Noviembre
16 de noviembre
Lectura del libro del profeta Daniel
12, 1-3
En aquel
tiempo surgirá Miguel, el gran príncipe, protector de
tu pueblo. Será un tiempo de angustia como no hubo otro desde
que existen las naciones. Cuando llegue ese momento, todos los hijos
de tu pueblo que estén escritos en el libro se salvarán.
Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra despertarán:
unos para la vida eterna, otros para la vergüenza, para el
castigo eterno. Los sabios brillarán como el esplendor del
firmamento; y los que guiaron a muchos por el buen camino,
resplandecerán como las estrellas por toda la
eternidad.
Lectura del Libro de los Salmos
Sal
15, 5-8.9-10.11
Enséñanos, Señor, el
camino de la vida.
Señor, tú eres mi alegría
y mi herencia, mi destino está en tus manos. Tengo siempre
presente al Señor, con él a mi derecha jamás
fracasaré.
Enséñanos, Señor, el camino
de la vida.
Por eso se me alegra el corazón, hacen
fiesta mis entrañas, y todo mi ser descansa tranquilo; porque
no me abandonarás en el abismo, ni dejarás a tu fiel
experimentar la corrupción.
Enséñanos, Señor,
el camino de la vida.
Me enseñarás la senda de
la vida, me llenarás de alegría en tu presencia, de
felicidad eterna a tu derecha.
Enséñanos, Señor,
el camino de la vida.
Lectura de la carta a los Hebreos
10,
11-14.18
Hermanos: Cualquier otro sacerdote se presenta cada
día para celebrar el culto y ofrecer continuamente los mismos
sacrificios que nunca pueden quitar los pecados.
Cristo, por el
contrario, no ofreció más que un sacrificio por el
pecado y se sentó para siempre a la derecha de Dios.
Únicamente espera que Dios ponga a sus enemigos como estrado
de sus pies. Con ésta única ofrenda ha hecho perfectos
de una vez para siempre a quienes han sido consagrados a Dios.
Ahora
bien, cuando los pecados han sido perdonados, ya no hay necesidad de
ofrenda por el pecado.
17 de noviembre
Lectura del primer libro de los Macabeos.
1,
10-15.41-43.54-57,62-64
En aquellos días brotó
un renuevo pecador, Antíoco Epifanes, hijo del rey Antíoco,
que estuvo como rehén en Roma. Subió al trono el año
ciento treinta y siete del imperio de los griegos. Por entonces hubo
unos israelitas sin conciencia que convencieron a muchos: -Vamos a
hacer un pacto con las naciones vecinas, pues desde que nos hemos
aislado nos han venido muchas desgracias. Gustó la propuesta,
y algunos del pueblo se decidieron a ir al rey. El rey los autorizó
a adoptar la legislación gentil; y entonces, acomodándose
a las costumbres de los gentiles, construyeron en Jerusalén un
gimnasio, disimularon la circuncisión, apostataron de la
alianza santa, se juntaron a los gentiles y se vendieron para hacer
el mal.
El rey decretó la unidad nacional para todos sus
súbditos, obligando a todos a abandonar su legislación
particular. Todas las naciones acataron la orden del rey e incluso
muchos israelitas adoptaron la religión oficial: ofrecieron
sacrificios a los ídolos y profanaron el sábado. El día
quince de diciembre del año ciento cuarenta y cinco, el rey
Antíoco mandó poner sobre el altar un ara sacrílega;
y fueron poniendo aras por todas las poblaciones judías del
contorno. Quemaban incienso ante las puertas de las casas y en las
plazas. Los libros de la Ley que encontraban los rasgaban y los
echaban al fuego; al que le encontraban en casa un libro de la
alianza y al que vivía de acuerdo con la Ley, lo ajusticiaban
según el decreto real.
Pero hubo muchos israelitas que
resistieron, haciendo el firme propósito de no comer alimentos
impuros. Prefirieron la muerte antes que contaminarse con aquellos
alimentos y profanar la alianza santa. Una cólera terrible se
abatió sobre Israel.
Lectura del Libro de los Salmos
Del Salmo 118
Dichoso
el que cumple la voluntad del Señor.
Dichoso el hombre
de conducta intachable, que cumple la ley del Señor. Dichoso
el que es fiel a sus enseñanzas y lo busca de todo
corazón.
Dichoso el que cumple la voluntad del Señor.
Tú,
Señor, has dado tus preceptos para que se observen
exactamente. Ojalá que mis pasos se encaminen al cumplimiento
de tus mandamientos.
Dichoso el que cumple la voluntad del
Señor.
Favorece a tu siervo para que viva y observe tus
palabras. Ábreme los ojos para ver las maravillas de tu
voluntad.
Dichoso el que cumple la voluntad del Señor.
Muéstrame,
Señor, el camino de tus leyes y yo lo seguiré con
cuidado. Enséñame a cumplir tu voluntad y a guardarla
de todo corazón.
Dichoso el que cumple la voluntad del
Señor.
Lectura del santo Evangelio según
san Lucas
18, 35-43
En aquel tiempo, cuando Jesús se
acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado a un lado del
camino, pidiendo limosna. Al oír que pasaba gente, preguntó
qué era aquello. Le explicaron que era Jesús el
Nazareno, que iba de camino. Entonces él comenzó a
gritar:
«¡Jesús, hijo de David, ten compasión
de mí!»
Los que iban delante lo regañaban
para que se callara, pero él se puso a gritar más
fuerte:
«¡Hijo de David, ten compasión de
mí!»
Entonces Jesús se detuvo y mandó
que se lo trajeran.
Cuando estuvo cerca, le preguntó:
«¿Qué quieres que haga por ti?»
Él
le contestó:
«Señor, que vea».
Jesús
le dijo:
«Recobra la vista; tu fe te ha curado».
Enseguida
el ciego recobró la vista y lo siguió, bendiciendo a
Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios
18 de noviembre
Lectura del segundo libro de los Macabeos 6, 18-31
Había
un hombre llamado Eleazar, de edad avanzada y aspecto muy digno. Era
uno de los principales maestros de la ley. Querían obligarlo a
comer carne de cerdo y para ello le abrían a la fuerza la
boca. Pero él, prefiriendo una muerte honrosa a una vida de
infamia, escupió la carne y avanzó voluntariamente
hacia el suplicio, como deben hacer los que son constantes en
rechazar manjares prohibidos, aun a costa de la vida.
Los que
presidían aquel sacrificio pagano, en atención a la
antigua amistad que los unía con Eleazar, lo llevaron aparte y
le propusieron que mandara traer carne permitida y que la comiera,
simulando que comía la carne del sacrificio ordenada por el
rey. Así se podría librar de la muerte y encontrar
benevolencia, por la antigua amistad que los unía.
Pero
Eleazar, adoptando una actitud cortés, digna de sus años
y de su noble ancianidad, de sus canas honradas e ilustres, de su
conducta intachable desde niño y, sobre todo, digna de la ley
santa, dada por Dios, respondió enseguida:
«Envíenme
al sepulcro, pues no es digno de mi edad ese engaño. Van a
creer los jóvenes que Eleazar, a los noventa años, se
ha pasado al paganismo, y si, por miedo a perder el poco tiempo de
vida que me queda, finjo apartarme de la ley, se van a extraviar con
mi mal ejemplo. Eso sería manchar y deshonrar mi vejez. Y
aunque por el momento me librara del castigo de los hombres, ni vivo
ni muerto me libraría de la mano del Omnipotente. En cambio,
si muero ahora como un valiente, me mostraré digno de mis
años, y dejaré a los jóvenes un gran ejemplo,
para que aprendan a arrastrar voluntariamente una muerte noble por
amor a nuestra santa y venerable ley».
Dicho esto, se fue
enseguida hacia el suplicio. Los que lo conducían,
considerando arrogantes las palabras que acababa de pronunciar,
cambiaron en dureza su actitud benévola.
Cuando Eleazar
estaba a punto de morir a causa de los golpes, dijo entre suspiros:
«Tú, Señor, que todo lo conoces, bien sabes
que pude librarme de la muerte; pero, por respeto a Ti, sufro con
paciencia y con gusto crueles dolores en mi cuerpo y en mi alma».
De
esta manera, Eleazar terminó su vida y dejó no sólo
a los jóvenes, sino a toda la nación, un ejemplo
memorable de virtud y heroísmo.
Lectura del Libro
de los Salmos
Del salmo 3
El Señor es mi
defensa.
Mira, Señor, cuántos contrarios tengo y
cuántos contra mí se han levantado; cuántos
dicen de mí: «Ni Dios podrá salvarlo».
El
Señor es mi defensa.
Mas Tú, Señor, eres
mi escudo, mi gloria y mi victoria; desde tu monte santo me respondes
cuando mi voz te invoca.
El Señor es mi defensa.
En
paz me acuesto, duermo y me despierto, porque el Señor es mi
defensa. No temeré a la enorme muchedumbre que se acerca y me
acecha.
El Señor es mi defensa.
Lectura
del Santo Evangelio según san Lucas 19, 1-10
En aquel
tiempo, Jesús entró en Jericó y al ir
atravesando la ciudad, sucedió que un hombre llamado Zaqueo
era de baja estatura. Entonces corrió y subió a un
árbol para verlo cuando pasara por ahí. Al llegar a ese
lugar, Jesús levantó los ojos y le dijo: “Zaqueo,
bájate pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa”.
Él
bajó enseguida y lo recibió muy contento. Al ver esto,
comenzaron todos a murmurar diciendo: “Ha entrado a hospedarse
a la casa de un pecador”.
Zaqueo poniéndose de pie,
dijo a Jesús, “Mira, Señor, voy a dar a los
pobres la mitad de mis bienes, si he defraudado a alguien le
restituiré cuatro veces más”. Jesús le
dijo: “Hoy a llegado la salvación de esta casa, porque
también es el hijo de Abraham, y el Hijo del hombre ha venido
a buscar y a salvar lo que se les había perdido”
19 de noviembre
Lectura del segundo libro de los Macabeos
7, 1. 20-31
En
aquellos días, arrestaron a siete hermanos junto con su madre.
El rey Antíoco Epifanes los hizo azotar para obligarlos a
comer carne de cerdo, prohibida por la ley.
Muy digna de
admiración y de glorioso recuerdo fue aquella madre que,
viendo morir a sus siete hijos en el espacio de un solo día,
lo soportó con entereza, porque tenía puesta su
esperanza en el Señor. Llena de generosos sentimientos y
uniendo un temple viril a la ternura femenina, animaba a cada uno de
ellos en su lengua materna, diciéndoles:
«Yo no sé
cómo han aparecido ustedes en mi seno; no he sido yo quien les
ha dado el aliento y la vida, ni he unido yo los miembros que
componen su cuerpo. Ha sido Dios, creador del mundo, el mismo que
formó el género humano e hizo cuanto existe. Por su
misericordia, él les dará de nuevo el aliento y la
vida, ya que por obedecer sus santas leyes, ustedes la sacrifican
ahora».
Antíoco pensó que la mujer lo estaba
despreciando e insultando.
Aún quedaba con vida el más
pequeño de los hermanos y Antíoco trataba de ganárselo,
no sólo con palabras, sino hasta con juramentos le prometía
hacerlo rico y feliz, con tal de que renegara de las tradiciones de
sus padres; lo haría su amigo y le daría un cargo.
Pero
como el muchacho no le hacía el menor caso, el rey mandó
llamar a la madre y le pidió que convenciera a su hijo de que
aceptara, por su propio bien. El rey se lo pidió varias veces,
y la madre aceptó. Se acercó entonces a su hijo y,
burlándose del cruel tirano, le dijo en su lengua materna:
«Hijo mío, ten compasión de mí, que te
llevé en mi seno nueve meses, que te amamanté tres años
y te he criado y educado hasta la edad que tienes. Te ruego, hijo
mío, que mires el cielo y la tierra, y te fijes en todo lo que
hay en ellos; así sabrás que Dios lo ha hecho todo de
la nada y que en la misma forma ha hecho a los hombres. Así,
pues, no le tengas miedo al verdugo, sigue el buen ejemplo de tus
hermanos y acepta la muerte, para que, por la misericordia de Dios,
te vuelva yo a encontrar con ellos».
Cuando la madre terminó
de hablar, el muchacho dijo a los verdugos:
«¿Qué
esperan? No voy a obedecer la orden del rey; yo obedezco los
mandamientos de la ley dada a nuestros padres por medio de Moisés.
Y tú, rey, que eres el causante de tantas desgracias para los
hebreos, no escaparás de las manos de Dios».
Lectura
del Libro de los Salmos
Del salmo 16
Escóndeme,
Señor, bajo la sombra de tus alas.
Señor, hazme
justicia y a mi clamor atiende; presta oído a mi súplica,
pues mis labios no mienten.
Escóndeme, Señor, bajo
la sombra de tus alas.
Mis pies en tus caminos se mantuvieron
firmes, no tembló mi pisada. A ti mi voz elevo, pues sé
que me respondes. Atiéndeme, Dios mío, y escucha mis
palabras.
Escóndeme, Señor, bajo la sombra de tus
alas.
Protégeme, Señor, como a las niñas
de tus ojos; bajo la sombra de tus alas escóndeme, pues yo,
por serte fiel, contemplaré tu rostro y, al despertarme,
espero saciarme de tu vista.
Escóndeme, Señor, bajo
la sombra de tus alas.
Lectura del santo Evangelio según san Lucas
19,
11-28
En aquel tiempo, como ya se acercaba Jesús a
Jerusalén y la gente pensaba que el Reino de Dios iba a
manifestarse de un momento a otro, él les dijo esta parábola:
«Había un hombre de la nobleza que se fue a un país
lejano para ser nombrado rey y volver como tal. Antes de irse, mandó
llamar a diez de sus empleados, les entregó una moneda de
mucho valor a cada uno y les dijo:
“Inviertan este dinero
mientras regreso”.
Pero sus compatriotas lo aborrecían
y enviaron detrás de él a unos delegados que dijeran:
“No queremos que éste sea nuestro rey”.
Pero
fue nombrado rey, y cuando regresó a su país, mandó
llamar a los empleados a quienes había entregado el dinero,
para saber cuánto había ganado cada uno. Se presentó
el primero y le dijo:
“Señor, tu moneda ha producido
otras diez monedas”.
El le contestó:
“Muy
bien, eres un buen empleado. Puesto que has sido fiel en una cosa
pequeña, serás gobernador de diez ciudades”.
Se
presentó el segundo y le dijo:
“Señor, tu
moneda ha producido otras cinco monedas”.
Y el señor
le respondió:
“Tú serás gobernador de
cinco ciudades”.
Se presentó el tercero y le dijo:
“Señor, aquí está tu moneda. La he
tenido guardada en un pañuelo, pues te tuve miedo, porque eres
un hombre exigente, que reclama lo que no ha invertido y cosecha lo
que no ha sembrado”.
El señor le contestó:
“Eres un mal empleado; por tu propia boca te condeno. Si
sabías que soy un hombre exigente, que reclamo lo que no he
invertido y que cosecho lo que no he sembrado, ¿por qué,
pues, no pusiste mi dinero en el banco para que yo, al volver, lo
hubiera recobrado con intereses?”
Después les dijo a
los presentes:
“Quítenle a éste la moneda y
dénsela al que tiene diez”.
Le respondieron:
“Señor, pero si ya tiene diez monedas”.
El
les dijo:
“Les aseguro que a todo el que tenga se le dará
con abundancia, y al que no tenga, aún lo que tiene se le
quitará. En cuanto a mis enemigos, que no querían
tenerme como rey, tráiganlos aquí y mátenlos en
mi presencia”».
Dicho esto, Jesús prosiguió
su camino hacia Jerusalén al frente de sus discípulos.
20 de noviembre
Lectura del primer libro de los Macabeos
2, 15-29
En
aquellos días, los enviados del rey Antíoco, encargados
de hacer renegar de su religión a los judíos, llegaron
a la ciudad de Modín para obligarlos a sacrificar a los
ídolos. Muchos israelitas se les sometieron; en cambio,
Matatías y sus hijos se les opusieron tenazmente. Los enviados
del rey se dirigieron entonces a Matatías y le dijeron:
«Tú
eres un hombre ilustre y poderoso en esta ciudad y cuentas con el
apoyo de tus hijos y de tus hermanos. Acércate, pues, tú
primero y cumple la orden del rey como la han cumplido todas las
naciones, los hombres de Judea y los que han quedado en Jerusalén.
Así, tú y tus hijos serán contados entre los
amigos del rey y serán recompensados con oro, plata y muchos
regalos».
Matatías les contestó con voz firme:
«Aunque todas las naciones que forman los dominios del rey
obedezcan sus órdenes y renieguen de la religión de sus
padres, mis hijos, mis hermanos y yo nos mantendremos fieles a la
alianza de nuestros padres. ¡Dios nos libre de abandonar
nuestra ley y nuestras costumbres! No obedeceremos las órdenes
del rey ni ofreceremos sacrificios a los ídolos, porque así
quebrantaríamos los mandamientos de nuestra ley y seguiríamos
un camino equivocado».
Apenas había acabado de hablar
Matatías, un judío se adelantó, a la vista de
todos, para ofrecer sacrificios a los ídolos en el altar,
conforme al decreto del rey. Al verlo, Matatías se indignó,
tembló de cólera y, en un arrebato de ira santa, corrió
hasta el judío y lo degolló sobre el altar. Mató,
además, al enviado del rey que obligaba a hacer sacrificios, y
destruyó el altar. En su celo por la ley, imitó lo que
hizo Pinjás contra Zimrí, el hijo de Salú. Luego
empezó a gritar por la ciudad:
«Todo aquel que
sienta celo por la ley y quiera mantener la alianza, que me siga».
Y,
dejando en la ciudad cuanto poseían, huyeron él y sus
hijos a las montañas. Por entonces, muchos judíos que
buscaban la justicia y querían ser fieles a la ley, se fueron
a vivir al desierto.
Lectura del Libro de los Salmos
Del
salmo 49
Dios salva al que cumple su voluntad.
Habla el
Dios de los dioses, el Señor, y convoca a cuantos viven en la
tierra. En Jerusalén, dechado de hermosura, el Señor se
ha manifestado.
Dios salva al que cumple su voluntad.
Congreguen
ante mí a los que sellaron sobre el altar mi alianza. Es Dios
quien va a juzgar y el cielo mismo lo declara.
Dios salva al que
cumple su voluntad.
Mejor ofrece a Dios tu gratitud y cumple
tus promesas al Altísimo, pues yo te libraré cuando me
invoques y tú me darás gloria agradecido.
Dios salva
al que cumple su voluntad.
Lectura del santo Evangelio según san
Lucas
19, 41-44
En aquel tiempo, cuando Jesús estuvo
cerca de Jerusalén y contempló la ciudad, lloró
por ella y exclamó:
«¡Si en este día
comprendieras tú lo que puede conducirte a la paz! Pero eso
está oculto a tus ojos. Ya vendrán días en que
tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán y
te atacarán por todas partes y te arrasarán. Matarán
a todos tus habitantes y no dejarán en ti piedra sobre piedra,
porque no aprovechaste la oportunidad que Dios te daba».
21
de noviembre
Lectura del primer libro de los Macabeos
4, 36-37.52-59
En
aquellos días, Judas y sus hermanos se dijeron:
«Nuestros
enemigos están vencidos; vamos, pues, a purificar el templo
para consagrarlo de nuevo».
Entonces se reunió todo
el ejército y subieron al monte Sión.
El día
veinticinco de diciembre del año ciento cuarenta y ocho, se
levantaron al romper el día y ofrecieron sobre el nuevo altar
de los holocaustos que habían construido, un sacrificio
conforme a la ley. El altar fue inaugurado con cánticos,
cítaras, arpas y platillos, precisamente en el aniversario del
día en que los paganos lo habían profanado. El pueblo
entero se postró en tierra y adoró y bendijo al Señor,
que los había conducido al triunfo.
Durante ocho días
celebraron la consagración del altar y ofrecieron con alegría
holocaustos y sacrificios de comunión y de alabanza. Decoraron
la fachada del templo con coronas de oro y pequeños escudos,
restauraron los pórticos y las salas y les pusieron puertas.
La alegría del pueblo fue grandísima y el ultraje
inferido por los paganos quedó borrado.
Judas, de acuerdo
con sus hermanos y con toda la asamblea de Israel, determinó
que cada año, a partir del veinticinco de diciembre, se
celebrara durante ocho días, con solemnes festejos, el
aniversario de la consagración del altar.
Lectura del Libro de los Salmos
1 Crónicas 29,
10-12
Bendito seas, Señor, Dios nuestro.
Bendito
seas, Señor, Dios de nuestro padre Jacob, desde siempre y para
siempre.
Bendito seas, Señor, Dios nuestro.
Tuya es
la grandeza y el poder, el honor, la majestad y la gloria, porque
tuyo es cuanto hay en el cielo y en la tierra.
Bendito seas,
Señor, Dios nuestro.
Tuyo, Señor, es el reino,
tú estás por encima de todos los reyes. De ti provienen
las riquezas y la gloria.
Bendito seas, Señor, Dios
nuestro.
Tú gobiernas todo, en tu mano están la
fuerza y el poder y de tu mano proceden la gloria y la
fortaleza.
Bendito seas, Señor, Dios nuestro.
Lectura del santo Evangelio según san Lucas
19,
45-48
Aquel día, Jesús entró en el templo
y comenzó a echar fuera a todos los que vendían y
compraban allí, diciéndoles:
«Está
escrito: Mi casa es casa de oración; pero ustedes la han
convertido en cueva de ladrones».
Jesús enseñaba
todos los días en el templo. Por su parte, los sumos
sacerdotes, los escribas y los jefes del pueblo intentaban matarlo,
pero no encontraban cómo hacerlo, porque todo el pueblo estaba
pendiente de sus palabras.
22 de noviembre
Lectura del primer libro de los Macabeos
6, 1-13
Cuando
recorría las regiones altas de Persia, el rey Antíoco
se enteró de que había una ciudad llamada Elimaida,
famosa por sus riquezas de oro y plata. En su riquísimo templo
se guardaban los yelmos de oro, las corazas y las armas dejadas allí
por Alejandro, hijo de Filipo y rey de Macedonia, que fue el primero
que reinó sobre los griegos.
Antíoco se dirigió
a Elimaida, con intención de apoderarse de la ciudad y de
saquearla. Pero no lo consiguió, porque al conocer su
propósitos, los habitantes le opusieron resistencia y tuvo que
salir huyendo y marcharse de allí con gran tristeza, para
volverse a Babilonia.
Todavía se hallaba en Persia, cuando
llegó un mensajero que le anunció la derrota de las
tropas enviadas a la tierra de Judá. Lisias, que había
ido al frente de un poderoso ejército, había sido
derrotado por los judíos. Éstos se habían
fortalecido con las armas, las tropas y el botín capturado al
enemigo. Además, habían destruido el altar pagano
levantado por él sobre el altar de Jerusalén. Habían
vuelto a construir una muralla alta en torno al santuario y a la
ciudad de Bet-Sur.
Ante tales noticias, el rey se impresionó
y se quedó consternado, a tal grado que cayó en cama
enfermo de tristeza, por no haberle salido las cosas como él
había querido. Permaneció ahí muchos días,
cada vez más triste y pensando que se iba a morir. Entonces
mandó llamar a todos sus amigos y les dijo:
«El
sueño ha huido de mis ojos. Me siento abrumado de
preocupación. Y me pregunto:
¿Por qué estoy
tan afligido ahora y tan agobiado por la tristeza, si me sentía
tan feliz y amado cuando era poderoso? Pero ahora me doy cuenta del
daño que hice en Jerusalén, cuando me llevé los
objetos de oro y plata que en ella había, y mandé
exterminar sin motivo a los habitantes de Judea. Reconozco que por
esta causa me han sobrevenido estas desgracias y que muero en tierra
extraña, lleno de tristeza».
Lectura del Libro de los Salmos
Del salmo 9
Cantemos al
Señor, nuestro salvador.
Te doy gracias, Señor,
de todo corazón y proclamaré todas tus maravillas; me
alegro y me regocijo contigo y toco en tu honor, Altísimo.
Cantemos
al Señor, nuestro salvador.
Porque mis enemigos
retrocedieron, cayeron y perecieron ante ti. Reprendiste a los
pueblos, destruiste al malvado y borraste para siempre su
recuerdo.
Cantemos al Señor, nuestro salvador.
Los
pueblos se han hundido en la tumba que hicieron, su pie quedó
atrapado en la red que escondieron. Tú, Señor, jamás
olvidas al pobre y la esperanza del humilde jamás
perecerá.
Cantemos al Señor, nuestro salvador.
Lectura del santo Evangelio según san Lucas
20,
27-40
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús algunos
saduceos. Como los saduceos niegan la resurrección de los
muertos, le preguntaron:
«Maestro, Moisés nos dejó
escrito: Si alguno tiene un hermano casado que muere sin haber tenido
hijos, se case con la viuda para dar descendencia a su hermano. Pues
bien, hubo una vez siete hermanos, el mayor de los cuales se casó
y murió sin dejar hijos. El segundo, el tercero y los demás,
hasta el séptimo, tomaron por esposa a la viuda y todos
murieron sin dejar sucesión. Por fin murió también
la viuda. Ahora bien, cuando llegue la resurrección, ¿de
cuál de ellos será esposa la mujer, pues los siete
estuvieron casados con ella?»
Jesús les dijo:
«En
esta vida, hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura, los
que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los
muertos, no se casarán ni podrán ya morir, porque serán
como los ángeles e hijos de Dios, pues él los habrá
resucitado.
Y que los muertos resucitan, el mismo Moisés
lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor,
Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob. Porque Dios no
es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven».
Entonces, unos escribas le dijeron:
«Maestro, has
hablado bien».
Y a partir de ese momento ya no se
atrevieron a preguntarle nada.
23 de noviembre
Lectura del libro del profeta Daniel
7, 13-14
Yo,
Daniel, en una visión nocturna, vi venir sobre las nubes del
cielo alguien semejante a un hijo de hombre; avanzó hacia el
anciano y fue introducido ante su presencia. Entonces recibió
poder, gloria y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas lo
servían. Su poder es eterno, nunca acabará, y su reino
jamás será destruido.
Lectura del Libro de los Salmos
Sal 92,
1ab.1c-2.5
El Señor reina, vestido de esplendor.
El
Señor es rey; está vestido de esplendor; el Señor,
está vestido y rodeado de poder.
El Señor reina,
vestido de esplendor.
Firme e inconmovible está la
tierra. Tu trono está firme desde siempre, tú existes
desde la eternidad.
El Señor reina, vestido de
esplendor.
Tus mandamientos son inmutables, Señor, la
santidad adorna tu templo por años sin fin.
El Señor
reina, vestido de esplendor.
Lectura del libro del Apocalipsis del apóstol san Juan
1, 5-8
A Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito
de entre los muertos y el soberano de los reyes de la tierra.
Al
que nos ama y nos liberó de nuestros pecados con su propia
sangre, al que nos ha constituido en reino y nos ha hecho sacerdotes
para Dios, su Padre, a él la gloria y el poder por los siglos
de los siglos. Amén.
¡Miren! El viene entre las
nubes. Todos lo verán, también los que lo traspasaron;
todos los pueblos de la tierra harán duelo por su causa. Así
será. Amén.
Dice Dios:
«Yo soy el Alfa y
la Omega, el que es, el que era y el que está apunto de
llegar, el Todopoderoso».
Lectura del santo Evangelio según san Juan
18, 33-37
En
aquel tiempo preguntó Pilato a Jesús:
«¿Eres
tú el rey de los judíos?»
Jesús le
contestó:
«¿Dices eso por tu cuenta o te lo
han dicho otros de mí?»
Pilato le respondió:
«¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los sumos
sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has
hecho?»
Jesús le contestó:
«Mi
Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuera de este mundo, mis
seguidores habrían luchado para que no cayera en manos de los
judíos. Pero no, mi Reino no es de aquí».
Pilato
le dijo:
«Conque ¿tú eres rey?»
Jesús
le contestó:
«Tú lo dices: soy Rey. Yo nací
y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la
verdad, escucha mi voz».
24 de noviembre
Lectura del libro del profeta Daniel
1, 1-6. 8-20
El año
tercero del reinado de Joaquín, rey de Judá, vino a
Jerusalén Nabucodonosor, rey de Babilonia, y la sitió.
El Señor entregó en sus manos a Joaquín, rey de
Judá, así como parte de los objetos del templo, que él
se llevó al país de Senaar y los guardó en el
tesoro de sus dioses.
El rey mandó a Aspenaz, jefe de sus
oficiales, que seleccionara de entre los israelitas de sangre real y
de la nobleza, algunos jóvenes, sin defectos físicos,
de buena apariencia, sobrios, cultos e inteligentes y aptos para
servir en la corte del rey, con el fin de enseñarles la lengua
y la literatura de los caldeos.
El rey les asignó una
ración diaria de alimentos y de vino de su propia mesa.
Deberían ser educados durante tres años y después
entrarían al servicio del rey. Entre ellos se encontraban
Daniel, Ananías, Misael y Azarías, que eran de la tribu
de Judá. Daniel hizo el propósito de no contaminarse
compartiendo los alimentos y el vino de la mesa del rey, y le suplicó
al jefe de los oficiales que no le obligara a contaminarse. Dios le
concedió a Daniel hallar favor y gracia ante el jefe de los
oficiales. Sin embargo, éste le dijo a Daniel:
«Le
tengo miedo al rey, mi señor, porque él les ha asignado
a ustedes su comida y su bebida; y si llega a verlos más
delgados que a los demás, estará en peligro mi vida».
Daniel le dijo entonces a Malasar, a quien el jefe de los
oficiales había confiado el cuidado de él, Ananías,
Misael y Azarías:
«Por favor, haz la prueba con tus
siervos durante diez días; que nos den de comer legumbres, y
de beber, agua; entonces podrás comparar nuestro aspecto con
el de los jóvenes que comen de la mesa del rey y podrás
tratarnos según el resultado».
Aceptó él
la propuesta e hizo la prueba durante diez días. Al cabo de
ellos, los jóvenes judíos tenían mejor aspecto y
estaban más robustos que todos los que comían de la
mesa del rey. Desde entonces Malasar les suprimió la ración
de comida y de vino, y les dio sólo legumbres.
A estos
cuatro jóvenes les concedió Dios sabiduría e
inteligencia en toda clase de ciencia. A Daniel, además, el
don de interpretar visiones y sueños.
Al cabo del tiempo
establecido, el jefe de los oficiales llevó a todos los
jóvenes ante Nabucodonosor y se los presentó. El rey
conversó con ellos y entre todos no encontró a nadie
como Daniel, Ananías, Misael y Azarías. Quedaron
entonces al servicio del rey. Y en todas las cosas de sabiduría,
inteligencia y experiencia que el rey les propuso, los encontró
diez veces superiores a todos los magos y adivinos de su reino.
Lectura del Libro de los Salmos
Daniel 3,
52-54
Bendito seas, Señor, para siempre.
Bendito
seas, Señor, Dios de nuestros padres, Que tu nombre santo y
glorioso sea bendito.
Bendito seas, Señor, para
siempre.
Bendito seas en el templo santo y glorioso. Que en el
trono de tu reino seas bendito.
Bendito seas, Señor, para
siempre.
Bendito eres tú, Señor, que penetras
con tu mirada los abismos y te sientas en un trono rodeado de
querubines. Bendito seas, Señor, en la bóveda del
cielo.
Bendito seas, Señor, para siempre.
Lectura del santo Evangelio según san Lucas
21, 1-4
En aquel tiempo, levantando los ojos, Jesús vio a unos
ricos que echaban sus donativos en las alcancías del templo;
vio también a una viuda pobre, que echaba allí dos
monedas, y dijo:
«Yo les aseguro que esa pobre viuda ha
dado más que todos. Porque éstos dan a Dios de lo que
les sobra; pero ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía
para vivir».
25 de noviembre
Lectura del libro del profeta Daniel
2, 31-45
En
aquellos días, Daniel le dijo al rey Nabucodonosor:
«Tú,
rey, has tenido esta visión: viste delante de ti una estatua,
una estatua gigantesca, de un brillo extraordinario y de aspecto
imponente. La cabeza de la estatua era de oro puro; el pecho y los
brazos de plata; el vientre y los muslos de bronce; las piernas, de
hierro; y los pies, de hierro mezclado con barro.
Tú la
estabas mirando, cuando de pronto una piedra que se desprendió
del monte, sin intervención de mano alguna, vino a chocar con
los pies de hierro y barro de la estatua y los hizo pedazos. Entonces
todo se hizo añicos: el hierro, el barro, el bronce, la plata
y el oro; todo quedó como el polvo que se desprende cuando se
trilla el grano en el verano y el viento se lo lleva sin dejar
rastro. Y la piedra que había golpeado la estatua se convirtió
en un gran monte, que llenó toda la tierra.
Este fue tu
sueño y ahora te lo voy a interpretar: Tú, rey de
reyes, a quien el Dios del cielo ha dado el reino y el poder, el
dominio y la gloria, pues te ha dado poder sobre todos los hombres,
sobre las bestias del campo y las aves del cielo, para que reines
sobre ellos, tú eres la cabeza de oro.
Después de ti
surgirá un reino de plata, menos poderoso que el tuyo. Después
vendrá un tercer reino, de bronce, que dominará toda la
tierra. Y habrá un cuarto reino, fuerte como el hierro. Así
como el hierro destroza y machaca todo, así él
destrozará y aplastará a todos.
Los pies y los
dedos de hierro mezclado con barro que viste, representan un reino
dividido; tendrá algo de la solidez del hierro, porque viste
el hierro mezclado con el barro. Los dedos de los pies, de hierro y
de barro, significan un reino al mismo tiempo poderoso y débil.
Y el hierro mezclado con el barro quiere decir que los linajes se
mezclarán, pero no llegarán a fundirse, de la misma
manera que el hierro no se mezcla con el barro.
En tiempo de estos
reyes, el Dios del cielo hará surgir un reino que jamás
será destruido, ni dominado por ninguna otra nación.
Destruirá y aniquilará a todos estos reinos y él
durará para siempre; eso significa la piedra que has visto
desprenderse del monte, sin intervención de mano humana, y que
redujo a polvo el barro, el hierro, el bronce, la plata y el oro.
El
Dios grande ha manifestado al rey lo que va a suceder. El sueño
es verdadero, y su interpretación, digna de crédito».
Lectura del Libro de los Salmos
Salmo 3 (Daniel 3,
57-60)
Bendito seas para siempre, Señor.
Todas
sus obras bendigan al Señor. Todos sus ángeles bendigan
al Señor.
Bendito seas para siempre, Señor.
Cielos,
bendigan al Señor. Todas las aguas del cielo bendigan al
Señor.
Bendito seas para siempre, Señor.
Lectura del santo Evangelio según san Lucas
21,
5-11
En aquel tiempo, como algunos ponderaban la solidez de la
construcción del templo y la belleza de las ofrendas votivas
que lo adornaban, Jesús dijo: «Días vendrán
en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están
admirando; todo será destruido».
Entonces le
preguntaron:
«Maestro, ¿cuándo va a ocurrir
esto?, y ¿cuál será la señal de que ya
está a punto de suceder?»
Él les respondió:
«Cuídense de que nadie los engañe; porque
muchos vendrán usurpando mi nombre y dirán: “Yo
soy el Mesías. El tiempo ha llegado”. Pero no les hagan
caso. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, que no los
domine el pánico, porque eso tiene que acontecer, pero todavía
no es el final».
Luego les dijo:
«Se levantará
una nación contra otra y un reino contra otro. En diferentes
lugares habrá grandes terremotos, epidemias y hambre, y
aparecerán en el cielo señales prodigiosas y
terribles».
26 de noviembre
Lectura del libro del profeta Daniel
5,
1-6.13-14.16-17.23-28
En aquellos días, el rey Baltasar
dio un gran banquete en honor de mil funcionarios suyos y se puso a
beber con ellos. Animado por el vino, Baltasar mandó traer los
vasos de oro y de plata que su padre, Nabucodonosor, había
robado del templo de Jerusalén, para que bebieran en ellos el
rey y sus funcionarios, sus mujeres y sus concubinas.
Trajeron,
pues, los vasos de oro y de plata robados del templo de Jerusalén,
y en ellos bebieron el rey y sus funcionarios, sus mujeres y sus
concubinas. Bebieron y comenzaron a alabar a sus dioses de oro y
plata, de bronce y de hierro, de madera y de piedra.
De repente
aparecieron los dedos de una mano que se pusieron a escribir en la
pared del palacio, detrás del candelabro, y el rey veía
cómo iban escribiendo los dedos. Entonces el rey se demudó,
la mente se le turbó, le faltaron las fuerzas y las rodillas
le empezaron a temblar.
Trajeron a Daniel y el rey le dijo: «¿Eres
tú Daniel, uno de los judíos desterrados que mi padre
Nabucodonosor trajo de Judea? Me han dicho que posees el espíritu
de Dios, inteligencia, prudencia y sabiduría extraordinarias.
Me han dicho que puedes interpretar los sueños y resolver los
problemas. Si logras leer estas palabras y me las interpretas, te
pondrán un vestido de púrpura y un collar de oro y
serás el tercero en mi reino».
Daniel le respondió
al rey: «Puedes quedarte con tus tres regalos y darle a otro
tus obsequios. Yo te voy a leer esas palabras y te las voy a
interpretar:
Tú te has rebelado contra el Señor del
cielo: has mandado traer los vasos de su casa y tú y tus
funcionarios, tus mujeres y tus concubinas han bebido en ellos; has
alabado a dioses de plata y de oro, de bronce y de hierro, de madera
y de piedra, que no ven, ni oyen, ni entienden; pero no has
glorificado al Dios que tiene en sus manos tu vida y tu actividad.
Por eso Dios ha enviado esa mano para que escribiera.
Las palabras
escritas son: “Contado, Pesado, Dividido”. Y ésta
es su interpretación:
“Contado”: Dios ha
contado los días de tu reinado y les ha puesto límite.
“Pesado”: Dios te ha pesado en la balanza y te falta
peso. “Dividido”: Tu reino se ha dividido y se lo
entregarán a los medos y a los persas».
Lectura del Libro de los Salmos
Daniel 3,
62-67.
Bendito seas para siempre, Señor.
Sol y
luna, bendigan al Señor. Estrellas del cielo, bendigan al
Señor.
Bendito seas para siempre, Señor.
Lluvia
y rocío, bendigan al Señor. Todos los vientos, bendigan
al Señor.
Bendito seas para siempre, Señor.
Fuego
y calor, bendigan al Señor. Fríos y heladas, bendigan
al Señor.
Bendito seas para siempre, Señor.
Lectura del santo Evangelio según san Lucas
21,
12-19
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
«Los perseguirán y los apresarán, los
llevarán a los tribunales y a la cárcel, y los harán
comparecer ante reyes y gobernantes por causa mía. Con esto
ustedes darán testimonio de mí.
Grábense bien
que no tienen que preparar de antemano su defensa, porque Yo les daré
palabras sabias, a las que no podrá resistir ni contradecir
ningún adversario de ustedes.
Los traicionarán hasta
sus padres y hermanos, sus parientes y amigos. Matarán a
algunos de ustedes, y todos los odiarán por causa mía.
Sin embargo, ni un cabello de su cabeza perecerá. Si se
mantienen firmes, conseguirán la vida».
27 de noviembre
Lectura del libro del profeta Daniel
6, 12-28
En
aquellos días, unos hombres fueron a espiar a Daniel y lo
sorprendieron haciendo oración a su Dios. Entonces fueron a
decirle al rey Darío:
«Señor, ¿no has
firmado tú un decreto, que prohíbe, durante treinta
días, hacer oración a cualquier dios u hombre que no
seas tú, bajo pena de ser arrojado al foso de los leones?»
El
rey contestó:
«El decreto está en vigor, como
ley irrevocable para medos y persas».
Ellos le replicaron:
«Pues Daniel, uno de los desterrados de Judea, no ha
obedecido el decreto que firmaste, porque tres veces al día
hace oración a su Dios».
Al oír estas
palabras, el rey se afligió mucho, se propuso salvar a Daniel
y hasta la puesta del sol estuvo buscando el modo de librarlo. Pero
aquellos hombres, comprendiendo que el rey quería salvar a
Daniel, le urgían diciéndole:
«Señor,
tú sabes que, según la ley de medos y persas, un
decreto real es irrevocable».
Entonces el rey ordenó
que trajeran a Daniel y lo arrojaran al foso de los leones. Pero le
dijo a Daniel:
«Tu Dios, a quien sirves con perseverancia,
te va a librar».
Trajeron una piedra, taparon con ella la
entrada del foso y el rey la selló con su sello y con el de
sus funcionarios, para que nadie pudiera modificar la sentencia dada
en contra de Daniel. Después el rey se volvió a su
palacio y se pasó la noche sin probar bocado y sin poder
dormir.
Al amanecer, se levantó y se dirigió a toda
prisa al foso de los leones. Ya cerca del foso le gritó
angustiado a Daniel:
«Daniel, siervo del Dios vivo, ¿ha
podido salvarte de los leones tu Dios, a quien veneras fielmente?»
Daniel le contestó:
«Viva siempre el rey. Mi
Dios envió sus ángeles para cerrar las fauces de los
leones y no me han hecho nada, porque ante él soy inocente,
como lo soy también ante ti».
El rey se alegró
mucho y mandó que sacaran a Daniel del foso; al sacarlo,
vieron que no tenía ni un rasguño, porque había
confiado en su Dios. Luego ordenó que trajeran a los que
habían acusado a Daniel y los arrojaran al foso de los leones
con sus hijos y sus esposas. No habían llegado al suelo y ya
los leones los habían atrapado y despedazado.
Entonces el
rey Darío escribió a todos los pueblos, naciones y
lenguas de la tierra:
«Paz y bienestar. Ordeno y mando que
en mi imperio, todos respeten y teman al Dios de Daniel. Él es
el Dios vivo que permanece para siempre. Su reino no será
destruido, su imperio durará hasta el fin. Él salva y
libra, obra prodigios y señales en el cielo y en la tierra. Él
salvó a Daniel de los leones».
Lectura del Libro de los Salmos
Daniel 3, 68-74.
Bendito
seas para siempre, Señor.
Rocíos y lluvias,
bendigan al Señor. Hielo y frío, bendigan al Señor.
Heladas y nieves, bendigan al Señor.
Bendito seas para
siempre, Señor.
Noches y días, bendigan al
Señor. Luz y tinieblas, bendigan al Señor.
Bendito
seas para siempre, Señor.
Rayos y nubes, bendigan al
Señor. Tierra, bendice al Señor.
Bendito seas para
siempre, Señor.
Lectura del santo Evangelio según san Lucas
21,
20-28
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuando vean a Jerusalén sitiada por un ejército,
sepan que se aproxima su destrucción.
Entonces, los que
estén en Judea, que huyan a los montes; los que estén
en la ciudad, que se alejen de ella; los que estén en el
campo, que no vuelvan a la ciudad; porque esos días serán
de castigo para que se cumpla todo lo que está escrito.
¡Pobres de las que estén embarazadas y de las que
estén criando en aquellos días! Porque vendrá
una gran calamidad sobre el país y el castigo de Dios se
descargará contra este pueblo. Caerán al filo de la
espada, serán llevados cautivos a todas las naciones y
Jerusalén será pisoteada por los paganos, hasta que se
cumpla el plazo que Dios le ha señalado.
Habrá
señales prodigiosas en el sol, en la luna y en las estrellas;
en la tierra las naciones se llenarán de angustia y de miedo
por el estruendo de las olas del mar; la gente se morirá de
terror y de angustiosa espera por las cosas que vendrán sobre
el mundo, pues hasta las estrellas se bambolearán. Entonces
verán venir al Hijo del hombre en una nube, con gran poder y
majestad. Cuando estas cosas comiencen a suceder, pongan atención
y levanten la cabeza, porque se acerca la hora de su liberación».
28 de noviembre
Lectura del libro del profeta Daniel
7, 2-14
Yo, Daniel,
tuve una visión nocturna: los cuatro vientos del cielo
agitaron el océano y de él salieron cuatro bestias
enormes, todas diferentes entre sí.
La primera bestia era
como un león con alas de águila; mientras yo miraba, le
arrancaron las alas, la levantaron del suelo, la incorporaron sobre
sus patas, como un hombre y le dieron inteligencia humana.
La
segunda bestia parecía un oso en actitud de incorporarse, con
tres costillas entre los dientes de sus fauces. Y le decían:
«Levántate; come carne en abundancia».
Seguí
mirando y vi otra bestia semejante a un leopardo, con cuatro alas de
ave en el lomo y con cuatro cabezas. Y le dieron poder.
Después
volví a ver en mis visiones nocturnas una cuarta bestia,
terrible, espantosa y extraordinariamente fuerte; tenía
enormes dientes de hierro; comía y trituraba, y pisoteaba lo
sobrante con sus patas. Era diferente a las bestias anteriores y
tenía diez cuernos.
Mientras estaba observando los
cuernos, despuntó de entre ellos otro cuerno pequeño,
que arrancó tres de los primeros cuernos. Este cuerno tenía
ojos humanos y una boca que profería blasfemias.
Vi que
colocaban unos tronos y un anciano se sentó. Su vestido era
blanco como la nieve y sus cabellos blancos como lana. Su trono,
llamas de fuego, con ruedas encendidas. Un río de fuego
brotaba delante de él. Miles y miles le servían,
millones y millones estaban a sus órdenes.
Comenzó
el juicio y se abrieron los libros.
Admirado por las blasfemias
que profería aquel cuerno, seguí mirando hasta que
mataron a la bestia, la descuartizaron y la echaron al fuego. A las
otras bestias les quitaron el poder, y las dejaron vivir durante un
tiempo determinado.
Yo seguí contemplando en mi visión
nocturna y vi a alguien semejante a un hijo de hombre, que venía
entre las nubes del cielo. Avanzó hacia el anciano de muchos
siglos y fue introducido a su presencia. Entonces recibió la
soberanía, la gloria y el reino. Y todos los pueblos y
naciones de todas las lenguas lo servían. Su poder nunca se
acabará, porque es un poder eterno, y su reino jamás
será destruido.
Lectura del Libro de los Salmos
Daniel 3,
82.84-87.
Bendito seas siempre, Señor.
Hombres
todos, bendigan al Señor; pueblo de Israel, bendice al
Señor.
Bendito seas siempre, Señor.
Sacerdotes
del Señor, bendigan al Señor; siervos del Señor,
bendigan al Señor.
Bendito seas siempre, Señor.
Almas
y espíritus justos, bendigan al Señor; santos y
humildes de corazón, bendigan al Señor.
Bendito seas
siempre, Señor.
Lectura del santo Evangelio según san Lucas
21,
29-33
En aquel tiempo, Jesús propuso a sus discípulos
esta comparación:
«Fíjense en la higuera y en
los demás árboles: cuando ven que empiezan a dar fruto,
saben que ya está cerca el verano. Así también,
cuando vean que suceden las cosas que les he dicho, sepan que el
Reino de Dios está cerca. Yo les aseguro que antes de que esta
generación muera, todo esto se cumplirá. Podrán
dejar de existir el cielo y la tierra, pero mis palabras no dejarán
de cumplirse».
29 de noviembre
Lectura del libro del profeta Daniel
7, 15-27
Yo,
Daniel, me sentía angustiado y perturbado por las visiones que
había tenido. Me acerqué a uno de los presentes y le
pedí que me explicara todo aquello, y él me explicó
el sentido de las visiones.
«Esas cuatro bestias gigantescas
significan cuatro reyes que surgirán en el mundo.
Pero los
elegidos del Altísimo recibirán el reino y lo poseerán
por los siglos de los siglos».
Quise saber lo que
significaba la cuarta bestia, diferente de las demás, la
bestia terrible con dientes de hierro y garras de bronce, que
devoraba y trituraba, y pisoteaba lo sobrante con las patas; lo que
significaban los diez cuernos de su cabeza y el otro cuerno que, al
salir, eliminaba a otros tres, que tenía ojos y una boca que
profería blasfemias, y era más grande que las
otras.
Mientras yo seguía mirando, aquel cuerno luchó
contra los elegidos y los derrotó. Hasta que llegó el
anciano para hacer justicia a los elegidos del Altísimo, para
que éstos poseyeran el reino.
Después me dijo:
«La
cuarta bestia es un cuarto rey que habrá en la tierra, mayor
que todos los reyes; devorará, trillará y triturará
toda la tierra. Sus diez cuernos son diez reyes que habrá en
aquel reino; y después vendrá otro, más poderoso
que ellos, el cual destronará a tres reyes; blasfemará
contra el Altísimo e intentará aniquilar a los elegidos
y cambiar las fiestas y la ley. Los elegidos estarán bajo su
poder durante tres años y medio. Pero al celebrarse el juicio,
se le quitará el poder y será destruido y aniquilado
totalmente. El poder real y el dominio sobre todos los reinos bajo el
cielo serán entregados al pueblo de los elegidos del Altísimo.
Será un reino eterno, al que temerán y se someterán
todos los soberanos».
Lectura del Libro de los Salmos
Daniel 3, 82-87.
Bendito
seas siempre, Señor.
Hombres todos, bendigan al Señor;
pueblo de Israel, bendice al Señor.
Bendito seas siempre,
Señor.
Sacerdotes del Señor, bendigan al Señor;
siervos del Señor, bendigan al Señor.
Bendito seas
siempre, Señor.
Almas y espíritus justos,
bendigan al Señor; santos y humildes de corazón,
bendigan al Señor.
Bendito seas siempre, Señor.
Lectura del santo Evangelio según san Lucas
21,
34-36
En aquel tiempo Jesús dijo a sus discípulos:
«Estén alerta, para que los vicios, la embriaguez y
las preocupaciones de esta vida no entorpezcan su mente, y aquel día
los sorprenda desprevenidos: porque caerá de repente como una
trampa sobre todos los habitantes de la tierra.
Velen, pues, y
hagan oración continuamente, para que puedan escapar de todo
lo que ha de suceder y comparecer ante el Hijo del hombre».
30 de noviembre
Lectura del libro del profeta Jeremías
33,
14-16
Vienen días, dice el Señor, en que yo
cumpliré la promesa que hice a los habitantes de Israel y de
Judá. Entonces, en aquellos días, suscitaré a
David un retoño legítimo, que practicará la
justicia y el derecho en la tierra. En aquellos días se
salvará Judá, y Jerusalén vivirá en paz.
Y la llamarán: “El Señor es nuestra salvación”.
Lectura del Libro de los Salmos
Sal 24, 4-5.8-9.10 y
14
Muéstrame, Señor, tus caminos.
Muéstrame,
Señor, tus caminos, muéstrame tus sendas; guíame
en tu verdad, enséñame, pues tú eres el Dios que
me salva.
Muéstrame, Señor, tus caminos.
El
Señor es bueno y recto, señala el camino a los
pecadores; guía por la senda del bien a los humildes, les
enseña el camino.
Muéstrame, Señor, tus
caminos.
Todas las sendas del Señor son amor y
fidelidad para quien guarda su alianza y cumple sus mandamientos. El
Señor da su confianza al que lo honra, y le da a conocer su
alianza.
Muéstrame, Señor, tus caminos.
Lectura
de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses
3, 12-13; 4, 1-2
Hermanos: Que el Señor los haga
crecer y desbordar de amor de unos a otros y a todos, tan grande como
el que nosotros sentimos por ustedes. En fin, que cuando Jesús,
nuestro Señor, se manifieste junto con todos sus elegidos, los
encuentre interiormente fuertes e irreprochables como consagrados en
presencia de Dios, nuestro Padre.
Por lo demás, hermanos,
les rogamos y exhortamos en el nombre de Jesús, el Señor,
que de la misma manera que aprendieron de nosotros cómo
conviene que se comporten y agraden a Dios, cosa que ya hacen, así
lo sigan haciendo para progresar todavía más. Conocen
las normas que les dimos de parte del Señor Jesús.
Lectura del santo Evangelio según san Lucas
21,
25-28.34-36
En aquel tiempo dijo Jesús a sus
discípulos:
«Habrá señales en el sol,
en la luna y en las estrellas; y en la tierra la angustia se
apoderará de los pueblos, asustados por el estruendo del mar y
de sus olas. Los hombres se morirán de miedo, al ver esa
conmoción del universo; pues las fuerzas del cielo se
estremecerán violentamente. Entonces verán al Hijo del
hombre venir en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a
suceder estas cosas, cobren ánimo y levanten la cabeza, porque
se acerca su liberación.
Procuren que sus corazones no se
entorpezcan por el exceso de comida, por las borracheras y las
preocupaciones de la vida, porque entonces ese día caerá
de improviso sobre ustedes. Ese día será como una
trampa en la que caerán atrapados todos los habitantes de la
tierra.
Estén atentos, pues, y oren en todo tiempo, para
que se libren de todo lo que vendrá y puedan presentarse sin
temor ante el Hijo del hombre».