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16 de abril

Lectura del libro del profeta Isaías
50, 4-9a

En aquel entonces dijo Isaías:
«El Señor me ha dado una lengua de discípulo para que sepa sostener con mi palabra al
cansado. Cada mañana me despierta el oído, para que escuche como los discípulos. El Señor me ha abierto el oído, y yo no me he resistido ni me he echado atrás.
Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, mis mejillas a los que tiraban mi barba; no oculté la cara ante los insultos y salivazos. El Señor me ayuda, por eso soportaba las ofensas, por eso endurecí mi cara como una piedra, sabiendo que no quedaría defraudado. Mi defensor está cerca, ¿quién me denunciará? ¡Comparezcamos juntos! ¿Quién me va a acusar? ¡Que venga a decírmelo! Sepan que el Señor me ayuda: ¿Quién me condenará?»
 


Lectura del Libro de los Salmos
Sal 68, 8-10.21bcd-22.31 y 33-44

Por tu bondad, Señor, socórreme.

Por ti sufro el insulto y la vergüenza cubre mi rostro. Soy un extranjero para mis hermanos, un extraño para los hijos de mi madre. Me desvelo por defender tu templo, y el insulto de los que te insultan cae sobre mí.
Por tu bondad, Señor, socórreme.

Los insultos me han roto el corazón y casi muero; espero compasión, y no la hay; consoladores, y no los encuentro. Me pusieron veneno en la comida, me dieron a beber vinagre para mi sed.
Por tu bondad, Señor, socórreme.

Yo alabaré el nombre de Dios con cantos, proclamaré su grandeza dándole gracias. Véanlo ustedes, los humildes, y alégrense, recobren el ánimo los que buscan a Dios. Porque el Señor escucha a los necesitados, y no rechaza a sus cautivos.
Por tu bondad, Señor, socórreme.


Lectura del santo Evangelio según san Mateo
26, 14-25

En aquel tiempo, uno de los Doce, el llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo:
«¿Qué me dan si les entrego a Jesús?»
Ellos le ofrecieron treinta monedas de plata.
Y desde ese momento buscaba la oportunidad para entregarlo.
El primer día de la fiesta de los panes sin levadura, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron:
«¿Dónde quieres que te preparemos la cena de pascua?»
El respondió:
«Vayan a la ciudad, a casa de Fulano, y díganle: “El Maestro dice: Se acerca el momento, y quiero celebrar la pascua en tu casa con mis discípulos”».
Ellos hicieron lo que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de pascua.
Al atardecer, se puso a la mesa con los Doce, y mientras cenaban les dijo:
«Les aseguro que uno de ustedes me va a entregar».
Muy entristecidos, se pusieron a decirle uno por uno:
«¿Acaso soy yo, Señor?»
Jesús respondió:
«El que come en el mismo plato que yo, ése me entregará. El Hijo del hombre se va, tal como está escrito de él; pero ¡ay de aquél que entrega al Hijo del hombre! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!»
Entonces preguntó Judas, el traidor:
«¿Soy yo acaso, maestro?»
Y Jesús le respondió:
«Tú lo has dicho».

 

 




17 de abril

Lectura del libro del Éxodo
12, 1-8.11-14

En aquellos días, el Señor dijo a Moisés y a Aarón en Egipto:
«Este mes será para ustedes el más importante de todos, será el primer mes del año. Digan a toda la asamblea de Israel:
Que el día décimo de este mes prepare cada uno un cordero por familia, uno por casa. Si la familia es demasiado pequeña para comerlo entero, que invite a cenar en su casa a su vecino más próximo, según el número de personas y la porción de cordero que cada cual pueda comer.
Será un animal sin defecto, macho, de un año; podrá ser cordero o cabrito. Lo guardarán hasta el día catorce de este mes, y toda la comunidad de Israel lo inmolará al atardecer. Luego rociarán con la sangre el marco de la puerta en las casas donde vayan a comerlo. Lo comerán esa noche asado al fuego, con panes sin levadura y hierbas amargas. Y lo comerán así: el cinturón puesto, los pies calzados, bastón en mano y a toda prisa, porque es la pascua del Señor.
Esa noche pasaré yo por el país de Egipto y mataré a todos sus primogénitos, tanto de los hombres como de los animales. Así ejecutaré mi sentencia contra todos los dioses de Egipto. Yo, el Señor. La sangre servirá de señal en las casas donde estén; al ver yo la sangre, pasaré de largo y, cuando yo castigue a Egipto, la plaga exterminadora no los alcanzará cuando hiera yo a Egipto.
Este día lo recordarán siempre y lo celebrarán como fiesta del Señor, institución perpetua para todas las generaciones».
 


Lectura del Libro de los Salmos
Sal 115, 12-13.15-16bc.17-18

Gracias, Señor, por tu sangre que nos lava.

¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Levantaré el cáliz de la salvación, invocando su nombre.
Gracias, Señor, por tu sangre que nos lava.

El Señor siente profundamente la muerte de sus fieles. Señor, yo soy tu siervo, hijo de tu esclava; rompiste mis ataduras.
Gracias, Señor, por tu sangre que nos lava.

Te ofreceré un sacrificio de acción de gracias invocando tu nombre; cumpliré mis promesas al Señor en presencia de todo el pueblo.
Gracias, Señor, por tu sangre que nos lava.


Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios
11, 23-26

Hermanos: Por lo que a mí toca, del Señor recibí la tradición que les he transmitido, a saber, que Jesús, el Señor, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, después de dar gracias, lo partió y dijo:
«Esto es mi cuerpo entregado por ustedes; hagan esto en memoria mía».
Igualmente, después de cenar, tomó el cáliz y dijo:
«Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; cuantas veces beban de él, háganlo en memoria mía».
Así pues, siempre que coman de este pan y beban de este cáliz, anuncian la muerte del Señor hasta que él venga.

 

Lectura del santo Evangelio según san Juan
13, 1-15

Era la víspera de la fiesta de la pascua. Jesús sabía que le había llegado la hora de dejar este mundo para ir al Padre. Y él, que había amado a los suyos, que estaban en el mundo, llevó su amor hasta el final.
Estaban cenando y ya el diablo había convencido a Judas Iscariote, hijo de Simón, para que entregara a Jesús. Entonces Jesús, sabiendo que el Padre le había entregado todo, y que de Dios había venido y a Dios regresaba, se levantó de la mesa, se quitó el manto, tomó una toalla y se la colocó en la cintura.
Después echó agua en una palangana y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba a la cintura.
Cuando llegó a Simón Pedro, éste se resistió:
«Señor, ¿cómo vas a lavarme tú a mí los pies?»
Jesús le contestó:
«Lo que estoy haciendo, tú no lo puedes comprender ahora; lo comprenderás después».
Pedro insistió:
«Jamás permitiré que me laves los pies».
Entonces Jesús le contestó:
«Si no te lavo los pies, no tendrás nada que ver conmigo».
Simón Pedro reaccionó diciendo:
«Señor, no sólo los pies; lávame también las manos y la cabeza».
Pero Jesús le dijo:
«El que se ha bañado sólo necesita lavarse los pies, porque está completamente limpio; y ustedes están limpios, aunque no todos».
Sabía muy bien Jesús quién lo iba a entregar; por eso dijo: “No todos están limpios”.
Después de lavarles los pies, se puso de nuevo el manto, volvió a sentarse a la mesa y dijo:
«¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque efectivamente lo soy. Pues bien, si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben hacer lo mismo unos con otros. Les he dado ejemplo, para que hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes».

 

 




18 de abril

Lectura del libro del profeta Isaías
52, 13-15; 53, 1-12

Mi siervo tendrá éxito, crecerá y llegará muy alto. Lo mismo que muchos se horrorizaban al verlo, porque estaba tan desfigurado que no parecía hombre ni tenía aspecto humano, así asombrará a muchas naciones. Los reyes se quedarán sin palabras, al ver algo que nunca les habían contado y comprender algo que nunca habían oído. ¿Quién creyó nuestro anuncio? ¿A quién se manifestó el poder del Señor?
Creció ante el Señor como un retoño, como raíz en tierra árida. No tenía gracia ni belleza para que nos fijáramos en él, tampoco aspecto atractivo para que lo admiráramos. Fue despreciado y rechazado por los hombres, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento; como alguien a quien no se quiere mirar, lo despreciamos y lo estimamos en nada. Sin embargo, él llevaba nuestros sufrimientos, soportaba nuestros dolores. Nosotros lo creíamos castigado, herido por Dios y humillado, pero eran nuestras rebeldías las que lo traspasaban y nuestras culpas las que lo trituraban. Sufrió el castigo para nuestro bien y con sus heridas nos sanó. Andábamos todos errantes como ovejas, cada uno por su camino, y el Señor cargó sobre él todas nuestras culpas. Cuando era maltratado, él se sometía, y no abría la boca; como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Sin defensa ni juicio se lo llevaron, y ¿quién se preocupó de su suerte?
Lo arrancaron de la tierra de los vivos, lo hirieron por los pecados de mi pueblo; lo enterraron con los malhechores, lo sepultaron con los malvados, aunque él no cometió ningún crimen ni hubo engaño en su boca. Pero el Señor quiso quebrantarlo con sufrimientos. Y si él entrega su vida como expiación, verá su descendencia, tendrá larga vida y por medio de él, prosperarán los planes del Señor. Después de una vida de amarguras verá la luz, comprenderá su destino. Mi siervo, el justo, traerá a muchos la salvación cargando con las culpas de ellos.
Por eso, le daré un puesto de honor entre los grandes y con los poderosos participará del triunfo, por haberse entregado a la muerte y haber compartido la suerte de los pecadores. Pues él cargó con los pecados de muchos e intercedió por los pecadores.
 

Lectura del Libro de los Salmos
Sal 30, 2.6.12-13.15-16.17 y 25

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

A ti, Señor, me acojo, que no quede yo nunca defraudado; líbrame por tu bondad. En tus manos encomiendo mi espíritu; tú, mi Dios leal, me librarás.
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

Soy la burla de mis agresores, motivo de risa para mis vecinos, el espanto de mis conocidos; los que me ven por la calle huyen de mí; olvidado de todos como un muerto, me he convertido en un objeto inútil.
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

Pero yo confío en ti, Señor; yo te digo: «Tú eres mi Dios». Mi destino está en tus manos, líbrame de los enemigos que me persiguen.
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

Que tu rostro resplandezca sobre tu siervo, sálvame por tu amor. Sean fuertes y anímense, todos los que esperan en el Señor.
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.


Lectura de la carta a los Hebreos
4, 14-16; 5, 7-9

Hermanos: Ya que tenemos en Jesús, el Hijo de Dios, un sumo sacerdote eminente que ha penetrado en los cielos, mantengámonos firmes en la fe que profesamos.
Pues no es él un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras flaquezas, sino que ha sido probado en todo como nosotros excepto en el pecado.
Acerquémonos, pues, con plena confianza al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y encontrar la gracia de un socorro oportuno.
El mismo Cristo, que en los días de su vida mortal presentó oraciones y súplicas con grandes gritos y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado en atención a su actitud reverente; y precisamente porque era Hijo, aprendió sufriendo a obedecer. Llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen.
 

† Pasión de nuestro Señor Jesucristo, según san Juan
18, 1-40; 19, 1-42

C. En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos atravesaron el torrente Cedrón y entraron en un huerto que había cerca. Este lugar era conocido por Judas, el traidor, porque Jesús se reunía frecuentemente allí con sus discípulos. Así que Judas, llevando consigo un destacamento de soldados romanos y los guardias puestos a su disposición por los sumos sacerdotes y los fariseos, se dirigió a aquel lugar. Iban armados y equipados con faroles y antorchas.
Jesús, que sabía todo lo que iba a ocurrir, salió a su encuentro y les preguntó:
†. «¿A quién buscan?»
C. Ellos contestaron:
S. «A Jesús de Nazaret».
C. Les dijo Jesús:
†. «Yo soy».
C. Judas, el traidor, estaba allí con ellos. En cuanto les dijo:“Yo soy”, retrocedieron y cayeron a tierra. Jesús les preguntó de nuevo:
†. «¿A quién buscan?»
C. Volvieron a contestarle:
S. «A Jesús de Nazaret».
C. Jesús les dijo:
†. «Ya les he dicho que soy yo. Por tanto, si me buscan a mí, dejen que éstos se vayan».
C. Así se cumplió lo que él mismo había dicho: “No he perdido a ninguno de los que me diste”.
Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la desenvainó e hirió con ella a un criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Pero Jesús dijo a Pedro:
†. «Guarda tu espada. ¿Es que no debo beber este cáliz de amargura que el Padre me ha preparado?»
C. Los soldados romanos, con su comandante al frente, y la guardia judía, arrestaron a Jesús y le ataron las manos. Acto seguido, lo condujeron a casa de Anás, el cual era suegro de Caifás, que era sumo sacerdote aquel año. Caifás era el que había aconsejado a los judíos: “Conviene que muera un solo hombre por el pueblo”.
Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo, que era conocido del sumo sacerdote, entró al mismo tiempo que Jesús en el patio interior de la casa del sumo sacerdote. Pedro, en cambio, tuvo que quedarse fuera junto a la puerta, hasta que el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera y consiguió que lo dejara entrar. Pero la portera preguntó a Pedro:
S.«¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?»
C. Pedro le contestó:
S. «No, no lo soy».
C. Como hacía frío, los criados y la guardia habían preparado una fogata y estaban en torno a ella calentándose. Pedro estaba también con ellos calentándose.
El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su enseñanza. Jesús declaró:
†. «Yo he hablado siempre en público. He enseñado en las sinagogas y en el templo, donde se reúnen todos los judíos. No he enseñado nada clandestinamente. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que me han oído, y ellos podrán informarte».
C. Al oír esta respuesta, uno de los guardias, que estaba junto a él, le dio una bofetada, diciéndole:
S. «¿Cómo te atreves a contestar así al sumo sacerdote?»
C. Jesús le dijo:
†. «Si he hablado mal, demuéstrame en qué; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?»
C. Entonces Anás lo envió, con las manos atadas, a Caifás, el sumo sacerdote.
Mientras Simón Pedro estaba junto a la fogata, calentándose, uno le preguntó:
S. «¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?»
C. Pedro lo negó diciendo:
S. «No, no lo soy».
C. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquél a quien Pedro había cortado la oreja, le insistió:
S. «¿Cómo que no? Yo mismo te vi en el huerto con él».
C. Pedro volvió a negarlo. Y en aquel momento cantó el gallo.
Después condujeron a Jesús desde la casa de Caifás hasta el palacio del gobernador. Era de madrugada. Los judíos no entraron en el palacio para no contraer impureza legal, y poder celebrar así la cena de pascua. Pilato, por su parte, salió adonde estaban ellos y les preguntó:
S. «¿De qué acusan a este hombre?»
C. Ellos le contestaron:
S. «Si no fuera un criminal, no te lo habríamos entregado».
C. Pilato les dijo:
S. «Llévenselo y júzguenlo según su ley».
C. Los judíos dijeron:
S. «Nosotros no estamos autorizados para condenar a muerte a nadie».
C. Así se cumplió la palabra de Jesús, que había anunciado de qué forma iba a morir. Pilato volvió a entrar en su palacio, llamó a Jesús y le interrogó:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?»
C. Jesús le contestó:
†. «¿Dices eso por ti mismo o te lo han dicho otros de mí?»
C. Pilato respondió:
S. «¿Acaso soy yo judío? Son los de tu propia nación y lo sumos sacerdotes los que te han
entregado a mí. ¿Qué has hecho?»
C. Jesús le explicó:
†. «Mi reino no es de este mundo. Si lo fuera, mis seguidores hubieran luchado para impedir que yo fuera entregado a los judíos. Pero no, mi reino no es de este mundo».
C. Pilato insistió:
S. «Entonces, ¿eres rey?»
C. Jesús le respondió:
†. «Soy rey, como tú dices. Y mi misión consiste en dar testimonio de la verdad. Precisamente para eso he nacido y para eso he venido al mundo. Todo el que pertenece a la verdad escucha mi voz».
C. Pilato le preguntó:
S. «¿Y qué es la verdad?»
C. Después de decir esto, Pilato salió de nuevo y dijo a los judíos:
S. «Yo no encuentro delito alguno en este hombre. Pero como ustedes tienen derecho a que les ponga en libertad un prisionero durante la fiesta de la pascua, ¿quieren que deje en libertad al rey de los judíos?»
C. Pero ellos seguían gritando:
S. «¡No, a ése no! ¡Deja en libertad a Barrabás!» (El tal Barrabás era un bandido).
C. Entonces Pilato ordenó que lo azotaran. Los soldados prepararon una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza. También le colocaron sobre los hombros un manto rojo. Y se acercaban a él, diciendo:
S. «¡Salve, rey de los judíos!»
C. Y le daban bofetadas. Pilato salió, una vez más, y les dijo:
S. «Miren, lo traigo de nuevo para que quede bien claro que yo no encuentro delito alguno en este hombre».
C. Salió, pues, Jesús afuera. Llevaba sobre su cabeza la corona de espinas y sobre sus hombros el manto rojo. Pilato lo presentó con estas palabras:
S. «¡Este es el hombre!»
C. Los sumos sacerdotes y los guardias, al verlo, comenzaron a gritar:
S. «¡Crucifícalo, crucifícalo!»
C. Pilato les dijo:
S. «Llévenselo ustedes y crucifíquenlo; porque yo no encuentro delito alguno en él».
C. Los judíos insistieron:
S. «Nosotros tenemos una ley y, según ella, debe morir, porque se ha presentado a sí mismo como Hijo de Dios».
C. Al oír esto, Pilato sintió aún más miedo. Entró de nuevo en el palacio y preguntó a Jesús:
S. «¿De dónde eres tú?»
C. Pero Jesús no le contestó. Pilato le dijo:
S. «¿Te niegas a contestarme? ¿Es que no sabes que yo tengo autoridad, tanto para dejarte en libertad como para ordenar que te crucifiquen?»
C. Jesús le respondió:
†. «No tendrías autoridad alguna sobre mí, si no te la hubieran dado de lo alto; por eso, el que me entregó a ti tiene más culpa que tú».
C. Desde ese momento Pilato intentaba ponerlo en libertad. Pero los judíos le gritaban:
S. «Si pones en libertad a ese hombre, no eres amigo del emperador romano. Porque cualquiera que tenga la pretensión de ser rey, es enemigo del emperador».
C. Pilato, al oír esto, mandó que sacaran fuera a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el lugar conocido con el nombre de «Enlosado» (que en la lengua de los judíos, se llama “Gábbata”). Era la víspera de la fiesta de la pascua, hacia el mediodía. Pilato dijo a los judíos:
S. «¡Aquí tienen a su rey!»
C. Ellos comenzaron a gritar:
S. «¡Mátalo! ¡Crucifícalo!»
C. Pilato insistió:
S. «¿Cómo voy a crucificar a su rey?»
C. Pero los sumos sacerdotes contestaron:
S. «Nuestro único rey es el emperador romano».
C. Entonces Pilato les entregó a Jesús para que lo crucificaran.
Se hicieron, pues, cargo de Jesús quien, llevando a hombros su propia cruz, salió de la ciudad hacia un lugar llamado “La Calavera” (que en la lengua de los judíos se dice “Gólgota”). Allí lo crucificaron junto con otros dos, uno a cada lado de Jesús.
Pilato mandó escribir y poner sobre la cruz un letrero con esta inscripción: “Jesús de Nazaret, el rey de los judíos”. Leyeron el letrero muchos judíos, porque el lugar donde Jesús había sido crucificado estaba cerca de la ciudad, y estaba escrito en hebreo, en latín y en griego. Los sumos sacerdotes se presentaron a Pilato y le dijeron:
S. «No escribas: “El rey de los judíos”, sino más bien: “Este hombre ha dicho: Yo soy el rey de los judíos”».
C. Pilato les contestó:
S. «Lo que he escrito, escrito queda».
C. Los soldados, después de crucificar a Jesús, se apropiaron de sus vestidos e hicieron con ellos cuatro partes, una para cada uno. Dejaron aparte la túnica. Como era una túnica sin costuras, tejida de una sola pieza de arriba abajo, los soldados llegaron a este acuerdo:
S. «Es mejor que no la dividamos, vamos a sortearla para ver a quién le toca».
C. Así se cumplió este texto de la Escritura:
Dividieron entre ellos mis vestidos y mi túnica la echaron a suertes.
Eso fue lo que hicieron los soldados.
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo a quien tanto amaba, dijo a su madre:
†. «Mujer, ahí tienes a tu hijo».
C. Después dijo al discípulo:
†. «Ahí tienes a tu madre».
C. Y desde aquel momento, el discípulo la recibió como suya. Después Jesús, sabiendo que todo se había cumplido, para que también se cumpliera la Escritura, exclamó:
†. «Tengo sed».
C. Había allí una jarra con vinagre. Los soldados colocaron en la punta de una caña una esponja empapada en el vinagre y se la acercaron a la boca. Jesús probó al vinagre y dijo:
†. «Todo está cumplido».
C. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

Aquí todos se arrodillan y oran en silencio unos instantes.

C. Como era el día de la preparación de la fiesta de pascua, los judíos no querían que los cuerpos quedaran en la cruz aquel sábado, ya que aquel día se celebraba una fiesta muy solemne. Por eso pidieron a Pilato que ordenara romper las piernas a los crucificados y que los bajaran de la cruz.
Fueron, pues, los soldados y rompieron las piernas a los dos que habían sido crucificados con Jesús. Cuando se acercaron a Jesús, se dieron cuenta de que ya había muerto; por eso no le rompieron las piernas. Pero uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza, y en seguida brotó del costado sangre y agua.
El que vio estas cosas da testimonio de ellas, y su testimonio es verdadero. El sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean. Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura, que dice: No le quebrarán ningún hueso. La Escritura dice también en otro pasaje: Mirarán al que traspasaron.
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque lo mantenía en secreto por miedo a los judíos, pidió autorización a Pilato para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió.
Entonces él fue y tomó el cuerpo de Jesús. Llegó también Nicodemo, el que en una ocasión había ido a hablar con Jesús durante la noche, con unos treinta kilos de una mezcla de mirra y perfume. Entre los dos se llevaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas de lino bien empapadas en la mezcla de mirra y perfume, según la costumbre judía de sepultar a los muertos.
Cerca del lugar donde fue crucificado Jesús había un huerto y, en el huerto, un sepulcro nuevo en el que nadie había sido enterrado. Allí, pues, depositaron a Jesús, dado que el sepulcro estaba cerca y era la víspera de la fiesta de pascua.

 

 




19 de abril

SÁBADO SANTO.

Sepultura del Señor

 




20 de abril

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles
10, 34a.37-43

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:
«Ustedes están enterados de lo que ha ocurrido en el país de los judíos, comenzando por Galilea, después del bautismo predicado por Juan: Me refiero a Jesús de Nazaret, a quien Dios ungió con el poder del Espíritu Santo. El pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.
Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país de los judíos y en Jerusalén. A él, a quien mataron colgándolo de un madero, Dios lo resucitó al tercer día y le concedió que se manifestara, no a todo el pueblo, sino a los testigos elegidos de antemano por Dios, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos.
El nos mandó predicar al pueblo y dar testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. De él dan testimonio todos los profetas, afirmando que todo el que cree en él recibe el perdón de los pecados, por medio de su nombre».
 


Lectura del Libro de los Salmos
Sal 117, 1-2.16ab-17.22-23

Este es el día del triunfo del Señor, aleluya.

Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterno su amor. Diga el pueblo de Israel: es eterno su amor.
Este es el día del triunfo del Señor, aleluya.

El brazo del Señor es sublime, el brazo del Señor hace prodigios. No he de morir, viviré y contaré las hazañas del Señor.
Este es el día del triunfo del Señor, aleluya.

La piedra que rechazaron los constructores se ha convertido en la piedra fundamental. Esto es obra del Señor y es realmente admirable.
Este es el día del triunfo del Señor, aleluya.


Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses
3, 1-4

Hermanos: Puesto que han resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios. Aspiren a los bienes del cielo, no a los de la tierra. Porque han muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios.
Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también ustedes aparecerán gloriosos con él.
 


Lectura del santo Evangelio según san Juan
20, 1-9

El domingo por la mañana, muy temprano, antes de salir el sol, María Magdalena vino al sepulcro. Cuando vio que habían retirado la piedra que tapaba la entrada, regresó corriendo a la ciudad para contárselo a Simón Pedro y al otro discípulo a quien Jesús tanto quería. Les dijo:
«Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto»
Pedro y el otro discípulo fueron rápidamente al sepulcro. Salieron corriendo los dos juntos, pero el otro discípulo se adelantó a Pedro y llegó antes que él. Al asomarse al interior comprobó que las vendas estaban allí; pero no entró. Siguiéndole los pasos llegó Simón Pedro que entró en el sepulcro, y observó que las vendas estaban allí. Estaba también el lienzo que habían colocado sobre la cabeza de Jesús, pero no estaba con las vendas, sino doblado y colocado aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro. Vio y creyó. Y es que hasta entonces, los discípulos no habían entendido la Escritura, según la cual Jesús tenía que resucitar de entre los muertos.

 




21 de abril

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles
2, 14. 22-33

El día de Pentecostés, se presentó Pedro con los Once ante la multitud, levantó la voz y
declaró solemnemente:
«Israelitas, escuchen: Jesús de Nazaret fue el hombre a quien Dios acreditó ante ustedes con los milagros, prodigios y señales que realizó por medio de él, como bien lo saben. Dios lo entregó conforme al plan que tenía previsto y determinado, y ustedes, valiéndose de los impíos, lo crucificaron y lo mataron. Dios, sin embargo, lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte, pues era imposible que ésta lo retuviera en su poder, ya que el mismo David dice de él:
Tengo siempre presente al Señor, porque está a mi derecha, para que yo no dude. Por eso se goza mi corazón, se alegra mi lengua, y todo mi ser descansa confiado; porque no me entregarás al abismo, ni permitirás que tu fiel experimente la corrupción. Me enseñaste los caminos de la vida, y me saciarás de alegría en tu presencia.
Hermanos, permítanme decirles con franqueza que el patriarca David murió y fue sepultado, y su sepulcro aún se conserva entre nosotros. Pero, como era profeta y sabía que Dios le había jurado solemnemente sentar en su trono a un descendiente suyo, vio anticipadamente la resurrección de Cristo, y dijo que no sería entregado a la muerte, ni su cuerpo experimentaría la corrupción. A este Jesús, Dios lo resucitó, y de ellos somos testigos todos nosotros. El poder de Dios lo ha exaltado, y él, habiendo recibido del Padre el Espíritu Santo prometido, lo ha derramado, como ahora lo están viendo y oyendo».


Lectura del Libro de los Salmos
Sal 15, 1-2a.5.7-8.9-10.11

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

Protégeme, Dios mío que me refugio en ti. Yo digo al Señor: «Tú eres mi dueño, mi único bien». Señor, tú eres mi alegría y mi herencia, mi destino está en tus manos.
Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

Bendeciré al Señor que me aconseja, ¡hasta de noche instruye mi conciencia! Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha jamás fracasaré.
Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

Por eso se me alegra el corazón, hacen fiesta mis entrañas y todo mi ser descansa tranquilo; porque no me abandonarás en el abismo, ni dejarás a tu fiel experimentar la corrupción.
Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

Me enseñarás la senda de la vida, me llenarás de alegría en tu presencia, de felicidad eterna a tu derecha.
Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.


Lectura del santo Evangelio según san Mateo
28, 8-15

Después de escuchar las palabras del ángel, las mujeres se alejaron a toda prisa del sepulcro y, llenas de temor, pero con mucha alegría, corrieron a llevar la noticia a los discípulos. Jesús salió a su encuentro y las saludó.
Ellas se acercaron, se echaron a sus pies y lo adoraron. Entonces les dijo Jesús:
«No teman, digan a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».
Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido. Estos se reunieron con los ancianos y acordaron en Consejo dar una fuerte suma de dinero a los soldados, advirtiéndoles:
«Digan que sus discípulos fueron de noche y robaron su cuerpo mientras ustedes dormían. Y si el asunto llega a oídos del gobernador, nosotros lo convenceremos y responderemos por ustedes».
Los soldados tomaron el dinero e hicieron lo que les habían dicho. Y ésta es la versión que ha corrido entre los judíos hasta hoy.

 

 




22 de abril

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles
2, 36-41

El día de Pentecostés dijo Pedro a los judíos:
«Sepan, pues, con plena seguridad los israelitas, que Dios ha constituido Señor y Mesías a este Jesús, a quien ustedes crucificaron».
Estas palabras les llegaron hasta el fondo del corazón, y le preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles:
«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?»
Pedro les contestó:
«Conviértanse y háganse bautizar en el nombre de Jesucristo, para que queden perdonados sus pecados. Entonces recibirán el don del Espíritu Santo. Pues, la promesa es para ustedes, para sus hijos e incluso para todos los extranjeros, a quienes llame el Señor nuestro Dios».
Y con otras muchas palabras los animaba y los exhortaba, diciendo:
«Pónganse a salvo de esta generación perversa».
Los que aceptaron su palabra fueron bautizados, y se les unieron aquel día unas tres mil personas.


Lectura del Libro de los Salmos
Sal 32, 4-5.18-19.20 y 22

El amor del Señor llena la tierra.

La palabra del Señor es sincera, todas sus acciones son leales. El ama la justicia y el derecho, el amor del Señor llena la tierra.
El amor del Señor llena la tierra.

El Señor se fija en quienes lo respetan, en los que esperan en su misericordia, para librarlos de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre.
El amor del Señor llena la tierra.

Nosotros esperamos en el Señor, él es nuestro socorro y nuestro escudo. Que tu amor, Señor, nos acompañe, tal como lo esperamos de ti.
El amor del Señor llena la tierra.


Lectura del santo Evangelio según san Juan
20, 11-18

El día de la resurrección, María se había quedado llorando junto al sepulcro. Sin dejar de llorar volvió a asomarse al sepulcro. Entonces vio dos ángeles, vestidos de blanco, sentados en el lugar donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies.
Los ángeles le preguntaron:
«¿Mujer, por qué lloras?»
Ella contestó:
«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».
Dicho esto, se volvió hacia atrás y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció. Jesús le preguntó:
«Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién estás buscando?»
Ella, creyendo que era el jardinero, le respondió:
«Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo iré a recogerlo».
Entonces Jesús le dijo:
«¡María!»
Ella se se acercó a él y exclamó en arameo:
«¡Rabuní!» (que significa «maestro»).
Jesús le dijo:
«No me retengas, porque todavía no he subido a mi Padre; anda, ve y di a mis hermanos que voy a mi Padre que es el Padre de ustedes; a mi Dios, que es también su Dios».
María Magdalena se fue corriendo adonde estaban los discípulos y les anunció:
«He visto al Señor».
Y les contó lo que Jesús le había dicho.

 

 




23 de abril

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles
3, 1-10

En aquel tiempo, Pedro y Juan subían al templo a la hora de la oración, hacia las tres de la tarde. Había allí un hombre paralítico de nacimiento, a quien todos los días llevaban y colocaban junto a la puerta Hermosa del templo para pedir limosna a los que entraban. Al ver que Pedro y Juan iban a entrar al templo, les pidió limosna. Pedro, acompañado de Juan, lo miró fijamente y le dijo:
«Míranos».
El los miró esperando recibir algo de ellos. Pedro le dijo:
«No tengo oro ni plata, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, camina».
Y tomándolo de la mano derecha, lo levantó.
Inmediatamente sus pies y sus tobillos se fortalecieron, se puso en pie y comenzó a caminar. Luego entró con ellos en el templo caminando, saltando y alabando a Dios. Todo el pueblo lo vio caminar y alabar a Dios. Al darse cuenta de que era el mismo que se sentaba junto a la puerta Hermosa para pedir limosna, se llenaron de admiración y asombro por lo que le había sucedido.


Lectura del Libro de los Salmos
Sal 104, 1-2.3-4.6-7.8-9

La misericordia del Señor llena la tierra.

Den gracias al Señor, invoquen su nombre, publiquen entre los pueblos sus proezas, cántenle, toquen en su honor, proclamen sus maravillas.
La misericordia del Señor llena la tierra.

Gloríense de su nombre santo, que se alegren los que buscan al Señor. Recurran al Señor y a su poder, busquen su rostro sin descanso.
La misericordia del Señor llena la tierra.

Descendencia de Abrahán, su siervo, hijos de Jacob, su elegido: el Señor es nuestro Dios, en toda la tierra están en vigor sus decretos.
La misericordia del Señor llena la tierra.

El se acuerda de su alianza eternamente, de la palabra que ha dado por mil generaciones; del pacto concluido con Abrahán, y del juramento que hizo a Isaac.
La misericordia del Señor llena la tierra.


Lectura del santo Evangelio según san Lucas
24, 13-35

El mismo día de la resurrección, dos de los discípulos se dirigían a un pueblo llamado Emaús, que dista de Jerusalén unos once kilómetros. Iban hablando de todos estos sucesos. Mientras hablaban y se hacían preguntas, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos estaban tan cegados, que no eran capaces de reconocerlo. El les dijo:
«¿Qué es lo que vienen conversando por el camino?»
Ellos se detuvieron entristecidos, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió:
«¿Eres tú el único en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos días?»
El les preguntó:
«¿Qué ha pasado?»
Ellos respondieron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo. ¿No sabes que los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte y lo crucificaran? Nosotros esperábamos que él fuera el libertador de Israel. Y, sin embargo, ya hace tres días que ocurrió esto. Es cierto que algunas de nuestras mujeres nos han sorprendido, porque fueron temprano al sepulcro y no encontraron su cuerpo. Hablaban incluso de que se les habían aparecido unos ángeles que decían que está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y hallaron todo como las mujeres decían; pero a él no lo vieron».
Entonces Jesús les dijo:
«¡Qué torpes son para comprender, y qué duros son para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías sufriera todo esto para entrar en su gloria?»
Y comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que decían de él las Escrituras. Al llegar al pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le insistieron diciendo:
«Quédate con nosotros, porque es tarde y está anocheciendo».
Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaba sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y lo dio a ellos. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero Jesús desapareció de su lado. Y se dijeron uno a otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»
En aquel mismo instante se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once y a todos los demás, que decían:
«Es verdad, el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón».
Ellos, por su parte, contaban lo que les había ocurrido cuando iban de camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

 

 




24 de abril

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles
3, 11-26

En aquellos días, como el paralítico curado por Pedro y Juan no se les despegaba, toda la gente, asombrada, se reunió alrededor de ellos junto al pórtico de Salomón. Pedro, al ver esto, dijo al pueblo:
«Israelitas, ¿por qué se admiran de este suceso? ¿Por qué nos miran como si nosotros lo hubiéramos hecho caminar por nuestro propio poder o virtud? El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros antepasados, ha manifestado la gloria de su siervo Jesús, al que ustedes entregaron y rechazaron ante Pilato, quien había resuelto dejarlo en libertad. Ustedes rechazaron al Santo y al Justo, pidieron que se diera libertad a un asesino y mataron al autor de la vida. Pero Dios lo ha resucitado de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello.
Pues bien, por creer en Jesús se le han fortalecido las piernas a este hombre a quien ven y conocen; la fe en Jesús lo ha sanado totalmente en presencia de todos ustedes. Ya sé, hermanos, que lo hicieron por ignorancia, igual que sus jefes. Pero Dios cumplió así lo que había anunciado por los profetas: que su Mesías tenía que padecer.
Por tanto, arrepiéntanse y conviértanse, para que sean borrados sus pecados. Llegarán así tiempos de consuelo de parte del Señor, que les enviará de nuevo a Jesús, el Mesías que les estaba destinado. El cielo debe retenerlo hasta que lleguen los tiempos en que todo sea restaurado, como anunció Dios por boca de los santos profetas en el pasado.
Moisés, en efecto, dijo: El Señor su Dios les suscitará de entre sus hermanos un profeta como yo; escuchen todo lo que les diga; y el que no escuche a este profeta será excluido del pueblo.
Todos los profetas, de Samuel en adelante, anunciaron estos días.
Ustedes son los descendientes de los profetas y de la alianza que Dios estableció con sus antepasados, diciendo a Abrahán: A través de tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra. Por ustedes, en primer término, Dios ha suscitado a su siervo enviándoselo como bendición, para que cada uno se convierta de sus maldades».
 

Lectura del Libro de los Salmos
Sal 8, 2a.5.6-7.8-9

¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!

¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra! ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para que cuides de él?
¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!

Lo hiciste apenas inferior a un dios, coronándolo de gloria y esplendor; le diste poder sobre la obra de tus manos, todo lo pusiste bajo sus pies.
¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!

Rebaños y ganados, todos juntos, y aun las bestias salvajes; los pájaros del cielo, los peces del mar y todo cuanto surca las sendas de los mares.
¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!


Lectura del santo Evangelio según san Lucas
24, 35-48

En aquel tiempo los discípulos contaban lo que les había ocurrido cuando iban de camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Estaban comentando lo sucedido, cuando el mismo Jesús se presentó en medio y les dijo:
«La paz esté con ustedes».
Espantados y llenos de miedo, creían ver un fantasma.
Pero él les dijo:
«¿De qué se asustan? ¿Por qué surgen dudas en su interior? Vean mis manos y mis pies; soy yo en persona. Tóquenme y convénzanse de que un fantasma no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo».
Y dicho esto, les mostró las manos y los pies. Pero como se resistían a creer por la alegría y el asombro, les dijo:
«¿Tienen algo de comer?»
Ellos le dieron un trozo de pescado asado. El lo tomó y lo comió delante de ellos. Después les dijo:
«Cuando aún estaba entre ustedes les dije que era necesario que se cumpliera todo lo escrito sobre mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos».
Entonces les abrió la inteligencia para que comprendieran las Escrituras. Y añadió:
«Estaba escrito que el Mesías tenía que morir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se anunciaría a todas las naciones, comenzando desde Jerusalén, la conversión y el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de estas cosas».

 

 




25 de abril

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro
5, 5b-14

Queridos hermanos: Sean humildes en sus relaciones mutuas, pues Dios se enfrenta a los soberbios, pero concede su favor a los humildes. Así pues, humíllense bajo la poderosa mano de Dios, para que los exalte en su momento. Confíenle todas sus preocupaciones, ya que él se preocupa de ustedes.
Vivan con sobriedad y estén alerta. El diablo, su enemigo, ronda como león rugiente
buscando a quién devorar.
Háganle frente con la firmeza de la fe, sabiendo que sus hermanos dispersos por el mundo soportan los mismos sufrimientos.
Y el Dios de toda gracia, que los ha llamado a su eterna gloria en Cristo, después de un corto sufrimiento los restablecerá, los fortalecerá, los robustecerá y los consolidará. Suyo es el poder por siempre. Amén.
Por medio de Silvano, a quien ustedes consideran un hermano digno de confianza, según tengo entendido, les he escrito brevemente para exhortales y asegurarles que ésta es la verdadera gracia de Dios.
Permanezcan firmes en ella.
Los saluda la Iglesia de Babilonia, a la que Dios ha elegido lo mismo que a la de ustedes; los saluda también Marcos, mi hijo. Salúdense mutuamente con el beso de amor fraternal. Paz a todos ustedes, los que viven unidos en Cristo.

 
Lectura del Libro de los Salmos
Sal 88, 2-3.6-7.16-17

Cantaré eternamente el amor del Señor.

Cantaré eternamente el amor del Señor, anunciaré por siempre tu fidelidad, proclamaré: «Tu amor está consolidado para siempre, tu fidelidad está firme en los cielos».
Cantaré eternamente el amor del Señor.

Señor, los cielos proclaman tus maravillas, y tu fidelidad la asamblea de los santos. ¿Quién puede compararse al Señor sobre las nubes? ¿Quién como el Señor entre los dioses?
Cantaré eternamente el amor del Señor.

Dichoso el pueblo que sabe aclamarte; caminará, Señor, a la luz de tu presencia; todo el día se alegra en tu nombre, son engrandecidos por tu fuerza salvadora.
Cantaré eternamente el amor del Señor.

Lectura del santo Evangelio según san Marcos
16, 15-20

En aquel tiempo se apareció Jesús a los Once, y les dijo:
«Vayan por todo el mundo y proclamen la buena noticia a toda criatura. El que crea y se bautice, se salvará, pero el que no crea, se condenará. A los que crean, les acompañarán estas señales: expulsarán demonios en mi nombre, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes con sus manos y, aunque beban veneno, no les hará daño; impondrán las manos a los enfermos y éstos sanarán».
Después de hablarles, el Señor Jesús fue elevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios.
Ellos salieron a predicar por todas partes, el Señor los asistía y confirmaba la palabra
acompañándola con señales.

 

 

 




26 de abril

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles
4, 13-21

En aquellos días, al ver la valentía con que se expresaban Pedro y Juan, los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas no salían de su asombro, sabiendo que eran hombres del pueblo y sin cultura. Los reconocían como aquellos que habían acompañado a Jesús; pero, como veían con ellos de pie al hombre que había sido curado, nada podían responder. Entonces les ordenaron salir del Consejo y comenzaron a discutir entre ellos:
«¿Qué haremos con estos hombres? El milagro que han hecho es notorio y lo saben todos los habitantes de Jerusalén; no podemos negarlo. No obstante, para que no se divulgue más entre el pueblo, los amenazaremos para que no vuelvan a hablar a nadie en nombre de ése».
Así que los llamaron y les prohibieron terminantemente hablar y enseñar en el nombre de Jesús. Pedro y Juan les respondieron:
«¿Les parece justo delante de Dios que les obedezcamos a ustedes antes que a él? Por nuestra parte, no podemos dejar de proclamar lo que hemos visto y oído».
Ellos, amenazándolos de nuevo, los dejaron en libertad. No encontraron el modo de castigarlos por temor al pueblo, pues todos daban gloria a Dios por lo sucedido.
 

Lectura del Libro de los Salmos
Sal 117, 1.14-15.16ab-18.19-21

La diestra del Señor ha hecho maravillas.

Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterno su amor. El Señor es mi fuerza y para él es mi canto, porque él es mi salvación. Se escuchan gritos de júbilo y victoria en las tiendas de los vencedores. El brazo del Señor hace prodigios.
La diestra del Señor ha hecho maravillas.

El brazo del Señor es sublime, el brazo del Señor hace prodigios. Me castigó duramente el Señor, pero no permitió que muriera.
La diestra del Señor ha hecho maravillas.

¡Ábranme las puertas del triunfo, entraré para dar gracias al Señor! Esta es la puerta del Señor, los vencedores entrarán por ella. Te doy gracias porque me escuchaste, y fuiste mi salvación.
La diestra del Señor ha hecho maravillas.


Lectura del santo Evangelio según san Marcos
16, 9-15

Habiendo resucitado al amanecer del primer día de la semana, Jesús se apareció en primer lugar a María Magdalena, de la que había expulsado siete demonios. Ella fue a comunicárselo a los que lo habían acompañado, que estaban tristes y seguían llorando. Ellos, a pesar de oír que estaba vivo y que ella lo había visto, no creyeron.
Después de esto se apareció, con aspecto diferente, a dos de ellos que iban de camino a una aldea. También ellos fueron a dar la noticia a los demás; pero tampoco les creyeron.
Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les reprochó su incredulidad y su terquedad, por no haber creído a quienes lo habían visto resucitado. Y les dijo:
«Vayan por todo el mundo y proclamen la buena noticia a toda criatura».

 

 




27 de abril

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles
4, 32-35

En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo, y nadie consideraba como propio nada de lo que poseía, sino que tenían en común todas las cosas. Por su parte, los apóstoles daban testimonio con mucha fortaleza de la resurrección de Jesús, y todos gozaban de gran estima.
No había entre ellos necesitados, porque todos los que tenían bienes o casas los vendían, llevaban el precio de lo vendido, lo ponían a los pies de los apóstoles, y se repartía a cada uno según su necesidad.
 


Lectura del Libro de los Salmos
Sal 117, 2-4.16ab-18.22-24

La misericordia del Señor es eterna. Aleluya.

Diga el pueblo de Israel: es eterno su amor. Diga la descendencia de Aarón: es eterno su amor. Digan los que respetan al Señor: es eterno su amor.
La misericordia del Señor es eterna. Aleluya.

El brazo del Señor es sublime, el brazo del Señor hace prodigios. No he de morir, viviré y contaré las hazañas del Señor; me castigó duramente el Señor, pero no permitió que muriera.
La misericordia del Señor es eterna. Aleluya.

La piedra que rechazaron los constructores se ha convertido en la piedra fundamental. Esto es obra del Señor y es realmente admirable. Este es el día en que actuó el Señor, festejemos y alegrémonos en él.
La misericordia del Señor es eterna. Aleluya.


Lectura de la primera carta del apóstol san Juan
5, 1-6

Hermanos queridos: El que cree que Jesús es el Mesías, ha nacido de Dios. Y todo el que ama a Dios, que da el ser, debe amar también a todo el que ha nacido de él. Por tanto, si amamos a los hijos de Dios, es señal de que amamos a Dios y de que ponemos en práctica sus mandamientos. Porque el amor consiste en cumplir sus mandamientos, y sus mandamientos no son una carga.
Todo el que ha nacido de Dios vence al mundo; y ésta es la fuerza victoriosa que ha vencido al mundo: nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Este es el que vino mediante sangre y agua, Jesucristo; no por agua únicamente, sino por agua y sangre; y el espíritu es el que da testimonio, porque el espíritu es la verdad.

 

Lectura del santo Evangelio según san Juan
20, 19-31

Aquel mismo día, por la tarde, estaban reunidos los discípulos en una casa con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Jesús se presentó en miedo de ellos y les dijo:
«La paz esté con ustedes».
Y les mostró las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús les dijo de nuevo:
«La paz esté con ustedes».
Y añadió:
«Como el Padre me ha enviado, yo también los envío a ustedes».
Sopló sobre ellos y les dijo:
«Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados, Dios se los perdonará; y a quienes se los retengan, Dios se los retendrá».
Tomás, uno del grupo de los Doce, a quien llamaban “El Gemelo”, no estaba con ellos cuando se les apareció Jesús. Le dijeron, pues, los demás discípulos.
«Hemos visto al Señor».
Tomás les contestó:
«Si no veo las señales dejadas en sus manos por los clavos y no meto mi dedo en ellas, si no meto mi mano en la herida abierta en su costado, no lo creeré».
Ocho días después, se encontraba de nuevo reunidos en casa todos los discípulos de Jesús. Estaba también Tomás. Aunque las puertas estaban cerradas, Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo:
«La paz esté con ustedes».
Después dijo a Tomás:
«Acerca tu dedo y comprueba mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo, sino creyente».
Tomás contestó:
«¡Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo:
«¿Has creído porque me has visto? Dichosos los que han creído sin haber visto».
Jesús hizo en presencia de sus discípulos muchos más signos de los que han sido narrados en este libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios; y para que, creyendo, tengan en él vida eterna.

 

 




28 de abril

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles
4, 23-31

En aquellos días, tan pronto como Pedro y Juan quedaron en libertad, volvieron con los suyos y les contaron todo lo que les habían dicho los sumos sacerdotes y los ancianos. Al oír el relato, todos juntos invocaron a Dios, diciendo:
«Señor nuestro, tú has creado el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos; tú dijiste, mediante el Espíritu Santo por boca de nuestro antepasado David, tu siervo:
¿Por qué se alborotan las naciones y los pueblos maquinan vanos proyectos? Los reyes de la tierra conspiran y los príncipes se alían contra el Señor y contra su Mesías.
En esta ciudad, en efecto, se han reunido Herodes y Poncio Pilato, junto con extranjeros y gentes de Israel, contra tu santo siervo Jesús, al que ungiste, para hacer lo que tu poder y tu voluntad habían decidido de antemano que sucediera. Y ahora, Señor, mira sus amenazas y concede a tus siervos anunciar tu palabra con toda libertad. Manifiesta tu poder para que se realicen curaciones, señales y prodigios en el nombre de tu santo siervo Jesús».
Al terminar su oración, el lugar en que estaban reunidos tembló; todos quedaron llenos del Espíritu Santo y se pusieron a anunciar la palabra de Dios con toda valentía.
 

Lectura del Libro de los Salmos
Sal 2, 1-3.4-6.7-9

Dichosos los que esperan en el Señor.

¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos hacen planes torpes? Se sublevan los reyes de la tierra y los príncipes se alían contra el Señor y contra su Mesías: «Rompamos sus cadenas, librémonos de su yugo».
Dichosos los que esperan en el Señor.

El que vive en el cielo se sonríe, mi Señor se ríe de ellos. Después les habla con ira, los espanta con su cólera: «Yo mismo he constituido a mi rey en Sión, mi monte santo».
Dichosos los que esperan en el Señor.

Voy a proclamar el decreto del Señor; él me ha dicho: «Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy. Pídemelo, y te daré las naciones en herencia, en propiedad todos los países del mundo. Los romperás con cetro de hierro, los quebrarás como jarro de barro».
Dichosos los que esperan en el Señor.


Lectura del santo Evangelio según san Juan
3, 1-8

Un hombre llamado Nicodemo, miembro del grupo de los fariseos y personaje importante entre los judíos, se presentó a Jesús de noche y le dijo:
«Maestro, sabemos que Dios te ha enviado para enseñarnos; nadie, en efecto, puede realizar los signos que tú haces, si Dios no está con él».
Jesús le contestó:
«Yo te aseguro que el que no nazca de lo alto no puede ver el reino de Dios».
Nicodemo repuso:
«¿Cómo es posible que un hombre vuelva a nacer siendo viejo? ¿Acaso puede entrar de nuevo en el seno materno para nacer?»
Le respondió Jesús:
«Yo te aseguro que nadie puede entrar en el reino de Dios si no nace del agua y del Espíritu. Lo que nace del hombre es humano; lo engendrado por el Espíritu, es espiritual. Que no te cause, pues, tanta sorpresa lo que te he dicho: “Tienen que nacer de lo alto”. El viento sopla donde quiere; oyes su rumor, pero no sabes ni de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con el que nace del Espíritu».

 

 




29 de abril

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles
4, 32-37

En el grupo de los creyentes todos pensaban y creían lo mismo, y nadie consideraba como propio nada de lo que poseía, sino que tenían en común todas las cosas. Por su parte, los apóstoles daban testimonio con mucha fortaleza de la resurrección del Señor Jesús, y todos gozaban de gran estima. No había entre ellos necesitados, porque todos los que tenían bienes o casas los vendían, llevaban el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles, y se repartía a cada uno según su necesidad.
Este fue el caso de José, un levita nacido en Chipre, a quien los apóstoles llamaban Bernabé, que significa «el que trae consuelo». Este tenía un campo, lo vendió, trajo el dinero y lo puso a disposición de los apóstoles.


Lectura del Libro de los Salmos
Sal 92, 1ab.1c-2.5

El Señor es un rey magnífico.

El Señor es rey; está vestido de esplendor; el Señor, vestido y rodeado de poder.
El Señor es un rey magnífico.

Firme e inconmovible está la tierra. Tu trono está firme desde siempre, tú existes desde la eternidad.
El Señor es un rey magnífico.

Tus mandamientos son inmutables, Señor, la santidad adorna tu templo por años sin fin.
El Señor es un rey magnífico.


Lectura del santo Evangelio según san Juan
3, 11-15

En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo:
«Yo te aseguro que hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto; pero ustedes rechazan nuestro testimonio. Si no me creen cuando les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo van a creerme cuando les hable de las cosas del cielo?
Nadie ha subido al cielo, a no ser el que vino de allí, es decir, el Hijo del hombre.
Lo mismo que Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto, el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto, para que todo el que crea en él tenga vida eterna».

 

 




30 de abril

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles
5, 17-26

En aquellos días, el sumo sacerdote y los de su partido, que eran los saduceos, llenos de ira contra los apóstoles los mandaron prender y los metieron en la cárcel; pero durante la noche un ángel del Señor les abrió las puertas, los sacó de allí y les dijo:
«Vayan al templo y pónganse a enseñar al pueblo todo lo referente a esta nueva vida».
Para obedecer la orden, se fueron de madrugada al templo y se pusieron a enseñar.
Cuando llegó el sumo sacerdote con los de su partido, convocaron al Sanedrín, es decir, a todo el senado de los hijos de Israel, y mandaron traer de la cárcel a los presos. Al llegar los guardias a la cárcel, no los hallaron y regresaron a informar:
«Encontramos la cárcel bien cerrada y a los centinelas en sus puestos; pero al abrir no encontramos a nadie dentro».
Al oír estas palabras, el jefe de la guardia del templo y los sumos sacerdotes se quedaron sin saber qué pensar; pero en ese momento llegó uno y les dijo:
«Los hombres que habían metido en la cárcel están en el templo, enseñando al pueblo».
Entonces el jefe de la guardia con sus hombres trajo a los apóstoles, pero sin violencia, porque temían ser apedreados por el pueblo.
 

Lectura del Libro de los Salmos
Salmo 33

Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor. Aleluya.

Bendeciré al Señor a todas horas, no cesará mi boca de alabarlo. Yo me siento orgulloso del Señor; que se alegre su pueblo al escucharlo.
Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor. Aleluya.

Proclamemos la grandeza del Señor y alabemos todos juntos su poder. Cuando acudí al Señor, me hizo caso y me libró de todos mis temores.
Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor. Aleluya.

Confía en el Señor y saltarás de gusto. Jamás te sentirás decepcionado, porque el Señor escucha el clamor de los pobres y los libra de todas sus angustias.
Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor. Aleluya.

Junto a aquellos que temen al Señor, el ángel del Señor acampa y los protege. Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor. Dichoso el hombre que se refugia en él.
Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor. Aleluya.


Lectura del santo Evangelio según san Juan
3, 16-21

Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree, ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios.
La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo aquel que hace el mal aborrece la luz, y no se acerca a la luz, para que sus obras no se descubran. En cambio, el que obra el bien conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

 

 


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