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1 de Julio

Lectura del libro del Génesis
19, 15-29

Aquel día, al rayar el alba, los ángeles apresuraban a Lot diciéndole:
«Vamos; toma a tu esposa y a tus dos hijas, para que no perezcas a causa de los pecados de Sodoma».
Como Lot no se decidía, los tomaron de la mano a él, a su mujer y a sus dos hijas, los sacaron de su casa y los condujeron fuera de la ciudad, porque el Señor los perdonaba. Cuando estaban fuera, uno de los ángeles le dijo:
«Ponte a salvo, no mires hacia atrás, no te detengas en el valle; ponte a salvo en los montes para que no perezcas».
Lot le respondió:
«No, te lo ruego. Tú me has favorecido a mí tratándome con gran misericordia al salvarme la vida; pero yo no podré sobrevivir en los montes, pues la desgracia me alcanzaría allí y moriría. Mira, aquí cerca hay una ciudad pequeña, en donde puedo refugiarme y salvar la vida. ¿Verdad que es pequeña y puedo vivir en ella?»
El ángel le contestó:
«Accedo a lo que me pides, no arrasaré esa ciudad que dices. Aprisa, ponte a salvo, pues no puedo hacer nada hasta que llegues allá».
Por eso la ciudad se llamó Soar. El sol salía cuando Lot llegó a Soar. El Señor hizo llover desde el cielo azufre y fuego sobre Sodoma y Gomorra, Arrasó aquellas ciudades y todo el valle, con los habitantes de las ciudades y la hierba del campo. La mujer de Lot miró hacia atrás y se convirtió en estatua de sal.
Abrahán se levantó de mañana y se dirigió al sitio donde había estado con el Señor. Miró en dirección de Sodoma y Gomorra toda la extensión del valle, y vio una gran humareda que salía del suelo, como el humo de un horno.
Así, cuando el Señor destruyó las ciudades del valle y arrasó las ciudades en las que Lot había vivido, se acordó de Abrahán y libró a Lot de la catástrofe.

Lectura del Libro de los Salmos
Del salmo 25

Ten compasión de mí, Señor.

Examíname, Señor, ponme a prueba, sondea mis entrañas y mi corazón, porque tengo tu bondad ante mis ojos y camino en tu verdad.
Ten compasión de mí, Señor.

No me trates como a los pecadores ni me castigues como a los sanguinarios, que en sus manos llevan infamias y las tienen llenas de sobornos.
Ten compasión de mí, Señor.

Yo, en cambio, camino en la integridad; sálvame y ten compasión de mí. Mi pie se mantiene en el camino recto; en la asamblea bendeciré al Señor.
Ten compasión de mí, Señor.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo
8, 23-27

En aquel tiempo, Jesús subió a una barca junto con sus discípulos. De pronto se levantó en el mar una tempestad tan fuerte, que las olas cubrían la barca; pero Él estaba dormido.
Los discípulos lo despertaron, diciéndole:
«Señor, ¡sálvanos, que perecemos!»
El les respondió:
«¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?»
Entonces se levantó, dio una orden terminante a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma.
Y aquellos hombres, maravillados, decían:
«¿Quién es éste, a quien hasta los vientos y el mar obedecen?»

 

 




2 de Julio

Lectura del libro del Génesis
21, 5.8-20

Abrahán tenía cien años, cuando nació su hijo Isaac. Creció el niño y lo destetaron; ese día Abrahán dio un gran banquete.
Sara vio jugando con su hijo Isaac al hijo que Agar, la egipcia, le había dado a Abrahán, y le dijo a éste:
«Despide a esa esclava y a su hijo, pues el hijo de esa esclava no va a compartir la herencia con mi hijo Isaac».
Abrahán lo sintió mucho, por tratarse de su hijo, pero Dios lo consoló, diciéndole:
«No te aflijas ni por el niño ni por tu esclava. Hazle caso a Sara en lo que te dice, porque es Isaac quien continuará tu descendencia. Aunque al hijo de la esclava lo convertiré en un gran pueblo, por ser descendiente tuyo».
Se levantó, pues, Abrahán de mañana, tomó pan y un odre de agua y se lo puso a Agar en los hombros, le entrego al niño y la despidió. Ella se fue y anduvo errante por el desierto de Bersebá. Cuando se le acabó el agua, dejó al niño bajo un matorral y fue a sentarse enfrente, a distancia como de un tiro de arco, pues decía:
«No quiero ver morir a mi hijo».
Entonces el niño rompió a llorar y Dios oyó el llanto del niño. El ángel de Dios llamó a Agar desde el cielo y le dijo:
«¿Qué te pasa, Agar? No tengas miedo, porque Dios ha oído el llanto del niño que está allí. Levántate, toma al niño y llévalo de la mano, porque voy a convertirlo en un gran pueblo».
Entonces Dios le abrió los ojos y divisó un pozo de agua. Fue, llenó el odre y le dio a beber al niño. Dios asistió al niño, que creció, vivió el desierto y llegó a ser una gran tirador de arco.


Lectura del Libro de los Salmos
Del salmo 33

El Señor escucha el clamor de los pobres.

El Señor escucha el clamor de los pobres y los libra de todas sus angustias. Junto a aquellos que temen al Señor el ángel del Señor acampa y los protege.
El Señor escucha el clamor de los pobres.

Que amen al Señor todos sus fieles, pues nada faltará a los que lo aman; el rico empobrece y pasa hambre; a quien busca al Señor, nada le falta.
El Señor escucha el clamor de los pobres.

Escúchame, hijo mío: voy a enseñarte cómo amar al Señor, para que puedas vivir y disfrutar la vida.
El Señor escucha el clamor de los pobres.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo
8, 28-34

En aquel tiempo Jesús llegó a la otra orilla del lago, a la región de los gadarenos. Desde el cementerio, dos endemoniados salieron a su encuentro. Eran tan feroces, que nadie se atrevía a pasar por aquel camino. Los endemoniados le gritaron a Jesús:
«¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Acaso has venido hasta aquí para atormentarnos antes del tiempo señalado?»
No lejos de allí había una numerosa piara de cerdos que estaban comiendo. Los demonios le suplicaron a Jesús:
«Si vienes a echarnos fuera, mándanos entrar en esos cerdos».
Jesús les dijo:
«Está bien».
Entonces los demonios salieron de los hombres, se metieron en los cerdos y toda la piara se precipitó en el lago por un despeñadero y los cerdos se ahogaron.
Los que cuidaban los cerdos huyeron hacia la ciudad a dar parte de todos aquellos acontecimientos y de lo sucedido a los endemoniados. Entonces salió toda la gente de la ciudad al encuentro de Jesús y, al verlo, le suplicaron que se fuera de su territorio.

 

 




3 de Julio

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios
2, 19-22

Hermanos: Ya no son extranjeros o huéspedes, sino conciudadanos de los que forman el pueblo de Dios: son familia de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas siendo el mismo Cristo Jesús la piedra fundamental, en quien todo el edificio, bien trabado, va creciendo hasta formar un templo consagrado al Señor, y en quien ustedes van formado conjuntamente parte de la construcción, hasta llegar a ser, por medio del Espíritu, morada de Dios.


Lectura del Libro de los Salmos
Sal 116, 1.2

Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio.

Alaben al Señor todas las naciones, aclámenlo todos los pueblos.
Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio.

Grande es su amor por nosotros, y la fidelidad del Señor dura por siempre.
Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio.

Lectura del santo Evangelio según san Juan
20, 24-29


Tomás, uno del grupo de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando se les apareció Jesús. Le dijeron, pues, los otros discípulos:
«Hemos visto al Señor».
Tomás les contestó:
«Si no veo las señales dejadas en sus manos por los clavos y si no meto mi dedo en ellas, si no meto mi mano en la herida abierta en su costado, no lo creeré».
Ocho días después, se encontraban de nuevo reunidos en casa todos los discípulos de Jesús. Estaba también Tomás. Aunque las puertas estaban cerradas, Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo:
«La paz esté con ustedes».
Después dijo a Tomás:
«Acerca tu dedo y comprueba mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo, sino creyente».
Tomás respondió:
«¡Señor mío y Dios mío!»
Jesús añadió:
«Has creído porque me has visto. Dichosos los que han creído sin haber visto».

 

 




4 de Julio

Lectura de libro del Génesis
23, 1-4.19; 24, 1-8.62-67

Sara vivió ciento veintisiete años y murió en Quiryat Arbá, hoy Hebrón, en el país de Canaán, y Abrahán lloró e hizo duelo por ella. Cuando terminó su duelo, Abrahán se levantó y dijo a los hititas:
«Yo soy un simple forastero que reside entre ustedes. Denme en propiedad un sepulcro en su tierra para enterrar a mi esposa».
Y Abrahán sepultó a Sara en la cueva del campo de Makpelá, que está frente a Mambré, es decir, Hebrón, en Canaán. Abrahán era ya muy anciano y el Señor lo había bendecido en todo.
Abrahán dijo al criado más viejo de su casa, que era mayordomo de todas sus posesiones:
«Pon tu mano debajo de mi muslo y júrame por el Señor, Dios del cielo y de la tierra, que no tomarás por esposa para mi hijo a una mujer de los cananeos, con los que vivo, sino que irás a mi tierra a buscar, entre mi parentela, una mujer para mi hijo Isaac».
El criado le dijo:
«Y en caso de que la mujer no quisiera venir conmigo a este país, ¿tendré qué llevar a tu hijo hasta la tierra de donde saliste?»
Abrahán respondió:
«No vayas a llevar allá a mi hijo. El Señor, Dios del cielo y de la tierra, que me sacó de mi casa paterna y de mi país, y que juró dar a mi descendencia esta tierra, él te enviará a su ángel para que puedas tomar de allá una mujer para mi hijo. Y si la mujer no quiere venir contigo, quedarás libre de este juramento. Pero, por ningún motivo lleves allá a mi hijo».
(El criado fue a la tierra de Abrahán y volvió con Rebeca, hija de Betuel, pariente de Abrahán).
Isaac acababa de regresar del pozo de Lajay-Roí, pues vivía en las tierras del sur. Una tarde Isaac andaba paseando por el campo y, al levantar la vista, vio venir unos camellos. Cuando Rebeca lo vio, se bajó del camello y le preguntó al criado:
«¿Quién es aquel hombre que viene por el campo hacia nosotros?»
El criado le respondió:
«Es mi señor».
Entonces ella tomó su velo y se cubrió el rostro.
El criado le contó a Isaac todo lo que había hecho. Isaac llevó a Rebeca a la tienda que había sido de Sara, su madre, y la tomó por esposa; y con su amor se consoló de la muerte de su madre.

Lectura del Libro de los Salmos
Del salmo 105

Demos gracias al Señor, porque es bueno.

Demos gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia. ¿Quién podrá contar las hazañas del Señor y alabarlo como él merece?
Demos gracias al Señor, porque es bueno.

Dichosos los que cumplen la ley y obran siempre conforme a la justicia. Por el amor que tienes a tu pueblo, acuérdate de nosotros, Señor, y sálvanos.
Demos gracias al Señor, porque es bueno.

Sálvanos, Señor, para que veamos la dicha de tus escogidos y nos alegremos y nos gloriemos junto con el pueblo que te pertenece.
Demos gracias al Señor, porque es bueno.


Lectura del santo Evangelio según san Mateo
9, 9-13

En aquel tiempo, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a su mesa de recaudador de impuestos, y le dijo:
«Sígueme».
El se levantó y lo siguió.
Después, cuando estaba a la mesa en casa de Mateo, muchos recaudadores de impuestos y pecadores se sentaron también a comer con Jesús y sus discípulos. Viendo esto, los fariseos
preguntaron a sus discípulos:
«¿Por qué su Maestro come con recaudadores de impuestos y pecadores?»
Lo oyó Jesús y les dijo:
«No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos. Vayan, pues, y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores».

 

 




5 de Julio

Lectura del libro del Génesis
27, 1-5. 15-29

Isaac había envejecido y ya no veía por tener debilitados los ojos. Un día llamó a Esaú, su hijo mayor, y le dijo:
«¡Hijo mío!»
Esaú le respondió:
«Aquí estoy».
Isaac le dijo:
«Mira; ya soy viejo y no se cuándo voy a morir. Así, pues, toma tus flechas, tu aljaba y tu arco, sal al campo y caza algo para mí. Luego me preparas un buen guiso, como a mí me gusta, y me lo traes para que me lo coma y te bendiga antes de morir».
Pero Rebeca estaba escuchando la conversación de Isaac con Esaú. Cuando Esaú se fue al campo a cazar algo para su padre, Rebeca tomó la ropa más fina de Esaú, su hijo mayor, y se la puso a Jacob, su hijo menor. Luego, con la piel de unos cabritos, le cubrió a Jacob los brazos y la parte lampiña del cuello y le entregó el guisado y el pan que había preparado.
Jacob entró a donde estaba su padre y le dijo:
«¡Padre!»
Isaac le respondió:
«Aquí estoy. ¿Quién eres, hijo?»
Jacob le dijo a su padre:
«Soy tu primogénito, Esaú. Ya hice lo que me dijiste. Levántate, siéntate y come de lo que he cazado, para que me bendigas».
Isaac le dijo:
«¡Qué pronto encontraste algo para cazar, hijo!»
Respondió Jacob:
«Sí; es que el Señor, tu Dios, me lo puso delante».
Isaac le dijo a Jacob:
«Acércate, hijo, para que te toque y vea si realmente eres o no mi hijo Esaú».
Jacob se acercó a su padre, Isaac, el cual lo palpó y dijo:
«La voz es de Jacob, pero los brazos son de Esaú».
Y no reconoció a Jacob porque sus brazos estaban velludos como los de su hermano mayor, y se dispuso a bendecirlo.
Entonces le dijo:
«¿Eres tú de veras mi hijo Esaú?»
Respondió Jacob:
«Sí, yo soy».
Le dijo Isaac:
«Acércame lo que has cazado para que coma y después te bendiga».
Jacob le acercó el guisado y el padre comió; también le trajo vino y bebió. Entonces le dijo Isaac a Jacob:
«Hijo, acércate y bésame».
El se acercó y lo besó y al aspirar Isaac el olor de su ropa, lo bendijo, diciendo:
«El aroma de mi hijo es como el aroma de un campo, bendecido por el Señor. Que Dios te conceda la lluvia del cielo y la fertilidad de la tierra, y trigo y vino en abundancia.
Que los pueblos te sirvan y las naciones se postren ante ti; que seas señor de tus hermanos y que se postren ante ti los hijos de tu madre. Maldito sea el que te maldiga y bendito el que te bendiga».


Lectura del Libro de los Salmos
Del salmo 134

Te alabamos, Señor, porque eres bueno.

Alaben el nombre del Señor, alábenlo, siervos del Señor, los que está en la casa del Señor en los atrios de la casa de nuestro Señor.
Te alabamos, Señor, porque eres bueno.

Alaben al Señor, porque es bueno; alaben su nombre, porque es amable. El escogió a Jacob, a Israel como posesión suya.
Te alabamos, Señor, porque eres bueno.

Yo sé que el Señor es grande, nuestro Dios, más que todos los dioses. El Señor hace todo lo que quiere en el cielo y en la tierra, en lo mares y en los océanos.
Te alabamos, Señor, porque eres bueno.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo
9, 14-17

En aquel tiempo, los discípulos de Juan fueron a ver a Jesús y le preguntaron: «¿Por qué tus discípulos no ayunan, mientras nosotros y los fariseos sí ayunamos?»
Jesús les respondió:
«¿Cómo pueden llevar luto los amigos del esposo mientras él está con ellos? Pero ya vendrán días
en que les quitarán al esposo, y entonces sí ayunarán.
Nadie remienda un vestido viejo con un parche de tela nueva, porque el remiendo nuevo encoge, rompe la tela vieja y así se hace luego más grande la rotura. Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos, porque los odres se rasgan, se tira el vino y se echan a perder los odres; el vino nuevo se echa en odres nuevos, y así las dos cosas
se conservan».

 

 




6 de Julio

Lectura del libro del profeta Ezequiel
2, 2-5

En aquellos días, el espíritu entró en mí, me hizo poner de pie y oí al que me hablaba. Me dijo:
«Hijo de hombre, yo te envío a los israelitas, a ese pueblo rebelde, que se ha rebelado contra mí lo mismo que sus antepasados hasta el día de hoy. Te envío a esos hijos que tienen el corazón duro como una piedra.
Les hablarás de mi parte, te escuchen o no, pues son un pueblo rebelde, y sabrán que en medio de ellos hay un profeta».


Lectura del Libro de los Salmos
Sal 122, 1-2a.2bcd.3-4

Ten piedad de nosotros, Señor, ten piedad.

A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo. Como están los ojos de los siervos pendientes de la mano de sus señores.
Ten piedad de nosotros,
Señor, ten piedad.

Como están los ojos de la esclava, pendientes de la mano de su señora, así nuestros ojos miran al Señor, nuestro Dios, pendientes de que se compadezca de nosotros.
Ten piedad de nosotros,
Señor, ten piedad.

Ten piedad de nosotros, Señor, ten piedad, que estamos cansados de desprecios; estamos ya cansados de la burla de los arrogantes, del desprecio de los orgullosos.
Ten piedad de nosotros,
Señor, ten piedad.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios
12, 7b-10

Hermanos: Precisamente para que no me valore más de la cuenta, tengo una espina clavada en mi carne, un representante de Satanás encargado de hacerme sufrir para que no me enorgullezca. He rogado tres veces al Señor para que apartara esto de mí, y otras tantas veces me ha dicho:
«Te basta mi gracia, ya que la fuerza se pone de manifiesto en la debilidad».
Gustosamente, pues, seguiré enorgulleciéndome de mis debilidades, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Y me complazco en soportar por Cristo debilidades, injurias, necesidades, persecuciones y angustias, porque cuando me siento débil, entonces es cuando soy fuerte

 

Lectura del santo Evangelio según san Marcos
6, 1-6

En aquel tiempo Jesús fue a su pueblo, acompañado de sus discípulos. Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La muchedumbre que lo escuchaba estaba admirada y decía:
«De dónde le viene a éste todo esto? ¿Quién le ha dado esa sabiduría y esa capacidad de hacer milagros? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿No viven sus hermanas aquí entre nosotros?»
Y los tenía desconcertados.
Jesús les dijo:
«Un profeta sólo es despreciado en su tierra, entre sus parientes y entre los suyos».
Y no pudo hacer allí ningún milagro. Tan sólo sanó a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. Y estaba sorprendido de su falta de fe.

 

 




7 de Julio

Lectura del libro del Génesis
28, 10-22

En aquel tiempo, Jacob salió de Bersebá y se dirigió a Jarán. Llegado a cierto lugar, se dispuso a pasar allí la noche, porque ya se había puesto el sol. Tomó entonces una piedra, se la puso de almohada y se acostó en aquel sitio.
Y tuvo un sueño: soñó una escalera que se apoyaba en tierra y con la punta tocaba el cielo, y los ángeles de Dios subían y bajaban por ella. Vio que el Señor estaba en lo alto de la escalera y oyó que le decía:
«Yo soy el Señor, el Dios de tu padre, Abrahán, y el Dios de Isaac. Te voy a dar a ti y a tus descendientes la tierra en que estás acostado. Tus descendientes van a ser tan numerosos como el polvo de la tierra y te extenderás hacia el oriente y el poniente, hacia el norte y hacia el sur; por ti y por tus descendientes serán bendecidos todos los pueblos de la tierra. Yo estoy contigo, te cuidaré por dondequiera que vayas, te haré regresar a esta tierra y no te abandonaré ni dejaré de cumplir lo que te he prometido».
Cuando Jacob despertó de su sueño, dijo:
«Realmente el Señor está en este lugar y yo no lo sabía».
Y exclamó asustado:
«¡Qué terrible es este lugar! ¡Es nada menos que la casa de Dios y la puerta del cielo!»
Jacob se levantó de madrugada, y tomando la piedra que se había puesto de almohada, la colocó como un memorial y derramó aceite sobre ella. Y a aquella ciudad le puso por nombre Betel, aunque su nombre primitivo era Luz.
Jacob hizo una promesa, diciendo:
«Si Dios está conmigo, si me cuida en el viaje que estoy haciendo, si me da pan para comer y ropa para vestirme, si vuelvo sano y salvo a la casa de mi padre, entonces el Señor será mi Dios y esta piedra que he colocado como memorial, será casa de Dios. Y de todo lo que el Señor me dé, le pagaré el diezmo».


Lectura del Libro de los Salmos
Del salmo 90

Señor, en ti confío.

Tú que vives al amparo del Altísimo y descansas a la sombra del todopoderoso, dile al Señor: «Tú eres mi refugio y fortaleza; tu eres mi Dios y en ti confío».
Señor, en ti confío.

El te librará de la red del cazador y te de la peste funesta. Te cubrirá con sus alas y refugiarás bajo sus plumas.
Señor, en ti confío.

«Puesto que tú me conoces y me amas, dice el Señor, yo te libraré y te pondré a salvo. Cuando tú me invoques, yo te escucharé; en tus angustias estaré contigo».
Señor, en ti confío.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo
9, 18-26

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, se le acercó un jefe de la sinagoga, se postró ante él y le dijo:
«Señor, mi hija acaba de morir; pero ven tú a imponerle las manos y volverá a vivir».
Jesús se levantó y lo siguió, acompañado de sus discípulos. Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó la orilla del manto, pues pensaba:
«Con sólo tocar su manto, me curaré».
Jesús, volviéndose, la miró y le dijo:
«Hija, ten confianza; tu fe te ha curado».
Y en aquel mismo instante quedó curada la mujer.
Cuando llegó a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús a los flautistas y el tumulto de la gente y les dijo:
«Retírense de aquí. La niña no está muerta; está dormida».
Y todos se burlaron de él. En cuanto hicieron salir a la gente, entró Jesús, tomó a la niña de la mano y ésta se levantó. La noticia se difundió por toda aquella región.

 

 




8 de Julio

Lectura del libro del Génesis
32, 23-32

En aquel tiempo, se levantó Jacob, tomó a sus dos mujeres con sus dos siervas y sus once hijos y cruzó el arroyo de Yaboc. Los hizo cruzar el torrente con todo lo que poseía.
Jacob se quedó solo y un hombre estuvo luchando con él hasta el amanecer. Pero, viendo que no podía vencerlo, el hombre hirió a Jacob en la articulación femoral y le dislocó el fémur, mientras luchaban. El hombre le dijo:
«Suéltame, pues ya está amaneciendo».
Jacob le respondió:
«No te soltaré hasta que me bendigas».
El otro le preguntó:
«¿Cómo te llamas?»
El le dijo:
«Jacob».
El otro prosiguió:
«En adelante ya no te llamarás Jacob sino Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres y has salido victorioso».
Jacob le dijo:
«Dime cómo te llamas».
El otro le respondió:
«¿Por qué me preguntas mi nombre?»
Y allí mismo bendijo a Jacob.
Jacob llamó a aquel lugar Penuel, pues se dijo:
«He visto a Dios cara a cara y he quedado con vida».
El sol salió después de que Jacob y los suyos pasaron Penuel, y Jacob iba cojeando, por haber sido herido en el nervio del muslo. Por eso los israelitas no comen, hasta el día de hoy, el nervio del muslo.

Lectura del Libro de los Salmos
del salmo 16

Señor, escucha nuestra súplica.

Señor, hazme justicia y a mi clamor atiende; presta oídos a mi súplica, pues mis labios no mienten.
Señor, escucha nuestra súplica.

Júzgame tú, Señor, pues tus ojos miran al que es honrado. Examina mi corazón, revísalo de noche, pruébame a fuego y no hallaras malicia de en mí.
Señor, escucha nuestra súplica.

A ti mi voz elevo, pues sé que me respondes. Atiéndeme, Dios mío, y escucha mis palabras; muéstrame los prodigios de tu misericordia, pues a quien acude a ti, de sus contrarios salvas.
Señor, escucha nuestra súplica.

Protégeme, Señor, como a las niñas de tus ojos, bajo al sombra de tus alas escóndeme, pues yo, por serte fiel, contemplaré tu rostro y al despertarme, espero saciarme de tu vista.
Señor, escucha nuestra súplica.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo
9, 32-38

En aquel tiempo, llevaron ante Jesús a un hombre mudo, que estaba poseído por el demonio.
Jesús expulsó al demonio y el mudo habló. La multitud, maravillada, decía:
«Nunca se había visto nada semejante en Israel».
Pero los fariseos decían:
«Expulsa a los demonios por autoridad del príncipe de los demonios».
Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, predicando el evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia. Al ver a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos:
«La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos».

 

 




9 de Julio

Lectura del libro del Génesis
41, 55-57; 42, 5-7.17-24a

En aquellos días, en todo el país de Egipto hubo hambre, y el pueblo clamó al faraón, pidiéndole pan. El faraón le respondió al pueblo:
«Vayan a José y hagan lo que él les diga».
Entonces José mandó abrir todas las bodegas y abasteció de víveres a los egipcios. Y como el hambre se extendiera por toda la tierra, de todos los países iban a Egipto para comprar víveres a José y remediar la carestía.
Los hijos de Jacob, junto con otros, fueron también a Egipto a comprar víveres, pues había hambre en el país de Canaán. José gobernaba en todo Egipto y los víveres se distribuían a todo el mundo, según sus indicaciones. Llegaron los hermanos de José y se postraron en su presencia. Al verlos, José los reconoció y, sin embargo, como a desconocidos, les preguntó con severidad:
«¿De dónde vienen?»
Ellos respondieron:
«Venimos de Canaán a comprar provisiones».
José los acusó de ser espías y durante tres días los metió en la cárcel. Al tercer día José los mandó sacar y les dijo:
«Yo también temo a Dios. Si hacen lo que les voy a decir, salvarán su vida. Si son gente de bien, uno de ustedes se quedará detenido en la prisión, mientras los demás van a llevar a sus casas las provisiones que han comprado.
Luego me traen a su hermano menor, para que pueda yo comprobar si me han dicho la verdad. Así no morirán».
Ellos estuvieron de acuerdo y se decían los unos a los otros:
«Con razón estamos sufriendo ahora, porque pecamos contra nuestro hermano José, cuya angustia veíamos, cuando nos pedía que tuviéramos compasión de él, y no le hicimos caso. Por eso ha caído sobre nosotros esta desgracia».
Rubén añadió:
«¿No les decía yo que no le hiciéramos daño al niño y no me hicieron caso? Ahora nos están pidiendo cuentas de su vida».
Como estaban hablando por medio de un intérprete, ellos ignoraban que José les entendía. Entonces José se alejó de ellos y rompió a llorar.

Lectura del Libro de los Salmos
Del salmo 32

Muéstranos, Señor, tu misericordia.

Demos gracias a Dios al son del arpa; que la lira acompañe nuestros cantos; cantemos en su honor nuevos cantares; al compás de instrumentos alabémoslo.
Muéstranos, Señor, tu misericordia.

Frustra el Señor los planes de los pueblos y hace que se malogren sus designios. Los proyectos de Dios duran por siempre; los planes de su amor, todos los siglos.
Muéstranos, Señor, tu misericordia.

Cuida el Señor de aquellos que lo temen y en su bondad confían; los salva de la muerte y en épocas de hambre les da vida.
Muéstranos, Señor, tu misericordia.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo
10, 1-7

En aquel tiempo, llamando Jesús a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.
Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago de Alfeo y Tadeo; Simón el cananeo y Judas Iscariote, que fue el traidor. A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:
«No vayan a tierra de paganos, ni entren en ciudades de samaritanos. Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos».

 

 




10 de Julio

Lectura del libro del Génesis
44, 18-21.23-29; 45, 1-5

En aquellos días, se acercó Judá a José y le dijo:
«Con tu permiso, señor, tu siervo va a pronunciar unas palabras a tu oído; no te enojes con tu siervo, pues tú eres como un segundo faraón. Tú, señor, nos preguntaste: “¿Tienen padre o algún hermano?” Nosotros te respondimos: “Sí, tenemos un padre anciano, con un hijo pequeño, que le nació en su vejez. Como es el único que le queda de su madre, pues el otro hermano ya murió, su padre lo ama tiernamente”. Entonces tú dijiste a tus siervos: “Tráiganmelo para que lo vea con mis propios ojos, pues si no viene su hermano menor con ustedes, no los volveré a recibir”.
Cuando regresamos a donde está nuestro padre, tu siervo, le referimos lo que nos habías dicho. Nuestro padre nos dijo: “Vuelvan a Egipto y cómprennos víveres”. Nosotros dijimos: “No podemos volver, a menos que nuestro hermano menor vaya con nosotros. Sólo así volveríamos, porque no podemos presentarnos ante el ministro del faraón, si no va con nosotros nuestro hermano menor”. Nuestro padre, tu siervo, nos dijo entonces: “Ya saben que mi mujer me dio dos hijos: uno desapareció y ustedes me dijeron que una fiera se lo había comido y ya no lo he vuelto a ver. Ahora se llevan también a éste; si le ocurre una desgracia, me van a matar de dolor”».
Entonces José ya no pudo aguantarse más y ordenó a todos los que lo acompañaban que salieran de allí. Nadie se quedó con él cuando se dio a conocer a sus hermanos. José se puso a llorar a gritos; lo oyeron los egipcios y llegó la noticia hasta la casa del faraón.
Después José dijo a sus hermanos:
«Yo soy José. ¿Vive todavía mi padre?»
Sus hermanos no podían contestarle, porque el miedo se había apoderado de ellos. José les dijo:
«Acérquense».
Se acercaron y él continuó:
«Yo soy su hermano José, a quien ustedes vendieron a los egipcios. Pero no se asusten ni se aflijan por haberme vendido, pues Dios me mandó a Egipto antes que a ustedes para salvarles la vida».


Lectura del Libro de los Salmos
Del salmo 104

Recordemos los prodigios del Señor.

Cuando el Señor mandó el hambre sobre el país y acabó con todas las cosechas, ya había enviado por delante a un hombre: a José, vendido como esclavo.
Recordemos los prodigios del Señor.

Le trabaron los pies con grilletes y rodearon su cuerpo con cadenas, hasta que se cumplió su predicción y Dios lo acreditó con su palabra.
Recordemos los prodigios del Señor.

El rey mandó que lo soltaran, el jefe de esos pueblos lo libró; lo nombró administrador de su casa y señor de todas sus posesiones.
Recordemos los prodigios del Señor.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo
10, 7-15

En aquel tiempo, envió Jesús a los Doce con estas instrucciones:
«Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente.
No lleven con ustedes, en su cinturón, monedas de oro, de plata o de cobre. No lleven morral para el camino ni dos túnicas ni sandalias ni bordón, porque el trabajador tiene derecho a su sustento. Cuando entren en un pueblo o en una aldea, pregunten por alguien respetable y hospédense en su casa hasta que se vayan. Al entrar, saluden así: “Que haya paz en esta casa”. Y si aquella casa es digna, la paz de ustedes reinará en ella; si no es digna, el saludo de paz de ustedes no les aprovechará. Y si no los reciben o no escuchan sus palabras, al salir de aquella casa o de aquella ciudad, sacudan el polvo de los pies. Yo les aseguro que el día del juicio, Sodoma y Gomorra serán tratadas con menos rigor que esa ciudad».

 

 

 




11 de Julio

Lectura del libro del Génesis
46, 1-7. 28-30

En aquellos días, partió Jacob con todas sus pertenencias y llegó a Bersebá, donde hizo sacrificios al Dios de su Padre Isaac. Por la noche, Dios se le apareció y le dijo:
«¡Jacob, Jacob!»
El le respondió:
«Aquí estoy».
El Señor le dijo:
«Yo soy el Dios, el Dios de tu padre. No tengas miedo de ir a Egipto, porque allí te convertiré en un gran pueblo. Yo iré allá, José te cerrará los ojos y después de muerto, yo mismo te haré volver aquí».
Al partir de Bersebá, los hijos de Jacob hicieron subir a su padre, a sus pequeños y a sus mujeres en las carretas que había mandado el faraón para transportarlos. Tomaron el ganado y cuando habían adquirido en la tierra de Canaán y se fueron a Egipto, Jacob y todos sus descendientes, sus hijos y nietos, sus hijas y nietas.
Jacob mandó a Judá por delante para que le avisara a José y le preparara un sitio en la región de Gosén. Cuando ya estaban por llegar, José enganchó su carroza y se fue a Gosén para recibir a su padre. Apenas lo vio, corrió a su encuentro y, abrazándolo largamente, se puso a llorar. Jacob le dijo a José:
«Ya puedo morir tranquilo, pues te he vuelto a ver y vives todavía».


Lectura del libro de los Salmos
Del salmo 36

La salvación del justo es el Señor.

Por tu esperanza en Dios, practica el bien y vivirás tranquilo en esta tierra. Busca en él tu alegría y te dará el Señor cuanto deseas.
La salvación del justo es el Señor.

Cuida el Señor la vida de los buenos y su herencia perdura; no se marchitarán en la sequía y en tiempos de escasez tendrán hartura.
La salvación del justo es el Señor.

Apártate del mal, practica el bien y tendrás una casa eternamente; porque al Señor le agrada lo que es justo y vela por sus fieles.
La salvación del justo es el Señor.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo
10, 16-23

En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles:
«Yo los envío como ovejas entre lobos. Sean, pues, precavidos como las serpientes y sencillos como las palomas.
Cuídense de la gente, porque los llevarán a los tribunales, los azotarán en las sinagogas, los llevarán ante gobernadores y reyes por mi causa; así darán testimonio de mí ante ellos y ante los paganos. Pero, cuando los enjuicien, no se preocupen por lo que van a decir o por la forma de decirlo, porque en ese momento se les inspirará lo que han de decir. Pues no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu de su Padre el que hablará por ustedes.
El hermano entregará a su hermano a la muerte, y el padre a su hijo; los hijos se levantarán contra sus padres y los matarán; todos los odiarán a ustedes por mi causa, pero el que persevere hasta el fin, se salvará.
Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra. Yo les aseguro que no alcanzarán a recorrer todas las ciudades de Israel, antes de que venga el Hijo del hombre».

 

 




12 de Julio

Lectura del libro del Génesis
49, 29-33; 50, 15-26a

En aquellos días, Jacob llamó a sus hijos y les dio estas instrucciones:
«Yo voy a reunirme con los míos. Sepúltenme junto a mis padres, en la cueva del campo de Makpelá, frente a Mambré, en Canaán. Es el campo que Abrahán le compró a Efrón, el hitita, para que lo enterraran. Allí sepultaron a Abrahán y a su esposa, Sara, a Isaac y a su esposa Rebeca, y allí sepulté yo a Lía».
Cuando terminó de dar este encargo a sus hijos, Jacob expiró y fue a reunirse con los suyos. Los hermanos de José, al ver que había muerto su padre, dijeron:
«A ver si José no nos guarda rencor y no nos hace pagar todo el daño que le hicimos».
Por eso le mandaron este recado:
«Antes de morir, tu padre nos encargó que te dijéramos esto: “Perdona, por favor, a tus hermanos su crimen, su pecado y el daño que te hicieron”. También nosotros, siervos del Dios de tu padre, te pedimos que nos perdones».
Cuando José oyó el recado se puso a llorar. Fueron después sus hermanos personalmente a verlo y, postrados ante él, le dijeron:
«Aquí nos tienes. Somos esclavos tuyos».
José les replicó:
«No tengan miedo. ¿Podemos acaso oponernos a los designios de Dios? Ustedes quisieron hacerme daño, pero Dios lo convirtió en un bien para hacer sobrevivir a un pueblo numeroso, como pueden ver. Así que no tengan miedo; yo los mantendré a ustedes y a sus hijos».
Y los consoló y les habló con mucho cariño.
José permaneció en Egipto junto con la familia de su padre y vivió hasta los ciento diez años; vio a los bisnietos de Efraín y en sus brazos nacieron los hijos de Makir, hijo de Manasés. Finalmente José les dijo a sus hermanos:
«Yo voy a morir ya, pero ciertamente Dios cuidará de ustedes y los hará salir de este país a la tierra que juró dar a Abrahán, a Isaac y a Jacob».
José los hizo jurar diciendo:
«Cuando Dios los haga salir de esta tierra, se llevarán mis huesos de aquí».
Y luego murió José.

Lectura del libro de los Salmos
Del Salmo 104

Cantemos la grandeza del Señor.

Aclamen al Señor y denle gracias, canten sus maravillas a los pueblos. Entonen en su honor himnos y cantos y celebren sus portentos.
Cantemos la grandeza del Señor.

Del nombre del Señor enorgullézcanse y siéntase feliz el que lo busca. Recurran al Señor y a su poder, y a su presencia acudan.
Cantemos la grandeza del Señor.

Descendientes de Abrahán, su servidor, estirpe de Jacob, su predilecto, escuchen; el Señor es nuestro Dios y gobiernan la tierra sus decretos.
Cantemos la grandeza del Señor.

Ni aunque transcurran mil generaciones se olvidará el Señor de sus promesas, de la alianza pactada con Abrahán, del juramento a Isaac, que un día le hiciera.
Cantemos la grandeza del Señor.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo
10, 24-33

En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles:
«El discípulo no es más que el maestro, ni el criado más que su señor. Le basta al discípulo ser como su maestro y al criado ser como su señor. Si al señor de la casa lo han llamado Satanás, ¡qué no dirán de sus servidores!
No teman a los hombres. No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse. Lo que les digo de noche, repítanlo en pleno día, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde las azoteas.
No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman, más bien, a quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo.
¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo.
A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos».

 

 

 

 




13 de Julio

Lectura del libro del profeta Amós
7, 12-15

En aquel tiempo, Amasías, sacerdote de Betel, dijo al profeta Amós:
«Vete, vidente, márchate a Judá; gánate la vida profetizando allí. Pero no sigas profetizando en Betel, porque es el santuario del rey y el templo del reino».
Amós le respondió:
«Yo no era profeta ni discípulo de profeta, sino que me dedicaba a cuidar el ganado y cultivar higueras. Pero el Señor me tomó y me ordenó que dejara el rebaño diciéndome: “Vete y profetiza a mi pueblo Israel”».


Lectura del libro de los Salmos
Sal 84, 9ab-10.11-12.13-14

Muéstranos, Señor, tu misericordia.

Voy a escuchar lo que promete Dios: el Señor anuncia la paz a su pueblo y a su fieles. Sí, la salvación está cerca de los que le honran, Dios habitará en nuestra tierra.
Muéstranos, Señor, tu misericordia.

El amor y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se abrazan; la fidelidad surge de la tierra, y la justicia se asoma desde el cielo.
Muéstranos, Señor, tu misericordia.

El Señor también nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su cosecha; la justicia irá delante de él y seguirá su camino.
Muéstranos, Señor, tu misericordia.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios
1, 3-14

Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que desde lo alto del cielo nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales. El nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuéramos su pueblo y nos mantuviéramos sin mancha en su presencia. Movido por su amor, él nos destinó de antemano, por decisión gratuita de su voluntad, a ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, y ser así un himno de alabanza a la gloriosa gracia que derramó sobre nosotros, por medio de su Hijo querido.
Con su muerte, el Hijo nos ha obtenido la redención y el perdón de los pecados, en virtud de la riqueza de gracia que Dios derramó abundantemente sobre nosotros con gran sabiduría e inteligencia. El nos ha dado a conocer su plan salvífico, que había decidido realizar en Cristo, llevando su proyecto salvador a su plenitud al constituir a Cristo en cabeza de todas las cosas, las del cielo y las de la tierra.
En él hemos sido herederos y destinados de antemano, según el proyecto de quien todo lo hace conforme al deseo de su voluntad. Así nosotros, los que tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, seremos un himno de alabanza a su gloria. Y en él también ustedes, los que recibieron la palabra de la verdad, la buena noticia que los salva, al creer en Cristo han sido sellados con el Espíritu Santo prometido, garantía de nuestra herencia para la redención del pueblo de Dios, y ser así un himno de alabanza a su gloria.

Lectura del santo Evangelio según san Marcos
6, 7-13

En aquel tiempo llamó Jesús a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros. Les ordenó que no tomaran nada para el camino, excepto en bastón. Ni pan, ni morral, ni dinero consigo. Que llevaran sandalias, pero no dos túnicas. Les dijo además:
«Cuando entren en una casa, quédense en ella hasta que se vayan de aquel lugar. Si en algún sitio no los reciben ni los escuchan, váyanse de allí y sacudan el polvo de la planta de sus pies, como testimonio contra ellos».
Ellos salieron a predicar y exhortaban a la conversión. Expulsaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los sanaban.

 

 

 




14 de Julio

Lectura del libro del Éxodo
1, 8-14.22

En aquel tiempo, subió al poder en Egipto un nuevo faraón, que no había conocido a José, y le dijo a su pueblo:
«Los hijos de Israel forman un pueblo más numeroso y fuerte que nosotros. Tomemos precauciones contra ellos para que no sigan multiplicándose, no sea que, en caso de guerra, se unan a nuestros enemigos, para luchar contra nosotros y se escapen del país».
Les pusieron, pues, capataces a los israelitas para que los oprimieran con trabajos pesados; y así construyeron para el faraón las ciudades de Pitom y Ramsés, como lugares de almacenamiento. Pero mientras más los oprimían, más crecían y se multiplicaban.
Los egipcios llegaron a temer a los hijos de Israel y los redujeron a una cruel esclavitud; les hicieron pesada la vida, sometiéndolos a rudos trabajos de albañilería y a toda clase de tareas serviles en el campo. Además, el faraón dio esta orden a su pueblo:
«Echen al río a todos los niños que les nazcan a los hebreos; pero si son niñas, déjenlas vivir».


Lectura del libro de los Salmos
Del salmo 123

Nuestra ayuda es invocar al Señor.

Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte cuando los hombres nos asaltaron, nos habría devorado vivos el fuego de su cólera.
Nuestra ayuda es invocar al Señor.

Las aguas nos hubieran sepultado, un torrente nos hubiera llegado al cuello, un torrente de aguas encrespadas. Bendito sea el Señor, que no nos hizo presa de sus dientes.
Nuestra ayuda es invocar al Señor.

Nuestra vida se escapó como un pájaro de la trampa de los cazadores. La trampa se rompió y nosotros escapamos. Nuestra ayuda nos viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.
Nuestra ayuda es invocar al Señor.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo
10, 34-42; 11,1

En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles:
«No piensen que he venido a traer la paz a la tierra; no he venido a traer la paz, sino la guerra. He venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y los enemigos de cada uno serán los de su propia familia.
El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.
El que salve su vida, la perderá y el que la pierda por mí, la salvará.
Quien los recibe a ustedes, me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.
El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo.
Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa».
Cuando acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, Jesús partió de allí para enseñar y predicar en otras ciudades

 

 




15 de Julio

Lectura del libro del Éxodo
2, 1-15

En aquellos días, un hombre de la tribu de Leví se casó con una mujer de su misma tribu. La mujer concibió y dio a luz un hijo; y viendo que era hermoso, lo tuvo escondido tres meses. Pero como ya no podía ocultarlo por más tiempo, tomó una canastilla de mimbre, la embadurnó con betún y con brea, metió en ella al niño y la dejó entre los juncos, a la orilla del río. Entre tanto, la hermana del niño se quedó a cierta distancia para ver lo que sucedía.
Bajó la hija del faraón a bañarse en el río y, mientras sus doncellas se paseaban por la orilla, vio la canastilla entre los juncos y envió a una criada para que se la trajera. La abrió y encontró en ella un niño que lloraba. Se compadeció de él y exclamó:
«Es un niño hebreo». Entonces se acercó la hermana del niño y le dijo a la hija del faraón:
«¿Quieres que vaya a llamar a una nodriza hebrea para que te críe al niño?»
La hija del faraón le dijo que sí.
Entonces la joven fue a llamar a la madre del niño. La hija del faraón le dijo a ésta:
«Toma a este niño; críamelo y yo te pagaré».
Tomó la mujer al niño y lo crió. El niño creció y ella se lo llevó entonces a la hija del faraón, que lo adoptó como hijo y lo llamó Moisés, que significa:
«De las aguas lo he sacado».
Cuando Moisés creció, fue a visitar a sus hermanos y se dio cuenta de sus penosos trabajos; vio también cómo un egipcio maltrataba a uno de sus hermanos hebreos. Entonces Moisés miró para todas partes, no vio a nadie, mató al egipcio y lo escondió en la arena. Al día siguiente salió y vio que dos hebreos se estaban peleando. Le dijo entonces al culpable:
«¿Por qué le pegas a tu compañero?»
Pero él le contestó:
«¿Quién te ha nombrado jefe y juez de nosotros? ¿Acaso piensas matarme como al egipcio?»
Lleno de temor, Moisés pensó:
«Sin duda que ya todo el mundo lo sabe».
Se enteró el faraón de lo sucedido y buscó a Moisés para matarlo, pero él huyó lejos del faraón y se fue a vivir al país de Madián.


Lectura del libro de los Salmos
Del salmo 68

Busquen al Señor y vivirán.

Me estoy hundiendo en un lodo profundo y no puedo apoyar los pies; he llegado hasta el fondo de las aguas y me arrastra la corriente.
Busquen al Señor y vivirán.

A ti, Señor, elevo mi plegaria, ven en mi ayuda pronto; escúchame conforme a tu clemencia, Dios fiel en el socorro.
Busquen al Señor y vivirán.

Mírame enfermo y afligido; defiéndeme y ayúdame, Dios mío. En mi cantar exaltaré tu nombre, proclamaré tu gloria, agradecido.
Busquen al Señor y vivirán.

Se alegrarán al verlo los que sufren; quienes buscan a Dios tendrán más ánimo, porque el Señor jamás desoye al pobre ni olvida al que se encuentra encadenado.
Busquen al Señor y vivirán.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo
11, 20-24

En aquel tiempo, Jesús se puso a reprender a las ciudades que habían visto sus numerosos milagros, por no haberse arrepentido. Les decía:
«¡Ay de ti, Corozaín; ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran realizado los milagros que se han hecho en ustedes, hace tiempo que hubieran hecho penitencia, cubiertas de sayal y de ceniza. Pero yo les aseguro que el día del juicio será menos riguroso para Tiro y Sidón, que para ustedes.
Y tú, Cafarnaún, ¿crees que serás encumbrada hasta el cielo? No. Serás precipitada en el abismo, porque si en Sodoma se hubieran realizado los milagros que en ti se han hecho, quizá estaría en pie hasta el día de hoy. Pero yo te digo que será menos riguroso el día, del juicio para Sodoma que para ti».

 

 


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