EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
POSTSINODAL
PASTORES
DABO VOBIS
DE SU SANTIDAD
JUAN PABLO II
AL EPISCOPADO
AL
CLERO Y A LOS FIELES
SOBRE LA FORMACIÓN DE LOS
SACERDOTES
EN LA SITUACIÓN ACTUAL
INTRODUCCIÓN
1. «Os daré pastores según mi corazón»
(Jer 3, 15).
Con estas palabras del profeta Jeremías Dios promete a su
pueblo no dejarlo nunca privado de pastores que lo congreguen y lo
guíen: «Pondré al frente de ellas (o sea, de mis
ovejas) Pastores que las apacienten, y nunca más estarán
medrosas ni asustadas» (Jer 23, 4).
La Iglesia, Pueblo de Dios, experimenta siempre el cumplimiento de
este anuncio profético y, con alegría, da continuamente
gracias al Señor. Sabe que Jesucristo mismo es el cumplimiento
vivo, supremo y definitivo de la promesa de Dios: «Yo soy el
buen Pastor» (Jn 10, 11). Él, «el gran Pastor de
las ovejas» (Heb 13, 20), encomienda a los apóstoles y a
sus sucesores el ministerio de apacentar la grey de Dios (cf. Jn 21,
15ss.; 1 Pe 5, 2).
Concretamente, sin sacerdotes la Iglesia no podría vivir
aquella obediencia fundamental que se sitúa en el centro mismo
de su existencia y de su misión en la historia, esto es, la
obediencia al mandato de Jesús «Id, pues, y haced
discípulos a todas las gentes» (Mt 28, 19) y «Haced
esto en conmemoración mía» (Lc 22, 19; cf. 1 Cor
11, 24), o sea, el mandato de anunciar el Evangelio y de renovar cada
día el sacrificio de su cuerpo entregado y de su sangre
derramada por la vida del mundo.
Sabemos por la fe que la promesa del Señor no puede fallar.
Precisamente esta promesa es la razón y fuerza que infunde
alegría a la Iglesia ante el florecimiento y aumento de las
vocaciones sacerdotales, que hoy se da en algunas partes del mundo; y
representa también el fundamento y estímulo para un
acto de fe más grande y de esperanza más viva, ante la
grave escasez de sacerdotes que afecta a otras partes del mundo.
Todos estamos llamados a compartir la confianza en el cumplimiento
ininterrumpido de la promesa de Dios, que los Padres sinodales han
querido testimoniar de un modo claro y decidido: «El Sínodo,
con plena confianza en la promesa de Cristo, que ha dicho: 'He aquí
que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del
mundo' (Mt 28, 20), y consciente de la acción constante del
Espíritu Santo en la Iglesia, cree firmemente que nunca
faltarán del todo los ministros sagrados en la Iglesia...
Aunque en algunas regiones haya escasez de clero, sin embargo la
acción del Padre, que suscita las vocaciones, nunca cesará
en la Iglesia».(1)
Como he dicho en la clausura del Sínodo, ante la crisis de
las vocaciones sacerdotales, «la primera respuesta que la
Iglesia da, consiste en un acto de confianza total en el Espíritu
Santo. Estamos profundamente convencidos de que esta entrega confiada
no será defraudada, si, por nuestra parte, nos mantenemos
fieles a la gracia recibida».(2)
2. ¡Permanecer fieles a la gracia recibida! En efecto, el
don de Dios no anula la libertad del hombre, sino que la promueve, la
desarrolla y la exige.
Por esto, la confianza total en la incondicional fidelidad de Dios
a su promesa va unida en la Iglesia a la grave responsabilidad de
cooperar con la acción de Dios que llama y, a la vez,
contribuir a crear y mantener las condiciones en las cuales la buena
semilla, sembrada por Dios, pueda echar raíces y dar frutos
abundantes. La Iglesia no puede dejar jamás de rogar al dueño
de la mies que envíe obreros a su mies (cf. Mt 9, 38) ni de
dirigir a las nuevas generaciones una nítida y valiente
propuesta vocacional, ayudándoles a discernir la verdad de la
llamada de Dios para que respondan a ella con generosidad; ni puede
dejar de dedicar un cuidado especial a la formación de los
candidatos al presbiterado.
En realidad, la formación de los futuros sacerdotes, tanto
diocesanos como religiosos, y la atención asidua, llevada a
cabo durante toda la vida, con miras a su santificación
personal en el ministerio y mediante la actualización
constante de su dedicación pastoral lo considera la Iglesia
como una de las tareas de máxima importancia para el futuro de
la evangelización de la humanidad.
Esta tarea formativa de la Iglesia continúa en el tiempo la
acción de Cristo, que el evangelista Marcos indica con estas
palabras: «Subió al monte y llamó a los que él
quiso; y vinieron donde él. Instituyó Doce, para que
estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de
expulsar los demonios» (Mc 3, 13-15).
Se puede afirmar que la Iglesia —aunque con intensidad y
modalidades diversas— ha vivido continuamente en su historia
esta página del Evangelio, mediante la labor formativa
dedicada a los candidatos al presbiterado y a los sacerdotes mismos.
Pero hoy la Iglesia se siente llamada a revivir con un nuevo esfuerzo
lo que el Maestro hizo con sus apóstoles, ya que se siente
apremiada por las profundas y rápidas transformaciones de la
sociedad y de las culturas de nuestro tiempo así como por la
multiplicidad y diversidad de contextos en los que anuncia y da
testimonio del Evangelio; también por el favorable aumento de
las vocaciones sacerdotales en diversas diócesis del mundo;
por la urgencia de una nueva verificación de los contenidos y
métodos de la formación sacerdotal; por la preocupación
de los Obispos y de sus comunidades a causa de la persistente escasez
de clero; y por la absoluta necesidad de que la nueva evangelización
tenga en los sacerdotes sus primeros «nuevos evangelizadores».
Precisamente en este contexto histórico y cultural se ha
situado la última Asamblea general ordinaria del Sínodo
de los Obispos, dedicada a «la formación de los
sacerdotes en la situación actual», con la intención,
después de veinticinco años de la clausura del
Concilio, de poner en práctica la doctrina conciliar sobre
este tema y hacerla más actual e incisiva en las
circunstancias actuales».(3)
3. En línea con el Concilio Vaticano II acerca del Orden de
los presbíteros y su formación,(4) y deseando aplicar
concretamente a las diversas situaciones esa rica y probada doctrina,
la Iglesia ha afrontado en muchas ocasiones los problemas de la vida,
ministerio y formación de los sacerdotes.
Las ocasiones más solemnes han sido los Sínodos de
los Obispos. Ya en la primera Asamblea general, celebrada en octubre
de 1967, el Sínodo dedicó cinco congregaciones
generales al tema de la renovación de los seminarios. Este
trabajo dio un impulso decisivo a la elaboración del documento
de la Congregación para la Educación Católica
titulado «Normas fundamentales para la formación
sacerdotal».(5)
La segunda Asamblea general ordinaria de 1971 dedicó la
mitad de sus trabajos al sacerdocio ministerial. Los frutos de este
largo estudio sinodal, recogidos y condensados en algunas
«recomendaciones», sometidas a mi predecesor el Papa
Pablo VI y leídas en la apertura del Sínodo de 1974, se
referían principalmente a la doctrina sobre el sacerdocio
ministerial y a algunos aspectos de la espiritualidad y del
ministerio sacerdotal.
También en otras muchas ocasiones el Magisterio de la
Iglesia ha seguido manifestando su solicitud por la vida y el
ministerio de los sacerdotes. Se puede decir que en los años
posconciliares no ha habido ninguna intervención magisterial
que, en alguna medida, no se haya referido, de modo explícito
o implícito, al significado de la presencia de los sacerdotes
en la comunidad, a su misión y su necesidad en la Iglesia y
para la vida del mundo.
En estos últimos años y desde varias partes se ha
insistido en la necesidad de volver sobre el tema del sacerdocio,
afrontándolo desde un punto de vista relativamente nuevo y más
adecuado a las presentes circunstancias eclesiales y culturales. La
atención ha sido puesta no tanto en el problema de la
identidad del sacerdote cuanto en problemas relacionados con el
itinerario formativo para el sacerdocio y con el estilo de vida de
los sacerdotes. En realidad, las nuevas generaciones de los que son
llamados al sacerdocio ministerial presentan características
bastante distintas respecto a las de sus inmediatos predecesores y
viven en un mundo que en muchos aspectos es nuevo y que está
en continua y rápida evolución. Todo esto debe ser
tenido en cuenta en la programación y realización de
los planes de formación para el sacerdocio ministerial.
Además, los sacerdotes que están ya en el ejercicio
de su ministerio, parece que hoy sufren una excesiva dispersión
en las crecientes actividades pastorales y, frente a la problemática
de la sociedad y de la cultura contemporánea, se sienten
impulsados a replantearse su estilo de vida y las prioridades de los
trabajos pastorales, a la vez que notan, cada vez más, la
necesidad de una formación permanente.
Por ello, la atención y las reflexiones del Sínodo
de los Obispos de 1990 se ha centrado en el aumento de las vocaciones
para el presbiterado; en la formación básica para que
los candidatos conozcan y sigan a Jesús, preparándose a
celebrar y vivir el sacramento del Orden que los configura con
Cristo, Cabeza y Pastor, Siervo y Esposo de la Iglesia; en el estudio
específico de los programas de formación permanente,
capaces de sostener, de una manera real y eficaz, el ministerio y
vida espiritual de los sacerdotes.
El mismo Sínodo quería responder también a
una petición hecha por el Sínodo anterior, que trató
sobre la vocación y misión de los laicos en la Iglesia
y en el mundo. Los mismos laicos habían pedido la dedicación
de los sacerdotes a su formación, para ser ayudados
oportunamente en el cumplimiento de su común misión
eclesial. Y en realidad, «cuanto más se desarrolla el
apostolado de los laicos, tanto más fuertemente se percibe la
necesidad de contar con sacerdotes bien formados, sacerdotes santos.
De esta manera, la vida misma del pueblo de Dios pone de manifiesto
la enseñanza del Concilio Vaticano II sobre la relación
entre sacerdocio común y sacerdocio ministerial o jerárquico,
pues en el misterio de la Iglesia la jerarquía tiene un
carácter ministerial (cf. Lumen gentium, 10). Cuanto más
se profundiza el sentido de la vocación propia de los laicos,
más se evidencia lo que es propio del sacerdocio».(6)
4. En la experiencia eclesial típica del Sínodo,
aquella «singular experiencia de comunión episcopal en
la universalidad, que refuerza el sentido de la Iglesia universal, la
responsabilidad de los Obispos en relación con la Iglesia
universal y su misión, en comunión afectiva y efectiva
en torno a Pedro»,(7) se ha dejado oír claramente la voz
de las diversas Iglesias particulares, y en este Sínodo, por
vez primera, la de algunas Iglesias del Este. Las Iglesias han
proclamado su fe en el cumplimiento de la promesa de Dios: «Os
daré Pastores según mi corazón» (Jer 3,
15), y han renovado su compromiso pastoral por la atención a
las vocaciones y por la formación de los sacerdotes, con el
convencimiento de que de ello depende el futuro de la Iglesia, su
desarrollo y su misión universal de salvación.
Considerando ahora el rico patrimonio de las reflexiones,
orientaciones e indicaciones que han preparado y acompañado
los trabajos de los Padres sinodales, uno a la de ellos mi voz de
Obispo de Roma y Sucesor de Pedro, con esta Exhortación
Apostólica postsinodal; y la dirijo al corazón de todos
los fieles y de cada uno de ellos, en particular al corazón de
los sacerdotes y de cuantos están dedicados al delicado
ministerio de su formación. Con esta Exhortación
Apostólica deseo salir al encuentro y unirme a todos y cada
uno de los sacerdotes, tanto diocesanos como religiosos.
Con la voz y el corazón de los Padres sinodales hago mías
las palabras y los sentimientos del «Mensaje final del Sínodo
al Pueblo de Dios»: «Con ánimo agradecido y lleno
de admiración nos dirigimos a vosotros, que sois nuestros
primeros cooperadores en el servicio apostólico. Vuestra tarea
en la Iglesia es verdaderamente necesaria e insustituible. Vosotros
lleváis el peso del ministerio sacerdotal y mantenéis
el contacto diario con los fieles. Vosotros sois los ministros de la
Eucaristía, los dispensadores de la misericordia divina en el
Sacramento de la Penitencia, los consoladores de las almas, los guías
de todos los fieles en las tempestuosas dificultades de la vida».
«Os saludamos con todo el corazón, os expresamos
nuestra gratitud y os exhortamos a perseverar en este camino con
ánimo alegre y decidido. No cedáis al desaliento.
Nuestra obra no es nuestra, sino de Dios».
«El que nos ha llamado y nos ha enviado sigue junto a
nosotros todos los días de nuestra vida, ya que nosotros
actuamos por mandato de Cristo».(8)
CAPÍTULO I
TOMADO DE ENTRE LOS HOMBRES
La formación sacerdotal ante
los desafíos del final del segundo milenio
El sacerdote en su tiempo
5. «Todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y
está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a
Dios» (Heb 5, 1).
La Carta a los Hebreos subraya claramente la «humanidad»
del ministro de Dios: pues procede de los hombres y está al
servicio de los hombres, imitando a Jesucristo, «probado en
todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Heb 4, 15).
Dios llama siempre a sus sacerdotes desde determinados contextos
humanos y eclesiales, que inevitablemente los caracterizan y a los
cuales son enviados para el servicio del Evangelio de Cristo.
Por eso el Sínodo ha estudiado el tema de los sacerdotes en
su contexto actual, situándolo en el hoy de la sociedad y de
la Iglesia y abriéndolo a las perspectivas del tercer milenio,
como se deduce claramente de la misma formulación del tema:
«La formación de los sacerdotes en la situación
actual».
Ciertamente «hay una fisonomía esencial del sacerdote
que no cambia: en efecto, el sacerdote de mañana, no menos que
el de hoy, deberá asemejarse a Cristo. Cuando vivía en
la tierra, Jesús reflejó en sí mismo el rostro
definitivo del presbítero, realizando un sacerdocio
ministerial del que los apóstoles fueron los primeros
investidos y que está destinado a durar, a continuarse
incesantemente en todos los períodos de la historia. El
presbítero del tercer milenio será, en este sentido, el
continuador de los presbíteros que, en los milenios
precedentes, han animado la vida de la Iglesia. También en el
dos mil la vocación sacerdotal continuará siendo la
llamada a vivir el único y permanente sacerdocio de
Cristo».(9) Pero ciertamente la vida y el ministerio del
sacerdote deben también «adaptarse a cada época y
a cada ambiente de vida... Por ello, por nuestra parte debemos
procurar abrirnos, en la medida de lo posible, a la iluminación
superior del Espíritu Santo, para descubrir las orientaciones
de la sociedad moderna, reconocer las necesidades espirituales más
profundas, determinar las tareas concretas más importantes,
los métodos pastorales que habrá que adoptar, y así
responder de manera adecuada a las esperanzas humanas».(10)
Por ser necesario conjugar la verdad permanente del ministerio
presbiteral con las instancias y características del hoy, los
Padres sinodales han tratado de responder a algunas preguntas
urgentes: ¿qué problemas y, al mismo tiempo, qué
estímulos positivos suscita el actual contexto sociocultural y
eclesial en los muchachos, en los adolescentes y en los jóvenes,
que han de madurar un proyecto de vida sacerdotal para toda su
existencia?, ¿qué dificultades y qué nuevas
posibilidades ofrece nuestro tiempo para el ejercicio de un
ministerio sacerdotal coherente con el don del Sacramento recibido y
con la exigencia de una vida espiritual correspondiente?
Presento ahora algunos elementos del análisis de la
situación que los Padres sinodales han desarrollado,
conscientes de que la gran variedad de circunstancias socioculturales
y eclesiales presentes en los diversos países aconseja señalar
sólo los fenómenos más profundos y extendidos,
particularmente aquellos que se refieren a los problemas educativos y
a la formación sacerdotal.
El Evangelio hoy: esperanzas y obstáculos
6. Múltiples factores parecen favorecer en los hombres de
hoy una conciencia más madura de la dignidad de la persona y
una nueva apertura a los valores religiosos, al Evangelio y al
ministerio sacerdotal.
En la sociedad encontramos, a pesar de tantas contradicciones, una
sed de justicia y de paz muy difundida e intensa; una conciencia más
viva del cuidado del hombre por la creación y por el respeto a
la naturaleza; una búsqueda más abierta de la verdad y
de la tutela de la dignidad humana; el compromiso creciente, en
muchas zonas de la población mundial, por una solidaridad
internacional más concreta y por un nuevo orden mundial, en la
libertad y en la justicia. Junto al desarrollo cada vez mayor del
potencial de energías ofrecido por las ciencias y las
técnicas, y la difusión de la información y de
la cultura, surge también una nueva pregunta ética; la
pregunta sobre el sentido, es decir, sobre una escala objetiva de
valores que permita establecer las posibilidades y los límites
del progreso.
En el campo más propiamente religioso y cristiano, caen
prejuicios ideológicos y cerrazones violentas al anuncio de
los valores espirituales y religiosos, mientras surgen nuevas e
inesperadas posibilidades para la evangelización y la
renovación de la vida eclesial en muchas partes del mundo.
Tiene lugar así una creciente difusión del conocimiento
de las Sagradas Escrituras; una nueva vitalidad y fuerza expansiva de
muchas Iglesias jóvenes, con un papel cada vez más
relevante en la defensa y promoción de los valores de la
persona y de la vida humana; un espléndido testimonio del
martirio por parte de las Iglesias del Centro y Este europeo, como
también un testimonio de la fidelidad y firmeza de otras
Iglesias que todavía están sometidas a persecuciones y
tribulaciones por la fe.(11)
El deseo de Dios y de una relación viva y significativa con
Él se presenta hoy tan intenso, que favorecen, allí
donde falta el auténtico e íntegro anuncio del
Evangelio de Jesús, la difusión de formas de
religiosidad sin Dios y de múltiples sectas. Su expansión,
incluso en algunos ambientes tradicionalmente cristianos, es
ciertamente para todos los hijos de la Iglesia, y para los sacerdotes
en particular, un motivo constante de examen de conciencia sobre la
credibilidad de su testimonio del Evangelio, pero es también
signo de cuán profunda y difundida está la búsqueda
de Dios.
7. Pero con estos y otros factores positivos están
relacionados muchos elementos problemáticos o negativos.
Todavía está muy difundido el racionalismo que, en
nombre de una concepción reductiva de «ciencia»,
hace insensible la razón humana al encuentro con la Revelación
y con la trascendencia divina.
Hay que constatar también una defensa exacerbada de la
subjetividad de la persona, que tiende a encerrarla en el
individualismo incapaz de relaciones humanas auténticas. De
este modo, muchos, principalmente muchachos y jóvenes, buscan
compensar esta soledad con sucedáneos de varias clases, con
formas más o menos agudas de hedonismo, de huida de las
responsabilidades; prisioneros del instante fugaz, intentan
«consumir» experiencias individuales lo más
intensas posibles y gratificantes en el plano de las emociones y de
las sensaciones inmediatas, pero se muestran indiferentes y como
paralizados ante la oferta de un proyecto de vida que incluya una
dimensión espiritual y religiosa y un compromiso de
solidaridad.
Además, se extiende por todo el mundo —incluso
después de la caída de las ideologías que habían
hecho del materialismo un dogma y del rechazo de la religión
un programa— una especie de ateísmo práctico y
existencial, que coincide con una visión secularizada de la
vida y del destino del hombre. Este hombre «enteramente lleno
de sí, este hombre que no sólo se pone como centro de
todo su interés, sino que se atreve a llamarse principio y
razón de toda realidad»,(12) se encuentra cada vez más
empobrecido de aquel «suplemento de alma» que le es tanto
más necesario cuanto más una gran disponibilidad de
bienes materiales y de recursos lo hace creer falsamente
autosuficiente. Ya no hay necesidad de combatir a Dios; se piensa que
basta simplemente con prescindir de Él.
En este contexto hay que destacar en particular la disgregación
de la realidad familiar y el oscurecimiento o tergiversación
del verdadero significado de la sexualidad humana. Son fenómenos
que influyen, de modo muy negativo, en la educación de los
jóvenes y en su disponibilidad para toda vocación
religiosa. Igualmente debe tenerse en cuenta el agravarse de las
injusticias sociales y la concentración de la riqueza en manos
de pocos, como fruto de un capitalismo inhumano,(13) que hace cada
vez mayor la distancia entre pueblos ricos y pueblos pobres; de esta
manera se crean en la convivencia humana tensiones e inquietudes que
perturban profundamente la vida de las personas y de las comunidades.
Incluso en el campo eclesial se dan fenómenos preocupantes
y negativos, que influyen directamente en la vida y el ministerio de
los sacerdotes, como la ignorancia religiosa que persiste en muchos
creyentes; la escasa incidencia de la catequesis, sofocada por los
mensajes más difundidos y persuasivos de los medios de
comunicación de masas; el mal entendido pluralismo teológico,
cultural y pastoral que, aun partiendo a veces de buenas intenciones,
termina por hacer difícil el diálogo ecuménico y
atentar contra la necesaria unidad de la fe; la persistencia de un
sentido de desconfianza y casi de intolerancia hacia el magisterio
jerárquico; las presentaciones unilaterales y reductivas de la
riqueza del mensaje evangélico, que transforman el anuncio y
el testimonio de la fe en un factor exclusivo de liberación
humana y social o en un refugio alienante en la superstición y
en la religiosidad sin Dios.(14)
Un fenómeno de gran relieve, aunque relativamente reciente
en muchos países de antigua tradición cristiana, es la
presencia en un mismo territorio de consistentes núcleos de
razas y religiones diversas. Se desarrolla así cada vez más
la sociedad multirracial y multirreligiosa. Si, por un lado, esto
puede ser ocasión de un ejercicio más frecuente y
fructuoso del diálogo, de una apertura de mentalidad, de una
experiencia de acogida y de justa tolerancia, por otro lado, puede
ser causa de confusión y relativismo, sobre todo en personas y
poblaciones de una fe menos madura.
A estos factores, y en relación íntima con el
crecimiento del individualismo, hay que añadir el fenómeno
de la concepción subjetiva de la fe. Por parte de un número
creciente de cristianos se da una menor sensibilidad al conjunto
global y objetivo de la doctrina de la fe en favor de una adhesión
subjetiva a lo que agrada, que corresponde a la propia experiencia y
que no afecta a las propias costumbres. Incluso apelar a la
inviolabilidad de la conciencia individual, cosa legítima en
sí misma, no deja de ser, en este contexto, peligrosamente
ambiguo.
De aquí se sigue también el fenómeno de los
modos cada vez más parciales y condicionados de pertenecer a
la Iglesia, que ejercen un influjo negativo sobre el nacimiento de
nuevas vocaciones al sacerdocio, sobre la autoconciencia misma del
sacerdote y su ministerio en la comunidad.
Finalmente, la escasa presencia y disponibilidad de sacerdotes
crea todavía hoy en muchos ambientes eclesiales graves
problemas. Los fieles quedan con frecuencia abandonados durante
largos períodos y sin la adecuada asistencia pastoral; esto
perjudica el crecimiento de su vida cristiana en su conjunto y, más
aún, su capacidad de ser ulteriormente promotores de
evangelización.
Los jóvenes ante la vocación y la formación
sacerdotal
8. Las numerosas contradicciones y posibilidades que presentan
nuestras sociedades y culturas y, al mismo tiempo, las comunidades
eclesiales, son percibidas, vividas y experimentadas con una
intensidad muy particular por el mundo de los jóvenes, con
repercusiones inmediatas y más que nunca incisivas en su
proceso educativo. En este sentido el nacimiento y desarrollo de la
vocación sacerdotal en los niños, adolescentes y
jóvenes encuentran continuamente obstáculos y
estímulos.
Los jóvenes sienten más que nunca el atractivo de la
llamada «sociedad de consumo», que los hace dependientes
y prisioneros de una interpretación individualista,
materialista y hedonista de la existencia humana. El «bienestar»
materialísticamente entendido tiende a imponerse como único
ideal de vida, un bienestar que hay que lograr a cualquier condición
y precio. De aquí el rechazo de todo aquello que sepa a
sacrificio y renuncia al esfuerzo de buscar y vivir los valores
espirituales y religiosos. La «preocupación»
exclusiva por el tener suplanta la primacía del ser, con la
consecuencia de interpretar y de vivir los valores personales e
interpersonales no según la lógica del don y de la
gratuidad, sino según la de la posesión egoísta
y de la instrumentalización del otro.
Esto se refleja, en particular, sobre la visión de la
sexualidad humana, a la que se priva de su dignidad de servicio a la
comunión y a la entrega entre las personas, para quedar
reducida simplemente a un bien de consumo. Así, la experiencia
afectiva de muchos jóvenes no conduce a un crecimiento
armonioso y gozoso de la propia personalidad, que se abre al otro en
el don de sí mismo, sino a una grave involución
psicológica y ética, que no dejará de tener
influencias graves para su porvenir.
En la raíz de estas tendencias se halla, en no pocos
jóvenes, una experiencia desviada de la libertad: lejos de ser
obediencia a la verdad objetiva y universal, la libertad se vive como
un asentimiento ciego a las fuerzas instintivas y a la voluntad de
poder del individuo. Se hacen así, en cierto modo, naturales
en el plano de la mentalidad y del comportamiento el
resquebrajamiento de la aceptación de los principios éticos,
y en el plano religioso —aunque no haya siempre un rechazo de
Dios explícito— una amplia indiferencia y desde luego
una vida que, incluso en sus momentos más significativos y en
las opciones más decisivas, es vivida como si Dios no
existiese. En este contexto se hace difícil no sólo la
realización, sino la misma comprensión del sentido de
una vocación al sacerdocio, que es un testimonio específico
de la primacía del ser sobre el tener; es un reconocimiento
del significado de la vida como don libre y responsable de sí
mismo a los demás, como disponibilidad para ponerse
enteramente al servicio del Evangelio y del Reino de Dios bajo la
particular forma del sacerdocio.
Incluso en el ámbito de la comunidad eclesial, el mundo de
los jóvenes constituye, no pocas veces, un «problema».
En realidad, si en los jóvenes, todavía más que
en los adultos, se dan una fuerte tendencia a la concepción
subjetiva de la fe cristiana y una pertenencia sólo parcial y
condicionada a la vida y a la misión de la Iglesia, cuesta
emprender en la comunidad eclesial, por una serie de razones, una
pastoral juvenil actualizada y entusiasta. Los jóvenes corren
el riesgo de ser abandonados a sí mismos, al arbitrio de su
fragilidad psicológica, insatisfechos y críticos frente
a un mundo de adultos que, no viviendo de forma coherente y madura la
fe, no se presentan ante ellos como modelos creíbles.
Se hace entonces evidente la dificultad de proponer a los jóvenes
una experiencia integral y comprometida de vida cristiana y eclesial,
y de educarlos para la misma. De esta manera, la perspectiva de la
vocación al sacerdocio queda lejana a los intereses concretos
y vivos de los jóvenes.
9. Sin embargo, no faltan situaciones y estímulos
positivos, que suscitan y alimentan en el corazón de los
adolescentes y jóvenes una nueva disponibilidad, así
como una verdadera y propia búsqueda de valores éticos
y espirituales, que por su naturaleza ofrecen terreno propicio para
un camino vocacional a la entrega total de sí mismos a Cristo
y a la Iglesia en el sacerdocio.
Hay que decir, antes que nada, que se han atenuado algunos
fenómenos que en un pasado reciente habían provocado no
pocos problemas, como la contestación radical, los movimientos
libertarios, las reivindicaciones utópicas, las formas
indiscriminadas de socialización, la violencia.
Hay que reconocer además que también los jóvenes
de hoy, con la fuerza y la ilusión típicas de la edad,
son portadores de los ideales que se abren camino en la historia: la
sed de libertad; el reconocimiento del valor inconmensurable de la
persona; la necesidad de autenticidad y de transparencia; un nuevo
concepto y estilo de reciprocidad en las relaciones entre hombre y
mujer; la búsqueda convencida y apasionada de un mundo más
justo, más solidario, más unido; la apertura y el
diálogo con todos; el compromiso por la paz.
El desarrollo, tan rico y vivaz en tantos jóvenes de
nuestro tiempo, de numerosas y variadas formas de voluntariado
dirigidas a las situaciones más olvidadas y pobres de nuestra
sociedad, representa hoy un recurso educativo particularmente
importante, porque estimula y sostiene a los jóvenes hacia un
estilo de vida más desinteresado, abierto y solidario con los
necesitados. Este estilo de vida puede facilitar la comprensión,
el deseo y la respuesta a una vocación de servicio estable y
total a los demás, incluso en el camino de una plena
consagración a Dios mediante la vida sacerdotal.
La reciente caída de las ideologías, la forma tan
crítica de situarse ante el mundo de los adultos, que no
siempre ofrecen un testimonio de vida entregada a los valores morales
y trascendentes, la misma experiencia de compañeros que buscan
evasiones en la droga y en la violencia, contribuyen a hacer más
aguda e ineludible la pregunta fundamental sobre los valores que son
verdaderamente capaces de dar plenitud de significado a la vida, al
sufrimiento y a la muerte. En muchos jóvenes se hacen más
explícitos el interrogante religioso y la necesidad de vida
espiritual. De ahí el deseo de experiencias "de desierto"
y de oración, el retorno a una lectura más personal y
habitual de la Palabra de Dios, y al estudio de la teología.
Al igual que eran ya activos y protagonistas en el ámbito
del voluntariado social, los jóvenes lo son también
cada vez más en el ámbito de la comunidad eclesial,
sobre todo con la participación en las diversas agrupaciones,
desde las más tradicionales, aunque renovadas, hasta las más
recientes. La experiencia de una Iglesia llamada a la «nueva
evangelización» por su fidelidad al Espíritu que
la anima y por las exigencias del mundo alejado de Cristo pero
necesitado de Él, como también la experiencia de una
Iglesia cada vez más solidaria con el hombre y con los pueblos
en la defensa y en la promoción de la dignidad personal y de
los derechos humanos de todos y cada uno, abren el corazón y
la vida de los jóvenes a ideales muy atrayentes y que exigen
un compromiso, que puede encontrar su realización concreta en
el seguimiento de Cristo y en el sacerdocio.
Es natural que de esta situación humana y eclesial,
caracterizada por una fuerte ambivalencia, no se pueda prescindir de
hecho ni en la pastoral de las vocaciones y en la labor de formación
de los futuros sacerdotes ni tampoco en el ámbito de la vida y
del ministerio de los sacerdotes, así como en el de su
formación permanente. Por ello, si bien se pueden comprender
los diversos tipos de «crisis», que padecen algunos
sacerdotes de hoy en el ejercicio del ministerio, en su vida
espiritual y también en la misma interpretación de la
naturaleza y significado del sacerdocio ministerial, también
hay que constatar, con alegría y esperanza, las nuevas
posibilidades positivas que el momento histórico actual ofrece
a los sacerdotes para el cumplimiento de su misión.
El discernimiento evangélico
10. La compleja situación actual, someramente expuesta
mediante alusiones y a modo de ejemplo, exige no sólo ser
conocida, sino sobre todo interpretada. Únicamente así
se podrá responder de forma adecuada a la pregunta
fundamental: ¿Cómo formar sacerdotes que estén
verdaderamente a la altura de estos tiempos, capaces de evangelizar
al mundo de hoy?(15)
Es importante el conocimiento de la situación. No basta una
simple descripción de los datos; hace falta una investigación
científica con la que se pueda delinear un cuadro exacto de
las circunstancias socioculturales y eclesiales concretas.
Pero es aún más importante la interpretación
de la situación. Ello lo exige la ambivalencia y a veces el
carácter contradictorio que caracterizan las situaciones, las
cuales presentan a la vez dificultades y posibilidades, elementos
negativos y razones de esperanza, obstáculos y aperturas, a
semejanza del campo evangélico en el que han sido sembrados y
«conviven» el trigo y la cizaña (cf.Mt 13, 24ss.).
No siempre es fácil una lectura interpretativa, que sepa
distinguir entre el bien y el mal, entre signos de esperanza y
peligros. En la formación de los sacerdotes no se trata sólo
y simplemente de acoger los factores positivos y constatar
abiertamente los negativos. Se trata de someter los mismos factores
positivos a un cuidadoso discernimiento, para que no se aíslen
el uno del otro ni estén en contraste entre sí,
absolutizándose y oponiéndose recíprocamente. Lo
mismo puede decirse de los factores negativos: no hay que rechazarlos
en bloque y sin distinción, porque en cada uno de ellos puede
esconderse algún valor, que espera ser descubierto y
reconducido a su plena verdad.
Para el creyente, la interpretación de la situación
histórica encuentra el principio cognoscitivo y el criterio de
las opciones de actuación consiguientes en una realidad nueva
y original, a saber, en el discernimiento evangélico; es la
interpretación que nace a la luz y bajo la fuerza del
Evangelio, del Evangelio vivo y personal que es Jesucristo, y con el
don del Espíritu Santo. De ese modo, el discernimiento
evangélico toma de la situación histórica y de
sus vicisitudes y circunstancias no un simple «dato», que
hay que registrar con precisión y frente al cual se puede
permanecer indiferentes o pasivos, sino un «deber», un
reto a la libertad responsable, tanto de la persona individual como
de la comunidad. Es un «reto» vinculado a una «llamada»
que Dios hace oír en una situación histórica
determinada; en ella y por medio de ella Dios llama al creyente; pero
antes aún llama a la Iglesia, para que mediante «el
Evangelio de la vocación y del sacerdocio» exprese su
verdad perenne en las diversas circunstancias de la vida. También
deben aplicarse a la formación de los sacerdotes las palabras
del Concilio Vaticano II: «Es deber permanente de la Iglesia
escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz
del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación,
pueda ella responder a los perennes interrogantes de la humanidad
sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la
mutua relación de ambas. Es necesario por ello conocer y
comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones
y el sesgo dramático que con frecuencia le caracteriza».(16)
Este discernimiento evangélico se funda en la confianza en
el amor de Jesucristo, que siempre e incansablemente cuida de su
Iglesia (cf. Ef 5, 29); Él es el Señor y el Maestro,
piedra angular, centro y fin de toda la historia humana.(17) Este
discernimiento se alimenta a la luz y con la fuerza del Espíritu
Santo, que suscita por todas partes y en toda circunstancia la
obediencia de la fe, el valor gozoso del seguimiento de Jesús,
el don de la sabiduría que lo juzga todo y no es juzgada por
nadie (cf. 1 Cor 2, 15); y se apoya en la fidelidad del Padre a sus
promesas.
De este modo, la Iglesia sabe que puede afrontar las dificultades
y los retos de este nuevo período de la historia sabiendo que
puede asegurar, incluso para el presente y para el futuro, sacerdotes
bien formados, que sean ministros convencidos y fervorosos de la
«nueva evangelización», servidores fieles y
generosos de Jesucristo y de los hombres.
Mas no ocultemos las dificultades. No son pocas, ni leves. Pero
para vencerlas están nuestra esperanza, nuestra fe en el amor
indefectible de Cristo, nuestra certeza de que el ministerio
sacerdotal es insustituible para la vida de la Iglesia y del mundo.
CAPÍTULO II
ME HA UNGIDO Y ME HA ENVIADO
Naturaleza y misión del
sacerdocio ministerial
Mirada al sacerdote
11. «En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él»
(Lc 4, 20). Lo que dice el evangelista san Lucas de quienes estaban
presentes aquel sábado en la sinagoga de Nazaret, escuchando
el comentario que Jesús haría del texto del profeta
Isaías leído por él mismo, puede aplicarse a
todos los cristianos, llamados a reconocer siempre en Jesús de
Nazaret el cumplimiento definitivo del anuncio profético:
«Comenzó, pues, a decirles: Esta Escritura, que acabáis
de oír, se ha cumplido hoy» (Lc 4, 21). Y la «escritura»
era ésta: «El Espíritu del Señor sobre mí,
porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha
enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a
los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año
de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19; cf. Is 61, 1-2). En
efecto, Jesús se presenta a sí mismo como lleno del
Espíritu, «ungido para anunciar a los pobres la Buena
Nueva»; es el Mesías, el Mesías sacerdote,
profeta y rey.
Es éste el rostro de Cristo en el que deben fijarse los
ojos de la fe y del amor de los cristianos. Precisamente a partir de
esta «contemplación» y en relación con ella
los Padres sinodales han reflexionado sobre el problema de la
formación de los sacerdotes en la situación actual.
Este problema sólo puede encontrar respuesta partiendo de una
reflexión previa sobre la meta a la que está dirigido
el proceso formativo, es decir, el sacerdocio ministerial como
participación en la Iglesia del sacerdocio mismo de
Jesucristo. El conocimiento de la naturaleza y misión del
sacerdocio ministerial es el presupuesto irrenunciable, y al mismo
tiempo la guía más segura y el estímulo más
incisivo, para desarrollar en la Iglesia la acción pastoral de
promoción y discernimiento de las vocaciones sacerdotales, y
la de formación de los llamados al ministerio ordenado.
El conocimiento recto y profundo de la naturaleza y misión
del sacerdocio ministerial es el camino que es preciso seguir, y que
el Sínodo ha seguido de hecho, para salir de la crisis sobre
la identidad sacerdotal. «Esta crisis —decía en el
Discurso al final del Sínodo— había nacido en los
años inmediatamente siguientes al Concilio. Se fundaba en una
comprensión errónea, y tal vez hasta intencionadamente
tendenciosa, de la doctrina del magisterio conciliar. Y aquí
está indudablemente una de las causas del gran número
de pérdidas padecidas entonces por la Iglesia, pérdidas
que han afectado gravemente al servicio pastoral y a las vocaciones
al sacerdocio, en particular a las vocaciones misioneras. Es como si
el Sínodo de 1990, redescubriendo toda la profundidad de la
identidad sacerdotal, a través de tantas intervenciones que
hemos escuchado en esta aula, hubiese llegado a infundir la esperanza
después de esas pérdidas dolorosas. Estas
intervenciones han manifestado la conciencia de la ligazón
ontológica específica que une al sacerdote con Cristo,
Sumo Sacerdote y buen Pastor. Esta identidad está en la raíz
de la naturaleza de la formación que debe darse en vista del
sacerdocio y, por tanto, a lo largo de toda la vida sacerdotal. Ésta
era precisamente la finalidad del Sínodo».(18)
Por esto el Sínodo ha creído necesario volver a
recordar, de manera sintética y fundamental, la naturaleza y
misión del sacerdocio ministerial, tal y como la fe de la
Iglesia las ha reconocido a través de los siglos de su
historia y como el Concilio Vaticano II las ha vuelto a presentar a
los hombres de nuestro tiempo.(19)
En la Iglesia misterio, comunión y misión
12. «La identidad sacerdotal —han afirmado los Padres
sinodales—, como toda identidad cristiana, tiene su fuente en
la Santísima Trinidad»,(20) que se revela y se
autocomunica a los hombres en Cristo, constituyendo en Él y
por medio del Espíritu la Iglesia como «el germen y el
principio de ese reino».(21) La Exhortación
Christifideles laici, sintetizando la enseñanza conciliar,
presenta la Iglesia como misterio, comunión y misión:
ella «es misterio porque el amor y la vida del Padre, del Hijo
y del Espíritu Santo son el don absolutamente gratuito que se
ofrece a cuantos han nacido del agua y del Espíritu (cf. Jn 3,
5), llamados a revivir la comunión misma de Dios y a
manifestarla y comunicarla en la historia (misión)».(22)
Es en el misterio de la Iglesia, como misterio de comunión
trinitaria en tensión misionera, donde se manifiesta toda
identidad cristiana y, por tanto, también la identidad
específica del sacerdote y de su ministerio. En efecto, el
presbítero, en virtud de la consagración que recibe con
el sacramento del Orden, es enviado por el Padre, por medio de
Jesucristo, con el cual, como Cabeza y Pastor de su pueblo, se
configura de un modo especial para vivir y actuar con la fuerza del
Espíritu Santo al servicio de la Iglesia y por la salvación
del mundo.(23)
Se puede entender así el aspecto esencialmente relacional
de la identidad del presbítero. Mediante el sacerdocio que
nace de la profundidad del inefable misterio de Dios, o sea, del amor
del Padre, de la gracia de Jesucristo y del don de la unidad del
Espíritu Santo, el presbítero está inserto
sacramentalmente en la comunión con el Obispo y con los otros
presbíteros,(24) para servir al Pueblo de Dios que es la
Iglesia y atraer a todos a Cristo, según la oración del
Señor: «Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has
dado, para que sean uno como nosotros... Como tú, Padre, en mí
y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que
el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 11.21).
Por tanto, no se puede definir la naturaleza y la misión
del sacerdocio ministerial si no es bajo este multiforme y rico
conjunto de relaciones que brotan de la Santísima Trinidad y
se prolongan en la comunión de la Iglesia, como signo e
instrumento, en Cristo, de la unión con Dios y de la unidad de
todo el género humano.(25) Por ello, la eclesiología de
comunión resulta decisiva para descubrir la identidad del
presbítero, su dignidad original, su vocación y su
misión en el Pueblo de Dios y en el mundo. La referencia a la
Iglesia es pues necesaria, aunque no prioritaria, en la definición
de la identidad del presbítero. En efecto, en cuanto misterio
la Iglesia está esencialmente relacionada con Jesucristo: es
su plenitud, su cuerpo, su esposa. Es el «signo» y el
«memorial» vivo de su presencia permanente y de su acción
entre nosotros y para nosotros. El presbítero encuentra la
plena verdad de su identidad en ser una derivación, una
participación específica y una continuación del
mismo Cristo, sumo y eterno sacerdote de la nueva y eterna Alianza:
es una imagen viva y transparente de Cristo sacerdote. El sacerdocio
de Cristo, expresión de su absoluta «novedad» en
la historia de la salvación, constituye la única fuente
y el paradigma insustituible del sacerdocio del cristiano y, en
particular, del presbítero. La referencia a Cristo es, pues,
la clave absolutamente necesaria para la comprensión de las
realidades sacerdotales.
Relación fundamental con Cristo, Cabeza y Pastor
13. Jesucristo ha manifestado en sí mismo el rostro
perfecto y definitivo del sacerdocio de la nueva Alianza.(26) Esto lo
ha hecho en su vida terrena, pero sobre todo en el acontecimiento
central de su pasión, muerte y resurrección.
Como escribe el autor de la Carta a los Hebreos, Jesús
siendo hombre como nosotros y a la vez el Hijo unigénito de
Dios, es en su propio ser mediador perfecto entre el Padre y la
humanidad (cf. Heb 8-9); Aquel que nos abre el acceso inmediato a
Dios, gracias al don del Espíritu: «Dios ha enviado a
nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá,
Padre!» (Gál 4, 6; cf. Rom 8,15).
Jesús lleva a su plena realización el ser mediador
al ofrecerse a sí mismo en la cruz, con la cual nos abre, una
vez por todas, el acceso al santuario celestial, a la casa del Padre
(cf. Heb 9, 24-26). Comparados con Jesús, Moisés y
todos los mediadores del Antiguo Testamento entre Dios y su pueblo
—los reyes, los sacerdotes y los profetas— son sólo
como «figuras» y «sombra de los bienes futuros, no
la realidad de las cosas» (cf. Heb 10, 1).
Jesús es el buen Pastor anunciado (cf. Ez 34); Aquel que
conoce a sus ovejas una a una, que ofrece su vida por ellas y que
quiere congregar a todos en «un solo rebaño y un solo
pastor» (cf. Jn 10, 11-16). Es el Pastor que ha venido «no
para ser servido, sino para servir» (cf. Mt 20, 24-28), el que,
en la escena pascual del lavatorio de los pies (cf. Jn 13, 1-20),
deja a los suyos el modelo de servicio que deberán ejercer los
unos con los otros, a la vez que se ofrece libremente como cordero
inocente inmolado para nuestra redención (cf. Jn 1, 36; Ap 5,
6.12).
Con el único y definitivo sacrificio de la cruz, Jesús
comunica a todos sus discípulos la dignidad y la misión
de sacerdotes de la nueva y eterna Alianza. Se cumple así la
promesa que Dios hizo a Israel: «Seréis para mí
un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19, 6). Y
todo el pueblo de la nueva Alianza —escribe San Pedro—
queda constituido como «un edificio espiritual», «un
sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptos a
Dios por mediación de Jesucristo» (1 Pe 2, 5). Los
bautizados son las «piedras vivas» que construyen el
edificio espiritual uniéndose a Cristo «piedra viva...
elegida, preciosa ante Dios» (1 Pe 2, 4.5). El nuevo pueblo
sacerdotal, que es la Iglesia, no sólo tiene en Cristo su
propia imagen auténtica, sino que también recibe de Él
una participación real y ontológica en su eterno y
único sacerdocio, al que debe conformarse toda su vida.
14. Al servicio de este sacerdocio universal de la nueva Alianza,
Jesús llamó consigo, durante su misión terrena,
a algunos discípulos (cf. Lc 10, 1-12) y con una autoridad y
un mandato específicos llamó y constituyó a los
Doce para que «estuvieran con él, y para enviarlos a
predicar con poder de expulsar los demonios» (Mc 3, 14-15).
Por esto, ya durante su ministerio público (cf. Mt 16, 18)
y de modo pleno después de su muerte y resurrección
(cf. Mt 28; Jn 20, 21), Jesús confiere a Pedro y a los Doce
poderes muy particulares sobre la futura comunidad y para la
evangelización de todos los pueblos. Después de
haberles llamado a seguirle, los tiene cerca y vive con ellos,
impartiendo con el ejemplo y con la palabra su enseñanza de
salvación, y finalmente los envía a todos los hombres.
Y para el cumplimiento de esta misión Jesús confiere a
los apóstoles, en virtud de una especial efusión
pascual del Espíritu Santo, la misma autoridad mesiánica
que le viene del Padre y que le ha sido conferida en plenitud con la
resurrección: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y
en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes
bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he
mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días
hasta el fin del mundo» (Mt 28, 18-20).
Jesús establece así un estrecho paralelismo entre el
ministerio confiado a los apóstoles y su propia misión:
«quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me
recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado» (Mt
10,40); «quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y
quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me
rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado» (Lc 10, 16).
Es más, el cuarto evangelio, a la luz del acontecimiento
pascual de la muerte y resurrección, afirma con gran fuerza y
claridad: «Como el Padre me envió, también yo os
envío» (Jn 20, 21; cf. 13, 20; 17, 18). Igual que Jesús
tiene una misión que recibe directamente de Dios y que
concretiza la autoridad misma de Dios (cf. Mt 7, 29; 21, 23; Mc 1,
27; 11, 28; Lc 20, 2; 24, 19), así los apóstoles tienen
una misión que reciben de Jesús. Y de la misma manera
que «el Hijo no puede hacer nada por su cuenta» (Jn 5,
19.30) —de suerte que su doctrina no es suya, sino de aquel que
lo ha enviado (cf. Jn 7, 16)— Jesús dice a los
apóstoles: «separados de mí no podéis
hacer nada» (Jn 15, 5): su misión no es propia, sino que
es la misma misión de Jesús. Y esto es posible no por
las fuerzas humanas, sino sólo con el «don» de
Cristo y de su Espíritu, con el «sacramento»:
«Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis
los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis,
les quedan retenidos» (Jn 20, 22-23). Y así los
apóstoles, no por algún mérito particular, sino
por la participación gratuita en la gracia de Cristo,
prolongan en la historia, hasta el final de los tiempos, la misma
misión de salvación de Jesús en favor de los
hombres.
Signo y presupuesto de la autenticidad y fecundidad de esta misión
es la unidad de los apóstoles con Jesús y, en Él,
entre sí y con el Padre, como dice la oración
sacerdotal del Señor, síntesis de su misión (cf.
Jn 17, 20-23).
15. A su vez, los apóstoles instituidos por el Señor
llevarán a cabo su misión llamando, de diversas formas
pero todas convergentes, a otros hombres, como Obispos, presbíteros
y diáconos, para cumplir el mandato de Jesús
resucitado, que los ha enviado a todos los hombres de todos los
tiempos.
El Nuevo Testamento es unánime al subrayar que es el mismo
Espíritu de Cristo el que introduce en el ministerio a estos
hombres, escogidos de entre los hermanos. Mediante el gesto de la
imposición de manos (Hch 6, 6; 1 Tim 4, 14; 5, 22; 2 Tim 1,
6), que transmite el don del Espíritu, ellos son llamados y
capacitados para continuar el mismo ministerio apostólico de
reconciliar, apacentar el rebaño de Dios y enseñar (cf.
Hch 20, 28; 1 Pe 5, 2).
Por tanto, los presbíteros son llamados a prolongar la
presencia de Cristo, único y supremo Pastor, siguiendo su
estilo de vida y siendo como una transparencia suya en medio del
rebaño que les ha sido confiado. Como escribe de manera clara
y precisa la primera carta de san Pedro: «A los presbíteros
que están entre vosotros les exhorto yo, como copresbítero,
testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria
que está para manifestarse. Apacentad la grey de Dios que os
está encomendada, vigilando, no forzados, sino
voluntariamente, según Dios; no por mezquino afán de
ganancia, sino de corazón; no tiranizando a los que os ha
tocado guiar, sino siendo modelos de la grey. Y cuando aparezca el
Supremo Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se
marchita» (1 Pe 5, 1-4).
Los presbíteros son, en la Iglesia y para la Iglesia, una
representación sacramental de Jesucristo, Cabeza y Pastor,
proclaman con autoridad su palabra; renuevan sus gestos de perdón
y de ofrecimiento de la salvación, principalmente con el
Bautismo, la Penitencia y la Eucaristía; ejercen, hasta el don
total de sí mismos, el cuidado amoroso del rebaño, al
que congregan en la unidad y conducen al Padre por medio de Cristo en
el Espíritu. En una palabra, los presbíteros existen y
actúan para el anuncio del Evangelio al mundo y para la
edificación de la Iglesia, personificando a Cristo, Cabeza y
Pastor, y en su nombre.(27)
Éste es el modo típico y propio con que los
ministros ordenados participan en el único sacerdocio de
Cristo. El Espíritu Santo, mediante la unción
sacramental del Orden, los configura con un título nuevo y
específico a Jesucristo, Cabeza y Pastor, los conforma y anima
con su caridad pastoral y los pone en la Iglesia como servidores auto
rizados del anuncio del Evangelio a toda criatura y como servidores
de la plenitud de la vida cristiana de todos los bautizados.
La verdad del presbítero, tal como emerge de la Palabra de
Dios, o sea, Jesucristo mismo y su plan constitutivo de la Iglesia,
es cantada con agradecimiento gozoso por la Liturgia en el Prefacio
de la Misa Crismal: «Constituiste a tu único Hijo
Pontífice de la Alianza nueva y eterna por la unción
del Espíritu Santo, y determinaste, en tu designio salvífico,
perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio. Él no sólo
ha conferido el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo,
sino también, con amor de hermano, ha elegido a hombres de
este pueblo, para que, por la imposición de las manos,
participen de su sagrada misión. Ellos renuevan en nombre de
Cristo el sacrificio de la redención, y preparan a tus hijos
al banquete pascual, donde el pueblo santo se reúne en tu
amor, se alimenta de tu palabra y se fortalece con tus sacramentos.
Tus sacerdotes, Señor, al entregar su vida por Ti y por la
salvación de los hermanos, van configurándose a Cristo,
y así dan testimonio constante de fidelidad y amor».
Al servicio de la Iglesia y del mundo
16. El sacerdote tiene como relación fundamental la que le
une con Jesucristo, Cabeza y Pastor. Así participa, de manera
específica y auténtica, de la «unción»
y de la «misión» de Cristo (cf. Lc 4, 18-19). Pero
íntimamente unida a esta relación está la que
tiene con la Iglesia. No se trata de «relaciones»
simplemente cercanas entre sí, sino unidas interiormente en
una especie de mutua inmanencia. La relación con la Iglesia se
inscribe en la única y misma relación del sacerdote con
Cristo, en el sentido de que la «representación
sacramental» de Cristo es la que instaura y anima la relación
del sacerdote con la Iglesia.
En este sentido los Padres sinodales han dicho: «El
sacerdote, en cuanto que representa a Cristo, Cabeza, Pastor y Esposo
de la Iglesia, se sitúa no sólo en la Iglesia, sino
también al frente de la Iglesia. El sacerdocio, junto con la
Palabra de Dios y los signos sacramentales, a cuyo servicio está,
pertenece a los elementos constitutivos de la Iglesia. El ministerio
del presbítero está totalmente al servicio de la
Iglesia; está para la promoción del ejercicio del
sacerdocio común de todo el Pueblo de Dios; está
ordenado no sólo para la Iglesia particular, sino también
para la Iglesia universal (cf. Presbyterorum Ordinis, 10), en
comunión con el Obispo, con Pedro y bajo Pedro. Mediante el
sacerdocio del Obispo, el sacerdocio de segundo orden se incorpora a
la estructura apostólica de la Iglesia. Así el
presbítero, como los apóstoles, hace de embajador de
Cristo (cf. 2 Cor 5, 20). En esto se funda el carácter
misionero de todo sacerdote.(28)
Por tanto, el ministerio ordenado surge con la Iglesia y tiene en
los Obispos, y en relación y comunión con ellos también
en los presbíteros, una referencia particular al ministerio
originario de los apóstoles, al cual sucede realmente, aunque
el mismo tenga unas modalidades diversas.
De ahí que no se deba pensar en el sacerdocio ordenado como
si fuese anterior a la Iglesia, porque está totalmente al
servicio de la misma; pero tampoco como si fuera posterior a la
comunidad eclesial, como si ésta pudiera concebirse como
constituida ya sin este sacerdocio.
La relación del sacerdocio con Jesucristo, y en Él
con su Iglesia, —en virtud de la unción sacramental—
se sitúa en el ser y en el obrar del sacerdote, o sea, en su
misión o ministerio. En particular, «el sacerdote
ministro es servidor de Cristo, presente en la Iglesia misterio,
comunión y misión. Por el hecho de participar en la
"unción" y en la "misión" de
Cristo, puede prolongar en la Iglesia su oración, su palabra,
su sacrificio, su acción salvífica. Y así es
servidor de la Iglesia misterio porque realiza los signos eclesiales
y sacramentales de la presencia de Cristo resucitado. Es servidor de
la Iglesia comunión porque —unido al Obispo y en
estrecha relación con el presbiterio— construye la
unidad de la comunidad eclesial en la armonía de las diversas
vocaciones, carismas y servicios. Por último, es servidor de
la Iglesia misión porque hace a la comunidad anunciadora y
testigo del Evangelio».(29)
De este modo, por su misma naturaleza y misión sacramental,
el sacerdote aparece, en la estructura de la Iglesia, como signo de
la prioridad absoluta y gratuidad de la gracia que Cristo resucitado
ha dado a su Iglesia. Por medio del sacerdocio ministerial la Iglesia
toma conciencia en la fe de que no proviene de sí misma, sino
de la gracia de Cristo en el Espíritu Santo. Los apóstoles
y sus sucesores, revestidos de una autoridad que reciben de Cristo,
Cabeza y Pastor, han sido puestos —con su ministerio— al
frente de la Iglesia, como prolongación visible y signo
sacramental de Cristo, que también está al frente de la
Iglesia y del mundo, como origen permanente y siempre nuevo de la
salvación, Él, que es «el salvador del Cuerpo»
(Ef 5, 23).
17. El ministerio ordenado, por su propia naturaleza, puede ser
desempeñado sólo en la medida en que el presbítero
esté unido con Cristo mediante la inserción sacramental
en el orden presbiteral, y por tanto en la medida que esté en
comunión jerárquica con el propio Obispo. El ministerio
ordenado tiene una radical «forma comunitaria» y puede
ser ejercido sólo como «una tarea colectiva».(30)
Sobre este carácter de comunión del sacerdocio ha
hablado largamente el Concilio,(31) examinando claramente la relación
del presbítero con el propio Obispo, con los demás
presbíteros y con los fieles laicos.
El ministerio de los presbíteros es, ante todo, comunión
y colaboración responsable y necesaria con el ministerio del
Obispo, en su solicitud por la Iglesia universal y por cada una de
las Iglesias particulares, al servicio de las cuales constituyen con
el Obispo un único presbiterio.
Cada sacerdote, tanto diocesano como religioso, está unido
a los demás miembros de este presbiterio, gracias al
sacramento del Orden, con vínculos particulares de caridad
apostólica, de ministerio y de fraternidad. En efecto, todos
los presbíteros, sean diocesanos o religiosos, participan en
el único sacerdocio de Cristo, Cabeza y Pastor, «trabajan
por la misma causa, esto es, para la edificación del cuerpo de
Cristo, que exige funciones diversas y nuevas adaptaciones,
principalmente en estos tiempos»,(32) y se enriquece a través
de los siglos con carismas siempre nuevos.
Finalmente, los presbíteros se encuentran en relación
positiva y animadora con los laicos, ya que su figura y su misión
en la Iglesia no sustituye sino que más bien promueve el
sacerdocio bautismal de todo el Pueblo de Dios, conduciéndolo
a su plena realización eclesial. Están al servicio de
su fe, de su esperanza y de su caridad. Reconocen y defienden, como
hermanos y amigos, su dignidad de hijos de Dios y les ayudan a
ejercitar en plenitud su misión específica en el ámbito
de la misión de la Iglesia.(33)
El sacerdocio ministerial, conferido por el sacramento del Orden,
y el sacerdocio común o «real» de los fieles,
aunque diferentes esencialmente entre sí y no sólo en
grado,(34) están recíprocamente coordinados, derivando
ambos —de manera diversa— del único sacerdocio de
Cristo. En efecto, el sacerdocio ministerial no significa de por sí
un mayor grado de santidad respecto al sacerdocio común de los
fieles; pero, por medio de él, los presbíteros reciben
de Cristo en el Espíritu un don particular, para que puedan
ayudar al Pueblo de Dios a ejercitar con fidelidad y plenitud el
sacerdocio común que les ha sido conferido.(35)
18. Como subraya el Concilio, «el don espiritual que los
presbíteros recibieron en la ordenación no los prepara
a una misión limitada y restringida, sino a la misión
universal y amplísima de salvación hasta los confines
del mundo, pues cualquier ministerio sacerdotal participa de la misma
amplitud universal de la misión confiada por Cristo a los
Apóstoles».(36) Por la naturaleza misma de su
ministerio, deben por tanto estar llenos y animados de un profundo
espíritu misionero y «de un espíritu genuinamente
católico que les habitúe a trascender los límites
de la propia diócesis, nación o rito y proyectarse en
una generosa ayuda a las necesidades de toda la Iglesia y con ánimo
dispuesto a predicar el Evangelio en todas partes».(37)
Además, precisamente porque dentro de la Iglesia es el
hombre de la comunión, el presbítero debe ser, en su
relación con todos los hombres, el hombre de la misión
y del diálogo. Enraizado profundamente en la verdad y en la
caridad de Cristo, y animado por el deseo y el mandato de anunciar a
todos su salvación, está llamado a establecer con todos
los hombres relaciones de fraternidad, de servicio, de búsqueda
común de la verdad, de promoción de la justicia y la
paz. En primer lugar con los hermanos de las otras Iglesias y
confesiones cristianas; pero también con los fieles de las
otras religiones; con los hombres de buena voluntad, de manera
especial con los pobres y los más débiles, y con todos
aquellos que buscan, aun sin saberlo ni decirlo, la verdad y la
salvación de Cristo, según las palabras de Jesús,
que dijo: «No necesitan médico los que están
sanos, sino los que están enfermos; no he venido a llamar a
justos, sino a pecadores» (Mc 2, 17).
Hoy, en particular, la tarea pastoral prioritaria de la nueva
evangelización, que atañe a todo el Pueblo de Dios y
pide un nuevo ardor, nuevos métodos y una nueva expresión
para el anuncio y el testimonio del Evangelio, exige sacerdotes
radical e integralmente inmersos en el misterio de Cristo y capaces
de realizar un nuevo estilo de vida pastoral, marcado por la profunda
comunión con el Papa, con los Obispos y entre sí, y por
una colaboración fecunda con los fieles laicos, en el respeto
y la promoción de los diversos cometidos, carismas y
ministerios dentro de la comunidad eclesial.(38)
«Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha
cumplido hoy» (Lc 4, 21). Escuchemos una vez más estas
palabras de Jesús, a la luz del sacerdocio ministerial que
hemos presentado en su naturaleza y en su misión. El «hoy»
del que habla Jesús indica el tiempo de la Iglesia,
precisamente porque pertenece a la «plenitud del tiempo»,
o sea, el tiempo de la salvación plena y definitiva. La
consagración y la misión de Cristo: «El Espíritu
del Señor... me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena
Nueva» (Lc 4, 18), son la raíz viva de la que brotan la
consagración y la misión de la Iglesia «plenitud»
de Cristo (cf. Ef 1, 23). Con la regeneración bautismal
desciende sobre todos los creyentes el Espíritu del Señor,
que los consagra para formar un templo espiritual y un sacerdocio
santo y los envía a dar a conocer los prodigios de Aquel que,
desde las tinieblas, los ha llamado a su luz admirable (cf. 1 Pe 2,
4-10). El presbítero participa de la consagración y
misión de Cristo de un modo específico y auténtico,
o sea, mediante el sacramento del Orden, en virtud del cual está
configurado en su ser con Cristo, Cabeza y Pastor, y comparte la
misión de «anunciar a los pobres la Buena Noticia»,
en el nombre y en la persona del mismo Cristo.
En su Mensaje final los Padres sinodales han resumido, en pocas
pero muy ricas palabras, la «verdad», más aún
el «misterio» y el «don» del sacerdocio
ministerial, diciendo: «Nuestra identidad tiene su fuente
última en la caridad del Padre. Con el sacerdocio ministerial,
por la acción del Espíritu Santo, estamos unidos
sacramentalmente al Hijo, enviado por el Padre como Sumo Sacerdote y
buen Pastor. La vida y el ministerio del sacerdote son continuación
de la vida y de la acción del mismo Cristo. Ésta es
nuestra identidad, nuestra verdadera dignidad, la fuente de nuestra
alegría, la certeza de nuestra vida».(39)
CAPÍTULO III
EL ESPÍRITU DEL SEÑOR ESTÁ SOBRE MÍ
La
vida espiritual del sacerdote
Una vocación específica a la santidad
19. «El Espíritu del Señor está sobre
mí» (Lc 4, 18). El Espíritu no está
simplemente sobre el Mesías, sino que lo llena, lo penetra, lo
invade en su ser y en su obrar. En efecto, el Espíritu es el
principio de la consagración y de la misión del Mesías:
porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva ... (Lc
4, 18). En virtud del Espíritu, Jesús pertenece total y
exclusivamente a Dios, participa de la infinita santidad de Dios que
lo llama, elige y envía. Así el Espíritu del
Señor se manifiesta como fuente de santidad y llamada a la
santificación.
Este mismo «Espíritu del Señor» está
«sobre» todo el Pueblo de Dios, constituido como pueblo
«consagrado» a Él y «enviado» por Él
para anunciar el Evangelio que salva. Los miembros del Pueblo de Dios
son «embebidos» y «marcados» por el Espíritu
(cf. 1 Cor 12, 13; 2 Cor 1, 21ss; Ef 1, 13; 4, 30), y llamados a la
santidad.
En efecto, el Espíritu nos revela y comunica la vocación
fundamental que el Padre dirige a todos desde la eternidad: la
vocación a ser «santos e inmaculados en su presencia, en
el amor», en virtud de la predestinación «para ser
sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo» (Ef 1, 4-5) .
Revelándonos y comunicándonos esta vocación, el
Espíritu se hace en nosotros principio y fuente de su
realización: él, el Espíritu del Hijo (cf.Gál
4, 6), nos conforma con Cristo Jesús y nos hace partícipes
de su vida filial, o sea, de su amor al Padre y a los hermanos. «Si
vivimos según el Espíritu, obremos también según
el Espíritu» (Gál 5, 25). Con estas palabras el
apóstol Pablo nos recuerda que la existencia cristiana es
«vida espiritual», o sea, vida animada y dirigida por el
Espíritu hacia la santidad o perfección de la caridad.
La afirmación del Concilio, «todos los fieles, de
cualquier estado o condición, están llamados a la
plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la
caridad»,(40) encuentra una particular aplicación
referida a los presbíteros. Éstos son llamados no sólo
en cuanto bautizados, sino también y específicamente en
cuanto presbíteros, es decir, con un nuevo título y con
modalidades originales que derivan del sacramento del Orden.
20. El Decreto conciliar sobre el ministerio y vida de los
presbíteros nos ofrece una síntesis rica y alentadora
sobre la «vida espiritual» de los sacerdotes y sobre el
don y la responsabilidad de hacerse «santos». «Por
el sacramento del Orden se configuran los presbíteros con
Cristo sacerdote, como ministros de la Cabeza, para construir y
edificar todo su Cuerpo, que es la Iglesia, como cooperadores del
Orden episcopal. Cierto que ya en la consagración del bautismo
—al igual que todos los fieles de Cristo— recibieron el
signo y don de tan gran vocación y gracia, a fin de que, aun
con la flaqueza humana, puedan y deban aspirar a la perfección,
según la palabra del Señor: "Vosotros, pues, sed
perfectos, como es perfecto vuestro Padre celestial" (Mt 5, 48).
Ahora bien, los sacerdotes están obligados de manera especial
a alcanzar esa perfección, ya que, consagrados de manera nueva
a Dios por la recepción del Orden, se convierten en
instrumentos vivos de Cristo, Sacerdote eterno, para proseguir en el
tiempo la obra admirable del que, con celeste eficacia, reintegró
a todo el género humano. Por tanto, puesto que todo sacerdote
personifica de modo específico al mismo Cristo, es también
enriquecido de gracia particular para que pueda alcanzar mejor, por
el servicio de los fieles que se le han confiado y de todo el Pueblo
de Dios, la perfección de Aquel a quien representa, y cure la
flaqueza humana de la carne la santidad de Aquel que fue hecho para
nosotros pontífice "santo, inocente, incontaminado,
apartado de los pecadores" (Heb 7, 26)».(41)
El Concilio afirma, ante todo, la «común»
vocación a la santidad. Esta vocación se fundamenta en
el Bautismo, que caracteriza al presbítero como un «fiel»
(Christifidelis), como un «hermano entre hermanos»,
inserto y unido al Pueblo de Dios, con el gozo de compartir los dones
de la salvación (cf. Ef 4, 4-6) y el esfuerzo común de
caminar «según el Espíritu», siguiendo al
único Maestro y Señor. Recordemos la célebre
frase de San Agustín: «Para vosotros soy obispo, con
vosotros soy cristiano. Aquél es un nombre de oficio recibido,
éste es un nombre de gracia; aquél es un nombre de
peligro, éste de salvación».(42)
Con la misma claridad el texto conciliar habla de una vocación
«específica» a la santidad, y más
precisamente de una vocación que se basa en el sacramento del
Orden, como sacramento propio y específico del sacerdote, en
virtud pues de una nueva consagración a Dios mediante la
ordenación. A esta vocación específica alude
también San Agustín, que, a la afirmación «Para
vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano», añade
esta otra: «Siendo, pues, para mí causa del mayor gozo
el haber sido rescatado con vosotros, que el haber sido puesto a la
cabeza, siguiendo el mandato del Señor, me dedicaré con
el mayor empeño a serviros, para no ser ingrato a quien me ha
rescatado con aquel precio que me ha hecho ser vuestro
consiervo».(43)
El texto del Concilio va más allá, señalando
algunos elementos necesarios para definir el contenido de la
«especificidad» de la vida espiritual de los presbíteros.
Son éstos elementos que se refieren a la «consagración»
propia de los presbíteros, que los configura con Jesucristo,
Cabeza y Pastor de la Iglesia; los configura con la «misión»
o ministerio típico de los mismos presbíteros, la cual
los capacita y compromete para ser «instrumentos vivos de
Cristo Sacerdote eterno» y para actuar «personificando a
Cristo mismo»; los configura en su «vida» entera,
llamada a manifestar y testimoniar de manera original el «radicalismo
evangélico».(44)
La configuración con Jesucristo, Cabeza y Pastor, y la
caridad pastoral
21. Mediante la consagración sacramental, el sacerdote se
configura con Jesucristo, en cuanto Cabeza y Pastor de la Iglesia, y
recibe como don una «potestad espiritual», que es
participación de la autoridad con la cual Jesucristo, mediante
su Espíritu, guía la Iglesia.(45)
Gracias a esta consagración obrada por el Espíritu
Santo en la efusión sacramental del Orden, la vida espiritual
del sacerdote queda caracterizada, plasmada y definida por aquellas
actitudes y comportamientos que son propios de Jesucristo, Cabeza y
Pastor de la Iglesia y que se compendian en su caridad pastoral.
Jesucristo es Cabeza de la Iglesia, su Cuerpo. Es «Cabeza»
en el sentido nuevo y original de ser «Siervo», según
sus mismas palabras: «Tampoco el Hijo del hombre ha venido a
ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos»
(Mc 10, 45). El servicio de Jesús llega a su plenitud con la
muerte en cruz, o sea, con el don total de sí mismo, en la
humildad y el amor: «se despojó de sí mismo
tomando condición de siervo haciéndose semejante a los
hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a
sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz ...»
(Flp 2, 78). La autoridad de Jesucristo Cabeza coincide pues con su
servicio, con su don, con su entrega total, humilde y amorosa a la
Iglesia. Y esto en obediencia perfecta al Padre: él es el
único y verdadero Siervo doliente del Señor, Sacerdote
y Víctima a la vez.
Este tipo concreto de autoridad, o sea, el servicio a la Iglesia,
debe animar y vivificar la existencia espiritual de todo sacerdote,
precisamente como exigencia de su configuración con
Jesucristo, Cabeza y Siervo de la Iglesia.(46) San Agustín
exhortaba de esta forma a un obispo en el día de su
ordenación: «El que es cabeza del pueblo debe, antes que
nada, darse cuenta de que es servidor de muchos. Y no se desdeñe
de serlo, repito, no se desdeñe de ser el servidor de muchos,
porque el Señor de los señores no se desdeñó
de hacerse nuestro siervo».(47)
La vida espiritual de los ministros del Nuevo Testamento deberá
estar caracterizada, pues, por esta actitud esencial de servicio al
Pueblo de Dios (cf. Mt 20, 24ss,; Mc 10, 43-44), ajena a toda
presunción y a todo deseo de «tiranizar» la grey
confiada (cf. 1 Pe 5, 2-3). Un servicio llevado como Dios espera y
con buen espíritu. De este modo los ministros, los «ancianos»
de la comunidad, o sea, los presbíteros, podrán ser
«modelo» de la grey del Señor que, a su vez, está
llamada a asumir ante el mundo entero esta actitud sacerdotal de
servicio a la plenitud de la vida del hombre y a su liberación
integral.
22. La imagen de Jesucristo, Pastor de la Iglesia, su grey, vuelve
a proponer, con matices nuevos y más sugestivos, los mismos
contenidos de la imagen de Jesucristo, Cabeza y Siervo. Verificándose
el anuncio profético del Mesías Salvador, cantado
gozosamente por el salmista y por el profeta Ezequiel (cf. Sal 22-23;
Ez 34, 11ss), Jesús se presenta a sí mismo como «el
buen Pastor» (Jn 10, 11.14), no sólo de Israel, sino de
todos los hombres (cf. Jn 10, 16). Y su vida es una manifestación
ininterrumpida, es más, una realización diaria de su
«caridad pastoral». Él siente compasión de
las gentes, porque están cansadas y abatidas, como ovejas sin
pastor (cf. Mt 9, 35-36); él busca las dispersas y las
descarriadas (cf. Mt 18, 12-14) y hace fiesta al encontrarlas, las
recoge y defiende, las conoce y llama una a una (cf. Jn 10, 3), las
conduce a los pastos frescos y a las aguas tranquilas (cf. Sal
22-23), para ellas prepara una mesa, alimentándolas con su
propia vida. Esta vida la ofrece el buen Pastor con su muerte y
resurrección, como canta la liturgia romana de la Iglesia: «Ha
resucitado el buen Pastor que dio la vida por sus ovejas y se dignó
morir por su grey. Aleluya».(48)
Pedro llama a Jesús el «supremo Pastor» (1 Pe
5, 4), porque su obra y misión continúan en la Iglesia
a través de los apóstoles (cf. Jn 21, 15-17) y sus
sucesores (cf.1 Pe 5, 1ss), y a través de los presbíteros.
En virtud de su consagración, los presbíteros están
configurados con Jesús, buen Pastor, y llamados a imitar y
revivir su misma caridad pastoral.
La entrega de Cristo a la Iglesia, fruto de su amor, se
caracteriza por aquella entrega originaria que es propia del esposo
hacia su esposa, como tantas veces sugieren los textos sagrados.
Jesús es el verdadero esposo, que ofrece el vino de la
salvación a la Iglesia (cf. Jn 2, 11). Él, que es
«Cabeza de la Iglesia, el salvador del Cuerpo» (Ef 5,
23), «amó a la Iglesia y se entregó a sí
mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el
baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela
a sí mismo resplandeciente; sin que tenga mancha ni arruga ni
cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada» (Ef 5, 25-27).
La Iglesia es, desde luego, el cuerpo en el que está presente
y operante Cristo Cabeza, pero es también la Esposa que nace,
como nueva Eva, del costado abierto del Redentor en la cruz; por esto
Cristo está «al frente» de la Iglesia, «la
alimenta y la cuida» (Ef 5, 29) mediante la entrega de su vida
por ella. El sacerdote está llamado a ser imagen viva de
Jesucristo Esposo de la Iglesia.(49) Ciertamente es siempre parte de
la comunidad a la que pertenece como creyente, junto con los otros
hermanos y hermanas convocados por el Espíritu, pero en virtud
de su configuración con Cristo, Cabeza y Pastor, se encuentra
en esta situación esponsal ante la comunidad. «En cuanto
representa a Cristo, Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia, el
sacerdote está no sólo en la Iglesia, sino también
al frente de la Iglesia».(50) Por tanto, está llamado a
revivir en su vida espiritual el amor de Cristo Esposo con la Iglesia
esposa. Su vida debe estar iluminada y orientada también por
este rasgo esponsal, que le pide ser testigo del amor de Cristo como
Esposo y, por eso, ser capaz de amar a la gente con un corazón
nuevo, grande y puro, con auténtica renuncia de sí
mismo, con entrega total, continua y fiel, y a la vez con una especie
de «celo» divino (cf.2 Cor 11, 2), con una ternura que
incluso asume matices del cariño materno, capaz de hacerse
cargo de los «dolores de parto» hasta que «Cristo
no sea formado» en los fieles (cf. Gál 4, 19).
23. El principio interior, la virtud que anima y guía la
vida espiritual del presbítero en cuanto configurado con
Cristo Cabeza y Pastor es la caridad pastoral, participación
de la misma caridad pastoral de Jesucristo: don gratuito del Espíritu
Santo y, al mismo tiempo, deber y llamada a la respuesta libre y
responsable del presbítero.
El contenido esencial de la caridad pastoral es la donación
de sí, la total donación de sí a la Iglesia,
compartiendo el don de Cristo y a su imagen. «La caridad
pastoral es aquella virtud con la que nosotros imitamos a Cristo en
su entrega de sí mismo y en su servicio. No es sólo
aquello que hacemos, sino la donación de nosotros mismos lo
que muestra el amor de Cristo por su grey. La caridad pastoral
determina nuestro modo de pensar y de actuar, nuestro modo de
comportarnos con la gente. Y resulta particularmente exigente para
nosotros...».(51)
El don de nosotros mismos, raíz y síntesis de la
caridad pastoral, tiene como destinataria la Iglesia. Así lo
ha hecho Cristo «que amó a la Iglesia y se entregó
a sí mismo por ella» (Ef 5, 25); así debe hacerlo
el sacerdote. Con la caridad pastoral, que caracteriza el ejercicio
del ministerio sacerdotal como «amoris officium»,(52) «el
sacerdote, que recibe la vocación al ministerio, es capaz de
hacer de éste una elección de amor, para el cual la
Iglesia y las almas constituyen su principal interés y, con
esta espiritualidad concreta, se hace capaz de amar a la Iglesia
universal y a aquella porción de Iglesia que le ha sido
confiada, con toda la entrega de un esposo hacia su esposa».(53)
El don de sí no tiene límites, ya que está
marcado por la misma fuerza apostólica y misionera de Cristo,
el buen Pastor, que ha dicho: «también tengo otras
ovejas, que no son de este redil; también a ésas las
tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo
rebaño, un solo pastor» (Jn 10, 16).
Dentro de la comunidad eclesial, la caridad pastoral del sacerdote
le pide y exige de manera particular y específica una relación
personal con el presbiterio, unido en y con el Obispo, come dice
expresamente el Concilio: «La caridad pastoral pide que, para
no correr en vano, trabajen siempre los presbíteros en vínculo
de comunión con los Obispos y con los otros hermanos en el
sacerdocio».(54)
El don de sí mismo a la Iglesia se refiere a ella como
cuerpo y esposa de Jesucristo. Por esto la caridad del sacerdote se
refiere primariamente a Jesucristo: solamente si ama y sirve a
Cristo, Cabeza y Esposo, la caridad se hace fuente, criterio, medida,
impulso del amor y del servicio del sacerdote a la Iglesia, cuerpo y
esposa de Cristo. Ésta ha sido la conciencia clara y profunda
del apóstol Pablo, que escribe a los cristianos de la Iglesia
de Corinto: somos «siervos vuestros por Jesús» (2
Cor 4, 5). Ésta es, sobre todo, la enseñanza explícita
y programática de Jesús, cuando confía a Pedro
el ministerio de apacentar la grey sólo después de su
triple confesión de amor e incluso de un amor de predilección:
«Le dice por tercera vez: "Simón de Juan, ¿me
quieres?"... Pedro... le dijo: "Señor, tú lo
sabes todo; tú sabes que te quiero". Le dice Jesús:
"Apacienta mis ovejas"» (Jn 21, 17).
La caridad pastoral, que tiene su fuente específica en el
sacramento del Orden, encuentra su expresión plena y su
alimento supremo en la Eucaristía: «Esta caridad
pastoral —dice el Concilio— fluye ciertamente, sobre
todo, del sacrificio eucarístico, que es, por ello, centro y
raíz de toda la vida del presbítero, de suerte que el
alma sacerdotal se esfuerce en reproducir en sí misma lo que
se hace en el ara sacrificial».(55) En efecto, en la Eucaristía
es donde se representa, es decir, se hace de nuevo presente el
sacrificio de la cruz, el don total de Cristo a su Iglesia, el don de
su cuerpo entregado y de su sangre derramada, como testimonio supremo
de su ser Cabeza y Pastor, Siervo y Esposo de la Iglesia.
Precisamente por esto la caridad pastoral del sacerdote no sólo
fluye de la Eucaristía, sino que encuentra su más alta
realización en su celebración, así como también
recibe de ella la gracia y la responsabilidad de impregnar de manera
«sacrificial» toda su existencia.
Esta misma caridad pastoral constituye el principio interior y
dinámico capaz de unificar las múltiples y diversas
actividades del sacerdote. Gracias a la misma puede encontrar
respuesta la exigencia esencial y permanente de unidad entre la vida
interior y tantas tareas y responsabilidades del ministerio,
exigencia tanto más urgente en un contexto sociocultural y
eclesial fuertemente marcado por la complejidad, la fragmentación
y la dispersión. Solamente la concentración de cada
instante y de cada gesto en torno a la opción fundamental y
determinante de «dar la vida por la grey» puede
garantizar esta unidad vital, indispensable para la armonía y
el equilibrio espiritual del sacerdote: «La unidad de vida —nos
recuerda el Concilio— pueden construirla los presbíteros
si en el cumplimiento de su ministerio siguieren el ejemplo de
Cristo, cuyo alimento era hacer la voluntad de Aquel que lo envió
para que llevara a cabo su obra ... Así, desempeñando
el oficio de buen Pastor, en el mismo ejercicio de la caridad
pastoral hallarán el vínculo de la perfección
sacerdotal, que reduzca a unidad su vida y acción».(56)
La vida espiritual en el ejercicio del ministerio
24. El Espíritu del Señor ha consagrado a Cristo y
lo ha enviado a anunciar el Evangelio (cf. Lc 4, 18). La misión
no es un elemento extrínseco o yuxtapuesto a la consagración,
sino que constituye su finalidad intrínseca y vital: la
consagración es para la misión. De esta manera, no sólo
la consagración, sino también la misión está
bajo el signo del Espíritu, bajo su influjo santificador.
Así fue en Jesús. Así fue en los apóstoles
y en sus sucesores. Así es en toda la Iglesia y en sus
presbíteros: todos reciben el Espíritu como don y
llamada a la santificación en el cumplimiento de la misión
y a través de ella.(57)
Existe por tanto una relación íntima entre la vida
espiritual del presbítero y el ejercicio de su ministerio,(58)
descrita así por el Concilio: «Al ejercer el ministerio
del Espíritu y de la justicia (cf. 2 Cor 3, 8-9), (los
presbíteros) si son dóciles al Espíritu de
Cristo, que los vivifica y guía, se afirman en la vida del
espíritu. Ya que por las mismas acciones sagradas de cada día,
como por todo su ministerio, que ejercen unidos con el Obispo y los
presbíteros, ellos mismos se ordenan a la perfección de
vida. Por otra parte, la santidad misma de los presbíteros
contribuye en gran manera al ejercicio fructuoso del propio
ministerio».(59)
«Conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor».
Ésta es la invitación, la exhortación que la
Iglesia hace al presbítero en el rito de la ordenación,
cuando se le entrega las ofrendas del pueblo santo para el sacrificio
eucarístico. El «misterio», cuyo «dispensador»
es el presbítero (cf. 1 Cor 4,1), es, en definitiva,
Jesucristo mismo, que en el Espíritu Santo es fuente de
santidad y llamada a la santificación. El «misterio»
requiere ser vivido por el presbítero. Por esto exige gran
vigilancia y viva conciencia. Y así, el rito de la ordenación
antepone a esas palabras la recomendación: «Considera lo
que realizas». Ya exhortaba Pablo al obispo Timoteo: «No
descuides el carisma que hay en ti» (1 Tim 4, 14; cf. 2 Tim 1,
6).
La relación entre la vida espiritual y el ejercicio del
ministerio sacerdotal puede encontrar su explicación también
a partir de la caridad pastoral otorgada por el sacramento del Orden.
El ministerio del sacerdote, precisamente porque es una participación
del ministerio salvífico de Jesucristo, Cabeza y Pastor,
expresa y revive su caridad pastoral, que es a la vez fuente y
espíritu de su servicio y del don de sí mismo. En su
realidad objetiva el ministerio sacerdotal es «amoris
officium», según la ya citada expresión de San
Agustín. Precisamente esta realidad objetiva es el fundamento
y la llamada para un ethos correspondiente, que es el vivir el amor,
como dice el mismo San Agustín: «Sit amoris officium
pascere dominicum gregem».(60) Este ethos, y también la
vida espiritual, es la acogida de la «verdad» del
ministerio sacerdotal como «amoris officium» en la
conciencia y en la libertad, y por tanto en la mente y el corazón,
en las decisiones y las acciones.
25. Es esencial, para una vida espiritual que se desarrolla a
través del ejercicio del ministerio, que el sacerdote renueve
continuamente y profundice cada vez más la conciencia de ser
ministro de Jesucristo, en virtud de la consagración
sacramental y de la configuración con Él, Cabeza y
Pastor de la Iglesia.
Esa conciencia no sólo corresponde a la verdadera
naturaleza de la misión que el sacerdote desarrolla en favor
de la Iglesia y de la humanidad, sino que influye también en
la vida espiritual del sacerdote que cumple esa misión. En
efecto, el sacerdote es escogido por Cristo no como una «cosa»,
sino como una «persona» No es un instrumento inerte y
pasivo, sino un «instrumento vivo», como dice el
Concilio, precisamente al hablar de la obligación de tender a
la perfección.(61) Y el mismo Concilio habla de los sacerdotes
como «compañeros y colaboradores» del Dios «santo
y santificador».(62)
En este sentido, en el ejercicio del ministerio está
profundamente comprometida la persona consciente, libre y responsable
del sacerdote. Su relación con Jesucristo, asegurada por la
consagración y configuración del sacramento del Orden,
instaura y exige en el sacerdote una posterior relación que
procede de la intención, es decir, de la voluntad consciente y
libre de hacer, mediante los gestos ministeriales, lo que quiere
hacer la Iglesia. Semejante relación tiende, por su propia
naturaleza, a hacerse lo más profunda posible, implicando la
mente, los sentimientos, la vida, o sea, una serie de «disposiciones»
morales y espirituales correspondientes a los gestos ministeriales
que el sacerdote realiza.
No hay duda de que el ejercicio del ministerio sacerdotal,
especialmente la celebración de los Sacramentos, recibe su
eficacia salvífica de la acción misma de Jesucristo,
hecha presente en los Sacramentos. Pero por un designio divino, que
quiere resaltar la absoluta gratuidad de la salvación,
haciendo del hombre un «salvado» a la vez que un
«salvador» —siempre y sólo con Jesucristo—,
la eficacia del ejercicio del ministerio está condicionada
también por la mayor o menor acogida y participación
humana.(63) En particular, la mayor o menor santidad del ministro
influye realmente en el anuncio de la Palabra, en la celebración
de los Sacramentos y en la dirección de la comunidad en la
caridad. Lo afirma con claridad el Concilio: «La santidad misma
de los presbíteros contribuye en gran manera al ejercicio
fructuoso del propio ministerio; pues, si es cierto que la gracia de
Dios puede llevar a cabo la obra de salvación aun por medio de
ministros indignos, sin embargo, Dios prefiere mostrar normalmente
sus maravillas por obra de quienes, más dóciles al
impulso e inspiración del Espíritu Santo, por su íntima
unión con Cristo y la santidad de su vida, pueden decir con el
Apóstol: "Pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí"
(Gál 2, 20)».(64)
La conciencia de ser ministro de Jesucristo, Cabeza y Pastor,
lleva consigo también la conciencia agradecida y gozosa de una
gracia singular recibida de Jesucristo: la gracia de haber sido
escogido gratuitamente por el Señor como «instrumento
vivo» de la obra de salvación. Esta elección
demuestra el amor de Jesucristo al sacerdote. Precisamente este amor,
más que cualquier otro amor, exige correspondencia. Después
de su resurrección Jesús hace a Pedro una pregunta
fundamental sobre el amor: «Simón de Juan, ¿me
amas más que éstos?». Y a la respuesta de Pedro
sigue la entrega de la misión: «Apacienta mis corderos»
(Jn 21, 15). Jesús pregunta a Pedro si lo ama, antes de
entregarle su grey. Pero es, en realidad, el amor libre y precedente
de Jesús mismo el que origina su pregunta al apóstol y
la entrega de «sus» ovejas. Y así, todo gesto
ministerial, a la vez que lleva a amar y servir a la Iglesia, ayuda a
madurar cada vez más en el amor y en el servicio a Jesucristo,
Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia; en un amor que se configura
siempre como respuesta al amor precedente, libre y gratuito, de Dios
en Cristo. A su vez, el crecimiento del amor a Jesucristo determina
el crecimiento del amor a la Iglesia: «Somos vuestros pastores
(pascimus vobis), con vosotros somos apacentados (pascimur vobiscum).
El Señor nos dé la fuerza de amaros hasta el punto de
poder morir real o afectivamente por vosotros (aut effectu aut
affectu)».(65)
26. Gracias a la preciosa enseñanza del Concilio Vaticano
II,(66) podemos recordar las condiciones y exigencias, las
modalidades y frutos de la íntima relación que existe
entre la vida espiritual del sacerdote y el ejercicio de su triple
ministerio: la Palabra, el Sacramento y el servicio de la Caridad.
El sacerdote es, ante todo, ministro de la Palabra de Dios; es el
ungido y enviado para anunciar a todos el Evangelio del Reino,
llamando a cada hombre a la obediencia de la fe y conduciendo a los
creyentes a un conocimiento y comunión cada vez más
profundos del misterio de Dios, revelado y comunicado a nosotros en
Cristo. Por eso, el sacerdote mismo debe ser el primero en tener una
gran familiaridad personal con la Palabra de Dios: no le basta
conocer su aspecto lingüístico o exegético, que es
también necesario; necesita acercarse a la Palabra con un
corazón dócil y orante, para que ella penetre a fondo
en sus pensamientos y sentimientos y engendre dentro de sí una
mentalidad nueva: «la mente de Cristo» (1 Cor 2, 16), de
modo que sus palabras, sus opciones y sus actitudes sean cada vez más
una transparencia, un anuncio y un testimonio del Evangelio.
Solamente «permaneciendo» en la Palabra, el sacerdote
será perfecto discípulo del Señor; conocerá
la verdad y será verdaderamente libre, superando todo
condicionamiento contrario o extraño al Evangelio (cf. Jn 8,
31-32). El sacerdote debe ser el primer «creyente» de la
Palabra, con la plena conciencia de que las palabras de su ministerio
no son «suyas», sino de Aquel que lo ha enviado. Él
no es el dueño de esta Palabra: es su servidor. Él no
es el único poseedor de esta Palabra: es deudor ante el Pueblo
de Dios. Precisamente porque evangeliza y para poder evangelizar, el
sacerdote, como la Iglesia, debe crecer en la conciencia de su
permanente necesidad de ser evangelizado.(67) Él anuncia la
Palabra en su calidad de ministro, partícipe de la autoridad
profética de Cristo y de la Iglesia. Por esto, por tener en sí
mismo y ofrecer a los fieles la garantía de que transmite el
Evangelio en su integridad, el sacerdote ha de cultivar una
sensibilidad, un amor y una disponibilidad particulares hacia la
Tradición viva de la Iglesia y de su Magisterio, que no son
extraños a la Palabra, sino que sirven para su recta
interpretación y para custodiar su sentido auténtico.(68)
Es sobre todo en la celebración de los Sacramentos, y en la
celebración de la Liturgia de las Horas, donde el sacerdote
está llamado a vivir y testimoniar la unidad profunda entre el
ejercicio de su ministerio y su vida espiritual: el don de gracia
ofrecido a la Iglesia se hace principio de santidad y llamada a la
santificación. También para el sacerdote el lugar
verdaderamente central, tanto de su ministerio como de su vida
espiritual, es la Eucaristía, porque en ella «se
contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo
mismo, nuestra Pascua y Pan vivo, que mediante su carne, vivificada y
vivificante por el Espíritu Santo, da la vida a los hombres.
Así son ellos invitados y conducidos a ofrecerse a sí
mismos, sus trabajos y todas sus cosas en unión con Él
mismo».(69)
De los diversos Sacramentos y, en particular, de la gracia
específica y propia de cada uno de ellos, la vida espiritual
del presbítero recibe unas connotaciones particulares. En
efecto, se estructura y es plasmada por las múltiples
características y exigencias de los diversos Sacramentos
celebrados y vividos.
Quiero dedicar unas palabras al Sacramento de la Penitencia, cuyos
ministros son los sacerdotes, pero deben ser también sus
beneficiarios, haciéndose testigos de la misericordia de Dios
por los pecadores. Repito cuanto escribí en la Exhortación
Reconciliatio et paenitentia: «La vida espiritual y pastoral
del sacerdote, como la de sus hermanos laicos y religiosos, depende,
para su calidad y fervor, de la asidua y consciente práctica
personal del Sacramento de la Penitencia. La celebración de la
Eucaristía y el ministerio de los otros Sacramentos, el celo
pastoral, la relación con los fieles, la comunión con
los hermanos, la colaboración con el Obispo, la vida de
oración, en una palabra toda la existencia sacerdotal sufre un
inevitable decaimiento, si le falta, por negligencia o cualquier otro
motivo, el recurso periódico e inspirado en una auténtica
fe y devoción al Sacramento de la Penitencia. En un sacerdote
que no se confesase o se confesase mal, su ser como sacerdote y su
ministerio se resentirían muy pronto, y se daría cuenta
también la Comunidad de la que es pastor».(70)
Por último, el sacerdote está llamado a revivir la
autoridad y el servicio de Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia,
animando y guiando la comunidad eclesial, o sea, reuniendo «la
familia de Dios, como una fraternidad animada en la unidad» y
conduciéndola «al Padre por medio de Cristo en el
Espíritu Santo».(71) Este «munus regendi» es
una misión muy delicada y compleja, que incluye, además
de la atención a cada una de las personas y a las diversas
vocaciones, la capacidad de coordinar todos los dones y carismas que
el Espíritu suscita en la comunidad, examinándolos y
valorándolos para la edificación de la Iglesia, siempre
en unión con los Obispos. Se trata de un ministerio que pide
al sacerdote una vida espiritual intensa, rica de aquellas cualidades
y virtudes que son típicas de la persona que preside y «guía»
una comunidad; del «anciano» en el sentido más
noble y rico de la palabra. En él se esperan ver virtudes como
la fidelidad, la coherencia, la sabiduría, la acogida de
todos, la afabilidad, la firmeza doctrinal en las cosas esenciales,
la libertad sobre los puntos de vista subjetivos, el desprendimiento
personal, la paciencia, el gusto por el esfuerzo diario, la confianza
en la acción escondida de la gracia que se manifiesta en los
sencillos y en los pobres (cf. Tit 1, 7-8).
Existencia sacerdotal y radicalismo evangélico
27. «El Espíritu del Señor sobre mí»
(Lc 4, 18). El Espíritu Santo recibido en el sacramento del
Orden es fuente de santidad y llamada a la santificación, no
sólo porque configura al sacerdote con Cristo, Cabeza y Pastor
de la Iglesia, y le confía la misión profética,
sacerdotal y real para que la lleve a cabo personificando a Cristo,
sino también porque anima y vivifica su existencia de cada
día, enriqueciéndola con dones y exigencias, con
virtudes y fuerzas, que se compendian en la caridad pastoral. Esta
caridad es síntesis unificante de los valores y de las
virtudes evangélicas y, a la vez, fuerza que sostiene su
desarrollo hasta la perfección cristiana.(72)
Para todos los cristianos, sin excepciones, el radicalismo
evangélico es una exigencia fundamental e irrenunciable, que
brota de la llamada de Cristo a seguirlo e imitarlo, en virtud de la
íntima comunión de vida con él, realizada por el
Espíritu (cf. Mt 8, 18ss; 10, 37ss; Mc 8, 34-38; 10, 17-21; Lc
9, 57ss). Esta misma exigencia se presenta a los sacerdotes, no sólo
porque están «en» la Iglesia, sino también
porque están «al frente» de ella, al estar
configurados con Cristo, Cabeza y Pastor, capacitados y comprometidos
para el ministerio ordenado, vivificados por la caridad pastoral.
Ahora bien, dentro del radicalismo evangélico y como
manifestación del mismo se encuentra un rico florecimiento de
múltiples virtudes y exigencias éticas, que son
decisivas para la vida pastoral y espiritual del sacerdote, como, por
ejemplo, la fe, la humildad ante el misterio de Dios, la
misericordia, la prudencia. Expresión privilegiada del
radicalismo son los varios consejos evangélicos que Jesús
propone en el Sermón de la Montaña (cf. Mt 5-7), y
entre ellos los consejos, íntimamente relacionados entre sí,
de obediencia, castidad y pobreza:(73) el sacerdote está
llamado a vivirlos según el estilo, es más, según
las finalidades y el significado original que nacen de la identidad
propia del presbítero y la expresan.
28. «Entre las virtudes más necesarias en el
ministerio de los presbíteros, recordemos la disposición
de ánimo para estar siempre prontos para buscar no la propia
voluntad, sino el cumplimiento de la voluntad de aquel que los ha
enviado (cf. Jn 4, 34; 5, 30; 6, 38)».(74) Se trata de la
obediencia, que, en el caso de la vida espiritual del sacerdote,
presenta algunas características peculiares.
Es, ante todo, una obediencia «apostólica», en
cuanto que reconoce, ama y sirve a la Iglesia en su estructura
jerárquica. En verdad no se da ministerio sacerdotal sino en
la comunión con el Sumo Pontífice y con el Colegio
episcopal, particularmente con el propio Obispo diocesano, hacia los
que debe observarse la «obediencia y respeto» filial,
prometidos en el rito de la ordenación. Esta sumisión a
cuantos están revestidos de la autoridad eclesial no tiene
nada de humillante, sino que nace de la libertad responsable del
presbítero, que acoge no sólo las exigencias de una
vida eclesial orgánica y organizada, sino también
aquella gracia de discernimiento y de responsabilidad en las
decisiones eclesiales, que Jesús ha garantizado a sus
apóstoles y a sus sucesores, para que sea guardado fielmente
el misterio de la Iglesia, y para que el conjunto de la comunidad
cristiana sea servida en su camino unitario hacia la salvación.
La obediencia cristiana, auténtica, motivada y vivida
rectamente sin servilismos, ayuda al presbítero a ejercer con
transparencia evangélica la autoridad que le ha sido confiada
en relación con el Pueblo de Dios: sin autoritarismos y sin
decisiones demagógicas. Sólo el que sabe obedecer en
Cristo, sabe cómo pedir, según el Evangelio, la
obediencia de los demás.
La obediencia del presbítero presenta además una
exigencia comunitaria; en efecto, no se trata de la obediencia de
alguien que se relaciona individualmente con la autoridad, sino que
el presbítero está profundamente inserto en la unidad
del presbiterio, que, como tal, está llamado a vivir en
estrecha colaboración con el Obispo y, a través de él,
con el sucesor de Pedro.(75)
Este aspecto de la obediencia del sacerdote exige una gran
ascesis, tanto en el sentido de capacidad a no dejarse atar demasiado
a las propias preferencias o a los propios puntos de vista, como en
el sentido de permitir a los hermanos que puedan desarrollar sus
talentos y sus aptitudes, más allá de todo celo,
envidia o rivalidad. La obediencia del sacerdote es una obediencia
solidaria, que nace de su pertenencia al único presbiterio y
que siempre dentro de él y con él aporta orientaciones
y toma decisiones corresponsables.
Por último, la obediencia sacerdotal tiene un especial
«carácter de pastoralidad». Es decir, se vive en
un clima de constante disponibilidad a dejarse absorber, y casi
«devorar», por las necesidades y exigencias de la grey.
Es verdad que estas exigencias han de tener una justa racionalidad, y
a veces han de ser seleccionadas y controladas; pero es innegable que
la vida del presbítero está ocupada, de manera total,
por el hambre del evangelio, de la fe, la esperanza y el amor de Dios
y de su misterio, que de modo más o menos consciente está
presente en el Pueblo de Dios que le ha sido confiado.
29. Entre los consejos evangélicos —dice el
Concilio—, «destaca el precioso don de la divina gracia,
concedido a algunos por el Padre (cf. Mt 19, 11; 1 Cor 7, 7), para
que se consagren sólo a Dios con un corazón que en la
virginidad y el celibato se mantiene más fácilmente
indiviso (cf. 1 Cor 7, 32-34). Esta perfecta continencia por el reino
de los cielos siempre ha sido tenida en la más alta estima por
la Iglesia, como señal y estímulo de la caridad y como
un manantial extraordinario de espiritual fecundidad en el
mundo».(76) En la virginidad y el celibato la castidad mantiene
su significado original, a saber, el de una sexualidad humana vivida
como auténtica manifestación y precioso servicio al
amor de comunión y de donación interpersonal. Este
significado subsiste plenamente en la virginidad, que realiza, en la
renuncia al matrimonio, el «significado esponsalicio» del
cuerpo mediante una comunión y una donación personal a
Jesucristo y a su Iglesia, que prefiguran y anticipan la comunión
y la donación perfectas y definitivas del más allá:
«En la virginidad el hombre está a la espera, incluso
corporalmente, de las bodas escatológicas de Cristo con la
Iglesia, dándose totalmente a la Iglesia con la esperanza de
que Cristo se dé a ésta en la plena verdad de la vida
eterna».(77)
A esta luz se pueden comprender y apreciar más fácilmente
los motivos de la decisión multisecular que la Iglesia de
Occidente tomó y sigue manteniendo —a pesar de todas las
dificultades y objeciones surgidas a través de los siglos—,
de conferir el orden presbiteral sólo a hombres que den
pruebas de ser llamados por Dios al don de la castidad en el celibato
absoluto y perpetuo.
Los Padres sinodales han expresado con claridad y fuerza su
pensamiento con una Proposición importante, que merece ser
transcrita íntegra y literalmente: «Quedando en pie la
disciplina de las Iglesias Orientales, el Sínodo, convencido
de que la castidad perfecta en el celibato sacerdotal es un carisma,
recuerda a los presbíteros que ella constituye un don
inestimable de Dios a la Iglesia y representa un valor profético
para el mundo actual. Este Sínodo afirma nuevamente y con
fuerza cuanto la Iglesia Latina y algunos ritos orientales
determinan, a saber, que el sacerdocio se confiera solamente a
aquellos hombres que han recibido de Dios el don de la vocación
a la castidad célibe (sin menoscabo de la tradición de
algunas Iglesias orientales y de los casos particulares del clero
casado proveniente de las conversiones al catolicismo, para los que
se hace excepción en la encíclica de Pablo VI sobre el
celibato sacerdotal, n. 42). El Sínodo no quiere dejar ninguna
duda en la mente de nadie sobre la firme voluntad de la Iglesia de
mantener la ley que exige el celibato libremente escogido y perpetuo
para los candidatos a la ordenación sacerdotal en el rito
latino. El Sínodo solicita que el celibato sea presentado y
explicado en su plena riqueza bíblica, teológica y
espiritual, como precioso don dado por Dios a su Iglesia y como signo
del Reino que no es de este mundo, signo también del amor de
Dios a este mundo, y del amor indiviso del sacerdote a Dios y al
Pueblo de Dios, de modo que el celibato sea visto como
enriquecimiento positivo del sacerdocio».(78)
Es particularmente importante que el sacerdote comprenda la
motivación teológica de la ley eclesiástica
sobre el celibato. En cuanto ley, ella expresa la voluntad de la
Iglesia, antes aún que la voluntad que el sujeto manifiesta
con su disponibilidad. Pero esta voluntad de la Iglesia encuentra su
motivación última en la relación que el celibato
tiene con la ordenación sagrada, que configura al sacerdote
con Jesucristo, Cabeza y Esposo de la Iglesia. La Iglesia, como
Esposa de Jesucristo, desea ser amada por el sacerdote de modo total
y exclusivo como Jesucristo, Cabeza y Esposo, la ha amado. Por eso el
celibato sacerdotal es un don de sí mismo en y con Cristo a su
Iglesia y expresa el servicio del sacerdote a la Iglesia en y con el
Señor.
Para una adecuada vida espiritual del sacerdote es preciso que el
celibato sea considerado y vivido no como un elemento aislado o
puramente negativo, sino como un aspecto de una orientación
positiva, específica y característica del sacerdote:
él, dejando padre y madre, sigue a Jesús, buen Pastor,
en una comunión apostólica, al servicio del Pueblo de
Dios. Por tanto, el celibato ha de ser acogido con libre y amorosa
decisión, que debe ser continuamente renovada, como don
inestimable de Dios, como «estímulo de la caridad
pastoral»,(79) como participación singular en la
paternidad de Dios y en la fecundidad de la Iglesia, como testimonio
ante el mundo del Reino escatológico. Para vivir todas las
exigencias morales, pastorales y espirituales del celibato sacerdotal
es absolutamente necesaria la oración humilde y confiada, como
nos recuerda el Concilio: «Cuanto más imposible se
considera por no pocos hombres la perfecta continencia en el mundo de
hoy, tanto más humilde y perseverantemente pedirán los
presbíteros, a una con la Iglesia, la gracia de la fidelidad,
que nunca se niega a los que la piden, empleando, al mismo tiempo,
todos los medios sobrenaturales y naturales, que están al
alcance de todos».(80) Será la oración, unida a
los Sacramentos de la Iglesia y al esfuerzo ascético, los que
infundan esperanza en las dificultades, perdón en las faltas,
confianza y ánimo en el volver a comenzar.
30. De la pobreza evangélica los Padres sinodales han dado
una descripción muy concisa y profunda, presentándola
como «sumisión de todos los bienes al Bien supremo de
Dios y de su Reino».(81) En realidad, sólo el que
contempla y vive el misterio de Dios como único y sumo Bien,
como verdadera y definitiva Riqueza, puede comprender y vivir la
pobreza, que no es ciertamente desprecio y rechazo de los bienes
materiales, sino el uso agradecido y cordial de estos bienes y, a la
vez, la gozosa renuncia a ellos con gran libertad interior, esto es,
hecha por Dios y obedeciendo sus designios.
La pobreza del sacerdote, en virtud de su configuración
sacramental con Cristo, Cabeza y Pastor, tiene características
«pastorales» bien precisas, en las que se han fijado los
Padres sinodales, recordando y desarrollando las enseñanzas
conciliares.(82) Afirman, entre otras cosas: «Los sacerdotes,
siguiendo el ejemplo de Cristo que, siendo rico, se ha hecho pobre
por nuestro amor (cf. 2 Cor 8, 9), deben considerar a los pobres y a
los más débiles como confiados a ellos de un modo
especial y deben ser capaces de testimoniar la pobreza con una vida
sencilla y austera, habituados ya a renunciar generosamente a las
cosas superfluas (Optatam totius, 9; C.I.C., can. 282)».(83)
Es verdad que «el obrero merece su salario» (Lc 10, 7)
y que «el Señor ha ordenado que los que predican el
Evangelio vivan del Evangelio» (1 Cor 9, 14); pero también
es verdad que este derecho del apóstol no puede absolutamente
confundirse con una especie de pretensión de someter el
servicio del evangelio y de la Iglesia a las ventajas e intereses que
del mismo puedan derivarse. Sólo la pobreza asegura al
sacerdote su disponibilidad a ser enviado allí donde su
trabajo sea más útil y urgente, aunque comporte
sacrificio personal. Ésta es una condición y una
premisa indispensable a la docilidad que el apóstol ha de
tener al Espíritu, el cual lo impulsa para «ir»,
sin lastres y sin ataduras, siguiendo sólo la voluntad del
Maestro (cf. Lc 9, 57-62; Mc 10, 17-22).
Inserto en la vida de la comunidad y responsable de la misma, el
sacerdote debe ofrecer también el testimonio de una total
«transparencia» en la administración de los bienes
de la misma comunidad, que no tratará jamás como un
patrimonio propio, sino como algo de lo que debe rendir cuentas a
Dios y a los hermanos, sobre todo a los pobres. Además, la
conciencia de pertenecer al único presbiterio lo llevará
a comprometerse para favorecer una distribución más
justa de los bienes entre los hermanos, así como un cierto uso
en común de los bienes (cf. Hch 2, 42-47).
La libertad interior, que la pobreza evangélica custodia y
alimenta, prepara al sacerdote para estar al lado de los más
débiles; para hacerse solidario con sus esfuerzos por una
sociedad más justa; para ser más sensible y más
capaz de comprensión y de discernimiento de los fenómenos
relativos a los aspectos económicos y sociales de la vida;
para promover la opción preferencial por los pobres; ésta,
sin excluir a nadie del anuncio y del don de la salvación,
sabe inclinarse ante los pequeños, ante los pecadores, ante
los marginados de cualquier clase, según el modelo ofrecido
por Jesús en su ministerio profético y sacerdotal (cf.
Lc 4, 18).
No hay que olvidar el significado profético de la pobreza
sacerdotal, particularmente urgente en las sociedades opulentas y de
consumo, pues «el sacerdote verdaderamente pobre es ciertamente
un signo concreto de la separación, de la renuncia y de la no
sumisión a la tiranía del mundo contemporáneo,
que pone toda su confianza en el dinero y en la seguridad
material».(84)
Jesucristo, que en la cruz lleva a perfección su caridad
pastoral con un total despojo exterior e interior, es el modelo y
fuente de las virtudes de obediencia, castidad y pobreza que el
sacerdote está llamado a vivir como expresión de su
amor pastoral por los hermanos. Como escribe San Pablo a los
Filipenses, el sacerdote debe tener «los mismos sentimientos»
de Jesús, despojándose de su propio «yo»,
para encontrar, en la caridad obediente, casta y pobre, la vía
maestra de la unión con Dios y de la unidad con los hermanos
(cf. Flp 2, 5).
Pertenencia y dedicación a la Iglesia particular
31. Como toda vida espiritual auténticamente cristiana,
también la del sacerdote posee una esencial e irrenunciable
dimensión eclesial: es participación en la santidad de
la misma Iglesia, que en el Credo profesamos como «Comunión
de los Santos». La santidad del cristiano deriva de la de la
Iglesia, la expresa y al mismo tiempo la enriquece. Esta dimensión
eclesial reviste modalidades, finalidades y significados particulares
en la vida espiritual del presbítero, en razón de su
relación especial con la Iglesia, basándose siempre en
su configuración con Cristo, Cabeza y Pastor, en su ministerio
ordenado, en su caridad pastoral.
En esta perspectiva es necesario considerar como valor espiritual
del presbítero su pertenencia y su dedicación a la
Iglesia particular, lo cual no está motivado solamente por
razones organizativas y disciplinares; al contrario, la relación
con el Obispo en el único presbiterio, la coparticipación
en su preocupación eclesial, la dedicación al cuidado
evangélico del Pueblo de Dios en las condiciones concretas
históricas y ambientales de la Iglesia particular, son
elementos de los que no se puede prescindir al dibujar la
configuración propia del sacerdote y de su vida espiritual. En
este sentido la «incardinación» no se agota en un
vínculo puramente jurídico, sino que comporta también
una serie de actitudes y de opciones espirituales y pastorales, que
contribuyen a dar una fisonomía específica a la figura
vocacional del presbítero.
Es necesario que el sacerdote tenga la conciencia de que su «estar
en una Iglesia particular» constituye, por su propia
naturaleza, un elemento calificativo para vivir una espiritualidad
cristiana. Por ello, el presbítero encuentra, precisamente en
su pertenencia y dedicación a la Iglesia particular, una
fuente de significados, de criterios de discernimiento y de acción,
que configuran tanto su misión pastoral, como su vida
espiritual.
En el caminar hacia la perfección pueden ayudar también
otras inspiraciones o referencias a otras tradiciones de vida
espiritual, capaces de enriquecer la vida sacerdotal de cada uno y de
animar el presbiterio con ricos dones espirituales. Es éste el
caso de muchas asociaciones eclesiales —antiguas y nuevas—,
que acogen en su seno también a sacerdotes: desde las
sociedades de vida apostólica a los institutos seculares
presbiterales; desde las varias formas de comunión y
participación espiritual a los movimientos eclesiales. Los
sacerdotes que pertenecen a Órdenes y a Congregaciones
religiosas son una riqueza espiritual para todo el presbiterio
diocesano, al que contribuyen con carismas específicos y
ministerios especializados; con su presencia estimulan la Iglesia
particular a vivir más intensamente su apertura universal.(85)
La pertenencia del sacerdote a la Iglesia particular y su
dedicación, hasta el don de la propia vida, para la
edificación de la Iglesia —«in persona Christi»,
Cabeza y Pastor—, al servicio de toda la comunidad cristiana,
en cordial y filial relación con el Obispo, han de ser
favorecidas por todo carisma que forme parte de una existencia
sacerdotal o esté cercano a la misma.(86)
Para que la abundancia de los dones del Espíritu Santo sea
acogida con gozo y dé frutos para gloria de Dios y bien de la
Iglesia entera, se exige por parte de todos, en primer lugar, el
conocimiento y discernimiento de los carismas propios y ajenos, y un
ejercicio de los mismos acompañado siempre por la humildad
cristiana, la valentía de la autocrítica y la intención
—por encima de cualquier otra preocupación—, de
ayudar a la edificación de toda la comunidad, a cuyo servicio
está puesto todo carisma particular. Se pide, además, a
todos un sincero esfuerzo de estima recíproca, de respeto
mutuo y de valoración coordinada de todas las diferencias
positivas y justificadas, presentes en el presbiterio. Todo esto
forma parte también de la vida espiritual y de la constante
ascesis del sacerdote.
32. La pertenencia y dedicación a una Iglesia particular no
circunscriben la actividad y la vida del presbítero, pues,
dada la misma naturaleza de la Iglesia particular(87) y del
ministerio sacerdotal, aquellas no pueder reducirse a estrechos
límites. El Concilio enseña sobre esto: «El don
espiritual que los presbíteros recibieron en la ordenación
no los prepara a una misión limitada y restringida, sino a la
misión universal y amplísima de salvación "hasta
los confines de la tierra" (Hch 1, 8), pues cualquier ministerio
sacerdotal participa de la misma amplitud universal de la misión
confiada por Cristo a los Apóstoles».(88)
Se sigue de esto que la vida espiritual de los sacerdotes debe
estar profundamente marcada por el anhelo y el dinamismo misionero.
Corresponde a ellos, en el ejercicio del ministerio y en el
testimonio de su vida, plasmar la comunidad que se les ha confiado
para que sea una comunidad auténticamente misionera. Como he
señalado en la encíclica Redemptoris missio, «todos
los sacerdotes deben de tener corazón y mentalidad de
misioneros, estar abiertos a las necesidades de la Iglesia y del
mundo, atentos a los más lejanos y, sobre todo, a los grupos
no cristianos del propio ambiente. Que en la oración y,
particularmente, en el sacrificio eucarístico sientan la
solicitud de toda la Iglesia por la humanidad entera».(89)
Si este espíritu misionero anima generosamente la vida de
los sacerdotes, será fácil la respuesta a una necesidad
cada día más grave en la Iglesia, que nace de una
desigual distribución del clero. En este sentido ya el
Concilio se mostró preciso y enérgico: «Recuerden,
pues, los presbíteros que deben llevar en su corazón la
solicitud por todas las Iglesias. Por tanto, los presbíteros
de aquellas diócesis que son más ricas en abundancia de
vocaciones, muéstrense de buen grado dispuestos, con permiso o
por exhortación de su propio Obispo, a ejercer su ministerio
en regiones, misiones u obras que padecen escasez de clero».(90)
«Renueva en sus corazones el Espíritu de santidad»
33. «El Espíritu del Señor está sobre
mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena
Nueva...» (Lc 4, 18). Jesús hace resonar también
hoy en nuestro corazón de sacerdotes las palabras que
pronunció en la sinagoga de Nazaret. Efectivamente, nuestra fe
nos revela la presencia operante del Espíritu de Cristo en
nuestro ser, en nuestro actuar y en nuestro vivir, tal como lo ha
configurado, capacitado y plasmado el sacramento del Orden.
Ciertamente, el Espíritu del Señor es el gran
protagonista de nuestra vida espiritual. Él crea el «corazón
nuevo», lo anima y lo guía con la «ley nueva»
de la caridad, de la caridad pastoral. Para el desarrollo de la vida
espiritual es decisiva la certeza de que no faltará nunca al
sacerdote la gracia del Espíritu Santo, como don totalmente
gratuito y como mandato de responsabilidad. La conciencia del don
infunde y sostiene la confianza indestructible del sacerdote en las
dificultades, en las tentaciones, en las debilidades con que puede
encontrarse en el camino espiritual.
Vuelvo a proponer a todos los sacerdotes lo que, en otra ocasión,
dije a un numeroso grupo de ellos, «La vocación
sacerdotal es esencialmente una llamada a la santidad, que nace del
sacramento del Orden. La santidad es intimidad con Dios, es imitación
de Cristo, pobre, casto, humilde; es amor sin reservas a las almas y
donación a su verdadero bien; es amor a la Iglesia que es
santa y nos quiere santos, porque ésta es la misión que
Cristo le ha encomendado. Cada uno de vosotros debe ser santo,
también para ayudar a los hermanos a seguir su vocación
a la santidad...
»¿Cómo no reflexionar... sobre la función
esencial que el Espíritu Santo ejerce en la específica
llamada a la santidad, propia del ministerio sacerdotal? Recordemos
las palabras del rito de la Ordenación sacerdotal, que se
consideran centrales en la fórmula sacramental: "Te
pedimos, Padre todopoderoso, que confieras a estos siervos tuyos la
dignidad del presbiterado; renueva en sus corazones el Espíritu
de santidad; reciban de Ti el sacerdocio de segundo grado y sean, con
su conducta, ejemplo de vida".
»Mediante la Ordenación, amadísimos hermanos,
habéis recibido el mismo Espíritu de Cristo, que os
hace semejantes a Él, para que podáis actuar en su
nombre y vivir en vosotros sus mismos sentimientos. Esta íntima
comunión con el Espíritu de Cristo, a la vez que
garantiza la eficacia de la acción sacramental que realizáis
"in persona Christi", debe expresarse también en el
fervor de la oración, en la coherencia de vida, en la caridad
pastoral de un ministerio dirigido incansablemente a la salvación
de los hermanos. Requiere, en una palabra, vuestra santificación
personal.»(91)
CAPÍTULO IV
VENID Y LO VERÉIS
La vocación sacerdotal en la
pastoral de la Iglesia
Buscar, seguir, permanecer
34. «Venid y lo veréis» (Jn 1, 39). De esta
manera responde Jesús a los dos discípulos de Juan el
Bautista, que le preguntaban donde vivía. En estas palabras
encontramos el significado de la vocación.
Así cuenta el evangelista la llamada a Andrés y a
Pedro: «Al día siguiente, Juan se encontraba en aquel
mismo lugar con dos de sus discípulos. De pronto vio a Jesús,
que pasaba por allí, y dijo: "¡Éste es el
cordero de Dios!" Los dos discípulos le oyeron decir esto
y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, viendo
que lo seguían, les preguntó: "¿Qué
buscáis?" Ellos contestaron: "Rabbí, (que
quiere decir Maestro) ¿dónde vives?" Él les
respondió: "Venid y lo veréis". Se fueron con
él, vieron dónde vivía y pasaron aquel día
con él. Eran como las cuatro de la tarde. Uno de los dos que
siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón
Pedro. Encontró Andrés en primer lugar a su propio
hermano Simón y le dijo: "Hemos encontrado al Mesías
(que quiere decir Cristo)". Y lo llevó a Jesús.
Jesús, al verlo, le dijo: "Tú eres Simón,
hijo de Juan: en adelante te llamarás Cefas, (es decir,
Pedro)"» (Jn 1, 35-42).
Esta página del Evangelio es una de tantas de la Biblia en
las que se describe el «misterio» de la vocación;
en nuestro caso, el misterio de la vocación a ser apóstoles
de Jesús. La página de san Juan, que tiene también
un significado para la vocación cristiana como tal, adquiere
un valor simbólico para la vocación sacerdotal. La
Iglesia, como comunidad de los discípulos de Jesús,
está llamada a fijar su mirada en esta escena que, de alguna
manera, se renueva continuamente en la historia. Se le invita a
profundizar el sentido original y personal de la vocación al
seguimiento de Cristo en el ministerio sacerdotal y el vínculo
inseparable entre la gracia divina y la responsabilidad humana
contenido y revelado en esas dos palabras que tantas veces
encontramos en el Evangelio: ven y sígueme (cf. Mt 19, 21). Se
le invita a interpretar y recorrer el dinamismo propio de la
vocación, su desarrollo gradual y concreto en las fases del
buscar a Jesús, seguirlo y permanecer con Él.
La Iglesia encuentra en este Evangelio de la vocación el
modelo, la fuerza y el impulso de su pastoral vocacional, o sea, de
su misión destinada a cuidar el nacimiento, el discernimiento
y el acompañamiento de las vocaciones, en especial de las
vocaciones al sacerdocio. Precisamente porque «la falta de
sacerdotes es ciertamente la tristeza de cada Iglesia»,(92) la
pastoral vocacional exige ser acogida, sobre todo hoy, con nuevo,
vigoroso y más decidido compromiso por parte de todos los
miembros de la Iglesia, con la conciencia de que no es un elemento
secundario o accesorio, ni un aspecto aislado o sectorial, como si
fuera algo sólo parcial, aunque importante, de la pastoral
global de la Iglesia. Como han afirmado repetidamente los Padres
sinodales, se trata más bien de una actividad íntimamente
inserta en la pastoral general de cada Iglesia particular,(93) de una
atención que debe integrarse e identificarse plenamente con la
lla mada "cura de almas" ordinaria,(94) de una dimensión
connatural y esencial de la pastoral eclesial, o sea, de su vida y de
su misión.(95)
La dimensión vocacional es esencial y connatural a la
pastoral de la Iglesia. La razón se encuentra en el hecho de
que la vocación define, en cierto sentido, el ser profundo de
la Iglesia, incluso antes que su actuar. En el mismo vocablo de
Iglesia (Ecclesia) se indica su fisonomía vocacional íntima,
porque es verdaderamente «convocatoria», esto es,
asamblea de los llamados: «Dios ha convocado la asamblea de
aquellos que miran en la fe a Jesús, autor de la salvación
y principio de unidad y de paz, y así ha constituido la
Iglesia, para que sea para todos y para cada uno el sacramento
visible de esta unidad salvífica».(96)
Una lectura propiamente teológica de la vocación
sacerdotal y de su pastoral, puede nacer sólo de la lectura
del misterio de la Iglesia como mysterium vocationis.
La Iglesia y el don de la vocación
35. Toda vocación cristiana encuentra su fundamento en la
elección gratuita y precedente de parte del Padre, «que
desde lo alto del cielo nos ha bendecido por medio de Cristo con toda
clase de bienes espirituales. Él nos eligió en Cristo
antes de la creación del mundo, para que fuéramos su
pueblo y nos mantuviéramos sin mancha en su presencia. Llevado
de su amor, él nos destinó de antemano, conforme al
beneplácito de su voluntad, a ser adoptados como hijos suyos,
por medio de Jesucristo» (Ef 1, 3-5).
Toda vocación cristiana viene de Dios, es don de Dios. Sin
embargo nunca se concede fuera o independientemente de la Iglesia,
sino que siempre tiene lugar en la Iglesia y mediante ella, porque,
como nos recuerda el Concilio Vaticano II, «fue voluntad de
Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin
conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un
pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente».(97)
La Iglesia no sólo contiene en sí todas las
vocaciones que Dios le otorga en su camino de salvación, sino
que ella misma se configura como misterio de vocación, reflejo
luminoso y vivo del misterio de la Santísima Trinidad. En
realidad la Iglesia, «pueblo congregado por la unidad del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo»,(98) lleva en sí
el misterio del Padre que, sin ser llamado ni enviado por nadie
(cf.Rom 11, 33-35), llama a todos para santificar su nombre y cumplir
su voluntad; ella custodia dentro de sí el misterio del Hijo,
llamado por el Padre y enviado para anunciar a todos el Reino de
Dios, y que llama a todos a su seguimiento; y es depositaria del
misterio del Espíritu Santo que consagra para la misión
a los que el Padre llama mediante su Hijo Jesucristo.
La Iglesia, que por propia naturaleza es «vocación»,
es generadora y educadora de vocaciones. Lo es en su ser de
«sacramento», en cuanto «signo» e
«instrumento» en el que resuena y se cumple la vocación
de todo cristiano; y lo es en su actuar, o sea, en el desarrollo de
su ministerio de anuncio de la Palabra, de celebración de los
Sacramentos y de servicio y testimonio de la caridad.
Ahora se puede comprender mejor la esencial dimensión
eclesial de la vocación cristiana: ésta no sólo
deriva «de» la Iglesia y de su mediación, no sólo
se reconoce y se cumple «en» la Iglesia, sino que —en
el servicio fundamental de Dios— se configura necesariamente
como servicio «a» la Iglesia. La vocación
cristiana, en todas sus formas, es un don destinado a la edificación
de la Iglesia, al crecimiento del Reino de Dios en el mundo.(99)
Esto que decimos de toda vocación cristiana se realiza de
un modo específico en la vocación sacerdotal. Ésta
es una llamada, a través del sacramento del Orden recibido en
la Iglesia, a ponerse al servicio del Pueblo de Dios con una peculiar
pertenencia y configuración con Jesucristo y que da también
la autoridad para actuar en su nombre «et in persona» de
quien es Cabeza y Pastor de la Iglesia.
En esta perspectiva se comprende lo que manifiestan los Padres
sinodales: «La vocación de cada uno de los presbíteros
existe en la Iglesia y para la Iglesia, y se realiza para ella. De
ahí se sigue que todo presbítero recibe del Señor
la vocación a través de la Iglesia como un don
gratuito, una gratia gratis data (charisma). Es tarea del Obispo o
del superior competente no sólo examinar la idoneidad y la
vocación del candidato, sino también reconocerla. Este
elemento eclesiástico pertenece a la vocación, al
ministerio presbiteral como tal. El candidato al presbiterado debe
recibir la vocación sin imponer sus propias condiciones
personales, sino aceptando las normas y condiciones que pone la misma
Iglesia, por la responsabilidad que a ella compete».(100)
El diálogo vocacional: iniciativa de Dios y respuesta del
hombre
36. La historia de toda vocación sacerdotal, como también
de toda vocación cristiana, es la historia de un inefable
diálogo entre Dios y el hombre, entre el amor de Dios que
llama y la libertad del hombre que responde a Dios en el amor. Estos
dos aspectos inseparables de la vocación, el don gratuito de
Dios y la libertad responsable del hombre, aparecen de manera clara y
eficaz en las brevísimas palabras con las que el evangelista
san Marcos presenta la vocación de los doce: Jesús
«subió a un monte, y llamando a los que quiso, vinieron
a él» (3, 13). Por un lado está la decisión
absolutamente libre de Jesús y por otro, el «venir»
de los doce, o sea, el «seguir» a Jesús.
Éste es el modelo constante, el elemento imprescindible de
toda vocación; la de los profetas, apóstoles,
sacerdotes, religiosos, fieles laicos, la de toda persona.
Ahora bien, la intervención libre y gratuita de Dios que
llama es absolutamente prioritaria, anterior y decisiva. Es suya la
iniciativa de llamar. Por ejemplo, ésta es la experiencia del
profeta Jeremías: «El Señor me habló así:
"Antes de formarte en el vientre te conocí; antes que
salieras del seno te consagré, te constituí profeta de
las naciones"» (Jr 1, 4-5). Y es la misma verdad
presentada por el apóstol Pablo, que fundamenta toda vocación
en la elección eterna en Cristo, hecha «antes de la
creación del mundo» y «conforme al beneplácito
de su voluntad» (Ef 1, 4. 5). La primacía absoluta de la
gracia en la vocación encuentra su proclamación
perfecta en la palabra de Jesús: «No me elegisteis
vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros y os he
destinado para que vayáis y deis fruto y que vuestro fruto
permanezca» (Jn 15, 16).
Si la vocación sacerdotal testimonia, de manera inequívoca,
la primacía de la gracia, la decisión libre y soberana
de Dios de llamar al hombre exige respeto absoluto, y en modo alguno
puede ser forzada por presiones humanas, ni puede ser sustituida por
decisión humana alguna. La vocación es un don de la
gracia divina y no un derecho del hombre, de forma que «nunca
se puede considerar la vida sacerdotal como una promoción
simplemente humana, ni la misión del ministro como un simple
proyecto personal».(101) De este modo, queda excluida
radicalmente toda vanagloria y presunción por parte de los
llamados (cf. Heb 5, 4 ss) los cuales han de sentir profundamente una
gratitud admirada y conmovida, una confianza y una esperanza firmes,
porque saben que están apoyados no en sus propias fuerzas,
sino en la fidelidad incondicional de Dios que llama.
«Llamó a los que él quiso y vinieron a él»
(Mc 3, 13). Este «venir», que se identifica con el
«seguir» a Jesús, expresa la respuesta libre de
los doce a la llamada del Maestro. Así sucede con Pedro y
Andrés; les dijo: «'Venid conmigo y os haré
pescadores de hombres'. Y ellos al instante, dejaron las redes y le
siguieron» (Mt 4, 19-20). Idéntica fue la experiencia de
Santiago y Juan (cf. Mt 4, 21-22). Así sucede siempre: en la
vocación brillan a la vez el amor gratuito de Dios y la
exaltación de la libertad del hombre; la adhesión a la
llamada de Dios y su entrega a Él.
En realidad, gracia y libertad no se oponen entre sí. Al
contrario, la gracia anima y sostiene la libertad humana, liberándola
de la esclavitud del pecado (cf. Jn 8, 34-36), sanándola y
elevándola en sus capacidades de apertura y acogida del don de
Dios. Y si no se puede atentar contra la iniciativa absolutamente
gratuita de Dios que llama, tampoco se puede atentar contra la
extrema seriedad con la que el hombre es desafiado en su libertad.
Así, al «ven y sígueme» de Jesús, el
joven rico contesta con el rechazo, signo —aunque sea negativo—
de su libertad: «Pero él, abatido por estas palabras, se
marchó entristecido, porque tenía muchos bienes»
(Mc 10, 22).
Por tanto, la libertad es esencial para la vocación, una
libertad que en la respuesta positiva se califica como adhesión
personal profunda, como donación de amor —o mejor como
re-donación al Donador: Dios que llama—, esto es, como
oblación. «A la llamada —decía Pablo VI—
corresponde la respuesta. No puede haber vocaciones, si no son
libres, es decir, si no son ofrendas espontáneas de sí
mismo, conscientes, generosas, totales... Oblaciones; éste es
prácticamente el verdadero problema... Es la voz humilde y
penetrante de Cristo, que dice, hoy como ayer y más que ayer:
ven. La libertad se sitúa en su raíz más
profunda: la oblación, la generosidad y el sacrificio».(102)
La oblación libre, que constituye el núcleo íntimo
y más precioso de la respuesta del hombre a Dios que llama,
encuentra su modelo incomparable, más aún, su raíz
viva, en la oblación libérrima de Jesucristo —primero
de los llamados— a la voluntad del Padre: «Por eso, al
entrar en este mundo, dice Cristo: "No has querido sacrificio ni
oblación, pero me has formado un cuerpo ... Entonces yo dije:
He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad"»
(Heb 10, 5.7).
En íntima unión con Cristo, María, la Virgen
Madre, ha sido la criatura que más ha vivido la plena verdad
de la vocación, porque nadie como Ella ha respondido con un
amor tan grande al amor inmenso de Dios.(103)
37. «Abatido por estas palabras, se marchó
entristecido, porque tenía muchos bienes» (Mc 10, 22).
El joven rico del Evangelio, que no sigue la llamada de Jesús,
nos recuerda los obstáculos que pueden bloquear o apagar la
respuesta libre del hombre: no sólo los bienes materiales
pueden cerrar el corazón humano a los valores del espíritu
y a las exigencias radicales del Reino de Dios, sino que también
algunas condiciones sociales y culturales de nuestro tiempo pueden
representar no pocas amenazas e imponer visiones desviadas y falsas
sobre la verdadera naturaleza de la vocación, haciendo
difíciles, cuando no imposibles, su acogida y su misma
comprensión.
Muchos tienen una idea de Dios tan genérica y confusa que
deriva en formas de religiosidad sin Dios, en las cuales la voluntad
de Dios se concibe como un destino inmutable e inevitable, al que el
hombre debe simplemente adaptarse y resignarse con total pasividad.
Pero no es éste el rostro de Dios, que Jesucristo ha venido a
revelarnos. En efecto, Dios es el Padre que, con amor eterno y
precedente, llama al hombre y lo sitúa en un maravilloso y
permanente diálogo con Él, invitándolo a
compartir su misma vida divina como hijo. Es cierto que, con una
visión equivocada de Dios, el hombre no puede reconocer ni
siquiera la verdad sobre sí mismo, de tal forma que la
vocación no puede ser ni percibida ni vivida en su valor
auténtico; puede ser sentida solamente como un peso impuesto e
insoportable.
También algunas ideas equivocadas sobre el hombre,
sostenidas con frecuencia con aparentes argumentos filosóficos
o «científicos», inducen a veces al hombre a
interpretar la propia existencia y libertad como totalmente
determinadas y condicionadas por factores externos de orden
educativo, psicológico, cultural o ambiental. Otras veces se
entiende la libertad en términos de absoluta autonomía
pretendiendo que sea la única e inexplorable fuente de
opciones personales y considerándola a toda costa como
afirmación de sí mismo. Pero, de ese modo, se cierra el
camino para entender y vivir la vocación como libre diálogo
de amor, que nace de la comunicación de Dios al hombre y se
concluye con el don sincero de sí, por parte del hombre.
En el contexto actual no falta tampoco la tendencia a concebir la
relación del hombre con Dios de un modo individualista e
intimista, como si la llamada de Dios llegase a cada persona por vía
directa, sin mediación comunitaria alguna, y tuviese como meta
una ventaja, o la salvación misma de cada uno de los llamados
y no la dedicación total a Dios en el servicio a la comunidad.
Encontramos así otra amenaza, más profunda y a la vez
más sutil, que hace imposible reconocer y aceptar con gozo la
dimensión eclesial inscrita originariamente en toda vocación
cristiana, y en particular en la vocación presbiteral. En
efecto, como nos recuerda el Concilio, el sacerdocio ministerial
adquiere su auténtico significado y realiza la plena verdad de
sí mismo en el servir y hacer crecer la comunidad cristiana y
el sacerdocio común de los fieles.(104)
El contexto cultural al que aludimos, cuyo influjo no está
ausente entre los mismos cristianos y especialmente entre los
jóvenes, ayuda a comprender la difusión de la crisis de
las mismas vocaciones sacerdotales, originadas y acompañadas
por crisis de fe más radicales. Lo han declarado
explícitamente los Padres sinodales, reconociendo que la
crisis de las vocaciones al presbiterado tiene profundas raíces
en el ambiente cultural y en la mentalidad y praxis de los
cristianos.(105)
De aquí la urgencia de que la pastoral vocacional de la
Iglesia se dirija decididamente y de modo prioritario hacia la
reconstrucción de la «mentalidad cristiana», tal
como la crea y sostiene la fe. Más que nunca es necesaria una
evangelización que no se canse de presentar el verdadero
rostro de Dios —el Padre que en Jesucristo nos llama a cada uno
de nosotros— así como el sentido genuino de la libertad
humana como principio y fuerza del don responsable de sí
mismo. Solamente de esta manera se podrán sentar las bases
indispensables para que toda vocación, incluida la sacerdotal,
pueda ser percibida en su verdad, amada en su belleza y vivida con
entrega total y con gozo profundo.
Contenidos y medios de la pastoral vocacional
38. Ciertamente la vocación es un misterio inescrutable que
implica la relación que Dios establece con el hombre, como ser
único e irrepetible, un misterio percibido y sentido como una
llamada que espera una respuesta en lo profundo de la conciencia,
esto es, en aquel «sagrario del hombre, en el que éste
se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en la propia
intimidad».(106) Pero esto no elimina la dimensión
comunitaria y, más en concreto, eclesial de la vocación:
la Iglesia está realmente presente y operante en la vocación
de cada sacerdote.
En el servicio a la vocación sacerdotal y a su camino, o
sea, al nacimiento, discernimiento y acompañamiento de la
vocación, la Iglesia puede encontrar un modelo en Andrés,
uno de los dos primeros discípulos que siguieron a Jesús.
Es el mismo Andrés el que va a contar a su hermano lo que le
había sucedido: «Hemos encontrado al Mesías (que
quiere decir el Cristo)» (Jn 1, 41). Y la narración de
este «descubrimiento» abre el camino al encuentro: «Y
lo llevó a Jesús» (Jn 1, 42). No hay ninguna duda
sobre la iniciativa absolutamente libre ni sobre la decisión
soberana de Jesús: es Jesús el que llama a Simón
y le da un nuevo nombre: «Jesús, fijando su mirada en
él, le dijo: "Tú eres Simón, el hijo de
Juan; tú te llamarás Cefas (que quiere decir Pedro)"»
(Jn 1, 42). Pero también Andrés ha tenido su
iniciativa: ha favorecido el encuentro del hermano con Jesús.
«Y lo llevó a Jesús». Éste es el
núcleo de toda la pastoral vocacional de la Iglesia, con la
que cuida del nacimiento y crecimiento de las vocaciones, sirviéndose
de los dones y responsabilidades, de los carismas y del ministerio
recibidos de Cristo y de su Espíritu. La Iglesia, como pueblo
sacerdotal, profético y real, está comprometida en
promover y ayudar el nacimiento y la maduración de las
vocaciones sacerdotales con la oración y la vida sacramental,
con el anuncio de la Palabra y la educación en la fe, con la
guía y el testimonio de la caridad.
En su dignidad y responsabilidad de pueblo sacerdotal, la Iglesia
encuentra en la oración y en la celebración de la
liturgia los momentos esenciales y primarios de la pastoral
vocacional. En efecto, la oración cristiana, alimentándose
de la Palabra de Dios, crea el espacio ideal para que cada uno pueda
descubrir la verdad de su ser y la identidad del proyecto de vida,
personal e irrepetible, que el Padre le confía. Por eso es
necesario educar, especialmente a los muchachos y a los jóvenes,
para que sean fieles a la oración y meditación de la
Palabra de Dios. En el silencio y en la escucha podrán
percibir la llamada del Señor al sacerdocio y seguirla con
prontitud y generosidad.
La Iglesia debe acoger cada día la invitación
persuasiva y exigente de Jesús, que nos pide que «roguemos
al dueño de la mies que envíe obreros a su mies»
(Mt 9, 38). Obedeciendo al mandato de Cristo, la Iglesia hace, antes
que nada, una humilde profesión de fe, pues al rogar por las
vocaciones —mientras toma conciencia de su gran urgencia para
su vida y misión— reconoce que son un don de Dios y,
como tal, hay que pedirlo con súplica incesante y confiada.
Ahora bien, esta oración, centro de toda la pastoral
vocacional, debe comprometer no sólo a cada persona sino
también a todas las comunidades eclesiales. Nadie duda de la
importancia de cada una de las iniciativas de oración y de los
momentos especiales reservados a ésta —comenzando por la
Jornada Mundial anual por las Vocaciones— así como el
compromiso explícito de personas y grupos particularmente
sensibles al problema de las vocaciones sacerdotales. Pero hoy, la
espera suplicante de nuevas vocaciones debe ser cada vez más
una práctica constante y difundida en la comunidad cristiana y
en toda realidad eclesial. Así se podrá revivir la
experiencia de los apóstoles, que en el Cenáculo,
unidos con María, esperan en oración la venida del
Espíritu (cf. Hch 1, 14), que no dejará de suscitar
también hoy en el Pueblo de Dios «dignos ministros del
altar, testigos valientes y humildes del Evangelio».(107)
También la liturgia, culmen y fuente de la vida de la
Iglesia(108) y, en particular, de toda oración cristiana,
tiene un papel indispensable así como una incidencia
privilegiada en la pastoral de las vocaciones. En efecto, la liturgia
constituye una experiencia viva del don de Dios y una gran escuela de
la respuesta a su llamada. Como tal, toda celebración
litúrgica, y sobre todo la eucarística, nos descubre el
verdadero rostro de Dios; nos pone en comunicación con el
misterio de la Pascua, o sea, con la «hora» por la que
Jesús vino al mundo y hacia la que se encaminó libre y
voluntariamente en obediencia a la llamada del Padre (cf. Jn 13, 1);
nos manifiesta el rostro de la Iglesia como pueblo de sacerdotes y
comunidad bien compacta en la variedad y complementariedad de los
carismas y vocaciones. El sacrificio redentor de Cristo, que la
Iglesia celebra sacramentalmente, da un valor particularmente
precioso al sufrimiento vivido en unión con el Señor
Jesús. Los Padres sinodales nos han invitado a no olvidar
nunca que «a través de la oblación de los
sufrimientos, tan frecuentes en la vida de los hombres, el cristiano
enfermo se ofrece a sí mismo como víctima a Dios, a
imagen de Cristo, que se inmoló a sí mismo por todos
nosotros (cf. Jn 17, 19)», y que «el ofrecimiento de los
sufrimientos con esta intención es de gran provecho para la
promoción de las vocaciones».(109)
39. En el ejercicio de su misión profética, la
Iglesia siente como urgente e irrenunciable el deber de anunciar y
testimoniar el sentido cristiano de la vocación: lo que
podríamos llamar «el Evangelio de la vocación».
También en este campo descubre la urgencia de las palabras del
apóstol: «¡Ay de mí si no evangelizara!»
(1 Cor 9, 16). Esta exclamación resuena principalmente para
nosotros pastores y se refiere, juntamente con nosotros, a todos los
educadores en la Iglesia. La predicación y la catequesis deben
manifestar siempre su intrínseca dimensión vocacional:
la Palabra de Dios ilumina a los creyentes para valorar la vida como
respuesta a la llamada de Dios y los acompaña para acoger en
la fe el don de la vocación personal.
Pero todo esto, aun siendo importante y esencial, no basta. Es
necesaria una predicación directa sobre el misterio de la
vocación en la Iglesia, sobre el valor del sacerdocio
ministerial, sobre su urgente necesidad para el Pueblo de Dios. (110)
Una catequesis orgánica y difundida a todos los niveles en la
Iglesia, además de disipar dudas y contrastar ideas
unilaterales o desviadas sobre el ministerio sacerdotal, abre los
corazones de los creyentes a la espera del don y crea condiciones
favorables para el nacimiento de nuevas vocaciones. Ha llegado el
tiempo de hablar valientemente de la vida sacerdotal como de un valor
inestimable y una forma espléndida y privilegiada de vida
cristiana. Los educadores, especialmente los sacerdotes, no deben
temer el proponer de modo explícito y firme la vocación
al presbiterado como una posibilidad real para aquellos jóvenes
que muestren tener los dones y las cualidades necesarias para ello.
No hay que tener ningún miedo de condicionarles o limitar su
libertad; al contrario, una propuesta concreta, hecha en el momento
oportuno, puede ser decisiva para provocar en los jóvenes una
respuesta libre y auténtica. Por lo demás, la historia
de la Iglesia y la de tantas vocaciones sacerdotales, surgidas
incluso en tierna edad, demuestran ampliamente el valor providencial
de la cercanía y de la palabra de un sacerdote; no sólo
de la palabra sino también de la cercanía, o sea, de un
testimonio concreto y gozoso, capaz de motivar interrogantes y
conducir a decisiones incluso definitivas.
40. Como Pueblo real, la Iglesia se sabe enraizada y animada por
la «ley del Espíritu que da la vida» (Rom 8, 2),
que es esencialmente la ley regia de la caridad (cf. Sant 2, 8) o la
ley perfecta de la libertad (cf. Sant 1, 25). Por eso cumple su
misión cuando orienta a cada uno de los fieles a descubrir y
vivir la propia vocación en la libertad y a realizarla en la
caridad.
En su misión educativa, la Iglesia procura con especial
atención suscitar en los niños, adolescentes y jóvenes
el deseo y la voluntad de un seguimiento integral y atrayente de
Jesucristo. La tarea educativa, que corresponde también a la
comunidad cristiana como tal, debe dirigirse a cada persona. En
efecto, Dios con su llamada toca el corazón de cada hombre, y
el Espíritu, que habita en lo íntimo de cada discípulo
(cf. 1 Jn 3, 24), es infundido a cada cristiano con carismas diversos
y con manifestaciones particulares. Por tanto, cada uno ha de ser
ayudado para poder acoger el don que se le ha dado a él en
particular, como persona única e irrepetible, y para escuchar
las palabras que el Espíritu de Dios le dirige.
En esta perspectiva, la atención a las vocaciones al
sacerdocio se debe concretar también en una propuesta decidida
y convincente de dirección espiritual. Es necesario
redescubrir la gran tradición del acompañamiento
espiritual individual, que ha dado siempre tantos y tan preciosos
frutos en la vida de la Iglesia. En determinados casos y bajo
precisas condiciones, este acompañamiento podrá verse
ayudado, pero nunca sustituido, con formas de análisis o de
ayuda psicológica.(111) Invítese a los niños,
los adolescentes y los jóvenes a descubrir y apreciar el don
de la dirección espiritual, a buscarlo y experimentarlo, a
solicitarlo con insistencia confiada a sus educadores en la fe. Por
su parte, los sacerdotes sean los primeros en dedicar tiempo y
energías a esta labor de educación y de ayuda
espiritual personal. No se arrepentirán jamás de haber
descuidado o relegado a segundo plano otras muchas actividades
también buenas y útiles, si esto lo exigía la
fidelidad a su ministerio de colaboradores del Espíritu en la
orientación y guía de los llamados.
Finalidad de la educación del cristiano es llegar, bajo el
influjo del Espíritu, a la «plena madurez de Cristo»
(Ef 4, 13). Esto se verifica cuando, imitando y compartiendo su
caridad, se hace de toda la vida propia un servicio de amor (cf. Jn
13, 14-15), ofreciendo un culto espiritual agradable a Dios (cf. Rom
12, 1) y entregándose a los hermanos. El servicio de amor es
el sentido fundamental de toda vocación, que encuentra una
realización específica en la vocación del
sacerdote. En efecto, él es llamado a revivir, en la forma más
radical posible, la caridad pastoral de Jesús, o sea, el amor
del buen Pastor, que «da su vida por las ovejas» (Jn 10,
11).
Por eso una pastoral vocacional auténtica no se cansará
jamás de educar a los niños, adolescentes y jóvenes
al compromiso, al significado del servicio gratuito, al valor del
sacrificio, a la donación incondicionada de sí mismos.
En este sentido, se manifiesta particularmente útil la
experiencia del voluntariado, hacia el cual está creciendo la
sensibilidad de tantos jóvenes. En efecto, se trata de un
voluntariado motivado evangélicamente, capaz de educar al
discernimiento de las necesidades, vivido con entrega y fidelidad
cada día, abierto a la posibilidad de un compromiso definitivo
en la vida consagrada, alimentado por la oración; dicho
voluntariado podrá ayudar a sostener una vida de entrega
desinteresada y gratuita y, al que lo practica, le hará más
sensible a la voz de Dios que lo puede llamar al sacerdocio. A
diferencia del joven rico, el voluntario podría aceptar la
invitación, llena de amor, que Jesús le dirige (cf. Mc
10, 21); y la podría aceptar porque sus únicos bienes
consisten ya en darse a los otros y «perder» su vida.
Todos somos responsables de las vocaciones sacerdotales
41. La vocación sacerdotal es un don de Dios, que
constituye ciertamente un gran bien para quien es su primer
destinatario. Pero es también un don para toda la Iglesia, un
bien para su vida y misión. Por eso la Iglesia está
llamada a custodiar este don, a estimarlo y amarlo. Ella es
responsable del nacimiento y de la maduración de las
vocaciones sacerdotales. En consecuencia, la pastoral vocacional
tiene como sujeto activo, como protagonista, a la comunidad eclesial
como tal, en sus diversas expresiones: desde la Iglesia universal a
la Iglesia particular y, análogamente, desde ésta a la
parroquia y a todos los estamentos del Pueblo de Dios.
Es muy urgente, sobre todo hoy, que se difunda y arraigue la
convicción de que todos los miembros de la Iglesia, sin
excluir ninguno, tienen la responsabilidad de cuidar las vocaciones.
El Concilio Vaticano II ha sido muy explícito al afirmar que
«el deber de fomentar las vocaciones afecta a toda la comunidad
cristiana, la cual ha de procurarlo, ante todo, con una vida
plenamente cristiana».(112) Solamente sobre la base de esta
convicción, la pastoral vocacional podrá manifestar su
rostro verdaderamente eclesial, desarrollar una acción
coordinada, sirviéndose también de organismos
específicos y de instrumentos adecuados de comunión y
de corresponsabilidad.
La primera responsabilidad de la pastoral orientada a las
vocaciones sacerdotales es del Obispo,(113) que está llamado a
vivirla en primera persona, aunque podrá y deberá
suscitar abundantes tipos de colaboraciones. A él, que es
padre y amigo en su presbiterio, le corresponde, ante todo, la
solicitud de dar continuidad al carisma y al ministerio presbiteral,
incorporando a él nuevos miembros con la imposición de
las manos. Él se preocupará de que la dimensión
vocacional esté siempre presente en todo el ámbito de
la pastoral ordinaria, es más, que esté plenamente
integrada y como identificada con ella. A él compete el deber
de promover y coordinar las diversas iniciativas vocacionales.(114)
El Obispo sabe que puede contar ante todo con la colaboración
de su presbiterio. Todos los sacerdotes son solidarios y
corresponsables con él en la búsqueda y promoción
de las vocaciones presbiterales. En efecto, como afirma el Concilio,
«a los sacerdotes, en cuanto educadores en la fe, atañe
procurar, por sí mismos o por otros, que cada uno de los
fieles sea llevado en el Espíritu Santo a cultivar su propia
vocación».(115) «Este deber pertenece a la misión
misma sacerdotal, por la que el presbítero se hace ciertamente
partícipe de la solicitud de toda la Iglesia, para que aquí
en la tierra nunca falten operarios en el Pueblo de Dios».(116)
La vida misma de los presbíteros, su entrega incondicional a
la grey de Dios, su testimonio de servicio amoroso al Señor y
a su Iglesia —un testimonio sellado con la opción por la
cruz, acogida en la esperanza y en el gozo pascual—, su
concordia fraterna y su celo por la evangelización del mundo,
son el factor primero y más persuasivo de fecundidad
vocacional.(117)
Una responsabilidad particularísima está confiada a
la familia cristiana, que en virtud del sacramento del matrimonio
participa, de modo propio y original, en la misión educativa
de la Iglesia, maestra y madre. Como han afirmado los Padres
sinodales, «la familia cristiana, que es verdaderamente "como
iglesia doméstica" (Lumen gentium, 11), ha ofrecido
siempre y continúa ofreciendo las condiciones favorables para
el nacimiento de las vocaciones. Y puesto que hoy la imagen de la
familia cristiana está en peligro, se debe dar gran
importancia a la pastoral familiar, de modo que las mismas familias,
acogiendo generosamente el don de la vida humana, formen "como
un primer seminario" (Optatam totius, 2) en el que los hijos
puedan adquirir, desde el comienzo, el sentido de la piedad y de la
oración y el amor a la Iglesia».(118) En continuidad y
en sintonía con la labor de los padres y de la familia está
la escuela, llamada a vivir su identidad de «comunidad
educativa» incluso con una propuesta cultural capaz de iluminar
la dimensión vocacional como valor propio y fundamental de la
persona humana. En este sentido, si es oportunamente enriquecida de
espíritu cristiano (sea a través de presencias
eclesiales significativas en la escuela estatal, según las
diversas legislaciones nacionales, sea sobre todo en el caso de la
escuela católica), puede infundir «en el alma de los
muchachos y de los jóvenes el deseo de cumplir la voluntad de
Dios en el estado de vida más idóneo a cada uno, sin
excluir nunca la vocación al ministerio sacerdotal».(119)
También los fieles laicos, en particular los catequistas,
los profesores, los educadores, los animadores de la pastoral
juvenil, cada uno con los medios y modalidades propios, tienen una
gran importancia en la pastoral de las vocaciones sacerdotales.
Cuanto más profundicen en el sentido de su propia vocación
y misión en la Iglesia, tanto más podrán
reconocer el valor y el carácter insustituible de la vocación
y de la misión sacerdotal.
En el ámbito de las comunidades diocesanas y parroquiales
hay que apreciar y promover aquellos grupos vocacionales, cuyos
miembros ofrecen su ayuda de oración y de sufrimiento por las
vocaciones sacerdotales y religiosas, así como su apoyo moral
y material.
También hay que mencionar aquí a los numerosos
grupos, movimientos y asociaciones de fieles laicos que el Espíritu
Santo hace surgir y crecer en la Iglesia, con vistas a una presencia
cristiana más misionera en el mundo. Estas diversas
agrupaciones de laicos están resultando un campo
particularmente fértil para el nacimiento de vocaciones
consagradas y son ambientes propicios de oferta y crecimiento
vocacional. En efecto, no pocos jóvenes, precisamente en el
ambiente de estas agrupaciones y gracias a ellas, han sentido la
llamada del Señor a seguirlo en el camino del sacerdocio
ministerial y han respondido a ella con generosidad.(120) Por
consiguiente, hay que valorarlas para que, en comunión con
toda la Iglesia y para el crecimiento de ésta, presten su
colaboración específica al desarrollo de la pastoral
vocacional.
Los diversos integrantes y miembros de la Iglesia comprometidos en
la pastoral vocacional harán tanto más eficaz su
trabajo, cuanto más estimulen a la comunidad eclesial como tal
—empezando por la parroquia-— para que sientan que el
problema de las vocaciones sacerdotales no puede ser encomendado en
exclusiva a unos «encargados» (los sacerdotes en general,
los sacerdotes del Seminario en particular), pues, por tratarse de
«un problema vital que está en el corazón mismo
de la Iglesia»,(121) debe hallarse en el centro del amor que
todo cristiano tiene a la misma.
CAPÍTULO V
INSTITUYÓ DOCE PARA QUE ESTUVIERAN CON ÉL
Formación
de los candidatos al sacerdocio
Vivir, como los apóstoles, en el seguimiento de Cristo
42. «Subió al monte y llamó a los que él
quiso: y vinieron donde él. Instituyó Doce, para que
estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de
expulsar los demonios» (Mc 3, 13-15).
«Que estuvieran con él». No es difícil
entender el significado de estas palabras, esto es, «el
acompañamiento vocacional» de los apóstoles por
parte de Jesús. Después de haberlos llamado y antes de
enviarlos, es más, para poder mandarlos a predicar, Jesús
les pide un «tiempo» de formación, destinado a
desarrollar una relación de comunión y de amistad
profundas con Él. Dedica a ellos una catequesis más
intensa que al resto de la gente (cf. Mt 13, 11) y quiere que sean
testigos de su oración silenciosa al Padre (cf. Jn 17, 1-26;
Lc 22, 39-45).
En su solicitud por las vocaciones sacerdotales la Iglesia de
todos los tiempos se inspira en el ejemplo de Cristo. Han sido —y
en parte lo son todavía— muy diversas las formas
concretas con las que la Iglesia se ha dedicado a la pastoral
vocacional, destinada no sólo a discernir, sino también
a «acompañar» las vocaciones al sacerdocio. Pero
el espíritu que debe animarlas y sostenerlas es idéntico:
el de promover al sacerdocio solamente los que han sido llamados y
llevarlos debidamente preparados, esto es, mediante una respuesta
consciente y libre que implica a toda la persona en su adhesión
a Jesucristo, que llama a su intimidad de vida y a participar en su
misión salvífica. En este sentido el Seminario en sus
diversas formas y, de modo análogo, la casa de formación
de los sacerdotes religiosos, antes que ser un lugar o un espacio
material, debe ser un ambiente espiritual, un itinerario de vida, una
atmósfera que favorezca y asegure un proceso formativo, de
manera que el que ha sido llamado por Dios al sacerdocio pueda llegar
a ser, con el sacramento del Orden, una imagen viva de Jesucristo,
Cabeza y Pastor de la Iglesia. Los Padres sinodales, en su Mensaje
final, han expuesto de forma inmediata y profunda el significado
original y específico de la formación de los candidatos
al sacerdocio, diciendo que «vivir en el seminario, escuela del
Evangelio, es vivir en el seguimiento de Cristo como los apóstoles;
es dejarse educar por Él para el servicio del Padre y de los
hombres, bajo la conducción del Espíritu Santo. Más
aún, es dejarse configurar con Cristo, buen Pastor, para un
mejor servicio sacerdotal en la Iglesia y en el mundo. Formarse para
el sacerdocio es aprender a dar una respuesta personal a la pregunta
fundamental de Cristo: "¿Me amas?" (Jn 21, 15). Para
el futuro sacerdote, la respuesta no puede ser sino el don total de
su vida».(122)
Se trata pues de encarnar este espíritu —que nunca
deberá faltar en la Iglesia— en las condiciones
sociales, psicológicas, políticas y culturales del
mundo actual, tan variadas y complejas, como han puesto de relieve
los Padres sinodales en relación con las Iglesias
particulares. Los mismos Padres, manifestando su grave preocupación,
pero también su grande esperanza, han podido conocer y
reflexionar ampliamente sobre el esfuerzo de búsqueda y
actualización de los métodos de formación de los
aspirantes al sacerdocio, puestos en práctica en todas sus
Iglesias.
La presente Exhortación intenta recoger el fruto de los
trabajos sinodales, señalando algunos objetivos logrados,
mostrando algunas metas irrenunciables, poniendo a disposición
de todos la riqueza de experiencias y de procesos formativos
experimentados ya en modo positivo. En esta Exhortación se
exponen separadamente la formación «inicial» y la
formación «permanente», pero sin olvidar nunca la
profunda relación que tienen entre sí y que debe hacer
de las dos un solo proyecto orgánico de vida cristiana y
sacerdotal. La Exhortación trata sobre las diversas
dimensiones de la formación, humana, espiritual, intelectual y
pastoral, como también sobre los ambientes y sobre los
responsables de la formación de los candidatos al sacerdocio.
I. DIMENSIONES DE LA FORMACIÓN SACERDOTAL
La formación humana, fundamento de toda la formación
sacerdotal
43. «Sin una adecuada formación humana, toda la
formación sacerdotal estaría privada de su fundamento
necesario».(123) Esta afirmación de los Padres sinodales
expresa no solamente un dato sugerido diariamente por la razón
y comprobado por la experiencia, sino una exigencia que encuentra sus
motivos más profundos y específicos en la naturaleza
misma del presbítero y de su ministerio.
El presbítero, llamado a ser «imagen viva» de
Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, debe procurar reflejar en
sí mismo, en la medida de lo posible, aquella perfección
humana que brilla en el Hijo de Dios hecho hombre y que se
transparenta con singular eficacia en sus actitudes hacia los demás,
tal como nos las presentan los evangelistas. Además, el
ministerio del sacerdote consiste en anunciar la Palabra, celebrar el
Sacramento, guiar en la caridad a la comunidad cristiana
«personificando a Cristo y en su nombre», pero todo esto
dirigiéndose siempre y sólo a hombres concretos: «Todo
Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en
favor de los hombres en lo que se refiere a Dios» (Heb 5, 1).
Por esto la formación humana del sacerdote expresa una
particular importancia en relación con los destinatarios de su
misión: precisamente para que su ministerio sea humanamente lo
más creíble y aceptable, es necesario que el sacerdote
plasme su personalidad humana de manera que sirva de puente y no de
obstáculo a los demás en el encuentro con Jesucristo
Redentor del hombre; es necesario que, a ejemplo de Jesús que
«conocía lo que hay en el hombre» (Jn 2, 25; cf.
8, 3-11), el sacerdote sea capaz de conocer en profundidad el alma
humana, intuir dificultades y problemas, facilitar el encuentro y el
diálogo, obtener la confianza y colaboración, expresar
juicios serenos y objetivos.
Por tanto, no sólo para una justa y necesaria maduración
y realización de sí mismo, sino también con
vistas a su ministerio, los futuros presbíteros deben cultivar
una serie de cualidades humanas necesarias para la formación
de personalidades equilibradas, sólidas y libres, capaces de
llevar el peso de las responsabilidades pastorales. Se hace así
necesaria la educación a amar la verdad, la lealtad, el
respeto por la persona, el sentido de la justicia, la fidelidad a la
palabra dada, la verdadera compasión, la coherencia y, en
particular, el equilibrio de juicio y de comportamiento.(124) Un
programa sencillo y exigente para esta formación lo propone el
apóstol Pablo a los Filipenses: «Todo cuanto hay de
verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo
cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta»
(Flp 4, 8). Es interesante señalar cómo Pablo se
presenta a sí mismo como modelo para sus fieles precisamente
en estas cualidades profundamente humanas: «Todo cuanto habéis
aprendido —sigue diciendo— y recibido y oído y
visto en mí, ponedlo por obra» (Flp 4, 9).
De particular importancia es la capacidad de relacionarse con los
demás, elemento verdaderamente esencial para quien ha sido
llamado a ser responsable de una comunidad y «hombre de
comunión». Esto exige que el sacerdote no sea arrogante
ni polémico, sino afable, hospitalario, sincero en sus
palabras y en su corazón,(125) prudente y discreto, generoso y
disponible para el servicio, capaz de ofrecer personalmente y de
suscitar en todos relaciones leales y fraternas, dispuesto a
comprender, perdonar y consolar (cf. 1 Tim 3, 1-5; Tit 1, 7-9). La
humanidad de hoy, condenada frecuentemente a vivir en situaciones de
masificación y soledad sobre todo en las grandes
concentraciones urbanas, es sensible cada vez más al valor de
la comunión: éste es hoy uno de los signos más
elocuentes y una de las vías más eficaces del mensaje
evangélico.
En dicho contexto se encuadra, como cometido determinante y
decisivo, la formación del candidato al sacerdocio en la
madurez afectiva, como resultado de la educación al amor
verdadero y responsable.
44. La madurez afectiva supone ser conscientes del puesto central
del amor en la existencia humana. En realidad, como señalé
en la encíclica Redemptor hominis, «el hombre no puede
vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser
incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le
revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta
y no lo hace propio, si no participa en él vivamente».(126)
Se trata de un amor que compromete a toda la persona, a nivel
físico, psíquico y espiritual, y que se expresa
mediante el significado «esponsal» del cuerpo humano,
gracias al cual una persona se entrega a otra y la acoge. La
educación sexual bien entendida tiende a la comprensión
y realización de esta verdad del amor humano. Es necesario
constatar una situación social y cultural difundida que
«"banaliza" en gran parte la sexualidad humana,
porque la interpreta y la vive de manera reductiva y empobrecida,
relacionándola únicamente con el cuerpo y el placer
egoísta».(127) Con frecuencia las mismas situaciones
familiares, de las que proceden las vocaciones sacerdotales,
presentan al respecto no pocas carencias y a veces incluso graves
desequilibrios.
En un contexto tal se hace más difícil, pero también
más urgente, una educación en la sexualidad que sea
verdadera y plenamente personal y que, por ello, favorezca la estima
y el amor a la castidad, como «virtud que desarrolla la
auténtica madurez de la persona y la hace capaz de respetar y
promover el "significado esponsal" del cuerpo».(128)
Ahora bien, la educación para el amor responsable y la
madurez afectiva de la persona son muy necesarias para quien, como el
presbítero, está llamado al celibato, o sea, a ofrecer,
con la gracia del Espíritu y con la respuesta libre de la
propia voluntad, la totalidad de su amor y de su solicitud a
Jesucristo y a la Iglesia. A la vista del compromiso del celibato, la
madurez afectiva ha de saber incluir, dentro de las relaciones
humanas de serena amistad y profunda fraternidad, un gran amor, vivo
y personal, a Jesucristo. Como han escrito los Padres sinodales, «al
educar para la madurez afectiva, es de máxima importancia el
amor a Jesucristo, que se prolonga en una entrega universal. Así,
el candidato llamado al celibato, encontrará en la madurez
afectiva una base firme para vivir la castidad con fidelidad y
alegría».(129)
Puesto que el carisma del celibato, aun cuando es auténtico
y probado, deja intactas las inclinaciones de la afectividad y los
impulsos del instinto, los candidatos al sacerdocio necesitan una
madurez afectiva que capacite a la prudencia, a la renuncia a todo lo
que pueda ponerla en peligro, a la vigilancia sobre el cuerpo y el
espíritu, a la estima y respeto en las relaciones
interpersonales con hombres y mujeres. Una ayuda valiosa podrá
hallarse en una adecuada educación para la verdadera amistad,
a semejanza de los vínculos de afecto fraterno que Cristo
mismo vivió en su vida (cf. Jn 11, 5).
La madurez humana, y en particular la afectiva, exigen una
formación clara y sólida para una libertad, que se
presenta como obediencia convencida y cordial a la «verdad»
del propio ser, al significado de la propia existencia, o sea, al
«don sincero de sí mismo», como camino y contenido
fundamental de la auténtica realización personal.(130)
Entendida así, la libertad exige que la persona sea
verdaderamente dueña de sí misma, decidida a combatir y
superar las diversas formas de egoísmo e individualismo que
acechan a la vida de cada uno, dispuesta a abrirse a los demás,
generosa en la entrega y en el servicio al prójimo. Esto es
importante para la respuesta que se ha de dar a la vocación, y
en particular a la sacerdotal, y para ser fieles a la misma y a los
compromisos que lleva consigo, incluso en los momentos difíciles.
En este proceso educativo hacia una madura libertad responsable puede
ser de gran ayuda la vida comunitaria del Seminario.(131)
Íntimamente relacionada con la formación para la
libertad responsable está también la educación
de la conciencia moral; la cual, al requerir desde la intimidad del
propio «yo» la obediencia a las obligaciones morales,
descubre el sentido profundo de esa obediencia, a saber, ser una
respuesta consciente y libre —y, por tanto, por amor— a
las exigencias de Dios y de su amor. «La madurez humana del
sacerdote —afirman los Padres sinodales— debe incluir
especialmente la formación de su conciencia. En efecto, el
candidato, para poder cumplir sus obligaciones con Dios y con la
Iglesia y guiar con sabiduría las conciencias de los fieles,
debe habituarse a escuchar la voz de Dios, que le habla en su
corazón, y adherirse con amor y firmeza a su voluntad».(132)
La formación espiritual: en comunión con Dios y a la
búsqueda de Cristo
45. La misma formación humana, si se desarrolla en el
contexto de una antropología que abarca toda la verdad sobre
el hombre, se abre y se completa en la formación espiritual.
Todo hombre, creado por Dios y redimido con la sangre de Cristo, está
llamado a ser regenerado «por el agua y el Espíritu»
(cf. Jn 3, 5) y a ser «hijo en el Hijo». En este designio
eficaz de Dios está el fundamento de la dimensión
constitutivamente religiosa del ser humano, intuida y reconocida
también por la simple razón: el hombre está
abierto a lo trascendente, a lo absoluto; posee un corazón que
está inquieto hasta que no descanse en el Señor.(133)
De esta exigencia religiosa fundamental e irrenunciable arranca y
se desarrolla el proceso educativo de una vida espiritual entendida
como relación y comunión con Dios. Según la
revelación y la experiencia cristiana, la formación
espiritual posee la originalidad inconfundible que proviene de la
«novedad» evangélica. En efecto, «es obra
del Espíritu y empeña a la persona en su totalidad;
introduce en la comunión profunda con Jesucristo, buen Pastor;
conduce a una sumisión de toda la vida al Espíritu, en
una actitud filial respecto al Padre y en una adhesión
confiada a la Iglesia. Ella se arraiga en la experiencia de la cruz
para poder llevar, en comunión profunda, a la plenitud del
misterio pascual».(134)
Como se ve, se trata de una formación espiritual común
a todos los fieles, pero que requiere ser estructurada según
los significados y características que derivan de la identidad
del presbítero y de su ministerio. Así como para todo
fiel la formación espiritual debe ser central y unificadora en
su ser y en su vida de cristiano, o sea, de criatura nueva en Cristo
que camina en el Espíritu, de la misma manera, para todo
presbítero la formación espiritual constituye el centro
vital que unifica y vivifica su ser sacerdote y su ejercer el
sacerdocio. En este sentido, los Padres del Sínodo afirman que
«sin la formación espiritual, la formación
pastoral estaría privada de fundamento»(135) y que la
formación espiritual constituye «un elemento de máxima
importancia en la educación sacerdotal».(136)
El contenido esencial de la formación espiritual, dentro
del itinerario bien preciso hacia el sacerdocio, está
expresado en el decreto conciliar Optatam totius: «La formación
espiritual... debe darse de tal forma que los alumnos aprendan a
vivir en trato familiar y asiduo con el Padre por su Hijo Jesucristo
en el Espíritu Santo. Habiendo de configurarse a Cristo
Sacerdote por la sagrada ordenación, habitúense a
unirse a Él, como amigos, con el consorcio íntimo de
toda su vida. Vivan el misterio pascual de Cristo de tal manera que
sepan iniciar en él al pueblo que ha de encomendárseles.
Enséñeseles a buscar a Cristo en la fiel meditación
de la Palabra de Dios, en la activa comunicación con los
sacrosantos misterios de la Iglesia, sobre todo en la Eucaristía
y el Oficio divino; en el Obispo, que los envía, y en los
hombres a quienes son enviados, principalmente en los pobres, los
niños, los enfermos, los pecadores y los incrédulos.
Amen y veneren con filial confianza a la Santísima Virgen
María, a la que Cristo, muriendo en la cruz, entregó
como madre al discípulo».(137)
46. El texto conciliar merece una meditación detenida y
amorosa, de la que fácilmente se pueden sacar algunos valores
y exigencias fundamentales del camino espiritual del candidato al
sacerdocio.
Se requiere, ante todo, el valor y la exigencia de «vivir
íntimamente unidos» a Jesucristo. La unión con el
Señor Jesús, fundada en el Bautismo y alimentada con la
Eucaristía, exige que sea expresada en la vida de cada día,
renovándola radicalmente. La comunión íntima con
la Santísima Trinidad, o sea, la vida nueva de la gracia que
hace hijos de Dios, constituye la «novedad» del creyente:
una novedad que abarca el ser y el actuar. Constituye el «misterio»
de la existencia cristiana que está bajo el influjo del
Espíritu; en consecuencia, debe encarnar el «ethos»
de la vida del cristiano. Jesús nos ha enseñado este
maravilloso contenido de la vida cristiana, que es también el
centro de la vida espiritual, con la alegoría de la vid y los
sarmientos: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el
viñador... Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo
mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no
permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis
en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que
permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto;
porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn
15, 1. 4-5).
Cierto que, en la cultura actual, no faltan valores espirituales y
religiosos, y el hombre —a pesar de toda apariencia contraria—
sigue siendo incansablemente un hambriento y sediento de Dios. Pero
con frecuencia la religión cristiana corre el peligro de ser
considerada como una religión entre tantas o quedar reducida a
una pura ética social al servicio del hombre. En efecto, no
siempre aparece su inquietante novedad en la historia: es «misterio»;
es el acontecimiento del Hijo de Dios que se hace hombre y da a
cuantos lo acogen el «poder de hacerse hijos de Dios» (Jn
1, 12); es el anuncio, más aún, el don de una alianza
personal de amor y de vida de Dios con el hombre. Los futuros
sacerdotes solamente podrán comunicar a los demás este
anuncio sorprendente y gratificante si, a través de una
adecuada formación espiritual, logran el conocimiento profundo
y la experiencia creciente de este «misterio» (cf. 1 Jn
1, 1-4).
El texto conciliar, aun consciente de la absoluta trascendencia
del misterio cristiano, relaciona la íntima comunión de
los futuros presbíteros con Jesús con una forma de
amistad. No es ésta una pretensión absurda del hombre.
Es simplemente el don inestimable de Cristo, que dice a sus
apóstoles: «No os llamo ya siervos, porque el siervo no
sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo
lo que oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,
15).
El texto conciliar prosigue indicando un segundo gran valor
espiritual: la búsqueda de Jesús. «Enséñeseles
a buscar a Cristo». Es éste, junto al quaerere Deum, un
tema clásico de la espiritualidad cristiana, que encuentra su
aplicación específica precisamente en el contexto de la
vocación de los apóstoles. Juan, cuando nos narra el
seguimiento por parte de los dos primeros discípulos, muestra
el lugar que ocupa esta «búsqueda». Es el mismo
Jesús el que pregunta: «¿Qué buscáis?»
Y los dos responden: «Rabbí... ¿Dónde
vives?» Sigue el evangelista: «Les respondió:
"Venid y lo veréis". Fueron, pues, vieron dónde
vivía y se quedaron con él aquel día» (Jn
1, 37-39). En cierto modo la vida espiritual del que se prepara al
sacerdocio está dominada por esta búsqueda: por ella y
por el «encuentro» con el Maestro, para seguirlo, para
estar en comunión con Él. También en el
ministerio y en la vida sacerdotal deberá continuar esta
«búsqueda», pues es inagotable el misterio de la
imitación y participación en la vida de Cristo. Así
como también deberá continuar este «encontrar»
al Maestro, para poder mostrarlo a los demás y, mejor aún,
para suscitar en los demás el deseo de buscar al Maestro. Pero
esto es realmente posible si se propone a los demás una
«experiencia» de vida, una experiencia que vale la pena
compartir. Éste ha sido el camino seguido por Andrés
para llevar a su hermano Simón a Jesús: Andrés,
escribe el evangelista Juan, «se encuentra primeramente con su
hermano Simón y le dice: "Hemos encontrado al Mesías"
—que quiere decir Cristo—. Y le llevó donde Jesús»
(Jn 1, 41-42). Y así también Simón es llamado
—como apóstol— al seguimiento de Cristo: «Jesús,
al verlo, le dijo: "Tú eres Simón, el hijo de
Juan; en adelante te llamarás Cefas" —que quiere
decir, "Pedro"—» (Jn 1, 42).
Pero, ¿qué significa, en la vida espiritual, buscar
a Cristo? y ¿dónde encontrarlo? «Maestro, ¿dónde
vives?» El decreto conciliar Optatam totius parece indicar un
triple camino: la meditación fiel de la palabra de Dios, la
participación activa en los sagrados misterios de la Iglesia,
el servicio de la caridad a los «más pequeños».
Se trata de tres grandes valores y exigencias que nos delimitan
ulteriormente el contenido de la formación espiritual del
candidato al sacerdocio.
47. Elemento esencial de la formación espiritual es la
lectura meditada y orante de la Palabra de Dios (lectio divina); es
la escucha humilde y llena de amor que se hace elocuente. En efecto,
a la luz y con la fuerza de la Palabra de Dios es como puede
descubrirse, comprenderse, amarse y seguirse la propia vocación;
y también cumplirse la propia misión, hasta tal punto
que toda la existencia encuentra su significado unitario y radical en
ser el fin de la Palabra de Dios que llama al hombre, y el principio
de la palabra del hombre que responde a Dios. La familiaridad con la
Palabra de Dios facilitará el itinerario de la conversión,
no solamente en el sentido de apartarse del mal para adherirse al
bien, sino también en el sentido de alimentar en el corazón
los pensamientos de Dios, de forma que la fe, como respuesta a la
Palabra, se convierta en el nuevo criterio de juicio y valoración
de los hombres y de las cosas, de los acontecimientos y problemas.
Pero es necesario acercarse y escuchar la Palabra de Dios tal como
es, pues hace encontrar a Dios mismo, a Dios que habla al hombre;
hace encontrar a Cristo, el Verbo de Dios, la Verdad que a la vez es
Camino y Vida (cf. Jn 14, 6). Se trata de leer las «escrituras»
escuchando las «palabras», la «Palabra» de
Dios, como nos recuerda el Concilio: «La Sagrada Escritura
contiene la Palabra de Dios, y en cuanto inspirada es realmente
Palabra de Dios».(138) Y el mismo Concilio: «En esta
revelación Dios invisible (cf. Col 1, 15; 1 Tim 1,17), movido
de amor, habla a los hombres como a amigos (cf. Ex 33, 11; Jn 15,
14-15), trata con ellos (cf. Bar 3, 38) para invitarlos y recibirlos
en su compañía».(139)
El conocimiento amoroso y la familiaridad orante con la Palabra de
Dios revisten un significado específico en el ministerio
profético del sacerdote, para cuyo cumplimiento adecuado son
una condición imprescindible, principalmente en el contexto de
la «nueva evangelización», a la que hoy la Iglesia
está llamada. El Concilio exhorta: «Todos los clérigos,
especialmente los sacerdotes, diáconos y catequistas dedicados
por oficio al ministerio de la palabra, han de leer y estudiar
asiduamente la Escritura para no volverse "predicadores vacíos
de la palabra, que no la escucha por dentro" (San Agustín,
Serm. 179, 1: PL 38, 966)».(140)
La forma primera y fundamental de respuesta a la Palabra es la
oración, que constituye sin duda un valor y una exigencia
primarios de la formación espiritual. Ésta debe llevar
a los candidatos al sacerdocio a conocer y experimentar el sentido
auténtico de la oración cristiana, el de ser un
encuentro vivo y personal con el Padre por medio del Hijo unigénito
bajo la acción del Espíritu; un diálogo que
participa en el coloquio filial que Jesús tiene con el Padre.
Un aspecto, ciertamente no secundario, de la misión del
sacerdote es el de ser «maestro de oración». Pero
el sacerdote solamente podrá formar a los demás en la
escuela de Jesús orante, si él mismo se ha formado y
continúa formándose en la misma escuela. Esto es lo que
piden los hombres al sacerdote: «El sacerdote es el hombre de
Dios, el que pertenece a Dios y hace pensar en Dios. Cuando la Carta
a los Hebreos habla de Cristo, lo presenta como un Sumo Sacerdote
"misericordioso y fiel en lo que toca a Dios" (Heb 2,
17)... Los cristianos esperan encontrar en el sacerdote no sólo
un hombre que los acoja, que los escuche con gusto y les muestre una
sincera amistad, sino también y sobre todo un hombre que les
ayude a mirar a Dios, a subir hacia Él. Es preciso, pues, que
el sacerdote esté formado en una profunda intimidad con Dios.
Los que se preparan para el sacerdocio deben comprender que todo el
valor de su vida sacerdotal dependerá del don de sí
mismos que sepan hacer a Cristo y, por medio de Cristo, al
Padre».(141)
En un contexto de agitación y bullicio como el de nuestra
sociedad, un elemento pedagógico necesario para la oración
es la educación en el significado humano profundo y en el
valor religioso del silencio, como atmósfera espiritual
indispensable para percibir la presencia de Dios y dejarse conquistar
por ella (cf. 1 Re 19, 11ss.).
48. El culmen de la oración cristiana es la Eucaristía,
que a su vez es «la cumbre y la fuente» de los
Sacramentos y de la Liturgia de las Horas. Para la formación
espiritual de todo cristiano, y en especial de todo sacerdote, es muy
necesaria la educación litúrgica, en el sentido pleno
de una inserción vital en el misterio pascual de Jesucristo,
muerto y resucitado, presente y operante en los sacramentos de la
Iglesia. La comunión con Dios, soporte de toda la vida
espiritual, es un don y un fruto de los sacramentos; y al mismo
tiempo es un deber y una responsabilidad que los sacramentos confían
a la libertad del creyente, para que viva esa comunión en las
decisiones, opciones, actitudes y acciones de su existencia diaria.
En este sentido, la «gracia» que hace «nueva»
la vida cristiana es la gracia de Jesucristo muerto y resucitado, que
sigue derramando su Espíritu santo y santificador en los
sacramentos; igualmente la «ley nueva», que debe ser guía
y norma de la existencia del cristiano, está escrita por los
sacramentos en el «corazón nuevo». Y es ley de
caridad para con Dios y los hermanos, como respuesta y prolongación
del amor de Dios al hombre, significada y comunicada por los
sacramentos. Se entiende el valor de esta participación
«plena, consciente y activa»(142) en las celebraciones
sacramentales, gracias al don y acción de aquella «caridad
pastoral» que constituye el alma del ministerio sacerdotal.
Esto se aplica sobre todo a la participación en la
Eucaristía, memorial de la muerte sacrificial de Cristo y de
su gloriosa resurrección, «sacramento de piedad, signo
de unidad, vínculo de caridad»,(143) banquete pascual en
el que «Cristo es nuestra comida, se celebra el memorial de su
pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la
gloria futura».(144) Ahora bien, los sacerdotes, por su
condición de ministros de las cosas sagradas, son sobre todo
los ministros del Sacrificio de la Misa:(145) su papel es totalmente
insustituible, porque sin sacerdote no puede haber sacrificio
eucarístico.
Esto explica la importancia esencial de la Eucaristía para
la vida y el ministerio sacerdotal y, por tanto, para la formación
espiritual de los candidatos al sacerdocio. Con gran sencillez y
buscando la máxima concreción deseo repetir que «es
necesario que los seminaristas participen diariamente en la
celebración eucarística, de forma que luego tomen como
regla de su vida sacerdotal la celebración diaria. Además,
han de ser educados a considerar la celebración eucarística
como el momento esencial de su jornada, en el que participarán
activamente, sin contentarse nunca con una asistencia meramente
habitual. Fórmese también a los aspirantes al
sacerdocio según aquellas actitudes íntimas que la
Eucaristía fomenta: la gratitud por los bienes recibidos del
cielo, ya que la Eucaristía significa acción de
gracias; la actitud donante, que los lleve a unir su entrega personal
al ofrecimiento eucarístico de Cristo; la caridad, alimentada
por un sacramento que es signo de unidad y de participación;
el deseo de contemplación y adoración ante Cristo
realmente presente bajo las especies eucarísticas».(146)
Es necesario y también urgente invitar a redescubrir, en la
formación espiritual, la belleza y la alegría del
Sacramento de la Penitencia. En una cultura en la que, con nuevas y
sutiles formas de autojustificación, se corre el riesgo de
perder el «sentido del pecado» y, en consecuencia, la
alegría consoladora del perdón (cf. Sal 51, 14) y del
encuentro con Dios «rico en misericordia» (Ef 2, 4), urge
educar a los futuros presbíteros en la virtud de la
penitencia, alimentada con sabiduría por la Iglesia en sus
celebraciones y en los tiempos del año litúrgico, y que
encuentra su plenitud en el sacramento de la Reconciliación.
De aquí provienen el significado de la ascesis y de la
disciplina interior, el espíritu de sacrificio y de renuncia,
la aceptación de la fatiga y de la cruz. Se trata de elementos
de la vida espiritual, que con frecuencia se presentan
particularmente difíciles para muchos candidatos al
sacerdocio, acostumbrados a condiciones de vida de relativa comodidad
y bienestar, y menos propensos y sensibles a estos elementos a causa
de modelos de comportamiento e ideales presentados por los medios de
comunicación social, incluso en los países donde las
condiciones de vida son más pobres y la situación de
los jóvenes más austera. Por esta razón, pero
sobre todo para poner en práctica —a ejemplo de Cristo,
buen Pastor— «la donación radical de sí
mismo» propia del sacerdote, los Padres sinodales señalan
que «es necesario inculcar el sentido de la cruz, que es el
centro del misterio pascual. Gracias a esta identificación con
Cristo crucificado, como siervo, el mundo puede volver a encontrar el
valor de la austeridad, del dolor y también del martirio,
dentro de la actual cultura imbuida de secularismo, codicia y
hedonismo».(147)
49. La formación espiritual comporta también buscar
a Cristo en los hombres.
En efecto, la vida espiritual, es vida interior, vida de intimidad
con Dios, vida de oración y contemplación. Pero del
encuentro con Dios y con su amor de Padre de todos, nace precisamente
la exigencia indeclinable del encuentro con el prójimo, de la
propia entrega a los demás, en el servicio humilde y
desinteresado que Jesús ha propuesto a todos como programa de
vida en el lavatorio de los pies a los apóstoles: «Os he
dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo
he hecho con vosotros» (Jn 13, 15).
La formación de la propia entrega generosa y gratuita,
favorecida también por la vida comunitaria seguida en la
preparación al sacerdocio, representa una condición
irrenunciable para quien está llamado a hacerse epifanía
y transparencia del buen Pastor, que da la vida (cf. Jn 10, 11.15).
Bajo este aspecto la formación espiritual tiene y debe
desarrollar su dimensión pastoral o caritativa intrínseca,
y puede servirse útilmente de una justa —profunda y
tierna, a la vez— devoción al Corazón de Cristo,
como han indicado los Padres del Sínodo: «Formar a los
futuros sacerdotes en la espiritualidad del Corazón del Señor
supone llevar una vida que corresponda al amor y al afecto de Cristo,
Sacerdote y buen Pastor: a su amor al Padre en el Espíritu
Santo, a su amor a los hombres hasta inmolarse entregando su
vida».(148)
Por tanto, el sacerdote es el hombre de la caridad y está
llamado a educar a los demás en la imitación de Cristo
y en el mandamiento nuevo del amor fraterno (cf. Jn 15, 12). Pero
esto exige que él mismo se deje educar continuamente por el
Espíritu en la caridad del Señor. En este sentido, la
preparación al sacerdocio tiene que incluir una seria
formación en la caridad, en particular en el amor preferencial
por los «pobres», en los cuales, mediante la fe, descubre
la presencia de Jesús (cf. Mt 25, 40) y en el amor
misericordioso por los pecadores.
En la perspectiva de la caridad, que consiste en el don de sí
mismo por amor, encuentra su lugar en la formación espiritual
del futuro sacerdote la educación en la obediencia, en el
celibato y en la pobreza.(149) En este sentido invitaba el Concilio:
«Entiendan con toda claridad los alumnos que su destino no es
el mando ni son los honores, sino la entrega total al servicio de
Dios y al ministerio pastoral. Con singular cuidado edúqueseles
en la obediencia sacerdotal, en el tenor de vida pobre y en el
espíritu de la propia abnegación, de suerte que se
habitúen a renunciar con prontitud a las cosas que, aun siendo
lícitas, no convienen, y a asemejarse a Cristo
crucificado».(150)
50. La formación espiritual de quien es llamado a vivir el
celibato debe dedicar una atención particular a preparar al
futuro sacerdote para conocer, estimar, amar y vivir el celibato en
su verdadera naturaleza y en su verdadera finalidad, y, por tanto, en
sus motivaciones evangélicas, espirituales y pastorales.
Presupuesto y contenido de esta preparación es la virtud de la
castidad, que determina todas las relaciones humanas y lleva a
experimentar y manifestar... un amor sincero, humano, fraterno,
personal y capaz de sacrificios, siguiendo el ejemplo de Cristo, con
todos y con cada uno».(151)
El celibato de los sacerdotes reviste a la castidad con algunas
características de las cuales ellos, «renunciando a la
sociedad conyugal por el reino de los cielos (cf. Mt 19, 12), se unen
al Señor con un amor indiviso, que está íntimamente
en consonancia con el Nuevo Testamento; dan testimonio de la
resurrección en el siglo futuro (cf. Lc 20, 36) y tienen a
mano una ayuda importantísima para el ejercicio continuo de
aquella perfecta caridad que les capacita para hacerse todo a todos
en su ministerio sacerdotal».(152) En este sentido el celibato
sacerdotal no se puede considerar simplemente como una norma jurídica
ni como una condición totalmente extrínseca para ser
admitidos a la ordenación, sino como un valor profundamente
ligado con la sagrada Ordenación, que configura a Jesucristo,
buen Pastor y Esposo de la Iglesia, y, por tanto, como la opción
de un amor más grande e indiviso a Cristo y a su Iglesia, con
la disponibilidad plena y gozosa del corazón para el
ministerio pastoral. El celibato ha de ser considerado como una
gracia especial, como un don que «no todos entienden..., sino
sólo aquéllos a quienes se les ha concedido» (Mt
19, 11).
Ciertamente es una gracia que no dispensa de la respuesta
consciente y libre por parte de quien la recibe, sino que la exige
con una fuerza especial. Este carisma del Espíritu lleva
consigo también la gracia para que el que lo recibe permanezca
fiel durante toda su vida y cumpla con generosidad y alegría
los compromisos correspondientes. En la formación del celibato
sacerdotal deberá asegurarse la conciencia del «don
precioso de Dios»,(153) que llevará a la oración
y la vigilancia para que el don sea protegido de todo aquello que
pueda amenazarlo.
Viviendo su celibato el sacerdote podrá ejercer mejor su
ministerio en el pueblo de Dios. En particular, dando testimonio del
valor evangélico de la virginidad, podrá ayudar a los
esposos cristianos a vivir en plenitud el «gran sacramento»
del amor de Cristo Esposo hacia la Iglesia su esposa, así como
su fidelidad en el celibato servirá también de ayuda
para la fidelidad de los esposos.(154)
La importancia y delicadeza de la preparación al celibato
sacerdotal, especialmente en las situaciones sociales y culturales
actuales, han llevado a los Padres sinodales a una serie de
cuestiones, cuya validez permanente está confirmada por la
sabiduría de la madre Iglesia. Las propongo autorizadamente
como criterios que deben seguirse en la formación de la
castidad en el celibato: «Los Obispos, junto con los rectores y
directores espirituales de los seminarios, establezcan principios,
ofrezcan criterios y proporcionen ayudas para el discernimiento en
esta materia. Son de máxima importancia para la formación
de la castidad en el celibato la solicitud del Obispo y la vida
fraterna entre los sacerdotes. En el seminario, o sea, en su programa
de formación, debe presentarse el celibato con claridad, sin
ninguna ambigüedad y de forma positiva. El seminarista debe
tener un adecuado grado de madurez psíquica y sexual, así
como una vida asidua y auténtica de oración, y debe
ponerse bajo la dirección de un padre espiritual. El director
espiritual debe ayudar al seminarista para que llegue a una decisión
madura y libre, que esté fundada en la estima de la amistad
sacerdotal y de la autodisciplina, como también en la
aceptación de la soledad y en un correcto estado personal
físico y psicológico. Para ello los seminaristas deben
conocer bien la doctrina del Concilio Vaticano II, la encíclica
Sacerdotalis caelibatus y la Instrucción para la formación
del celibato sacerdotal, publicada por la Congregación para la
Educación Católica en 1974. Para que el seminarista
pueda abrazar con libre decisión el celibato por el Reino de
los cielos, es necesario que conozca la naturaleza cristiana y
verdaderamente humana, y el fin de la sexualidad en el matrimonio y
en el celibato. También es necesario instruir y educar a los
fieles laicos sobre las motivaciones evangélicas, espirituales
y pastorales propias del celibato sacerdotal, de modo que ayuden a
los presbíteros con la amistad, comprensión y
colaboración».(155)
Formación intelectual: inteligencia de la fe
51. La formación intelectual, aun teniendo su propio
carácter específico, se relaciona profundamente con la
formación humana y espiritual, constituyendo con ellas un
elemento necesario; en efec to, es como una exigencia insustituible
de la inteligencia con la que el hombre, participando de la luz de la
inteligencia divina, trata de conseguir una sabiduría que, a
su vez, se abre y avanza al conocimiento de Dios y a su
adhesión.(156)
La formación intelectual de los candidatos al sacerdocio
encuentra su justificación específica en la naturaleza
misma del ministerio ordenado y manifiesta su urgencia actual ante el
reto de la nueva evangelización a la que el Señor llama
a su Iglesia a las puertas del tercer milenio. «Si todo
cristiano —afirman los Padres sinodales— debe estar
dispuesto a defender la fe y a dar razón de la esperanza que
vive en nosotros (cf. 1 Pe 3, 15), mucho más los candidatos al
sacerdocio y los presbíteros deben cuidar diligentemente el
valor de la formación intelectual en la educación y en
la actividad pastoral, dado que, para la salvación de los
hermanos y hermanas, deben buscar un conocimiento más profundo
de los misterios divinos».(157) Además, la situación
actual, marcada gravemente por la indiferencia religiosa y por una
difundida desconfianza en la verdadera capacidad de la razón
para alcanzar la verdad objetiva y universal, así como por los
problemas y nuevos interrogantes provocados por los descubrimientos
científicos y tecnológicos, exige un excelente nivel de
formación intelectual, que haga a los sacerdotes capaces de
anunciar —precisamente en ese contexto— el inmutable
Evangelio de Cristo y hacerlo creíble frente a las legítimas
exigencias de la razón huma na. Añádase, además,
que el actual fenómeno del pluralismo, acentuado más
que nunca en el ámbito no sólo de la sociedad humana
sino también de la misma comunidad eclesial, requiere una
aptitud especial para el discernimiento crítico: es un motivo
ulterior que demuestra la necesidad de una formación
intelectual más sólida que nunca.
Esta exigencia «pastoral» de la formación
intelectual confirma cuanto se ha dicho ya sobre la unidad del
proceso educativo en sus varias dimensiones. La dedicación al
estudio, que ocupa una buena parte de la vida de quien se prepara al
sacerdocio, no es precisamente un elemento extrínseco y
secundario de su crecimiento humano, cristiano, espiritual y
vocacional; en realidad, a través del estudio, sobre todo de
la teología, el futuro sacerdote se adhiere a la palabra de
Dios, crece en su vida espiritual y se dispone a realizar su
ministerio pastoral. Es ésta la finalidad múltiple y
unitaria del estudio teológico indicada por el Concilio(158) y
propuesta nuevamente por el Instrumentum laboris del Sínodo
con las siguientes palabras: «Para que pueda ser pastoralmente
eficaz, la formación intelectual debe integrarse en un camino
espiritual marcado por la experiencia personal de Dios, de tal manera
que se pueda superar una pura ciencia nocionística y llegar a
aquella inteligencia del corazón que sabe "ver"
primero y es capaz después de comunicar el misterio de Dios a
los hermanos».(159)
52. Un momento esencial de la formación intelectual es el
estudio de la filosofía, que lleva a un conocimiento y a una
interpretación más profundos de la persona, de su
libertad, de sus relaciones con el mundo y con Dios. Ello es muy
urgente, no sólo por la relación que existe entre los
argumentos filosóficos y los misterios de la salvación
estudiados en teología a la luz superior de la fe,(160) sino
también frente a una situación cultural muy difundida,
que exalta el subjetivismo como criterio y medida de la verdad. Sólo
una sana filosofía puede ayudar a los candidatos al sacerdocio
a desarrollar una conciencia refleja de la relación
constitutiva que existe entre el espíritu humano y la verdad,
la cual se nos revela plenamente en Jesucristo. Tampoco hay que
infravalorar la importancia de la filosofía para garantizar
aquella «certeza de verdad», la única que puede
estar en la base de la entrega personal total a Jesús y a la
Iglesia. No es difícil entender cómo algunas cuestiones
muy concretas —como lo son la identidad del sacerdote y su
compromiso apostólico y misionero— están
profundamente ligadas a la cuestión, nada abstracta, de la
verdad: si no se está seguro de la verdad, ¿cómo
se podrá poner en juego la propia vida y tener fuerzas para
interpelar seriamente la vida de los demás?
La filosofía ayuda no poco al candidato a enriquecer su
formación intelectual con el «culto de la verdad»,
es decir, una especie de veneración amorosa de la verdad, la
cual lleva a reconocer que ésta no es creada y medida por el
hombre, sino que es dada al hombre como don por la Verdad suprema,
Dios; que, aun con limitaciones y a veces con dificultades, la razón
humana puede alcanzar la verdad objetiva y universal, incluso la que
se refiere a Dios y al sentido radical de la existencia; y que la fe
misma no puede prescindir de la razón ni del esfuerzo de
«pensar» sus contenidos, como testimoniaba la gran mente
de Agustín: «He deseado ver con el entendimiento aquello
que he creído, y he discutido y trabajado mucho».(161)
Para una comprensión más profunda del hombre y de
los fenómenos y líneas de evolución de la
sociedad, en orden al ejercicio, «encarnado» lo más
posible, del ministerio pastoral, pueden ser de gran utilidad las
llamadas «ciencias del hombre», como la sociología,
la psicología, la pedagogía, la ciencia de la economía
y de la política, y la ciencia de la comunicación
social. Aunque sólo sea en el ámbito muy concreto de
las ciencias positivas o descriptivas, éstas ayudan al futuro
sacerdote a prolongar la «contemporaneidad» vivida por
Cristo. «Cristo, decía Pablo VI, se ha hecho
contemporáneo a algunos hombres y ha hablado su lenguaje. La
fidelidad a Él requiere que continúe esta
contemporaneidad».(162)
53. La formación intelectual del futuro sacerdote se basa y
se construye sobre todo en el estudio de la sagrada doctrina y de la
teología. El valor y la autenticidad de la formación
teológica dependen del respeto escrupuloso de la naturaleza
propia de la teología, que los Padres sinodales han resumido
así: «La verdadera teología proviene de la fe y
trata de conducir a la fe».(163) Ésta es la concepción
que constantemente ha enseñado la Iglesia católica
mediante su Magisterio. Ésta es también la línea
seguida por los grandes teólogos, que enriquecieron el
pensamiento de la Iglesia católica a través de los
siglos. Santo Tomás es muy explícito cuando afirma que
la fe es como el habitus de la teología, o sea, su principio
operativo permanente,(164) y que «toda la teología está
ordenada a alimentar la fe».(165)
Por tanto, el teólogo es ante todo un creyente, un hombre
de fe. Pero es un creyente que se pregunta sobre su fe (fides
quaerens intellectum), que se pregunta para llegar a una comprensión
más profunda de la fe misma. Los dos aspectos, la fe y la
reflexión madura, están profundamente relacionados
entre sí; precisamente su íntima coordinación y
compenetración es decisiva para la verdadera naturaleza de la
teología, y, por consiguiente, es decisiva para los
contenidos, modalidades y espíritu según los cuales hay
que elaborar y estudiar la sagrada doctrina.
Además, ya que la fe, punto de partida y de llegada de la
teología, opera una relación personal del creyente con
Jesucristo en la Iglesia, la teología tiene también
características cristológicas y eclesiales intrínsecas,
que el candidato al sacerdocio debe asumir conscientemente, no sólo
por las implicaciones que afectan a su vida personal, sino también
por aquellas que afectan a su ministerio pastoral. Por ser la fe
aceptación de la Palabra de Dios, lleva a un «sí»
radical del creyente a Jesucristo, Palabra plena y definitiva de Dios
al mundo (cf. Heb 1, 1ss.). Por consiguiente, la reflexión
teológica tiene su centro en la adhesión a Jesucristo,
Sabiduría de Dios. La misma reflexión madura debe
considerarse como una participación de la «mente»
de Cristo (cf. 1 Cor 2, 16) en la forma humana de una ciencia
(scientia fidei). Al mismo tiempo la fe introduce al creyente en la
Iglesia y lo hace partícipe de su vida, como comunidad de fe.
En consecuencia, la teología posee una dimensión
eclesial, porque es una reflexión madura sobre la fe de la
Iglesia hecha por el teólogo, que es miembro de la
Iglesia.(166)
Estas perspectivas cristológicas y eclesiales, que son
connaturales a la teología, ayudan a desarrollar en los
candidatos al sacerdocio, además del rigor científico,
un grande y vivo amor a Jesucristo y a su Iglesia: este amor, a la
vez que alimenta su vida espiritual, les sirve de pauta para el
ejercicio generoso de su ministerio. Tal era precisamente la
intención del Concilio Vaticano II, cuando pedía la
reforma de los estudios eclesiásticos, mediante una más
adecuada estructuración de las diversas disciplinas
filosóficas y teológicas para hacer que «concurran
armoniosamente a abrir cada vez más las inteligencias de los
alumnos al misterio de Cristo, que afecta a toda la humanidad,
influye constantemente en la Iglesia y actúa sobre todo por
obra del ministerio sacerdotal».(167)
La formación intelectual teológica y la vida
espiritual —en particular la vida de oración— se
encuentran y refuerzan mutuamente, sin quitar por ello nada a la
seriedad de la investigación ni al gusto espiritual de la
oración. San Buenaventura advierte: «Nadie crea que le
baste la lectura sin la unción, la especulación sin la
devoción, la búsqueda sin el asombro, la observacion
sin el júbilo, la actividad sin la piedad, la ciencia sin la
caridad, la inteligencia sin la humildad, el estudio sin la gracia
divina, la investigación sin la sabiduría de la
inspiración sobrenatural».(168)
54. La formación teológica es una tarea sumamente
compleja y comprometida. Ella debe llevar al candidato al sacerdocio
a poseer una visión completa y unitaria de las verdades
reveladas por Dios en Jesucristo y de la experiencia de fe de la
Iglesia; de ahí la doble exigencia de conocer «todas»
las verdades cristianas y conocerlas de manera orgánica, sin
hacer selecciones arbitrarias. Esto exige ayudar al alumno a elaborar
una síntesis que sea fruto de las aportaciones de las diversas
disciplinas teológicas, cuyo carácter específico
alcanza auténtico valor sólo en la profunda
coordinación de todas ellas.
En su reflexión madura sobre la fe, la teología se
mueve en dos direcciones. La primera es la del estudio de la Palabra
de Dios: la palabra escrita en el Libro sagrado, celebrada y
transmitida en la Tradición viva de la Iglesia e interpretada
auténticamente por su Magisterio. De aquí el estudio de
la Sagrada Escritura, «la cual debe ser como el alma de toda la
teología»:(169) de los Padres de la Iglesia y de la
liturgia, de la historia eclesiástica, de las declaraciones
del Magisterio. La segunda dirección es la del hombre,
interlocutor de Dios: el hombre llamado a «creer», a
«vivir» y a «comunicar» a los demás la
fides y el ethos cristiano. De aquí el estudio de la
dogmática, de la teología moral, de la teología
espiritual, del derecho canónico y de la teología
pastoral.
La referencia al hombre creyente lleva la teología a
dedicar una particular atención, por un lado, a las
consecuencias fundamentales y permanentes de la relación
fe-razón; por otro, a algunas exigencias más
relacionadas con la situación social y cultural de hoy. Bajo
el primer punto de vista se sitúa el estudio de la teología
fundamental, que tiene como objeto el hecho de la revelación
cristiana y su transmisión en la Iglesia. En la segunda
perspectiva se colocan aquellas disciplinas que han tenido y tienen
un desarrollo más decisivo como respuestas a problemas hoy
intensamente vividos, como por ejemplo el estudio de la doctrina
social de la Iglesia, que «pertenece al ámbito... de la
teología y especialmente de la teología moral»,(170)
y que es uno de los «componentes esenciales» de la «nueva
evangelización», de la que es instrumento;(171)
igualmente el estudio de la misión, del ecumenismo, del
judaísmo, del Islam y de otras religiones no cristianas.
55. La formación teológica actual debe prestar
particular atención a algunos problemas que no pocas veces
suscitan dificultades, tensiones, desorientación en la vida de
la Iglesia. Piénsese en la relación entre las
declaraciones del Magisterio y las discusiones teológicas;
relación que no siempre se desarrolla como debería ser,
o sea, en la perspectiva de la colaboración. Ciertamente «el
Magisterio vivo de la Iglesia y la teología —aun
desempeñado funciones diversas— tienen en definitiva el
mismo fin: mantener al Pueblo de Dios en la verdad que hace libres y
hacer de él la "luz de las naciones". Dicho servicio
a la comunidad eclesial pone en relación recíproca al
teólogo con el Magisterio. Este último enseña
auténticamente la doctrina de los Apóstoles y, sacando
provecho del trabajo teológico, replica a las objeciones y
deformaciones de la fe, proponiendo además, con la autoridad
recibida de Jesucristo, nuevas profundizaciones, explicitaciones y
aplicaciones de la doctrina revelada. La teología, en cambio,
adquiere, de modo reflejo, una comprensión cada vez más
profunda de la Palabra de Dios, contenida en la Escritura y
transmitida fielmente por la Tradición viva de la Iglesia bajo
la guía del Magisterio, a la vez que se esfuerza por aclarar
esta enseñanza de la Revelación frente a las instancias
de la razón y le da una forma orgánica y
sistemática».(172) Pero cuando, por una serie de
motivos, disminuye esta colaboración, es preciso no prestarse
a equívocos y confusiones, sabiendo distinguir cuidadosamente
«la doctrina común de la Iglesia, de las opiniones de
los teólogos y de las tendencias que se desvanecen con el
pasar del tiempo (las llamadas "modas")».(173) No
existe un magisterio «paralelo», porque el único
magisterio es el de Pedro y los apóstoles, el del Papa y los
Obispos.(174)
Otro problema, que se da principalmente donde los estudios
seminarísticos están encomendados a instituciones
académicas, se refiere a la relación entre el rigor
científico de la teología y su aplicación
pastoral, y, por tanto, la naturaleza pastoral de la teología.
En realidad, se trata de dos características de la teología
y de su enseñanza que no sólo no se oponen entre sí,
sino que coinciden, aunque sea bajo aspectos diversos, en el plano de
una más completa «inteligencia de la fe». En
efecto, el caracter pastoral de la teología no significa que
ésta sea menos doctrinal o incluso que esté privada de
su carácter científico; por el contrario, significa que
prepara a los futuros sacerdotes para anunciar el mensaje evangélico
a través de los medios culturales de su tiempo y a plantear la
acción pastoral según una auténtica vision
teológica. Y así, por un lado, un estudio respetuoso
del carácter rigurosamente científico de cada una de
las disciplinas teológicas contribuirá a la formación
más completa y profunda del pastor de almas como maestro de la
fe; por otro lado, una adecuada sensibilidad en su aplicación
pastoral hará que sea el estudio serio y científico de
la teología verdaderamente formativo para los futuros
presbíteros.
Un problema ulterior nace de la exigencia —hoy intensamente
sentida— de la evangelización de las culturas y de la
inculturación del mensaje de la fe. Es éste un problema
eminentemente pastoral, que debe ser incluido con mayor amplitud y
particular sensibilidad en la formación de los candidatos al
sacerdocio: «En las actuales circunstancias, en que en algunas
regiones del mundo la religión cristiana se considera como
algo extraño a las culturas, tanto antiguas como modernas, es
de gran importancia que en toda la formación intelectual y
humana se considere necesaria y esencial la dimensión de la
inculturación.(175) Pero esto exige previamente una teología
auténtica, inspirada en los principios católicos sobre
esa inculturación. Estos principios se relacionan con el
misterio de la encarnación del Verbo de Dios y con la
antropología cristiana e iluminan el sentido auténtico
de la inculturación; ésta, ante las culturas más
dispares y a veces contrapuestas, presentes en las distintas partes
del mundo, quiere ser una obediencia al mandato de Cristo de predicar
el Evangelio a todas las gentes hasta los últimos confines de
la tierra. Esta obediencia no significa sincretismo, ni simple
adaptación del anuncio evangélico, sino que el
Evangelio penetra vitalmente en las culturas, se encarna en ellas,
superando sus elementos culturales incompatibles con la fe y con la
vida cristiana y elevando sus valores al misterio de la salvación,
que proviene de Cristo.(176) El problema de esta inculturación
puede tener un interés específico cuando los candidatos
al sacerdocio provienen de culturas autóctonas; entonces,
necesitarán métodos adecuados de formación, sea
para superar el peligro de ser menos exigentes y desarrollar una
educación más débil de los valores humanos,
cristianos y sacerdotales, sea para revalorizar los elementos buenos
y auténticos de sus culturas y tradiciones».(177)
56. Siguiendo las enseñanzas y orientaciones del Concilio
Vaticano II y las normas de aplicación de la Ratio
fundamentalis institutionis sacerdotalis, ha tenido lugar en la
Iglesia una amplia actualización de la enseñanza de las
disciplinas filosóficas y, sobre todo, teológicas en
los seminarios. Aun necesitando en algunos casos ulteriores enmiendas
o desarrollos, esta actualización ha contribuido en su
conjunto a destacar cada vez más el proyecto educativo en el
ámbito de la formación intelectual. A este respecto,
«los Padres sinodales han afirmado de nuevo, con frecuencia y
claridad, la necesidad —más aún, la urgencia-—
de que se aplique en los seminarios y en las casas de formación
el plan fundamental de estudios, tanto el universal como el de cada
nación o Conferencia episcopal».(178)
Es necesario contrarrestar decididamente la tendencia a reducir la
seriedad y el esfuerzo en los estudios, que se deja sentir en algunos
ambientes eclesiales, como consecuencia de una preparación
básica insuficiente y con lagunas en los alumnos que comienzan
el período filosófico y teológico. Esta misma
situación contemporánea exige cada vez más
maestros que estén realmente a la altura de la complejidad de
los tiempos y sean capaces de afrontar, con competencia, claridad y
profundidad los interrogantes vitales del hombre de hoy, a los que
sólo el Evangelio de Jesús da la plena y definitiva
respuesta.
La formación pastoral: comunicar la caridad de Jesucristo,
buen Pastor
57. Toda la formación de los candidatos al sacerdocio está
orientada a prepararlos de una manera específica para
comunicar la caridad de Cristo, buen Pastor. Por tanto, esta
formación, en sus diversos aspectos, debe tener un carácter
esencialmente pastoral. Lo afirma claramente el decreto conciliar
Optatam totius, refiriéndose a los seminarios mayores: «La
educación de los alumnos debe tender a la formación de
verdaderos pastores de las almas, a ejemplo de nuestro Señor
Jesucristo, Maestro, Sacerdote y Pastor. Por consiguiente, deben
prepararse para el ministerio de la Palabra: para comprender cada vez
mejor la palabra revelada por Dios, poseerla con la meditación
y expresarla con la palabra y la conducta; deben prepararse para el
ministerio del culto y de la santificación, a fin de que,
orando y celebrando las sagradas funciones litúrgicas, ejerzan
la obra de salvación por medio del sacrificio eucarístico
y los sacramentos; deben prepararse para el ministerio del Pastor:
para que sepan representar delante de los hombres a Cristo, que "no
vino a ser servido, sino a servir y dar su vida para redención
del mundo" (Mc 10, 45; cf. Jn 13, 12-17), y, hechos servidores
de todos, ganar a muchos (cf. 1 Cor 9,19)».(179)
El texto conciliar insiste en la profunda coordinación que
hay entre los diversos aspectos de la formación humana,
espiritual e intelectual; y, al mismo tiempo, en su finalidad
pastoral específica. En este sentido, la finalidad pastoral
asegura a la formación humana, espiritual e intelectual
algunos contenidos y características concretas, a la vez que
unifica y determina toda la formación de los futuros
sacerdotes.
Como cualquier otra formación, también la formación
pastoral se desarrolla mediante la reflexión madura y la
aplicación práctica, y tiene sus raíces
profundas en un espíritu que es el soporte y la fuerza
impulsora y de desarrollo de todo.
Por tanto, es necesario el estudio de una verdadera y propia
disciplina teológica: la teología pastoral o práctica,
que es una reflexión científica sobre la Iglesia en su
vida diaria, con la fuerza del Espíritu, a través de la
historia; una reflexión, sobre la Iglesia como «sacramento
universal de salvación»,(180) como signo e instrumento
vivo de la salvación de Jesucristo en la Palabra, en los
Sacramentos y en el servicio de la caridad. La pastoral no es
solamente un arte ni un conjunto de exhortaciones, experiencias y
métodos; posee una categoría teológica plena,
porque recibe de la fe los principios y criterios de la acción
pastoral de la Iglesia en la historia, de una Iglesia que «engendra»
cada día a la Iglesia misma, según la feliz expresión
de San Beda el Venerable: «Nam et Ecclesia quotidie gignit
Ecclesiam».(181) Entre estos principios y criterios se
encuentra aquel especialmente importante del discernimiento
evangélico sobre la situación sociocultural y eclesial,
en cuyo ámbito se desarrolla la acción pastoral.
El estudio de la teología pastoral debe iluminar la
aplicación práctica mediante la entrega y algunos
servicios pastorales, que los candidatos al sacerdocio deben
realizar, de manera progresiva y siempre en armonía con las
demás tareas formativas; se trata de «experiencias»
pastorales, que han de confluir en un verdadero «aprendizaje
pastoral», que puede durar incluso algún tiempo y que
requiere una verificación de manera metódica.
Mas el estudio y la actividad pastoral se apoyan en una fuente
interior, que la formación deberá custodiar y
valorarizar: se trata de la comunión cada vez más
profunda con la caridad pastoral de Jesús, la cual, así
como ha sido el principio y fuerza de su acción salvífica,
también, gracias a la efusión del Espíritu Santo
en el sacramento del Orden, debe ser principio y fuerza del
ministerio del presbítero. Se trata de una formación
destinada no sólo a asegurar una competencia pastoral
científica y una preparación práctica, sino
también, y sobre todo, a garantizar el crecimiento de un modo
de estar en comunión con los mismos sentimientos y actitudes
de Cristo, buen Pastor: «Tened entre vosotros los mismos
sentimientos que Cristo» (Flp 2, 5).
58. Entendida así, la formación pastoral no puede
reducirse a un simple aprendizaje, dirigido a familiarizarse con una
técnica pastoral. El proyecto educativo del seminario se
encarga de una verdadera y propia iniciación en la
sensibilidad del pastor, a asumir de manera consciente y madura sus
responsabilidades, en el hábito interior de valorar los
problemas y establecer las prioridades y los medios de solución,
fundados siempre en claras motivaciones de fe y según las
exigencias teológicas de la pastoral misma.
A través de la experiencia inicial y progresiva en el
ministerio, los futuros sacerdotes podrán ser introducidos en
la tradición pastoral viva de su Iglesia particular;
aprenderán a abrir el horizonte de su mente y de su corazón
a la dimensión misionera de la vida eclesial; se ejercitarán
en algunas formas iniciales de colaboración entre sí y
con los presbíteros a los cuales serán enviados. En
estos últimos recae —en coordinación con el
programa del seminario— una responsabilidad educativa pastoral
de no poca importancia.
En la elección de los lugares y servicios adecuados para la
experiencia pastoral se debe prestar especial atención a la
parroquia,(182) célula vital de dichas experiencias
sectoriales y especializadas, en la que los candidatos al sacerdocio
se encontrarán frente a los problemas inherentes a su futuro
ministerio. Los Padres sinodales han propuesto una serie de ejemplos
concretos, como la visita a los enfermos, la atención a los
emigrantes, exiliados y nómadas, el celo de la caridad que se
traduce en diversas obras sociales. En particular dicen: «Es
necesario que el presbítero sea testigo de la caridad de
Cristo mismo que «pasó haciendo el bien» (Hch 10,
38); el presbítero debe ser también el signo visíble
de la solicitud de la Iglesia, que es Madre y Maestra. Y puesto que
el hombre de hoy está afectado por tantas desgracias,
especialmente los que viven sometidos a una pobreza inhumana, a la
violencia ciega o al poder abusivo, es necesario que el hombre de
Dios, bien preparado para toda obra buena (cf. 2 Tim 3, 17),
reivindique los derechos y la dignidad del hombre. Pero evite
adherirse a falsas ideologías y olvidar, cuando trata de
promover el bien, que el mundo es redimido sólo por la cruz de
Cristo».(183)
El conjunto de estas y de otras actividades pastorales educa al
futuro sacerdote a vivir como «servicio» la propia misión
de «autoridad» en la comunidad, alejándose de toda
actitud de superioridad o ejercicio de un poder que no esté
siempre y exclusivamente justificado por la caridad pastoral.
Para una adecuada formación es necesario que las diversas
experiencias de los candidatos al sacerdocio asuman un claro carácter
«ministerial», siempre en íntima conexión
con todas las exigencias propias de la preparación al
presbiterado y (por supuesto, sin menoscabo del estudio) relacionadas
con el triple servicio de la Palabra, del culto y de presidir la
comunidad. Estos servicios pueden ser la traducción concreta
de los ministerios del Lectorado, Acolitado y Diaconado.
59. Ya que la actividad pastoral está destinada por su
naturaleza a animar la Iglesia, que es esencialmente «misterio»,
«comunión», y «misión», la
formación pastoral deberá conocer y vivir estas
dimensiones eclesiales en el ejercicio del ministerio.
Es fundamental el ser conscientes de que la Iglesia es «misterio»,
obra divina, fruto del Espíritu de Cristo, signo eficaz de la
gracia, presencia de la Trinidad en la comunidad cristiana; esta
conciencia, a la vez que no disminuirá el sentido de
responsabilidad propio del pastor, lo convencerá de que el
crecimiento de la Iglesia es obra gratuita del Espíritu y que
su servicio —encomendado por la misma gracia divina a la libre
responsabilidad humana— es el servicio evangélico del
«siervo inútil» (cf. Lc 17, 10).
En segundo lugar, la conciencia de la Iglesia como «comunión»
ayudará al candidato al sacerdocio a realizar una pastoral
comunitaria, en colaboración cordial con los diversos agentes
eclesiales: sacerdotes y Obispo, sacerdotes diocesanos y religiosos,
sacerdotes y laicos. Pero esta colaboración supone el
conocimiento y la estima de los diversos dones y carismas, de las
diversas vocaciones y responsabilidades que el Espíritu ofrece
y confía a los miembros del Cuerpo de Cristo; requiere un
sentido vivo y preciso de la propia identidad y de la de las demás
personas en la Iglesia; exige mutua confianza, paciencia, dulzura,
capacidad de comprensión y de espera; se basa sobre todo en un
amor a la Iglesia más grande que el amor a sí mismos y
a las agrupaciones a las cuales se pertenece. Es especialmente
importante preparar a los futuros sacerdotes para la colaboración
con los laicos. «Oigan de buen grado —dice el Concilio—
a los laicos, considerando fraternalmente sus deseos y reconociendo
su experiencia y competencia en los diversos campos de la actividad
humana, a fin de que, juntamente con ellos, puedan conocer los signos
de los tiempos».(184) El Sínodo ha insistido también
en la atención pastoral a los laicos: «Es necesario que
el alumno sea capaz de proponer y ayudar a vivir a los fieles laicos,
especialmente los jóvenes, las diversas vocaciones
(matrimonio, servicios sociales, apostolado, ministerios y
responsabilidades en las actividades pastorales, vida consagrada,
dirección de la vida política y social, investigación
científica, enseñanza). Sobre todo es necesario enseñar
y ayudar a los laicos en su vocación de impregnar y
transformar el mundo con la luz del Evangelio, reconociendo su propio
cometido y respetándolo».(185)
Por último, la conciencia de la Iglesia como comunión
«misionera» ayudará al candidato al sacerdocio a
amar y vivir la dimensión misionera esencial de la Iglesia y
de las diversas actividades pastorales; a estar abierto y disponible
para todas las posibilidades ofrecidas hoy para el anuncio del
Evangelio, sin olvidar la valiosa ayuda que pueden y deben dar al
respecto los medios de comunicación social;(186) y a
prepararse para un ministerio que podrá exigirle la
disponibilidad concreta al Espíritu Santo y al Obispo para ser
enviado a predicar el Evangelio fuera de su país.(187)
II. AMBIENTES PROPIOS DE LA FORMACIÓN SACERDOTAL
La comunidad formativa del Seminario mayor
60. La necesidad del Seminario mayor —y de una análoga
Casa religiosa de formación— para la preparación
de los candidatos al sacerdocio, como fue afirmada categóricamente
por el Concilio Vaticano II,(l88) ha sido reiterada por el Sínodo
con estas palabras: «La institución del Seminario mayor,
como lugar óptimo de formación, debe ser confirmada
como ambiente normal, incluso material, de una vida comunitaria y
jerárquica, es más, como casa propia para la formación
de los candidatos al sacerdocio, con superiores verdaderamente
consagrados a esta tarea. Esta institución ha dado muchísimos
frutos a través de los siglos y continúa dándolos
en todo el mundo».(189)
El seminario, que representa como un tiempo y un espacio
geográfico, es sobre todo una comunidad educativa en camino:
la comunidad promovida por el Obispo para ofrecer, a quien es llamado
por el Señor para el servicio apostólico, la
posibilidad de revivir la experiencia formativa que el Señor
dedicó a los Doce. En realidad, los Evangelios nos presentan
la vida de trato íntimo y prolongado con Jesús como
condición necesaria para el ministerio apostólico. Esa
vida exige a los Doce llevar a cabo, de un modo particularmente claro
y específico, el desprendimiento —propuesto en cierta
medida a todos los discípulos— del ambiente de origen,
del trabajo habitual, de los afectos más queridos (cf. Mc
1,16-20; 10, 28; Lc 9, 11. 27-28; 9, 57-62; 14, 25-27). Se ha citado
varias veces la narración de Marcos, que subraya la relación
profunda que une a los apóstoles con Cristo y entre sí;
antes de ser enviados a predicar y curar, son llamados «para
que estuvieran con él» (Mc 3, 14).
La identidad profunda del seminario es ser, a su manera, una
continuación en la Iglesia de la íntima comunidad
apostólica formada en torno a Jesús, en la escucha de
su Palabra, en camino hacia la experiencia de la Pascua, a la espera
del don del Espíritu para la misión. Esta identidad
constituye el ideal formativo que —en las muy diversas formas y
múltiples vicisitudes que como institución humana ha
tenido en la historia— estimula al seminario a encontrar su
realización concreta, fiel a los valores evangélicos en
los que se inspira y capaz de responder a las situaciones y
necesidades de los tiempos.
El seminario es, en sí mismo, una experiencia original de
la vida de la Iglesia; en él el Obispo se hace presente a
través del ministerio del rector y del servicio de
corresponsabilidad y de comunión con los demás
educadores, para el crecimiento pastoral y apostólico de los
alumnos. Los diversos miembros de la comunidad del seminario,
reunidos por el Espíritu en una sola fraternidad, colaboran,
cada uno según su propio don, al crecimiento de todos en la fe
y en la caridad, para que se preparen adecuadamente al sacerdocio y
por tanto a prolongar en la Iglesia y en la historia la presencia
redentora de Jesucristo, el buen Pastor.
Incluso desde un punto de vista humano, el Seminario mayor debe
tratar de ser «una comunidad estructurada por una profunda
amistad y caridad, de modo que pueda ser considerada una verdadera
familia que vive en la alegría».(190) Desde un punto de
vista cristiano, el Seminario debe configurarse —continúan
los Padres sinodales—, como «comunidad eclesial»,
como «comunidad de discípulos del Señor, en la
que se celebra una misma liturgia (que impregna la vida del espíritu
de oración), formada cada día en la lectura y
meditación de la Palabra de Dios y con el sacramento de la
Eucaristía, en el ejercicio de la caridad fraterna y de la
justicia; una comunidad en la que, en el progreso de la vida
comunitaria y en la vida de cada miembro, resplandezcan el Espíritu
de Cristo y el amor a la Iglesia».(191) Confirmando y
desarrollando concretamente esta esencial dimensión eclesial
del Seminario, los Padres sinodales afirman: «como comunidad
eclesial, sea diocesana o interdiocesana, o también religiosa,
el Seminario debe alimentar el sentido de comunión de los
candidatos con su Obispo y con su Presbiterio, de modo que participen
en su esperanza y en sus angustias, y sepan extender esta apertura a
las necesidades de la Iglesia universal».(192)
Es esencial para la formación de los candidatos al
sacerdocio y al ministerio pastoral —eclesial por naturaleza—
que se viva en el Seminario no de un modo extrínseco y
superficial, como si fuera un simple lugar de habitación y de
estudio, sino de un modo interior y profundo: como una comunidad
específicamente eclesial, una comunidad que revive la
experiencia del grupo de los Doce unidos a Jesús.(193)
61. El Seminario es, por tanto, una comunidad eclesial educativa,
más aún, es una especial comunidad educativa. Y lo que
determina su fisonomía es el fin específico, o sea, el
acompañamiento vocacional de los futuros sacerdotes, y por
tanto el discernimiento de la vocación, la ayuda para
corresponder a ella y la preparación para recibir el
sacramento del Orden con las gracias y responsabilidades propias, por
las que el sacerdote se configura con Jesucristo, Cabeza y Pastor, y
se prepara y compromete para compartir su misión de salvación
en la Iglesia y en el mundo.
En cuanto comunidad educativa, toda la vida del Seminario, en sus
más diversas expresiones, está intensamente dedicada a
la formación humana, espiritual, intelectual y pastoral de los
futuros presbíteros; se trata de una formación que, aun
teniendo tantos aspectos comunes con la formación humana y
cristiana de todos los miembros de la Iglesia, presenta contenidos,
modalidades y características que nacen de manera específica
de la finalidad que se persigue, esto es, de preparar al sacerdocio.
Ahora bien, los contenidos y formas de la labor educativa exigen
que el Seminario tenga definido su propio plan, o sea, un programa de
vida que se caracterice tanto por ser orgánico-unitario, como
por su sintonía o correspondencia con el único fin que
justifica la existencia del Seminario: la preparación de los
futuros presbíteros.
En este sentido, escriben los Padres sinodales: «en cuanto
comunidad educativa, (el Seminario) está al servicio de un
programa claramente definido que, como nota característica,
tenga la unidad de dirección, manifestada en la figura del
Rector y sus colaboradores, en la coherencia de toda la ordenación
de la vida y actividad formativa y de las exigencias fundamentales de
la vida comunitaria, que lleva consigo también aspectos
esenciales de la labor de formación. Este programa debe estar
al servicio —sin titubeos ni vaguedades— de la finalidad
específica, la única que justifica la existencia del
Seminario, a saber, la formación de los futuros presbíteros,
pastores de la Iglesia.(194) Y para que la programación sea
verdaderamente adecuada y eficaz, es preciso que las grandes líneas
del programa se traduzcan más concretamente y al detalle,
mediante algunas normas particulares destinadas a ordenar la vida
comunitaria, estableciendo determinados instrumentos y algunos ritmos
temporales precisos.
Otro aspecto que hay que subrayar aquí es la labor
educativa que, por su naturaleza, es el acompañamiento de
estas personas históricas y concretas que caminan hacia la
opción y la adhesión a determinados ideales de vida.
Precisamente por esto la labor educativa debe saber conciliar
armónicamente la propuesta clara de la meta que se quiere
alcanzar, la exigencia de caminar con seriedad hacia ella, la
atención al «viandante», es decir al sujeto
concreto empeñado en esta aventura y, consiguientemente, a una
serie de situaciones, problemas, dificultades, ritmos diversos de
andadura y de crecimiento. Esto exige una sabia elasticidad, que no
significa precisamente transigir ni sobre los valores ni sobre el
compromiso consciente y libre, sino que quiere decir amor verdadero y
respeto sincero a las condiciones totalmente personales de quien
camina hacia el sacerdocio. Esto vale no sólo respecto a cada
una de las personas, sino también en relación con los
diversos contextos sociales y culturales en los que se desenvuelven
los Seminarios y con la diversa historia que cada uno de ellos
tienen. En este sentido la obra educativa exige una constante
renovación. Por ello, los Padres sinodales han subrayado
también con fuerza, en relación con la configuración
de los Seminarios: «Salva la validez de las formas clásicas
del Seminario, el Sínodo desea que continúe el trabajo
de consulta de las Conferencias Episcopales sobre las necesidades
actuales de la formación, como se mandaba en el decreto
Optatan totius (n. 1) y en el Sínodo de 1967. Revísense
oportunamente las Rationes de cada nación o rito, ya sea con
ocasión de las consultas hechas por las Conferencias
Episcopales, ya sea en las visitas apostólicas a los
Seminarios de las diversas naciones, para integrar en ellas diversos
modelos comprobados de formación, que respondan a las
necesidades de los pueblos de cultura así llamada indígena,
de las vocaciones de adultos, de las vocaciones misioneras,
etc».1(95)
62. La finalidad y la forma educativa específica del
Seminario mayor exige que los candidatos al sacerdocio entren en él
con alguna preparación previa. Esta preparación no
creaba —al menos hasta hace algún decenio—
problemas particulares, ya que los aspirantes provenían
habitualmente de los Seminarios menores y la vida cristiana de las
comunidades eclesiales ofrecía con facilidad a todos
indistintamente una discreta instrucción y educación
cristiana.
La situación en muchos lugares ha cambiado bastante. En
efecto, se da una fuerte discrepancia entre el estilo de vida y la
preparación básica, de los chicos, adolescentes y
jóvenes —aunque sean cristianos e incluso comprometidos
en la vida de la Iglesia—, por un lado, y, por otro, el estilo
de vida del Seminario y sus exigencias formativas. En este punto, en
comunión con los Padres sinodales, pido que haya un período
adecuado de preparación que preceda la formación del
Seminario: «Es útil que haya un período de
preparación humana, cristiana, intelectual y espiritual para
los candidatos al Seminario mayor. Estos candidatos deben tener
determinadas cualidades: la recta intención, un grado
suficiente de madurez humana, un conocimiento bastante amplio de la
doctrina de la fe, alguna introducción a los métodos de
oración y costumbres conformes con la tradición
cristiana. Tengan también las aptitudes propias de sus
regiones, mediante las cuales se expresa el esfuerzo de encontrar a
Dios y la fe (cf. Evangelii nuntiandi, 48).(196)
«Un conocimiento bastante amplio de la doctrina de la fe»,
de que hablan los Padres sinodales, se exige igualmente antes de la
teología, pues no se puede desarrollar una «intelligentia
fidei» si no se conoce la «fides» en su contenido.
Una tal laguna podrá ser más fácilmente colmada
mediante el próximo Catecismo universal.
Mientras que, por una parte, se hace común el
convencimiento de la necesidad de esta preparación previa al
Seminario mayor, por otra, se da diversa valoración de sus
contenidos y características, o sea: si la finalidad
prioritaria ha de ser la formación espiritual para el
discernimiento vocacional, o la formación intelectual o
cultural. Además, no pueden olvidarse las muchas y profundas
diversidades que existen, no sólo en relación con cada
uno de los candidatos, sino también en relación con las
varias regiones y países. Esto aconseja una fase todavía
de estudio y experimentación, para que puedan definirse de una
manera más oportuna y detallada los diversos elementos de esta
preparación previa o «período propedéutico»:
tiempo, lugar, forma, temas de este período, que desde luego
han de estar en coordinación con los años sucesivos de
la formación en el Seminario.
En este sentido, asumo y propongo a la Congregación para la
Educación Católica la petición hecha por los
Padres sinodales: «El Sínodo pide que la Congregación
para la Educación Católica recoja todas las
informaciones sobre las primeras experiencias ya hechas o que se
están haciendo. En su momento, la Congregación
comunique a las Conferencias Episcopales las informaciones sobre este
tema».(197)
El Seminario menor y otras formas de acompañamiento
vocacional
63. Como demuestra una larga experiencia, la vocación
sacerdotal tiene, con frecuencia, un primer momento de manifestación
en los años de la preadolescencia o en los primerísimos
años de la juventud. E incluso en quienes deciden su ingreso
en el Seminario más adelante, no es raro constatar la
presencia de la llamada de Dios en períodos muy anteriores. La
historia de la Iglesia es un testimonio continuo de llamadas que el
Señor hace en edad tierna todavía. Santo Tomás
de Aquino, por ejemplo, explica la predilección de Jesús
hacia el apóstol Juan «por su tierna edad» y saca
de ahí la siguiente conclusión: «esto nos da a
entender cómo ama Dios de modo especial a aquellos que se
entregan a su servicio desde la primera juventud».(198)
La Iglesia, con la institución de los Seminarios menores,
toma bajo su especial cuidado, discerniendo y acompañando,
estos brotes de vocación sembrados en los corazones de los
muchachos. En varias partes del mundo estos Seminarios continúan
desarrollando una preciosa labor educativa, dirigida a custodiar y
desarrollar los brotes de vocación sacerdotal, para que los
alumnos la puedan reconocer más fácilmente y se hagan
más capaces de corresponder a ella. Su propuesta educativa
tiende a favorecer oportuna y gradualmente aquella formación
humana, cultural y espiritual que llevará al joven a iniciar
el camino en el Seminario mayor con una base adecuada y sólida.
Prepararse «a seguir a Cristo Redentor con espíritu
de generosidad y pureza de intención»: éste es el
fin del Seminario menor indicado por el Concilio en el decreto
Optatam totius, donde se describe de la siguiente forma su carácter
educativo: los alumnos «bajo la dirección paterna de sus
superiores, secundada por la oportuna cooperación de los
padres, lleven un género de vida que se avenga bien con la
edad, espíritu y evolución de los adolescentes, y se
adapte de lleno a las normas de la sana psicología, sin dejar
a un lado la razonable experiencia de las cosas humanas y el trato
con la propia familia».(199)
El Seminario menor podrá ser también en la diócesis
un punto de referencia de la pastoral vocacional, con oportunas
formas de acogida y oferta de informaciones para aquellos
adolescentes que están en búsqueda de la vocación
o que, decididos ya a seguirla, se ven obligados a retrasar el
ingreso en el Seminario por diversas circunstancias, familiares o
escolares.
64. Donde no se dé la posibilidad de tener el Seminario
menor -—«necesario y muy útil en muchas regiones»—
es preciso crear otras «instituciones»,(200) como podrían
ser los grupos vocacionales para adolescentes y jóvenes.
Aunque no sean permanentes, estos grupos podrán ofrecer en un
ambiente comunitario una guía sistemática para el
análisis y el crecimiento vocacional. Incluso viviendo en
familia y frecuentando la comunidad cristiana que les ayude en su
camino formativo, estos muchachos y estos jóvenes no deben ser
dejados solos. Ellos tienen necesidad de un grupo particular o de una
comunidad de referencia en la que apoyarse para seguir el itinerario
vocacional concreto que el don del Espíritu Santo ha comenzado
en ellos.
Como siempre ha sucedido en la historia de la Iglesia, y con
alguna característica de esperanzadora novedad y frecuencia en
las actuales circunstancias, se constata el fenómeno de
vocaciones sacerdotales que se dan en la edad adulta, después
de una más o menos larga experiencia de vida laical y de
compromiso profesional. No siempre es posible, y con frecuencia no es
ni siquiera conveniente, invitar a los adultos a seguir el itinerario
educativo del Seminario mayor. Se debe más bien programar,
después de un cuidadoso discernimiento sobre la autenticidad
de estas vocaciones, cualquier forma específica de
acompañamiento formativo, de modo que se asegure, mediante
adaptaciones oportunas, la necesaria formación espiritual e
intelectual.(201) Una adecuada relación con los otros
aspirantes al sacerdocio y los períodos de presencia en la
comunidad del Seminario mayor, podrán garantizar la inserción
plena de estas vocaciones en el único presbiterio, y su íntima
y cordial comunión con el mismo.
III. PROTAGONISTAS DE LA FORMACIÓN SACERDOTAL
La Iglesia y el Obispo
65. Puesto que la formación de los aspirantes al sacerdocio
pertenece a la pastoral vocacional de la Iglesia, se debe decir que
la Iglesia como tal es el sujeto comunitario que tiene la gracia y la
responsabilidad de acompañar a cuantos el Señor llama a
ser sus ministros en el sacerdocio.
En este sentido, la lectura del misterio de la Iglesia nos ayuda a
precisar mejor el puesto y la misión que sus diversos miembros
—individualmente y también como miembros de un cuerpo—
tienen en la formación de los aspirantes al presbiterado.
Ahora bien, la Iglesia es por su propia naturaleza la «memoria»,
el «sacramento» de la presencia y de la acción de
Jesucristo en medio de nosotros y para nosotros. A su misión
salvadora se debe la llamada al sacerdocio; y no sólo la
llamada, sino también el acompañamiento para que la
persona que se siente llamada pueda reconocer la gracia del Señor
y responda a ella con libertad y con amor. Es el Espíritu de
Jesús el que da la luz y la fuerza en el discernimiento y en
el camino vocacional. No hay, por tanto, auténtica labor
formativa para el sacerdocio sin el influjo del Espíritu de
Cristo. Todo formador humano debe ser plenamente consciente de esto.
¿Cómo no ver una «riqueza» totalmente
gratuita y radicalmente eficaz, que tiene su «peso»
decisivo en el trabajo formativo hacia el sacerdocio? ¿Y cómo
no gozar ante la dignidad de todo formador humano, que, en cierto
sentido, se presenta al aspirante al sacerdocio como visible
representante de Cristo? Si la preparación al sacerdocio es
esencialmente la formación del futuro pastor a imagen de
Jesucristo, buen Pastor ¿quién mejor que el mismo
Jesús, mediante la infusión de su Espíritu,
puede donar y llevar hasta la madurez aquella caridad pastoral que Él
ha vivido hasta el don total de sí mismo (cf. Jn 15, 13; 10,
11) y que quiere que sea vivida también por todos los
presbíteros?
El primer representante de Cristo en la formación
sacerdotal es el Obispo. Del Obispo, de cada Obispo, se podría
afirmar lo que el evangelista Marcos nos dice en el texto
reiteradamente citado: «Llamó a los que él quiso:
y vinieron donde él. Instituyó Doce, para que
estuvieran con él, y para enviarlos...» (Mc 3, 13-14).
En realidad la llamada interior del Espíritu tiene necesidad
de ser reconocida por el Obispo como auténtica llamada. Si
todos pueden «acercarse» al Obispo, porque es Pastor y
Padre de todos, lo pueden de un modo particular sus presbíteros,
por la común participación al mismo sacerdocio y
ministerio. El Obispo —dice el Concilio— debe
considerarlos y tratarlos como «hermanos y amigos».(202)
Y esto se puede decir, por analogía, de cuantos se preparan al
sacerdocio. Por lo que se refiere al «estar con él»
—del texto evangélico—, esto es, con el Obispo, es
ya un gran signo de la responsabilidad formativa de éste para
con los aspirantes al sacerdocio el hecho de que los visite con
frecuencia y en cierto modo «esté» con ellos.
La presencia del Obispo tiene un valor particular, no sólo
porque ayuda a la comunidad del Seminario a vivir su inserción
en la Iglesia particular y su comunión con el Pastor que la
guía, sino también porque autentifica y estimula la
finalidad pastoral, que constituye lo específico de toda la
formación de los aspirantes al sacerdocio. Sobre todo, con su
presencia y con la co-participación con los aspirantes al
sacerdocio de todo cuanto se refiere a la pastoral de la Iglesia
particular, el Obispo contribuye fundamentalmente a la formación
del «sentido de Iglesia», como valor espiritual y
pastoral central en el ejercicio del ministerio sacerdotal.
La comunidad educativa del Seminario
66. La comunidad educativa del Seminario se articula en torno a
los diversos formadores: el rector, el director o padre espiritual,
los superiores y los profesores. Ellos se deben sentir profundamente
unidos al Obispo, al que, con diverso título y de modo
distinto representan, y entre ellos debe existir una comunión
y colaboración convencida y cordial. Esta unidad de los
educadores no sólo hace posible una realización
adecuada del programa educativo, sino que también y sobre todo
ofrece a los futuros sacerdotes el ejemplo significativo y el acceso
a aquella comunión eclesial que constituye un valor
fundamental de la vida cristiana y del ministerio pastoral.
Es evidente que gran parte de la eficacia formativa depende de la
personalidad madura y recia de los formadores, bajo el punto de visto
humano y evangélico. Por esto son particularmente importantes,
por un lado, la selección cuidada de los formadores y, por
otro, el estimularles para que se hagan cada vez más idóneos
para la misión que les ha sido confiada. Conscientes de que
precisamente en la selección y formación de los
formadores radica el porvenir de la preparación de los
candidatos al sacerdocio, los Padres sinodales se han detenido
ampliamente a precisar la identidad de los educadores. En particular,
han escrito: «La misión de la formación de los
aspirantes al sacerdocio exige ciertamente no sólo una
preparación especial de los formadores, que sea verdaderamente
técnica, pedagógica, espiritual, humana y teológica,
sino también el espíritu de comunión y
colaboración en la unidad para desarrollar el programa, de
modo que siempre se salve la unidad en la acción pastoral del
Seminario bajo la guía del rector. El grupo de formadores dé
testimonio de una vida verdaderamente evangélica y de total
entrega al Señor. Es oportuno que tenga una cierta
estabilidad, que resida habitualmente en la comunidad del Seminario y
que esté íntimamente unido al Obispo, como primer
responsable de la formación de los sacerdotes».(203)
Son los Obispos los primeros que deben sentir su grave
responsabilidad en la formación de los encargados de la
educación de los futuros presbíteros. Para este
ministerio deben elegirse sacerdotes de vida ejemplar y con
determinadas cualidades: «la madurez humana y espiritual, la
experiencia pastoral, la competencia profesional, la solidez en la
propia vocación, la capacidad de colaboración, la
preparación doctrinal en las ciencias humanas (especialmente
la psicología), que son propias de su oficio, y el
conocimiento del estilo peculiar del trabajo en grupo».(204)
Respetando la distinción entre foro interno y externo, la
conveniente libertad para escoger confesores, y la prudencia y
discreción del ministerio del director espiritual, la
comunidad presbiteral de los educadores debe sentirse solidaria en la
responsabilidad de educar a los aspirantes al sacerdocio. A ella,
siempre contando con la conjunta valoración del Obispo y del
rector, corresponde en primer lugar la misión de procurar y
comprobar la idoneidad de los aspirantes en lo que se refiere a las
dotes espirituales, humanas e intelectuales, principalmente en cuanto
al espíritu de oración, asimilación profunda de
la doctrina de la fe, capacidad de auténtica fraternidad y
carisma del celibato.(205)
Teniendo presente —como también lo han recordado los
Padres sinodales— las indicaciones de la Exhortación
Christifideles laici(206) y de la Carta Apostólica Mulieris
dignitatem, que advierten la utilidad de un sano influjo de la
espiritualidad laical y del carisma de la feminidad en todo
itinerario educativo, es oportuno contar también —de
forma prudente y adaptada a los diversos contextos culturales—
con la colaboración de fieles laicos, hombres y mujeres, en la
labor formativa de los futuros sacerdotes. Habrán de ser
escogidos con particular atención, en el cuadro de las leyes
de la Iglesia y conforme a sus particulares carismas y probadas
competencias. De su colaboración, oportunamente coordenada e
integrada en las responsabilidades educativas primarias de los
formadores de los futuros presbíteros, es lícito
esperar buenos frutos para un crecimiento equilibrado del sentido de
Iglesia y para una percepción más exacta de la propia
identidad sacerdotal, por parte de los aspirantes al
presbiterado.(207)
Los profesores de teología
67. Cuantos introducen y acompañan a los futuros sacerdotes
en la sagrada doctrina mediante la enseñanza teológica
tienen una particular responsabilidad educativa, que con frecuencia
—como enseña la experiencia— es más
decisiva que la de los otros educadores, en el desarrollo de la
personalidad presbiteral.
La responsabilidad de los profesores de teología, antes que
en la relación de docencia que deben entablar con los
aspirantes al sacerdocio, radica en la concepción que ellos
deben tener de la naturaleza de la teología y del ministerio
sacerdotal, como también en el espíritu y estilo con el
que deben desarrollar su enseñanza teológica. En este
sentido, los Padres sinodales han afirmado justamente que el «teólogo
debe ser siempre consciente de que a su enseñanza no le viene
la autoridad de él mismo, sino que debe abrir y comunicar la
inteligencia de la fe últimamente en el nombre del Señor
Jesús y de la Iglesia. Así, el teólogo, aun en
el uso de todas las posibilidades científicas, ejerce su
misión por mandato de la Iglesia y colabora con el Obispo en
el oficio de enseñar. Y porque los teólogos y los
Obispos están al servicio de la misma Iglesia en la promoción
de la fe, deben desarrollar y cultivar una confianza recíproca
y, con este espíritu, superar también las tensiones y
los conflictos (cf. más ampliamente la Instrucción de
la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre La vocación
eclesial del teólogo)».(208)
El profesor de teología, como cualquier otro educador, debe
estar en comunión y colaborar abiertamente con todas las demás
personas dedicadas a la formación de los futuros sacerdotes, y
presentar con rigor científico, generosidad, humildad y
entusiasmo su aportación original y cualificada, que no es
sólo la simple comunicación de una doctrina —aunque
ésta sea la doctrina sagrada—, sino que es sobre todo la
oferta de la perspectiva que, en el designio de Dios, unifica todos
los diversos saberes humanos y las diversas expresiones de vida.
En particular, la fuerza específica e incisiva de los
profesores de teología se mide, sobre todo, por ser «hombres
de fe y llenos de amor a la Iglesia, convencidos de que el sujeto
adecuado del conocimiento del misterio cristiano es la Iglesia como
tal, persuadidos por tanto de que su misión de enseñar
es un auténtico ministerio eclesial, llenos de sentido
pastoral para discernir no sólo los contenidos, sino también
las formas mejores en el ejercicio de este ministerio. De modo
especial, a los profesores se les pide la plena fidelidad al
Magisterio porque enseñan en nombre de la Iglesia y por esto
son testigos de la fe».(209)
Comunidades de origen, asociaciones, movimientos juveniles
68. Las comunidades de las que proviene el aspirante al
sacerdocio, aun teniendo en cuenta la separación que la opción
vocacional lleva consigo, siguen ejerciendo un influjo no indiferente
en la formación del futuro sacerdote. Por eso deben ser
conscientes de su parte específica de responsabilidad.
Recordemos, en primer lugar, a la familia: los padres cristianos,
como también los hermanos, hermanas y otros miembros del
núcleo familiar, no deben nunca intentar llevar al futuro
presbítero a los límites estrechos de una lógica
demasiado humana, cuando no mundana, aunque a esto sea un sincero
afecto lo que los impulse (cf. Mc 3, 20-21. 31-35). Al contrario,
animados ellos mismos por el mismo propósito de «cumplir
la voluntad de Dios», sepan acompañar el camino
formativo con la oración, el respeto, el buen ejemplo de las
virtudes domésticas y la ayuda espiritual y material, sobre
todo en los momentos difíciles. La experiencia enseña
que, en muchos casos, esta ayuda múltiple ha sido decisiva
para el aspirante al sacerdocio. Incluso en el caso de padres y
familiares indiferentes o contrarios a la opción vocacional,
la confrontación clara y serena con la posición del
joven y los incentivos que de ahí se deriven, pueden ser de
gran ayuda para que la vocación sacerdotal madure de un modo
más consciente y firme.
En estrecha relación con las familias está la
comunidad parroquial: ambas se unen en el plano de la educación
en la fe; además, con frecuencia, la parroquia, mediante una
específica pastoral juvenil y vocacional, ejerce un papel de
suplencia de la familia. Sobre todo, por ser la realización
local más inmediata del misterio de la Iglesia, la parroquia
ofrece una aportación original y particularmente preciosa a la
formación del futuro sacerdote. La comunidad parroquial debe
continuar sintiendo como parte viva de sí misma al joven en
camino hacia el sacerdocio, lo debe acompañar con la oración,
acogerlo entrañablemente en los tiempos de vacaciones,
respetar y favorecer la formación de su identidad presbiteral,
ofreciéndole ocasiones oportunas y estímulos vigorosos
para probar su vocación a la misión.
También las asociaciones y los movimientos juveniles, signo
y confirmación de la vitalidad que el Espíritu asegura
a la Iglesia, pueden y deben contribuir a la formación de los
aspirantes al sacerdocio, en particular de aquellos que surgen de la
experiencia cristiana, espiritual y apostólica de estas
instituciones. Los jóvenes que han recibido su formación
de base en ellas y las tienen como punto de referencia para su
experiencia de Iglesia, no deben sentirse invitados a apartarse de su
pasado y cortar las relaciones con el ambiente que ha contribuido a
su decisión vocacional ni tienen por qué cancelar los
rasgos característicos de la espiritualidad que allí
aprendieron y vivieron, en todo aquello que tienen de bueno,
edificante y enriquecedor.(210) También para ellos este
ambiente de origen continúa siendo fuente de ayuda y apoyo en
el camino formativo hacia el sacerdocio.
Las oportunidades de educación en la fe y de crecimiento
cristiano y eclesial que el Espíritu ofrece a tantos jóvenes
a través de las múltiples formas de grupos, movimientos
y asociaciones de variada inspiración evangélica, deben
ser sentidas y vividas como regalo del espíritu que anima la
institución eclesial y está a su servicio. En efecto,
un movimiento o una espiritualidad particular «no es una
estructura alternativa a la institución. Al contrario, es
fuente de una presencia que continuamente regenera en ella la
autenticidad existencial e histórica. Por esto, el sacerdote
debe encontrar en el movimiento eclesial la luz y el calor que lo
hacen ser fiel a su Obispo y dispuesto a los deberes de la
institución y atento a la disciplina eclesiástica, de
modo que sea más fértil la vibración de su fe y
el gusto de su fidelidad».(211)
Por tanto, es necesario que, en la nueva comunidad del Seminario
—que el Obispo ha congregado—, los jóvenes
provenientes de asociaciones y movimientos eclesiales aprendan «el
respeto a los otros caminos espirituales y el espíritu de
diálogo y cooperación», se atengan con coherencia
y cordialidad a las indicaciones formativas del Obispo y de los
educadores del Seminario, confiándose con actitud sincera a su
dirección y a sus valoraciones.(212) Dicha actitud prepara y,
de algún modo, anticipa la genuina opción presbiteral
de servicio a todo el Pueblo de Dios, en la comunión fraterna
del presbiterio y en obediencia al Obispo.
La participación del seminarista y del presbítero
diocesano en espiritualidades particulares o instituciones eclesiales
es ciertamente, en sí misma, un factor beneficioso de
crecimiento y de fraternidad sacerdotal. Pero esta participación
no debe obstaculizar sino ayudar el ejercicio del ministerio y la
vida espiritual que son propios del sacerdote diocesano, el cual
«sigue siendo siempre pastor de todo el conjunto. No sólo
es el "hombre permanente", siempre disponible para todos,
sino el que va al encuentro de todos —en particular está
a la cabeza de las parroquias— para que todos descubran en él
la acogida que tienen derecho a esperar en la comunidad y en la
Eucaristía que los congrega, sea cual sea su sensibilidad
religiosa y su dedicación pastoral».(213)
El mismo aspirante
69. Por último, no se puede olvidar que el mismo aspirante
al sacerdocio es también protagonista necesario e
insustituible de su formación: toda formación -incluida
la sacerdotal es en definitiva una auto-formación. Nadie nos
puede sustituir en la libertad responsable que tenemos cada uno como
persona.
Ciertamente también el futuro sacerdote —él el
primero— debe crecer en la conciencia de que el Protagonista
por antonomasia de su formación es el Espíritu Santo,
que, con el don de un corazón nuevo, configura y hace
semejante a Jesucristo, el buen Pastor; en este sentido, el aspirante
fortalecerá de una manera más radical su libertad
acogiendo la acción formativa del Espíritu. Pero acoger
esta acción significa también, por parte del aspirante
al sacerdocio, acoger las «mediaciones» humanas de las
que el Espíritu se sirve. Por esto la acción de los
varios educadores resulta verdadera y plenamente eficaz sólo
si el futuro sacerdote ofrece su colaboración personal,
convencida y cordial.
CAPÍTULO VI
TE RECOMIENDO QUE REAVIVES EL CARISMA DE DIOS QUE ESTÁ EN
TI
Formación permanente de los sacerdotes
Razones teológicas de la formación permanente
70. «Te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está
en ti» (2 Tim 1, 6).
Las palabras del Apóstol al obispo Timoteo se pueden
aplicar legítimamente a la formación permanente a la
que están llamados todos los sacerdotes en razón del
«don de Dios» que han recibido con la ordenación
sagrada. Ellas nos ayudan a entender el contenido real y la
originalidad inconfundible de la formación permanente de los
presbíteros. También contribuye a ello otro texto de
san Pablo en la otra carta a Timoteo: «No descuides el carisma
que hay en ti, que se te comunicó por intervención
profética mediante la imposición de las manos del
colegio de presbíteros. Ocúpate en estas cosas; vive
entregado a ellas para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos.
Vela por ti mismo y por la enseñanza; persevera en estas
disposiciones, pues obrando así, te salvarás a ti mismo
y a los que te escuchen» (1 Tim 4, 14-16).
El Apóstol pide a Timoteo que «reavive», o sea,
que vuelva a encender el don divino, como se hace con el fuego bajo
las cenizas, en el sentido de acogerlo y vivirlo sin perder ni
olvidar jamás aquella «novedad permanente» que es
propia de todo don de Dios, —que hace nuevas todas las cosas
(cf. Ap 21, 5)— y, consiguientemente, vivirlo en su
inmarcesible frescor y belleza originaria.
Pero este «reavivar» no es sólo el resultado de
una tarea confiada a la responsabilidad personal de Timoteo ni es
sólo el resultado de un esfuerzo de su memoria y de su
voluntad. Es el efecto de un dinamismo de la gracia, intrínseco
al don de Dios: es Dios mismo, pues, el que reaviva su propio don,
más aún, el que distribuye toda la extraordinaria
riqueza de gracia y de responsabilidad que en él se encierran.
Con la efusión sacramental del Espíritu Santo que
consagra y envía, el presbítero queda configurado con
Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, y es enviado a ejercer el
ministerio pastoral. Y así, al sacerdote, marcado en su ser de
una manera indeleble y para siempre como ministro de Jesús y
de la Iglesia, e inserto en una condición de vida permanente e
irreversible, se le confía un ministerio pastoral que,
enraizado en su propio ser y abarcando toda su existencia, es también
permanente. El sacramento del Orden confiere al sacerdote la gracia
sacramental, que lo hace partícipe no sólo del «poder»
y del «ministerio» salvífico de Jesús, sino
también de su «amor»; al mismo tiempo, le asegura
todas aquellas gracias actuales que le serán concedidas cada
vez que le sean necesarias y útiles para el digno cumplimiento
del ministerio recibido.
De esta manera, la formación permanente encuentra su propio
fundamento y su razón de ser original en el dinamismo del
sacramento del Orden.
Ciertamente no faltan también razones simplemente humanas
que han de impulsar al sacerdote a la formación permanente.
Ello es una exigencia de la realización personal progresiva,
pues toda vida es un camino incesante hacia la madurez y ésta
exige la formación continua. Es también una exigencia
del ministerio sacerdotal, visto incluso bajo su naturaleza genérica
y común a las demás profesiones, y por tanto como
servicio hecho a los demás; porque no hay profesión,
cargo o trabajo que no exija una continua actualización, si se
quiere estar al día y ser eficaz. La necesidad de «mantener
el paso» con la marcha de la historia es otra razón
humana que justifica la formación permanente.
Pero estas y otras razones quedan asumidas y especificadas por las
razones teológicas que se han recordado y que se pueden
profundizar ulteriormente.
El sacramento del Orden, por su naturaleza de «signo»,
propia de todos los sacramentos, puede considerarse —como
realmente es— Palabra de Dios. Palabra de Dios que llama y
envía es la expresión más profunda de la
vocación y de la misión del sacerdote. Mediante el
sacramento del Orden Dios llama 'coram Ecclesia' al candidato al
sacerdocio. El «ven y sígueme» de Jesús
encuentra su proclamación plena y definitiva en la celebración
del sacramento de su Iglesia: se manifiesta y se comunica mediante la
voz de la Iglesia, que resuena en los labios del Obispo que ora e
impone las manos. Y el sacerdote da respuesta, en la fe, a la llamada
de Jesús: «vengo y te sigo». Desde este momento
comienza aquella respuesta que, como opción fundamental,
deberá renovarse y reafirmarse continuamente durante los años
del sacerdocio en otras numerosísimas respuestas, enraizadas
todas ellas y vivificadas por el «sí» del Orden
sagrado.
En este sentido, se puede hablar de una vocación «en»
el sacerdocio. En realidad, Dios sigue llamando y enviando, revelando
su designio salvífico en el desarrollo histórico de la
vida del sacerdote y de las vicisitudes de la Iglesia y de la
sociedad. Y precisamente en esta perspectiva emerge el significado de
la formación permanente; ésta es necesaria para
discernir y seguir esta continua llamada o voluntad de Dios. Así,
el apóstol Pedro es llamado a seguir a Jesús incluso
después de que el Resucitado le ha confiado su grey: «Le
dice Jesús: 'Apacienta mis ovejas'. 'En verdad, en verdad te
digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e
ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás
tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde
tú no quieras'. Con esto indicaba la clase de muerte con que
iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: 'Sígueme'»
(Jn 21, 17-19). Por tanto, hay un «sígueme» que
acompaña toda la vida y misión del apóstol. Es
un «sígueme» que atestigua la llamada y la
exigencia de fidelidad hasta la muerte (cf. Jn 21, 22), un «sígueme»
que puede significar una«sequela Christi» con el don
total de sí en el martirio.(214)
Los Padres sinodales han expuesto la razón que muestra la
necesidad de la formación permanente y que, al mismo tiempo,
descubre su naturaleza profunda, considerándola como
«fidelidad» al ministerio sacerdotal y como «proceso
de continua conversión».(215) Es el Espíritu
Santo, infundido con el sacramento, el que sostiene al presbítero
en esta fidelidad y el que lo acompaña y estimula en este
camino de conversión constante. El don del Espíritu
Santo no excluye, sino que estimula la libertad del sacerdote para
que coopere responsablemente y asuma la formación permanente
como un deber que se le confía. De esta manera, la formación
permanente es expresión y exigencia de la fidelidad del
sacerdote a su ministerio, es más, a su propio ser. Es, pues,
amor a Jesucristo y coherencia consigo mismo. Pero es también
un acto de amor al Pueblo de Dios, a cuyo servicio está puesto
el sacerdote. Más aún, es un acto de justicia verdadera
y propia: él es deudor para con el Pueblo de Dios, pues ha
sido llamado a reconocer y promover el «derecho»
fundamental de ser destinatario de la Palabra de Dios, de los
Sacramentos y del servicio de la caridad, que son el contenido
original e irrenunciable del ministerio pastoral del sacerdote. La
formación permanente es necesaria para que el sacerdote pueda
responder debidamente a este derecho del Pueblo de Dios.
Alma y forma de la formación permanente del sacerdote es la
caridad pastoral: el Espíritu Santo, que infunde la caridad
pastoral, inicia y acompaña al sacerdote a conocer cada vez
más profundamente el misterio de Cristo, insondable en su
riqueza (cf. Ef 3, 14 ss.) y, consiguientemente, a conocer el
misterio del sacerdocio cristiano. La misma caridad pastoral empuja
al sacerdote a conocer cada vez más las esperanzas,
necesidades, problemas, sensibilidad de los destinatarios de su
ministerio, los cuales han de ser contemplados en sus situaciones
personales concretas, familiares y sociales.
A todo esto tiende la formación permanente, entendida como
opción consciente y libre que impulse el dinamismo de la
caridad pastoral y del Espíritu Santo, que es su fuente
primera y su alimento continuo. En este sentido la formación
permanente es una exigencia intrínseca del don y del
ministerio sacramental recibido, que es necesaria en todo tiempo,
pero hoy lo es particularmente urgente, no sólo por los
rápidos cambios de las condiciones sociales y culturales de
los hombres y los pueblos, en los que se desarrolla el ministerio
presbiteral, sino también por la «nueva evangelización»,
que es la tarea esencial e improrrogable de la Iglesia en este final
del segundo milenio.
Los diversos aspectos de la formación permanente
71. La formación permanente de los sacerdotes, tanto
diocesanos como religiosos, es la continuación natural y
absolutamente necesaria de aquel proceso de estructuración de
la personalidad presbiteral iniciado y desarrollado en el Seminario o
en la Casa religiosa, mediante el proceso formativo para la
Ordenación.
Es de mucha importancia darse cuenta y respetar la intrínseca
relación que hay entre la formación que precede a la
Ordenación y la que le sigue. En efecto, si hubiese una
discontinuidad o incluso una deformación entre estas dos fases
formativas, se seguirían inmediatamente consecuencias graves
para la actividad pastoral y para la comunión fraterna entre
los presbíteros, particularmente entre los de diferente edad.
La formación permanente no es una repetición de la
recibida en el Seminario y que ahora es sometida a revisión o
ampliada con nuevas sugerencias prácticas, sino que se
desarrolla con contenidos y sobre todo a través de métodos
relativamente nuevos, como un hecho vital unitario que, en su
progreso —teniendo sus raíces en la formación del
Seminario— requiere adaptaciones, actualizaciones y
modificaciones, pero sin rupturas ni solución de continuidad.
Y viceversa, desde el Seminario mayor es preciso preparar la
futura formación permanente y fomentar el ánimo y el
deseo de los futuros presbíteros en relación con ella,
demostrando su necesidad, ventajas y espíritu, y asegurando
las condiciones de su realización.
Precisamente porque la formación permanente es una
continuación de la del Seminario, su finalidad no puede ser
una mera actitud, que podría decirse, «profesional»,
conseguida mediante el aprendizaje de algunas técnicas
pastorales nuevas. Debe ser más bien el mantener vivo un
proceso general e integral de continua maduración, mediante la
profundización, tanto de los diversos aspectos de la formación
—humana, espiritual, intelectual y pastoral—, como de su
específica orientación vital e íntima, a partir
de la caridad pastoral y en relación con ella.
72. Una primera profundización se refiere a la dimensión
humana de la formación sacerdotal. En el trato con los hombres
y en la vida de cada día, el sacerdote debe acrecentar y
profundizar aquella sensibilidad humana que le permite comprender las
necesidades y acoger los ruegos, intuir las preguntas no expresadas,
compartir las esperanzas y expectativas, las alegrías y los
trabajos de la vida ordinaria; ser capaz de encontrar a todos y
dialogar con todos. Sobre todo conociendo y compartiendo, es decir,
haciendo propia, la experiencia humana del dolor en sus múltiples
manifestaciones, desde la indigencia a la enfermedad, desde la
marginación a la ignorancia, a la soledad, a las pobrezas
materiales y morales, el sacerdote enriquece su propia humanidad y la
hace más auténtica y transparente, en un creciente y
apasionado amor al hombre.
Al hacer madurar su propia formación humana, el sacerdote
recibe una ayuda particular de la gracia de Jesucristo; en efecto, la
caridad del buen Pastor se manifestó no sólo con el don
de la salvación a los hombres, sino también con la
participación de su vida, de la que el Verbo, que se ha hecho
«carne» (cf. Jn 1, 14), ha querido conocer la alegría
y el sufrimiento, experimentar la fatiga, compartir las emociones,
consolar las penas. Viviendo como hombre entre los hombres y con los
hombres, Jesucristo ofrece la más absoluta, genuina y perfecta
expresión de humanidad; lo vemos festejar las bodas de Caná,
visitar a una familia amiga, conmoverse ante la multitud hambrienta
que lo sigue, devolver a sus padres hijos que estaban enfermos o
muertos, llorar la pérdida de Lázaro...
Del sacerdote, cada vez más maduro en su sensibilidad
humana, ha de poder decir el Pueblo de Dios algo parecido a lo que de
Jesús dice la Carta a los Hebreos: «No tenemos un Sumo
Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino
probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Heb
4, 15).
La formación del presbítero en su dimensión
espiritual es una exigencia de la vida nueva y evangélica a la
que ha sido llamado de manera específica por el Espíritu
Santo infundido en el sacramento del Orden. El Espíritu,
consagrando al sacerdote y configurándolo con Jesucristo,
Cabeza y Pastor, crea una relación que, en el ser mismo del
sacerdote, requiere ser asimilada y vivida de manera personal, esto
es, consciente y libre, mediante una comunión de vida y amor
cada vez más rica, y una participación cada vez más
amplia y radical de los sentimientos y actitudes de Jesucristo. En
esta relación entre el Señor Jesús y el
sacerdote —relación ontológica y psicológica,
sacramental y moral— está el fundamento y a la vez la
fuerza para aquella «vida según el Espíritu»
y para aquel «radicalismo evangélico» al que está
llamado todo sacerdote y que se ve favorecido por la formación
permanente en su aspecto espiritual. Esta formación es
necesaria también para el ministerio sacerdotal, su
autenticidad y fecundidad espiritual. «¿Ejerces la cura
de almas?», preguntaba san Carlos Borromeo. Y respondía
así en el discurso dirigido a los sacerdotes: «No
olvides por eso el cuidado de ti mismo, y no te entregues a los demás
hasta el punto de que no quede nada tuyo para ti mismo. Debes tener
ciertamente presente a las almas, de las que eres pastor, pero sin
olvidarte de ti mismo. Comprended, hermanos, que nada es tan
necesario a los eclesiásticos como la meditación que
precede, acompaña y sigue todas nuestras acciones: Cantaré,
dice el profeta, y meditaré (cf. Sal 100, 1). Si administras
los sacramentos, hermano, medita lo que haces. Si celebras la Misa,
medita lo que ofreces. Si recitas los salmos en el coro, medita a
quién y de qué cosa hablas. Si guías a las
almas, medita con qué sangre han sido lavadas; y todo se haga
entre vosotros en la caridad (1 Cor 16, 14). Así podremos
superar las dificultades que encontramos cada día, que son
innumerables. Por lo demás, esto lo exige la misión que
se os ha confiado. Si así lo hacemos, tendremos la fuerza para
engendrar a Cristo en nosotros y en los demás».(216)
En concreto, la vida de oración debe ser «renovada»
constantemente en el sacerdote. En efecto, la experiencia enseña
que en la oración no se vive de rentas; cada día es
preciso no sólo reconquistar la fidelidad exterior a los
momentos de oración, sobre todo los destinados a la
celebración de la Liturgia de las Horas y los dejados a la
libertad personal y no sometidos a tiempos fijos o a horarios del
servicio litúrgico, sino que también se necesita, y de
modo especial, reanimar la búsqueda continuada de un verdadero
encuentro personal con Jesús, de un coloquio confiado con el
Padre, de una profunda experiencia del Espíritu.
Lo que el apóstol Pablo dice de los creyentes, que deben
llegar «al estado de hombre perfecto, a la madurez de la
plenitud de Cristo» (Ef 4, 13), se puede aplicar de manera
especial a los sacerdotes, llamados a la perfección de la
caridad y por tanto a la santidad, porque su mismo ministerio
pastoral exige que sean modelos vivientes para todos los fieles.
También la dimensión intelectual de la formación
requiere que sea continuada y profundizada durante toda la vida del
sacerdote, concretamente mediante el estudio y la actualización
cultural seria y comprometida. El sacerdote, participando de la
misión profética de Jesús e inserto en el
misterio de la Iglesia, Maestra de verdad, está llamado a
revelar a los hombres el rostro de Dios en Jesucristo y, por ello, el
verdadero rostro del hombre.(217) Pero esto exige que el mismo
sacerdote busque este rostro y lo contemple con veneración y
amor (cf. Sal 26, 8; 41, 2); sólo así puede darlo a
conocer a los demás. En particular, la perseverancia en el
estudio teológico resulta también necesaria para que el
sacerdote pueda cumplir con fidelidad el ministerio de la Palabra,
anunciándola sin titubeos ni ambigüedades,
distinguiéndola de las simples opiniones humanas, aunque sean
famosas y difundidas. Así, podrá ponerse de verdad al
servicio del Pueblo de Dios, ayudándolo a dar razón de
la esperanza cristiana a cuantos se la pidan (cf. 1 Pe 3, 15).
Además, «el sacerdote, al aplicarse con conciencia y
constancia al estudio teológico, es capaz de asimilar, de
forma segura y personal, la genuina riqueza eclesial. Puede, por
tanto, cumplir la misión que lo compromete a responder a las
dificultades de la auténtica doctrina católica y
superar la inclinación, propia y de otros, al disenso y a la
actitud negativa hacia el magisterio y hacia la tradición».(218)
El aspecto pastoral de la formación permanente queda bien
expresado en las palabras del apóstol Pedro: «Que cada
cual ponga al servicio de los demás la gracia que ha recibido,
como buenos administradores de las diversas gracias de Dios» (1
Pe 4, 10). Para vivir cada día según la gracia
recibida, es necesario que el sacerdote esté cada vez más
abierto a acoger la caridad pastoral de Jesucristo, que le confirió
su Espíritu Santo con el sacramento recibido. Así como
toda la actividad del Señor ha sido fruto y signo de la
caridad pastoral, de la misma manera debe ser también para la
actividad ministerial del sacerdote. La caridad pastoral es un don y
un deber, una gracia y una responsabilidad, a la que es preciso ser
fieles, es decir, hay que asumirla y vivir su dinamismo hasta las
exigencias más radicales. Esta misma caridad pastoral, como se
ha dicho, empuja y estimula al sacerdote a conocer cada vez mejor la
situación real de los hombres a quienes ha sido enviado; a
discernir la voz del Espíritu en las circunstancias históricas
en las que se encuentra; a buscar los métodos más
adecuados y las formas más útiles para ejercer hoy su
ministerio. De este modo, la caridad pastoral animará y
sostendrá los esfuerzos humanos del sacerdote para que su
actividad pastoral sea actual, creíble y eficaz. Mas esto
exige una formación pastoral permanente.
El camino hacia la madurez no requiere sólo que el
sacerdote continúe profundizando los diversos aspectos de su
formación sino que exige también, y sobre todo, que
sepa integrar cada vez más armónicamente estos mismos
aspectos entre sí, alcanzando progresivamente la unidad
interior, que la caridad pastoral garantiza. De hecho, ésta no
sólo coordina y unifica los diversos aspectos, sino que los
concretiza como propios de la formación del sacerdote, en
cuanto transparencia, imagen viva y ministro de Jesús, buen
Pastor.
La formación permanente ayuda al sacerdote a superar la
tentación de llevar su ministerio a un activismo finalizado en
sí mismo, a una prestación impersonal de servicios,
sean espirituales o sagrados, a una especie de empleo en la
organización eclesiástica. Sólo la formación
permanente ayuda al «sacerdote» a custodiar con amor
vigilante el «misterio» del que es portador para el bien
de la Iglesia y de la humanidad.
Significado profundo de la formación permanente
73. Los aspectos diversos y complementarios de la formación
permanente nos ayudan a captar su significado profundo que es el de
ayudar al sacerdote a ser y a desempeñar su función en
el espíritu y según el estilo de Jesús buen
Pastor.
¡La verdad hay que vivirla! El apóstol Santiago nos
exhorta de esta manera: «Poned por obra la Palabra y no os
contentéis sólo con oírla, engañándoos
a vosotros mismos» (Sant 1, 22). Los sacerdotes están
llamados a «vivir la verdad» de su ser, o sea, a vivir
«en la caridad» (cf. Ef 4, 15) su identidad y su
ministerio en la Iglesia y para la Iglesia; están llamados a
tomar conciencia cada vez más viva del don de Dios y a
recordarlo continuamente. He aquí la invitación de
Pablo a Timoteo: «Conserva el buen depósito mediante el
Espíritu Santo que habita en nosotros» (2 Tim 1, 14).
En el contexto eclesial, tantas veces recordado, podemos
considerar el profundo significado de la formación permanente
del sacerdote en orden a su presencia y acción en la Iglesia
«mysterium, communio et missio».
En la Iglesia «misterio» el sacerdote está
llamado, mediante la formación permanente, a conservar y
desarrollar en la fe la conciencia de la verdad entera y sorprendente
de su propio ser, pues él es «ministro de Cristo y
administrador de los misterios de Dios» (cf. 1 Cor 4, 1). Pablo
pide expresamente a los cristianos que lo consideren según
esta identidad; pero él mismo es el primero en ser consciente
del don sublime recibido del Señor. Así debe ser para
todo sacerdote si quiere permanecer en la verdad de su ser. Pero esto
es posible sólo en la fe, sólo con la mirada y los ojos
de Cristo.
En este sentido, se puede decir que la formación permanente
tiende, desde luego, a hacer que el sacerdote sea una persona
profundamente creyente y lo sea cada vez más; que pueda verse
con los ojos de Cristo en su verdad completa. Debe custodiar esta
verdad con amor agradecido y gozoso; debe renovar su fe cuando ejerce
el ministerio sacerdotal: sentirse ministro de Jesucristo, sacramento
del amor de Dios al hombre, cada vez que es mediador e instrumento
vivo de la gracia de Dios a los hombres; debe reconocer esta misma
verdad en sus hermanos sacerdotes. Este es el principio de la estima
y del amor hacia ellos.
74. La formación permanente ayuda al sacerdote, en la
Iglesia «comunión», a madurar la conciencia de que
su ministerio está radicalmente ordenado a congregar a la
familia de Dios como fraternidad animada por la caridad y a llevarla
al Padre por medio de Cristo en el Espíritu Santo.(219)
El sacerdote debe crecer en la conciencia de la profunda comunión
que lo vincula al Pueblo de Dios; él no está sólo
«al frente de» la Iglesia, sino ante todo «en»
la Iglesia. Es hermano entre hermanos. Revestido por el bautismo con
la dignidad y libertad de los hijos de Dios en el Hijo unigénito,
el sacerdote es miembro del mismo y único cuerpo de Cristo
(cf. Ef 4, 16). La conciencia de esta comunión lleva a la
necesidad de suscitar y desarrollar la corresponsabilidad en la común
y única misión de salvación, con la diligente y
cordial valoración de todos los carismas y tareas que el
Espíritu otorga a los creyentes para la edificación de
la Iglesia. Es sobre todo en el cumplimiento del ministerio pastoral,
ordenado por su propia naturaleza al bien del Pueblo de Dios, donde
el sacerdote debe vivir y testimoniar su profunda comunión con
todos, como escribía Pablo VI: «Hace falta hacerse
hermanos de los hombres en el momento mismo que queremos ser sus
pastores, padres y maestros. El clima del diálogo es la
amistad. Más todavía, el servicio».(220)
Concretamente, el sacerdote está llamado a madurar la
conciencia de ser miembro de la Iglesia particular en la que está
incardinado, o sea, incorporado con un vínculo a la vez
jurídico, espiritual y pastoral. Esta conciencia supone y
desarrolla el amor especial a la propia Iglesia. Ésta es, en
realidad, el objetivo vivo y permanente de la caridad pastoral que
debe acompañar la vida del sacerdote y que lo lleva a
compartir la historia o experiencia de vida de esta Iglesia
particular en sus valores y debilidades, en sus dificultades y
esperanzas, y a trabajar en ella para su crecimiento. Sentirse, pues,
enriquecidos por la Iglesia particular y comprometidos activamente en
su edificación, prolongando cada sacerdote, y unido a los
demás, aquella actividad pastoral que ha distinguido a los
hermanos que les han precedido. Una exigencia imprescindible de la
caridad pastoral hacia la propia Iglesia particular y hacia su futuro
ministerial es la solicitud del sacerdote por dejar a alguien que
tome su puesto en el servicio sacerdotal.
El sacerdote debe madurar en la conciencia de la comunión
que existe entre las diversas Iglesias particulares, una comunión
enraizada en su propio ser de Iglesias que viven en un lugar
determinado la Iglesia única y universal de Cristo. Esta
conciencia de comunión intereclesial favorecerá el
«intercambio de dones», comenzando por los dones vivos y
personales, como son los mismos sacerdotes. De aquí la
disponibilidad, es más, el empeño generoso por llegar a
una justa distribución del clero.(221) Entre estas Iglesias
particulares hay que recordar a las que, «privadas de libertad,
no pueden tener vocaciones propias», como también las
«Iglesias recientemente salidas de la persecución y las
Iglesias pobres a las que, ya desde hace tiempo, muchos, con espíritu
generoso y fraterno, han enviado ayudas y continúan
enviándolas».(222)
Dentro de la comunión eclesial, el sacerdote está
llamado de modo particular, mediante su formación permanente,
a crecer en y con el propio presbiterio unido al Obispo. El
presbiterio en su verdad plena es un mysterium: es una realidad
sobrenatural, porque tiene su raíz en el sacramento del Orden.
Es su fuente, su origen; es el «lugar» de su nacimiento y
de su crecimiento. En efecto, «los presbíteros, mediante
el sacramento del Orden, están unidos con un vínculo
personal e indisoluble a Cristo, único Sacerdote. El Orden se
confiere a cada uno en singular, pero quedan insertos en la comunión
del presbiterio unido con el Obispo (Lumen gentium, 28; Presbyterorum
ordinis, 7 y 8)».(223)
Este origen sacramental se refleja y se prolonga en el ejercicio
del ministerio presbiteral: del mysterium al ministerium. «La
unidad de los presbíteros con el Obispo y entre sí no
es algo añadido desde fuera a la naturaleza propia de su
servicio, sino que expresa su esencia como solicitud de Cristo
Sacerdote por su Pueblo congregado por la unidad de la Santísima
Trinidad».(224) Esta unidad del presbiterio, vivida en el
espíritu de la caridad pastoral, hace a los sacerdotes
testigos de Jesucristo, que ha orado al Padre «para que todos
sean uno» (Jn 17, 21).
La fisonomía del presbiterio es, por tanto, la de una
verdadera familia, cuyos vínculos no provienen de carne y
sangre, sino de la gracia del Orden: una gracia que asume y eleva las
relaciones humanas, psicológicas, afectivas, amistosas y
espirituales entre los sacerdotes; una gracia que se extiende,
penetra, se revela y se concreta en las formas más variadas de
ayuda mutua, no sólo espirituales sino también
materiales. La fraternidad presbiteral no excluye a nadie, pero puede
y debe tener sus preferencias: las preferencias evangélicas
reservadas a quienes tienen mayor necesidad de ayuda o de aliento.
Esta fraternidad «presta una atención especial a los
presbíteros jóvenes, mantiene un diálogo cordial
y fraterno con los de media edad y los mayores, y con los que, por
razones diversas, pasan por dificultades. También a los
sacerdotes que han abandonado esta forma de vida o que no la siguen,
no sólo no los abandona, sino que los acompaña aún
con mayor solicitud fraterna».(225)
También forman parte del único presbiterio, por
razones diversas, los presbíteros religiosos residentes o que
trabajan en una Iglesia particular. Su presencia supone un
enriquecimiento para todos los sacerdotes y los diferentes carismas
particulares que ellos viven, a la vez que son una invitación
para que los presbíteros crezcan en la comprensión del
mismo sacerdocio, contribuyen a estimular y acompañar la
formación permanente de los sacerdotes.
El don de la vida religiosa, en la comunidad diocesana, cuando va
acompañado de sincera estima y justo respeto de las
particularidades de cada Instituto y de cada espiritualidad
tradicional, amplía el horizonte del testimonio cristiano y
contribuye de diversa manera a enriquecer la espiritualidad
sacerdotal, sobre todo respecto a la correcta relación y
recíproco influjo entre los valores de la Iglesia particular y
los de la universalidad del Pueblo de Dios. Por su parte, los
religiosos procuren garantizar un espíritu de verdadera
comunión eclesial, una participación cordial en la
marcha de la diócesis y en los proyectos pastorales del
Obispo, poniendo a disposición el propio carisma para la
edificación de todos en la caridad.(226)
Por último, en el contexto de la Iglesia comunión y
del presbiterio, se puede afrontar mejor el problema de la soledad
del sacerdote, sobre la que han reflexionado los Padres sinodales.
Hay una soledad que forma parte de la experiencia de todos y que es
algo absolutamente normal. Pero hay también otra soledad que
nace de dificultades diversas y que, a su vez, provoca nuevas
dificultades. En este sentido, «la participación activa
en el presbiterio diocesano, los contactos periódicos con el
Obispo y con los demás sacerdotes, la mutua colaboración,
la vida común o fraterna entre los sacerdotes, como también
la amistad y la cordialidad con los fieles laicos comprometidos en
las parroquias, son medios muy útiles para superar los efectos
negativos de la soledad que algunas veces puede experimentar el
sacerdote».(227)
Pero la soledad no crea sólo dificultades, sino que ofrece
también oportunidades positivas para la vida del sacerdote:
«aceptada con espíritu de ofrecimiento y buscada en la
intimidad con Jesucristo, el Señor, la soledad puede ser una
oportunidad para la oración y el estudio, como también
una ayuda para la santificación y el crecimiento humano».(228)
Se podría decir que una cierta forma de soledad es elemento
necesario para la formación permanente. Jesús con
frecuencia se retiraba solo a rezar (cf. Mt 14, 23). La capacidad de
mantener una soledad positiva es condición indispensable para
el crecimiento de la vida interior. Se trata de una soledad llena de
la presencia del Señor, que nos pone en contacto con el Padre
a la luz del Espíritu. En este sentido, fomentar el silencio y
buscar espacios y tiempos «de desierto» es necesario para
la formación permanente, tanto en el campo intelectual, como
en el espiritual y pastoral. De este modo, se puede afirmar que no es
capaz de verdadera y fraterna comunión el que no sabe vivir
bien la propia soledad.
75. La formación permanente está destinada a hacer
crecer en el sacerdote la conciencia de su participación en la
misión salvífica de la Iglesia. En la Iglesia como
misión, la formación permanente del sacerdote es no
sólo condición necesaria, sino también medio
indispensable para centrar constantemente el sentido de la misión
y garantizar su realización fiel y generosa. Con esta
formación se ayuda al sacerdote a descubrir toda la gravedad,
pero al mismo tiempo toda la maravillosa gracia de una obligación
que no puede dejarlo tranquilo —como decía Pablo:
«Predicar el Evangelio no es para mí ningún
motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay
de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Cor 6, 16)—
y es también, una exigencia, explícita o implícita,
que surge fuertemente de los hombres, a los que Dios llama
incansablemente a la salvación.
Sólo una adecuada formación permanente logra
mantener al sacerdote en lo que es esencial y decisivo para su
ministerio, o sea, como dice el apóstol Pablo, la fidelidad:
«Ahora bien, lo que en fin de cuentas se exige de los
administradores es que sean fieles» (1 Cor 4, 2). A pesar de
las diversas dificultades que encuentra, el sacerdote ha de ser fiel
—incluso en las condiciones más adversas o de
comprensible cansancio—, poniendo en ello todas las energías
disponibles; fiel hasta el final de su vida. El testimonio de Pablo
debe ser ejemplo y estímulo para todo sacerdote: «A
nadie damos ocasión alguna de tropiezo —escribe a los
cristianos de Corinto—, para que no se haga mofa del
ministerio, antes bien, nos recomendamos en todo como ministros de
Dios: con mucha constancia en tribulaciones, necesidades y angustias;
en azotes, cárceles, sediciones; en fatigas, desvelos, ayunos;
en pureza, ciencia, paciencia, bondad; en el Espíritu Santo,
en caridad sincera, en la palabra de verdad, en el poder de Dios;
mediante las armas de la justicia: las de la derecha y las de la
izquierda; en gloria e ignominia, en calumnia y en buena fama;
tenidos por impostores, siendo veraces; como desconocidos, aunque
bien conocidos; como quienes están a la muerte, pero vivos;
como castigados, aunque no condenados a muerte; como tristes, pero
siempre alegres; como pobres, aunque enriquecemos a muchos; como
quienes nada tienen, aunque todo lo poseemos» (2 Cor 6, 3-10).
En cualquier edad y situación
76. La formación permanente, precisamente porque es
«permanente», debe acompañar a los sacerdotes
siempre, esto es, en cualquier período y situación de
su vida, así como en los diversos cargos de responsabilidad
eclesial que se les confíen; todo ello, teniendo en cuenta,
naturalmente, las posibilidades y características propias de
la edad, condiciones de vida y tareas encomendadas.
La formación permanente es un deber, ante todo, para los
sacerdotes jóvenes y ha de tener aquella frecuencia y
programación de encuentros que, a la vez que prolongan la
seriedad y solidez de la formación recibida en el Seminario,
lleven progresivamente a los jóvenes presbíteros a
comprender y vivir la singular riqueza del «don» de Dios
—el sacerdocio— y a desarrollar sus potencialidades y
aptitudes ministeriales, también mediante una inserción
cada vez más convencida y responsable en el presbiterio, y por
tanto en la comunión y corresponsabilidad con todos los
hermanos.
Si bien es comprensible una cierta sensación de «saciedad»,
que ante ulteriores momentos de estudio y de reuniones puede afectar
al joven sacerdote apenas salido del Seminario, ha de rechazarse como
absolutamente falsa y peligrosa la idea de que la formación
presbiteral concluya con su estancia en el Seminario.
Participando en los encuentros de la formación permanente,
los jóvenes sacerdotes podrán ofrecerse una ayuda
mutua, mediante el intercambio de experiencias y reflexiones sobre la
aplicación concreta del ideal presbiteral y ministerial que
han asimilado en los años del Seminario. Al mismo tiempo, su
participación activa en los encuentros formativos del
presbiterio podrá servir de ejemplo y estímulo a los
otros sacerdotes que les aventajan en años, testimoniando así
el propio amor a todo el presbiterio y su afecto por la Iglesia
particular necesitada de sacerdotes bien preparados.
Para acompañar a los sacerdotes jóvenes en esta
primera delicada fase de su vida y ministerio, es más que
nunca oportuno —e incluso necesario hoy— crear una
adecuada estructura de apoyo, con guías y maestros apropiados,
en la que ellos puedan encontrar, de manera orgánica y
continua, las ayudas necesarias para comenzar bien su ministerio
sacerdotal. Con ocasión de encuentros periódicos,
suficientemente prolongados y frecuentes, vividos si es posible en
ambiente comunitario y en residencia, se les garantizarán
buenos momentos de descanso, oración, reflexión e
intercambio fraterno. Así será más fácil
para ellos dar, desde el principio, una orientación
evangélicamente equilibrada a su vida presbiteral. Y si
algunas Iglesias particulares no pudieran ofrecer este servicio a sus
sacerdotes jóvenes, sería oportuno que colaboraran
entre sí las Iglesias vecinas para juntar recursos y elaborar
programas adecuados.
77. La formación permanente constituye también un
deber para los presbíteros de media edad. En realidad, son
muchos los riesgos que pueden correr, precisamente en razón de
la edad, como por ejemplo un activismo exagerado y una cierta rutina
en el ejercicio del ministerio. Así, el sacerdote puede verse
tentado de presumir de sí mismo como si la propia experiencia
personal, ya demostrada, no tuviese que ser contrastada con nada ni
con nadie. Frecuentemente el sacerdote sufre una especie de cansancio
interior peligroso, fruto de dificultades y fracasos. La respuesta a
esta situación la ofrece la formación permanente, una
continua y equilibrada revisión de sí mismo y de la
propia actividad, una búsqueda constante de motivaciones y
medios para la propia misión; de esta manera, el sacerdote
mantendrá el espíritu vigilante y dispuesto a las
constantes y siempre nuevas peticiones de salvación que recibe
como «hombrede Dios».
La formación permanente debe interesar también a los
presbíteros que, por la edad avanzada, podemos denominar
ancianos, y que en algunas Iglesias son la parte más numerosa
del presbiterio; éste deberá mostrarles gratitud por el
fiel servicio que han prestado a Cristo y a la Iglesia, y una
solidaridad particular dada su situación. Para estos
presbíteros la formación permanente no significará
tanto un compromiso de estudio, actualización o diálogo
cultural, cuanto la confirmación serena y alentadora de la
misión que todavía están llamados a llevar a
cabo en el presbiterio; no sólo porque continúan en el
ministerio pastoral, aunque de maneras diversas, sino también
por la posibilidad que tienen, gracias a su experiencia de vida y
apostolado, de ser valiosos maestros y formadores de otros
sacerdotes.
También los sacerdotes que, por cansancio o enfermedad, se
encuentran en una condicíón de debilidad física
o de cansancio moral, pueden ser ayudados con una formación
permanente que los estimule a continuar, de manera serena y decidida,
su servicio a la Iglesia; a no aislarse de la comunidad ni del
presbiterio; a reducir la actividad externa para dedicarse a aquellos
actos de relación pastoral y de espiritualidad personal,
capaces de sostener las motivaciones y la alegría de su
sacerdocio. La formación permanente les ayudará, en
particular, a mantener vivo el convencimiento que ellos mismos han
inculcado a los fieles, a saber, la convicción de seguir
siendo miembros activos en la edificación de la Iglesia,
especialmente en virtud de su unión con Jesucristo doliente y
con tantos hermanos y hermanas que en la Iglesia participan en la
Pasión del Señor, reviviendo la experiencia espiritual
de Pablo que decía: «Ahora me alegro por los
padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que
falta a las tribulaciones de Cristo» (Col 1, 24).(229)
Los responsables de la formación permanente
78. Las condiciones en las que, con frecuencia y en muchos
lugares, se desarrolla actualmente el ministerio de los presbíteros
no hacen fácil un compromiso serio de formación: el
multiplicarse de tareas y servicios; la complejidad de la vida humana
en general y de las comunidades cristianas en particular; el
activismo y el ajetreo típico de tantos sectores de nuestra
sociedad, privan con frecuencia a los sacerdotes del tiempo y
energías indispensables para «velar por sí
mismos» (cf. 1 Tim 4, 16).
Esto ha de hacer crecer en todos la responsabilidad para que se
superen las dificultades e incluso que éstas sean un reto para
programar y llevar a cabo un plan de formación permanente, que
responda de modo adecuado a la grandeza del don de Dios y a la
gravedad de las expectativas y exigencias de nuestro tiempo.
Por ello, los responsables de la formación permanente de
los sacerdotes hay que individuarlos en la Iglesia «comunión».
En este sentido, es toda la Iglesia particular la que, bajo la guía
del Obispo, tiene la responsabilidad de estimular y cuidar de
diversos modos la formación permanente de los sacerdotes.
Éstos no viven para sí mismos, sino para el Pueblo de
Dios; por eso, la formación permanente, a la vez que asegura
la madurez humana, espiritual, intelectual y pastoral de los
sacerdotes, representa un bien cuyo destinatario es el mismo Pueblo
de Dios. Además, el mismo ejercicio del ministerio pastoral
lleva a un continuo y fecundo intercambio recíproco entre la
vida de fe de los presbíteros y la de los fieles. Precisamente
la participación de vida entre el presbítero y la
comunidad, si se ordena y lleva a cabo con sabiduría, supone
una aportación fundamental a la formación permanente,
que no se puede reducir a un episodio o iniciativa aislada, sino que
comprende todo el ministerio y vida del presbítero.
En efecto, la experiencia cristiana de las personas sencillas y
humildes, los impulsos espirituales de las personas enamoradas de
Dios, la valiente aplicación de la fe a la vida por parte de
los cristianos comprometidos en las diversas responsabilidades
sociales y civiles, son acogidas por el presbítero y, a la vez
que las ilumina con su servicio sacerdotal, encuentra en ellas un
precioso alimento espiritual. Incluso las dudas, crisis y demoras
ante las más variadas situaciones personales y sociales; las
tentaciones de rechazo o desesperación en momentos de dolor,
enfermedad o muerte; en fin, todas las circunstancias difíciles
que los hombres encuentran en el camino de su fe, son vividas
fraternalmente y soportadas sinceramente en el corazón del
presbítero que, buscando respuestas para los demás, se
siente estimulado continuamente a encontrarlas primero para sí
mismo.
De esta manera, todos los miembros del Pueblo de Dios pueden y
deben ofrecer una valiosa ayuda a la formación permanente de
sus sacerdotes. A este respecto, deben dejar a los sacerdotes
espacios de tiempo para el estudio y la oración; pedirles
aquello para lo que han sido enviados por Cristo y no otras cosas;
ofrecerles colaboración en los diversos ámbitos de la
misión pastoral, especialmente en lo que atañe a la
promoción humana y al servicio de la caridad; establecer
relaciones cordiales y fraternas con ellos; ayudar a los sacerdotes a
ser conscientes de que no son «dueños de la fe»,
sino «colaboradores del gozo» de todos los fieles (cf. 2
Cor 1, 24).
La responsabilidad formativa de la Iglesia particular en relación
con los sacerdotes se concretiza y especifica en relación con
los diversos miembros que la componen, comenzando por el sacerdote
mismo.
79. En cierto modo, es precisamente cada sacerdote el primer
responsable en la Iglesia de la formación permanente, pues
sobre cada uno recae el deber —derivado del sacramento del
Orden— de ser fiel al don de Dios y al dinamismo de conversión
diaria que nace del mismo don. Los reglamentos o normas de la
autoridad eclesiástica al respecto, como también el
mismo ejemplo de los demás sacerdotes, no bastan para hacer
apetecible la formación permanente si el individuo no está
personalmente convencido de su necesidad y decidido a valorar sus
ocasiones, tiempos y formas. La formación permanente mantiene
la juventud del espíritu, que nadie puede imponer desde fuera,
sino que cada uno debe encontrar continuamente en su interior. Sólo
el que conserva siempre vivo el deseo de aprender y crecer posee esta
«juventud».
Fundamental es la responsabilidad del Obispo y, con él, la
del presbiterio. La del Obispo se basa en el hecho de que los
presbíteros reciben su sacerdocio a través de él
y comparten con él la solicitud pastoral por el Pueblo de
Dios. El Obispo es el responsable de la formación permanente,
destinada a hacer que todos sus presbíteros sean generosamente
fieles al don y al ministerio recibido, como el Pueblo de Dios los
quiere y tiene el «derecho» de tenerlos. Esta
responsabilidad lleva al Obispo, en comunión con el
presbiterio, a hacer un proyecto y establecer un programa, capaces de
estructurar la formación permanente no como un mero episodio,
sino como una propuesta sistemática de contenidos, que se
desarrolla por etapas y tiene modalidades precisas. El Obispo vivirá
su responsabilidad no sólo asegurando a su presbiterio lugares
y momentos de formación permanente, sino haciéndose
personalmente presente y participando en ellos convencido y de modo
cordial. Con frecuencia será oportuno, o incluso necesario,
que los Obispos de varias Diócesis vecinas o de una Región
eclesiástica se pongan de acuerdo entre sí y unan sus
fuerzas para poder ofrecer iniciativas de mayor calidad y
verdaderamente atrayentes para la formación permanente, como
son cursos de actualización bíblica, teológica y
pastoral, semanas de convivencia, ciclos de conferencias, momentos de
reflexión y revisión del programa pastoral del
presbiterio y de la comunidad eclesial.
El Obispo cumplirá con su responsabilidad pidiendo también
la ayuda que puedan dar las facultades y los institutos teológicos
y pastorales, los Seminarios, los organismos o federaciones que
agrupan a las personas —sacerdotes, religiosos y fieles laicos—
comprometidas en la formación presbiteral.
En el ámbito de la Iglesia particular corresponde a las
familias un papel significativo; ellas, como «Iglesias
domésticas», tienen una relación concreta con la
vida de las comunidades eclesiales animadas y guiadas por los
sacerdotes. En particular, hay que citar el papel de la familia de
origen, pues ella, en unión y comunión de esfuerzos,
puede ofrecer a la misión del hijo una ayuda específica
importante. Llevando a cabo el plan providencial que la ha hecho ser
cuna de la semilla vocacional, e indispensable ayuda para su
crecimiento y desarrollo, la familia del sacerdote, en el más
absoluto respeto de este hijo que ha decidido darse a Dios y a sus
hermanos, debe seguir siendo siempre testigo fiel y alentador de su
misión, sosteniéndola y compartiéndola con
entrega y respeto.
Momentos, formas y medios de la formación permanente
80. Si todo momento puede ser un «tiempo favorable»
(cf. 2 Cor 6, 2) en el que el Espíritu Santo lleva al
sacerdote a un crecimiento directo en la oración, el estudio y
la conciencia de las propias responsabilidades pastorales, hay sin
embargo momentos «privilegiados», aunque sean más
comunes y establecidos previamente.
Hay que recordar, ante todo, los encuentros del Obispo con su
presbiterio, tanto litúrgicos (en particular la concelebración
de la Misa Crismal el Jueves Santo), como pastorales y culturales,
dedicados a la revisión de la actividad pastoral o al estudio
sobre determinados problemas teológicos.
Están asimismo los encuentros de espiritualidad sacerdotal,
como los Ejercicios espirituales, los días de retiro o de
espiritualidad. Son ocasión para un crecimiento espiritual y
pastoral; para una oración más prolongada y tranquila;
para una vuelta a las raíces de la identidad sacerdotal; para
encontrar nuevas motivaciones para la fidelidad y la acción
pastoral.
Son también importantes los encuentros de estudio y de
reflexión común, que impiden el empobrecimiento
cultural y el aferrarse a posiciones cómodas incluso en el
campo pastoral, fruto de pereza mental; aseguran una síntesis
más madura entre los diversos elementos de la vida espiritual,
cultural y apostólica; abren la mente y el corazón a
los nuevos retos de la historia y a las nuevas llamadas que el
Espíritu dirige a la Iglesia.
81. Son muchas las ayudas y los medios que se pueden usar para que
la formación permanente sea cada vez más una valiosa
experiencia vital para los sacerdotes. Entre éstos hay que
recordar las diversas formas de vida común entre los
sacerdotes, siempre presentes en la historia de la Iglesia, aunque
con modalidades y compromisos diferentes: «Hoy no se puede
dejar de recomendarlas vivamente, sobre todo entre aquellos que viven
o están comprometidos pastoralmente en el mismo lugar. Además
de favorecer la vida y la acción apostólica, esta vida
común del clero ofrece a todos, presbíteros y laicos,
un ejemplo luminoso de caridad y de unidad».(230)
También pueden ser de ayuda las asociaciones sacerdotales,
en particular los institutos seculares sacerdotales, que tienen como
nota específica la diocesaneidad, en virtud de la cual los
sacerdotes se unen más estrechamente al Obispo y forman «un
estado de consagración en el que los sacerdotes, mediante
votos u otros vínculos sagrados, se consagran a encarnar en la
vida los consejos evangélicos».(231) Todas las formas de
«fraternidad sacerdotal» aprobadas por la Iglesia son
útiles no sólo para la vida espiritual, sino también
para la vida apostólica y pastoral.
Igualmente, la práctica de la dirección espiritual
contribuye no poco a favorecer la formación permanente de los
sacerdotes. Se trata de un medio clásico, que no ha perdido
nada de su valor, no sólo para asegurar la formación
espiritual, sino también para promover y mantener una continua
fidelidad y generosidad en el ejercicio del ministerio sacerdotal.
Como decía el Cardenal Montini, futuro Pablo VI, «la
dirección espiritual tiene una función hermosísima
y, podría decirse indispensable, para la educación
moral y espiritual de la juventud, que quiera interpretar y seguir
con absoluta lealtad la vocación, sea cual fuese, de la propia
vida; ésta conserva siempre una importancia beneficiosa en
todas las edades de la vida, cuando, junto a la luz y a la caridad de
un consejo piadoso y prudente, se busca la revisión de la
propia rectitud y el aliento para el cumplimiento generoso de los
propios deberes. Es medio pedagógico muy delicado, pero de
grandísimo valor; es arte pedagógico y psicológico
de grave responsabilidad en quien la ejerce; es ejercicio espiritual
de humildad y de confianza en quien la recibe».(232)
CONCLUSIÓN
82. «Os daré pastores según mi corazón»
(Jer 3, 15).
Esta promesa de Dios está, todavía hoy, viva y
operante en la Iglesia, la cual se siente, en todo tiempo,
destinataria afortunada de estas palabras proféticas y ve cómo
se cumplen diariamente en tantas partes del mundo, mejor aún,
en tantos corazones humanos, sobre todo de jóvenes. Y desea,
ante las graves y urgentes necesidades propias y del mundo, que en
los umbrales del tercer milenio se cumpla esta promesa divina de un
modo nuevo, más amplio, intenso, eficaz: como una
extraordinaria efusión del Espíritu de Pentecostés.
La promesa del Señor suscita en el corazón de la
Iglesia la oración, la petición confiada y ardiente en
el amor del Padre que, igual que ha enviado a Jesús, el buen
Pastor, a los Apóstoles, a sus sucesores y a una multitud de
presbíteros, siga así manifestando a los hombres de hoy
su fidelidad y su bondad.
Y la Iglesia está dispuesta a responder a esta gracia.
Siente que el don de Dios exige una respuesta comunitaria y generosa:
todo el Pueblo de Dios debe orar intensamente y trabajar por las
vocaciones sacerdotales; los candidatos al sacerdocio deben
prepararse con gran seriedad a acoger y vivir el don de Dios,
conscientes de que la Iglesia y el mundo tienen absoluta necesidad de
ellos; deben enamorarse de Cristo, buen Pastor; modelar el propio
corazón a imagen del suyo; estar dispuestos a salir por los
caminos del mundo como imagen suya para proclamar a todos a Cristo,
que es Camino, Verdad y Vida.
Una llamada particular dirijo a las familias: que los padres, y
especialmente las madres, sean generosos en entregar sus hijos al
Señor, que los llama al sacerdocio, y que colaboren con
alegría en su itinerario vocacional, conscientes de que así
será más grande y profunda su fecundidad cristiana y
eclesial, y que pueden experimentar, en cierto modo, la
bienaventuranza de María, la Virgen Madre: «Bendita tú
entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno» (Lc 1, 42).
También digo a los jóvenes de hoy: sed más
dóciles a la voz del Espíritu; dejad que resuenen en la
intimidad de vuestro corazón las grandes expectativas de la
Iglesia y de la humanidad; no tengáis miedo en abrir vuestro
espíritu a la llamada de Cristo, el Señor; sentid sobre
vosotros la mirada amorosa de Jesús y responded con entusiasmo
a la invitación de un seguimiento radical.
La Iglesia responde a la gracia mediante el compromiso que los
sacerdotes asumen para llevar a cabo aquella formación
permanente que exige la dignidad y responsabilidad que el sacramento
del Orden les confirió. Todos los sacerdotes están
llamados a ser conscientes de la especial urgencia de su formación
en la hora presente: la nueva evangelización tiene necesidad
de nuevos evangelizadores, y éstos son los sacerdotes que se
comprometen a vivir su sacerdocio como camino específico hacia
la santidad.
La promesa de Dios asegura a la Iglesia no unos pastores
cualesquiera, sino unos pastores «según su corazón».
El «corazón» de Dios se ha revelado plenamente a
nosotros en el Corazón de Cristo, buen Pastor. Y el Corazón
de Cristo sigue hoy teniendo compasión de las muchedumbres y
dándoles el pan de la verdad, del amor y de la vida (cf. Mc 6,
30 ss.), y desea palpitar en otros corazones —los de los
sacerdotes—: «Dadles vosotros de comer» (Mc 6, 37).
La gente necesita salir del anonimato y del miedo; ser conocida y
llamada por su nombre; caminar segura por los caminos de la vida; ser
encontrada si se pierde; ser amada; recibir la salvación como
don supremo del amor de Dios; precisamente esto es lo que hace Jesús,
el buen Pastor; Él y sus presbíteros con Él.
Y ahora, al terminar esta Exhortación, dirijo mi mirada a
la multitud de aspirantes al sacerdocio, de seminaristas y de
sacerdotes que —en todas las partes del mundo, en situaciones
incluso las más difíciles y a veces dramáticas,
y siempre en el gozoso esfuerzo de fidelidad al Señor y del
incansable servicio a su grey— ofrecen a diario su propia vida
por el crecimiento de la fe, de la esperanza y de la caridad en el
corazón y en la historia de los hombres y mujeres de nuestro
tiempo.
Vosotros, amadísimos sacerdotes, hacéis esto porque
el mismo Señor, con la fuerza de su Espíritu, os ha
llamado a presentar de nuevo, en los vasos de barro de vuestra vida
sencilla, el tesoro inestimable de su amor de buen Pastor.
En comunión con los Padres sinodales y en nombre de todos
los Obispos del mundo y de toda la comunidad eclesial, os expreso
todo el reconocimiento que vuestra fidelidad y vuestro servicio se
merecen.(233)
Y mientras deseo a todos vosotros la gracia de renovar cada día
el carisma de Dios recibido con la imposición de las manos
(cf. 2 Tim 1, 6); de sentir el consuelo de la profunda amistad que os
vincula con Cristo y os une entre vosotros; de experimentar el gozo
del crecimiento de la grey de Dios en un amor cada vez más
grande a Él y a todos los hombres; de cultivar el sereno
convencimiento de que el que ha comenzado en vosotros esta obra buena
la llevará a cumplimiento hasta el día de Cristo Jesús
(cf. Flp 1, 6); con todos y cada uno de vosotros me dirijo en oración
a María, madre y educadora de nuestro sacerdocio.
Cada aspecto de la formación sacerdotal puede referirse a
María como la persona humana que mejor que nadie ha
correspondido a la vocación de Dios; que se ha hecho sierva y
discípula de la Palabra hasta concebir en su corazón y
en su carne al Verbo hecho hombre para darlo a la humanidad; que ha
sido llamada a la educación del único y eterno
Sacerdote, dócil y sumiso a su autoridad materna. Con su
ejemplo y mediante su intercesión, la Virgen santísima
sigue vigilando el desarrollo de las vocaciones y de la vida
sacerdotal en la Iglesia.
Por eso, nosotros los sacerdotes estamos llamados a crecer en una
sólida y tierna devoción a la Virgen María,
testimoniándola con la imitación de sus virtudes y con
la oración frecuente.
Oh María,
Madre de Jesucristo y Madre de los
sacerdotes:
acepta este título con el que hoy te
honramos
para exaltar tu maternidad
y contemplar contigo
el
Sacerdocio de tu Hijo unigénito y de tus hijos,
oh Santa
Madre de Dios.
Madre de Cristo,
que al Mesías Sacerdote diste un cuerpo
de carne
por la unción del Espíritu Santo
para
salvar a los pobres y contritos de corazón:
custodia en tu
seno y en la Iglesia a los sacerdotes,
oh Madre del Salvador.
Madre de la fe,
que acompañaste al templo al Hijo del
hombre,
en cumplimiento de las promesas
hechas a nuestros
Padres:
presenta a Dios Padre, para su gloria,
a los sacerdotes
de tu Hijo,
oh Arca de la Alianza.
Madre de la Iglesia,
que con los discípulos en el
Cenáculo
implorabas el Espíritu
para el nuevo
Pueblo y sus Pastores:
alcanza para el orden de los presbíteros
la
plenitud de los dones,
oh Reina de los Apóstoles.
Madre de Jesucristo,
que estuviste con Él al comienzo de
su vida
y de su misión,
lo buscaste como Maestro entre
la muchedumbre,
lo acompañaste en la cruz,
exhausto por
el sacrificio único y eterno,
y tuviste a tu lado a Juan,
como hijo tuyo:
acoge desde el principio
a los llamados al
sacerdocio,
protégelos en su formación
y acompaña
a tus hijos
en su vida y en su ministerio,
oh Madre de los
sacerdotes. Amén.
Dado en Roma, junto a san Pedro, el 25 de marzo —solemnidad
de la Anunciación del Señor— del año 1992,
décimo cuarto de mi Pontificado.
NOTAS
1. Proposición 2.
2. Discurso final al Sínodo (27 octubre 1990), 5:
L'Osservatore Romano,edición en lengua española, 2 de
noviembre de 1990, pág. 11
3. Cf. Proposición 1.
4. Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 28; Decreto
sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum
Ordinis, Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius.
5. Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis (6 enero 1970):
AAS 62 (1970), 321-384.
6. Discurso final al Sínodo (27 octubre 1990), 3: l.c.
7. Ibid., 1: l.c.
8. Mensaje de los Padres sinodales al Pueblo de Dios (28 octubre
1990), III: L'Osservatore Romano, edición en lengua española,
2 de noviembre de 1990, pág. 12.
9. Angelus (14 enero 1990), 2: L'Osservatore Romano, edición
en lengua española, 21 de enero de 1990, pág. 4.
10. Ibid., 3: l.c.
11. Cf. Proposición 3.
12. Pablo VI, Homilía en la IX sesión pública
del Conc. Ecum. Vat. II (7 diciembre 1965): AAS 58 (1966), 55.
13. Cf. Proposición 3.
14. Cf. ibid.
15. Cf. Sínodo de los Obispos, La formación de los
sacerdotes en las circunstancias actuales - Lineamenta, 5-6.
16. Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et
spes, 4.
17. Cf. Sínodo de los Obispos, VIII Asam. Gen. Ord. Mensaje
de los Padres sinodales al pueblo de Dios (28 octubre 1990), I: l.c.
18. Discurso final al Sínodo (27 octubre 1990), 4: l.c.;
cf. Carta a todos los sacerdotes de la Iglesia con ocasión del
Jueves Santo 1991 (10 marzo 1991): L'Osservatore Romano, edición
en lengua española, 15 marzo de 1991.
19. Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium; Decreto sobre
el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis;
Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius; S.
Congregación para la Educación Católica, Ratio
fundamentalis institutionis sacerdotalis (6 enero 1970): l.c.
321-384; Sínodo de los Obispos, II Asam. Gen. Ord., 1971.
20. Proposición 7.
21. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen
gentium, 5.
22. Exhort. ap. post-sinodal Christifideles laici (30 diciembre
1988), 8: AAS 81 (1989), 405; cf. Sínodo de los Obispos II
Asam. Gen. Extraord., 1985.
23. Cf. Proposición7.
24. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de
los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 7-8.
25. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen
gentium, 1.
26. Cf. Proposición 7.
27. Ibid.
28. Proposición 7.
29. Sínodo de los Obispos VIII Asam. Gen. Ord., La
formación de los sacerdotes en las circunstancias actuales,
«Instrumentum laboris», 16; cf. Proposición 7.
30. Angelus (25 febrero 1990): L'Osservatore Romano, edición
en lengua española, 4 de marzo de 1990, pág. 12.
31. Cf. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum Ordinis, 7-9.
32. Ibid, 8; cf. Proposición 7.
33. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los
presbíteros Presbyterorum Ordinis, 9.
34. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen
gentium, 10.
35. Cf. Proposición 7.
36. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum Ordinis, 10.
37. Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius,
20.
38. Cf. Proposición 12.
39. Mensaje de los Padres sinodales al Pueblo de Dios (28 octubre
1990), III: l.c.
40. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 40.
41. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum Ordinis, 12.
42. Sermo 340, 1: PL 38, 1483.
43. Ibid.: l.c.
44. Cf. Proposición 8.
45. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de
los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 2; 12.
46. Cf. Proposición 8.
47. Sermo Morin Guelferbytanus, 32, 1: PLS 2, 637.
48. Misal Romano, Antífona de comunión de la Misa
del IV domingo de Pascua.
49. Carta ap. Mulieris dignitatem (15 agosto 1988), 26: AAS 80
(1988), 1715-1716.
50. Proposición 7.
51. Homilía durante la adoración eucarística
en Seúl (7 octubre 1989), 2: Insegnamenti XII/2 (1989), 785;
L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 15 de
octubre de 1989, pág. 2.
52. S. Agustín, In Iohannis Evangelium Tractatus 123,5: CCL
36, 678.
53. A los sacerdotes partecipantes en un encuentro convocado por
la Conf. Episcopal Italiana (4 noviembre 1980): Insegnamenti, III/ 2
(1980), 1055.
54. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum Ordinis, 14.
55. Ibid.
56. Ibid.
57. Cf. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre
1975), 75: AAS 68 (1976), 64-67.
58. Cf. Proposición 8.
59. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum Ordinis, 12.
60. In Iohannis Evangelium Tractatus 123, 5: l.c.
61. Cf. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum Ordinis, 12.
62. Ibid. 5.
63. Cf. Conc. Ecum. Trident. Decretum de iustificatione, cap. 7;
Decretum de sacramentis, can. 6, (DS 1529; 1606).
64. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum Ordinis, 12.
65. S. Agustín, Sermo de Nat. sanct. Apost. Petri et Pauli
ex Evangelio in quo ait: Simon Iohannis diligis me?: ex Bibliot.
Casin. in Miscellanea Augustiniana, vol. I, dir. G. Morin O.S.B.,
Roma, Tip. Poligl. Vat., 1930, p. 404.
66. Cf. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum Ordinis, 4-6; 13.
67. Cf. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre
1975). 15: l.c., 13-15.
68. Cf. Const. dogm. sobre la divina revelación Dei Verbum,
8; 10.
69. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los
presbíteros Presbyterorum Ordinis, 5.
70. Exhort. ap. post-sinodal Reconciliatio et paenitentia (2
diciembre 1984), 31, VI: AAS 77 (1985), 265-266.
71. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los
presbíteros Presbyterorum Ordinis, 6.
72. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen
gentium, 42.
73. Cf. Proposición 9.
74. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los
presbíteros Presbyterorum Ordinis, 15.
75. Cf. ibid.
76. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 42.
77. Exhort. ap. Familiaris consortio (22 noviembre 1981), 16: AAS
74 (1982), 98.
78. Proposición 11.
79. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los
presbíteros, Presbyterorum Ordinis, 16.
80. Ibid.
81. Proposición 8.
82. Cf. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum Ordinis, 17.
83. Proposición 10.
84. Ibid.
85. Cf. S. Congregación para los Religiosos y los
Institutos Seculares y S. Congregación para los Obispos, Notas
directivas para las relaciones mutuas entre los Obispos y los
religiosos en la Iglesia Mutuae relationes (14 mayo 1978), 18: AAS 70
(1978), 484-485.
86. Cf. Proposición 25; 38.
87. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la sobre el
ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis,
10.
88. cf. Proposición 12.
89. Carta Enc. Redemptoris missio, (7 diciembre 1990), 67: AAS 83
(1991) 315-316.
90. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum Ordinis, 10.
91. Homilía a 5.000 sacerdotes provenientes de todo el
mundo (9 octubre 1984), 2: Insegnamenti, VII/2 (1984), 839;
L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 28 de
octubre de 1984, pág. 9.
92. Discurso final al Sínodo (27 octubre 1990), 5: l.c.
93. Cf. Proposición 6.
94. Cf. Proposición 13.
95. Cf. Proposición 4.
96. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen
gentium, 9.
97. Ibid.
98. S. Cipriano, De dominica Oratione, 23: CCL 3/A, 105.
99. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el apostolado de los
seglares Apostolicam actuositatem, 3.
100. Proposición 5.
101. Angelus (3 diciembre 1989), 2: Insegnamenti, XII/2 (1989),
1417;L'Osservatore Romano, edición en lengua española,
10 de dicembre de 1989, pág. 4
102. Mensaje para la V Jornada mundial de oración por las
vocaciones sacerdotales (19 abril 1968): Insegnamenti, VI (1968),
134-135.
103. Cf. Proposición 5.
104. Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 10; Decreto
sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum
Ordinis, 12.
105. Cf. Proposición, 13.
106. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia el mundo
actual Gaudium et spes, 16.
107. Misal Romano, Colecta de la Misa por las vocaciones a las
Órdenes sagradas.
108. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. sobre la sagrada liturgia
Sacrosantum concilium, 10.
109. Proposición 15.
110. Ibid.
111. Cf. C.I.C can. 220: «A nadie es lícito (...)
violar el derecho de cada persona a proteger su propia intimidad»;
cf. can. 642.
112. Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius,
2.
113. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el oficio pastoral de los
obispos en la Iglesia Christus Dominus, 15.
114. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre la formación
sacerdotal Optatam totius 2.
115. Decreto sobre el ministerio vida de los presbíteros
Presbyterorum Ordinis, 6.
116. Ibid., 11.
117. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre la formación
sacerdotal Optatam totius, 2.
118. Proposición 14.
119. Proposición 15.
120. Cf. Proposición 16.
121. Mensaje para la XXII Jornada mundial de oración por
las vocaciones sacerdotales (13 abril 1985) 1: AAS 77 (1985) 982.
122. Mensaje de los Padres sinodales al Pueblo de Dios (28 octubre
1990) IV: l.c.
123. Proposición 21.
124. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre la formación
sacerdotal Optatam totius, 11; Decreto sobre el ministerio y vida de
los presbíteros Presbyterorum ordinis, 3; S. Congregación
para la Educación Católica, Ratio fundamentalis
institutionis sacerdotalis (6 enero 1970), 51: l.c., 356-357.
125. Cf. Proposición 21.
126. Carta enc. Redemptor hominis (4 marzo 1979) 10: AAS 71
(1979), 274.
127. Exhort. ap. Familiaris consortio (22 noviembre 1981) 37:
l.c., 128.
128. Ibid.
129. Proposición 21.
130. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia el
mundo actual Gaudium et spes, 24.
131. Cf. Proposición 21.
132. Proposición 22.
133. Cf. S. Agustín, Confes., I. 1: CSEL 33, 1.
134. Sínodo de los Obispos, VIII Asam. Gen. Ord. La
formación de los sacerdotes en las circunstancias actuales
«Instrumentum laboris», 30.
135. Proposición 22.
136. Proposición 23.
137. Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius,
8.
138. Const. dogm. sobre la divina rivelación Dei Verbum,
24.
139. Ibid., 2.
140. Const. dogm. sobre la divina revelación Dei Verbum,
25.
141. Angelus (4 marzo 1990), 2-3: L'Osservatore Romano, edición
en lengua española, 11 de marzo de 1990, pág. 1.
142. Conc. Ecum. Vat. II, Const. sobre la sagrada liturgia
Sacrosantum concilium, 14.
143. S. Agustín, In Iohannis Evangelium Tractatus 26, 13:
l.c., 266.
144. Liturgia de las Horas, Antífona al «Magnificat»
de las segundas Vísperas en la Solemnidad del S. Cuerpo y
Sangre de Cristo.
145. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida
de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 13.
146. Angelus (1 julio 1990), 3: L'Osservatore Romano, edición
en lengua española, 8 de julio de 1990, pág. 12.
147. Proposición 23.
148. Ibid.
149. Cf. Ibid.
150. Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius,
9.
151. S. Congregación para la Educación Católica,
Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis (6 enero 1970), l.c.,
354.
152. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre la formación
sacerdotal Opatatam totius, 10.
153. Ibid.
154. Carta a todos los sacerdotes de la Iglesia con ocasión
del Jueves Santo (8 abril 1979): Insegnamenti II/I (1979), 841-862;
L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 15 de
abril de 1979, pág. 1.
155. Proposición 24.
156. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 15.
157. Proposición 26.
158. Cf. Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam
totius, 16.
159. La formación de los sacerdotes en las circunstancias
actuales «Instrumentum laboris», 39.
160. Cf. Congregación para la Educación Católica,
Carta a los obispos sobre la enseñanza de la filosofía
en los seminarios (20 enero 1972).
161. «Desideravi intellectu videre quod credidi et multum
disputavi et laboravi», De Trinitate XV, 28: CCL 50/A, 534.
162. Discurso a los participantes en la XXI Semana Bíblica
italiana (25 septiembre 1970): AAS 62 (1970), 618.
163. Proposición 26.
164. «Fides, quae est quasi habitus theologiae»: In
Lib. Boetii de Trinitate V, 4, ad 8.
165. Cf. S. Tomás de Aquino, In I Sent., Q. 1, a. 2.
166. Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe,
Instrucción sobre la vocación eclesial del teólogo
Donum veritatis (24 mayo 1990), 11; 40: AAS 82 (1990), 1554-1555;
1568-1569.
167. Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius,
14.
168. Itineranium mentis in Deum, Prol., n. 4: Opera omnia, tomus
V, Ad Claras Aquas 1891, 296.
169. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre la formación
sacerdotal Optatam totius, 16.
170. Carta Enc. Sollecitudo rei socialis (30 diciembre 1987), 41:
AAS 80 (1988), 571.
17.1 Cf. Carta Enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 54: AAS 83
(1991), 859-860.
172. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción
sobre la vocación eclesial del teólogo Donum veritatis
(24 mayo 1990), 21: l.c., 1559.
173. Proposición 26.
174. Así, por ejemplo, escribía S. Tomás de
Aquino: «Es necesario atenerse más a la autoridad de la
Iglesia que a la autoridad de Agustín o de Jerónimo o
de cualquier otro Doctor»: Summa Theol., II-II, q. 10, a. 12;
añade que nadie puede defenderse con la autoridad de Jerónimo
o de Agustín o de cualquier otro Doctor en contra de la
autoridad de Pedro: cf. Ibid. II-II, q. 11, a. 2 ad 3.
175. Proposición 32.
176. Cf. Carta Enc. Redemptoris missio (7 diciembre 1990) 67:
l.c., 315-316.
177. Cf. Proposición 32.
178. Proposición 27.
179. Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius,
4.
180. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dog. sobre la Iglesia Lumen
gentium, 48.
181. Explanatio Apocalypsis, lib. II, 12: PL 93, 166.
182. Cf. Proposición 28.
183. Ibid.
184. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum ordinis, 9; cf. Exhort. Ap. Christifideles laici (30
diciembre 1988), 61: l.c., 512-514.
185. Proposición 28.
186. Cf. Ibid.
187. Cf. Carta Enc. Redemptoris missio (7 diciembre 1990) 678:
l.c., 315-316.
188. Cf. Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam
totius, 4.
189. Proposición 20.
190. Ibid.
191. Ibid.
192. Ibid.
193. Cf. Discurso a los alumnos y ex-alumnos del Colegio Capránica
(21 enero 1983): Insegnamenti VI/I (1983) 173-178; L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 10 de abril de
1983, pág. 11.
194. Proposición 20.
195. Ibid.
196. Proposición 19.
197. Ibid.
198. In Iohannem Evangelistam Expositio, c. 21, lect. V, 2.
199. Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius,
3.
200. Cf. Proposición 17.
201. Cf. Congregación para la Educación Católica,
Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis (6 enero 1970) 19:
l.c., 342.
202. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum Ordinis, 7.
203. Proposición 29.
204. Ibid.
205. Cf. Proposición 23.
206. Cf. Exhort. Ap. post-sinodal Christifideles laici (30
diciembre 1988), 61; 63: l.c., 512-514; 517-518; Cart. ap. Mulieris
dignitatem (15 agosto 1988), 29-31: l.c., 1721-1729.
207. Cf. Proposición 29.
208. Proposición 30.
209. Ibid.
210. Cf. Proposición 25.
211. Discurso a los sacerdotes colaboradores con el movimiento
«Comunión y Liberación» (12 septiembre
1985): AAS 78 (1986), 256; L'Osservatore Romano, edición en
lengua española, 29 de septiembre de 1985, pág. 11.
212. Cf. Proposición 25.
213. Encuentro con los representanes del clero suizo en Einsiedeln
(15 junio 1984), 10: Insegnamenti VII/I (1984), 1798; L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 8 de julio de 1984,
pág. 14.
214. Cf. S. Agustín, In Iohannis Evangelium Tractatus. 123,
5: l.c., 678-680.
215. Cf. Proposición 31.
216. S. Carlos Borromeo, Acta Ecclesiae Mediolanensis, Milán
1559, 1178.
217. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 22.
218. Sínodo de los Obispos Asam. Gen. Ord., La formación
de los presbíteros en las circunstancias actuales
«Instrumentum laboris», 55.
219. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida
de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 6.
220. Carta Enc. Ecclesiam suam (6 agosto 1964) III: AAS 56 (1964),
647.
221. Cf. Congregación para el Cero, Notas directivas para
la promoción de la cooperación mutua entre las Iglesias
particulares y especialmente para la distribución más
adecuada del clero Postquam apostoli (25 marzo 1980): AAS 72 (1980),
343-364.
222. Proposición 39.
223. Proposición 34.
224. Ibid.
225. Ibid.
226. Cf. Proposición 38; Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre
el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis,
1; Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 1;
Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares y
Congregación para los Obispos, Notas directivas para las
relaciones mutuas entre los Obispos y los religiosos en la Iglesia
Mutuae relationes (14 mayo 1978) 2; 10: l.c., 475; 479-480.
227. Proposición 35.
228. Ibid.
229. Cf. Proposición 36.
230. Sínodo de los Obispos VIII Asam. Gen. Ord., La
formación de los sacerdotes en las circunstancias actuales,
«Instrumentum laboris», 60; cf. Conc. Ecum. Vat. II,
Decreto sobre el oficio pastoral de los Obispos en la Iglesia
Christus Dominus, 30; Decreto sobre el ministerio y vida de los
presbíteros Presbyterorum ordinis, 8; C.I.C., can. 550, 2.
231. Proposición 37.
232. J. B. Montini, Carta pastoral Sobre el sentido moral, 1961.
233. Cf. Proposición 40.