda en
llamar a María « Madre de Cristo, madre de los
hombres ». Pues, está « unida en la estirpe de
Adán con todos los hombres...; más aún, es
verdaderamente madre de los miembros de Cristo por haber cooperado
con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles ».(48)
Por consiguiente, esta « nueva
maternidad de María », engendrada por la fe, es fruto
del « nuevo » amor, que maduró
en ella definitivamente junto a la Cruz, por medio de su
participación en el amor redentor del Hijo.
24. Nos encontramos así en el
centro mismo del cumplimiento de la promesa, contenida en el
protoevangelio: el « linaje de la mujer pisará la cabeza
de la serpiente » (cf. Gén 3, 15). Jesucristo,
en efecto, con su muerte redentora vence el mal del pecado y de la
muerte en sus mismas raíces. Es significativo que, al
dirigirse a la madre desde lo alto de la Cruz, la llame « mujer
» y le diga: « Mujer, ahí tienes a tu hijo ».
Con la misma palabra, por otra parte, se había dirigido a ella
en Caná (cf. Jn 2, 4). ¿Cómo dudar
que especialmente ahora, en el Gólgota, esta frase no se
refiera en profundidad al misterio de María, alcanzando el
singular lugar que ella ocupa en toda la economía de la
salvación? Como enseña el Concilio, con
María, « excelsa Hija de Sión, tras larga espera
de la promesa, se cumple la plenitud de los tiempos y se inaugura la
nueva economía, cuando el Hijo de Dios asumió de ella
la naturaleza humana para librar al hombre del pecado mediante los
misterios de su carne ».(49)
Las palabras que Jesús pronuncia
desde lo alto de la Cruz significan que la maternidad de su
madre encuentra una « nueva » continuación en
la Iglesia y a través de la Iglesia, simbolizada y
representada por Juan. De este modo, la que como « llena de
gracia » ha sido introducida en el misterio de Cristo para ser
su Madre, es decir, la Santa Madre de Dios, por medio de la Iglesia
permanece en aquel misterio como « la mujer »
indicada por el libro del Génesis (3, 15) al comienzo y
por el Apocalipsis (12, 1) al final de la historia de
la salvación. Según el eterno designio de la
Providencia la maternidad divina de María debe derramarse
sobre la Iglesia, como indican algunas afirmaciones de la Tradición
para las cuales la « maternidad » de María
respecto de la Iglesia es el reflejo y la prolongación de su
maternidad respecto del Hijo de Dios.(50)
Ya el momento mismo del nacimiento de
la Iglesia y de su plena manifestación al mundo, según
el Concilio, deja entrever esta continuidad de la maternidad de
María: « Como quiera que plugo a Dios no manifestar
solemnemente el sacramento de la salvación humana antes de
derramar el Espíritu prometido por Cristo, vemos a los
apóstoles antes del día de Pentecostés
"perseverar unánimemente en la oración, con
las mujeres y María la Madre de Jesús y los
hermanos de Este" (Hch 1, 14); y a María implorando con
sus ruegos el don del Espíritu Santo, quien ya la había
cubierto con su sombra en la anunciación ».(51)
Por consiguiente, en la economía
de la gracia, actuada bajo la acción del Espíritu
Santo, se da una particular correspondencia entre el momento de la
encarnación del Verbo y el del nacimiento de la Iglesia. La
persona que une estos dos momentos es María: María
en Nazaret y María en el cenáculo de Jerusalén.
En ambos casos su presencia discreta, pero esencial, indica el
camino del « nacimiento del Espíritu ». Así
la que está presente en el misterio de Cristo como Madre, se
hace —por voluntad del Hijo y por obra del Espíritu
Santo— presente en el misterio de la Iglesia. También en
la Iglesia sigue siendo una presencia materna, como indican
las palabras pronunciadas en la Cruz: « Mujer, ahí
tienes a tu hijo »; « Ahí tienes a tu madre ».
II PARTE
LA MADRE DE DIOS EN EL CENTRO DE LA
IGLESIA PEREGRINA
1. La Iglesia, Pueblo de Dios radicado
en todas las naciones de la tierra
25. « La Iglesia, "va
peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de
Dios",(52) anunciando la cruz y la muerte del Señor,
hasta que El venga (cf. 1 Co 11, 26) ».(53) « Así
como el pueblo de Israel según la carne, el peregrino del
desierto, es llamado alguna vez Iglesia de Dios (cf. 2 Esd 13,
1; Núm 20, 4; Dt 23, 1 ss.), así
el nuevo Israel... se llama Iglesia de Cristo (cf. Mt 16,
18), porque El la adquirió con su sangre (cf. Hch 20,
28), la llenó de su Espíritu y la proveyó de
medios aptos para una unión visible y social. La congregación
de todos los creyentes que miran a Jesús como autor de
la salvación y principio de la unidad y de la paz, es la
Iglesia convocada y constituida por Dios para que sea sacramento
visible de esta unidad salutífera para todos y cada uno ».(54)
El Concilio Vaticano II habla de la
Iglesia en camino, estableciendo una analogía con el Israel de
la Antigua Alianza en camino a través del desierto. El camino
posee un carácter incluso exterior, visible en
el tiempo y en el espacio, en el que se desarrolla históricamente.
La Iglesia, en efecto, debe « extenderse por toda la tierra »,
y por esto « entra en la historia humana rebasando todos los
límites de tiempo y de lugares ».(55) Sin embargo, el
carácter esencial de su camino es interior. Se
trata de una peregrinación a través de la fe, por
« la fuerza del Señor Resucitado »,(56) de una
peregrinación en el Espíritu Santo, dado a la Iglesia
como invisible Consolador (parákletos) (cf. Jn
14, 26; 15, 26; 16, 7): « Caminando, pues, la Iglesia a
través de los peligros y de tribulaciones, de tal forma se ve
confortada por la fuerza de la gracia de Dios que el Señor le
prometió ... y no deja de renovarse a sí misma bajo la
acción del Espíritu Santo hasta que por la cruz llegue
a la luz sin ocaso ».(57)
Precisamente en este camino
—peregrinación eclesial— a través del
espacio y del tiempo, y más aún a través de la
historia de las almas, María está presente, como
la que es « feliz porque ha creído », como la que
avanzaba « en la peregrinación de la fe »,
participando como ninguna otra criatura en el misterio de Cristo.
Añade el Concilio que « María ... habiendo
entrado íntimamente en la historia de la salvación, en
cierta manera en sí une y refleja las más grandes
exigencias de la fe ».(58) Entre todos los creyentes es como
un « espejo », donde se reflejan del
modo más profundo y claro « las maravillas de Dios »
(Hch 2, 11).
26. La Iglesia, edificada por
Cristo sobre los apóstoles, se hace plenamente consciente de
estas grandes obras de Dios el día de Pentecostés,
cuando los reunidos en el cenáculo « quedaron todos
llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras
lenguas, según el Espíritu les concedía
expresarse » (Hch 2, 4). Desde aquel momento
inicia también aquel camino de fe, la peregrinación
de la Iglesia a través de la historia de los hombres y de
los pueblos. Se sabe que al comienzo de este camino está
presente María, que vemos en medio de los apóstoles en
el cenáculo « implorando con sus ruegos el don del
Espíritu ».(59)
Su camino de fe es, en cierto modo, más
largo. El Espíritu Santo ya ha descendido a ella, que se ha
convertido en su esposa fiel en la anunciación,
acogiendo al Verbo de Dios verdadero, prestando « el homenaje
del entendimiento y de la voluntad, y asintiendo voluntariamente a la
revelación hecha por El », más aún
abandonándose plenamente en Dios por medio de « la
obediencia de la fe »,(60) por la que respondió al
ángel: « He aquí la esclava del Señor;
hágase en mí según tu palabra ». El camino
de fe de María, a la que vemos orando en el cenáculo,
es por lo tanto « más largo » que el de los demás
reunidos allí: María les « precede », «
marcha delante de » ellos.(61) El momento de Pentecostés
en Jerusalén ha sido preparado, además de la Cruz,
por el momento de la Anunciación en Nazaret. En el
cenáculo el itinerario de María se encuentra con el
camino de la fe de la Iglesia ¿De qué manera?
Entre los que en el cenáculo
eran asiduos en la oración, preparándose para ir «
por todo el mundo » después de haber recibido el
Espíritu Santo, algunos habían sido llamados por
Jesús sucesivamente desde el inicio de su misión en
Israel. Once de ellos habían sido constituidos apóstoles,
y a ellos Jesús había transmitido la misión
que él mismo había recibido del Padre: « Como el
Padre me envió, también yo os envío » (Jn
20, 21), había dicho a los apóstoles después de
la resurrección. Y cuarenta días más tarde,
antes de volver al Padre, había añadido: cuando «
el Espíritu Santo vendrá sobre vosotros ... seréis
mis testigos... hasta los confines de la tierra » (cf. Hch
1, 8). Esta misión de los apóstoles comienza en el
momento de su salida del cenáculo de Jerusalén. La
Iglesia nace y crece entonces por medio del testimonio que Pedro y
los demás apóstoles dan de Cristo crucificado y
resucitado (cf. Hch 2, 31-34; 3, 15-18; 4, 10-12; 5, 30-32).
María no ha recibido
directamente esta misión apostólica. No se
encontraba entre los que Jesús envió « por todo
el mundo para enseñar a todas las gentes » (cf. Mt
28, 19), cuando les confirió esta misión. Estaba,
en cambio, en el cenáculo, donde los apóstoles se
preparaban a asumir esta misión con la venida del Espíritu
de la Verdad: estaba con ellos. En medio de ellos María «
perseveraba en la oración » como « madre de Jesús
» (Hch 1, 13-14), o sea de Cristo crucificado y
resucitado. Y aquel primer núcleo de quienes en la fe miraban
« a Jesús como autor de la salvación »,(62)
era consciente de que Jesús era el Hijo de María, y que
ella era su madre, y como tal era, desde el momento de la concepción
y del nacimiento, un testigo singular del misterio de Jesús,
de aquel misterio que ante sus ojos se había manifestado y
confirmado con la Cruz y la resurrección. La Iglesia, por
tanto, desde el primer momento, « miró » a María,
a través de Jesús, como « miró » a
Jesús a través de María. Ella fue para la
Iglesia de entonces y de siempre un testigo singular de los años
de la infancia de Jesús y de su vida oculta en Nazaret, cuando
« conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón
» (Lc 2, 19; cf. Lc 2, 51).
Pero en la Iglesia de entonces y de
siempre María ha sido y es sobre todo la que es « feliz
porque ha creído »: ha sido la primera en creer.
Desde el momento de la anunciación y de la concepción,
desde el momento del nacimiento en la cueva de Belén, María
siguió paso tras paso a Jesús en su maternal
peregrinación de fe. Lo siguió a través de los
años de su vida oculta en Nazaret; lo siguió también
en el período de la separación externa, cuando él
comenzó a « hacer y enseñar » (cf. Hch
1, 1 ) en Israel; lo siguió sobre todo en la experiencia
trágica del Gólgota. Mientras María se
encontraba con los apóstoles en el cenáculo de
Jerusalén en los albores de la Iglesia, se confirmaba su
fe, nacida de las palabras de la anunciación. El ángel
le había dicho entonces: « Vas a concebir en el seno y
vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús.
El será grande.. reinará sobre la casa de Jacob por los
siglos y su reino no tendrá fin » (Lc 1, 32-33).
Los recientes acontecimientos del Calvario habían cubierto de
tinieblas aquella promesa; y ni siquiera bajo la Cruz había
disminuido la fe de María. Ella también, como Abraham,
había sido la que « esperando contra toda esperanza,
creyó » (Rom 4, 18). Y he aquí que,
después de la resurrección, la esperanza había
descubierto su verdadero rostro y la promesa había
comenzado a transformarse en realidad. En efecto, Jesús,
antes de volver al Padre, había dicho a los apóstoles:
« Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes ... Y
he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta
el fin del mundo » (Mt 28, 19.20). Así había
hablado el que, con su resurrección, se reveló como el
triunfador de la muerte, como el señor del reino que «
no tendrá fin », conforme al anuncio del ángel.
27. Ya en los albores de la Iglesia, al
comienzo del largo camino por medio de la fe que comenzaba con
Pentecostés en Jerusalén, María estaba con todos
los que constituían el germen del « nuevo Israel ».
Estaba presente en medio de ellos como un testigo excepcional del
misterio de Cristo. Y la Iglesia perseveraba constante en la oración
junto a ella y, al mismo tiempo, « la contemplaba a la luz
del Verbo hecho hombre ». Así sería siempre.
En efecto, cuando la Iglesia « entra más profundamente
en el sumo misterio de la Encarnación », piensa en la
Madre de Cristo con profunda veneración y piedad.(63) María
pertenece indisolublemente al misterio de Cristo y pertenece además
al misterio de la Iglesia desde el comienzo, desde el día de
su nacimiento. En la base de lo que la Iglesia es desde el comienzo,
de lo que debe ser constantemente, a través de las
generaciones, en medio de todas las naciones de la tierra, se
encuentra la que « ha creído que se cumplirían
las cosas que le fueron dichas de parte del Señor » (Lc
1, 45). Precisamente esta fe de María, que señala el
comienzo de la nueva y eterna Alianza de Dios con la humanidad en
Jesucristo, esta heroica fe suya « precede »
el testimonio apostólico de la Iglesia, y permanece en el
corazón de la Iglesia, escondida como un especial patrimonio
de la revelación de Dios. Todos aquellos que, a lo largo de
las generaciones, aceptando el testimonio apostólico de la
Iglesia participan de aquella misteriosa herencia, en cierto
sentido, participan de la fe de María.
Las palabras de Isabel « feliz la
que ha creído » siguen acompañando a María
incluso en Pentecostés, la siguen a través de las
generaciones, allí donde se extiende, por medio del testimonio
apostólico y del servicio de la Iglesia, el conocimiento del
misterio salvífico de Cristo. De este modo se cumple la
profecía del Magníficat: « Me
felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha
hecho obras grandes por mí; su nombre es santo » (Lc
1, 48-49). En efecto, al conocimiento del misterio de Cristo sigue la
bendición de su Madre bajo forma de especial veneración
para la Theotókos. Pero en esa veneración está
incluida siempre la bendición de su fe. Porque la Virgen de
Nazaret ha llegado a ser bienaventurada por medio de esta fe, de
acuerdo con las palabras de Isabel. Los que a través de los
siglos, de entre los diversos pueblos y naciones de la tierra, acogen
con fe el misterio de Cristo, Verbo encarnado y Redentor del mundo,
no sólo se dirigen con veneración y recurren con
confianza a María como a su Madre, sino que buscan en su fe
el sostén para la propia fe. Y precisamente esta
participación viva de la fe de María decide su
presencia especial en la peregrinación de la Iglesia como
nuevo Pueblo de Dios en la tierra.
28. Como afirma el Concilio: «
María ... habiendo entrado íntimamente en la historia
de la salvación ... mientras es predicada y honrada atrae a
los creyentes hacia su Hijo y su sacrificio, y hacia el amor del
Padre ».(64) Por lo tanto, en cierto modo la fe de María,
sobre la base del testimonio apostólico de la Iglesia, se
convierte sin cesar en la fe del pueblo de Dios en camino: de las
personas y comunidades, de los ambientes y asambleas, y finalmente de
los diversos grupos existentes en la Iglesia. Es una fe que se
transmite al mismo tiempo mediante el conocimiento y el corazón.
Se adquiere o se vuelve a adquirir constantemente mediante la
oración. Por tanto « también en su obra
apostólica con razón la Iglesia mira hacia aquella
que engendró a Cristo, concebido por el Espíritu
Santo y nacido de la Virgen, precisamente para que por la Iglesia
nazca y crezca también en los corazones de los fieles
».(65)
Ahora, cuando en esta peregrinación
de la fe nos acercamos al final del segundo Milenio cristiano, la
Iglesia, mediante el magisterio del Concilio Vaticano II, llama la
atención sobre lo que ve en sí misma. como un «
único Pueblo de Dios ... radicado en todas las naciones de la
tierra », y sobre la verdad según la cual todos los
fieles, aunque a esparcidos por el haz de la tierra comunican en el
Espíritu Santo con los demás »,(66) de suerte que
se puede decir que en esta unión se realiza constantemente el
misterio de Pentecostés. Al mismo tiempo, los apóstoles
y los discípulos del Señor, en todas las naciones de la
tierra « perseveran en la oración en compañía
de María, la madre de Jesús » (cf. Hch 1,
14). Constituyendo a través de las generaciones « el
signo del Reino » que no es de este mundo,(67) ellos son
asimismo conscientes de que en medio de este mundo tienen que
reunirse con aquel Rey, al que han sido dados en herencia los
pueblos (Sal 2, 8), al que el Padre ha dado « el trono
de David su padre », por lo cual « reina sobre la casa de
Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin ».
En este tiempo de vela María,
por medio de la misma fe que la hizo bienaventurada especialmente
desde el momento de la anunciación, está presente en
la misión y en la obra de la Iglesia que introduce en el mundo
el Reino de su Hijo.(68) Esta presencia de María
encuentra múltiples medios de expresión en nuestros
días al igual que a lo largo de la historia de la Iglesia.
Posee también un amplio radio de acción; por medio de
la fe y la piedad de los fieles, por medio de las tradiciones de las
familias cristianas o « iglesias domésticas », de
las comunidades parroquiales y misioneras, de los institutos
religiosos, de las diócesis, por medio de la fuerza atractiva
e irradiadora de los grandes santuarios, en los que no sólo
los individuos o grupos locales, sino a veces naciones enteras y
continentes, buscan el encuentro con la Madre del Señor, con
la que es bienaventurada porque ha creído; es la primera entre
los creyentes y por esto se ha convertido en Madre del Emmanuel. Este
es el mensaje de la tierra de Palestina, patria espiritual de todos
los cristianos, al ser patria del Salvador del mundo y de su Madre.
Este es el mensaje de tantos templos que en Roma y en el mundo entero
la fe cristiana ha levantado a lo largo de los siglos. Este es el
mensaje de los centros como Guadalupe, Lourdes, Fátima y de
los otros diseminados en las distintas naciones, entre los que no
puedo dejar de citar el de mi tierra natal Jasna Gora. Tal vez se
podría hablar de una específica a « geografía
» de la fe y de la piedad mariana, que abarca todos estos
lugares de especial peregrinación del Pueblo de Dios, el cual
busca el encuentro con la Madre de Dios para hallar, en el ámbito
de la materna presencia de « la que ha creído »,
la consolidación de la propia fe. En efecto, en la fe de
María, ya en la anunciación y definitivamente junto
a la Cruz, se ha vuelto a abrir por parte del hombre aquel espacio
interior en el cual el eterno Padre puede colmarnos « con
toda clase de bendiciones espirituales »: el espacio « de
la nueva y eterna Alianza ».(69) Este espacio subsiste en la
Iglesia, que es en Cristo como « un sacramento ... de la íntima
unión con Dios y de la unidad de todo el género humano
».(70)
En la fe, que María profesó
en la Anunciación como « esclava del Señor »
y en la que sin cesar « precede » al « Pueblo de
Dios » en camino por toda la tierra, la Iglesia «
tiende eficaz y constantemente a recapitular la Humanidad entera
... bajo Cristo como Cabeza, en la unidad de su Espíritu
».(71)
2. El camino de la Iglesia y la unidad
de todos los cristianos
29. « El Espíritu promueve
en todos los discípulos de Cristo el deseo y la colaboración
para que todos se unan en paz, en un rebaño y bajo
un solo pastor, como Cristo determinó ».(72)El
camino de la Iglesia, de modo especial en nuestra época, está
marcado por el signo del ecumenismo; los cristianos buscan las vías
para reconstruir la unidad, por la que Cristo invocaba al Padre por
sus discípulos el día antes de la pasión: «
para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y
yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros para que el
mundo crea que tú me has enviado » (Jn
17, 21). Por consiguiente, la unidad de los discípulos de
Cristo es un gran signo para suscitar la fe del mundo, mientras su
división constituye un escándalo.(73)
El movimiento ecuménico, sobre
la base de una conciencia más lúcida y difundida de la
urgencia de llegar a la unidad de todos los cristianos, ha encontrado
por parte de la Iglesia católica su expresión
culminante en el Concilio Vaticano II. Es necesario que los
cristianos profundicen en sí mismos y en cada una de sus
comunidades aquella « obediencia de la fe », de la que
María es el primer y más claro ejemplo. Y dado que «
antecede con su luz al pueblo de Dios peregrinante, como signo de
esperanza segura y consuelo », ofrece gran gozo y consuelo para
este sacrosanto Concilio el hecho de que tampoco falten entre los
hermanos separados quienes tributan debido honor a la Madre del
Señor y Salvador, especialmente entre los Orientales ».(74)
30. Los cristianos saben que su unidad
se conseguirá verdaderamente sólo si se funda en la
unidad de su fe. Ellos deben resolver discrepancias de doctrina no
leves sobre el misterio y ministerio de la Iglesia, y a veces también
sobre la función de María en la obra de la
salvación.(75) Los diferentes coloquios, tenidos por la
Iglesia católica con las Iglesias y las Comunidades eclesiales
de Occidente,(76) convergen cada vez más sobre estos dos
aspectos inseparables del mismo misterio de la salvación.
Si el misterio del Verbo encarnado nos permite vislumbrar el misterio
de la maternidad divina y si, a su vez, la contemplación de la
Madre de Dios nos introduce en una comprensión más
profunda del misterio de la Encarnación, lo mismo se debe
decir del misterio de la Iglesia y de la función de María
en la obra de la salvación. Profundizando en uno y otro,
iluminando el uno por medio del otro, los cristianos deseosos de
hacer —como les recomienda su Madre— lo que Jesús
les diga (cf. Jn 2, 5), podrán caminar juntos en
aquella « peregrinación de la fe », de la que
María es todavía ejemplo y que debe guiarlos a la
unidad querida por su único Señor y tan deseada por
quienes están atentamente a la escucha de lo que hoy «
el Espíritu dice a las Iglesias » (Ap 2, 7.
11. 17).
Entre tanto es un buen auspicio que
estas Iglesias y Comunidades eclesiales concuerden con la Iglesia
católica en puntos fundamentales de la fe cristiana, incluso
en lo concerniente a la Virgen María. En efecto, la reconocen
como Madre del Señor y consideran que esto forma parte de
nuestra fe en Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Estas
Comunidades miran a María que, a los pies de la Cruz, acoge
como hijo suyo al discípulo amado, el cual a su vez la recibe
como madre.
¿Por qué, pues, no mirar
hacia ella todos juntos como a nuestra Madre común, que
reza por la unidad de la familia de Dios y que « precede »
a todos al frente del largo séquito de los testigos de la fe
en el único Señor, el Hijo de Dios, concebido en su
seno virginal por obra del Espíritu Santo?
31. Por otra parte, deseo subrayar cuan
profundamente unidas se sienten la Iglesia católica, la
Iglesia ortodoxa y las antiguas Iglesias orientales por el amor y por
la alabanza a la Theotókos. No sólo « los
dogmas fundamentales de la fe cristiana: los de la Trinidad y del
Verbo encarnado en María Virgen han sido definidos en
concilios ecuménicos celebrados en Oriente »,(77) sino
también en su culto litúrgico « los Orientales
ensalzan con himnos espléndidos a María siempre Virgen
... y Madre Santísima de Dios ».(78)
Los hermanos de estas Iglesias han
conocido vicisitudes complejas, pero su historia siempre ha
transcurrido con un vivo deseo de compromiso cristiano y de
irradiación apostólica, aunque a menudo haya estado
marcada por persecuciones incluso cruentas. Es una historia de
fidelidad al Señor, una auténtica « peregrinación
de la fe » a través de lugares y tiempos durante los
cuales los cristianos orientales han mirado siempre con confianza
ilimitada a la Madre del Señor, la han celebrado con encomio y
la han invocado con oraciones incesantes. En los momentos difíciles
de la probada existencia cristiana « ellos se refugiaron bajo
su protección »,(79) conscientes de tener en ella una
ayuda poderosa. Las Iglesias que profesan la doctrina de Éfeso
proclaman a la Virgen « verdadera Madre de Dios », ya que
a nuestro Señor Jesucristo, nacido del Padre antes de los
siglos según la divinidad, en los últimos tiempos, por
nosotros y por nuestra salvación, fue engendrado por María
Virgen Madre de Dios según la carne ».(80) Los Padres
griegos y la tradición bizantina, contemplando la Virgen a la
luz del Verbo hecho hombre, han tratado de penetrar en la profundidad
de aquel vínculo que une a María, como Madre de Dios,
con Cristo y la Iglesia: la Virgen es una presencia permanente en
toda la extensión del misterio salvífico.
Las tradiciones coptas y etiópicas
han sido introducidas en esta contemplación del misterio de
María por san Cirilo de Alejandría y, a su vez, la han
celebrado con abundante producción poética.(81) El
genio poético de san Efrén el Sirio, llamado « la
cítara del Espíritu Santo », ha cantado
incansablemente a María, dejando una impronta todavía
presente en toda la tradición de la Iglesia siríaca.(82)
En su panegírico sobre la Theotókos, san
Gregorio de Narek, una de las glorias más brillantes de
Armenia, con fuerte inspiración poética, profundiza en
los diversos aspectos del misterio de la Encarnación, y cada
uno de los mismos es para él ocasión de cantar y
exaltar la dignidad extraordinaria y la magnífica belleza de
la Virgen María, Madre del Verbo encarnado.(83)
No sorprende, pues, que María
ocupe un lugar privilegiado en el culto de las antiguas Iglesias
orientales con una abundancia incomparable de fiestas y de himnos.
32. En la liturgia bizantina, en todas
las horas del Oficio divino, la alabanza a la Madre está unida
a la alabanza al Hijo y a la que, por medio del Hijo, se eleva al
Padre en el Espíritu Santo. En la anáfora o plegaria
eucarística de san Juan Crisóstomo, después de
la epíclesis, la comunidad reunida canta así a la Madre
de Dios: « Es verdaderamente justo proclamarte bienaventurada,
oh Madre de Dios, porque eres la muy bienaventurada) toda pura y
Madre de nuestro Dios. Te ensalzamos, porque eres más
venerable que los querubines e incomparablemente más gloriosa
que los serafines. Tú, que sin perder tu virginidad, has dado
al mundo el Verbo de Dios. Tú, que eres verdaderamente la
Madre de Dios ».
Estas alabanzas, que en cada
celebración de la liturgia eucarística se elevan a
María, han forjado la fe, la piedad y la oración de los
fieles. A lo largo de los siglos han conformado todo el
comportamiento espiritual de los fieles, suscitando en ellos una
devoción profunda hacia la « Toda Santa Madre de Dios ».
33. Se conmemora este año el XII
centenario del II Concilio ecuménico de Nicea (a. 787), en el
que, al final de la conocida controversia sobre el culto de las
sagradas imágenes, fue definido que, según la enseñanza
de los santos Padres y la tradición universal de la Iglesia,
se podían proponer a la veneración de los fieles, junto
con la Cruz, también las imágenes de la Madre de Dios,
de los Ángeles y de los Santos, tanto en las iglesias como en
las casas y en los caminos.(84) Esta costumbre se ha mantenido en
todo el Oriente y también en Occidente. Las imágenes de
la Virgen tienen un lugar de honor en las iglesias y en las casas.
María está representada o como trono de Dios, que lleva
al Señor y lo entrega a los hombres (Theotókos),
o como camino que lleva a Cristo y lo muestra (Odigitria),
o bien como orante en actitud de intercesión y signo de la
presencia divina en el camino de los fieles hasta el día del
Señor (Deisis), o como protectora que extiende su manto
sobre los pueblos (Pokrov), o como misericordiosa
Virgen de la ternura (Eleousa). La Virgen es representada
habitualmente con su Hijo, el niño Jesús, que lleva en
brazos: es la relación con el Hijo la que glorifica a la
Madre. A veces lo abraza con ternura (Glykofilousa); otras
veces, hierática, parece absorta en la contemplación de
aquel que es Señor de la historia (cf. Ap 5, 9-14).(85)
Conviene recordar también el
Icono de la Virgen de Vladimir que ha acompañado
constantemente la peregrinación en la fe de los pueblos de la
antigua Rus'. Se acerca el primer milenio de la conversión al
cristianismo de aquellas nobles tierras: tierras de personas
humildes, de pensadores y de santos. Los Iconos son venerados todavía
en Ucrania, en Bielorusia y en Rusia con diversos títulos; son
imágenes que atestiguan la fe y el espíritu de oración
de aquel pueblo, el cual advierte la presencia y la protección
de la Madre de Dios. En estos Iconos la Virgen resplandece como la
imagen de la divina belleza, morada de la Sabiduría eterna,
figura de la orante, prototipo de la contemplación, icono de
la gloria: aquella que, desde su vida terrena, poseyendo la ciencia
espiritual inaccesible a los razonamientos humanos, con la fe ha
alcanzado el conocimiento más sublime. Recuerdo, también,
el Icono de la Virgen del cenáculo, en oración con los
apóstoles a la espera del Espíritu. ¿No podría
ser ésta como un signo de esperanza para todos aquellos que,
en el diálogo fraterno, quieren profundizar su obediencia de
la fe?
34. Tanta riqueza de alabanzas,
acumulada por las diversas manifestaciones de la gran tradición
de la Iglesia, podría ayudarnos a que ésta vuelva a
respirar plenamente con sus « dos pulmones », Oriente y
Occidente. Como he dicho varias veces, esto es hoy más
necesario que nunca. Sería una ayuda valiosa para hacer
progresar el diálogo actual entre la Iglesia católica y
las Iglesias y Comunidades eclesiales de Occidente.(86) Sería
también, para la Iglesia en camino, la vía para cantar
y vivir de manera más perfecta su Magníficat.
3. El Magníficat de la Iglesia
en camino
35. La Iglesia, pues, en la presente
fase de su camino, trata de buscar la unión de quienes
profesan su fe en Cristo para manifestar la obediencia a su Señor
que, antes de la pasión, ha rezado por esta unidad. La Iglesia
« va peregrinando ..., anunciando la cruz del Señor
hasta que venga ».(87) « Caminando, pues, la Iglesia en
medio de tentaciones y tribulaciones, se ve confortada con el poder
de la gracia de Dios, que le ha sido prometida para que no
desfallezca de la fidelidad perfecta por la debilidad de la carne,
antes al contrario, persevere como esposa digna de su Señor y,
bajo la acción del Espíritu Santo, no cese de renovarse
hasta que por la cruz llegue a aquella luz que no conoce ocaso ».(88)
La Virgen Madre está
constantemente presente en este camino de fe del Pueblo de Dios hacia
la luz. Lo demuestra de modo especial el cántico del
Magníficat que, salido de la fe profunda de María en
la visitación, no deja de vibrar en el corazón de la
Iglesia a través de los siglos. Lo prueba su recitación
diaria en la liturgia de las Vísperas y en otros muchos
momentos de devoción tanto personal como comunitaria.
« Proclama mi alma la grandeza
del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios mi
Salvador;
porque ha mirado la humillación de su
esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las
generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí;
su
nombre es santo
y su misericordia llega a sus fieles
de
generación en generación.
El hace proezas con su
brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del
trono a los poderosos,
enaltece a los humildes,
a los
hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide
vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose
de la misericordia
—como lo había prometido a
nuestros padres—
en favor de Abraham y su descendencia por
siempre »
(Lc 1, 46-55).
36. Cuando Isabel saludó a la
joven pariente que llegaba de Nazaret, María respondió
con el Magníficat. En el saludo Isabel había
llamado antes a María « bendita » por « el
fruto de su vientre », y luego « feliz » por su fe
(cf. Lc 1, 42. 45). Estas dos bendiciones se referían
directamente al momento de la anunciación. Después, en
la visitación, cuando el saludo de Isabel da testimonio de
aquel momento culminante, la fe de María adquiere una nueva
conciencia y una nueva expresión. Lo que en el momento de la
anunciación permanecía oculto en la profundidad de la «
obediencia de la fe », se diría que ahora se manifiesta
como una llama del espíritu clara y vivificante. Las palabras
usadas por María en el umbral de la casa de Isabel constituyen
una inspirada profesión le su fe, en la que la
respuesta a la palabra de la revelación se expresa con la
elevación espiritual y poética de todo su ser hacia
Dios. En estas sublimes palabras, que son al mismo tiempo muy
sencillas y totalmente inspiradas por los textos sagrados del pueblo
de Israel,(89) se vislumbra la experiencia personal de María,
el éxtasis de su corazón. Resplandece en ellas un rayo
del misterio de Dios, la gloria de su inefable santidad, el eterno
amor que, como un don irrevocable, entra en la historia del
hombre.
María es la primera en
participar de esta nueva revelación de Dios y, a través
de ella, de esta nueva « autodonación » de Dios.
Por esto proclama: « ha hecho obras grandes por mí; su
nombre es santo ». Sus palabras reflejan el gozo del espíritu,
difícil de expresar: « se alegra mi espíritu en
Dios mi salvador ». Porque « la verdad profunda de Dios y
de la salvación del hombre ... resplandece en Cristo, mediador
y plenitud de toda la revelación ».(90) En su
arrebatamiento María confiesa que se ha encontrado en el
centro mismo de esta plenitud de Cristo. Es consciente de que en
ella se realiza la promesa hecha a los padres y, ante todo, «
en favor de Abraham y su descendencia por siempre »; que en
ella, como madre de Cristo, converge toda la economía
salvífica, en la que, « de generación en
generación », se manifiesta aquel que, como Dios de la
Alianza, se acuerda « de la misericordia ».
37. La Iglesia, que desde el principio
conforma su camino terreno con el de la Madre de Dios, siguiéndola
repite constantemente las palabras del Magníficat. Desde
la profundidad de la fe de la Virgen en la anunciación y en la
visitación, la Iglesia llega a la verdad sobre el Dios de la
Alianza, sobre Dios que es todopoderoso y hace « obras grandes
» al hombre: « su nombre es santo ». En el
Magníficat la Iglesia encuentra vencido de raíz
el pecado del comienzo de la historia terrena del hombre y de la
mujer, el pecado de la incredulidad o de la « poca fe »
en Dios. Contra la « sospecha » que el « padre de
la mentira » ha hecho surgir en el corazón de Eva, la
primera mujer, María, a la que la tradición suele
llamar « nueva Eva » (91) y verdadera « madre de
los vivientes » (92), proclama con fuerza la verdad no
ofuscada sobre Dios: el Dios Santo y todopoderoso, que desde el
comienzo es la fuente de todo don, aquel que « ha hecho
obras grandes ». Al crear, Dios da la existencia a toda la
realidad. Creando al hombre, le da la dignidad de la imagen y
semejanza con él de manera singular respecto a todas las
criaturas terrenas. Y no deteniéndose en su voluntad de
prodigarse no obstante el pecado del hombre, Dios se da en el
Hijo: « Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su
Hijo único » (Jn 3, 16). María es el
primer testimonio de esta maravillosa verdad, que se realizará
plenamente mediante lo que hizo y enseñó su Hijo (cf.
Hch 1, 1) y, definitiva mente, mediante su Cruz y
resurrección.
La Iglesia, que aun « en medio de
tentaciones y tribulaciones » no cesa de repetir con María
las palabras del Magníficat, « se ve confortada »
con la fuerza de la verdad sobre Dios, proclamada entonces con tan
extraordinaria sencillez y, al mismo tiempo, con esta verdad sobre
Dios desea iluminar las difíciles y a veces intrincadas
vías de la existencia terrena de los hombres. El camino de la
Iglesia, pues, ya al final del segundo Milenio cristiano, implica un
renovado empeño en su misión. La Iglesia, siguiendo a
aquel que dijo de sí mismo: « (Dios) me ha enviado para
anunciar a los pobres la Buena Nueva » (cf. Lc 4,
18), a través de las generaciones, ha tratado y trata hoy de
cumplir la misma misión.
Su amor preferencial por los pobres
está inscrito admirablemente en el Magníficat de
María. El Dios de la Alianza, cantado por la Virgen de Nazaret
en la elevación de su espíritu, es a la vez el que «
derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes, a los
hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos,
... dispersa a los soberbios ... y conserva su misericordia para los
que le temen ». María está profundamente
impregnada del espíritu de los « pobres de Yahvé
», que en la oración de los Salmos esperaban de Dios su
salvación, poniendo en El toda su confianza (cf. Sal 25;
31; 35; 55). En cambio, ella proclama la venida del misterio de la
salvación, la venida del « Mesías de los pobres »
(cf. Is 11, 4; 61, 1). La Iglesia, acudiendo al corazón
de María, a la profundidad de su fe, expresada en las palabras
del Magníficat, renueva cada vez mejor en sí la
conciencia de que no se puede separar la verdad sobre Dios que
salva, sobre Dios que es fuente de todo don, de la
manifestación de su amor preferencial por los pobres y los
humildes, que, cantado en el Magníficat, se
encuentra luego expresado en las palabras y obras de Jesús.
La Iglesia, por tanto, es consciente —y
en nuestra época tal conciencia se refuerza de manera
particular— de que no sólo no se pueden separar estos
dos elementos del mensaje contenido en el Magníficat, sino
que también se debe salvaguardar cuidadosamente la importancia
que « los pobres » y « la opción en favor de
los pobres » tienen en la palabra del Dios vivo. Se trata de
temas y problemas orgánicamente relacionados con el sentido
cristiano de la libertad y de la liberación. «
Dependiendo totalmente de Dios y plenamente orientada hacia El por el
empuje de su fe, María, al lado de su Hijo, es la imagen
más perfecta de la libertad y de la liberación de
la humanidad y del cosmos. La Iglesia debe mirar hacia ella, Madre y
Modelo para comprender en su integridad el sentido de su misión
».(93)
III PARTE
MEDIACIÓN MATERNA
1. María, Esclava del Señor
38. La Iglesia sabe y enseña con
San Pablo que uno solo es nuestro mediador: « Hay un
solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los
hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó
a sí mismo como rescate por todos » (1 Tm
2, 5-6). « La misión maternal de María para con
los hombres no oscurece ni disminuye en modo alguno esta mediación
única de Cristo, antes bien sirve para demostrar su poder »
(94): es mediación en Cristo.
La Iglesia sabe y enseña que «
todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen
sobre los hombres ... dimana del divino beneplácito y de
la superabundancia de los méritos de Cristo; se apoya en
la mediación de éste, depende totalmente de ella y de
la misma saca todo su poder. Y, lejos de impedir la unión
inmediata de los creyentes con Cristo, la fomenta ».(95) Este
saludable influjo está mantenido por el Espíritu Santo,
quien, igual que cubrió con su sombra a la Virgen María
comenzando en ella la maternidad divina, mantiene así
continuamente su solicitud hacia los hermanos de su Hijo.
Efectivamente, la mediación de
María está íntimamente unida a su maternidad
y posee un carácter específicamente materno que la
distingue del de las demás criaturas que, de un modo diverso y
siempre subordinado, participan de la única mediación
de Cristo, siendo también la suya una mediación
participada.(96) En efecto, si « jamás podrá
compararse criatura alguna con el Verbo encarnado y Redentor »,
al mismo tiempo « la única mediación del Redentor
no excluye, sino que suscita en las criaturas diversas clases de
cooperación, participada de la única fuente »;
y así « la bondad de Dios se difunde de distintas
maneras sobre las criaturas ».(97)
La enseñanza del Concilio
Vaticano II presenta la verdad sobre la mediación de María
como una participación de esta única fuente que es
la mediación de Cristo mismo. Leemos al respecto: «
La Iglesia no duda en confesar esta función subordinada de
María, la experimenta continuamente y la recomienda a la
piedad de los fieles, para que, apoyados en esta protección
maternal, se unan con mayor intimidad al Mediador y Salvador ».(98)
Esta función es, al mismo tiempo, especial y
extraordinaria. Brota de su maternidad divina y puede ser
comprendida y vivida en la fe, solamente sobre la base de la plena
verdad de esta maternidad. Siendo María, en virtud de la
elección divina, la Madre del Hijo consubstancial al Padre y «
compañera singularmente generosa » en la obra de la
redención, es nuestra madre en el orden de la gracia ».(99)
Esta función constituye una dimensión real de su
presencia en el misterio salvífico de Cristo y de la Iglesia.
39. Desde este punto de vista es
necesario considerar una vez más el acontecimiento fundamental
en la economía de la salvación, o sea la encarnación
del Verbo en la anunciación. Es significativo que María,
reconociendo en la palabra del mensajero divino la voluntad del
Altísimo y sometiéndose a su poder, diga: « He
aquí la esclava del Señor; hágase en mí
según tu palabra » (Lc 1, 3). El primer momento
de la sumisión a la única mediación «
entre Dios y los hombres » —la de Jesucristo— es la
aceptación de la maternidad por parte de la Virgen de Nazaret.
María da su consentimiento a la elección de Dios, para
ser la Madre de su Hijo por obra del Espíritu Santo. Puede
decirse que este consentimiento suyo para la maternidad es
sobre todo fruto de la donación total a Dios en la
virginidad. María aceptó la elección para
Madre del Hijo de Dios, guiada por el amor esponsal, que «
consagra » totalmente una persona humana a Dios. En virtud de
este amor, María deseaba estar siempre y en todo «
entregada a Dios », viviendo la virginidad. Las palabras «
he aquí la esclava del Señor » expresan el hecho
de que desde el principio ella acogió y entendió la
propia maternidad como donación total de sí, de
su persona, al servicio de los designios salvíficos del
Altísimo. Y toda su participación materna en la vida de
Jesucristo, su Hijo, la vivió hasta el final de acuerdo con su
vocación a la virginidad.
La maternidad de María,
impregnada profundamente por la actitud esponsal de « esclava
del Señor », constituye la dimensión primera y
fundamental de aquella mediación que la Iglesia confiesa y
proclama respecto a ella,(100) y continuamente « recomienda a
la piedad de los fieles » porque confía mucho en esta
mediación. En efecto, conviene reconocer que, antes que nadie,
Dios mismo, el eterno Padre, se entregó a la Virgen de
Nazaret, dándole su propio Hijo en el misterio de la
Encarnación. Esta elección suya al sumo cometido y
dignidad de Madre del Hijo de Dios, a nivel ontológico, se
refiere a la realidad misma de la unión de las dos naturalezas
en la persona del Verbo (unión hipostática).
Este hecho fundamental de ser la Madre del Hijo de Dios supone, desde
el principio, una apertura total a la persona de Cristo, a toda su
obra y misión. Las palabras « he aquí la esclava
del Señor » atestiguan esta apertura del espíritu
de María, la cual, de manera perfecta, reúne en sí
misma el amor propio de la virginidad y el amor característico
de la maternidad, unidos y como fundidos juntamente.
Por tanto María ha llegado a ser
no sólo la « madre-nodriza » del Hijo del hombre,
sino también la « compañera singularmente
generosa » (101) del Mesías y Redentor. Ella —como
ya he dicho— avanzaba en la peregrinación de la fe y en
esta peregrinación suya hasta los pies de la Cruz se ha
realizado, al mismo tiempo, su cooperación materna en
toda la misión del Salvador mediante sus acciones y
sufrimientos. A través de esta colaboración en la obra
del Hijo Redentor, la maternidad misma de María conocía
una transformación singular, colmándose cada vez más
de « ardiente caridad » hacia todos aquellos a quienes
estaba dirigida la misión de Cristo. Por medio de esta «
ardiente caridad », orientada a realizar en unión con
Cristo la restauración de la « vida sobrenatural de las
almas »,(102) María entraba de manera muy personal en
la única mediación « entre Dios y los hombres
», que es la mediación del hombre Cristo Jesús.
Si ella fue la primera en experimentar en sí misma los efectos
sobrenaturales de esta única mediación —ya en la
anunciación había sido saludada como « llena de
gracia »— entonces es necesario decir, que por esta
plenitud de gracia y de vida sobrenatural, estaba particularmente
predispuesta a la cooperación con Cristo, único
mediador de la salvación humana. Y tal cooperación
es precisamente esta mediación subordinada a la
mediación de Cristo.
En el caso de María se trata de
una mediación especial y excepcional, basada sobre su «
plenitud de gracia », que se traducirá en la plena
disponibilidad de la « esclava del Señor ».
Jesucristo, como respuesta a esta disponibilidad interior de su
Madre, la preparaba cada vez más a ser para los hombres
« madre en el orden de la gracia ». Esto indican, al
menos de manera indirecta, algunos detalles anotados por los
Sinópticos (cf. Lc 11, 28; 8, 20-21; Mc 3,
32-35; Mt 12, 47-50) y más aún por el Evangelio
de Juan (cf. 2, 1-12; 19, 25-27), que ya he puesto de relieve. A este
respecto, son particularmente elocuentes las palabras, pronunciadas
por Jesús en la Cruz, relativas a María y a Juan.
40. Después de los
acontecimientos de la resurrección y de la ascensión,
María, entrando con los apóstoles en el cenáculo
a la espera de Pentecostés, estaba presente como Madre del
Señor glorificado. Era no sólo la que « avanzó
en la peregrinación de la fe » y guardó fielmente
su unión con el Hijo « hasta la Cruz », sino
también la « esclava del Señor »,
entregada por su Hijo como madre a la Iglesia naciente: «
He aquí a tu madre ». Así empezó a
formarse una relación especial entre esta Madre y la Iglesia.
En efecto, la Iglesia naciente era fruto de la Cruz y de la
resurrección de su Hijo. María, que desde el principio
se había entregado sin reservas a la persona y obra de su
Hijo, no podía dejar de volcar sobre la Iglesia esta entrega
suya materna. Después de la ascensión del Hijo, su
maternidad permanece en la Iglesia como mediación materna;
intercediendo por todos sus hijos, la madre coopera en la acción
salvífica del Hijo, Redentor del mundo. Al respecto enseña
el Concilio: « Esta maternidad de María en la economía
de la gracia perdura sin cesar ... hasta la consumación
perpetua de todos los elegidos ».(103) Con la muerte redentora
de su Hijo, la mediación materna de la esclava del Señor
alcanzó una dimensión universal, porque la obra de la
redención abarca a todos los hombres. Así se manifiesta
de manera singular la eficacia de la mediación única y
universal de Cristo « entre Dios y los hombres ». La
cooperación de María participa, por su carácter
subordinado, de la universalidad de la mediación del
Redentor, único mediador. Esto lo indica claramente el
Concilio con las palabras citadas antes.
« Pues —leemos todavía—
asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino
que con su múltiple intercesión continúa
obteniéndonos los dones de la salvación eterna ».(104)
Con este carácter de « intercesión », que
se manifestó por primera vez en Caná de Galilea, la
mediación de María continúa en la historia de la
Iglesia y del mundo. Leemos que María « con su amor
materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía
peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean
conducidos a la patria bienaventurada ».(105) De este modo la
maternidad de María perdura incesantemente en la Iglesia como
mediación intercesora, y la Iglesia expresa su fe en esta
verdad invocando a María « con los títulos de
Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora ».(106)
41. María, por su mediación
subordinada a la del Redentor, contribuye de manera especial a la
unión de la Iglesia peregrina en la tierra con la realidad
escatológica y celestial de la comunión de los
santos, habiendo sido ya « asunta a los cielos ».(107) La
verdad de la Asunción, definida por Pío XII, ha sido
reafirmada por el Concilio Vaticano II, que expresa así la fe
de la Iglesia: « Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada
inmune de toda mancha de culpa original, terminado el decurso de su
vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial y
fue ensalzada por el Señor como Reina universal con
el fin de que se asemeje de forma más plena a su Hijo, Señor
de señores (cf. Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de
la muerte ».(108) Con esta enseñanza Pío XII
enlazaba con la Tradición, que ha encontrado múltiples
expresiones en la historia de la Iglesia, tanto en Oriente como en
Occidente.
Con el misterio de la Asunción a
los cielos, se han realizado definitivamente en María todos
los efectos de la única mediación de Cristo Redentor
del mundo y Señor resucitado: « Todos vivirán
en Cristo. Pero cada cual en su rango: Cristo como primicias; luego,
los de Cristo en su Venida » (1 Co 15, 22-23). En el misterio
de la Asunción se expresa la fe de la Iglesia, según la
cual María « está también íntimamente
unida » a Cristo porque, aunque como madre-virgen estaba
singularmente unida a él en su primera venida, por su
cooperación constante con él lo estará también
a la espera de la segunda; « redimida de modo eminente, en
previsión de los méritos de su Hijo »,(109) ella
tiene también aquella función, propia de la madre, de
mediadora de clemencia en la venida definitiva, cuando todos
los de Cristo revivirán, y « el último enemigo en
ser destruido será la Muerte » (1 Co 15, 26).(110)
A esta exaltación de la «
Hija excelsa de Sión »,(111) mediante la asunción
a los cielos, está unido el misterio de su gloria eterna. En
efecto, la Madre de Cristo es glorificada como « Reina
universal ».(112) La que en la anunciación se definió
como « esclava del Señor » fue durante toda su
vida terrena fiel a lo que este nombre expresa, confirmando así
que era una verdadera « discípula » de Cristo, el
cual subrayaba intensamente el carácter de servicio de su
propia misión: el Hijo del hombre « no ha venido a ser
servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos »
(Mt 20, 28). Por esto María ha sido la primera entre
aquellos que, « sirviendo a Cristo también en los demás,
conducen en humildad y paciencia a sus hermanos al Rey, cuyo servicio
equivale a reinar »,(113) Y ha conseguido plenamente aquel «
estado de libertad real », propio de los discípulos de
Cristo: ¡servir quiere decir reinar!
« Cristo, habiéndose hecho
obediente hasta la muerte y habiendo sido por ello exaltado por el
Padre (cf. Flp 2, 8-9), entró en la gloria de su
reino. A El están sometidas todas las cosas, hasta que El se
someta a Sí mismo y todo lo creado al Padre, a fin de que Dios
sea todo en todas las cosas (cf. 1 Co 15, 27-28) ».(114)
María, esclava del Señor, forma parte de este Reino del
Hijo.(115) La gloria de servir no cesa de ser su exaltación
real; asunta a los cielos, ella no termina aquel servicio suyo
salvífico, en el que se manifiesta la mediación
materna, « hasta la consumación perpetua de todos los
elegidos ».(116) Así aquella, que aquí en la
tierra « guardó fielmente su unión con el Hijo
hasta la Cruz », sigue estando unida a él, mientras ya «
a El están sometidas todas las cosas, hasta que El se someta a
Sí mismo y todo lo creado al Padre ». Así en su
asunción a los cielos, María está como envuelta
por toda la realidad de la comunión de los santos, y su misma
unión con el Hijo en la gloria está dirigida toda ella
hacia la plenitud definitiva del Reino, cuando « Dios
sea todo en todas las cosas ».
También en esta fase la
mediación materna de María sigue estando subordinada a
aquel que es el único Mediador, hasta la realización
definitiva de la « plenitud de los tiempos »,es
decir, hasta que « todo tenga a Cristo por Cabeza » (Ef
1, 10).
2. María en la vida de la
Iglesia y de cada cristiano
42. El Concilio Vaticano II, siguiendo
la Tradición, ha dado nueva luz sobre el papel de la Madre de
Cristo en la vida de la Iglesia. « La Bienaventurada Virgen,
por el don ... de la maternidad divina, con la que está unida
al Hijo Redentor, y por sus singulares gracias y dones, está
unida también íntimamente a la Iglesia. La Madre
de Dios es tipo de la Iglesia, a saber: en el orden de la fe, de
la caridad y de la perfecta unión con Cristo ».(117) Ya
hemos visto anteriormente como María permanece, desde el
comienzo, con los apóstoles a la espera de Pentecostés
y como, siendo « feliz la que ha creído », a
través de las generaciones está presente en medio de la
Iglesia peregrina mediante la fe y como modelo de la esperanza que no
desengaña (cf. Rom 5, 5).
María creyó que se
cumpliría lo que le había dicho el Señor. Como
Virgen, creyó que concebiría y daría a luz un
hijo: el « Santo », al cual corresponde el nombre de «
Hijo de Dios », el nombre de « Jesús » (Dios
que salva). Como esclava del Señor, permaneció
perfectamente fiel a la persona y a la misión de este Hijo.
Como madre, « creyendo y obedeciendo, engendró en
la tierra al mismo Hijo del Padre, y esto sin conocer varón,
cubierta con la sombra del Espíritu Santo ».(118)
Por estos motivos María «
con razón es honrada con especial culto por la Iglesia; ya
desde los tiempos más antiguos ... es honrada con el título
de Madre de Dios, a cuyo amparo los fieles en todos sus peligros y
necesidades acuden con sus súplicas ».(119) Este culto
es del todo particular: contiene en sí y expresa aquel
profundo vínculo existente entre la Madre de Cristo y la
Iglesía.(120) Como virgen y madre, María es para la
Iglesia un « modelo perenne ». Se puede decir, pues, que,
sobre todo según este aspecto, es decir como modelo o, más
bien como « figura », María, presente en el
misterio de Cristo, está también constantemente
presente en el misterio de la Iglesia. En efecto, también la
Iglesia « es llamada madre y virgen », y estos nombres
tienen una profunda justificación bíblica y
teológica.(121)
43. La Iglesia « se
hace también madre mediante la palabra de Dios aceptada
con fidelidad ».(122) Igual que María creyó la
primera, acogiendo la palabra de Dios que le fue revelada en la
anunciación, y permaneciendo fiel a ella en todas sus pruebas
hasta la Cruz, así la Iglesia llega a ser Madre cuando,
acogiendo con fidelidad la palabra de Dios, « por la
predicación y el bautismo engendra para la vida nueva e
inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y
nacidos de Dios ».(123) Esta característica «
materna » de la Iglesia ha sido expresada de modo
particularmente vigoroso por el Apóstol de las gentes, cuando
escribía: « ¡Hijos míos, por quienes sufro
de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros! »
(Gál 4, 19). En estas palabras de san Pablo está
contenido un indicio interesante de la conciencia materna de la
Iglesia primitiva, unida al servicio apostólico entre los
hombres. Esta conciencia permitía y permite constantemente a
la Iglesia ver el misterio de su vida y de su misión a
ejemplo de la misma Madre del Hijo, que es el « primogénito
entre muchos hermanos » (Rom 8, 29).
Se puede afirmar que la Iglesia aprende
también de María la propia maternidad; reconoce la
dimensión materna de su vocación, unida esencialmente a
su naturaleza sacramental, « contemplando su arcana santidad e
imitando su caridad, y cumpliendo fielmente la voluntad del Padre
».(124) Si la Iglesia es signo e instrumento de la unión
íntima con Dios, lo es por su maternidad, porque, vivificada
por el Espíritu, « engendra » hijos e hijas de la
familia humana a una vida nueva en Cristo. Porque, al igual que María
está al servicio del misterio de la encarnación, así
la Iglesia permanece al servicio del misterio de la
adopción como hijos por medio de la gracia.
Al mismo tiempo, a ejemplo de María,
la Iglesia es la virgen fiel al propio esposo: « también
ella es virgen que custodia pura e íntegramente la fe
prometida al Esposo ».(125) La Iglesia es, pues, la esposa de
Cristo, como resulta de las cartas paulinas (cf. Ef 5, 21-33;
2 Co 11, 2) y de la expresión joánica «
la esposa del Cordero » (Ap 21, 9). Si la Iglesia
como esposa custodia « la fe prometida a Cristo »,
esta fidelidad, a pesar de que en la enseñanza del Apóstol
se haya convertido en imagen del matrimonio (cf. Ef 5, 23-33),
posee también el valor tipo de la total donación a Dios
en el celibato « por el Reino de los cielos », es
decir de la virginidad consagrada a Dios (cf. Mt 19,
11-12; 2 Cor 11, 2). Precisamente esta virginidad,
siguiendo el ejemplo de la Virgen de Nazaret, es fuente de una
especial fecundidad espiritual: es fuente de la maternidad en el
Espíritu Santo.
Pero la Iglesia custodia también
la fe recibida de Cristo; a ejemplo de María, que
guardaba y meditaba en su corazón (cf. Lc 2, 19. 51)
todo lo relacionado con su Hijo divino, está dedicada a
custodiar la Palabra de Dios, a indagar sus riquezas con
discernimiento y prudencia con el fin de dar en cada época un
testimonio fiel a todos los hombres.(126)
44. Ante esta ejemplaridad, la Iglesia
se encuentra con María e intenta asemejarse a ella: «
Imitando a la Madre de su Señor, por la virtud del Espíritu
Santo conserva virginalmente la fe íntegra, la sólida
esperanza, la sincera caridad ».(127) Por consiguiente, María
está presente en el misterio de la Iglesia como modelo.
Pero el misterio de la Iglesia consiste también en el
hecho de engendrar a los hombres a una vida nueva e inmortal: es su
maternidad en el Espíritu Santo. Y aquí María no
sólo es modelo y figura de la Iglesia, sino mucho más.
Pues, « con materno amor coopera a la generación y
educación » de los hijos e hijas de la madre
Iglesia. La maternidad de la Iglesia se lleva a cabo no sólo
según el modelo y la figura de la Madre de Dios, sino también
con su « cooperación ». La Iglesia recibe
copiosamente de esta cooperación, es decir de la mediación
materna, que es característica de María, ya que en la
tierra ella cooperó a la generación y educación
de los hijos e hijas de la Iglesia, como Madre de aquel Hijo «
a quien Dios constituyó como hermanos ».(128)
En ello cooperó —como
enseña el Concilio Vaticano II— con materno amor.(129)
Se descubre aquí el valor real de las palabras dichas por
Jesús a su madre cuando estaba en la Cruz: « Mujer, ahí
tienes a tu hijo » y al discípulo: « Ahí
tienes a tu madre » (Jn 19, 26-27). Son palabras que
determinan el lugar de María en la vida de los discípulos
de Cristo y expresan —como he dicho ya— su nueva
maternidad como Madre del Redentor: la maternidad espiritual, nacida
de lo profundo del misterio pascual del Redentor del mundo. Es una
maternidad en el orden de la gracia, porque implora el don del
Espíritu Santo que suscita los nuevos hijos de Dios, redimidos
mediante el sacrificio de Cristo: aquel Espíritu que, junto
con la Iglesia, María ha recibido también el día
de Pentecostés.
Esta maternidad suya ha sido
comprendida y vivida particularmente por el pueblo cristiano en el
sagrado Banquete —celebración litúrgica del
misterio de la Redención—, en el cual Cristo, su
verdadero cuerpo nacido de María Virgen, se hace presente.
Con razón la piedad del pueblo
cristiano ha visto siempre un profundo vínculo entre la
devoción a la Santísima Virgen y el culto a la
Eucaristía; es un hecho de relieve en la liturgia tanto
occidental como oriental, en la tradición de las Familias
religiosas, en la espiritualidad de los movimientos contemporáneos
incluso los juveniles, en la pastoral de los Santuarios marianos
María guía a los fieles a la Eucaristía.
45. Es esencial a la maternidad la
referencia a la persona. La maternidad determina siempre una
relación única e irrepetible entre dos personas: la
de la madre con el hijo y la del hijo con la Madre. Aun cuando
una misma mujer sea madre de muchos hijos, su relación
personal con cada uno de ellos caracteriza la maternidad en su misma
esencia. En efecto, cada hijo es engendrado de un modo único e
irrepetible, y esto vale tanto para la madre como para el hijo. Cada
hijo es rodeado del mismo modo por aquel amor materno, sobre el que
se basa su formación y maduración en la humanidad.
Se puede afirmar que la maternidad «
en el orden de la gracia » mantiene la analogía con
cuanto a en el orden de la naturaleza » caracteriza la unión
de la madre con el hijo. En esta luz se hace más comprensible
el hecho de que, en el testamento de Cristo en el Gólgota, la
nueva maternidad de su madre haya sido expresada en singular,
refiriéndose a un hombre: « Ahí tienes a tu hijo
».
Se puede decir además que en
estas mismas palabras está indicado plenamente el motivo de
la dimensión mariana de la vida de los discípulos de
Cristo; no sólo de Juan, que en aquel instante se
encontraba a los pies de la Cruz en compañía de la
Madre de su Maestro, sino de todo discípulo de Cristo, de todo
cristiano. El Redentor confía su madre al discípulo y,
al mismo tiempo, se la da como madre. La maternidad de María,
que se convierte en herencia del hombre, es un don: un don que
Cristo mismo hace personalmente a cada hombre. El Redentor confía
María a Juan, en la medida en que confía Juan a María.
A los pies de la Cruz comienza aquella especial entrega del hombre
a la Madre de Cristo, que en la historia de la Iglesia se ha
ejercido y expresado posteriormente de modos diversos. Cuando el
mismo apóstol y evangelista, después de haber recogido
las palabras dichas por Jesús en la Cruz a su Madre y a él
mismo, añade: « Y desde aquella hora el discípulo
la acogió en su casa » (Jn 19,27). Esta
afirmación quiere decir con certeza que al discípulo se
atribuye el papel de hijo y que él cuidó de la Madre
del Maestro amado. Y ya que María fue dada como madre
personalmente a él, la afirmación indica, aunque sea
indirectamente, lo que expresa la relación íntima de un
hijo con la madre. Y todo esto se encierra en la palabra «
entrega ». La entrega es la respuesta al amor de una
persona y, en concreto, al amor de la madre.
La dimensión mariana de la vida
de un discípulo de Cristo se manifiesta de modo especial
precisamente mediante esta entrega filial respecto a la Madre de
Dios, iniciada con el testamento del Redentor en el Gólgota.
Entregándose filialmente a María, el cristiano, como el
apóstol Juan, « acoge entre sus cosas propias »
(130) a la Madre de Cristo y la introduce en todo el espacio de su
vida interior, es decir, en su « yo » humano y cristiano:
« La acogió en su casa » Así el
cristiano, trata de entrar en el radio de acción de aquella «
caridad materna », con la que la Madre del Redentor «
cuida de los hermanos de su Hijo »,(131) « a cuya
generación y educación coopera » (132) según
la medida del don, propia de cada uno por la virtud del Espíritu
de Cristo. Así se manifiesta también aquella maternidad
según el espíritu, que ha llegado a ser la función
de María a los pies de la Cruz y en el cenáculo.
46. Esta relación filial, esta
entrega de un hijo a la Madre no sólo tiene su comienzo en
Cristo, sino que se puede decir que definitivamente se orienta
hacia él. Se puede afirmar que María sigue
repitiendo a todos las mismas palabras que dijo en Caná de
Galilea: « Haced lo que él os diga ». En efecto es
él, Cristo, el único mediador entre Dios y los hombres;
es él « el Camino, la Verdad y la Vida » (Jn
4, 6); es él a quien el Padre ha dado al mundo, para que el
hombre « no perezca, sino que tenga vida eterna » (Jn
3, 16). La Virgen de Nazaret se ha convertido en la primera «
testigo » de este amor salvífico del Padre y desea
permanecer también su humilde esclava siempre y por todas
partes. Para todo cristiano y todo hombre, María es la
primera que « ha creído », y precisamente con esta
fe suya de esposa y de madre quiere actuar sobre todos los que se
entregan a ella como hijos. Y es sabido que cuanto más estos
hijos perseveran en esta actitud y avanzan en la misma, tanto más
María les acerca a la « inescrutable riqueza de Cristo »
(Ef 3, 8). E igualmente ellos reconocen cada vez mejor la
dignidad del hombre en toda su plenitud, y el sentido definitivo de
su vocación, porque « Cristo ... manifiesta plenamente
el hombre al propio hombre ».(133)
Esta dimensión mariana en la
vida cristiana adquiere un acento peculiar respecto a la mujer y a su
condición. En efecto, la feminidad tiene una relación
singular con la Madre del Redentor, tema que podrá
profundizarse en otro lugar. Aquí sólo deseo poner de
relieve que la figura de María de Nazaret proyecta luz sobre
la mujer en cuanto tal por el mismo hecho de que Dios, en el
sublime acontecimiento de la encarnación del Hijo, se ha
entregado al ministerio libre y activo de una mujer. Por lo tanto, se
puede afirmar que la mujer, al mirar a María, encuentra en
ella el secreto para vivir dignamente su feminidad y para llevar a
cabo su verdadera promoción. A la luz de María, la
Iglesia lee en el rostro de la mujer los reflejos de una belleza, que
es espejo de los más altos sentimientos, de que es capaz el
corazón humano: la oblación total del amor, la fuerza
que sabe resistir a los más grandes dolores, la fidelidad sin
límites, la laboriosidad infatigable y la capacidad de
conjugar la intuición penetrante con la palabra de apoyo y de
estímulo.
47. Durante el Concilio Pablo VI
proclamó solemnemente que María es Madre de la
Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los
fieles como de los pastores ».(134) Más tarde, el año
1968 en la Profesión de fe, conocida bajo el nombre de «
Credo del pueblo de Dios », ratificó esta afirmación
de forma aún más comprometida con las palabras «
Creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la
Iglesia continúa en el cielo su misión maternal para
con los miembros de Cristo, cooperando al nacimiento y al desarrollo
de la vida divina en las almas de los redimidos ».(135)
El magisterio del Concilio ha subrayado
que la verdad sobre la Santísima Virgen, Madre de Cristo,
constituye un medio eficaz para la profundización de la verdad
sobre la Iglesia. El mismo Pablo VI, tomando la palabra en relación
con la Constitución Lumen gentium, recién
aprobada por el Concilio, dijo: « El conocimiento de la
verdadera doctrina católica sobre María será
siempre la clave para la exacta comprensión del misterio de
Cristo y de la Iglesia ».(136)María está
presente en la Iglesia como Madre de Cristo y, a la vez, como aquella
Madre que Cristo, en el misterio de la redención, ha dado al
hombre en la persona del apóstol Juan. Por consiguiente, María
acoge, con su nueva maternidad en el Espíritu, a todos y a
cada uno en la Iglesia, acoge también a todos y a cada
uno por medio de la Iglesia. En este sentido María,
Madre de la Iglesia, es también su modelo. En efecto, la
Iglesia —como desea y pide Pablo VI— « encuentra en
ella (María) la más auténtica forma de la
perfecta imitación de Cristo ».(137)
Merced a este vínculo especial,
que une a la Madre de Cristo con la Iglesia, se aclara mejor
el misterio de aquella « mujer » que, desde
los primeros capítulos del Libro del Génesis hasta
el Apocalipsis, acompaña la revelación del
designio salvífico de Dios respecto a la humanidad. Pues
María, presente en la Iglesia como Madre del Redentor,
participa maternalmente en aquella « dura batalla contra el
poder de las tinieblas » (138) que se desarrolla a lo largo de
toda la historia humana. Y por esta identificación suya
eclesial con la « mujer vestida de sol » (Ap 12,
1),(139) se puede afirmar que « la Iglesia en la Beatísima
Virgen ya llegó a la perfección, por la que se presenta
sin mancha ni arruga »; por esto, los cristianos, alzando con
fe los ojos hacia María a lo largo de su peregrinación
terrena, « aún se esfuerzan en crecer en la santidad
».(140) María, la excelsa hija de Sión, ayuda a
todos los hijos —donde y como quiera que vivan— a
encontrar en Cristo el camino hacia la casa del Padre.
Por consiguiente, la Iglesia, a lo
largo de toda su vida, mantiene con la Madre de Dios un vínculo
que comprende, en el misterio salvífico, el pasado, el
presente y el futuro, y la venera como madre espiritual de la
humanidad y abogada de gracia.
3. EL sentido del Año Mariano
48. Precisamente el vínculo
especial de la humanidad con esta Madre me ha movido a proclamar en
la Iglesia, en el período que precede a la conclusión
del segundo Milenio del nacimiento de Cristo, un Año Mariano.
Una iniciativa similar tuvo lugar ya en el pasado, cuando Pío
XII proclamó el 1954 como Año Mariano, con el fin de
resaltar la santidad excepcional de la Madre de Cristo, expresada en
los misterios de su Inmaculada Concepción (definida
exactamente un siglo antes) y de su Asunción a los
cielos.(141)
Ahora, siguiendo la línea del
Concilio Vaticano II, deseo poner de relieve la especial presencia
de la Madre de Dios en el misterio de Cristo y de su Iglesia.
Esta es, en efecto, una dimensión fundamental que brota de la
mariología del Concilio, de cuya clausura nos separan ya más
de veinte años. El Sínodo extraordinario de los
Obispos, que se ha realizado el año 1985, ha exhortado a todos
a seguir fielmente el magisterio y las indicaciones del Concilio. Se
puede decir que en ellos —Concilio y Sínodo— está
contenido lo que el mismo Espíritu Santo desea « decir a
la Iglesia » en la presente fase de la historia.
En este contexto, el Año Mariano
deberá promover también una nueva y profunda lectura de
cuanto el Concilio ha dicho sobre la Bienaventurada Virgen María,
Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia, a la que se
refieren las consideraciones de esta Encíclica. Se trata aquí
no sólo de la doctrina de fe, sino también de
la vida de fe y, por tanto, de la auténtica «
espiritualidad mariana », considerada a la luz de la Tradición
y, de modo especial, de la espiritualidad a la que nos exhorta el
Concilio.(142) Además, la espiritualidad mariana, a la
par de la devoción correspondiente, encuentra una
fuente riquísima en la experiencia histórica de las
personas y de las diversas comunidades cristianas, que viven entre
los distintos pueblos y naciones de la tierra. A este propósito,
me es grato recordar, entre tantos testigos y maestros de la
espiritualidad mariana, la figura de san Luis María Grignion
de Montfort, el cual proponía a los cristianos la consagración
a Cristo por manos de María, como medio eficaz para vivir
fielmente el compromiso del bautismo.(143) Observo complacido cómo
en nuestros días no faltan tampoco nuevas manifestaciones de
esta espiritualidad y devoción.
49. Este Año comenzará
en la solemnidad de Pentecostés, el 7 de junio próximo.
Se trata, pues, de recordar no sólo que María «
ha precedido » la entrada de Cristo Señor en la historia
de la humanidad, sino de subrayar además, a la luz de María,
que desde el cumplimiento del misterio de la Encarnación la
historia de la humanidad ha entrado en la « plenitud de los
tiempos » y que la Iglesia es el signo de esta plenitud. Como
Pueblo de Dios, la Iglesia realiza su peregrinación hacia la
eternidad mediante la fe, en medio de todos los pueblos y naciones,
desde el día de Pentecostés. La Madre de Cristo, que
estuvo presente en el comienzo del « tiempo de la Iglesia »,
cuando a la espera del Espíritu Santo rezaba asiduamente con
los apóstoles y los discípulos de su Hijo, «
precede » constantemente a la Iglesia en este camino suyo a
través de la historia de la humanidad. María es también
la que, precisamente como esclava del Señor, coopera sin cesar
en la obra de la salvación llevada a cabo por Cristo, su Hijo.
Así, mediante este Año
Mariano, la Iglesia es llamada no sólo a recordar todo
lo que en su pasado testimonia la especial y materna cooperación
de la Madre de Dios en la obra de la salvación en Cristo
Señor, sino además a preparar, por su parte,
cara al futuro las vías de esta cooperación, ya que el
final del segundo Milenio cristiano abre como una nueva perspectiva.
50. Como ya ha sido recordado, también
entre los hermanos separados muchos honran y celebran a la Madre del
Señor, de modo especial los Orientales. Es una luz mariana
proyectada sobre el ecumenismo. De modo particular, deseo recordar
todavía que, durante el Año Mariano, se celebrará
el Milenio del bautismo de San Vladimiro, Gran Príncipe
de Kiev (a. 988), que dio comienzo al cristianismo en los territorios
de la Rus' de entonces y, a continuación, en otros territorios
de Europa Oriental; y que por este camino, mediante la obra de
evangelización, el cristianismo se extendió también
más allá de Europa, hasta los territorios
septentrionales del continente asiático. Por lo tanto,
queremos, especialmente a lo largo de este Año, unirnos en
plegaria con cuantos celebran el Milenio de este bautismo, ortodoxos
y católicos, renovando y confirmando con el Concilio aquellos
sentimientos de gozo y de consolación porque « los
orientales ... corren parejos con nosotros por su impulso fervoroso y
ánimo en el culto de la Virgen Madre de Dios ».(144)
Aunque experimentamos todavía los dolorosos efectos de la
separación, acaecida algunas décadas más tarde
(a. 1054), podemos decir que ante la Madre de Cristo nos sentimos
verdaderos hermanos y hermanas en el ámbito de aquel
pueblo mesiánico, llamado a ser una única familia de
Dios en la tierra, como anunciaba ya al comienzo del Año
Nuevo: « Deseamos confirmar esta herencia universal de todos
los hijos y las hijas de la tierra ».(145)
Al anunciar el año de María,
precisaba además que su clausura se realizará el año
próximo en la solemnidad de la Asunción de la
Santísima Virgen a los cielos, para resaltar así «
la señal grandiosa en el cielo », de la que habla el
Apocalipsis. De este modo queremos cumplir también la
exhortación del Concilio, que mira a María como a un «
signo de esperanza segura y de consuelo para el pueblo de Dios
peregrinante ». Esta exhortación la expresa el Concilio
con las siguientes palabras: « Ofrezcan los fieles súplicas
insistentes a la Madre de Dios y Madre de los hombres, para que ella,
que estuvo presente en las primeras oraciones de la Iglesia, ahora
también, ensalzada en el cielo sobre todos los bienaventurados
y los ángeles, en la comunión de todos los santos,
interceda ante su Hijo, para que las familias de todos los pueblos,
tanto los que se honran con el nombre cristiano como los que aún
ignoran al Salvador, sean felizmente congregados con paz y concordia
en un solo Pueblo de Dios, para gloria de la Santísima e
individua Trinidad ».(146)
CONCLUSIÓN
51. Al final de la cotidiana liturgia
de las Horas se eleva, entre otras, esta invocación de la
Iglesia a María: « Salve, Madre soberana del Redentor,
puerta del cielo siempre abierta, estrella del mar; socorre al pueblo
que sucumbe y lucha por levantarse, tú que para asombro de la
naturaleza has dado el ser humano a tu Creador ».
« Para asombro de la naturaleza
». Estas palabras de la antífona expresan aquel asombro
de la fe, que acompaña el misterio de la maternidad divina
de María. Lo acompaña, en cierto sentido, en el corazón
de todo lo creado y, directamente, en el corazón de todo el
Pueblo de Dios, en el corazón de la Iglesia. Cuán
admirablemente lejos ha ido Dios, creador y señor de todas las
cosas, en la « revelación de sí mismo » al
hombre.(147) Cuán claramente ha superado todos los espacios de
la infinita « distancia » que separa al creador de la
criatura. Si en sí mismo permanece inefable e inescrutable,
más aún es inefable e inescrutable en la
realidad de la Encarnación del Verbo, que se hizo hombre
por medio de la Virgen de Nazaret.
Si El ha querido llamar eternamente al
hombre a participar de la naturaleza divina (cf. 2 P 1, 4), se
puede afirmar que ha predispuesto la « divinización »
del hombre según su condición histórica, de
suerte que, después del pecado, está dispuesto a
restablecer con gran precio el designio eterno de su amor mediante la
« humanización » del Hijo, consubstancial a El.
Todo lo creado y, más directamente, el hombre no puede menos
de quedar asombrado ante este don, del que ha llegado a ser partícipe
en el Espíritu Santo: « Porque tanto amó Dios al
mundo que dio a su Hijo único » (Jn 3, 16).
En el centro de este misterio, en
lo más vivo de este asombro de la fe, se halla María,
Madre soberana del Redentor, que ha sido la primera en experimentar:
« tú que para asombro de la naturaleza has dado el ser
humano a tu Creador ».
52. En la palabras de esta antífona
litúrgica se expresa también la verdad del «
gran cambio », que se ha verificado en el hombre mediante
el misterio de la Encarnación. Es un cambio que pertenece a
toda su historia, desde aquel comienzo que se ha revelado en los
primeros capítulos del Génesis hasta el término
último, en la perspectiva del fin del mundo, del que Jesús
no nos ha revelado « ni el día ni la hora » (Mt
25, 13). Es un cambio incesante y continuo entre el caer y el
levantarse, entre el hombre del pecado y el hombre de la gracia y de
la justicia. La liturgia, especialmente en Adviento, se coloca en el
centro neurálgico de este cambio, y toca su incesante «
hoy y ahora », mientras exclama: « Socorre al pueblo que
sucumbe y lucha por levantarse ».
Estas palabras se refieren a todo
hombre, a las comunidades, a las naciones y a los pueblos, a las
generaciones y a las épocas de la historia humana, a nuestros
días, a estos años del Milenio que está por
concluir: « Socorre, si, socorre al pueblo que sucumbe ».
Esta es la invocación dirigida a
María, « santa Madre del Redentor », es la
invocación dirigida a Cristo, que por medio de María ha
entrado en la historia de la humanidad. Año tras año,
la antífona se eleva a María, evocando el momento en el
que se ha realizado este esencial cambio histórico, que
perdura irreversiblemente: el cambio entre el « caer » y
el « levantarse ».
La humanidad ha hecho admirables
descubrimientos y ha alcanzado resultados prodigiosos en el campo de
la ciencia y de la técnica, ha llevado a cabo grandes obras en
la vía del progreso y de la civilización, y en épocas
recientes se diría que ha conseguido acelerar el curso de la
historia. Pero el cambio fundamental, cambio que se puede definir «
original », acompaña siempre el camino del hombre y, a
través de los diversos acontecimientos históricos,
acompaña a todos y a cada uno. Es el cambio entre el «
caer » y el « levantarse », entre la muerte y la
vida. Es también un constante desafío a las
conciencias humanas, un desafío a toda la conciencia histórica
del hombre: el desafío a seguir la vía del « no
caer » en los modos siempre antiguos y siempre nuevos, y del «
levantarse », si ha caído.
Mientras con toda la humanidad se
acerca al confín de los dos Milenios, la Iglesia, por su
parte, con toda la comunidad de los creyentes y en unión con
todo hombre de buena voluntad, recoge el gran desafío
contenido en las palabras de la antífona sobre el «
pueblo que sucumbe y lucha por levantarse » y se dirige
conjuntamente al Redentor y a su Madre con la invocación «
Socorre ». En efecto, la Iglesia ve —y lo confirma esta
plegaria— a la Bienaventurada Madre de Dios en el misterio
salvífico de Cristo y en su propio misterio; la ve
profundamente arraigada en la historia de la humanidad, en la eterna
vocación del hombre según el designio providencial que
Dios ha predispuesto eternamente para él; la ve maternalmente
presente y partícipe en los múltiples y complejos
problemas que acompañan hoy la vida de los individuos, de las
familias y de las naciones; la ve socorriendo al pueblo cristiano en
la lucha incesante entre el bien y el mal, para que « no caiga
» o, si cae, « se levante ».
Deseo fervientemente que las
reflexiones contenidas en esta Encíclica ayuden también
a la renovación de esta visión en el corazón de
todos los creyentes.
Como Obispo de Roma, envío a
todos, a los que están destinadas las presentes
consideraciones, el beso de la paz, el saludo y la bendición
en nuestro Señor Jesucristo. Así sea.
Dado en Roma, junto a san Pedro, el 25
de marzo, solemnidad de la Anunciación del Señor del
año 1987, noveno de mi Pontificado.
(1) Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia
Lumen gentium, 52 y todo el cap. VIII, titulado « La
bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de
Cristo y de la Iglesia ».
(2) La expresión «
plenitud de los tiempos » (pléroma tou jrónou) es
paralela a locuciones afines del judaísmo tanto bíblico
(cf. Gn 29, 2l, 1 S 7, 12; Tb l4, 5) como extrabíblico, y
sobre todo del N.T. (cf. Mc 1, l5; Lc 21, 24; Jn 7, 8; Ef l, 10).
Desde el punto de vista formal, esta expresión indica no sólo
la conclusión de un proceso cronológico, sino sobre
todo la madurez o el cumplimiento de un período
particularmente importante, porque está orientado hacia la
actuación de una espera, que adquiere, por tanto, una
dimensión escatológica. Según Ga 4, 4 y su
contexto, es el acontecimiento del Hijo de Dios quien revela que el
tiempo ha colmado, por asi decir, la medida; o sea, el período
indicado por la promesa hecha a Abraham, así como por la ley
interpuesta por Moisés, ha alcanzado su culmen, en el sentido
de que Cristo cumple la promesa divina y supera la antigua ley.
(3) Cf. Misal Romano, Prefacio del 8 de
diciembre, en la Inmaculada Concepión de Santa María
Virgen; S. Ambrosio, De Institutione Virginis, V, 93-94; PL 16, 342;
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 68.
(4) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
sobre la Iglesia Lumen gentium, 58.
(5) Pablo VI, Carta Enc. Christi Matri
(15 de septiembre de 1966): AAS 58 (1966) 745–749; Exhort.
Apost. Signum magnum (13 de mayo de 1967): AAS 59 (1967) 465-475;
Exhort. Apost. Marialis cultus (2 de febrero de 1974): AAS 66 (1974)
113-168.
(6) El Antiguo Testamento ha anunciado
de muchas maneras el misterio de María: cf. S. Juan Damasceno,
Hom. in Dormitionem I, 8-9: S. Ch. 80, 103-107.
(7) Cf. Enseñanzas, VI/2 (1983),
225 s., Pío IX, Carta Apost. Ineffabilis Deus (8 de diciembre
de 1854): Pii IX P. M. Acta , pars I, 597-599.
(8) Cf. Const. past. sobre la Iglesia
en el mundo actual Gaudium et spes, 22.
(9) Conc. Ecum. Ephes.: Conciliorum
Oecumenicorum Decreto, Bologna 1973(3), 41-44; 59-61 (DS 250-264),
cf. Conc. Ecum. Calcedon.: o.c., 84-87 (DS 300-303).
(10) Conc. Ecum. Vat II, Const. past.
sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 22.
(11) Const dogm. sobre la Iglesia Lumen
gentium, 52.
(12) Cf. ibid., 58.
(13) Ibid., 63; cf. S. Ambrosio, Expos.
Evang. sec. Luc., II, 7:CSEL, 32/4, 45; De Institutione Virginis,
XIV, 88-89: PL 16, 341.
(14) Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia
Lumen gentium, 64.
(15) Ibid., 65.
(16) « Elimina este astro del sol
que ilumina el mundo y ¿dónde va el día? Elimina
a María, esta estrella del mar, sí, del mar grande e
inmenso ¿qué permanece sino una vasta niebla y la
sombra de muerte y densas nieblas?: S. Bernardo, In Nativitate B.
Mariae Sermo-De aquaeductu, 6: S. Bernardi Opera, V, 1968, 279; cf.
In laudibus Virginis Matris Homilia II, 17: Ed. cit., IV, 1966, 34 s.
(17) Const. dogm. sobre la Iglesia
Lumen gentium, 63.
(18) Ibid., 63.
(19) Sobre la predestinación de
Maria, cf. S. Juan Damasceno, Hom. in Nativitatem, 7; 10: S. Ch. 80,
65; 73; Hom. in Dormitionem I, 3: S. Ch. 80, 85: « Es ella, en
efecto, que, elegida desde las generaciones antiguas, en virtud de la
predestinación y de la benevolencia del Dios y Padre que te ha
engendrado a ti (oh Verbo de Dios) fuera del tiempo sin salir de sí
mismo y sin alteración alguna, es ella que te ha dado a luz,
alimentado con su carne, en los últimos tiempos ... ».
(20) Const. dogm. sobre la Iglesia
Lumen gentium, 55.
(21) Sobre esta expresión hay en
la tradición patrística una interpretación
amplia y variada: cf. Orígenes, In Lucam homiliae, VI, 7: S.
Ch. 87, 148; Severiano De Gabala, In mundi creationem, Oratio VI, 10:
PG 56, 497 s.; S. Juan Crisóstomo (pseudo), In Annuntiationem
Deiparae et contra Arium impium, PG 62, 765 s.; Basilio De Seleucia,
Oratio 39, In Sanctissimaé Deiparae Annuntiationem, 5: PG 85,
441-446; Antipatro De Ostra, Hom. II, In Sanctissimae Deiparae
Annuntiationem, 3-11: PG, 1777-1783; S. Sofronio de Jerusalén,
Oratio II, In Sanctissimae Deiparae Annnuntiationem, 17-19: PG 87/3,
3235-3240; S. Juan Damasceno, Hom. in Dormitionem, I, 7: S. Ch. 80,
96-101; S. Jerónimo, Epistola 65, 9: PL 22, 628; S. Ambrosio,
Expos. Evang. sec. Lucam, II, 9: CSEL 34/4, 45 s.; S. Agustín,
Sermo 291, 4-6: PL 38, 1318 s.; Enchiridion, 36, 11: PL 40, 250; S.
Pedro Crisólogo, Sermo 142: PL 52, 579 s.; Sermo 143: PL 52,
583; S. Fulgencio De Ruspe, Epistola 17, VI, 12: PL 65, 458; S.
Bernardo, In laudibus Virginis Matris, Homilía III , 2-3: S.
Bernardi Opera, IV, 1966, 36-38.
(22) Const. dogm. sobre la Iglesia
Lumen gentium, 55.
(23) ibid., 53.
(24) Cf. Pío IX, Carta Apost.
Ineffabilis Deus (8 de diciembre de 1856): Pii IX P. M. Acta, pars I,
616; Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesía Lumen
gentium, 53.
(25) Cf. S. Germán. Cost., In
Anntiationem SS. Deiparae Hom.: PG 98, 327 s.; S. Andrés
Cret., Canon in B. Mariae Natalem, 4: PG 97, 1321 s.; In Nativitatem
B. Mariae, I: PG 97, 811 s.; Hom. in Dormitionem S. Mariae 1: PG 97,
1067 s.
(26) Liturgia de las Horas, del 15 de
Agosto, en la Asunción de la Bienaventurada Virgen María,
Himno de las I y II Vísperas; S. Pedro Damián, Carmina
et preces, XLVII: PL 145, 934.
(27) Divina Comedia, Paraíso
XXXIII, 1; cf. Liturgia de las Horas, Memoria de Santa María
en sábado, Himno II en el Officio de Lectura.
(28) Cf. S. Agustín, De Sancta
Virginitate, III, 3: PL 40, 398; Sermo 25, 7: PL 16, 937 s.
(29) Const. dogm. sobre la divina
revelación Dei Verbum, 5.
(30) Este es un tema clásico, ya
expuesto por S. Ireneo: « Y como por obra de la virgen
desobediente el hombre fue herido y, precipitado, murió, así
también por obra de la Virgen obediente a la palabra de Dios,
el hombre regenerado recibió, por medio de la vida, la vida
... Ya que era conveniente y justo ... que Eva fuera «
recapitulada » en María, con el fin de que la Virgen,
convertida en abogada de la virgen, disolviera y destruyera la
desobediencia virginal por obra de la obediencia virginal »;
Expositio doctrinae apostolicae, 33: S. Ch. 62, 83-86; cf. también
Adversus Haereses, V, 19, 1: S. Ch. 153, 248-250.
(31) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
sobre la divina revelación Dei Verbum, 5.
(32) Ibid., 5; cf. Const. dogm. sobre
la Iglesia Lumen gentium , 56.
(33) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
sobre la Iglesia Lumen gentium, 56.
(34) Ibid., 56.
(35) Cf. ibid., 53; S. Agustín,
De Sancta Virginitate, III, 3: PL 40, 398; Sermo 215, 4: PL 38, 1074;
Sermo 196, I: PL 38, 1019; De peccatorum meritis et remissione, I,
29, 57: PL 44, 142; Sermo 25, 7: PL 46, 937 s.; S. León Magno,
Tractatus 21; De natale Domini, I: CCL 138, 86.
(36) Cf. Subida del Monte Carmelo, L.
II, cap. 3, 4-6.
(37) Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia
Lumen gentium, 58.
(38) Ibid., 58.
(39) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
dogm. sobre la divina revelación Dei Verbum, 5.
(40) Sobre la participación o «
compasión » de María en la muerte de Cristo, cf.
S. Bernardo, In Dominica infra octavam Assumptionis Sermo, 14: S.
Bernardi Opera, V, 1968, 273.
(41) S. Ireneo, Adversus Haereses, III,
22, 4: S. Ch. 211, 438-444; cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen
gentium, 56, nota 6.
(42) Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia
Lumen gentium, 56 y los Padres citados en las notas 8 y 9.
(43) « Cristo es verdad, Cristo
es carne, Cristo verdad en la mente de María, Cristo carne en
el seno de María »: S. Agustín, Sermo 25
(Sermones inediti), 7: PL 46, 938.
(44) Const. dogm. sobre la Iglesia
Lumen gentium, 60.
(45) Ibid., 61.
(46) Ibid., 62.
(47) Es conocido lo que escribe
Orígenes sobre la presencia de María y de Juan en el
Calvario: « Los Evangelios son las primicias de toda la
Escritura, y el Evangelio de Juan es el primero de los Evangelios;
ninguno puede percibir el significado si antes no ha posado la cabeza
sobre el pecho de Jesús y no ha recibido de Jesús a
María como Madre »: Comm. in Ioan., 1, 6: PG 14, 31; cf.
S. Ambrosio, Expos. Evang. sec. Luc., X, 129-131: CSEL, 32/4, 504 s.
(48) Const. dogm. sobre la Iglesia
Lumen gentium, 54 y 53; este último texto conciliar cita a S.
Agustín, De Sancta Virgintitate, VI, 6: PL 40, 399.
(49) Const. dogm. sobre la Iglesia
Lumen gentium, 55.
(50) Cf. S. León Magno,
Tractatus 26, de natale Domini, 2: CCL 138, 126.
(51) Const. dogm. sobre la Iglesia
Lumen gentium, 59.
(52) S. Agustín, De Civitate
Dei, XVIII, 51: CCL 48, 650.
(53) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
sobre la Iglesia Lumen gentium, 8.
(54) Ibid., 9.
(55) Ibid., 9.
(56) Ibid., 8.
(57) Ibid., 9.
(58) Ibid., 65.
(59) Ibid., 59.
(60) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
dogm. sobre la divina revelacion Dei Verbum,5.
(61) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 63.
(62) Cf. ibid., 9.
(63) Cf. ibid., 65.
(64) Ibid., 65.
(65) Ibid., 65.
(66) Cf. ibid., 13.
(67) Cf. ibid., 13.
(68) Cf. ibid., 13.
(69) Cfr. Misal Romano, fórmula
de la consagración del cáliz en las Plegarias
Eucarísticas.
(70) Conc. Ecum. Vat. II. Const. dogm.
sobre la Iglesia Lumen gentium, 1.
(71) Ibid., 13.
(72) Ibid., 15.
(73) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
sobre el ecumenismo Unitatis redintegratio, 1.
(74) Const. dogm. sobre la Iglesia
Lumen gentium, 68, 69. Sobre la Santísima Virgen María,
promotora de la unidad de los cristianos y sobre el culto de María
en Oriente, cf. León XIII, Carta Enc. Adiutricem populi (5 de
septiembre de 1895): Acta Leonis, XV, 300-312.
(75) Cf. Conc Ecum. Vat. II, Decr.
sobre el ecumenismo Unitatis redintegratio, 20.
(76) Ibid., 19.
(77) Ibid., 14.
(78) Ibid., 15.
(79) Conc. Ecum. Vat II, Const. dogm.,
sobre la Iglesia Lumen gentium, 66.
(80) Conc. Ecum. Calced., Definitio
fidei: Conciliorum Oecumenicorum Decreta, Bologna 1973(3), 86 (DS
301)
(81) Cf. el Weddâsê Mâryâm
(Alabanzas de María), que está a continuación
del Salterio etíope y contiene himnos y plegarias a María
para cada día de la semana. Cf. también el Matshafa
Kidâna Mehrat (Libro del Pacto de Misericordia); es de destacar
la importancia reservada a María en los Himnos así como
en la liturgia etíope.
(82) Cf. S. Efrén, Hymn. de
Nativitate: Scriptores Syri, 82: CSCO, 186.
(83) Cf.. S. Gregorio De Narek, Le
livre des prières: S. Ch. 78, 160-163; 428-432.
(84) Conc. Ecum. Niceno II: Conciliorum
Oecumenicorum Decreta, Bologna 1973(3), 135-138 (DS 600-609).
(85) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 59.
(86) Cf Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
sobre el ecumenismo Unitatis redintegratio, 19.
(87) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
sobre la Iglesia Lumen gentium, 8.
(88) Ibid., 9.
(89) Como es sabido, las palabras del
Magníficat contienen o evocan numerosos pasajes del Antiguo
Testamento.
(90) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
sobre la divina revelación Dei Verbum, 2.
(91) Cf. por ejemplo S. Justino,
Dialogus cum Tryphone Iudaeo, 100: Otto II, 358; S. Ireneo, Adversus
Haereses III, 22, 4: S. Ch. 211, 439-449; Tertuliano, De carne
Christi, 17, 4-6: CCL 2, 904 s.
(92) Cf. S. Epifanio, Panarion, III,
2;Haer. 78, 18: PG 42, 727-730
(93) Congregación para la
Doctrina de la Fe, Instrucción sobre Libertad cristiana y
liberación (22 de marzo de 1986), 97.
(94) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
sobre la Iglesia Lumen gentium, 60.
(95) Ibid., 60.
(96) Cf. Ia fómula de mediadora
« ad Mediatorem » de S. Bernardo, In Dominica infra oct.
Assumptionis Sermo, 2: S. Bernardi Opera, V, 1968, 263. María
como puro espejo remite al Hijo toda gloria y honor que recibe: Id.,
In Nativitate B. Mariae Sermo-De aquaeductu, 12: ed. cit. , 283.
(97) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
sobre la Iglesia Lumen gentium, 62.
(98) Ibid., 62.
(99) Ibid., 61.
(100) Ibid., 62.
(101) Ibid., 61
(102) Ibid., 61
(103) Ibid., 62.
(104) Ibid., 62.
(105) Ibid., 62; también en su
oración la Iglesia reconoce y celebra la « función
materna » de María, función « de
intercesión y perdón, de impetración y gracia,
de reconciliación y paz » (cf. prefacio de la Misa de la
Bienaventurada Virgen María, Madre y Mediadora de gracia, en
Collectio Missarum de Beata Maria Virgine, ed. typ. 1987, I, 120.
(106) Ibid., 62.
(107) Ibid., 62; S. Juan Damasceno,
Hom. in Dormitionem, I, 11; II, 2, 14: S. Ch. 80, 111 s.; 127-131;
157-161; 181-185; S. Bernardo, In Assumptione Beatae Mariae Sermo,
1-2: S Bernardi Opera, V, 1968, 228-238.
(108) Const. dogm. sobre la Iglesia
Lumen gentium, 59; cf. Pío XII, Const. Apost.
Munificentissimus Deus (1 de noviembre de 1950): AAS 42 (1950)
769-771; S. Bernardo presenta a María inmersa en el esplendor
de la gloria del Hijo: In Dominica infra oct. Assumptionis Sermo, 3:
S. Bernardi Opera, V, 1968, 263 s.
(109) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
sobre la Iglesia Lumen gentium, 53.
(110) Sobre este aspecto particular de
la mediación de María como impetradora de clemencia
ante el Hijo Juez, cf. S. Bernardo, In Dominica infra oct.
Assumptionis Sermo, 1-2: S. Bernardi Opera, V, 1968, 262 s.; León
XIII, Cart. Enc. Octobri mense (22 de septiembre de 1891): Acta
Leonis, XI, 299-315.
(111) Const. dogm. sobre la Iglesia
Lumen gentium, 55.
(112) Ibid., 59.
(113) Ibid., 36.
(114) Ibid., 36.
(115) A propósito de María
Reina, cf. S. Juan Damasceno, Hom. in Nativitatem, 6, 12; Hom. in
Dormitionem, I, 2, 12, 14; II, 11; III, 4: S. Ch. 80, 59 s.; 77 s.;
83 s.; 113 s.; 117; 151 s.; 189-193.
(116) Conc. Ecum. Vat. II, Const. sobre
la Iglesia Lumen gentium, 62
(117) Ibid., 63.
(118) Ibid., 63.
(119) Ibid., 66.
(120) Cf. S. Ambrosio, De Institutione
Virginis, XIV, 88-89: PL 16, 341; S. Agustín, Sermo 215, 4: PL
38, 1074; De Sancta Virginitate, II, 2; V, 5; VI, 6: PL 40, 397; 398
s.; 399; Sermo 191, II, 3: PL 38, 1010 s.
(121) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
dogm. sobre la Iglesia Lumen Gentium, 63.
(122) Ibid., 64.
(123) Ibid., 64.
(124) Ibid., 64.
(125) Ibid., 64.
(126) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
dogm. sobre la divina revelación Dei Verbum, 8; S.
Buenaventura, Comment. in Evang. Lucae, Ad Claras Aquas, VII, 53, n.
40; 68, n. 109.
(127) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
sobre la Iglesia Lumen gentium, 64.
(128) Ibid., 63.
(129) Ibid., 63.
(130) Como es bien sabido, en el texto
griego la expresión «eis ta ídia» supera el
límite de una acogida de María por parte del discípulo,
en el sentido del mero alojamiento material y de la hospitalidad en
su casa; quiere indicar más bien una comunión de vida
que se establece entre los dos en base a las palabras de Cristo
agonizante. Cf. S. Agustín, In Ioan. Evang. tract. 119, 3: CCL
36, 659: « La tomó consigo, no en sus heredades, porque
no poseía nada propio, sino entre sus obligaciones que atendía
con premura ».
(131) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
sobre la Iglesia Lumen gentium, 62.
(132) Ibid., 63.
(133) Conc. Ecum. Vat II, Const past.
sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et Spes, 22.
(134) Cf. Pablo VI, Discurso del 21 de
noviembre de 1964: AAS 56 (1964) 1015.
(135) Pablo VI, Solemne Profesión
de Fe (30 de junio de 1968), 15: AAS 60 (1968) 438 s.
(136) Pablo VI, Discurso del 21 de
noviembre de 1964: AAS 56 (1964) 1015.
(137) Ibid., 1016.
(138) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 37.
(139) C£. S. Bernardo, In
Dominica infra oct. Assumptionis Sermo: S. Bernardi Opera, V, 1968,
262-274.
(140) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
sobre la Iglesia Lumen gentium, 65.
(141) Cf. Cart. Enc. Fulgens corona (8
de septiembre de 1953): AAS 45 (1953) 577-592. Pío X con la
Cart. Enc. Ad diem illum (2 de febrero de 1904), con ocasión
del 50 aniversario de la definición dogmática de la
Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María,
había proclamado un Jubileo extraordinario de algunos meses de
duración: Pii X P. M. Acta, I, 147-166.
(142) Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia
Lumen gentium, 66-67.
(143) Cf. S. Luis María Grignion
de Montfort, Traité de la vraie dévotion á la
sainte Vierge. Junto a este Santo se puede colocar también la
figura de S. Alfonso María de Ligorio, cuyo segundo contenario
de su muerte se conmemora este año: cf. entre sus obras, Las
glorias de María.
(144) Const. dogm. sobre la Iglesia
Lumen gentium , 69.
(145) Homilía del 1 de enero de
1987.
(146) Const. dogm. sobre la Iglesia
Lumen Gentium, 69.
(147) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
dogm. sobre la divina revelación Dei Verbum, 2: « Por
esta revelación Dios invisible habla a los hombres como amigo,
movido por su gran amor y mora con ellos para invitarlos a la
comunicación consigo y recibirlos en su compañía
».