Abril
16 de abril
Lectura del libro del profeta Isaías
50,
4-9a
En aquel entonces dijo Isaías:
«El Señor
me ha dado una lengua de discípulo para que sepa sostener con
mi palabra al
cansado. Cada mañana me despierta el oído,
para que escuche como los discípulos. El Señor me ha
abierto el oído, y yo no me he resistido ni me he echado
atrás.
Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, mis
mejillas a los que tiraban mi barba; no oculté la cara ante
los insultos y salivazos. El Señor me ayuda, por eso soportaba
las ofensas, por eso endurecí mi cara como una piedra,
sabiendo que no quedaría defraudado. Mi defensor está
cerca, ¿quién me denunciará? ¡Comparezcamos
juntos! ¿Quién me va a acusar? ¡Que venga a
decírmelo! Sepan que el Señor me ayuda: ¿Quién
me condenará?»
Lectura del Libro de los Salmos
Sal 68,
8-10.21bcd-22.31 y 33-44
Por tu bondad, Señor,
socórreme.
Por ti sufro el insulto y la vergüenza
cubre mi rostro. Soy un extranjero para mis hermanos, un extraño
para los hijos de mi madre. Me desvelo por defender tu templo, y el
insulto de los que te insultan cae sobre mí.
Por tu bondad,
Señor, socórreme.
Los insultos me han roto el
corazón y casi muero; espero compasión, y no la hay;
consoladores, y no los encuentro. Me pusieron veneno en la comida, me
dieron a beber vinagre para mi sed.
Por tu bondad, Señor,
socórreme.
Yo alabaré el nombre de Dios con
cantos, proclamaré su grandeza dándole gracias. Véanlo
ustedes, los humildes, y alégrense, recobren el ánimo
los que buscan a Dios. Porque el Señor escucha a los
necesitados, y no rechaza a sus cautivos.
Por tu bondad, Señor,
socórreme.
Lectura del santo Evangelio según san
Mateo
26, 14-25
En aquel tiempo, uno de los Doce, el
llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo:
«¿Qué me dan si les entrego a Jesús?»
Ellos le ofrecieron treinta monedas de plata.
Y desde ese
momento buscaba la oportunidad para entregarlo.
El primer día
de la fiesta de los panes sin levadura, los discípulos se
acercaron a Jesús y le preguntaron:
«¿Dónde
quieres que te preparemos la cena de pascua?»
El respondió:
«Vayan a la ciudad, a casa de Fulano, y díganle: “El
Maestro dice: Se acerca el momento, y quiero celebrar la pascua en tu
casa con mis discípulos”».
Ellos hicieron lo
que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de
pascua.
Al atardecer, se puso a la mesa con los Doce, y mientras
cenaban les dijo:
«Les aseguro que uno de ustedes me va a
entregar».
Muy entristecidos, se pusieron a decirle uno por
uno:
«¿Acaso soy yo, Señor?»
Jesús
respondió:
«El que come en el mismo plato que yo,
ése me entregará. El Hijo del hombre se va, tal como
está escrito de él; pero ¡ay de aquél que
entrega al Hijo del hombre! ¡Más le valdría a ese
hombre no haber nacido!»
Entonces preguntó Judas, el
traidor:
«¿Soy yo acaso, maestro?»
Y Jesús
le respondió:
«Tú lo has dicho».
17 de abril
Lectura del libro del Éxodo
12,
1-8.11-14
En aquellos días, el Señor dijo a
Moisés y a Aarón en Egipto:
«Este mes será
para ustedes el más importante de todos, será el primer
mes del año. Digan a toda la asamblea de Israel:
Que el
día décimo de este mes prepare cada uno un cordero por
familia, uno por casa. Si la familia es demasiado pequeña para
comerlo entero, que invite a cenar en su casa a su vecino más
próximo, según el número de personas y la
porción de cordero que cada cual pueda comer.
Será
un animal sin defecto, macho, de un año; podrá ser
cordero o cabrito. Lo guardarán hasta el día catorce de
este mes, y toda la comunidad de Israel lo inmolará al
atardecer. Luego rociarán con la sangre el marco de la puerta
en las casas donde vayan a comerlo. Lo comerán esa noche asado
al fuego, con panes sin levadura y hierbas amargas. Y lo comerán
así: el cinturón puesto, los pies calzados, bastón
en mano y a toda prisa, porque es la pascua del Señor.
Esa
noche pasaré yo por el país de Egipto y mataré a
todos sus primogénitos, tanto de los hombres como de los
animales. Así ejecutaré mi sentencia contra todos los
dioses de Egipto. Yo, el Señor. La sangre servirá de
señal en las casas donde estén; al ver yo la sangre,
pasaré de largo y, cuando yo castigue a Egipto, la plaga
exterminadora no los alcanzará cuando hiera yo a Egipto.
Este
día lo recordarán siempre y lo celebrarán como
fiesta del Señor, institución perpetua para todas las
generaciones».
Lectura del Libro de los Salmos
Sal 115,
12-13.15-16bc.17-18
Gracias, Señor, por tu sangre que
nos lava.
¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho? Levantaré el cáliz de la
salvación, invocando su nombre.
Gracias, Señor, por
tu sangre que nos lava.
El Señor siente profundamente
la muerte de sus fieles. Señor, yo soy tu siervo, hijo de tu
esclava; rompiste mis ataduras.
Gracias, Señor, por tu
sangre que nos lava.
Te ofreceré un sacrificio de
acción de gracias invocando tu nombre; cumpliré mis
promesas al Señor en presencia de todo el pueblo.
Gracias,
Señor, por tu sangre que nos lava.
Lectura de la primera carta del apóstol
san Pablo a los Corintios
11, 23-26
Hermanos: Por lo que a
mí toca, del Señor recibí la tradición
que les he transmitido, a saber, que Jesús, el Señor,
la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, después
de dar gracias, lo partió y dijo:
«Esto es mi cuerpo
entregado por ustedes; hagan esto en memoria mía».
Igualmente,
después de cenar, tomó el cáliz y dijo:
«Este
cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; cuantas veces
beban de él, háganlo en memoria mía».
Así
pues, siempre que coman de este pan y beban de este cáliz,
anuncian la muerte del Señor hasta que él venga.
Lectura del santo Evangelio según san
Juan
13, 1-15
Era la víspera de la fiesta de la
pascua. Jesús sabía que le había llegado la hora
de dejar este mundo para ir al Padre. Y él, que había
amado a los suyos, que estaban en el mundo, llevó su amor
hasta el final.
Estaban cenando y ya el diablo había
convencido a Judas Iscariote, hijo de Simón, para que
entregara a Jesús. Entonces Jesús, sabiendo que el
Padre le había entregado todo, y que de Dios había
venido y a Dios regresaba, se levantó de la mesa, se quitó
el manto, tomó una toalla y se la colocó en la cintura.
Después echó agua en una palangana y comenzó
a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con
la toalla que llevaba a la cintura.
Cuando llegó a Simón
Pedro, éste se resistió:
«Señor, ¿cómo
vas a lavarme tú a mí los pies?»
Jesús
le contestó:
«Lo que estoy haciendo, tú no lo
puedes comprender ahora; lo comprenderás después».
Pedro insistió:
«Jamás permitiré
que me laves los pies».
Entonces Jesús le contestó:
«Si no te lavo los pies, no tendrás nada que ver
conmigo».
Simón Pedro reaccionó diciendo:
«Señor, no sólo los pies; lávame
también las manos y la cabeza».
Pero Jesús le
dijo:
«El que se ha bañado sólo necesita
lavarse los pies, porque está completamente limpio; y ustedes
están limpios, aunque no todos».
Sabía muy
bien Jesús quién lo iba a entregar; por eso dijo: “No
todos están limpios”.
Después de lavarles los
pies, se puso de nuevo el manto, volvió a sentarse a la mesa y
dijo:
«¿Comprenden lo que acabo de hacer con
ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón,
porque efectivamente lo soy. Pues bien, si yo, que soy el Maestro y
el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben
hacer lo mismo unos con otros. Les he dado ejemplo, para que hagan lo
mismo que yo he hecho con ustedes».
18 de abril
Lectura del libro del profeta Isaías
52,
13-15; 53, 1-12
Mi siervo tendrá éxito, crecerá
y llegará muy alto. Lo mismo que muchos se horrorizaban al
verlo, porque estaba tan desfigurado que no parecía hombre ni
tenía aspecto humano, así asombrará a muchas
naciones. Los reyes se quedarán sin palabras, al ver algo que
nunca les habían contado y comprender algo que nunca habían
oído. ¿Quién creyó nuestro anuncio? ¿A
quién se manifestó el poder del Señor?
Creció
ante el Señor como un retoño, como raíz en
tierra árida. No tenía gracia ni belleza para que nos
fijáramos en él, tampoco aspecto atractivo para que lo
admiráramos. Fue despreciado y rechazado por los hombres,
abrumado de dolores y habituado al sufrimiento; como alguien a quien
no se quiere mirar, lo despreciamos y lo estimamos en nada. Sin
embargo, él llevaba nuestros sufrimientos, soportaba nuestros
dolores. Nosotros lo creíamos castigado, herido por Dios y
humillado, pero eran nuestras rebeldías las que lo traspasaban
y nuestras culpas las que lo trituraban. Sufrió el castigo
para nuestro bien y con sus heridas nos sanó. Andábamos
todos errantes como ovejas, cada uno por su camino, y el Señor
cargó sobre él todas nuestras culpas. Cuando era
maltratado, él se sometía, y no abría la boca;
como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador,
enmudecía y no abría la boca. Sin defensa ni juicio se
lo llevaron, y ¿quién se preocupó de su
suerte?
Lo arrancaron de la tierra de los vivos, lo hirieron por
los pecados de mi pueblo; lo enterraron con los malhechores, lo
sepultaron con los malvados, aunque él no cometió
ningún crimen ni hubo engaño en su boca. Pero el Señor
quiso quebrantarlo con sufrimientos. Y si él entrega su vida
como expiación, verá su descendencia, tendrá
larga vida y por medio de él, prosperarán los planes
del Señor. Después de una vida de amarguras verá
la luz, comprenderá su destino. Mi siervo, el justo, traerá
a muchos la salvación cargando con las culpas de ellos.
Por
eso, le daré un puesto de honor entre los grandes y con los
poderosos participará del triunfo, por haberse entregado a la
muerte y haber compartido la suerte de los pecadores. Pues él
cargó con los pecados de muchos e intercedió por los
pecadores.
Lectura del Libro de los Salmos
Sal
30, 2.6.12-13.15-16.17 y 25
Padre, en tus manos encomiendo mi
espíritu.
A ti, Señor, me acojo, que no quede yo
nunca defraudado; líbrame por tu bondad. En tus manos
encomiendo mi espíritu; tú, mi Dios leal, me
librarás.
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.
Soy
la burla de mis agresores, motivo de risa para mis vecinos, el
espanto de mis conocidos; los que me ven por la calle huyen de mí;
olvidado de todos como un muerto, me he convertido en un objeto
inútil.
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.
Pero yo confío en ti, Señor; yo te
digo: «Tú eres mi Dios». Mi destino está en
tus manos, líbrame de los enemigos que me persiguen.
Padre,
en tus manos encomiendo mi espíritu.
Que tu rostro
resplandezca sobre tu siervo, sálvame por tu amor. Sean
fuertes y anímense, todos los que esperan en el Señor.
Padre,
en tus manos encomiendo mi espíritu.
Lectura de la carta a los Hebreos
4, 14-16;
5, 7-9
Hermanos: Ya que tenemos en Jesús, el Hijo de
Dios, un sumo sacerdote eminente que ha penetrado en los cielos,
mantengámonos firmes en la fe que profesamos.
Pues no es él
un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras flaquezas, sino
que ha sido probado en todo como nosotros excepto en el pecado.
Acerquémonos, pues, con plena confianza al trono de la
gracia, a fin de obtener misericordia y encontrar la gracia de un
socorro oportuno.
El mismo Cristo, que en los días de su
vida mortal presentó oraciones y súplicas con grandes
gritos y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte,
fue escuchado en atención a su actitud reverente; y
precisamente porque era Hijo, aprendió sufriendo a obedecer.
Llegado a la perfección, se convirtió en causa de
salvación eterna para todos los que le obedecen.
† Pasión de nuestro Señor
Jesucristo, según san Juan
18, 1-40; 19, 1-42
C. En
aquel tiempo, Jesús y sus discípulos atravesaron el
torrente Cedrón y entraron en un huerto que había
cerca. Este lugar era conocido por Judas, el traidor, porque Jesús
se reunía frecuentemente allí con sus discípulos.
Así que Judas, llevando consigo un destacamento de soldados
romanos y los guardias puestos a su disposición por los sumos
sacerdotes y los fariseos, se dirigió a aquel lugar. Iban
armados y equipados con faroles y antorchas.
Jesús, que
sabía todo lo que iba a ocurrir, salió a su encuentro y
les preguntó:
†. «¿A quién
buscan?»
C. Ellos contestaron:
S. «A Jesús
de Nazaret».
C. Les dijo Jesús:
†. «Yo
soy».
C. Judas, el traidor, estaba allí con ellos. En
cuanto les dijo:“Yo soy”, retrocedieron y cayeron a
tierra. Jesús les preguntó de nuevo:
†. «¿A
quién buscan?»
C. Volvieron a contestarle:
S. «A
Jesús de Nazaret».
C. Jesús les dijo:
†.
«Ya les he dicho que soy yo. Por tanto, si me buscan a mí,
dejen que éstos se vayan».
C. Así se cumplió
lo que él mismo había dicho: “No he perdido a
ninguno de los que me diste”.
Entonces Simón Pedro,
que tenía una espada, la desenvainó e hirió con
ella a un criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja
derecha. Este criado se llamaba Malco. Pero Jesús dijo a
Pedro:
†. «Guarda tu espada. ¿Es que no debo
beber este cáliz de amargura que el Padre me ha preparado?»
C.
Los soldados romanos, con su comandante al frente, y la guardia
judía, arrestaron a Jesús y le ataron las manos. Acto
seguido, lo condujeron a casa de Anás, el cual era suegro de
Caifás, que era sumo sacerdote aquel año. Caifás
era el que había aconsejado a los judíos: “Conviene
que muera un solo hombre por el pueblo”.
Simón Pedro
y otro discípulo seguían a Jesús. Este
discípulo, que era conocido del sumo sacerdote, entró
al mismo tiempo que Jesús en el patio interior de la casa del
sumo sacerdote. Pedro, en cambio, tuvo que quedarse fuera junto a la
puerta, hasta que el otro discípulo, el conocido del sumo
sacerdote, habló a la portera y consiguió que lo dejara
entrar. Pero la portera preguntó a Pedro:
S.«¿No
eres tú también uno de los discípulos de ese
hombre?»
C. Pedro le contestó:
S. «No, no lo
soy».
C. Como hacía frío, los criados y la
guardia habían preparado una fogata y estaban en torno a ella
calentándose. Pedro estaba también con ellos
calentándose.
El sumo sacerdote interrogó a Jesús
acerca de sus discípulos y de su enseñanza. Jesús
declaró:
†. «Yo he hablado siempre en público.
He enseñado en las sinagogas y en el templo, donde se reúnen
todos los judíos. No he enseñado nada clandestinamente.
¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que
me han oído, y ellos podrán informarte».
C. Al
oír esta respuesta, uno de los guardias, que estaba junto a
él, le dio una bofetada, diciéndole:
S. «¿Cómo
te atreves a contestar así al sumo sacerdote?»
C.
Jesús le dijo:
†. «Si he hablado mal,
demuéstrame en qué; pero si he hablado bien, ¿por
qué me pegas?»
C. Entonces Anás lo envió,
con las manos atadas, a Caifás, el sumo sacerdote.
Mientras
Simón Pedro estaba junto a la fogata, calentándose, uno
le preguntó:
S. «¿No eres tú también
uno de los discípulos de ese hombre?»
C. Pedro lo
negó diciendo:
S. «No, no lo soy».
C. Uno
de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquél a quien
Pedro había cortado la oreja, le insistió:
S. «¿Cómo
que no? Yo mismo te vi en el huerto con él».
C. Pedro
volvió a negarlo. Y en aquel momento cantó el gallo.
Después condujeron a Jesús desde la casa de Caifás
hasta el palacio del gobernador. Era de madrugada. Los judíos
no entraron en el palacio para no contraer impureza legal, y poder
celebrar así la cena de pascua. Pilato, por su parte, salió
adonde estaban ellos y les preguntó:
S. «¿De
qué acusan a este hombre?»
C. Ellos le
contestaron:
S. «Si no fuera un criminal, no te lo habríamos
entregado».
C. Pilato les dijo:
S. «Llévenselo
y júzguenlo según su ley».
C. Los judíos
dijeron:
S. «Nosotros no estamos autorizados para condenar a
muerte a nadie».
C. Así se cumplió la palabra
de Jesús, que había anunciado de qué forma iba a
morir. Pilato volvió a entrar en su palacio, llamó a
Jesús y le interrogó:
S. «¿Eres tú
el rey de los judíos?»
C. Jesús le
contestó:
†. «¿Dices eso por ti mismo o
te lo han dicho otros de mí?»
C. Pilato
respondió:
S. «¿Acaso soy yo judío? Son
los de tu propia nación y lo sumos sacerdotes los que te
han
entregado a mí. ¿Qué has hecho?»
C.
Jesús le explicó:
†. «Mi reino no es de
este mundo. Si lo fuera, mis seguidores hubieran luchado para impedir
que yo fuera entregado a los judíos. Pero no, mi reino no es
de este mundo».
C. Pilato insistió:
S. «Entonces,
¿eres rey?»
C. Jesús le respondió:
†.
«Soy rey, como tú dices. Y mi misión consiste en
dar testimonio de la verdad. Precisamente para eso he nacido y para
eso he venido al mundo. Todo el que pertenece a la verdad escucha mi
voz».
C. Pilato le preguntó:
S. «¿Y
qué es la verdad?»
C. Después de decir esto,
Pilato salió de nuevo y dijo a los judíos:
S. «Yo
no encuentro delito alguno en este hombre. Pero como ustedes tienen
derecho a que les ponga en libertad un prisionero durante la fiesta
de la pascua, ¿quieren que deje en libertad al rey de los
judíos?»
C. Pero ellos seguían gritando:
S.
«¡No, a ése no! ¡Deja en libertad a
Barrabás!» (El tal Barrabás era un bandido).
C.
Entonces Pilato ordenó que lo azotaran. Los soldados
prepararon una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza.
También le colocaron sobre los hombros un manto rojo. Y se
acercaban a él, diciendo:
S. «¡Salve, rey de
los judíos!»
C. Y le daban bofetadas. Pilato salió,
una vez más, y les dijo:
S. «Miren, lo traigo de
nuevo para que quede bien claro que yo no encuentro delito alguno en
este hombre».
C. Salió, pues, Jesús afuera.
Llevaba sobre su cabeza la corona de espinas y sobre sus hombros el
manto rojo. Pilato lo presentó con estas palabras:
S.
«¡Este es el hombre!»
C. Los sumos sacerdotes y
los guardias, al verlo, comenzaron a gritar:
S. «¡Crucifícalo,
crucifícalo!»
C. Pilato les dijo:
S. «Llévenselo
ustedes y crucifíquenlo; porque yo no encuentro delito alguno
en él».
C. Los judíos insistieron:
S.
«Nosotros tenemos una ley y, según ella, debe morir,
porque se ha presentado a sí mismo como Hijo de Dios».
C.
Al oír esto, Pilato sintió aún más miedo.
Entró de nuevo en el palacio y preguntó a Jesús:
S.
«¿De dónde eres tú?»
C. Pero
Jesús no le contestó. Pilato le dijo:
S. «¿Te
niegas a contestarme? ¿Es que no sabes que yo tengo autoridad,
tanto para dejarte en libertad como para ordenar que te
crucifiquen?»
C. Jesús le respondió:
†.
«No tendrías autoridad alguna sobre mí, si no te
la hubieran dado de lo alto; por eso, el que me entregó a ti
tiene más culpa que tú».
C. Desde ese momento
Pilato intentaba ponerlo en libertad. Pero los judíos le
gritaban:
S. «Si pones en libertad a ese hombre, no eres
amigo del emperador romano. Porque cualquiera que tenga la pretensión
de ser rey, es enemigo del emperador».
C. Pilato, al oír
esto, mandó que sacaran fuera a Jesús y lo sentó
en el tribunal, en el lugar conocido con el nombre de «Enlosado»
(que en la lengua de los judíos, se llama “Gábbata”).
Era la víspera de la fiesta de la pascua, hacia el mediodía.
Pilato dijo a los judíos:
S. «¡Aquí
tienen a su rey!»
C. Ellos comenzaron a gritar:
S.
«¡Mátalo! ¡Crucifícalo!»
C.
Pilato insistió:
S. «¿Cómo voy a
crucificar a su rey?»
C. Pero los sumos sacerdotes
contestaron:
S. «Nuestro único rey es el emperador
romano».
C. Entonces Pilato les entregó a Jesús
para que lo crucificaran.
Se hicieron, pues, cargo de Jesús
quien, llevando a hombros su propia cruz, salió de la ciudad
hacia un lugar llamado “La Calavera” (que en la lengua de
los judíos se dice “Gólgota”). Allí
lo crucificaron junto con otros dos, uno a cada lado de Jesús.
Pilato mandó escribir y poner sobre la cruz un letrero con
esta inscripción: “Jesús de Nazaret, el rey de
los judíos”. Leyeron el letrero muchos judíos,
porque el lugar donde Jesús había sido crucificado
estaba cerca de la ciudad, y estaba escrito en hebreo, en latín
y en griego. Los sumos sacerdotes se presentaron a Pilato y le
dijeron:
S. «No escribas: “El rey de los judíos”,
sino más bien: “Este hombre ha dicho: Yo soy el rey de
los judíos”».
C. Pilato les contestó:
S.
«Lo que he escrito, escrito queda».
C. Los soldados,
después de crucificar a Jesús, se apropiaron de sus
vestidos e hicieron con ellos cuatro partes, una para cada uno.
Dejaron aparte la túnica. Como era una túnica sin
costuras, tejida de una sola pieza de arriba abajo, los soldados
llegaron a este acuerdo:
S. «Es mejor que no la dividamos,
vamos a sortearla para ver a quién le toca».
C. Así
se cumplió este texto de la Escritura:
Dividieron entre
ellos mis vestidos y mi túnica la echaron a suertes.
Eso
fue lo que hicieron los soldados.
Junto a la cruz de Jesús
estaban su madre, la hermana de su madre, María la mujer de
Cleofás, y María Magdalena. Jesús, al ver a su
madre y junto a ella al discípulo a quien tanto amaba, dijo a
su madre:
†. «Mujer, ahí tienes a tu hijo».
C.
Después dijo al discípulo:
†. «Ahí
tienes a tu madre».
C. Y desde aquel momento, el discípulo
la recibió como suya. Después Jesús, sabiendo
que todo se había cumplido, para que también se
cumpliera la Escritura, exclamó:
†. «Tengo
sed».
C. Había allí una jarra con vinagre. Los
soldados colocaron en la punta de una caña una esponja
empapada en el vinagre y se la acercaron a la boca. Jesús
probó al vinagre y dijo:
†. «Todo está
cumplido».
C. E inclinando la cabeza, entregó el
espíritu.
Aquí todos se arrodillan y oran en
silencio unos instantes.
C. Como era el día de la
preparación de la fiesta de pascua, los judíos no
querían que los cuerpos quedaran en la cruz aquel sábado,
ya que aquel día se celebraba una fiesta muy solemne. Por eso
pidieron a Pilato que ordenara romper las piernas a los crucificados
y que los bajaran de la cruz.
Fueron, pues, los soldados y
rompieron las piernas a los dos que habían sido crucificados
con Jesús. Cuando se acercaron a Jesús, se dieron
cuenta de que ya había muerto; por eso no le rompieron las
piernas. Pero uno de los soldados le atravesó el costado con
una lanza, y en seguida brotó del costado sangre y agua.
El
que vio estas cosas da testimonio de ellas, y su testimonio es
verdadero. El sabe que dice la verdad, para que también
ustedes crean. Esto sucedió para que se cumpliera la
Escritura, que dice: No le quebrarán ningún hueso. La
Escritura dice también en otro pasaje: Mirarán al que
traspasaron.
Después de esto, José de Arimatea, que
era discípulo de Jesús, aunque lo mantenía en
secreto por miedo a los judíos, pidió autorización
a Pilato para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo
concedió.
Entonces él fue y tomó el cuerpo de
Jesús. Llegó también Nicodemo, el que en una
ocasión había ido a hablar con Jesús durante la
noche, con unos treinta kilos de una mezcla de mirra y perfume. Entre
los dos se llevaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con
vendas de lino bien empapadas en la mezcla de mirra y perfume, según
la costumbre judía de sepultar a los muertos.
Cerca del
lugar donde fue crucificado Jesús había un huerto y, en
el huerto, un sepulcro nuevo en el que nadie había sido
enterrado. Allí, pues, depositaron a Jesús, dado que el
sepulcro estaba cerca y era la víspera de la fiesta de pascua.
19 de abril
SÁBADO SANTO.
Sepultura del Señor
20 de abril
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles
10, 34a.37-43
En aquellos días, Pedro tomó
la palabra y dijo:
«Ustedes están enterados de lo
que ha ocurrido en el país de los judíos, comenzando
por Galilea, después del bautismo predicado por Juan: Me
refiero a Jesús de Nazaret, a quien Dios ungió con el
poder del Espíritu Santo. El pasó haciendo el bien y
curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con
él.
Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país
de los judíos y en Jerusalén. A él, a quien
mataron colgándolo de un madero, Dios lo resucitó al
tercer día y le concedió que se manifestara, no a todo
el pueblo, sino a los testigos elegidos de antemano por Dios, a
nosotros que comimos y bebimos con él después que
resucitó de entre los muertos.
El nos mandó predicar
al pueblo y dar testimonio de que Dios lo ha constituido juez de
vivos y muertos. De él dan testimonio todos los profetas,
afirmando que todo el que cree en él recibe el perdón
de los pecados, por medio de su nombre».
Lectura del Libro de los Salmos
Sal 117,
1-2.16ab-17.22-23
Este es el día del triunfo del Señor,
aleluya.
Den gracias al Señor porque es bueno, porque
es eterno su amor. Diga el pueblo de Israel: es eterno su amor.
Este
es el día del triunfo del Señor, aleluya.
El
brazo del Señor es sublime, el brazo del Señor hace
prodigios. No he de morir, viviré y contaré las hazañas
del Señor.
Este es el día del triunfo del Señor,
aleluya.
La piedra que rechazaron los constructores se ha
convertido en la piedra fundamental. Esto es obra del Señor y
es realmente admirable.
Este es el día del triunfo del
Señor, aleluya.
Lectura de la carta del apóstol
san Pablo a los Colosenses
3, 1-4
Hermanos: Puesto que han
resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba, donde está
Cristo sentado a la derecha de Dios. Aspiren a los bienes del cielo,
no a los de la tierra. Porque han muerto, y su vida está
escondida con Cristo en Dios.
Cuando aparezca Cristo, vida
nuestra, entonces también ustedes aparecerán gloriosos
con él.
Lectura del santo Evangelio según san
Juan
20, 1-9
El domingo por la mañana, muy
temprano, antes de salir el sol, María Magdalena vino al
sepulcro. Cuando vio que habían retirado la piedra que tapaba
la entrada, regresó corriendo a la ciudad para contárselo
a Simón Pedro y al otro discípulo a quien Jesús
tanto quería. Les dijo:
«Se han llevado del sepulcro
al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto»
Pedro
y el otro discípulo fueron rápidamente al sepulcro.
Salieron corriendo los dos juntos, pero el otro discípulo se
adelantó a Pedro y llegó antes que él. Al
asomarse al interior comprobó que las vendas estaban allí;
pero no entró. Siguiéndole los pasos llegó Simón
Pedro que entró en el sepulcro, y observó que las
vendas estaban allí. Estaba también el lienzo que
habían colocado sobre la cabeza de Jesús, pero no
estaba con las vendas, sino doblado y colocado aparte. Entonces entró
también el otro discípulo, el que había llegado
primero al sepulcro. Vio y creyó. Y es que hasta entonces, los
discípulos no habían entendido la Escritura, según
la cual Jesús tenía que resucitar de entre los muertos.
21 de abril
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles
2, 14. 22-33
El día de Pentecostés, se
presentó Pedro con los Once ante la multitud, levantó
la voz y
declaró solemnemente:
«Israelitas,
escuchen: Jesús de Nazaret fue el hombre a quien Dios acreditó
ante ustedes con los milagros, prodigios y señales que realizó
por medio de él, como bien lo saben. Dios lo entregó
conforme al plan que tenía previsto y determinado, y ustedes,
valiéndose de los impíos, lo crucificaron y lo mataron.
Dios, sin embargo, lo resucitó, rompiendo las ataduras de la
muerte, pues era imposible que ésta lo retuviera en su poder,
ya que el mismo David dice de él:
Tengo siempre presente
al Señor, porque está a mi derecha, para que yo no
dude. Por eso se goza mi corazón, se alegra mi lengua, y todo
mi ser descansa confiado; porque no me entregarás al abismo,
ni permitirás que tu fiel experimente la corrupción. Me
enseñaste los caminos de la vida, y me saciarás de
alegría en tu presencia.
Hermanos, permítanme
decirles con franqueza que el patriarca David murió y fue
sepultado, y su sepulcro aún se conserva entre nosotros. Pero,
como era profeta y sabía que Dios le había jurado
solemnemente sentar en su trono a un descendiente suyo, vio
anticipadamente la resurrección de Cristo, y dijo que no sería
entregado a la muerte, ni su cuerpo experimentaría la
corrupción. A este Jesús, Dios lo resucitó, y de
ellos somos testigos todos nosotros. El poder de Dios lo ha exaltado,
y él, habiendo recibido del Padre el Espíritu Santo
prometido, lo ha derramado, como ahora lo están viendo y
oyendo».
Lectura del Libro de los Salmos
Sal 15,
1-2a.5.7-8.9-10.11
Protégeme, Dios mío, que me
refugio en ti.
Protégeme, Dios mío que me
refugio en ti. Yo digo al Señor: «Tú eres mi
dueño, mi único bien». Señor, tú
eres mi alegría y mi herencia, mi destino está en tus
manos.
Protégeme, Dios mío, que me refugio en
ti.
Bendeciré al Señor que me aconseja, ¡hasta
de noche instruye mi conciencia! Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha jamás fracasaré.
Protégeme,
Dios mío, que me refugio en ti.
Por eso se me alegra el
corazón, hacen fiesta mis entrañas y todo mi ser
descansa tranquilo; porque no me abandonarás en el abismo, ni
dejarás a tu fiel experimentar la corrupción.
Protégeme,
Dios mío, que me refugio en ti.
Me enseñarás
la senda de la vida, me llenarás de alegría en tu
presencia, de felicidad eterna a tu derecha.
Protégeme,
Dios mío, que me refugio en ti.
Lectura del santo Evangelio según san
Mateo
28, 8-15
Después de escuchar las palabras del
ángel, las mujeres se alejaron a toda prisa del sepulcro y,
llenas de temor, pero con mucha alegría, corrieron a llevar la
noticia a los discípulos. Jesús salió a su
encuentro y las saludó.
Ellas se acercaron, se echaron a
sus pies y lo adoraron. Entonces les dijo Jesús:
«No
teman, digan a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me
verán».
Mientras las mujeres iban de camino, algunos
de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes
todo lo ocurrido. Estos se reunieron con los ancianos y acordaron en
Consejo dar una fuerte suma de dinero a los soldados, advirtiéndoles:
«Digan que sus discípulos fueron de noche y robaron
su cuerpo mientras ustedes dormían. Y si el asunto llega a
oídos del gobernador, nosotros lo convenceremos y
responderemos por ustedes».
Los soldados tomaron el dinero e
hicieron lo que les habían dicho. Y ésta es la versión
que ha corrido entre los judíos hasta hoy.
22 de abril
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles
2, 36-41
El día de Pentecostés dijo Pedro a
los judíos:
«Sepan, pues, con plena seguridad los
israelitas, que Dios ha constituido Señor y Mesías a
este Jesús, a quien ustedes crucificaron».
Estas
palabras les llegaron hasta el fondo del corazón, y le
preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles:
«¿Qué
tenemos que hacer, hermanos?»
Pedro les contestó:
«Conviértanse y háganse bautizar en el nombre
de Jesucristo, para que queden perdonados sus pecados. Entonces
recibirán el don del Espíritu Santo. Pues, la promesa
es para ustedes, para sus hijos e incluso para todos los extranjeros,
a quienes llame el Señor nuestro Dios».
Y con otras
muchas palabras los animaba y los exhortaba, diciendo:
«Pónganse
a salvo de esta generación perversa».
Los que
aceptaron su palabra fueron bautizados, y se les unieron aquel día
unas tres mil personas.
Lectura del Libro de los
Salmos
Sal 32, 4-5.18-19.20 y 22
El amor del Señor
llena la tierra.
La palabra del Señor es sincera, todas
sus acciones son leales. El ama la justicia y el derecho, el amor del
Señor llena la tierra.
El amor del Señor llena la
tierra.
El Señor se fija en quienes lo respetan, en los
que esperan en su misericordia, para librarlos de la muerte y
reanimarlos en tiempo de hambre.
El amor del Señor llena la
tierra.
Nosotros esperamos en el Señor, él es
nuestro socorro y nuestro escudo. Que tu amor, Señor, nos
acompañe, tal como lo esperamos de ti.
El amor del Señor
llena la tierra.
Lectura del santo Evangelio según san
Juan
20, 11-18
El día de la resurrección, María
se había quedado llorando junto al sepulcro. Sin dejar de
llorar volvió a asomarse al sepulcro. Entonces vio dos
ángeles, vestidos de blanco, sentados en el lugar donde había
estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los
pies.
Los ángeles le preguntaron:
«¿Mujer,
por qué lloras?»
Ella contestó:
«Porque
se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han
puesto».
Dicho esto, se volvió hacia atrás y
vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció.
Jesús le preguntó:
«Mujer, ¿por qué
lloras? ¿A quién estás buscando?»
Ella,
creyendo que era el jardinero, le respondió:
«Señor,
si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo
iré a recogerlo».
Entonces Jesús le dijo:
«¡María!»
Ella se se acercó a
él y exclamó en arameo:
«¡Rabuní!»
(que significa «maestro»).
Jesús le dijo:
«No
me retengas, porque todavía no he subido a mi Padre; anda, ve
y di a mis hermanos que voy a mi Padre que es el Padre de ustedes; a
mi Dios, que es también su Dios».
María
Magdalena se fue corriendo adonde estaban los discípulos y les
anunció:
«He visto al Señor».
Y les
contó lo que Jesús le había dicho.
23 de abril
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles
3, 1-10
En aquel tiempo, Pedro y Juan subían al
templo a la hora de la oración, hacia las tres de la tarde.
Había allí un hombre paralítico de nacimiento, a
quien todos los días llevaban y colocaban junto a la puerta
Hermosa del templo para pedir limosna a los que entraban. Al ver que
Pedro y Juan iban a entrar al templo, les pidió limosna.
Pedro, acompañado de Juan, lo miró fijamente y le dijo:
«Míranos».
El los miró esperando
recibir algo de ellos. Pedro le dijo:
«No tengo oro ni
plata, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno,
camina».
Y tomándolo de la mano derecha, lo levantó.
Inmediatamente sus pies y sus tobillos se fortalecieron, se puso
en pie y comenzó a caminar. Luego entró con ellos en el
templo caminando, saltando y alabando a Dios. Todo el pueblo lo vio
caminar y alabar a Dios. Al darse cuenta de que era el mismo que se
sentaba junto a la puerta Hermosa para pedir limosna, se llenaron de
admiración y asombro por lo que le había
sucedido.
Lectura del Libro de los Salmos
Sal 104,
1-2.3-4.6-7.8-9
La misericordia del Señor llena la
tierra.
Den gracias al Señor, invoquen su nombre,
publiquen entre los pueblos sus proezas, cántenle, toquen en
su honor, proclamen sus maravillas.
La misericordia del Señor
llena la tierra.
Gloríense de su nombre santo, que se
alegren los que buscan al Señor. Recurran al Señor y a
su poder, busquen su rostro sin descanso.
La misericordia del
Señor llena la tierra.
Descendencia de Abrahán,
su siervo, hijos de Jacob, su elegido: el Señor es nuestro
Dios, en toda la tierra están en vigor sus decretos.
La
misericordia del Señor llena la tierra.
El se acuerda
de su alianza eternamente, de la palabra que ha dado por mil
generaciones; del pacto concluido con Abrahán, y del juramento
que hizo a Isaac.
La misericordia del Señor llena la
tierra.
Lectura del santo Evangelio según san
Lucas
24, 13-35
El mismo día de la resurrección,
dos de los discípulos se dirigían a un pueblo llamado
Emaús, que dista de Jerusalén unos once kilómetros.
Iban hablando de todos estos sucesos. Mientras hablaban y se hacían
preguntas, Jesús en persona se acercó y se puso a
caminar con ellos. Pero sus ojos estaban tan cegados, que no eran
capaces de reconocerlo. El les dijo:
«¿Qué es
lo que vienen conversando por el camino?»
Ellos se
detuvieron entristecidos, y uno de ellos, llamado Cleofás, le
respondió:
«¿Eres tú el único
en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos
días?»
El les preguntó:
«¿Qué
ha pasado?»
Ellos respondieron:
«Lo de Jesús
el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante
Dios y ante todo el pueblo. ¿No sabes que los sumos sacerdotes
y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte y lo
crucificaran? Nosotros esperábamos que él fuera el
libertador de Israel. Y, sin embargo, ya hace tres días que
ocurrió esto. Es cierto que algunas de nuestras mujeres nos
han sorprendido, porque fueron temprano al sepulcro y no encontraron
su cuerpo. Hablaban incluso de que se les habían aparecido
unos ángeles que decían que está vivo. Algunos
de los nuestros fueron al sepulcro y hallaron todo como las mujeres
decían; pero a él no lo vieron».
Entonces
Jesús les dijo:
«¡Qué torpes son para
comprender, y qué duros son para creer lo que dijeron los
profetas! ¿No era necesario que el Mesías sufriera todo
esto para entrar en su gloria?»
Y comenzando por Moisés
y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que decían
de él las Escrituras. Al llegar al pueblo adonde iban, Jesús
hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le insistieron
diciendo:
«Quédate con nosotros, porque es tarde y
está anocheciendo».
Y entró para quedarse con
ellos. Cuando estaba sentado a la mesa con ellos, tomó el pan,
lo bendijo, lo partió y lo dio a ellos. Entonces se les
abrieron los ojos y lo reconocieron, pero Jesús desapareció
de su lado. Y se dijeron uno a otro:
«¿No ardía
nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos
explicaba las Escrituras?»
En aquel mismo instante se
pusieron en camino y regresaron a Jerusalén, donde encontraron
reunidos a los Once y a todos los demás, que decían:
«Es verdad, el Señor ha resucitado y se ha aparecido
a Simón».
Ellos, por su parte, contaban lo que les
había ocurrido cuando iban de camino y cómo lo habían
reconocido al partir el pan.
24 de abril
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles
3, 11-26
En aquellos días, como el paralítico
curado por Pedro y Juan no se les despegaba, toda la gente,
asombrada, se reunió alrededor de ellos junto al pórtico
de Salomón. Pedro, al ver esto, dijo al pueblo:
«Israelitas,
¿por qué se admiran de este suceso? ¿Por qué
nos miran como si nosotros lo hubiéramos hecho caminar por
nuestro propio poder o virtud? El Dios de Abrahán, de Isaac y
de Jacob, el Dios de nuestros antepasados, ha manifestado la gloria
de su siervo Jesús, al que ustedes entregaron y rechazaron
ante Pilato, quien había resuelto dejarlo en libertad. Ustedes
rechazaron al Santo y al Justo, pidieron que se diera libertad a un
asesino y mataron al autor de la vida. Pero Dios lo ha resucitado de
entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello.
Pues bien,
por creer en Jesús se le han fortalecido las piernas a este
hombre a quien ven y conocen; la fe en Jesús lo ha sanado
totalmente en presencia de todos ustedes. Ya sé, hermanos, que
lo hicieron por ignorancia, igual que sus jefes. Pero Dios cumplió
así lo que había anunciado por los profetas: que su
Mesías tenía que padecer.
Por tanto, arrepiéntanse
y conviértanse, para que sean borrados sus pecados. Llegarán
así tiempos de consuelo de parte del Señor, que les
enviará de nuevo a Jesús, el Mesías que les
estaba destinado. El cielo debe retenerlo hasta que lleguen los
tiempos en que todo sea restaurado, como anunció Dios por boca
de los santos profetas en el pasado.
Moisés, en efecto,
dijo: El Señor su Dios les suscitará de entre sus
hermanos un profeta como yo; escuchen todo lo que les diga; y el que
no escuche a este profeta será excluido del pueblo.
Todos
los profetas, de Samuel en adelante, anunciaron estos días.
Ustedes
son los descendientes de los profetas y de la alianza que Dios
estableció con sus antepasados, diciendo a Abrahán: A
través de tu descendencia serán bendecidas todas las
familias de la tierra. Por ustedes, en primer término, Dios ha
suscitado a su siervo enviándoselo como bendición, para
que cada uno se convierta de sus maldades».
Lectura
del Libro de los Salmos
Sal 8, 2a.5.6-7.8-9
¡Señor,
Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la
tierra!
¡Señor, Dios nuestro, qué
admirable es tu nombre en toda la tierra! ¿Qué es el
hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para que
cuides de él?
¡Señor, Dios nuestro, qué
admirable es tu nombre en toda la tierra!
Lo hiciste apenas
inferior a un dios, coronándolo de gloria y esplendor; le
diste poder sobre la obra de tus manos, todo lo pusiste bajo sus
pies.
¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es
tu nombre en toda la tierra!
Rebaños y ganados, todos
juntos, y aun las bestias salvajes; los pájaros del cielo, los
peces del mar y todo cuanto surca las sendas de los mares.
¡Señor,
Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!
Lectura del santo Evangelio según san
Lucas
24, 35-48
En aquel tiempo los discípulos
contaban lo que les había ocurrido cuando iban de camino y
cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Estaban
comentando lo sucedido, cuando el mismo Jesús se presentó
en medio y les dijo:
«La paz esté con ustedes».
Espantados y llenos de miedo, creían ver un fantasma.
Pero él les dijo:
«¿De qué se
asustan? ¿Por qué surgen dudas en su interior? Vean mis
manos y mis pies; soy yo en persona. Tóquenme y convénzanse
de que un fantasma no tiene carne ni huesos, como ven que yo
tengo».
Y dicho esto, les mostró las manos y los
pies. Pero como se resistían a creer por la alegría y
el asombro, les dijo:
«¿Tienen algo de comer?»
Ellos le dieron un trozo de pescado asado. El lo tomó y lo
comió delante de ellos. Después les dijo:
«Cuando
aún estaba entre ustedes les dije que era necesario que se
cumpliera todo lo escrito sobre mí en la ley de Moisés,
en los profetas y en los salmos».
Entonces les abrió
la inteligencia para que comprendieran las Escrituras. Y añadió:
«Estaba escrito que el Mesías tenía que morir
y resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su
nombre se anunciaría a todas las naciones, comenzando desde
Jerusalén, la conversión y el perdón de los
pecados. Ustedes son testigos de estas cosas».
25 de abril
Lectura de la primera carta del apóstol
san Pedro
5, 5b-14
Queridos hermanos: Sean humildes en sus
relaciones mutuas, pues Dios se enfrenta a los soberbios, pero
concede su favor a los humildes. Así pues, humíllense
bajo la poderosa mano de Dios, para que los exalte en su momento.
Confíenle todas sus preocupaciones, ya que él se
preocupa de ustedes.
Vivan con sobriedad y estén alerta. El
diablo, su enemigo, ronda como león rugiente
buscando a
quién devorar.
Háganle frente con la firmeza de la
fe, sabiendo que sus hermanos dispersos por el mundo soportan los
mismos sufrimientos.
Y el Dios de toda gracia, que los ha llamado
a su eterna gloria en Cristo, después de un corto sufrimiento
los restablecerá, los fortalecerá, los robustecerá
y los consolidará. Suyo es el poder por siempre. Amén.
Por
medio de Silvano, a quien ustedes consideran un hermano digno de
confianza, según tengo entendido, les he escrito brevemente
para exhortales y asegurarles que ésta es la verdadera gracia
de Dios.
Permanezcan firmes en ella.
Los saluda la Iglesia de
Babilonia, a la que Dios ha elegido lo mismo que a la de ustedes; los
saluda también Marcos, mi hijo. Salúdense mutuamente
con el beso de amor fraternal. Paz a todos ustedes, los que viven
unidos en Cristo.
Lectura del Libro de los Salmos
Sal
88, 2-3.6-7.16-17
Cantaré eternamente el amor del
Señor.
Cantaré eternamente el amor del Señor,
anunciaré por siempre tu fidelidad, proclamaré: «Tu
amor está consolidado para siempre, tu fidelidad está
firme en los cielos».
Cantaré eternamente el amor del
Señor.
Señor, los cielos proclaman tus
maravillas, y tu fidelidad la asamblea de los santos. ¿Quién
puede compararse al Señor sobre las nubes? ¿Quién
como el Señor entre los dioses?
Cantaré eternamente
el amor del Señor.
Dichoso el pueblo que sabe
aclamarte; caminará, Señor, a la luz de tu presencia;
todo el día se alegra en tu nombre, son engrandecidos por tu
fuerza salvadora.
Cantaré eternamente el amor del
Señor.
Lectura del santo Evangelio según san
Marcos
16, 15-20
En aquel tiempo se apareció Jesús
a los Once, y les dijo:
«Vayan por todo el mundo y proclamen
la buena noticia a toda criatura. El que crea y se bautice, se
salvará, pero el que no crea, se condenará. A los que
crean, les acompañarán estas señales: expulsarán
demonios en mi nombre, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán
serpientes con sus manos y, aunque beban veneno, no les hará
daño; impondrán las manos a los enfermos y éstos
sanarán».
Después de hablarles, el Señor
Jesús fue elevado al cielo y se sentó a la derecha de
Dios.
Ellos salieron a predicar por todas partes, el Señor
los asistía y confirmaba la palabra
acompañándola
con señales.
26 de abril
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles
4, 13-21
En aquellos días, al ver la valentía
con que se expresaban Pedro y Juan, los sumos sacerdotes, los
ancianos y los escribas no salían de su asombro, sabiendo que
eran hombres del pueblo y sin cultura. Los reconocían como
aquellos que habían acompañado a Jesús; pero,
como veían con ellos de pie al hombre que había sido
curado, nada podían responder. Entonces les ordenaron salir
del Consejo y comenzaron a discutir entre ellos:
«¿Qué
haremos con estos hombres? El milagro que han hecho es notorio y lo
saben todos los habitantes de Jerusalén; no podemos negarlo.
No obstante, para que no se divulgue más entre el pueblo, los
amenazaremos para que no vuelvan a hablar a nadie en nombre de
ése».
Así que los llamaron y les prohibieron
terminantemente hablar y enseñar en el nombre de Jesús.
Pedro y Juan les respondieron:
«¿Les parece justo
delante de Dios que les obedezcamos a ustedes antes que a él?
Por nuestra parte, no podemos dejar de proclamar lo que hemos visto y
oído».
Ellos, amenazándolos de nuevo, los
dejaron en libertad. No encontraron el modo de castigarlos por temor
al pueblo, pues todos daban gloria a Dios por lo sucedido.
Lectura
del Libro de los Salmos
Sal 117, 1.14-15.16ab-18.19-21
La
diestra del Señor ha hecho maravillas.
Den gracias al
Señor porque es bueno, porque es eterno su amor. El Señor
es mi fuerza y para él es mi canto, porque él es mi
salvación. Se escuchan gritos de júbilo y victoria en
las tiendas de los vencedores. El brazo del Señor hace
prodigios.
La diestra del Señor ha hecho maravillas.
El
brazo del Señor es sublime, el brazo del Señor hace
prodigios. Me castigó duramente el Señor, pero no
permitió que muriera.
La diestra del Señor ha hecho
maravillas.
¡Ábranme las puertas del triunfo,
entraré para dar gracias al Señor! Esta es la puerta
del Señor, los vencedores entrarán por ella. Te doy
gracias porque me escuchaste, y fuiste mi salvación.
La
diestra del Señor ha hecho maravillas.
Lectura del santo Evangelio según san
Marcos
16, 9-15
Habiendo resucitado al amanecer del primer
día de la semana, Jesús se apareció en primer
lugar a María Magdalena, de la que había expulsado
siete demonios. Ella fue a comunicárselo a los que lo habían
acompañado, que estaban tristes y seguían llorando.
Ellos, a pesar de oír que estaba vivo y que ella lo había
visto, no creyeron.
Después de esto se apareció,
con aspecto diferente, a dos de ellos que iban de camino a una aldea.
También ellos fueron a dar la noticia a los demás; pero
tampoco les creyeron.
Por último, se apareció Jesús
a los Once, cuando estaban a la mesa, y les reprochó su
incredulidad y su terquedad, por no haber creído a quienes lo
habían visto resucitado. Y les dijo:
«Vayan por todo
el mundo y proclamen la buena noticia a toda criatura».
27 de abril
Lectura del libro de los Hechos de los
Apóstoles
4, 32-35
En el grupo de los creyentes
todos pensaban y sentían lo mismo, y nadie consideraba como
propio nada de lo que poseía, sino que tenían en común
todas las cosas. Por su parte, los apóstoles daban testimonio
con mucha fortaleza de la resurrección de Jesús, y
todos gozaban de gran estima.
No había entre ellos
necesitados, porque todos los que tenían bienes o casas los
vendían, llevaban el precio de lo vendido, lo ponían a
los pies de los apóstoles, y se repartía a cada uno
según su necesidad.
Lectura del Libro de los Salmos
Sal 117,
2-4.16ab-18.22-24
La misericordia del Señor es eterna.
Aleluya.
Diga el pueblo de Israel: es eterno su amor. Diga la
descendencia de Aarón: es eterno su amor. Digan los que
respetan al Señor: es eterno su amor.
La misericordia del
Señor es eterna. Aleluya.
El brazo del Señor es
sublime, el brazo del Señor hace prodigios. No he de morir,
viviré y contaré las hazañas del Señor;
me castigó duramente el Señor, pero no permitió
que muriera.
La misericordia del Señor es eterna.
Aleluya.
La piedra que rechazaron los constructores se ha
convertido en la piedra fundamental. Esto es obra del Señor y
es realmente admirable. Este es el día en que actuó el
Señor, festejemos y alegrémonos en él.
La
misericordia del Señor es eterna. Aleluya.
Lectura
de la primera carta del apóstol san Juan
5, 1-6
Hermanos
queridos: El que cree que Jesús es el Mesías, ha nacido
de Dios. Y todo el que ama a Dios, que da el ser, debe amar también
a todo el que ha nacido de él. Por tanto, si amamos a los
hijos de Dios, es señal de que amamos a Dios y de que ponemos
en práctica sus mandamientos. Porque el amor consiste en
cumplir sus mandamientos, y sus mandamientos no son una carga.
Todo
el que ha nacido de Dios vence al mundo; y ésta es la fuerza
victoriosa que ha vencido al mundo: nuestra fe. ¿Quién
es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el
Hijo de Dios? Este es el que vino mediante sangre y agua, Jesucristo;
no por agua únicamente, sino por agua y sangre; y el espíritu
es el que da testimonio, porque el espíritu es la verdad.
Lectura del santo Evangelio según san
Juan
20, 19-31
Aquel mismo día, por la tarde,
estaban reunidos los discípulos en una casa con las puertas
bien cerradas, por miedo a los judíos. Jesús se
presentó en miedo de ellos y les dijo:
«La paz esté
con ustedes».
Y les mostró las manos y el costado.
Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús les dijo de nuevo:
«La paz esté con
ustedes».
Y añadió:
«Como el Padre me
ha enviado, yo también los envío a ustedes».
Sopló
sobre ellos y les dijo:
«Reciban el Espíritu Santo. A
quienes les perdonen los pecados, Dios se los perdonará; y a
quienes se los retengan, Dios se los retendrá».
Tomás,
uno del grupo de los Doce, a quien llamaban “El Gemelo”,
no estaba con ellos cuando se les apareció Jesús. Le
dijeron, pues, los demás discípulos.
«Hemos
visto al Señor».
Tomás les contestó:
«Si
no veo las señales dejadas en sus manos por los clavos y no
meto mi dedo en ellas, si no meto mi mano en la herida abierta en su
costado, no lo creeré».
Ocho días después,
se encontraba de nuevo reunidos en casa todos los discípulos
de Jesús. Estaba también Tomás. Aunque las
puertas estaban cerradas, Jesús se presentó en medio de
ellos y les dijo:
«La paz esté con ustedes».
Después
dijo a Tomás:
«Acerca tu dedo y comprueba mis manos;
acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo,
sino creyente».
Tomás contestó:
«¡Señor
mío y Dios mío!».
Jesús le dijo:
«¿Has
creído porque me has visto? Dichosos los que han creído
sin haber visto».
Jesús hizo en presencia de sus
discípulos muchos más signos de los que han sido
narrados en este libro. Estos han sido escritos para que ustedes
crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios; y para
que, creyendo, tengan en él vida eterna.
28 de abril
Lectura del libro de los Hechos de los
apóstoles
4, 23-31
En aquellos días, tan
pronto como Pedro y Juan quedaron en libertad, volvieron con los
suyos y les contaron todo lo que les habían dicho los sumos
sacerdotes y los ancianos. Al oír el relato, todos juntos
invocaron a Dios, diciendo:
«Señor nuestro, tú
has creado el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos; tú
dijiste, mediante el Espíritu Santo por boca de nuestro
antepasado David, tu siervo:
¿Por qué se alborotan
las naciones y los pueblos maquinan vanos proyectos? Los reyes de la
tierra conspiran y los príncipes se alían contra el
Señor y contra su Mesías.
En esta ciudad, en efecto,
se han reunido Herodes y Poncio Pilato, junto con extranjeros y
gentes de Israel, contra tu santo siervo Jesús, al que
ungiste, para hacer lo que tu poder y tu voluntad habían
decidido de antemano que sucediera. Y ahora, Señor, mira sus
amenazas y concede a tus siervos anunciar tu palabra con toda
libertad. Manifiesta tu poder para que se realicen curaciones,
señales y prodigios en el nombre de tu santo siervo Jesús».
Al
terminar su oración, el lugar en que estaban reunidos tembló;
todos quedaron llenos del Espíritu Santo y se pusieron a
anunciar la palabra de Dios con toda valentía.
Lectura
del Libro de los Salmos
Sal 2, 1-3.4-6.7-9
Dichosos los que
esperan en el Señor.
¿Por qué se
amotinan las naciones y los pueblos hacen planes torpes? Se sublevan
los reyes de la tierra y los príncipes se alían contra
el Señor y contra su Mesías: «Rompamos sus
cadenas, librémonos de su yugo».
Dichosos los que
esperan en el Señor.
El que vive en el cielo se
sonríe, mi Señor se ríe de ellos. Después
les habla con ira, los espanta con su cólera: «Yo mismo
he constituido a mi rey en Sión, mi monte santo».
Dichosos
los que esperan en el Señor.
Voy a proclamar el
decreto del Señor; él me ha dicho: «Tú
eres mi hijo, yo te he engendrado hoy. Pídemelo, y te daré
las naciones en herencia, en propiedad todos los países del
mundo. Los romperás con cetro de hierro, los quebrarás
como jarro de barro».
Dichosos los que esperan en el Señor.
Lectura del santo Evangelio según san
Juan
3, 1-8
Un hombre llamado Nicodemo, miembro del grupo
de los fariseos y personaje importante entre los judíos, se
presentó a Jesús de noche y le dijo:
«Maestro,
sabemos que Dios te ha enviado para enseñarnos; nadie, en
efecto, puede realizar los signos que tú haces, si Dios no
está con él».
Jesús le contestó:
«Yo
te aseguro que el que no nazca de lo alto no puede ver el reino de
Dios».
Nicodemo repuso:
«¿Cómo es
posible que un hombre vuelva a nacer siendo viejo? ¿Acaso
puede entrar de nuevo en el seno materno para nacer?»
Le
respondió Jesús:
«Yo te aseguro que nadie
puede entrar en el reino de Dios si no nace del agua y del Espíritu.
Lo que nace del hombre es humano; lo engendrado por el Espíritu,
es espiritual. Que no te cause, pues, tanta sorpresa lo que te he
dicho: “Tienen que nacer de lo alto”. El viento sopla
donde quiere; oyes su rumor, pero no sabes ni de dónde viene
ni a dónde va. Lo mismo sucede con el que nace del Espíritu».
29 de abril
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles
4, 32-37
En el grupo de los creyentes todos pensaban y
creían lo mismo, y nadie consideraba como propio nada de lo
que poseía, sino que tenían en común todas las
cosas. Por su parte, los apóstoles daban testimonio con mucha
fortaleza de la resurrección del Señor Jesús, y
todos gozaban de gran estima. No había entre ellos
necesitados, porque todos los que tenían bienes o casas los
vendían, llevaban el dinero y lo ponían a disposición
de los apóstoles, y se repartía a cada uno según
su necesidad.
Este fue el caso de José, un levita nacido en
Chipre, a quien los apóstoles llamaban Bernabé, que
significa «el que trae consuelo». Este tenía un
campo, lo vendió, trajo el dinero y lo puso a disposición
de los apóstoles.
Lectura del Libro de los Salmos
Sal 92,
1ab.1c-2.5
El Señor es un rey magnífico.
El
Señor es rey; está vestido de esplendor; el Señor,
vestido y rodeado de poder.
El Señor es un rey magnífico.
Firme e inconmovible está la tierra. Tu trono está
firme desde siempre, tú existes desde la eternidad.
El
Señor es un rey magnífico.
Tus mandamientos son
inmutables, Señor, la santidad adorna tu templo por años
sin fin.
El Señor es un rey magnífico.
Lectura del santo Evangelio según san
Juan
3, 11-15
En aquel tiempo dijo Jesús a
Nicodemo:
«Yo te aseguro que hablamos de lo que sabemos y
damos testimonio de lo que hemos visto; pero ustedes rechazan nuestro
testimonio. Si no me creen cuando les hablo de las cosas de la
tierra, ¿cómo van a creerme cuando les hable de las
cosas del cielo?
Nadie ha subido al cielo, a no ser el que vino
de allí, es decir, el Hijo del hombre.
Lo mismo que Moisés
levantó la serpiente de bronce en el desierto, el Hijo del
hombre tiene que ser levantado en alto, para que todo el que crea en
él tenga vida eterna».
30 de abril
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles
5, 17-26
En aquellos días, el sumo sacerdote y los
de su partido, que eran los saduceos, llenos de ira contra los
apóstoles los mandaron prender y los metieron en la cárcel;
pero durante la noche un ángel del Señor les abrió
las puertas, los sacó de allí y les dijo:
«Vayan
al templo y pónganse a enseñar al pueblo todo lo
referente a esta nueva vida».
Para obedecer la orden, se
fueron de madrugada al templo y se pusieron a enseñar.
Cuando
llegó el sumo sacerdote con los de su partido, convocaron al
Sanedrín, es decir, a todo el senado de los hijos de Israel, y
mandaron traer de la cárcel a los presos. Al llegar los
guardias a la cárcel, no los hallaron y regresaron a informar:
«Encontramos la cárcel bien cerrada y a los
centinelas en sus puestos; pero al abrir no encontramos a nadie
dentro».
Al oír estas palabras, el jefe de la guardia
del templo y los sumos sacerdotes se quedaron sin saber qué
pensar; pero en ese momento llegó uno y les dijo:
«Los
hombres que habían metido en la cárcel están en
el templo, enseñando al pueblo».
Entonces el jefe de
la guardia con sus hombres trajo a los apóstoles, pero sin
violencia, porque temían ser apedreados por el
pueblo.
Lectura del Libro de los Salmos
Salmo
33
Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor.
Aleluya.
Bendeciré al Señor a todas horas, no
cesará mi boca de alabarlo. Yo me siento orgulloso del Señor;
que se alegre su pueblo al escucharlo.
Haz la prueba y verás
qué bueno es el Señor. Aleluya.
Proclamemos la
grandeza del Señor y alabemos todos juntos su poder. Cuando
acudí al Señor, me hizo caso y me libró de todos
mis temores.
Haz la prueba y verás qué bueno es el
Señor. Aleluya.
Confía en el Señor y
saltarás de gusto. Jamás te sentirás
decepcionado, porque el Señor escucha el clamor de los pobres
y los libra de todas sus angustias.
Haz la prueba y verás
qué bueno es el Señor. Aleluya.
Junto a aquellos
que temen al Señor, el ángel del Señor acampa y
los protege. Haz la prueba y verás qué bueno es el
Señor. Dichoso el hombre que se refugia en él.
Haz
la prueba y verás qué bueno es el Señor.
Aleluya.
Lectura del santo Evangelio según san
Juan
3, 16-21
Tanto amó Dios al mundo que le entregó
a su Hijo único para que todo el que crea en él no
perezca, sino que tenga la vida eterna.
Porque Dios no envió
a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara
por él. El que cree en él no será condenado;
pero el que no cree, ya está condenado, por no haber creído
en el Hijo único de Dios.
La causa de la condenación
es ésta: habiendo venido la luz al mundo los hombres
prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo
aquel que hace el mal aborrece la luz, y no se acerca a la luz, para
que sus obras no se descubran. En cambio, el que obra el bien
conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus
obras están hechas según Dios.