EXHORTACIÓN
APOSTÓLICA
POST-SINODAL
RECONCILIATIO ET
PAENITENTIA
DE
JUAN PABLO II
AL EPISCOPADO
AL CLERO Y A
LOS FIELES
SOBRE LA RECONCILIACIÓN
Y LA PENITENCIA
EN
LA MISIÓN
DE LA IGLESIA HOY
PROEMIO
ORIGEN Y SIGNIFICADO DEL DOCUMENTO
1. Hablar de RECONCILIACIÓN y PENITENCIA es, para los
hombres y mujeres de nuestro tiempo, una invitación a volver a
encontrar —traducidas al propio lenguaje— las mismas
palabras con las que Nuestro Salvador y Maestro Jesucristo quiso
inaugurar su predicación: «Convertíos y creed en
el Evangelio»(1) esto es, acoged la Buena Nueva del amor, de la
adopción como hijos de Dios y, en consecuencia, de la
fraternidad.
¿Por qué la Iglesia propone de nuevo este tema, y
esta invitación?
El ansia por concer y comprender mejor al hombre de hoy y al mundo
contemporáneo, por descifrar su enigma y por desvelar su
misterio; el deseo de poder discernir los fermentos de bien o de mal
que se agitan ya desde hace bastante tiempo; todo esto, lleva a
muchos a dirigir a este hombre y a este mundo una mirada
interrogante. Es la mirada del historiador y del sociólogo,
del filósofo y del teólogo, del psicólogo y del
humanista, del poeta y del místico; es sobre todo la mirada
preocupada —y a pesar de todo cargada de esperanza— del
pastor.
Dicha mirada se refleja de una manera ejemplar en cada página
de la importante Constitución Pastoral del Concilio Vaticano
II Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo
y, de modo particular, en su amplia y penetrante introducción.
Se refleja igualmente en algunos Documentos emanados de la sabiduría
y de la caridad pastoral de mis venerados Predecesores, cuyos
luminosos pontificados estuvieron marcados por el acontecimiento
histórico y profético de tal Concilio Ecuménico.
Al igual que las otras miradas, también la del pastor
vislumbra, por desgracia, entre otras características del
mundo y de la humanidad de nuestro tiempo, la existencia de
numerosas, profundas y dolorosas divisiones.
Un mundo en pedazos
2. Estas divisiones se manifiestan en las relaciones entre las
personas y los grupos, pero también a nivel de colectividades
más amplias: Naciones contra Naciones y bloques de Países
enfrentados en una afanosa búsqueda de hegemonía. En la
raíz de las rupturas no es difícil individuar
conflictos que en lugar de resolverse a través del diálogo,
se agudizan en la confrontación y el contraste.
Indagando sobre los elementos generadores de división,
observadores atentos detectan los más variados: desde la
creciente desigualdad entre grupos, clases sociales y Países,
a los antagonismos ideológicos todavía no apagados;
desde la contraposición de intereses económicos, a las
polarizaciones políticas; desde las divergencias tribales a
las discriminaciones por motivos socio religiosos.
Por lo demás, algunas realidades que están ante los
ojos de todos, vienen a ser como el rostro lamentable de la división
de la que son fruto, a la vez que ponen de manifiesto su gravedad con
irrefutable concreción. Entre tantos otros dolorosos fenómenos
sociales de nuestro tiempo podemos traer a la memoria:
la conculcación de los derechos fundamentales de la
persona humana; en primer lugar el derecho a la vida y a una calidad
de vida digna; esto es tanto más escandaloso en cuanto
coexiste con una retórica hasta ahora desconocida sobre los
mismos derechos;
las asechanzas y presiones contra la libertad de los
individuos y las colectividades, sin excluir la tantas veces
ofendida y amenazada libertad de abrazar, profesar y practicar la
propia fe;
las varias formas de discriminación: racial, cultural,
religiosa, etc.;
la violencia y el terrorismo;
el uso de la tortura y de formas injustas e ilegítimas
de represión; — la acumulación de armas
convencionales o atómicas; la carrera de armamentos, que
implica gastos bélicos que podrían servir para aliviar
la pobreza inmerecida de pueblos social y económicamente
deprimidos;
la distribución inicua de las riquezas del mundo y de
los bienes de la civilización que llega a su punto culminante
en un tipo de organización social en la que la distancia en
las condiciones humanas entre ricos y pobres aumenta cada vez
más.(2) La potencia arrolladora de esta división hace
del mundo en que vivimos un mundo desgarrado(3) hasta en sus mismos
cimientos.
Por otra parte, puesto que la Iglesia —aun sin identificarse
con el mundo ni ser del mundo— está inserta en el mundo
y se encuentra en diálogo con él,(4) no ha de causar
extrañeza si se detectan en el mismo conjunto eclesial
repercusiones y signos de esa división que afecta a la
sociedad humana. Además de las escisiones ya existentes entre
las Comunidades cristianas que la afligen desde hace siglos, en
algunos lugares la Iglesia de nuestro tiempo experimenta en su propio
seno divisiones entre sus mismos componentes, causadas por la
diversidad de puntos de vista y de opciones en campo doctrinal y
pastoral.(5) También estas divisiones pueden a veces parecer
incurables.
Sin embargo, por muy impresionantes que a primera vista puedan
aparecer tales laceraciones, sólo observando en profundidad se
logra individuar su raíz: ésta se halla en una herida
en lo más íntimo del hombre. Nosotros, a la luz de la
fe, la llamamos pecado; comenzando por el pecado original que cada
uno lleva desde su nacimiento como una herencia recibida de sus
progenitores, hasta el pecado que cada uno comete, abusando de su
propia libertad.
Nostalgia de reconciliación
3. Sin embargo, la misma mirada inquisitiva, si es suficientemente
aguda, capta en lo más vivo de la división un
inconfundible deseo, por parte de los hombres de buena voluntad y de
los verdaderos cristianos, de recomponer las fracturas, de cicatrizar
las heridas, de instaurar a todos los niveles una unidad esencial.
Tal deseo comporta en muchos una verdadera nostalgia de
reconciliación, aun cuando no usen esta palabra.
Para algunos se trata casi de una utopía que podría
convertirse en la palanca ideal para un verdadero cambio de la
sociedad; para otros, por el contrario, es objeto de una ardua
conquista y, por tanto, la meta a conseguir a través de un
serio esfuerzo de reflexión y de acción. En cualquier
caso, la aspiración a una reconciliación sincera y
durable es, sin duda alguna, un móvil fundamental de nuestra
sociedad como reflejo de una incoercible voluntad de paz; y —por
paradójico que pueda parecer— lo es tan fuerte cuanto
son peligrosos los factores mismos de división.
Mas la reconciliación no puede ser menos profunda de cuanto
es la división. La nostalgia de la reconciliación y la
reconciliación misma serán plenas y eficaces en la
medida en que lleguen —para así sanarla— a aquella
laceración primigenia que es la raíz de todas las
otras, la cual consiste en el pecado.
La mirada del Sínodo
4. Por lo tanto, toda institución u organización
dedicada a servir al hombre e interesada en salvarlo en sus
dimensiones fundamentales, debe dirigir una mirada penetrante a la
reconciliación, para así profundizar su significado y
alcance pleno, sacando las consecuencias necesarias en orden a la
acción.
A esta mirada no podía renunciar la Iglesia de Jesucristo.
Con dedicación de Madre e inteligencia de Maestra, ella se
aplica solícita y atentamente, a recoger de la sociedad, junto
con los signos de la división, también aquellos no
menos elocuentes y significativos de la búsqueda de una
reconciliación.
Ella, en efecto, sabe que le ha sido dada, de modo especial, la
posibilidad y le ha sido asignada la misión de hacer conocer
el verdadero sentido —profundamente religioso— y las
dimensiones integrales de la reconciliación, contribuyendo
así, aunque sólo fuera con esto, a aclarar los términos
esenciales de la cuestión de la unidad y de la paz.
Mis Predecesores no han cesado de predicar la reconciliación,
de invitar hacia ella a la humanidad entera, así como a todo
grupo o porción de la comunidad humana que veían
lacerada y dividida.(6) Y yo mismo, por un impulso interior que
—estoy seguro— obedecía a la vez a la inspiración
de lo alto y a las llamadas de la humanidad, he querido —en dos
modos diversos, pero ambos solemnes y exigentes— someter a
serio examen el tema de la reconciliación: en primer lugar
convocando la VI Asamblea General del Sínodo de los Obispos;
en segundo lugar , haciendo de la reconciliación el centro del
Año jubilar convocado para celebrar el 1950 aniversario de la
Redención.(7) A la hora de señalar un tema al Sínodo,
me he encontrado plenamente de acuerdo con el sugerido por numerosos
Hermanos míos en el episcopado, esto es, el tema tan fecundo
de la reconciliación en relación estrecha con el de la
penitencia.(8)
El término y el concepto mismo de penitencia son muy
complejos. Si la relacionamos con metánoia, al que se refieren
los sinópticos, entonces penitencia significa el cambio
profundo de corazón bajo el influjo de la Palabra de Dios y en
la perspectiva del Reino.(9) Pero penitencia quiere también
decir cambiar la vida en coherencia con el cambio de corazón,
y en este sentido el hacer penitencia se completa con el de dar
frutos dignos de penitencia;(10) toda la existencia se hace
penitencia orientándose a un continuo caminar hacia lo mejor.
Sin embargo, hacer penitencia es algo auténtico y eficaz sólo
si se traduce en actos y gestos de penitencia. En este sentido,
penitencia significa, en el vocabulario cristiano teológico y
espiritual, la ascesis, es decir, el esfuerzo concreto y cotidiano
del hombre, sostenido por la gracia de Dios, para perder la propia
vida por Cristo como único modo de ganarla;(11) para
despojarse del hombre viejo y revestirse del nuevo;(12) para superar
en sí mismo lo que es carnal, a fin de que prevalezca lo que
es espiritual;(13) para elevarse continuamente de las cosas de abajo
a las de arriba donde está Cristo.(14) La penitencia es, por
tanto, la conversión que pasa del corazón a las obras
y, consiguientemente, a la vida entera del cristiano.
En cada uno de estos significados penitencia está
estrechamente unida a reconciliación, puesto que reconciliarse
con Dios, consigo mismo y con los demás presupone superar la
ruptura radical que es el pecado, lo cual se realiza solamente a
través de la transformación interior o conversión
que fructifica en la vida mediante los actos de penitencia.
El documento-base del Sínodo (también llamado
Lineamenta), que fue preparado con el único objetivo de
presentar el tema acentuando algunos de sus aspectos fundamentales,
ha permitido a las Comunidades eclesiales existentes en todo el mundo
reflexionar durante casi dos años sobre estos aspectos de una
cuestión —la de la conversión y reconciliación—
que a todos interesa, y de sacar al mismo tiempo un renovado impulso
para la vida y el apostolado cristiano. La reflexión ha sido
ulteriormente profundizada como preparación inmediata a los
trabajos sinodales, gracias al Instrumentum laboris enviado en su día
a los Obispos y sus colaboradores. Por último, durante todo un
mes, los Padres sinodales, asistidos por cuantos fueron llamados a la
reunión propiamente dicha, han tratado con gran sentido de
responsabilidad dicho tema junto con las numerosas y variadas
cuestiones relacionadas con él. La discusión, el
estudio en común, la asidua y minuciosa investigación,
han dado como resultado un amplio y valioso tesoro que han recogido
en su esencia las Propositiones finales.
La mirada del Sínodo no ignora los actos de reconciliación
(algunos de los cuales pasan casi inobservados a fuer de cotidianos)
que en diversas medidas sirven para resolver tantas tensiones,
superar tantos conflictos y vencer pequeñas y grandes
divisiones reconstruyendo la unidad. Mas la preocupación
principal del Sínodo era la de encontrar en lo profundo de
estos actos aislados su raíz escondida, o sea, una
reconciliación, por así decir fontal, que obra en el
corazón y en la conciencia del hombre.
El carisma y, al mismo tiempo, la originalidad de la Iglesia en lo
que a la reconciliación se refiere, en cualquier nivel haya de
actuarse, residen en el hecho de que ella apela siempre a aquella
reconciliación fontal. En efecto, en virtud de su misión
esencial, la Iglesia siente el deber de llegar hasta las raíces
de la laceración primigenia del pecado, para lograr su
curación y restablecer, por así decirlo, una
reconciliación también primigenia que sea principio
eficaz de toda verdadera reconciliación. Esto es lo que la
Iglesia ha tenido ante los ojos y ha propuesto mediante el Sínodo.
De esta reconciliación habla la Sagrada Escritura,
invitándonos a hacer por ella toda clase de esfuerzos;(15)
pero al mismo tiempo nos dice que es ante todo un don misericordioso
de Dios al hombre.(16) La historia de la salvación —tanto
la de la humanidad entera como la de cada hombre de cualquier época—
es la historia admirable de la reconciliación: aquella por la
que Dios, que es Padre, reconcilia al mundo consigo en la Sangre y en
la Cruz de su Hijo hecho hombre, engendrando de este modo una nueva
familia de reconciliados.
La reconciliación se hace necesaria porque ha habido una
ruptura —la del pecado— de la cual se han derivado todas
las otras formas de rupturas en lo más íntimo del
hombre y en su entorno.
Por tanto la reconciliación, para que sea plena, exige
necesariamente la liberación del pecado, que ha de ser
rechazado en sus raíces más profundas. Por lo cual una
estrecha conexión interna viene a unir conversión y
reconciliación; es imposible disociar las dos realidades o
hablar de una silenciando la otra.
El Sínodo ha hablado, al mismo tiempo, de la reconciliación
de toda la familia humana y de la conversión del corazón
de cada persona, de su retorno a Dios, queriendo con ello reconocer y
proclamar que la unión de los hombres no puede darse sin un
cambio interno de cada uno. La corversión personal es la vía
necesaria para la concordia entre las personas.(17) Cuando la Iglesia
proclama la Buena Nueva de la reconciliación, o propone
llevarla a cabo a través de los Sacramentos, realiza una
verdadera función profética, denunciando los males del
hombre en la misma fuente contaminada, señalando la raíz
de las divisiones e infundiendo la esperanza de poder superar las
tensiones y los conflictos para llegar a la fraternidad, a la
concordia y a la paz a todos los niveles y en todos los sectores de
la sociedad humana. Ella cambia una condición histórica
de odio y de violencia en una civilización del amor; está
ofreciendo a todos el principio evangélico y sacramental de
aquella reconciliación fontal, de la que brotan todos los
demás gestos y actos de reconciliación, incluso a nivel
social.
De tal reconciliación, fruto de la conversión, deseo
tratar en esta Exhortación. De hecho, una vez más —como
ya había sucedido al concluir las tres Asambleas precedentes
del Sínodo— los mismos Padres han querido hacer entrega
al Obispo de Roma, Pastor de la Iglesia universal y Cabeza del
Colegio Episcopal, en su calidad de Presidente del Sínodo, las
conclusiones de su trabajo. Por mi parte he aceptado, cual grave y
grato deber de mi ministerio, la tarea de extraer de la ingente
riqueza del Sínodo un mensaje doctrinal y pastoral sobre el
tema de reconciliación y penitencia para ofrecerlo al Pueblo
de Dios como fruto del Sínodo mismo.
En la primera parte me propongo tratar de la Iglesia en el
cumplimiento de su misión reconciliadora, en la obra de
conversión de los corazones en orden a un renovado abrazo
entre el hombre y Dios, entre el hombre y su hermano, entre el hombre
y todo lo creado. En la segunda parte se indicará la causa
radical de toda laceración o división entre los hombres
y, ante todo, con respecto a Dios: el pecado. Por último
señalaré aquellos medios que permiten a la Iglesia
promover y suscitar la reconciliación plena de los hombres con
Dios y, por consiguiente, de los hombres entre sí.
El Documento que ahora entrego a los hijos de la Iglesia, —mas
también a todos aquellos que, creyentes o no, miran hacia ella
con interés y ánimo sincero— desea ser una
respuesta obligada a todo aquello que el Sínodo me ha pedido.
Pero es también —quiero aclararlo en honor a la verdad y
la justicia— obra del mismo Sínodo. De hecho, el
contenido de estas páginas proviene del Sínodo mismo:
de su preparación próxima y remota, del Instrumentum
laboris, de las intervenciones en el aula sinodal y en los circuli
minores y, sobre todo, de las sesenta y tres Propositiones.
Encontramos aquí el fruto del trabajo conjunto de los Padres,
entre los cuales no faltaban los representantes de las Iglesias
Orientales, cuyo patrimonio teológico, espiritual y litúrgico,
es tan rico y digno de veneración también en la materia
que aquí interesa. Además ha sido el Consejo de la
Secretaría del Sínodo el que ha examinado en dos
importantes sesiones los resultados y las orientaciones de la reunión
sinodal apenas concluida, el que ha puesto en evidencia la dinámica
de las susodichas Propositiones y, finalmente, ha trazado las líneas
consideradas más idóneas para la redacción del
presente documento. Expreso mi agradecimiento a todos los que han
realizado este trabajo, mientras fiel a mi misión, deseo
transmitir aquí lo que del tesoro doctrinal y pastoral del
Sínodo me parece providencial para la vida de tantos hombres
en esta hora magnífica y difícil de la historia.
Conviene hacerlo —y resulta altamente significativo—
mientras todavía está vivo el recuerdo del Año
Santo, totalmente vivido bajo el signo de la penitencia, conversión
y reconciliación.
Ojalá que esta Exhortación que confío a mis
Hermanos en el Episcopado y a sus colaboradores, los Presbíteros
y Diáconos, los Religiosos y Religiosas, a todos los fieles y
a todos los hombres y mujeres de conciencia recta, sea no solamente
un instrumento de purificación, de enriquecimiento y
afianzamiento de la propia fe personal, sino también levadura
capaz de hacer crecer en el corazón del mundo la paz y la
fraternidad, la esperanza y la alegría, valores que brotan del
Evangelio escuchado, meditado y vivido día a día a
ejemplo de María, Madre de Nuestro Señor Jesucristo,
por medio del cual Dios se ha complacido en reconciliar consigo todas
las cosas.(18)
PRIMERA PARTE
CONVERSIÓN Y RECONCILIACIÓN
TAREA Y EMPEÑO
DE LA IGLESIA
CAPÍTULO PRIMERO
UNA PARÁBOLA DE LA RECONCILIACIÓN
5. Al comienzo de esta Exhortación Apostólica se
presenta a mi espíritu la página extraordinaria de S.
Lucas, que ya he tratado de ilustrar en un Documento mio
anterior.(19) Me refiero a la parábola del hijo pródigo.(20)
Del hermano que estaba perdido...
«Un hombre tenía dos hijos. El más joven dijo
al padre: "Padre, dame la parte de herencia que me corresponde",
dice Jesús poniendo al vivo la dramática vicisitud de
aquel joven: la azarosa marcha de la casa paterna, el despilfarro de
todos sus bienes llevando una vida disoluta y vacía, los
tenebrosos días de la lejanía y del hambre, pero más
aún, de la dignidad perdida, de la humillación y la
vergüenza y, finalmente, la nostalgia de la propia casa, la
valentía del retorno, la acogida del Padre. Este, ciertamente
no había olvidado al hijo, es más, había
conservado intacto su afecto y estima. Siempre lo había
esperado y ahora lo abraza mientras hace comenzar la gran fiesta por
el regreso de «aquel que había muerto y ha resucitado,
se había perdido y ha sido encontrado».
El hombre —todo hombre— es este hijo pródigo:
hechizado por la tentación de separarse del Padre para vivir
independientemente la propia existencia; caído en la
tentación; desilusionado por el vacío que, como
espejismo, lo había fascinado; solo, deshonrado, explotado
mientras buscaba construirse un mundo todo para sí;
atormentado incluso desde el fondo de la propia miseria por el deseo
de volver a la comunión con el Padre. Como el padre de la
parábola, Dios anhela el regreso del hijo, lo abraza a su
llegada y adereza la mesa para el banquete del nuevo encuentro, con
el que se festeja la reconciliación.
Lo que más destaca en la parábola es la acogida
festiva y amorosa del padre al hijo que regresa: signo de la
misericordia de Dios, siempre dispuesto a perdonar. En una palabra:
la reconciliación es principalmente un don del Padre
celestial.
...al hermano que se quedó en casa
6. Pero la parábola pone en escena también al
hermano mayor que rechaza su puesto en el banquete. Este reprocha al
hermano más joven sus descarríos y al padre la acogida
dispensada al hijo pródigo mientras que a él, sobrio y
trabajador, fiel al padre y a la casa, nunca se le ha permitido
—dice— celebrar una fiesta con los amigos. Señal
de que no ha entendido la bondad del padre. Hasta que este hermano,
demasiado seguro de sí mismo y de sus propios méritos,
celoso y displicente, lleno de amargura y de rabia, no se convierta y
no se reconcilie con el padre y con el hermano, el banquete no será
aún en plenitud la fiesta del encuentro y del hallazgo.
El hombre —todo hombre— es también este hermano
mayor. El egoísmo lo hace ser celoso, le endurece el corazón,
lo ciega y lo hace cerrarse a los demás y a Dios. La
benignidad y la misericordia del Padre lo irritan y lo enojan; la
felicidad por el hermano hallado tiene para él un sabor
amargo.(21) También bajo este aspecto él tiene
necesidad de convertirse para reconciliarse.
La parábola del hijo pródigo es, ante todo, la
inefable historia del gran amor de un padre —Dios— que
ofrece al hijo que vuelve a Él el don de la reconciliación
plena. Pero dicha historia, al evocar en la figura del hermano mayor
el egoísmo que divide a los hermanos entre sí, se
convierte también en la historia de la familia humana: señala
nuestra situación e indica la vía a seguir. El hijo
pródigo, en su ansia de conversión, de retorno a los
brazos del padre y de ser perdonado representa a aquellos que
descubren en el fondo de su propia conciencia la nostalgia de una
reconciliación a todos los niveles y sin reservas, que intuyen
con una seguridad íntima que aquélla solamente es
posible si brota de una primera y fundamental reconciliación,
la que lleva al hombre de la lejanía a la amistad filial con
Dios, en quien reconoce su infinita misericordia. Sin embargo, si se
lee la parábola desde la perspectiva del otro hijo, en ella se
describe la situación de la familia humana dividida por los
egoísmos, arroja luz sobre las dificultades para secundar el
deseo y la nostalgia de una misma familia reconciliada y unida;
reclama por tanto la necesidad de una profunda transformación
de los corazones y el descubrimiento de la misericordia del Padre y
de la victoria sobre la incomprensión y las hostilidades entre
hermanos.
A la luz de esta inagotable parábola de la misericordia que
borra el pecado, la Iglesia, haciendo suya la llamada allí
contenida, comprende, siguiendo las huellas del Señor, su
misión de trabajar por la conversión de los corazones y
por la reconciliación de los hombres con Dios y entre sí,
dos realidades íntimamente unidas.
CAPÍTULO SEGUNDO
A LAS FUENTES DE LA RECONCILIACIÓN
En la luz de Cristo reconciliador
7. Como se deduce de la parábola del hijo pródigo,
la reconciliación es un don de Dios, una iniciativa suya. Mas
nuestra fe nos enseña que esta iniciativa se concreta en el
misterio de Cristo redentor, reconciliador, que libera al hombre del
pecado en todas sus formas. El mismo S. Pablo no duda en resumir en
dicha tarea y función la misión incomparable de Jesús
de Nazaret, Verbo e Hijo de Dios hecho hombre.
También nosotros podemos partir de este misterio central de
la economía de la salvación, punto clave de la
cristología del Apóstol. «Porque si siendo
enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo
—escribe a los Romanos— mucho más, reconciliados
ya, seremos salvos en su vida. Y no solo reconciliados, sino que nos
gloriamos en Dios Nuestro Señor Jesucristo, por quien
recibimos ahora la reconciliación».(22) Puesto que «Dios
nos ha reconciliado con sí por medio de Cristo», Pablo
se siente inspirado a exhortar a los cristianos de Corinto:
«Reconciliaos con Dios».(23)
De esta misión reconciliadora mediante la muerte en la cruz
hablaba, en otros términos, el evangelista Juan al observar
que Cristo debía morir «para reunir en uno todos los
hijos de Dios que estaban dispersos».(24)
Pero S. Pablo nos permite ampliar más aún nuestra
visión de la obra de Cristo a dimensiones cósmicas,
cuando escribe que en Él, el Padre ha reconciliado consigo
todas las criaturas, las del cielo y las de la tierra.(25) Con razón
se puede decir de Cristo redentor que «en el tiempo de la ira
ha sido hecho reconciliación»(26) y que, si Él es
«nuestra paz»(27) es también nuestra
reconciliación.
Con toda razón, por tanto, su pasión y muerte,
renovadas sacramentalmente en la Eucaristía, son llamadas por
la liturgia «Sacrificio de reconciliación»:(28)
reconciliación con Dios, y también con los hermanos,
puesto que Jesús mismo nos enseña que la reconciliación
fraterna ha de hacerse antes del sacrificio.(29)
Por consiguiente, partiendo de estos y de otros autorizados y
significativos lugares neotestamentarios, es legítimo hacer
converger las reflexiones acerca de todo el misterio de Cristo en
torno a su misión de reconciliador.
Una vez más se ha de proclamar la fe de la Iglesia en el
acto redentor de Cristo, en el misterio pascual de su muerte y
resurrección, como causa de la reconciliación del
hombre en su doble aspecto de liberación del pecado y de
comunión de gracia con Dios.
Y precisamente ante el doloroso cuadro de las divisiones y de las
dificultades de la reconciliación entre los hombres, invito a
mirar hacia el mysterium Crucis como al drama más alto en el
que Cristo percibe y sufre hasta el fondo el drama de la división
del hombre con respecto a Dios, hasta el punto de gritar con las
palabras del Salmista: «Dios mío, Dios mío ¿por
qué me has abandonado?»,(30) llevando a cabo, al mismo
tiempo, nuestra propia reconciliación.
La mirada fija en el misterio del Gólgota debe hacernos
recordar siempre aquella dimensión «vertical» de
la división y de la reconciliación en lo que respecta a
la relación hombre-Dios, que para la mirada de la fe prevalece
siempre sobre la dimensión «horizontal», esto es,
sobre la realidad de la división y sobre la necesidad de la
reconciliación entre los hombres. Nosotros sabemos, en efecto,
que tal reconciliación entre los mismos no es y no puede ser
sino el fruto del acto redentor de Cristo, muerto y resucitado para
derrotar el reino del pecado, restablecer la alianza con Dios y de
este modo derribar el muro de separación(31) que el pecado
había levantado entre los hombres.
La Iglesia reconciliadora
8. Pero como decía San León Magno hablando de la
pasión de Cristo, «todo lo que el Hijo de Dios obró
y enseñó para la reconciliación del mundo, no lo
conocemos solamente por la historia de sus acciones pasadas, sino que
lo sentimos también en la eficacia de lo que él realiza
en el presente».(32)
Experimentamos la reconciliación realizada en su humanidad
mediante la eficacia de los sagrados misterios celebrados por su
Iglesia, por la que Él se entregó a sí mismo y
la ha constituido signo y, al mismo tiempo, instrumento de salvación.
Así lo afirma San Pablo cuando escribe que Dios ha dado a
los apóstoles de Cristo una participación en su obra
reconciliadora. «Dios —nos dice— ha confiado el
misterio de la reconciliación ... y la palabra de
reconciliación».(33)
En las manos y labios de los apóstoles, sus mensajeros, el
Padre ha puesto misericordiosamente un ministerio de reconciliación
que ellos llevan a cabo de manera singular, en virtud del poder de
actuar «in persona Christi». Mas también a toda la
comunidad de los creyentes, a todo el conjunto de la Iglesia, le ha
sido confiada la palabra de reconciliación, esto es, la tarea
de hacer todo lo posible para dar testimonio de la reconciliación
y llevarla a cabo en el mundo.
Se puede decir que también el Concilio Vaticano II, al
definir la Iglesia como un «sacramento, o sea signo e
instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad
de todo el género humano», —y al señalar
como función suya la de lograr la «plena unidad en
Cristo» para «todos los hombres, unidos hoy más
íntimamente por toda clase de relaciones»—(34)
reconocía que la Iglesia debe buscar ante todo llevar a los
hombres a la reconciliación plena.
En conexión íntima con la misión de Cristo se
puede, pues, condensar la misión —rica y compleja—
de la Iglesia en la tarea —central para ella— de la
reconciliación del hombre: con Dios, consigo mismo, con los
hermanos, con todo lo creado; y esto de modo permanente, porque —como
he dicho en otra ocasión— «la Iglesia es por su
misma naturaleza siempre reconciliadora».(35)
La Iglesia es reconciliadora en cuanto proclama el mensaje de la
reconciliación, como ha hecho siempre en su historia desde el
Concilio apostólico de Jerusalén(36) hasta el último
Sínodo y el reciente Jubileo de la Redención. La
originalidad de esta proclamación estriba en el hecho de que
para la Iglesia la reconciliación está estrechamente
relacionada con la conversión del corazón; éste
es el camino obligado para el entendimiento entre los seres humanos.
La Iglesia es reconciliadora también en cuanto muestra al
hombre las vías y le ofrece los medios para la antedicha
cuádruple reconciliación. Las vías son, en
concreto, las de la conversión del corazón y de la
victoria sobre el pecado, ya sea éste el egoísmo o la
injusticia, la prepotencia o la explotación de los demás,
el apego a los bienes materiales o la búsqueda desenfrenada
del placer. Los medios son: el escuchar fiel y amorosamente la
Palabra de Dios, la oración personal y comunitaria y, sobre
todo, los sacramentos, verdaderos signos e instrumentos de
reconciliación entre los que destaca —precisamente bajo
este aspecto— el que con toda razón llamamos Sacramento
de reconciliación o de la Penitencia, sobre el cual volveremos
más adelante.
La Iglesia reconciliada
9. Mi venerado Predecesor Pablo VI ha tenido el mérito de
poner en claro que, para ser evangelizadora, la Iglesia debe comenzar
mostrándose ella misma evangelizada, esto es, abierta al
anuncio pleno e íntegro de la Buena Nueva de Jesucristo,
escuchándola y poniéndola en práctica.(37)
También yo, al recoger en un documento orgánico las
reflexiones de la IV Asamblea General del Sínodo, he hablado
de una Iglesia que se catequiza en la medida en que lleva a cabo la
catequesis.(38)
Dado que también se aplica al tema que estoy tratando, no
dudo ahora en volver a tomar la comparación para reafirmar que
la Iglesia, para ser reconciliadora, ha de comenzar por ser una
Iglesia reconciliada. En esta expresión simple y clara subyace
la convicción de que la Iglesia, para anunciar y promover de
modo más eficaz al mundo la reconciliación, debe
convertirse cada vez más en una comunidad (aunque se trate de
la «pequeña grey» de los primeros tiempos) de
discípulos de Cristo, unidos en el empeño de
convertirse continuamente al Señor y de vivir como hombres
nuevos en el espíritu y práctica de la reconciliación.
Frente a nuestros contemporáneos —tan sensibles a la
prueba del testimonio concreto de vida— la Iglesia está
llamada a dar ejemplo de reconciliación ante todo hacia
dentro; por esta razón, todos debemos esforzarnos en pacificar
los ánimos, moderar las tensiones, superar las divisiones,
sanar las heridas que se hayan podido abrir entre hermanos, cuando se
agudiza el contraste de las opciones en el campo de lo opinable,
buscando por el contrario, estar unidos en lo que es esencial para la
fe y para la vida cristiana, según la antigua máxima:
In dubiis libertas, in necessariis unitas, in omnibus caritas.
Según este mismo criterio, la Iglesia debe poner en acto
también su dimensión ecuménica. En efecto, para
ser enteramente reconciliada, ella sabe que ha de proseguir en la
búsqueda de la unidad entre aquellos que se honran en llamarse
cristianos, pero que están separados entre sí —incluso
en cuanto Iglesias o Comuniones— y de la Iglesia de Roma. Esta
busca una unidad que, para ser fruto y expresión de
reconciliación verdadera, no trata de fundarse ni sobre el
disimulo de los puntos que dividen, ni en compromisos tan fáciles
cuanto superficiales y frágiles. La unidad debe ser el
resultado de una verdadera conversión de todos, del perdón
recíproco, del diálogo teológico y de las
relaciones fraternas, de la oración, de la plena docilidad a
la acción del Espíritu Santo, que es también
Espíritu de reconciliación.
Por último, la Iglesia para que pueda decirse plenamente
reconciliada, siente que ha de empeñarse cada vez más
en llevar el Evangelio a todas las gentes, promoviendo el «diálogo
de la salvación»,(39) a aquellos amplios sectores de la
humanidad en el mundo contemporáneo que no condividen su fe y
que, debido a un creciente secularismo, incluso toman sus distancias
respecto de ella o le oponen una fría indiferencia, si no la
obstaculizan y la persiguen. La Iglesia siente el deber de repetir a
todos con San Pablo: «Reconciliaos con Dios».(40)
En cualquier caso, la Iglesia promueve una reconciliación
en la verdad, sabiendo bien que no son posibles ni la reconciliación
ni la unidad contra o fuera de la verdad.
CAPÍTULO TERCERO
LA INICIATIVA DE DIOS Y EL MINISTERIO DE LA IGLESIA
10. Por ser una comunidad reconciliada y reconciliadora, la
Iglesia no puede olvidar que en el origen mismo de su don y de su
misión reconciliadora se halla la iniciativa llena de amor
compasivo y misericordioso del Dios que es amor(41) y que por amor ha
creado a los hombres;(42) los ha creado para que vivan en amistad con
Él y en mutua comunión.
La reconciliación viene de Dios
Dios es fiel a su designio eterno incluso cuando el hombre,
empujado por el Maligno(43) y arrastrado por su orgullo, abusa de la
libertad que le fue dada para amar y buscar el bien generosamente,
negándose a obedecer a su Señor y Padre; continúa
siéndolo incluso cuando el hombre, en lugar de responder con
amor al amor de Dios, se le enfrenta como a un rival, haciéndose
ilusiones y presumiendo de sus propias fuerzas, con la consiguiente
ruptura de relaciones con Aquel que lo creó. A pesar de esta
prevaricación del hombre, Dios permanece fiel al amor.
Ciertamente, la narración del paraíso del Edén
nos hace meditar sobre las funestas consecuencias del rechazo del
Padre, lo cual se traduce en un desorden en el interior del hombre y
en la ruptura de la armonía entre hombre y mujer, entre
hermano y hermano.(44) También la parábola evangélica
de los dos hijos —que de formas diversas se alejan del padre,
abriendo un abismo entre ellos— es significativa. El rechazo
del amor paterno de Dios y de sus dones de amor está siempre
en la raíz de las divisiones de la humanidad.
Pero nosotros sabemos que Dios «rico en misericordia»(45)
a semejanza del padre de la parábola, no cierra el corazón
a ninguno de sus hijos. Él los espera, los busca, los
encuentra donde el rechazo de la comunión los hace prisioneros
del aislamiento y de la división, los llama a reunirse en
torno a su mesa en la alegría de la fiesta del perdón y
de la reconciliación.
Esta iniciativa de Dios se concreta y manifiesta en el acto
redentor de Cristo que se irradia en el mundo mediante el ministerio
de la Iglesia.
En efecto, según nuestra fe, el Verbo de Dios se hizo
hombre y ha venido a habitar la tierra de los hombres; ha entrado en
la historia del mundo, asumiéndola y recapitulándola en
sí.(46) Él nos ha revelado que Dios es amor y que nos
ha dado el «mandamiento nuevo»(47) del amor,
comunicándonos al mismo tiempo la certeza de que la vía
del amor se abre a todos los hombres, de tal manera que el esfuerzo
por instaurar la fraternidad universal no es vano.(48) Venciendo con
la muerte en la cruz el mal y el poder del pecado con su total
obediencia de amor, Él ha traído a todos la salvación
y se ha hecho «reconciliación» para todos. En Él
Dios ha reconciliado al hombre consigo mismo.
La Iglesia, continuando el anuncio de reconciliación que
Cristo hizo resonar por las aldeas de Galilea y de toda
Palestina,(49) no cesa de invitar a la humanidad entera a convertirse
y a creer en la Buena Nueva. Ella habla en nombre de Cristo, haciendo
suya la apelación del apóstol Pablo que ya hemos
mencionado: «Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios
os exhortase por medio de nosotros. Por eso os rogamos: reconciliaos
con Dios».(50)
Quien acepta esta llamada entra en la economía de la
reconciliación y experimenta la verdad contenida en aquel otro
anuncio de San Pablo, según el cual Cristo «es nuestra
paz; él hizo de los dos pueblos uno, derribando el muro de
separación, la enemistad... estableciendo la paz, y
reconciliándolos a ambos en un solo cuerpo con Dios por la
cruz».(51) Aunque este texto se refiere directamente a la
superación de la división religiosa dentro de Israel en
cuanto pueblo elegido del Antiguo Testamento y a los otros pueblos
llamados todos ellos a formar parte de la Nueva Alianza, en él
encontramos, sin embargo, la afirmación de la nueva
universalidad espiritual, querida por Dios y por Él realizada
mediante el sacrificio de su Hijo, el Verbo hecho hombre, en favor de
todos aquellos que se convierten y creen en Cristo, sin exclusiones
ni limitaciones de ninguna clase. Por tanto, todos —cada
hombre, cada pueblo— hemos sido llamados a gozar de los frutos
de esta reconciliación querida por Dios.
La Iglesia, gran sacramento de reconciliación
11. La Iglesia tiene la misión de anunciar esta
reconciliación y de ser el sacramento de la misma en el mundo.
Sacramento, o sea, signo e instrumento de reconciliación es la
Iglesia por diferentes títulos de diverso valor, pero todos
ellos orientados a obtener lo que la iniciativa divina de
misericordia quiere conceder a los hombres.
Lo es, sobre todo, por su existencia misma de comunidad
reconciliada, que testimonia y representa en el mundo la obra de
Cristo.
Además, lo es por su servicio como guardiana e intérprete
de la Sagrada Escritura, qu es gozosa nueva de reconciliación
en cuanto que, generación tras generación, hace conocer
el designio amoroso de Dios e indica a cada una de ellas los caminos
de la reconciliación universal en Cristo.
Por último, lo es también por los siete sacramentos
que, cada uno de ellos en modo peculiar «edifican la
Iglesia».(52) De hecho, puesto que conmemoran y renuevan el
misterio de la Pascua de Cristo, todos los sacramentos son fuente de
vida para la Iglesia y, en sus manos, instrumentos de conversión
a Dios y de reconciliación de los hombres.
Otras vías de reconciliación
12. La misión reconciliadora es propia de toda la Iglesia,
y en modo particular de aquella que ya ha sido admitida a la
participación plena de la gloria divina con la Virgen María,
con los Ángeles y los Santos, que contemplan y adoran al Dios
tres veces santo. Iglesia del cielo, Iglesia de la tierra e Iglesia
del purgatorio están misteriosamente unidas en esta
cooperación con Cristo en reconciliar el mundo con Dios.
La primera vía de esta acción salvífica es la
oración. Sin duda la Virgen, Madre de Dios y de la
Iglesia,(53) y los Santos, que llegaron ya al final del camino
terreno y gozan de la gloria de Dios, sostienen con su intercesión
a sus hermanos peregrinos en el mundo, en un esfuerzo de conversión,
de fe, de levantarse tras cada caída, de acción para
hacer crecer la comunión y la paz en la Iglesia y en el mundo.
En el misterio de la comunión de los Santos la reconciliación
universal se actúa en su forma más profunda y más
fructífera para la salvación común.
Existe además otra vía: la de la predicación.
Siendo discípula del único Maestro Jesucristo, la
Iglesia, a su vez, como Madre y Maestra, no se cansa de proponer a
los hombres la reconciliación y no duda en denunciar la
malicia del pecado, en proclamar la necesidad de la conversión,
en invitar y pedir a los hombres «reconciliarse con Dios».
En realidad esta es su misión profética en el mundo de
hoy como en el de ayer; es la misma misión de su Maestro y
Cabeza, Jesús. Como Él, la Iglesia realizará
siempre tal misión con sentimientos de amor misericordioso y
llevará a todos la palabra de perdón y la invitación
a la esperanza que viene de la cruz.
Existe también la vía, frecuentemente difícil
y áspera, de la acción pastoral para devolver a cada
hombre —sea quien sea y dondequiera se halle— al camino,
a veces largo, del retorno al Padre en comunión con todos los
hermanos.
Existe, finalmente, la vía, casi siempre silenciosa, del
testimonio, la cual nace de una doble convicción de la
Iglesia: la de ser en sí misma «indefectiblemente
santa»,(54) pero a la vez necesitada de ir «purificándose
día a día hasta que Cristo la haga comparecer ante sí
gloriosa, sin manchas ni arrugas» pues, a causa de nuestros
pecados a veces «su rostro resplandece menos» a los ojos
de quien la mira.(55) Este testimonio no puede menos de asumir dos
aspectos fundamentales: ser signo de aquella caridad universal que
Jesucristo ha dejado como herencia a sus seguidores cual prueba de
pertenecer a su reino, y traducirse en obras siempre nuevas de
conversión y de reconciliación dentro y fuera de la
Iglesia, con la superación de las tensiones, el perdón
recíproco, y con el crecimiento del espíritu de
fraternidad y de paz que ha de propagar en el mundo entero. A lo
largo de esta vía la Iglesia podrá actuar eficazmente
para que pueda surgir la que mi Predecesor Pablo VI llamó la
«civilización del amor».
SEGUNDA PARTE
EL AMOR MÁS GRANDE QUE EL PECADO
El drama del hombre
13. Como escribe el apóstol San Juan: «Si decimos que
estamos sin pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la
verdad no está con nosotros. Si reconocemos nuestros pecados,
Él que es fiel y justo nos perdonará los pecados».(56)
Estas palabras inspiradas, escritas en los albores de la Iglesia, nos
introducen mejor que cualquier otra expresión humana en el
tema del pecado, que está íntimamente relacionado con
el de la reconciliación. Tales palabras enfocan el problema
del pecado en su perspectiva antropológica como parte
integrante de la verdad sobre el hombre, mas lo encuadran
inmediatamente en el horizonte divino, en el que el pecado se
confronta con la verdad del amor divino, justo, generoso y fiel, que
se manifiesta sobre todo con el perdón y la redención.
Por ello, el mismo San Juan escribe un poco más adelante que
«si nuestro corazón nos reprocha algo, Dios es más
grande que nuestro corazón».(57)
Reconocer el propio pecado, es más, —yendo aún
más a fondo en la consideración de la propia
personalidad— reconocerse pecador, capaz de pecado e inclinado
al pecado, es el principio indispensable para volver a Dios. Es la
experiencia ejemplar de David, quien «tras haber cometido el
mal a los ojos del Señor», al ser reprendido por el
profeta Natán(58) exclama: «Reconozco mi culpa, mi
pecado está siempre ante mí. Contra ti, contra ti sólo
pequé, cometí la maldad que aborreces».(59) El
mismo Jesús pone en la boca y en el corazón del hijo
pródigo aquellas significativas palabras: «Padre, he
pecado contra el cielo y contra ti».(60)
En realidad, reconciliarse con Dios presupone e incluye desasirse
con lucidez y determinación del pecado en el que se ha caído.
Presupone e incluye, por consiguiente, hacer penitencia en el sentido
más completo del término: arrepentirse, mostrar
arrepentimiento, tomar la actitud concreta de arrepentido, que es la
de quien se pone en el camino del retorno al Padre. Esta es una ley
general que cada cual ha de seguir en la situación particular
en que se halla. En efecto, no puede tratarse sobre el pecado y la
conversión solamente en términos abstractos.
En la condición concreta del hombre pecador, donde no puede
existir conversión sin el reconocimiento del propio pecado, el
ministerio de reconciliación de la Iglesia interviene en cada
caso con una finalidad claramente penitencial, esto es, la de
conducir al hombre al «conocimiento de sí mismo»
según la expresión de Santa Catalina de Siena;(61) a
apartarse del mal, al restablecimiento de la amistad con Dios, a la
reforma interior, a la nueva conversión eclesial. Podría
incluso decirse que más allá del ámbito de la
Iglesia y de los creyentes, el mensaje y el ministerio de la
penitencia son dirigidos a todos los hombres, porque todos tienen
necesidad de conversión y reconciliación.(62)
Para llevar a cabo de modo adecuado dicho ministerio penitencial,
es necesario, además, superar con los «ojos
iluminados»(63) de la fe, las consecuencias del pecado, que son
motivo de división y de ruptura, no sólo en el interior
de cada hombre, sino también en los diversos círculos
en que él vive: familiar, ambiental, profesional, social, como
tantas veces se puede constatar experimentalmente, y como confirma la
página bíblica sobre la ciudad de Babel y su torre.(64)
Afanados en la construcción de lo que debería ser a la
vez símbolo y centro de unidad, aquellos hombres vienen a
encontrarse más dispersos que antes, confundidos en el
lenguaje, divididos entre sí, e incapaces de ponerse de
acuerdo.
¿Por qué falló aquel ambicioso proyecto? ¿Por
qué «se cansaron en vano los constructores»?(65)
Porque los hombres habían puesto como señal y garantía
de la deseada unidad solamente una obra de sus manos olvidando la
acción del Señor. Habían optado por la sola
dimensión horizontal del trabajo y de la vida social, no
prestando atención a aquella vertical con la que se hubieran
encontrado enraizados en Dios, su Creador y Señor, y
orientados hacia Él como fin último de su camino.
Ahora bien, se puede decir que el drama del hombre de hoy —como
el del hombre de todos los tiempos— consiste precisamente en su
carácter babélico.
CAPÍTULO PRIMERO
EL MISTERIO DEL PECADO
14. Si leemos la página bíblica de la ciudad y de la
torre de Babel a la nueva luz del Evangelio, y la comparamos con
aquella otra página sobre la caída de nuestros primeros
padres, podemos sacar valiosos elementos para una toma de conciencia
del misterio del pecado. Esta expresión, en la que resuena el
eco de lo que escribe San Pablo sobre el misterio de la
iniquidad,(66) se orienta a hacernos percibir lo que de oscuro e
inaprensible se oculta en el pecado. Este es sin duda, obra de la
libertad del hombre;mas dentro de su mismo peso humano obran factores
por razón de los cuales el pecado se sitúa mas allá
de lo humano, en aquella zona límite donde la conciencia, la
voluntad y la sensibilidad del hombre están en contacto con
las oscuras fuerzas que, según San Pablo, obran en el mundo
hasta enseñorearse de él.(67)
La desobediencia a Dios
De la narración bíblica referente a la construcción
de la torre de Babel emerge un primer elemento que nos ayuda a
comprender el pecado: los hombres han pretendido edificar una ciudad,
reunirse en un conjunto social, ser fuertes y poderosos sin Dios, o
incluso contra Dios.(68) En este sentido, la narración del
primer pecado en el Edén y la narración de Babel, a
pesar de las notables diferencias de contenido y de forma entre
ellas, tienen un punto de convergencia: en ambas nos encontramos ante
una exclusión de Dios, por la oposición frontal a un
mandamiento suyo, por un gesto de rivalidad hacia él, por la
engañosa pretensión de ser «como él».(69)
En la narración de Babel la exclusión de Dios no
aparece en clave de contraste con él, sino como olvido e
indiferencia ante él; como si Dios no mereciese ningún
interés en el ámbito del proyecto operativo y
asociativo del hombre. Pero en ambos casos la relación con
Dios es rota con violencia. En el caso del Edén aparece en
toda su gravedad y dramaticidad lo que constituye la esencia más
íntima y más oscura del pecado: la desobediencia a
Dios, a su ley, a la norma moral que él dio al hombre,
escribiéndola en el corazón y confirmándola y
perfeccionándola con la revelación.
Exclusión de Dios, ruptura con Dios, desobediencia a Dios;
a lo largo de toda la historia humana esto ha sido y es bajo formas
diversas el pecado, que puede llegar hasta la negación de Dios
y de su existencia; es el fenómeno llamado ateísmo.
Desobediencia del hombre que no reconoce mediante un acto de su
libertad el dominio de Dios sobre la vida, al menos en aquel
determinado momento en que viola su ley.
La división entre hermanos
15. En las narraciones bíblicas antes recordadas, la
ruptura con Dios desemboca dramáticamente en la división
entre los hermanos.
En la descripción del «primer pecado», la
ruptura con Yavé rompe al mismo tiempo el hilo de la amistad
que unía a la familia humana, de tal manera que las páginas
siguientes del Génesis nos muestran al hombre y a la mujer
como si apuntaran su dedo acusando el uno hacia el otro;(70) y más
adelante el hermano que, hostil a su hermano, termina quitándole
la vida.(71)
Según la narración de los hechos de Babel la
consecuencia del pecado es la desunión de la familia humana,
ya iniciada con el primer pecado, y que llega ahora al extremo en su
forma social.
Quien desee indagar el misterio del pecado no podrá dejar
de considerar esta concatenación de causa y efecto. En cuanto
ruptura con Dios el pecado es el acto de desobediencia de una
criatura que, al menos implícitamente, rechaza a aquel de
quien salió y que la mantiene en vida; es, por consiguiente,
un acto suicida. Puesto que con el pecado el hombre se niega a
someterse a Dios, también su equilibrio interior se rompe y se
desatan dentro de sí contradicciones y conflictos. Desgarrado
de esta forma el hombre provoca casi inevitablemente una ruptura en
sus relaciones con los otros hombres y con el mundo creado. Es una
ley y un hecho objetivo que pueden comprobarse en tantos momentos de
la psicología humana y de la vida espiritual, así como
en la realidad de la vida social, en la que fácilmente pueden
observarse repercusiones y señales del desorden interior.
El misterio del pecado se compone de esta doble herida, que el
pecador abre en su propio costado y en relación con el
prójimo. Por consiguiente, se puede hablar de pecado personal
y social. Todo pecado es personal bajo un aspecto; bajo otro aspecto,
todo pecado es social, en cuanto y debido a que tiene también
consecuencias sociales.
Pecado personal y pecado social
16. El pecado, en sentido verdadero y propio, es siempre un acto
de la persona, porque es un acto libre de la persona individual, y no
precisamente de un grupo o una comunidad. Este hombre puede estar
condicionado, apremiado, empujado por no pocos ni leves factores
externos; así como puede estar sujeto también a
tendencias, taras y costumbres unidas a su condición personal.
En no pocos casos dichos factores externos e internos pueden atenuar,
en mayor o menor grado, su libertad y, por lo tanto, su
responsabilidad y culpabilidad. Pero es una verdad de fe, confirmada
también por nuestra experiencia y razón, que la persona
humana es libre. No se puede ignorar esta verdad con el fin de
descargar en realidades externas —las estructuras, los
sistemas, los demás— el pecado de los individuos.
Después de todo, esto supondría eliminar la dignidad y
la libertad de la persona, que se revelan —aunque sea de modo
tan negativo y desastroso— también en esta
responsabilidad por el pecado cometido. Y así, en cada hombre
no existe nada tan personal e intrasferible como el mérito de
la virtud o la responsabilidad de la culpa.
Por ser el pecado una acción de la persona, tiene sus
primeras y más importantes consecuencias en el pecador mismo,
o sea, en la relación de éste con Dios —que es el
fundamento mismo de la vida humana— y en su espíritu,
debilitando su voluntad y oscureciendo su inteligencia.
Llegados a este punto hemos de preguntarnos a qué realidad
se referían los que, en la preparación del Sínodo
y durante los trabajos sinodales, mencionaron con cierta frecuencia
el pecado social.
La expresión y el concepto que a ella está unido,
tienen, en verdad, diversos significados.
Hablar de pecado social quiere decir, ante todo, reconocer que, en
virtud de una solidaridad humana tan misteriosa e imperceptible como
real y concreta, el pecado de cada uno repercute en cierta manera en
los demás. Es ésta la otra cara de aquella solidaridad
que, a nivel religioso, se desarrolla en el misterio profundo y
magnífico de la comunión de los santos, merced a la
cual se ha podido decir que «toda alma que se eleva, eleva al
mundo».(72) A esta ley de la elevación corresponde, por
desgracia, la ley del descenso, de suerte que se puede hablar de una
comunión del pecado, por el que un alma que se abaja por el
pecado abaja consigo a la Iglesia y, en cierto modo, al mundo entero.
En otras palabras, no existe pecado alguno, aun el más íntimo
y secreto, el más estrictamente individual, que afecte
exclusivamente a aquel que lo comete. Todo pecado repercute, con
mayor o menor intensidad, con mayor o menor daño en todo el
conjunto eclesial y en toda la familia humana. Según esta
primera acepción, se puede atribuir indiscutiblemente a cada
pecado el carácter de pecado social.
Algunos pecados, sin embargo, constituyen, por su mismo objeto,
una agresión directa contra el prójimo y —más
exactamente según el lenguaje evangélico— contra
el hermano. Son una ofensa a Dios, porque ofenden al prójimo.
A estos pecados se suele dar el nombre de sociales, y ésta es
la segunda acepción de la palabra. En este sentido es social
el pecado contra el amor del prójimo, que viene a ser mucho
más grave en la ley de Cristo porque está en juego el
segundo mandamiento que es «semejante al primero».(73) Es
igualmente social todo pecado cometido contra la justicia en las
relaciones tanto interpersonales como en las de la persona con la
sociedad, y aun de la comunidad con la persona. Es social todo pecado
cometido contra los derechos de la persona humana, comenzando por el
derecho a la vida, sin excluir la del que está por nacer, o
contra la integridad física de alguno; todo pecado contra la
libertad ajena, especialmente contra la suprema libertad de creer en
Dios y de adorarlo; todo pecado contra la dignidad y el honor del
prójimo. Es social todo pecado contra el bien común y
sus exigencias, dentro del amplio panorama de los derechos y deberes
de los ciudadanos. Puede ser social el pecado de obra u omisión
por parte de dirigentes políticos, económicos y
sindicales, que aun pudiéndolo, no se empeñan con
sabiduría en el mejoramiento o en la transformación de
la sociedad según las exigencias y las posibilidades del
momento histórico; así como por parte de trabajadores
que no cumplen con sus deberes de presencia y colaboración,
para que las fábricas puedan seguir dando bienestar a ellos
mismos, a sus familias y a toda la sociedad.
La tercera acepción de pecado social se refiere a las
relaciones entre las distintas comunidades humanas. Estas relaciones
no están siempre en sintonía con el designio de Dios,
que quiere en el mundo justicia, libertad y paz entre los individuos,
los grupos y los pueblos. Así la lucha de clases, cualquiera
que sea su responsable y, a veces, quien la erige en sistema, es un
mal social. Así la contraposición obstinada de los
bloques de Naciones y de una Nación contra la otra, de unos
grupos contra otros dentro de la misma Nación, es también
un mal social. En ambos casos, puede uno preguntarse si se puede
atribuir a alguien la responsabilidad moral de estos males y, por lo
tanto, el pecado. Ahora bien, se debe pues admitir que realidades y
situaciones, como las señaladas, en su modo de generalizarse y
hasta agigantarse como hechos sociales, se convierten casi siempre en
anónimas, así como son complejas y no siempre
identificables sus causas. Por consiguiente, si se habla de pecado
social, aquí la expresión tiene un significado
evidentemente analógico.
En todo caso hablar de pecados sociales, aunque sea en sentido
analógico, no debe inducir a nadie a disminuir la
responsabilidad de los individuos, sino que quiere ser una llamada a
las conciencias de todos para que cada uno tome su responsabilidad,
con el fin de cambiar seria y valientemente esas nefastas realidades
y situaciones intolerables.
Dado por sentado todo esto en el modo más claro e
inequívoco hay que añadir inmediatamente que no es
legítimo ni aceptable un significado de pecado social, —por
muy usual que sea hoy en algunos ambientes,(74)— que al oponer,
no sin ambiguedad, pecado social y pecado personal, lleva más
o menos inconscientemente a difuminar y casi a borrar lo personal,
para admitir únicamente culpas y responsabilidades sociales.
Según este significado, que revela fácilmente su
derivación de ideologías y sistemas no cristianos —tal
vez abandonados hoy por aquellos mismos que han sido sus paladines—,
prácticamente todo pecado sería social, en el sentido
de ser imputable no tanto a la conciencia moral de una persona,
cuanto a una vaga entidad y colectividad anónima, que podría
ser la situación, el sistema, la sociedad, las estructuras, la
institución.
Ahora bien la Iglesia, cuando habla de situaciones de pecado o
denuncia como pecados sociales determinadas situaciones o
comportamientos colectivos de grupos sociales más o menos
amplios, o hasta de enteras Naciones y bloques de Naciones, sabe y
proclama que estos casos de pecado social son el fruto, la
acumulación y la concentración de muchos pecados
personales. Se trata de pecados muy personales de quien engendra,
favorece o explota la iniquidad; de quien, pudiendo hacer algo por
evitar, eliminar, o, al menos, limitar determinados males sociales,
omite el hacerlo por pereza, miedo y encubrimiento, por complicidad
solapada o por indiferencia; de quien busca refugio en la presunta
imposibilidad de cambiar el mundo; y también de quien pretende
eludir la fatiga y el sacrificio, alegando supuestas razones de orden
superior. Por lo tanto, las verdaderas responsabilidades son de las
personas.
Una situación —como una institución, una
estructura, una sociedad— no es, de suyo, sujeto de actos
morales; por lo tanto, no puede ser buena o mala en sí misma.
En el fondo de toda situación de pecado hallamos siempre
personas pecadoras. Esto es tan cierto que, si tal situación
puede cambiar en sus aspectos estructurales e institucionales por la
fuerza de la ley o —como por desgracia sucede muy a menudo,—
por la ley de la fuerza, en realidad el cambio se demuestra
incompleto, de poca duración y, en definitiva, vano e
ineficaz, por no decir contraproducente, si no se convierten las
personas directa o indirectamente responsables de tal situación.
Mortal y venial
17. Pero he aquí, en el misterio del pecado, una nueva
dimensión sobre la que la mente del hombre jamás ha
dejado de meditar: la de su gravedad. Es una cuestión
inevitable, a la que la conciencia cristiana nunca ha renunciado a
dar una respuesta: ¿por qué y en qué medida el
pecado es grave en la ofensa que hace a Dios y en su repercusión
sobre el hombre? La Iglesia tiene su doctrina al respecto, y la
reafirma en sus elementos esenciales, aun sabiendo que no es siempre
fácil, en las situaciones concretas, deslindar netamente los
confines.
Ya en el Antiguo Testamento, para no pocos pecados —los
cometidos con deliberación,(75) las diversas formas de
impudicicia,(76) idolatría,(77) culto a los falsos dioses(78)—
se declaraba que el reo debía ser «eliminado de su
pueblo», lo que podía también significar ser
condenado a muerte.(79) A estos pecados se contraponían otros,
sobre todo los cometidos por ignorancia, que eran perdonados mediante
un sacrificio.(80)
Refiriéndose también a estos textos, la Iglesia,
desde hace siglos, constantemente habla de pecado mortal y de pecado
venial. Pero esta distinción y estos términos se
esclarecen sobre todo en el Nuevo Testamento, donde se encuentran
muchos textos que enumeran y reprueban con expresiones duras los
pecados particularmente merecedores de condena,(81) además de
la ratificación del Decálogo hecha por el mismo
Jesús.(82) Quiero referirme aqui de modo especial a dos
páginas significativas e impresionantes.
San Juan, en un texto de su primera Carta, habla de un pecado que
conduce a la muerte (pròs thánaton) en contraposición
a un pecado que no conduce a la muerte (mè pròs
thánaton).(83) Obviamente, aquí el concepto de muerte
es espiritual: se trata de la pérdida de la verdadera vida o
«vida eterna», que para Juan es el conocimiento del Padre
y del Hijo,(84) la comunión y la intimidad entre ellos. El
pecado que conduce a la muerte parece ser en este texto la negación
del Hijo,(85) o el culto a las falsas divinidades.(86) De cualquier
modo con esta distinción de conceptos, Juan parece querer
acentuar la incalculable gravedad de lo que es la esencia del pecado,
el rechazo de Dios, que se realiza sobre todo en la apostasía
y en la idolatría, o sea en repudiar la fe en la verdad
revelada y en equiparar con Dios ciertas realidades creadas,
elevándolas al nivel de ídolos o falsos dioses.(87)
Pero el Apóstol en esa página intenta también
poner en claro la certeza que recibe el cristiano por el hecho de ser
«nacido de Dios» y por la venida del Hijo: existe en él
una fuerza que lo preserva de la caída del pecado; Dios lo
custodia, «el Maligno no lo toca». Porque si peca por
debilidad o ignorancia, existe en él la esperanza de la
remisión, gracias también a la ayuda que le proviene de
la oración común de los hermanos.
En otro texto del Nuevo Testamento, en el Evangelio de Mateo,(88)
el mismo Jesús habla de una «blasfemia contra el
Espíritu Santo», la cual es «irremisible»,
ya que ella es, en sus manifestaciones, un rechazo obstinado de
conversión al amor del Padre de las misericordias.
Es claro que se trata de expresiones extremas y radicales del
rechazo de Dios y de su gracia y, por consiguiente, de la oposición
al principio mismo de la salvación,(89) por las que el hombre
parece cerrarse voluntariamente la vía de la remisión.
Es de esperar que pocos quieran obstinarse hasta el final en esta
actitud de rebelión o, incluso, de desafío contra Dios,
el cual, por otro lado, en su amor misericordioso es más
fuerte que nuestro corazón —como nos enseña
también San Juan(90)— y puede vencer todas nuestras
resistencias psicológicas y espirituales, de manera que —como
escribe Santo Tomás de Aquino— «no hay que
desesperar de la salvación de nadie en esta vida, considerada
la omnipotencia y la misericordia de Dios».(91)
Pero ante el problema del encuentro de una voluntad rebelde con
Dios, infinitamente justo, no se puede dejar de abrigar saludables
sentimientos de «temor y temblor», como sugiere San
Pablo;(92) mientras la advertencia de Jesús sobre el pecado
que no es «remisible» confirma la existencia de culpas,
que pueden ocasionar al pecador «la muerte eterna» como
pena.
A la luz de estos y otros textos de la Sagrada Escritura, los
doctores y los teólogos, los maestros de la vida espiritual y
los pastores han distinguido los pecados en mortales y veniales. San
Agustín, entre otros, habla de letalia o mortifera crimina,
oponiéndolos a venialia, levia o quotidiana.(93) El
significado que él atribuye a estos calificativos influirá
en el Magisterio posterior de la Iglesia. Después de él,
será Santo Tomás de Aquino el que formulará en
los términos más claros posibles la doctrina que se ha
hecho constante en la Iglesia.
Al definir y distinguir los pecados mortales y veniales, no podría
ser ajena a Santo Tomás y a la teología sobre el
pecado, que se basa en su enseñanza, la referencia bíblica
y, por consiguiente, el concepto de muerte espiritual. Según
el Doctor Angélico, para vivir espiritualmente, el hombre debe
permanecer en comunión con el supremo principio de la vida,
que es Dios, en cuanto es el fin último de todo su ser y
obrar. Ahora bien, el pecado es un desorden perpetrado por el hombre
contra ese principio vital. Y cuando «por medio del pecado, el
alma comete una acción desordenada que llega hasta la
separación del fin último —Dios— al que
está unida por la caridad, entonces se da el pecado mortal;
por el contrario, cada vez que la acción desordenada permanece
en los límites de la separación de Dios, entonces el
pecado es venial».(94) Por esta razón, el pecado venial
no priva de la gracia santificante, de la amistad con Dios, de la
caridad, ni, por lo tanto, de la bienaventuranza eterna, mientras que
tal privación es precisamente consecuencia del pecado mortal.
Considerando además el pecado bajo el aspecto de la pena
que incluye, Santo Tomás con otros doctores llama mortal al
pecado que, si no ha sido perdonado, conlleva una pena eterna; es
venial el pecado que merece una simple pena temporal (o sea parcial y
expiable en la tierra o en el purgatorio).
Si se mira además a la materia del pecado, entonces las
ideas de muerte, de ruptura radical con Dios, sumo bien, de
desviación del camino que lleva a Dios o de in terrupción
del camino hacia Él (modos todos ellos de definir el pecado
mortal) se unen con la idea de gravedad del contenido objetivo; por
esto, el pecado grave se identifica prácticamente, en la
doctrina y en la acción pastoral de la Iglesia, con el pecado
mortal.
Recogemos aquí el núcleo de la enseñanza
tradicional de la Iglesia, reafirmada con frecuencia y con vigor
durante el reciente Sínodo. En efecto, éste no sólo
ha vuelto a afirmar cuanto fue proclamado por el Concilio de Trento
sobre la existencia y la naturaleza de los pecados mortales y
veniales,(95) sino que ha querido recordar que es pecado mortal lo
que tiene como objeto una materia grave y que, además, es
cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento. Es un
deber añadir —como se ha hecho también en el
Sínodo— que algunos pecados, por razón de su
materia, son intrínsecamente graves y mortales. Es decir,
existen actos que, por sí y en sí mismos,
independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente
ilícitos por razón de su objeto. Estos actos, si se
realizan con el suficiente conocimiento y libertad, son siempre culpa
grave.(96)
Esta doctrina basada en el Decálogo y en la predicación
del Antiguo Testamento, recogida en el Kérigma de los
Apóstoles y perteneciente a la más antigua enseñanza
de la Iglesia que la repite hasta hoy, tiene una precisa confirmación
en la experiencia humana de todos los tiempos. El hombre sabe bien,
por experiencia, que en el camino de fe y justicia que lo lleva al
conocimiento y al amor de Dios en esta vida y hacia la perfecta unión
con él en la eternidad, puede detenerse o distanciarse, sin
por ello abandonar la vida de Dios; en este caso se da el pecado
venial, que, sin embargo, no deberá ser atenuado como si
automáticamente se convirtiera en algo secundario o en un
«pecado de poca importancia».
Pero el hombre sabe también, por una experiencia dolorosa,
que mediante un acto consciente y libre de su voluntad puede volverse
atrás, caminar en el sentido opuesto al que Dios quiere y
alejarse así de Él (aversio a Deo), rechazando la
comunión de amor con Él, separándose del
principio de vida que es Él, y eligiendo, por lo tanto, la
muerte.
Siguiendo la tradición de la Iglesia, llamamos pecado
mortal al acto, mediante el cual un hombre, con libertad y
conocimiento, rechaza a Dios, su ley, la alianza de amor que Dios le
propone, prefiriendo volverse a sí mismo, a alguna realidad
creada y finita, a algo contrario a la voluntad divina (conversio ad
creaturam). Esto puede ocurrir de modo directo y formal, como en los
pecados de idolatría, apostasía y ateísmo; o de
modo equivalente, como en todos los actos de desobediencia a los
mandamientos de Dios en materia grave. El hombre siente que esta
desobediencia a Dios rompe la unión con su principio vital: es
un pecado mortal, o sea un acto que ofende gravemente a Dios y
termina por volverse contra el mismo hombre con una oscura y poderosa
fuerza de destrucción.
Durante la asamblea sinodal algunos Padres propusieron una triple
distinción de los pecados, que podrían clasificarse en
veniales, graves y mortales. Esta triple distinción podría
poner de relieve el hecho de que existe una gradación en los
pecados graves. Pero queda siempre firme el principio de que la
distinción esencial y decisiva está entre el pecado que
destruye la caridad y el pecado que no mata la vida sobrenatural;
entre la vida y la muerte no existe una vía intermedia.
Del mismo modo se deberá evitar reducir el pecado mortal a
un acto de «opción fundamental» —como hoy se
suele decir— contra Dios, entendiendo con ello un desprecio
explícito y formal de Dios o del prójimo. Se comete, en
efecto, un pecado mortal también, cuando el hombre, sabiendo y
queriendo elige, por cualquier razón, algo gravemente
desordenado. En efecto, en esta elección está ya
incluido un desprecio del precepto divino, un rechazo del amor de
Dios hacia la humanidad y hacia toda la creación: el hombre se
aleja de Dios y pierde la caridad. La orientación fundamental
puede pues ser radicalmente modificada por actos particulares. Sin
duda pueden darse situaciones muy complejas y oscuras bajo el aspecto
psicológico, que influyen en la imputabilidad subjetiva del
pecador. Pero de la consideración de la esfera psicológica
no se puede pasar a la constitución de una categoría
teológica, como es concretamente la «opción
fundamental» entendida de tal modo que, en el plano objetivo,
cambie o ponga en duda la concepción tradicional de pecado
mortal.
Si bien es de apreciar todo intento sincero y prudente de
clarificar el misterio psicológico y teológico del
pecado, la Iglesia, sin embargo, tiene el deber de recordar a todos
los estudiosos de esta materia, por un lado, la necesidad de ser
fieles a la Palabra de Dios que nos instruye también sobre el
pecado; y, por el otro, el riesgo que se corre de contribuir a
atenuar más aún, en el mundo contemporáneo, el
sentido del pecado.
Pérdida del sentido del pecado
18. A través del Evangelio leído en la comunión
eclesial, la conciencia cristiana ha adquirido, a lo largo de las
generaciones, una fina sensibilidad y una aguda percepción de
los fermentos de muerte, que están contenidos en el pecado.
Sensibilidad y capacidad de percepción también para
individuar estos fermentos en las múltiples formas asumidas
por el pecado, en los tantos aspectos bajo los cuales se presenta. Es
lo que se llama el sentido del pecado.
Este sentido tiene su raíz en la conciencia moral del
hombre y es como su termómetro. Está unido al sentido
de Dios, ya que deriva de la relación consciente que el hombre
tiene con Dios como su Creador, Señor y Padre. Por
consiguiente, así como no se puede eliminar completamente el
sentido de Dios ni apagar la conciencia, tampoco se borra jamás
completamente el sentido del pecado.
Sin embargo, sucede frecuentemente en la historia, durante
períodos de tiempo más o menos largos y bajo la
influencia de múltiples factores, que se oscurece gravemente
la conciencia moral en muchos hombres. «¿Tenemos una
idea justa de la conciencia?» —preguntaba yo hace dos
años en un coloquio con los fieles— . «¿No
vive el hombre contemporáneo bajo la amenaza de un eclipse de
la conciencia, de una deformación de la conciencia, de un
entorpecimiento o de una "anestesia" de la
conciencia?».(97) Muchas señales indican que en nuestro
tiempo existe este eclipse, que es tanto más inquietante, en
cuanto esta conciencia, definida por el Concilio como «el núdeo
más secreto y el sagrario del hombre»,(98) está
«íntimamente unida a la libertad del hombre (...). Por
esto la conciencia, de modo principal, se encuentra en la base de la
dignidad interior del hombre y, a la vez, de su relación con
Dios».(99) Por lo tanto, es inevitable que en esta situación
quede oscurecido también el sentido del pecado, que está
íntimamente unido a la conciencia moral, a la búsqueda
de la verdad, a la voluntad de hacer un uso responsable de la
libertad. Junto a la conciencia queda también oscurecido el
sentido de Dios, y entonces, perdido este decisivo punto de
referencia interior, se pierde el sentido del pecado. He aquí
por qué mi Predecesor Pio XII, con una frase que ha llegado a
ser casi proverbial, pudo declarar en una ocasión que «el
pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado».(100)
¿Por qué este fenómeno en nuestra época?
Una mirada a determinados elementos de la cultura actual puede
ayudarnos a entender la progresiva atenuación del sentido del
pecado, debido precisamente a la crisis de la conciencia y del
sentido de Dios antes indicada.
El «secularismo» que por su misma naturaleza y
definición es un movimiento de ideas y costumbres, defensor de
un humanismo que hace total abstracción de Dios, y que se
concentra totalmente en el culto del hacer y del producir, a la vez
que embriagado por el consumo y el placer, sin preocuparse por el
peligro de «perder la propia alma», no puede menos de
minar el sentido del pecado. Este último se reducirá a
lo sumo a aquello que ofende al hombre. Pero precisamente aquí
se impone la amarga experiencia a la que hacía yo referencia
en mi primera Encíclica, o sea que el hombre puede construir
un mundo sin Dios, pero este mundo acabará por volverse contra
el hombre.(101) En realidad, Dios es la raíz y el fin supremo
del hombre y éste lleva en sí un germen divino.(102)
Por ello, es la realidad de Dios la que descubre e ilumina el
misterio del hombre. Es vano, por lo tanto, esperar que tenga
consistencia un sentido del pecado respecto al hombre y a los valores
humanos, si falta el sentido de la ofensa cometida contra Dios, o
sea, el verdadero sentido del pecado.
Se diluye este sentido del pecado en la sociedad contemporánea
también a causa de los equívocos en los que se cae al
aceptar ciertos resultados de la ciencia humana. Así, en base
a determinadas afirmaciones de la psicología, la preocupación
por no culpar o por no poner frenos a la libertad, lleva a no
reconocer jamás una falta. Por una indebida extrapolación
de los criterios de la ciencia sociológica se termina —como
ya he indicado— con cargar sobre la sociedad todas las culpas
de las que el individuo es declarado inocente. A su vez, también
una cierta antropología cultural, a fuerza de agrandar los
innegables condicionamientos e influjos ambientales e históricos
que actúan en el hombre, limita tanto su responsabilidad que
no le reconoce la capacidad de ejecutar verdaderos actos humanos y,
por lo tanto, la posibilidad de pecar.
Disminuye fácilmente el sentido del pecado también a
causa de una ética que deriva de un determinado relativismo
historicista. Puede ser la ética que relativiza la norma
moral, negando su valor absoluto e incondicional, y negando,
consiguientemente, que puedan existir actos intrínsecamente
ilícitos, independientemente de las circunstancias en que son
realizados por el sujeto.
Se trata de un verdadero «vuelco o de una caída de
valores morales» y «el problema no es sólo de
ignorancia de la ética cristiana», sino «más
bien del sentido de los fundamentos y los criterios de la actitud
moral».(103) El efecto de este vuelco ético es también
el de amortiguar la noción de pecado hasta tal punto que se
termina casi afirmando que el pecado existe, pero no se sabe quién
lo comete.
Se diluye finalmente el sentido del pecado, cuando éste
—como puede suceder en la enseñanza a los jóvenes,
en las comunicaciones de masa y en la misma vida familiar— se
identifica erróneamente con el sentimiento morboso de la culpa
o con la simple transgresión de normas y preceptos legales.
La pérdida del sentido del pecado es, por lo tanto, una
forma o fruto de la negación de Dios: no sólo de la
atea, sino además de la secularista. Si el pecado es la
interrupción de la relación filial con Dios para vivir
la propia existencia fuera de la obediencia a Él, entonces
pecar no es solamente negar a Dios; pecar es también vivir
como si Él no existiera, es borrarlo de la propia existencia
diaria. Un modelo de sociedad mutilado o desequilibrado en uno u otro
sentido, como es sostenido a menudo por los medios de comunicación,
favorece no poco la pérdida progresiva del sentido del pecado.
En tal situación el ofuscamiento o debilitamiento del sentido
del pecado deriva ya sea del rechazo de toda referencia a lo
trascendente en nombre de la aspiración a la autonomía
personal, ya sea del someterse a modelos éticos impuestos por
el consenso y la costumbre general, aunque estén condenados
por la conciencia individual, ya sea de las dramáticas
condiciones socio-económicas que oprimen a gran parte de la
humanidad, creando la tendencia a ver errores y culpas sólo en
el ámbito de lo social; ya sea, finalmente y sobre todo, del
oscurecimiento de la idea de la paternidad de Dios y de su dominio
sobre la vida del hombre.
Incluso en el terreno del pensamiento y de la vida eclesial
algunas tendencias favorecen inevitablemente la decadencia del
sentido del pecado. Algunos, por ejemplo, tienden a sustituir
actitudes exageradas del pasado con otras exageraciones; pasan de ver
pecado en todo, a no verlo en ninguna parte; de acentuar demasiado el
temor de las penas eternas, a predicar un amor de Dios que excluiría
toda pena merecida por el pecado; de la severidad en el esfuerzo por
corregir las conciencias erróneas, a un supuesto respeto de la
conciencia, que suprime el deber de decir la verdad. Y ¿por
qué no añadir que la confusión, creada en la
conciencia de numerosos fieles por la divergencia de opiniones y
enseñanzas en la teología, en la predicación, en
la catequesis, en la dirección espiritual, sobre cuestiones
graves y delicadas de la moral cristiana, termina por hacer
disminuir, hasta casi borrarlo, el verdadero sentido del pecado? Ni
tampoco han de ser silenciados algunos defectos en la praxis de la
Penitencia sacramental: tal es la tendencia a ofuscar el significado
eclesial del pecado y de la conversión, reduciéndolos a
hechos meramente individuales, o por el contrario, a anular la
validez personal del bien y del mal por considerar exclusivamente su
dimensión comunitaria; tal es también el peligro, nunca
totalmente eliminado, del ritualismo de costumbre que quita al
Sacramento su significado pleno y su eficacia formativa.
Restablecer el sentido justo del pecado es la primera manera de
afrontar la grave crisis espiritual, que afecta al hombre de nuestro
tiempo. Pero el sentido del pecado se restablece únicamente
con una clara llamada a los principios inderogables de razón y
de fe que la doctrina moral de la Iglesia ha sostenido siempre.
Es lícito esperar que, sobre todo en el mundo cristiano y
eclesial, florezca de nuevo un sentido saludable del pecado. Ayudarán
a ello una buena catequesis, iluminada por la teología bíblica
de la Alianza, una escucha atenta y una acogida fiel del Magisterio
de la Iglesia, que no cesa de iluminar las conciencias, y una praxis
cada vez más cuidada del Sacramento de la Penitencia.
CAPÍTULO SEGUNDO
«MYSTERIUM PIETATIS»
19. Para conocer el pecado era necesario fijar la mirada en su
naturaleza, que se nos ha dado a conocer por la revelación de
la economía de la salvación: el pecado es el mysterium
iniquitatis. Pero en esta economía el pecado no es
protagonista, ni mucho menos vencedor. Contrasta como antagonista con
otro principio operante, que —empleando una bella y sugestiva
expresión de San Pablo— podemos llamar mysterium o
sacramentum pietatis. El pecado del hombre resultaría vencedor
y, al final, destructor; el designio salvífico de Dios
permanecería incompleto o, incluso, derrotado, si este
mysterium pietatis no se hubiera inserido en la dinámica de la
historia para vencer el pecado del hombre.
Encontramos esta expresión en una de las Cartas Pastorales
de San Pablo, en la primera a Timoteo. Esta aparece al improviso como
una inspiración que irrumpe. En efecto, el Apóstol ha
dedicado precedentemente largos párrafos de su mensaje al
discípulo predilecto con el fin de explicar el significado del
ordenamiento de la comunidad (el litúrgico y, unido a él,
el jerárquico); habla después del cometido de los jefes
de la comunidad, para referirse finalmente al comportamiento del
mismo Timoteo «en la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios
vivo, columna y fundamento de la verdad». Luego, al final del
fragmento, evoca casi ex abrupto, pero con un propósito
profundo, lo que da significado a todo lo que ha escrito: «Y
sin duda ... es grande el misterio de la piedad ...».(104)
Sin traicionar mínimamente el sentido literal del texto,
podemos ampliar esta magnífica intuición teológica
del Apóstol a una visión más completa del papel
que la verdad anunciada por él tiene en la economía de
la salvación. «Es grande en verdad —repetimos con
él— el misterio de la piedad», porque vence al
pecado.
Pero, ¿qué es esta piedad en la concepción
paulina?
Es el mismo Cristo
20. Es muy significativo que, para presentar este «mysterium
pietatis», Pablo, sin establecer una relación gramatical
con el texto precedente,(105) transcriba simplemente tres líneas
de un Himno cristológico, que —según la opinión
de estudiosos acreditados— era empleado en las comunidades
helénico-cristianas.
Con las palabras de ese Himno, densas de contenido teológico
y de gran belleza, los creyentes del primer siglo profesaban su fe en
el misterio de Cristo:
que Él se ha manifestado en la realidad de la carne
humana y ha sido constituido por el Espíritu Santo como el
justo, que se ofrece por los injustos;
que Él ha aparecido ante los ángeles como más
grande que ellos, y ha sido predicado a las gentes como portador de
salvación;
que Él ha sido creído en el mundo como enviado
del Padre, y que el mismo Padre lo ha elevado al cielo, como
Señor.(106)
Por lo tanto, el misterio o sacramento de la piedad es el mismo
misterio de Cristo. Es en una síntesis completa: el misterio
de la Encarnación y de la Redención, de la Pascua plena
de Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María; misterio de su
pasión y muerte, de su resurrección y glorificación.
Lo que san Pablo, recogiendo las frases del himno, ha querido
recalcar es que este misterio es el principio secreto vital que hace
de la Iglesia la casa de Dios, la columna y el fundamento de la
verdad. Siguiendo la enseñanza paulina, podemos afirmar que
este mismo misterio de la infinita piedad de Dios hacia nosotros es
capaz de penetrar hasta las raíces más escondidas de
nuestra iniquidad, para suscitar en el alma un movimiento de
conversión, redimirla e impulsarla hacia la reconcliación.
Refiriéndose sin duda a este misterio, también San
Juan, con su lenguaje característico diferente del de San
Pablo, pudo escribir que «todo el nacido de Dios no peca, sino
que el nacido de Dios le guarda, y el maligno no le toca».(107)
En esta afirmación de San Juan hay una indicación de
esperanza, basada en las promesas divinas: el cristiano ha recibido
la garantía y las fuerzas necesarias para no pecar. No se
trata, por consiguiente, de una impecabilidad adquirida por virtud
propia o incluso connatural al hombre, como pensaban los gnósticos.
Es un resultado de la acción de Dios. Para no pecar el
cristiano dispone del conocimiento de Dios, recuerda San Juan en este
mismo texto. Pero poco antes escribía: «Quien ha nacido
de Dios no comete pecado, porque la simiente de Dios permanece en
él»(108) Si por esta «simiente de Dios» nos
referimos —como proponen algunos comentaristas— a Jesús,
el Hijo de Dios, entonces podemos decir que para no pecar —o
para liberarse del pecado— el cristiano dispone de la presencia
en su interior del mismo Cristo y del misterio de Cristo, que es
misterio de piedad.
El esfuerzo del cristiano
21. Pero existe en el mysterium pietatis otro aspecto; a la piedad
de Dios hacia el cristiano debe corresponder la piedad del cristiano
hacia Dios. En esta segunda acepción, la piedad (eusébeia)
significa precisamente el comportamiento del cristiano, que a la
piedad paternal de Dios responde con su piedad filial.
Al respecto podemos afirmar también con San Pablo que «es
grande el misterio de la piedad». También en este
sentido la piedad, como fuerza de conversión y reconciliación,
afronta la iniquidad y el pecado. Además en este caso los
aspectos esenciales del misterio de Cristo son objeto de la piedad en
el sentido de que el cristiano acoge el misterio, lo contempla y saca
de él la fuerza espiritual necesaria para vivir según
el Evangelio. También se debe decir aquí que «el
que ha nacido de Dios, no comete pecado»; pero la expresión
tiene un sentido imperativo: sostenido por el misterio de Cristo,
como manantial interior de energía espiritual, el cristiano es
invitado a no pecar; más aún, recibe el mandato de no
pecar , y de comportarse dignamente «en la casa de Dios, que es
la Iglesia del Dios viviente»,(109) siendo un «hijo de
Dios».
Hacia una vida reconciliada
22. Así la Palabra de la Escritura, al manifestarnos el
misterio de la piedad, abre la inteligencia humana a la conversión
y reconciliación, entendidas no como meras abstracciones, sino
como valores cristianos concretos a conquistar en nuestra vida
diaria.
Insidiados por la pérdida del sentido del pecado, a veces
tentados por alguna ilusión poco cristiana de impecabilidad,
los hombres de hoy tienen necesidad de volver a escuchar, como
dirigida personalmente a cada uno, la advertencia de San Juan: «Si
dijéramos que no tenemos pecado, nos engañaríamos
a nosotros mismos y la verdad no estaría en nosotros»;(110)
más aún, «el mundo todo está bajo el
maligno».(111) Cada uno, por lo tanto, está invitado por
la voz de la Verdad divina a leer con realismo en el interior de su
conciencia y a confesar que ha sido engendrado en la iniquidad, como
decimos en el Salmo Miserere.(112)
Sin embargo, amenazados por el miedo y la desesperación,
los hombres de hoy pueden sentirse aliviados por la promesa divina
que los abre a la esperanza de la plena reconciliación.
El misterio de la piedad, por parte de Dios, es aquella
misericordia de la que el Señor y Padre nuestro —lo
repito una vez más— es infinitamente rico.(113) Como he
dicho en la Encíclica dedicada al tema de la misericordia
divina,(114) es un amor más poderoso que el pecado, más
fuerte que la muerte. Cuando nos damos cuenta de que el amor que Dios
tiene por nosotros no se para ante nuestro pecado, no se echa atrás
ante nuestras ofensas, sino que se hace más solícito y
generoso; cuando somos conscientes de que este amor ha llegado
incluso a causar la pasión y la muerte del Verbo hecho carne,
que ha aceptado redimirnos pagando con su Sangre, entonces
prorrumpimos en un acto de reconocimiento: «Sí, el Señor
es rico en misericordia» y decimos asimismo: «El Señor
es misericordia».
El misterio de la piedad es el camino abierto por la misericordia
divina a la vida reconciliada.
TERCERA PARTE
LA PASTORAL DE LA PENITENCIA Y DE LA RECONCILIACIÓN
Promover la penitencia y la reconciliación
23. Suscitar en el corazón del hombre la conversión
y la penitencia y ofrecerle el don de la reconciliación es la
misión connatural de la Iglesia, continuadora de la obra
redentora de su divino Fundador. Esta es una misión que no
acaba en meras afirmaciones teóricas o en la propuesta de un
ideal ético que no esté acompañado de energías
operativas, sino que tiende a expresarse en precisas funciones
ministeriales en orden a una práctica concreta de la
penitencia y la reconciliación.
A este ministerio, basado e iluminado por los principios de la fe,
más arriba ilustrados, orientado hacia objetivos precisos y
sostenido por medios adecuados, podemos dar el nombre de pastoral de
la penitencia y de la reconciliación. Su punto de partida es
la convicción de la Iglesia de que el hombre, al que se dirige
toda forma de pastoral, pero principalmente la pastoral de la
penitencia y la reconciliación, es el hombre marcado por el
pecado, cuya imagen más significativa se puede encontrar en el
rey David. Reprendido por el profeta Natán, acepta enfrentarse
con sus propias infamias y confiesa: «He pecado contra
Yavé»(115) y proclama: «Reconozco mi transgresión,
y mi pecado está siempre delante de mí»;(116)
pero reza a la vez: «Rocíame con hisopo, y seré
puro; lávame, y seré más blanco que la
nieve»,(117) recibiendo la respuesta de la misericordia divina:
«Yavé ha perdonado tu pecado. No morirás».(118)
La Iglesia se encuentra, por tanto, frente al hombre —a toda
la humanidad— herido por el pecado y tocado en lo más
íntimo de su ser, pero, a la vez movido hacia un incoercible
deseo de liberación del pecado y, especialmente si es
cristiano, consciente de que el misterio de piedad, Cristo Señor,
obra ya en él y en el mundo con la fuerza de la Redención.
La función reconciliadora de la Iglesia debe desarrollarse
así según aquel íntimo nexo que une
profundamente el perdón y la remisión del pecado de
cada hombre a la reconciliación plena y fundamental de la
humanidad, realizada mediante la Redención. Este nexo nos hace
comprender que, siendo el pecado el principio activo de la división
—división entre el hombre y el Creador, división
en el corazón y en el ser del hombre, división entre
los hombres y los grupos humanos, división entre el hombre y
la naturaleza creada por Dios— , sólo la conversión
ante el pecado es capaz de obrar una reconciliación profunda y
duradera, donde quiera que haya penetrado la división.
No es necesario repetir lo que he dicho sobre la importancia de
este «ministerio de la reconciliación»(119) y de
la relativa pastoral que lo realiza en la conciencia y en la vida de
la Iglesia. Esta erraría en un aspecto esencial de su ser y
faltaría a una función suya indispensable, si no
pronunciara con claridad y firmeza, a tiempo y a destiempo, la
«palabra de reconciliación»(120) y no ofreciera al
mundo el don de la reconciliación. Conviene repetir aquí
que la importancia del servicio eclesial de reconciliación se
extiende, más allá de los confines de la Iglesia, a
todo el mundo.
Por tanto, hablar de pastoral de la penitencia y reconciliación
quiere decir referirse al conjunto de las tareas que incumben a la
Iglesia, a todos los niveles, para la promoción de ellas. Más
en concreto, hablar de esta pastoral quiere decir evocar todas las
actividades, mediante las cuales la Iglesia, a través de todos
y cada uno de sus componentes —Pastores y fieles, a todos los
niveles y en todos los ambientes— y con todos los medios a su
disposición —palabra y acción, enseñanza y
oración— conduce a los hombres, individualmente o en
grupo, a la verdadera penitencia y los introduce así en el
camino de la plena reconciliación.
Los Padres del Sínodo, como representantes de sus hermanos
en el Episcopado y como guías del pueblo a ellos encomendado,
se han ocupado de esta pastoral en sus elementos más prácticos
y concretos. Yo me alegro de hacerles eco, asociándome a sus
inquietudes y esperanzas, acogiendo los frutos de sus búsquedas
y experiencias, animándoles en sus proyectos y realizaciones.
Ojalá puedan encontrar en esta parte de la Exhortación
Apostólica la aportación que ellos mismos han ofrecido
al Sínodo, aportación cuya utilidad quiero ofrecer,
mediante estas páginas, a toda la Iglesia.
Estoy pues convencido de destacar lo esencial de la pastoral de la
penitencia y reconciliación, poniendo de relieve, con la
Asamblea del Sínodo, los dos puntos siguientes:
Los medios usados y los caminos seguidos por la Iglesia para
promover la penitencia y la reconciliación.
El Sacramento por excelencia de la penitencia y la
reconciliación.
CAPÍTULO PRIMERO
MEDIOS Y VÍAS
PARA LA PROMOCIÓN DE LA
PENITENCIA
Y DE LA RECONCILIACIÓN
24. Para promover la penitencia y la reconciliación la
Iglesia tiene a su disposición principalmente dos medios, que
le han sido confiados por su mismo Fundador: la catequesis y los
Sacramentos. Su empleo, considerado siempre por la Iglesia como
plenamente conforme con las exigencias de su misión salvífica
y correspondiente, al mismo tiempo, a las exigencias y necesidades
espirituales de los hombres de todos los tiempos, puede realizarse de
formas y modos antiguos y nuevos, entre los que será bueno
recordar particularmente lo que, siguiendo a mi predecesor Pablo VI,
podemos llamar el método del diálogo.
El diálogo
25. El diálogo es para la Iglesia, en cierto sentido, un
medio y, sobre todo, un modo de desarrollar su acción en el
mundo contemporáneo.
En efecto, el Concilio Vaticano II, después de haber
proclamado que «la Iglesia, en virtud de la misión que
tiene de iluminar a todo el orbe con el mensaje evangélico y
de reunir en un solo Espíritu a todos los hombres (...), se
convierte en señal de la fraternidad que permite y consolida
el diálogo sincero», añade que la misma Iglesia
debe ser capaz de «abrir, con fecundidad siempre creciente, el
diálogo entre todos los que integran el único Pueblo de
Dios»,(121) así como también de «mantener
un diálogo con la sociedad humana».(122)
Mi predecesor Pablo VI ha dedicado al diálogo una parte
importante de su primera Encíclica «Ecclesiam suam»,
donde lo describe y caracteriza significativamente como diálogo
de la salvación.(123)
En efecto, la Iglesia emplea el método del diálogo
para llevar mejor a los hombres —los que por el bautismo y la
profesión de fe se consideran miembros de la comunidad
cristiana y los que son ajenos a ella— a la conversión y
a la penitencia por el camino de una renovación profunda de la
propia conciencia y vida, a la luz del misterio de la redención
y la salvación realizada por Cristo y confiada al ministerio
de su Iglesia. El diálogo auténtico, por consiguiente,
está encaminado ante todo a la regeneración de cada uno
a través de la conversión interior y la penitencia, y
debe hacerse con un profundo respeto a las conciencias y con la
paciencia y la gradualidad indispensables en las condiciones de los
hombres de nuestra época.
El diálogo pastoral en vista de la reconciliación
sigue siendo hoy una obligación fundamental de la Iglesia en
los diversos ambientes y niveles.
La misma Iglesia promueve, ante todo, un diálogo ecuménico,
esto es, entre las Iglesias y Comunidades eclesiales que comparten la
fe en Cristo, Hijo de Dios y único Salvador; es un diálogo
con las otras comunidades de hombres que, al igual que los
cristianos, buscan a Dios y quieren tener una relación de
comunión con Él.
En la base de este diálogo con las otras Iglesias y
Comunidades eclesiales y con las otras religiones —y como
condición de su credibilidad y eficacia— debe darse un
esfuerzo sincero de diálogo permanente y renovado dentro de la
misma Iglesia católica. Ella es consciente de ser por su
naturaleza, sacramento de la comunión universal de
caridad;(124) y es también consciente de las tensiones que
existen en su interior, que corren el riesgo de convertirse en
factores de división.
La invitación apremiante y firme dirigida por mi Predecesor
Pablo VI con ocasión del Año Santo de 1975,(125) sirve
también en el momento presente. Para conseguir la superación
de los conflictos y hacer que las normales tensiones no resulten
perjudiciales para la unidad de la Iglesia, es menester que todos nos
dejemos interpelar por la Palabra de Dios y, abandonando los propios
puntos de vista subjetivos, busquemos la verdad donde quiera que se
encuentre, o sea, en la misma Palabra divina y en la interpretación
auténtica que da de ella el Magisterio de la Iglesia. Bajo
esta luz, la escucha recíproca, el respeto y la abstención
de todo juicio apresurado, la paciencia, la capacidad de evitar que
la fe que une esté subordinada a las opiniones, modas,
opciones ideológicas que dividen, son cualidades de un diálogo
que dentro de la Iglesia debe ser constante, decidido y sincero. Es
evidente que no sería tal y no se convertiría en un
factor de reconciliación, sin prestar atención al
Magisterio y su aceptación.
De este modo, la Iglesia católica, empeñada
concretamente en la búsqueda de la propia comunión
interna, puede dirigir la llamada a la reconciliación —como
lo está haciendo ya desde hace tiempo— a las otras
Iglesias con la cuales no hay plena comunión, así como
a las otras religiones e incluso al que busca a Dios con corazón
sincero.
A la luz del Concilio y del Magisterio de mis Predecesores, cuya
herencia preciosa he recibido y me esfuerzo por conservar y poner en
práctica, puedo afirmar que la Iglesia católica se
empeña a todos los niveles en el diálogo ecuménico
con lealtad, sin fáciles optimismos, pero también sin
desconfianzas, dudas o retrasos. Las leyes fundamentales que intenta
seguir en este diálogo son, por una parte, la persuasión
de que sólo un ecumenismo espiritual —o sea basado en la
oración común y en la docilidad común al único
Señor— permite responder sincera y seriamente a las
demás exigencias de la acción ecuménica;(126)
por otra parte, la convicción de que un cierto fácil
«irenismo»en materia doctrinal y, sobre todo, dogmática
podría conducir tal vez a una forma de convivencia superficial
y no durable, pero no a aquella comunión profunda y estable
que todos deseamos. Se llegará a esta comunión en el
instante querido por la divina Providencia; pero para alcanzarla, la
Iglesia católica, en cuanto le concierne, sabe que debe estar
abierta y ser sensible a todos «los valores verdaderamente
cristianos, procedentes del patrimonio común que se encuentra
entre nuestros hermanos separados»,(127) pero que debe a la vez
poner en la base de un diálogo leal y constructivo la claridad
de las posiciones, la fidelidad y la coherencia con la fe transmitida
y definida por su Magisterio siguiendo la tradición cristiana.
Además, no obstante la amenaza de un determinado «derrotismo»,
y a pesar de la lentitud inevitable que la ligereza nunca podría
corregir, la Iglesia católica sigue buscando con todos los
demás hermanos cristianos separados el camino de la unidad, y
con los seguidores de las otras religiones un diálogo sincero.
Ojalá este diálogo interreligioso pueda conducir a la
superación de toda actitud hostil, desconfiada, de condena
mutua y hasta de invectiva mutua como condición preliminar al
encuentro, al menos, en la fe en un único Dios y en la
seguridad de la vida eterna para el alma inmortal. Quiera el Señor
que especialmente el diálogo ecuménico lleve a una
reconciliación sincera en torno a aquello que podamos tener ya
en común con las Iglesias cristianas: la fe en Jesucristo,
Hijo de Dios hecho hombre, como Salvador y Señor, escuchar la
Palabra, el estudio de la Revelación y el Sacramento del
Bautismo.
En la medida en que la Iglesia es capaz de crear concordia activa
—la unidad en la variedad— dentro de sí misma, y
de presentarse como testigo y operadora humilde de reconciliación
respecto a las otras religiones cristianas y no cristianas, se
convierte, según la expresiva definición de San
Agustín, en «un mundo reconciliado».(128) Sólo
así podrá ser signo de reconciliación en el
mundo y para el mundo.
Consciente de la suma gravedad de la situación creada por
las fuerzas de la división y la guerra, que constituye hoy una
fuerte amenaza no sólo para el equilibrio y la armonía
de las Naciones sino para la misma supervivencia de la humanidad, la
Iglesia siente la obligación de ofrecer y proponer su
colaboración específica para la superación de
los conflictos y el restablecimiento de la concordia.
Es un diálogo complejo y delicado de reconciliación,
en el que la Iglesia se empeña, ante todo, mediante la
actividad de la Santa Sede y de sus diversos Organismos. La Santa
Sede se esfuerza por intervenir ya sea ante los gobernantes de las
Naciones y los responsables de las distintas instancias
internacionales, ya sea para asociarse con ellos, dialogando con
ellos o estimulándoles a dialogar entre sí, en favor de
la reconciliación en medio de los numerosos conflictos. La
Iglesia realiza esto no por segundas causas o intereses ocultos
—porque no los tiene—, sino «por una preocupación
humanitaria»,(129) poniendo su estructura institucional y su
autoridad moral, del todo singulares, al servicio de la concordia y
la paz. Hace esto convencida de que como «en la guerra dos
partes se levantan una contra la otra», así «en la
cuestión de la paz también existen siempre y
necesariamente dos partes que deben saber empeñarse», y
en esto «consiste el verdadero sentido del diálogo en
favor de la paz».(130)
En el diálogo en favor