Homilía
del Papa a los obispos de Brasil
Catedral de la
ciudad de Sao Paulo, dedicada a Nuestra Señora de la
Anunciación.
* * *
Amados hermanos en el Episcopado,
«El Hijo de Dios con
lo que padeció aprendió la obediencia; y llegado a la
perfección, se convirtió en causa de salvación
eterna para todos los que le obedecen» (cf. Hb 5,8-9).
1.
El texto que acabamos de oír en la Lectura Breve de las
Vísperas de hoy contiene una enseñanza profunda.
También en este caso constatamos como la Palabra de Dios es
viva y más penetrante que una espada de dos filos, llega hasta
la juntura del alma, reconfortándola, estimulando a sus fieles
servidores (cf. Hb 4,12).
Agradezco a Dios por haber
permitido encontrarme con un Episcopado prestigioso, que está
al frente de una de las más numerosas poblaciones católicas
del mundo. Yo os saludo con sentimientos de profunda comunión
y de afecto sincero, conociendo bien la dedicación con que
seguís las comunidades que os fueron confiadas. La calurosa
acogida del Señor Párroco de la Catedral de la Sé
y de todos los presentes me hizo sentir en casa, en esta grande Casa
común que es nuestra Santa Madre la Iglesia Católica.
Dirijo un especial saludo a la nueva Presidencia de la
Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil y, al agradecer las
palabras de su presidente, monseñor Geraldo Lyrio Rocha, hago
votos por un provechoso desempeño en la tarea de consolidar
siempre más la comunión entre los obispos y de promover
la acción pastoral común en un territorio de
dimensiones continentales.
2. Brasil está acogiendo a
los participantes de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano
con su tradicional hospitalidad. Expreso mi agradecimiento por la
atenta recepción de sus miembros y mi profundo aprecio por las
oraciones del pueblo brasileño, formuladas especialmente en
pro del buen éxito del encuentro de los obispos en Aparecida.
Es un gran evento eclesial que se sitúa en el ámbito
del esfuerzo misionero que América Latina deberá
proponerse, precisamente a partir de aquí, del suelo
brasileño. Fue por eso que quise dirigirme inicialmente a
vosotros, Obispos del Brasil, evocando aquellas palabras densas de
contenido de la Carta a los Hebreos: «El Hijo de Dios con lo
que padeció aprendió la obediencia; y llegado a la
perfección, se convirtió en causa de salvación
eterna para todos los que le obedecen» (Hb 5, 8-9).
Exuberante en su significado, este versículo habla de
la compasión de Dios para con nosotros, concretada en la
pasión de su Hijo; y habla de su obediencia, de su adhesión
libre y consciente a los designios del Padre, explicitada
especialmente en la oración en el monte de los Olivos: «No
se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42).
Así,
es el propio Jesús quien nos enseña que la verdadera
vía de salvación consiste en conformar nuestra voluntad
a la voluntad de Dios. Es exactamente lo que pedimos en la tercera
invocación de la oración del Padre Nuestro: que sea
hecha la voluntad de Dios, así en la tierra como en el cielo,
porque donde reina la voluntad de
Dios, ahí está
presente el reino de Dios. Jesús nos atrae hacia su voluntad,
la voluntad del Hijo, y de este modo nos guía hacia la
salvación. Yendo al encuentro de la voluntad de Dios, con
Jesucristo, abrimos el mundo al reino de Dios.
Nosotros los
Obispos, somos convocados para manifestar esa verdad central, pues
estamos vinculados directamente a Cristo, Buen Pastor. La misión
que nos es confiada, como Maestros de la fe, consiste en recordar,
como el mismo Apóstol de los Gentiles escribía, que
nuestro Salvador «quiere que todos los hombres se salven y
lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2, 4-6). Ésta
es la finalidad, y no otra, la finalidad de la Iglesia, la salvación
de las almas, una a una. Por eso el Padre envió a su Hijo, y
«como el Padre me envió, también yo os envío»
(Jn 20,21). De aquí, el mandato de evangelizar: «Id,
pues, enseñad a todas las naciones; bautizadlas en nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. enseñadles a
observar todo lo que os mandé. He aquí que estoy con
vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt
28,19-20).
Son palabras simples y sublimes en las cuales
están indicadas el deber de predicar la verdad de la fe, la
urgencia de la vida sacramental, la promesa de la continuada
asistencia de Cristo a su Iglesia. Éstas son realidades
fundamentales y se refieren a la instrucción en la fe y en la
moral cristiana, y a la práctica de los sacramentos. Donde
Dios y su voluntad no son conocidos, donde no existe la fe en
Jesucristo ni su presencia en las celebraciones sacramentales, falta
lo esencial también para la solución de los urgentes
problemas sociales y políticos.
La fidelidad al
primado de Dios y de su voluntad, conocida y vivida en comunión
con Jesucristo, es el don esencial, que nosotros Obispos y sacerdotes
debemos ofrecer a nuestro pueblo (cf. Populorum progressio 21).
3.
El ministerio episcopal nos impele al discernimiento de la voluntad
salvífica, en la búsqueda de una pastoral que eduque el
Pueblo de Dios a reconocer y acoger los valores trascendentes, en la
fidelidad al Señor y al Evangelio. Es verdad que los tiempos
de hoy son difíciles para la Iglesia y muchos de sus hijos
están atribulados. La vida social está atravesando
momentos de confusión desorientadora. Se ataca impunemente la
santidad del matrimonio y de la familia, comenzando por hacer
concesiones delante de presiones capaces de incidir negativamente
sobre los procesos legislativos; se justifican algunos crímenes
contra la vida en nombre de los derechos de la libertad individual;
se atenta contra la dignidad del ser humano; se extiende la herida
del divorcio y de las uniones libres. Aún más: en el
seno de la Iglesia, cuando el valor del compromiso sacerdotal es
cuestionado como entrega total a Dios a través del celibato
apostólico y como disponibilidad total para servir a las
almas, dándose preferencia a las cuestiones ideológicas
y políticas, incluso partidarias, la estructura de la
consagración total a Dios empieza a perder su significado más
profundo.
¿Cómo no sentir tristeza en nuestra
alma? Pero tened confianza: la Iglesia es santa e incorruptible (cf.
Ef 5,27). Decía San Agustín: «¿Titubeará
la Iglesia si titubea su fundamento, pero podrá quizá
Cristo titubear? Visto que Cristo no titubea, la Iglesia permanecerá
intacta hasta el fin de los tiempos» («Enarrationes in
Psalmos», 103,2,5; PL, 37, 1353.)
Entre los problemas
que abruman vuestra solicitud pastoral está, sin duda, la
cuestión de los católicos que abandonan la vida
eclesial. Parece claro que la causa principal, entre otras, de este
problema, pueda ser atribuida a la falta de una evangelización
en la que Cristo y su Iglesia estén en el centro de toda
explicación. Las personas más vulnerables al
proselitismo agresivo de las sectas - que es motivo de justa
preocupación – e incapaces de resistir a las embestidas
del agnosticismo, del relativismo y del laicismo son generalmente los
bautizados no suficientemente evangelizados, fácilmente
influenciabais porque poseen una fe fragilizada y, a veces, confusa,
vacilante e ingenua, aunque conserven una religiosidad innata.
En
la Encíclica «Deus caritas est» recordé que
«no se comienza a ser cristiano por una decisión ética
o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una
Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una
orientación decisiva» (N. 1). Es necesario, por tanto,
encaminar la actividad apostólica como una verdadera misión
dentro del rebaño que constituye la Iglesia Católica en
Brasil, promoviendo una evangelización metódica y
capilar en vista de una adhesión personal y comunitaria a
Cristo. Se trata efectivamente de no ahorrar esfuerzos en la búsqueda
de los católicos apartados y de aquéllos que poco o
nada conocen sobre Jesucristo, a través de una pastoral de la
acogida que les ayude a sentir a la Iglesia como lugar privilegiado
del encuentro con Dios y mediante un itinerario catequético
permanente.
Una misión evangelizadora que convoque
todas las fuerzas vivas de este inmenso rebaño. Mi pensamiento
se dirige, por tanto, a los sacerdotes, religiosos, religiosas y
laicos que se prodigan, muchas veces con inmensas dificultades, para
la difusión de la verdad evangélica. Entre ellos,
muchos colaboran o participan activamente en las Asociaciones, en los
Movimientos y en otras nuevas realidades eclesiales que, en comunión
con sus Pastores y de acuerdo con las orientaciones diocesanas,
llevan su riqueza espiritual, educativa y misionera al corazón
de la Iglesia, como preciosa experiencia y propuesta de vida
cristiana.
En este esfuerzo evangelizador, la comunidad
eclesial se destaca por las iniciativas pastorales, al enviar,
sobretodo entre las casas de las periferias urbanas y del interior,
sus misioneros, laicos o religiosos, buscando dialogar con todos en
espíritu de comprensión y de delicada caridad. Pero si
las personas encontradas están en una situación de
pobreza, es necesario ayudarlas, como hacían las primeras
comunidades cristianas, practicando la solidaridad, para que se
sientan amadas de verdad. El pueblo pobre de las periferias urbanas o
del campo necesita sentir la proximidad de la Iglesia, sea en el
socorro de sus necesidades más urgentes, como también
en la defensa de sus derechos y en la promoción común
de una sociedad fundamentada en la justicia y en la paz.
Los
pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio y un Obispo,
modelado según la imagen del Buen Pastor, debe estar
particularmente atento en ofrecer el divino bálsamo de la fe,
sin descuidar del «pan material». Como pude evidenciar en
la Encíclica «Deus caritas est», «La Iglesia
no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir
los Sacramentos y la Palabra» (N. 22).
La vivencia
sacramental, especialmente a través de la Confesión y
de la Eucaristía, adquiere aquí una importancia de
primera grandeza. A vosotros Pastores les cabe la principal tarea de
asegurar la participación de los fieles en la vida eucarística
y en el Sacramento de la Reconciliación; debéis estar
vigilantes para que la confesión y la absolución de los
pecados sean, de modo ordinario, individual, tal como el pecado es un
hecho hondamente personal (cf. Exort. ap. post-sinodal «Reconciliatio
et penitentia», N. 31, III). Solamente la imposibilidad física
o moral excusa al fiel de esta forma de confesión, pudiendo en
este caso conseguir la reconciliación por otros medios (Cân.
960; cf. Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, N.
311). Por eso, conviene infundir en los sacerdotes la práctica
de la generosa disponibilidad para atender a los fieles que recurren
al Sacramento de la misericordia de Dios (Carta ap. «Misericordia
Dei», 2).
4. Recomenzar desde Cristo en todos los
ámbitos de la misión. Redescubrir en Jesús el
amor y la salvación que el Padre nos da, por el Espíritu
Santo. Ésta es la substancia, la raíz, de la misión
episcopal que hace del Obispo el primero responsable por la
catequesis diocesana. En efecto, tiene la dirección superior
de la catequesis, rodeándose de colaboradores competentes y
merecedores de confianza. Es obvio, por tanto, que sus catequistas no
son simples comunicadores de experiencias de fe, sino que deben ser
auténticos transmisores, bajo la guía de su Pastor, de
las verdades reveladas.
La fe es una caminata conducida por
el Espíritu Santo que se condensa en dos palabras: conversión
y seguimiento. Ésas dos palabras-llave de la tradición
cristiana indican con claridad, que la fe en Cristo implica una
praxis de vida basada en el doble mandamiento del amor, a Dios y al
prójimo, y expresan también la dimensión social
de la vida cristiana.
La verdad supone un conocimiento claro
del mensaje de Jesús, transmitida gracias a un comprensible
lenguaje inculturado, pero necesariamente fiel a la propuesta del
Evangelio. En los tiempos actuales es urgente un conocimiento
adecuado de la fe, como está bien sintetizada en el Catecismo
de la Iglesia Católica con su Compendio.
Hace parte de
la catequesis esencial también la educación a las
virtudes personales y sociales del cristiano, como también la
educación a la responsabilidad social. Exactamente porque fe,
vida y celebración de la sagrada liturgia como fuente de fe y
de vida, son inseparables, es necesaria una aplicación más
correcta de los principios indicados por el Concilio Vaticano II en
lo que respecta a la Liturgia de la Iglesia, incluyendo las
disposiciones contenidas en el Directorio para los Obispos
(nn.145-151), con el propósito de devolver a la Liturgia su
carácter sagrado.
Es con esta finalidad que mi
Venerable predecesor en la Cátedra de Pedro, Juan Pablo II,
quiso renovar «un vehemente apelo para que las normas
litúrgicas sean observadas, con gran fidelidad, en la
celebración eucarística» (...) «La liturgia
jamás es propiedad privada de alguien, ni del celebrante, ni
de la comunidad donde son celebrados los santos misterios»
(Carta encl. «Ecclesia de Eucharistia» N. 52).
Redescubrir y valorar la obediencia a las normas litúrgicas
por parte de los Obispos, como «moderadores de la vida
litúrgica de la Iglesia», significa dar testimonio de la
misma Iglesia, una y universal, que preside en la caridad.
5.
Es necesario un salto de calidad en la vivencia cristiana del pueblo,
para que pueda testimoniar su fe de forma límpida y elucidada.
Esa fe, celebrada y participada en la liturgia y en la caridad, nutre
y fortifica la comunidad de los discípulos del Señor y
los edifica como Iglesia misionera y profética. El Episcopado
brasileño posee una estructura de gran envergadura, cuyos
Estatutos fueron hace poco revisados para su mejor desempeño y
una dedicación más exclusiva al bien de la Iglesia. El
Papa vino a Brasil para pediros que, en el seguimiento de la Palabra
de Dios, todos los Venerables Hermanos en el episcopado sepan ser
portadores de eterna salvación para todos los que le obedecen
(cf. Hb 5,10).
Nosotros, pastores, en la línea del
compromiso asumido como sucesores de los Apóstoles, debemos
ser fieles servidores de la Palabra, sin visiones reductivas y
confusiones en la misión que nos es confiada. No basta
observar la realidad desde la fe; es necesario trabajar con el
Evangelio en las manos y fundamentados en la correcta herencia de la
Tradición Apostólica, sin interpretaciones movidas por
ideologías racionalistas.
Es así que, «en
las Iglesias particulares compete al Obispo conservar e interpretar
la Palabra de Dios y juzgar con autoridad aquello que está o
no de acuerdo con ella» (Congr. para la Doctrina de la Fe,
«Instr. sobre la vocación eclesial del teólogo»,
N. 19). Él, como Maestro de fe y de doctrina, podrá
contar con la colaboración del teólogo que «en su
dedicación al servicio de la verdad, deberá, para
permanecer fiel a su función, llevar en cuenta la misión
propia del Magisterio y colaborar con él» (ib. 20). El
deber de conservar el depósito de la fe y de mantener su
unidad exige estrecha vigilancia, de modo que éste sea
«conservado y transmitido fielmente y que las posiciones
particulares sean unificadas en la integridad del Evangelio de
Cristo» (Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos,
N. 126).
He aquí entonces la enorme responsabilidad
que asumís como formadores del pueblo, mayormente de vuestros
sacerdotes y religiosos. Son ellos vuestros fieles colaboradores.
Conozco el empeño con que buscáis formar las nuevas
vocaciones sacerdotales y religiosas. La formación teológica
y en las disciplinas eclesiásticas exige una constante
actualización, pero siempre de acuerdo con el Magisterio
auténtico de la Iglesia.
Apelo a vuestro celo
sacerdotal y al sentido de discernimiento de las vocaciones, también
para saber complementar la dimensión espiritual,
psicoafectiva, intelectual y pastoral en jóvenes maduros y
disponibles al servicio de la Iglesia. Un buen y asiduo
acompañamiento espiritual es indispensable para favorecer la
maduración humana y evita el riesgo de desvíos en el
campo de la sexualidad. Tened siempre presente que el celibato
sacerdotal es un don «que la Iglesia recibió y quiere
guardar, convencida de que él es un bien para ella y para el
mundo» («Directorio para el ministerio y la vida de los
presbíteros», N. 57).
Me gustaría
encomendar a vuestra solicitud también las Comunidades
religiosas que se insertan en la vida de la propia Diócesis.
Es una contribución preciosa que ofrecen, pues, a pesar de la
«diversidad de dones, el Espíritu es el mismo» (1
Color 12,4). La Iglesia no puede sino manifestar alegría y
aprecio por todo aquello que los Religiosos vienen realizando
mediante Universidades, escuelas, hospitales y otras obras e
instituciones.
6. Conozco la dinámica de vuestras
Asambleas y el esfuerzo por definir los diversos planes pastorales,
que den prioridad a la formación del clero y de los agentes de
la pastoral. Algunos entre vosotros fomentasteis movimientos de
evangelización para facilitar la agrupación de los
fieles en una línea de acción.
El Sucesor de
Pedro cuenta con vosotros para que vuestra preparación se
apoye siempre en aquella espiritualidad de comunión y de
fidelidad a la Sede de Pedro, a fin de garantizar que la acción
del Espíritu no sea vana. Con efecto, la integridad de la fe,
junto a la disciplina eclesial, es, y será siempre, tema que
exigirá atención y desvelo por parte de todos vosotros,
sobretodo cuando se trata de sacar las consecuencias del hecho que
existe «una sola fe y un solo bautismo».
Como
sabéis, entre los varios documentos que se ocupan de la unidad
de los cristianos está el «Directorio para el
ecumenismo» publicado por el Pontificio Consejo para la Unidad
de los Cristianos. El Ecumenismo, o sea, la búsqueda de la
unidad de los cristianos se vuelve en ése nuestro tiempo, en
el cual se verifica el encuentro de las culturas y el desafío
del secularismo, una tarea siempre más urgente de la Iglesia
católica.
Con la multiplicación, sin embargo,
de cada vez nuevas denominaciones cristianas y, sobretodo delante de
ciertas formas de proselitismo, frecuentemente agresivo, el empeño
ecuménico se vuelve una tarea compleja. En tal contexto es
indispensable una buena formación histórica y
doctrinal, que posibilite el necesario discernimiento y ayude a
entender la identidad específica de cada una de las
comunidades, los elementos que dividen y aquellos que ayudan en el
camino de construcción de la unidad.
El gran campo
común de colaboración debería ser la defensa de
los fundamentales valores morales, transmitidos por la tradición
bíblica, contra su destrucción en una cultura
relativista y consumista; más aún, la fe en Dios
creador y en Jesucristo, su Hijo encarnado. Además vale
siempre el principio del amor fraterno y de la búsqueda de
comprensión y de proximidad mutuas; pero también la
defensa de la fe de nuestro pueblo, confirmándolo en la feliz
certeza, de que la «unica Christi Ecclesia... subsistit in
Ecclesia catholica, a successore Petri et Episcopis in eius
communione gubernata» («la única Iglesia de
Cristo... subsiste en la Iglesia Católica gobernada por el
sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él»)
(«Lumen gentium» 8).
En este sentido se procederá
a un franco diálogo ecuménico, a través del
Consejo Nacional de las Iglesias Cristianas, celando por el pleno
respeto de las demás confesiones religiosas, deseosas de
mantenerse en contacto con la Iglesia Católica en Brasil.
7.
No es ninguna novedad la constatación de que vuestro país
convive con un déficit histórico de desarrollo social,
cuyos rasgos extremos son el inmenso contingente de brasileños
viviendo en situación de indigencia y una desigualdad en la
distribución de la renta que alcanza niveles muy elevados. A
vosotros, venerables Hermanos, como jerarquía del pueblo de
Dios, os compete promover la búsqueda de soluciones nuevas y
llenas de espíritu cristiano.
Una visión de la
economía y de los problemas sociales, desde la perspectiva de
la doctrina social de la Iglesia, lleva a considerar las cosas
siempre desde el punto de vista de la dignidad del hombre, que
trasciende el simple juego de los factores económicos. Se
debe, por eso, trabajar incansablemente por la formación de
los políticos, de los brasileños que tienen algún
poder decisivo, grande o pequeño y, en general, de todos los
miembros de la sociedad, de modo que asuman plenamente las propias
responsabilidades y sepan dar un rostro humano y solidario a la
economía.
Ocurre formar en las clases políticas
y empresariales un auténtico espíritu de veracidad y de
honestidad. Quien asuma un liderazgo en la sociedad, debe buscar
prever las consecuencias sociales, directas e indirectas, a corto y a
largo plazo, de las propias decisiones, actuando según
criterios de maximización del bien común, en vez de
buscar ganancias personales.
8. Queridos hermanos, si Dios
quiere, encontraremos otras oportunidades para profundizar las
cuestiones que interpelan nuestra solicitud pastoral conjunta. Esta
vez, quise exponer, ciertamente de manera no exhaustiva, los temas
más relevantes que se imponen a mi consideración de
Pastor de la Iglesia universal.
Os transmito mi afectuoso
ánimo que es, al mismo tiempo, una fraterna y sentida
plegaria: para que procedáis y trabajéis siempre, como
venís haciendo, en concordia, teniendo como vuestro fundamento
una comunión que en la Eucaristía encuentra su momento
cumbre y su manantial inagotable. Confío todos vosotros a
María Santísima, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia,
mientras que de todo corazón os concedo, a cada uno de
vosotros y a vuestras respectivas Comunidades, la Bendición
Apostólica.
¡Gracias!
[Traducción
distribuida por el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM)
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