EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
POSTSINODAL
VITA
CONSECRATA
DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
AL EPISCOPADO Y
AL CLERO
A LAS ÓRDENES
Y CONGREGACIONES RELIGIOSAS
A
LAS SOCIEDADES DE VIDA APOSTÓLICA
A LOS INSTITUTOS
SECULARES
Y A TODOS LOS FIELES
SOBRE LA VIDA CONSAGRADA
Y
SU MISIÓN
EN LA IGLESIA Y EN EL MUNDO
INTRODUCCIÓN
1. La vida consagrada, enraizada profundamente en los ejemplos y
enseñanzas de Cristo el Señor, es un don de Dios Padre
a su Iglesia por medio del Espíritu. Con la profesión
de los consejos evangélicos los rasgos característicos
de Jesús —virgen, pobre y obediente— tienen una
típica y permanente « visibilidad » en medio del
mundo, y la mirada de los fieles es atraída hacia el misterio
del Reino de Dios que ya actúa en la historia, pero espera su
plena realización en el cielo.
A lo largo de los siglos nunca han faltado hombres y mujeres que,
dóciles a la llamada del Padre y a la moción del
Espíritu, han elegido este camino de especial seguimiento de
Cristo, para dedicarse a El con corazón « indiviso »
(cf. 1 Co 7, 34). También ellos, como los Apóstoles,
han dejado todo para estar con El y ponerse, como El, al servicio de
Dios y de los hermanos. De este modo han contribuido a manifestar el
misterio y la misión de la Iglesia con los múltiples
carismas de vida espiritual y apostólica que les distribuía
el Espíritu Santo, y por ello han cooperado también a
renovar la sociedad.
Acción de gracias por la vida consagrada
2. El papel de la vida consagrada en la Iglesia es tan importante
que decidí convocar un Sínodo para profundizar en su
significado y perspectivas, en vista del ya inminente nuevo milenio.
Quise que en la Asamblea sinodal estuvieran también presentes,
junto a los Padres, numerosos consagrados y consagradas, para que no
faltase su aportación a la reflexión común.
Todos somos conscientes de la riqueza que para la comunidad
eclesial constituye el don de la vida consagrada en la variedad de
sus carismas y de sus instituciones. Juntos damos gracias a Dios por
las Órdenes e Institutos religiosos dedicados a la
contemplación o a las obras de apostolado, por las Sociedades
de vida apostólica, por los Institutos seculares y por otros
grupos de consagrados, como también por todos aquellos que, en
el secreto de su corazón, se entregan a Dios con una especial
consagración.
El Sínodo ha podido comprobar la difusión universal
de la vida consagrada, presente en las Iglesias de todas las partes
de la tierra. La vida consagrada anima y acompaña el
desarrollo de la evangelización en las diversas regiones del
mundo, donde no sólo se acogen con gratitud los Institutos
procedentes del exterior, sino que se constituyen otros nuevos, con
gran variedad de formas y de expresiones.
De este modo, si en algunas regiones de la tierra los Institutos
de vida consagrada parece que atraviesan un momento de dificultad, en
otras prosperan con sorprendente vigor, mostrando que la opción
de total entrega a Dios en Cristo no es incompatible con la cultura y
la historia de cada pueblo. Además, no florece solamente
dentro de la Iglesia católica; en realidad, se encuentra
particularmente viva en el monacato de las Iglesias ortodoxas, como
rasgo esencial de su fisonomía, y está naciendo o
resurgiendo en las Iglesias y Comunidades eclesiales nacidas de la
Reforma, como signo de una gracia común de los discípulos
de Cristo. De esta constatación deriva un impulso al
ecumenismo que alimenta el deseo de una comunión siempre más
plena entre los cristianos, « para que el mundo crea »
(Jn 17, 21).
La vida consagrada es un don a la Iglesia
3. La presencia universal de la vida consagrada y el carácter
evangélico de su testimonio muestran con toda evidencia —si
es que fuera necesario— que no es una realidad aislada y
marginal, sino que abarca a toda la Iglesia. Los Obispos en el Sínodo
lo han confirmado muchas veces: « de re nostra agitur »,
« es algo que nos afecta ».(1) En realidad, la vida
consagrada está en el corazón mismo de la Iglesia como
elemento decisivo para su misión, ya que « indica la
naturaleza íntima de la vocación cristiana »(2) y
la aspiración de toda la Iglesia Esposa hacia la unión
con el único Esposo.(3) En el Sínodo se ha afirmado en
varias ocasiones que la vida consagrada no sólo ha desempeñado
en el pasado un papel de ayuda y apoyo a la Iglesia, sino que es un
don precioso y necesario también para el presente y el futuro
del Pueblo de Dios, porque pertenece íntimamente a su vida, a
su santidad y a su misión.(4)
Las dificultades actuales, que no pocos Institutos encuentran en
algunas regiones del mundo, no deben inducir a suscitar dudas sobre
el hecho de que la profesión de los consejos evangélicos
sea parte integrante de la vida de la Iglesia, a la que aporta un
precioso impulso hacia una mayor coherencia evangélica.(5)
Podrá haber históricamente una ulterior variedad de
formas, pero no cambiará la sustancia de una opción que
se manifiesta en el radicalismo del don de sí mismo por amor
al Señor Jesús y, en El, a cada miembro de la familia
humana. Con esta certeza, que ha animado a innumerables personas a lo
largo de los siglos, el pueblo cristiano continúa contando,
consciente de que podrá obtener de la aportación de
estas almas generosas un apoyo valiosísimo en su camino hacia
la patria del cielo.
Cosechando los frutos del Sínodo
4. Adhiriéndome al deseo manifestado por la Asamblea
general ordinaria del Sínodo de los Obispos reunida para
reflexionar sobre el tema « La vida consagrada y su misión
en la Iglesia y en el mundo », quiero presentar en esta
Exhortación apostólica los frutos del itinerario
sinodal(6), y mostrar a todos los fieles —Obispos, presbíteros,
diáconos, personas consagradas y laicos—, así
como a cuantos se pongan a la escucha, las maravillas que el Señor
quiere realizar también hoy por medio de la vida consagrada.
Este Sínodo, que sigue a los dedicados a los laicos y a los
presbíteros, completa el análisis de las peculiaridades
que caracterizan los estados de vida queridos por el Señor
Jesús para su Iglesia. En efecto, si en el Concilio Vaticano
II se señaló la gran realidad de la comunión
eclesial, en la cual convergen todos los dones para la edificación
del Cuerpo de Cristo y para la misión de la Iglesia en el
mundo, en estos últimos años se ha advertido la
necesidad de explicitar mejor la identidad de los diversos estados de
vida, su vocación y su misión específica en la
Iglesia.
La comunión en la Iglesia no es pues uniformidad, sino don
del Espíritu que pasa también a través de la
variedad de los carismas y de los estados de vida. Estos serán
tanto más útiles a la Iglesia y a su misión,
cuanto mayor sea el respeto de su identidad. En efecto, todo don del
Espíritu es concedido con objeto de que fructifique para el
Señor(7) en el crecimiento de la fraternidad y de la misión.
La obra del Espíritu en las diversas formas de vida
consagrada
5. ¿Cómo no recordar con gratitud al Espíritu
la multitud de formas históricas de vida consagrada,
suscitadas por El y todavía presentes en el ámbito
eclesial? Estas aparecen como una planta llena de ramasque hunde sus
raíces en el Evangelio y da frutos copiosos en cada época
de la Iglesia. ¡Qué extraordinaria riqueza! Yo mismo, al
final del Sínodo, he sentido la necesidad de señalar
este elemento constante en la historia de la Iglesia: los numerosos
fundadores y fundadoras, santos y santas, que han optado por Cristo
en la radicalidad evangélica y en el servicio fraterno,
especialmente de los pobres y abandonados(9). Precisamente este
servicio evidencia con claridad cómo la vida consagrada
manifiesta el carácter unitario del mandamiento del amor, en
el vínculo inseparable entre amor a Dios y amor al prójimo.
El Sínodo ha recordado esta obra incesante del Espíritu
Santo, que a lo largo de los siglos difunde las riquezas de la
práctica de los consejos evangélicos a través de
múltiples carismas, y que también por esta vía
hace presente de modo perenne en la Iglesia y en el mundo, en el
tiempo y en el espacio, el misterio de Cristo.
Vida monástica en Oriente y en Occidente
6. Los Padres sinodales de las Iglesias católicas
orientales y los representantes de las otras Iglesias de Oriente han
señalado en sus intervenciones los valores evangélicos
de la vida monástica(10), surgida ya desde los inicios del
cristianismo y floreciente todavía en sus territorios,
especialmente en las Iglesias ortodoxas.
Desde los primeros siglos de la Iglesia ha habido hombres y
mujeres que se han sentido llamados a imitar la condición de
siervo del Verbo encarnado y han seguido sus huellas viviendo de modo
específico y radical, en la profesión monástica,
las exigencias derivadas de la participación bautismal en el
misterio pascual de su muerte y resurrección. De este modo,
haciéndose portadores de la Cruz (staurophóroi), se han
comprometido a ser portadores del Espíritu (pneumatophóroi),
hombres y mujeres auténticamente espirituales, capaces de
fecundar secretamente la historia con la alabanza y la intercesión
continua, con los consejos ascéticos y las obras de caridad.
Con el propósito de transfigurar el mundo y la vida en
espera de la definitiva visión del rostro de Dios, el monacato
oriental da la prioridad a la conversión, la renuncia de sí
mismo y la compunción del corazón, a la búsqueda
de la esichia, es decir, de la paz interior, y a la oración
incesante, al ayuno y las vigilias, al combate espiritual y al
silencio, a la alegría pascual por la presencia del Señor
y por la espera de su venida definitiva, al ofrecimiento de sí
mismo y de los propios bienes, vivido en la santa comunión del
cenobio o en la soledad eremítica(11).
Occidente ha practicado también desde los primeros siglos
de la Iglesia la vida monástica y ha conocido su gran variedad
de expresiones tanto en el ámbito cenobítico como en el
eremítico. En su forma actual, inspirada principalmente en san
Benito, el monacato occidental es heredero de tantos hombres y
mujeres que, dejando la vida según el mundo, buscaron a Dios y
se dedicaron a El, « no anteponiendo nada al amor de Cristo
»(12). Los monjes de hoy también se esfuerzan en
conciliar armónicamente la vida interior y el trabajo en el
compromiso evangélico por la conversión de las
costumbres, la obediencia, la estabilidad y la asidua dedicación
a la meditación de la Palabra (lectio divina), la celebración
de la liturgia y la oración. Los monasterios han sido y siguen
siendo, en el corazón de la Iglesia y del mundo, un signo
elocuente de comunión, un lugar acogedor para quienes buscan a
Dios y las cosas del espíritu, escuelas de fe y verdaderos
laboratorios de estudio, de dialogo y de cultura para la edificación
de la vida eclesial y de la misma ciudad terrena, en espera de
aquella celestial.
El Orden de las vírgenes, los eremitas, las viudas
7. Es motivo de alegría y esperanza ver cómo hoy
vuelve a florecer el antiguo Orden de las vírgenes,
testimoniado en las comunidades cristianas desde los tiempos
apostólicos(13). Consagradas por el Obispo diocesano, asumen
un vínculo especial con la Iglesia, a cuyo servicio se
dedican, aun permaneciendo en el mundo. Solas o asociadas,
constituyen una especial imagen escatológica de la Esposa
celeste y de la vida futura, cuando finalmente la Iglesia viva en
plenitud el amor de Cristo esposo.
Los eremitas y las eremitas, pertenecientes a Órdenes
antiguas o a Institutos nuevos, o incluso dependientes directamente
del Obispo, con la separación interior y exterior del mundo
testimonian el carácter provisorio del tiempo presente, con el
ayuno y la penitencia atestiguan que no sólo de pan vive el
hombre, sino de la Palabra de Dios (cf. Mt 4, 4). Esta vida «
en el desierto » es una invitación para los demás
y para la misma comunidad eclesial a no perder de vista la suprema
vocación, que es la de estar siempre con el Señor.
Hoy vuelve a practicarse también la consagración de
las viudas(14),que se remonta a los tiempos apostólicos (cf. 1
Tim 5, 5.9-10; 1 Co 7, 8), así como la de los viudos. Estas
personas, mediante el voto de castidad perpetua como signo del Reino
de Dios, consagran su condición para dedicarse a la oración
y al servicio de la Iglesia.
Institutos dedicados totalmente a la contemplación
8. Los Institutos orientados completamente a la contemplación,
formados por mujeres o por hombres, son para la Iglesia un motivo de
gloria y una fuente de gracias celestiales. Con su vida y su misión,
sus miembros imitan a Cristo orando en el monte, testimonian el
señorío de Dios sobre la historia y anticipan la gloria
futura.
En la soledad y el silencio, mediante la escucha de la Palabra de
Dios, el ejercicio del culto divino, la ascesis personal, la oración,
la mortificación y la comunión en el amor fraterno,
orientan toda su vida y actividad a la contemplación de Dios.
Ofrecen así a la comunidad eclesial un singular testimonio del
amor de la Iglesia por su Señor y contribuyen, con una
misteriosa fecundidad apostólica, al crecimiento del Pueblo de
Dios(15).
Es justo, por tanto, esperar que las distintas formas de vida
contemplativa experimenten una creciente difusión en las
Iglesias jóvenes como expresión del pleno arraigo del
Evangelio, sobre todo en las regiones del mundo donde están
más difundidas otras religiones. Esto permitirá
testimoniar el vigor de las tradiciones ascética y mística
cristianas, y favorecer el mismo diálogo interreligioso(16).
La vida religiosa apostólica
9. En Occidente han florecido a lo largo de los siglos otras
múltiples expresiones de vida religiosa, en las que
innumerables personas, renunciando al mundo, se han consagrado a Dios
mediante la profesión pública de los consejos
evangélicos según un carisma específico y en una
forma estable de vida común(17), para un multiforme servicio
apostólico al Pueblo de Dios. Así, las diversas
familias de Canónigos regulares, las Órdenes
mendicantes, los Clérigos regulares y, en general, las
Congregaciones religiosas masculinas y femeninas dedicadas a la
actividad apostólica y misionera y a las múltiples
obras que la caridad cristiana ha suscitado.
Es un testimonio espléndido y variado, en el que se refleja
la multitud de dones otorgados por Dios a los fundadores y fundadoras
que, abiertos a la acción del Espíritu Santo, han
sabido interpretar los signos de los tiempos y responder de un modo
clarividente a las exigencias que iban surgiendo poco a poco.
Siguiendo sus huellas muchas otras personas han tratado de encarnar
con la palabra y la acción el Evangelio en su propia
existencia, para mostrar en su tiempo la presencia viva de Jesús,
el Consagrado por excelencia y el Apóstol del Padre. Los
religiosos y religiosas deben continuar en cada época tomando
ejemplo de Cristo el Señor, alimentando en la oración
una profunda comunión de sentimientos con El (cf. Flp 2,
5-11), de modo que toda su vida esté impregnada de espíritu
apostólico y toda su acción apostólica esté
sostenida por la contemplación(18).
Institutos seculares
10. El Espíritu Santo, admirable artífice de la
variedad de los carismas, ha suscitado en nuestro tiempo nuevas
formas de vida consagrada, como queriendo corresponder, según
un providencial designio, a las nuevas necesidades que la Iglesia
encuentra hoy al realizar su misión en el mundo.
Pienso en primer lugar en los Institutos seculares, cuyos miembros
quieren vivir la consagración a Dios en el mundo mediante la
profesión de los consejos evangélicos en el contexto de
las estructuras temporales, para ser así levadura de sabiduría
y testigos de gracia dentro de la vida cultural, económica y
política. Mediante la síntesis, propia de ellos, de
secularidad y consagración, tratan de introducir en la
sociedad las energías nuevas del Reino de Cristo, buscando
transfigurar el mundo desde dentro con la fuerza de las
Bienaventuranzas. De este modo, mientras la total pertenencia a Dios
les hace plenamente consagrados a su servicio, su actividad en las
normales condiciones laicales contribuye, bajo la acción del
Espíritu, a la animación evangélica de las
realidades seculares. Los Institutos seculares contribuyen de este
modo a asegurar a la Iglesia, según la índole
específica de cada uno, una presencia incisiva en la
sociedad(19).
Una valiosa aportación dan también los Institutos
seculares clericales, en los que sacerdotes pertenecientes al
presbiterio diocesano, aun cuando se reconoce a algunos de ellos la
incardinación en el propio Instituto, se consagran a Cristo
mediante la práctica de los consejos evangélicos según
un carisma específico. Encuentran en las riquezas espirituales
del Instituto al que pertenecen una ayuda para vivir intensamente la
espiritualidad propia del sacerdocio y, de este modo, ser fermento de
comunión y de generosidad apostólica entre los
hermanos.
Sociedades de vida apostólica
11. Merecen especial mención, además, las Sociedades
de vida apostólica o de vida común, masculinas y
femeninas, las cuales buscan, con un estilo propio, un específico
fin apostólico o misionero. En muchas de ellas, con vínculos
sagrados reconocidos oficialmente por la Iglesia, se asumen
expresamente los consejos evangélicos. Sin embargo, incluso en
este caso la peculiaridad de su consagración las distingue de
los Institutos religiosos y de los Institutos seculares. Se debe
salvaguardar y promover la peculiaridad de esta forma de vida, que en
el curso de los últimos siglos ha producido tantos frutos de
santidad y apostolado, especialmente en el campo de la caridad y en
la difusión misionera del Evangelio(20).
Nuevas formas de vida consagrada
12. La perenne juventud de la Iglesia continúa
manifestándose también hoy: en los últimos
decenios, después del Concilio Ecuménico Vaticano II,
han surgido nuevas o renovadas formas de vida consagrada. En muchos
casos se trata de Institutos semejantes a los ya existentes, pero
nacidos de nuevos impulsos espirituales y apostólicos. Su
vitalidad debe ser discernida por la autoridad de la Iglesia, a la
que corresponde realizar los necesarios exámenes tanto para
probar la autenticidad de la finalidad que los ha inspirado, como
para evitar la excesiva multiplicación de instituciones
análogas entre sí, con el consiguiente riesgo de una
nociva fragmentación en grupos demasiado pequeños. En
otros casos se trata de experiencias originales, que están
buscando una identidad propia en la Iglesia y esperan ser reconocidas
oficialmente por la Sede Apostólica, única autoridad a
la que compete el juicio último(21).
Estas nuevas formas de vida consagrada, que se añaden a las
antiguas, manifiestan el atractivo constante que la entrega total al
Señor, el ideal de la comunidad apostólica y los
carismas de fundación continúan teniendo también
sobre la generación actual y son además signo de la
complementariedad de los dones del Espíritu Santo.
Además, el Espíritu en la novedad no se contradice.
Prueba de esto es el hecho de que las nuevas formas de vida
consagrada no han suplantado a las precedentes. En tal multiforme
variedad se ha podido conservar la unidad de fondo gracias a la misma
llamada a seguir, en la búsqueda de la caridad perfecta, a
Jesús virgen, pobre y obediente. Esta llamada, tal como se
encuentra en todas las formas ya existentes, se pide del mismo modo
en aquellas que se proponen como nuevas.
Finalidad de esta Exhortación apostólica
13. Recogiendo los frutos de los trabajos sinodales, quiero
dirigirme con esta Exhortación apostólica a toda la
Iglesia, para ofrecer no sólo a las personas consagradas, sino
también a los Pastores y a los fieles, los resultados de un
encuentro alentador, sobre cuyo desarrollo no ha dejado de velar el
Espíritu Santo con sus dones de verdad y de amor.
En estos años de renovación la vida consagrada ha
atravesado, como también otras formas de vida en la Iglesia,
un período delicado y duro. Ha sido un tiempo rico de
esperanzas, proyectos y propuestas innovadoras encaminadas a reforzar
la profesión de los consejos evangélicos. Pero ha sido
también un período no exento de tensiones y pruebas, en
el que experiencias, incluso siendo generosas, no siempre se han
visto coronadas por resultados positivos.
Las dificultades no deben, sin embargo, inducir al desánimo.
Es preciso más bien comprometerse con nuevo ímpetu,
porque la Iglesia necesita la aportación espiritual y
apostólica de una vida consagrada renovada y fortalecida. Con
la presente Exhortación postsinodal deseo dirigirme a las
comunidades religiosas y a las personas consagradas con el mismo
espíritu que animaba la carta dirigida por el Concilio de
Jerusalén a los cristianos de Antioquía, y tengo la
esperanza de que se repita también hoy la misma experiencia
vivida entonces: « La leyeron y se gozaron al recibir aquel
aliento » (Hch 15, 31). No sólo esto: tengo además
la esperanza de aumentar el gozo de todo el Pueblo de Dios que,
conociendo mejor la vida consagrada, podrá dar gracias más
conscientemente al Omnipotente por este gran don.
En actitud de cordial apertura hacia los Padres sinodales, he ido
recogiendo las valiosas aportaciones surgidas durante las intensas
asambleas de trabajo, en las que he querido estar constantemente
presente. Durante ese período, he ofrecido a todo el Pueblo de
Dios algunas catequesis sistemáticas sobre la vida consagrada
en la Iglesia. En ellas he presentado de nuevo las enseñanzas
del Concilio Vaticano II, que ha sido punto de referencia luminoso
para los desarrollos doctrinales posteriores y para la misma
reflexión realizada por el Sínodo durante las semanas
de sus trabajos(22).
Mientras confío en que los hijos de la Iglesia, y en
particular las personas consagradas, acogerán con adhesión
cordial esta Exhortación, deseo que continúe la
reflexión para profundizar en el gran don de la vida
consagrada en su triple dimensión de la consagración,
la comunión y la misión, y que los consagrados y
consagradas, en plena sintonía con la Iglesia y su Magisterio,
encuentren así ulteriores estímulos para afrontar
espiritual y apostólicamente los nuevos desafíos.
CAPÍTULO I
CONFESSIO TRINITATIS
EN LAS FUENTES CRISTOLÓGICO-TRINITARIAS
DE LA VIDA
CONSAGRADA
Icono de Cristo transfigurado
14. El fundamento evangélico de la vida consagrada se debe
buscar en la especial relación que Jesús, en su vida
terrena, estableció con algunos de sus discípulos,
invitándoles no sólo a acoger el Reino de Dios en la
propia vida, sino a poner la propia existencia al servicio de esta
causa, dejando todo e imitando de cerca su forma de vida.
Tal existencia « cristiforme », propuesta a tantos
bautizados a lo largo de la historia, es posible sólo desde
una especial vocación y gracias a un don peculiar del
Espíritu. En efecto, en ella la consagración bautismal
los lleva a una respuesta radical en el seguimiento de Cristo
mediante la adopción de los consejos evangélicos, el
primero y esencial entre ellos es el vínculo sagrado de la
castidad por el Reino de los Cielos(23).
Este especial « seguimiento de Cristo », en cuyo
origen está siempre la iniciativa del Padre, tiene pues una
connotación esencialmente cristológica y
pneumatológica, manifestando así de modo
particularmente vivo el carácter trinitario de la vida
cristiana, de la que anticipa de alguna manera la realización
escatológica a la que tiende toda la Iglesia(24).
En el Evangelio son muchas las palabras y gestos de Cristo que
iluminan el sentido de esta especial vocación. Sin embargo,
para captar con una visión de conjunto sus rasgos esenciales,
ayuda singularmente contemplar el rostro radiante de Cristo en el
misterio de la Transfiguración. A este «icono» se
refiere toda una antigua tradición espiritual, cuando
relaciona la vida contemplativa con la oración de Jesús
«en el monte»(25). Además, a ella pueden
referirse, en cierto modo, las mismas dimensiones «activas»
de la vida consagrada, ya que la Transfiguración no es sólo
revelación de la gloria de Cristo, sino también
preparación para afrontar la cruz. Ella implica un «subir
al monte» y un «bajar del monte»: los discípulos
que han gozado de la intimidad del Maestro, envueltos momentáneamente
por el esplendor de la vida trinitaria y de la comunión de los
santos, como arrebatados en el horizonte de la eternidad, vuelven de
repente a la realidad cotidiana, donde no ven más que a «Jesús
solo» en la humildad de la naturaleza humana, y son invitados a
descender para vivir con Él las exigencias del designio de
Dios y emprender con valor el camino de la cruz.
«Y se transfiguró delante de ellos...»
15. «Seis días después, toma Jesús
consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte,
a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro
se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos
como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías
que conversaban con él.
Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús:
"Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres,
haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés
y otra para Elías".
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los
cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que
decía:
"Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle".
Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra
llenos de miedo.
Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y
dijo: "Levantaos, no tengáis miedo".
Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a
Jesús solo.
Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No
contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre
haya resucitado de entre los muertos" » (Mt 17, 1-9).
El episodio de la Transfiguración marca un momento decisivo
en el ministerio de Jesús. Es un acontecimiento de revelación
que consolida la fe en el corazón de los discípulos,
les prepara al drama de la Cruz y anticipa la gloria de la
resurrección. Este misterio es vivido continuamente por la
Iglesia, pueblo en camino hacia el encuentro escatológico con
su Señor. Como los tres apóstoles escogidos, la Iglesia
contempla el rostro transfigurado de Cristo, para confirmarse en la
fe y no desfallecer ante su rostro desfigurado en la Cruz. En un caso
y en otro, ella es la Esposa ante el Esposo, partícipe de su
misterio y envuelta por su luz.
Esta luz llega a todos sus hijos, todos igualmente llamados a
seguir a Cristo poniendo en Él el sentido último de la
propia vida, hasta poder decir con el Apóstol: « Para mí
la vida es Cristo » (Flp 1, 21). Una experiencia singular de la
luz que emana del Verbo encarnado es ciertamente la que tienen los
llamados a la vida consagrada. En efecto, la profesión de los
consejos evangélicos los presenta como signo y profecía
para la comunidad de los hermanos y para el mundo; encuentran pues en
ellos particular resonancia las palabras extasiadas de Pedro: «
Bueno es estarnos aquí » (Mt 17, 4). Estas palabras
muestran la orientación cristocéntrica de toda la vida
cristiana. Sin embargo, expresan con particular elocuencia el
carácter absoluto que constituye el dinamismo profundo de la
vocación a la vida consagrada: ¡qué hermoso es
estar contigo, dedicarnos a ti, concentrar de modo exclusivo nuestra
existencia en ti! En efecto, quien ha recibido la gracia de esta
especial comunión de amor con Cristo, se siente como seducido
por su fulgor: Él es «el más hermoso de los hijos
de Adán» (Sal 4544, 3), el Incomparable.
« Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle »
16. A los tres discípulos extasiados se dirige la llamada
del Padre a ponerse a la escucha de Cristo, a depositar en Él
toda confianza, a hacer de Él el centro de la vida. En la
palabra que viene de lo alto adquiere nueva profundidad la invitación
con la que Jesús mismo, al inicio de la vida pública,
les había llamado a su seguimiento, sacándolos de su
vida ordinaria y acogiéndolos en su intimidad. Precisamente de
esta especial gracia de intimidad surge, en la vida consagrada, la
posibilidad y la exigencia de la entrega total de sí mismo en
la profesión de los consejos evangélicos. Estos, antes
que una renuncia, son una específica acogida del misterio de
Cristo, vivida en la Iglesia.
En efecto, en la unidad de la vida cristiana las distintas
vocaciones son como rayos de la única luz de Cristo, «
que resplandece sobre el rostro de la Iglesia »(26). Los
laicos, en virtud del carácter secular de su vocación,
reflejan el misterio del Verbo Encarnado en cuanto Alfa y Omega del
mundo, fundamento y medida del valor de todas las cosas creadas. Los
ministros sagrados, por su parte, son imágenes vivas de Cristo
cabeza y pastor, que guía a su pueblo en el tiempo del «
ya pero todavía no », a la espera de su venida en la
gloria. A la vida consagrada se confía la misión de
señalar al Hijo de Dios hecho hombre como la meta escatológica
a la que todo tiende, el resplandor ante el cual cualquier otra luz
languidece, la infinita belleza que, sola, puede satisfacer
totalmente el corazón humano. Por tanto, en la vida consagrada
no se trata sólo de seguir a Cristo con todo el corazón,
amándolo « más que al padre o a la madre, más
que al hijo o a la hija » (cf. Mt 10, 37), como se pide a todo
discípulo, sino de vivirlo y expresarlo con la adhesión
«conformadora» con Cristo de toda la existencia, en una
tensión global que anticipa, en la medida posible en el tiempo
y según los diversos carismas, la perfección
escatológica.
En efecto, mediante la profesión de los consejos
evangélicos la persona consagrada no sólo hace de
Cristo el centro de la propia vida, sino que se preocupa de
reproducir en sí mismo, en cuanto es posible, «aquella
forma de vida que escogió el Hijo de Dios al venir al
mundo»(27). Abrazando la virginidad, hace suyo el amor virginal
de Cristo y lo confiesa al mundo como Hijo unigénito, uno con
el Padre (cf. Jn 10, 30; 14, 11); imitando su pobreza, lo confiesa
como Hijo que todo lo recibe del Padre y todo lo devuelve en el amor
(cf. Jn 17, 7.10); adhiriéndose, con el sacrificio de la
propia libertad, al misterio de la obediencia filial, lo confiesa
infinitamente amado y amante, como Aquel que se complace sólo
en la voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34), al que está
perfectamente unido y del que depende en todo.
Con tal identificación « conformadora » con el
misterio de Cristo, la vida consagrada realiza por un título
especial aquella confessio Trinitatis que caracteriza toda la vida
cristiana, reconociendo con admiración la sublime belleza de
Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y testimoniando con alegría
su amorosa condescendencia hacia cada ser humano.
I. PARA ALABANZA DE LA TRINIDAD
A Patre ad Patrem: la iniciativa de Dios
17. La contemplación de la gloria del Señor Jesús
en el icono de la Transfiguración revela a las personas
consagradas ante todo al Padre, creador y dador de todo bien, que
atrae a sí (cf. Jn 6, 44) una criatura suya con un amor
especial para una misión especial. « Este es mi Hijo
amado: escuchadle » (Mt 17, 5). Respondiendo a esta invitación
acompañada de una atracción interior, la persona
llamada se confía al amor de Dios que la quiere a su exclusivo
servicio, y se consagra totalmente a Él y a su designio de
salvación (cf. 1 Co 7, 32-34).
Este es el sentido de la vocación a la vida consagrada: una
iniciativa enteramente del Padre (cf. Jn 15, 16), que exige de
aquellos que ha elegido la respuesta de una entrega total y
exclusiva(28). La experiencia de este amor gratuito de Dios es hasta
tal punto íntima y fuerte que la persona experimenta que debe
responder con la entrega incondicional de su vida, consagrando todo,
presente y futuro, en sus manos. Precisamente por esto, siguiendo a
santo Tomás, se puede comprender la identidad de la persona
consagrada a partir de la totalidad de su entrega, equiparable a un
auténtico holocausto(29).
Per Filium: siguiendo a Cristo
18. El Hijo, camino que conduce al Padre (cf. Jn 14, 6), llama a
todos los que el Padre le ha dado (cf. Jn 17, 9) a un seguimiento que
orienta su existencia. Pero a algunos —precisamente las
personas consagradas— pide un compromiso total, que comporta el
abandono de todas las cosas (cf. Mt 19, 27) para vivir en intimidad
con Él(30) y seguirlo adonde vaya (cf. Ap 14, 4).
En la mirada de Cristo (cf. Mc 10, 21), «imagen de Dios
invisible» (Col 1, 15), resplandor de la gloria del Padre (cf.
Hb 1, 3), se percibe la profundidad de un amor eterno e infinito que
toca las raíces del ser(31). La persona, que se deja seducir
por él, tiene que abandonar todo y seguirlo (cf. Mc 1, 16-20;
2, 14; 10, 21.28). Como Pablo, considera que todo lo demás es
« pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo
Jesús », ante el cual no duda en tener todas las cosas «
por basura para ganar a Cristo » (Flp 3, 8). Su aspiración
es identificarse con Él, asumiendo sus sentimientos y su forma
de vida. Este dejarlo todo y seguir al Señor (cf. Lc 18, 28)
es un programa válido para todas las personas llamadas y para
todos los tiempos.
Los consejos evangélicos, con los que Cristo invita a
algunos a compartir su experiencia de virgen, pobre y obediente,
exigen y manifiestan, en quien los acoge, el deseo explícito
de una total conformación con Él. Viviendo «en
obediencia, sin nada propio y en castidad»(32), los consagrados
confiesan que Jesús es el Modelo en el que cada virtud alcanza
la perfección. En efecto, su forma de vida casta, pobre y
obediente, aparece como el modo más radical de vivir el
Evangelio en esta tierra, un modo —se puede decir—
divino, porque es abrazado por Él, Hombre-Dios, como expresión
de su relación de Hijo Unigénito con el Padre y con el
Espíritu Santo. Este es el motivo por el que en la tradición
cristiana se ha hablado siempre de la excelencia objetiva de la vida
consagrada.
No se puede negar, además, que la práctica de los
consejos evangélicos sea un modo particularmente íntimo
y fecundo de participar también en la misión de Cristo,
siguiendo el ejemplo de María de Nazaret, primera discípula,
la cual aceptó ponerse al servicio del plan divino en la
donación total de sí misma. Toda misión comienza
con la misma actitud manifestada por María en la anunciación:
« He aquí la esclava del Señor; hágase en
mí según tu palabra » (Lc 1, 38).
In Spiritu: consagrados por el Espíritu Santo
19. « Una nube luminosa los cubrió con su sombra »
(Mt 17, 5). Una significativa interpretación espiritual de la
Transfiguración ve en esta nube la imagen del Espíritu
Santo(33).
Como toda la existencia cristiana, la llamada a la vida consagrada
está también en íntima relación con la
obra del Espíritu Santo. Es Él quien, a lo largo de los
milenios, acerca siempre nuevas personas a percibir el atractivo de
una opción tan comprometida. Bajo su acción reviven, en
cierto modo, la experiencia del profeta Jeremías: « Me
has seducido, Señor, y me dejé seducir » (20, 7).
Es el Espíritu quien suscita el deseo de una respuesta plena;
es Él quien guía el crecimiento de tal deseo, llevando
a su madurez la respuesta positiva y sosteniendo después su
fiel realización; es Él quien forma y plasma el ánimo
de los llamados, configurándolos a Cristo casto, pobre y
obediente, y moviéndolos a acoger como propia su misión.
Dejándose guiar por el Espíritu en un incesante camino
de purificación, llegan a ser, día tras día,
personas cristiformes, prolongación en la historia de una
especial presencia del Señor resucitado.
Con intuición profunda, los Padres de la Iglesia han
calificado este camino espiritual como filocalia, es decir, amor por
la belleza divina, que es irradiación de la divina bondad. La
persona, que por el poder del Espíritu Santo es conducida
progresivamente a la plena configuración con Cristo, refleja
en sí misma un rayo de la luz inaccesible y en su peregrinar
terreno camina hacia la Fuente inagotable de la luz. De este modo la
vida consagrada es una expresión particularmente profunda de
la Iglesia Esposa, la cual, conducida por el Espíritu a
reproducir en sí los rasgos del Esposo, se presenta ante Él
resplandeciente, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida,
sino santa e inmaculada (cf. Ef 5, 27).
El Espíritu mismo, además, lejos de separar de la
historia de los hombres las personas que el Padre ha llamado, las
pone al servicio de los hermanos según las modalidades propias
de su estado de vida, y las orienta a desarrollar tareas
particulares, de acuerdo con las necesidades de la Iglesia y del
mundo, por medio de los carismas particulares de cada Instituto. De
aquí surgen las múltiples formas de vida consagrada,
mediante las cuales la Iglesia «aparece también adornada
con los diversos dones de sus hijos, como una esposa que se ha
arreglado para su esposo (cf. Ap 21, 2)»(34) y es enriquecida
con todos los medios para desarrollar su misión en el mundo.
Los consejos evangélicos, don de la Trinidad
20. Los consejos evangélicos son, pues, ante todo un don de
la Santísima Trinidad. La vida consagrada es anuncio de lo que
el Padre, por medio del Hijo, en el Espíritu, realiza con su
amor, su bondad y su belleza. En efecto, «el estado religioso
[...] revela de manera especial la superioridad del Reino sobre todo
lo creado y sus exigencias radicales. Muestra también a todos
los hombres la grandeza extraordinaria del poder de Cristo Rey y la
eficacia infinita del Espíritu Santo, que realiza maravillas
en su Iglesia»(35).
Primer objetivo de la vida consagrada es el de hacer visibles las
maravillas que Dios realiza en la frágil humanidad de las
personas llamadas.
Más que con palabras, testimonian estas maravillas con el
lenguaje elocuente de una existencia transfigurada, capaz de
sorprender al mundo. Al asombro de los hombres responden con el
anuncio de los prodigios de gracia que el Señor realiza en los
que ama. En la medida en que la persona consagrada se deja conducir
por el Espíritu hasta la cumbre de la perfección, puede
exclamar: «Veo la belleza de tu gracia, contemplo su fulgor y
reflejo su luz; me arrebata su esplendor indescriptible; soy empujado
fuera de mí mientras pienso en mí mismo; veo cómo
era y qué soy ahora. ¡Oh prodigio! Estoy atento, lleno
de respeto hacia mí mismo, de reverencia y de temor, como si
fuera ante ti; no sé qué hacer porque la timidez me
domina; no sé dónde sentarme, a dónde acercarme,
dónde reclinar estos miembros que son tuyos; en qué
obras ocupar estas sorprendentes maravillas divinas»(36). De
este modo, la vida consagrada se convierte en una de las huellas
concretas que la Trinidad deja en la historia, para que los hombres
puedan descubrir el atractivo y la nostalgia de la belleza divina.
El reflejo de la vida trinitaria en los consejos
21. La referencia de los consejos evangélicos a la Trinidad
santa y santificante revela su sentido más profundo. En
efecto, son expresión del amor del Hijo al Padre en la unidad
del Espíritu Santo. Al practicarlos, la persona consagrada
vive con particular intensidad el carácter trinitario y
cristológico que caracteriza toda la vida cristiana.
La castidad de los célibes y de las vírgenes, en
cuanto manifestación de la entrega a Dios con corazón
indiviso (cf. 1 Co 7, 32-34), es el reflejo del amor infinito que une
a las tres Personas divinas en la profundidad misteriosa de la vida
trinitaria; amor testimoniado por el Verbo encarnado hasta la entrega
de su vida; amor « derramado en nuestros corazones por el
Espíritu Santo » (Rm 5, 5), que anima a una respuesta de
amor total hacia Dios y hacia los hermanos.
La pobreza manifiesta que Dios es la única riqueza
verdadera del hombre. Vivida según el ejemplo de Cristo que «
siendo rico, se hizo pobre » (2 Co 8, 9), es expresión
de la entrega total de sí que las tres Personas divinas se
hacen recíprocamente. Es don que brota en la creación y
se manifiesta plenamente en la Encarnación del Verbo y en su
muerte redentora.
La obediencia, practicada a imitación de Cristo, cuyo
alimento era hacer la voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34), manifiesta
la belleza liberadora de una dependencia filial y no servil, rica de
sentido de responsabilidad y animada por la confianza recíproca,
que es reflejo en la historia de la amorosa correspondencia propia de
las tres Personas divinas.
Por tanto, la vida consagrada está llamada a profundizar
continuamente el don de los consejos evangélicos con un amor
cada vez más sincero e intenso en dimensión trinitaria:
amor a Cristo, que llama a su intimidad; al Espíritu Santo,
que dispone el ánimo a acoger sus inspiraciones; al Padre,
origen primero y fin supremo de la vida consagrada(37). De este modo
se convierte en manifestación y signo de la Trinidad, cuyo
misterio viene presentado a la Iglesia como modelo y fuente de cada
forma de vida cristiana.
La misma vida fraterna, en virtud de la cual las personas
consagradas se esfuerzan por vivir en Cristo con « un solo
corazón y una sola alma » (Hch 4, 32), se propone como
elocuente manifestación trinitaria. La vida fraterna
manifiesta al Padre, que quiere hacer de todos los hombres una sola
familia; manifiesta al Hijo encarnado, que reúne a los
redimidos en la unidad, mostrando el camino con su ejemplo, su
oración, sus palabras y, sobre todo, con su muerte, fuente de
reconciliación para los hombres divididos y dispersos;
manifiesta al Espíritu Santo como principio de unidad en la
Iglesia, donde no cesa de suscitar familias espirituales y
comunidades fraternas.
Consagrados como Cristo para el Reino de Dios
22. La vida consagrada «imita más de cerca y hace
presente continuamente en la Iglesia»(38), por impulso del
Espíritu Santo, la forma de vida que Jesús, supremo
consagrado y misionero del Padre para su Reino, abrazó y
propuso a los discípulos que lo seguían (cf. Mt 4,
18-22; Mc 1, 16-20; Lc 5, 10-11; Jn 15, 16). A la luz de la
consagración de Jesús, es posible descubrir en la
iniciativa del Padre, fuente de toda santidad, el principio
originario de la vida consagrada. En efecto, Jesús mismo es
aquel que Dios « ungió con el Espíritu Santo y
con poder » (Hch 10, 38), « aquel a quien el Padre ha
santificado y enviado al mundo » (Jn 10, 36). Acogiendo la
consagración del Padre, el Hijo a su vez se consagra a Él
por la humanidad (cf. Jn 17, 19): su vida de virginidad, obediencia y
pobreza manifiesta su filial y total adhesión al designio del
Padre (cf. Jn 10, 30; 14, 11). Su perfecta oblación confiere
un significado de consagración a todos los acontecimientos de
su existencia terrena.
Él es el obediente por excelencia, bajado del cielo no para
hacer su voluntad, sino la de Aquel que lo ha enviado (cf. Jn 6, 38;
Hb 10, 5.7). Él pone su ser y su actuar en las manos del Padre
(cf. Lc 2, 49). En obediencia filial, adopta la forma del siervo: «
Se despojó de sí mismo tomando condición de
siervo [...], obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz »
(Flp 2, 7-8). En esta actitud de docilidad al Padre, Cristo, aun
aprobando y defendiendo la dignidad y la santidad de la vida
matrimonial, asume la forma de vida virginal y revela así el
valor sublime y la misteriosa fecundidad espiritual de la virginidad.
Su adhesión plena al designio del Padre se manifiesta también
en el desapego de los bienes terrenos: « Siendo rico, por
vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza
» (2 Co 8, 9). La profundidad de su pobreza se revela en la
perfecta oblación de todo lo suyo al Padre.
Verdaderamente la vida consagrada es memoria viviente del modo de
existir y de actuar de Jesús como Verbo encarnado ante el
Padre y ante los hermanos. Es tradición viviente de la vida y
del mensaje del Salvador.
II. ENTRE LA PASCUA Y LA CULMINACIÓN
Del Tabor al Calvario
23. El acontecimiento deslumbrante de la Transfiguración
prepara a aquel otro dramático, pero no menos luminoso, del
Calvario. Pedro, Santiago y Juan contemplan al Señor Jesús
junto a Moisés y Elías, con los que —según
el evangelista Lucas— habla « de su partida, que iba a
cumplir en Jerusalén » (9, 31). Los ojos de los
apóstoles están fijos en Jesús que piensa en la
Cruz (cf. Lc 9, 43-45). Allí su amor virginal por el Padre y
por todos los hombres alcanzará su máxima expresión;
su pobreza llegará al despojo de todo; su obediencia hasta la
entrega de la vida.
Los discípulos y las discípulas son invitados a
contemplar a Jesús exaltado en la Cruz, de la cual «el
Verbo salido del silencio»(39), en su silencio y en su soledad,
afirma proféticamente la absoluta trascendencia de Dios sobre
todos los bienes creados, vence en su carne nuestro pecado y atrae
hacia sí a cada hombre y mujer, dando a cada uno la vida nueva
de la resurrección (cf. Jn 12, 32; 19, 34.37). En la
contemplación de Cristo crucificado se inspiran todas las
vocaciones; en ella tienen su origen, con el don fundamental del
Espíritu, todos los dones y en particular el don de la vida
consagrada.
Después de María, Madre de Jesús, Juan, el
discípulo que Jesús amaba, el testigo que junto con
María estuvo a los pies de la cruz (cf. Jn 19, 26-27), recibió
este don. Su decisión de consagración total es fruto
del amor divino que lo envuelve, lo sostiene y le llena el corazón.
Juan, al lado de María, está entre los primeros de la
larga serie de hombres y mujeres que, desde los inicios de la Iglesia
hasta el final, tocados por el amor de Dios, se sienten llamados a
seguir al Cordero inmolado y viviente, dondequiera que vaya (cf. Ap
14, 1-5).(40)
Dimensión pascual de la vida consagrada
24. La persona consagrada, en las diversas formas de vida
suscitadas por el Espíritu a lo largo de la historia,
experimenta la verdad de Dios-Amor de un modo tanto más
inmediato y profundo cuanto más se coloca bajo la Cruz de
Cristo. Aquel que en su muerte aparece ante los ojos humanos
desfigurado y sin belleza hasta el punto de mover a los presentes a
cubrirse el rostro (cf. Is 53, 2-3), precisamente en la Cruz
manifiesta en plenitud la belleza y el poder del amor de Dios. San
Agustín lo canta así: «Hermoso siendo Dios, Verbo
en Dios [...] Es hermoso en el cielo y es hermoso en la tierra;
hermoso en el seno, hermoso en los brazos de sus padres, hermoso en
los milagros, hermoso en los azotes; hermoso invitado a la vida,
hermoso no preocupándose de la muerte, hermoso dando la vida,
hermoso tomándola; hermoso en la cruz, hermoso en el sepulcro
y hermoso en el cielo. Oíd entendiendo el cántico, y la
flaqueza de su carne no aparte de vuestros ojos el esplendor de su
hermosura»(41).
La vida consagrada refleja este esplendor del amor, porque
confiesa, con su fidelidad al misterio de la Cruz, creer y vivir del
amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. De este modo
contribuye a mantener viva en la Iglesia la conciencia de que la Cruz
es la sobreabundancia del amor de Dios que se derrama sobre este
mundo, el gran signo de la presencia salvífica de Cristo. Y
esto especialmente en las dificultades y pruebas. Es lo que
testimonian continuamente y con un valor digno de profunda admiración
un gran número de personas consagradas, que con frecuencia
viven en situaciones difíciles, incluso de persecución
y martirio. Su fidelidad al único Amor se manifiesta y se
fortalece en la humildad de una vida oculta, en la aceptación
de los sufrimientos para completar lo que en la propia carne «
falta a las tribulaciones de Cristo » (Col 1, 24), en el
sacrificio silencioso, en el abandono a la santa voluntad de Dios, en
la serena fidelidad incluso ante el declive de las fuerzas y del
propio ascendiente. De la fidelidad a Dios nace también la
entrega al prójimo, que las personas consagradas viven no sin
sacrificio en la constante intercesión por las necesidades de
los hermanos, en el servicio generoso a los pobres y a los enfermos,
en el compartir las dificultades de los demás y en la
participación solícita en las preocupaciones y pruebas
de la Iglesia.
Testigos de Cristo en el mundo
25. Del misterio pascual surge además la misión,
dimensión que determina toda la vida eclesial. Ella tiene una
realización específica propia en la vida consagrada. En
efecto, más allá incluso de los carismas propios de los
Institutos dedicados a la misión ad gentes o empeñados
en una actividad de tipo propiamente apostólica, se puede
decir que la misión está inscrita en el corazón
mismo de cada forma de vida consagrada. En la medida en que el
consagrado vive una vida únicamente entregada al Padre (cf. Lc
2, 49; Jn 4, 34), sostenida por Cristo (cf. Jn 15, 16; Gl 1, 15-16),
animada por el Espíritu (cf. Lc 24, 49; Hch 1, 8; 2, 4),
coopera eficazmente a la misión del Señor Jesús
(cf. Jn 20, 21), contribuyendo de forma particularmente profunda a la
renovación del mundo.
El primer cometido misionero las personas consagradas lo tienen
hacia sí mismas, y lo llevan a cabo abriendo el propio corazón
a la acción del Espíritu de Cristo. Su testimonio ayuda
a toda la Iglesia a recordar que en primer lugar está el
servicio gratuito a Dios, hecho posible por la gracia de Cristo,
comunicada al creyente mediante el don del Espíritu. De este
modo se anuncia al mundo la paz que desciende del Padre, la entrega
que el Hijo testimonia y la alegría que es fruto del Espíritu
Santo.
Las personas consagradas serán misioneras ante todo
profundizando continuamente en la conciencia de haber sido llamadas y
escogidas por Dios, al cual deben pues orientar toda su vida y
ofrecer todo lo que son y tienen, liberándose de los
impedimentos que pudieran frenar la total respuesta de amor. De este
modo podrán llegar a ser un signo verdadero de Cristo en el
mundo. Su estilo de vida debe transparentar también el ideal
que profesan, proponiéndose como signo vivo de Dios y como
elocuente, aunque con frecuencia silenciosa, predicación del
Evangelio.
Siempre, pero especialmente en la cultura contemporánea,
con frecuencia tan secularizada y sin embargo sensible al lenguaje de
los signos, la Iglesia debe preocuparse de hacer visible su presencia
en la vida cotidiana. Ella tiene derecho a esperar una aportación
significativa al respecto de las personas consagradas, llamadas a dar
en cada situación un testimonio concreto de su pertenencia a
Cristo.
Puesto que el hábito es signo de consagración, de
pobreza y de pertenencia a una determinada familia religiosa, junto
con los Padres del Sínodo recomiendo vivamente a los
religiosos y a las religiosas que usen el propio hábito,
adaptado oportunamente a las circunstancias de los tiempos y de los
lugares(42). Allí donde válidas exigencias apostólicas
lo requieran, conforme a las normas del propio Instituto, podrán
emplear también un vestido sencillo y decoroso, con un símbolo
adecuado, de modo que sea reconocible su consagración.
Los Institutos que desde su origen o por disposición de sus
constituciones no prevén un hábito propio, procuren que
el vestido de sus miembros responda, por dignidad y sencillez, a la
naturaleza de su vocación(43).
Dimensión escatológica de la vida consagrada
26. Debido a que hoy las preocupaciones apostólicas son
cada vez más urgentes y la dedicación a las cosas de
este mundo corre el riesgo de ser siempre más absorbente, es
particularmente oportuno llamar la atención sobre la
naturaleza escatológica de la vida consagrada.
« Donde esté tu tesoro, allí estará
también tu corazón » (Mt 6, 21): el tesoro único
del Reino suscita el deseo, la espera, el compromiso y el testimonio.
En la Iglesia primitiva la espera de la venida del Señor se
vivía de un modo particularmente intenso. A pesar del paso de
los siglos la Iglesia no ha dejado de cultivar esta actitud de
esperanza: ha seguido invitando a los fieles a dirigir la mirada
hacia la salvación que va a manifestarse, « porque la
apariencia de este mundo pasa » (1 Co 7, 31; cf. 1 Pt 1,
3-6)(44).
En este horizonte es donde mejor se comprende el papel de signo
escatológico propio de la vida consagrada. En efecto, es
constante la doctrina que la presenta como anticipación del
Reino futuro. El Concilio Vaticano II vuelve a proponer esta
enseñanza cuando afirma que la consagración «anuncia
ya la resurrección futura y la gloria del reino de los
cielos»(45). Esto lo realiza sobre todo la opción por la
virginidad, entendida siempre por la tradición como una
anticipación del mundo definitivo, que ya desde ahora actúa
y transforma al hombre en su totalidad.
Las personas que han dedicado su vida a Cristo viven
necesariamente con el deseo de encontrarlo para estar finalmente y
para siempre con Él. De aquí la ardiente espera, el
deseo de «sumergirse en el Fuego de amor que arde en ellas y
que no es otro que el Espíritu Santo»(46), espera y
deseo sostenidos por los dones que el Señor concede libremente
a quienes aspiran a las cosas de arriba (cf. Col 3, 1).
Fijos los ojos en el Señor, la persona consagrada recuerda
que « no tenemos aquí ciudad permanente » (Hb 13,
14), porque « somos ciudadanos del cielo » (Flp 3, 20).
Lo único necesario es buscar el Reino de Dios y su justicia
(cf. Mt 6, 33), invocando incesantemente la venida del Señor.
Una espera activa: compromiso y vigilancia
27. « ¡Ven, Señor Jesús! » (Ap 22,
20). Esta espera es lo más opuesto a la inercia: aunque
dirigida al Reino futuro, se traduce en trabajo y misión, para
que el Reino se haga presente ya ahora mediante la instauración
del espíritu de las Bienaventuranzas, capaz de suscitar
también en la sociedad humana actitudes eficaces de justicia,
paz, solidaridad y perdón.
Esto lo ha demostrado ampliamente la historia de la vida
consagrada, que siempre ha producido frutos abundantes también
para el mundo. Con sus carismas las personas consagradas llegan a ser
un signo del Espíritu para un futuro nuevo, iluminado por la
fe y por la esperanza cristiana.
La tensión escatológica se convierte en misión,
para que el Reino se afirme de modo creciente aquí y ahora. A
la súplica: « ¡Ven, Señor Jesús! »,
se une otra invocación: « ¡Venga tu Reino! »
(Mt 6, 10).
Quien espera vigilante el cumplimiento de las promesas de Cristo
es capaz de infundir también esperanza entre sus hermanos y
hermanas, con frecuencia desconfiados y pesimistas respecto al
futuro. Su esperanza está fundada sobre la promesa de Dios
contenida en la Palabra revelada: la historia de los hombres camina
hacia « un cielo nuevo y una tierra nueva » (Ap 21, 1),
en los que el Señor « enjugará toda lágrima
de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni
gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado » (Ap 21,
4).
La vida consagrada está al servicio de esta definitiva
irradiación de la gloria divina, cuando toda carne verá
la salvación de Dios (cf. Lc 3, 6; Is 40, 5). El Oriente
cristiano destaca esta dimensión cuando considera a los monjes
como ángeles de Dios sobre la tierra, que anuncian la
renovación del mundo en Cristo. En Occidente el monacato es
celebración de memoria y vigilia: memoria de las maravillas
obradas por Dios, vigilia del cumplimiento último de la
esperanza. El mensaje del monacato y de la vida contemplativa repite
incesantemente que la primacía de Dios es plenitud de sentido
y de alegría para la existencia humana, porque el hombre ha
sido hecho para Dios y su corazón estará inquieto hasta
que descanse en Él(47).
La Virgen María, modelo de consagración y
seguimiento
28. María es aquella que, desde su concepción
inmaculada, refleja más perfectamente la belleza divina. «
Toda hermosa » es el título con el que la Iglesia la
invoca. «La relación que todo fiel, como consecuencia de
su unión con Cristo, mantiene con María Santísima
queda aún más acentuada en la vida de las personas
consagradas [...] En todos (los Institutos de vida consagrada) existe
la convicción de que la presencia de María tiene una
importancia fundamental tanto para la vida espiritual de cada alma
consagrada, como para la consistencia, la unidad y el progreso de
toda la comunidad»(48).
En efecto, María es ejemplo sublime de perfecta
consagración, por su pertenencia plena y entrega total a Dios.
Elegida por el Señor, que quiso realizar en ella el misterio
de la Encarnación, recuerda a los consagrados la primacía
de la iniciativa de Dios. Al mismo tiempo, habiendo dado su
consentimiento a la Palabra divina, que se hizo carne en ella, María
aparece como modelo de acogida de la gracia por parte de la criatura
humana.
Cercana a Cristo, junto con José, en la vida oculta de
Nazaret, presente al lado del Hijo en los momentos cruciales de su
vida pública, la Virgen es maestra de seguimiento
incondicional y de servicio asiduo. En ella, «templo del
Espíritu Santo»(49), brilla de este modo todo el
esplendor de la nueva criatura. La vida consagrada la contempla como
modelo sublime de consagración al Padre, de unión con
el Hijo y de docilidad al Espíritu, sabiendo bien que
identificarse con «el tipo de vida en pobreza y virginidad»(50)
de Cristo significa asumir también el tipo de vida de María.
La persona consagrada encuentra, además, en la Virgen una
Madre por título muy especial. En efecto, si la nueva
maternidad dada a María en el Calvario es un don a todos los
cristianos, adquiere un valor específico para quien ha
consagrado plenamente la propia vida a Cristo. « Ahí
tienes a tu madre » (Jn 19, 27): las palabras de Jesús
al discípulo « a quien amaba » (Jn 19, 26), asumen
una profundidad particular en la vida de la persona consagrada. En
efecto, está llamada con Juan a acoger consigo a María
Santísima (cf. Jn 19, 27), amándola e imitándola
con la radicalidad propia de su vocación y experimentando, a
su vez, una especial ternura materna. La Virgen le comunica aquel
amor que permite ofrecer cada día la vida por Cristo,
cooperando con Él en la salvación del mundo. Por eso,
la relación filial con María es el camino privilegiado
para la fidelidad a la vocación recibida y una ayuda
eficacísima para avanzar en ella y vivirla en plenitud(51).
III. EN LA IGLESIA Y PARA LA IGLESIA
« Bueno es estarnos aquí »: la vida
consagrada en el misterio de la Iglesia
29. En la escena de la Transfiguración, Pedro habla en
nombre de los demás apóstoles: « Bueno es
estarnos aquí » (Mt, 17, 4). La experiencia de la gloria
de Cristo, aunque le extasía la mente y el corazón, no
lo aísla, sino que, por el contrario, lo une más
profundamente al « nosotros » de los discípulos.
Esta dimensión del « nosotros » nos lleva a
considerar el lugar que la vida consagrada ocupa en el misterio de la
Iglesia. La reflexión teológica sobre la naturaleza de
la vida consagrada ha profundizado en estos años en las nuevas
perspectivas surgidas de la doctrina del Concilio Vaticano II. A su
luz se ha tomado conciencia de que la profesión de los
consejos evangélicos pertenece indiscutiblemente a la vida y a
la santidad de la Iglesia(52). Esto significa que la vida consagrada,
presente desde el comienzo, no podrá faltar nunca a la Iglesia
como uno de sus elementos irrenunciables y característicos,
como expresión de su misma naturaleza.
Esto resulta evidente ya que la profesión de los consejos
evangélicos está íntimamente relacionada con el
misterio de Cristo, teniendo el cometido de hacer de algún
modo presente la forma de vida que Él eligió,
señalándola como valor absoluto y escatológico.
Jesús mismo, llamando a algunas personas a dejarlo todo para
seguirlo, inauguró este género de vida que, bajo la
acción del Espíritu, se ha desarrollado progresivamente
a lo largo de los siglos en las diversas formas de la vida
consagrada. El concepto de una Iglesia formada únicamente por
ministros sagrados y laicos no corresponde, por tanto, a las
intenciones de su divino Fundador tal y como resulta de los
Evangelios y de los demás escritos neotestamentarios.
La nueva y especial consagración
30. En la tradición de la Iglesia la profesión
religiosa es considerada como una singular y fecunda profundización
de la consagración bautismal en cuanto que, por su medio, la
íntima unión con Cristo, ya inaugurada con el Bautismo,
se desarrolla en el don de una configuración más
plenamente expresada y realizada, mediante la profesión de los
consejos evangélicos(53).
Esta posterior consagración tiene, sin embargo, una
peculiaridad propia respecto a la primera, de la que no es una
consecuencia necesaria(54). En realidad, todo renacido en Cristo está
llamado a vivir, con la fuerza proveniente del don del Espíritu,
la castidad correspondiente a su propio estado de vida, la obediencia
a Dios y a la Iglesia, y un desapego razonable de los bienes
materiales, porque todos son llamados a la santidad, que consiste en
la perfección de la caridad(55). Pero el Bautismo no implica
por sí mismo la llamada al celibato o a la virginidad, la
renuncia a la posesión de bienes y la obediencia a un
superior, en la forma propia de los consejos evangélicos. Por
tanto, su profesión supone un don particular de Dios no
concedido a todos, como Jesús mismo señala en el caso
del celibato voluntario (cf. Mt 19, 10-12).
A esta llamada corresponde, por otra parte, un don específico
del Espíritu Santo, de modo que la persona consagrada pueda
responder a su vocación y a su misión. Por eso, como se
refleja en las liturgias de Oriente y Occidente, en el rito de la
profesión monástica o religiosa y en la consagración
de las vírgenes, la Iglesia invoca sobre las personas elegidas
el don del Espíritu Santo y asocia su oblación al
sacrificio de Cristo(56).
La profesión de los consejos evangélicos es también
un desarrollo de la gracia del sacramento de la Confirmación,
pero va más allá de las exigencias normales de la
consagración crismal en virtud de un don particular del
Espíritu, que abre a nuevas posibilidades y frutos de santidad
y de apostolado, como demuestra la historia de la vida consagrada.
En cuanto a los sacerdotes que profesan los consejos evangélicos,
la experiencia misma muestra que el sacramento del Orden encuentra
una fecundidad peculiar en esta consagración, puesto que
presenta y favorece la exigencia de una pertenencia más
estrecha al Señor. El sacerdote que profesa los consejos
evangélicos encuentra una ayuda particular para vivir en sí
mismo la plenitud del misterio de Cristo, gracias también a la
espiritualidad peculiar de su Instituto y a la dimensión
apostólica del correspondiente carisma. En efecto, en el
presbítero la vocación al sacerdocio y a la vida
consagrada convergen en profunda y dinámica unidad.
De valor inconmensurable es también la aportación
dada a la vida de la Iglesia por los religiosos sacerdotes dedicados
íntegramente a la contemplación. Especialmente en la
celebración eucarística realizan una acción de
la Iglesia y para la Iglesia, a la que unen el ofrecimiento de sí
mismos, en comunión con Cristo que se ofrece al Padre para la
salvación del mundo entero(57).
Las relaciones entre los diversos estados de vida del cristiano
31. Las diversas formas de vida en las que, según el
designio del Señor Jesús, se articula la vida eclesial
presentan relaciones recíprocas sobre las que interesa
detenerse.
Todos los fieles, en virtud de su regeneración en Cristo,
participan de una dignidad común; todos son llamados a la
santidad; todos cooperan a la edificación del único
Cuerpo de Cristo, cada uno según su propia vocación y
el don recibido del Espíritu (cf. Rm 12, 38)(58). La igual
dignidad de todos los miembros de la Iglesia es obra del Espíritu;
está fundada en el Bautismo y la Confirmación y
corroborada por la Eucaristía. Sin embargo, también es
obra del Espíritu la variedad de formas. Él constituye
la Iglesia como una comunión orgánica en la diversidad
de vocaciones, carismas y ministerios(59).
Las vocaciones a la vida laical, al ministerio ordenado y a la
vida consagrada se pueden considerar paradigmáticas, dado que
todas las vocaciones particulares, bajo uno u otro aspecto, se
refieren o se reconducen a ellas, consideradas separadamente o en
conjunto, según la riqueza del don de Dios. Además,
están al servicio unas de otras para el crecimiento del Cuerpo
de Cristo en la historia y para su misión en el mundo. Todos
en la Iglesia son consagrados en el Bautismo y en la Confirmación,
pero el ministerio ordenado y la vida consagrada suponen una vocación
distinta y una forma específica de consagración, en
razón de una misión peculiar.
La consagración bautismal y crismal, común a todos
los miembros del Pueblo de Dios, es fundamento adecuado de la misión
de los laicos, de los que es propio «el buscar el Reino de Dios
ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas
según Dios»(60). Los ministros ordenados, además
de esta consagración fundamental, reciben la consagración
en la Ordenación para continuar en el tiempo el ministerio
apostólico. Las personas consagradas, que abrazan los consejos
evangélicos, reciben una nueva y especial consagración
que, sin ser sacramental, las compromete a abrazar —en el
celibato, la pobreza y la obediencia— la forma de vida
practicada personalmente por Jesús y propuesta por Él a
los discípulos. Aunque estas diversas categorías son
manifestaciones del único misterio de Cristo, los laicos
tienen como aspecto peculiar, si bien no exclusivo, el carácter
secular, los pastores el carácter ministerial y los
consagrados la especial conformación con Cristo virgen, pobre
y obediente.
El valor especial de la vida consagrada
32. En este armonioso conjunto de dones, se confía a cada
uno de los estados de vida fundamentales la misión de
manifestar, en su propia categoría, una u otra de las
dimensiones del único misterio de Cristo. Si la vida laical
tiene la misión particular de anunciar el Evangelio en medio
de las realidades temporales, en el ámbito de la comunión
eclesial desarrollan un ministerio insustituible los que han recibido
el Orden sagrado, especialmente los Obispos. Ellos tienen la tarea de
apacentar el Pueblo de Dios con la enseñanza de la Palabra, la
administración de los Sacramentos y el ejercicio de la
potestad sagrada al servicio de la comunión eclesial, que es
comunión orgánica, ordenada jerárquicamente(61).
Como expresión de la santidad de la Iglesia, se debe
reconocer una excelencia objetiva a la vida consagrada, que refleja
el mismo modo de vivir de Cristo. Precisamente por esto, ella es una
manifestación particularmente rica de los bienes evangélicos
y una realización más completa del fin de la Iglesia
que es la santificación de la humanidad. La vida consagrada
anuncia y, en cierto sentido, anticipa el tiempo futuro, cuando,
alcanzada la plenitud del Reino de los cielos presente ya en germen y
en el misterio(62), los hijos de la resurrección no tomarán
mujer o marido, sino que serán como ángeles de Dios
(cf. Mt 22, 30).
En efecto, la excelencia de la castidad perfecta por el Reino(63),
considerada con razón la «puerta» de toda la vida
consagrada(64), es objeto de la constante enseñanza de la
Iglesia. Esta manifiesta, al mismo tiempo, gran estima por la
vocación al matrimonio, que hace de los cónyuges
«testigos y colaboradores de la fecundidad de la Madre Iglesia
como símbolo y participación de aquel amor con el que
Cristo amó a su esposa y se entregó por ella»(65).
En este horizonte común a toda la vida consagrada, se
articulan vías distintas entre sí, pero
complementarias. Los religiosos y las religiosas dedicados
íntegramente a la contemplación son en modo especial
imagen de Cristo en oración en el monte(66). Las personas
consagradas de vida activa lo manifiestan «anunciando a las
gentes el Reino de Dios, curando a los enfermos y lisiados,
convirtiendo a los pecadores en fruto bueno, bendiciendo a los niños
y haciendo el bien a todos»(67). Las personas consagradas en
los Institutos seculares realizan un servicio particular para la
venida del Reino de Dios, uniendo en una síntesis específica
el valor de la consagración y el de la secularidad. Viviendo
su consagración en el mundo y a partir del mundo(68), «se
esfuerzan por impregnar todas las cosas con el espíritu
evangélico, para fortaleza y crecimiento del Cuerpo de
Cristo»(69). Participan, para ello, en la obra evangelizadora
de la Iglesia mediante el testimonio personal de vida cristiana, el
empeño por ordenar según Dios las realidades
temporales, la colaboración en el servicio de la comunidad
eclesial, de acuerdo con el estilo de vida secular que les es
propio(70).
Testimoniar el Evangelio de las Bienaventuranzas
33. Misión peculiar de la vida consagrada es mantener viva
en los bautizados la conciencia de los valores fundamentales del
Evangelio, dando «un testimonio magnífico y
extraordinario de que sin el espíritu de las Bienaventuranzas
no se puede transformar este mundo y ofrecerlo a Dios»(71). De
este modo la vida consagrada aviva continuamente en la conciencia del
Pueblo de Dios la exigencia de responder con la santidad de la vida
al amor de Dios derramado en los corazones por el Espíritu
Santo (cf. Rm 5, 5), reflejando en la conducta la consagración
sacramental obrada por Dios en el Bautismo, la Confirmación o
el Orden. En efecto, se debe pasar de la santidad comunicada por los
sacramentos a la santidad de la vida cotidiana. La vida consagrada,
con su misma presencia en la Iglesia, se pone al servicio de la
consagración de la vida de cada fiel, laico o clérigo.
Por otra parte, no se debe olvidar que los consagrados reciben
también del testimonio propio de las demás vocaciones
una ayuda para vivir íntegramente la adhesión al
misterio de Cristo y de la Iglesia en sus múltiples
dimensiones. En virtud de este enriquecimiento recíproco, se
hace más elocuente y eficaz la misión de la vida
consagrada: señalar como meta a los demás hermanos y
hermanas, fijando la mirada en la paz futura, la felicidad definitiva
que está en Dios.
Imagen viva de la Iglesia-Esposa
34. Importancia particular tiene el significado esponsal de la
vida consagrada, que hace referencia a la exigencia de la Iglesia de
vivir en la entrega plena y exclusiva a su Esposo, del cual recibe
todo bien. En esta dimensión esponsal, propia de toda la vida
consagrada, es sobre todo la mujer la que se ve singularmente
reflejada, como descubriendo la índole especial de su relación
con el Señor.
A este respecto, es sugestiva la página neotestamentaria
que presenta a María con los Apóstoles en el Cenáculo
en espera orante del Espíritu Santo (cf. Hch 1, 13-14). Aquí
se puede ver una imagen viva de la Iglesia-Esposa, atenta a las
señales del Esposo y preparada para acoger su don. En Pedro y
en los demás Apóstoles emerge sobre todo la dimensión
de la fecundidad, como se manifiesta en el ministerio eclesial, que
se hace instrumento del Espíritu para la generación de
nuevos hijos mediante el anuncio de la Palabra, la celebración
de los Sacramentos y la atención pastoral. En María
está particularmente viva la dimensión de la acogida
esponsal, con la que la Iglesia hace fructificar en sí misma
la vida divina a través de su amor total de virgen.
La vida consagrada ha sido siempre vista prevalentemente en María,
la Virgen esposa. De ese amor virginal procede una fecundidad
particular, que contribuye al nacimiento y crecimiento de la vida
divina en los corazones(72). La persona consagrada, siguiendo las
huellas de María, nueva Eva, manifiesta su fecundidad
espiritual acogiendo la Palabra, para colaborar en la formación
de la nueva humanidad con su dedicación incondicional y su
testimonio. Así la Iglesia manifiesta plenamente su maternidad
tanto por la comunicación de la acción divina confiada
a Pedro, como por la acogida responsable del don divino, típica
de María.
Por su parte, el pueblo cristiano encuentra en el ministerio
ordenado los medios de la salvación, y en la vida consagrada
el impulso para una respuesta de amor plena en todas las diversas
formas de diaconía(73).
IV. GUIADOS POR EL ESPIRITU DE SANTIDAD
Existencia « transfigurada »: llamada a la
santidad
35. « Al oír esto los discípulos cayeron
rostro en tierra llenos de miedo » (Mt 17, 6). Los sinópticos
ponen de relieve en el episodio de la Transfiguración, con
matices diversos, el temor de los discípulos. El atractivo del
rostro transfigurado de Cristo no impide que se sientan atemorizados
ante la Majestad divina que los envuelve. Siempre que el hombre
experimenta la gloria de Dios se da cuenta también de su
pequeñez y de aquí surge una sensación de miedo.
Este temor es saludable. Recuerda al hombre la perfección
divina, y al mismo tiempo lo empuja con una llamada urgente a la «
santidad ».
Todos los hijos de la Iglesia, llamados por el Padre a «
escuchar » a Cristo, deben sentir una profunda exigencia de
conversión y de santidad. Pero, como se ha puesto de relieve
en el Sínodo, esta exigencia se refiere en primer lugar a la
vida consagrada. En efecto, la vocación de las personas
consagradas a buscar ante todo el Reino de Dios es, principalmente,
una llamada a la plena conversión, en la renuncia de sí
mismo para vivir totalmente en el Señor, para que Dios sea
todo en todos. Los consagrados, llamados a contemplar y testimoniar
el rostro «transfigurado» de Cristo, son llamados también
a una existencia transfigurada.
A este respecto, es significativo lo expresado en la Relación
final de la II Asamblea extraordinaria del Sínodo: «Los
santos y santas han sido siempre fuente y origen de renovación
en las circunstancias más difíciles a lo largo de toda
la historia de la Iglesia. Hoy necesitamos fuertemente pedir con
asiduidad a Dios santos. Los Institutos de vida consagrada, por la
profesión de los consejos evangélicos, sean conscientes
de su misión especial en la Iglesia de hoy, y nosotros debemos
animarlos en esa misión»(74). De estas consideraciones
se han hecho eco los Padres de la IX Asamblea sinodal, afirmando: «La
vida consagrada ha sido a través de la historia de la Iglesia
una presencia viva de esta acción del Espíritu, como un
espacio privilegiado de amor absoluto a Dios y al prójimo,
testimonio del proyecto divino de hacer de toda la humanidad, dentro
de la civilización del amor, la gran familia de los hijos de
Dios»(75).
La Iglesia ha visto siempre en la profesión de los consejos
evangélicos un camino privilegiado hacia la santidad. Las
mismas expresiones con las que la define —escuela del servicio
del Señor, escuela de amor y santidad, camino o estado de
perfección— indican tanto la eficacia y riqueza de los
medios propios de esta forma de vida evangélica, como el
empeño particular de quienes la abrazan(76). No es casual que
a lo largo de los siglos tantos consagrados hayan dejado testimonios
elocuentes de santidad y hayan realizado empresas de evangelización
y de servicio particularmente generosas y arduas.
Fidelidad al carisma
36. En el seguimiento de Cristo y en el amor hacia su persona hay
algunos puntos sobre el crecimiento de la santidad en la vida
consagrada que merecen ser hoy especialmente evidenciados.
Ante todo se pide la fidelidad al carisma fundacional y al
consiguiente patrimonio espiritual de cada Instituto. Precisamente en
esta fidelidad a la inspiración de los fundadores y
fundadoras, don del Espíritu Santo, se descubren más
fácilmente y se reviven con más fervor los elementos
esenciales de la vida consagrada.
En efecto, cada carisma tiene, en su origen, una triple
orientación: hacia el Padre, sobre todo en el deseo de buscar
filialmente su voluntad mediante un proceso de conversión
continua, en el que la obediencia es fuente de verdadera libertad, la
castidad manifiesta la tensión de un corazón
insatisfecho de cualquier amor finito, la pobreza alimenta el hambre
y la sed de justicia que Dios prometió saciar (cf. Mt 5, 6).
En esta perspectiva el carisma de cada Instituto animará a la
persona consagrada a ser toda de Dios, a hablar con Dios o de Dios,
como se dice de santo Domingo(77), para gustar qué bueno es el
Señor (cf. Sal 3334, 9) en todas las situaciones.
Los carismas de vida consagrada implican también una
orientación hacia el Hijo, llevando a cultivar con Él
una comunión de vida íntima y gozosa, en la escuela de
su servicio generoso de Dios y de los hermanos. De este modo, «la
mirada progresivamente cristificada, aprende a alejarse de lo
exterior, del torbellino de los sentidos, es decir, de cuanto impide
al hombre la levedad que le permitiría dejarse conquistar por
el Espíritu»(78), y posibilita así ir a la misión
con Cristo, trabajando y sufriendo con Él en la difusión
de su Reino.
Por último, cada carisma comporta una orientación
hacia el Espíritu Santo, ya que dispone la persona a dejarse
conducir y sostener por Él, tanto en el propio camino
espiritual como en la vida de comunión y en la acción
apostólica, para vivir en aquella actitud de servicio que debe
inspirar toda decisión del cristiano auténtico.
En efecto, esta triple relación emerge siempre, a pesar de
las características específicas de los diversos modelos
de vida, en cada carisma de fundación, por el hecho mismo de
que en ellos domina «una profunda preocupación por
configurarse con Cristo testimoniando alguno de los aspectos de su
misterio»(79), aspecto específico llamado a encarnarse y
desarrollarse en la tradición más genuina de cada
Instituto, según las Reglas, Constituciones o Estatutos(80).
Fidelidad creativa
37. Se invita pues a los Institutos a reproducir con valor la
audacia, la creatividad y la santidad de sus fundadores y fundadoras
como respuesta a los signos de los tiempos que surgen en el mundo de
hoy(81). Esta invitación es sobre todo una llamada a
perseverar en el camino de santidad a través de las
dificultades materiales y espirituales que marcan la vida cotidiana.
Pero es también llamada a buscar la competencia en el propio
trabajo y a cultivar una fidelidad dinámica a la propia
misión, adaptando sus formas, cuando es necesario, a las
nuevas situaciones y a las diversas necesidades, en plena docilidad a
la inspiración divina y al discernimiento eclesial. Debe
permanecer viva, pues, la convicción de que la garantía
de toda renovación que pretenda ser fiel a la inspiración
originaria está en la búsqueda de la conformación
cada vez más plena con el Señor(82).
En este espíritu, vuelve a ser hoy urgente para cada
Instituto la necesidad de una referencia renovada a la Regla, porque
en ella y en las Constituciones se contiene un itinerario de
seguimiento, caracterizado por un carisma específico
reconocido por la Iglesia. Una creciente atención a la Regla
ofrecerá a las personas consagradas un criterio seguro para
buscar las formas adecuadas de testimonio capaces de responder a las
exigencias del momento sin alejarse de la inspiración inicial.
Oración y ascesis: el combate espiritual
38. La llamada a la santidad es acogida y puede ser cultivada sólo
en el silencio de la adoración ante la infinita trascendencia
de Dios: «Debemos confesar que todos tenemos necesidad de este
silencio cargado de presencia adorada: la teología, para poder
valorizar plenamente su propia alma sapiencial y espiritual; la
oración, para que no se olvide nunca de que ver a Dios
significa bajar del monte con un rostro tan radiante que obligue a
cubrirlo con un velo (cf. Ex 34, 33) [...]; el compromiso, para
renunciar a encerrarse en una lucha sin amor y perdón [...].
Todos, tanto creyentes como no creyentes, necesitan aprender un
silencio que permita al Otro hablar, cuando quiera y como quiera, y a
nosotros comprender esa palabra»(83). Esto comporta en concreto
una gran fidelidad a la oración litúrgica y personal, a
los tiempos dedicados a la oración mental y a la
contemplación, a la adoración eucarística, los
retiros mensuales y los ejercicios espirituales.
Es necesario también tener presentes los medios ascéticos
típicos de la tradición espiritual de la Iglesia y del
propio Instituto. Ellos han sido y son aún una ayuda poderosa
para un auténtico camino de santidad. La ascesis, ayudando a
dominar y corregir las tendencias de la naturaleza humana herida por
el pecado, es verdaderamente indispensable a la persona consagrada
para permanecer fiel a la propia vocación y seguir a Jesús
por el camino de la Cruz.Es necesario también reconocer y
superar algunas tentaciones que a veces, por insidia del Diablo, se
presentan bajo la apariencia de bien. Así, por ejemplo, la
legítima exigencia de conocer la sociedad moderna para
responder a sus desafíos puede inducir a ceder a las modas del
momento, con disminución del fervor espiritual o con actitudes
de desánimo. La posibilidad de una formación espiritual
más elevada podría empujar a las personas consagradas a
un cierto sentimiento de superioridad respecto a los demás
fieles, mientras que la urgencia de una cualificación legítima
y necesaria puede transformarse en una búsqueda excesiva de
eficacia, como si el servicio apostólico dependiera
prevalentemente de los medios humanos, más que de Dios. El
deseo loable de acercarse a los hombres y mujeres de nuestro tiempo,
creyentes y no creyentes, pobres y ricos, puede llevar a la adopción
de un estilo de vida secularizado o a una promoción de los
valores humanos en sentido puramente horizontal. El compartir las
aspiraciones legítimas de la propia nación o cultura
podría llevar a abrazar formas de nacionalismo o a asumir
prácticas que tienen, por el contrario, necesidad de ser
purificadas y elevadas a la luz del Evangelio.
El camino que conduce a la santidad conlleva, pues, la aceptación
del combate espiritual. Se trata de un dato exigente al que hoy no
siempre se dedica la atención necesaria. La tradición
ha visto con frecuencia representado el combate espiritual en la
lucha de Jacob con el misterio de Dios, que él afronta para
acceder a su bendición y a su visión (cf. Gn 32,
23-31). En esta narración de los principios de la historia
bíblica las personas consagradas pueden ver el símbolo
del empeño ascético necesario para dilatar el corazón
y abrirlo a la acogida del Señor y de los hermanos.
Promover la santidad
39. Hoy más que nunca es necesario un renovado compromiso
de santidad por parte de las personas consagradas para favorecer y
sostener el esfuerzo de todo cristiano por la perfección. «Es
necesario suscitar en cada fiel un verdadero anhelo de santidad, un
fuerte deseo de conversión y de renovación personal en
un clima de oración siempre más intensa y de solidaria
acogida del prójimo, especialmente del más
necesitado»(84).
Las personas consagradas, en la medida en que profundizan su
propia amistad con Dios, se hacen capaces de ayudar a los hermanos y
hermanas mediante iniciativas espirituales válidas, como
escuelas de oración, ejercicios y retiros espirituales,
jornadas de soledad, escucha y dirección espiritual. De este
modo se favorece el progreso en la oración de personas que
podrán después realizar un mejor discernimiento de la
voluntad de Dios sobre ellas y emprender opciones valientes, a veces
heroicas, exigidas por la fe. En efecto, las personas consagradas «a
través de su ser más íntimo, se sitúan
dentro del dinamismo de la Iglesia, sedienta de lo Absoluto de Dios,
llamada a la santidad. Es de esta santidad de la que dan
testimonio»(85). El hecho de que todos sean llamados a la
santidad debe animar más aún a quienes, por su misma
opción de vida, tienen la misión de recordarlo a los
demás.
«Levantaos, no tengáis miedo»: una confianza
renovada
40. «Jesús, acercándose a ellos, los tocó
y dijo: "Levantaos, no tengáis miedo'"» (Mt
17, 7). Como los tres apóstoles en el episodio de la
Transfiguración, las personas consagradas saben por
experiencia que no siempre su vida es iluminada por aquel fervor
sensible que hace exclamar: « Bueno es estarnos aquí »
(Mt 17, 4). Sin embargo, es siempre una vida « tocada »
por la mano de Cristo, conducida por su voz y sostenida por su
gracia.
«Levantaos, no tengáis miedo». Esta invitación
del Maestro se dirige obviamente a cada cristiano. Pero con mayor
motivo a quien ha sido llamado a «dejarlo todo» y, por
consiguiente, a «arriesgarlo todo» por Cristo. De modo
especial es válida siempre que, con el Maestro, se baja del
«monte» para tomar el camino que lleva del Tabor al
Calvario.
Al decir que Moisés y Elías hablaban con Cristo
sobre su misterio pascual, Lucas emplea significativamente el término
«partida» (éxodos): «Hablaban de su partida,
que iba a cumplir en Jerusalén» (Lc 9, 31). «Exodo»:
término fundamental de la revelación, al que se refiere
toda la historia de la salvación, y que expresa el sentido
profundo del misterio pascual. Tema particularmente vinculado a la
espiritualidad de la vida consagrada y que manifiesta bien su
significado. En él se contiene inevitablemente lo que
pertenece al mysterium Crucis. Sin embargo, este comprometido «camino
de éxodo», visto desde la perspectiva del Tabor, aparece
como un camino entre dos luces: la luz anticipadora de la
Transfiguración y la definitiva de la Resurrección.
La vocación a la vida consagrada —en el horizonte de
toda la vida cristiana—, a pesar de sus renuncias y sus
pruebas, y más aún gracias a ellas, es camino «
de luz », sobre el que vela la mirada del Redentor: «Levantaos,
no tengáis miedo».
CAPÍTULO II
SIGNUM FRATERNITATIS
LA VIDA CONSAGRADA SIGNO
DE COMUNIÓN EN LA IGLESIA
I. VALORES PERMANENTES
A imagen de la Trinidad
41. Durante su vida terrena, Jesús llamó a quienes
Él quiso, para tenerlos junto a sí y para enseñarles
a vivir según su ejemplo, para el Padre y para la misión
que el Padre le había encomendado (cf. Mc 3, 13-15).
Inauguraba de este modo una nueva familia de la cual habrían
de formar parte a través de los siglos todos aquellos que
estuvieran dispuestos a « cumplir la voluntad de Dios »
(cf. Mc 3, 32-35). Después de la Ascensión, gracias al
don del Espíritu, se constituyó en torno a los
Apóstoles una comunidad fraterna, unida en la alabanza a Dios
y en una concreta experiencia de comunión (cf. Hch 2, 42-47;
4, 32-35). La vida de esta comunidad y, sobre todo, la experiencia de
la plena participación en el misterio de Cristo vivida por los
Doce, han sido el modelo en el que la Iglesia se ha inspirado siempre
que ha querido revivir el fervor de los orígenes y reanudar su
camino en la historia con un renovado vigor evangélico(86).
En realidad, la Iglesia es esencialmente misterio de comunión,
«muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo»(87). La vida fraterna quiere reflejar la
hondura y la riqueza de este misterio, configurándose como
espacio humano habitado por la Trinidad, la cual derrama así
en la historia los dones de la comunión que son propios de las
tres Personas divinas. Los ámbitos y las modalidades en que se
manifiesta la comunión fraterna en la vida eclesial son
muchos. La vida consagrada posee ciertamente el mérito de
haber contribuido eficazmente a mantener viva en la Iglesia la
exigencia de la fraternidad como confesión de la Trinidad. Con
la constante promoción del amor fraterno en la forma de vida
común, la vida consagrada pone de manifiesto que la
participación en la comunión trinitaria puede
transformar las relaciones humanas, creando un nuevo tipo de
solidaridad. Ella indica de este modo a los hombres tanto la belleza
de la comunión fraterna, como los caminos concretos que a ésta
conducen. Las personas consagradas, en efecto, viven « para »
Dios y « de » Dios. Por eso precisamente pueden proclamar
el poder reconciliador de la gracia, que destruye las fuerzas
disgregadoras que se encuentran en el corazón humano y en las
relaciones sociales.
Vida fraterna en el amor
42. La vida fraterna, entendida como vida compartida en el amor,
es un signo elocuente de la comunión eclesial. Es cultivada
con especial esmero por los Institutos religiosos y las Sociedades de
vida apostólica, en los que la vida de comunidad adquiere un
peculiar significado(88). Pero la dimensión de la comunión
fraterna no falta ni en los Institutos seculares ni en las mismas
formas individuales de vida consagrada. Los eremitas, en lo recóndito
de su soledad, no se apartan de la comunión eclesial, sino que
la sirven con su propio y específico carisma contemplativo;
las vírgenes consagradas en el mundo realizan su consagración
en una especial relación de comunión con la Iglesia
particular y universal, como lo hacen, de un modo similar, las viudas
y viudos consagrados.
Todas estas personas, queriendo poner en práctica la
condición evangélica de discípulos, se
comprometen a vivir el « mandamiento nuevo » del Señor,
amándose unos a otros como Él nos ha amado (cf. Jn 13,
34). El amor llevó a Cristo a la entrega de sí mismo
hasta el sacrificio supremo de la Cruz. De modo parecido, entre sus
discípulos no hay unidad verdadera sin este amor recíproco
incondicional, que exige disponibilidad para el servicio sin
reservas, prontitud para acoger al otro tal como es sin «
juzgarlo » (cf. Mt 7, 1-2), capacidad de perdonar hasta «
setenta veces siete » (Mt 18, 22). Para las personas
consagradas, que se han hecho « un corazón solo y una
sola alma » (Hch 4, 32) por el don del Espíritu Santo
derramado en los corazones (cf. Rm 5, 5), resulta una exigencia
interior el poner todo en común: bienes materiales y
experiencias espirituales, talentos e inspiraciones, ideales
apostólicos y servicios de caridad. «En la vida
comunitaria, la energía del Espíritu que hay en uno
pasa contemporáneamente a todos. Aquí no solamente se
disfruta del propio don, sino que se multiplica al hacer a los otros
partícipes de él, y se goza del fruto de los dones del
otro como si fuera del propio»(89).
En la vida de comunidad, además, debe hacerse tangible de
algún modo que la comunión fraterna, antes de ser
instrumento para una determinada misión, es espacio teologal
en el que se puede experimentar la presencia mística del Señor
resucitado (cf. Mt 18, 20)(90). Esto sucede merced al amor recíproco
de cuantos forman la comunidad, un amor alimentado por la Palabra y
la Eucaristía, purificado en el Sacramento de la
Reconciliación, sostenido por la súplica de la unidad,
don especial del Espíritu para aquellos que se ponen a la
escucha obediente del Evangelio.
Es precisamente Él, el Espíritu, quien introduce el
alma en la comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo (cf.
1 Jn 1, 3), comunión en la que está la fuente de la
vida fraterna. El Espíritu es quien guía las
comunidades de vida consagrada en el cumplimiento de su misión
de servicio a la Iglesia y a la humanidad entera, según la
propia inspiración.
En esta perspectiva tienen particular importancia los «Capítulos»
(o reuniones análogas), sean particulares o generales, en los
que cada Instituto debe elegir los Superiores o Superioras según
las normas establecidas en las propias Constituciones, y discernir a
la luz del Espíritu el modo adecuado de mantener y actualizar
el propio carisma y el propio patrimonio espiritual en las diversas
situaciones históricas y culturales(91).
La misión de la autoridad
43. En la vida consagrada ha tenido siempre una gran importancia
la función de los Superiores y de las Superioras, incluidos
los locales, tanto para la vida espiritual como para la misión.
En estos años de búsqueda y de transformaciones, se ha
sentido a veces la necesidad de revisar este cargo. Pero es preciso
reconocer que quien ejerce la autoridad no puede abdicar de su
cometido de primer responsable de la comunidad, como guía de
los hermanos y hermanas en el camino espiritual y apostólico.
En ambientes marcados fuertemente por el individualismo, no
resulta fácil reconocer y acoger la función que la
autoridad desempeña para provecho de todos. Pero se debe
reafirmar la importancia de este cargo, que se revela necesario
precisamente para consolidar la comunión fraterna y para que
no sea vana la obediencia profesada. Si bien es cierto que la
autoridad debe ser ante todo fraterna y espiritual, y que quien la
detenta debe consecuentemente saber involucrar mediante el diálogo
a los hermanos y hermanas en el proceso de decisión, conviene
recordar, sin embargo, que la última palabra corresponde a la
autoridad, a la cual compete también hacer respetar las
decisiones tomadas(92).
El papel de las personas ancianas
44. En la vida fraterna tiene un lugar importante el cuidado de
los ancianos y de los enfermos, especialmente en un momento como
éste, en el que en ciertas regiones del mundo aumenta el
número de las personas consagradas ya entradas en años.
Los cuidados solícitos que merecen no se basan únicamente
en un deber de caridad y de reconocimiento, sino que manifiestan
también la convicción de que su testimonio es de gran
ayuda a la Iglesia y a los Institutos, y de que su misión
continúa siendo válida y meritoria, aun cuando, por
motivos de edad o de enfermedad, se hayan visto obligados a dejar sus
propias actividades. Ellos tienen ciertamente mucho que dar en
sabiduría y experiencia a la comunidad, si ésta sabe
estar cercana a ellos con atención y capacidad de escucha.
En realidad la misión apostólica, antes que en la
acción, consiste en el testimonio de la propia entrega plena a
la voluntad salvífica del Señor, entrega que se
alimenta en la oración y la penitencia. Los ancianos, pues,
están llamados a vivir su vocación de muchas maneras:
la oración asidua, la aceptación paciente de su propia
condición, la disponibilidad para el servicio de la dirección
espiritual, la confesión y la guía en la oración(93).
A imagen de la comunidad apostólica
45. La vida fraterna tiene un papel fundamental en el camino
espiritual de las personas consagradas, sea para su renovación
constante, sea para el cumplimiento de su misión en el mundo.
Esto se deduce de las motivaciones teológicas que la
fundamentan, y la misma experiencia lo confirma con creces. Exhorto
por tanto a los consagrados y consagradas a cultivarla con tesón,
siguiendo el ejemplo de los primeros cristianos de Jerusalén,
que eran asiduos en la escucha de las enseñanzas de los
Apóstoles, en la oración común, en la
participación en la Eucaristía, y en el compartir los
bienes de la naturaleza y de la gracia (cf. Hch 2, 42-47). Exhorto
sobre todo a los religiosos, a las religiosas y a los miembros de las
Sociedades de vida apostólica, a vivir sin reservas el amor
mutuo y a manifestarlo de la manera más adecuada a la
naturaleza del proprio Instituto, para que cada comunidad se muestre
como signo luminoso de la nueva Jerusalén, «morada de
Dios con los hombres» (Ap 21, 3).
En efecto, toda la Iglesia espera mucho del testimonio de
comunidades ricas « de gozo y del Espíritu Santo »
(Hch 13, 52). Desea poner ante el mundo el ejemplo de comunidades en
las que la atención recíproca ayuda a superar la
soledad, y la comunicación contribuye a que todos se sientan
corresponsables; en las que el perdón cicatriza las heridas,
reforzando en cada uno el propósito de la comunión. En
comunidades de este tipo la naturaleza del carisma encauza las
energías, sostiene la fidelidad y orienta el trabajo
apostólico de todos hacia la única misión. Para
presentar a la humanidad de hoy su verdadero rostro, la Iglesia tiene
urgente necesidad de semejantes comunidades fraternas. Su misma
existencia representa una contribución a la nueva
evangelización, puesto que muestran de manera fehaciente y
concreta los frutos del «mandamiento nuevo».
Sentire cum Ecclesia
46. A la vida consagrada se le asigna también un papel
importante a la luz de la doctrina sobre la Iglesia-comunión,
propuesta con tanto énfasis por el Concilio Vaticano II. Se
pide a las personas consagradas que sean verdaderamente expertas en
comunión, y que vivan la respectiva espiritualidad(94) como
«testigos y artífices de aquel "proyecto de
comunión" que constituye la cima de la historia del
hombre según Dios»(95). El sentido de la comunión
eclesial, al desarrollarse como una espiritualidad de comunión,
promueve un modo de pensar, decir y obrar, que hace crecer la Iglesia
en hondura y en extensión. La vida de comunión «será
así un signo para el mundo y una fuerza atractiva que conduce
a creer en Cristo [...]. De este modo la comunión se abre a la
misión, haciéndose ella misma misión». Más
aun, «la comunión genera comunión y se configura
esencialmente como comunión misionera»(96).
En los fundadores y fundadoras aparece siempre vivo el sentido de
la Iglesia, que se manifiesta en su plena participación en la
vida eclesial en todas sus dimensiones, y en la diligente obediencia
a los Pastores, especialmente al Romano Pontífice. En este
contexto de amor a la Santa Iglesia, «columna y fundamento de
la verdad» (1 Tm 3, 15), se comprenden bien la devoción
de Francisco de Asís por «el Señor Papa»(97),
el filial atrevimiento de Catalina de Siena hacia quien ella llama
«dulce Cristo en la tierra»(98), la obediencia apostólica
y el sentire cum Ecclesia(99) de Ignacio de Loyola, la gozosa
profesión de fe de Teresa de Jesús: «Soy hija de
la Iglesia»(100); como también el anhelo de Teresa de
Lisieux: «En el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré
el amor»(101). Semejantes testimonios son representativos de la
plena comunión eclesial en la que han participado santos y
santas, fundadores y fundadoras, en épocas muy diversas de la
historia y en circunstancias a veces harto difíciles. Son
ejemplos en los que deben fijarse de continuo las personas
consagradas, para resistir a las fuerzas centrífugas y
disgregadoras, particularmente activas en nuestros días.
Un aspecto distintivo de esta comunión eclesial es la
adhesión de mente y de corazón al magisterio de los
Obispos, que ha de ser vivida con lealtad y testimoniada con nitidez
ante el Pueblo de Dios por parte de todas las personas consagradas,
especialmente por aquellas comprometidas en la investigación
teológica, en la enseñanza, en publicaciones, en la
catequesis y en el uso de los medios de comunicación
social(102). Puesto que las personas consagradas ocupan un lugar
especial en la Iglesia, su actitud a este respecto adquiere un
particular relieve ante todo el Pueblo de Dios. Su testimonio de amor
filial confiere fuerza e incisividad a su acción apostólica,
la cual, en el marco de la misión profética de todos
los bautizados, se caracteriza normalmente por cometidos que implican
una especial colaboración con la jerarquía(103). De
este modo, con la riqueza de sus carismas, las personas consagradas
brindan una específica aportación a la Iglesia para que
ésta profundice cada vez más en su propio ser, como
sacramento «de la unión íntima con Dios y de la
unidad de todo el género humano»(104).
La fraternidad en la Iglesia universal
47. Las personas consagradas están llamadas a ser fermento
de comunión misionera en la Iglesia universal por el hecho
mismo de que los múltiples carismas de los respectivos
Institutos son otorgados por el Espíritu para el bien de todo
el Cuerpo místico, a cuya edificación deben servir (cf.
1 Co 12, 4-11). Es significativo que, en palabras del Apóstol,
el « camino más excelente » (1 Co 12, 31), el más
grande de todos, es la caridad (cf. 1 Co 13, 13), la cual armoniza
todas las diversidades e infunde en todos la fuerza del apoyo mutuo
en la acción apostólica. A esto tiende precisamente el
peculiar vínculo de comunión, que las varias formas de
vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica tienen con
el Sucesor de Pedro en su ministerio de unidad y de universalidad
misionera. La historia de la espiritualidad ilustra profusamente esta
vinculación, poniendo de manifiesto su función
providencial como garantía tanto de la identidad propia de la
vida consagrada, como de la expansión misionera del Evangelio.
Sin la contribución de tantos Institutos de vida consagrada y
Sociedades de vida apostólica —como han hecho notar los
Padres sinodales—, sería impensable la vigorosa difusión
del anuncio evangélico, el firme enraizamiento de la Iglesia
en tantas regiones del mundo, y la primavera cristiana que hoy se
constata en las jóvenes Iglesias. Ellos han mantenido firme a
través de los siglos la comunión con los Sucesores de
Pedro, los cuales, a su vez, han encontrado en estos Institutos una
actitud pronta y generosa para dedicarse a la misión, con una
disponibilidad que, llegado el caso, ha alcanzado el verdadero
heroísmo.
Emerge de este modo el carácter de universalidad y de
comunión que es peculiar de los Institutos de vida consagrada
y de las Sociedades de vida apostólica. Por la connotación
supradiocesana, que tiene su raíz en la especial vinculación
con el ministerio petrino, ellos están también al
servicio de la colaboración entre las diversas Iglesias
particulares(105), en las cuales pueden promover eficazmente el
«intercambio de dones», contribuyendo así a una
inculturación del Evangelio que asume, purifica y valora la
riqueza de las culturas de todos los pueblos(106). El florecer de
vocaciones a la vida consagrada en las Iglesias jóvenes sigue
manifestando hoy la capacidad que ésta tiene de expresar, en
la unidad católica, las exigencias de los diversos pueblos y
culturas.
La vida consagrada y la Iglesia particular
48. Las personas consagradas tienen también un papel
significativo dentro de las Iglesias particulares. Este es un aspecto
que, a partir de la doctrina conciliar sobre la Iglesia como comunión
y misterio, y sobre las Iglesias particulares como porción del
Pueblo de Dios, en las que «está verdaderamente presente
y actúa la Iglesia de Cristo una, santa, católica y
apostólica»(107), ha sido desarrollado y regulado por
varios documentos sucesivos. A la luz de estos textos aparece con
toda evidencia la importancia que reviste la colaboración de
las personas consagradas con los Obispos para el desarrollo armonioso
de la pastoral diocesana. Los carismas de la vida consagrada pueden
contribuir poderosamente a la edificación de la caridad en la
Iglesia particular.
Las diversas formas de vivir los consejos evangélicos son,
en efecto, expresión y fruto de los dones espirituales
recibidos por fundadores y fundadoras y, en cuanto tales, constituyen
una «experiencia del Espíritu, transmitida a los propios
discípulos para ser por ellos vivida, custodiada, profundizada
y desarrollada constantemente en sintonía con el Cuerpo de
Cristo en crecimiento perenne»(108). La índole propia de
cada Instituto comporta un estilo particular de santificación
y de apostolado, que tiende a consolidarse en una determinada
tradición caracterizada por elementos objetivos(109). Por eso
la Iglesia procura que los Institutos crezcan y se desarrollen según
el espíritu de los fundadores y de las fundadoras, y de sus
sanas tradiciones(110).
Por consiguiente, se reconoce a cada uno de los Institutos una
justa autonomía, gracias a la cual pueden tener su propia
disciplina y conservar íntegro su patrimonio espiritual y
apostólico. Cometido del Ordinario del lugar es conservar y
tutelar esta autonomía(111). Se pide por tanto a los Obispos
que acojan y estimen los carismas de la vida consagrada,
reservándoles un espacio en los proyectos de la pastoral
diocesana. Deben tener especial solicitud con los Institutos de
derecho diocesano, que están confiados de modo particular al
cuidado del Obispo del lugar. Una diócesis que quedara sin
vida consagrada, además de perder tantos dones espirituales,
ambientes apropiados para la búsqueda de Dios, actividades
apostólicas y metodologías pastorales específicas,
correría el riesgo de ver muy debilitado su espíritu
misionero, que es una característica de la mayoría de
los Institutos(112). Se debe por tanto corresponder al don de la vida
consagrada que el Espíritu suscita en la Iglesia particular,
acogiéndolo con generosidad y con sentimientos de gratitud al
Señor.
Una fecunda y ordenada comunión eclesial
49. El Obispo es padre y pastor de toda la Iglesia particular. A
él compete reconocer y respetar cada uno de los carismas,
promoverlos y coordinarlos. En su caridad pastoral debe acoger, por
tanto, el carisma de la vida consagrada como una gracia que no
concierne sólo a un Instituto, sino que incumbe y beneficia a
toda la Iglesia. Procurará, pues, sustentar y prestar ayuda a
las personas consagradas, a fin de que, en comunión con la
Iglesia y fieles a la inspiración fundacional, se abran a
perspectivas espirituales y pastorales en armonía con las
exigencias de nuestro tiempo. Las personas consagradas, por su parte,
no dejarán de ofrecer su generosa colaboración a la
Iglesia particular según las propias fuerzas y respetando el
propio carisma, actuando en plena comunión con el Obispo en el
ámbito de la evangelización, de la catequesis y de la
vida de las parroquias.
Es útil recordar que, a la hora de coordinar el servicio
que se presta a la Iglesia universal y a la Iglesia particular, los
Institutos no pueden invocar la justa autonomía o incluso la
exención de que gozan muchos de ellos(113), con el fin de
justificar decisiones que, de hecho, contrastan con las exigencias de
una comunión orgánica, requerida por una sana vida
eclesial. Es preciso, por el contrario, que las iniciativas
pastorales de las personas consagradas sean decididas y actuadas en
el contexto de un diálogo abierto y cordial entre Obispos y
Superiores de los diversos Institutos. La especial atención
por parte de los Obispos a la vocación y misión de los
distintos Institutos, y el respeto por parte de éstos del
ministerio de los Obispos con una acogida solícita de sus
concretas indicaciones pastorales para la vida diocesana, representan
dos formas, íntimamente relacionadas entre sí, de una
única caridad eclesial, que compromete a todos en el servicio
de la comunión orgánica —carismática y al
mismo tiempo jerárquicamente estructurada— de todo el
Pueblo de Dios.
Un diálogo constante animado por la caridad
50. Para promover el conocimiento recíproco, que es
requisito obligado de una eficaz cooperación, sobre todo en el
ámbito pastoral, es siempre oportuno un constante diálogo
de los Superiores y Superioras de los Institutos de vida consagrada y
de las Sociedades de vida apostólica con los Obispos. Gracias
a estos contactos habituales, los Superiores y Superioras podrán
informar a los Obispos sobre las iniciativas apostólicas que
desean emprender en sus diócesis, para llegar con ellos a los
necesarios acuerdos operativos. Del mismo modo, conviene que sean
invitadas a asistir a las asambleas de las Conferencias de Obispos
personas delegadas de las Conferencias de Superiores y Superioras
mayores, y que, viceversa, delegados de las Conferencias episcopales
sean invitados a las Conferencias de Superiores y Superioras mayores,
según las modalidades que se determinen. En esta perspectiva
será de gran utilidad que, allí donde aún no
existan, se constituyan y sean operativas a nivel nacional comisiones
mixtas de Obispos y Superiores y Superioras mayores(114), que
examinen juntos los problemas de interés común.
Contribuirá también a un mejor conocimiento recíproco
la inserción de la teología y de la espiritualidad de
la vida consagrada en el plan de estudios teológicos de los
presbíteros diocesanos, así como la previsión en
la formación de las personas consagradas de un adecuado
estudio de la teología de la Iglesia particular y de la
espiritualidad del clero diocesano(115).
Finalmente, es consolador el recuerdo de cómo, en el
Sínodo, no sólo han tenido lugar numerosas
intervenciones sobre la doctrina de la comunión, sino que se
ha vivido una satisfactoria experiencia de diálogo, en un
clima de recíproca apertura y confianza entre los Obispos y
los religiosos y las religiosas presentes. Esto ha suscitado el deseo
de que «tal experiencia espiritual de comunión y de
colaboración se extienda a toda la Iglesia» incluso
después del Sínodo(116). Es un auspicio que hago mío,
para que aumente en todos la mentalidad y la espiritualidad de
comunión.
La fraternidad en un mundo dividido e injusto
51. La Iglesia encomienda a las comunidades de vida consagrada la
particular tarea de fomentar la espiritualidad de la comunión,
ante todo en su interior y, además, en la comunidad eclesial
misma y más allá aún de sus confines, entablando
o restableciendo constantemente el diálogo de la caridad,
sobre todo allí donde el mundo de hoy está desgarrado
por el odio étnico o las locuras homicidas. Situadas en las
diversas sociedades de nuestro mundo —frecuentemente laceradas
por pasiones e intereses contrapuestos, deseosas de unidad pero
indecisas sobre la vías a seguir—, las comunidades de
vida consagrada, en las cuales conviven como hermanos y hermanas
personas de diferentes edades, lenguas y culturas, se presentan como
signo de un diálogo siempre posible y de una comunión
capaz de poner en armonía las diversidades.
Las comunidades de vida consagrada son enviadas a anunciar con el
testimonio de la propia vida el valor de la fraternidad cristiana y
la fuerza transformadora de la Buena Nueva(117), que hace reconocer a
todos como hijos de Dios e incita al amor oblativo hacia todos, y
especialmente hacia los últimos. Estas comunidades son lugares
de esperanza y de descubrimiento de las Bienaventuranzas; lugares en
los que el amor, nutrido de la oración y principio de
comunión, está llamado a convertirse en lógica
de vida y fuente de alegría.
Particularmente los Institutos internacionales, en esta época
caracterizada por la dimensión mundial de los problemas y, al
mismo tiempo, por el retorno de los ídolos del nacionalismo,
tienen el cometido de dar testimonio y de mantener siempre vivo el
sentido de la comunión entre los pueblos, las razas y las
culturas. En un clima de fraternidad, la apertura a la dimensión
mundial de los problemas no ahogará la riqueza de los dones
particulares, y la afirmación de una característica
particular no creará contrastes con las otras, ni atentará
a la unidad. Los Institutos internacionales pueden hacer esto con
eficacia, al tener ellos mismos que enfrentarse creativamente al reto
de la inculturación y conservar al mismo tiempo su propia
identidad.
Comunión entre los diversos Institutos
52. El sentido eclesial de comunión alimenta y sustenta
también la fraterna relación espiritual y la mutua
colaboración entre los diversos Institutos de vida consagrada
y Sociedades de vida apostólica. Personas que están
unidas entre sí por el compromiso común del seguimiento
de Cristo y animadas por el mismo Espíritu, no pueden dejar de
hacer visible, como ramas de una única Vid, la plenitud del
Evangelio del amor. Permaneciendo siempre fieles a su propio carisma,
pero teniendo presente la amistad espiritual que frecuentemente ha
unido en la tierra diversos fundadores y fundadoras, estas personas
están llamadas a manifestar una fraternidad ejemplar, que
sirva de estímulo a los otros componentes eclesiales en el
compromiso cotidiano de dar testimonio del Evangelio.
Resultan siempre actuales las palabras de san Bernardo a propósito
de las diversas Órdenes religiosas: «Yo las admiro
todas. Pertenezco a una de ellas con la observancia, pero a todas en
la caridad. Todos tenemos necesidad los unos de los otros: el bien
espiritual que yo no poseo, lo recibo de los otros [...]. En este
exilio la Iglesia está aún en camino y, si puedo
decirlo así, es plural: una pluralidad múltiple y una
unidad plural. Y todas nuestras diversidades, que manifiestan la
riqueza de los dones de Dios, subsistirán en la única
casa del Padre que contiene tantas mansiones. Ahora hay división
de gracias, entonces habrá una distinción de glorias.
La unidad, tanto aquí como allá, consiste en una misma
caridad»(118).
Organismos de coordinación
53. Las Conferencias de Superiores y de Superioras mayores y las
Conferencias de los Institutos seculares pueden dar una notable
contribución a la comunión. Estimulados y regulados por
el Concilio Vaticano II(119) y por documentos posteriores(120), estos
organismos tienen como principal objetivo la promoción de la
vida consagrada, engarzada en la trama de la misión eclesial.
A través de ellos los Institutos expresan la comunión
entre sí y buscan los medios para reforzarla, con respeto y
aprecio por el valor específico de cada uno de los carismas,
en los que se refleja el misterio de la Iglesia y la multiforme
sabiduría de Dios(121). Aliento, pues, a los Institutos de
vida consagrada a que se presten asistencia mutua, especialmente en
aquellos países en los que, debido a particulares
dificultades, la tentación de replegarse sobre sí puede
ser fuerte, con perjuicio de la vida consagrada misma y de la
Iglesia. Es preciso, por el contrario, que se ayuden recíprocamente
en su intento de comprender el designio de Dios en los actuales
avatares de la historia, para así responder mejor con
iniciativas apostólicas adecuadas(122). En este horizonte de
comunión, abierto a los desafíos de nuestro tiempo, los
Superiores y las Superioras «actuando en sintonía con el
episcopado», procuren aprovecharse «del trabajo de los
mejores colaboradores de cada Instituto y ofrecer servicios que no
sólo ayuden a superar eventuales límites, sino que
también creen un estilo válido de formación a la
vida religiosa»(123).
Exhorto a las Conferencias de los Superiores y de las Superioras
mayores y a las Conferencias de los Institutos seculares a que
mantengan contactos frecuentes y regulares con la Congregación
para los Institutos de vida consagrada y Sociedades de vida
apostólica, como expresión de su comunión con la
Santa Sede. También debe tenerse una relación activa y
confiada con las Conferencias Episcopales de cada país. Según
el espíritu del documento Mutuae relationes, es conveniente
que dicha relación adquiera una forma estable, para hacer así
posible una coordinación tempestiva y duradera de las
iniciativas que vayan surgiendo. Si todo esto se lleva a la práctica
con perseverancia y espíritu de adhesión fiel a las
directrices del Magisterio, los organismos de conexión y de
comunión se revelarán sumamente útiles para
encontrar soluciones que eviten incomprensiones, tanto en el terreno
teórico como en el práctico(124); de este modo serán
un soporte válido no sólo para promover la comunión
entre los Institutos de vida consagrada y los Obispos, sino para
contribuir también al desempeño de la misión
misma de la Iglesia particular.
Comunión y colaboración con los laicos
54. Uno de los frutos de la doctrina de la Iglesia como comunión
en estos últimos años ha sido la toma de conciencia de
que sus diversos miembros pueden y deben aunar esfuerzos, en actitud
de colaboración e intercambio de dones, con el fin de
participar más eficazmente en la misión eclesial. De
este modo se contribuye a presentar una imagen más articulada
y completa de la Iglesia, a la vez que resulta más fácil
dar respuestas a los grandes retos de nuestro tiempo con la
aportación coral de los diferentes dones.
En el caso de los Institutos monásticos y contemplativos,
las relaciones con los laicos se caracterizan principalmente por una
vinculación espiritual, mientras que, en aquellos Institutos
comprometidos en la dimensión apostólica, se traducen
en formas de cooperación pastoral. Los miembros de los
Institutos seculares, laicos o clérigos, por su parte, entran
en contacto con los otros fieles en las formas ordinarias de la vida
cotidiana. Debido a las nuevas situaciones, no pocos Institutos han
llegado a la convicción de que su carisma puede ser compartido
con los laicos. Estos son invitados por tanto a participar de manera
más intensa en la espiritualidad y en la misión del
Instituto mismo. En continuidad con las experiencias históricas
de las diversas Órdenes seculares o Terceras Órdenes,
se puede decir que se ha comenzado un nuevo capítulo, rico de
esperanzas, en la historia de las relaciones entre las personas
consagradas y el laicado.
Para un renovado dinamismo espiritual y apostólico
55. Estos nuevos caminos de comunión y de colaboración
merecen ser alentados por diversos motivos. En efecto, de ello se
podrá derivar ante todo una irradiación activa de la
espiritualidad más allá de las fronteras del Instituto,
que contará con nuevas energías, asegurando así
a la Iglesia la continuidad de algunas de sus formas más
típicas de servicio. Otra consecuencia positiva podrá
consistir también en el aunar esfuerzos entre personas
consagradas y laicos en orden a la misión: movidos por el
ejemplo de santidad de las personas consagradas, los laicos serán
introducidos en la experiencia directa del espíritu de los
consejos evangélicos y animados a vivir y testimoniar el
espíritu de las Bienaventuranzas para transformar el mundo
según el corazón de Dios(125).
No es raro que la participación de los laicos lleve a
descubrir inesperadas y fecundas implicaciones de algunos aspectos
del carisma, suscitando una interpretación más
espiritual, e impulsando a encontrar válidas indicaciones para
nuevos dinamismos apostólicos. Cualquiera que sea la actividad
o el ministerio que ejerzan, las personas consagradas recordarán
por tanto su deber de ser ante todo guías expertas de vida
espiritual, y cultivarán en esta perspectiva «el talento
más precioso: el espíritu»(126). A su vez, los
laicos ofrecerán a las familias religiosas la rica aportación
de su secularidad y de su servicio específico.
Laicos voluntarios y asociados
56. Una manifestación significativa de participación
laical en la riqueza de la vida consagrada es la adhesión de
fieles laicos a los varios Institutos bajo la fórmula de los
llamados miembros asociados o, según las exigencias de algunos
ambientes culturales, de personas que comparten, durante un cierto
tiempo, la vida comunitaria y la particular entrega a la
contemplación o al apostolado del Instituto, siempre que,
obviamente, no sufra daño alguno la identidad del Instituto en
su vida interna(127).
Es justo tener en gran estima el voluntariado que se nutre de las
riquezas de la vida consagrada; pero es preciso cuidar su formación,
con el fin de que los voluntarios tengan siempre, además de
competencia, profundas motivaciones sobrenaturales en su propósito
y un vivo sentido comunitario y eclesial en sus proyectos(128). Debe
tenerse presente también que, para que sean consideradas como
obras de un determinado Instituto, aquellas iniciativas en las que
los laicos están implicados con capacidad de decisión,
deben perseguir los fines propios del Instituto y ser realizadas bajo
su responsabilidad. Por tanto, si los laicos se hacen cargo de la
dirección, éstos responderán de la misma a los
Superiores y Superioras competentes. Es conveniente que todo esto sea
considerado y regulado por normas específicas de cada
Instituto, aprobadas por la Autoridad Superior, en las cuales se
prevean las competencias respectivas del Instituto mismo, de las
comunidades y de los miembros asociados o de los voluntarios.
Las personas consagradas, enviadas por sus Superiores o Superioras
y permaneciendo bajo su dependencia, pueden participar con formas
específicas de colaboración en iniciativas laicales,
particularmente en organismos e instituciones que se ocupan de los
marginados y que tienen como finalidad aliviar el sufrimiento humano.
Esta colaboración, si está sustentada y animada por una
fuerte y clara identidad cristiana, y respeta el carácter
propio de la vida consagrada, puede hacer brillar la fuerza
iluminadora del Evangelio en las situaciones más oscuras de la
existencia humana.
En estos años no pocas personas consagradas han entrado a
formar parte de alguno de los movimientos eclesiales surgidos en
nuestro tiempo. Con frecuencia los interesados se benefician
especialmente en lo que se refiere a la renovación espiritual.
Sin embargo, no se puede negar que en algunos casos esto crea
malestar y desorientación a nivel personal y comunitario,
sobre todo cuando tales experiencias entran en conflicto con las
exigencias de la vida comunitaria y de la espiritualidad del propio
Instituto. Es necesario por tanto poner mucho cuidado en que la
adhesión a los movimientos eclesiales se efectúe
siempre respetando el carisma y la disciplina del propio
Instituto(129), con el consentimiento de los Superiores y de las
Superioras, y con disponibilidad para aceptar sus decisiones.
La dignidad y el papel de la mujer consagrada
57. La Iglesia revela plenamente su multiforme riqueza espiritual
cuando, superada toda discriminación, acoge como una auténtica
bendición los dones derramados por Dios tanto en los hombres
como en las mujeres, estimándolos en su igual dignidad. Las
mujeres consagradas están llamadas a ser de una manera muy
especial, y a través de su dedicación vivida con
plenitud y con alegría, un signo de la ternura de Dios hacia
el género humano y un testimonio singular del misterio de la
Iglesia, la cual es virgen, esposa y madre(130). Esta misión
se ha dejado ver en el Sínodo, en el cual varias de ellas han
participado y en el que han tenido ocasión de hacer oír
su voz, por todos escuchada y apreciada. Gracias a sus aportaciones
han surgido algunas indicaciones útiles para la vida de la
Iglesia y para su misión evangelizadora. Ciertamente no es
posible desconocer lo fundado de muchas de las reivindicaciones que
se refieren a la posición de la mujer en los diversos ámbitos
sociales y eclesiales. Es obligado reconocer igualmente que la nueva
conciencia femenina ayuda también a los hombres a revisar sus
esquemas mentales, su manera de autocomprenderse, de situarse en la
historia e interpretarla, y de organizar la vida social, política,
económica, religiosa y eclesial.
La Iglesia, que ha recibido de Cristo un mensaje de liberación,
tiene la misión de difundirlo proféticamente,
promoviendo una mentalidad y una conducta conformes a las intenciones
del Señor. En este contexto la mujer consagrada, a partir de
su experiencia de Iglesia y de mujer en la Iglesia, puede contribuir
a eliminar ciertas visiones unilaterales, que no se ajustan al pleno
reconocimiento de su dignidad, de su aportación específica
a la vida y a la acción pastoral y misionera de la Iglesia.
Por ello es legítimo que la mujer consagrada aspire a ver
reconocida más claramente su identidad, su capacidad, su
misión y su responsabilidad, tanto en la conciencia eclesial
como en la vida cotidiana.
También el futuro de la nueva evangelización, como
de las otras formas de acción misionera, es impensable sin una
renovada aportación de las mujeres, especialmente de las
mujeres consagradas.
Nuevas perspectivas de presencia y de acción
58. Urge por tanto dar algunos pasos concretos, comenzando por
abrir espacios de participación a las mujeres en diversos
sectores y a todos los niveles, incluidos aquellos procesos en que se
elaboran las decisiones, especialmente en los asuntos que las
conciernen más directamente.
Es necesario también que la formación de las mujeres
consagradas, no menos que la de los hombres, sea adecuada a las
nuevas urgencias, y prevea el tiempo suficiente y las oportunidades
institucionales necesarias para una educación sistemática,
que abarque todos los campos, desde el aspecto teológico-pastoral
hasta el profesional. La formación pastoral y catequética,
siempre importante, adquiere un interés especial de cara a la
nueva evangelización, que exige también de las mujeres
nuevas formas de participación.
Se puede pensar que una formación más profunda, a la
vez que ayudará a la mujer consagrada a comprender mejor los
propios dones, será un estímulo para la necesaria
reciprocidad en el seno de la Iglesia. Se espera mucho del genio de
la mujer también en el campo de la reflexión teológica,
cultural y espiritual, no sólo en lo que se refiere a lo
específico de la vida consagrada femenina, sino también
en la inteligencia de la fe en todas sus manifestaciones. A este
respecto, ¡cuánto debe la historia de la espiritualidad
a santas como Teresa de Jesús y Catalina de Siena, las dos
primeras mujeres honradas con el título de Doctoras de la
Iglesia, y a tantas otras místicas, que han sabido sondear el
misterio de Dios y analizar su acción en el creyente! La
Iglesia confía mucho en las mujeres consagradas, de las que
espera una aportación original para promover la doctrina y las
costumbres de la vida familiar y social, especialmente en lo que se
refiere a la dignidad de la mujer y al respeto de la vida
humana(131). De hecho, «las mujeres tienen un campo de
pensamiento y de acción singular y sin duda determinante: les
corresponde ser promotoras de un "nuevo feminismo" que, sin
caer en la tentación de seguir modelos "machistas",
sepa reconocer y expresar el verdadero espíritu femenino en
todas las manifestaciones de la convivencia ciudadana, trabajando por
la superación de toda forma de discriminación, de
violencia y de explotación»(132).
Hay motivos para esperar que un reconocimiento más hondo de
la misión de la mujer provocará cada vez más en
la vida consagrada femenina una mayor conciencia del propio papel, y
una creciente dedicación a la causa del Reino de Dios. Esto
podrá traducirse en numerosas actividades, como el compromiso
por la evangelización, la misión educativa, la
participación en la formación de los futuros sacerdotes
y de las personas consagradas, la animación de las comunidades
cristianas, el acompañamiento espiritual y la promoción
de los bienes fundamentales de la vida y de la paz. Reitero de nuevo
a las mujeres consagradas y a su extraordinaria capacidad de entrega,
la admiración y el reconocimiento de toda la Iglesia, que las
sostiene para que vivan en plenitud y con alegría su vocación,
y se sientan interpeladas por la insigne tarea de ayudar a formar la
mujer de hoy.
II. CONTINUIDAD EN LA OBRA DEL ESPÍRITU:
FIDELIDAD EN LA
NOVEDAD
Las monjas de clausura
59. Una atención particular merecen la vida monástica
femenina y la clausura de las monjas, por la gran estima que la
comunidad cristiana siente hacia este género de vida, que es
signo de la unión exclusiva de la Iglesia-Esposa con su Señor,
profundamente amado. En efecto, la vida de las monjas de clausura,
ocupadas principalmente en la oración, en la ascesis y en el
progreso ferviente de la vida espiritual, «no es otra cosa que
un viaje a la Jerusalén celestial y una anticipación de
la Iglesia escatológica, abismada en la posesión y
contemplación de Dios»(133). A la luz de esta vocación
y misión eclesial, la clausura responde a la exigencia,
sentida como prioritaria, de estar con el Señor. Al elegir un
espacio circunscrito como lugar de vida, las claustrales participan
en el anonadamiento de Cristo mediante una pobreza radical que se
manifiesta en la renuncia no sólo de las cosas, sino también
del «espacio», de los contactos externos, de tantos
bienes de la creación. Este modo singular de ofrecer el
«cuerpo» las introduce de manera más sensible en
el misterio eucarístico. Se ofrecen con Jesús por la
salvación del mundo. Su ofrecimiento, además del
aspecto de sacrificio y de expiación, adquiere la dimensión
de la acción de gracias al Padre, participando de la acción
de gracias del Hijo predilecto.
Radicada en esta orientación espiritual, la clausura no es
sólo un medio ascético de inmenso valor, sino también
un modo de vivir la Pascua de Cristo(134).De experiencia de «muerte»,
se convierte en sobreabundancia de vida, constituyéndose como
anuncio gozoso y anticipación profética de la
posibilidad, ofrecida a cada persona y a la humanidad entera, de
vivir únicamente para Dios, en Cristo Jesús (cf. Rm 6,
11). La clausura evoca por tanto aquella celda del corazón en
la que cada uno está llamado a vivir la unión con el
Señor. Acogida como don y elegida como libre respuesta de
amor, la clausura es el lugar de la comunión espiritual con
Dios y con los hermanos y hermanas, donde la limitación del
espacio y de las relaciones con el mundo exterior favorecen la
interiorización de los valores evangélicos (cf. Jn 13,
34; Mt 5, 3.8).
Las comunidades claustrales, puestas como ciudades sobre el monte
y luces en el candelero (cf. Mt 5, 14-15), a pesar de la sencillez de
vida, prefiguran visiblemente la meta hacia la cual camina la entera
comunidad eclesial que, «entregada a la acción y dada a
la contemplación»(135), se encamina por las sendas del
tiempo con la mirada fija en la futura recapitulación de todo
en Cristo, cuando la Iglesia «se manifieste gloriosa con su
Esposo (cf. Col 3, 1-4)»(136), y Cristo « entregue a Dios
Padre el Reino, después de haber destruido todo Principado,
Dominación y Potestad [...], para que Dios sea todo en todo »
(1 Co 15, 24.28).
A estas queridísimas Hermanas, pues, expreso mi
reconocimiento, a la vez que las aliento a mantenerse fieles a la
vida claustral según el propio carisma. Gracias a su ejemplo,
este género de vida continúa teniendo numerosas
vocaciones, atraídas por la radicalidad de una existencia «
esponsal », dedicada totalmente a Dios en la contemplación.
Como expresión del puro amor, que vale más que
cualquier obra, la vida contemplativa tiene también una
extraordinaria eficacia apostólica y misionera(137).
Los Padres sinodales han manifestado un gran aprecio por los
valores de la clausura, tomando en consideración al mismo
tiempo diversas peticiones sobre su disciplina concreta manifestadas
desde varias partes. Las indicaciones del Sínodo sobre este
tema y, en particular, el propósito de otorgar una mayor
responsabilidad a las Superioras mayores en lo concerniente a la
dispensa de la clausura por causas justas y graves(138), serán
objeto de consideración orgánica, en la línea
del camino de renovación ya actuado a partir del Concilio
Vaticano II(139). De este modo la clausura en sus varias formas y
grados —de la clausura papal y constitucional a la clausura
monástica— se corresponderá mejor con la variedad
de los Institutos contemplativos y con las tradiciones de los
monasterios.
Como el mismo Sínodo ha subrayado, se han de favorecer
también las Asociaciones y Federaciones entre monasterios,
recomendadas ya por Pío XII y por el Concilio Ecuménico
Vaticano II(140), especialmente allí donde no existan otras
formas eficaces de coordinación y de asistencia, para
custodiar y promover los valores de la vida contemplativa. En efecto,
tales agrupaciones, salvando siempre la legítima autonomía
de los monasterios, pueden ofrecer una ayuda válida para
resolver adecuadamente problemas comunes, como la oportuna
renovación, la formación tanto inicial como permanente,
la mutua ayuda económica y la reorganización de los
mismos monasterios.
Los religiosos hermanos
60. Según la doctrina tradicional de la Iglesia, la vida
consagrada, por su naturaleza, no es ni laical ni clerical(141), y
por consiguiente la «consagración laical», tanto
de varones como de mujeres, es un estado de profesión de los
consejos evangélicos completo en sí mismo(142). Dicha
consagración laical, por lo tanto, tiene un valor propio,
independientemente del ministerio sagrado, tanto para la persona
misma como para la Iglesia.
Siguiendo las enseñanzas del Concilio Vaticano II(143), el
Sínodo ha manifestado un gran aprecio por este tipo de vida
consagrada, en la que los religiosos hermanos desempeñan
múltiples y valiosos servicios dentro y fuera de la comunidad,
participando así en la misión de proclamar el Evangelio
y de dar testimonio de él con la caridad en la vida de cada
día. Efectivamente, algunos de estos servicios se pueden
considerar ministerios eclesiales confiados por la legítima
autoridad. Ello exige una formación apropiada e integral:
humana, espiritual, teológica, pastoral y profesional.
Según la terminología vigente, los Institutos que,
por determinación del fundador o por legítima tradición
tienen características y finalidades que no comportan el
ejercicio del Orden sagrado, son llamados «Institutos
laicales»(144). En el Sínodo se ha hecho notar, no
obstante, que esta terminología no expresa adecuadamente la
índole peculiar de la vocación de los miembros de tales
Institutos religiosos. En efecto, aunque desempeñan muchos
servicios que son comunes también a los fieles laicos, ellos
los realizan con su identidad de consagrados, manifestando de este
modo el espíritu de entrega total a Cristo y a la Iglesia
según su carisma específico.
Por este motivo los Padres sinodales, con el fin de evitar
cualquier ambigüedad y confusión con la índole
secular de los fieles laicos(145), han querido proponer el término
de Institutos religiosos de Hermanos(146). La propuesta es
significativa, sobre todo si se tiene en cuenta que el término
hermano encierra una rica espiritualidad. «Estos religiosos
están llamados a ser hermanos de Cristo, profundamente unidos
a Él, primogénito entre muchos hermanos (Rm 8, 29);
hermanos entre sí por el amor mutuo y la cooperación al
servicio del bien de la Iglesia; hermanos de todo hombre por el
testimonio de la caridad de Cristo hacia todos, especialmente hacia
los más pequeños, los más necesitados; hermanos
para hacer que reine mayor fraternidad en la Iglesia»(147).
Viviendo de una manera especial este aspecto de la vida a la vez
cristiana y consagrada, los « religiosos hermanos »
recuerdan de modo fehaciente a los mismos religiosos sacerdotes la
dimensión fundamental de la fraternidad en Cristo, que han de
vivir entre ellos y con cada hombre y mujer, proclamando a todos la
palabra del Señor: « Y vosotros sois todos hermanos »
(Mt 23, 8).
No existen impedimentos para que en estos Institutos religiosos de
Hermanos, cuando el Capítulo general así lo disponga,
algunos miembros reciban las Órdenes sagradas para el servicio
sacerdotal de la comunidad religiosa(148). No obstante, el Concilio
Vaticano II no incita explícitamente a seguir esta praxis,
precisamente porque desea que los Institutos de Hermanos permanezcan
fieles a su vocación y misión. Esto vale también
por lo que se refiere a la condición de quien accede al cargo
de Superior, considerando que éste refleja de manera especial
la naturaleza del Instituto mismo.
Diversa es la vocación de los hermanos en aquellos
Institutos que son llamados « clericales » porque, según
el proyecto del fundador o por tradición legítima,
prevén el ejercicio del Orden sagrado, son regidos por
clérigos y, como tales, son reconocidos por la autoridad de la
Iglesia(149). En estos Institutos el ministerio sagrado es parte
integrante del carisma y determina su índole específica,
el fin y el espíritu. La presencia de hermanos representa una
participación diferenciada en la misión del Instituto,
con servicios que se prestan en colaboración con aquellos que
ejercen el ministerio sacerdotal, sea dentro de la comunidad o en las
obras apostólicas.
Institutos mixtos
61. Algunos Institutos religiosos, que en el proyecto original del
fundador se presentaban como fraternidades, en las que todos los
miembros —sacerdotes y no sacerdotes— eran considerados
iguales entre sí, con el pasar del tiempo han adquirido una
fisonomía diversa. Es menester que estos Institutos llamados «
mixtos », evalúen, mediante una profundización
del propio carisma fundacional, si resulta oportuno y posible volver
hoy a la inspiración de origen.
Los Padres sinodales han manifestado el deseo de que en tales
Institutos se reconozca a todos los religiosos igualdad de derechos y
de obligaciones, exceptuados los que derivan del Orden sagrado(150).
Para examinar y resolver los problemas conexos con esta materia se ha
instituido una comisión especial, y conviene esperar sus
conclusiones para después tomar las oportunas decisiones,
según lo que se disponga de manera autorizada.
Nuevas formas de vida evangélica
62. El Espíritu, que en diversos momentos de la historia ha
suscitado numerosas formas de vida consagrada, no cesa de asistir a
la Iglesia, bien alentando en los Institutos ya existentes el
compromiso de la renovación en fidelidad al carisma original,
bien distribuyendo nuevos carismas a hombres y mujeres de nuestro
tiempo, para que den vida a instituciones que respondan a los retos
del presente. Un signo de esta intervención divina son las
llamadas nuevas Fundaciones, con características en cierto
modo originales respecto a las tradicionales.
La originalidad de las nuevas comunidades consiste frecuentemente
en el hecho de que se trata de grupos compuestos de hombres y
mujeres, de clérigos y laicos, de casados y célibes,
que siguen un estilo particular de vida, a veces inspirado en una u
otra forma tradicional, o adaptado a las exigencias de la sociedad de
hoy. También su compromiso de vida evangélica se
expresa de varias maneras, si bien se manifiesta, como una
orientación general, una aspiración intensa a la vida
comunitaria, a la pobreza y a la oración. En el gobierno
participan, en función de su competencia, clérigos y
laicos, y el fin apostólico se abre a las exigencias de la
nueva evangelización.
Si de una parte hay que alegrarse por la acción del
Espíritu, por otra es necesario proceder con el debido
discernimiento de los carismas. El principio fundamental para que se
pueda hablar de vida consagrada es que los rasgos específicos
de las nuevas comunidades y formas de vida estén fundados en
los elementos esenciales, teológicos y canónicos, que
son característicos de la vida consagrada(151). Este
discernimiento es necesario tanto a nivel local como universal, con
el fin de prestar una común obediencia al único
Espíritu. En las diócesis, el Obispo ha de examinar el
testimonio de vida y la ortodoxia de los fundadores y fundadoras de
tales comunidades, su espiritualidad, la sensibilidad eclesial en el
cumplimiento de su misión, los métodos de formación
y los modos de incorporación a la comunidad; evalúe con
prudencia eventuales puntos débiles, sabiendo esperar con
paciencia la confirmación de los frutos (cf. Mt 7, 16), para
poder reconocer la autenticidad del carisma(152). Se le pide sobre
todo que ponga especial cuidado en verificar, a la luz de criterios
claros, la idoneidad de quienes solicitan el acceso a las Órdenes
sagradas(153).
En virtud de este mismo principio de discernimiento, no pueden ser
comprendidas en la categoría específica de vida
consagrada aquellas formas de compromiso, por otro lado loables, que
algunos cónyuges cristianos asumen en asociaciones o
movimientos eclesiales cuando, deseando llevar a la perfección
de la caridad su amor «como consagrado» ya en el
sacramento del matrimonio(154), confirman con un voto el deber de la
castidad propia de la vida conyugal y, sin descuidar sus deberes para
con los hijos, profesan la pobreza y la obediencia(155). Esta
obligada puntualización acerca de la naturaleza de tales
experiencias, no pretende infravalorar dicho camino de santificación,
al cual no es ajena ciertamente la acción del Espíritu
Santo, infinitamente rico en sus dones e inspiraciones.
Ante tanta riqueza de dones y de impulsos innovadores, parece
conveniente crear una Comisión para las cuestiones relativas a
las nuevas formas de vida consagrada, con el fin de establecer
criterios de autenticidad, que sirvan de ayuda a la hora de discernir
y de tomar las oportunas decisiones(156). Entre otras tareas, tal
Comisión deberá valorar, a la luz de la experiencia de
estos últimos decenios, cuáles son las formas nuevas de
consagración que la autoridad eclesiástica, con
prudencia pastoral y para el bien común, pueda reconocer
oficialmente y proponer a los fieles deseosos de una vida cristiana
más perfecta.
Estas nuevas asociaciones de vida evangélica no son
alternativas a las precedentes instituciones, las cuales continúan
ocupando el lugar insigne que la tradición les ha reservado.
Las nuevas formas son también un don del Espíritu, para
que la Iglesia siga a su Señor en una perenne dinámica
de generosidad, atenta a las llamadas de Dios que se manifiestan a
través de los signos de los tiempos. De esta manera se
presenta ante el mundo con variedad de formas de santidad y de
servicio, como «señal e instrumento de la íntima
unión con Dios y de la unidad de todo el género
humano»(157). Los antiguos Institutos, muchos de los cuales han
pasado en el transcurso de los siglos por el crisol de pruebas
durísimas que han afrontado con fortaleza, pueden enriquecerse
entablando un diálogo e intercambiando sus dones con las
fundaciones que ven la luz en este tiempo nuestro.
De este modo el vigor de las diversas instituciones de vida
consagrada, desde las más antiguas a las más recientes,
así como la vivacidad de las nuevas comunidades, alimentarán
la fidelidad al Espíritu Santo, que es principio de comunión
y de perenne novedad de vida.
III. MIRANDO HACIA EL FUTURO
Dificultades y perspectivas
63. En algunas regiones del mundo, los cambios sociales y la
disminución del número de vocaciones está
haciendo mella en la vida consagrada. Las obras apostólicas de
muchos Institutos y su misma presencia en ciertas Iglesias locales
están en peligro. Como ya ha ocurrido otras veces en la
historia, hay Institutos que corren incluso el riesgo de desaparecer.
La Iglesia universal les está sumamente agradecida por la gran
contribución que han dado a su edificación con el
testimonio y el servicio(158). La preocupación de hoy no anula
sus méritos ni los frutos que han madurado gracias a sus
esfuerzos.
En otros Institutos se plantea más bien el problema de la
reorganización de sus obras. Esta tarea, nada fácil y
no pocas veces dolorosa, requiere estudio y discernimiento a la luz
de algunos criterios. Es preciso, por ejemplo, salvaguardar el
sentido del propio carisma, promover la vida fraterna, estar atentos
a las necesidades de la Iglesia tanto universal como particular,
ocuparse de aquello que el mundo descuida, responder generosamente y
con audacia, aunque sea con intervenciones obligadamente exiguas, a
las nuevas pobrezas, sobre todo en los lugares más
abandonados(159).
Las dificultades provenientes de la disminución de personal
y de iniciativas, no deben en modo alguno hacer perder la confianza
en la fuerza evangélica de la vida consagrada, la cual será
siempre actual y operante en la Iglesia. Aunque cada Instituto no
posea la prerrogativa de la perpetuidad, la vida consagrada, sin
embargo, continuará alimentando entre los fieles la respuesta
de amor a Dios y a los hermanos. Por eso es necesario distinguir
entre las vicisitudes históricas de un determinado Instituto o
de una forma de vida consagrada, y la misión eclesial de la
vida consagrada como tal. Las primeras pueden cambiar con el mudar de
las situaciones, la segunda no puede faltar.
Esto es verdad tanto para la vida consagrada de tipo
contemplativo, como para la dedicada a las obras de apostolado. En su
conjunto, bajo la acción siempre nueva del Espíritu,
está destinada a continuar como testimonio luminoso de la
unidad indisoluble del amor a Dios y al prójimo, como memoria
viviente de la fecundidad, incluso humana y social, del amor de Dios.
Las nuevas situaciones de penuria han de ser afrontadas por tanto con
la serenidad de quien sabe que a cada uno se le pide no tanto el
éxito, cuanto el compromiso de la fidelidad. Lo que se debe
evitar absolutamente es la debilitación de la vida consagrada,
que no consiste tanto en la disminución numérica, sino
en la pérdida de la adhesión espiritual al Señor
y a la propia vocación y misión. Por el contrario,
perseverando fielmente en ella, se confiesa, y con gran eficacia
incluso ante el mundo, la propia y firme confianza en el Señor
de la historia, en cuyas manos están los tiempos y los
destinos de las personas, de las instituciones, de los pueblos y, por
tanto, también la actuación histórica de sus
dones. Los dolorosos momentos de crisis representan un apremio a las
personas consagradas para que proclamen con fortaleza la fe en la
muerte y resurrección de Cristo, haciéndose así
signo visible del paso de la muerte a la vida.
Nuevo impulso de la pastoral vocacional
64. La misión de la vida consagrada y la vitalidad de los
Institutos dependen indudablemente de la fidelidad con la que los
consagrados responden a su vocación, pero tienen futuro en la
medida en que otros hombres y mujeres acogen generosamente la llamada
del Señor. El problema de las vocaciones es un auténtico
desafío que interpela directamente a los Institutos, pero que
concierne a toda la Iglesia. En el campo de la pastoral vocacional se
invierten muchas energías espirituales y materiales, aunque
los resultados no siempre se corresponden a las expectativas y a los
esfuerzos realizados. Sucede que, mientras las vocaciones a la vida
consagrada florecen en las Iglesias jóvenes y en aquellas que
han sufrido persecuciones por parte de regímenes totalitarios,
escasean en otros países tradicionalmente ricos en vocaciones
y en misioneros.
Esta situación de dificultad pone a prueba a las personas
consagradas, que a veces se interrogan sobre su efectiva capacidad de
atraer nuevas vocaciones. Es necesario tener confianza en el Señor
Jesús, que continúa llamando a seguir sus pasos, y
encomendarse al Espíritu Santo, autor e inspirador de los
carismas de la vida consagrada. Así pues, a la vez que nos
alegramos por la acción del Espíritu que rejuvenece a
la Esposa de Cristo haciendo florecer la vida consagrada en muchas
naciones, debemos dirigir una constante plegaria al Dueño de
la mies para que envíe obreros a su Iglesia, para hacer frente
a las exigencias de la nueva evangelización (cf. Mt 9, 37-38).
Además de promover la oración por las vocaciones, es
urgente esforzarse, mediante el anuncio explícito y una
catequesis adecuada, por favorecer en los llamados a la vida
consagrada la respuesta libre, pero pronta y generosa, que hace
operante la gracia de la vocación.
La invitación de Jesús: « Venid y veréis
» (Jn 1, 39) sigue siendo aún hoy la regla de oro de la
pastoral vocacional. Con ella se pretende presentar, a ejemplo de los
fundadores y fundadoras, el atractivo de la persona del Señor
Jesús y la belleza de la entrega total de sí mismo a la
causa del Evangelio. Por tanto, la primera tarea de todos los
consagrados y consagradas consiste en proponer valerosamente, con la
palabra y con el ejemplo, el ideal del seguimiento de Cristo,
alimentando y manteniendo posteriormente en los llamados la respuesta
a los impulsos que el Espíritu inspira en su corazón.
Al entusiasmo del primer encuentro con Cristo debe seguir, como es
obvio, el esfuerzo paciente de saber corresponder cada día a
la gracia recibida, haciendo de la vocación una historia de
amistad con el Señor. Para ello, la pastoral vocacional
utilizará los recursos apropiados, como la dirección
espiritual, para alimentar aquella respuesta de amor personal al
Señor que es condición indispensable para convertirse
en discípulos y apóstoles de su Reino. Por otra parte,
si la abundancia vocacional que se manifiesta en varias partes del
mundo justifica el optimismo y la esperanza, la escasez en otras
regiones no debe inducir al desánimo ni a la tentación
de un fácil y precipitado reclutamiento. Es preciso que la
tarea de promover las vocaciones se desarrolle de manera que aparezca
cada vez más como un compromiso coral de toda la Iglesia(160).
Se requiere, por tanto, la colaboración activa de pastores,
religiosos, familias y educadores, como es propio de un servicio que
forma parte integrante de la pastoral de conjunto de cada Iglesia
particular. Que en cada diócesis exista, pues, este servicio
común, que coordine y multiplique las fuerzas, pero sin
prejuzgar e incluso favoreciendo la actividad vocacional de cada
Instituto(161).
Esta colaboración activa de todo el Pueblo de Dios,
sostenida por la Providencia, suscitará sin duda la abundancia
de los dones divinos. La solidaridad cristiana está llamada a
solventar las necesidades de la formación vocacional en los
países económicamente más pobres. La promoción
de vocaciones en estos países por parte de los diversos
Institutos ha de hacerse en plena armonía con las Iglesias del
lugar, a partir de una activa y prolongada inserción en su
actividad pastoral(162). El modo más auténtico para
secundar la acción del Espíritu será el invertir
las mejores energías en la actividad vocacional, especialmente
con una adecuada dedicación a la pastoral juvenil.
Las exigencias de la formación inicial
65. La Asamblea sinodal ha reservado una atención especial
a la formación de quienes aspiran a consagrarse al Señor(163),
reconociendo su decisiva importancia. El objetivo central del proceso
de formación es la preparación de la persona para la
consagración total de sí misma a Dios en el seguimiento
de Cristo, al servicio de la misión. Decir «sí»
a la llamada del Señor, asumiendo en primera persona el
dinamismo del crecimiento vocacional, es responsabilidad inalienable
de cada llamado, el cual debe abrir toda su vida a la acción
del Espíritu Santo; es recorrer con generosidad el camino
formativo, acogiendo con fe las ayudas que el Señor y la
Iglesia le ofrecen(164).
La formación, por tanto, debe abarcar la persona entera, de
tal modo que toda actitud y todo comportamiento manifiesten la plena
y gozosa pertenencia a Dios, tanto en los momentos importantes como
en las circunstancias ordinarias de la vida cotidiana(165). Desde el
momento que el fin de la vida consagrada consiste en la conformación
con el Señor Jesús y con su total oblación(166),
a esto se debe orientar ante todo la formación. Se trata de un
itinerario de progresiva asimilación de los sentimientos de
Cristo hacia el Padre.
Siendo éste el objetivo de la vida consagrada, el método
para prepararse a ella deberá contener y expresar la
característica de la totalidad. Deberá ser formación
de toda la persona(167), en cada aspecto de su individualidad, en las
intenciones y en los gestos exteriores. Precisamente por su propósito
de transformar toda la persona, la exigencia de la formación
no acaba nunca. En efecto, es necesario que a las personas
consagradas se les proporcione hasta el fin la oportunidad de crecer
en la adhesión al carisma y a la misión del propio
Instituto.
Para que sea total, la formación debe abarcar todos los
ámbitos de la vida cristiana y de la vida consagrada. Se ha de
prever, por tanto, una preparación humana, cultural,
espiritual y pastoral, poniendo sumo cuidado en facilitar la
integración armónica de los diferentes aspectos. A la
formación inicial, entendida como un proceso evolutivo que
pasa por los diversos grados de la maduración personal —desde
el psicológico y espiritual al teológico y pastoral—,
se debe reservar un amplio espacio de tiempo. En el caso de las
vocaciones al presbiterado, viene a coincidir y a armonizarse con un
programa específico de estudios, como parte de un itinerario
formativo más extenso.
El papel de los formadores y formadoras
66. Dios Padre, en el don continuo de Cristo y del Espíritu,
es el formador por excelencia de quien se consagra a Él. Pero
en esta obra Él se sirve de la mediación humana,
poniendo al lado de los que Él llama algunos hermanos y
hermanas mayores. La formación es pues una participación
en la acción del Padre que, mediante el Espíritu,
infunde en el corazón de los jóvenes y de las jóvenes
los sentimientos del Hijo. Los formadores y las formadoras deben ser,
por tanto, personas expertas en los caminos que llevan a Dios, para
poder ser así capaces de acompañar a otros en este
recorrido. Atentos a la acción de la gracia, deben indicar
aquellos obstáculos que a veces no resultan con tanta
evidencia, pero, sobre todo, mostrarán la belleza del
seguimiento del Señor y el valor del carisma en que éste
se concretiza. A las luces de la sabiduría espiritual añadirán
también aquellas que provienen de los instrumentos humanos que
pueden servir de ayuda, tanto en el discernimiento vocacional, como
en la formación del hombre nuevo auténticamente libre.
El principal instrumento de formación es el coloquio personal,
que ha de tenerse con regularidad y cierta frecuencia, y que
constituye una práctica de comprobada e insustituible
eficacia.
De cara a tareas tan delicadas, resulta verdaderamente importante
la preparación de formadores idóneos, que aseguren en
su servicio una gran sintonía con el camino seguido por toda
la Iglesia. Será conveniente crear estructuras adecuadas para
la formación de los formadores, posiblemente en lugares que
permitan el contacto con la cultura en la que será ejercido
después el propio servicio pastoral. En esta obra formativa,
los Institutos más arraigados ayuden a los de fundación
más reciente, mediante la aportación de algunos de sus
mejores miembros(168).
Una formación comunitaria y apostólica
67. Puesto que la formación debe ser también
comunitaria, su lugar privilegiado, para los Institutos de vida
religiosa y las Sociedades de vida apostólica, es la
comunidad. En ella se realiza la iniciación en la fatiga y en
el gozo de la convivencia. En la fraternidad cada uno aprende a vivir
con quien Dios ha puesto a su lado, aceptando tanto sus cualidades
positivas como sus diversidades y sus límites. Aprende
especialmente a compartir los dones recibidos para la edificación
de todos, puesto que « a cada cual se le otorga la
manifestación del Espíritu para provecho común »
(1 Co 12, 7)(169). Al mismo tiempo, la vida comunitaria, ya desde la
primera formación, debe mostrar la dimensión
intrínsecamente misionera de la consagración. Por ello,
en los Institutos de vida consagrada, será útil
introducir durante el periodo de formación inicial, y con el
prudente acompañamiento del formador o formadora, experiencias
concretas que permitan ejercitar, en diálogo con la cultura
circundante, las aptitudes apostólicas, la capacidad de
adaptación y el espíritu de iniciativa.
Si de una parte es importante que la persona consagrada se forme
de modo progresivo una conciencia evangélicamente crítica
respecto a los valores y antivalores de la cultura, tanto de la suya
propia como de la que encontrará en el futuro campo de
trabajo, de otra debe ejercitarse en el difícil arte de la
unidad de vida, de la mutua compenetración de la caridad hacia
Dios y hacia los hermanos y hermanas, haciendo propia la experiencia
de que la oración es el alma del apostolado, pero también
de que el apostolado vivifica y estimula la oración.
Necesidad de una ratio completa y actualizada
68. Se recomienda también a los Institutos femeninos y a
los masculinos, por lo que se refiere a los religiosos hermanos, un
periodo explícitamente formativo, que se prolongue hasta la
profesión perpetua. Esto vale substancialmente también
para las comunidades claustrales, que han de elaborar un programa
adecuado para lograr una auténtica formación para la
vida contemplativa y su peculiar misión en la Iglesia.
Los Padres sinodales han invitado vivamente a todos los Institutos
de vida consagrada y a las Sociedades de vida apostólica a
elaborar cuanto antes una ratio institutionis, es decir, un proyecto
de formación inspirado en el carisma institucional, en el cual
se presente de manera clara y dinámica el camino a seguir para
asimilar plenamente la espiritualidad del propio Instituto. La ratio
responde hoy a una verdadera urgencia: de un lado indica el modo de
transmitir el espíritu del Instituto, para que sea vivido en
su autenticidad por las nuevas generaciones, en la diversidad de las
culturas y de las situaciones geográficas; de otro, muestra a
las personas consagradas los medios para vivir el mismo espíritu
en las varias fases de la existencia, progresando hacia la plena
madurez de la fe en Cristo.
Si bien es cierto que la renovación de la vida consagrada
depende principalmente de la formación, también es
verdad que ésta, a su vez, está unida a la capacidad de
proponer un método rico de sabiduría espiritual y
pedagógica, que conduzca de manera progresiva a quienes desean
consagrarse a asumir los sentimientos de Cristo, el Señor. La
formación es un proceso vital a través del cual la
persona se convierte al Verbo de Dios desde lo más profundo de
su ser y, al mismo tiempo, aprende el arte de buscar los signos de
Dios en las realidades del mundo. En una época de creciente
marginación de los valores religiosos por parte de la cultura,
este aspecto de la formación resulta doblemente importante:
gracias a él la persona consagrada no sólo puede
continuar a « ver » con los ojos de la fe a Dios en un
mundo que ignora su presencia, sino que consigue incluso hacer «
sensible » en cierto modo su presencia mediante el testimonio
del propio carisma.
La formación permanente
69. La formación permanente, tanto para los Institutos de
vida apostólica como para los de vida contemplativa, es una
exigencia intrínseca de la consagración religiosa. El
proceso formativo, como se ha dicho, no se reduce a la fase inicial,
puesto que, por la limitación humana, la persona consagrada no
podrá jamás suponer que ha completado la gestación
de aquel hombre nuevo que experimenta dentro de sí, ni de
poseer en cada circunstancia de la vida los mismos sentimientos de
Cristo. La formación inicial, por tanto, debe engarzarse con
la formación permanente, creando en el sujeto la
disponibilidad para dejarse formar cada uno de los días de su
vida(170).
Es muy importante, por tanto, que cada Instituto incluya, como
parte de la ratio institutionis, la definición de un proyecto
de formación permanente lo más preciso y sistemático
posible, cuyo objetivo primario sea el de acompañar a cada
persona consagrada con un programa que abarque toda su existencia.
Ninguno puede estar exento de aplicarse al propio crecimiento humano
y religioso; como nadie puede tampoco presumir de sí mismo y
llevar su vida con autosuficiencia. Ninguna fase de la vida puede ser
considerada tan segura y fervorosa como para excluir toda oportunidad
de ser asistida y poder de este modo tener mayores garantías
de perseverancia en la fidelidad, ni existe edad alguna en la que se
pueda dar por concluida la completa madurez de la persona.
En un dinamismo de fidelidad
70. Hay una juventud de espíritu que permanece en el tiempo
y que tiene que ver con el hecho de que el individuo busca y
encuentra en cada ciclo vital un cometido diverso que realizar, un
modo específico de ser, de servir y de amar(171).
En la vida consagrada, los primeros años de plena inserción
en la actividad apostólica representan una fase por sí
misma crítica, marcada por el paso de una vida guiada y
tutelada a una situación de plena responsabilidad operativa.
Es importante que las personas consagradas jóvenes sean
alentadas y acompañadas por un hermano o una hermana que les
ayuden a vivir con plenitud la juventud de su amor y de su entusiasmo
por Cristo.
La fase sucesiva puede presentar el riesgo de la rutina y la
consiguiente tentación de la desilusión por la escasez
de los resultados. Es necesario, pues, ayudar a las personas
consagradas de media edad a revisar, a luz del Evangelio y de la
inspiración carismática, su opción originaria, y
a no confundir la totalidad de la entrega con la totalidad del
resultado. Esto permitirá dar nuevo empuje y nuevas
motivaciones a la decisión tomada en su día. Es la
época de la búsqueda de lo esencial.
En la fase de la edad madura, junto con el crecimiento personal,
puede presentarse el peligro de un cierto individualismo, acompañado
a veces del temor de no estar adecuados a los tiempos, o de fenómenos
de rigidez, de cerrazón, o de relajación. La formación
permanente tiene en este caso la función de ayudar no sólo
a recuperar un tono más alto de vida espiritual y apostólica,
sino también a descubrir la peculiaridad de esta fase
existencial. En efecto, en ella, una vez purificados algunos aspectos
de la personalidad, el ofrecimiento de sí se eleva a Dios con
mayor pureza y generosidad, y revierte en los hermanos y hermanas de
manera más sosegada y discreta, a la vez que más
transparente y rica de gracia. Es el don y la experiencia de la
paternidad y maternidad espiritual.
La edad avanzada presenta problemas nuevos, que se han de afrontar
previamente con un esmerado programa de apoyo espiritual. El
progresivo alejamiento de la actividad, la enfermedad en algunos
casos o la inactividad forzosa, son una experiencia que puede ser
altamente formativa. Aunque sea un momento frecuentemente doloroso,
ofrece sin embargo a la persona consagrada anciana la oportunidad de
dejarse plasmar por la experiencia pascual(172), conformándose
a Cristo crucificado que cumple en todo la voluntad del Padre y se
abandona en sus manos hasta encomendarle el espíritu. Este es
un nuevo modo de vivir la consagración, que no está
vinculado a la eficiencia propia de una tarea de gobierno o de un
trabajo apostólico.
Cuando al fin llega el momento de unirse a la hora suprema de la
pasión del Señor, la persona consagrada sabe que el
Padre está llevando a cumplimiento en ella el misterioso
proceso de formación iniciado tiempo atrás. La muerte
será entonces esperada y preparada como acto de amor supremo y
de entrega total de sí mismo.
Es necesario añadir que, independientemente de las varias
etapas de la vida, cada edad puede pasar por situaciones críticas
bien a causa de diversos factores externos —cambio de lugar o
de oficio, dificultad en el trabajo o fracaso apostólico,
incomprensión, marginación, etc.—, bien por
motivos más estrictamente personales, como la enfermedad
física o psíquica, la aridez espiritual, lutos,
problemas de relaciones interpersonales, fuertes tentaciones, crisis
de fe o de identidad, sensación de insignificancia, u otros
semejantes. Cuando la fidelidad resulta más difícil, es
preciso ofrecer a la persona el auxilio de una mayor confianza y un
amor más grande, tanto a nivel personal como comunitario. Se
hace necesaria, sobre todo en estos momentos, la cercanía
afectuosa del Superior; mucho consuelo y aliento viene también
de la ayuda cualificada de un hermano o hermana, cuya disponibilidad
y premura facilitarán un redescubrimiento del sentido de la
alianza que Dios ha sido el primero en establecer y que no dejará
de cumplir. La persona que se encuentra en un momento de prueba
logrará de este modo acoger la purificación y el
anonadamiento como aspectos esenciales del seguimiento de Cristo
crucificado. La prueba misma se revelará como un instrumento
providencial de formación en las manos del Padre, como lucha
no sólo psicológica, entablada por el yo en relación
consigo mismo y sus debilidades, sino también religiosa,
marcada cada día por la presencia de Dios y por la fuerza
poderosa de la Cruz.
Dimensiones de la formación permanente
71. Puesto que el sujeto de la formación es la persona en
cada fase de la vida, el término de la formación es la
totalidad del ser humano, llamado a buscar y amar a Dios « con
todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas »
(Dt 6, 5) y al prójimo como a sí mismo (cf. Lv 19, 18;
Mt 22, 37-39). El amor a Dios y a los hermanos es un dinamismo
vigoroso que puede inspirar constantemente el camino de crecimiento y
de fidelidad.
La vida en el Espíritu tiene obviamente la primacía:
en ella la persona consagrada encuentra su identidad y experimenta
una serenidad profunda, crece en la atención a las
insinuaciones cotidianas de la Palabra de Dios, y se deja guiar por
la inspiración originaria del propio Instituto. Bajo la acción
del Espíritu se defienden con denuedo los tiempos de oración,
de silencio, de soledad, y se implora de lo Alto el don de la
sabiduría en las fatigas diarias (cf. Sb 9, 10).
La dimensión humana y fraterna exige el conocimiento de sí
mismo y de los propios límites, para obtener el estímulo
necesario y el apoyo en el camino hacia la plena liberación.
En el contexto actual revisten una particular importancia la libertad
interior de la persona consagrada, su integración afectiva, la
capacidad de comunicarse con todos, especialmente en la propia
comunidad, la serenidad de espíritu y la sensibilidad hacia
aquellos que sufren, el amor por la verdad y la coherencia efectiva
entre el decir y el hacer.
La dimensión apostólica abre la mente y el corazón
de la persona consagrada, disponiéndola para el esfuerzo
continuo de la acción, como signo del amor de Cristo que la
apremia (cf. 2 Co 5, 14). Esto significa, en la práctica, la
actualización de los métodos y de los objetivos de las
actividades apostólicas, en fidelidad al espíritu y al
fin pretendido por el fundador o fundadora, y a las tradiciones
maduradas sucesivamente, teniendo en cuenta las condiciones
cambiantes de la historia y la cultura, general o local, y del
ambiente en que se actúa.
La dimensión cultural y profesional, fundada en una sólida
formación teológica que capacite al discernimiento,
implica una actualización continua y una particular atención
a los diversos campos a los que se orienta cada uno de los carismas.
Es necesario por tanto mantener una mentalidad lo más flexible
y abierta posible, para que el servicio sea comprendido y desempeñado
según las exigencias del propio tiempo, sirviéndose de
los instrumentos ofrecidos por el progreso cultural.
En la dimensión del carisma convergen, finalmente, todos
los demás aspectos, como en una síntesis que requiere
una reflexión continua sobre la propia consagración en
sus diversas vertientes, tanto la apostólica, como la ascética
y mística. Esto exige de cada miembro el estudio asiduo del
espíritu del Instituto al que pertenece, de su historia y su
misión, con el fin de mejorar así la asimilación
personal y comunitaria(173).
CAPÍTULO III
SERVITIUM CARITATIS
LA VIDA CONSAGRADA
EPIFANÍA DEL AMOR DE DIOS EN EL
MUNDO
Consagrados para la misión
72. A imagen de Jesús, el Hijo predilecto « a quien
el Padre ha santificado y enviado al mundo » (Jn 10, 36),
también aquellos a quienes Dios llama para que le sigan son
consagrados y enviados al mundo para imitar su ejemplo y continuar su
misión. Esto vale fundamentalmente para todo discípulo.
Pero es válido en especial para cuantos son llamados a seguir
a Cristo « más de cerca » en la forma
característica de la vida consagrada, haciendo de Él el
« todo » de su existencia. En su llamada está
incluida por tanto la tarea de dedicarse totalmente a la misión;
más aún, la misma vida consagrada, bajo la acción
del Espíritu Santo, que es la fuente de toda vocación y
de todo carisma, se hace misión, como lo ha sido la vida
entera de Jesús. La profesión de los consejos
evangélicos, al hacer a la persona totalmente libre para la
causa del Evangelio, muestra también la trascendencia que
tiene para la misión. Se debe pues afirmar que la misión
es esencial para cada Instituto, no solamente en los de vida
apostólica activa, sino también en los de vida
contemplativa.
En efecto, antes que en las obras exteriores, la misión se
lleva a cabo en el hacer presente a Cristo en el mundo mediante el
testimonio personal. ¡Este es el reto, éste es el
quehacer principal de la vida consagrada! Cuanto más se deja
conformar a Cristo, más lo hace presente y operante en el
mundo para la salvación de los hombres.
Se puede decir por tanto que la persona consagrada está «en
misión» en virtud de su misma consagración,
manifestada según el proyecto del propio Instituto. Es obvio
que, cuando el carisma fundacional contempla actividades pastorales,
el testimonio de vida y las obras de apostolado o de promoción
humana son igualmente necesarias: ambas representan a Cristo, que es
al mismo tiempo el consagrado a la gloria del Padre y el enviado al
mundo para la salvación de los hermanos y hermanas(174).
La vida religiosa, además, participa en la misión de
Cristo con otro elemento particular y propio: la vida fraterna en
comunidad para la misión. La vida religiosa será, pues,
tanto más apostólica, cuanto más íntima
sea la entrega al Señor Jesús, más fraterna la
vida comunitaria y más ardiente el compromiso en la misión
específica del Instituto.
Al servicio de Dios y del hombre
73. La vida consagrada tiene la misión profética de
recordar y servir el designio de Dios sobre los hombres, tal como ha
sido anunciado por las Escrituras, y como se desprende de una atenta
lectura de los signos de la acción providencial de Dios en la
historia. Es el proyecto de una humanidad salvada y reconciliada (cf.
Col 2, 20-22). Para realizar adecuadamente este servicio, las
personas consagradas han de poseer una profunda experiencia de Dios y
tomar conciencia de los retos del propio tiempo, captando su sentido
teológico profundo mediante el discernimiento efectuado con la
ayuda del Espíritu Santo. En realidad, tras los
acontecimientos de la historia se esconde frecuentemente la llamada
de Dios a trabajar según sus planes, con una inserción
activa y fecunda en los acontecimientos de nuestro tiempo(175).
El discernimiento de los signos de los tiempos, como dice el
Concilio, ha de hacerse a la luz del Evangelio, de tal modo que se
«pueda responder a los perennes interrogantes de los hombres
sobre el sentido de la vida presente y futura y sobre la relación
mutua entre ambas»(176). Es necesario, pues, estar abiertos a
la voz interior del Espíritu que invita a acoger en lo más
hondo los designios de la Providencia. Él llama a la vida
consagrada para que elabore nuevas respuestas a los nuevos problemas
del mundo de hoy. Son un reclamo divino del que sólo las almas
habituadas a buscar en todo la voluntad de Dios saben percibir con
nitidez y traducir después con valentía en opciones
coherentes, tanto con el carisma original, como con las exigencias de
la situación histórica concreta.
Ante los numerosos problemas y urgencias que en ocasiones parecen
comprometer y avasallar incluso la vida consagrada, los llamados
sienten la exigencia de llevar en el corazón y en la oración
las muchas necesidades del mundo entero, actuando con audacia en los
campos respectivos del propio carisma fundacional. Su entrega deberá
ser, obviamente, guiada por el discernimiento sobrenatural, que sabe
distinguir entre lo que viene del Espíritu y lo que le es
contrario (cf. Ga 5, 16-17.22; 1 Jn 4, 6). Mediante la fidelidad a la
Regla y a las Constituciones, conservan la plena comunión con
la Iglesia(177).
De este modo la vida consagrada no se limitará a leer los
signos de los tiempos, sino que contribuirá también a
elaborar y llevar a cabo nuevos proyectos de evangelización
para las situaciones actuales. Todo esto con la certeza, basada en la
fe, de que el Espíritu sabe dar las respuestas más
apropiadas incluso a las más espinosas cuestiones. Será
bueno a este respecto recordar algo que han enseñado siempre
los grandes protagonistas del apostolado: hay que confiar en Dios
como si todo dependiese de Él y, al mismo tiempo, empeñarse
con toda generosidad como si todo dependiera de nosotros.
Colaboración eclesial y espiritualidad apostólica
74. Se ha de hacer todo en comunión y en diálogo con
las otras instancias eclesiales. Los retos de la misión son de
tal envergadura que no pueden ser acometidos eficazmente sin la
colaboración, tanto en el discernimiento como en la acción,
de todos los miembros de la Iglesia. Difícilmente los
individuos aislados tienen una respuesta completa: ésta puede
surgir normalmente de la confrontación y del diálogo.
En particular, la comunión operativa entre los diversos
carismas asegurará, además de un enriquecimiento
recíproco, una eficacia más incisiva en la misión.
La experiencia de estos años confirma sobradamente que «el
diálogo es el nuevo nombre de la caridad»(178),
especialmente de la caridad eclesial; el diálogo ayuda a ver
los problemas en sus dimensiones reales y permite abordarlos con
mayores esperanzas de éxito. La vida consagrada, por el hecho
de cultivar el valor de la vida fraterna, representa una privilegiada
experiencia de diálogo. Por eso puede contribuir a crear un
clima de aceptación recíproca, en el que los diversos
sujetos eclesiales, al sentirse valorizados por lo que son, confluyan
con mayor convencimiento en la comunión eclesial, encaminada a
la gran misión universal.
Los Institutos comprometidos en una u otra modalidad de servicio
apostólico han de cultivar, en fin, una sólida
espiritualidad de la acción, viendo a Dios en todas las cosas,
y todas las cosas en Dios. En efecto, «se ha de saber que, como
el buen orden de la vida consiste en tender de la vida activa a la
contemplativa, también por lo general el alma vuelve útilmente
de la vida contemplativa a la activa para realizar con mayor
perfección la vida activa, por lo mismo que la vida
contemplativa enfervoriza a la activa»(179). Jesús mismo
nos ha dado perfecto ejemplo de cómo se pueden unir la
comunión con el Padre y una vida intensamente activa. Sin la
tensión continua hacia esta unidad, se corre el riesgo de un
colapso interior, de desorientación y de desánimo. La
íntima unión entre contemplación y acción
permitirá, hoy como ayer, acometer las misiones más
difíciles.
I. EL AMOR HASTA EL EXTREMO
Amar con el corazón de Cristo
75. « Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo,
los amó hasta el extremo. Durante la cena [...] se levanta de
la mesa [...] se puso a lavar los pies de los discípulos y a
secárselos con la toalla con que estaba ceñido »
(Jn 13, 1-2.4-5).
En el gesto de lavar los pies a sus discípulos, Jesús
revela la profundidad del amor de Dios por el hombre: ¡en Él,
Dios mismo se pone al servicio de los hombres! Él revela al
mismo tiempo el sentido de la vida cristiana y, con mayor motivo, de
la vida consagrada, que es vida de amor oblativo, de concreto y
generoso servicio. Siguiendo los pasos del Hijo del hombre, que «
no ha venido a ser servido, sino a servir » (Mt 20, 28), la
vida consagrada, al menos en los mejores períodos de su larga
historia, se ha caracterizado por este « lavar los pies »,
es decir, por el servicio, especialmente a los más pobres y
necesitados. Ella, por una parte, contempla el misterio sublime del
Verbo en el seno del Padre (cf. Jn 1, 1), mientras que, por otra,
sigue al mismo Verbo que se hace carne (cf. Jn 1, 14), se abaja, se
humilla para servir a los hombres. Las personas que siguen a Cristo
en la vía de los consejos evangélicos desean, también
hoy, ir allá donde Cristo fue y hacer lo que Él hizo.
Él llama continuamente a nuevos discípulos, hombres
y mujeres, para comunicarles, mediante la efusión del Espíritu
(cf. Rm 5, 5), el ágape divino, su modo de amar, apremiándolos
a servir a los demás en la entrega humilde de sí
mismos, lejos de cualquier cálculo interesado. A Pedro que,
extasiado ante la luz de la Transfiguración, exclama: «
Señor, bueno es estarnos aquí » (Mt 17, 4), le
invita a volver a los caminos del mundo para continuar sirviendo el
Reino de Dios: «Desciende, Pedro; tú, que deseabas
descansar en el monte, desciende y predica la Palabra, insiste a
tiempo y a destiempo, arguye y exhorta, increpa con toda longanimidad
y doctrina. Trabaja, suda, padece algunos tormentos a fin de llegar,
por el brillo y hermosura de las obras hechas en caridad, a poseer
eso que simbolizan los blancos vestidos del Señor»(180).
La mirada fija en el rostro del Señor no atenúa en el
apóstol el compromiso por el hombre; más bien lo
potencia, capacitándole para incidir mejor en la historia y
liberarla de todo lo que la desfigura.
La búsqueda de la belleza divina mueve a las personas
consagradas a velar por la imagen divina deformada en los rostros de
tantos hermanos y hermanas, rostros desfigurados por el hambre,
rostros desilusionados por promesas políticas; rostros
humillados de quien ve despreciada su propia cultura; rostros
aterrorizados por la violencia diaria e indiscriminada; rostros
angustiados de menores; rostros de mujeres ofendidas y humilladas;
rostros cansados de emigrantes que no encuentran digna acogida;
rostros de ancianos sin las mínimas condiciones para una vida
digna(181). La vida consagrada muestra de este modo, con la
elocuencia de las obras, que la caridad divina es fundamento y
estímulo del amor gratuito y operante. Bien convencido de ello
estaba san Vicente de Paúl cuando indicaba como programa de
vida a la Hijas de la Caridad el « ntregarse a Dios para amar a
Nuestro Señor y servirlo material y espiritualmente en la
persona de los pobres, en sus casas o en otros sitios, para instruir
a las jóvenes menesterosas, a los niños y, en general,
a todos aquellos que os manda la divina Providencia»(182).
Entre los posibles ámbitos de la caridad, el que sin duda
manifiesta en nuestros días y por un título especial el
amor al mundo «hasta el extremo», es el anuncio
apasionado de Jesucristo a quienes aún no lo conocen, a
quienes lo han olvidado y, de manera preferencial, a los pobres.
Aportación específica de la vida consagrada a la
evangelización
76. La aportación específica que los consagrados y
consagradas ofrecen a la evangelización está, ante
todo, en el testimonio de una vida totalmente entregada a Dios y a
los hermanos, a imitación del Salvador que, por amor del
hombre, se hizo siervo. En la obra de la salvación, en efecto,
todo proviene de la participación en el ágape divino.
Las personas consagradas hacen visible, en su consagración y
total entrega, la presencia amorosa y salvadora de Cristo, el
consagrado del Padre, enviado en misión(183). Ellas, dejándose
conquistar por Él (cf. Flp 3, 12), se disponen para
convertirse, en cierto modo, en una prolongación de su
humanidad(184).La vida consagrada es una prueba elocuente de que,
cuanto más se vive de Cristo, tanto mejor se le puede servir
en los demás, llegando hasta las avanzadillas de la misión
y aceptando los mayores riesgos(185).
La primera evangelización: anunciar a Cristo a las gentes
77. Quien ama a Dios, Padre de todos, ama necesariamente a sus
semejantes, en los que reconoce otros tantos hermanos y hermanas.
Precisamente por eso no puede permanecer indiferente ante el hecho de
que muchos de ellos no conocen la plena manifestación del amor
de Dios en Cristo. De aquí nace principalmente, obedeciendo el
mandato de Cristo, el impulso misionero ad gentes, que todo cristiano
consciente comparte con la Iglesia, misionera por su misma
naturaleza. Es un impulso sentido sobre todo por los miembros de los
Institutos, sean de vida contemplativa o activa(186). Las personas
consagradas, en efecto, tienen la tarea de hacer presente también
entre los no cristianos(187) a Cristo casto, pobre, obediente, orante
y misionero(188). En virtud de su más íntima
consagración a Dios(189), y permaneciendo dinámicamente
fieles a su carisma, no pueden dejar de sentirse implicadas en una
singular colaboración con la actividad misionera de la
Iglesia. El deseo tantas veces repetido de Teresa de Lisieux, «
amarte y hacerte amar »; el anhelo ardiente de san Francisco
Javier: «Así como van estudiando en letras, si
estudiasen en la cuenta de que Dios, nuestro Señor, les
demandará de ellas, y del talento que les tiene dado, muchos
de ellos se moverían, tomando medios y ejercicios espirituales
para conocer y sentir dentro de sus ánimas la voluntad divina,
conformándose más con ella que con sus propias
afecciones, diciendo: "Aquí estoy, Señor, ¿qué
debo hacer? Envíame a donde quieras"»(190); así
como otros testimonios parecidos de innumerables almas santas,
manifiestan la irrenunciable tensión misionera que distingue y
caracteriza la vida consagrada.
Presentes en todos los rincones de la tierra
78. «El amor de Cristo nos apremia» (2 Co 5, 14): los
miembros de cada Instituto deberían repetir estas palabras con
el Apóstol, por ser tarea de la vida consagrada el trabajar en
todo el mundo para consolidar y difundir el Reino de Cristo, llevando
el anuncio del Evangelio a todas partes, hasta las regiones más
lejanas(191). De hecho, la historia misionera testimonia la gran
aportación que han dado a la evangelización de los
pueblos: desde las antiguas Familias monásticas hasta las más
recientes Fundaciones dedicadas de manera exclusiva a la misión
ad gentes, desde los Institutos de vida activa a los de vida
contemplativa(192), innumerables personas han gastado sus energías
en esta «actividad primaria de la Iglesia, esencial y nunca
concluida»(193), puesto que se dirige a la multitud creciente
de aquellos que no conocen a Cristo.
Este deber continúa urgiendo hoy a los Institutos de vida
consagrada y a las Sociedades de vida apostólica: el anuncio
del Evangelio de Cristo espera de ellos la máxima aportación
posible. También los Institutos que surgen y que operan en las
Iglesias jóvenes están invitados a abrirse a la misión
entre los no cristianos, dentro y fuera de su patria. A pesar de las
comprensibles dificultades que algunos de ellos puedan atravesar,
conviene recordar a todos que, así como «la fe se
fortalece dándola»(194), también la misión
refuerza la vida consagrada, le infunde un renovado entusiasmo y
nuevas motivaciones, y estimula su fidelidad. Por su parte, la
actividad misionera ofrece amplios espacios para acoger las variadas
formas de vida consagrada.
La misión ad gentes ofrece especiales y extraordinarias
oportunidades a las mujeres consagradas, a los religiosos hermanos y
a los miembros de Institutos seculares, para una acción
apostólica particularmente incisiva. Estos últimos,
además, con su presencia en los diversos ámbitos
típicos de la vida laical, pueden desarrollar una preciosa
labor de evangelización de los ambientes, de las estructuras y
de las mismas leyes que regulan la convivencia. Ellos pueden también
testimoniar los valores evangélicos estando al lado de
personas que no conocen aún a Jesús, contribuyendo de
este modo específico a la misión.
Se ha de subrayar que en los países donde tienen amplia
raigambre religiones no cristianas, la presencia de la vida
consagrada adquiere una gran importancia, tanto con actividades
educativas, caritativas y culturales, como con el signo de la vida
contemplativa. Por esto se debe alentar de manera especial la
fundación en la nuevas Iglesias de comunidades entregadas a la
contemplación, dado que «la vida contemplativa pertenece
a la plenitud de la presencia de la Iglesia»(195). Es preciso,
además, promover con medios adecuados una distribución
equitativa de la vida consagrada en sus varias formas, para suscitar
un nuevo impulso evangelizador, bien con el envío de
misioneros y misioneras, bien con la debida ayuda de los Institutos
de vida consagrada a las diócesis más pobres(196).
Anuncio de Cristo e inculturación
79. El anuncio de Cristo tiene la prioridad permanente en la
misión de la Iglesia(197) y tiende a la conversión,
esto es, a la adhesión plena y sincera a Cristo y a su
Evangelio(198). Forman parte también de la actividad misionera
el proceso de inculturación y el diálogo
interreligioso. El reto de la inculturación ha de ser asumido
por las personas consagradas como una llamada a colaborar con la
gracia para lograr un acercamiento a las diversas culturas. Esto
supone una seria preparación personal, dotes de maduro
discernimiento, adhesión fiel a los indispensables criterios
de ortodoxia doctrinal, de autenticidad y de comunión
eclesial(199). Apoyados en el carisma de los fundadores y fundadoras,
muchas personas consagradas han sabido acercarse a las diversas
culturas con la actitud de Jesús que « se despojó
de sí mismo tomando condición de siervo » (Flp 2,
7) y, con un esfuerzo audaz y paciente de diálogo, han
establecido provechosos contactos con las gentes más diversas,
anunciando a todos el camino de la salvación. Cuántas
de ellas saben buscar y son capaces de encontrar en la historia de
las personas y de los pueblos huellas de la presencia de Dios, que
guía a la humanidad entera hacia el discernimiento de los
signos de su voluntad redentora. Tal búsqueda es ventajosa
para las mismas personas consagradas: en efecto, los valores
descubiertos en las diversas civilizaciones pueden animarlas a
incrementar su compromiso de contemplación y de oración,
a practicar más intensamente el compartir comunitario y la
hospitalidad, a cultivar con mayor diligencia el interés por
la persona y el respeto por la naturaleza.
Para una auténtica inculturación es necesaria una
actitud parecida a la del Señor, cuando se encarnó y
vino con amor y humildad entre nosotros. En este sentido la vida
consagrada prepara a las personas para hacer frente a la compleja y
ardua tarea de la inculturación, porque las habitúa al
desprendimiento de las cosas, incluidos muchos aspectos de la propia
cultura. Aplicándose con estas actitudes al estudio y a la
comprensión de las culturas, los consagrados pueden discernir
mejor en ellas los valores auténticos y el modo en que pueden
ser acogidos y perfeccionados, con ayuda del propio carisma(200). De
todos modos, no se ha de olvidar que en muchas culturas antiguas la
expresión religiosa está de tal modo integrada en
ellas, que la religión representa frecuentemente la dimensión
trascendente de la cultura misma. En este caso, una verdadera
inculturación comporta necesariamente un serio y abierto
diálogo interreligioso, que «no está en
contraposición con la misión ad gentes: y que no
dispensa de la evangelización»(201).
Inculturación de la vida consagrada
80. La vida consagrada, por su parte, es de por sí
portadora de valores evangélicos y, consiguientemente, allí
donde es vivida con autenticidad, puede ofrecer una aportación
original a los retos de la inculturación. En efecto, siendo un
signo de la primacía de Dios y del Reino, la vida consagrada
es una provocación que, en el diálogo, puede interpelar
la conciencia de los hombres. Si la vida consagrada mantiene su
propia fuerza profética se convierte, en el entramado de una
cultura, en fermento evangélico capaz de purificarla y hacerla
evolucionar. Lo demuestra la historia de tantos santos y santas que,
en épocas diversas, han sabido vivir en el propio tiempo sin
dejarse dominar por él, señalando nuevos caminos a su
generación. El estilo de vida evangélico es una fuente
importante para proponer un nuevo modelo cultural. Cuántos
fundadores y fundadoras, al percatarse de ciertas exigencias de su
tiempo, han sabido dar una respuesta que, aun con las limitaciones
que ellos mismos han reconocido, se ha convertido en una propuesta
cultural innovadora.
Las comunidades de los Institutos religiosos y de las Sociedades
de vida apostólica pueden plantear perspectivas culturales
concretas y significativas cuando testimonian el modo evangélico
de vivir la acogida recíproca en la diversidad y del ejercicio
de la autoridad, la común participación en los bienes
materiales y espirituales, la internacionalidad, la colaboración
intercongregacional y la escucha de los hombres y mujeres de nuestro
tiempo. El modo de pensar y de actuar por parte de quien sigue a
Cristo más de cerca da origen, en efecto, a una auténtica
cultura de referencia, pone al descubierto lo que hay de inhumano, y
testimonia que sólo Dios da fuerza y plenitud a los valores. A
su vez, una auténtica inculturación ayudará a
las personas consagradas a vivir el radicalismo evangélico
según el carisma del propio Instituto y la idiosincrasia del
pueblo con el cual entran en contacto. De esta fecunda relación
surgirán estilos de vida y métodos pastorales que
pueden ser una riqueza para todo el Instituto, si se demuestran
coherentes con el carisma fundacional y con la acción
unificadora del Espíritu Santo. En este proceso, hecho de
discernimiento y de audacia, de diálogo y de provocación
evangélica, la Santa Sede es una garantía para seguir
el recto camino, y a ella compete la función de animar la
evangelización de las culturas, de autentificar su desarrollo,
y de sancionar los logros en orden a la inculturación(202),
tarea ésta «difícil y delicada, ya que pone a
prueba la fidelidad de la Iglesia al Evangelio y a la tradición
apostólica en la evolución constante de las
culturas»(203).
La nueva evangelización
81. Para hacer frente de manera adecuada a los grandes desafíos
que la historia actual pone a la nueva evangelización, se
requiere que la vida consagrada se deje interpelar continuamente por
la Palabra revelada y por los signos de los tiempos(204). El recuerdo
de las grandes evangelizadoras y de los grandes evangelizadores, que
fueron antes grandes evangelizados, pone de manifiesto cómo,
para afrontar el mundo de hoy hacen falta personas entregadas
amorosamente al Señor y a su Evangelio. «Las personas
consagradas, en virtud de su vocación específica, están
llamadas a manifestar la unidad entre autoevangelización y
testimonio, entre renovación interior y apostólica,
entre ser y actuar, poniendo de relieve que el dinamismo deriva
siempre del primer elemento del binomio»(205). La nueva
evangelización, como la de siempre, será eficaz si sabe
proclamar desde los tejados lo que ha vivido en la intimidad con el
Señor. Para ello se requieren personalidades sólidas,
animadas por el fervor de los santos. La nueva evangelización
exige de los consagrados y consagradas una plena conciencia del
sentido teológico de los retos de nuestro tiempo. Estos retos
han de ser examinados con cuidadoso y común discernimiento,
para lograr una renovación de la misión. La audacia con
que se anuncia al Señor Jesús debe estar acompañada
de la confianza en la acción de la Providencia, que actúa
en el mundo y que «hace que todas las cosas, incluso los
fracasos del hombre, contribuyan al bien de la Iglesia»(206).
Para una provechosa inserción de los Institutos en el
proceso de la nueva evangelización es importante la fidelidad
al carisma fundacional, la comunión con todos aquellos que en
la Iglesia están comprometidos en la misma empresa,
especialmente con los Pastores, y la cooperación con todos los
hombres de buena voluntad. Esto exige un serio discernimiento de las
llamadas que el Espíritu dirige a cada Instituto, tanto en
aquellas regiones en las que no se vislumbran grandes progresos
inmediatos, como en otras zonas donde se percibe un rebrote
esperanzador. Las personas consagradas han de ser pregoneras
entusiastas del Señor Jesús en todo tiempo y lugar, y
estar dispuestas a responder con sabiduría evangélica a
los interrogantes que hoy brotan de la inquietud del corazón
humano y de sus necesidades más urgentes.
Predilección por los pobres y promoción de la
justicia
82. En los comienzos de su ministerio, Jesús proclama, en
la sinagoga de Nazaret, que el Espíritu lo ha consagrado para
llevar a los pobres la Buena Nueva, para anunciar la liberación
a los cautivos, restituir la vista a los ciegos, dar la libertad a
los oprimidos, y predicar un año de gracia del Señor
(cf. Lc 4, 16-19). Haciendo propia la misión del Señor,
la Iglesia anuncia el Evangelio a todos los hombres y mujeres, para
su salvación integral. Pero se dirige con una atención
especial, con una auténtica « opción preferencial
», a quienes se encuentran en una situación de mayor
debilidad y, por tanto, de más grave necesidad. « Pobres
», en las múltiples dimensiones de la pobreza, son los
oprimidos, los marginados, los ancianos, los enfermos, los pequeños
y cuantos son considerados y tratados como los «últimos»
en la sociedad.
La opción por los pobres es inherente a la dinámica
misma del amor vivido según Cristo. A ella están pues
obligados todos los discípulos de Cristo; no obstante,
aquellos que quieren seguir al Señor más de cerca,
imitando sus actitudes, deben sentirse implicados en ella de una
manera del todo singular. La sinceridad de su respuesta al amor de
Cristo les conduce a vivir como pobres y abrazar la causa de los
pobres. Esto comporta para cada Instituto, según su carisma
específico, la adopción de un estilo de vida humilde y
austero, tanto personal como comunitariamente. Las personas
consagradas, cimentadas en este testimonio de vida, estarán en
condiciones de denunciar, de la manera más adecuada a su
propia opción y permaneciendo libres de ideologías
políticas, las injusticias cometidas contra tantos hijos e
hijas de Dios, y de comprometerse en la promoción de la
justicia en el ambiente social en el que actúan(207). De este
modo, incluso en las actuales situaciones será renovada, a
través del testimonio de innumerables personas consagradas, la
entrega que caracterizó a fundadores y fundadoras que gastaron
su vida para servir al Señor presente en los pobres. En
efecto, Cristo «es indigente aquí en la persona de sus
pobres [...]. En cuanto Dios, rico; en cuanto hombre pobre. Cierto
ese Hombre subió ya rico al cielo donde se halla sentado a la
derecha del Padre; mas aquí, entre nosotros, todavía
padece hambre, sed y desnudez»(208).
El Evangelio se hace operante mediante la caridad, que es gloria
de la Iglesia y signo de su fidelidad al Señor. Lo demuestra
toda la historia de la vida consagrada, que se puede considerar como
una exégesis viviente de la palabra de Jesús: «
Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más
pequeños, a mí me lo hicisteis » (Mt 25, 40).
Muchos Institutos, especialmente en la época moderna, han
surgido precisamente para atender a una u otra necesidad de los
pobres. Pero aun en los casos en que ésta no haya sido la
finalidad determinante, la atención y la solicitud por los
necesitados, manifestada a través de la oración, la
acogida y la hospitalidad, han acompañado naturalmente las
diversas formas de vida consagrada, incluidas las de vida
contemplativa. ¿Cómo podría ser de otro modo,
desde el momento en que el Cristo descubierto en la contemplación
es el mismo que vive y sufre en los pobres? En este sentido la
historia de la vida consagrada es rica de maravillosos ejemplos, a
veces geniales. San Paulino de Nola, después de haber
distribuido sus bienes para consagrarse enteramente a Dios, hizo
levantar las celdas de su monasterio sobre un hospicio destinado
precisamente a los menesterosos. Él gozaba al pensar en este
singular « intercambio de dones »: los pobres que él
socorría afianzaban con sus plegarias los « fundamentos
» mismos de su casa, entregada totalmente a la alabanza de
Dios(209). A san Vicente de Paúl, por su parte, le gustaba
decir que, cuando se está obligado a dejar la oración
para atender a un pobre en necesidad, en realidad la oración
no se interrumpe, porque «se deja a Dios por Dios»(210).
Servir a los pobres es un acto de evangelización y, al
mismo tiempo, signo de autenticidad evangélica y estímulo
de conversión permanente para la vida consagrada, puesto que,
como dice san Gregorio Magno, «cuando uno se abaja a lo más
bajo de sus prójimos, entonces se eleva admirablemente a la
más alta caridad, ya que si con benignidad desciende a lo
inferior, valerosamente retorna a lo superior»(211).
El cuidado de los enfermos
83. Siguiendo una gloriosa tradición, un gran número
de personas consagradas, sobre todo mujeres, ejercen su apostolado en
el sector de la sanidad según el carisma del propio Instituto.
Muchas son las personas consagradas que han sacrificado su vida a lo
largo de los siglos en el servicio a las víctimas de
enfermedades contagiosas, demostrando que la entrega hasta el
heroísmo pertenece a la índole profética de la
vida consagrada.
La Iglesia admira y agradece a las personas consagradas que,
asistiendo a los enfermos y a los que sufren, contribuyen de manera
significativa a su misión. Prolongan el ministerio de
misericordia de Cristo, que pasó « haciendo el bien y
curando a todos » (Hch 10, 38). Que, siguiendo las huellas de
Cristo, divino Samaritano, médico del cuerpo y del alma(212),
y a ejemplo de los respectivos fundadores y fundadoras, las personas
consagradas que se dedican a estos menesteres en virtud del carisma
del propio Instituto, perseveren en su testimonio de amor hacia los
enfermos, dedicándose a ellos con profunda comprensión
y participación. Que en sus decisiones otorguen un lugar
privilegiado a los enfermos más pobres y abandonados, así
como a los ancianos, incapacitados, marginados, enfermos terminales y
víctimas de la droga y de las nuevas enfermedades contagiosas.
Han de fomentar que los enfermos ofrezcan su dolor en comunión
con Cristo crucificado y glorificado para la salvación de
todos(212) y, más aún, que alimenten en ellos la
conciencia de ser, con la palabra y con las obras, sujetos activos de
pastoral a través del peculiar carisma de la cruz(214).
La Iglesia también recuerda a los consagrados y consagradas
que es parte de su misión el evangelizar los ambientes
sanitarios en que trabajan, tratando de iluminar, a través de
la comunicación de los valores evangélicos, el modo de
vivir, sufrir y morir de los hombres de nuestro tiempo. Es tarea
propia dedicarse a la humanización de la medicina y a la
profundización de la bioética, al servicio del
Evangelio de la vida. Que promuevan por tanto, ante todo, el respeto
de la persona y de la vida humana desde la concepción hasta su
término natural, en plena conformidad con las enseñanzas
morales de la Iglesia(215), instituyendo también para ello
centros de formación(216) y colaborando fraternalmente con los
organismos eclesiales de la pastoral sanitaria.
II. UN TESTIMONIO PROFÉTICO ANTE LOS GRANDES RETOS
El profetismo de la vida consagrada
84. Los Padres sinodales han destacado el carácter
profético de la vida consagrada, como una forma de especial
participación en la función profética de Cristo,
comunicada por el Espíritu Santo a todo el Pueblo de Dios. Es
un profetismo inherente a la vida consagrada en cuanto tal, por el
radical seguimiento de Jesús y la consiguiente entrega a la
misión que la caracteriza. La función de signo, que el
Concilio Vaticano II reconoce a la vida consagrada(217),se manifiesta
en el testimonio profético de la primacía de Dios y de
los valores evangélicos en la vida cristiana. En virtud de
esta primacía no se puede anteponer nada al amor personal por
Cristo y por los pobres en los que Él vive(218).
La tradición patrística ha visto una figura de la
vida religiosa monástica en Elías, profeta audaz y
amigo de Dios(219). Vivía en su presencia y contemplaba en
silencio su paso, intercedía por el pueblo y proclamaba con
valentía su voluntad, defendía los derechos de Dios y
se erguía en defensa de los pobres contra los poderosos del
mundo (cf. 1 Re 18-19). En la historia de la Iglesia, junto con otros
cristianos, no han faltado hombres y mujeres consagrados a Dios que,
por un singular don del Espíritu, han ejercido un auténtico
ministerio profético, hablando a todos en nombre de Dios,
incluso a los Pastores de la Iglesia. La verdadera profecía
nace de Dios, de la amistad con Él, de la escucha atenta de su
Palabra en las diversas circunstancias de la historia. El profeta
siente arder en su corazón la pasión por la santidad de
Dios y, tras haber acogido la palabra en el diálogo de la
oración, la proclama con la vida, con los labios y con los
hechos, haciéndose portavoz de Dios contra el mal y contra el
pecado. El testimonio profético exige la búsqueda
apasionada y constante de la voluntad de Dios, la generosa e
imprescindible comunión eclesial, el ejercicio del
discernimiento espiritual y el amor por la verdad. También se
manifiesta en la denuncia de todo aquello que contradice la voluntad
de Dios y en el escudriñar nuevos caminos de actuación
del Evangelio para la construcción del Reino de Dios(220).
Su importancia para el mundo contemporáneo
85. En nuestro mundo, en el que parece haberse perdido el rastro
de Dios, es urgente un audaz testimonio profético por parte de
las personas consagradas. Un testimonio ante todo de la afirmación
de la primacía de Dios y de los bienes futuros, como se
desprende del seguimiento y de la imitación de Cristo casto,
pobre y obediente, totalmente entregado a la gloria del Padre y al
amor de los hermanos y hermanas. La misma vida fraterna es un acto
profético, en una sociedad en la que se esconde, a veces sin
darse cuenta, un profundo anhelo de fraternidad sin fronteras. La
fidelidad al propio carisma conduce a las personas consagradas a dar
por doquier un testimonio cualificado, con la lealtad del profeta que
no teme arriesgar incluso la propia vida.
Una especial fuerza persuasiva de la profecía deriva de la
coherencia entre el anuncio y la vida. Las personas consagradas serán
fieles a su misión en la Iglesia y en el mundo en la medida
que sean capaces de hacer un examen continuo de sí mismas a la
luz de la Palabra de Dios(221). De este modo podrán enriquecer
a los demás fieles con los bienes carismáticos
recibidos, dejándose interpelar a su vez por las voces
proféticas provenientes de los otros miembros eclesiales. En
este intercambio de dones, garantizado por la plena sintonía
con el Magisterio y la disciplina de la Iglesia, brillará la
acción del Espíritu Santo que «la une en la
comunión y el servicio, la construye y dirige con diversos
dones jerárquicos y carismáticos»(222).
Fidelidad hasta el martirio
86. En este siglo, como en otras épocas de la historia,
hombres y mujeres consagrados han dado testimonio de Cristo, el
Señor, con la entrega de la propia vida. Son miles los que
obligados a vivir en clandestinidad por regímenes totalitarios
o grupos violentos, obstaculizados en las actividades misioneras, en
la ayuda a los pobres, en la asistencia a los enfermos y marginados,
han vivido y viven su consagración con largos y heroicos
padecimientos, llegando frecuentemente a dar su sangre, en perfecta
conformación con Cristo crucificado. La Iglesia ha reconocido
ya oficialmente la santidad de algunos de ellos y los honra como
mártires de Cristo, que nos iluminan con su ejemplo,
interceden por nuestra fidelidad y nos esperan en la gloria.
Es de desear vivamente que permanezca en la conciencia de la
Iglesia la memoria de tantos testigos de la fe, como incentivo para
su celebración y su imitación. Los Institutos de vida
consagrada y las Sociedades de vida apostólica han de
contribuir a esta tarea recogiendo los nombres y los testimonios de
las personas consagradas que puedan ser inscritas en el Martirologio
del siglo XX(223).
Los grandes retos de la vida consagrada
87. El cometido profético de la vida consagrada surge de
tres desafíos principales dirigidos a la Iglesia misma: son
desafíos de siempre, que la sociedad contemporánea, al
menos en algunas partes del mundo, lanza con formas nuevas y tal vez
más radicales. Atañen directamente a los consejos
evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, y alientan a la
Iglesia y especialmente a las personas consagradas a clarificar y dar
testimonio de su profundo significado antropológico. En
efecto, la elección de estos consejos lejos de ser un
empobrecimiento de los valores auténticamente humanos, se
presenta más bien como una transfiguración de los
mismos. Los consejos evangélicos no han de ser considerados
como una negación de los valores inherentes a la sexualidad,
al legítimo deseo de disponer de los bienes materiales y de
decidir autónomamente de sí mismo. Estas inclinaciones,
en cuanto fundadas en la naturaleza, son buenas en sí mismas.
La criatura humana, no obstante, al estar debilitada por el pecado
original, corre el peligro de secundarlas de manera desordenada. La
profesión de castidad, pobreza y obediencia supone una voz de
alerta para no infravalorar las heridas producidas por el pecado
original, al mismo tiempo que, aun afirmando el valor de los bienes
creados, los relativiza, presentando a Dios como el bien absoluto.
Así, aquellos que siguen los consejos evangélicos, al
mismo tiempo que buscan la propia santificación, proponen, por
así decirlo, una « terapia espiritual » para la
humanidad, puesto que rechazan la idolatría de las criaturas y
hacen visible de algún modo al Dios viviente. La vida
consagrada, especialmente en los momentos de dificultad, es una
bendición para la vida humana y para la misma vida eclesial.
El reto de la castidad consagrada
88. La primera provocación proviene de una cultura
edonística que deslinda la sexualidad de cualquier norma moral
objetiva, reduciéndola frecuentemente a mero juego y objeto de
consumo, transigiendo, con la complicidad de los medios de
comunicación social, con una especie de idolatría del
instinto. Sus consecuencias están a la vista de todos:
prevaricaciones de todo tipo, a las que siguen innumerables daños
psíquicos y morales para los individuos y las familias. La
respuesta de la vida consagrada consiste ante todo en la práctica
gozosa de la castidad perfecta, como testimonio de la fuerza del amor
de Dios en la fragilidad de la condición humana. La persona
consagrada manifiesta que lo que muchos creen imposible es posible y
verdaderamente liberador con la gracia del Señor Jesús.
Sí, ¡en Cristo es posible amar a Dios con todo el
corazón, poniéndolo por encima de cualquier otro amor,
y amar así con la libertad de Dios a todas las criaturas! Este
testimonio es necesario hoy más que nunca, precisamente porque
es algo casi incomprensible en nuestro mundo. Es un testimonio que se
ofrece a cada persona —a los jóvenes, a los novios, a
los esposos y a las familias cristianas— para manifestar que la
fuerza del amor de Dios puede obrar grandes cosas precisamente en las
vicisitudes del amor humano, que trata de satisfacer una creciente
necesidad de trasparencia interior en las relaciones humanas.
Es necesario que la vida consagrada presente al mundo de hoy
ejemplos de una castidad vivida por hombres y mujeres que demuestren
equilibrio, dominio de sí mismos, iniciativa, madurez
psicológica y afectiva(224). Gracias a este testimonio se
ofrece al amor humano un punto de referencia seguro, que la persona
consagrada encuentra en la contemplación del amor trinitario,
que nos ha sido revelado en Cristo. Precisamente porque está
inmersa en este misterio, la persona consagrada se siente capaz de un
amor radical y universal, que le da la fuerza del autodominio y de la
disciplina necesarios para no caer en la esclavitud de los sentidos y
de los instintos. La castidad consagrada aparece de este modo como
una experiencia de alegría y de libertad. Iluminada por la fe
en el Señor resucitado y por la esperanza en los nuevos cielos
y la nueva tierra (cf. Ap 21, 1), ofrece también estímulos
valiosos para la educación en la castidad propia de otros
estados de vida.
El reto de la pobreza
89. Otra provocación está hoy representada por un
materialismo ávido de poseer, desinteresado de las exigencias
y los sufrimientos de los más débiles y carente de
cualquier consideración por el mismo equilibrio de los
recursos de la naturaleza. La respuesta de la vida consagrada está
en la profesión de la pobreza evangélica, vivida de
maneras diversas, y frecuentemente acompañada por un
compromiso activo en la promoción de la solidaridad y de la
caridad.
¡Cuántos Institutos se dedican a la educación,
a la instrucción y formación profesional, preparando a
los jóvenes y a los no tan jóvenes para ser
protagonistas de su futuro! ¡Cuántas personas
consagradas se desgastan sin escatimar esfuerzos en favor de los
últimos de la tierra! ¡Cuántas se afanan en
formar a los futuros educadores y responsables de la vida social, de
tal modo que éstos se comprometan en la supresión de
las estructuras opresivas y a promover proyectos de solidaridad en
favor de los pobres! Estas personas consagradas luchan para vencer el
hambre y sus causas, animando las actividades del voluntariado y de
las organizaciones humanitarias, y sensibilizando a los organismos
públicos y privados para propiciar así una equitativa
distribución de las ayudas internacionales. Mucho deben las
naciones a estos agentes emprendedores de la caridad que, con su
incansable generosidad, han dado y siguen dando una significativa
aportación a la humanización del mundo.
La pobreza evangélica al servicio de los pobres
90. En realidad, antes aún de ser un servicio a los pobres,
la pobreza evangélica es un valor en sí misma, en
cuanto evoca la primera de las Bienaventuranzas en la imitación
de Cristo pobre(225). Su primer significado, en efecto, consiste en
dar testimonio de Dios como la verdadera riqueza del corazón
humano. Pero justamente por esto, la pobreza evangélica
contesta enérgicamente la idolatría del dinero,
presentándose como voz profética en una sociedad que,
en tantas zonas del mundo del bienestar, corre el peligro de perder
el sentido de la medida y hasta el significado mismo de las cosas.
Por este motivo, hoy más que en otros tiempos, esta voz atrae
la atención de aquellos que, conscientes de los limitados
recursos de nuestro planeta, propugnan el respeto y la defensa de la
naturaleza creada mediante la reducción del consumo, la
sobriedad y una obligada moderación de los propios apetitos.
Se pide a las personas consagradas, pues, un nuevo y decidido
testimonio evangélico de abnegación y de sobriedad, un
estilo de vida fraterna inspirado en criterios de sencillez y de
hospitalidad, para que sean así un ejemplo también para
todos los que permanecen indiferentes ante las necesidades del
prójimo. Este testimonio acompañará naturalmente
el amor preferencial por los pobres, y se manifestará de
manera especial en el compartir las condiciones de vida de los más
desheredados. No son pocas las comunidades que viven y trabajan entre
los pobres y los marginados, compartiendo su condición y
participando de sus sufrimientos, problemas y peligros.
Páginas importantes de la historia de la solidaridad
evangélica y de la entrega heroica han sido escritas por
personas consagradas en estos años de cambios profundos y de
grandes injusticias, de esperanzas y desilusiones, de importantes
conquistas y de amargas derrotas. Otras páginas no menos
significativas han sido y están siendo escritas aún hoy
por innumerables personas consagradas que viven plenamente su vida «
oculta con Cristo en Dios » (Col 3, 3) para la salvación
del mundo, bajo el signo de la gratuidad, de la entrega de la propia
vida a causas poco reconocidas y aún menos vitoreadas. A
través de estas formas, diversas y complementarias, la vida
consagrada participa de la extrema pobreza abrazada por el Señor,
y desempeña su papel específico en el misterio
salvífico de su encarnación y de su muerte
redentora(226).
El reto de la libertad en la obediencia
91. La tercera provocación proviene de aquellas
concepciones de libertad que, en esta fundamental prerrogativa
humana, prescinden de su relación constitutiva con la verdad y
con la norma moral(227). En realidad, la cultura de la libertad es un
auténtico valor, íntimamente unido con el respeto de la
persona humana. Pero, ¿cómo no ver las terribles
consecuencias de injusticia e incluso de violencia a las que conduce,
en la vida de las personas y de los pueblos, el uso deformado de la
libertad?
Una respuesta eficaz a esta situación es la obediencia que
caracteriza la vida consagrada. Esta hace presente de modo
particularmente vivo la obediencia de Cristo al Padre y, precisamente
basándose en este misterio, testimonia que no hay
contradicción entre obediencia y libertad. En efecto, la
actitud del Hijo desvela el misterio de la libertad humana como
camino de obediencia a la voluntad del Padre, y el misterio de la
obediencia como camino para lograr progresivamente la verdadera
libertad. Esto es lo que quiere expresar la persona consagrada de
manera específica con este voto, con el cual pretende
atestiguar la conciencia de una relación de filiación,
que desea asumir la voluntad paterna como alimento cotidiano (cf. Jn
4, 34), como su roca, su alegría, su escudo y baluarte (cf.
Sal 1817, 3). Demuestra así que crece en la plena verdad de sí
misma permaneciendo unida a la fuente de su existencia y ofreciendo
el mensaje consolador: « Mucha es la paz de los que aman tu
ley, no hay tropiezo para ellos » (Sal 119118, 165).
Cumplir juntos la voluntad del Padre
92. Este testimonio de las personas consagradas tiene un
significado particular en la vida religiosa por la dimensión
comunitaria que la caracteriza. La vida fraterna es el lugar
privilegiado para discernir y acoger la voluntad de Dios y caminar
juntos en unión de espíritu y de corazón. La
obediencia, vivificada por la caridad, une a los miembros de un
Instituto en un mismo testimonio y en una misma misión, aun
respetando la propia individualidad y la diversidad de dones. En la
fraternidad animada por el Espíritu, cada uno entabla con el
otro un diálogo precioso para descubrir la voluntad del Padre,
y todos reconocen en quien preside la expresión de la
paternidad de Dios y el ejercicio de la autoridad recibida de Él,
al servicio del discernimiento y de la comunión(228).
La vida de comunidad es además, de modo particular, signo,
ante la Iglesia y la sociedad, del vínculo que surge de la
misma llamada y de la voluntad común de obedecerla, por encima
de cualquier diversidad de raza y de origen, de lengua y cultura.
Contra el espíritu de discordia y división, la
autoridad y la obediencia brillan como un signo de la única
paternidad que procede de Dios, de la fraternidad nacida del
Espíritu, de la libertad interior de quien se fía de
Dios a pesar de los límites humanos de los que lo representan.
Mediante esta obediencia, asumida por algunos como regla de vida, se
experimenta y anuncia en favor de todos la bienaventuranza prometida
por Jesús a « los que oyen la Palabra de Dios y la
guardan » (Lc 11, 28). Además, quien obedece tiene la
garantía de estar en misión, siguiendo al Señor
y no buscando los propios deseos o expectativas. Así es
posible sentirse guiados por el Espíritu del Señor y
sostenidos, incluso en medio de grandes dificultades, por su mano
segura (cf. Hch 20, 22s).
Un decidido compromiso de vida espiritual
93. Una de las preocupaciones manifestadas varias veces en el
Sínodo ha sido el que la vida consagrada se nutra en las
fuentes de una sólida y profunda espiritualidad. Se trata, en
efecto, de una exigencia prioritaria radicada en la esencia misma de
la vida consagrada, desde el momento que, como cualquier bautizado
pero por motivos aún más apremiantes, quien profesa los
consejos evangélicos está obligado a aspirar con todas
sus fuerzas a la perfección de la caridad(229). Este es un
compromiso subrayado vigorosamente por los innumerables ejemplos de
santos fundadores y fundadoras, y de tantas personas consagradas que
han testimoniado la fidelidad a Cristo hasta llegar al martirio.
Aspirar a la santidad: este es en síntesis el programa de toda
vida consagrada, también en la perspectiva de su renovación
en los umbrales del tercer milenio. Un programa que debe empezar
dejando todo por Cristo (cf. Mt 4, 18-22; 19, 21.27; Lc 5, 11),
anteponiéndolo a cualquier otra cosa para poder participar
plenamente en su misterio pascual.
San Pablo lo había entendido bien cuando exclamaba: «
Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento
de Cristo Jesús [...] y conocerle a Él, el poder de su
resurrección » (Flp 3, 8.10). Es también la senda
indicada desde el principio por los Apóstoles, como recuerda
la tradición cristiana en Oriente y en Occidente: «Los
que actualmente siguen a Jesús abandonándolo todo por
Él, imitan a los Apóstoles que, respondiendo a su
invitación, renunciaron a todo lo demás. Por esta razón
tradicionalmente se suele hablar de la vida religiosa como apostolica
vivendi forma»(230). La misma tradición ha puesto
también de relieve en la vida consagrada la dimensión
de una peculiar alianza con Dios, más aún, de una
alianza esponsal con Cristo, de la que san Pablo fue maestro con su
ejemplo (cf. 1 Co 7, 7) y con su doctrina proclamada bajo la guía
del Espíritu (cf. 1 Co 7, 40).
Podemos decir que la vida espiritual, entendida como vida en
Cristo, vida según el Espíritu, es como un itinerario
de progresiva fidelidad, en el que la persona consagrada es guiada
por el Espíritu y conformada por Él a Cristo, en total
comunión de amor y de servicio en la Iglesia.
Todos estos elementos, calando hondo en las varias formas de vida
consagrada, generan una espiritualidad peculiar, esto es, un proyecto
preciso de relación con Dios y con el ambiente circundante,
caracterizado por peculiares dinamismos espirituales y por opciones
operativas que resaltan y representan uno u otro aspecto del único
misterio de Cristo. Cuando la Iglesia reconoce una forma de vida
consagrada o un Instituto, garantiza que en su carisma espiritual y
apostólico se dan todos los requisitos objetivos para alcanzar
la perfección evangélica personal y comunitaria.
La vida espiritual, por tanto, debe ocupar el primer lugar en el
programa de las Familias de vida consagrada, de tal modo que cada
Instituto y cada comunidad aparezcan como escuelas de auténtica
espiritualidad evangélica. De esta opción prioritaria,
desarrollada en el compromiso personal y comunitario, depende la
fecundidad apostólica, la generosidad en el amor a los pobres
y el mismo atractivo vocacional ante las nuevas generaciones. Lo que
puede conmover a las personas de nuestro tiempo, también
sedientas de valores absolutos, es precisamente la cualidad
espiritual de la vida consagrada, que se transforma así en un
fascinante testimonio.
A la escucha de la Palabra de Dios
94. La Palabra de Dios es la primera fuente de toda espiritualidad
cristiana. Ella alimenta una relación personal con el Dios
vivo y con su voluntad salvífica y santificadora. Por este
motivo la lectio divina ha sido tenida en la más alta estima
desde el nacimiento de los Institutos de vida consagrada, y de manera
particular en el monacato. Gracias a ella, la Palabra de Dios llega a
la vida, sobre la cual proyecta la luz de la sabiduría que es
don del Espíritu. Aun cuando toda la Sagrada Escritura sea «
útil para enseñar » (2 Tm 3, 16) y «fuente
límpida y perenne de vida espiritual»(232), una
particular veneración merecen los escritos del Nuevo
Testamento, sobre todo los Evangelios, que son «el corazón
de todas las Escrituras»(232). Será, pues, de gran ayuda
para las personas consagradas la meditación asidua de los
textos evangélicos y de los demás escritos
neotestamentarios, que ilustran las palabras y los ejemplos de Cristo
y de la Virgen María, y la apostolica vivendi forma. A ellos
se han referido constantemente fundadores y fundadoras a la hora de
acoger la vocación y de discernir el carisma y la misión
del propio Instituto.
La meditación comunitaria de la Biblia tiene un gran valor.
Hecha según las posibilidades y las circunstancias de la vida
de comunidad, lleva al gozo de compartir la riqueza descubierta en la
Palabra de Dios, gracias a la cual los hermanos y las hermanas crecen
juntos y se ayudan a progresar en la vida espiritual. Conviene
incluso que se proponga esta práctica también a los
otros miembros del Pueblo de Dios, sacerdotes y laicos, promoviendo
del modo más acorde al propio carisma escuelas de oración,
de espiritualidad y de lectura orante de la Escritura, en la que Dios
«habla a los hombres como amigos (cf. Ex 33, 11; Jn 15, 14-15),
trata con ellos (Ba 3, 38) para invitarlos y recibirlos en su
compañía»(233).
Como enseña la tradición espiritual, de la
meditación de la Palabra de Dios, y de los misterios de Cristo
en particular, nace la intensidad de la contemplación y el
ardor de la actividad apostólica. Tanto en la vida religiosa
contemplativa como en la activa, siempre han sido los hombres y
mujeres de oración quienes, como auténticos intérpretes
y ejecutores de la voluntad de Dios, han realizado grandes obras. Del
contacto asiduo con la Palabra de Dios han obtenido la luz necesaria
para el discernimiento personal y comunitario que les ha servido para
buscar los caminos del Señor en los signos de los tiempos. Han
adquirido así una especie de instinto sobrenatural que ha
hecho posible el que, en vez de doblegarse a la mentalidad del mundo,
hayan renovado la propia mente, para poder discernir la voluntad de
Dios, aquello que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto (cf. Rm 12,
2).
En comunión con Cristo
95. El medio fundamental para alimentar eficazmente la comunión
con el Señor es sin duda la sagrada liturgia, especialmente la
Celebración eucarística y la Liturgia de las Horas.
Ante todo la Eucaristía, que «contiene todo el bien
espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y
Pan de Vida, que da la vida a los hombres»(234), corazón
de la vida eclesial y también de la vida consagrada. Quien ha
sido llamado a elegir a Cristo como único sentido de su vida
en la profesión de los consejos evangélicos, ¿cómo
podría no desear instaurar con Él una comunión
cada vez más íntima mediante la participación
diaria en el Sacramento que lo hace presente, en el sacrificio que
actualiza su entrega de amor en el Gólgota, en el banquete que
alimenta y sostiene al Pueblo de Dios peregrino? Por su naturaleza la
Eucaristía ocupa el centro de la vida consagrada, personal y
comunitaria. Ella es viático cotidiano y fuente de la
espiritualidad de cada Instituto. En ella cada consagrado está
llamado a vivir el misterio pascual de Cristo, uniéndose a Él
en el ofrecimiento de la propia vida al Padre mediante el Espíritu.
La asidua y prolongada adoración de la Eucaristía
permite revivir la experiencia de Pedro en la Transfiguración:
« Bueno es estarnos aquí ». En la celebración
del misterio del Cuerpo y Sangre del Señor se afianza e
incrementa la unidad y la caridad de quienes han consagrado su
existencia a Dios.
Junto con la Eucaristía, y en íntima relación
con ella, la Liturgia de las Horas, celebrada comunitaria o
individualmente según la índole de cada Instituto y en
unión con la oración de la Iglesia, manifiesta la
vocación a la alabanza y a la intercesión propia de las
personas consagradas.
También el esfuerzo de una continua conversión y de
una necesaria purificación, que las personas consagradas
realizan mediante el sacramento de la Reconciliación, está
íntimamente vinculado a la Eucaristía. Ellas, a través
del encuentro frecuente con la misericordia de Dios, renuevan y
acrisolan su corazón, al mismo tiempo que, reconociendo
humildemente sus pecados, hacen transparente la propia relación
con Él. La gozosa experiencia del perdón sacramental,
en el camino compartido con los hermanos y hermanas, hace dócil
el corazón y alienta el compromiso por una creciente
fidelidad.
Para progresar en el camino evangélico, especialmente en el
periodo de formación y en ciertos momentos de la vida, es de
gran ayuda el recurso humilde y confiado a la dirección
espiritual, merced a la cual la persona recibe ánimos para
responder con generosidad a las mociones del Espíritu y
orientarse decididamente hacia la santidad.
Exhorto, en fin, a todas las personas consagradas a que renueven
cotidianamente, según las propias tradiciones, su unión
espiritual con la Virgen María, recorriendo con ella los
misterios del Hijo, particularmente con el rezo del Santo Rosario.
III. ALGUNOS AREÓPAGOS DE LA MISIÓN
Presencia en el mundo de la educación
96. La Iglesia ha sido siempre consciente de que la educación
es un elemento esencial de su misión. Su Maestro interior es
el Espíritu Santo, que penetra en las profundidades más
recónditas del corazón de cada hombre y conoce el
secreto dinamismo de la historia. Toda la Iglesia está animada
por el Espíritu y con Él lleva a cabo su acción
educativa. Dentro de la Iglesia, no obstante, a las personas
consagradas les corresponde una tarea específica en este
campo, pues están llamadas a introducir en el horizonte
educativo el testimonio radical de los bienes del Reino, propuestos a
todo hombre en espera del encuentro definitivo con el Señor de
la historia. Por su especial consagración, por la peculiar
experiencia de los dones del Espíritu, por la escucha asidua
de la Palabra y el ejercicio del discernimiento, por el rico
patrimonio de tradiciones educativas acumuladas a través del
tiempo por el propio Instituto, por el profundo conocimiento de la
verdad espiritual (cf. Ef 1, 17), las personas consagradas están
en condiciones de llevar a cabo una acción educativa
particularmente eficaz, contribuyendo específicamente a las
iniciativas de los demás educadores y educadoras.
Las personas consagradas, con este carisma, pueden dar vida a
ambientes educativos impregnados del espíritu evangélico
de libertad y de caridad, en los que se ayude a los jóvenes a
crecer en humanidad bajo la guía del Espíritu.De este
modo la comunidad educativa se convierte en experiencia de comunión
y lugar de gracia, en la que el proyecto pedagógico contribuye
a unir en una síntesis armónica lo divino y lo humano,
Evangelio y cultura, fe y vida.
En la historia de la Iglesia, desde la antigüedad hasta
nuestros días, abundan ejemplos admirables de personas
consagradas que han vivido y viven la aspiración a la santidad
mediante la labor pedagógica y que, a su vez, proponen la
santidad como meta educativa. De hecho, muchas de ellas han alcanzado
la perfección de la caridad educando. Este es uno de los dones
más preciados que las personas consagradas pueden ofrecer hoy
también a la juventud, brindándole un servicio
pedagógico rico de amor, según la sabia advertencia de
san Juan Bosco: «Los jóvenes no han de ser únicamente
amados, sino que han de saber que son amados»(236).
Necesidad de un renovado compromiso en el campo educativo
97. Con un delicado respeto, pero con arrojo misionero, los
consagrados y consagradas pongan de manifiesto que la fe en
Jesucristo ilumina todo el campo de la educación sin
prejuicios sobre los valores humanos, sino más bien
confirmándolos y elevándolos. De este modo se
convierten en testigos e instrumentos del poder de la Encarnación
y de la fuerza del Espíritu. Esta tarea es una de las
expresiones más significativas de la Iglesia que, a imagen de
María, ejerce su maternidad para con todos sus hijos(237).
Es este el motivo que ha llevado al Sínodo a exhortar
insistentemente a las personas consagradas a que asuman con renovada
entrega la misión educativa, allí donde sea posible,
con escuelas de todo tipo y nivel, con Universidades e Institutos
superiores(238). Haciendo mía la indicación sinodal,
invito a todos los miembros de los Institutos que se dedican a la
educación a que sean fieles a su carisma originario y a sus
tradiciones, conscientes de que el amor preferencial por los pobres
tiene una singular aplicación en la elección de los
medios adecuados para liberar a los hombres de esa grave miseria que
es la falta de formación cultural y religiosa.
Dada la importancia que revisten las Universidades y Facultades
católicas y eclesiásticas en el campo de la educación
y de la evangelización, los Institutos que las dirigen han de
ser muy conscientes de su responsabilidad, haciendo que en ellas, a
la vez que se dialoga activamente con la cultura actual, se conserve
la índole católica que les es peculiar, en plena
fidelidad al Magisterio de la Iglesia. Los miembros de estos
Institutos y Sociedades además, y según las
circunstancias de cada lugar, han de estar preparados y dispuestos
para entrar en las estructuras educativas estatales. A este tipo de
presencia están especialmente llamados, por su vocación
específica, los miembros de los Institutos seculares.
Evangelizar la cultura
98. Los Institutos de vida consagrada han tenido siempre un gran
influjo en la formación y en la transmisión de la
cultura. Así ocurrió en la Edad Media, cuando los
monasterios eran el lugar en que se conservaba la riqueza cultural
del pasado y en los que se construía una nueva cultura
humanista y cristiana. Esto se ha verificado también siempre
que la luz del Evangelio ha llegado a nuevos pueblos. Son muchas las
personas consagradas que han promovido la cultura, investigando y
defendiendo frecuentemente las culturas autóctonas. La Iglesia
es hoy muy consciente de la necesidad de contribuir a la promoción
de la cultura y al diálogo entre cultura y fe(239).
Los consagrados han de sentirse interpelados ante esta urgencia.
Están llamados también a individuar, en el anuncio de
la Palabra de Dios, los métodos más apropiados a las
exigencias de los diversos grupos humanos y de los múltiples
ámbitos profesionales, a fin de que la luz de Cristo alcance a
todos los sectores de la existencia humana, y el fermento de la
salvación transforme desde dentro la vida social, favoreciendo
una cultura impregnada de los valores evangélicos(240). En los
umbrales del tercer milenio cristiano, la vida consagrada podrá
también con este cometido renovar su respuesta a los deseos de
Dios, que viene al encuentro de todos aquellos que, consciente o
inconscientemente, caminan como a tientas en busca de la Verdad y de
la Vida (cf. Hch 17, 27).
Pero más allá del servicio prestado a los otros, la
vida consagrada necesita también en su interior un renovado
amor por el empeño cultural, una dedicación al estudio
como medio para la formación integral y como camino ascético,
extraordinariamente actual, ante la diversidad de las culturas. Una
disminución de la preocupación por el estudio puede
tener graves consecuencias también en el apostolado, generando
un sentido de marginación y de inferioridad, o favoreciendo la
superficialidad y ligereza en las iniciativas.
En la diversidad de los carismas y de las posibilidades reales de
cada Instituto, la dedicación al estudio no puede reducirse a
la formación inicial o a la consecución de títulos
académicos y de competencias profesionales. El estudio es más
bien manifestación del insaciable deseo de conocer siempre más
profundamente a Dios, abismo de luz y fuente de toda verdad humana.
Por este motivo no es algo que aísla a la persona consagrada
en un intelectualismo abstracto, ni la aprisiona en las redes de un
narcisismo sofocante; por el contrario, fomenta el diálogo y
la participación, educa la capacidad de juicio, alienta la
contemplación y la plegaria en la búsqueda de Dios y de
su actuación en la compleja realidad del mundo contemporáneo.
La persona consagrada, dejándose transformar por el
Espíritu, se capacita para ampliar el horizonte de los
angostos deseos humanos y para captar, al mismo tiempo, los aspectos
más hondos de cada individuo y de su historia, que van más
allá de las apariencias más vistosas quizás,
pero frecuentemente marginales. Los retos que emergen hoy de las
diversas culturas son innumerables. Retos provenientes de los campos
en los que tradicionalmente ha estado presente la vida consagrada o
de los nuevos ámbitos. Con todos ellos es urgente mantener
fecundas relaciones, con una actitud de vigilante sentido crítico,
pero también de atención confiada hacia quien se
enfrenta a las dificultades típicas del trabajo intelectual,
especialmente cuando, ante la presencia de los problemas inéditos
de nuestro tiempo, es preciso intentar nuevos análisis y
nuevas síntesis(241). No se puede realizar una seria y válida
evangelización de los nuevos ámbitos en los que se
elabora y se transmite la cultura sin una colaboración activa
con los laicos presentes en ellos.
Presencia en el mundo de las comunicaciones sociales
99. De igual manera que en el pasado las personas consagradas han
sabido servir a la evangelización con todos los medios,
afrontando con genialidad los obstáculos, también hoy
están llamadas nuevamente por la exigencia de testimoniar el
Evangelio a través de los medios de comunicación
social. Estos medios han adquirido una capacidad de difusión
cósmica mediante poderosas tecnologías capaces de
llegar hasta el último rincón de la tierra. Las
personas consagradas, especialmente cuando por su carisma
institucional trabajan en este campo, han de adquirir un serio
conocimiento del lenguaje propio de estos medios, para hablar de
Cristo de manera eficaz al hombre actual, interpretando sus gozos y
esperanzas, sus tristezas y angustias(242),y contribuir de este modo
a la construcción de una sociedad en la que todos se sientan
hermanos y hermanas en camino hacia Dios.
No obstante, dado su extraordinario poder de persuasión, es
preciso estar alerta ante el uso inadecuado de tales medios, sin
ignorar los problemas que se pueden derivar para la vida consagrada
misma, que ha de afrontarlos con el debido discernimiento(243). Sobre
este punto, la respuesta de la Iglesia es ante todo educativa: tiende
a promover una actitud de correcta comprensión de los
mecanismos subyacentes y de atenta valoración ética de
los programas, y la adopción de sanas costumbres en su
uso(244). En esta tarea educativa, orientada a formar receptores
entendidos y comunicadores expertos, las personas consagradas están
llamadas a ofrecer su particular testimonio sobre la relatividad de
todas las realidades visibles, ayudando a los hermanos a valorarlas
según el designio de Dios, pero también a liberarse de
la influencia obsesiva de la escena de este mundo que pasa (cf. 1 Co
7, 31).
Todos los esfuerzos en este nuevo e importante campo apostólico
han de ser alentados, con el fin de que el Evangelio de Cristo se
transmita también a través de estos medios modernos.
Los diversos Institutos han de estar disponibles para cooperar en la
realización de proyectos comunes en los varios sectores de la
comunicación social, aportando fuerzas, medios y personas. Que
las personas consagradas, además, y especialmente los miembros
de los Institutos seculares, presten de buen grado sus servicios,
según las oportunidades pastorales, en la formación
religiosa de los responsables de la comunicación social
pública o privada, para que se eviten, de una parte, los daños
provocados por un uso adulterado de los medios y, de otra, se
promueva una mejor calidad de las transmisiones, con mensajes
respetuosos de la ley moral y ricos en valores humanos y cristianos.
IV. COMPROMETIDOS EN EL DIÁLOGO CON TODOS
Al servicio de la unidad de los cristianos
100. La oración de Cristo al Padre antes de la Pasión,
para que sus discípulos permanezcan en la unidad (cf. Jn 17,
21-23), se prolonga en la oración y en la acción de la
Iglesia. ¿Cómo no han de sentirse implicados los
llamados a la vida consagrada? En el Sínodo se ha percibido
claramente la herida de la desunión todavía existente
entre los creyentes en Cristo, y la urgencia de orar y de trabajar en
la promoción de la unidad de todos los cristianos. La
sensibilidad ecuménica de los consagrados y consagradas se
reaviva también al constatar que el monacato se conserva y
florece en otras Iglesias y Comunidades eclesiales, como es el caso
de las Iglesias orientales, o que se renueva la profesión de
los consejos evangélicos, como en la Comunión anglicana
y en las Comunidades de la Reforma.
El Sínodo ha puesto de relieve la profunda vinculación
de la vida consagrada con la causa del ecumenismo y la necesidad de
un testimonio más intenso en este campo. En efecto, si el alma
del ecumenismo es la oración y la conversión(245), no
cabe duda que los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de
vida apostólica tienen un deber particular de cultivar este
compromiso. Es urgente, pues, que en la vida de las personas
consagradas se dé un mayor espacio a la oración
ecuménica y al testimonio auténticamente evangélico,
para que, con la fuerza del Espíritu Santo, sea posible
derribar los muros de las divisiones y de los prejuicios entre los
cristianos.
Formas de diálogo ecuménico
101. Son formas del diálogo ecuménico el compartir
la lectio divina en busca de la verdad; la participación en la
oración común, en la que el Señor garantiza su
presencia (cf. Mt 18, 20); el diálogo en amistad y caridad que
hace experimentar la dulzura de convivir los hermanos unidos (cf. Sal
133132); la hospitalidad cordial con los hermanos y hermanas de las
diversas confesiones cristianas; el conocimiento mutuo y el
intercambio de bienes; la colaboración en iniciativas comunes
de servicio y de testimonio. Todas estas formas son expresiones
gratas al Padre común y signos de la voluntad de caminar
juntos hacia la unidad perfecta por el camino de la verdad y del
amor(246). Una acción ecuménica más incisiva se
verá también favorecida por el conocimiento de la
historia, de la doctrina, de la liturgia y de la actividad caritativa
y apostólica de los otros cristianos(247).
Deseo alentar a los Institutos que, por su origen o por una
llamada posterior, se dedican a la promoción de la unidad de
los cristianos y con este fin promueven iniciativas de estudio y de
acción concreta. En realidad, ningún Instituto de vida
consagrada ha de sentirse dispensado de trabajar en favor de esta
causa. Me dirijo también a las Iglesias orientales católicas,
esperando que, a través del monacato masculino y femenino,
cuyo florecimiento es una gracia que se ha de implorar siempre,
favorezcan la unidad con las Iglesias ortodoxas, merced al diálogo
de la caridad y la participación de la espiritualidad común,
que es patrimonio de la Iglesia indivisa del primer milenio.
Confío particularmente a los monasterios de vida
contemplativa el ecumenismo espiritual de la oración, de la
conversión del corazón y de la caridad. A este respecto
les invito a que se hagan presentes allí donde viven
comunidades cristianas de diversas confesiones, para que su total
entrega a lo « único necesario » (cf. Lc 10, 42),
al culto de Dios y a la intercesión por la salvación
del mundo, junto con su testimonio de vida evangélica según
el propio carisma, sean para todos un estímulo a vivir, a
imagen de la Trinidad, en la unidad que Jesús ha querido y ha
suplicado al Padre para todos sus discípulos.
El diálogo interreligioso
102. Desde el momento que «el diálogo interreligioso
forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia»(248),
los Institutos de vida consagrada no pueden dejar de comprometerse en
este campo, cada uno según su propio carisma y siguiendo las
indicaciones de la autoridad eclesiástica. La primera forma de
evangelizar a los hermanos y hermanas de otra religión
consistirá en el testimonio mismo de una vida pobre, humilde y
casta, impregnada de amor fraterno hacia todos. Al mismo tiempo, la
libertad de espíritu propia de la vida consagrada favorecerá
el «diálogo de vida»(249), con el que se lleva a
cabo un modelo fundamental de misión y de anuncio del
Evangelio de Cristo. Para favorecer el conocimiento mutuo y el
recíproco respeto y caridad, los Institutos religiosos podrán
cultivar además oportunas formas de diálogo, en un
clima de amistosa cordialidad y de sinceridad recíproca, con
los ambientes monásticos de otras religiones.
Otro ámbito de colaboración con hombres y mujeres de
diversa tradición religiosa consiste en la solicitud por la
vida humana, que se manifiesta tanto en la compasión por el
sufrimiento físico y espiritual, como en el empeño por
la justicia, la paz y la salvaguardia de la creación. En estos
sectores serán sobre todo los Institutos de vida activa los
que han de buscar un entendimiento con los miembros de otras
religiones, en un «diálogo de las obras»(250) que
prepara el camino para una participación más profunda.
Un ámbito particular de encuentro fructífero con
otras tradiciones religiosas es el de la búsqueda y promoción
de la dignidad de la mujer. En este punto las mujeres consagradas
pueden prestar un precioso servicio, en la perspectiva de la igualdad
y de la justa reciprocidad entre hombre y mujer(251).
Estos y otros compromisos de las personas consagradas en su
servicio al diálogo interreligioso requieren una adecuada
preparación en la formación inicial y permanente, así
como en el estudio y en la investigación(252), desde el
momento que en este sector nada fácil se precisa un profundo
conocimiento del cristianismo y de las otras religiones, acompañado
de una fe sólida y de gran madurez espiritual y humana.
Una respuesta de espiritualidad a la búsqueda de lo sagrado
y a la nostalgia de Dios
103. Los que abrazan la vida consagrada, hombres y mujeres, son
por la naturaleza misma de su opción interlocutores
privilegiados de aquella búsqueda de Dios, cuya presencia
aletea siempre en el corazón humano, llevándolo a
múltiples formas de ascesis y de espiritualidad. Esta búsqueda
aparece hoy con insistencia en muchas regiones, precisamente como
respuesta a culturas que tienden, si no a negar del todo, sí a
marginar la dimensión religiosa de la existencia.
Las personas consagradas, viviendo con coherencia y en plenitud
los compromisos libremente asumidos, pueden ofrecer una respuesta a
los anhelos de sus contemporáneos, rescatándolos de
soluciones que son generalmente ilusorias y que niegan frecuentemente
la encarnación salvífica de Cristo (cf. 1 Jn 4, 2-3),
como son, por ejemplo, las propuestas por las sectas. Practicando una
ascesis personal y comunitaria que purifica y transforma toda la
existencia, las personas consagradas, contra la tentación del
egocentrismo y la sensualidad, dan testimonio de las características
que revisten la auténtica búsqueda de Dios, advirtiendo
del peligro de confundirla con la búsqueda sutil de sí
mismas o con la fuga en la gnosis. Toda persona consagrada está
comprometida a cultivar el hombre interior, que no es ajeno a la
historia ni se encierra en sí mismo. Viviendo en la escucha
obediente de la Palabra, de la cual la Iglesia es depositaria e
intérprete, encuentra en Cristo sumamente amado y en el
Misterio trinitario el objeto del anhelo profundo del corazón
humano y la meta de todo itinerario religioso sinceramente abierto a
la trascendencia.
Por eso las personas consagradas tienen el deber de ofrecer con
generosidad acogida y acompañamiento espiritual a todos
aquellos que se dirigen a ellas, movidos por la sed de Dios y
deseosos de vivir las exigencias de su fe(253).
CONCLUSIÓN
La sobreabundancia de la gratuidad
104. No son pocos los que hoy se preguntan con perplejidad: ¿Para
qué sirve la vida consagrada? ¿Por qué abrazar
este género de vida cuando hay tantas necesidades en el campo
de la caridad y de la misma evangelización a las que se pueden
responder también sin asumir los compromisos peculiares de la
vida consagrada? ¿No representa quizás la vida
consagrada una especie de « despilfarro » de energías
humanas que serían, según un criterio de eficiencia,
mejor utilizadas en bienes más provechosos para la humanidad y
la Iglesia?
Estas preguntas son más frecuentes en nuestro tiempo,
avivadas por una cultura utilitarista y tecnocrática, que
tiende a valorar la importancia de las cosas y de las mismas personas
en relación con su « funcionalidad » inmediata.
Pero interrogantes semejantes han existido siempre, como demuestra
elocuentemente el episodio evangélico de la unción de
Betania: «María, tomando una libra de perfume de nardo
puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó
con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume»
(Jn 12, 3). A Judas, que con el pretexto de la necesidad de los
pobres se lamentaba de tanto derroche, Jesús le responde:
«Déjala» (Jn 12, 7). Esta es la respuesta siempre
válida a la pregunta que tantos, aun de buena fe, se plantean
sobe la actualidad de la vida consagrada: ¿No se podría
dedicar la propia existencia de manera más eficiente y
racional para mejorar la sociedad? He aquí la respuesta de
Jesús: «Déjala».
A quien se le concede el don inestimable de seguir más de
cerca al Señor Jesús, resulta obvio que Él puede
y debe ser amado con corazón indiviso, que se puede entregar a
Él toda la vida, y no sólo algunos gestos, momentos o
ciertas actividades. El ungüento precioso derramado como puro
acto de amor, más allá de cualquier consideración
« utilitarista », es signo de una sobreabundancia de
gratuidad, tal como se manifiesta en una vida gastada en amar y
servir al Señor, para dedicarse a su persona y a su Cuerpo
místico. De esta vida « derramada » sin escatimar
nada se difunde el aroma que llena toda la casa. La casa de Dios, la
Iglesia, hoy como ayer, está adornada y embellecida por la
presencia de la vida consagrada.
Lo que a los ojos de los hombres puede parecer un despilfarro,
para la persona seducida en el secreto de su corazón por la
belleza y la bondad del Señor es una respuesta obvia de amor,
exultante de gratitud por haber sido admitida de manera totalmente
particular al conocimiento del Hijo y a la participación en su
misión divina en el mundo.
«Si un hijo de Dios conociera y gustara el amor divino, Dios
increado, Dios encarnado, Dios que padece la pasión, que es el
sumo bien, le daría todo; no sólo dejaría las
otras criaturas, sino a sí mismo, y con todo su ser amaría
este Dios de amor hasta transformarse totalmente en el Dios-hombre,
que es el sumamente Amado»(254).
La vida consagrada al servicio del Reino de Dios
105. «¿Qué sería del mundo si no fuese
por los religiosos?»(255). Más allá de las
valoraciones superficiales de funcionalidad, la vida consagrada es
importante precisamente por su sobreabundancia de gratuidad y de
amor, tanto más en un mundo que corre el riesgo de verse
asfixiado en la confusión de lo efímero. « Sin
este signo concreto, la caridad que anima a la Iglesia correría
el riesgo de enfriarse, la paradoja salvífica del Evangelio de
perder en penetración, la "sal" de la fe de
disolverse en un mundo de secularización »(256). La vida
de la Iglesia y la sociedad misma tienen necesidad de personas
capaces de entregarse totalmente a Dios y a los otros por amor de
Dios.
La Iglesia no puede renunciar absolutamente a la vida consagrada,
porque expresa de manera elocuente su íntima esencia
«esponsal». En ella encuentra nuevo impulso y fuerza el
anuncio del Evangelio a todo el mundo. En efecto, se necesitan
personas que presenten el rostro paterno de Dios y el rostro materno
de la Iglesia, que se jueguen la vida para que los otros tengan vida
y esperanza. La Iglesia tiene necesidad de personas consagradas que,
aún antes de comprometerse en una u otra noble causa, se dejen
transformar por la gracia de Dios y se conformen plenamente al
Evangelio.
Toda la Iglesia tiene en sus manos este gran don y, agradecida, se
dedica a promoverlo con la estima, la oración y la invitación
explícita a acogerlo. Es importante que los Obispos,
presbíteros y diáconos, convencidos de la excelencia
evangélica de este género de vida, trabajen para
descubrir y apoyar los gérmenes de vocación con la
predicación, el discernimiento y un competente acompañamiento
espiritual. Se pide a todos los fieles una oración constante
en favor de las personas consagradas, para que su fervor y su
capacidad de amar aumenten continuamente, contribuyendo a difundir en
la sociedad de hoy el buen perfume de Cristo (cf. 2 Co 2, 15). Toda
la comunidad cristiana —pastores, laicos y personas
consagradas— es responsable de la vida consagrada, de la
acogida y del apoyo que se han de ofrecer a las nuevas
vocaciones(257).
A la juventud
106. A vosotros, jóvenes, os digo: si sentís la
llamada del Señor, ¡no la rechacéis! Entrad más
bien con valentía en las grandes corrientes de santidad, que
insignes santos y santas han iniciado siguiendo a Cristo. Cultivad
los anhelos característicos de vuestra edad, pero responded
con prontitud al proyecto de Dios sobre vosotros si Él os
invita a buscar la santidad en la vida consagrada. Admirad todas las
obras de Dios en el mundo, pero fijad la mirada en las realidades que
nunca perecen.
El tercer milenio espera la aportación de la fe y de la
iniciativa de numerosos jóvenes consagrados, para que el mundo
sea más sereno y más capaz de acoger a Dios y, en Él,
a todos sus hijos e hijas.
A las familias
107. Me dirijo a vosotras, familias cristianas. Vosotros, padres,
dad gracias al Señor si ha llamado a la vida consagrada a
alguno de vuestros hijos. ¡Debe ser considerado un gran honor
—como lo ha sido siempre— que el Señor se fije en
una familia y elija a alguno de sus miembros para invitarlo a seguir
el camino de los consejos evangélicos! Cultivad el deseo de
ofrecer al Señor a alguno de vuestros hijos para el
crecimiento del amor de Dios en el mundo. ¿Qué fruto de
vuestro amor conyugal podríais tener más bello que
éste?
Es preciso recordar que si los padres no viven los valores
evangélicos, será difícil que los jóvenes
y las jóvenes puedan percibir la llamada, comprender la
necesidad de los sacrificios que han de afrontar y apreciar la
belleza de la meta a alcanzar. En efecto, es en la familia donde los
jóvenes tienen las primeras experiencias de los valores
evangélicos, del amor que se da a Dios y a los demás.
También es necesario que sean educados en el uso responsable
de su libertad, para estar dispuestos a vivir de las más altas
realidades espirituales según su propia vocación.Ruego
para que vosotras, familias cristianas, unidas al Señor con la
oración y la vida sacramental, seáis hogares acogedores
de vocaciones.
A todos los hombres y mujeres de buena voluntad
108. Deseo hacer llegar a todos los hombres y mujeres que quieran
escuchar mi voz la invitación a buscar los caminos que
conducen al Dios vivo y verdadero también a través de
las sendas trazadas por la vida consagrada. Las personas consagradas
testimonian que «quien sigue a Cristo, el hombre perfecto, se
hace también más hombre»(258). ¡Cuántas
de ellas se han inclinado y continúan inclinándose como
buenos samaritanos sobre las innumerables llagas de los hermanos y
hermanas que encuentran en su camino!
Mirad a estas personas seducidas por Cristo que con dominio de sí,
sostenido por la gracia y el amor de Dios, señalan el remedio
contra la avidez del tener, del gozar y del dominar. No olvidéis
los carismas que han forjado magníficos « buscadores de
Dios » y benefactores de la humanidad, que han abierto rutas
seguras a quienes buscan a Dios con sincero corazón.
¡Considerad el gran número de santos que han crecido en
este género de vida, considerad el bien que han hecho al
mundo, hoy como ayer, quienes se han dedicado a Dios! Este mundo
nuestro, ¿no tiene acaso necesidad de alegres testigos y
profetas del poder benéfico del amor de Dios? ¿No
necesita también hombres y mujeres que sepan, con su vida y
con su actuación, sembrar semillas de paz y de
fraternidad?(259)
A las personas consagradas
109. Pero es sobre todos a vosotros, hombres y mujeres
consagrados, a quienes al final de esta Exhortación dirijo mi
llamada confiada: vivid plenamente vuestra entrega a Dios, para que
no falte a este mundo un rayo de la divina belleza que ilumine el
camino de la existencia humana. Los cristianos, inmersos en las
ocupaciones y preocupaciones de este mundo, pero llamados también
a la santidad, tienen necesidad de encontrar en vosotros corazones
purificados que « ven » a Dios en la fe, personas dóciles
a la acción del Espíritu Santo que caminan libremente
en la fidelidad al carisma de la llamada y de la misión.
Bien sabéis que habéis emprendido un camino de
conversión continua, de entrega exclusiva al amor de Dios y de
los hermanos, para testimoniar cada vez con mayor esplendor la gracia
que transfigura la existencia cristiana. El mundo y la Iglesia buscan
auténticos testigos de Cristo. La vida consagrada es un don
que Dios ofrece para que todos tengan ante sus ojos « lo único
necesario » (cf. Lc 10, 42). La misión peculiar de la
vida consagrada en la Iglesia y en el mundo es testimoniar a Cristo
con la vida, con las obras y con las palabras.
Sabéis en quién habéis confiado (cf. 2 Tm 1,
12): ¡dadle todo! Los jóvenes no se dejan engañar:
acercándose a vosotros quieren ver lo que no ven en otra
parte. Tenéis una tarea inmensa de cara al futuro:
especialmente los jóvenes consagrados, dando testimonio de su
consagración, pueden inducir a sus coetáneos a la
renovación de sus vidas(260). El amor apasionado por
Jesucristo es una fuerte atracción para otros jóvenes,
que en su bondad llama para que le sigan de cerca y para siempre.
Nuestros contemporáneos quieren ver en las personas
consagradas el gozo que proviene de estar con el Señor.
Personas consagradas, ancianas y jóvenes, vivid la
fidelidad a vuestro compromiso con Dios edificándoos
mutuamente y ayudándoos unos a otros. A pesar de las
dificultades que a veces hayáis podido encontrar y el escaso
aprecio por la vida consagrada que se refleja en una cierta opinión
pública, vosotros tenéis la tarea de invitar nuevamente
a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo a mirar hacia lo
alto, a no dejarse arrollar por las cosas de cada día, sino a
ser atraídos por Dios y por el Evangelio de su Hijo. ¡No
os olvidéis que vosotros, de manera muy particular, podéis
y debéis decir no sólo que sois de Cristo, sino que
habéis «llegado a ser Cristo mismo»!(261).
Mirando al futuro
110. ¡Vosotros no solamente tenéis una historia
gloriosa para recordar y contar, sino una gran historia que
construir! Poned los ojos en el futuro, hacia el que el Espíritu
os impulsa para seguir haciendo con vosotros grandes cosas.
Haced de vuestra vida una ferviente espera de Cristo, yendo a su
encuentro como las vírgenes prudentes van al encuentro del
Esposo. Estad siempre preparados, sed siempre fieles a Cristo, a la
Iglesia, a vuestro Instituto y al hombre de nuestro tiempo(262). De
este modo Cristo os renovará día a día, para
construir con su Espíritu comunidades fraternas, para lavar
con Él los pies a los pobres, y para dar vuestra aportación
insustituible a la transformación del mundo.
Que este nuestro mundo confiado a la mano del hombre, y que está
entrando en el nuevo milenio, sea cada vez más humano y justo,
signo y anticipación del mundo futuro, en el cual Él,
el Señor humilde y glorificado, pobre y exaltado, será
el gozo pleno y perdurable para nosotros y para nuestros hermanos y
hermanas, junto con el Padre y el Espíritu Santo.
Oración a la Trinidad
111. Trinidad Santísima, beata y beatificante, haz dichosos
a tus hijos e hijas que has llamado a confesar la grandeza de tu
amor, de tu bondad misericordiosa y de tu belleza.
Padre Santo, santifica a los hijos e hijas que se han consagrado a
ti para la gloria de tu nombre. Acompáñales con tu
poder, para que puedan dar testimonio de que Tú eres el Origen
de todo, la única fuente del amor y la libertad. Te damos
gracias por el don de la vida consagrada, que te busca en la fe y, en
su misión universal, invita a todos a caminar hacia ti.
Jesús Salvador, Verbo Encarnado, así como has dado
tu forma de vivir a quienes has llamado, continúa atrayendo
hacia ti personas que, para la humanidad de nuestro tiempo, sean
depositarias de misericordia, anuncio de tu retorno, y signo viviente
de los bienes de la resurrección futura. ¡Ninguna
tribulación los separe de ti y de tu amor!
Espíritu Santo, Amor derramado en los corazones, que
concedes gracia e inspiración a las mentes, Fuente perenne de
vida, que llevas la misión de Cristo a su cumplimiento con
numerosos carismas, te rogamos por todas las personas consagradas.
Colma su corazón con la íntima certeza de haber sido
escogidas para amar, alabar y servir. Haz que gusten de tu amistad,
llénalas de tu alegría y de tu consuelo, ayúdalas
a superar los momentos de dificultad y a levantarse con confianza
tras las caídas, haz que sean espejo de la belleza divina.
Dales el arrojo para hacer frente a los retos de nuestro tiempo y la
gracia de llevar a los hombres la benevolencia y la humanidad de
nuestro Salvador Jesucristo (cf. Tt 3, 4).
Invocación a la Virgen María
112. María, figura de la Iglesia, Esposa sin arruga y sin
mancha, que imitándote «conserva virginalmente la fe
íntegra, la esperanza firme y el amor sincero»(263),
sostiene a las personas consagradas en el deseo de llegar a la eterna
y única Bienaventuranza.
Las encomendamos a ti, Virgen de la Visitación, para que
sepan acudir a las necesidades humanas con el fin de socorrerlas,
pero sobre todo para que lleven a Jesús. Enséñales
a proclamar las maravillas que el Señor hace en el mundo, para
que todos los pueblos ensalcen su nombre. Sostenlas en sus obras en
favor de los pobres, de los hambrientos, de los que no tienen
esperanza, de los últimos y de todos aquellos que buscan a tu
Hijo con sincero corazón.
A ti, Madre, que deseas la renovación espiritual y
apostólica de tus hijos e hijas en la respuesta de amor y de
entrega total a Cristo, elevamos confiados nuestra súplica. Tú
que has hecho la voluntad del Padre, disponible en la obediencia,
intrépida en la pobreza y acogedora en la virginidad fecunda,
alcanza de tu divino Hijo, que cuantos han recibido el don de
seguirlo en la vida consagrada, sepan testimoniarlo con una
existencia transfigurada, caminando gozosamente, junto con todos los
otros hermanos y hermanas, hacia la patria celestial y la luz que no
tiene ocaso.
Te lo pedimos, para que en todos y en todo sea glorificado,
bendito y amado el Sumo Señor de todas las cosas, que es
Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Dado en Roma, junto a san Pedro, el 25 de marzo, solemnidad de la
Anunciación del Señor, del año 1996, decimoctavo
de mi Pontificado.
Notas
1. Cf Propositio 2.
2. AG 18.
3. Cf LG 44; Pablo VI, Evangelica testificatio 7; Evangelii
nuntiandi 69.
4. Cf LG 44.
5. Cf Discurso en la Audiencia general (28 de septiembre de 1994)
5: L'Osservatore Romano (30 de septiembre de 1994) 3.
6. Cf Propositio 1.
7. Cf San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota
I, 3.
8. Cf LG 43.
9. Cf Homilía durante la solemne concelebración
conclusiva de la IX Asamblea ordinaria del Sínodo de los
Obispos (29 de octubre de 1994), 3: AAS 87 (1995) 580.
10. Cf Sínodo de los Obispos, IX Asamblea general
ordinaria, Mensaje del Sínodo (27 de octubre de 1994) VII:
L'Osservatore Romano (4 de noviembre de 1994) 6.
11. Cf Propositio 5, B.
12. Cf Regula 4,21 y 72,11.
13. Cf Propositio 12.
14. Cf Código de los Cánones de las Iglesias
Orientales, can. 570.
15. Cf PC 7; AG 40.
16. Cf Propositio 6.
17. Cf Propositio 4.
18. Cf Propositio 7.
19. Cf Propositio 11.
20. Cf Propositio 14.
21. Cf Código de Derecho Canónico, can. 605; Código
de los Cánones de las Iglesias Orientales, can. 571;
Propositio 13.
22 Cf Propositiones 3, 4, 6, 7, 8, 10, 13, 28, 29, 30, 35, 48.