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1 de Marzo

Lectura del libro del profeta Daniel
3, 25.34-43

En aquel tiempo, Azarías oró al Señor así:
«Señor Dios nuestro, por tu nombre, te lo pedimos: no nos abandones para siempre, no rompas tu alianza, no nos retires tu amor. Por Abrahán, tu amigo, por Isaac, tu siervo, por Jacob, tu consagrado, a quienes prometiste descendencia numerosa como las estrellas del cielo, como las arenas de la playa del mar.
A causa de nuestros pecados, Señor, somos hoy el más insignificante de todos los pueblos y estamos humillados en toda la tierra. No tenemos príncipes, ni jefes, ni profetas; estamos sin holocaustos, sin sacrificios, sin poder hacerte ofrendas, ni quemar incienso en tu honor; no tenemos un lugar dónde ofrecerte los primeros frutos y poder así alcanzar tu favor.
Pero tenemos un corazón contrito y humillado; acéptalo como si fuera un holocausto de carneros y toros, de millares de los mejores corderos. Que éste sea hoy nuestro sacrificio ante ti, y que te sirvamos fielmente, pues no quedarán defraudados quienes confían en ti.
Ahora queremos seguirte con todo el corazón, queremos serte fieles y buscar tu rostro. No nos defraudes, Señor; trátanos conforme a tu ternura, según la grandeza de tu amor. Sálvanos con tu fuerza prodigiosa y muestra la gloria de tu nombre»..


Lectura del Libro de los salmos
Sal 24, 4bc-5ab.6-7bc.8-9

Señor, recuerda tu misericordia.

Muéstrame, Señor, tus caminos, muéstrame tus sendas. Guíame en tu verdad, enséñame, pues tú eres el Dios que me salva.
Señor, recuerda tu misericordia.

Acuérdate, Señor, que tu ternura y tu amor son eternos; acuérdate de mí por tu amor, por tu bondad, Señor.
Señor, recuerda tu misericordia.

El Señor es bueno y recto; señala el camino a los pecadores, guía por la senda del bien a los humildes, les enseña su camino.
Señor, recuerda tu misericordia.


Lectura del santo Evangelio según san Mateo
18, 21-35

En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó:
«Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando me ofende? ¿Siete veces?»
Jesús le respondió:
«No te digo siete veces, sino setenta veces siete».
Y les propuso esta parábola:
«El Reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar cuentas con sus empleados. Al comenzar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que lo vendieran a él, a su mujer y a sus hijos, para pagar la deuda. El empleado se echó a sus pies suplicando:
"Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo".
El rey tuvo compasión de aquel empleado, lo dejó libre y le perdonó la deuda. Nada más salir, aquel empleado encontró a un compañero que le debía cien denarios; lo agarró y le apretaba el cuello, diciendo:
"Págame lo que me debes".
El compañero se echó a sus pies, suplicándole:
"Ten paciencia conmigo y te lo pagaré".
Pero él no quiso, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.
Al verlo sus compañeros se disgustaron mucho y fueron a contar a su rey todo lo ocurrido. Entonces el rey lo llamó y le dijo:
"Siervo miserable. Yo te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías haberte compadecido de tu compañero como yo me compadecí de ti?"
Entonces el rey, muy enojado, lo entregó para que lo castigaran hasta que pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con ustedes mi Padre celestial si no se perdonan de corazón unos a otros».




2 de Marzo

Lectura del libro del Deuteronomio
4, 1.5-9

En aquellos días, habló Moisés al pueblo diciendo:
«Y ahora, Israel, escucha las leyes y los preceptos que les enseño a practicar, para que vivan y entren a tomar posesión de la tierra que les da el Señor, Dios de sus antepasados.
Miren, les he enseñado leyes y preceptos como el Señor mi Dios me mandó, para que los pongan en práctica en la tierra a la que van a entrar para tomar posesión de ella. Obsérvenlos y pónganlos en práctica; eso los hará sabios y sensatos ante los demás pueblos, que al oír todas estas leyes dirán: "Esta gran nación es ciertamente un pueblo sabio y sensato". En efecto, ¿qué nación hay tan grande que tenga dioses tan cercanos a ella, como lo está el Señor nuestro Dios siempre que lo invocamos? Y ¿qué nación hay tan grande que tenga leyes y preceptos tan justos como esta ley que yo les promulgo hoy?
Pero presta atención y no te olvides de lo que has visto con tus ojos; recuérdalo mientras vivas y cuéntaselo a tus hijos y a tus nietos»..


Lectura del Libro de los salmos
Sal 147, 12-13.15-16.19-20

Demos gloria a nuestro Dios.

Glorifica al Señor, Jerusalén, alaba a tu Dios, Sión. Que él refuerza los cerrojos de tus puertas y bendice a tus hijos en medio de ti.
Demos gloria a nuestro Dios.

Él envía a la tierra sus órdenes, veloz va corriendo su mensaje; hace caer la nieve como lana y esparce la escarcha como ceniza.
Demos gloria a nuestro Dios.

Manifiesta su palabra a Jacob, sus leyes y decretos a Israel. Con ningún pueblo actuó así, ni les dio a conocer sus decretos.
Demos gloria a nuestro Dios.
Lectura del santo Evangelio según san Mateo
5, 17-19

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
«No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Les aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra de la ley.
Por lo tanto, el que descuide uno de estos preceptos menos importantes y enseñe a hacer lo mismo a los demás, será el menos importante en el Reino de los cielos. Pero el que los cumpla y enseñe, será grande en el Reino de los cielos».




3 de Marzo

Lectura del libro del profeta Jeremías
7, 23-28

Esto dice el Señor:
«Esta fue la orden que di a mi pueblo: Si obedecen mi voz, yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo; sigan fielmente el camino que yo les he mandado para que sean felices.
Pero ellos no escucharon ni hicieron caso; siguieron las inclinaciones de su corazón endurecido; me dieron la espalda y no la cara.
Desde el día en que sus antepasados salieron de Egipto hasta hoy les envié a mis siervos, los profetas. Pero no me obedecieron ni me hicieron caso, sino que endurecieron su corazón y fueron peores que sus antepasados. Cuando les comuniques todo esto, no te escucharán; cuando los llames, no te responderán. Entonces les dirás: Esta es la nación que no escucha la voz del Señor su Dios y no aprende la lección. La verdad ha desaparecido de su boca».


Lectura del Libro de los salmos
Sal 94, 1-2.6-7.8-9

Señor, que no seamos sordos a tu voz.

Vengan, cantemos alegres al Señor, aclamemos a la Roca que nos salva. Entremos en su
presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos.
Señor, que no seamos sordos a tu voz.

Entremos, postrémonos para adorarlo, arrodillémonos ante el Señor, que nos ha hecho. Porque él es nuestro Dios y nosotros su pueblo, ovejas que él apacienta. ¡Ojalá escuchen hoy su voz!
Señor, que no seamos sordos a tu voz.

«No endurezcan su corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto: cuando me tentaron sus antepasados y me pusieron a prueba, a pesar de haber visto mis obras».
Señor, que no seamos sordos a tu voz.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas
11, 14-23

En aquel tiempo, Jesús estaba expulsando un demonio que era mudo. Cuando salió el demonio, habló el mudo y la gente quedó maravillada. Pero algunos dijeron:
«Expulsa a los demonios con el poder de Satanás, el príncipe de los demonios».
Otros, para ponerlo a prueba, le pedían una señal milagrosa. Pero Jesús, que conocía sus malas intenciones, les dijo:
«Todo reino dividido por luchas internas va a la ruina y se derrumba casa por casa. Si también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo mantendrá su reino? Ustedes dicen que yo expulso los demonios con el poder de Satanás. Ahora bien, si yo expulso los demonios con el poder de Satanás, sus hijos, ¿con qué poder los expulsan? Por eso ellos mismos serán sus jueces. Pero si yo expulso los demonios con el poder de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a ustedes.
Cuando un hombre fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están seguros. Pero si viene otro más fuerte que él y lo vence, le quita las armas en que confiaba y reparte el botín.
El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama».




4 de Marzo

Lectura del libro del profeta Jeremías
7, 23-28

Esto dice el Señor:
«Esta fue la orden que di a mi pueblo: Si obedecen mi voz, yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo; sigan fielmente el camino que yo les he mandado para que sean felices.
Pero ellos no escucharon ni hicieron caso; siguieron las inclinaciones de su corazón endurecido; me dieron la espalda y no la cara.
Desde el día en que sus antepasados salieron de Egipto hasta hoy les envié a mis siervos, los profetas. Pero no me obedecieron ni me hicieron caso, sino que endurecieron su corazón y fueron peores que sus antepasados. Cuando les comuniques todo esto, no te escucharán; cuando los llames, no te responderán. Entonces les dirás: Esta es la nación que no escucha la voz del Señor su Dios y no aprende la lección. La verdad ha desaparecido de su boca».


Lectura del Libro de los salmos
Sal 94, 1-2.6-7.8-9

Señor, que no seamos sordos a tu voz.

Vengan, cantemos alegres al Señor, aclamemos a la Roca que nos salva. Entremos en su
presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos.
Señor, que no seamos sordos a tu voz.

Entremos, postrémonos para adorarlo, arrodillémonos ante el Señor, que nos ha hecho. Porque él es nuestro Dios y nosotros su pueblo, ovejas que él apacienta. ¡Ojalá escuchen hoy su voz!
Señor, que no seamos sordos a tu voz.

«No endurezcan su corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto: cuando me tentaron sus antepasados y me pusieron a prueba, a pesar de haber visto mis obras».
Señor, que no seamos sordos a tu voz.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas
11, 14-23

En aquel tiempo, Jesús estaba expulsando un demonio que era mudo. Cuando salió el demonio, habló el mudo y la gente quedó maravillada. Pero algunos dijeron:
«Expulsa a los demonios con el poder de Satanás, el príncipe de los demonios».
Otros, para ponerlo a prueba, le pedían una señal milagrosa. Pero Jesús, que conocía sus malas intenciones, les dijo:
«Todo reino dividido por luchas internas va a la ruina y se derrumba casa por casa. Si también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo mantendrá su reino? Ustedes dicen que yo expulso los demonios con el poder de Satanás. Ahora bien, si yo expulso los demonios con el poder de Satanás, sus hijos, ¿con qué poder los expulsan? Por eso ellos mismos serán sus jueces. Pero si yo expulso los demonios con el poder de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a ustedes.
Cuando un hombre fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están seguros. Pero si viene otro más fuerte que él y lo vence, le quita las armas en que confiaba y reparte el botín.
El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama».




5 de Marzo

Lectura del libro del profeta Oseas
5, 15c; 6, 1-6

Esto dice el Señor:
«En su angustia me buscarán y me dirán:
"Vengan, regresemos al Señor; él nos ha despedazado y él nos sanará; él nos ha herido y él nos vendará. Después de dos días nos devolverá la vida, al tercero nos levantará, y viviremos en su presencia. Esforcémonos en conocer al Señor; su venida es tan segura como la aurora; como aguacero descenderá sobre nosotros, como lluvia primaveral que riega la tierra".
¿Qué voy a hacer contigo, Efraín? ¿Qué voy a hacer contigo, Judá? Tu amor es como nube mañanera, como rocío que pronto se disipa. Por eso los he herido por medio de los profetas; los he aniquilado con las palabras de mi boca, y mi juicio resplandece como la luz. Porque quiero amor, y no sacrificios, y prefiero el conocimiento de Dios, más que los holocaustos».


Lectura del Libro de los salmos
Sal 50, 3-4.18-19.20-21ab

Misericordia quiero y no sacrificios.

Ten piedad de mí, Dios mío, por tu amor, por tu inmensa compasión, borra mi culpa; lava del todo mi maldad, limpia mi pecado.
Misericordia quiero y no sacrificios.

No es el sacrificio lo que te complace, y si ofrezco un holocausto no lo aceptarías. El sacrificio que Dios quiere es un espíritu arrepentido: un corazón arrepentido y humillado tú, Dios mío, no lo desprecias.
Misericordia quiero y no sacrificios.

Favorece a Sión por tu bondad, reconstruye las murallas de Jerusalén; entonces te agradarán los sacrificios prescritos, holocaustos y ofrenda perfecta.
Misericordia quiero y no sacrificios.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas
18, 9-14

En aquel tiempo, a unos que presumían de ser hombres de bien y despreciaban a los demás, Jesús les dijo esta parábola:
«Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo, y el otro un recaudador de impuestos. El fariseo, de pie, hacía interiormente esta oración:
"Dios mío, te doy gracias, porque no soy como el resto de los hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ése que recauda impuestos para Roma. Ayuno dos veces por semana, y pago los diezmos de todo lo que poseo".
Por su parte, el recaudador de impuestos, manteniéndose a distancia, no se atrevía siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo:
"Dios mío, ten compasión de mí, que soy un pecador".
Les digo que éste bajó a su casa reconciliado con Dios, y el otro no. Porque el que se engrandece será humillado, y el que se humilla será engrandecido».




6 de Marzo

Lectura del primer libro de Samuel
16, 1b.6-7.10-13

En aquellos días, dijo el Señor a Samuel:
«Llena tu cuerno de aceite y ve a la casa de Jesé, en Belén, porque de entre sus hijos me he escogido un rey».
Cuando llegó a Belén y vio a Eliab, el hijo mayor de Jesé, pensó:
«Seguramente éste es el ungido del Señor».
Pero el Señor dijo a Samuel:
«No mires su aspecto ni su gran estatura, pues yo le he descartado. Dios no juzga como juzga el hombre, pues el hombre mira en las apariencias, pero el Señor mira los corazones».
Hizo pasar Jesé a sus siete hijos ante Samuel, pero Samuel dijo:
«A ninguno de éstos ha elegido el Señor».
Luego preguntó a Jesé:
«¿Son éstos todos tus hijos?»
El respondió:
«Falta el más pequeño, que está cuidando el rebaño».
Samuel dijo a Jesé:
«Hazlo venir, porque no comeremos hasta que haya venido».
Jesé lo mandó llamar; era rubio, de ojos vivos y buena presencia. Entonces el Señor dijo a Samuel:
«Levántate y úngelo, porque éste es».
Tomó Samuel el cuerno de aceite y le ungió delante de sus hermanos.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial
Del Salmo 22

El Señor es mi pastor, nada me falta.

El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace reposar y hacia fuentes tranquilas me conduce para reparar mis fuerzas.
El Señor es mi pastor, nada me falta.

Por ser un Dios fiel a sus promesas, me guía por el sendero recto; así, aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú estás conmigo.Tu vara y tu cayado me dan seguridad.
El Señor es mi pastor, nada me falta.

Tú mismo me preparas la mesa, a despecho de mis adversarios; me unges la cabeza con perfume y llenas mi copa hasta los bordes.
El Señor es mi pastor, nada me falta.

Tu bondad y tu misericordia me acompañarán todos los días de mi vida; y viviré en la casa del Señor por años sin término.
El Señor es mi pastor, nada me falta.

Segunda Lectura
Levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios
5, 8-14

Hermanos: En otro tiempo eran tinieblas, ahora son luz en el Señor. Caminen como hijos de la luz. Toda bondad, justicia y verdad son frutos de la luz. Busquen lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien repruébenlas abiertamente, pues lo que ellos hacen en secreto, hasta decirlo da vergüenza.
Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz.
Por eso se dice:
"Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz".
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Aclamación antes del Evangelio

Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Yo soy la luz del mundo, dice el Señor; el que me sigue tendrá la luz de la vida.
Honor y gloria a ti, Señor Jesús.

Evangelio
Fue, se lavó y volvió con vista

† Lectura del santo Evangelio según san Juan
9, 1.6-9.13-17.34-38

Gloria a ti, Señor

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un ciego de nacimiento. Escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego, y le dijo:
«Ve a lavarte a la piscina de Siloé» (que significa "Enviado").
El fue, se lavó y volvió con vista. Y los vecinos y los que lo habían visto antes pidiendo limosna, comentaban:
«¿No es ése el que se sentaba a pedir limosna?»
Unos decían:
«Sí, es el mismo».
Otros, en cambio, negaban que se trataba del mismo y decían:
«No es él, sino uno que se le parece».
Pero el ciego decía:
«Soy yo».
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego, pues en un sábado Jesús hizo lodo con su saliva y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
El les contestó:
«Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo».
Algunos de los fariseos comentaban:
«Este hombre no puede venir de Dios, porque no respeta el sábado».
Otros replicaban:
«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?»
Y estaban divididos, y volvieron a preguntarle al ciego:
«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?»
El contestó:
«Que es un profeta».
Le replicaron:
«¿ Es que pretendes darnos lecciones a nosotros, tú que estás lleno de pecado desde que naciste?»
Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:
«¿Crees en el hijo del hombre?»
El ciego preguntó:
«Y quién es, Señor, para que crea en El?»
Jesús le dijo:
«Lo estás viendo: es el que está hablando contigo».
Entonces el hombre dijo:
«Creo, Señor».
Y se postró ante Jesús.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.





7 de Marzo

Lectura del libro del profeta Isaías
65, 17-21

Esto dice le Señor:
«Miren, yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva; lo pasado no se recordará ni se volverá a pensar a ello, sino que habrá alegría y gozo eterno por lo que voy a crear.
Pues convertiré en gozo a Jerusalén y a sus habitantes en alegría; me gozaré por Jerusalén y me alegraré por mi pueblo, y ya no se oirán en ella llantos ni lamentos. Ya no habrá allí niños que mueran al nacer ni ancianos que no completen sus años, pues será joven quien muera a los cien años, y a quien no llegue a ellos se le tendrá por maldito.
Construirán casas y vivirán en ellas, plantarán viñas y comerán su fruto».


Lectura del Libro de los salmos
Sal 29, 2.4.-6.11-12a y 13b

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

Yo te alabo, Señor, porque me has librado, no has dejado que mis enemigos se rían de mí. Tú, Señor, me libraste del abismo, me reanimaste cuando estaba a punto de morir.
Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

Canten al Señor, fieles suyos, den gracias a su santo nombre. Porque su enojo dura un instante, pero su bondad, toda la vida: por la tarde nos domina el llanto, por la mañana todo es alegría.
Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

Escucha, Señor, ten compasión de mí, Señor, ven en mi ayuda. Tú cambiaste mi luto en danzas. Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.
Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.
Lectura del santo Evangelio según san Juan
4, 43-54

En aquel tiempo salió Jesús de Samaria y continuó su viaje hacia Galilea. El mismo Jesús había declarado que un profeta no es bien considerado en su propia tierra.
Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron bien, pues también ellos habían estado en Jerusalén por la fiesta de la pascua y habían visto todo lo que Jesús hizo en aquella ocasión.
Jesús visitó de nuevo Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un funcionario del rey, que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún.
Cuando se enteró de que Jesús venía de Judea a Galilea, salió a su encuentro para suplicarle que fuera a su casa y sanara a su hijo, que estaba a punto de morir. Jesús le dijo:
«Si no ven signos y prodigios son incapaces de creer».
Pero el funcionario insistía:
«Señor, ven pronto, antes de que muera mi hijo».
Jesús le dijo:
«Regresa a tu casa; tu hijo ya está bien».
El hombre creyó en lo que Jesús le había dicho, y se fue. Cuando regresaba a su casa, le salieron al encuentro sus criados para darle la noticia de que su hijo estaba bien. Entonces él les preguntó a qué hora había comenzado la mejoría. Los criados le dijeron:
«Ayer, a la una de la tarde, se le quitó la fiebre».
El padre comprobó que la mejoría de su hijo había comenzado en el mismo momento en que Jesús le había dicho: "Tu hijo está curado"; y creyeron en Jesús él y todos los suyos. Este segundo signo lo hizo Jesús al regresar de Judea a Galilea.




8 de Marzo

Lectura del libro del profeta Ezequiel
47, 1-9.12

En aquellos tiempos, el ángel me llevó a la entrada del templo, y vi que debajo del umbral, por el lado oriental hacia el que mira la fachada del templo, brotaba una corriente de agua. El agua descendía por el lado derecho del templo hasta la parte sur del altar. Me hizo salir por el pórtico norte y dar la vuelta por fuera hasta el pórtico exterior que mira hacia oriente, y vi que las aguas manaban desde el costado derecho. El hombre salió en dirección este con un cordel de medir en la mano, midió quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta los tobillos; midió otros quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta las rodillas; midió todavía otros quinientos metros y me hizo atravesar al agua, que me llegaba hasta la cintura; midió por fin otros quinientos metros y la corriente de agua era ya un torrente que no
pude atravesar, pues había crecido al punto que sólo a nado se podía atravesar. Entonces me dijo:
«¿Has visto, hijo de hombre?»
Después me ordenó que regresara a la orilla del torrente, y al regresar vi que junto al torrente en las dos orillas había muchos árboles. Y me dijo:
«Estas aguas fluyen hacia oriente, bajan al Arabá y desembocan en el mar Muerto, cuyas aguas quedarán saneadas. Por donde pase este torrente, todo ser viviente que en él se mueva vivirá. Habrá abundancia de peces, porque las aguas del mar Muerto quedarán saneadas cuando llegue este torrente. Junto a las dos orillas del torrente crecerá toda clase de árboles frutales; sus hojas no se marchitarán ni sus frutos se acabarán. Cada mes darán frutos nuevos, porque las aguas que los riegan manan del santuario. Sus frutos servirán de alimento y su follaje de medicina».


Lectura del Libro de los salmos
Sal 45, 2-3.5-6.8-9

El Señor está con nosotros.

Dios es nuestro refugio y fortaleza, nuestro auxilio oportuno en el peligro. Por eso no tememos, aunque tiemble la tierra y las montañas se desplomen en el mar.
El Señor está con nosotros.

Los canales de un río alegran la ciudad de Dios, la más santa morada del Altísimo. Dios está en medio de ella, no puede ser destruida; Dios la socorre al despuntar la aurora.
El Señor está con nosotros.

El Señor todopoderoso está con nosotros, nuestra defensa es el Dios de Jacob. Vengan a ver las obras del Señor, los prodigios que hace en la tierra.
El Señor está con nosotros.
Lectura del santo Evangelio según san Juan
5, 1-3a. 5-16

Era un día de fiesta para los judíos cuando Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, cerca de la puerta llamada de las Ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda, con cinco pórticos. En estos pórticos había muchos enfermos recostados en el suelo: ciegos, cojos y paralíticos. Había entre ellos un hombre que llevaba treinta y ocho años inválido. Jesús, al verlo allí tendido, y sabiendo que llevaba mucho tiempo, le preguntó:
«¿Quieres quedar sano?»
Le respondió el enfermo:
«Señor, no tengo a nadie que me ayude a entrar en la piscina cuando se mueve el agua.
Mientras trato de llegar yo, otro se me ha adelantado».
Jesús le dijo:
«Levántate, toma tu camilla y camina».
Al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y comenzó a caminar.
Aquel día era sábado. Por eso los judíos le dijeron al que había sido sanado:
«Hoy es sábado y no te está permitido llevar tu camilla».
Pero él contestó:
«El que me sanó me dijo: "Toma tu camilla y camina"».
Ellos le preguntaron:
«¿Quién es ese hombre que te dijo: "Toma tu camilla y camina?"»
Pero él no conocía ni sabía quién lo había sanado, pues Jesús había desaparecido entre la muchedumbre que se había reunido allí. Más tarde, Jesús se encontró con él en el templo y le dijo:
«Has sido sanado, no vuelvas a pecar más, pues podría sucederte algo peor».
El hombre fue a informar a los judíos que era Jesús quien lo había sanado. Jesús hacía obras como ésta en sábado; por eso lo perseguían los judíos.




9 de Marzo

Lectura del libro del profeta Isaías
49, 8-15

Así dice el Señor:
«Te respondo cuando me necesitas, te auxilio el día en que te salvo, pues te formé y te constituí mediador del pueblo para restaurar el país, para repartir las tierras devastadas, para decir a los cautivos: "¡Salgan!" a los que están en tinieblas: "¡Déjense ver!" A lo largo de los caminos pastarán, en todos los montes resecos tendrán pastos. No pasarán hambre ni sed, el viento sofocante y el sol no les hará daño, pues el que se compadece de ellos los guiará, y los conducirá hacia manantiales de agua. Convertiré en caminos mis montañas y se nivelarán mis senderos.
¡Miren! Vienen todos de lejos, unos del norte y del poniente, otros de la región de Sinín. Griten, cielos, de gozo; salta, tierra, de alegría; montañas, rompan en aclamaciones, que el Señor consuela a su pueblo, se apiada de sus pobres. Sión decía: "Me ha abandonado Dios, el Señor me ha olvidado". ¿Acaso olvida una madre a su niño de pecho, y deja de querer al hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré».


Lectura del Libro de los salmos
Sal 144, 8-9.13cd-14.17-18

El Señor es clemente y misericordioso.

El Señor es clemente y misericordioso, paciente y rico en amor. El Señor es bondadoso con todos, a todas sus obras se extiende su ternura.
El Señor es clemente y misericordioso.

El Señor es fiel a todas sus palabras, leal en todas sus acciones. El Señor sostiene a todos los que caen y levanta a los que desfallecen.
El Señor es clemente y misericordioso.

El Señor es fiel en todo lo que hace, leal en todas sus acciones. El Señor está cerca de los que lo invocan, de todos los que lo invocan sinceramente.
El Señor es clemente y misericordioso.

Lectura del santo Evangelio según san Juan
5, 17-30

En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos:
«Mi Padre no cesa nunca de trabajar; por eso yo trabajo también en todo tiempo».
Esta afirmación provocó en los judíos un mayor deseo de matarlo, porque no sólo no respetaba el sábado, sino además decía que Dios era su propio Padre, y se hacía igual a Dios.
Jesús continuó diciendo:
«Yo les aseguro que el Hijo no puede hacer nada por su cuenta; él hace únicamente lo que ve hacer al Padre; lo que hace el Padre, eso también hace el Hijo. Pues el Padre ama al Hijo y le manifiesta todas sus obras; y le manifestará todavía cosas mayores, de modo que ustedes mismos quedarán maravillados. Porque, así como el Padre resucita a los muertos, dándoles la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere.
El Padre no juzga a nadie, sino que le ha dado al Hijo todo el poder de juzgar. Y quiere que todos den al Hijo el mismo honor que dan al Padre. El que no honra al Hijo, tampoco honra al Padre que lo envió. Yo les aseguro que quien acepta lo que yo digo y cree en el que me envió, tiene la vida eterna; no sufrirá un juicio de condenación, sino que ha pasado de la muerte a la vida.
Les aseguro que está llegando la hora, mejor aún, ha llegado ya, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y todos los que la oigan, vivirán. Pues así como el Padre tiene el poder de dar la vida, ha dado al Hijo ese mismo poder. Y le ha dado también autoridad para juzgar, porque es el Hijo del hombre. No se admiren de lo que les estoy diciendo, porque llegará el momento en que todos los muertos oirán su voz, y saldrán de los sepulcros. Los que hicieron el bien, resucitarán para la vida eterna; pero los que hicieron el mal, resucitarán para su condenación.
Yo no puedo hacer nada por mi cuenta. Juzgo según lo que Dios me dice, y mi juicio es justo, porque no pretendo actuar según mi voluntad, sino que cumplo la voluntad del que me envió».




10 de Marzo

Lectura del libro del Exodo
32, 7-14

En aquellos días dijo el Señor a Moisés:
«Anda, baja del monte, porque se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Muy pronto se han apartado del camino que les señalé, pues se han fabricado un becerro de metal fundido, se están postrando ante él, le ofrecen sacrificios y repiten: "Israel, éste es tu dios, el que te sacó de Egipto"».
El Señor añadió:
«Me estoy dando cuenta de que ese pueblo es un pueblo terco. Déjame; voy a desahogar mi rabia contra ellos y los aniquilaré. A ti, sin embargo, te convertiré en padre de una gran nación».
Moisés suplicó al Señor, su Dios, diciendo:
«Señor, ¿por qué se va a desahogar tu rabia contra tu pueblo, al que tú sacaste de Egipto con tan gran fuerza y poder? ¿Vas a permitir que digan lo egipcios: "Los sacó con mala intención, para matarlos en las montañas y borrarlos de la superficie de la tierra?"
Calma tu enojo y arrepiéntete de haber querido hacer el mal a tu pueblo. Recuerda a Abrahán, a Isaac y a Jacob, tus servidores, a quienes juraste por tu honor y les prometiste: "Multiplicaré su descendencia como las estrellas del cielo y daré a sus descendientes esa tierra de la que les hablé, para que la posean en herencia perpetua"».
Y el Señor se arrepintió del mal que había querido hacer a su pueblo.

Lectura del Libro de los salmos
Sal 105, 19-20.21-22.23

Perdona, Señor, las culpas de tu pueblo.

En el Horeb se hicieron un becerro, y adoraron un ídolo fundido; así cambiaron a su Dios por la imagen de un buey que come hierba.
Perdona, Señor, las culpas de tu pueblo.

Olvidaron a Dios, su salvador, al que hizo portentos en Egipto, maravillas en la tierra de Cam, y prodigios en el mar Rojo.
Perdona, Señor, las culpas de tu pueblo.

Dios pensaba ya en aniquilarlos, pero Moisés, su elegido, se mantuvo firme ante él para apartar su furia destructora.
Perdona, Señor, las culpas de tu pueblo.

Lectura del santo Evangelio según san Juan
5, 31-47

En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos:
«Si me presentara como testigo de mí mismo, mi testimonio no tendría valor. Es otro el que testifica a mi favor, y su testimonio es válido.
Ustedes enviaron una comisión a preguntar a Juan, y él dio testimonio a favor de la verdad. Y no es que yo tenga necesidad de testigos humanos que testifiquen a mi favor; si digo esto, es para que ustedes se puedan salvar. Juan el Bautista era como una lámpara encendida que alumbraba; y ustedes quisieron, durante algún tiempo, alegrarse con su luz. Pero yo tengo a mi favor un testimonio de mayor valor que el de Juan. Una prueba evidente de que el Padre me ha enviado es que realizo la obra que el Padre me encargó llevar a término. También habla a mi favor el Padre que me envió, aunque ustedes nunca han oído su voz ni visto su rostro. Su palabra no ha sido aceptada por ustedes; así lo prueba el hecho de que no quieren creer en el enviado del Padre.
Estudian apasionadamente las Escrituras, pensando encontrar en ellas la vida eterna; pues bien, también las Escrituras hablan de mí; y a pesar de ello, ustedes no quieren aceptarme para que tengan vida.
Yo no busco la gloria que puedan dar los hombres. Además, los conozco muy bien y sé que no aman a Dios. Yo he venido de parte de mi Padre, pero ustedes no me aceptan; en cambio, aceptarían a cualquier otro que viniera en nombre propio.
¿Cómo van a creer ustedes, si lo que les preocupa es recibir gloria unos de los otros y no se interesan por la verdadera gloria que viene del Dios único? No piensen que voy a ser yo quien los acuse ante mi Padre; los acusará Moisés, en quien tienen puesta su esperanza. Él escribió acerca de mí; por eso, si creyeran a Moisés, también me creerían a mí. Pero si no creen lo que él escribió, ¿cómo van a creer lo que yo digo?»




11 de Marzo

Lectura del libro de la Sabiduría
2, 1a.12-22

Los malvados reflexionando equivocadamente dicen:
«Pongamos trampas al justo, porque nos resulta insoportable y se opone a nuestra forma de actuar; nos echa en cara que no hemos cumplido la ley y nos reprocha las faltas contra la educación recibida; presume de conocer a Dios y se proclama a sí mismo hijo del Señor.
Es un reproche contra nuestros pensamientos, y sólo verlo nos molesta. Pues lleva una vida distinta de los demás y va por caminos muy diferentes; nos considera moneda falsa, se aparta de nosotros como si fuéramos impuros; proclama dichosa la suerte de los justos y presume de tener a Dios por Padre.
Veamos si es verdad lo que dice, comprobemos cómo le va al final. Porque si el justo es hijo de Dios, él lo asistirá y lo librará de las manos de sus adversarios. Probémoslo con ofensas y tortura: así veremos hasta dónde llega su paciencia y comprobaremos su resistencia. Condenémoslo a una muerte deshonrosa, pues, según dice, Dios lo librará».
Así piensan, pero se equivocan, pues los ciega su maldad. Ignoran los secretos de Dios, no confían en el premio de la virtud, ni creen en la recompensa de los intachables.


Lectura del Libro de los salmos
Sal 33, 17-18.19-20.21 y 23

El Señor está cerca de los que sufren.

El Señor se enfrenta con los malhechores, para borrar de la tierra su recuerdo. Cuando uno grita, el señor lo escucha y lo libra de todas sus angustias.
El Señor está cerca de los que sufren.

El Señor está cerca de los que sufren y salva a los que están desconsolados. Muchas son las desgracias del justo, pero de todas lo libra el Señor.
El Señor está cerca de los que sufren.

La cuida de todos sus huesos, ni uno solo se romperá.
Porque el Señor redime a sus siervos, y no serán castigados los que se refugian en él.
El Señor está cerca de los que sufren.

Lectura del santo Evangelio según san Juan
7, 1-2.10.25-30

Después de algún tiempo, Jesús andaba por Galilea. Evitaba estar en Judea, porque los judíos buscaban la ocasión para matarlo. Ya estaba cerca la fiesta judía de las tiendas de campaña.
Más tarde, cuando sus parientes subieron a la fiesta, subió también Jesús, pero en privado, no públicamente. Ante esto, algunos de los que vivían en Jerusalén se preguntaban:
«¿No es éste el hombre al que quieren matar? Resulta que está hablando en público y nadie le dice ni una palabra. ¿Es que habrán reconocido nuestros jefes que es en realidad el Mesías? Pero, por otra parte, cuando aparezca el Mesías, nadie sabrá de dónde viene; y éste sabemos de dónde es».
Al oír estos comentarios, Jesús, que estaba enseñando en el templo, levantó la voz y afirmó:
«¿De manera que me conocen y saben de dónde soy? Sin embargo, yo no he venido por mi propia cuenta, sino que he sido enviado por el que dice la verdad, y a quien ustedes no conocen. Yo sí lo conozco, porque vengo de él y es él quien me envió».
Intentaron entonces detenerlo, pero nadie se atrevió a hacerlo, porque todavía no había llegado su hora.




12 de Marzo

Lectura del libro del profeta Jeremías
11, 18-20

En aquel tiempo dijo Jeremías:
«El Señor todopoderoso me lo hizo saber y comprendí. Entonces me hiciste descubrir sus intenciones. Yo era como un cordero manso llevado al matadero; no sabía lo que conspiraban contra mí.
"¡Destruyamos el árbol cuando aún tiene savia; arranquémoslo de la tierra de los vivos, y que nadie se acuerde más de su nombre!"
Pero tú, Señor todopoderoso, juzgas rectamente, y examinas el interior del hombre y sus intenciones; haz que yo pueda ver tu venganza sobre ellos, porque a ti he confiado mi causa».


Lectura del Libro de los salmos
Sal 7, 2-3.9bc-10.11-12

En ti, Señor, me refugio.

Señor, Dios mío, en ti busco refugio, sálvame de mis perseguidores y líbrame; no sea que me destrocen como leones, de cuyas fauces nadie puede escapar.
En ti, Señor, me refugio.

Júzgame, Señor, según mi rectitud, según la inocencia que hay en mí. Que termine la maldad de los malvados; da tu apoyo al inocente, tú que examinas el corazón y las entrañas, tú que eres un Dios justo.
En ti, Señor, me refugio.

Dios es mi escudo, él salva a los honrados. Dios es un juez justo, siempre alerta para el castigo.
En ti, Señor, me refugio.

Lectura del santo Evangelio según san Juan
7, 40-53

En aquel tiempo, algunos de los que habían escuchado a Jesús comenzaron a decir:
«Seguro que éste es el Profeta».
Otros decían:
«Este es el Mesías».
Otros, por el contrario:
«¿Acaso va a venir el Mesías de Galilea? ¿No afirma la Escritura que el Mesías tiene que ser de la familia de David y de su mismo pueblo, de Belén?»
Había pues, una gran división de opiniones acerca de Jesús.
Algunos querían detenerlo, pero nadie se atrevió a hacerlo. Los guardias fueron donde estaban los sumos sacerdotes y los fariseos, y éstos les preguntaron:
«¿Por qué no lo han traído?»
Los guardias respondieron:
«Nadie ha hablado jamás como lo hace este hombre».
Los fariseos les dijeron:
«¿También ustedes se han dejado engañar? ¿No se dan cuenta de que ninguno de nuestros jefes ni los fariseos han creído en él? Lo que ocurre es que esta gente, que no conoce la ley, se halla bajo la maldición».
Uno de ellos, Nicodemo, el mismo que en otra ocasión había ido a ver a Jesús, intervino y dijo:
«¿Acaso nuestra ley permite condenar a alguien sin haberlo oído previamente para saber qué ha hecho?»
Los otros le contestaron:
«¿También tú eres de Galilea? Investiga las Escrituras y llegarás a la conclusión de que jamás ha surgido un profeta en Galilea».
Y después de esto, cada uno regresó a su casa.




13 de Marzo

Lectura del libro del profeta Ezequiel
37, 12-14

Esto dice el Señor Dios:
«Pueblo mío, yo mismo abriré sus sepulcros, los haré salir de ellos y los conduciré a la tierra de Israel. Y cuando abra sus sepulcros y los saque de ellos, pueblo mío, ustedes sabrán que yo soy el Señor: les infundiré mi espíritu y vivirán; los estableceré en su tierra y sabrán que yo el Señor, lo digo y lo hago».
Oráculo del Señor.


Lectura del Libro de los salmos
Del Salmo 129

Perdónanos, Señor, y viviremos.

Desde el abismo de mis pecados clamo a ti, Señor; escucha mi clamor; estén atentos tus oídos a mi voz suplicante.
Perdónanos, Señor, y viviremos.

Si conservaras el recuerdo de las culpas, Señor, ¿quién habría que se salvara? Pero de ti procede el perdón, por eso con amor te veneramos.
Perdónanos, Señor, y viviremos.

Confío en el Señor, mi alma espera y confía en su Palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela la aurora.
Perdónanos, Señor, y viviremos.

Porque del Señor viene la misericordia, la abundancia de la redención; y él redimirá a su pueblo de todas sus iniquidades.
Perdónanos, Señor, y viviremos.


Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos
8, 8-11

Hermanos: Los que viven en forma desordenada y egoísta no pueden agradar a Dios. Pero ustedes no llevan esa clase de vida, sino una vida conforme al Espíritu, puesto que el Espíritu de Dios habita en ustedes.
Quien no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Si Cristo vive en ustedes, aunque el cuerpo esté muerto a causa del pecado, el espíritu vive a causa de la actividad salvadora de Dios.
Si el Espíritu del Padre que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, el mismo que resucitó a Jesús de entre los muertos dará vida también a sus cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en ustedes.


Lectura del santo Evangelio según san Juan
11, 1-45

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron decir a Jesús:
«Señor, tu amigo está enfermo».
Al oírlo dijo Jesús:
«Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
Por eso Jesús, que amaba a Marta, a su hermana María y a Lázaro, al enterarse de que Lázaro estaba enfermo, se detuvo dos días donde se hallaba. Sólo entonces dice a sus discípulos:
«Vamos otra vez a Judea».
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Jesús le dijo:
«Tu hermano resucitará».
Marta respondió:
«Sé que resucitará en la resurrección del ultimo día».
Jesús le dice:
«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»
Ella le contestó:
«Sí, Señor: creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
Jesús, muy conmovido, preguntó:
«¿Dónde lo han enterrado?»
Le contestaron:
«Señor, ven a verlo».
Jesús se echó a llorar y los judíos comentaban:
«¡Cómo lo quería!»
Pero algunos dijeron:
«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»
Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba que era una cueva cubierta con una losa.
Dijo Jesús:
«Quiten la losa».
Marta, la hermana del muerto, le dijo:
«Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días».
Jesús le dijo:
«¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea para que crean que tú me has enviado».
Y dicho esto, gritó con voz potente:
«¡Lázaro, ven afuera!»
Y el muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario.
Jesús les dijo:
«Desátenlo y déjenlo andar».
Y muchos judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.




14 de Marzo

Lectura del libro del profeta Daniel
13, 1-9.15-17.19-30.33-62

En aquellos días, vivía en Babilonia un hombre llamado Joaquín. Se había casado con una mujer llamada Susana, hija de Jelcías, de gran belleza y fiel a Dios, pues sus padres eran justos y la habían educado conforme a la ley de Moisés. Joaquín era muy rico y tenía un espacioso jardín junto a su casa. Como era el más ilustre de los judíos, todos ellos se reunían allí.
Aquel año habían sido designados jueces de entre el pueblo dos viejos de ésos de quienes dice el Señor: «Los ancianos y los jueces que se hacen pasar por guías del pueblo han traído la maldad a Babilonia». Frecuentaban estos dos viejos la casa de Joaquín, y todos los que tenían algún pleito que resolver acudían a ellos.
Al mediodía, cuando la gente se había ido, Susana salía a pasear por el jardín de su marido. Los dos viejos la veían entrar y pasear todos los días, y comenzaron a desearla con pasión. Su mente se pervirtió y se olvidaron de Dios y de sus justos juicios.
Un día, mientras ellos estaban aguardando la ocasión oportuna, entró Susana, como de
costumbre, acompañada solamente por dos criadas jóvenes, y quiso bañarse en el jardín, porque hacía mucho calor. No había allí nadie más que los dos viejos, que estaban escondidos observando. Susana dijo a sus criadas:
«Tráiganme aceite y perfumes y cierren las puertas del jardín, para que pueda bañarme».
En cuanto se fueron las criadas, los dos viejos salieron del lugar donde estaban y fueron corriendo adonde estaba Susana, y le dijeron:
«Mira, las puertas del jardín están cerradas, nadie nos ve.
Nosotros te deseamos apasionadamente; consiente, pues, y deja que nos acostemos contigo. De lo contrario daremos testimonio contra ti, diciendo que un joven estaba contigo y que por eso mandaste fuera a las criadas».
Susana suspiró profundamente y dijo:
«No tengo escapatoria. Si consiento, me espera la muerte; si me resisto, tampoco escaparé de sus manos. Pero prefiero caer en sus manos sin hacer el mal, a pecar en presencia del Señor».
Así que Susana gritó con todas sus fuerzas, pero también los dos viejos se pusieron a gritar contra Susana, y uno de ellos corrió a abrir la puerta del jardín. Al oír gritos en el jardín, la servidumbre entró corriendo por la puerta de atrás para ver lo que ocurría. Cuando oyeron lo que contaban los dos viejos, los criados se avergonzaron, porque jamás se había dicho de Susana una cosa semejante.
Al día siguiente, cuando el pueblo se reunió en casa de Joaquín, vinieron los dos viejos con el criminal propósito de condenarla a muerte. Y dijeron ante el pueblo:
«Manden a buscar a Susana, hija de Jelcías, la mujer de Joaquín».
Fueron a buscarla, y ella vino con sus padres, sus hijos y todos sus parientes. Los familiares de Susana lloraban al igual que todos cuantos la veían.
Entonces los dos viejos, de pie en medio de la asamblea, pusieron sus manos sobre la cabeza de Susana. Ella, llorando, levantó los ojos al cielo, porque su corazón estaba lleno de confianza en el Señor. Los viejos dijeron:
«Estábamos nosotros dos solos paseando por el jardín cuando entró ésta con dos criadas, cerró las puertas del jardín y mandó irse a las criadas. Entonces se acercó a ella un joven que estaba escondido y se acostó con ella. Nosotros, que estábamos en un rincón del jardín, al ver la infamia, corrimos hacia ellos y los sorprendimos juntos; a él no pudimos sujetarlo, porque era más fuerte que nosotros y, abriendo la puerta, se escapó; pero a ésta si la agarramos y le preguntamos quién era el joven, pero no quiso decirlo. De todo esto somos testigos».
La asamblea les creyó, porque eran ancianos y jueces del pueblo, y Susana fue condenada a muerte.
Pero ella gritó con todas sus fuerzas:
«Oh Dios eterno, que conoces lo que está oculto y sabes todas las cosas antes que sucedan: tú sabes que éstos han dado falso testimonio contra mí; y ahora yo voy a morir sin haber hecho nada de lo que la maldad de éstos ha inventado contra mí».
El Señor escuchó la súplica de Susana y, cuando la llevaban para matarla, Dios despertó el santo espíritu de un jovencito llamado Daniel, el cual se puso a gritar:
«¡Yo soy inocente de la sangre de esta mujer!»
Todo el pueblo lo miró y le preguntó:
«¿Qué has querido decir con eso?»
Él, poniéndose en medio de ellos, dijo:
«¿Tan torpes son, israelitas, que sin examinar la cuestión y sin investigar a fondo la verdad, han condenado a una hija de Israel? Regresen al lugar del juicio, porque éstos han dado falso testimonio contra ella».
Todo el pueblo regresó inmediatamente, y los ancianos dijeron a Daniel:
«Ven, toma asiento en medio de nosotros e infórmanos, ya que Dios te ha dado la madurez de un anciano».
Daniel les dijo:
«Separen a uno de otro, que quiero interrogarlos».
Una vez separados, llamó a uno y le dijo:
«Viejo en años y en maldad: ahora vas a recibir el castigo por los pecados que cometiste en el pasado, cuando dictabas sentencias injustas condenando a los inocentes y dejando libres a los culpables, contra el mandato del Señor: "No condenarás a muerte al inocente y al que no tiene culpa". Si de verdad la has visto, dinos bajo qué árbol los viste juntos».
El viejo respondió:
«Bajo una acacia».
Sentenció Daniel:
«Tu propia mentira te va a traer la perdición, porque el ángel del Señor ha recibido ya la orden divina de partirte por la mitad».
Después hizo que se fuera, mandó traer al otro y le dijo:
«Raza de Canaán y no de Judá: la hermosura te ha seducido y la pasión pervirtió tu corazón. Esto es lo que hacían con las hijas de Israel y ellas, por miedo, se les entregaban. Pero una hija de Judá no se ha sometido a su maldad. Dinos, pues, ¿bajo qué árbol los sorprendiste juntos?»
Respondió el viejo:
«Bajo una encina».
Daniel sentenció:
«También a ti tu propia mentira te traerá la perdición, porque el ángel del Señor está ya esperando, espada en mano, para partirte por el medio. Y de esta manera acabará con ustedes».
Entonces toda la asamblea comenzó a bendecir a Dios en alta voz, pues salva a los que esperan en él. Se lanzaron contra los dos viejos, a quienes por propia confesión Daniel había declarado culpables de dar falso testimonio, y les aplicaron el mismo castigo que ellos habían planeado para su prójimo. De acuerdo con la ley de Moisés fueron ejecutados, y así aquel día se salvó una vida inocente.


Lectura del Libro de los salmos
Sal 22, 1-3a.3b-4.5.6

Nada temo, Señor, porque tú estás conmigo.

El Señor es mi pastor, nada me falta. Me conduce junto a aguas tranquilas y renueva mis fuerzas.
Nada temo, Señor, porque tú estás conmigo.

Me guía por la senda del bien, haciendo honor a su nombre. Aunque pase por un valle
tenebroso, ningún mal temeré, porque tú estás conmigo; tu vara y tu bastón me dan seguridad.
Nada temo, Señor, porque tú estás conmigo.

Me preparas un banquete para envidia de mis adversarios, perfumas con ungüento mi cabeza y mi copa está llena.
Nada temo, Señor, porque tú estás conmigo.

Tu amor y tu bondad me acompañan todos los días de mi vida; y habitaré por siempre en la casa del Señor.
Nada temo, Señor, porque tú estás conmigo.

Lectura del santo Evangelio según san Juan
8, 12-20

En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos:
«Yo soy la luz del mundo. El que me siga no caminará a oscuras, sino que tendrá la luz de la vida».
Al oír esto, los fariseos le dijeron:
«Estás dando testimonio de ti mismo; por tanto, tu testimonio no tiene valor».
Jesús les contestó:
«Aunque doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es válido, porque sé de dónde vengo y a dónde voy. Ustedes, en cambio, no saben ni de dónde vengo ni a dónde voy. Ustedes juzgan con criterios mundanos. Yo no juzgo a nadie, pero si lo hiciera, mi juicio es válido, porque no soy yo sólo el juez, sino que también está conmigo el Padre, que me envió. En su ley está escrito que el testimonio dado por dos testigos es válido. Pues bien: un testigo a mi favor soy yo mismo; pero también da testimonio a mi favor el Padre, que me envió».
Ellos le preguntaron:
«¿Dónde está tu Padre?»
Jesús les contestó:
«Ni me conocen a mí ni conocen a mi Padre; si me conocieran a mí, conocerían también a mi Padre».
Jesús dijo esto cuando estaba enseñando en el templo, junto a las alcancías de las ofrendas. Sin embargo, nadie se atrevió a detenerlo, porque aún no había llegado su hora.




15 de Marzo

Lectura del libro de los Números
21, 4-9

Por aquellos días, los israelitas partieron de la montaña de Hor camino del mar Rojo, rodeando el territorio de Edom. En el camino, el pueblo comenzó a impacientarse y a murmurar contra el Señor y contra Moisés, diciendo:
«¿Por qué nos han sacado de Egipto para hacernos morir en este desierto? No hay pan ni agua y estamos ya hartos de este pan sin consistencia».
El Señor envió entonces contra el pueblo serpientes muy venenosas que los mordían. Murió mucha gente de Israel, y el pueblo fue a decir a Moisés:
«Hemos pecado al murmurar contra el Señor y contra ti. Pide al Señor que aleje de nosotros las serpientes».
Moisés intercedió por el pueblo, y el Señor le respondió:
«Fabrica una serpiente de bronce, ponla en un asta, y todos los que hayan sido mordidos y la miren quedarán curados».
Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso en un asta. Cuando alguno era mordido por una serpiente, miraba a la
serpiente de bronce y quedaba curado.


Lectura del Libro de los salmos
Sal 101, 2-3.16-18.19-21

Señor, atiende mi oración.

Señor, atiende mi oración, llegue hasta ti mi súplica; no me ocultes tu rostro cuando estoy angustiado, escúchame cuando te invoco, respóndeme en seguida.
Señor, atiende mi oración.

Los paganos honrarán tu nombre, Señor, y todos los reyes de la tierra te engrandecerán, porque tú, Señor, reconstruirás Sión y manifestarás así tu gloria, atenderás la súplica del desamparado y no rechazarás su oración.
Señor, atiende mi oración.

Que se escriba todo esto para las generaciones futuras, para que el pueblo que va a ser creado alabe al Señor; pues el Señor miró desde su alto templo, desde los cielos se fijó en la tierra, para atender los lamentos de los cautivos y liberar a los condenados a muerte.
Señor, atiende mi oración.
Lectura del santo Evangelio según san Juan
8, 21-30

En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos:
«Yo me voy. Me buscarán, pero morirán en su pecado. Ustedes no pueden venir adonde yo voy».
Los judíos comentaban entre sí:
«¿Pensará suicidarse y por eso dice: "Ustedes no pueden venir a donde yo voy?"»
Entonces Jesús declaró:
«Ustedes proceden de abajo; yo, en cambio, vengo de arriba. Ustedes pertenecen a este
mundo; yo no. Por eso les dije que morirían en sus pecados; porque si no creen que yo soy, morirán en sus pecados».
Los judíos le preguntaron:
«Pero, ¿quién eres tú?»
Jesús les respondió:
«Precisamente es lo que les estoy diciendo desde el principio. Tengo muchas cosas que decir y condenar de ustedes. Pero lo que yo digo al mundo es lo que oí al que me envió, y él dice la verdad».
Ellos, sin embargo, no cayeron en la cuenta de que les estaba hablando del Padre. Por eso Jesús añadió:
«Cuando levanten en alto al Hijo del hombre, entonces reconocerán que yo soy. Yo no hago nada por mi propia cuenta; solamente enseño lo que aprendí del Padre. El que me envió está conmigo y no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada».
Al oírle hablar así, muchos creyeron en él.




16 de Marzo

Lectura del libro del profeta Daniel
3, 14-20. 49-50. 91-92. 95

En aquellos días dijo el rey Nabucodonosor:
«¿Es cierto, Sidrak, Misak y Abdenagó, que no veneran a mis dioses ni adoran la estatua de oro que he mandado fabricar? ¿Están o no dispuestos, en cuanto oigan el sonido de la trompeta, de la mandolina, de la flauta, de la cítara, del arpa, de la lira, y demás instrumentos musicales, a postrarse y adorar la estatua que he mandado fabricar? Si no la adoran, serán arrojados inmediatamente a un horno de fuego ardiente, y ¿qué dios podrá librarlos de mi poder?»
Respondieron Sidrak, Misak y Abdenagó a Nabucodonosor, diciendo:
«Oh rey, no tenemos necesidad de responderte sobre este asunto. Si nuestro Dios, a quien damos culto, puede librarnos del horno de fuego ardiente y de tu poder, nos librará. Y aunque no lo hiciera, debes saber, oh rey, que no serviremos a tu dios ni nos postraremos ante la estatua de oro que has mandado fabricar».
Entonces Nabucodonosor, lleno de ira y visiblemente enfurecido contra Sidrak, Misak y Abdenagó, mandó que se encendiera el horno con una intensidad siete veces mayor de la acostumbrada, y ordenó a algunos de los hombres más vigorosos de su ejército que ataran a Sidrak, Misak y Abdenagó y los arrojaran al horno de fuego ardiente.
Pero el ángel del Señor bajó al horno junto a Azarías y sus compañeros, lanzó las llamas fuera del horno e hizo que en el horno soplara un viento fresco, de manera que el fuego no les causó daño ni molestia alguna; ni siquiera los tocó.
Entonces el rey Nabucodonosor se quedó totalmente sorprendido; se levantó de inmediato y dijo a sus ministros:
«¿No arrojamos nosotros al fuego a estos tres hombres bien atados?»
Ellos contestaron:
«Sí, oh rey».
El rey replicó:
«Pues yo veo cuatro hombres desatados que caminan en medio del fuego, sin sufrir daño, y el cuarto tiene el aspecto de un dios».
Nabucodonosor los hizo salir del horno y exclamó:
«Bendito sea el Dios de Sidrak, Misak y Abdenagó, que ha mandado a su ángel y ha salvado a sus siervos. Pusieron su confianza en él y, desobedeciendo la orden del rey, prefirieron arriesgar su vida antes de servir y adorar a otro dios fuera del suyo».


Lectura del Libro de los salmos
Dn 3, 52.53-54.55-56

Bendito seas, Señor, para siempre.

Bendito seas, Señor, Dios de nuestros antepasados, a ti gloria y alabanza por siempre. Bendito sea tu nombre santo y glorioso, a él gloria y alabanza por siempre.
Bendito seas, Señor, para siempre.

Bendito seas en el templo de tu santa gloria, a ti gloria y alabanza por siempre. Bendito seas en tu trono de rey, a ti gloria y alabanza por siempre.
Bendito seas, Señor, para siempre.

Bendito tú que penetras los abismos y estás sentado sobre querubines, a ti gloria y alabanza por siempre. Bendito seas en el firmamento del cielo, glorificado por siempre con cánticos.
Bendito seas, Señor, para siempre.
Lectura del santo Evangelio según san Juan
8, 31-42

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos que habían creído en él:
«Si permanecen fieles a mi palabra, ustedes serán verdaderamente mis discípulos; así conocerán la verdad y la verdad los hará libres».
Ellos le respondieron:
«Somos descendientes de Abrahán; nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Qué significa eso de que seremos libres?»
Jesús les contestó:
«Yo les aseguro que todo el que comete pecado es esclavo del pecado. Pero el esclavo no permanece para siempre en la casa, mientras que el hijo sí. Por eso, si el Hijo les da la libertad, serán verdaderamente libres. Ya sé que son descendientes de Abrahán. Sin embargo, quieren matarme, porque no aceptan mi enseñanza. Yo hablo de lo que he visto hacer a mi Padre; sus acciones, en cambio, ponen de manifiesto lo que han oído a su padre».
Ellos le dijeron:
«Nuestro padre es Abrahán».
Jesús contestó:
«Si fueran de verdad hijos de Abrahán, harían lo que él hizo. Ustedes quieren matarme a mí, que les he dicho la verdad que aprendí de Dios mismo. Abrahán no hizo nada semejante. Ustedes hacen las obras de su padre».
Le respondieron:
«Nosotros no somos hijos ilegítimos. Dios es nuestro único padre».
Jesús les dijo entonces:
«Si Dios fuera su Padre, me amarían, porque yo salí de Dios y he venido de parte suya. No he venido por mi propia cuenta, sino que Dios me envió».




17 de Marzo

Lectura del libro del Génesis
17, 3-9

En aquellos días, Abrán cayó de bruces y Dios le dijo:
«Esta es la alianza que hago contigo: tú llegarás a ser padre de una muchedumbre de pueblos. No te llamarás ya Abrán, sino que tu nombre será Abrahán, porque yo te hago padre de una muchedumbre de pueblos. Te haré inmensamente fecundo; de ti surgirán naciones; y reyes saldrán de ti. Establezco mi alianza contigo y tus descendientes después de ti por siempre, como alianza perpetua. Les daré a ti y a tus descendientes, la tierra en la que ahora peregrinas, toda la tierra de Canaán, en posesión perpetua; y yo seré el Dios de tus descendientes».
Y el Señor añadió:
«Guardarás mi alianza tú y tus descendientes de generación en generación».


Lectura del Libro de los salmos
Sal 104, 4-5.6-7.8-9

El Señor nunca olvida sus promesas.

Recurran al Señor y a su poder, busquen su rostro sin descanso. Recuerden las maravillas que hizo, sus portentos y sus justas decisiones.
El Señor nunca olvida sus promesas

Descendencia de Abrahán, su siervo, hijos de Jacob, su elegido: el Señor es nuestro Dios, en toda la tierra están en vigor sus decretos.
El Señor nunca olvida sus promesas.

Él se acuerda de su alianza eternamente, de la palabra que ha dado por mil generaciones; del pacto concluido con Abrahán, y del juramento que hizo a Isaac.
El Señor nunca olvida sus promesas.
Lectura del santo Evangelio según san Juan
8, 51-59

En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos:
«Yo les aseguro que el que pone en práctica mi palabra, no morirá nunca».
Al oír esto, los judíos le dijeron:
«Ahora nos convencemos plenamente de que estás endemoniado. Tanto Abrahán como los profetas murieron, y ahora tú dices: El que pone en práctica mi palabra no experimentará la muerte para siempre. ¿Acaso eres tú más importante que nuestro padre Abrahán? Tanto él como los profetas murieron, ¿por quién nos tienes?»
Jesús respondió:
«Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría; es mi Padre quien me glorifica, el mismo del que ustedes dicen: "Es nuestro Dios". En realidad no lo conocen; yo, en cambio, sí lo conozco. Y si dijera que no lo conozco, sería tan mentiroso como ustedes. Pero yo lo conozco de veras y pongo en práctica sus palabras. Abrahán, su padre, se alegró sólo con el pensamiento de que iba a ver mi día; lo vio y se llenó de alegría».
Entonces los judíos le dijeron:
«¿De modo que tú, que aún no tienes cincuenta años, has visto a Abrahán?»
Jesús les respondió:
«Les aseguro que antes que Abrahán naciera, yo soy».
Entonces los judíos tomaron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo.




18 de Marzo

Lectura del libro del profeta Jeremías
20, 10-13

En aquel tiempo oía el cuchicheo de la gente:
«¡Terror por todas partes!
¡Denúncienlo, vamos a denunciarlo!»
Todos mis familiares espiaban mi traspié:
«Quizá lo podamos engañar, lo vencemos y nos desquitamos de él».
Pero el Señor está conmigo como un guerrero poderoso; mis perseguidores caerán y no me vencerán, quedarán avergonzados por su fracaso, sufrirán una humillación eterna e inolvidable.
¡Oh Señor todopoderoso, que examinas al justo, que ves el interior del hombre y sus intenciones, haz que yo vea cómo te vengas de ellos, porque a ti he confiado mi causa! Canten al Señor, alaben al Señor, que libró al pobre del poder de los perversos.


Lectura del Libro de los salmos
Sal 17, 2-3a.3bc-4.5-6.7

El Señor salva a los humildes.

Yo te amo, Señor, mi fuerza. El Señor es mi roca, mi defensa y el que me libra.
El Señor salva a los humildes.

Mi Dios, la peña en que me refugio y mi escudo, mi fuerza salvadora y mi fortaleza. Invoco al Señor, digno de alabanza, y él me salva de mis enemigos.
El Señor salva a los humildes.

Los lazos de la muerte me envolvían, me asustaban torrentes destructores; los lazos del abismo me apresaban, la muerte me tenía entre sus redes.
El Señor salva a los humildes.

En mi angustia clamé al Señor, grité a mi Dios pidiendo auxilio. Él escuchó mi voz desde su templo, mi grito llegó hasta sus oídos.
El Señor salva a los humildes.
Lectura del santo Evangelio según san Juan
10, 31-42

En aquel tiempo, los judíos volvieron a tomar piedras para tirárselas. Jesús les dijo:
«He hecho ante ustedes muchas obras buenas por encargo del Padre. ¿Por cuál de ellas quieren apedrearme?»
Le contestaron los judíos:
«No es por ninguna obra buena que queremos apedrearte, sino por haber blasfemado. Pues tú, siendo hombre, te haces Dios».
Jesús les respondió:
«¿No está escrito en su ley: Yo les digo: ustedes son dioses? Pues, si la ley llama dioses a aquellos a quienes fue dirigida la, y lo que dice la Escritura no puede ponerse en duda, entonces, ¿con qué derecho me acusan de blasfemia sólo por haber dicho: "yo soy Hijo de Dios", a mí, a quien el Padre consagró y envió al mundo? Si no hago las obras de mi Padre, no me crean, pero si las realizo, acepten el testimonio de las mismas aunque no quieran creer en mí. De este modo reconocerán que el Padre está en mí y yo en el Padre».
Así pues, intentaron de nuevo detener a Jesús, pero él se les escapó de entre las manos.
Jesús se fue de nuevo a la otra orilla del Jordán, al lugar donde anteriormente había estado bautizando Juan, y se quedó allí. Acudía a él mucha gente, que decía:
«Es cierto que Juan no hizo ningún signo, pero todo lo que dijo de éste era verdad».
Y en aquella región muchos creyeron en él.




19 de Marzo

Lectura del segundo libro de Samuel
7, 4-5a.12-14a.16

En aquellos días, el Señor dirigió esta palabra a Natán:
«Ve a decir a mi siervo David: Cuando hayas llegado al final de tu vida y descanses con tus antepasados, mantendré después de ti un descendiente salido de tus entrañas y consolidaré su reino. Él edificará un templo en mi honor y yo mantendré para siempre su realeza. Seré para él un padre y él será para mí un hijo. Tu dinastía y tu realeza subsistirán para siempre ante mí, y tu trono durará por siempre».


Lectura del Libro de los salmos
Sal 88, 2-3.4-5.17 y 29

Su descendencia perdurará eternamente.

Cantaré eternamente el amor del Señor, anunciaré por siempre tu fidelidad. Proclamaré: «Tu amor es un edificio eterno, tu fidelidad está firme en los cielos».
Su descendencia perdurará eternamente.

He sellado una alianza con mi elegido, he jurado a mi siervo David: «Afirmaré tu descendencia para siempre, consolidaré tu trono por todas las edades».
Su descendencia perdurará eternamente.

Él me dirá: «Tú eres mi Padre, mi Dios, la roca que me salva». Mi amor hacia él será eterno, y mi alianza con él, firme.
Su descendencia perdurará eternamente.


Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos
4, 13.16-18. 22

Hermanos: Cuando Dios prometió a Abrahán y a su descendencia que heredarían el mundo, no vinculó la promesa a la ley, sino a la fuerza salvadora de la fe. Por eso la herencia depende de la fe, es puro don, de modo que la promesa se mantenga segura para toda la descendencia de Abrahán, que no es sólo la que procede de la ley, sino también la que procede de la fe de Abrahán, que es padre de todos nosotros. Así dice la Escritura: Te hago padre de muchos pueblos; y lo es ante Dios en quien creyó, el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia a las cosas que no existen.
Abrahán creyó contra toda esperanza que sería padre de muchos pueblos, según le había sido prometido: Así será tu descendencia. Lo cual le fue tenido en cuenta para obtener la salvación.


Lectura del santo Evangelio según san Mateo
1, 16.18-21.24a

El nacimiento de Jesús fue así: su madre María estaba prometida a José y, antes de vivir juntos, resultó que esperaba un hijo por la acción del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió separarse de ella en secreto. Después de tomar esta decisión, el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:
«José, hijo de David, no temas aceptar a María como tu esposa, pues el hijo que espera viene del Espíritu Santo. Dará a luz un Hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados».
Cuando José se despertó hizo lo que el ángel del Señor le había mandado.




20 de Marzo

Lectura del libro del profeta Isaías
50, 4-7

En aquel entonces, dijo Isaías:
«El Señor me ha dado una lengua experta, para que pueda confortar al abatido con palabras de aliento. Mañana tras mañana, el Señor despierta mi oído, para que escuche yo, como discípulo. El Señor Dios me ha hecho oír sus palabras y yo no he opuesto resistencia ni me he echado para atrás.
Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban de la barba. No aparté mi rostro de los insultos y salivazos.
Pero el Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido, por eso endureció mi rostro como roca y sé que no quedaré avergonzado».


Lectura del Libro de los salmos
Del Salmo 21

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Al verme se burlan de mí, hacen muecas, mueven la cabeza: «Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre si tanto lo quiere».
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Me acorrala una jauría de perros, me rodea una banda de malhechores; me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos.
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré. Fieles del Señor, alábenlo; linaje de Jacob, glorifíquenlo; témanlo, linaje de Israel.
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado


Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses
2, 6-11

Hermanos: Cristo, siendo Dios, no consideró que debía aferrarse a las prerrogativas de su condición divina, sino que, por el contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres. Así, hecho uno de ellos, se humilló a sí mismo y por obediencia aceptó incluso la muerte, y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre, para que, al nombre de Jesús, todos doblen la rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y todos reconozcan públicamente que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.


Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo
26, 14-75; 27, 1-54

A. En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo:
B. «¿Cuánto me dan si les entregó a Jesús?»
A. Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselo.
El primer día de la fiesta de los panes Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron:
B. «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?»
A. Él respondió:
†. «Vayan a la ciudad, a casa de fulano y díganle: "El Maestro dice: Mi hora está ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa"".
A. Ellos hicieron lo que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de Pascua.
Al atardecer, se sentó a la mesa con los Doce, y mientras cenaban, les dijo:
†. «Yo les aseguro que uno de ustedes va a entregarme».
A. Ellos se pusieron muy tristes y comenzaron a preguntarle uno por uno:
B. «¿Acaso soy yo, Señor?»
A. Él respondió:
†. «El que moja su pan en el mismo plato que yo, ése va a entregarme. Porque el Hijo del hombre va a morir, como está escrito de él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre va a ser entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido».
A. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
B. «¿Acaso soy yo, Maestro?»
A. Jesús le respondió:
†. «Tú lo has dicho».
A. Durante la cena, Jesús tomó un pan, y pronunciada la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
†. «Tomen y coman. Este es mi Cuerpo».
A. Luego tomó en sus manos una copa de vino, y pronunciada la acción de gracias, la pasó a sus discípulos, diciendo:
†. «Beban todos de ella, porque ésta es mi Sangre, Sangre de la nueva alianza, que será derramada por todos, para el perdón de los pecados. Les digo que ya no beberé más del fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre».
A. Después de haber cantado el himno, salieron hacia el monte de los Olivos. Entonces Jesús les dijo:
†. «Todos ustedes se van a escandalizar de mí esta noche, porque está escrito: "Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño". Pero después de que yo resucite, iré delante de ustedes a Galilea».
A. Entonces Pedro le replicó:
B. «Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré».
A. Jesús le dijo:
†. «Yo te aseguro que esta misma noche, antes de que el gallo cante, me habrás negado tres veces».
A. Pedro le replicó:
B. «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».
A. Y lo mismo dijeron todos los discípulos.
Entonces Jesús fue con ellos a un lugar llamado Getsemaní y dijo a los discípulos:
†. «Quédense aquí mientras yo voy a orar más allá».
A. Se llevó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y comenzó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo:
†. «Mi alma está llena de una tristeza mortal. Quédense aquí y velen conmigo».
A. Avanzó unos pasos más, se postró rostro en tierra y comenzó a orar, diciendo:
†. «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero que no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».
A. Volvió entonces a donde estaban los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:
†. «¿No han podido velar conmigo ni una hora? Velen y oren, para no caer en la tentación, porque el espíritu está pronto, pero la carne es débil».
A. Y alejándose de nuevo, se puso a orar, diciendo:
†. «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».
A. Después volvió y encontró a sus discípulos otra vez dormidos, porque tenían los ojos cargados de sueño. Los dejó y se fue a orar de nuevo, por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Después de esto, volvió a donde estaban los discípulos y les dijo:
†. «Duerman ya y descansen. He aquí que llega la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense! ¡Vamos! Ya está aquí el que me va a entregar».
A. Todavía estaba hablando Jesús, cuando llegó Judas, uno de los Doce, seguido de una chusma numerosa con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El que lo iba a entregar les había dado esta señal:
B. «Aquel a quien yo le dé un beso, ése es. Aprehéndanlo».
A. Al instante se acercó a Jesús y le dijo:
B. «¡Buenas noches, Maestro!»
A. Y lo besó. Jesús le dijo:
†. «Amigo, ¿es esto a lo que has venido?»
A. Entonces se acercaron a Jesús, le echaron mano y lo apresaron.
Uno de los que estaban con Jesús, sacó la espada, hirió a un criado del sumo sacerdote y le cortó una oreja. Le dijo entonces Jesús:
†. «Vuelve la espada a su lugar, pues quien usa la espada, a espada morirá. ¿No crees que si yo se lo pidiera a mi Padre, él pondría ahora mismo a mi disposición más de doce legiones de ángeles? Pero, ¿cómo se cumplirían entonces las Escrituras, que dicen que así debe suceder?»
A. Enseguida dijo Jesús a aquella chusma:
†. «¿Han salido ustedes a apresarme como a un bandido, con espadas y palos? Todos los días yo enseñaba, sentado en el templo, y no me aprehendieron. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las predicciones de los profetas».
A. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Los que aprehendieron a Jesús lo llevaron a la casa del sumo sacerdote Caifás, donde los escribas y los ancianos estaban reunidos. Pedro los fue siguiendo de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote. Entró y se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello.
Los sumos sacerdotes y todo el sanedrín andaban buscando un falso testimonio contra Jesús, con ánimo de darle muerte; pero no lo encontraron, aunque se presentaron muchos testigos falsos. Al fin llegaron dos, que dijeron:
B. «Este dijo: "Puedo derribar el templo de Dios y reconstruirlo en tres días"».
A. Entonces el sumo sacerdote se levantó y le dijo:
B. «¿No respondes nada a lo que éstos atestiguan en contra tuya?»
A. Como Jesús callaba, el sumo sacerdote le dijo:
B. «Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».
A. Jesús le respondió:
†. «Tú lo has dicho. Además, yo les declaro que pronto verán al Hijo del hombre, sentado a la derecha de Dios, venir sobre las nubes del cielo».
A. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras y exclamó:
B. «¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes mismos han oído la blasfemia. ¿Qué les parece?»
A. Ellos respondieron:
B. «Es reo de muerte».
A. Luego comenzaron a escupirle en la cara y a darle de bofetadas. Otros lo golpeaban, diciendo:
B. «Adivina quién es el que te ha pegado».
A. Entretanto, Pedro estaba fuera, sentado en el patio. Una criada se le acercó y le dijo:
B. «Tú también estabas con Jesús, el galileo».
A. Pero él lo negó ante todos, diciendo:
B. «No sé de qué me estás hablando».
A. Ya se iba hacia el zaguán, cuando lo vio otra criada y dijo a los que estaban allí:
B. «También ése andaba con Jesús, el nazareno».
A. El de nuevo lo negó con juramento:
B. «No conozco a ese hombre».
A. Poco después se acercaron a Pedro los que estaban allí y le dijeron:
B. «No cabe duda de que tú también eres de ellos, pues hasta tu modo de hablar te delata».
A. Entonces él comenzó a echar maldiciones y a jurar que no conocía a aquel hombre. Y en aquel momento cantó el gallo. Entonces se acordó Pedro de que Jesús había dicho: "Antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces". Y saliendo de allí se soltó a llorar amargamente.
Llegada la mañana, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo celebraron consejo contra Jesús para darle muerte. Después de atarlo, lo llevaron ante el procurador, Poncio Pilato, y se lo entregaron.
Entonces Judas, el que lo había entregado, viendo que Jesús había sido condenado a muerte, devolvió arrepentido las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo:
B. «Pequé, entregando la sangre de un inocente».
A. Ellos dijeron:
B. «¿Y a nosotros qué nos importa? Allá tú».
A. Entonces Judas arrojó las monedas de plata en el templo, se fue y se ahorcó.
Los sumos sacerdotes tomaron las monedas de plata y dijeron:
B. «No es lícito juntarlas con el dinero de las limosnas, porque son precio de sangre».
A. Después de deliberar, compraron con ellas el Campo del alfarero, para sepultar allí a los extranjeros. Por eso aquel campo se llama hasta el día de hoy "Campo de sangre". Así se cumplió lo que dijo el profeta Jeremías: "Tomaron las treinta monedas de plata en que fue tasado aquel a quien pusieron precio algunos hijos de Israel, y las dieron por el Campo del alfarero, según lo que me ordenó el Señor".
Jesús compareció ante el procurador, Poncio Pilato, quien le preguntó:
B. «¿Eres tú el rey de los judíos?»
A. Jesús respondió:
†. «Tú lo has dicho».
A. Pero nada respondió a las acusaciones que le hacían los sumos sacerdotes y los ancianos. Entonces le dijo Pilato:
B. «¿No oyes todo lo que dicen contra ti?»
A. Pero él nada respondió, hasta el punto de que el procurador se quedó muy extrañado. Con ocasión de la fiesta de la Pascua, el procurador solía conceder a la multitud la libertad del preso que quisieran. Tenían entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Dijo, pues, Pilato a los allí reunidos:
B. «¿A quién quieren que les deje en libertad: a Barrabás o a Jesús, que se dice el Mesías?»
A. Pilato sabía que se lo habían entregado por envidia.
Estando él sentado en el tribunal, su mujer mandó decirle:
B. «No te metas con ese hombre justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa».
A. Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la muchedumbre de que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Así, cuando el procurador les preguntó:
B. «¿A cuál de los dos quieren que les suelte?».
A. Ellos respondieron:
B. «A Barrabás».
A. Pilato les dijo:
B. «¿Y qué voy a hacer con Jesús, que se dice el Mesías?»
A. Respondieron todos:
B. «Crucifícalo».
A. Pilato preguntó:
B. «Pero, ¿qué mal ha hecho?»
A. Mas ellos seguían gritando cada vez con más fuerza:
B. «¡Crucifícalo!»
A. Entonces Pilato, viendo que nada conseguía y que crecía el tumulto, pidió agua y se lavó las manos ante el pueblo, diciendo:
B. «Yo no me hago responsable de la muerte de este hombre justo. Allá ustedes».
A. Todo el pueblo respondió:
B. «¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!»
A. Entonces Pilato puso en libertad a Barrabás. En cambio a Jesús lo hizo azotar y lo entregó para que lo crucificaran.
Los soldados del procurador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a todo el batallón. Lo desnudaron, le echaron encima un manto de púrpura, trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza; le pusieron una caña en su mano derecha, y arrodillándose ante él, se burlaban diciendo:
B. «¡Viva el rey de los judíos!»
A. Y le escupían. Luego, quitándole la caña, lo golpeaban con ella en la cabeza. Después de que se burlaron de él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y lo llevaron a crucificar. Juntamente con él crucificaron a dos ladrones.
Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Al llegar a un lugar llamado Gólgota, es decir, "Lugar de la Calavera", le dieron a beber a Jesús vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no lo quiso beber. Los que lo crucificaron se repartieron sus vestidos, echando suertes, y se quedaron sentados allí para custodiarlo. Sobre su cabeza pusieron por escrito la causa de su condena: "Este es Jesús, el rey de los judíos". Juntamente con él, crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Los que pasaban por allí lo insultaban moviendo la cabeza y gritándole:
B. «Tú, que destruyes el templo y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz».
A. También se burlaban de él los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, diciendo:
B. «Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo. Si es el rey de Israel, que baje de la cruz y creeremos en él. Ha puesto su confianza en Dios, que Dios lo salve ahora, si es que de verdad lo ama, pues él ha dicho: "Soy el Hijo de Dios"».
A. Hasta los ladrones que estaban crucificados a su lado lo injuriaban.
Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, se oscureció toda aquella tierra. Y alrededor de las tres, Jesús exclamó con fuerte voz:
†«Elí, Elí, ¿ lemá sabactaní?»
A. Que quiere decir:
†. «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
A. Algunos de los presentes, al oírlo, decían:
B. «Está llamando a Elías».
A. Enseguida uno de ellos fue corriendo a tomar una esponja, la empapó en vinagre y sujetándola a una caña, le ofreció de beber. Pero los otros le dijeron:
B.«Déjalo. Vamos a ver si viene Elías a salvarlo».
A. Entonces Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, expiró.

Aquí todos se arrodillan y guardan silencio por unos instantes.

A. Entonces el velo del templo se rasgó en dos partes, de arriba a abajo, la tierra tembló y las rocas se partieron. Se abrieron los sepulcros y resucitaron muchos justos que habían muerto, y después de la resurrección de Jesús, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a mucha gente. Por su parte, el oficial y los que estaban con él custodiando a Jesús, al ver el terremoto y las cosas que ocurrían, se llenaron de un gran temor y dijeron:
B. «Verdaderamente éste era Hijo de Dios».
A. Estaban también allí, mirando desde lejos, muchas de las mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo.
Al atardecer, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que se había hecho también discípulo de Jesús. Se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús, y Pilato dio orden de que se lo entregaran. José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo, que había hecho excavar en la roca para sí mismo. Hizo rodar una gran piedra hasta la entrada del sepulcro y se retiró. Estaban allí María Magdalena y la otra María, sentadas frente al sepulcro.
Al otro día, el siguiente de la preparación de la Pascua, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron ante Pilato y le dijeron:
B. «Señor, nos hemos acordado de que ese impostor, estando aún en vida, dijo: "A los tres días resucitaré". Manda, pues, asegurar el sepulcro hasta el tercer día; no sea que vengan sus discípulos, lo roben y digan luego al pueblo: "Resucitó de entre los muertos", porque esta última impostura sería peor que la primera».
A. Pilato les dijo:
B. «Tomen un pelotón de soldados, vayan y aseguren el sepulcro como ustedes quieran».
A. Ellos fueron y aseguraron el sepulcro, poniendo un sello sobre la puerta y dejaron allí la guardia.
Hasta aquí la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, según san Mateo.




21 de Marzo

Lectura del libro del profeta Isaías
42, 1-7

Este es mi siervo a quien sostengo, mi elegido en quien me complazco. He puesto sobre él mi espíritu, para que manifieste el derecho a las naciones. No gritará, no voceará ni clamará por las calles; no romperá la caña resquebrajada, ni apagará la mecha que apenas arde.
Manifestará firmemente el derecho, y no se debilitará ni se cansará hasta implantarlo en la tierra. Los pueblos lejanos anhelan su enseñanza.
Así dice el Señor Dios, que creó y desplegó el cielo, que extendió la tierra y su vegetación, que concede vida a sus habitantes, y aliento a los que se mueven en ella: Yo, el Señor, te llamé según mi plan salvador; te tomé de la mano, te formé y te hice mediador del pueblo y luz de las naciones, para abrir los ojos a los ciegos, para sacar prisioneros de la cárcel, y del calabozo a los que viven en tinieblas.


Lectura del Libro de los salmos
Sal 26, 1.2.3.13-14

El Se&nti