Abril
1 de abril
Lectura del libro del profeta Ezequiel
47,
1-9.12
En aquellos tiempos, el ángel me llevó a
la entrada del templo, y vi que debajo del umbral, por el lado
oriental hacia el que mira la fachada del templo, brotaba una
corriente de agua. El agua descendía por el lado derecho del
templo hasta la parte sur del altar. Me hizo salir por el pórtico
norte y dar la vuelta por fuera hasta el pórtico exterior que
mira hacia oriente, y vi que las aguas manaban desde el costado
derecho. El hombre salió en dirección este con un
cordel de medir en la mano, midió quinientos metros y me hizo
atravesar el agua, que me llegaba hasta los tobillos; midió
otros quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba
hasta las rodillas; midió todavía otros quinientos
metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta la cintura;
midió por fin otros quinientos metros y la corriente de agua
era ya un torrente que no pude atravesar, pues había crecido
al punto que sólo a nado se podía atravesar. Entonces
me dijo:
«¿Has visto, hijo de hombre?»
Después me ordenó que regresara a la orilla del
torrente, y al regresar vi que junto al torrente en las dos orillas
había muchos árboles. Y me dijo:
«Estas aguas
fluyen hacia oriente, bajan al Arabá y desembocan en el mar
Muerto, cuyas aguas quedarán saneadas. Por donde pase este
torrente, todo ser viviente que en él se mueva vivirá.
Habrá abundancia de peces, porque las aguas del mar Muerto
quedarán saneadas cuando llegue este torrente. Junto a las dos
orillas del torrente crecerá toda clase de árboles
frutales; sus hojas no se marchitarán ni sus frutos se
acabarán. Cada mes darán frutos nuevos, porque las
aguas que los riegan manan del santuario. Sus frutos servirán
de alimento y su follaje de medicina».
Lectura
del Libro de los Salmos
Sal 45, 2-3.5-6.8-9
El Señor
está con nosotros.
Dios es nuestro refugio y fortaleza, nuestro
auxilio oportuno en el peligro. Por eso no tememos, aunque tiemble la
tierra y las montañas se desplomen en el mar.
El Señor
está con nosotros.
Los canales de un río alegran
la ciudad de Dios, la más santa morada del Altísimo.
Dios está en medio de ella, no puede ser destruida; Dios la
socorre al despuntar la aurora.
El Señor está con
nosotros.
El Señor todopoderoso está con
nosotros, nuestra defensa es el Dios de Jacob. Vengan a ver las obras
del Señor, los prodigios que hace en la tierra.
El Señor
está con nosotros.
Lectura del santo Evangelio según san
Juan
5, 1-3a. 5-16
Era un día de fiesta para los
judíos cuando Jesús subió a Jerusalén.
Hay en Jerusalén, cerca de la puerta llamada de las Ovejas,
una piscina que llaman en hebreo Betesda, con cinco pórticos.
En estos pórticos había muchos enfermos recostados en
el suelo: ciegos, cojos y paralíticos. Había entre
ellos un hombre que llevaba treinta y ocho años inválido.
Jesús, al verlo allí tendido, y sabiendo que llevaba
mucho tiempo, le preguntó:
«¿Quieres quedar
sano?»
Le respondió el enfermo:
«Señor,
no tengo a nadie que me ayude a entrar en la piscina cuando se mueve
el agua.
Mientras trato de llegar yo, otro se me ha adelantado».
Jesús le dijo:
«Levántate, toma tu
camilla y camina».
Al momento el hombre quedó sano,
tomó su camilla y comenzó a caminar.
Aquel día
era sábado. Por eso los judíos le dijeron al que había
sido sanado:
«Hoy es sábado y no te está
permitido llevar tu camilla».
Pero él contestó:
«El que me sanó me dijo: “Toma tu camilla y
camina”».
Ellos le preguntaron:
«¿Quién
es ese hombre que te dijo: “Toma tu camilla y camina?”»
Pero él no conocía ni sabía quién lo
había sanado, pues Jesús había desaparecido
entre la muchedumbre que se había reunido allí. Más
tarde, Jesús se encontró con él en el templo y
le dijo:
«Has sido sanado, no vuelvas a pecar más,
pues podría sucederte algo peor».
El hombre fue a
informar a los judíos que era Jesús quien lo había
sanado. Jesús hacía obras como ésta en sábado;
por eso lo perseguían los judíos.
2 de abril
Lectura del libro del profeta Isaías
49,
8-15
Así dice el Señor:
«Te respondo
cuando me necesitas, te auxilio el día en que te salvo, pues
te formé y te constituí mediador del pueblo para
restaurar el país, para repartir las tierras devastadas, para
decir a los cautivos: “¡Salgan!” a los que están
en tinieblas: “¡Déjense ver!” A lo largo de
los caminos pastarán, en todos los montes resecos tendrán
pastos. No pasarán hambre ni sed, el viento sofocante y el sol
no les hará daño, pues el que se compadece de ellos los
guiará, y los conducirá hacia manantiales de agua.
Convertiré en caminos mis montañas y se nivelarán
mis senderos.
¡Miren! Vienen todos de lejos, unos del norte
y del poniente, otros de la región de Sinín. Griten,
cielos, de gozo; salta, tierra, de alegría; montañas,
rompan en aclamaciones, que el Señor consuela a su pueblo, se
apiada de sus pobres. Sión decía: “Me ha
abandonado Dios, el Señor me ha olvidado”. ¿Acaso
olvida una madre a su niño de pecho, y deja de querer al hijo
de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te
olvidaré».
Lectura del Libro de los
Salmos
Sal 144, 8-9.13cd-14.17-18
El Señor es
clemente y misericordioso.
El Señor es clemente y
misericordioso, paciente y rico en amor. El Señor es bondadoso
con todos, a todas sus obras se extiende su ternura.
El Señor
es clemente y misericordioso.
El Señor es fiel a todas
sus palabras, leal en todas sus acciones. El Señor sostiene a
todos los que caen y levanta a los que desfallecen.
El Señor
es clemente y misericordioso.
El Señor es fiel en todo
lo que hace, leal en todas sus acciones. El Señor está
cerca de los que lo invocan, de todos los que lo invocan
sinceramente.
El Señor es clemente y misericordioso.
Lectura del santo Evangelio según san
Juan
5, 17-30
En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos:
«Mi Padre no cesa nunca de trabajar; por eso yo trabajo
también en todo tiempo».
Esta afirmación
provocó en los judíos un mayor deseo de matarlo, porque
no sólo no respetaba el sábado, sino además
decía que Dios era su propio Padre, y se hacía igual a
Dios.
Jesús continuó diciendo:
«Yo les
aseguro que el Hijo no puede hacer nada por su cuenta; él hace
únicamente lo que ve hacer al Padre; lo que hace el Padre, eso
también hace el Hijo. Pues el Padre ama al Hijo y le
manifiesta todas sus obras; y le manifestará todavía
cosas mayores, de modo que ustedes mismos quedarán
maravillados. Porque, así como el Padre resucita a los
muertos, dándoles la vida, así también el Hijo
da la vida a los que quiere.
El Padre no juzga a nadie, sino que
le ha dado al Hijo todo el poder de juzgar. Y quiere que todos den al
Hijo el mismo honor que dan al Padre. El que no honra al Hijo,
tampoco honra al Padre que lo envió. Yo les aseguro que quien
acepta lo que yo digo y cree en el que me envió, tiene la vida
eterna; no sufrirá un juicio de condenación, sino que
ha pasado de la muerte a la vida.
Les aseguro que está
llegando la hora, mejor aún, ha llegado ya, en que los muertos
oirán la voz del Hijo de Dios, y todos los que la oigan,
vivirán. Pues así como el Padre tiene el poder de dar
la vida, ha dado al Hijo ese mismo poder. Y le ha dado también
autoridad para juzgar, porque es el Hijo del hombre. No se admiren de
lo que les estoy diciendo, porque llegará el momento en que
todos los muertos oirán su voz, y saldrán de los
sepulcros. Los que hicieron el bien, resucitarán para la vida
eterna; pero los que hicieron el mal, resucitarán para su
condenación.
Yo no puedo hacer nada por mi cuenta. Juzgo
según lo que Dios me dice, y mi juicio es justo, porque no
pretendo actuar según mi voluntad, sino que cumplo la voluntad
del que me envió».
3 de abril
Lectura del libro del Éxodo
32,
7-14
En aquellos días dijo el Señor a Moisés:
«Anda, baja del monte, porque se ha pervertido tu pueblo,
el que tú sacaste de Egipto. Muy pronto se han apartado del
camino que les señalé, pues se han fabricado un becerro
de metal fundido, se están postrando ante él, le
ofrecen sacrificios y repiten: “Israel, éste es tu dios,
el que te sacó de Egipto”».
El Señor
añadió:
«Me estoy dando cuenta de que ese
pueblo es un pueblo terco. Déjame; voy a desahogar mi rabia
contra ellos y los aniquilaré. A ti, sin embargo, te
convertiré en padre de una gran nación».
Moisés
suplico al Señor, su Dios, diciendo:
«Señor,
¿por qué vas a desahogar tu rabia contra tu pueblo, al
que tú sacaste de Egipto con tan gran fuerza y poder? ¿Vas
a permitir que digan lo egipcios: “Los sacó con mala
intención, para matarlos en las montañas y borrarlos de
la superficie de la tierra?”
Calma tu enojo y arrepiéntete
de haber querido hacer el mal a tu pueblo. Recuerda a Abrahán,
a Isaac y a Jacob, tus servidores, a quienes juraste por tu honor y
les prometiste: “Multiplicaré su descendencia como las
estrellas del cielo y daré a sus descendientes esa tierra de
la que les hablé, para que la posean en herencia perpetua”».
Y
el Señor se arrepintió del mal que había querido
hacer a su pueblo.
Lectura del Libro de los Salmos
Sal 105,
19-20.21-22.23
Perdona, Señor, las culpas de tu
pueblo.
En el Horeb se hicieron un becerro, y adoraron un
ídolo fundido; así cambiaron a su Dios por la imagen de
un buey que come hierba.
Perdona, Señor, las culpas de tu
pueblo.
Olvidaron a Dios, su salvador, al que hizo portentos
en Egipto, maravillas en la tierra de Cam, y prodigios en el mar
Rojo.
Perdona, Señor, las culpas de tu pueblo.
Dios
pensaba ya en aniquilarlos, pero Moisés, su elegido, se
mantuvo firme ante él para apartar su furia
destructora.
Perdona, Señor, las culpas de tu pueblo.
Aclamación antes del Evangelio
Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Tanto amó
Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que
todo el que crea en él tenga vida eterna.
Honor y gloria a
ti, Señor Jesús.
Evangelio
El que los acusa es Moisés,
en quien ustedes han puesto su esperanza
† Lectura del
santo Evangelio según san Juan
5, 31-47
En aquel
tiempo dijo Jesús a los judíos:
«Si me
presentara como testigo de mí mismo, mi testimonio no tendría
valor. Es otro el que testifica a mi favor, y su testimonio es
válido.
Ustedes enviaron una comisión a preguntar a
Juan, y él dio testimonio a favor de la verdad. Y no es que yo
tenga necesidad de testigos humanos que testifiquen a mi favor; si
digo esto, es para que ustedes se puedan salvar. Juan el Bautista era
como una lámpara encendida que alumbraba; y ustedes quisieron,
durante algún tiempo, alegrarse con su luz. Pero yo tengo a mi
favor un testimonio de mayor valor que el de Juan. Una prueba
evidente de que el Padre me ha enviado es que realizo la obra que el
Padre me encargó llevar a término. También habla
a mi favor el Padre que me envió, aunque ustedes nunca han
oído su voz ni visto su rostro. Su palabra no ha sido aceptada
por ustedes; así lo prueba el hecho de que no quieren creer en
el enviado del Padre.
Estudian apasionadamente las Escrituras,
pensando encontrar en ellas la vida eterna; pues bien, también
las Escrituras hablan de mí; y a pesar de ello, ustedes no
quieren aceptarme para que tengan vida.
Yo no busco la gloria que
puedan dar los hombres. Además, los conozco muy bien y sé
que no aman a Dios. Yo he venido de parte de mi Padre, pero ustedes
no me aceptan; en cambio, aceptarían a cualquier otro que
viniera en nombre propio.
¿Cómo van a creer ustedes,
si lo que les preocupa es recibir gloria unos de los otros y no se
interesan por la verdadera gloria que viene del Dios único? No
piensen que voy a ser yo quien los acuse ante mi Padre; los acusará
Moisés, en quien tienen puesta su esperanza. El escribió
acerca de mí; por eso, si creyeran a Moisés, también
me creerían a mí. Pero si no creen lo que él
escribió, ¿cómo van a creer lo que yo digo?»
4 de abril
Lectura del libro de la Sabiduría
2,
1a.12-22
Los malvados reflexionando equivocadamente dicen:
«Pongamos trampas al justo, porque nos resulta insoportable
y se opone a nuestra forma de actuar; nos echa en cara que no hemos
cumplido la ley y nos reprocha las faltas contra la educación
recibida; presume de conocer a Dios y se proclama a sí mismo
hijo del Señor.
Es un reproche contra nuestros
pensamientos, y sólo verlo nos molesta. Pues lleva una vida
distinta de los demás y va por caminos muy diferentes; nos
considera moneda falsa, se aparta de nosotros como si fuéramos
impuros; proclama dichosa la suerte de los justos y presume de tener
a Dios por Padre.
Veamos si es verdad lo que dice, comprobemos
cómo le va al final. Porque si el justo es hijo de Dios, él
lo asistirá y lo librará de las manos de sus
adversarios. Probémoslo con ofensas y tortura: así
veremos hasta dónde llega su paciencia y comprobaremos su
resistencia. Condenémoslo a una muerte deshonrosa, pues, según
dice, Dios lo librará».
Así piensan, pero se
equivocan, pues los ciega su maldad. Ignoran los secretos de Dios, no
confían en el premio de la virtud, ni creen en la recompensa
de los intachables.
Lectura del Libro de los Salmos
Sal 33,
17-18.19-20.21 y 23
El Señor está cerca de los
que sufren.
El Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su recuerdo. Cuando uno grita, el Señor
lo escucha y lo libra de todas sus angustias.
El Señor está
cerca de los que sufren.
El Señor está cerca de
los que sufren y salva a los que están desconsolados. Muchas
son las desgracias del justo, pero de todas lo libra el Señor.
El
Señor está cerca de los que sufren.
El cuida de
todos sus huesos, ni uno solo se romperá.
Porque el Señor
redime a sus siervos, y no serán castigados los que se
refugian en él.
El Señor está cerca de los
que sufren.
Lectura del santo Evangelio según san
Juan
7, 1-2.10.25-30
Después de algún
tiempo, Jesús andaba por Galilea. Evitaba estar en Judea,
porque los judíos buscaban la ocasión para matarlo. Ya
estaba cerca la fiesta judía de las tiendas de campaña.
Más
tarde, cuando sus parientes subieron a la fiesta, subió
también Jesús, pero en privado, no públicamente.
Ante esto, algunos de los que vivían en Jerusalén se
preguntaban:
«¿No es éste el hombre al que
quieren matar? Resulta que está hablando en público y
nadie le dice ni una palabra. ¿Es que habrán reconocido
nuestros jefes que es en realidad el Mesías? Pero, por otra
parte, cuando aparezca el Mesías, nadie sabrá de dónde
viene; y éste sabemos de dónde es».
Al oír
estos comentarios, Jesús, que estaba enseñando en el
templo, levantó la voz y afirmó:
«¿De
manera que me conocen y saben de dónde soy? Sin embargo, yo no
he venido por mi propia cuenta, sino que he sido enviado por el que
dice la verdad, y a quien ustedes no conocen. Yo sí lo
conozco, porque vengo de El y es El quien me envió».
Intentaron
entonces detenerlo, pero nadie se atrevió a hacerlo, porque
todavía no había llegado su hora.
5 de abril
Lectura del libro del profeta Jeremías
11, 18-20
En aquel tiempo dijo Jeremías:
«El
Señor todopoderoso me lo hizo saber y comprendí.
Entonces me hiciste descubrir sus intenciones. Yo era como un cordero
manso llevado al matadero; no sabía lo que conspiraban contra
mí.
“¡Destruyamos el árbol cuando aún
tiene savia; arranquémoslo de la tierra de los vivos, y que
nadie se acuerde más de su nombre!”
Pero tú,
Señor todopoderoso, juzgas rectamente, y examinas el interior
del hombre y sus intenciones; haz que yo pueda ver tu venganza sobre
ellos, porque a ti he confiado mi causa».
Lectura del Libro de los Salmos
Sal 7,
2-3.9bc-10.11-12
En ti, Señor, me refugio.
Señor,
Dios mío, en ti busco refugio, sálvame de mis
perseguidores y líbrame; no sea que me destrocen como leones,
de cuyas fauces nadie puede escapar.
En ti, Señor, me
refugio.
Júzgame, Señor, según mi
rectitud, según la inocencia que hay en mí. Que termine
la maldad de los malvados; da tu apoyo al inocente, tú que
examinas el corazón y las entrañas, tú que eres
un Dios justo.
En ti, Señor, me refugio.
Dios es mi
escudo, él salva a los honrados. Dios es un juez justo,
siempre alerta para el castigo.
En ti, Señor, me refugio.
Lectura del santo Evangelio según
san Juan
7, 40-53
En aquel tiempo, algunos de los que
habían escuchado a Jesús comenzaron a decir:
«Seguro
que éste es el Profeta».
Otros decían:
«Este
es el Mesías».
Otros, por el contrario:
«¿Acaso
va a venir el Mesías de Galilea? ¿No afirma la
Escritura que el Mesías tiene que ser de la familia de David y
de su mismo pueblo, de Belén?»
Había pues,
una gran división de opiniones acerca de Jesús.
Algunos querían detenerlo, pero nadie se atrevió a
hacerlo. Los guardias fueron donde estaban los sumos sacerdotes y los
fariseos, y éstos les preguntaron:
«¿Por qué
no lo han traído?»
Los guardias respondieron:
«Nadie ha hablado jamás como lo hace este hombre».
Los fariseos les dijeron:
«¿También
ustedes se han dejado engañar? ¿No se dan cuenta de que
ninguno de nuestros jefes ni los fariseos han creído en él?
Lo que ocurre es que esta gente, que no conoce la ley, se halla bajo
la maldición».
Uno de ellos, Nicodemo, el mismo que
en otra ocasión había ido a ver a Jesús,
intervino y dijo:
«¿Acaso nuestra ley permite
condenar a alguien sin haberlo oído previamente para saber qué
ha hecho?»
Los otros le contestaron:
«¿También
tú eres de Galilea?
Investiga las Escrituras y llegarás
a la conclusión de que jamás ha surgido un profeta en
Galilea».
Y después de esto, cada uno regresó
a su casa.
6 de abril
Lectura del libro del profeta Jeremías
31, 31-34
Vienen días –palabra del Señor–
en que yo establecí con el pueblo de Israel y con el pueblo de
Judá una alianza nueva. No como la alianza que establecí
con sus antepasados el día en que los tomé de la mano
para sacarlos de Egipto. Entonces ellos quebrantaron la alianza, a
pesar de que yo era su dueño –palabra del Señor–.
Esta será la alianza que haré con el pueblo de Israel
después de aquellos días –palabra del Señor–.
Pondré mi ley en su interior y la escribiré en su
corazón: yo seré su Dios y ellos serán mi
pueblo. Para instruirse unos a otros, no necesitarán animarse
unos a otros diciendo: ¡«Conozcan al Señor!»,
porque me conocerán todos, desde el más pequeño
hasta el mayor –palabra del Señor–. Yo perdonaré
su maldad y no me acordaré más de sus
pecados.
Lectura del Libro de los Salmos
Sal 50,
3-4.12-13.14-15.18-19
Crea en mí, Señor, un
corazón puro.
Ten piedad de mí, Dios mío,
por tu amor, por tu inmensa compasión, borra mi culpa; lava
del todo mi maldad, limpia mi pecado.
Crea en mí, Señor,
un corazón puro.
Crea en mí, Dios mío, un
corazón limpio, renueva dentro de mí un espíritu
firme; no me arrojes de tu presencia, no retires de mí tu
santo espíritu.
Crea en mí, Señor, un corazón
puro.
Devuélveme la alegría de tu salvación,
fortaléceme con tu espíritu generoso; enseñaré
a los malvados tus caminos, los pecadores se convertirán a
ti.
Crea en mí, Señor, un corazón puro.
No
es el sacrificio lo que te complace, y si ofrezco un holocausto no lo
aceptarías. El sacrificio que Dios quiere es un espíritu
arrepentido; un corazón arrepentido y humillado, tú,
Dios mío, no lo desprecias.
Crea en mí, Señor,
un corazón puro.
Lectura de la carta a los Hebreos
5,
7-9
Hermanos: El mismo Cristo, que en los días de su
vida mortal presentó oraciones y súplicas con grandes
gritos y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte,
fue escuchado en atención a su actitud reverente; y
precisamente porque era Hijo, aprendió sufriendo a obedecer.
Llegado a la perfección se convirtió en causa de
salvación eterna para todos lo que le obedecen, y ha sido
proclamado por Dios sumo sacerdote a la manera de Melquisedec.
Lectura del santo Evangelio según san
Juan
12, 20-33
En aquel tiempo, entre los que habían
llegado a Jerusalén para dar culto a Dios con ocasión
de la fiesta, había algunos griegos. Estos se acercaron a
Felipe, que era natural de Betsaida de Galilea, y le dijeron.
«Señor,
queremos ver a Jesús».
Felipe se lo dijo a Andrés,
y los dos juntos se lo hicieron saber a Jesús. Jesús
contestó:
«Ha llegado la hora en que Dios va a
glorificar al Hijo del hombre. Yo les aseguro que si el grano de
trigo que cae en la tierra no muere, queda infecundo; pero si muere
dará fruto abundante. Quien aprecia su vida terrena, la
perderá; en cambio, quien sepa desprenderse de ella, la
conservará para la vida eterna. Si alguien quiere servirme,
que me siga; correrá la misma suerte que yo. Todo aquél
que me sirva será honrado por mi Padre.
Me encuentro
profundamente angustiado; pero, ¿qué es lo que puedo
decir? ¿Padre, líbrame de esta hora? De ningún
modo; porque he venido precisamente para aceptar esta hora. Padre,
glorifica tu nombre».
Entonces se oyó esta voz venida
del cielo:
«Yo lo he glorificado y volveré a
glorificarlo».
De los que estaban presentes, unos creyeron
que había sido un trueno; otros decían:
«Le ha
hablado un ángel».
Jesús explicó:
«Esta
voz se ha dejado oír no por mí, sino por ustedes. Es
ahora cuando el mundo va a ser juzgado; es ahora cuando el que
tiraniza a este mundo va a ser arrojado fuera. Y yo cuando haya sido
elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacía mí».
Con
esta afirmación, Jesús quiso dar a entender la forma en
que iba a morir.
7 de abril
Lectura del libro del profeta Daniel
13,
1-9.15-17.19-30.33-62
En aquellos días, vivía en
Babilonia un hombre llamado Joaquín. Se había casado
con una mujer llamada Susana, hija de Jelcías, de gran belleza
y fiel a Dios, pues sus padres eran justos y la habían educado
conforme a la ley de Moisés. Joaquín era muy rico y
tenía un espacioso jardín junto a su casa. Como era el
más ilustre de los judíos, todos ellos se reunían
allí.
Aquel año habían sido designados jueces
de entre el pueblo dos viejos de esos de quienes dice el Señor:
«Los ancianos y los jueces que se hacen pasar por guías
del pueblo han traído la maldad a Babilonia».
Frecuentaban estos dos viejos la casa de Joaquín, y todos los
que tenían algún pleito que resolver acudían a
ellos.
Al mediodía, cuando la gente se había ido,
Susana salía a pasear por el jardín de su marido. Los
dos viejos la veían entrar y pasear todos los días, y
comenzaron a desearla con pasión. Su mente se pervirtió
y se olvidaron de Dios y de sus justos juicios.
Un día,
mientras ellos estaban aguardando la ocasión oportuna, entró
Susana, como de
costumbre, acompañada solamente por dos
criadas jóvenes, y quiso bañarse en el jardín,
porque hacía mucho calor. No había allí nadie
más que los dos viejos, que estaban escondidos observando.
Susana dijo a sus criadas:
«Tráiganme aceite y
perfumes y cierren las puertas del jardín, para que pueda
bañarme».
En cuanto se fueron las criadas, los dos
viejos salieron del lugar donde estaban y fueron corriendo adonde
estaba Susana, y le dijeron:
«Mira, las puertas del jardín
están cerradas, nadie nos ve.
Nosotros te deseamos
apasionadamente; conciente, pues, y deja que nos acostemos contigo.
De lo contrario daremos testimonio contra ti, diciendo que un joven
estaba contigo y que por eso mandaste fuera a las criadas».
Susana
suspiró profundamente y dijo:
«No tengo escapatoria.
Si consiento, me espera la muerte; si me resisto, tampoco escaparé
de sus manos. Pero prefiero caer en sus manos sin hacer el mal, a
pecar en presencia del Señor».
Así que Susana
gritó con todas sus fuerzas, pero también los dos
viejos se pusieron a gritar contra Susana, y uno de ellos corrió
a abrir la puerta del jardín. Al oír gritos en el
jardín, la servidumbre entró corriendo por la puerta de
atrás para ver lo que ocurría. Cuando oyeron lo que
contaban los dos viejos, los criados se avergonzaron, porque jamás
se había dicho de Susana una cosa semejante.
Al día
siguiente, cuando el pueblo se reunió en casa de Joaquín,
vinieron los dos viejos con el criminal propósito de
condenarla a muerte. Y dijeron ante el pueblo:
«Manden a
buscar a Susana, hija de Jelcías, la mujer de Joaquín».
Fueron
a buscarla, y ella vino con sus padres, sus hijos y todos sus
parientes. Los familiares de Susana lloraban al igual que todos
cuantos la veían.
Entonces los dos viejos, de pie en medio
de la asamblea, pusieron sus manos sobre la cabeza de Susana. Ella,
llorando, levantó los ojos al cielo, porque su corazón
estaba lleno de confianza en el Señor. Los viejos
dijeron:
«Estábamos nosotros dos solos paseando por
el jardín cuando entró ésta con dos criadas,
cerró las puertas del jardín y mandó irse a las
criadas. Entonces se acercó a ella un joven que estaba
escondido y se acostó con ella. Nosotros, que estábamos
en un rincón del jardín, al ver la infamia, corrimos
hacia ellos y los sorprendimos juntos; a él no pudimos
sujetarlo, porque era más fuerte que nosotros y, abriendo la
puerta, se escapó; pero a ésta si la agarramos y le
preguntamos quién era el joven, pero no quiso decirlo. De todo
esto somos testigos».
La asamblea les creyó, porque
eran ancianos y jueces del pueblo, y Susana fue condenada a
muerte.
Pero ella gritó con todas sus fuerzas:
«Oh
Dios eterno, que conoces lo que está oculto y sabes todas las
cosas antes que sucedan: tú sabes que éstos han dado
falso testimonio contra mí; y ahora yo voy a morir sin haber
hecho nada de lo que la maldad de éstos ha inventado contra
mí».
El Señor escuchó la súplica
de Susana y, cuando la llevaban para matarla, Dios despertó el
santo espíritu de un jovencito llamado Daniel, el cual se puso
a gritar:
«¡Yo soy inocente de la sangre de esta
mujer!»
Todo el pueblo lo miró y le preguntó:
«¿Qué
has querido decir con eso?»
El, poniéndose en medio
de ellos, dijo:
«¿Tan torpes son, israelitas, que sin
examinar la cuestión y sin investigar a fondo la verdad, han
condenado a una hija de Israel? Regresen al lugar del juicio, porque
éstos han dado falso testimonio contra ella».
Todo el
pueblo regresó inmediatamente, y los ancianos dijeron a
Daniel:
«Ven, toma asiento en medio de nosotros e
infórmanos, ya que Dios te ha dado la madurez de un
anciano».
Daniel les dijo:
«Separen a uno de otro,
que quiero interrogarlos».
Una vez separados, llamó a
uno y le dijo:
«Viejo en años y en maldad: ahora vas
a recibir el castigo por los pecados que cometiste en el pasado,
cuando dictabas sentencias injustas condenando a los inocentes y
dejando libres a los culpables, contra el mandato del Señor:
“No condenarás a muerte al inocente y al que no tiene
culpa”. Si de verdad la has visto, dinos bajo qué árbol
los viste juntos».
El viejo respondió:
«Bajo
una acacia».
Sentenció Daniel:
«Tu propia
mentira te va a traer la perdición, porque el ángel del
Señor ha recibido ya la orden divina de partirte por la
mitad».
Después hizo que se fuera, mandó traer
al otro y le dijo:
«Raza de Canaán y no de Judá:
la hermosura te ha seducido y la pasión pervirtió tu
corazón. Esto es lo que hacían con las hijas de Israel
y ellas, por miedo, se les entregaban. Pero una hija de Judá
no se ha sometido a su maldad. Dinos, pues, ¿bajo qué
árbol los sorprendiste juntos?»
Respondió el
viejo:
«Bajo una encina».
Daniel
sentenció:
«También a ti tu propia mentira te
traerá la perdición, porque el ángel del Señor
está ya esperando, espada en mano, para partirte por el medio.
Y de esta manera acabará con ustedes».
Entonces toda
la asamblea comenzó a bendecir a Dios en alta voz, pues salva
a los que esperan en él. Se lanzaron contra los dos viejos, a
quienes por propia confesión Daniel había declarado
culpables de dar falso testimonio, y les aplicaron el mismo castigo
que ellos habían planeado para su prójimo. De acuerdo
con la ley de Moisés fueron ejecutados, y así aquel día
se salvó una vida inocente.
Lectura del
Libro de los Salmos
Sal 22, 1-3a.3b-4.5.6
Nada temo,
Señor, porque tú estás conmigo.
El Señor
es mi pastor, nada me falta. Me conduce junto a aguas tranquilas y
renueva mis fuerzas.
Nada temo, Señor, porque tú
estás conmigo.
Me guía por la senda del bien,
haciendo honor a su nombre. Aunque pase por un valle
tenebroso,
ningún mal temeré, porque tú estás
conmigo; tu vara y tu bastón me dan seguridad.
Nada temo,
Señor, porque tú estás conmigo.
Me
preparas un banquete para envidia de mis adversarios, perfumas con
ungüento mi cabeza y mi copa está llena.
Nada temo,
Señor, porque tú estás conmigo.
Tu amor y
tu bondad me acompañan todos los días de mi vida; y
habitaré por siempre en la casa del Señor.
Nada
temo, Señor, porque tú estás conmigo.
Lectura del santo Evangelio según san
Juan
8, 12-20
En aquel tiempo dijo Jesús a los
judíos:
«Yo soy la luz del mundo. El que me siga no
caminará a oscuras, sino que tendrá la luz de la
vida».
Al oír esto, los fariseos le dijeron:
«Estás
dando testimonio de ti mismo; por tanto, tu testimonio no tiene
valor».
Jesús les contestó:
«Aunque
doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es válido,
porque sé de dónde vengo y a dónde voy. Ustedes,
en cambio, no saben ni de dónde vengo ni a dónde voy.
Ustedes juzgan con criterios mundanos. Yo no juzgo a nadie, pero si
lo hiciera, mi juicio es válido, porque no soy yo sólo
el juez, sino que también está conmigo el Padre, que me
envió. En su ley está escrito que el testimonio dado
por dos testigos es válido. Pues bien: un testigo a mi favor
soy yo mismo; pero también da testimonio a mi favor el Padre,
que me envió».
Ellos le preguntaron:
«¿Dónde
está tu Padre?»
Jesús les contestó:
«Ni
me conocen a mí ni conocen a mi Padre; si me conocieran a mí,
conocerían también a mi Padre».
Jesús
dijo esto cuando estaba enseñando en el templo, junto a las
alcancías de las ofrendas. Sin embargo, nadie se atrevió
a detenerlo, porque aún no había llegado su hora.
8 de abril
Lectura del libro de los Números
21,
4-9
Por aquellos días, los israelitas partieron de la
montaña de Hor camino del mar Rojo, rodeando el territorio de
Edom. En el camino, el pueblo comenzó a impacientarse y a
murmurar contra el Señor y contra Moisés,
diciendo:
«¿Por qué nos han sacado de Egipto
para hacernos morir en este desierto? No hay pan ni agua y estamos ya
hartos de este pan sin consistencia».
El Señor envió
entonces contra el pueblo serpientes muy venenosas que los mordían.
Murió mucha gente de Israel, y el pueblo fue a decir a
Moisés:
«Hemos pecado al murmurar contra el Señor
y contra ti. Pide al Señor que aleje de nosotros las
serpientes».
Moisés intercedió por el pueblo,
y el Señor le respondió:
«Fabrica una
serpiente de bronce, ponla en un asta, y todos los que hayan sido
mordidos y la miren quedarán curados».
Moisés
hizo una serpiente de bronce y la puso en un asta. Cuando alguno era
mordido por una serpiente, miraba a la serpiente de bronce y quedaba
curado.
Lectura del Libro de los Salmos
Sal 101,
2-3.16-18.19-21
Señor, atiende mi oración.
Señor,
atiende mi oración, llegue hasta ti mi súplica; no me
ocultes tu rostro cuando estoy angustiado, escúchame cuando te
invoco, respóndeme en seguida.
Señor, atiende mi
oración.
Los paganos honrarán tu nombre, Señor,
y todos los reyes de la tierra te engrandecerán, porque tú,
Señor, reconstruirás Sión y manifestarás
así tu gloria, atenderás la súplica del
desamparado y no rechazarás su oración.
Señor,
atiende mi oración.
Que se escriba todo esto para las
generaciones futuras, para que el pueblo que va a ser creado alabe al
Señor; pues el Señor miró desde su alto templo,
desde los cielos se fijó en la tierra, para atender los
lamentos de los cautivos y liberar a los condenados a muerte.
Señor,
atiende mi oración.
Lectura del santo Evangelio según san
Juan
8, 21-30
En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos:
«Yo me voy. Me buscarán, pero morirán en su
pecado. Ustedes no pueden venir adonde yo voy».
Los judíos
comentaban entre sí:
«¿Pensará
suicidarse y por eso dice: “Ustedes no pueden venir a donde yo
voy?”»
Entonces Jesús declaró:
«Ustedes proceden de abajo; yo, en cambio, vengo de arriba.
Ustedes pertenecen a este
mundo; yo no. Por eso les dije que
morirían en sus pecados; porque si no creen que yo soy,
morirán en sus pecados».
Los judíos le
preguntaron:
«Pero, ¿quién eres tú?»
Jesús les respondió:
«Precisamente es lo
que les estoy diciendo desde el principio. Tengo muchas cosas que
decir y condenar de ustedes. Pero lo que yo digo al mundo es lo que
oí al que me envió, y él dice la verdad».
Ellos, sin embargo, no cayeron en la cuenta de que les estaba
hablando del Padre. Por eso Jesús añadió:
«Cuando levanten en alto al Hijo del hombre, entonces
reconocerán que yo soy. Yo no hago nada por mi propia cuenta;
solamente enseño lo que aprendí del Padre. El que me
envió está conmigo y no me ha dejado solo, porque yo
hago siempre lo que le agrada».
Al oírle hablar así,
muchos creyeron en él.
9 de abril
Lectura del libro del profeta Daniel
3,
14-20. 49-50. 91-92. 95
En aquellos días dijo el rey
Nabucodonosor:
«¿Es cierto, Sidrak, Misak y
Abdenagó, que no veneran a mis dioses ni adoran la estatua de
oro que he mandado fabricar? ¿Están o no dispuestos, en
cuanto oigan el sonido de la trompeta, de la mandolina, de la flauta,
de la cítara, del arpa, de la lira, y demás
instrumentos musicales, a postrarse y adorar la estatua que he
mandado fabricar? Si no la adoran, serán arrojados
inmediatamente a un horno de fuego ardiente, y ¿qué
dios podrá librarlos de mi poder?»
Respondieron
Sidrak, Misak y Abdenagó a Nabucodonosor, diciendo:
«Oh
rey, no tenemos necesidad de responderte sobre este asunto. Si
nuestro Dios, a quien damos culto, puede librarnos del horno de fuego
ardiente y de tu poder, nos librará. Y aunque no lo hiciera,
debes saber, oh rey, que no serviremos a tu dios ni nos postraremos
ante la estatua de oro que has mandado fabricar».
Entonces
Nabucodonosor, lleno de ira y visiblemente enfurecido contra Sidrak,
Misak y Abdenagó, mandó que se encendiera el horno con
una intensidad siete veces mayor de la acostumbrada, y ordenó
a algunos de los hombres más vigorosos de su ejército
que ataran a Sidrak, Misak y Abdenagó y los arrojaran al horno
de fuego ardiente.
Pero el ángel del Señor bajó
al horno junto a Azarías y sus compañeros, lanzó
las llamas fuera del horno e hizo que en el horno soplara un viento
fresco, de manera que el fuego no les causó daño ni
molestia alguna; ni siquiera los tocó.
Entonces el rey
Nabucodonosor se quedó totalmente sorprendido; se levantó
de inmediato y dijo a sus ministros:
«¿No arrojamos
nosotros al fuego a estos tres hombres bien atados?»
Ellos
contestaron:
«Sí, oh rey».
El rey replicó:
«Pues yo veo cuatro hombres desatados que caminan en medio
del fuego, sin sufrir daño, y el cuarto tiene el aspecto de un
dios».
Nabucodonosor los hizo salir del horno y exclamó:
«Bendito sea el Dios de Sidrak, Misak y Abdenagó,
que ha mandado a su ángel y ha salvado a sus siervos. Pusieron
su confianza en él y, desobedeciendo la orden del rey,
prefirieron arriesgar su vida antes de servir y adorar a otro dios
fuera del suyo».
Lectura del Libro de los Salmos
Dn 3,
52.53-54.55-56
Bendito seas, Señor, para
siempre.
Bendito seas, Señor, Dios de nuestros
antepasados, a ti gloria y alabanza por siempre. Bendito sea tu
nombre santo y glorioso, a él gloria y alabanza por
siempre.
Bendito seas, Señor, para siempre.
Bendito
seas en el templo de tu santa gloria, a ti gloria y alabanza por
siempre. Bendito seas en tu trono de rey, a ti gloria y alabanza por
siempre.
Bendito seas, Señor, para siempre.
Bendito
tú que penetras los abismos y estás sentado sobre
querubines, a ti gloria y alabanza por siempre. Bendito seas en el
firmamento del cielo, glorificado por siempre con cánticos.
Bendito seas, Señor, para siempre.
Lectura del santo Evangelio según san
Juan
8, 31-42
En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos
que habían creído en él:
«Si
permanecen fieles a mi palabra, ustedes serán verdaderamente
mis discípulos; así conocerán la verdad y la
verdad los hará libres».
Ellos le respondieron:
«Somos descendientes de Abrahán; nunca hemos sido
esclavos de nadie. ¿Qué significa eso de que seremos
libres?»
Jesús les contestó:
«Yo les
aseguro que todo el que comete pecado es esclavo del pecado. Pero el
esclavo no permanece para siempre en la casa, mientras que el hijo
sí. Por eso, si el Hijo les da la libertad, serán
verdaderamente libres. Ya sé que son descendientes de Abrahán.
Sin embargo, quieren matarme, porque no aceptan mi enseñanza.
Yo hablo de lo que he visto hacer a mi Padre; sus acciones, en
cambio, ponen de manifiesto lo que han oído a su padre».
Ellos
le dijeron:
«Nuestro padre es Abrahán».
Jesús
contestó:
«Si fueran de verdad hijos de Abrahán,
harían lo que él hizo. Ustedes quieren matarme a mí,
que les he dicho la verdad que aprendí de Dios mismo. Abrahán
no hizo nada semejante. Ustedes hacen las obras de su padre».
Le respondieron:
«Nosotros no somos hijos ilegítimos.
Dios es nuestro único padre».
Jesús les dijo
entonces:
«Si Dios fuera su Padre, me amarían,
porque yo salí de Dios y he venido de parte suya. No he venido
por mi propia cuenta, sino que Dios me envió».
10 de abril
Lectura del libro del Génesis
17,
3-9
En aquellos días, Abrán cayó de
bruces y Dios le dijo:
«Esta es la alianza que hago contigo:
tú llegarás a ser padre de una muchedumbre de pueblos.
No te llamarás ya Abrán, sino que tu nombre será
Abrahán, porque yo te hago padre de una muchedumbre de
pueblos. Te haré inmensamente fecundo; de ti surgirán
naciones; y reyes saldrán de ti. Establezco mi alianza contigo
y tus descendientes después de ti por siempre, como alianza
perpetua. Les daré a ti y a tus descendientes, la tierra en la
que ahora peregrinas, toda la tierra de Canaán, en posesión
perpetua; y yo seré el Dios de tus descendientes».
Y
el Señor añadió:
«Guardarás mi
alianza tú y tus descendientes de generación en
generación».
Lectura del Libro de los
Salmos
Sal 104, 4-5.6-7.8-9
El Señor nunca olvida
sus promesas.
Recurran al Señor y a su poder, busquen
su rostro sin descanso. Recuerden las maravillas que hizo, sus
portentos y sus justas decisiones.
El Señor nunca olvida
sus promesas
Descendencia de Abrahán, su siervo, hijos
de Jacob, su elegido: el Señor es nuestro Dios, en toda la
tierra están en vigor sus decretos.
El Señor nunca
olvida sus promesas.
El se acuerda de su alianza eternamente,
de la palabra que ha dado por mil generaciones; del pacto concluido
con Abrahán, y del juramento que hizo a Isaac.
El Señor
nunca olvida sus promesas.
Lectura del santo Evangelio según san
Juan
8, 51-59
En aquel tiempo dijo Jesús a los
judíos:
«Yo les aseguro que el que pone en práctica
mi palabra, no morirá nunca».
Al oír esto, los
judíos le dijeron:
«Ahora nos convencemos plenamente
de que estás endemoniado. Tanto Abrahán como los
profetas murieron, y ahora tú dices: El que pone en práctica
mi palabra no experimentará la muerte para siempre. ¿Acaso
eres tú más importante que nuestro padre Abrahán?
Tanto él como los profetas murieron, ¿por quién
nos tienes?»
Jesús respondió:
«Si yo
me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría; es mi
Padre quien me glorifica, el mismo del que ustedes dicen: “Es
nuestro Dios”. En realidad no lo conocen; yo, en cambio, sí
lo conozco. Y si dijera que no lo conozco, sería tan mentiroso
como ustedes. Pero yo lo conozco de veras y pongo en práctica
sus palabras. Abrahán, su padre, se alegró sólo
con el pensamiento de que iba a ver mi día; lo vio y se llenó
de alegría».
Entonces los judíos le
dijeron:
«¿De modo que tú, que aún no
tienes cincuenta años, has visto a Abrahán?»
Jesús
les respondió:
«Les aseguro que antes que Abrahán
naciera, yo soy».
Entonces los judíos tomaron piedras
para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió
del templo.
11 de abril
Lectura del libro del profeta Jeremías
20, 10-13
En aquel tiempo oía el cuchicheo de la
gente:
«¡Terror por todas partes!
¡Denúncienlo,
vamos a denunciarlo!»
Todos mis familiares espiaban mi
traspié:
«Quizá lo podamos engañar, lo
vencemos y nos desquitamos de él».
Pero el Señor
está conmigo como un guerrero poderoso; mis perseguidores
caerán y no me vencerán, quedarán avergonzados
por su fracaso, sufrirán una humillación eterna e
inolvidable.
¡Oh Señor todopoderoso, que examinas al
justo, que ves el interior del hombre y sus intenciones, haz que yo
vea cómo te vengas de ellos, porque a ti he confiado mi causa!
Canten al Señor, alaben al Señor, que libró al
pobre del poder de los perversos.
Lectura del Libro de los Salmos
Sal 17,
2-3a.3bc-4.5-6.7
El Señor salva a los humildes.
Yo
te amo, Señor, mi fuerza. El Señor es mi roca, mi
defensa y el que me libra.
El Señor salva a los
humildes.
Mi Dios, la peña en que me refugio y mi
escudo, mi fuerza salvadora y mi fortaleza. Invoco al Señor,
digno de alabanza, y él me salva de mis enemigos.
El Señor
salva a los humildes.
Los lazos de la muerte me envolvían,
me asustaban torrentes destructores; los lazos del abismo me
apresaban, la muerte me tenía entre sus redes.
El Señor
salva a los humildes.
En mi angustia clamé al Señor,
grité a mi Dios pidiendo auxilio. El escuchó mi voz
desde su templo, mi grito llegó hasta sus oídos.
El
Señor salva a los humildes.
Lectura del santo Evangelio según san
Juan
10, 31-42
En aquel tiempo, los judíos volvieron
a tomar piedras para tirárselas. Jesús les dijo:
«He
hecho ante ustedes muchas obras buenas por encargo del Padre. ¿Por
cuál de ellas quieren apedrearme?»
Le contestaron los
judíos:
«No es por ninguna obra buena que queremos
apedrearte, sino por haber blasfemado. Pues tú, siendo hombre,
te haces Dios».
Jesús les respondió:
«¿No
está escrito en su ley: Yo les digo: ustedes son dioses? Pues,
si la ley llama dioses a aquellos a quienes fue dirigida la palabra
de Dios, y lo que dice la Escritura no puede ponerse en duda,
entonces, ¿con qué derecho me acusan de blasfemia sólo
por haber dicho: “yo soy Hijo de Dios”, a mí, a
quien el Padre consagró y envió al mundo? Si no hago
las obras de mi Padre, no me crean, pero si las realizo, acepten el
testimonio de las mismas aunque no quieran creer en mí. De
este modo reconocerán que el Padre está en mí y
yo en el Padre».
Así pues, intentaron de nuevo
detener a Jesús, pero él se les escapó de entre
las manos.
Jesús se fue de nuevo a la otra orilla del
Jordán, al lugar donde anteriormente había estado
bautizando Juan, y se quedó allí. Acudía a él
mucha gente, que decía:
«Es cierto que Juan no hizo
ningún signo, pero todo lo que dijo de éste era
verdad».
Y en aquella región muchos creyeron en él.
12 de abril
Lectura del libro del profeta Ezequiel
37,
21-28
Esto dice el Señor:
«Yo recogeré
a los israelitas de entre las naciones adonde han ido y los reuniré
de todas partes para llevarlos a su tierra. Haré de ellos un
solo pueblo en mi tierra, en las montañas de Israel; tendrán
todos un solo rey, y ya no serán dos naciones, dos reinos
divididos. No se contaminarán más con sus ídolos,
con sus perversas acciones y sus crímenes; los libraré
de todos los lugares donde pecaron y los purificaré. Ellos
serán mi pueblo y yo seré su Dios.
Mi siervo David
será su rey, y tendrán todos un solo pastor; caminarán
por la senda de mis preceptos, observarán mis mandamientos y
los pondrán en práctica. Vivirán en la tierra
que yo di a mi siervo Jacob, donde vivieron sus antepasados. Allí
vivirán ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos para
siempre; mi siervo David será su príncipe eternamente.
Haré con ellos una alianza de paz, una alianza eterna, y
pondré mi santuario en medio de ellos para siempre. Pondré
en medio de ellos mi morada, yo seré su Dios y ellos serán
mi pueblo. Y cuando mi santuario esté en medio de ellos por
siempre, reconocerán las naciones que yo, el Señor, he
consagrado a Israel».
Lectura del Libro de los
Salmos
Jr 31, 10.11-12ab.13
El Señor nos cuidará
como pastor a su rebaño.
Escuchen, pueblos, la palabra
del Señor, anúncienla en las islas remotas: «El
que dispersó a Israel lo reunirá, lo cuidará
como pastor a su rebaño».
El Señor nos
cuidará como pastor a su rebaño.
El Señor
redimió a Israel y lo rescató de las manos del
poderoso. Vendrán para aclamarlo al monte Sión,
acudirán a gozar de los bienes del Señor.
El Señor
nos cuidará como pastor a su rebaño.
Entonces
las muchachas bailarán alegremente, junto con los jóvenes
y los viejos. Yo convertiré su tristeza en alegría, los
llenaré de gozo y aliviaré sus penas.
El Señor
nos cuidará como pastor a su rebaño.
Lectura del santo Evangelio según san
Juan
11, 45-56
En aquel tiempo, muchos judíos que
habían ido a visitar a María, al ver lo que Jesús
había hecho creyeron en él. Otros, en cambio, fueron a
contar a los fariseos lo que había hecho. Entonces, los sumos
sacerdotes y los fariseos convocaron a reunión del Consejo. Se
decían:
«¿Qué hacemos? Este hombre
está realizando muchos signos. Si dejamos que siga actuando
así, toda la gente creerá en él; entonces las
autoridades romanas tendrán que intervenir y destruirán
nuestro templo y nuestra nación».
Uno de ellos,
llamado Caifás, que era el sumo sacerdote aquel año,
les dijo:
«Están completamente equivocados. ¿No
se dan cuenta de que es preferible que muera un solo hombre por el
pueblo, a que toda la nación sea destruida?»
Caifás
no hizo esta propuesta por su cuenta, sino que, como desempeñaba
el oficio de sumo sacerdote aquel año, anunció bajo la
inspiración de Dios que Jesús iba a morir por toda la
nación; y no solamente por la nación judía, sino
para conseguir la unión de todos los hijos de Dios que estaban
dispersos.
A partir de este momento tomaron la decisión de
dar muerte a Jesús. Por eso, Jesús ya no se mostraba
públicamente entre los judíos; dejó la región
de Judea y se fue a un pueblo, llamado Efraín, muy cerca del
desierto. Y se quedó allí con sus discípulos.
Estaba
muy próxima la fiesta judía de la pascua. Ya antes de
la fiesta, mucha gente de las distintas regiones del país
subía a Jerusalén para asistir a los ritos de
purificación. Estas gentes buscaban a Jesús y, estando
en el templo, se decían unos a otros:
«¿Qué
les parece? ¿Vendrá a la fiesta?»
13 de abril
Lectura del libro del profeta Isaías
50,
4-7
En aquel tiempo dijo Isaías:
«El Señor
me ha dado una lengua de discípulo para que sepa sostener con
mi palabra al cansado. Cada mañana me despierta el oído,
para que escuche como los discípulos. El Señor me ha
abierto el oído, y yo no me he resistido ni me he echado
atrás.
Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, mis
mejillas a los que tiraban mi barba; no oculté la cara ante
los insultos y salivazos. El Señor me ayuda, por eso soportaba
las ofensas, por eso endurecí mi cara como una piedra,
sabiendo que no quedaría defraudado».
Lectura
del Libro de los Salmos
Sal 21, 8-9.17-18a.19-20.23-24
Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?
Todos los que me ven se ríen de mí,
hacen muecas, menean la cabeza: «Se encomendó al Señor,
pues que él lo libre, que lo salve, si es que lo ama».
Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?
Me acorrala una jauría de perros, me cerca
una banda de malvados: taladran mis manos y mis pies, puedo contar
todos mis huesos.
Dios mío, Dios mío, ¿por
qué me has abandonado?
Se reparten mis ropas, se
sortean mi vestido. Pero tú, Señor, no te quedes lejos,
fuerza mía, date prisa en socorrerme.
Dios mío, Dios
mío, ¿por qué me has abandonado?
Anunciaré
tu nombre a mis hermanos, te alabaré en medio de la asamblea.
Los que respetan al Señor, alábenlo; glorifíquenlo,
descendientes de Jacob, témanlo, descendientes de Israel.
Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?
Lectura de la carta del apóstol san
Pablo a los Filipenses
2, 6-11
Hermanos: Cristo Jesús,
siendo de condición divina, no consideró codiciable el
ser igual a Dios. Al contrario, se despojó de su grandeza,
tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los
hombres. Y en su condición de hombre, se humilló a sí
mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte en
cruz.
Por eso Dios lo exaltó y le dio el nombre que está
por encima de todo nombre, para que ante el nombre de Jesús se
doble toda rodilla en los cielos, en tierra y en los abismos, y toda
lengua proclame que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios
Padre.
Pasión de nuestro Señor
Jesucristo según san Marcos
14, 1-72; 15, 1-47
C.
Faltaban dos días para la fiesta de pascua y de los panes sin
levadura. Los sumos sacerdotes y los escribas andaban buscando el
modo de arrestar a Jesús con engaño y darle muerte,
pero decían:
S. «Durante la fiesta no; no sea que el
pueblo se amotine».
C. Estaba Jesús en Betania, en
casa de Simón el leproso, sentado a la mesa, cuando llegó
una mujer con un frasco de alabastro lleno de un perfume de nardo
puro, que era muy caro. Rompió el frasco y lo derramó
sobre la cabeza de Jesús. Algunos, indignados comentaban entre
sí:
S. «¿A qué se debe semejante
derroche de perfume? Podía haberse vendido este perfume a un
precio muy alto y haber dado el dinero a los pobres».
C. Y
la criticaban. Pero Jesús les dijo:
†. «Déjenla.
¿Por qué la apenan? Ha hecho conmigo una buena obra. A
los pobres los tienen siempre con ustedes y pueden socorrerlos cuando
quieran, pero a mí no me tendrán siempre. Ha hecho lo
que ha podido. Se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura.
Les aseguro que en cualquier parte del mundo donde se anuncie la
buena noticia será recordada esta mujer y lo que ha hecho».
C.
Judas Iscariote, uno de los Doce, fue hablar con a los sumos
sacerdotes para entregarles a Jesús. Ellos se alegraron al
oírlo, y prometieron darle dinero; por eso buscaba cuál
sería el momento oportuno para entregarlo.
El primer día
de la fiesta de los panes sin levadura, cuando se sacrificaba el
cordero pascual, sus discípulos preguntaron a Jesús:
S.
«¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena
de pascua?»
C. Jesús envió a dos de sus
discípulos, diciéndoles:
†. «Vayan a la
ciudad y les saldrá al encuentro un hombre que lleva un
cántaro de agua; síganlo, y allí donde entre
digan al dueño: El Maestro dice: “¿Dónde
está mi sala, en la que voy a celebrar la cena de pascua con
mis discípulos?” El les mostrará en el piso de
arriba una sala grande y bien alfombrada. Preparen todo allí
para nosotros».
C. Los discípulos salieron, llegaron
a la ciudad, encontraron todo tal como Jesús les dijo y
prepararon la cena de pascua.
Al atardecer, llegó Jesús
con los Doce. Y una vez que se acomodaron, mientras cenaban, dijo
Jesús:
†. «Les aseguro que uno de ustedes me
va a entregar, uno que está cenando conmigo».
C.
Ellos, comenzaron a entristecerse y a preguntarle uno tras otro:
S.
«¿Acaso soy yo?»
C. El les respondió:
†.
«Uno de los Doce, uno que que está comiendo conmigo en
el mismo plato. El Hijo del hombre se va, tal como está
escrito de él, pero ¡ay de aquél que entrega al
Hijo del hombre! ¡Más le valdría a ese hombre no
haber nacido!»
C. Durante la cena, Jesús tomó
pan, pronunció la bendición, lo partió, lo dio a
sus discípulos y dijo:
†. «Tomen, esto es mi
cuerpo».
C. Tomó luego un cáliz, pronunció
la acción de gracias, lo dio a sus discípulos y
bebieron todos de él. Y les dijo:
†. «Esta es
mi sangre, la sangre de la alianza derramada por todos. Les aseguro
que ya no beberé más del fruto de la vid hasta el día
aquel en que beba un vino nuevo en el reino de Dios».
C.
Después de cantar los himnos, salieron hacia el monte de los
Olivos. Jesús les dijo:
†. «Todos me
abandonarán, porque está escrito: Heriré al
pastor y se dispersarán las ovejas. Pero después de
resucitar, me encontraré de nuevo con ustedes en Galilea».
C.
Pedro replicó:
S. «Aunque todos te abandonen, yo
no».
C. Jesús le contestó:
†. «Te
aseguro que hoy, esta misma noche, antes de que el gallo cante dos
veces, tú me habrás negado tres».
C. Pedro
insistió:
S. «Aunque tenga que morir contigo, jamás
te negaré».
C. Y todos decían lo mismo.
Cuando
llegaron a un lugar llamado Getsemaní, dijo Jesús a sus
discípulos:
†. «Siéntense aquí,
mientras yo voy a orar».
C. Tomó consigo a Pedro, a
Santiago y a Juan; comenzó a sentir miedo y angustia, y les
dijo:
†. «Me muero de tristeza. Quédense aquí
y velen».
C. Y avanzado un poco más, se postró
en tierra y suplicaba que, si era posible, no tuviera que pasar por
aquel momento. Decía:
†. «Padre, todo te es
posible. Aparta de mí este cáliz de amargura. Pero no
se haga como yo quiero, sino como quieres tú».
C.
Regresó y los encontró dormidos. Y dijo a Pedro:
†.
« Simón, ¿duermes? ¿No has podido velar ni
siquiera una hora? Velen y oren para que puedan hacer frente a la
prueba; pues el espíritu está bien dispuesto, pero la
carne es débil».
C. Se alejó de nuevo y oró
repitiendo lo mismo. Regresó y de nuevo los encontró
dormidos, pues sus ojos se cerraban de sueño. Ellos no sabían
qué contestarle. Regresó por tercera vez y les dijo:
†.
«¿Todavía están durmiendo y descansando?
¡Basta ya! Ha llegado la hora. Miren, el Hijo del hombre va a
ser entregado en manos de los pecadores. ¡ Vamos! ¡Levántense!
Ya está aquí el que me va a entregar».
C.
Todavía estaba hablando Jesús, cuando se presentó
Judas, uno de los Doce, y con él un tumulto de gente con
espadas y palos, enviados por los sumos sacerdotes, los escribas y
los ancianos. El traidor les había dado esta contraseña:
S.
«Al que yo bese, ése es; arréstenlo y llévenlo
bien custodiado».
C. En cuanto llegó, se acercó
a Jesús y le dijo:
S. «Maestro».
C. Y lo
besó.
Ellos se abalanzaron sobre él y lo
arrestaron. Uno de los presentes desenvainó la espada y cortó
de un golpe la oreja al criado del sumo sacerdote.
Jesús
tomó la palabra y les dijo:
†. «Han salido a
detenerme con espadas y palos, como si fuera un bandido. A diario
estaban con ustedes enseñando en el templo, y no me
arrestaron. Pero es necesario que se cumplan las Escrituras».
C.
Entonces todos sus discípulos lo abandonaron y huyeron.
Un
joven lo iba siguiendo, cubierto tan sólo con una sábana.
Lo detuvieron, pero él, soltando la sábana, se escapó
desnudo.
Condujeron a Jesús ante el sumo sacerdote y se
reunieron todos los pontífices, los escribas y los ancianos.
Pedro lo siguió de lejos hasta el interior del patio del sumo
sacerdote y se quedó sentado con los guardias, calentándose
junto al fuego.
Los sumos sacerdotes y el Consejo en pleno
buscaban una acusación contra Jesús para darle muerte,
pero no la encontraban. Pues aunque muchos testimoniaban en falso
contra él, los testimonios no coincidían. Algunos
comparecieron y dieron contra él este falso testimonio:
S.
«Nosotros lo hemos oído decir: “Yo destruiré
este templo hecho por hombres y en tres días construiré
otro no edificado por hombres”».
C. Pero ni siquiera
en esto concordaba su testimonio.
Entonces el sumo sacerdote tomó
la palabra en medio de todos y preguntó a Jesús:
S.
«¿No respondes nada? ¿De qué te acusan
éstos?»
C. Pero Jesús callaba y no respondía
nada. El sumo sacerdote siguió preguntándole:
S.
«¿Eres tú el Mesías, el Hijo del
Bendito?»
C. Jesús contestó:
†. «Yo
soy, y verán al Hijo del hombre sentado a la derecha del
Todopoderoso y que viene entre las nubes del cielo».
C. El
sumo sacerdote, rasgándose las vestiduras, dijo:
S. «¿Qué
necesidad tenemos ya de testigos? Han oído la blasfemia. ¿Qué
les parece?»
C. Todos juzgaron que merecía la muerte.
Algunos comenzaron a escupirlo y, tapándole la cara, le daban
bofetadas y le decían:
S. ¡«Adivina»!
C.
Y también los guardias lo golpeaban.
Mientras Pedro estaba
abajo, en el patio, llegó una de las criadas del sumo
sacerdote. Al ver a Pedro calentándose junto al fuego, se
quedó mirándolo y le dijo:
S. «También
tú andabas con Jesús, el de Nazaret».
C. Pedro
lo negó diciendo:
S. «No sé ni entiendo de qué
hablas».
C. Salió a la puerta de la casa y un gallo
cantó.
Lo vio de nuevo la criada y otra vez se puso a
decir a los que estaban allí:
S. «Este es uno de
ellos».
C. Pedro lo negó de nuevo. Poco después
también los otros dijeron a Pedro:
S. «No hay duda.
Tú eres uno de ellos, pues eres galileo».
C. El
comenzó entonces a maldecir y a jurar:
S. «Yo no
conozco a ese hombre del que me hablan».
C. En seguida cantó
el gallo por segunda vez. Pedro se acordó de lo que le había
dicho Jesús:
“Antes de que el gallo cante dos veces,
tú me habrás negado tres”, y se puso a llorar».
Muy de madrugada, se reunieron a deliberar los sumos sacerdotes,
junto con los ancianos, los escribas y el Consejo en pleno; luego
llevaron a Jesús atado y lo entregaron a Pilato.
Pilato le
preguntó:
S. «¿Eres tú el rey de los
judíos?»
C. Jesús le respondió:
†.
«Tu lo dices».
C. Los sumos sacerdotes lo acusaban de
muchas cosas.
Pilato lo interrogó de nuevo, diciendo:
S.
«¿No respondes nada? Mira de cuántas cosas te
acusan».
C. Pero Jesús no respondió nada más,
de modo que Pilato se quedó extrañado.
Por la
fiesta Pilato les concedía la libertad de un preso, el que
pidieran. Tenía encarcelado a un tal Barrabás con los
revoltosos que habían cometido un asesinato en una rebelión.
Cuando llegó la gente, empezó a pedir lo que solía
concederles. Pilato les preguntó:
S. «¿Quieren
que les suelte al rey de los judíos?»
C. Pues sabía
que los sumos sacerdotes habían entregado a Jesús por
envidia.
Los sumos sacerdotes incitaron a la gente para que les
soltara a Barrabás. Pilato les preguntó otra vez:
S.
«¿Y qué quieren que haga con el que ustedes
llaman rey de los judíos?»
C. Ellos gritaron:
S.
«¡Crucifícalo!»
C. Pilato les
contestó:
S. «Pues ¿qué ha hecho de
malo?»
C. Pero ellos gritaron todavía más
fuerte:
S. «¡Crucifícalo!»
C. Pilato,
entonces, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás
y entregó a Jesús para que lo azotaran, y, después,
lo crucificaran.
Los soldados lo llevaron al interior del
palacio, o sea, al pretorio, y llamaron a toda la tropa. Lo vistieron
con un manto rojo y, trenzando una corona de espinas, se le pusieron.
Después comenzaron a saludarlo, diciendo:
S. «¡Salve,
rey de los judíos!»
C. Lo golpeaban en la cabeza con
una caña, lo escupían y, poniéndose de rodillas,
le rendían homenaje. Después de burlarse de él,
le quitaron el manto rojo, lo vistieron con sus ropas y lo sacaron
para crucificarlo.
Y a un tal Simón, natural de Cirene, el
padre de Alejandro y de Rufo, que al regresar del campo pasaba por
allí, lo obligaron a llevar la cruz de Jesús.
Condujeron a Jesús hasta el Gólgota, que quiere decir
lugar de la Calavera. Le daban vino mezclado con mirra, pero él
no lo aceptó. Después lo crucificaron y se repartieron
su ropa, sorteándola, para ver qué se llevaba cada
uno.
Eran las nueve de la mañana cuando lo crucificaron.
Había un letrero en la que estaba escrita la causa de su
condena: «El rey de los judíos». Con Jesús
crucificaron a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda.
Los que pasaban por allí lo insultaban, haciendo muecas y
diciendo:
S. «Eh, tú que destruías el templo y
lo reconstruías en tres días! ¡Sálvate a
ti mismo, bajando de la cruz».
C. Y de la misma manera los
sumos sacerdotes y los escribas se burlaban de él diciéndose
unos a otros:
S. «¡A otros salvó y a sí
mismo no puede salvarse! ¡El Mesías, el rey de Israel!
¡Que baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos!»
C.
Hasta los que habían sido crucificados junto con él lo
insultaban.
Al llegar el mediodía, toda la región
quedó a oscuras hasta las tres de la tarde. A esa hora Jesús
gritó con voz potente:
†. «Eloí, Eloí,
¿lemá sabactaní? Que significa: Dios mío,
Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
C.
Algunos de los presentes decían al oírlo:
S. «Está
llamando a Elías».
C. Uno fue corriendo a empapar una
esponja en vinagre y, sujetándola a una caña, le
ofrecía de beber, diciendo:
S. «Vamos a ver si viene
Elías a descolgarlo».
C. Entonces Jesús,
dando un fuerte grito, expiró.
Aquí todos se arrodillan y guardan
silencio por unos instantes.
C. La cortina del templo se rasgó en dos
de arriba abajo. Y el oficial romano que estaba frente a Jesús,
al ver que había expirado de aquella manera, dijo:
S.
«Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios».
C.
Algunas mujeres contemplaban la escena desde lejos. Entre ellas María
Magdalena, María, la madre de Santiago el menor y de José,
y Salomé, que habían seguido a Jesús y habían
asistido cuando estaba en Galilea. Había, además, otras
muchas que habían venido con él a Jerusalén.
Al
caer la tarde, como era la preparación de la pascua, es decir
la víspera del sábado, llegó José de
Arimatea, que era miembro distinguido del Consejo y esperaba el reino
de Dios, y tuvo valor de presentarse a Pilato y le pidió el
cuerpo de Jesús.
Pilato se extrañó de que
hubiera muerto tan pronto y, llamando al oficial romano, le preguntó
si había muerto ya.
Informado por el oficial romano,
entregó el cadáver a José. Este compró
una sábana, lo bajó, lo envolvió en la sábana,
lo puso en un sepulcro excavado en la roca y tapó con una
piedra la entrada del sepulcro.
María Magdalena y María,
la madre de José, observaban dónde lo ponían.
Hasta
aquí la Pasión de nuestro Señor Jesucristo,
según san Marcos.
14 de abril
Lectura del libro del profeta Isaías
42,
1-7
Este es mi siervo a quien sostengo, mi elegido en quien me
complazco. He puesto sobre él mi espíritu, para que
manifieste el derecho a las naciones. No gritará, no voceará
ni clamará por las calles; no romperá la caña
resquebrajada, ni apagará la mecha que apenas arde.
Manifestará firmemente el derecho, y no se debilitará
ni se cansará hasta implantarlo en la tierra. Los pueblos
lejanos anhelan su enseñanza.
Así dice el Señor
Dios, que creó y desplegó el cielo, que extendió
la tierra y su vegetación, que concede vida a sus habitantes,
y aliento a los que se mueven en ella: Yo, el Señor, te llamé
según mi plan salvador; te tomé de la mano, te formé
y te hice mediador del pueblo y luz de las naciones, para abrir los
ojos a los ciegos, para sacar prisioneros de la cárcel, y del
calabozo a los que viven en tinieblas.
Lectura del
Libro de los Salmos
Sal 26, 1.2.3.13-14
El Señor es
mi luz y mi salvación.
El Señor es mi luz y mi
salvación, ¿a quién temeré? El Señor
es mi fortaleza, ¿quién me hará temblar?
El
Señor es mi luz y mi salvación.
Cuando los
malvados se lanzan contra mí para devorarme, son ellos, mis
adversarios y enemigos, los que tropiezan y caen.
El Señor
es mi luz y mi salvación.
Aunque un ejército
acampara contra mí, no temo; aunque me hicieran la guerra, me
sentiría seguro.
El Señor es mi luz y mi
salvación.
Espero gozar los bienes del Señor en
la tierra de los vivos. Espera en el Señor, sé fuerte,
ten ánimo, espera en el Señor.
El Señor es mi
luz y mi salvación.
Lectura del santo Evangelio según san
Juan
12, 1-11
Seis días antes de la fiesta judía
de la pascua, llegó Jesús a Betania, donde vivía
Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos.
Ofrecieron allí una cena en honor de Jesús. Marta
servía y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa
con él.
Entonces María se presentó con un
frasco de perfume muy caro, casi medio litro de nardo puro y ungió
con él los pies de Jesús; después los secó
con sus cabellos. La casa se llenó con la fragancia del
perfume. Judas Iscariote, uno de los discípulos –el que
lo iba a traicionar– protestó diciendo:
«¿Por
qué no se vendió este perfume en trescientos denarios
para repartirlo entre los pobres?»
Si dijo esto, no fue
porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón y,
como tenía a su cargo la bolsa del dinero común, robaba
de lo que echaban en ella.
Jesús le dijo:
«Déjala
en paz. Esto que ha hecho anticipa el día de mi sepultura;
además, a los pobres los tendrán siempre con ustedes; a
mí, en cambio, no siempre me tendrán».
Un gran
número de judíos se enteró de que Jesús
estaba en Betania, y fueron allá, no sólo para ver a
Jesús, sino también para ver a Lázaro, a quien
Jesús había resucitado de entre los muertos. Los sumos
sacerdotes tomaron entonces la decisión de eliminar también
a Lázaro, porque, por su causa, muchos judíos se
alejaban de ellos y creían en Jesús.
15 de abril
Lectura del libro del profeta Isaías
49,
1-6
Escuchen, habitantes de las islas; atiendan, pueblos
lejanos: El Señor me llamó desde el seno materno, desde
las entrañas de mi madre pronunció mi nombre.
Convirtió
mi boca en espada afilada, me escondió al amparo de su mano;
me transformó en flecha punzante y me guardó en su
aljaba. Me dijo:
«Tú eres mi siervo, Israel, y estoy
orgulloso de ti».
Aunque yo pensaba:
«En vano me
fatigué, por nada e inútilmente gasté mis
fuerzas».
Sin embargo, el Señor defendía mi
causa, mi Dios guardaba mi recompensa.
Y ahora habla el Señor,
aquél que desde el vientre me formó como siervo suyo,
para que le trajera a Jacob y le reuniera a Israel. ¡Tan
valioso soy para el Señor y en Dios se halla mi fuerza!
El
dice:
«No sólo eres mi siervo para restablecer las
tribus de Jacob y traer a los sobrevivientes de Israel, sino que te
convierto en luz de las naciones para que mi salvación llegue
hasta el último rincón de la tierra».
Lectura
del Libro de los Salmos
Sal 70, 1-2.3-4a.5-6ab.15 y 17
En
ti, Señor, he puesto mi esperanza.
En ti, Señor,
me refugio; que yo no quede avergonzado para siempre. Líbrame,
rescátame tú, que eres salvador; hazme caso y
libérame.
En ti, Señor, he puesto mi esperanza.
Sé
para mí una roca de refugio, una fortaleza donde me salve,
pues tú eres mi roca y mi
fortaleza; Dios mío,
rescátame de las manos del malvado.
En ti, Señor, he
puesto mi esperanza.
Porque tú eres mi esperanza,
Señor, en ti confío, Señor, desde mi juventud.
En ti me apoyaba antes de nacer, tú eres mi protector desde
las entrañas de mi madre.
En ti, Señor, he puesto mi
esperanza.
Mi boca proclamará todo el día tu
salvación, y tus actos liberadores. Desde mi juventud. Dios
mío, me has instruido, y yo he proclamado tus maravillas hasta
hoy.
En ti, Señor, he puesto mi esperanza.
Lectura del santo Evangelio según san
Juan
13, 21-33. 36-38
En aquel tiempo, estando Jesús
a la mesa con sus discípulos, se conmovió profundamente
y declaró:
«Les aseguro que uno de ustedes me va a
entregar».
Los discípulos comenzaron a mirarse unos
a otros, preguntándose a quién podría referirse.
Uno de ellos, el discípulo al que Jesús tanto amaba,
estaba reclinado sobre el pecho de Jesús. Simón Pedro
le hizo señas para que le preguntara a quién se
refería. El discípulo que estaba reclinado sobre el
pecho de Jesús le preguntó:
«Señor,
¿quién es?»
Le contestó Jesús:
«Aquel
a quien yo dé el trozo de pan que voy a mojar en el plato».
Y,
mojándolo, se lo dio a Judas Iscariote, hijo de Simón.
Cuando
Judas recibió aquel trozo de pan mojado, Satanás entró
en él.
Jesús le dijo:
«Lo que vas a hacer,
hazlo cuanto antes».
Ninguno de los que estaban a la mesa
con Jesús entendió lo que había querido decir.
Como Judas era el que llevaba la bolsa del dinero, algunos pensaron
que le había encomendado que comprara lo necesario para la
fiesta o que diera algo a los pobres. Judas, después de
recibir el trozo de pan mojado, salió inmediatamente. Era de
noche.
Al salir Judas, dijo Jesús:
«Ahora va a
manifestarse la gloria del Hijo del hombre, y Dios será
glorificado en él. Y si Dios va a ser glorificado en el Hijo
del hombre, también Dios lo glorificará a él. Y
lo va a ser muy pronto.
Hijos míos, ya no estaré con
ustedes por mucho tiempo. Me buscarán, pero les digo ahora lo
mismo que ya dije a los judíos: “Adonde yo voy, ustedes
no pueden venir”».
Simón Pedro le
preguntó:
«Señor, ¿adónde
vas?»
Jesús le respondió:
«Adonde yo
voy tú no puedes seguirme ahora; algún día lo
harás».
Pedro insistió:
«Señor,
¿por qué no puedo seguirte ahora? Estoy dispuesto a dar
mi vida por ti».
Jesús le dijo:
«¡De
modo que estás dispuesto a dar tu vida por mí! Te
aseguro, Pedro, que antes que el gallo cante, me habrás negado
tres veces».