Homilía
del Papa en la misa de canonización de Frei Galvão
El
primer santo nacido en Brasil
Campo de Marte de Sao Paulo en
la misa de canonización del beato Antônio de Sant’Ana
Galvão, O.F.M., presbítero, fundador del Monasterio de
las Concepcionistas «Recolhimento da Luz», (1739-1822),
primer santo nacido en Brasil
* * *
Señores Cardenales
Señor Arzobispo
de São Paulo
y Obispos de Brasil y de América
Latina
Distinguidas autoridades
Hermanas y Hermanos en
Cristo,
«Bendeciré continuamente al Señor
/ su alabanza no dejará mis labios» (Sal 33,2)
1.
Alegrémonos en el Señor, en este día en el que
contemplamos otra de las maravillas de Dios que, por su admirable
providencia, nos permite saborear un vestigio de su presencia, en
este acto de entrega de Amor representado en el Santo Sacrificio del
Altar.
Sí, no dejemos de alabar a nuestro Dios.
Alabemos todos nosotros, pueblos de Brasil y de América,
cantemos al Señor sus maravillas, porque hizo en nosotros
grandes cosas. Hoy, la Divina sabiduría permite que nos
encontremos alrededor de su altar en acción de alabanza y de
agradecimiento por habernos concedido la gracia de la Canonización
de Fray Antonio de Sant’Anna Galvão.
Quiero
agradecer las cariñosas palabras del Arzobispo de São
Paulo, que fue la voz de todos vosotros. Agradezco la presencia de
cada uno y de cada una, quiera que sean moradores de esta gran ciudad
o venidos de otras ciudades y naciones. Me alegro de que a través
de los medios de comunicación, mis palabras y las expresiones
de mi afecto puedan entrar en cada casa y en cada corazón.
Tengan certeza: el Papa os ama, y os ama porque Jesucristo os ama.
En esta solemne celebración eucarística fue
proclamado el Evangelio en el cual Cristo, en actitud de gran
arrobamiento, proclama: «Yo tebendigo, Padre, Señor del
cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas a los sabios y
entendidos y las revelaste a los pequeños» (MT 11,25).
Por eso, me siento feliz porque la elevación de Fray Galvão
a los altares quedará para siempre enmarcada en la liturgia
que hoy a Iglesia nos ofrece.
Saludo con afecto, a toda la
comunidad franciscana y, de modo especial a las monjas
concepcionistas que, desde el Monasterio de la Luz, de la capital
paulista, irradian la espiritualidad y el carisma del primer
brasileño elevado a la gloria de los altares.
2. Dimos
gracias a Dios por los continuos beneficios alcanzados por el
poderoso influjo evangelizador que el Espíritu Santo imprimió
en tantas almas a través de Fray Galvão. El carisma
franciscano, evangélicamente vivido, produjo frutos
significativos a través de su testimonio de fervoroso adorador
de la Eucaristía, de prudente y sabio orientador de las almas
que lo buscaban y de gran devoto de la Inmaculada Concepción
de María, de quien él se consideraba «hijo y
perpetuo esclavo».
Dios viene a nuestro encuentro,
«busca conquistarnos - hasta la Última cena, hasta al
Corazón traspasado en la cruz, hasta las apariciones y las
grandes obras por las cuales Él, a través de la acción
de los Apóstoles, guió el camino de la Iglesia
naciente» (Carta encl. «Deus caritas est», 17). Él
se revela a través de su Palabra, en los Sacramentos,
especialmente de la Eucaristía. Por eso, la vida de la Iglesia
es esencialmente eucarística.
El Señor, en su
amorosa providencia nos dejó una señal visible de su
presencia. Cuando contemplemos en la Santa Misa al Señor,
levantado en el alto por el sacerdote, después de la
Consagración del pan y del vino, o lo adoramos con devoción
expuesto en la Custodia renovamos con profunda humildad nuestra fe,
como hacía Fray Galvão en «laus perennis»,
en actitud constante de adoración. En la Sagrada Eucaristía
está contenido todo el bien espiritual de la Iglesia, o sea,
el mismo Cristo, nuestra Pascua, el Pan vivo que bajó del
Cielo vivificado por el Espíritu Santo y vivificante porque da
Vida a los hombres. Esta misteriosa e inefable manifestación
del amor de Dios por la humanidad ocupa un lugar privilegiado en el
corazón de los cristianos. Deben poder conocer la fe de la
Iglesia, a través de sus ministros ordenados, por la
ejemplaridad con que éstos cumplen los ritos prescritos que
están siempre indicando en la liturgia eucarística el
centro de toda obra de evangelización. Por su parte, los
fieles deben buscar recibir y reverenciar el Santo Sacramento con
piedad y devoción, queriendo acoger al Señor Jesús
con fe y siempre, cuando fuese necesario, sabiendo recurrir a
Sacramento de la reconciliación para purificar el alma de todo
pecado grave.
3. Significativo es el ejemplo de Fray Galvão
por su disponibilidad para servir el pueblo siempre que le era
pedido. Consejero de fama, pacificador de las almas y de las
familias, dispensador de la caridad especialmente de los pobres y de
los enfermos. Muy buscado para las confesiones, pues era celoso,
sabio y prudente. Una característica de quien ama de verdad es
no querer que el Amado sea agraviado, por eso la conversión de
los pecadores era la grande pasión de nuestro Santo. La
Hermana Helena María, que fue la primera «recogida»
destinada a dar inicio al «Recogimiento de Nuestra Señora
de la Concepción», testimonió aquello que Fray
Galvão dijo: «Rezad para que Dios Nuestro Señor
levante a los pecadores con su potente brazo del abismo miserable de
las culpas en las que se encuentran».
Pueda esa
delicada advertencia servirnos de estímulo para reconocer en
la misericordia divina el camino para la reconciliación con
Dios y con el prójimo y para la paz de nuestras conciencias.
4. Unidos en comunión suprema con el Señor en
la Eucaristía y reconciliados con Dios y con nuestro prójimo,
seremos portadores de aquella paz que el mundo no puede dar. ¿Podrán
los hombres y las mujeres de este mundo encontrar la paz si no se
concientizan acerca de la necesidad de reconciliarse con Dios, con el
prójimo y consigo mismos? De elevado significado fue, en este
sentido, aquello que la Cámara del Senado de São Paulo
escribió al Ministro Provincial de los Franciscanos al final
del siglo XVIII, definiendo a Fray Galvão cómo «hombre
de paz y de caridad». ¿Qué nos pide el Señor?:
«amaos unos a otros como yo os amo». Pero luego a
continuación añade: que «deis fruto y vuestro
fruto permanezca» (cf. Jn 15, 12.16). ¿Y qué
fruto nos pide Él, sino que sepamos amar, inspirándonos
en el ejemplo del Santo de Guaratinguetá?
La fama de
su inmensa caridad no tenía límites. Personas de todo
la geografía nacional iban a ver a Fray Galvão que a
todos acogía paternalmente. Eran pobres, enfermos en el cuerpo
y en el espíritu que le imploraban ayuda.
Jesús
abre su corazón y nos revela el pilar de todo su mensaje
redentor: «Nadie tiene mayor amor que aquél que da la
vida por sus amigos» (ib.v.13). Él mismo amó
hasta entregar su vida por nosotros sobre la Cruz. También a
acción de la Iglesia y de los cristianos en la sociedad debe
poseer esta misma inspiración. Las pastorales sociales si son
orientadas para el bien de los pobres y de los enfermos, llevan en sí
mismas este sello divino. El Señor cuenta con nosotros y nos
llama amigos, pues solo a los que se ama de esta manera, se es capaz
de dar la vida proporcionada por Jesús con su gracia.
Como
sabemos la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano
tendrá como tema básico: «Discípulos y
misioneros de Jesucristo, para que en Él nuestros pueblos
tengan vida». ¿Cómo no ver entonces la necesidad
de acudir con renovado ardor a la llamada, a fin de contestar
generosamente a los desafíos qué la Iglesia en Brasil y
en América Latina está llamada a enfrentar?
5.
«Venid a mí, os que estáis aflictos bajo el
fardo, y yo os aligeraré», dice el Señor en el
Evangelio, (MT 11,28). Ésta es la recomendación final
que el Señor nos dirige. Cómo no ver aquí este
sentimiento paterno y, al mismo tiempo materno, ¿de Dios por
todos sus hijos? María, la Madre de Dios y Madre nuestra, se
encuentra particularmente ligada a nosotros en este momento. Fray
Galvão, asumió con voz profética la verdad de la
Inmaculada Concepción. Ella, la Tota Pulchra, la Virgen
Purísima que concibió en su seno al Redentor de los
hombres y fue preservada de toda mancha original, quiere ser el sello
definitivo de nuestro encuentro con Dios, nuestro Salvador. No hay
fruto de la gracia en la historia de la salvación que no tenga
como instrumento necesario la mediación de Nuestra Señora.
De hecho, éste nuestro Santo se entregó de modo
irrevocable a la Madre de Jesús desde su juventud, queriendo
pertenecerle para siempre y escogiendo la Virgen María como
Madre y Protectora de sus hijas espirituales.
¡Queridos
amigos y amigas, qué bello ejemplo a continuación nos
dejó Fray Galvão! Como son actuales para nosotros, que
vivimos en una época tan llena de hedonismo, las palabras que
aparecen en la cédula de consagración de su castidad:
«quitadme antes la vida que ofender a tu bendito Hijo, mi
Señor». Son palabras fuertes, de un alma apasionada, que
deberían hacer parte de la vida normal de cada cristiano, sea
él consagrado o no, y que despiertan deseos de fidelidad a
Dios dentro o fuera del matrimonio. El mundo necesita de vidas
limpias, de almas claras, de inteligencias simples que rechacen ser
consideradas criaturas objeto de placer. Es necesario decir no a
aquellos medios de comunicación social que ridiculizan la
santidad del matrimonio y la virginidad antes del casamiento.
Es
en este momento que tendremos en Nuestra Señora la mejor
defensa contra los males que afligen la vida moderna; la devoción
mariana es garantía cierta de protección maternal y de
amparo en la hora de la tentación. ¿No será esta
misteriosa presencia de la Virgen Purísima cuándo
invoquemos protección y auxilio a la Señora Aparecida?
Vamos a depositar en sus manos santísimas la vida de los
sacerdotes y laicos consagrados, de los seminaristas y de todos los
vocacionados para la vida religiosa.
6. Queridos amigos,
permitidme concluir evocando la Vigilia de Oración de
Marienfeld en Alemania: delante de una multitud de jóvenes,
quise definir a los Santos de nuestra época como verdaderos
reformadores. Y añadía: «solo de los Santos, solo
de Dios proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo
del mundo» (Homilía, 25/08/2005). Ésta es la
invitación que hago hoy a todos vosotros, del primero al
último, en esta inmensa Eucaristía. Dios dijo: «Sed
santos, como Yo soy Santo» (Lv 11,44). Agradezcamos a Dios
Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo, de los cuales nos
vienen, por intercesión de la Virgen María, todas las
bendiciones del cielo; este don que, juntamente con la fe es la mayor
gracia que el Señor puede conceder a una criatura: el firme
deseo de alcanzar la plenitud de la caridad, en la convicción
de qué no solo es posible, como también necesaria la
santidad, cada cuál en su estado de vida, para revelar al
mundo el verdadero rostro de Cristo, nuestro amigo! ¡Amén!
[Traducción distribuida por el Consejo Episcopal
Latinoamericano (CELAM)
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