CARTA ENCÍCLICA
VERITATIS SPLENDOR
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
A TODOS LOS OBISPOS
DE LA IGLESIA CATÓLICA
SOBRE ALGUNAS CUESTIONES
FUNDAMENTALES
DE LA ENSEÑANZA
MORAL
DE LA IGLESIA
Venerables
hermanos en el episcopado,
salud y bendición apostólica.
El esplendor de la verdad brilla en
todas las obras del Creador y, de modo particular, en el hombre,
creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26), pues la
verdad ilumina la inteligencia y modela la libertad del hombre, que
de esta manera es ayudado a conocer y amar al Señor. Por esto
el salmista exclama: «¡Alza sobre nosotros la luz de tu
rostro, Señor!» (Sal 4, 7).
INTRODUCCIÓN
Jesucristo, luz verdadera que ilumina a
todo hombre
1. Llamados a la salvación
mediante la fe en Jesucristo, «luz verdadera que ilumina a todo
hombre» (Jn 1, 9), los hombres llegan a ser «luz
en el Señor» e «hijos de la luz» (Ef 5,
8), y se santifican «obedeciendo a la verdad» (1 P 1,
22).
Mas esta obediencia no siempre es
fácil. Debido al misterioso pecado del principio, cometido por
instigación de Satanás, que es «mentiroso y padre
de la mentira» (Jn 8, 44), el hombre es tentado
continuamente a apartar su mirada del Dios vivo y verdadero y
dirigirla a los ídolos (cf. 1 Ts 1, 9), cambiando «la
verdad de Dios por la mentira» (Rm 1, 25); de esta
manera, su capacidad para conocer la verdad queda ofuscada y
debilitada su voluntad para someterse a ella. Y así,
abandonándose al relativismo y al escepticismo (cf. Jn 18,
38), busca una libertad ilusoria fuera de la verdad misma.
Pero las tinieblas del error o del
pecado no pueden eliminar totalmente en el hombre la luz de Dios
creador. Por esto, siempre permanece en lo más profundo de su
corazón la nostalgia de la verdad absoluta y la sed de
alcanzar la plenitud de su conocimiento. Lo prueba de modo elocuente
la incansable búsqueda del hombre en todo campo o sector. Lo
prueba aún más su búsqueda del sentido de la
vida. El desarrollo de la ciencia y la técnica —testimonio
espléndido de las capacidades de la inteligencia y de la
tenacidad de los hombres—, no exime a la humanidad de
plantearse los interrogantes religiosos fundamentales, sino que más
bien la estimula a afrontar las luchas más dolorosas y
decisivas, como son las del corazón y de la conciencia moral.
2. Ningún hombre puede eludir
las preguntas fundamentales: ¿qué debo hacer?, ¿cómo
puedo discernir el bien del mal? La respuesta es posible sólo
gracias al esplendor de la verdad que brilla en lo más íntimo
del espíritu humano, como dice el salmista: «Muchos
dicen: "¿Quién nos hará ver la dicha?".
Alza sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor!» (Sal
4, 7).
La luz del rostro de Dios resplandece
con toda su belleza en el rostro de Jesucristo, «imagen de Dios
invisible» (Col 1, 15), «resplandor de su gloria»
(Hb 1, 3), «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,
14): él es «el camino, la verdad y la vida» (Jn
14, 6). Por esto la respuesta decisiva a cada interrogante del
hombre, en particular a sus interrogantes religiosos y morales, la da
Jesucristo; más aún, como recuerda el concilio Vaticano
II, la respuesta es la persona misma de Jesucristo: «Realmente,
el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del
Verbo encarnado. Pues Adán, el primer hombre, era figura
del que había de venir, es decir, de Cristo, el Señor.
Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del
misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al
propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación»(1).
Jesucristo, «luz de los pueblos»,
ilumina el rostro de su Iglesia, la cual es enviada por él
para anunciar el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16, 15)(2).
Así la Iglesia, pueblo de Dios en medio de las naciones(3),
mientras mira atentamente a los nuevos desafíos de la historia
y a los esfuerzos que los hombres realizan en la búsqueda del
sentido de la vida, ofrece a todos la respuesta que brota de la
verdad de Jesucristo y de su Evangelio. En la Iglesia está
siempre viva la conciencia de su «deber permanente de escrutar
a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del
Evangelio, de forma que, de manera adecuada a cada generación,
pueda responder a los permanentes interrogantes de los hombres sobre
el sentido de la vida presente y futura y sobre la relación
mutua entre ambas»(4).
3. Los pastores de la Iglesia, en
comunión con el Sucesor de Pedro, están siempre
cercanos a los fieles en este esfuerzo, los acompañan y guían
con su magisterio, hallando expresiones siempre nuevas de amor y
misericordia para dirigirse no sólo a los creyentes sino
también a todos los hombres de buena voluntad. El concilio
Vaticano II sigue siendo un testimonio privilegiado de esta actitud
de la Iglesia que, «experta en humanidad»(5), se pone al
servicio de cada hombre y de todo el mundo(6).
La Iglesia sabe que la cuestión
moral incide profundamente en cada hombre; implica a todos, incluso a
quienes no conocen a Cristo, su Evangelio y ni siquiera a Dios. Ella
sabe que precisamente por la senda de la vida moral está
abierto a todos el camino de la salvación, como lo ha
recordado claramente el concilio Vaticano II: «Los que sin
culpa suya no conocen el evangelio de Cristo y su Iglesia, pero
buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con
la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través
de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación
eterna». Y prosigue: «Dios, en su providencia, tampoco
niega la ayuda necesaria a los que, sin culpa, todavía no han
llegado a conocer claramente a Dios, pero se esfuerzan con su gracia
en vivir con honradez. La Iglesia aprecia todo lo bueno y verdadero
que hay en ellos, como una preparación al Evangelio y como un
don de Aquel que ilumina a todos los hombres para que puedan tener
finalmente vida»(7).
Objeto de la presente encíclica
4. Siempre, pero sobre todo en los dos
últimos siglos, los Sumos Pontífices, ya sea
personalmente o junto con el Colegio episcopal, han desarrollado y
propuesto una enseñanza moral sobre los múltiples y
diferentes ámbitos de la vida humana. En nombre y con la
autoridad de Jesucristo, han exhortado, denunciado, explicado; por
fidelidad a su misión, y comprometiéndose en la causa
del hombre, han confirmado, sostenido, consolado; con la garantía
de la asistencia del Espíritu de verdad han contribuido a una
mejor comprensión de las exigencias morales en los ámbitos
de la sexualidad humana, de la familia, de la vida social, económica
y política. Su enseñanza, dentro de la tradición
de la Iglesia y de la historia de la humanidad, representa una
continua profundización del conocimiento moral(8).
Sin embargo, hoy se hace necesario
reflexionar sobre el conjunto de la enseñanza moral de la
Iglesia, con el fin preciso de recordar algunas verdades
fundamentales de la doctrina católica, que en el contexto
actual corren el riesgo de ser deformadas o negadas. En efecto, ha
venido a crearse una nueva situación dentro de la misma
comunidad cristiana, en la que se difunden muchas dudas y
objeciones de orden humano y psicológico, social y cultural,
religioso e incluso específicamente teológico, sobre
las enseñanzas morales de la Iglesia. Ya no se trata de
contestaciones parciales y ocasionales, sino que, partiendo de
determinadas concepciones antropológicas y éticas, se
pone en tela de juicio, de modo global y sistemático, el
patrimonio moral. En la base se encuentra el influjo, más o
menos velado, de corrientes de pensamiento que terminan por erradicar
la libertad humana de su relación esencial y constitutiva con
la verdad. Y así, se rechaza la doctrina tradicional sobre la
ley natural y sobre la universalidad y permanente validez de sus
preceptos; se consideran simplemente inaceptables algunas enseñanzas
morales de la Iglesia; se opina que el mismo Magisterio no debe
intervenir en cuestiones morales más que para «exhortar
a las conciencias» y «proponer los valores» en los
que cada uno basará después autónomamente sus
decisiones y opciones de vida.
Particularmente hay que destacar la
discrepancia entre la respuesta tradicional de la Iglesia y
algunas posiciones teológicas —difundidas incluso en
seminarios y facultades teológicas— sobre cuestiones
de máxima importancia para la Iglesia y la vida de fe de
los cristianos, así como para la misma convivencia humana. En
particular, se plantea la cuestión de si los mandamientos de
Dios, que están grabados en el corazón del hombre y
forman parte de la Alianza, son capaces verdaderamente de iluminar
las opciones cotidianas de cada persona y de la sociedad entera. ¿Es
posible obedecer a Dios y, por tanto, amar a Dios y al prójimo,
sin respetar en todas las circunstancias estos mandamientos? Está
también difundida la opinión que pone en duda el nexo
intrínseco e indivisible entre fe y moral, como si sólo
en relación con la fe se debieran decidir la pertenencia a la
Iglesia y su unidad interna, mientras que se podría tolerar en
el ámbito moral un pluralismo de opiniones y de
comportamientos, dejados al juicio de la conciencia subjetiva
individual o a la diversidad de condiciones sociales y culturales.
5. En ese contexto —todavía
actual— he tomado la decisión de escribir —como ya
anuncié en la carta apostólica Spiritus Domini,
publicada el 1 de agosto de 1987 con ocasión del segundo
centenario de la muerte de san Alfonso María de Ligorio—
una encíclica destinada a tratar, «más amplia y
profundamente, las cuestiones referentes a los fundamentos mismos de
la teología moral»(9), fundamentos que sufren menoscabo
por parte de algunas tendencias actuales.
Me dirijo a vosotros, venerables
hermanos en el episcopado, que compartís conmigo la
responsabilidad de custodiar la «sana doctrina» (2 Tm
4, 3), con la intención de precisar algunos aspectos
doctrinales que son decisivos para afrontar la que sin duda
constituye una verdadera crisis, por ser tan graves las
dificultades derivadas de ella para la vida moral de los fieles y
para la comunión en la Iglesia, así como para una
existencia social justa y solidaria.
Si esta encíclica —esperada
desde hace tiempo— se publica precisamente ahora, se debe
también a que ha parecido conveniente que la precediera el
Catecismo de la Iglesia católica, el cual contiene una
exposición completa y sistemática de la doctrina moral
cristiana. El Catecismo presenta la vida moral de los creyentes en
sus fundamentos y en sus múltiples contenidos como vida de
«los hijos de Dios». En él se afirma que «los
cristianos, reconociendo en la fe su nueva dignidad, son llamados a
llevar en adelante una "vida digna del evangelio de Cristo"
(Flp 1, 27). Por los sacramentos y la oración reciben
la gracia de Cristo y los dones de su Espíritu que les
capacitan para ello»(10). Por tanto, al citar el Catecismo como
«texto de referencia seguro y auténtico para la
enseñanza de la doctrina católica»(11), la
encíclica se limitará a afrontar algunas cuestiones
fundamentales de la enseñanza moral de la Iglesia, bajo la
forma de un necesario discernimiento sobre problemas controvertidos
entre los estudiosos de la ética y de la teología
moral. Éste es el objeto específico de la presente
encíclica, la cual trata de exponer, sobre los problemas
discutidos, las razones de una enseñanza moral basada en la
sagrada Escritura y en la Tradición viva de la Iglesia(12),
poniendo de relieve, al mismo tiempo, los presupuestos y
consecuencias de las contestaciones de que ha sido objeto tal
enseñanza.
CAPÍTULO I
"MAESTRO, ¿QUÉ HE DE
HACER DE BUENO .....?" (Mt 19,16)
Cristo y la respuesta a la pregunta
moral
«Se le acercó uno...»
(Mt 19, 16)
6. El diálogo de Jesús
con el joven rico, relatado por san Mateo en el capítulo 19 de
su evangelio, puede constituir un elemento útil para volver a
escuchar de modo vivo y penetrante su enseñanza moral: «Se
le acercó uno y le dijo: "Maestro, ¿qué he
de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?". Él le
dijo: "¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno?
Uno solo es el Bueno. Mas, si quieres entrar en la vida, guarda los
mandamientos". "¿Cuáles?" le dice él.
Y Jesús dijo: "No matarás, no cometerás
adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio,
honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo
como a ti mismo". Dícele el joven: "Todo eso lo he
guardado; ¿qué más me falta?". Jesús
le dijo: "Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y
dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos;
luego ven, y sígueme"» (Mt 19, 16-21)(13).
7. «Se le acercó
uno...». En el joven, que el evangelio de Mateo no nombra,
podemos reconocer a todo hombre que, conscientemente o no, se
acerca a Cristo, redentor del hombre, y le formula la pregunta moral.
Para el joven, más que una pregunta sobre las reglas que
hay que observar, es una pregunta de pleno significado para la
vida. En efecto, ésta es la aspiración central de
toda decisión y de toda acción humana, la búsqueda
secreta y el impulso íntimo que mueve la libertad. Esta
pregunta es, en última instancia, un llamamiento al Bien
absoluto que nos atrae y nos llama hacia sí; es el eco de la
llamada de Dios, origen y fin de la vida del hombre. Precisamente con
esta perspectiva, el concilio Vaticano II ha invitado a perfeccionar
la teología moral, de manera que su exposición ponga de
relieve la altísima vocación que los fieles han
recibido en Cristo(14), única respuesta que satisface
plenamente el anhelo del corazón humano.
Para que los hombres puedan realizar
este «encuentro» con Cristo, Dios ha querido su Iglesia.
En efecto, ella «desea servir solamente para este fin: que
todo hombre pueda encontrar a Cristo, de modo que Cristo pueda
recorrer con cada uno el camino de la vida»(15).
«Maestro, ¿qué
he de hacer de bueno
para conseguir la vida eterna?» (Mt
19, 16)
8. Desde la profundidad del corazón
surge la pregunta que el joven rico dirige a Jesús de Nazaret:
una pregunta esencial e ineludible para la vida de todo hombre,
pues se refiere al bien moral que hay que practicar y a la vida
eterna. El interlocutor de Jesús intuye que hay una conexión
entre el bien moral y el pleno cumplimiento del propio destino. Él
es un israelita piadoso que ha crecido, diríamos, a la sombra
de la Ley del Señor. Si plantea esta pregunta a Jesús,
podemos imaginar que no lo hace porque ignora la respuesta contenida
en la Ley. Es más probable que la fascinación por la
persona de Jesús haya hecho que surgieran en él nuevos
interrogantes en torno al bien moral. Siente la necesidad de
confrontarse con aquel que había iniciado su predicación
con este nuevo y decisivo anuncio: «El tiempo se ha cumplido y
el reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la
buena nueva» (Mc 1, 15).
Es necesario que el hombre de hoy se
dirija nuevamente a Cristo para obtener de él la respuesta
sobre lo que es bueno y lo que es malo. Él es el Maestro,
el Resucitado que tiene en sí mismo la vida y que está
siempre presente en su Iglesia y en el mundo. Es él quien
desvela a los fieles el libro de las Escrituras y, revelando
plenamente la voluntad del Padre, enseña la verdad sobre el
obrar moral. Fuente y culmen de la economía de la salvación,
Alfa y Omega de la historia humana (cf. Ap 1, 8; 21, 6; 22,
13), Cristo revela la condición del hombre y su vocación
integral. Por esto, «el hombre que quiere comprenderse hasta el
fondo a sí mismo —y no sólo según pautas y
medidas de su propio ser, que son inmediatas, parciales, a veces
superficiales e incluso aparentes—, debe, con su inquietud,
incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida
y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así,
entrar en él con todo su ser, debe apropiarse y
asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención
para encontrarse a sí mismo. Si se realiza en él este
hondo proceso, entonces da frutos no sólo de adoración
a Dios, sino también de profunda maravilla de sí
mismo»(16).
Si queremos, pues, penetrar en el
núcleo de la moral evangélica y comprender su contenido
profundo e inmutable, debemos escrutar cuidadosamente el sentido de
la pregunta hecha por el joven rico del evangelio y, más aún,
el sentido de la respuesta de Jesús, dejándonos guiar
por él. En efecto, Jesús, con delicada solicitud
pedagógica, responde llevando al joven como de la mano, paso a
paso, hacia la verdad plena.
«Uno solo es el Bueno»
(Mt 19, 17)
9. Jesús dice: «¿Por
qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas
si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mt
19, 17). En las versiones de los evangelistas Marcos y Lucas la
pregunta es formulada así: «¿Por qué me
llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios» (Mc 10,
18; cf. Lc 18, 19).
Antes de responder a la pregunta, Jesús
quiere que el joven se aclare a sí mismo el motivo por el que
lo interpela. El «Maestro bueno» indica a su interlocutor
—y a todos nosotros— que la respuesta a la pregunta,
«¿qué he de hacer de bueno para conseguir la vida
eterna?», sólo puede encontrarse dirigiendo la mente y
el corazón al único que es Bueno: «Nadie es bueno
sino sólo Dios» (Mc 10, 18; cf. Lc 18,
19). Sólo Dios puede responder a la pregunta sobre el bien,
porque él es el Bien.
En
efecto, interrogarse sobre el bien significa, en último
término, dirigirse a Dios, que es plenitud de la bondad.
Jesús muestra que la pregunta del joven es, en realidad, una
pregunta religiosa y que la bondad, que atrae y al mismo
tiempo vincula al hombre, tiene su fuente en Dios, más aún,
es Dios mismo: el Único que es digno de ser amado «con
todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente»
(cf. Mt 22, 37), Aquel
que es la fuente de la felicidad del hombre. Jesús relaciona
la cuestión de la acción moralmente buena con sus
raíces religiosas, con el reconocimiento de Dios, única
bondad, plenitud de la vida, término último del obrar
humano, felicidad perfecta.
10. La Iglesia, iluminada por las
palabras del Maestro, cree que el hombre, hecho a imagen del Creador,
redimido con la sangre de Cristo y santificado por la presencia del
Espíritu Santo, tiene como fin último de su vida
ser «alabanza de la gloria» de Dios (cf. Ef 1,
12), haciendo así que cada una de sus acciones refleje su
esplendor. «Conócete a ti misma, alma hermosa: tú
eres la imagen de Dios —escribe san Ambrosio—.
Conócete a ti mismo, hombre: tú eres la gloria de Dios
(1 Co 11, 7). Escucha de qué modo eres su gloria. Dice
el profeta: Tu ciencia es misteriosa para mí (Sal
138, 6), es decir: tu majestad es más admirable en mi
obra, tu sabiduría es exaltada en la mente del hombre.
Mientras me considero a mí mismo, a quien tú escrutas
en los secretos pensamientos y en los sentimientos íntimos,
reconozco los misterios de tu ciencia. Por tanto, conócete a
ti mismo, hombre, lo grande que eres y vigila sobre ti...»(17).
Aquello que es el hombre y lo que
debe hacer se manifiesta en el momento en el cual Dios se revela a sí
mismo. En efecto, el Decálogo se fundamenta sobre estas
palabras: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te he sacado
del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá
para ti otros dioses delante de mí» (Ex 20, 2-3).
En las «diez palabras» de la Alianza con Israel, y en
toda la Ley, Dios se hace conocer y reconocer como el único
que es «Bueno»; como aquel que, a pesar del pecado del
hombre, continúa siendo el modelo del obrar moral,
según su misma llamada: «Sed santos, porque yo, el
Señor, vuestro Dios, soy santo» (Lv 19, 2); como
Aquel que, fiel a su amor por el hombre, le da su Ley (cf. Ex 19,
9-24; 20, 18-21) para restablecer la armonía originaria con el
Creador y todo lo creado, y aún más, para introducirlo
en su amor: «Caminaré en medio de vosotros, y seré
vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo» (Lv 26,
12).
La vida moral se presenta como la
respuesta debida a las iniciativas gratuitas que el amor de Dios
multiplica en favor del hombre. Es una respuesta de amor, según
el enunciado del mandamiento fundamental que hace el Deuteronomio:
«Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor
es uno solo. Amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Queden en tu
corazón estos preceptos que yo te dicto hoy. Se los repetirás
a tus hijos» (Dt 6, 4-7). Así, la vida moral,
inmersa en la gratuidad del amor de Dios, está llamada a
reflejar su gloria: «Para quien ama a Dios es suficiente
agradar a Aquel que él ama, ya que no debe buscarse ninguna
otra recompensa mayor al mismo amor; en efecto, la caridad proviene
de Dios de tal manera que Dios mismo es caridad»(18).
11. La afirmación de que «uno
solo es el Bueno» nos remite así a la «primera
tabla» de los mandamientos, que exige reconocer a Dios como
Señor único y absoluto, y a darle culto solamente a él
porque es infinitamente santo (cf. Ex 20, 2-11). El bien es
pertenecer a Dios, obedecerle, caminar humildemente con él
practicando la justicia y amando la piedad (cf. Mi 6,
8).Reconocer al Señor como Dios es el núcleo
fundamental, el corazón de la Ley, del que derivan y al
que se ordenan los preceptos particulares. Mediante la moral de los
mandamientos se manifiesta la pertenencia del pueblo de Israel al
Señor, porque sólo Dios es aquel que es «Bueno».
Éste es el testimonio de la sagrada Escritura, cuyas páginas
están penetradas por la viva percepción de la absoluta
santidad de Dios: «Santo, santo, santo, Señor de los
ejércitos» (Is 6, 3).
Pero si Dios es el Bien, ningún
esfuerzo humano, ni siquiera la observancia más rigurosa de
los mandamientos, logra cumplir la Ley, es decir, reconocer al
Señor como Dios y tributarle la adoración que a él
solo es debida (cf. Mt 4, 10). El «cumplimiento»
puede lograrse sólo como un don de Dios: es el
ofrecimiento de una participación en la bondad divina que se
revela y se comunica en Jesús, aquel a quien el joven rico
llama con las palabras «Maestro bueno» (Mc 10, 17;
Lc 18, 18). Lo que quizás en ese momento el joven logra
solamente intuir será plenamente revelado al final por Jesús
mismo con la invitación «ven, y sígueme»
(Mt 19, 21).
«Si quieres entrar en la vida,
guarda los mandamientos» (Mt 19, 17)
12. Sólo Dios puede responder a
la pregunta sobre el bien porque él es el Bien. Pero Dios ya
respondió a esta pregunta: lo hizo creando al hombre y
ordenándolo a su fin con sabiduría y amor, mediante
la ley inscrita en su corazón (cf. Rm 2, 15), la «ley
natural». Ésta «no es más que la luz de la
inteligencia infundida en nosotros por Dios. Gracias a ella conocemos
lo que se debe hacer y lo que se debe evitar. Dios dio esta luz y
esta ley en la creación»(19). Después lo hizo en
la historia de Israel, particularmente con las «diez
palabras», o sea, con los mandamientos del Sinaí,
mediante los cuales él fundó el pueblo de la
Alianza (cf. Ex 24) y lo llamó a ser su «propiedad
personal entre todos los pueblos», «una nación
santa» (Ex 19, 5-6), que hiciera resplandecer su
santidad entre todas las naciones (cf. Sb 18, 4; Ez 20,
41). La entrega del Decálogo es promesa y signo de la alianza
nueva, cuando la ley será escrita nuevamente y de modo
definitivo en el corazón del hombre (cf. Jr 31, 31-34),
para sustituir la ley del pecado, que había desfigurado aquel
corazón (cf. Jr 17, 1). Entonces será dado «un
corazón nuevo» porque en él habitará «un
espíritu nuevo», el Espíritu de Dios (cf. Ez
36, 24-28)(20).
Por esto, y tras precisar que «uno
solo es el Bueno», Jesús responde al joven: «Si
quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mt 19,
17). De este modo, se enuncia una estrecha relación entre
la vida eterna y la obediencia a los mandamientos de Dios: los
mandamientos indican al hombre el camino de la vida eterna y a ella
conducen. Por boca del mismo Jesús, nuevo Moisés, los
mandamientos del Decálogo son nuevamente dados a los hombres;
él mismo los confirma definitivamente y nos los propone como
camino y condición de salvación. El mandamiento se
vincula con una promesa: en la antigua alianza el objeto de la
promesa era la posesión de la tierra en la que el pueblo
gozaría de una existencia libre y según justicia (cf.
Dt 6, 20-25); en la nueva alianza el objeto de la promesa es
el «reino de los cielos», tal como lo afirma Jesús
al comienzo del «Sermón de la montaña»
—discurso que contiene la formulación más amplia
y completa de la Ley nueva (cf. Mt 5-7)—, en clara
conexión con el Decálogo entregado por Dios a Moisés
en el monte Sinaí. A esta misma realidad del reino se refiere
la expresión vida eterna, que es participación
en la vida misma de Dios; aquélla se realiza en toda su
perfección sólo después de la muerte, pero,
desde la fe, se convierte ya desde ahora en luz de la verdad, fuente
de sentido para la vida, incipiente participación de una
plenitud en el seguimiento de Cristo. En efecto, Jesús dice a
sus discípulos después del encuentro con el joven rico:
«Todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre,
madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por
uno y heredará la vida eterna» (Mt 19, 29).
13. La respuesta de Jesús no le
basta todavía al joven, que insiste preguntando al Maestro
sobre los mandamientos que hay que observar: «"¿Cuáles?",
le dice él» (Mt 19, 18). Le interpela sobre qué
debe hacer en la vida para dar testimonio de la santidad de Dios.
Tras haber dirigido la atención del joven hacia Dios, Jesús
le recuerda los mandamientos del Decálogo que se refieren al
prójimo: «No matarás, no cometerás
adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio,
honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo
como a ti mismo». (Mt 19, 18-19).
Por el contexto del coloquio y,
especialmente, al comparar el texto de Mateo con las perícopas
paralelas de Marcos y de Lucas, aparece que Jesús no pretende
detallar todos y cada uno de los mandamientos necesarios para «entrar
en la vida» sino, más bien, indicar al joven la
«centralidad» del Decálogo respecto a
cualquier otro precepto, como interpretación de lo que para el
hombre significa «Yo soy el Señor tu Dios». Sin
embargo, no nos pueden pasar desapercibidos los mandamientos de la
Ley que el Señor recuerda al joven: son determinados preceptos
que pertenecen a la llamada «segunda tabla» del Decálogo,
cuyo compendio (cf. Rm 13, 8-10) y fundamento es el
mandamiento del amor al prójimo: «Ama a tu prójimo
como a ti mismo» (Mt 19, 19; cf. Mc 12, 31). En
este precepto se expresa precisamente la singular dignidad de la
persona humana, la cual es la «única criatura en la
tierra a la que Dios ha amado por sí misma»(21). En
efecto, los diversos mandamientos del Decálogo no son más
que la refracción del único mandamiento que se refiere
al bien de la persona, como compendio de los múltiples bienes
que connotan su identidad de ser espiritual y corpóreo, en
relación con Dios, con el prójimo y con el mundo
material. Como leemos en el Catecismo de la Iglesia católica,
«los diez mandamientos pertenecen a la revelación de
Dios. Nos enseñan al mismo tiempo la verdadera humanidad del
hombre. Ponen de relieve los deberes esenciales y, por tanto,
indirectamente, los derechos fundamentales, inherentes a la
naturaleza de la persona humana»(22).
Los mandamientos, recordados por Jesús
a su joven interlocutor, están destinados a tutelar el bien
de la persona humana, imagen de Dios, a través de la
tutela de sus bienes particulares. El «no matarás,
no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás
falso testimonio», son normas morales formuladas en términos
de prohibición. Los preceptos negativos expresan con singular
fuerza la exigencia indeclinable de proteger la vida humana, la
comunión de las personas en el matrimonio, la propiedad
privada, la veracidad y la buena fama.
Los mandamientos constituyen, pues, la
condición básica para el amor al prójimo y al
mismo tiempo son su verificación. Constituyen la primera
etapa necesaria en el camino hacia la libertad, su inicio. «La
primera libertad —dice san Agustín— consiste en
estar exentos de crímenes..., como serían el homicidio,
el adulterio, la fornicación, el robo, el fraude, el
sacrilegio y pecados como éstos. Cuando uno comienza a no ser
culpable de estos crímenes (y ningún cristiano debe
cometerlos), comienza a alzar los ojos a la libertad, pero esto no es
más que el inicio de la libertad, no la libertad
perfecta...»(23).
14. Todo ello no significa que Cristo
pretenda dar la precedencia al amor al prójimo o separarlo del
amor a Dios. Esto lo confirma su diálogo con el doctor de la
ley, el cual hace una pregunta muy parecida a la del joven. Jesús
le remite a los dos mandamientos del amor a Dios y del amor al
prójimo (cf. Lc 10, 25-27) y le invita a recordar
que sólo su observancia lleva a la vida eterna: «Haz eso
y vivirás» (Lc 10, 28). Es, pues, significativo
que sea precisamente el segundo de estos mandamientos el que suscite
la curiosidad y la pregunta del doctor de la ley: «¿Quién
es mi prójimo?» (Lc 10, 29). El Maestro responde
con la parábola del buen samaritano, la parábola-clave
para la plena comprensión del mandamiento del amor al prójimo
(cf. Lc 10, 30-37).
Los dos mandamientos, de los cuales
«penden toda la Ley y los profetas» (Mt 22, 40),
están profundamente unidos entre sí y se compenetran
recíprocamente. De su unidad inseparable da testimonio
Jesús con sus palabras y su vida: su misión culmina en
la cruz que redime (cf. Jn 3, 14-15), signo de su amor
indivisible al Padre y a la humanidad (cf. Jn 13, 1).
Tanto el Antiguo como el Nuevo
Testamento son explícitos en afirmar que sin el amor al
prójimo, que se concreta en la observancia de los
mandamientos, no es posible el auténtico amor a Dios. San
Juan lo afirma con extraordinario vigor: «Si alguno dice: "Amo
a Dios", y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no
ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve»
(Jn 4, 20). El evangelista se hace eco de la predicación
moral de Cristo, expresada de modo admirable e inequívoco en
la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10, 30-37) y en
el «discurso» sobre el juicio final (cf. Mt 25,
31-46).
15. En el «Sermón de la
Montaña», que constituye la carta magna de la
moral evangélica(24), Jesús dice: «No penséis
que he venido a abolir la Ley y los profetas. No he venido a abolir,
sino a dar cumplimiento» (Mt 5, 17). Cristo es la clave
de las Escrituras: «Vosotros investigáis las Escrituras,
ellas son las que dan testimonio de mí» (cf. Jn 5,
39); él es el centro de la economía de la salvación,
la recapitulación del Antiguo y del Nuevo Testamento, de las
promesas de la Ley y de su cumplimiento en el Evangelio; él es
el vínculo viviente y eterno entre la antigua y la nueva
alianza. Por su parte, san Ambrosio, comentando el texto de Pablo en
que dice: «el fin de la ley es Cristo» (Rm 10, 4),
afirma que es «fin no en cuanto defecto, sino en cuanto
plenitud de la ley; la cual se cumple en Cristo (plenitudo legis
in Christo est), porque él no vino a abolir la ley, sino a
darle cumplimiento. Al igual que, aunque existe un Antiguo
Testamento, toda verdad está contenida en el Nuevo, así
ocurre con la ley: la que fue dada por medio de Moisés es
figura de la verdadera ley. Por tanto, la mosaica es imagen de la
verdad»(25).
Jesús lleva a cumplimiento
los mandamientos de Dios —en particular, el mandamiento del
amor al prójimo—, interiorizando y radicalizando sus
exigencias: el amor al prójimo brota de un corazón
que ama y que, precisamente porque ama, está dispuesto a
vivir las mayores exigencias. Jesús muestra que los
mandamientos no deben ser entendidos como un límite mínimo
que no hay que sobrepasar, sino como una senda abierta para un camino
moral y espiritual de perfección, cuyo impulso interior es el
amor (cf. Col 3, 14). Así, el mandamiento «No
matarás», se transforma en la llamada a un amor solícito
que tutela e impulsa la vida del prójimo; el precepto que
prohíbe el adulterio, se convierte en la invitación a
una mirada pura, capaz de respetar el significado esponsal del
cuerpo: «Habéis oído que se dijo a los
antepasados: No matarás; y aquel que mate será reo ante
el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice
contra su hermano, será reo ante el tribunal... Habéis
oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pues yo os
digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió
adulterio con ella en su corazón» (Mt 5, 21-22.
27-28). Jesús mismo es el «cumplimiento» vivo de
la Ley, ya que él realiza su auténtico significado con
el don total de sí mismo; él mismo se hace Ley
viviente y personal, que invita a su seguimiento, da, mediante el
Espíritu, la gracia de compartir su misma vida y su amor, e
infunde la fuerza para dar testimonio del amor en las decisiones y en
las obras (cf. Jn 13, 34-35).
«Si quieres ser perfecto»
(Mt 19, 21)
16. La respuesta sobre los mandamientos
no satisface al joven, que de nuevo pregunta a Jesús: «Todo
eso lo he guardado; ¿qué más me falta?»
(Mt 19, 20). No es fácil decir con la conciencia
tranquila «todo eso lo he guardado», si se comprende todo
el alcance de las exigencias contenidas en la Ley de Dios. Sin
embargo, aunque el joven rico sea capaz de dar una respuesta tal;
aunque de verdad haya puesto en práctica el ideal moral con
seriedad y generosidad desde la infancia, él sabe que aún
está lejos de la meta; en efecto, ante la persona de Jesús
se da cuenta de que todavía le falta algo. Jesús, en su
última respuesta, se refiere a esa conciencia de que aún
falta algo: comprendiendo la nostalgia de una plenitud que supere
la interpretación legalista de los mandamientos, el
Maestro bueno invita al joven a emprender el camino de la
perfección: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo
que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro
en los cielos; luego ven, y sígueme» (Mt 19, 21).
Al igual que el fragmento anterior,
también éste debe ser leído e interpretado en el
contexto de todo el mensaje moral del Evangelio y, especialmente, en
el contexto del Sermón de la montaña, de las
bienaventuranzas (cf. Mt 5, 3-12), la primera de las cuales es
precisamente la de los pobres, los «pobres de espíritu»,
como precisa san Mateo (Mt 5, 3), esto es, los humildes. En
este sentido, se puede decir que también las bienaventuranzas
pueden ser encuadradas en el amplio espacio que se abre con la
respuesta que da Jesús a la pregunta del joven: «¿qué
he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?». En
efecto, cada bienaventuranza, desde su propia perspectiva, promete
precisamente aquel bien que abre al hombre a la vida eterna;
más aún, que es la misma vida eterna.
Las bienaventuranzas no tienen
propiamente como objeto unas normas particulares de comportamiento,
sino que se refieren a actitudes y disposiciones básicas de la
existencia y, por consiguiente, no coinciden exactamente con los
mandamientos. Por otra parte, no hay separación o
discrepancia entre las bienaventuranzas y los mandamientos: ambos
se refieren al bien, a la vida eterna. El Sermón de la montaña
comienza con el anuncio de las bienaventuranzas, pero hace también
referencia a los mandamientos (cf. Mt 5, 20-48). Además,
el Sermón muestra la apertura y orientación de los
mandamientos con la perspectiva de la perfección que es propia
de las bienaventuranzas. Éstas son, ante todo, promesas de
las que también se derivan, de forma indirecta, indicaciones
normativas para la vida moral. En su profundidad original son una
especie de autorretrato de Cristo y, precisamente por esto,
son invitaciones a su seguimiento y a la comunión de vida
con El (26).
17. No sabemos hasta qué punto
el joven del evangelio comprendió el contenido profundo y
exigente de la primera respuesta dada por Jesús: «Si
quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos»; sin
embargo, es cierto que la afirmación manifestada por el joven
de haber respetado todas las exigencias morales de los mandamientos
constituye el terreno indispensable sobre el que puede brotar y
madurar el deseo de la perfección, es decir, la realización
de su significado mediante el seguimiento de Cristo. El coloquio de
Jesús con el joven nos ayuda a comprender las condiciones
para el crecimiento moral del hombre llamado a la perfección:
el joven, que ha observado todos los mandamientos, se muestra
incapaz de dar el paso siguiente sólo con sus fuerzas. Para
hacerlo se necesita una libertad madura («si quieres») y
el don divino de la gracia («ven, y sígueme»).
La perfección exige aquella
madurez en el darse a sí mismo, a que está llamada la
libertad del hombre. Jesús indica al joven los
mandamientos como la primera condición irrenunciable para
conseguir la vida eterna; el abandono de todo lo que el joven posee y
el seguimiento del Señor asumen, en cambio, el carácter
de una propuesta: «Si quieres...». La palabra de Jesús
manifiesta la dinámica particular del crecimiento de la
libertad hacia su madurez y, al mismo tiempo, atestigua la
relación fundamental de la libertad con la ley divina. La
libertad del hombre y la ley de Dios no se oponen, sino, al
contrario, se reclaman mutuamente. El discípulo de Cristo sabe
que la suya es una vocación a la libertad. «Hermanos,
habéis sido llamados a la libertad» (Ga 5, 13),
proclama con alegría y decisión el apóstol
Pablo. Pero, a continuación, precisa: «No toméis
de esa libertad pretexto para la carne; antes al contrario, servíos
por amor los unos a los otros» (ib.). La firmeza con la
cual el Apóstol se opone a quien confía la propia
justificación a la Ley, no tiene nada que ver con la
«liberación» del hombre con respecto a los
preceptos, los cuales, en verdad, están al servicio del amor:
«Pues el que ama al prójimo ha cumplido la ley. En
efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no
robarás, no codiciarás, y todos los demás
preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás a tu
prójimo como a ti mismo» (Rm 13, 8-9). El
mismo san Agustín, después de haber hablado de la
observancia de los mandamientos como de la primera libertad
imperfecta, prosigue así: «¿Por qué,
preguntará alguno, no perfecta todavía? Porque "siento
en mis miembros otra ley en conflicto con la ley de mi razón"...
Libertad parcial, parcial esclavitud: la libertad no es aún
completa, aún no es pura ni plena porque todavía no
estamos en la eternidad. Conservamos en parte la debilidad y en parte
hemos alcanzado la libertad. Todos nuestros pecados han sido borrados
en el bautismo, pero ¿acaso ha desaparecido la debilidad
después de que la iniquidad ha sido destruida? Si aquella
hubiera desaparecido, se viviría sin pecado en la tierra.
¿Quién osará afirmar esto sino el soberbio, el
indigno de la misericordia del liberador?... Mas, como nos ha quedado
alguna debilidad, me atrevo a decir que, en la medida en que sirvamos
a Dios, somos libres, mientras que en la medida en que sigamos la ley
del pecado somos esclavos»(27).
18. Quien «vive según la
carne» siente la ley de Dios como un peso, más aún,
como una negación o, de cualquier modo, como una restricción
de la propia libertad. En cambio, quien está movido por el
amor y «vive según el Espíritu» (Ga 5,
16), y desea servir a los demás, encuentra en la ley de Dios
el camino fundamental y necesario para practicar el amor libremente
elegido y vivido. Más aún, siente la urgencia interior
—una verdadera y propia necesidad, y no ya una
constricción— de no detenerse ante las exigencias
mínimas de la ley, sino de vivirlas en su plenitud. Es
un camino todavía incierto y frágil mientras estemos en
la tierra, pero que la gracia hace posible al darnos la plena
«libertad de los hijos de Dios» (cf. Rm 8, 21) y,
consiguientemente, la capacidad de poder responder en la vida moral a
la sublime vocación de ser «hijos en el Hijo».
Esta vocación al amor perfecto
no está reservada de modo exclusivo a una élite de
personas. La invitación: «anda, vende lo que
tienes y dáselo a los pobres», junto con la promesa:
«tendrás un tesoro en los cielos», se dirige a
todos, porque es una radicalización del mandamiento del
amor al prójimo. De la misma manera, la siguiente invitación:
«ven y sígueme», es la nueva forma concreta del
mandamiento del amor a Dios. Los mandamientos y la invitación
de Jesús al joven rico están al servicio de una única
e indivisible caridad, que espontáneamente tiende a la
perfección, cuya medida es Dios mismo: «Vosotros, pues,
sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt
5, 48). En el evangelio de Lucas, Jesús precisa aún más
el sentido de esta perfección: «Sed misericordiosos,
como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36).
«Ven, y sígueme»
(Mt 19, 21)
19. El camino y, a la vez, el contenido
de esta perfección consiste en la sequela Christi, en
el seguimiento de Jesús, después de haber renunciado a
los propios bienes y a sí mismos. Precisamente ésta es
la conclusión del coloquio de Jesús con el joven:
«luego ven, y sígueme» (Mt 19, 21). Es una
invitación cuya profundidad maravillosa será entendida
plenamente por los discípulos después de la
resurrección de Cristo, cuando el Espíritu Santo los
guiará hasta la verdad completa (cf. Jn 16, 13).
Es Jesús mismo quien toma la
iniciativa y llama a seguirle. La llamada está dirigida sobre
todo a aquellos a quienes confía una misión particular,
empezando por los Doce; pero también es cierto que la
condición de todo creyente es ser discípulo de Cristo
(cf.Hch 6, 1). Por esto, seguir a Cristo es el fundamento
esencial y original de la moral cristiana: como el pueblo de
Israel seguía a Dios, que lo guiaba por el desierto hacia la
tierra prometida (cf. Ex 13, 21), así el discípulo
debe seguir a Jesús, hacia el cual lo atrae el mismo Padre
(cf. Jn 6, 44).
No se trata aquí solamente de
escuchar una enseñanza y de cumplir un mandamiento, sino de
algo mucho más radical: adherirse a la persona misma de
Jesús, compartir su vida y su destino, participar de su
obediencia libre y amorosa a la voluntad del Padre. El discípulo
de Jesús, siguiendo, mediante la adhesión por la fe, a
aquél que es la Sabiduría encarnada, se hace
verdaderamente discípulo de Dios (cf. Jn 6, 45).
En efecto, Jesús es la luz del mundo, la luz de la vida (cf.
Jn 8, 12); es el pastor que guía y alimenta a las
ovejas (cf. Jn 10, 11-16), es el camino, la verdad y la vida
(cf. Jn 14, 6), es aquel que lleva hacia el Padre, de tal
manera que verle a él, al Hijo, es ver al Padre (cf. Jn 14,
6-10). Por eso, imitar al Hijo, «imagen de Dios invisible»
(Col 1, 15), significa imitar al Padre.
20. Jesús pide que le sigan y
le imiten en el camino del amor, de un amor que se da totalmente a
los hermanos por amor de Dios: «Éste es el
mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como
yo os he amado» (Jn 15, 12). Este «como»
exige la imitación de Jesús, la imitación
de su amor, cuyo signo es el lavatorio de los pies: «Pues
si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros
también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os
he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como
yo he hecho con vosotros» (Jn 13, 14-15). El modo de
actuar de Jesús y sus palabras, sus acciones y sus preceptos
constituyen la regla moral de la vida cristiana. En efecto, estas
acciones suyas y, de modo particular, el acto supremo de su pasión
y muerte en la cruz, son la revelación viva de su amor al
Padre y a los hombres. Éste es el amor que Jesús pide
que imiten cuantos le siguen. Es el mandamiento «nuevo»:
«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos
a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis
también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán
todos que sois discípulos míos: si os tenéis
amor los unos a los otros» (Jn 13, 34-35).
Este «como» indica
también la medida con la que Jesús ha amado y
con la que deben amarse sus discípulos entre sí.
Después de haber dicho: «Éste es el mandamiento
mío: que os améis los unos a los otros como yo
os he amado» (Jn 15, 12), Jesús prosigue con las
palabras que indican el don sacrificial de su vida en la cruz, como
testimonio de un amor «hasta el extremo» (Jn 13,
1): «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus
amigos» (Jn 15, 13).
Jesús, al llamar al joven a
seguirle en el camino de la perfección, le pide que sea
perfecto en el mandamiento del amor, en su mandamiento: que se
inserte en el movimiento de su entrega total, que imite y reviva el
mismo amor del Maestro bueno, de aquel que ha amado hasta
el extremo. Esto es lo que Jesús pide a todo hombre que
quiere seguirlo: «Si alguno quiere venir en pos de mí,
niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame»
(Mt 16, 24).
21. Seguir a Cristo no es una
imitación exterior, porque afecta al hombre en su interioridad
más profunda. Ser discípulo de Jesús significa
hacerse conforme a él, que se hizo servidor de todos
hasta el don de sí mismo en la cruz (cf. Flp 2, 5-8).
Mediante la fe, Cristo habita en el corazón del creyente (cf.
Ef 3, 17), el discípulo se asemeja a su Señor y
se configura con él; lo cual es fruto de la gracia, de
la presencia operante del Espíritu Santo en nosotros.
Inserido en Cristo, el cristiano se
convierte en miembro de su Cuerpo, que es la Iglesia (cf. 1
Co 12, 13. 27). Bajo el impulso del Espíritu, el bautismo
configura radicalmente al fiel con Cristo en el misterio pascual
de la muerte y resurrección, lo «reviste» de
Cristo (cf. Ga 3, 27): «Felicitémonos y demos
gracias —dice san Agustín dirigiéndose a los
bautizados—: hemos llegado a ser no solamente cristianos, sino
el propio Cristo (...). Admiraos y regocijaos: ¡hemos sido
hechos Cristo!»(28). El bautizado, muerto al pecado, recibe la
vida nueva (cf. Rm 6, 3-11): viviendo por Dios en Cristo
Jesús, es llamado a caminar según el Espíritu y
a manifestar sus frutos en la vida (cf. Ga 5, 16-25). La
participación sucesiva en la Eucaristía, sacramento de
la nueva alianza (cf. 1 Co 11, 23-29), es el culmen de la
asimilación a Cristo, fuente de «vida eterna» (cf.
Jn 6, 51-58), principio y fuerza del don total de sí
mismo, del cual Jesús —según el testimonio dado
por Pablo— manda hacer memoria en la celebración y en la
vida: «Cada vez que coméis este pan y bebéis esta
copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga»
(1 Co 11, 26).
«Para Dios todo es posible»
(Mt 19, 26)
22. La conclusión del coloquio
de Jesús con el joven rico es amarga: «Al oír
estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía
muchos bienes» (Mt 19, 22). No sólo el hombre
rico, sino también los mismos discípulos se asustan de
la llamada de Jesús al seguimiento, cuyas exigencias superan
las aspiraciones y las fuerzas humanas: «Al oír esto,
los discípulos, llenos de asombro, decían: "Entonces,
¿quién se podrá salvar?"» (Mt 19,
25). Pero el Maestro pone ante los ojos el poder de Dios: «Para
los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible»
(Mt 19, 26).
En el mismo capítulo del
evangelio de Mateo (19, 3-10), Jesús, interpretando la ley
mosaica sobre el matrimonio, rechaza el derecho al repudio, apelando
a un principio más originario y autorizado respecto a
la ley de Moisés: el designio primordial de Dios sobre el
hombre, un designio al que el hombre se ha incapacitado después
del pecado: «Moisés, teniendo en cuenta la dureza de
vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras
mujeres; pero al principio no fue así» (Mt 19,
8). La apelación al principio asusta a los discípulos,
que comentan con estas palabras: «Si tal es la condición
del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse» (Mt
19, 10). Y Jesús, refiriéndose específicamente
al carisma del celibato «por el reino de los cielos» (Mt
19, 12), pero enunciando ahora una ley general, remite a la nueva
y sorprendente posibilidad abierta al hombre por la gracia de Dios:
«Él les dijo: "No todos entienden este lenguaje,
sino aquellos a quienes se les ha concedido"» (Mt
19, 11).
Imitar y revivir el amor de Cristo no
es posible para el hombre con sus solas fuerzas. Se hace capaz de
este amor sólo gracias a un don recibido. Lo mismo que el
Señor Jesús recibe el amor de su Padre, así, a
su vez, lo comunica gratuitamente a los discípulos: «Como
el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros;
permaneced en mi amor» (Jn 15, 9). El don de Cristo
es su Espíritu, cuyo primer «fruto» (cf. Gál
5, 22) es la caridad: «El amor de Dios ha sido derramado en
nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado»
(Rm 5, 5). San Agustín se pregunta: «¿Es
el amor el que nos hace observar los mandamientos, o bien es la
observancia de los mandamientos la que hace nacer el amor?». Y
responde: «Pero ¿quién puede dudar de que el amor
precede a la observancia? En efecto, quien no ama está sin
motivaciones para guardar los mandamientos»(29).
23. «La ley del Espíritu
que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del
pecado y de la muerte» (Rm 8, 2). Con estas palabras el
apóstol Pablo nos introduce a considerar en la perspectiva de
la historia de la salvación que se cumple en Cristo la
relación entre la ley (antigua) y la gracia (ley
nueva). Él reconoce la función pedagógica de la
ley, la cual, al permitirle al hombre pecador valorar su propia
impotencia y quitarle la presunción de la autosuficiencia, lo
abre a la invocación y a la acogida de la «vida en el
Espíritu». Sólo en esta vida nueva es posible
practicar los mandamientos de Dios. En efecto, es por la fe en Cristo
como somos justificados (cf. Rm 3, 28): la justicia que
la ley exige, pero que ella no puede dar, la encuentra todo creyente
manifestada y concedida por el Señor Jesús. De este
modo san Agustín sintetiza admirablemente la dialéctica
paulina entre ley y gracia: «Por esto, la ley ha sido dada para
que se implorase la gracia; la gracia ha sido dada para que se
observase la ley»(30).
El amor y la vida según el
Evangelio no pueden proponerse ante todo bajo la categoría de
precepto, porque lo que exigen supera las fuerzas del hombre. Sólo
son posibles como fruto de un don de Dios, que sana, cura y
transforma el corazón del hombre por medio de su gracia:
«Porque la ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y
la verdad nos han llegado por Jesucristo» (Jn 1, 17).
Por esto, la promesa de la vida eterna está vinculada al don
de la gracia, y el don del Espíritu que hemos recibido es ya
«prenda de nuestra herencia» (Ef 1, 14).
24. De esta manera, se manifiesta el
rostro verdadero y original del mandamiento del amor y de la
perfección a la que está ordenado; se trata de una
posibilidad abierta al hombre exclusivamente por la gracia, por
el don de Dios, por su amor. Por otra parte, precisamente la
conciencia de haber recibido el don, de poseer en Jesucristo el amor
de Dios, genera y sostiene la respuesta responsable de un amor
pleno hacia Dios y entre los hermanos, como recuerda con insistencia
el apóstol san Juan en su primera carta: «Queridos,
amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el
que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha
conocido a Dios, porque Dios es Amor... Queridos, si Dios nos amó
de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a
otros... Nosotros amemos, porque él nos amó primero»
(1 Jn 4, 7-8. 11. 19).
Esta relación inseparable entre
la gracia del Señor y la libertad del hombre, entre el don y
la tarea, ha sido expresada en términos sencillos y profundos
por san Agustín, que oraba de esta manera: «Da quod
iubes et iube quod vis» (Da lo que mandas y manda lo que
quieras)(31).
El don no disminuye, sino que
refuerza la exigencia moral del amor: «Éste es su
mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que
nos amemos unos a otros tal como nos lo mandó» (1 Jn
3, 23). Se puede permanecer en el amor sólo bajo la
condición de que se observen los mandamientos, como afirma
Jesús: «Si guardáis mis mandamientos,
permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos
de mi Padre, y permanezco en su amor» (Jn 15, 10).
Resumiendo lo que constituye el núcleo
del mensaje moral de Jesús y de la predicación de los
Apóstoles, y volviendo a ofrecer en admirable síntesis
la gran tradición de los Padres de Oriente y de Occidente —en
particular san Agustín(32)—, santo Tomás afirma
que la Ley nueva es la gracia del Espíritu Santo
dada mediante la fe en Cristo(33). Los preceptos externos, de los
que también habla el evangelio, preparan para esta gracia o
difunden sus efectos en la vida. En efecto, la Ley nueva no se
contenta con decir lo que se debe hacer, sino que otorga también
la fuerza para «obrar la verdad» (cf. Jn 3, 21).
Al mismo tiempo, san Juan Crisóstomo observa que la Ley nueva
fue promulgada precisamente cuando el Espíritu Santo bajó
del cielo el día de Pentecostés y que los Apóstoles
«no bajaron del monte llevando, como Moisés, tablas de
piedra en sus manos, sino que volvían llevando al Espíritu
Santo en sus corazones..., convertidos, mediante su gracia, en una
ley viva, en un libro animado»(34).
«He aquí que yo estoy
con vosotros todos los días
hasta el fin del mundo»
(Mt 28, 20)
25. El coloquio de Jesús con el
joven rico continúa, en cierto sentido, en cada
época de la historia; también hoy. La pregunta:
«Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para
conseguir la vida eterna?» brota en el corazón de todo
hombre, y es siempre y sólo Cristo quien ofrece la respuesta
plena y definitiva. El Maestro que enseña los mandamientos de
Dios, que invita al seguimiento y da la gracia para una vida nueva,
está siempre presente y operante en medio de nosotros, según
su promesa: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los
días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). La
contemporaneidad de Cristo respecto al hombre de cada época se
realiza en el cuerpo vivo de la Iglesia. Por esto el Señor
prometió a sus discípulos el Espíritu Santo, que
les «recordaría» y les haría comprender sus
mandamientos (cf. Jn 14, 26), y, al mismo tiempo, sería
el principio fontal de una vida nueva para el mundo (cf. Jn 3,
5-8; Rm 8, 1-13).
Las prescripciones morales, impartidas
por Dios en la antigua alianza y perfeccionadas en la nueva y eterna
en la persona misma del Hijo de Dios hecho hombre, deben ser
custodiadas fielmente y actualizadas permanentemente en las
diferentes culturas a lo largo de la historia. La tarea de su
interpretación ha sido confiada por Jesús a los
Apóstoles y a sus sucesores, con la asistencia especial del
Espíritu de la verdad: «Quien a vosotros os escucha, a
mí me escucha» (Lc 10, 16). Con la luz y la
fuerza de este Espíritu, los Apóstoles cumplieron la
misión de predicar el Evangelio y señalar el «camino»
del Señor (cf. Hch 18, 25), enseñando ante todo
el seguimiento y la imitación de Cristo: «Para mí
la vida es Cristo» (Flp 1, 21).
26. En la catequesis moral de los
Apóstoles, junto a exhortaciones e indicaciones
relacionadas con el contexto histórico y cultural, hay una
enseñanza ética con precisas normas de comportamiento.
Es cuanto emerge en sus cartas, que contienen la interpretación
—bajo la guía del Espíritu Santo— de los
preceptos del Señor que hay que vivir en las diversas
circunstancias culturales (cf. Rm 12, 15; 1 Co 11-14;
Gál 5-6; Ef 4-6; Col 3-4; 1 P y St
). Encargados de predicar el Evangelio, los Apóstoles, en
virtud de su responsabilidad pastoral, vigilaron, desde los
orígenes de la Iglesia, sobre la recta conducta de los
cristianos(35), a la vez que vigilaron sobre la pureza de la fe y
la transmisión de los dones divinos mediante los
sacramentos(36). Los primeros cristianos, provenientes tanto del
pueblo judío como de la gentilidad, se diferenciaban de los
paganos no sólo por su fe y su liturgia, sino también
por el testimonio de su conducta moral, inspirada en la Ley
nueva(37). En efecto, la Iglesia es a la vez comunión de fe y
de vida; su norma es «la fe que actúa por la caridad»
(Ga 5, 6).
Ninguna laceración debe atentar
contra la armonía entre la fe y la vida: la unidad de la
Iglesia es herida no sólo por los cristianos que rechazan
o falsean la verdad de la fe, sino también por aquellos que
desconocen las obligaciones morales a las que los llama el Evangelio
(cf. 1 Co 5, 9-13). Los Apóstoles rechazaron con
decisión toda disociación entre el compromiso del
corazón y las acciones que lo expresan y demuestran (cf. 1
Jn 2, 3-6). Y desde los tiempos apostólicos, los pastores
de la Iglesia han denunciado con claridad los modos de actuar de
aquellos que eran instigadores de divisiones con sus enseñanzas
o sus comportamientos(38).
27. Promover y custodiar, en la unidad
de la Iglesia, la fe y la vida moral es la misión confiada por
Jesús a los Apóstoles (cf. Mt 28, 19-20), la
cual se continúa en el ministerio de sus sucesores. Es cuanto
se encuentra en la Tradición viva, mediante la cual
—como afirma el concilio Vaticano II— «la Iglesia
con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a
todas las edades lo que es y lo que cree. Esta Tradición
apostólica va creciendo en la Iglesia con la ayuda del
Espíritu Santo»(39). En el Espíritu, la Iglesia
acoge y transmite la Escritura como testimonio de las maravillas
que Dios ha hecho en la historia (cf. Lc 1, 49), confiesa
la verdad del Verbo hecho carne con los labios de los Padres y de los
doctores, practica sus preceptos y la caridad en la vida de los
santos y de las santas, y en el sacrificio de los mártires,
celebra su esperanza en la liturgia. Mediante la Tradición los
cristianos reciben «la voz viva del Evangelio»(40), como
expresión fiel de la sabiduría y de la voluntad divina.
Dentro de la Tradición se
desarrolla, con la asistencia del Espíritu Santo, la
interpretación auténtica de la ley del Señor.
El mismo Espíritu, que está en el origen de la
Revelación, de los mandamientos y de las enseñanzas de
Jesús, garantiza que sean custodiados santamente, expuestos
fielmente y aplicados correctamente en el correr de los tiempos y las
circunstancias. Esta actualización de los mandamientos
es signo y fruto de una penetración más profunda de la
Revelación y de una comprensión de las nuevas
situaciones históricas y culturales bajo la luz de la fe. Sin
embargo, aquélla no puede más que confirmar la validez
permanente de la revelación e insertarse en la estela de la
interpretación que de ella da la gran tradición de
enseñanzas y vida de la Iglesia, de lo cual son testigos la
doctrina de los Padres, la vida de los santos, la liturgia de la
Iglesia y la enseñanza del Magisterio.
Además, como afirma de modo
particular el Concilio, «el oficio de interpretar
auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido
encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo
ejercita en nombre de Jesucristo»(41). De este modo, la
Iglesia, con su vida y su enseñanza, se presenta como «columna
y fundamento de la verdad» (1 Tm 3, 15), también
de la verdad sobre el obrar moral. En efecto, «compete siempre
y en todo lugar a la Iglesia proclamar los principios morales,
incluso los referentes al orden social, así como dar su juicio
sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida en que lo exijan los
derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de
las almas»(42).
Precisamente sobre los interrogantes
que caracterizan hoy la discusión moral y en torno a los
cuales se han desarrollado nuevas tendencias y teorías, el
Magisterio, en fidelidad a Jesucristo y en continuidad con la
tradición de la Iglesia, siente más urgente el deber de
ofrecer el propio discernimiento y enseñanza, para ayudar al
hombre en su camino hacia la verdadera libertad.
CAPÍTULO II
"NO OS CONFORMEIS A LA MENTALIDAD
DE ESTE MUNDO" (Rom 12,2)
La iglesia y el discernimiento de
algunas tendencias
de la teologia moral actual
Enseñar lo que es conforme a
la sana doctrina (cf. Tt 2, 1)
28. La meditación del diálogo
entre Jesús y el joven rico nos ha permitido recoger los
contenidos esenciales de la revelación del Antiguo y del Nuevo
Testamento sobre el comportamiento moral. Son: la subordinación
del hombre y de su obrar a Dios, el único que es «Bueno»;
la relación, indicada de modo claro en los mandamientos
divinos, entre el bien moral de los actos humanos y la vida
eterna; el seguimiento de Cristo, que abre al hombre la
perspectiva del amor perfecto; y finalmente, el don del Espíritu
Santo, fuente y fuerza de la vida moral de la «nueva
criatura» (cf. 2 Co 5, 17).
La Iglesia, en su reflexión
moral, siempre ha tenido presentes las palabras que Jesús
dirigió al joven rico. En efecto, la sagrada Escritura es la
fuente siempre viva y fecunda de la doctrina moral de la Iglesia,
como ha recordado el concilio Vaticano II: «El Evangelio
(es)... fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de
conducta»(43). La Iglesia ha custodiado fielmente lo que la
palabra de Dios enseña no sólo sobre las verdades de
fe, sino también sobre el comportamiento moral, es decir, el
comportamiento que agrada a Dios (cf. 1 Ts 4, 1), llevando a
cabo un desarrollo doctrinal análogo al que se ha dado
en el ámbito de las verdades de fe. La Iglesia, asistida por
el Espíritu Santo que la guía hasta la verdad completa
(cf. Jn 16, 13), no ha dejado, ni puede dejar nunca de
escrutar el «misterio del Verbo encarnado», pues sólo
en él «se esclarece el misterio del hombre»(44).
29. La reflexión moral de la
Iglesia, hecha siempre a la luz de Cristo, el «Maestro bueno»,
se ha desarrollado también en la forma específica de la
ciencia teológica llamada teología moral;
ciencia que acoge e interpela la divina Revelación y responde
a la vez a las exigencias de la razón humana. La teología
moral es una reflexión que concierne a la «moralidad»,
o sea, al bien y al mal de los actos humanos y de la persona que los
realiza, y en este sentido está abierta a todos los hombres;
pero es también teología, en cuanto reconoce el
principio y el fin del comportamiento moral en el único que es
Bueno y que, dándose al hombre en Cristo, le ofrece las
bienaventuranzas de la vida divina.
El concilio Vaticano II invitó a
los estudiosos a poner «una atención especial en
perfeccionar la teología moral; su exposición
científica, alimentada en mayor grado con la doctrina de la
sagrada Escritura, ha de iluminar la excelencia de la vocación
de los fieles en Cristo y su obligación de producir frutos en
el amor para la vida del mundo»(45). El mismo Concilio invitó
a los teólogos a observar los métodos y exigencias
propios de la ciencia teológica, y «a buscar
continuamente un modo más adecuado de comunicar la doctrina a
los hombres de su tiempo, porque una cosa es el depósito mismo
de la fe, es decir, las verdades, y otra el modo en que se formulan,
conservando su mismo sentido y significado»(46). De ahí
la ulterior invitación dirigida a todos los fieles, pero de
manera especial a los teólogos: «Los fieles deben vivir
estrechamente unidos a los demás hombres de su tiempo y
procurar comprender perfectamente su forma de pensar y sentir, lo
cual se expresa por medio de la cultura»(47).
El esfuerzo de muchos teólogos,
alentados por el Concilio, ya ha dado sus frutos con interesantes y
útiles reflexiones sobre las verdades de fe que hay que creer
y aplicar en la vida, presentadas de manera más adecuada a la
sensibilidad y a los interrogantes de los hombres de nuestro tiempo.
La Iglesia y particularmente los obispos, a los cuales Cristo ha
confiado ante todo el servicio de enseñar, acogen con gratitud
este esfuerzo y alientan a los teólogos a un ulterior trabajo,
animado por un profundo y auténtico temor del Señor,
que es el principio de la sabiduría (cf. Pr 1, 7).
Al mismo tiempo, en el ámbito de
las discusiones teológicas posconciliares se han dado, sin
embargo, algunas interpretaciones de la moral cristiana que no son
compatibles con la «doctrina sana» (2 Tm 4,
3). Ciertamente el Magisterio de la Iglesia no desea imponer a los
fieles ningún sistema teológico particular y menos
filosófico, sino que, para «custodiar celosamente y
explicar fielmente» la palabra de Dios(48), tiene el deber de
declarar la incompatibilidad de ciertas orientaciones del pensamiento
teológico, y de algunas afirmaciones filosóficas, con
la verdad revelada(49).
30. Al dirigirme con esta encíclica
a vosotros, hermanos en el episcopado, deseo enunciar los principios
necesarios para el discernimiento de lo que es contrario a la
«doctrina sana», recordando aquellos elementos de la
enseñanza moral de la Iglesia que hoy parecen particularmente
expuestos al error, a la ambigüedad o al olvido. Por otra parte,
son elementos de los cuales depende la «respuesta a los enigmas
recónditos de la condición humana que, hoy como ayer,
conmueven íntimamente los corazones: ¿Qué es el
hombre?, ¿cuál es el sentido y el fin de nuestra vida?,
¿qué es el bien y qué el pecado?, ¿cuál
es el origen y el fin del dolor?, ¿cuál es el camino
para conseguir la verdadera felicidad?, ¿qué es la
muerte, el juicio y la retribución después de la
muerte?, ¿cuál es, finalmente, ese misterio último
e inefable que abarca nuestra existencia, del que procedemos y hacia
el que nos dirigimos?»(50).
Estos
y otros interrogantes, como ¿qué es la libertad y cuál
es su relación con la verdad contenida en la ley de Dios?,
¿cuál es el papel de la conciencia en la formación
de la concepción moral del hombre?, ¿cómo
discernir, de acuerdo con la verdad sobre el bien, los derechos y
deberes concretos de la persona humana?, se pueden resumir en la
pregunta fundamental que el joven del evangelio hizo a Jesús:
«Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en
herencia la vida eterna?». Enviada por Jesús a predicar
el Evangelio y a «hacer discípulos a todas las
gentes..., enseñándoles a guardar todo» lo que él
ha mandado (cf. Mt 28, 19-20), la Iglesia propone
nuevamente, todavía hoy, la respuesta del Maestro. Ésta
tiene una luz y una fuerza capaces de resolver incluso las cuestiones
más discutidas y complejas. Esta misma luz y fuerza impulsan a
la Iglesia a desarrollar constantemente la reflexión no sólo
dogmática, sino también moral en un ámbito
interdisciplinar, y en la medida en que sea necesario para afrontar
los nuevos problemas(51).
Siempre bajo esta misma luz y fuerza,
el Magisterio de la Iglesia realiza su obra de discernimiento,
acogiendo y aplicando la exhortación que el apóstol
Pablo dirigía a Timoteo: «Te conjuro en presencia de
Dios y de Cristo Jesús, que ha de venir a juzgar a vivos y
muertos, por su manifestación y por su reino: proclama la
Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta
con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que
los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que,
arrastrados por sus propias pasiones, se buscarán una multitud
de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán
sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas.
Tú, en cambio, pórtate en todo con prudencia, soporta
los sufrimientos, realiza la función de evangelizador,
desempeña a la perfección tu ministerio» (2
Tm, 4, 1-5; cf. Tt 1, 10.13-14).
«Conoceréis la verdad y
la verdad os hará libres» (Jn 8, 32)
31. Los problemas humanos más
debatidos y resueltos de manera diversa en la reflexión moral
contemporánea se relacionan, aunque sea de modo distinto, con
un problema crucial: la libertad del hombre.
No hay duda de que hoy día
existe una concientización particularmente viva sobre la
libertad. «Los hombres de nuestro tiempo tienen una conciencia
cada vez mayor de la dignidad de la persona humana», como
constataba ya la declaración conciliar Dignitatis humanae
sobre la libertad religiosa(52). De ahí la reivindicación
de la posibilidad de que los hombres «actúen según
su propio criterio y hagan uso de una libertad responsable, no
movidos por coacción, sino guiados por la conciencia del
deber»(53). En concreto, el derecho a la libertad religiosa y
al respeto de la conciencia en su camino hacia la verdad es sentido
cada vez más como fundamento de los derechos de la persona,
considerados en su conjunto(54).
De este modo, el sentido más
profundo de la dignidad de la persona humana y de su unicidad, así
como del respeto debido al camino de la conciencia, es ciertamente
una adquisición positiva de la cultura moderna. Esta
percepción, auténtica en sí misma, ha encontrado
múltiples expresiones, más o menos adecuadas, de las
cuales algunas, sin embargo, se alejan de la verdad sobre el hombre
como criatura e imagen de Dios y necesitan por tanto ser corregidas o
purificadas a la luz de la fe(55).
32. En algunas corrientes del
pensamiento moderno se ha llegado a exaltar la libertad hasta el
extremo de considerarla como un absoluto, que sería la fuente
de los valores. En esta dirección se orientan las
doctrinas que desconocen el sentido de lo trascendente o las que son
explícitamente ateas. Se han atribuido a la conciencia
individual las prerrogativas de una instancia suprema del juicio
moral, que decide categórica e infaliblemente sobre el bien y
el mal. Al presupuesto de que se debe seguir la propia conciencia se
ha añadido indebidamente la afirmación de que el juicio
moral es verdadero por el hecho mismo de que proviene de la
conciencia. Pero, de este modo, ha desaparecido la necesaria
exigencia de verdad en aras de un criterio de sinceridad, de
autenticidad, de «acuerdo con uno mismo», de tal forma
que se ha llegado a una concepción radicalmente subjetivista
del juicio moral.
Como se puede comprender
inmediatamente, no es ajena a esta evolución la crisis en
torno a la verdad. Abandonada la idea de una verdad universal
sobre el bien, que la razón humana puede conocer, ha cambiado
también inevitablemente la concepción misma de la
conciencia: a ésta ya no se la considera en su realidad
originaria, o sea, como acto de la inteligencia de la persona, que
debe aplicar el conocimiento universal del bien en una determinada
situación y expresar así un juicio sobre la conducta
recta que hay que elegir aquí y ahora; sino que más
bien se está orientado a conceder a la conciencia del
individuo el privilegio de fijar, de modo autónomo, los
criterios del bien y del mal, y actuar en consecuencia. Esta visión
coincide con una ética individualista, para la cual cada uno
se encuentra ante su verdad, diversa de la verdad de los demás.
El individualismo, llevado a sus extremas consecuencias, desemboca en
la negación de la idea misma de naturaleza humana.
Estas diferentes concepciones están
en la base de las corrientes de pensamiento que sostienen la
antinomia entre ley moral y conciencia, entre naturaleza y libertad.
33. Paralelamente a la
exaltación de la libertad, y paradójicamente en
contraste con ella, la cultura moderna pone radicalmente en duda
esta misma libertad. Un conjunto de disciplinas, agrupadas bajo
el nombre de «ciencias humanas», han llamado justamente
la atención sobre los condicionamientos de orden psicológico
y social que pesan sobre el ejercicio de la libertad humana. El
conocimiento de tales condicionamientos y la atención que se
les presta son avances importantes que han encontrado aplicación
en diversos ámbitos de la existencia, como por ejemplo en la
pedagogía o en la administración de la justicia. Pero
algunos de ellos, superando las conclusiones que se pueden sacar
legítimamente de estas observaciones, han llegado a poner en
duda o incluso a negar la realidad misma de la libertad humana.
Hay que recordar también algunas
interpretaciones abusivas de la investigación científica
en el campo de la antropología. Basándose en la gran
variedad de costumbres, hábitos e instituciones presentes en
la humanidad, se llega a conclusiones que, aunque no siempre niegan
los valores humanos universales, sí llevan a una concepción
relativista de la moral.
34. «Maestro bueno, ¿qué
he de hacer para tener en herencia la vida eterna?». La
pregunta moral, a la que responde Cristo, no puede prescindir
del problema de la libertad, es más, lo considera central,
porque no existe moral sin libertad: «El hombre puede
convertirse al bien sólo en la libertad»(56). Pero,
¿qué libertad? El Concilio —frente a aquellos
contemporáneos nuestros que «tanto defienden» la
libertad y que la «buscan ardientemente», pero que «a
menudo la cultivan de mala manera, como si fuera lícito todo
con tal de que guste, incluso el mal»—, presenta la
verdadera libertad: «La verdadera libertad es signo
eminente de la imagen divina en el hombre. Pues quiso Dios "dejar
al hombre en manos de su propia decisión" (cf. Eclo
15, 14), de modo que busque sin coacciones a su Creador y,
adhiriéndose a él, llegue libremente a la plena y feliz
perfección»(57). Si existe el derecho de ser respetados
en el propio camino de búsqueda de la verdad, existe aún
antes la obligación moral, grave para cada uno, de buscar la
verdad y de seguirla una vez conocida(58). En este sentido el
cardenal J. H. Newman, gran defensor de los derechos de la
conciencia, afirmaba con decisión: «La conciencia tiene
unos derechos porque tiene unos deberes»(59).
Algunas tendencias de la teología
moral actual, bajo el influjo de las corrientes subjetivistas e
individualistas a que acabamos de aludir, interpretan de manera nueva
la relación de la libertad con la ley moral, con la naturaleza
humana y con la conciencia, y proponen criterios innovadores de
valoración moral de los actos. Se trata de tendencias que, aun
en su diversidad, coinciden en el hecho de debilitar o incluso negar
la dependencia de la libertad con respecto a la verdad.
Si queremos hacer un discernimiento
crítico de estas tendencias —capaz de reconocer cuanto
hay en ellas de legítimo, útil y valioso y de indicar,
al mismo tiempo, sus ambigüedades, peligros y errores—,
debemos examinarlas teniendo en cuenta que la libertad depende
fundamentalmente de la verdad. Dependencia que ha sido expresada de
manera límpida y autorizada por las palabras de Cristo:
«Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres»
(Jn 8, 32).
I. La libertad y la ley
«Del árbol de la
ciencia del bien y del mal no comerás» (Gn 2, 17)
35. Leemos en el libro del Génesis:
«Dios impuso al hombre este mandamiento: "De cualquier
árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de
la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día
que comieres de él, morirás sin remedio"»
(Gn 2, 16-17).
Con esta imagen, la Revelación
enseña que el poder de decidir sobre el bien y el mal no
pertenece al hombre, sino sólo a Dios. El hombre es
ciertamente libre, desde el momento en que puede comprender y acoger
los mandamientos de Dios. Y posee una libertad muy amplia, porque
puede comer «de cualquier árbol del jardín».
Pero esta libertad no es ilimitada: el hombre debe detenerse ante el
árbol de la ciencia del bien y del mal, por estar
llamado a aceptar la ley moral que Dios le da. En realidad, la
libertad del hombre encuentra su verdadera y plena realización
en esta aceptación. Dios, el único que es Bueno, conoce
perfectamente lo que es bueno para el hombre, y en virtud de su mismo
amor se lo propone en los mandamientos.
La ley de Dios, pues, no atenúa
ni elimina la libertad del hombre, al contrario, la garantiza y
promueve. Pero, en contraste con lo anterior, algunas tendencias
culturales contemporáneas abogan por determinadas
orientaciones éticas, que tienen como centro de su pensamiento
un pretendido conflicto entre la libertad y la ley. Son las
doctrinas que atribuyen a cada individuo o a los grupos sociales la
facultad de decidir sobre el bien y el mal: la libertad humana
podría «crear los valores» y gozaría de una
primacía sobre la verdad, hasta el punto de que la verdad
misma sería considerada una creación de la libertad; la
cual reivindicaría tal grado de autonomía moral que
prácticamente significaría su soberanía
absoluta.
36. La demanda de autonomía que
se da en nuestros días no ha dejado de ejercer su influencia
incluso en el ámbito de la teología moral católica.
En efecto, si bien ésta nunca ha intentado contraponer la
libertad humana a la ley divina, ni poner en duda la existencia de un
fundamento religioso último de las normas morales, ha sido
llevada, no obstante, a un profundo replanteamiento del papel de la
razón y de la fe en la fijación de las normas morales
que se refieren a específicos comportamientos «intramundanos»,
es decir, con respecto a sí mismos, a los demás y al
mundo de las cosas.
Se debe constatar que en la base de
este esfuerzo de replanteamiento se encuentran algunas demandas
positivas, que, por otra parte, pertenecen, en su mayoría,
a la mejor tradición del pensamiento católico.
Interpelados por el concilio Vaticano II(60), se ha querido favorecer
el diálogo con la cultura moderna, poniendo de relieve el
carácter racional —y por lo tanto universalmente
comprensible y comunicable— de las normas morales
correspondientes al ámbito de la ley moral y natural(61). Se
ha querido reafirmar, además, el carácter interior de
las exigencias éticas que derivan de esa misma ley y que no se
imponen a la voluntad como una obligación, sino en virtud del
reconocimiento previo de la razón humana y, concretamente, de
la conciencia personal.
Olvidando, sin embargo, que la razón
humana depende de la Sabiduría divina y que, en el estado
actual de naturaleza caída, existe la necesidad y la realidad
efectiva de la divina Revelación para el conocimiento de
verdades morales incluso de orden natural(62), algunos han llegado a
teorizar una completa autonomía de la razón en
el ámbito de las normas morales relativas al recto
ordenamiento de la vida en este mundo. Tales normas constituirían
el ámbito de una moral solamente «humana», es
decir, serían la expresión de una ley que el hombre se
da autónomamente a sí mismo y que tiene su origen
exclusivamente en la razón humana. Dios en modo alguno podría
ser considerado autor de esta ley, a no ser en el sentido de que la
razón humana ejerce su autonomía legisladora en virtud
de un mandato originario y total de Dios al hombre. Ahora bien, estas
tendencias de pensamiento han llevado a negar, contra la sagrada
Escritura (cf. Mt 15, 3-6) y la doctrina perenne de la
Iglesia, que la ley moral natural tenga a Dios como autor y que el
hombre, mediante su razón, participe de la ley eterna, que no
ha sido establecida por él.
37. Queriendo, no obstante, mantener la
vida moral en un contexto cristiano, ha sido introducida por algunos
teólogos moralistas una clara distinción, contraria a
la doctrina católica(63), entre un orden ético —que
tendría origen humano y valor solamente mundano—, y un
orden de la salvación, para el cual tendrían
importancia sólo algunas intenciones y actitudes interiores
ante Dios y el prójimo. En consecuencia, se ha llegado hasta
el punto de negar la existencia, en la divina Revelación, de
un contenido moral específico y determinado, universalmente
válido y permanente: la Palabra de Dios se limitaría a
proponer una exhortación, una parénesis genérica,
que luego sólo la razón autónoma tendría
el cometido de llenar de determinaciones normativas verdaderamente
«objetivas», es decir, adecuadas a la situación
histórica concreta. Naturalmente una autonomía
concebida así comporta también la negación de
una competencia doctrinal específica por parte de la Iglesia y
de su magisterio sobre normas morales determinadas relativas al
llamado «bien humano». Éstas no pertenecerían
al contenido propio de la Revelación y no serían en sí
mismas importantes en orden a la salvación.
No hay nadie que no vea que semejante
interpretación de la autonomía de la razón
humana comporta tesis incompatibles con la doctrina católica.
En este contexto es absolutamente
necesario aclarar, a la luz de la palabra de Dios y de la tradición
viva de la Iglesia, las nociones fundamentales sobre la libertad
humana y la ley moral, así como sus relaciones profundas e
internas. Sólo así será posible corresponder a
las justas exigencias de la racionalidad humana, incorporando los
elementos válidos de algunas corrientes de la teología
moral actual, sin prejuzgar el patrimonio moral de la Iglesia con
tesis basadas en un erróneo concepto de autonomía.
Dios quiso dejar al hombre «en
manos de su propio albedrío» (Eclo 15, 14)
38. Citando las palabras del
Eclesiástico, el concilio Vaticano II explica así la
«verdadera libertad» que en el hombre es «signo
eminente de la imagen divina»: «Quiso Dios "dejar al
hombre en manos de su propio albedrío", de modo que
busque sin coacciones a su Creador y, adhiriéndose a él,
llegue libremente a la plena y feliz perfección»(64).
Estas palabras indican la maravillosa profundidad de la participación
en la soberanía divina, a la que el hombre ha sido
llamado; indican que la soberanía del hombre se extiende, en
cierto modo, sobre el hombre mismo. Éste es un aspecto puesto
de relieve constantemente en la reflexión teológica
sobre la libertad humana, interpretada en los términos de una
forma de realeza. Dice, por ejemplo, san Gregorio Niseno: «El
ánimo manifiesta su realeza y excelencia... en su estar sin
dueño y libre, gobernándose autocráticamente con
su voluntad. ¿De quién más es propio esto sino
del rey?... Así la naturaleza humana, creada para ser dueña
de las demás criaturas, por la semejanza con el soberano del
universo fue constituida como una viva imagen, partícipe de la
dignidad y del nombre del Arquetipo»(65).
Gobernar el mundo constituye ya
para el hombre un cometido grande y lleno de responsabilidad, que
compromete su libertad a obedecer al Creador: «Henchid la
tierra y sometedla» (Gn 1, 28). Bajo este aspecto cada
hombre, así como la comunidad humana, tiene una justa
autonomía, a la cual la constitución conciliar
Gaudium et spes dedica una especial atención. Es la
autonomía de las realidades terrenas, la cual significa que
«las cosas creadas y las sociedades mismas gozan de leyes y
valores propios que el hombre ha de descubrir, aplicar y ordenar
paulatinamente»(66).
39. No sólo el mundo, sino
también el hombre mismo ha sido confiado a su propio
cuidado y responsabilidad. Dios lo ha dejado «en manos de
su propio albedrío» (Eclo 15, 14), para que
busque a su creador y alcance libremente la perfección.
Alcanzar significaedificar personalmente en sí mismo
esta perfección. En efecto, igual que gobernando el mundo
el hombre lo configura según su inteligencia y voluntad, así
realizando actos moralmente buenos, el hombre confirma, desarrolla y
consolida en sí mismo la semejanza con Dios.
El Concilio, no obstante, llama la
atención ante un falso concepto de autonomía de las
realidades terrenas: el que considera que «las cosas creadas no
dependen de Dios y que el hombre puede utilizarlas sin hacer
referencia al Creador»(67). De cara al hombre, semejante
concepto de autonomía produce efectos particularmente
perjudiciales, asumiendo en última instancia un carácter
ateo: «Pues sin el Creador la criatura se diluye... Además,
por el olvido de Dios la criatura misma queda oscurecida»(68).
40. La enseñanza del Concilio
subraya, por un lado, la actividad de la razón humana
cuando determina la aplicación de la ley moral: la vida
moral exige la creatividad y la ingeniosidad propias de la persona,
origen y causa de sus actos deliberados. Por otro lado, la razón
encuentra su verdad y su autoridad en la ley eterna, que no es otra
cosa que la misma sabiduría divina(69). La vida moral se basa,
pues, en el principio de una «justa autonomía»(70)
del hombre, sujeto personal de sus actos. La ley moral proviene de
Dios y en él tiene siempre su origen. En virtud de la
razón natural, que deriva de la sabiduría divina, la
ley moral es, al mismo tiempo, la ley propia del hombre. En
efecto, la ley natural, como se ha visto, «no es otra cosa que
la luz de la inteligencia infundida en nosotros por Dios. Gracias a
ella conocemos lo que se debe hacer y lo que se debe evitar. Dios ha
donado esta luz y esta ley en la creación»(71). La justa
autonomía de la razón práctica significa que el
hombre posee en sí mismo la propia ley, recibida del Creador.
Sin embargo, la autonomía de la razón no puede
significar la creación, por parte de la misma razón,
de los valores y de las normas morales(72). Si esta autonomía
implicase una negación de la participación de la razón
práctica en la sabiduría del Creador y Legislador
divino, o bien se sugiriera una libertad creadora de las normas
morales, según las contingencias históricas o las
diversas sociedades y culturas, tal pretendida autonomía
contradiría la enseñanza de la Iglesia sobre la verdad
del hombre(73). Sería la muerte de la verdadera libertad: «Mas
del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás,
porque, el día que comieres de él, morirás sin
remedio» (Gn 2, 17).
41. La verdadera autonomía
moral del hombre no significa en absoluto el rechazo, sino la
aceptación de la ley moral, del mandato de Dios: «Dios
impuso al hombre este mandamiento...» (Gn 2, 16). La
libertad del hombre y la ley de Dios se encuentran y están
llamadas a compenetrarse entre sí, en el sentido de la
libre obediencia del hombre a Dios y de la gratuita benevolencia de
Dios al hombre. Y, por tanto, la obediencia a Dios no es, como
algunos piensan, una heteronomía, como si la vida moral
estuviese sometida a la voluntad de una omnipotencia absoluta,
externa al hombre y contraria a la afirmación de su libertad.
En realidad, si heteronomía de la moral significase negación
de la autodeterminación del hombre o imposición de
normas ajenas a su bien, tal heteronomía estaría en
contradicción con la revelación de la Alianza y de la
Encarnación redentora, y no sería más que una
forma de alienación, contraria a la sabiduría divina y
a la dignidad de la persona humana.
Algunos hablan justamente de teonomía,
o de teonomía participada, porque la libre
obediencia del hombre a la ley de Dios implica efectivamente que la
razón y la voluntad humana participan de la sabiduría y
de la providencia de Dios. Al prohibir al hombre que coma «del
árbol de la ciencia del bien y del mal», Dios afirma que
el hombre no tiene originariamente este «conocimiento»,
sino que participa de él solamente mediante la luz de la razón
natural y de la revelación divina, que le manifiestan las
exigencias y las llamadas de la sabiduría eterna. Por tanto,
la ley debe considerarse como una expresión de la sabiduría
divina. Sometiéndose a ella, la libertad se somete a la verdad
de la creación. Por esto conviene reconocer en la libertad de
la persona humana la imagen y cercanía de Dios, que está
«presente en todos» (cf. Ef 4, 6); asimismo,
conviene proclamar la majestad del Dios del universo y venerar la
santidad de la ley de Dios infinitamente trascendente. Deus semper
maior(74).
Dichoso el hombre que se complace en
la ley del Señor (cf. Sal 1, 1-2)
42. La libertad del hombre, modelada
según la de Dios, no sólo no es negada por su
obediencia a la ley divina, sino que solamente mediante esta
obediencia permanece en la verdad y es conforme a la dignidad del
hombre, como dice claramente el Concilio: «La dignidad del
hombre requiere, en efecto, que actúe según una
elección consciente y libre, es decir, movido e inducido
personalmente desde dentro y no bajo la presión de un ciego
impulso interior o de la mera coacción externa. El hombre
logra esta dignidad cuando, liberándose de toda esclavitud de
las pasiones, persigue su fin en la libre elección del bien y
se procura con eficacia y habilidad los medios adecuados para
ello»(75). El hombre, en su tender hacia Dios —«el
único Bueno»—, debe hacer libremente el bien y
evitar el mal. Pero para esto el hombre debe poder distinguir el
bien del mal. Y esto sucede, ante todo, gracias a la luz de la
razón natural, reflejo en el hombre del esplendor del rostro
de Dios. A este respecto, comentando un versículo del Salmo 4,
afirma santo Tomás: «El salmista, después de
haber dicho: "sacrificad un sacrificio de justicia" (Sal
4, 6), añade, para los que preguntan cuáles son las
obras de justicia: "Muchos dicen: ¿Quién nos
mostrará el bien? "; y, respondiendo a esta pregunta,
dice: "La luz de tu rostro, Señor, ha quedado impresa
en nuestras mentes", como si la luz de la razón
natural, por la cual discernimos lo bueno y lo malo —tal es el
fin de la ley natural—, no fuese otra cosa que la luz divina
impresa en nosotros»(76). De esto se deduce el motivo por el
cual esta ley se llama ley natural: no por relación a la
naturaleza de los seres irracionales, sino porque la razón que
la promulga es propia de la naturaleza humana(77).
43. El concilio Vaticano II recuerda
que «la norma suprema de la vida humana es la misma ley divina,
eterna, objetiva y universal mediante la cual Dios ordena, dirige y
gobierna, con el designio de su sabiduría y de su amor, el
mundo y los caminos de la comunidad humana. Dios hace al hombre
partícipe de esta ley suya, de modo que el hombre, según
ha dispuesto suavemente la Providencia divina, pueda reconocer cada
vez más la verdad inmutable»(78).
El Concilio remite a la doctrina
clásica sobre la ley eterna de Dios. San Agustín
la define como «la razón o la voluntad de Dios que manda
conservar el orden natural y prohíbe perturbarlo»(79);
santo Tomás la identifica con «la razón de la
sabiduría divina, que mueve todas las cosas hacia su debido
fin»(80). Pero la sabiduría de Dios es providencia, amor
solícito. Es, pues, Dios mismo quien ama y, en el sentido más
literal y fundamental, se cuida de toda la creación (cf. Sb
7, 22; 8-11). Sin embargo, Dios provee a los hombres de manera
diversa respecto a los demás seres que no son personas: no
desde fuera, mediante las leyes inmutables de la naturaleza
física, sino desde dentro, mediante la razón
que, conociendo con la luz natural la ley eterna de Dios, es por esto
mismo capaz de indicar al hombre la justa dirección de su
libre actuación(81). De esta manera, Dios llama al hombre a
participar de su providencia, queriendo por medio del hombre mismo, o
sea, a través de su cuidado razonable y responsable, dirigir
el mundo: no sólo el mundo de la naturaleza, sino también
el de las personas humanas. En este contexto, como expresión
humana de la ley eterna de Dios, se sitúa la ley natural:
«La criatura racional, entre todas las demás —afirma
santo Tomás—, está sometida a la divina
Providencia de una manera especial, ya que se hace partícipe
de esa providencia, siendo providente para sí y para los
demás. Participa, pues, de la razón eterna; ésta
le inclina naturalmente a la acción y al fin debidos. Y
semejante participación de la ley eterna en la criatura
racional se llama ley natural»(82).
44. La Iglesia se ha referido a menudo
a la doctrina tomista sobre la ley natural, asumiéndola en su
enseñanza moral. Así, mi venerado predecesor León
XIII ponía de relieve la esencial subordinación de
la razón y de la ley humana a la sabiduría de Dios y a
su ley. Después de afirmar que «la ley natural
está escrita y grabada en el ánimo de todos los
hombres y de cada hombre, ya que no es otra cosa que la misma razón
humana que nos manda hacer el bien y nos intima a no pecar»,
León XIII se refiere a la «razón más alta»
del Legislador divino. «Pero tal prescripción de la
razón humana no podría tener fuerza de ley si no fuese
la voz e intérprete de una razón más alta, a la
que nuestro espíritu y nuestra libertad deben estar
sometidos». En efecto, la fuerza de la ley reside en su
autoridad de imponer unos deberes, otorgar unos derechos y sancionar
ciertos comportamientos: «Ahora bien, todo esto no podría
darse en el hombre si fuese él mismo quien, como legislador
supremo, se diera la norma de sus acciones». Y concluye: «De
ello se deduce que la ley natural es la misma ley eterna, ínsita
en los seres dotados de razón, que los inclina al acto y al
fin que les conviene; es la misma razón eterna del Creador
y gobernador del universo»(83).
El hombre puede reconocer el bien y el
mal gracias a aquel discernimiento del bien y del mal que él
mismo realiza mediante su razón iluminada por la revelación
divina y por la fe, en virtud de la ley que Dios ha dado al
pueblo elegido, empezando por los mandamientos del Sinaí.
Israel fue llamado a recibir y vivir la ley de Dios como don
particular y signo de la elección y de la alianza divina, y
a la vez como garantía de la bendición de Dios. Así
Moisés podía dirigirse a los hijos de Israel y
preguntarles: «¿Hay alguna nación tan grande que
tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor
nuestro Dios siempre que le invocamos? Y ¿cuál es la
gran nación cuyos preceptos y normas sean tan justos como toda
esta Ley que yo os expongo hoy?» (Dt 4, 7-8). Es en los
Salmos donde encontramos los sentimientos de alabanza, gratitud y
veneración que el pueblo elegido está llamado a tener
hacia la ley de Dios, junto con la exhortación a conocerla,
meditarla y traducirla en la vida: «¡Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos, ni en la senda de los
pecadores se detiene, ni en el banco de los burlones se sienta, mas
se complace en la ley del Señor, su ley susurra día y
noche!» (Sal 1, 1-2). «La ley del Señor es
perfecta, consolación del alma, el dictamen del Señor,
veraz, sabiduría del sencillo. Los preceptos del Señor
son rectos, gozo del corazón; claro el mandamiento del Señor,
luz de los ojos» (Sal 19, 8-9).
45. La Iglesia acoge con reconocimiento
y custodia con amor todo el depósito de la Revelación,
tratando con religioso respeto y cumpliendo su misión de
interpretar la ley de Dios de manera auténtica a la luz del
Evangelio. Además, la Iglesia recibe como don la Ley nueva,
que es el «cumplimiento» de la ley de Dios en
Jesucristo y en su Espíritu. Es una ley «interior»
(cf. Jr 31, 31-33), «escrita no con tinta, sino con el
Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas
de carne, en los corazones» (2 Co 3, 3); una ley de
perfección y de libertad (cf. 2 Co 3, 17); es «la
ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús»
(Rm 8, 2). Sobre esta ley dice santo Tomás: «Ésta
puede llamarse ley en doble sentido. En primer lugar, ley del
espíritu es el Espíritu Santo... que, por inhabitación
en el alma, no sólo enseña lo que es necesario realizar
iluminando el entendimiento sobre las cosas que hay que hacer, sino
también inclina a actuar con rectitud... En segundo lugar, ley
del espíritu puede llamarse el efecto propio del Espíritu
Santo, es decir, la fe que actúa por la caridad (Ga 5,
6), la cual, por eso mismo, enseña interiormente sobre las
cosas que hay que hacer... e inclina el afecto a actuar»(84).
Aunque en la reflexión
teológico-moral se suele distinguir la ley de Dios positiva o
revelada de la natural, y en la economía de la salvación
se distingue la ley antigua de la nueva, no se puede
olvidar que éstas y otras distinciones útiles se
refieren siempre a la ley cuyo autor es el mismo y único Dios,
y cuyo destinatario es el hombre. Los diversos modos con que Dios se
cuida del mundo y del hombre, no sólo no se excluyen entre sí,
sino que se sostienen y se compenetran recíprocamente. Todos
tienen su origen y confluyen en el eterno designio sabio y amoroso
con el que Dios predestina a los hombres «a reproducir la
imagen de su Hijo» (Rm 8, 29). En este designio no hay
ninguna amenaza para la verdadera libertad del hombre; al contrario,
la aceptación de este designio es la única vía
para la consolidación de dicha libertad.
«Como quienes muestran tener
la realidad de esa ley
escrita en su corazón» (Rm
2, 15)
46. El presunto conflicto entre la
libertad y la ley se replantea hoy con una fuerza singular en
relación con la ley natural y, en particular, en relación
con la naturaleza. En realidad los debates sobre naturaleza y
libertad siempre han acompañado la historia de la
reflexión moral, asumiendo tonos encendidos con el
Renacimiento y la Reforma, como se puede observar en las enseñanzas
del concilio de Trento(85). La época contemporánea está
marcada, si bien en un sentido diferente, por una tensión
análoga. El gusto de la observación empírica,
los procedimientos de objetivación científica, el
progreso técnico, algunas formas de liberalismo han llevado a
contraponer los dos términos, como si la dialéctica —e
incluso el conflicto— entre libertad y naturaleza fuera una
característica estructural de la historia humana. En otras
épocas parecía que la «naturaleza»
sometiera totalmente el hombre a sus dinamismos e incluso a sus
determinismos. Aún hoy día las coordenadas
espacio-temporales del mundo sensible, las constantes
físico-químicas, los dinamismos corpóreos, las
pulsiones psíquicas y los condicionamientos sociales parecen a
muchos como los únicos factores realmente decisivos de las
realidades humanas. En este contexto, incluso los hechos morales,
independientemente de su especificidad, son considerados a menudo
como si fueran datos estadísticamente constatables, como
comportamientos observables o explicables sólo con las
categorías de los mecanismos psico-sociales. Y así
algunos estudiosos de ética, que por profesión
examinan los hechos y los gestos del hombre, pueden sentir la
tentación de valorar su saber, e incluso sus normas de
actuación, según un resultado estadístico sobre
los comportamientos humanos concretos y las opiniones morales de la
mayoría.
En cambio, otros moralistas,
preocupados por educar en los valores, son sensibles al prestigio
de la libertad, pero a menudo la conciben en oposición o
contraste con la naturaleza material y biológica, sobre la que
debería consolidarse progresivamente. A este respecto,
diferentes concepciones coinciden en olvidar la dimensión
creatural de la naturaleza y en desconocer su integridad. Para
algunos, la naturaleza se reduce a material para la actuación
humana y para su poder. Esta naturaleza debería ser
transformada profundamente, es más, superada por la libertad,
dado que constituye su límite y su negación. Para
otros, es en la promoción sin límites del poder del
hombre, o de su libertad, como se constituyen los valores económicos,
sociales, culturales e incluso morales. Entonces la naturaleza
estaría representada por todo lo que en el hombre y en el
mundo se sitúa fuera de la libertad. Dicha naturaleza
comprendería en primer lugar el cuerpo humano, su constitución
y su dinamismo. A este aspecto físico se opondría lo
que se ha construido, es decir, la cultura, como obra y
producto de la libertad. La naturaleza humana, entendida así,
podría reducirse y ser tratada como material biológico
o social siempre disponible. Esto significa, en último
término, definir la libertad por medio de sí misma y
hacer de ella una instancia creadora de sí misma y de sus
valores. Con ese radicalismo el hombre ni siquiera tendría
naturaleza y sería para sí mismo su propio proyecto de
existencia. ¡El hombre no sería nada más que su
libertad!
47. En este contexto han surgido las
objeciones de fisicismo y naturalismo contra la concepción
tradicional de la ley natural. Ésta presentaría
como leyes morales las que en sí mismas serían sólo
leyes biológicas. Así, muy superficialmente, se
atribuiría a algunos comportamientos humanos un carácter
permanente e inmutable, y, sobre esa base, se pretendería
formular normas morales universalmente válidas. Según
algunos teólogos, semejante argumento biologista o
naturalista estaría presente incluso en algunos documentos
del Magisterio de la Iglesia, especialmente en los relativos al
ámbito de la ética sexual y matrimonial. Basados en una
concepción naturalística del acto sexual, se
condenarían como moralmente inadmisibles la contracepción,
la esterilización directa, el autoerotismo, las relaciones
prematrimoniales, las relaciones homosexuales, así como la
fecundación artificial. Ahora bien, según el parecer de
estos teólogos, la valoración moralmente negativa de
tales actos no consideraría de manera adecuada el carácter
racional y libre del hombre, ni el condicionamiento cultural de cada
norma moral. Ellos dicen que el hombre, como ser racional, no sólo
puede, sino que incluso debe decidir libremente el sentido de
sus comportamientos. Este decidir el sentido debería
tener en cuenta, obviamente, los múltiples límites del
ser humano, que tiene una condición corpórea e
histórica. Además, debería considerar los
modelos de comportamiento y el significado que éstos tienen en
una cultura determinada. Y, sobre todo, debería respetar el
mandamiento fundamental del amor a Dios y al prójimo. Afirman
también que, sin embargo, Dios ha creado al hombre como ser
racionalmente libre; lo ha dejado «en manos de su propio
albedrío» y de él espera una propia y racional
formación de su vida. El amor al prójimo significaría
sobre todo o exclusivamente un respeto a su libre decisión
sobre sí mismo. Los mecanismos de los comportamientos propios
del hombre, así como las llamadas inclinaciones naturales,
establecerían al máximo —como suele decirse—
una orientación general del comportamiento correcto, pero no
podrían determinar la valoración moral de cada acto
humano, tan complejo desde el punto de vista de las situaciones.
48. Ante esta interpretación
conviene mirar con atención la recta relación que hay
entre libertad y naturaleza humana, y, en concreto, el lugar que
tiene el cuerpo humano en las cuestiones de la ley natural.
Una libertad que pretenda ser absoluta
acaba por tratar el cuerpo humano como un ser en bruto, desprovisto
de significado y de valores morales hasta que ella no lo revista de
su proyecto. Por lo cual, la naturaleza humana y el cuerpo aparecen
como unos presupuestos o preliminares, materialmente
necesarios para la decisión de la libertad, pero extrínsecos
a la persona, al sujeto y al acto humano. Sus dinamismos no
podrían constituir puntos de referencia para la opción
moral, desde el momento que las finalidades de esas inclinaciones
serían sólo bienes «físicos»,
llamados por algunos premorales. Hacer referencia a los
mismos, para buscar indicaciones racionales sobre el orden de la
moralidad, debería ser tachado de fisicismo o de biologismo.
En semejante contexto la tensión entre la libertad y una
naturaleza concebida en sentido reductivo se resuelve con una
división dentro del hombre mismo.
Esta teoría moral no está
conforme con la verdad sobre el hombre y sobre su libertad.
Contradice las enseñanzas de la Iglesia sobre la unidad del
ser humano, cuya alma racional es «per se et
essentialiter» la forma del cuerpo(86). El alma espiritual
e inmortal es el principio de unidad del ser humano, es aquello por
lo cual éste existe como un todo —«corpore et
anima unus»(87)— en cuanto persona. Estas
definiciones no indican solamente que el cuerpo, para el cual ha sido
prometida la resurrección, participará también
de la gloria; recuerdan, igualmente, el vínculo de la razón
y de la libre voluntad con todas las facultades corpóreas y
sensibles. La persona —incluido el cuerpo— está
confiada enteramente a sí misma, y es en la unidad de alma y
cuerpo donde ella es el sujeto de sus propios actos morales. La
persona, mediante la luz de la razón y la ayuda de la virtud,
descubre en su cuerpo los signos precursores, la expresión y
la promesa del don de sí misma, según el sabio designio
del Creador. Es a la luz de la dignidad de la persona humana —que
debe afirmarse por sí misma— como la razón
descubre el valor moral específico de algunos bienes a los que
la persona se siente naturalmente inclinada. Y desde el momento en
que la persona humana no puede reducirse a una libertad que se
autoproyecta, sino que comporta una determinada estructura espiritual
y corpórea, la exigencia moral originaria de amar y respetar a
la persona como un fin y nunca como un simple medio, implica también,
intrínsecamente, el respeto de algunos bienes fundamentales,
sin el cual se caería en el relativismo y en el arbitrio.
49. Una doctrina que separe el acto
moral de las dimensiones corpóreas de su ejercicio es
contraria a las enseñanzas de la sagrada Escritura y de la
Tradición. Tal doctrina hace revivir, bajo nuevas formas,
algunos viejos errores combatidos siempre por la Iglesia, porque
reducen la persona humana a una libertad espiritual, puramente
formal. Esta reducción ignora el significado moral del cuerpo
y de sus comportamientos (cf. 1 Co 6, 19). El apóstol
Pablo declara excluidos del reino de los cielos a los «impuros,
idólatras, adúlteros, afeminados, homosexuales,
ladrones, avaros, borrachos, ultrajadores y rapaces» (cf. 1
Co 6, 9-10). Esta condena —citada por el concilio de
Trento88— enumera como pecados mortales, o prácticas
infames, algunos comportamientos específicos cuya
voluntaria aceptación impide a los creyentes tener parte en la
herencia prometida. En efecto, cuerpo y alma son inseparables: en
la persona, en el agente voluntario y en el acto deliberado, están
o se pierden juntos.
50. Es así como se puede
comprender el verdadero significado de la ley natural, la cual se
refiere a la naturaleza propia y originaria del hombre, a la
«naturaleza de la persona humana»(89), que es la
persona misma en la unidad de alma y cuerpo; en la unidad de sus
inclinaciones de orden espiritual y biológico, así como
de todas las demás características específicas,
necesarias para alcanzar su fin. «La ley moral natural
evidencia y prescribe las finalidades, los derechos y los deberes,
fundamentados en la naturaleza corporal y espiritual de la persona
humana. Esa ley no puede entenderse como una normatividad simplemente
biológica, sino que ha de ser concebida como el orden racional
por el que el hombre es llamado por el Creador a dirigir y regular su
vida y sus actos y, más concretamente, a usar y disponer del
propio cuerpo»(90). Por ejemplo, el origen y el fundamento del
deber de respetar absolutamente la vida humana están en la
dignidad propia de la persona y no simplemente en el instinto natural
de conservar la propia vida física. De este modo, la vida
humana, por ser un bien fundamental del hombre, adquiere un
significado moral en relación con el bien de la persona que
siempre debe ser afirmada por sí misma: mientras siempre es
moralmente ilícito matar un ser humano inocente, puede ser
lícito, loable e incluso obligatorio dar la propia vida (cf.
Jn 15, 13) por amor al prójimo o para dar testimonio de
la verdad. En realidad sólo con referencia a la persona humana
en su «totalidad unificada», es decir, «alma que se
expresa en el cuerpo informado por un espíritu inmortal»(91),
se puede entender el significado específicamente humano del
cuerpo. En efecto, las inclinaciones naturales tienen una importancia
moral sólo cuando se refieren a la persona humana y a su
realización auténtica, la cual se verifica siempre y
solamente en la naturaleza humana. La Iglesia, al rechazar las
manipulaciones de la corporeidad que alteran su significado humano,
sirve al hombre y le indica el camino del amor verdadero, único
medio para poder encontrar al verdadero Dios.
La ley natural, así entendida,
no deja espacio de división entre libertad y naturaleza. En
efecto, éstas están armónicamente relacionadas
entre sí e íntima y mutuamente aliadas.
«Pero al principio no fue así»
(Mt 19, 8)
51. El presunto conflicto entre
libertad y naturaleza repercute también sobre la
interpretación de algunos aspectos específicos de la
ley natural, principalmente sobre su universalidad e
inmutabilidad. «¿Dónde, pues, están
escritas estas reglas —se pregunta san Agustín—
...sino en el libro de aquella luz que se llama verdad? De aquí,
pues, deriva toda ley justa y actúa rectamente en el corazón
del hombre que obra la justicia, no saliendo de él, sino como
imprimiéndose en él, como la imagen pasa del anillo a
la cera, pero sin abandonar el anillo»(92).
Precisamente gracias a esta «verdad»
la ley natural implica la universalidad. En cuanto inscrita en
la naturaleza racional de la persona, se impone a todo ser dotado de
razón y que vive en la historia. Para perfeccionarse en su
orden específico, la persona debe realizar el bien y evitar el
mal, preservar la transmisión y la conservación de la
vida, mejorar y desarrollar las riquezas del mundo sensible, cultivar
la vida social, buscar la verdad, practicar el bien, contemplar la
belleza(93).
La separación hecha por algunos
entre la libertad de los individuos y la naturaleza común a
todos, como emerge de algunas teorías filosóficas de
gran resonancia en la cultura contemporánea, ofusca la
percepción de la universalidad de la ley moral por parte de la
razón. Pero, en la medida en que expresa la dignidad de la
persona humana y pone la base de sus derechos y deberes
fundamentales, la ley natural es universal en sus preceptos, y su
autoridad se extiende a todos los hombres. Esta universalidad no
prescinde de la singularidad de los seres humanos, ni se opone a
la unicidad y a la irrepetibilidad de cada persona; al contrario,
abarca básicamente cada uno de sus actos libres, que deben
demostrar la universalidad del verdadero bien. Nuestros actos, al
someterse a la ley común, edifican la verdadera comunión
de las personas y, con la gracia de Dios, ejercen la caridad, «que
es el vínculo de la perfección» (Col 3,
14). En cambio, cuando nuestros actos desconocen o ignoran la ley, de
manera imputable o no, perjudican la comunión de las personas,
causando daño.
52. Es justo y bueno, siempre y para
todos, servir a Dios, darle el culto debido y honrar como es debido a
los padres. Estos preceptos positivos, que prescriben cumplir
algunas acciones y cultivar ciertas actitudes, obligan
universalmente; son inmutables(94); unen en el mismo bien común
a todos los hombres de cada época de la historia, creados para
«la misma vocación y destino divino»(95). Estas
leyes universales y permanentes corresponden a conocimientos de la
razón práctica y se aplican a los actos particulares
mediante el juicio de la conciencia. El sujeto que actúa
asimila personalmente la verdad contenida en la ley; se apropia y
hace suya esta verdad de su ser mediante los actos y las
correspondientes virtudes. Los preceptos negativos de la ley
natural son universalmente válidos: obligan a todos y cada
uno, siempre y en toda circunstancia. En efecto, se trata de
prohibiciones que vedan una determinada acción «semper
et pro semper», sin excepciones, porque la elección
de ese comportamiento en ningún caso es compatible con la
bondad de la voluntad de la persona que actúa, con su vocación
a la vida con Dios y a la comunión con el prójimo. Está
prohibido a cada uno y siempre infringir preceptos que vinculan a
todos y cueste lo que cueste, y dañar en otros y, ante todo,
en sí mismos, la dignidad personal y común a todos.
Por otra parte, el hecho de que
solamente los mandamientos negativos obliguen siempre y en toda
circunstancia, no significa que, en la vida moral, las prohibiciones
sean más importantes que el compromiso de hacer el bien, como
indican los mandamientos positivos. La razón es, más
bien, la siguiente: el mandamiento del amor a Dios y al prójimo
no tiene en su dinámica positiva ningún límite
superior, sino más bien uno inferior, por debajo del cual se
viola el mandamiento. Además, lo que se debe hacer en una
determinada situación depende de las circunstancias, las
cuales no se pueden prever todas con antelación; por el
contrario, se dan comportamientos que nunca y en ninguna situación
pueden ser una respuesta adecuada, o sea, conforme a la dignidad de
la persona. En último término, siempre es posible que
al hombre, debido a presiones u otras circunstancias, le sea
imposible realizar determinadas acciones buenas; pero nunca se le
puede impedir que no haga determinadas acciones, sobre todo si está
dispuesto a morir antes que hacer el mal.
La Iglesia ha enseñado siempre
que nunca se deben escoger comportamientos prohibidos por los
mandamientos morales, expresados de manera negativa en el Antiguo y
en el Nuevo Testamento. Como se ha visto, Jesús mismo afirma
la inderogabilidad de estas prohibiciones: «Si quieres entrar
en la vida, guarda los mandamientos...: No matarás, no
cometerás adulterio, no robarás, no levantarás
testimonio falso» (Mt 19, 17-18).
53. La gran sensibilidad que el hombre
contemporáneo muestra por la historicidad y por la cultura,
lleva a algunos a dudar de la inmutabilidad de la misma ley
natural, y por tanto de la existencia de «normas objetivas
de moralidad»(96) válidas para todos los hombres de
ayer, de hoy y de mañana. ¿Es acaso posible afirmar
como universalmente válidas para todos y siempre permanentes
ciertas determinaciones racionales establecidas en el pasado, cuando
se ignoraba el progreso que la humanidad habría hecho
sucesivamente?
No se puede negar que el hombre existe
siempre en una cultura concreta, pero tampoco se puede negar que el
hombre no se agota en esta misma cultura. Por otra parte, el progreso
mismo de las culturas demuestra que en el hombre existe algo que las
transciende. Este algo es precisamente la naturaleza del
hombre: precisamente esta naturaleza es la medida de la cultura y
es la condición para que el hombre no sea prisionero de
ninguna de sus culturas, sino que defienda su dignidad personal
viviendo de acuerdo con la verdad profunda de su ser. Poner en tela
de juicio los elementos estructurales permanentes del hombre,
relacionados también con la misma dimensión corpórea,
no sólo entraría en conflicto con la experiencia común,
sino que haría incomprensible la referencia que Jesús
hizo al «principio», precisamente allí donde
el contexto social y cultural del tiempo había deformado el
sentido originario y el papel de algunas normas morales (cf. Mt
19, 1-9). En este sentido «afirma, además, la
Iglesia que en todos los cambios subsisten muchas cosas que no
cambian y que tienen su fundamento último en Cristo, que es el
mismo ayer, hoy y por los siglos»(97). Él es el
Principio que, habiendo asumido la naturaleza humana, la
ilumina definitivamente en sus elementos constitutivos y en su
dinamismo de caridad hacia Dios y el prójimo(98).
Ciertamente, es necesario buscar y
encontrar la formulación de las normas morales
universales y permanentes más adecuada a los diversos
contextos culturales, más capaz de expresar incesantemente la
actualidad histórica y de hacer comprender e interpretar
auténticamente la verdad. Esta verdad de la ley moral —igual
que la del depósito de la fe— se desarrolla a
través de los siglos. Las normas que la expresan siguen siendo
sustancialmente válidas, pero deben ser precisadas y
determinadas «eodem sensu eademque sententia»(99)
según las circunstancias históricas del Magisterio de
la Iglesia, cuya decisión está precedida y va
acompañada por el esfuerzo de lectura y formulación
propio de la razón de los creyentes y de la reflexión
teológica(100).
II. Conciencia y verdad
El sagrario del hombre
54. La relación que hay entre
libertad del hombre y ley de Dios tiene su base en el corazón
de la persona, o sea, en su conciencia moral: «En lo
profundo de su conciencia —afirma el concilio Vaticano II—,
el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo,
pero a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario,
en los oídos de su corazón, llamándolo siempre a
amar y a hacer el bien y a evitar el mal: haz esto, evita aquello.
Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón,
en cuya obediencia está la dignidad humana y según la
cual será juzgado (cf. Rm 2, 14-16)»(101).
Por esto, el modo como se conciba la
relación entre libertad y ley está íntimamente
vinculado con la interpretación que se da a la conciencia
moral. En este sentido, las tendencias culturales recordadas más
arriba, que contraponen y separan entre sí libertad y ley, y
exaltan de modo idolátrico la libertad, llevan a una
interpretación «creativa» de la conciencia
moral, que se aleja de la posición tradicional de la
Iglesia y de su Magisterio.
55. Según la opinión de
algunos teólogos, la función de la conciencia se habría
reducido, al menos en un cierto pasado, a una simple aplicación
de normas morales generales a cada caso de la vida de la persona.
Pero semejantes normas —afirman— no son capaces de acoger
y respetar toda la irrepetible especificidad de todos los actos
concretos de las personas; de alguna manera, pueden ayudar a una
justa valoración de la situación, pero no pueden
sustituir a las personas en tomar una decisión personal
sobre cómo comportarse en determinados casos particulares. Es
más, la citada crítica a la interpretación
tradicional de la naturaleza humana y de su importancia para la vida
moral induce a algunos autores a afirmar que estas normas no son
tanto un criterio objetivo vinculante para los juicios de conciencia,
sino más bien una perspectiva general que, en un primer
momento, ayuda al hombre a dar un planteamiento ordenado a su vida
personal y social. Además, revelan la complejidad típica
del fenómeno de la conciencia: ésta se relaciona
profundamente con toda la esfera psicológica y afectiva, así
como con los múltiples influjos del ambiente social y cultural
de la persona. Por otra parte, se exalta al máximo el valor de
la conciencia, que el Concilio mismo ha definido «el sagrario
del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en
lo más íntimo de ella»(102). Esta voz —se
dice— induce al hombre no tanto a una meticulosa observancia de
las normas universales, cuanto a una creativa y responsable
aceptación de los cometidos personales que Dios le encomienda.
Algunos autores, queriendo poner de
relieve el carácter creativo de la conciencia, ya no
llaman a sus actos con el nombre de juicios, sino con el de
decisiones. Sólo tomando autónomamente
estas decisiones el hombre podría alcanzar su madurez moral.
No falta quien piensa que este proceso de maduración sería
obstaculizado por la postura demasiado categórica que, en
muchas cuestiones morales, asume el Magisterio de la Iglesia, cuyas
intervenciones originarían, entre los fieles, la aparición
de inútiles conflictos de conciencia.
56. Para justificar semejantes
posturas, algunos han propuesto una especie de doble estatuto de la
verdad moral. Además del nivel doctrinal y abstracto, sería
necesario reconocer la originalidad de una cierta consideración
existencial más concreta. Ésta, teniendo en cuenta las
circunstancias y la situación, podría establecer
legítimamente unas excepciones a la regla general y
permitir así la realización práctica, con buena
conciencia, de lo que está calificado por la ley moral como
intrínsecamente malo. De este modo se instaura en algunos
casos una separación, o incluso una oposición, entre la
doctrina del precepto válido en general y la norma de la
conciencia individual, que decidiría de hecho, en última
instancia, sobre el bien y el mal. Con esta base se pretende
establecer la legitimidad de las llamadas soluciones pastorales
contrarias a las enseñanzas del Magisterio, y justificar una
hermenéutica creativa, según la cual la
conciencia moral no estaría obligada en absoluto, en todos los
casos, por un precepto negativo particular.
Con estos planteamientos se pone en
discusión la identidad misma de la conciencia moral ante
la libertad del hombre y ante la ley de Dios. Sólo la
clarificación hecha anteriormente sobre la relación
entre libertad y ley basada en la verdad hace posible el
discernimiento sobre esta interpretación creativa de
la conciencia.
El juicio de la conciencia
57. El mismo texto de la carta a los
Romanos, que nos ha presentado la esencia de la ley natural,
indica también el sentido bíblico de la conciencia,
especialmente en su vinculación específica con
la ley: «Cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen
naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí
mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley
escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia con
sus juicios contrapuestos que los acusan y también los
defienden» (Rm 2, 14-15).
Según las palabras de san Pablo,
la conciencia, en cierto modo, pone al hombre ante la ley, siendo
ella misma «testigo» para el hombre: testigo de su
fidelidad o infidelidad a la ley, o sea, de su esencial rectitud o
maldad moral. La conciencia es el único testigo. Lo que sucede
en la intimidad de la persona está oculto a la vista de los
demás desde fuera. La conciencia dirige su testimonio
solamente hacia la persona misma. Y, a su vez, sólo la persona
conoce la propia respuesta a la voz de la conciencia.
58. Nunca se valorará
adecuadamente la importancia de este íntimo diálogo
del hombre consigo mismo. Pero, en realidad, éste es el
diálogo del hombre con Dios, autor de la ley, primer
modelo y fin último del hombre. «La conciencia —dice
san Buenaventura— es como un heraldo de Dios y su mensajero, y
lo que dice no lo manda por sí misma, sino que lo manda como
venido de Dios, igual que un heraldo cuando proclama el edicto del
rey. Y de ello deriva el hecho de que la conciencia tiene la fuerza
de obligar»(103). Se puede decir, pues, que la conciencia da
testimonio de la rectitud o maldad del hombre al hombre mismo, pero a
la vez y antes aún, es testimonio de Dios mismo, cuya
voz y cuyo juicio penetran la intimidad del hombre hasta las raíces
de su alma, invitándolo «fortiter et suaviter»
a la obediencia: «La conciencia moral no encierra al hombre en
una soledad infranqueable e impenetrable, sino que lo abre a la
llamada, a la voz de Dios. En esto, y no en otra cosa, reside todo el
misterio y dignidad de la conciencia moral: en ser el lugar, el
espacio santo donde Dios habla al hombre»(104).
59. San Pablo no se limita a reconocer
que la conciencia hace de testigo, sino que manifiesta también
el modo como ella realiza semejante función. Se trata de
razonamientos que acusan o defienden a los paganos en relación
con sus comportamientos (cf. Rm 2, 15). El término
razonamientos evidencia el carácter propio de la
conciencia, que es el de ser un juicio moral sobre el hombre y sus
actos. Es un juicio de absolución o de condena según
que los actos humanos sean conformes o no con la ley de Dios escrita
en el corazón. Precisamente, del juicio de los actos y, al
mismo tiempo, de su autor y del momento de su definitivo
cumplimiento, habla el apóstol Pablo en el mismo texto: así
será «en el día en que Dios juzgará las
acciones secretas de los hombres, según mi evangelio, por
Cristo Jesús» (Rm 2, 16).
El juicio de la conciencia es un juicio
práctico, o sea, un juicio que ordena lo que el hombre
debe hacer o no hacer, o bien, que valora un acto ya realizado por
él. Es un juicio que aplica a una situación concreta la
convicción racional de que se debe amar, hacer el bien y
evitar el mal. Este primer principio de la razón práctica
pertenece a la ley natural, más aún, constituye su
mismo fundamento al expresar aquella luz originaria sobre el bien y
el mal, reflejo de la sabiduría creadora de Dios, que, como
una chispa indestructible («scintilla animae»),
brilla en el corazón de cada hombre. Sin embargo, mientras la
ley natural ilumina sobre todo las exigencias objetivas y universales
del bien moral, la conciencia es la aplicación de la ley a
cada caso particular, la cual se convierte así para el hombre
en un dictamen interior, una llamada a realizar el bien en una
situación concreta. La conciencia formula así la
obligación moral a la luz de la ley natural: es la
obligación de hacer lo que el hombre, mediante el acto de su
conciencia, conoce como un bien que le es señalado aquí
y ahora. El carácter universal de la ley y de la
obligación no es anulado, sino más bien reconocido,
cuando la razón determina sus aplicaciones a la actualidad
concreta. El juicio de la conciencia muestra en última
instancia la conformidad de un comportamiento determinado
respecto a la ley; formula la norma próxima de la moralidad de
un acto voluntario, actuando «la aplicación de la ley
objetiva a un caso particular»(105).
60. Igual que la misma ley natural y
todo conocimiento práctico, también el juicio de la
conciencia tiene un carácter imperativo: el hombre debe
actuar en conformidad con dicho juicio. Si el hombre actúa
contra este juicio, o bien, lo realiza incluso no estando seguro si
un determinado acto es correcto o bueno, es condenado por su misma
conciencia, norma próxima de la moralidad personal. La
dignidad de esta instancia racional y la autoridad de su voz y de sus
juicios derivan de la verdad sobre el bien y sobre el mal
moral, que está llamada a escuchar y expresar. Esta verdad
está indicada por la «ley divina», norma
universal y objetiva de la moralidad. El juicio de la conciencia
no establece la ley, sino que afirma la autoridad de la ley natural y
de la razón práctica con relación al bien
supremo, cuyo atractivo acepta y cuyos mandamientos acoge la persona
humana: «La conciencia, por tanto, no es una fuente autónoma
y exclusiva para decidir lo que es bueno o malo; al contrario, en
ella está grabado profundamente un principio de obediencia a
la norma objetiva, que fundamenta y condiciona la congruencia de sus
decisiones con los preceptos y prohibiciones en los que se basa el
comportamiento humano»(106).
61. La verdad sobre el bien moral,
manifestada en la ley de la razón, es reconocida práctica
y concretamente por el juicio de la conciencia, el cual lleva a
asumir la responsabilidad del bien realizado y del mal cometido; si
el hombre comete el mal, el justo juicio de su conciencia es en él
testigo de la verdad universal del bien, así como de la
malicia de su decisión particular. Pero el veredicto de la
conciencia queda en el hombre incluso como un signo de esperanza y de
misericordia. Mientras demuestra el mal cometido, recuerda también
el perdón que se ha de pedir, el bien que hay que practicar y
las virtudes que se han de cultivar siempre, con la gracia de Dios.
Así, en el juicio práctico
de la conciencia, que impone a la persona la obligación de
realizar un determinado acto, se manifiesta el vínculo de
la libertad con la verdad. Precisamente por esto la conciencia se
expresa con actos de juicio, que reflejan la verdad sobre el
bien, y no como decisiones arbitrarias. La madurez y
responsabilidad de estos juicios —y, en definitiva, del hombre,
que es su sujeto— se demuestran no con la liberación de
la conciencia de la verdad objetiva, en favor de una presunta
autonomía de las propias decisiones, sino, al contrario, con
una apremiante búsqueda de la verdad y con dejarse guiar por
ella en el obrar.
Buscar la verdad y el bien
62. La conciencia, como juicio de un
acto, no está exenta de la posibilidad de error. «Sin
embargo, —dice el Concilio— muchas veces ocurre que la
conciencia yerra por ignorancia invencible, sin que por ello pierda
su dignidad. Pero no se puede decir esto cuando el hombre no se
preocupa de buscar la verdad y el bien y, poco a poco, por el hábito
del pecado, la conciencia se queda casi ciega»(107). Con estas
breves palabras, el Concilio ofrece una síntesis de la
doctrina que la Iglesia ha elaborado a lo largo de los siglos sobre
la conciencia errónea.
Ciertamente, para tener una «conciencia
recta» (1 Tm 1, 5), el hombre debe buscar la verdad y
debe juzgar según esta misma verdad. Como dice el apóstol
Pablo, la conciencia debe estar «iluminada por el Espíritu
Santo» (cf. Rm 9, 1), debe ser «pura» (2
Tm 1, 3), no debe «con astucia falsear la palabra de Dios»
sino «manifestar claramente la verdad» (cf. 2 Co 4,
2). Por otra parte, el mismo Apóstol amonesta a los cristianos
diciendo: «No os acomodéis al mundo presente, antes bien
transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma
que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo
bueno, lo agradable, lo perfecto» (Rm 12, 2).
La amonestación de Pablo nos
invita a la vigilancia, advirtiéndonos que en los juicios de
nuestra conciencia anida siempre la posibilidad de error. Ella no
es un juez infalible: puede errar. No obstante, el error de la
conciencia puede ser el fruto de una ignorancia invencible, es
decir, de una ignorancia de la que el sujeto no es consciente y de la
que no puede salir por sí mismo.
En el caso de que tal ignorancia
invencible no sea culpable —nos recuerda el Concilio— la
conciencia no pierde su dignidad porque ella, aunque de hecho nos
orienta en modo no conforme al orden moral objetivo, no cesa de
hablar en nombre de la verdad sobre el bien, que el sujeto está
llamado a buscar sinceramente.
63. De cualquier modo, la dignidad de
la conciencia deriva siempre de la verdad: en el caso de la
conciencia recta, se trata de la verdad objetiva acogida por
el hombre; en el de la conciencia errónea, se trata de lo que
el hombre, equivocándose, considera subjetivamente
verdadero. Nunca es aceptable confundir un error subjetivo
sobre el bien moral con la verdad objetiva, propuesta
racionalmente al hombre en virtud de su fin, ni equiparar el valor
moral del acto realizado con una conciencia verdadera y recta, con el
realizado siguiendo el juicio de una conciencia errónea(108).
El mal cometido a causa de una ignorancia invencible, o de un error
de juicio no culpable, puede no ser imputable a la persona que lo
hace; pero tampoco en este caso aquél deja de ser un mal, un
desorden con relación a la verdad sobre el bien. Además,
el bien no reconocido no contribuye al crecimiento moral de la
persona que lo realiza; éste no la perfecciona y no sirve para
disponerla al bien supremo. Así, antes de sentirnos fácilmente
justificados en nombre de nuestra conciencia, debemos meditar en las
palabras del salmo: «¿Quién se da cuenta de sus
yerros? De las faltas ocultas límpiame» (Sal 19,
13). Hay culpas que no logramos ver y que no obstante son culpas,
porque hemos rechazado caminar hacia la luz (cf. Jn 9, 39-41).
La conciencia, como juicio último
concreto, compromete su dignidad cuando es errónea
culpablemente, o sea «cuando el hombre no trata de buscar
la verdad y el bien, y cuando, de esta manera, la conciencia se hace
casi ciega como consecuencia de su hábito de pecado»(109).
Jesús alude a los peligros de la deformación de la
conciencia cuando advierte: «La lámpara del cuerpo es el
ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará
luminoso; pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará
a oscuras. Y, si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué
oscuridad habrá!» (Mt 6, 22-23).
64. En las palabras de Jesús
antes mencionadas, encontramos también la llamada a formar
la conciencia, a hacerla objeto de continua conversión a
la verdad y al bien. Es análoga la exhortación del
Apóstol a no conformarse con la mentalidad de este mundo, sino
a «transformarse renovando nuestra mente» (cf. Rm 12,
2). En realidad, el corazón convertido al Señor
y al amor del bien es la fuente de los juicios verdaderos de
la conciencia. En efecto, para poder «distinguir cuál es
la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto» (Rm
12, 2), sí es necesario el conocimiento de la ley de Dios
en general, pero ésta no es suficiente: es indispensable una
especie de «connaturalidad» entre el hombre y el
verdadero bien(110). Tal connaturalidad se fundamenta y se desarrolla
en las actitudes virtuosas del hombre mismo: la prudencia y las otras
virtudes cardinales, y en primer lugar las virtudes teologales de la
fe, la esperanza y la caridad. En este sentido, Jesús dijo:
«El que obra la verdad, va a la luz» (Jn 3, 21).
Los cristianos tienen —como
afirma el Concilio— en la Iglesia y en su Magisterio una
gran ayuda para la formación de la conciencia: «Los
cristianos, al formar su conciencia, deben atender con diligencia a
la doctrina cierta y sagrada de la Iglesia. Pues, por voluntad de
Cristo, la Iglesia católica es maestra de la verdad y su
misión es anunciar y enseñar auténticamente la
Verdad, que es Cristo, y, al mismo tiempo, declarar y confirmar con
su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma
naturaleza humana»(111). Por tanto, la autoridad de la Iglesia,
que se pronuncia sobre las cuestiones morales, no menoscaba de ningún
modo la libertad de conciencia de los cristianos; no sólo
porque la libertad de la conciencia no es nunca libertad con
respecto a la verdad, sino siempre y sólo en la
verdad, sino también porque el Magisterio no presenta verdades
ajenas a la conciencia cristiana, sino que manifiesta las verdades
que ya debería poseer, desarrollándolas a partir del
acto originario de la fe. La Iglesia se pone sólo y siempre al
servicio de la conciencia, ayudándola a no ser zarandeada
aquí y allá por cualquier viento de doctrina según
el engaño de los hombres (cf. Ef 4, 14), a no desviarse
de la verdad sobre el bien del hombre, sino a alcanzar con seguridad,
especialmente en las cuestiones más difíciles, la
verdad y a mantenerse en ella.
III. La elección fundamental y
los comportamientos concretos
«Sólo que no toméis
de esa libertad pretexto para la carne» (Gál 5, 13)
65. El interés por la libertad,
hoy agudizado particularmente, induce a muchos estudiosos de ciencias
humanas o teológicas a desarrollar un análisis más
penetrante de su naturaleza y sus dinamismos. Justamente se pone de
relieve que la libertad no es sólo la elección por esta
o aquella acción particular; sino que es también,
dentro de esa elección, decisión sobre sí y
disposición de la propia vida a favor o en contra del Bien, a
favor o en contra de la Verdad; en última instancia, a favor o
en contra de Dios. Justamente se subraya la importancia eminente de
algunas decisiones que dan forma a toda la vida moral de un
hombre determinado, configurándose como el cauce en el cual
también podrán situarse y desarrollarse otras
decisiones cotidianas particulares.
Sin embargo, algunos autores proponen
una revisión mucho más radical de la relación
entre persona y actos. Hablan de unalibertad fundamental, más
profunda y diversa de la libertad de elección, sin cuya
consideración no se podrían comprender ni valorar
correctamente los actos humanos. Según estos autores, la
función clave en la vida moral habría que
atribuirla a una opción fundamental, actuada por
aquella libertad fundamental mediante la cual la persona decide
globalmente sobre sí misma, no a través de una elección
determinada y consciente a nivel reflejo, sino en forma
transcendental y atemática. Los actos
particulares derivados de esta opción constituirían
solamente unas tentativas parciales y nunca resolutivas para
expresarla, serían solamente signos o síntomas
de ella. Objeto inmediato de estos actos —se dice— no es
el Bien absoluto (ante el cual la libertad de la persona se
expresaría a nivel transcendental), sino que son los bienes
particulares (llamados también categoriales). Ahora
bien, según la opinión de algunos teólogos,
ninguno de estos bienes, parciales por su naturaleza, podría
determinar la libertad del hombre como persona en su totalidad,
aunque el hombre solamente pueda expresar la propia opción
fundamental mediante la realización o el rechazo de aquéllos.
De esta manera, se llega a introducir
una distinción entre la opción fundamental y las
elecciones deliberadas de un comportamiento concreto; una
distinción que en algunos autores asume la forma de una
disociación, en cuanto circunscriben expresamente el
bien y el mal moral a la dimensión
transcendental propia de la opción fundamental, calificando
como rectas o equivocadas las elecciones de
comportamientos particulares intramundanos, es decir,
referidos a las relaciones del hombre consigo mismo, con los demás
y con el mundo de las cosas. De este modo, parece delinearse dentro
del comportamiento humano una escisión entre dos niveles de
moralidad: por una parte el orden del bien y del mal, que depende de
la voluntad, y, por otra, los comportamientos determinados, los
cuales son juzgados como moralmente rectos o equivocados haciéndolo
depender sólo de un cálculo técnico de la
proporción entre bienes y males premorales o físicos,
que siguen efectivamente a la acción. Y esto hasta el
punto de que un comportamiento concreto, incluso elegido libremente,
es considerado como un proceso simplemente físico, y no según
los criterios propios de un acto humano. El resultado al que se llega
es el de reservar la calificación propiamente moral de la
persona a la opción fundamental, sustrayéndola —o
atenuándola— a la elección de los actos
particulares y de los comportamientos concretos.
66. No hay duda de que la doctrina
moral cristiana, en sus mismas raíces bíblicas,
reconoce la específica importancia de una elección
fundamental que califica la vida moral y que compromete la libertad a
nivel radical ante Dios. Se trata de la elección de la fe,
de la obediencia de la fe (cf. Rm 16, 26), por la
que «el hombre se entrega entera y libremente a Dios, y le
ofrece "el homenaje total de su entendimiento y voluntad"»(112).
Esta fe, que actúa por la caridad (cf. Ga 5, 6),
proviene de lo más íntimo del hombre, de su «corazón»
(cf. Rm 10, 10), y desde aquí viene llamada a
fructificar en las obras (cf. Mt 12, 33-35; Lc 6,
43-45; Rm 8, 5-8; Ga 5, 22). En el Decálogo se
encuentra, al inicio de los diversos mandamientos, la cláusula
fundamental: «Yo, el Señor, soy tu Dios» (Ex
20, 2), la cual, confiriendo el sentido original a las múltiples
y varias prescripciones particulares, asegura a la moral de la
Alianza una fisonomía de totalidad, unidad y profundidad. La
elección fundamental de Israel se refiere, por tanto, al
mandamiento fundamental (cf. Jos 24, 14-25; Ex 19, 3-8;
Mi 6, 8). También la moral de la nueva alianza está
dominada por la llamada fundamental de Jesús a su seguimiento
—al joven le dice: «Si quieres ser perfecto... ven, y
sígueme» (Mt 19, 21)—; y el discípulo
responde a esa llamada con una decisión y una elección
radical. Las parábolas evangélicas del tesoro y de la
perla preciosa, por los que se vende todo cuanto se posee, son
imágenes elocuentes y eficaces del carácter radical e
incondicionado de la elección que exige el reino de Dios. La
radicalidad de la elección para seguir a Jesús está
expresada maravillosamente en sus palabras: «Quien quiera
salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí
y por el Evangelio, la salvará» (Mc 8, 35).
La llamada de Jesús «ven y
sígueme» marca la máxima exaltación
posible de la libertad del hombre y, al mismo tiempo, atestigua la
verdad y la obligación de los actos de fe y de decisiones que
se pueden calificar de opción fundamental. Encontramos una
análoga exaltación de la libertad humana en las
palabras de san Pablo: «Hermanos, habéis sido llamados a
la libertad» (Ga 5, 13). Pero el Apóstol añade
inmediatamente una grave advertencia: «Con tal de que no toméis
de esa libertad pretexto para la carne». En esta exhortación
resuenan sus palabras precedentes: «Para ser libres nos libertó
Cristo. Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir
nuevamente bajo el yugo de la esclavitud» (Ga 5, 1). El
apóstol Pablo nos invita a la vigilancia, pues la libertad
sufre siempre la insidia de la esclavitud. Tal es precisamente el
caso de un acto de fe —en el sentido de una opción
fundamental— que es disociado de la elección de los
actos particulares según las corrientes anteriormente
mencionadas.
67. Por tanto, dichas teorías
son contrarias a la misma enseñanza bíblica, que
concibe la opción fundamental como una verdadera y propia
elección de la libertad y vincula profundamente esta elección
a los actos particulares. Mediante la elección fundamental, el
hombre es capaz de orientar su vida y —con la ayuda de la
gracia— tender a su fin siguiendo la llamada divina. Pero esta
capacidad se ejerce de hecho en las elecciones particulares de actos
determinados, mediante los cuales el hombre se conforma
deliberadamente con la voluntad, la sabiduría y la ley de
Dios. Por tanto, se afirma que la llamada opción
fundamental, en la medida en que se diferencia de una intención
genérica y, por ello, no determinada todavía en una
forma vinculante de la libertad, se actúa siempre mediante
elecciones conscientes y libres. Precisamente por esto, la
opción fundamental es revocada cuando el hombre compromete su
libertad en elecciones conscientes de sentido contrario, en materia
moral grave.
Separar la opción fundamental de
los comportamientos concretos significa contradecir la integridad
sustancial o la unidad personal del agente moral en su cuerpo y en su
alma. Una opción fundamental, entendida sin considerar
explícitamente las potencialidades que pone en acto y las
determinaciones que la expresan, no hace justicia a la finalidad
racional inmanente al obrar del hombre y a cada una de sus elecciones
deliberadas. En realidad, la moralidad de los actos humanos no se
reivindica solamente por la intención, por la orientación
u opción fundamental, interpretada en el sentido de una
intención vacía de contenidos vinculantes bien
precisos, o de una intención a la que no corresponde un
esfuerzo real en las diversas obligaciones de la vida moral. La
moralidad no puede ser juzgada si se prescinde de la conformidad u
oposición de la elección deliberada de un
comportamiento concreto respecto a la dignidad y a la vocación
integral de la persona humana. Toda elección implica siempre
una referencia de la voluntad deliberada a los bienes y a los males,
indicados por la ley natural como bienes que hay que conseguir y
males que hay que evitar. En el caso de los preceptos morales
positivos, la prudencia ha de jugar siempre el papel de verificar su
incumbencia en una determinada situación, por ejemplo,
teniendo en cuenta otros deberes quizás más importantes
o urgentes. Pero los preceptos morales negativos, es decir, los que
prohiben algunos actos o comportamientos concretos como
intrínsecamente malos, no admiten ninguna excepción
legítima; no dejan ningún espacio moralmente aceptable
para la creatividad de alguna determinación contraria.
Una vez reconocida concretamente la especie moral de una acción
prohibida por una norma universal, el acto moralmente bueno es sólo
aquel que obedece a la ley moral y se abstiene de la acción
que dicha ley prohíbe.
68. Con todo, es necesario añadir
una importante consideración pastoral. En la lógica de
las teorías mencionadas anteriormente, el hombre, en virtud de
una opción fundamental, podría permanecer fiel a Dios
independientemente de la mayor o menor conformidad de algunas de sus
elecciones y de sus actos concretos con las normas o reglas morales
específicas. En virtud de una opción primordial por la
caridad, el hombre —según estas corrientes— podría
mantenerse moralmente bueno, perseverar en la gracia de Dios,
alcanzar la propia salvación, aunque algunos de sus
comportamientos concretos sean contrarios deliberada y gravemente a
los mandamientos de Dios.
En realidad, el hombre no va a la
perdición solamente por la infidelidad a la opción
fundamental, según la cual se ha entregado «entera y
libremente a Dios»(113). Con cualquier pecado mortal cometido
deliberadamente, el hombre ofende a Dios que ha dado la ley y, por
tanto, se hace culpable frente a toda la ley (cf. St 2, 8-11);
a pesar de conservar la fe, pierde la «gracia santificante»,
la «caridad» y la «bienaventuranza eterna»(114).
«La gracia de la justificación que se ha recibido
—enseña el concilio de Trento— no sólo se
pierde por la infidelidad, por la cual se pierde incluso la fe, sino
por cualquier otro pecado mortal»(115).
Pecado mortal y venial
69. Las consideraciones en torno a la
opción fundamental, como hemos visto, han inducido a algunos
teólogos a someter también a una profunda revisión
la distinción tradicional entre los pecados mortales y
los pecados veniales; subrayan que la oposición a la
ley de Dios, que causa la pérdida de la gracia santificante
—y, en el caso de muerte en tal estado de pecado, la
condenación eterna—, solamente puede ser fruto de un
acto que compromete a la persona en su totalidad, es decir, un acto
de opción fundamental. Según estos teólogos, el
pecado mortal, que separa al hombre de Dios, se verificaría
solamente en el rechazo de Dios, que se realiza a un nivel de
libertad no identificable con un acto de elección ni al que se
puede llegar con un conocimiento sólo reflejo. En este sentido
—añaden— es difícil, al menos
psicológicamente, aceptar el hecho de que un cristiano, que
quiere permanecer unido a Jesucristo y a su Iglesia, pueda cometer
pecados mortales tan fácil y repetidamente, como parece
indicar a veces la materia misma de sus actos. Igualmente,
sería difícil aceptar que el hombre sea capaz, en un
breve período de tiempo, de romper radicalmente el vínculo
de comunión con Dios y de convertirse sucesivamente a él
mediante una penitencia sincera. Por tanto, es necesario —se
afirma— medir la gravedad del pecado según el grado de
compromiso de libertad de la persona que realiza un acto, y no según
la materia de dicho acto.
70. La exhortación apostólica
post-sinodal Reconciliatio et paenitentia ha confirmado la
importancia y la actualidad permanente de la distinción entre
pecados mortales y veniales, según la tradición de la
Iglesia. Y el Sínodo de los obispos de 1983, del cual ha
emanado dicha exhortación, «no sólo ha vuelto a
afirmar cuanto fue proclamado por el concilio de Trento sobre la
existencia y la naturaleza de los pecados mortales y veniales, sino
que ha querido recordar que es pecado mortal lo que tiene como
objeto una materia grave y que, además, es cometido con pleno
conocimiento y deliberado consentimiento»(116).
La afirmación del concilio de
Trento no considera solamente la «materia grave» del
pecado mortal, sino que recuerda también, como una condición
necesaria suya, el «pleno conocimiento y consentimiento
deliberado». Por lo demás, tanto en la teología
moral como en la práctica pastoral, son bien conocidos los
casos en los que un acto grave, por su materia, no constituye un
pecado mortal por razón del conocimiento no pleno o del
consentimiento no deliberado de quien lo comete. Por otra parte, «se
deberá evitar reducir el pecado mortal a un acto de "opción
fundamental" —como hoy se suele decir— contra
Dios», concebido ya sea como explícito y formal
desprecio de Dios y del prójimo, ya sea como implícito
y no reflexivo rechazo del amor. «Se comete, en efecto, un
pecado mortal también cuando el hombre, sabiéndolo y
queriéndolo, elige, por el motivo que sea, algo gravemente
desordenado. En efecto, en esta elección está ya
incluido un desprecio del precepto divino, un rechazo del amor de
Dios hacia la humanidad y hacia toda la creación: el hombre se
aleja de Dios y pierde la caridad. La orientación
fundamental puede, pues, ser radicalmente modificada por actos
particulares. Sin duda pueden darse situaciones muy complejas y
oscuras bajo el aspecto psicológico, que influyen en la
imputabilidad subjetiva del pecador. Pero de la consideración
de la esfera psicológica no se puede pasar a la constitución
de una categoría teológica, como es concretamente la
"opción fundamental" entendida de tal modo que, en
el plano objetivo, cambie o ponga en duda la concepción
tradicional de pecado mortal»(117).
De este modo, la disociación
entre opción fundamental y decisiones deliberadas de
comportamientos determinados, desordenados en sí mismos o por
las circunstancias, que podrían no cuestionarla, comporta el
desconocimiento de la doctrina católica sobre el pecado
mortal: «Siguiendo la tradición de la Iglesia, llamamos
pecado mortal al acto, mediante el cual un hombre, con
libertad y conocimiento, rechaza a Dios, su ley, la alianza de amor
que Dios le propone, prefiriendo volverse a sí mismo, a alguna
realidad creada y finita, a algo contrario a la voluntad divina
(«conversio ad creaturam»). Esto puede ocurrir de
modo directo y formal, como en los pecados de idolatría,
apostasía y ateísmo; o de modo equivalente, como en
todos los actos de desobediencia a los mandamientos de Dios en
materia grave»(118).
IV. El acto moral
Teleología y teleologismo
71. La relación entre la
libertad del hombre y la ley de Dios, que encuentra su ámbito
vital y profundo en la conciencia moral, se manifiesta y realiza en
los actos humanos. Es precisamente mediante sus actos como el
hombre se perfecciona en cuanto tal, como persona llamada a buscar
espontáneamente a su Creador y a alcanzar libremente, mediante
su adhesión a él, la perfección feliz y
plena(119).
Los actos humanos son actos morales,
porque expresan y deciden la bondad o malicia del hombre mismo que
realiza esos actos(120). Éstos no producen sólo un
cambio en el estado de cosas externas al hombre, sino que, en cuanto
decisiones deliberadas, califican moralmente a la persona misma que
los realiza y determinan su profunda fisonomía espiritual,
como pone de relieve, de modo sugestivo, san Gregorio Niseno:
«Todos los seres sujetos al devenir no permanecen idénticos
a sí mismos, sino que pasan continuamente de un estado a otro
mediante un cambio que se traduce siempre en bien o en mal... Así
pues, ser sujeto sometido a cambio es nacer continuamente... Pero
aquí el nacimiento no se produce por una intervención
ajena, como es el caso de los seres corpóreos... sino que es
el resultado de una decisión libre y, así, nosotros
somos en cierto modo nuestros mismos progenitores,
creándonos como queremos y, con nuestra elección,
dándonos la forma que queremos»(121).
72. La moralidad de los actos está
definida por la relación de la libertad del hombre con el bien
auténtico. Dicho bien es establecido, como ley eterna, por la
sabiduría de Dios que ordena todo ser a su fin. Esta ley
eterna es conocida tanto por medio de la razón natural del
hombre (y, de esta manera, es ley natural), cuanto —de
modo integral y perfecto— por medio de la revelación
sobrenatural de Dios (y por ello es llamada ley divina). El
obrar es moralmente bueno cuando las elecciones de la libertad están
conformes con el verdadero bien del hombre y expresan así
la ordenación voluntaria de la persona hacia su fin último,
es decir, Dios mismo: el bien supremo en el cual el hombre encuentra
su plena y perfecta felicidad. La pregunta inicial del diálogo
del joven con Jesús: «¿Qué he de hacer de
bueno para conseguir la vida eterna?» (Mt 19, 16)
evidencia inmediatamente el vínculo esencial entre el valor
moral de un acto y el fin último del hombre. Jesús,
en su respuesta, confirma la convicción de su interlocutor: el
cumplimiento de actos buenos, mandados por el único que es
«Bueno», constituye la condición indispensable y
el camino para la felicidad eterna: «Si quieres entrar en la
vida, guarda los mandamientos» (Mt 19, 17). La respuesta
de Jesús remitiendo a los mandamientos manifiesta también
que el camino hacia el fin está marcado por el respeto de las
leyes divinas que tutelan el bien humano. Sólo el acto
conforme al bien puede ser camino que conduce a la vida.
La ordenación racional del acto
humano hacia el bien en toda su verdad y la búsqueda
voluntaria de este bien, conocido por la razón, constituyen la
moralidad. Por tanto, el obrar humano no puede ser valorado
moralmente bueno sólo porque sea funcional para alcanzar este
o aquel fin que persigue, o simplemente porque la intención
del sujeto sea buena(122). El obrar es moralmente bueno cuando
testimonia y expresa la ordenación voluntaria de la persona al
fin último y la conformidad de la acción concreta con
el bien humano, tal y como es reconocido en su verdad por la razón.
Si el objeto de la acción concreta no está en sintonía
con el verdadero bien de la persona, la elección de tal acción
hace moralmente mala a nuestra voluntad y a nosotros mismos y, por
consiguiente, nos pone en contradicción con nuestro fin
último, el bien supremo, es decir, Dios mismo.
73. El cristiano, gracias a la
revelación de Dios y a la fe, conoce la «novedad»
que marca la moralidad de sus actos; éstos están
llamados a expresar la mayor o menor coherencia con la dignidad y
vocación que le han sido dadas por la gracia: en Jesucristo y
en su Espíritu, el cristiano es «creatura nueva»,
hijo de Dios, y mediante sus actos manifiesta su conformidad o
divergencia con la imagen del Hijo que es el primogénito entre
muchos hermanos (cf. Rm 8, 29), vive su fidelidad o
infidelidad al don del Espíritu y se abre o se cierra a la
vida eterna, a la comunión de visión, de amor y
beatitud con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo(123). Cristo
«nos forma según su imagen —dice san Cirilo de
Alejandría—, de modo que los rasgos de su naturaleza
divina resplandecen en nosotros a través de la santificación
y la justicia y la vida buena y virtuosa... La belleza de esta imagen
resplandece en nosotros que estamos en Cristo, cuando, por las obras,
nos manifestamos como hombres buenos»(124).
En este sentido, la vida moral posee un
carácter «teleológico» esencial,
porque consiste en la ordenación deliberada de los actos
humanos a Dios, sumo bien y fin (telos) último del
hombre. Lo testimonia, una vez más, la pregunta del joven a
Jesús: «¿Qué he de hacer de bueno para
conseguir la vida eterna?». Pero esta ordenación al fin
último no es una dimensión subjetivista que dependa
sólo de la intención. Aquélla presupone que
tales actos sean en sí mismos ordenables a este fin, en cuanto
son conformes al auténtico bien moral del hombre, tutelado por
los mandamientos. Esto es lo que Jesús mismo recuerda en la
respuesta al joven: «Si quieres entrar en la vida, guarda los
mandamientos» (Mt 19, 17).
Evidentemente debe ser una ordenación
racional y libre, consciente y deliberada, en virtud de la cual el
hombre es responsable de sus actos y está sometido al juicio
de Dios, juez justo y bueno que premia el bien y castiga el mal, como
nos lo recuerda el apóstol Pablo: «Es necesario que
todos nosotros seamos puestos al descubierto ante el tribunal de
Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su
vida mortal, el bien o el mal» (2 Co 5, 10).
74. Pero, ¿de qué depende
la calificación moral del obrar libre del hombre? ¿Cómo
se asegura esta ordenación de los actos humanos hacia Dios?
¿Sólamente depende de la intención que
sea conforme al fin último, al bien supremo, o de las
circunstancias —y, en particular, de las consecuencias—
que contradistinguen el obrar del hombre, o no depende también
—y sobre todo— del objeto mismo de los actos
humanos?
Éste es el problema llamado
tradicionalmente de las «fuentes de la moralidad».
Precisamente con relación a este problema, en las últimas
décadas se han manifestado nuevas —o renovadas—
tendencias culturales y teológicas que exigen un cuidadoso
discernimiento por parte del Magisterio de la Iglesia.
Algunas teorías éticas,
denominadas «teleológicas», dedican
especial atención a la conformidad de los actos humanos con
los fines perseguidos por el agente y con los valores que él
percibe. Los criterios para valorar la rectitud moral de una acción
se toman de la ponderación de los bienes que hay que
conseguir o de los valores que hay que respetar. Para algunos, el
comportamiento concreto sería recto o equivocado según
pueda o no producir un estado de cosas mejores para todas las
personas interesadas: sería recto el comportamiento capaz de
maximalizar los bienes y minimizar los males.
Muchos de los moralistas católicos
que siguen esta orientación, buscan distanciarse del
utilitarismo y del pragmatismo, para los cuales la moralidad de los
actos humanos sería juzgada sin hacer referencia al verdadero
fin último del hombre. Con razón, se dan cuenta de la
necesidad de encontrar argumentos racionales, cada vez más
consistentes, para justificar las exigencias y fundamentar las normas
de la vida moral. Dicha búsqueda es legítima y
necesaria por el hecho de que el orden moral, establecido por la ley
natural, es, en línea de principio, accesible a la razón
humana. Se trata, además, de una búsqueda que sintoniza
con las exigencias del diálogo y la colaboración con
los no-católicos y los no-creyentes, especialmente en las
sociedades pluralistas.
75. Pero en el ámbito del
esfuerzo por elaborar esa moral racional —a veces llamada por
esto moral autónoma—, existen falsas
soluciones, vinculadas particularmente a una comprensión
inadecuada del objeto del obrar moral. Algunos no consideran
suficientemente el hecho de que la voluntad está implicada en
las elecciones concretas que realiza: esas son condiciones de su
bondad moral y de su ordenación al fin último de la
persona. Otros se inspiran además en una concepción
de la libertad que prescinde de las condiciones efectivas de su
ejercicio, de su referencia objetiva a la verdad sobre el bien, de su
determinación mediante elecciones de comportamientos
concretos. Y así, según estas teorías, la
voluntad libre no estaría ni moralmente sometida a
obligaciones determinadas, ni vinculada por sus elecciones, a pesar
de no dejar de ser responsable de los propios actos y de sus
consecuencias. Este «teleologismo», como método
de reencuentro de la norma moral, puede, entonces, ser llamado —según
terminologías y aproches tomados de diferentes corrientes de
pensamiento— «consecuencialismo» o
«proporcionalismo». El primero pretende obtener los
criterios de la rectitud de un obrar determinado sólo del
cálculo de las consecuencias que se prevé pueden
derivarse de la ejecución de una decisión. El segundo,
ponderando entre sí los valores y los bienes que persiguen, se
centra más bien en la proporción reconocida entre los
efectos buenos o malos, en vista del bien mayor o del mal
menor, que sean efectivamente posibles en una situación
determinada.
Las teorías éticas
teleológicas (proporcionalismo, consecuencialismo), aun
reconociendo que los valores morales son señalados por la
razón y la revelación, no admiten que se pueda formular
una prohibición absoluta de comportamientos determinados que,
en cualquier circunstancia y cultura, contrasten con aquellos
valores. El sujeto que obra sería responsable de la
consecución de los valores que se persiguen, pero según
un doble aspecto: en efecto, los valores o bienes implicados en un
acto humano, sería, desde un punto de vista, de orden moral
(con relación a valores propiamente morales, como el amor
de Dios, la benevolencia hacia el prójimo, la justicia, etc)
y, desde otro, de orden pre-moral, llamado también
no-moral, físico u óntico (con relación a las
ventajas e inconvenientes originados sea a aquel que actúa,
sea a toda persona implicada antes o después, como por ejemplo
la salud o su lesión, la integridad física, la vida, la
muerte, la pérdida de bienes materiales, etc).
En un mundo en el que el bien estaría
siempre mezclado con el mal y cualquier efecto bueno estaría
vinculado con otros efectos malos, la moralidad del acto se juzgaría
de modo diferenciado: su bondad moral, sobre la base de la
intención del sujeto, referida a los bienes morales; y su
rectitud, sobre la base de la consideración de los efectos o
consecuencias previsibles y de su proporción. Por
consiguiente, los comportamientos concretos serían calificados
como rectos o equivocados, sin que por esto sea posible
valorar la voluntad de la persona que los elige como moralmente buena
o mala. De este modo, un acto que, oponiéndose a
normas universales negativas viola directamente bienes considerados
como pre-morales, podría ser calificado como moralmente
admisible si la intención del sujeto se concentra, según
una responsable ponderación de los bienes implicados en
la acción concreta, sobre el valor moral considerado decisivo
en la circunstancia. La valoración de las consecuencias de la
acción, en virtud de la proporción del acto con sus
efectos y de los efectos entre sí, sólo afectaría
al orden pre-moral. Sobre la especificidad moral de los actos, esto
es, sobre su bondad o maldad, decidiría exclusivamente la
fidelidad de la persona a los valores más altos de la caridad
y de la prudencia, sin que esta fidelidad sea incompatible
necesariamente con decisiones contrarias a ciertos preceptos morales
particulares. Incluso en materia grave, estos últimos deberán
ser considerados como normas operativas siempre relativas y
susceptibles de excepciones. En esta perspectiva, el consentimiento
otorgado a ciertos comportamientos declarados ilícitos por la
moral tradicional no implicaría una malicia moral objetiva.
El objeto del acto deliberado
76. Estas teorías pueden
adquirir una cierta fuerza persuasiva por su afinidad con la
mentalidad científica, preocupada, con razón, de
ordenar las actividades técnicas y económicas según
el cálculo de los recursos y los beneficios, de los
procedimientos y los efectos. Pretenden liberar de las imposiciones
de una moral de la obligación, voluntarista y arbitraria, que
resultaría inhumana.
Sin embargo, semejantes teorías
no son fieles a la doctrina de la Iglesia, en cuanto creen poder
justificar, como moralmente buenas, elecciones deliberadas de
comportamientos contrarios a los mandamientos de la ley divina y
natural. Estas teorías no pueden apelar a la tradición
moral católica, pues, si bien es verdad que en esta última
se ha desarrollado una casuística atenta a ponderar en algunas
situaciones concretas las posibilidades mayores de bien, es
igualmente verdad que esto se refería solamente a los casos en
los que la ley era incierta y, por consiguiente, no ponía en
discusión la validez absoluta de los preceptos morales
negativos, que obligan sin excepción. Los fieles están
obligados a reconocer y respetar los preceptos morales específicos,
declarados y enseñados por la Iglesia en el nombre de Dios,
Creador y Señor(125). Cuando el apóstol Pablo
recapitula el cumplimiento de la Ley en el precepto de amar al
prójimo como a sí mismo (cf. Rm 13, 8-10), no
atenúa los mandamientos, sino que, sobre todo, los confirma,
desde el momento en que revela sus exigencias y gravedad. El amor
a Dios y el amor al prójimo son inseparables de la observancia
de los mandamientos de la Alianza, renovada en la sangre de
Jesucristo y en el don del Espíritu Santo. Es un honor para
los cristianos obedecer a Dios antes que a los hombres (cf. Hch 4,
19; 5, 29) e incluso aceptar el martirio a causa de ello, como han
hecho los santos y las santas del Antiguo y del Nuevo Testamento,
reconocidos como tales por haber dado su vida antes que realizar este
o aquel gesto particular contrario a la fe o la virtud.
77. Para ofrecer los criterios
racionales de una justa decisión moral, las mencionadas
teorías tienen en cuenta la intención y las
consecuencias de la acción humana. Ciertamente hay que
dar gran importancia ya sea a la intención —como Jesús
insiste con particular fuerza en abierta contraposición con
los escribas y fariseos, que prescribían minuciosamente
ciertas obras externas sin atender al corazón (cf. Mc 7,
20-21; Mt 15, 19)—, ya sea a los bienes obtenidos y los
males evitados como consecuencia de un acto particular. Se trata de
una exigencia de responsabilidad. Pero la consideración de
estas consecuencias —así como de las intenciones—
no es suficiente para valorar la calidad moral de una elección
concreta. La ponderación de los bienes y los males,
previsibles como consecuencia de una acción, no es un método
adecuado para determinar si la elección de aquel
comportamiento concreto es, según su especie o en sí
misma, moralmente buena o mala, lícita o ilícita.
Las consecuencias previsibles pertenecen a aquellas circunstancias
del acto que, aunque puedan modificar la gravedad de una acción
mala, no pueden cambiar, sin embargo, la especie moral.
Por otra parte, cada uno conoce las
dificultades o, mejor dicho, la imposibilidad, de valorar todas las
consecuencias y todos los efectos buenos o malos —denominados
pre-morales— de los propios actos: un cálculo racional
exhaustivo no es posible. Entonces, ¿qué hay que hacer
para establecer unas proporciones que dependen de una valoración,
cuyos criterios permanecen oscuros? ¿Cómo podría
justificarse una obligación absoluta sobre cálculos tan
discutibles?
78. La moralidad del acto humano
depende sobre todo y fundamentalmente del objeto elegido
racionalmente por la voluntad deliberada, como lo prueba también
el penetrante análisis, aún válido, de santo
Tomás(126). Así pues, para poder aprehender el objeto
de un acto, que lo especifica moralmente, hay que situarse en la
perspectiva de la persona que actúa. En efecto, el objeto
del acto del querer es un comportamiento elegido libremente. Y en
cuanto es conforme con el orden de la razón, es causa de la
bondad de la voluntad, nos perfecciona moralmente y nos dispone a
reconocer nuestro fin último en el bien perfecto, el amor
originario. Por tanto, no se puede tomar como objeto de un
determinado acto moral, un proceso o un evento de orden físico
solamente, que se valora en cuanto origina un determinado estado de
cosas en el mundo externo. El objeto es el fin próximo de una
elección deliberada que determina el acto del querer de la
persona que actúa. En este sentido, como enseña el
Catecismo de la Iglesia católica, «hay
comportamientos concretos cuya elección es siempre errada
porque ésta comporta un desorden de la voluntad, es decir, un
mal moral»(127). «Sucede frecuentemente —afirma el
Aquinate— que el hombre actúe con buena intención,
pero sin provecho espiritual porque le falta la buena voluntad. Por
ejemplo, uno roba para ayudar a los pobres: en este caso, si bien la
intención es buena, falta la rectitud de la voluntad porque
las obras son malas. En conclusión, la buena intención
no autoriza a hacer ninguna obra mala. "Algunos dicen: hagamos
el mal para que venga el bien. Estos bien merecen la propia condena"
(Rm 3, 8)»(128).
La razón por la que no basta la
buena intención, sino que es necesaria también la recta
elección de las obras, reside en el hecho de que el acto
humano depende de su objeto, o sea si éste es o no es
«ordenable» a Dios, al único que es
«Bueno», y así realiza la perfección de la
persona. Por tanto, el acto es bueno si su objeto es conforme con el
bien de la persona en el respeto de los bienes moralmente relevantes
para ella. La ética cristiana, que privilegia la atención
al objeto moral, no rechaza considerar la teleología
interior del obrar, en cuanto orientado a promover el verdadero
bien de la persona, sino que reconoce que éste sólo se
pretende realmente cuando se respetan los elementos esenciales de la
naturaleza humana. El acto humano, bueno según su objeto, es
«ordenable» también al fin último.
El mismo acto alcanza después su perfección última
y decisiva cuando la voluntad lo ordena efectivamente a Dios
mediante la caridad. A este respecto, el patrono de los moralistas y
confesores enseña: «No basta realizar obras buenas, sino
que es preciso hacerlas bien. Para que nuestras obras sean buenas y
perfectas, es necesario hacerlas con el fin puro de agradar a
Dios»(129).
El «mal intrínseco»:
no es lícito hacer el mal para lograr el bien (cf. Rm 3,
8)
79. Así pues, hay que
rechazar la tesis, característica de las teorías
teleológicas y proporcionalistas, según la cual
sería imposible calificar como moralmente mala según su
especie —su «objeto»— la elección
deliberada de algunos comportamientos o actos determinados
prescindiendo de la intención por la que la elección es
hecha o de la totalidad de las consecuencias previsibles de aquel
acto para todas las personas interesadas.
El elemento primario y decisivo para el
juicio moral es el objeto del acto humano, el cual decide sobre su
«ordenabilidad» al bien y al fin último que es
Dios. Tal «ordenabilidad» es aprehendida por la razón
en el mismo ser del hombre, considerado en su verdad integral, y, por
tanto, en sus inclinaciones naturales, en sus dinamismos y sus
finalidades, que también tienen siempre una dimensión
espiritual: éstos son exactamente los contenidos de la ley
natural y, por consiguiente, el conjunto ordenado de los bienes
para la persona que se ponen al servicio del bien de la
persona , del bien que es ella misma y su perfección.
Estos son los bienes tutelados por los mandamientos, los cuales,
según Santo Tomás, contienen toda la ley natural(130).
80. Ahora bien, la razón
testimonia que existen objetos del acto humano que se configuran como
no-ordenables a Dios, porque contradicen radicalmente el bien
de la persona, creada a su imagen. Son los actos que, en la tradición
moral de la Iglesia, han sido denominados intrínsecamente
malos («intrinsece malum»): lo son siempre y
por sí mismos, es decir, por su objeto, independientemente de
las ulteriores intenciones de quien actúa, y de las
circunstancias. Por esto, sin negar en absoluto el influjo que sobre
la moralidad tienen las circunstancias y, sobre todo, las
intenciones, la Iglesia enseña que «existen actos que,
por sí y en sí mismos, independientemente de las
circunstancias, son siempre gravemente ilícitos por razón
de su objeto»(131). El mismo concilio Vaticano II, en el marco
del respeto debido a la persona humana, ofrece una amplia
ejemplificación de tales actos: «Todo lo que se opone a
la vida, como los homicidios de cualquier género, los
genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario;
todo lo que viola la integridad de la persona humana, como las
mutilaciones, las torturas corporales y mentales, incluso los
intentos de coacción psicológica; todo lo que ofende a
la dignidad humana, como las condiciones infrahumanas de vida, los
encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la
prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; también
las condiciones ignominiosas de trabajo en las que los obreros son
tratados como meros instrumentos de lucro, no como personas libres y
responsables; todas estas cosas y otras semejantes son ciertamente
oprobios que, al corromper la civilización humana, deshonran
más a quienes los practican que a quienes padecen la
injusticia y son totalmente contrarios al honor debido al
Creador»(132).
Sobre los actos intrínsecamente
malos y refiriéndose a las prácticas contraceptivas
mediante las cuales el acto conyugal es realizado intencionalmente
infecundo, Pablo VI enseña: «En verdad, si es lícito
alguna vez tolerar un mal menor a fin de evitar un mal mayor o de
promover un bien más grande, no es lícito, ni aun por
razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien (cf.
Rm 3, 8), es decir, hacer objeto de un acto positivo de
voluntad lo que es intrínsecamente desordenado y por lo mismo
indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese
salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social»(133).
81. La Iglesia, al enseñar la
existencia de actos intrínsecamente malos, acoge la doctrina
de la sagrada Escritura. El apóstol Pablo afirma de modo
categórico: «¡No os engañéis! Ni los
impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los
afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni
los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán
el reino de Dios» (1 Co 6, 9-10).
Si los actos son intrínsecamente
malos, una intención buena o determinadas circunstancias
particulares pueden atenuar su malicia, pero no pueden suprimirla:
son actos irremediablemente malos, por sí y en sí
mismos no son ordenables a Dios y al bien de la persona: «En
cuanto a los actos que son por sí mismos pecados (cum iam
opera ipsa peccata sunt) —dice san Agustín—,
como el robo, la fornicación, la blasfemia u otros actos
semejantes, ¿quién osará afirmar que
cumpliéndolos por motivos buenos (bonis causis), ya no
serían pecados o —conclusión más absurda
aún— que serían pecados justificados?»(134).
Por esto, las circunstancias o las
intenciones nunca podrán transformar un acto intrínsecamente
deshonesto por su objeto en un acto subjetivamente honesto o
justificable como elección.
82. Por otra parte, la intención
es buena cuando apunta al verdadero bien de la persona con relación
a su fin último. Pero los actos, cuyo objeto es no-ordenable
a Dios e indigno de la persona humana, se oponen siempre y
en todos los casos a este bien. En este sentido, el respeto a las
normas que prohíben tales actos y que obligan «semper
et pro semper», o sea sin excepción alguna, no sólo
no limita la buena intención, sino que hasta constituye su
expresión fundamental.
La doctrina del objeto, como
fuente de la moralidad, representa una explicitación auténtica
de la moral bíblica de la Alianza y de los mandamientos, de la
caridad y de las virtudes. La calidad moral del obrar humano depende
de esta fidelidad a los mandamientos, expresión de obediencia
y de amor. Por esto, —volvemos a decirlo—, hay que
rechazar como errónea la opinión que considera
imposible calificar moralmente como mala según su especie la
elección deliberada de algunos comportamientos o actos
determinados, prescindiendo de la intención por la cual se
hace la elección o por la totalidad de las consecuencias
previsibles de aquel acto para todas las personas interesadas. Sin
estadeterminación racional de la moralidad del obrar
humano, sería imposible afirmar un orden moral
objetivo(135) y establecer cualquier norma determinada, desde el
punto de vista del contenido, que obligue sin excepciones; y esto
sería a costa de la fraternidad humana y de la verdad sobre el
bien, así como en detrimento de la comunión eclesial.
83. Como se ve, en la cuestión
de la moralidad de los actos humanos y particularmente en la de la
existencia de los actos intrínsecamente malos, se concentra en
cierto sentido la cuestión misma del hombre, de su
verdad y de las consecuencias morales que se derivan de ello.
Reconociendo y enseñando la existencia del mal intrínseco
en determinados actos humanos, la Iglesia permanece fiel a la verdad
integral sobre el hombre y, por ello, lo respeta y promueve en su
dignidad y vocación. En consecuencia, debe rechazar las
teorías expuestas más arriba, que contrastan con esta
verdad.
Sin embargo, es necesario que nosotros,
hermanos en el episcopado, no nos limitemos sólo a exhortar a
los fieles sobre los errores y peligros de algunas teorías
éticas. Ante todo, debemos mostrar el fascinante esplendor de
aquella verdad que es Jesucristo mismo. En él, que es la
Verdad (cf. Jn 14, 6), el hombre puede, mediante los actos
buenos, comprender plenamente y vivir perfectamente su vocación
a la libertad en la obediencia a la ley divina, que se compendia en
el mandamiento del amor a Dios y al prójimo. Es cuanto
acontece con el don del Espíritu Santo, Espíritu de
verdad, de libertad y amor: en él nos es dado interiorizar la
ley y percibirla y vivirla como el dinamismo de la verdadera libertad
personal: «la ley perfecta de la libertad» (St 1,
25).
CAPÍTULO III
"PARA NO DESVIRTUAR LA CRUZ DE
CRISTO" (1 Cor 1,17)
El bien moral para la vida de la
iglesia y del mundo
«Para ser libres nos libertó
Cristo» (Ga 5, 1)
84. La cuestión fundamental
que las teorías morales recordadas antes plantean con
particular intensidad es la relación entre la libertad del
hombre y la ley de Dios, es decir, la cuestión de la relación
entre libertad y verdad.
Según la fe cristiana y la
doctrina de la Iglesia «solamente la libertad que se somete a
la Verdad conduce a la persona humana a su verdadero bien. El bien de
la persona consiste en estar en la verdad y en realizar la
verdad»(136).
La confrontación entre la
posición de la Iglesia y la situación social y cultural
actual muestra inmediatamente la urgencia de que precisamente sobre
tal cuestión fundamental se desarrolle una intensa
acción pastoral por parte de la Iglesia misma: «La
cultura contemporánea ha perdido en gran parte este vínculo
esencial entre Verdad-Bien-Libertad y, por tanto, volver a conducir
al hombre a redescubrirlo es hoy una de las exigencias propias de la
misión de la Iglesia, por la salvación del mundo. La
pregunta de Pilato: "¿Qué es la verdad?",
emerge también hoy desde la triste perplejidad de un hombre
que a menudo ya no sabe quién es, de dónde viene
ni adónde va. Y así asistimos no pocas veces al
pavoroso precipitarse de la persona humana en situaciones de
autodestrucción progresiva. De prestar oído a ciertas
voces, parece que no se debiera ya reconocer el carácter
absoluto indestructible de ningún valor moral. Está
ante los ojos de todos el desprecio de la vida humana ya concebida y
aún no nacida; la violación permanente de derechos
fundamentales de la persona; la inicua destrucción de bienes
necesarios para una vida meramente humana. Y lo que es aún más
grave: el hombre ya no está convencido de que sólo en
la verdad puede encontrar la salvación. La fuerza salvífica
de la verdad es contestada y se confía sólo a la
libertad, desarraigada de toda objetividad, la tarea de decidir
autónomamente lo que es bueno y lo que es malo. Este
relativismo se traduce, en el campo teológico, en desconfianza
en la sabiduría de Dios, que guía al hombre con la ley
moral. A lo que la ley moral prescribe se contraponen las llamadas
situaciones concretas, no considerando ya, en definitiva, que la ley
de Dios es siempre el único verdadero bien del
hombre»(137).
85. La obra de discernimiento de estas
teorías éticas por parte de la Iglesia no se reduce a
su denuncia o a su rechazo, sino que trata de guiar con gran amor a
todos los fieles en la formación de una conciencia moral que
juzgue y lleve a decisiones según verdad, como exhorta el
apóstol Pablo: «No os acomodéis al mundo
presente, antes bien transformaos mediante la renovación de
vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es
la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto» (Rm
12, 2). Esta obra de la Iglesia encuentra su punto de apoyo —su
secreto formativo— no tanto en los enunciados
doctrinales y en las exhortaciones pastorales a la vigilancia, cuanto
en tener la «mirada» fija en el Señor Jesús.
La Iglesia cada día mira con incansable amor a Cristo,
plenamente consciente de que sólo en él está la
respuesta verdadera y definitiva al problema moral.
Concretamente, en Jesús
crucificado la Iglesia encuentra la respuesta al
interrogante que atormenta hoy a tantos hombres: cómo puede la
obediencia a las normas morales universales e inmutables respetar la
unicidad e irrepetibilidad de la persona y no atentar a su libertad y
dignidad. La Iglesia hace suya la conciencia que el apóstol
Pablo tenía de la misión recibida: «Me envió
Cristo... a predicar el Evangelio. Y no con palabras sabias, para no
desvirtuar la cruz de Cristo...; nosotros predicamos a un Cristo
crucificado: escándalo para los judíos, necedad para
los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que
griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios»
(1 Co 1, 17. 23-24). Cristo crucificado revela el
significado auténtico de la libertad, lo vive plenamente en el
don total de sí y llama a los discípulos a tomar
parte en su misma libertad.
86. La reflexión racional y la
experiencia cotidiana demuestran la debilidad que marca la libertad
del hombre. Es libertad real, pero contingente. No tiene su origen
absoluto e incondicionado en sí misma, sino en la existencia
en la que se encuentra y para la cual representa, al mismo tiempo, un
límite y una posibilidad. Es la libertad de una criatura, o
sea, una libertad donada, que se ha de acoger como un germen y hacer
madurar con responsabilidad. Es parte constitutiva de la imagen
creatural, que fundamenta la dignidad de la persona, en la cual
aparece la vocación originaria con la que el Creador llama al
hombre al verdadero Bien, y más aún, por la revelación
de Cristo, a entrar en amistad con él, participando de su
misma vida divina. Es, a la vez, inalienable autoposesión y
apertura universal a cada ser existente, cuando sale de sí
mismo hacia el conocimiento y el amor a los demás(138). La
libertad se fundamenta, pues, en la verdad del hombre y tiende a la
comunión.
La razón y la experiencia
muestran no sólo la debilidad de la libertad humana, sino
también su drama. El hombre descubre que su libertad está
inclinada misteriosamente a traicionar esta apertura a la Verdad y al
Bien, y que demasiado frecuentemente, prefiere, de hecho, escoger
bienes contingentes, limitados y efímeros. Más aún,
dentro de los errores y opciones negativas, el hombre descubre el
origen de una rebelión radical que lo lleva a rechazar la
Verdad y el Bien para erigirse en principio absoluto de sí
mismo: «Seréis como dioses» (Gn 3, 5). La
libertad, pues, necesita ser liberada. Cristo es su libertador: «para
ser libres nos libertó» él (Ga 5, 1).
87. Cristo manifiesta, ante todo, que
el reconocimiento honesto y abierto de la verdad es condición
para la auténtica libertad: «Conoceréis la verdad
y la verdad os hará libres» (Jn 8, 32)(139). Es
la verdad la que hace libres ante el poder y da la fuerza del
martirio. Al respecto dice Jesús ante Pilato: «Para esto
he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad» (Jn
18, 37). Así los verdaderos adoradores de Dios deben
adorarlo «en espíritu y en verdad» (Jn 4,
23). En virtud de esta adoración llegan a ser libres. Su
relación con la verdad y la adoración de Dios se
manifiesta en Jesucristo como la raíz más profunda de
la libertad.
Jesús manifiesta, además,
con su misma vida y no sólo con palabras, que la libertad se
realiza en el amor, es decir, en eldon de uno mismo. El
que dice: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus
amigos» (Jn 15, 13), va libremente al encuentro de la
Pasión (cf. Mt 26, 46), y en su obediencia al Padre en
la cruz da la vida por todos los hombres (cf. Flp 2, 6-11). De
este modo, la contemplación de Jesús crucificado es la
vía maestra por la que la Iglesia debe caminar cada día
si quiere comprender el pleno significado de la libertad: el don de
uno mismo en el servicio a Dios y a los hermanos. La comunión
con el Señor resucitado es la fuente inagotable de la que la
Iglesia se alimenta incesantemente para vivir en la libertad, darse y
servir. San Agustín, al comentar el versículo 2 del
salmo 100, «servid al Señor con alegría»,
dice: «En la casa del Señor libre es la esclavitud.
Libre, ya que el servicio no le impone la necesidad, sino la
caridad... La caridad te convierta en esclavo, así como la
verdad te ha hecho libre... Al mismo tiempo tú eres esclavo y
libre: esclavo, porque llegaste a serlo; libre, porque eres amado por
Dios, tu creador... Eres esclavo del Señor y eres libre del
Señor. ¡No busques una liberación que te lleve
lejos de la casa de tu libertador!»(140).
De este modo, la Iglesia, y cada
cristiano en ella, está llamado a participar de la función
real de Cristo en la cruz (cf. Jn 12, 32), de la gracia y
de la responsabilidad del Hijo del hombre, que «no ha venido a
ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos»
(Mt 20, 28)(141).
Por lo tanto, Jesús es la
síntesis viviente y personal de la perfecta libertad en la
obediencia total a la voluntad de Dios. Su carne crucificada es la
plena revelación del vínculo indisoluble entre libertad
y verdad, así como su resurrección de la muerte es la
exaltación suprema de la fecundidad y de la fuerza salvífica
de una libertad vivida en la verdad.
Caminar en la luz (cf. 1 Jn 1,
7)
88. La contraposición, más
aún, la radical separación entre libertad y verdad es
consecuencia, manifestación y realización de otra
dicotomía más grave y nociva: la que se produce entre
fe y moral.
Esta separación constituye una
de las preocupaciones pastorales más agudas de la Iglesia en
el presente proceso de secularismo, en el cual muchos hombres piensan
y viven como si Dios no existiera. Nos encontramos ante una
mentalidad que abarca —a menudo de manera profunda, vasta y
capilar— las actitudes y los comportamientos de los mismos
cristianos, cuya fe se debilita y pierde la propia originalidad de
nuevo criterio de interpretación y actuación para la
existencia personal, familiar y social. En realidad, los criterios de
juicio y de elección seguidos por los mismos creyentes se
presentan frecuentemente —en el contexto de una cultura
ampliamente descristianizada— como extraños e incluso
contrapuestos a los del Evangelio.
Es, pues, urgente que los cristianos
descubran la novedad de su fe y su fuerza de juicio ante la
cultura dominante e invadiente: «En otro tiempo fuisteis
tinieblas —nos recuerda el apóstol Pablo—; mas
ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz; pues
el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad.
Examinad qué es lo que agrada al Señor, y no
participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, antes
bien, denunciadlas... Mirad atentamente cómo vivís; que
no sea como imprudentes, sino como prudentes; aprovechando bien el
tiempo presente, porque los días son malos» (Ef 5,
8-11. 15-16; cf. 1 Ts 5, 4-8).
Urge recuperar y presentar una vez más
el verdadero rostro de la fe cristiana, que no es simplemente un
conjunto de proposiciones que se han de acoger y ratificar con la
mente, sino un conocimiento de Cristo vivido personalmente, una
memoria viva de sus mandamientos, una verdad que se ha de hacer
vida. Pero, una palabra no es acogida auténticamente si no
se traduce en hechos, si no es puesta en práctica. La fe es
una decisión que afecta a toda la existencia; es encuentro,
diálogo, comunión de amor y de vida del creyente con
Jesucristo, camino, verdad y vida (cf. Jn 14, 6). Implica un
acto de confianza y abandono en Cristo, y nos ayuda a vivir como él
vivió (cf. Ga 2, 20), o sea, en el mayor amor a Dios y
a los hermanos.
89. La fe tiene también un
contenido moral: suscita y exige un compromiso coherente de vida;
comporta y perfecciona la acogida y la observancia de los
mandamientos divinos. Como dice el evangelista Juan, «Dios es
Luz, en él no hay tinieblas alguna. Si decimos que estamos en
comunión con él y caminamos en tinieblas, mentimos y no
obramos la verdad... En esto sabemos que le conocemos: en que
guardamos sus mandamientos. Quien dice: "Yo le conozco" y
no guarda sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está
en él. Pero quien guarda su palabra, ciertamente en él
el amor de Dios ha llegado a su plenitud. En esto conocemos que
estamos en él. Quien dice que permanece en él, debe
vivir como vivió él» (1 Jn 1, 5-6; 2,
3-6).
A través de la vida moral la fe
llega a ser confesión, no sólo ante Dios, sino
también ante los hombres: se convierte en testimonio.
«Vosotros sois la luz del mundo —dice Jesús—.
No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni
tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín,
sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están
en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres,
para que vean vuestra buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que
está en los cielos» (Mt 5, 14-16). Estas obras
son sobre todo las de la caridad (cf. Mt 25, 31-46) y de la
auténtica libertad, que se manifiesta y vive en el don de uno
mismo. Hasta el don total de uno mismo, como hizo Cristo, que
en la cruz «amó a la Iglesia y se entregó a sí
mismo por ella» (Ef 5, 25). El testimonio de Cristo es
fuente, paradigma y auxilio para el testimonio del discípulo,
llamado a seguir el mismo camino: «Si alguno quiere venir en
pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz
cada día, y sígame» (Lc 9, 23). La
caridad, según las exigencias del radicalismo evangélico,
puede llevar al creyente al testimonio supremo del martirio.
Siguiendo el ejemplo de Jesús que muere en cruz, escribe
Pablo a los cristianos de Efeso: «Sed, pues, imitadores de
Dios, como hijos queridos y vivid en el amor como Cristo nos amó
y se entregó por nosotros como oblación y víctima
de suave aroma» (Ef 5, 1-2).
El martirio, exaltación de la
santidad inviolable de la ley de Dios
90. La relación entre fe y moral
resplandece con toda su intensidad en el respeto incondicionado
que se debe a las exigencias ineludibles de la dignidad personal de
cada hombre, exigencias tuteladas por las normas morales que
prohíben sin excepción los actos intrínsecamente
malos. La universalidad y la inmutabilidad de la norma moral
manifiestan y, al mismo tiempo, se ponen al servicio de la absoluta
dignidad personal, o sea, de la inviolabilidad del hombre, en cuyo
rostro brilla el esplendor de Dios (cf. Gn 9, 5-6).
El no poder aceptar las teorías
éticas «teleológicas», «consecuencialistas»
y «proporcionalistas» que niegan la existencia de normas
morales negativas relativas a comportamientos determinados y que son
válidas sin excepción, halla una confirmación
particularmente elocuente en el hecho del martirio cristiano, que
siempre ha acompañado y acompaña la vida de la Iglesia.
91. Ya en la antigua alianza
encontramos admirables testimonios de fidelidad a la ley santa de
Dios llevada hasta la aceptación voluntaria de la muerte.
Ejemplar es la historia de Susana: a los dos jueces injustos,
que la amenazaban con hacerla matar si se negaba a ceder a su pasión
impura, responde así: «¡Qué aprieto me
estrecha por todas partes! Si hago esto, es la muerte para mí;
si no lo hago, no escaparé de vosotros. Pero es mejor para mí
caer en vuestras manos sin haberlo hecho que pecar delante del Señor»
(Dn 13, 22-23). Susana, prefiriendo morir inocente en
manos de los jueces, atestigua no sólo su fe y confianza en
Dios sino también su obediencia a la verdad y al orden moral
absoluto: con su disponibilidad al martirio, proclama que no es justo
hacer lo que la ley de Dios califica como mal para sacar de ello
algún bien. Susana elige para sí la mejor parte:
un testimonio limpidísimo, sin ningún compromiso, de la
verdad y del Dios de Israel, sobre el bien; de este modo, manifiesta
en sus actos la santidad de Dios.
En los umbrales del Nuevo Testamento,
Juan el Bautista, rehusando callar la ley del Señor y
aliarse con el mal, «murió mártir de la verdad y
la justicia»(142) y así fue precursor del Mesías
incluso en el martirio (cf. Mc 6, 17-29). Por esto, «fue
encerrado en la oscuridad de la cárcel aquel que vino a
testimoniar la luz y que de la misma luz, que es Cristo, mereció
ser llamado lámpara que arde e ilumina... Y fue bautizado en
la propia sangre aquel a quien se le había concedido bautizar
al Redentor del mundo»(143).
En la nueva alianza se encuentran
numerosos testimonios de seguidores de Cristo —comenzando
por el diácono Esteban (cf. Hch 6, 8 -7, 60) y el
apóstol Santiago (cf. Hch 12, 1-2)— que murieron
mártires por confesar su fe y su amor al Maestro y por no
renegar de él. En esto han seguido al Señor Jesús,
que ante Caifás y Pilato, «rindió tan solemne
testimonio» (1 Tm 6, 13), confirmando la verdad de su
mensaje con el don de la vida. Otros innumerables mártires
aceptaron las persecuciones y la muerte antes que hacer el gesto
idolátrico de quemar incienso ante la estatua del emperador
(cf. Ap 13, 7-10). Incluso rechazaron el simular semejante
culto, dando así ejemplo del rechazo también de un
comportamiento concreto contrario al amor de Dios y al testimonio de
la fe. Con la obediencia, ellos confían y entregan, igual que
Cristo, su vida al Padre, que podía liberarlos de la muerte
(cf. Hb 5, 7).
La Iglesia propone el ejemplo de
numerosos santos y santas, que han testimoniado y defendido la
verdad moral hasta el martirio o han prefirido la muerte antes que
cometer un solo pecado mortal. Elevándolos al honor de los
altares, la Iglesia ha canonizado su testimonio y ha declarado
verdadero su juicio, según el cual el amor implica
obligatoriamente el respeto de sus mandamientos, incluso en las
circunstancias más graves, y el rechazo de traicionarlos,
aunque fuera con la intención de salvar la propia vida.
92. En el martirio, como confirmación
de la inviolabilidad del orden moral, resplandecen la santidad de la
ley de Dios y a la vez la intangibilidad de la dignidad personal del
hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. Es una dignidad que
nunca se puede envilecer o contrastar, aunque sea con buenas
intenciones, cualesquiera que sean las dificultades. Jesús nos
exhorta con la máxima severidad: «¿De qué
le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?»
(Mc 8, 36).
El martirio demuestra como ilusorio y
falso todo significado humano que se pretendiese atribuir,
aunque fuera en condiciones excepcionales, a un acto en sí
mismo moralmente malo; más aún, manifiesta abiertamente
su verdadero rostro: el de una violación de la «humanidad»
del hombre, antes aún en quien lo realiza que no en quien
lo padece(144). El martirio es, pues, también exaltación
de la perfecta humanidad y de la verdadera vida de la
persona, como atestigua san Ignacio de Antioquía dirigiéndose
a los cristianos de Roma, lugar de su martirio: «Por favor,
hermanos, no me privéis de esta vida, no queráis que
muera... dejad que pueda contemplar la luz; entonces seré
hombre en pleno sentido. Permitid que imite la pasión de
mi Dios»(145).
93. Finalmente, el martirio es un signo
preclaro de la santidad de la Iglesia: la fidelidad a la ley
santa de Dios, atestiguada con la muerte es anuncio solemne y
compromiso misionero «usque ad sanguinem» para que
el esplendor de la verdad moral no sea ofuscado en las costumbres y
en la mentalidad de las personas y de la sociedad. Semejante
testimonio tiene un valor extraordinario a fin de que no sólo
en la sociedad civil sino incluso dentro de las mismas comunidades
eclesiales no se caiga en la crisis más peligrosa que puede
afectar al hombre: la confusión del bien y del mal, que
hace imposible construir y conservar el orden moral de los individuos
y de las comunidades. Los mártires, y de manera más
amplia todos los santos en la Iglesia, con el ejemplo elocuente y
fascinador de una vida transfigurada totalmente por el esplendor de
la verdad moral, iluminan cada época de la historia
despertando el sentido moral. Dando testimonio del bien, ellos
representan un reproche viviente para cuantos trasgreden la ley (cf.
Sb 2, 2) y hacen resonar con permanente actualidad las
palabras del profeta: «¡Ay, los que llaman al mal bien, y
al bien mal; que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad; que dan
amargo por dulce, y dulce por amargo!» (Is 5, 20).
Si el martirio es el testimonio
culminante de la verdad moral, al que relativamente pocos son
llamados, existe no obstante un testimonio de coherencia que todos
los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso
a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios. En efecto, ante las
múltiples dificultades, que incluso en las circunstancias más
ordinarias puede exigir la fidelidad al orden moral, el cristiano,
implorando con su oración la gracia de Dios, está
llamado a una entrega a veces heroica. Le sostiene la virtud de la
fortaleza, que —como enseña san Gregorio Magno— le
capacita a «amar las dificultades de este mundo a la vista del
premio eterno»(146).
94. En el dar testimonio del bien moral
absoluto los cristianos no están solos. Encuentran una
confirmación en el sentido moral de los pueblos y en las
grandes tradiciones religiosas y sapienciales del Occidente y del
Oriente, que ponen de relieve la acción interior y misteriosa
del Espíritu de Dios. Para todos vale la expresión del
poeta latino Juvenal: «Considera el mayor crimen preferir la
supervivencia al pudor y, por amor de la vida, perder el sentido del
vivir»(147). La voz de la conciencia ha recordado siempre sin
ambigüedad que hay verdades y valores morales por los cuales se
debe estar dispuestos a dar incluso la vida. En la palabra y sobre
todo en el sacrificio de la vida por el valor moral, la Iglesia da el
mismo testimonio de aquella verdad que, presente ya en la creación,
resplandece plenamente en el rostro de Cristo: «Sabemos —dice
san Justino— que también han sido odiados y matados
aquellos que han seguido las doctrinas de los estoicos, por el hecho
de que han demostrado sabiduría al menos en la formulación
de la doctrina moral, gracias a la semilla del Verbo que está
en toda raza humana»(148).
Las normas morales universales e
inmutables
al servicio de la persona y de la sociedad
95. La doctrina de la Iglesia, y en
particular su firmeza en defender la validez universal y permanente
de los preceptos que prohiben los actos intrínsecamente malos,
es juzgada no pocas veces como signo de una intransigencia
intolerable, sobre todo en las situaciones enormemente complejas y
conflictivas de la vida moral del hombre y de la sociedad actual.
Dicha intransigencia estaría en contraste con la condición
maternal de la Iglesia. Ésta —se dice— no muestra
comprensión y compasión. Pero, en realidad, la
maternidad de la Iglesia no puede separarse jamás de su misión
docente, que ella debe realizar siempre como esposa fiel de Cristo,
que es la verdad en persona: «Como Maestra, no se cansa de
proclamar la norma moral... De tal norma la Iglesia no es ciertamente
ni la autora ni el árbitro. En obediencia a la verdad que es
Cristo, cuya imagen se refleja en la naturaleza y en la dignidad de
la persona humana, la Iglesia interpreta la norma moral y la propone
a todos los hombres de buena voluntad, sin esconder las exigencias de
radicalidad y de perfección»(149).
En realidad, la verdadera comprensión
y la genuina compasión deben significar amor a la persona, a
su verdadero bien, a su libertad auténtica. Y esto no se da,
ciertamente, escondiendo o debilitando la verdad moral, sino
proponiéndola con su profundo significado de irradiación
de la sabiduría eterna de Dios, recibida por medio de Cristo,
y de servicio al hombre, al crecimiento de su libertad y a la
búsqueda de su felicidad(150).
Al mismo tiempo, la presentación
límpida y vigorosa de la verdad moral no puede prescindir
nunca de un respeto profundo y sincero —animado por el amor
paciente y confiado—, del que el hombre necesita siempre en su
camino moral, frecuentemente trabajoso debido a dificultades,
debilidades y situaciones dolorosas. La Iglesia, que jamás
podrá renunciar al «principio de la verdad y de la
coherencia, según el cual no acepta llamar bien al mal y mal
al bien»(151), ha de estar siempre atenta a no quebrar la caña
cascada ni apagar el pabilo vacilante (cf. Is 42, 3). El Papa
Pablo VI ha escrito: «No disminuir en nada la doctrina
salvadora de Cristo es una forma eminente de caridad hacia las almas.
Pero ello ha de ir acompañado siempre con la paciencia y la
bondad de la que el Señor mismo ha dado ejemplo en su trato
con los hombres. Al venir no para juzgar sino para salvar (cf. Jn
3, 17), Él fue ciertamente intransigente con el mal, pero
misericordioso hacia las personas»(152).
96. La firmeza de la Iglesia en
defender las normas morales universales e inmutables no tiene nada de
humillante. Está sólo al servicio de la verdadera
libertad del hombre. Dado que no hay libertad fuera o contra la
verdad, la defensa categórica —esto es, sin concesiones
o compromisos—, de las exigencias absolutamente irrenunciables
de la dignidad personal del hombre, debe considerarse camino y
condición para la existencia misma de la libertad.
Este servicio está dirigido a
cada hombre, considerado en la unicidad e irrepetibilidad de
su ser y de su existir. Sólo en la obediencia a las normas
morales universales el hombre halla plena confirmación de su
unicidad como persona y la posibilidad de un verdadero crecimiento
moral. Precisamente por esto, dicho servicio está dirigido a
todos los hombres; no sólo a los individuos, sino
también a la comunidad, a la sociedad como tal. En efecto,
estas normas constituyen el fundamento inquebrantable y la sólida
garantía de una justa y pacífica convivencia humana, y
por tanto de una verdadera democracia, que puede nacer y crecer
solamente si se basa en la igualdad de todos sus miembros, unidos en
sus derechos y deberes. Ante las normas morales que prohíben
el mal intrínseco no hay privilegios ni excepciones para
nadie. No hay ninguna diferencia entre ser el dueño del
mundo o el último de los miserables de la tierra: ante
las exigencias morales somos todos absolutamente iguales.
97. De este modo, las normas morales, y
en primer lugar las negativas, que prohíben el mal,
manifiestan su significado y su fuerza personal y social.
Protegiendo la inviolable dignidad personal de cada hombre,
ayudan a la conservación misma del tejido social humano y a su
desarrollo recto y fecundo. En particular, los mandamientos de la
segunda tabla del Decálogo, recordados también por
Jesús al joven del evangelio (cf. Mt 19, 18),
constituyen las reglas primordiales de toda vida social.
Estos mandamientos están
formulados en términos generales. Pero el hecho de que «el
principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es
y debe ser la persona humana»(153), permite precisarlos y
explicitarlos en un código de comportamiento más
detallado. En ese sentido, las reglas morales fundamentales de la
vida social comportan unas exigencias determinadas a las que
deben atenerse tanto los poderes públicos como los ciudadanos.
Más allá de las intenciones, a veces buenas, y de las
circunstancias, a menudo difíciles, las autoridades civiles y
los individuos jamás están autorizados a transgredir
los derechos fundamentales e inalienables de la persona humana. Por
lo cual, sólo una moral que reconozca normas válidas
siempre y para todos, sin ninguna excepción, puede garantizar
el fundamento ético de la convivencia social, tanto nacional
como internacional.
La moral y la renovación de la
vida social y política
98. Ante las graves formas de
injusticia social y económica, así como de corrupción
política que padecen pueblos y naciones enteras, aumenta la
indignada reacción de muchísimas personas oprimidas y
humilladas en sus derechos humanos fundamentales, y se difunde y
agudiza cada vez más la necesidad de una radical renovación
personal y social capaz de asegurar justicia, solidaridad,
honestidad y transparencia.
Ciertamente, es largo y fatigoso el
camino que hay que recorrer; muchos y grandes son los esfuerzos por
realizar para que pueda darse semejante renovación, incluso
por las causas múltiples y graves que generan y favorecen las
situaciones de injusticia presentes hoy en el mundo. Pero, como
enseñan la experiencia y la historia de cada uno, no es
difícil encontrar, en el origen de estas situaciones, causas
propiamente culturales, relacionadas con una determinada
visión del hombre, de la sociedad y del mundo. En realidad, en
el centro de la cuestión cultural está el
sentido moral, que a su vez se fundamenta y se realiza en el
sentido religioso(154).
99. Sólo Dios, el Bien supremo,
es la base inamovible y la condición insustituible de la
moralidad, y por tanto de los mandamientos, en particular los
negativos, que prohíben siempre y en todo caso el
comportamiento y los actos incompatibles con la dignidad personal de
cada hombre. Así, el Bien supremo y el bien moral se
encuentran en la verdad: la verdad de Dios Creador y Redentor,
y la verdad del hombre creado y redimido por él. Únicamente
sobre esta verdad es posible construir una sociedad renovada y
resolver los problemas complejos y graves que la afectan, ante todo
el de vencer las formas más diversas de totalitarismo para
abrir el camino a la auténtica libertad de la persona.
«El totalitarismo nace de la negación de la verdad en
sentido objetivo. Si no existe una verdad trascendente, con cuya
obediencia el hombre conquista su plena identidad, tampoco existe
ningún principio seguro que garantice relaciones justas entre
los hombres: los intereses de clase, grupo o nación, los
contraponen inevitablemente unos a otros. Si no se reconoce la verdad
trascendente, triunfa la fuerza del poder, y cada uno tiende a
utilizar hasta el extremo los medios de que dispone para imponer su
propio interés o la propia opinión, sin respetar los
derechos de los demás... La raíz del totalitarismo
moderno hay que verla, por tanto, en la negación de la
dignidad trascendente de la persona humana, imagen visible de Dios
invisible y, precisamente por esto, sujeto natural de derechos que
nadie puede violar: ni el individuo, ni el grupo, ni la clase social,
ni la nación, ni el Estado. No puede hacerlo tampoco la
mayoría de un cuerpo social, poniéndose en contra de la
minoría, marginándola, oprimiéndola,
explotándola o incluso intentando destruirla»(155).
Por esto, la relación
inseparable entre verdad y libertad —que expresa el vínculo
esencial entre la sabiduría y la voluntad de Dios— tiene
un significado de suma importancia para la vida de las personas en el
ámbito socioeconómico y sociopolítico, tal y
como emerge de la doctrina social de la Iglesia —la cual
«pertenece al ámbito... de la teología y
especialmentede la teología moral»(156),— y de su
presentación de los mandamientos que regulan la vida social,
económica y política, con relación no sólo
a actitudes generales sino también a precisos y determinados
comportamientos y actos concretos.
100. A este respecto, el Catecismo
de la Iglesia católica, después de afirmar: «en
materia económica el respeto de la dignidad humana exige la
práctica de la virtud de la templanza, para moderar el
apego a los bienes de este mundo; de la virtud de la justicia,
para preservar los derechos del prójimo y darle lo que le
es debido; y de la solidaridad, siguiendo la regla de oro y
según la generosidad del Señor, que "siendo rico,
por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su
pobreza" (2 Co 8, 9)»(157), presenta una serie de
comportamientos y de actos que están en contraste con la
dignidad humana: el robo, el retener deliberadamente cosas recibidas
como préstamo u objetos perdidos, el fraude comercial (cf. Dt
25, 13-16), los salarios injustos (cf. Dt 24, 14-15; St
5, 4), la subida de precios especulando sobre la ignorancia y las
necesidades ajenas (cf. Am 8, 4-6), la apropiación y el
uso privado de bienes sociales de una empresa, los trabajos mal
realizados, los fraudes fiscales, la falsificación de cheques
y de facturas, los gastos excesivos, el derroche, etc.(158). Y hay
que añadir: «El séptimo mandamiento proscribe los
actos o empresas que, por una u otra razón, egoísta o
ideológica, mercantil o totalitaria, conducen a esclavizar
seres humanos, a menospreciar su dignidad personal, a comprarlos,
a venderlos y a cambiarlos como mercancía. Es un pecado contra
la dignidad de las personas y sus derechos fundamentales reducirlos
mediante la violencia a la condición de objeto de consumo o a
una fuente de beneficios. San Pablo ordenaba a un amo cristiano que
tratase a su esclavo cristiano "no como esclavo, sino... como un
hermano... en el Señor" (Flm 16)»(159).
101. En el ámbito político
se debe constatar que la veracidad en las relaciones entre
gobernantes y gobernados; la transparencia en la administración
pública; la imparcialidad en el servicio de la cosa pública;
el respeto de los derechos de los adversarios políticos; la
tutela de los derechos de los acusados contra procesos y condenas
sumarias; el uso justo y honesto del dinero público; el
rechazo de medios equívocos o ilícitos para conquistar,
mantener o aumentar a cualquier costo el poder, son principios que
tienen su base fundamental —así como su urgencia
singular— en el valor trascendente de la persona y en las
exigencias morales objetivas de funcionamiento de los Estados(160).
Cuando no se observan estos principios, se resiente el fundamento
mismo de la convivencia política y toda la vida social se ve
progresivamente comprometida, amenazada y abocada a su disolución
(cf. Sal 14, 3-4; Ap 18, 2-3. 9-24). Después de
la caída, en muchos países, de las ideologías
que condicionaban la política a una concepción
totalitaria del mundo —la primera entre ellas el marxismo—,
existe hoy un riesgo no menos grave debido a la negación de
los derechos fundamentales de la persona humana y a la absorción
en la política de la misma inquietud religiosa que habita en
el corazón de todo ser humano: es el riesgo de la alianza
entre democracia y relativismo ético, que quita a la
convivencia civil cualquier punto seguro de referencia moral,
despojándola más radicalmente del reconocimiento de la
verdad. En efecto, «si no existe una verdad última —que
guíe y oriente la acción política—,
entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser
instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una
democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo
visible o encubierto, como demuestra la historia»(161).
Así, en cualquier campo de la
vida personal, familiar, social y política, la moral —que
se basa en la verdad y que a través de ella se abre a la
auténtica libertad— ofrece un servicio original,
insustituible y de enorme valor no sólo para cada persona y
para su crecimiento en el bien, sino también para la sociedad
y su verdadero desarrollo.
Gracia y obediencia a la ley de Dios
102. Incluso en las situaciones más
difíciles, el hombre debe observar la norma moral para ser
obediente al sagrado mandamiento de Dios y coherente con la propia
dignidad personal. Ciertamente, la armonía entre libertad y
verdad postula, a veces, sacrificios no comunes y se conquista con un
alto precio: puede conllevar incluso el martirio. Pero, como
demuestra la experiencia universal y cotidiana, el hombre se ve
tentado a romper esta armonía: «No hago lo que quiero,
sino que hago lo que aborrezco... No hago el bien que quiero, sino
que obro el mal que no quiero» (Rm 7, 15. 19).
¿De dónde proviene, en
última instancia, esta división interior del hombre?
Éste inicia su historia de pecado cuando deja de reconocer al
Señor como a su Creador, y quiere ser él mismo quien
decide, con total independencia, sobre lo que es bueno y lo que es
malo. «Seréis como dioses, conocedores del bien y del
mal» (Gn 3, 5): ésta es la primera tentación,
de la que se hacen eco todas las demás tentaciones a las que
el hombre está inclinado a ceder por las heridas de la caída
original.
Pero las tentaciones se pueden vencer y
los pecados se pueden evitar porque, junto con los mandamientos, el
Señor nos da la posibilidad de observarlos: «Sus ojos
están sobre los que le temen, él conoce todas las obras
del hombre. A nadie ha mandado ser impío, a nadie ha dado
licencia de pecar» (Eclo 15, 19-20). La observancia de
la ley de Dios, en determinadas situaciones, puede ser difícil,
muy difícil: sin embargo jamás es imposible. Ésta
es una enseñanza constante de la tradición de la
Iglesia, expresada así por el concilio de Trento: «Nadie
puede considerarse desligado de la observancia de los mandamientos,
por muy justificado que esté; nadie puede apoyarse en aquel
dicho temerario y condenado por los Padres: que los mandamientos de
Dios son imposibles de cumplir por el hombre justificado. "Porque
Dios no manda cosas imposibles, sino que, al mandar lo que manda, te
invita a hacer lo que puedas y pedir lo que no puedas" y te
ayuda para que puedas. "Sus mandamientos no son pesados" (1
Jn 5, 3), "su yugo es suave y su carga ligera" (Mt
11, 30)»(162).
103. El ámbito espiritual de la
esperanza siempre está abierto al hombre, con la ayuda de
la gracia divina y con la colaboración de la libertad
humana.
Es en la cruz salvífica de
Jesús, en el don del Espíritu Santo, en los sacramentos
que brotan del costado traspasado del Redentor (cf. Jn 19,
34), donde el creyente encuentra la gracia y la fuerza para observar
siempre la ley santa de Dios, incluso en medio de las dificultades
más graves. Como dice san Andrés de Creta, la ley misma
«fue vivificada por la gracia y puesta a su servicio en una
composición armónica y fecunda. Cada una de las dos
conservó sus características sin alteraciones y
confusiones. Sin embargo, la ley, que antes era un peso gravoso y una
tiranía, se convirtió, por obra de Dios, en peso ligero
y fuente de libertad»(163).
Sólo en el misterio de la
Redención de Cristo están las posibilidades «concretas»
del hombre. «Sería un error gravísimo
concluir... que la norma enseñada por la Iglesia es en sí
misma un "ideal" que ha de ser luego adaptado,
proporcionado, graduado a las —se dice— posibilidades
concretas del hombre: según un "equilibrio de los varios
bienes en cuestión". Pero, ¿cuáles son las
"posibilidades concretas del hombre"? ¿Y de qué
hombre se habla? ¿Del hombre dominado por la
concupiscencia, o del redimido por Cristo? Porque se trata de
esto: de la realidad de la redención de Cristo. ¡Cristo
nos ha redimido! Esto significa que él nos ha dado la
posibilidad de realizar toda la verdad de nuestro ser;
ha liberado nuestra libertad del dominio de la concupiscencia.
Y si el hombre redimido sigue pecando, esto no se debe a la
imperfección del acto redentor de Cristo, sino a lavoluntad
del hombre de substraerse a la gracia que brota de ese acto. El
mandamiento de Dios ciertamente está proporcionado a las
capacidades del hombre: pero a las capacidades del hombre a quien se
ha dado el Espíritu Santo; del hombre que, aunque caído
en el pecado, puede obtener siempre el perdón y gozar de la
presencia del Espíritu»(164).
104. En este contexto se abre el justo
espacio a la misericordia de Dios por el pecador que se
convierte, y a la comprensión por la debilidad humana. Esta
comprensión jamás significa comprometer y falsificar la
medida del bien y del mal para adaptarla a las circunstancias.
Mientras es humano que el hombre, habiendo pecado, reconozca su
debilidad y pida misericordia por las propias culpas, en cambio es
inaceptable la actitud de quien hace de su propia debilidad el
criterio de la verdad sobre el bien, de manera que se puede sentir
justificado por sí mismo, incluso sin necesidad de recurrir a
Dios y a su misericordia. Semejante actitud corrompe la moralidad de
la sociedad entera, porque enseña a dudar de la objetividad de
la ley moral en general y a rechazar las prohibiciones morales
absolutas sobre determinados actos humanos, y termina por confundir
todos los juicios de valor.
En cambio, debemos recoger el mensaje
contenido en la parábola evangélica del fariseo y el
publicano (cf. Lc 18, 9-14). El publicano quizás
podía tener alguna justificación por los pecados
cometidos, que disminuyera su responsabilidad. Pero su petición
no se limita solamente a estas justificaciones, sino que se extiende
también a su propia indignidad ante la santidad infinita de
Dios: «¡Oh Dios! Ten compasión de mí, que
soy pecador» (Lc 18, 13). En cambio, el fariseo se
justifica él solo, encontrando quizás una excusa para
cada una de sus faltas. Nos encontramos, pues, ante dos actitudes
diferentes de la conciencia moral del hombre de todos los tiempos. El
publicano nos presenta una conciencia penitente que es
plenamente consciente de la fragilidad de la propia naturaleza y que
ve en las propias faltas, cualesquiera que sean las justificaciones
subjetivas, una confirmación del propio ser necesitado de
redención. El fariseo nos presenta una conciencia satisfecha
de sí misma, que cree que puede observar la ley sin la
ayuda de la gracia y está convencida de no necesitar la
misericordia.
105. Se pide a todos gran vigilancia
para no dejarse contagiar por la actitud farisaica, que pretende
eliminar la conciencia del propio límite y del propio pecado,
y que hoy se manifiesta particularmente con el intento de adaptar la
norma moral a las propias capacidades y a los propios intereses, e
incluso con el rechazo del concepto mismo de norma. Al contrario,
aceptar ladesproporción entre ley y capacidad humana, o
sea, la capacidad de las solas fuerzas morales del hombre dejado a sí
mismo, suscita el deseo de la gracia y predispone a recibirla.
«¿Quién me librará de este cuerpo que me
lleva a la muerte?», se pregunta san Pablo. Y con una confesión
gozosa y agradecida responde: «¡Gracias sean dadas a Dios
por Jesucristo nuestro Señor!» (Rm 7, 24-25).
Encontramos la misma conciencia en esta
oración de san Ambrosio de Milán: «Nada vale el
hombre, si tú no lo visitas. No olvides a quien es débil;
acuérdate, oh Señor, que me has hecho débil, que
me has plasmado del polvo. ¿Cómo podré
sostenerme si tú no me miras sin cesar para fortalecer esta
arcilla, de modo que mi consistencia proceda de tu rostro? Si
escondes tu rostro, todo perece (Sal 103, 29): si tú
me miras, ¡pobre de mí! En mí no verás más
que contaminaciones de delitos; no es ventajoso ser abandonados ni
ser vistos, porque, en el acto de ser vistos, somos motivo de
disgusto.
Sin embargo, podemos pensar que Dios no
rechaza a quienes ve, porque purifica a quienes mira. Ante él
arde un fuego que quema la culpa (cf. Jl 2, 3)»(165).
Moral y nueva evangelización
106. La evangelización es el
desafío más perentorio y exigente que la Iglesia está
llamada a afrontar desde su origen mismo. En realidad, este reto no
lo plantean sólo las situaciones sociales y culturales, que la
Iglesia encuentra a lo largo de la historia, sino que está
contenido en el mandato de Jesús resucitado, que define la
razón misma de la existencia de la Iglesia: «Id por todo
el mundo y proclamad la buena nueva a toda la creación»
(Mc 16, 15).
El momento que estamos viviendo —al
menos en no pocas sociedades—, es más bien el de un
formidable desafío a la nueva evangelización, es
decir, al anuncio del Evangelio siempre nuevo y siempre portador de
novedad, una evangelización que debe ser «nueva en su
ardor, en sus métodos y en su expresión»(166). La
descristianización, que grava sobre pueblos enteros y
comunidades en otro tiempo ricos de fe y vida cristiana, no comporta
sólo la pérdida de la fe o su falta de relevancia para
la vida, sino también y necesariamente una decadencia u
oscurecimiento del sentido moral: y esto ya sea por la disolución
de la conciencia de la originalidad de la moral evangélica, ya
sea por el eclipse de los mismos principios y valores éticos
fundamentales. Las tendencias subjetivistas, utilitaristas y
relativistas, hoy ampliamente difundidas, se presentan no simplemente
como posiciones pragmáticas, como usanzas, sino como
concepciones consolidadas desde el punto de vista teórico, que
reivindican una plena legitimidad cultural y social.
107. La evangelización —y
por tanto la «nueva evangelización»—
comporta también el anuncio y la propuesta moral. Jesús
mismo, al predicar precisamente el reino de Dios y su amor salvífico,
ha hecho una llamada a la fe y a la conversión (cf. Mc 1,
15). Y Pedro con los otros Apóstoles, anunciando la
resurrección de Jesús de Nazaret de entre los muertos,
propone una vida nueva que hay que vivir, un camino que hay
que seguir para ser discípulo del Resucitado (cf. Hch 2,
37-41; 3, 17-20).
De la misma manera —y más
aún— que para las verdades de fe, la nueva
evangelización, que propone los fundamentos y contenidos de la
moral cristiana, manifiesta su autenticidad y, al mismo tiempo,
difunde toda su fuerza misionera cuando se realiza a través
del don no sólo de la palabra anunciada sino también de
la palabra vivida. En particular, es la vida de santidad, que
resplandece en tantos miembros del pueblo de Dios frecuentemente
humildes y escondidos a los ojos de los hombres, la que constituye el
camino más simple y fascinante en el que se nos concede
percibir inmediatamente la belleza de la verdad, la fuerza liberadora
del amor de Dios, el valor de la fidelidad incondicional a todas las
exigencias de la ley del Señor, incluso en las circunstancias
más difíciles. Por esto, la Iglesia, en su sabia
pedagogía moral, ha invitado siempre a los creyentes a buscar
y a encontrar en los santos y santas, y en primer lugar en la Virgen
Madre de Dios llena de gracia y toda santa, el modelo,
la fuerza y la alegría para vivir una vida según los
mandamientos de Dios y las bienaventuranzas del Evangelio.
La vida de los santos, reflejo de la
bondad de Dios —del único que es «Bueno»—,
no solamente constituye una verdadera confesión de fe y un
impulso para su comunicación a los otros, sino también
una glorificación de Dios y de su infinita santidad. La vida
santa conduce así a plenitud de expresión y actuación
el triple y unitario «munus propheticum, sacerdotale et
regale» que cada cristiano recibe como don en su
renacimiento bautismal «de agua y de Espíritu» (Jn
3, 5). Su vida moral posee el valor de un «culto
espiritual» (Rm 12, 1; cf. Flp 3, 3) que nace y
se alimenta de aquella inagotable fuente de santidad y glorificación
de Dios que son los sacramentos, especialmente la Eucaristía;
en efecto, participando en el sacrificio de la cruz, el cristiano
comulga con el amor de entrega de Cristo y se capacita y compromete a
vivir esta misma caridad en todas sus actitudes y comportamientos de
vida. En la existencia moral se revela y se realiza también el
efectivo servicio del cristiano: cuanto más obedece con la
ayuda de la gracia a la ley nueva del Espíritu Santo, tanto
más crece en la libertad a la cual está llamado
mediante el servicio de la verdad, la caridad y la justicia.
108. En la raíz de la nueva
evangelización y de la vida moral nueva, que ella propone y
suscita en sus frutos de santidad y acción misionera, está
el Espíritu de Cristo, principio y fuerza de la
fecundidad de la santa Madre Iglesia, como nos recuerda Pablo VI: «No
habrá nunca evangelización posible sin la acción
del Espíritu Santo»(167). Al Espíritu de Jesús,
acogido por el corazón humilde y dócil del creyente, se
debe, por tanto, el florecer de la vida moral cristiana y el
testimonio de la santidad en la gran variedad de las vocaciones, de
los dones, de las responsabilidades y de las condiciones y
situaciones de vida. Es el Espíritu Santo —afirmaba ya
Novaciano, expresando de esta forma la fe auténtica de la
Iglesia— «aquel que ha dado firmeza a las almas y a las
mentes de los discípulos, aquel que ha iluminado en ellos las
cosas divinas; fortalecidos por él, los discípulos no
tuvieron temor ni de las cárceles ni de las cadenas por el
nombre del Señor; más aún, despreciaron a los
mismos poderes y tormentos del mundo, armados ahora y fortalecidos
por medio de él, teniendo en sí los dones que este
mismo Espíritu dona y envía como alhajas a la Iglesia,
esposa de Cristo. En efecto, es él quien suscita a los
profetas en la Iglesia, instruye a los maestros, sugiere las
palabras, realiza prodigios y curaciones, produce obras admirables,
concede el discernimiento de los espíritus, asigna las tareas
de gobierno, inspira los consejos, reparte y armoniza cualquier otro
don carismático y, por esto, perfecciona completamente, por
todas partes y en todo, a la Iglesia del Señor»(168).
En el contexto vivo de esta nueva
evangelización, destinada a generar y a nutrir «la fe
que actúa por la caridad» (Ga 5, 6) y en relación
con la obra del Espíritu Santo, podemos comprender ahora el
puesto que en la Iglesia, comunidad de los creyentes, corresponde a
la reflexión que la teología debe desarrollar sobre
la vida moral, de la misma manera que podemos presentar la misión
y responsabilidad propia de los teólogos moralistas.
El servicio de los teólogos
moralistas
109. Toda la Iglesia, partícipe
del «munus propheticum» del Señor Jesús
mediante el don de su Espíritu, está llamada a la
evangelización y al testimonio de una vida de fe. Gracias a la
presencia permanente en ella del Espíritu de verdad (cf. Jn
14, 16-17), «la totalidad de los fieles, que tienen la unción
del Santo (cf. 1 Jn 2, 20. 27) no puede equivocarse cuando
cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el
sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando "desde
los obispos hasta los últimos fieles laicos" presta su
consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres»(169).
Para cumplir su misión
profética, la Iglesia debe despertar continuamente o reavivar
la propia vida de fe (cf. 2 Tm 1, 6), en especial mediante
una reflexión cada vez más profunda, bajo la guía
del Espíritu Santo, sobre el contenido de la fe misma. Es al
servicio de esta «búsqueda creyente de la comprensión
de la fe» donde se sitúa, de modo específico, la
vocación del teólogo en la Iglesia: «Entre
las vocaciones suscitadas por el Espíritu en la Iglesia
—leemos en la Instrucción Donum veritatis—
se distingue la del teólogo, que tiene la función
especial de lograr, en comunión con el Magisterio, una
comprensión cada vez más profunda de la palabra de Dios
contenida en la Escritura inspirada y transmitida por la Tradición
viva de la Iglesia. Por su propia naturaleza, la fe interpela la
inteligencia, porque descubre al hombre la verdad sobre su destino y
el camino para alcanzarlo. Aunque la verdad revelada supere nuestro
modo de hablar y nuestros conceptos sean imperfectos frente a su
insondable grandeza (cf. Ef 3, 19), sin embargo, invita a
nuestra razón —don de Dios otorgado para captar la
verdad— a entrar en el ámbito de su luz, capacitándola
así para comprender en cierta medida lo que ha creído.
La ciencia teológica, que busca la inteligencia de la fe
respondiendo a la invitación de la voz de la verdad, ayuda al
pueblo de Dios, según el mandamiento del apóstol (cf. 1
P 3, 15), a dar cuenta de su esperanza a aquellos que se lo
piden»(170).
Para definir la identidad misma y, por
consiguiente, realizar la misión propia de la teología,
es fundamental reconocer su íntimo y vivo nexo con la
Iglesia, su misterio, su vida y misión: «La teología
es ciencia eclesial, porque crece en la Iglesia y actúa en la
Iglesia... Está al servicio de la Iglesia y por lo tanto debe
sentirse dinámicamente inserta en la misión de la
Iglesia, especialmente en su misión profética»(171).
Por su naturaleza y dinamismo, la teología auténtica
sólo puede florecer y desarrollarse mediante una convencida y
responsable participación y pertenencia a la Iglesia,
como comunidad de fe, de la misma manera que el fruto de la
investigación y la profundización teológica
vuelve a esta misma Iglesia y a su vida de fe.
110. Cuanto se ha dicho hasta ahora
acerca de la teología en general, puede y debe ser propuesto
de nuevo para la teología moral, entendida en su
especificidad de reflexión científica sobre el
Evangelio como don y mandamiento de vida nueva, sobre la vida
según «la verdad en el amor» (Ef 4, 15),
sobre la vida de santidad de la Iglesia, o sea, sobre la vida en la
que resplandece la verdad del bien llevado hasta su perfección.
No sólo en el ámbito de la fe, sino también y de
modo inseparable en el ámbito de la moral, interviene el
Magisterio de la Iglesia, cuyo cometido es «discernir,
por medio de juicios normativos para la conciencia de los fieles, los
actos que en sí mismos son conformes a las exigencias de la fe
y promueven su expresión en la vida, como también
aquellos que, por el contrario, por su malicia son incompatibles con
estas exigencias»(172). Predicando los mandamientos de Dios y
la caridad de Cristo, el Magisterio de la Iglesia enseña
también a los fieles los preceptos particulares y
determinados, y les pide considerarlos como moralmente obligatorios
en conciencia. Además, desarrolla una importante tarea de
vigilancia, advirtiendo a los fieles de la presencia de eventuales
errores, incluso sólo implícitos, cuando la conciencia
de los mismos no logra reconocer la exactitud y la verdad de las
reglas morales que enseña el Magisterio.
Se inserta aquí la función
específica de cuantos por mandato de los legítimos
pastores enseñan teología moral en los seminarios y
facultades teológicas. Tienen el grave deber de instruir a los
fieles —especialmente a los futuros pastores— acerca de
todos los mandamientos y las normas prácticas que la Iglesia
declara con autoriad(173). No obstante los eventuales límites
de las argumentaciones humanas presentadas por el Magisterio, los
teólogos moralistas están llamados a profundizar las
razones de sus enseñanzas, a ilustrar los fundamentos de sus
preceptos y su obligatoriedad, mostrando su mutua conexión y
la relación con el fin último del hombre(174). Compete
a los teólogos moralistas exponer la doctrina de la Iglesia y
dar, en el ejercicio de su ministerio, el ejemplo de un asentimiento
leal, interno y externo, a la enseñanza del Magisterio sea en
el campo del dogma como en el de la moral(175). Uniendo sus fuerzas
para colaborar con el Magisterio jerárquico, los teólogos
se empeñarán por clarificar cada vez mejor los
fundamentos bíblicos, los significados éticos y las
motivaciones antropológicas que sostienen la doctrina moral y
la visión del hombre propuestas por la Iglesia.
111. El servicio que los teólogos
moralistas están llamados a ofrecer en la hora presente es de
importancia primordial, no sólo para la vida y la misión
de la Iglesia, sino también para la sociedad y la cultura
humana. Compete a ellos, en conexión íntima y vital con
la teología bíblica y dogmática, subrayar en la
reflexión científica «el aspecto dinámico
que ayuda a resaltar la respuesta que el hombre debe dar a la llamada
divina en el proceso de su crecimiento en el amor, en el seno de una
comunidad salvífica. De esta forma, la teología moral
alcanzará una dimensión espiritual interna,
respondiendo a las exigencias de desarrollo pleno de la "imago
Dei" que está en el hombre, y a las leyes del proceso
espiritual descrito en la ascética y mística
cristianas»(176).
Ciertamente, la teología moral y
su enseñanza se encuentran hoy ante una dificultad particular.
Puesto que la doctrina moral de la Iglesia implica necesariamente una
dimensión normativa, la teología moral no puede
reducirse a un saber elaborado sólo en el contexto de las así
llamadas ciencias humanas. Mientras éstas se ocupan del
fenómeno de la moralidad como hecho histórico y social,
la teología moral, aun sirviéndose necesariamente
también de los resultados de las ciencias del hombre y de la
naturaleza, no está en absoluto subordinada a los resultados
de las observaciones empírico-formales o de la comprensión
fenomenológica. En realidad, la pertinencia de las ciencias
humanas en teología moral siempre debe ser valorada con
relación a la pregunta primigenia: ¿Qué es el
bien o el mal? ¿Qué hacer para obtener la vida eterna?
112. El teólogo moralista debe
aplicar, por consiguiente, el discernimiento necesario en el contexto
de la cultura actual, prevalentemente científica y técnica,
expuesta al peligro del pragmatismo y del positivismo. Desde el punto
de vista teológico, los principios morales no son dependientes
del momento histórico en el que vienen a la luz. El hecho de
que algunos creyentes actúen sin observar las enseñanzas
del Magisterio o, erróneamente, consideren su conducta como
moralmente justa cuando es contraria a la ley de Dios declarada por
sus pastores, no puede constituir un argumento válido para
rechazar la verdad de las normas morales enseñadas por la
Iglesia. La afirmación de los principios morales no es
competencia de los métodos empírico-formales. La
teología moral, fiel al sentido sobrenatural de la fe, sin
rechazar la validez de tales métodos, —pero sin limitar
tampoco a ellos su perspectiva—, mira sobre todo a la
dimensión espiritual del corazón humano y su vocación
al amor divino.
En efecto, mientras las ciencias
humanas, como todas las ciencias experimentales, parten de un
concepto empírico y estadístico de «normalidad»,
la fe enseña que esta normalidad lleva consigo las huellas de
una caída del hombre desde su condición originaria, es
decir, está afectada por el pecado. Sólo la fe
cristiana enseña al hombre el camino del retorno «al
principio» (cf. Mt 19, 8), un camino que con frecuencia
es bien diverso del de la normalidad empírica. En este
sentido, las ciencias humanas, no obstante todos los conocimientos de
gran valor que ofrecen, no pueden asumir la función de
indicadores decisivos de las normas morales. El Evangelio es el que
revela la verdad integral sobre el hombre y sobre su camino moral y,
de esta manera, instruye y amonesta a los pecadores, y les anuncia la
misericordia divina, que actúa incesantemente para
preservarlos tanto de la desesperación de no poder conocer y
observar plenamente la ley divina, cuanto de la presunción de
poderse salvar sin mérito. Además, les recuerda la
alegría del perdón, sólo el cual da la fuerza
para reconocer una verdad liberadora en la ley divina, una gracia de
esperanza, un camino de vida.
113. La enseñanza de la doctrina
moral implica la asunción consciente de estas
responsabilidades intelectuales, espirituales y pastorales. Por esto,
los teólogos moralistas, que aceptan la función de
enseñar la doctrina de la Iglesia, tienen el grave deber de
educar a los fieles en este discernimiento moral, en el compromiso
por el verdadero bien y en el recurrir confiadamente a la gracia
divina.
Si la convergencia y los conflictos de
opinión pueden constituir expresiones normales de la vida
pública en el contexto de una democracia representativa, la
doctrina moral no puede depender ciertamente del simple respeto de un
procedimiento; en efecto, ésta no viene determinada en modo
alguno por las reglas y formas de una deliberación de tipo
democrático. El disenso, mediante contestaciones
calculadas y de polémicas a través de los medios de
comunicación social, es contrario a la comunión
eclesial y a la recta comprensión de la constitución
jerárquica del pueblo de Dios. En la oposición a la
enseñanza de los pastores no se puede reconocer una legítima
expresión de la libertad cristiana ni de las diversidades de
los dones del Espíritu Santo. En este caso, los pastores
tienen el deber de actuar de conformidad con su misión
apostólica, exigiendo que sea respetado siempre el derecho
de los fieles a recibir la doctrina católica en su pureza
e integridad: «El teólogo, sin olvidar jamás que
también es un miembro del pueblo de Dios, debe respetarlo y
comprometerse a darle una enseñanza que no lesione en lo más
mínimo la doctrina de la fe»(177).
Nuestras responsabilidades como
pastores
114. La responsabilidad de la fe y la
vida de fe del pueblo de Dios pesa de forma peculiar y propia sobre
los pastores, como nos recuerda el concilio Vaticano II: «Entre
las principales funciones de los obispos destaca el anuncio del
Evangelio. En efecto, los obispos son los predicadores del Evangelio
que llevan nuevos discípulos a Cristo. Son también los
maestros auténticos, por estar dotados de la autoridad de
Cristo. Predican al pueblo que tienen confiado la fe que hay que
creer y que hay que llevar a la práctica y la iluminan con la
luz del Espíritu Santo. Sacando del tesoro de la Revelación
lo nuevo y lo viejo (cf. Mt 13, 52), hacen que dé
frutos y con su vigilancia alejan los errores que amenazan a su
rebaño (cf. 2 Tm 4, 1-4)»(178).
Nuestro común deber, y antes aún
nuestra común gracia, es enseñar a los fieles, como
pastores y obispos de la Iglesia, lo que los conduce por el camino de
Dios, de la misma manera que el Señor Jesús hizo un día
con el joven del evangelio. Respondiendo a su pregunta: «¿Qué
he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?», Jesús
remitió a Dios, Señor de la creación y de la
Alianza; recordó los mandamientos morales, ya revelados en el
Antiguo Testamento; indicó su espíritu y su
radicalidad, invitando a su seguimiento en la pobreza, la humildad y
el amor: «Ven, y sígueme». La verdad de esta
doctrina tuvo su culmen en la cruz con la sangre de Cristo: se
convirtió, por el Espíritu Santo, en la ley nueva de la
Iglesia y de todo cristiano.
Esta respuesta a la pregunta
moral Jesucristo la confía de modo particular a nosotros,
pastores de la Iglesia, llamados a hacerla objeto de nuestra
enseñanza, mediante el cumplimiento de nuestro «munus
propheticum». Al mismo tiempo, nuestra responsabilidad de
pastores, ante la doctrina moral cristiana, debe ejercerse también
bajo la forma del «munus sacerdotale»: esto ocurre
cuando dispensamos a los fieles los dones de gracia y santificación
como medios para obedecer a la ley santa de Dios, y cuando con
nuestra oración constante y confiada sostenemos a los
creyentes para que sean fieles a las exigencias de la fe y vivan
según el Evangelio (cf. Col 1, 9-12). La doctrina moral
cristiana debe constituir, sobre todo hoy, uno de los ámbitos
privilegiados de nuestra vigilancia pastoral, del ejercicio de
nuestro «munus regale».
115. En efecto, es la primera vez que
el Magisterio de la Iglesia expone con cierta amplitud los elementos
fundamentales de esa doctrina, presentando las razones del
discernimiento pastoral necesario en situaciones prácticas y
culturales complejas y hasta críticas.
A la luz de la Revelación y de
la enseñanza constante de la Iglesia y especialmente del
concilio Vaticano II, he recordado brevemente los rasgos esenciales
de la libertad, los valores fundamentales relativos a la dignidad de
la persona y a la verdad de sus actos, hasta el punto de poder
reconocer, al obedecer a la ley moral, una gracia y un signo de
nuestra adopción en el Hijo único (cf. Ef 1,
4-6). Particularmente, con esta encíclica se proponen
valoraciones sobre algunas tendencias actuales en la teología
moral. Las doy a conocer ahora, en obediencia a la palabra del Señor
que ha confiado a Pedro el encargo de confirmar a sus hermanos (cf.
Lc 22, 32), para iluminar y ayudar nuestro común
discernimiento.
Cada uno de nosotros conoce la
importancia de la doctrina que representa el núcleo de las
enseñanzas de esta encíclica y que hoy volvemos a
recordar con la autoridad del sucesor de Pedro. Cada uno de nosotros
puede advertir la gravedad de cuanto está en juego, no sólo
para cada persona sino también para toda la sociedad, con la
reafirmación de la universalidad e inmutabilidad de los
mandamientos morales y, en particular, de aquellos que prohiben
siempre y sin excepción los actos intrínsecamente
malos.
Al reconocer tales mandamientos, el
corazón cristiano y nuestra caridad pastoral escuchan la
llamada de Aquel que «nos amó primero» (1 Jn 4,
19). Dios nos pide ser santos como él es santo (cf. Lv 19,
2), ser perfectos —en Cristo— como él es perfecto
(cf. Mt 5, 48): la exigente firmeza del mandamiento se basa en
el inagotable amor misericordioso de Dios (cf. Lc 6, 36), y la
finalidad del mandamiento es conducirnos, con la gracia de Cristo,
por el camino de la plenitud de la vida propia de los hijos de Dios.
116. Como obispos, tenemos el deber de
vigilar para que la palabra de Dios sea enseñada fielmente.
Forma parte de nuestro ministerio pastoral, amados hermanos en el
episcopado, vigilar sobre la transmisión fiel de esta
enseñanza moral y recurrir a las medidas oportunas para que
los fieles sean preservados de cualquier doctrina y teoría
contraria a ello. A todos nos ayudan en esta tarea los teólogos;
sin embargo, las opiniones teológicas no constituyen la regla
ni la norma de nuestra enseñanza. Su autoridad deriva, con la
asistencia del Espíritu Santo y en comunión «cum
Petro et sub Petro», de nuestra fidelidad a la fe católica
recibida de los Apóstoles. Como obispos tenemos la obligación
grave de vigilar personalmente para que la «sana
doctrina» (1 Tm 1, 10) de la fe y la moral sea enseñada
en nuestras diócesis.
Una responsabilidad particular tienen
los obispos en lo que se refiere a las instituciones católicas.
Ya se trate de organismos para la pastoral familiar o social, o
bien de instituciones dedicadas a la enseñanza o a los
servicios sanitarios, los obispos pueden erigir y reconocer estas
estructuras y delegar en ellas algunas responsabilidades; sin
embargo, nunca están exonerados de sus propias obligaciones. A
ellos compete, en comunión con la Santa Sede, la función
de reconocer, o retirar en casos de grave incoherencia, el apelativo
de «católico» a escuelas(179), universidades(180)
o clínicas, relacionadas con la Iglesia.
117. En el corazón del
cristiano, en el núcleo más secreto del hombre, resuena
siempre la pregunta que el joven del Evangelio dirigió un día
a Jesús: «Maestro, ¿qué he de hacer de
bueno para conseguir vida eterna?» (Mt 19, 16). Pero es
necesario que cada uno la dirija al Maestro «bueno»,
porque es el único que puede responder en la plenitud de la
verdad, en cualquier situación, en las circunstancias más
diversas. Y cuando los cristianos le dirigen la pregunta que brota de
sus conciencias, el Señor responde con las palabras de la
nueva alianza confiada a su Iglesia. Ahora bien, como dice el Apóstol
de sí mismo, nosotros somos enviados «a predicar el
Evangelio. Y no con palabras sabias, para no desvirtuar la cruz de
Cristo» (1 Co 1, 17). Por esto, la respuesta de la
Iglesia a la pregunta del hombre tiene la sabiduría y la
fuerza de Cristo crucificado, la Verdad que se dona.
Cuando los hombres presentan a la
Iglesia los interrogantes de su conciencia, cuando los fieles se
dirigen a los obispos y a los pastores, en su respuesta está
la voz de Jesucristo, la voz de la verdad sobre el bien y el mal. En
la palabra pronunciada por la Iglesia resuena, en lo íntimo de
las personas, la voz de Dios, el «único que es Bueno»
(Mt 19, 17), único que «es Amor» (1 Jn
4, 8. 16).
En la unción del Espíritu,
sus palabras suaves y exigentes se hacen luz y vida para el
hombre. El apóstol Pablo nos invita de nuevo a la confianza,
porque «nuestra capacidad viene de Dios, el cual nos capacitó
para ser ministros de una nueva alianza, no de la letra, sino del
Espíritu... El Señor es el Espíritu, y donde
está el Espíritu del Señor, allí está
la libertad. Mas todos nosotros, que con el rostro descubierto
reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos
transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos: así
es como actúa el Señor, que es Espíritu»
(2 Co 3, 59. 17-18).
CONCLUSIÓN
María Madre de misericordia
118. Al concluir estas consideraciones,
encomendamos a María, Madre de Dios y Madre de misericordia,
nuestras personas, los sufrimientos y las alegrías de nuestra
existencia, la vida moral de los creyentes y de los hombres de buena
voluntad, las investigaciones de los estudiosos de moral.
María es Madre de misericordia
porque Jesucristo, su Hijo, es enviado por el Padre como revelación
de la misericordia de Dios (cf. Jn 3, 16-18). Él ha
venido no para condenar sino para perdonar, para derramar
misericordia (cf. Mt 9, 13). Y la misericordia mayor radica en
su estar en medio de nosotros y en la llamada que nos ha dirigido
para encontrarlo y proclamarlo, junto con Pedro, como «el Hijo
de Dios vivo» (Mt 16, 16). Ningún pecado del
hombre puede cancelar la misericordia de Dios, ni impedirle poner en
acto toda su fuerza victoriosa, con tal de que la invoquemos. Más
aún, el mismo pecado hace resplandecer con mayor fuerza el
amor del Padre que, para rescatar al esclavo, ha sacrificado a su
Hijo(181): su misericordia para nosotros es redención. Esta
misericordia alcanza la plenitud con el don del Espíritu
Santo, que genera y exige la vida nueva. Por numerosos y grandes que
sean los obstáculos opuestos por la fragilidad y el pecado del
hombre, el Espíritu, que renueva la faz de la tierra (cf. Sal
104, 30), posibilita el milagro del cumplimiento perfecto del
bien. Esta renovación, que capacita para hacer lo que es
bueno, noble, bello, grato a Dios y conforme a su voluntad, es en
cierto sentido el colofón del don de la misericordia, que
libera de la esclavitud del mal y da la fuerza para no volver a
pecar. Mediante el don de la vida nueva, Jesús nos hace
partícipes de su amor y nos conduce al Padre en el Espíritu.
119. Esta es la consoladora certeza de
la fe cristiana, a la cual debe su profunda humanidad y su
extraordinaria sencillez. A veces, en las discusiones sobre
los nuevos y complejos problemas morales, puede parecer como si la
moral cristiana fuese en sí misma demasiado difícil:
ardua para ser comprendida y casi imposible de practicarse. Esto es
falso, porque —en términos de sencillez evangélica—
consiste fundamentalmente en el seguimiento de Jesucristo, en
el abandonarse a él, en el dejarse transformar por su gracia y
ser renovados por su misericordia, que se alcanzan en la vida de
comunión de su Iglesia. «Quien quiera vivir —nos
recuerda san Agustín—, tiene en donde vivir, tiene de
donde vivir. Que se acerque, que crea, que se deje incorporar para
ser vivificado. No rehuya la compañía de los
miembros»(182). Con la luz del Espíritu, cualquier
persona puede entenderlo, incluso la menos erudita, sobre todo quien
sabe conservar un «corazón entero» (Sal 86,
11). Por otra parte, esta sencillez evangélica no exime de
afrontar la complejidad de la realidad, pero puede conducir a su
comprensión más verdadera porque el seguimiento de
Cristo clarificará progresivamente las características
de la auténtica moralidad cristiana y dará, al mismo
tiempo, la fuerza vital para su realización. Vigilar para que
el dinamismo del seguimiento de Cristo se desarrolle de modo
orgánico, sin que sean falsificadas o soslayadas sus
exigencias morales —con todas las consecuencias que ello
comporta— es tarea del Magisterio de la Iglesia. Quien ama a
Cristo observa sus mandamientos (cf. Jn 14, 15).
120. María es también
Madre de misericordia porque Jesús le confía su Iglesia
y toda la humanidad. A los pies de la cruz, cuando acepta a Juan como
hijo; cuando, junto con Cristo, pide al Padre el perdón para
los que no saben lo que hacen (cf. Lc 23, 34), María,
con perfecta docilidad al Espíritu, experimenta la riqueza y
universalidad del amor de Dios, que le dilata el corazón y la
capacita para abrazar a todo el género humano. De este modo,
se nos entrega como Madre de todos y de cada uno de nosotros. Se
convierte en la Madre que nos alcanza la misericordia divina.
María es signo luminoso y
ejemplo preclaro de vida moral: «su vida es enseñanza
para todos», escribe san Ambrosio(183), que, dirigiéndose
en especial a las vírgenes, pero en un horizonte abierto a
todos, afirma: «El primer deseo ardiente de aprender lo da la
nobleza del maestro. Y ¿quién es más noble que
la Madre de Dios o más espléndida que aquella que fue
elegida por el mismo Esplendor?»(184). Vive y realiza la propia
libertad entregándose a Dios y acogiendo en sí el don
de Dios. Hasta el momento del nacimiento, custodia en su seno
virginal al Hijo de Dios hecho hombre, lo nutre, lo hace crecer y lo
acompaña en aquel gesto supremo de libertad que es el
sacrificio total de su propia vida. Con el don de sí misma,
María entra plenamente en el designio de Dios, que se entrega
al mundo. Acogiendo y meditando en su corazón acontecimientos
que no siempre puede comprender (cf. Lc 2, 19), se convierte
en el modelo de todos aquellos que escuchan la palabra de Dios y la
cumplen (cf. Lc 11, 28) y merece el título de «Sede
de la Sabiduría». Esta Sabiduría es Jesucristo
mismo, el Verbo eterno de Dios, que revela y cumple perfectamente la
voluntad del Padre (cf. Hb 10, 5-10).
María invita a todo ser humano a
acoger esta Sabiduría. También nos dirige la orden dada
a los sirvientes en Caná de Galilea durante el banquete de
bodas: «Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5).
María comparte nuestra condición
humana, pero con total transparencia a la gracia de Dios. No habiendo
conocido el pecado, está en condiciones de compadecerse de
toda debilidad. Comprende al hombre pecador y lo ama con amor de
Madre. Precisamente por esto se pone de parte de la verdad y comparte
el peso de la Iglesia en el recordar constantemente a todos las
exigencias morales. Por el mismo motivo, no acepta que el hombre
pecador sea engañado por quien pretende amarlo justificando su
pecado, pues sabe que, de este modo, se vaciaría de contenido
el sacrificio de Cristo, su Hijo. Ninguna absolución, incluso
la ofrecida por complacientes doctrinas filosóficas o
teológicas, puede hacer verdaderamente feliz al hombre: sólo
la cruz y la gloria de Cristo resucitado pueden dar paz a su
conciencia y salvación a su vida.
María,
Madre de
misericordia,
cuida de todos para que no se haga inútil
la cruz de Cristo,
para que el hombre
no pierda el camino
del bien,
no pierda la conciencia del pecado
y crezca en la
esperanza en Dios,
«rico en misericordia» (Ef 2,
4),
para que haga libremente las buenas obras
que él
le asignó (cf. Ef 2, 10)
y, de esta manera, toda su
vida
sea «un himno a su gloria» (Ef 1, 12).
Dado en Roma, junto a san Pedro, el 6
de agosto —fiesta de la Transfiguración del Señor—
del año 1993, décimo quinto de mi Pontificado.
Notas
1. Const. past. sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 22.
2. Cf. Conc. Vat. II, Const. dogm.
sobre la Iglesia Lumen gentium, 1.
3. Cf. ibid., 9.
4. Conc. Vat. II, Const. past. sobre la
Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 4.
5. Pablo VI, Alocución a
la Asamblea general de las Naciones Unidas (4 octubre 1965), 1: AAS
57 (1965), 878; cf. Carta enc. Populorum progressio (26 marzo
1967), 13: AAS 59 (1967), 263-264).
6. Cf. Conc. Vat. II, Const. past.
sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 33.
7. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen
gentium, 16.
8. Pío XII ya había
puesto de relieve este desarrollo doctrinal: cf. Radiomensaje
en ocasión del cincuenta aniversario de la carta enc. Rerum
novarum de León XIII (1 junio 1941): ASS 33 (1941),
195-205. También Juan XXIII, Carta enc. Mater et magistra
(15 mayo 1961): AAS 53 (1961), 410-413.
9. Carta ap. Spiritus Domini (1
agosto 1987): AAS 79 (1987), 1374.
10. Catecismo de la Iglesia
Católica, n. 1692.
11. Const. ap. Fidei depositum
(11 octubre 1992), 4.
12. Cf. Conc. Vat. II, Const. dogm.
sobre la divina revelación Dei Verbum, 10.
13. Cf. Carta ap. Parati semper
a los Jóvenes y a las Jóvenes del mundo con ocasión
del Año internacional de la Juventud (31 marzo 1985), 2-8: AAS
77 (1985), 581-600.
14 Cf. Decreto sobre la formación
sacerdotal Optatam totius, 16.
15 Carta enc. Redemptor hominis
(4 marzo 1979), 13: AAS 71 (1979), 282).
16. Ibid., 10: l. c.,
274.
17. Exameron, dies VI, sermo IX,
8, 50: CSEL 32, 241.
18. S. León Magno, Sermo
XCII, cap. III: PL 54, 454.
19. S. Tomás de Aquino, In
duo praecepta caritatis et in decem legis praecepta. Prologus:
Opuscula theologica, II, n. 1129, Ed. Tauriens. (1954), 245; cf.
Summa Theologica, I-II, q. 91, a. 2; Catecismo de la
Iglesia Católica, n. 1955.
20. Cf. Máximo el Confesor,
Quaestiones ad Thalassium, Q. 64: PG 90, 723-728.
21. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.
sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 24.
22. Catecismo de la Iglesia
Católica, n. 2070.
23. In Iohannis Evangelium
Tractatus, 41, 9-10: CCL 36, 363.
24. Cf. S. Agustín, De
Sermone Domini in Monte, I, 1, 1: CCL 35, 1-2.
25. In Psalmum CXVIII Expositio,
sermo 18, 37: PL 15, 1541; cf. S. Cromacio de Aquileya,
Tractatus in Matthaeum, XX, I, 1-4: CCL 9/A, 291-292.
26. Cf. Catecismo de la Iglesia
Católica, n. 1717.
27. In Iohannis Evangelium
Tractatus, 41, 10: CCL 36, 363.
28. Ibid., 21, 8: CCL 36,
216.
29. Ibid., 82, 3: CCL 36,
533.
30. De spiritu et littera, 19,
34: CSEL 60, 187.
31. Confesiones, X, 29, 40: CCL
27, 176; cf. De gratia et libero arbitrio, XV: PL 44,
899.
32. Cf. De spiritu et littera,
21, 36; 26, 46: CSEL 60, 189-190; 200-201.
33. Cf. Summa Theologiae, I-II,
q. 106, a. 1, conclus. y ad. 2um.
34. In Matthaeum, hom. I, 1: PG
57, 15.
35. Cf. S. Ireneo, Adversus
haereses, IV, 26, 2-5: SCh 100/2, 718-729.
36. Cf. S. Justino, Apología,
I 66: PG 6, 427-430.
37. Cf. 1 Pe 2, 12ss.; Didajé,
II, 2: Patres Apostolici, ed. F. X. Funk, I, 6-9; Clemente de
Alejandría, Paedagogus, I, 10; II, 10: PG 8,
355-364; 497-536; Tertuliano, Apologeticum, IX, 8: CSEL,
69, 24.
38. Cf. S. Ignacio de Antioiquía,
Ad Magnesios, VI, 1-2: Patres Apostolici, ed. F. X.
Funk, I, 234-235; S. Ireneo, Adversus haereses, IV, 33, 1.6.7:
SCh 100/2, 802-805; 814-815; 816-819.
39. Const. dogm. sobre la divina
revelación Dei Verbum, 8.
40. Cf. Ibid.
41. Ibid., 10.
42. Código de Derecho
Canónico, can. 747 § 2.
43. Const. dogm. sobre la divina
revelación Dei Verbum, 7.
44. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.
sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 22.
45. Decreto sobre la
formación sacerdotal Optatam totius, 16.
46. Const. past. sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 62.
47. Ibid.
48. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
dogm. sobre la divina revelación Dei Verbum, 10.
49. Cf. Conc. Ecum. Vat. I, Const.
dogm. sobre la fe católica Dei Filius, cap. 4: DS,
3018.
50. Cf. Conc. Ecum. Vat. II,
Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las
religiones no cristianas Nostra aetate, 1.
51. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes,
43-44.
52. Declaración sobre la
libertad religiosa Dignitatis humanae, 1, remitiendo a Juan
XXIII, Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963): AAS
55 (1963), 279; Ibid., 265, y a Pío XII, Radiomensaje
(24 diciembre 1944): AAS 37 (1945), 14.
53. Declaración sobre la
libertad religiosa Dignitatis humanae, 1.
54. Cf. Carta enc. Redemptor hominis
(4 marzo 1979), 17: AAS 71 (1979), 295-300; Discurso a
los participantes en el V Coloquio Internacional de Estudios
Jurídicos (10 marzo 1984), 4 Insegnamenti VII, 1
(1984), 656; Congregación para la Doctrina de la Fe,
Instrucción sobre libertad cristiana y liberación
Libertatis conscientia (22 marzo 1986), 19: AAS 79
(1987), 561.
55. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 11.
56. Ibid., 17.
57. Ibid.
58. Cf. Conc. Ecum. Vat. II,
Declaración sobre la libertad religiosa Dignitatis humanae,
2; cf. también Gregorio XVI, Carta enc. Mirari vos
arbitramur (15 agosto 1832): Acta Gregorii Papae XVI, I,
169-174; Pío IX, Carta enc. Quanta cura (8 diciembre
1864): Pii IX P.M. Acta, I, 3, 687-700; León XIII,
Carta enc. Libertas Praestantissimum (20 junio 1888): Leonis
XIII P.M. Acta, VIII, Romae 1889, 212-246.
59. A Letter Addressed to His Grace
the Duke of Norfolk: Certain Dificulties Felt by Anglicans in
Catholic Teaching (Uniform Edition: Longman, Grenn and Company,
London, 1868-1881), vol. 2, p. 250.
60. Cf. Const. past. sobre la Iglesia
en el mundo actual Gaudium et spes, 40-43.
61. Cf. S. Tomás de Aquino,
Summa Theologiae, I-II, q. 71, a. 6; ver también ad
5um.
62. Cf. Pío XII, Carta enc.
Humani generis (12 agosto 1950): AAS 42 (1950),
561-562.
63. Cf. Conc. Ecum. de Trento, Ses. VI,
decreto sobre la justificación Cum hoc tempore, cann.
19-21: DS, 1569-1571.
64. Const. past. sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes,17.
65. De
hominis opificio, c. 4: PG 44, 135-136.
66. Const. past. sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 36.
67. Ibid.
68. Ibid.
69. Cf. S. Tomás de Aquino,
Summa Theologiae, I-II, q. 93, a. 3, ad 2um, citado por Juan
XXIII, Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963): AAS
55 (1963), 271.
70. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.
sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 41.
71. S. Tomás de Aquino, In
duo praecepta caritatis et in decem legis praecepta. Prologus:
Opuscula theologica, II, n. 1129, Ed. Taurinens (1954), 245.
72. Cf. Discurso a un grupo de
Obispos de los Estados Unidos de América en visita «ad
limina» (15 octubre 1988), 6: Insegnamenti, XI, 3
(1988), 1228.
73. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 47.
74. Cf. S. Agustín, Enarratio
in Psalmum LXII, 16: CCL 39, 804.
75. Const. past. sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 17.
76. Summa Theologiae, I-II, q.
91, a. 2.
77. Cf. Catecismo de la Iglesia
Católica, n. 1955.
78. Declaración sobre la
libertad religiosa Dignitatis humanae, 3.
79. Contra Faustum, lib. 22,
cap. 27: PL 42, 418.
80. Summa Theologiae, I-II, q.
93, a. 1..
81. Cf. ibid., I-II, q. 90, a.
4, ad 1um.
82. Ibid., I-II, q. 91, a. 2.
83. León XIII, Carta enc.
Libertas praestantissimum (20 junio 1888): Leonis XIII P.
M. Acta, VIII, Romae 1889, 219.
84. In Epistulam ad Romanos, c.
VIII, lect. 1.
85. Cf. Ses. VI, Decreto sobre la
justificación Cum hoc tempore, cap. 1: DS, 1521.
86. Cf. Conc. Ecum. de Vienne, Const.
Fidei catholicae: DS, 902; Conc. Ecum. V de Letrán,
Bula Apostolici regiminis: DS, 1440.
87. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.
sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 14.
88. Cf. Ses. VI, Decreto sobre la
justificación Cum hoc tempore, cap. 15: DS,
1544. La Exhortación apostólica post-sinodal sobre la
reconciliación y la penitencia en la misión de la
Iglesia hoy, cita otros textos del Antiguo y del Nuevo Testamento,
que condenan como pecados mortales algunos comportamientos referidos
al cuerpo: cf. Reconciliatio et paenitentia (2 diciembre
1984), 17: AAS 77 (1985), 218-223.
89. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.
sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 51.
90. Congregación para la
Doctrina de la Fe, Instrucción sobre el respeto de la vida
humana naciente y la dignidad de la procreación Donum vitae
(22 febrero 1987), Introd. 3: AAS 80 (1988), 74; cf. Pablo VI,
Carta enc. Humanae vitae (25 julio 1968), 10: AAS 60
(1968), 487-488.
91. Exhort. ap. Familiaris consortio
(22 noviembre 1981), 11: AAS 74 (1982), 92.
92. De Trinitate, XIV, 15, 21:
CCL 50/A, 451.
93. Cf. S. Tomás de Aquino,
Summa Theologiae, I-II, q. 94, a. 2.
94. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 10;
S. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración
acerca de ciertas cuestiones de ética sexual Persona humana
(29 diciembre 1975), 4: AAS 68 (1976), 80: «Cuando la
Revelación divina y, en su orden propio, la sabiduría
filosófica, ponen de relieve exigencias auténticas de
la humanidad, están manifestando necesariamente, por el mismo
ehcho, la existencia de leyes inmutables, inscritas en los elementos
constitutivos de la naturaleza humana; leyes que se revelen idénticas
en todos los seres dotados de razón».
95. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.
sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 29.
96. Cf. Ibid., 16.
97. Ibid., 10.
98. Cf. S. Tomás de Aquino,
Summa Theologiae, I-II, q. 108, a. 1. Santo Tomás
fundamenta el carácter, no meramente formal sino determinado
en el contenido, de las normas morales, incluso en el ámbito
de la Ley Nueva, en la asunción de la naturaleza humana por
parte del Verbo.
99. S. Vicente de Lerins, Commonitorium
primum, c. 23: PL 50, 668.
100. El desarrollo de la doctrina moral
de la Iglesia es semejante al de la doctrina de la fe: cf. Conc.
Ecum. Vat. I, Const. dogm. sobre la fe católica Dei Filius,
cap. 4: DS, 3020, y can. 4: DS 3024. También se
aplican a la doctrina moral las palabras pronunciadas por Juan XXIII
con ocasión de la inauguración del Concilio Vaticano II
(11 octubre 1962): «Esta doctrina (la doctrina cristiana en su
integridad) es, sin duda, verdadera e inmutable, y el fiel debe
prestarle obediencia, pero hay que investigarla y exponerla según
las exigencias de nuestro tiempo. Una cosa, en efecto, es el depósito
de la fe o las verdades que contiene nuestra venerable doctrina, y
otra distinta es el modo como se enuncian estas verdades,
conservando, sin embargo, el mismo sentido y significado»:
AAS 54 (1962); cf. L'Osservatore Romano, 12 octubre
1962, p. 2.
101. Const. past. sobre la Iglesia en
el mundo actual Gaudium et spes, 16.
102. Ibid.
103. In II Librum Sentent.,
dist. 39, a. 1, q.3, concl.: Ed. Ad Claras Aquas, II, 907 b.
104. Discurso (Audiencia
general, 17 agosto 1983), 2: Insegnamenti, VI, 2 (1983), 256.
105. Suprema S. Congregación del
Santo Oficio, Instrucción sobre la «ética de
situación» Contra doctrinam (2 febrero 1956): AAS
48 (1956), 144.
106. Carta enc. Dominum et
vivificantem (18 mayo 1986), 43: AAS 78 (1986), 859; Cf.
Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual
Gaudium et spes, 16; Declaración sobre la libertad
religiosa Dignitatis humanae, 3.
107. Const. past. sobre la Iglesia en
el mundo actual Gaudium et spes, 16.
108. Cf. S. Tomás de Aquino, De
Veritate, q. 17, a. 4.
109. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.
sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 16.
110. Cf. S. Tomás de Aquino,
Summa Theologiae, II-II, q. 45.
111. Declaración sobre la
libertad religiosa Dignitatis humanae, 14.
112. Conc. Ecum. Vat. II, Const.dogm.
sobre la divina revelación Dei Verbum, 5; cf. Conc.
Ecum. Vat. I, Const. dogm. sobre la fe católica Dei Filius,
cap. 3: DS, 3008.
113. Conc. Ecum. Vat. II, Const.dogm.
sobre la divina revelación Dei Verbum, 5; cf. S.
Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración
acerca de ciertas cuestiones de ética sexual Persona humana
(29 diciembre 1975), 10: AAS 68 (1976), 88-90.
114. Cf. Exhort. ap. post-sinodal
Reconciliatio et paenitentia (2 diciembre 1984), 17: AAS
77 (1985), 218-223.
115. Ses. VI, Decreto sobre la
justificación Cum hoc tempore, cap. 15: DS,
1544; can. 19: DS, 1569.
116. Exhort. ap. post-sinodal
Reconciliatio et paenitentia (2 diciembre 1984), 17: AAS
77 (1985), 221.
117. Ibid.:l.c.,223.
118. Ibid.:l.c., 222
119. Cf. Conc. Ecum. Vat.
II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et
spes, 17.
120. Cf. S. Tomás de Aquino,
Summa Theologiae, II-II, q. 1, a. 3: «Idem sunt actus
morales et actus humani».
121. De vita Moysis, II, 2-3: PG
44, 327-328.
122. Cf. S. Tomás de Aquino,
Summa Theologiae, II-II, q. 148, a. 3.
123. El Concilio Vaticano II, en la
Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual,
precisa: «Esto vale no sólo para los cristianos, sino
también para todo los hombres de buena voluntad, en cuyo
corazón actúa la gracia de modo visible. Cristo murió
por todos, y la vocación última del hombre es realmente
una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos mantenerque
el Espíritu Santo ofrece a todos la posibiliad de que, de un
modo conocido sólo por Dios, se asocien a este misterio
pascual»: Gaudium et spes, 22.
124. Tractatus ad Tiberium Diaconum
sociosque, II. Responsiones ad Tiberium Diaconum sociosque: S.
Cirilo de Alejandría, In D. Johannis Evangelium, vol.
III, ed. Philip Edward Pusey, Bruxelles, Culture et Civilisation
(1965), 590.
125. Cf. Conc. Ecum. de Trento, ses.
VI, Decreto sobre la justificación Cum hoc tempore,
can. 19: DS, 1569. Ver también: Clemente XI, Const.
Unigenitus Dei Filius (8 septiembre 1713) contra los errores
de Pascasio Quesnel, nn. 53-56: DS, 2453-2456.
126. Cf. Summa Theologiae, I-II,
q. 18, a. 6.
127. Catecismo de la Iglesia
Católica n. 1761.
128. In duo praecepta caritatis et
in decem legis praecepta. De dilectione Dei: Opuscula theologica,
II, n. 1168, Ed. Taurinens. (1954), 250.
129. Cf. S. Alfonso María de
Ligorio, Pratica di amar Gesú Cristo, VII, 3.
130. Cf. Summa Theologiae, I-II,
q. 100, a.1.
131. Exhort. ap. post-sinodal
Reconciliatio et paenitentia (2 diciembre 1984), 17: AAS
77 (1985), 221; cf. pablo VI, Alocución a los miembros
de la Congregación del Santísimo Redentor (septiembre
1967): AAS 59 (1967), 962: «Se debe evitar el inducir a
los fieles a que piensen diferentemente, como si después del
Concilio ya estuvieran permitidos algunos comportamientos, que
precedentemente la Iglesia había declarado intrínsecamente
malos. ¿Quién no ve que de ello se derivaría un
deplorable relativismo moral, que llevaría fácilmente
a discutir todo el pátrimonio de la doctrina de la Iglesia?».
132. Const. past. sobre la
Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 27.
133. Carta enc. Humanae vitae
(25 julio 1968), 14: AAS 60 (1968), 490-491.
134. Contra mendacium, VII, 18:
PL 40, 528; cf. S. Tomás de Aquino, Quaestiones
quodlibetales, IX, q. 7, a. 2; Catecismo de la Iglesia
Católica, nn. 1753-1755.
135. Conc. Ecum. Vat. II, Declaración
sobre la libertad religiosa Dignitatis humanae, 7.
136. Discurso a los
participantes en el Congreso internacional de teología moral
(10 abril 1986), 1: Insegnamenti IX, 1 (1986), 970.
137. Ibid., 2: l.c., 970-971.
138. Cf. Conc. Ecum. Vat.
II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et
spes, 24.
139. Cf. carta enc. Redemptor
hominis (4 marzo 1979), 12: AAS 71 (1979), 280-281.
140. Enarratio in Psalmum XCIX,
7: CCL 39, 1397.
141. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
sobre la Iglesia Lumen gentium, 36; cf. Carta enc. Redemptor
hominis (4 marzo 1979), 21: AAS 71 (1979), 316-317.
142. Missale Romanum, In Passione S.
Ioannis Baptistae, Oración Colecta.
143. S. Beda el Venerable, Homeliarum
Evangelii Libri, II, 23: CCL 122, 556-557.
144. Cf. Conc. Ecum. Vat.
II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et
spes, 27.
145. Ad Romanos, VI, 2-3: Patres
Apostolici, ed. F.X. Funk, I, 260-261.
146. Moralia in Job, VII, 21,
24: PL 75, 778.
147. «Summum crede nefas animam
praeferre pudori/ et propter vitam vivendi perdere causas»:
Satirae, VIII, 83-84.
148. Apologia II, 8: PG
6, 457-458.
149. Exhort. ap. Familiaris
consortio (22 noviembre 1981), 33: AAS 74 (1982), 120.
150. Cf. ibid., 34: l.c.,
123-125.
151. Exhortación ap.
post-sinodal Reconciliatio et paenitentia (2 diciembre 1984),
34: AAS 77 (1985), 272.
152. Cart. enc. Humanae vitae
(25 julio 1968), 29: AAS 60 (1968), 501.
153. Conc. Ecum. Vat. II,
Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes,
25.
154. Cf. Carta enc. Centesimus annus
(1 mayo 1991), 24: AAS 83 (1991), 821-822.
155. Ibid., 44: l.c.,
848-849; cf. León XIII, Carta enc. Libertas
praestantissimum (20 junio 1888): Leonis XIII P.M. Acta,
VIII Romae 1889, 224-226.
156. Carta enc. Sollicitudo rei
socialis (30 diciembre 1987), 41: AAS 80 (1988), 571.
157. Catecismo de la Iglesia
Católica n. 2407.
158. Cf. ibid., nn. 2408-2413.
159. Ibid., n. 2414.
160. Cf. Exhort. ap. post-sinodal
Christifideles laici (30 diciembre 1988), 42: AAS 81
(1989), 472-476.
161. Carta enc. Centesimus annus
(1 mayo 1991), 46: AAS 83 (1991), 850.
162. Ses. VI. Decreto sobre la
justificación Cum hoc tempore, cap. 11: DS,
1536; cf. can. 18: DS 1568. El conocido texto de san Agustín,
citado por el Concilio, está tomado del De natura et
gratia, 43, 50 (CSEL 60, 270).
163. Oratio I: PG 97,
805-806.
164. Discurso a lois
participantes en un curso sobre la procreación responsable (1
marzo 1984), 4: Insegnamenti VII, 1 (1984), 583.
165. De interpellatione David,
IV, 6, 22: CSEL 32/2, 283-284.
166. Discurso a los Obispos del
Celam (9 marzo 1983), III: Insegnamenti, VI, 1 (1983), 698.
167. Exhort. ap. Evangelii nuntiandi
(8 diciembre 1975), 75: AAS 68 (1976), 64.
168. De Trinitate, XXIX, 9-10:
CCL 4, 70.
169. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
sobre la Iglesia Lumen gentium, 12.
170. Congregación para la
Doctrina de la Fe, Instrucción sobre la vocación
eclesial del teólogo Donum veritatis (24 mayo 1990), 6:
AAS 82 (1990), 1552.
171. Alocución a los
profesores y estudiantes de la Pontificia Universidad Gregoriana (15
diciembre 1979), 6: Insegnamenti II, 2 (1979), 1424.
172. Congregación para la
Doctrina de la Fe, Instrucción sobre la vocación
eclesial del teólogo Donum veritatis (24 mayo 1990),
16: AAS 82 (1990), 1557.
173. Cf. C. I. C., can. 252 §1;
659 §3.
174. Cf. Conc. Ecum. Vat. I, Const.
dogm. sobre la fe católica Dei Filius, cap. 4. DS,
3016.
175. Cf. pablo VI, Carta enc. Humanae
vitae (25 julio 1968), 28: AAS 60 (1968), 501.
176. S. Congregación para la
Educación Católica, La formación religiosa de
los futuros sacerdotes (22 febrero 1976), n. 100. Véanse
los nn. 95-101, que presentan las perspectivas y las condiciones para
un fecundo trabajo de renovación teológico-moral.
177. Congregación para la
Doctrina de la Fe, Instrucción sobre la vocación
eclesial del teólogo Donum veritatis (24 mayo 1990),
11: AAS 82 (1990), 1554; cf. en particular los nn. 32-39
dedicados al problema del disenso ibid., l.c., 1562-1568.
178. Const. dogm. sobre la Iglesia
Lumen gentium, 25.
179. Cf. C. I. C., can. 803 §3.
180. Cf. C. I. C., can. 808.
181. «O inaestimabilis dilectio
caritatis: ut servum redimeres, Filium traddisti»: Missale
Romanum, In Resurrectione Domini, Praeconium paschale.
182. In Iohannis Evangelium
Tractatus, 26, 13: CCL, 36, 266.
183. De Virginibus, lib. II,
cap. II, 15: PL 16, 222.
184. Ibid., lib. II, cap. II, 7:
PL 16, 220.