CARTA ENCÍCLICA
UT
UNUM SINT
DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
SOBRE EL
EMPEÑO ECUMENICO
INTRODUCCIÓN
1. Ut unum sint! La llamada a la
unidad de los cristianos, que el Concilio Ecuménico Vaticano
II ha renovado con tan vehemente anhelo, resuena con fuerza cada vez
mayor en el corazón de los creyentes, especialmente al
aproximarse el Año Dos mil que será para ellos un
Jubileo sacro, memoria de la Encarnación del Hijo de Dios, que
se hizo hombre para salvar al hombre.
El valiente testimonio de tantos
mártires de nuestro siglo, pertenecientes también a
otras Iglesias y Comunidades eclesiales no en plena comunión
con la Iglesia católica, infunde nuevo impulso a la llamada
conciliar y nos recuerda la obligación de acoger y poner en
práctica su exhortación. Estos hermanos y hermanas
nuestros, unidos en el ofrecimiento generoso de su vida por el Reino
de Dios, son la prueba más significativa de que cada elemento
de división se puede trascender y superar en la entrega total
de uno mismo a la causa del Evangelio.
Cristo llama a todos sus discípulos
a la unidad. Me mueve el vivo deseo de renovar hoy esta
invitación, de proponerla de nuevo con determinación,
recordando cuanto señalé en el Coliseo romano el
Viernes Santo de 1994, al concluir la meditación del Vía
Crucis, dirigida por las palabras del venerable hermano
Bartolomé, Patriarca ecuménico de Constantinopla. En
aquella circunstancia afirmé que, unidos en el seguimiento de
los mártires, los creyentes en Cristo no pueden permanecer
divididos. Si quieren combatir verdadera y eficazmente la tendencia
del mundo a anular el Misterio de la Redención, deben profesar
juntos la misma verdad sobre la Cruz.(1) ¡La Cruz! La
corriente anticristiana pretende anular su valor, vaciarla de su
significado, negando que el hombre encuentre en ella las raíces
de su nueva vida; pensando que la Cruz no pueda abrir ni perspectivas
ni esperanzas: el hombre, se dice, es sólo un ser terrenal que
debe vivir como si Dios no existiese.
2. A nadie escapa el desafío que
todo esto supone para los creyentes. Ellos deben aceptarlo. En
efecto, ¿cómo podrían negarse a hacer todo lo
posible, con la ayuda de Dios, para derribar los muros de la división
y la desconfianza, para superar los obstáculos y prejuicios
que impiden el anuncio del Evangelio de la salvación mediante
la Cruz de Jesús, único Redentor del hombre, de cada
hombre?
Doy gracias a Dios porque nos ha
llevado a avanzar por el camino difícil, pero tan rico de
alegría, de la unidad y de la comunión entre los
cristianos. El diálogo interconfesional a nivel teológico
ha dado frutos positivos y palpables; esto anima a seguir adelante.
Sin embargo, además de las
divergencias doctrinales que hay que resolver, los cristianos no
pueden minusvalorar el peso de las incomprensiones ancestrales
que han heredado del pasado, de los malentendidos y prejuicios
de los unos contra los otros. No pocas veces, además, la
inercia, la indiferencia y un insuficiente conocimiento
recíproco agravan estas situaciones. Por este motivo, el
compromiso ecuménico debe basarse en la conversión de
los corazones y en la oración, lo cual llevará incluso
a la necesaria purificación de la memoria histórica.
Con la gracia del Espíritu Santo, los discípulos del
Señor, animados por el amor, por la fuerza de la verdad y por
la voluntad sincera de perdonarse mutuamente y reconciliarse, están
llamados a reconsiderar juntos su doloroso pasado y las
heridas que desgraciadamente éste sigue produciendo también
hoy. Están invitados por la energía siempre nueva del
Evangelio a reconocer juntos con sincera y total objetividad los
errores cometidos y los factores contingentes que intervinieron en el
origen de sus lamentables separaciones. Es necesaria una sosegada
y limpia mirada de verdad, vivificada por la misericordia divina,
capaz de liberar los espíritus y suscitar en cada uno una
renovada disponibilidad, precisamente para anunciar el Evangelio a
los hombres de todo pueblo y nación.
3. Con el Concilio Vaticano II la
Iglesia católica se ha comprometido de modo irreversible
a recorrer el camino de la acción ecuménica, poniéndose
a la escucha del Espíritu del Señor, que enseña
a leer atentamente los « signos de los tiempos ». Las
experiencias que ha vivido y continúa viviendo en estos años
la iluminan aún más profundamente sobre su identidad y
su misión en la historia. La Iglesia católica reconoce
y confiesa las debilidades de sus hijos, consciente de que sus
pecados constituyen otras tantas traiciones y obstáculos a la
realización del designio del Salvador. Sintiéndose
llamada constantemente a la renovación evangélica, no
cesa de hacer penitencia. Al mismo tiempo, sin embargo, reconoce y
exalta aún más el poder del Señor, quien,
habiéndola colmado con el don de la santidad, la atrae y la
conforma a su pasión y resurrección.
Enseñada por las múltiples
vicisitudes de su historia, la Iglesia está llamada a
liberarse de todo apoyo puramente humano, para vivir en profundidad
la ley evangélica de las Bienaventuranzas. Consciente de que «
la verdad no se impone sino por la fuerza de la misma verdad, que
penetra, con suavidad y firmeza a la vez, en las almas »,(2)
nada pide para sí sino la libertad de anunciar el Evangelio.
En efecto, su autoridad se ejerce en el servicio de la verdad y de la
caridad.
Yo mismo quiero promover cualquier
paso útil para que el testimonio de toda la comunidad
católica pueda ser comprendido en su total pureza y
coherencia, sobre todo ante la cita que la Iglesia tiene a las
puertas del nuevo Milenio, momento excepcional para el cual pide al
Señor que la unidad de todos los cristianos crezca hasta
alcanzar la plena comunión.(3) A este objetivo tan noble mira
también la presente Carta encíclica, que en su índole
esencialmente pastoral quiere contribuir a sostener el esfuerzo de
cuantos trabajan por la causa de la unidad.
4. Esta es un preciso deber del Obispo
de Roma como sucesor del apóstol Pedro. Yo lo llevo a cabo con
la profunda convicción de obedecer al Señor y con plena
conciencia de mi fragilidad humana. En efecto, si Cristo mismo confió
a Pedro esta misión especial en la Iglesia y le encomendó
confirmar a los hermanos, al mismo tiempo le hizo conocer su
debilidad humana y su particular necesidad de conversión: «
Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos » (Lc
22, 32). Precisamente en la debilidad humana de Pedro se manifiesta
plenamente cómo el Papa, para cumplir este especial ministerio
en la Iglesia, depende totalmente de la gracia y de la oración
del Señor: « Yo he rogado por ti, para que tu fe no
desfallezca » (Lc 22, 32). La conversión de Pedro
y de sus sucesores se apoya en la oración misma del Redentor,
en la cual la Iglesia participa constantemente. En nuestra época
ecuménica, marcada por el Concilio Vaticano II, la misión
del Obispo de Roma trata particularmente de recordar la exigencia de
la plena comunión de los discípulos de Cristo.
El Obispo de Roma en primera persona
debe hacer propia con fervor la oración de Cristo por la
conversión, que es indispensable a « Pedro » para
poder servir a los hermanos. Pido encarecidamente que participen de
esta oración los fieles de la Iglesia católica y todos
los cristianos. Junto conmigo, rueguen todos por esta conversión.
Sabemos que la Iglesia en su peregrinar
terreno ha sufrido y continuará sufriendo oposiciones y
persecuciones. La esperanza que la sostiene es, sin embargo,
inquebrantable, como indestructible es la alegría que nace de
esta esperanza. En efecto, la roca firme y perenne sobre la que está
fundada es Jesucristo, su Señor.
I
EL COMPROMISO ECUMÉNICO
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
El designio de Dios y la
comunión
5. Junto con todos los discípulos
de Cristo, la Iglesia católica basa en el designio de Dios su
compromiso ecuménico de congregar a todos en la unidad. En
efecto, « la Iglesia no es una realidad replegada sobre sí
misma, sino permanentemente abierta a la dinámica misionera y
ecuménica, pues ha sido enviada al mundo para anunciar y
testimoniar, actualizar y extender el misterio de comunión que
la constituye: a reunir a todos y a todo en Cristo; a ser para todos
'sacramento inseparable de unidad' ».(4)
Ya en el Antiguo Testamento,
refiriéndose a la situación de entonces del pueblo de
Dios, el profeta Ezequiel, recurriendo al simple símbolo de
dos maderos primero separados, después acercados uno al otro,
expresaba la voluntad divina de « congregar de todas las partes
» a los miembros del pueblo herido: « Seré su Dios
y ellos serán mi pueblo. Y sabrán las naciones que yo
soy el Señor, que santifico a Israel, cuando mi santuario esté
en medio de ellos para siempre » (cf. 37, 16-28). El Evangelio
de san Juan, por su parte, y ante la situación del pueblo de
Dios en aquel tiempo, ve en la muerte de Jesús la razón
de la unidad de los hijos de Dios: « Iba a morir por la nación,
y no sólo por la nación, sino también para
reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos » (11,
51-52). En efecto, la Carta a los Efesios enseñará que
« derribando el muro que los separaba [...] por medio de la
cruz, dando en sí mismo muerte a la enemistad », de lo
que estaba dividido hizo una unidad (cf. 2, 14-16).
6. La unidad de toda la humanidad
herida es voluntad de Dios. Por esto Dios envió a su Hijo para
que, muriendo y resucitando por nosotros, nos diese su Espíritu
de amor. La víspera del sacrificio de la Cruz, Jesús
mismo ruega al Padre por sus discípulos y por todos los que
creerán en El para que sean una sola cosa, una comunión
viviente. De aquí se deriva no sólo el deber, sino
también la responsabilidad que incumbe ante Dios, ante su
designio, sobre aquéllos y aquéllas que, por medio del
Bautismo llegan a ser el Cuerpo de Cristo, Cuerpo en el cual debe
realizarse en plenitud la reconciliación y la comunión.
¿Cómo es posible permanecer divididos si con el
Bautismo hemos sido « inmersos » en la muerte del Señor,
es decir, en el hecho mismo en que, por medio del Hijo, Dios ha
derribado los muros de la división? La división «
contradice clara y abiertamente la voluntad de Cristo, es un
escándalo para el mundo y perjudica a la causa santísima
de predicar el Evangelio a toda criatura ».(5)
El camino ecuménico: camino de
la Iglesia
7. « El Señor de los
tiempos, que prosigue sabia y pacientemente el plan de su gracia para
con nosotros pecadores, últimamente ha comenzado a infundir
con mayor abundancia en los cristianos separados entre sí el
arrepentimiento y el deseo de la unión. Muchísimos
hombres, en todo el mundo, han sido movidos por esta gracia y también
entre nuestros hermanos separados ha surgido un movimiento cada
día más amplio, con ayuda de la gracia del Espíritu
Santo, para restaurar la unidad de los cristianos. Participan
en este movimiento de unidad, llamado ecuménico, los que
invocan al Dios Trino y confiesan a Jesús como Señor y
Salvador; y no sólo individualmente, sino también
reunidos en grupos, en los que han oído el Evangelio y a los
que consideran como su Iglesia y de Dios. No obstante, casi todos,
aunque de manera diferente, aspiran a una Iglesia de Dios única
y visible, que sea verdaderamente universal y enviada a todo el
mundo, a fin de que el mundo se convierta al Evangelio y así
se salve para gloria de Dios ».(6)
8. Esta afirmación del Decreto
Unitatis redintegratio se debe comprender en el contexto de
todo el magisterio conciliar. El Concilio Vaticano II expresa la
decisión de la Iglesia de emprender la acción ecuménica
en favor de la unidad de los cristianos y de proponerla con
convicción y fuerza: « Este santo Sínodo exhorta
a todos los fieles católicos a que, reconociendo los signos de
los tiempos, participen diligentemente en el trabajo ecuménico
».(7)
Al indicar los principios católicos
del ecumenismo, el DecretoUnitatis redintegratio enlaza ante
todo con la enseñanza sobre la Iglesia de la Constitución
Lumen gentium, en el capitulo que trata sobre el pueblo de
Dios.(8) Al mismo tiempo, tiene presente lo que se afirma en la
Declaración conciliar Dignitatis humanae sobre la
libertad religiosa.(9)
La Iglesia católica asume con
esperanza la acción ecuménica como un imperativo de la
conciencia cristiana iluminada por la fe y guiada por la caridad.
También aquí se puede aplicar la palabra de san Pablo a
los primeros cristianos de Roma: « El amor de Dios ha sido
derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo »;
así nuestra « esperanza... no defrauda » (Rm
5, 5). Esta es la esperanza de la unidad de los cristianos que tiene
su fuente divina en la unidad Trinitaria del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo.
9. Jesús mismo antes de su
Pasión rogó para « que todos sean uno » (Jn
17, 21). Esta unidad, que el Señor dio a su Iglesia y en la
cual quiere abrazar a todos, no es accesoria, sino que está en
el centro mismo de su obra. No equivale a un atributo secundario de
la comunidad de sus discípulos. Pertenece en cambio al ser
mismo de la comunidad. Dios quiere la Iglesia, porque quiere la
unidad y en la unidad se expresa toda la profundidad de su ágape.
En efecto, la unidad dada por el
Espíritu Santo no consiste simplemente en el encontrarse
juntas unas personas que se suman unas a otras. Es una unidad
constituida por los vínculos de la profesión de la fe,
de los sacramentos y de la comunión jerárquica(10) Los
fieles son uno porque, en el Espíritu, están en
la comunión del Hijo y, en El, en su comunión
con el Padre: « Y nosotros estamos en comunión
con el Padre y con su Hijo, Jesucristo » (1 Jn 1, 3).
Así pues, para la Iglesia católica, la comunión
de los cristianos no es más que la manifestación en
ellos de la gracia por medio de la cual Dios los hace partícipes
de su propia comunión, que es su vida eterna. Las
palabras de Cristo « que todos sean uno » son pues la
oración dirigida al Padre para que su designio se cumpla
plenamente, de modo que brille a los ojos de todos « cómo
se ha dispensado el Misterio escondido desde siglos en Dios, Creador
de todas las cosas » (Ef 3, 9). Creer en Cristo
significa querer la unidad; querer la unidad significa querer la
Iglesia; querer la Iglesia significa querer la comunión de
gracia que corresponde al designio del Padre desde toda la eternidad.
Este es el significado de la oración de Cristo: « Ut
unum sint ».
10. En la situación actual de
división entre los cristianos y de confiada búsqueda de
la plena comunión, los fieles católicos se sienten
profundamente interpelados por el Señor de la Iglesia. El
Concilio Vaticano II ha reforzado su compromiso con una visión
eclesiológica lúcida y abierta a todos los valores
eclesiales presentes entre los demás cristianos. Los fieles
católicos afrontan la problemática ecuménica con
un espíritu de fe.
El Concilio afirma que « la
Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia católica gobernada
por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él
» y al mismo tiempo reconoce que « fuera de su estructura
visible pueden encontrarse muchos elementos de santificación y
de verdad que, como dones propios de la Iglesia de Cristo, empujan
hacia la unidad católica ».(11)
« Por tanto, las mismas Iglesias
y Comunidades separadas, aunque creemos que padecen deficiencias, de
ninguna manera carecen de significación y peso en el misterio
de la salvación. Porque el Espíritu de Cristo no rehúsa
servirse de ellas como medios de salvación, cuya virtud deriva
de la misma plenitud de gracia y verdad que fue confiada a la Iglesia
católica ».(12)
11. De este modo la Iglesia católica
afirma que, durante los dos mil años de su historia, ha
permanecido en la unidad con todos los bienes de los que Dios quiere
dotar a su Iglesia, y esto a pesar de las crisis con frecuencia
graves que la han sacudido, las faltas de fidelidad de algunos de sus
ministros y los errores que cotidianamente cometen sus miembros. La
Iglesia católica sabe que, en virtud del apoyo que le viene
del Espíritu, las debilidades, las mediocridades, los pecados
y a veces las traiciones de algunos de sus hijos, no pueden destruir
lo que Dios ha infundido en ella en virtud de su designio de gracia.
Incluso « las puertas del infierno no prevalecerán
contra ella » (Mt 16, 18). Sin embargo la Iglesia
católica no olvida que muchos en su seno ofuscan el designio
de Dios. Al recordar la división de los cristianos, el Decreto
sobre el ecumenismo no ignora la « culpa de los hombres por
ambas partes »,(13) reconociendo que la responsabilidad no se
puede atribuir únicamente a los « demás ».
Gracias a Dios, no se ha destruido lo que pertenece a la estructura
de la Iglesia de Cristo, ni tampoco la comunión existente con
las demás Iglesias y Comunidades eclesiales.
En efecto, los elementos de
santificación y de verdad presentes en las demás
Comunidades cristianas, en grado diverso unas y otras, constituyen la
base objetiva de la comunión existente, aunque imperfecta,
entre ellas y la Iglesia católica.
En la medida en que estos elementos se
encuentran en las demás Comunidades cristianas, la única
Iglesia de Cristo tiene una presencia operante en ellas. Por este
motivo el Concilio Vaticano II habla de una cierta comunión,
aunque imperfecta. La Constitución Lumen gentium señala
que la Iglesia católica « se siente unida por muchas
razones »(14) a estas Comunidades con una cierta verdadera
unión en el Espíritu Santo.
12. La misma Constitución
explicita ampliamente « los elementos de santificación y
de verdad » que, de diversos modos, se encuentran y actúan
fuera de los límites visibles de la Iglesia católica: «
Son muchos, en efecto, los que veneran la Sagrada Escritura como
norma de fe y de vida y manifiestan un amor sincero por la religión,
creen con amor en Dios Padre todopoderoso y en el Hijo de Dios
Salvador y están marcados por el Bautismo, por el que están
unidos a Cristo, e incluso reconocen y reciben en sus propias
Iglesias o Comunidades eclesiales otros sacramentos. Algunos de ellos
tienen también el Episcopado, celebran la sagrada Eucaristía
y fomentan la devoción a la Virgen Madre de Dios. Se añade
a esto la comunión en la oración y en otros bienes
espirituales, incluso una cierta verdadera unión en el
Espíritu Santo. Este actúa, sin duda, también en
ellos y los santifica con sus dones y gracias y, a algunos de ellos,
les dio fuerzas incluso para derramar su sangre. De esta manera, el
Espíritu suscita en todos los discípulos de Cristo el
deseo de trabajar para que todos se unan en paz, de la manera querida
por Cristo, en un solo rebaño bajo un solo Pastor ».(15)
El Decreto conciliar sobre el
ecumenismo, refiriéndose a las Iglesias ortodoxas llega a
declarar que « por la celebración de la Eucaristía
del Señor en cada una de esas Iglesias, se edifica y crece la
Iglesia de Dios ».(16) Reconocer todo esto es una exigencia de
la verdad.
13. El mismo Documento presenta
someramente las implicaciones doctrinales. En relación a los
miembros de esas Comunidades, declara: « Justificados por la fe
en el Bautismo, se han incorporado a Cristo; por tanto, con todo
derecho se honran con el nombre de cristianos y son reconocidos con
razón por los hijos de la Iglesia católica como
hermanos en el Señor ».(17)
Refiriéndose a los múltiples
bienes presentes en las otras Iglesias y Comunidades eclesiales, el
Decreto añade: « Todas estas realidades, que proceden de
Cristo y conducen a El, pertenecen, por derecho, a la única
Iglesia de Cristo. Nuestros hermanos separados practican también
no pocas acciones sagradas de la religión cristiana, las
cuales, de distintos modos, según la diversa condición
de cada Iglesia o comunidad, pueden sin duda producir realmente la
vida de la gracia, y deben ser consideradas aptas para abrir el
acceso a la comunión de la salvación ».(18)
Se trata de textos ecuménicos de
máxima importancia. Fuera de la comunidad católica no
existe el vacío eclesial. Muchos elementos de gran valor
(eximia), que en la Iglesia católica son parte de la
plenitud de los medios de salvación y de los dones de gracia
que constituyen la Iglesia, se encuentran también en las otras
Comunidades cristianas.
14. Todos estos elementos llevan en sí
mismos la llamada a la unidad para encontrar en ella su plenitud. No
se trata de poner juntas todas las riquezas diseminadas en las
Comunidades cristianas con el fin de llegar a la Iglesia deseada por
Dios. De acuerdo con la gran Tradición atestiguada por los
Padres de Oriente y Occidente, la Iglesia católica cree que en
el evento de Pentecostés Dios manifestó ya la
Iglesia en su realidad escatológica, que El había
preparado « desde el tiempo de Abel el Justo ».(19) Está
ya dada. Por este motivo nosotros estamos ya en los últimos
tiempos. Los elementos de esta Iglesia ya dada existen, juntos en su
plenitud, en la Iglesia católica y, sin esta plenitud, en las
otras Comunidades,(20) donde ciertos aspectos del misterio cristiano
han estado a veces más eficazmente puestos de relieve. El
ecumenismo trata precisamente de hacer crecer la comunión
parcial existente entre los cristianos hacia la comunión plena
en la verdad y en la caridad.
Renovación y conversión
15. Pasando de los principios, del
imperativo de la conciencia cristiana, a la realización del
camino ecuménico hacia la unidad, el Concilio Vaticano II pone
sobre todo de relieve la necesidad de conversión interior.
El anuncio mesiánico « el tiempo se ha cumplido y el
Reino de Dios está cerca » y la llamada consiguiente «
convertíos y creed en la Buena Nueva » (Mc 1,
15), con la que Jesús inaugura su misión, indican el
elemento esencial que debe caracterizar todo nuevo inicio: la
necesidad fundamental de la evangelización en cada etapa del
camino salvífico de la Iglesia. Esto se refiere, de modo
particular, al proceso iniciado por el Concilio Vaticano II,
incluyendo en la renovación la tarea ecuménica de unir
a los cristianos divididos entre sí. « No hay
verdadero ecumenismo sin conversión interior ».(21)
El Concilio llama tanto a la conversión
personal como a la comunitaria. La aspiración de cada
Comunidad cristiana a la unidad es paralela a su fidelidad al
Evangelio. Cuando se trata de personas que viven su vocación
cristiana, el Evangelio habla de conversión interior, de una
renovación de la mente.(22)
Cada uno debe pues convertirse más
radicalmente al Evangelio y, sin perder nunca de vista el designio de
Dios, debe cambiar su mirada. Con el ecumenismo la contemplación
de las « maravillas de Dios » (mirabilia Dei) se
ha enriquecido de nuevos espacios, en los que el Dios Trinitario
suscita la acción de gracias: la percepción de que el
Espíritu actúa en las otras Comunidades cristianas, el
descubrimiento de ejemplos de santidad, la experiencia de las
riquezas ilimitadas de la comunión de los santos, el contacto
con aspectos impensables del compromiso cristiano. Por otro lado, se
ha difundido también la necesidad de penitencia: el ser
conscientes de ciertas exclusiones que hieren la caridad fraterna, de
ciertos rechazos que deben ser perdonados, de un cierto orgullo, de
aquella obstinación no evangélica en la condena de los
« otros », de un desprecio derivado de una presunción
nociva. Así la vida entera de los cristianos queda marcada por
la preocupación ecuménica y están llamados a
asumirla.
16. En el magisterio del Concilio hay
un nexo claro entre renovación, conversión y reforma.
Afirma así: « La Iglesia, peregrina en este mundo, es
llamada por Cristo a esta reforma permanente de la que ella, como
institución terrena y humana, necesita continuamente; de modo
que si algunas cosas, por circunstancias de tiempo y lugar, hubieran
sido observadas menos cuidadosamente 2 deben restaurarse en el
momento oportuno y debidamente ».(23) Ninguna Comunidad
cristiana puede eludir esta llamada.
Dialogando con franqueza, las
Comunidades se ayudan a mirarse mutuamente unas a otras a la luz de
la Tradición apostólica. Esto las lleva a preguntarse
si verdaderamente expresan de manera adecuada todo lo que el Espíritu
ha transmitido por medio de los Apóstoles.(24) En relación
a la Iglesia católica, en diversas circunstancias, como con
ocasión del aniversario del Bautismo de la Rus',(25) o
del recuerdo, después de once siglos, de la obra
evangelizadora de los santos Cirilo y Metodio,(26) me he referido a
estas exigencias y perspectivas. Más recientemente, el
Directorio para la aplicación de los principios y de las
normas acerca del ecumenismo, publicado con mi aprobación
por el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de
los Cristianos, las ha aplicado en el campo pastoral.(27)
17. En relación a los demás
cristianos, los principales documentos de la Comisión Fe y
Constitución (28) y las declaraciones de numerosos
diálogos bilaterales han ofrecido ya a las Comunidades
cristianas instrumentos útiles para discernir lo que es
necesario para el movimiento ecuménico y para la conversión
que éste debe suscitar. Estos estudios son importantes bajo
una doble perspectiva: muestran los notables progresos ya alcanzados
e infunden esperanza por constituir una base segura para la sucesiva
y profundizada investigación.
La comunión creciente en una
reforma continua, realizada a la luz de la Tradición
apostólica, es sin duda, en la situación actual del
pueblo cristiano, una de las características distintivas y más
importantes del ecumenismo. Por otra parte, es también una
garantía esencial para su futuro. Los fieles de la Iglesia
católica deben saber que el impulso ecuménico del
Concilio Vaticano II es uno de los resultados de la postura que la
Iglesia adoptó entonces para escrutarse a la luz del Evangelio
y de la gran Tradición. Mi predecesor, el Papa Juan XXIII, lo
había comprendido bien rechazando separar actualización
y apertura ecuménica al convocar el Concilio.(29) Al término
de la asamblea conciliar, el Papa Pablo VI, reanudando el diálogo
de caridad con las Iglesias en comunión con el Patriarcado de
Constantinopla, y realizando el gesto concreto y altamente
significativo de « relegar en el olvido » —y hacer
« desaparecer de la memoria y del interior de la Iglesia »—
las excomuniones del pasado, consagró la vocación
ecuménica del Concilio. Es interesante recordar que la
creación de un organismo especial para el ecumenismo coincide
con el comienzo mismo de la preparación del Concilio Vaticano
II (30) y que, a través de este organismo, las opiniones y
valoraciones de las demás Comunidades cristianas estuvieron
presentes en los grandes debates sobre la Revelación, la
Iglesia, la naturaleza del ecumenismo y la libertad religiosa.
Importancia fundamental de la doctrina
18. Basándose en una idea que el
mismo Papa Juan XXIII había expresado en la apertura del
Concilio,(31) el Decreto sobre el ecumenismo menciona el modo de
exponer la doctrina entre los elementos de la continua reforma.(32)
No se trata en este contexto de modificar el depósito de la
fe, de cambiar el significado de los dogmas, de suprimir en ellos
palabras esenciales, de adaptar la verdad a los gustos de una época,
de quitar ciertos artículos del Credo con el falso
pretexto de que ya no son comprensibles hoy. La unidad querida por
Dios sólo se puede realizar en la adhesión común
al contenido íntegro de la fe revelada. En materia de fe, una
solución de compromiso está en contradicción con
Dios que es la Verdad. En el Cuerpo de Cristo que es « camino,
verdad y vida » (Jn 14, 6), ¿quién
consideraría legítima una reconciliación lograda
a costa de la verdad? La Declaración conciliar sobre la
libertad religiosa Dignitatis humanae atribuye a la dignidad
humana la búsqueda de la verdad, « sobre todo en lo que
se refiere a Dios y a su Iglesia »,(33) y la adhesión a
sus exigencias. Por tanto, un « estar juntos » que
traicionase la verdad estaría en oposición con la
naturaleza de Dios que ofrece su comunión, y con la exigencia
de verdad que está en lo más profundo de cada corazón
humano.
19. Sin embargo, la doctrina debe ser
presentada de un modo que sea comprensible para aquéllos a
quienes Dios la destina. En la Carta encíclica Slavorum
apostoli recordaba cómo Cirilo y Metodio, por este mismo
motivo, tradujeron las nociones de la Biblia y los conceptos de la
teología griega en un contexto de experiencias históricas
y de pensamiento muy diverso. Querían que la única
palabra de Dios fuese « hecha accesible de este modo según
las formas expresivas propias de cada civilización ».(34)
Comprendieron pues que no podían « imponer a los
pueblos, cuya evangelización les encomendaron, ni siquiera la
indiscutible superioridad de la lengua griega y de la cultura
bizantina, o los usos y comportamientos de la sociedad más
avanzada, en la que ellos habían crecido ».(35) Así
hacían realidad aquella « perfecta comunión en el
amor [que] preserva a la Iglesia de cualquier forma de particularismo
o de exclusivismo étnico o de prejuicio racial, así
como de cualquier orgullo nacionalista ».(36) En este mismo
espíritu, no dudé en decir a los aborígenes de
Australia: « No tenéis que ser un pueblo dividido en dos
partes [...] Jesús os invita a aceptar sus palabras y sus
valores dentro de vuestra propia cultura ».(37) Puesto que por
su naturaleza la verdad de fe está destinada a toda la
humanidad, exige ser traducida a todas las culturas. En efecto, el
elemento que determina la comunión en la verdad es el
significado de la verdad misma. La expresión de la
verdad puede ser multiforme, y la renovación de las formas de
expresión se hace necesaria para transmitir al hombre de hoy
el mensaje evangélico en su inmutable significado.(38)
« Esta renovación tiene,
pues, gran importancia ecuménica ».(39) Y es no sólo
renovación del modo de expresar la fe, sino de la misma vida
de fe. Se podría preguntar: ¿quién debe
realizarla? El Concilio responde claramente a este interrogante:
corresponde a « la Iglesia entera, tanto los fieles como los
pastores; y afecta a cada uno según su propia capacidad, ya
sea en la vida cristiana diaria o en las investigaciones teológicas
e históricas ».(40)
20. Todo esto es sumamente importante y
de significado fundamental para la actividad ecuménica. De
ello resulta inequívocamente que el ecumenismo, el movimiento
a favor de la unidad de los cristianos, no es sólo un mero
« apéndice », que se añade a la
actividad tradicional de la Iglesia. Al contrario, pertenece
orgánicamente a su vida y a su acción y debe, en
consecuencia, inspirarlas y ser como el fruto de un árbol que,
sano y lozano, crece hasta alcanzar su pleno desarrollo.
Así creía en la unidad de
la Iglesia el Papa Juan XXIII y así miraba a la unidad de
todos los cristianos. Refiriéndose a los demás
cristianos, a la gran familia cristiana, constataba: « Es mucho
más fuerte lo que nos une que lo que nos divide ». Por
su parte, el Concilio Vaticano II exhorta: «Recuerden todos los
fieles cristianos que promoverán e incluso practicarán
tanto mejor la unión cuanto más se esfuercen por vivir
una vida más pura según el Evangelio. Pues cuanto más
estrecha sea su comunión con el Padre, el Verbo y el Espíritu,
más íntima y fácilmente podrán aumentar
la fraternidad mutua ».(41)
Primacía de la oración
21. « Esta conversión
del corazón y santidad de vida, junto con las oraciones
públicas y privadas por la unidad de los cristianos, deben
considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico y
pueden llamarse con razón ecumenismo espiritual ».(42)
Se avanza en el camino que lleva a la
conversión de los corazones según el amor que se tenga
a Dios y, al mismo tiempo, a los hermanos: a todos los hermanos,
incluso a los que no están en plena comunión con
nosotros. Del amor nace el deseo de la unidad, también en
aquéllos que siempre han ignorado esta exigencia. El amor es
artífice de comunión entre las personas y entre las
Comunidades. Si nos amamos, es más profunda nuestra comunión,
y se orienta hacia la perfección. El amor se dirige a Dios
como fuente perfecta de comunión —la unidad del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo—, para encontrar la fuerza
de suscitar esta misma comunión entre las personas y entre las
Comunidades, o de restablecerla entre los cristianos aún
divididos. El amor es la corriente profundísima que da vida e
infunde vigor al proceso hacia la unidad.
Este amor halla su expresión
más plena en la oración común. Cuando los
hermanos que no están en perfecta comunión entre sí
se reúnen para rezar, su oración es definida por el
Concilio Vaticano II como alma de todo el movimiento ecuménico.
La oración es « un medio sumamente eficaz para pedir la
gracia de la unidad », una « expresión
auténtica de los vínculos que siguen uniendo a los
católicos con los hermanos separados ».(43) Incluso
cuando no se reza en sentido formal por la unidad de los cristianos,
sino por otros motivos, como, por ejemplo, por la paz, la oración
se convierte por sí misma en expresión y confirmación
de la unidad. La oración común de los cristianos invita
a Cristo mismo a visitar la Comunidad de aquéllos que lo
invocan: « Donde están dos o tres reunidos en mi nombre,
allí estoy yo en medio de ellos » (Mt 18, 20).
22. Cuando los cristianos rezan juntos
la meta de la unidad aparece más cercana. La larga historia de
los cristianos marcada por múltiples divisiones parece
recomponerse, tendiendo a la Fuente de su unidad que es Jesucristo.
¡El es el mismo ayer, hoy y siempre! (cf. Hb 13, 8).
Cristo está realmente presente en la comunión de
oración; ora « en nosotros », « con nosotros
» y « por nosotros ». El dirige nuestra oración
en el Espíritu Consolador que prometió y dio ya a su
Iglesia en el Cenáculo de Jerusalén, cuando la
constituyó en su unidad originaria.
En el camino ecuménico hacia la
unidad, la primacía corresponde sin duda a la oración
común, a la unión orante de quienes se congregan en
torno a Cristo mismo. Si los cristianos, a pesar de sus divisiones,
saben unirse cada vez más en oración común en
torno a Cristo, crecerá en ellos la conciencia de que es menos
lo que los divide que lo que los une. Si se encuentran más
frecuente y asiduamente delante de Cristo en la oración,
hallarán fuerza para afrontar toda la dolorosa y humana
realidad de las divisiones, y de nuevo se encontrarán en
aquella comunidad de la Iglesia que Cristo forma incesantemente en el
Espíritu Santo, a pesar de todas las debilidades y
limitaciones humanas.
23. En suma, la comunión de
oración lleva a mirar con ojos nuevos a la Iglesia y al
cristianismo. En efecto, no se debe olvidar que el Señor
pidió al Padre la unidad de sus discípulos, para que
ésta fuera testimonio de su misión y el mundo pudiese
creer que el Padre lo había enviado (cf. Jn 17, 21). Se
puede decir que el movimiento ecuménico haya partido en cierto
sentido de la experiencia negativa de quienes, anunciando el único
Evangelio, se referían cada uno a su propia Iglesia o
Comunidad eclesial; una contradicción que no podía
pasar desapercibida a quien escuchaba el mensaje de salvación
y encontraba en ello un obstáculo a la acogida del anuncio
evangélico. Lamentablemente este grave impedimento no está
superado. Es cierto, no estamos todavía en plena comunión.
Sin embargo, a pesar de nuestras divisiones, estamos recorriendo el
camino hacia la unidad plena, aquella unidad que caracterizaba a la
Iglesia apostólica en sus principios, y que nosotros buscamos
sinceramente: prueba de esto es nuestra oración común,
animada por la fe. En la oración nos reunimos en el nombre de
Cristo que es Uno. El es nuestra unidad.
La oración «
ecuménica » está al servicio de la
misión cristiana y de su credibilidad. Por eso debe estar
particularmente presente en la vida de la Iglesia y en cada actividad
que tenga como fin favorecer la unidad de los cristianos. Es como si
nosotros debiéramos volver siempre a reunirnos en el Cenáculo
del Jueves Santo, aunque nuestra presencia común en este
lugar, aguarda todavía su perfecto cumplimiento, hasta que,
superados los obstáculos para la perfecta comunión
eclesial, todos los cristianos se reúnan en la única
celebración de la Eucaristía.(44)
24. Es motivo de alegría
constatar cómo tantos encuentros ecuménicos incluyen
casi siempre la oración y, más aún, culminan con
ella. La Semana de Oración por la unidad de los cristianos,
que se celebra en el mes de enero, o en torno a Pentecostés en
algunos países, se ha convertido en una tradición
difundida y consolidada. Pero además de ella, son muchas las
ocasiones que durante el año llevan a los cristianos a rezar
juntos. En este contexto, deseo evocar la experiencia particular de
las peregrinaciones del Papa por las Iglesias, en los
diferentes continentes y en los varios países de la oikoumene
contemporánea. Soy bien consciente de que el Concilio Vaticano
II orientó al Papa hacia este particular ejercicio de su
ministerio apostólico. Se puede decir aún más.
El Concilio hizo de este peregrinar del Papa una clara necesidad, en
cumplimiento del papel del Obispo de Roma al servicio de la
comunión.(45) Estas visitas casi siempre han incluido un
encuentro ecuménico y la oración en común de
los hermanos que buscan la unidad en Cristo y en su Iglesia.
Recuerdo con una emoción muy especial la oración con el
Primado de la Comunión anglicana en la catedral de Canterbury,
el 29 de mayo de 1982, cuando en aquel admirable templo veía
un « elocuente testimonio, al mismo tiempo, de nuestros
largos años de herencia común y de los tristes años
de división que vinieron a continuación »;(46)
tampoco puedo olvidar las realizadas en los Países
escandinavos y nórdicos (1-10 de junio de 1989), en América,
Africa, o aquélla en la sede del Consejo Ecuménico de
las Iglesias (12 de junio de 1984), organismo que tiene como objetivo
llamar a las Iglesias y a las Comunidades eclesiales que forman parte
« a la meta de la comunión visible en una sola fe y en
una sola comunión eucarística expresada en el culto y
en la vida común en Cristo».(47) Y ¿cómo
podría olvidar mi participación en la liturgia
eucarística en la iglesia de san Jorge, en el Patriarcado
ecuménico (30 de noviembre de 1979), y la celebración
en la Basílica de san Pedro durante la visita a Roma de mi
venerable Hermano, el Patriarca Dimitrios I (6 de diciembre de 1987)?
En aquella circunstancia, junto al altar de la Confesión,
profesamos juntos el Símbolo niceno-constantinopolitano, según
el texto original griego. No se pueden describir con pocas palabras
los aspectos concretos que han caracterizado cada uno de estos
encuentros de oración. Por los condicionamientos del pasado
que, de modo diverso, pesaban sobre cada uno de ellos, todos tienen
una propia y singular elocuencia; todos están grabados en la
memoria de la Iglesia, guiada por el Paráclito en la búsqueda
de la unidad de todos los creyentes en Cristo.
25. No sólo el Papa se ha hecho
peregrino. En estos años muchos dignos representantes de otras
Iglesias y Comunidades eclesiales me han visitado en Roma y he podido
rezar con ellos en encuentros públicos y privados. Ya he
mencionado la presencia del Patriarca ecuménico Dimitrios I.
Quisiera ahora recordar también el encuentro de oración
con los Arzobispos luteranos, primados de Suecia y Finlandia, en la
misma Basílica de san Pedro, para la celebración de
Vísperas, con ocasión del VI centenario de la
canonización de santa Brígida (5 de octubre de 1991).
Se trata de un ejemplo, porque la Iglesia es consciente de que el
deber de orar por la unidad es propio de su vida. No hay un
acontecimiento importante y significativo que no se beneficie con la
presencia recíproca y la oración de los cristianos. Me
es imposible enumerar todos estos encuentros, aunque cada uno merezca
ser nombrado. Verdaderamente el Señor nos lleva de la mano y
nos guía. Estos intercambios, estas oraciones han escrito ya
páginas y páginas de nuestro « Libro de la unidad
», «Libr » que debemos siempre hojear y releer para
hallar inspiración y esperanza.
26. La oración, la comunidad de
oración, nos permite reencontrar siempre la verdad evangélica
de las palabras « uno solo es vuestro Padre » (Mt
23, 9), aquel Padre, Abbá, al cual Cristo mismo se dirige,
El que es Hijo unigénito de la misma sustancia. Y además:
« Uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos
hermanos » (Mt 23, 8). La oración «
ecuménica » manifiesta esta dimensión fundamental
de fraternidad en Cristo, que murió para unir a los hijos de
Dios dispersos, para que nosotros, llegando a ser hijos en el Hijo
(cf. Ef 1, 5), reflejásemos más plenamente la
inescrutable realidad de la paternidad de Dios y, al mismo tiempo, la
verdad sobre la humanidad propia de cada uno y de todos.
La oración « ecuménica
», la oración de los hermanos y hermanas, expresa todo
esto. Ellos, precisamente por estar divididos entre sí, con
mayor esperanza se unen en Cristo, confiándole el futuro de
su unidad y de su comunión. A esta situación se
podría aplicar una vez más felizmente la enseñanza
del Concilio: « El Señor Jesús, cuando pide al
Padre ¿que todos sean uno 1 como nosotros también
somos uno' (Jn 17, 21-22), ofreciendo perspectivas
inaccesibles a la razón humana, sugiere cierta semejanza entre
la unión de las personas divinas y la unión de los
hijos de Dios en la verdad y el amor ».(48)
La conversión del corazón,
condición esencial de toda auténtica búsqueda de
la unidad, brota de la oración y ésta la lleva hacia su
cumplimiento: « Los deseos de unidad brotan y maduran como
fruto de la renovación de la mente, de la negación de
sí mismo y de una efusión libérrima de la
caridad. Por ello, debemosimplorar del Espíritu divino la
gracia de una sincera abnegación, humildad y mansedumbre en el
servicio a los demás y espíritu de generosidad fraterna
hacia ellos ».(49)
27. Orar por la unidad no está
sin embargo reservado a quien vive en un contexto de división
entre los cristianos. En el diálogo íntimo y personal
que cada uno de nosotros debe tener con el Señor en la
oración, no puede excluirse la preocupación por la
unidad. En efecto, sólo de este modo ésta formará
parte plenamente de la realidad de nuestra vida y de los compromisos
que hayamos asumido en la Iglesia. Para poner de relieve esta
exigencia he querido proponer a los fieles de la Iglesia católica
un modelo que me parece ejemplar, el de una religiosa trapense,
María Gabriela de la Unidad, que proclamé beata el
25 de enero de 1983.(50) Sor María Gabriela, llamada por su
vocación a vivir alejada del mundo, dedicó su
existencia a la meditación y a la oración centrada en
el capítulo 17 del Evangelio de san Juan y la ofreció
por la unidad de los cristianos. Este es el soporte de toda oración:
la entrega total y sin reservas de la propia vida al Padre, por medio
del Hijo, en el Espíritu Santo. El ejemplo de sor María
Gabriela nos enseña, nos hace comprender cómo no
existen tiempos, situaciones o lugares particulares para rezar por la
unidad. La oración de Cristo al Padre es modelo para todos,
siempre y en todo lugar.
Diálogo ecuménico
28. Si la oración es el «
alma » de la renovación ecuménica y de la
aspiración a la unidad; sobre ella se fundamenta y en ella
encuentra su fuerza todo lo que el Concilio define como «diálogo
». Esta definición no está ciertamente lejos
delpensamiento personalista actual. La actitud de «
diálogo » se sitúa en el nivel de la naturaleza
de la persona y de su dignidad. Desde el punto de vista filosófico,
esta posición se relaciona con la verdad cristiana sobre el
hombre expresada por el Concilio. En efecto, el hombre « es la
única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí
misma »; por tanto « no puede encontrarse plenamente a sí
mismo sino en la entrega sincera de sí mismo ».(51) El
diálogo es paso obligado del camino a recorrer hacia la
autorrealización del hombre, tanto del individuo
como también de cada comunidad humana. Si bien del
concepto de « diálogo » parece emerger en primer
plano el momento cognoscitivo (dia-logos), cada diálogo
encierra una dimensión global, existencial. Abarca al sujeto
humano totalmente; el diálogo entre las comunidades compromete
de modo particular la subjetividad de cada una de ellas.
Esta verdad sobre el diálogo,
expresada tan profundamente por el Papa Pablo VI en la Encíclica
Ecclesiam suam,(52) fue también asumida por la doctrina
y la actividad ecuménica del Concilio. El diálogo no es
sólo un intercambio de ideas. Siempre es de todos modos un «
intercambio de dones».(53)
29. Por este motivo, el Decreto
conciliar sobre el ecumenismo pone también en primer plano «
todos los esfuerzos para eliminar palabras, juicios y acciones que no
respondan, según la justicia y la verdad, a la condición
de los hermanos separados, y que por lo mismo hagan más
difíciles las relaciones mutuas con ellos ».(54) Este
Documento afronta la cuestión desde el punto de vista de la
Iglesia católica y se refiere al criterio que ella debe
aplicar en relación con los demás cristianos. Sin
embargo, en todo esto hay una exigencia de reciprocidad. Seguir este
criterio es un compromiso indispensable de cada una de las partes que
quieren dialogar y es condición previa para comenzarlo. Es
necesario pasar de una situación de antagonismo y de conflicto
a un nivel en el que uno y otro se reconocen recíprocamente
como asociados. Cuando se empieza a dialogar, cada una de
las partes debe presuponer una voluntad de reconciliación en
su interlocutor, deunidad en la verdad. Para realizar todo
esto, deben evitarse las manifestaciones de recíproca
oposición. Sólo así el diálogo ayudará
a superar la división y podrá acercar a la unidad.
30. Se puede afirmar, con viva gratitud
hacia el Espíritu de verdad, que el Concilio Vaticano II fue
un tiempo providencial durante el cual se realizaron las condiciones
fundamentales para la participación de la Iglesia católica
en el diálogo ecuménico. Por otra parte, la presencia
de numerosos observadores de varias Iglesias y Comunidades
eclesiales, su profunda implicación en el acontecimiento
conciliar, los numerosos encuentros y las oraciones en común
que el Concilio ha hecho posibles, han contribuido a que se dieran
las condiciones para el diálogo. Durante el Concilio,
los representantes de las Iglesias y Comunidades cristianas
experimentaron la disposición para el diálogo del
episcopado católico del mundo entero y, en particular, de la
Sede Apostólica.
Estructuras locales de diálogo
31. El diálogo ecuménico,
tal y como se ha manifestado desde los días del Concilio,
lejos de ser una prerrogativa de la Sede Apostólica, atañe
también a las Iglesias locales o particulares. Las
Conferencias episcopales y los Sínodos de las Iglesias
orientales católicas han instituido comisiones especiales para
la promoción del espíritu y de la acción
ecuménicos. Oportunas estructuras análogas trabajan a
nivel diocesano. Estas iniciativas manifiestan el deber concreto y
general de la Iglesia católica de aplicar las orientaciones
conciliares sobre ecumenismo: este es un aspecto esencial del
movimiento ecuménico.(55) No sólo se ha emprendido el
diálogo, sino que se ha convertido en una necesidad
declarada, una de las prioridades de la Iglesia; en consecuencia,
se ha perfilado la « técnica » para dialogar,
favoreciendo al mismo tiempo el crecimiento del espíritu de
diálogo. En este contexto se quiere ante todo considerar el
diálogo entre cristianos de las diferentes Iglesias o
Comunidades, « entablado entre expertos adecuadamente formados,
en el que cada uno explica con mayor profundidad la doctrina de su
Comunión y presenta con claridad sus características
».(56) Sin embargo, conviene que cada cristiano conozca el
método adecuado al diálogo.
32. Como afirma la Declaración
conciliar sobre la libertad religiosa, « la verdad debe
buscarse de un modo adecuado a la dignidad de la persona humana y a
su naturaleza social, es decir, mediante la investigación
libre, con la ayuda del magisterio o enseñanza, de la
comunicación y del diálogo, en los que unos exponen a
los otros la verdad que han encontrado o piensan haber encontrado,
para ayudarse mutuamente en la búsqueda de la verdad; una vez
conocida la verdad, hay que adherirse a ella firmemente con el
asentimiento personal ».(57)
El diálogo ecuménico
tiene una importancia esencial. « Pues, por medio de este
diálogo, todos adquieren un conocimiento más auténtico
y una estima más justa de la doctrina y de la vida de
cada Comunión; además, también las Comuniones
consiguen una mayor colaboración en aquellas
obligaciones en pro del bien común exigidas por toda
conciencia cristiana, y se reúnen, en cuanto es posible, en la
oración unánime. Finalmente, todos examinan su
fidelidad a la voluntad de Cristo sobre la Iglesia y emprenden
valientemente, como conviene, la obra de renovación y de
reforma ».(58)
Diálogo como examen de
conciencia
33. En la intención del
Concilio, el diálogo ecuménico tiene el carácter
de una búsqueda común de la verdad, particularmente
sobre la Iglesia. En efecto, la verdad forma las conciencias y
orienta su actuación en favor de la unidad. Al mismo tiempo,
exige que la conciencia de los cristianos, hermanos divididos entre
sí, y sus obras se conformen a la oración de Cristo por
la unidad. Existe una correlación entre oración y
diálogo. Una oración más profunda y consciente
hace el diálogo más rico en frutos. Si por una parte la
oración es la condición para el diálogo, por
otra llega a ser, de forma cada vez más madura, su fruto.
34. Gracias al diálogo ecuménico
podemos hablar de mayor madurez de nuestra oración común.
Esto es posible en cuanto el diálogo cumple también
y al mismo tiempo la función de un examen de conciencia.
¿Cómo no recordar en este contexto las palabras de la
Primera Carta de Juan? « Si decimos: 'No tenemos pecado', nos
engañamos y la verdad no está en nosotros. Si
reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él [Dios] para
perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia » (1,
8-9). Juan nos lleva aún más allá cuando afirma:
« Si decimos: 'No hemos pecado', le hacemos mentiroso y su
Palabra no está en nosotros » (1, 10). Una exhortación
que reconoce tan radicalmente nuestra condición de pecadores
debe ser también una característica del espíritu
con que se afronta el diálogo ecuménico. Si éste
no llegara a ser un examen de conciencia, como un « diálogo
de las conciencias », ¿podríamos contar con la
certeza que la misma Carta nos transmite? « Hijos míos,
os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca,
tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo.
El es víctima de propiciación por nuestros pecados, no
sólo por los nuestros, sino también por los del mundo
entero » (2, 1-2). El sacrificio salvífico de Cristo se
ofrece por todos los pecados del mundo, y por tanto también
los cometidos contra la unidad de la Iglesia: los pecados de los
cristianos, tanto de los pastores como de los fieles. Incluso después
de tantos pecados que han contribuido a las divisiones históricas,
es posible la unidad de los cristianos, si somos conscientes
humildemente de haber pecado contra la unidad y estamos convencidos
de la necesidad de nuestra conversión. No sólo se deben
perdonar y superar los pecados personales, sino también los
sociales, es decir, las « estructuras » mismas del pecado
que han contribuido y pueden contribuir a la división y a su
consolidación.
35. Una vez más el Concilio
Vaticano II nos ayuda. Se puede decir que todo el Decreto sobre el
ecumenismo está lleno del espíritu de conversión.(59)
El diálogo ecuménico presenta en este documento un
carácter propio; se transforma en « diálogo de la
conversión », y por tanto, según la expresión
de Pablo VI, en auténtico « diálogo de salvación
».(60) El diálogo no puede desarrollarse siguiendo una
trayectoria exclusivamente horizontal, limitándose al
encuentro, al intercambio de puntos de vista, o incluso de dones
propios de cada Comunidad. Tiende también y sobre todo a una
dimensión vertical que lo orienta hacia Aquél, Redentor
del mundo y Señor de la historia, que es nuestra
reconciliación. La dimensión vertical del diálogo
está en el común y recíproco reconocimiento de
nuestra condición de hombres y mujeres que han pecado.
Precisamente esto abre en los hermanos que viven en comunidades que
no están en plena comunión entre ellas, un espacio
interior en donde Cristo, fuente de unidad de la Iglesia, puede obrar
eficazmente, con toda la potencia de su Espíritu Paráclito.
Diálogo para resolver las
divergencias
36. El diálogo es también
un instrumento natural para confrontar diversos puntos de vista y
sobre todo examinar las divergencias que obstaculizan la plena
comunión de los cristianos entre sí. El Decreto sobre
el ecumenismo describe, en primer lugar, las disposiciones morales
con las que se deben afrontar las conversaciones doctrinales: «
Los teólogos católicos, afianzados en la doctrina de la
Iglesia, deben seguir adelante en el diálogo ecuménico
con amor a la verdad, caridad y humildad, investigando juntamente con
los hermanos separados sobre los misterios divinos ».(61)
El amor a la verdad es la dimensión
más profunda de una auténtica búsqueda de la
plena comunión entre los cristianos. Sin este amor sería
imposible afrontar las objetivas dificultades teológicas,
culturales, psicológicas y sociales que se encuentran al
examinar las divergencias. A esta dimensión interior y
personal está inseparablemente unido el espíritu de
caridad y humildad. Caridad hacia el interlocutor, humildad hacia la
verdad que se descubre y que podría exigir revisiones de
afirmaciones y actitudes.
En relación al estudio de las
divergencias, el Concilio pide que se presente toda la doctrina con
claridad. Al mismo tiempo, exige que el modo y el método de
enunciar la fe católica no sea un obstáculo para el
diálogo con los hermanos.(62) Ciertamente es posible
testimoniar la propia fe y explicar la doctrina de un modo correcto,
leal y comprensible, y tener presente contemporáneamente tanto
las categorías mentales como la experiencia histórica
concreta del otro.
Obviamente, la plena comunión
deberá realizarse en la aceptación de toda la verdad,
en la que el Espíritu Santo introduce a los discípulos
de Cristo. Por tanto debe evitarse absolutamente toda forma de
reduccionismo o de fácil « estar de acuerdo ». Las
cuestiones serias deben resolverse, porque de lo contrario
resurgirían en otros momentos, con idéntica
configuración o bajo otro aspecto.
37. El Decreto Unitatis
redintegratio señala también un criterio a seguir
cuando los católicos tienen que presentar o confrontar las
doctrinas: « Han de recordar que existe un orden o 'jerarquía'
de las verdades de la doctrina católica, puesto que es diversa
su conexión con el fundamento de la fe cristiana. Así
se preparará el camino por el cual todos, por esta emulación
fraterna, se estimularán a un conocimiento más profundo
y a una exposición más clara de las riquezas
insondables de Cristo».(63)
38. En el diálogo nos
encontramos inevitablemente con el problema de las diferentes
formulaciones con las que se expresa la doctrina en las distintas
Iglesias y Comunidades eclesiales, lo cual tiene más de una
consecuencia para la actividad ecuménica.
En primer lugar, ante formulaciones
doctrinales que se diferencian de las habituales de la comunidad a la
que se pertenece, conviene ante todo aclarar si las palabras no
sobrentienden un contenido idéntico, como, por ejemplo, se ha
constatado en recientes declaraciones comunes firmadas por mis
Predecesores y por mí junto con los Patriarcas de Iglesias con
las que desde siglos existía un contencioso cristológico.
En relación a la formulación de las verdades reveladas,
la Declaración Mysterium Ecclesiae afirma: « Si
bien las verdades que la Iglesia quiere enseñar de manera
efectiva con sus fórmulas dogmáticas se distinguen del
pensamiento mutable de una época y pueden expresarse al margen
de estos pensamientos, sin embargo, puede darse el caso de que tales
verdades pueden ser enunciadas por el sagrado Magisterio con palabras
que sean evocación del mismo pensamiento. Teniendo todo esto
presente hay que decir que las fórmulas dogmáticas
del Magisterio de la Iglesia han sido aptas desde el principio para
comunicar la verdad revelada y que, permaneciendo las mismas, lo
serán siempre para quienes las interpretan rectamente ».(64)
A este respecto, el diálogo ecuménico, que anima a las
partes implicadas a interrogarse, comprenderse y explicarse
recíprocamente, permite descubrimientos inesperados. Las
polémicas y controversias intolerantes han transformado en
afirmaciones incompatibles lo que de hecho era el resultado de dos
intentos de escrutar la misma realidad, aunque desde dos perspectivas
diversas. Es necesario hoy encontrar la fórmula que,
expresando la realidad en su integridad, permita superar lecturas
parciales y eliminar falsas interpretaciones.
Una de las ventajas del ecumenismo es
que ayuda a las Comunidades cristianas a descubrir la insondable
riqueza de la verdad. También en este contexto, todo lo que el
Espíritu realiza en los « otros » puede contribuir
a la edificación de cada comunidad (65) y en cierto modo a
instruirla sobre el misterio de Cristo. El ecumenismo auténtico
es una gracia de cara a la verdad.
39. Finalmente, el diálogo pone
a los interlocutores frente a las verdaderas y propias divergencias
que afectan a la fe. Estas divergencias deben sobre todo ser
afrontadas con espíritu sincero de caridad fraterna, de
respeto de las exigencias de la propia conciencia y la del prójimo,
con profunda humildad y amor a la verdad. La confrontación en
esta materia tiene dos puntos de referencia esenciales: la Sagrada
Escritura y la gran Tradición de la Iglesia. Para los
católicos es una ayuda el Magisterio siempre vivo de la
Iglesia.
La colaboración práctica
40. Las relaciones entre los cristianos
no tienden sólo al mero conocimiento recíproco, a la
oración en común y al diálogo. Prevén y
exigen desde ahora cualquier posible colaboración práctica
en los diversos ámbitos: pastoral, cultural, social, e incluso
en el testimonio del mensaje del Evangelio.(66)
« La cooperación de todos
los cristianos expresa vivamente aquella conjunción por la
cual están ya unidos entre sí y presenta bajo una luz
más plena el rostro de Cristo siervo ».(67) Una
cooperación así fundada sobre la fe común, no
sólo es rica por la comunión fraterna, sino que es una
epifanía de Cristo mismo.
Además, la cooperación
ecuménica es una verdadera escuela de ecumenismo, es un camino
dinámico hacia la unidad. La unidad de acción lleva a
la plena unidad de fe: « Con esta cooperación, todos los
que creen en Cristo aprenderán fácilmente cómo
pueden conocerse mejor los unos a los otros, apreciarse más y
allanar el camino de la unidad de los cristianos ».(68)
A los ojos del mundo la cooperación
entre los cristianos asume las dimensiones del común
testimonio cristiano y llega a ser instrumento de evangelización
en beneficio de unos y otros.
II
FRUTOS DEL DIÁLOGO
La fraternidad reencontrada
41. Cuanto he dicho anteriormente en
relación al diálogo ecuménico desde la clausura
del Concilio en adelante, lleva a dar gracias al Espíritu de
la verdad prometido por Cristo Señor a los Apóstoles y
a la Iglesia (cf. Jn 14, 26). Es la primera vez en la historia
que la acción en favor de la unidad de los cristianos ha
adquirido proporciones tan grandes y se ha extendido a un ámbito
tan amplio. Esto es ya un don inmenso que Dios ha concedido y que
merece toda nuestra gratitud. De la plenitud de Cristo recibimos «
gracia por gracia » (Jn 1, 16). Reconocer lo que Dios ya
ha concedido es condición que nos predispone a recibir
aquellos dones aún indispensables para llevar a término
la obra ecuménica de la unidad.
Una visión de conjunto de los
últimos treinta años ayuda a comprender mejor muchos de
los frutos de esta conversión común al Evangelio de la
que el Espíritu de Dios ha hecho instrumento al movimiento
ecuménico.
42. Sucede por ejemplo que —en el
mismo espíritu del Sermón de la Montaña—
los cristianos pertenecientes a una confesión ya no consideran
a los demás cristianos como enemigos o extranjeros, sino que
ven en ellos a hermanos y hermanas. Por otra parte, hoy se tiende a
sustituir incluso el uso de la expresión hermanos separados
por términos más adecuados para evocar la profundidad
de la comunión —ligada al carácter bautismal—
que el Espíritu alimenta a pesar de las roturas históricas
y canónicas. Se habla de « otros cristianos », de
« otros bautizados », de «cristianos de otras
Comunidades ». El Directorio para la aplicación de
los principios y de las normas acerca del ecumenismo llama a las
Comunidades a las que pertenecen estos cristianos como «
Iglesias o Comunidades eclesiales que no están en plena
comunión con la Iglesia católica».(69) Esta
ampliación de la terminología traduce una notable
evolución de la mentalidad. La conciencia de la común
pertenencia a Cristo se profundiza. Lo he podido constatar
personalmente muchas veces, durante las celebraciones ecuménicas
que constituyen uno de los eventos importantes de mis viajes
apostólicos por las diversas partes del mundo, o en los
encuentros y celebraciones ecuménicas realizados en Roma. La «
fraternidad universal » de los cristianos se ha convertido en
una firme convicción ecuménica. Relegando al olvido las
excomuniones del pasado, las Comunidades que en un tiempo fueron
rivales hoy en muchos casos se ayudan mutuamente; a veces se prestan
los edificios de culto, se ofrecen becas de estudio para la formación
de los ministros de las Comunidades carentes de medios, se interviene
ante las autoridades civiles para defender a otros cristianos
injustamente acusados, se demuestra la falta de fundamento de las
calumnias que padecen ciertos grupos.
En una palabra, los cristianos se han
convertido a una caridad fraterna que abarca a todos los discípulos
de Cristo. Si sucede que, como consecuencia de agitaciones políticas
violentas, surge en situaciones concretas una cierta agresividad o un
espíritu de revancha, las autoridades de las partes en
conflicto se afanan generalmente por hacer prevalecer la « Ley
nueva » del espíritu de caridad. Desgraciadamente, este
espíritu no ha podido transformar todas las situaciones de
conflicto cruento. El compromiso ecuménico en estas
circunstancias exige no raramente de quien lo vive opciones de
auténtico heroísmo.
Es preciso afirmar a este respecto que
el reconocimiento de la fraternidad no es la consecuencia de un
filantropismo liberal o de un vago espíritu de familia. Tiene
su raíz en el reconocimiento del único Bautismo y en la
consiguiente exigencia de que Dios sea glorificado en su obra. El
Directorio para la aplicación de los principios y de las
normas acerca del ecumenismo alienta a un reconocimiento
recíproco y oficial de los Bautismos.(70) Esto es mucho más
que un mero acto de cortesía ecuménica, y constituye
una afirmación eclesiológica importante.
Es oportuno recordar que el carácter
fundamental del Bautismo en la obra de la edificación de la
Iglesia se ha puesto de relieve claramente también gracias al
diálogo multilateral.(71)
La solidaridad al servicio de la
humanidad
43. Sucede cada vez más que los
responsables de las Comunidades cristianas adoptan conjuntamente
posiciones, en nombre de Cristo, sobre problemas importantes que
afectan a la vocación humana, la libertad, la justicia, la paz
y el futuro del mundo. Obrando así « comulgan »
con uno de los elementos constitutivos de la misión cristiana:
recordar a la sociedad, de un modo realista, la voluntad de Dios,
haciendo ver a las autoridades y a los ciudadanos el peligro de
seguir caminos que llevarían a la violación de los
derechos humanos. Es claro, y la experiencia lo demuestra, que en
algunas circunstancias la voz común de los cristianos tiene
más impacto que una voz aislada.
Los responsables de las Comunidades no
son sin embargo los únicos que se unen en este compromiso por
la unidad. Numerosos cristianos de todas las Comunidades, movidos por
su fe, participan juntos en proyectos audaces que pretenden cambiar
el mundo para que triunfe el respeto de los derechos y de las
necesidades de todos, especialmente de los pobres, los marginados y
los indefensos. En la Carta encíclica Sollicitudo rei
socialis he constatado con alegría esta colaboración,
señalando que la Iglesia católica no puede
soslayarla.(72) En efecto, los cristianos que tiempo atrás
actuaban de modo independiente, ahora están comprometidos
juntos al servicio de esta causa para que la benevolencia de Dios
pueda triunfar.
La lógica es la del Evangelio.
Por ello, reafirmando lo que escribí en mi primera Carta
encíclica Redemptor hominis, he tenido oportunidad «
de insistir sobre este punto y de estimular todo esfuerzo realizado
en esta dirección, a todos los niveles en los que nos
encontramos con los otros cristianos hermanos nuestros »(73) y
he dado gracias a Dios por « lo que ha realizado en las otras
Iglesias y Comunidades eclesiales y por medio de ellas », como
también por medio de la Iglesia católica.(74) Hoy
constato con satisfacción que la ya vasta red de colaboración
ecuménica se extiende cada vez más. También se
realiza una gran tarea en este campo gracias al Consejo Ecuménico
de las Iglesias.
Convergencias en la palabra de Dios y
en el culto divino
44. Los progresos de la conversión
ecuménica son también significativos en otro sector, el
relativo a la palabra de Dios. Pienso ante todo en un hecho tan
importante para diversos grupos lingüísticos como son las
traducciones ecuménicas de la Biblia. Después de la
promulgación, por parte del Concilio Vaticano II, de la
Constitución Dei Verbum, la Iglesia católica
acogió con alegría dicha iniciativa.(75) Estas
traducciones, obra de especialistas, ofrecen generalmente una base
segura para la oración y la actividad pastoral de todos los
discípulos de Cristo. Quien recuerda todo lo que influyeron
las disputas en torno a la Escritura en las divisiones, especialmente
en Occidente, puede comprender el notable paso que representan estas
traducciones comunes.
45. A la renovación litúrgica
realizada por la Iglesia católica, corresponde en diversas
Comunidades eclesiales la iniciativa de renovar sus cultos. Algunas
de ellas, a partir de los deseos expresados a nivel ecuménico,(76)
han abandonado la costumbre de celebrar su liturgia de la Cena sólo
en contadas ocasiones y han optado por una celebración
dominical. Por otra parte, comparando los ciclos de las lecturas
litúrgicas de distintas Comunidades cristianas occidentales,
se constata que convergen en lo esencial. Siempre a nivel
ecuménico,(77) se ha dado un relieve muy especial a la
liturgia y a los signos litúrgicos (imágenes, iconos,
ornamentos, luces, incienso, gestos). Además, en los
institutos de teología donde se forman los futuros ministros
el estudio de la historia y del significado de la liturgia comienza a
formar parte de los programas, como una necesidad que se está
descubriendo.
Se trata de signos convergentes en
varios aspectos de la vida sacramental. Ciertamente, a causa de las
divergencias relativas a la fe, no es posible todavía
concelebrar la misma liturgia eucarística. Y sin embargo,
tenemos el ardiente deseo de celebrar juntos la única
Eucaristía del Señor, y este deseo es ya una alabanza
común, una misma imploración. Juntos nos dirigimos al
Padre y lo hacemos cada vez más « con un mismo corazón
». En ocasiones, el poder consumar esta comunión «
real aunque todavía no plena » parece estar más
cerca. ¿Quién hubiera podido pensarlo hace un siglo?
46. En este contexto, es motivo de
alegría recordar que los ministros católicos pueden, en
determinados casos particulares, administrar los sacramentos de la
Eucaristía, la Penitencia y la Unción de enfermos a
otros cristianos que no están en comunión plena con la
Iglesia católica, pero que desean vivamente recibirlos, los
piden libremente y manifiestan la fe que la Iglesia católica
confiesa en estos sacramentos. Recíprocamente, en determinados
casos y por circunstancias particulares, también los católicos
pueden solicitar estos mismos sacramentos a los ministros de aquellas
Iglesias en que sean válidos. Las condiciones para esta
acogida recíproca están fijadas en normas cuya
observancia es necesaria para la promoción ecuménica.(78)
Apreciar los bienes presentes en los
otros cristianos
47. El diálogo no se desarrolla
sólo en relación a la doctrina, sino que abarca toda la
persona: es también un diálogo de amor. El Concilio
afirmó: « Es necesario que los católicos
reconozcan con gozo y aprecien los bienes verdaderamente cristianos,
procedentes del patrimonio común, que se encuentran en
nuestros hermanos separados. Es justo y saludable reconocer las
riquezas de Cristo y las obras de virtud en la vida de otros que dan
testimonio de Cristo, a veces hasta el derramamiento de la sangre:
Dios es siempre admirable y digno de admiración en sus obras
».(79)
48. Las relaciones que los miembros de
la Iglesia católica han establecido con los demás
cristianos a partir del Concilio, han hecho descubrir lo que Dios
realiza en quienes pertenecen a las otras Iglesias y Comunidades
eclesiales. Este contacto directo, a varios niveles, entre los
pastores y entre miembros de las Comunidades nos ha hecho tomar
conciencia del testimonio que los otros cristianos ofrecen a Dios y a
Cristo. Se ha abierto así un espacio amplísimo para
toda la experiencia ecuménica, que es al mismo tiempo el reto
de nuestra época. ¿No es acaso el siglo veinte un
tiempo de gran testimonio, que llega « hasta el derramamiento
de la sangre »? ¿No mira también este testimonio
a las distintas Iglesias y Comunidades eclesiales, que toman su
nombre de Cristo, crucificado y resucitado?
Este común testimonio de
santidad, como fidelidad al único Señor, es un
potencial ecuménico extraordinariamente rico de gracia. El
Concilio Vaticano II señaló que los bienes presentes en
los otros cristianos pueden contribuir a la edificación de los
católicos: « No hay que olvidar tampoco que todo lo que
la gracia del Espíritu Santo obra en los hermanos separados
puede contribuir también a nuestra edificación. Todo lo
que es verdaderamente cristiano no se opone nunca a los bienes
auténticos de la fe: es más, siempre puede conseguir
que se alcance de modo más perfecto el misterio de Cristo y de
la Iglesia ».(80) El diálogo ecuménico, como
verdadero diálogo de salvación, no dejará de
animar este proceso, bien encaminado ya en sí mismo a avanzar
hacia la verdadera y plena comunión.
Crecimiento de la comunión
49. El crecimiento de la comunión
es un fruto precioso de las relaciones entre los cristianos y del
diálogo teológico que mantienen. Lo uno y lo otro han
hecho a los cristianos conscientes de los elementos de fe que tienen
en común. Esto ha servido para consolidar posteriormente su
compromiso hacia la plena unidad. En ello el Concilio Vaticano II
aparece como potente foco de promoción y orientación.
La Constitución dogmática
Lumen gentium relaciona la doctrina sobre la Iglesia católica
con el reconocimiento de los elementos salvíficos que se
encuentran en las otras Iglesias y Comunidades eclesiales.(81) No se
trata de una toma de conciencia de elementos estáticos,
presentes pasivamente en esas Iglesias o Comunidades. Como bienes de
la Iglesia de Cristo, por su naturaleza, tienden hacia el
restablecimiento de la unidad. De esto se deriva que la búsqueda
de la unidad de los cristianos no es un hecho facultativo o de
oportunidad, sino una exigencia que nace de la misma naturaleza de la
comunidad cristiana.
Igualmente, los diálogos
teológicos bilaterales con las mayores Comunidades cristianas
parten del reconocimiento del grado de comunión ya presente
para discutir después, de modo progresivo, las divergencias
existentes con cada una. El Señor ha concedido a los
cristianos de nuestro tiempo ir superando las discusiones
tradicionales.
El diálogo con las Iglesias de
Oriente
50. A este respecto, se debe ante todo
constatar, con gratitud particular a la Providencia divina, que la
relación con las Iglesias de Oriente, debilitada durante
siglos, se ha afianzado con el Concilio Vaticano II. Los observadores
de estas Iglesias presentes en el Concilio, junto con los
representantes de las Iglesias y Comunidades eclesiales de Occidente,
manifestaron públicamente, en un momento tan solemne para la
Iglesia católica, la voluntad común de buscar la
comunión.
El Concilio, por su parte, consideró
con objetividad y con profundo afecto a las Iglesias de Oriente,
poniendo de relieve su eclesialidad y los vínculos objetivos
de comunión que las unen con la Iglesia católica. El
Decreto sobre el ecumenismo afirma: « Por la celebración
de la Eucaristía del Señor en cada una de estas
Iglesias, se edifica y crece la Iglesia de Dios », añadiendo
que estas Iglesias « aunque separadas, tienen verdaderos
sacramentos, y sobre todo, en virtud de la sucesión
apostólica, el Sacerdocio y la Eucaristía, con los que
se unen aún con nosotros con vínculos estrechísimos
».(82)
De las Iglesias de Oriente se reconoce
su gran tradición litúrgica y espiritual, el carácter
específico de su desarrollo histórico, las disciplinas
observadas por ellas desde los primeros tiempos y sancionadas por los
Santos Padres y por los Concilios ecuménicos, su modo propio
de enunciar la doctrina. Todo esto con la convicción de que la
legítima diversidad no se opone de ningún modo a la
unidad de la Iglesia, sino que por el contrario aumenta su honor y
contribuye no poco al cumplimiento de su misión.
El Concilio Ecuménico Vaticano
II quiere fundamentar el diálogo sobre la comunión
existente y llama la atención precisamente sobre la rica
realidad de las Iglesias de Oriente: « Por ello, el sacrosanto
Sínodo exhorta a todos, pero principalmente a aquellos que
desean trabajar por la instauración de la deseada comunión
plena entre las Iglesias orientales y la Iglesia católica, a
que tengan la debida consideración de esta peculiar condición
de las Iglesias que nacen y crecen en Oriente y de la índole
de las relaciones existentes entre éstas y la Sede de Roma
antes de la separación, y a que se formen una recta opinión
sobre todas estas cosas ».(83)
51. Esta orientación conciliar
ha sido fecunda tanto por las relaciones de fraternidad, que se han
ido desarrollando a través del diálogo de caridad, como
por la discusión doctrinal en el ámbito de la Comisión
mixta para el diálogo teológico entre la Iglesia
católica y la Iglesia ortodoxa en su conjunto. Igualmente
han sido muy fructíferas las relaciones con las antiguas
Iglesias de Oriente.
Ha sido un proceso lento y laborioso,
pero fuente de mucha alegría; ha sido también alentador
porque ha permitido reencontrar progresivamente la fraternidad.
Reanudación de contactos
52. En relación a la Iglesia de
Roma y al Patriarcado ecuménico de Constantinopla, el proceso
al que acabamos de hacer alusión se inició gracias a la
apertura recíproca mostrada por los Papas Juan XXIII y Pablo
VI, y también por el Patriarca ecuménico Atenágoras
I y sus sucesores. El cambio producido tiene su expresión
histórica en el acto eclesial por medio del cual « se ha
borrado de la memoria y del interior de las Iglesias »(84) el
recuerdo de las excomuniones que, novecientos años antes, en
1054, se convirtieron en símbolo del cisma entre Roma y
Constantinopla. Aquel acontecimiento eclesial, tan denso de contenido
ecuménico, tuvo lugar en los últimos días del
Concilio, el 7 de diciembre de 1965. La asamblea conciliar se
concluía así con un acto solemne que era al mismo
tiempo purificación de la memoria histórica, perdón
recíproco y compromiso solidario por la búsqueda de la
comunión.
Este gesto estuvo precedido por el
encuentro entre Pablo VI y el Patriarca Atenágoras I en
Jerusalén, en enero de 1964, durante la peregrinación
del Papa a Tierra Santa. En aquella ocasión pudo encontrar
también al Patriarca ortodoxo de Jerusalén, Benedictos.
Posteriormente, el Papa Pablo VI visitó al Patriarca
Atenágoras en El Fanar (Estambul), el 25 de julio de 1967 y,
en el mes de octubre del mismo año, el Patriarca fue acogido
solemnemente en Roma. Estos encuentros de oración señalaban
el camino a seguir para el acercamiento entre la Iglesia de Oriente y
la Iglesia de Occidente, y el restablecimiento de la unidad que
existía entre ellas en el primer milenio.
Después de la muerte del Papa
Pablo VI y del breve pontificado del Papa Juan Pablo I, cuando se me
confió el ministerio de Obispo de Roma, consideré que
era uno de los deberes primeros de mi ministerio pontificio tener de
nuevo un contacto personal con el Patriarca ecuménico
Dimitrios I, que en este tiempo había asumido la sucesión
del Patriarca Atenágoras en la sede de Constantinopla. Durante
mi visita a El Fanar el 29 de noviembre de 1979, el Patriarca y yo
decidimos inaugurar el diálogo teológico entre la
Iglesia católica y todas las Iglesias ortodoxas en comunión
canónica con la sede de Constantinopla. Es importante añadir,
a este propósito, que estaban ya entonces en curso los
preparativos para la convocatoria del futuro Concilio de las Iglesias
ortodoxas. La búsqueda de su armonía es una
contribución a la vida y vitalidad de esas Iglesias hermanas,
y esto considerando también la función que están
llamadas a desarrollar en el camino hacia la unidad. El Patriarca
ecuménico quiso devolverme la visita que le había hecho
y, en diciembre de 1987, tuve la alegría de recibirlo en Roma
con sincero afecto y con la solemnidad que le correspondía. En
este contexto de fraternidad eclesial se debe recordar la costumbre,
establecida ya desde hace varios años, de acoger en Roma, para
la fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo, una
delegación del Patriarcado ecuménico, así como
de enviar a El Fanar una delegación de la Santa Sede para la
solemne celebración de san Andrés.
53. Estos contactos regulares permiten
entre otras cosas un intercambio directo de informaciones y pareceres
para una coordinación fraterna. Por otra parte, nuestra
participación común en la oración nos habitúa
a vivir al lado los unos de los otros, nos lleva a aceptar juntos, y
por tanto a poner en práctica, la voluntad del Señor
para con su Iglesia.
En el camino que hemos recorrido desde
el Concilio Vaticano II, debemos mencionar al menos dos
acontecimientos particularmente elocuentes y de gran importancia
ecuménica en las relaciones entre Oriente y Occidente: en
primer lugar, el Jubileo de 1984, convocado para conmemorar el XI
centenario de la obra evangelizadora de Cirilo y Metodio, y en el que
proclamé copatronos de Europa a los dos santos apóstoles
de los Eslavos, mensajeros de fe. Ya el Papa Pablo VI en 1964,
durante el Concilio, había proclamado patrón de Europa
a san Benito. Asociar los dos hermanos de Tesalónica al gran
fundador del monacato occidental quiere poner indirectamente de
relieve la doble tradición eclesial y cultural tan
significativa para los dos mil años de cristianismo que ha
caracterizado la historia del continente europeo. No es superfluo
recordar que Cirilo y Metodio provenían del ámbito de
la Iglesia bizantina de su tiempo, época en la que estaba en
comunión con Roma. Al proclamarlos, junto con san Benito,
patronos de Europa quería no sólo ratificar la verdad
histórica sobre el cristianismo en el continente europeo, sino
también proporcionar un tema importante al diálogo
entre Oriente y Occidente que tantas esperanzas ha suscitado en el
posconcilio. En los santos Metodio y Cirilo, como en san Benito,
Europa reencuentra sus raíces espirituales. Ahora que llega a
término el segundo milenio del nacimiento de Cristo, se les
debe venerar juntos, como patronos de nuestro pasado y como
santos a quienes las Iglesias y las naciones del continente europeo
confían su futuro.
54. El otro acontecimiento que me es
grato recordar es la celebración del Milenio del Bautismo de
la Rus' (988-1988). La Iglesia católica, y de modo particular
la Sede Apostólica, quisieron tomar parte en las celebraciones
jubilares y trataron de señalar cómo el Bautismo
conferido en Kiev a san Vladimiro fue uno de los sucesos centrales
para la evangelización del mundo. A ello deben su fe no sólo
las grandes naciones eslavas del Este europeo, sino también
los pueblos que viven más allá de los montes Urales y
hasta Alaska.
En esta perspectiva encuentra su motivo
más profundo una expresión que he usado otras veces:
¡la Iglesia debe respirar con sus dos pulmones! En el primer
milenio de la historia del cristianismo se hace referencia sobre todo
a la dualidad BizancioRoma; desde el Bautismo de la Rus' en adelante,
esta expresión ensancha sus horizontes: la evangelización
se ha extendido a un ámbito mucho más amplio, de modo
que aquella expresión se refiere ya a la Iglesia entera. Si se
considera además que este acontecimiento salvífico, que
tuvo lugar en las orillas del Dniepr, se remonta a una época
en la que la Iglesia de Oriente y la de Occidente no estaban
divididas, se comprende claramente cómo la perspectiva que
debe seguirse para buscar la comunión plena es aquella de la
unidad en la legítima diversidad. Es lo que he afirmado con
fuerza en la Carta encíclica Slavorum apostoli(85)
dedicada a los santos Cirilo y Metodio y en la Carta apostólica
Euntes in mundum(86) dirigida a los fieles de la Iglesia
católica en la conmemoración del Milenio del Bautismo
de la Rus' de Kiev.
Iglesias hermanas
55. El Decreto conciliar Unitatis
redintegratio tiene presente en su horizonte histórico la
unidad que, a pesar de todo, se vivió en el primer milenio y
que se configura, en cierto sentido, como modelo. « Es grato
para el sagrado Concilio recordar a todos [...] que en Oriente
florecen muchas Iglesias particulares o locales, entre las que ocupan
el primer lugar las Iglesias patriarcales, y muchas de éstas
se glorían de tener su origen en los mismos Apóstoles
».(87) El camino de la Iglesia se inició en Jerusalén
el día de Pentecostés y todo su desarrollo original en
la oikoumene de entonces se concentraba alrededor de Pedro y
de los Once (cf. Hch 2, 14). Las estructuras de la Iglesia en
Oriente y en Occidente se formaban por tanto en relación con
aquel patrimonio apostólico. Su unidad, en el primer milenio,
se mantenía en esas mismas estructuras mediante los Obispos,
sucesores de los Apóstoles, en comunión con el Obispo
de Roma. Si hoy, al final del segundo milenio, tratamos de
restablecer la plena comunión, debemos referirnos a esta
unidad estructurada así.
El Decreto sobre el ecumenismo señala
un posterior aspecto característico, gracias al cual todas las
Iglesias particulares permanecían en la unidad, la «
preocupación y el interés por conservar las relaciones
fraternas en comunión de fe y caridad que deben tener
vigencia, como entre hermanos, entre las Iglesias locales ».(88)
56. Después del Concilio
Vaticano II y con referencia a aquella tradición, se ha
restablecido el uso de llamar « Iglesias hermanas » a las
Iglesias particulares o locales congregadas en torno a su Obispo. La
supresión además de las excomuniones recíprocas,
quitando un doloroso obstáculo de orden canónico y
psicológico, ha sido un paso muy significativo en el camino
hacia la plena comunión.
Las estructuras de unidad existentes
antes de la división son un patrimonio de experiencia que guía
nuestro camino para la plena comunión. Obviamente, durante el
segundo milenio, el Señor no ha dejado de dar a su Iglesia
abundante frutos de gracia y crecimiento. Pero por desgracia el
progresivo distanciamiento recíproco entre las Iglesias de
Occidente y las de Oriente las ha privado de las riquezas de sus
dones y ayudas mutuas. Es necesario hacer con la gracia de Dios un
gran esfuerzo para restablecer entre ellas la plena comunión,
fuente de tantos bienes para la Iglesia de Cristo. Este esfuerzo
exige toda nuestra buena voluntad, la oración humilde y una
colaboración perseverante que no se debe desanimar ante nada.
San Pablo nos amonesta: « Ayudaos mutuamente a llevar vuestras
cargas » (Ga 6, 2). ¡Cómo se adapta a
nosotros y qué actual es la exhortación del Apóstol!
El término tradicional de « Iglesias hermanas »
debería acompañarnos incesantemente en este camino.
57. Como deseaba el Papa Pablo VI,
nuestro objetivo es el de reencontrar juntos la plena unidad en la
legítima diversidad: « Dios nos ha concedido recibir en
la fe este testimonio de los Apóstoles. Por el Bautismo somos
uno en Cristo Jesús (cf. Ga 3, 28). En virtud de
la sucesión apostólica, el Sacerdocio y la Eucaristía
nos unimos más íntimamente; participando de los dones
de Dios a su Iglesia, estamos en comunión con el Padre, por el
Hijo, en el Espíritu Santo [...] En cada Iglesia local se
realiza este misterio del amor divino. ¿Acaso no es éste
el motivo por el que las Iglesias locales gustaban llamarse con la
bella expresión tradicional de Iglesias hermanas? (cf. Decr.
Unitatis redintegratio, 14). Esta vida de Iglesias hermanas la
vivimos durante siglos, celebrando juntos los Concilios ecuménicos,
que defendieron el depósito de la fe de toda alteración.
Ahora, después de un largo período de división e
incomprensión recíproca, el Señor nos concede
redescubrirnos como Iglesias hermanas, a pesar de los obstáculos
que en el pasado se interpusieron entre nosotros ».(89) Si hoy,
a las puertas del tercer milenio, buscamos el restablecimiento de la
plena comunión, debemos tender a la realización de este
objetivo y debemos hacer referencia al mismo.
El contacto con esta gloriosa tradición
es fecundo para la Iglesia. « Las Iglesias de Oriente —afirma
el Concilio— poseen desde su origen un tesoro, del que la
Iglesia de Occidente ha tomado muchas cosas en materia litúrgica,
en la tradición espiritual y en el ordenamiento jurídico
».(90)
Forman parte de este « tesoro »
también « las riquezas de aquellas tradiciones
espirituales que encontraron su expresión principalmente en el
monaquismo. Pues allí, desde los tiempos gloriosos de los
Santos Padres, floreció aquella espiritualidad monástica,
que se extendió luego a Occidente».(91) Como he señalado
en la reciente Carta apostólica Orientale lumen, las
Iglesias de Oriente han vivido con gran generosidad el compromiso
testimoniado por la vida monástica, « comenzando por la
evangelización, que es el servicio más alto que el
cristiano puede prestar a su hermano, para proseguir con muchas otras
formas de ayuda espiritual y material. Es más, se puede decir
que el monaquismo fue en la antigüedad —y, en varias
ocasiones, también en tiempos posteriores— el
instrumento privilegiado para la evangelización de los pueblos
».(92)
El Concilio no se limita a señalar
todo lo que hace semejantes entre sí a las Iglesias en Oriente
y en Occidente. En armonía con la verdad histórica no
duda en afirmar: « No hay que admirarse, pues, de que a veces
unos hayan captado mejor que otros y expongan con mayor claridad
algunos aspectos del misterio revelado, de manera que hay que
reconocer que con frecuencia las varias fórmulas teológicas,
más que oponerse, se complementan entre sí ».(93)
El intercambio de dones entre las Iglesias en su complementariedad
hace fecunda la comunión.
58. El Concilio Vaticano II ha sacado
de la consolidada comunión de fe ya existente conclusiones
pastorales adecuadas para la vida concreta de los fieles y para la
promoción del espíritu de unidad. En función de
los estrechísimos vínculos sacramentales existentes
entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas, el Decreto
Orientalium ecclesiarum ha puesto de relieve que « la
práctica pastoral demuestra, en lo que se refiere a los
hermanos orientales, que se pueden y se deben considerar diversas
circunstancias personales en las que ni sufre daño la unidad
de la Iglesia, ni hay peligros que se deban evitar, y apremia la
necesidad de salvación y el bien espiritual de las almas. Por
eso, la Iglesia católica, según las circunstancias de
tiempos, lugares y personas, usó y usa con frecuencia un modo
de actuar más suave, ofreciendo a todos medios de salvación
y testimonio de caridad entre los cristianos, mediante la
participación en los sacramentos y en otras funciones y cosas
sagradas ».(94)
Esta orientación teológica
y pastoral, con la experiencia de los años del posconcilio, ha
sido recogida por los dos Códigos de Derecho Canónico.(95)
Ha sido desarrollada desde el punto de vista pastoral por el
Directorio para la aplicación de los principio y de las
normas acerca del ecumenismo.(96)
En esta materia tan importante y
delicada, es necesario que los Pastores instruyan con atención
a los fieles para que éstos conozcan con claridad las razones
precisas tanto de esta participación en el culto litúrgico
como de las distintas disciplinas existentes al respecto.
No se debe perder nunca de vista la
dimensión eclesiológica de la participación en
los sacramentos, sobre todo en la sagrada Eucaristía.
Progresos del diálogo
59. Desde su creación en 1979,
la Comisión mixta internacional para el diálogo
teológico entre la Iglesia católica y la Iglesia
ortodoxa en su conjunto ha trabajado intensamente, orientando
progresivamente su labor hacia las perspectivas que, de común
acuerdo, habían sido determinadas con el fin de restablecer la
plena comunión entre las dos Iglesias. Esta comunión
basada en la unidad de fe, en continuidad con la experiencia y la
tradición de la Iglesia antigua, encontrará su plena
expresión en la concelebración de la Eucaristía.
Con actitud positiva, basándose en cuanto tenemos en común,
la Comisión mixta ha podido avanzar sustancialmente y, como
pude declarar junto con el venerable Hermano, Su Santidad Dimitrios
I, Patriarca ecuménico, ha logrado expresar « lo que la
Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa pueden ya profesar
juntas como fe común sobre el misterio de la Iglesia y el
vínculo entre la fe y los sacramentos ».(97) La comisión
ha podido constatar y afirmar además que « en nuestras
Iglesias la sucesión apostólica es fundamental para la
santificación y la unidad del pueblo de Dios ».(98) Se
trata de puntos de referencia importantes para la continuación
del diálogo. Más aún: estas afirmaciones hechas
en común constituyen la base que permite a los católicos
y ortodoxos ofrecer desde ahora, en nuestro tiempo, un testimonio
común fiel y concorde para que el nombre del Señor sea
anunciado y glorificado.
60. Más recientemente, la
Comisión mixta internacional ha dado un paso significativo en
la cuestión tan delicada del método a seguir en la
búsqueda de la comunión plena entre la Iglesia católica
y la Iglesia ortodoxa, cuestión que ha alterado con frecuencia
las relaciones entre católicos y ortodoxos. La Comisión
ha puesto las bases doctrinales para una solución positiva del
problema, que se fundamentan en la doctrina de las Iglesias hermanas.
En este contexto se ha visto también claramente que el método
a seguir para la plena comunión es el diálogo de la
verdad, animado y sostenido por el diálogo de la caridad. El
derecho reconocido a las Iglesias orientales católicas de
organizarse y desarrollar su apostolado, así como la
participación efectiva de estas Iglesias en el diálogo
de la caridad y en el teológico, favorecerán no sólo
un real y fraterno respeto recíproco entre los ortodoxos y los
católicos que viven en un mismo territorio, sino también
su común empeño en la búsqueda de la unidad.(99)
Se ha dado un paso adelante. El
esfuerzo debe continuar. Se puede constatar desde ahora una
pacificación de los ánimos, que hace la búsqueda
más fecunda.
Respecto a las Iglesias orientales en
comunión con la Iglesia católica, el Concilio dijo: «
Este santo Sínodo, dando gracias a Dios porque muchos
orientales, hijos de la Iglesia 1 viven ya en comunión plena
con los hermanos que practican la tradición occidental,
declara que todo este patrimonio espiritual y litúrgico,
disciplinar y teológico, en sus diversas tradiciones,
pertenece a la plena catolicidad y apostolicidad de la Iglesia
».(100) Ciertamente las Iglesias orientales católicas,
en el espíritu del Decreto sobre el ecumenismo, podrán
participar positivamente en el diálogo de la caridad y en el
diálogo teológico, tanto a nivel local como universal,
contribuyendo así a la recíproca comprensión y a
una búsqueda dinámica de la plena unidad.(101)
61. En esta línea, la Iglesia
católica no busca más que la plena comunión
entre Oriente y Occidente. Para ello se inspira en la experiencia del
primer milenio. En efecto, en este período « el
desarrollo de diferentes experiencias de vida eclesial no impedía
que, mediante relaciones recíprocas, los cristianos pudieran
seguir teniendo la certeza de que en cualquier Iglesia se podían
sentir como en casa, porque de todas se elevaba, con una admirable
variedad de lenguas y de modulaciones, la alabanza al único
Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo; todas se hallaban
reunidas para celebrar la Eucaristía, corazón y modelo
para la comunidad no sólo por lo que atañe a la
espiritualidad o a la vida moral, sino también para la
estructura misma de la Iglesia, en la variedad de los ministerios y
de los servicios bajo la presidencia del Obispo, sucesor de los
Apóstoles. Los primeros Concilios son un testimonio elocuente
de esta constante unidad en la diversidad ».(102) ¿Cómo
reconstruir la unidad después de casi mil años? Esta es
la gran tarea que debe asumir y que corresponde también a la
Iglesia ortodoxa. De ahí se comprende la gran actualidad del
diálogo, sostenido por la luz y la fuerza del Espíritu
Santo.
Relaciones con las antiguas Iglesias de
Oriente
62. Después del Concilio
Vaticano II la Iglesia católica, con modalidades y ritmos
diversos, ha reanudado también las relaciones fraternas con
aquellas antiguas Iglesias de Oriente que contestaron las fórmulas
dogmáticas de los Concilios de Efeso y Calcedonia. Todas estas
Iglesias enviaron observadores delegados al Concilio Vaticano II; sus
Patriarcas nos han honrado con sus visitas y con ellos el Obispo de
Roma ha podido hablar como con unos hermanos que, después de
mucho tiempo, se reencuentran con alegría.
La reanudación de las relaciones
fraternas con las antiguas Iglesias de Oriente, testigos de la fe
cristiana en situaciones con frecuencia hostiles y trágicas,
es un signo concreto de cómo Cristo nos une a pesar de las
barreras históricas, políticas, sociales y culturales.
Precisamente en relación al tema cristológico, hemos
podido declarar junto con los Patriarcas de algunas de estas Iglesias
nuestra fe común en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero
hombre. El Papa Pablo VI de venerable memoria firmó unas
declaraciones en este sentido con Su Santidad Shenouda III, Papa de
Alejandría y Patriarca copto ortodoxo,(103) con el Patriarca
siro ortodoxo de Antioquía, Su Santidad Jacoub III.(104) Yo
mismo he podido ratificar este acuerdo cristológico y extraer
consecuencias: para el desarrollo del diálogo con el Papa
Shenouda(105) y para la colaboración pastoral con el Patriarca
siro de Antioquía Mar Ignacio Zakka I Iwas.(106)
Con el venerable Patriarca de la
Iglesia de Etiopía, Abuna Paulos, que me visitó en Roma
el 11 de junio de 1993, hemos puesto de relieve la profunda comunión
existente entre nuestras dos Iglesias: « Compartimos la fe
transmitida por los Apóstoles, así como los mismos
sacramentos y el mismo ministerio, que se remontan a la sucesión
apostólica [...]. Hoy, además, podemos afirmar que
profesamos la misma fe en Cristo, a pesar de que durante mucho tiempo
esto fue causa de división entre nosotros ».(107)
Más recientemente, el Señor
me ha concedido la gracia de firmar una declaración común
cristológica con el Patriarca asirio de Oriente, Su Santidad
Mar Dinkha IV, que por este motivo me visitó en Roma en el mes
de noviembre de 1994. Teniendo en cuenta las formulaciones teológicas
diferentes, hemos podido así profesar juntos la verdadera fe
en Cristo.(108) Quiero manifestar mi alegría por todo esto con
las palabras de la Virgen: « Proclama mi alma la grandeza del
Señor » (Lc 1, 46).
63. En las controversias tradicionales
sobre la cristología, los contactos ecuménicos han
hecho pues posible clarificaciones esenciales, que nos han permitido
confesar juntos aquella fe que tenemos en común. Una vez más
se debe constatar que este importante logro es seguramente fruto de
la profundización teológica y del diálogo
fraterno. Y no sólo esto. Ello nos estimula: en efecto, nos
muestra que el camino recorrido es justo y que es razonable esperar
encontrar juntos la solución para las demás cuestiones
controvertidas.
Diálogo con las otras Iglesias y
Comunidades eclesiales en Occidente
64. En el amplio objetivo dirigido al
restablecimiento de la unidad entre todos los cristianos, el Decreto
sobre ecumenismo toma en consideración igualmente las
relaciones con las Iglesias y Comunidades eclesiales de Occidente. A
fin de instaurar un clima de fraternidad cristiana y de diálogo,
el Concilio presenta dos consideraciones de orden general: una de
carácter histórico-psicológico y otra de
carácter teológico-doctrinal. Por una parte, el
documento citado señala: « Las Iglesias y Comunidades
eclesiales que se separaron de la Sede Apostólica Romana, bien
en aquella gravísima crisis que comenzó en Occidente ya
a finales de la Edad Media, bien en tiempos posteriores, están
unidas con la Iglesia católica por una peculiar relación
de afinidad a causa del mucho tiempo en que, en siglos pasados, el
pueblo cristiano llevó una vida en comunión
eclesiástica ».(109) Por otra parte, se constata con
idéntico realismo: « Hay que reconocer que entre estas
Iglesias y Comunidades y la Iglesia católica existen
discrepancias de gran peso, no sólo de índole
histórica, sociológica, psicológica y cultural,
sino, ante todo, de interpretación de la verdad revelada
».(110)
65. Son comunes las raíces y son
semejantes, a pesar de las diferencias, las orientaciones que han
inspirado en Occidente el desarrollo de la Iglesia católica y
de las Iglesias y Comunidades surgidas de la Reforma. Por lo tanto,
ellas poseen una característica occidental común. Las «
divergencias » mencionadas antes, aunque importantes, no
excluyen pues recíprocas influencias y aspectos
complementarios.
El movimiento ecuménico comenzó
precisamente en el ámbito de las Iglesias y Comunidades de la
Reforma. Contemporáneamente, ya en enero de 1920, el
Patriarcado ecuménico habí