Marzo
16 de marzo
Lectura del libro del Génesis
22,
1-2. 9-13.15-18
En aquel tiempo, Dios le puso una prueba a
Abrahán y lo llamó:
«¡Abrahán,
Abrahán!»
El respondió:
«Aquí
estoy».
Y Dios le dijo:
«Toma a tu hijo único,
a tu querido Isaac, ve a la región de Moria y ofrécemelo
allí en sacrificio, en la montaña que yo te
indicaré».
Cuando llegaron al sitio que Dios le había
señalado, Abrahán levantó un altar y acomodó
la leña. Luego ató a su hijo Isaac, lo puso sobre el
altar, encima de la leña, y tomó el cuchillo para
degollarlo. Pero el ángel del Señor lo llamó
desde el cielo:
«¡Abrahán, Abrahán!»
El contestó:
«Aquí estoy».
El
ángel le dijo:
«No descargues la mano contra tu
hijo, ni le hagas ningún daño. Ya veo que temes a Dios
y que no me niegas a tu hijo único».
Abrahán
levantó entonces la vista y vio un carnero enredado por los
cuernos en un matorral. Atrapó el carnero y lo ofreció
en sacrificio en lugar de su hijo.
El ángel del Señor
volvió a llamar a Abrahán desde el cielo y le dijo:
«Juro por mí mismo, palabra del Señor, que
por haber hecho esto y no haberme negado a tu hijo único, te
bendeciré y multiplicaré tu descendencia como las
estrellas del cielo y las arenas de la playa. Tus descendientes
conquistarán las ciudades de sus enemigos.
En tu
descendencia serán bendecidos todos los pueblos de la tierra,
porque me has obedecido».
Lectura del Libro de los
Salmos
Sal 115, 10.15.16-17.18-19
Siempre confiaré
en el Señor.
Yo seguía confiando, incluso cuando
pensaba: «¡Qué desgraciado soy!» El Señor
siente profundamente la muerte de los que lo aman.
Siempre
confiaré en el Señor.
Señor, yo soy tu
siervo, hijo de tu esclava: rompiste mis ataduras. Te ofreceré
un sacrificio de acción de gracias invocando tu
nombre.
Siempre confiaré en el Señor.
Cumpliré
mis promesas al Señor en presencia de todo el pueblo, en los
atrios de la casa del Señor, en medio de ti,
Jerusalén.
Siempre confiaré en el Señor.
Lectura
de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos
8,
31b-34
Hermanos: Si Dios está con nosotros, ¿quién
estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio
Hijo, antes bien lo entregó a la muerte por todos nosotros,
¿cómo no va a darnos gratuitamente todas las demás
cosas juntamente con él? ¿Quién acusará a
los elegidos de Dios, si es el que salva? ¿Quién será
el que condene, si Cristo Jesús ha muerto, más aún,
ha resucitado y está a la derecha de Dios intercediendo por
nosotros?
Lectura del santo Evangelio según san
Marcos
9, 2-10
En aquel tiempo, Jesús se llevó a
Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una
montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus
vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede
dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías
y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó
la palabra y le dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué
bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para
ti, otra para Moisés y otra para Elías.” Estaban
asustados, y no sabía lo que decía. Se formó una
nube que los cubrió, y salió una voz de la nube: “Éste
es mi Hijo amado; escuchadlo.” De pronto, al mirar alrededor,
no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:
“No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta
que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.” Esto se
les quedó grabado, y discutían qué querría
decir aquello de “resucitar de entre los muertos”.
17 de marzo
Lectura del libro del profeta Daniel
9,
4-10
En aquellos días, imploré al Señor
mi Dios, e hice esta confesión:
«Señor Dios
grande y terrible, que mantienes la alianza y eres fiel con aquellos
que te aman y cumplen tus mandamientos. Nosotros hemos pecado, somos
culpables de innumerables delitos; hemos sido perversos y rebeldes y
nos hemos apartado de tus mandatos y preceptos. No hemos hecho caso a
tus siervos los profetas, que hablaban en tu nombre a nuestros reyes,
a nuestros príncipes, a nuestros antepasados y a todo el
pueblo.
Tú, Señor, eres justo; nosotros en cambio,
hombres de Judá y habitantes de Jerusalén, nos sentimos
hoy avergonzados; así como todos los israelitas, tanto los que
están cerca, como los que están lejos en los países
a los que tú los arrojaste por haberse rebelado contra ti.
Nos
sentimos, Señor, avergonzados, lo mismo que nuestros reyes,
príncipes y antepasados, porque hemos pecado contra ti. Pero
el Señor, nuestro Dios, es misericordioso y clemente, aunque
nos hayamos rebelado contra él y no hayamos escuchado su voz
ni practicado las leyes que nos dio por medio de sus siervos los
profetas».
Lectura del Libro de los Salmos
Sal
78, 8.9.11 y 13
Señor, no nos trates como merecen
nuestros pecados.
No recuerdes para castigarnos las culpas de
otros tiempos; compádecete pronto de nosotros, porque estamos
extenuados en la miseria.
Señor, no nos trates como merecen
nuestros pecados.
Ayúdanos, Dios salvador nuestro, por
la gloria de tu nombre; líbranos y borra nuestros pecados, por
tu nombre.
Señor, no nos trates como merecen nuestros
pecados.
Llegue hasta ti el lamento del cautivo, con el poder
de tu brazo salva a los condenados a muerte. Y nosotros, que somos tu
pueblo y ovejas que tú apacientas, te daremos gracias
eternamente, cantaremos tus alabanzas de generación en
generación.
Señor, no nos trates como merecen
nuestros pecados.
Lectura del santo Evangelio según san
Lucas
6, 36-38
En aquel tiempo dijo Jesús a sus
discípulos:
«Sean misericordiosos como su Padre es
misericordioso. No juzguen, y Dios no los juzgará; no
condenen, y Dios no los condenará; perdonen, y Dios los
perdonará. Den, y Dios les dará: les darán una
buena medida, repleta, apretada, desbordante.
Porque con la
medida con que midan, Dios los medirá a ustedes».
18 de marzo
Lectura del libro del profeta Isaías
1,
10.16-20
Escuchen la palabra del Señor, jefes de
Sodoma, atiendan a la enseñanza de nuestro Dios, pueblo de
Gomorra:
«Lávense, purifíquense; aparten de
mi vista sus malas acciones. Dejen de hacer el mal, aprendan a hacer
el bien.
Busquen el derecho, protejan al oprimido, socorran al
huérfano, defiendan a la viuda.
Luego vengan y discutamos,
dice el Señor. Aunque sus pecados sean de un rojo intenso, se
volverán blancos como la nieve; aunque sean rojos como la
púrpura, quedarán como lana blanca. Si obedecen y hacen
el bien, comerán los frutos de la tierra; si se resisten y son
rebeldes, los devorará la espada.
Lo ha dicho el Señor».
Lectura del Libro de los Salmos
Sal 49,
8-9.16bc-17.21 y 23
Muéstranos, Señor, el camino
de la salvación.
No te reprendo por tus sacrificios,
pues tus holocaustos están siempre ante mí; pero no
aceptaré un novillo de tu casa, ni un cabrito de tus
corrales.
Muéstranos, Señor, el camino de la
salvación.
«¿Por qué recitas mis
mandamientos, y tienes siempre en tu boca mi alianza, tú que
detestas la corrección y no tienes en cuenta mis
palabras?
Muéstranos, Señor, el camino de la
salvación.
Esto haces tú, ¿y me voy a
quedar callado? ¿Piensas quizás que soy como tú?
Yo te acuso y te lo echo en cara.
Muéstranos, Señor,
el camino de la salvación.
El que me ofrece un
sacrificio de alabanza, es el que me da gloria; al que rectifique su
camino yo le mostraré la salvación de
Dios».
Muéstranos, Señor, el camino de la
salvación.
Lectura del santo Evangelio según san
Mateo
23, 1-12
En aquel tiempo, Jesús dijo a la
gente y a sus discípulos:
«En la cátedra de
Moisés se han sentado los escribas y los fariseos.
Obedézcanles y hagan lo que les digan, pero no imiten su
ejemplo, porque no hacen lo que dicen. Atan cargas pesadas e
insoportables, y las ponen sobre los hombros de la gente; pero ellos
no mueven ni un dedo para llevarlas. Todo lo hacen para que los vea
la gente: exageran sus distintivos religiosos y alargan los adornos
del manto; les gusta el primer lugar en los banquetes y los asientos
de honor en las sinagogas, el ser saludados por la calle y que los
llamen maestros.
Ustedes, en cambio, no se dejen llamar maestro,
porque uno es su maestro, y todos ustedes son hermanos. Ni llamen a
nadie padre en la tierra, porque uno solo es su Padre: el del cielo.
Ni se dejen llamar jefes, porque uno solo es quien los conduce: el
Mesías. El primero de ustedes será el que sirva a los
demás.
Porque el que se engrandece será humillado, y
el que se humilla será engrandecido».
19 de marzo
Lectura del segundo libro de Samuel
7,
4-5a.12-14a.16
En aquellos días, el Señor
dirigió esta palabra a Natán:
«Ve a decir a mi
siervo David: Cuando hayas llegado al final de tu vida y descanses
con tus antepasados, mantendré después de ti un
descendiente salido de tus entrañas y consolidaré su
reino. El edificará un templo en mi honor y yo mantendré
para siempre su realeza. Seré para él un padre y él
será para mí un hijo. Tu dinastía y tu realeza
subsistirán para siempre ante mí, y tu trono durará
por siempre».
Lectura del Libro de los Salmos
Sal 88,
2-3.4-5.17 y 29
Su descendencia perdurará
eternamente.
Cantaré eternamente el amor del Señor,
anunciaré por siempre tu fidelidad. Proclamaré: «Tu
amor es un edificio eterno, tu fidelidad está firme en los
cielos».
Su descendencia perdurará eternamente.
He
sellado una alianza con mi elegido, he jurado a mi siervo David:
«Afirmaré tu descendencia para siempre, consolidaré
tu trono por todas las edades».
Su descendencia perdurará
eternamente.
El me dirá: «Tú eres mi
Padre, mi Dios, la roca que me salva». Mi amor hacia él
será eterno, y mi alianza con él, firme.
Su
descendencia perdurará eternamente.
Lectura de la carta del apóstol san
Pablo a los Romanos
4, 13.16-18. 22
Hermanos: Cuando Dios
prometió a Abrahán y a su descendencia que heredarían
el mundo, no vinculó la promesa a la ley, sino a la fuerza
salvadora de la fe. Por eso la herencia depende de la fe, es puro
don, de modo que la promesa se mantenga segura para toda la
descendencia de Abrahán, que no es sólo la que procede
de la ley, sino también la que procede de la fe de Abrahán,
que es padre de todos nosotros. Así dice la Escritura: Te hago
padre de muchos pueblos; y lo es ante Dios en quien creyó, el
Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia a las cosas
que no existen.
Abrahán creyó contra toda esperanza
que sería padre de muchos pueblos, según le había
sido prometido: Así será tu descendencia. Lo cual le
fue tenido en cuenta para obtener la salvación.
Lectura del santo Evangelio según
san Mateo
1, 16.18-21.24a
El nacimiento de Jesús fue
así: su madre María estaba prometida a José y,
antes de vivir juntos, resultó que esperaba un hijo por la
acción del Espíritu Santo. José, su esposo, que
era justo y no quería denunciarla, decidió separarse de
ella en secreto. Después de tomar esta decisión, el
ángel del Señor se le apareció en sueños
y le dijo:
«José, hijo de David, no temas aceptar a
María como tu esposa, pues el hijo que espera viene del
Espíritu Santo. Dará a luz un Hijo, y le pondrás
por nombre Jesús, porque el salvará a su pueblo de los
pecados».
Cuando José se despertó hizo lo que
el ángel del Señor le había mandado.
20 de marzo
Lectura del libro del profeta Jeremías
17,
5-10
Esto dice el Señor:
«Maldito quien
confía en el hombre y se apoya en los mortales, apartando su
corazón del
Señor. Será como un matorral en
la estepa, que no ve venir la lluvia, pues habita en un árido
desierto, en tierra salobre y despoblada.
Bendito quien confía
en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será
como un árbol plantado junto al agua, que alarga hacia la
corriente sus raíces; nada teme cuando llega el calor, su
follaje se conserva verde; en año de sequía no se
inquieta ni deja de dar fruto.
Nada más traidor y perverso
que el corazón del hombre: ¿quién llegará
a conocerlo? Yo, el Señor, sondeo el corazón, examino
la conciencia; para dar a cada cual según su conducta, según
lo que merecen sus acciones».
Lectura del Libro de los Salmos
Sal 1,
1-2.3.4 y 6
Dichoso el hombre que confía en el
Señor.
Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los
malvados, ni se entretiene en el camino de los pecadores, ni se
sienta con los arrogantes, sino pone su alegría en la ley del
Señor, meditándola día y noche.
Dichoso el
hombre que confía en el Señor.
Es como un árbol
plantado junto al río: da fruto a su tiempo y sus hojas no se
marchitan; todo lo que hace le sale bien.
Dichoso el hombre que
confía en el Señor.
No sucede lo mismo con los
malvados, pues son como paja que se lleva el viento. Porque el Señor
protege el camino de los justos, pero el camino de los malvados lleva
a la perdición.
Dichoso el hombre que confía en el
Señor.
Lectura del santo Evangelio según san
Lucas
16, 19-31
En aquel tiempo dijo Jesús a los
fariseos:
«Había un hombre rico que se vestía
de púrpura y lino, y todos los días celebraba
espléndidos banquetes. Y había también un pobre,
llamado Lázaro, tendido junto a la puerta y cubierto de
llagas, que deseaba saciar su hambre con lo que tiraban de la mesa
del rico. Hasta los perros venían a lamer sus llagas.
Un
día el pobre murió y fue llevado por los ángeles
al seno de Abrahán. También murió el rico y fue
sepultado. Y en el abismo, cuando se encontraba entre tormentos,
levantó los ojos el rico y vio a lo lejos a Abrahán y a
Lázaro en su seno. Y gritó:
«Padre Abrahán,
ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje
en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque no soporto
estas llamas».
Abrahán contestó:
«Recuerda,
hijo, que ya recibiste tus bienes durante la vida, y Lázaro,
en cambio, males. Ahora él está aquí consolado
mientras tú estás atormentado. Pero además,
entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo, de suerte que los de
aquí que quieran pasar hasta ustedes, no puedan; ni tampoco de
allí puedan venir hasta nosotros».
El rico insistió:
«Te ruego, padre, que lo envíes a mi familia, para
que diga a mis cinco hermanos la verdad y no vengan también
ellos a este lugar de tormento».
Abrahán le
respondió:
«Ya tienen a Moisés y a los
profetas; que los escuchen».
El rico insistió:
«No,
padre Abrahán; si se les presenta un muerto, se convertirán».
Entonces Abrahán le dijo:
«Si no escuchan a
Moisés y a los profetas, tampoco harán caso aunque
resucite un muerto».
21
de marzo
Lectura del libro del Génesis
37,
3-4.12-13a.17b-28
Jacob amaba a José más que a
los demás hijos, porque lo había tenido siendo ya
viejo, y mandó que le hicieran una túnica de amplias
mangas. Al ver sus hermanos que su padre lo amaba más que a
sus demás hijos, empezaron a odiarlo y ni siquiera lo
saludaban.
Sus hermanos habían ido a cuidar las ovejas de
su padre a Siquén. Jacob dijo a José:
«Tus
hermanos están cuidando las ovejas en Siquén; ven, que
quiero enviarte adonde están ellos».
José fue
en busca de sus hermanos y los encontró en Dotán. Ellos
lo vieron de lejos y, antes que se acercara, se pusieron de acuerdo
para matarlo. Decían:
«Ahí viene el soñador.
Vamos a matarlo. Lo echaremos en cualquiera de estos pozos, y luego
diremos que una fiera salvaje lo devoró. A ver en qué
paran sus sueños».
Al oír esto Rubén,
intentando salvarlo de sus hermanos, dijo:
«¡No,
matarlo no!»
Y añadió:
«No derramen
su sangre; échenlo en este pozo que hay en el desierto, pero
no le hagan daño».
Lo dijo para librarlo de sus manos
y devolverlo luego a su padre.
Cuando llegó José
junto a sus hermanos, le quitaron su túnica, la túnica
de amplias mangas que llevaba, lo agarraron y lo echaron en el pozo.
Era un pozo seco en el que no había agua. Después se
sentaron a comer.
Levantando la vista, divisaron una caravana de
ismaelitas que venían de Galaad con camellos cargados de
aromas, bálsamo y mirra, en ruta hacia Egipto.
Entonces
Judá propuso a sus hermanos:
«¿Qué
sacamos con matar a nuestro hermano y ocultar su muerte? Propongo que
se lo vendamos a lo ismaelitas sin hacerle ningún daño,
pues es nuestro hermano y es carne nuestra».
Sus hermanos
aprobaron lo dicho; y cuando pasaban los mercaderes madianitas,
sacaron a José del pozo, lo vendieron a los ismaelitas por
veinte monedas de plata, y éstos se lo llevaron a Egipto.
Lectura del Libro de los Salmos
Sal 104,
16-17.18-19.20-21
Recuerden las maravillas que hizo el
Señor.
Trajo el hambre sobre aquel país, hizo
que se agotaran todas sus reservas. Por delante había enviado
a un hombre, José, que fue vendido como esclavo.
Recuerden
las maravillas que hizo el Señor.
Ataron sus pies con
argollas, sujetaron su cuello con cadenas, hasta que se cumplió
lo que él predijo, y la palabra del Señor lo
acreditó.
Recuerden las maravillas que hizo el
Señor.
Entonces mando el rey que lo soltaran, el dueño
de los pueblos, que lo pusieran en libertad; lo nombró jefe de
su casa, y gobernador de todas sus posesiones.
Recuerden las
maravillas que hizo el Señor.
Lectura del santo Evangelio según san
Mateo
21, 33-43.45-46
En aquel tiempo, Jesús dijo a
los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo esta parábola:
«El dueño de una finca plantó una viña,
la rodeó con una cerca, construyó un lugar para hacer
el vino, edificó una torre, la alquiló a unos
viñadores, y se ausentó.
Al llegar la cosecha, envió
sus criados a los viñadores para recoger los frutos. Pero los
viñadores agarraron a los criados, hirieron a uno, mataron a
otro y al otro lo apedrearon. De nuevo envió otros criados, en
mayor número que la primera vez, e hicieron con ellos lo
mismo. Finalmente les mandó a su hijo, pensando:
“A
mi hijo lo respetarán”.
Pero los viñadores,
al ver al hijo, se dijeron:
“Este es el heredero. Matémoslo
y nos quedaremos con su herencia”.
Lo capturaron, lo
arrojaron fuera de la viña y lo mataron.
¿Qué
les parece? Cuando regrese el dueño de la viña, ¿qué
hará con esos viñadores?»
Le
respondieron:
«Matará sin compasión a esos
desalmados y alquilará la viña a otros viñadores
que le entreguen los frutos a su tiempo».
Entonces Jesús
les dijo:
«¿No han leído nunca en las
Escrituras: La piedra que rechazaron los constructores se ha
convertido en piedra fundamental; esto lo hizo el Señor y es
realmente admirable?
Por eso les digo que a ustedes se les quitará
el reino de Dios y se le entregará a un pueblo que dé a
su tiempo los frutos que al reino corresponden».
Cuando los
sumos sacerdotes y los fariseos oyeron sus parábolas, se
dieron cuenta de que Jesús se refería a ellos. Querían
capturarlo, pero tuvieron miedo de la gente, porque lo tenían
por profeta.
22 de marzo
Lectura del libro del profeta Miqueas
7,
14-15.18-20
Señor, Dios nuestro, pastorea a tu pueblo
con tu bastón, al rebaño de tu heredad, que vive
solitario entre malezas y matorrales silvestres; que lo pastoreen
como antes en Basán y en Galaad; como cuando saliste de Egipto
te haré ver maravillas.
¿Qué Dios hay como
tú, que absuelva de la culpa y pase por alto la rebeldía
del resto de su heredad, que no mantenga por siempre su cólera,
porque se complace en ser bueno? De nuevo se compadecerá de
nosotros y sepultará nuestras culpas. Tú arrojarás
al fondo del mar nuestros pecados; así manifestarás tu
fidelidad a Jacob, y tu amor a Abrahán, como lo prometiste a
nuestros antepasados, desde los tiempos remotos.
Lectura del Libro de los Salmos
Sal 102,
1-2.3-4.9-10.11-12
El Señor es compasivo y
misericordioso.
Bendice al Señor, alma mía, y
todo mi ser a su santo nombre. Bendice al Señor, alma mía,
no te olvides de sus beneficios.
El Señor es compasivo y
misericordioso.
El perdona todos tus pecados y cura todas tus
enfermedades. El rescata tu vida del sepulcro, y te colma de amor y
de ternura.
El Señor es compasivo y misericordioso.
No
está siempre acusando ni guarda rencor eternamente; no nos
trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga de acuerdo con
nuestras culpas.
El Señor es compasivo y
misericordioso.
Como la altura del cielo sobre la tierra, así
es su amor con los que lo respetan; y como está lejano el
oriente del poniente, así aleja de nosotros nuestros
crímenes.
El Señor es compasivo y misericordioso.
Lectura del santo Evangelio según
san Lucas
15, 1-3.11-32
En aquel tiempo, se acercaban a
Jesús los recaudadores de impuestos para Roma y los pecadores
a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban:
«Este
anda con pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo
entonces esta parábola:
«Un hombre tenía dos
hijos. El menor dijo a su padre:
“Padre, dame la parte de
la herencia que me toca”.
Y el Padre les repartió
los bienes.
A los pocos días, el hijo menor recogió
sus cosas, partió a un país lejano y allí
despilfarró toda su fortuna viviendo como un libertino. Cuando
lo había gastado todo, sobrevino una gran escasez en aquella
región, y el muchacho empezó a pasar necesidad.
Entonces fue a servir a casa de un hombre de aquel país, quien
lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Para llenar su
estómago, habría comido hasta el alimento que daban a
los cerdos, pero no se lo permitían. Entonces reflexionó
y se dijo:
“¡Cuántos trabajadores de mi padre
tienen pan de sobra, mientras que yo aquí me muero de hambre!
Me pondré en camino, volveré a casa de mi padre y le
diré: Padre, pequé contra el cielo y contra ti. Ya no
merezco llamarme hijo tuyo; tratáme como a uno de tus
jornaleros”.
Se puso en camino hacia la casa de su padre.
Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio y, profundamente
conmovido, salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y
lo cubrió de besos. El hijo empezó a decirle:
“Padre,
pequé contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo
tuyo”.
Pero el padre dijo a sus criados:
“Traigan
en seguida el mejor vestido y pónganselo; pónganle
también un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Tomen el
ternero gordo, mátenlo y celebremos un banquete de fiesta,
porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida;
estaba perdido y lo hemos encontrado”.
Y comenzaron la
fiesta.
Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando vino y se acercó
a la casa, al oír la música y los cantos, llamó
a uno de los criados y le preguntó qué era lo que
pasaba. El criado le dijo:
“Ha regresado tu hermano, y tu
padre ha matado el ternero gordo, porque lo ha recobrado sano”.
El se enojó y no quería entrar.
Su padre salió
y trataba de convencerlo, pero el hijo le contestó:
“Hace
ya muchos años que te sirvo sin desobedecer jamás tus
órdenes, y nunca me diste un cabrito para celebrar una fiesta
con mis amigos. Pero llega ese hijo tuyo, que se ha gastado tus
bienes con prostitutas, y le matas el ternero gordo”.
El
padre le respondió:
“Hijo, tú siempre estás
conmigo, y todo lo mío es tuyo. Pero tenemos que alegrarnos y
hacer fiesta, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la
vida, estaba perdido y ha sido encontrado”».
23 de marzo
Lectura del libro del Éxodo
20,
1-17
El Señor pronuncio estas palabras:
«Yo
soy el Señor, tu Dios, el que te sacó de Egipto, de
aquel lugar de esclavitud.
No tendrás otro Dios fuera de
mí. No te harás escultura, ni imagen alguna de lo que
hay arriba en el cielo, o aquí abajo en la tierra, o en el
agua debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas, ni les
darás culto, porque yo, el Señor tu Dios, soy un Dios
celoso, que castigo la maldad de los que me odian en sus hijos hasta
la tercera y cuarta generación, pero soy misericordioso por
mil generaciones con lo que aman y observan mis mandamientos.
No
tomarás en vano el nombre del Señor, tu Dios, porque el
Señor no deja sin castigo al que toma su nombre en
vano.
Acuérdate del sábado para santificarlo.
Durante seis días trabajarás y harás todos tus
trabajos. Pero el séptimo, es día de descanso en honor
del Señor tu Dios. No harás en él trabajo
alguno, ni tú, ni tus hijos, ni tus siervos, ni tu ganado, ni
el extranjero que habita contigo.
Porque en seis días hizo
el Señor el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en
ellos, y el séptimo día descansó. Por eso
bendijo el Señor el día del sábado y lo declaró
santo.
Honra a tu padre y a tu madre para que vivas muchos años
en la tierra que el Señor tu Dios te va a dar. No matarás,
no cometerás adulterio, no robarás, no darás
falso testimonio contra tu prójimo. No desearás la casa
de tu prójimo, ni su mujer, ni su siervo, ni su sierva, ni su
toro, ni su burro, ni nada cuanto le pertenezca».
Lectura
del Libro de los Salmos
Sal 18, 8.9.10.11
Tú tienes,
Señor, palabras de vida eterna.
La ley del Señor
es perfecta; da consuelo al hombre; el mandato del Señor es
verdadero: da sabiduría al ignorante.
Tú tienes,
Señor, palabras de vida eterna.
Los preceptos del Señor
son rectos: dan alegría al corazón; el mandamiento del
Señor es claro: da luz a los ojos.
Tú tienes, Señor,
palabras de vida eterna.
El temor del Señor es puro:
permanece para siempre; los juicios del Señor son verdad:
todos justos por igual.
Tú tienes, Señor, palabras
de vida eterna.
Son preferibles al oro, al oro más
fino; son más dulces que la miel, más que el jugo del
panal.
Tú tienes, Señor, palabras de vida eterna.
Lectura de la primera carta del
apóstol san Pablo a los Corintios
1, 22-25
Hermanos:
Mientras que los judíos piden milagros y los griegos buscan
sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado, que es
escándalo para los judíos y locura para los paganos.
En
cambio para los que han sido llamados, sean judíos o griegos,
se trata de un Cristo que es fuerza y sabiduría de Dios. Pues
lo que en Dios parece locura, es más sabio que los hombres; y
lo que en Dios parece debilidad, es más fuerte que los
hombres.
Lectura del santo Evangelio según san
Juan
2, 13-25
Como ya estaba cerca la fiesta judía
de la pascua, Jesús fue a Jerusalén. En el templo se
encontró con los vendedores de bueyes, ovejas y palomas;
también estaban allí, sentados detrás de sus
mesas, los que cambiaban dinero. Jesús, al ver aquello, hizo
un látigo de cuerdas y echó fuera del templo a todos,
con sus ovejas y bueyes; tiró al suelo las monedas de los que
cambiaban dinero y tumbó sus mesas. Y a los vendedores de
palomas les dijo:
«Quiten esto de aquí. No conviertan
la casa de mi Padre en un mercado».
Sus discípulos
recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu casa me
devorará.
Los judíos intervinieron y le
preguntaron:
«¿Qué señal nos ofreces
como prueba de tu autoridad para hacer esto?»
Jesús
respondió:
«Destruyen este templo, y en tres días
yo lo levantaré de nuevo».
Los judíos le
dijeron:
«Han sido necesarios cuarenta y tres años
para edificar este templo, ¿y piensas tú reconstruirlo
en tres días?»
Pero el templo del que hablaba Jesús
era su propio cuerpo. Por eso, cuando Jesús resucitó de
entre los muertos, los discípulos recordaron lo que había
dicho, y creyeron en la Escritura y en las palabras que él
había pronunciado.
Durante su permanencia en Jerusalén
con motivo de la fiesta de pascua, muchos creyeron en su nombre, al
ver los signos que hacía. Pero Jesús no confiaba en
ellos, porque los conocía a todos, y no necesitaba que le
informaran sobre los hombres, porque él conocía bien el
interior del hombre.
24 de marzo
Lectura del segundo libro de los Reyes
5,
1-15a
En aquellos días, Naamán, general del
ejército de Siria, gozaba de la estima y del favor de su rey,
pues el Señor había dado la victoria a Siria por medio
de él. Pero este gran guerrero era leproso.
Sucedió
que una banda de sirios, en una de sus correrías, se llevó
de Israel a una jovencita, que fue destinada al servicio de la mujer
de Naamán. Ella dijo a su señora:
«Ojalá
mi señor fuera donde está el profeta que hay en
Samaria; él lo curaría de la lepra».
Naamán
se lo fue a decir al rey:
«Esto y esto me ha dicho la
muchacha israelita».
El rey de Siria respondió:
«Bien. Ponte en camino, yo te daré una carta para el
rey de Israel».
Naamán partió llevando
consigo diez barras de plata, seis mil monedas de oro y diez
vestidos, y entregó al rey de Israel la carta que decía:
«Cuando recibas esta carta, verás que te envío
a mi siervo Naamán para que lo cures de la lepra».
Cuando
el rey de Israel leyó la carta, rasgó sus vestiduras
exclamando:
«¿Soy yo acaso Dios, capaz de dar la
vida o la muerte, que éste me manda un hombre leproso para que
lo sane? Es evidente que lo que busca es un pretexto para hacerme la
guerra».
Cuando Eliseo, el hombre de Dios, se enteró
de que el rey había rasgado sus vestiduras, envió a
decirle:
«¿Por qué has hecho eso? Que venga a
mí, y sabrá que hay un profeta en Israel».
Llegó
Naamán con sus caballos y su carroza, y se detuvo ante la
puerta de la casa de Eliseo. Este le mandó decir con un
mensajero:
«Anda, báñate siete veces en el
Jordán, y tu carne quedará limpia».
Naamán
se alejó enojado diciendo:
«Pensaba que saldría
a mi a recibirme, que invocaría el nombre del Señor, su
Dios, me tocaría y me curaría de la lepra. ¿Acaso
los ríos de Damasco, el Abaná y el Farfar, no son
muchos mejores que todas las aguas de Israel? ¿No podría
yo bañarme en ellos y quedar limpio?»
Y se fue
indignado, pero sus criados y le dijeron:
«Padre, si el
profeta te hubiera mandado una cosa extraordinaria. ¿no lo
habrías hecho? Pues, ¡cuánto más
habiéndote dicho: “Báñate y quedarás
limpio”!»
Entonces Naamán bajó al
Jordán, se bañó siete veces, como había
dicho el hombre de Dios, y su carne quedó limpia como la de un
niño. Volvió con su comitiva a donde estaba el hombre
de Dios y, de pie ante él, dijo:
«Reconozco que no
hay otro Dios en toda la tierra, fuera del Dios de
Israel».
Lectura del Libro de los Salmos
Sal
41, 2.3; 42, 3.4
Estoy sediento del Dios que da la vida.
Como
busca el venado corrientes de agua, así, Dios mío, te
busca todo mi ser.
Estoy sediento del Dios que da la vida.
Tengo
sed de Dios, del Dios vivo, ¿cuándo entraré a
ver el rostro de Dios?
Estoy sediento del Dios que da la
vida.
Envíame tu luz y tu verdad, que ellas me guíen,
y me lleven a tu santo monte, hasta tu morada.
Estoy sediento del
Dios que da la vida.
Y me acercaré al altar de Dios, al
Dios de mi alegría, y te daré gracias con el arpa,
Dios, Dios mío.
Estoy sediento del Dios que da la vida.
Lectura del santo Evangelio según san
Lucas
4, 24-30
En aquel tiempo Jesús llegó a
Nazareth, entró en la sinagoga y dijo al pueblo:
«La
verdad es que ningún profeta es apreciado en su tierra. Les
aseguro que muchas viudas había en Israel en tiempo de Elías,
cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y
hubo gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de
ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en la
región de Sidón. Y muchos leprosos había en
Israel en tiempos del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue
curado, sino únicamente Namán el sirio».
Al
oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se
enfurecieron; se levantaron, lo echaron fuera de la ciudad y lo
llevaron hasta un precipicio de la montaña sobre el cual
estaba edificada su ciudad, con ánimo de despeñarlo.
Pero él, abriéndose paso entre ellos, se fue.
25 de marzo
Lectura del libro del profeta Isaías
7,
10-14
En aquellos días dijo el Señor a
Ajaz:
«Pide al Señor tu Dios una señal, en lo
hondo del abismo o en lo alto del cielo».
Respondió
Ajaz:
«No la pido, pues no quiero poner a prueba al
Señor».
Isaías dijo:
«Escucha,
heredero de David, ¿les parece poco cansar a los hombres, que
quieren también cansar a mi Dios? Pues el Señor mismo
les dará una señal. Miren, la joven está encinta
y dará a luz un hijo, a quien le pondrá el nombre de
Emanuel».
Lectura del Libro de los Salmos
Sal
39, 7-8a.8b-9.10.11
Aquí estoy, Señor, para
hacer tu voluntad.
Tú no quieres sacrificios ni
ofrendas, pero hiciste que te escuchara; no pides holocaustos ni
víctimas. Entonces yo digo: «Aquí estoy».
Aquí
estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
Para hacer lo que
está escrito en el libro acerca de mí. Amo tu voluntad,
Dios mío, llevo tu ley en mi interior.
Aquí estoy,
Señor, para hacer tu voluntad.
He proclamado tu
fidelidad en la gran asamblea; tú sabes, Señor, que no
me he callado.
Aquí estoy, Señor, para hacer tu
voluntad.
No he ocultado tu fidelidad en el fondo de mi
corazón, proclamé tu lealtad y tu salvación, no
oculté tu amor y tu lealtad en la gran asamblea.
Aquí
estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
Lectura de la carta a los Hebreos
10,
4-10
Hermanos: Es imposible que la sangre de los toros y de
los chivos quite los pecados. Por eso, al entrar en este mundo, dice
Cristo:
No has querido sacrificio ni ofrenda, pero me has formado
un cuerpo; no has aceptado holocausto ni sacrificio por el pecado.
Entonces yo dije: Aquí vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad.
Así está escrito de mí en un capítulo del
libro.
En primer lugar dice: No has querido ni has aceptado los
sacrificios, ofrendas, holocaustos ni víctimas por el pecado,
que se ofrecen según la ley. Después añade: Aquí
vengo para hacer tu voluntad. De este modo anula la primera
disposición y establece la segunda. Por haber cumplido la
voluntad de Dios, y gracias a la ofrenda que Jesucristo ha hecho de
su cuerpo una vez para siempre, nosotros hemos quedado consagrados a
Dios.
Lectura del santo Evangelio según san
Lucas
1, 26-38
En aquel tiempo, envió Dios al ángel
Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una joven
desposada con un hombre llamado José, de la descendencia de
David; el nombre de la joven era María. El ángel entró
donde estaba María y le dijo:
«Dios te salve, llena
de gracia, el Señor está contigo».
Al oír
estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué
significaba tal saludo. El ángel le dijo:
«No temas,
María, pues Dios te ha concedido su favor. Concebirás y
darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús.
El será grande, será llamado Hijo del Altísimo;
el Señor Dios le dará el trono de David, su padre;
reinará sobre la descendencia de Jacob por siempre y su reino
no tendrá fin».
María dijo al ángel:
«¿Cómo
será esto, pues no tengo relaciones con ningún
hombre?»
El ángel le contestó:
«El
Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo
te cubrirá con su sombra; por eso, el que va a nacer de ti
será santo y se llamará Hijo de Dios. Mira, tu pariente
Isabel también ha concebido un hijo en su vejez, y ya está
de seis meses la que todos tenían por estéril; porque
para Dios nada hay imposible».
María dijo:
«Aquí
está la esclava del Señor, que me suceda como tú
dices».
Y el ángel la dejó.
26 de marzo
Lectura del libro del Deuteronomio
4,
1.5-9
En aquellos días, habló Moisés al
pueblo diciendo:
«Y ahora, Israel, escucha las leyes y los
preceptos que les enseño a practicar, para que vivan y entren
a tomar posesión de la tierra que les da el Señor, Dios
de sus antepasados.
Miren, les he enseñado leyes y
preceptos como el Señor mi Dios me mandó, para que los
pongan en práctica en la tierra a la que van a entrar para
tomar posesión de ella. Obsérvenlos y pónganlos
en práctica; eso los hará sabios y sensatos ante los
demás pueblos, que al oír todas estas leyes dirán:
“Esta gran nación es ciertamente un pueblo sabio y
sensato”. En efecto, ¿qué nación hay tan
grande que tenga dioses tan cercanos a ella, como lo está el
Señor nuestro Dios siempre que lo invocamos? Y ¿qué
nación hay tan grande que tenga leyes y preceptos tan justos
como esta ley que yo les promulgo hoy?
Pero presta atención
y no te olvides de lo que has visto con tus ojos; recuérdalo
mientras vivas y cuéntaselo a tus hijos y a tus
nietos».
Lectura del Libro de los Salmos
Sal 147,
12-13.15-16.19-20
Demos gloria a nuestro Dios.
Glorifica al
Señor, Jerusalén, alaba a tu Dios, Sión. Que él
refuerza los cerrojos de tus puertas y bendice a tus hijos en medio
de ti.
Demos gloria a nuestro Dios.
El envía a la
tierra sus órdenes, veloz va corriendo su mensaje; hace caer
la nieve como lana y esparce la escarcha como ceniza.
Demos gloria
a nuestro Dios.
Manifiesta su palabra a Jacob, sus leyes y
decretos a Israel. Con ningún pueblo actuó así,
ni les dio a conocer sus decretos.
Demos gloria a nuestro Dios.
Lectura del santo Evangelio según san
Mateo
5, 17-19
En aquel tiempo dijo Jesús a sus
discípulos:
«No crean que he venido a abolir la ley
o los profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Les
aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra, que deje de
cumplirse hasta la más pequeña letra de la ley.
Por
lo tanto, el que descuide uno de estos preceptos menos importantes y
enseñe a hacer lo mismo a los demás, será el
menos importante en el Reino de los cielos. Pero el que los cumpla y
enseñe, será grande en el Reino de los cielos».
27 de marzo
Lectura del libro del profeta Jeremías
7, 23-28
Esto dice el Señor:
«Esta fue la
orden que di a mi pueblo: Si obedecen mi voz, yo seré su Dios
y ustedes serán mi pueblo;
sigan fielmente el camino que
yo les he mandado para que sean felices.
Pero ellos no escucharon
ni hicieron caso; siguieron las inclinaciones de su corazón
endurecido; me dieron la espalda y no la cara.
Desde el día
en que sus antepasados salieron de Egipto hasta hoy les envié
a mis siervos, los profetas. Pero no me obedecieron ni me hicieron
caso, sino que endurecieron su corazón y fueron peores que sus
antepasados. Cuando les comuniques todo esto, no te escucharán;
cuando los llames, no te responderán. Entonces les dirás:
Esta es la nación que no escucha la voz del Señor su
Dios y no aprende la lección. La verdad ha desaparecido de su
boca».
Lectura del Libro de los Salmos
Sal
94, 1-2.6-7.8-9
Señor, que no seamos sordos a tu
voz.
Vengan, cantemos alegres al Señor, aclamemos a la
Roca que nos salva. Entremos en su
presencia dándole
gracias, aclamándolo con cantos.
Señor, que no
seamos sordos a tu voz.
Entremos, postrémonos para
adorarlo, arrodillémonos ante el Señor, que nos ha
hecho. Porque él es nuestro Dios y nosotros su pueblo, ovejas
que él apacienta. ¡Ojalá escuchen hoy su
voz!
Señor, que no seamos sordos a tu voz.
«No
endurezcan su corazón como en Meribá, como el día
de Masá en el desierto: cuando me tentaron sus antepasados y
me pusieron a prueba, a pesar de haber visto mis obras».
Señor,
que no seamos sordos a tu voz.
Lectura del santo Evangelio según san
Lucas
11, 14-23
En aquel tiempo, Jesús estaba
expulsando un demonio que era mudo. Cuando salió el demonio,
habló el mudo y la gente quedó maravillada. Pero
algunos dijeron:
«Expulsa a los demonios con el poder de
Satanás, el príncipe de los demonios».
Otros,
para ponerlo a prueba, le pedían una señal milagrosa.
Pero Jesús, que conocía sus malas intenciones, les
dijo:
«Todo reino dividido por luchas internas va a la
ruina y se derrumba casa por casa. Si también Satanás
está dividido contra sí mismo, ¿cómo
mantendrá su reino? Ustedes dicen que yo expulso los demonios
con el poder de Satanás. Ahora bien, si yo expulso los
demonios con el poder de Satanás, sus hijos, ¿con qué
poder los expulsan? Por eso ellos mismos serán sus jueces.
Pero si yo expulso los demonios con el poder de Dios, entonces es que
el reino de Dios ha llegado a ustedes.
Cuando un hombre fuerte y
bien armado custodia su palacio, sus bienes están seguros.
Pero si viene otro más fuerte que él y lo vence, le
quita las armas en que confiaba y reparte el botín.
El que
no está conmigo, está contra mí; y el que no
recoge conmigo, desparrama».
28 de marzo
Lectura del libro del profeta Oseas
14,
2-10
Esto dice el Señor:
«Conviértete,
Israel, al Señor tu Dios, pues tu culpa te ha hecho caer.
Busquen las palabras apropiadas y conviértanse al Señor;
díganle:
“Perdona todos nuestros pecados y acepta el
pacto; como ofrenda te presentamos las palabras de nuestros labios.
Asiria no nos salvará, no volveremos a montar a caballo, y no
llamaremos más dios nuestro a la obra de nuestras manos, pues
en ti encuentra compasión el huérfano”.
Yo
sanaré su infidelidad, los amaré gratuitamente, pues ha
cesado mi ira. Seré como rocío para Israel; él
florecerá como el lirio, y echará raíces como
los árboles del Líbano. Se extenderán sus ramas,
tendrá el esplendor del olivo, y como el del Líbano
será su perfume.
El Señor volverá a ser su
protector, volverán a cultivar el trigo, florecerán
como la parra, y serán famosos como el vino del Líbano.
Efraín no tendrá ya nada que ver con los ídolos.
Yo escucho su plegaria y cuido de él; yo soy como un ciprés
siempre joven, y de mí proceden todos tus frutos.
¿Quién
es tan sabio como para entender esto? ¿Quién tan
inteligente como para comprenderlo? Los caminos del Señor son
rectos, por ellos caminan los inocentes, y en ellos tropiezan los
culpables».
Lectura del Libro de los
Salmos
Sal 80, 6c-8a.8bc-9.10-11ab.14 y 17
Yo soy tu Dios,
escúchame.
Oigo un lenguaje desconocido para mí;
yo quité la carga de sus hombros, y sus manos quedaron libres
de peso, clamaste en la aflicción y te libré.
Yo soy
tu Dios, escúchame.
Te respondí escondido en la
tormenta, te puse a prueba junto a las aguas de Meribá.
Escucha, pueblo mío, que doy testimonio contra ti. ¡Ojalá
me escucharas, Israel!
Yo soy tu Dios, escúchame.
No
tendrás un dios extraño, no adorarás a un dios
extranjero. Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de
la tierra de Egipto.
Yo soy tu Dios, escúchame.
¡Ojalá
me escuchara mi pueblo y siguiera Israel mi camino! Yo alimentaría
a Israel con lo mejor del trigo, lo saciaría con miel
silvestre.
Yo soy tu Dios, escúchame.
Lectura del santo Evangelio según san
Marcos
12, 28-34
En aquel tiempo, uno de los escribas se
acercó a Jesús y le preguntó:
«¿Cuál
es el primero de todos los mandamientos?»
Jesús le
respondió:
«El primero es: Escucha, Israel: El
Señor, nuestro Dios, es el único Señor; amarás
al Señor tu Dios
con todo tu corazón, con toda tu
alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste:
Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro
mandamiento mayor que éstos».
El escriba replicó:
«Muy bien, Maestro. Tienes razón, cuando dices que
el Señor es único y no hay otro fuera de él; y
que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y
con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo vale
más que todos los holocaustos y sacrificios».
Jesús,
viendo que había hablado sensatamente, le dijo:
«No
estás lejos del reino de Dios».
Y nadie se atrevió
a hacerle más preguntas.
29 de marzo
Lectura del libro del profeta Oseas
5, 15c;
6, 1-6
Esto dice el Señor:
«En su angustia me
buscarán y me dirán:
“Vengan, regresemos al
Señor; él nos ha despedazado y él nos sanará;
él nos ha herido y él nos vendará. Después
de dos días nos devolverá la vida, al tercero nos
levantará, y viviremos en su presencia. Esforcémonos en
conocer al Señor; su venida es tan segura como la aurora; como
aguacero descenderá sobre nosotros, como lluvia primaveral que
riega la tierra”.
¿Qué voy a hacer contigo,
Efraín? ¿Qué voy a hacer contigo, Judá?
Tu amor es como nube mañanera, como rocío que pronto se
disipa. Por eso los he herido por medio de los profetas; los he
aniquilado con las palabras de mi boca, y mi juicio resplandece como
la luz. Porque quiero amor, y no sacrificios, y prefiero el
conocimiento de Dios, más que los holocaustos».
Lectura
del Libro de los Salmos
Sal 50, 3-4.18-19.20-21ab
Misericordia
quiero y no sacrificios.
Ten piedad de mí, Dios mío,
por tu amor, por tu inmensa compasión, borra mi culpa; lava
del todo mi maldad, limpia mi pecado.
Misericordia quiero y no
sacrificios.
No es el sacrificio lo que te complace, y si
ofrezco un holocausto no lo aceptarías. El sacrificio que Dios
quiere es un espíritu arrepentido: un corazón
arrepentido y humillado tú, Dios mío, no lo
desprecias.
Misericordia quiero y no sacrificios.
Favorece
a Sión por tu bondad, reconstruye las murallas de Jerusalén;
entonces te agradarán los sacrificios prescritos, holocaustos
y ofrenda perfecta.
Misericordia quiero y no sacrificios.
Lectura del santo Evangelio según san
Lucas
18, 9-14
En aquel tiempo, a unos que presumían
de ser hombres de bien y despreciaban a los demás, Jesús
les dijo esta parábola:
«Dos hombres subieron al
templo a orar; uno era fariseo, y el otro un recaudador de impuestos.
El fariseo, de pie, hacía interiormente esta oración:
“Dios
mío, te doy gracias, porque no soy como el resto de los
hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ése que
recauda impuestos para Roma. Ayuno dos veces por semana, y pago los
diezmos de todo lo que poseo”.
Por su parte, el recaudador
de impuestos, manteniéndose a distancia, no se atrevía
siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho,
diciendo:
“Dios mío, ten compasión de mí,
que soy un pecador”.
Les digo que éste bajó a
su casa reconciliado con Dios, y el otro no. Porque el que se
engrandece será humillado, y el que se humilla será
engrandecido».
30 de marzo
Lectura del segundo libro de las Crónicas
36, 14-16.19-23
En aquellos días, todos los sumos
sacerdotes y el pueblo pecaron sin cesar, practicando las
abominaciones idolátricas de las naciones y contaminando el
templo que el Señor se había consagrado en Jerusalén.
El Señor, Dios de sus antepasados, en su afán de salvar
a su pueblo y a su templo, les envió continuos mensajeros.
Pero se burlaron de ellos, menospreciaron sus palabras, y se mofaron
de sus profetas, colmando así la ira del Señor contra
su pueblo, hasta el punto que ya no hubo remedio.
El templo del
Señor fue consumido por las llamas, las murallas fueron
demolidas, los palacios incendiados y todos los objetos preciosos
destruidos. Nabucodonosor deportó a Babilonia a los que habían
escapado de la espada, los cuales pasaron a ser esclavos del rey y de
sus hijos hasta que se estableció el imperio persa. Así
se cumplió la palabra del Señor pronunciada por
Jeremías:
«La tierra descansará asolada
durante setenta años hasta que recupere sus años de
descanso sabático».
El año primero de Ciro,
rey de Persia, en cumplimiento de la profecía de Jeremías,
el Señor despertó el espíritu de Ciro, rey de
Persia, que publicó de palabra y por escrito por todo su reino
este edicto:
«Así dice Ciro, rey de Persia: El Señor,
Dios del cielo, me ha dado todos los reinos de la tierra y me ha
encomendado construirle un templo en Jerusalén de Judá.
Los que de entre ustedes pertenezcan a su pueblo, que regresen, y que
el Señor su Dios esté con ellos».
Lectura
del Libro de los Salmos
Sal 136, 1-2.34.5.6
Tu recuerdo,
Señor, es mi alegría.
Junto a los ríos de
Babilonia nos sentábamos a llorar, acordándonos de
Sión; en los sauces de la orilla colgábamos nuestras
cítaras.
Tu recuerdo, Señor, es mi alegría.
Los
que allí nos deportaron nos pedían canciones, y
nuestros opresores, alegría: «Canten para nosotros una
canción Sión».
Tu recuerdo, Señor, es
mi alegría.
¿Cómo cantar una canción
al Señor en tierra extrajera? Si me olvido de ti, Jerusalén,
que se me seque la mano derecha.
Tu recuerdo, Señor, es mi
alegría.
Que se me pegue la lengua al paladar, si no me
acuerdo de ti, si tú no eres, Jerusalén, mi mayor
alegría.
Tu recuerdo, Señor, es mi
alegría.
Lectura de la carta del apóstol san
Pablo a los Efesios
2, 4-10
Hermanos: Dios, que es rico en
misericordia y nos tiene un inmenso amor, aunque estábamos
muertos por nuestros pecados, nos volvió a la vida junto con
Cristo –¡por pura gracia han sido salvados!–, nos
resucitó y nos sentó junto a Cristo Jesús en el
cielo. De este modo quiso mostrar a los siglos venideros la inmensa
riqueza de su gracia, por la bondad que nos manifiesta en Cristo
Jesús.
Por la gracia, en efecto, han sido salvados mediante
la fe; y esto no es algo que venga de ustedes, sino que es un don de
Dios; no viene de las obras, para que nadie pueda enorgullecerse.
Somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para realizar
las buenas obras que Dios nos señaló de antemano como
norma de conducta
Lectura del santo Evangelio según san
Juan
3, 14-21
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:
“Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el
desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para
que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó
Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no
perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida
eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al
mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en
él no será juzgado; el que no cree ya está
juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único
de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los
hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran
malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se
acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el
que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus
obras están hechas según Dios.”
31 de marzo
Lectura del libro del profeta Isaías
65,
17-21
Esto dice le Señor:
«Miren, yo voy a
crear un cielo nuevo y una tierra nueva; lo pasado no se recordará
ni se volverá a pensar a ello, sino que habrá alegría
y gozo eterno por lo que voy a crear.
Pues convertiré en
gozo a Jerusalén y a sus habitantes en alegría; me
gozaré por Jerusalén y me alegraré por mi
pueblo, y ya no se oirán en ella llantos ni lamentos. Ya no
habrá allí niños que mueran al nacer ni ancianos
que no completen sus años, pues será joven quien muera
a los cien años, y a quien no llegue a ellos se le tendrá
por maldito.
Construirán casas y vivirán en ellas,
plantarán viñas y comerán su fruto».
Lectura del Libro de los Salmos
Sal 29,
2.4.-6.11-12a y 13b
Te ensalzaré, Señor, porque
me has librado.
Yo te alabo, Señor, porque me has
librado, no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
Tú, Señor, me libraste del abismo, me reanimaste cuando
estaba a punto de morir.
Te ensalzaré, Señor,
porque me has librado.
Canten al Señor, fieles suyos,
den gracias a su santo nombre. Porque su enojo dura un instante, pero
su bondad, toda la vida: por la tarde nos domina el llanto, por la
mañana todo es alegría.
Te ensalzaré, Señor,
porque me has librado.
Escucha, Señor, ten compasión
de mí, Señor, ven en mi ayuda. Tú cambiaste mi
luto en danzas. Señor, Dios mío, te daré gracias
por siempre.
Te ensalzaré, Señor, porque me has
librado.
Lectura del santo Evangelio según san
Juan
4, 43-54
En aquel tiempo salió Jesús de
Samaria y continuó su viaje hacia Galilea. El mismo Jesús
había declarado que un profeta no es bien considerado en su
propia tierra.
Cuando llegó a Galilea, los galileos lo
recibieron bien, pues también ellos habían estado en
Jerusalén por la fiesta de la pascua y habían visto
todo lo que Jesús hizo en aquella ocasión.
Jesús
visitó de nuevo Caná de Galilea, donde había
convertido el agua en vino. Había allí un funcionario
del rey, que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún.
Cuando se enteró de que Jesús venía de Judea
a Galilea, salió a su encuentro para suplicarle que fuera a su
casa y sanara a su hijo, que estaba a punto de morir. Jesús le
dijo:
«Si no ven signos y prodigios son incapaces de
creer».
Pero el funcionario insistía:
«Señor,
ven pronto, antes de que muera mi hijo».
Jesús le
dijo:
«Regresa a tu casa; tu hijo ya está bien».
El
hombre creyó en lo que Jesús le había dicho, y
se fue. Cuando regresaba a su casa, le salieron al encuentro sus
criados para darle la noticia de que su hijo estaba bien. Entonces él
les preguntó a qué hora había comenzado la
mejoría. Los criados le dijeron:
«Ayer, a la una de
la tarde, se le quitó la fiebre».
El padre comprobó
que la mejoría de su hijo había comenzado en el mismo
momento en que Jesús le había dicho: “Tu hijo
está curado”; y creyeron en Jesús él y
todos los suyos. Este segundo signo lo hizo Jesús al regresar
de Judea a Galilea.