EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
POSTSINODAL
VITA
CONSECRATA
DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
AL EPISCOPADO Y
AL CLERO
A LAS ÓRDENES
Y CONGREGACIONES RELIGIOSAS
A
LAS SOCIEDADES DE VIDA APOSTÓLICA
A LOS INSTITUTOS
SECULARES
Y A TODOS LOS FIELES
SOBRE LA VIDA CONSAGRADA
Y
SU MISIÓN
EN LA IGLESIA Y EN EL MUNDO
INTRODUCCIÓN
1. La vida consagrada, enraizada profundamente en los ejemplos y
enseñanzas de Cristo el Señor, es un don de Dios Padre
a su Iglesia por medio del Espíritu. Con la profesión
de los consejos evangélicos los rasgos característicos
de Jesús —virgen, pobre y obediente— tienen una
típica y permanente « visibilidad » en medio del
mundo, y la mirada de los fieles es atraída hacia el misterio
del Reino de Dios que ya actúa en la historia, pero espera su
plena realización en el cielo.
A lo largo de los siglos nunca han faltado hombres y mujeres que,
dóciles a la llamada del Padre y a la moción del
Espíritu, han elegido este camino de especial seguimiento de
Cristo, para dedicarse a El con corazón « indiviso »
(cf. 1 Co 7, 34). También ellos, como los Apóstoles,
han dejado todo para estar con El y ponerse, como El, al servicio de
Dios y de los hermanos. De este modo han contribuido a manifestar el
misterio y la misión de la Iglesia con los múltiples
carismas de vida espiritual y apostólica que les distribuía
el Espíritu Santo, y por ello han cooperado también a
renovar la sociedad.
Acción de gracias por la vida consagrada
2. El papel de la vida consagrada en la Iglesia es tan importante
que decidí convocar un Sínodo para profundizar en su
significado y perspectivas, en vista del ya inminente nuevo milenio.
Quise que en la Asamblea sinodal estuvieran también presentes,
junto a los Padres, numerosos consagrados y consagradas, para que no
faltase su aportación a la reflexión común.
Todos somos conscientes de la riqueza que para la comunidad
eclesial constituye el don de la vida consagrada en la variedad de
sus carismas y de sus instituciones. Juntos damos gracias a Dios por
las Órdenes e Institutos religiosos dedicados a la
contemplación o a las obras de apostolado, por las Sociedades
de vida apostólica, por los Institutos seculares y por otros
grupos de consagrados, como también por todos aquellos que, en
el secreto de su corazón, se entregan a Dios con una especial
consagración.
El Sínodo ha podido comprobar la difusión universal
de la vida consagrada, presente en las Iglesias de todas las partes
de la tierra. La vida consagrada anima y acompaña el
desarrollo de la evangelización en las diversas regiones del
mundo, donde no sólo se acogen con gratitud los Institutos
procedentes del exterior, sino que se constituyen otros nuevos, con
gran variedad de formas y de expresiones.
De este modo, si en algunas regiones de la tierra los Institutos
de vida consagrada parece que atraviesan un momento de dificultad, en
otras prosperan con sorprendente vigor, mostrando que la opción
de total entrega a Dios en Cristo no es incompatible con la cultura y
la historia de cada pueblo. Además, no florece solamente
dentro de la Iglesia católica; en realidad, se encuentra
particularmente viva en el monacato de las Iglesias ortodoxas, como
rasgo esencial de su fisonomía, y está naciendo o
resurgiendo en las Iglesias y Comunidades eclesiales nacidas de la
Reforma, como signo de una gracia común de los discípulos
de Cristo. De esta constatación deriva un impulso al
ecumenismo que alimenta el deseo de una comunión siempre más
plena entre los cristianos, « para que el mundo crea »
(Jn 17, 21).
La vida consagrada es un don a la Iglesia
3. La presencia universal de la vida consagrada y el carácter
evangélico de su testimonio muestran con toda evidencia —si
es que fuera necesario— que no es una realidad aislada y
marginal, sino que abarca a toda la Iglesia. Los Obispos en el Sínodo
lo han confirmado muchas veces: « de re nostra agitur »,
« es algo que nos afecta ».(1) En realidad, la vida
consagrada está en el corazón mismo de la Iglesia como
elemento decisivo para su misión, ya que « indica la
naturaleza íntima de la vocación cristiana »(2) y
la aspiración de toda la Iglesia Esposa hacia la unión
con el único Esposo.(3) En el Sínodo se ha afirmado en
varias ocasiones que la vida consagrada no sólo ha desempeñado
en el pasado un papel de ayuda y apoyo a la Iglesia, sino que es un
don precioso y necesario también para el presente y el futuro
del Pueblo de Dios, porque pertenece íntimamente a su vida, a
su santidad y a su misión.(4)
Las dificultades actuales, que no pocos Institutos encuentran en
algunas regiones del mundo, no deben inducir a suscitar dudas sobre
el hecho de que la profesión de los consejos evangélicos
sea parte integrante de la vida de la Iglesia, a la que aporta un
precioso impulso hacia una mayor coherencia evangélica.(5)
Podrá haber históricamente una ulterior variedad de
formas, pero no cambiará la sustancia de una opción que
se manifiesta en el radicalismo del don de sí mismo por amor
al Señor Jesús y, en El, a cada miembro de la familia
humana. Con esta certeza, que ha animado a innumerables personas a lo
largo de los siglos, el pueblo cristiano continúa contando,
consciente de que podrá obtener de la aportación de
estas almas generosas un apoyo valiosísimo en su camino hacia
la patria del cielo.
Cosechando los frutos del Sínodo
4. Adhiriéndome al deseo manifestado por la Asamblea
general ordinaria del Sínodo de los Obispos reunida para
reflexionar sobre el tema « La vida consagrada y su misión
en la Iglesia y en el mundo », quiero presentar en esta
Exhortación apostólica los frutos del itinerario
sinodal(6), y mostrar a todos los fieles —Obispos, presbíteros,
diáconos, personas consagradas y laicos—, así
como a cuantos se pongan a la escucha, las maravillas que el Señor
quiere realizar también hoy por medio de la vida consagrada.
Este Sínodo, que sigue a los dedicados a los laicos y a los
presbíteros, completa el análisis de las peculiaridades
que caracterizan los estados de vida queridos por el Señor
Jesús para su Iglesia. En efecto, si en el Concilio Vaticano
II se señaló la gran realidad de la comunión
eclesial, en la cual convergen todos los dones para la edificación
del Cuerpo de Cristo y para la misión de la Iglesia en el
mundo, en estos últimos años se ha advertido la
necesidad de explicitar mejor la identidad de los diversos estados de
vida, su vocación y su misión específica en la
Iglesia.
La comunión en la Iglesia no es pues uniformidad, sino don
del Espíritu que pasa también a través de la
variedad de los carismas y de los estados de vida. Estos serán
tanto más útiles a la Iglesia y a su misión,
cuanto mayor sea el respeto de su identidad. En efecto, todo don del
Espíritu es concedido con objeto de que fructifique para el
Señor(7) en el crecimiento de la fraternidad y de la misión.
La obra del Espíritu en las diversas formas de vida
consagrada
5. ¿Cómo no recordar con gratitud al Espíritu
la multitud de formas históricas de vida consagrada,
suscitadas por El y todavía presentes en el ámbito
eclesial? Estas aparecen como una planta llena de ramasque hunde sus
raíces en el Evangelio y da frutos copiosos en cada época
de la Iglesia. ¡Qué extraordinaria riqueza! Yo mismo, al
final del Sínodo, he sentido la necesidad de señalar
este elemento constante en la historia de la Iglesia: los numerosos
fundadores y fundadoras, santos y santas, que han optado por Cristo
en la radicalidad evangélica y en el servicio fraterno,
especialmente de los pobres y abandonados(9). Precisamente este
servicio evidencia con claridad cómo la vida consagrada
manifiesta el carácter unitario del mandamiento del amor, en
el vínculo inseparable entre amor a Dios y amor al prójimo.
El Sínodo ha recordado esta obra incesante del Espíritu
Santo, que a lo largo de los siglos difunde las riquezas de la
práctica de los consejos evangélicos a través de
múltiples carismas, y que también por esta vía
hace presente de modo perenne en la Iglesia y en el mundo, en el
tiempo y en el espacio, el misterio de Cristo.
Vida monástica en Oriente y en Occidente
6. Los Padres sinodales de las Iglesias católicas
orientales y los representantes de las otras Iglesias de Oriente han
señalado en sus intervenciones los valores evangélicos
de la vida monástica(10), surgida ya desde los inicios del
cristianismo y floreciente todavía en sus territorios,
especialmente en las Iglesias ortodoxas.
Desde los primeros siglos de la Iglesia ha habido hombres y
mujeres que se han sentido llamados a imitar la condición de
siervo del Verbo encarnado y han seguido sus huellas viviendo de modo
específico y radical, en la profesión monástica,
las exigencias derivadas de la participación bautismal en el
misterio pascual de su muerte y resurrección. De este modo,
haciéndose portadores de la Cruz (staurophóroi), se han
comprometido a ser portadores del Espíritu (pneumatophóroi),
hombres y mujeres auténticamente espirituales, capaces de
fecundar secretamente la historia con la alabanza y la intercesión
continua, con los consejos ascéticos y las obras de caridad.
Con el propósito de transfigurar el mundo y la vida en
espera de la definitiva visión del rostro de Dios, el monacato
oriental da la prioridad a la conversión, la renuncia de sí
mismo y la compunción del corazón, a la búsqueda
de la esichia, es decir, de la paz interior, y a la oración
incesante, al ayuno y las vigilias, al combate espiritual y al
silencio, a la alegría pascual por la presencia del Señor
y por la espera de su venida definitiva, al ofrecimiento de sí
mismo y de los propios bienes, vivido en la santa comunión del
cenobio o en la soledad eremítica(11).
Occidente ha practicado también desde los primeros siglos
de la Iglesia la vida monástica y ha conocido su gran variedad
de expresiones tanto en el ámbito cenobítico como en el
eremítico. En su forma actual, inspirada principalmente en san
Benito, el monacato occidental es heredero de tantos hombres y
mujeres que, dejando la vida según el mundo, buscaron a Dios y
se dedicaron a El, « no anteponiendo nada al amor de Cristo
»(12). Los monjes de hoy también se esfuerzan en
conciliar armónicamente la vida interior y el trabajo en el
compromiso evangélico por la conversión de las
costumbres, la obediencia, la estabilidad y la asidua dedicación
a la meditación de la Palabra (lectio divina), la celebración
de la liturgia y la oración. Los monasterios han sido y siguen
siendo, en el corazón de la Iglesia y del mundo, un signo
elocuente de comunión, un lugar acogedor para quienes buscan a
Dios y las cosas del espíritu, escuelas de fe y verdaderos
laboratorios de estudio, de dialogo y de cultura para la edificación
de la vida eclesial y de la misma ciudad terrena, en espera de
aquella celestial.
El Orden de las vírgenes, los eremitas, las viudas
7. Es motivo de alegría y esperanza ver cómo hoy
vuelve a florecer el antiguo Orden de las vírgenes,
testimoniado en las comunidades cristianas desde los tiempos
apostólicos(13). Consagradas por el Obispo diocesano, asumen
un vínculo especial con la Iglesia, a cuyo servicio se
dedican, aun permaneciendo en el mundo. Solas o asociadas,
constituyen una especial imagen escatológica de la Esposa
celeste y de la vida futura, cuando finalmente la Iglesia viva en
plenitud el amor de Cristo esposo.
Los eremitas y las eremitas, pertenecientes a Órdenes
antiguas o a Institutos nuevos, o incluso dependientes directamente
del Obispo, con la separación interior y exterior del mundo
testimonian el carácter provisorio del tiempo presente, con el
ayuno y la penitencia atestiguan que no sólo de pan vive el
hombre, sino de la Palabra de Dios (cf. Mt 4, 4). Esta vida «
en el desierto » es una invitación para los demás
y para la misma comunidad eclesial a no perder de vista la suprema
vocación, que es la de estar siempre con el Señor.
Hoy vuelve a practicarse también la consagración de
las viudas(14),que se remonta a los tiempos apostólicos (cf. 1
Tim 5, 5.9-10; 1 Co 7, 8), así como la de los viudos. Estas
personas, mediante el voto de castidad perpetua como signo del Reino
de Dios, consagran su condición para dedicarse a la oración
y al servicio de la Iglesia.
Institutos dedicados totalmente a la contemplación
8. Los Institutos orientados completamente a la contemplación,
formados por mujeres o por hombres, son para la Iglesia un motivo de
gloria y una fuente de gracias celestiales. Con su vida y su misión,
sus miembros imitan a Cristo orando en el monte, testimonian el
señorío de Dios sobre la historia y anticipan la gloria
futura.
En la soledad y el silencio, mediante la escucha de la Palabra de
Dios, el ejercicio del culto divino, la ascesis personal, la oración,
la mortificación y la comunión en el amor fraterno,
orientan toda su vida y actividad a la contemplación de Dios.
Ofrecen así a la comunidad eclesial un singular testimonio del
amor de la Iglesia por su Señor y contribuyen, con una
misteriosa fecundidad apostólica, al crecimiento del Pueblo de
Dios(15).
Es justo, por tanto, esperar que las distintas formas de vida
contemplativa experimenten una creciente difusión en las
Iglesias jóvenes como expresión del pleno arraigo del
Evangelio, sobre todo en las regiones del mundo donde están
más difundidas otras religiones. Esto permitirá
testimoniar el vigor de las tradiciones ascética y mística
cristianas, y favorecer el mismo diálogo interreligioso(16).
La vida religiosa apostólica
9. En Occidente han florecido a lo largo de los siglos otras
múltiples expresiones de vida religiosa, en las que
innumerables personas, renunciando al mundo, se han consagrado a Dios
mediante la profesión pública de los consejos
evangélicos según un carisma específico y en una
forma estable de vida común(17), para un multiforme servicio
apostólico al Pueblo de Dios. Así, las diversas
familias de Canónigos regulares, las Órdenes
mendicantes, los Clérigos regulares y, en general, las
Congregaciones religiosas masculinas y femeninas dedicadas a la
actividad apostólica y misionera y a las múltiples
obras que la caridad cristiana ha suscitado.
Es un testimonio espléndido y variado, en el que se refleja
la multitud de dones otorgados por Dios a los fundadores y fundadoras
que, abiertos a la acción del Espíritu Santo, han
sabido interpretar los signos de los tiempos y responder de un modo
clarividente a las exigencias que iban surgiendo poco a poco.
Siguiendo sus huellas muchas otras personas han tratado de encarnar
con la palabra y la acción el Evangelio en su propia
existencia, para mostrar en su tiempo la presencia viva de Jesús,
el Consagrado por excelencia y el Apóstol del Padre. Los
religiosos y religiosas deben continuar en cada época tomando
ejemplo de Cristo el Señor, alimentando en la oración
una profunda comunión de sentimientos con El (cf. Flp 2,
5-11), de modo que toda su vida esté impregnada de espíritu
apostólico y toda su acción apostólica esté
sostenida por la contemplación(18).
Institutos seculares
10. El Espíritu Santo, admirable artífice de la
variedad de los carismas, ha suscitado en nuestro tiempo nuevas
formas de vida consagrada, como queriendo corresponder, según
un providencial designio, a las nuevas necesidades que la Iglesia
encuentra hoy al realizar su misión en el mundo.
Pienso en primer lugar en los Institutos seculares, cuyos miembros
quieren vivir la consagración a Dios en el mundo mediante la
profesión de los consejos evangélicos en el contexto de
las estructuras temporales, para ser así levadura de sabiduría
y testigos de gracia dentro de la vida cultural, económica y
política. Mediante la síntesis, propia de ellos, de
secularidad y consagración, tratan de introducir en la
sociedad las energías nuevas del Reino de Cristo, buscando
transfigurar el mundo desde dentro con la fuerza de las
Bienaventuranzas. De este modo, mientras la total pertenencia a Dios
les hace plenamente consagrados a su servicio, su actividad en las
normales condiciones laicales contribuye, bajo la acción del
Espíritu, a la animación evangélica de las
realidades seculares. Los Institutos seculares contribuyen de este
modo a asegurar a la Iglesia, según la índole
específica de cada uno, una presencia incisiva en la
sociedad(19).
Una valiosa aportación dan también los Institutos
seculares clericales, en los que sacerdotes pertenecientes al
presbiterio diocesano, aun cuando se reconoce a algunos de ellos la
incardinación en el propio Instituto, se consagran a Cristo
mediante la práctica de los consejos evangélicos según
un carisma específico. Encuentran en las riquezas espirituales
del Instituto al que pertenecen una ayuda para vivir intensamente la
espiritualidad propia del sacerdocio y, de este modo, ser fermento de
comunión y de generosidad apostólica entre los
hermanos.
Sociedades de vida apostólica
11. Merecen especial mención, además, las Sociedades
de vida apostólica o de vida común, masculinas y
femeninas, las cuales buscan, con un estilo propio, un específico
fin apostólico o misionero. En muchas de ellas, con vínculos
sagrados reconocidos oficialmente por la Iglesia, se asumen
expresamente los consejos evangélicos. Sin embargo, incluso en
este caso la peculiaridad de su consagración las distingue de
los Institutos religiosos y de los Institutos seculares. Se debe
salvaguardar y promover la peculiaridad de esta forma de vida, que en
el curso de los últimos siglos ha producido tantos frutos de
santidad y apostolado, especialmente en el campo de la caridad y en
la difusión misionera del Evangelio(20).
Nuevas formas de vida consagrada
12. La perenne juventud de la Iglesia continúa
manifestándose también hoy: en los últimos
decenios, después del Concilio Ecuménico Vaticano II,
han surgido nuevas o renovadas formas de vida consagrada. En muchos
casos se trata de Institutos semejantes a los ya existentes, pero
nacidos de nuevos impulsos espirituales y apostólicos. Su
vitalidad debe ser discernida por la autoridad de la Iglesia, a la
que corresponde realizar los necesarios exámenes tanto para
probar la autenticidad de la finalidad que los ha inspirado, como
para evitar la excesiva multiplicación de instituciones
análogas entre sí, con el consiguiente riesgo de una
nociva fragmentación en grupos demasiado pequeños. En
otros casos se trata de experiencias originales, que están
buscando una identidad propia en la Iglesia y esperan ser reconocidas
oficialmente por la Sede Apostólica, única autoridad a
la que compete el juicio último(21).
Estas nuevas formas de vida consagrada, que se añaden a las
antiguas, manifiestan el atractivo constante que la entrega total al
Señor, el ideal de la comunidad apostólica y los
carismas de fundación continúan teniendo también
sobre la generación actual y son además signo de la
complementariedad de los dones del Espíritu Santo.
Además, el Espíritu en la novedad no se contradice.
Prueba de esto es el hecho de que las nuevas formas de vida
consagrada no han suplantado a las precedentes. En tal multiforme
variedad se ha podido conservar la unidad de fondo gracias a la misma
llamada a seguir, en la búsqueda de la caridad perfecta, a
Jesús virgen, pobre y obediente. Esta llamada, tal como se
encuentra en todas las formas ya existentes, se pide del mismo modo
en aquellas que se proponen como nuevas.
Finalidad de esta Exhortación apostólica
13. Recogiendo los frutos de los trabajos sinodales, quiero
dirigirme con esta Exhortación apostólica a toda la
Iglesia, para ofrecer no sólo a las personas consagradas, sino
también a los Pastores y a los fieles, los resultados de un
encuentro alentador, sobre cuyo desarrollo no ha dejado de velar el
Espíritu Santo con sus dones de verdad y de amor.
En estos años de renovación la vida consagrada ha
atravesado, como también otras formas de vida en la Iglesia,
un período delicado y duro. Ha sido un tiempo rico de
esperanzas, proyectos y propuestas innovadoras encaminadas a reforzar
la profesión de los consejos evangélicos. Pero ha sido
también un período no exento de tensiones y pruebas, en
el que experiencias, incluso siendo generosas, no siempre se han
visto coronadas por resultados positivos.
Las dificultades no deben, sin embargo, inducir al desánimo.
Es preciso más bien comprometerse con nuevo ímpetu,
porque la Iglesia necesita la aportación espiritual y
apostólica de una vida consagrada renovada y fortalecida. Con
la presente Exhortación postsinodal deseo dirigirme a las
comunidades religiosas y a las personas consagradas con el mismo
espíritu que animaba la carta dirigida por el Concilio de
Jerusalén a los cristianos de Antioquía, y tengo la
esperanza de que se repita también hoy la misma experiencia
vivida entonces: « La leyeron y se gozaron al recibir aquel
aliento » (Hch 15, 31). No sólo esto: tengo además
la esperanza de aumentar el gozo de todo el Pueblo de Dios que,
conociendo mejor la vida consagrada, podrá dar gracias más
conscientemente al Omnipotente por este gran don.
En actitud de cordial apertura hacia los Padres sinodales, he ido
recogiendo las valiosas aportaciones surgidas durante las intensas
asambleas de trabajo, en las que he querido estar constantemente
presente. Durante ese período, he ofrecido a todo el Pueblo de
Dios algunas catequesis sistemáticas sobre la vida consagrada
en la Iglesia. En ellas he presentado de nuevo las enseñanzas
del Concilio Vaticano II, que ha sido punto de referencia luminoso
para los desarrollos doctrinales posteriores y para la misma
reflexión realizada por el Sínodo durante las semanas
de sus trabajos(22).
Mientras confío en que los hijos de la Iglesia, y en
particular las personas consagradas, acogerán con adhesión
cordial esta Exhortación, deseo que continúe la
reflexión para profundizar en el gran don de la vida
consagrada en su triple dimensión de la consagración,
la comunión y la misión, y que los consagrados y
consagradas, en plena sintonía con la Iglesia y su Magisterio,
encuentren así ulteriores estímulos para afrontar
espiritual y apostólicamente los nuevos desafíos.
CAPÍTULO I
CONFESSIO TRINITATIS
EN LAS FUENTES CRISTOLÓGICO-TRINITARIAS
DE LA VIDA
CONSAGRADA
Icono de Cristo transfigurado
14. El fundamento evangélico de la vida consagrada se debe
buscar en la especial relación que Jesús, en su vida
terrena, estableció con algunos de sus discípulos,
invitándoles no sólo a acoger el Reino de Dios en la
propia vida, sino a poner la propia existencia al servicio de esta
causa, dejando todo e imitando de cerca su forma de vida.
Tal existencia « cristiforme », propuesta a tantos
bautizados a lo largo de la historia, es posible sólo desde
una especial vocación y gracias a un don peculiar del
Espíritu. En efecto, en ella la consagración bautismal
los lleva a una respuesta radical en el seguimiento de Cristo
mediante la adopción de los consejos evangélicos, el
primero y esencial entre ellos es el vínculo sagrado de la
castidad por el Reino de los Cielos(23).
Este especial « seguimiento de Cristo », en cuyo
origen está siempre la iniciativa del Padre, tiene pues una
connotación esencialmente cristológica y
pneumatológica, manifestando así de modo
particularmente vivo el carácter trinitario de la vida
cristiana, de la que anticipa de alguna manera la realización
escatológica a la que tiende toda la Iglesia(24).
En el Evangelio son muchas las palabras y gestos de Cristo que
iluminan el sentido de esta especial vocación. Sin embargo,
para captar con una visión de conjunto sus rasgos esenciales,
ayuda singularmente contemplar el rostro radiante de Cristo en el
misterio de la Transfiguración. A este «icono» se
refiere toda una antigua tradición espiritual, cuando
relaciona la vida contemplativa con la oración de Jesús
«en el monte»(25). Además, a ella pueden
referirse, en cierto modo, las mismas dimensiones «activas»
de la vida consagrada, ya que la Transfiguración no es sólo
revelación de la gloria de Cristo, sino también
preparación para afrontar la cruz. Ella implica un «subir
al monte» y un «bajar del monte»: los discípulos
que han gozado de la intimidad del Maestro, envueltos momentáneamente
por el esplendor de la vida trinitaria y de la comunión de los
santos, como arrebatados en el horizonte de la eternidad, vuelven de
repente a la realidad cotidiana, donde no ven más que a «Jesús
solo» en la humildad de la naturaleza humana, y son invitados a
descender para vivir con Él las exigencias del designio de
Dios y emprender con valor el camino de la cruz.
«Y se transfiguró delante de ellos...»
15. «Seis días después, toma Jesús
consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte,
a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro
se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos
como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías
que conversaban con él.
Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús:
"Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres,
haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés
y otra para Elías".
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los
cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que
decía:
"Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle".
Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra
llenos de miedo.
Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y
dijo: "Levantaos, no tengáis miedo".
Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a
Jesús solo.
Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No
contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre
haya resucitado de entre los muertos" » (Mt 17, 1-9).
El episodio de la Transfiguración marca un momento decisivo
en el ministerio de Jesús. Es un acontecimiento de revelación
que consolida la fe en el corazón de los discípulos,
les prepara al drama de la Cruz y anticipa la gloria de la
resurrección. Este misterio es vivido continuamente por la
Iglesia, pueblo en camino hacia el encuentro escatológico con
su Señor. Como los tres apóstoles escogidos, la Iglesia
contempla el rostro transfigurado de Cristo, para confirmarse en la
fe y no desfallecer ante su rostro desfigurado en la Cruz. En un caso
y en otro, ella es la Esposa ante el Esposo, partícipe de su
misterio y envuelta por su luz.
Esta luz llega a todos sus hijos, todos igualmente llamados a
seguir a Cristo poniendo en Él el sentido último de la
propia vida, hasta poder decir con el Apóstol: « Para mí
la vida es Cristo » (Flp 1, 21). Una experiencia singular de la
luz que emana del Verbo encarnado es ciertamente la que tienen los
llamados a la vida consagrada. En efecto, la profesión de los
consejos evangélicos los presenta como signo y profecía
para la comunidad de los hermanos y para el mundo; encuentran pues en
ellos particular resonancia las palabras extasiadas de Pedro: «
Bueno es estarnos aquí » (Mt 17, 4). Estas palabras
muestran la orientación cristocéntrica de toda la vida
cristiana. Sin embargo, expresan con particular elocuencia el
carácter absoluto que constituye el dinamismo profundo de la
vocación a la vida consagrada: ¡qué hermoso es
estar contigo, dedicarnos a ti, concentrar de modo exclusivo nuestra
existencia en ti! En efecto, quien ha recibido la gracia de esta
especial comunión de amor con Cristo, se siente como seducido
por su fulgor: Él es «el más hermoso de los hijos
de Adán» (Sal 4544, 3), el Incomparable.
« Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle »
16. A los tres discípulos extasiados se dirige la llamada
del Padre a ponerse a la escucha de Cristo, a depositar en Él
toda confianza, a hacer de Él el centro de la vida. En la
palabra que viene de lo alto adquiere nueva profundidad la invitación
con la que Jesús mismo, al inicio de la vida pública,
les había llamado a su seguimiento, sacándolos de su
vida ordinaria y acogiéndolos en su intimidad. Precisamente de
esta especial gracia de intimidad surge, en la vida consagrada, la
posibilidad y la exigencia de la entrega total de sí mismo en
la profesión de los consejos evangélicos. Estos, antes
que una renuncia, son una específica acogida del misterio de
Cristo, vivida en la Iglesia.
En efecto, en la unidad de la vida cristiana las distintas
vocaciones son como rayos de la única luz de Cristo, «
que resplandece sobre el rostro de la Iglesia »(26). Los
laicos, en virtud del carácter secular de su vocación,
reflejan el misterio del Verbo Encarnado en cuanto Alfa y Omega del
mundo, fundamento y medida del valor de todas las cosas creadas. Los
ministros sagrados, por su parte, son imágenes vivas de Cristo
cabeza y pastor, que guía a su pueblo en el tiempo del «
ya pero todavía no », a la espera de su venida en la
gloria. A la vida consagrada se confía la misión de
señalar al Hijo de Dios hecho hombre como la meta escatológica
a la que todo tiende, el resplandor ante el cual cualquier otra luz
languidece, la infinita belleza que, sola, puede satisfacer
totalmente el corazón humano. Por tanto, en la vida consagrada
no se trata sólo de seguir a Cristo con todo el corazón,
amándolo « más que al padre o a la madre, más
que al hijo o a la hija » (cf. Mt 10, 37), como se pide a todo
discípulo, sino de vivirlo y expresarlo con la adhesión
«conformadora» con Cristo de toda la existencia, en una
tensión global que anticipa, en la medida posible en el tiempo
y según los diversos carismas, la perfección
escatológica.
En efecto, mediante la profesión de los consejos
evangélicos la persona consagrada no sólo hace de
Cristo el centro de la propia vida, sino que se preocupa de
reproducir en sí mismo, en cuanto es posible, «aquella
forma de vida que escogió el Hijo de Dios al venir al
mundo»(27). Abrazando la virginidad, hace suyo el amor virginal
de Cristo y lo confiesa al mundo como Hijo unigénito, uno con
el Padre (cf. Jn 10, 30; 14, 11); imitando su pobreza, lo confiesa
como Hijo que todo lo recibe del Padre y todo lo devuelve en el amor
(cf. Jn 17, 7.10); adhiriéndose, con el sacrificio de la
propia libertad, al misterio de la obediencia filial, lo confiesa
infinitamente amado y amante, como Aquel que se complace sólo
en la voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34), al que está
perfectamente unido y del que depende en todo.
Con tal identificación « conformadora » con el
misterio de Cristo, la vida consagrada realiza por un título
especial aquella confessio Trinitatis que caracteriza toda la vida
cristiana, reconociendo con admiración la sublime belleza de
Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y testimoniando con alegría
su amorosa condescendencia hacia cada ser humano.
I. PARA ALABANZA DE LA TRINIDAD
A Patre ad Patrem: la iniciativa de Dios
17. La contemplación de la gloria del Señor Jesús
en el icono de la Transfiguración revela a las personas
consagradas ante todo al Padre, creador y dador de todo bien, que
atrae a sí (cf. Jn 6, 44) una criatura suya con un amor
especial para una misión especial. « Este es mi Hijo
amado: escuchadle » (Mt 17, 5). Respondiendo a esta invitación
acompañada de una atracción interior, la persona
llamada se confía al amor de Dios que la quiere a su exclusivo
servicio, y se consagra totalmente a Él y a su designio de
salvación (cf. 1 Co 7, 32-34).
Este es el sentido de la vocación a la vida consagrada: una
iniciativa enteramente del Padre (cf. Jn 15, 16), que exige de
aquellos que ha elegido la respuesta de una entrega total y
exclusiva(28). La experiencia de este amor gratuito de Dios es hasta
tal punto íntima y fuerte que la persona experimenta que debe
responder con la entrega incondicional de su vida, consagrando todo,
presente y futuro, en sus manos. Precisamente por esto, siguiendo a
santo Tomás, se puede comprender la identidad de la persona
consagrada a partir de la totalidad de su entrega, equiparable a un
auténtico holocausto(29).
Per Filium: siguiendo a Cristo
18. El Hijo, camino que conduce al Padre (cf. Jn 14, 6), llama a
todos los que el Padre le ha dado (cf. Jn 17, 9) a un seguimiento que
orienta su existencia. Pero a algunos —precisamente las
personas consagradas— pide un compromiso total, que comporta el
abandono de todas las cosas (cf. Mt 19, 27) para vivir en intimidad
con Él(30) y seguirlo adonde vaya (cf. Ap 14, 4).
En la mirada de Cristo (cf. Mc 10, 21), «imagen de Dios
invisible» (Col 1, 15), resplandor de la gloria del Padre (cf.
Hb 1, 3), se percibe la profundidad de un amor eterno e infinito que
toca las raíces del ser(31). La persona, que se deja seducir
por él, tiene que abandonar todo y seguirlo (cf. Mc 1, 16-20;
2, 14; 10, 21.28). Como Pablo, considera que todo lo demás es
« pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo
Jesús », ante el cual no duda en tener todas las cosas «
por basura para ganar a Cristo » (Flp 3, 8). Su aspiración
es identificarse con Él, asumiendo sus sentimientos y su forma
de vida. Este dejarlo todo y seguir al Señor (cf. Lc 18, 28)
es un programa válido para todas las personas llamadas y para
todos los tiempos.
Los consejos evangélicos, con los que Cristo invita a
algunos a compartir su experiencia de virgen, pobre y obediente,
exigen y manifiestan, en quien los acoge, el deseo explícito
de una total conformación con Él. Viviendo «en
obediencia, sin nada propio y en castidad»(32), los consagrados
confiesan que Jesús es el Modelo en el que cada virtud alcanza
la perfección. En efecto, su forma de vida casta, pobre y
obediente, aparece como el modo más radical de vivir el
Evangelio en esta tierra, un modo —se puede decir—
divino, porque es abrazado por Él, Hombre-Dios, como expresión
de su relación de Hijo Unigénito con el Padre y con el
Espíritu Santo. Este es el motivo por el que en la tradición
cristiana se ha hablado siempre de la excelencia objetiva de la vida
consagrada.
No se puede negar, además, que la práctica de los
consejos evangélicos sea un modo particularmente íntimo
y fecundo de participar también en la misión de Cristo,
siguiendo el ejemplo de María de Nazaret, primera discípula,
la cual aceptó ponerse al servicio del plan divino en la
donación total de sí misma. Toda misión comienza
con la misma actitud manifestada por María en la anunciación:
« He aquí la esclava del Señor; hágase en
mí según tu palabra » (Lc 1, 38).
In Spiritu: consagrados por el Espíritu Santo
19. « Una nube luminosa los cubrió con su sombra »
(Mt 17, 5). Una significativa interpretación espiritual de la
Transfiguración ve en esta nube la imagen del Espíritu
Santo(33).
Como toda la existencia cristiana, la llamada a la vida consagrada
está también en íntima relación con la
obra del Espíritu Santo. Es Él quien, a lo largo de los
milenios, acerca siempre nuevas personas a percibir el atractivo de
una opción tan comprometida. Bajo su acción reviven, en
cierto modo, la experiencia del profeta Jeremías: « Me
has seducido, Señor, y me dejé seducir » (20, 7).
Es el Espíritu quien suscita el deseo de una respuesta plena;
es Él quien guía el crecimiento de tal deseo, llevando
a su madurez la respuesta positiva y sosteniendo después su
fiel realización; es Él quien forma y plasma el ánimo
de los llamados, configurándolos a Cristo casto, pobre y
obediente, y moviéndolos a acoger como propia su misión.
Dejándose guiar por el Espíritu en un incesante camino
de purificación, llegan a ser, día tras día,
personas cristiformes, prolongación en la historia de una
especial presencia del Señor resucitado.
Con intuición profunda, los Padres de la Iglesia han
calificado este camino espiritual como filocalia, es decir, amor por
la belleza divina, que es irradiación de la divina bondad. La
persona, que por el poder del Espíritu Santo es conducida
progresivamente a la plena configuración con Cristo, refleja
en sí misma un rayo de la luz inaccesible y en su peregrinar
terreno camina hacia la Fuente inagotable de la luz. De este modo la
vida consagrada es una expresión particularmente profunda de
la Iglesia Esposa, la cual, conducida por el Espíritu a
reproducir en sí los rasgos del Esposo, se presenta ante Él
resplandeciente, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida,
sino santa e inmaculada (cf. Ef 5, 27).
El Espíritu mismo, además, lejos de separar de la
historia de los hombres las personas que el Padre ha llamado, las
pone al servicio de los hermanos según las modalidades propias
de su estado de vida, y las orienta a desarrollar tareas
particulares, de acuerdo con las necesidades de la Iglesia y del
mundo, por medio de los carismas particulares de cada Instituto. De
aquí surgen las múltiples formas de vida consagrada,
mediante las cuales la Iglesia «aparece también adornada
con los diversos dones de sus hijos, como una esposa que se ha
arreglado para su esposo (cf. Ap 21, 2)»(34) y es enriquecida
con todos los medios para desarrollar su misión en el mundo.
Los consejos evangélicos, don de la Trinidad
20. Los consejos evangélicos son, pues, ante todo un don de
la Santísima Trinidad. La vida consagrada es anuncio de lo que
el Padre, por medio del Hijo, en el Espíritu, realiza con su
amor, su bondad y su belleza. En efecto, «el estado religioso
[...] revela de manera especial la superioridad del Reino sobre todo
lo creado y sus exigencias radicales. Muestra también a todos
los hombres la grandeza extraordinaria del poder de Cristo Rey y la
eficacia infinita del Espíritu Santo, que realiza maravillas
en su Iglesia»(35).
Primer objetivo de la vida consagrada es el de hacer visibles las
maravillas que Dios realiza en la frágil humanidad de las
personas llamadas.
Más que con palabras, testimonian estas maravillas con el
lenguaje elocuente de una existencia transfigurada, capaz de
sorprender al mundo. Al asombro de los hombres responden con el
anuncio de los prodigios de gracia que el Señor realiza en los
que ama. En la medida en que la persona consagrada se deja conducir
por el Espíritu hasta la cumbre de la perfección, puede
exclamar: «Veo la belleza de tu gracia, contemplo su fulgor y
reflejo su luz; me arrebata su esplendor indescriptible; soy empujado
fuera de mí mientras pienso en mí mismo; veo cómo
era y qué soy ahora. ¡Oh prodigio! Estoy atento, lleno
de respeto hacia mí mismo, de reverencia y de temor, como si
fuera ante ti; no sé qué hacer porque la timidez me
domina; no sé dónde sentarme, a dónde acercarme,
dónde reclinar estos miembros que son tuyos; en qué
obras ocupar estas sorprendentes maravillas divinas»(36). De
este modo, la vida consagrada se convierte en una de las huellas
concretas que la Trinidad deja en la historia, para que los hombres
puedan descubrir el atractivo y la nostalgia de la belleza divina.
El reflejo de la vida trinitaria en los consejos
21. La referencia de los consejos evangélicos a la Trinidad
santa y santificante revela su sentido más profundo. En
efecto, son expresión del amor del Hijo al Padre en la unidad
del Espíritu Santo. Al practicarlos, la persona consagrada
vive con particular intensidad el carácter trinitario y
cristológico que caracteriza toda la vida cristiana.
La castidad de los célibes y de las vírgenes, en
cuanto manifestación de la entrega a Dios con corazón
indiviso (cf. 1 Co 7, 32-34), es el reflejo del amor infinito que une
a las tres Personas divinas en la profundidad misteriosa de la vida
trinitaria; amor testimoniado por el Verbo encarnado hasta la entrega
de su vida; amor « derramado en nuestros corazones por el
Espíritu Santo » (Rm 5, 5), que anima a una respuesta de
amor total hacia Dios y hacia los hermanos.
La pobreza manifiesta que Dios es la única riqueza
verdadera del hombre. Vivida según el ejemplo de Cristo que «
siendo rico, se hizo pobre » (2 Co 8, 9), es expresión
de la entrega total de sí que las tres Personas divinas se
hacen recíprocamente. Es don que brota en la creación y
se manifiesta plenamente en la Encarnación del Verbo y en su
muerte redentora.
La obediencia, practicada a imitación de Cristo, cuyo
alimento era hacer la voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34), manifiesta
la belleza liberadora de una dependencia filial y no servil, rica de
sentido de responsabilidad y animada por la confianza recíproca,
que es reflejo en la historia de la amorosa correspondencia propia de
las tres Personas divinas.
Por tanto, la vida consagrada está llamada a profundizar
continuamente el don de los consejos evangélicos con un amor
cada vez más sincero e intenso en dimensión trinitaria:
amor a Cristo, que llama a su intimidad; al Espíritu Santo,
que dispone el ánimo a acoger sus inspiraciones; al Padre,
origen primero y fin supremo de la vida consagrada(37). De este modo
se convierte en manifestación y signo de la Trinidad, cuyo
misterio viene presentado a la Iglesia como modelo y fuente de cada
forma de vida cristiana.
La misma vida fraterna, en virtud de la cual las personas
consagradas se esfuerzan por vivir en Cristo con « un solo
corazón y una sola alma » (Hch 4, 32), se propone como
elocuente manifestación trinitaria. La vida fraterna
manifiesta al Padre, que quiere hacer de todos los hombres una sola
familia; manifiesta al Hijo encarnado, que reúne a los
redimidos en la unidad, mostrando el camino con su ejemplo, su
oración, sus palabras y, sobre todo, con su muerte, fuente de
reconciliación para los hombres divididos y dispersos;
manifiesta al Espíritu Santo como principio de unidad en la
Iglesia, donde no cesa de suscitar familias espirituales y
comunidades fraternas.
Consagrados como Cristo para el Reino de Dios
22. La vida consagrada «imita más de cerca y hace
presente continuamente en la Iglesia»(38), por impulso del
Espíritu Santo, la forma de vida que Jesús, supremo
consagrado y misionero del Padre para su Reino, abrazó y
propuso a los discípulos que lo seguían (cf. Mt 4,
18-22; Mc 1, 16-20; Lc 5, 10-11; Jn 15, 16). A la luz de la
consagración de Jesús, es posible descubrir en la
iniciativa del Padre, fuente de toda santidad, el principio
originario de la vida consagrada. En efecto, Jesús mismo es
aquel que Dios « ungió con el Espíritu Santo y
con poder » (Hch 10, 38), « aquel a quien el Padre ha
santificado y enviado al mundo » (Jn 10, 36). Acogiendo la
consagración del Padre, el Hijo a su vez se consagra a Él
por la humanidad (cf. Jn 17, 19): su vida de virginidad, obediencia y
pobreza manifiesta su filial y total adhesión al designio del
Padre (cf. Jn 10, 30; 14, 11). Su perfecta oblación confiere
un significado de consagración a todos los acontecimientos de
su existencia terrena.
Él es el obediente por excelencia, bajado del cielo no para
hacer su voluntad, sino la de Aquel que lo ha enviado (cf. Jn 6, 38;
Hb 10, 5.7). Él pone su ser y su actuar en las manos del Padre
(cf. Lc 2, 49). En obediencia filial, adopta la forma del siervo: «
Se despojó de sí mismo tomando condición de
siervo [...], obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz »
(Flp 2, 7-8). En esta actitud de docilidad al Padre, Cristo, aun
aprobando y defendiendo la dignidad y la santidad de la vida
matrimonial, asume la forma de vida virginal y revela así el
valor sublime y la misteriosa fecundidad espiritual de la virginidad.
Su adhesión plena al designio del Padre se manifiesta también
en el desapego de los bienes terrenos: « Siendo rico, por
vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza
» (2 Co 8, 9). La profundidad de su pobreza se revela en la
perfecta oblación de todo lo suyo al Padre.
Verdaderamente la vida consagrada es memoria viviente del modo de
existir y de actuar de Jesús como Verbo encarnado ante el
Padre y ante los hermanos. Es tradición viviente de la vida y
del mensaje del Salvador.
II. ENTRE LA PASCUA Y LA CULMINACIÓN
Del Tabor al Calvario
23. El acontecimiento deslumbrante de la Transfiguración
prepara a aquel otro dramático, pero no menos luminoso, del
Calvario. Pedro, Santiago y Juan contemplan al Señor Jesús
junto a Moisés y Elías, con los que —según
el evangelista Lucas— habla « de su partida, que iba a
cumplir en Jerusalén » (9, 31). Los ojos de los
apóstoles están fijos en Jesús que piensa en la
Cruz (cf. Lc 9, 43-45). Allí su amor virginal por el Padre y
por todos los hombres alcanzará su máxima expresión;
su pobreza llegará al despojo de todo; su obediencia hasta la
entrega de la vida.
Los discípulos y las discípulas son invitados a
contemplar a Jesús exaltado en la Cruz, de la cual «el
Verbo salido del silencio»(39), en su silencio y en su soledad,
afirma proféticamente la absoluta trascendencia de Dios sobre
todos los bienes creados, vence en su carne nuestro pecado y atrae
hacia sí a cada hombre y mujer, dando a cada uno la vida nueva
de la resurrección (cf. Jn 12, 32; 19, 34.37). En la
contemplación de Cristo crucificado se inspiran todas las
vocaciones; en ella tienen su origen, con el don fundamental del
Espíritu, todos los dones y en particular el don de la vida
consagrada.
Después de María, Madre de Jesús, Juan, el
discípulo que Jesús amaba, el testigo que junto con
María estuvo a los pies de la cruz (cf. Jn 19, 26-27), recibió
este don. Su decisión de consagración total es fruto
del amor divino que lo envuelve, lo sostiene y le llena el corazón.
Juan, al lado de María, está entre los primeros de la
larga serie de hombres y mujeres que, desde los inicios de la Iglesia
hasta el final, tocados por el amor de Dios, se sienten llamados a
seguir al Cordero inmolado y viviente, dondequiera que vaya (cf. Ap
14, 1-5).(40)
Dimensión pascual de la vida consagrada
24. La persona consagrada, en las diversas formas de vida
suscitadas por el Espíritu a lo largo de la historia,
experimenta la verdad de Dios-Amor de un modo tanto más
inmediato y profundo cuanto más se coloca bajo la Cruz de
Cristo. Aquel que en su muerte aparece ante los ojos humanos
desfigurado y sin belleza hasta el punto de mover a los presentes a
cubrirse el rostro (cf. Is 53, 2-3), precisamente en la Cruz
manifiesta en plenitud la belleza y el poder del amor de Dios. San
Agustín lo canta así: «Hermoso siendo Dios, Verbo
en Dios [...] Es hermoso en el cielo y es hermoso en la tierra;
hermoso en el seno, hermoso en los brazos de sus padres, hermoso en
los milagros, hermoso en los azotes; hermoso invitado a la vida,
hermoso no preocupándose de la muerte, hermoso dando la vida,
hermoso tomándola; hermoso en la cruz, hermoso en el sepulcro
y hermoso en el cielo. Oíd entendiendo el cántico, y la
flaqueza de su carne no aparte de vuestros ojos el esplendor de su
hermosura»(41).
La vida consagrada refleja este esplendor del amor, porque
confiesa, con su fidelidad al misterio de la Cruz, creer y vivir del
amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. De este modo
contribuye a mantener viva en la Iglesia la conciencia de que la Cruz
es la sobreabundancia del amor de Dios que se derrama sobre este
mundo, el gran signo de la presencia salvífica de Cristo. Y
esto especialmente en las dificultades y pruebas. Es lo que
testimonian continuamente y con un valor digno de profunda admiración
un gran número de personas consagradas, que con frecuencia
viven en situaciones difíciles, incluso de persecución
y martirio. Su fidelidad al único Amor se manifiesta y se
fortalece en la humildad de una vida oculta, en la aceptación
de los sufrimientos para completar lo que en la propia carne «
falta a las tribulaciones de Cristo » (Col 1, 24), en el
sacrificio silencioso, en el abandono a la santa voluntad de Dios, en
la serena fidelidad incluso ante el declive de las fuerzas y del
propio ascendiente. De la fidelidad a Dios nace también la
entrega al prójimo, que las personas consagradas viven no sin
sacrificio en la constante intercesión por las necesidades de
los hermanos, en el servicio generoso a los pobres y a los enfermos,
en el compartir las dificultades de los demás y en la
participación solícita en las preocupaciones y pruebas
de la Iglesia.
Testigos de Cristo en el mundo
25. Del misterio pascual surge además la misión,
dimensión que determina toda la vida eclesial. Ella tiene una
realización específica propia en la vida consagrada. En
efecto, más allá incluso de los carismas propios de los
Institutos dedicados a la misión ad gentes o empeñados
en una actividad de tipo propiamente apostólica, se puede
decir que la misión está inscrita en el corazón
mismo de cada forma de vida consagrada. En la medida en que el
consagrado vive una vida únicamente entregada al Padre (cf. Lc
2, 49; Jn 4, 34), sostenida por Cristo (cf. Jn 15, 16; Gl 1, 15-16),
animada por el Espíritu (cf. Lc 24, 49; Hch 1, 8; 2, 4),
coopera eficazmente a la misión del Señor Jesús
(cf. Jn 20, 21), contribuyendo de forma particularmente profunda a la
renovación del mundo.
El primer cometido misionero las personas consagradas lo tienen
hacia sí mismas, y lo llevan a cabo abriendo el propio corazón
a la acción del Espíritu de Cristo. Su testimonio ayuda
a toda la Iglesia a recordar que en primer lugar está el
servicio gratuito a Dios, hecho posible por la gracia de Cristo,
comunicada al creyente mediante el don del Espíritu. De este
modo se anuncia al mundo la paz que desciende del Padre, la entrega
que el Hijo testimonia y la alegría que es fruto del Espíritu
Santo.
Las personas consagradas serán misioneras ante todo
profundizando continuamente en la conciencia de haber sido llamadas y
escogidas por Dios, al cual deben pues orientar toda su vida y
ofrecer todo lo que son y tienen, liberándose de los
impedimentos que pudieran frenar la total respuesta de amor. De este
modo podrán llegar a ser un signo verdadero de Cristo en el
mundo. Su estilo de vida debe transparentar también el ideal
que profesan, proponiéndose como signo vivo de Dios y como
elocuente, aunque con frecuencia silenciosa, predicación del
Evangelio.
Siempre, pero especialmente en la cultura contemporánea,
con frecuencia tan secularizada y sin embargo sensible al lenguaje de
los signos, la Iglesia debe preocuparse de hacer visible su presencia
en la vida cotidiana. Ella tiene derecho a esperar una aportación
significativa al respecto de las personas consagradas, llamadas a dar
en cada situación un testimonio concreto de su pertenencia a
Cristo.
Puesto que el hábito es signo de consagración, de
pobreza y de pertenencia a una determinada familia religiosa, junto
con los Padres del Sínodo recomiendo vivamente a los
religiosos y a las religiosas que usen el propio hábito,
adaptado oportunamente a las circunstancias de los tiempos y de los
lugares(42). Allí donde válidas exigencias apostólicas
lo requieran, conforme a las normas del propio Instituto, podrán
emplear también un vestido sencillo y decoroso, con un símbolo
adecuado, de modo que sea reconocible su consagración.
Los Institutos que desde su origen o por disposición de sus
constituciones no prevén un hábito propio, procuren que
el vestido de sus miembros responda, por dignidad y sencillez, a la
naturaleza de su vocación(43).
Dimensión escatológica de la vida consagrada
26. Debido a que hoy las preocupaciones apostólicas son
cada vez más urgentes y la dedicación a las cosas de
este mundo corre el riesgo de ser siempre más absorbente, es
particularmente oportuno llamar la atención sobre la
naturaleza escatológica de la vida consagrada.
« Donde esté tu tesoro, allí estará
también tu corazón » (Mt 6, 21): el tesoro único
del Reino suscita el deseo, la espera, el compromiso y el testimonio.
En la Iglesia primitiva la espera de la venida del Señor se
vivía de un modo particularmente intenso. A pesar del paso de
los siglos la Iglesia no ha dejado de cultivar esta actitud de
esperanza: ha seguido invitando a los fieles a dirigir la mirada
hacia la salvación que va a manifestarse, « porque la
apariencia de este mundo pasa » (1 Co 7, 31; cf. 1 Pt 1,
3-6)(44).
En este horizonte es donde mejor se comprende el papel de signo
escatológico propio de la vida consagrada. En efecto, es
constante la doctrina que la presenta como anticipación del
Reino futuro. El Concilio Vaticano II vuelve a proponer esta
enseñanza cuando afirma que la consagración «anuncia
ya la resurrección futura y la gloria del reino de los
cielos»(45). Esto lo realiza sobre todo la opción por la
virginidad, entendida siempre por la tradición como una
anticipación del mundo definitivo, que ya desde ahora actúa
y transforma al hombre en su totalidad.
Las personas que han dedicado su vida a Cristo viven
necesariamente con el deseo de encontrarlo para estar finalmente y
para siempre con Él. De aquí la ardiente espera, el
deseo de «sumergirse en el Fuego de amor que arde en ellas y
que no es otro que el Espíritu Santo»(46), espera y
deseo sostenidos por los dones que el Señor concede libremente
a quienes aspiran a las cosas de arriba (cf. Col 3, 1).
Fijos los ojos en el Señor, la persona consagrada recuerda
que « no tenemos aquí ciudad permanente » (Hb 13,
14), porque « somos ciudadanos del cielo » (Flp 3, 20).
Lo único necesario es buscar el Reino de Dios y su justicia
(cf. Mt 6, 33), invocando incesantemente la venida del Señor.
Una espera activa: compromiso y vigilancia
27. « ¡Ven, Señor Jesús! » (Ap 22,
20). Esta espera es lo más opuesto a la inercia: aunque
dirigida al Reino futuro, se traduce en trabajo y misión, para
que el Reino se haga presente ya ahora mediante la instauración
del espíritu de las Bienaventuranzas, capaz de suscitar
también en la sociedad humana actitudes eficaces de justicia,
paz, solidaridad y perdón.
Esto lo ha demostrado ampliamente la historia de la vida
consagrada, que siempre ha producido frutos abundantes también
para el mundo. Con sus carismas las personas consagradas llegan a ser
un signo del Espíritu para un futuro nuevo, iluminado por la
fe y por la esperanza cristiana.
La tensión escatológica se convierte en misión,
para que el Reino se afirme de modo creciente aquí y ahora. A
la súplica: « ¡Ven, Señor Jesús! »,
se une otra invocación: « ¡Venga tu Reino! »
(Mt 6, 10).
Quien espera vigilante el cumplimiento de las promesas de Cristo
es capaz de infundir también esperanza entre sus hermanos y
hermanas, con frecuencia desconfiados y pesimistas respecto al
futuro. Su esperanza está fundada sobre la promesa de Dios
contenida en la Palabra revelada: la historia de los hombres camina
hacia « un cielo nuevo y una tierra nueva » (Ap 21, 1),
en los que el Señor « enjugará toda lágrima
de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni
gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado » (Ap 21,
4).
La vida consagrada está al servicio de esta definitiva
irradiación de la gloria divina, cuando toda carne verá
la salvación de Dios (cf. Lc 3, 6; Is 40, 5). El Oriente
cristiano destaca esta dimensión cuando considera a los monjes
como ángeles de Dios sobre la tierra, que anuncian la
renovación del mundo en Cristo. En Occidente el monacato es
celebración de memoria y vigilia: memoria de las maravillas
obradas por Dios, vigilia del cumplimiento último de la
esperanza. El mensaje del monacato y de la vida contemplativa repite
incesantemente que la primacía de Dios es plenitud de sentido
y de alegría para la existencia humana, porque el hombre ha
sido hecho para Dios y su corazón estará inquieto hasta
que descanse en Él(47).
La Virgen María, modelo de consagración y
seguimiento
28. María es aquella que, desde su concepción
inmaculada, refleja más perfectamente la belleza divina. «
Toda hermosa » es el título con el que la Iglesia la
invoca. «La relación que todo fiel, como consecuencia de
su unión con Cristo, mantiene con María Santísima
queda aún más acentuada en la vida de las personas
consagradas [...] En todos (los Institutos de vida consagrada) existe
la convicción de que la presencia de María tiene una
importancia fundamental tanto para la vida espiritual de cada alma
consagrada, como para la consistencia, la unidad y el progreso de
toda la comunidad»(48).
En efecto, María es ejemplo sublime de perfecta
consagración, por su pertenencia plena y entrega total a Dios.
Elegida por el Señor, que quiso realizar en ella el misterio
de la Encarnación, recuerda a los consagrados la primacía
de la iniciativa de Dios. Al mismo tiempo, habiendo dado su
consentimiento a la Palabra divina, que se hizo carne en ella, María
aparece como modelo de acogida de la gracia por parte de la criatura
humana.
Cercana a Cristo, junto con José, en la vida oculta de
Nazaret, presente al lado del Hijo en los momentos cruciales de su
vida pública, la Virgen es maestra de seguimiento
incondicional y de servicio asiduo. En ella, «templo del
Espíritu Santo»(49), brilla de este modo todo el
esplendor de la nueva criatura. La vida consagrada la contempla como
modelo sublime de consagración al Padre, de unión con
el Hijo y de docilidad al Espíritu, sabiendo bien que
identificarse con «el tipo de vida en pobreza y virginidad»(50)
de Cristo significa asumir también el tipo de vida de María.
La persona consagrada encuentra, además, en la Virgen una
Madre por título muy especial. En efecto, si la nueva
maternidad dada a María en el Calvario es un don a todos los
cristianos, adquiere un valor específico para quien ha
consagrado plenamente la propia vida a Cristo. « Ahí
tienes a tu madre » (Jn 19, 27): las palabras de Jesús
al discípulo « a quien amaba » (Jn 19, 26), asumen
una profundidad particular en la vida de la persona consagrada. En
efecto, está llamada con Juan a acoger consigo a María
Santísima (cf. Jn 19, 27), amándola e imitándola
con la radicalidad propia de su vocación y experimentando, a
su vez, una especial ternura materna. La Virgen le comunica aquel
amor que permite ofrecer cada día la vida por Cristo,
cooperando con Él en la salvación del mundo. Por eso,
la relación filial con María es el camino privilegiado
para la fidelidad a la vocación recibida y una ayuda
eficacísima para avanzar en ella y vivirla en plenitud(51).
III. EN LA IGLESIA Y PARA LA IGLESIA
« Bueno es estarnos aquí »: la vida
consagrada en el misterio de la Iglesia
29. En la escena de la Transfiguración, Pedro habla en
nombre de los demás apóstoles: « Bueno es
estarnos aquí » (Mt, 17, 4). La experiencia de la gloria
de Cristo, aunque le extasía la mente y el corazón, no
lo aísla, sino que, por el contrario, lo une más
profundamente al « nosotros » de los discípulos.
Esta dimensión del « nosotros » nos lleva a
considerar el lugar que la vida consagrada ocupa en el misterio de la
Iglesia. La reflexión teológica sobre la naturaleza de
la vida consagrada ha profundizado en estos años en las nuevas
perspectivas surgidas de la doctrina del Concilio Vaticano II. A su
luz se ha tomado conciencia de que la profesión de los
consejos evangélicos pertenece indiscutiblemente a la vida y a
la santidad de la Iglesia(52). Esto significa que la vida consagrada,
presente desde el comienzo, no podrá faltar nunca a la Iglesia
como uno de sus elementos irrenunciables y característicos,
como expresión de su misma naturaleza.
Esto resulta evidente ya que la profesión de los consejos
evangélicos está íntimamente relacionada con el
misterio de Cristo, teniendo el cometido de hacer de algún
modo presente la forma de vida que Él eligió,
señalándola como valor absoluto y escatológico.
Jesús mismo, llamando a algunas personas a dejarlo todo para
seguirlo, inauguró este género de vida que, bajo la
acción del Espíritu, se ha desarrollado progresivamente
a lo largo de los siglos en las diversas formas de la vida
consagrada. El concepto de una Iglesia formada únicamente por
ministros sagrados y laicos no corresponde, por tanto, a las
intenciones de su divino Fundador tal y como resulta de los
Evangelios y de los demás escritos neotestamentarios.
La nueva y especial consagración
30. En la tradición de la Iglesia la profesión
religiosa es considerada como una singular y fecunda profundización
de la consagración bautismal en cuanto que, por su medio, la
íntima unión con Cristo, ya inaugurada con el Bautismo,
se desarrolla en el don de una configuración más
plenamente expresada y realizada, mediante la profesión de los
consejos evangélicos(53).
Esta posterior consagración tiene, sin embargo, una
peculiaridad propia respecto a la primera, de la que no es una
consecuencia necesaria(54). En realidad, todo renacido en Cristo está
llamado a vivir, con la fuerza proveniente del don del Espíritu,
la castidad correspondiente a su propio estado de vida, la obediencia
a Dios y a la Iglesia, y un desapego razonable de los bienes
materiales, porque todos son llamados a la santidad, que consiste en
la perfección de la caridad(55). Pero el Bautismo no implica
por sí mismo la llamada al celibato o a la virginidad, la
renuncia a la posesión de bienes y la obediencia a un
superior, en la forma propia de los consejos evangélicos. Por
tanto, su profesión supone un don particular de Dios no
concedido a todos, como Jesús mismo señala en el caso
del celibato voluntario (cf. Mt 19, 10-12).
A esta llamada corresponde, por otra parte, un don específico
del Espíritu Santo, de modo que la persona consagrada pueda
responder a su vocación y a su misión. Por eso, como se
refleja en las liturgias de Oriente y Occidente, en el rito de la
profesión monástica o religiosa y en la consagración
de las vírgenes, la Iglesia invoca sobre las personas elegidas
el don del Espíritu Santo y asocia su oblación al
sacrificio de Cristo(56).
La profesión de los consejos evangélicos es también
un desarrollo de la gracia del sacramento de la Confirmación,
pero va más allá de las exigencias normales de la
consagración crismal en virtud de un don particular del
Espíritu, que abre a nuevas posibilidades y frutos de santidad
y de apostolado, como demuestra la historia de la vida consagrada.
En cuanto a los sacerdotes que profesan los consejos evangélicos,
la experiencia misma muestra que el sacramento del Orden encuentra
una fecundidad peculiar en esta consagración, puesto que
presenta y favorece la exigencia de una pertenencia más
estrecha al Señor. El sacerdote que profesa los consejos
evangélicos encuentra una ayuda particular para vivir en sí
mismo la plenitud del misterio de Cristo, gracias también a la
espiritualidad peculiar de su Instituto y a la dimensión
apostólica del correspondiente carisma. En efecto, en el
presbítero la vocación al sacerdocio y a la vida
consagrada convergen en profunda y dinámica unidad.
De valor inconmensurable es también la aportación
dada a la vida de la Iglesia por los religiosos sacerdotes dedicados
íntegramente a la contemplación. Especialmente en la
celebración eucarística realizan una acción de
la Iglesia y para la Iglesia, a la que unen el ofrecimiento de sí
mismos, en comunión con Cristo que se ofrece al Padre para la
salvación del mundo entero(57).
Las relaciones entre los diversos estados de vida del cristiano
31. Las diversas formas de vida en las que, según el
designio del Señor Jesús, se articula la vida eclesial
presentan relaciones recíprocas sobre las que interesa
detenerse.
Todos los fieles, en virtud de su regeneración en Cristo,
participan de una dignidad común; todos son llamados a la
santidad; todos cooperan a la edificación del único
Cuerpo de Cristo, cada uno según su propia vocación y
el don recibido del Espíritu (cf. Rm 12, 38)(58). La igual
dignidad de todos los miembros de la Iglesia es obra del Espíritu;
está fundada en el Bautismo y la Confirmación y
corroborada por la Eucaristía. Sin embargo, también es
obra del Espíritu la variedad de formas. Él constituye
la Iglesia como una comunión orgánica en la diversidad
de vocaciones, carismas y ministerios(59).
Las vocaciones a la vida laical, al ministerio ordenado y a la
vida consagrada se pueden considerar paradigmáticas, dado que
todas las vocaciones particulares, bajo uno u otro aspecto, se
refieren o se reconducen a ellas, consideradas separadamente o en
conjunto, según la riqueza del don de Dios. Además,
están al servicio unas de otras para el crecimiento del Cuerpo
de Cristo en la historia y para su misión en el mundo. Todos
en la Iglesia son consagrados en el Bautismo y en la Confirmación,
pero el ministerio ordenado y la vida consagrada suponen una vocación
distinta y una forma específica de consagración, en
razón de una misión peculiar.
La consagración bautismal y crismal, común a todos
los miembros del Pueblo de Dios, es fundamento adecuado de la misión
de los laicos, de los que es propio «el buscar el Reino de Dios
ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas
según Dios»(60). Los ministros ordenados, además
de esta consagración fundamental, reciben la consagración
en la Ordenación para continuar en el tiempo el ministerio
apostólico. Las personas consagradas, que abrazan los consejos
evangélicos, reciben una nueva y especial consagración
que, sin ser sacramental, las compromete a abrazar —en el
celibato, la pobreza y la obediencia— la forma de vida
practicada personalmente por Jesús y propuesta por Él a
los discípulos. Aunque estas diversas categorías son
manifestaciones del único misterio de Cristo, los laicos
tienen como aspecto peculiar, si bien no exclusivo, el carácter
secular, los pastores el carácter ministerial y los
consagrados la especial conformación con Cristo virgen, pobre
y obediente.
El valor especial de la vida consagrada
32. En este armonioso conjunto de dones, se confía a cada
uno de los estados de vida fundamentales la misión de
manifestar, en su propia categoría, una u otra de las
dimensiones del único misterio de Cristo. Si la vida laical
tiene la misión particular de anunciar el Evangelio en medio
de las realidades temporales, en el ámbito de la comunión
eclesial desarrollan un ministerio insustituible los que han recibido
el Orden sagrado, especialmente los Obispos. Ellos tienen la tarea de
apacentar el Pueblo de Dios con la enseñanza de la Palabra, la
administración de los Sacramentos y el ejercicio de la
potestad sagrada al servicio de la comunión eclesial, que es
comunión orgánica, ordenada jerárquicamente(61).
Como expresión de la santidad de la Iglesia, se debe
reconocer una excelencia objetiva a la vida consagrada, que refleja
el mismo modo de vivir de Cristo. Precisamente por esto, ella es una
manifestación particularmente rica de los bienes evangélicos
y una realización más completa del fin de la Iglesia
que es la santificación de la humanidad. La vida consagrada
anuncia y, en cierto sentido, anticipa el tiempo futuro, cuando,
alcanzada la plenitud del Reino de los cielos presente ya en germen y
en el misterio(62), los hijos de la resurrección no tomarán
mujer o marido, sino que serán como ángeles de Dios
(cf. Mt 22, 30).
En efecto, la excelencia de la castidad perfecta por el Reino(63),
considerada con razón la «puerta» de toda la vida
consagrada(64), es objeto de la constante enseñanza de la
Iglesia. Esta manifiesta, al mismo tiempo, gran estima por la
vocación al matrimonio, que hace de los cónyuges
«testigos y colaboradores de la fecundidad de la Madre Iglesia
como símbolo y participación de aquel amor con el que
Cristo amó a su esposa y se entregó por ella»(65).
En este horizonte común a toda la vida consagrada, se
articulan vías distintas entre sí, pero
complementarias. Los religiosos y las religiosas dedicados
íntegramente a la contemplación son en modo especial
imagen de Cristo en oración en el monte(66). Las personas
consagradas de vida activa lo manifiestan «anunciando a las
gentes el Reino de Dios, curando a los enfermos y lisiados,
convirtiendo a los pecadores en fruto bueno, bendiciendo a los niños
y haciendo el bien a todos»(67). Las personas consagradas en
los Institutos seculares realizan un servicio particular para la
venida del Reino de Dios, uniendo en una síntesis específica
el valor de la consagración y el de la secularidad. Viviendo
su consagración en el mundo y a partir del mundo(68), «se
esfuerzan por impregnar todas las cosas con el espíritu
evangélico, para fortaleza y crecimiento del Cuerpo de
Cristo»(69). Participan, para ello, en la obra evangelizadora
de la Iglesia mediante el testimonio personal de vida cristiana, el
empeño por ordenar según Dios las realidades
temporales, la colaboración en el servicio de la comunidad
eclesial, de acuerdo con el estilo de vida secular que les es
propio(70).
Testimoniar el Evangelio de las Bienaventuranzas
33. Misión peculiar de la vida consagrada es mantener viva
en los bautizados la conciencia de los valores fundamentales del
Evangelio, dando «un testimonio magnífico y
extraordinario de que sin el espíritu de las Bienaventuranzas
no se puede transformar este mundo y ofrecerlo a Dios»(71). De
este modo la vida consagrada aviva continuamente en la conciencia del
Pueblo de Dios la exigencia de responder con la santidad de la vida
al amor de Dios derramado en los corazones por el Espíritu
Santo (cf. Rm 5, 5), reflejando en la conducta la consagración
sacramental obrada por Dios en el Bautismo, la Confirmación o
el Orden. En efecto, se debe pasar de la santidad comunicada por los
sacramentos a la santidad de la vida cotidiana. La vida consagrada,
con su misma presencia en la Iglesia, se pone al servicio de la
consagración de la vida de cada fiel, laico o clérigo.
Por otra parte, no se debe olvidar que los consagrados reciben
también del testimonio propio de las demás vocaciones
una ayuda para vivir íntegramente la adhesión al
misterio de Cristo y de la Iglesia en sus múltiples
dimensiones. En virtud de este enriquecimiento recíproco, se
hace más elocuente y eficaz la misión de la vida
consagrada: señalar como meta a los demás hermanos y
hermanas, fijando la mirada en la paz futura, la felicidad definitiva
que está en Dios.
Imagen viva de la Iglesia-Esposa
34. Importancia particular tiene el significado esponsal de la
vida consagrada, que hace referencia a la exigencia de la Iglesia de
vivir en la entrega plena y exclusiva a su Esposo, del cual recibe
todo bien. En esta dimensión esponsal, propia de toda la vida
consagrada, es sobre todo la mujer la que se ve singularmente
reflejada, como descubriendo la índole especial de su relación
con el Señor.
A este respecto, es sugestiva la página neotestamentaria
que presenta a María con los Apóstoles en el Cenáculo
en espera orante del Espíritu Santo (cf. Hch 1, 13-14). Aquí
se puede ver una imagen viva de la Iglesia-Esposa, atenta a las
señales del Esposo y preparada para acoger su don. En Pedro y
en los demás Apóstoles emerge sobre todo la dimensión
de la fecundidad, como se manifiesta en el ministerio eclesial, que
se hace instrumento del Espíritu para la generación de
nuevos hijos mediante el anuncio de la Palabra, la celebración
de los Sacramentos y la atención pastoral. En María
está particularmente viva la dimensión de la acogida
esponsal, con la que la Iglesia hace fructificar en sí misma
la vida divina a través de su amor total de virgen.
La vida consagrada ha sido siempre vista prevalentemente en María,
la Virgen esposa. De ese amor virginal procede una fecundidad
particular, que contribuye al nacimiento y crecimiento de la vida
divina en los corazones(72). La persona consagrada, siguiendo las
huellas de María, nueva Eva, manifiesta su fecundidad
espiritual acogiendo la Palabra, para colaborar en la formación
de la nueva humanidad con su dedicación incondicional y su
testimonio. Así la Iglesia manifiesta plenamente su maternidad
tanto por la comunicación de la acción divina confiada
a Pedro, como por la acogida responsable del don divino, típica
de María.
Por su parte, el pueblo cristiano encuentra en el ministerio
ordenado los medios de la salvación, y en la vida consagrada
el impulso para una respuesta de amor plena en todas las diversas
formas de diaconía(73).
IV. GUIADOS POR EL ESPIRITU DE SANTIDAD
Existencia « transfigurada »: llamada a la
santidad
35. « Al oír esto los discípulos cayeron
rostro en tierra llenos de miedo » (Mt 17, 6). Los sinópticos
ponen de relieve en el episodio de la Transfiguración, con
matices diversos, el temor de los discípulos. El atractivo del
rostro transfigurado de Cristo no impide que se sientan atemorizados
ante la Majestad divina que los envuelve. Siempre que el hombre
experimenta la gloria de Dios se da cuenta también de su
pequeñez y de aquí surge una sensación de miedo.
Este temor es saludable. Recuerda al hombre la perfección
divina, y al mismo tiempo lo empuja con una llamada urgente a la «
santidad ».
Todos los hijos de la Iglesia, llamados por el Padre a «
escuchar » a Cristo, deben sentir una profunda exigencia de
conversión y de santidad. Pero, como se ha puesto de relieve
en el Sínodo, esta exigencia se refiere en primer lugar a la
vida consagrada. En efecto, la vocación de las personas
consagradas a buscar ante todo el Reino de Dios es, principalmente,
una llamada a la plena conversión, en la renuncia de sí
mismo para vivir totalmente en el Señor, para que Dios sea
todo en todos. Los consagrados, llamados a contemplar y testimoniar
el rostro «transfigurado» de Cristo, son llamados también
a una existencia transfigurada.
A este respecto, es significativo lo expresado en la Relación
final de la II Asamblea extraordinaria del Sínodo: «Los
santos y santas han sido siempre fuente y origen de renovación
en las circunstancias más difíciles a lo largo de toda
la historia de la Iglesia. Hoy necesitamos fuertemente pedir con
asiduidad a Dios santos. Los Institutos de vida consagrada, por la
profesión de los consejos evangélicos, sean conscientes
de su misión especial en la Iglesia de hoy, y nosotros debemos
animarlos en esa misión»(74). De estas consideraciones
se han hecho eco los Padres de la IX Asamblea sinodal, afirmando: «La
vida consagrada ha sido a través de la historia de la Iglesia
una presencia viva de esta acción del Espíritu, como un
espacio privilegiado de amor absoluto a Dios y al prójimo,
testimonio del proyecto divino de hacer de toda la humanidad, dentro
de la civilización del amor, la gran familia de los hijos de
Dios»(75).
La Iglesia ha visto siempre en la profesión de los consejos
evangélicos un camino privilegiado hacia la santidad. Las
mismas expresiones con las que la define —escuela del servicio
del Señor, escuela de amor y santidad, camino o estado de
perfección— indican tanto la eficacia y riqueza de los
medios propios de esta forma de vida evangélica, como el
empeño particular de quienes la abrazan(76). No es casual que
a lo largo de los siglos tantos consagrados hayan dejado testimonios
elocuentes de santidad y hayan realizado empresas de evangelización
y de servicio particularmente generosas y arduas.
Fidelidad al carisma
36. En el seguimiento de Cristo y en el amor hacia su persona hay
algunos puntos sobre el crecimiento de la santidad en la vida
consagrada que merecen ser hoy especialmente evidenciados.
Ante todo se pide la fidelidad al carisma fundacional y al
consiguiente patrimonio espiritual de cada Instituto. Precisamente en
esta fidelidad a la inspiración de los fundadores y
fundadoras, don del Espíritu Santo, se descubren más
fácilmente y se reviven con más fervor los elementos
esenciales de la vida consagrada.
En efecto, cada carisma tiene, en su origen, una triple
orientación: hacia el Padre, sobre todo en el deseo de buscar
filialmente su voluntad mediante un proceso de conversión
continua, en el que la obediencia es fuente de verdadera libertad, la
castidad manifiesta la tensión de un corazón
insatisfecho de cualquier amor finito, la pobreza alimenta el hambre
y la sed de justicia que Dios prometió saciar (cf. Mt 5, 6).
En esta perspectiva el carisma de cada Instituto animará a la
persona consagrada a ser toda de Dios, a hablar con Dios o de Dios,
como se dice de santo Domingo(77), para gustar qué bueno es el
Señor (cf. Sal 3334, 9) en todas las situaciones.
Los carismas de vida consagrada implican también una
orientación hacia el Hijo, llevando a cultivar con Él
una comunión de vida íntima y gozosa, en la escuela de
su servicio generoso de Dios y de los hermanos. De este modo, «la
mirada progresivamente cristificada, aprende a alejarse de lo
exterior, del torbellino de los sentidos, es decir, de cuanto impide
al hombre la levedad que le permitiría dejarse conquistar por
el Espíritu»(78), y posibilita así ir a la misión
con Cristo, trabajando y sufriendo con Él en la difusión
de su Reino.
Por último, cada carisma comporta una orientación
hacia el Espíritu Santo, ya que dispone la persona a dejarse
conducir y sostener por Él, tanto en el propio camino
espiritual como en la vida de comunión y en la acción
apostólica, para vivir en aquella actitud de servicio que debe
inspirar toda decisión del cristiano auténtico.
En efecto, esta triple relación emerge siempre, a pesar de
las características específicas de los diversos modelos
de vida, en cada carisma de fundación, por el hecho mismo de
que en ellos domina «una profunda preocupación por
configurarse con Cristo testimoniando alguno de los aspectos de su
misterio»(79), aspecto específico llamado a encarnarse y
desarrollarse en la tradición más genuina de cada
Instituto, según las Reglas, Constituciones o Estatutos(80).
Fidelidad creativa
37. Se invita pues a los Institutos a reproducir con valor la
audacia, la creatividad y la santidad de sus fundadores y fundadoras
como respuesta a los signos de los tiempos que surgen en el mundo de
hoy(81). Esta invitación es sobre todo una llamada a
perseverar en el camino de santidad a través de las
dificultades materiales y espirituales que marcan la vida cotidiana.
Pero es también llamada a buscar la competencia en el propio
trabajo y a cultivar una fidelidad dinámica a la propia
misión, adaptando sus formas, cuando es necesario, a las
nuevas situaciones y a las diversas necesidades, en plena docilidad a
la inspiración divina y al discernimiento eclesial. Debe
permanecer viva, pues, la convicción de que la garantía
de toda renovación que pretenda ser fiel a la inspiración
originaria está en la búsqueda de la conformación
cada vez más plena con el Señor(82).
En este espíritu, vuelve a ser hoy urgente para cada
Instituto la necesidad de una referencia renovada a la Regla, porque
en ella y en las Constituciones se contiene un itinerario de
seguimiento, caracterizado por un carisma específico
reconocido por la Iglesia. Una creciente atención a la Regla
ofrecerá a las personas consagradas un criterio seguro para
buscar las formas adecuadas de testimonio capaces de responder a las
exigencias del momento sin alejarse de la inspiración inicial.
Oración y ascesis: el combate espiritual
38. La llamada a la santidad es acogida y puede ser cultivada sólo
en el silencio de la adoración ante la infinita trascendencia
de Dios: «Debemos confesar que todos tenemos necesidad de este
silencio cargado de presencia adorada: la teología, para poder
valorizar plenamente su propia alma sapiencial y espiritual; la
oración, para que no se olvide nunca de que ver a Dios
significa bajar del monte con un rostro tan radiante que obligue a
cubrirlo con un velo (cf. Ex 34, 33) [...]; el compromiso, para
renunciar a encerrarse en una lucha sin amor y perdón [...].
Todos, tanto creyentes como no creyentes, necesitan aprender un
silencio que permita al Otro hablar, cuando quiera y como quiera, y a
nosotros comprender esa palabra»(83). Esto comporta en concreto
una gran fidelidad a la oración litúrgica y personal, a
los tiempos dedicados a la oración mental y a la
contemplación, a la adoración eucarística, los
retiros mensuales y los ejercicios espirituales.
Es necesario también tener presentes los medios ascéticos
típicos de la tradición espiritual de la Iglesia y del
propio Instituto. Ellos han sido y son aún una ayuda poderosa
para un auténtico camino de santidad. La ascesis, ayudando a
dominar y corregir las tendencias de la naturaleza humana herida por
el pecado, es verdaderamente indispensable a la persona consagrada
para permanecer fiel a la propia vocación y seguir a Jesús
por el camino de la Cruz.Es necesario también reconocer y
superar algunas tentaciones que a veces, por insidia del Diablo, se
presentan bajo la apariencia de bien. Así, por ejemplo, la
legítima exigencia de conocer la sociedad moderna para
responder a sus desafíos puede inducir a ceder a las modas del
momento, con disminución del fervor espiritual o con actitudes
de desánimo. La posibilidad de una formación espiritual
más elevada podría empujar a las personas consagradas a
un cierto sentimiento de superioridad respecto a los demás
fieles, mientras que la urgencia de una cualificación legítima
y necesaria puede transformarse en una búsqueda excesiva de
eficacia, como si el servicio apostólico dependiera
prevalentemente de los medios humanos, más que de Dios. El
deseo loable de acercarse a los hombres y mujeres de nuestro tiempo,
creyentes y no creyentes, pobres y ricos, puede llevar a la adopción
de un estilo de vida secularizado o a una promoción de los
valores humanos en sentido puramente horizontal. El compartir las
aspiraciones legítimas de la propia nación o cultura
podría llevar a abrazar formas de nacionalismo o a asumir
prácticas que tienen, por el contrario, necesidad de ser
purificadas y elevadas a la luz del Evangelio.
El camino que conduce a la santidad conlleva, pues, la aceptación
del combate espiritual. Se trata de un dato exigente al que hoy no
siempre se dedica la atención necesaria. La tradición
ha visto con frecuencia representado el combate espiritual en la
lucha de Jacob con el misterio de Dios, que él afronta para
acceder a su bendición y a su visión (cf. Gn 32,
23-31). En esta narración de los principios de la historia
bíblica las personas consagradas pueden ver el símbolo
del empeño ascético necesario para dilatar el corazón
y abrirlo a la acogida del Señor y de los hermanos.
Promover la santidad
39. Hoy más que nunca es necesario un renovado compromiso
de santidad por parte de las personas consagradas para favorecer y
sostener el esfuerzo de todo cristiano por la perfección. «Es
necesario suscitar en cada fiel un verdadero anhelo de santidad, un
fuerte deseo de conversión y de renovación personal en
un clima de oración siempre más intensa y de solidaria
acogida del prójimo, especialmente del más
necesitado»(84).
Las personas consagradas, en la medida en que profundizan su
propia amistad con Dios, se hacen capaces de ayudar a los hermanos y
hermanas mediante iniciativas espirituales válidas, como
escuelas de oración, ejercicios y retiros espirituales,
jornadas de soledad, escucha y dirección espiritual. De este
modo se favorece el progreso en la oración de personas que
podrán después realizar un mejor discernimiento de la
voluntad de Dios sobre ellas y emprender opciones valientes, a veces
heroicas, exigidas por la fe. En efecto, las personas consagradas «a
través de su ser más íntimo, se sitúan
dentro del dinamismo de la Iglesia, sedienta de lo Absoluto de Dios,
llamada a la santidad. Es de esta santidad de la que dan
testimonio»(85). El hecho de que todos sean llamados a la
santidad debe animar más aún a quienes, por su misma
opción de vida, tienen la misión de recordarlo a los
demás.
«Levantaos, no tengáis miedo»: una confianza
renovada
40. «Jesús, acercándose a ellos, los tocó
y dijo: "Levantaos, no tengáis miedo'"» (Mt
17, 7). Como los tres apóstoles en el episodio de la
Transfiguración, las personas consagradas saben por
experiencia que no siempre su vida es iluminada por aquel fervor
sensible que hace exclamar: « Bueno es estarnos aquí »
(Mt 17, 4). Sin embargo, es siempre una vida « tocada »
por la mano de Cristo, conducida por su voz y sostenida por su
gracia.
«Levantaos, no tengáis miedo». Esta invitación
del Maestro se dirige obviamente a cada cristiano. Pero con mayor
motivo a quien ha sido llamado a «dejarlo todo» y, por
consiguiente, a «arriesgarlo todo» por Cristo. De modo
especial es válida siempre que, con el Maestro, se baja del
«monte» para tomar el camino que lleva del Tabor al
Calvario.
Al decir que Moisés y Elías hablaban con Cristo
sobre su misterio pascual, Lucas emplea significativamente el término
«partida» (éxodos): «Hablaban de su partida,
que iba a cumplir en Jerusalén» (Lc 9, 31). «Exodo»:
término fundamental de la revelación, al que se refiere
toda la historia de la salvación, y que expresa el sentido
profundo del misterio pascual. Tema particularmente vinculado a la
espiritualidad de la vida consagrada y que manifiesta bien su
significado. En él se contiene inevitablemente lo que
pertenece al mysterium Crucis. Sin embargo, este comprometido «camino
de éxodo», visto desde la perspectiva del Tabor, aparece
como un camino entre dos luces: la luz anticipadora de la
Transfiguración y la definitiva de la Resurrección.
La vocación a la vida consagrada —en el horizonte de
toda la vida cristiana—, a pesar de sus renuncias y sus
pruebas, y más aún gracias a ellas, es camino «
de luz », sobre el que vela la mirada del Redentor: «Levantaos,
no tengáis miedo».
CAPÍTULO II
SIGNUM FRATERNITATIS
LA VIDA CONSAGRADA SIGNO
DE COMUNIÓN EN LA IGLESIA
I. VALORES PERMANENTES
A imagen de la Trinidad
41. Durante su vida terrena, Jesús llamó a quienes
Él quiso, para tenerlos junto a sí y para enseñarles
a vivir según su ejemplo, para el Padre y para la misión
que el Padre le había encomendado (cf. Mc 3, 13-15).
Inauguraba de este modo una nueva familia de la cual habrían
de formar parte a través de los siglos todos aquellos que
estuvieran dispuestos a « cumplir la voluntad de Dios »
(cf. Mc 3, 32-35). Después de la Ascensión, gracias al
don del Espíritu, se constituyó en torno a los
Apóstoles una comunidad fraterna, unida en la alabanza a Dios
y en una concreta experiencia de comunión (cf. Hch 2, 42-47;
4, 32-35). La vida de esta comunidad y, sobre todo, la experiencia de
la plena participación en el misterio de Cristo vivida por los
Doce, han sido el modelo en el que la Iglesia se ha inspirado siempre
que ha querido revivir el fervor de los orígenes y reanudar su
camino en la historia con un renovado vigor evangélico(86).
En realidad, la Iglesia es esencialmente misterio de comunión,
«muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo»(87). La vida fraterna quiere reflejar la
hondura y la riqueza de este misterio, configurándose como
espacio humano habitado por la Trinidad, la cual derrama así
en la historia los dones de la comunión que son propios de las
tres Personas divinas. Los ámbitos y las modalidades en que se
manifiesta la comunión fraterna en la vida eclesial son
muchos. La vida consagrada posee ciertamente el mérito de
haber contribuido eficazmente a mantener viva en la Iglesia la
exigencia de la fraternidad como confesión de la Trinidad. Con
la constante promoción del amor fraterno en la forma de vida
común, la vida consagrada pone de manifiesto que la
participación en la comunión trinitaria puede
transformar las relaciones humanas, creando un nuevo tipo de
solidaridad. Ella indica de este modo a los hombres tanto la belleza
de la comunión fraterna, como los caminos concretos que a ésta
conducen. Las personas consagradas, en efecto, viven « para »
Dios y « de » Dios. Por eso precisamente pueden proclamar
el poder reconciliador de la gracia, que destruye las fuerzas
disgregadoras que se encuentran en el corazón humano y en las
relaciones sociales.
Vida fraterna en el amor
42. La vida fraterna, entendida como vida compartida en el amor,
es un signo elocuente de la comunión eclesial. Es cultivada
con especial esmero por los Institutos religiosos y las Sociedades de
vida apostólica, en los que la vida de comunidad adquiere un
peculiar significado(88). Pero la dimensión de la comunión
fraterna no falta ni en los Institutos seculares ni en las mismas
formas individuales de vida consagrada. Los eremitas, en lo recóndito
de su soledad, no se apartan de la comunión eclesial, sino que
la sirven con su propio y específico carisma contemplativo;
las vírgenes consagradas en el mundo realizan su consagración
en una especial relación de comunión con la Iglesia
particular y universal, como lo hacen, de un modo similar, las viudas
y viudos consagrados.
Todas estas personas, queriendo poner en práctica la
condición evangélica de discípulos, se
comprometen a vivir el « mandamiento nuevo » del Señor,
amándose unos a otros como Él nos ha amado (cf. Jn 13,
34). El amor llevó a Cristo a la entrega de sí mismo
hasta el sacrificio supremo de la Cruz. De modo parecido, entre sus
discípulos no hay unidad verdadera sin este amor recíproco
incondicional, que exige disponibilidad para el servicio sin
reservas, prontitud para acoger al otro tal como es sin «
juzgarlo » (cf. Mt 7, 1-2), capacidad de perdonar hasta «
setenta veces siete » (Mt 18, 22). Para las personas
consagradas, que se han hecho « un corazón solo y una
sola alma » (Hch 4, 32) por el don del Espíritu Santo
derramado en los corazones (cf. Rm 5, 5), resulta una exigencia
interior el poner todo en común: bienes materiales y
experiencias espirituales, talentos e inspiraciones, ideales
apostólicos y servicios de caridad. «En la vida
comunitaria, la energía del Espíritu que hay en uno
pasa contemporáneamente a todos. Aquí no solamente se
disfruta del propio don, sino que se multiplica al hacer a los otros
partícipes de él, y se goza del fruto de los dones del
otro como si fuera del propio»(89).
En la vida de comunidad, además, debe hacerse tangible de
algún modo que la comunión fraterna, antes de ser
instrumento para una determinada misión, es espacio teologal
en el que se puede experimentar la presencia mística del Señor
resucitado (cf. Mt 18, 20)(90). Esto sucede merced al amor recíproco
de cuantos forman la comunidad, un amor alimentado por la Palabra y
la Eucaristía, purificado en el Sacramento de la
Reconciliación, sostenido por la súplica de la unidad,
don especial del Espíritu para aquellos que se ponen a la
escucha obediente del Evangelio.
Es precisamente Él, el Espíritu, quien introduce el
alma en la comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo (cf.
1 Jn 1, 3), comunión en la que está la fuente de la
vida fraterna. El Espíritu es quien guía las
comunidades de vida consagrada en el cumplimiento de su misión
de servicio a la Iglesia y a la humanidad entera, según la
propia inspiración.
En esta perspectiva tienen particular importancia los «Capítulos»
(o reuniones análogas), sean particulares o generales, en los
que cada Instituto debe elegir los Superiores o Superioras según
las normas establecidas en las propias Constituciones, y discernir a
la luz del Espíritu el modo adecuado de mantener y actualizar
el propio carisma y el propio patrimonio espiritual en las diversas
situaciones históricas y culturales(91).
La misión de la autoridad
43. En la vida consagrada ha tenido siempre una gran importancia
la función de los Superiores y de las Superioras, incluidos
los locales, tanto para la vida espiritual como para la misión.
En estos años de búsqueda y de transformaciones, se ha
sentido a veces la necesidad de revisar este cargo. Pero es preciso
reconocer que quien ejerce la autoridad no puede abdicar de su
cometido de primer responsable de la comunidad, como guía de
los hermanos y hermanas en el camino espiritual y apostólico.
En ambientes marcados fuertemente por el individualismo, no
resulta fácil reconocer y acoger la función que la
autoridad desempeña para provecho de todos. Pero se debe
reafirmar la importancia de este cargo, que se revela necesario
precisamente para consolidar la comunión fraterna y para que
no sea vana la obediencia profesada. Si bien es cierto que la
autoridad debe ser ante todo fraterna y espiritual, y que quien la
detenta debe consecuentemente saber involucrar mediante el diálogo
a los hermanos y hermanas en el proceso de decisión, conviene
recordar, sin embargo, que la última palabra corresponde a la
autoridad, a la cual compete también hacer respetar las
decisiones tomadas(92).
El papel de las personas ancianas
44. En la vida fraterna tiene un lugar importante el cuidado de
los ancianos y de los enfermos, especialmente en un momento como
éste, en el que en ciertas regiones del mundo aumenta el
número de las personas consagradas ya entradas en años.
Los cuidados solícitos que merecen no se basan únicamente
en un deber de caridad y de reconocimiento, sino que manifiestan
también la convicción de que su testimonio es de gran
ayuda a la Iglesia y a los Institutos, y de que su misión
continúa siendo válida y meritoria, aun cuando, por
motivos de edad o de enfermedad, se hayan visto obligados a dejar sus
propias actividades. Ellos tienen ciertamente mucho que dar en
sabiduría y experiencia a la comunidad, si ésta sabe
estar cercana a ellos con atención y capacidad de escucha.
En realidad la misión apostólica, antes que en la
acción, consiste en el testimonio de la propia entrega plena a
la voluntad salvífica del Señor, entrega que se
alimenta en la oración y la penitencia. Los ancianos, pues,
están llamados a vivir su vocación de muchas maneras:
la oración asidua, la aceptación paciente de su propia
condición, la disponibilidad para el servicio de la dirección
espiritual, la confesión y la guía en la oración(93).
A imagen de la comunidad apostólica
45. La vida fraterna tiene un papel fundamental en el camino
espiritual de las personas consagradas, sea para su renovación
constante, sea para el cumplimiento de su misión en el mundo.
Esto se deduce de las motivaciones teológicas que la
fundamentan, y la misma experiencia lo confirma con creces. Exhorto
por tanto a los consagrados y consagradas a cultivarla con tesón,
siguiendo el ejemplo de los primeros cristianos de Jerusalén,
que eran asiduos en la escucha de las enseñanzas de los
Apóstoles, en la oración común, en la
participación en la Eucaristía, y en el compartir los
bienes de la naturaleza y de la gracia (cf. Hch 2, 42-47). Exhorto
sobre todo a los religiosos, a las religiosas y a los miembros de las
Sociedades de vida apostólica, a vivir sin reservas el amor
mutuo y a manifestarlo de la manera más adecuada a la
naturaleza del proprio Instituto, para que cada comunidad se muestre
como signo luminoso de la nueva Jerusalén, «morada de
Dios con los hombres» (Ap 21, 3).
En efecto, toda la Iglesia espera mucho del testimonio de
comunidades ricas « de gozo y del Espíritu Santo »
(Hch 13, 52). Desea poner ante el mundo el ejemplo de comunidades en
las que la atención recíproca ayuda a superar la
soledad, y la comunicación contribuye a que todos se sientan
corresponsables; en las que el perdón cicatriza las heridas,
reforzando en cada uno el propósito de la comunión. En
comunidades de este tipo la naturaleza del carisma encauza las
energías, sostiene la fidelidad y orienta el trabajo
apostólico de todos hacia la única misión. Para
presentar a la humanidad de hoy su verdadero rostro, la Iglesia tiene
urgente necesidad de semejantes comunidades fraternas. Su misma
existencia representa una contribución a la nueva
evangelización, puesto que muestran de manera fehaciente y
concreta los frutos del «mandamiento nuevo».
Sentire cum Ecclesia
46. A la vida consagrada se le asigna también un papel
importante a la luz de la doctrina sobre la Iglesia-comunión,
propuesta con tanto énfasis por el Concilio Vaticano II. Se
pide a las personas consagradas que sean verdaderamente expertas en
comunión, y que vivan la respectiva espiritualidad(94) como
«testigos y artífices de aquel "proyecto de
comunión" que constituye la cima de la historia del
hombre según Dios»(95). El sentido de la comunión
eclesial, al desarrollarse como una espiritualidad de comunión,
promueve un modo de pensar, decir y obrar, que hace crecer la Iglesia
en hondura y en extensión. La vida de comunión «será
así un signo para el mundo y una fuerza atractiva que conduce
a creer en Cristo [...]. De este modo la comunión se abre a la
misión, haciéndose ella misma misión». Más
aun, «la comunión genera comunión y se configura
esencialmente como comunión misionera»(96).
En los fundadores y fundadoras aparece siempre vivo el sentido de
la Iglesia, que se manifiesta en su plena participación en la
vida eclesial en todas sus dimensiones, y en la diligente obediencia
a los Pastores, especialmente al Romano Pontífice. En este
contexto de amor a la Santa Iglesia, «columna y fundamento de
la verdad» (1 Tm 3, 15), se comprenden bien la devoción
de Francisco de Asís por «el Señor Papa»(97),
el filial atrevimiento de Catalina de Siena hacia quien ella llama
«dulce Cristo en la tierra»(98), la obediencia apostólica
y el sentire cum Ecclesia(99) de Ignacio de Loyola, la gozosa
profesión de fe de Teresa de Jesús: «Soy hija de
la Iglesia»(100); como también el anhelo de Teresa de
Lisieux: «En el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré
el amor»(101). Semejantes testimonios son representativos de la
plena comunión eclesial en la que han participado santos y
santas, fundadores y fundadoras, en épocas muy diversas de la
historia y en circunstancias a veces harto difíciles. Son
ejemplos en los que deben fijarse de continuo las personas
consagradas, para resistir a las fuerzas centrífugas y
disgregadoras, particularmente activas en nuestros días.
Un aspecto distintivo de esta comunión eclesial es la
adhesión de mente y de corazón al magisterio de los
Obispos, que ha de ser vivida con lealtad y testimoniada con nitidez
ante el Pueblo de Dios por parte de todas las personas consagradas,
especialmente por aquellas comprometidas en la investigación
teológica, en la enseñanza, en publicaciones, en la
catequesis y en el uso de los medios de comunicación
social(102). Puesto que las personas consagradas ocupan un lugar
especial en la Iglesia, su actitud a este respecto adquiere un
particular relieve ante todo el Pueblo de Dios. Su testimonio de amor
filial confiere fuerza e incisividad a su acción apostólica,
la cual, en el marco de la misión profética de todos
los bautizados, se caracteriza normalmente por cometidos que implican
una especial colaboración con la jerarquía(103). De
este modo, con la riqueza de sus carismas, las personas consagradas
brindan una específica aportación a la Iglesia para que
ésta profundice cada vez más en su propio ser, como
sacramento «de la unión íntima con Dios y de la
unidad de todo el género humano»(104).
La fraternidad en la Iglesia universal
47. Las personas consagradas están llamadas a ser fermento
de comunión misionera en la Iglesia universal por el hecho
mismo de que los múltiples carismas de los respectivos
Institutos son otorgados por el Espíritu para el bien de todo
el Cuerpo místico, a cuya edificación deben servir (cf.
1 Co 12, 4-11). Es significativo que, en palabras del Apóstol,
el « camino más excelente » (1 Co 12, 31), el más
grande de todos, es la caridad (cf. 1 Co 13, 13), la cual armoniza
todas las diversidades e infunde en todos la fuerza del apoyo mutuo
en la acción apostólica. A esto tiende precisamente el
peculiar vínculo de comunión, que las varias formas de
vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica tienen con
el Sucesor de Pedro en su ministerio de unidad y de universalidad
misionera. La historia de la espiritualidad ilustra profusamente esta
vinculación, poniendo de manifiesto su función
providencial como garantía tanto de la identidad propia de la
vida consagrada, como de la expansión misionera del Evangelio.
Sin la contribución de tantos Institutos de vida consagrada y
Sociedades de vida apostólica —como han hecho notar los
Padres sinodales—, sería impensable la vigorosa difusión
del anuncio evangélico, el firme enraizamiento de la Iglesia
en tantas regiones del mundo, y la primavera cristiana que hoy se
constata en las jóvenes Iglesias. Ellos han mantenido firme a
través de los siglos la comunión con los Sucesores de
Pedro, los cuales, a su vez, han encontrado en estos Institutos una
actitud pronta y genero