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1 de abril

 

Lectura del libro del profeta Ezequiel
47, 1-9.12

En aquellos tiempos, el ángel me llevó a la entrada del templo, y vi que debajo del umbral, por el lado oriental hacia el que mira la fachada del templo, brotaba una corriente de agua. El agua descendía por el lado derecho del templo hasta la parte sur del altar. Me hizo salir por el pórtico norte y dar la vuelta por fuera hasta el pórtico exterior que mira hacia oriente, y vi que las aguas manaban desde el costado derecho. El hombre salió en dirección este con un cordel de medir en la mano, midió quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta los tobillos; midió otros quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta las rodillas; midió todavía otros quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta la cintura; midió por fin otros quinientos metros y la corriente de agua era ya un torrente que no pude atravesar, pues había crecido al punto que sólo a nado se podía atravesar. Entonces me dijo:

«¿Has visto, hijo de hombre?» Después me ordenó que regresara a la orilla del torrente, y al regresar vi que junto al torrente en las dos orillas había muchos árboles. Y me dijo:
«Estas aguas fluyen hacia oriente, bajan al Arabá y desembocan en el mar Muerto, cuyas aguas quedarán saneadas. Por donde pase este torrente, todo ser viviente que en él se mueva vivirá. Habrá abundancia de peces, porque las aguas del mar Muerto quedarán saneadas cuando llegue este torrente. Junto a las dos orillas del torrente crecerá toda clase de árboles frutales; sus hojas no se marchitarán ni sus frutos se acabarán. Cada mes darán frutos nuevos, porque las aguas que los riegan manan del santuario. Sus frutos servirán de alimento y su follaje de medicina».
 

Lectura del Libro de los Salmos
Sal 45, 2-3.5-6.8-9

El Señor está con nosotros.

Dios es nuestro refugio y fortaleza, nuestro auxilio oportuno en el peligro. Por eso no tememos, aunque tiemble la tierra y las montañas se desplomen en el mar.
El Señor está con nosotros.

Los canales de un río alegran la ciudad de Dios, la más santa morada del Altísimo. Dios está en medio de ella, no puede ser destruida; Dios la socorre al despuntar la aurora.
El Señor está con nosotros.

El Señor todopoderoso está con nosotros, nuestra defensa es el Dios de Jacob. Vengan a ver las obras del Señor, los prodigios que hace en la tierra.
El Señor está con nosotros.


Lectura del santo Evangelio según san Juan
5, 1-3a. 5-16

Era un día de fiesta para los judíos cuando Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, cerca de la puerta llamada de las Ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda, con cinco pórticos. En estos pórticos había muchos enfermos recostados en el suelo: ciegos, cojos y paralíticos. Había entre ellos un hombre que llevaba treinta y ocho años inválido. Jesús, al verlo allí tendido, y sabiendo que llevaba mucho tiempo, le preguntó:
«¿Quieres quedar sano?»
Le respondió el enfermo:
«Señor, no tengo a nadie que me ayude a entrar en la piscina cuando se mueve el agua.
Mientras trato de llegar yo, otro se me ha adelantado».
Jesús le dijo:
«Levántate, toma tu camilla y camina».
Al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y comenzó a caminar.
Aquel día era sábado. Por eso los judíos le dijeron al que había sido sanado:
«Hoy es sábado y no te está permitido llevar tu camilla».
Pero él contestó:
«El que me sanó me dijo: “Toma tu camilla y camina”».
Ellos le preguntaron:
«¿Quién es ese hombre que te dijo: “Toma tu camilla y camina?”»
Pero él no conocía ni sabía quién lo había sanado, pues Jesús había desaparecido entre la muchedumbre que se había reunido allí. Más tarde, Jesús se encontró con él en el templo y le dijo:
«Has sido sanado, no vuelvas a pecar más, pues podría sucederte algo peor».
El hombre fue a informar a los judíos que era Jesús quien lo había sanado. Jesús hacía obras como ésta en sábado; por eso lo perseguían los judíos.

 

 




2 de abril

 

Lectura del libro del profeta Isaías
49, 8-15

Así dice el Señor:
«Te respondo cuando me necesitas, te auxilio el día en que te salvo, pues te formé y te constituí mediador del pueblo para restaurar el país, para repartir las tierras devastadas, para decir a los cautivos: “¡Salgan!” a los que están en tinieblas: “¡Déjense ver!” A lo largo de los caminos pastarán, en todos los montes resecos tendrán pastos. No pasarán hambre ni sed, el viento sofocante y el sol no les hará daño, pues el que se compadece de ellos los guiará, y los conducirá hacia manantiales de agua. Convertiré en caminos mis montañas y se nivelarán mis senderos.
¡Miren! Vienen todos de lejos, unos del norte y del poniente, otros de la región de Sinín. Griten, cielos, de gozo; salta, tierra, de alegría; montañas, rompan en aclamaciones, que el Señor consuela a su pueblo, se apiada de sus pobres. Sión decía: “Me ha abandonado Dios, el Señor me ha olvidado”. ¿Acaso olvida una madre a su niño de pecho, y deja de querer al hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré».


Lectura del Libro de los Salmos
Sal 144, 8-9.13cd-14.17-18

El Señor es clemente y misericordioso.


El Señor es clemente y misericordioso, paciente y rico en amor. El Señor es bondadoso con todos, a todas sus obras se extiende su ternura.
El Señor es clemente y misericordioso.

El Señor es fiel a todas sus palabras, leal en todas sus acciones. El Señor sostiene a todos los que caen y levanta a los que desfallecen.
El Señor es clemente y misericordioso.

El Señor es fiel en todo lo que hace, leal en todas sus acciones. El Señor está cerca de los que lo invocan, de todos los que lo invocan sinceramente.
El Señor es clemente y misericordioso.


Lectura del santo Evangelio según san Juan
5, 17-30

En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos:
«Mi Padre no cesa nunca de trabajar; por eso yo trabajo también en todo tiempo».
Esta afirmación provocó en los judíos un mayor deseo de matarlo, porque no sólo no respetaba el sábado, sino además decía que Dios era su propio Padre, y se hacía igual a Dios.
Jesús continuó diciendo:
«Yo les aseguro que el Hijo no puede hacer nada por su cuenta; él hace únicamente lo que ve hacer al Padre; lo que hace el Padre, eso también hace el Hijo. Pues el Padre ama al Hijo y le manifiesta todas sus obras; y le manifestará todavía cosas mayores, de modo que ustedes mismos quedarán maravillados. Porque, así como el Padre resucita a los muertos, dándoles la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere.
El Padre no juzga a nadie, sino que le ha dado al Hijo todo el poder de juzgar. Y quiere que todos den al Hijo el mismo honor que dan al Padre. El que no honra al Hijo, tampoco honra al Padre que lo envió. Yo les aseguro que quien acepta lo que yo digo y cree en el que me envió, tiene la vida eterna; no sufrirá un juicio de condenación, sino que ha pasado de la muerte a la vida.
Les aseguro que está llegando la hora, mejor aún, ha llegado ya, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y todos los que la oigan, vivirán. Pues así como el Padre tiene el poder de dar la vida, ha dado al Hijo ese mismo poder. Y le ha dado también autoridad para juzgar, porque es el Hijo del hombre. No se admiren de lo que les estoy diciendo, porque llegará el momento en que todos los muertos oirán su voz, y saldrán de los sepulcros. Los que hicieron el bien, resucitarán para la vida eterna; pero los que hicieron el mal, resucitarán para su condenación.
Yo no puedo hacer nada por mi cuenta. Juzgo según lo que Dios me dice, y mi juicio es justo, porque no pretendo actuar según mi voluntad, sino que cumplo la voluntad del que me envió».

 

 




3 de abril

 

Lectura del libro del Éxodo
32, 7-14

En aquellos días dijo el Señor a Moisés:
«Anda, baja del monte, porque se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Muy pronto se han apartado del camino que les señalé, pues se han fabricado un becerro de metal fundido, se están postrando ante él, le ofrecen sacrificios y repiten: “Israel, éste es tu dios, el que te sacó de Egipto”».
El Señor añadió:
«Me estoy dando cuenta de que ese pueblo es un pueblo terco. Déjame; voy a desahogar mi rabia contra ellos y los aniquilaré. A ti, sin embargo, te convertiré en padre de una gran nación».
Moisés suplico al Señor, su Dios, diciendo:
«Señor, ¿por qué vas a desahogar tu rabia contra tu pueblo, al que tú sacaste de Egipto con tan gran fuerza y poder? ¿Vas a permitir que digan lo egipcios: “Los sacó con mala intención, para matarlos en las montañas y borrarlos de la superficie de la tierra?”
Calma tu enojo y arrepiéntete de haber querido hacer el mal a tu pueblo. Recuerda a Abrahán, a Isaac y a Jacob, tus servidores, a quienes juraste por tu honor y les prometiste: “Multiplicaré su descendencia como las estrellas del cielo y daré a sus descendientes esa tierra de la que les hablé, para que la posean en herencia perpetua”».
Y el Señor se arrepintió del mal que había querido hacer a su pueblo.

 

Lectura del Libro de los Salmos
Sal 105, 19-20.21-22.23

Perdona, Señor, las culpas de tu pueblo.

En el Horeb se hicieron un becerro, y adoraron un ídolo fundido; así cambiaron a su Dios por la imagen de un buey que come hierba.
Perdona, Señor, las culpas de tu pueblo.

Olvidaron a Dios, su salvador, al que hizo portentos en Egipto, maravillas en la tierra de Cam, y prodigios en el mar Rojo.
Perdona, Señor, las culpas de tu pueblo.

Dios pensaba ya en aniquilarlos, pero Moisés, su elegido, se mantuvo firme ante él para apartar su furia destructora.
Perdona, Señor, las culpas de tu pueblo.


Aclamación antes del Evangelio

Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él tenga vida eterna.
Honor y gloria a ti, Señor Jesús.


Evangelio
El que los acusa es Moisés, en quien ustedes han puesto su esperanza

† Lectura del santo Evangelio según san Juan
5, 31-47

En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos:
«Si me presentara como testigo de mí mismo, mi testimonio no tendría valor. Es otro el que testifica a mi favor, y su testimonio es válido.
Ustedes enviaron una comisión a preguntar a Juan, y él dio testimonio a favor de la verdad. Y no es que yo tenga necesidad de testigos humanos que testifiquen a mi favor; si digo esto, es para que ustedes se puedan salvar. Juan el Bautista era como una lámpara encendida que alumbraba; y ustedes quisieron, durante algún tiempo, alegrarse con su luz. Pero yo tengo a mi favor un testimonio de mayor valor que el de Juan. Una prueba evidente de que el Padre me ha enviado es que realizo la obra que el Padre me encargó llevar a término. También habla a mi favor el Padre que me envió, aunque ustedes nunca han oído su voz ni visto su rostro. Su palabra no ha sido aceptada por ustedes; así lo prueba el hecho de que no quieren creer en el enviado del Padre.
Estudian apasionadamente las Escrituras, pensando encontrar en ellas la vida eterna; pues bien, también las Escrituras hablan de mí; y a pesar de ello, ustedes no quieren aceptarme para que tengan vida.
Yo no busco la gloria que puedan dar los hombres. Además, los conozco muy bien y sé que no aman a Dios. Yo he venido de parte de mi Padre, pero ustedes no me aceptan; en cambio, aceptarían a cualquier otro que viniera en nombre propio.
¿Cómo van a creer ustedes, si lo que les preocupa es recibir gloria unos de los otros y no se interesan por la verdadera gloria que viene del Dios único? No piensen que voy a ser yo quien los acuse ante mi Padre; los acusará Moisés, en quien tienen puesta su esperanza. El escribió acerca de mí; por eso, si creyeran a Moisés, también me creerían a mí. Pero si no creen lo que él escribió, ¿cómo van a creer lo que yo digo?»

 

 




4 de abril

 

Lectura del libro de la Sabiduría
2, 1a.12-22

Los malvados reflexionando equivocadamente dicen:
«Pongamos trampas al justo, porque nos resulta insoportable y se opone a nuestra forma de actuar; nos echa en cara que no hemos cumplido la ley y nos reprocha las faltas contra la educación recibida; presume de conocer a Dios y se proclama a sí mismo hijo del Señor.
Es un reproche contra nuestros pensamientos, y sólo verlo nos molesta. Pues lleva una vida distinta de los demás y va por caminos muy diferentes; nos considera moneda falsa, se aparta de nosotros como si fuéramos impuros; proclama dichosa la suerte de los justos y presume de tener a Dios por Padre.
Veamos si es verdad lo que dice, comprobemos cómo le va al final. Porque si el justo es hijo de Dios, él lo asistirá y lo librará de las manos de sus adversarios. Probémoslo con ofensas y tortura: así veremos hasta dónde llega su paciencia y comprobaremos su resistencia. Condenémoslo a una muerte deshonrosa, pues, según dice, Dios lo librará».
Así piensan, pero se equivocan, pues los ciega su maldad. Ignoran los secretos de Dios, no confían en el premio de la virtud, ni creen en la recompensa de los intachables.
 

Lectura del Libro de los Salmos
Sal 33, 17-18.19-20.21 y 23

El Señor está cerca de los que sufren.

El Señor se enfrenta con los malhechores, para borrar de la tierra su recuerdo. Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de todas sus angustias.
El Señor está cerca de los que sufren.

El Señor está cerca de los que sufren y salva a los que están desconsolados. Muchas son las desgracias del justo, pero de todas lo libra el Señor.
El Señor está cerca de los que sufren.

El cuida de todos sus huesos, ni uno solo se romperá.
Porque el Señor redime a sus siervos, y no serán castigados los que se refugian en él.
El Señor está cerca de los que sufren.


Lectura del santo Evangelio según san Juan
7, 1-2.10.25-30

Después de algún tiempo, Jesús andaba por Galilea. Evitaba estar en Judea, porque los judíos buscaban la ocasión para matarlo. Ya estaba cerca la fiesta judía de las tiendas de campaña.
Más tarde, cuando sus parientes subieron a la fiesta, subió también Jesús, pero en privado, no públicamente. Ante esto, algunos de los que vivían en Jerusalén se preguntaban:
«¿No es éste el hombre al que quieren matar? Resulta que está hablando en público y nadie le dice ni una palabra. ¿Es que habrán reconocido nuestros jefes que es en realidad el Mesías? Pero, por otra parte, cuando aparezca el Mesías, nadie sabrá de dónde viene; y éste sabemos de dónde es».
Al oír estos comentarios, Jesús, que estaba enseñando en el templo, levantó la voz y afirmó:
«¿De manera que me conocen y saben de dónde soy? Sin embargo, yo no he venido por mi propia cuenta, sino que he sido enviado por el que dice la verdad, y a quien ustedes no conocen. Yo sí lo conozco, porque vengo de El y es El quien me envió».
Intentaron entonces detenerlo, pero nadie se atrevió a hacerlo, porque todavía no había llegado su hora.

 

 




5 de abril

 

Lectura del libro del profeta Jeremías
11, 18-20

En aquel tiempo dijo Jeremías:
«El Señor todopoderoso me lo hizo saber y comprendí. Entonces me hiciste descubrir sus intenciones. Yo era como un cordero manso llevado al matadero; no sabía lo que conspiraban contra mí.
“¡Destruyamos el árbol cuando aún tiene savia; arranquémoslo de la tierra de los vivos, y que nadie se acuerde más de su nombre!”
Pero tú, Señor todopoderoso, juzgas rectamente, y examinas el interior del hombre y sus intenciones; haz que yo pueda ver tu venganza sobre ellos, porque a ti he confiado mi causa».
 

Lectura del Libro de los Salmos
Sal 7, 2-3.9bc-10.11-12

En ti, Señor, me refugio.

Señor, Dios mío, en ti busco refugio, sálvame de mis perseguidores y líbrame; no sea que me destrocen como leones, de cuyas fauces nadie puede escapar.
En ti, Señor, me refugio.

Júzgame, Señor, según mi rectitud, según la inocencia que hay en mí. Que termine la maldad de los malvados; da tu apoyo al inocente, tú que examinas el corazón y las entrañas, tú que eres un Dios justo.
En ti, Señor, me refugio.

Dios es mi escudo, él salva a los honrados. Dios es un juez justo, siempre alerta para el castigo.
En ti, Señor, me refugio.



Lectura del santo Evangelio según san Juan
7, 40-53

En aquel tiempo, algunos de los que habían escuchado a Jesús comenzaron a decir:
«Seguro que éste es el Profeta».
Otros decían:
«Este es el Mesías».
Otros, por el contrario:
«¿Acaso va a venir el Mesías de Galilea? ¿No afirma la Escritura que el Mesías tiene que ser de la familia de David y de su mismo pueblo, de Belén?»
Había pues, una gran división de opiniones acerca de Jesús.
Algunos querían detenerlo, pero nadie se atrevió a hacerlo. Los guardias fueron donde estaban los sumos sacerdotes y los fariseos, y éstos les preguntaron:
«¿Por qué no lo han traído?»
Los guardias respondieron:
«Nadie ha hablado jamás como lo hace este hombre».
Los fariseos les dijeron:
«¿También ustedes se han dejado engañar? ¿No se dan cuenta de que ninguno de nuestros jefes ni los fariseos han creído en él? Lo que ocurre es que esta gente, que no conoce la ley, se halla bajo la maldición».
Uno de ellos, Nicodemo, el mismo que en otra ocasión había ido a ver a Jesús, intervino y dijo:
«¿Acaso nuestra ley permite condenar a alguien sin haberlo oído previamente para saber qué ha hecho?»
Los otros le contestaron:
«¿También tú eres de Galilea?
Investiga las Escrituras y llegarás a la conclusión de que jamás ha surgido un profeta en Galilea».
Y después de esto, cada uno regresó a su casa.

 

 




6 de abril

 

Lectura del libro del profeta Jeremías
31, 31-34

Vienen días –palabra del Señor– en que yo establecí con el pueblo de Israel y con el pueblo de Judá una alianza nueva. No como la alianza que establecí con sus antepasados el día en que los tomé de la mano para sacarlos de Egipto. Entonces ellos quebrantaron la alianza, a pesar de que yo era su dueño –palabra del Señor–. Esta será la alianza que haré con el pueblo de Israel después de aquellos días –palabra del Señor–. Pondré mi ley en su interior y la escribiré en su corazón: yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Para instruirse unos a otros, no necesitarán animarse unos a otros diciendo: ¡«Conozcan al Señor!», porque me conocerán todos, desde el más pequeño hasta el mayor –palabra del Señor–. Yo perdonaré su maldad y no me acordaré más de sus pecados.
 

Lectura del Libro de los Salmos
Sal 50, 3-4.12-13.14-15.18-19

Crea en mí, Señor, un corazón puro.

Ten piedad de mí, Dios mío, por tu amor, por tu inmensa compasión, borra mi culpa; lava del todo mi maldad, limpia mi pecado.
Crea en mí, Señor, un corazón puro.

Crea en mí, Dios mío, un corazón limpio, renueva dentro de mí un espíritu firme; no me arrojes de tu presencia, no retires de mí tu santo espíritu.
Crea en mí, Señor, un corazón puro.

Devuélveme la alegría de tu salvación, fortaléceme con tu espíritu generoso; enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores se convertirán a ti.
Crea en mí, Señor, un corazón puro.

No es el sacrificio lo que te complace, y si ofrezco un holocausto no lo aceptarías. El sacrificio que Dios quiere es un espíritu arrepentido; un corazón arrepentido y humillado, tú, Dios mío, no lo desprecias.
Crea en mí, Señor, un corazón puro.


Lectura de la carta a los Hebreos
5, 7-9

Hermanos: El mismo Cristo, que en los días de su vida mortal presentó oraciones y súplicas con grandes gritos y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado en atención a su actitud reverente; y precisamente porque era Hijo, aprendió sufriendo a obedecer. Llegado a la perfección se convirtió en causa de salvación eterna para todos lo que le obedecen, y ha sido proclamado por Dios sumo sacerdote a la manera de Melquisedec.
 

Lectura del santo Evangelio según san Juan
12, 20-33

En aquel tiempo, entre los que habían llegado a Jerusalén para dar culto a Dios con ocasión de la fiesta, había algunos griegos. Estos se acercaron a Felipe, que era natural de Betsaida de Galilea, y le dijeron.
«Señor, queremos ver a Jesús».
Felipe se lo dijo a Andrés, y los dos juntos se lo hicieron saber a Jesús. Jesús contestó:
«Ha llegado la hora en que Dios va a glorificar al Hijo del hombre. Yo les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda infecundo; pero si muere dará fruto abundante. Quien aprecia su vida terrena, la perderá; en cambio, quien sepa desprenderse de ella, la conservará para la vida eterna. Si alguien quiere servirme, que me siga; correrá la misma suerte que yo. Todo aquél que me sirva será honrado por mi Padre.
Me encuentro profundamente angustiado; pero, ¿qué es lo que puedo decir? ¿Padre, líbrame de esta hora? De ningún modo; porque he venido precisamente para aceptar esta hora. Padre, glorifica tu nombre».
Entonces se oyó esta voz venida del cielo:
«Yo lo he glorificado y volveré a glorificarlo».
De los que estaban presentes, unos creyeron que había sido un trueno; otros decían:
«Le ha hablado un ángel».
Jesús explicó:
«Esta voz se ha dejado oír no por mí, sino por ustedes. Es ahora cuando el mundo va a ser juzgado; es ahora cuando el que tiraniza a este mundo va a ser arrojado fuera. Y yo cuando haya sido elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacía mí».
Con esta afirmación, Jesús quiso dar a entender la forma en que iba a morir.

 

 




7 de abril

 

Lectura del libro del profeta Daniel
13, 1-9.15-17.19-30.33-62

En aquellos días, vivía en Babilonia un hombre llamado Joaquín. Se había casado con una mujer llamada Susana, hija de Jelcías, de gran belleza y fiel a Dios, pues sus padres eran justos y la habían educado conforme a la ley de Moisés. Joaquín era muy rico y tenía un espacioso jardín junto a su casa. Como era el más ilustre de los judíos, todos ellos se reunían allí.
Aquel año habían sido designados jueces de entre el pueblo dos viejos de esos de quienes dice el Señor: «Los ancianos y los jueces que se hacen pasar por guías del pueblo han traído la maldad a Babilonia». Frecuentaban estos dos viejos la casa de Joaquín, y todos los que tenían algún pleito que resolver acudían a ellos.
Al mediodía, cuando la gente se había ido, Susana salía a pasear por el jardín de su marido. Los dos viejos la veían entrar y pasear todos los días, y comenzaron a desearla con pasión. Su mente se pervirtió y se olvidaron de Dios y de sus justos juicios.
Un día, mientras ellos estaban aguardando la ocasión oportuna, entró Susana, como de
costumbre, acompañada solamente por dos criadas jóvenes, y quiso bañarse en el jardín, porque hacía mucho calor. No había allí nadie más que los dos viejos, que estaban escondidos observando. Susana dijo a sus criadas:
«Tráiganme aceite y perfumes y cierren las puertas del jardín, para que pueda bañarme».
En cuanto se fueron las criadas, los dos viejos salieron del lugar donde estaban y fueron corriendo adonde estaba Susana, y le dijeron:
«Mira, las puertas del jardín están cerradas, nadie nos ve.
Nosotros te deseamos apasionadamente; conciente, pues, y deja que nos acostemos contigo. De lo contrario daremos testimonio contra ti, diciendo que un joven estaba contigo y que por eso mandaste fuera a las criadas».
Susana suspiró profundamente y dijo:
«No tengo escapatoria. Si consiento, me espera la muerte; si me resisto, tampoco escaparé de sus manos. Pero prefiero caer en sus manos sin hacer el mal, a pecar en presencia del Señor».
Así que Susana gritó con todas sus fuerzas, pero también los dos viejos se pusieron a gritar contra Susana, y uno de ellos corrió a abrir la puerta del jardín. Al oír gritos en el jardín, la servidumbre entró corriendo por la puerta de atrás para ver lo que ocurría. Cuando oyeron lo que contaban los dos viejos, los criados se avergonzaron, porque jamás se había dicho de Susana una cosa semejante.
Al día siguiente, cuando el pueblo se reunió en casa de Joaquín, vinieron los dos viejos con el criminal propósito de condenarla a muerte. Y dijeron ante el pueblo:
«Manden a buscar a Susana, hija de Jelcías, la mujer de Joaquín».
Fueron a buscarla, y ella vino con sus padres, sus hijos y todos sus parientes. Los familiares de Susana lloraban al igual que todos cuantos la veían.
Entonces los dos viejos, de pie en medio de la asamblea, pusieron sus manos sobre la cabeza de Susana. Ella, llorando, levantó los ojos al cielo, porque su corazón estaba lleno de confianza en el Señor. Los viejos dijeron:
«Estábamos nosotros dos solos paseando por el jardín cuando entró ésta con dos criadas, cerró las puertas del jardín y mandó irse a las criadas. Entonces se acercó a ella un joven que estaba escondido y se acostó con ella. Nosotros, que estábamos en un rincón del jardín, al ver la infamia, corrimos hacia ellos y los sorprendimos juntos; a él no pudimos sujetarlo, porque era más fuerte que nosotros y, abriendo la puerta, se escapó; pero a ésta si la agarramos y le preguntamos quién era el joven, pero no quiso decirlo. De todo esto somos testigos».
La asamblea les creyó, porque eran ancianos y jueces del pueblo, y Susana fue condenada a muerte.
Pero ella gritó con todas sus fuerzas:
«Oh Dios eterno, que conoces lo que está oculto y sabes todas las cosas antes que sucedan: tú sabes que éstos han dado falso testimonio contra mí; y ahora yo voy a morir sin haber hecho nada de lo que la maldad de éstos ha inventado contra mí».
El Señor escuchó la súplica de Susana y, cuando la llevaban para matarla, Dios despertó el santo espíritu de un jovencito llamado Daniel, el cual se puso a gritar:
«¡Yo soy inocente de la sangre de esta mujer!»
Todo el pueblo lo miró y le preguntó:
«¿Qué has querido decir con eso?»
El, poniéndose en medio de ellos, dijo:
«¿Tan torpes son, israelitas, que sin examinar la cuestión y sin investigar a fondo la verdad, han condenado a una hija de Israel? Regresen al lugar del juicio, porque éstos han dado falso testimonio contra ella».
Todo el pueblo regresó inmediatamente, y los ancianos dijeron a Daniel:
«Ven, toma asiento en medio de nosotros e infórmanos, ya que Dios te ha dado la madurez de un anciano».
Daniel les dijo:
«Separen a uno de otro, que quiero interrogarlos».
Una vez separados, llamó a uno y le dijo:
«Viejo en años y en maldad: ahora vas a recibir el castigo por los pecados que cometiste en el pasado, cuando dictabas sentencias injustas condenando a los inocentes y dejando libres a los culpables, contra el mandato del Señor: “No condenarás a muerte al inocente y al que no tiene culpa”. Si de verdad la has visto, dinos bajo qué árbol los viste juntos».
El viejo respondió:
«Bajo una acacia».
Sentenció Daniel:
«Tu propia mentira te va a traer la perdición, porque el ángel del Señor ha recibido ya la orden divina de partirte por la mitad».
Después hizo que se fuera, mandó traer al otro y le dijo:
«Raza de Canaán y no de Judá: la hermosura te ha seducido y la pasión pervirtió tu corazón. Esto es lo que hacían con las hijas de Israel y ellas, por miedo, se les entregaban. Pero una hija de Judá no se ha sometido a su maldad. Dinos, pues, ¿bajo qué árbol los sorprendiste juntos?»
Respondió el viejo:
«Bajo una encina».
Daniel sentenció:
«También a ti tu propia mentira te traerá la perdición, porque el ángel del Señor está ya esperando, espada en mano, para partirte por el medio. Y de esta manera acabará con ustedes».
Entonces toda la asamblea comenzó a bendecir a Dios en alta voz, pues salva a los que esperan en él. Se lanzaron contra los dos viejos, a quienes por propia confesión Daniel había declarado culpables de dar falso testimonio, y les aplicaron el mismo castigo que ellos habían planeado para su prójimo. De acuerdo con la ley de Moisés fueron ejecutados, y así aquel día se salvó una vida inocente.
 

Lectura del Libro de los Salmos
Sal 22, 1-3a.3b-4.5.6

Nada temo, Señor, porque tú estás conmigo.

El Señor es mi pastor, nada me falta. Me conduce junto a aguas tranquilas y renueva mis fuerzas.
Nada temo, Señor, porque tú estás conmigo.

Me guía por la senda del bien, haciendo honor a su nombre. Aunque pase por un valle
tenebroso, ningún mal temeré, porque tú estás conmigo; tu vara y tu bastón me dan seguridad.
Nada temo, Señor, porque tú estás conmigo.

Me preparas un banquete para envidia de mis adversarios, perfumas con ungüento mi cabeza y mi copa está llena.
Nada temo, Señor, porque tú estás conmigo.

Tu amor y tu bondad me acompañan todos los días de mi vida; y habitaré por siempre en la casa del Señor.
Nada temo, Señor, porque tú estás conmigo.


Lectura del santo Evangelio según san Juan
8, 12-20


En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos:
«Yo soy la luz del mundo. El que me siga no caminará a oscuras, sino que tendrá la luz de la vida».
Al oír esto, los fariseos le dijeron:
«Estás dando testimonio de ti mismo; por tanto, tu testimonio no tiene valor».
Jesús les contestó:
«Aunque doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es válido, porque sé de dónde vengo y a dónde voy. Ustedes, en cambio, no saben ni de dónde vengo ni a dónde voy. Ustedes juzgan con criterios mundanos. Yo no juzgo a nadie, pero si lo hiciera, mi juicio es válido, porque no soy yo sólo el juez, sino que también está conmigo el Padre, que me envió. En su ley está escrito que el testimonio dado por dos testigos es válido. Pues bien: un testigo a mi favor soy yo mismo; pero también da testimonio a mi favor el Padre, que me envió».
Ellos le preguntaron:
«¿Dónde está tu Padre?»
Jesús les contestó:
«Ni me conocen a mí ni conocen a mi Padre; si me conocieran a mí, conocerían también a mi Padre».
Jesús dijo esto cuando estaba enseñando en el templo, junto a las alcancías de las ofrendas. Sin embargo, nadie se atrevió a detenerlo, porque aún no había llegado su hora.

 

 




8 de abril

 

Lectura del libro de los Números
21, 4-9

Por aquellos días, los israelitas partieron de la montaña de Hor camino del mar Rojo, rodeando el territorio de Edom. En el camino, el pueblo comenzó a impacientarse y a murmurar contra el Señor y contra Moisés, diciendo:
«¿Por qué nos han sacado de Egipto para hacernos morir en este desierto? No hay pan ni agua y estamos ya hartos de este pan sin consistencia».
El Señor envió entonces contra el pueblo serpientes muy venenosas que los mordían. Murió mucha gente de Israel, y el pueblo fue a decir a Moisés:
«Hemos pecado al murmurar contra el Señor y contra ti. Pide al Señor que aleje de nosotros las serpientes».
Moisés intercedió por el pueblo, y el Señor le respondió:
«Fabrica una serpiente de bronce, ponla en un asta, y todos los que hayan sido mordidos y la miren quedarán curados».
Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso en un asta. Cuando alguno era mordido por una serpiente, miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado.
 


Lectura del Libro de los Salmos
Sal 101, 2-3.16-18.19-21

Señor, atiende mi oración.

Señor, atiende mi oración, llegue hasta ti mi súplica; no me ocultes tu rostro cuando estoy angustiado, escúchame cuando te invoco, respóndeme en seguida.
Señor, atiende mi oración.

Los paganos honrarán tu nombre, Señor, y todos los reyes de la tierra te engrandecerán, porque tú, Señor, reconstruirás Sión y manifestarás así tu gloria, atenderás la súplica del desamparado y no rechazarás su oración.
Señor, atiende mi oración.

Que se escriba todo esto para las generaciones futuras, para que el pueblo que va a ser creado alabe al Señor; pues el Señor miró desde su alto templo, desde los cielos se fijó en la tierra, para atender los lamentos de los cautivos y liberar a los condenados a muerte.
Señor, atiende mi oración.


Lectura del santo Evangelio según san Juan
8, 21-30

En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos:
«Yo me voy. Me buscarán, pero morirán en su pecado. Ustedes no pueden venir adonde yo voy».
Los judíos comentaban entre sí:
«¿Pensará suicidarse y por eso dice: “Ustedes no pueden venir a donde yo voy?”»
Entonces Jesús declaró:
«Ustedes proceden de abajo; yo, en cambio, vengo de arriba. Ustedes pertenecen a este
mundo; yo no. Por eso les dije que morirían en sus pecados; porque si no creen que yo soy, morirán en sus pecados».
Los judíos le preguntaron:
«Pero, ¿quién eres tú?»
Jesús les respondió:
«Precisamente es lo que les estoy diciendo desde el principio. Tengo muchas cosas que decir y condenar de ustedes. Pero lo que yo digo al mundo es lo que oí al que me envió, y él dice la verdad».
Ellos, sin embargo, no cayeron en la cuenta de que les estaba hablando del Padre. Por eso Jesús añadió:
«Cuando levanten en alto al Hijo del hombre, entonces reconocerán que yo soy. Yo no hago nada por mi propia cuenta; solamente enseño lo que aprendí del Padre. El que me envió está conmigo y no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada».
Al oírle hablar así, muchos creyeron en él.

 

 




9 de abril

 

Lectura del libro del profeta Daniel
3, 14-20. 49-50. 91-92. 95

En aquellos días dijo el rey Nabucodonosor:
«¿Es cierto, Sidrak, Misak y Abdenagó, que no veneran a mis dioses ni adoran la estatua de oro que he mandado fabricar? ¿Están o no dispuestos, en cuanto oigan el sonido de la trompeta, de la mandolina, de la flauta, de la cítara, del arpa, de la lira, y demás instrumentos musicales, a postrarse y adorar la estatua que he mandado fabricar? Si no la adoran, serán arrojados inmediatamente a un horno de fuego ardiente, y ¿qué dios podrá librarlos de mi poder?»
Respondieron Sidrak, Misak y Abdenagó a Nabucodonosor, diciendo:
«Oh rey, no tenemos necesidad de responderte sobre este asunto. Si nuestro Dios, a quien damos culto, puede librarnos del horno de fuego ardiente y de tu poder, nos librará. Y aunque no lo hiciera, debes saber, oh rey, que no serviremos a tu dios ni nos postraremos ante la estatua de oro que has mandado fabricar».
Entonces Nabucodonosor, lleno de ira y visiblemente enfurecido contra Sidrak, Misak y Abdenagó, mandó que se encendiera el horno con una intensidad siete veces mayor de la acostumbrada, y ordenó a algunos de los hombres más vigorosos de su ejército que ataran a Sidrak, Misak y Abdenagó y los arrojaran al horno de fuego ardiente.
Pero el ángel del Señor bajó al horno junto a Azarías y sus compañeros, lanzó las llamas fuera del horno e hizo que en el horno soplara un viento fresco, de manera que el fuego no les causó daño ni molestia alguna; ni siquiera los tocó.
Entonces el rey Nabucodonosor se quedó totalmente sorprendido; se levantó de inmediato y dijo a sus ministros:
«¿No arrojamos nosotros al fuego a estos tres hombres bien atados?»
Ellos contestaron:
«Sí, oh rey».
El rey replicó:
«Pues yo veo cuatro hombres desatados que caminan en medio del fuego, sin sufrir daño, y el cuarto tiene el aspecto de un dios».
Nabucodonosor los hizo salir del horno y exclamó:
«Bendito sea el Dios de Sidrak, Misak y Abdenagó, que ha mandado a su ángel y ha salvado a sus siervos. Pusieron su confianza en él y, desobedeciendo la orden del rey, prefirieron arriesgar su vida antes de servir y adorar a otro dios fuera del suyo».

 

Lectura del Libro de los Salmos
Dn 3, 52.53-54.55-56

Bendito seas, Señor, para siempre.

Bendito seas, Señor, Dios de nuestros antepasados, a ti gloria y alabanza por siempre. Bendito sea tu nombre santo y glorioso, a él gloria y alabanza por siempre.
Bendito seas, Señor, para siempre.

Bendito seas en el templo de tu santa gloria, a ti gloria y alabanza por siempre. Bendito seas en tu trono de rey, a ti gloria y alabanza por siempre.
Bendito seas, Señor, para siempre.

Bendito tú que penetras los abismos y estás sentado sobre querubines, a ti gloria y alabanza por siempre. Bendito seas en el firmamento del cielo, glorificado por siempre con cánticos.
Bendito seas, Señor, para siempre.


Lectura del santo Evangelio según san Juan
8, 31-42

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos que habían creído en él:
«Si permanecen fieles a mi palabra, ustedes serán verdaderamente mis discípulos; así conocerán la verdad y la verdad los hará libres».
Ellos le respondieron:
«Somos descendientes de Abrahán; nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Qué significa eso de que seremos libres?»
Jesús les contestó:
«Yo les aseguro que todo el que comete pecado es esclavo del pecado. Pero el esclavo no permanece para siempre en la casa, mientras que el hijo sí. Por eso, si el Hijo les da la libertad, serán verdaderamente libres. Ya sé que son descendientes de Abrahán. Sin embargo, quieren matarme, porque no aceptan mi enseñanza. Yo hablo de lo que he visto hacer a mi Padre; sus acciones, en cambio, ponen de manifiesto lo que han oído a su padre».
Ellos le dijeron:
«Nuestro padre es Abrahán».
Jesús contestó:
«Si fueran de verdad hijos de Abrahán, harían lo que él hizo. Ustedes quieren matarme a mí, que les he dicho la verdad que aprendí de Dios mismo. Abrahán no hizo nada semejante. Ustedes hacen las obras de su padre».
Le respondieron:
«Nosotros no somos hijos ilegítimos. Dios es nuestro único padre».
Jesús les dijo entonces:
«Si Dios fuera su Padre, me amarían, porque yo salí de Dios y he venido de parte suya. No he venido por mi propia cuenta, sino que Dios me envió».

 

 




10 de abril

 

Lectura del libro del Génesis
17, 3-9

En aquellos días, Abrán cayó de bruces y Dios le dijo:
«Esta es la alianza que hago contigo: tú llegarás a ser padre de una muchedumbre de pueblos. No te llamarás ya Abrán, sino que tu nombre será Abrahán, porque yo te hago padre de una muchedumbre de pueblos. Te haré inmensamente fecundo; de ti surgirán naciones; y reyes saldrán de ti. Establezco mi alianza contigo y tus descendientes después de ti por siempre, como alianza perpetua. Les daré a ti y a tus descendientes, la tierra en la que ahora peregrinas, toda la tierra de Canaán, en posesión perpetua; y yo seré el Dios de tus descendientes».
Y el Señor añadió:
«Guardarás mi alianza tú y tus descendientes de generación en generación».
 

Lectura del Libro de los Salmos
Sal 104, 4-5.6-7.8-9

El Señor nunca olvida sus promesas.

Recurran al Señor y a su poder, busquen su rostro sin descanso. Recuerden las maravillas que hizo, sus portentos y sus justas decisiones.
El Señor nunca olvida sus promesas

Descendencia de Abrahán, su siervo, hijos de Jacob, su elegido: el Señor es nuestro Dios, en toda la tierra están en vigor sus decretos.
El Señor nunca olvida sus promesas.

El se acuerda de su alianza eternamente, de la palabra que ha dado por mil generaciones; del pacto concluido con Abrahán, y del juramento que hizo a Isaac.
El Señor nunca olvida sus promesas.

 

Lectura del santo Evangelio según san Juan
8, 51-59

En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos:
«Yo les aseguro que el que pone en práctica mi palabra, no morirá nunca».
Al oír esto, los judíos le dijeron:
«Ahora nos convencemos plenamente de que estás endemoniado. Tanto Abrahán como los profetas murieron, y ahora tú dices: El que pone en práctica mi palabra no experimentará la muerte para siempre. ¿Acaso eres tú más importante que nuestro padre Abrahán? Tanto él como los profetas murieron, ¿por quién nos tienes?»
Jesús respondió:
«Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría; es mi Padre quien me glorifica, el mismo del que ustedes dicen: “Es nuestro Dios”. En realidad no lo conocen; yo, en cambio, sí lo conozco. Y si dijera que no lo conozco, sería tan mentiroso como ustedes. Pero yo lo conozco de veras y pongo en práctica sus palabras. Abrahán, su padre, se alegró sólo con el pensamiento de que iba a ver mi día; lo vio y se llenó de alegría».
Entonces los judíos le dijeron:
«¿De modo que tú, que aún no tienes cincuenta años, has visto a Abrahán?»
Jesús les respondió:
«Les aseguro que antes que Abrahán naciera, yo soy».
Entonces los judíos tomaron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo.

 




11 de abril

Lectura del libro del profeta Jeremías
20, 10-13

En aquel tiempo oía el cuchicheo de la gente:
«¡Terror por todas partes!
¡Denúncienlo, vamos a denunciarlo!»
Todos mis familiares espiaban mi traspié:
«Quizá lo podamos engañar, lo vencemos y nos desquitamos de él».
Pero el Señor está conmigo como un guerrero poderoso; mis perseguidores caerán y no me vencerán, quedarán avergonzados por su fracaso, sufrirán una humillación eterna e inolvidable.
¡Oh Señor todopoderoso, que examinas al justo, que ves el interior del hombre y sus intenciones, haz que yo vea cómo te vengas de ellos, porque a ti he confiado mi causa! Canten al Señor, alaben al Señor, que libró al pobre del poder de los perversos.
 

Lectura del Libro de los Salmos
Sal 17, 2-3a.3bc-4.5-6.7

El Señor salva a los humildes.

Yo te amo, Señor, mi fuerza. El Señor es mi roca, mi defensa y el que me libra.
El Señor salva a los humildes.

Mi Dios, la peña en que me refugio y mi escudo, mi fuerza salvadora y mi fortaleza. Invoco al Señor, digno de alabanza, y él me salva de mis enemigos.
El Señor salva a los humildes.

Los lazos de la muerte me envolvían, me asustaban torrentes destructores; los lazos del abismo me apresaban, la muerte me tenía entre sus redes.
El Señor salva a los humildes.

En mi angustia clamé al Señor, grité a mi Dios pidiendo auxilio. El escuchó mi voz desde su templo, mi grito llegó hasta sus oídos.
El Señor salva a los humildes.


Lectura del santo Evangelio según san Juan
10, 31-42

En aquel tiempo, los judíos volvieron a tomar piedras para tirárselas. Jesús les dijo:
«He hecho ante ustedes muchas obras buenas por encargo del Padre. ¿Por cuál de ellas quieren apedrearme?»
Le contestaron los judíos:
«No es por ninguna obra buena que queremos apedrearte, sino por haber blasfemado. Pues tú, siendo hombre, te haces Dios».
Jesús les respondió:
«¿No está escrito en su ley: Yo les digo: ustedes son dioses? Pues, si la ley llama dioses a aquellos a quienes fue dirigida la palabra de Dios, y lo que dice la Escritura no puede ponerse en duda, entonces, ¿con qué derecho me acusan de blasfemia sólo por haber dicho: “yo soy Hijo de Dios”, a mí, a quien el Padre consagró y envió al mundo? Si no hago las obras de mi Padre, no me crean, pero si las realizo, acepten el testimonio de las mismas aunque no quieran creer en mí. De este modo reconocerán que el Padre está en mí y yo en el Padre».
Así pues, intentaron de nuevo detener a Jesús, pero él se les escapó de entre las manos.
Jesús se fue de nuevo a la otra orilla del Jordán, al lugar donde anteriormente había estado bautizando Juan, y se quedó allí. Acudía a él mucha gente, que decía:
«Es cierto que Juan no hizo ningún signo, pero todo lo que dijo de éste era verdad».
Y en aquella región muchos creyeron en él.

 

 




12 de abril

Lectura del libro del profeta Ezequiel
37, 21-28

Esto dice el Señor:
«Yo recogeré a los israelitas de entre las naciones adonde han ido y los reuniré de todas partes para llevarlos a su tierra. Haré de ellos un solo pueblo en mi tierra, en las montañas de Israel; tendrán todos un solo rey, y ya no serán dos naciones, dos reinos divididos. No se contaminarán más con sus ídolos, con sus perversas acciones y sus crímenes; los libraré de todos los lugares donde pecaron y los purificaré. Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios.
Mi siervo David será su rey, y tendrán todos un solo pastor; caminarán por la senda de mis preceptos, observarán mis mandamientos y los pondrán en práctica. Vivirán en la tierra que yo di a mi siervo Jacob, donde vivieron sus antepasados. Allí vivirán ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos para siempre; mi siervo David será su príncipe eternamente. Haré con ellos una alianza de paz, una alianza eterna, y pondré mi santuario en medio de ellos para siempre. Pondré en medio de ellos mi morada, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Y cuando mi santuario esté en medio de ellos por siempre, reconocerán las naciones que yo, el Señor, he consagrado a Israel».
 

Lectura del Libro de los Salmos
Jr 31, 10.11-12ab.13

El Señor nos cuidará como pastor a su rebaño.

Escuchen, pueblos, la palabra del Señor, anúncienla en las islas remotas: «El que dispersó a Israel lo reunirá, lo cuidará como pastor a su rebaño».
El Señor nos cuidará como pastor a su rebaño.

El Señor redimió a Israel y lo rescató de las manos del poderoso. Vendrán para aclamarlo al monte Sión, acudirán a gozar de los bienes del Señor.
El Señor nos cuidará como pastor a su rebaño.

Entonces las muchachas bailarán alegremente, junto con los jóvenes y los viejos. Yo convertiré su tristeza en alegría, los llenaré de gozo y aliviaré sus penas.
El Señor nos cuidará como pastor a su rebaño.


Lectura del santo Evangelio según san Juan
11, 45-56

En aquel tiempo, muchos judíos que habían ido a visitar a María, al ver lo que Jesús había hecho creyeron en él. Otros, en cambio, fueron a contar a los fariseos lo que había hecho. Entonces, los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron a reunión del Consejo. Se decían:
«¿Qué hacemos? Este hombre está realizando muchos signos. Si dejamos que siga actuando así, toda la gente creerá en él; entonces las autoridades romanas tendrán que intervenir y destruirán nuestro templo y nuestra nación».
Uno de ellos, llamado Caifás, que era el sumo sacerdote aquel año, les dijo:
«Están completamente equivocados. ¿No se dan cuenta de que es preferible que muera un solo hombre por el pueblo, a que toda la nación sea destruida?»
Caifás no hizo esta propuesta por su cuenta, sino que, como desempeñaba el oficio de sumo sacerdote aquel año, anunció bajo la inspiración de Dios que Jesús iba a morir por toda la nación; y no solamente por la nación judía, sino para conseguir la unión de todos los hijos de Dios que estaban dispersos.
A partir de este momento tomaron la decisión de dar muerte a Jesús. Por eso, Jesús ya no se mostraba públicamente entre los judíos; dejó la región de Judea y se fue a un pueblo, llamado Efraín, muy cerca del desierto. Y se quedó allí con sus discípulos.
Estaba muy próxima la fiesta judía de la pascua. Ya antes de la fiesta, mucha gente de las distintas regiones del país subía a Jerusalén para asistir a los ritos de purificación. Estas gentes buscaban a Jesús y, estando en el templo, se decían unos a otros:
«¿Qué les parece? ¿Vendrá a la fiesta?»

 

 




13 de abril

Lectura del libro del profeta Isaías
50, 4-7

En aquel tiempo dijo Isaías:
«El Señor me ha dado una lengua de discípulo para que sepa sostener con mi palabra al cansado. Cada mañana me despierta el oído, para que escuche como los discípulos. El Señor me ha abierto el oído, y yo no me he resistido ni me he echado atrás.
Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, mis mejillas a los que tiraban mi barba; no oculté la cara ante los insultos y salivazos. El Señor me ayuda, por eso soportaba las ofensas, por eso endurecí mi cara como una piedra, sabiendo que no quedaría defraudado».
 

Lectura del Libro de los Salmos
Sal 21, 8-9.17-18a.19-20.23-24

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Todos los que me ven se ríen de mí, hacen muecas, menean la cabeza: «Se encomendó al Señor, pues que él lo libre, que lo salve, si es que lo ama».
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Me acorrala una jauría de perros, me cerca una banda de malvados: taladran mis manos y mis pies, puedo contar todos mis huesos.
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Se reparten mis ropas, se sortean mi vestido. Pero tú, Señor, no te quedes lejos, fuerza mía, date prisa en socorrerme.
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Anunciaré tu nombre a mis hermanos, te alabaré en medio de la asamblea. Los que respetan al Señor, alábenlo; glorifíquenlo, descendientes de Jacob, témanlo, descendientes de Israel.
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?


Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses
2, 6-11

Hermanos: Cristo Jesús, siendo de condición divina, no consideró codiciable el ser igual a Dios. Al contrario, se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres. Y en su condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte en cruz.
Por eso Dios lo exaltó y le dio el nombre que está por encima de todo nombre, para que ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla en los cielos, en tierra y en los abismos, y toda lengua proclame que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.
 

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos
14, 1-72; 15, 1-47

C. Faltaban dos días para la fiesta de pascua y de los panes sin levadura. Los sumos sacerdotes y los escribas andaban buscando el modo de arrestar a Jesús con engaño y darle muerte, pero decían:
S. «Durante la fiesta no; no sea que el pueblo se amotine».
C. Estaba Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso, sentado a la mesa, cuando llegó una mujer con un frasco de alabastro lleno de un perfume de nardo puro, que era muy caro. Rompió el frasco y lo derramó sobre la cabeza de Jesús. Algunos, indignados comentaban entre sí:
S. «¿A qué se debe semejante derroche de perfume? Podía haberse vendido este perfume a un precio muy alto y haber dado el dinero a los pobres».
C. Y la criticaban. Pero Jesús les dijo:
†. «Déjenla. ¿Por qué la apenan? Ha hecho conmigo una buena obra. A los pobres los tienen siempre con ustedes y pueden socorrerlos cuando quieran, pero a mí no me tendrán siempre. Ha hecho lo que ha podido. Se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura. Les aseguro que en cualquier parte del mundo donde se anuncie la buena noticia será recordada esta mujer y lo que ha hecho».
C. Judas Iscariote, uno de los Doce, fue hablar con a los sumos sacerdotes para entregarles a Jesús. Ellos se alegraron al oírlo, y prometieron darle dinero; por eso buscaba cuál sería el momento oportuno para entregarlo.
El primer día de la fiesta de los panes sin levadura, cuando se sacrificaba el cordero pascual, sus discípulos preguntaron a Jesús:
S. «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de pascua?»
C. Jesús envió a dos de sus discípulos, diciéndoles:
†. «Vayan a la ciudad y les saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua; síganlo, y allí donde entre digan al dueño: El Maestro dice: “¿Dónde está mi sala, en la que voy a celebrar la cena de pascua con mis discípulos?” El les mostrará en el piso de arriba una sala grande y bien alfombrada. Preparen todo allí para nosotros».
C. Los discípulos salieron, llegaron a la ciudad, encontraron todo tal como Jesús les dijo y prepararon la cena de pascua.
Al atardecer, llegó Jesús con los Doce. Y una vez que se acomodaron, mientras cenaban, dijo Jesús:
†. «Les aseguro que uno de ustedes me va a entregar, uno que está cenando conmigo».
C. Ellos, comenzaron a entristecerse y a preguntarle uno tras otro:
S. «¿Acaso soy yo?»
C. El les respondió:
†. «Uno de los Doce, uno que que está comiendo conmigo en el mismo plato. El Hijo del hombre se va, tal como está escrito de él, pero ¡ay de aquél que entrega al Hijo del hombre! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!»
C. Durante la cena, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió, lo dio a sus discípulos y dijo:
†. «Tomen, esto es mi cuerpo».
C. Tomó luego un cáliz, pronunció la acción de gracias, lo dio a sus discípulos y bebieron todos de él. Y les dijo:
†. «Esta es mi sangre, la sangre de la alianza derramada por todos. Les aseguro que ya no beberé más del fruto de la vid hasta el día aquel en que beba un vino nuevo en el reino de Dios».
C. Después de cantar los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos. Jesús les dijo:
†. «Todos me abandonarán, porque está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas. Pero después de resucitar, me encontraré de nuevo con ustedes en Galilea».
C. Pedro replicó:
S. «Aunque todos te abandonen, yo no».
C. Jesús le contestó:
†. «Te aseguro que hoy, esta misma noche, antes de que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres».
C. Pedro insistió:
S. «Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré».
C. Y todos decían lo mismo.
Cuando llegaron a un lugar llamado Getsemaní, dijo Jesús a sus discípulos:
†. «Siéntense aquí, mientras yo voy a orar».
C. Tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan; comenzó a sentir miedo y angustia, y les dijo:
†. «Me muero de tristeza. Quédense aquí y velen».
C. Y avanzado un poco más, se postró en tierra y suplicaba que, si era posible, no tuviera que pasar por aquel momento. Decía:
†. «Padre, todo te es posible. Aparta de mí este cáliz de amargura. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».
C. Regresó y los encontró dormidos. Y dijo a Pedro:
†. « Simón, ¿duermes? ¿No has podido velar ni siquiera una hora? Velen y oren para que puedan hacer frente a la prueba; pues el espíritu está bien dispuesto, pero la carne es débil».
C. Se alejó de nuevo y oró repitiendo lo mismo. Regresó y de nuevo los encontró dormidos, pues sus ojos se cerraban de sueño. Ellos no sabían qué contestarle. Regresó por tercera vez y les dijo:
†. «¿Todavía están durmiendo y descansando? ¡Basta ya! Ha llegado la hora. Miren, el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡ Vamos! ¡Levántense! Ya está aquí el que me va a entregar».
C. Todavía estaba hablando Jesús, cuando se presentó Judas, uno de los Doce, y con él un tumulto de gente con espadas y palos, enviados por los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos. El traidor les había dado esta contraseña:
S. «Al que yo bese, ése es; arréstenlo y llévenlo bien custodiado».
C. En cuanto llegó, se acercó a Jesús y le dijo:
S. «Maestro».
C. Y lo besó.
Ellos se abalanzaron sobre él y lo arrestaron. Uno de los presentes desenvainó la espada y cortó de un golpe la oreja al criado del sumo sacerdote.
Jesús tomó la palabra y les dijo:
†. «Han salido a detenerme con espadas y palos, como si fuera un bandido. A diario estaban con ustedes enseñando en el templo, y no me arrestaron. Pero es necesario que se cumplan las Escrituras».
C. Entonces todos sus discípulos lo abandonaron y huyeron.
Un joven lo iba siguiendo, cubierto tan sólo con una sábana. Lo detuvieron, pero él, soltando la sábana, se escapó desnudo.
Condujeron a Jesús ante el sumo sacerdote y se reunieron todos los pontífices, los escribas y los ancianos. Pedro lo siguió de lejos hasta el interior del patio del sumo sacerdote y se quedó sentado con los guardias, calentándose junto al fuego.
Los sumos sacerdotes y el Consejo en pleno buscaban una acusación contra Jesús para darle muerte, pero no la encontraban. Pues aunque muchos testimoniaban en falso contra él, los testimonios no coincidían. Algunos comparecieron y dieron contra él este falso testimonio:
S. «Nosotros lo hemos oído decir: “Yo destruiré este templo hecho por hombres y en tres días construiré otro no edificado por hombres”».
C. Pero ni siquiera en esto concordaba su testimonio.
Entonces el sumo sacerdote tomó la palabra en medio de todos y preguntó a Jesús:
S. «¿No respondes nada? ¿De qué te acusan éstos?»
C. Pero Jesús callaba y no respondía nada. El sumo sacerdote siguió preguntándole:
S. «¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?»
C. Jesús contestó:
†. «Yo soy, y verán al Hijo del hombre sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene entre las nubes del cielo».
C. El sumo sacerdote, rasgándose las vestiduras, dijo:
S. «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Han oído la blasfemia. ¿Qué les parece?»
C. Todos juzgaron que merecía la muerte. Algunos comenzaron a escupirlo y, tapándole la cara, le daban bofetadas y le decían:
S. ¡«Adivina»!
C. Y también los guardias lo golpeaban.
Mientras Pedro estaba abajo, en el patio, llegó una de las criadas del sumo sacerdote. Al ver a Pedro calentándose junto al fuego, se quedó mirándolo y le dijo:
S. «También tú andabas con Jesús, el de Nazaret».
C. Pedro lo negó diciendo:
S. «No sé ni entiendo de qué hablas».
C. Salió a la puerta de la casa y un gallo cantó.
Lo vio de nuevo la criada y otra vez se puso a decir a los que estaban allí:
S. «Este es uno de ellos».
C. Pedro lo negó de nuevo. Poco después también los otros dijeron a Pedro:
S. «No hay duda. Tú eres uno de ellos, pues eres galileo».
C. El comenzó entonces a maldecir y a jurar:
S. «Yo no conozco a ese hombre del que me hablan».
C. En seguida cantó el gallo por segunda vez. Pedro se acordó de lo que le había dicho Jesús:
“Antes de que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres”, y se puso a llorar».
Muy de madrugada, se reunieron a deliberar los sumos sacerdotes, junto con los ancianos, los escribas y el Consejo en pleno; luego llevaron a Jesús atado y lo entregaron a Pilato.
Pilato le preguntó:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?»
C. Jesús le respondió:
†. «Tu lo dices».
C. Los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas.
Pilato lo interrogó de nuevo, diciendo:
S. «¿No respondes nada? Mira de cuántas cosas te acusan».
C. Pero Jesús no respondió nada más, de modo que Pilato se quedó extrañado.
Por la fiesta Pilato les concedía la libertad de un preso, el que pidieran. Tenía encarcelado a un tal Barrabás con los revoltosos que habían cometido un asesinato en una rebelión. Cuando llegó la gente, empezó a pedir lo que solía concederles. Pilato les preguntó:
S. «¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?»
C. Pues sabía que los sumos sacerdotes habían entregado a Jesús por envidia.
Los sumos sacerdotes incitaron a la gente para que les soltara a Barrabás. Pilato les preguntó otra vez:
S. «¿Y qué quieren que haga con el que ustedes llaman rey de los judíos?»
C. Ellos gritaron:
S. «¡Crucifícalo!»
C. Pilato les contestó:
S. «Pues ¿qué ha hecho de malo?»
C. Pero ellos gritaron todavía más fuerte:
S. «¡Crucifícalo!»
C. Pilato, entonces, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás y entregó a Jesús para que lo azotaran, y, después, lo crucificaran.
Los soldados lo llevaron al interior del palacio, o sea, al pretorio, y llamaron a toda la tropa. Lo vistieron con un manto rojo y, trenzando una corona de espinas, se le pusieron. Después comenzaron a saludarlo, diciendo:
S. «¡Salve, rey de los judíos!»
C. Lo golpeaban en la cabeza con una caña, lo escupían y, poniéndose de rodillas, le rendían homenaje. Después de burlarse de él, le quitaron el manto rojo, lo vistieron con sus ropas y lo sacaron para crucificarlo.
Y a un tal Simón, natural de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, que al regresar del campo pasaba por allí, lo obligaron a llevar la cruz de Jesús. Condujeron a Jesús hasta el Gólgota, que quiere decir lugar de la Calavera. Le daban vino mezclado con mirra, pero él no lo aceptó. Después lo crucificaron y se repartieron su ropa, sorteándola, para ver qué se llevaba cada uno.
Eran las nueve de la mañana cuando lo crucificaron. Había un letrero en la que estaba escrita la causa de su condena: «El rey de los judíos». Con Jesús crucificaron a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda.
Los que pasaban por allí lo insultaban, haciendo muecas y diciendo:
S. «Eh, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días! ¡Sálvate a ti mismo, bajando de la cruz».
C. Y de la misma manera los sumos sacerdotes y los escribas se burlaban de él diciéndose unos a otros:
S. «¡A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse! ¡El Mesías, el rey de Israel! ¡Que baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos!»
C. Hasta los que habían sido crucificados junto con él lo insultaban.
Al llegar el mediodía, toda la región quedó a oscuras hasta las tres de la tarde. A esa hora Jesús gritó con voz potente:
†. «Eloí, Eloí, ¿lemá sabactaní? Que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
C. Algunos de los presentes decían al oírlo:
S. «Está llamando a Elías».
C. Uno fue corriendo a empapar una esponja en vinagre y, sujetándola a una caña, le ofrecía de beber, diciendo:
S. «Vamos a ver si viene Elías a descolgarlo».
C. Entonces Jesús, dando un fuerte grito, expiró.


Aquí todos se arrodillan y guardan silencio por unos instantes.

C. La cortina del templo se rasgó en dos de arriba abajo. Y el oficial romano que estaba frente a Jesús, al ver que había expirado de aquella manera, dijo:
S. «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios».
C. Algunas mujeres contemplaban la escena desde lejos. Entre ellas María Magdalena, María, la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé, que habían seguido a Jesús y habían asistido cuando estaba en Galilea. Había, además, otras muchas que habían venido con él a Jerusalén.
Al caer la tarde, como era la preparación de la pascua, es decir la víspera del sábado, llegó José de Arimatea, que era miembro distinguido del Consejo y esperaba el reino de Dios, y tuvo valor de presentarse a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús.
Pilato se extrañó de que hubiera muerto tan pronto y, llamando al oficial romano, le preguntó si había muerto ya.
Informado por el oficial romano, entregó el cadáver a José. Este compró una sábana, lo bajó, lo envolvió en la sábana, lo puso en un sepulcro excavado en la roca y tapó con una piedra la entrada del sepulcro.
María Magdalena y María, la madre de José, observaban dónde lo ponían.
Hasta aquí la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, según san Marcos.

 

 




14 de abril

Lectura del libro del profeta Isaías
42, 1-7

Este es mi siervo a quien sostengo, mi elegido en quien me complazco. He puesto sobre él mi espíritu, para que manifieste el derecho a las naciones. No gritará, no voceará ni clamará por las calles; no romperá la caña resquebrajada, ni apagará la mecha que apenas arde.
Manifestará firmemente el derecho, y no se debilitará ni se cansará hasta implantarlo en la tierra. Los pueblos lejanos anhelan su enseñanza.
Así dice el Señor Dios, que creó y desplegó el cielo, que extendió la tierra y su vegetación, que concede vida a sus habitantes, y aliento a los que se mueven en ella: Yo, el Señor, te llamé según mi plan salvador; te tomé de la mano, te formé y te hice mediador del pueblo y luz de las naciones, para abrir los ojos a los ciegos, para sacar prisioneros de la cárcel, y del calabozo a los que viven en tinieblas.
 

Lectura del Libro de los Salmos
Sal 26, 1.2.3.13-14

El Señor es mi luz y mi salvación.

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es mi fortaleza, ¿quién me hará temblar?
El Señor es mi luz y mi salvación.

Cuando los malvados se lanzan contra mí para devorarme, son ellos, mis adversarios y enemigos, los que tropiezan y caen.
El Señor es mi luz y mi salvación.

Aunque un ejército acampara contra mí, no temo; aunque me hicieran la guerra, me sentiría seguro.
El Señor es mi luz y mi salvación.

Espero gozar los bienes del Señor en la tierra de los vivos. Espera en el Señor, sé fuerte, ten ánimo, espera en el Señor.
El Señor es mi luz y mi salvación.

 

Lectura del santo Evangelio según san Juan
12, 1-11

Seis días antes de la fiesta judía de la pascua, llegó Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Ofrecieron allí una cena en honor de Jesús. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa con él.
Entonces María se presentó con un frasco de perfume muy caro, casi medio litro de nardo puro y ungió con él los pies de Jesús; después los secó con sus cabellos. La casa se llenó con la fragancia del perfume. Judas Iscariote, uno de los discípulos –el que lo iba a traicionar– protestó diciendo:
«¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para repartirlo entre los pobres?»
Si dijo esto, no fue porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón y, como tenía a su cargo la bolsa del dinero común, robaba de lo que echaban en ella.
Jesús le dijo:
«Déjala en paz. Esto que ha hecho anticipa el día de mi sepultura; además, a los pobres los tendrán siempre con ustedes; a mí, en cambio, no siempre me tendrán».
Un gran número de judíos se enteró de que Jesús estaba en Betania, y fueron allá, no sólo para ver a Jesús, sino también para ver a Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes tomaron entonces la decisión de eliminar también a Lázaro, porque, por su causa, muchos judíos se alejaban de ellos y creían en Jesús.

 

 

 




15 de abril

Lectura del libro del profeta Isaías
49, 1-6

Escuchen, habitantes de las islas; atiendan, pueblos lejanos: El Señor me llamó desde el seno materno, desde las entrañas de mi madre pronunció mi nombre.
Convirtió mi boca en espada afilada, me escondió al amparo de su mano; me transformó en flecha punzante y me guardó en su aljaba. Me dijo:
«Tú eres mi siervo, Israel, y estoy orgulloso de ti».
Aunque yo pensaba:
«En vano me fatigué, por nada e inútilmente gasté mis fuerzas».
Sin embargo, el Señor defendía mi causa, mi Dios guardaba mi recompensa.
Y ahora habla el Señor, aquél que desde el vientre me formó como siervo suyo, para que le trajera a Jacob y le reuniera a Israel. ¡Tan valioso soy para el Señor y en Dios se halla mi fuerza!
El dice:
«No sólo eres mi siervo para restablecer las tribus de Jacob y traer a los sobrevivientes de Israel, sino que te convierto en luz de las naciones para que mi salvación llegue hasta el último rincón de la tierra».
 

Lectura del Libro de los Salmos
Sal 70, 1-2.3-4a.5-6ab.15 y 17

En ti, Señor, he puesto mi esperanza.

En ti, Señor, me refugio; que yo no quede avergonzado para siempre. Líbrame, rescátame tú, que eres salvador; hazme caso y libérame.
En ti, Señor, he puesto mi esperanza.

Sé para mí una roca de refugio, una fortaleza donde me salve, pues tú eres mi roca y mi
fortaleza; Dios mío, rescátame de las manos del malvado.
En ti, Señor, he puesto mi esperanza.

Porque tú eres mi esperanza, Señor, en ti confío, Señor, desde mi juventud. En ti me apoyaba antes de nacer, tú eres mi protector desde las entrañas de mi madre.
En ti, Señor, he puesto mi esperanza.

Mi boca proclamará todo el día tu salvación, y tus actos liberadores. Desde mi juventud. Dios mío, me has instruido, y yo he proclamado tus maravillas hasta hoy.
En ti, Señor, he puesto mi esperanza.


Lectura del santo Evangelio según san Juan
13, 21-33. 36-38

En aquel tiempo, estando Jesús a la mesa con sus discípulos, se conmovió profundamente y declaró:
«Les aseguro que uno de ustedes me va a entregar».
Los discípulos comenzaron a mirarse unos a otros, preguntándose a quién podría referirse. Uno de ellos, el discípulo al que Jesús tanto amaba, estaba reclinado sobre el pecho de Jesús. Simón Pedro le hizo señas para que le preguntara a quién se refería. El discípulo que estaba reclinado sobre el pecho de Jesús le preguntó:
«Señor, ¿quién es?»
Le contestó Jesús:
«Aquel a quien yo dé el trozo de pan que voy a mojar en el plato».
Y, mojándolo, se lo dio a Judas Iscariote, hijo de Simón.
Cuando Judas recibió aquel trozo de pan mojado, Satanás entró en él.
Jesús le dijo:
«Lo que vas a hacer, hazlo cuanto antes».
Ninguno de los que estaban a la mesa con Jesús entendió lo que había querido decir. Como Judas era el que llevaba la bolsa del dinero, algunos pensaron que le había encomendado que comprara lo necesario para la fiesta o que diera algo a los pobres. Judas, después de recibir el trozo de pan mojado, salió inmediatamente. Era de noche.
Al salir Judas, dijo Jesús:
«Ahora va a manifestarse la gloria del Hijo del hombre, y Dios será glorificado en él. Y si Dios va a ser glorificado en el Hijo del hombre, también Dios lo glorificará a él. Y lo va a ser muy pronto.
Hijos míos, ya no estaré con ustedes por mucho tiempo. Me buscarán, pero les digo ahora lo mismo que ya dije a los judíos: “Adonde yo voy, ustedes no pueden venir”».
Simón Pedro le preguntó:
«Señor, ¿adónde vas?»
Jesús le respondió:
«Adonde yo voy tú no puedes seguirme ahora; algún día lo harás».
Pedro insistió:
«Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Estoy dispuesto a dar mi vida por ti».
Jesús le dijo:
«¡De modo que estás dispuesto a dar tu vida por mí! Te aseguro, Pedro, que antes que el gallo cante, me habrás negado tres veces».

 

 


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