CARTA ENCÍCLICA
UT
UNUM SINT
DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
SOBRE EL
EMPEÑO ECUMENICO
INTRODUCCIÓN
1. Ut unum sint! La llamada a la
unidad de los cristianos, que el Concilio Ecuménico Vaticano
II ha renovado con tan vehemente anhelo, resuena con fuerza cada vez
mayor en el corazón de los creyentes, especialmente al
aproximarse el Año Dos mil que será para ellos un
Jubileo sacro, memoria de la Encarnación del Hijo de Dios, que
se hizo hombre para salvar al hombre.
El valiente testimonio de tantos
mártires de nuestro siglo, pertenecientes también a
otras Iglesias y Comunidades eclesiales no en plena comunión
con la Iglesia católica, infunde nuevo impulso a la llamada
conciliar y nos recuerda la obligación de acoger y poner en
práctica su exhortación. Estos hermanos y hermanas
nuestros, unidos en el ofrecimiento generoso de su vida por el Reino
de Dios, son la prueba más significativa de que cada elemento
de división se puede trascender y superar en la entrega total
de uno mismo a la causa del Evangelio.
Cristo llama a todos sus discípulos
a la unidad. Me mueve el vivo deseo de renovar hoy esta
invitación, de proponerla de nuevo con determinación,
recordando cuanto señalé en el Coliseo romano el
Viernes Santo de 1994, al concluir la meditación del Vía
Crucis, dirigida por las palabras del venerable hermano
Bartolomé, Patriarca ecuménico de Constantinopla. En
aquella circunstancia afirmé que, unidos en el seguimiento de
los mártires, los creyentes en Cristo no pueden permanecer
divididos. Si quieren combatir verdadera y eficazmente la tendencia
del mundo a anular el Misterio de la Redención, deben profesar
juntos la misma verdad sobre la Cruz.(1) ¡La Cruz! La
corriente anticristiana pretende anular su valor, vaciarla de su
significado, negando que el hombre encuentre en ella las raíces
de su nueva vida; pensando que la Cruz no pueda abrir ni perspectivas
ni esperanzas: el hombre, se dice, es sólo un ser terrenal que
debe vivir como si Dios no existiese.
2. A nadie escapa el desafío que
todo esto supone para los creyentes. Ellos deben aceptarlo. En
efecto, ¿cómo podrían negarse a hacer todo lo
posible, con la ayuda de Dios, para derribar los muros de la división
y la desconfianza, para superar los obstáculos y prejuicios
que impiden el anuncio del Evangelio de la salvación mediante
la Cruz de Jesús, único Redentor del hombre, de cada
hombre?
Doy gracias a Dios porque nos ha
llevado a avanzar por el camino difícil, pero tan rico de
alegría, de la unidad y de la comunión entre los
cristianos. El diálogo interconfesional a nivel teológico
ha dado frutos positivos y palpables; esto anima a seguir adelante.
Sin embargo, además de las
divergencias doctrinales que hay que resolver, los cristianos no
pueden minusvalorar el peso de las incomprensiones ancestrales
que han heredado del pasado, de los malentendidos y prejuicios
de los unos contra los otros. No pocas veces, además, la
inercia, la indiferencia y un insuficiente conocimiento
recíproco agravan estas situaciones. Por este motivo, el
compromiso ecuménico debe basarse en la conversión de
los corazones y en la oración, lo cual llevará incluso
a la necesaria purificación de la memoria histórica.
Con la gracia del Espíritu Santo, los discípulos del
Señor, animados por el amor, por la fuerza de la verdad y por
la voluntad sincera de perdonarse mutuamente y reconciliarse, están
llamados a reconsiderar juntos su doloroso pasado y las
heridas que desgraciadamente éste sigue produciendo también
hoy. Están invitados por la energía siempre nueva del
Evangelio a reconocer juntos con sincera y total objetividad los
errores cometidos y los factores contingentes que intervinieron en el
origen de sus lamentables separaciones. Es necesaria una sosegada
y limpia mirada de verdad, vivificada por la misericordia divina,
capaz de liberar los espíritus y suscitar en cada uno una
renovada disponibilidad, precisamente para anunciar el Evangelio a
los hombres de todo pueblo y nación.
3. Con el Concilio Vaticano II la
Iglesia católica se ha comprometido de modo irreversible
a recorrer el camino de la acción ecuménica, poniéndose
a la escucha del Espíritu del Señor, que enseña
a leer atentamente los « signos de los tiempos ». Las
experiencias que ha vivido y continúa viviendo en estos años
la iluminan aún más profundamente sobre su identidad y
su misión en la historia. La Iglesia católica reconoce
y confiesa las debilidades de sus hijos, consciente de que sus
pecados constituyen otras tantas traiciones y obstáculos a la
realización del designio del Salvador. Sintiéndose
llamada constantemente a la renovación evangélica, no
cesa de hacer penitencia. Al mismo tiempo, sin embargo, reconoce y
exalta aún más el poder del Señor, quien,
habiéndola colmado con el don de la santidad, la atrae y la
conforma a su pasión y resurrección.
Enseñada por las múltiples
vicisitudes de su historia, la Iglesia está llamada a
liberarse de todo apoyo puramente humano, para vivir en profundidad
la ley evangélica de las Bienaventuranzas. Consciente de que «
la verdad no se impone sino por la fuerza de la misma verdad, que
penetra, con suavidad y firmeza a la vez, en las almas »,(2)
nada pide para sí sino la libertad de anunciar el Evangelio.
En efecto, su autoridad se ejerce en el servicio de la verdad y de la
caridad.
Yo mismo quiero promover cualquier
paso útil para que el testimonio de toda la comunidad
católica pueda ser comprendido en su total pureza y
coherencia, sobre todo ante la cita que la Iglesia tiene a las
puertas del nuevo Milenio, momento excepcional para el cual pide al
Señor que la unidad de todos los cristianos crezca hasta
alcanzar la plena comunión.(3) A este objetivo tan noble mira
también la presente Carta encíclica, que en su índole
esencialmente pastoral quiere contribuir a sostener el esfuerzo de
cuantos trabajan por la causa de la unidad.
4. Esta es un preciso deber del Obispo
de Roma como sucesor del apóstol Pedro. Yo lo llevo a cabo con
la profunda convicción de obedecer al Señor y con plena
conciencia de mi fragilidad humana. En efecto, si Cristo mismo confió
a Pedro esta misión especial en la Iglesia y le encomendó
confirmar a los hermanos, al mismo tiempo le hizo conocer su
debilidad humana y su particular necesidad de conversión: «
Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos » (Lc
22, 32). Precisamente en la debilidad humana de Pedro se manifiesta
plenamente cómo el Papa, para cumplir este especial ministerio
en la Iglesia, depende totalmente de la gracia y de la oración
del Señor: « Yo he rogado por ti, para que tu fe no
desfallezca » (Lc 22, 32). La conversión de Pedro
y de sus sucesores se apoya en la oración misma del Redentor,
en la cual la Iglesia participa constantemente. En nuestra época
ecuménica, marcada por el Concilio Vaticano II, la misión
del Obispo de Roma trata particularmente de recordar la exigencia de
la plena comunión de los discípulos de Cristo.
El Obispo de Roma en primera persona
debe hacer propia con fervor la oración de Cristo por la
conversión, que es indispensable a « Pedro » para
poder servir a los hermanos. Pido encarecidamente que participen de
esta oración los fieles de la Iglesia católica y todos
los cristianos. Junto conmigo, rueguen todos por esta conversión.
Sabemos que la Iglesia en su peregrinar
terreno ha sufrido y continuará sufriendo oposiciones y
persecuciones. La esperanza que la sostiene es, sin embargo,
inquebrantable, como indestructible es la alegría que nace de
esta esperanza. En efecto, la roca firme y perenne sobre la que está
fundada es Jesucristo, su Señor.
I
EL COMPROMISO ECUMÉNICO
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
El designio de Dios y la
comunión
5. Junto con todos los discípulos
de Cristo, la Iglesia católica basa en el designio de Dios su
compromiso ecuménico de congregar a todos en la unidad. En
efecto, « la Iglesia no es una realidad replegada sobre sí
misma, sino permanentemente abierta a la dinámica misionera y
ecuménica, pues ha sido enviada al mundo para anunciar y
testimoniar, actualizar y extender el misterio de comunión que
la constituye: a reunir a todos y a todo en Cristo; a ser para todos
'sacramento inseparable de unidad' ».(4)
Ya en el Antiguo Testamento,
refiriéndose a la situación de entonces del pueblo de
Dios, el profeta Ezequiel, recurriendo al simple símbolo de
dos maderos primero separados, después acercados uno al otro,
expresaba la voluntad divina de « congregar de todas las partes
» a los miembros del pueblo herido: « Seré su Dios
y ellos serán mi pueblo. Y sabrán las naciones que yo
soy el Señor, que santifico a Israel, cuando mi santuario esté
en medio de ellos para siempre » (cf. 37, 16-28). El Evangelio
de san Juan, por su parte, y ante la situación del pueblo de
Dios en aquel tiempo, ve en la muerte de Jesús la razón
de la unidad de los hijos de Dios: « Iba a morir por la nación,
y no sólo por la nación, sino también para
reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos » (11,
51-52). En efecto, la Carta a los Efesios enseñará que
« derribando el muro que los separaba [...] por medio de la
cruz, dando en sí mismo muerte a la enemistad », de lo
que estaba dividido hizo una unidad (cf. 2, 14-16).
6. La unidad de toda la humanidad
herida es voluntad de Dios. Por esto Dios envió a su Hijo para
que, muriendo y resucitando por nosotros, nos diese su Espíritu
de amor. La víspera del sacrificio de la Cruz, Jesús
mismo ruega al Padre por sus discípulos y por todos los que
creerán en El para que sean una sola cosa, una comunión
viviente. De aquí se deriva no sólo el deber, sino
también la responsabilidad que incumbe ante Dios, ante su
designio, sobre aquéllos y aquéllas que, por medio del
Bautismo llegan a ser el Cuerpo de Cristo, Cuerpo en el cual debe
realizarse en plenitud la reconciliación y la comunión.
¿Cómo es posible permanecer divididos si con el
Bautismo hemos sido « inmersos » en la muerte del Señor,
es decir, en el hecho mismo en que, por medio del Hijo, Dios ha
derribado los muros de la división? La división «
contradice clara y abiertamente la voluntad de Cristo, es un
escándalo para el mundo y perjudica a la causa santísima
de predicar el Evangelio a toda criatura ».(5)
El camino ecuménico: camino de
la Iglesia
7. « El Señor de los
tiempos, que prosigue sabia y pacientemente el plan de su gracia para
con nosotros pecadores, últimamente ha comenzado a infundir
con mayor abundancia en los cristianos separados entre sí el
arrepentimiento y el deseo de la unión. Muchísimos
hombres, en todo el mundo, han sido movidos por esta gracia y también
entre nuestros hermanos separados ha surgido un movimiento cada
día más amplio, con ayuda de la gracia del Espíritu
Santo, para restaurar la unidad de los cristianos. Participan
en este movimiento de unidad, llamado ecuménico, los que
invocan al Dios Trino y confiesan a Jesús como Señor y
Salvador; y no sólo individualmente, sino también
reunidos en grupos, en los que han oído el Evangelio y a los
que consideran como su Iglesia y de Dios. No obstante, casi todos,
aunque de manera diferente, aspiran a una Iglesia de Dios única
y visible, que sea verdaderamente universal y enviada a todo el
mundo, a fin de que el mundo se convierta al Evangelio y así
se salve para gloria de Dios ».(6)
8. Esta afirmación del Decreto
Unitatis redintegratio se debe comprender en el contexto de
todo el magisterio conciliar. El Concilio Vaticano II expresa la
decisión de la Iglesia de emprender la acción ecuménica
en favor de la unidad de los cristianos y de proponerla con
convicción y fuerza: « Este santo Sínodo exhorta
a todos los fieles católicos a que, reconociendo los signos de
los tiempos, participen diligentemente en el trabajo ecuménico
».(7)
Al indicar los principios católicos
del ecumenismo, el DecretoUnitatis redintegratio enlaza ante
todo con la enseñanza sobre la Iglesia de la Constitución
Lumen gentium, en el capitulo que trata sobre el pueblo de
Dios.(8) Al mismo tiempo, tiene presente lo que se afirma en la
Declaración conciliar Dignitatis humanae sobre la
libertad religiosa.(9)
La Iglesia católica asume con
esperanza la acción ecuménica como un imperativo de la
conciencia cristiana iluminada por la fe y guiada por la caridad.
También aquí se puede aplicar la palabra de san Pablo a
los primeros cristianos de Roma: « El amor de Dios ha sido
derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo »;
así nuestra « esperanza... no defrauda » (Rm
5, 5). Esta es la esperanza de la unidad de los cristianos que tiene
su fuente divina en la unidad Trinitaria del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo.
9. Jesús mismo antes de su
Pasión rogó para « que todos sean uno » (Jn
17, 21). Esta unidad, que el Señor dio a su Iglesia y en la
cual quiere abrazar a todos, no es accesoria, sino que está en
el centro mismo de su obra. No equivale a un atributo secundario de
la comunidad de sus discípulos. Pertenece en cambio al ser
mismo de la comunidad. Dios quiere la Iglesia, porque quiere la
unidad y en la unidad se expresa toda la profundidad de su ágape.
En efecto, la unidad dada por el
Espíritu Santo no consiste simplemente en el encontrarse
juntas unas personas que se suman unas a otras. Es una unidad
constituida por los vínculos de la profesión de la fe,
de los sacramentos y de la comunión jerárquica(10) Los
fieles son uno porque, en el Espíritu, están en
la comunión del Hijo y, en El, en su comunión
con el Padre: « Y nosotros estamos en comunión
con el Padre y con su Hijo, Jesucristo » (1 Jn 1, 3).
Así pues, para la Iglesia católica, la comunión
de los cristianos no es más que la manifestación en
ellos de la gracia por medio de la cual Dios los hace partícipes
de su propia comunión, que es su vida eterna. Las
palabras de Cristo « que todos sean uno » son pues la
oración dirigida al Padre para que su designio se cumpla
plenamente, de modo que brille a los ojos de todos « cómo
se ha dispensado el Misterio escondido desde siglos en Dios, Creador
de todas las cosas » (Ef 3, 9). Creer en Cristo
significa querer la unidad; querer la unidad significa querer la
Iglesia; querer la Iglesia significa querer la comunión de
gracia que corresponde al designio del Padre desde toda la eternidad.
Este es el significado de la oración de Cristo: « Ut
unum sint ».
10. En la situación actual de
división entre los cristianos y de confiada búsqueda de
la plena comunión, los fieles católicos se sienten
profundamente interpelados por el Señor de la Iglesia. El
Concilio Vaticano II ha reforzado su compromiso con una visión
eclesiológica lúcida y abierta a todos los valores
eclesiales presentes entre los demás cristianos. Los fieles
católicos afrontan la problemática ecuménica con
un espíritu de fe.
El Concilio afirma que « la
Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia católica gobernada
por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él
» y al mismo tiempo reconoce que « fuera de su estructura
visible pueden encontrarse muchos elementos de santificación y
de verdad que, como dones propios de la Iglesia de Cristo, empujan
hacia la unidad católica ».(11)
« Por tanto, las mismas Iglesias
y Comunidades separadas, aunque creemos que padecen deficiencias, de
ninguna manera carecen de significación y peso en el misterio
de la salvación. Porque el Espíritu de Cristo no rehúsa
servirse de ellas como medios de salvación, cuya virtud deriva
de la misma plenitud de gracia y verdad que fue confiada a la Iglesia
católica ».(12)
11. De este modo la Iglesia católica
afirma que, durante los dos mil años de su historia, ha
permanecido en la unidad con todos los bienes de los que Dios quiere
dotar a su Iglesia, y esto a pesar de las crisis con frecuencia
graves que la han sacudido, las faltas de fidelidad de algunos de sus
ministros y los errores que cotidianamente cometen sus miembros. La
Iglesia católica sabe que, en virtud del apoyo que le viene
del Espíritu, las debilidades, las mediocridades, los pecados
y a veces las traiciones de algunos de sus hijos, no pueden destruir
lo que Dios ha infundido en ella en virtud de su designio de gracia.
Incluso « las puertas del infierno no prevalecerán
contra ella » (Mt 16, 18). Sin embargo la Iglesia
católica no olvida que muchos en su seno ofuscan el designio
de Dios. Al recordar la división de los cristianos, el Decreto
sobre el ecumenismo no ignora la « culpa de los hombres por
ambas partes »,(13) reconociendo que la responsabilidad no se
puede atribuir únicamente a los « demás ».
Gracias a Dios, no se ha destruido lo que pertenece a la estructura
de la Iglesia de Cristo, ni tampoco la comunión existente con
las demás Iglesias y Comunidades eclesiales.
En efecto, los elementos de
santificación y de verdad presentes en las demás
Comunidades cristianas, en grado diverso unas y otras, constituyen la
base objetiva de la comunión existente, aunque imperfecta,
entre ellas y la Iglesia católica.
En la medida en que estos elementos se
encuentran en las demás Comunidades cristianas, la única
Iglesia de Cristo tiene una presencia operante en ellas. Por este
motivo el Concilio Vaticano II habla de una cierta comunión,
aunque imperfecta. La Constitución Lumen gentium señala
que la Iglesia católica « se siente unida por muchas
razones »(14) a estas Comunidades con una cierta verdadera
unión en el Espíritu Santo.
12. La misma Constitución
explicita ampliamente « los elementos de santificación y
de verdad » que, de diversos modos, se encuentran y actúan
fuera de los límites visibles de la Iglesia católica: «
Son muchos, en efecto, los que veneran la Sagrada Escritura como
norma de fe y de vida y manifiestan un amor sincero por la religión,
creen con amor en Dios Padre todopoderoso y en el Hijo de Dios
Salvador y están marcados por el Bautismo, por el que están
unidos a Cristo, e incluso reconocen y reciben en sus propias
Iglesias o Comunidades eclesiales otros sacramentos. Algunos de ellos
tienen también el Episcopado, celebran la sagrada Eucaristía
y fomentan la devoción a la Virgen Madre de Dios. Se añade
a esto la comunión en la oración y en otros bienes
espirituales, incluso una cierta verdadera unión en el
Espíritu Santo. Este actúa, sin duda, también en
ellos y los santifica con sus dones y gracias y, a algunos de ellos,
les dio fuerzas incluso para derramar su sangre. De esta manera, el
Espíritu suscita en todos los discípulos de Cristo el
deseo de trabajar para que todos se unan en paz, de la manera querida
por Cristo, en un solo rebaño bajo un solo Pastor ».(15)
El Decreto conciliar sobre el
ecumenismo, refiriéndose a las Iglesias ortodoxas llega a
declarar que « por la celebración de la Eucaristía
del Señor en cada una de esas Iglesias, se edifica y crece la
Iglesia de Dios ».(16) Reconocer todo esto es una exigencia de
la verdad.
13. El mismo Documento presenta
someramente las implicaciones doctrinales. En relación a los
miembros de esas Comunidades, declara: « Justificados por la fe
en el Bautismo, se han incorporado a Cristo; por tanto, con todo
derecho se honran con el nombre de cristianos y son reconocidos con
razón por los hijos de la Iglesia católica como
hermanos en el Señor ».(17)
Refiriéndose a los múltiples
bienes presentes en las otras Iglesias y Comunidades eclesiales, el
Decreto añade: « Todas estas realidades, que proceden de
Cristo y conducen a El, pertenecen, por derecho, a la única
Iglesia de Cristo. Nuestros hermanos separados practican también
no pocas acciones sagradas de la religión cristiana, las
cuales, de distintos modos, según la diversa condición
de cada Iglesia o comunidad, pueden sin duda producir realmente la
vida de la gracia, y deben ser consideradas aptas para abrir el
acceso a la comunión de la salvación ».(18)
Se trata de textos ecuménicos de
máxima importancia. Fuera de la comunidad católica no
existe el vacío eclesial. Muchos elementos de gran valor
(eximia), que en la Iglesia católica son parte de la
plenitud de los medios de salvación y de los dones de gracia
que constituyen la Iglesia, se encuentran también en las otras
Comunidades cristianas.
14. Todos estos elementos llevan en sí
mismos la llamada a la unidad para encontrar en ella su plenitud. No
se trata de poner juntas todas las riquezas diseminadas en las
Comunidades cristianas con el fin de llegar a la Iglesia deseada por
Dios. De acuerdo con la gran Tradición atestiguada por los
Padres de Oriente y Occidente, la Iglesia católica cree que en
el evento de Pentecostés Dios manifestó ya la
Iglesia en su realidad escatológica, que El había
preparado « desde el tiempo de Abel el Justo ».(19) Está
ya dada. Por este motivo nosotros estamos ya en los últimos
tiempos. Los elementos de esta Iglesia ya dada existen, juntos en su
plenitud, en la Iglesia católica y, sin esta plenitud, en las
otras Comunidades,(20) donde ciertos aspectos del misterio cristiano
han estado a veces más eficazmente puestos de relieve. El
ecumenismo trata precisamente de hacer crecer la comunión
parcial existente entre los cristianos hacia la comunión plena
en la verdad y en la caridad.
Renovación y conversión
15. Pasando de los principios, del
imperativo de la conciencia cristiana, a la realización del
camino ecuménico hacia la unidad, el Concilio Vaticano II pone
sobre todo de relieve la necesidad de conversión interior.
El anuncio mesiánico « el tiempo se ha cumplido y el
Reino de Dios está cerca » y la llamada consiguiente «
convertíos y creed en la Buena Nueva » (Mc 1,
15), con la que Jesús inaugura su misión, indican el
elemento esencial que debe caracterizar todo nuevo inicio: la
necesidad fundamental de la evangelización en cada etapa del
camino salvífico de la Iglesia. Esto se refiere, de modo
particular, al proceso iniciado por el Concilio Vaticano II,
incluyendo en la renovación la tarea ecuménica de unir
a los cristianos divididos entre sí. « No hay
verdadero ecumenismo sin conversión interior ».(21)
El Concilio llama tanto a la conversión
personal como a la comunitaria. La aspiración de cada
Comunidad cristiana a la unidad es paralela a su fidelidad al
Evangelio. Cuando se trata de personas que viven su vocación
cristiana, el Evangelio habla de conversión interior, de una
renovación de la mente.(22)
Cada uno debe pues convertirse más
radicalmente al Evangelio y, sin perder nunca de vista el designio de
Dios, debe cambiar su mirada. Con el ecumenismo la contemplación
de las « maravillas de Dios » (mirabilia Dei) se
ha enriquecido de nuevos espacios, en los que el Dios Trinitario
suscita la acción de gracias: la percepción de que el
Espíritu actúa en las otras Comunidades cristianas, el
descubrimiento de ejemplos de santidad, la experiencia de las
riquezas ilimitadas de la comunión de los santos, el contacto
con aspectos impensables del compromiso cristiano. Por otro lado, se
ha difundido también la necesidad de penitencia: el ser
conscientes de ciertas exclusiones que hieren la caridad fraterna, de
ciertos rechazos que deben ser perdonados, de un cierto orgullo, de
aquella obstinación no evangélica en la condena de los
« otros », de un desprecio derivado de una presunción
nociva. Así la vida entera de los cristianos queda marcada por
la preocupación ecuménica y están llamados a
asumirla.
16. En el magisterio del Concilio hay
un nexo claro entre renovación, conversión y reforma.
Afirma así: « La Iglesia, peregrina en este mundo, es
llamada por Cristo a esta reforma permanente de la que ella, como
institución terrena y humana, necesita continuamente; de modo
que si algunas cosas, por circunstancias de tiempo y lugar, hubieran
sido observadas menos cuidadosamente 2 deben restaurarse en el
momento oportuno y debidamente ».(23) Ninguna Comunidad
cristiana puede eludir esta llamada.
Dialogando con franqueza, las
Comunidades se ayudan a mirarse mutuamente unas a otras a la luz de
la Tradición apostólica. Esto las lleva a preguntarse
si verdaderamente expresan de manera adecuada todo lo que el Espíritu
ha transmitido por medio de los Apóstoles.(24) En relación
a la Iglesia católica, en diversas circunstancias, como con
ocasión del aniversario del Bautismo de la Rus',(25) o
del recuerdo, después de once siglos, de la obra
evangelizadora de los santos Cirilo y Metodio,(26) me he referido a
estas exigencias y perspectivas. Más recientemente, el
Directorio para la aplicación de los principios y de las
normas acerca del ecumenismo, publicado con mi aprobación
por el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de
los Cristianos, las ha aplicado en el campo pastoral.(27)
17. En relación a los demás
cristianos, los principales documentos de la Comisión Fe y
Constitución (28) y las declaraciones de numerosos
diálogos bilaterales han ofrecido ya a las Comunidades
cristianas instrumentos útiles para discernir lo que es
necesario para el movimiento ecuménico y para la conversión
que éste debe suscitar. Estos estudios son importantes bajo
una doble perspectiva: muestran los notables progresos ya alcanzados
e infunden esperanza por constituir una base segura para la sucesiva
y profundizada investigación.
La comunión creciente en una
reforma continua, realizada a la luz de la Tradición
apostólica, es sin duda, en la situación actual del
pueblo cristiano, una de las características distintivas y más
importantes del ecumenismo. Por otra parte, es también una
garantía esencial para su futuro. Los fieles de la Iglesia
católica deben saber que el impulso ecuménico del
Concilio Vaticano II es uno de los resultados de la postura que la
Iglesia adoptó entonces para escrutarse a la luz del Evangelio
y de la gran Tradición. Mi predecesor, el Papa Juan XXIII, lo
había comprendido bien rechazando separar actualización
y apertura ecuménica al convocar el Concilio.(29) Al término
de la asamblea conciliar, el Papa Pablo VI, reanudando el diálogo
de caridad con las Iglesias en comunión con el Patriarcado de
Constantinopla, y realizando el gesto concreto y altamente
significativo de « relegar en el olvido » —y hacer
« desaparecer de la memoria y del interior de la Iglesia »—
las excomuniones del pasado, consagró la vocación
ecuménica del Concilio. Es interesante recordar que la
creación de un organismo especial para el ecumenismo coincide
con el comienzo mismo de la preparación del Concilio Vaticano
II (30) y que, a través de este organismo, las opiniones y
valoraciones de las demás Comunidades cristianas estuvieron
presentes en los grandes debates sobre la Revelación, la
Iglesia, la naturaleza del ecumenismo y la libertad religiosa.
Importancia fundamental de la doctrina
18. Basándose en una idea que el
mismo Papa Juan XXIII había expresado en la apertura del
Concilio,(31) el Decreto sobre el ecumenismo menciona el modo de
exponer la doctrina entre los elementos de la continua reforma.(32)
No se trata en este contexto de modificar el depósito de la
fe, de cambiar el significado de los dogmas, de suprimir en ellos
palabras esenciales, de adaptar la verdad a los gustos de una época,
de quitar ciertos artículos del Credo con el falso
pretexto de que ya no son comprensibles hoy. La unidad querida por
Dios sólo se puede realizar en la adhesión común
al contenido íntegro de la fe revelada. En materia de fe, una
solución de compromiso está en contradicción con
Dios que es la Verdad. En el Cuerpo de Cristo que es « camino,
verdad y vida » (Jn 14, 6), ¿quién
consideraría legítima una reconciliación lograda
a costa de la verdad? La Declaración conciliar sobre la
libertad religiosa Dignitatis humanae atribuye a la dignidad
humana la búsqueda de la verdad, « sobre todo en lo que
se refiere a Dios y a su Iglesia »,(33) y la adhesión a
sus exigencias. Por tanto, un « estar juntos » que
traicionase la verdad estaría en oposición con la
naturaleza de Dios que ofrece su comunión, y con la exigencia
de verdad que está en lo más profundo de cada corazón
humano.
19. Sin embargo, la doctrina debe ser
presentada de un modo que sea comprensible para aquéllos a
quienes Dios la destina. En la Carta encíclica Slavorum
apostoli recordaba cómo Cirilo y Metodio, por este mismo
motivo, tradujeron las nociones de la Biblia y los conceptos de la
teología griega en un contexto de experiencias históricas
y de pensamiento muy diverso. Querían que la única
palabra de Dios fuese « hecha accesible de este modo según
las formas expresivas propias de cada civilización ».(34)
Comprendieron pues que no podían « imponer a los
pueblos, cuya evangelización les encomendaron, ni siquiera la
indiscutible superioridad de la lengua griega y de la cultura
bizantina, o los usos y comportamientos de la sociedad más
avanzada, en la que ellos habían crecido ».(35) Así
hacían realidad aquella « perfecta comunión en el
amor [que] preserva a la Iglesia de cualquier forma de particularismo
o de exclusivismo étnico o de prejuicio racial, así
como de cualquier orgullo nacionalista ».(36) En este mismo
espíritu, no dudé en decir a los aborígenes de
Australia: « No tenéis que ser un pueblo dividido en dos
partes [...] Jesús os invita a aceptar sus palabras y sus
valores dentro de vuestra propia cultura ».(37) Puesto que por
su naturaleza la verdad de fe está destinada a toda la
humanidad, exige ser traducida a todas las culturas. En efecto, el
elemento que determina la comunión en la verdad es el
significado de la verdad misma. La expresión de la
verdad puede ser multiforme, y la renovación de las formas de
expresión se hace necesaria para transmitir al hombre de hoy
el mensaje evangélico en su inmutable significado.(38)
« Esta renovación tiene,
pues, gran importancia ecuménica ».(39) Y es no sólo
renovación del modo de expresar la fe, sino de la misma vida
de fe. Se podría preguntar: ¿quién debe
realizarla? El Concilio responde claramente a este interrogante:
corresponde a « la Iglesia entera, tanto los fieles como los
pastores; y afecta a cada uno según su propia capacidad, ya
sea en la vida cristiana diaria o en las investigaciones teológicas
e históricas ».(40)
20. Todo esto es sumamente importante y
de significado fundamental para la actividad ecuménica. De
ello resulta inequívocamente que el ecumenismo, el movimiento
a favor de la unidad de los cristianos, no es sólo un mero
« apéndice », que se añade a la
actividad tradicional de la Iglesia. Al contrario, pertenece
orgánicamente a su vida y a su acción y debe, en
consecuencia, inspirarlas y ser como el fruto de un árbol que,
sano y lozano, crece hasta alcanzar su pleno desarrollo.
Así creía en la unidad de
la Iglesia el Papa Juan XXIII y así miraba a la unidad de
todos los cristianos. Refiriéndose a los demás
cristianos, a la gran familia cristiana, constataba: « Es mucho
más fuerte lo que nos une que lo que nos divide ». Por
su parte, el Concilio Vaticano II exhorta: «Recuerden todos los
fieles cristianos que promoverán e incluso practicarán
tanto mejor la unión cuanto más se esfuercen por vivir
una vida más pura según el Evangelio. Pues cuanto más
estrecha sea su comunión con el Padre, el Verbo y el Espíritu,
más íntima y fácilmente podrán aumentar
la fraternidad mutua ».(41)
Primacía de la oración
21. « Esta conversión
del corazón y santidad de vida, junto con las oraciones
públicas y privadas por la unidad de los cristianos, deben
considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico y
pueden llamarse con razón ecumenismo espiritual ».(42)
Se avanza en el camino que lleva a la
conversión de los corazones según el amor que se tenga
a Dios y, al mismo tiempo, a los hermanos: a todos los hermanos,
incluso a los que no están en plena comunión con
nosotros. Del amor nace el deseo de la unidad, también en
aquéllos que siempre han ignorado esta exigencia. El amor es
artífice de comunión entre las personas y entre las
Comunidades. Si nos amamos, es más profunda nuestra comunión,
y se orienta hacia la perfección. El amor se dirige a Dios
como fuente perfecta de comunión —la unidad del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo—, para encontrar la fuerza
de suscitar esta misma comunión entre las personas y entre las
Comunidades, o de restablecerla entre los cristianos aún
divididos. El amor es la corriente profundísima que da vida e
infunde vigor al proceso hacia la unidad.
Este amor halla su expresión
más plena en la oración común. Cuando los
hermanos que no están en perfecta comunión entre sí
se reúnen para rezar, su oración es definida por el
Concilio Vaticano II como alma de todo el movimiento ecuménico.
La oración es « un medio sumamente eficaz para pedir la
gracia de la unidad », una « expresión
auténtica de los vínculos que siguen uniendo a los
católicos con los hermanos separados ».(43) Incluso
cuando no se reza en sentido formal por la unidad de los cristianos,
sino por otros motivos, como, por ejemplo, por la paz, la oración
se convierte por sí misma en expresión y confirmación
de la unidad. La oración común de los cristianos invita
a Cristo mismo a visitar la Comunidad de aquéllos que lo
invocan: « Donde están dos o tres reunidos en mi nombre,
allí estoy yo en medio de ellos » (Mt 18, 20).
22. Cuando los cristianos rezan juntos
la meta de la unidad aparece más cercana. La larga historia de
los cristianos marcada por múltiples divisiones parece
recomponerse, tendiendo a la Fuente de su unidad que es Jesucristo.
¡El es el mismo ayer, hoy y siempre! (cf. Hb 13, 8).
Cristo está realmente presente en la comunión de
oración; ora « en nosotros », « con nosotros
» y « por nosotros ». El dirige nuestra oración
en el Espíritu Consolador que prometió y dio ya a su
Iglesia en el Cenáculo de Jerusalén, cuando la
constituyó en su unidad originaria.
En el camino ecuménico hacia la
unidad, la primacía corresponde sin duda a la oración
común, a la unión orante de quienes se congregan en
torno a Cristo mismo. Si los cristianos, a pesar de sus divisiones,
saben unirse cada vez más en oración común en
torno a Cristo, crecerá en ellos la conciencia de que es menos
lo que los divide que lo que los une. Si se encuentran más
frecuente y asiduamente delante de Cristo en la oración,
hallarán fuerza para afrontar toda la dolorosa y humana
realidad de las divisiones, y de nuevo se encontrarán en
aquella comunidad de la Iglesia que Cristo forma incesantemente en el
Espíritu Santo, a pesar de todas las debilidades y
limitaciones humanas.
23. En suma, la comunión de
oración lleva a mirar con ojos nuevos a la Iglesia y al
cristianismo. En efecto, no se debe olvidar que el Señor
pidió al Padre la unidad de sus discípulos, para que
ésta fuera testimonio de su misión y el mundo pudiese
creer que el Padre lo había enviado (cf. Jn 17, 21). Se
puede decir que el movimiento ecuménico haya partido en cierto
sentido de la experiencia negativa de quienes, anunciando el único
Evangelio, se referían cada uno a su propia Iglesia o
Comunidad eclesial; una contradicción que no podía
pasar desapercibida a quien escuchaba el mensaje de salvación
y encontraba en ello un obstáculo a la acogida del anuncio
evangélico. Lamentablemente este grave impedimento no está
superado. Es cierto, no estamos todavía en plena comunión.
Sin embargo, a pesar de nuestras divisiones, estamos recorriendo el
camino hacia la unidad plena, aquella unidad que caracterizaba a la
Iglesia apostólica en sus principios, y que nosotros buscamos
sinceramente: prueba de esto es nuestra oración común,
animada por la fe. En la oración nos reunimos en el nombre de
Cristo que es Uno. El es nuestra unidad.
La oración «
ecuménica » está al servicio de la
misión cristiana y de su credibilidad. Por eso debe estar
particularmente presente en la vida de la Iglesia y en cada actividad
que tenga como fin favorecer la unidad de los cristianos. Es como si
nosotros debiéramos volver siempre a reunirnos en el Cenáculo
del Jueves Santo, aunque nuestra presencia común en este
lugar, aguarda todavía su perfecto cumplimiento, hasta que,
superados los obstáculos para la perfecta comunión
eclesial, todos los cristianos se reúnan en la única
celebración de la Eucaristía.(44)
24. Es motivo de alegría
constatar cómo tantos encuentros ecuménicos incluyen
casi siempre la oración y, más aún, culminan con
ella. La Semana de Oración por la unidad de los cristianos,
que se celebra en el mes de enero, o en torno a Pentecostés en
algunos países, se ha convertido en una tradición
difundida y consolidada. Pero además de ella, son muchas las
ocasiones que durante el año llevan a los cristianos a rezar
juntos. En este contexto, deseo evocar la experiencia particular de
las peregrinaciones del Papa por las Iglesias, en los
diferentes continentes y en los varios países de la oikoumene
contemporánea. Soy bien consciente de que el Concilio Vaticano
II orientó al Papa hacia este particular ejercicio de su
ministerio apostólico. Se puede decir aún más.
El Concilio hizo de este peregrinar del Papa una clara necesidad, en
cumplimiento del papel del Obispo de Roma al servicio de la
comunión.(45) Estas visitas casi siempre han incluido un
encuentro ecuménico y la oración en común de
los hermanos que buscan la unidad en Cristo y en su Iglesia.
Recuerdo con una emoción muy especial la oración con el
Primado de la Comunión anglicana en la catedral de Canterbury,
el 29 de mayo de 1982, cuando en aquel admirable templo veía
un « elocuente testimonio, al mismo tiempo, de nuestros
largos años de herencia común y de los tristes años
de división que vinieron a continuación »;(46)
tampoco puedo olvidar las realizadas en los Países
escandinavos y nórdicos (1-10 de junio de 1989), en América,
Africa, o aquélla en la sede del Consejo Ecuménico de
las Iglesias (12 de junio de 1984), organismo que tiene como objetivo
llamar a las Iglesias y a las Comunidades eclesiales que forman parte
« a la meta de la comunión visible en una sola fe y en
una sola comunión eucarística expresada en el culto y
en la vida común en Cristo».(47) Y ¿cómo
podría olvidar mi participación en la liturgia
eucarística en la iglesia de san Jorge, en el Patriarcado
ecuménico (30 de noviembre de 1979), y la celebración
en la Basílica de san Pedro durante la visita a Roma de mi
venerable Hermano, el Patriarca Dimitrios I (6 de diciembre de 1987)?
En aquella circunstancia, junto al altar de la Confesión,
profesamos juntos el Símbolo niceno-constantinopolitano, según
el texto original griego. No se pueden describir con pocas palabras
los aspectos concretos que han caracterizado cada uno de estos
encuentros de oración. Por los condicionamientos del pasado
que, de modo diverso, pesaban sobre cada uno de ellos, todos tienen
una propia y singular elocuencia; todos están grabados en la
memoria de la Iglesia, guiada por el Paráclito en la búsqueda
de la unidad de todos los creyentes en Cristo.
25. No sólo el Papa se ha hecho
peregrino. En estos años muchos dignos representantes de otras
Iglesias y Comunidades eclesiales me han visitado en Roma y he podido
rezar con ellos en encuentros públicos y privados. Ya he
mencionado la presencia del Patriarca ecuménico Dimitrios I.
Quisiera ahora recordar también el encuentro de oración
con los Arzobispos luteranos, primados de Suecia y Finlandia, en la
misma Basílica de san Pedro, para la celebración de
Vísperas, con ocasión del VI centenario de la
canonización de santa Brígida (5 de octubre de 1991).
Se trata de un ejemplo, porque la Iglesia es consciente de que el
deber de orar por la unidad es propio de su vida. No hay un
acontecimiento importante y significativo que no se beneficie con la
presencia recíproca y la oración de los cristianos. Me
es imposible enumerar todos estos encuentros, aunque cada uno merezca
ser nombrado. Verdaderamente el Señor nos lleva de la mano y
nos guía. Estos intercambios, estas oraciones han escrito ya
páginas y páginas de nuestro « Libro de la unidad
», «Libr » que debemos siempre hojear y releer para
hallar inspiración y esperanza.
26. La oración, la comunidad de
oración, nos permite reencontrar siempre la verdad evangélica
de las palabras « uno solo es vuestro Padre » (Mt
23, 9), aquel Padre, Abbá, al cual Cristo mismo se dirige,
El que es Hijo unigénito de la misma sustancia. Y además:
« Uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos
hermanos » (Mt 23, 8). La oración «
ecuménica » manifiesta esta dimensión fundamental
de fraternidad en Cristo, que murió para unir a los hijos de
Dios dispersos, para que nosotros, llegando a ser hijos en el Hijo
(cf. Ef 1, 5), reflejásemos más plenamente la
inescrutable realidad de la paternidad de Dios y, al mismo tiempo, la
verdad sobre la humanidad propia de cada uno y de todos.
La oración « ecuménica
», la oración de los hermanos y hermanas, expresa todo
esto. Ellos, precisamente por estar divididos entre sí, con
mayor esperanza se unen en Cristo, confiándole el futuro de
su unidad y de su comunión. A esta situación se
podría aplicar una vez más felizmente la enseñanza
del Concilio: « El Señor Jesús, cuando pide al
Padre ¿que todos sean uno 1 como nosotros también
somos uno' (Jn 17, 21-22), ofreciendo perspectivas
inaccesibles a la razón humana, sugiere cierta semejanza entre
la unión de las personas divinas y la unión de los
hijos de Dios en la verdad y el amor ».(48)
La conversión del corazón,
condición esencial de toda auténtica búsqueda de
la unidad, brota de la oración y ésta la lleva hacia su
cumplimiento: « Los deseos de unidad brotan y maduran como
fruto de la renovación de la mente, de la negación de
sí mismo y de una efusión libérrima de la
caridad. Por ello, debemosimplorar del Espíritu divino la
gracia de una sincera abnegación, humildad y mansedumbre en el
servicio a los demás y espíritu de generosidad fraterna
hacia ellos ».(49)
27. Orar por la unidad no está
sin embargo reservado a quien vive en un contexto de división
entre los cristianos. En el diálogo íntimo y personal
que cada uno de nosotros debe tener con el Señor en la
oración, no puede excluirse la preocupación por la
unidad. En efecto, sólo de este modo ésta formará
parte plenamente de la realidad de nuestra vida y de los compromisos
que hayamos asumido en la Iglesia. Para poner de relieve esta
exigencia he querido proponer a los fieles de la Iglesia católica
un modelo que me parece ejemplar, el de una religiosa trapense,
María Gabriela de la Unidad, que proclamé beata el
25 de enero de 1983.(50) Sor María Gabriela, llamada por su
vocación a vivir alejada del mundo, dedicó su
existencia a la meditación y a la oración centrada en
el capítulo 17 del Evangelio de san Juan y la ofreció
por la unidad de los cristianos. Este es el soporte de toda oración:
la entrega total y sin reservas de la propia vida al Padre, por medio
del Hijo, en el Espíritu Santo. El ejemplo de sor María
Gabriela nos enseña, nos hace comprender cómo no
existen tiempos, situaciones o lugares particulares para rezar por la
unidad. La oración de Cristo al Padre es modelo para todos,
siempre y en todo lugar.
Diálogo ecuménico
28. Si la oración es el «
alma » de la renovación ecuménica y de la
aspiración a la unidad; sobre ella se fundamenta y en ella
encuentra su fuerza todo lo que el Concilio define como «diálogo
». Esta definición no está ciertamente lejos
delpensamiento personalista actual. La actitud de «
diálogo » se sitúa en el nivel de la naturaleza
de la persona y de su dignidad. Desde el punto de vista filosófico,
esta posición se relaciona con la verdad cristiana sobre el
hombre expresada por el Concilio. En efecto, el hombre « es la
única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí
misma »; por tanto « no puede encontrarse plenamente a sí
mismo sino en la entrega sincera de sí mismo ».(51) El
diálogo es paso obligado del camino a recorrer hacia la
autorrealización del hombre, tanto del individuo
como también de cada comunidad humana. Si bien del
concepto de « diálogo » parece emerger en primer
plano el momento cognoscitivo (dia-logos), cada diálogo
encierra una dimensión global, existencial. Abarca al sujeto
humano totalmente; el diálogo entre las comunidades compromete
de modo particular la subjetividad de cada una de ellas.
Esta verdad sobre el diálogo,
expresada tan profundamente por el Papa Pablo VI en la Encíclica
Ecclesiam suam,(52) fue también asumida por la doctrina
y la actividad ecuménica del Concilio. El diálogo no es
sólo un intercambio de ideas. Siempre es de todos modos un «
intercambio de dones».(53)
29. Por este motivo, el Decreto
conciliar sobre el ecumenismo pone también en primer plano «
todos los esfuerzos para eliminar palabras, juicios y acciones que no
respondan, según la justicia y la verdad, a la condición
de los hermanos separados, y que por lo mismo hagan más
difíciles las relaciones mutuas con ellos ».(54) Este
Documento afronta la cuestión desde el punto de vista de la
Iglesia católica y se refiere al criterio que ella debe
aplicar en relación con los demás cristianos. Sin
embargo, en todo esto hay una exigencia de reciprocidad. Seguir este
criterio es un compromiso indispensable de cada una de las partes que
quieren dialogar y es condición previa para comenzarlo. Es
necesario pasar de una situación de antagonismo y de conflicto
a un nivel en el que uno y otro se reconocen recíprocamente
como asociados. Cuando se empieza a dialogar, cada una de
las partes debe presuponer una voluntad de reconciliación en
su interlocutor, deunidad en la verdad. Para realizar todo
esto, deben evitarse las manifestaciones de recíproca
oposición. Sólo así el diálogo ayudará
a superar la división y podrá acercar a la unidad.
30. Se puede afirmar, con viva gratitud
hacia el Espíritu de verdad, que el Concilio Vaticano II fue
un tiempo providencial durante el cual se realizaron las condiciones
fundamentales para la participación de la Iglesia católica
en el diálogo ecuménico. Por otra parte, la presencia
de numerosos observadores de varias Iglesias y Comunidades
eclesiales, su profunda implicación en el acontecimiento
conciliar, los numerosos encuentros y las oraciones en común
que el Concilio ha hecho posibles, han contribuido a que se dieran
las condiciones para el diálogo. Durante el Concilio,
los representantes de las Iglesias y Comunidades cristianas
experimentaron la disposición para el diálogo del
episcopado católico del mundo entero y, en particular, de la
Sede Apostólica.
Estructuras locales de diálogo
31. El diálogo ecuménico,
tal y como se ha manifestado desde los días del Concilio,
lejos de ser una prerrogativa de la Sede Apostólica, atañe
también a las Iglesias locales o particulares. Las
Conferencias episcopales y los Sínodos de las Iglesias
orientales católicas han instituido comisiones especiales para
la promoción del espíritu y de la acción
ecuménicos. Oportunas estructuras análogas trabajan a
nivel diocesano. Estas iniciativas manifiestan el deber concreto y
general de la Iglesia católica de aplicar las orientaciones
conciliares sobre ecumenismo: este es un aspecto esencial del
movimiento ecuménico.(55) No sólo se ha emprendido el
diálogo, sino que se ha convertido en una necesidad
declarada, una de las prioridades de la Iglesia; en consecuencia,
se ha perfilado la « técnica » para dialogar,
favoreciendo al mismo tiempo el crecimiento del espíritu de
diálogo. En este contexto se quiere ante todo considerar el
diálogo entre cristianos de las diferentes Iglesias o
Comunidades, « entablado entre expertos adecuadamente formados,
en el que cada uno explica con mayor profundidad la doctrina de su
Comunión y presenta con claridad sus características
».(56) Sin embargo, conviene que cada cristiano conozca el
método adecuado al diálogo.
32. Como afirma la Declaración
conciliar sobre la libertad religiosa, « la verdad debe
buscarse de un modo adecuado a la dignidad de la persona humana y a
su naturaleza social, es decir, mediante la investigación
libre, con la ayuda del magisterio o enseñanza, de la
comunicación y del diálogo, en los que unos exponen a
los otros la verdad que han encontrado o piensan haber encontrado,
para ayudarse mutuamente en la búsqueda de la verdad; una vez
conocida la verdad, hay que adherirse a ella firmemente con el
asentimiento personal ».(57)
El diálogo ecuménico
tiene una importancia esencial. « Pues, por medio de este
diálogo, todos adquieren un conocimiento más auténtico
y una estima más justa de la doctrina y de la vida de
cada Comunión; además, también las Comuniones
consiguen una mayor colaboración en aquellas
obligaciones en pro del bien común exigidas por toda
conciencia cristiana, y se reúnen, en cuanto es posible, en la
oración unánime. Finalmente, todos examinan su
fidelidad a la voluntad de Cristo sobre la Iglesia y emprenden
valientemente, como conviene, la obra de renovación y de
reforma ».(58)
Diálogo como examen de
conciencia
33. En la intención del
Concilio, el diálogo ecuménico tiene el carácter
de una búsqueda común de la verdad, particularmente
sobre la Iglesia. En efecto, la verdad forma las conciencias y
orienta su actuación en favor de la unidad. Al mismo tiempo,
exige que la conciencia de los cristianos, hermanos divididos entre
sí, y sus obras se conformen a la oración de Cristo por
la unidad. Existe una correlación entre oración y
diálogo. Una oración más profunda y consciente
hace el diálogo más rico en frutos. Si por una parte la
oración es la condición para el diálogo, por
otra llega a ser, de forma cada vez más madura, su fruto.
34. Gracias al diálogo ecuménico
podemos hablar de mayor madurez de nuestra oración común.
Esto es posible en cuanto el diálogo cumple también
y al mismo tiempo la función de un examen de conciencia.
¿Cómo no recordar en este contexto las palabras de la
Primera Carta de Juan? « Si decimos: 'No tenemos pecado', nos
engañamos y la verdad no está en nosotros. Si
reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él [Dios] para
perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia » (1,
8-9). Juan nos lleva aún más allá cuando afirma:
« Si decimos: 'No hemos pecado', le hacemos mentiroso y su
Palabra no está en nosotros » (1, 10). Una exhortación
que reconoce tan radicalmente nuestra condición de pecadores
debe ser también una característica del espíritu
con que se afronta el diálogo ecuménico. Si éste
no llegara a ser un examen de conciencia, como un « diálogo
de las conciencias », ¿podríamos contar con la
certeza que la misma Carta nos transmite? « Hijos míos,
os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca,
tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo.
El es víctima de propiciación por nuestros pecados, no
sólo por los nuestros, sino también por los del mundo
entero » (2, 1-2). El sacrificio salvífico de Cristo se
ofrece por todos los pecados del mundo, y por tanto también
los cometidos contra la unidad de la Iglesia: los pecados de los
cristianos, tanto de los pastores como de los fieles. Incluso después
de tantos pecados que han contribuido a las divisiones históricas,
es posible la unidad de los cristianos, si somos conscientes
humildemente de haber pecado contra la unidad y estamos convencidos
de la necesidad de nuestra conversión. No sólo se deben
perdonar y superar los pecados personales, sino también los
sociales, es decir, las « estructuras » mismas del pecado
que han contribuido y pueden contribuir a la división y a su
consolidación.
35. Una vez más el Concilio
Vaticano II nos ayuda. Se puede decir que todo el Decreto sobre el
ecumenismo está lleno del espíritu de conversión.(59)
El diálogo ecuménico presenta en este documento un
carácter propio; se transforma en « diálogo de la
conversión », y por tanto, según la expresión
de Pablo VI, en auténtico « diálogo de salvación
».(60) El diálogo no puede desarrollarse siguiendo una
trayectoria exclusivamente horizontal, limitándose al
encuentro, al intercambio de puntos de vista, o incluso de dones
propios de cada Comunidad. Tiende también y sobre todo a una
dimensión vertical que lo orienta hacia Aquél, Redentor
del mundo y Señor de la historia, que es nuestra
reconciliación. La dimensión vertical del diálogo
está en el común y recíproco reconocimiento de
nuestra condición de hombres y mujeres que han pecado.
Precisamente esto abre en los hermanos que viven en comunidades que
no están en plena comunión entre ellas, un espacio
interior en donde Cristo, fuente de unidad de la Iglesia, puede obrar
eficazmente, con toda la potencia de su Espíritu Paráclito.
Diálogo para resolver las
divergencias
36. El diálogo es también
un instrumento natural para confrontar diversos puntos de vista y
sobre todo examinar las divergencias que obstaculizan la plena
comunión de los cristianos entre sí. El Decreto sobre
el ecumenismo describe, en primer lugar, las disposiciones morales
con las que se deben afrontar las conversaciones doctrinales: «
Los teólogos católicos, afianzados en la doctrina de la
Iglesia, deben seguir adelante en el diálogo ecuménico
con amor a la verdad, caridad y humildad, investigando juntamente con
los hermanos separados sobre los misterios divinos ».(61)
El amor a la verdad es la dimensión
más profunda de una auténtica búsqueda de la
plena comunión entre los cristianos. Sin este amor sería
imposible afrontar las objetivas dificultades teológicas,
culturales, psicológicas y sociales que se encuentran al
examinar las divergencias. A esta dimensión interior y
personal está inseparablemente unido el espíritu de
caridad y humildad. Caridad hacia el interlocutor, humildad hacia la
verdad que se descubre y que podría exigir revisiones de
afirmaciones y actitudes.
En relación al estudio de las
divergencias, el Concilio pide que se presente toda la doctrina con
claridad. Al mismo tiempo, exige que el modo y el método de
enunciar la fe católica no sea un obstáculo para el
diálogo con los hermanos.(62) Ciertamente es posible
testimoniar la propia fe y explicar la doctrina de un modo correcto,
leal y comprensible, y tener presente contemporáneamente tanto
las categorías mentales como la experiencia histórica
concreta del otro.
Obviamente, la plena comunión
deberá realizarse en la aceptación de toda la verdad,
en la que el Espíritu Santo introduce a los discípulos
de Cristo. Por tanto debe evitarse absolutamente toda forma de
reduccionismo o de fácil « estar de acuerdo ». Las
cuestiones serias deben resolverse, porque de lo contrario
resurgirían en otros momentos, con idéntica
configuración o bajo otro aspecto.
37. El Decreto Unitatis
redintegratio señala también un criterio a seguir
cuando los católicos tienen que presentar o confrontar las
doctrinas: « Han de recordar que existe un orden o 'jerarquía'
de las verdades de la doctrina católica, puesto que es diversa
su conexión con el fundamento de la fe cristiana. Así
se preparará el camino por el cual todos, por esta emulación
fraterna, se estimularán a un conocimiento más profundo
y a una exposición más clara de las riquezas
insondables de Cristo».(63)
38. En el diálogo nos
encontramos inevitablemente con el problema de las diferentes
formulaciones con las que se expresa la doctrina en las distintas
Iglesias y Comunidades eclesiales, lo cual tiene más de una
consecuencia para la actividad ecuménica.
En primer lugar, ante formulaciones
doctrinales que se diferencian de las habituales de la comunidad a la
que se pertenece, conviene ante todo aclarar si las palabras no
sobrentienden un contenido idéntico, como, por ejemplo, se ha
constatado en recientes declaraciones comunes firmadas por mis
Predecesores y por mí junto con los Patriarcas de Iglesias con
las que desde siglos existía un contencioso cristológico.
En relación a la formulación de las verdades reveladas,
la Declaración Mysterium Ecclesiae afirma: « Si
bien las verdades que la Iglesia quiere enseñar de manera
efectiva con sus fórmulas dogmáticas se distinguen del
pensamiento mutable de una época y pueden expresarse al margen
de estos pensamientos, sin embargo, puede darse el caso de que tales
verdades pueden ser enunciadas por el sagrado Magisterio con palabras
que sean evocación del mismo pensamiento. Teniendo todo esto
presente hay que decir que las fórmulas dogmáticas
del Magisterio de la Iglesia han sido aptas desde el principio para
comunicar la verdad revelada y que, permaneciendo las mismas, lo
serán siempre para quienes las interpretan rectamente ».(64)
A este respecto, el diálogo ecuménico, que anima a las
partes implicadas a interrogarse, comprenderse y explicarse
recíprocamente, permite descubrimientos inesperados. Las
polémicas y controversias intolerantes han transformado en
afirmaciones incompatibles lo que de hecho era el resultado de dos
intentos de escrutar la misma realidad, aunque desde dos perspectivas
diversas. Es necesario hoy encontrar la fórmula que,
expresando la realidad en su integridad, permita superar lecturas
parciales y eliminar falsas interpretaciones.
Una de las ventajas del ecumenismo es
que ayuda a las Comunidades cristianas a descubrir la insondable
riqueza de la verdad. También en este contexto, todo lo que el
Espíritu realiza en los « otros » puede contribuir
a la edificación de cada comunidad (65) y en cierto modo a
instruirla sobre el misterio de Cristo. El ecumenismo auténtico
es una gracia de cara a la verdad.
39. Finalmente, el diálogo pone
a los interlocutores frente a las verdaderas y propias divergencias
que afectan a la fe. Estas divergencias deben sobre todo ser
afrontadas con espíritu sincero de caridad fraterna, de
respeto de las exigencias de la propia conciencia y la del prójimo,
con profunda humildad y amor a la verdad. La confrontación en
esta materia tiene dos puntos de referencia esenciales: la Sagrada
Escritura y la gran Tradición de la Iglesia. Para los
católicos es una ayuda el Magisterio siempre vivo de la
Iglesia.
La colaboración práctica
40. Las relaciones entre los cristianos
no tienden sólo al mero conocimiento recíproco, a la
oración en común y al diálogo. Prevén y
exigen desde ahora cualquier posible colaboración práctica
en los diversos ámbitos: pastoral, cultural, social, e incluso
en el testimonio del mensaje del Evangelio.(66)
« La cooperación de todos
los cristianos expresa vivamente aquella conjunción por la
cual están ya unidos entre sí y presenta bajo una luz
más plena el rostro de Cristo siervo ».(67) Una
cooperación así fundada sobre la fe común, no
sólo es rica por la comunión fraterna, sino que es una
epifanía de Cristo mismo.
Además, la cooperación
ecuménica es una verdadera escuela de ecumenismo, es un camino
dinámico hacia la unidad. La unidad de acción lleva a
la plena unidad de fe: « Con esta cooperación, todos los
que creen en Cristo aprenderán fácilmente cómo
pueden conocerse mejor los unos a los otros, apreciarse más y
allanar el camino de la unidad de los cristianos ».(68)
A los ojos del mundo la cooperación
entre los cristianos asume las dimensiones del común
testimonio cristiano y llega a ser instrumento de evangelización
en beneficio de unos y otros.
II
FRUTOS DEL DIÁLOGO
La fraternidad reencontrada
41. Cuanto he dicho anteriormente en
relación al diálogo ecuménico desde la clausura
del Concilio en adelante, lleva a dar gracias al Espíritu de
la verdad prometido por Cristo Señor a los Apóstoles y
a la Iglesia (cf. Jn 14, 26). Es la primera vez en la historia
que la acción en favor de la unidad de los cristianos ha
adquirido proporciones tan grandes y se ha extendido a un ámbito
tan amplio. Esto es ya un don inmenso que Dios ha concedido y que
merece toda nuestra gratitud. De la plenitud de Cristo recibimos «
gracia por gracia » (Jn 1, 16). Reconocer lo que Dios ya
ha concedido es condición que nos predispone a recibir
aquellos dones aún indispensables para llevar a término
la obra ecuménica de la unidad.
Una visión de conjunto de los
últimos treinta años ayuda a comprender mejor muchos de
los frutos de esta conversión común al Evangelio de la
que el Espíritu de Dios ha hecho instrumento al movimiento
ecuménico.
42. Sucede por ejemplo que —en el
mismo espíritu del Sermón de la Montaña—
los cristianos pertenecientes a una confesión ya no consideran
a los demás cristianos como enemigos o extranjeros, sino que
ven en ellos a hermanos y hermanas. Por otra parte, hoy se tiende a
sustituir incluso el uso de la expresión hermanos separados
por términos más adecuados para evocar la profundidad
de la comunión —ligada al carácter bautismal—
que el Espíritu alimenta a pesar de las roturas históricas
y canónicas. Se habla de « otros cristianos », de
« otros bautizados », de «cristianos de otras
Comunidades ». El Directorio para la aplicación de
los principios y de las normas acerca del ecumenismo llama a las
Comunidades a las que pertenecen estos cristianos como «
Iglesias o Comunidades eclesiales que no están en plena
comunión con la Iglesia católica».(69) Esta
ampliación de la terminología traduce una notable
evolución de la mentalidad. La conciencia de la común
pertenencia a Cristo se profundiza. Lo he podido constatar
personalmente muchas veces, durante las celebraciones ecuménicas
que constituyen uno de los eventos importantes de mis viajes
apostólicos por las diversas partes del mundo, o en los
encuentros y celebraciones ecuménicas realizados en Roma. La «
fraternidad universal » de los cristianos se ha convertido en
una firme convicción ecuménica. Relegando al olvido las
excomuniones del pasado, las Comunidades que en un tiempo fueron
rivales hoy en muchos casos se ayudan mutuamente; a veces se prestan
los edificios de culto, se ofrecen becas de estudio para la formación
de los ministros de las Comunidades carentes de medios, se interviene
ante las autoridades civiles para defender a otros cristianos
injustamente acusados, se demuestra la falta de fundamento de las
calumnias que padecen ciertos grupos.
En una palabra, los cristianos se han
convertido a una caridad fraterna que abarca a todos los discípulos
de Cristo. Si sucede que, como consecuencia de agitaciones políticas
violentas, surge en situaciones concretas una cierta agresividad o un
espíritu de revancha, las autoridades de las partes en
conflicto se afanan generalmente por hacer prevalecer la « Ley
nueva » del espíritu de caridad. Desgraciadamente, este
espíritu no ha podido transformar todas las situaciones de
conflicto cruento. El compromiso ecuménico en estas
circunstancias exige no raramente de quien lo vive opciones de
auténtico heroísmo.
Es preciso afirmar a este respecto que
el reconocimiento de la fraternidad no es la consecuencia de un
filantropismo liberal o de un vago espíritu de familia. Tiene
su raíz en el reconocimiento del único Bautismo y en la
consiguiente exigencia de que Dios sea glorificado en su obra. El
Directorio para la aplicación de los principios y de las
normas acerca del ecumenismo alienta a un reconocimiento
recíproco y oficial de los Bautismos.(70) Esto es mucho más
que un mero acto de cortesía ecuménica, y constituye
una afirmación eclesiológica importante.
Es oportuno recordar que el carácter
fundamental del Bautismo en la obra de la edificación de la
Iglesia se ha puesto de relieve claramente también gracias al
diálogo multilateral.(71)
La solidaridad al servicio de la
humanidad
43. Sucede cada vez más que los
responsables de las Comunidades cristianas adoptan conjuntamente
posiciones, en nombre de Cristo, sobre problemas importantes que
afectan a la vocación humana, la libertad, la justicia, la paz
y el futuro del mundo. Obrando así « comulgan »
con uno de los elementos constitutivos de la misión cristiana:
recordar a la sociedad, de un modo realista, la voluntad de Dios,
haciendo ver a las autoridades y a los ciudadanos el peligro de
seguir caminos que llevarían a la violación de los
derechos humanos. Es claro, y la experiencia lo demuestra, que en
algunas circunstancias la voz común de los cristianos tiene
más impacto que una voz aislada.
Los responsables de las Comunidades no
son sin embargo los únicos que se unen en este compromiso por
la unidad. Numerosos cristianos de todas las Comunidades, movidos por
su fe, participan juntos en proyectos audaces que pretenden cambiar
el mundo para que triunfe el respeto de los derechos y de las
necesidades de todos, especialmente de los pobres, los marginados y
los indefensos. En la Carta encíclica Sollicitudo rei
socialis he constatado con alegría esta colaboración,
señalando que la Iglesia católica no puede
soslayarla.(72) En efecto, los cristianos que tiempo atrás
actuaban de modo independiente, ahora están comprometidos
juntos al servicio de esta causa para que la benevolencia de Dios
pueda triunfar.
La lógica es la del Evangelio.
Por ello, reafirmando lo que escribí en mi primera Carta
encíclica Redemptor hominis, he tenido oportunidad «
de insistir sobre este punto y de estimular todo esfuerzo realizado
en esta dirección, a todos los niveles en los que nos
encontramos con los otros cristianos hermanos nuestros »(73) y
he dado gracias a Dios por « lo que ha realizado en las otras
Iglesias y Comunidades eclesiales y por medio de ellas », como
también por medio de la Iglesia católica.(74) Hoy
constato con satisfacción que la ya vasta red de colaboración
ecuménica se extiende cada vez más. También se
realiza una gran tarea en este campo gracias al Consejo Ecuménico
de las Iglesias.
Convergencias en la palabra de Dios y
en el culto divino
44. Los progresos de la conversión
ecuménica son también significativos en otro sector, el
relativo a la palabra de Dios. Pienso ante todo en un hecho tan
importante para diversos grupos lingüísticos como son las
traducciones ecuménicas de la Biblia. Después de la
promulgación, por parte del Concilio Vaticano II, de la
Constitución Dei Verbum, la Iglesia católica
acogió con alegría dicha iniciativa.(75) Estas
traducciones, obra de especialistas, ofrecen generalmente una base
segura para la oración y la actividad pastoral de todos los
discípulos de Cristo. Quien recuerda todo lo que influyeron
las disputas en torno a la Escritura en las divisiones, especialmente
en Occidente, puede comprender el notable paso que representan estas
traducciones comunes.
45. A la renovación litúrgica
realizada por la Iglesia católica, corresponde en diversas
Comunidades eclesiales la iniciativa de renovar sus cultos. Algunas
de ellas, a partir de los deseos expresados a nivel ecuménico,(76)
han abandonado la costumbre de celebrar su liturgia de la Cena sólo
en contadas ocasiones y han optado por una celebración
dominical. Por otra parte, comparando los ciclos de las lecturas
litúrgicas de distintas Comunidades cristianas occidentales,
se constata que convergen en lo esencial. Siempre a nivel
ecuménico,(77) se ha dado un relieve muy especial a la
liturgia y a los signos litúrgicos (imágenes, iconos,
ornamentos, luces, incienso, gestos). Además, en los
institutos de teología donde se forman los futuros ministros
el estudio de la historia y del significado de la liturgia comienza a
formar parte de los programas, como una necesidad que se está
descubriendo.
Se trata de signos convergentes en
varios aspectos de la vida sacramental. Ciertamente, a causa de las
divergencias relativas a la fe, no es posible todavía
concelebrar la misma liturgia eucarística. Y sin embargo,
tenemos el ardiente deseo de celebrar juntos la única
Eucaristía del Señor, y este deseo es ya una alabanza
común, una misma imploración. Juntos nos dirigimos al
Padre y lo hacemos cada vez más « con un mismo corazón
». En ocasiones, el poder consumar esta comunión «
real aunque todavía no plena » parece estar más
cerca. ¿Quién hubiera podido pensarlo hace un siglo?
46. En este contexto, es motivo de
alegría recordar que los ministros católicos pueden, en
determinados casos particulares, administrar los sacramentos de la
Eucaristía, la Penitencia y la Unción de enfermos a
otros cristianos que no están en comunión plena con la
Iglesia católica, pero que desean vivamente recibirlos, los
piden libremente y manifiestan la fe que la Iglesia católica
confiesa en estos sacramentos. Recíprocamente, en determinados
casos y por circunstancias particulares, también los católicos
pueden solicitar estos mismos sacramentos a los ministros de aquellas
Iglesias en que sean válidos. Las condiciones para esta
acogida recíproca están fijadas en normas cuya
observancia es necesaria para la promoción ecuménica.(78)
Apreciar los bienes presentes en los
otros cristianos
47. El diálogo no se desarrolla
sólo en relación a la doctrina, sino que abarca toda la
persona: es también un diálogo de amor. El Concilio
afirmó: « Es necesario que los católicos
reconozcan con gozo y aprecien los bienes verdaderamente cristianos,
procedentes del patrimonio común, que se encuentran en
nuestros hermanos separados. Es justo y saludable reconocer las
riquezas de Cristo y las obras de virtud en la vida de otros que dan
testimonio de Cristo, a veces hasta el derramamiento de la sangre:
Dios es siempre admirable y digno de admiración en sus obras
».(79)
48. Las relaciones que los miembros de
la Iglesia católica han establecido con los demás
cristianos a partir del Concilio, han hecho descubrir lo que Dios
realiza en quienes pertenecen a las otras Iglesias y Comunidades
eclesiales. Este contacto directo, a varios niveles, entre los
pastores y entre miembros de las Comunidades nos ha hecho tomar
conciencia del testimonio que los otros cristianos ofrecen a Dios y a
Cristo. Se ha abierto así un espacio amplísimo para
toda la experiencia ecuménica, que es al mismo tiempo el reto
de nuestra época. ¿No es acaso el siglo veinte un
tiempo de gran testimonio, que llega « hasta el derramamiento
de la sangre »? ¿No mira también este testimonio
a las distintas Iglesias y Comunidades eclesiales, que toman su
nombre de Cristo, crucificado y resucitado?
Este común testimonio de
santidad, como fidelidad al único Señor, es un
potencial ecuménico extraordinariamente rico de gracia. El
Concilio Vaticano II señaló que los bienes presentes en
los otros cristianos pueden contribuir a la edificación de los
católicos: « No hay que olvidar tampoco que todo lo que
la gracia del Espíritu Santo obra en los hermanos separados
puede contribuir también a nuestra edificación. Todo lo
que es verdaderamente cristiano no se opone nunca a los bienes
auténticos de la fe: es más, siempre puede conseguir
que se alcance de modo más perfecto el misterio de Cristo y de
la Iglesia ».(80) El diálogo ecuménico, como
verdadero diálogo de salvación, no dejará de
animar este proceso, bien encaminado ya en sí mismo a avanzar
hacia la verdadera y plena comunión.
Crecimiento de la comunión
49. El crecimiento de la comunión
es un fruto precioso de las relaciones entre los cristianos y del
diálogo teológico que mantienen. Lo uno y lo otro han
hecho a los cristianos conscientes de los elementos de fe que tienen
en común. Esto ha servido para consolidar posteriormente su
compromiso hacia la plena unidad. En ello el Concilio Vaticano II
aparece como potente foco de promoción y orientación.
La Constitución dogmática
Lumen gentium relaciona la doctrina sobre la Iglesia católica
con el reconocimiento de los elementos salvíficos que se
encuentran en las otras Iglesias y Comunidades eclesiales.(81) No se
trata de una toma de conciencia de elementos estáticos,
presentes pasivamente en esas Iglesias o Comunidades. Como bienes de
la Iglesia de Cristo, por su naturaleza, tienden hacia el
restablecimiento de la unidad. De esto se deriva que la búsqueda
de la unidad de los cristianos no es un hecho facultativo o de
oportunidad, sino una exigencia que nace de la misma naturaleza de la
comunidad cristiana.
Igualmente, los diálogos
teológicos bilaterales con las mayores Comunidades cristianas
parten del reconocimiento del grado de comunión ya presente
para discutir después, de modo progresivo, las divergencias
existentes con cada una. El Señor ha concedido a los
cristianos de nuestro tiempo ir superando las discusiones
tradicionales.
El diálogo con las Iglesias de
Oriente
50. A este respecto, se debe ante todo
constatar, con gratitud particular a la Providencia divina, que la
relación con las Iglesias de Oriente, debilitada durante
siglos, se ha afianzado con el Concilio Vaticano II. Los observadores
de estas Iglesias presentes en el Concilio, junto con los
representantes de las Iglesias y Comunidades eclesiales de Occidente,
manifestaron públicamente, en un momento tan solemne para la
Iglesia católica, la voluntad común de buscar la
comunión.
El Concilio, por su parte, consideró
con objetividad y con profundo afecto a las Iglesias de Oriente,
poniendo de relieve su eclesialidad y los vínculos objetivos
de comunión que las unen con la Iglesia católica. El
Decreto sobre el ecumenismo afirma: « Por la celebración
de la Eucaristía del Señor en cada una de estas
Iglesias, se edifica y crece la Iglesia de Dios », añadiendo
que estas Iglesias « aunque separadas, tienen verdaderos
sacramentos, y sobre todo, en virtud de la sucesión
apostólica, el Sacerdocio y la Eucaristía, con los que
se unen aún con nosotros con vínculos estrechísimos
».(82)
De las Iglesias de Oriente se reconoce
su gran tradición litúrgica y espiritual, el carácter
específico de su desarrollo histórico, las disciplinas
observadas por ellas desde los primeros tiempos y sancionadas por los
Santos Padres y por los Concilios ecuménicos, su modo propio
de enunciar la doctrina. Todo esto con la convicción de que la
legítima diversidad no se opone de ningún modo a la
unidad de la Iglesia, sino que por el contrario aumenta su honor y
contribuye no poco al cumplimiento de su misión.
El Concilio Ecuménico Vaticano
II quiere fundamentar el diálogo sobre la comunión
existente y llama la atención precisamente sobre la rica
realidad de las Iglesias de Oriente: « Por ello, el sacrosanto
Sínodo exhorta a todos, pero principalmente a aquellos que
desean trabajar por la instauración de la deseada comunión
plena entre las Iglesias orientales y la Iglesia católica, a
que tengan la debida consideración de esta peculiar condición
de las Iglesias que nacen y crecen en Oriente y de la índole
de las relaciones existentes entre éstas y la Sede de Roma
antes de la separación, y a que se formen una recta opinión
sobre todas estas cosas ».(83)
51. Esta orientación conciliar
ha sido fecunda tanto por las relaciones de fraternidad, que se han
ido desarrollando a través del diálogo de caridad, como
por la discusión doctrinal en el ámbito de la Comisión
mixta para el diálogo teológico entre la Iglesia
católica y la Iglesia ortodoxa en su conjunto. Igualmente
han sido muy fructíferas las relaciones con las antiguas
Iglesias de Oriente.
Ha sido un proceso lento y laborioso,
pero fuente de mucha alegría; ha sido también alentador
porque ha permitido reencontrar progresivamente la fraternidad.
Reanudación de contactos
52. En relación a la Iglesia de
Roma y al Patriarcado ecuménico de Constantinopla, el proceso
al que acabamos de hacer alusión se inició gracias a la
apertura recíproca mostrada por los Papas Juan XXIII y Pablo
VI, y también por el Patriarca ecuménico Atenágoras
I y sus sucesores. El cambio producido tiene su expresión
histórica en el acto eclesial por medio del cual « se ha
borrado de la memoria y del interior de las Iglesias »(84) el
recuerdo de las excomuniones que, novecientos años antes, en
1054, se convirtieron en símbolo del cisma entre Roma y
Constantinopla. Aquel acontecimiento eclesial, tan denso de contenido
ecuménico, tuvo lugar en los últimos días del
Concilio, el 7 de diciembre de 1965. La asamblea conciliar se
concluía así con un acto solemne que era al mismo
tiempo purificación de la memoria histórica, perdón
recíproco y compromiso solidario por la búsqueda de la
comunión.
Este gesto estuvo precedido por el
encuentro entre Pablo VI y el Patriarca Atenágoras I en
Jerusalén, en enero de 1964, durante la peregrinación
del Papa a Tierra Santa. En aquella ocasión pudo encontrar
también al Patriarca ortodoxo de Jerusalén, Benedictos.
Posteriormente, el Papa Pablo VI visitó al Patriarca
Atenágoras en El Fanar (Estambul), el 25 de julio de 1967 y,
en el mes de octubre del mismo año, el Patriarca fue acogido
solemnemente en Roma. Estos encuentros de oración señalaban
el camino a seguir para el acercamiento entre la Iglesia de Oriente y
la Iglesia de Occidente, y el restablecimiento de la unidad que
existía entre ellas en el primer milenio.
Después de la muerte del Papa
Pablo VI y del breve pontificado del Papa Juan Pablo I, cuando se me
confió el ministerio de Obispo de Roma, consideré que
era uno de los deberes primeros de mi ministerio pontificio tener de
nuevo un contacto personal con el Patriarca ecuménico
Dimitrios I, que en este tiempo había asumido la sucesión
del Patriarca Atenágoras en la sede de Constantinopla. Durante
mi visita a El Fanar el 29 de noviembre de 1979, el Patriarca y yo
decidimos inaugurar el diálogo teológico entre la
Iglesia católica y todas las Iglesias ortodoxas en comunión
canónica con la sede de Constantinopla. Es importante añadir,
a este propósito, que estaban ya entonces en curso los
preparativos para la convocatoria del futuro Concilio de las Iglesias
ortodoxas. La búsqueda de su armonía es una
contribución a la vida y vitalidad de esas Iglesias hermanas,
y esto considerando también la función que están
llamadas a desarrollar en el camino hacia la unidad. El Patriarca
ecuménico quiso devolverme la visita que le había hecho
y, en diciembre de 1987, tuve la alegría de recibirlo en Roma
con sincero afecto y con la solemnidad que le correspondía. En
este contexto de fraternidad eclesial se debe recordar la costumbre,
establecida ya desde hace varios años, de acoger en Roma, para
la fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo, una
delegación del Patriarcado ecuménico, así como
de enviar a El Fanar una delegación de la Santa Sede para la
solemne celebración de san Andrés.
53. Estos contactos regulares permiten
entre otras cosas un intercambio directo de informaciones y pareceres
para una coordinación fraterna. Por otra parte, nuestra
participación común en la oración nos habitúa
a vivir al lado los unos de los otros, nos lleva a aceptar juntos, y
por tanto a poner en práctica, la voluntad del Señor
para con su Iglesia.
En el camino que hemos recorrido desde
el Concilio Vaticano II, debemos mencionar al menos dos
acontecimientos particularmente elocuentes y de gran importancia
ecuménica en las relaciones entre Oriente y Occidente: en
primer lugar, el Jubileo de 1984, convocado para conmemorar el XI
centenario de la obra evangelizadora de Cirilo y Metodio, y en el que
proclamé copatronos de Europa a los dos santos apóstoles
de los Eslavos, mensajeros de fe. Ya el Papa Pablo VI en 1964,
durante el Concilio, había proclamado patrón de Europa
a san Benito. Asociar los dos hermanos de Tesalónica al gran
fundador del monacato occidental quiere poner indirectamente de
relieve la doble tradición eclesial y cultural tan
significativa para los dos mil años de cristianismo que ha
caracterizado la historia del continente europeo. No es superfluo
recordar que Cirilo y Metodio provenían del ámbito de
la Iglesia bizantina de su tiempo, época en la que estaba en
comunión con Roma. Al proclamarlos, junto con san Benito,
patronos de Europa quería no sólo ratificar la verdad
histórica sobre el cristianismo en el continente europeo, sino
también proporcionar un tema importante al diálogo
entre Oriente y Occidente que tantas esperanzas ha suscitado en el
posconcilio. En los santos Metodio y Cirilo, como en san Benito,
Europa reencuentra sus raíces espirituales. Ahora que llega a
término el segundo milenio del nacimiento de Cristo, se les
debe venerar juntos, como patronos de nuestro pasado y como
santos a quienes las Iglesias y las naciones del continente europeo
confían su futuro.
54. El otro acontecimiento que me es
grato recordar es la celebración del Milenio del Bautismo de
la Rus' (988-1988). La Iglesia católica, y de modo particular
la Sede Apostólica, quisieron tomar parte en las celebraciones
jubilares y trataron de señalar cómo el Bautismo
conferido en Kiev a san Vladimiro fue uno de los sucesos centrales
para la evangelización del mundo. A ello deben su fe no sólo
las grandes naciones eslavas del Este europeo, sino también
los pueblos que viven más allá de los montes Urales y
hasta Alaska.
En esta perspectiva encuentra su motivo
más profundo una expresión que he usado otras veces:
¡la Iglesia debe respirar con sus dos pulmones! En el primer
milenio de la historia del cristianismo se hace referencia sobre todo
a la dualidad BizancioRoma; desde el Bautismo de la Rus' en adelante,
esta expresión ensancha sus horizontes: la evangelización
se ha extendido a un ámbito mucho más amplio, de modo
que aquella expresión se refiere ya a la Iglesia entera. Si se
considera además que este acontecimiento salvífico, que
tuvo lugar en las orillas del Dniepr, se remonta a una época
en la que la Iglesia de Oriente y la de Occidente no estaban
divididas, se comprende claramente cómo la perspectiva que
debe seguirse para buscar la comunión plena es aquella de la
unidad en la legítima diversidad. Es lo que he afirmado con
fuerza en la Carta encíclica Slavorum apostoli(85)
dedicada a los santos Cirilo y Metodio y en la Carta apostólica
Euntes in mundum(86) dirigida a los fieles de la Iglesia
católica en la conmemoración del Milenio del Bautismo
de la Rus' de Kiev.
Iglesias hermanas
55. El Decreto conciliar Unitatis
redintegratio tiene presente en su horizonte histórico la
unidad que, a pesar de todo, se vivió en el primer milenio y
que se configura, en cierto sentido, como modelo. « Es grato
para el sagrado Concilio recordar a todos [...] que en Oriente
florecen muchas Iglesias particulares o locales, entre las que ocupan
el primer lugar las Iglesias patriarcales, y muchas de éstas
se glorían de tener su origen en los mismos Apóstoles
».(87) El camino de la Iglesia se inició en Jerusalén
el día de Pentecostés y todo su desarrollo original en
la oikoumene de entonces se concentraba alrededor de Pedro y
de los Once (cf. Hch 2, 14). Las estructuras de la Iglesia en
Oriente y en Occidente se formaban por tanto en relación con
aquel patrimonio apostólico. Su unidad, en el primer milenio,
se mantenía en esas mismas estructuras mediante los Obispos,
sucesores de los Apóstoles, en comunión con el Obispo
de Roma. Si hoy, al final del segundo milenio, tratamos de
restablecer la plena comunión, debemos referirnos a esta
unidad estructurada así.
El Decreto sobre el ecumenismo señala
un posterior aspecto característico, gracias al cual todas las
Iglesias particulares permanecían en la unidad, la «
preocupación y el interés por conservar las relaciones
fraternas en comunión de fe y caridad que deben tener
vigencia, como entre hermanos, entre las Iglesias locales ».(88)
56. Después del Concilio
Vaticano II y con referencia a aquella tradición, se ha
restablecido el uso de llamar « Iglesias hermanas » a las
Iglesias particulares o locales congregadas en torno a su Obispo. La
supresión además de las excomuniones recíprocas,
quitando un doloroso obstáculo de orden canónico y
psicológico, ha sido un paso muy significativo en el camino
hacia la plena comunión.
Las estructuras de unidad existentes
antes de la división son un patrimonio de experiencia que guía
nuestro camino para la plena comunión. Obviamente, durante el
segundo milenio, el Señor no ha dejado de dar a su Iglesia
abundante frutos de gracia y crecimiento. Pero por desgracia el
progresivo distanciamiento recíproco entre las Iglesias de
Occidente y las de Oriente las ha privado de las riquezas de sus
dones y ayudas mutuas. Es necesario hacer con la gracia de Dios un
gran esfuerzo para restablecer entre ellas la plena comunión,
fuente de tantos bienes para la Iglesia de Cristo. Este esfuerzo
exige toda nuestra buena voluntad, la oración humilde y una
colaboración perseverante que no se debe desanimar ante nada.
San Pablo nos amonesta: « Ayudaos mutuamente a llevar vuestras
cargas » (Ga 6, 2). ¡Cómo se adapta a
nosotros y qué actual es la exhortación del Apóstol!
El término tradicional de « Iglesias hermanas »
debería acompañarnos incesantemente en este camino.
57. Como deseaba el Papa Pablo VI,
nuestro objetivo es el de reencontrar juntos la plena unidad en la
legítima diversidad: « Dios nos ha concedido recibir en
la fe este testimonio de los Apóstoles. Por el Bautismo somos
uno en Cristo Jesús (cf. Ga 3, 28). En virtud de
la sucesión apostólica, el Sacerdocio y la Eucaristía
nos unimos más íntimamente; participando de los dones
de Dios a su Iglesia, estamos en comunión con el Padre, por el
Hijo, en el Espíritu Santo [...] En cada Iglesia local se
realiza este misterio del amor divino. ¿Acaso no es éste
el motivo por el que las Iglesias locales gustaban llamarse con la
bella expresión tradicional de Iglesias hermanas? (cf. Decr.
Unitatis redintegratio, 14). Esta vida de Iglesias hermanas la
vivimos durante siglos, celebrando juntos los Concilios ecuménicos,
que defendieron el depósito de la fe de toda alteración.
Ahora, después de un largo período de división e
incomprensión recíproca, el Señor nos concede
redescubrirnos como Iglesias hermanas, a pesar de los obstáculos
que en el pasado se interpusieron entre nosotros ».(89) Si hoy,
a las puertas del tercer milenio, buscamos el restablecimiento de la
plena comunión, debemos tender a la realización de este
objetivo y debemos hacer referencia al mismo.
El contacto con esta gloriosa tradición
es fecundo para la Iglesia. « Las Iglesias de Oriente —afirma
el Concilio— poseen desde su origen un tesoro, del que la
Iglesia de Occidente ha tomado muchas cosas en materia litúrgica,
en la tradición espiritual y en el ordenamiento jurídico
».(90)
Forman parte de este « tesoro »
también « las riquezas de aquellas tradiciones
espirituales que encontraron su expresión principalmente en el
monaquismo. Pues allí, desde los tiempos gloriosos de los
Santos Padres, floreció aquella espiritualidad monástica,
que se extendió luego a Occidente».(91) Como he señalado
en la reciente Carta apostólica Orientale lumen, las
Iglesias de Oriente han vivido con gran generosidad el compromiso
testimoniado por la vida monástica, « comenzando por la
evangelización, que es el servicio más alto que el
cristiano puede prestar a su hermano, para proseguir con muchas otras
formas de ayuda espiritual y material. Es más, se puede decir
que el monaquismo fue en la antigüedad —y, en varias
ocasiones, también en tiempos posteriores— el
instrumento privilegiado para la evangelización de los pueblos
».(92)
El Concilio no se limita a señalar
todo lo que hace semejantes entre sí a las Iglesias en Oriente
y en Occidente. En armonía con la verdad histórica no
duda en afirmar: « No hay que admirarse, pues, de que a veces
unos hayan captado mejor que otros y expongan con mayor claridad
algunos aspectos del misterio revelado, de manera que hay que
reconocer que con frecuencia las varias fórmulas teológicas,
más que oponerse, se complementan entre sí ».(93)
El intercambio de dones entre las Iglesias en su complementariedad
hace fecunda la comunión.
58. El Concilio Vaticano II ha sacado
de la consolidada comunión de fe ya existente conclusiones
pastorales adecuadas para la vida concreta de los fieles y para la
promoción del espíritu de unidad. En función de
los estrechísimos vínculos sacramentales existentes
entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas, el Decreto
Orientalium ecclesiarum ha puesto de relieve que « la
práctica pastoral demuestra, en lo que se refiere a los
hermanos orientales, que se pueden y se deben considerar diversas
circunstancias personales en las que ni sufre daño la unidad
de la Iglesia, ni hay peligros que se deban evitar, y apremia la
necesidad de salvación y el bien espiritual de las almas. Por
eso, la Iglesia católica, según las circunstancias de
tiempos, lugares y personas, usó y usa con frecuencia un modo
de actuar más suave, ofreciendo a todos medios de salvación
y testimonio de caridad entre los cristianos, mediante la
participación en los sacramentos y en otras funciones y cosas
sagradas ».(94)
Esta orientación teológica
y pastoral, con la experiencia de los años del posconcilio, ha
sido recogida por los dos Códigos de Derecho Canónico.(95)
Ha sido desarrollada desde el punto de vista pastoral por el
Directorio para la aplicación de los principio y de las
normas acerca del ecumenismo.(96)
En esta materia tan importante y
delicada, es necesario que los Pastores instruyan con atención
a los fieles para que éstos conozcan con claridad las razones
precisas tanto de esta participación en el culto litúrgico
como de las distintas disciplinas existentes al respecto.
No se debe perder nunca de vista la
dimensión eclesiológica de la participación en
los sacramentos, sobre todo en la sagrada Eucaristía.
Progresos del diálogo
59. Desde su creación en 1979,
la Comisión mixta internacional para el diálogo
teológico entre la Iglesia católica y la Iglesia
ortodoxa en su conjunto ha trabajado intensamente, orientando
progresivamente su labor hacia las perspectivas que, de común
acuerdo, habían sido determinadas con el fin de restablecer la
plena comunión entre las dos Iglesias. Esta comunión
basada en la unidad de fe, en continuidad con la experiencia y la
tradición de la Iglesia antigua, encontrará su plena
expresión en la concelebración de la Eucaristía.
Con actitud positiva, basándose en cuanto tenemos en común,
la Comisión mixta ha podido avanzar sustancialmente y, como
pude declarar junto con el venerable Hermano, Su Santidad Dimitrios
I, Patriarca ecuménico, ha logrado expresar « lo que la
Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa pueden ya profesar
juntas como fe común sobre el misterio de la Iglesia y el
vínculo entre la fe y los sacramentos ».(97) La comisión
ha podido constatar y afirmar además que « en nuestras
Iglesias la sucesión apostólica es fundamental para la
santificación y la unidad del pueblo de Dios ».(98) Se
trata de puntos de referencia importantes para la continuación
del diálogo. Más aún: estas afirmaciones hechas
en común constituyen la base que permite a los católicos
y ortodoxos ofrecer desde ahora, en nuestro tiempo, un testimonio
común fiel y concorde para que el nombre del Señor sea
anunciado y glorificado.
60. Más recientemente, la
Comisión mixta internacional ha dado un paso significativo en
la cuestión tan delicada del método a seguir en la
búsqueda de la comunión plena entre la Iglesia católica
y la Iglesia ortodoxa, cuestión que ha alterado con frecuencia
las relaciones entre católicos y ortodoxos. La Comisión
ha puesto las bases doctrinales para una solución positiva del
problema, que se fundamentan en la doctrina de las Iglesias hermanas.
En este contexto se ha visto también claramente que el método
a seguir para la plena comunión es el diálogo de la
verdad, animado y sostenido por el diálogo de la caridad. El
derecho reconocido a las Iglesias orientales católicas de
organizarse y desarrollar su apostolado, así como la
participación efectiva de estas Iglesias en el diálogo
de la caridad y en el teológico, favorecerán no sólo
un real y fraterno respeto recíproco entre los ortodoxos y los
católicos que viven en un mismo territorio, sino también
su común empeño en la búsqueda de la unidad.(99)
Se ha dado un paso adelante. El
esfuerzo debe continuar. Se puede constatar desde ahora una
pacificación de los ánimos, que hace la búsqueda
más fecunda.
Respecto a las Iglesias orientales en
comunión con la Iglesia católica, el Concilio dijo: «
Este santo Sínodo, dando gracias a Dios porque muchos
orientales, hijos de la Iglesia 1 viven ya en comunión plena
con los hermanos que practican la tradición occidental,
declara que todo este patrimonio espiritual y litúrgico,
disciplinar y teológico, en sus diversas tradiciones,
pertenece a la plena catolicidad y apostolicidad de la Iglesia
».(100) Ciertamente las Iglesias orientales católicas,
en el espíritu del Decreto sobre el ecumenismo, podrán
participar positivamente en el diálogo de la caridad y en el
diálogo teológico, tanto a nivel local como universal,
contribuyendo así a la recíproca comprensión y a
una búsqueda dinámica de la plena unidad.(101)
61. En esta línea, la Iglesia
católica no busca más que la plena comunión
entre Oriente y Occidente. Para ello se inspira en la experiencia del
primer milenio. En efecto, en este período « el
desarrollo de diferentes experiencias de vida eclesial no impedía
que, mediante relaciones recíprocas, los cristianos pudieran
seguir teniendo la certeza de que en cualquier Iglesia se podían
sentir como en casa, porque de todas se elevaba, con una admirable
variedad de lenguas y de modulaciones, la alabanza al único
Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo; todas se hallaban
reunidas para celebrar la Eucaristía, corazón y modelo
para la comunidad no sólo por lo que atañe a la
espiritualidad o a la vida moral, sino también para la
estructura misma de la Iglesia, en la variedad de los ministerios y
de los servicios bajo la presidencia del Obispo, sucesor de los
Apóstoles. Los primeros Concilios son un testimonio elocuente
de esta constante unidad en la diversidad ».(102) ¿Cómo
reconstruir la unidad después de casi mil años? Esta es
la gran tarea que debe asumir y que corresponde también a la
Iglesia ortodoxa. De ahí se comprende la gran actualidad del
diálogo, sostenido por la luz y la fuerza del Espíritu
Santo.
Relaciones con las antiguas Iglesias de
Oriente
62. Después del Concilio
Vaticano II la Iglesia católica, con modalidades y ritmos
diversos, ha reanudado también las relaciones fraternas con
aquellas antiguas Iglesias de Oriente que contestaron las fórmulas
dogmáticas de los Concilios de Efeso y Calcedonia. Todas estas
Iglesias enviaron observadores delegados al Concilio Vaticano II; sus
Patriarcas nos han honrado con sus visitas y con ellos el Obispo de
Roma ha podido hablar como con unos hermanos que, después de
mucho tiempo, se reencuentran con alegría.
La reanudación de las relaciones
fraternas con las antiguas Iglesias de Oriente, testigos de la fe
cristiana en situaciones con frecuencia hostiles y trágicas,
es un signo concreto de cómo Cristo nos une a pesar de las
barreras históricas, políticas, sociales y culturales.
Precisamente en relación al tema cristológico, hemos
podido declarar junto con los Patriarcas de algunas de estas Iglesias
nuestra fe común en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero
hombre. El Papa Pablo VI de venerable memoria firmó unas
declaraciones en este sentido con Su Santidad Shenouda III, Papa de
Alejandría y Patriarca copto ortodoxo,(103) con el Patriarca
siro ortodoxo de Antioquía, Su Santidad Jacoub III.(104) Yo
mismo he podido ratificar este acuerdo cristológico y extraer
consecuencias: para el desarrollo del diálogo con el Papa
Shenouda(105) y para la colaboración pastoral con el Patriarca
siro de Antioquía Mar Ignacio Zakka I Iwas.(106)
Con el venerable Patriarca de la
Iglesia de Etiopía, Abuna Paulos, que me visitó en Roma
el 11 de junio de 1993, hemos puesto de relieve la profunda comunión
existente entre nuestras dos Iglesias: « Compartimos la fe
transmitida por los Apóstoles, así como los mismos
sacramentos y el mismo ministerio, que se remontan a la sucesión
apostólica [...]. Hoy, además, podemos afirmar que
profesamos la misma fe en Cristo, a pesar de que durante mucho tiempo
esto fue causa de división entre nosotros ».(107)
Más recientemente, el Señor
me ha concedido la gracia de firmar una declaración común
cristológica con el Patriarca asirio de Oriente, Su Santidad
Mar Dinkha IV, que por este motivo me visitó en Roma en el mes
de noviembre de 1994. Teniendo en cuenta las formulaciones teológicas
diferentes, hemos podido así profesar juntos la verdadera fe
en Cristo.(108) Quiero manifestar mi alegría por todo esto con
las palabras de la Virgen: « Proclama mi alma la grandeza del
Señor » (Lc 1, 46).
63. En las controversias tradicionales
sobre la cristología, los contactos ecuménicos han
hecho pues posible clarificaciones esenciales, que nos han permitido
confesar juntos aquella fe que tenemos en común. Una vez más
se debe constatar que este importante logro es seguramente fruto de
la profundización teológica y del diálogo
fraterno. Y no sólo esto. Ello nos estimula: en efecto, nos
muestra que el camino recorrido es justo y que es razonable esperar
encontrar juntos la solución para las demás cuestiones
controvertidas.
Diálogo con las otras Iglesias y
Comunidades eclesiales en Occidente
64. En el amplio objetivo dirigido al
restablecimiento de la unidad entre todos los cristianos, el Decreto
sobre ecumenismo toma en consideración igualmente las
relaciones con las Iglesias y Comunidades eclesiales de Occidente. A
fin de instaurar un clima de fraternidad cristiana y de diálogo,
el Concilio presenta dos consideraciones de orden general: una de
carácter histórico-psicológico y otra de
carácter teológico-doctrinal. Por una parte, el
documento citado señala: « Las Iglesias y Comunidades
eclesiales que se separaron de la Sede Apostólica Romana, bien
en aquella gravísima crisis que comenzó en Occidente ya
a finales de la Edad Media, bien en tiempos posteriores, están
unidas con la Iglesia católica por una peculiar relación
de afinidad a causa del mucho tiempo en que, en siglos pasados, el
pueblo cristiano llevó una vida en comunión
eclesiástica ».(109) Por otra parte, se constata con
idéntico realismo: « Hay que reconocer que entre estas
Iglesias y Comunidades y la Iglesia católica existen
discrepancias de gran peso, no sólo de índole
histórica, sociológica, psicológica y cultural,
sino, ante todo, de interpretación de la verdad revelada
».(110)
65. Son comunes las raíces y son
semejantes, a pesar de las diferencias, las orientaciones que han
inspirado en Occidente el desarrollo de la Iglesia católica y
de las Iglesias y Comunidades surgidas de la Reforma. Por lo tanto,
ellas poseen una característica occidental común. Las «
divergencias » mencionadas antes, aunque importantes, no
excluyen pues recíprocas influencias y aspectos
complementarios.
El movimiento ecuménico comenzó
precisamente en el ámbito de las Iglesias y Comunidades de la
Reforma. Contemporáneamente, ya en enero de 1920, el
Patriarcado ecuménico había expresado su deseo de que
se organizase una colaboración entre las Comuniones
cristianas. Este hecho muestra que la incidencia del trasfondo
cultural no es determinante. En cambio es esencial la cuestión
de la fe. La oración de Cristo, nuestro único Señor,
Redentor y Maestro, habla a todos del mismo modo, tanto al Oriente
como al Occidente. Esa oración es un imperativo que nos exige
abandonar las divisiones, para buscar y reencontrar la unidad,
animados incluso por las mismas y amargas experiencias de la
división.
66. El Concilio Vaticano II no pretende
hacer la « descripción » del cristianismo
posterior a la Reforma, ya que « estas Iglesias y Comunidades
eclesiales difieren mucho, no sólo de nosotros, sino también
entre sí », y esto « por la diversidad de su
origen, doctrina y vida espiritual ».(111) Además, el
mismo Decreto observa cómo el movimiento ecuménico y el
deseo de paz con la Iglesia católica no ha penetrado aún
en todas partes.(112) Sin embargo, el Concilio propone el diálogo
independientemente de estas circunstancias.
El Decreto conciliar trata después
de « ofrecer [...] algunos puntos que pueden y deben ser
fundamento y estímulo para este diálogo ».(113)
« Nuestra atención se
dirige 4 a aquellos cristianos que confiesan públicamente a
Jesucristo como Dios y Señor, y único mediador entre
Dios y los hombres, para gloria del único Dios Padre, Hijo y
Espíritu Santo ».(114)
Estos hermanos cultivan el amor y la
veneración por las Sagradas Escrituras: « Invocando al
Espíritu Santo, buscan en la Sagrada Escritura a Dios como a
quien les habla en Cristo, anunciado por los profetas, Verbo de Dios,
encarnado por nosotros. En ella contemplan la vida de Cristo y cuanto
el divino Maestro enseñó y realizó para la
salvación de los hombres, sobre todo los misterios de su
muerte y resurrección [...]; afirman la autoridad divina de
los Sagrados Libros ».(115)
Al mismo tiempo, sin embargo, «
piensan de distinta manera que nosotros [...] acerca de la relación
entre las Escrituras y la Iglesia, en la cual, según la fe
católica, el magisterio auténtico tiene un lugar
peculiar en la exposición y predicación de la palabra
de Dios escrita ».(116) A pesar de esto, « en el diálogo
[ecuménico]... las Sagradas Escrituras son un instrumento
precioso en la mano poderosa de Dios para lograr la unidad que el
Salvador ofrece a todos los hombres ».(117)
Además, el sacramento del
Bautismo, que tenemos en común, representa « un vínculo
sacramental de unidad, vigente entre los que han sido regenerados por
él ».(118) Las implicaciones teológicas,
pastorales y ecuménicas del común Bautismo son muchas e
importantes. Si bien por sí mismo constituye « sólo
un principio y un comienzo », este sacramento « se ordena
a la profesión íntegra de la fe, a la incorporación
plena en la economía de la salvación, como el mismo
Cristo quiso, y finalmente a la incorporación íntegra
en la comunión eucarística ».(119)
67. Han surgido divergencias
doctrinales e históricas del tiempo de la Reforma a propósito
de la Iglesia, de los sacramentos y del Ministerio ordenado. El
Concilio pide por tanto « establecer como objeto de diálogo
la doctrina sobre la Cena del Señor, sobre los demás
sacramentos, sobre el culto y los ministerios de la Iglesia ».(120)
El Decreto Unitatis redintegratio,
poniendo de relieve cómo a las Comunidades posteriores a la
Reforma les falta « esa unidad plena con nosotros que dimana
del Bautismo », advierte que ellas, « sobre todo por
defecto del sacramento del Orden, no han conservado la sustancia
genuina e íntegra del Misterio eucarístico »,
aunque, « al conmemorar en la santa Cena la muerte y
resurrección del Señor, profesan que en la comunión
con Cristo se significa la vida, y esperan su venida gloriosa».(121)
68. El Decreto no olvida la vida
espiritual y las consecuencias morales: « La vida cristiana de
estos hermanos se nutre de la fe en Cristo y se fomenta con la gracia
del Bautismo y la escucha de la palabra de Dios. Se manifiesta en la
oración privada, en la meditación bíblica, en la
vida de la familia cristiana, en el culto de la comunidad congregada
para alabar a Dios. Por otra parte, su culto presenta, a veces,
elementos notables de la antigua liturgia común ».(122)
Además, el documento conciliar
no se limita a estos aspectos espirituales, morales y culturales,
sino que extiende su consideración al vivo sentimiento de la
justicia y a la caridad sincera hacia el prójimo, que están
presentes en estos hermanos; no olvida tampoco sus iniciativas para
hacer más humanas las condiciones sociales de la vida y para
restablecer la paz. Todo esto con la sincera voluntad de adherirse a
la palabra de Cristo como fuente de la vida cristiana.
De este modo el texto manifiesta una
problemática que, en el campo ético-moral, se hace cada
vez más urgente en nuestro tiempo: « Muchos cristianos
no entienden el Evangelio [...] de igual manera que los católicos
».(123) En esta amplia materia hay un gran espacio de diálogo
sobre los principios morales del Evangelio y sus aplicaciones.
69. Los deseos y la invitación
del Concilio Vaticano II se han realizado, y progresivamente se ha
abierto el diálogo teológico bilateral con las
diferentes Iglesias y Comunidades cristianas mundiales de Occidente.
Por otra parte, en relación al
diálogo multilateral, ya en 1964 se inició el proceso
para la constitución de un « Grupo Mixto de Trabajo »
con el Consejo Ecuménico de las Iglesias, y desde 1968,
algunos teólogos católicos entraron a formar parte,
como miembros de pleno derecho, del Departamento teológico de
dicho Consejo, la Comisión « Fe y Constitución ».
El diálogo ha sido y es fecundo,
rico de promesas. Los temas propuestos por el Decreto conciliar como
materia de diálogo han sido ya afrontados, o lo serán
pronto. La reflexión de los diversos diálogos
bilaterales, realizados con una entrega que merece el elogio de toda
la comunidad ecuménica, se ha centrado sobre muchas cuestiones
controvertidas como el Bautismo, la Eucaristía, el Ministerio
ordenado, la sacramentalidad y la autoridad de la Iglesia, la
sucesión apostólica. Se han delineado así
perspectivas de solución inesperadas y al mismo tiempo se ha
comprendido la necesidad de examinar más profundamente algunos
argumentos.
70. Esta investigación difícil
y delicada, que implica problemas de fe y respeto de la propia
conciencia y de la del otro, ha estado acompañada y sostenida
por la oración de la Iglesia católica y de las otras
Iglesias y Comunidades eclesiales. La oración por la unidad,
tan enraizada y difundida ya en la realidad eclesial, muestra que los
cristianos son conscientes de la importancia de la cuestión
ecuménica. Precisamente porque la búsqueda de la plena
unidad exige confrontar la fe entre creyentes que tienen un único
Señor, la oración es la fuente que ilumina la verdad
que se ha de acoger enteramente.
Asimismo, por medio de la oración,
la búsqueda de la unidad, lejos de quedar restringida al
ámbito de los especialistas, se extiende a cada bautizado.
Todos, independientemente de su misión en la Iglesia y de su
formación cultural, pueden contribuir activamente, de forma
misteriosa y profunda.
Relaciones eclesiales
71. Es necesario dar gracias también
a la Divina Providencia por todos los acontecimientos que testimonian
el progreso hacia la búsqueda de la unidad. Junto al diálogo
teológico es oportuno mencionar las demás formas de
encuentro, la oración en común y la colaboración
práctica. El Papa Pablo VI dio un gran impulso a este proceso
con su visita el 10 de junio de 1969 a la sede del Consejo Ecuménico
de las Iglesias en Ginebra, y recibiendo muchas veces a
representantes de varias Iglesias y Comunidades eclesiales. Estos
contactos contribuyen eficazmente a mejorar el conocimiento recíproco
y a incrementar la fraternidad cristiana.
El Papa Juan Pablo I, al inicio de su
brevísimo pontificado, manifestó la voluntad de
continuar el camino.(124) El Señor me ha concedido a mí
proseguir en esta dirección. Además de los importantes
encuentros ecuménicos en Roma, una parte significativa de mis
visitas pastorales se dedica regularmente al testimonio en favor de
la unidad de los cristianos. Algunos de mis viajes tienen incluso una
« prioridad » ecuménica, especialmente en los
países donde las comunidades católicas constituyen una
minoría respecto a las Comuniones posteriores a la Reforma; o
donde estas últimas representan una porción
considerable de los creyentes en Cristo de una sociedad determinada.
72. Esto se refiere sobre todo a los
países europeos, donde tuvieron inicio estas divisiones, y a
América del Norte. En este contexto, y sin hacer de menos las
demás visitas, merecen atención especial las que, en el
continente europeo, realicé por dos veces a Alemania, en
noviembre de 1980 y en abril-mayo de 1987; la visita al Reino Unido
(Inglaterra, Escocia y Gales) en mayo-junio de 1982; a Suiza en junio
de 1984; y a los Países escandinavos y nórdicos
(Finlandia, Suecia, Noruega, Dinamarca e Islandia), a donde fui en
junio de 1989. En el gozo, el respeto recíproco, la
solidaridad cristiana y la oración, me he encontrado con
tantos y tantos hermanos, todos comprometidos en la búsqueda
de la fidelidad al Evangelio. Constatar todo esto ha sido para mí
motivo de gran aliento. Hemos experimentado la presencia del Señor
entre nosotros.
Quisiera a este respecto recordar una
actitud inspirada por la caridad fraterna y caracterizada por la
profunda luz de fe que he vivido con intensa participación. Me
refiero a las celebraciones eucarísticas que presidí en
Finlandia y Suecia durante mi viaje a los Países escandinavos
y nórdicos. En el momento de la comunión, los Obispos
luteranos se acercaron al celebrante. Ellos quisieron manifestar con
un gesto concordado el deseo de alcanzar el momento en que nosotros,
católicos y luteranos, podremos participar en la misma
Eucaristía, y quisieron recibir la bendición del
celebrante. Con amor, los bendije. El mismo gesto, tan rico de
significado, se repitió en Roma durante la misa que presidí
en la plaza Farnese con ocasión del VI centenario de la
canonización de santa Brígida, el 6 de octubre de 1991.
He encontrado también
sentimientos análogos al otro lado del océano, en
Canadá, en septiembre de 1984; y especialmente en septiembre
de 1987 en los Estados Unidos, donde se percibe una gran apertura
ecuménica. Es el caso, por ejemplo, del encuentro ecuménico
en Columbia, en Carolina del Sur el 11 de septiembre de 1987. El
hecho de que tengan lugar con regularidad estos encuentros entre los
hermanos de la « Posreforma » y el Papa es en sí
mismo importante. Estoy profundamente agradecido porque tanto los
responsables de las diferentes Comunidades, como las Comunidades en
su conjunto, me han acogido de buen grado. Desde este punto de vista
considero significativa la celebración ecuménica de la
Palabra, tenida en Columbia sobre el tema de la familia.
73. Además es motivo de gran
alegría comprobar que durante el período posconciliar y
en las Iglesias locales abundan las iniciativas y las acciones en
favor de la unidad de los cristianos, las cuales extienden su
incidencia directa a las Conferencias episcopales, diócesis y
comunidades parroquiales, así como a los distintos movimientos
eclesiales.
Colaboraciones realizadas
74. « No todo el que me diga:
'Señor, Señor', entrará en el Reino de los
Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial »
(Mt 7, 21). La coherencia y honestidad de las intenciones y
afirmaciones de principio se verifican aplicándolas en la vida
concreta. El Decreto conciliar sobre el ecumenismo nota cómo
en los otros cristianos « la fe con la que se cree en Cristo
produce frutos de alabanza y acción de gracias por los
beneficios recibidos de Dios; se añade, además, un vivo
sentido de la justicia y una sincera caridad para con el prójimo
».(125)
Esto último es un terreno fértil
no sólo para el diálogo, sino también para una
colaboración dinámica: la « fe activa ha
producido también no pocas instituciones para aliviar la
miseria espiritual y corporal, para cultivar la educación de
la juventud, para humanizar las condiciones sociales de vida, para
consolidar la paz en el mundo ».(126)
La vida social y cultural ofrece
amplios espacios de colaboración ecuménica. Cada vez
con más frecuencia los cristianos se unen para defender la
dignidad humana, para promover el bien de la paz, la aplicación
social del Evangelio, para hacer presente el espíritu
cristiano en las ciencias y en las artes. Se unen cada vez más
para hacer frente a las miserias de nuestro tiempo: el hambre, las
calamidades y la injusticia social.
75. Esta cooperación, que se
inspira en el Evangelio mismo, nunca es para los cristianos una mera
acción humanitaria. Tiene su razón de ser en la palabra
del Señor: « Tuve hambre, y me disteis de comer »
(Mt 25, 35). Como ya he señalado, la cooperación
de todos los cristianos manifiesta claramente aquel grado de comunión
que ya existe entre ellos.(127)
De cara al mundo, la acción
conjunta de los cristianos en la sociedad tiene entonces el valor
trasparente de un testimonio dado en común al nombre del
Señor. Asume también las dimensiones de un anuncio, ya
que revela el rostro de Cristo.
Las divergencias doctrinales que
permanecen ejercen un influjo negativo y ponen límites incluso
a la colaboración. Sin embargo, la comunión de fe ya
existente entre los cristianos ofrece una base sólida no sólo
para su acción conjunta en el campo social, sino también
en el ámbito religioso.
Esta cooperación facilitará
la búsqueda de la unidad. El Decreto sobre el ecumenismo
señala que con ella « los que creen en Cristo aprenderán
fácilmente cómo pueden conocerse mejor los unos a los
otros, apreciarse más y allanar el camino de la unidad de los
cristianos ».(128)
76. ¿Cómo no recordar, en
este contexto, el interés ecuménico por la paz que se
manifiesta en la oración y en la acción con una
participación creciente de los cristianos y con una motivación
teológica cada vez más profunda? No podría ser
de otro modo. ¿Acaso no creemos en Jesucristo, Príncipe
de la paz? Los cristianos están cada vez más unidos en
el rechazo de la violencia, de todo tipo de violencia, desde la
guerra a la injusticia social.
Estamos llamados a un esfuerzo cada vez
más activo, para que se vea aún más claramente
que los motivos religiosos no son la causa verdadera de los
conflictos actuales, aunque, lamentablemente, no haya desaparecido el
riesgo de instrumentalizaciones con fines políticos y
polémicos.
En 1986, en Asís, durante la
Jornada Mundial de oración por la paz, los cristianos
de las diversas Iglesias y Comunidades eclesiales invocaron con una
sola voz al Señor de la historia por la paz del mundo. Aquel
día, de modo distinto pero paralelo, rezaron por la paz
también los Hebreos y los Representantes de las religiones no
cristianas, en una sintonía de sentimientos que hicieron
vibrar las dimensiones más profundas del espíritu
humano.
No quisiera olvidar la Jornada de
oración por la paz en Europa, especialmente en los Balcanes,
que me llevó como peregrino a la ciudad de san Francisco el 9
y 10 de enero de 1993, y la Misa por la paz en los Balcanes, y en
particular en Bosnia-Herzegovina, que presidí el 23 de
enero de 1994 en la Basílica de san Pedro en el marco de la
Semana de oración por la unidad de los cristianos.
Cuando nuestra mirada recorre el mundo,
la alegría invade nuestro ánimo. En efecto, constatamos
cómo los cristianos se sienten cada vez más
interpelados por el problema de la paz. Lo consideran relacionado
íntimamente con el anuncio del Evangelio y con la venida del
Reino de Dios.
III
QUANTA EST NOBIS VIA?
Continuar intensificando el
diálogo
77. Podemos ahora preguntarnos cuánto
camino nos separa todavía del feliz día en que se
alcance la plena unidad en la fe y podamos concelebrar en concordia
la sagrada Eucaristía del Señor. El mejor conocimiento
recíproco que ya se da entre nosotros, las convergencias
doctrinales alcanzadas, que han tenido como consecuencia un
crecimiento afectivo y efectivo de la comunión, no son
suficientes para la conciencia de los cristianos que profesan la
Iglesia una, santa, católica y apostólica. El fin
último del movimiento ecuménico es el restablecimiento
de la plena unidad visible de todos los bautizados.
En vista de esta meta, todos los
resultados alcanzados hasta ahora no son más que una etapa, si
bien prometedora y positiva.
78. Dentro del movimiento ecuménico,
no es sólo la Iglesia católica, junto con las Iglesias
ortodoxas, quien posee esta concepción exigente de la unidad
querida por Dios. La tendencia hacia una unidad de este tipo aparece
expresada también por otros.(129)
El ecumenismo implica que las
Comunidades cristianas se ayuden mutuamente para que en ellas esté
verdaderamente presente todo el contenido y todas las exigencias de «
la herencia transmitida por los Apóstoles ».(130) Sin
eso, la plena comunión nunca será posible. Esta ayuda
mutua en la búsqueda de la verdad es una forma suprema de
caridad evangélica.
La búsqueda de la unidad se ha
puesto de manifiesto en varios documentos de las numerosas Comisiones
mixtas internacionales de diálogo. En tales textos se trata
del Bautismo, de la Eucaristía, del Ministerio y la Autoridad
partiendo de una cierta unidad fundamental de doctrina.
De esta unidad fundamental, aunque
parcial, se debe pasar ahora a la necesaria y suficiente unidad
visible, que se exprese en la realidad concreta, de modo que las
Iglesias realicen verdaderamente el signo de aquella comunión
plena en la Iglesia una, santa, católica y apostólica
que se realizará en la concelebración eucarística.
Este camino hacia la necesaria y
suficiente unidad visible, en la comunión de la única
Iglesia querida por Cristo, exige todavía un trabajo paciente
y audaz. Para ello es necesario no imponer más cargas de las
indispensables (cf. Hch 15, 28).
79. Desde ahora es posible indicar los
argumentos que deben ser profundizados para alcanzar un verdadero
consenso de fe: 1) las relaciones entre la sagrada Escritura, suprema
autoridad en materia de fe, y la sagrada Tradición,
interpretación indispensable de la palabra de Dios; 2) la
Eucaristía, sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo, ofrenda
de alabanza al Padre, memorial sacrificial y presencia real de
Cristo, efusión santificadora del Espíritu Santo; 3) el
Orden, como sacramento, bajo el triple ministerio del episcopado,
presbiterado y diaconado; 4) el Magisterio de la Iglesia, confiado al
Papa y a los Obispos en comunión con él, entendido como
responsabilidad y autoridad en nombre de Cristo para la enseñanza
y salvaguardia de la fe; 5) la Virgen María, Madre de Dios e
Icono de la Iglesia, Madre espiritual que intercede por los
discípulos de Cristo y por toda la humanidad.
En este valiente camino hacia la
unidad, la claridad y prudencia de la fe nos llevan a evitar el falso
irenismo y el desinterés por las normas de la Iglesia.(131)
Inversamente, la misma claridad y la misma prudencia nos recomiendan
evitar la tibieza en la búsqueda de la unidad y más aún
la oposición preconcebida, o el derrotismo que tiende a ver
todo como negativo.
Mantener una visión de la unidad
que tenga presente todas las exigencias de la verdad revelada no
significa poner un freno al movimiento ecuménico.(132) Al
contrario, significa no contentarse con soluciones aparentes, que no
conducirían a nada estable o sólido.(133) La exigencia
de la verdad debe llegar hasta el fondo. ¿Acaso no es ésta
la ley del Evangelio?
Acogida de los resultados alcanzados
80. Mientras prosigue el diálogo
sobre nuevos temas o se desarrolla con mayor profundidad, tenemos una
nueva tarea que llevar a cabo: cómo acoger los resultados
alcanzados hasta ahora. Estos no pueden quedarse en conclusiones de
las Comisiones bilaterales, sino que deben llegar a ser patrimonio
común. Para que sea así y se refuercen los vínculos
de comunión, es necesario un serio examen que, de modos,
formas y competencias diversas, abarque a todo el pueblo de Dios. En
efecto, se trata de cuestiones que con frecuencia afectan a la fe, y
éstas exigen el consenso universal, que se extiende desde los
Obispos a los fieles laicos, todos los cuales han recibido la unción
del Espíritu Santo.(134) Es el mismo Espíritu que
asiste al Magisterio y suscita el sensus fidei.
Para acoger los resultados del diálogo
es necesario pues un amplio y cuidadoso proceso crítico que
los analice y verifique con rigor su coherencia con la Tradición
de fe recibida de los Apóstoles y vivida en la comunidad de
los creyentes reunida en torno al Obispo, su legítimo Pastor.
81. Este proceso, que debe hacerse con
prudencia y actitud de fe, es animado por el Espíritu Santo.
Para que tenga un resultado favorable, es necesario que sus
aportaciones sean divulgadas oportunamente por personas competentes.
A este respecto, es de gran importancia la contribución que
los teólogos y las facultades de teología están
llamados a dar en razón de su carisma en la Iglesia. Además
es claro que las comisiones ecuménicas tienen, en este
sentido, responsabilidades y cometidos muy singulares.
Todo el proceso es seguido y ayudado
por los Obispos y la Santa Sede. La autoridad docente tiene la
responsabilidad de expresar el juicio definitivo.
En todo esto, será de gran ayuda
atenerse metodológicamente a la distinción entre el
depósito de la fe y la formulación con que se expresa,
como recomendaba el Papa Juan XXIII en el dis- curso pronunciado en
la apertura del Concilio Vaticano II.(135)
Continuar el ecumenismo espiritual y
testimoniar la santidad
82. Se comprende que la importancia de
la tarea ecuménica interpele profundamente a los fieles
católicos. El Espíritu los invita a un serio examen de
conciencia. La Iglesia católica debe entrar en lo que se
podría llamar « diálogo de conversión »,
en donde tiene su fundamento interior el diálogo ecuménico.
En ese diálogo, que se realiza ante Dios, cada uno debe
reconocer las propias faltas, confesar sus culpas, y ponerse de nuevo
en las manos de Aquél que es el Intercesor ante el Padre,
Jesucristo.
Ciertamente, en este proceso de
conversión a la voluntad del Padre y, al mismo tiempo, de
penitencia y confianza absoluta en el poder reconciliador de la
verdad que es Cristo, se halla la fuerza para llevar a buen fin el
largo y arduo camino ecuménico. El « diálogo de
conversión » de cada comunidad con el Padre, sin
indulgencias consigo misma, es el fundamento de unas relaciones
fraternas diversas de un mero entendimiento cordial o de una
convivencia sólo exterior. Los vínculos de la koinonia
fraterna se entrelazan ante Dios y en Jesucristo.
Sólo el ponerse ante Dios puede
ofrecer una base sólida para la conversión de los
cristianos y para la reforma continua de la Iglesia como institución
también humana y terrena,(136) que son las condiciones
preliminares de toda tarea ecuménica. Uno de los
procedimientos fundamentales del diálogo ecuménico es
el esfuerzo por comprometer a las Comunidades cristianas en este
espacio espiritual, interior, donde Cristo, con el poder del
Espíritu, las induce sin excepción a examinarse ante el
Padre y a preguntarse si han sido fieles a su designio sobre la
Iglesia.
83. He hablado de la voluntad del
Padre, del espacio espiritual en el que cada comunidad escucha la
llamada a superar los obstáculos para la unidad. Pues bien,
todas las Comunidades cristianas saben que una exigencia y una
superación de este tipo, con la fuerza que da el Espíritu,
no están fuera de su alcance. En efecto, todas tienen mártires
de la fe cristiana.(137) A pesar del drama de la división,
estos hermanos han mantenido una adhesión a Cristo y a su
Padre tan radical y absoluta que les ha permitido llegar hasta el
derramamiento de su sangre. ¿No es acaso esta misma adhesión
la que se pide en esto que he calificado como « diálogo
de conversión »? ¿No es precisamente este diálogo
el que señala la necesidad de llegar hasta el fondo en la
experiencia de verdad para alcanzar la plena comunión?
84. Si nos ponemos ante Dios, nosotros
cris- tianos tenemos ya un Martirologio común. Este
incluye también a los mártires de nuestro siglo, más
numerosos de lo que se piensa, y muestra cómo, en un nivel
profundo, Dios mantiene entre los bautizados la comunión en la
exigencia suprema de la fe, manifestada con el sacrifico de su
vida.(138) Si se puede morir por la fe, esto demuestra que se puede
alcanzar la meta cuando se trata de otras formas de aquella misma
exigencia. Ya he constatado, y con alegría, cómo la
comunión, imperfecta pero real, se mantiene y crece en muchos
niveles de la vida eclesial. Considero ahora que es ya perfecta en lo
que todos consideramos el vértice de la vida de gracia, el
martyria hasta la muerte, la comunión más
auténtica que existe con Cristo, que derrama su sangre y, en
este sacrificio, acerca a quienes un tiempo estaban lejanos (cf. Ef
2, 13).
Si los mártires son para todas
las Comunidades cristianas la prueba del poder de la gracia, no son
sin embargo los únicos que testimonian ese poder. La comunión
aún no plena de nuestras comunidades está en verdad
cimentada sólidamente, si bien de modo invisible, en la
comunión plena de los santos, es decir, de aquéllos que
al final de una existencia fiel a la gracia están en comunión
con Cristo glorioso. Estos santos proceden de todas las
Iglesias y Comunidades eclesiales, que les abrieron la entrada en la
comunión de la salvación.
Cuando se habla de un patrimonio común
se debe incluir en él no sólo las instituciones, los
ritos, los medios de salvación, las tradiciones que todas las
comunidades han conservado y por las cuales han sido modeladas, sino
en primer lugar y ante todo esta realidad de la santidad.(139)
En la irradiación que emana del
« patrimonio de los santos » pertenecientes a todas las
Comunidades, el « diálogo de conversión »
hacia la unidad plena y visible aparece entonces bajo una luz de
esperanza. En efecto, esta presencia universal de los santos prueba
la trascendencia del poder del Espíritu. Ella es signo y
testimonio de la victoria de Dios sobre las fuerzas del mal que
dividen la humanidad. Como cantan las liturgias, « al coronar
sus méritos coronas tu propia obra ».(140)
Donde existe la voluntad sincera de
seguir a Cristo, el Espíritu infunde con frecuencia su gracia
en formas diversas de las ordinarias. La experiencia ecuménica
nos ha permitido comprenderlo mejor. Si en el espacio espiritual
interior que he descrito las comunidades saben verdaderamente «
convertirse » a la búsqueda de la comunión plena
y visible, Dios hará por ellas lo que ha hecho por sus santos.
Hará superar los obstáculos heredados del pasado y las
guiará, por sus caminos, a donde El quiere: a la koinonia
visible que al mismo tiempo es alabanza de su gloria y servicio a
su designio de salvación.
85. Ya que Dios en su infinita
misericordia puede siempre sacar provecho incluso de las situaciones
que se contraponen a su designio, podemos descubrir cómo el
Espíritu ha hecho que las contrariedades sirvieran en algunos
casos para explicitar aspectos de la vocación cristiana, como
sucede en la vida de los santos. A pesar de la división, que
es un mal que debemos sanar, se ha producido como una comunicación
de la riqueza de la gracia que está destinada a embellecer la
koinonia. La gracia de Dios estará con todos aquellos
que, siguiendo el ejemplo de los santos, se comprometen a cumplir sus
exigencias. Y nosotros, ¿cómo podemos dudar de
convertirnos a las expectativas del Padre? El está con
nosotros.
Aportación de la Iglesia
católica en la búsqueda de la unidad de los cristianos
86. La Constitución Lumen
gentium, en una de sus afirmaciones fundamentales recogida por el
Decreto Unitatis redintegratio,(141) declara que la única
Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia católica.(142) El
Decreto sobre el ecumenismo señala la presencia en la misma de
la plenitud (plenitudo) de los medios de salvación.(143)
La plena unidad se realizará cuando todos participen de la
plenitud de medios de salvación que Cristo ha confiado a su
Iglesia.
87. En el camino que conduce hacia la
plena unidad, el diálogo ecuménico se esfuerza en
suscitar una recíproca ayuda fraterna a través de la
cual las comunidades se comprometan a intercambiarse aquello que cada
una necesita para crecer según el designio de Dios hacia la
plenitud definitiva (cf. Ef 4, 11-13). He afirmado cómo
somos conscientes, en cuanto Iglesia católica, de haber
recibido mucho del testimonio, de la búsqueda e incluso del
modo como las otras Iglesias y Comunidades cristianas han puesto de
relieve y vivido ciertos valores cristianos comunes. Entre los
progresos alcanzados en los treinta últimos años, se
debe destacar el fraterno y recíproco influjo. En la presente
etapa,(144) este dinamismo de enriquecimiento mutuo debe ser tomado
seriamente en consideración. Basado en la comunión que
existe ya gracias a los elementos eclesiales presentes en las
Comunidades cristianas, no dejará de impulsar hacia la
comunión plena y visible, meta ansiada del camino que estamos
realizando. Es la expresión ecuménica de la ley
evangélica del compartir. Esto me anima a repetir: « Hay
que demostrar en cada cosa la diligencia de salir al encuentro de lo
que nuestros hermanos cristianos, legítimamente, desean y
esperan de nosotros, conociendo su modo de pensar y su sensibilidad
[...]. Es preciso que los dones de cada uno se desarrollen para
utilidad y beneficio de todos ».(145)
El ministerio de unidad del Obispo de
Roma
88. Entre todas las Iglesias y
Comunidades eclesiales, la Iglesia católica es consciente de
haber conservado el ministerio del Sucesor del apóstol Pedro,
el Obispo de Roma, que Dios ha constituido como « principio y
fundamento perpetuo y visible de unidad »,(146) y que el
Espíritu sostiene para que haga partícipes de este bien
esencial a todas las demás. Según la hermosa expresión
del Papa Gregorio Magno, mi ministerio es el del servus servorum
Dei. Esta definición preserva de la mejor manera el riesgo
de separar la potestad (y en particular el primado) del ministerio,
lo cual estaría en contradicción con el significado de
potestad según el Evangelio: « Yo estoy en medio de
vosotros como el que sirve » (Lc 22, 27), dice nuestro
Señor Jesucristo, Cabeza de la Iglesia. Por otra parte, como
tuve la oportunidad de afirmar con ocasión del importante
encuentro con el Consejo Ecuménico de las Iglesias en Ginebra,
el 12 de junio de 1984, el convencimiento de la Iglesia católica
de haber conservado, en fidelidad a la tradición apostólica
y a la fe de los Padres, en el ministerio del Obispo de Roma, el
signo visible y la garantía de la unidad, constituye una
dificultad para la mayoría de los demás cristianos,
cuya memoria está marcada por ciertos recuerdos dolorosos. Por
aquello de lo que somos responsables, con mi Predecesor Pablo VI
imploro perdón.(147)
89. Sin embargo es significativo y
alentador que la cuestión del primado del Obispo de Roma haya
llegado a ser actualmente objeto de estudio, inmediato o en
perspectiva, y también es significativo y alentador que este
asunto esté presente como tema esencial no sólo en los
diálogos teológicos que la Iglesia católica
mantiene con las otras Iglesias y Comunidades eclesiales, sino
incluso de un modo más general en el conjunto del movimiento
ecuménico. Recientemente los participantes en la quinta
asamblea mundial de la Comisión « Fe y Constitución
» del Consejo Ecuménico de las Iglesias, celebrada en
Santiago de Compostela, recomendaron que esta comisión «
inicie un nuevo estudio sobre la cuestión de un ministerio
universal de la unidad cristiana ».(148) Después de
siglos de duras polémicas, las otras Iglesias y Comunidades
eclesiales escrutan cada vez más con una mirada nueva este
ministerio de unidad.(149)
90. El Obispo de Roma es el Obispo de
la Iglesia que conserva el testimonio del martirio de Pedro y de
Pablo: « Por un misterioso designio de la Providencia, [Pedro]
termina en Roma su camino en el seguimiento de Jesús y en Roma
da esta prueba máxima de amor y de fidelidad. También
en Roma Pablo, el Apóstol de las Gentes, da el testimonio
supremo. La Iglesia de Roma se convertía así en la
Iglesia de Pedro y de Pablo ».(150)
En el Nuevo Testamento Pedro tiene un
puesto peculiar. En la primera parte de los Hechos de los Apóstoles,
aparece como cabeza y portavoz del colegio apostólico,
designado como « Pedro... con los Once » (2, 14; cf.
también 2, 37; 5, 29). El lugar que tiene Pedro se fundamenta
en las palabras mismas de Cristo, tal y como vienen recordadas por
las tradiciones evangélicas.
91. El Evangelio de Mateo describe y
precisa la misión pastoral de Pedro en la Iglesia: «
Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te
ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está
en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y
sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del
infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las
llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará
atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará
desatado en los cielos » (16, 17-19). Lucas señala cómo
Cristo recomienda a Pedro que confirme a sus hermanos, pero al mismo
tiempo le muestra su debilidad humana y su necesidad de conversión
(cf. Lc 22, 31-32). Es precisamente como si, desde la
debilidad humana de Pedro, se manifestara de un modo pleno que su
ministerio particular en la Iglesia procede totalmente de la gracia;
es como si el Maestro se dedicara de un modo especial a su conversión
para prepararlo a la misión que se dispone a confiarle en la
Iglesia y fuera muy exigente con él. Las misma función
de Pedro, ligada siempre a una afirmación realista de su
debilidad, se encuentra en el cuarto Evangelio: « Simón
de Juan, ¿me amas más que éstos? [...] Apacienta
mis ovejas » (cf. Jn 21, 15-19). Es significativo además
que según la Primera Carta de Pablo a los Corintios, Cristo
resucitado se aparezca a Cefas y luego a los Doce (cf. 15, 5).
Es importante notar cómo la
debilidad de Pedro y de Pablo manifiesta que la Iglesia se fundamenta
sobre la potencia infinita de la gracia (cf. Mt 16, 17; 2
Cor 12, 7-10). Pedro, poco después de su investidura, es
reprendido con severidad por Cristo que le dice: « ¡Escándalo
eres par mí! » (Mt 16, 23). ¿Cómo
no ver en la misericordia que Pedro necesita una relación con
el ministerio de aquella misericordia que él experimenta
primero? Igualmente, renegará tres veces de Jesús. El
Evangelio de Juan señala además que Pedro recibe el
encargo de apacentar el rebaño en una triple profesión
de amor (cf. 21, 15-17) que se corresponde con su triple traición
(cf. 13, 38). Por su parte Lucas, en la palabra de Cristo que ya he
citado, a la cual unirá la primera tradición en un
intento por describir la misión de Pedro, insiste en el hecho
de que deberá « confirmar a sus hermanos cuando haya
vuelto » (cf. Lc 22, 32).
92. En cuanto a Pablo, puede concluir
la descripción de su ministerio con la desconcertante
afirmación que ha recibido de los labios del Señor: «
Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza
» y puede pues exclamar: « Cuando estoy débil,
entonces es cuando soy fuerte » (2 Cor 12, 9-10). Esta
es una característica fundamental de la experiencia cristiana.
Heredero de la misión de Pedro,
en la Iglesia fecundada por la sangre de los príncipes de los
Apóstoles, el Obispo de Roma ejerce un ministerio que tiene su
origen en la multiforme misericordia de Dios, que convierte los
corazones e infunde la fuerza de la gracia allí donde el
discípulo prueba el sabor amargo de su debilidad y de su
miseria. La autoridad propia de este ministerio está toda ella
al servicio del designio misericordioso de Dios y debe ser siempre
considerada en este sentido. Su poder se explica así.
93. Refiriéndose a la triple
profesión de amor de Pedro, que corresponde a la triple
traición, su sucesor sabe que debe ser signo de misericordia.
El suyo es un ministerio de misericordia nacido de un acto de
misericordia de Cristo. Toda esta lección del Evangelio ha de
ser releída continuamente, para que el ejercicio del
ministerio petrino no pierda su autenticidad y trasparencia.
La Iglesia de Dios está llamada
por Cristo a manifestar a un mundo esclavo de sus culpabilidades y de
sus torcidos propósitos que, a pesar de todo, Dios puede, en
su misericordia, convertir los corazones a la unidad, haciéndoles
acceder a su comunión.
94. Este servicio a la unidad, basado
en la obra de la divina misericordia, es confiado, dentro mismo del
colegio de los Obispos a uno de aquéllos que han recibido del
Espíritu el encargo, no de ejercer el poder sobre el pueblo
—como hacen los jefes de las naciones y los poderosos (cf. Mt
20, 25; Mc 10,42)—, sino de guiarlo para que pueda
encaminarse hacia pastos tranquilos. Este encargo puede exigir el
ofrecer la propia vida (cf. Jn 10, 11-18). Después de
haber mostrado que Cristo es « el único Pastor, en el
que todos los pastores son uno », san Agustín concluye:
« Que todos se identifiquen con el único Pastor y hagan
oír la única voz del Pastor, para que la oigan las
ovejas y sigan al único Pastor, y no a éste o a aquél,
sino al único y que todos en él hagan oír la
misma voz, y que no tengan cada uno su propia voz 4 Que las ovejas
oigan esta voz, limpia de toda división y purificada de toda
herejía ».(151) La misión del Obispo de Roma en
el grupo de todos los Pastores consiste precisamente en «
vigilar » (episkopein) como un centinela, de modo que,
gracias a los Pastores, se escuche en todas las Iglesias particulares
la verdadera voz de Cristo-Pastor. Así, en cada una de estas
Iglesias particulares confiadas a ellos se realiza la Iglesia una,
santa, católica y apostólica. Todas las Iglesias
están en comunión plena y visible porque todos los
Pastores están en comunión con Pedro, y así en
la unidad de Cristo.
El Obispo de Roma, con el poder y la
autoridad sin los cuales esta función sería ilusoria,
debe asegurar la comunión de todas las Iglesias. Por esta
razón, es el primero entre los servidores de la unidad. Este
primado se ejerce en varios niveles, que se refieren a la vigilancia
sobre la trasmisión de la Palabra, la celebración
sacramental y litúrgica, la misión, la disciplina y la
vida cristiana. Corresponde al Sucesor de Pedro recordar las
exigencias del bien común de la Iglesia, si alguien estuviera
tentado de olvidarlo en función de sus propios intereses.
Tiene el deber de advertir, poner en guardia, declarar a veces
inconciliable con la unidad de fe esta o aquella opinión que
se difunde. Cuando las circunstancias lo exigen, habla en nombre de
todos los Pastores en comunión con él. Puede incluso
—en condiciones bien precisas, señaladas por el Concilio
Vaticano I— declarar ex cathedra que una doctrina
pertenece al depósito de la fe.(152) Testimoniando así
la verdad, sirve a la unidad.
95. Todo esto, sin embargo, se debe
realizar siempre en la comunión. Cuando la Iglesia católica
afirma que la función del Obispo de Roma responde a la
voluntad de Cristo, no separa esta función de la misión
confiada a todos los Obispos, también ellos « vicarios y
legados de Cristo ».(153) El Obispo de Roma pertenece a su «
colegio » y ellos son sus hermanos en el ministerio.
Lo que afecta a la unidad de todas las
Comunidades cristianas forma parte obviamente del ámbito de
preocupaciones del primado. Como Obispo de Roma soy consciente, y lo
he reafirmado en esta Carta encíclica, que la comunión
plena y visible de todas las Comunidades, en las que gracias a la
fidelidad de Dios habita su Espíritu, es el deseo ardiente de
Cristo. Estoy convencido de tener al respecto una responsabilidad
particular, sobre todo al constatar la aspiración ecuménica
de la mayor parte de las Comunidades cristianas y al escuchar la
petición que se me dirige de encontrar una forma de ejercicio
del primado que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de
su misión, se abra a una situación nueva. Durante un
milenio los cristianos estuvieron unidos « por la comunión
fraterna de fe y vida sacramental, siendo la Sede Romana, con el
consentimiento común, la que moderaba cuando surgían
disensiones entre ellas en materia de fe o de disciplina ».(154)
De este modo el primado ejercía
su función de unidad. Dirigiéndome al Patriarca
ecuménico, Su Santidad Dimitrios I, he afirmado ser consciente
de que « por razones muy diversas, y contra la voluntad de unos
y otros, lo que debía ser un servicio pudo manifestarse bajo
una luz bastante distinta. Pero [...] por el deseo de obedecer
verdaderamente a la voluntad de Cristo, me considero llamado, como
Obispo de Roma, a ejercer ese ministerio [...] Que el Espíritu
Santo nos dé su luz e ilumine a todos los Pastores y teólogos
de nuestras Iglesias para que busquemos, por supuesto juntos, las
formas con las que este ministerio pueda realizar un servicio de fe y
de amor reconocido por unos y otros ».(155)
96. Tarea ingente que no podemos
rechazar y que no puedo llevar a término solo. La comunión
real, aunque imperfecta, que existe entre todos nosotros, ¿no
podría llevar a los responsables eclesiales y a sus teólogos
a establecer conmigo y sobre esta cuestión un diálogo
fraterno, paciente, en el que podríamos escucharnos más
allá de estériles polémicas, teniendo presente
sólo la voluntad de Cristo para su Iglesia, dejándonos
impactar por su grito « que ellos también sean uno en
nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado »
(Jn 17, 21)?
La comunión de todas las
Iglesias particulares con la Iglesia de Roma:
condición
necesaria para la unidad
97. La Iglesia católica, tanto
en su praxis como en sus documentos oficiales, sostiene que la
comunión de las Iglesias particulares con la Iglesia de Roma,
y de sus Obispos con el Obispo de Roma, es un requisito esencial —en
el designio de Dios— para la comunión plena y visible.
En efecto, es necesario que la plena comunión, que encuentra
en la Eucaristía su suprema manifestación sacramental,
tenga su expresión visible en un ministerio en el cual todos
los Obispos se sientan unidos en Cristo y todos los fieles encuentren
la confirmación de la propia fe. La primera parte de los
Hechos de los Apóstoles presenta a Pedro como el que habla en
nombre del grupo apostólico y sirve a la unidad de la
comunidad, y esto respetando la autoridad de Santiago, cabeza de la
Iglesia de Jerusalén. Esta función de Pedro debe
permanecer en la Iglesia para que, bajo su única Cabeza, que
es Cristo Jesús, sea visiblemente en el mundo la comunión
de todos sus discípulos.
¿No es acaso de un ministerio
así del que muchos de los que están comprometidos en el
ecumenismo sienten hoy necesidad? Presidir en la verdad y en el amor
para que la barca —hermoso símbolo que el Consejo
Ecuménico de las Iglesias eligió como emblema— no
sea sacudida por las tempestades y pueda llegar un día a
puerto.
Plena unidad y evangelización
98. El movimiento ecuménico de
nuestro siglo, más que las iniciativas ecuménicas de
siglos pasados, cuya importancia sin embargo no debe subestimarse, se
ha distinguido por una perspectiva misionera. En el versículo
se san Juan que sirve de inspiración y orienta —«
que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo
crea que tú me has enviado » (Jn 17, 21)—
se ha subrayado para que el mundo crea con tanta fuerza que se
corre el riesgo de olvidar a veces que, en el pensamiento del
evangelista, la unidad es sobre todo para gloria del Padre. De todos
modos, es evidente que la división de los cristianos está
en contradicción con la Verdad que ellos tienen la misión
de difundir y, por tanto, perjudica gravemente su testimonio. Lo
comprendió y afirmó bien mi Predecesor el Papa Pablo VI
en su Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi:
« En cuanto evangelizadores, nosotros debemos ofrecer a los
fieles de Cristo, no la imagen de hombres divididos y separados por
las luchas que no sirven para construir nada, sino la de hombres
adultos en la fe, capaces de encontrarse más allá de
las tensiones reales gracias a la búsqueda común,
sincera y desinteresada de la verdad. Sí, la suerte de la
evangelización está ciertamente vinculada al testimonio
de unidad dado por la Iglesia [...] Dicho esto, queremos subrayar el
signo de la unidad entre todos los cristianos, como camino e
instrumento de evangelización. La división de los
cristianos constituye una situación de hecho grave, que viene
a cercenar la obra misma de Cristo ».(156)
En efecto, ¿cómo anunciar
el Evangelio de la reconciliación sin comprometerse al mismo
tiempo en la obra de la reconciliación de los cristianos? Si
es cierto que la Iglesia, movida por el Espíritu Santo y con
la promesa de la indefectibilidad, ha predicado y predica el
Evangelio a todas las naciones, es también cierto que ella
debe afrontar las dificultades que se derivan de las divisiones.
¿Contemplando a los misioneros en desacuerdo entre sí,
aunque todos se refieran a Cristo, sabrán los incrédulos
acoger el verdadero mensaje? ¿No pensarán que el
Evangelio es un factor de división, incluso si es presentado
como la ley fundamental de la caridad?
99. Cuando afirmo que para mí,
Obispo de Roma, la obra ecuménica es « una de las
prioridades pastorales » de mi pontificado,(157) pienso en el
grave obstáculo que la división constituye para el
anuncio del Evangelio. Una Comunidad cristiana que cree en Cristo y
desea, con el ardor del Evangelio, la salvación de la
humanidad, de ningún modo puede cerrarse a la llamada del
Espíritu que orienta a todos los cristianos hacia la unidad
plena y visible. Se trata de uno de los imperativos de la caridad que
debe acogerse sin compromisos. El ecumenismo no es sólo una
cuestión interna de las Comunidades cristianas. Refleja el
amor que Dios da en Jesucristo a toda la humanidad, y obstaculizar
este amor es una ofensa a El y a su designio de congregar a todos en
Cristo. El Papa Pablo VI escribía al Patriarca ecuménico
Atenágoras I: « Pueda el Espíritu Santo guiarnos
por el camino de la reconciliación, para que la unidad de
nuestras Iglesias llegue a ser un signo siempre más luminoso
de esperanza y de consuelo para toda la humanidad ».(158)
EXHORTACIÒN
100. Dirigiéndome recientemente
a los Obispos, al clero y a los fieles de la Iglesia católica
para indicar el camino a seguir en vista de la celebración del
Gran Jubileo del Año 2000, he afirmado entre otras
cosas que « la mejor preparación al vencimiento
bimilenario ha de manifestarse en el renovado compromiso de
aplicación, lo más fiel posible, de las enseñanzas
del Vaticano II a la vida de cada uno y de toda la Iglesia
».(159) El Concilio es el gran comienzo —como el
Adviento— de aquel itinerario que nos lleva al umbral del
Tercer Milenio. Considerando la importancia que la Asamblea conciliar
atribuyó a la obra de recomposición de la unidad de los
cristianos, en esta época nuestra de gracia ecuménica,
me ha parecido necesario reafirmar las convicciones fundamentales que
el Concilio infundió en la conciencia de la Iglesia católica,
recordándolas a la luz de los progresos realizados en este
tiempo hacia la comunión plena de todos los bautizados.
No hay duda de que el Espíritu
actúa en esta obra y está conduciendo a la Iglesia
hacia la plena realización del designio del Padre, en
conformidad a la voluntad de Cristo, expresada con un vigor tan
ferviente en la oración que, según el cuarto Evangelio,
pronunciaron sus labios cuando iniciaba el drama salvífico de
su Pascua. Al igual que entonces, también hoy Cristo pide que
un impulso nuevo reavive el compromiso de cada uno por la comunión
plena y visible.
101. Exhorto pues a mis Hermanos en el
episcopado a poner toda su atención en este empeño. Los
dos Códigos de Derecho Canónico incluyen entre
las responsabilidades del Obispo la de promover la unidad de todos
los cristianos, apoyando toda acción o iniciativa dirigida a
fomentarla en la conciencia de que la Iglesia es movida a ello por la
voluntad misma de Cristo.(160) Esto forma parte de la misión
episcopal y es una obligación que deriva directamente de la
fidelidad a Cristo, Pastor de la Iglesia. Todos los fieles, también,
son invitados por el Espíritu de Dios a hacer lo posible para
que se afiancen los vínculos de comunión entre todos
los cristianos y crezca la colaboración de los discípulos
de Cristo: « La preocupación por el restablecimiento de
la unión atañe a la Iglesia entera, tanto a los fieles
como a los pastores; y afecta a cada uno según su propia
capacidad ».(161)
102. La fuerza del Espíritu de
Dios hace crecer y edifica la Iglesia a través de los siglos.
Dirigiendo la mirada al nuevo milenio, la Iglesia pide al Espíritu
la gracia de reforzar su propia unidad y de hacerla crecer hacia la
plena comunión con los demás cristianos.
¿Cómo alcanzarlo? En
primer lugar con la oración. La oración debería
siempre asumir aquella inquietud que es anhelo de unidad, y por tanto
una de las formas necesarias del amor que tenemos por Cristo y por el
Padre, rico en misericordia. La oración debe tener prioridad
en este camino que emprendemos con los demás cristianos hacia
el nuevo milenio.
¿Cómo alcanzarlo? Con
acción de gracias ya que no nos presentamos a esta cita
con las manos vacías: « El Espíritu viene en
ayuda de nuestra flaqueza [...] intercede por nosotros con gemidos
inefables » (Rm 8, 26) para disponernos a pedir a Dios
lo que necesitamos.
¿Cómo alcanzarlo? Con la
esperanza en el Espíritu, que sabe alejar de nosotros los
espectros del pasado y los recuerdos dolorosos de la separación;
El nos concede lucidez, fuerza y valor para dar los pasos necesarios,
de modo que nuestro empeño sea cada vez más auténtico.
Si nos preguntáramos si todo
esto es posible la respuesta sería siempre: sí. La
misma respuesta escuchada por María de Nazaret, porque para
Dios nada hay imposible.
Vienen a mi mente las palabras con las
que san Cipriano comenta el Padre Nuestro, la oración
de todos los cristianos: « Dios tampoco acepta el sacrificio
del que no está en concordia con alguien, y le manda que se
retire del altar y vaya primero a reconciliarse con su hermano; una
vez que se haya puesto en paz con él, podrá también
reconciliarse con Dios en sus plegarias. El sacrificio más
importante a los ojos de Dios es nuestra paz y concordia fraterna y
un pueblo cuya unión sea un reflejo de la unidad que existe
entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo ».(162)
Al alba del nuevo milenio, ¿cómo
no pedir al Señor, con impulso renovado y conciencia más
madura, la gracia de prepararnos, todos, a este sacrificio de la
unidad?
103. Yo, Juan Pablo, humilde servus
servorum Dei, me permito hacer mías las palabras del
apóstol Pablo, cuyo martirio, unido al del apóstol
Pedro, ha dado a esta Sede de Roma el esplendor de su testimonio, y
os digo a vosotros, fieles de la Iglesia católica, y a
vosotros, hermanos y hermanas de las demás Iglesias y
Comunidades eclesiales, « sed perfectos; animaos; tened un
mismo sentir; vivid en paz, y el Dios de la caridad y de la paz
estará con vosotros [...]. La gracia del Señor
Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu
Santo sean con todos vosotros » (2 Cor 13, 11.13).
Dado en Roma, junto a san Pedro, el día
25 de mayo, solemnidad de la Ascensión del Señor, del
año 1995, decimoséptimo de mi Pontificado.
Notas
1. Cf. Palabras la final del Vía
Crucis del Viernes Santo (1 abril 1994), 3: AAS 87 (1995), 88.
2. Conc. Ecum. Vat. II, Decl.
Dignitatis humanae, sobre la libertad religiosa, 1.
3. Cf. Carta ap. Tertio millennio
adveniente (10 noviembre 1994), 16: AAS 87 ( 1995 ), 15.
4. Congregación para la Doctrina
de la Fe, Carta Communionis noto, a los Obispos de la Iglesia
católica sobre algunos aspectos de la Iglesia considerada como
comunión (28 mayo 1992), 4: AAS 85 (1993 ), 840.
5. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis
redintegratrio, sobre el ecumenismo, 1.
6. Ibid.
7. Ibid., 4.
8. Cf, Conc. Ecum. Vat. II, Const.
dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 14.
9. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl.
Dignitatis humanae, sobre la libertad religiosa, 1 y 2.
10. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 14.
11. Ibid., 8.
12. Conc. Ecum. Vat. II. Decr. Unitatis
redintegratio, sobre el ecumenismo, 3.
13. Ibid.
14. N.15.
15. Ibid.
16. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis
redintegratio, sobre el ecumenismo, 15.
17. Ibid., 3.
18. Ibid.
19. Cf. S. Gregorio Magno, Homiliae
in Evangelia 19,1: PL 76, 1154 citado en Conc. Ecum. Vat.
II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 2.
20. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 4.
21. Ibid., 7.
22. Cf. ibid.
23. Ibid., 6.
24. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
dogmática Dei Verbum, sobre la divina revelación,
7.
25. Cf. Carta ap. Euntes in mundum
(25 enero 1988): AAS 80 ( 1988), 935-956.
26. Cf. Carta enc. Slavorum apostoli
(2 junio 1985). AAS 77 (1985), 779-813.
27. Cf. Directoire pour
l'application des principes et des normes sur l'oecuménisme
(25 marzo 1993): AAS 85 (1993) 1039-1119.
28. Cf. en particular el Documento
llamado de Lima: Bautismo, Eucaristía, Ministerio
(enero 1982): Ench. Oecum. 1,1392-1446, y el Documento n. 153
de «Fe y Constitución» Confessing the «One»
Faith, Ginebra 1991.
29. Cf. Discurso de apertura del
Concilio Ecuménico Vaticano II (11 octubre 1962): AAS
54 (1962), 793.
30. Se trata del Secretariado para la
Promoción de la Unidad de los Cristianos, creado por el Papa
Juan XXIII Con el Motu proprio Superno Dei nutu (5 junio
1960), 9: AAS 52 (1960), 436 y confirmado por los documentos
sucesivos: Motu proprio Appropinquante Concilio (6 agosto
1962), c. III, a, 7, § 2, I: AAS 54 (1962), 614; cf,
Pablo VI, Const. ap. Regimini ecclesiae universae (15 agosto
1967), 92-94: AAS 59 (1967), 918-919. Este Dicasterio se
denomina actualmente Pontificio Consejo para la Promoción de
la Unidad de los Cristianos: cf. Const. ap. Pastor Bonus (28
junio 1988), V, art. 135-138: AAS 80 (1988), 895-896.
31. Discurso de apertura del Concilio
Ecuménico Vaticano II (11 octubre 1962): AAS 54 11962),
792.
32. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 6.
33. Conc. Ecum. Vat. II, Decl.
Dignitatis humanae, sobre la libertad religiosa, 1.
34. Carta enc. Slavorum apostoli
(2 junio 1985), 11: AAS 77 ( 1985 ), 792. .
35. Ibid., 13, l.c., 794.
36. Ibid., 11, l.c., 792.
37. Discurso a los aborígenes
(29 noviembre 1986), 12: AAS 79 ( 1987), 977.
38. Cf. S. Vicente de Lerins,
Commonitorium primum, 23: PL 50, 667-668.
39. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis
redintegratio, sobre el ecumenismo, 6.
40. Ibid., 5.
41 Ibid.,7.
42. Ibid., 8.
43. Ibid.
44. Ibid., 4.
45. Cf. Carta ap. Tertio millennio
adveniente (10 noviembre 1994), 24: AAS 87 (1995), 19-20.
46. Discurso en la catedral de
Canterbury (29 mayo 1982), 5: AAS 74 ( 1982 ), 922.
47. Consejo Ecuménico de las
Iglesias, Reglamento, III,1 Citado en Ench. Oecum. 1,
1392.
48. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.
Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 24.
49. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis
redintegratio, sobre el ecumenismo, 7.
50. María Gabriela Sagheddu,
nacida en Dorgali (Cerdeña) en 1914. A los 21 años
entra en el Monasterio Trapense de Grottaferrata. Conociendo, a
través de la acción apostólica del Abbé
Paul Couturier, la necesidad de oraciones y ofrecimientos
espirituales por la unidad de los cristianos, en 1936, con ocasión
del Octavario por la unidad, decide ofrecer su vida por esta
causa. Después de una grave enfermedad, muere el 23 de abril
de 1939.
51. Conc. Ecum. Vat. I I, Const. past.
Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 24.
52. Cf. AAS 56 ( 1964), 609-659.
53. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 13.
54. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis
redintegratio, sobre el ecumenismo, 4.
55. Cf. Código de Derecho
Canónico, can. 755; Código de los Cánones
de las Iglesias Orientales, can. 902-904.
56. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis
redintegratio, sobre el ecumenismo, 4.
57. Conc. Ecum. Vat. II, Decl.
Dignitatis humanae, sobre la libertad religiosa, 3.
58. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis
redintegratio, sobre el ecumenismo, 4.
59. Cf. ibid., 4.
60. Carta enc. Ecclesiam suam (6
agosto 1964), III: AAS 56 ( 1964), 642.
61. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis
redintegratio, sobre el ecumenismo, 11.
62. Cf. ibid.
63. Ibid.; Cf. Congregación
para la Doctrina de la Fe, Decl. Mysterium Ecclesiae, sobre la
doctrina católica acerca de la Iglesia (24 junio 1973 ), 4:
AAS 65 (1973 ), 402.
64. Congregación para la
Doctrina de la Fe, Decl. Mysterium Ecclesiae, sobre la
doctrina católica acerca de la Iglesia (24 junio 1973 ), 5:
AAS 65 ( 1973 ), 403.
65. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 4.
66. Cf. Declaración cristológica
común entre la Iglesia católica y la Iglesia asiria de
Oriente: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española
(18 noviembre 1994), 5.
67. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis
redintegratio, sobre el ecumenismo, 12.
68. Ibid.
69. Pontificio Consejo para la
Promoción de la Unidad de los Cristianos, Directoire pour
l'application des principes et des normes sur l'oecuménisme
(25 marzo 1993), 5: AAS 85 (1993). 1040.
70. Ibid., 94, l.c.,
1078.
71. Cf. Comisión « Fe y
Constitución » del Consejo Ecuménico de las
Iglesias. Bautismo, Eucaristía, Ministerio (enero
1982): Ench.Oecum. 1, 1391-1447, en particular 1398-1408.
72. Cf. Carta enc. Sollicittulo rei
socialis (30 diciembre 1987), 32: AAS 80 (1988), 556.
73. Discurso a los Cardenales y a la
Curia Romana (28 junio 1985), 10: AAS 77 (1985), 1158; cf.
Carta enc. Redemptor hominis (4 marzo 1979), 11: AAS 71
(1979), 277-278.
74. Discurso a los Cardenales y a la
Curia Romana (28 junio 1985), 10: AAS 77 ( 1985), 1158.
75. Cf. Secretariado para
la Promoción de la Unidad de los Cristianos y Comité
Ejecutivo de las Sociedades Bíblicas Unidas, Principios
para la colaboración interconfesional en la traducción
de la Biblia, Documento concordado (1968): Ench. Oecum. 1,
319-331, revisado y actualizado en el Documento Directives
concernant la coopération interconfessionelle dans la
traduction de la Bible (16 noviembre 1987), Tipografía
Políglota Vaticana 1987, 20.
76. Cf. Comisión « Fe y
Constitución » del Consejo Ecuménico de las
Iglesias. Bautismo, Eucaristía, Ministerio (enero
1982): Ench.Oecum. 1, 1391-1447.
77. Por ejemplo, durante
las últimas asambleas del Consejo Ecuménico de las
Iglesias, en Vancouver en 1983 y en Canberra en 1991, y de « Fe
y Constitución » en Santiago de Compostela en 1993.
78. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 8 y 15; Código
de Derecho Canónico, can. 844; Código de los
Cánones de las Iglesias Orientales, can. 671; Pontificio
Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos,
Directoire pour l'application des principes et des normes sur
l'oecuménisme (25 marzo 1993), 122-125: AAS 85
(1993), 1086-1087; 129-131, l.c., 1088-1089; 123 y 132, l.c.,
1087. 1089.
79. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 4..
80. Ibid.
81. Cf. n. 15.
82. N. 15.
83. Ibid., 14.
84. Cf. Declaración común
del Papa Pablo VI y del Patriarca de Constantinopla Atenágoras
I (7 diciembre 1965): Tomos agapis, Vatican-Phanar
(1958-1970), Roma-Estambul 1971, 280-281.
85. Cf. AAS 77 (1985), 779-813.
86. Cf. AAS 80 (1988), 935-956;
cf. también Carta Magnum Baptismi donum (14 febrero
1988), 1. c., 988-997.
87. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 14.
88. Ibid.
89. Breve ap. Anno ineunte (25
julio 1967): Tomos agapis, Vatican-Phanar (1958-1970),
Roma-Estambul 1971, 388-391.
90. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 14.
91. Ibid., 15.
92. N. 14: L'Osservatore Romano,
ed. semanal en lengua española (5 mayo 1995), 8.
93. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 17.
94. N. 26.
95. Cf. Código de Derecho
Canónico, can. 844, §§ 2 y 3; Código
de los Cánones de las Iglesias Orientales, can. 671, §§
2 y 3.
96. Pontificio Consejo para la
Promoción de la Unidad de los Cristianos, Directoire pour
l'application des principes et des normes sur l'oecuménisme
(25 marzo 1993), 122-128: AAS 85 (1993), 1086-1088,
97. Declaración común del
Sumo Pontífice Juan Pablo II y del Patriarca ecuménico
Dimitrios I (7 diciembre 1987): AAS 80 ( 1988), 253.
98. Comisión Mixta Internacional
para el Diálogo Teológico entre la Iglesia católica
y la Iglesia ortodoxa en su conjunto, Documento El sacramento del
Orden en la estructura sacramental de la Iglesia, en particular la
importancia de la sucesión apostólica para la
santificación y la unidad del pueblo de Dios (26 junio
1988), 1: Service d'information 68 (1988), 195.
99. Cf. Carta a los Obispos del
Continente europeo sobre las relaciones entre católicos y
ortodoxos en la nueva situación de Europa central y oriental
(31 mayo 1991), 6; AAS 84 (1992), 168.
100. Conc. Ecum. Vat. II,
Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 17.
101. Cf. Carta ap. Orientale lumen
(2 mayo 1995), 24. L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua
española (5 mayo 1995), 9.
102. Ibid., 18, l.c., 8.
103. Cf. Declaración común
del Sumo Pontífice Pablo VI y de Su Santidad Shenouda III,
Papa de Alejandría y Patriarca de la sede de S. Marcos de
Alejandría (10 mayo 1973): AAS 65 (1973), 299-301.
104. Cf. Declaración común
del Sumo Pontífice Pablo VI y de Su Santidad Mar Ignacio
Jacoub III, Patriarca de la Iglesia de Antioquía de los sirios
y de todo el Oriente (27 octubre 1971): AAS 63 (1971),
814-815.
105. Cf. Discurso a los enviados de la
Iglesia copta ortodoxa (2 junio 1979): AAS 71 (1979),
1000-1001.
106. Cf. Declaración común
del Papa Juan Pablo II y de Su Santidad Moran Mar Ignacio Zakka I
Iwas, Patriarca siro-ortodoxo de Antioquía y de todo el
Oriente (23 junio 1984): Insegnamenti VII, 1 (1984),
1902-1906.
107. Discurso dirigido a Su Santidad
Abuna Paulos, Patriarca de la Iglesia ortodoxa de Etiopía (11
junio 1993): L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua
española (16 junio 1993), 3.
108. Cf. Declaración
cristológica común entre la Iglesia católica y
la Iglesia asiria de Oriente: L'Osservatore Romano, ed.
semanal en lengua española (18 noviembre 1994), 5.
109. Conc. Ecum. Vat. II,
Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 19.
110. Ibid.
111. Ibid., 19.
112. Cf. ibid.
113. Ibid.
114. Ibid., 20.
115. Ibid., 21.
116. Ibid.
117. Ibid.
118. Ibid., 22.
119. Ibid.
120. Ibid., 22; cf. 20.
121. Ibid., 22.
122. Ibid., 23.
123. Ibid.
124. Cf. Radiomensaje Urbi et Orbi
(27 agosto 1978): AAS 70 ( 1978), 695-696,
125.Conc. Ecum. Vat. II,
Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 23.
126. Ibid.
127. Cf. ibid., 12.
129. El paciente trabajo
de la Comisión « Fe y Constitución » llegó
a una visión análoga, que la VII Asamblea del Consejo
Ecuménico de las Iglesias hizo suya en la
declaración llamada de Canberra (7-20 febrero 1991, cf. Signs
of the Spirit, Official report, Seventh Assembly, WCC, Ginebra
1991, 235-258) y que ha sido reafirmada por la Conferencia mundial de
« Fe y Constitución » en Santiago de Compostela
(3-14 agosto 1993, cf. Service d'information 85 119941,
18-38).
130. Conc. Ecum. Vat. II,
Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 14.
131. Cf. ibid., 4 y 11.
132. Discurso a los Cardenales y a la
Curia Romana (28 junio 1985), 6; AAS 77 (1985), 1153.
133. Cf. ibid.
134. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 12.
135. Cf. AAS 54 ( 1962 ), 792.
136. Conc. Ecum. Vat. II,
Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 6.
137. Cf. ibid., 4; Pablo VI,
Homilía para la canonización de los mártires
ugandeses (18 octubre 1964): AAS 56 (1964), 906.
138. Cf. Carta ap. Tertio millennio
adveniente (10 noviembre 1994), 37: AAS 87 (1995), 29-30;
Carta enc. Veritatis splendor (6 agosto 1993 ), 93: AAS
85 ( 1993 ), 1207.
139. Cf. Pablo VI, Discurso pronunciado
en el insigne santuario de Namugongo, Uganda (2 agosto 1969): AAS
61 (1969), 590-591.
140. Cf. Missale Romanum,
Praefatium de Sanctis I. Sanctorum « coronando merita
tua dona coronans ».
141. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 4.
142. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const,
dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 8.
143. Conc. Ecum. Vat. II,
Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 3.
144. Después del Documento
llamado de Lima de la Comisión « Fe y Constitución
» sobre Bautismo, Eucaristía, Ministerio (enero
1982): Ench. Oecum. 1, 1392-1446, y en el espíritu de
la Declaración de la VII asamblea general del Consejo
Ecuménico de las Iglesias sobre La unidad de la Iglestá
como koinonia: don y exigencia (Canberra 7-20 febrero 1991): cf.
Istina 36 (1991), 389-391.
145. Discurso a los Cardenales y a la
Curia Romana (28 junio 1985 ), 4: AAS 77 (1985), 1151-1152.
146. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 23.
147. Cf. Discurso al Consejo Ecuménico
de las Iglesias (12 junio 1984), 2: Insegnamenti VII, 1
(1984), 1686.
148. Conferencia Mundial DE « FE
Y CONSTITUCIÓN », Relación de la II Sección,
Santiago de Compostela (14 agosto 1993): Confessing the one faith
to God's glory, 31, 2, Faith and Order Paper, 166, WCC, Ginebra
1994, 243.
149. Por citar algunos ejemplos: la
Relación final de la Anglican-Roman Catholic
International Commission - ARCIC I (septiembre 1981): Ench. Oecum.
1, 3-88; la Comisión mixta internacional para el diálogo
entre la Iglesia católica y los discípulos de Cristo,
Relación 1981: Ench. Oecum. 1, 529-547; la
Comisión mixta nacional conjunta católico-luterana,
Documento El ministerio pastoral en la Iglesia (13 marzo
1981): Ench. Oecum. 1, 703-742; el problema se señala,
en una clara perspectiva, en el estudio dirigido por la Comisión
mixta internacional para el diálogo teológico entre la
Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa en su conjunto.
150. Discurso a los Cardenales y a la
Curia Romana (28 junio 1985 ), 3: AAS 77 (1985), 1150.
151. Sermo XLVI, 30: CCL
41, 557.
152. Cf. Conc. Ecum. Vat. I, Const.
dogm. Pastor aeternus, sobre la Iglesia de Cristo: DS
3074.
153. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 27.
154. Cf. Conc. Ecum. Vat.
II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 14,
155. Homilía en la Basílica
de San Pedro en presencia de Dimitrios I, Arzobispo de Constantinopla
y Patriarca ecuménico (6 diciembre 1987), 3: AAS 80 (
1988), 714.
156. Exhort, ap. Evangelii
nuntiandi (8 diciembre 1975), 77: AAS 68 (1976), 69; cf.
Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre el
ecumenismo, 1; Pontificio Consejo para la Promoción de la
Unidad de los Cristianos, Directoire pour l'application des
principes et des normes sur l'oecuménisme (25 marzo 1993),
205-209: AAS 85 (1993 ), 1112-1114.
157. Discurso a los Cardenales y a la
Curia Romana (28 junio 1985), 4: AAS 77 ( 1985), 1151.
158. Carta del 13 de enero de 1970:
Tomos agapis, Vatican-Phanar (1958-1970), Roma-Estambul 1971,
610-611,
159. Carta ap. Tertio millennio
adveniente (10 noviembre 1994), 20: AAS 87 (1995 ), 17.
160. Cf. Código de Derecho
Canónico, can. 755; Código de los Cánones
de las Iglesias Orientales, can. 902.
161. Conc. Ecum. Vat. II,
Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 5.
162. De Dominica oratione, 23: CSEL
3, 284-285.