EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
FAMILIARIS CONSORTIO
DE
SU SANTIDAD
JUAN PABLO II
AL EPISCOPADO,
AL CLERO Y A LOS
FIELES
DE TODA LA IGLESIA
SOBRE LA MISIÓN
DE LA
FAMILIA CRISTIANA
EN EL MUNDO ACTUAL
INTRODUCCIÓN
La Iglesia al servicio de la familia
1. LA FAMILIA, en los tiempos modernos, ha sufrido quizá
como ninguna otra institución, la acometida de las
transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y
de la cultura. Muchas familias viven esta situación
permaneciendo fieles a los valores que constituyen el fundamento de
la institución familiar. Otras se sienten inciertas y
desanimadas de cara a su cometido, e incluso en estado de duda o de
ignorancia respecto al significado último y a la verdad de la
vida conyugal y familiar. Otras, en fin, a causa de diferentes
situaciones de injusticia se ven impedidas para realizar sus derechos
fundamentales.
La Iglesia, consciente de que el matrimonio y la familia
constituyen uno de los bienes más preciosos de la humanidad,
quiere hacer sentir su voz y ofrecer su ayuda a todo aquel que,
conociendo ya el valor del matrimonio y de la familia, trata de
vivirlo fielmente; a todo aquel que, en medio de la incertidumbre o
de la ansiedad, busca la verdad y a todo aquel que se ve injustamente
impedido para vivir con libertad el propio proyecto familiar.
Sosteniendo a los primeros, iluminando a los segundos y ayudando a
los demás, la Iglesia ofrece su servicio a todo hombre
preocupado por los destinos del matrimonio y de la familia.(1)
De manera especial se dirige a los jóvenes que están
para emprender su camino hacia el matrimonio y la familia, con el fin
de abrirles nuevos horizontes, ayudándoles a descubrir la
belleza y la grandeza de la vocación al amor y al servicio de
la vida.
El Sínodo de 1980 continuación de los Sínodos
anteriores
2. Una señal de este profundo interés de la Iglesia
por la familia ha sido el último Sínodo de los Obispos,
celebrado en Roma del 26 de septiembre al 25 de octubre de 1980. Fue
continuación natural de los anteriores.(2) En efecto, la
familia cristiana es la primera comunidad llamada a anunciar el
Evangelio a la persona humana en desarrollo y a conducirla a la plena
madurez humana y cristiana, mediante una progresiva educación
y catequesis.
Es más, el reciente Sínodo conecta idealmente, en
cierto sentido, con el que abordó el tema del sacerdocio
ministerial y de la justicia en el mundo contemporáneo.
Efectivamente, en cuanto comunidad educativa, la familia debe ayudar
al hombre a discernir la propia vocación y a poner todo el
empeño necesario en orden a una mayor justicia, formándolo
desde el principio para unas relaciones interpersonales ricas en
justicia y amor.
Los Padres Sinodales, al concluir su Asamblea, me presentaron una
larga lista de propuestas, en las que recogían los frutos de
las reflexiones hechas durante las intensas jornadas de trabajo, a la
vez que me pedían, con voto unánime, que me hiciera
intérprete ante la humanidad de la viva solicitud de la
Iglesia en favor de la familia, dando oportunas indicaciones para un
renovado empeño pastoral en este sector fundamental de la vida
humana y eclesial.
Al recoger tal deseo mediante la presente Exhortación, como
una actuación peculiar del ministerio apostólico que se
me ha encomendado, quiero expresar mi gratitud a todos los miembros
del Sínodo por la preciosa contribución en doctrina y
experiencia que han ofrecido, sobre todo con sus «propositiones»,
cuyo texto he confiado al Pontificio Consejo para la Familia,
disponiendo que haga un estudio profundo de las mismas, a fin de
valorizar todos los aspectos de las riquezas allí contenidas.
El bien precioso del matrimonio y de la familia
3. La Iglesia, iluminada por la fe, que le da a conocer toda la
verdad acerca del bien precioso del matrimonio y de la familia y
acerca de sus significados más profundos, siente una vez más
el deber de anunciar el Evangelio, esto es, la «buena nueva»,
a todos indistintamente, en particular a aquellos que son llamados al
matrimonio y se preparan para él, a todos los esposos y padres
del mundo.
Está íntimamente convencida de que sólo con
la aceptación del Evangelio se realiza de manera plena toda
esperanza puesta legítimamente en el matrimonio y en la
familia.
Queridos por Dios con la misma creación,(3) matrimonio y
familia están internamente ordenados a realizarse en Cristo(4)
y tienen necesidad de su gracia para ser curados de las heridas del
pecado(5) y ser devueltos «a su principio»,(6) es decir,
al conocimiento pleno y a la realización integral del designio
de Dios.
En un momento histórico en que la familia es objeto de
muchas fuerzas que tratan de destruirla o deformarla, la Iglesia,
consciente de que el bien de la sociedad y de sí misma está
profundamente vinculado al bien de la familia,(7) siente de manera
más viva y acuciante su misión de proclamar a todos el
designio de Dios sobre el matrimonio y la familia, asegurando su
plena vitalidad, así como su promoción humana y
cristiana, contribuyendo de este modo a la renovación de la
sociedad y del mismo Pueblo de Dios.
PRIMERA PARTE
LUCES Y SOMBRAS DE LA FAMILIA
EN LA ACTUALIDAD
Necesidad de conocer la situación
4. Dado que los designios de Dios sobre el matrimonio y la familia
afectan al hombre y a la mujer en su concreta existencia cotidiana,
en determinadas situaciones sociales y culturales, la Iglesia, para
cumplir su servicio, debe esforzarse por conocer el contexto dentro
del cual matrimonio y familia se realizan hoy.(8)
Este conocimiento constituye consiguientemente una exigencia
imprescindible de la tarea evangelizadora. En efecto, es a las
familias de nuestro tiempo a las que la Iglesia debe llevar el
inmutable y siempre nuevo Evangelio de Jesucristo; y son a su vez las
familias, implicadas en las presentes condiciones del mundo, las que
están llamadas a acoger y a vivir el proyecto de Dios sobre
ellas. Es más, las exigencias y llamadas del Espíritu
Santo resuenan también en los acontecimientos mismos de la
historia, y por tanto la Iglesia puede ser guiada a una comprensión
más profunda del inagotable misterio del matrimonio y de la
familia, incluso por las situaciones, interrogantes, ansias y
esperanzas de los jóvenes, de los esposos y de los padres de
hoy.(9)
A esto hay que añadir una ulterior reflexión de
especial importancia en los tiempos actuales. No raras veces al
hombre y a la mujer de hoy día, que están en búsqueda
sincera y profunda de una respuesta a los problemas cotidianos y
graves de su vida matrimonial y familiar, se les ofrecen perspectivas
y propuestas seductoras, pero que en diversa medida comprometen la
verdad y la dignidad de la persona humana. Se trata de un
ofrecimiento sostenido con frecuencia por una potente y capilar
organización de los medios de comunicación social que
ponen sutilmente en peligro la libertad y la capacidad de juzgar con
objetividad.
Muchos son conscientes de este peligro que corre la persona humana
y trabajan en favor de la verdad. La Iglesia, con su discernimiento
evangélico, se une a ellos, poniendo a disposición su
propio servicio a la verdad, libertad y dignidad de todo hombre y
mujer.
Discernimiento evangélico
5. El discernimiento hecho por la Iglesia se convierte en el
ofrecimiento de una orientación, a fin de que se salve y
realice la verdad y la dignidad plena del matrimonio y de la familia.
Tal discernimiento se lleva a cabo con el sentido de la fe(10) que
es un don participado por el Espíritu Santo a todos los
fieles.(11) Es por tanto obra de toda la Iglesia, según la
diversidad de los diferentes dones y carismas que junto y según
la responsabilidad propia de cada uno, cooperan para un más
hondo conocimiento y actuación de la Palabra de Dios. La
Iglesia, consiguientemente, no lleva a cabo el propio discernimiento
evangélico únicamente por medio de los Pastores,
quienes enseñan en nombre y con el poder de Cristo, sino
también por medio de los seglares: Cristo «los
constituye sus testigos y les dota del sentido de la fe y de la
gracia de la palabra (cfr. Act 2, 17-18; Ap 19, 10) para que la
virtud del evangelio brille en la vida diaria familiar y social».(12)
Más aún, los seglares por razón de su vocación
particular tienen el cometido específico de interpretar a la
luz de Cristo la historia de este mundo, en cuanto que están
llamados a iluminar y ordenar todas las realidades temporales según
el designio de Dios Creador y Redentor.
El «sentido sobrenatural de la fe»(13) no consiste sin
embargo única o necesariamente en el consentimiento de los
fieles. La Iglesia, siguiendo a Cristo, busca la verdad que no
siempre coincide con la opinión de la mayoría. Escucha
a la conciencia y no al poder, en lo cual defiende a los pobres y
despreciados. La Iglesia puede recurrir también a la
investigación sociológica y estadística, cuando
se revele útil para captar el contexto histórico dentro
del cual la acción pastoral debe desarrollarse y para conocer
mejor la verdad; no obstante tal investigación por sí
sola no debe considerarse, sin más, expresión del
sentido de la fe.
Dado que es cometido del ministerio apostólico asegurar la
permanencia de la Iglesia en la verdad de Cristo e introducirla en
ella cada vez más profundamente, los Pastores deben promover
el sentido de la fe en todos los fieles, valorar y juzgar con
autoridad la genuidad de sus expresiones, educar a los creyentes para
un discernimiento evangélico cada vez más maduro.(14)
Para hacer un auténtico discernimiento evangélico en
las diversas situaciones y culturas en que el hombre y la mujer viven
su matrimonio y su vida familiar, los esposos y padres cristianos
pueden y deben ofrecer su propia e insustituible contribución.
A este cometido les habilita su carisma y don propio, el don del
sacramento del matrimonio.(15)
Situación de la familia en el mundo de hoy
6. La situación en que se halla la familia presenta
aspectos positivos y aspectos negativos: signo, los unos, de la
salvación de Cristo operante en el mundo; signo, los otros,
del rechazo que el hombre opone al amor de Dios.
En efecto, por una parte existe una conciencia más viva de
la libertad personal y una mayor atención a la calidad de las
relaciones interpersonales en el matrimonio, a la promoción de
la dignidad de la mujer, a la procreación responsable, a la
educación de los hijos; se tiene además conciencia de
la necesidad de desarrollar relaciones entre las familias, en orden a
una ayuda recíproca espiritual y material, al conocimiento de
la misión eclesial propia de la familia, a su responsabilidad
en la construcción de una sociedad más justa. Por otra
parte no faltan, sin embargo, signos de preocupante degradación
de algunos valores fundamentales: una equivocada concepción
teórica y práctica de la independencia de los cónyuges
entre sí; las graves ambigüedades acerca de la relación
de autoridad entre padres e hijos; las dificultades concretas que con
frecuencia experimenta la familia en la transmisión de los
valores; el número cada vez mayor de divorcios, la plaga del
aborto, el recurso cada vez más frecuente a la esterilización,
la instauración de una verdadera y propia mentalidad
anticoncepcional.
En la base de estos fenómenos negativos está muchas
veces una corrupción de la idea y de la experiencia de la
libertad, concebida no como la capacidad de realizar la verdad del
proyecto de Dios sobre el matrimonio y la familia, sino como una
fuerza autónoma de autoafirmación, no raramente contra
los demás, en orden al propio bienestar egoísta.
Merece también nuestra atención el hecho de que en
los países del llamado Tercer Mundo a las familias les faltan
muchas veces bien sea los medios fundamentales para la supervivencia
como son el alimento, el trabajo, la vivienda, las medicinas, bien
sea las libertades más elementales. En cambio, en los países
más ricos, el excesivo bienestar y la mentalidad consumística,
paradójicamente unida a una cierta angustia e incertidumbre
ante el futuro, quitan a los esposos la generosidad y la valentía
para suscitar nuevas vidas humanas; y así la vida en muchas
ocasiones no se ve ya como una bendición, sino como un peligro
del que hay que defenderse.
La situación histórica en que vive la familia se
presenta pues como un conjunto de luces y sombras.
Esto revela que la historia no es simplemente un progreso
necesario hacia lo mejor, sino más bien un acontecimiento de
libertad, más aún, un combate entre libertades que se
oponen entre sí, es decir, según la conocida expresión
de san Agustín, un conflicto entre dos amores: el amor de Dios
llevado hasta el desprecio de sí, y el amor de sí mismo
llevado hasta el desprecio de Dios.(16)
Se sigue de ahí que solamente la educación en el
amor enraizado en la fe puede conducir a adquirir la capacidad de
interpretar los «signos de los tiempos», que son la
expresión histórica de este doble amor.
Influjo de la situación en la conciencia de los fieles
7. Viviendo en un mundo así, bajo las presiones derivadas
sobre todo de los medios de comunicación social, los fieles no
siempre han sabido ni saben mantenerse inmunes del oscurecerse de los
valores fundamentales y colocarse como conciencia crítica de
esta cultura familiar y como sujetos activos de la construcción
de un auténtico humanismo familiar.
Entre los signos más preocupantes de este fenómeno,
los Padres Sinodales han señalado en particular la facilidad
del divorcio y del recurso a una nueva unión por parte de los
mismos fieles; la aceptación del matrimonio puramente civil,
en contradicción con la vocación de los bautizados a
«desposarse en el Señor»; la celebración
del matrimonio sacramento no movidos por una fe viva, sino por otros
motivos; el rechazo de las normas morales que guían y
promueven el ejercicio humano y cristiano de la sexualidad dentro del
matrimonio.
Nuestra época tiene necesidad de sabiduría
8. Se plantea así a toda la Iglesia el deber de una
reflexión y de un compromiso profundos, para que la nueva
cultura que está emergiendo sea íntimamente
evangelizada, se reconozcan los verdaderos valores, se defiendan los
derechos del hombre y de la mujer y se promueva la justicia en las
estructuras mismas de la sociedad. De este modo el «nuevo
humanismo» no apartará a los hombres de su relación
con Dios, sino que los conducirá a ella de manera más
plena.
En la construcción de tal humanismo, la ciencia y sus
aplicaciones técnicas ofrecen nuevas e inmensas posibilidades.
Sin embargo, la ciencia, como consecuencia de las opciones politicas
que deciden su dirección de investigación y sus
aplicaciones, se usa a menudo contra su significado original, la
promoción de la persona humana. Se hace pues necesario
recuperar por parte de todos la conciencia de la primacía de
los valores morales, que son los valores de la persona humana en
cuanto tal. Volver a comprender el sentido último de la vida y
de sus valores fundamentales es el gran e importante cometido que se
impone hoy día para la renovación de la sociedad. Sólo
la conciencia de la primacía de éstos permite un uso de
las inmensas posibilidades, puestas en manos del hombre por la
ciencia; un uso verdaderamente orientado como fin a la promoción
de la persona humana en toda su verdad, en su libertad y dignidad. La
ciencia está llamada a ser aliada de la sabiduría.
Por tanto se pueden aplicar también a los problemas de la
familia las palabras del Concilio Vaticano II: «Nuestra época,
más que ninguna otra, tiene necesidad de esta sabiduría
para humanizar todos los nuevos descubrimientos de la humanidad. El
destino futuro del mundo corre peligro si no se forman hombres más
instruidos en esta sabiduría».(17)
La educación de la conciencia moral que hace a todo hombre
capaz de juzgar y de discernir los modos adecuados para realizarse
según su verdad original, se convierte así en una
exigencia prioritaria e irrenunciable.
Es la alianza con la Sabiduría divina la que debe ser más
profundamente reconstituida en la cultura actual. De tal Sabiduría
todo hombre ha sido hecho partícipe por el mismo gesto creador
de Dios. Y es únicamente en la fidelidad a esta alianza como
las familias de hoy estarán en condiciones de influir
positivamente en la construcción de un mundo más justo
y fraterno.
Gradualidad y conversión
9. A la injusticia originada por el pecado —que ha penetrado
profundamente también en las estructuras del mundo de hoy—
y que con frecuencia pone obstáculos a la familia en la plena
realización de sí misma y de sus derechos
fundamentales, debemos oponernos todos con una conversión de
la mente y del corazón, siguiendo a Cristo Crucificado en la
renuncia al propio egoísmo: semejante conversión no
podrá dejar de ejercer una influencia beneficiosa y renovadora
incluso en las estructuras de la sociedad.
Se pide una conversión continua, permanente, que, aunque
exija el alejamiento interior de todo mal y la adhesión al
bien en su plenitud, se actúa sin embargo concretamente con
pasos que conducen cada vez más lejos. Se desarrolla así
un proceso dinámico, que avanza gradualmente con la progresiva
integración de los dones de Dios y de las exigencias de su
amor definitivo y absoluto en toda la vida personal y social del
hombre. Por esto es necesario un camino pedagógico de
crecimiento con el fin de que los fieles, las familias y los pueblos,
es más, la misma civilización, partiendo de lo que han
recibido ya del misterio de Cristo, sean conducidos pacientemente más
allá hasta llegar a un conocimiento más rico y a una
integración más plena de este misterio en su vida.
Inculturación
10. Está en conformidad con la tradición constante
de la Iglesia el aceptar de las culturas de los pueblos, todo aquello
que está en condiciones de expresar mejor las inagotables
riquezas de Cristo.(18) Sólo con el concurso de todas las
culturas, tales riquezas podrán manifestarse cada vez más
claramente y la Iglesia podrá caminar hacia un conocimiento
cada día más completo y profundo de la verdad, que le
ha sido dada ya enteramente por su Señor.
Teniendo presente el doble principio de la compatibilidad con el
Evangelio de las varias culturas a asumir y de la comunión con
la Iglesia Universal se deberá proseguir en el estudio, en
especial por parte de las Conferencias Episcopales y de los
Dicasterios competentes de la Curia Romana, y en el empeño
pastoral para que esta «inculturación» de la fe
cristiana se lleve a cabo cada vez más ampliamente, también
en el ámbito del matrimonio y de la familia.
Es mediante la «inculturación» como se camina
hacia la reconstitución plena de la alianza con la Sabiduría
de Dios que es Cristo mismo. La Iglesia entera quedará
enriquecida también por aquellas culturas que, aun privadas de
tecnología, abundan en sabiduría humana y están
vivificadas por profundos valores morales.
Para que sea clara la meta y, consiguientemente, quede indicado
con seguridad el camino, el Sínodo justamente ha considerado a
fondo en primer lugar el proyecto original de Dios acerca del
matrimonio y de la familia: ha querido «volver al principio»,
siguiendo las enseñanzas de Cristo.(19)
SEGUNDA PARTE
EL DESIGNIO DE DIOS
SOBRE EL MATRIMONIO
Y LA FAMILIA
El hombre imagen de Dios Amor
11. Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza:(20)
llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo
tiempo al amor.
Dios es amor(21) y vive en sí mismo un misterio de comunión
personal de amor. Creándola a su imagen y conservándola
continuamente en el ser, Dios inscribe en la humanidad del hombre y
de la mujer la vocación y consiguientemente la capacidad y la
responsabilidad del amor y de la comunión.(22) El amor es por
tanto la vocación fundamental e innata de todo ser humano.
En cuanto espíritu encarnado, es decir, alma que se expresa
en el cuerpo informado por un espíritu inmortal, el hombre
está llamado al amor en esta su totalidad unificada. El amor
abarca también el cuerpo humano y el cuerpo se hace partícipe
del amor espiritual.
La Revelación cristiana conoce dos modos específicos
de realizar integralmente la vocación de la persona humana al
amor: el Matrimonio y la Virginidad. Tanto el uno como la otra, en su
forma propia, son una concretización de la verdad más
profunda del hombre, de su «ser imagen de Dios».
En consecuencia, la sexualidad, mediante la cual el hombre y la
mujer se dan uno a otro con los actos propios y exclusivos de los
esposos, no es algo puramente biológico, sino que afecta al
núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal. Ella
se realiza de modo verdaderamente humano, solamente cuando es parte
integral del amor con el que el hombre y la mujer se comprometen
totalmente entre sí hasta la muerte. La donación física
total sería un engaño si no fuese signo y fruto de una
donación en la que está presente toda la persona,
incluso en su dimensión temporal; si la persona se reservase
algo o la posibilidad de decidir de otra manera en orden al futuro,
ya no se donaría totalmente.
Esta totalidad, exigida por el amor conyugal, corresponde también
con las exigencias de una fecundidad responsable, la cual, orientada
a engendrar una persona humana, supera por su naturaleza el orden
puramente biológico y toca una serie de valores personales,
para cuyo crecimiento armonioso es necesaria la contribución
perdurable y concorde de los padres.
El único «lugar» que hace posible esta donación
total es el matrimonio, es decir, el pacto de amor conyugal o
elección consciente y libre, con la que el hombre y la mujer
aceptan la comunidad íntima de vida y amor, querida por Dios
mismo,(23) que sólo bajo esta luz manifiesta su verdadero
significado. La institución matrimonial no es una ingerencia
indebida de la sociedad o de la autoridad ni la imposición
intrínseca de una forma, sino exigencia interior del pacto de
amor conyugal que se confirma públicamente como único y
exclusivo, para que sea vivida así la plena fidelidad al
designio de Dios Creador. Esta fidelidad, lejos de rebajar la
libertad de la persona, la defiende contra el subjetivismo y
relativismo, y la hace partícipe de la Sabiduría
creadora.
Matrimonio y comunión entre Dios y los hombres
12. La comunión de amor entre Dios y los hombres, contenido
fundamental de la Revelación y de la experiencia de fe de
Israel, encuentra una significativa expresión en la alianza
esponsal que se establece entre el hombre y la mujer.
Por esta razón, la palabra central de la Revelación,
«Dios ama a su pueblo», es pronunciada a través de
las palabras vivas y concretas con que el hombre y la mujer se
declaran su amor conyugal.
Su vínculo de amor se convierte en imagen y símbolo
de la Alianza que une a Dios con su pueblo.(24) El mismo pecado que
puede atentar contra el pacto conyugal se convierte en imagen de la
infidelidad del pueblo a su Dios: la idolatría es
prostitución,(25) la infidelidad es adulterio, la
desobediencia a la ley es abandono del amor esponsal del Señor.
Pero la infidelidad de Israel no destruye la fidelidad eterna del
Señor y por tanto el amor siempre fiel de Dios se pone como
ejemplo de las relaciones de amor fiel que deben existir entre los
esposos.(26)
Jesucristo, esposo de la Iglesia, y el sacramento del matrimonio
13. La comunión entre Dios y los hombres halla su
cumplimiento definitivo en Cristo Jesús, el Esposo que ama y
se da como Salvador de la humanidad, uniéndola a sí
como su cuerpo.
Él revela la verdad original del matrimonio, la verdad del
«principio»(27) y, liberando al hombre de la dureza del
corazón, lo hace capaz de realizarla plenamente.
Esta revelación alcanza su plenitud definitiva en el don de
amor que el Verbo de Dios hace a la humanidad asumiendo la naturaleza
humana, y en el sacrificio que Jesucristo hace de sí mismo en
la cruz por su Esposa, la Iglesia. En este sacrificio se desvela
enteramente el designio que Dios ha impreso en la humanidad del
hombre y de la mujer desde su creación;(28) el matrimonio de
los bautizados se convierte así en el símbolo real de
la nueva y eterna Alianza, sancionada con la sangre de Cristo. El
Espíritu que infunde el Señor renueva el corazón
y hace al hombre y a la mujer capaces de amarse como Cristo nos amó.
El amor conyugal alcanza de este modo la plenitud a la que está
ordenado interiormente, la caridad conyugal, que es el modo propio y
específico con que los esposos participan y están
llamados a vivir la misma caridad de Cristo que se dona sobre la
cruz.
En una página justamente famosa, Tertuliano ha expresado
acertadamente la grandeza y belleza de esta vida conyugal en Cristo:
«¿Cómo lograré exponer la felicidad de ese
matrimonio que la Iglesia favorece, que la ofrenda eucarística
refuerza, que la bendición sella, que los ángeles
anuncian y que el Padre ratifica? ... ¡Qué yugo el de
los dos fieles unidos en una sola esperanza, en un solo propósito,
en una sola observancia, en una sola servidumbre! Ambos son hermanos
y los dos sirven juntos; no hay división ni en la carne ni en
el espíritu. Al contrario, son verdaderamente dos en una sola
carne y donde la carne es única, único es el
espíritu».(29)
La Iglesia, acogiendo y meditando fielmente la Palabra de Dios, ha
enseñado solemnemente y enseña que el matrimonio de los
bautizados es uno de los siete sacramentos de la Nueva Alianza.(30)
En efecto, mediante el bautismo, el hombre y la mujer son
inseridos definitivamente en la Nueva y Eterna Alianza, en la Alianza
esponsal de Cristo con la Iglesia. Y debido a esta inserción
indestructible, la comunidad íntima de vida y de amor
conyugal, fundada por el Creador,(31) es elevada y asumida en la
caridad esponsal de Cristo, sostenida y enriquecida por su fuerza
redentora.
En virtud de la sacramentalidad de su matrimonio, los esposos
quedan vinculados uno a otro de la manera más profundamente
indisoluble. Su recíproca pertenencia es representación
real, mediante el signo sacramental, de la misma relación de
Cristo con la Iglesia.
Los esposos son por tanto el recuerdo permanente, para la Iglesia,
de lo que acaeció en la cruz; son el uno para el otro y para
los hijos, testigos de la salvación, de la que el sacramento
les hace partícipes. De este acontecimiento de salvación
el matrimonio, como todo sacramento, es memorial, actualización
y profecía; «en cuanto memorial, el sacramento les da la
gracia y el deber de recordar las obras grandes de Dios, así
como de dar testimonio de ellas ante los hijos; en cuanto
actualización les da la gracia y el deber de poner por obra en
el presente, el uno hacia el otro y hacia los hijos, las exigencias
de un amor que perdona y que redime; en cuanto profecía les da
la gracia y el deber de vivir y de testimoniar la esperanza del
futuro encuentro con Cristo».(32)
Al igual que cada uno de los siete sacramentos, el matrimonio es
también un símbolo real del acontecimiento de la
salvación, pero de modo propio. «Los esposos participan
en cuanto esposos, los dos, como pareja, hasta tal punto que el
efecto primario e inmediato del matrimonio (res et sacramentum) no es
la gracia sobrenatural misma, sino el vínculo conyugal
cristiano, una comunión en dos típicamente cristiana,
porque representa el misterio de la Encarnación de Cristo y su
misterio de Alianza. El contenido de la participación en la
vida de Cristo es también específico: el amor conyugal
comporta una totalidad en la que entran todos los elementos de la
persona —reclamo del cuerpo y del instinto, fuerza del
sentimiento y de la afectividad, aspiración del espíritu
y de la voluntad—; mira a una unidad profundamente personal
que, más allá de la unión en una sola carne,
conduce a no hacer más que un solo corazón y una sola
alma; exige la indisolubilidad y fidelidad de la donación
reciproca definitiva y se abre a la fecundidad (cfr. Humanae vitae,
9). En una palabra, se trata de características normales de
todo amor conyugal natural, pero con un significado nuevo que no sólo
las purifica y consolida, sino que las eleva hasta el punto de hacer
de ellas la expresión de valores propiamente cristianos».(33)
Los hijos, don preciosísimo del matrimonio
14. Según el designio de Dios, el matrimonio es el
fundamento de la comunidad más amplia de la familia, ya que la
institución misma del matrimonio y el amor conyugal están
ordenados a la procreación y educación de la prole, en
la que encuentran su coronación.(34)
En su realidad más profunda, el amor es esencialmente don y
el amor conyugal, a la vez que conduce a los esposos al recíproco
«conocimiento» que les hace «una sola carne»,(35)
no se agota dentro de la pareja, ya que los hace capaces de la máxima
donación posible, por la cual se convierten en cooperadores de
Dios en el don de la vida a una nueva persona humana. De este modo
los cónyuges, a la vez que se dan entre sí, dan más
allá de sí mismos la realidad del hijo, reflejo
viviente de su amor, signo permanente de la unidad conyugal y
síntesis viva e inseparable del padre y de la madre.
Al hacerse padres, los esposos reciben de Dios el don de una nueva
responsabilidad. Su amor paterno está llamado a ser para los
hijos el signo visible del mismo amor de Dios, «del que
proviene toda paternidad en el cielo y en la tierra».(36)
Sin embargo, no se debe olvidar que incluso cuando la procreación
no es posible, no por esto pierde su valor la vida conyugal. La
esterilidad física, en efecto, puede dar ocasión a los
esposos para otros servicios importantes a la vida de la persona
humana, como por ejemplo la adopción, la diversas formas de
obras educativas, la ayuda a otras familias, a los niños
pobres o minusválidos.
La familia, comunión de personas
15. En el matrimonio y en la familia se constituye un conjunto de
relaciones interpersonales —relación conyugal,
paternidad-maternidad, filiación, fraternidad— mediante
las cuales toda persona humana queda introducida en la «familia
humana» y en la «familia de Dios», que es la
Iglesia.
El matrimonio y la familia cristiana edifican la Iglesia; en
efecto, dentro de la familia la persona humana no sólo es
engendrada y progresivamente introducida, mediante la educación,
en la comunidad humana, sino que mediante la regeneración por
el bautismo y la educación en la fe, es introducida también
en la familia de Dios, que es la Iglesia.
La familia humana, disgregada por el pecado, queda reconstituida
en su unidad por la fuerza redentora de la muerte y resurrección
de Cristo.(37) El matrimonio cristiano, partícipe de la
eficacia salvífica de este acontecimiento, constituye el lugar
natural dentro del cual se lleva a cabo la inserción de la
persona humana en la gran familia de la Iglesia.
El mandato de crecer y multiplicarse, dado al principio al hombre
y a la mujer, alcanza de este modo su verdad y realización
plenas.
La Iglesia encuentra así en la familia, nacida del
sacramento, su cuna y el lugar donde puede actuar la propia inserción
en las generaciones humanas, y éstas, a su vez, en la Iglesia.
Matrimonio y virginidad
16. La virginidad y el celibato por el Reino de Dios no sólo
no contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y
la confirman. El matrimonio y la virginidad son dos modos de expresar
y de vivir el único Misterio de la Alianza de Dios con su
pueblo. Cuando no se estima el matrimonio, no puede existir tampoco
la virginidad consagrada; cuando la sexualidad humana no se considera
un gran valor donado por el Creador, pierde significado la renuncia
por el Reino de los cielos.
En efecto, dice acertadamente San Juan Crisóstomo: «Quien
condena el matrimonio, priva también la virginidad de su
gloria; en cambio, quien lo alaba, hace la virginidad más
admirable y luminosa. Lo que aparece un bien solamente en comparación
con un mal, no es un gran bien; pero lo que es mejor aún que
bienes por todos considerados tales, es ciertamente un bien en grado
superlativo».(38)
En la virginidad el hombre está a la espera, incluso
corporalmente, de las bodas escatológicas de Cristo con la
Iglesia, dándose totalmente a la Iglesia con la esperanza de
que Cristo se dé a ésta en la plena verdad de la vida
eterna. La persona virgen anticipa así en su carne el mundo
nuevo de la resurrección futura.(39)
En virtud de este testimonio, la virginidad mantiene viva en la
Iglesia la conciencia del misterio del matrimonio y lo defiende de
toda reducción y empobrecimiento.
Haciendo libre de modo especial el corazón del hombre,(40)
«hasta encenderlo mayormente de caridad hacia Dios y hacia
todos los hombres»,(41) la virginidad testimonia que el Reino
de Dios y su justicia son la perla preciosa que se debe preferir a
cualquier otro valor aunque sea grande, es más, que hay que
buscarlo como el único valor definitivo. Por esto, la Iglesia,
durante toda su historia, ha defendido siempre la superioridad de
este carisma frente al del matrimonio, por razón del vínculo
singular que tiene con el Reino de Dios.(42)
Aun habiendo renunciado a la fecundidad física, la persona
virgen se hace espiritualmente fecunda, padre y madre de muchos,
cooperando a la realización de la familia según el
designio de Dios.
Los esposos cristianos tienen pues el derecho de esperar de las
personas vírgenes el buen ejemplo y el testimonio de la
fidelidad a su vocación hasta la muerte. Así como para
los esposos la fidelidad se hace a veces difícil y exige
sacrificio, mortificación y renuncia de sí, así
también puede ocurrir a las personas vírgenes. La
fidelidad de éstas incluso ante eventuales pruebas, debe
edificar la fidelidad de aquéllos.(43)
Estas reflexiones sobre la virginidad pueden iluminar y ayudar a
aquellos que por motivos independientes de su voluntad no han podido
casarse y han aceptado posteriormente su situación en espíritu
de servicio.
TERCERA PARTE
MISIÓN DE LA FAMILIA CRISTIANA
¡Familia, sé lo que eres!
17. En el designio de Dios Creador y Redentor la familia descubre
no sólo su «identidad», lo que «es»,
sino también su «misión», lo que puede y
debe «hacer». El cometido, que ella por vocación
de Dios está llamada a desempeñar en la historia, brota
de su mismo ser y representa su desarrollo dinámico y
existencial. Toda familia descubre y encuentra en sí misma la
llamada imborrable, que define a la vez su dignidad y su
responsabilidad: familia, ¡«sé» lo que
«eres»!
Remontarse al «principio» del gesto creador de Dios es
una necesidad para la familia, si quiere conocerse y realizarse según
la verdad interior no sólo de su ser, sino también de
su actuación histórica. Y dado que, según el
designio divino, está constituida como «íntima
comunidad de vida y de amor»,(44) la familia tiene la misión
de ser cada vez más lo que es, es decir, comunidad de vida y
amor, en una tensión que, al igual que para toda realidad
creada y redimida, hallará su cumplimiento en el Reino de
Dios. En una perspectiva que además llega a las raíces
mismas de la realidad, hay que decir que la esencia y el cometido de
la familia son definidos en última instancia por el amor. Por
esto la familia recibe la misión de custodiar, revelar y
comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del
amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por
la Iglesia su esposa.
Todo cometido particular de la familia es la expresión y la
actuación concreta de tal misión fundamental. Es
necesario por tanto penetrar más a fondo en la singular
riqueza de la misión de la familia y sondear sus múltiples
y unitarios contenidos.
En este sentido, partiendo del amor y en constante referencia a
él, el reciente Sínodo ha puesto de relieve cuatro
cometidos generales de la familia:
1) formación de una comunidad de personas;
2) servicio a
la vida;
3) participación en el desarrollo de la
sociedad;
4) participación en la vida y misión de la
Iglesia.
I - FORMACIÓN DE UNA COMUNIDAD DE PERSONAS
El amor, principio y fuerza de la comunión
18. La familia, fundada y vivificada por el amor, es una comunidad
de personas: del hombre y de la mujer esposos, de los padres y de los
hijos, de los parientes. Su primer cometido es el de vivir fielmente
la realidad de la comunión con el empeño constante de
desarrollar una auténtica comunidad de personas.
El principio interior, la fuerza permanente y la meta última
de tal cometido es el amor: así como sin el amor la familia no
es una comunidad de personas, así también sin el amor
la familia no puede vivir, crecer y perfeccionarse como comunidad de
personas. Cuanto he escrito en la encíclica Redemptor hominis
encuentra su originalidad y aplicación privilegiada
precisamente en la familia en cuanto tal: «El hombre no puede
vivir sin amor. Permanece para sí mismo un ser incomprensible,
su vida está privada de sentido, si no le es revelado el amor,
si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y no lo hace
propio, si no participa en él vivamente».(45)
El amor entre el hombre y la mujer en el matrimonio y, de forma
derivada y más amplia, el amor entre los miembros de la misma
familia —entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas, entre
parientes y familiares— está animado e impulsado por un
dinamismo interior e incesante que conduce la familia a una comunión
cada vez más profunda e intensa, fundamento y alma de la
comunidad conyugal y familiar.
Unidad indivisible de la comunión conyugal
19. La comunión primera es la que se instaura y se
desarrolla entre los cónyuges; en virtud del pacto de amor
conyugal, el hombre y la mujer «no son ya dos, sino una sola
carne»(46) y están llamados a crecer continuamente en su
comunión a través de la fidelidad cotidana a la promesa
matrimonial de la recíproca donación total.
Esta comunión conyugal hunde sus raíces en el
complemento natural que existe entre el hombre y la mujer y se
alimenta mediante la voluntad personal de los esposos de compartir
todo su proyecto de vida, lo que tienen y lo que son; por esto tal
comunión es el fruto y el signo de una exigencia profundamente
humana. Pero, en Cristo Señor, Dios asume esta exigencia
humana, la confirma, la purifica y la eleva conduciéndola a
perfección con el sacramento del matrimonio: el Espíritu
Santo infundido en la celebración sacramental ofrece a los
esposos cristianos el don de una comunión nueva de amor, que
es imagen viva y real de la singularísima unidad que hace de
la Iglesia el indivisible Cuerpo místico del Señor
Jesús.
El don del Espíritu Santo es mandamiento de vida para los
esposos cristianos y al mismo tiempo impulso estimulante, a fin de
que cada día progresen hacia una unión cada vez más
rica entre ellos, a todos los niveles —del cuerpo, del
carácter, del corazón, de la inteligencia y voluntad,
del alma(47)—, revelando así a la Iglesia y al mundo la
nueva comunión de amor, donada por la gracia de Cristo.
Semejante comunión queda radicalmente contradicha por la
poligamia; ésta, en efecto, niega directamente el designio de
Dios tal como es revelado desde los orígenes, porque es
contraria a la igual dignidad personal del hombre y de la mujer, que
en el matrimonio se dan con un amor total y por lo mismo único
y exclusivo. Así lo dice el Concilio Vaticano II: «La
unidad matrimonial confirmada por el Señor aparece de modo
claro incluso por la igual dignidad personal del hombre y de la
mujer, que debe ser reconocida en el mutuo y pleno amor».(48)
Una comunión indisoluble
20. La comunión conyugal se caracteriza no sólo por
su unidad, sino también por su indisolubilidad: «Esta
unión íntima, en cuanto donación mutua de dos
personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen la plena
fidelidad de los cónyuges y reclaman su indisoluble
unidad».(49)
Es deber fundamental de la Iglesia reafirmar con fuerza —como
han hecho los Padres del Sínodo— la doctrina de la
indisolubilidad del matrimonio; a cuantos, en nuestros días,
consideran difícil o incluso imposible vincularse a una
persona por toda la vida y a cuantos son arrastrados por una cultura
que rechaza la indisolubilidad matrimonial y que se mofa abiertamente
del compromiso de los esposos a la fidelidad, es necesario repetir el
buen anuncio de la perennidad del amor conyugal que tiene en Cristo
su fundamento y su fuerza.(50)
Enraizada en la donación personal y total de los cónyuges
y exigida por el bien de los hijos, la indisolubilidad del matrimonio
halla su verdad última en el designio que Dios ha manifestado
en su Revelación: Él quiere y da la indisolubilidad del
matrimonio como fruto, signo y exigencia del amor absolutamente fiel
que Dios tiene al hombre y que el Señor Jesús vive
hacia su Iglesia.
Cristo renueva el designio primitivo que el Creador ha inscrito en
el corazón del hombre y de la mujer, y en la celebración
del sacramento del matrimonio ofrece un «corazón nuevo»:
de este modo los cónyuges no sólo pueden superar la
«dureza de corazón»,(51) sino que también y
principalmente pueden compartir el amor pleno y definitivo de Cristo,
nueva y eterna Alianza hecha carne. Así como el Señor
Jesús es el «testigo fiel»,(52) es el «sí»
de las promesas de Dios(53) y consiguientemente la realización
suprema de la fidelidad incondicional con la que Dios ama a su
pueblo, así también los cónyuges cristianos
están llamados a participar realmente en la indisolubilidad
irrevocable, que une a Cristo con la Iglesia su esposa, amada por Él
hasta el fin.(54)
El don del sacramento es al mismo tiempo vocación y
mandamiento para los esposos cristianos, para que permanezcan siempre
fieles entre sí, por encima de toda prueba y dificultad, en
generosa obediencia a la santa voluntad del Señor: «lo
que Dios ha unido, no lo separe el hombre».(55)
Dar testimonio del inestimable valor de la indisolubilidad y
fidelidad matrimonial es uno de los deberes más preciosos y
urgentes de las parejas cristianas de nuestro tiempo. Por esto, junto
con todos los Hermanos en el Episcopado que han tomado parte en el
Sínodo de los Obispos, alabo y aliento a las numerosas parejas
que, aun encontrando no leves dificultades, conservan y desarrollan
el bien de la indisolubilidad; cumplen así, de manera útil
y valiente, el cometido a ellas confiado de ser un «signo»
en el mundo —un signo pequeño y precioso, a veces
expuesto a tentación, pero siempre renovado— de la
incansable fidelidad con que Dios y Jesucristo aman a todos los
hombres y a cada hombre. Pero es obligado también reconocer el
valor del testimonio de aquellos cónyuges que, aun habiendo
sido abandonados por el otro cónyuge, con la fuerza de la fe y
de la esperanza cristiana no han pasado a una nueva unión:
también estos dan un auténtico testimonio de fidelidad,
de la que el mundo tiene hoy gran necesidad. Por ello deben ser
animados y ayudados por los pastores y por los fieles de la Iglesia.
La más amplia comunión de la familia
21. La comunión conyugal constituye el fundamento sobre el
cual se va edificando la más amplia comunión de la
familia, de los padres y de los hijos, de los hermanos y de las
hermanas entre sí, de los parientes y demás familiares.
Esta comunión radica en los vínculos naturales de la
carne y de la sangre y se desarrolla encontrando su perfeccionamiento
propiamente humano en el instaurarse y madurar de vínculos
todavía más profundos y ricos del espíritu: el
amor que anima las relaciones interpersonales de los diversos
miembros de la familia, constituye la fuerza interior que plasma y
vivifica la comunión y la comunidad familiar.
La familia cristiana está llamada además a hacer la
experiencia de una nueva y original comunión, que confirma y
perfecciona la natural y humana. En realidad la gracia de Cristo, «el
Primogénito entre los hermanos»,(56) es por su
naturaleza y dinamismo interior una «gracia fraterna como la
llama santo Tomás de Aquino.(57) El Espíritu Santo,
infundido en la celebración de los sacramentos, es la raíz
viva y el alimento inagotable de la comunión sobrenatural que
acumuna y vincula a los creyentes con Cristo y entre sí en la
unidad de la Iglesia de Dios. Una revelación y actuación
específica de la comunión eclesial está
constituida por la familia cristiana que también por esto
puede y debe decirse «Iglesia doméstica».(58)
Todos los miembros de la familia, cada uno según su propio
don, tienen la gracia y la responsabilidad de construir, día a
día, la comunión de las personas, haciendo de la
familia una «escuela de humanidad más completa y más
rica»:(59) es lo que sucede con el cuidado y el amor hacia los
pequeños, los enfermos y los ancianos; con el servicio
recíproco de todos los días, compartiendo los bienes,
alegrías y sufrimientos.
Un momento fundamental para construir tal comunión está
constituido por el intercambio educativo entre padres e hijos,(60) en
que cada uno da y recibe. Mediante el amor, el respeto, la obediencia
a los padres, los hijos aportan su específica e insustituible
contribución a la edificación de una familia
auténticamente humana y cristiana.(61) En esto se verán
facilitados si los padres ejercen su autoridad irrenunciable como un
verdadero y propio «ministerio», esto es, como un
servicio ordenado al bien humano y cristiano de los hijos, y ordenado
en particular a hacerles adquirir una libertad verdaderamente
responsable, y también si los padres mantienen viva la
conciencia del «don» que continuamente reciben de los
hijos.
La comunión familiar puede ser conservada y perfeccionada
sólo con un gran espíritu de sacrificio. Exige, en
efecto, una pronta y generosa disponibilidad de todos y cada uno a la
comprensión, a la tolerancia, al perdón, a la
reconciliación. Ninguna familia ignora que el egoísmo,
el desacuerdo, las tensiones, los conflictos atacan con violencia y a
veces hieren mortalmente la propia comunión: de aquí
las múltiples y variadas formas de división en la vida
familiar. Pero al mismo tiempo, cada familia está llamada por
el Dios de la paz a hacer la experiencia gozosa y renovadora de la
«reconciliación», esto es, de la comunión
reconstruida, de la unidad nuevamente encontrada. En particular la
participación en el sacramento de la reconciliación y
en el banquete del único Cuerpo de Cristo ofrece a la familia
cristiana la gracia y la responsabilidad de superar toda división
y caminar hacia la plena verdad de la comunión querida por
Dios, respondiendo así al vivísimo deseo del Señor:
que todos «sean una sola cosa».(62)
Derechos y obligaciones de la mujer
22. La familia, en cuanto es y debe ser siempre comunión y
comunidad de personas, encuentra en el amor la fuente y el estímulo
incesante para acoger, respetar y promover a cada uno de sus miembros
en la altísima dignidad de personas, esto es, de imágenes
vivientes de Dios. Como han afirmado justamente los Padres Sinodales,
el criterio moral de la autenticidad de las relaciones conyugales y
familiares consiste en la promoción de la dignidad y vocación
de cada una de las personas, las cuales logran su plenitud mediante
el don sincero de sí mismas.(63)
En esta perspectiva, el Sínodo ha querido reservar una
atención privilegiada a la mujer, a sus derechos y deberes en
la familia y en la sociedad. En la misma perspectiva deben
considerarse también el hombre como esposo y padre, el niño
y los ancianos.
De la mujer hay que resaltar, ante todo, la igual dignidad y
responsabilidad respecto al hombre; tal igualdad encuentra una forma
singular de realización en la donación de uno mismo al
otro y de ambos a los hijos, donación propia del matrimonio y
de la familia. Lo que la misma razón humana intuye y reconoce,
es revelado en plenitud por la Palabra de Dios; en efecto, la
historia de la salvación es un testimonio continuo y luminoso
de la dignidad de la mujer.
Creando al hombre «varón y mujer»,(64) Dios da
la dignidad personal de igual modo al hombre y a la mujer,
enriqueciéndolos con los derechos inalienables y con las
responsabilidades que son propias de la persona humana. Dios
manifiesta también de la forma más elevada posible la
dignidad de la mujer asumiendo Él mismo la carne humana de
María Virgen, que la Iglesia honra como Madre de Dios,
llamándola la nueva Eva y proponiéndola como modelo de
la mujer redimida. El delicado respeto de Jesús hacia las
mujeres que llamó a su seguimiento y amistad, su aparición
la mañana de Pascua a una mujer antes que a los otros
discípulos, la misión confiada a las mujeres de llevar
la buena nueva de la Resurrección a los apóstoles, son
signos que confirman la estima especial del Señor Jesús
hacia la mujer. Dirá el Apóstol Pablo: «Todos,
pues, sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. No hay ya
judío o griego, no hay siervo o libre, no hay varón o
hembra, porque todos sois uno en Cristo Jesús».(65)
Mujer y sociedad
23. Sin entrar ahora a tratar de los diferentes aspectos del
amplio y complejo tema de las relaciones mujer-sociedad, sino
limitándonos a algunos puntos esenciales, no se puede dejar de
observar cómo en el campo más específicamente
familiar una amplia y difundida tradición social y cultural ha
querido reservar a la mujer solamente la tarea de esposa y madre, sin
abrirla adecuadamente a las funciones públicas, reservadas en
general al hombre.
No hay duda de que la igual dignidad y responsabilidad del hombre
y de la mujer justifican plenamente el acceso de la mujer a las
funciones públicas. Por otra parte, la verdadera promoción
de la mujer exige también que sea claramente reconocido el
valor de su función materna y familiar respecto a las demás
funciones públicas y a las otras profesiones. Por otra parte,
tales funciones y profesiones deben integrarse entre sí, si se
quiere que la evolución social y cultural sea verdadera y
plenamente humana.
Esto resultará más fácil si, como ha deseado
el Sínodo, una renovada «teología del trabajo»
ilumina y profundiza el significado del mismo en la vida cristiana y
determina el vínculo fundamental que existe entre el trabajo y
la familia, y por consiguiente el significado original e
insustituible del trabajo de la casa y la educación de los
hijos.(66) Por ello la Iglesia puede y debe ayudar a la sociedad
actual, pidiendo incansablemente que el trabajo de la mujer en casa
sea reconocido por todos y estimado por su valor insustituible. Esto
tiene una importancia especial en la acción educativa; en
efecto, se elimina la raíz misma de la posible discriminación
entre los diversos trabajos y profesiones cuando resulta claramente
que todos y en todos los sectores se empeñan con idéntico
derecho e idéntica responsabilidad. Aparecerá así
más espléndida la imagen de Dios en el hombre y en la
mujer.
Si se debe reconocer también a las mujeres, como a los
hombres, el derecho de acceder a las diversas funciones públicas,
la sociedad debe sin embargo estructurarse de manera tal que las
esposas y madres no sean de hecho obligadas a trabajar fuera de casa
y que sus familias puedan vivir y prosperar dignamente, aunque ellas
se dediquen totalmente a la propia familia.
Se debe superar además la mentalidad según la cual
el honor de la mujer deriva más del trabajo exterior que de la
actividad familiar. Pero esto exige que los hombres estimen y amen
verdaderamente a la mujer con todo el respeto de su dignidad
personal, y que la sociedad cree y desarrolle las condiciones
adecuadas para el trabajo doméstico.
La Iglesia, con el debido respeto por la diversa vocación
del hombre y de la mujer, debe promover en la medida de lo posible en
su misma vida su igualdad de derechos y de dignidad; y esto por el
bien de todos, de la familia, de la sociedad y de la Iglesia.
Es evidente sin embargo que todo esto no significa para la mujer
la renuncia a su feminidad ni la imitación del carácter
masculino, sino la plenitud de la verdadera humanidad femenina tal
como debe expresarse en su comportamiento, tanto en familia como
fuera de ella, sin descuidar por otra parte en este campo la variedad
de costumbres y culturas.
Ofensas a la dignidad de la mujer
24. Desgraciadamente el mensaje cristiano sobre la dignidad de la
mujer halla oposición en la persistente mentalidad que
considera al ser humano no como persona, sino como cosa, como objeto
de compraventa, al servicio del interés egoísta y del
solo placer; la primera víctima de tal mentalidad es la mujer.
Esta mentalidad produce frutos muy amargos, como el desprecio del
hombre y de la mujer, la esclavitud, la opresión de los
débiles, la pornografía, la prostitución —tanto
más cuando es organizada— y todas las diferentes
discriminaciones que se encuentran en el ámbito de la
educación, de la profesión, de la retribución
del trabajo, etc.
Además, todavía hoy, en gran parte de nuestra
sociedad permanecen muchas formas de discriminación humillante
que afectan y ofenden gravemente algunos grupos particulares de
mujeres como, por ejemplo, las esposas que no tienen hijos, las
viudas, las separadas, las divorciadas, las madres solteras.
Estas y otras discriminaciones han sido deploradas con toda la
fuerza posible por los Padres Sinodales. Por lo tanto, pido que por
parte de todos se desarrolle una acción pastoral específica
más enérgica e incisiva, a fin de que estas situaciones
sean vencidas definitivamente, de tal modo que se alcance la plena
estima de la imagen de Dios que se refleja en todos los seres humanos
sin excepción alguna.
El hombre esposo y padre
25. Dentro de la comunión-comunidad conyugal y familiar, el
hombre está llamado a vivir su don y su función de
esposo y padre.
Él ve en la esposa la realización del designio de
Dios: «No es bueno que el hombre esté solo. Voy a
hacerle una ayuda adecuada»,(67) y hace suya la exclamación
de Adán, el primer esposo: «Esta vez sí que es
hueso de mis huesos y carne de mi carne».(68)
El auténtico amor conyugal supone y exige que el hombre
tenga profundo respeto por la igual dignidad de la mujer: «No
eres su amo —escribe san Ambrosio— sino su marido; no te
ha sido dada como esclava, sino como mujer... Devuélvele sus
atenciones hacia ti y sé para con ella agradecido por su
amor».(69) El hombre debe vivir con la esposa «un tipo
muy especial de amistad personal».(70) El cristiano además
está llamado a desarrollar una actitud de amor nuevo,
manifestando hacia la propia mujer la caridad delicada y fuerte que
Cristo tiene a la Iglesia.(71)
El amor a la esposa madre y el amor a los hijos son para el hombre
el camino natural para la comprensión y la realización
de su paternidad. Sobre todo, donde las condiciones sociales y
culturales inducen fácilmente al padre a un cierto desinterés
respecto de la familia o bien a una presencia menor en la acción
educativa, es necesario esforzarse para que se recupere socialmente
la convicción de que el puesto y la función del padre
en y por la familia son de una importancia única e
insustituible.(72) Como la experiencia enseña, la ausencia del
padre provoca desequilibrios psicológicos y morales, además
de dificultades notables en las relaciones familiares, como también,
en circunstancias opuestas, la presencia opresiva del padre,
especialmente donde todavía vige el fenómeno del
«machismo», o sea, la superioridad abusiva de las
prerrogativas masculinas que humillan a la mujer e inhiben el
desarrollo de sanas relaciones familiares.
Revelando y reviviendo en la tierra la misma paternidad de
Dios,(73) el hombre está llamado a garantizar el desarrollo
unitario de todos los miembros de la familia. Realizará esta
tarea mediante una generosa responsabilidad por la vida concebida
junto al corazón de la madre, un compromiso educativo más
solícito y compartido con la propia esposa,(74) un trabajo que
no disgregue nunca la familia, sino que la promueva en su cohesión
y estabilidad, un testimonio de vida cristiana adulta, que introduzca
más eficazmente a los hijos en la experiencia viva de Cristo y
de la Iglesia.
Derechos del niño
26. En la familia, comunidad de personas, debe reservarse una
atención especialísima al niño, desarrollando
una profunda estima por su dignidad personal, así como un gran
respeto y un generoso servicio a sus derechos. Esto vale respecto a
todo niño, pero adquiere una urgencia singular cuando el niño
es pequeño y necesita de todo, está enfermo, delicado o
es minusválido.
Procurando y teniendo un cuidado tierno y profundo para cada niño
que viene a este mundo, la Iglesia cumple una misión
fundamental. En efecto, está llamada a revelar y a proponer en
la historia el ejemplo y el mandato de Cristo, que ha querido poner
al niño en el centro del Reino de Dios: «Dejad que los
niños vengan a mí, ... que de ellos es el reino de los
cielos».(75)
Repito nuevamente lo que dije en la Asamblea General de las
Naciones Unidas, el 2 de octubre de 1979: «Deseo ... expresar
el gozo que para cada uno de nosotros constituyen los niños,
primavera de la vida, anticipo de la historia futura de cada una de
las patrias terrestres actuales. Ningún país del mundo,
ningún sistema político puede pensar en el propio
futuro, si no es a través de la imagen de estas nuevas
generaciones que tomarán de sus padres el múltiple
patrimonio de los valores, de los deberes y de las aspiraciones de la
nación a la que pertenecen, junto con el de toda la familia
humana. La solicitud por el niño, incluso antes de su
nacimiento, desde el primer momento de su concepción y, a
continuación, en los años de la infancia y de la
juventud es la verificación primaria y fundamental de la
relación del hombre con el hombre. Y por eso, ¿qué
más se podría desear a cada nación y a toda la
humanidad, a todos los niños del mundo, sino un futuro mejor
en el que el respeto de los Derechos del Hombre llegue a ser una
realidad plena en las dimensiones del 2000 que se acerca?».(76)
La acogida, el amor, la estima, el servicio múltiple y
unitario —material, afectivo, educativo, espiritual— a
cada niño que viene a este mundo, deberá constituir
siempre una nota distintiva e irrenunciable de los cristianos,
especialmente de las familias cristianas; así los niños,
a la vez que crecen «en sabiduría, en estatura y en
gracia ante Dios y ante los hombres»,(77) serán una
preciosa ayuda para la edificación de la comunidad familiar y
para la misma santificación de los padres.(78)
Los ancianos en familia
27. Hay culturas que manifiestan una singular veneración y
un gran amor por el anciano; lejos de ser apartado de la familia o de
ser soportado como un peso inútil, el anciano permanece
inserido en la vida familiar, sigue tomando parte activa y
responsable —aun debiendo respetar la autonomía de la
nueva familia— y sobre todo desarrolla la preciosa misión
de testigo del pasado e inspirador de sabiduría para los
jóvenes y para el futuro.
Otras culturas, en cambio, especialmente como consecuencia de un
desordenado desarrollo industrial y urbanístico, han llevado y
siguen llevando a los ancianos a formas inaceptables de marginación,
que son fuente a la vez de agudos sufrimientos para ellos mismos y de
empobrecimiento espiritual para tantas familias.
Es necesario que la acción pastoral de la Iglesia estimule
a todos a descubrir y a valorar los cometidos de los ancianos en la
comunidad civil y eclesial, y en particular en la familia. En
realidad, «la vida de los ancianos ayuda a clarificar la escala
de valores humanos; hace ver la continuidad de las generaciones y
demuestra maravillosamente la interdependencia del Pueblo de Dios.
Los ancianos tienen además el carisma de romper las barreras
entre las generaciones antes de que se consoliden: ¡Cuántos
niños han hallado comprensión y amor en los ojos,
palabras y caricias de los ancianos! y ¡cuánta gente
mayor no ha subscrito con agrado las palabras inspiradas "la
corona de los ancianos son los hijos de sus hijos" (Prov 17,
6)!».(79)
II - SERVICIO A LA VIDA
1) La transmisión de la vida.
Cooperadores del amor de Dios Creador
28. Dios, con la creación del hombre y de la mujer a su
imagen y semejanza, corona y lleva a perfección la obra de sus
manos; los llama a una especial participación en su amor y al
mismo tiempo en su poder de Creador y Padre, mediante su cooperación
libre y responsable en la transmisión del don de la vida
humana: «Y bendíjolos Dios y les dijo: " Sed
fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla"».(80)
Así el cometido fundamental de la familia es el servicio a
la vida, el realizar a lo largo de la historia la bendición
original del Creador, transmitiendo en la generación la imagen
divina de hombre a hombre.(81)
La fecundidad es el fruto y el signo del amor conyugal, el
testimonio vivo de la entrega plena y recíproca de los
esposos: «El cultivo auténtico del amor conyugal y toda
la estructura de la vida familiar que de él deriva, sin dejar
de lado los demás fines del matrimonio, tienden a capacitar a
los esposos para cooperar con fortaleza de espíritu con el
amor del Creador y del Salvador, quien por medio de ellos aumenta y
enriquece diariamente su propia familia».(82)
La fecundidad del amor conyugal no se reduce sin embargo a la sola
procreación de los hijos, aunque sea entendida en su dimensión
específicamente humana: se amplía y se enriquece con
todos los frutos de vida moral, espiritual y sobrenatural que el
padre y la madre están llamados a dar a los hijos y, por medio
de ellos, a la Iglesia y al mundo.
La doctrina y la norma siempre antigua y siempre nueva de la
Iglesia
29. Precisamente porque el amor de los esposos es una
participación singular en el misterio de la vida y del amor de
Dios mismo, la Iglesia sabe que ha recibido la misión especial
de custodiar y proteger la altísima dignidad del matrimonio y
la gravísima responsabilidad de la transmisión de la
vida humana.
De este modo, siguiendo la tradición viva de la comunidad
eclesial a través de la historia, el reciente Concilio
Vaticano II y el magisterio de mi predecesor Pablo VI, expresado
sobre todo en la encíclica Humanae vitae, han transmitido a
nuestro tiempo un anuncio verdaderamente profético, que
reafirma y propone de nuevo con claridad la doctrina y la norma
siempre antigua y siempre nueva de la Iglesia sobre el matrimonio y
sobre la transmisión de la vida humana.
Por esto, los Padres Sinodales, en su última asamblea
declararon textualmente: «Este Sagrado Sínodo, reunido
en la unidad de la fe con el sucesor de Pedro, mantiene firmemente lo
que ha sido propuesto en el Concilio Vaticano II (cfr. Gaudium et
spes, 50) y después en la encíclica Humanae vitae, y en
concreto, que el amor conyugal debe ser plenamente humano, exclusivo
y abierto a una nueva vida (Humanae vitae, n. 11 y cfr. 9 y 12)».(83)
La Iglesia en favor de la vida
30. La doctrina de la Iglesia se encuentra hoy en una situación
social y cultural que la hace a la vez más difícil de
comprender y más urgente e insustituible para promover el
verdadero bien del hombre y de la mujer.
En efecto, el progreso científico-técnico, que el
hombre contemporáneo acrecienta continuamente en su dominio
sobre la naturaleza, no desarrolla solamente la esperanza de crear
una humanidad nueva y mejor, sino también una angustia cada
vez más profunda ante el futuro. Algunos se preguntan si es un
bien vivir o si sería mejor no haber nacido; dudan de si es
lícito llamar a otros a la vida, los cuales quizás
maldecirán su existencia en un mundo cruel, cuyos terrores no
son ni siquiera previsibles. Otros piensan que son los únicos
destinatarios de las ventajas de la técnica y excluyen a los
demás, a los cuales imponen medios anticonceptivos o métodos
aún peores. Otros todavía, cautivos como son de la
mentalidad consumista y con la única preocupación de un
continuo aumento de bienes materiales, acaban por no comprender, y
por consiguiente rechazar la riqueza espiritual de una nueva vida
humana. La razón última de estas mentalidades es la
ausencia, en el corazón de los hombres, de Dios cuyo amor sólo
es más fuerte que todos los posibles miedos del mundo y los
puede vencer.
Ha nacido así una mentalidad contra la vida (anti-life
mentality), como se ve en muchas cuestiones actuales: piénsese,
por ejemplo, en un cierto pánico derivado de los estudios de
los ecólogos y futurólogos sobre la demografía,
que a veces exageran el peligro que representa el incremento
demográfico para la calidad de la vida.
Pero la Iglesia cree firmemente que la vida humana, aunque débil
y enferma, es siempre un don espléndido del Dios de la bondad.
Contra el pesimismo y el egoísmo, que ofuscan el mundo, la
Iglesia está en favor de la vida: y en cada vida humana sabe
descubrir el esplendor de aquel «Sí», de aquel
«Amén» que es Cristo mismo.(84) Al «no»
que invade y aflige al mundo, contrapone este «Sí»
viviente, defendiendo de este modo al hombre y al mundo de cuantos
acechan y rebajan la vida.
La Iglesia está llamada a manifestar nuevamente a todos,
con un convencimiento más claro y firme, su voluntad de
promover con todo medio y defender contra toda insidia la vida
humana, en cualquier condición o fase de desarrollo en que se
encuentre.
Por esto la Iglesia condena, como ofensa grave a la dignidad
humana y a la justicia, todas aquellas actividades de los gobiernos o
de otras autoridades públicas, que tratan de limitar de
cualquier modo la libertad de los esposos en la decisión sobre
los hijos. Por consiguiente, hay que condenar totalmente y rechazar
con energía cualquier violencia ejercida por tales autoridades
en favor del anticoncepcionismo e incluso de la esterilización
y del aborto procurado. Al mismo tiempo, hay que rechazar como
gravemente injusto el hecho de que, en las relaciones
internacionales, la ayuda económica concedida para la
promoción de los pueblos esté condicionada a programas
de anticoncepcionismo, esterilización y aborto procurado.(85)
Para que el plan divino sea realizado cada vez más
plenamente
31. La Iglesia es ciertamente consciente también de los
múltiples y complejos problemas que hoy, en muchos países,
afectan a los esposos en su cometido de transmitir responsablemente
la vida. Conoce también el grave problema del incremento
demográfico como se plantea en diversas partes de mundo, con
las implicaciones morales que comporta.
Ella cree, sin embargo, que una consideración profunda de
todos los aspectos de tales problemas ofrece una nueva y más
fuerte confirmación de la importancia de la doctrina auténtica
acerca de la regulación de la natalidad, propuesta de nuevo en
el Concilio Vaticano II y en la encíclica Humanae vitae.
Por esto, junto con los Padres del Sínodo, siento el deber
de dirigir una acuciante invitación a los teólogos a
fin de que, uniendo sus fuerzas para colaborar con el magisterio
jerárquico, se comprometan a iluminar cada vez mejor los
fundamentos bíblicos, las motivaciones éticas y las
razones personalistas de esta doctrina. Así será
posible, en el contexto de una exposición orgánica,
hacer que la doctrina de la Iglesia en este importante capítulo
sea verdaderamente accesible a todos los hombres de buena voluntad,
facilitando su comprensión cada vez más luminosa y
profunda; de este modo el plan divino podrá ser realizado cada
vez más plenamente, para la salvación del hombre y
gloria del Creador.
A este respecto, el empeño concorde de los teólogos,
inspirado por la adhesión convencida al Magisterio, que es la
única guía auténtica del Pueblo de Dios,
presenta una urgencia especial también a causa de la relación
íntima que existe entre la doctrina católica sobre este
punto y la visión del hombre que propone la Iglesia. Dudas o
errores en el ámbito matrimonial o familiar llevan a una
ofuscación grave de la verdad integral sobre el hombre, en una
situación cultural que muy a menudo es confusa y
contradictoria. La aportación de iluminación y
profundización, que los teólogos están llamados
a ofrecer en el cumplimiento de su cometido específico, tiene
un valor incomparable y representa un servicio singular, altamente
meritorio, a la familia y a la humanidad.
En la visión integral del hombre y de su vocación
32. En el contexto de una cultura que deforma gravemente o incluso
pierde el verdadero significado de la sexualidad humana, porque la
desarraiga de su referencia a la persona, la Iglesia siente más
urgente e insustituible su misión de presentar la sexualidad
como valor y función de toda la persona creada, varón y
mujer, a imagen de Dios.
En esta perspectiva el Concilio Vaticano II afirmó
claramente que «cuando se trata de conjugar el amor conyugal
con la responsable transmisión de la vida, la índole
moral de la conducta no depende solamente de la sincera intención
y apreciación de los motivos, sino que debe determinarse con
criterios objetivos, tomados de la naturaleza de la persona y de sus
actos, criterios que mantienen íntegro el sentido de la mutua
entrega y de la humana procreación, entretejidos con el amor
verdadero; esto es imposible sin cultivar sinceramente la virtud de
la castidad conyugal».(86)
Es precisamente partiendo de la «visión integral del
hombre y de su vocación, no sólo natural y terrena sino
también sobrenatural y eterna»,(87) por lo que Pablo VI
afirmó, que la doctrina de la Iglesia «está
fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y
que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos
significados del acto conyugal: el significado unitivo y el
significado procreador».(88) Y concluyó recalcando que
hay que excluir, como intrínsecamente deshonesta, «toda
acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su
realización, o en el desarrollo de sus consecuencias
naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la
procreación».(89)
Cuando los esposos, mediante el recurso al anticoncepcionismo,
separan estos dos significados que Dios Creador ha inscrito en el ser
del hombre y de la mujer y en el dinamismo de su comunión
sexual, se comportan como «árbitros» del designio
divino y «manipulan» y envilecen la sexualidad humana, y
con ella la propia persona del cónyuge, alterando su valor de
donación «total». Así, al lenguaje natural
que expresa la recíproca donación total de los esposos,
el anticoncepcionismo impone un lenguaje objetivamente
contradictorio, es decir, el de no darse al otro totalmente: se
produce, no sólo el rechazo positivo de la apertura a la vida,
sino también una falsificación de la verdad interior
del amor conyugal, llamado a entregarse en plenitud personal.
En cambio, cuando los esposos, mediante el recurso a períodos
de infecundidad, respetan la conexión inseparable de los
significados unitivo y procreador de la sexualidad humana, se
comportan como «ministros» del designio de Dios y «se
sirven» de la sexualidad según el dinamismo original de
la donación «total», sin manipulaciones ni
alteraciones.(90)
A la luz de la misma experiencia de tantas parejas de esposos y de
los datos de las diversas ciencias humanas, la reflexión
teológica puede captar y está llamada a profundizar la
diferencia antropológica y al mismo tiempo moral, que existe
entre el anticoncepcionismo y el recurso a los ritmos temporales. Se
trata de una diferencia bastante más amplia y profunda de lo
que habitualmente se cree, y que implica en resumidas cuentas dos
concepciones de la persona y de la sexualidad humana,
irreconciliables entre sí. La elección de los ritmos
naturales comporta la aceptación del tiempo de la persona, es
decir de la mujer, y con esto la aceptación también del
diálogo, del respeto recíproco, de la responsabilidad
común, del dominio de sí mismo. Aceptar el tiempo y el
diálogo significa reconocer el carácter espiritual y a
la vez corporal de la comunión conyugal, como también
vivir el amor personal en su exigencia de fidelidad. En este contexto
la pareja experimenta que la comunión conyugal es enriquecida
por aquellos valores de ternura y afectividad, que constituyen el
alma profunda de la sexualidad humana, incluso en su dimensión
física. De este modo la sexualidad es respetada y promovida en
su dimensión verdadera y plenamente humana, no «usada»
en cambio como un «objeto» que, rompiendo la unidad
personal de alma y cuerpo, contradice la misma creación de
Dios en la trama más profunda entre naturaleza y persona.
La Iglesia Maestra y Madre para los esposos en dificultad
33. También en el campo de la moral conyugal la Iglesia es
y actúa como Maestra y Madre.
Como Maestra, no se cansa de proclamar la norma moral que debe
guiar la transmisión responsable de la vida. De tal norma la
Iglesia no es ciertamente ni la autora ni el árbitro. En
obediencia a la verdad que es Cristo, cuya imagen se refleja en la
naturaleza y en la dignidad de la persona humana, la Iglesia
interpreta la norma moral y la propone a todos los hombres de buena
voluntad, sin esconder las exigencias de radicalidad y de perfección.
Como Madre, la Iglesia se hace cercana a muchas parejas de esposos
que se encuentran en dificultad sobre este importante punto de la
vida moral; conoce bien su situación, a menudo muy ardua y a
veces verdaderamente atormentada por dificultades de todo tipo, no
sólo individuales sino también sociales; sabe que
muchos esposos encuentran dificultades no sólo para la
realización concreta, sino también para la misma
comprensión de los valores inherentes a la norma moral.
Pero la misma y única Iglesia es a la vez Maestra y Madre.
Por esto, la Iglesia no cesa nunca de invitar y animar, a fin de que
las eventuales dificultades conyugales se resuelvan sin falsificar ni
comprometer jamas la verdad. En efecto, está convencida de que
no puede haber verdadera contradicción entre la ley divina de
la transmisión de la vida y la de favorecer el auténtico
amor conyugal.(91) Por esto, la pedagogía concreta de la
Iglesia debe estar siempre unida y nunca separada de su doctrina.
Repito, por tanto, con la misma persuasión de mi predecesor:
«No menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una
forma de caridad eminente hacia las almas».(92)
Por otra parte, la auténtica pedagogía eclesial
revela su realismo y su sabiduría solamente desarrollando un
compromiso tenaz y valiente en crear y sostener todas aquellas
condiciones humanas —psicológicas, morales y
espirituales— que son indispensables para comprender y vivir el
valor y la norma moral.
No hay duda de que entre estas condiciones se deben incluir la
constancia y la paciencia, la humildad y la fortaleza de ánimo,
la confianza filial en Dios y en su gracia, el recurso frecuente a la
oración y a los sacramentos de la Eucaristía y de la
reconciliación.(93) Confortados así, los esposos
cristianos podrán mantener viva la conciencia de la influencia
singular que la gracia del sacramento del matrimonio ejerce sobre
todas las realidades de la vida conyugal, y por consiguiente también
sobre su sexualidad: el don del Espíritu, acogido y
correspondido por los esposos, les ayuda a vivir la sexualidad humana
según el plan de Dios y como signo del amor unitivo y fecundo
de Cristo por su Iglesia.
Pero entre las condiciones necesarias está también
el conocimiento de la corporeidad y de sus ritmos de fertilidad. En
tal sentido conviene hacer lo posible para que semejante conocimiento
se haga accesible a todos los esposos, y ante todo a las personas
jóvenes, mediante una información y una educación
clara, oportuna y seria, por parte de parejas, de médicos y de
expertos. El conocimiento debe desembocar además en la
educación al autocontrol; de ahí la absoluta necesidad
de la virtud de la castidad y de la educación permanente en
ella. Según la visión cristiana, la castidad no
significa absolutamente rechazo ni menosprecio de la sexualidad
humana: significa más bien energía espiritual que sabe
defender el amor de los peligros del egoísmo y de la
agresividad, y sabe promoverlo hacia su realización plena.
Pablo VI, con intuición profunda de sabiduría y
amor, no hizo más que escuchar la experiencia de tantas
parejas de esposos cuando en su encíclica escribió: «El
dominio del instinto, mediante la razón y la voluntad libre,
impone sin ningún género de duda una ascética,
para que las manifestaciones afectivas de la vida conyugal estén
en conformidad con el orden recto y particularmente para observar la
continencia periódica. Esta disciplina, propia de la pureza de
los esposos, lejos de perjudicar el amor conyugal, le confiere un
valor humano más sublime. Exige un esfuerzo continuo, pero, en
virtud de su influjo beneficioso, los cónyuges desarrollan
integralmente su personalidad, enriqueciéndose de valores
espirituales: aportando a la vida familiar frutos de serenidad y de
paz y facilitando la solución de otros problemas; favoreciendo
la atención hacia el otro cónyuge; ayudando a superar
el egoísmo, enemigo del verdadero amor, y enraizando más
su sentido de responsabilidad. Los padres adquieren así la
capacidad de un influjo más profundo y eficaz para educar a
los hijos».(94)
Itinerario moral de los esposos
34. Es siempre muy importante poseer una recta concepción
del orden moral, de sus valores y normas; la importancia aumenta,
cuanto más numerosas y graves se hacen las dificultades para
respetarlos.
El orden moral, precisamente porque revela y propone el designio
de Dios Creador, no puede ser algo mortificante para el hombre ni
algo impersonal; al contrario, respondiendo a las exigencias más
profundas del hombre creado por Dios, se pone al servicio de su
humanidad plena, con el amor delicado y vinculante con que Dios mismo
inspira, sostiene y guía a cada criatura hacia su felicidad.
Pero el hombre, llamado a vivir responsablemente el designio sabio
y amoroso de Dios, es un ser histórico, que se construye día
a día con sus opciones numerosas y libres; por esto él
conoce, ama y realiza el bien moral según diversas etapas de
crecimiento.
También los esposos, en el ámbito de su vida moral,
están llamados a un continuo camino, sostenidos por el deseo
sincero y activo de conocer cada vez mejor los valores que la ley
divina tutela y promueve, y por la voluntad recta y generosa de
encarnarlos en sus opciones concretas.
Ellos, sin embargo, no pueden mirar la ley como un mero ideal que
se puede alcanzar en el futuro, sino que deben considerarla como un
mandato de Cristo Señor a superar con valentía las
dificultades. «Por ello la llamada "ley de gradualidad"
o camino gradual no puede identificarse con la "gradualidad de
la ley", como si hubiera varios grados o formas de precepto en
la ley divina para los diversos hombres y situaciones. Todos los
esposos, según el plan de Dios, están llamados a la
santidad en el matrimonio, y esta excelsa vocación se realiza
en la medida en que la persona humana se encuentra en condiciones de
responder al mandamiento divino con ánimo sereno, confiando en
la gracia divina y en la propia voluntad».(95) En la misma
línea, es propio de la pedagogía de la Iglesia que los
esposos reconozcan ante todo claramente la doctrina de la Humanae
vitae como normativa para el ejercicio de su sexualidad y se
comprometan sinceramente a poner las condiciones necesarias para
observar tal norma.
Esta pedagogía, como ha puesto de relieve el Sínodo,
abarca toda la vida conyugal. Por esto la función de
transmitir la vida debe estar integrada en la misión global de
toda la vida cristiana, la cual sin la cruz no puede llegar a la
resurrección. En semejante contexto se comprende cómo
no se puede quitar de la vida familiar el sacrificio, es más,
se debe aceptar de corazón, a fin de que el amor conyugal se
haga más profundo y sea fuente de gozo íntimo.
Este camino exige reflexión, información, educación
idónea de los sacerdotes, religiosos y laicos que están
dedicados a la pastoral familiar; todos ellos podrán ayudar a
los esposos en su itinerario humano y espiritual, que comporta la
conciencia del pecado, el compromiso sincero a observar la ley moral
y el ministerio de la reconciliación. Conviene también
tener presente que en la intimidad conyugal están implicadas
las voluntades de dos personas, llamadas sin embargo a una armonía
de mentalidad y de comportamiento. Esto exige no poca paciencia,
simpatía y tiempo. Singular importancia tiene en este campo la
unidad de juicios morales y pastorales de los sacerdotes: tal unidad
debe ser buscada y asegurada cuidadosamente, para que los fieles no
tengan que sufrir ansiedades de conciencia.(96)
El camino de los esposos será pues más fácil
si, con estima de la doctrina de la Iglesia y con confianza en la
gracia de Cristo, ayudados y acompañados por los pastores de
almas y por la comunidad eclesial entera, saben descubrir y
experimentar el valor de liberación y promoción del
amor auténtico, que el Evangelio ofrece y el mandamiento del
Señor propone.
Suscitar convicciones y ofrecer ayudas concretas
35. Ante el problema de una honesta regulación de la
natalidad, la comunidad eclesial, en el tiempo presente, debe
preocuparse por suscitar convicciones y ofrecer ayudas concretas a
quienes desean vivir la paternidad y la maternidad de modo
verdaderamente responsable.
En este campo, mientras la Iglesia se alegra de los resultados
alcanzados por las investigaciones científicas para un
conocimiento más preciso de los ritmos de fertilidad femenina
y alienta a una más decisiva y amplia extensión de
tales estudios, no puede menos de apelar, con renovado vigor, a la
responsabilidad de cuantos —médicos, expertos,
consejeros matrimoniales, educadores, parejas— pueden ayudar
efectivamente a los esposos a vivir su amor, respetando la estructura
y finalidades del acto conyugal que lo expresa. Esto significa un
compromiso más amplio, decisivo y sistemático en hacer
conocer, estimar y aplicar los métodos naturales de regulación
de la fertilidad.(97)
Un testimonio precioso puede y debe ser dado por aquellos esposos
que, mediante el compromiso común de la continencia periódica,
han llegado a una responsabilidad personal más madura ante el
amor y la vida. Como escribía Pablo VI, «a ellos ha
confiado el Señor la misión de hacer visible ante los
hombres la santidad y la suavidad de la ley que une el amor mutuo de
los esposos con su cooperación al amor de Dios, autor de la
vida humana».(98)
2) La educación.
El derecho-deber educativo de los padres
36. La tarea educativa tiene sus raíces en la vocación
primordial de los esposos a participar en la obra creadora de Dios;
ellos, engendrando en el amor y por amor una nueva persona, que tiene
en sí la vocación al crecimiento y al desarrollo,
asumen por eso mismo la obligación de ayudarla eficazmente a
vivir una vida plenamente humana. Como ha recordado el Concilio
Vaticano II: «Puesto que los padres han dado la vida a los
hijos, tienen la gravísima obligación de educar a la
prole, y por tanto hay que reconocerlos como los primeros y
principales educadores de sus hijos. Este deber de la educación
familiar es de tanta transcendencia que, cuando falta, difícilmente
puede suplirse. Es, pues, deber de los padres crear un ambiente de
familia animado por el amor, por la piedad hacia Dios y hacia los
hombres, que favorezca la educación íntegra personal y
social de los hijos. La familia es, por tanto, la primera escuela de
las virtudes sociales, que todas las sociedades necesitan».(99)
El derecho-deber educativo de los padres se califica como
esencial, relacionado como está con la transmisión de
la vida humana; como original y primario, respecto al deber educativo
de los demás, por la unicidad de la relación de amor
que subsiste entre padres e hijos; como insustituible e inalienable y
que, por consiguiente, no puede ser totalmente delegado o usurpado
por otros.
Por encima de estas características, no puede olvidarse que
el elemento más radical, que determina el deber educativo de
los padres, es el amor paterno y materno que encuentra en la acción
educativa su realización, al hacer pleno y perfecto el
servicio a la vida. El amor de los padres se transforma de fuente en
alma, y por consiguiente, en norma, que inspira y guía toda la
acción educativa concreta, enriqueciéndola con los
valores de dulzura, constancia, bondad, servicio, desinterés,
espíritu de sacrificio, que son el fruto más precioso
del amor.
Educar en los valores esenciales de la vida humana
37. Aun en medio de las dificultades, hoy a menudo agravadas, de
la acción educativa, los padres deben formar a los hijos con
confianza y valentía en los valores esenciales de la vida
humana. Los hijos deben crecer en una justa libertad ante los bienes
materiales, adoptando un estilo de vida sencillo y austero,
convencidos de que «el hombre vale más por lo que es que
por lo que tiene».(100)
En una sociedad sacudida y disgregada por tensiones y conflictos a
causa del choque entre los diversos individualismos y egoísmos,
los hijos deben enriquecerse no sólo con el sentido de la
verdadera justicia, que lleva al respeto de la dignidad personal de
cada uno, sino también y más aún del sentido del
verdadero amor, como solicitud sincera y servicio desinteresado hacia
los demás, especialmente a los más pobres y
necesitados. La familia es la primera y fundamental escuela de
socialidad; como comunidad de amor, encuentra en el don de sí
misma la ley que la rige y hace crecer. El don de sí, que
inspira el amor mutuo de los esposos, se pone como modelo y norma del
don de sí que debe haber en las relaciones entre hermanos y
hermanas, y entre las diversas generaciones que conviven en la
familia. La comunión y la participación vivida
cotidianamente en la casa, en los momentos de alegría y de
dificultad, representa la pedagogía más concreta y
eficaz para la inserción activa, responsable y fecunda de los
hijos en el horizonte más amplio de la sociedad.
La educación para el amor como don de sí mismo
constituye también la premisa indispensable para los padres,
llamados a ofrecer a los hijos una educación sexual clara y
delicada. Ante una cultura que «banaliza» en gran parte
la sexualidad humana, porque la interpreta y la vive de manera
reductiva y empobrecida, relacionándola únicamente con
el cuerpo y el placer egoísta, el servicio educativo de los
padres debe basarse sobre una cultura sexual que sea verdadera y
plenamente personal. En efecto, la sexualidad es una riqueza de toda
la persona —cuerpo, sentimiento y espíritu— y
manifiesta su significado íntimo al llevar la persona hacia el
don de sí misma en el amor.
La educación sexual, derecho y deber fundamental de los
padres, debe realizarse siempre bajo su dirección solícita,
tanto en casa como en los centros educativos elegidos y controlados
por ellos. En este sentido la Iglesia reafirma la ley de la
subsidiaridad, que la escuela tiene que observar cuando coopera en la
educación sexual, situándose en el espíritu
mismo que anima a los padres.
En este contexto es del todo irrenunciable la educación
para la castidad, como virtud que desarrolla la auténtica
madurez de la persona y la hace capaz de respetar y promover el
«significado esponsal» del cuerpo. Más aún,
los padres cristianos reserven una atención y cuidado especial
—discerniendo los signos de la llamada de Dios— a la
educación para la virginidad, como forma suprema del don de
uno mismo que constituye el sentido mismo de la sexualidad humana.
Por los vínculos estrechos que hay entre la dimensión
sexual de la persona y sus valores éticos, esta educación
debe llevar a los hijos a conocer y estimar las normas morales como
garantía necesaria y preciosa para un crecimiento personal y
responsable en la sexualidad humana.
Por esto la Iglesia se opone firmemente a un sistema de
información sexual separado de los principios morales y tan
frecuentemente difundido, el cual no sería más que una
introducción a la experiencia del placer y un estímulo
que lleva a perder la serenidad, abriendo el camino al vicio desde
los años de la inocencia.
Misión educativa y sacramento del matrimonio
38. Para los padres cristianos la misión educativa, basada
como se ha dicho en su participación en la obra creadora de
Dios, tiene una fuente nueva y específica en el sacramento del
matrimonio, que los consagra a la educación propiamente
cristiana de los hijos, es decir, los llama a participar de la misma
autoridad y del mismo amor de Dios Padre y de Cristo Pastor, así
como del amor materno de la Iglesia, y los enriquece en sabiduría,
consejo, fortaleza y en los otros dones del Espíritu Santo,
para ayudar a los hijos en su crecimiento humano y cristiano.
El deber educativo recibe del sacramento del matrimonio la
dignidad y la llamada a ser un verdadero y propio «ministerio»
de la Iglesia al servicio de la edificación de sus miembros.
Tal es la grandeza y el esplendor del ministerio educativo de los
padres cristianos, que santo Tomás no duda en compararlo con
el ministerio de los sacerdotes: «Algunos propagan y conservan
la vida espiritual con un ministerio únicamente espiritual: es
la tarea del sacramento del orden; otros hacen esto respecto de la
vida a la vez corporal y espiritual, y esto se realiza con el
sacramento del matrimonio, en el que el hombre y la mujer se unen
para engendrar la prole y educarla en el culto a Dios».(101)
La conciencia viva y vigilante de la misión recibida con el
sacramento del matrimonio ayudará a los padres cristianos a
ponerse con gran serenidad y confianza al servizio educativo de los
hijos y, al mismo tiempo, a sentirse responsables ante Dios que los
llama y los envía a edificar la Iglesia en los hijos. Así
la familia de los bautizados, convocada como iglesia doméstica
por la Palabra y por el Sacramento, llega a ser a la vez, como la
gran Iglesia, maestra y madre.
La primera experiencia de Iglesia
39. La misión de la educación exige que los padres
cristianos propongan a los hijos todos los contenidos que son
necesarios para la maduración gradual de su personalidad desde
un punto de vista cristiano y eclesial. Seguirán pues las
líneas educativas recordadas anteriormente, procurando mostrar
a los hijos a cuán profundos significados conducen la fe y la
caridad de Jesucristo. Además, la conciencia de que el Señor
confía a ellos el crecimiento de un hijo de Dios, de un
hermano de Cristo, de un templo del Espíritu Santo, de un
miembro de la Iglesia, alentará a los padres cristianos en su
tarea de afianzar en el alma de los hijos el don de la gracia divina.
El Concilio Vaticano II precisa así el contenido de la
educación cristiana: «La cual no persigue solamente la
madurez propia de la persona humana... sino que busca, sobre todo,
que los bautizados se hagan más conscientes cada día
del don recibido de la fe, mientras se inician gradualmente en el
conocimiento del misterio de la salvación; aprendan a adorar a
Dios Padre en espíritu y en verdad (cf. Jn 4, 23), ante todo
en la acción litúrgica, formándose para vivir
según el hombre nuevo en justicia y santidad de verdad (Ef 4,
22-24), y así lleguen al hombre perfecto, en la edad de la
plenitud de Cristo (cf. Ef 4, 13), y contribuyan al crecimiento del
Cuerpo místico. Conscientes, además, de su vocación,
acostúmbrense a dar testimonio de la esperanza que hay en
ellos (cf. 1 Pe 3, 15) y a ayudar a la configuración cristiana
del mundo».(102)
También el Sínodo, siguiendo y desarrollando la
línea conciliar ha presentado la misión educativa de la
familia cristiana como un verdadero ministerio, por medio del cual se
transmite e irradia el Evangelio, hasta el punto de que la misma vida
de familia se hace itinerario de fe y, en cierto modo, iniciación
cristiana y escuela de los seguidores de Cristo. En la familia
consciente de tal don, como escribió Pablo VI, «todos
los miembros evangelizan y son evangelizados».(103)
En virtud del ministerio de la educación los padres,
mediante el testimonio de su vida, son los primeros mensajeros del
Evangelio ante los hijos. Es más, rezando con los hijos,
dedicándose con ellos a la lectura de la Palabra de Dios e
introduciéndolos en la intimidad del Cuerpo —eucarístico
y eclesial— de Cristo mediante la iniciación cristiana,
llegan a ser plenamente padres, es decir engendradores no sólo
de la vida corporal, sino también de aquella que, mediante la
renovación del Espíritu, brota de la Cruz y
Resurrección de Cristo.
A fin de que los padres cristianos puedan cumplir dignamente su
ministerio educativo, los Padres Sinodales han manifestado el deseo
de que se prepare un texto adecuado de catecismo para las familias
claro, breve y que pueda ser fácilmente asimilado por todos.
Las conferencias episcopales han sido invitadas encarecidamente a
comprometerse en la realización de este catecismo.
Relaciones con otras fuerzas educativas
40. La familia es la primera, pero no la única y exclusiva,
comunidad educadora; la misma dimensión comunitaria, civil y
eclesial del hombre exige y conduce a una acción más
amplia y articulada, fruto de la colaboración ordenada de las
diversas fuerzas educativas. Estas son necesarias, aunque cada una
puede y debe intervenir con su competencia y con su contribución
propias.(104)
La tarea educativa de la familia cristiana tiene por esto un
puesto muy importante en la pastoral orgánica; esto implica
una nueva forma de colaboración entre los padres y las
comunidades cristianas, entre los diversos grupos educativos y los
pastores. En este sentido, la renovación de la escuela
católica debe prestar una atención especial tanto a los
padres de los alumnos como a la formación de una perfecta
comunidad educadora.
Debe asegurarse absolutamente el derecho de los padres a la
elección de una educación conforme con su fe religiosa.
El Estado y la Iglesia tienen la obligación de dar a las
familias todas las ayudas posibles, a fin de que puedan ejercer
adecuadamente sus funciones educativas. Por esto tanto la Iglesia
como el Estado deben crear y promover las instituciones y actividades
que las familias piden justamente, y la ayuda deberá ser
proporcionada a las insuficiencias de las familias. Por tanto, todos
aquellos que en la sociedad dirigen las escuelas, no deben olvidar
nunca que los padres han sido constituidos por Dios mismo como los
primeros y principales educadores de los hijos, y que su derecho es
del todo inalienable.
Pero como complementario al derecho, se pone el grave deber de los
padres de comprometerse a fondo en una relación cordial y
efectiva con los profesores y directores de las escuelas.
Si en las escuelas se enseñan ideologías contrarias
a la fe cristiana, la familia junto con otras familias, si es posible
mediante formas de asociación familiar, debe con todas las
fuerzas y con sabiduria ayudar a los jóvenes a no alejarse de
la fe. En este caso la familia tiene necesidad de ayudas especiales
por parte de los pastores de almas, los cuales no deben olvidar que
los padres tienen el derecho inviolable de confiar sus hijos a la
comunidad eclesial.
Un servicio múltiple a la vida
41. El amor conyugal fecundo se expresa en un servicio a la vida
que tiene muchas formas, de las cuales la generación y la
educación son las más inmediatas, propias e
insustituibles. En realidad, cada acto de verdadero amor al hombre
testimonia y perfecciona la fecundidad espiritual de la familia,
porque es obediencia al dinamismo interior y profundo del amor, como
donación de sí mismo a los demás.
En particular los esposos que viven la experiencia de la
esterilidad física, deberán orientarse hacia esta
perspectiva, rica para todos en valor y exigencias.
Las familias cristianas, que en la fe reconocen a todos los
hombres como hijos del Padre común de los cielos, irán
generosamente al encuentro de los hijos de otras familias,
sosteniéndoles y amándoles no como extraños,
sino como miembros de la única familia de los hijos de Dios.
Los padres cristianos podrán así ensanchar su amor más
allá de los vínculos de la carne y de la sangre,
estrechando esos lazos que se basan en el espíritu y que se
desarrollan en el servicio concreto a los hijos de otras familias, a
menudo necesitados incluso de lo más necesario.
Las familias cristianas se abran con mayor disponibilidad a la
adopción y acogida de aquellos hijos que están privados
de sus padres o abandonados por éstos. Mientras esos niños,
encontrando el calor afectivo de una familia, pueden experimentar la
cariñosa y solícita paternidad de Dios, atestiguada por
los padres cristianos, y así crecer con serenidad y confianza
en la vida, la familia entera se enriquecerá con los valores
espirituales de una fraternidad más amplia.
La fecundidad de las familias debe llevar a su incesante
«creatividad», fruto maravilloso del Espíritu de
Dios, que abre el corazón para descubrir las nuevas
necesidades y sufrimientos de nuestra sociedad, y que infunde ánimo
para asumirlas y darles respuesta. En este marco se presenta a las
familias un vasto campo de acción; en efecto, todavía
más preocupante que el abandono de los niños es hoy el
fenómeno de la marginación social y cultural, que
afecta duramente a los ancianos, a los enfermos, a los minusválidos,
a los drogadictos, a los excarcelados, etc.
De este modo se ensancha enormemente el horizonte de la paternidad
y maternidad de las familias cristianas; un reto para su amor
espiritualmente fecundo viene de estas y tantas otras urgencias de
nuestro tiempo. Con las familias y por medio de ellas, el Señor
Jesús sigue teniendo «compasión» de las
multitudes.
III - PARTICIPACIÓN EN EL DESARROLLO DE LA SOCIEDAD
La familia, célula primera y vital de la sociedad
42. «El Creador del mundo estableció la sociedad
conyugal como origen y fundamento de la sociedad humana»; la
familia es por ello la «célula primera y vital de la
sociedad».(105)
La familia posee vínculos vitales y orgánicos con la
sociedad, porque constituye su fundamento y alimento continuo
mediante su función de servicio a la vida. En efecto, de la
familia nacen los ciudadanos, y éstos encuentran en ella la
primera escuela de esas virtudes sociales, que son el alma de la vida
y del desarrollo de la sociedad misma.
Así la familia, en virtud de su naturaleza y vocación,
lejos de encerrarse en sí misma, se abre a las demás
familias y a la sociedad, asumiendo su función social.
La vida familiar como experiencia de comunión y
participación
43. La misma experiencia de comunión y participación,
que debe caracterizar la vida diaria de la familia, representa su
primera y fundamental aportación a la sociedad.
Las relaciones entre los miembros de la comunidad familiar están
inspiradas y guiadas por la ley de la «gratuidad» que,
respetando y favoreciendo en todos y cada uno la dignidad personal
como único título de valor, se hace acogida cordial,
encuentro y diálogo, disponibilidad desinteresada, servicio
generoso y solidaridad profunda.
Así la promoción de una auténtica y madura
comunión de personas en la familia se convierte en la primera
e insustituible escuela de socialidad, ejemplo y estímulo para
las relaciones comunitarias más amplias en un clima de
respeto, justicia, diálogo y amor.
De este modo, como han recordado los Padres Sinodales, la familia
constituye el lugar natural y el instrumento más eficaz de
humanización y de personalización de la sociedad:
colabora de manera original y profunda en la construcción del
mundo, haciendo posible una vida propiamente humana, en particular
custodiando y transmitiendo las virtudes y los «valores».
Como dice el Concilio Vaticano II, en la familia «las distintas
generaciones coinciden y se ayudan mutuamente a lograr una mayor
sabiduría y a armonizar los derechos de las personas con las
demás exigencias de la vida social».(106)
Como consecuencia, de cara a una sociedad que corre el peligro de
ser cada vez más despersonalizada y masificada, y por tanto
inhumana y deshumanizadora, con los resultados negativos de tantas
formas de «evasión» —como son, por ejemplo,
el alcoholismo, la droga y el mismo terrorismo—, la familia
posee y comunica todavía hoy energías formidables
capaces de sacar al hombre del anonimato, de mantenerlo consciente de
su dignidad personal, de enriquecerlo con profunda humanidad y de
inserirlo activamente con su unicidad e irrepetibilidad en el tejido
de la sociedad.
Función social y política
44. La función social de la familia no puede ciertamente
reducirse a la acción procreadora y educativa, aunque
encuentra en ella su primera e insustituible forma de expresión.
Las familias, tanto solas como asociadas, pueden y deben por tanto
dedicarse a muchas obras de servicio social, especialmente en favor
de los pobres y de todas aquellas personas y situaciones, a las que
no logra llegar la organización de previsión y
asistencia de las autoridades públicas.
La aportación social de la familia tiene su originalidad,
que exige se la conozca mejor y se la apoye más decididamente,
sobre todo a medida que los hijos crecen, implicando de hecho lo más
posible a todos sus miembros.(107)
En especial hay que destacar la importancia cada vez mayor que en
nuestra sociedad asume la hospitalidad, en todas sus formas, desde el
abrir la puerta de la propia casa, y más aún la del
propio corazón, a las peticiones de los hermanos, al
compromiso concreto de asegurar a cada familia su casa, como ambiente
natural que la conserva y la hace crecer. Sobre todo, la familia
cristiana está llamada a escuchar el consejo del Apóstol:
«Sed solícitos en la hospitalidad»,(108) y por
consiguiente en praticar la acogida del hermano necesitado, imitando
el ejemplo y compartiendo la caridad de Cristo: «El que diere
de beber a uno de estos pequeños sólo un vaso de agua
fresca porque es mi discípulo, en verdad os digo que no
perderá su recompensa».(109)
La función social de las familias está llamada a
manifestarse también en la forma de intervención
política, es decir, las familias deben ser las primeras en
procurar que las leyes y las instituciones del Estado no sólo
no ofendan, sino que sostengan y defiendan positivamente los derechos
y los deberes de la familia. En este sentido las familias deben
crecer en la conciencia de ser «protagonistas» de la
llamada «política familiar», y asumirse la
responsabilidad de transformar la sociedad; de otro modo las familias
serán las primeras víctimas de aquellos males que se
han limitado a observar con indiferencia. La llamada del Concilio
Vaticano II a superar la ética individualista vale también
para la familia como tal.(110)
La sociedad al servicio de la familia
45. La conexión íntima entre la familia y la
sociedad, de la misma manera que exige la apertura y la participación
de la familia en la sociedad y en su desarrollo, impone también
que la sociedad no deje de cumplir su deber fundamental de respetar y
promover la familia misma.
Ciertamente la familia y la sociedad tienen una función
complementaria en la defensa y en la promoción del bien de
todos los hombres y de cada hombre. Pero la sociedad, y más
específicamente el Estado, deben reconocer que la familia es
una «sociedad que goza de un derecho propio y primordial»(111)
y por tanto, en sus relaciones con la familia, están
gravemente obligados a atenerse al principio de subsidiaridad.
En virtud de este principio, el Estado no puede ni debe substraer
a las familias aquellas funciones que pueden igualmente realizar
bien, por sí solas o asociadas libremente, sino favorecer
positivamente y estimular lo más posible la iniciativa
responsable de las familias. Las autoridades públicas,
convencidas de que el bien de la familia constituye un valor
indispensable e irrenunciable de la comunidad civil, deben hacer
cuanto puedan para asegurar a las familias todas aquellas ayudas
—económicas, sociales, educativas, políticas,
culturales— que necesitan para afrontar de modo humano todas
sus responsabilidades.
Carta de los derechos de la familia
46. El ideal de una recíproca acción de apoyo y
desarrollo entre la familia y la sociedad choca a menudo, y en medida
bastante grave, con la realidad de su separación e incluso de
su contraposición.
En efecto, como el Sínodo ha denunciado continuamente, la
situación que muchas familias encuentran en diversos países
es muy problemática, si no incluso claramente negativa:
instituciones y leyes desconocen injustamente los derechos
inviolables de la familia y de la misma persona humana, y la
sociedad, en vez de ponerse al servicio de la familia, la ataca con
violencia en sus valores y en sus exigencias fundamentales. De este
modo la familia, que, según los planes de Dios, es célula
básica de la sociedad, sujeto de derechos y deberes antes que
el Estado y cualquier otra comunidad, es víctima de la
sociedad, de los retrasos y lentitudes de sus intervenciones y más
aún de sus injusticias notorias.
Por esto la Iglesia defiende abierta y vigorosamente los derechos
de la familia contra las usurpaciones intolerables de la sociedad y
del Estado. En concreto, los Padres Sinodales han recordado, entre
otros, los siguientes derechos de la familia:
a existir y progresar como familia, es decir, el derecho de
todo hombre, especialmente aun siendo pobre, a fundar una familia, y
a tener los recursos apropiados para mantenerla;
a ejercer su responsabilidad en el campo de la transmisión
de la vida y a educar a los hijos;
a la intimidad de la vida conyugal y familiar;
a la estabilidad del vínculo y de la institución
matrimonial;
a creer y profesar su propia fe, y a difundirla;
a educar a sus hijos de acuerdo con las propias tradiciones y
valores religiosos y culturales, con los instrumentos, medios e
instituciones necesarias;
a obtener la seguridad física, social, política
y económica, especialmente de los pobres y enfermos;
el derecho a una vivienda adecuada, para una vida familiar
digna;
el derecho de expresión y de representación
ante las autoridades públicas, económicas, sociales,
culturales y ante las inferiores, tanto por sí misma como por
medio de asociaciones;
a crear asociaciones con otras familias e instituciones, para
cumplir adecuada y esmeradamente su misión;
a proteger a los menores, mediante instituciones y leyes
apropiadas, contra los medicamentos perjudiciales, la pornografía,
el alcoholismo, etc.;
el derecho a un justo tiempo libre que favorezca, a la vez,
los valores de la familia;
el derecho de los ancianos a una vida y a una muerte dignas;
el derecho a emigrar como familia, para buscar mejores
condiciones de vida.(112)
La Santa Sede, acogiendo la petición explícita del
Sínodo, se encargará de estudiar detenidamente estas
sugerencias, elaborando una «Carta de los derechos de la
familia», para presentarla a los ambientes y autoridades
interesadas.
Gracia y responsabilidad de la familia cristiana
47. La función social propia de cada familia compete, por
un título nuevo y original, a la familia cristiana, fundada
sobre el sacramento del matrimonio. Este sacramento, asumiendo la
realidad humana del amor conyugal en todas sus implicaciones,
capacita y compromete a los esposos y a los padres cristianos a vivir
su vocación de laicos, y por consiguiente a «buscar el
reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos
según Dios».(113)
El cometido social y político forma parte de la misión
real o de servicio, en la que participan los esposos cristianos en
virtud del sacramento del matrimonio, recibiendo a la vez un mandato
al que no pueden sustraerse y una gracia que los sostiene y los
anima.
De este modo la familia cristiana está llamada a ofrecer a
todos el testimonio de una entrega generosa y desinteresada a los
problemas sociales, mediante la «opción preferencial»
por los pobres y los marginados. Por eso la familia, avanzando en el
seguimiento del Señor mediante un amor especial hacia todos
los pobres, debe preocuparse especialmente de los que padecen hambre,
de los indigentes, de los ancianos, los enfermos, los drogadictos o
los que están sin familia.
Hacia un nuevo orden internacional
48. Ante la dimensión mundial que hoy caracteriza a los
diversos problemas sociales, la familia ve que se dilata de una
manera totalmente nueva su cometido ante el desarrollo de la
sociedad; se trata de cooperar también a establecer un nuevo
orden internacional, porque sólo con la solidaridad mundial se
pueden afrontar y resolver los enormes y dramáticos problemas
de la justicia en el mundo, de la libertad de los pueblos y de la paz
de la humanidad.
La comunión espiritual de las familias cristianas,
enraizadas en la fe y esperanza común y vivificadas por la
caridad, constituye una energía interior que origina, difunde
y desarrolla justicia, reconciliación, fraternidad y paz entre
los hombres. La familia cristiana, como «pequeña
Iglesia», está llamada, a semejanza de la «gran
Iglesia», a ser signo de unidad para el mundo y a ejercer de
ese modo su función profética, dando testimonio del
Reino y de la paz de Cristo, hacia el cual el mundo entero está
en camino.
Las familias cristianas podrán realizar esto tanto por
medio de su acción educadora, es decir, ofreciendo a los hijos
un modelo de vida fundado sobre los valores de la verdad, libertad,
justicia y amor, bien sea con un compromiso activo y responsable para
el crecimiento auténticamente humano de la sociedad y de sus
instituciones, bien con el apoyo, de diferentes modos, a las
asociaciones dedicadas específicamente a los problemas del
orden internacional.
IV - PARTICIPACIÓN EN LA VIDA Y MISIÓN DE LA IGLESIA
La familia en el misterio de la Iglesia
49. Entre los cometidos fundamentales de la familia cristiana se
halla el eclesial, es decir, que ella está puesta al servicio
de la edificación del Reino de Dios en la historia, mediante
la participación en la vida y misión de la Iglesia.
Para comprender mejor los fundamentos, contenidos y
características de tal participación, hay que examinar
a fondo los múltiples y profundos vínculos que unen
entre sí a la Iglesia y a la familia cristiana, y que hacen de
esta última como una «Iglesia en miniatura»
(Ecclesia domestica)(114) de modo que sea, a su manera, una imagen
viva y una representación histórica del misterio mismo
de la Iglesia.
Es ante todo la Iglesia Madre la que engendra, educa, edifica la
familia cristiana, poniendo en práctica para con la misma la
misión de salvación que ha recibido de su Señor.
Con el anuncio de la Palabra de Dios, la Iglesia revela a la familia
cristiana su verdadera identidad, lo que es y debe ser según
el plan del Señor; con la celebración de los
sacramentos, la Iglesia enriquece y corrobora a la familia cristiana
con la gracia de Cristo, en orden a su santificación para la
gloria del Padre; con la renovada proclamación del mandamiento
nuevo de la caridad, la Iglesia anima y guía a la familia
cristiana al servicio del amor, para que imite y reviva el mismo amor
de donación y sacrificio que el Señor Jesús
nutre hacia toda la humanidad.
Por su parte la familia cristiana está insertada de tal
forma en el misterio de la Iglesia que participa, a su manera, en la
misión de salvación que es propia de la Iglesia. Los
cónyuges y padres cristianos, en virtud del sacramento,
«poseen su propio don, dentro del Pueblo de Dios, en su estado
y forma de vida».(115) Por eso no sólo «reciben»
el amor de Cristo, convirtiéndose en comunidad «salvada»,
sino que están también llamados a «transmitir»
a los hermanos el mismo amor de Cristo, haciéndose así
comunidad «salvadora». De esta manera, a la vez que es
fruto y signo de la fecundidad sobrenatural de la Iglesia, la familia
cristiana se hace símbolo, testimonio y participación
de la maternidad de la Iglesia.(116)
Un cometido eclesial propio y original
50. La familia cristiana está llamada a tomar parte viva y
responsable en la misión de la Iglesia de manera propia y
original, es decir, poniendo a servicio de la Iglesia y de la
sociedad su propio ser y obrar, en cuanto comunidad íntima de
vida y de amor.
Si la familia cristiana es comunidad cuyos vínculos son
renovados por Cristo mediante la fe y los sacramentos, su
participación en la misión de la Iglesia debe
realizarse según una modalidad comunitaria; juntos, pues, los
cónyuges en cuanto pareja, y los padres e hijos en cuanto
familia, han de vivir su servicio a la Iglesia y al mundo. Deben ser
en la fe «un corazón y un alma sola»,(117)
mediante el común espíritu apostólico que los
anima y la colaboración que los empeña en las obras de
servicio a la comunidad eclesial y civil.
La familia cristiana edifica además el Reino de Dios en la
historia mediante esas mismas realidades cotidianas que tocan y
distinguen su condición de vida. Es por ello en el amor
conyugal y familiar —vivido en su extraordinaria riqueza de
valores y exigencias de totalidad, unicidad, fidelidad y
fecundidad(118)— donde se expresa y realiza la participación
de la familia cristiana en la misión profética,
sacerdotal y real de Jesucristo y de su Iglesia. El amor y la vida
constituyen por lo tanto el núcleo de la misión
salvífica de la familia cristiana en la Iglesia y para la
Iglesia.
Lo recuerda el Concilio Vaticano II cuando dice: «La familia
hará partícipes a otras familias, generosamente, de sus
riquezas espirituales. Así es como la familia cristiana, cuyo
origen está en el matrimonio, que es imagen y participación
de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia, manifestará a
todos la presencia viva del Salvador en el mundo y la auténtica
naturaleza de la Iglesia, ya por el amor, la generosa fecundidad, la
unidad y fidelidad de los esposos, ya por la cooperación
amorosa de todos sus miembros».(119)
Puesto así el fundamento de la participación de la
familia cristiana en la misión eclesial, hay que poner de
manifiesto ahora su contenido en la triple unitaria referencia a
Jesucristo Profeta, Sacerdote y Rey, presentando por ello la familia
cristiana como 1) comunidad creyente y evangelizadora, 2) comunidad
en diálogo con Dios, 3) comunidad al servicio del hombre.
1) La familia cristiana, comunidad creyente y evangelizadora
La fe, descubrimiento y admiración del plan de Dios sobre
la familia
51. Dado que participa de la vida y misión de la Iglesia,
la cual escucha religiosamente la Palabra de Dios y la proclama con
firme confianza,(120) la familia cristiana vive su cometido profético
acogiendo y anunciando la Palabra de Dios. Se hace así, cada
día más, una comunidad creyente y evangelizadora.
También a los esposos y padres cristianos se exige la
obediencia a la fe,(121) ya que son llamados a acoger la Palabra del
Señor que les revela la estupenda novedad —la Buena
Nueva— de su vida conyugal y familiar, que Cristo ha hecho
santa y santificadora. En efecto, solamente mediante la fe ellos
pueden descubrir y admirar con gozosa gratitud a qué dignidad
ha elevado Dios el matrimonio y la familia, constituyéndolos
en signo y lugar de la alianza de amor entre Dios y los hombres,
entre Jesucristo y la Iglesia esposa suya. La misma preparación
al matrimonio cristiano se califica ya como un itinerario de fe. Es,
en efecto, una ocasión privilegiada para que los novios
vuelvan a descubrir y profundicen la fe recibida en el Bautismo y
alimentada con la educación cristiana. De esta manera
reconocen y acogen libremente la vocación a vivir el
seguimiento de Cristo y el servicio al Reino de Dios en el estado
matrimonial.
El momento fundamental de la fe de los esposos está en la
celebración del sacramento del matrimonio, que en el fondo de
su naturaleza es la proclamación, dentro de la Iglesia, de la
Buena Nueva sobre el amor conyugal. Es la Palabra de Dios que
«revela» y «culmina» el proyecto sabio y
amoroso que Dios tiene sobre los esposos, llamados a la misteriosa y
real participación en el amor mismo de Dios hacia la
humanidad. Si la celebración sacramental del matrimonio es en
sí misma una proclamación de la Palabra de Dios en
cuanto son por título diverso protagonistas y celebrantes,
debe ser una «profesión de fe» hecha dentro y con
la Iglesia, comunidad de creyentes.
Esta profesión de fe ha de ser continuada en la vida de los
esposos y de la familia. En efecto, Dios que ha llamado a los esposos
«al» matrimonio, continúa a llamarlos «en
el» matrimonio.(122) Dentro y a través de los hechos,
los problemas, las dificultades, los acontecimientos de la existencia
de cada día, Dios viene a ellos, revelando y proponiendo las
«exigencias» concretas de su participación en el
amor de Cristo por su Iglesia, de acuerdo con la particular situación
—familiar, social y eclesial— en la que se encuentran. El
descubrimiento y la obediencia al plan de Dios deben hacerse «en
conjunto» por parte de la comunidad conyugal y familiar, a
través de la misma experiencia humana del amor vivido en el
Espíritu de Cristo entre los esposos, entre los padres y los
hijos.
Para esto, también la pequeña Iglesia doméstica,
como la gran Iglesia, tiene necesidad de ser evangelizada continua e
intensamente. De ahí deriva su deber de educación
permanente en la fe.
Ministerio de evangelización de la familia cristiana
52. En la medida en que la familia cristiana acoge el Evangelio y
madura en la fe, se hace comunidad evangelizadora. Escuchemos de
nuevo a Pablo VI: «La familia, al igual que la Iglesia, debe
ser un espacio donde el Evangelio es transmitido y desde donde éste
se irradia.
Dentro pues de una familia consciente de esta misión, todos
los miembros de la misma evangelizan y son evangelizados. Los padres
no sólo comunican a los hijos el Evangelio, sino que pueden a
su vez recibir de ellos este mismo Evangelio profundamente vivido...
Una familia así se hace evangelizadora de otras muchas
familias y del ambiente en que ella vive».(123)
Como ha repetido el Sínodo, recogiendo mi llamada lanzada
en Puebla, la futura evangelización depende en gran parte de
la Iglesia doméstica.(124) Esta misión apostólica
de la familia está enraizada en el Bautismo y recibe con la
gracia sacramental del matrimonio una nueva fuerza para transmitir la
fe, para santificar y transformar la sociedad actual según el
plan de Dios.
La familia cristiana, hoy sobre todo, tiene una especial vocación
a ser testigo de la alianza pascual de Cristo, mediante la constante
irradiación de la alegría del amor y de la certeza de
la esperanza, de la que debe dar razón: «La familia
cristiana proclama en voz alta tanto las presentes virtudes del reino
de Dios como la esperanza de la vida bienaventurada».(125)
La absoluta necesidad de la catequesis familiar surge con singular
fuerza en determinadas situaciones, que la Iglesia constata por
desgracia en diversos lugares: «En los lugares donde una
legislación antirreligiosa pretende incluso impedir la
educación en la fe, o donde ha cundido la incredulidad o ha
penetrado el secularismo hasta el punto de resultar prácticamente
imposible una verdadera creencia religiosa, la Iglesia doméstica
es el único ámbito donde los niños y los jóvenes
pueden recibir una auténtica catequesis».(126)
Un servicio eclesial
53. El ministerio de evangelización de los padres
cristianos es original e insustituible y asume las características
típicas de la vida familiar, hecha, como debería estar,
de amor, sencillez, concreción y testimonio cotidiano.(127)
La familia debe formar a los hijos para la vida, de manera que
cada uno cumpla en plenitud su cometido, de acuerdo con la vocación
recibida de Dios. Efectivamente, la familia que está abierta a
los valores transcendentes, que sirve a los hermanos en la alegría,
que cumple con generosa fidelidad sus obligaciones y es consciente de
su cotidiana participación en el misterio de la cruz gloriosa
de Cristo, se convierte en el primero y mejor seminario de vocaciones
a la vida consagrada al Reino de Dios.
El ministerio de evangelización y catequesis de los padres
debe acompañar la vida de los hijos también durante su
adolescencia y juventud, cuando ellos, como sucede con frecuencia,
contestan o incluso rechazan la fe cristiana recibida en los primeros
años de su vida. Y así como en la Iglesia no se puede
separar la obra de evangelización del sufrimiento del apóstol,
así también en la familia cristiana los padres deben
afrontar con valentía y gran serenidad de espíritu las
dificultades que halla a veces en los mismos hijos su ministerio de
evangelización.
No hay que olvidar que el servicio llevado a cabo por los cónyuges
y padres cristianos en favor del Evangelio es esencialmente un
servicio eclesial, es decir, que se realiza en el contexto de la
Iglesia entera en cuanto comunidad evangelizada y evangelizadora. En
cuanto enraizado y derivado de la única misión de la
Iglesia y en cuanto ordenado a la edificación del único
Cuerpo de Cristo,(128) el ministerio de evangelización y de
catequesis de la Iglesia doméstica ha de quedar en íntima
comunión y ha de armonizarse responsablemente con los otros
servicios de evangelización y de catequesis presentes y
operantes en la comunidad eclesial, tanto diocesana como parroquial.
Predicar el Evangelio a toda criatura
54. La universalidad sin fronteras es el horizonte propio de la
evangelización, animada interiormente por el afán
misionero, ya que es de hecho la respuesta a la explícita e
inequívoca consigna de Cristo: «Id por el mundo y
predicad el Evangelio a toda criatura».(129)
También la fe y la misión evangelizadora de la
familia cristiana poseen esta dimensión misionera católica.
El sacramento del matrimonio que plantea con nueva fuerza el deber
arraigado en el bautismo y en la confirmación de defender y
difundir la fe,(130) constituye a los cónyuges y padres
cristianos en testigos de Cristo «hasta los últimos
confines de la tierra»,(131) como verdaderos y propios
misioneros» del amor y de la vida.
Una cierta forma de actividad misionera puede ser desplegada ya en
el interior de la familia. Esto sucede cuando alguno de los
componentes de la misma no tiene fe o no la practica con coherencia.
En este caso, los parientes deben ofrecerles tal testimonio de vida
que los estimule y sostenga en el camino hacia la plena adhesión
a Cristo Salvador.(132)
Animada por el espíritu misionero en su propio interior, la
Iglesia doméstica está llamada a ser un signo luminoso
de la presencia de Cristo y de su amor incluso para los «alejados»,
para las familias que no creen todavía y para las familias
cristianas que no viven coherentemente la fe recibida. Está
llamada «con su ejemplo y testimonio» a iluminar «a
los que buscan la verdad».(133)
Así como ya al principio del cristianismo Aquila y Priscila
se presentaban como una pareja misionera,(134) así también
la Iglesia testimonia hoy su incesante novedad y vigor con la
presencia de cónyuges y familias cristianas que, al menos
durante un cierto período de tiempo, van a tierras de misión
a anunciar el Evangelio, sirviendo al hombre por amor de Jesucristo.
Las familias cristianas dan una contribución particular a
la causa misionera de la Iglesia, cultivando la vocación
misionera en sus propios hijos e hijas(135) y, de manera más
general, con una obra educadora que prepare a sus hijos, desde la
juventud «para conocer el amor de Dios hacia todos los
hombres».(136)
2) La familia cristiana, comunidad en diálogo con Dios
El santuario doméstico de la Iglesia
55. El anuncio del Evangelio y su acogida mediante la fe
encuentran su plenitud en la celebración sacramental. La
Iglesia, comunidad creyente y evangelizadora, es también
pueblo sacerdotal, es decir, revestido de la dignidad y partícipe
de la potestad de Cristo, Sumo Sacerdote de la nueva y eterna
Alianza.(137)
También la familia cristiana está inserta en la
Iglesia, pueblo sacerdotal, mediante el sacramento del matrimonio, en
el cual está enraizada y de la que se alimenta, es vivificada
continuamente por el Señor y es llamada e invitada al diálogo
con Dios mediante la vida sacramental, el ofrecimiento de la propia
vida y oración.
Este es el cometido sacerdotal que la familia cristiana puede y
debe ejercer en íntima comunión con toda la Iglesia, a
través de las realidades cotidianas de la vida conyugal y
familiar. De esta manera la familia cristiana es llamada a
santificarse y a santificar a la comunidad eclesial y al mundo.
El matrimonio, sacramento de mutua santificación y acto de
culto
56. Fuente y medio original de santificación propia para
los cónyuges y para la familia cristiana es el sacramento del
matrimonio, que presupone y especifica la gracia santificadora del
bautismo. En virtud del misterio de la muerte y resurrección
de Cristo, en el que el matrimonio cristiano se sitúa de
nuevo, el amor conyugal es purificado y santificado: «El Señor
se ha dignado sanar este amor, perfeccionarlo y elevarlo con el don
especial de la gracia y la caridad».(138)
El don de Jesucristo no se agota en la celebración del
sacramento del matrimonio, sino que acompaña a los cónyuges
a lo largo de toda su existencia. Lo recuerda explícitamente
el Concilio Vaticano II cuando dice que Jesucristo «permanece
con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con
perpetua fidelidad, como Él mismo amó a la Iglesia y se
entregó por ella... Por ello los esposos cristianos, para
cumplir dignamente sus deberes de estado, están fortificados y
como consagrados por un sacramento especial, con cuya virtud, al
cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu
de Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan
cada vez más a su propia perfección y a su mutua
santificación, y, por tanto, conjuntamente, a la glorificación
de Dios».(139)
La vocación universal a la santidad está dirigida
también a los cónyuges y padres cristianos. Para ellos
está especificada por el sacramento celebrado y traducida
concretamente en las realidades propias de la existencia conyugal y
familiar.(140) De ahí nacen la gracia y la exigencia de una
auténtica y profunda espiritualidad conyugal y familiar, que
ha de inspirarse en los motivos de la creación, de la alianza,
de la cruz, de la resurrección y del signo, de los que se ha
ocupado en más de una ocasión el Sínodo.
El matrimonio cristiano, como todos los sacramentos que «están
ordenados a la santificación de los hombres, a la edificación
del Cuerpo de Cristo y, en definitiva, a dar culto a Dios»,(141)
es en sí mismo un acto litúrgico de glorificación
de Dios en Jesucristo y en la Iglesia. Celebrándolo, los
cónyuges cristianos profesan su gratitud a Dios por el bien
sublime que se les da de poder revivir en su existencia conyugal y
familiar el amor mismo de Dios por los hombres y del Señor
Jesús por la Iglesia, su esposa.
Y como del sacramento derivan para los cónyuges el don y el
deber de vivir cotidianamente la santificación recibida, del
mismo sacramento brotan también la gracia y el compromiso
moral de transformar toda su vida en un continuo sacrificio
espiritual.(142) También a los esposos y padres cristianos, de
modo especial en esas realidades terrenas y temporales que los
caracterizan, se aplican las palabras del Concilio: «También
los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan
santamente, consagran el mundo mismo a Dios».(143)
Matrimonio y Eucaristía
57. El deber de santificación de la familia cristiana tiene
su primera raíz en el bautismo y su expresión máxima
en la Eucaristía, a la que está íntimamente
unido el matrimonio cristiano. El Concilio Vaticano II ha querido
poner de relieve la especial relación existente entre la
Eucaristía y el matrimonio, pidiendo que habitualmente éste
se celebre «dentro de la Misa».(144) Volver a encontrar y
profundizar tal relación es del todo necesario, si se quiere
comprender y vivir con mayor intensidad la gracia y las
responsabilidades del matrimonio y de la familia cristiana.
La Eucaristía es la fuente misma del matrimonio cristiano.
En efecto, el sacrificio eucarístico representa la alianza de
amor de Cristo con la Iglesia, en cuanto sellada con la sangre de la
cruz.(145) Y en este sacrificio de la Nueva y Eterna Alianza los
cónyuges cristianos encuentran la raíz de la que brota,
que configura interiormente y vivifica desde dentro, su alianza
conyugal. En cuanto representación del sacrificio de amor de
Cristo por su Iglesia, la Eucaristía es manantial de caridad.
Y en el don eucarístico de la caridad la familia cristiana
halla el fundamento y el alma de su «comunión» y
de su «misión», ya que el Pan eucarístico
hace de los diversos miembros de la comunidad familiar un único
cuerpo, revelación y participación de la más
amplia unidad de la Iglesia; además, la participación
en el Cuerpo «entregado» y en la Sangre «derramada»
de Cristo se hace fuente inagotable del dinamismo misionero y
apostólico de la familia cristiana.
El sacramento de la conversión y reconciliación
58. Parte esencial y permanente del cometido de santificación
de la familia cristiana es la acogida de la llamada evangélica
a la conversión, dirigida a todos los cristianos que no
siempre permanecen fieles a la «novedad» del bautismo que
los ha hecho «santos». Tampoco la familia es siempre
coherente con la ley de la gracia y de la santidad bautismal,
proclamada nuevamente en el sacramento del matrimonio.
El arrepentimiento y perdón mutuo dentro de la familia
cristiana que tanta parte tienen en la vida cotidiana, hallan su
momento sacramental específico en la Penitencia cristiana.
Respecto de los cónyuges cristianos, así escribía
Pablo VI en la encíclica Humanae vitae: «Y si el pecado
les sorprendiese todavía, no se desanimen, sino que recurran
con humilde perseverancia a la misericordia de Dios, que se concede
en el Sacramento de la Penitencia».(146)
La celebración de este sacramento adquiere un significado
particular para la vida familiar. En efecto, mientras mediante la fe
descubren cómo el pecado contradice no sólo la alianza
con Dios, sino también la alianza de los cónyuges y la
comunión de la familia, los esposos y todos los miembros de la
familia son alentados al encuentro con Dios «rico en
misericordia»,(147) el cual, infundiendo su amor más
fuerte que el pecado,(148) reconstruye y perfecciona la alianza
conyugal y la comunión familiar.
La plegaria familiar
59. La Iglesia ora por la familia cristiana y la educa para que
viva en generosa coherencia con el don y el cometido sacerdotal
recibidos de Cristo Sumo Sacerdote. En realidad, el sacerdocio
bautismal de los fieles, vivido en el matrimonio-sacramento,
constituye para los cónyuges y para la familia el fundamento
de una vocación y de una misión sacerdotal, mediante la
cual su misma existencia cotidiana se transforma en «sacrificio
espiritual aceptable a Dios por Jesucristo».(149) Esto sucede
no sólo con la celebración de la Eucaristía y de
los otros sacramentos o con la ofrenda de sí mismos para
gloria de Dios, sino también con la vida de oración,
con el diálogo suplicante dirigido al Padre por medio de
Jesucristo en el Espíritu Santo.
La plegaria familiar tiene características propias. Es una
oración hecha en común, marido y mujer juntos, padres e
hijos juntos. La comunión en la plegaria es a la vez fruto y
exigencia de esa comunión que deriva de los sacramentos del
bautismo y del matrimonio. A los miembros de la familia cristiana
pueden aplicarse de modo particular las palabras con las cuales el
Señor Jesús promete su presencia: «Os digo en
verdad que si dos de vosotros conviniéreis sobre la tierra en
pedir cualquier cosa, os lo otorgará mi Padre que está
en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi
nombre, allí estoy yo en medio de ellos».(150)
Esta plegaria tiene como contenido original la misma vida de
familia que en las diversas circunstancias es interpretada como
vocación de Dios y es actuada como respuesta filial a su
llamada: alegrías y dolores, esperanzas y tristezas,
nacimientos y cumpleaños, aniversarios de la boda de los
padres, partidas, alejamientos y regresos, elecciones importantes y
decisivas, muerte de personas queridas, etc., señalan la
intervención del amor de Dios en la historia de la familia,
como deben también señalar el momento favorable de
acción de gracias, de imploración, de abandono confiado
de la familia al Padre común que está en los cielos.
Además, la dignidad y responsabilidades de la familia
cristiana en cuanto Iglesia doméstica solamente pueden ser
vividas con la ayuda incesante de Dios, que será concedida sin
falta a cuantos la pidan con humildad y confianza en la oración.
Maestros de oración
60. En virtud de su dignidad y misión, los padres
cristianos tienen el deber específico de educar a sus hijos en
la plegaria, de introducirlos progresivamente al descubrimiento del
misterio de Dios y del coloquio personal con Él: «Sobre
todo en la familia cristiana, enriquecida con la gracia y los deberes
del sacramento del matrimonio, importa que los hijos aprendan desde
los primeros años a conocer y a adorar a Dios y a amar al
prójimo según la fe recibida en el bautismo».(151)
Elemento fundamental e insustituible de la educación a la
oración es el ejemplo concreto, el testimonio vivo de los
padres; sólo orando junto con sus hijos, el padre y la madre,
mientras ejercen su propio sacerdocio real, calan profundamente en el
corazón de sus hijos, dejando huellas que los posteriores
acontecimientos de la vida no lograrán borrar. Escuchemos de
nuevo la llamada que Pablo VI ha dirigido a las madres y a los
padres: «Madres, ¿enseñáis a vuestros
niños las oraciones del cristiano? ¿Preparáis,
de acuerdo con los sacerdotes, a vuestros hijos para los sacramentos
de la primera edad: confesión, comunión, confirmación?
¿Los acostumbráis, si están enfermos, a pensar
en Cristo que sufre? ¿A invocar la ayuda de la Virgen y de los
santos? ¿Rezáis el rosario en familia? Y vosotros,
padres, ¿sabéis rezar con vuestros hijos, con toda la
comunidad doméstica, al menos alguna vez? Vuestro ejemplo, en
la rectitud del pensamiento y de la acción, apoyado por alguna
oración común vale una lección de vida, vale un
acto de culto de un mérito singular; lleváis de este
modo la paz al interior de los muros domésticos: "Pax
huic domui". Recordad: así edificáis la
Iglesia».(152)
Plegaria litúrgica y privada
61. Hay una relación profunda y vital entre la oración
de la Iglesia y la de cada uno de los fieles, como ha confirmado
claramente el Concilio Vaticano II.(153) Una finalidad importante de
la plegaria de la Iglesia doméstica es la de constituir para
los hijos la introducción natural a la oración
litúrgica propia de toda la Iglesia, en el sentido de preparar
a ella y de extenderla al ámbito de la vida personal, familiar
y social. De aquí deriva la necesidad de una progresiva
participación de todos los miembros de la familia cristiana en
la Eucaristía, sobre todo los domingos y días festivos,
y en los otros sacramentos, de modo particular en los de la
iniciación cristiana de los hijos. Las directrices conciliares
han abierto una nueva posibilidad a la familia cristiana, que ha sido
colocada entre los grupos a los que se recomienda la celebración
comunitaria del Oficio divino.(154) Pondrán asimismo cuidado
las familias cristianas en celebrar, incluso en casa y de manera
adecuada a sus miembros, los tiempos y festividades del año
litúrgico.
Para preparar y prolongar en casa el culto celebrado en la
iglesia, la familia cristiana recurre a la oración privada,
que presenta gran variedad de formas. Esta variedad, mientras
testimonia la riqueza extraordinaria con la que el Espíritu
anima la plegaria cristiana, se adapta a las diversas exigencias y
situaciones de vida de quien recurre al Señor. Además
de las oraciones de la mañana y de la noche, hay que
recomendar explícitamente —siguiendo también las
indicaciones de los Padres Sinodales— la lectura y meditación
de la Palabra de Dios, la preparación a los sacramentos, la
devoción y consagración al Corazón de Jesús,
las varias formas de culto a la Virgen Santísima, la bendición
de la mesa, las expresiones de la religiosidad popular.
Dentro del respeto debido a la libertad de los hijos de Dios, la
Iglesia ha propuesto y continúa proponiendo a los fieles
algunas prácticas de piedad en las que pone una particular
solicitud e insistencia. Entre éstas es de recordar el rezo
del rosario: «Y ahora, en continuidad de intención con
nuestros Predecesores, queremos recomendar vivamente el rezo del
santo Rosario en familia .... no cabe duda de que el Rosario a la
Santísima Virgen debe ser considerado como una de las más
excelentes y eficaces oraciones comunes que la familia cristiana está
invitada a rezar. Nos queremos pensar y deseamos vivamente que cuando
un encuentro familiar se convierta en tiempo de oración, el
Rosario sea su expresión frecuente y preferida».(155)
Así la auténtica devoción mariana, que se
expresa en la unión sincera y en el generoso seguimiento de
las actitudes espirituales de la Virgen Santísima, constituye
un medio privilegiado para alimentar la comunión de amor de la
familia y para desarrollar la espiritualidad conyugal y familiar.
Ella, la Madre de Cristo y de la Iglesia, es en efecto y de manera
especial la Madre de las familias cristianas, de las Iglesias
domésticas.
Plegaria y vida
62. No hay que olvidar nunca que la oración es parte
constitutiva y esencial de la vida cristiana considerada en su
integridad y profundidad. Más aún, pertenece a nuestra
misma «humanidad» y es «la primera expresión
de la verdad interior del hombre, la primera condición de la
auténtica libertad del espíritu».(156)
Por ello la plegaria no es una evasión que desvía
del compromiso cotidiano, sino que constituye el empuje más
fuerte para que la familia cristiana asuma y ponga en práctica
plenamente sus responsabilidades como célula primera y
fundamental de la sociedad humana. En ese sentido, la efectiva
participación en la vida y misión de la Iglesia en el
mundo es proporcional a la fidelidad e intensidad de la oración
con la que la familia cristiana se una a la Vid fecunda, que es
Cristo.(157)
De la unión vital con Cristo, alimentada por la liturgia,
de la ofrenda de sí mismo y de la oración deriva
también la fecundidad de la familia cristiana en su servicio
específico de promoción humana, que no puede menos de
llevar a la transformación del mundo.(158)
3 ) La familia cristiana, comunidad al servicio del hombre
El nuevo mandamiento del amor
63. La Iglesia, pueblo profético, sacerdotal y real, tiene
la misión de llevar a todos los hombres a acoger con fe la
Palabra de Dios, a celebrarla y profesarla en los sacramentos y en la
plegaria, y finalmente a manifestarla en la vida concreta según
el don y el nuevo mandamiento del amor.
La vida cristiana encuentra su ley no en un código escrito,
sino en la acción personal del Espíritu Santo que anima
y guía al cristiano, es decir, en «la ley del espíritu
de vida en Cristo Jesús»:(159) «el amor de Dios se
ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu
Santo, que nos ha sido dado».(160)
Esto vale también para la pareja y para la familia
cristiana: su guía y norma es el Espíritu de Jesús,
difundido en los corazones con la celebración del sacramento
del matrimonio. En continuidad con el bautismo de agua y del
Espíritu, el matrimonio propone de nuevo la ley evangélica
del amor, y con el don del Espíritu la graba más
profundamente en el corazón de los cónyuges cristianos.
Su amor, purificado y salvado, es fruto del Espíritu que actúa
en el corazón de los creyentes y se pone a la vez como el
mandamiento fundamental de la vida moral que es una exigencia de su
libertad responsable.
La familia cristiana es así animada y guiada por la ley
nueva del Espíritu y en íntima comunión con la
Iglesia, pueblo real, es llamada a vivir su «servicio» de
amor a Dios y a los hermanos. Como Cristo ejerce su potestad real
poniéndose al servicio de los hombres,(161) así también
el cristiano encuentra el auténtico sentido de su
participación en la realeza de su Señor, compartiendo
su espíritu y su actitud de servicio al hombre: «Este
poder lo comunicó a sus discípulos, para que también
ellos queden constituidos en soberana libertad, y por su abnegación
y santa vida venzan en sí mismos el reino del pecado (cf. Rom
6, 12). Más aún, para que sirviendo a Cristo también
en los demás, conduzcan con humildad y paciencia a sus
hermanos al Rey, cuyo servicio equivale a reinar. También por
medio de los fieles laicos el Señor desea dilatar su reino:
reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de
justicia, de amor y de paz. Un reino en el cual la misma creación
será liberada de la servidumbre de la corrupción para
participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios (cf. Rom
8, 21)».(162)
Descubrir en cada hermano la imagen de Dios
64. Animada y sostenida por el mandamiento nuevo del amor, la
familia cristiana vive la acogida, el respeto, el servicio a cada
hombre, considerado siempre en su dignidad de persona y de hijo de
Dios.
Esto debe realizarse ante todo en el interior y en beneficio de la
pareja y la familia, mediante el cotidiano empeño en promover
una auténtica comunidad de personas, fundada y alimentada por
la comunión interior de amor. Ello debe desarrollarse luego
dentro del círculo más amplio de la comunidad eclesial
en el que la familia cristiana vive. Gracias a la caridad de la
familia, la Iglesia puede y debe asumir una dimensión más
doméstica, es decir, más familiar, adoptando un estilo
de relaciones más humano y fraterno.
La caridad va más allá de los propios hermanos en la
fe, ya que «cada hombre es mi hermano»; en cada uno,
sobre todo si es pobre, débil, si sufre o es tratado
injustamente, la caridad sabe descubrir el rostro de Cristo y un
hermano a amar y servir.
Para que el servicio al hombre sea vivido en la familia de acuerdo
con el estilo evangélico, hay que poner en práctica con
todo cuidado lo que enseña el Concilio Vaticano II: «Para
que este ejercicio de la caridad sea verdaderamente irreprochable y
aparezca como tal, es necesario ver en el prójimo la imagen de
Dios, según la cual ha sido creado, y a Cristo Señor, a
quien en realidad se ofrece lo que al necesitado se da».(163)
La familia cristiana, mientras con la caridad edifica la Iglesia,
se pone al servicio del hombre y del mundo, actuando de verdad
aquella «promoción humana», cuyo contenido ha sido
sintetizado en el Mensaje del Sínodo a las familias: «Otro
cometido de la familia es el de formar los hombres al amor y
practicar el amor en toda relación humana con los demás,
de tal modo que ella no se encierre en sí misma, sino que
permanezca abierta a la comunidad, inspirándose en un sentido
de justicia y de solicitud hacia los otros, consciente de la propia
responsabilidad hacia toda la sociedad».(164)
CUARTA PARTE
PASTORAL FAMILIAR:
TIEMPOS, ESTRUCTURAS, AGENTES
Y
SITUACIONES
I - TIEMPOS DE LA PASTORAL FAMILIAR
La Iglesia acompaña a la familia cristiana en su camino
65. Al igual que toda realidad viviente, también la familia
está llamada a desarrollarse y crecer. Después de la
preparación durante el noviazgo y la celebración
sacramental del matrimonio la pareja comienza el camino cotidiano
hacia la progresiva actuación de los valores y deberes del
mismo matrimonio.
A la luz de la fe y en virtud de la esperanza, la familia
cristiana participa, en comunión con la Iglesia, en la
experiencia de la peregrinación terrena hacia la plena
revelación y realización del Reino de Dios.
Por ello hay que subrayar una vez más la urgencia de la
intervención pastoral de la Iglesia en apoyo de la familia.
Hay que llevar a cabo toda clase de esfuerzos para que la pastoral de
la familia adquiera consistencia y se desarrolle, dedicándose
a un sector verdaderamente prioritario, con la certeza de que la
evangelización, en el futuro, depende en gran parte de la
Iglesia doméstica.(165)
La solicitud pastoral de la Iglesia no se limitará
solamente a las familias cristianas más cercanas, sino que,
ampliando los propios horizontes en la medida del Corazón de
Cristo, se mostrará más viva aún hacia el
conjunto de las familias en general y en particular hacia aquellas
que se hallan en situaciones difíciles o irregulares. Para
todas ellas la Iglesia tendrá palabras de verdad, de bondad,
de comprensión, de esperanza, de viva participación en
sus dificultades a veces dramáticas; ofrecerá a todos
su ayuda desinteresada, a fin de que puedan acercarse al modelo de
familia, que ha querido el Creador «desde el principio» y
que Cristo ha renovado con su gracia redentora.
La acción pastoral de la Iglesia debe ser progresiva,
incluso en el sentido de que debe seguir a la familia, acompañándola
paso a paso en las diversas etapas de su formación y de su
desarrollo.
Preparación
66. En nuestros días es más necesaria que nunca la
preparación de los jóvenes al matrimonio y a la vida
familiar. En algunos países siguen siendo las familias mismas
las que, según antiguas usanzas, transmiten a los jóvenes
los valores relativos a la vida matrimonial y familiar mediante una
progresiva obra de educación o iniciación. Pero los
cambios que han sobrevenido en casi todas las sociedades modernas
exigen que no sólo la familia, sino también la sociedad
y la Iglesia se comprometan en el esfuerzo de preparar
convenientemente a los jóvenes para las reponsabilidades de su
futuro. Muchos fenómenos negativos que se lamentan hoy en la
vida familiar derivan del hecho de que, en las nuevas situaciones,
los jóvenes no sólo pierden de vista la justa jerarquía
de valores, sino que, al no poseer ya criterios seguros de
comportamiento, no saben cómo afrontar y resolver las nuevas
dificultades. La experiencia enseña en cambio que los jóvenes
bien preparados para la vida familiar, en general van mejor que los
demás.
Esto vale más aún para el matrimonio cristiano, cuyo
influjo se extiende sobre la santidad de tantos hombres y mujeres.
Por esto, la Iglesia debe promover programas mejores y más
intensos de preparación al matrimonio, para eliminar lo más
posible las dificultades en que se debaten tantos matrimonios, y más
aún para favorecer positivamente el nacimiento y maduración
de matrimonios logrados.
La preparación al matrimonio ha de ser vista y actuada como
un proceso gradual y continuo. En efecto, comporta tres momentos
principales: una preparación remota, una próxima y otra
inmediata.
La preparación remota comienza desde la infancia, en la
juiciosa pedagogía familiar, orientada a conducir a los niños
a descubrirse a sí mismos como seres dotados de una rica y
compleja psicología y de una personalidad particular con sus
fuerzas y debilidades. Es el período en que se imbuye la
estima por todo auténtico valor humano, tanto en las
relaciones interpersonales como en las sociales, con todo lo que
significa para la formación del carácter, para el
dominio y recto uso de las propias inclinaciones, para el modo de
considerar y encontrar a las personas del otro sexo, etc. Se exige,
además, especialmente para los cristianos, una sólida
formación espiritual y catequística, que sepa mostrar
en el matrimonio una verdadera vocación y misión, sin
excluir la posibilidad del don total de sí mismo a Dios en la
vocación a la vida sacerdotal o religiosa.
Sobre esta base se programará después, en plan
amplio, la preparación próxima, la cual comporta —desde
la edad oportuna y con una adecuada catequesis, como en un camino
catecumenal— una preparación más específica
para los sacramentos, como un nuevo descubrimiento. Esta nueva
catequesis de cuantos se preparan al matrimonio cristiano es
absolutamente necesaria, a fin de que el sacramento sea celebrado y
vivido con las debidas disposiciones morales y espirituales. La
formación religiosa de los jóvenes deberá ser
integrada, en el momento oportuno y según las diversas
exigencias concretas, por una preparación a la vida en pareja
que, presentando el matrimonio como una relación interpersonal
del hombre y de la mujer a desarrollarse continuamente, estimule a
profundizar en los problemas de la sexualidad conyugal y de la
paternidad responsable, con los conocimientos médico-biológicos
esenciales que están en conexión con ella y los
encamine a la familiaridad con rectos métodos de educación
de los hijos, favoreciendo la adquisición de los elementos de
base para una ordenada conducción de la familia (trabajo
estable, suficiente disponibilidad financiera, sabia administración,
nociones de economía doméstica, etc.).
Finalmente, no se deberá descuidar la preparación al
apostolado familiar, a la fraternidad y colaboración con las
demás familias, a la inserción activa en grupos,
asociaciones, movimientos e iniciativas que tienen como finalidad el
bien humano y cristiano de la familia.
La preparación inmediata a la celebración del
sacramento del matrimonio debe tener lugar en los últimos
meses y semanas que preceden a las nupcias, como para dar un nuevo
significado, nuevo contenido y forma nueva al llamado examen
prematrimonial exigido por el derecho canónico. De todos
modos, siendo como es siempre necesaria, tal preparación se
impone con mayor urgencia para aquellos prometidos que presenten aún
carencias y dificultades en la doctrina y en la práctica
cristiana.
Entre los elementos a comunicar en este camino de fe, análogo
al catecumenado, debe haber también un conocimiento serio del
misterio de Cristo y de la Iglesia, de los significados de gracia y
responsabilidad del matrimonio cristiano, así como la
preparación para tomar parte activa y consciente en los ritos
de la liturgia nupcial.
A las distintas fases de la preparación matrimonial
—descritas anteriormente sólo a grandes rasgos
indicativos— deben sentirse comprometidas la familia cristiana
y toda la comunidad eclesial. Es deseable que las Conferencias
Episcopales, al igual que están interesadas en oportunas
iniciativas para ayudar a los futuros esposos a que sean más
conscientes de la seriedad de su elección y los pastores de
almas a que acepten las convenientes disposiciones, así
también procuren que se publique un directorio para la
pastoral de la familia. En él se deberán establecer
ante todo los elementos minimos de contenido, de duración y de
método de los «cursos de preparación»,
equilibrando entre ellos los diversos aspectos —doctrinales,
pedagógicos, legales y médicos— que interesan al
matrimonio, y estructurándolos de manera que cuantos se
preparen al mismo, además de una profundización
intelectual, se sientan animados a inserirse vitalmente en la
comunidad eclesial.
Por más que no sea de menospreciar la necesidad y
obligatoriedad de la preparación inmediata al matrimonio —lo
cual sucedería si se dispensase fácilmente de ella—
, sin embargo tal preparación debe ser propuesta y actuada de
manera que su eventual omisión no sea un impedimento para la
celebración del matrimonio.
Celebración
67. El matrimonio cristiano exige por norma una celebración
litúrgica, que exprese de manera social y comunitaria la
naturaleza esencialmente eclesial y sacramental del pacto conyugal
entre los bautizados.
En cuanto gesto sacramental de santificación, la
celebración del matrimonio —inserida en la liturgia,
culmen de toda la acción de la Iglesia y fuente de su fuerza
santificadora—(166) debe ser de por sí válida,
digna y fructuosa. Se abre aquí un campo amplio para la
solicitud pastoral, al objeto de santisfacer ampliamente las
exigencias derivadas de la naturaleza del pacto conyugal elevado a
sacramento y observar además fielmente la disciplina de la
Iglesia en lo referente al libre consentimiento, los impedimentos, la
forma canónica y el rito mismo de la celebración. Este
último debe ser sencillo y digno, según las normas de
las competentes autoridades de la Iglesia, a las que corresponde a su
vez —según las circunstancias concretas de tiempo y de
lugar y en conformidad con las normas impartidas por la Sede
Apostólica(167)— asumir eventualmente en la celebración
litúrgica aquellos elementos propios de cada cultura que mejor
se prestan a expresar el profundo significado humano y religioso del
pacto conyugal, con tal de que no contengan algo menos conveniente a
la fe y a la moral cristiana.
En cuanto signo, la celebración litúrgica debe
llevarse a cabo de manera que constituya, incluso en su desarrollo
exterior, una proclamación de la Palabra de Dios y una
profesión de fe de la comunidad de los creyentes. El empeño
pastoral se expresará aquí con la preparación
inteligente y cuidadosa de la «liturgia de la Palabra» y
con la educación a la fe de los que participan en la
celebración, en primer lugar de los que se casan.
En cuanto gesto sacramental de la Iglesia, la celebración
litúrgica del matrimonio debe comprometer a la comunidad
cristiana, con la participación plena, activa y responsable de
todos los presentes, según el puesto e incumbencia de cada
uno: los esposos, el sacerdote, los testigos, los padres, los amigos,
los demás fieles, todos los miembros de una asamblea que
manifiesta y vive el misterio de Cristo y de su Iglesia.
Para la celebración del matrimonio cristiano en el ámbito
de las culturas o tradiciones ancestrales, se sigan los principios
anteriormente enunciados.
Celebración del matrimonio y evangelización de los
bautizados no creyentes
68. Precisamente porque en la celebración del sacramento se
reserva una atención especial a las disposiciones morales y
espirituales de los contrayentes, en concreto a su fe, hay que
afrontar aquí una dificultad bastante frecuente, que pueden
encontrar los pastores de la Iglesia en el contexto de nuestra
sociedad secularizada.
En efecto, la fe de quien pide desposarse ante la Iglesia puede
tener grados diversos y es deber primario de los pastores hacerla
descubrir, nutrirla y hacerla madurar. Pero ellos deben comprender
también las razones que aconsejan a la Iglesia admitir a la
celebración a quien está imperfectamente dispuesto.
El sacramento del matrimonio tiene esta peculiaridad respecto a
los otros: ser el sacramento de una realidad que existe ya en la
economía de la creación; ser el mismo pacto conyugal
instituido por el Creador «al principio». La decisión
pues del hombre y de la mujer de casarse según este proyecto
divino, esto es, la decisión de comprometer en su respectivo
consentimiento conyugal toda su vida en un amor indisoluble y en una
fidelidad incondicional, implica realmente, aunque no sea de manera
plenamente consciente, una actitud de obediencia profunda a la
voluntad de Dios, que no puede darse sin su gracia. Ellos quedan ya
por tanto inseridos en un verdadero camino de salvación, que
la celebración del sacramento y la inmediata preparación
a la misma pueden completar y llevar a cabo, dada la rectitud de su
intención.
Es verdad, por otra parte, que en algunos territorios, motivos de
carácter más bien social que auténticamente
religioso impulsan a los novios a pedir casarse en la iglesia. Esto
no es de extrañar. En efecto, el matrimonio no es un
acontecimiento que afecte solamente a quien se casa. Es por su misma
naturaleza un hecho también social que compromete a los
esposos ante la sociedad. Desde siempre su celebración ha sido
una fiesta que une a familias y amigos. De ahí pues que haya
también motivos sociales, además de los personales, en
la petición de casarse en la iglesia.
Sin embargo, no se debe olvidar que estos novios, por razón
de su bautismo, están ya realmente inseridos en la Alianza
esponsal de Cristo con la Iglesia y que, dada su recta intención,
han aceptado el proyecto de Dios sobre el matrimonio y
consiguientemente —al menos de manera implicita— acatan
lo que la Iglesia tiene intención de hacer cuando celebra el
matrimonio. Por tanto, el solo hecho de que en esta petición
haya motivos también de carácter social, no justifica
un eventual rechazo por parte de los pastores. Por lo demás,
como ha enseñado el Concilio Vaticano II, los sacramentos, con
las palabras y los elementos rituales nutren y robustecen la fe;(168)
la fe hacia la cual están ya orientados en virtud de su
rectitud de intención que la gracia de Cristo no deja de
favorecer y sostener.
Querer establecer ulteriores criterios de admisión a la
celebración eclesial del matrimonio, que debieran tener en
cuenta el grado de fe de los que están próximos a
contraer matrimonio, comporta además muchos riesgos. En primer
lugar el de pronunciar juicios infundados y discriminatorios; el
riesgo además de suscitar dudas sobre la validez del
matrimonio ya celebrado, con grave daño para la comunidad
cristiana y de nuevas inquietudes injustificadas para la conciencia
de los esposos; se caería en el peligro de contestar o de
poner en duda la sacramentalidad de muchos matrimonios de hermanos
separados de la plena comunión con la Iglesia católica,
contradiciendo así la tradición eclesial.
Cuando por el contrario, a pesar de los esfuerzos hechos, los
contrayentes dan muestras de rechazar de manera explícita y
formal lo que la Iglesia realiza cuando celebra el matrimonio de
bautizados, el pastor de almas no puede admitirlos a la celebración.
Y, aunque no sea de buena gana, tiene obligación de tomar nota
de la situación y de hacer comprender a los interesados que,
en tales circunstancias, no es la Iglesia sino ellos mismos quienes
impiden la celebración que a pesar de todo piden.
Una vez más se presenta en toda su urgencia la necesidad de
una evangelización y catequesis prematrimonial y
postmatrimonial puestas en práctica por toda la comunidad
cristiana, para que todo hombre y toda mujer que se casan, celebren
el sacramento del matrimonio no sólo válida sino
también fructuosamente.
Pastoral postmatrimonial
69. El cuidado pastoral de la familia normalmente constituida
significa concretamente el compromiso de todos los elementos que
componen la comunidad eclesial local en ayudar a la pareja a
descubrir y a vivir su nueva vocación y misión. Para
que la familia sea cada vez más una verdadera comunidad de
amor, es necesario que sus miembros sean ayudados y formados en su
responsabilidad frente a los nuevos problemas que se presentan, en el
servicio recíproco, en la comparticipación activa a la
vida de familia.
Esto vale sobre todo para las familias jóvenes, las cuales,
encontrándose en un contexto de nuevos valores y de nuevas
responsabilidades, están más expuestas, especialmente
en los primeros años de matrimonio, a eventuales dificultades,
como las creadas por la adaptación a la vida en común o
por el nacimiento de hijos. Los cónyuges jóvenes sepan
acoger cordialmente y valorar inteligentemente la ayuda discreta,
delicada y valiente de otras parejas que desde hace tiempo tienen ya
experiencia del matrimonio y de la familia. De este modo, en seno a
la comunidad eclesial —gran familia formada por familias
cristianas— se actuará un mutuo intercambio de presencia
y de ayuda entre todas las familias, poniendo cada una al servicio de
las demás la propia experiencia humana, así como
también los dones de fe y de gracia. Animada por verdadero
espíritu apostólico esta ayuda de familia a familia
constituirá una de las maneras más sencillas, más
eficaces y más al alcance de todos para transfundir
capilarmente aquellos valores cristianos, que son el punto de partida
y de llegada de toda cura pastoral. De este modo las jóvenes
familias no se limitarán sólo a recibir, sino que a su
vez, ayudadas así, serán fuente de enriquecimiento para
las otras familias, ya desde hace tiempo constituidas, con su
testimonio de vida y su contribución activa.
En la acción pastoral hacia las familias jóvenes, la
Iglesia deberá reservar una atención específica
con el fin de educarlas a vivir responsablemente el amor conyugal en
relación con sus exigencias de comunión y de servicio a
la vida, así como a conciliar la intimidad de la vida de casa
con la acción común y generosa para edificación
de la Iglesia y la sociedad humana. Cuando, por el advenimiento de
los hijos, la pareja se convierte en familia, en sentido pleno y
específico, la Iglesia estará aún más
cercana a los padres para que acojan a sus hijos y los amen como don
recibido del Señor de la vida, asumiendo con alegría la
fatiga de servirlos en su crecimiento humano y cristiano.
II - ESTRUCTURAS DE LA PASTORAL FAMILIAR
La acción pastoral es siempre expresión dinámica
de la realidad de la Iglesia, comprometida en su misión de
salvación. También la pastoral familiar —forma
particular y específica de la pastoral— tiene como
principio operativo suyo y como protagonista responsable a la misma
Iglesia, a través de sus estructuras y agentes.
La comunidad eclesial y la parroquia en particular
70. La Iglesia, comunidad al mismo tiempo salvada y salvadora,
debe ser considerada aquí en su doble dimensión
universal y particular. Esta se expresa y se realiza en la comunidad
diocesana, dividida pastoralmente en comunidades menores entre las
que se distingue, por su peculiar importancia, la parroquia.
La comunión con la Iglesia universal no rebaja, sino que
garantiza y promueve la consistencia y la originalidad de las
diversas Iglesias particulares; éstas permanecen como el
sujeto activo más inmediato y eficaz para la actuación
de la pastoral familiar. En este sentido cada Iglesia local y, en
concreto, cada comunidad parroquial debe tomar una conciencia más
viva de la gracia y de la responsabilidad que recibe del Señor,
en orden a la promoción de la pastoral familiar. Los planes de
pastoral orgánica, a cualquier nivel, no deben prescindir
nunca de tomar en consideración la pastoral de la familia.
A la luz de esta responsabilidad hay que entender la importancia
de una adecuada preparación por parte de cuantos se
comprometan específicamente en este tipo de apostolado. Los
sacerdotes, religiosos y religiosas, desde la época de su
formación, sean orientados y formados de manera progresiva y
adecuada para sus respectivas tareas. Entre otras iniciativas, me es
grato subrayar la reciente creación en Roma, en la Pontificia
Universidad Lateranense, de un Instituto Superior dedicado al estudio
de los problemas de la Familia. También en algunas diócesis
se han fundado Institutos de este tipo; los Obispos procuren que el
mayor número posible de sacerdotes, antes de asumir
responsabilidades parroquiales, frecuenten cursos especializados; en
otros lugares se tienen periódicamente cursos de formación
en Institutos Superiores de estudios teológicos y pastorales.
Estas iniciativas sean alentadas, sostenidas, multiplicadas y estén
abiertas, naturalmente, también a los seglares, que con su
labor profesional (médica, legal, psicológica, social y
educativa) prestan su labor en ayuda a la familia.
La familia
71. Pero sobre todo hay que reconocer el puesto singular que, en
este campo, corresponde a lo esposos y a las familias cristianas, en
virtud de la gracia recibida en el sacramento. Su misión debe
ponerse al servicio de la edificación de la Iglesia y de la
construcción del Reino de Dios en la historia. Esto es una
exigencia de obediencia dócil a Cristo Señor. Él,
en efecto, en virtud del matrimonio de los bautizados elevado a
sacramento confiere a los esposos cristianos una peculiar misión
de apóstoles, enviándolos como obreros a su viña,
y, de manera especial, a este campo de la familia.
En esta actividad ellos actúan en comunión y
colaboración con los restantes miembros de la Iglesia, que
también trabajan en favor de la familia, poniendo a
disposición sus dones y ministerios.
Este apostolado se desarrollará sobre todo dentro de la
propia familia, con el testimonio de la vida vivida conforme a la ley
divina en todos sus aspectos, con la formación cristiana de
los hijos, con la ayuda dada para su maduración en la fe, con
la educación en la castidad, con la preparación a la
vida, con la vigilancia para preservarles de los peligros ideológicos
y morales por los que a menudo se ven amenazados, con su gradual y
responsable inserción en la comunidad eclesial y civil, con la
asistencia y el consejo en la elección de la vocación,
con la mutua ayuda entre los miembros de la familia para el común
crecimiento humano y cristiano, etc. El apostolado de la familia, por
otra parte, se irradiará con obras de caridad espiritual y
material hacia las demás familias, especialmente a las más
necesitadas de ayuda y apoyo, a los pobres, los enfermos, los
ancianos, los minusválidos, los huérfanos, las viudas,
los cónyuges abandonados, las madres solteras y aquellas que
en situaciones difíciles sienten la tentación de
deshacerse del fruto de su seno, etc.
Asociaciones de familias para las familias
72. Sin salir del ámbito de la Iglesia, sujeto responsable
de la pastoral familiar, hay que recordar las diversas agrupaciones
de fieles, en las que se manifiesta y se vive de algún modo el
misterio de la Iglesia de Cristo. Por consiguiente, se han de
reconocer y valorar —cada una según las características,
finalidades, incidencias y métodos propios— las varias
comunidades eclesiales, grupos y movimientos comprometidos de
distintas maneras, por títulos y a niveles diversos, en la
pastoral familiar.
Por este motivo el Sínodo ha reconocido expresamente la
aportación de tales asociaciones de espiritualidad, de
formación y de apostolado. Su cometido será el de
suscitar en los fieles un vivo sentido de solidaridad, favorecer una
conducta de vida inspirada en el Evangelio y en la fe de la Iglesia,
formar las conciencias según los valores cristianos y no según
los criterios de la opinión pública, estimular a obras
de caridad recíproca y hacia los demás con un espíritu
de apertura, que hace de las familias cristianas una verdadera fuente
de luz y un sano fermento para las demás.
Igualmente es deseable que, con un vivo sentido del bien común,
las familias cristianas se empeñen activamente, a todos los
niveles, incluso en asociaciones no eclesiales. Algunas de estas
asociaciones se proponen la preservación, la transmisión
y tutela de los sanos valores éticos y culturales del
respectivo pueblo, el desarrollo de la persona humana, la protección
médica, jurídica y social de la maternidad y de la
infancia, la justa promoción de la mujer y la lucha frente a
todo lo que va contra su dignidad, el incremento de la mutua
solidaridad, el conocimiento de los problemas que tienen conexión
con la regulación responsable de la fecundidad, según
los métodos naturales conformes con la dignidad humana y la
doctrina de la Iglesia. Otras miran a la construcción de un
mundo más justo y más humano, a la promoción de
leyes justas que favorezcan el recto orden social en el pleno respeto
de la dignidad y de la legítima libertad del individuo y de la
familia, a nivel nacional e internacional, y a la colaboración
con la escuela y con las otras instituciones que completan la
educación de los hijos, etc.
III - AGENTES DE LA PASTORAL FAMILIAR
Además de la familia —objeto y sobre todo sujeto de
la pastoral familiar— hay que recordar también los otros
agentes principales en este campo concreto.
Obispos y presbíteros
73. El primer responsable de la pastoral familiar en la diócesis
es el obispo. Como Padre y Pastor debe prestar particular solicitud a
este sector, sin duda prioritario, de la pastoral. A él debe
dedicar interés, atención, tiempo, personas, recursos;
y sobre todo apoyo personal a las familias y a cuantos, en las
diversas estructuras diocesanas, le ayudan en la pastoral de la
familia. Procurará particularmente que la propia diócesis
sea cada vez más una verdadera «familia diocesana»,
modelo y fuente de esperanza para tantas familias que a ella
pertenecen. La creación del Pontificio Consejo para la Familia
se ha de ver en este contexto; es un signo de la importancia que yo
atribuyo a la pastoral de la familia en el mundo, para que al mismo
tiempo sea un instrumento eficaz a fin de ayudar a promoverla a todos
los niveles.
Los obispos se valen de modo particular de los presbíteros,
cuya tarea —como ha subrayado expresamente el Sínodo—
constituye una parte esencial del ministerio de la Iglesia hacia el
matrimonio y la familia. Lo mismo se diga de aquellos diáconos
a los que eventualmente se confíe el cuidado de este sector
pastoral.
Su responsabilidad se extiende no sólo a los problemas
morales y litúrgicos, sino también a los de carácter
personal y social. Ellos deben sostener a la familia en sus
dificultades y sufrimientos, acercándose a sus miembros,
ayudándoles a ver su vida a la luz del Evangelio. No es
superfluo anotar que de esta misión, si se ejerce con el
debido discernimiento y verdadero espíritu apostólico,
el ministro de la Iglesia saca nuevos estímulos y energías
espirituales aun para la propia vocación y para el ejercicio
mismo de su ministerio.
El sacerdote o el diácono preparados adecuada y seriamente
para este apostolado, deben comportarse constantemente, con respecto
a las familias, como padre, hermano, pastor y maestro, ayudándolas
con los recursos de la gracia e iluminándolas con la luz de la
verdad. Por lo tanto, su enseñanza y sus consejos deben estar
siempre en plena consonancia con el Magisterio auténtico de la
Iglesia de modo que ayude al pueblo de Dios a formarse un recto
sentido de la fe, que ha de aplicarse luego en la vida concreta. Esta
fidelidad al Magisterio permitirá también a los
sacerdotes lograr una perfecta unidad de criterios con el fin de
evitar ansiedades de conciencia en los fieles.
Pastores y laicado participan dentro de la Iglesia en la misión
profética de Cristo: los laicos, testimoniando la fe con las
palabras y con la vida cristiana; los pastores, discerniendo en tal
testimonio lo que es expresión de fe genuina y lo que no
concuerda con ella; la familia, como comunidad cristiana, con su
peculiar participación y testimonio de fe. Se abre así
un diálogo entre los pastores y las familias. Los teólogos
y los expertos en problemas familiares pueden ser de gran ayuda en
este diálogo, explicando exactamente el contenido del
Magisterio de la Iglesia y el de la experiencia de la vida de
familia. De esta manera se comprenden mejor las enseñanzas del
Magisterio y se facilita el camino para su progresivo desarrollo. No
obstante, es bueno recordar que la norma próxima y obligatoria
en doctrina de fe —incluso en los problemas de la familia—
es competencia del Magisterio jerárquico. Relaciones claras
entre los teólogos, los expertos en problemas familiares y el
Magisterio ayudan no poco a la recta comprensión de la fe y a
promover —dentro de los límites de la misma— el
legítimo pluralismo.
Religiosos y religiosas
74. La ayuda que los religiosos, religiosas y almas consagradas en
general, pueden dar al apostolado de la familia encuentra su primera,
fundamental y original expresión precisamente en su
consagración a Dios: «De este modo evocan ellos ante
todos los fieles aquel maravilloso connubio, fundado por Dios y que
ha de revelarse plenamente en el siglo futuro, por el que la Iglesia
tiene por esposo único a Cristo».(169) Esa consagración
los convierte en testigos de aquella caridad universal que, por medio
de la castidad abrazada por el Reino de los cielos, les hace cada vez
más disponibles para dedicarse generosamente al servicio
divino y a las obras de apostolado.
De ahí deriva la posibilidad de que religiosos y
religiosas, miembros de Institutos seculares y de otros Institutos de
perfección, individualmente o asociados, desarrollen su
servicio a las familias, con especial dedicación a los niños,
especialmente a los abandonados, no deseados, huérfanos,
pobres o minusválidos; visitando a las familias y
preocupándose de los enfermos; cultivando relaciones de
respeto y de caridad con familias incompletas, en dificultad o
separadas; ofreciendo su propia colaboración en la enseñanza
y asesoramiento para la preparación de los jóvenes al
matrimonio, y en la ayuda que hay que dar a las parejas para una
procreación verdaderamente responsable; abriendo la propia
casa a una hospitalidad sencilla y cordial, para que las familias
puedan encontrar el sentido de Dios, el gusto por la oración y
el recogimiento, el ejemplo concreto de una vida vivida en caridad y
alegría fraterna, como miembros de la gran familia de Dios.
Quisiera añadir una exhortación apremiante a los
responsables de los Institutos de vida consagrada, para que
consideren —dentro del respeto sustancial al propio carisma
original— el apostolado dirigido a las familias como una de las
tareas prioritarias, requeridas más urgentemente por la
situación actual.
Laicos especializados
75. No poca ayuda pueden prestar a las familias los laicos
especializados (médicos, juristas, psicólogos,
asistentes sociales, consejeros, etc.) que, tanto individualmente
como por medio de diversas asociaciones e iniciativas, ofrecen su
obra de iluminación, de consejo, de orientación y
apoyo. A ellos pueden aplicarse las exhortaciones que dirigí a
la Confederación de los Consultores familiares de inspiración
cristiana: «El vuestro es un compromiso que bien merece la
calificación de misión, por lo noble que son las
finalidades que persigue, y determinantes para el bien de la sociedad
y de la misma comunidad cristiana los resultados que derivan de
ellas... Todo lo que consigáis hacer en apoyo de la familia
está destinado a tener una eficacia que, sobrepasando su
ámbito, alcanza también otras personas e incide sobre
la sociedad. El futuro del mundo y de la Iglesia pasa a través
de la familia».(170)
Destinatarios y agentes de la comunicación social
76. Una palabra aparte se ha de reservar a esta categoría
tan importante en la vida moderna. Es sabido que los instrumentos de
comunicación social «inciden a menudo profundamente,
tanto bajo el aspecto afectivo e intelectual como bajo el aspecto
moral y religioso, en el ánimo de cuantos los usan»,
especialmente si son jóvenes.(171) Tales medios pueden ejercer
un influjo benéfico en la vida y las costumbres de la familia
y en la educación de los hijos, pero al mismo tiempo esconden
también «insidias y peligros no insignificantes»,(172)
y podrían convertirse en vehículo —a veces hábil
y sistemáticamente manipulado, como desgraciadamente acontece
en diversos países del mundo— de ideologías
disgregadoras y de visiones deformadas de la vida, de la familia, de
la religión, de la moralidad y que no respetan la verdadera
dignidad y el destino del hombre.
Peligro tanto más real, cuanto «el modo de vivir,
especialmente en las naciones más industrializadas, lleva muy
a menudo a que las familias se descarguen de sus responsabilidades
educativas, encontrando en la facilidad de evasión
(representada en casa especialmente por la televisión y
ciertas publicaciones) el modo de tener ocupados tiempo y actividad
de los niños y muchachos».(173) De ahí «el
deber ... de proteger especialmente a los niños y muchachos de
las "agresiones" que sufren también por parte de los
mass-media», procurando que el uso de éstos en familia
sea regulado cuidadosamente. Con la misma diligencia la familia
debería buscar para sus propios hijos también otras
diversiones más sanas, más útiles y formativas
física, moral y espiritualmente «para potenciar y
valorizar el tiempo libre de los adolescentes y orientar sus
energías».(174)
Puesto que además los instrumentos de comunicación
social —así como la escuela y el ambiente— inciden
a menudo de manera notable en la formación de los hijos, los
padres, en cuanto receptores, deben hacerse parte activa en el uso
moderado, crítico, vigilante y prudente de tales medios,
calculando el influjo que ejercen sobre los hijos; y deben dar una
orientación que permita «educar la conciencia de los
hijos para emitir juicios serenos y objetivos, que después la
guíen en la elección y en el rechazo de los programas
propuestos».(175)
Con idéntico empeño los padres tratarán de
influir en la elección y preparación de los mismos
programas, manteniéndose —con oportunas iniciativas—
en contacto con los responsables de las diversas fases de la
producción y de la transmisión, para asegurarse que no
sean abusivamente olvidados o expresamente conculcados aquellos
valores humanos fundamentales que forman parte del verdadero bien
común de la sociedad, sino que, por el contrario, se difundan
programas aptos para presentar en su justa luz los problemas de la
familia y su adecuada solución. A este respecto, mi predecesor
Pablo VI escribía: «Los productores deben conocer y
respetar las exigencias de la familia, y esto requiere a veces, por
parte de ellos, una verdadera valentía, y siempre un alto
sentido de responsabilidad. Ellos, en efecto, están obligados
a evitar todo lo que pueda dañar a la familia en su
existencia, en su estabilidad, en su equilibrio y en su felicidad.
Toda ofensa a los valores fundamentales de la familia —se trate
de erotismo o de violencia, de apología del divorcio o de
actitudes antisociales por parte de los jóvenes— es una
ofensa al verdadero bien del hombre».(176)
Yo mismo, en ocasión semejante, ponía de relieve que
las familias «deben poder contar en no pequeña medida
con la buena voluntad, rectitud y sentido de responsabilidad de los
profesionales de los mass-media: editores, escritores, productores,
directores, dramaturgos, informadores, comentaristas y actores».(177)
Por consiguiente, es justo que también por parte de la Iglesia
se siga dedicando toda atención a estas categorías de
personas, animando y sosteniendo al mismo tiempo a aquellos católicos
que se sienten llamados y tienen cualidades para trabajar en estos
delicados sectores.
IV. - LA PASTORAL FAMILIAR EN LOS CASOS DIFÍCILES
Circunstancias particulares
77. Es necesario un empeño pastoral todavía más
generoso, inteligente y prudente, a ejemplo del Buen Pastor, hacia
aquellas familias que —a menudo e independientemente de la
propia voluntad, o apremiados por otras exigencias de distinta
naturaleza— tienen que afrontar situaciones objetivamente
difíciles.
A este respecto hay que llamar especialmente la atención
sobre algunas categorías particulares de personas, que tienen
mayor necesidad no sólo de asistencia, sino de una acción
más incisiva ante la opinión pública y sobre
todo ante las estructuras culturales, profundas de sus dificultades.
Estas son, por ejemplo, las familias de los emigrantes por motivos
laborales; las familias de cuantos están obligados a largas
ausencias, como los militares, los navegantes, los viajeros de
cualquier tipo; las familias de los presos, de los prófugos y
de los exiliados; las familias que en las grandes ciudades viven
prácticamente marginadas; las que no tienen casa; las
incompletas o con uno solo de los padres; las familias con hijos
minusválidos o drogados; las familias de alcoholizados; las
desarraigadas de su ambiente culturaI y social o en peligro de
perderlo; las discriminadas por motivos políticos o por otras
razones; las familias ideológicamente divididas; las que no
consiguen tener fácilmente un contacto con la parroquia; las
que sufren violencia o tratos injustos a causa de la propia fe; las
formadas por esposos menores de edad; los ancianos, obligados no
raramente a vivir en soledad o sin adecuados medios de subsistencia.
Las familias de emigrantes, especialmente tratándose de
obreros y campesinos, deben tener la posibilidad de encontrar siempre
en la Iglesia su patria. Esta es una tarea connatural a la Iglesia,
dado que es signo de unidad en la diversidad. En cuanto sea posible
estén asistidos por sacerdotes de su mismo rito, cultura e
idioma. Corresponde igualmente a la Iglesia hacer una llamada a la
conciencia pública y a cuantos tienen autoridad en la vida
social, económica y política, para que los obreros
encuentren trabajo en su propia región y patria, sean
retribuidos con un justo salario, las familias vuelvan a reunirse lo
antes posible, sea tenida en consideración su identidad
cultural, sean tratadas igual que las otras, y a sus hijos se les dé
la oportunidad de la formación profesional y del ejercicio de
la profesión, así como de la posesión de la
tierra necesaria para trabajar y vivir.
Un problema difícil es el de las familias ideológicamente
divididas. En estos casos se requiere una particular atención
pastoral. Sobre todo hay que mantener con discreción un
contacto personal con estas familias. Los creyentes deben ser
fortalecidos en la fe y sostenidos en la vida cristiana. Aunque la
parte fiel al catolicismo no puede ceder, no obstante, hay que
mantener siempre vivo el diálogo con la otra parte. Deben
multiplicarse las manifestaciones de amor y respeto, con la viva
esperanza de mantener firme la unidad. Mucho depende también
de las relaciones entre padres e hijos. Las ideologías
extranas a la fe pueden estimular a los miembros creyentes de la
familia a crecer en la fe y en el testimonio de amor.
Otros momentos difíciles en los que la familia tiene
necesidad de la ayuda de la comunidad eclesial y de sus pastores
pueden ser: la adolescencia inquieta, contestadora y a veces
problematizada de los hijos; su matrimonio que les separa de la
familia de origen; la incomprensión o la falta de amor por
parte de las personas más queridas; el abandono por parte del
cónyuge o su pérdida, que abre la dolorosa experiencia
de la viudez, de la muerte de un familiar, que mutila y transforma en
profundidad el núcleo original de la familia.
Igualmente no puede ser descuidado por la Iglesia el período
de la ancianidad, con todos sus contenidos positivos y negativos: la
posible profundización del amor conyugal cada vez más
purificado y ennoblecido por una larga e ininterrumpida fidelidad; la
disponibilidad a poner en favor de los demás, de forma nueva,
la bondad y la cordura acumulada y las energías que quedan; la
dura soledad, a menudo más psicológica y afectiva que
física, por el eventual abandono o por una insuficiente
atención por parte de los hijos y de los parientes; el
sufrimiento a causa de enfermedad, por el progresivo decaimiento de
las fuerzas, por la humillación de tener que depender de
otros, por la amargura de sentirse como un peso para los suyos, por
el acercarse de los últimos momentos de la vida. Son éstas
las ocasiones en las que —como han sugerido los Padres
Sinodales— más fácilmente se pueden hacer
comprender y vivir los aspectos elevados de la espiritualidad
matrimonial y familiar, que se inspiran en el valor de la cruz y
resurrección de Cristo, fuente de santificación y de
profunda alegría en la vida diaria, en la perspectiva de las
grandes realidades escatológicas de la vita eterna.
En estas diversas situaciones no se descuide jamás la
oración, fuente de luz y de fuerza, y alimento de la esperanza
cristiana.
Matrimonios mixtos
78. El número creciente de matrimonios entre católicos
y otros bautizados requiere también una peculiar atención
pastoral a la luz de las orientaciones y normas contenidas en los
recientes documentos de la Santa Sede y en los elaborados por las
Conferencias Episcopales, para facilitar su aplicación
concreta en las diversas situaciones.
Las parejas que viven en matrimonio mixto presentan peculiares
exigencias que pueden reducirse a tres apartados principales.
Hay que considerar ante todo las obligaciones de la parte católica
que derivan de la fe, en lo concerniente al libre ejercicio de la
misma y a la consecuente obligación de procurar, según
las propias posibilidades, bautizar y educar los hijos en la fe
católica.(178)
Hay que tener presentes las particulares dificultades inherentes a
las relaciones entre marido y mujer, en lo referente al respeto de la
libertad religiosa; ésta puede ser violada tanto por presiones
indebidas para lograr el cambio de las convicciones religiosas de la
otra parte, como por impedimentos puestos a la manifestación
libre de las mismas en la práctica religiosa.
En lo referente a la forma litúrgica y canónica del
matrimonio, los Ordinarios pueden hacer uso ampliamente de sus
facultades por varios motivos.
Al tratar de estas exigencias especiales hay que poner atención
en estos puntos:
en la preparación concreta a este tipo de matrimonio,
debe realizarse todo esfuerzo razonable para hacer comprender la
doctrina católica sobre las cualidades y exigencias del
matrimonio, así como para asegurarse de que en el futuro no
se verifiquen las presiones y los obstáculos, de los que
antes se ha hablado.
es de suma importancia que, con el apoyo de la comunidad, la
parte católica sea fortalecida en su fe y ayudada
positivamente a madurar en la comprensión y en la práctica
de la misma, de manera que llegue a ser verdadero testigo creíble
dentro de la familia, a través de la vida misma y de la
calidad del amor demostrado al otro cónyuge y a los hijos.
Los matrimonios entre católicos y otros bautizados
presentan aun en su particular fisonomía numerosos elementos
que es necesario valorar y desarrollar, tanto por su valor
intrínseco, como por la aportación que pueden dar al
movimiento ecuménico. Esto es verdad sobre todo cuando los dos
cónyuges son fieles a sus deberes religiosos. El bautismo
común y el dinamismo de la gracia procuran a los esposos, en
estos matrimonios, la base y las motivaciones para compartir su
unidad en la esfera de los valores morales y espirituales.
A tal fin, aun para poner en evidencia la importancia ecuménica
de este matrimonio mixto, vivido plenamente en la fe por los dos
cónyuges cristianos, se debe buscar —aunque esto no sea
siempre fácil— una colaboración cordial entre el
ministro católico y el no católico, desde el tiempo de
la preparación al matrimonio y a la boda.
Respecto a la participación del cónyuge no católico
en la comunión eucarística, obsérvense las
normas impartidas por el Secretariado para la Unión de los
Cristianos.(179)
En varias partes del mundo se asiste hoy al aumento del número
de matrimonios entre católicos y no bautizados. En muchos de
ellos, el cónyuge no bautizado profesa otra religión, y
sus convicciones deben ser tratadas con respeto, de acuerdo con los
principios de la Declaración Nostra aetate del Concilio
Ecuménico Vaticano II sobre las relaciones con las religiones
no cristianas; en no pocos otros casos, especialmente en las
sociedades secularizadas, la persona no bautizada no profesa religión
alguna. Para estos matrimonios es necesario que las Conferencias
Episcopales y cada uno de los obispos tomen adecuadas medidas
pastorales, encaminadas a garantizar la defensa de la fe del cónyuge
católico y la tutela del libre ejercicio de la misma, sobre
todo en lo que se refiere al deber de hacer todo lo posible para que
los hijos sean bautizados y educados católicamente. El cónyuge
católico debe además ser ayudado con todos los medios
en su obligación de dar, dentro de la familia, un testimonio
genuino de fe y vida católica.
Acción pastoral frente a algunas situaciones irregulares
79. En su solicitud por tutelar la familia en toda su dimensión,
no sólo la religiosa, el Sínodo no ha dejado de
considerar atentamente algunas situaciones irregulares, desde el
punto de vista religioso y con frecuencia también civil, que
—con las actuales y rápidas transformaciones culturales—
se van difundiendo por desgracia también entre los católicos
con no leve daño de la misma institución familiar y de
la sociedad, de la que ella es la célula fundamental.
a) Matrimonio a prueba
80. Una primera situación irregular es la del llamado
«matrimonio a prueba» o experimental, que muchos quieren
hoy justificar, atribuyéndole un cierto valor. La misma razón
humana insinúa ya su no aceptabilidad, indicando que es poco
convincente que se haga un «experimento» tratándose
de personas humanas, cuya dignidad exige que sean siempre y
únicamente término de un amor de donación, sin
límite alguno ni de tiempo ni de otras circunstancias.
La Iglesia por su parte no puede admitir tal tipo de unión
por motivos ulteriores y originales derivados de la fe. En efecto,
por una parte el don del cuerpo en la relación sexual es el
símbolo real de la donación de toda la persona; por lo
demás, en la situación actual tal donación no
puede realizarse con plena verdad sin el concurso del amor de caridad
dado por Cristo. Por otra parte, el matrimonio entre dos bautizados
es el símbolo real de la unión de Cristo con la
Iglesia, una unión no temporal o «ad experimentum»,
sino fiel eternamente; por tanto, entre dos bautizados no puede haber
más que un matrimonio indisoluble.
Esta situación no puede ser superada de ordinario, si la
persona humana no ha sido educada —ya desde la infancia, con la
ayuda de la gracia de Cristo y no por temor— a dominar la
concupiscencia naciente e instaurar con los demás relaciones
de amor genuino. Esto no se consigue sin una verdadera educación
en el amor auténtico y en el recto uso de la sexualidad, de
tal manera que introduzca a la persona humana —en todas sus
dimensiones, y por consiguiente también en lo que se refiere
al propio cuerpo— en la plenitud del misterio de Cristo.
Será muy útil preguntarse acerca de las causas de
este fenómeno, incluidos los aspectos psicológicos,
para encontrar una adecuada solución.
b) Uniones libres de hecho
81. Se trata de uniones sin algún vínculo
institucional públicamente reconocido, ni civil ni religioso.
Este fenómeno, cada vez más frecuente, ha de llamar la
atención de los pastores de almas, ya que en el mismo puede
haber elementos varios, actuando sobre los cuales será quizá
posible limitar sus consecuencias.
En efecto, algunos se consideran como obligados por difíciles
situaciones —económicas, culturales y religiosas—
en cuanto que, contrayendo matrimonio regular, quedarían
expuestos a daños, a la pérdida de ventajas económicas,
a discriminaciones, etc. En otros, por el contrario, se encuentra una
actitud de desprecio, contestación o rechazo de la sociedad,
de la institución familiar, de la organización
socio-política o de la mera búsqueda del placer. Otros,
finalmente, son empujados por la extrema ignorancia y pobreza, a
veces por condicionamientos debidos a situaciones de verdadera
injusticia, o también por una cierta inmadurez psicológica
que les hace sentir la incertidumbre o el temor de atarse con un
vínculo estable y definitivo. En algunos países las
costumbres tradicionales prevén el matrimonio verdadero y
propio solamente después de un período de cohabitación
y después del nacimiento del primer hijo.
Cada uno de estos elementos pone a la Iglesia serios problemas
pastorales, por las graves consecuencias religiosas y morales que de
ellos derivan (pérdida del sentido religioso del matrimonio
visto a la luz de la Alianza de Dios con su pueblo, privación
de la gracia del sacramento, grave escándalo), así como
también por las consecuencias sociales (destrucción del
concepto de familia, atenuación del sentido de fidelidad
incluso hacia la sociedad, posibles traumas psicológicos en
los hijos y afirmación del egoísmo).
Los pastores y la comunidad eclesial se preocuparán por
conocer tales situaciones y sus causas concretas, caso por caso; se
acercarán a los que conviven, con discreción y respeto;
se empeñarán en una acción de iluminación
paciente, de corrección caritativa y de testimonio familiar
cristiano que pueda allanarles el camino hacia la regularización
de su situación. Pero, sobre todo, adelántense
enseñándoles a cultivar el sentido de la fidelidad en
la educación moral y religiosa de los jóvenes;
instruyéndoles sobre las condiciones y estructuras que
favorecen tal fidelidad, sin la cual no se da verdadera libertad;
ayudándoles a madurar espiritualmente y haciéndoles
comprender la rica realidad humana y sobrenatural del
matrimonio-sacramento.
El pueblo de Dios se esfuerce también ante las autoridades
públicas para que —resistiendo a las tendencias
disgregadoras de la misma sociedad y nocivas para la dignidad,
seguridad y bienestar de los ciudadanos— procuren que la
opinión pública no sea llevada a menospreciar la
importancia institucional del matrimonio y de la familia. Y dado que
en muchas regiones, a causa de la extrema pobreza derivada de unas
estructuras socio-económicas injustas o inadecuadas, los
jóvenes no están en condiciones de casarse como
conviene, la sociedad y las autoridades públicas favorezcan el
matrimonio legítimo a través de una serie de
intervenciones sociales y políticas, garantizando el salario
familiar, emanando disposiciones para una vivienda apta a la vida
familiar y creando posibilidades adecuadas de trabajo y de vida.
c) Católicos unidos con mero matrimonio civil
82. Es cada vez más frecuente el caso de católicos
que, por motivos ideológicos y prácticos, prefieren
contraer sólo matrimonio civil, rechazando o, por lo menos,
diferiendo el religioso. Su situación no puede equipararse sin
más a la de los que conviven sin vínculo alguno, ya que
hay en ellos al menos un cierto compromiso a un estado de vida
concreto y quizá estable, aunque a veces no es extraña
a esta situación la perspectiva de un eventual divorcio.
Buscando el reconocimiento público del vínculo por
parte del Estado, tales parejas demuestran una disposición a
asumir, junto con las ventajas, también las obligaciones. A
pesar de todo, tampoco esta situación es aceptable para la
Iglesia. La acción pastoral tratará de hacer comprender
la necesidad de coherencia entre la elección de vida y la fe
que se profesa, e intentará hacer lo posible para convencer a
estas personas a regular su propia situación a la luz de los
principios cristianos. Aun tratándoles con gran caridad e
interesándoles en la vida de las respectivas comunidades, los
pastores de la Iglesia no podrán admitirles al uso de los
sacramentos.
d) Separados y divorciados no casados de nuevo
83. Motivos diversos, como incomprensiones recíprocas,
incapacidad de abrise a las relaciones interpersonales, etc., pueden
conducir dolorosamente el matrimonio válido a una ruptura con
frecuencia irreparable. Obviamente la separación debe
considerarse como un remedio extremo, después de que cualquier
intento razonable haya sido inútil.
La soledad y otras dificultades son a veces patrimonio del cónyuge
separado, especialmente si es inocente. En este caso la comunidad
eclesial debe particularmente sostenerlo, procurarle estima,
solidaridad, comprensión y ayuda concreta, de manera que le
sea posible conservar la fidelidad, incluso en la difícil
situación en la que se encuentra; ayudarle a cultivar la
exigencia del perdón, propio del amor cristiano y la
disponibilidad a reanudar eventualmente la vida conyugal anterior.
Parecido es el caso del cónyuge que ha tenido que sufrir el
divorcio, pero que —conociendo bien la indisolubilidad del
vínculo matrimonial válido— no se deja implicar
en una nueva unión, empeñándose en cambio en el
cumplimiento prioritario de sus deberes familiares y de las
responsabilidades de la vida cristiana. En tal caso su ejemplo de
fidelidad y de coherencia cristiana asume un particular valor de
testimonio frente al mundo y a la Iglesia, haciendo todavía
más necesaria, por parte de ésta, una acción
continua de amor y de ayuda, sin que exista obstáculo alguno
para la admisión a los sacramentos.
e) Divorciados casados de nuevo
84. La experiencia diaria enseña, por desgracia, que quien
ha recurrido al divorcio tiene normalmente la intención de
pasar a una nueva unión, obviamente sin el rito religioso
católico. Tratándose de una plaga que, como otras,
invade cada vez más ampliamente incluso los ambientes
católicos, el problema debe afrontarse con atención
improrrogable. Los Padres Sinodales lo han estudiado expresamente. La
Iglesia, en efecto, instituida para conducir a la salvación a
todos los hombres, sobre todo a los bautizados, no puede abandonar a
sí mismos a quienes —unidos ya con el vínculo
matrimonial sacramental— han intentado pasar a nuevas nupcias.
Por lo tanto procurará infatigablemente poner a su disposición
los medios de salvación.
Los pastores, por amor a la verdad, están obligados a
discernir bien las situaciones. En efecto, hay diferencia entre los
que sinceramente se han esforzado por salvar el primer matrimonio y
han sido abandonados del todo injustamente, y los que por culpa grave
han destruido un matrimonio canónicamente válido.
Finalmente están los que han contraído una segunda
unión en vista a la educación de los hijos, y a veces
están subjetivamente seguros en conciencia de que el
precedente matrimonio, irreparablemente destruido, no había
sido nunca válido.
En unión con el Sínodo exhorto vivamente a los
pastores y a toda la comunidad de los fieles para que ayuden a los
divorciados, procurando con solícita caridad que no se
consideren separados de la Iglesia, pudiendo y aun debiendo, en
cuanto bautizados, participar en su vida. Se les exhorte a escuchar
la Palabra de Dios, a frecuentar el sacrificio de la Misa, a
perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y
las iniciativas de la comunidad en favor de la justicia, a educar a
los hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y las
obras de penitencia para implorar de este modo, día a día,
la gracia de Dios. La Iglesia rece por ellos, los anime, se presente
como madre misericordiosa y así los sostenga en la fe y en la
esperanza.
La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura
reafirma su práxis de no admitir a la comunión
eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos
los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación
de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre
Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía.
Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas
personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a
error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la
indisolubilidad del matrimonio.
La reconciliación en el sacramento de la penitencia —que
les abriría el camino al sacramento eucarístico—
puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber
violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están
sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la
indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que
cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por
ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la
obligación de la separación, «asumen el
compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los
actos propios de los esposos».(180)
Del mismo modo el respeto debido al sacramento del matrimonio, a
los mismos esposos y sus familiares, así como a la comunidad
de los fieles, prohíbe a todo pastor —por cualquier
motivo o pretexto incluso pastoral— efectuar ceremonias de
cualquier tipo para los divorciados que vuelven a casarse. En efecto,
tales ceremonias podrían dar la impresión de que se
celebran nuevas nupcias sacramentalmente válidas y como
consecuencia inducirían a error sobre la indisolubilidad del
matrimonio válidamente contraído.
Actuando de este modo, la Iglesia profesa la propia fidelidad a
Cristo y a su verdad; al mismo tiempo se comporta con espíritu
materno hacia estos hijos suyos, especialmente hacia aquellos que
inculpablemente han sido abandonados por su cónyuge legítimo.
La Iglesia está firmemente convencida de que también
quienes se han alejado del mandato del Señor y viven en tal
situación pueden obtener de Dios la gracia de la conversión
y de la salvación si perseveran en la oración, en la
penitencia y en la caridad.
Los privados de familia
85. Deseo añadir una palabra en favor de una categoría
de personas que, por la situación concreta en la que viven —a
menudo no por voluntad deliberada— considero especialmente
cercanas al Corazón de Cristo, dignas del afecto y solicitud
activa de la Iglesia, así como de los pastores.
Hay en el mundo muchas personas que desgraciadamente no tienen en
absoluto lo que con propiedad se llama una familia. Grandes sectores
de la humanidad viven en condiciones de enorme pobreza, donde la
promiscuidad, la falta de vivienda, la irregularidad de relaciones y
la grave carencia de cultura no permiten poder hablar de verdadera
familia. Hay otras personas que por motivos diversos se han quedado
solas en el mundo. Sin embargo para todas ellas existe una «buena
nueva de la familia».
Teniendo presentes a los que viven en extrema pobreza, he hablado
ya de la necesidad urgente de trabajar con valentía para
encontrar soluciones, también a nivel político, que
permitan ayudarles a superar esta condición inhumana de
postración. Es un deber que incumbe solidariamente a toda la
sociedad, pero de manera especial a las autoridades, por razón
de sus cargos y consecuentes responsabilidades, así como a las
familias que deben demostrar gran comprensión y voluntad de
ayuda.
A los que no tienen una familia natural, hay que abrirles todavía
más las puertas de la gran familia que es la Iglesia, la cual
se concreta a su vez en la familia diocesana y parroquial, en las
comunidades eclesiales de base o en los movimientos apostólicos.
Nadie se sienta sin familia en este mundo: la Iglesia es casa y
familia para todos, especialmente para cuantos están fatigados
y cargados.(181)
CONCLUSIÓN
86. A vosotros esposos, a vosotros padres y madres de familia.
A vosotros, jóvenes, que sois el futuro y la esperanza de
la Iglesia y del mundo, y seréis los responsables de la
familia en el tercer milenio que se acerca.
A vosotros, venerables y queridos hermanos en el Episcopado y en
el sacerdocio, queridos hijos religiosos y religiosas, almas
consagradas al Señor, que testimoniáis a los esposos la
realidad última del amor de Dios.
A vosotros, hombres de sentimientos rectos, que por diversas
motivaciones os preocupáis por el futuro de la familia, se
dirige con anhelante solicitud mi pensamiento al final de esta
Exhortación Apostólica.
¡El futuro de la humanidad se fragua en la familia!
Por consiguiente es indispensable y urgente que todo hombre de
buena voluntad se esfuerce por salvar y promover los valores y
exigencias de la familia.
A este respecto, siento el deber de pedir un empeño
particular a los hijos de la Iglesia. Ellos, que mediante la fe
conocen plenamente el designio maravilloso de Dios, tienen una razón
de más para tomar con todo interés la realidad de la
familia en este tiempo de prueba y de gracia.
Deben amar de manera particular a la familia. Se trata de una
consigna concreta y exigente.
Amar a la familia significa saber estimar sus valores y
posibilidades, promoviéndolos siempre. Amar a la familia
significa individuar los peligros y males que la amenazan, para poder
superarlos. Amar a la familia significa esforzarse por crear un
ambiente que favorezca su desarrollo. Finalmente, una forma eminente
de amor es dar a la familia cristiana de hoy, con frecuencia tentada
por el desánimo y angustiada por las dificultades crecientes,
razones de confianza en sí misma, en las propias riquezas de
naturaleza y gracia, en la misión que Dios le ha confiado: «Es
necesario que las familias de nuestro tiempo vuelvan a remontarse más
alto. Es necesario que sigan a Cristo».(182)
Corresponde también a los cristianos el deber de anunciar
con alegría y convicción la «buena nueva»
sobre la familia, que tiene absoluta necesidad de escuchar siempre de
nuevo y de entender cada vez mejor las palabras auténticas que
le revelan su identidad, sus recursos interiores, la importancia de
su misión en la Ciudad de los hombres y en la de Dios.
La Iglesia conoce el camino por el que la familia puede llegar al
fondo de su más íntima verdad. Este camino, que la
Iglesia ha aprendido en la escuela de Cristo y en el de la historia,
—interpretada a la luz del Espíritu— no lo impone,
sino que siente en sí la exigencia apremiante de proponerla a
todos sin temor, es más, con gran confianza y esperanza, aun
sabiendo que la «buena nueva» conoce el lenguaje de la
Cruz. Porque es a través de ella como la familia puede llegar
a la plenitud de su ser y a la perfección del amor.
Finalmente deseo invitar a todos los cristianos a colaborar,
cordial y valientemente con todos los hombres de buena voluntad, que
viven su responsabilidad al servicio de la familia. Cuantos se
consagran a su bien dentro de la Iglesia, en su nombre o inspirados
por ella, ya sean individuos o grupos, movimientos o asociaciones,
encuentran frecuentemente a su lado personas e instituciones diversas
que trabajan por el mismo ideal. Con fidelidad a los valores del
Evangelio y del hombre, y con respeto a un legítimo pluralismo
de iniciativas, esta colaboración podrá favorecer una
promoción más rápida e integral de la familia.
Ahora, al concluir este mensaje pastoral, que quiere llamar la
atención de todos sobre el cometido pesado pero atractivo de
la familia cristiana, deseo invocar la protección de la
Sagrada Familia de Nazaret.
Por misterioso designio de Dios, en ella vivió escondido
largos años el Hijo de Dios: es, pues, el prototipo y ejemplo
de todas las familias cristianas. Aquella familia, única en el
mundo, que transcurrió una existencia anónima y
silenciosa en un pequeño pueblo de Palestina; que fue probada
por la pobreza, la persecución y el exilio; que glorificó
a Dios de manera incomparablemente alta y pura, no dejará de
ayudar a las familias cristianas, más aún, a todas las
familias del mundo, para que sean fieles a sus deberes cotidianos,
para que sepan soportar las ansias y tribulaciones de la vida,
abriéndose generosamente a las necesidades de los demás
y cumpliendo gozosamente los planes de Dios sobre ellas.
Que San José, «hombre justo», trabajador
incansable, custodio integérrimo de los tesoros a él
confiados, las guarde, proteja e ilumine siempre.
Que la Virgen María, como es Madre de la Iglesia, sea
también Madre de la «Iglesia doméstica», y,
gracias a su ayuda materna, cada familia cristiana pueda llegar a ser
verdaderamente una «pequeña Iglesia», en la que se
refleje y reviva el misterio de la Iglesia de Cristo. Sea ella,
Esclava del Señor, ejemplo de acogida humilde y generosa de la
voluntad de Dios; sea ella, Madre Dolorosa a los pies de la Cruz, la
que alivie los sufrimientos y enjugue las lágrimas de cuantos
sufren por las dificultades de sus familias.
Que Cristo Señor, Rey del universo, Rey de las familias,
esté presente como en Caná, en cada hogar cristiano
para dar luz, alegría, serenidad y fortaleza. A Él, en
el día solemne dedicado a su Realeza, pido que cada familia
sepa dar generosamente su aportación original para la venida
de su Reino al mundo, «Reino de verdad y de vida, Reino de
santidad y de gracia, Reino de justicia, de amor y de paz»(183)
hacia el cual está caminando la historia.
A Cristo, a María y a José encomiendo cada familia.
En sus manos y en su corazón pongo esta Exhortación:
que ellos os la ofrezcan a vosotros, venerables Hermanos y amadísimos
hijos, y abran vuestros corazones a la luz que el Evangelio irradia
sobre cada familia.
Asegurándoos mi constante recuerdo en la plegaria, imparto
de corazón a todos y cada uno, la Bendición Apostólica,
en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 22 de noviembre,
solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, del año 1981,
cuarto de mi Pontificado.
NOTAS
1. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en
el mundo actual Gaudium et spes, 52.
2. Cfr. Juan Pablo II, Homilía para la apertura del VI
Sínodo de los Obispos, 2 (26 de septiembre de 1980): AAS 72
(1980), 1008.
3. Cfr. Gén 1-2.
4. Cfr. Ef 5.
5. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en
el mundo actual Gaudium et spes, 47; Juan Pablo II, Carta
Appropinquat iam, 1 (15 de agosto de 1980): AAS 72 (1980), 791.
6. Cfr. Mt 19, 4.
7. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en
el mundo actual Gaudium et spes, 47.
8. Cfr. Juan Pablo II, Discurso al Consejo de la Secretaría
General del Sínodo de los Obispos (23 de febrero de 1980):
Insegnamenti di Giovanni Paolo II, III, 1 (1980), 472-476.
9. Cfr. Conc. Ecum Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 4.
10. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la
Iglesia Lumen gentium, 12.
11. Cfr. 1 Jn 2, 20.
12. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia
Lumen gentium, 35.
13. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la
Iglesia Lumen gentium, 12; Sagrada Congregación para la
Doctrina de la Fe, Declaración Mysterium Ecclesiae, 2: AAS 65
(1973), 398-400.
14. Cfr. Conc. Ecum Vat. II, Const. dogmática sobre la
Iglesia Lumen gentium, 12; Const. dogmática sobre la divina
revelación Dei Verbum, 10.
15. Cfr. Juan Pablo II, Homilía para la apertura del VI
Sínodo de los Obispos 3 (26 de septiembre del 1980): AAS 72
(1980), 1008.
16. Cfr. S. Agustín, De Civitate Dei, XIV, 28: CSEL 40 II,
56 s.
17. Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et
spes, 15.
18. Cfr. Ef 3, 8, Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la
Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 44; Decr. sobre la
actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 15 y 22.
19. Cfr. Mt 19, 4 ss.
20. Cfr. Gén 1, 26 s.
21. 1 Jn 4, 8.
22. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en
el mundo actual Gaudium et spes, 12.
23. Ibid., 48.
24. Cfr. por ej. Os, 2, 21; Jer 3, 6-13; Is 54.
25. Cfr Ez 16, 25.
26. Cfr. Os 3.
27. Cfr. Gén 2, 24; Mt 19, 5.
28. Cfr. Ef 5, 32 s.
29. Tertuliano, Ad uxorem, II, VIII, 6-8: CCL, I, 393.
30. Cfr. Conc. Ecum. Trident., Sessio XXIV, can. 1: I. D. Mansi,
Sacrorum Conciliorum Nova et Amplissima Collectio, 33, 149 s.
31. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en
el mundo actual Gaudium et spes, 48.
32. Juan Pablo II, Discurso a los Delegados del «Centre de
Liaison des Equipes de Recherche», 3 (3 de noviembre de 1979):
Insegnamenti di Giovanni Paolo II, II, 2 (1979), 1032.
33. Ibid., 4: 1. c., p. 1032.
34. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en
el mundo actual Gaudium et spes, 50.
35. Cfr. Gén 2, 24.
36. Ef 3, 15.
37. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en
el mundo actual Gaudium et spes, 78.
38. S. Juan Crisóstomo, La Virginidad, X: PG 48, 540.
39. Cfr. Mt 22, 30.
40. Cfr 1 Cor 7, 32 s.
41. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre la adecuada renovación
de la vida religiosa Perfectae caritatis, 12.
42. Cfr. Pío XII, Cart. Enc. Sacra virginitas, II: AAS 46
(1954), 174 ss.
43. Cfr. Juan Pablo II, Carta Novo incipiente, 9 (8 de abril de
1979): AAS 71 (1979), 410 s.
44. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 48.
45. Juan Pablo II, Cart. Enc. Redemptor hominis, 10: AAS 71 (1979)
274.
46. Mt 19, 6; cfr. Gén 2, 24.
47. Cfr. Juan Pablo II, Discurso a los esposos, 4 (Kinshasa, 3 de
mayo de 1980): AAS 72 (1980), 426 s.
48. Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et
spes, 49; cfr. Juan Pablo II, Discurso a los esposos, 4 (Kinshasa, 3
de mayo de 1980): l.c.
49. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 48.
50. Cfr. Ef 5, 25.
51. Cfr. Mt 19, 8.
52. Ap 3, 14.
53. Cfr. 2 Cor 1, 20.
54. Cfr. Jn 13, 1.
55. Mt 19, 6.
56. Rom 8, 29.
57. Summa Theologiae, IIa-IIae, 14, 2, ad 4.
58. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia
Lumen gentium, 11, cfr. Decr. sobre el apostolado de los seglares
Apostolicam actuositatem, 11.
59. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 52.
60. Cfr. Ef 6, 1-4; Col 3, 20 s.
61. Cfr. Conc. Ecum. Vat, II, Const. pastoral sobre la-Iglesia en
el mundo actual Gaudium et spes, 48.
62. Jn 17, 21.
63. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en
el mundo actual Gaudium et spes, 24.
64. Gén 1, 27.
65. Gál 3, 26.28.
66. Cfr. Juan Pablo II, Cart. Enc. Laborem exercens, 19 AAS 73
(1981), 625.
67. Gén 2, 18.
68. Ibid., 2, 23.
69. S. Ambrosio, Exameron, V, 7, 19: CSEL 32, I, 154.
70. Pablo VI, Cart. Enc. Humanae vitae, 9: AAS 60 (1968), 486.
71. Cfr. Ef 5, 25.
72. Cfr. Juan Pablo II, Homilía a los fieles de Terni, 3-5
(19 de marzo de 1981): AAS 73 (1981), 268-271.
73. Cfr. Ef 3, 15.
74. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en
el mundo actual Gaudium et spes, 52.
75. Lc 18, 16; cfr. Mt 19, 14; Mc 10, 14.
76. Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea General de las Naciones
Unidas, 21 (2 de octubre del 1979): AAS 71(1979), 1159.
77. Lc 2, 52.
78. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en
el mundo actual Gaudium et spes, 48.
79. Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el
«International Forum on Active Aging», 5 (5 de septiembre
de 1980) Insegnamenti di Giovanni Paolo II, III, 2 (1980), 539.
80. Gén 1, 28.
81. Cfr. Ibid. 5, 1-3.
82. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 50.
83. Propositio 22. La conclusión del n. 11 de la Encíclica
Humanae vitae afirma: «La Iglesia, al exigir que los hombres
observen las normas de la ley natural interpretada por su constante
doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial debe quedar
abierto a la transmisión de la vida» («ut quilibet
matrimonii usus ad vitam humanam procreandam per se destinatus
permaneat »): AAS 60 (1968), 488.
84. Cfr. 2 Cor 1, 19; Ap 3, 14.
85. Cfr. Mensaje del VI Sínodo de los Obispos a las
Familias cristianas en el mundo contemporáneo, 5 (24 de
octubre del 1980): L'Osservatore Romano en lengua española (2
de noviembre del 1980).
86. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 51.
87. Cart. Enc. Humanae vitae, 7: AAS 60 (1968), 485.
88. Ibid., 12: l.c., 488 s.
89. Ibid., 14: l.c., 489.
90. Ibid., 13: l.c., 489.
91. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en
el mundo actual Gaudium et spes, 51.
92. Pablo VI, Cart. Enc. Humanae vitae, 29: AAS 60 (1968), 501.
93. Cfr. Ibid., 25: l.c., 498 s.
94. Ibid., 21: l.c., 496.
95. Juan Pablo II, Homilía para la clausura del VI Sínodo
de los Obispos, 8 (25 de octubre de 1980): AAS 72 (1980), 1083.
96. Cfr. Pablo VI, Cart. Enc. Humanae vitae, 28: AAS 60 (1968),
501.
97. Cfr. Juan Pablo II, Discurso a los Delegados del «Centre
de Liaison des Equipes de Recherche», 9 (3 de noviembre de
1979): Insegnamenti di Giovanni Paolo II, II, 2 (1979), 1035, cfr.
también Discurso a los Participantes en el Congreso
Internacional de la Familia de Africa y de Europa, 1 s. (15 de enero
de 1981): L'Osservatore Romano en lengua española, 1 de
febrero de 1981.
98. Cart Enc. Humanae vitae, 25: AAS 60 (1968), 499.
99. Decl. sobre la educación cristiana de la juventud
Gravissimum educationis, 3.
100. Conc Ecum. Vat II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 35.
101. Santo Tomás de Aquino, Summa contra gentiles, IV, 58.
102.Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. sobre la educación
cristiana de la juventud Gravissimum educationis, 2.
103. Exhort. Ap. Evangelii nuntiandi, 71: AAS 68 (1976), 60 s.
104. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. sobre la educación
cristiana de la juventud Gravissimum educationis, 3.
105. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre el apostolado de los
seglares Apostolicam actuositatem, 11.
106. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 52.
107. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre el apostolado de los
seglares Apostolicam actuositatem, 11.
108. Rom 12, 13.
109. Mt 10, 42.
110. Cfr. Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual
Gaudium et spes, 30.
111. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. sobre la libertad religiosa
Dignitatis humanae, 5.
112. Cfr. Propositio 42.
113. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia
Lumen gentium, 31.
114. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia
Lumen gentium, 11; Decr. sobre el apostolado de los seglares
Apostolicam actuositatem, 11; Juan Pablo II, Homilía para la
apertura del VI Sínodo de los Obispos, 3 (26 de septiembre de
1980): AAS 72 (1980), 1008.
115. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia
Lumen gentium, 11.
116. Cfr. Ibid., 41.
117. Act 4, 32
118. Cfr. Pablo VI, Cart. Enc. Humanae vitae, 9: AAS 60 (1968),
486 s.
119. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 48.
120. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la
divina revelación Dei Verbum, 1.
121. Cfr. Rom 16, 26.
122. Cfr. Pablo VI, Cart. Enc. Humanae vitae, 25: AAS 60 (1968),
498.
123. Exhort. Ap. Evangelii nuntiandi, 71: AAS 68 (1976), 60 s.
124. Cfr. Discurso a la III Asamblea General de los Obispos de
América Latina, IV, a (28 de enero de 1979): AAS 71 (1979),
204.
125. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia
Lumen gentium, 35.
126. Juan Pablo II, Exhort. Ap. Catechesi tradendae, 68: AAS 71
(1979), 1334.
127. Cfr. Ibid., 36: l.c., 1308.
128. Cfr. 1 Cor 12, 4-6; Ef 4, 12 s.
129. Mc 16, 15.
130. Cfr. Conc Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la
Iglesia Lumen gentium, 11.
131. Act 1, 8.
132. Cfr. 1 Pe 3, 1 s.
133. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la
Iglesia Lumen gentium, 35; Decr. sobre el apostolado de los seglares
Apostolicam actuositatem, 11.
134. Cfr. Act 18; Rom 16, 3 s.
135. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre la actividad misionera
de la Iglesia Ad gentes, 39.
136. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre el apostolado de los
seglares Apostolicam actuositatem, 30.
137. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la
Iglesia Lumen gentium, 10.
138. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 49.
139. Ibid., 48.
140. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la
Iglesia Lumen gentium, 41.
141. Conc. Ecum. Vat. lI, Const. sobre la sagrada liturgia
Sacrosanctum Concilium, 59.
142. Cfr. 1 Pe 2, 5; Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática
sobre la Iglesia Lumen gentium, 34.
143. Conc Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia
Lumen gentium, 34.
144. Const. sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium, 78.
145. Cfr. Jn 19, 34.
146. N. 25: AAS 60 (1968), 499.
147. Ef 2, 4.
148. Cfr. Juan Pablo II, Cart. Encíclica Dives in
misericordia, 13: AAS 72 (1980), 1218 s.
149. 1 Pe 2, 5.
150. Mt 18, 19 s.
151. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. sobre la educación
cristiana de la juventud Gravissimum educationis, 3; cfr. Juan Pablo
II, Exhort. Ap. Catechesi tradendae, 36: AAS 71 (1979), 1308.
152. Discurso en la Audiencia general (11 de agosto de 1976):
Insegnamenti di Paolo VI, XIV (1976), 640.
153. Cfr. Const. sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium,
12.
154. Cfr. Institutio Generalis de Liturgia Horarum, 27.
155. Pablo VI, Exhort. Ap. Marialis cultus, 52-54: AAS 66 (1974),
160 s.
156. Juan Pablo II, Discurso en el Santuario de la Mentorella (29
de octubre de 1978): Insegnamenti di Giovanni Paolo II, I (1978), 78
s.
157. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre el apostolado de los
seglares Apostolicam actuositatem, 4.
158. Cfr. Juan Pablo I, Discurso a los Obispos de la XII Región
Pastoral de los Estados Unidos de América (21 de septiembre de
1978): AAS 70 (1978), 767.
159. Rom 8, 2.
160. Ibid., 5, 5.
161. Cfr. Mc 10, 45.
162. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia
Lumen gentium, 36.
163. Decr. sobre el apostolado de los seglares Apostolicam
actuositatem, 8.
164. Cfr. Mensaje del VI Sínodo de los Obispos a las
familias cristianas en el mundo contemporáneo, 12:
L'Osservatore Romano en lengua española (26 de octubre de
1980).
165. Cfr. Juan Pablo II, Discurso a la III Asamblea General de los
Obispos de América Latina, IV a (28 de enero de 1979): AAS 71
(1979), 204.
166. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. sobre la sagrada liturgia
Sacrosanctum Concilium, 10.
167. Cfr. Ordo celebrandi matrimonium, 17.
168. Cfr. Conc. Ecum Vat. II, Const. sobre la sagrada liturgia
Sacrosanctum Concilium, 59.
169. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre la adecuada renovación
de la vida religiosa Perfectae caritatis, 12.
170. N. 3-4 (29 de noviembre del 1980): Insegnamenti di Giovanni
Paolo II, III, 2 (1980), 1453 s.
171. Pablo VI, Mensaje para la III Jornada de las Comunicaciones
Sociales (7 de abril de 1969): AAS 61 (1969), 455.
172. Juan Pablo II, Mensaje para la XIV Jornada Mundial de las
Comunicaciones Sociales (1 de mayo del 1980): Insegnamenti di
Giovanni Paolo II, III, I (1980), 1042.
173. Juan Pablo II, Mensaje para la XV Jornada Mundial de las
Comunicaciones Sociales, 5: L'Osservatore Romano en lengua española,
31 de mayo de 1981.
174. Ibid.
175. Pablo VI, Mensaje para la III Jornada de las Comunicaciones
Sociales: AAS 61 (1969), 456.
176. Ibid.
177. Mensaje para la XIV Jornada Mundial de las Comunicaciones
Sociales: Insegnamenti di Giovanni Paolo II, III, 1 (1980), 1044.
178. Cfr. Pablo VI, Motu Proprio Matrimonia mixta, 4-5: AAS 62
(1970), 257 ss. Juan Pablo II, Discurso a los participantes en la
reunión plenaria del Secretariado para la Unión de los
Cristianos (13 noviembre de 1981): L'Osservatore Romano (14 de
noviembre de 1981).
179. Instr. In quibus rerum circumstantiis (15 de junio de 1972):
AAS 64 (1972), 518-525; Nota del 17 de octubre de 1973: AAS 65
(1973), 616-619.
180. Juan Pablo II, Homilía para la clausura dd VI Sínodo
de los Obispos, 7 (25 de octubre de 1980): AAS 72 (1980), 1082.
181. Cfr. Mt 11, 28.
182. Juan Pablo II, Carta Appropinquat iam, 1 (15 de agosto de
1980): AAS 72 (1980), 791.
183. Prefacio de la Misa de la Solemnidad de Jesucristo, Rey del
Universo.