Discurso
del Papa en la inauguración de la Conferencia del Episcopado
Latinoamericano
Sala de conferencias del
Santuario de Nuestra Señora de Aparecida durante la sesión
inaugural de la Quinta Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano y del Caribe.
* * *
Queridos Hermanos en el Episcopado, amados sacerdotes,
religiosos, religiosas y laicos. Queridos observadores de otras
confesiones religiosas:
[En español:]
Es
motivo de gran alegría estar hoy aquí con vosotros para
inaugurar la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y
del Caribe, que se celebra junto al Santuario de Nuestra Señora
Aparecida, Patrona del Brasil. Quiero que mis primeras palabras sean
de acción de gracias y de alabanza a Dios por el gran don de
la fe cristiana a las gentes de este Continente.
1. La fe
cristiana en América Latina
La fe en Dios ha animado
la vida y la cultura de estos pueblos durante más de cinco
siglos. Del encuentro de esa fe con las etnias originarias ha nacido
la rica cultura cristiana de este Continente expresada en el arte, la
música, la literatura y, sobre todo, en las tradiciones
religiosas y en la idiosincrasia de sus gentes, unidas por una misma
historia y un mismo credo, y formando una gran sintonía en la
diversidad de culturas y de lenguas. En la actualidad, esa misma fe
ha de afrontar serios retos, pues están en juego el desarrollo
armónico de la sociedad y la identidad católica de sus
pueblos. A este respecto, la V Conferencia General va a reflexionar
sobre esta situación para ayudar a los fieles cristianos a
vivir su fe con alegría y coherencia, a tomar conciencia de
ser discípulos y misioneros de Cristo, enviados por Él
al mundo para anunciar y dar testimonio de nuestra fe y amor.
Pero,
¿qué ha significado la aceptación de la fe
cristiana para los pueblos de América Latina y del Caribe?
Para ellos ha significado conocer y acoger a Cristo, el Dios
desconocido que sus antepasados, sin saberlo, buscaban en sus ricas
tradiciones religiosas. Cristo era el Salvador que anhelaban
silenciosamente. Ha significado también haber recibido, con
las aguas del bautismo, la vida divina que los hizo hijos de Dios por
adopción; haber recibido, además, el Espíritu
Santo que ha venido a fecundar sus culturas, purificándolas y
desarrollando los numerosos gérmenes y semillas que el Verbo
encarnado había puesto en ellas, orientándolas así
por los caminos del Evangelio. En efecto, el anuncio de Jesús
y de su Evangelio no supuso, en ningún momento, una alienación
de las culturas precolombinas, ni fue una imposición de una
cultura extraña. Las auténticas culturas no están
cerradas en sí mismas ni petrificadas en un determinado punto
de la historia, sino que están abiertas, más aún,
buscan el encuentro con otras culturas, esperan alcanzar la
universalidad en el encuentro y el diálogo con otras formas de
vida y con los elementos que puedan llevar a una nueva síntesis
en la que se respete siempre la diversidad de las expresiones y de su
realización cultural concreta.
En última
instancia, sólo la verdad unifica y su prueba es el amor. Por
eso Cristo, siendo realmente el Logos encarnado, "el amor hasta
el extremo", no es ajeno a cultura alguna ni a ninguna persona;
por el contrario, la respuesta anhelada en el corazón de las
culturas es lo que les da su identidad última, uniendo a la
humanidad y respetando a la vez la riqueza de las diversidades,
abriendo a todos al crecimiento en la verdadera humanización,
en el auténtico progreso. El Verbo de Dios, haciéndose
carne en Jesucristo, se hizo también historia y cultura.
La
utopía de volver a dar vida a las religiones precolombinas,
separándolas de Cristo y de la Iglesia universal, no sería
un progreso, sino un retroceso. En realidad sería una
involución hacia un momento histórico anclado en el
pasado.
La sabiduría de los pueblos originarios les
llevó afortunadamente a formar una síntesis entre sus
culturas y la fe cristiana que los misioneros les ofrecían. De
allí ha nacido la rica y profunda religiosidad popular, en la
cual aparece el alma de los pueblos latinoamericanos:
- El
amor a Cristo sufriente, el Dios de la compasión, del perdón
y de la reconciliación; el Dios que nos ha amado hasta
entregarse por nosotros;
- El amor al Señor presente
en la Eucaristía, el Dios encarnado, muerto y resucitado para
ser Pan de Vida;
- El Dios cercano a los pobres y a los que
sufren;
- La profunda devoción a la Santísima
Virgen de Guadalupe, de Aparecida o de las diversas advocaciones
nacionales y locales. Cuando la Virgen de Guadalupe se apareció
al indio san Juan Diego le dijo estas significativas palabras: "¿No
estoy yo aquí que soy tu madre?, ¿no estás bajo
mi sombra y resguardo?, ¿no soy yo la fuente de tu alegría?,
¿no estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis
brazos?" (Nican Mopohua, nn. 118-119 ).
Esta
religiosidad se expresa también en la devoción a los
santos con sus fiestas patronales, en el amor al Papa y a los demás
Pastores, en el amor a la Iglesia universal como gran familia de Dios
que nunca puede ni debe dejar solos o en la miseria a sus propios
hijos. Todo ello forma el gran mosaico de la religiosidad popular que
es el precioso tesoro de la Iglesia católica en América
Latina, y que ella debe proteger, promover y, en lo que fuera
necesario, también purificar.
2. Continuidad con
las otras Conferencias
Esta V Conferencia General se celebra
en continuidad con las otras cuatro que la precedieron en Río
de Janeiro, Medellín, Puebla y Santo Domingo. Con el mismo
espíritu que las animó, los Pastores quieren dar ahora
un nuevo impulso a la evangelización, a fin de que estos
pueblos sigan creciendo y madurando en su fe, para ser luz del mundo
y testigos de Jesucristo con la propia vida.
Después
de la IV Conferencia General, en Santo Domingo, muchas cosas han
cambiado en la sociedad. La Iglesia, que participa de los gozos y
esperanzas, de las penas y alegrías de sus hijos, quiere
caminar a su lado en este período de tantos desafíos,
para infundirles siempre esperanza y consuelo (cf. Gaudium et spes,
1).
En el mundo de hoy se da el fenómeno de la
globalización como un entramado de relaciones a nivel
planetario. Aunque en ciertos aspectos es un logro de la gran familia
humana y una señal de su profunda aspiración a la
unidad, sin embargo comporta también el riesgo de los grandes
monopolios y de convertir el lucro en valor supremo. Como en todos
los campos de la actividad humana, la globalización debe
regirse también por la ética, poniendo todo al servicio
de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios.
En
América Latina y el Caribe, igual que en otras regiones, se ha
evolucionado hacia la democracia, aunque haya motivos de preocupación
ante formas de gobierno autoritarias o sujetas a ciertas ideologías
que se creían superadas, y que no corresponden con la visión
cristiana del hombre y de la sociedad, como nos enseña la
Doctrina social de la Iglesia. Por otra parte, la economía
liberal de algunos países latinoamericanos ha de tener
presente la equidad, pues siguen aumentando los sectores sociales que
se ven probados cada vez más por una enorme pobreza o incluso
expoliados de los propios bienes naturales.
En las
Comunidades eclesiales de América Latina es notable la madurez
en la fe de muchos laicos y laicas activos y entregados al Señor,
junto con la presencia de muchos abnegados catequistas, de tantos
jóvenes, de nuevos movimientos eclesiales y de recientes
Institutos de vida consagrada. Se demuestran fundamentales muchas
obras católicas educativas, asistenciales y hospitalitarias.
Se percibe, sin embargo, un cierto debilitamiento de la vida
cristiana en el conjunto de la sociedad y de la propia pertenencia a
la Iglesia católica debido al secularismo, al hedonismo, al
indiferentismo y al proselitismo de numerosas sectas, de religiones
animistas y de nuevas expresiones seudoreligiosas.
Todo ello
configura una situación nueva que será analizada aquí,
en Aparecida. Ante la nueva encrucijada, los fieles esperan de esta V
Conferencia una renovación y revitalización de su fe en
Cristo, nuestro único Maestro y Salvador, que nos ha revelado
la experiencia única del Amor infinito de Dios Padre a los
hombres. De esta fuente podrán surgir nuevos caminos y
proyectos pastorales creativos, que infundan una firme esperanza para
vivir de manera responsable y gozosa la fe e irradiarla así en
el propio ambiente.
3. Discípulos y misioneros
Esta Conferencia General tiene como tema: "Discípulos
y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él
tengan vida. -Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida-" (Jn 14,6).
La Iglesia tiene la gran tarea de custodiar y alimentar la fe
del Pueblo de Dios, y recordar también a los fieles de este
Continente que, en virtud de su bautismo, están llamados a ser
discípulos y misioneros de Jesucristo. Esto conlleva seguirlo,
vivir en intimidad con Él, imitar su ejemplo y dar testimonio.
Todo bautizado recibe de Cristo, como los Apóstoles, el
mandato de la misión: "Id por todo el mundo y proclamad
la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea
bautizado, se salvará" (Mc 16,15). Pues ser discípulos
y misioneros de Jesucristo y buscar la vida "en Él"
supone estar profundamente enraizados en Él.
¿Qué
nos da Cristo realmente? ¿Por qué queremos ser
discípulos de Cristo? Porque esperamos encontrar en la
comunión con Él la vida, la verdadera vida digna de
este nombre, y por esto queremos darlo a conocer a los demás,
comunicarles el don que hemos hallado en Él. Pero, ¿es
esto así? ¿Estamos realmente convencidos de que Cristo
es el camino, la verdad y la vida?
Ante la prioridad de la fe
en Cristo y de la vida "en Él", formulada en el
título de esta V Conferencia, podría surgir también
otra cuestión: Esta prioridad, ¿no podría ser
acaso una fuga hacia el intimismo, hacia el individualismo religioso,
un abandono de la realidad urgente de los grandes problemas
económicos, sociales y políticos de América
Latina y del mundo, y una fuga de la realidad hacia un mundo
espiritual?
Como primer paso podemos responder a esta
pregunta con otra: ¿Qué es esta "realidad"?
¿Qué es lo real? ¿Son "realidad" sólo
los bienes materiales, los problemas sociales, económicos y
políticos? Aquí está precisamente el gran error
de las tendencias dominantes en el último siglo, error
destructivo, como demuestran los resultados tanto de los sistemas
marxistas como incluso de los capitalistas. Falsifican el concepto de
realidad con la amputación de la realidad fundante y por esto
decisiva, que es Dios. Quien excluye a Dios de su horizonte falsifica
el concepto de "realidad" y, en consecuencia, sólo
puede terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas.
La primera afirmación fundamental es, pues, la
siguiente: Sólo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y
puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano. La verdad
de esta tesis resulta evidente ante el fracaso de todos los sistemas
que ponen a Dios entre paréntesis.
Pero surge
inmediatamente otra pregunta: ¿Quién conoce a Dios?
¿Cómo podemos conocerlo? No podemos entrar aquí
en un complejo debate sobre esta cuestión fundamental. Para el
cristiano el núcleo de la respuesta es simple: Sólo
Dios conoce a Dios, sólo su Hijo que es Dios de Dios, Dios
verdadero, lo conoce. Y Él, "que está en el seno
del Padre, lo ha contado" (Jn 1,18). De aquí la
importancia única e insustituible de Cristo para nosotros,
para la humanidad. Si no conocemos a Dios en Cristo y con Cristo,
toda la realidad se convierte en un enigma indescifrable; no hay
camino y, al no haber camino, no hay vida ni verdad.
Dios es
la realidad fundante, no un Dios sólo pensado o hipotético,
sino el Dios de rostro humano; es el Dios-con-nosotros, el Dios del
amor hasta la cruz. Cuando el discípulo llega a la comprensión
de este amor de Cristo "hasta el extremo", no puede dejar
de responder a este amor sino es con un amor semejante: "Te
seguiré adondequiera que vayas" (Lc 9,57).
Todavía
nos podemos hacer otra pregunta: ¿Qué nos da la fe en
este Dios? La primera respuesta es: nos da una familia, la familia
universal de Dios en la Iglesia católica. La fe nos libera del
aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión: el
encuentro con Dios es, en sí mismo y como tal, encuentro con
los hermanos, un acto de convocación, de unificación,
de responsabilidad hacia el otro y hacia los demás. En este
sentido, la opción preferencial por los pobres está
implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha
hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Co
8,9).
Pero antes de afrontar lo que comporta el realismo de
la fe en el Dios hecho hombre, tenemos que profundizar en la
pregunta: ¿cómo conocer realmente a Cristo para poder
seguirlo y vivir con Él, para encontrar la vida en Él y
para comunicar esta vida a los demás, a la sociedad y al
mundo? Ante todo, Cristo se nos da a conocer en su persona, en su
vida y en su doctrina por medio de la Palabra de Dios. Al iniciar la
nueva etapa que la Iglesia misionera de América Latina y del
Caribe se dispone a emprender, a partir de esta V Conferencia General
en Aparecida, es condición indispensable el conocimiento
profundo de la Palabra de Dios.
Por esto, hay que educar al
pueblo en la lectura y meditación de la Palabra de Dios: que
ella se convierta en su alimento para que, por propia experiencia,
vean que las palabras de Jesús son espíritu y vida (cf.
Jn 6,63). De lo contrario, ¿cómo van a anunciar un
mensaje cuyo contenido y espíritu no conocen a fondo? Hemos de
fundamentar nuestro compromiso misionero y toda nuestra vida en la
roca de la Palabra de Dios. Para ello, animo a los Pastores a
esforzarse en darla a conocer.
Un gran medio para introducir
al Pueblo de Dios en el misterio de Cristo es la catequesis. En ella
se trasmite de forma sencilla y substancial el mensaje de Cristo.
Convendrá por tanto intensificar la catequesis y la formación
en la fe, tanto de los niños como de los jóvenes y
adultos. La reflexión madura de la fe es luz para el camino de
la vida y fuerza para ser testigos de Cristo. Para ello se dispone de
instrumentos muy valiosos como son el Catecismo de la Iglesia
Católica y su versión más breve, el Compendio
del Catecismo de la Iglesia Católica.
En este campo no
hay que limitarse sólo a las homilías, conferencias,
cursos de Biblia o teología, sino que se ha de recurrir
también a los medios de comunicación: prensa, radio y
televisión, sitios de internet, foros y tantos otros sistemas
para comunicar eficazmente el mensaje de Cristo a un gran número
de personas.
En este esfuerzo por conocer el mensaje de
Cristo y hacerlo guía de la propia vida, hay que recordar que
la evangelización ha ido unida siempre a la promoción
humana y a la auténtica liberación cristiana. "Amor
a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más
humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús
encontramos a Dios" (Deus caritas est, 15). Por lo mismo, será
también necesaria una catequesis social y una adecuada
formación en la doctrina social de la Iglesia, siendo muy útil
para ello el "Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia".
La vida cristiana no se expresa solamente en las virtudes personales,
sino también en las virtudes sociales y políticas.
El
discípulo, fundamentado así en la roca de la Palabra de
Dios, se siente impulsado a llevar la Buena Nueva de la salvación
a sus hermanos. Discipulado y misión son como las dos caras de
una misma medalla: cuando el discípulo está enamorado
de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo Él
nos salva (cf. Hch 4,12). En efecto, el discípulo sabe que sin
Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro.
4.
"Para que en Él tengan vida"
Los pueblos
latinoamericanos y caribeños tienen derecho a una vida plena,
propia de los hijos de Dios, con unas condiciones más humanas:
libres de las amenazas del hambre y de toda forma de violencia. Para
estos pueblos, sus Pastores han de fomentar una cultura de la vida
que permita, como decía mi predecesor Pablo VI, "pasar de
la miseria a la posesión de lo necesario, a la adquisición
de la cultura… a la cooperación en el bien común…
hasta el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores
supremos y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin"
(Populorum progressio, 21).
En este contexto me es grato
recordar la Encíclica "Populorum progressio", cuyo
40 aniversario recordamos este año. Este documento pontificio
pone en evidencia que el desarrollo auténtico ha de ser
integral, es decir, orientado a la promoción de todo el hombre
y de todos los hombres (cf. n. 14), e invita a todos a suprimir las
graves desigualdades sociales y las enormes diferencias en el acceso
a los bienes. Estos pueblos anhelan, sobre todo, la plenitud de vida
que Cristo nos ha traído: "Yo he venido para que tengan
vida y la tengan en abundancia" (Jn 10,10). Con esta vida divina
se desarrolla también en plenitud la existencia humana, en su
dimensión personal, familiar, social y cultural.
Para
formar al discípulo y sostener al misionero en su gran tarea,
la Iglesia les ofrece, además del Pan de la Palabra, el Pan de
la Eucaristía. A este respecto nos inspira e ilumina la página
del Evangelio sobre los discípulos de Emaús. Cuando
éstos se sientan a la mesa y reciben de Jesucristo el pan
bendecido y partido, se les abren los ojos, descubren el rostro del
Resucitado, sienten en su corazón que es verdad todo lo que Él
ha dicho y hecho, y que ya ha iniciado la redención del mundo.
Cada domingo y cada Eucaristía es un encuentro personal con
Cristo. Al escuchar la Palabra divina, el corazón arde porque
es Él quien la explica y proclama. Cuando en la Eucaristía
se parte el pan, es a Él a quien se recibe personalmente. La
Eucaristía es el alimento indispensable para la vida del
discípulo y misionero de Cristo.
La Misa dominical,
centro de la vida cristiana
De aquí la necesidad de
dar prioridad, en los programas pastorales, a la valorización
de la Misa dominical. Hemos de motivar a los cristianos para que
participen en ella activamente y, si es posible, mejor con la
familia. La asistencia de los padres con sus hijos a la celebración
eucarística dominical es una pedagogía eficaz para
comunicar la fe y un estrecho vínculo que mantiene la unidad
entre ellos. El domingo ha significado, a lo largo de la vida de la
Iglesia, el momento privilegiado del encuentro de las comunidades con
el Señor resucitado.
Es necesario que los cristianos
experimenten que no siguen a un personaje de la historia pasada, sino
a Cristo vivo, presente en el hoy y el ahora de sus vidas. Él
es el Viviente que camina a nuestro lado, descubriéndonos el
sentido de los acontecimientos, del dolor y de la muerte, de la
alegría y de la fiesta, entrando en nuestras casas y
permaneciendo en ellas, alimentándonos con el Pan que da la
vida. Por eso la celebración dominical de la Eucaristía
ha de ser el centro de la vida cristiana.
El encuentro con
Cristo en la Eucaristía suscita el compromiso de la
evangelización y el impulso a la solidaridad; despierta en el
cristiano el fuerte deseo de anunciar el Evangelio y testimoniarlo en
la sociedad para que sea más justa y humana. De la Eucaristía
ha brotado a lo largo de los siglos un inmenso caudal de caridad, de
participación en las dificultades de los demás, de amor
y de justicia. ¡Sólo de la Eucaristía brotará
la civilización del amor, que transformará
Latinoamérica y el Caribe para que, además de ser el
Continente de la Esperanza, sea también el Continente del
Amor!
Los problemas sociales y políticos
Llegados a este punto podemos preguntarnos ¿cómo
puede contribuir la Iglesia a la solución de los urgentes
problemas sociales y políticos, y responder al gran desafío
de la pobreza y de la miseria? Los problemas de América Latina
y del Caribe, así como del mundo de hoy, son múltiples
y complejos, y no se pueden afrontar con programas generales. Sin
embargo, la cuestión fundamental sobre el modo cómo la
Iglesia, iluminada por la fe en Cristo, deba reaccionar ante estos
desafíos, nos concierne a todos. En este contexto es
inevitable hablar del problema de las estructuras, sobre todo de las
que crean injusticia. En realidad, las estructuras justas son una
condición sin la cual no es posible un orden justo en la
sociedad. Pero, ¿cómo nacen?, ¿cómo
funcionan? Tanto el capitalismo como el marxismo prometieron
encontrar el camino para la creación de estructuras justas y
afirmaron que éstas, una vez establecidas, funcionarían
por sí mismas; afirmaron que no sólo no habrían
tenido necesidad de una precedente moralidad individual, sino que
ellas fomentarían la moralidad común. Y esta promesa
ideológica se ha demostrado que es falsa. Los hechos lo ponen
de manifiesto. El sistema marxista, donde ha gobernado, no sólo
ha dejado una triste herencia de destrucciones económicas y
ecológicas, sino también una dolorosa destrucción
del espíritu. Y lo mismo vemos también en occidente,
donde crece constantemente la distancia entre pobres y ricos y se
produce una inquietante degradación de la dignidad personal
con la droga, el alcohol y los sutiles espejismos de felicidad.
Las
estructuras justas son, como he dicho, una condición
indispensable para una sociedad justa, pero no nacen ni funcionan sin
un consenso moral de la sociedad sobre los valores fundamentales y
sobre la necesidad de vivir estos valores con las necesarias
renuncias, incluso contra el interés personal.
Donde
Dios está ausente – el Dios del rostro humano de
Jesucristo – estos valores no se muestran con toda su fuerza,
ni se produce un consenso sobre ellos. No quiero decir que los no
creyentes no puedan vivir una moralidad elevada y ejemplar; digo
solamente que una sociedad en la que Dios está ausente no
encuentra el consenso necesario sobre los valores morales y la fuerza
para vivir según la pauta de estos valores, aun contra los
propios intereses.
Por otro lado, las estructuras justas han
de buscarse y elaborarse a la luz de los valores fundamentales, con
todo el empeño de la razón política, económica
y social. Son una cuestión de la recta ratio y no provienen de
ideologías ni de sus promesas. Ciertamente existe un tesoro de
experiencias políticas y de conocimientos sobre los problemas
sociales y económicos, que evidencian elementos fundamentales
de un estado justo y los caminos que se han de evitar. Pero en
situaciones culturales y políticas diversas, y en el cambio
progresivo de las tecnologías y de la realidad histórica
mundial, se han de buscar de manera racional las respuestas adecuadas
y debe crearse – con los compromisos indispensables – el
consenso sobre las estructuras que se han de establecer.
Este
trabajo político no es competencia inmediata de la Iglesia. El
respeto de una sana laicidad – incluso con la pluralidad de las
posiciones políticas – es esencial en la tradición
cristiana auténtica. Si la Iglesia comenzara a transformarse
directamente en sujeto político, no haría más
por los pobres y por la justicia, sino que haría menos, porque
perdería su independencia y su autoridad moral,
identificándose con una única vía política
y con posiciones parciales opinables. La Iglesia es abogada de la
justicia y de los pobres, precisamente al no identificarse con los
políticos ni con los intereses de partido. Sólo siendo
independiente puede enseñar los grandes criterios y los
valores inderogables, orientar las conciencias y ofrecer una opción
de vida que va más allá del ámbito político.
Formar las conciencias, ser abogada de la justicia y de la verdad,
educar en las virtudes individuales y políticas, es la
vocación fundamental de la Iglesia en este sector. Y los
laicos católicos deben ser concientes de su responsabilidad en
la vida pública; deben estar presentes en la formación
de los consensos necesarios y en la oposición contra las
injusticias.
Las estructuras justas jamás serán
completas de modo definitivo; por la constante evolución de la
historia, han de ser siempre renovadas y actualizadas; han de estar
animadas siempre por un "ethos" político y humano,
por cuya presencia y eficiencia se ha de trabajar siempre. Con otras
palabras, la presencia de Dios, la amistad con el Hijo de Dios
encarnado, la luz de su Palabra, son siempre condiciones
fundamentales para la presencia y eficiencia de la justicia y del
amor en nuestras sociedades.
Por tratarse de un Continente de
bautizados, conviene colmar la notable ausencia, en el ámbito
político, comunicativo y universitario, de voces e iniciativas
de líderes católicos de fuerte personalidad y de
vocación abnegada, que sean coherentes con sus convicciones
éticas y religiosas. Los movimientos eclesiales tienen aquí
un amplio campo para recordar a los laicos su responsabilidad y su
misión de llevar la luz del Evangelio a la vida pública,
cultural, económica y política.
5. Otros
campos prioritarios
Para llevar a cabo la renovación
de la Iglesia a vosotros confiada en estas tierras, quisiera fijar la
atención con vosotros sobre algunos campos que considero
prioritarios en esta nueva etapa.
La familia
La
familia, "patrimonio de la humanidad", constituye uno de
los tesoros más importantes de los pueblos latinoamericanos.
Ella ha sido y es escuela de la fe, palestra de valores humanos y
cívicos, hogar en el que la vida humana nace y se acoge
generosa y responsablemente. Sin embargo, en la actualidad sufre
situaciones adversas provocadas por el secularismo y el relativismo
ético, por los diversos flujos migratorios internos y
externos, por la pobreza, por la inestabilidad social y por
legislaciones civiles contrarias al matrimonio que, al favorecer los
anticonceptivos y el aborto, amenazan el futuro de los pueblos.
En
algunas familias de América Latina persiste aún por
desgracia una mentalidad machista, ignorando la novedad del
cristianismo que reconoce y proclama la igual dignidad y
responsabilidad de la mujer respecto al hombre.
La familia es
insustituible para la serenidad personal y para la educación
de los hijos. Las madres que quieren dedicarse plenamente a la
educación de sus hijos y al servicio de la familia han de
gozar de las condiciones necesarias para poderlo hacer, y para ello
tienen derecho a contar con el apoyo del Estado. En efecto, el papel
de la madre es fundamental para el futuro de la sociedad.
El
padre, por su parte, tiene el deber de ser verdaderamente padre, que
ejerce su indispensable responsabilidad y colaboración en la
educación de sus hijos. Los hijos, para su crecimiento
integral, tienen el derecho de poder contar con el padre y la madre,
para que cuiden de ellos y los acompañen hacia la plenitud de
su vida. Es necesaria, pues, una pastoral familiar intensa y
vigorosa. Es indispensable también promover políticas
familiares auténticas que respondan a los derechos de la
familia como sujeto social imprescindible. La familia forma parte del
bien de los pueblos y de la humanidad entera.
[En
portugués:]
Los sacerdotes
Los primeros
promotores del discipulado y de la misión son aquéllos
que han sido llamados «para que estuvieran con Jesús y
para enviarlos a predicar» (Cf. Mc 3,14), es decir, los
sacerdotes. Ellos tienen que recibir, de manera preferencial, la
atención y el cuidado paterno de sus obispos, pues son los
primeros agentes de una auténtica renovación de la vida
cristiana en el Pueblo de Dios. A ellos les quiero dirigir una
palabra de afecto paterno, deseando que el Señor sea la parte
de su herencia y su copa (Cf. Sal 16, 5). Si el sacerdote tiene a
Dios como fundamento y centro de su vida, experimentará la
alegría y la fecundidad de su vocación. El sacerdote
tiene que ser ante todo un “hombre de Dios” (1 Tm 6,11)
que conoce a Dios directamente, que tiene una profunda amistad
personal con Jesús, que comparte con los demás los
mismos sentimientos de Cristo (Cf. Fil 2,5). Sólo así
el sacerdote será capaz de llevar a los hombres a Dios,
encarnado en Jesucristo, y de se representante de su amor.
Para
cumplir su elevada tarea, el sacerdote debe tener una sólida
estructura espiritual y vivir toda su vida animado por la fe, por la
esperanza y la caridad. Tiene que ser, como Jesús, un hombre
que busque, a través de la oración, el rostro y la
voluntad de Dios, y que cuide también su preparación
cultural e intelectual.
Querido sacerdotes de este continente
y vosotros, misioneros que habéis venido aquí a
trabajar, el Papa os acompaña en vuestro trabajo pastoral y
desea que estéis llenos de alegría y de esperanza y
sobretodo reza por vosotros.
Religiosos, religiosas y
consagrados
Quiero dirigirme también a los religiosos,
a las religiosas y a las laicas y laicos consagrados. La sociedad
latinoamericana y del Caribe tiene necesidad de vuestro testimonio:
en un mundo que muchas veces busca ante todo el bienestar, la riqueza
y el placer como objetivo de la vida, y que exalta la libertad en
lugar de la verdad sobre el hombre creado por Dios, vosotros sois
testigos de que hay una manera diferente de vivir con sentido;
recordad a vuestros hermanos y hermanas que el Reino de Dios ya ha
llegado; que la justicia y la verdad son posibles si nos abrimos a la
presencia amorosa de Dios nuestro Padre, de Cristo nuestro hermano y
Señor, del Espíritu Sagrado nuestro Consolador.
Con
generosidad y también con heroísmo tenéis que
seguir trabajando para que en la sociedad reine el amor, la justicia,
la bondad, el servicio y la solidaridad, según el carisma de
vuestros fundadores. Abrazad con profunda alegría vuestra
consagración, que es medio de santificación para
vosotros y de redención para vuestros hermanos.
La
Iglesia de América Latina os da las gracias por el gran
trabajo que habéis realizado a través de los siglos por
el Evangelio de Cristo a favor de vuestros hermanos, sobre todo de
los más pobres y desfavorecidos. Os invito a colaborar siempre
con los obispos y a trabajar unidos a ellos, que son los responsables
de la acción pastoral. Os exhorto también a la
obediencia sincera a la autoridad de la Iglesia. Tened como único
objetivo la santidad, como habéis aprendido de vuestros
fundadores.
Los laicos
En estos momentos en los
que la Iglesia de este continente se entrega plenamente a su vocación
misionera, recuerdo a los laicos que ellos también son
Iglesia, asamblea convocada por Cristo para llevar su testimonio a
todo el mundo. Todos los hombres y las mujeres bautizados tienen que
tomar conciencia de que han sido configurados con Cristo sacerdote,
profeta y pastor, por medio del sacerdocio común del pueblo de
Dios. Tienen que sentirse corresponsables en la edificación de
la sociedad según los criterios del Evangelio, con entusiasmo
y audacia, en comunión con sus pastores.
Muchos de
vosotros pertenecéis a movimientos eclesiales, en los que
podemos ver signos de la multiforme presencia y acción
santificadora del Espíritu Santo en la Iglesia y en la
sociedad actual. Estáis llamados a llevar al mundo el
testimonio de Jesucristo y a ser fermento del amor de Dios entre los
hombres.
Los jóvenes y la pastoral vocacional
En América Latina, la mayoría de la población
está formada por jóvenes. Tenemos que recordarles que
su vocación consiste en ser amigos de Cristo, sus discípulos.
Los jóvenes no tienen miedo del sacrificio, sino de una vida
sin sentido. Son sensibles a la llamada de Cristo que les invita a
seguirle. Pueden responder a esa llamada como sacerdotes, como
consagrados y consagradas, o como padres y madres de familia,
entregados totalmente a servir a sus hermanos con todo su tiempo y
capacidad de entrega, con toda su vida. Los jóvenes tienen que
afrontar la vida como un descubrimiento continuo, sin dejarse llevar
por las modas o las mentalidades en boga, sino procediendo con una
profunda curiosidad sobre el sentido de la vida y sobre el misterio
de Dios, Padre creador, y de su Hijo, nuestro redentor, dentro de la
familia humana. Tienen que comprometerse también en una
continua renovación del mundo a la luz del Evangelio. Es más,
tienen que oponerse a los fáciles espejismos de la felicidad
inmediata y a los paraísos engañosos de la droga, del
placer, del alcohol, así como a todo tipo de violencia.
[En
español]
6. "Quédate con nosotros"
Los trabajos de esta V Conferencia General nos llevan a hacer
nuestra la súplica de los discípulos de Emaús:
"Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya
ha declinado" (Lc 24, 29).
Quédate con
nosotros, Señor, acompáñanos aunque no siempre
hayamos sabido reconocerte. Quédate con nosotros, porque en
torno a nosotros se van haciendo más densas las sombras, y tú
eres la Luz; en nuestros corazones se insinúa la desesperanza,
y tú los haces arder con la certeza de la Pascua. Estamos
cansados del camino, pero tú nos confortas en la fracción
del pan para anunciar a nuestros hermanos que en verdad tú has
resucitado y que nos has dado la misión de ser testigos de tu
resurrección.
Quédate con nosotros, Señor,
cuando en torno a nuestra fe católica surgen las nieblas de la
duda, del cansancio o de la dificultad: tú, que eres la Verdad
misma como revelador del Padre, ilumina nuestras mentes con tu
Palabra; ayúdanos a sentir la belleza de creer en ti.
Quédate en nuestras familias, ilumínalas en sus
dudas, sostenlas en sus dificultades, consuélalas en sus
sufrimientos y en la fatiga de cada día, cuando en torno a
ellas se acumulan sombras que amenazan su unidad y su naturaleza. Tú
que eres la Vida, quédate en nuestros hogares, para que sigan
siendo nidos donde nazca la vida humana abundante y generosamente,
donde se acoja, se ame, se respete la vida desde su concepción
hasta su término natural.
Quédate, Señor,
con aquéllos que en nuestras sociedades son más
vulnerables; quédate con los pobres y humildes, con los
indígenas y afroamericanos, que no siempre han encontrado
espacios y apoyo para expresar la riqueza de su cultura y la
sabiduría de su identidad. Quédate, Señor, con
nuestros niños y con nuestros jóvenes, que son la
esperanza y la riqueza de nuestro Continente, protégelos de
tantas insidias que atentan contra su inocencia y contra sus
legítimas esperanzas.¡Oh buen Pastor, quédate con
nuestros ancianos y con nuestros enfermos. ¡Fortalece a todos
en su fe para que sean tus discípulos y misioneros!
Conclusión
Al concluir mi permanencia entre
vosotros, deseo invocar la protección de la Madre de Dios y
Madre de la Iglesia sobre vuestras personas y sobre toda América
Latina y el Caribe. Imploro de modo especial a Nuestra Señora
– bajo la advocación de Guadalupe, Patrona de América,
y de Aparecida, Patrona de Brasil - que os acompañe en vuestra
hermosa y exigente labor pastoral. A ella confío el Pueblo de
Dios en esta etapa del tercer Milenio cristiano. A ella le pido
también que guíe los trabajos y reflexiones de esta
Conferencia General, y que bendiga con abundantes dones a los
queridos pueblos de este Continente.
[Traducción de
los pasajes en portugués realizada por Zenit
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