La Inmaculada Concepción de la Virgen María
María Inmaculada, redimida por preservación del pecado
Catequesis de Juan Pablo II (5-VI-96)
1. La doctrina de la santidad perfecta de María desde el
primer instante de su concepción encontró cierta
resistencia en Occidente, y eso se debió a la consideración
de las afirmaciones de san Pablo sobre el pecado original y sobre la
universalidad del pecado, recogidas y expuestas con especial vigor
por san Agustín.
El gran doctor de la Iglesia se daba cuenta, sin duda, de que la
condición de María, madre de un Hijo completamente
santo, exigía una pureza total y una santidad extraordinaria.
Por esto, en la controversia con Pelagio, declaraba que la santidad
de María constituye un don excepcional de gracia, y afirmaba a
este respecto: «Exceptuando a la santa Virgen María,
acerca de la cual, por el honor debido a nuestro Señor, cuando
se trata de pecados, no quiero mover absolutamente ninguna cuestión,
porque sabemos que a ella le fue conferida más gracia para
vencer por todos sus flancos al pecado, pues mereció concebir
y dar a luz al que nos consta que no tuvo pecado alguno» (De
natura et gratia, 42).
San Agustín reafirmó la santidad perfecta de María
y la ausencia en ella de todo pecado personal a causa de la excelsa
dignidad de Madre del Señor. Con todo, no logró
entender cómo la afirmación de una ausencia total de
pecado en el momento de la concepción podía conciliarse
con la doctrina de la universalidad del pecado original y de la
necesidad de la redención para todos los descendientes de
Adán. A esa consecuencia llegó, luego, la inteligencia
cada vez más penetrante de la fe de la Iglesia, aclarando cómo
se benefició María de la gracia redentora de Cristo ya
desde su concepción.
2. En el siglo IX se introdujo también en Occidente la
fiesta de la Concepción de María, primero en el sur de
Italia, en Nápoles, y luego en Inglaterra.
Hacia el año 1128, un monje de Cantorbery, Eadmero,
escribiendo el primer tratado sobre la Inmaculada Concepción,
lamentaba que la relativa celebración litúrgica, grata
sobre todo a aquellos «en los que se encontraba una pura
sencillez y una devoción más humilde a Dios»
(Tract. de conc. B.M.V., 1-2), había sido olvidada o
suprimida. Deseando promover la restauración de la fiesta, el
piadoso monje rechaza la objeción de san Agustín contra
el privilegio de la Inmaculada Concepción, fundada en la
doctrina de la transmisión del pecado original en la
generación humana. Recurre oportunamente a la imagen de la
castaña «que es concebida, alimentada y formada bajo las
espinas, pero que a pesar de eso queda al resguardo de sus pinchazos»
(ib., 10). Incluso bajo las espinas de una generación que de
por sí debería transmitir el pecado original -argumenta
Eadmero-, María permaneció libre de toda mancha, por
voluntad explícita de Dios que «lo pudo, evidentemente,
y lo quiso. Así pues, si lo quiso, lo hizo» (ib.).
A pesar de Eadmero, los grandes teólogos del siglo XIII
hicieron suyas las dificultades de san Agustín, argumentando
así: la redención obrada por Cristo no sería
universal si la condición de pecado no fuese común a
todos los seres humanos. Y si María no hubiera contraído
la culpa original, no hubiera podido ser rescatada. En efecto, la
redención consiste en librar a quien se encuentra en estado de
pecado.
3. Duns Escoto, siguiendo a algunos teólogos del siglo XII,
brindó la clave para superar estas objeciones contra la
doctrina de la Inmaculada Concepción de María. Sostuvo
que Cristo, el mediador perfecto, realizó precisamente en
María el acto de mediación más excelso,
preservándola del pecado original.
De ese modo, introdujo en la teología el concepto de
redención preservadora, según la cual María fue
redimida de modo aún más admirable: no por liberación
del pecado, sino por preservación del pecado.
La intuición del beato Juan Duns Escoto, llamado a
continuación el «doctor de la Inmaculada», obtuvo,
ya desde el inicio del siglo XIV, una buena acogida por parte de los
teólogos, sobre todo franciscanos. Después de que el
Papa Sixto IV aprobara, en 1477, la misa de la Concepción, esa
doctrina fue cada vez más aceptada en las escuelas teológicas.
Ese providencial desarrollo de la liturgia y de la doctrina
preparó la definición del privilegio mariano por parte
del Magisterio supremo. Ésta tuvo lugar sólo después
de muchos siglos, bajo el impulso de una intuición de fe
fundamental: la Madre de Cristo debía ser perfectamente santa
desde el origen de su vida.
4. La afirmación del excepcional privilegio concedido a
María pone claramente de manifiesto que la acción
redentora de Cristo no sólo libera, sino también
preserva del pecado. Esa dimensión de preservación, que
es total en María, se halla presente en la intervención
redentora a través de la cual Cristo, liberando del pecado, da
al hombre también la gracia y la fuerza para vencer su influjo
en su existencia.
De ese modo, el dogma de la Inmaculada Concepción de María
no ofusca, sino que más bien contribuye admirablemente a poner
mejor de relieve los efectos de la gracia redentora de Cristo en la
naturaleza humana.
A María, primera redimida por Cristo, que tuvo el
privilegio de no quedar sometida ni siquiera por un instante al poder
del mal y del pecado, miran los cristianos como al modelo perfecto y
a la imagen de la santidad (cf. Lumen gentium, 65) que están
llamados a alcanzar, con la ayuda de la gracia del Señor, en
su vida.
L'Osservatore Romano, edición semanal en
lengua española, del 7-VI-96]
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