CARTA
ENCÍCLICA
SOLLICITUDO REI SOCIALIS
DEL
SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
AL CUMPLIRSE
EL VIGÉSIMO
ANIVERSARIO
DE LA
POPULORUM PROGRESSIO
Venerables Hermanos,
amadísimos
Hijos e Hijas:
salud y Bendición Apostólica
I.
INTRODUCCIÓN
1. La preocupación social de la
Iglesia, orientada al desarrollo auténtico del hombre y de la
sociedad, que respete y promueva en toda su dimensión la
persona humana, se ha expresado siempre de modo muy diverso. Uno de
los medios destacados de intervención ha sido, en los últimos
tiempos, el Magisterio de los Romanos Pontífices, que, a
partir de la Encíclica Rerum Novarum de León
XIII como punto de referencia,(1) ha tratado frecuentemente la
cuestión, haciendo coincidir a veces las fechas de publicación
de los diversos documentos sociales con los aniversarios de aquel
primer documento.(2) Los Sumos Pontífices no han dejado de
iluminar con tales intervenciones aspectos también nuevos de
la doctrina social de la Iglesia. Por consiguiente, a partir de la
aportación valiosísima de León XIII, enriquecida
por las sucesivas aportaciones del Magisterio, se ha formado ya un «
corpus » doctrinal renovado, que se va articulando a medida que
la Iglesia, en la plenitud de la Palabra revelada por Jesucristo (3)
y mediante la asistencia del Espíritu Santo (cf. Jn 14,
16.26; 16, 13-15), lee los hechos según se desenvuelven en el
curso de la historia. Intenta guiar de este modo a los hombres para
que ellos mismos den una respuesta, con la ayuda también de la
razón y de las ciencias humanas, a su vocación de
constructores responsables de la sociedad terrena.
2. En este notable cuerpo de enseñanza
social se encuadra y distingue la Encíclica Populorum
Progressio,(4) que mi venerado Predecesor Pablo VI publicó
el 26 de marzo de 1967.
La constante actualidad de esta
Encíclica se reconoce fácilmente, si se tiene en cuenta
las conmemoraciones que han tenido lugar a lo largo de este año,
de distinto modo y en muchos ambientes del mundo eclesiástico
y civil. Con esta misma finalidad la Pontificia Comisión
Iustitia et Pax envió el año pasado una carta
circular a los Sínodos de las Iglesias católicas
Orientales así como a las Conferencias Episcopales, pidiendo
opiniones y propuestas sobre el mejor modo de celebrar el aniversario
de esta Encíclica, enriquecer asimismo sus enseñanzas y
eventualmente actualizarlas. La misma Comisión promovió,
a la conclusión del vigésimo aniversario, una solemne
conmemoración a la cual yo mismo creí oportuno tomar
parte con una alocución final.(5) Y ahora, tomado en
consideración también el contenido de las respuestas
dadas a la mencionada carta circular, creo conveniente, al término
de 1987, dedicar una Encíclica al tema de la Populorum
Progressio.
3. Con esto me propongo alcanzar
principalmente dos objetivos de no poca importancia: por un
lado, rendir homenaje a este histórico documento de Pablo VI y
a la importancia de su enseñanza; por el otro, manteniéndome
en la línea trazada por mis venerados Predecesores en la
Cátedra de Pedro, afirmar una vez más la continuidad
de la doctrina social junto con su constante renovación.
En efecto, continuidad y renovación son una prueba de la
perenne validez de la enseñanza de la Iglesia.
Esta doble connotación es
característica de su enseñanza en el ámbito
social. Por un lado, es constante porque se mantiene idéntica
en su inspiración de fondo, en sus « principios de
reflexión », en sus fundamentales « directrices de
acción » (6) y, sobre todo, en su unión vital con
el Evangelio del Señor. Por el otro, es a la vez siempre
nueva, dado que está sometida a las necesarias y
oportunas adaptaciones sugeridas por la variación de las
condiciones históricas así como por el constante flujo
de los acontecimientos en que se mueve la vida de los hombres y de
las sociedades.
4. Convencido de que las enseñanzas
de la Encíclica Populorum Progressio, dirigidas a los
hombres y a la sociedad de la década de los sesenta, conservan
toda su fuerza de llamado a la conciencia, ahora, en la recta
final de los ochenta, en un esfuerzo por trazar las líneas
maestras del mundo actual, —siempre bajo la óptica del
motivo inspirador, « el desarrollo de los pueblos », bien
lejos todavía de haberse alcanzado— me propongo
prolongar su eco, uniéndolo con las posibles aplicaciones al
actual momento histórico, tan dramático como el de hace
veinte años.
El tiempo —lo sabemos bien—
tiene siempre la misma cadencia; hoy, sin embargo, se tiene la
impresión de que está sometido a un movimiento de
continua aceleración, en razón sobre todo de la
multiplicación y complejidad de los fenómenos que nos
tocan vivir. En consecuencia, la configuración del mundo,
en el curso de los últimos veinte años, aún
manteniendo algunas constantes fundamentales, ha sufrido notables
cambios y presenta aspectos totalmente nuevos.
Este período de tiempo,
caracterizado a la vigilia del tercer milenio cristiano por una
extendida espera, como si se tratara de un nuevo « adviento
»,(7) que en cierto modo concierne a todos los hombres, ofrece
la ocasión de profundizar la enseñanza de la Encíclica,
para ver juntos también sus perspectivas.
La presente reflexión tiene
la finalidad de subrayar, mediante la ayuda de la investigación
teológica sobre las realidades contemporáneas, la
necesidad de una concepción más rica y diferenciada del
desarrollo, según las propuestas de la Encíclica, y de
indicar asimismo algunas formas de actuación.
II.
NOVEDAD DE LA ENCÍCLICA
POPULORUM PROGRESSIO
5. Ya en su aparición, el
documento del Papa Pablo VI llamó la atención de la
opinión pública por su novedad. Se tuvo la
posibilidad de verificar concretamente, con gran claridad, dichas
características de continuidad y de renovación,
dentro de la doctrina social de la Iglesia. Por tanto, el
tentativo de volver a descubrir numerosos aspectos de esta enseñanza,
a través de una lectura atenta de la Encíclica,
constituirá el hilo conductor de la presente reflexión.
Pero antes deseo detenerme sobre la
fecha de publicación: el año 1967. El hecho
mismo de que el Papa Pablo VI tomó la decisión de
publicar su Encíclica social aquel año, nos
lleva a considerar el documento en relación al Concilio
Ecuménico Vaticano II, que se había clausurado el 8 de
diciembre de 1965.
6. En este hecho debemos ver más
de una simple cercanía cronológica. La encíclica
Populorum Progressio se presenta, en cierto modo, como un
documento de aplicación de las enseñanzas del Concilio.
Y esto no sólo porque la Encíclica haga continuas
referencias a los texto conciliares,(8) sino porque nace de la
preocupación de la Iglesia, que inspiró todo el trabajo
conciliar —de modo particular la Constitución pastoral
Gaudium et spes— en la labor de coordinar y desarrollar
algunos temas de su enseñanza social.
Por consiguiente, se puede afirmar que
la Encíclica Populorum Progressio es como la respuesta
a la llamada del Concilio, con la que comienza la Constitución
Gaudium et spes: « Los gozos y las esperanzas, las
tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre
todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y
esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo.
Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón
».(9) Estas palabras expresan el motivo fundamental
que inspiró el gran documento del Concilio, el cual parte
de la constatación de la situación de miseria y
de subdesarrollo, en las que viven tantos millones de seres
humanos.
Esta miseria y el subdesarrollo
son, bajo otro nombre, « las tristezas y las angustias »
de hoy, sobre todo de los pobres; ante este vasto panorama de dolor y
sufrimiento, el Concilio quiere indicar horizontes de « gozo y
esperanza ». Al mismo objetivo apunta la Encíclica de
Pablo VI, plenamente fiel a la inspiración conciliar.
7. Pero también en el orden
temático, la Encíclica, siguiendo la gran tradición
de la enseñanza social de la Iglesia, propone directamente, la
nueva exposición y la rica síntesis,
que el Concilio ha elaborado de modo particular en la
Constitución Gaudium et spes. Respecto al contenido y a
los temas, nuevamente propuestos por la Encíclica, cabe
subrayar: la conciencia del deber que tiene la Iglesia, «
experta en humanidad », de « escrutar los signos de los
tiempos y de interpretarlos a la luz del Evangelio »; (10) la
conciencia, igualmente profunda de su misión de «
servicio », distinta de la función del Estado, aun
cuando se preocupa de la suerte de las personas en concreto; (11) la
referencia a las diferencias clamorosas en la situación de
estas mismas personas; (12) la confirmación de la enseñanza
conciliar, eco fiel de la secular tradición de la Iglesia,
respecto al « destino universal de los bienes »; (13) el
aprecio por la cultura y la civilización técnica que
contribuyen a la liberación del hombre,(14) sin dejar de
reconocer sus límites; (15) y finalmente, sobre el tema del
desarrollo, propio de la Encíclica, la insistencia sobre el «
deber gravísimo », que atañe a las naciones más
desarrolladas.(16) El mismo concepto de desarrollo, propuesto por la
Encíclica, surge directamente de la impostación que la
Constitución pastoral da a este problema.(17)
Estas y otras referencias explícitas
a la Constitución pastoral llevan a la conclusión de
que la Encíclica se presenta como una aplicación de
la enseñanza conciliar en materia social respecto al problema
específico del desarrollo así como del
subdesarrollo de los pueblos.
8. El breve análisis efectuado
nos ayuda a valorar mejor la novedad de la Encíclica,
que se puede articular en tres puntos. El primero está
constituido por el hecho mismo de un documento emanado por la
máxima autoridad de la Iglesia católica y destinado a
la vez a la misma Iglesia y « a todos los hombres de buena
voluntad »,(18) sobre una materia que a primera vista es sólo
económica y social: el desarrollo de los
pueblos. Aquí el vocablo « desarrollo » proviene
del vocabulario de las ciencias sociales y económicas. Bajo
este aspecto, la Encíclica Populorum Progressio se
coloca inmediatamente en la línea de la Rerum Novarum, que
trata de la « situación de los obreros ».(19)
Vistas superficialmente, ambas cuestiones podrían parecer
extrañas a la legítima preocupación de la
Iglesia considerada como institución religiosa. Más
aún el « desarrollo » que la « condición
obrera ».
En sintonía con la Encíclica
de León XIII, al documento de Pablo VI hay que reconocer el
mérito de haber señalado el carácter ético
y cultural de la problemática relativa al desarrollo y,
asimismo a la legitimidad y necesidad de la intervención
de la Iglesia en este campo.
Con esto, la doctrina social cristiana
ha reivindicado una vez más su carácter de aplicación
de la Palabra de Dios a la vida de los hombres y de la sociedad
así como a las realidades terrenas, que con ellas se enlazan,
ofreciendo « principios de reflexión », «
criterios de juicio » y «directrices de acción
».(20) Pues bien, en el documento de Pablo VI se encuentran
estos tres elementos con una orientación eminentemente
práctica, o sea, orientada a la conducta moral. Por
eso, cuando la Iglesia se ocupa del « desarrollo de los pueblos
» no puede ser acusada de sobrepasar su campo específico
de competencia y, mucho menos, el mandato recibido del Señor.
9. El segundo punto es la
novedad de la Populorum Progressio, como se manifiesta
por la amplitud de horizonte, abierto a lo que comúnmente
se conoce bajo el nombre de « cuestión social ».
En realidad, la Encíclica Mater et Magistra del Papa
Juan XXIII había entrado ya en este horizonte más
amplio (21) y el Concilio, en la Constitución Pastoral Gaudium
et spes, se había hecho eco de ello.(22) Sin embargo el
magisterio social de la Iglesia no había llegado a afirmar
todavía con toda claridad que la cuestión social ha
adquirido una dimensión mundial,(23) ni había llegado a
hacer de esta afirmación y de su análisis una «
directriz de acción », como hace el Papa Pablo VI en su
Encíclica.
Semejante toma de posición tan
explícita ofrece una gran riqueza de contenidos, que es
oportuno indicar.
Ante todo, es menester eliminar un
posible equívoco. El reconocimiento de que la «
cuestión social » haya tomado una dimensión
mundial, no significa de hecho que haya disminuido su fuerza de
incidencia o que haya perdido su importancia en el ámbito
nacional o local. Significa, por el contrario, que la problemática
en los lugares de trabajo o en el movimiento obrero y sindical de un
determinado país no debe considerarse como algo aislado, sin
conexión, sino que depende de modo creciente del influjo de
factores existentes por encima de los confines regionales o de las
fronteras nacionales.
Por desgracia, bajo el aspecto
económico, los países en vías de desarrollo son
muchos más que los desarrollados; las multitudes humanas que
carecen de los bienes y de los servicios ofrecidos por el desarrollo,
son bastante más numerosas de las que disfrutan de
ellos.
Nos encontramos, por tanto, frente a un
grave problema de distribución desigual de los medios
de subsistencia, destinados originariamente a todos los hombres, y
también de los beneficios de ellos derivantes. Y esto sucede
no por responsabilidad de las poblaciones indigentes, ni mucho
menos por una especie de fatalidad dependiente de las
condiciones naturales o del conjunto de las circunstancias.
La Encíclica de Pablo VI, al
declarar que la cuestión social ha adquirido una dimensión
mundial, se propone ante todo señalar un hecho moral, que
tiene su fundamento en el análisis objetivo de la realidad.
Según las palabras mismas de la Encíclica, « cada
uno debe tomar conciencia » de este hecho,(24) precisamente
porque interpela directamente a la conciencia, que es fuente de las
decisiones morales.
En este marco, la novedad de la
Encíclica, no consiste tanto en la afirmación, de
carácter histórico, sobre la universalidad de la
cuestión social cuanto en la valoración moral de
esta realidad. Por consiguiente, los responsables de la gestión
pública, los ciudadanos de los países ricos,
individualmente considerados, especialmente si son cristianos, tienen
la obligación moral —según el
correspodiente grado de responsabilidad— de tomar en
consideración, en las decisiones personales y de gobierno,
esta relación de universalidad, esta interdependencia que
subsiste entre su forma de comportarse y la miseria y el
subdesarrollo de tantos miles de hombres. Con mayor precisión
la Encíclica de Pablo VI traduce la obligación moral
como « deber de solidaridad »,(25) y semejante
afirmación, aunque muchas cosas han cambiado en el mundo,
tiene ahora la misma fuerza y validez de cuando se escribió.
Por otro lado, sin abandonar la línea
de esta visión moral, la novedad de la Encíclica
consiste también en el planteamiento de fondo, según el
cual la concepción misma del desarrollo, si se le
considera en la perspectiva de la interdependencia universal, cambia
notablemente. El verdadero desarrollo no puede consistir en
una mera acumulación de riquezas o en la mayor disponibilidad
de los bienes y de los servicios, si esto se obtiene a costa del
subdesarrollo de muchos, y sin la debida consideración por la
dimensión social, cultural y espiritual del ser humano.(26)
10. Como tercer punto la
Encíclica da un considerable aporte de novedad a la doctrina
social de la Iglesia en su conjunto y a la misma concepción de
desarrollo. Esta novedad se halla en una frase que se lee en el
párrafo final del documento, y que puede ser considerada como
su fórmula recapituladora, además de su importancia
histórica: « el desarrollo es el nombre nuevo de la paz
».(27)
De hecho, si la cuestión social
ha adquirido dimensión mundial, es porque la exigencia de
justicia puede ser satisfecha únicamente en este mismo
plano. No atender a dicha exigencia podría favorecer el surgir
de una tentación de respuesta violenta por parte de las
víctimas de la injusticia, como acontece al origen de muchas
guerras. Las poblaciones excluidas de la distribución
equitativa de los bienes, destinados en origen a todos, podrían
preguntarse: ¿por qué no responder con la violencia a
los que, en primer lugar, nos tratan con violencia? Si la situación
se considera a la luz de la división del mundo en bloques
ideológicos —ya existentes en 1967— y de las
consecuentes repercusiones y dependencias económicas y
políticas, el peligro resulta harto significativo.
A esta primera consideración
sobre el dramático contenido de la fórmula de la
Encíclica se añade otra, al que el mismo documento
alude: (28) ¿cómo justificar el hecho de que grandes
cantidades de dinero, que podrían y deberían
destinarse a incrementar el desarrollo de los pueblos, son, por el
contrario utilizados para el enriquecimiento de individuos o grupos,
o bien asignadas al aumento de arsenales, tanto en los Países
desarrollados como en aquellos en vías de desarrollo,
trastocando de este modo las verdaderas prioridades? Esto es aún
más grave vistas las dificultades que a menudo obstaculizan el
paso directo de los capitales destinados a ayudar a los Países
necesitados. Si « el desarrollo es el nuevo nombre de la paz »,
la guerra y los preparativos militares son el mayor enemigo del
desarrollo integral de los pueblos.
De este modo, a la luz de la expresión
del Papa Pablo VI, somos invitados a revisar el concepto de
desarrollo, que no coincide ciertamente con el que se limita a
satisfacer los deseos materiales mediante el crecimiento de los
bienes, sin prestar atención al sufrimiento de tantos y
haciendo del egoísmo de las personas y de las naciones la
principal razón. Como acertadamente nos recuerda la carta
de Santiago: el egoísmo es la fuente de donde tantas
guerras y contiendas ... de vuestras voluptuosidades que luchan en
vuestros miembros. Codiciáis y no tenéis » (Sant
4, 1 s).
Por el contrario, en un mundo distinto,
dominado por la solicitud por el bien común de toda la
humanidad, o sea por la preocupación por el « desarrollo
espiritual y humano de todos », en lugar de la búsqueda
del provecho particular, la paz sería posible como
fruto de una « justicia más perfecta entre los hombres
».(29)
Esta novedad de la Encíclica
tiene además un valor permanente y actual,
considerada la mentalidad actual que es tan sensible al íntimo
vínculo que existe entre el respeto de la justicia y la
instauración de la paz verdadera.
III.
PANORAMA DEL MUNDO CONTEMPORÁNEO
11. La enseñanza fundamental
de la Encíclica Populorum Progressio tuvo en su día
gran eco por su novedad. El contexto social en que vivimos en la
actualidad no se puede decir que sea exactamente igual al de
hace veinte años. Es, esto, por lo que quiero detenerme, a
través de una breve exposición, sobre algunas
características del mundo actual, con el fin de profundizar la
enseñanza de la Encíclica de Pablo VI, siempre bajo el
punto de vista del « desarrollo de los pueblos ».
12. El primer aspecto a destacar
es que la esperanza de desarrollo, entonces tan viva, aparece
en la actualidad muy lejana de la realidad.
A este propósito, la Encíclica
no se hacía ilusión alguna. Su lenguaje grave, a veces
dramático, se limitaba a subrayar el peso de la situación
y a proponer a la conciencia de todos la obligación urgente de
contribuir a resolverla. En aquellos años prevalecía un
cierto optimismo sobre la posibilidad de colmar, sin esfuerzos
excesivos, el retraso económico de los pueblos pobres, de
proveerlos de infraestructuras y de asistir los en el proceso de
industrialización. En aquel contexto histórico, por
encima de los esfuerzos de cada país, la Organización
de las Naciones Unidas promovió consecutivamente dos
decenios de desarrollo.(30) Se tomaron, en efecto, algunas
medidas, bilaterales y multilaterales, con el fin de ayudar a muchas
Naciones, algunas de ellas independientes desde hacía tiempo,
otras —la mayoría— nacidas como Estados a raíz
del proceso de descolonización. Por su parte, la Iglesia
sintió el deber de profundizar los problemas planteados por la
nueva situación, pensando sostener con su inspiración
religiosa y humana estos esfuerzos para darles un alma y un empuje
eficaz.
13. No se puede afirmar que estas
diversas iniciativas religiosas, humanas, económicas y
técnicas, hayan sido superfluas, dado que han podido alcanzar
algunos resultados. Pero en línea general, teniendo en cuenta
los diversos factores, no se puede negar que la actual situación
del mundo, bajo el aspecto de desarrollo, ofrezca una impresión
más bien negativa.
Por ello, deseo llamar la atención
sobre algunos indicadores genéricos, sin excluir otros
más específicos. Dejando a un lado el análisis
de cifras y estadísticas, es suficiente mirar la realidad de
una multitud ingente de hombres y mujeres, niños,
adultos y ancianos, en una palabra, de personas humanas concretas e
irrepetibles, que sufren el peso intolerable de la miseria. Son
muchos millones los que carecen de esperanza debido al hecho de que,
en muchos lugares de la tierra, su situación se ha agravado
sensiblemente. Ante estos dramas de total indigencia y necesidad, en
que viven muchos de nuestros hermanos y hermanas, es el mismo
Señor Jesús quien viene a interpelarnos (cf. Mt 25,
31-46).
14. La primera constatación
negativa que se debe hacer es la persistencia y a veces el
alargamiento del abismo entre las áreas del llamado
Norte desarrollado y la del Sur en vías de desarrollo. Esta
terminología geográfica es sólo indicativa, pues
no se puede ignorar que las fronteras de la riqueza y de la pobreza
atraviesan en su interior las mismas sociedades tanto desarrolladas
como en vías de desarrollo. Pues, al igual que existen
desigualdades sociales hasta llegar a los niveles de miseria en los
países ricos, también, de forma paralela, en los países
menos desarrollados se ven a menudo manifestaciones de egoísmo
y ostentación desconcertantes y escandalosas.
A la abundancia de bienes y servicios
disponibles en algunas partes del mundo, sobre todo en el Norte
desarrollado, corresponde en el Sur un inadmisible retraso y es
precisamente en esta zona geopolítica donde vive la mayor
parte de la humanidad.
Al mirar la gama de los diversos
sectores producción y distribución de alimentos,
higiene, salud y vivienda, disponibilidad de agua potable,
condiciones de trabajo, en especial el femenino, duración de
la vida y otros indicadores económicos y sociales, el cuadro
general resulta desolador, bien considerándolo en sí
mismo, bien en relación a los datos correspondientes de los
países más desarrollados del mundo. La palabra «
abismo » vuelve a los labios espontáneamente.
Tal vez no es éste el vocablo
adecuado para indicar la verdadera realidad, ya que puede dar la
impresión de un fenómeno estacionario. Sin
embargo, no es así. En el camino de los países
desarrollados y en vías de desarrollo se ha verificado a lo
largo de estos años una velocidad diversa de
aceleración, que impulsa a aumentar las distancias. Así
los países en vías de desarrollo, especialmente los más
pobres, se encuentran en una situación de gravísimo
retraso. A lo dicho hay que añadir todavía las
diferencias de cultura y de los sistemas de valores entre
los distintos grupos de población, que no coinciden siempre
con el grado de desarrollo económico, sino que
contribuyen a crear distancias. Son estos los elementos y los
aspectos que hacen mucho más compleja la cuestión
social, debido a que ha asumido una dimensión mundial.
Al observar las diversas partes del
mundo separadas por la distancia creciente de este abismo, al
advertir que cada una de ellas parece seguir una determinada ruta,
con sus realizaciones, se comprende por qué en el lenguaje
corriente se hable de mundos distintos dentro de nuestro único
mundo: Primer Mundo, Segundo Mundo, Tercer Mundo y, alguna vez,
Cuarto Mundo.(31) Estas expresiones, que no pretenden obviamente
clasificar de manera satisfactoria a todos los Países, son muy
significativas. Son el signo de una percepción difundida de
que la unidad del mundo, en otras palabras, la unidad del
género humano, está seriamente comprometida. Esta
terminología, por encima de su valor más o menos
objetivo, esconde sin lugar a duda un contenido moral, frente
al cual la Iglesia, que es « sacramento o signo e
instrumento... de la unidad de todo el género humano »,(32)
no puede permanecer indiferente.
15. El cuadro trazado precedentemente
sería sin embargo incompleto, si a los « indicadores
económicos y sociales » del subdesarrollo no se
añadieran otros igualmente negativos, más preocupantes
todavía, comenzando por el plano cultural. Estos son: el
analfabetismo, la dificultad o imposibilidad de acceder a los
niveles superiores de instrucción, la incapacidad de
participar en la construcción de la propia Nación,
las diversas formas de explotación y de opresión
económica, social, política y también
religiosa de la persona humana y de sus derechos, las
discriminaciones de todo tipo, de modo especial la más
odiosa basada en la diferencia racial. Si alguna de estas plagas se
halla en algunas zonas del Norte más desarrollado, sin lugar a
duda éstas son más frecuentes, más duraderas y
más difíciles de extirpar en los países en vías
de desarrollo y menos avanzados.
Es menester indicar que en el mundo
actual, entre otros derechos, es reprimido a menudo el derecho de
iniciativa económica. No obstante eso, se trata de un
derecho importante no sólo para el individuo en particular,
sino además para el bien común. La experiencia nos
demuestra que la negación de tal derecho o su limitación
en nombre de una pretendida « igualdad » de todos en la
sociedad, reduce o, sin más, destruye de hecho el espíritu
de iniciativa, es decir, la subjetividad creativa del ciudadano.
En consecuencia, surge, de este modo, no sólo una
verdadera igualdad, sino una « nivelación descendente ».
En lugar de la iniciativa creadora nace la pasividad, la dependencia
y la sumisión al aparato burocrático que, como único
órgano que « dispone » y « decide »
—aunque no sea « Poseedor »— de la totalidad
de los bienes y medios de producción, pone a todos en una
posición de dependencia casi absoluta, similar a la
tradicional dependencia del obrero-proletario en el sistema
capitalista. Esto provoca un sentido de frustración o
desesperación y predispone a la despreocupación de la
vida nacional, empujando a muchos a la emigración y
favoreciendo, a la vez, una forma de emigración «
psicológica ».
Una situación semejante tiene
sus consecuencias también desde el punto de vista de los «
derechos de cada Nación ». En efecto, acontece a menudo
que una Nación es privada de su subjetividad, o sea, de la «
soberanía » que le compete, en el significado económico
así como en el político-social y en cierto modo en el
cultural, ya que en una comunidad nacional todas estas dimensiones de
la vida están unidas entre sí.
Es necesario recalcar, además,
que ningún grupo social, por ejemplo un partido, tiene derecho
a usurpar el papel de único guía porque ello supone la
destrucción de la verdadera subjetividad de la sociedad y de
las personas-ciudadanos, como ocurre en todo totalitarismo. En esta
situación el hombre y el pueblo se convierten en «
objeto », no obstante todas las declaraciones contrarias y las
promesas verbales. Llegados a este punto conviene añadir que
el mundo actual se dan otras muchas formas pobreza. En efecto,
ciertas carencias o privaciones merecen tal vez este nombre. La
negación o limitación de los derechos humanos —como,
por ejemplo, el derecho a la libertad religiosa, el derecho a
participar en la construcción de la sociedad, la libertad de
asociación o de formar sindicatos o de tomar iniciativas en
materia económica— ¿no empobrecen tal vez a la
persona humana igual o más que la privación de los
bienes materiales? Y un desarrollo que no tenga en cuenta la plena
afirmación de estos derechos ¿es verdaderamente
desarrollo humano?
En pocas palabras, el subdesarrollo de
nuestros días no es sólo económico, sino también
cultural, político y simplemente humano, como ya indicaba hace
veinte años la Encíclica Populorum Progressio. Por
consiguiente, es menester preguntarse si la triste realidad de hoy no
sea, al menos en parte, el resultado de una concepción
demasiado limitada, es decir, prevalentemente económica,
del desarrollo.
16. Hay que notar que, a pesar de los
notables esfuerzos realizados en los dos últimos decenios por
parte de las naciones más desarrolladas o en vías de
desarrollo, y de las Organizaciones internacionales, con el fin de
hallar una salida a la situación, o al menos poner remedio a
alguno de sus síntomas, las condiciones se han agravado
notablemente.
La responsabilidad de este
empeoramiento tiene causas diversas. Hay que indicar las indudables
graves omisiones por parte de las mismas naciones en vías de
desarrollo, y especialmente por parte de los que detentan su poder
económico y político. Pero tampoco podemos soslayar la
responsabilidad de las naciones desarrolladas, que no siempre, al
menos en la debida medida, han sentido el deber de ayudar a aquellos
países que se separan cada vez más del mundo del
bienestar al que pertenecen.
No obstante, es necesario denunciar la
existencia de unos mecanismos económicos, financieros y
sociales, los cuales, aunque manejados por la voluntad de los
hombres, funcionan de modo casi automático, haciendo más
rígida las situaciones de riqueza de los unos y de pobreza de
los otros. Estos mecanismos, maniobrados por los países más
desarrollados de modo directo o indirecto, favorecen a causa de su
mismo funcionamento los intereses de los que los maniobran, aunque
terminan por sofocar o condicionar las economías de los países
menos desarrollados. Es necesario someter en el futuro estos
mecanismos a un análisis atento bajo el aspecto ético-moral.
La Populorum Progressio preveía
ya que con semejantes sistemas aumentaría la riqueza de los
ricos, manteniéndose la miseria de los pobres.(33) Una prueba
de esta previsión se tiene con la aparición del llamado
Cuarto Mundo.
17. A pesar de que la sociedad mundial
ofrezca aspectos fragmentarios, expresados con los nombres
convencionales de Primero, Segundo, Tercero y también Cuarto
mundo, permanece más profunda su interdependencia la
cual, cuando se separa de las exigencias éticas, tiene unas
consecuencias funestas para los más débiles. Más
aún, esta interdependencia, por una especie de dinámica
interior y bajo el empuje de mecanismos que no puedan dejar de ser
calificados como perversos, provoca efectos negativos hasta en
los Países ricos. Precisamente dentro de estos Países
se encuentran, aunque en menor medida, las manifestaciones más
específicas del subdesarrollo. De suerte que debería
ser una cosa sabida que el desarrollo o se convierte en un hecho
común a todas las partes del mundo, o sufre un proceso
de retroceso aún en las zonas marcadas por un constante
progreso. Fenómeno este particularmente indicador de la
naturaleza del auténtico desarrollo: o participan de él
todas las naciones del mundo o no será tal ciertamente.
Entre los indicadores específicos
del subdesarrollo, que afectan de modo creciente también a
los países desarrollados, hay dos particularmente reveladores
de una situación dramática. En primer lugar, la
crisis de la vivienda. En el Año Internacional de las
personas sin techo, querido por la Organización de las
Naciones Unidas, la atención se dirigía a los millones
de seres humanos carentes de una vivienda adecuada o hasta sin
vivienda alguna, con el fin de despertar la conciencia de todos y de
encontrar una solución a este grave problema, que comporta
consecuencias negativas a nivel individual, familiar y social.(34)
La falta de viviendas se verifica a
nivel universal y se debe, en parte, al fenómeno
siempre creciente de la urbanización.(35) Hasta los mismos
pueblos más desarrollados presentan el triste espectáculo
de individuos y familias que se esfuerzan literalmente por
sobrevivir, sin techo o con uno tan precario que es como si no
se tuviera.
La falta de vivienda, que es un
problema en sí mismo bastante grave, es digno de ser
considerado como signo o síntesis de toda una serie de
insuficiencias económicas, sociales, culturales o simplemente
humanas; y, teniendo en cuenta la extensión del fenómeno,
no debería ser difícil convencerse de cuan lejos
estamos del auténtico desarrollo de los pueblos.
18. Otro indicador, común
a gran parte de las naciones, es el fenómeno del desempleo
y del subdesempleo.
No hay persona que no se dé
cuenta de la actualidad yde la creciente gravedad de
semejante fenómeno en los países industrializados.(36)
Sí este aparece de modo alarmante en los países en vía
de desarrollo, con su alto índice de crecimiento demográfico
y el número tan elevado de población juvenil, en los
países de gran desarrollo económico parece que se
contraen las fuentes de trabajo, y así, las
posibilidades de empleo, en vez de aumentar, disminuyen.
También este triste fenómeno,
con su secuela de efectos negativos a nivel individual y social,
desde la degradación hasta la pérdida del respeto que
todo hombre y mujer se debe a sí mismo, nos lleva a
preguntarnos seriamente sobre el tipo de desarrollo, que se ha
perseguido en el curso de los últimos veinte años.
A este propósito viene muy
oportunamente la consideración de la Encíclica Laborem
exercens: « Es necesario subrayar que el elemento
constitutivo y a su vez la verificación más
adecuada de este progreso en el espíritu de justicia y
paz, que la Iglesia proclama y por el que no cesa de orar (...), es
precisamente la continua revalorización del trabajo humano,
tanto bajo el aspecto de su finalidad objetiva, como bajo el
aspecto de la dignidad del sujeto de todo trabajo, que es el hombre
». Antes bien, « no se puede menos de quedar
impresionados ante un hecho desconcertante de grandes
proporciones », es decir, que « existen ... grupos
enteros de desocupados o subocupados (...): un hecho que atestigua
sin duda el que, dentro de las comunidades políticas como en
las relaciones existentes entre ellas a nivel continental y mundial
—en lo concerniente a la organización del trabajo y del
empleo— hay algo que no funciona y concretamente en los puntos
más críticos y de mayor relieve social ».(37)
Como el precedente, también este
fenómeno, por su carácter universal y en cierto sentido
multiplicador, representa un signo sumamente indicativo, por
su incidencia negativa, del estado y de la calidad del desarrollo de
los pueblos, ante el cual nos encontramos hoy.
19. Otro fenómeno, también
típico del último período —si bien no se
encuentra en todos los lugares—, es sin duda igualmente
indicador de la interdependencia existente entre los países
desarrollados y menos desarrollados. Es la cuestión de la
deuda internacional, a la que la Pontificia Comisión
Iustitia et Pax ha dedicado un documento.(38)
No se puede aquí silenciar el
profundo vínculo que existe entre este problema, cuya
creciente gravedad había sido ya prevista por la Populorum
Progressio,(39) y la cuestión del desarrollo de los
pueblos.
La razón que movió a los
países en vías de desarrollo a acoger el ofrecimiento
de abundantes capitales disponibles fue la esperanza de poderlos
invertir en actividades de desarrollo. En consecuencia, la
disponibilidad de los capitales y el hecho de aceptarlos a título
de préstamo puede considerarse una contribución al
desarrollo mismo, cosa deseable y legítima en sí misma,
aunque quizás imprudente y en alguna ocasión
apresurada.
Habiendo cambiado las circunstancias
tanto en los países endeudados como en el mercado
internacional financiador, el instrumento elegido para dar una ayuda
al desarrollo se ha transformado en un mecanismo contraproducente.
Y esto ya sea porque los Países endeudados, para
satisfacer los compromisos de la deuda, se ven obligados a exportar
los capitales que serían necesarios para aumentar o, incluso,
para mantener su nivel de vida, ya sea porque, por la misma razón,
no pueden obtener nuevas fuentes de financiación
indispensables igualmente.
Por este mecanismo, el medio destinado
al desarrollo de los pueblos se ha convertido en un freno, por
no hablar, en ciertos casos, hasta de una acentuación del
subdesarrollo.
Estas circunstancias nos mueven a
reflexionar —como afirma un reciente Documento de la Pontificia
Comisión Iustitia et Pax (40)— sobre el carácter
ético de la interdependencia de los pueblos; y, para
mantenernos en la línea de la presente consideración,
sobre las exigencias y las condiciones, inspiradas igualmente en los
principios éticos, de la cooperación al desarrollo.
20. Si examinamos ahora las causas
de este grave retraso en el proceso del desarrollo, verificado en
sentido opuesto a las indicaciones de la Encíclica Populorum
Progressio que había suscitado tantas esperanzas, nuestra
atención se centra de modo particular en las causas políticas
de la situación actual.
Encontrándonos ante un conjunto
de factores indudablemente complejos, no es posible hacer aquí
un análisis completo. Pero no se puede silenciar un hecho
sobresaliente del cuadro político que caracteriza el
período histórico posterior al segundo conflicto
mundial y es un factor que no se puede omitir en el tema del
desarrollo de los pueblos.
Nos referimos a la existencia de dos
bloques contrapuestos, designados comúnmente con los
nombres convencionales de Este y Oeste, o bien de Oriente y
Occidente. La razón de esta connotación no es meramente
política, sino también, como se dice, geopolítica.
Cada uno de ambos bloques tiende a asimilar y a agregar alrededor
de sí, con diversos grados de adhesión y participación,
a otros Países o grupos de Países.
La contraposición es ante todo
política, en cuanto cada bloque encuentra su identidad
en un sistema de organización de la sociedad y de la gestión
del poder, que intenta ser alternativo al otro; a su vez, la
contraposición política tiene su origen en una
contraposición más profunda que es de orden ideológico.
En Occidente existe, en efecto, un
sistema inspirado históricamente en el capitalismo liberal,
tal como se desarrolló en el siglo pasado; en Oriente se
da un sistema inspirado en el colectivismo marxista, que nació
de la interpretación de la condición de la clase
proletaria, realizada a la luz de una peculiar lectura de la
historia.
Cada una de estas dos ideologías,
al hacer referencia a dos visiones tan diversas del hombre, de su
libertad y de su cometido social, ha propuesto y promueve, bajo el
aspecto económico, unas formas antitéticas de
organización del trabajo y de estructuras de la propiedad,
especialmente en lo referente a los llamados medios de producción.
Es inevitable que la contraposición
ideológica, al desarrollar sistemas y centros antagónicos
de poder, con sus formas de propaganda y de doctrina, se convirtiera
en una creciente contraposición militar, dando origen a
dos bloques de potencias armadas, cada uno desconfiado y temeroso del
prevalecer ajeno.
A su vez, las relaciones
internacionales no podían dejar de resentir los efectos de
esta « lógica de los bloques » y de sus
respectivas « esferas de influencia ». Nacida al final de
la segunda guerra mundial, la tensión entre ambos bloques ha
dominado los cuarenta años sucesivos, asumiendo unas veces el
carácter de « guerra fría »,
otras de « guerra por poder » mediante la
instrumentalización de conflictos locales, o bien teniendo el
ánimo angustiado y en suspenso ante la amenaza de una guerra
abierta y total.
Si en el momento actual tal peligro
parece que es más remoto, aun sin haber desaparecido
completamente, y si se ha llegado a un primer acuerdo sobre las
destrucción de cierto tipo de armamento nuclear, la existencia
y la contraposición de bloques no deja de ser todavía
un hecho real y preocupante, que sigue condicionando el panorama
mundial.
21. Esto se verifica con un efecto
particularmente negativo en las relaciones internacionales, que miran
a los Países en vías de desarrollo. En efecto, como es
sabido, la tensión entre Oriente y Occidente no refleja
de por sí una oposición entre dos diversos grados de
desarrollo, sino más bien entre dos concepciones del
desarrollo mismo de los hombres y de los pueblos, de tal modo
imperfectas que exigen una corrección radical. Dicha oposición
se refleja en el interior de aquellos países, contribuyendo
así a ensanchar el abismo que ya existe a nivel económico
entre Norte y Sur, y que es consecuencia de la distancia entre
los dos mundos más desarrollados y los menos
desarrollados.
Esta es una de las razones por las que
la doctrina social de la Iglesia asume una actitud crítica
tanto ante el capitalismo liberal como ante el colectivismo marxista.
En efecto, desde el punto de vista del desarrollo surge espontánea
la pregunta: ¿de qué manera o en qué medida
estos dos sistemas son susceptibles de transformaciones y capaces de
ponerse al día, de modo que favorezcan o promuevan un
desarrollo verdadero e integral del hombre y de los pueblos en la
sociedad actual? De hecho, estas transformaciones y puestas al día
son urgentes e indispensables para la causa de un desarrollo común
a todos.
Los Países independizados
recientemente, que esforzándose en conseguir su propia
identidad cultural y política necesitarían la
aportación eficaz y desinteresada de los Países más
ricos y desarrollados, se encuentran comprometidos —y a veces
incluso desbordados— en conflictos ideológicos que
producen inevitables divisiones internas, llegando incluso a provocar
en algunos casos verdaderas guerras civiles. Esto sucede porque las
inversiones y las ayudas para el desarrollo a menudo son desviadas de
su propio fin e instrumentalizadas para alimentar los contrastes, por
encima y en contra de los intereses de los Países que deberían
beneficiarse de ello. Muchos de ellos son cada vez más
conscientes del peligro de caer víctimas de un neocolonialismo
y tratan de librarse. Esta conciencia es tal que ha dado origen,
aunque con dificultades, oscilaciones y a veces contradicciones, al
Movimiento internacional de los Países No Alineados, el
cual, en lo que constituye su aspecto positivo, quisiera afirmar
efectivamente el derecho de cada pueblo a su propia identidad, a su
propia independencia y seguridad, así como a la participación,
sobre la base de la igualdad y de la solidaridad, de los bienes que
están destinados a todos los hombres.
22. Hechas estas consideraciones es más
fácil tener una visión más clara del cuadro de
los últimos veinte años y comprender mejor los
contrastes existentes en la parte Norte del mundo, es decir, entre
Oriente y Occidente, como causa no última del retraso o del
estancamiento del Sur.
Los Países subdesarrollados, en
vez de transformarse en Naciones autónomas, preocupadas
de su propia marcha hacia la justa participación en los bienes
y servicios destinados a todos, se convierten en piezas de un
mecanismo y de un engranaje gigantesco. Esto sucede a menudo en el
campo de los medios de comunicación social, los cuales, al
estar dirigidos mayormente por centros de la parte Norte del mundo,
no siempre tienen en la debida consideración las prioridades y
los problemas propios de estos Países, ni respetan su
fisonomía cultural; a menudo, imponen una visión
desviada de la vida y del hombre y así no responden a las
exigencias del verdadero desarrollo.
Cada uno de los dos bloques lleva
oculta internamente, a su manera, la tendencia al imperialismo,
como se dice comúnmente, o a formas de neocolonialismo:
tentación nada fácil en la que se cae muchas veces,
como enseña la historia incluso reciente.
Esta situación anormal
—consecuencia de una guerra y de una preocupación
exagerada, más allá de lo lícito, por razones de
la propia seguridad— impide radicalmente la cooperación
solidaria de todos por el bien común del género humano,
con perjuicio sobre todo de los pueblos pacíficos, privados de
su derecho de acceso a los bienes destinados a todos los hombres.
Desde este punto de vista, la actual
división del mundo es un obstáculo directo para
la verdadera transformación de las condiciones de
subdesarrollo en los Países en vías de desarrollo y en
aquellos menos avanzados. Sin embargo, los pueblos no siempre se
resignan a su suerte. Además, la misma necesidad de una
economía sofocada por los gastos militares, así como
por la burocracia y su ineficiencia intrínseca, parece
favorecer ahora unos procesos que podrán hacer menos rígida
la contraposición y más fácil el comienzo de un
diálogo útil y de una verdadera colaboración
para la paz.
23. La afirmación de la
Encíclica Populorum Progressio, de que los recursos
destinados a la producción de armas deben ser empleados en
aliviar la miseria de las poblaciones necesitadas,(41) hace más
urgente el llamado a superar la contraposición entre los dos
bloques.
Hoy, en la práctica, tales
recursos sirven para asegurar que cada uno de los dos bloques pueda
prevalecer sobre el otro, y garantizar así la propia
seguridad. Esta distorsión, que es un vicio de origen,
dificulta a aquellas Naciones que, desde un punto de vista histórico,
económico y político tienen la posibilidad de ejercer
un liderazgo, al cumplir adecuadamente su deber de solidaridad en
favor de los pueblos que aspiran a su pleno desarrollo.
Es oportuno afirmar aquí —y
no debe parecer esto una exageración— que un papel de
liderazgo entre las Naciones se puede justificar solamente con la
posibilidad y la voluntad de contribuir, de manera más amplia
y generosa, al bien común de todos.
Una Nación que cediese, más
o menos conscientemente, a la tentación de cerrarse en sí
misma, olvidando la responsabilidad que le confiere una cierta
superioridad en el concierto de las Naciones, faltaría
gravemente a un preciso deber ético. Esto es fácilmente
reconocible en la contingencia histórica, en la que los
creyentes entrevén las disposiciones de la divina Providencia
que se sirve de las Naciones para la realización de sus
planes, pero que también « hace vanos los proyectos de
los pueblos » (cf. Sal 33 (32) 10).
Cuando Occidente parece inclinarse a
unas formas de aislamiento creciente y egoísta, y Oriente, a
su vez, parece ignorar por motivos discutibles su deber de
cooperación para aliviar la miseria de los pueblos, uno se
encuentra no sólo ante una traición de las legítimas
esperanzas de la humanidad con consecuencias imprevisibles, sino ante
una defección verdadera y propia respecto de una obligación
moral.
24. Si la producción de armas es
un grave desorden que reina en el mundo actual respecto a las
verdaderas necesidades de los hombres y al uso de los medios
adecuados para satisfacerlas, no lo es menos el comercio de las
mismas. Más aún, a propósito de esto, es
preciso añadir que el juicio moral es todavía más
severo. Como se sabe, se trata de un comercio sin fronteras capaz
de sobrepasar incluso las de los bloques. Supera la división
entre Oriente y Occidente y, sobre todo, la que hay entre Norte y
Sur, llegando hasta los diversos componentes de la parte
meridional del mundo. Nos hallamos así ante un fenómeno
extraño: mientras las ayudas económicas y los planes de
desarrollo tropiezan con el obstáculo de barreras ideológicas
insuperables, arancelarias y de mercado, las armas de
cualquier procedencia circulan con libertad casi absoluta en las
diversas partes del mundo. Y nadie ignora —como destaca el
reciente documento de la Pontificia Comisión Iustitia et
Pax sobre la deuda internacional (42)— que en algunos
casos, los capitales prestados por el mundo desarrollado han servido
para comprar armamentos en el mundo subdesarrollado.
Si a todo esto se añade el
peligro tremendo, conocido por todos, que representan las
armas atómicas acumuladas hasta lo increíble, la
conclusión lógica es la siguiente: el panorama del
mundo actual, incluso el económico, en vez de causar
preocupación por un verdadero desarrollo que conduzca a
todos hacia una vida « más humana », —como
deseaba la Encíclica Populorum Progressio (43)—
parece destinado a encaminarnos más rápidamente hacia
la muerte.
Las consecuencias de este estado de
cosas se manifiestan en el acentuarse de una plaga típica
y reveladora de los desequilibrios y conflictos del mundo
contemporáneo: los millones de refugiados, a quienes
las guerras, calamidades naturales, persecuciones y discriminaciones
de todo tipo han hecho perder casa, trabajo, familia y patria. La
tragedia de estas multitudes se refleja en el rostro descompuesto de
hombres, mujeres y niños que, en un mundo dividido e
inhóspito, no consiguen encontrar ya un hogar.
Ni se pueden cerrar los ojos a otra
dolorosa plaga del mundo actual: el fenómeno del terrorismo,
entendido como propósito de matar y destruir
indistintamente hombres y bienes, y crear precisamente un clima de
terror y de inseguridad, a menudo incluso con la captura de rehenes.
Aun cuando se aduce como motivación de esta actuación
inhumana cualquier ideología o la creación de una
sociedad mejor, los actos de terrorismo nunca son justificables. Pero
mucho menos lo son cuando, como sucede hoy, tales decisiones y actos,
que a veces llegan a verdaderas mortandades, ciertos secuestros de
personas inocentes y ajenas a los conflictos, se proponen un fin
propagandístico en favor de la propia causa; o, peor aún,
cuando son un fin en sí mismos, de forma que se mata sólo
por matar. Ante tanto horror y tanto sufrimiento siguen siendo
siempre válidas las palabras que pronuncié hace algunos
años y que quisiera repetir una vez más: « El
cristianismo prohíbe ... el recurso a las vías del
odio, al asesinato de personas indefensas y a los métodos del
terrorismo ».(44)
25. A este respecto conviene hacer una
referencia al problema demográfico y a la manera cómo
se trata hoy, siguiendo lo que Pablo VI indicó en su Encíclica
(45) y lo que expuse más extensamente en la Exhortación
Apostólica Familiaris consortio.(46)
No se puede negar la existencia —sobre
todo en la parte Sur de nuestro planeta— de un problema
demográfico que crea dificultades al desarrollo. Es preciso
afirmar enseguida que en la parte Norte este problema es de signo
inverso: aquí lo que preocupa es la caída de la tasa
de la natalidad, con repercusiones en el envejecimiento de la
población, incapaz incluso de renovarse biológicamente.
Fenómeno éste capaz de obstaculizar de por sí el
desarrollo. Como tampoco es exacto afirmar que tales dificultades
provengan solamente del crecimiento demográfico; no está
demostrado siquiera que cualquier crecimiento demográfico sea
incompatible con un desarrollo ordenado.
Por otra parte, resulta muy alarmante
constatar en muchos Países el lanzamiento de campañas
sistemáticas contra la natalidad, por iniciativa de sus
Gobiernos, en contraste no sólo con la identidad cultural y
religiosa de los mismos Países, sino también con la
naturaleza del verdadero desarrollo. Sucede a menudo que tales
campañas son debidas a presiones y están financiadas
por capitales provenientes del extranjero y, en algún caso,
están subordinadas a las mismas y a la asistencia
económico-financiera. En todo caso, se trata de una falta
absoluta de respeto por la libertad de decisión de las
personas afectadas, hombres y mujeres, sometidos a veces a
intolerables presiones, incluso económicas para someterlas a
esta nueva forma de opresión. Son las poblaciones más
pobres las que sufren los atropellos, y ello llega a originar en
ocasiones la tendencia a un cierto racismo, o favorece la aplicación
de ciertas formas de eugenismo, igualmente racistas.
También este hecho, que reclama
la condena más enérgica, es indicio de una
concepción errada y perversa del verdadero desarrollo
humano.
26. Este panorama, predominantemente
negativo, sobre la situación real del desarrollo en el
mundo contemporáneo, no sería completo si no señalara
la existencia de aspectos positivos.
El primero es la plena
conciencia, en muchísimos hombres y mujeres, de su propia
dignidad y de la de cada ser humano. Esta conciencia se expresa, por
ejemplo, en una viva preocupación porel respeto de
los derechos humanos y en el más decidido rechazo de sus
violaciones. De esto es un signo revelador el número de
asociaciones privadas, algunas de alcance mundial, de reciente
creación, y casi todas comprometidas en seguir con extremo
cuidado y loable objetividad los acontecimientos internacionales en
un campo tan delicado.
En este sentido hay que reconocer la
influencia ejercida por la Declaración de los
Derechos Humanos, promulgada hace casi cuarenta años por
la Organización de las Naciones Unidas. Su misma existencia y
su aceptación progresiva por la comunidad internacional son ya
testimonio de una mayor conciencia que se está imponiendo. Lo
mismo cabe decir —siempre en el campo de los derechos humanos—
sobre los otros instrumentos jurídicos de la misma
Organización de las Naciones Unidas o de otros Organismos
internacionales.(47)
La conciencia de la que hablamos no se
refiere solamente a los individuos, sino también a las
Naciones y a los pueblos, los cuales, como entidades
con una determinada identidad cultural, son particularmente sensibles
a la conservación, libre gestión y promoción de
su precioso patrimonio.
Al mismo tiempo, en este mundo dividido
y turbado por toda clase de conflictos, aumenta la convicción
de una radical interdependencia, y por consiguiente, de
una solidaridad necesaria, que la asuma y traduzca en el plano
moral. Hoy quizás más que antes, los hombres se dan
cuenta de tener un destino común que construir juntos,
si se quiere evitar la catástrofe para todos. Desde el fondo
de la angustia, del miedo y de los fenómenos de evasión
como la droga, típicos del mundo contemporáneo,
emerge la idea de que el bien, al cual estamos llamados todos, y
la felicidad a la que aspiramos no se obtienen sin el esfuerzo y
el empeño de todos sin excepción, con la
consiguiente renuncia al propio egoísmo.
Aquí se inserta también,
como signo del respeto por la vida, —no obstante todas
las tentaciones por destruirla, desde el aborto a la eutanasia—
la preocupación concomitante por la paz; y, una vez
más, se es consciente de que ésta es indivisible: o
es de todos, o de nadie. Una paz que exige, cada vez
más, el respeto riguroso de la justicia, y, por
consiguiente, la distribución equitativa de los frutos del
verdadero desarrollo.(48)
Entre las señales positivas
del presente, hay que señalar igualmente la mayor
conciencia de la limitación de los recursos disponibles, la
necesidad de respetar la integridad y los ritmos de la naturaleza y
de tenerlos en cuenta en la programación del desarrollo, en
lugar de sacrificarlo a ciertas concepciones demagógicas del
mismo. Es lo que hoy se llama la preocupación ecológica.
Es justo reconocer también el
empeño de gobernantes, políticos, economistas,
sindicalistas, hombres de ciencia y funcionarios internacionales
—muchos de ellos inspirados por su fe religiosa— por
resolver generosamente con no pocos sacrificios personales, los males
del mundo y procurar por todos los medios que un número cada
vez mayor de hombres y mujeres disfruten del beneficio de la paz y de
una calidad de vida digna de este hombre.
A ello contribuyen en gran medida
las grandes Organizaciones internacionales y algunas
Organizaciones regionales, cuyos esfuerzos conjuntos permiten
intervenciones de mayor eficacia.
Gracias a estas aportaciones, algunos
Países del Tercer Mundo, no obstante el peso de numerosos
condicionamientos negativos, han logrado alcanzar una cierta
autosuficiencia alimentaria, o un grado de industrialización
que les permite subsistir dignamente y garantizar fuentes de trabajo
a la población activa.
Por consiguiente, no todo es
negativo en el mundo contemporáneo —y no podía
ser de otra manera— porque la Providencia del Padre celestial
vigila con amor también sobre nuestras preocupaciones diarias
(cf. Mt 6, 25-32; 10, 23-31; Lc 12, 6-7; 22, 20); es
más, los valores positivos señalados revelan una nueva
preocupación moral, sobre todo en orden a los grandes
problemas humanos, como son el desarrollo y la paz.
Esta realidad me mueve a reflexionar
sobre la verdadera naturaleza del desarrollo de los pueblos,
de acuerdo con la Encíclica cuyo aniversario celebramos, y
como homenaje a su enseñanza.
IV.
EL AUTENTICO DESARROLLO HUMANO
27. La mirada que la Encíclica
invita a dar sobre el mundo contemporáneo nos hace constatar,
ante todo, que el desarrollo no es un proceso rectilíneo,
casi automático y de por sí ilimitado, como
si, en ciertas condiciones, el género humano marchara seguro
hacia una especie de perfección indefinida.(49) Esta
concepción —unida a una noción de «
progreso » de connotaciones filosóficas de tipo
iluminista, más bien que a la de « desarrollo »,(50)
usada en sentido específicamente económico-social—
parece puesta ahora seriamente en duda, sobre todo después de
la trágica experiencia de las dos guerras mundiales, de la
destrucción planeada y en parte realizada de poblaciones
enteras y del peligro atómico que amenaza. A un ingenuo
optimismo mecanicista le reemplaza una fundada inquietud por
el destino de la humanidad.
28. Pero al mismo tiempo ha entrado en
crisis la misma concepción « económica » o
« economicista » vinculada a la palabra desarrollo. En
efecto, hoy se comprende mejor que la mera acumulación de
bienes y servicios, incluso en favor de una mayoría, no basta
para proporcionar la felicidad humana. Ni, por consiguiente, la
disponibilidad de múltiples beneficios reales, aportados
en los tiempos recientes por la ciencia y la técnica, incluida
la informática, traen consigo la liberación de
cualquier forma de esclavitud. Al contrario, la experiencia de los
últimos años demuestra que si toda esta considerable
masa de recursos y potencialidades, puestas a disposición del
hombre, no es regida por un objetivo moral y por una
orientación que vaya dirigida al verdadero bien del género
humano, se vuelve fácilmente contra él para oprimirlo.
Debería ser altamente
instructiva una constatación desconcertante de este
período más reciente: junto a las miserias del
subdesarrollo, que son intolerables, nos encontramos con una especie
de superdesarrollo, igualmente inaceptable porque, como el
primero, es contrario al bien y a la felicidad auténtica. En
efecto, este superdesarrollo, consistente en la excesiva
disponibilidad de toda clase de bienes materiales para algunas
categorías sociales, fácilmente hace a los hombres
esclavos de la « posesión » y del goce inmediato,
sin otro horizonte que la multiplicación o la continua
sustitución de los objetos que se poseen por otros todavía
más perfectos. Es la llamada civilización del «
consumo » o consumismo, que comporta tantos « desechos »
o « basuras ». Un objeto poseído, y ya superado
por otro más perfecto, es descartado simplemente, sin tener en
cuenta su posible valor permanente para uno mismo o para otro ser
humano más pobre.
Todos somos testigos de los tristes
efectos de esta ciega sumisión al mero consumo: en primer
término, una forma de materialismo craso, y al mismo tiempo
una radical insatisfacción, porque se comprende rápidamente
que, —si no se está prevenido contra la inundación
de mensajes publicitarios y la oferta incesante y tentadora de
productos— cuanto más se posee más se desea,
mientras las aspiraciones más profundas quedan sin satisfacer,
y quizás incluso sofocadas.
La Encíclica del Papa Pablo VI
señalaba esta diferencia, hoy tan frecuentemente acentuada,
entre el « tener » y el « ser »,(51) que el
Concilio Vaticano II había expresado con palabras
precisas.(52) « Tener » objetos y bienes no perfecciona
de por sí al sujeto, si no contribuye a la maduración y
enriquecimiento de su « ser », es decir, a la realización
de la vocación humana como tal.
Ciertamente, la diferencia entre «
ser » y « tener », y el peligro inherente a una
mera multiplicación o sustitución de cosas poseídas
respecto al valor del « ser », no debe transformarse
necesariamente en una antinomia. Una de las mayores
injusticias del mundo contemporáneo consiste precisamente en
esto: en que son relativamente pocos los que poseen mucho, y
muchos los que no poseen casi nada. Es la injusticia de la
mala distribución de los bienes y servicios destinados
originariamente a todos.
Este es pues el cuadro: están
aquéllos —los pocos que poseen mucho— que no
llegan verdaderamente a « ser », porque, por una
inversión de la jerarquía de los valores, se encuentran
impedidos por el culto del « tener »; y están los
otros —los muchos que poseen poco o nada— los cuales no
consiguen realizar su vocación humana fundamental al carecer
de los bienes indispensables.
El mal no consiste en el « tener
» como tal, sino en el poseer que no respeta la calidad y
la ordenada jerarquía de los bienes que se tienen.
Calidad y jerarquía que derivan de la subordinación
de los bienes y de su disponibilidad al « ser » del
hombre y a su verdadera vocación.
Con esto se demuestra que si el
desarrollo tiene una necesaria dimensión económica,
puesto que debe procurar al mayor número posible de
habitantes del mundo la disponibilidad de bienes indispensables para
« ser », sin embargo no se agota con esta dimensión.
En cambio, si se limita a ésta, el desarrollo se vuelve contra
aquéllos mismos a quienes se desea beneficiar.
Las características de un
desarrollo pleno, « más humano », el cual —sin
negar las necesidades económicas— procure estar a la
altura de la auténtica vocación del hombre y de la
mujer, han sido descritas por Pablo VI.(53)
29. Por eso, un desarrollo no solamente
económico se mide y se orienta según esta realidad y
vocación del hombre visto globalmente, es decir, según
un propio parámetro interior. Este, ciertamente,
necesita de los bienes creados y de los productos de la industria,
enriquecida constantemente por el progreso científico y
tecnológico. Y la disponibilidad siempre nueva de los bienes
materiales, mientras satisface las necesidades, abre nuevos
horizontes. El peligro del abuso consumístico y de la
aparición de necesidades artificiales, de ninguna manera deben
impedir la estima y utilización de los nuevos bienes y
recursos puestos a nuestra disposición. Al contrario, en ello
debemos ver un don de Dios y una respuesta a la vocación del
hombre, que se realiza plenamente en Cristo.
Mas para alcanzar el verdadero
desarrollo es necesario no perder de vista dicho parámetro,
que está en la naturaleza específica del hombre,
creado por Dios a su imagen y semejanza (cf. Gén 1,
26). Naturaleza corporal y espiritual, simbolizada en el segundo
relato de la creación por dos elementos: la tierra, con
la que Dios modela al hombre, y el hálito de vida infundido
en su rostro (cf. Gén 2, 7).
El hombre tiene así una cierta
afinidad con las demás creaturas: está llamado a
utilizarlas, a ocuparse de ellas y —siempre según la
narración del Génesis (2, 15)— es colocado
en el jardín para cultivarlo y custodiarlo, por encima de
todos los demás seres puestos por Dios bajo su dominio (cf.
ibid. 1, 15 s.). Pero al mismo tiempo, el hombre debe
someterse a la voluntad de Dios, que le pone límites en el uso
y dominio de las cosas (cf. ibid. 2, 16 s.), a la par que le
promete la inmortalidad (cf. ibid. 2, 9; Sab 2, 23). El
hombre, pues, al ser imagen de Dios, tiene una verdadera afinidad con
El. Según esta enseñanza, el desarrollo no puede
consistir solamente en el uso, dominio y posesión
indiscriminada de las cosas creadas y de los productos de la
industria humana, sino más bien en subordinar la
posesión, el dominio y el uso a la semejanza divina del hombre
y a su vocación a la inmortalidad. Esta es la realidad
trascendente del ser humano, la cual desde el principio aparece
participada por una pareja, hombre y mujer (cf. Gén 1,
27), y es por consiguiente fundamentalmente social.
30. Según la Sagrada Escritura,
pues, la noción de desarrollo no es solamente « laica »
o « profana », sino que aparece también, aunque
con una fuerte acentuación socioeconómica, como la
expresión moderna de una dimensión esencial de
la vocación del hombre. En efecto, el hombre no ha sido
creado, por así decir, inmóvil y estático. La
primera presentación que de él ofrece la Biblia, lo
describe ciertamente como creatura y como imagen,
determinada en su realidad profunda por el origen y el
parentesco que lo constituye. Pero esto mismo pone en el ser
humano, hombre y mujer, el germen y la exigencia de una
tarea originaria a realizar, cada uno por separado y también
como pareja. La tarea es « dominar » las demás
creaturas, « cultivar el jardín »; pero hay que
hacerlo en el marco de obediencia a la ley divina y, por
consiguiente, en el respeto de la imagen recibida, fundamento claro
del poder de dominio, concedido en orden a su perfeccionamiento (cf.
Gén 1, 26-30; 2, 15 s.; Sab 9, 2 s.).
Cuando el hombre desobedece a Dios y se
niega a someterse a su potestad, entonces la naturaleza se le rebela
y ya no le reconoce como señor, porque ha empañado en
sí mismo la imagen divina. La llamada a poseer y usar lo
creado permanece siempre válida, pero después del
pecado su ejercicio será arduo y lleno de sufrimientos (cf.
Gén 3, 17-19).
En efecto, el capítulo siguiente
del Génesis nos presenta la descendencia de Caín,
la cual construye una ciudad, se dedica a la ganadería, a las
artes (la música) y a la técnica (la metalurgia), y al
mismo tiempo se empezó a « invocar el nombre del Señor
» (cf. ibid. 4, 17-26).
La historia del género humano,
descrita en la Sagrada Escritura, incluso después de la caída
en el pecado, es una historia de continuas realizaciones que,
aunque puestas siempre en crisis y en peligro por el pecado, se
repiten, enriquecen y se difunden como respuesta a la vocación
divina señalada desde el principio al hombre y a la mujer (cf.
Gén 1, 26-28) y grabada en la imagen recibida por
ellos.
Es lógico concluir, al menos
para quienes creen en la Palabra de Dios, que el « desarrollo »
actual debe ser considerado como un momento de la historia iniciada
en la creación y constantemente puesta en peligro por la
infidelidad a la voluntad del Creador, sobre todo por la tentación
de la idolatría, pero que corresponde fundamentalmente a las
premisas iniciales. Quien quisiera renunciar a la tarea, difícil
pero exaltante, de elevar la suerte de todo el hombre y de todos
los hombre, bajo el pretexto del peso de la lucha y del esfuerzo
incesante de superación, o incluso por la experiencia de la
derrota y del retorno al punto de partida, faltaría a la
voluntad de Dios Creador. Bajo este aspecto en la Encíclica
Laborem exercens me he referido a la vocación del
hombre al trabajo, para subrayar el concepto de que siempre es él
el protagonista del desarrollo.(54)
Más aún, el mismo Señor
Jesús, en la parábola de los talentos pone de relieve
el trato severo reservado al que osó esconder el talento
recibido: « Siervo malo y perezoso, sabías que yo
cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí...
Quitadle, por tanto, su talento y dádselo al que tiene los
diez talentos » (Mt 25, 26-28). A nosotros, que
recibimos los dones de Dios para hacerlos fructificar, nos toca «
sembrar » y « recoger ». Si no lo hacemos, se nos
quitará incluso lo que tenemos.
Meditar sobre estas severas palabras
nos ayudará a comprometernos más resueltamente en el
deber, hoy urgente para todos, de cooperar en el desarrollo
pleno de los demás: « desarrollo de todo el hombre y de
todos los hombres ».(55)
31. La fe en Cristo Redentor,
mientras ilumina interiormente la naturaleza del desarrollo, guía
también en la tarea de colaboración. En la Carta de San
Pablo a los Colosenses leemos que Cristo es « el primogénito
de toda la creación » y que « todo fue creado por
él y para él » (1, 15-16). En efecto, «
todo tiene en él su consistencia » porque « Dios
tuvo a bien hacer residir en él toda la plenitud y reconciliar
por él y para él todas las cosas ». (Ibid., 1,
20).
En este plan divino, que comienza desde
la eternidad en Cristo, « Imagen » perfecta del Padre, y
culmina en él, « Primogénito de entre los muertos
» (Ibid., 1, 15. 18), se inserta nuestra historia,
marcada por nuestro esfuerzo personal y colectivo por elevar la
condición humana, vencer los obstáculos que surgen
siempre en nuestro camino, disponiéndonos así a
participar en la plenitud que « reside en el Señor »
y que la comunica « a su Cuerpo, la Iglesia » (Ibid.,
1, 18; cf. Ef 1, 22-23), mientras el pecado, que siempre nos
acecha y compromete nuestras realizaciones humanas, es vencido y
rescatado por la « reconciliación » obrada por
Cristo (cf. Col 1, 20).
Aquí se abren las perspectivas.
El sueño de un « progreso indefinido » se
verifica, transformado radicalmente por la nueva óptica que
abre la fe cristiana, asegurándonos que este progreso es
posible solamente porque Dios Padre ha decidido desde el principio
hacer al hombre partícipe de su gloria en Jesucristo
resucitado, porque « en él tenemos por medio de su
sangre el perdón de los delitos » (Ef 1, 7), y en
él ha querido vencer al pecado y hacerlo servir para nuestro
bien más grande,(56) que supera infinitamente lo que el
progreso podría realizar.
Podemos decir, pues, —mientras
nos debatimos en medio de las oscuridades y carencias del
subdesarrollo y del superdesarrollo— que un día,
cuando a este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este
ser mortal se revista de inmortalidad » (1 Cor 15, 54),
cuando el Señor « entregue a Dios Padre el Reino »
(Ibid.,15,24), todas las obras y acciones, dignas del hombre,
serán rescatadas.
Además, esta concepción
de la fe explica claramente por qué la Iglesia se
preocupa de la problemática del desarrollo, lo considera un
deber de su ministerio pastoral, y ayuda a todos a
reflexionar sobre la naturaleza y las características del
auténtico desarrollo humano. Al hacerlo, desea por una parte,
servir al plan divino que ordena todas las cosas hacia la plenitud
que reside en Cristo (cf. Col 1, 19) y que él comunicó
a su Cuerpo, y por otra, responde a la vocación fundamental de
« sacramento; o sea, signo e instrumento de la íntima
unión con Dios y de la unidad de todo el género humano
».(57)
Algunos Padres de la Iglesia se han
inspirado en esta visión para elaborar, de forma original, su
concepción del sentido de la historia y del trabajo humano,
como encaminado a un fin que lo supera y definido siempre por su
relación con la obra de Cristo. En otras palabras, es posible
encontrar en la enseñanza patrística una visión
optimista de la historia y del trabajo, o sea, del valor
perenne de las auténticas realizaciones humanas, en cuanto
rescatadas por Cristo y destinadas al Reino prometido.(58) Así,
pertenece a la enseñanza y a la praxis más
antigua de la Iglesia la convicción de que ella misma, sus
ministros y cada uno de sus miembros, están llamados a aliviar
la miseria de los que sufren cerca o lejos, no sólo con lo «
superfluo », sino con lo « necesario ». Ante los
casos de necesidad, no se debe dar preferencia a los adornos
superfluos de los templos y a los objetos preciosos del culto divino;
al contrario, podría ser obligatorio enajenar estos bienes
para dar pan, bebida, vestido y casa a quien carece de ello.(59) Como
ya se ha dicho, se nos presenta aquí una « jerarquía
de valores » —en el marco del derecho de propiedad—
entre el « tener » y el « ser », sobre todo
cuando el « tener » de algunos puede ser a expensas del «
ser » de tantos otros.
El Papa Pablo VI, en su Encíclica,
sigue esta enseñanza, inspirándose en la Constitución
pastoral Gaudium et spes.(60) Por mi parte, deseo insistir
también sobre su gravedad y urgencia, pidiendo al Señor
fuerza para todos los cristianos a fin de poder pasar fielmente a su
aplicación práctica.
32. La obligación de empeñarse
por el desarrollo de los pueblos no es un deber solamente individual,
ni mucho menos individualista, como si se pudiera
conseguir con los esfuerzos aislados de cada uno. Es un imperativo
para todos y cada uno de los hombres y mujeres, para las
sociedades y las naciones, en particular para la Iglesia católica
y para las otras Iglesias y Comunidades eclesiales, con las que
estamos plenamente dispuestos a colaborar en este campo. En este
sentido, así como nosotros los católicos invitamos a
los hermanos separados a participar en nuestras iniciativas, del
mismo modo nos declaramos dispuestos a colaborar en las suyas,
aceptando las invitaciones que nos han dirigido. En esta búsqueda
del desarrollo integral del hombre podemos hacer mucho también
con los creyentes de las otras religiones, como en realidad ya se
está haciendo en diversos lugares. En efecto, la cooperación
al desarrollo de todo el hombre y de cada hombre es un deber de todos
para con todos y, al mismo tiempo, debe ser común a las
cuatro partes del mundo: Este y Oeste, Norte y Sur; o, a los diversos
« mundos », como suele decirse hoy. De lo contrario, si
trata de realizarlo en una sola parte, o en un solo mundo, se hace a
expensas de los otros; y allí donde comienza, se hipertrofia y
se pervierte al no tener en cuenta a los demás. Los pueblos y
las Naciones también tienen derecho a su desarrollo pleno,
que, si bien implica —como se ha dicho— los aspectos
económicos y sociales, debe comprender también su
identidad cultural y la apertura a lo trascendente. Ni siquiera la
necesidad del desarrollo puede tomarse como pretexto para imponer a
los demás el propio modo de vivir o la propia fe religiosa.
33. No sería verdaderamente
digno del hombre un tipo de desarrollo que no respetara y
promoviera los derechos humanos, personales y sociales,
económicos y políticos, incluidos los derechos de
las Naciones y de los pueblos.
Hoy, quizá más que antes,
se percibe con mayor claridad la contradicción intrínseca
de un desarrollo que fuera solamente económico.
Este subordina fácilmente la persona humana y sus necesidades
más profundas a las exigencias de la planificación
económica o de la ganancia exclusiva.
La conexión intrínseca
entre desarrollo auténtico y respeto de los
derechos del hombre, demuestra una vez más su carácter
moral: la verdadera elevación del hombre, conforme a la
vocación natural e histórica de cada uno, no se alcanza
explotando solamente la abundancia de bienes y servicios, o
disponiendo de infraestructuras perfectas.
Cuando los individuos y las comunidades
no ven rigurosamente respetadas las exigencias morales, culturales y
espirituales fundadas sobre la dignidad de la persona y sobre la
identidad propia de cada comunidad, comenzando por la familia y las
sociedades religiosas, todo lo demás —disponibilidad de
bienes, abundancia de recursos técnicos aplicados a la vida
diaria, un cierto nivel de bienestar material— resultará
insatisfactorio y, a la larga, despreciable. Lo dice claramente el
Señor en el Evangelio, llamando la atención de todos
sobre la verdadera jerarquía de valores: « ¿De
qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si
arruina su vida? » (Mt 16, 26).
El verdadero desarrollo, según
las exigencias propias del ser humano, hombre o mujer, niño,
adulto o anciano, implica sobre todo por parte de cuantos intervienen
activamente en ese proceso y son sus responsables, una viva
conciencia del valor de los derechos de todos y de cada uno,
así como de la necesidad de respetar el derecho de cada uno a
la utilización plena de los beneficios ofrecidos por la
ciencia y la técnica. En el orden interno de cada
Nación, es muy importante que sean respetados todos los
derechos: especialmente el derecho a la vida en todas las fases de la
existencia; los derechos de la familia, como comunidad social básica
o « célula de la sociedad »; la justicia en las
relaciones laborales; los derechos concernientes a la vida de la
comunidad política en cuanto tal, así como los basados
en la vocación trascendente del ser humano, empezando
por el derecho a la libertad de profesar y practicar el propio credo
religioso.
En el orden internacional, o
sea, en las relaciones entre los Estados o, según el lenguaje
corriente, entre los diversos « mundos », es necesario el
pleno respeto de la identidad de cada pueblo, con sus
características históricas y culturales. Es
indispensable además, como ya pedía la Encíclica
Populorum progressio que se reconozca a cada pueblo igual
derecho a « sentarse a la mesa del banquete común »,(61)
en lugar de yacer a la puerta como Lázaro, mientras «
los perros vienen y lamen las llagas » (cf. Lc 16, 21).
Tanto los pueblos como las personas individualmente deben disfrutar
de una igualdad fundamental (62) sobre la que se basa, por
ejemplo, la Carta de la Organización de las Naciones Unidas:
igualdad que es el fundamento del derecho de todos a la participación
en el proceso de desarrollo pleno. Para ser tal, el desarrollo debe
realizarse en el marco de la solidaridad y de la libertad,
sin sacrificar nunca la una a la otra bajo ningún
pretexto. El carácter moral del desarrollo y la necesidad de
promoverlo son exaltados cuando se respetan rigurosamente todas las
exigencias derivadas del orden de la verdad y del bien propios
de la creatura humana. El cristiano, además, educado a ver en
el hombre la imagen de Dios, llamado a la participación de la
verdad y del bien que es Dios mismo, no comprende un empeño
por el desarrollo y su realización sin la observancia y el
respeto de la dignidad única de esta « imagen ».
En otras palabras, el verdadero desarrollo debe fundarse en el
amor a Dios y al prójimo, y favorecer las relaciones entre
los individuos y las sociedades. Esta es la « civilización
del amor », de la que hablaba con frecuencia el Papa Pablo VI.
34. El carácter moral del
desarrollo no puede prescindir tampoco del respeto por los seres
que constituyen la naturaleza visible y que los griegos,
aludiendo precisamente al orden que lo distingue, llamaban el
« cosmos ». Estas realidades exigen también
respeto, en virtud de una triple consideración que merece
atenta reflexión.
La primera consiste en la
conveniencia de tomar mayor conciencia de que no se pueden
utilizar impunemente las diversas categorías de seres, vivos o
inanimados —animales, plantas, elementos naturales— como
mejor apetezca, según las propias exigencias económicas.
Al contrario, conviene tener en cuenta la naturaleza de cada ser y
su mutua conexión en un sistema ordenado, que es
precisamente el cosmos.
La segunda consideración se
funda, en cambio, en la convicción, cada vez mayor también
de la limitación de los recursos naturales, algunos de
los cuales no son, como suele decirse, renovables. Usarlos
como si fueran inagotables, con dominio absoluto, pone
seriamente en peligro su futura disponibilidad, no sólo para
la generación presente, sino sobre todo para las futuras.
La tercera consideración se
refiere directamente a las consecuencias de un cierto tipo de
desarrollo sobre la calidad de la vida en las zonas
industrializadas. Todos sabemos que el resultado directo o indirecto
de la industrialización es, cada vez más, la
contaminación del ambiente, con graves consecuencias para la
salud de la población.
Una vez más, es evidente que el
desarrollo, así como la voluntad de planificación que
lo dirige, el uso de los recursos y el modo de utilizarlos no están
exentos de respetar las exigencias morales. Una de éstas
impone sin duda límites al uso de la naturaleza visible. El
dominio confiado al hombre por el Creador no es un poder absoluto, ni
se puede hablar de libertad de « usar y abusar », o de
disponer de las cosas como mejor parezca. La limitación
impuesta por el mismo Creador desde el principio, y expresada
simbólicamente con la prohibición de « comer del
fruto del árbol » (cf. Gén 2, 16 s.),
muestra claramente que, ante la naturaleza visible, estamos sometidos
a leyes no sólo biológicas sino también morales,
cuya transgresión no queda impune. Una justa concepción
del desarrollo no puede prescindir de estas consideraciones
—relativas al uso de los elementos de la naturaleza, a la
renovabilidad de los recursos y a las consecuencias de una
industrialización desordenada—, las cuales ponen ante
nuestra conciencia la dimensión moral, que debe
distinguir el desarrollo.(63)
V.
UNA LECTURA TEOLÓGICA DE LOS
PROBLEMAS MODERNOS
35. A la luz del mismo carácter
esencial moral, propio del desarrollo, hay que considerar
también los obstáculos que se oponen a él.
Si durante los años transcurridos desde la publicación
de la Encíclica no se ha dado este desarrollo —o se ha
dado de manera escasa, irregular, cuando no contradictoria—,
las razones no pueden ser solamente económicas. Hemos visto ya
cómo intervienen también motivaciones políticas.
Las decisiones que aceleran o frenan el desarrollo de los pueblos,
son ciertamente de carácter político. Y para superar
los mecanismos perversos que señalábamos más
arriba y sustituirlos con otros nuevos, más justos y conformes
al bien común de la humanidad, es necesaria una voluntad
política eficaz. Por desgracia, tras haber analizado la
situación, hemos de concluir que aquella ha sido insuficiente.
En un documento pastoral como el presente, un análisis
limitado únicamente a las causas económicas y políticas
del subdesarrollo y con las debidas referencias al llamado
superdesarrollo, sería incompleto. Es, pues, necesario
individuar las causas de orden moral que, en el plano de la
conducta de los hombres, considerados como personas responsables,
ponen un freno al desarrollo e impiden su realización
plena. Igualmente, cuando se disponga de recursos científicos
y técnicos que mediante las necesarias y concretas decisiones
políticas deben contribuir a encaminar finalmente los pueblos
hacia un verdadero desarrollo, la superación de los obstáculos
mayores sólo se obtendrá gracias a decisiones
esencialmente morales, las cuales, para los creyentes y
especialmente los cristianos, se inspirarán en los principios
de la fe, con la ayuda de la gracia divina.
36. Por tanto, hay que destacar que un
mundo dividido en bloques, presididos a su vez por ideologías
rígidas, donde en lugar de la interdependencia y la
solidaridad, dominan diferentes formas de imperialismo, no es más
que un mundo sometido a estructuras de pecado. La suma de
factores negativos, que actúan contrariamente a una verdadera
conciencia del bien común universal y de la exigencia
de favorecerlo, parece crear, en las personas e instituciones, un
obstáculo difícil de superar.(64) Si la situación
actual hay que atribuirla a dificultades de diversa índole, se
debe hablar de « estructuras de pecado », las cuales
—como ya he dicho en la Exhortación Apostólica
Reconciliatio et paenitentia— se fundan en el pecado
personal y, por consiguiente, están unidas siempre a actos
concretos de las personas, que las introducen, y hacen difícil
su eliminación.(65) Y así estas mismas estructuras se
refuerzan, se difunden y son fuente de otros pecados, condicionando
la conducta de los hombres.
« Pecado » y «
estructuras de pecado », son categorías que no se
aplican frecuentemente a la situación del mundo contemporáneo.
Sin embargo, no se puede llegar fácilmente a una comprensión
profunda de la realidad que tenemos ante nuestros ojos, sin dar un
nombre a la raíz de los males que nos aquejan.
Se puede hablar ciertamente de «
egoísmo » y de « estrechez de miras ». Se
puede hablar también de « cálculos políticos
errados » y de « decisiones económicas imprudentes
». Y en cada una de estas calificaciones se percibe una
resonancia de carácter ético-moral. En efecto la
condición del hombre es tal que resulta difícil
analizar profundamente las acciones y omisiones de las personas sin
que implique, de una u otra forma, juicios o referencias de orden
ético.
Esta valoración es de por sí
positiva, sobre todo si llega a ser plenamente coherente y si
se funda en la fe en Dios y en su ley, que ordena el bien y prohíbe
el mal.
En esto está la diferencia entre
la clase de análisis socio-político y la referencia
formal al « pecado » y a las « estructuras de
pecado ». Según esta última visión, se
hace presente la voluntad de Dios tres veces Santo, su plan sobre los
hombres, su justicia y su misericordia. Dios « rico en
misericordia », « Redentor del hombre », «
Señor y dador de vida », exige de los hombres actitudes
precisas que se expresan también en acciones u omisiones ante
el prójimo. Aquí hay una referencia a la llamada «
segunda tabla » de los diez Mandamientos (cf. Ex 20,
12-17; Dt 5, 16-21). Cuando no se cumplen éstos se
ofende a Dios y se perjudica al prójimo, introduciendo en el
mundo condicionamientos y obstáculos que van mucho más
allá de las acciones y de la breve vida del individuo. Afectan
asimismo al desarrollo de los pueblos, cuya aparente dilación
o lenta marcha debe ser juzgada también bajo esta luz.
37. A este análisis genérico
de orden religioso se pueden añadir algunas consideraciones
particulares, para indicar que entre las opiniones y actitudes
opuestas a la voluntad divina y al bien del prójimo y las «
estructuras » que conllevan, dos parecen ser las más
características: el afán de ganancia exclusiva, por
una parte; y por otra, la sed de poder, con el propósito
de imponer a los demás la propia voluntad. A cada una de estas
actitudes podría añadirse, para caracterizarlas aún
mejor, la expresión: « a cualquier precio ». En
otras palabras, nos hallamos ante la absolutización de
actitudes humanas, con todas sus posibles consecuencias.
Ambas actitudes, aunque sean de por sí
separables y cada una pueda darse sin la otra, se encuentran —en
el panorama que tenemos ante nuestros ojos— indisolublemente
unidas, tanto si predomina la una como la otra.
Y como es obvio, no son solamente los
individuos quienes pueden ser víctimas de estas dos actitudes
de pecado pueden serlo también las Naciones y los bloques. Y
esto favorece mayormente la introducción de las «
estructuras de pecado », de las cuales he hablado antes. Si
ciertas formas de « imperialismo » moderno se
consideraran a la luz de estos criterios morales, se descubriría
que bajo ciertas decisiones, aparentemente inspiradas solamente por
la economía o la política, se ocultan verdaderas formas
de idolatría: dinero, ideología, clase social y
tecnología.
He creído oportuno señalar
este tipo de análisis, ante todo para mostrar cuál es
la naturaleza real del mal al que nos enfrentamos en la
cuestión del desarrollo de los pueblos; es un mal moral,
fruto de muchos pecados que llevan a « estructuras
de pecado ». Diagnosticar el mal de esta manera es también
identificar adecuadamente, a nivel de conducta humana, el camino a
seguir para superarlo.
38. Este camino es largo y complejo
y además está amenazado constantemente tanto por la
intrínseca fragilidad de los propósitos y
realizaciones humanas, cuanto por la mutabilidad de las
circunstancias externas tan imprevisibles. Sin embargo, debe ser
emprendido decididamente y, en donde se hayan dado ya algunos pasos,
o incluso recorrido una parte del mismo, seguirlo hasta el final. En
el plano de la consideración presente, la decisión de
emprender ese camino o seguir avanzando implica ante todo un valor
moral, que los hombres y mujeres creyentes reconocen como
requerido por la voluntad de Dios, único fundamento verdadero
de una ética absolutamente vinculante.
Es de desear que también los
hombres y mujeres sin una fe explícita se convenzan de que los
obstáculos opuestos al pleno desarrollo no son solamente de
orden económico, sino que dependen de actitudes más
profundas que se traducen, para el ser humano, en valores
absolutos. En este sentido, es de esperar que todos aquéllos
que, en una u otra medida, son responsables de una « vida más
humana » para sus semejantes —estén inspirados o
no por una fe religiosa— se den cuenta plenamente de la
necesidad urgente de un cambio en las actitudes
espirituales que definen las relaciones de cada hombre consigo
mismo, con el prójimo, con las comunidades humanas, incluso
las más lejanas y con la naturaleza; y ello en función
de unos valores superiores, como el bien común, o el
pleno desarrollo « de todo el hombre y de todos los hombres »,
según la feliz expresión de la Encíclica
Populorum Progressio.(66)
Para los cristianos, así
como para quienes la palabra « pecado » tiene un
significado teológico preciso, este cambio de actitud o de
mentalidad, o de modo de ser, se llama, en el lenguaje bíblico:
« conversión » (cf. Mc 1, 15; Lc 13,
35; Is 30, 15). Esta conversión indica especialmente
relación a Dios, al pecado cometido, a sus consecuencias, y,
por tanto, al prójimo, individuo o comunidad. Es Dios, en «
cuyas manos están los corazones de los poderosos »,(67)
y los de todos, quien puede, según su promesa, transformar por
obra de su Espíritu los « corazones de piedra »,
en « corazones de carne » (cf. Ez 36, 26).
En el camino hacia esta deseada
conversión hacia la superación de los obstáculos
morales para el desarrollo, se puede señalar ya, como un valor
positivo y moral, la conciencia creciente de la
interdependencia entre los hombres y entre las Naciones. El
hecho de que los hombres y mujeres, en muchas partes del mundo,
sientan como propias las injusticias y las violaciones de los
derechos humanos cometidas en países lejanos, que posiblemente
nunca visitarán, es un signo más de que esta realidad
es transformada en conciencia, que adquiere así una
connotación moral.
Ante todo se trata de la
interdependencia, percibida como sistema determinante de
relaciones en el mundo actual, en sus aspectos económico,
cultural, político y religioso, y asumida como categoría
moral. Cuando la interdependencia es reconocida así, su
correspondiente respuesta, como actitud moral y social, y como «
virtud », es la solidaridad. Esta no es, pues, un
sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o
lejanas. Al contrario, es la determinación firme y
perseverante de empeñarse por el bien común; es
decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos
verdaderamente responsables de todos. Esta determinación se
funda en la firme convicción de que lo que frena el
pleno desarrollo es aquel afán de ganancia y aquella sed de
poder de que ya se ha hablado. Tales « actitudes y estructuras
de pecado » solamente se vencen —con la ayuda de la
gracia divina— mediante una actitud diametralmente opuesta:
la entrega por el bien del prójimo, que está
dispuesto a « perderse », en sentido evangélico,
por el otro en lugar de explotarlo, y a « servirlo » en
lugar de oprimirlo para el propio provecho (cf. Mt 10, 40-42;
20, 25; Mc 10, 42-45; Lc 22, 25-27).
39. El ejercicio de la solidaridad
dentro de cada sociedad es válido sólo cuando
sus miembros se reconocen unos a otros como personas. Los que
cuentan más, al disponer de una porción mayor de bienes
y servicios comunes, han de sentirse responsables de los más
débiles, dispuestos a compartir con ellos lo que poseen.
Estos, por su parte, en la misma línea de solidaridad, no
deben adoptar una actitud meramente pasiva o destructiva del
tejido social y, aunque reivindicando sus legítimos derechos,
han de realizar lo que les corresponde, para el bien de todos. Por su
parte, los grupos intermedios no han de insistir egoísticamente
en sus intereses particulares, sino que deben respetar los intereses
de los demás.
Signos positivos del mundo
contemporáneo son la creciente conciencia de
solidaridad de los pobres entre sí, así como también
sus iniciativas de mutuo apoyo y su afirmación pública
en el escenario social, no recurtiendo a la violencia, sino
presentando sus carencias y sus derechos frente a la ineficiencia o a
la corrupción de los poderes públicos. La Iglesia, en
virtud de su compromiso evangélico, se siente llamada a estar
junto a esas multitudes pobres, a discernir la justicia de sus
reclamaciones y a ayudar a hacerlas realidad sin perder de vista al
bien de los grupos en función del bien común. El mismo
criterio se aplica, por analogía, en las relaciones
internacionales. La interdependencia debe convertirse en solidaridad,
fundada en el principio de que los bienes de la creación
están destinados a todos. Y lo que la industria humana
produce con la elaboración de las materias primas y con la
aportación del trabajo, debe servir igualmente al bien de
todos.
Superando los imperialismos de
todo tipo y los propósitos por mantener la propia
hegemonía, las Naciones más fuertes y más
dotadas deben sentirse moralmente responsables de las otras,
con el fin de instaurar un verdadero sistema internacional que
se base en la igualdad de todos los pueblos y en el debido
respeto de sus legítimas diferencias. Los Países
económicamente más débiles, o que están
en el límite de la supervivencia, asistidos por los demás
pueblos y por la comunidad internacional, deben ser capaces de
aportar a su vez al bien común sus tesoros de humanidad y
de cultura, que de otro modo se perderían para siempre.
La solidaridad nos ayuda a ver
al « otro » —persona, pueblo o Nación—,
no como un instrumento cualquiera para explotar a poco coste su
capacidad de trabajo y resistencia física, abandonándolo
cuando ya no sirve, sino como un « semejante » nuestro,
una « ayuda » (cf. Gén 2, 18. 20), para
hacerlo partícipe, como nosotros, del banquete de la vida al
que todos los hombres son igualmente invitados por Dios. De aquí
la importancia de despertar la conciencia religiosa de los
hombres y de los pueblos.
Se excluyen así la explotación,
la opresión y la anulación de los demás. Tales
hechos, en la presente división del mundo en bloques
contrapuestos, van a confluir en el peligro de guerra y en la
excesiva preocupación por la propia seguridad, frecuentemente
a expensas de la autonomía, de la libre decisión y de
la misma integridad territorial de las Naciones más débiles,
que se encuentran en las llamadas « zonas de influencia »
o en los « cinturones de seguridad ».
Las « estructuras de pecado »,
y los pecados que conducen a ellas, se oponen con igual radicalidad a
la paz y al desarrollo, pues el desarrollo, según
la conocida expresión de la Encíclica de Pablo VI, es «
el nuevo nombre de la paz ».(68)
De esta manera, la solidaridad que
proponemos es un camino hacia la paz y hacia el desarrollo.
En efecto, la paz del mundo es inconcebible si no se logra
reconocer, por parte de los responsable, que la interdependencia
exige de por sí la superación de la política
de los bloques, la renuncia a toda forma de imperialismo económico,
militar o político, y la transformación de la mutua
desconfianza en colaboración. Este es, precisamente, el
acto propio de la solidaridad entre los individuos y entre las
Naciones.
EL lema del pontificado de mi venerado
predecesor Pío XII eraOpus iustitiae pax, la paz como
fruto de la justicia. Hoy se podría decir, con la misma
exactitud y análoga fuerza de inspiración bíblica
(cf. Is 32, 17; Sant 32, 17), Opus solidaritatis
pax, la paz como fruto de la solidaridad. El objetivo de la paz,
tan deseada por todos, sólo se alcanzará con la
realización de la justicia social e internacional, y además
con la práctica de las virtudes que favorecen la convivencia y
nos enseñan a vivir unidos, para construir juntos, dando y
recibiendo, una sociedad nueva y un mundo mejor.
40. La solidaridad es sin duda
una virtud cristiana. Ya en la exposición precedente se
podían vislumbrar numerosos puntos de contacto entre ella y la
caridad, que es signo distintivo de los discípulos de
Cristo (cf. Jn 13, 35).
A la luz de la fe, la solidaridad
tiende a superarse a sí misma, al revestirse de las
dimensiones específicamente cristianas de gratuidad
total, perdón y reconciliación. Entonces el prójimo
no es solamente un ser humano con sus derechos y su igualdad
fundamental con todos, sino que se convierte en la imagen viva de
Dios Padre, rescatada por la sangre de Jesucristo y puesta bajo la
acción permanente del Espíritu Santo. Por tanto, debe
ser amado, aunque sea enemigo, con el mismo amor con que le ama el
Señor, y por él se debe estar dispuestos al sacrificio,
incluso extremo: « dar la vida por los hermanos » (cf. 1
Jn 3, 16).
Entonces la conciencia de la paternidad
común de Dios, de la hermandad de todos los hombres en Cristo,
« hijos en el Hijo », de la presencia y acción
vivificadora del Espíritu Santo, conferirá a nuestra
mirada sobre el mundo un nuevo criterio para interpretarlo.
Por encima de los vínculos humanos y naturales, tan fuertes y
profundos, se percibe a la luz de la fe un nuevo modelo de unidad
del género humano, en el cual debe inspirarse en última
instancia la solidaridad. Este supremo modelo de unidad, reflejo
de la vida íntima de Dios, Uno en tres Personas, es lo que los
cristianos expresamos con la palabra « comunión ».
Esta comunión, específicamente cristiana, celosamente
custodiada, extendida y enriquecida con la ayuda del Señor, es
el alma de la vocación de la Iglesia a ser «
sacramento », en el sentido ya indicado.
Por eso la solidaridad debe cooperar en
la realización de este designio divino, tanto a nivel
individual, como a nivel nacional e internacional. Los «
mecanismos perversos » y las « estructuras de pecado »,
de que hemos hablado, sólo podrán ser vencidos mediante
el ejercicio de la solidaridad humana y cr